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Nuevas meditaciones sobre la técnica

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Edición de

Fernando Broncano

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Este libro hu sido realizado con uno ayuda

de lo D.G,C.Y,T. P.B. 8700336

COLECCION

ESTRUCTURAS

Serie Filosofía

y

PROCESOS

cultura Libre

Fernando Bronconc, Manuel l.z , Jovier Aracil, Morqcritc Vózquez ,

.loselo Tenero Meteos. Jesús Ezquerro,

Miguel Ángel

Mlkel Olozorón.

1995

Oolntonillo, Alfonso Bravo Juego,

Editorial Trotto, S.I\.,

1995

Altamirano, 34. 28008 Modrid

Teléfono 549 14 43

Fox. 549

16

~5

Diseño

.looqvrn Colleqo

ISBN, 84·8164-056-5

Depósito Lequl- VA-686/95

Impresión Simoneas Ediciones, S.A

Poi. lnd. Son Cus-óbol

Estaño, parcelo

4701? Valladolid

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CI

CONTENIDO

Introducción. La filosofía y la tecnología:

una buena relación:

 

Fernando Broncano

 

.

 

MODEtOS TECNOLÓGICOS Y REALIDAD

Conocer y actuar a través de la tecnología: Manuel Liz

 

23

Notas sobre el significado simulación: Javier Aracil

de

los

modelos

informáticos

de

53

En

torno

a

los

conceptos

de

modelo,

sistema y

simulación:

táargarito vázqucz.

 

8 '1

 

CONOCIMIENTO TECNOLÓGICO Y TECNOLOGÍAS DEL CONOCIMIENTO

 

los sistemas de funciones. El caso

 

1,;1 simulación y la (~'Midad en de los sistemas cognitivos:

remando Brcmcano

 

] 01

Semántica de las reglas tecnológicas: eficiencia y control en la organización y planificación de los sistemas tecnológicos:

Jusefa Toribio Maleas Acciones, planes y tecnología: Jesús Ezquerro

121

139

SOCIOLOGÍA, POLÍTICA Y ECONOMÍA DE LA TECNOLO(;ÍA

Controversias y estructuración social de

científico-tecnológicas:

un

estudio de

las

comunidades

inteligencia

caso en

artificial: lVlikel Cslazarán

.

169

La construcción del futuro: Miguel A. Quintanilla Innovaciones teóricas en la economía del cambio tecnológico:

.

201

Alfonso Bravo juega

.

217

7

Introducción

LA FILOSOFÍA Y LA TECNOLOGÍA:

UNA BUENA RELACIÓN

Fernando

Broncano

Los ensayos que recoge este volumen resultan del trabajoque du- rante más de tres años hemos ido desarrollando en el marco del programa «Estructura, dinámica y evaluación de sistemas tecnoló- gicos)', acogidos en el Instituto de filosofía del C'ilC y financiados por el Programa de Desarrollo General del Conocimiento. A lo lar- go de varios años nos hemos reunido sistemáticamente y hemos discutido los trabajos que se habían ido gestando en el curso del proyecto. Algunos de los participantes, como Javier Aracil y Miguel Angel Quintanilla, habían escrito ya algunos trabajos filosóficos so- hre la tecnología, los demás estábamos comenzando a pensar filo- sóficamente en todos o algunos de los aspectos de las técnicas o de la tecnología. El programa siguió un rumbo propio, por encima de nuestras previsiones iniciales, al compás de nuestras discusiones, que iban poco a poco derivando las primeras perspectivas generales hacia un conjunto de temas y problemas más específicos y concre- tos, que se habían ido volviendo cada vez más importantes, a medi- da que dábamos vueltas a las ideas, y que coinciden con Jos recogi- dos en este volumen. Sin embargo, han permanecido o se han afianzado algunas de las preocupaciones primitivas que nos impulsaron a co- menzar el trabajo, muchas de las cuales han aparecido ya en varias publicaciones individuales y colectivas de los miembros del grupo.

UN PROYECTO DE FIl.OSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA

La tecnología no ha merecido la misma atención de los filósofos que otros campos de la cultura. Una explicación repetida entre quienes han notado la falta achaca el defecto al sesgo teoricista de nuestra cultura. Se nos dice que el pensamiento occidental ha despreciado

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I H<NANl)O

BRO"JCANO

tradicionalmente el saber práctico, las artesanías y las tejnes. Sin

embargo no es completamente cierto este olvido. Los filósofos mo- dernos que hicieron posible la ciencia en el sentido actual del térmi- no estaban atentos a las innovaciones de los artesanos constructo- res ?e inge.ni,os que estaban cambiando las formas de producción y la vida cotidiana desde el Renacimiento y la baja Edad Media. No es cierto ese olvido en Ba~on y dudosamente 10 es en Descartes, por no recordar la alta capacidad técnica de científicos-filósofos como Galileo y Newron. El propio Leibniz, paradigma de filósofos abs- tract~)s, dedica m~chas,horas de su trabajo a problemas que hoy consideramos de ingenierfa, como es el cálculo de resistencia de vigas. No es tan cierto, pues, que los filósofos modernos, en los cuales se fundamenta en gran parte el pensamiento contemporáneo, hayan desprecI,adc: las artes. prácticas. La razón de la poca impor- t~ncIaque la tecnica ha tenido en la cultura hay que buscarla, más b~en, e~ un lugar mucho más conspicuo: en la poca importan- era relativa que tiene la técnica en el dominio general de la cultura

e incluso de la vida cotidiana antes de la revolución industrial de

los siglos XVITI-XIX. Las actividades intelectuales como la ciencia

y. el arte, .como. toda actividad humana en todo tiempo y espa- CIO, usan, mvesngnn, desarrollan y aplican técnicas, pero su depen- dencia de la técnica para su propio desarrollo no es tan clara y

evidente como 10 será en los dos siglos posteriores. En los siglos XIX

y XX la dependencia tecnológica de todas las actividades cultu-

rales ,s~hace presente,:o todo momento del proceso de creación, pro- ducción y reproducción cultural. La cultura no existe no sobrevive

.

,

,

SI no es en un medio progresivamente más sofisticado tecnoló-

gicamente.

Esta misma razón explica el interés creciente que suscita la tec- nología como objeto de pensamiento. No hay un solo dominio cul-

la progresiva

Implantación de sistemas tecnológicos. Félix de Azúa notaba en un

r~~lente ~rtículo periodí~tic~ ~ómo la difusión de sistemas de audi-

Clan muslca~ en la propia VIVIenda ha hecho más receptivos a los oye.ntes hacia formas más puras de la música clásica interpretadas en, l~strumentos origina~es, por encima de la tradición de la gran música burguesa que eXige grandes espacios y eventos para ser es- cuchada. Y Eugenio Trías confesaba también no hace mucho el ca- rácter cinematográfico de su estilo de escritura, corroborando que la mezcla de las artes ya ha alcanzado el propio ensayo filosófico. Así, el cine, arte emergente en el cacharrería técnico del siglo, se venga de sus padres, la novela, el teatro, la pintura. Si, a pesar ,de la preocupación que suscita la tecnología, apenas e~contramosfIlósofos que conviertan la técnica en objeto de pensa- miento, hasta el punto de que la historia del pensamiento filosófico sobre la técnica en nuestro siglo ocuparía poco más de un estante de

~ural que ~o haya sido transformado radicalmente por

10

IN II<OIlU( {1r'lN

una biblioteca bien dotada, tal vez debamos atribuirlo a otra razón añadida: es posible que la velocidad y profundidad del proceso de transformación que la tecnología causa en los modos y formas cul- turales haya vuelto opaco el sentido de los cambios, en el mismo sentido en el que los cambios revolucionarios se muestran opacos para aquellos a quienes toca vivir en el ojo del huracán de la histo- ria. La novedad del proceso y la ausencia de referentes históricos no facilita tampoco la tarea del filósofo que desea meditar sobre la técnica. Como tampoco la facilita el hecho de que la ciencia, la tec- nología y la industria formen ya un entramado que sólo a efectos académicos tiene sentido dividir como formas culturales. A estas dificultades no es ajena la actitud distante y externa de muchas actitudes intelectuales, que ven en la técnica la madre de todos los males o, por el contrario, de todas las soluciones a los males que nos aquejan. Pertenece a esta actitud externalista la con- sideración de la tecnología como una caja negra de la que sólo inte- resan los productos y/o las consecuencias de los productos, pero no los métodos de trabajo, la especial forma de su conocimiento, el modo en el que se articulan los factores sociológicos y económicos con los intereses estrictos de la investigación, la misma filosofía interna al sistema de trabajo del ingeniero, proyectista o investiga- dor. A pesar de que la falta de tradición filosófica no debería haber- nos hecho muy escrupulosos en 10 que respecta a nuestras fuentes, desde las primeras reuniones nos unió la convicción de que las pers- pectivas externalisras eran un camino engañosamente fácil de se- guir y que deberíamos evitar, aun si nuestras tendencias filosóficas nos inclinaban a ello.

MÁs ALLÁ DEL filEN Y DEL MAL TECNOLÓGICOS

¿Acaso los sistemas, teorías, métodos y artefactos tecnológicos son neutros ética y políticamente? ¿Acaso hay tecnologías intrínseca- mente malas, que exijan la resistencia incondicional de los espíritus avisados? ¿Acaso hay tecnologías intrínsecamente buenas que justi- fiquen no importa qué sacrificio en pro de su implantación? ¿Será tal vez el uso lo que hace a las tecnologías malas o buenas? Estas preguntas forman parte de nuestra conciencia ilustrada de fin de siglo. Son las preguntas que uno se hace al principio y al final de una aventura de reflexión sobre la técnica y, desde luego, nos lleva- ron una buena parte del tiempo de discusión. No hemos encontrado una respuesta única, sensata y aceptable para todos, pero a cambio discutimos seriamente las condiciones que podría tener una respuesta a estas preguntas. Quintanilla había propuesto en su libro Tecnología. Un enfoque filosófico la siguiente fórmula: «Una tecnología mala es una mala

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I Lf,NANUO

Hk.üNCANl)

tecnología». La fórmula no sienta una cuestión de principio, pero restaura una dimensión humana en los criterios de aceptabilidad tecnológicos: el punto de vista del usuario, el punto de vista social, en el caso que nos ocupa. Si socialmente se llega a considerar que una tecnología es mala desde el punto de vista de las consecuencias que entraña, el juicio moral indicaría una deficiencia seria en el juici? técnico que ha llevado a la decisión de aceptar esa tecnología. La formula era, pues, una propuesta para considerar las cuestiones de ética de la tecnología en términos naturalistas. Hay dos formas de introducir la dimensión valorativa dentro de la tecnología. La primera deriva de considerar el juicio moral como result~do de una in!u.ición y aplicación de valores generales que transcIenden.el dominio de las consecuencias de los hechos que juz- gamos. El SUjeto moral, individuo o colectividad, debe estar dota- do, se&ún esta perspectiva, de alguna competencia, sentido moral o mecam~mo de acuerdo colectivo tal que, por su universalidad, in- dep~ndI.e~te de las características particulares del objeto de juicio, su eJerCICIO, se resuelva en juicios cargados de legitimidad. El otro punto de VIsta es mucho más cauteloso frente a la clarividencia de n.uestras capacidades de juicio moral en tanto que sujetos empí- neos y normales. En lo que respecta a la tecnología es consciente de lo difícil que es el cálculo de las consecuencias de la tecnología sin usar conocimientos técnicos. No son pocas las veces que nues- tras intuiciones sesgan los juicios mucho más de lo que es capaz de sopo,rtar n~le.st~oorgullo, aunque bien es cierto que eso no es patri- momo del JUlClO moral, pero es en dicho juicio en el que las cuestio- nes de legitimidad se suscitan con más frecuencia y dramatismo. "Así, pues, pronto llegamos a la convicción de la necesidad si no suficiencia, de tener una buena teoría y una mejor práctica para valorar prematuramente las opciones tecnológicas como condición para la mejora de nuestras capacidades de juicio moral.

CRITERIOS PARA LA EVALUACIÓN

DE TECNOLOGÍAS

Si nuestras intuiciones morales no son infalibles para juzgar el desa- rrollo y la aplicación de nuevas tecnologías, debemos acudir a otros criterios que no sean los estrictamente morales, o quizás, como pa- rece estar implícito en el dictum de Quintanilla, tal vez los valores morales sobrevengan o se determinen cuando se determinen los va- lores en otros campos, como lo son las consecuencias observables de los proyectos tecnológicos y, su aplicación en la producción. Los valores bajo los que cabe discutir un proyecto tecnológico son in- ternos o externos. Los internos dependen de criterios funcionales que se fijan en el-contexto del conocimiento científico y tecnológi- co y nos permiten juzgar la realizabilidad, fiabilidad y eficiencia de

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IN 11{(JIJUl.CllJN

los sistemas que se inventan y desarrollan. Los valores externos de- penden de criterios que tienen en cuenta los sujetos sociales y facto- res varios implicados en la tecnología: económicos, sociales, ecoló- gicos, morales y otros. El predominio de valores externos puede ser visto por los ingenieros y científicos como una interferencia en el desarrollo normal del proceso autónomo de la tecnología. El pre- dominio de valores externos, consecuencia del hecho de que la tec- nología sobrevive a causa de su utilidad económica y social, tiende a ser visto por los agentes sociales implicados como resultado de un dominio de tecnócratas, quienes estarían generalizando injustifica- damente criterios de eficiencia internos a campos en los que ya no son sujetos legítimos de decisión. En el marco de una empresa nadie pone en duda que las propuestas de los departamentos técnicos de Investigación y Desarrollo se subordinan a otros departamentos en los que las decisiones tienen en cuenta valores más generales para el interés de la empresa, que, en ocasiones, no coinciden o contradi- cen los intereses puramente técnicos. En el marco general de la so- ciedad, sin embargo, no hay criterios tan claros como los económi- cos para adoptar decisiones en los terrenos científico y tecnológico. Las decisiones sobre cualquiera de estas materias son en sí compli- cadas por la dimensión y el número de los criterios en los que se basa la decisión. De ahí que hayan ido naciendo nuevos campos de investigación y asesoría a los agentes sobre los que recaen las res- ponsabilidades de la decisión o el control social sobre la ciencia y la tecnología, sobre su investigación, desarrollo y aplicación social. Son los llamados programas de evaluación de la ciencia y la tecno- logía, evaluación de políticas científicas, estudios sociales sobre la ciencia y, en general, estudios que se agrupan bajo la trilogía de ciencia, técnica y sociedad. La evaluación de la tecnología es uno de los campos en los que la perspectiva filosófica puede servir de ayuda, sea en el análisis y dilucidación de los conceptos, sea en la propuesta positiva de crite- rios. De hecho ha sido uno de los campos relacionados con la tec- nología en los que la aportación de los filósofos ha sido más noto- ria. Hemos discutido numerosas veces acerca de la evaluación. No hay, o no las hemos encontrado, recetas rápidas para aplicar en situaciones de incertidumbre. Sí estamos convencidos, sin embar- go, de cuál es el camino que debemos perseguir: es urgente comen- zar estudios que nos ayuden a conocer los valores implicados en las decisiones tecnológicas ya desde los primeros momentos de forma- ción de las tecnologías. La evaluación exige conocimiento del modo en el que se desa- rrollan y desenvuelven las innovaciones técnicas desde los primeros momentos de su concepción intelectual en el seno de los grupos de investigación. La investigación de las políticas de desarrollo cientí- fico y tecnológico es un instrumento cada vez más necesario para ir

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11 F\NANI)()

11f<,ONCI\NO

abriendo la «caja negra» que N. Rosenberg, en un libro ya clásico, pensaba que formaban las relaciones entre ciencia, tecnología, eco- nomía y sociedad. El estudio de las interacciones entre la dinámica de las comunidades científicas y el proceso de innovación tecnoló- gico es uno de los campos de urgente investigación: el conocimien- to y la sensatez en la propuesta y aplicación de criterios para el desarrollo y el control de la tecnología crecen juntos. La interacción entre la investigación y el desarrollo científico y tecnológico, por una parte, y el desarrollo económico, por la otra, es tan universalmente aceptada como difícil de establecer. Alfonso Bravo ha estudiado en varios trabajos casi exhaustivamente la his- toria del pensamiento económico acerca de la innovación y aportó al grupo la mirada del economista. En el estudio que recoge este volumen recoge las nuevas perspectivas teóricas que han abierto los

economistas del SPRU (Science Policy Research Unity) de la univer- sidad de Sussex.

Esta recomendación teórica de comenzar a estudiar las políticas de innovación se ha tomado tan en serio en el grupo que, posterior- mente al desarrollo del proyecto de Filosofía de la Tecnología,

Quintanilla promovió la formación del grupo de Evaluación de Po- líticas Científicas y Tecnológicas (EPOC), en el que participan va-

rios de los componentes que colaboran en este volumen, entre ellos su actual director, Alfonso Bravo, y que en el corto periodo de dos años de funcionamiento ha producido un inmenso material sobre la situación de la investigación científica y tecnológica en nuestro país

y en Europa. Los trabajos del grupo EPOC han reafirmado en la

práctica 10 que se puso de manifiesto en las reuniones teóricas: la necesidad del estudio de los mecanismos internos de desarrollo de la innovación tecnológica. La detección de sesgos y tendencias en la innovación desde los primeros momentos de la investigación, me- diante el estudio de indicadores y la prospección de las consecuen- cias internas y externas, es el método para que nuestras decisiones morales supongan y, por el contrario, no excluyan el ejercicio de nuestras mejores capacidades de racionalidad colectiva. La investi- gación científica y la innovación y el desarrollo son ya demasiado grandes y demasiado caras para que nos permitamos el lujo de des- conocer las tendencias que generan sus mecanismos internos de

desarrollo. La sociedad paga el sistema de Invesrigación y Desarrollo y este

sistema produce el conocimiento que presuntamente necesita esa sociedad. En consecuencia, la sociedad fija sus prioridades de inves- tigación, estimula económicamente esas prioridades y la comuni- dad científica orienta en esa dirección sus investigaciones. Así es como muchos dirigentes económicos y políticos piensan que debe enfocarse la política de investigación. Se trata de una política con- ductista de estímulo y respuesta que se supone efectiva en el mismo

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IN 1 HO[)tJCCI6N

sentido en el que el mercado es efectivo en el logro de situaciones de equilibrio económico. Se trata de una política basada en una teoría de caja negra del sistema de investigación. Teoría que, en muchas ocasiones, comparten Jos propios investigadores cuando miran a las estructuras sociales solamente como una fuente de financia- ción que les es debida en función del interés que presuntamente tiene su investigación. Pero las teorías conductisras, como todas las teorías de caja negra, solamente tienen en cuenta el ambiente exter- no, sin reparar en la importancia del ambiente interno, en este caso las estructuras que configuran el sistema de investigación. La socio- logía de la ciencia y de la tecnología, una disciplina de apenas unas décadas de historia, ha comenzado a desentrañar en parte algunos de esos mecanismos. La aportación al proyecto de Mikel Olazarán, un sociólogo de la ciencia formado en la escuela de Edimburgo, muestra un caso muy significativo en el sector de la informática: la dirección en los años setenta de la investigación en arquitecturas computacionales hacia los ordenadores y la programación secuen- cial clásica en vez de hacia el paralelismo masivo, una tecnología tan vieja como la otra, estuvo causada por decisiones que depen- dían de las jerarquías internas de la ciencia. La sociedad establece sus necesidades en la medida del conocimiento que tiene de sus posibilidades, y este conocimiento se lo proporcionan en una gran medida las expectativas de las comunidades científicas. De manera que sería una locura no tomarnos en serio cuáles son los mecanis- mos de interacción entre el medio ambiente externo de la ciencia y

su medio ambiente inrerno. El trabajo de Mignel A. Quintanilla

presenta datos acerca del nuevo contexto de la ciencia y la tecnolo- gía, en el que nace la urgente necesidad de evaluación de la tecno- logía y establece un buen marco teórico para concebir esta evalua- ción social de una manera comprensiva.

