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LOS INACABADOS

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863.5 Campos, Gustavo C19 Los inacabados / Gustavo Campos. .-- [San Pedro Sula]: Editorial Nagg y Nell / C.H. [Litografía Iberoamericana], [2010] 178 p. ISBN: 978-99926-47-43-1 1.- NOVELA

Los inacabados D.R. Gustavo Campos ©Gustavo Campos
© para la primera edición Nagg y Nell. 2010 San Pedro Sula, Honduras, C.A. Correo electronico: gsalgadocampos@gmail.com Diseño de portada: Bayron Benítez Ilustración de la portada: Henri Michaux Fotografía de la solapa: Claudia Sevilla Diagramación: Zunilda Valle ISBN:
978-99926-47-43-1

Impreso por Litografía Iberoamericana Calle El Olvido 866, Tegucigalpa, M.D.C., Honduras Teléfono: 220-5411 Correo electrónico: litoibero@cablecolor.hn

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

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LOS INACABADOS
Gustavo Campos

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ÍNDICE
13 de septiembre 11 First book 33 Un agradable lugar para vivir 39 Los huidobrianos y su club de lectores 49 juggernaut humano 61 Tremdall Moriann 69 Los inacabados 89 La rosa y la barca 99 Evangelio samsiano 103 La gran liquidación 109 Sobra Morán, perseguidor de Arp 117

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Siempre un martes 129 La herejía de Caín 133 Aventuras en Maldoror 135 Nan y Arp 155 Final 169 Epílogo 175

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Ése es el precio que tenemos que pagar. Si nos hemos salido a escondidas de un libro, no podemos esperar tener exactamente los mismos privilegios que el autor del libro. Jostein Gaarder

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13 de septiembre
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Cuando se tiene el pensamiento en alguna parte todo está permitido. Samuel Beckett Yo no fui destinado a la realidad, y la vida quiso venir a verme Fernando Pessoa

Si les soy sincera, la mejor parte de mi vida, la mejor historia que podría contarles, aún no la he vivido, recordó Henri que le había dicho Elizabeth camino al café. Después de ocho largos meses de intentar escribir un relato, a él lo consolaba aquel pasaje perteneciente a una carta que Artaud remitiera a Peter Watson con motivo de la publicación de sus poemas en la revista literaria que éste editaba: “Nunca escribí como no fuese para decir que jamás había hecho nada y nada podía hacer, y que si hacía algo, en realidad nada hacía”. Su admiración por Artaud era similar a la del joven argelino cuya adolescencia le duró hasta los 32 años. Era un día calurosísimo, clima predominante en el trópico y todavía más en la costa norte de Honduras, cuando Henri entró con sus restos recientes

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de tristeza a la habitación de Elizabeth. Su deterioro tanto emocional como físico era notorio. La tragedia recién acontecida lo convirtió en un hombre desamparado, y lo sumió en una angustiosa búsqueda de explicaciones del porqué de lo sucedido, y por más esfuerzo que dedicara a no pensar en ello, sus recuerdos se emponzoñaban contra él sin darle tregua. Dentro de la habitación advirtió pinturas impresas en papel bond blanco pertenecientes a pintores que dejaban entrever en ellas algún tipo de trastorno o sufrimiento. Las preferidas de Liz, pensaba Henri. Lo grotesco de aquella imagen observada consistía en que éstas estaban soterradas en la mierda que recubría el piso. Todas habían sido de alguna manera reinventadas. El suelo parecía un gran lienzo, collage sugerente que evidenciaba la desgarrada realidad que había plasmado consciente o inconscientemente Elizabeth. En vano Henri intentó retener sus lágrimas. Trascurrieron ocho meses, ocho largos meses de vanos intentos de escribir una historia, una que mermara su estático dolor. Debía escribir un relato cuyos personajes eran amigos suyos. Debía narrar la historia de Elizabeth. Y Elizabeth debía contar la historia de Hans. Desde el día que Henri entró a la habitación de Liz habían pasado ocho meses de amistad. Ocho meses de amistad los unían y separaban. En las venas iba creciéndole su recuerdo torturándolo con imágenes que impregnaban sus pupilas. Cada lágrima provenía de su nostalgia y caían sobre las marcas de la amarillenta orina sobre las pinturas impresas de Munch,

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Van Gogh, Bacon, Schiele, entre otros, junto a pinturas impresionistas que contrastaban con ese ideal de insalubridad que Liz dejó en su habitación como un fiel reflejo de sus estados de ánimo, congruente con lo vivido y sufrido. Jamás pudo comprender con exactitud a Elizabeth. La quiso, compartió con ella, pero jamás pudo comprenderla. Si les soy sincera, la mejor parte de mi vida, la mejor historia que podría contarles, aún no la he vivido. Por lo general me encuentro nostálgica de puros recuerdos del futuro. A veces he llorado viéndome en ciertas situaciones imaginadas. De la realidad no se me ocurre nada. No sé si tengo perversiones, seguramente las de todos. Despertar es una enfermedad… retumbaba aún en la cabeza de Henri. Los amigos de Liz le auguraban un futuro prometedor. Sus juicios eran elogiosos. A Liz le divertía escribir a la manera de Beckett. La apasionaban esos juegos que la conducían a nada. Rumbo a peor. A alguna parte. No le apetecía Beckett más que Joyce, pero tampoco menos que éste. En realidad sí aspiraba más a la escritura de Beckett. No tanto a la de James. Más Samuel que James. Aunque entre ambos escritores configuraba en su mente conexiones literarias por juego, joda o intuición. Eso era lo de menos. No hay que ser jamás tan serios, pensaba ella, por supuesto que tal filosofía de vida sólo le funcionaba en algunos episodios de su vida profesional, no así en la personal. La excitaba poner el lenguaje al borde del abismo. Llevarlo hasta los límites. Hasta el paroxismo. Corrientes de frases despojándose de ellas mismas, de su sentido, del

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cascarón vacío que suele ser el lenguaje. En su mente trazaba una línea de pensamiento de Nietzsche a Beckett. Juraba ella haber visto a los hombres caer en una profunda tristeza. Juraba vivir en ese preciso momento. Es más, en una ocasión le confió a sus amigos que “se habían secado todas las fuentes para nosotros, y que el mar se había retirado, que todos los suelos quieren abrirse, pero los abismos no quieren tragarnos”. Nos aborrecen. Los abismos nos aborrecen. Cansancio absoluto. Pensaba que gracias a las proféticas palabras de Nietzsche, Beckett creaba a sus personajes. Y añadía que en estos tiempos las consideraciones morales y los argumentos en el arte eran, si no accesorios, al menos innecesarios. Los débiles argumentos le coqueteaban. O el argumento de la ausencia de argumento la volvía loca. Le comenzó a gustar la novela como género literario por Beckett. Por Molloy. Y por sus piedras. Por Malone. Por Watt. Por Godot. Y su eterna promesa. Por Nagg y Nell. Por los cubos de basura y los recuerdos de amor de antaño. Por Murphy. Pero no tanto por éste sino por su silla mecedora y merecedora de él. Por Mercier y Camier y por la bicicleta abandonada. Por los paraguas. Porque, según él, cuando se tiene el pensamiento en alguna parte, todo está permitido. Eso bastaba para narrar. No esa argamasa tediosa y retórica a lo Carpentier. Había leído antes a Vargas Llosa, a García Márquez y a otros escritores latinoamericanos así como novelas francesas e inglesas. Textos “densos”, aburridos y espinosos de leer. Liz prefería la sencillez. Lo humano. Poco gustaba de la descripción. En esto coincidían Liz y Henri.

