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Colección: Apuntes sobre Constitución y Política

Primera edición: 1993

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CAPÍTULO VI.

ÍNDICE

LA TRANSICIÓN AL CAPITALIS-

MO: EL BARROCO

 

9

I. CARACTERIZACIÓN GENERAL DEL SIGLO XVII Y LAS TRANSFORMACIONES DEL AB- SOLUTISMO

9

 

1.

Posiciones básicas sobre la especificidad del si- glo XVH

9

2.

Circunstancias que contribuyen a consolidar el Absolutismo

11

II.

LA

SOCIEDAD

EUROPEA

DEL

BARROCO:

CONFLICTO SOCIAL Y RESPUESTA ESTATAL

 

COMO ELEMENTOS CONFIGURADORES

15

1. La idea de movimiento

 

16

2. La idea de conciliación

18

3. La cultura barroca como «cultura dirigida»

19

4. La peculiaridad inglesa

 

23

III.

PROBLEMÁTICA TEÓRICO-POLÍTICA DEL PE- RÍODO

27

1. La teoría política como teoría de la forma de actuar del Estado

27

 

A. Los cambios en la relación Razón de Esta- do-Límites del Poder: las nuevas formas y funciones del Derecho en el orden social y político

27

B. La historificación de la Razón de Estado:

sus cambios al aparecer la Comunidad In- ternacional y la Opinión Pública

32

 

2. La Teoría política como teoría de la forma de ser o constituirse del Estado

33

 

A. Las tendencias absolutistas de fundamento iusnaturalista y de fundamento teológico

35

B. La tendencia antiabsolutista 63

CAPÍTULO VII.

LA TRANSICIÓN AL CAPITALIS-

MO) LA ILUSTRACIÓN

73

I.

CONSIDERACIÓN GENERAL DE LA ILUSTRA- CIÓN: SUS CAUSAS Y SIGNIFICADO

73

1. El hecho económico

75

2. El hecho científico

78

3. El hecho viajero

79

II.

LA ILUSTRACIÓN CULTURAL

82

1. El núcleo esencial: despliegue de la Razón y crítica al Cristianismo

82

A. El Concepto de Razón

82

B. La nueva concepción de la Historia: la idea de Progreso

85

C. Educación y Divulgación: los cambios en la expresión artística y la aparición de la novela

90

D. La crítica al Cristianismo

98

2. Grados de desarrollo, contradicciones y «anti- luces»

102

III.

LA ILUSTRACIÓN POLÍTICA

109

1. Supuestos generales de la teoría jurídico-políti- ca ilustrada

109

2. Manifestaciones específicas: las aportaciones

de

Montesquieu y Rousseau

113

3. La realidad política: el Despotismo ilustrado

146

4. Las críticas modernas a la Ilustración

150

PARTE TERCERA

LOS SUPUESTOS JURÍDICO-POLÍTICOS DEL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA

CAPÍTULO VIII. LA APARICIÓN DEL CAPITALIS- MO: LIBERALISMO Y CONSTITUCIONALISMO 155

I.

ORIGEN Y ESPECIFICIDAD DEL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA

155

 

1.

El criterio de los pre-requisitos

155

2. El criterio de los factores

156

3. El criterio del proceso

158

II. EL LIBERALISMO

167

1. Significado ideológico general

167

2. Formas históricas concretas

175

3. Relaciones con otros movimientos ideológicos

178

III. EL CONSTITUCIONALISMO

180

1. El concepto moderno de Constitución: El crite- rio del contenido, el criterio de la forma y el criterio del origen

180

2. Configuración histórica en torno a esos crite- rios

185

CAPÍTULO IX. CONFIGURACIÓN TEÓRICA Y POSITIVA DEL CONSTITUCIONALISMO: LOS MODELOS CONSTITUCIONALES HISTÓRICOS Y LA INSERCIÓN DE LA CONSTITUCIÓN EN EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA 221

I.

LOS MODELOS CONSTITUCIONALES HISTÓ- RICOS

221

1. El Constitucionalismo evolutivo

221

2. El Constitucionalismo originario

231

3. El Constitucionalismo revolucionario

243

II.

UN MODELO TEÓRICO DE CONSTITUCIONA- ~"

LISMO: LA APORTACIÓN

ALEMANA

253

1. La tradición cultural: el ingrediente jurídico y el filosófico

253

2. La realidad histórico-política como base de la

actitud

teórica: exaltación estatal y legitima-

ción jurídico-formal

257

III.

LA INSERCIÓN DEL CONSTITUCIONALISMO

EN EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALIS- TA

269

1. La relación estructural: Constitucionalismo-Ca- pitalismo

269

2. La relación superestructural: Constitucionalis- mo-Liberalismo-República

277

CAPÍTULO X. LAS CRISIS DEL CAPITALISMO Y SUS REPERCUSIONES EN EL ÁMBITO ESTATAL Y CONSTITUCIONAL

283

I. LA CRISIS DE 1848: CAUSAS Y EFECTOS JURÍ- DICO-POLÍTICOS

283

1. Significado social, político y constitucional de

la Restauración

283

2. La Revolución Industrial como supuesto básico de las Revoluciones de 1848

287

3. Efectos políticos y constitucionales de las Re- voluciones de 1848

291

II. DE LA CRISIS DE POSGUERRA A LA RUPTU- RA DEL ORDEN CONSTITUCIONAL: EL FAS- CISMO

296

1. El Constitucionalismo de posguerra

296

2. El fascismo

302

A. Explicaciones del fenómeno fascista

302

B. Aspectos ideológicos y jurídicos: la quie- bra del orden constitucional

315

III. ESTADO Y CONSTITUCIÓN EN EL CAPITA- LISMO MONOPOLÍSTICO: LA CRISIS DEL ES- TADO SOCIAL

331

1. El Estado social y sus crisis

333

2. Los efectos de la crisis del Estado social en el Estado Democrático

341

3. Los efectos de la crisis del Estado social en el Estado de Derecho

346

CAPÍTULO VI:

LA TRANSICIÓN

AL CAPITALISMO: EL BARROCO

CARACTERIZACIÓN GENERAL DEL SIGLO XVII Y LA TRANSFORMACIÓN DEL ABSOLUTISMO

1. Posiciones básicas sobre la especificidad del siglo XVII

El tiempo histórico que se cierra con el siglo xvi tiene un nombre concreto: Renacimiento. El que comienza con el siglo xviil, lo tiene también: Ilustración. Pero, entre uno y otro, el siglo XVII fue durante mucho tiempo el siglo sin nombre, sin un contenido y significados específicos que permitiera designarlo con una expresión de equivalente rotundidad y concisión. Se debe precisamente a la utiliza- ción de la metodología del modo de producción y en par- ticular al estudio de la transición (del feudalismo al capi- talismo, propuesto por Maurice Dobb) el que se intentara descubrir su peculiaridad. Al hacerlo así, al profundizarse en ese período hasta entonces sólo considerado «interme- dio» entre aquéllos, surgen dos posiciones:

La que entiende que el siglo xvn puede tener también un nombre concreto, puede también comprenderse bajo una designación rotunda: Crisis general. El siglo xvn sería

el siglo de la Crisis general. 1 Tras observarse la existencia a lo largo del mismo de múltiples conflictos de naturale- za distinta (Guerra de los 30 años, rebelión de la Fronda, revoluciones inglesas de 1649-1688, sublevaciones de Cataluña y Portugal en 1640 y Andalucía en 1641, de Ñapóles en 1647, junto a otros fenómenos que muestran igualmente una situación conflictiva en el orden religioso —aparición del jansenismo, quietismo, revocación del Edicto de Nantes y vuelta a la intolerancia— y cultural, con los libertinos o el preciosismo) y analizarse sus cau- sas, se concluye que su origen se encuentra en una exten- dida crisis económica. Y que, a su vez, la crisis económi- ca (sobre la que se dan explicaciones diversas: Mousnier la atribuye al desajuste entre crecimiento demográfico y posibilidades alimenticias; Hobsbawm a un decaimiento del mercado, a una crisis de ventas) desencadenó progre- sivamente una crisis general (que se ha llegado a conside- rar como una revolución universal en el caso de Trevor- Roper) en la que subyace el conflicto básico del período:

el enfrentamiento nobleza burguesía. Esta crisis no ten- dría sólo aspectos negativos, pues en el orden económico eliminó los obstáculos finales al desarrollo del capitalis- mo y produjo una concentración económica que repercu- tió favorablemente en la aparición de la Revolución In- dustrial (Hobsbawm) y en el orden social actuó de estí- mulo a la ciencia y al arte, ya que los avances logrados en estos campos —de tal entidad que han permitido califi- car al siglo xvii como «el Gran Siglo»— se deben a los es- fuerzos hechos para superarla (Mousnier). La otra posición entiende que ciertamente el siglo xvn

1. Su defensor más característico es R. MOUSNIER (Historia General de las Civilizaciones, T. IV, Ed. Destino, Barcelona,

1959).

10

1

posee una cualidad propia, pero rechaza su considera- ción como «Siglo de la Crisis General». No existe crisis económica como ruptura o anormalidad surgidas en el desarrollo de un proceso, sino una fase de transición al capitalismo que tiene su propia especificidad. Esta espe- cificidad, que abarca globalmente a las formaciones so- ciales que se encuentran en esa fase, deriva de la especi- ficidad que en el nivel económico tiene la producción ca- racterística del período: la lentitud del desarrollo capitalista como inherente a la etapa de la manufactura. Al seguir utilizando la manufactura el trabajo manual (aunque introduzca una división del trabajo por opera- ciones parciales) tiene necesariamente un ritmo lento de producción; asimismo, por ser manual el trabajo, mantie- ne su importancia la destreza del trabajador que, por una parte, se tarda en adquirir y, por otra, otorga a los que la poseen una fuerza tal que les permite impedir el intento de los patronos de aumentar la plusvalía absoluta (pro- longar la jornada de trabajo), hechos ambos que, de nue- vo, retardan el desarrollo capitalista. La falta de una competencia libre para la producción manufacturera por la protección y privilegios de que gozan los gremios, es un nuevo obstáculo. Por otra parte los conflictos entre países se consideran resultado del desarrollo desigual y no de «revolución universal». No se trataría, por tanto, de «crisis general», sino de una específica fase de la tran- sición al capitalismo con características propias.

2. Circunstancias que consolidan el Absolutismo en el siglo XVII

Sin entrar en la polémica, lo que interesa destacar es que en cada una de esas posiciones se incluyen dos cir-

11

cunstancias que contribuyen a consolidar el Absolutismo en el siglo XVII: el conflicto sociopolítico y las exigencias del desarrollo capitalista. El conflicto sociopolítico, en su aspecto exterior, se manifiesta en forma de conflicto bélico más o menos ge- neralizado y frecuente con otros países que determina una nueva dimensión del Ejército, con lo que supone de fortalecimiento del poder del Estado, a la vez que su cos- toso mantenimiento y la urgencia de sus gastos exigen y justifican la aprobación de impuestos y la obtención de medios sin esperar el consentimiento de los subditos (de las Cortes o Estados Generales); en su aspecto interior, el conflicto se manifiesta —de manera más o menos direc- ta— a través del enfrentamiento nobleza-burguesía, lo que, dada la debilidad relativa de ambas y la incapacidad de cada una para imponerse como dominante, permite al Estado aumentar su autonomía sobre ellas y ostentar el protagonismo en el conjunto de la formación social. El desarrollo capitalista y sus exigencias en esta fase, se traducen asimismo en un fortalecimiento del papel del Estado. Porque para que se inicien las primeras formas de producción capitalista con la manufactura, es preciso un mínimo de capital que todavía no existe en poseedo- res individuales y se necesita la ayuda del Estado; igual- mente, una vez iniciada, implica un crecimiento periódi- co del capital constante (y en concreto de materias pri- mas) proporcional al aumento experimentado en la capacidad productiva al introducirse la división del tra- bajo propia de la manufactura. Por eso, las distintas ma- neras en las que el Estado cubre estas exigencias (conce- sión de créditos, monopolios, exenciones, subsidios, etc.) son otras tantas vías de revalorización de la función y fortalecimiento del Estado. Así se produce el paso de las primeras monarquías

absolutas, como forma en la que aparece el Estado mo- derno, al Absolutismo del siglo xvii, caracterizado porque ahora el Estado pasa a ser el eje y apoyo fundamental del sistema social. El Absolutismo en esta etapa sobrepasa el aparato del Estado, el ámbito puramente institucional, para extender su dominio a la sociedad, a los grupos so- ciales, a su articulación y movimientos, de manera que el Estado se convierte progresivamente en la única base de sustentación del conjunto del sistema sociopolítico al que penetra y dirige. 2 Sin embargo, no puede deducirse de lo anterior que el Estado absolutista del siglo xvii «flote en el aire», es de- cir, carezca de un apoyo social concreto y actúe como un arbitro neutral respecto de los distintos intereses en con- flicto. Por el contrario, ese Estado se apoya en un grupo social y actúa en defensa de unos intereses concretos: el grupo y el interés nobiliario. Se trata de una nobleza en transformación; por una parte, la pertenencia a la misma se hace más rigurosa (se expulsa al escalón inferior como escuderos e hidalgos y se excluye a los «manchados» por conversos o por trabajo lucrativo); por otra, se acepta que «la nobleza es antigua riqueza» y, por tanto, el acce- so gradual de ciertos ricos, de forma que el ingrediente económico se impone en estos casos a aquel rigor que, no obstante, se mantiene vigente hacia «fuera» como me- dio de exclusión, defensa y justificación del grupo. Esta transformación, con su sistema de exclusiones e inclusio- nes, unida al deterioro de las instituciones representati- vas de la nobleza tradicional (Estados generales o loca- les) que proporcionaban una cierta protección general, se prestaba al arbitrismo y al privilegio, lo que suscitó rebe-

2. J. A. MARAVALL, Estado moderno y mentalidad social, Re-

vista de Occidente, Madrid, 1972, T. I, págs. 298 y ss.

liones de algunos sectores mobiliarios descontentos (a veces unidos a burguesías urbanas excluidas y a muche- dumbres populares marginadas en todo caso) pero nunca con el carácter de asalto unitario y total de la nobleza co- mo tal contra el Absolutismo, ya que estaban unidos en- tre sí por un cordón umbilical de clase. Precisamente éste es uno de los caracteres definitorios del siglo xvn: el pro- ceso dialéctico de adaptación de las nuevas relaciones en- tre clase y Estado para que siga siendo posible el dominio político de la aristocracia. 3 Porque de eso se trata ahora:

de la conversión de la nobleza tradicional, con sus carac- terísticos medios de actuación (la fuerza y la depreda- ción), en grupo dominante capaz de lograr con otros me- dios la preeminencia económica y política. Es lo que se ha llamado el paso del «estamento» a la «élite del po- der». 4 Un grupo notablemente transformado tanto en sus componentes como en su actuación, aunque todavía se le reviste con viejas formas como el honor y el ideal caballe- resco, lo que añade ambigüedad y dificulta la toma de conciencia de lo que realmente ocurría por los contem- poráneos y explicaría el carácter confuso de la protesta que parece provenir de los distintos sectores sociales con paradójicas dinámicas coyunturales.

3.

P. ANDERSON, El Estado Absolutista, Siglo XXI, Madrid,

, 1979, págs. 38 y ss.

4. J. A. MARAVALL, Poder, Honor y Élites en el siglo XVII, Ed.

Siglo XXI, Madrid, 1979.

II. LA SOCIEDAD EUROPEA DEL BARROCO:

CONFLICTO SOCIAL Y RESPUESTA ESTATAL COMO ELEMENTOS CONFIGURADORES

Porque, efectivamente, esta dominación de clase no se hace sin costes y conflictos en una sociedad cambiante y cada vez más compleja como antes se indicaba. Y hasta tal punto, que estos conflictos de una parte, así como la específica respuesta del Estado absolutista del siglo xvn (caracterizada, además de por la represión que alcanza niveles nuevos y se vincula con frecuencia a supuestos re- ligiosos como ocurre con la Inquisición, por los intentos de conciliación, integración y dirigismo social) de otra, son los dos elementos que conforman la sociedad y cultu- ra del xvn, es decir, del Barroco, término que, por tanto, se puede utilizar para designar globalmente el período y no sólo su manifestación artística, en la forma en que en el capítulo correspondiente se hacía con el término Rena- cimiento. 5

5. El término Barroco se usa en el sentido de extravagante y

deforme, parece que en el mismo siglo xvn. Una de las primeras definiciones se encuentra en Rousseau que en su Diccionario de la Música (1767) dice: «una música barroca es aquella cuya Harmo- nía es confusa, cargada de modulaciones y disonancias, el canto duro y poco natural y el movimiento forzado» (J. María VALVERDE, El Barroco, Ed. Montesinos, Barcelona, 1980, págs. 7 y ss.). Junto a la concepción que se da en el texto, existe también —al menos desde Benedetto Croce y en España desde Eugenio D'Ors— la que considera que el Barroco es una constante histórica que apa- rece de manera recurrente con episodios concretos que son mani- festaciones específicas de «ese pecado estético, universal y perpe- tuo como todos los pecados humanos» (Emilio OROZCO DÍAZ, In- troducción al Barroco, Edición al cuidado de José Lara Garrigo, Universidad de Granada, 1988, Vol. I, pág. 37.

1. La idea de movimiento

En esa sociedad sacudida por el conflicto, la inestabi- lidad y la inseguridad, la realidad se percibe como reali- dad que cambia, como realidad en movimiento y la idea de movimiento se constituye en una categoría carac- terística de la cultura barroca en el orden de las preocu- paciones científicas, sociales y estéticas. En el orden científico, la idea de movimiento está en la base de los descubrimientos científicos del xvn, no sólo en lo que al macrocosmos se refiere (como es el caso de la física de Newton, de Kepler o Galileo que intentan, además, averiguar sus leyes) sino en el microcosmos del organismo humano, con los hallazgos en torno a los mo- vimientos del corazón o a la circulación de la sangre que se producen ahora. En el orden social, es característica la preocupación por encontrar, como en el ordenfísico,las leyes que regulan «el movimiento de las sociedades» y de los individuos, es decir, su conducta (las leyes naturales o Derecho Natural en la significación que ahora adquiere); la atención a la conducta individual tiene, además, comofinalidad,dirigirla y contro-

larla, como es patente en el moralismo de Gracián o en los ejercicios de San Ignacio, pero que es tendencia generaliza- da en la cultura barroca; se intenta descubrir los resortes últimos que mueven a los hombres (como ocurrirá con Hobbes) con un importante desarrollo de «técnicas» aplica- das al comportamiento que permite calificar a la cultura ba-

rroca como «conductista».

conducta del hombre despierta, no obstante, un notable pe- simismo acerca de la condición humana y sus potencialida-

6

Esta profundización en la

6. J. A. MARAVALL, La Cultura del Barroco, Ariel, Barcelona,

1981, págs. 70 y ss.

des como ser solidario y social, hasta el punto de que el ver- so de Plauto «homo homini lupus», se utiliza para expresar ese pesimismo en obras tan distintas como el Leviatán de Hobbes o El Criticón de Gracián, que aparecen en el mis- mo año (1651), lo que parece probar que se trataba de una idea ampliamente extendida, e incluso expresada en esa misma forma, por la cultura europea. Finalmente, esa idea de movimiento parece tan aceptada que se incorpora a los hábitos del período en el que se registra el gusto y, en todo caso, el hecho del viaje como algo usual y generalizado que delata los primeros síntomas de la modernidad frente a la anterior «fijación del hombre al suelo», propio de la menta- lidad antigua. En el orden estético, porque en cierta medida buena parte del arte barroco se configura en torno a las sugeren- cias que inspiran la idea de movimiento; unas veces por- que es el movimiento mismo el que trata de captarse (el ejemplo más citado es la actitud dinámica de los caballos de Velázquez, cuyos retratos ecuestres se han entendido a veces como la representación simbólica de la inestabilidad institucional-monárquica española) pero, sobre todo, por- que el arte barroco y específicamente la pintura, es un ar- te concebido desde el movimiento, referido ahora al tiem- po, desde la fugacidad —en cuanto es una pintura de «instantes»— de una realidad (más o menos deformada) a la que se «sorprende» en un momento necesariamente efí- mero. En este sentido se ha señalado la utilización fre- cuente de un objeto como el espejo, destinado específica- mente a reflejar el instante, tanto en la pintura como en la literatura (donde la imagen del espejo es frecuentemente utilizada incluso en el título de los autores barrocos). 7

7. E. TIERNO GALVáN, Notas sobre el Barroco, en «Desde el es-

pectáculo a la trivialización», Taurus, Madrid, 1961, págs. 163 y ss.

1

2. La idea de conciliación

Esta sociedad en la que el conflicto genera inestabili- dad y el movimiento aparece como categoría básica, tien- de también como una necesidad primera a recobrar el equilibrio, a resolver el conflicto mediante la concilia- ción. Las ideas de equilibrio y conciliación como respues- ta al movimiento y al conflicto, son, por consiguiente, otro componente fundamental de la sociedad y culturas barrocas. Abarcan, como la de movimiento, desde el mundo físico (donde el equilibrio es el supuesto en el que se apoya todo el sistema planetario en la hipótesis de Newton) al mundo socio-político; y en este último, tanto en su vertiente internacional (con la búsqueda del equili- brio de poder en Europa que cristaliza en la paz Westfa- lia) como en el nacional, en el interior de cada país, en el que la monarquía actúa de mediadora en el conflicto no- bleza-burguesía (la política mercantilista será un instru- mento con el que se intenta superar la contradicción en- tre viejos y nuevos intereses), de manera que favorece la formación del grupo dominante antes citado compuesto finalmente por sectores de ambas, homogeneizados en la forma también antes indicada. Por eso se ha llegado a sostener que, en esta fase, el absolutismo «articula las re- laciones de clase», «encauza y dirige las luchas de clases» (Mousnier), lo que —se acepte o no— 8 expresa con fuer- za esa práctica conciliadora que el absolutismo realiza.

8. Es ciertamente una afirmación arriesgada porque, por una

parte, en el análisis de la coyuntura política del período, es decir, en la situación de la lucha de clases, hay que incluir como ingre- diente fundamental a las capas populares y trabajadoras y, de otra, porque no es la Monarquía la que determina el nivel de esa coyun- tura política sino que es la coyuntura política la que configura la si- tuación de la Monarquía.

18

Por ello no es exagerado que el espíritu de conciliación entre opuestos se generalice en la cultura barroca, que será, preferentemente, una cultura de tonos intermedios; a consecuencia de ese equilibrio entre contrarios, no apa- recen las claridades sino las mezclas, las totalidades com- plejas aunque armónicas; se rechaza el simplismo y lo inequívoco para desplegarse en lo complicado, en formas dominadas por síntesis difícilmente logradas sobre ten- siones entre contrarios y que cobran con frecuencia ex- presiones dramáticas. 9

3. La cultura barroca como «cultura dirigida»

Este esfuerzo «conciliador» del Absolutismo no basta, sin embargo, para resolver el conflicto subyacente a la sociedad del xvii. 10 Ello se pone de manifiesto no sólo en los enfrentamientos bélicos y en las rebeliones abiertas, sino en la protesta más difusa que supone la aparición cuantitativamente significativa de conductas antisociales (bandolerismo, vagabundeo y todo lo que se conoce co- mo «picaresca») deslegitimadores tácitos del sistema, a lo que se une el comienzo de procesos deslegitimadores ex- presos con el surgimiento de la crítica, la murmuración, el rumor y hasta una específica literatura panfletaria que ha permitido afirmar que todo ello supone el inicio de la existencia y función de la Opinión Pública. Ante esta protesta y junto a la represión —que alcanza nuevos ni- veles en extensión, técnicas utilizadas y justificación

9. M. GARCíA PELAYO, Del mito y de la razón en el pensa-

miento político, Revista de Occidente, Madrid, 1968, pág. 288.

10. Entre otras razones porque no se reduce al enfrentamiento

nobleza-burguesía como se indica en la nota (8).

19

I

ideológica basada a veces en supuestos religiosos como en el caso de la Inquisición antes citado y que se hizo de manera frecuente a través de la nobleza como agente «absolutista —se recurre a hacer de la cultura un vehícu- lo de «integración social», se la utiliza como medio para afirmar el sistema, para extender de forma propagandísti-

ca los valores en que se asienta y se termina convirtiendo

a la cultura del Barroco en una «cultura dirigida» y, en

este sentido, politizada desde el poder en un grado difí- cilmente comparable al de otras épocas y, por ello, cons- titutivo de otro de sus elementos característicos. Como esta cultura tiende a la integración de sectores sociales bien distintos donde puede generarse la protesta (secto-

res nobiliarios o burgueses no incluidos o que no se sien- ten incluidos en aquel grupo dominante y sectores popu- lares) se encuentra en ella una doble manifestación: una manifestación en la que aparece como una cultura refina- da y para élites y una manifestación popular que, a veces,

al entenderse que era la más representativa del Barroco

en su conjunto, ha servido para considerar a la cultura del Barroco como la cultura del «mal gusto». Es la dife- rencia que puede haber entre el culteranismo de Góngo- ra o el populismo de Lope de Vega (del que este autor es plenamente consciente cuando señala que puesto que «lo paga el vulgo es justo / hablarle en necio para darle gus- to») por citar dos supuestos del Barroco español, período tan importante e influyente en la Historia de España que se ha llegado a sostener que a través de él se define y fija definitivamente el carácter de lo español. 11 Esta tenden-

< 11. E. TIERNO, cit. Define el barroco español en función del contraste Gracia-Naturaleza como tensión entre el mundo y lo transcendente, tensión que se resuelve en el intento de recobrar el equilibrio entre uno y otro y que con frecuencia lleva al paso sin

cía popular de la cultura barroca se caracteriza por la proliferación y abundancia de las obras en la que se ma- nifiesta (en este sentido Lope de Vega no sólo confiesa que «más de 100 obras en horas 24 pasaron de las musas •1 teatro», sino que considera esa práctica una exigencia de los nuevos tiempos y por ello escribe lo que llama «ar- te nuevo de hacer comedias», que es una especie de rece- tario para la confección rápida de obras teatrales); la ma- nifestación quizás más característica de esta producción masiva de la obra de arte, tiene lugar en el llamado Ba- rroco protestante o burgués 12 cuyo representante más no- torio es el caso holandés, en el que se aplica a la obra ar- tística la técnica de la manufactura, especialmente en el ámbito de la pintura en cuanto se produce ya en «talle- res» y se actúa —conforme a la división del trabajo típica de la manufactura— en forma de «obrero colectivo» (así Rubens diseña los cuadros que ejecutan y terminan sus discípulos) aproximándose el producto final a la mercan- cía, al darse, además, la circunstancia favorable de una

transición de uno a otro, inexplicable para otras culturas. Lo que Tierno llama tensión entre Gracia y Naturaleza es lo que otros au- tores simplifican en la tensión carnal-espiritual (es el caso de Spit- zer) y que supondría la tensión y síntesis entre el sensualismo que se despliega a partir del Renacimiento y el residuo espiritual de lo medieval; el cultismo y conceptismo español serían así formas de conjugar un contenido espiritual y una forma sensorial (E. OROZ- CO, cit. Vol. I, págs. 39 y ss.).

12. Es la posición de A. HAUSER (Historia Social de la Litera-

tura y el Arte, T. I, Guadarrama, Madrid, 1964, págs. 475 y ss.) que distingue entre un barroco católico y cortesano y otro protes- tante y burgués. El primero sería un arte más solemne, protocola- rio y autoritario; el segundo tendría, a su vez, dos tendencias: una sencilla, natural, con temas de la vida cotidiana y otra más clásica y cultural en la que aparecen los motivos mitológicos o los interio- res elegantes.

amplia demanda de cuadros permitida por la coyuntura económica favorable resultante del precoz desarrollo del comercio en Holanda. No obstante, lo que de forma primordial define en es- te orden de ideas al Barroco, es el ser el arte católico de la Contrarreforma, del Absolutismo contrarreformista. La presión en favor del cambio que de manera indudable se contiene en estas formaciones sociales de transición, se trata de desviar y canalizar a sectores que se conside- ran irrelevantes, como el literario y, en general, el artísti- co; las novedades y excesos que en ellos se introducen in- tentan compensar el inmovilismo en los demás ámbitos; de ahí que en los sectores artísticos se recarguen los ca- racteres y se cultive el anticlasicismo, con lo que desapa- recen también los modelos estéticos y, por tanto, los ele- mentos de referencia, quedando el público inerme, aban- donado a su propio juicio o gusto personal y más indefenso ante la manipulación. Porque esa «libertad» ca- nalizada hacia lo artístico es más bien de estilo, ya que bajo esa libertad está el sometimiento profundo del artis- ta al autoritarismo religioso, moral y político. Los conte- nidos y temática de la obra artística se dictan por los teó- logos y los escritores barrocos predican constantemente

I la sumisión a las leyes cualesquiera que sean, a los prínci- pes aunque sean tiranos, a los magistrados y a todo supe- rior y, en general, exaltan la obediencia. Este mensaje se envuelve en una forma o estilo destinado a «conmover», es decir, a la captación irracional, por lo que el naturalis- mo o realismo se sacrifica a la expresividad. De ahí la utilización de la reiteración (más que abundancia o exu- berancia) característica de las formas barrocas así como lá deformación de las figuras o de los espacios (el ejem- plo más brillante de esto último lo constituyen las Meni- nas, cuadro ante el que el espectador no puede situarse

22

pera dar verosimilitud a la escena). Un arte concebido en Utos términos (Colbert lo considera «un instrumento de gobierno») debe presentar un aspecto atractivo, vital y huta triunfalista del sistema que defiende; pero al mismo tiempo no puede ocultar la tensión, el dramatismo y en definitiva el pesimismo y la desorientación ante el mun- do, con los tópicos habituales del mundo como laberinto, del mundo al revés, del mundo como teatro o la locura del mundo, propios del hombre del Barroco. De ahí esa doble faz del arte Barroco, de alegría y tristeza, que, aun- que como siempre en el Barroco trate de resolverse en forma conciliadora, presenta también al equívoco y la ambigüedad como supuestos básicos de la estética ba- rroca.