CONOCIMIENTO y

REALIDAD EN LA TECNOLOGÍA

Javier Aracil es el único de nuestro grupo que pertenece profesio- nalmente al campo de la ingeniería en activo. Desde su Departa-

mento de Electrónica y Automática de la Escuela Superior de Inge-

nieros Industriales de Sevilla, ha desarrollado técnicas de dinámica de sistemas para su uso en simulación del comportamiento de siste- mas complejos, no importa cuál sea su naturaleza, artificial, social o natural. Desde que se incorporó al grupo ha sido una fuente de

problemas filosóficos que nacen directamente de la práctica de la

tecnología. En un grupo en el que predominaban numéricamente los filósofos, ha sido, sorprendente pero no casualmente, la voz que

más se ha alzado en favor de un planteamiento radical de los pro-

blemas filosóficos que presenta la tecnología, en tanto que aparece como un nuevo modo de conocimiento.

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flkUNCAhO

La ciencia y la tecnología forman ya un entramado único en el que es difícil separar una práctica de la otra. La tecnología es un conjunto sistemático de acciones de transformación, dirigidas por reglas y articuladas en planes que, cuando resultan exitosos, permi- ten la realización del objetivo planificado en un cierto grado. Las reglas involucran procesos naturales regulares o legales que pueden estar mejor o peor conocidos al tiempo de formular el plan o dise- ño. Un diseño es un modelo que representa las acciones que han de llevarse a cabo de una manera abstracta. No las representa en su totalidad, a menos que el diseño se convierta en la propia realiza- ción del plan. A los ingenieros los paga la sociedad principalmente para que hagan diseños. Para llevarlos a cabo el ingeniero realiza un modelo que simula el sistema sobre el que se ha de actuar. En es- te modelo emplea los materiales conceptuales que tiene a mano. No siempre dispone de teorías científicas precisas sobre los procesos que ocurren en el sistema y, por el contrario, muy a menudo cons- truye el modelo representando procesos de muy diversos niveles de realidad natural. Pongamos por caso los modelos que debe desarro- llar un urbanista: las propiedades que debe tener en cuenta involu- cran procesos que alcanzan desde los niveles de resistencia de mate- riales hasta los hábitos y patrones sociales de los futuros usuarios del sistema. El ingeniero no siempre tiene a su disposición teorías, pero sí conoce Jos criterios por 1<)S que va a ser juzgada su labor, por la eficacia del sistema que se construya y por la precisión de las predicciones que haga su modelo. Muchas discusiones las hemos dedicado al peculiar carácter que tienen los modelos en la tecnolo- gía, y tal vez, crecienternente, en la ciencia. La introducción de las nuevas técnicas de simulación matemática de la realidad, posibilita- das por el uso de ordenadores con grandes capacidades de cálculo, está introduciendo una nueva dimensión metodológica en la inves- tigación, posiblemente del mismo calibre que tuvo la aparición de los métodos de investigación empírica durante las revoluciones cien- tíficas del XVII y XVIII. La importancia filosófica de estos métodos ha sido señalada reiteradamente por Javier Aracil y por Margarita Vázquez. Hasta qué punto una simulación exitosa «construye» una nueva representación de la realidad para la que anteriormente no existía ninguna teoría. De la profundidad de esta pregunta sola- mente puede uno darse cuenta cuando repara en que las simulacio- nes de procesos en no pocas ocasiones descubren propiedades es- tructurales que de otra manera estarían ocultas, aun bajo la escrutadora mirada del científico teórico. ¿Es que acaso la simulación para la práctica va a convertirse en una nueva forma de teorizar? Son muchas las lecciones que uno puede aprender de la simula- ción de sistemas. Muchas son las que nos enseña el trabajo de Mar- garita Vázquez, quien ha dedicado numerosos trabajos a la concep- ción sistémica de la realidad y al significado de la simulación. Repárese

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l"JII<ODUCClÓN

en que la concepción sistémica de la realidad se ha convertido en la forma más extendida de representarnos la naturaleza en una época en la que se ha puesto de manifiesto el naufragio de los reduccionis- mas. Posiblemente la concepción sistémica sea la primera gran apor- tación, junto a la teoría de la información, que la tecnología ha hecho a la visión contemporánea del mundo. Todos los objetos y procesos se han modificado bajo el impacto conceptual de estos dos grandes instrumentos de análisis.

LA

SIMULACIÓN ARTIFICIAl

DF

LA VIDA INTEl.lCENTE

La conducta de un sistema puede ser descrita y representada de muchas maneras. Una de ellas es la descripción funcional: es aque- lla en las que las partes del sistema no se describen por las propie- dades materiales que las constituyen, sino por cómo su conducta coopera a la conducta total del sistema del que forman parte. Des- cribimos funcionalmente una biela como una pieza que transforma movimiento circular en movimiento rectilíneo de vaivén, y no nos importa si la biela está hecha de este o aquel material. Los progra- mas de computador son, en este mismo sentido, representaciones funcionales de la información cuando ésta se transforma en nueva información. La aparición de los computadores ha permitido la si- mulación de, entre otras muchas cosas como son los cálculos, las listas de datos, los movimientos y transformaciones espaciales de las imágenes, ciertas funciones que caracterizamos como inteligen- tes. El ordenador ha dado nacimiento a una nueva área de investi- gaciones que ha devenido en ser llamada ciencia cognitiva, aunque agrupa actividades de muy diversa índole que van desde la inteli- gencia artificial a la psicología cognitiva, la robótica y, reciente- mente, la llamada «vida artificial». La ciencia cognitiva puede ser calificada como el producto contemporáneo más importante de la simulación como instrumento de investigación de la realidad. Tres de los trabajos que presenta este volumen se dedican precisamente a

cuestiones relacionadas C011 la ciencia cognitiva. El trabajo de Bron- cano se toma en serio la idea de que simular es reconstruir la estruc-

tura de un sistema.

Si esto es así la división entre lo natural y lo

artificial debería ser puesta en cuestión precisamente allí donde nos parece más ardua de tratar filosóficamente: équé ocurriría si tratá-

semos de «construir» una persona, suponiendo que una persona es un sistema muy complejo de funciones? La imposibilidad de llevar a cabo el proyecto no impide la seriedad de la pregunta. Qué sea 10 natural y qué 10 artificial en los sistemas cognitivos que somos las personas es una cuestión que posiblemente habrá de ser tratada por otros métodos que nuestras propias intuiciones acerca de nosotros mismos en una época en la que muchas de nuestras funciones son -simulables». Jesús Ezquerro y Mikel Olazarán tratan desde pers-

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I ~RNAN[)O

Bf,ONCANO

pectivas muy diferentes del impacto que ha producido en la repre- sentación de nuestros sistemas cognitivos la extensión de nuevas técnicas de tratamiento computacional derivados de las arquitectu- ras de procesamiento masivamente paralelo. Se trata de los méto- dos conexionistas, que tratan de simular computacionalmente la estructura de las neuronas. La filosofía conexionista ha permitido

pensar, al menos como posibilidad, la simulación de un sistema cerebral, y no simplemente de sus funciones. Ezquerro analiza una parte del impacto que estos métodos están teniendo en el modo en el que los filósofos explican la conducta humana. Que una tecnolo- gía computacional transforme de manera radical la visión filosófica de la conducta humana es posiblemente algo que no se producía desde la emergencia en el siglo XVII de los modelos mecanicistas, en los que el cuerpo, que no la mente, se representaba bajo el modelo de los sistemas mecánicos. No es imposible que las técnicas de com- putación estén transformando de manera igualmente radical nues- tra concepción de nosotros mismos.

El análisis de Mikel Olazarán del conexionismo, al que ya alu-

dimos anteriormente, nos introduce en esta visión conceptual de las aplicaciones del procesamiento masivamente paralelo, pero, sobre todo, nos reintroduce de nuevo en los extraños caminos por los que el conocimiento se entrelaza con muy diversos factores sociales for- mando una red de interacciones que no son fácilmente reducibles a fáciles determinismos de un solo nivel sobre los demás.

LA TECNOLOGÍA VISTA DESDE DENTRO:

HACIA UNA NUEVA FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA

Los problemas conceptuales más abstractos de cualquier campo de

la actividad humana involucran lo que los filósofos llaman episte-

mología, o estudio de los problemas del conocimiento práctico en ese dominio, y ontología, o estudio de los objetos de los que tra- ta ese dominio. Las reglas de acción conforman aquello específico

del lenguaje tecnológico, aquello que distingne los resultados del

ingeniero de los de cualquier otro investigador. Sin embargo, por el predominio del estudio de las proposiciones científicas, o del len-

guaje cotidiano, las reglas tecnológicas no han recibido la atención

analítica que merecen. El trabajo de ] osefa Toribio es un ejemplo de

cómo los precisos instrumentos de la filosofía analítica actual pue- den ayudar a una nueva visión de la tecnología. Lo mismo cabe decir del trabajo de Manuel Liz, Ambos son, en ciento sentido, ma- nifiestos programáticos de nuestras intenciones al pensar la tec- nología: integrar las perspectivas, someterse al control del rigor, y, al tiempo, aceptar que la tecnología es ya el principal determinante de nuestra relación práctica y cognoscitiva con el mundo. La tecno-

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1 I-:U 1) 1; 1

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logía moderna, que nace de la revolución científica y de la revolu- ción industrial, determina nuevos ámbitos de realidad en los que las nociones de control, de reglas de acción eficaz y de racionalidad adquieren nuevos sentidos en la medida en se aplican a grandes sistemas en los que la cooperación de los agentes, el control de resultados y la eficacia determinan una manera nueva y no sólo distinta de relacionarse el hombre con su entorno. Necesitamos ur- gentemente nuevos instrumentos conceptuales para pensar la tec- nología. Los que hemos heredado solamente nos sirven hasta un punto, mas allá del cual la novedad del fenómeno ante el que nos encontramos los hace inaplicables. Tal vez estos dos ensayos, así como los restantes del volumen, hayan dado un paso en este ca-

mmo.

En realidad el objetivo que ha guiado todas nuestras reuniones ha sido el de renovar los estudios sobre la tecnología sacándolos de la visión externalista para plantearse un problemas filosóficos que surjan de una representación más real de lo que es la práctica de la tecnología, admitiendo sin duda que es una práctica insertada en un mundo de instituciones sociales políticas económicas y de conoci- miento, pero no renunciando a lo específico que la tecnología ha aportado como nueva forma de práctica. Porque si alguna defini-

ción cabe de tecnología es la de organizacion social de la transfor- mación creativa de la naturaleza. Muchos años nos separan de las

meditaciones orteguianas sobre la técnica, uno de los primeros y el más serio intento de una filosofía interna de la tecnología. Con más audacia que modestia queremos que estos ensayos continúen esta tradición.

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MODELOS TECNOLÓGICOS Y REALIDAD

CONOCER Y ACTUAR A TRAVÉS DE LA TECNOLOGÍA I

Manuel

Liz

Universidad de La Laguna

"La técnicas, CUYJ. misión es re~()lvcrle al hombre problemas, se ha convenido de pronto en un nuevo y gigantesco problema.»

f. ORTr:(;A y GASSET, Meditación de la técnica

1. CONOCER y ACTUAR A TRAVÉS DE LA TECNOLOGíA

La gran misión tradicionalmente encomendada a la técnica ha sido la de resolverle al hombre sus problemas prácticos y satisfacer sus intereses actuando en la realidad. El caso es que la técnica, así en- tendida, se ha convertido de pronto en un nuevo y gigantesco pro- blema. Buena parte de la técnica se ha transformado actualmente en tecnologia': Nuestro mundo y nuestras vidas han sido invadidas por la tecnología. Por productos, procesos y lenguajes tecnológi- cos. Casi cualquier relación que intentemos mantener con la natu- raleza, con los demás o incluso con nosotros mismos se encuentra ya mediada por la tecnología. Y la propia reflexión sobre nuestro conocimiento y nuestra acción no puede seguir manteniéndose al

1. Quiero agradecer aquí [os numerosos comentarios y críticas que este trabajo ha

recibido; especialmente los debidos al resto de los miembros del Proyecto de Investigación sobre Filosofía de la Tecnología desarrollado estos últimos años en el Instituto de Filosofía del CSIC, así como los rtalizóldos por algunos de mis compañeros de la facultad de Filoso- fía de [a Universidad de La Laguna. También debo agradecer a mis alumnos del curso de

doctorado sobre filosofía de la tecnología, llevado a cabo durante el curso 90-91, muchas t importantes sugerencias en todos estos temas.

2. Las características generales de este camh¡o serán analizadas en ti siguiente apar-

tado.

23

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margen de este desarrollo tecnológico. No podemos perder el tren. Hubo un tiempo en el que conocíamos, actuábamos y reflexionába- mos sobre nuestro conocimiento y acción a través de la religión, la magia, la poesía, la técnica, la filosofía o la ciencia. Hoy día debe- mos también aprender a conocer y a actuar a través de la tecnología. Quien acepte que la ciencia nos ofrece un buen ejemplo de lo que es la racionalidad epistemica, de su estructura, valor y límites, se sentirá también tentado a considerar la tecnología como un buen ejemplo de la estructura, valor y límites de la racionalidad práctica. A través del análisis de la ciencia podríamos así hacernos una idea de lo que constituirían las virtudes epistérnicas y, a través de la tecnología, una idea de lo que constituirían las virtudes prácticas. Este sería el planteamiento general en el que se desenvuelven algu- nas filosofías de la ciencia y de la tecnología, a mi entender, más estimulantes \. Con ello, no se estaría afirmando que todo en la ciencia y la tecnología sea racional. Lo que se suscita aquí es otra cosa. Se trata de un giro radical de nuestra perspectiva filosófica. La cues- tión no es cómo justificar la racionalidad epistérnica de la ciencia y la racionalidad práctica de la tecnología, sino adoptar la ciencia y la tecnología como ejemplos privilegiados de nuestra racionalidad, co- mo productos sumamente elaborados de nuestras capacidades ra- cionales (de las nuestras, para bien o para mal, no de las de nadie ni de nada ajeno a nosotros mismos), analizar críticamente su funcio- namiento y hacer explícitos los rasgos con los que mejor podamos caracterizar y profundizar esa racionalidad. El anterior planteamiento puede seguir siendo provechoso al pie de la letra allí donde sea aún posible distinguir con nitidez entre ciencia y tecnologja.r'All¡ donde, por ejemplo, la ciencia permanez- ca desinteresada de sus posibles aplicaciones y donde la tecnología no sea más que ciencia aplicada en función de intereses y objetivos extraídos de un contexto social completamente extraño a la activi- dad científica; En esta situación, todos los elementos epistémicos de la tecnología serán aportados por la ciencia y todos sus elemen- tos prácticos provendrán del exterior de la esfera científica. Sin embargo, donde no podamos seguir manteniendo esta descripción, será necesario introducir algunos pequeños cambios en nuestro es- quema. El caso es que esa manera de describir los papeles de la ciencia y de la tecnología resulta cada vez más inapropiada en nues- tro mundo contemporáneo. La tecnología apenas puede ser ya con- siderada sólo como un ejemplo paradigmático para analizar exclu- sivamente los mecanismos de la racionalidad práctica. Ni la ciencia para hacer 10 mismo únicamente respecto de la racionalidad episré- mica. Muchas formas actuales de la tecnología pueden ser vistas

como ofreciendo buenos ejemplos tanto de racionalidad epistemi-

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Véase, por ejemplo, Quinr.milln, In 1.19R9a y 1n9h.

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ca como práctica. Ejemplos distintos de los que 005 podían ofrecer

la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas. La situación ha cambia-

do, La tecnología actual, cada vez más, no representa sólo un pecu- liar modo de actuar sino también de conocer la realidad. En esta última peculiaridad, y no sólo en el conocimiento científico que incorpora, descansa gran parte del valor actual de la tecnología, particularmente su valor para orientar nuestro conocimiento y nuestra acción.