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Se creían expertos de la incomunicación. Se valían de artimañas como la afanosa utilización de adverbios, verbos y pronombres para dar mayor rapidez al texto. Aunque en realidad procuraban tapar el hueco de su humildísimo inventario de vocablos, razón por la cual hacían gala de su ingenio, que no genio, como todo buen beckettiano de la costa norte, que no tienen más que la intención de prever fracasos o inventárselos antes de llevar a cabo actividad alguna. Nihilistas stavroguinianos. He ahí mi doctrina nueva, decía Liz, heredada, por supuesto; doctrina nueva como lo fue para los músicos Cage o Feldman. “Lo que relato es la historia de los próximos dos siglos”, su consigna. Su pasión, la duda; la duda, su única certeza. 6 de septiembre. Arp regresó a su casa a las diez de la noche. Supo que alguien había entrado a su habitación, quizá su madre. Se dio cuenta porque al encender el foco (para calentar pollo) vio que no había arrugas en su valle de sábanas. Milagro. Alguien había suavizado y tendido la sábana sobre la cama. Encontró una segunda sorpresa: había desaparecido su camisa manga larga cebrada que dejaba en el piso para limpiarse los pies y sus eyaculaciones nocturnas. Quién habrá sido el listo, pensó. Qué mierda. Hoy no toca. A buscar otra camisa. No podía renegar puesto que olía muy bien, a azistín de manzana. Había mayor frescura en la habitación, el olor a limpio producía esa sensación. Se sacó la camiseta. Mientras lamentaba haberse quedado sin dinero para seguir bebiendo en Meches durante más tiempo con sus amigos. Intentó quitarse el jean,

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sin éxito, debido a que aún no se había descalzado. Arp sólo contaba con dos jeans y estos ya ameritaban su reemplazo. De pie, tambaleándose, cayó sobre la cama. Desamarró sus zapatos y esta vez sí consiguió desvestirse. Luego se dirigió a las ventanas e hizo un nudo de las cortinas para que entrara con libertad el aire fresco. Encendió el ventilador para refrescarse, el sudor y la suciedad acumulados en su piel lo hacían sentirse pegajoso a causa del clima tropical de la ciudad en que vivía. Elizabeth encendió su computadora. Verificó en su cuenta si había recibido el correo que le había comentado Arp hacía unas horas. Le había remitido el poema de un escritor catalán. Abrió la bandeja de entrada y allí estaba “Compañera de hoy” de Alfonso Costafreda. Lo leyó detenidamente con una suavidad melancólica: “deshacer ese ovillo oscuro del temor […] y lenta, lentamente aprender a vivir, de nuevo, de nuevo…”. En ese preciso momento recordó… La melancolía comenzó a devorarlo. Miró la ventana por unos segundos. Los segundos se hicieron interminables. Inabarcables. Insólitos. Y más interminables que antes. Estáticos y profundos. Pozos. Pozos de recuerdos. Hondos recuerdos. Se dejó ir en ellos. Se lo llevaron. Entró en razón. Lo habían devuelto. Se destinó a continuar la lectura de El oficio de vivir que había interrumpido la noche anterior. No pudo. Las cervezas ingeridas distraían su mente. Sus ojos aún bailaban –opiáceos- como grecas árabes. Era medianoche. Pasaron dos horas hasta que por fin pudo concentrarse.

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Leyó en voz baja “es increíble que la mujer adorada venga a decirnos que sus días son vacíos y angustiados, pero que no quiere saber nada de nosotros”. Releyó el fragmento y lo murmuró una y otra vez. Suspiró cuando dijo “adorada mujer”. Finalmente repitió tres veces el nombre de Pavese hasta que su voz fue apagándose lentamente. “Es increíble que el cuento adorado venga a decirnos que sus días son vacíos y angustiados, que desea alguien con talento o genio, pero que no quiere saber nada de nosotros”,escribía cómicamente Elizabeth antes de levantarse a tomar un vaso de agua para dar inicio a esos juegos del lenguaje que la apasionaban. Al volver, se rindió a las teclas. Tecleó. Escribió. Palpó con sus dedos lo que debía escribir. El cuento adorado por fin había accedido a dejarse escribir. Escribiría lo que quisiera. Vio en la pared la foto que le habían tomado y comenzó a probar su talento. Más bien a ejercitarse. Reía… Estar allí tan aquí. Más aquí que allí. No a gusto ni muy feliz ni más apta para ser feliz. Veo la belleza de las hojas estrujadas. Más estrujadas que solitarias, pero más solitarias que el diccionario de solitarias palabras. Pero más despreciadas que la bolsa que tiene un pedazo de algodón dentro. Y más aire que algodón. Menos repugnante que mis labios. Entonces ver las piernas de una mujer a oscuras. Sus brazos cruzados atrapando la oscuridad. Sus pantorrillas en orden, una delante de otra. Un pie más adelante del otro y uno más atrás que el anterior. Son sólo dos pies. Tan solos los dos pies. Sus dedos más bellos que lejanos. El dedo meñique de su mano derecha sobre el pie derecho y éste, a su vez, sobre el índice de su pie. Sus dedos

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tímidos para mí. Más que la oscuridad de fondo. Entre sus brazos y sus pies y muslos claros… ¡Ah!…y está sentada. Veo a los lados los ladrillos. El espacio de los ladrillos entre columna y columna, no allá ni tan acá. No más a la derecha y menos a la izquierda. No tan arriba, pero en realidad sí más arriba. De pronto el sexo está oculto entre la oscuridad de fondo. Vuelvo de reojo. Y veo que un cuadro está mas arriba que el rostro horizontal que mira con ojos mal dibujados. Me muevo un poco más. Y veo la ventana sobre la ventana. Y veo la ventana…sobra la ventana. Y nuevamente la ventana sobre la ventana. La ventana lejana de blanco y negro. Debajo la de colores. Una cortina que se mueve por el aire que se esconde dentro del cuarto, que huye de la humedad de la lluvia. Esta vez el aire lejano de la lluvia. Suspiros a manera de lluvia. Lluvia a manera de suspiros. Esta vez sin amor. Sin… huyendo solamente. Se mueven las cortinas que también retienen el aire. Y huyen de él. Más huyendo del aire que movidas por él. Y ver las persianas polvorientas y al polvo aferrarse a ellas por temor al viaje. El viaje o tren (como quieran llamarle) huyendo con el aire. Más viento que aire. Ver de nuevo las persianas abandonadas y al polvo con sus manos de polvo y de microbios aferrándose a llanto seco… 8 de septiembre. 1:30 am. Arp lee una y otra vez el correo que imprimió en el ciber a las 6:00 pm: …Temor a la lluvia. Lodo llanto. Tanto lodo llanto. La mugre. La mugre que se llora cuando se es polvo. Y un muro pasando la ventana. Y mi mirada pasando la ventana. ¿Y detenerse en el