4. La peculiaridad inglesa

Inglaterra es una excepción a este panorama europeo continental. La sociedad inglesa del xvu no es una socie- dad barroca en el sentido global que se utiliza aquí ese término, aunque puedan encontrarse algunas manifesta- ciones aisladas de la cultura barroca. Y no es una socie- dad barroca porque —según el planteamiento adopta- do— no se dan sus ingredientes básicos: Ni el Absolutis- mo contrarreformista ni la tensión nobleza-burguesía tal como se dan en el continente. Por lo que se refiere al primero, obviamente no existe la influencia que la Contrarreforma ejerce en el Conti- nente, pero tampoco existe el Absolutismo en forma ho- mologable al resto de Europa. ELproceso histórico polí- tico inglés sigue en el orden monárquico un desarrollo rontrario aLcontinmíal. Mientras en el continente sel parte de una monarquía débil (la inicial monarquía feu ^

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dal) que va sucesivamente fortaleciéndose hasta alcan- zar el grado de absolutismo consolidado del siglo XVII, en Inglaterra se parte de una monarquía fuerte (la que se implanta a partir de la conquista normanda) que se va sucesivamente debilitando hasta alcanzar el grado de una monarquía limitada, constitucional. Los dos inten- tos de implantar el absolutismo en Inglaterra terminan con otras tantas derrotas (la «Guerra Civil» q Revolu- ción Puritana de Cronwell en 1649 y la «Gloriosa» revo- lución de 1688) que producen el efecto contrario al es- tablecer límites jurídico-políticos al poder del monarca; cada una de ellas, en efecto, dejará su impronta en la historia constitucional inglesa y en el constitucionalismo europeo: la Revolución puritana de Cronwell da lugar al «Instrumento de gobierno» (Instrument of Government 1649), considerado como la primera Constitución escri- ta y concebido como marco delimitador del ejercicio del poder que aparece situado no sólo en el monarca sino compartido con otras instituciones especialmente el Par- lamento; la Gloriosa Revolución producirá la «Relación de Derechos (Bill of Rights, 1689) considerada como la primera Declaración de derechos individuales y, por consiguiente, como una nueva forma de delimitar el po- der en lo que se refiere a su imposibilidad de penetrar en el ámbito individual. Así, tanto desde el punto de vis- ta de la organización del Estado como desde el punto de vista del ciudadano, el siglo XVII inglés anticipa lo que tardará un siglo en manifestarse en el continente con la Revolución francesa. La expresión radical de la oposi- ción inglesa al absolutismo en el siglo XVII la constituye el cumplimiento de la amenaza puritana de «quitarle al rey la corona con la cabeza puesta», al ejecutar en 1649 a Carlos I mientras se vive en el continente la exaltación de la monarquía y que sólo más de un siglo después, con

24

la

Francia. 13 Por lo que se refiere al segundo de los ingredientes antes citados, la relación nobleza-burguesía, tiene en In- glaterra una notable peculiaridad. Debido probablemente tanto a causas internas (la rápida penetración capitalista en la producción industrial y agrícola característico del desarrollo económico inglés en comparación con el resto de Europa) como externas (su conversión en la primera potencia colonial con una peculiar forma de entender la explotación y relación comercial) la nobleza inglesa, a di- ferencia de la continental, pierde pronto el espíritu esta- mental de la vieja nobleza. Son nobles pero actúan como burgueses. El caballero inglés es un burgués. La conexión entre nobleza y burguesía es tan estrecha a medida que avanza el siglo, que resulta difícil determinar quién es una y quién es otra tanto en la ciudad como en el campo dada la penetración capitalista en ambos espacios. De ahí la permeabilidad entre estratificación social y situación económica que permite pasar con facilidad del protago- nismo económico (burgués) a la relevancia social (nobi- liaria). 14 Este carácter ambivalente de la clase dominante se proyecta en el desarrollo histórico inglés que adquiere las siguientes peculiaridades:

Revolución

Francesa,

se

repetirá

igualmente

en

1) Impide que el proceso histórico cristalice en una abierta lucha de clases de manera frontal y en un deter- minado momento (como ocurre con la Revolución Fran- cesa) lo que ha contribuido a sostener una visión de la

13. J. PEROT, Les grandes étapes du Régime Républicain Fran-

qais, 1792-1969, Ed. Cuyas, París, 1979, págs. 11 y ss.

14. W. NAEF, La idea del Estado en la Edad Moderna, Nueva

Época, Madrid, 1947, págs. 15 y 16.

L

25

historia inglesa como evolutiva, continua, sin cortes ni cambios bruscos.

III.

PROBLEMÁTICA TEÓRICO-POLÍTICA DEL PERÍODO

2 ) E l proces o revolucionari o inglé s de l sigl o XV» s e realiza bajo la dirección de una clase que económica- mente es burguesía pero que políticamente sigue siendo nobleza. Ello explica no sólo la detención de la Revolu- ción en un determinado límite y la restauración monár- quica posterior, sino esa constante confusión de planos

y aparentes contradicciones características del proceso

histórico inglés (mantenimiento de formas tradicionales pero con contenidos precozmente modernos que llega en muchos aspectos hasta hoy) y el resultado político fi- nal, formalmente monárquico y materialmente republi- cano.

3) No es posible en Inglaterra el sistema de alianzas característico del continente (nobleza-monarquía en de- fensa del modo de producción feudal) sino más bien el inverso (nobleza-burguesía frente a monarquía) concen- trándose la oposición al monarca en el parlamento que pronto —también precozmente— se convierte en la insti-

tución central del sistema político, hasta el punto de que

se ha llegado a sostener que el Parlamento desempeña en

Inglaterra el mismo papel configurador del Estado mo- derno que en el continente realiza la monarquía, de for- ma que lo único que cambiaría sería el titular pero no la

calidad del poder.

Así pues, la especificidad inglesa observada a la altura del siglo xvn consiste en gran medida en anticipar y reco- rrer previamente lo que serán después los caminos de la historia continental, avalándose así la tesis que considera a Inglaterra como el futuro de Europa.

26

La problemática teórico-política del período continúa formada por aquella doble temática que suscitó el surgi- miento del Estado moderno: la que tiene por objeto la forma de actuar del Estado y la que tiene por objeto la forma de ser o constituirse el Estado, doble temática que alcanza a lo largo del siglo xvn nuevos desarrollos.

1. La teoría política como teoría de la forma de actuar del Estado: los nuevos contenidos de la Razón de Estado

La temática sobre la forma de actuar del Estado se centra básicamente en la cuestión de la Razón de Estado. Esta cuestión alberga en el siglo xvn dos tipos de conteni- dos: el referido a un tema clásico de la Razón de Estado como es el de sus relaciones con los límites del Poder pe- ro que experimenta ahora importantes cambios y el refe- rido a la problemática nueva que surge del proceso de historifícación de la Razón de Estado, es decir, de su adaptación y utilización en función de las nuevas circuns- tancias y demandas.

A. Los cambios en la relación Razón de Estado-Límites del Poder: Las nuevas formas y funciones del Derecho en el orden social y político

En lo relativo al primero de esos contenidos (la rela- ción Razón de Estado-límites del Poder) debe tenerse en

27

cuenta inicialmente que el Absolutismo, aun en su fase más desarrollada, nunca fue considerado por los contem- poráneos como un régimen tiránico: lo que le caracteriza —dirán— es la ausencia de control pero no la ausencia de límites. Estos límites siguen siendo (como se indicaba en Bodino) de carácter moral y de carácter jurídico o ju- rídico-político. Los de carácter moral proceden del Dere- cho divino y del Derecho natural aunque éste se desco- necta cada vez más de su directo origen divino y trans- cendente a la naturaleza (es decir, de su entendimiento como la proyección en la naturaleza de la voluntad y re- gulación divinas) y se le considera como una legalidad in- manente a la naturaleza, exigida por y procedente de ella misma como se verá después. Los de carácter jurídico o jurídico-político están formados por las Leyes Funda- mentales (que además de regular el orden sucesorio y ga- rantizar la indisponibilidad del territorio y del patrimonio Real, comprenden otras materias derivadas del «pactum subjectionis», es decir, del pacto rey-estamentos que aun en los momentos de máximo apogeo absolutista siguió considerándose pieza básica del sistema político, tales como derecho de los estamentos a tener representación, necesidad de convocatoria de esos representantes en ca- sos determinados, obligatoriedad de que los impuestos se acuerden por los órganos representativos etc.), el Dere- cho positivo emanado del Estado (que aumenta progresi- vamente en importancia porque, al multiplicarse las acti- vidades estatales en espacios territoriales cada vez más amplios, crece la necesidad de normativizar esa actividad y ante la existencia de múltiples casos semejantes es ne- cesario realizarlo mediante normas generales o «leyes», ló que a su vez exige los correspondientes elementos y órganos técnicos para hacerlas y aplicarlas; y todo ese complejo normativo y orgánico se constituye en un límite

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de hecho aunque se siga sosteniendo en el plano teórico que el monarca está liberado de las leyes, «solutus légi- bus», de donde procede precisamente el término Absolu- tismo) el Derecho privado (en el que el protagonismo ca- si exclusivo del derecho de propiedad propio de una si- tuación que se pretende defender inmovilizando la economía estática feudal con dominio nobiliario, cede ante la categoría del negocio jurídico y del contrato pro- pio de la nueva fase de transición en la que aumenta el tráfico comercial cuyas formas no sólo es necesario res- petar sino garantizar) así como aquellos otros límites procedentes del sistema feudal y de indudable importan- cia todavía, como la costumbre, los fueros, las franqui- cias o los privilegios corporativos. Pues bien, en lo que se refiere a los límites «morales»

el planteamiento de su relación con la Razón de Estado

se inscribía en el planteamiento de las relaciones entre Religión y Política. Estas relaciones se intensifican, ya que la Contrarreforma (que se corresponde a la etapa ab- solutista que ahora se considera) es el período de máxi- ma vinculación entre los intereses religiosos y los intere- ses políticos en función de la lucha política en la que unos y otros están inmersos. Pero esa vinculación exige resolver la oposición entre ambas, de forma que la situa- ción se presenta en estos términos: en virtud del carácter político-religioso del conflicto que subyace en la Contra- rreforma, el mantenimiento y defensa del Estado es nece- sario para el mantenimiento y defensa de la religión (que

a su vez contribuye a la defensa de aquél) pero aquellos mantenimientos y defensa implican una lógica (la de la Razón de Estado) que puede entrar en contradicción con

la religión (con la «Ratio Confesionis»). En este caso, en

caso de oposición entre la «Ratio Status» y la «Ratio Confesionis», caben dos actitudes: o la primacía de la

29

«Ratio Confesionis» y, por tanto, la prohibición al Estado de toda acción contraria a los preceptos morales y reli- giosos con el consiguiente peligro para su subsistencia o la primacía de la «Ratio Status» con la consiguiente quie- bra de esos preceptos. Sin embargo la tesis dominante trató de compatibilizar ambas (la Ratio Status y la Ratio Confesionis) y considerarlas complementarias en cuanto se entendió que formaban parte del mismo orden, de una comunidad ontológica existente entre Dios y Rey. 15 Por ello se afirma que la Razón de Estado («la buena» Razón de Estado, la que tiende al bien común y a la felicidad de todos) debe valerse habitualmente de medios morales o permitidos religiosamente sin que autorice al poder polí- tico para actuar de forma general contra los preceptos morales o religiosos, pero individual o excepcionalmente puede justificarse alguna actuación concreta cuando sea necesaria para salvar al Estado. Se produce así un su- puesto más de la conciliación entre opuestos carac- terística del Barroco y se abre la vía al casuismo posibilis- ta típico de la Contrarreforma. En lo que se refiere a los límites jurídico-políticos, la concepción anterior suponía que si se observaban las exi- gencias religioso-morales —en la forma expuesta— la Razón de Estado permitía pasar por encima de las leyes positivas y modificarlas, así como apartarse de los pac- tos, convenciones o precedentes históricos. El hecho es de gran importancia ya que posibilitó la inaplicación del viejo Derecho estamental y en consecuencia contribuyó a eliminar los poderes privilegiados. Es la función «libera- dora» del Absolutismo (respecto del orden feudal) que se

15. M. GARCíA PELAYO, Sobre las razones históricas de la Ra-

zón de Estado, en El mito y la razón en el pensamiento político,

cit., págs. 278 y ss.

30

manifiesta tanto en el orden jurídico individual mediante

la

supresión de los poderes intermedios y el sometimien-

to

exclusivo de cada hombre a la jurisdicción Real poten-

ciando así el proceso de individualización, como en el político institucional mediante el importante papel que desempeña el Monarca absolutista en el hecho de que los «mandantes» se conviertan en «representantes» al presio- nar para que la facultad de decidir se extendiera más allá

de las instrucciones recibidas (cuyos límites se utilizaban

a su vez como excusa por los «diputados» para resistir

esas presiones) y que con la redacción cada vez más ge- nérica de los mandatos eliminaba buena parte de la fuer- za de los colectivos correspondientes. No obstante, si bien una Razón de Estado concebida en estos términos tenía la ventaja de facilitar la desaparición del Feudalis- mo, simultáneamente entraba en contradicción con el nuevo proceso de juridización que la progresiva transfor- mación social llevaba consigo. Es decir, se planteaba la dialéctica Razón de Estado-Derecho Nuevo, que implica

el intento de juridizar la Razón de Estado, de convertirla

en una categoría jurídica. Para ello se intenta someter la Razón de Estado al Derecho, a ciertas reglas, a la vez que se introduce en esas reglas, en el Derecho, la excepción (es decir la Razón de Estado). Se distingue así entre Ius Imperii o Derecho adecuado para gobernar en situacio- nes de normalidad un Estado pacificado y el Ius Domina- tionis (o Razón de Estado) apropiado para las situacio- nes excepcionales en las que es imposible el gobierno mediante el Derecho ordinario. Se trata de una solución del mismo carácter que la adoptada respecto de los lími- tes morales (permitirse en ambos casos la excepción al principio sin demasiada precisión) y con el mismo senti- do de conciliación y síntesis entre opuestos característico de la cultura barroca. Es el precedente más próximo de

31

lo que con posterioridad, en el Estado de Derecho, se co- nocerá como «Estados de Excepción».

B. La historificación de la Razón de Estado:

sus cambios al aparecer la Comunidad Internacional y la Opinión Pública.

En lo relativo al segundo de aquellos contenidos, es decir, al proceso de historificación de la Razón de Esta- do, tiene lugar bajo la presión de dos hechos nuevos: la aparición de la Comunidad Internacional y la aparición de la Opinión Pública. La aparición de la Comunidad Internacional se pro- duce al configurarse el mapa político europeo como un conjunto de Estados soberanos, cada uno con su peculia- ridad e intereses específicos, que se relacionan entre sí de igual a igual. La teoría de la Razón de Estado responde a esta nueva realidad a través de su transformación en la llamada «Teoría de los intereses de los Estados», según la cual hay que proceder al estudio individualizado de cada Estado para deducir sus «intereses» y prever sus compor- tamientos y en base a todo ello disponer la actuación más adecuada del Estado propio en función a su vez de sus «intereses». De esta forma se introducía el antidogmatis- mo en las relaciones políticas (al aceptarse el derecho de cada Estado a tener su propia visión del mundo europeo y a la configuración de una política según sus intereses) y

hasta la tolerancia en cuanto «la política de los intereses» legitimaba alianzas entre Estados de confesiones distin-

tas. El intérprete más destacado de la Teoría de los inte-

reses fue Richelieu. La aparición de la Opinión Pública deja igualmente su impronta en la Razón de Estado, no porque sea un valor al que haya que respetar sino porque es un hecho con el

32

I

que hay que contar. No obstante, como se trata de una Opinión Pública escasamente articulada e institucionali- zada y, por tanto, fácilmente manipulable, las concesio- nes que la Razón de Estado le hace son más aparentes que reales: el poder debe «parecer» que se ajusta a ella en la forma aunque la desconozca en el fondo. Surgen así nuevas técnicas (o «arcana») respecto a la Opinión Públi-

ca, sobre todo en dos ámbitos: en el de las libertades (pa- ra reconocerlas formalmente pero vaciarlas de conteni- do) y en el de la forma de gobierno (para defender la que

se tenga frente a los partidarios de otra, incluyendo en

aquélla instituciones de ésta pero haciéndolas inútiles en

la

práctica).

2.

La teoría política como teoría de la forma de ser o constituirse el Estado: las nuevas tendencias absolutistas y antiabsolutistas

La gran aportación del siglo xvn es la idea de natura-

lezaTLos descubrimientos científicos han puesto de ma- nifiesto la existencia de una realidad que tiene unas leyes, exigencias y caracteres que la configuran como algo ex- plicable en sí misma y cuyo cumplimiento es inexcusable para su mantenimiento y desarrollo. Se va a entender a partir de aquí que el hombre forma parte de la naturale- za, que él también tiene su propia naturaleza y que la na- turaleza del hombre tiene también unas leyes, exigencias

y caracteres explicables y basados únicamente en ella

misma y cuyo cumplimiento es asimismo inexcusable pa- ra su mantenimiento y desarrollo. Estas leyes, exigencias y caracteres constituyen, .por. tanto, un conjunto normati-

vo de carácter natural, son el Derecho natural, basado exclusivamente en la naturaleza del hombre. La novedad

M

»

-—II

mi

33

R

de este Derecho natural como formulación del siglo XVII es importante aunque relativa. Porque desde Sófocles

(Antígona) se distingue la existencia junto a las leyes es- critas, de otro tipo de leyes no escritas aunque grabadas

y presentes en la conciencia de los hombres, de todos los

hombres de todo tiempo y lugar y así se recogió después

y se fue formalizando su tratamiento por la teología cris-

tiana. La novedad que se introduce en el siglo xvn —co- mo antes se indicaba— es que mientras hasta ahora estas leyes no escritas, este Derecho natural, tenía un origen divino pues Dios era el autor de la imborrable inscrip- ción de esas normas en la conciencia del hombre, a partir de este momento se le considera fundado exclusivamente en la naturaleza del hombre y como una exigencia estric- tamente humana. JLajiovedades». pues, el paso de un De^ recho natural de base teológica y trascendente (en cuanto su origen y explicación trasciende de la naturaleza y re- mite a la divinidad) a un Derecho natural de base racio- nal e inmanente (en cuanto su origen y explicación no hay que buscarlos fuera sino en la misma naturaleza).

Ahora bien, puesto que esas normas y exigencias va- len y deben respetarse y cumplirse exclusivamente por- que se basan en la naturaleza humana, resulta que «lo natural» se convierte en una referencia justificadora in- discutible: vale lo que es natural y porque es natural. Pe- ro como «lo natural» no es algo claramente definido, re- sulta que esa apelación puede aplicarse a los más diver- sos contenidos. De ahí la ambigüedad de ese nuevo Derecho natural racionalista susceptible no sólo de for- mulaciones distintas sino de servir a finalidades diferen- tes. Así resulta que será utilizado tanto para la defensa del Absolutismo (como es el caso de Puffendorf, Thoma- sius, Wolf y, sobre todo, de Hobbes) como para la defen- sa de posiciones antiabsolutistas (desde Grocio o Spino-

za, a Locke) en una tensión y ambigüedad característica de la cultura barroca. 16 Junto a este elemento nuevo que supone el Derecho natural racionalista, se mantienen las perspectivas teoló- gicas del poder en apoyo del Absolutismo (Teoría del de- recho divino de los reyes, con la aportación específica de Filmer en su manifestación inglesa y el Providencialismo de Bossuet en su versión francesa). Cabe, pues, agrupar las tendencias que sigue la teoría política del xvn de la siguiente manera: tendencias de ca- rácter absolutista o que contribuyen a la defensa del Po- der Absoluto, a las que pertenecen dos de naturaleza tan distinta como son, de una parte, la constituida por un sector del Iusnaturalismo racionalista (con las manifesta- ciones a su vez tan diferentes del Iusnaturalismo alemán

y la que representa el autor inglés Hobbes) y de otra la

de fundamento teológico, que comprende la teoría del derecho divino de los reyes (con la peculiar versión del

Inglés Filmer) y el Providencialismo del francés Bossuet;

y tendencias de carácter antiabsolutista o que contribu-

yen a la defensa del Poder limitado, protagonizadas por el otro sector del Iusnaturalismo racionalista con las va- riantes que implican Grocio, Spinoza y Locke. Con arre- glo a este esquema se las expone seguidamente.

A.

Tendencias absolutistas de fundamento

iusnaturalista y de fundamento

teológico.

El iusnaturalismo racionalista alemán parte de una Idea común a las diversas manifestaciones del Iusnatura-

16. Aunque el contenido concreto de este pensamiento iusna-

turalista sea quizá lo más barroco de la cultura del xvm (J. M. VAL-

VERDE, cit, pág. 116).

r, I

lismo racionalista y que es una de las señas de identidad de este Iusnaturalismo globalmente considerado: la con- cepción del pacto social como origen y fundamento del poder. La utilización de la idea de pacto o contrato para explicar el surgimiento de la sociedad y autoridad políti- cas no es algo nuevo que aparece ahora por primera vez con el Derecho natural racionalista. Tiene, por el contra- rio, una larga historia (y a ella se ha hecho referencia en los capítulos cuarto y quinto) en la que se inserta lo que es la aportación específica de ese Iusnaturalismo raciona- lista. Cabe así distinguir tres fases en el desarrollo de esa teoría contractual o pactista:

La primera comprende las iniciales formulaciones que tienen lugar hacia el siglo xn. Teóricamente surge porque en esta etapa de indefinición o débil separación entre el Derecho Público y el Derecho Privado y de una mayor elaboración de éste, la explicación de las instituciones públicas se hace apelando a categorías que se toman del derecho privado. Tal ocurre con la utilización del pacto o contrato para explicar la sociedad y autoridad políticas. Pero es que, además, prácticamente, recurrir a esa cate- goría procedente del derecho privado estaba perfecta- mente justificado, porque la idea de contrato servía para dar cuenta con precisión de la realidad social y política en la medida en que el reconocimiento de los derechos y prerrogativas de las partes en una relación feudal se ex- presaba en documentos de carácter contractual (escritos y con formalidades específicas, celosamente defendidos y guardados como garantía de la situación jurídica respec- tiva) en los diferentes grados de la escala social: vasallos respecto del señor, burgueses de una ciudad respecto de un obispo, miembros de una corporación de oficios res- pecto del Consejo de Comercio, etc. Y cuando se llega al grado más alto, a la relación con el monarca, se procede

36

de la misma manera: el monarca debe respetar los dere- chos de los gobernados como el señor los de los vasallos, el obispo los de la ciudad o el Consejo de Comercio los de la corporación de oficios; y de igual manera que en los otros grados de la escala social esa relación se expresa en los correspondientes documentos que forman el que a veces se ha llamado constitucionalismo estamental (del que la Carta Magna es un ejemplo representativo) y que reflejan ese carácter contractual: sólo se puede ejercer el poder en las condiciones contractualmente fijadas. A ello hay que añadir que la categoría de contrato se acomodaba a los presupuestos de la filosofía y teología medievales a medida que —a partir de la recepción aris- totélica y Santo Tomás de Aquino— se aceptaba y defen- día la peculiaridad —social— de la naturaleza humana:

el contrato permitía relacionar armónicamente la idea in- discutible de autoridad con la de ese papel socialmente activo de la naturaleza humana exigido por los caracteres que Dios había impreso en ella y que la revestían de la dignidad que le corresponde a su más alta criatura. De ahí que la escolástica utilizara de forma generalizada la idea de pacto o contrato al exponer la problemática del poder y la sociedad. La segunda fase se inicia con los «monarcómacos». Para defenderse de la monarquía católica y limitar su po- der (según se vio en el volumen anterior 17 ) los teóricos hugonotes apelan al derecho de resistencia. Inicialmente lo fundamentan en un argumento de naturaleza histórica (los caracteres de la antigua monarquía de Francia) pero •1 descubrirse su inexactitud, acuden a otro de naturale- za lógica ajeno a la tradición protestante: el contrato. En virtud del contrato pueblo-rey, el monarca adquiere unas

17. Vol. I, págs. 321 y 330 y 344-345.

37

obligaciones que en caso de incumplimiento justifican la resistencia del pueblo. 18 Pero «el pueblo» está formado por los «magistrados» designados por él y, por tanto, es a los únicos a los que, como partes del contrato, les corres- ponde ejercer ese derecho de resistencia; con el calvinis- mo escocés (Buchanan) la concepción contractual se ra- dicaliza y se entiende que la participación en el contrato y, por consiguiente, el derecho de resistencia, correspon- de a los individuos. Con posterioridad, cuando el heredero al trono de Francia es un hugonote (Enrique de Navarra) el argu- mento contractual se retoma por los católicos que repro- ducen la concepción radical de Buchanan y llegan a de- fender el tiranicidio. Con ello, al servir a las finalidades más diversas, el argumento contractual se independiza de los credos religiosos y muestra su disponibilidad para ser utilizado en las luchas políticas del siglo xvn. Y es precisamente en el siglo xvn cuando se inicia la tercera fase. Supone el paso del «contrato político» tal

18. Hay que hacer aquí una doble observación. Por una parte,

que no todos los teóricos hugonotes utilizaron este argumento es- colástico, sino el providencialista característico de la tradición pro- testante, de manera que la afirmación paulina de que «todo poder viene de Dios» es aplicable no sólo a los Príncipes, sino a las auto- ridades inferiores, quienes tienen la función de velar por el cumpli- miento de los principios y deberes religiosos de forma que cuando no se proceda de acuerdo con ellos, es también su deber oponerse

al Gobierno o autoridad responsable. Por otra, que, en los que siguen el argumento escolástico, se distinguen dos contratos: el inicial, mediante el que el pueblo deci- de constituirse en comunidad (pactum societatis) y en el que reside permanentemente la soberanía (Majestas realis) y otro estrictamen- te político entre el Rey y el Pueblo (Pactum subjectionis) en virtud del cual aquél acepta ejercer la autoridad que le transmite el pue- blo en determinadas condiciones (Majestas personalis).

38

como se entendía hasta ahora (el celebrado entre dos partes contratantes —pueblo y rey— en virtud del cual se transmitía la autoridad de una a otra) al «contrato social» (celebrado entre los miembros del pueblo). Este paso ve- nía anunciado por la evolución anterior. Progresivamente fue apareciendo con más claridad que de las dos partes contratantes (pueblo y monarca), la voluntad del pueblo era la más importante, ya que era la que concedía al mo- narca la autoridad para gobernar, mientras que la del monarca sólo se refería a las condiciones en las que acep- taba gobernar. De la constatación de esta diferente im- portancia a la consideración de que sólo el pueblo debía Intervenir mediante un acuerdo entre sus miembros (contrato o pacto social), no había más que un paso. Y alte paso fue el que dio —y es su aportación básica a la teoría contractual o pactista— la llamada Escuela del De- recho natural: el acuerdo entre los miembros del pueblo

II

el que los constituye como sociedad y, a la vez, funda

•I

poder necesario para su mantenimiento y para garanti-

Ur los derechos que los individuos conservan por no ha- berse entregado en el pacto. 19 Ello supone afirmar que la participación en la soberanía es un derecho inherente a la naturaleza humana, creer en un derecho natural de liber- 1 tld y admitir la necesidad del consentimiento de los 'Itllembros del grupo para que se constituya la sociedad política y el poder que la cohesiona. 20

19. Lo que no quiere decir que ni antes de la Escuela del De-

ftcho Natural no aparezca ya la idea de pacto social (Marsilio de Padua es probablemente el antecedente más brillante) ni que en la

flllima Escuela no se encuentren todavía en algún autor (Puffen- dorf) los dos contratos.

20. El momento de transición entre la fase anterior y esta últi-

ma le sitúa habitualmente en Althusio y Suárez para quienes el po- dar tiene su origen en la sociedad, en el vínculo que existe entre

39

Pues bien, de esta idea de pacto —que será común a las distintas formulaciones del Iusnaturalismo racionalis- ta y se utilizará confinalidadesdiferentes como antes se apuntaba— parte el Iusnaturalismo racionalista alemán que representa la manifestación más sistemáticamente sostenida de su puesta al servicio del Absolutismo y, en concreto, de la Monarquía Absoluta y el Estado policíaco prusiano. Porque aunque en los diferentes autores se si- túa el origen natural de la autoridad en un pacto y por consiguiente en un consentimiento previo de la autori- dad, se termina en todos ellos justificando y defendiendo el poder absoluto del monarca. Así, a partir de la consi- deración de los fenómenos sociales como «naturales» se trata de estudiarlos bajo las reglas de la matemática, con el fin de asentar en una fundamentación objetiva el poder ilimitado del Estado ante el que no cabe resistencia (Puf- fendorf) o, tras deducir el fundamento del Derecho natu- ral exclusivamente a partir del sentido común —ex sensu comune— es decir, dándole un fundamento exclusiva- mente racional, se le utiliza para justificar la facultad del soberano de imponer coactivamente el derecho (Thoma- sius); o, incluso, se llega a sostener, en lo que es, quizás, la expresión de la defensa más radical de ese carácter po- licíaco del absolutismo prusiano, que ningún ámbito, ni siquiera el interior espiritual del hombre, debe escapar al Poder y a la intervención del Estado (Wolf). Pero la utilización más brillante de esa idea de pacto tiene lugar a través de la construcción del inglés Thomas Hobbes, el representante más destacado de ese sector del

sus miembros (Althusio lo llama «consociatio simbiótica», Suárez «Corpus mysticum») que es lo que permite el surgimiento de la or- ganización y autoridad necesarias para que esa sociedad obtenga sus fines.