2. TÉCNICA y TECNOLOCÍA

Hemos dicho más arriba que buena parte de la técnica se ha conver- tido actualmente en tecnología. Es necesario aclarar esto. Los con- ceptos de técnica, tecnología y sus derivados son enormemente ambiguos y en muchos contextos pueden ser considerados como sinónimos. Uno de los casos más patentes donde esto es así se en- cuentra precisamente en las denominaciones «escuela técnica» y «estudios técnicos». Sin embargo, técnica y tecnología pueden dis- tinguirse en un importante sentido. Las técnicas serían actividades

o sistemas de acciones artesanales, artísticas, dirigidas hacia el pro- pio cuerpo y su entorno inmediato, etc., de carácter socialmente estructurado pero no directamente integradas en los modernos pro- cesos productivos industriales, generalmente organizados en torno

a la institución de la empresa (pública o privada), ni vinculadas a la

actividad científica. Las técnicas son, pues, en primer lugar, siste- mas de acciones articulados según reglas de carácter social, no ac- ciones aisladas y ocasionales. Son, además, sistemas de acciones muy independientes del desarrollo de la industria y de la ciencia. Las tecnologías, por otro lado, serían también actividades o siste- mas de acciones socialmente estructuradas, pero esta vez sumamen- te integradas en los procesos productivos industriales y estrecha- mente vinculadas al conocimiento científico. Así, hablamos de la técnica de la acuarela, de técnicas de estudio, de técnicas de escritu- ra o de técnicas de relajación, y distinguimos este tipo de activida- des de, por ejemplo, la tecnología informática, la tecnología nu- clear o la tecnología aeronáutica. Nuestra distinción admitiría grados y aspectos. La integración

en los modernos procesos productivos industriales, en los macrosis- temas empresariales de producción organizada de bienes, así como la vinculación a la ciencia, pueden darse de muchas formas y con mayor o menor intensidad en todas ellas. Esto podría llegar a plan- tear prohlemas respecto a la identificación de cierta actividad como perteneciente a la técnica o a la tecnología. Piénsense, por ejemplo, en las técnicas/tecnologías de fabricación de vinos o perfumes. La misma dificultad surge frente a muchas de las actuales técnicas/ tecnologías agrícolas y ganaderas, o en algunas técnicas/tecnologías

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de materiales. Estos problemas, sin embargo, no hacen más que reflejar una situación real de indeterminación y, de todas formas, las diferencias deben resultar claras en los casos más extremos. Nuestra distinción permitiría, también, una mutua incorpora- ción técnico-tecnológica. Permitiría la existencia de ciertas activi- dades técnicas dentro de actividades de tipo tecnológico y viceversa, lo cual es, por otra parte, la situación habitual. La relación entre estas actividades podría entenderse como una relación de «parte-a-todo» en la que la identidad del sistema total debería resultar inalterada a través de ciertos cambios que puedan sufrir algunas de sus partes. Exactamente la misma tecnología admitiría muy variados cambios en algunas de las actividades técnicas que pueda involucrar. Una tecnología particular de producción de energía nuclear, pongamos por caso, podría no cambiar sustancialmente aunque algunos de sus ejecutores realizaran con mucha mayor habilidad su tarea gracias a un especial entrenamiento y a una serie de nuevas estrategias em- pleadas a la hora, por ejemplo, de organizar y manipular los contro- les térmicos. Cosas muy semejantes podríamos decir de algunas téc- nicas capaces, de alguna forma, de incorporar tecnologías. Hemos dicho que las técnicas y las tecnologías son actividades o sistemas de acciones". Una actividad concreta ha de ser siempre realizada por agentes concretos en un medio material concreto y a través de instrumentos concretos. Y todos estos elementos han de ser caracterizables respecto a propiedades físicas o materiales de algún tipo. Al menos en lo que concierne a la técnica y la tecnolo- gía, hemos de suponer que los ángeles o los espíritus no realizan actividad alguna. Por otra parte, las clases de técnicas y tecnologías serían clases de actividades. Mientras que las actividades concretas han de estar siempre, por decirlo así, encarnadas, las clases de acti- vidades, no. La clases de actividades son, por definición, entidades abstractas. Al clasificar actividades técnicas y tecnológicas concre- tas, damos contenido a las expresiones ,<[ es la misma (o una

distinta) técnica que

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generalizadoras. Los casos límites vendrían descritos, respectiva- mente, mediante expresiones sumamente especificadoras como «la

técnica (tecnología) de «la técnica (tecnologfa)».

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es la misma (o una distinta) tecnolo-

». Estas clasificaciones pueden ser más o menos finas o

», o máximamente generalizadoras como

4. Una conceptualiz.rciún rigurosa y enormemente sugerente de la técnica y la tecno-

logía a través de la noción de sistema de acciones se encuentra en Quimanilln (l'olS'ol). Para este autor, las teuwlogías serían sistemas técnicos especialmente vinculados al conocimicri- to científico, y todo sistema técnico sería un sistcrua de acciunev en parte intencionales v cn parte no intencionales. Las distinciones que nosctro, estamos uquf señalando entre téc~ica y tccnología serían perfectamente compatibles con la mayoría de estos análisis, con la única

rnatizarión de que reservamos el nombre de técuicn sot., para esos sistemas técnicos no cualificados como tccnologías.

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Al desarrollar nuestras clasificaciones, las propiedades físicas o materiales de los agentes, medios e instrumentos que integran las

actividades técnicas o tecnológicas concretas pueden ser relevantes o no. En la medida en que esas propiedades sean relevantes, resulta-

rá obvio que las clases de técnicas y tecnologías que determinemos

no podrán ser caracterizadas únicamente a través de propiedades simplemente funcionales; por ejemplo, a través de propiedades in- formacionales. Es decir, en relación a propiedades cuya naturaleza consista justamente en mantenerse indiferentes respecto de las pe- culiaridades físicas o materiales concretas de aquellas cosas que las encarnan. Como toda clase, estas clases de técnicas y tecnologías serán siempre objetos abstractos diferentes de sus realizaciones con- cretas, pero en este caso no podrán ser descritas únicamente en tér- minos, por ejemplo, informacionales. Por otro lado, en la medida

aqu~laspropie?~des.físicas o materiales pas~n a ser irrele-

en que vantes en nuestras clasificaciones, las clases de tecmcas y tecnolo- gías que obtengamos sí podrán ser caracterizadas completamente de esta forma, en términos tales que prescindan totalmente de las propiedades físicas o materiales que encarnen las realizaciones con- cretas de esas técnicas y tecnologías. Una conclusión de todo esto podría ser la siguiente. Las clases de técnicas y tecnologías (incluyendo aquí los dos casos límites de clasificación que indicábamos más arriba, es decir/las técnicas

y tecnologías particulares' p~:)f un lado .yl'la técnica y la te,cnología, en general,' por otro) son siempre entidades abstractas. Sus mate- rializaciones o realizaciones concretas no. No obstante, a pesar del inevitable carácter abstracto de las primeras, puede ocurrir que su caracterización no pueda siempre llevarse a cabo prescindiendo por completo de las peculiaridades físicas o materiales de sus posi- bles realizaciones concretas. Pongamos un ejemplo en forma de pre- gunta. Algunos expertos egiptólogos podrían llegar a expresarse actualmente de una manera bastante parecida a como los antiguos egipcios lo hacían mediante jeroglíficos. Ahora hien, ~cons~itu.i­ ría su actividad una realización concreta más de la técnica egipcia de escritura jeroglífica? Las respuestas a preguntas de esta índo- le no son unívocas, al menos no son sencillas. Esto nos conduce a otra conclusión más general: el que la cultura, en su conjunto o en sus partes, sea o no completamente caracterizahle a través de pro- piedades funcionales (a través, por ejemplo, de propiedades infor- macionales) depende del punto de vista que se adopte, sin que re- sulte siempre claro de qué puede depender a su vez ese punto de vista-l.

S. Una interesante discusión de estos prohle mav -ontolúgjcos- de la técnica y la tecno-

logía, en relación a cierta manera de entender la cultura en términos cxl"!IJsivame!ltc infor- macionales (como a veces ha sugerido entre nosotros, por ejemplo, Jesús Mostcrín), se

encue nt ra en Quintnnil!a, 1989, cnps. TI y 11I.

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Pero volvamos a la distinción que estábamos trazando entre téc- nica y tecnología. Lo que realmente constituye una novedad y un gigantesco problema en nuestra sociedad no es la técnica sino la tecnología. La técnica es constitutiva del hombre. Su origen se con- funde con el origen del hombre mismo". Las técnicas siempre han acompañado, y siguen acompañando, a la humanidad) No así las tecnologías. Frente al carácter casi necesario de la técnica en rela- ción al desarrollo de nuestra especie, la tecnología presenta una naturaleza altamente contingente. Las actuales tecnologías hunden sus raíces en la aparición de la ciencia moderna y en la industriali- zación. Nuestra tecnología es hija de las revoluciones científicas e industriales. Con anterioridad a estos fenómenos históricos no cabe hablar propiamente de tecnología. Tal vez sean posibles organiza- ciones institucionales de la tecnología que prescindan de uno de estos componentes, de la ciencia o de la industria. Formas institu- cionales en las que la tecnología prescinda del conocimiento cientí- fico aunque esté unida a la producción industrial, o en las que pres- cinda de lo último manteniendo su vinculación a lo primero. Y tal vez también sea posible algo similar, desde algún punto de vista, a la tecnología sin ninguno de estos elementos. De cualquier forma, ésa no es la tecnología que actualmente tenemos. No hay tecnolo- gía, tal como hoy en día la conocemos, sin ciencia y sin industr-ia". Gran parte de la técnica se ha convertido actualmente en tec- nología. Sin embargo, no la ha eliminado, más bien la ha transfor- mado. En más de un sentido, muchos problemas de la técnica siguen siendo problemas también para la tecnología. En toda tecnología, por ejemplo, perviven elementos propios de la habilidad y de la actividad artesanal. Elementos que escapan al control científico y a la planificación industrial. Esto parece ineliminable. Sin embargo, en otros sentidos, la tecnología ha camhiado el rostro mismo de la técnica. Muchas técnicas artísticas serían impensables sin la exis- tencia de sofisticadas tecnologías. Poniendo al margen los compu- tadores, piénsese simplemente en los casos de la fotografía, del cine yen las infinitas posibilidades recientemente abiertas por los vídeos

ó. Los primeros indicios de humanidad, o prcluuuanidad, rescnrudos de un olvido que se aprnxima a VC(CS al millón de anos, se encucnu-cn muy a menudo indisolublemente liga· dos a la interpretacion de cie rro, objetos (01110 instrumentos récnicos en hlgar de, por ejem- plo, COIllO rcxultado casual de ciertos procesos naturales. La sccuenci.ición habitual de nues- tra prchistori.r (paleolítico, mesolítico, neolítico, edad del br on ce , del hierro, etc) recoge asimismo la impor taucm y el carác te r constitutivo que ha tenido esta dimensión técnica en nuestra evolución cuhurul. Las relaciones hisHíricas entre recnologf a e industria, cspccialrnenre entre el desa- rrollo tecnológico moderno y las sucesivas revoluciones indusuialcs Ljuc, más () menos des- de el siglo XVII, han ido conformnndo nucstr.i cultur-a occidental, no han sido menos estu- diadas que las relaciones histór-icas entre tcenología y ciencia. Los clásicos y formidables trabajos de La ndcs (IY69) y de Singcr el al. (lY54-5K) bastarían, por sí solos, para devmcn- nr esta opiniún.

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domésticos. Otras técnicas sólo perviven actualmente como contra- punto a tecnologías altamente desarrolladas capaces de producir resultados similares. Piénsese, por ejemplo, en los cultivos biológi- cos, en las artesanías textiles o en la costosa manufactura de cañas de pescar de bambú refundido. En todos estos casos, la técnica se desmarca actualmente de la tecnología acercándose al arte. Este hecho reforzaría socialmente la distinción conceptual que hemos venido haciendo entre técnica y tecnología. La técnica y la tecnología comparten, no obstante, un ubjetivo. El objetivo de actuar en la realidad satisfaciendo los intereses de ciertos sujetos. Cumplir intencionalmente tal objetivo requiere al menos los siguientes elementos: 1) conocer esos intereses, 2) cono- cer de alguna forma la realidad sobre la que se pretende actuar, 3) saber cómo actuar, 4) actuar, 5) disponer de criterios evaluado- res acerca de la satisfacción de esos intereses mediante el resultado de la acción, y 6) evaluar el resultado de la acción realizada como un progreso en la satisfacción de los intereses que se han tomado como punto de referencia. Pero, aun desde este punto de vista, en cada uno de los anterio- res elementos podemos encontrar diferencias importantes entre la técnica y la tecnología. En la técnica intervienen intereses general- mente individuales y fácilmente determinables. La realidad que se manipula y sobre la que se actúa es manifiesta, superficial y fácil- mente accesible. El saber cómo actuar es transmitido personalmen- te y, en último término, se hace responsable del mismo a un conjun- to de particulares destrezas. La actuación es directa y sin apenas intermediarios. Finalmente, la evaluación de los resultados de la acción técnica es también inmediata y muy cercana de los contextos de producción y de liSO. En la tecnología, por otro lado, los intere- ses que se satisfacen suelen ser colectivos y mucho más sofisticados. Se manipula y se actúa sobre pretendidos niveles más profundos de la realidad o, al menos, sobre niveles no fácilmente accesibles. El saber cómo actuar es transmitido institucionalmente y se hace res- ponsable del mismo a cierto costoso aprendizaje más que a una se- rie de destrezas. La actuación tiende a ser indirecta, compleja y al- tamente organizada. Esto incide inevitablemente en el proceso de evaluación, que se aleja enormemente de los contextos de produc- ción y uso de los resultados de la tecnología. Con la tecnología entran en escena nuevos ingredientes y nue- vos problemas. Nuevos problemas epistemológicos y nuevos pro- blemas prácticos. Problemas que se derivan de su vinculación con el conocimiento científico y con los procesos productivos indus- triales. El núcleo de los problemas epistemológicos lo constituye la re- lación que la tecnología mantiene con la ciencia. Necesitamos pre- cisar las relaciones que se establecen entre la tecnología y la ciencia.

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Necesitarnos aclarar también el tipo especial de conocimiento re- querido por la tecnología en la determinación de los intereses que se han de s,atisfacer y de la realidad sobre la que se va a actuar, así como precisar cuáles son sus estrategias epistémicas a la hora de saber cómo actuar, cuáles son sus procedimientos de evaluación y cómo se aplican. El núcleo de los problemas prácticos presentados por la tecno- logía viene dado por la relación que ésta mantiene con la moderna industria, con los actuales procesos industriales y empresariales de investigación, decisión, organización, producción, comercialización y.evalu~ció~. Exigimos de la tecnología que, al igual que la técnica, siga satisfaciendo nuestros intereses actuando en la realidad. Pero los intereses de la industria y de la empresa fácilmente se desvin- culan de nuestros propios intereses y de los intereses de la socie- dad. Normalmente, combatimos esa desvinculación exigiendo a la tecnología mayor racionalidad. Sin embargo, esa racionalidad no sólo puede referirse ya a una mayor intervención de la ciencia, no .sólo p~ede ser una raciona!idad epistémica. Tampoco puede re- f~flrse un~ca,mente a la capacidad de la tecnología para conseguir Ciertos objetivos propuestos fuera de su ámbito, no sólo puede ser una racionalidad instrumental. Tiene que llegar inevitablemente

a la consideración de los fines últimos a los que debería servir la tecnología.

. En 10 que sigue, nos ocuparemos de algunas cuestiones pertene- cientes a estos dos núcleos de problemas.

3. TECNOLOGÍA y CIENCIA

Aún se sigue oyendo algunas veces el tópico de que la ciencia busca

el conocimiento puro y desinteresado mientras que la técnica y, en

particular, la tecnología buscan desesperadamente la acción. La es- trecha vinculación actualmente existente entre la ciencia y la tecno- logía ha hecho que esta concepción entre en crisis. En una doble crisis: institucional y conceptual. Su crisis institucional se manifiesta abiertamente en el hecho de que resulte cada vez más difícil distinguir las instituciones donde se desarrollan actividades científicas de aquellas en las que se de- sarrollan actividades tecnológicas. El conocer y el actuar se con- funden.

Su crisis conceptual puede ser reconstruida más o menos de la siguiente forma. El objetivo de la ciencia es conocer la realidad. De acuerdo, pero no cualquier realidad ni de cualquier manera. En la ciencia intervienen criterios de relevancia y de aceptabilidad racio- nal guiados por intereses en última instancia eminentemente prácti- cos. Por otra parte, el objetivo de la tecnología es satisfacer unos

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intereses actuando sobre la realidad. Esta actuación está orientada por el conocimiento científico. Y resulta que la tecnología encuen- tra lo que necesita en el conocimiento científico porque los intere- ses que mueven el conocimiento se solapan en gran medida con los intereses que las acciones tecnológicas quieren satisfacer. La armo- nía no es casual sino preestablecida. Esta armonía conduce a la sos- pecha de que tal vez no sea ya posible, en nuestras sociedades avan- zadas, hacer ninguna demarcación real entre los intereses generales de la tecnología y la ciencia. Ambas compartirían más o menos los mismos intereses. En la ciencia y en la tecnología se busca tanto el conocimiento como la acción. Es más, casi siempre la acción antes que el conocimiento. Negar la crisis institucional que sufre actualmente la anterior demarcación entre la ciencia y la tecnología es una locura. Los pro- pios planes de estudio y la autoidentificación y perspectivas profe- sionales de los propios científicos y tecnólogos se ven directamente afectadas por este movimiento de (con-)fusión. Sin embargo, hay algo en los argumentos que pretenden su crisis conceptual que no termina de convencer. La ciencia no conoce ni actúa como lo hace la tecnología. Aunque tanto en la ciencia como en la tecnología se busque el conocimiento y la acción, o incluso antes la.acción que el

conocimiento, hay una diferencia conceptual importante en la ma-

nera como ello se lleva a cabo. Aunque en la ciencia importe el actuar tanto como en la tecnología y en la tecnología tanto el cono- cer como en la ciencia, ese conocer y actuar adoptan distintas

formas.

Antes veíamos que, para cumplir su objetivo común, la satisfac- ción de unos intereses actuando en la realidad, la técnica y la tecno- logía también necesitan conocer no pocas cosas. No sólo a la cien- cia le preocupa el conocimiento. Y, en el caso de la tecnología, muchas veces 10 aporrado por la ciencia y por el conocimiento de los intereses que se han de satisfacer no lo es todo en materias epis- témicas. Muchas veces, la tecnología no es sólo ciencia aplicada a la satisfacción de unos intereses dados. La tecnología puede tener con- tenidos epistémicos muy diferentes de los de la ciencia que utiliza e incorpora. Por decirlo resumidamente, en la ciencia pura y aplicada el conocimiento y la acción se organizan a través de teorías, mien- tras que en la tecnología y en la técnica se organizan a través de modelos. Pero, entiéndase bien, la anterior afirmación no implica que dispongamos de un nuevo criterio para distinguir ciencia y tec- nología allí donde institucionalmente no se encuentren ya distin- guidas. Sólo significa que donde sí lo estén, tenderemos a encontrar de una parte teorías y de la otra modelos; y que donde no 10 estén, podremos encontrar tanto modelos como teorías. La anterior diferencia conceptual es importante en relación al propósito de orientar mejor nuestro conocimiento y acción a través

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de la tecnología. Con ella entran en juego los modelos. Aprender a orientar nuestro conocimiento y nuestra acción a través de la tecno- logía, en lugar de hacerlo sólo a través de la ciencia, significará, entonces, hacerlo con la ayuda de modelos más bien que con la ayuda de teorías, o además de con la ayuda de ellas". Aclaremos más el concepto de modelo que estamos empleando. Nos referimos en primer lugar a objetos tales como maquetas, pla- nos, prototipos, diagramas, gráficos, dibujos, imágenes, iconos, etc. Las teorías son entidades abstractas, conceptuales, los modelos son objetos concretos. Objetos de este tipo pueden ser realizaciones posi- bles de una teoría. Es decir, podemos tener una teoría de la cual estos modelos sean modelos en el sentido del término modelo habi- tualmente empleado en lógica y en filosofía de la ciencia". Nuestros modelos incorporarán entonces teorías. Y esas teorías podrán servir a su vez como guías útiles en la construcción de los modelos. Las teorías imponen orden conceptual en nuestras ideas y las dotan de un enorme potencial deductivo. Pero los modelos tienen algo que no tienen las teorías. Impactan enormemente nuestra sensibilidad y estimulan con gran intensidad nuestra imaginación. Consiguen esto a través de su carácter concreto y mediante la incorporación, más o menos explícita, de un diseño 10. Un diseño que se refiere directa- mente al conjunto de intereses que la acción tecnológica preten- de satisfacer y a la escalada de objerivos que para ello se ban de alcanzar. Los modelos típicamente empleados en tecnología no necesitan ser modelos de ninguna teoría. Y, aunque puedan serlo, lo más im- portante de ellos no suele estar en las teorías de las cuales sean modelos, sino en los diseños que estos mismos modelos manifies- tan. Los modelos presentes en la ciencia son siempre modelos de alguna teoría. A veces no resulta del todo clara aquí la diferen-

H. Creo que csro cstar-in en b hase de lo que Broncano (l~H7) 1I,1Inab,1 las "posibilida-

des tCCI1o]{)gicJs» Según él, este tipo peculiar de modalidades veúnlarin una importante

diferencia conceptual cutre ciencia y tecnologíJ.