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muro? ¿Una opción? Destino. Estacionadas mis pupilas en forma de mirada. ¿Esperando un semáforo? El trueno. El inicio, la lluvia. El resplandor y el recluido instante del resplandor. Dios artista. Muevo la cabeza y busco un recuerdo. Un recuerdo que sea menos que un recuerdo. Nada más uno. Uno o medio, lo importante es que no sea absurdo. El absurdo no es desierto. Y el desierto es menos categórico que el absurdo. ¿Eros y cuál? Estoy aquí tratando mis recuerdos. Buscan recuerdos buscan. Recuerdos buscan recuerdos. ¿Del recuerdo a la cordura? ¿Del cuerdo al recuerdo y la cuerda? ¿La recuerda? Se buscan recuerdos entre ellos para ayudarme, o ayudarse ellos. Las imágenes cómodas, frescas. Y vuelvo la mirada a las piernas. La mirada. Y sus piernas son las mismas. La postura es la misma. La misma sombra en sus pantorrillas o tal vez otra. Y el bello perfil que se puede encontrar en sus dedos…OH…¡¡las uñas!!! Sus uñas mostrándome su rostro… Transcurrió una hora y Liz veía con insistencia su foto. Guardó lo que había escrito hasta el momento. Antes de retirarse la detuvieron unas pinturas de Bacon. Las vio con detenimiento. Las grabó en su mente. Luego fue a la cocina. Oyó que la lluvia caía fuerte y violenta. A Liz le fascinaba que lloviera. Canturreaba su canción preferida de Garbage: I’m only happy when it rains. Regresó rápido a su habitación antes que se le esfumaran las frases que había hilvanado en su mente y terminara frustrada y molesta consigo misma. Se detuvo otra vez. Comenzó a leer con minuciosidad el escrito. Entonces pudo recobrar el impulso

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y la tensión del mismo. Se preguntó ¿ella me muestra su rostro? ¿Quién me muestra su rostro? ¿Para qué y con qué intención? Tras tales cavilaciones Arp prosiguió su lectura: …Ella no tiene rostro. Jamás nació así. Pero sus uñas quieren mostrarlo. El reflejo y sus uñas y la posición, la coherencia y de pronto un rostro. Por excelencia sus pies. Más que sus brazos delgados livianos entre la sombra. Delgados hilos de luz nacárea flotando sobre la sombra. Ya no veo el rostro de ella. Pero si antes de pronto un rostro y ahora no. Ahora no y ningún rostro antes. A menos que uñas, reflejo, posición, coherencia y de pronto otra vez el rostro. Cuando busco el rostro, no lo veo. Sus caderas entonces, luminosas, redondeadas, sin números, tan sólo redondeadas, sin aproximaciones matemáticas, sólo su cadera redondeada a la luz. Los brazos, las pantorrillas, y él… la espera de mis labios. ¿O es la pierna doblada? La pierna. No puedo dejar engañarme, pero siempre la espera de mis labios. Nos somos. Me es. Imagino la presión de su muslo contra sus pezones. El referido punto de su busto besado por su muslo, entonces ya no la espera de mis labios, es la espera de su muslo completada. Llanto. Tristeza. Un auto-beso de cuerpo de un solo cuerpo. Desfragmentado porque le toca amarse. Aún tardo en ver su rostro y mis labios buscan luz entre sus sombras. Y el reflejo y la posición, las uñas y el rostro, pero pienso en un auto-beso del cuerpo de un solo cuerpo. Estoy lejana. Ya tan aquí y siempre más aquí. Nunca tan allí. Sus diminutas uñas no permiten que el reflejo salve el rostro sumergido en las profundidades de la oscuridad. El rostro no emerge. Sus delgados pies, sus pequeños pies, sus delgados dedos, sus pequeños dedos, sus pequeñas uñas, sus preciosas uñas tan en orden. En un

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orden de tamaño. En orden de uñas que son como gradas de cristal transparente. Subir al sueño. Subir a su rostro… …Arranco otra hoja, que no tiene que ver mucho con su rostro: reflejo, posición, uñas, coherencia y de pronto su rostro. Y he tirado la hoja a sus antiguas compañeras. Y no tiene nada que ver con sus piernas. Vuelvo la mirada. La devuelvo a la mirada. El algodón y las hojas. Los libros entre asquerosos y bellos. Entre metáforas. Pero más matáforas que metáforas. Me doy cuenta que mortáforas sirven más que metáforas. Y otra vez la ventana, pero la de arriba, con una luz y no con blancura. Con una oscuridad y no con negrura. Me derroto para que me dé roto. Me desoriento. Pues la de abajo a oscuras. Ha llovido. Y es de noche pero arriba es de día. ¿Cómo vivo entre dos ventanas? Ninguna sagrada ninguna pagana. Mi desinterés a la orden. Desinterés por la… el día de arriba y la noche de abajo. Curiosidad por la noche de arriba y el día de abajo. Un ruido viene de lejos. Y en ráfagas, de reojo: sus piernas, sus muslos, sus uñas…y no sigo porque entonces será su rostro, y de vuelta el parpadear del misterio y la rutina. Cierro los ojos y no hay rutina. Abro los ojos y no hay rutina. Cierro y abro los ojos… ¡rutina!! Ahora he quedado sin memoria. El abc de izquierda a derecha. El desorden alfabetiza mi memoria. Los recuerdos escribiendo a imaginación entonces. Escriben a ensueño: una falda negra unos ojos cuervos. La misma habitación que la de siempre. Los mismos ladrillos que no ladran. La belleza en las hojas estrujadas. Las palabras insultándome desde el diccionario. Y sus muslos a veces. Subir al sueño. Subir a su rostro…descender las gradas de cristal transparente y atento a su ecuación de rostro, descender hasta la realidad o emerger de ella. Bajar a su rostro o subir a su rostro…

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Elizabeth, exhausta, corrige el texto. Lo nombró “¿Eros Cuál?”. Antes se le había ocurrido intitularlo “Lodo llanto”, pero no le pareció apropiado. Cinco días transcurrieron desde que Arp leyó el texto. En vano Henri intentó retener sus lágrimas. Ocho largos meses habían transcurrido desde que intentara afanosamente escribir un relato, pero no era ésta la razón por la que lloraba, sino por Liz; ya no importaba tanto narrar, encontrar un argumento o desecharlo, poco importaba el talento, el genio o el ingenio, la compatibilidad entre Liz y Henri, o que su adolescencia le llegara a los 32 años cual argelino artaudiano, no, importaba poco toda hazaña o descubrimiento literario, importaba poco si sus recuerdos recobrados no le daban la sustancia necesaria para contar la historia de Liz, para recrearla, para retratarla vulnerable y fácilmente influenciable ante lo negativo, como dijera Matilde sobre Sabato, importaba poco su desamparo comparado al desamparo de ella, importaba poco su aspecto desaliñado comparado con las ganas enormes de recobrar a su amiga, de encontrarla, de saberla allí, con él, conversando como antaño conversaron en cafés, conviviendo entre risas y enfados, entre sarcasmos y ensimismamientos, entre comprensiones volátiles del ambiente fraterno donde muchas veces se hospedaron, pero ahora ella ya no estaba, ¿a dónde había escapado?