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Iusnaturalismo racionalista defensor del Absolutismo. Aunque esta calificación de Hobbes es necesario incluirla en otra más amplia: la de ser uno de los exponentes más representativos de la cultura europea del siglo xvn, glo- balmente considerada. Porque en la cultura del siglo xvu europeo, cabe distinguir, junto a una manifestación más específicamente barroca que es seguramente la más defi- nitoria del período como antes se indicaba, otra en la que se encuentran caracteres distintos a los que definen el Barroco, como ocurre en el ámbito del pensamiento. Efectivamente el pensamiento de la época está presidido ya por la lógica, la deducción, la búsqueda de la certeza, tal como aparecen en el pensamiento matemático que re- presenta Descartes y por la experiencia que comprueba la hipótesis tal como aparece en el pensamiento científico que representa Galileo. Es decir, algo ciertamente distin- to de la reiteración de las formas y demás vehículos de captación y expresión irracionales que distinguen especí- ficamente a «lo barroco» según se indicó anteriormente. Pues bien, elementos de una y otra manifestación de la cultura del xvn se integran en la construcción de Hobbes que sintéticamente se expone a continuación.

Hobbes trata de establecer un sistema científico glo- bal en el que se inserte el estudio del hombre y de sus re- laciones con los demás. Este sistema científico compren- de el estudio de los cuerpos naturales (entre los que in- cluye minerales, animales y al hombre, estudiados tanto a través de sus cualidades específicas como a través de sus cualidades comunes, perspectiva esta última que corres- ponde a la matemática y a la física) y el de los cuerpos

artificiales o cuerpos políticos. 21 Unos y otros, los

estudia

21. En el cap. IX de «El Leviathán» a esas dos clases de cono-

cimientos se les llama, respectivamente, Filosofía Natural y Política

41

a partir del análisis de sus caracteres (accidentes) y trata de deducir después sus consecuencias, planteamiento que es —dice Hobbes— el propio del conocimiento cien- tífico. El estudio del hombre, pues, se aborda inicialmen- te desde su consideración como cuerpo natural (aunque con cualidades específicas) sin referencia metafísica algu- na, lo que define una metodología materialista. Un elemento común a los cuerpos naturales y funda- mental para el conocimiento de los mismos es —afir- ma— el movimiento. El mundo físico es un sistema per- manente de movimientos en el que todo puede explicarse por el desplazamiento de unos cuerpos respecto de otros. 22 El hombre es, igualmente, un ser definido por el movimiento, movimiento que en este caso se conoce co- mo «conducta» y explicable en función de la naturaleza específica del hombre (objeto de estudio de la fisiología y la psicología). Así, resulta que lo que determina el movi- miento, la conducta del hombre, es la tendencia de su na- turaleza hacia su conservación. 23 En este sentido, el hom- bre funciona como un mecanismo técnico, como una má- quina, en cuanto el mundo exterior penetra y se capta por los sentidos (en los que comienza toda reacción hu- mana pues «hasta el pensamiento surge de las sensacio- nes» en el materialismo de Hobbes) y desencadena un

(Filosofía Civil) ya que equipara Ciencia y Filosofía: conocimiento de la consecuencia de una afirmación sobre otra.

22. El apoyo científico de esta idea de Hobbes se ha situado

en el Heliocentrismo de Copérnico y en la ley de la inercia de Ga- lileo. T. HOBBES, Elementos de Derecho Natural y Político, CESC, Madrid, 1979, prólogo de D. Negro, pág. 20. ' 23. Se ha interpretado esta afirmación de Hobbes como resul- tado del influjo de las ideas calvinistas, pues sería la vinculación entre la «salvación» en este mundo (que es «conservarse») y la sal- vación definitiva en el otro (D. NEGRO, cit. pág. 39).

proceso de respuesta que genera un movimiento bien de atracción o acercamiento hacia lo que le es favorable (es el apetito) bien de rechazo o alejamiento de lo que le es desfavorable (es la aversión). Cuando el hombre se rela- ciona con los demás, ese movimiento se hace más com- plejo, la conducta humana se hace «conducta social»: to- dos los hombres que viven en el mismo grupo se determi- nan e influyen recíprocamente, de manera que la conducta de cada uno se configura en función de los de- más. Pero como todos participan de la misma naturaleza, como todos son «iguales» en lo fundamental, también to- dos desean lo mismo (bienes, poder, gloria). Y disponen para conseguirlo de medios y fuerzas básicamente iguales (pues «el más débil puede matar al más fuerte»). El re- sultado es la lucha permanente, «la guerra de todos con- tra todos», de forma que Hobbes vuelve a utilizar la anti- gua expresión de Plauto: homo homini lupus. Tal es la si- tuación en el «estado de naturaleza», estado en que se encuentran los hombres antes de que ordenen su convi- vencia mediante la organización política. En esas condi- ciones —afirma Hobbes— el llamado Derecho Natural (al que define como «libertad para usar del propio poder para preservar la propia naturaleza») tiene un contenido fundamentalmente biológico: defiéndete y te conservarás. Para evitar esta situación de tensión y lucha perma- nentes, la tendencia a la conservación existente en la na- turaleza del hombre, adquiere una expresión racional. La paz se presenta como la primera Ley natural (entendida como «prescripción concreta deducida racionalmente pa- ra evitar la propia destrucción») y para lograrla los hom- bres acuerdan entre sí conferir todo su poder y fuerza, transferir sus derechos, a un solo centro de poder («a un hombre o a una asamblea de hombres») de forma que to- das sus voluntades individuales se reducen en adelante a

una sola voluntad. Surge así un poder común y superior capaz de proteger a cada uno frente a todos los demás. Es el paso del desorden del estado de naturaleza al orden que supone el surgimiento de la organización política, de «la República», dice Hobbes, en definitiva, del Estado. Este paso del desorden al orden tiene —en alguien tan buen conocedor y seguidor respetuoso de la Biblia como Hobbes 24 — algo del discurso propio de la cosmogonía cristiana que se recoge en el Génesis: el paso del caos al orden a través de la actuación creativa del poder de Dios. Precisamente Hobbes recurre a la Biblia y designa al po- der surgido de aquel pacto con el nombre de Leviatan que da título a su principal obra. La utilización de este nombre —Leviatan— para esta finalidad suscita alguna perplejidad. Está tomado del libro de Job 25 en el que apa- rece dos veces: 26 en una de ellas es el propio Yhaveh el que hace una amplia descripción de la fuerza del mons- truo Leviatan como prueba de su propia fuerza; 27 En la otra, sin embargo, es Job en su lamento quien le nombra,

24. Ya en el capítulo XXH de El Leviathán, tras indicar qué

entiende por Sagrada Escritura (los libros reconocidos como tales por la autoridad de la Iglesia de Inglaterra) hace un comentario in- dividualizado de cada uno de ellos y, en general, las partes tercera y cuarta están construidas a partir de la Sagrada Escritura, en una permanente apelación a pasajes de la misma para mostrar que lo sostenido por él no es contrario «a la palabra de Dios».

25. Uno de los «Libros de la Sabiduría», entendiéndose por

«sabiduría» las pautas que eran más aconsejables a los hombres, resultantes de la experiencia, para obtener el bienestar en esta vida y que dan lugar a una literatura que se encuentra también en las culturas del Antiguo Oriente.

Con el específico nombre de Leviathán, pues otra vez apa-

rece designado como «serpiente huidiza», Libro de Job, 26, 13.

27. Libro de Job, a partir de 40.25 y tras la que hace de Behe-

moth a partir de 40.15.

, 26.

44

pero en este caso en una clara referencia al sentido que «El Leviatan» tiene en la mitología fenicia de donde pare- ce que procede y en la que era un monstruo pertenecien- te al caos primitivo, anterior al «orden» cósmico y res- pecto del cual existía el miedo popular a que una maldi- ción eficaz despertara y acometiera contra el orden existente, 28 con lo que resultaría extraño la utilización por Hobbes de este Leviatan «enemigo del orden» para designar el poder del Estado que surge del pacto y que garantiza el orden social. En todo caso, es la utilización de «Leviatan» como sinónimo de fuerza la que prevalece en la obra de Hobbes. 29 Esa es también la que se recoge en la famosa portada de la primera edición del libro, 30 ex-

28. Efectivamente, al comienzo del Libro de Job, se inicia el

lamento así:

Perezca el a en que nací y la noche que dijo: «un varón ha sido concebido»

y aquella noche hágase inerte impenetrable a los clamores del día. Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviathán. (Biblia de Jerusalén, Edición Española, Bilbao, 1985).

29. Acaso de la segunda podría decirse que se recoge en la

obra de Hobbes al referirse al terror que inspira Leviathán (así en el cap. XVII).

30. Se publica en 1651, en el mismo año que aparece la ver-

sión inglesa de la latina De Cive (1642) con el título de Philosophi- cal Rudiments Conceming to Government and Society; junto a

ellas los trabajos más destacados de Hobbes son The elements of Law Natural and Political, que en copias manuscritas circula en 1640 y se imprime en 1650 (en dos partes separadas: Human na- ture y De corpore político); De Corpore (Elementorum philosop- hiae sectio prima), traducido al inglés al o siguiente en que apa- reció De homine (Elementorum philosophiae sectio secunda) y Be-

45

presión plástica genial del pensamiento de Hobbes: un gigante de forma humana se yergue y sobresale por enci- ma de un paisaje de montañas, bosques y castillos y con una ciudad a sus pies, todo ello miniaturizado respecto del tamaño del gigante; ciñe corona y tiene en su mano derecha una espada y en la izquierda un báculo, de for- ma que concentra las tres legitimidades y fuentes de po- der; todavía, en la parte inferior se añaden nuevos símbo- los del poder (la trompeta, el cañón, el rayo, etc.); pero lo más notable es que la figura del gigante está formada de innumerables figuras reducidas de hombres en una composición de corte surrealista pero expresiva de cómo se forma —en la concepción de Hobbes— el poder del Estado: con la suma de los individuos a los que absorbe e integra en una unidad superior como medio necesario para obtener la seguridad y la protección general. Sólo así puede ponerse fin a la desconfianza y miedo a los de- más. Porque el miedo, y en particular el miedo político, parece que era un sentimiento generalizado en la Europa del XVII. La permanente conflictividad y el superior nivel de la represión que consigue el Absolutismo, extienden la sensación de inseguridad y miedo. Hobbes, personalmen- te, lo ha sentido muy de cerca a través de los aconteci- mientos que preceden y desembocan en la revolución y dictadura de Cronwell que constituyen el telón de fondo de su vida y de su obra 31 y que provocan sus largos exi-

hemoth or The Long Parliament, que, concluido en 1668, se publi- co tres años después de morir Hobbes (D. NEGRO, cit.).

31. Él mismo conñesa su gran miedo, refiriendo (en su «Auto-

biografía») no sin ironía que ya nació de forma prematura por el terror que sintió su madre al tener noticia de la proximidad de la

Invencible (1588); y sus contemporáneos destacan el contraste en- tre el imponente aspecto físico de Hobbes, de enorme estatura, y sus exagerados temores.

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líos y estancia en París, donde comprueba la vigencia ge- neralizada de ese sentimiento a la vez que se familiariza con la cultura y ciencia europeas. Resulta así que, mediante la transferencia de los po- deres y derechos de cada uno de los hombres que inter- vienen en el pacto, se configura el gran Leviatan, un po- der de tal naturaleza que pasa a prevalecer y ejercer su dominio sobre ámbitos que hasta entonces aparecían co- mo límites del poder del Estado:

— Sobre las leyes naturales, que ceden ante las leyes positivas, ante las leyes que proceden de ese poder indiscutible. Teóricamente se justifica porque —según Hobbes— con la transmisión de los dere- chos, los hombres transmiten también su libertad de juicio acerca de lo justo e injusto, cuya determi- nación pasa a ser competencia exclusiva del Esta- do y que se manifiesta en las leyes positivas que dicta; prácticamente, porque nadie puede obligar al soberano a cumplir esas leyes naturales, pues mientras de la conducta del subdito el juez es el soberano, de la conducta del soberano él es el juez de sí mismo. Otra cosa es que las leyes positivas contengan supuestos propios de las leyes natura- les, pero, en todo caso, sólo adquieren validez y obligatoriedad esos supuestos en cuanto se con- vierten en leyes positivas. 32

— Sobre la propiedad, que pasa a regularse por el Es- tado. Con anterioridad, en el estado de naturaleza, los hombres no tenían límites para la obtención de cualquier cosa, lo que conducía a la guerra; ahora,

32. N. BOBBIO, La teoría delle forme di governo nella storia el

pensiero político, G. Giappichelli Editora, Milano, Tormo, 1976.

P ^ ^

47

tras la «institución de la República», tras el surgi- miento del Estado, son las leyes del Estado las que establecen qué bienes puede disfrutar y qué actua- ciones puede emprender cada uno para conse- guirlo. — Sobre el poder eclesiástico, que pasa igualmente a manos del Estado convertido también en cabeza de la Iglesia; de ahí la justeza expresiva de la por- tada del Leviatan con el gigante portador de la es- pada o símbolo del poder civil y del báculo o sím- bolo del poder religioso. Dejando aparte el mundo interior de las conciencias, en lo que se refiere a la manifestación externa de las creencias y de las funciones eclesiásticas, la Religión y el hecho reli- gioso en su conjunto adquieren el carácter de leyes e instituciones del Estado, de las que éste se sirve como instrumentos útiles para la paz. 33

Este poder sin límites que da lugar a la aparición del auténtico soberano en términos reales, viene exigido por la función que se le asigna (la producción de seguridad) de manera que es una exigencia técnica de esa máquina —estatal— construida artificialmente, de la misma forma que lo es disponer de la capacidad de su reproducción (es decir de designar —el titular de ese poder— sucesor) para que la máquina funcione perfectamente y se eludan

33. Se afirma, por ello, que en el Leviathán se acepta el Eras-

tianismo, postura sostenida por el polifacético Erasto (médico, teó- logo, catedrático de Heidelberg) que consideraba al Estado «juez de la Religión» y a ésta instrumento de aquél, a través de una serie de tesis reunidas bajo el título de «Explicado», que circulan desde 1568 y se publican en 1589.

48

los peligros que para la seguridad encierran los momen- tos sucesorios. Parece, pues, que todo lo puede el Estado y todo le está permitido y, sobre todo, justificado. Podría pen- sarse, por tanto, que la Razón de Estado tiene aquí su máximo desarrollo. Sin embargo no es así, porque aho- ra la finalidad no es como en la Razón de Estado tradi- cional el beneficio del propio Estado, sino de los indi- viduos, su seguridad y, en consecuencia, bienestar per- sonal. El Estado no es ya como en la Razón de Estado un fin en sí mismo (su fortalecimiento y engrandeci- miento) sino un medio al servicio de los individuos, hasta el punto de que el incumplimiento de esa finali- dad por parte del Estado (la producción de la seguri- dad) es la única excepción a la obligación contraída por los individuos de cumplir el pacto, al carácter irre- vocable de la transmisión de sus derechos y a la obe- diencia al poder, de forma que quedan liberados de to- do ello y en situación de buscarse otro protector que les consiga la seguridad perdida. Pero mientras eso no ocurra, mientras el poder instituido siga produciendo la seguridad necesaria, quienes intervinieron en el pac- to están obligados a cumplirlo, de manera que con- traen con el soberano una obligación política y de obe- diencia que —según Hobbes— se fundamenta tanto en razones de utilidad y conveniencia como en los carac- teres jurídico-morales de los vínculos que el pacto ge- nera respecto del soberano (al que han cedido su pro- pia capacidad de decisión de manera que la voluntad del soberano es la voluntad de cada uno) y respecto a

34

34.

Stato e Rivoluzioni in Inghilterra. Teoría e practica della

prima rivoluzioni Inglesa. A cura di Mario Tronti, II Saggiatori, 1977, págs. 272 y 273.

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los demás (al estar todos mutua e igualmente obliga- dos, dada su igualdad básica y por tanto la de sus dere- chos cedidos así como las finalidades y expectativas buscadas). Esta exposición —aunque simplificada— del sistema de Hobbes, justifica la afirmación que se hacía al princi- pio de considerarlo como exponente global de la cultura del xvii en cuanto se perciben con claridad en él los dos elementos que —se decía entonces— la constituyen. Uno de ellos era aquel elemento no barroco que se manifestaba preferentemente en el ámbito del pensa- miento (filosófico y científico). Este elemento se encuen- tra sin duda en Hobbes y está representado por ese plan- teamiento científico global que trata de dar a su sistema y en el que incluye como una parte del mismo la proble- mática del hombre y de sus relaciones sociales. En el de- sarrollo que hace de este planteamiento, se conjugan, a su vez, las dos manifestaciones quizás más destacadas del pensamiento del xvn: el método científico y especial- mente el método analítico-sintético que utilizará Galileo (consistente en descomponer la realidad objeto de estu- dio en sus elementos más simples para recomponerla después en un todo unitario y coherente y que Hobbes aplica en su análisis a partir de los componentes y meca- nismos del hombre como «partícula» de la naturaleza, hasta llegar a la construcción del «cuerpo político») y el filosófico que para el problema del conocer utiliza Des- cartes y que se traduce en Hobbes en la utilización de la deducción y los procedimientos lógicos (como ocurre con sus referencias al «Estado de Naturaleza» —que es una deducción sobre cuál sería la situación de los hombres sin la existencia del Estado— o al pacto, que es una hipó- tesis lógico-jurídica y no histórica) como formas explica- tivas que sirvan para el conocimiento del Estado, de ma-

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ñera que también en Hobbes, como en Descartes, el pro- blema es el conocer (en este caso las bases y funciona- miento del Estado) por lo que, en buena medida, la Teo- ría del Estado se hace también epistemología. El otro elemento de la cultura del xvn, probablemente el predominante (dado el amplio sentido que se le daba) y en todo caso —se decía— el más definitorio, era el elemen- to barroco. Pues bien, puede afirmarse que en Hobbes se encuentra también y de forma no secundaria este elemento, configurándose así el carácter excepcional y aun contradic- torio —según lo ha afirmado antes sobre el carácter no ba- rroco del pensamiento— de un «pensamiento barroco». Y no sólo porque de manera concreta incorporara ingredien- tes básicos de la cultura barroca (como ocurre con la idea de movimiento o el miedo tras el que subyace el pesimismo profundo que encierra la consideración, básica para la ela- boración de su sistema, de la naturaleza del hombre: homo homini lupus) sino porque de manera general cabe encon- trar en él las contradicciones y sirve, en último término a los fines, característicos —ambos— del Barroco pese a pro- ceder de y referirse a una sociedad como la inglesa que —según se indicó antes— no puede considerarse como una sociedad barroca.

Respecto a las contradicciones, puede decirse que él mismo es un resultado de las que vive y sufre la Inglaterra de mediados del XVII. Se trata de una sociedad en la que se registran todavía las tensiones de la transición al capitalis- mo (enfrentamiento monarca-parlamento, guerra civil, de- capitación de Carlos I, república de Cronwell, etc.) que constituyen el telón de fondo de su obra en la que se expre- san y contienen, aunque con una ambigüedad típicamente barroca que ha permitido diversas interpretaciones; así, se ha sostenido que la sociedad que expresa la obra de Hob- bes es ya una sociedad predominantemente burguesa, una

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sociedad de mercado 35 en la que las relaciones competitivas propias de este tipo de sociedad, serían las que le habrían sugerido —ante la «guerra» de la competencia— la necesi- dad de un poder capaz de garantizarlas, a la vez que de mantener esa competitividad en los límites adecuados para hacerla compatible con la conservación de esa misma socie- dad que, en ausencia del mismo, se convertiría en el «esta- do de naturaleza». Por otra parte, sin embargo, es posible también afirmar que la obra y perspectiva de Hobbes están anclados en el modelo anterior de sociedad desde el que reacciona a la defensiva ante el temor a que los aconteci- mientos de su tiempo lo destruyan; que, en gran parte, su miedo, es su miedo al cambio, como se manifiesta en su consideración de la Revolución (a la que ahora se refiere utilizando otro nombre bíblico: Behemoth x ) ante todo co-

35. Es la interpretación de C. B. MACPHERSON, La teoría polí-

tica del individualismo posesivo, Fontanella, Barcelona, 1978. No obstante el autor señala que no parece que Hobbes sea claramente consciente de la existencia de esa sociedad, porque, entre otras co- sas, las relaciones sociales capitalistas todavía no aparecen con ni-

tidez como es propio de la fase de transición al capitalismo.

36. En su obra Behemoth or The Long Parliament, traza la his-

toria azarosa de Inglaterra entre 1640-1660; aquí recurre también (para expresar esa conmoción que supone la Revolución de Cron- well, la guerra civil, etc.) al libro de Job —40.15— con referencia a Behemoth que también en el discurso de Yahveh se pone como prueba del poder de Dios que domina a la fuerza poderosa de Behe- moth. Nada hay aquí que signifique desorden (como no lo había en la referencia a Leviathán que signifique orden y aun más bien pare-

ce sugerirse lo contrario como se deducía del carácter de Leviathán) salvo el que Behemoth, en cuanto fuerza bruta y dejado a su puro arbitrio, introduce la irracionalidad y por tanto —podría pensarse— la posibilidad del desorden; otra interpretación es que —al pare- cer— Behemoth es una forma plural de un término hebreo y este «pluralismo» de fuerzas sembraría la división, que produce, a su vez, la Revolución.

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mo fuente de desunión y descomposición de un orden so- cial que parece entender en términos claramente prebur- gueses," aunque junto a todo ello y como es característico de las culturas de transición, introduzca esos elementos nuevos del individualismo o un cierto apunte de igualdad (que es, en realidad, una igualdad básicamente de orden biológico o biosíquica: iguales capacidades físicas en lo fun- damental, igualdad básica en los comportamientos, deseos o expectativas). Respecto del fin al que trata de servir la obra de Hob- bes, es, indudablemente, el Absolutismo, como es carac- terístico —según se vio— del Barroco aunque en Inglate- rra fracase. Ciertamente hay que matizar esta afirmación en el sentido de que se trata de un «Absolutismo objeti- vado» de un Absolutismo del Estado más que del prínci- pe, 38 construido mediante una argumentación estricta- mente lógica, que, unido a su puesta al servicio de la uti- lidad individual, hacen que su sistema rebase ampliamente la coyuntura en la que surge y anticipe ideas y sirva para la defensa de intereses distintos y aún contrarios a los que inicialmente la inspiraron. 39 En cual-

37. Así, cuando habla —cap. XIII de El Leviathán— de las

tres principales causas de lucha en la naturaleza del hombre (com- petición, búsqueda de seguridad y de gloria) señala que la primera de esas causas hace que los hombres invadan por ganancia y usen de la violencia para hacerse dueños «de personas, esposas, hijos y

ganado de otros hombres», formulación que parece hacer referen- cia a valores propios de una sociedad preburguesa.

38. F. BATTAGLIA, Estudios de Teoría del Estado, Publica-

ciones del Real Colegio de España en Bolonia, 1966.

39. Así, respecto a la anticipación de ideas, se ha relacionado,

en lo referente a la construcción del pacto, con la formulación de Rousseau del contrato social y en cuanto a la defensa de otros inte-

reses, cabe señalar su utilización liberal, lo que explica el escaso entusiasmo que despertó su obra aun entre aquellos —absolutis- tas— cuya defensa inicialmente pretendía y, en fin, la desconfianza

j g ,

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quier caso, es innegable ese propósito de defender el Ab- solutismo y aún su inclinación por la forma monárquica por la mayor aptitud que ofrece para producir la paz y la seguridad del pueblo. 40 Esta defensa del Absolutismo se hace desde los presu- puestos de esa tendencia del lusnaturalismo racionalista en la que Hobbes se alinea y a la que antes se hacía refe- rencia, pero en una forma, asimismo, tan contradictoria y extremada en su formulación y resultados, que la revis- ten de una complicación y exageración igualmente barro- cas. Se manifiesta sobre todo en la utilización que hace de estos dos supuestos básicos en su obra: el de naturale- za o ley natural y el de pacto o contrato. La ley natural básica —afirma Hobbes— es la de la supervivencia. Pero, a la vez, el miedo a que se interrum- pa esa supervivencia lleva a los hombres a intentar sobre- vivir por cualquier medio y aunque sea a costa de los de- más. Es decir, la naturaleza humana lleva a su destruc- ción. Hay, pues, que «construir» un mecanismo (en cuanto «construido», es artificial) que lo evite. Este me- canismo artificial es, por un lado, antinatural, porque va contra la tendencia de la naturaleza humana que lleva a su destrucción, pero, por otro —y aunque es «artificial» por su origen— es «natural» por su finalidad, en cuanto sirve a la supervivencia, primera ley natural. De esta for- ma, la naturaleza y la ley natural justifican al Estado co- mo construcción artificial y, por tanto, sus decisiones, sus órdenes, sus normas, es decir, el Derecho Positivo, con lo cual se lleva, en efecto, a la exageración y a la pa- radoja la conclusión final: el lusnaturalismo le sirve para

que terminó inspirando a los diferentes sectores enfrentados en la Inglaterra de su tiempo.

40. Leviathán, cap. XIX, pág. 280, cit.

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justificar el positivismo, el Derecho Natural justifica al Derecho Positivo. 41 El pacto o contrato que había servido tradicionalmen- te para limitar el poder, se convierte en Hobbes en un su- puesto justificador del poder absoluto, pero hasta un ex- tremo nunca alcanzado. El pacto del que parte Hobbes es entre individuos que acuerdan «cada uno con cada uno» la cesión de su poder y fuerza particulares; el poder que surge es el resultado de ese acuerdo y de esa cesión. Por ello, ese Poder, por un lado, carece de límites y, por otro, es un poder omnímodo respecto de estos individuos ya que reúne el de todos ellos, quienes, simultáneamente se han quedado sin ninguno. Este poder —además— es de tal naturaleza que resume en sí mismo la multitud de individuos, la unifica, la convierte en persona que quiere y actúa a través de su voluntad. Con ello se anticipa todo el despliegue posterior de la problemática en torno al Es- tado-Persona en sus dos más destacados desarrollos: el de la concepción lógico-abstracta de Hegel para quien el estado-persona surge mediante la «totalidad orgánica» que forman pueblo y monarca y que se expresa en la per- sona del monarca; 42 y el de la concepción jurídica, que va desde la construcción de la personalidad jurídica del Es-

41. Esta paradoja de Hobbes, iusnaturalista y positivista a la

vez, se ha explicado por la necesidad que tuvo de encubrir y justi- ficar su postura, claramente positivista, en un medio en el que pre-

dominaba y se aceptaba de manera casi dogmática el iusnaturalis- mo; Mario TRONTI, cit.; N. BOBBIO, Hobbes e il iusnaturalismo, en De Hobbes a Marx, Napoli, 1965; E. TIERNO, Introducción a T. Hobbes, Antología: Del Ciudadano. El Leviatán, Madrid, 1965.

42. «En un pueblo que se piensa como verdadera totalidad or-

la soberanía existe como personalidad del todo y és-

ta como la persona del Monarca». Es el conocido parágrafo 279 de los Principios de Filosofía del Derecho (Buenos Aires, 1975).

gánica en sí

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tado a partir de Gerber (como medio para onstruir el Estado de Derecho y revestir de carácter jurídco las rela- ciones entre los individuos y el Estado para le cual el Es- tado —como los individuos— debe ser tambiéi sujeto de derecho) a la utilización que de esa categoría de persona jurídica hace Kelsen como elemento necesaio para su consideración del Estado como Orden jurídic». Pero como se indicaba al hacer la agruparon de las tendencias que exige la teoría política del sigloxvir, la de- fensa del Poder Absoluto se hace también desle posicio- nes que tienen un fundamento teológico, com( ocurre en la teoría del Derecho Divino de los Reyes (y a peculiar visión del inglés Filmer) y con el Providencúlismo del francés Bossuet. La teoría del Derecho Divino de los Reyes surge co- mo consecuencia de una doble circunstancia: el enfrenta- miento político-religioso que extiende la insegiridad ge- neral ante la cual se siente la necesidad de combatirla mediante el fortalecimiento del poder del Estado amena- zado, y la vinculación todavía existente entre Teología y Política que permitía y —para amplios sectores— exigía legitimaciones teocráticas. De ahí que, en esta etapa con- flictiva de la Historia de Europa, se recurriera a la afir- mación del origen divino del poder temporal cono medio de fortalecerlo frente a los sectores enfrentado» en el in- terior y frente al Papa en el exterior (cuyos partidarios defendían el monopolio de ese origen divino para la Igle- sia hasta el punto de que algunas de las iniciales legitima- ciones democráticas del poder temporal —especialmente las procedentes de la escuela jesuítica— basadas en el pacto o consentimiento, se esgrimen como modo de debi- litar ese poder, al situarlo en el plano inferior de lo hu- mano, frente al de la Iglesia). En Francia, la lucha político-religiosa demanda con

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urgencia la necesidad de unidad, independencia y estabi- lidad del poder; no obstante, el reconocimiento del Papa

como Jefe de la Iglesia y las peculiaridades de la Ley Sá- lica, que imponía correcciones al derecho sucesorio, su- ponían ciertas dificultades a la aceptación plena de la teoría que, a pesar de todo, se recoge —como se decía en

el volumen primero— ya en Bodino.