~. Una estructura E es u n modelo de una teoría Ten relación a cierta inrcrprctación T de T sohre F (en otras palabras. respecto a cierta manera de referirse T a E) si y sólo si T resulta ser vcrdndcra sobre E bajo la inre rpret.ición /. Como lo que queremos resaltar aquí es cierto senrido del término modelo en el que algo puede ser un modelo sin necevitar ser modelo de ninguna teoría, siempre que estemos hablando de modelos que sí sean, en efecto, modelos de teorías, lo seúalaremos ex pliritamente , Un importante anñlisis de LIS múltiples discusio- nes en filosofía de la ciencia acerca del concepto de modelo, así como una ncfnrnciou con- ceptual de las caracter ísticas de los modelos típicamente tecnológicos a la que debe mucho el presente trabajo, se cncucntrnn en Váz qnev, 1990. Véase también Lir-,1992.

10. No puedo evitar aquí referirme a la clásica obr-a de Simon (1969). Urilixo Li pula-

bra «diseño- justarnente en el sentido en el que en inglés se empleo, como por ejemplo hace

el propio Sirnon, el término designo La palabra castellana pr cscnta cierta cormoración de superficialidad y mera apariencia (diseño como bosquejo apresur;¡do, como los rasgos ma- nifiestos generales de un objeto, etc.) que esd mucho más ausente en su análogo inglé-, (diseño como proyecto, incluso como designio, ctc.). DdHl a Javier Ar,lcil la aclaración de este punto.

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era entre modelos y teorías. Pero lo importante son siempre las teorías, las pretensiones teóricas de cualquier modelo dentro de la ciencia. Tal vez no sea posible la existencia de teorías sin modelos 11, peto la tecnología hace verdadera la afirmación de que sí es posible

la existencia de modelos sin teorias",

Tanto los modelos típicamente tecnológicos como las teorías y sus modelos asociados orientan el conocimiento y la acción. Ello depende de las intenciones y expectativas de los constructores y usuarios de estos modelos y teorías. Una teoría orienta la acción cuando se aplica. Un típico modelo tecnológico, que no sea modelo de ninguna teoría, orienta el conocimiento haciéndonos conocer más cosas sobre el sistema que es objeto de modelación. Puede, incluso, llegar a sugerir el camino que conduce a la construcción de teorías hasta entonces inexistentes acerca de ese sistema. No se tra- ta sólo de que la tecnología pueda ser algo más que ciencia aplica- da. La tecnología también llega a generar ciencia. Hoy en día, no resulta difícil encontrar importantes avances teóricos en el seno de tecnologías marcadamente orientadas a la acción. Los modelos típicamente tecnológicos intentan representar algo. Son representaciones. Pero son representaciones no teóricas; esto es, no abstractas o conceptuales ni expresables lingüísticamente.

11. Las filosofías cst r ucrurulistas de la ciencia insisten especialmente en este punto.

12. la filosofía de la ciencia casi siempre ha intentado dar preferencia al preciso con-

cepto lógico de modelo, intentando reconstruir a partir de él cualquier otra unción de mo- delo. Véase, por ejemplo, Suppcs (19hl) y Mostcr¡n (l9H4). Podríamos resumir nuestras objeciones básicas a este intento de la siguiente forma. En los ambientes técnicos y tecnoló- gicos es trecuenre emplear el término «modelo" allí donde no existen, ni es de esperar que e xistan, reor ias disponibles. Pero aún hJY más. Cuando existen teorías disponibles, de las cuales los modelos presentes en la tecnología son modelos en un sentido muy cercano al concepto lógico de modelo, lo que tendrían en común esos modelos con otros modelos de las mismas teorías es demasiadas veces lo menos importante. Lo que orienta decisivamente el conocimiento y la acción en la rec nolog¡a es, 111IKhas veces, algo sólo dependiente de los detalles concretos y de la peculiar presentación, del peculiar formato, de tales modelos (en otras palabras, de aquello que caería fuera del isomorfismo existente entre todos los mode- los de una teoría ---suponiendo que uucstru tcorta sea categórica, daro-). Y aquí no acaban los prohlemas. Siendo suficientemente ingeniosos en nuestras interpretaciones, casi cual- quier estructura, abstracta o concreta, podría ser modelo de cualquier teoría. Los productos tecnológicos pueden siempre interpretarse así como modelos de muchas teorías, como mo- delos, por ejemplo, de todas las teorías (algunas de ellas, en ocasiones, mutuamente contra- dictorias) que se han tenido en cuenta en su producción. Entre ellas deberán estar, por supuesto, teorías acerca de los márgenes de tolerancia del error y cosas parecidas. Pero esto vaciaría de contenido nuestra noción de modelo típicamente tecnológico a costa de triviali- zar enormemente el uso epistemológico del concepto lógico de modelo. Con teorías o sin ellas nos enfrentamos, pues, al dilema de atrincherarnos en un ideal filosófico reductivo o tolerar que nuestros conceptos reflejen diferencias más o rnerms supe rficiales. Efectivamen- te, se trata de un problema de mayor o menor profundidad o superficialidad filosófica. y creo que, en este C1SO, es preferible asumir filosóficamente roda la profunda superficialidad con la que los que hemos llamado modelos típicamente tecnológicos llegan muchas veces a orientar nuestro conocimiento y acción.

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Podríamos caracterizar estos modelos diciendo que son representa- ciones concretas e icónicas de una realidad. Representan la realidad como el cuadro que pinta un pintor representa algo. En cuanto orientadores de la acción, los modelos típicamente tecnológicos se asemejan mucho a ciertas herramientas. Nos ayudan a saber cómo actuar, de la misma forma como un martillo nos incita a golpear y no a cortar. Los modelos típicamente tecnológicos son herramien- tas intelectuales en un sentido mucho más directo que el sentido en el que podemos decir esto mismo de las teorías. De las teorías nos interesa su potencia deductiva. Potencia deductiva gracias a la cual trazamos las historias pasadas y futuras de los conjuntos de fenó- menos a los que se refieran nuestras teorías. Con las teorías explica- mos y predecimos. Con las teorías esperamos saber qué ocurre, que ha ocurrido y qué ocurrirá. De los modelos tecnológicos nos intere- sa, en cambio, su capacidad para ayudarnos a satisfacer nuestros intereses en situaciones específicas. Su diseño nos ayuda a diseñar nuestra acción. Con los modelos típicamente tecnológicos espera- mos saber cómo actuar. Por decirlo aún más metafóricamente: las teorías expanden nuestra mente, los modelos la concentran. Esto se derivaría principalmente, ya lo dijimos, del carácter abstracto de las teorías frente al carácter concreto, e incorporador de diseños, de los modelos tecnológicos. Todo lo anterior se aplicaría igualmente a dos usos especiales del concepto de modelo muy habituales en algunas ramas de la tec- nología. Nos referimos, por un lado, a la noción de modelo mental presente tanto en el contexto de la construcción de sistemas exper- tos como en el de la construcción de modelos de simulación me- diante estrategias del estilo a la dinámica de sistemas!'; por otro, a la utilización del término modelo a la hora de designar ciertos obje- tos, por ejemplo ciertos algoritmos matemáticos o ciertos progra- mas informáticos, útiles para la resolución de determinados proble- mas. Un modelo en este último sentido sería también una especie de herramienta intelectual". Los modelos mentales estarían básicamente constituidos por un tipo peculiar de imágenes, por imágenes mentales. Estas imágenes mentales siguen siendo muy concretas, tienen un gran valor icónico difícilmente reducible a sus expresiones lingüísticas y no son, en general, modelos de ninguna teoría previa, pero incorporan diseños

ejerup!o, Cucna et al. (19S6) y Aracil

(1986a, 19S6h). En algunos desarrollos rcóricos de la actual psicología cognitiva, cierta noción de modelo mcntal rumhién OCUpJ un lugar central. Las relaciones curre los ant c rin- r es usos Tecnológicos y este último uso pr ccmincnrcmenre reórico no son, sin embargo. fáciles de esclarecer. Me he ocupado de este problema en Liz, 1992.

intenta precisar este Sentido peculiar del

la

medida en que R puede usar A" para responder cuestiones que le interesan sobre A".

U. Vé.anse,

respectivnmenrc, sólo a título de

14.

Minsky (196::;)

término «modelo" de la

viguicnrc forma:

"Para un observador B, un

objeto A'< es un modelo de un objeto A en

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(,.'11 un sentido incuestionable. Asimismo, los conjuntos de algorit- mos matemáticos () de programas informáticos con cuya ayuda se solucionan problemas de carácter conceptual muchas veces inten- tan adoptar también formas icónicas, suelen referirse a situaciones muy concretas en relación a diseños previos y no es sorprendente que no sean modelos de ninguna teoría conocida. Podríamos decir también que si en la tecnología la ciencia mo- derna pone las teorías y la moderna industria su modo especial de concebir la organización del trabajo y las tomas de decisiones, la técnica pone los modelos, en el sentido que hemos dado aquí a este término, guías concretas!' para saber cómo actuar frente a situacio- nes específicas. La técnica siempre se ha servido de modelos en un sentido básico muy parecido a como ahora se sirve de ellos la tec- nología. No hay tecnología, tal como la conocernos, sin ciencia. Tampo- co hay apenas, actualmente, ciencia al margen del desarrollo tecno- lógico. Por mucho que intentemos distinguir conceptualmente en- tre ciencia y tecnología, nuestras distinciones tendrán siempre que enfrentarse con el hecho pragmárico e institucional del bien aveni- do matrimonio entre la ciencia y la tecnología. La afirmación de la existencia de modelos típicamente tecnológicos no niega todo esto. No puede negarlo. Si la ciencia y la tecnología están tan unidas, en los complejos científico-tecnológicos habrá, entonces, modelos tí- picamente tecnológicos y no sólo conjuntos de teorías más sus apli- cacioncs. Los modelos típicamente tecnológicos no son, o no son sólo, teorías aplicadas.

4. Qur. LF 1J\1PORTA LA RFAllDAD

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¿Cómo representan la realidad los modelos típicamente tecnológi- cos? é l-lasta qué punto le importa la realidad a la tecnología? Un rasgo característico de los modelos tecnológicos frente a las teorías científicas es la ausencia en aquéllos de los fuertes com- promisos realistas que adoptan estas últimas. En los modelos tec- nológicos no se intentan descubrir o señalar las posibles causas rea- les de los fenómenos, sino sugerir cuáles pueden ser los modos mas adecuados de intervención en relación a nuestros intereses. Estas sugerencias se realizan a través de los peculiares diseños que los modelos tecnológicos transmiten. La noción de explicación ape-

15. LI carácter OJIIU('/O de los modelos tipicatnvntc tn:llol,·,gie"s es funcl.uucmal, Aun-

que esros lIlOllclus scnn también ¡ll"delus de cicrt.iv rcoria s, lo que en la rccnolog¡a g11í:1 el conocimiento y la a cciún no es, en genCT,¡j, lo que tengan esos modelos en común con otros modclo-, de lols mismas rcorías, sino, romo 1';1 hemos indicado, jusrament e lo 'lile los difc-

renc¡.i de ellos.

35

MANUfl

11/

nas tiene cabida en la tecnología a no ser cuando se refiere a la explicación de un cierto [uncionamiento": Pero entonces ya no importan las causas reales de los fenómenos, sino la manera como esos fenómenos se articulan satisfaciendo nuestras descripciones acerca de un buen o mal funcionamiento en relación a ciertos inte- reses. Ésta es la razón de que en tecnología los márgenes de tolerancia del error tengan un sentido muy distinto al que pueden tener dentro de la ciencia. Los usuarios reales y potenciales de una tecnología exigen la satisfacción de sus propios criterios de tolerancia, crite- rios que no siempre coinciden con los criterios de los tecnólogos ni con los de los científicos que puedan estar involucrados en el mis- mo proceso tecnológico. Pensar que en la ciencia cualquier error es intolerable es demasiado idealista. El error es un inquilino inevita- ble de la ciencia. No obstante, en la ciencia, la mayor o menor tole- rancia hacia el error no viene directamente determinada por intere- ses prácticos concretos, sino por intereses epistémicos o por intereses prácticos muy generales. Una de las virtudes que caracterizan a un buen tecnólogo consiste justamente en su capacidad para mediar, a través de un gran número de limitaciones materiales de todo tipo, entre los errores permitidos por la ciencia y 10s errores admisibles por los usuarios. El lenguaje de la recnología es rípicamente funcional. Pueden ser, en general, muy variados los objetos físicos, descritos y taxono- mizados materialmente desde el punto de vista de la ciencia, capa- ces de satisfacer las descripciones tecnológicas. Esos objetos no for- marían clases naturales, sino clases muy abiertas desde ese punto de vista científico. Clases artificiales. podríamos decir también. Un martillo, una central nuclear, un coche, una instalación eléctrica, un ordenador, pueden estar hechos de muy diferentes materiales respetando igualmente sus descripciones tecnológicas, sus diseños respectivos. Las especificaciones materiales actúan únicamente como condiciones restrictivas relativizadas a un uso o a unos intereses, pero no como condiciones últimas incondicionadas'". A la tecnología le interesan los comportamientos de la realidad sólo en cuanto tales comportamientos se relacionen con nuestros

16. Prescindimos aquí, obviamente, de la aplicación tecnológica de teorías científicas

explicativas. Entonces estaríamos ante casos de ciencia aplicada, peto no es en est os casos en donde deberíamos fijar nuestra atención. Muchas veces, por cierto, se aplican tecnológi- carnenre cuerpos teóricos científicos omológicamente incompatibles, o teorías inadecuadas desde un estricto punto de vista científico. A la tecnología no [e importa esto porque no le importa la realidad más que en cuanto a través de ella se deben satisfacer determinados Intereses.

17. Las especificaciones materiales, curiosamente, sí actúan de esta última forma in-

condicionada en ti caso de algunas técnicas artesanales cuando, por ejemplo, se exigen escru- pulosamente materias primas naturales o el respeto, casi ritual, de ciertos tiempos de prepa-

ración y factura.

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intereses. No le importa la auténtica constitución de la realidad ni la genuina producción causal de esos comportamientos, Sabemos que, incluso aunque cada estructura determinara unívocamente un comportamiento para unas condiciones iniciales dadas, un determi- nado comportamiento a partir de unas condiciones iniciales dadas siempre podría ser generado por múltiples estructuras. La relación que vincula comportamientos y estructuras no es, en este sentido, una función 1~. Existen siempre, pues, muchas formas distintas de producir un determinado comportamiento. Y, muy a menudo, no habrá nada en común entre todas ellas que pueda ser descrito con- tando únicamente con la ayuda de la ciencia. A todo esto habría que añadir aún otra importante cuestión. El empleo, cada vez más extendido, de modelos de simulación en la actividad tecnológica. Simular un sistema no es duplicarlo. Y simu- lar el comportamiento de un sistema no supone tampoco repetirlo. Podemos simular un comportamiento sin hacer ningún uso de lo que puedan haber sido las causas reales productoras de ese compor- tamiento. Esto obliga a replantearnos la simetría entre explicación y predicción. Aunque podamos tener predicciones y, con ellas posi- bilidad de control allí donde dispongamos de explicaciones, pode- rnos asimismo tener predicciones y posibilidad de control sin tener ninguna explicación. Esto ocurre siempre que basemos nuestras pre- dicciones y estrategias de control sólo en modelos de simulación, en modelos que no hagan referencia directa a lo que puedan haber sido las causas reales productoras de un comportamiento. La simu- lación, por tanto, nos ofrece la posibilidad de tener predicción y control sin ningún tipo de explicación. La importancia de la simulación dentro de la tecnología actual puede aún ser relevante en otro sentido. Puede también romper la disyuntiva, establecida por algunos filósofos de la tecnología'", en-

tre producir y sintetizar, entre tecnologías de producción y tecno-

logías de síntesis. El objetivo de las primeras sería la producción intencionada de algo a través del control interno de ciertos proce- sos, a través de la manipulación y gestión de las causas reales ac- tuantes en los procesos que de manera natural lo pueden llegar a generar. Frente a esto, el objetivo de las segundas sería la síntesis de cosas nuevas, la creación artificial de algo a través de procesos que trastoquen el orden natural de las cosas. Pues bien, independiente- mente de los numerosos problemas que traería consigo el recurso a una distinción tajante entre lo natural y lo artificial", el fenómeno de la simulación pone seriamente en serio peligro la anterior clasifi-

18. Sobre este punto, véase Vázquez , Aracil

Vdzquez y Liz (1989,1991).

y Liz ([990), Vázquez (1988h), así como

19. Véase, por ejemplo, Sanmnrrín (19R7 y In9).

Discusiones de

mente, en Vázquez y Liz (1991).

20.

este

problema se encuentr an en Vázquez (19R7) y, más cxte ns.a-

37

~1.t~ N < J ;

cación de tecnologías. El hecho decisivo consiste en que la simula- ción no es ni producción ni síntesis. Existen actualmente tecnolo- gías que no son ni de producción ni de síntesis. Se trata de las tec-

nologías basadas en la simulación. Por ejemplo, cierta versión débil

de la inteligencia artificial o las múltiples tecnologías de prospecti- va v control basadas en modelos de simulación. 'Fijemos nuestra atención en el primer ejemplo. La expresión «versión débil de la inteligencia artificial» denotaría el macropro- yecto actualmente existente en el campo de las ciencias cognitivas que consiste en la utilización de modelos computacionales como representaciones teóricas de ciertos estados y procesos catalogados como «inteligentes» (estados y procesos mentales o psicológicos). Lo que podríamos llamar «versión fuerte de la inteligencia artifi- cia!» pretendería mucho más, pretendería en sentido literal crear «inteligencia» (estados y procesos mentales o psicológicos) artifi- cialmente. Lo último sí daría lugar, claramente, a tecnologías de smtesis, lo primero, no. Pero tampoco lo primero tiene por qué conducir necesariamente a tecnologías de producción, a tecnolo- gías que intenten producir algo a través de la manipulación y el control de las causas reales que de manera natural condicionen su existencia. Como ya hemos indicado, los modelos de simulación son muy indiferentes, en general, a lo que puedan haber sido esas causas reales. En perfectamente posible tener tecnologías pr edicti- vas y de control asociadas a modelos de simulación de este tipo sin que esas tecnologías puedan ser caracterizadas como tecnologías de producción ni como tecnologías de síntesis. El concepto de produc- ción al que esta distinción alude parece más apropiado a una con- cepción de la tecnología como ciencia aplicada, en donde lo mismo que ha servido para explicar sirve también ahora para predecir, con- trolar y producir, que a lo que pretenden ser muchas tecnologías actuales. Por otro lado, el concepto de síntesis presenta la mayoría de 13s veces un trasfondo exageradamente derniúrgico con el que no estarían de acuerdo muchos practicantes de tecnologías que se eti- quetan como sintéticas. En esta situación estaría, típicamente, L1 inteligencia artificial. Contestemos ahora a las preguntas que iniciaban este apartado. (cómo representan la realidad los modelos típicamente tecnológi- cos? y ¿hasta qué punto le importa la realidad a la tecnología? Pues bien, los modelos típicamente tecnológicos representan la realidad de una manera funcional en relación a ciertos interescs-". Y lo con- siguen gracias a los diseños que incorporan y transmiten. Esto hace que a la tecnología le importe la realidad sólo en cuanto a través de ella se puedan sarisracer esos determinados intereses. Sólo en este sentido.