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Henri miraba la foto de Elizabeth en la pared de su cuarto. Los recuerdos lo torturaban aún más. La computadora en desuso lucía empolvada, como si un manto de soledad casi plateado la cubriera. Los libros se encontraban deteriorados a causa del viento y la brisa. Al librero lo cuidaban las arañas, que tejían telarañas para retener las palabras, para atesorar, seguramente, lo que había dejado Liz. El pensamiento funciona como arañas, pensó Henri, sonriendo para sí, para dentro, entre risa y llanto, mientras sus pómulos seguían humedeciéndose, tendiéndose como alfombra sonrojada para que transitaran los recuerdos vertidos en lágrimas, mientras las pupilas impregnadas de miles de imágenes no podían defenderse. “Si les soy sincera, la mejor parte de mi vida, la mejor historia que podría contarles, aún no la he vivido”, recordó nuevamente Henri, suspirando, destrozado, como si lo único real fuera el dolor y el rechinar de dientes y lo despojaran de la culpa sentida por su indiferencia a las frases que Liz se arrancó apostando a una salvación catártica. Tomó un libro al azar y en él halló un nombre con una dedicatoria. A mi Elizabeth: si los labios de un verso pueden decir los tuyos pueden responder, al unísono, una página para escribirnos, sin ser inscritos sólo en lo soñado,

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una página para escribirnos, y nos escriba un sueño real… Todavía esperaba encontrar una respuesta. Nada. No lo alumbraba ninguna pista. Una simple dedicatoria. En un intento por acomodarse para seguir buscando pistas que le aclararan la situación, Henri se deslizó y cayó sobre una sugerente imagen: un pañuelo soterrado que como barco se pierde entre las profundidades de la mierda más artística del piso. Observa fragmentos de vidrio de insinuantes filos. Su rostro empieza a decolorarse. Los fragmentos de vidrio poseen mejor tono que su rostro. Ocho meses de amistad los unían. Ocho meses de largas conversaciones lo acosaban. Ocho meses de gratos recuerdos lo sumían en esa inesperada tristeza. Jamás pudo comprender con exactitud a Liz. La quería. Pudo haberla querido más, piensa. Pude haberla querido más. Pude haber sido más atento. Quería comprenderla. Me esforcé. No sé cómo ocurrió todo. No sé qué pasó. En mis venas debe crecer nuevamente. Crecerá. Se levantó tan lento como un buey fatigado o como ebrio desdichado. Limpió ligeramente su cuerpo. Dejó la habitación, a excepción de sus lágrimas que se aferraron a ella para siempre. Una vez en su casa leyó el último correo que ella le había remitido. Era una recreación de una conversación que habían sostenido en un café a pocos meses de conocerse.

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La última vez que vieron a Liz caminaba a otro ritmo, caminaba rumbo a algún lugar, caminaba rumbo hacia algún vacío, a algún desierto que iba creciendo, al desierto de la invención donde decir es inventar; quizás fue esa su última fe: la invención; caminaba como ese juego de palabras que tanto la apasionó, sin fórmula de salvación… La última ocasión en que vieron a Arp fue en un café junto a una joven de no más de 25 años de edad. Conversación de Henri con Elizabeth. (Música de fondo: “Fue en un café” de Los Apson.) Elizabeth: Baudelaire decía que “la pasión frenética del arte es un cáncer que devora todo lo demás”. Por esa razón creo conveniente renunciar antes que el silencio se prolongue. O nos prolongue. Lautréamont dijo que hay que saber arrancar bellezas literarias hasta en el seno de la muerte, pero que esas bellezas no pertenecen a la muerte. No pertenecen. Algunas pertenecen al hastío. Muchas veces he sentido nostalgia de un futuro al que no podré llegar. Siempre había obstáculos, siempre había obstáculos que me detenían como sucedió con Cavafis. Siempre hay obstáculos. Creí que pertenecían al pasado, que eran viejos obstáculos cuando en realidad siguieron presentes siempre. Me detienen al hablar y al escribir, no dejan relacionarme con los demás. Hay sueños que no se pueden consumar. Sueños que no puedo consumar. Me dijeron que era una mujer inteligente, lo dijeron en muchas ocasiones, como si tal juicio sanara viejas heridas y me aliviara. No saben que los sueños son crueles huéspedes. Y que mi inteligencia en realidad corresponde a una desesperación aún no identificada. Es

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disfraz. La inteligencia es un disfraz eficaz como la sonrisa. Contemplo sueños, a lo lejos los contemplo. Y contemplar un sueño básicamente es olvidarme, olvidar que existo y estropear mi mundo interno. Desconozco si tengo un mundo interno, pero me gusta pensarlo. Me gusta imaginarlo. Toca inventármelo. ¿Quién podrá inventar por mí? ¿Quién podrá soñar mis sueños inalcanzables y alcanzarlos? ¿Quién podrá inventarme? ¿Quién tendrá la voluntad de amarme? Lo que amás verdaderamente jamás te será arrancado, escribió Pound. Y le creo. Debo creerlo. Debo creer en algo. Mi interior ya no es parte de mí. ¿De quién es? ¿A quién pertenezco? ¿Quién me arrancará de quién? ¿De dónde? Mi interior posee su exterior, su propio exterior, Henri. Sabés de mi dificultad para obtener tranquilidad, sabés de mi incapacidad de soñar y de pensar positivamente. Recordás cuando he comparado en múltiples ocasiones soñar con un filtro o escape y he acabado riéndome de las estupideces que digo y he llegado a la conclusión de que tampoco es un vicio, sino una meta inalcanzable, un castillo inaccesible, al que no logro entrar, pero que de hacerlo, de tener la oportunidad de hacerlo, tampoco entraría, como si fuera una Kafka. Al abstenerme de soñar y pensar es como si me abstuviera de ser yo. Y esa es una de mis prioridades, dejar de ser yo. Tranquilizarme. Olvidar que existen las palabras y las frases. Mi paranoia se extiende desde la más sencilla palabra, el detalle es no saber qué palabra puede desencadenar mi depresión. ¡No jodás!, sólo ponete a pensar, sé lúcido, cómo putas le voy a hacer, cómo putas voy a vencer a este otro ser que me está jodiendo, que lo identifico y que nada gano con ello, que es parte mía como yo parte suya. Henri: Pero Liz… ay Liz… no sé qué decirte, vos sabés que sos una mujer bella, inteligente, con un bagaje de lecturas que

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muchos te envidian, aunque lo negués por tu afán modesto-obsesivo, sos astuta y suspicaz, incluso irónica…poseés un gran sentido del humor, a veces exasperado, un humor que a veces parece triste, melancólica sí, y mucho, y podría seguir enumerando tus virtudes pero en lugar de ello diré que poseés tantas etcéteras de buena calificación humana como sean posibles, de esas que exaltan. Todo saldrá bien, ya verás. Creémelo. No tengo por qué mentirte. Liz: Gracias, sos muy amable, disculpame ese descargo emotivo, creo que por razones como esas es que no convivo lo suficiente con amigos, quizás porque pocos logran comprenderme prefiero la soledad, aunque no la desee, es complicado, no sé qué decirte, y quisiera decírtelo todo, lo que pasó y lo que vendrá, lo que vivo en este momento y por qué lo vivo…A veces me harta hablar siempre de literatura, por eso me considero retirada y jubilada, sin pensión, eh, eso sí, sin ninguna pensión, no pude ganármela, no he hecho lo suficiente y temo jamás lograrlo, mis parámetros literarios son muy altos y ambiciosos y por el momento no logro siquiera acercarme a ellos, quizás por esa razón evito encontrarme con esa peste llamada literatos, y me repito, citando a tu querido Artaud, que todos los escritores son unos cerdos, cerdos irremediables, con su vanidad que triunfa por sobre su talento, vanidad de cerdo que exige la suplantación de su nombre por el título adquirido, o por el adjetivo de poeta, o escritor, así son, por eso me desesperan, aunque en realidad es porque a pesar de que me gusta mucho Beckett, y vos sabés cuánto me gusta que a veces me creo Clov con el insecticida en mano, y otras veces Nell dentro de un cubo de basura, esperando amor y una galleta, migas de amor, como dijera Cardona Bulnes, migas de amor que de la mesa caen y el corazón huele y lame, pero en mí esas falsas esperanzas no son reales, en mí no pueden serlo, bien