En Inglaterra, sin embargo, ninguna de estas limita- ciones existen porque, por una parte, no sólo no se reco-

noce al Papa como Jefe de la Iglesia sino que fue la inter- vención del Papa, al instigar el abandono de la fidelidad

a la monarquía inglesa en base a creencias religiosas,

uno de los factores que hicieron surgir la teoría política del derecho divino de los reyes que fundamenta la obe- diencia al rey precisamente en razones religiosas; por otra, el derecho sucesorio radicalmente observado, era uno de los objetivos políticos buscados por la teoría. 43 Y ambos (un poder basado en un origen divino y asegura- da su permanencia por el derecho sucesorio) eran las bases sobre las que se apoyaba un poder superior ante el que no cabe sino la obediencia pasiva, al que no es lícito resistir y que, por todo ello, es capaz de asegurar la uni- dad, la estabilidad y el orden que la guerra civil y la re- volución de Cronwell han puesto en peligro. Es esta épo- ca de mediados del xvil, a consecuencia de esos conflic- tos, cuando la doctrina se consolida y cuando al inicial carácter negativo con la que se inicia en el siglo xvil (y del que todavía participa la doctrina de Bodino: no reco- nocer superior) sustituye una formulación más positiva:

43. Debe tenerse en cuenta que la teoría tiene como uno de

sus máximos exponentes a Jacobo I que, combatido por el Parla- mento, católicos, presbiterianos, escoceses, etc., su título al trono provenía de su ascendencia.

la afirmación de los caracteres del poder real y la obe- diencia necesaria a sus leyes como factor de paz, cohe- sión y continuidad. Una peculiar forma de entender la teoría del Derecho Divino de los Reyes es la que representa Sir Robert Fil- mer. Contemporáneo de Hobbes (nace en el mismo año, el año de la «Armada Invencible») es testigo, por tanto, del convulso período de la historia inglesa y busca, como él, soluciones de seguridad aunque por caminos distin- tos. Las Sagradas Escrituras son en este caso la fuente de inspiración y la base en la que trata de apoyarse esa pe- culiar visión de la teoría del Derecho Divino de los Re- yes. Esta peculiaridad se deduce de los dos aspectos bási- cos que tiene la obra de Filmer:

— Negativamente, rechaza por absurda la posibilidad histórica de la tesis «voluntarista» o pactista del Iusnaturalismo como origen del poder. El hombre libre —afirma— no existió jamás, puesto que to- dos nacen en una familia y están sometidos a la autoridad del padre. Pero, aunque no fuera así, na- die puede convocarlos a una asamblea universal para pactar o establecer la sociedad. Y, aún acep- tada esta posibilidad, nadie puede ceder su liber- tad o contratar más que en nombre propio y no afectaría a los descendientes que, si así no fuera, ya no serían ni libres ni iguales como afirmaban los defensores de los derechos naturales. Asimis- mo, tal pacto no podría someter a las minorías, cu- ya voluntad es igualmente respetable por tratarse de voluntades individuales también libres e igua- les, ni podría explicar la división en naciones que aparecería como un acto sedicioso contra la volun- tad social general.

58

— Positivamente, frente a lo anterior, afirma que ya desde el momento en el que Dios crea al hombre en un solo individuo quiso mostrar el origen unita- rio (esto es «monárquico») del poder. Al formar a la mujer a partir de Adán y de ambos a los hijos, quiso establecer, también desde el principio, una sucesión continua de subordinaciones que se ex- tiende de la familia a la sociedad, que es una fami- lia prolongada e igualmente jerarquizada. El origen del poder se encuentra en la transmi- sión que Dios hizo a Adán concediéndole el domi- nio sobre todo lo creado. A partir de él, el poder se transmitió a sus descendientes, a los Patriarcas

o Padres y jefes de las diferentes familias y divisio- nes sociales que fueron surgiendo, de donde pro- cede el poder de los Reyes que, igualmente, lo

transmiten y heredan conforme al orden de suce- sión familiar; la posterior existencia de países y so- beranías distintas se explica por el mandato de un Patriarca, Noé, que dividió las tierras entre sus hi- jos (reservándose el dominio del «pueblo elegi- do»), de donde proceden las distintas naciones existentes. Por todo ello, el poder del monarca es único (los parlamentos sólo son instrumentos au- xiliares del rey), ante él no cabe sino la obediencia

y está por encima de las leyes positivas. Los reyes son anteriores a las leyes. 44

Sin embargo, pese a su apariencia, lo cierto es que es- tos dos aspectos no se contraponen tan radicalmente co- mo seguramente fue la intención de Filmer. Porque, al

44. Patriarca o el Poder natural de los Reyes, IEP, Madrid,

cap. III, pág. 52, Madrid, 1966.

59

basar la monarquía en el desarrollo natural del hombre (la obra en la que sostiene de manera fundamental su teoría se llama precisamente «Patriarca o el Poder natu- ral de los Reyes») tal como fue creado por Dios, vincula- ba la concepción teológica a la naturaleza, abría el paso a la concepción divina de lo natural y, con ello, a la admi- sión de los derechos naturales. Por otro lado, al vincular teología y naturaleza, la teoría perdía rigidez y el carácter absoluto que había pretendido tener, pues —como ya se indicó— la determinación de lo que es naturaleza y ley natural es discutible y relativizable y por aquí se abre ca- mino al pragmatismo y a la relativización de la teoría po- lítica. Por ello se ha dicho que Filmer prepara el paso a Locke y a Rousseau. Pero si este es el significado o la consecuencia más destacada de la obra de Filmer desde el punto de vista teórico, desde el punto de vista polaco su aportación básica, dada la época de enfrentamientos y conflictos en la que surge, fue su función social integra- dora a través del refuerzo emocional que prestó tanto al sentimiento comunitario como al monárquico de la socie- dad inglesa. 45 En su conjunto, pues, la teoría del Derecho Divino de los Reyes trató de servir al Absolutismo monárquico (el origen divino se predica no del poder del Estado en abs- tracto, sino del poder del monarca en concreto) libelán- dolo del poder eclesiástico, asegurando su continuidad mediante el Derecho sucesorio y haciéndolo indiscutible a través de la obligación de obediencia pasiva y la prohi- bición del derecho de resistencia. Todo lo cual implicó una buena carga de intolerancia, especialmente en Ingla-

45. Rafael GOMBRA, Estudio Preliminar a Filmer-Locke [Pa-

triarca o el Poder de los Reyes y Primer libro sobre el Gobierno,

cit., pág. XXXIX).

térra donde la teoría alcanza su más pleno desarrollo; la revolución de 1688 supuso, por ello, una fuerte quiebra de sus principios básicos (lo que la revolución tuvo de negación del derecho de resistencia, del derecho suceso- rio o del poder absoluto) aunque permaneció lo que en ella había de apego y respeto al pasado y de la necesidad de la obediencia más allá de la mera utilidad. 46 Muy próxima a la teoría del Derecho Divino de los Reyes se encuentra la concepción providencialista de Bossuet, última de las tendencias defensoras del Absolu- tismo desde posiciones con fundamento teológico. La Francia del xvn, que registra notables aportaciones en el campo científico y filosófico, presenta un pobre balance en el de la teoría política como corresponde a los perío- dos absolutistas poco propicios a su desarrollo. Sólo sur- gen expresiones teóricas congruentes y justificadoras. En este sentido la obra de Bossuet es la expresión teóri- ca francesa más congruente con el absolutismo de Luis XIV. Bossuet es —con su «Discurso sobre la Historia Uni- versal»— el último representante de aquella forma cristia- na de entender la Historia como Historia de salvación se- gún el modelo Agustiniano de la Ciudad de Dios. Los múltiples y contradictorios acontecimientos de la Histo- ria, sólo cobran sentido desde una perspectiva universal y superior a esa Historia, ya que está conducida por la Pro- videncia. Esta Historia —dirá en la «Política sacada de las Sagradas Escrituras»— es la Historia del hombre, enten- dido —a la manera aristotélica— como ser social. Pero la naturaleza sociable del hombre se transforma en virtud del pecado original y se convierte en una naturaleza que

46. J. N. FIGGIS, El Derecho divino de los Reyes, FCE, México,

1970, págs. 202 y ss.

provoca la lucha y la guerra entre los hombres. En este momento Bossuet —aunque formalmente se apoya en ci- tas de las Sagradas Escrituras— está utilizando el argu- mento de Hobbes; y, como él, siente el peligro de la inse- guridad y la angustia que la Revolución Inglesa y la re- vuelta de la Fronda le han hecho percibir con fuerza. Ante ese peligro entiende que el remedio es la afirmación y for- talecimiento de la institución monárquica, forma de Go- bierno que —dada por Dios al pueblo elegido— es la más antigua y natural, como lo prueba el que se perpetúe here- ditariamente a través del primogénito, es decir, de la mis- ma forma que el género humano y el que de ella queden excluidas las mujeres (cuyo sexo ha nacido para obedecer, pues cada mujer al casarse se da a un dueño) prueba tam- bién el carácter natural de la ley sucesoria francesa. La Monarquía tiene, además, la ventaja política de la «uni- dad» y la ventaja práctica de vincular la suerte y el interés personal del Monarca al del Reino. En virtud de todo ello deduce los caracteres de la Monarquía: sagrada, como re- presentativa de Dios (aunque deja confusa y no llega a afirmar la transmisión directa del poder de Dios al Mo- narca para no incurrir en la heterodoxia —desde la pers- pectiva católica— de la teoría del Derecho Divino de los reyes); absoluta, en cuanto superior e irresistible, aunque nunca arbitraria; paternal, con el comportamiento hacia los subditos propio del padre y merecedor del amor que a éste se debe; racional, en el sentido de actuar fundada y prudentemente, para lo que se extiende en consejos sobre él buen gobierno ya que buena parte de la obra en la que se contienen estas referencias de la monarquía —la «Polí- tica sacada de las Sagradas Escrituras»— está dedicada a la educación del «Delfín», del que Bossuet fue preceptor. Ante esta Monarquía sólo cabe por parte de los subditos la obediencia indiscutida, salvo cuando ordene algo con-

62

tra Dios y, aún en este caso, no se la puede desobedecer, sino únicamente rogar respetuosamente al Monarca un cambio de actitud.

B.

La tendencia antiabsolutista: Las variantes de Grocio, Spinoza y Locke

El otro grupo de tendencias de la teoría política del xvn está formado —según se indicaba— por las de carác- ter antiabsolutista o que defienden el poder limitado y protagonizado por el otro sector del Iusnaturalismo ra- cionalista con las variantes que representan Grocio, Spi- noza o Locke. Surge en las formaciones sociales europeas en las que la transición al capitalismo está más avanzada. De una u otra manera sus formulaciones se corresponden con los intereses y concepciones de la burguesía ascendente. Así, Grocio y Spinoza aparecen en un medio econó- micamente tan dinámico y de un desarrollo tan precoz como es el de la Holanda de la primera mitad del siglo xvn. Grocio, además, se encuentra bajo la influencia di- recta de los esfuerzos del pueblo holandés por conseguir la independencia y libertad religiosa, comercial y política frente a España sobre todo, aunque también frente a In- glaterra en lo que se refiere al comercio marítimo (cues- tión que le inspirará su primera obra: «El mar libre»). Probablemente esta situación explica su aportación bási- ca: el rechazo de la fuerza como base de las relaciones sociales y de sus legitimaciones justificadoras y la afirma- ción del Derecho como regulador de las mismas. Esta «juridización» del mundo es su contribución más desta- cada. Su punto de partida, como el de todo el Iusnatura- lismo, es la naturaleza del hombre. Lo propio de ella es la aspiración de todo hombre a relacionarse con los de-

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más pacíficamente, de forma organizada y conforme a la razón. Esta es la fuente originaria del Derecho Natural de donde surgirán sus normas básicas: respetar lo ajeno, reparar el daño, cumplir las promesas; de esta última re- sulta que la voluntad de los hombres es el fundamento de las reglas establecidas mediante convenio, es decir, del Derecho humano y positivo. Por todo ello, para conse- guir esa aspiración a la paz propia de la naturaleza hu- mana a través de las adecuadas normas jurídicas regula- doras de las relaciones sociales, los hombres acuerdan mediante contrato el surgimiento del Estado. La sobera- nía inicialmente está, pues, en el pueblo, en esas volunta- des que acuerdan o contratan, pero una vez surgido el Estado, la Soberanía se le ha transmitido y la conserva definitivamente, por lo que, en este punto, el antiabsolu- tismo de Grocio es menos claro. Asimismo, las relaciones entre los Estados deben basarse no en la fuerza, sino en el Derecho y la Justicia; así construye el sistema del Dere- cho Internacional (en su obra más conocida: «Del Dere- cho de la Guerra y de la Paz») en forma un tanto idealis- ta, como si no hubiera Razón de Estado, como si no exis- tieran los intereses y la violencia que empujan a los Estados a salirse de los límites del Derecho y la Moral y fuese posible encerrar su comportamiento en límites éti- cos y jurídicos. 47 A diferencia de la construcción básicamente jurídica de Grocio, la de Spinoza es básicamente filosófica. Con- sidera lo existente como una sustancia única y eterna ex- plicable por sí misma, de manera que ella misma es la di- vinidad, por lo que rechaza toda concepción de un Dios personal y transcendente. Esta sustancia o naturaleza se regula mediante un determinismo inexorable de causa a

47. F. MEINECKE, cit., pág.

64

213.

efecto. En este esquema hay que introducir al hombre como un elemento más de esa naturaleza, como un plano o una línea de esa geometría universal conforme a la que está construida y funciona («Ética demostrada por el mé- todo geométrico», es su obra filosófica fundamental). Es- te hombre (al que describe de forma pesimista como cruel, egoísta, rapaz) está sometido, como todos los se- res, a las reglas de la Naturaleza (de su naturaleza) de la que proceden y en la que se fundamentan sus «Derechos Naturales»; y la primera de esas reglas es la de autocon- servarse. Para ello surge la sociedad política, el Estado, como medio de evitar los conflictos y garantizar el ejerci- cio de los derechos naturales que el hombre no puede ce- der o transmitir, entre los que destacan los de libertad política (entendida tanto como limitación como partici- pación del poder, temática estudiada en su «Tratado Polí- tico», que no llegó a terminar) y religiosa, pues el hom- bre es libre para seguir cualquier religión que se acomo- de a las exigencias del Estado y a la vida en común; en este sentido rechaza que la religión cristiana sea «la ver- dadera» y somete a las Sagradas Escrituras a una crítica sistemática a través de las contradicciones y errores que contienen, lo que prueba que se trata de una obra pura- mente humana (cuestión que trata en su «Tratado teoló- gico-político»). Spinoza es una muestra más de la enorme influencia de Hobbes en el pensamiento europeo. Esta influencia se advierte en el planteamiento materialista global de Spi- noza, en su visión pesimista del hombre, en la necesidad del Estado como exigencia de autoconservación; se dife- rencia de él, no obstante, en que no alude al pacto como explicación para el surgimiento del Estado y en su frontal ataque a la Religión como transcendencia y a las Sagra- das Escrituras que harán de Spinoza el enemigo no cita-

m

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do pero siempre presente en los esfuerzos apologéticos de Bossuet. 48 Finalmente, en el Iusnaturalismo Antiabsolutista se encuentra de manera destacada la aportación del médico- filósofo inglés John Locke, contemporáneo de la Revolu- ción Inglesa de 1688 en la que se ve implicado y cuyos intereses e ideales expresa y legitima en sus escritos más importantes aparecidos hacia 1690. Utiliza un método empírico y analítico que se pone de manifiesto en su es- tudio físico-psíquico del hombre («Ensayo sobre el enten- dimiento humano») en el que rechaza como un «a priori» metafísico la consideración de las ideas como datos origi- narios e innatos del entendimiento (en oposición al racio- nalismo cartesiano) y trata de descubrir el funcionamien- to de la razón humana mediante la descomposición de esas ideas en sus elementos más sencillos para ver cómo se forman; intenta así mostrar ese funcionamiento de la razón a partir de la relación entre «soma y psiquis», entre cuerpo o materia y espíritu, afirmando que el proceso se inicia a través de la materia, de los sentidos, mediante las sensaciones, de las que surgen las ideas más simples cuya combinación da lugar a las más complejas. Un plantea- miento semejante utiliza para abordar la problemática política (en sus «Primero y Segundo Tratado sobre el Go- bierno Civil»). Rechaza igualmente el «a priori» de un poder originario e indiscutible y trata de analizarlo a tra- vés de su descomposición en los diferentes elementos a partir de los cuales se forma: el estado de naturaleza y el contrato. El estado de naturaleza o «momento presocial», se ca- racteriza porque los hombres ya poseen unos derechos

48. E. TIERNO, Introducción a B. Spinoza. Tratado Teotógico-

político y Tratado Político, Tecnos, Madrid, 1966.

naturales comunes a todos, que los hacen —en princi- pio— no sólo moral sino prácticamente iguales. Estos de- rechos naturales se resumen, en buena medida, en el de- recho de propiedad, que comprende —en la formulación de Locke— los derechos a la libertad y a la vida y los de- rechos sobre la tierra y los demás bienes. Respecto de los primeros (libertad y vida) la situación de igualdad en los hombres permanece invariable, no así en los segundos (tierra y bienes); porque en éstos, comienza a producirse una diferenciación consecuencia de su adquisición indivi- dual. Y es que sucede que, aunque inicialmente la tierra y los bienes fueron concedidos en común, como la nece- sidad de conservación es individual, se justificó la apro- piación individual como una exigencia de esa conserva- ción. Pero esta apropiación individual no sólo tiene una justificación existencial, sino que tiene también un fun- damento jurídico. El derecho a esta apropiación deriva de que todo hombre tiene la propiedad sobre su propia persona y, por tanto, sobre su trabajo, por lo que el obje- to sobre el que ese trabajo actúa se hace suyo, propiedad suya. Inicialmente esta propiedad estaba sometida a las siguientes limitaciones: que permita una propiedad sufi- ciente y de igual calidad (de la tierra y bienes) a los de- más; que se apropie solamente lo que pueda utilizarse con provecho, pues lo que exceda de ello pertenece a los demás; y que sólo se apropie lo que permita el trabajo de cada hombre. Sin embargo, la evolución y desarrollo del hombre ha hecho desaparecer esos límites. Los dos pri- meros desaparecen a consecuencia de la aparición del di- nero con todas sus implicaciones, ya que permitió unas posibilidades ilimitadas en la apropiación (compatibles con la apropiación de los demás) así como en su utiliza- ción y aprovechamiento sin deterioro e, incluso, su acu- mulación funcionó como estímulo para la producción y

el comercio que sirve mejor a la conservación de los hombres que los recursos sin utilizar; el tercero de los lí- mites desaparece también, porque Locke admite el traba- jo asalariado como relación natural, dado que la propie- dad del hombre, su persona y su trabajo, incluye la posi- bilidad de vender este último y el dinero, de nuevo, facilita el que esto ocurra (al crear, mediante su carencia en unos, la necesidad de venderlo y, mediante su acumu- lación en otros, la posibilidad de comprarlo). Esta fun- ción del dinero, tan importante para la transformación de la propiedad, se acepta mediante consenso tácito en el estado de naturaleza y da lugar —al quebrar los límites iniciales— a una diferenciación social básica: propieta- rios y no propietarios, que se traduce en una diferencia- ción política importante cuando los hombres deciden fundar la «sociedad civil» (así llama Locke a la sociedad tras el surgimiento del poder estatal) mediante el con- trato: 49 El contrato es, pues, el mecanismo mediante el cual los hombres pasan del estado de naturaleza o presocial a constituirse en «sociedad civil», ordenada bajo el poder del Estado. Esta «sociedad civil» y, por consiguiente, la celebración del contrato de la que esa sociedad procede, surgen por una iniciativa de la razón del hombre que busca a su través mejorar la situación del estado de natu- raleza, vivir mejor que en el estado de naturaleza, me- diante la cesión a ese nuevo poder que surge de los pode- res individuales que tenían para proteger sus derechos en el estado de naturaleza. Es decir, la constitución de la «sociedad civil», la aparición del poder del Estado, no es en Locke— ni sagrada (como en Filmer, contra el que

49. C. B. MACPHERSON, La Teoría política del individualismo

posesivo, cit., págs. 165 y ss.

68

escribe el Primer Tratado sobre el Gobierno Civil) ni ne- cesaria (como en Hobbes). Está basada en una decisión de origen humano, racional y caracterizada por un relati- vismo utilitario (vivir mejor que antes), que conducirá al relativismo (es decir, lo contrario al absolutismo) del po- der: que sirva a ese fin de vivir mejor. Y es que, en efec- to, como se ha visto, los hombres en el estado de natura- leza ya poseen los derechos naturales. Se trata con el contrato y la sociedad civil de que los posean de una ma- nera más segura y pacífica. El hombre, por consiguiente, mediante el contrato y después de él, después del surgi- miento del poder estatal, conserva —a diferencia de Hobbes— sus derechos (hasta el punto de que esa con- servación es, como se acaba de ver, la razón de ser del contrato) lo que implica, por tanto, no sólo una limita- ción del poder por esos derechos que el hombre conser- va, sino su servicio al mejor disfrute de los mismos. Aho- ra bien, en ese contrato intervienen dos clases de hom- bres: los que poseen únicamente su persona y, por tanto, su vida y libertad y los que, además, son propietarios de tierra u otros bienes. Ambos intervienen en el contrato porque ambos tienen derechos que conservar. Sin embar- go, sólo los segundos tienen en la «sociedad civil», una vez constituida, una participación plena. En este punto Locke sigue la tendencia generalizada en Inglaterra de que si bien la clase trabajadora (en la que se incluye a «asalariados y mendigos») forma parte de la nación en tanto que fuerza creadora de riqueza, queda sin embargo excluida del cuerpo político y, por tanto, de la participa- ción política, que se reserva a los propietarios. Y ello —indica Locke— porque únicamente éstos han demos- trado capacidad para la comprensión racional de la ley natural, ya que si la apropiación fue inicialmente un mandato de la razón natural, al aparecer el dinero lo fue

69

la apropiación ilimitada, de manera que los no propieta- rios han mostrado su incapacidad para una vida plena- mente racional. Por ello, cuando habla de que el gobier- no debe ser el gobierno de la mayoría, debe entenderse de la mayoría de los propietarios. Asimismo, no debe en- tenderse que hay contradicción o incompatibilidad entre este gobierno o decisiones de la mayoría y la libre dispo- sición individual sobre la propiedad; porque, ciertamen- te, el poder del Estado no puede tocar la propiedad de ningún hombre sin su consentimiento, ya que ese poder surgió para protegerlo. Ahora bien, resulta que ese poder necesita medios para cumplir ese fin, por lo que todo hombre racional debe consentir en ceder los medios que la mayoría de los propietarios estiman necesarios para la mejor protección de la propiedad de todos, interés preva- lente sobre los demás, de manera que el consentimiento de la mayoría y el consentimiento personal son coinci- dentes y no contradictorios. Igualmente, si el poder resi- de en la mayoría de los propietarios, no debe infundir tanto recelo, porque, en definitiva, está controlado por ellos. Pero, junto a este control por la mayoría, el poder tiene otro tipo de control que resulta de su configuración organizativa. 50 Y en este punto se encuentra en Locke una concepción antropológica del poder: el hombre —di- ce Locke— tiene dos tipos de poderes: el poder de deci- dir lo necesario para su conservación y el poder de casti- gar a quien se oponga a las leyes naturales o sea el poder de hacer cumplir y ejecutar esas leyes. Ambos poderes los transmite a la «sociedad civil», de manera que el Esta- do se organiza según esos poderes: el poder de decidir se convierte ahora en el poder legislativo (que, en cuanto de él depende la conservación de la sociedad, es el poder su-

50. FILMER-LOCKE, cit., págs. XXXIX y ss.

perior) y el poder de castigar se convierte ahora en el po- der ejecutivo que es un poder subordinado, aunque con facultades de discrecionalidad pues el legislativo no pue- de preverlo todo. Estos poderes deben estar separados, recaer en órganos diferentes tanto por su función (el le- gislativo no actúa siempre, el ejecutivo sí) como por evi- tar la tentación de abusar del poder que podría suscitarse en quien dispusiera de ambos. A estos dos poderes añade un tercer poder encargado de las relaciones con el exte- rior (tratados, paz y guerra), al que llama federativo. De esta descripción de la obra de Locke cabe deducir lo siguiente:

— En el plano cultural general, supone, de un lado, la expresión política del calvinismo triunfante en la revolución de 1688, con el traslado de la liber- tad de conciencia del plano religioso al plano polí- tico y la vinculación entre calvinismo y capitalis- mo, lo que se pone de manifiesto en la legitima- ción de los propietarios y la minusvaloración de los no propietarios; 51 por otro, implica una actitud materialista y empírica en su planteamiento meto- dológico general según el cientificismo que co- menzaba a extenderse por Europa.

— En el plano económico, supone la justificación de una sociedad en rápida transición al capitalismo, con su legitimación de la diferenciación de clases que empieza a aparecer (propietarios y no propietarios) así como del proceso de acumulación capitalista.

— En el plano político, supone la legitimación del sis- tema constitucional inglés tal como queda tras la

51. P. HAZARD, La Crisis de la Conciencia Europea, Edit. Pe-

gaso, 1952, págs. 82 y 83.

Revolución de 1688 y, específicamente, la división de poderes que se producía ya en la realidad a par- tir del enfrentamiento y consiguiente separación entre el Rey y el Parlamento, con la superioridad final del Parlamento sobre la Corona pero también con el reconocimiento a ésta de los «poderes de prerrogativa», que es lo que se esconde tras la ad- misión por parte de Locke de poderes discreciona- les al ejecutivo tal como antes se veía.

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CAPÍTULO VII:

LA TRANSICIÓN

AL CAPITALISMO: LA ILUSTRACIÓN

CONSIDERACIÓN GLOBAL DE LA ILUSTRACIÓN: SUS CAUSAS Y SIGNIFICADO

Tras el Renacimiento y el Barroco, con la Ilustración culmina la transición al capitalismo. Son, por tanto, fases distintas pero constitutivas de esa transición, lo que su- pone, junto a la peculiaridad de cada una, formar parte del movimiento «liberador» iniciado en el Renacimiento, que, tras la desaceleración del Barroco, se consolida en el período ilustrado. Como punto de partida y referencia inicial, puede ca- racterizarse a la Ilustración de la manera siguiente:

En el ámbito de las fuerzas productivas, supone un avance científico-técnico tal que da lugar a los primeros signos de la Revolución Industrial. En el ámbito de las relaciones de producción, se regis- tra el paso del predominio de la propiedad tradicional a la propiedad capitalista y, en consecuencia, de la Aristo- cracia a la Burguesía. En el ámbito cultural, se impone la visión inmanente del mundo y la confianza en la Razón tanto para expli-

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cario como para construir su historia como una historia en continuo Progreso. En el ámbito político, la libertad y voluntad individual se configuran como los supuestos legitimadores y la feli- cidad general como el fin del Poder en la teoría, aunque la práctica política siga protagonizada por un absolutis- mo sólo superficialmente impregnado de los nuevos va- lores. Se considera, pues, que la Ilustración (como el Rena- cimiento y el Barroco) en cuanto fase de un modo de producción, abarca los diversos niveles de éste. Así en- tendida, la Ilustración alcanza su desarrollo más comple- to, definido y con mayor sentido de ruptura en Francia (cuya influencia la extenderá —en aspectos superestruc- turales— al resto de Europa y, al combinarse con el nivel estructural de cada país, adquiere expresiones parciales, alguna tan específica como la alemana) aunque sus pri- meras formas y su impulso original proceden de Inglate- rra donde aparece más integrada en su trayectoria histó- rica y con aires de menor novedad. Francia e Inglaterra protagonizan, pues, el período y mantienen a lo largo del mismo una relación compleja. De un lado, su enfrenta- miento es el hecho más significativo de la historia inter- nacional del siglo, hasta el punto de que el año en el que comienza y el año en el que termina son de guerra entre ambas. De otro, su interrelación cultural alcanza la máxi- ma intensidad; París y Londres son los dos focos más im- portantes de la cultura europea y lo que se producía en uno tenía inmediata repercusión en el otro. Pero, sobre todo, Inglaterra suscitaba en Europa y en concreto en Francia, una especial atracción, en cuanto aparecía de manera destacada como el país más avanzado económi- ca, científica y políticamente y, a partir de la sociedad in- glesa como modelo, los escritores franceses, además de

descubrir el sentido del «progreso» y formular toda una teoría de la libertad, atribuyen a «lo político» (a la orga- nización política y a la acción de gobierno) el desarrollo en los demás niveles. 1 De ahí que la «cuestión política» se convierta en el tema central y previo. De todos los sec- tores del saber surgen reflexiones y aportaciones políti- cas, se registra una politización general de la cultura y, en definitiva, ese amplio movimiento que la ilustración supone, se convierte en gran medida en «ilustración polí- tica». Caracterizada la ilustración con aquella globalidad de que se partía y que la configuraba como una fase especí- fica y culminante de la transición al capitalismo, entre los hechos que contribuyen a su aparición destacan los si- guientes:

1. El hecho económico

Se trata de subrayar la indudable conexión entre el auge económico del siglo xvm (acentuado y generalizado en su segunda mitad) y la mentalidad ilustrada. Inicialmente la reacción más significativa (sobre todo en

1. Hay que tener en cuenta que en el siglo xvm el Parlamento

inglés es de simple nombramiento en sus dos tercios y que el resto es elegido por no más de 160.000 electores cuyos votos podían comprarse y que el derecho a la elección se vinculaba a una renta determinada procedente principalmente de la propiedad territorial. Pero, pese a todo, los ciudadanos ingleses disfrutaban de una liber- tad desconocida en Europa; los privilegios se basaban en la propie- dad y no en metafísicos derechos de nacimiento, lo que los conver- tía en racionales y explicables para las clases inferiores y los im- puestos los pagaban no los pobres sino los ricos, nobles o burgueses.