21. Sohre esre- tema, recomu-ndo cl intcrrsnntc ¡Llbell') tic Br"IlClIH' (1l)X'J).

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.5. LA RACIONALIDAD PRÁCTICA DE LA TECNOLocíA

Exigimos de la tecnología que satisfaga nuestros intereses actuan- do en la realidad, y queremos que esto se haga de manera racional. Esto es, valoramos y exigimos la racionalidad práctica de la tecno- 10gía 21 La racionalidad práctica de la tecnología debe incluir, casi por

definición, la racionalidad epistémica de la ciencia. La tecnología

debe hacer uso, si ello es posible, de todo el conocimiento científico disponible. Debe también emplear las mismas tácticas y métodos generales que utiliza la ciencia, esta vez en la adquisición y el con- trol del conocimiento específicamente tecnológico ofrecido por sus modelos. No podemos ser tecnológicamente racionales si no somos epistémicamente racionales al estilo de como lo es la ciencia. Esto quiere decir que, aunque no se disponga de teorías y sólo se cuente con el apoyo de modelos específicamente tecnológicos, la construc- ción y justificación de estos modelos debe seguir las mismas cons- tricciones normativas generales que la ciencia pone en juego en re- lación a las teorías. Los modelos han de ser discutidos críticamente y confrontados con la realidad de manera muy similar a como son discutidas críticamente y confrontadas con la realidad las teorías. A pesar de las diferencias que antes señalábamos entre teorías y mo- delos, la racionalidad epistémica debe ser en líneas generales 1J mis- ma en ambos casos. La racionalidad práctica de la tecnología incluye, pues, a la ra- cionalidad epistémica de la ciencia. Esta racionalidad se aplica tan- to al conocimiento científico que incorpora la tecnología como a lo que hemos venido llamando modelos típicamente tecnológicos. Pe- ro la racionalidad práctica no es sólo una racionalidad episrémica. La racionalidad práctica de la tecnología incluye también una ra- cionalidad instrumental referida a la consecución de los fines propues- tos en las acciones tecnológicas. La racionalidad instrumental pre- senta múltiples aspectos. Se pueden conseguir esos fines de forma más o menos costosa, rápida, con más o menos consecuencias inde- seadas, etc." Pero la racionalidad práctica de la tecnología tampoco acaba en estos aspectos instrumentales. Contiene, también, cierta ractonali-

22. Al t ruru r aquí el problema de la mcionnlidad de la ie cnolog¡a, adoptaremos una

cstratcgta npicamcnrc poppcr-iana. )\"0 nos plantearemos directamente el signific1do del concepto de racionalidad, sino que hahlnrcrnos sobre ella e intentaremos decir algo intcrc- sante sobre la racionalidad de la tecnologfu. Esta estrategia sería la apropiada, neo, siempre que estemos haciendo [ilosctia a¡l/icada; en este caso, filosofía aplicada al .málisis de la tec- nología. Sobre esta concepción de la filosofía de la tecnología como filosofía aplicada, en lugar de como una rama miÍs de la filosofía, me remito a Cicrc (1977).

23. Algunos de estos aspectos son precisados de maneta muy clara en el libro de Quin-

ranilla (19S9). Son especialmentc sugestivos sus análisi s de los conceptos de e[icaci a y efi-

esencia,

39

t1ANLJII

11/

dad de fines. Cuando exigimos racionalidad práctica a la tecnolo- gía, queremos también que ordene y priorice adecuadamente unos determinados objetivos sobre otros y que se conecte, en último tér- mino, con nuestros ideales acerca de 10 que deba consistir una bue- na vida>'. Queremos que la tecnología mejore nuestra calidad de vida hasta donde sea posible. Con todo ello, la pregunta por la racionalidad de la tecnología alcanza a la consideración de los fines últimos que deberían proponerse nuestras acciones tecnológicas. Esta vertiente de la racionalidad tecnológica se conecta con otras for- mas de racionalidad práctica no estrictamente tecnológicas. Con

algo que podríamos tal vez llamar racionalidad social o racionalidad

política. Aquí ocurre algo parecido a lo que ocurría antes con la racionalidad epistémica de la tecnología. En la racionalidad prácti- ca de la tecnología deben intervenir también estrategias y métodos generales muy parecidos a los que intervienen en la racionalidad social y política. En la racionalidad práctica de la tecnología hemos identificado hasta el momento tres componentes: una racionalidad epistémica,

una racionalidad instrumental y una racionalidad de fines. Por otro

lado, en todas las acciones tecnológicas podemos también distin- guir la intervención, en grado variable, de tres tipos de elementos

normativos. Los llamaremos elementos normativos científico-tec- nológicos, elementos normativos sociales y elementos normativos éticos.

Cada uno de los anteriores elementos normativos estaría forma- do tanto por creencias como por reglas de acción. Todos ellos se distinguen por su diverso origen y pueden funcionar como criterios de evaluación y corrección en todas las fases de una acción tecnoló- gica. Aclaremos más a qué nos referimos. La distinción entre ele- mentos normativos científico-tecnológicos, por un lado, y elemen- tos normativos sociales y éticos, por otro, sería relativa al grado de aceptación que tengan determinadas creencias y reglas de acción por parte de la propia comunidad científico-tecnológica. Lo que sea un elemento normativo científico-tecnológico debe ser identificado en relación a 10 que creen los propios científicos y tecnólogos como científicos y tecnólogos. Por cierto, la distinción entre creencias y reglas de acción propiamente científicas o tecnológicas, por un la- do, y creencias y reglas de acción ideológicas, por otro, debe ser trazada por la propia ciencia. A su vez, la distinción entre elemen- tos normativos sociales y éticos sería relativa a su grado de acepta- ción social. Las creencias religiosas, por ejemplo, pueden ser ele- mentas normativos éticos, individuales y privados, en cierto contexto

24. Ortega (1982) acier t a plenamente cuando indica que con la técnica y la recnolog¡a

Como veremos mas adelante, esta

meta ccnsriruira justamente el origen de los que llarnar emos tercer tipo de problemas de racionalidad de las acciones tecnológi<:as.

no sólo buscamos sobrevivir sino, sobre todo, bíenoioir.

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social, y pasar a ser elementos normativos sociales en otro contexto social diferente. Los tres tipos de elementos normativos intervienen tanto en la discusión acerca de la racionalidad epistérnica de la tec- nología como en las discusiones, que englobarían a la anterior, de su racionalidad instrumental y de su racionalidad de fines. Veamos ahora cómo se relacionan estos dos grupos de distinciones. El grado de intervención de las diferentes clases de elementos normativos es crucial a la hora de distinguir clases de acciones tec-

nológicas y de preguntarnos por sus condiciones de racionalidad",

Realizar un experimento de electrólisis en unas clases prácticas de química, diseñar y construir un embalse, realizar un aborto, planear y llevar a cabo la instalación de una planta de residuos nucleares, organizar y ejecutar con la mayor discreción y eficacia posibles el genocidio de cierto grupo humano, serían acciones tecnológicas básicamente distintas por las distintas dosis de elementos normati- vos científico-tecnológicos, sociales y éticos que en ellas aparecen. y la evaluación de su racionalidad debe depender estrechamente de la presencia o ausencia de estos diferentes elementos normativos que entran en juego. Veamos. Los elementos normativos científico-tecnológicos no pueden faltar, debiendo resultar siempre prioritarios en cuestiones epistémicas. Incluso en relación a los modelos específicamente tecnológicos, los criterios y controles de racionalidad epistémica en la tecnología deben ser los mismos, en líneas generales, que los que operan en la cien- cia. Habrá ciertos problemas de racionalidad de las acciones tecno- lógicas que serán decidibles exclusivamente en virtud de las carac- terísticas de sus elementos normativos científico-tecnológicos. Esto será así cuando no existan elementos normativos sociales o éticos involucrados o cuando la intervención de estos elementos se man- tenga en suspenso. Los problemas de la racionalidad epistémica de la tecnología son problemas de este tipo. También los problemas de la llamada racionalidad instrumental. El adecuado tratamiento de estos últimos problemas se realiza en el marco de las teorías matemáticas de la decisión, de la maximización de funciones, etc. La economía y las teorías de la organización industrial y empresa- rial jugarían aquí un papel también fundamental. Todo ello delimi-

taría un primer tipo de problemas de racionalidad de las acciones

tecnológicas. Como acabamos de decir, a este primer tipo de pro- blemas pertenecería todo lo relativo a la racionalidad epistémica y a la racionalidad instrumental de la tecnología. La presencia de elementos normativos éticos y sociales incom- patibles entre sí, o incompatibles con ciertos elementos normativos científico-tecnológicos, señalaría la presencia de un segundo tipo

25. Un análisis más extenso de estas ideas, coincidente en líneas generales con el plan-

teamiento que aquí estamos desarrollando, se encuentra en Liz (1988).

41

MANUII

11/

de problemas de racionalidad de las acciones tecnológicas. Estos

problemas se refieren a la justificación de la primacía de unos ele- mentos normativos sobre otros. Son problemas, por tanto, que exi- gen una correcta ordenación de nuestros fines e intereses>. A este segundo tipo de problemas pertenecería parte de lo que concierne a una racionalidad de fines. Parte, pero no todo. La otra parte viene a continuación. Podemos decidir qué ele- mentos normativos deben primar sobre los otros, resolviendo así problemas concretos de racionalidad del segundo tipo." y, no obs- tante, sospechar que los elementos normativos predominantes en esos casos no son suficientemente racionales en sí mismos. Sería, entonces, racional la primacía de algo cuya racionalidad no está suficientemente clara. Esta situación paradójica nos conduciría a

un tercer tipo de problemas de racionalidad en las acciones tecno-

lógicas. Este tercer tipo de problemas de racionalidad surge de nues- tro afán por ser completamente racionales. Y la tecnología sólo será completamente racional en la medida en que persiga la consecución de fines en sí mismos racionales, de fines intrínsecamente valiosos. Una concepción meramente instrumental de la tecnología sólo se planteará problemas de racionalidad del primer tipo. Los proble- mas del segundo tipo serán dejados a la discusión social y política. y los problemas del tercer tipo sólo podrán ser objeto de especula- ción filosófica y utópica. Una concepción menos instrumental de la tecnología llegará a plantearse también problemas del segundo tipo. Por ~ltlmo, una concepción de la tecnología que aspire a poder predicar de ella una racionalidad completa debe plantearse proble- mas de los tres tipos. Particularmente, los problemas del tercer tipo no podrán ya ser sólo tema de libre especulación.

26. Ordcnución que muchas veces sólo será parcial, lo cual también nos conduciría,

por otro cll1lino, a lo que a continuación llamaremos tercer tipo de problemas de raciona- lidud de las accroncs tecnológicas. Una ordenación de fines o intereses será s(ílo parcial

cuando eXlstJn JI menos dos fines o intereses respecto J los que no sepamos cuál de ellos debe primar sobre el otro.

27. Podemos, por ejemplo, decidir que primen los elementos normativos sociales so-

bre los éticos, los cientifico-tccnológico, sobre los sociales y los éticos, o viceversa, etc Ya hemos sugerido que ante una incompatibilidad episrémica, el conocimiento científico-tec- nológico, si existe, debe tener absoluta prioridad. Y, cuando no exist'l, los criterios genera- les de corrección episrémica que funcionnn en la ciencia deben ser aquí también priorizados. El problema es que los elementos normativos científico-tecnológicos no sólo están com- puestos por conocimientos sobre la realidad y por estrategi'ls generales de descubrimiento y control epistémico sino, también, por líneas concretas de investigación y por criterios de relevancia y de oportunidad acer-ca de por dónde merece la pena seguir avanzando. Tos elementos normativos de cualquier tipo, COmo ya hemos indicado, no serían sólo creencias, sino también reglas de acción. Dicho de otra forma, los elementos normativos científicos no son sólo elementos normativos cpisrémicos. Y todo esto sí puede resultar incompatihle,

y llegar a ser tal vez menos prioritario, que los elementos normativos sociales o éticos que puedan surgir.

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6. SFAt\10S COMI'LETAME!'JTE RACIONALES

Comencemos con una afirmación audaz. La completa racionalidad práctica de cualquier acción, de cualquier acción tecnológica por ejemplo, exige su capacidad última para procurar la obtención de fines intrínsecamente valiosos.

Todo el mundo sahe que los fines intrínsecamente valiosos han

de ser valorados por sí mismos; esto es, han de ser valorados aun- que no podamos ya justificar mediante razones por qué los valora- mos. Pero, claro está, algo puede ser valorado por sí mismo, en el anterior sentido, y no ser un fin intrínsecamente valioso. No esta- mos ante un bicoridicional. En este tema somos tan falibles como en cualquier otro. Sin embargo, la determinación de este tipo de fines algo tiene que ver con la utilización de toda la información pertinente, con la discusión, la crítica y al desarrollo histórico. A pesar de nuestro falibilismo, parece, pues, plausible la intuición de que un fin propuesto tiene más valor intrínseco que otro si ponien- do a prueba su respectivo valor, esto es, agotando la crítica y ha- ciendo uso de toda la información disponible, seguimos valorando más el primero que el segundo. Realmente, no conozco otra forma de expresar 10 que se quiere decir cuando se exige una racionalidad práctica que, respetando la racionalidad epistémica de la ciencia, vaya más allá de la efectiva obtención de unos fines propuestos y de su ordenación de acuerdo a las prioridades generalmente aceptadas en los contextos sociales en los que se desarrolle esa tecnología. Si

querernos extender el concepto de racionalidad práctica más allá

de estas cuestiones, más allá de una racionalidad instrumental y de una racionalidad que ordena y prioriza unos fines sobre otros, de- bemos recurrir a alguna noción de fines con un valor intrínseco. El anterior análisis tiene, en consecuencia, un carácter básicamente descriptivo. Cuando discutimos acerca del valor de nuestros fines, llegamos muchas veces a situaciones que podrían ser descritas de la siguiente forma:

Seguimos valorando algo a pesar de no tener ya razones para ello. La valoración puede siempre ser irracional. Somos falibles. No hay nada en nuestras valoraciones que garantice contra todo riesgo que sea racional valorar lo que valoramos. No obstanre, asumimos que la racionalidad última de un fin entraña su valor intrínseco. Si existen fines racionales en este sentido, tendríamos que valorarlos con independencia de las razones que podamos tener a su favor o en su contra". También asumimos que, una vez agotados todos los

28. En otras palabras, la «bondad" de un fin, su valor intrínseco, debe bastar para ha-

cer racional su elección. La elección puede haberse realizado a través de p roc exos 4ue nada tengan que ver con la racionalidad, pero ha de ser racional el haber elegido un fin intrínse- camente valioso. Debemos distinguir e ntrc lo acertada 'lile puede ser una elección y lo acer- tados que pueden ser los procedimientos que hemos empleado para elegir. Una concepción

43

MANUII

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recursos del conocimiento y la crítica, valorar algo es un buen indi- cio de su valor intrínseco. En otras palabras, admitimos que ha de ser posible proponerse fines intrínsecamente valiosos sin necesidad de ser sabio, pero reconocemos al mismo tiempo que ser sabio es la mejor estrategia para descubrir lo intrínsecamente valioso. Sabemos que nuestra racionalidad tecnológica, como toda ra- cionalidad, es siempre, en algún sentido, una racionalidad limita- da. Y, sin embargo, estamos diciendo que queremos una racionali- dad lo más completa posible. Precisamente por ello nos formulamos problemas de racionalidad del segundo y del tercer tipo. ¿Cómo entender esto? Una racionalidad tecnológica completa procuraría, según dijimos, la obtención de fines intrínsecamente valiosos. ¿Es posible una racionalidad limitada pero completa? Nuestra respues- ta será afirmativa.

Aclaremos un punto previo: Los límites de la racionalidad de la tecnología no son simplemente los límites de la tecnología. Nuestra

racionalidad está limitada, pero sus límites no dependen simplemente del hecho de que no podamos hacerlo todo o controlarlo todo.

El no poder hacer todo lo que queramos no puede ser ningún

límite de la racionalidad de las acciones tecnológicas. En todo caso, será un límite de la propia tecnología. Pongamos un ejemplo radi- cal. La técnica y la tecnología no modifican los intereses para que éstos puedan resultar satisfechos por la realidad, sino que modifi- can la realidad para que ésta consiga satisfacer esos intereses. Por definición, la realidad que se pretende modificar no puede coincidir con los intereses que se intentan satisfacer", Otra forma más resu- mida de decir 10 mismo sería ésta: el objetivo de «nuestra» técnica o tecnología no puede ser modificar «nuestros» intereses. Es induda- ble que muchos de los intereses del hombre, muchas de sus actitu- des y expectativas, se ven continuamente modificados por la técni- ca y la tecnología. A veces esto satisface los intereses de alguien, y lo hace de manera planificada. Otras veces es un efecto secundario

instrumentalista de la racionalidad no puede encontrar ningún sentido a la plausible intui- ción de que sea racional elegir lo bueno, a pesar de todo lo irracionales que sean los proce- dimienros que puedan habernos conducido a tal elección. Y, paralelamente, irracional ele- gir 10 malo, a pesar de toda la racionalidad que se haya puesto en juego. Pero, entonces, desde esta concepción instrumentalista de la racionalidad, nos veremos siempre enfrenta- dos a casos como el del «nazi racional» que presenta Purnam (1981). Los fines que se propu- srera un «nazi racional» tendrían que ser necesariamente buenos por ser perseguidos de una manera escrupulosamente racional. Por cierto, en este trabajo de Putnam podemos encon- trar una de las más agudas discusiones actuales de este tipo de problemas. De todas formas, insisto, negar una concepción sólo instrumentalista, bcnrhamiana, de la racionalidad no significa poder ofrecer ejemplos indiscutibles de fines intrínsecamente valiosos. [Qué más quisiéramos! Pues, en ese caso, y por definición, inmediatamente serían valorados por cual- quiera.