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decía Cioran que toda fórmula de salvación actúa en mí como un veneno: me deshace, aumenta mis dificultades, agrava mis relaciones con otros, irrita mis heridas…así que ésta es una de las razones por las que me considero una fanática del hastío, o si no heredera del hastío, engendrada en las entrañas del hastío y del desierto; vivo en el vacío vacía de mí y mi mente sólo es alguien sentado en el café, en éste por ejemplo, intentando concentrarse, concentrarse en vivir, en dejar de pensar siquiera en tantas estupideces de fracasos inventados, pero la distracción ocasionada por esa gente que ronda el café mientras transita por el parque o las calles me intranquiliza, me digo que ese ruido no es real, me lo repito, mientras ese ruido traspasa el cristal del café como voces que encienden mis estadios más depresivos. Mi mente no es menos pública que el café. Y los clavos viejos de frustraciones que jamás desaparecieron comenzarán nuevamente su fiesta, clavos oxidados de tristezas e indeseables discursos de suicidio y de sentidos de inutilidad que jamás acabarán. Henri: Temo mucho que te desquiciés. Te conozco poco, es cierto, pero me caés bien y sé reconocer un espíritu que valga la pena en estos tiempos de acelerado ritmo industrial y de podredumbre, sé que no ocurrirá, aunque hay escritoras muy reconocidas como la Plath, la Sexton, la Woolf, la Pizarnik, entre otras, y a vos que tanto te gusta citar a esas artistas. Ellas no son vos. Por cierto, ¿has leído a Ingeborg Bachmann? Elizabeth: Sí, quizás, no recuerdo bien, la buscaré. ¿Creés que me desquicie? Quizás me aproximaría un poco, la tentación es grande, ¿sabías? Tanta tentación en ir al infierno. Ojalá que tenga playa incorporada. Y espero llevar mi hilo. ¡Bah! Será mejor bañar

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en puro pilunche. Qué buena idea acabás de darme. Sólo por esa razón ya no jugaré a reventar el débil hilo de mi razonamiento, sino que iré por el pez gordo, ¿la ambición también es pecado, no? Doblemente pecadora iré al infierno, pero iré por el pez gordo, por el cable de acero que sostiene el puente de mi racionalidad, por donde transito de ida y vuelta a la locura, por donde transita cada pensamiento, puente donde se arrepienten las frases, donde se suicidan las palabras, ese cable al que le llamo también trastorno, te imaginás que se reviente ese cable grueso de acero y que caigan por última vez todas las frases y palabras, todo objeto pensado y soñado, imaginado e inventado, todo pensamiento frustrado y marginado, toda memoria de lo que es la vida y de lo que debe ser, toda enseñanza aprendida, que caiga por fin todo sobre el mar como hacían antes con los locos en la edad media, que los subían a los barcos en busca de Narragonia, y que esa infame experiencia de viaje no tenía sino el objeto de lanzarlos al mar para deshacerse de esos pobres seres de almas agrietadas y espíritus atormentados, viaje de purificación lo llamaban, creyendo que el mar o agua redimía a los hombres y sus pecados, pero mi caso es distinto, si me quedo en la locura, nada habré hecho antes para merecerla, en la mar del arte no podré remar, en la mar del arte donde vivió Celan, y vos sabés que lastimosamente yo no soy genio, quizás talentosa, mi talento tendré escondido, muy escondido, ¿te interesaría averiguarlo antes de bajarme de la estultifera navis? Y de qué me preocupo si escribir vale poco… -Liz, ¿te me estás insinuando? Me gusta cómo me ves, esa mirada y tu gesto y tus labios…ay Dios, Liz, primero dejame decirte que merecés una oportunidad, ya verás que por fin podrás escribir algo que te guste, y esperemos que no haya consecuencias por escribir un cuento, relato, cualquier cosa, ahora que lo pienso, deberías darte otra oportunidad, ¿adiviná con quién? ¡Así desaparecen las tristezas!

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-Ya te emocionaste. Tan libidinoso el nene. Las tristezas no desaparecen de esa forma, las borra momentáneamente. ¿Sabés cuándo soy feliz? cuando no recuerdo nada, cuando no pienso en nada. Toda mi vida ha sido un mal momento. Y como decía Hamm en respuesta a Clov: mi vida ha sido siempre una vida futura. Mejor cambiemos de tema, ya me puse de mal humor. -Ay Liz, siempre vos, ya verás que todo va a pasar, deberías aprovechar ese estado y ponerte a escribir. ¿En qué pensás? No te quedés callada. -Es que mi mente, Henri, se acaba de convertir en una caldera encendida después que recordara cuántos leños han sido echados en ella. Qué fastidio. ¡Qué cólera! No me hagás caso. -¿Cómo así? vamos, contame, ¿no me considerás tu amigo? porque yo sí te considero mi amiga, y quisiera que fuera más que una amistad, perdón, pero tenía que decirlo, entonces, ¿vas a contarme qué te pasa y qué pensás? -No sé cómo explicártelo, ¡ya sé! imaginá que cada frase es un leño: “estudiá pendeja” cada leño una frase: “dejate de pendejadas y culeradas, estudiá, y si no suicidate que ya la cagás”. Cada leño una frase: “pero usted es inteligente, talentosa, y le tengo un gran cariño”. Cada frase un leño: “jamás voy a querer nada romántico con vos nunca”. Cada leño una frase: “habrás visto tan gran pendeja en tu vida”. Cada frase un leño o viceversa: “ya parecés persona civilizada...”, “nunca vas a llegar a ser nadie”, “vas a ser

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una gran escritora”, “vos sos poeta, no poetisa”, “tenés suerte que por lo único que te consideramos amiga es porque medio escribís “bonito”, “Liz, dése una oportunidad…”, “yo quiero, anhelo estudiar, pero no puedo, tengo la mente tan llena de mierda, el corazón me explotó en la mente”, “lástima te tienen Eliza…”, “no te tienen confianza Liz y creen comprenderte”, “quizás si visitara un siquiatra me ayudaría más que un pinche libro”, “estás enferma, sos viciosa…”, “te va a llevar la gran puta…”, “él que no me venga con pajas, pero que algo tuvo con ella estoy segura…”, “nadie te querrá, nadie te querrá, nadie te querrá, tenés que ser alguien, alguien es ser yo, ser yo es obviarme, obviarme es soñar, soñar es prostituir, prostituir es aprobar, estudiá, estudiá tonta, usted es talentosa, ya la cagás, si soy inteligente porque no puedo resolver un pinche examen, porque no puedo quedarme y obedecerme, porque no me es fácil la voluntad, quiero tener voluntad, quiero tenerla más que nada en la vida, nadie puede decirme que un hombre vendrá a su tiempo, ni vos, ni mi mamá, ni Melisa ni nadie, todos según he visto han contado con amor, que no me vengan con estupideces…hasta las etcéteras me duelen y se insertan en mí y hablan de mí y me joden a mí y joden mi vida, y la vida de mis amigos, de la gente que quiero… -Liz, lo siento mucho, no sabía que pensabas todo eso… ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Resolviste el problema con Arp? -Tenía esperanzas en él, pero resultó depresivo y melodramático, y eso sin contar que escribía versitos que difícilmente emergían del pathos. Creo que nunca escribirá nada. Ese hijueputa está más jodido que yo. Recuerdo más o menos el último fragmento que me escribió, del cual intuyo su intención:

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“Las palabras prefieren morir sedientas de insomnio de ti, mientras los espacios llenos de nostalgia siguen siendo espacios al igual que las palabras…”

Encontrado en casa de Madeleine

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First book
________________________________ Arp comenzó a escribir poemas dignos a sus 18 años de edad, al menos esa fue la opinión unánime de sus amigos. No es que pasaran pendientes de su edad cronológica tanto como de su precoz madurez literaria, que correspondió a su deseo de ser tratado como igual por sus amigos. Escribo para mis amigos, para acreditarme su amistad y ganarme su respeto; por la misma razón que leo incansablemente, por esa razón escribo. Espero de igual manera la aparición de una mujer que me ame. Pienso que si escribo un verso digno o un poema decente ella caerá rendida a mis brazos. Tengo fe que de existir esa mujer, jamás huiría de mis demencias y equivocaciones. Errar es de hombre. Y yo que soy joven yerro mucho más.Escribió Arp en una ocasión. Arp devoró cuanto libro encontró. Los escritores que lo apasionaron tenían que estar debidamente etiquetados de poetas malditos y haber vivido temporadas de sombra y locura. Le era imposible que su gusto excéntrico diera cabida a otro tipo de artista que no hubiera sido confinado a hospitales psiquiátricos, quienes, en el peor de los casos, se habían suicidado; esta raza enajenada lo alentaba a seguir

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escribiendo. También disponía de un raro radar para encontrarlos. El tema que más lo apasionaba era la locura. Creía que sólo quien padeciera estos síntomas lo comprendía.

Tenía amigos, pocos e invaluables amigos. Aunque en más de alguna ocasión se refirió a la amistad como el despiadado hocico de una bestia terrible que lo autoexiliaba y sumía en las más profundas depresiones, esto no significó que a causa de ello descreyera de la amistad, sino todo lo contrario, la validaba. La escritura constituyó un complejo homenaje y respeto a sus seres queridos. Para él, uno de los mayores actos de amor era la escritura. La buena escritura. La que lograba la comunión entre apuesta y buen gusto, buena poesía, pero transgresora. Terminal. Escritura sin límites. A través del diálogo poético entre transgresión y sencillez podía trazar, a su juicio, nuevos caminos en la historia de la poesía de su país. Pregonaba una estética del tormento. Y una estética culturalista. Dos años más tarde, Arp publicó su primer poemario. A sus 20 años lautremonianos publicó un libro que no lo satisfizo en lo absoluto, confesó días después de divulgado el libro. Para ese entonces las insatisfacciones eran mayores. Se volvió más irresponsable que antes. Evitó todo afán de

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trascendencia. Parecía disfrutar su renuncia sin fin sobre el acto de crear. Las oportunidades le llegaban y él se esforzaba en desestimarlas. Un poemario publicado, su primer poemario publicado, que ya no lo convencía de su talento. Siempre quería más. Siempre quería dar un paso más. Trazarse un nuevo límite. Avanzar más allá de sus límites. Tenía en cuenta aquel poema de Costafreda sobre los límites que le había confiado Elizabeth. Ese poema configuró básicamente toda su manera de pensar a su corta edad. “Límites que separan el poema que escribo/ del que nunca podré escribir. / Límites también, en consecuencia, / de lo que amo/ y de lo que nunca podré amar”, citaba una y otra vez Arp. De lo que nunca podré amar. De lo que nunca me podrá amar. De lo que nunca me amará. Pienso en todos esos límites. Sólo en ellos pienso. ¿Pero qué significo yo? ¿Qué significo para mis amigos y para mí? ¿Para las palabras y para la intención de llegar a conocer las palabras? ¿Para el futuro? ¿Qué significo yo y qué significan la trampa y la fama? El día antes de conocer a Elizabeth no salió de su apartamento. Miró una y otra vez las dos cajas de libros de su debut literario. Ver el material publicitario lo irritaba: separadores de libros, afiches y tarjetas de invitaciones. ¿Para qué? ¿Qué verso decente he

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escrito? Disconforme, no podía ahuyentar esa idea fija que lo acosaba y que se había instalado muy dentro de su cabeza a manera de hachazo, no podía dejar de pensar en ella. Intentó distraerse con la televisión. Nada. Sus amigos ya se habían enterado de la edición gracias al imprudente editor, quien les había remitido la invitación pertinente para que asistieran a la presentación de dicho libro. La idea lo acosaba. Una idea fija se instaló a picotazos. Una idea como cuervo en su fría cabeza lo miraba fijamente. Presagiaba caos. Estupidez. Lapsus de locura. Impulso. De pronto un recuerdo alimentaba insistentemente su cabeza. Era difícil huir de tal idea. Se multiplicaba. Tomaba forma. Se consolidaba. Salió de su apartamento en busca de una tina negra de plástico. Lo tentó. Le gustó el color porque era el mismo de sus ideas: negras. Desoladoras. Desesperanzadoras. La tomó en sus manos y la llevó dentro de su habitación. Recordó que cuando era niño su padre había cometido el mismo acto que estaba por ejecutar. A la vida le gustan las repeticiones, pensó. Sí que le gustan. No pudo hacer nada más. Vació las dos cajas de libros. Una manguera llenaba la tina. La idea había evolucionado a teoría. Ese acto redimiría en un sólo acto todos los actos acontecidos en el pasado y presente. Redimiría a su padre. Y agradecería también a su padre tal enseñanza. La teoría suponía que el agua aventaja al fuego y que de alguna manera

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Heráclito participaría de su idea. Los vecinos jamás se darían cuenta de lo que ocurriera dentro de su apartamento. No se alarmarían ni llamarían a la policía o a los bomberos al desconocer que dentro de la tina yacen, envenenados por el agua, símbolo de creación y destrucción, y de tiempo, y recordaba nuevamente a Heráclito y su río, las dos cajas de libros de su primer poemario, mientras observaba con la mirada extraviada en algún lugar de qué manera el tiempo feroz penetraba las páginas de la inmortalidad, lentamente penetraba los poros y fibras de las hojas, lentamente penetraba y suplantaba la esencia de la humanidad, como antaño han calificado a la poesía, mientras su mirada se clavaba en el enjambre de burbujas, que asemejaban juegos artificiales, esa idea se le había fijado en la mente y no estaba dispuesta a renunciar.