2

2. G. ANES, Economía e Ilustración, Ariel, Barcelona, 1969.

Francia) tiene lugar en la agricultura. El crecimiento de la población rural y urbana supone un aumento de la deman- da y, consiguientemente, de los precios de los productos agrícolas; la posibilidad de mayor renta estimula, a su vez, los cambios de las técnicas de cultivo en busca de mayor productividad. Todo ello implica, en principio, un fortaleci- miento de los intereses tradicionales, de los propietarios de la tierra, frente a los nuevos vinculados a la industria y al comercio. 3 La expresión teórica de esta situación es la apa- rición de la Fisiocracia —defensora de la agricultura— y su enfrentamiento al Mercantilismo, defensor —como se indi- có en el capítulo anterior— de la industria y del comercio. 4 Así, la Fisiocracia sostiene que el objetivo de la Economía no es ni el enriquecimiento privado ni siquiera el del Esta- do, a lo que conducía el Mercantilismo, sino el bienestar de la mayoría de la población; este bienestar depende sobre to- do de la agricultura ya que es el sector realmente producti- vo, el único que crea valor, pues los demás (el comercio y la

3. Los grandes propietarios agrícolas eran todavía la nobleza y

el clero, que vieron aumentar sus ingresos al poder vender a precios

crecientes los productos cobrados en concepto de rentas, diezmos y derechos señoriales.

4. Es un movimiento específicamente francés al que se atribu-

ye una fecha de nacimiento (1757, año en que se conocieron Ques- nay y Mirabeau), un «jefe» (Quesnay), un texto básico (Tableau économique, publicado en 1758) y una duración determinada (20 años, que es lo que tarda en aparecer Lariquezade las Naciones, de Adam Smith, publicado en 1776). La mayor influencia la alcan- za cuando otrofisiócratailustre, Turgot, es Ministro de Hacienda entre 1774 y 1776. El nombre de la Escuela —Fisiocracia— proce- de de los historiadores de la Economía, pues sus componentes se autodesignaron «Economistas», nombre de indudable modernidad para la época y un contemporáneo tan ilustre como Adam Smith llamó a la Escuela «Sistema agrícola» (J. K. GALBRAITH, Historia de la Economía, Ariel, Barcelona, 1989, pág. 61).

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industria en los que ponía el acento el Mercantilismo) sólo transforman lo producido por ella; pero, para que la agri- cultura pueda desplegar todas sus posibilidades y la vida económica alcanzar su máximo desarrollo, es necesario — afirman los fisiócratas— dejar actuar a las leyes naturales que la regulan y acabar con la intervención del Estado pro- pugnada por el Mercantilismo y que se traducía en privile- gios a fabricantes y comerciantes. La Fisiocracia trata, sin duda, de conservar una sociedad como la francesa, en la que los intereses agrícolas seguían gobernando, a través de reformas que detuvieran el avance del capital mercantil y de las fuerzas industriales. 5 Entre las reformas propugna- das, la de mayor repercusión fue la solicitud de libertad económica (en el sector agrícola significaba sobre todo li- bertad para la circulación de granos y adquisición de tierras que en gran cuantía estaban inmovilizadas en las «manos muertas») en cuanto produjo efectos distintos a los preten- didos: por una parte, desencadenó contradicciones en el in- terior de la sociedad tradicional (el choque frontal con las poderosas «manos muertas», bienes de propios, baldíos, mayorazgos, etc.) y por otra, permitió aunar y sistematizar la crítica así como extenderla a los fundamentos de la socie- dad tradicional al ser recogida por una burguesía que, en cuanto crecía y extendía sus actividades (resultado de una coyuntura favorable iniciada también con un aumento de la demanda) intentaba salir tanto del viejo esquema gremial como del sistema mercantilista de estricta regulación y de- pendencia estatal favorecedora de núcleos reducidos y que frenaba a una actividad económica y a una clase que dispo- nían, por sí mismas, de nuevas potencialidades. En adelan- te, pues, la burguesía comercial y manufacturera, represen- tante y protagonista de la sociedad nueva, hizo suya la ban-

5. J. K. GALBRAITH, cit.,

pág.

65.

77

dera de la libertad (económica) que al principio habían em- pezado a defender los representantes de la sociedad vieja. Y Voltaire expresó el nuevo credo burgués que a partir de es- te momento estaría ya vigente: «el comercio produce la ri- queza; la riqueza hace a los hombres libres; la libertad favo- rece el comercio; y el resultado de todo ello es el engrande- cimiento del Estado».

2. El hecho científico

Se hace referencia aquí a dos tipos de fenómenos:

Uno es el gran avance que registra la ciencia «pura» desde el siglo xvn con los descubrimientos que tienen lu- gar tanto en el campo de la físico-matemática (Newton, Kepler, Galileo, Torricelli, Pascal) como en el de las cien- cias naturales y biológicas con aportaciones tan decisivas como las que llevan a iniciar la concepción evolutiva de la naturaleza y de la vida (Buffon). El otro, es el gran desarrollo que alcanza en el siglo xvni la ciencia aplicada. Especialmente desde la segunda mitad del siglo, aparecen una serie de innovaciones en la agricultura, industria, transportes, comercio, etc. como no ha ocurrido quizás en ninguna época y que compren- den tanto el llamado gran invento (tal como la máquina de vapor) como el denominado «pequeño invento», es decir, una multitud de nuevos instrumentos que, aunque aisladamente considerados carecen de relevancia científi- ca o técnica, contribuyeron eficazmente a facilitar el tra- bajo y aumentar su rendimiento. 6 Junto a la existencia

6.

T. S. ASTHON, La Revolución industrial, FCE, México,

1969, págs. 96 y ss.

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previa de descubrimientos científicos que permite ahora su aplicación e incorporación al proceso de trabajo, el otro requisito que facilitó esta proliferación de innova- ciones fue el estímulo y posibilidades que ofrecía la co- yuntura económica favorable (la disponibilidad de capi- tal y las perspectivas de beneficios, etc.) estableciéndose entre ambos una relación tan intensa que la evolución de la primera condiciona la evolución de la segunda. 7 En to- do caso, esta aplicación de la ciencia, su traslado de la teoría a la práctica, al campo de la utilidad concreta en los más diversos ámbitos, es lo que distingue al siglo xvni del xvn en el que se produce exclusivamente el descubri- miento científico.

3. El hecho viajero

El estímulo y gusto por el viaje que comienza a sen- tir el hombre del xvn, da lugar ahora a la aparición de

7. Así, en Inglaterra, en los primeros años del siglo, cuando empiezan a existir posibilidades de inversión (abundancia de capi- tal y baja tasa de interés) ésta se dirige a la primera necesidad, que es buscar nuevas energías para los nuevos procesos. Después, cuando el capital sigue siendo abundante pero escasea el trabaja- dor industrial, las inversiones se dirigen a ahorrar trabajo (es el ca- so de las innovaciones en la maquinaria textil); al escasear alguna de las anteriores energías (como el carbón) aparece la máquina de vapor; y, al ñnalizar el siglo, cuando aumenta la tasa de interés las inversiones se dirigen al ahorro de capital (nuevos sistemas de transmisión de energía, de transporte, etc.). Un dato de interés para la sociología de las invenciones es que éstas procedieron en su mayoría de sectores disidentes de la reli- gión oficial de Inglaterra y sobre todo de la Escocia presbiteriana, de manera que la Universidad de Glasgow contribuyó mucho más a esta fase del desarrollo industrial que Oxford o Cambridge.

79

una literatura de viajes del más variado tipo (descripti- va, turística, psicológica o narrativa) bien acerca de los distintos países de Europa cuyas características se di- vulgan, bien sobre los lugares más lejanos del globo de los que se ofrece un testimonio directo y cada vez más completo a medida que los europeos exploran, con- quistan, evangelizan o abren nuevos mercados. Este testimonio conmueve la conciencia europea porque quiebra sus principios básicos. Así ocurre con la creen- cia en «lo universal», en saberes o normas de vigencia universal. Los hechos demuestran que no existe tal universalidad y que los conceptos a los que se les atri- buía tal carácter resultó que dependían de lugares y circunstancias específicos. Las ideas sobre la justicia, libertad o propiedad vuelven a discutirse, puesto que su contenido cambia. Prácticas que parecían fundadas en la razón, resultan simplemente fruto de ciertas cos- tumbres. Costumbres que se tenían por extravagantes resultaron lógicas una vez conocidos su origen y am- biente. Es decir, frente a lo dogmático aparece lo du- doso y condicionado; frente a lo metafísico e inmuta- ble, lo histórico y, en definitiva, frente a la crisis de lo absoluto el triunfo de lo relativo. Con ello quiebra también la cosmovisión europea. Aparecen formas de existencia distintas, ante las que el europeo se siente sorprendido en un doble sentido: por una parte, porque observa la figura del hombre no euro- peo, sencillo, bondadoso, valiente, capaz y feliz, que vive en una sociedad equilibrada, más producto de la natura- leza que de la civilización, es decir, la figura del «buen salvaje». 8 De otra, se siente observado por la mirada pura

8.

P. HAZARD, La Crisis de la Conciencia Europea, Ed. Pega-

so, cap. primero.

80

de este mismo hombre que ve a Europa tal como es, sin prejuicios ni justificaciones históricas, lo que permite apreciar el absurdo de sus instituciones más prestigiosas (así ocurre en las «Cartas Persas» de Montesquieu o las «Cartas Marruecas» de José Cadalso).

Estos hechos económico, científico y viajero, contri- buyen a perfilar de manera definida a la burguesía co- mo clase social específica, así como a configurar esa nueva concepción del mundo que es la concepción ilus- trada. Ambos efectos están interrelacionados en cuan- to, desde la perspectiva de su contenido de clase, la ilustración responde preferentemente al conjunto de representaciones e intereses vinculados a la burguesía en una determinada fase de su desarrollo, aquélla en la que al finalizar su etapa ascendente empieza a adquirir protagonismo económico y social. De acuerdo con ello, la concepción ilustrada va a tener desde el principio una de las características que tendrán en adelante las concepciones burguesas: no se presentarán a sí mismas como ideologías de clase sino como representaciones «objetivas», generales y abstractas con las que puede identificarse cualquier «hombre» con independencia de su condición. Es, asimismo, la primera que puede con- siderarse como tal una vez que la burguesía se consoli- da como clase dominante.

81

II.

LA ILUSTRACIÓN CULTURAL

1. El núcleo esencial: despliegue de la Razón y crítica al Cristianismo

A. El concepto de Razón

La Ilustración se configura y desarrolla en torno a la idea de Razón. La Ilustración es ante todo soberanía de la Razón. A la altura del siglo xvm —los avances de la ciencia así parecían demostrarlo— se adquirió la convic-

ción de que la realidad natural era algo regulado y orde- nado, es decir, racional y, por tanto, racionalmente com-

prensible.

Por eso, por ese origen, la soberanía de la Razón se ejerce sólo sobre un campo previamente acotado: el mundo del hombre y de lo inmanente, no de lo divino ni de lo trascendente. Empieza, pues, reconociendo sus li- mitaciones: no puede explicar los absolutos, hay que abandonar el pretendido conocimiento de las sustancias o de las esencias que no conduce más que a la ilusión y al engaño. En este sentido, la Razón se extiende exclusiva- mente al ámbito de lo «natural» que pasa a definirse en función de la Razón: Naturaleza significa ahora no ya una clase de objetos sino lo que es comprensible por la Razón, por las fuerzas «naturales» del conocimiento.

Se entiende por Razón la capacidad para comparar, diferenciar, juzgar y así llegar a distinguir una cosa de otra y, por consiguiente, lo verdadero de lo falso. Por tanto, no se trata de una «Posesión» (de conocimientos) sino de una posibilidad de adquirirlos. No es, pues, una especie de «archivo» del espíritu en el que se guarda la verdad, sino la fuerza espiritual que es capaz de conducir

82

al descubrimiento de la verdad. No es un contenido de conocimientos, sino una «energía» que en su despliegue llega a producirlos. Esta Razón, así entendida, necesita para su desarrollo un requisito subjetivo y otro objetivo. El requisito subje- tivo es la decisión y el valor para servirse del entendi- miento propio sin aceptar la guía de nadie; la importan- cia que se le atribuyó en la época ilustrada fue tal que se le hizo elemento definitorio de la Ilustración, a la que se consideró —en la famosa definición de Kant— como la «salida del hombre de su minoría de edad» precisamente por su voluntad y esfuerzo personal. 9 El requisito objeti- vo es la existencia de la libertad necesaria para que ello sea posible y la Razón pueda ejercitarse y de manera pre- ferente se destaca la libertad para hacer uso público de la propia razón. 10 Porque la vocación de la Razón ilustrada es ser comunicativa, extenderse; es lo contrario a la ra- zón o el conocimiento —a que se aludía en la época feu- dal— como atesoramiento y secreto. Lo reservado es im- propio de la ilustración ya que al confiarse en la Razón como agente de la nueva sociedad, su eficacia es propor- cional a su extensión social. Éste es el motivo último de la vinculación entre ilustración y educación que se trata- rá más ampliamente después. El cumplimiento de estos requisitos crea las condi- ciones para que la Razón pueda actuar. Y la Razón

9. «La Ilustración —dice Kant en «Respuesta a la pregunta

qué es La Ilustración»— es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de

servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. ¡Sapere au- de! Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento. He aquí el

lema de la Ilustración

10. Es la postura de Kant o Wieland, Qué es la Ilustración,

Tecnos, 1958.

».

83

(1

ilustrada, para actuar, va a utilizar un nuevo método. Frente al método anterior caracterizado por partir de hipótesis para llegar por deducciones abstractas hasta el conocimiento de lo fáctico y particular (método de- ductivo) se van a invertir los términos: no la deducción sino el análisis; los hechos son lo dado (datum), los principios lo buscado (quaesitum). Es el paso de Des- cartes a Newton. Ello supone una inversión metódica en la que tuvo sin duda influencia el «hecho científico» antes aludido. En adelante, el conocimiento científico se vincula a la experiencia y se desarrolla en dos direc- ciones: en la de los investigadores que recorren el mundo para observar directamente las distintas formas de la realidad (es el caso del naturalista Linneo) y la de los que se recluyen en el espacio reducido del gabinete para proceder al análisis de la misma a través de los medios técnicos disponibles, de manera que es ahora cuando surge el laboratorio y el sabio de laboratorio (es el caso de Lavoisier). No obstante, hay que indicar que la nueva orientación metódica no se reduce al ám- bito físico-matemático o de las ciencias naturales, sino que la cultura del xvm se caracteriza por extenderla a todo el pensamiento en general, de tal forma que, aun- que difieran en sus resultados, escritores como Voltai- re o filósofos como Kant hablan el mismo lenguaje que científicos como D'Alembert." Así entendida, la Razón conduce a la liberación del hombre. Sólo el hombre que actúa siguiendo los postula- dos de su razón, es libre, de manera que mientras existan hombres que no obedezcan exclusivamente a su razón, que reciban y formen sus opiniones de una opinión o in-

11. E. CASSIRER, La Filosofía de la Ilustración, FCE, México,

1943, págs. 20 y ss.

fluencia ajena, todas las cadenas se habrán roto en vano (Condorcet); para el ignorante, la libertad es imposible. De aquí derivará una doble perspectiva de la Razón entre los ilustrados: la que la considera como fundamento de reivindicación y de lucha, ya que el acceso a esa libertad es un derecho del hombre y de los pueblos tan incondi- cionado que fundamenta un «derecho a la revolución» si fuera necesario para conseguirla (es la postura radical de Erhard) y la que la considera fundamento del orden y paz de los Estados, ya que justamente el hombre ilustra- do es el que mejor comprende la necesidad de las leyes y les prestará voluntaria y consciente obediencia, mientras que la ignorancia está más presta a rebelarse contra un orden cuyos fundamentos y bondad no percibe (Geich).

B. La nueva concepción de la Historia:

la idea de Progreso

A partir de estos supuestos comienza a abrirse paso una concepción nueva de la Historia. De la misma forma que en el mundo natural se ha descubierto la existencia de leyes que regulan su funcionamiento y que le hacen explicable sin necesidad de acudir a justificaciones tras- cendentes, se piensa que cabe hacer lo mismo con el mundo histórico: es posible hallar las leyes que regulan el curso de la Historia y explicarla en términos de racionali- dad exclusivamente humana. Es el paso de la Teología de la Historia presente todavía en Bossuet, a la Filosofía de la Historia presente ya en Voltaire a quien se debe tam- bién este nuevo nombre (con la postura intermedia de Vico a caballo entre la racionalidad y la providencia co- mo motores de la historia), que se define ya en Kant co- mo «un plan de la naturaleza» y alcanza en Hegel su ma- yor exaltación idealista al hacer de la Historia el desarro-

lio del Espíritu. En esta concepción, la Historia sigue —como en la concepción cristiana— una dirección conti- nua, aunque ahora no se trata de la que conduce al reen- cuentro con la divinidad y por tanto a un final trascen-

dente situado fuera de la Historia, sino de la que conduce

al perfeccionamiento constante del hombre y, por tanto,

a un fin inmanente situado dentro de la Historia. Esta

concepción de la Historia es la que se encuentra detrás de la idea ilustrada de «Progreso». Esta idea de Progreso —junto a otras causas más ge- néricas— tiene dos fuentes de inspiración: una de natura- leza teórica y otra de naturaleza práctica. La de naturaleza teórica se encuentra en la célebre discusión sobre «Antiguos y modernos» que se extiende a lo largo del xvn y que, aunque centrada básicamente en la literatura, termina afectando a la totalidad del saber; de forma simplificada esa discusión consiste en comparar las creaciones o aportaciones de la antigüedad frente a las de la modernidad para deducir cuál era superior. La defensa de la superioridad de «los Modernos» sobre «los Antiguos» llevaba implícita la idea de un «progreso» des- de la antigüedad; de ahí que en sus defensores —y espe- cialmente en Fontenelle— se encuentre la primera defen- sa clara de ese «progreso del saber», cuidando, no obs- tante, de hacerlo compatible con el cartesianismo todavía vigente y dominante y según el cual la naturaleza huma- na es inmutable, por lo que las causas del progreso había que situarlas en factores externos a ella, en «el cambio de las circunstancias». 12

12. Aunque la discusión entre Antiguos y Modernos, con la defensa de la superioridad de estos últimos, es la manifestación más explícita de la modernidad, en realidad tal ruptura y discusión había sido preparada por Bacon (al fundar el conocimiento en la

86

La de naturaleza práctica se refiere al hecho del es- pectacular desarrollo inglés en el orden económico, cien- tífico y político. Este desarrollo no sólo produjo en la cul- tura europea y específicamente en Francia asombro y atracción —como se indicaba anteriormente— sino que permitió comprobar «experimentalmente» la existencia de un progreso que no sólo se refería al orden concreto del saber, sino que mostraba una línea evolutiva global, general. Por ello no es extraño que surja una concepción del Progreso que lo refiera a la marcha general de la His- toria: la Historia de la Humanidad —dirá el Abbé de Saint Pierre a quien se debe esta primera formulación— marcha en sentido contrario a la del hombre individual; mientras el individuo crece hasta la vejez en la que se de- bilita su razón y disminuye su felicidad, la Humanidad cuantos más años cumple más aumenta el desarrollo de su razón y su felicidad (una de las obras del citado Abbé se llama precisamente «Observaciones sobre el progreso continuo de la razón universal»). La vieja idea de la de- generación sucesiva de la civilización desde la inicial y fe- liz edad de oro, a las de plata, bronce y hierro, de conti- nuo deterioro, es —sostiene Saint Pierre— exactamente el contrario a la verdad histórica: la edad de hierro es la primera, la infancia de la sociedad en la que los hombres eran pobres e ignorantes; la edad de bronce le sigue con mejores leyes, más seguridad y comienzo de las primeras invenciones técnicas; la edad de plata es —dice— la ac- tual de Europa, pero la razón alcanza ya la posibilidad de evitar la guerra con lo que comenzaría la edad de oro. En todo este proceso se observa un descuido de lo político,

I II

experiencia y su finalidad en la utilidad) y Descartes (con la afir- mación de la supremacía de la Razón que independizaba al hom- bre de los criterios de autoridad, tradición, etc.)

87

en el que hay que poner ahora el acento pues del progre- so en el arte de gobernar depende —dirá— el acceso a la felicidad. 13 Esta idea de Progreso es uno de los caracteres más ge- nerales y definitorios de la Ilustración europea en su son- junto. Sin embargo, aparte de los inevitables elementos comunes que forman su significado primero (su sertido dinámico de proceso en la misma dirección, de avance debido a causas estrictamente naturales) su contenido y formulación es variable. Así, en Inglaterra, aunque está presente de manera más o menos explícita, la teorización del progreso es de escasa intensidad como corresponde por otra parte a un medio como el inglés que, porque lo posee y lo disfruta en la realidad, siente con menos fuer- za la necesidad de formularlo en la teoría; por eso ocurre que o bien en autores de gran relevancia no aparece la preocupación por esa idea (es el caso de Hume), o bien cuando aparece es de manera notablemente relativkada (es el caso de Benthan: hacer de este mundo, que nunca será un paraíso, algo más placentero) o técnica (es el ca- so de Adam Schmit: importancia de la eliminación cb las trabas al comercio entre las naciones para conseguiro) o incluso crítica (es el caso de Malthus que indica cono el progreso genera una contradicción entre el aumenta de la producción y el aumento —mayor— de la poblacón). En otros países europeos adquiere significados limitados y distintos; así, mientras en la Ilustración alemana sevin-

13. Precisamente la obra que publica en 1773 se llama «Pro-

greso para perfeccionar el gobierno de los Estados»; y tanta inpor- tancia atribuye a la obra de los Gobiernos, que propone —le mis- mo que existen Academias en el ámbito de las Ciencias— lacrea- ción de una Academia Política dedicada al arte de gobernar y ;omo órgano consultivo para los asuntos públicos.

cula a contenidos de naturaleza preferentemente espiri- tual (es el progreso de la libertad en Fichte y Hegel o de la moral en Kant) en la Ilustración española se vincula a contenidos de naturaleza preferentemente económica (hasta el punto de que aporta al lenguaje ilustrado el tér- mino de «fomento» para designar el conjunto de activida- des destinadas a promover el avance económico. 14 Es en Francia, sin embargo, donde la idea de Progreso presenta un mayor desarrollo. Si la Ilustración como fe- nómeno global alcanza en Francia su manifestación más completa —según antes se indicaba— así debe ocurrir con la idea de Progreso en cuanto constituye uno de sus componentes básicos. Este mayor desarrollo se carac- teriza inicialmente por la mayor extensión de la preocu- pación en torno a esa idea, así como en el nivel más alto de teorización y confianza en sus logros, a diferencia de lo que ocurría en Inglaterra; pero, sobre todo, porque de- saparece aquella diferencia que se percibía entre su con- tenido espiritual (Alemania) o económico (España). Efectivamente, en Francia, en correspondencia con la na- turaleza global del fenómeno ilustrado a que antes se hi- zo referencia, la idea de progreso tiene un contenido tan- to espiritual como económico. Ello se manifiesta no sólo en los autores en los que así se expresa de manera directa (es el caso de Voltaire para quien «la razón y la industria progresan juntas») sino en los que la relación entre am- bos contenidos es menos clara (es el caso de Turgot en el

14. A. ESCOLANO BENITO, Educación y Economía en la Espa-

ña ¡lustrada, MEC, 1980. La palabra Fomento sirve para articular, como palabra clave, un «convoy semántico» al que se asocian una serie de términos, adscritos a una significación económica, como regeneración, aplicación, trabajo, ociosidad, decadencia, utilidad, producción, progreso, práctico, industrioso, provechoso, honrado, ocupado, inventar, recompensar, perfeccionar, adelantar.

que la marcha del progreso de la fase anímica y especula- tiva a la experimental es también de la gradualmente acentuada interconexión entre ellas) incluso en la de quienes la formulación literal parece inclinarse por dar preferencia a uno sólo de ellos (es el caso de Condorcet que al hablar de progreso en el conocimiento parece dar- le un carácter preferentemente espiritual pero que cuan- do lo describe vincula con claridad el desarrollo del espí- ritu a los problemas materiales). 15 Y hasta se comienza a establecer la relación dialéctica entre ambos: conoci- miento y riqueza se potencian mutuamente. Con ello, el reduccionismo cartesiano a la problemática puramente especulativa quedaba superado y el materialismo se afir- maba frente al idealismo. 16

C. Educación y Divulgación: los cambios en la expresión artística y la aparición de la novela

El medio más adecuado para extender el dominio de la Razón y a través de ella acelerar el Progreso es —para la concepción ilustrada— la Educación. Y, en consecuen- cia, la educación comprende y se refiere a esos dos as- pectos que integraba la idea de progreso: el económico y el espiritual. Por lo que se refiere al aspecto económico, la educá-

En el «Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos

is .

del Espíritu humano» establece diez épocas que marcan ese pro- greso, en las que continuamente se relacionan ambos aspectos y al señalar en la décima época los futuros progresos, se refiere con cla- ridad, junto a la igualdad entre los hombres y las naciones, al pro- greso real, moral y material. J. BURY, La idea de Progreso, Alianza Editorial, Madrid, 1971.

16. G. LUKÁCS, El Asalto a la Razón, Grijalbo, Barcelona,

1967. cap. II.

90

ción tiene por objeto proporcionar los conocimientos téc- nicos ya existentes para conseguir responder a las nuevas demandas que han generado las transformaciones econó-

micas. Se tendería, pues, no sólo a «actualizar» los cono- cimientos de los trabajadores ya existentes, sino también

a aumentar el número de éstos mediante un intenso es-

fuerzo ideológico que, de una parte, exaltara la honorabi- lidad de todo trabajo útil y, de otra, acabara con la men- talidad del desocupado y marginal que caracterizaba a un amplio sector ocioso de la población al que se trataba de integrar en el proceso productivo. Este aumento de la po- blación trabajadora estaba facilitado por las circunstan- cias en que se desarrollaba el mercado de trabajo. Porque en una economía todavía en transición al capitalismo co- mo era —en términos generales— la del siglo xviu, el mercado de trabajo no es todavía completamente autóno- mo, es decir, no se autorregula, no se rige exclusivamen-

te por la ley de la oferta y la demanda; de ahí que los sa-

larios se determinen en gran parte por circunstancias aje- nas al mercado (la costumbre, el status social de los diversos grupos o profesiones, etc.) y, en consecuencia,

sean poco sensibles a las variaciones de la población tra- bajadora. Por ello, la educación técnica e integración en

el proceso productivo de ese amplio sector ocioso, poten-

ciaba la producción sin encarecer su coste al no producir un alza de salarios." Todo ello enmarcado en una nueva

concepción del hombre frente al mundo. A la pregunta qué hacer con el mundo, la respuesta medieval era elu- dirle; la respuesta ilustrada, burguesa, será poseerle. Y precisamente al mundo se le posee y se le conquista me-

17. J. M. BARRENECHEA, Ilustración y modernidad en el pen-

samiento económico vasco del siglo XVIII, en «La Ilustración», Universidad de Deusto, 1988.

91

diante el trabajo, que adquiere, por eso, una nueva valo- ración. Por lo que se refiere al aspecto espiritual, se entiende que la educación es el instrumento adecuado para conse- guir, en el orden individual, el desarrollo de la persona en el sentido de hacerla más «libre» de toda atadura o prejuicio irracional, más consciente del mundo en que vi- ve y en consecuencia más feliz y, en el orden social, bue- nos ciudadanos mediante la práctica de una moral laica y cívica, estableciéndose una relación tan intensa entre educación y sistema político que un cambio en aquélla se entiende que determinaría un cambio en éste. Por esta razón, por la trascendencia que se le atribuye, se conside- ra que la Escuela debe ser «Nacional» y el Estado tener un papel protagonista en su organización, sin que pueda abandonarla a intereses privados o diferentes a los de la Comunidad. 18

Ambos aspectos se recogen en el sistema educativo que experimenta una profunda transformación tanto en los contenidos como en los métodos. En los contenidos, se concede menor importancia a los saberes tradicionales y se acentúa el interés por lo que se estiman conocimien- tos «útiles» de carácter más técnico y en consonancia con los que demandan las nuevas actividades productivas; en los métodos, se registra una renovación pedagógica que busca, por una parte, adecuar la educación a la evolución psicológica de la personalidad y por otra, dotarla de un carácter más práctico y experimental. Pero, además del sistema educativo formal o público, dependiente del Estado, el llamado sistema educativo in- formal o privado procedente de distintos sectores socia-

18.

P. HAZARD, El pensamiento europeo en el siglo XVIII,

Guadarrama, Madrid, 1958, pág. 249 y ss.