29. Si lo que se quiere modificar son ciertos intereses, el resultado tendrá que satisfa-

cer otros intereses distintos. Esto permitiría diferenciar las técnicas y tecnologías psicológi-

cas y SOCIales de otras cosas que no son ni técnica ni tecnología.

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que tal vez, si nos lo propusiéramos, podría ser evitado. Pero la modificación total y absoluta de «nuestros» intereses no puede ser un producto técnico o tecnológico «nuestro», Ni un simple efecto colateral o secundario. Ha de ser siempre un subproducto'"; es de- cir, algo que no puede ser intencionalmente planeado y conseguido. Un proyecto imposible. Y, algo imposible no puede ser un límite de la racionalidad. Hemos puesto un ejemplo extremo, pero la morale- ja es clara. Nuestra incapacidad para ajustarnos a una norma racio- nal no puede ser identificada con ninguna insalvable incapacidad física o metafísica. La racionalidad no puede quedar limitada por algo imposible de conseguir. Debe haber una diferencia crucial en- tre ser irracionales y ser a-racionales. En los asuntos racionales, un límite insalvable deja de ser ya un límite. Por las mismas razones, tampoco tiene por qué ser un límite de

la racionalidad tecnológica el no ser capaces de controlar todas las consecuencias de nuestras acciones tecnológicas", Esto también

sólo es un límite determinante de nuestra tecnología. Controlar más consecuencias de nuestras acciones tecnológicas sólo implica direc- tamente tener mejor tecnología, no tener una tecnología más racio- nal. Aunque tuviéramos un control total sobre todas las consecuen- cias de nuestras acciones, podríamos realizar acciones absolutamente irracionales. Una sociedad infinitamente perversa es perfectamente compatible con una tecnología ideal desde el punto de vista del control. Pero, la perversión algo debe tener que ver con la irracio- nalidad. La incapacidad de control sería, en nuestro caso anterior, no un límite sino más bien una virtud. Mayor control sólo significa mayor racionalidad cuando única- mente surjan problemas de racionalidad del primer tipo o, si ade- más aparecen otros tipos de problemas de racionalidad, cuando efec- tivamente sea racional la obtención de los objetivos que pretendemos. Pensar que el principal o el único problema de la racionalidad tec- nológica es un problema de control, de maximizar el control sobre nuestras acciones tecnológicas y sus consecuencias, es empeñarse en que sus objetivos, sus fines, caen siempre fuera de la evalua- ción". Pero los fines no son dados, sino más bien tomados. Y los criterios de adopción, ordenación y valoración de fines son esencia- les en toda acción tecnológica.

¿Cuáles son, entonces, los límites de la racionalidad de la tec-

nología? La causa decisiva que hace que nuestra racionalidad tecno- lógica esté limitada es, más bien, nuestra incapacidad para determi- nar de forma decisiva e irrevisable la racionalidad o irracionalidad

30. Justamente en el sentido en el que Elsrer (19X3) utiliza esta noción.

31. De manera análoga, podríamos decir que no conocerlo todo

no supone tampoco.

necesariamente, ningún límite de la racionalidad episrémica, sino sólo un límite del propio

conocimiento.

32. En otro lugar, Liz y Vázquez (1990) llamábamos a esta actitud «síndrome Nemo».

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de la mayor parte de nuestras acciones tecnológicas. Es más, cuanto mayores sean las expectativas que pongamos en ciertas acciones tecnológicas, mayor parece ser siempre esta indeterminación!', Nuestra racionalidad tecnológica es limitada, en este sentido, porque tam- bién lo es la racionalidad epistérnica que incluye. Porque, además, siempre podemos replantearnos la existencia de nuevos elementos normativos científicos, sociales o éticos o revisar críticamente aquellos con los que ya contábamos. Siempre podemos, también, poner en cuestión las relaciones de primacía establecidas entre esos elemen- tos en base, por ejemplo, a la crítica y devaluación de la racionali- dad de alguno de ellos. La ampliación de consideraciones no cono-

ce aquí límite. El poner límites a esta falta de límites es lo que

limita nuestra racionalidad. Siempre es posible ser más racionales

de lo que somos, y los límites los ponemos nosotros al pararnos en

un punto. La posibilidad de un cambio en nuestras asignaciones de racionalidad permanece siempre abierta. Toda determinación de la racionalidad de una acción tecnológica es hipotética, tentativa y revisable. Aspirar a una racionalidad completa no puede significar, pues, anular estos rasgos. Tales rasgos son constitutivos de nuestra racionalidad. No son rasgos eliminables. Volvamos atrás. ¿En qué sentido podemos aspirar, entonces, a una racionalidad tecnológica limitada pero completa? La respues- ta a esta pregunta debería ser, creo, más o menos la siguiente:

es plausible suponer que una racionalidad tecnológica limitada se vuelve completa en la medida en que explotamos toda la informa- ción disponible y agotamos la crítica y la acción dentro de sus límites.

Al precisar la noción de fines intrínsecamente valiosos decíamos que, aunque pertenezca a esa noción el que los fines intrmsccamcn- te valiosos deban ser valorados a pesar de no tener razones para ello, no sólo el no tener esas razones nu nos pone en la mano fines intrínsecamente valiosos (no estábamos ante un bicondicional), sino que el mejor, acaso el único, indicio que tenemos para suponer el valor intrínseco de un fin es el hecho de que sigamos valorándolo una vez agotados todos los recursos del conocimiento y de la críti- cal'. Con la completud de la limitada racionalidad de la tecnología ocurre algo semejante. El paralelismo debe resultar obvio desde el momento en que decimos que la racionalidad de la tecnología será completa cuando, siendo epistémica e instrumentalmente racional y ordenando y priorizando adecuadamente los fines dados en la

3:L Piénsese sin más en los CilSOS generales de la actual tecnología nuclear, de la inge- niería genética, de la inrelige ncia artificial o en el espléndido eje rnp!o de la conflictiva intro- duccion de la máquina de vapor eu la industrio textil a finales del pasado siglo.

34. Repitámoslo: 1M de ser posible proponerse fines intrínsecamente valiosos sin ne-

cesidad de ser sahi o, pero ser sabio es la mejor estratcgj.i para descubrir lo inrrfsecamenre valioso.

46

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comunidad donde se desarrolle esa tecnología-U, procure la obten-

ción de fines intrínsecamente valiosos. Queremos ser completamente racionales. Nos paramos en un punto. No es imposible seguir avanzando. Simplemente, no sabe- mos ya cómo seguir. Hemos de suponer que, entonces, nuestra li- mitada racionalidad se vuelve completa cuando nos agotamos en el querer ser racionales. Podríamos llegar a ser más racionales, imagi-

namos contrafáctica mente otras circunstancias

mente nuestra racionalidad se hubiera ejercido mejor, pero hemos hecho todo lo que podiamos. Una racionalidad limitada puede ser así una racionalidad completa. Un último comentario. Los límites de la racionalidad los pone- mos nosotros al pararnos en un punto. De las circunstancias de esa parada depende el que consideremos que la racíonalídad ejercida haya podido ser o no más completa. Hay un importante sentido en el que cabe hablar aquí de progreso de la racionalidad. Nuestro conocimiento aumenta y nuestras estrategias de crítica y acción se hacen cada vez más sofisticadas y poderosas. Aprendemos también del pasado, de nuestra historia y de los demás, conocemos otras manifestaciones culturales y otros valores con los que comparamos y contrastamos nuestra cultura y nuestros valores. Asimismo, in- ventamos e imaginamos nuevas formas de vida que pretendemos valorar intrínsecamente. Los límites capaces de contener una racio-

nalidad limitada pero capaz de ser completa se amplían sin cesar. Nada de esto es nuevo. Y todo ello puede ser dicho también de la racionalidad tecnológica.

en las que posible-

7. IMAGINAR OTRA VIDA

ANTES

DE LA MUERTE

Imaginar otras formas de vida nos conduce, en última instancia, al terreno de la utopía. Pero, entre los campos de la racionalidad epis- térnica, de la racionalidad instrumental y de la ordenación adecua- da de nuestros objetivos, por un lado, y el terreno de la utopía, por otro, aún queda mucho camino por recorrer. Un camino en el que el debate acerca de la calidad de vida es fundamental. Este debate acerca de la calidad de vida, acerca de una calidad de vida intrinse- camente valiosa, pertenecería a lo que hemos llamado tercer tipo de problemas de racionalidad de las acciones tecnológicas. No sería adecuado desplazar todos los problemas relativos al valor intrínseco de los fines al ámbito de la imaginación utópica,

35. "Adecuadamente» debe entenderse aqu¡ como «adecuadamente-según-Ios-criterios-

gc nera Ime 11te -ace prados-e n-esa-c0111 uni dad -pa fa -ordcn ar -y -p rio rizar -fines-. rile de trata rse de criterios más o menos democráticos. autoritarios, etc. Una concepción de la racionalidad que no permita hablar de algo así l·0n10 «racionalidad intrínseca de fines» sólo podría llegar

hasta aquí. Esto es lo irn porrante.

47

MANUIIII/

cargándola con todo el peso de la completud de la racionalidad de la tecnología. Una calidad de vida meramente utópica no es, en general, un objetivo tecnológicamente posible. No es, por tanto, algo que pueda hacer completa la racionalidad de la tecnología. Y, cuando aquí intentamos describir y alcanzar una calidad de vida intrínsecamente valiosa, un «bienvivir» de los que hablaba Ortega,

no queremos salirnos del espacio de objetivos posibles de la tecno-

logía. No queremos simplemente elaborar utopías. Tampoco pen- samas que describir una calidad de vida se reduzca a una cuestión de ordenamiento y priorización de los fines aceptados por una co- munidad en un momento dado. Lo que hacemos es plantear radi- calmente la posibilidad de ser completamente racionales en nues- tras acciones tecnológicas. Si queremos ser completamente racionales en nuestras acciones tecnológicas, estamos obligados a promover mecanismos que favo- rezcan el desarrollo de una imaginación no sólo utópica, estamos obligados a desarrollar una imaginación que se aplique a la innova-

ción tecnológica orientada al mejoramiento global de la calidad de vida.

La tecnología presenta cuatro importantes características que avalan la relevancia y el poder de la imaginación en este pun- to. Algunas de ellas ya las hemos analizado, otras aparecerán aquí por vez primera. Todas ellas merecerían consideración. Son las si- guientes:

1) El desarrollo tecnológico es en gran medida imprevisto desde la perspectiva de los intereses y expectativas de los contextos cien- tíficos y sociales en los que tiene lugar, la creatividad tecnológica fácilmente escapa de los límites impuestos por la ciencia, la indus- tria y la empresa. 2) La tecnología es holista, enormemente interrelacionada y sen- sible, pequeños cambios en un lugar pueden originar tremendas modificaciones en todo el conjunto de la tecnología. 3) La tecnología es altamente funcional, emplea un lenguaje tí- picamente funcional y enormemente plástico relacionando cosas muy heterogéneas desde otros puntos de vista, cosas pertenecientes a los ámbitos de la ciencia, la economía, la ética, el derecho, etc. 4) La tecnologia es sumamente finalista, incluyendo de manera no e1iminable fines, objetivos, intereses, expectativas, etc., que pueden ser revisados, cambiados o ampliados a través de su desa-

rrollo".

Al plantearnos, pues, el problema de la calidad de vida no esta- mos simplemente planteándonos un problema utópico que caiga ya fuera del marco de los problemas generados por la tecnología. Esta-

36. Estos rasgos caracterizarían también a los modelos típicamente tecnológicos y a los

diseños que forman parte de los mismos.

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mos planteando un problema que concierne al desarrollo interno de la propia actividad tecnológica". Una filosofía de la tecnología basada en la invención, en los incondicionados procesos creativos del inventor genial o afortuna- do, no podrá nunca darse cuenta de esto. Para ella, la calidad de vida será un capítulo más de la utopía de turno. Una filosofía de la tecnología basada, en cambio, en el diseño, en ese componente im- prescindible de los modelos típicamente tecnológicos lleno de refe- rencias valorativas y siempre atento al punto de vista del usuario, debe considerar el debate sobre la calidad de vida como algo funda- mental e inaplazable. La calidad de vida es, además, una de las pocas cosas que aún pueden ser universalizables. Nuestra calidad de vida, de aquí y ahora, se ve afectada por lo que pueda ocurrir en otros tiempos y lugares. Los sujetos a los que se refiere una calidad de vida no pueden ser sólo los sujetos que pertenezcan actualmente a la comunidad social en la que se plantea un problema de este tipo. Un problema que cae dentro de lo que hemos llamado tercer tipo de problemas de racio- nalidad de las acciones tecnológicas. Una calidad de vida dehe referirse también a los sujetos pertenecientes a cualquier comunidad presente y futura. Y debe englobar asimismo los respectivos entornos en los cuales se vaya a desarrollar esa calidad de vida. Nuestra calidad de vida no puede ser sólo nuestra. A la calidad de vida no le son indi- ferentes ni las otras culturas, ni el futuro, ni el entorno. Por ello, ordenar y priorizar los fines que actualmente tenemos no basta para diseñar una calidad de vida. La calidad de vida debe tener un valor intrínseco donde los haya. Al menos, así nos la imaginamos, que es lo importante. Pero debe ser, también, tecnológicamente posible. Asumir todo lo anterior, confiar en elpoder de nuestra imaginación

para sugerir una calidad de vida con un valor intrínseco capaz de inspirar, a la vez, su consecución tecnológica, supone intentar po-

ner todos los medios para que nadie pueda llegar a formularse una pregunta como la siguiente: ¿Hay vida antes de la muerte?".

37. Uno de los ámbitos donde puede verse esto más claramente es en la creciente

integr-ación de los intereses ecológicos, antes presentes sólo en las propuestas de tecnologías alternativas, dentro de los planes de investigación y desarrollo tecnológico elaborados en el marco de tecnologías tradicionalmente ajenas a estas cuestiones. Sin embargo, aún es mu- cbo lo que queda por hacer y revisar. Sobre toda esta problemática puede consultarse el reciente libro de Sosa (1990). Otro ámbito sería la creciente sensibilidad con la que actual- mente se empieza a tratar el tema de la transferencia de tecnología a países no pertenecientes

a nuestras privilegiadas sociedades. También aquí, no se trata sino de una tendencia. Sobre esto último, puede consultarse ti análisis llevado a cabo por Shrndcr-Frcchette (1989). .H;' También supone situarse en un «ser-con" la tecnología distinto del escepticismo y

la sospecha del mundo clásico, del exagerado optimismo ilustrado y del desasosiego román-

tico. Para Mitcham (19S9) estos tipos ideales de actitudes ante la tecnología agotaban todo

el panorama. Creo haber mostrado que esto no debe ser así, y que es preciso diseñar un

nuevo y comprometido «ser-con" la tecnología capaz de orientar mejor nuestro conocimiento

y nuestra acción en el actual mundo tecnológico.

49

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51

NOTAS SOBRE EL SIGNIFICADO DE LOS MODELOS INFORMÁTICOS DE SIMULACIÓN

Javier

Aracil

Escuela Superior de Ingeniero

Estas notas constituyen una parte de

mi contribución al trabajo

de investigación Estructura y dinámica de los sistemas tecnoló-

gicos. Se trata de la primera, de un conjunto proyectado de dos, en las que se estudiarán diferentes cuestiones relativas a la cons- trucción y empleo de modelos de comportamiento de sistemas, em- pleando el computador como instrumento de simulación. Tanto

la construcción como el empleo de modelos son actividades téc-

nicas, en

el sentido de

que persiguen orientar la acción, y no

aumentar el conocimiento (aunque si también lo hacen, tanto me-

jor). En esta primera parte se analizan los problemas de repre-

sentación del comportamiento de un sistema mediante un mo-

un

delo.

Se suscita el problema de analizar el significado

de

modelo, en tanto que objeto conceptual que se asocia a un objeto

concreto. En la segunda I se atenderá a los problemas derivados de la utilización de modelos; a lo que se puede considerar como

racionalidad de su empleo, en especial cuando sirven de soporte par~ la toma de decisiones, a partir de las cuales se desencadenan acciones. Las cuestiones que aquí se suscitan tienen su origen en la ex- periencia derivada de la construcción de modelos de simulación de comportamiento de sistemas sociales y humanos, empleando métodos que han demostrado su eficacia en dominios tecnoló- gicos.

1.

Se ha presentado al Congreso sobre Truth and rationality,

junio 1993.

53

celebrado en Tene tife,

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Una distinción tradicional (sobre la que volveremos más abajo) entre la técnica o tecnología.' y la ciencia atribuye a la primera el dominio de la accion, mientras que reserva para la segunda el del conocimiento (contrastado mediante procedimientos más o me- nos normalizados). La teoría de la acción tiene indudable atracti- vo para la filosofía de la tecnología. Por el momento, interesa su- brayar que toda acción presupone que el agente dispone de una representación adecuada tanto del objeto sohre el que actúa, como de los objetivos que se pretenden con la acción. Este punto no ha sido suficientemente reconocido en la literatura'. La representación más simple y habitual de un objeto es su descripción mediante el lenguaje ordinario. Esta representación puede ser suficiente para decisiones sobre acciones corrientes. Para acciones (o conjuntos coordinados de acciones, como se tiene en la técnica) m:1S comple- jas, con un cierto nivel de especificidad, se requieren representacio- nes más elaboradas. Es lo que sucede habitualmente en las aplica- ciones técnicas, en donde las acciones persiguen objetivos de una cierta complejidad que requieren técnicas de representación ade- cuadas. En las técnicas mecano-eléctricas tradicionales se han empleado con profusión los planos y las maquetas (modelos a escala) como formas de representación de los objetos técnicos que se proyectan. Estas representaciones son básicamente estáticas, aunque es posible concebir maquetas dotadas de movimiento (de hecho, el reloj pue- de considerarse como una representación mecánica del tiempo); sin embargo, la ingeniosidad requerida en su concepción y la laborio- sidad necesaria en su construcción han determinado que estos mo- delos móviles se utilicen escasamente. Estos últimos problemas desaparecen con el advenimiento del computador, que suministra un instrumento de considerable universa- lidad en el que representar comportamientos con facilidad, senci- llez y eficiencia. El computador permite simular sobre él cualquier objeto del que se disponga de una descripción formalizada. Sumi- nistra modelos básicos, tanto conceptuales como operativos, que permiten programarlo de modo que reproduzca las formulaciones habituales. Con el computador programado se puede realizar una amplia experimentación referente al objeto estudiado (en realidad, a la formalización que ha servido de base para la programación del computador).

2. Aquí se emplearán indisrim.nnenre los términos técnica y tC<:llología, sin entrar en

ningún debate sobre la preferell\:i,¡ por uno II otro t ér-rnino.

3. En la caracterización que h'-Ke Mosrcrfn (1'J7H) de la acción no incluye la considcrn-

cióu de la representación por parte del agente.