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Un agradable lugar para vivir
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¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!... -De llagas infectas- ¡Cúbrete del mal! Alfonsina Storni

Deserté de mi ciudad natal hace 20 años. Deserté de Maldoror con un propósito: encontrar un lugar donde encajar y vivir. En veinte años las experiencias te cambian la vida. Te la cambian. De pronto te sucede lo que dijo una escritora y te enamorás de una familia que no es la tuya y que vive a muchos kilómetros de tu hogar. Y te aventurás de buena fe en su búsqueda. Por razones como esa me mudé a Florencia. Había jurado jamás confiarle a persona alguna mi lugar de procedencia. Incluso se lo ocultaría a mi esposa e hijos, cuando los tuviera. Pero por fortuna aún permanezco soltero, caso contrario me habría tocado tejer una vida de misterios y de engaños. El pasado no debería importarle a nadie. Pero así es la vida. Y vivimos en esta vida regida bajo sus propias reglas. En algunas ocasiones me esforcé por esclarecer mi origen. Juro que lo intenté, pero no pude hasta que cedió

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mi conciencia. Aquella vieja obstinación de callar se había debilitado seriamente. El silencio estaba destruyendo mi vida y cada cimiento del muro ya agrietado de la razón. Me creían loco por mi actitud y opiniones. A veces supusieron que todo lo que hiciera o dijera pertenecía a una broma que tenía origen fantástico. Me etiquetaban de lovecraftiano, poeiano, lautréamontiano, cortazariano, borgeano, casariano, baudelaireano, vila-matiano, highsmithiano y wellsiano y cuanta etiqueta se les ocurriera.

Hasta hace un mes comencé a gritar a los cuatro vientos sobre mi lugar de procedencia. Sin embargo fue sólo esta información la que consideré pertinente ventilar. No podía confesar todo de un tirón, capaz me quedaba sin amigos y me internaban en un hospital psiquiátrico. Por prudencia no lo hice. Corría un gran riesgo, que no esperaba afrontar. Recuerdo que cuando en algunas ocasiones me preguntaron por cortesía dónde había nacido, ingeniosamente les respondí que no recordaba, que seguro fue en Narragonia, o, en ingenua y quijotesca broma, que había nacido en un lugar del Hades, de cuyo nombre no quería acordarme. Se me ocurrieron otras historias asociadas a las mitologías hebrea y griega, y que ensambladas resultaban de la siguiente manera: de niño me dejaron, al igual que Moisés, dentro de una barca en el río Aqueronte. Historia sumamente rebuscada, pero con mayor valor por el trabajo de invención y de fusión de ambas mitologías.

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Para distraer a los que ansiaban una respuesta real cansados ya de tanta fanfarronería mía, les daba una imagen en qué pensar, un ambiente insólito que bien podría existir o no; por ejemplo, retomaba aquella fusión mitológica y añadía un nuevo elemento, uno real, tangible y conocido, y de esta manera les decía que de donde provengo confluyen tres ríos: el Sena, el Plata y el Néckar, y que éstos desembocaban en el Aqueronte. Expuesto de otra manera: la única forma de saber de dónde provenía era visitar ese misterioso lugar y encontrar una especie de Triángulo de las Bermudas, y que, una vez estando en el lugar, verían aparecer a Caronte, quien los conduciría en su barca, o bien en la de Lawrence, o en el barco ebrio de Rimbaud o en un moisés gigante, según la suerte que tuvieran. Mis amigos reían. Me creían sumamente ingenioso. Yo sudaba aliviado. Un día después un amigo me dijo –lo recuerdo muy bien-: Arp, un día descifraré todos tus pecados y misterios y te juro que toda la humanidad me ayudará, incluso el mismo diablo. Me pareció simpático. Me dijo que la cita era de un autor húngaro. Yo le respondí: después que me descifrés, Dios me perdonará: es su oficio. Es de Heine, le dije. Reímos todos. La pasamos bien esa tarde, bien saludables, por supuesto.

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La tarde siguiente que nos reunimos en el mismo café les dije, por fin, el nombre del lugar de mi procedencia. Sé que tienen curiosidad por saberlo, les dije, pero antes deben comprender el pavor que sufro al recordarlo, me devora como un depredador implacable. El recuerdo es un ave rapaz que devora las inocentes y agonizantes esperanzas. Un par de ellos rió creyendo que era una más de mis bromas. Los otros tres quedaron serios, solemnes, esperando descubrir algo interesante. Tanto tiempo de misterio tenía que brindar una revelación sin igual. Esperaban un tipo de Aleph. Todo permaneció igual a los días después de mi confesión. Nada había cambiado. La amistad con mis amigos se mantuvo incólume. Y el miedo no había desaparecido del todo. Algún temor aún se prendía de mí. De poco sirvió mi confesión. Hasta la fecha creen que fue otra broma mía. Aseguran que es uno de esos juegos que me obsesionan. No niego que tal incredulidad me indignó sobremanera. Aunque la misma me brindaba despreocupación y alivio, e indignación, no lo creyeron por más que les insistí. Algún viso de preocupación se dibujó en sus rostros por mi insolente insistencia tanto que temieron que ese acto fuera el principio que desencadenara la demencia latente en mí. Y pensar que hace un par de años me evitaban. Fue difícil entrar a su círculo de amigos. Y pensar que cuando los conocí y tenían ese

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grupo llamado “los huidobrianos”, les tomé un odio… A veces extraño mi lugar de origen y aquella frase de moda que el alcalde de turno había inventado: “la gran ciudad”. Pura publicidad para atraer turistas. Aquel muro que lo dividía de otras ciudades y lo hacía lejano e inaccesible. Amigos míos no consiguieron huir. Soy el único que logró escapar. Soy un sobreviviente. Quizás esa razón justifique mi corazón solitario. Mi corazón es un cazador solitario , diría la McCullers. Quizás por esa razón uno de mis libros de cabecera es El lobo estepario , de Hesse. Desconozco qué divinidad guió e iluminó mi camino. Quién abrió la puerta de ese muro que carece de ella. Cómo te recuerdo, Maldoror, cómo te recuerdo. Laberíntico. Recuerdo aquellos hilos de Ariadna que enceguecían a sus habitantes como si alguna maldición pendiera de ellos. Los hilos allá no brindaban esperanza, sino todo lo contrario. En Florencia no es del todo distinto. El cielo de Maldoror era lo más parecido a una pintura del Bosco. La única manera de que un habitante extranjero pudiera ver su cielo era a través del reflejo de un espejo. Quien lograra ver al Bosco en el espejo, significaba que estaba pisando tierras maldororianas. Cuántos escalofríos prohibidos por la ley. La crueldad es un ideal. Y al mismo tiempo una utopía. Por supuesto que existe un equilibrio que rige su orden. Maldoror,

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Maldoror, tierra de traición y de crueldad. Allá el amor equivale a repulsión. Es una dualidad curiosa de nuestra herencia donde el amor, además de su significado intrínseco, correspondía a repugnancia. El resentimiento es una semilla que florece debajo de nuestra existencia. Cuando florece completamente es como si apareciera una sirena con nieblas en las manos y en ellas raíces de horror. Nada muere y se desploma. El estoicismo es importante. Su modus vivendi . En cambio, la bondad viene a representar lo más parecido a una fiebre. Aprendí pocas leyes en mi ciudad natal y de las que conozco ahora me son permitidas quebrantarlas. La cultura es cambiante. Ahora que me han aculturizado, la vida parece mejor. Bien Fannon, gracias a vos no he comprendido nada. Departíamos 5 amigos en el apartamento de Enrique. Uno de ellos insinuó sarcástico que yo estaba topado. Una voz en el oído me gritaba: “Dios te perdonará: es su oficio”. Fumábamos mariguana y bebíamos cervezas. Estábamos como dentro de las manos de la sirena. Aún no habían crecido las raíces. ¿Qué hacía yo con los huidobrianos? El goce latía tan fuerte al unísono del enojo que sentía y corría azufre por mis venas por causa de sus burlas sobre el lugar de mi origen. Hasta esta noche de borrachera se habían atrevido a bromear hasta el hartazgo