92

aaa a

les se preocupa de transmitir ese mismo sistema de valo- res. Quizás no haya otra época en la que este sistema educativo informal tenga un significado tan específico y alcance una importancia tan considerable como en la Ilustración. Y ello porque al ser la Ilustración más una fi- losofía de la sociedad que del Estado, son los sectores so- ciales más vivos e influyentes los que defienden con más intensidad sus principios básicos y, por tanto, la valora- ción que hace del conocimiento (en el doble sentido que antes se indicaba de práctico o productivo y espiritual) y de la educación como instrumentos adecuados para pro- porcionarlos; de ahí que, como se apuntaba antes, a dife- rencia de la concepción del saber como atesoramiento característica de la cultura medieval, la Ilustración en- tiende el saber como divulgación. Y este gran programa de difusión del saber, de las innovaciones en los distintos campos de la actividad económica y, en general, la exten- sión de los conocimientos útiles al mayor número posible de empresarios, operarios, labriegos y mercaderes, exigía instrumentar una acción pedagógica que desbordaba las posibilidades de los cauces estrictamente académicos. Se trata, no obstante, de la difusión de un saber simplifica- do. Lo que se intenta no es profundizar en el conoci- miento de los grandes temas, sino divulgar el conoci- miento exclusivamente «útil y necesario» de todo. Por eso abundan en el período ilustrado los libros de resúme- nes y nacen los titulados «Espíritus» (así «el Espíritu del arte musical», de Blainville, el «Espíritu de las bellas ar- tes», de Fontenelle o el «Espíritu de las leyes», de Mon- tesquieu, utilizándose aquí el término Espíritu en el sen- tido de esencia o significado último de las cosas) o Dic- cionarios, no en el sentido idiomático, sino en el de reunión de los más diversos contenidos. El diccionario por excelencia y una de las manifestaciones más repre-

93

sentativas de la Ilustración, es, justamente, la Enciclope-

dia o «Diccionario de las ciencias, las artes y los oficios»

y que en esa línea de hacer compatible ciencia y divulga-

ción, es una especie de inventario general del saber de la

época, sistematizado, procurando evitar la separación

tradicional entre el intelectual y el práctico, aunque incli- nándose claramente por una revalorización de los oficios

y de las «artes mecánicas», de manera que —como indicó

Voltaire— se recoge desde «cómo fabricar un alfiler, has- ta el modo de fundir y apuntar los cañones, desde lo infi- nitamente pequeño hasta lo infinitamente grande». 19 Es, asimismo, característico, la multiplicación de círculos ilustrados desde los que surgen las más diversas iniciati- vas de ese orden (impartición de enseñanzas, publica- ciones, convocatorias de premios para estimular las inno- vaciones, etc.) e incluso la creación de un tipo de socie- dades con esta exclusiva finalidad pedagógica como las españolas Sociedades Económicas de Amigos del País. 20

19. La idea original, como tantas veces ocurre en la Ilustra-

ción y como de manera general se indica en el texto al comienzo del capítulo, llega a Francia procedente de Inglaterra, donde apare- ce en 1728 una «Cyclopaedia or an Universal Dictionary of Arts and Sciences» publicado en Londres. Inicialmente el librero fran- cés Le Bretón, trata de hacer una traducción de esa obra y se dirige a Diderot y D'Alembert que son quienes transforman la proyecta- da traducción en una obra distinta (A. SoBOUL, La Enciclopedia:

Historia y textos, Ed. Crítica, Barcelona, 1988).

20. Estas sociedades en España tienen la peculiaridad de que

se vinculan básicamente a la problemática de la Agricultura (inten- samente sentida en la España del interior y que llega hasta finales de siglo expresada en el «Informe sobre la Ley Agraria» de Jovella- nos de 1795) y se dinamizan por nobles, eclesiásticos y otros gru- pos económicamente activos pero no específicamente burgueses, que aparecen mejor representados en otro tipo de instituciones co- mo las Juntas o Consulados de Comercio localizados en la España periférica y que proliferan a partir sobre todo de los Discursos de

Dentro de ese sistema educativo informal o privado, procedente de la sociedad y no del Estado, hay que in- cluir también la expresión artística o cultural en sus dife- rentes formas. El arte ilustrado no sólo se utiliza con fi- nalidades ideológicas concretas de transmitir e incorpo- rar una serie de valores como había hecho el arte en épocas anteriores, sino que ahora, y a medida que avanza el siglo, esta finalidad se plantea por el propio artista que la sirve de manera consciente y la convierte en un verda- dero programa a realizar. Y ello es en gran medida resul- tado del nuevo destino de la obra artística que es, básica- mente, un destino burgués. Es decir, es la burguesía la que se apodera de todas las manifestaciones y formas de la cultura: es la que escribe los libros, los lee y los com- pra, lo mismo que pinta y adquiere los cuadros. Es el pa- so de la Aristocracia de los espíritus a una burguesía ilus- trada. Y en la medida en que esto es así, la cultura y el arte se transforman también al incorporar y transmitir los valores de la nueva clase. Porque ahora el producto cultural o artístico se ofrecen a un público desconocido para el autor (a diferencia de la etapa anterior en la que se hacía a requerimientos de demandantes concretos) co- mo corresponde a una sociedad que empieza a configu- rarse a partir de la anónima circulación de mercancías. La literatura expresa ejemplarmente estos cambios. El es- critor, desde mediados de siglo, empieza a depender ex- clusivamente de que su obra, libremente concebida, sea libremente aceptada por el «mercado» de ese público am- pliado. El editor sustituye al mecenas. El escritor vive de su oficio y gana con ello su independencia económica a la

Campomanes (Discurso sobre el fomento de la industria popular y Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomen- to, publicados en 1774 y 1775).

vez que, por su capacidad e influencia en la opinión pú- blica, intenta atraérselo el poder. La obra literaria experi- menta también un cambio profundo. En la forma, se ca- racteriza no ya por el predominio de la prosa sobre la poesía en cuanto más apta para la expresión racional, si- no por la aparición de una prosa en cierto modo nueva, más precisa, depurada de lo innecesario, servidora dócil de un pensamiento claro. 21 En el contenido, sufre un acentuado proceso de burguesización que se manifiesta en la pérdida de importancia de la grandeza y el poder como caracteres de los protagonistas, en la desheroiza- ción de sus personajes y en la presentación de escenarios más humanos y accesibles. En el teatro se hace especialmente visible este cam- bio. La aparición del drama burgués supone el protago- nismo de personajes representativos y pertenecientes a la burguesía frente a los héroes de la antigua tragedia repre- sentativos de y pertenecientes a la nobleza y, por tanto, la sustitución de las virtudes heroicas de carácter aristo- crático por los nuevos valores de la moral burguesa. Ciertamente el teatro siempre ha respondido a la ideolo- gía de la clase que lo ha sostenido económicamente, pero los conflictos de clase constituían el contenido latente y no explícito de sus creaciones. Ahora —tal como antes se decía en general de la cultura ilustrada— el contenido ideológico es explícito, propagandístico, como correspon- de a una época como la ilustración que tiene tanta con- fianza en el discurso educativo y pedagógico. Para ello es necesario ofrecer al nuevo público espectador creaciones nuevas con las que pueda identificarse: personajes huma- nizados que compensan con una mayor complejidad psi-

21.

315.

96

P. HAZARD, La crisis de la conciencia europea, cit. pág.

cológica la anterior grandeza del héroe, ambientes y so- ciedades más verdaderos y reales (lugares reconocibles, tiempos apropiados, lenguaje cotidiano) destructores por

sí mismos de prejuicios y delatores de injusticias, antici- pando ya el naturalismo y destacando con claridad el condicionamiento que las circunstancias sociales ejercen sobre los personajes, como corresponde a una sociedad que sólo cree en explicaciones inmanentes. En definitiva, desaparecen gran parte de los elementos clásicos de la tragedia, poco adecuados para expresar el triunfo y opti-

De ahí que la apor-

tación más original de la Ilustración en el orden literario

sea la aparición de la novela moderna que representa Ro- binson Crusoe. 23 La consideración de novela en sentido moderno se vincula a caracteres formales (interacción entre circunstancia y personaje que produce la evolución de éste, a diferencia del relato tradicional en el que el personaje permanecía idéntico y lo único que cambiaban eran los acontecimientos o «situaciones por las que pasa- ba», expresado todo ello en prosa escrita con preocupa- ción por la forma mientras que en el relato tradicional sólo importaba el contenido) pero también a su configu- ración como el género literario específico de la burguesía en la fase histórica de su ascenso y consolidación. El «Robinson» se ajusta a esta consideración, pues, precisa- mente la narración tiene por objeto mostrar la evolución del personaje ante una situación que permanece, a la vez que esta evolución permite exponer de forma ejemplari-

mismo de la nueva clase dominante.

22

1

22. A. HAUSER, Historia Social de la Literatura y el Arte, vol.

II, Guadarrama, Madrid, 1964, págs. 93 y ss.

23. Se sigue aquí la tesis sostenida por Antonio MARTíNEZ

MENCHéN en su excelente ensayo «Narraciones infantiles y cambio social», Cuadernos Taurus, Madrid, 1971, págs. 56 y ss.

97

zante los valores de la burguesía ilustrada: el triunfo de la razón en las circunstancias más adversas y su capaci- dad para encontrar soluciones «prácticas» que conducen a un aceptable nivel de bienestar y hasta de felicidad; los frutos que produce el trabajo constante realizado en los más diversos sectores de la actividad, ya que Robinson ejerce los más variados oficios todos igualmente útiles; el estímulo y la finalidad de producir no sólo lo necesario para subsistir sino para acumular como hace Robinson, lo que contribuye a darle ese carácter emblemático.

D. La crítica al Cristianismo

Pero, simultáneamente al nuevo sistema de valores, surge también una crítica radical hacia el pasado y una búsqueda de responsables que impidieron o retrasaron la llegada del presente. El significado y nivel que alcanza esta crítica es de tal naturaleza, que debe considerarse que forma parte, como un elemento especialmente carac- terístico, de la cultura ilustrada. Se trata de una crítica de tal intensidad, que se convierte en repulsa hacia ese pasa- do que ha producido una sociedad desgraciada y engaña- da y que, frente a la «luz» que ha comenzado a iluminar al mundo, mantuvo al hombre en las tinieblas y el oscu- rantismo. Se investigan las causas y se encuentra un cul- pable: el cristianismo es el culpable de la oscuridad y el engaño, pues impidió que actuara la Razón, privó al hombre de la luz. Se abre así el «proceso al cristianis- mo», al que se le hace una acusación frontal. 24 Los argu- mentos en que se basaba eran los tres siguientes:

En primer lugar, el Cristianismo se había confundido

24. P. HAZARD, El Pensamiento Europeo en el siglo XVIII,

Guadarrama, Madrid, 1958, págs. 22, 71 y ss. y 212 y ss.

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con la historia de Europa y había conformado una civili- zación que se definía como cristiana. Se había constitui- do en la concepción dominante durante los dieciocho si- glos anteriores y, por todo ello, responsable no sólo del pasado sino del presente. De ahí que se haga la crítica del pasado y del presente. Respecto del pasado, comien- za la desmitificación de la Historia, desde la «Historia sa- grada» (cuya falsedad se trata de demostrar) a la de Gre- cia o Roma y la Historia moderna. La crítica no se detie- ne ante nada y utiliza la sátira y la burla sin respeto alguno: hasta las obras consideradas cumbres de esa cul- tura (como la Ilíada) son objeto de la caricatura en la que se las convierte mediante transformaciones y versiones irreverentemente cómicas; respecto del presente, se utili- za, entre otros recursos, la visión pura de viajeros proce- dentes de otros mundos que, sin prejuicios —como antes se apuntaba— ven a Europa tal como es, sin su historia ni justificaciones y ante la cual sus instituciones más prestigiosas parecen absurdas.

En segundo lugar, el Cristianismo había partido de la naturaleza caída del hombre, en consecuencia de su ca- rácter perverso, y, en relación con ello, del entendimien- to de este mundo como un mundo de paso que sólo co- mo transición a una trascendencia tiene sentido. Los ilus- trados se oponen radicalmente. Hay que desterrar la idea —se afirma— de que el hombre es vicioso por naturale- za, de donde derivaba una moral represora de esos «vi- cios». Se sostiene precisamente lo contrario: lo originario y natural del hombre es «lo bueno», «lo malo» es lo so- brevenido. La miseria del hombre —dirá Diderot— pro- cede de que en el hombre natural se «introdujo el hom- bre artificial» que terminó dominando. Por eso no hay más moral que la natural, la que sigue las tendencias na- turales que persiguen la felicidad del hombre. Se reivin-

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dican, por tanto, todas las características de esa naturale- za, incluidas las pasiones, en cuanto humanas. El hombre en sí y por sí mismo, «libre de Dios», es el fundamento del mundo y la fuente de sus valores. Este es el nuevo hu- manismo de la ilustración. 25 En tercer lugar, el cristianismo sostenía que la razón humana sólo llega hasta un punto a partir del cual empie- za el Misterio, por lo que hay que depositar la confianza en una Razón Superior cuya autoridad hay que aceptar con la indiscutibilidad del dogma. La Ilustración pone su confianza en una razón totalmente humana y afirma que justamente el obstáculo mayor para la indagación de la verdad y la liberación del hombre, no se encuentra en las deficiencias del saber, la ignorancia o la duda, sino en el dogma, en la imposición de algo como verdad con ante- rioridad a su obtención fundamentada. Se vuelven los ojos de nuevo al «buen salvaje» al que se pone como ejemplo de ser libre, precisamente porque no está some- tido ni a la autoridad ni al imperativo religioso. 26 No ca- be, pues, el dogma sino la tolerancia como una exigencia del conocimiento. Porque la ilustración no es antirreligio- sa sino anticristiana. Se sostiene así que la religión no de- be entenderse como algo dado, que viene de fuera, basa- do exclusivamente en la gracia, con un papel puramente pasivo del hombre, sino que debe entenderse como algo en lo que el hombre participa al contribuir a desvelarla a partir de sí mismo; se piensa, por tanto, en una religión «natural» basada en principios naturales que el hombre conoce por sí mismo y que no hay inconveniente en ad-

i

25.

A. FiNKlELKRAUT, La derrota del pensamiento, Anagrama,

Barcelona, 1988, págs. 66 y 67.

26. Helena CLASTRES, Salvajes y civilizados en el siglo XVIII,

Historia de las Ideologías, de F. Chátelet, Zerozyx, Madrid, 1978.

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mitir que son obra de un Ser Superior, llegándose así a la aceptación de un cierto Deísmo superador de las religio- nes concretas y, por consiguiente, de sus luchas. 27 Entre los supuestos de esta religión «natural» está la idea de que la naturaleza —que es razón— ha establecido entre todas las cosas creadas relaciones racionales y que el bien es la comprensión y aceptación de esas relaciones. Pues bien, entre ellas está la relación del hombre con los de- más, la sociabilidad, ya que el interés del hombre y el in- terés del grupo nunca se oponen (Spinoza). De ahí resul- ta un nuevo fundamento de la tolerancia (en la acepta- ción de los otros) y la posibilidad y sentido de la «beneficencia» (hacer el bien a los demás) término que debe sustituir al cristiano de «caridad» y que se encuadra en la virtud —propia de esa religión natural— que se co- noce desde entonces como «humanidad» (comportamien- to racionalmente solidario —humano— con los demás). No se trata por tanto de una discrepancia parcial, de una «herejía», sino de un choque frontal, de una nega- ción prácticamente total. Tampoco es fruto de la activi- dad individual de algún teólogo ni se produce en el ámbi- to reducido de unos muros conventuales, sino que es un clamor de multitud que se extiende sin límites a la consi- deración pública. Su fuerza se manifiesta en el impacto que produce en la misma Iglesia, donde, aparte de otros efectos de notable espectacularidad (como la disolución de la «Compañía» tras la expulsión de los jesuítas en dis- tintas partes 28 ) el resultado más notable es la influencia

27. E. CASSIRER, cit., pág.

184.

28. La expulsión de los jesuítas se produce en Francia, Portu-

gal, España, República de Venecia, Gran Ducado de Parma y Rei- no de las Dos Sicilias y fue suprimida por la bula Dominus ac Re- demptor de 21 de julio de 1773 de Clemente XIV.

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de la razón y sus métodos en el cristianismo, dando lugar a un «cristianismo ilustrado» (del que es un buen ejem- plo el español Padre Feijoo y su racional e ilustrada obra calificada por él mismo como crítica) que contribuye —por otra parte— a renovar y modernizar el pensamien- to religioso.

2. Grados de desarrollo, contradicciones y «anti-luces»

Lo expuesto hasta aquí es lo que se considera más ca- racterístico de la Ilustración. Pero no debe entenderse co- mo descriptivo de un panorama cultural europeo unifor- me y generalizado. Por de pronto hay que señalar —co- mo ya se indicaba al principio— que existen diferentes grados de desarrollo del movimiento ilustrado; 29 pero a ello hay que añadir tres hechos diferentes: que en algún caso —como ocurre con Alemania— junto al grado de desarrollo específico, existe una peculiaridad tal que le aparta notablemente de la cultura predominante en el pe- ríodo ilustrado; que, aún dentro del movimiento cultural de la ilustración, se registran divergencias y contradiccio- nes importantes, de manera que no es posible contem- plar a la Ilustración como un bloque unitario; y que, fi- nalmente, paralelo y contemporáneo a la ilustración sur- ge un movimiento Anti-ilustrado que trata de combatirla.

29. Es el caso español, en el que apenas se registra peculiari-

dad alguna que no proceda del atraso general en el desarrollo so- cioeconómico; el movimiento ilustrado es reducido, aunque entu- siasta y el foco de mayor intensidad se sitúa en torno a los Monar- cas (Carlos III y Carlos IV) y, en todo caso, reproduce las ideas de la Ilustración Francesa.

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En Alemania el movimiento ilustrado alcanza un bajo grado de desarrollo. Como movimiento nuevo con un contenido semejante al europeo, tiene una escasa exten- sión, manifestándose en torno a personalidades concretas (como Lessing) o círculos cerrados como la Universidad. La explicación de este hecho se ha basado en las diferen- cias existentes respecto de Francia en el orden religioso y en el del poder político. Porque —se afirma 30 — la Ilus- tración en Europa atacó dos frentes: el de la Religión y el del Estado. Pero respecto de la Religión, en Alemania la Reforma había adaptado tanto la religión al orden tem- poral, destruido el poder de la Iglesia, secularizado la ciencia y la cultura y destacado el poder del ciudadano en la conciencia personal, que la Ilustración apenas en- contró enemigo; 31 igualmente, respecto del Estado, así como la ilustración francesa se configura como cuerpo doctrinal en tanto se opone a un poder estatal unitario, en Alemania la división política hizo que no existiera ese frente unitario y centralista generador de un frente tam- bién unitario y consistente. 32 Pero junto a este bajo grado de desarrollo, el período que se corresponde con la ilus- tración europea, tiene en Alemania una particularidad: la extensión y el predominio de corrientes irracionalistas precisamente como expresión cultural de la burguesía alemana, en fuerte contradicción, por tanto, con lo que significó en el resto de Europa la Ilustración como expre- sión de la burguesía europea. Este hecho (y seguramente

30. F. HEGEL, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Uni-

versal, Alianza Universal, Madrid, 1982, pág. 684.

31. Este papel destacado del protestantismo en la Ilustración

Alemana se encuentra fundamentalmente en autores alemanes; así

en R. VON WlESE, La cultura de la Ilustración, IEP, Madrid, 1954.

32. W. NAEF, La idea del Estado en la Edad Moderna, Nueva

Época, Madrid, 1944, págs. 122 y ss.

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el antes citado del bajo grado de desarrollo del movi- miento ilustrado) encuentra su explicación en las carac- terísticas del desarrollo histórico y del capitalismo ale- mán. 33 Este desarrollo, que empieza con rapidez a regis- trar una fuerte presencia burguesa en los siglos xiv y xv, declina a partir del xvi (el comercio internacional se des- plaza del Mediterráneo al Océano Atlántico y la liga Hanseática y las ciudades alemanas se sustituyen como redes y centros comerciales por las holandesas e inglesas) y se prolonga durante el siglo xvu a través de la Guerra de los 30 Años y sus múltiples secuelas. Con la interrup- ción del ascenso de la burguesía, es la nobleza la que prolonga su dominación a través de un ejército y una bu- rocracia que crecen continuamente. En estas condicio- nes, la burguesía comienza a ser desde el principio una clase dominada que sólo produce ideas de sumisión aun- que justificadas y presentadas como servicio a «un alto ideal» oscuramente entrevisto. Y aún cuando avance el comercio y se desarrolle la industria, la burguesía conti- nuará sin desempeñar un papel directivo influyente en una realidad que se le impone. Esta situación sociopolíti- ca de la burguesía alemana adquiere pronto una expre- sión cultural e ideológica: se aleja de esa realidad objeti- va, de su análisis y comprensión y se vuelve sobre sí mis- ma, proyectándose en formulaciones ideales subjetivas que conducen al irracionalismo. 34 Aquí se inicia también

33. G. LUKÁCS, El Asalto a la Razón, cit., págs. 29 y ss.

34. Se trata de algo más complejo, pues la actitud ante la vida

y los hábitos mentales, son racionalistas y el intelectual se sitúa al margen de los convencionalismos conservadores, en una postura

«liberal» y crítica, mientras en sus construcciones termina oponién- dose al racionalismo que practica y defiende el conservadurismo contra el que cree estar luchando. Asimismo, aunque el idealismo alemán partió de la teoría del conocimiento de Kant, que tenía sus

una particularidad de la cultura alemana: su tendencia a la oscuridad, a la originalidad subjetiva buscada por ca- minos estrafalarios, utilizándose una jerga personal in- comprensible para los demás y tratando de vincular oscu- ridad y profundidad. No se trata, pues, de algo «propio del carácter alemán» sino fruto de esta época histórica de la segunda mitad del siglo xvm en la que su intelectuali- dad, a la que está vedada toda influencia social y política, se aleja de la realidad y se encierra en sí misma para re- sarcirse de esa exclusión, haciendo de la vida intelectual un vedado restringido como se había hecho con ella en el orden sociopolítico. Las divergencias y contradicciones que se registran en el interior del movimiento ilustrado aparecen en distintos ámbitos. En el filosófico, las divergencias tienen diversas mani- festaciones: así, la obra de Kant es inicialmente producto de la Razón y de las «luces» y en este sentido debe consi- derarse una obra ilustrada, sin embargo, en cuanto afir- ma que el conocimiento no viene del exterior, del análisis de la naturaleza y sus leyes (conforme al objetivismo y naturalismo dominante en la ilustración procedente de su concepto de naturaleza) sino del interior del sujeto cog-

raíces en la Ilustración, su subjetivismo le hizo derivar hacia un des- precio de la realidad objetiva, de manera que lo relativo, lo históri- co, lo contingente, como caracteres de la misma, se sustituyen por lo absoluto, eterno, necesario, hasta situarse en oposición al realis- mo ilustrado. Este irracionalismo que surge en el período, encuentra expre- siones tan características como el movimiento «Sturm und Drung» que pertenece ya al Romanticismo; de ahí que pueda decirse que Alemania pasó al irracionalismo romántico sin pasar antes por el racionalismo ilustrado (A. HAUSER, Historia Social de la Literatura y el Arte, cit., págs. 109 y ss.).

noscente, de nuestro yo que enjuicia y conoce el mundo a través de juicios «a priori», parece alejarse de ella; en una actitud semejante —pese a las diferencias en otros órde- nes— se encuentran el empirismo y el sensualismo (Ber- keley) al prescindir también de lo material y objetivo, de lo exterior, para explicar el mundo y considerar como punto de partida la «sensación» que se tiene y se capta desde el interior del sujeto. También hay un alejamiento y rechazo de lo material en el espiritualismo que inspira la filosofía de Leibnitz, en cuanto es un principio último de carácter espiritual el que le sirve de elemento explica- tivo de la vida (la mónada). Y en otro orden de cosas pe- ro igualmente alejado de las explicaciones habituales de la Ilustración, se encuentra la negación de la idea de cau- sa en el inglés Hume. En el estético, surgen igualmente y frente al raciona- lismo dominante un emocionalismo y sentimentalismo que impregnan la obra de arte, en la medida que se trata de extender su mercado para que sea consumida por un público más popular. De manera más concreta, en el or- den literario, frente a la razón como protagonista, co- mienza a serlo el sentimiento amoroso, con ejemplos tan destacados como Manon Lescaut (del Abate Prevost, 1731), Pamela (de Richardson, 1740), la nueva Eloísa (de Rousseau, 1761) o las aventuras del joven Werther (Goethe, 1774). En el social, un tipo de asociacionismo tan carac- terístico del siglo XVHI como es el de la masonería, reúne en su seno y muestra de forma evidente las contradiccio- nes de la Ilustración. Se trata sin duda de una institución que surge precisamente para defender y propugnar el es- píritu de las Luces: cambiar la sociedad, despojarla de to- da tiranía, despotismo y privilegio y convertir al hombre en un ser virtuoso y solidario. La falta de esa libertad por

106

la que luchan y del poder que necesitan, les obliga, res- pectivamente, a la clandestinidad y a la búsqueda de apo- yos y vínculos internacionales. Esta situación hace apare- cer las contradicciones: entre las fuerzas oscuras contra las que lucha está la Iglesia y la forma en que transmite su mensaje a través de un conjunto ritual y simbólico ter- minan paradójicamente convirtiéndola en algo parecido a otra iglesia con sus propios ritos y simbología; rechaza el misterio y sus miembros se comprometen al secreto ab- soluto; es antisectaria y se configura como una secta; es, teóricamente, el exponente máximo de la confianza en la razón y termina cayendo en el misticismo; pretende la vinculación espontánea y libre de todos los hombres a través de la solidaridad y recurre a la «conjura interna- cional». 35 El movimiento antiilustrado (las Antiluces) al que an- tes nos referíamos como paralelo y contemporáneo a la Ilustración y surgido para combatirla, es una manifesta- ción de la lucha de clases en el orden ideológico. A la Ilustración como ideología de la nueva clase dominante, responde ese movimiento llamado a veces de las Antilu- ces que representa los de las viejas clases dominantes que se baten en retirada. Comprende así el conjunto de los sistemas de defensa de los que se resisten al cambio. Se constituye, por tanto, como la expresión del pensa- miento reaccionario del siglo xvni en el que se manifiesta la ideología dominante del Ancien Regime: en el orden religioso la defensa de la ortodoxia y de una moral basa- da en el sentido tradicional del pecado; en el jurídico, la defensa del estatuto diferenciado (que supone privilegio) frente al contrato (que es igualdad) y de la jerarquía

35. P. HAZARD, El pensamiento europeo del siglo XVIII, cit.,

págs. 341 y ss. y 355 y ss.

107

preestablecida frente al valor competitivo de la indivi- dualidad; en el metafísico, defensa de la filosofía cartesia- na; y en el simbólico, la creencia en una «Luz« estable, fi- ja, venida de arriba y dada desde el principio a los hom- bres; porque la Anti-luz no es el rechazo de la «Luz», sino de la «Luz» concebida como algo conseguido por el esfuerzo del hombre. 36 Toda esta concepción se contiene en publicaciones específicamente combativas, 37 pero también alcanza la producción literaria. Éste es el sentido que puede darse a los Viajes de Gulliver de J. Swift, que, desde este punto de vista, puede entenderse como el re- verso de Robinson Crusoe. Los Viajes de Gulliver están concebidos desde el ángulo pesimista de una clase social que se siente derrotada. No se mira al nuevo mundo que empieza a surgir con optimismo, sino con desilusión y aún con desprecio. No se trata de exaltar valores o virtu- des ni siquiera divertir sino zaherir y atormentar. 38 No sólo desaparece el entusiasmo y la confianza en lo huma- no, sino que se deforma; todo es absurdo, los gobernan- tes son estúpidos (dan condecoraciones a los que mejor saltan la comba); los sabios, locos ridículos (empeñados en extraer el sol de los pepinos para guardarlo en reserva para el invierno); los conflictos sociopolíticos no tienen

36. Jean DEPRUN, Racionalismo, Empirismo, Ilustración, en

Historia de la Filosofía, Siglo XXI, Madrid, 1978.

37. Tal como la publicación jesuítica «Memoires de Trevoux»,

dedicada básicamente a la defensa de la Religión; L'Anné Literaire, dirigido a la defensa de las ideas políticas y estéticas tradiciones u

otras dirigidas contra la Enciclopedia como la obra de A. Chau- maix «Préjuges legitimes contre l'Encyclopédie» de notable reper- cusión y a la que Voltaire responderá despectiva y mordazmente en su pieza cómica, «Le pauvre diable» (R. SORIANO, La Ilustra- ción y sus enemigos, Tecnos, Madrid, 1988).

38. A. HAUSER, Historia Social de la Literatura y el Arte, cit.,

vol. II, págs. 57 y ss.

sentido (los partidarios de que los huevos se casquen por el lado estrecho contra los partidarios de que se hagan por el lado ancho, etc.). 39 Por consiguiente, se trata de combatir todo un núcleo de valores de la ilustración: ra- cionalismo, optimismo, felicidad, progreso. El libro de Los Viajes de Gulliver se alinea, bien que genialmente, dentro del género de la utopía satírica de carácter conser- vador, más cerca todavía de la creación —por otra parte también genial— del conservador Quevedo que de la no- vela que se inicia en la Ilustración.