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El comportamiento de un modelo de simulación puede ser muy complejo. Se emplea aquí comportamiento en un sentido preci- so. Entenderemos por comportamiento la evolución a lo largo del tiempo de las magnitudes que se consideran relevantes p~ra cara~­ terizar los objetos considerados. Al comportarruento aSI entendi- do se asocian representaciones gráficas como la de la figura 1. La

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Figura 1: Comportamiento de una magnitud.

evolución temporal de una variable describe una trayectoria. El con- cepto de trayectoria es algo con lo que estamos familiarizados. En principio, evoca la imagen de un objeto que se desplaza por el ~s­ pacio (un proyectil). Pero también podemos emplearlo para referir- nos a la evolución de un indicador económico (la figura que mues- tran los periódicos de la evolución de la bolsa, por ejemplo) o, en general, de cualquier magnitud que cambie con el tiempo (la tem- peratura de un enfermo). L~ represent.ación gráfica de las t~ayecto­ rias muestra el comportamiento del sistema al que se aSOCIan esas variables. Por tanto, la forma más simple de un modelo de simulación se- rá aquella que se ocupe únicamente de las trayectorias asoci~das al objeto que se trata de simular. Aquí nos ocuparemos exclusiva- mente, con algún detalle, de los modelos que simulan esas trayecto- rias, asociadas a un clase de objetos a los que conocemos con la denominación genérica de sistemas, y que pueden ser tanto natu- rales como artificiales, tener una existencia real o ser simples pro-

. Sin embargo, el simple registro de los datos del Sistema no agota los modos de relación con él. Hay formas de percepción global del

yectos.

55

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comportamiento (de percepción de las interacciones que se produ- cen en el seno del sistema) que no se reducen al registro de las series temporales. Cuando nos relacionamos con un sistema, no nos limi- tamos a registrar, por separado, los datos correspondientes a cada uno de los atributos que se consideran relevantes considerados ais- ladamente. También tenemos una forma de percepción, que po- demos llamar global, de las interacciones que se producen entre estos atributos. Además, cuando nos relacionamos con un sistema concreto, aquí y ahora, no deja de estar presente en nosotros la experiencia adquirida por la interacción con otros sistemas análo- gos a éste, y que nos ha suministrado un conocimiento del modo de comportamiento del sistema de carácter general (eso es precisamen- te la experiencia adquirida con los sistema del tipo de aquel que estamos considerando en concreto) por oposición a la concreta, en forma de datos, que nos suministra este concreto que tenemos aho- ra entre manos. Cuando hablamos de estudiar el comportamiento, estamos bási- camente asumiendo que los sistemas cambian con el tiempo (es decir, que sufren variaciones los atributos asociados a ellos) y que nos interesa dar razón de estos cambios (buscamos una descripción ra- cional del comportamiento). Haremos aquí la hipótesis adicional de que el cambio resulta fundamentalmente de las tensiones que se producen en el seno del sistema; además se tienen, en segundo lu- gar, los efectos externos del entorno sobre el sistema. Estas tensio- nes vienen determinadas por las interacciones entre las partes del sistema, que suministran, a su vez, el vínculo que articula a esas partes en la entidad que es el propio sistema. Es frecuente referirse a las representaciones de sistemas u obje- tos mediante la denominación genérica de modelos. La programa- ción sobre un computador de la representación formalizada del com- portamiento de un sistema conduce a los modelos de simulación mediante computador del comportamiento, a los que suele aludirse

con la expresión más corta de modelos de simulación del comporta-

miento (behavioral simulation models). Con ellos se puede hacer

una exploración experimental de los modos de comportamiento que puede generar la descripción del sistema concreto sobre el que se ha construido el modelo. Estos modelos se están empleando para representar el compor- tamiento de sistemas en un amplio espectro de campos, desde los físicos y químicos hasta los sociales, pasando por los biológicos (en especial los ecosistemas). En los modelos de simulación de sistemas físicos y químicos, aparentemente, no hay problemas especiales de modelación ya que se conocen bien las leyes básicas de interacción en el seno del sistema. Ello permite una justificación a priori de la validez de los modelos, que gozan de gran aceptación y permiten hacer predicciones.

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No sucede lo mismo cuando se consideran sistemas sociales o humanos, en los que se carece de leyes básicas que regulen las inte- racciones en el seno del sistema. Por ello, cabe la tentación de re- chazar la validez de estos modelos o representaciones alegando que carecen de un status epistemológico adecuado. Sería un error, ya que estos modelos se usan en la práctica, son útiles, lo cual, bajo una perspectiva tecnológica, es suficiente para aceptarlos (en reali- dad es la propia actividad práctica la que los acepta, el proble- ma está en encontrar ese status epistemológico). Por tanto, el pro- blema de su justificación merece una cierta reflexión. Precisamente el analizarlo es uno de los objetivos de este ensayo. El hecho de que estemos hablando de sistemas determina que al hablar de su representación conceptual nos encontremos, aun sin pretenderlo, en las arenas movedizas que han venido en denominar- se teoría de sistemas. Su objetivo debería ser elaborar conceptos generales con relación a sistemas, que se aplicasen con independen- cia de la naturaleza concreta del sistema considerado. Se compren- de que la representación formalizada del objeto sobre el que se va a teorizar es esencial para desarrollar una teoría de sistemas. Sin em- bargo, como veremos en una sección posterior, exis~euna conside- rable confusión respecto a qué cosa es la teoría de Sistemas, ]0 que no favorece en absoluto su credibilidad. Las reflexiones que se incluyen en este escrito han sido suscita- das por una experiencia concreta. La que representa el aplicar con- ceptos y métodos desarrollados por ingenieros para la construcción de modelos de simulación de sistemas tecnológicos, a los complejos sistemas sociales. Esta experiencia está bastante elaborada en una

teoría del modelado y simulación (Zeigler, 1976). Se trata de una

experiencia que puede tener interés para la filosofía de la tecnolo- gía en la medida en que se trata de una actividad, en el origen es- trictamente tecnológica, que transciende de un campo concreto a ámbitos más generales, suscitando el problema de analizar la vali- dez de esa generalización.

MODELACIÓN DEL COMPORTAMIENTO DE SISTEMAS

Vamos a dedicar este apartado a repasar algunos conceptos básicos relativos a los modelos de comportamiento de sistemas. Con ello vamos a disponer de un marco conceptual con el que analizar los problemas a los que se ha aludido en la introducción. En primer lugar, veamos el concepto de modelo. Para un obser- vador O, un modelo M representa a un objeto S (un sistema), si se puede servir de M para responder a cuestiones que le importan con relación a S. En esta definición la presencia del observador es bási- ca, ya que toda descripción (y, en consecuencia, todo modelo M)

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lleva asociado un observador" o. El modelo lo es para él, y para aquellos con los que comparte una determinada forma de ver la realidad. El modelo no es una copia de la realidad (al menos no tiene pur qué serlo) que tenga un valor descriptivo independiente de quien la realiza, sino que está asociado a una interpretación de la realidad realizada con los útiles aportados por un lenguaje de mo- delación. El modelo es más bien un apunte que una copia. Con el modelo se pretende analizar un cierto fenómeno o proceso. Por tan- to, recogerá sólo aquellos aspectos que, en opinión de su (o sus) consrructortes), resultan relevantes con relación a este fenómeno. La descripción presupone la adopción de un criterio de relevancia con respecto a aquello de la realidad que se va a incluir en ella. No existen descripciones neutrales. Todo ello plantea un importante problema: en la medida en que un modelo no es una réplica «obje- tiva» de la realidad, su utilización no está exenta de responsabilidad por parte del usuario (volveremos sobre este punto en el segundo de los artículos). Un modelo puede considerarse también como un mediu de co- municación. Un modelo integra información, que puede proceder de diferentes fuentes, y la devuelve articulada, dotada de cierta co- herencia. En este sentido suministra un medio de comunicación entre especialistas de diferentes especialidades. Al mismo tiempo suministra un vehículo mediante el cual expresar determinadas hi- pótesis con relación a un cierto aspecto de la realidad. El proceso mediante el cual O construye M recibe la denomina- ción de proceso de modelacion, En este proceso se procede a la construcción de un ohjeto artificial, el modelo, para lo que se re- quiere tanto una técnica como unos útiles o módulos básicos de cuya adecuada combinación surge el modelo. En todo proceso de modelación se pueden distiguir, al menos, tres aspectos:

1. Una problernárica concreta con relación a S. Como ya he- mos apuntado, un modelo nunca puede pretender agotar la realidad de S, sino que sólo atiende a determinados aspectos suscitados por un problema concreto. Este problema es el que ha determinado la decisión de construir el modelo (nor- malmente se trata de decidir sobre unas acciones a realizar con relación a S).

2. La experiencia previa relativa a otros Si análogos a S. Esta experiencia puede ser propia o ajena; que se encuentre en libros, informes, o que sencillamente se la hayan contado a O. Puede, a su vez, constituir un cuerpo de doctrina organi-

4. Se emplea aqui el término «observador» para referirse a una gran variedad de agen-

tes, desde el científico que estudia un sistema hasra el consultor que asesora J una empresa,

pasando por el simple curioso que se interesa por un tema.

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zado () ser simplemente un conjunto de opiniones. Pero en todo caso, se trata de la información de que se dispone rela- tiva a S.

3. Un medio de expresión que permita a () realizar M, al que llamaremos lenguaje de modelación. Básicamente este len- guaje suministrad. los útiles o módulos (conceptos y símbo- los) a partir de los cuales se construye el modelo. Comhi- nando estos módulos se tiene un repertorio de posibilidades (o conjunto de hormas) entre las que hay que buscar aquella que mejor se ajuste al S concreto. El lenguaje de modelación se construye a partir de la experiencia que se tiene (que debe ser muy amplia y dilatada) con relación a la clase de objetos que se trata de modelar. Se trata de un patrimonio de los especialistas en los sistemas en cuestión, que les suministran los útiles con los cuales ver y. a partir de esa visión, repre- sentar a S.

Un modelo se dice, en la terminología habitual del modelista, que se construye, en- el sentido de qlle se edifica, es decir, que se ensamblan módulos básicos para dar lugar al objeto (artificial) que es el modelo. Este aspecto de construcción del modelo, a 10 largo del proceso de modelución, no debe ser subvalorado, ya que se rra- ta de un proceso que puede considerarse como artesanal (en el sentido de arte de organizar los elementos básicos que suministra la técnica de modelación empleada de forma adecuada para conseguir el objetivo propuesto: una imagen aceptable de un cierto aspecto de la realidad). Una vez construido el modelo, tenemos que O dispone de M. En el caso concreto que sirve de marco a estas reflexiones, M será un programa en un computador, al que O tiene acceso mediante el teclado, y con el que puede experimentar con M, obteniendo las respuestas mediante la pantalla o la impresora. Por tanto, () dispo- ne de un ohjeto concreto M con el que responder a cuestiones rela- tivas a S'. Se satisface así la definición que se enunciaba más arriba. No obstante, aunque al ser programado en un computador M se convierta en un objeto concreto, nosotros seguiremos considerán- dolo como abstracto, en el sentido de ser algo artificial, cuya natu- raleza es esencialmente formal. La cuestión que queda abierta, y que pienso que tiene indudable interés filosófico, es la de la relación entre M (al fin y al cano un objeto abstracto materializado en un computador) y la propia reali- dad S (cualquier cosa que eso sea). La relación que liga a M y S recibe la denominación de relación de tnodelación (Bunge, 1973). En esa relación está implícita la de referencia. Se dice también que M se refiere a S. Esta relación entre un objeto absrracro y la realidad es de 11<1tu-

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raleza análoga a la de significación entre palabras y hechos. El atracti- vo filosófico de esta relación no escapará al lector, ya que vincula un objeto concreto S con uno abstracto M. Parece, por tanto, que análisis análogos a los desarrollados en la filosofía del lenguaje con respecto a la relación de significación deberían desarrollar- se con respecto a la modelación. En todo caso, cabe preguntarse qué hace que la relación de modelación sea válida; es decir, que da validez a un modelo. En el ámbito de las ciencias físicas, la validez de un modelo está asentada sobre las leyes básicas a partir de las cuales se ha construido. Como ya hemos recordado antes, las cosas no son tan simples en el ámbito de las ciencias sociales y humanas, en donde se carece de leyes bási ~ cas de interacción. Sin embargo, en la práctica, es el propio uso de los modelos lo que permite evaluarlos. Un modelo es bueno (es una representación adecuada del aspecto de la realidad que se está con- siderando) si conduce a acciones exitosas. El criterio de poseer un modelo efectivo es su capacidad de ser empleado en determinadas situaciones. Conviene observar que los M que aquí consideramos (modelos de simulación del comportamiento) no son una representación pa- siva de S (al modo de un plano), sino que son de tal naturaleza que su programación en un computador permite que éste genere un comportamiento que es una réplica, mediante cierta convención, del de S. Mediante la conjunción de técnicas informáticas y mate- máticas, es posible pasar de la descripción de un cierto sistema (en un lenguaje adecuado, que es nuestro objeto de reflexión) a la gene- ración del modo de comportamiento correspondiente. Precisamen- te el vínculo entre el sistema S y su modelo M se estable en función del ajuste entre los comportamientos de S y M. Es decir, la validez de la representación de S que es M (obtenida a partir de una des- cripción formada por un conjunto de enunciados, normalmente expresados matemáticamente, con relación a S) se establece no tan- to por la consistencia de estos enunciados (entre ellos, o con el co- nocimiento científico aceptado -consistencia que, por otra parte, se suele dar por descontada-), sino por la capacidad generativa que poseen esos enunciados con relación al comportamiento del sistema. De este modo, en la propia sintaxis de los objetos abstrac- tos M están implícitos aspectos generales de la interacción en el seno de un sistema, a los que se puede considerar el objeto de la teoría de sistemas. Se puede considerar a la teoría de sistemas como el estudio sis- temático de los objetos abstractos de los que se vale el modelista para representar los sistemas concretos. Por tanto, y como ya decía- mos al final del apartado anterior, el estudio de modelos de com- portamiento de sistemas conduce, de una manera natural, a la teo- ría de sistemas. Sin embargo, este punto de vista no es el sustentado

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unánimemente en la literatura. Detengámonos un poco a explorar algunos de los usos diferentes de la locución teoría de sistemas.

DIVERSIDAD DE PERSPECTIVAS

EN TEORÍA DE SISTEMAS

A veces se asume demasiado poco críticamente la existencia de algo suficientemente estructurado a lo que se pueda denominar teoría de sistemas. Se suele dar por sentado que se trata de una teoría única y ampliamente aceptada. Lamentablemente esto no es así, y la expre- sión «teoría de sistemas» se encuentra muy lejos de alcanzar alguna univocidad. Tomemos, por ejemplo, y casi al azar, algunos libros que hablan de teoría de sistemas, y que aunque no sean los más representativos, sí puede considerarse que ilustran algunos puntos de vista con relación a la teoría de sistemas. El primero de ellos se titula System Theory, de Padulo y Arbib, y su título permite poca ambigüedad a los efectos que nos ocupan. El lector que lo hojee se encontrará con un libro profundamente matemático en el que, además, si profundiza un poco en él verá que, pese a sus casi ochocientas páginas, se trata sólo de determina- dos aspectos de la teoría matemática de sistemas, y no se incluyen, por ejemplo, cuestiones como los sistemas dinámicos no lineales, los sistemas estocásticos o los sistemas de estados discretos, temas, cada uno de los cuales es capaz de ocupar otro libro de al menos la misma extensión. El punto de vista subyacente es profundamente matemático, y se entiende por teoría de sistemas los desarro- llos matemáticos realizados en torno al concepto de sistema diná- mico, sobre el que volveremos más abajo. Otro libro que resulta interesante en este contexto es el titulado

Systems: Concepts, Methodologies and Applications, de Brian Wilson.

El interesado que lo hojee se encuentra ante un volumen menos voluminoso que el anterior, profusamente ilustrado con diagramas (de hecho, grafos) y en el que parece subyacer la idea de que un sistema es simplemente un objeto, más o menos complejo, formado por partes en interacción. Esta complejidad, y esas interacciones, pretenden quedar bosquejadas en los diagramas o grafos a los que acabo de aludir. El lector se sorprenderá al comprobar que en este libro hay muchas figuras y relativamente pocas fórmulas. No obs- tante, cuando analice los ejemplos, verá que subyace una cierta pre- tensión de formalización. En cualquier caso, y a los efectos que aquí interesan, constatará que la teoría de sistemas para Wilson es algo considerablemente más laxo que lo era para Padulo y Arbib, aunque no exento de formalización matemática. Un tercer libro, que aporta una nueva perspectiva, es Evolu- ción, de Ervin Laszlo. Este libro se subtitula La gran síntesis. Su pretensión es clara: establecer un marco único en el que se integre

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la evolución de la materia (desde los orígenes del Universo a nues- tros días), de la vida (desde las primitivas formas vivientes al hom- bre) v de la sociedad (de la progresiva complejidad de las formas sociales). Se trata de una concepción de la teoría de sistemas que busca la unidad del conocimiento, una gran síntesis que subsuma lo conocido. El lector encontrará figuras, que representan modos de comportamiento, análogas a las que había en el libro de Padulo y Arbib. Sin embargo, aquí no se encuentran las ecuaciones que per- miten obtener esos modos de comportamiento. Estas figuras tienen un carácter que se puede considerar como ilustrativo. Se trata de una descripción que pretende ser consistente con los resultados de la ciencia, pero con la que posiblemente no se identifiquen muchos científicos. Por último, si el indagador se acerca a la Crítica a la teoría de sistemas, de Ramón Carcía Cotarelo, y, como hizo en los dos casos anteriores, hojea el libro, no verá ni figuras ni fórmulas. La teoría de sistemas, según este autor, debe ocuparse solamente de las cien- cias sociales en un sentido que excluye toda formalización o mate- matización. Se trata de un punto de vista con el que no eS extraño toparse en la literatura sociológica o en la ideológica. Sin embargo, tanto en este libro como en el anterior se respira un respeto por los planteamientos formales y matemáticos. De hecho, se critican con- secuencias extraídas de modelos formales. Pero en ningún caso se adentra en esos planteamientos. Parecen interesar sus consecuen- cias, no sus significados. No se prescinde de ellos, pero tampoco se consideran en su plenitud. En realidad, lo que sucede es que se res- peta el lenguaje matemático, pero no se habla. Ante tal disparidad de perspectivas, surge una cierta perpleji- dad. Lo que sucede es que cuando se habla de teoría de sistemas se está hablando de cosas distintas. No todo el mundo se refiere a lo mismo. f~staes una confusión que conduce a una ambigüedad que algunos autores emplean, no sé si conscientemente, para pretender ilustrar la amplitud de la teoría de sistemas, pero que está siendo muy perjudicial para la respetabilidad de los estudios sobre siste- mas, y de la que conviene salir. En cualquier caso, para el especia- lista en construcción de modelos de simulación del comportamiento, las dos únicas perspectivas que son relevantes son las correspon- dientes a los dos primeros libros, más cercanas de la del primero, por el rigor de sus planteamientos, aunque sin olvidar el segundo, interesado por aplicaciones que escapan al excesivo formalismo de aquél. Los otros dos libros los verá, a jo sumo, con curiosidad, pero su contenido no tiene nada que ver con los problemas que se le plantean en su actividad de constructor de modelos (de representar significativamente la realidad mediante modelo). Tanto matemáticos como ingenieros y físicos llevan años desarro- llando útiles conceptuales para el estudio formalizado de sistemas.