III. LA ILUSTRACIÓN POLÍTICA

1. Los supuestos generales de la teoría jurídico-política ilustrada

La llamada ilustración política (aunque responde en último término a las causas que dieron lugar al fenómeno ilustrado del que forma parte) adquiere su configuración concreta a partir de un elemento histórico y de un ele- mento teórico. El elemento histórico procede de los ejemplos que ofrece y las consecuencias que se extrae de la compa- ración del proceso histórico contemporáneo inglés y francés. El proceso histórico inglés, protagonizado por el enfrentamiento Corona-Parlamento, ha culminado en la organización política que alberga la sociedad económica- mente más desarrollada y políticamente más libre de Eu-

39. P. HAZARD, El pensamiento europeo del siglo XVIII, cit.,

pág. 22.

ropa. El proceso histórico francés, protagonizado por el Absolutismo más radical, ha producido en su fase final declinante la represión, la arbitrariedad, el empobreci- miento y la guerra, a la vez que la destrucción de las ba- ses de la Monarquía francesa tradicional. Pues bien, de ambos procesos y aparte de las reflexiones concretas que cada uno suscita (la bondad del primero, las críticas al segundo) se va a deducir una proposición general: la im- portancia de la Política. La lectura que se hará de ambos procesos (sobre todo desde la perspectiva francesa) es que «La Política», la organización política, la forma de gobierno, han producido en un caso el bienestar y la li- bertad y en otro la desgracia y el despotismo. Por ello se vuelven los ojos a la Política que experi- menta una revalorización tal que se convierte en uno de los temas centrales de la cultura francesa. Porque no puede olvidarse, en efecto, que la Ilustración política, en mayor medida si cabe que la ilustración general, es espe- cíficamente francesa y francés es también el protagonis- mo de la teorización política que se realiza desde los más diversos campos, de manera que apenas puede encon- trarse un autor de cierto nivel, cualquiera que sea su campo concreto de estudio, que no dedique una parte de su obra a la temática política. El elemento teórico tiene, a su vez, un doble compo- nente. Uno es el que procede de la reflexión que suscitan desde el comienzo de la Ilustración los nuevos plantea- mientos económicos; y al surgir la Economía como estu- dio específico, se puso de manifiesto inmediatamente su relación con la Teoría política, con el problema de la or- ganización y fines de la sociedad: la producción se conec- taba de manera necesaria con la función de los gobiernos y los límites de su intervención y la distribución y empleo de la riqueza no podía deslindarse de la problemática so-

bre la propiedad, la igualdad o la justicia; es decir, la re- flexión sobre las nuevas realidades económicas hizo ne- cesario «contar» con la Política. El otro componente pro- cede de los supuestos generales de la cultura ilustrada que precisamente se caracteriza por la extensión de los logros obtenidos en otros campos (especialmente en el fí-

sico-natural) al ámbito social y político; y en esta influen- cia general que la Ilustración cultural ejerce sobre la ilus- tración política, destaca la que resulta de la aplicación a ésta de un supuesto básico de aquélla: la idea de raciona- lidad. La Política se entiende desde supuestos racionales

y se le atribuye, a su vez, capacidad para racionalizar el

orden y la conveniencia. De ahí que la Ilustración políti- ca conlleve un programa reformista en consonancia por otra parte con la confianza que se tiene en la Política. 40

Pues bien, esta Ilustración política que se nutre de

esas fuentes, descansa sobre una categoría básica que constituye su aportación fundamental: el individualismo.

Y el individualismo, como categoría ilustrada, se configu-

ra también a partir de un elemento histórico y de un ele- mento teórico.

El elemento histórico procede aquí de la presión de las nuevas relaciones de producción que se van impo- niendo, en cuanto «liberan» al trabajador de su vincula- ción a los medios de producción e impulsan al propieta- rio a la libre iniciativa en una economía cada vez más de mercado y que resulta potenciada por la labor realizada por el Absolutismo. Porque el Estado Absolutista, a tra-

40. De ahí que este hallazgo de la importancia de la Política

lleve en su profundización a descubrir que es el lugar del conflicto y sean los historiadores franceses de la Revolución (Roederer o Barnave) los que inicien la consideración de la importancia de las clases y de la lucha de clases en la dialéctica histórica, en la línea

que seguirán y culminarán después Thierry y Guizot.

vés de los procesos de centralización, burocratización y racionalización general que desencadena, contribuye a conformar una sociedad cada vez más homogénea en la que las corporaciones dejan de tener vigencia y los indi- viduos, situados progresivamente en un mismo nivel, aparecen como los únicos componentes sociales. Y sólo cuando se ha producido en la realidad la aparición del in- dividuo, se traduce después en la teoría su aparición co- mo categoría política. El elemento teórico se nutre asimismo de dos ingre- dientes. Uno es el que procede de la idea de naturaleza; la indiscutibilidad y dignidad absoluta de la «Naturaleza humana» hace que se entienda que nadie tiene, por natu- raleza, derecho a mandar sobre ningún hombre, que cada hombre es, por tanto, un absoluto en sí mismo, indivi-

dualmente y, por consiguiente libre e igual en el origen y

ante la ley; 41 por

tarse la obediencia y en consecuencia el poder sólo puede surgir del consentimiento de todas las voluntades indi- viduales. 42 El otro ingrediente es el que procede del mé- todo científico característico del pensamiento ilustrado

ello, sólo voluntariamente puede acep-

41. Se trata de una igualdad formal conscientemente expresa-

da, pues se indicará de forma explícita que la igualdad real es una quimera (D'Alembert). Igual que en el orden científico se com- prueba la organización del universo según los grados de la gran es- cala de los seres, con cada animal, planta o piedra en su puesto in- mutable (de manera que supuso un gran esfuerzo la aparición y aceptación del comienzo de una concepción evolucionista) del mis- mo modo se pensaba que la fijeza de las clases aseguraba la perma- nencia de la sociedad.

42. Se habla aquí de posiciones predominantes, pues no pue-

de olvidarse que el empirismo inglés niega los derechos naturales y Hume el consentimiento como base de la sociedad que entiende se basa en la necesidad de orden y en el interés común de preservar el interés de todos.

que antes se expuso; según ese método (descomposición y análisis y recomposición y síntesis) se procede a la des- composición de la Sociedad y del Estado en sus compo- nentes que son los individuos y se entiende que surgen a través de un proceso de unificación de éstos; los indivi- duos adquieren, pues, el carácter de «partes» que ejercen entre sí influencia recíproca de manera que componen armónicamente el «todo» (el Estado o la Sociedad) que logra así un equilibrio estable.

2. Manifestaciones específicas: las aportaciones de Montesquieu y Rousseau

:

A partir de esta concepción de la Política y de este cuerpo ideológico predominante y compartido, surgen dos direcciones teóricas diferentes: una, que, aunque tra- za un programa reformista sobre la situación de Francia, tiene un indudable carácter conservador, con una visión oligárquica de la política, un protagonismo de los propie- tarios y una restringida interpretación de los derechos del individuo y otra más radical que mantiene ya un progra- ma alternativo, con una extensión de la participación en la política y una profundización en los derechos que alumbra ya una formulación democrática. 43 Ambas res-

43. Se ha indicado que esta doble perspectiva se debe a la do-

ble lectura que se hace en Francia de la obra de Locke, a quien se considera el inspirador de la Ilustración política. Se afirma que las formulaciones de Locke (sus propuestas sobre los derechos o la participación política) que en Inglaterra tenían un referente con- creto y definido en una realidad oligárquica respecto de la que fun- cionaba como mecanismo estabilizador, en Francia sin referente al- guno en la realidad, adquirirá un carácter abstracto y (con el racio- nalismo dominante) dogmático. Aparecía, pues, susceptible de

ponden a la complejidad de la sociedad francesa, que con- tiene ya una diversidad y oposición de clases suficiente- mente desarrolladas como para que esta oposición se ma- nifieste ya en el orden ideológico.JLa expresión de cada una de ellas dará lugar a la obra: de los autoresuñas ,des_- tacados "del período: Montesquieu representa a la prime- ra y Rousseau a la segunda. La aportación de Montesquieu encarna con notable grandeza los esfuerzos para comprender el mundo pro- pios del ideal ilustrado. Para este ambicioso intento se recurre con frecuencia a la utilización de conocimientos procedentes de las más diversas disciplinas, de manera que el intelectual cultiva un saber que, precisamente desde entonces, se definirá como «enciclopédico». Por ello y dado el avance de las ciencias físicas y naturales (lo que se llamaba antes el «hecho científico») será este modelo de conocimiento científico el que se impone y se proyecta sobre los demás campos de estudio. El modelo de conocimiento citado implica la conside- ración de la naturaleza como algo inteligible. Y esta inte- ligibilidad es posible, en cuanto esa naturaleza es tam- bién inmutable. Sólo a partir de esa inmutabilidad, de la permanencia de sus caracteres y la fijeza de sus compor- tamientos, tiene sentido el método experimental y es po- sible el conocimiento y el progreso científico. Este su- puesto es igualmente aplicable al más problemático mun- do de los seres vivos, pues, se entiende, de una parte, que ei medio puede favorecer o perjudicar su perpetuación

acoger un contenido diferente, lo que realmente ocurrió al combi- narse con la existencia ya de unas clases bien diferenciadas y opuestas pues no puede olvidarse que Locke en Inglaterra pertene- ce al siglo XVII y cuando se recibe en Francia es un siglo después.

pero no ejerce una acción transformadora y, de otra, que la diversidad de especies actuales se produce y explica a partir de unos modelos-tipo existentes ya en el origen del mundo. Y cuando, al divulgarse el Newtonismo, se impo- ne la concepción del mundo y de los seres como «maqui- naria», es decir, como conjunto de elementos en movi- miento que interactúan entre sí de forma tal que produ- cen un equilibrio, un orden armónico, son también un equilibrio y un orden permanentes, porque se trata de movimientos repetitivos y, por tanto, una vez conocidos sus caracteres y regularidades, son también previsibles. Desde mediados de siglo comienzan a surgir tendencias —en el campo de las ciencias de la vida— que critican la creencia en la «fijeza de las especies» y parecen admitir que la naturaleza por sí misma es capaz de reproducirse en forma no exactamente igual al momento anterior, es decir, que existe una posibilidad de evolución. Con ello aparece también una cierta ambigüedad en el pensamien- to ilustrado en torno a la temática permanencia-cambio. Esta ambigüedad, acentuada, se encuentra en la obra de Montesquieu. Porque encarnando ejemplarmente la actitud del intelectual ilustrado, explora y maneja conoci- mientos de diversa procedencia, pero, sobre todo, de las ciencias físico-naturales, de las que toma el modelo de conocimiento científico que proyecta a su campo concre- to de estudio. Y hasta tal punto es importante esta utili- zación y proyección de ese modelo en su obra, que puede afirmarse que ésta, en lo que tiene de más relevante, con- siste precisamente en el intento de aplicar ese modelo y método de conocimiento al mundo social que se propone analizar. 44

44. M. C. IGLESIAS, El pensamiento de Montesquieu, Alianza

Universidad, Madrid, 1984.

Esta aplicación encuentra una dificultad básica: si ya en el ámbito físico-natural comenzaba a crear problemas la temática permanencia-cambio, en el mundo social el problema se agudiza por el componente de indetermina- ción que tiene el comportamiento (libre) de cada hom- bre, en el que resulta, por ello, especialmente difícil en- contrar regularidades y, por tanto, explicaciones genera- les. El esfuerzo de Montesquieu consistirá precisamente en salvar esa dificultad y encontrar una explicación cien- tífica tanto de la estática como de la dinámica social, a través del análisis de tres ámbitos sucesivamente más re- ducidos y concretos: el de las sociedades humanas, el de las clases o tipos de gobierno y el de la organización del poder. Las sociedades humanas en su universalidad son el objeto inicial del estudio de Montesquieu. Tras haber considerado un caso concreto (el estudio de Roma en «Consideraciones sobre las causas de la grandeza y deca- dencia de los romanos», de gran importancia en el con- junto de su obra pues considera a Roma como «el espejo de la historia» que refleja lo que ha de venir y a la histo- ria de Roma volverá cuando estudie la Inglaterra de su tiempo tratando de compararla con la organización polí- tica de la Roma republicana) se propone el estudio prác- ticamente universal de todos los pueblos en su obra bási- ca («El espíritu de las leyes»), en un intento de tal natu- raleza que le hace temer en algún momento que acabe con su resistencia y hasta con su vida. Lo que intenta es percibir en esas sociedades —como en la naturaleza lo ha conseguido la ciencia— su inteligibilidad. Descubrir de- bajo del aparente caos que presentan las sociedades e historia de los diferentes pueblos del planeta, conjuntos relativamente ordenados y con elementos comunes. Para ello es necesario proceder —como en el método científí-

116

co— mediante la observación, la recogida de datos y el análisis de los hechos que permitan comprobar las mani- festaciones y formas concretas que adopta en cada tiem- po y lugar la razón primigenia y universal que —afirma en una línea típicamente ilustrada— gobierna al mundo; todo ello expuesto a través de una forma literaria que se acerca al ensayo, género literario típico del siglo xvm y especialmente adecuado para la divulgación, propósito buscado por Montesquieu que confía —de acuerdo tam- bién con la mentalidad ilustrada— en los efectos del dis- curso pedagógico y a quien podría calificarse desde esta perspectiva como intelectual divulgador. El punto de partida sigue siendo —como es también común al pensamiento de la época— el Estado de Natu- raleza en el que entiende que los hombres eran iguales y pacíficos, pero que, ante la situación de precariedad y de- bilidad en que se encuentran, se ven obligados a consti- tuirse en sociedad. Y es a partir de este momento cuando surgen los problemas; porque Montesquieu participa de una de las notas que caracterizan el pensamiento conser- vador desde Platón como es el temor al cambio, al consi- derarlo como decadente y degenerativo. En este sentido, con la constitución de la sociedad se desarrollan —afir- ma con cierto pesimismo antropológico en la línea de Hobbes— las pasiones de los hombres, surge la desigual- dad, la inseguridad y la guerra, tanto en el interior de ca- da sociedad como entre las distintas sociedades constitui- das. 45 Esta situación es la que hace necesaria la aparición de las «leyes positivas», único medio de recuperar la se- guridad y la igualdad que, aunque no sea ya la igualdad natural, es al menos una igualdad ante la ley. Hay por

45.

El Espíritu de las Leyes (Traducción de M. Blázquez y P.

de Vega), Libro I, cap. III, pág. 53.

117

1

consiguiente aquí una creencia en la posibilidad del hom- bre para controlar el devenir de las sociedades (supera- dor por tanto del determinismo naturalista) depositándo- se en este caso la confianza en la Política, en la acción de gobierno (creadora de las leyes positivas) y en su capaci- dad para resolver los problemas, de acuerdo con la idea generalizada en la ilustración. Ahora bien, las «Leyes positivas» no son sino una for- ma de la ley como categoría general que indudablemente toma del método científico y a la que define como la rela- ción necesaria que deriva de la naturaleza de las cosas. Porque al observar las distintas sociedades, descubre que bajo la aparente dispersión de los hechos se encuentran conexiones entre ellos y que precisamente sólo a partir de estas conexiones y relaciones que los vinculan adquie- re cada uno su propio sentido. De esta forma entiende que las sociedades son también, en el orden estático, un conjunto de interacciones entre sus componentes y en el dinámico siguen un proceso regulado que obedece a le- yes racionales. Estas leyes (positivas) son un resultado que procede de la interacción de elementos de naturaleza física o natural (como las características del territorio y el clima, a los que atribuye una poderosa influencia en el espíritu y pasiones de los hombres que los habitan y, consiguientemente, en buena parte de sus instituciones, hasta el punto de que en base a ellos explica la aparición de la servidumbre, la poligamia o la prohibición maho- metana del consumo de alcohol, etc.) y otros de naturale- za social o moral (como la religión o los usos y costum- bres); de la interacción entre esos diversos elementos surge una síntesis, un «Espíritu» al que deben acomodar- se las leyes en cuanto relaciones necesarias que derivan de la naturaleza de las —en este caso— sociedades. De ahí que cada pueblo, que tiene su propio «Espíritu», deba

118

tener sus propias leyes. Y, a su vez, las leyes de cada pue- blo se explican en función de su «Espíritu», de la interac- ción entre sus específicos elementos físicos y morales. Surge así, por tanto, la ambigüedad entre la necesidad (propia de las ciencias físico-naturales) y la indetermina- ción o libertad propia de las sociedades humanas y de su proceso —su movimiento— histórico como objeto de es- tudio. Porque, por una parte, aparece el concepto de ley como relación «necesaria», como explicable en virtud de esos condicionantes a los que responde (especialmente los físicos que ejercen su influencia de manera «natural») pero, de otra, puede entenderse que el conocimiento de esos elementos es la base y garantía de una decisión acer- tada (pero en todo caso libre) de los hombres que com- ponen las diversas sociedades para dotarse de las leyes que se ajusten a ellos, que recojan el «Espíritu» que de ellos resulta y no lo contradigan como requisito impres- cindible para que la dinámica social sea ordenada y se- gura. Las clases o tipos de gobierno en la obra de Montes- quieu, son también un resultado obtenido a través del mismo método de observación y análisis de los hechos históricos y del establecimiento entre ellos de sus cone- xiones profundas. En base a ello obtiene del estudio de las distintas formas históricas de gobierno, tres tipos ideales que no existen empíricamente en la manera exac- ta en que se describen, pero que construidos en base a los diferentes casos observados son, sin embargo, reco- nocibles en sus diferentes manifestaciones concretas. 46 La preocupación por la cuestión estática-dinámica se re-

!

46. R. MORODO, Modelos y antimodelos políticos: Montes-

quieu y España, en Estudios de Pensamiento Político, Túcar Ed., Madrid, 1976.

119

fleja aquí en el intento de encontrar las claves que expli- quen tanto la estructura como el funcionamiento de cada una: República, Despotismo y Monarquía. La República tiene como naturaleza (o estructura, es decir, configuración estática) la de que el pueblo es (en todo o en parte según se trate de una República democrá- tica o aristocrática) el soberano, en el sentido de que su voluntad decide quienes han de gobernarle, es decir, elige a los gobernantes, para lo que sí es apto aunque no lo sea para gobernarse a sí mismo. En este sentido es el sobera- no porque —afirma con expresión que anticipa desarro- llos de autores posteriores— la voluntad del soberano es el soberano mismo. Este tipo de gobierno tiene como principio o elemento a través del cual funciona (aspecto dinámico) el de la virtud cívica, absolutamente necesario en un sistema que se basa en la mayoría y que exige, por tanto, una permanente conciencia del interés público y re- nuncia del privado; para fomentarla, la educación adquie- re —como en todo el planteamiento ilustrado— una im- portancia máxima. Todo ello hace que la República sea adecuada únicamente para pueblos pequeños que habitan territorios poco extensos en los que la proximidad y el co- nocimiento de todos facilitan la percepción y el sentimien- to del interés general. Así ocurrió en las repúblicas histó- ricas de la antigüedad a las que parece referirse especial- mente: la Polis griega y la Roma republicana.

El Despotismo o Gobierno despótico tiene como na- turaleza (aspecto estático) el constituirse mediante el go- bierno de uno solo, sin el sometimiento a otro criterio o norma que no sea el de su voluntad y como principio (as- pecto dinámico) el temor como base de apoyo y actua- ción del poder despótico que exige una constante obe- diencia instintiva próxima al comportamiento animal; se consigue un resultado que no es propiamente la paz, sino

una temerosa calma semejante al «silencio de las ciuda- des que el enemigo está a punto de ocupar». Es propio de las grandes llanuras asiáticas, aptas para que el poder lle- gue a todas partes ante la ausencia de obstáculos monta- ñosos y para albergar, en consecuencia, sociedades fuer- temente centralizadas, inmovilizadas y estancadas sin apenas evolución o cambio. Estos hechos, combinados con su teoría de los climas (según la cual los hombres del Norte, de las tierras frías, son más fuertes que los del Sur, de las tierras cálidas) le lleva a sostener que el desti- no de Asia es la servidumbre, ya que, al no haber zonas templadas, las «naciones fuertes son vecinas de las más débiles a las que conquistan y reducen con facilidad». Porque lo cierto es que a pesar de la crítica que en las «Cartas persas» hace de Europa, es a los países no euro- peos a los que atribuye con preferencia los sistemas e ins- tituciones más brutales y envilecedores. La Monarquía o Gobierno monárquico, finalmente, tiene como naturaleza (aspecto estático) el ser el gobier- no de uno, pero sometido a leyes «fijas y establecidas». Y como principio (aspecto dinámico) el «honor», enten- dido como el punto de vista, opinión o incluso interés de cada individuo o grupo en el que se integra. Pero en este caso la relación entre uno y otro aspecto es más compleja y elaborada. Porque resulta que, para que el monarca no traspase los límites señalados por esas leyes, es necesario que exista una institución («un cuerpo judicial bien elegi- do») encargada específicamente de su salvaguardia y cumplimiento como una especie de garantía formal, pero sobre todo es necesario —según Montesquieu— la exis- tencia de una garantía real, instalada en la realidad mis- ma de la dinámica social: los que llama «poderes inter- medios» o grupos sociales más relevantes (nobleza, clero, ciudades privilegiadas) entre los que concede una impor-

tancia especial a la Nobleza, hasta el punto de que en- tiende que «sin nobleza no hay monarquía». Estos «pode- res intermedios» lo son en cuanto se sitúan entre monar- ca y pueblo como una especie de amortiguador de los ex- cesos que provengan de uno o de otro; puede que se opongan entre sí o que se opongan al monarca o al pue- blo o el monarca o el pueblo a ellos, pero es que esto es justamente la base del sistema monárquico: este pluralis- mo de fuerzas que se contraponen y de donde resultan la moderación y la estabilidad. Y esto se consigue precisa- mente defendiendo cada uno su interés (su «honor»: el principio monárquico) de manera que de la persecución de los intereses de cada uno (distintos porque la monar- quía se basa en la desigualdad) resulta un interés general, recogiéndose así una idea generalizada en la época que tiene su origen en Spinoza —como se indicaba con ante- rioridad— y será aplicada a la defensa del mercado por Adam Smith, pero que se encuentra también formulada de manera distinta en la conocida «Fábula de las abejas» (de Mandenville) o en el Cándido (de Voltaire) en donde el orden y bienestar general resultan de los egoísmos y defectos particulares.

De esta forma se articulan en Montesquieu estática y dinámica social en un sistema que conduce —afirma— tanto a la gloría del Estado como al bienestar social. In- dudablemente, con esta formulación y la preferencia cla- ra que muestra por el sistema monárquico (señala que es el propio de la Europa de su tiempo y adecuado a ese ti- po tie naciones cuyos territorios tienen una extensión in- termedia) parece que está tratando de reconstruir y re- cordar las excelencias de la monarquía francesa tradicio- nal, en un momento en el que temía que se destruyeran sus virtualidades y el sistema político francés se encami- nara hacia el Despotismo.

122

La organización del Poder es —como se decía— el ámbito de análisis de Montesquieu más reducido y con- creto. De nuevo las leyes son el punto de partida. Sólo el cumplimiento de las leyes, es decir, sólo el gobierno de las leyes frente a los gobiernos basados en voluntades personales, es garantía de bienestar general. Porque sólo de ahí surgirá la seguridad de cada uno frente a los de- más y la posibilidad de disfrutar la libertad así garantiza- da. Porque libertad no es poder hacer lo que se quiere, sino poder hacer lo que las leyes permiten, pues si se pu- diera hacer lo que las leyes no permiten se habría acaba- do la libertad al disponer todos de este poder. Pero para que se produzca una situación semejante, un gobierno de las leyes, es necesario una determinada organización del poder que lo haga posible. Y al llegar a este punto (el fa- moso Capítulo VI del libro XI de «El Espíritu de las le- yes») oscila entre un pensamiento y una formulación abs- tractos y el análisis histórico de un régimen y de un país en concreto (Inglaterra) sin que se perciba con claridad si la formulación abstracta es deducción o resultado de la observación de la realidad o las referencias a la realidad son «un ejemplo» de la formulación abstracta. En cual- quier caso, con ingredientes de uno y otro tipo, establece las bases tanto estáticas como dinámicas de una organi- zación del poder que haga posible ese gobierno de las leyes.

Desde el punto de vista estático comienza señalando «que es una experiencia eterna que todo el que tiene po- der tiende a abusar de él, por lo que es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al po- der»; quiere decirse, pues, que —de nuevo el pesimismo antropológico— no hay que poner la confianza en los hombres que mandan, en el componente subjetivo, sino

123

: i

III

en la organización, en el componente objetivo del poder. Es la organización del poder la que tiene que hacer impo- sible su abuso. Y la única organización capaz de lograrlo es la que fragmenta y distribuye el poder total del Estado en tres poderes distintos: El poder ejecutivo, el poder le- gislativo y el poder judicial, tal como entiende que ocurre en Inglaterra donde el ejecutivo se corresponde con el Monarca, el legislativo con la nobleza (cámara de los Lo- res) y lo que llama «pueblo» (cámara de los comunes), configurándose el judicial como un poder «nulo» en cuanto no interviene directamente en el Gobierno o pro- ceso político y el juez está sometido a la literalidad de la ley. La cuestión es tan decisiva que —dice— «todo esta- ría perdido» si alguien ejerciese simultáneamente esos tres poderes. El aspecto dinámico se basa en la interrelación que en esa organización que describe existe entre los tres pode- res, de forma que las atribuciones de cada uno están mo- deradas por las de los demás. Así, el poder ejecutivo de- pende del legislativo en cuanto éste debe aprobar anual- mente el presupuesto y la ley que autoriza el ejército permanente (lo que exige contar con el parlamento perió- dicamente) así como controlar la forma en la que ha eje- cutado las leyes aprobadas por él; el poder legislativo de- pende del Ejecutivo en cuanto es éste quien regula su ac- tuación, pues es al que corresponde la convocatoria y suspensión de sus sesiones a la vez que al monarca le compete tener un derecho de veto sobre el legislativo pa- ra defender sus prerrogativas (mientras el legislativo pue- de exigir responsabilidad a sus consejeros, pero no al mo- narca); y el poder judicial, finalmente, no puede sino ac- tuar en el marco determinado por las leyes, aunque dentro de él sea independiente de los otros poderes. Pe- ro, establecida así la organización del poder y dado que

124

cada uno está frenado por las competencias de los de- más, podría ocurrir que el resultado fuera la paraliza- ción, el bloqueo de su funcionamiento; sin embargo —in- dica Montesquieu— esto no es posible porque «por el movimiento necesario de las cosas» están obligados a ca- minar, lo que ocurre es que, entonces, lo que tienen que hacer, también necesariamente, es caminar de acuerdo. Se trata, pues, de una mezcla de mecanicismo —al enten- der esa organización como maquinaria que consigue el equilibrio a través de fuerzas contrapuestas— y de supe- ración del mismo al admitir el movimiento como necesa- rio y, además, no repetitivo, como corresponde a la evo- lución e historia de las sociedades; precisamente este ca- rácter no repetitivo es lo que hace necesario controlarlo y convertirlo en un movimiento regulado mediante ese es- quema organizativo. Esta organización del poder, a medio camino entre la propuesta abstracta y el análisis concreto de la realidad histórica inglesa, es la aportación más difundida teórica- mente y utilizada políticamente de la obra de Montes- quieu y a la que simplificadamente se conoce como doc- trina de la «División de Poderes». Sin embargo, lo cierto es que guarda notables coincidencias con su descripción del gobierno monárquico —que se vio antes— hasta el punto de que parece tratarse del mismo modelo: en am- bos se parte de las mismas tres fuerzas sociales que inter- vienen en el proceso político (monarquía, nobleza, pue- blo) y del mismo supuesto mecanicista del juego de fuer- zas contrapuestas. Quizás la diferencia más apreciable —en todo caso accidental— es que en el caso de lo que aquí se llama específicamente organización del poder, aunque no se deja de hacer referencia a las fuerzas socia- les, el análisis se hace más sobre los órganos o institucio- nes en los que recaen los distintos poderes, con una ma-

125

l"

yor elaboración de sus relaciones y una pretensión de co- laboración más dinámica entre ellos que la que suponía en el anterior el sometimiento a «leyes fijas y estableci- das». De todas formas, tampoco puede decirse que la aportación sea completamente original, porque no sólo existe el precedente de Locke —en la forma en que se vio en el capítulo anterior— sino porque la idea de distintos poderes que se contraponen y equilibran, se encuentra con anterioridad en la doctrina italiana desde Maquiave-

lo (que utiliza la expresión de «L'uno guarda l'altro») al referirse a los poderes en el régimen mixto y generalizada

a partir del siglo xvn, aunque refiriéndose, más que a ór- ganos, a grupos estamentales que se equilibran entre sí, es decir, en una forma más próxima a la descripción que hace Montesquieu del gobierno monárquico. 47 El objetivo que Montesquieu afirma buscar a través del Gobierno moderado que surge de esa organización

del poder, es la libertad política. Se considera por tanto y

a diferencia de lo entendido hasta entonces, que la liber-

tad no es un principio, sino un resultado obtenido a par- tir de una determinada organización del poder. 48 Se trata en todo caso de una libertad política formulada abstrac- tamente y, por consiguiente, sin limitaciones en su dis- frute, en el que todos participan de manera igual. En gran medida ésta ha sido también la interpretación más extendida y desde luego la más utilizada de la llamada doctrina de la División de Poderes como se verá después.

Sin embargo, cabe también entender la doctrina de referencia y la construcción de Montesquieu de una ma-

47.

J. M. MARAVALL, Introducción a Juan Bodino en la Histo-

ria del Pensamiento, IEP, Madrid, págs. 21 y ss.

48. E. TIERNO, Prólogo al Espíritu de las Leyes, Tecnos, Ma-

drid, 1972.

ñera diferente. Para ello hay que partir de aquella carac- terística de Montesquieu —antes apuntada— y que se re- fería a su temor al cambio, lo que se proyectaba en su postura ante el movimiento (evolución) social. Se trata de una característica presente a lo largo de su obra, en la que se manifiesta de formas diversas; una de ellas es en- tender que existe, tanto en las personas como en las ins- tituciones, un impulso «irracional y oscuro que les lleva a procurar un engrandecimiento tal que termina llevándo- los a su propia destrucción». 49 Aplicando esta idea a la problemática del poder, resultaría que un crecimiento desmesurado del mismo terminaría produciendo su des- trucción, con el gravísimo coste del caos social. El Des- potismo, por consiguiente, en cuanto crecimiento desme- surado del poder, no sólo es rechazable por la ausencia de libertad que implica, sino porque no garantiza el or- den social. De esta forma, la organización del poder de forma moderada a través de la división de poderes, sería el medio adecuado para evitar la desmesura del poder, su destrucción y el desorden consiguiente. El valor a conse- guir, por tanto, sería más el orden y la seguridad que la libertad. En este sentido Montesquieu estaría próximo a Hobbes. En ambos, el temor les llevaba a buscar meca- nismos que, aunque difieran radicalmente, tienden al mismo fin: la consecución de la seguridad como valor prevalente. 50 Pero resulta, además, que ese efecto se trata

49. El profesor Tierno es el primero que se ha referido a ello

denominándolo «idea de autodestrucción», aunque refiriéndola a las «Consideraciones acerca de las causas de la grandeza y deca- dencia de los romanos». Sin embargo, la idea aparece también en el Espíritu de las Leyes, tal como expuse en «A propósito de Hob- bes y Montesquieu», Revista de Política Comparada, n.° 10 y 11.

50. Las relaciones Hobbes-Montesquieu se estudian con dete-

nimiento en mi trabajo citado en la nota anterior.

de conseguir a través de un esquema organizativo no ba- sado exclusivamente en una funcionalidad estrictamente técnica sino de claro contenido político. Este contenido político se deduce de las dos consideraciones siguientes:

de un lado se prescinde de lo que Montesquieu llama el «bajo pueblo» (artesanado y campesinado) al que se nie- ga representación política, pues el «pueblo» que se inclu- ye en una de las cámaras hace referencia al sector comer- cial y mercantil (burguesía) al que Montesquieu concede ya la importancia suficiente como para integrarlo en el sistema político; el «bajo pueblo» es en este momento —o Montesquieu así lo entiende— el «enemigo», la «con- tradicción» respecto del resto del orden social como un todo, al no aparecer todavía —o Montesquieu no lo ad- vierte con claridad— la contradicción Nobleza-burgue- sía; de ahí que el miedo al despotismo pueda considerar- se el miedo a que —dadas las circunstancias que se vi- vían en Europa— ese despotismo pueda provocar la revolución popular y el ejercicio después del poder des- pótico por parte del pueblo. De otro, se favorece —en el esquema de referencia— a la nobleza, a la que no sólo le

concede una de las cámaras del parlamento, sino que la rodea de privilegios (transmisión hereditaria, veto en ma-

teria de finanzas, etc

y sobre todo le concede el poder

excepcional de autojuzgarse, con lo que se situaba fuera del alcance del monarca y de la otra cámara y, en gran medida, fuera del sistema. 51 Resultaría, pues, que la construcción de Montesquieu fendría un claro contenido de clase y la libertad política un carácter restringido y privilegiado. Se integra, por tan-

)

51. En ALTHUSSER, Montesquieu, La Política y la Historia,

Ed. Ciencia Nueva, Madrid, 1968, se encuentra un resumen de las distintas aportaciones en esta dirección.

to, entre quienes conciben al Estado de su tiempo como fuertemente oligárquico y a la Política como el medio pa- ra preservar un orden social que —aunque de manera confusa sobre su diagnóstico— se advertía cada vez más en peligro. 52 Desde estos supuestos Montesquieu habría interpretado restrictivamente a Locke. En todo caso, la doctrina de la división de poderes es, del conjunto de la obra de Montesquieu, la parte que más influencia ha tenido tanto en el orden constitucional como en el de la Teoría del Estado. En el orden constitu- cional porque es una de las bases del constitucionalismo occidental, en el sentido de que ha pasado a práctica- mente todas las constituciones que la han utilizado tanto

como principio político garantizador de la libertad frente

a los peligros de concentración del poder, como principio

técnico de organización del Estado a través del cual se configuran sus órganos, sus competencias y sus relacio- nes. En el orden de la Teoría del Estado, porque buena parte de su desarrollo posterior ha tenido por objeto ha- cer frente a los peligros que podía suponer para la nece- saria unidad del Estado la idea misma de la división (las teorías de la personalidad jurídica del Estado, la concep- ción del Estado como orden jurídico unitario, la conside- ración del Estado como organización para la unidad de la

acción o de la decisión políticas, son una muestra de ello)

o el supuesto básico de la doctrina, el de la igualdad de

los poderes, que se ha reconocido siempre como no sólo teóricamente incompatible con esa unidad, sino históri- camente inexacto, al existir siempre un poder prevalente

(aquel en el que se sitúa la clase dominante en el período

y sociedad de que se trate).

52. R.H.S. CROSSMAN, Biografía del Estado Moderno, FCE,

México, 1965, págs. 100 y 101.

Finalmente, cabe indicar que la obra de Montesquieu

recoge buena parte de las ideas comunes al período ilus- trado (las diversas formas en que se manifiesta su preo- cupación por la racionalidad, la presencia teórica del in-

pero

también refleja las contradicciones y ambigüedades pro- pias de las épocas de transición, como se pone de mani- fiesto no sólo en la temática estática-dinámica aquí espe- cíficamente contemplada, sino en otros aspectos como el referente al citado tema del individualismo que, aceptado como prevalente teóricamente, en la práctica se pospone a los grupos sociales en la forma que se vio y que autori- za a hablar en Montesquieu, como antes se indicaba, de una interpretación restrictiva de Locke.

La otra dirección teórica a la que antes se aludía, de carácter más radical, que apunta hacia una extensión de la participación política y en este orden amplía la vigen- cia de los derechos individuales y supera por tanto la perspectiva de Locke, está representada por Rousseau. Rousseau pertenece al tipo de intelectuales con bio- grafía. 53 Es decir, a esa clase de personalidades en las que junto a su itinerario intelectual, existe de forma bien no- toria un itinerario vital lleno de acontecimientos y cam- bios significativos. No puede olvidarse que se vive ya una circunstancia histórica que es propicia a la aventura y el viaje sin que el país extranjero se perciba como hostil co- mo lo demuestra la aparición del término «cosmopoli- ta». 54 Comienzan a surgir biografías de gran dinamismo cuya manifestación más exagerada es la del aventurero

dividualismo, la importancia de la Política, etc

)

53.

E. TIERNO, Acotaciones a la Historia de la Cultura Occi-

. dental, Tecnos, Madrid, 1964.

54. P. HAZARD, El pensamiento europeo del siglo XVIII, cit.,

págs. 319 y ss.

130

que explota las grietas de un sistema (jerarquía, religión,

moral, etc

brilla también la «luz» del siglo: la razón, en forma de in- genio, al servicio exclusivo del éxito, es un arma suficien- te para conseguirlo. Casanova es un típico aventurero del siglo xvin. Rousseau es, ciertamente, algo bien distinto porque la conciencia intelectual y dramática le acompa- ñará siempre desde su infancia traumática hasta su ator- mentada y apasionada juventud. Más que del aventurero, la vida de Rousseau prefigura la del romántico. En todo caso, el hecho de ser un intelectual con biografía tiene una consecuencia destacada: se ha querido interpretar su obra desde su biografía. La obra de Rousseau no sería si- no la proyección escrita de una intensa problemática per- sonal. La manifestación más clara —se afirma— serían sus «Confesiones». Hay que tener en cuenta, sin embar- go, que la literatura de confesiones surge precisamente en épocas de cambio y lo que suelen reflejar no son es- trictos problemas personales sino problemas colectivos personalizados. Esto es lo que ocurre con Rousseau en el que la problemática de su tiempo es percibida de una forma sin duda muy personal, pues no puede negarse que se trata de una personalidad inadaptada. Otra cosa es la relación existente entre inadaptación y creatividad dada la frecuencia con la que los intelectuales creativos pre- sentan personalidades inadaptadas. Y no cabe duda de que si Montesquieu puede incluirse entre los intelectua- les divulgadores, a Rousseau debe incluírsele entre los creativos.

La aportación de Rousseau se basa en estos dos su- puestos: en la crítica a la sociedad de su tiempo por una parte y en la propuesta alternativa de un modelo radical- mente distinto, por otra. La crítica a la sociedad de su tiempo se apoya en este

)

que se extingue y en las que en cierta forma

131

¡i

punto de partida: la situación a la que ha llegado la socie- dad actual es fruto de la historia, que ha sido una historia de decadencia y degeneración progresiva, pero no de la naturaleza del hombre. Por consiguiente, para profundi- zar en esa crítica a lo que Rousseau considera lamentable situación actual, hay que buscar en la historia las causas de ese continuo avance hacia la decadencia. Y estas cau- sas son, según Rousseau, de dos clases: de orden espiri- tual y de orden material. Las causas de orden espiritual las atribuye Rousseau a la forma en la que se ha producido el desarrollo cientí- fico y cultural que analiza en su «Discurso sobre las cien- cias y las artes». Frente a la creencia generalizada en el mundo de la ilustración de que la felicidad del hombre procede del progreso y desarrollo de los conocimientos, sostiene que la decadencia de las grandes civilizaciones y los problemas contemporáneos proviene, en gran parte, de esos avances que alejan al hombre de su estado primi- genio y natural. Esos efectos negativos que producen las ciencias y las artes se proyectan unos sobre la sociedad y otros sobre el poder. Sobre la sociedad, porque destru- yen los fundamentos de la vida social en cuanto todo se cuestiona, se quiere tener independencia de criterio y se hace por ello más difícil la obediencia, se pierde el senti- do de la peculiaridad del grupo ante la universalidad que exige el conocimiento y, en definitiva, destruyen la «vir- tud» del ciudadano para comportarse de acuerdo con los deberes que le impone la vida en sociedad; y todo ello porque la ciencia al ser divulgada y generalizada deja de ser tal y el ciudadano corriente no recibe sino los elemen- tos negativos de una ciencia deformada; por eso la cien- cía verdadera —contra la que Rousseau afirma no sólo no tener nada sino que valora en sus justos términos— sólo es posible para ese pequeño número de sabios que

132

no sólo son capaces de compatibilizarla con la virtud, si- no de desarrollarla eficazmente y ponerla al servicio de la sociedad, por lo cual deben ser asociados de alguna for- ma al gobierno de los Estados. Sobre el poder, el efecto que producen las ciencias y las artes es contribuir a su justificación, ocultamiento, hacer más llevadera la domi-

nación y, por tanto, a reafirmarlo. Las ciencias y las artes «extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hie-

rro

amar la esclavitud

ciencias y las

pensarse que el rechazo de Rousseau a las ciencias y las artes es porque considere que se comportaban como alia- dos del Absolutismo. 56 Las causas de orden material, las encuentra Rousseau en el surgimiento y consolidación progresivos de la desi- gualdad entre los hombres. Es la cuestión que trata en su «Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desi- gualdad entre los hombres», subrayando Rousseau que el estudio lo hace «a través de las únicas luces de la razón e independientemente de los dogmas sagrados», es decir, con un planteamiento en este caso de ilustrado ortodoxo. Parte del hombre de los primeros tiempos que va desa- rrollando sus facultades (una característica básica del hombre es ésta: su perfectibilidad) a medida que lo exige la satisfacción de sus necesidades; esta circunstancia de orden material le lleva a un segundo momento de su evo- lución en el que abandonando el primitivismo inicial, se convierte en un ser sedentario que vive en grupo, aunque

ahogan el sentimiento de libertad original

hacen

la necesidad alzó los tronos, las

artes los han afirmado. 55 De ahí que pueda

55. Discurso sobre las Ciencias y las Artes, Alianza, Madrid,

1989, pág. 149.

56. León STRAUSS, L'intention de Rousseau, en Pensée de

Rousseau, Seuil, París, 1984.

se mantiene la individualización, el autoabastecimiento y el no sobrepasar la satisfacción de las necesidades míni- mas. Este segundo momento (en el que la bondad y la

piedad natural hacen la función de las leyes) a medio ca- mino entre el estadio primero y el actual «debió ser la época más feliz y duradera». El problema surgió cuando alguien almacenó más de lo necesario para satisfacer sus necesidades individuales y alguien resultó incapaz para satisfacer las suyas. Se crearon las relaciones de domina- ción y dependencia. Surgió, pues, la propiedad, el traba-

y la inseguridad que movió a los hom-

bres a crear la sociedad civil. «Todos corrieron hacia sus grilletes creyendo asegurar su libertad». Tal fue o pudo ser —concluye Rousseau— el origen de la sociedad y de las leyes «que le dieron nuevas cadenas al pobre y nuevas fuerzas al rico, destruyeron la libertad natural y sometie- ron al género humano, para provecho de algunos ambi- ciosos, a la servidumbre y la miseria». Este camino hacia la desigualdad está marcado por tres momentos decisi- vos: la aparición de la propiedad privada al que Rous- seau concede una importancia decisiva y destaca en tér- minos vibrantes como responsable de las desgracias de la humanidad," la del Estado y las leyes que surgieron para

jo, la esclavitud

57. Todos los entrecomillados se refieren al «Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres», Alianza, Madrid, 1989 y es al comienzo de la segunda parte donde

el primero que,

tras cercar un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero formu- lador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a este impostor!, estáis perdi- dos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie

se encuentra ese notable ataque a la propiedad: «

protegerla y perpetuar esa situación y, finalmente, la del Despotismo, con el que se cierra el círculo y se vuelve en cierta forma al estado de naturaleza, pues ahora todos vuelven a ser iguales aunque en este momento iguales en la miseria a la que les ha conducido el déspota. Rousseau termina, al final del «Discurso sobre la desigualdad» en un pasaje ciertamente oscuro, haciendo una condena de esa desigualdad y de su reconocimiento por el derecho positivo, aunque advierte de la necesidad de tratar desi- gualmente a los desiguales precisamente para combatirla. De ambos tipos de causas surge no sólo una sociedad injusta de la que ha desaparecido la igualdad, sino unos hombres infelices que han perdido la autenticidad del «salvaje» y sólo saben vivir de la «opinión» de los demás, con lo que todo se hace engaño y apariencia. La propuesta alternativa de un modelo social distinto se apoya en este punto de partida: dado que la sociedad existente y, por tanto, la situación del hombre en ella, no son resultado necesario de la naturaleza sino contingente de la historia, es posible configurar una sociedad diferen- te que —según la hipótesis básica de la ilustración— no sea resultado azaroso de la historia sino fruto de una ela- boración racional. 58 De ahí que en las obras en las que se encuentra la alternativa que propone (básicamente «Del contrato social» y «Emilio»), se pase del terreno histórico en el que se desenvolvía la crítica a la sociedad existente que se acaba de exponer, a moverse en un ámbito prefe- rentemente lógico. Entiende Rousseau —también de acuerdo con las ideas políticas ilustradas— que la «Política» es lo deter- minante. En las «Confesiones» había manifestado ya que

58. M. C. IGLESIAS y otros, Los orígenes de la Teoría Socioló-

gica, Akal, Madrid, 1980.

«todo dependía de la política» y, por consiguiente, que los hombres sean felices y los pueblos virtuosos e ilustra- dos depende de que se consiga la organización política adecuada. A diseñarla se dispone Rousseau. Es la dificultad para conservarse en el Estado de natu- raleza —afirma en la línea que viene sosteniéndose desde Hobbes— lo que mueve a los hombres a asociarse. Por tanto la asociación ideal será la que les permita no per- der, pese a la vida en común, lo que cada individuo tiene y, además, proporcione a cada uno más seguridad para su conservación. Ello puede lograrse a través del «Con- trato social» por el cual cada uno se entrega con todos sus derechos a la comunidad y se pone bajo la suprema dirección de la «Voluntad General» que en ese mismo momento de entrega surge; de esta forma, al darse cada uno «todo entero», la condición es igual para todos, que quedan en situación de igualdad, pues ninguno conserva ya nada sobre los demás; asimismo, como cada uno ha contribuido por su propio consentimiento a formar la Voluntad General, en la medida en que se somete a ella se está obedeciendo a sí mismo y, por tanto, es tan libre como antes, conserva su libertad; finalmente, a cambio de lo que cada uno da, recibe «todo lo de los demás», es decir, la fuerza colectiva que se ha formado, para defen- derse, y, por consiguiente, mucha más seguridad que an- tes de entrar en el Contrato social. 59 De esta forma consi- dera que se ha resuelto el problema de la articulación individuo-comunidad a través del surgimiento de la Vo-

59. La formulación de manera esquemática se encuentra en el

cap. VI, Libro I, de El Contrato Social, al que titula «Del pacto so-

cial» aunque su configuración completa está en realidad dispersa por toda la obra. J. J. ROUSSEAU, Del Contrato Social, Alianza,

1989.

136

luntad General que permite la libertad, igualdad y man- tenimiento de los derechos de cada uno y que se vale de un gobierno convertido en mero ejecutor de sus dictados. Cada uno de estos elementos requiere precisiones especí- ficas. La Voluntad General no es la voluntad de todos. La voluntad de todos es simplemente la reunión yuxtapuesta de la voluntad de cada uno, es, pues, el conjunto de las voluntades particulares. La Voluntad General es esa vo- luntad unitaria que se forma con lo que en cada uno hay

de común con los demás, con lo que en cada voluntad particular hay de voluntad general, de interés general. No exige la unanimidad salvo en el acto inicial de constitu- ción del Contrato social, pues nadie puede asociarse sin su consentimiento, de forma que si en ese momento hu- biera oponentes deben considerarse no incluidos en el pacto. Pero fuera de este contrato primero, el voto del mayor número obliga a los demás, pero no por razones cuantitativas (en cuyo caso la minoría se sometería contra su voluntad) sino porque indica cuál es la Voluntad Gene- ral y, de esta forma, la minoría (que se ha equivocado en su opinión sobre cuál era la Voluntad General) a lo que obedece es a esa Voluntad General que es también la suya

y mantiene, por ello, su libertad. 60 La única condición que

se exige para que se forme la Voluntad General, es que cada uno, debidamente informado, se exprese libre y ais- ladamente, es decir, sin agruparse en asociaciones, ya que éstas se comportan como «voluntad particular». 61

60. Del Contrato Social, cit., cap. II, Libro IV.

61. Hay que señalar que en el siglo xvm comienza a desple-

garse el asociacionismo en diversos ámbitos: desde el club inglés en sus múltiples variedades hasta las «Sociedades de amigos del país»; pero, sobre todo, el asociacionismo de los trabajadores, que,

con frecuencia, se ocultaba bajo apariencias distintas, aunque to-

137

La Voluntad General se expresa de manera ordinaria en la Ley, que, por consiguiente, es la autoridad máxima. Pero la ley no es fuente de esclavitud para el hombre, si- no, por el contrario, el marco de la verdadera libertad. Porque esa ley a la que obedece como subdito, la ha he- cho como ciudadano; pero, además, porque la verdadera libertad consiste en la facultad de hacer predominar so- bre la voluntad particular lo que en cada uno hay de Vo- luntad General y que expresan las leyes. De ahí que Rousseau afirme que, incluso, obligar a alguien a cumplir las leyes no es sino «obligarle a ser libre». Por otra parte, las leyes, en cuanto expresión de la Voluntad General, tienen lugar cuando el pueblo estatuye para todo el pue- blo. Es decir, las leyes deben ser generales e impersona- les como garantía frente a la arbitrariedad o al predomi- nio de lo particular. A través de ellas, pues, se mantiene la igualdad inicial nacida del pacto. Esta igualdad surge de que todos entregan lo mismo a la comunidad: aquello cuyo uso importa a la comunidad, aunque es la comuni- dad la que decide sobre este punto. Lo demás permanece en manos de cada uno, de manera que lo que antes del pacto era mera posesión basada en el hecho de la ocupa- ción de una cosa y protegida por la fuerza de cada uno, ahora es propiedad basada en un título jurídico y protegi- da por la voluntad general y sus leyes. En definitiva que la articulación individuo-comunidad que se produce en el pacto social, da lugar al paso de la situación instintiva de la bondad natural y de la amorali- dad propia del estado de naturaleza, a la «vertú» (control sobre los intereses particulares) y moralidad del Estado

davía se parecía más al gremio medieval que al sindicato moderno. De todas formas una de las primeras huelgas —en la minería— da- ta de 1768.

civil (el surgido del contrato) en el que las relaciones so- ciales suponen el mutuo reconocimiento de los derechos y deberes fijados por la comunidad. 62 De aquí resulta una concepción específica de los derechos: no existen del in- dividuo en cuanto tal, sino en cuanto miembro de la co- munidad, que es, finalmente, la que los determina y sin que pueda hablarse de límites absolutos intraspasables por la comunidad pues la cuestión se remite a la capaci- dad de obligarse a sí mismo. No obstante, debe señalarse que a esta democracia radical que parece establecer Rousseau, hay que hacer dos tipos de salvedades: por una parte, que parece tratarse de una democracia de pro- pietarios, de manera que el obrero no sería «ciudadano» y, de otra, que se excluye a la mujer, siguiendo en esto la tendencia general de la Ilustración en la que, si bien de forma individual la mujer desarrolla un cierto protago- nismo social en cuanto en torno a figuras femeninas des- tacadas se organizan los «salones» o alguna de ellas com- pite con éxito en el campo científico (como Madame Chatelet, la compañera de Voltaire), lo cierto es que, con carácter general, se las sigue reduciendo a un papel pasi- vo tradicional. 63 La Voluntad General es, pues, la única que tiene el poder para legislar. Ahora bien, aunque es siempre recta en cuanto a sus intenciones, «su juicio no es siempre cla- ro», por lo que —indica Rousseau—, puede ser útil que esté asistida por un «legislador individual», por un hom- bre excepcional que proponga a la «Voluntad General» —única que puede adoptarlas ya que el legislador indivi-

62. Sobre el concepto de «vertu», I. FETSCHER, Filosofía moral

y política, en }. J. Rousseau, REP, Nueva Época, n.° 8.

63. E. WlEL, Rousseau et sa politique, en Pensée de Rous-

seau, cit, pág. 32.

dual es sólo un técnico sin autoridad— las leyes más ade- cuadas. Por último, hay que señalar que esta Voluntad Gene- ral es la soberana de manera absoluta, indivisible e in- transmisible, de manera que no cabe la representación. De ahí que el Gobierno sea simplemente un conjunto de comisionados, de empleados, a quienes el soberano pue- de destituir en cualquier momento y encargados exclusi- vamente de ejecutar sus decisiones. Supuesto esto, el Go- bierno puede encomendarse a todo el pueblo, que ten- dría entonces la función de legislar y ejecutar y se trataría en ese caso de una democracia (contra la que Rousseau se pronuncia, lo que a veces ha dado lugar a confusiones al no tenerse en cuenta que se trata sólo de distintas for- mas del ejecutivo pues el poder legislativo siempre perte- nece al pueblo soberano); a un pequeño número, y en- tonces se trataría de una aristocracia, bien hereditaria o colectiva, que es la mejor «cuando los más sabios gobier- nan a la multitud»; o a uno sólo y se trataría de una mo- narquía que, aunque tiene la ventaja de que fortalece la unidad, tiene el riesgo de confundir el interés personal con el general, riesgo del que, por otra parte, no está exento ningún gobierno, pues el mayor peligro de todos ellos es el caer en la tentación de seguir su interés parti- cular, de independizarse del soberano. En este esquema de la relación soberanía-gobierno, introduce Rousseau una excepción: la de que, en momentos de crisis, pueda suspenderse el funcionamiento normal de la sociedad y entregarse el poder a un hombre también excepcional («el más digno») que «haga callar todas las leyes y sus- penda un momento la autoridad soberana»; este hecho no rompe la lógica de la construcción de Rousseau ya que se trata de cumplir la Voluntad General cuyo conte- nido en este caso es bien claro: que el Estado no perezca.

Los medios que propone Rousseau para hacer reali- dad este modelo alternativo de sociedad son lo que llama una «religión civil» que refuerce los valores básicos de la sociedad que proyecta (solidaridad, respeto a las leyes, prevalencia del interés general) y eluda los problemas que conllevan las religiones convencionales (intolerancia y división de las lealtades del ciudadano entre los valores civiles y religiosos) y un determinado tipo de educación (individualizada, de aislamiento social, austera, de auto- control, etc., como es la de «Emilio»), medios ciertamen- te débiles para la gran transformación a la que aspira, por mucha que sea la confianza ilustrada que se ponga en el discurso pedagógico. En la obra de Rousseau —como antes señalábamos en la de Montesquieu— se recogen buena parte de las ideas comunes del período (la consideración panorámica de épocas permite observar su difusión y suele reducir la supuesta originalidad de las aportaciones personales) así como las contradicciones y ambigüedades propias de esa época de transición. Sin embargo, la obra de Rousseau tiene, en este sentido, la peculiaridad de que sus contra- dicciones son tan reiteradas y significativas que constitu- yen una de sus características más destacadas, hasta el punto de que buena parte de los estudios sobre la misma están dedicados a interpretarlas o superarlas. 64 Las más importantes son: las que se producen entre supuestos ra- cionales y no racionales, individuales y comunitarios y entre democráticos y autoritarios. 64 bis

64. Un buen ejemplo se encuentra en E. CASSIRER, L'unité

chez Rousseau, Pensée de Rousseau, cit.

64 bis.

A veces se ha indicado como otra contradicción la

existente entre su obra teórica que es la que aquí se ha considerado básicamente {El Contrato Social, Los Discursos, Emilio, etc.) y su obra práctica (fundamentalmente «Proyecto de Constitución para

La contradicción entre supuestos racionales y no ra- cionales se manifiesta inicialmente en los antes señalados puntos de partida de su crítica de la sociedad y de la al- ternativa que propone, respectivamente. En el primero, esa crítica niega lo que es uno de los elementos raciona- listas básicos de la Ilustración como es la concepción de la Historia como Progreso y defiende el contrario de la Historia como decadencia; sin embargo, el punto de par- tida de la alternativa que propone se basa en el supuesto más característico del racionalismo ilustrado: la capaci- dad de la razón para configurar una sociedad diferente. Asimismo, si bien sostiene que con su propuesta se con- siguen fines que se vinculan más a la moralidad y al sen- timiento de sociabilidad o solidaridad, es decir, no racio- nales en sentido estricto, lo cierto es que el fundamento de la nueva sociedad está en criterios de racionalidad uti- litaria, de lograr la conservación y la seguridad tal como se pone de manifiesto al indicar Rousseau lo que se gana con el pacto: la libertad ahora garantizada y la propie-

Córcega» y «Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia y el Proyecto de su Reforma»). La diferencia más acusada es que en las «Consideraciones», se admite (por exigencias de la extensión del país y de la organización federal) la representación para la Asam- blea Federal, aunque rodeada de cautelas (mandato imperativo y renovación frecuente) críticas y desconfianzas que hacen que la participación directa se siga considerando la correcta; a ello podría añadirse la acentuación del carácter ideal y la pérdida del carácter histórico del Contrato Social (Estudio preliminar de A. Hernández Andújar a «Proyecto de Constitución para Córcega y Consideracio- nes sobre el Gobierno de Polonia y Proyecto para su Reforma). Junto a ello, en esas obras de carácter práctico, se encuentran constantemente repetidos los presupuestos e ideas más carac- terísticos de las obras teóricas, por lo que parece excesivo sostener la existencia de contradicciones entre ambas al menos con una cierta globalidad.

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dad, igualmente protegida por el derecho (propiedad que, a su vez, había sido condenada antes en la crítica y defendida en la alternativa, contradicción que se ha que- rido explicar señalando que lo que combate —en la críti- ca— es la gran propiedad y lo que defiende —en la alter- nativa— es la pequeña propiedad). 65 La contradicción entre supuestos individuales y co- munitarios reviste múltiples manifestaciones, pero pue- den concretarse en que, de un lado, parte de la exalta- ción del hombre individualmente considerado (de acuer- do con los presupuestos individualistas ilustrados) en el Estado de Naturaleza y sitúa las causas de su corrupción en la sociedad, pero después afirma que es justamente la sociedad, la configuración de un tipo de sociedad como la que surge del «Contrato social», la que puede salvar al hombre elevándolo a unos niveles de moralidad inalcan- zables en el Estado de Naturaleza. Y en esta nueva socie- dad, el individuo, el valor inicial y prevalente y en fun- ción del cual se hace todo, cede el protagonismo a la Vo- luntad General, a la Comunidad. La contradicción entre supuestos democráticos y auto- ritarios se produce porque si bien afirma la soberanía po- pular de base ciudadana e indelegable, de forma que con- figura una democracia directa, después introduce dos ele- mentos que modifican esta situación: uno es que «la Voluntad General», convertida en una especie de ente abstracto, dispone de un poder prácticamente absoluto y autónomo sobre los ciudadanos y el otro es que, en dife- rentes circunstancias (unas ordinarias como en el caso del legislador individual y otras extraordinarias como en los momentos de crisis), abre la vía al protagonismo de la

65. J. M. VALVERDE, Rousseau y el Pensamiento de las Luces,

Tecnos, Madrid, 1987.

143

mm

personalidad excepcional con el riesgo que implica de dic- tadura. Por eso se ha dicho de Rousseau que establece un marco teórico que puede ser fácilmente rellenado con un contenido autoritario. Y así, el propio Rousseau (en una famosa carta a Mirabeau de 27 de julio de 1767, posterior al Contrato social) llega a decir que si no es posible la de- mocracia «mi consejo es pasar al otro extremo, al despo- tismo más arbitrario» ya que «no ve punto medio». Dada la diversidad de direcciones en las que se mueve el pensamiento de Rousseau, no es extraño que haya in- fluido o se le haya utilizado en ámbitos tan distintos co- mo los siguientes:

La vinculación en Rousseau de la pura razón formal a elementos morales y sentimentales se ha considerado un precedente inmediato de la razón práctica de Kant. 66 La exaltación que se encuentra en Rousseau de la Vo- luntad general y su consideración de la misma en forma abstracta, se ha relacionado con la Teoría del Estado for- mulada por Hegel. 67 Con Marx o el marxismo, la relación o influencia de Rousseau se ha establecido desde planos distintos: el análisis del origen de la propiedad esboza el análisis mar- xista posterior sobre el desarrollo de las fuerzas producti- vas, la división del trabajo, etc. así como el surgimiento de la autoridad para protegerla; la crítica a la sociedad que Rousseau hace, sobre todo en el «Discurso sobre las ciencias y las artes» y la situación a que ha llegado el hombre en ella, se ha relacionado con la categoría de alienación y de hombre alienado desarrollado por el mar- xismo; la forma en que en el «Discurso sobre los orígenes

66. A. TRUYOL, La Guerra y la Paz en Rousseau y Kant, REP,

n.° 8.