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Esos trabajos han cuajado en una serie de teorías (emplean?o el término «teor-ía» en un sentido restringido, como se hace habitual- mente en matemáticas, y no en un sentido amplio) para :epresentar sistemas, de las que hoy disponemos, y que se usan habl~ualme.nte. Entre estas teorías se encuentran principalmente la teoria de stste- mas dinámicos y la de autómatas, que suministran útiles con que representar sistemas, pero también se encuentran la teoría del c,on- trol, la de optimización, la teoría de juegos y otras que pcrnutcn explotar las representaciones de los sistemas para tomar decisiones, El conjunto de estas teorías aporta los útiles matemáticos para una teoría de sistemas en un sentido amplio.

TEORÍA DE SISTEMAS

DINÁMICOS

Antes de recordar el concepto de sistema dinámico, conviene preci- sar el de sistema, tal como lo adoptamos aquí. Tomando el término

en un sentido amplio, un sistema es e~ objeto que resulta de la ~rti­

culación o estructuración de un conjunto de partes en

sustantiva que es el sistema. El sistema, por tanto, está formado por las partes (elementos) y las relaciones entre ellas que las vin- cula entre sí. Además, suele resultar interesante considerar el entor- no o medio en el que el sistema está inmerso. Este concepto de sistema está recogido en la definición propuesta por Bunge (1979) según la cual un sistema S es un objeto al que puede asociarse una terna S = (C, S, E). Esta definición aporta, posiblemente, el con- cepto de sistema más simple y general que se encuentra en la lite- ratura. Las partes del sistema se describen mediante un conjunto deno- minado composición C. Estas partes se definen mediante sus pro- piedades características o atributos, a las que, en muchos casos, se asocian magnitudes. Las partes están vinculadas entre sí debido a propiedades de interacción entre las partes, q~e se traducen en. ex- presiones matemáticas formales entre las magnrtudes correspondien- tes, que se recogen en la estructura S del sistema. La teoría de sistemas dinámicos tiene los mismos orígenes que la ciencia moderna: los estudios sobre mecánica teórica que se ini- cian con Galileo, con un carácter fundamentalmente experimental, y encuentran un punto álgido en las obras de Newton, lagrange y Euler. Inicialmente se estudian sistemas muy simples, formados por partículas (pequeñas masas) vinculadas mediante fuerzas de distin- ta naturaleza (principalmente acciones a distancia, aunque también muelles y similares). Se desarrolló un formalismo que permitió cal- cular las trayectorias de estas partículas. En estos estudios tiene su origen el concepto de sistema dinámico. El propio término «d.iná- mico» se refiere a las acciones de las fuerzas en el seno de un siste-

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ma de partículas (las partes del sistema) para integrarlas en la uni- dad que es el propio sistema. Así, por ejemplo, el sistema planetario formado por los planetas (las partes) coordinados mediante la fuer- za de gravitación. Estos desarrollos iniciales a la mecánica pronto se extendieron a otro tipo de sistemas, aun en el propio mundo de la física, en los que las partes ya no eran simplemente partículas sino, por ejemplo, elementos de un red eléctrica, y las interacciones ya no estaban re- guladas por fuerzas de tipo mecánico, sino por otro tipo de interac- ciones. Esta generalización no fue trivial (los sistemas fuera de la mecánica celeste dejan de ser conservativos y se convierten en disi- pativos), pero las dificultades que se presentaron se fueron solucio- nando y se ha llegado a disponer de una rama de las matemáticas aplicadas que se ocupa del estudio de los sistemas dinámicos, que goza en la actualidad de un amplio campo de aplicaciones que exce- de el de la física y de la química para llegar a la biología (por ejem- plo, en ecología, dinámica de poblaciones) y las ciencias sociales humanas. En tiempos recientes aparecen las técnicas de regulación auto- mática en las que están involucrados procesos automáticos de toma de decisiones (las máquinas toman sus propias decisiones para su gobierno, con el fin de alcanzar las metas para las que han sido concebidas), lo que requiere una modelación matemática de los comportamientos, que a su vez necesita de la teoría de sistemas dinámicos para que le suministre las formas matemáticas de re- presentar los sistemas. De este modo, la regulación automática y la teoría de sistemas son prácticamente inseparables. Un curso de regulación automática se inicia con el estudio de la teoría de siste- mas necesario para representar aquellos sistemas que se van a auto- matizar. Esta mezcla de teorías sistemas y de automática conduce a con- ceptos como el de realimentación, que, a su vez, cuando se conside- ra en un contexto más amplio que el del propio mundo de la técnica (entendiendo técnica de base física), se llega a planteamientos como el de Norbert Wiener en la cibernética (Wiener, 1948). Se produce entonces una inmersión en campos biológicos o sociales. Se tiene así una indudable ampliación del campo que abarca la teoría de sistemas. La construcción de modelos se plantea como una estrategia cogniti- va más que como una aproximación reduccionista al conocimiento de la realidad. Sin embargo, en el siglo XVIII esta estrategia se con- vierte en una especie de dogma, sentando las bases del fisicalis- mo mecanicista. Aquí vamos a distanciarnos de este último punto de vista. La teoría de sistemas dinámicos aporta útiles analíticos, concep- tuales y operativos, para representar el comportamiento de siste-

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mas (para calcular sus trayectorias de evolución), y en ese sentido, junto con la teoría de autómatas, constituye las piezas básicas para una teoría matemática de sistemas (y posiblemente de una teoría de sistemas sin más). A recordar estos útiles formales vamos a dedicar la siguiente sección.

DIFERENTES

FORMALIZACIONES

DEL CONCEPTO

DE SISTEMA DINÁMICO

La teoría de sistemas dinámicos, bajo una perspectiva de matemáti- cas aplicadas, suministra los útiles necesarios para representar un sistema concreto mediante un sistema de ecuaciones diferenciales de primer orden:

dx

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[1]

Precisamente a ese objeto matemático es al que se denomina sistema dinámico. La x es un vector que representa el estado del sistema (la información concerniente a su pasado necesaria para predecir unívocamente su futur-o") de modo que la anterior expre- sión no hace sino representar matemáticamente cómo cambia con el tiempo (eso es lo que representa la derivada con respecto al tiem- po) el estado del sistema en función del propio estado. Las compo- nentes del vector de estado son las magnitudes consideradas rele- vantes para describir al sistema (la población, la posición de un eje, la producción de una empresa

El sistema [1] es autónomo, en el sentido de que su comporta- miento no está afectado desde el exterior. En caso contrario se es- cribe:

dx di= f(x,u)

en donde u denota la actuación sobre el sistema desde el entorno (se llama también señal de entrada al sistema).

5. No es extraño encontrar en la lirerutura que se confunda entre el concepto de esta-

do y de lista de atributos asociados al sistema. El estado del sistema es, por definición, la información necesaria para prever su futura evolución. En algunos CISOS, ext a informucidn viene dada por el valor que tornan en el instante de tiempo conciderado \111 subconjunto (que puede ser el propio conjunto) de los atributos asociados al sistema. Esto sucede en los sistemas de variables continuas. Pero, aun en este caso, el estado sólo esr.i formado en gene- ral por una pane de los atriburos. En los sistemas de estados discretos el estado del sistcrna no tiene nada que ver con la lista de los atributos.

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Integrando la ecuación [1] se obtiene la trayectoria del vector de estado

x(l) = X(tO)+ f' [t xid:

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con lo que se tiene la evolución del sistema a lo largo del tiempo. Conviene detenerse en analizar el contenido de [1] (que es a 10 que llamamos modelo matemáticu del fenómeno en cuestión). T e- nemas un sistema de ecuaciones de la forma

dx,

,

&::::fi(Xj, X2'

, x,)

lo que se puede leer diciendo que sobre el cambio a lo largo del tiempo de la variable x, influyen aquellas otras variables x-, XI. ''', XII> que aparecen como argumentos de fi' Por tanto, en la formulación de un modelo subyace el concepto de influencia en- tre variables. A cada influencia puede asociarse un enunciado de la forma

X---7Y

(2)

que se lee 'X influye sobre Y' (lo que equivale a decir que a una variación provocada en X se responde con otra de Y). De este modo, un modelo puede enunciarse mediante un conjunto finito y articu- lado de relaciones de influencia (que se someten a contrastación experimental como cuerpos integrados). Por tanto, el concepto de influencia es básico en la formulación de un modelo. El concepto de influencia tiene connotaciones con el de causalidad. Sin embar- go, este último parece tener un carácter más fuerte que aquél, por lo que se prefiere hablar de influencia más que de relación causal'. La forma más básica del lenguaje de modelación está formado pre- cisamente por los enunciados de las influencias (el lenguaje de si- mulación es la contrapartida informática de este lenguaje de mode- lación). El constructor del modelo selecciona aquellas influencias que considera relevantes para generar el comportamiento global del sistema. En la formulación de la ecuación [1] está implícita la adopción de una escala continua para el tiempo (que es una variable de natu- raleza especial en el estudio de los sistemas dinámicos; el papel del

6. La relación de influencia, tal como aquí sc cntplcn. cs una relación más d¿bil que la

de cnusnlidud, que tiene, en la literatura filosófica, una connotación más fuerte que la que aquí intcrcsa. Este sentido fuerte se refiere a la causa total, mientras que la causalidad que ,,:

recoge en las rul.niones de influencia anteriores es una relación p.n-ciul, rcalizad as en con- junción con ot rns -cuusas-.

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tiempo en los sistemas dinámicos es un problema de alcance filosó- fico que ha hecho y hará correr mucha tinta). Si se considera una escala de tiempo discreta, entonces la anterior formulación se con- vierte en:

expresión en la que el subíndice k representa el instante de tiempo en el que se considera a la variable a la que está asociado. La ante- rior expresión, por tanto, permite generar recursivamente la secuencia discreta de valores del estado del sistema Xo, X¡, Se tiene, por tanto, dos formas diferentes de representar un sis- tema que evolucione en el tiempo, según se considere un tiempo continuo o uno discreto. Pero, aparte de esto último, las dos formas son análogas y sirven para representar sistemas cuyas magnitudes asociadas varían de forma continua con el tiempo. Estas formas de evolución se tienen en ámbitos muy variados de nuestra experien- cia, tanto en sistemas físicos (la velocidad de un motor, la posición de un eje ) como en sociales (la evolución de una población, de los precios ). Existen, sin embargo, sistemas que no son fácilmente describi- bIes mediante las formas [1] o [2]. Estos sistemas son normalmente producto de la tecnología moderna e incluyen desde la máquina expendedora de paquetes de cigarrillos hasta complejas líneas de ensamblamiento y producción, redes de comunicación de computa- dores, sistemas de control de tráfico, etc. En esos casos la evolución del sistema depende de la interacciones complejas de acontecimien- tos discretos, tales como la iniciación o el acabado de una tarea, la llegada de un mensaje o el simple hecho de oprimir o no un botón. El estado de estos sistemas cambia de forma discreta, en lugar de hacerlo de forma continua como en los casos más arriba considera- dos. Estos sistemas recihen la denominación genérica de sistemas de estados discretos (por oposición a los sistemas de variables con- tinuas), y para su representación se emplean los autómatas que se definen como

~ xi.

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Esta expresión también representa la evolución del estado, que aquí se denota por q, pero con la importante salvedad de que en esta formulación está implícita la consideración de estados discre- tos (y de valores discretos para la entrada Uk) cada uno con entidad propia perfectamente definida, y no, como sucedía en los sistemas de variables continuas, como valores tomados por una variable en un conjunto continuo. Esta formulación es especialmente inrcre-

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san te cuando se trata de representar transiciones entre acontecí- rnieritos discretos. Aunque el formalismo de [3] es análogo al de [1] yespecialmen- te al de [2], sin embargo, los conceptos involucrados son radical- mente distintos. La figura 2 muestra la diferencia entre las trayecto- rias de uno y otro sistema. No existe un único formalismo que sea capaz de subsumir ambos planteamientos (algo se pretendió con ayuda de la teoría de las categorías hace aproximadamente un dece- nio, pero los resultados alcanzados no han tenido transcendencia práctica). Aparte de las formulaciones anteriores del concepto de sistema dinámico, existen otras como, por ejemplo, los sistemas dinámicos estocásticos. En tal caso 10 que se estudia es la evolución de la fun-

ción de distribución de probabilidades de las variables asociadas al

sistema y no del valor de estas variables en sí, como sucedía con los casos hasta ahora considerados. Se comprende que en este caso se tiene un nivel de complejidad en la descripción muy superior. Esta forma de descripción es especialmente interesante cuando se estu- dian sistemas que poseen un cierto grado de imprecisión o incerti- dumbre (también se emplean en esos casos los sistemas borrosos). En todo caso, 10 único que interesa aquí considerar es que se trata de otra forma matemática de descripción del comportamiento de un sistema.

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Figura 2: Trayectoria de un sistema con variables continuas y con acontecimientos discretos.

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Aunque sea de forma un tanto colateral, merece un comentario la posibilidad de representación cualitativa en el contexto de los sistemas dinámicos. Con ello se ilustra el hecho de que aun de una misma teoría, la de sistemas dinámicos, se puedan admitir, al me- nos, dos tipos de interpretaciones: una marcadamente cuantita- tiva y otra cualitativa, de carácter más geométrico y topológico, más plástica y menos rígida que la primera (aunque no menos for- mal). El término «cualitativo» se usa habitualmente en demasiados sentidos y mientras, en el lenguaje ordinario, esté clara su ambigüe- dad (valga la contradicción) no hay mayor problema. Otra cosa sucede cuando se pretende usar en un sentido preciso. Quizás ha- bría que pensar algún día en investigar sobre las distintas pretensio- nes de formalizar lo cualitativo que se encuentran en la literatura. En el contexto de la teoría de sistemas disponemos de una teoría

cualitativa de los sistemas dinámicos en la que el término «cualita-

tivo» es objeto de un uso preciso y riguroso, basado en conceptos geométricos y topológicos (la teoría de catástrofes puede consi- derarse como una parte de la teoría cualitativa de sistemas diná- micos"). Con todo lo anterior se pretende poner de manifiesto que aun en el campo concreto de la teoría matemática de sistemas dinámi- cos existen distintas formulaciones (y aun distintas interpretacio- nes) que, en último extremo, no hacen sino aportar diferentes re-

cursos conceptuales para representar los sistemas concretos del mundo real, en sus variadas peculiaridades (de manera análoga a como en la geometría, entendida en un sentido genérico, se tiene la geome-

tría euclídea, la esférica, la de Riernann,

, y ante cada proble-

ma de representación geométrica de un objeto de la realidad se recurre a una de ellas, la más adecuada al caso, sin que la realidad

posea una estructura geométrica determinada"). De modo análo-

go, la teoría de sistemas se presenta como un catálogo de lenguajes de modelación con los que expresar determinados aspectos de la realidad, asociados a objetos a los que cabe caracterizar como sis- temas.

7. La tradicional clasificación de los conceptos en teor¡a de la ciencia (Mosrer¡n, 197H)

posiblemente requiera una revisión a la luz del concepto de cualitativo al que me estoy refiriendo. De acuerdo con este concepto, una magnitud cualitativa está asociada a un COIl- ccpto intermedio entre 10 que tradicionalmente en teoría de la ciencia se conoce como un concepto comparativo (basado en una relación de orden) y [o que se conoce como un con- cepto métrico. Este concepto cualitativo (que no tiene nada que ver con el concepto cualita- tivo o clasificatorio de la reor¡a tradicional de la ciencia) posee, además de una relación de orden, una relación topológica (de proximidad), pero no posee una estructura algebraica. En aplicaciones de las teorías de sistemas a ciencias sociales y humanas (a lo que se viene en llamar ciencias blandas) presumo que este uso cualir anvo está llamado a tener un gran futu- ro. Pero aquí no puedo extenderme más en ello.

8. Análogamente sucede con el caso de la mecánica que presenta formas variadas, de

las

panículas, de los medios continuos, relativista, estadística, cuántica

69

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¿Hasta qué punto subyace a las anteriores formulaciones algo

que puede denominarse una teoría de sistemas? Creo que a esta cuestión se puede responder de manera analógica con el ejemplo de la geometría antes apuntado: de la misma manera que existe una geometría, digamos general, que se manifiesta en geometrías con-

cretas, como la euclidea, la de Riernann, etc

sistemas que toma una forma concreta en la teoría de sistemas diná-

micos, en la de autómatas, en la de sistemas estocásticos, etc

una de estas teorías (en cierto sentido parciales) aporta instrumen- tos para representar diferentes aspectos o un fenómeno de la reali- dad, y, con su concurso, podemos asociar diferentes descripciones a un mismo objeto, según el uso al que se destine el estudio que este- mos realizando (correspondientes no sólo a los diferentes lenguajes que empleamos para realizarlas, sino a las diferentes formas de ver un sistema, según los problemas que nos interesen de él). Antes de acabar con estos comentarios conviene recordar que, para algunos autores, la teoría de sistemas tendría como objetivo la búsqueda de una teoría de lo que llaman el sistema general. Algo así como una especie marco de único y universal en el que tuviera cabi- da todo el conocimiento humano. La tabla periódica de Mendeleiev es una muestra del tipo de síntesis que pretenderían alcanzar (en el caso de Mendeleiev referido a la química, y en el de la teoría de sistemas a toda la realidad). El punto de vista de Bertalanffy parece ajustarse a esta perspectiva (así como el de Lazslo, en el libro antes citado) que constituye una pesada carga para un desarrollo acepta- ble de la teoría de sistemas. Bajo tal perspectiva, se trata de desarro- llar una (o la) teoría de sistemas. No es presumible que exista tal cosa. Existen teorías sistemas (tomando teoría en el sentido que se le da en matemáticas, como se ha puesto de manifiesto más arriba, en la analogía con las distintas geometrías) que suministran útiles conceptuales con los que estudiar los diferentes aspectos de los ob- jetos que por su complejidad (partes más estructura) convenimos en

, existe una teoría de

Cada

llamar sistemas.

MODELOS ORIENTADOS A LA ACCIÓN Y AL CONOCIMIENTO

Entre las posibles clasificaciones de los modelos hay una que mere- ce consideración. Es la de clasificarlos en modelos orientados a la

acción y en modelos orientados al conocimiento (technologically adequate model y epistemologically adequate model, según la ter-

minología que proponen Vázquez y Liz, 1989). Me parece que a esta distinción entre modelos subyace la más genérica entre técnica (o tecnología si se quiere) y ciencia (por conservar el mismo orden que entre los dos tipos de modelos). Según esta propuesta, los mo- delos orientados a la acción caerían dentro del dominio de la técni-

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