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conmigo. Me habían tomado de payaso. De loco. Yo aguardaba, silencioso, bebiendo. “Dios te perdonará: es su oficio”, insistió la misma voz en mi oído. Se había instalado en mi cabeza para no irse. Notaron que me molesté. Orientaron la conversación hacia el tema de las mujeres. Qué gran distracción hablar de ellas. De pronto se me vino de golpe a la cabeza que en este país jamás hemos vivido una primavera. Verano o invierno, no hay más opciones. Ni las habrá. Crecían las raíces. De fondo sonaba Hey you de Pink Floyd. Enrique se levantó y fue al baño, Alfredo por agua. La mota reseca la garganta. Los otros dos amigos reían como locos. ¿Reían de mí? Estoy casi seguro que sí. De qué más podían reírse a morir. Aunque la mota tiene ese efecto secundario. El problema es que ellos siempre han sido unos burlistas. Es difícil saber en realidad por qué se están desternillando. Nada serios. Burlistas a tiempo completo. Insensibles. Pero no puedo negar que son divertidos. A veces me divierten. Había cesado Hey you y comenzaba a correr Mother. Mother should I build the wall? Me sentía muy ebrio y bien fumado. Perdido. Lost. Bien tuani. Mother’s gonna make all your nightmares come true… Se me ocurrió confrontarlos. Preguntarles qué pensaban al respecto de lo que les había confesado aquella tarde en el café. Obviamente no era el mejor momento para traer a colación aquella absurda conversación. Era absurdo pensar que entre bebida

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y mota, en ese bacán nocturno, se podría hablar con seriedad. Cuando les pregunté echaron a reír como una manada de hienas. Los muy cabrones echaron a reír. Enrique aportó un comentario según él muy gracioso: “después de todo somos otro ladrillo en la pared”. “Sos otro ladrillo en la pared”. “Perdón, otro ladrillo del muro”, agregó Alfredo. Me reí. Después me enfurecí. La agarré contra el póster de Pink Floyd que decoraba la pared. Debajo de él estaba “La noche estrellada” de Van Gogh. Soy impulsivo y lo demostré. Arranqué el póster y les dije sus cuantas mierdas. Andate para Maldoror, me dijo uno. Me enervó la sangre. Recordé la pintura de Michaux y me sentí como esa pintura sin rostro que me remitía al retrato de Dorian Gray. Sólo una lámpara iluminaba la sala del apartamento. Sólo una lámpara nos iluminaba y nos sumía en la oscuridad. Mitad del rostro iluminado, la otra mitad oscurecida. Comfortably Numb… There is no pain, you are receding…A distant ship’s smoke on the horizon… Quebré la lámpara negra. Encendieron al instante la luz. Un amigo me sujetó y me dijo que me calmara, que me dejara de mierdas. Yo le dije que me dejara. Déjenme. Ustedes no me conocen y jamás me conocerán. No saben qué hay dentro de mí. Ninguno de ustedes ha vivido lo que me ha tocado vivir. Ya los quisiera ver…los quiero ver. Carezco de

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una voluntad independiente, dijo Dostoyevski. Me dijeron que me calmara si no quería que me sacaran del apartamento. Pues me voy a la mierda, les dije. Y entonces recordé un pasaje del libro sagrado de Maldoror: “hoy que los años hacen sentir su peso sobre mi cuerpo, declaro, sinceramente como verdad suprema y solemne que yo no era tan cruel, como ha circulado después entre los hombres…”; ¡una revelación! Se las hice saber. Prometo que no haré nada más. Me voy a calmar. Se mostraron escépticos. Sin embargo, me soltaron. Me amenazaron con golpearme si ocurría otro incidente. The dream is gone… And IIIIII… have become…Comfortably numb… Me levanté. Fui al baño. Al regresar dijeron que ya había terminado la fiesta. Enrique y Alfredo me preguntaron si me quedaría durmiendo en su casa. Eran las 3 am. Ok. Les dije. Pero antes quiero leerles algo. Aceptaron con reticencias. Enrique botaba las botellas en una bolsa. Liz encendió la luz de una de las dos habitaciones y yo leí un fragmento de un poema de Leopoldo María Panero. Fumo mucho. Demasiado. En el cenicero hay ideas y poemas y voces de amigos que no tengo. Y tengo la boca llena de sangre, y sangre que sale de las grietas de mi cráneo

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y toda mi alma sabe a sangre, sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy… Al terminar mi lectura todos nos fuimos a dormir. Me quedé parafraseando a Panero y preguntándome si era paisano mío. Podría serlo. No debería repetir jamás que deserté de Maldoror. Quizás lo haya imaginado. Quizás sea cierto. Quizás no lo sea. ¿Será cierto lo del espejo? Y los huidobrianos seguían siéndolo a pesar de haberse dormido. Entonces recordé al acostarme en la cama, y ver girar el ventilador, que yo me llamaba Arp y que mi corazón era un cazador solitario.

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Los huidobrianos y su club de lectores
________________________________ Los huidobrianos habían leído a los poetas más importantes del continente: de Neruda invocabanResidencia en la tierra, desestimando por completo 20 poemas de amor y una canción desesperada, 100 sonetos de amor, Los versos del capitán y Canto general; de Whitman se jactaban de haber heredado la rigidez autocrítica, la incansable revisión y corrección de textos; Huidobro y Borges eran sus dos dioses de cabecera, el primero por metafísico, vanguardista, fundador del creacionismo, y por su adorado Altazor, no hacían más que hablar de la poesía como paracaídas y del poeta como pequeño dios, del segundo alababan los laberintos y las camisas de fuerza, sonetos, a los que sometía sus poemas, pero, sobre todo, rendían homenaje a su desdén por la literatura comprometida socialmente y a su gusto por la metaliteratura, muy de moda en estos tiempos de posmodernidad; arte por el arte era su consigna. Antes de unirme a su grupo ya contaba con un modesto –por modestia lo digo- bagaje de lecturas. Su jactancia iba más allá de ser simples lectores, también eran escritores y críticos literarios. La diferencia entre los escritores de la capital y los de la zona norte puede resumirse

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en lo siguiente: los artistas capitalinos tienden más a ser artistas, suelen ser más sensibles a los problemas que aquejan a la sociedad, los domina el interés y entusiasmo de cambiar al mundo, ven el arte como una herramienta de cambio y sensibilización, de humanización; en cambio los de la costa norte tienden más a lo académico, al arte por el arte, a la literatura como único fin de la literatura, a los riesgos y a la transgresión, al hedonismo más que al retrato social de una época. Cabe aclarar que la mayoría de los poetas más importantes del país residen en la capital, aunque ninguno de ellos haya nacido en ella. Por lo tanto, los huidobrianos como costeños eran los únicos portadores de la verdad, aunque, paradójicamente, despotricaban contra la “verdad” bajo el argumento de que ésta carece de relevancia en el arte. Lo importante es crear.

Nacidos en la zona noroccidental del país, la de mayor desarrollo industrial, específicamente maquilero y bananero, los huidobrianos podían criticar sin importar si sus juicios iban acompañados de teorías sobre estética o crítica de arte ante cualquier obra que debutara bajo el sol hondureño. Su técnica desarrollada a perfección consistía en parodiar cualquier intento de obra que esperara un recibimiento caluroso de parte de la crítica especializada. Las parodias venían sazonadas con asombrosos datos biográficos del ingenuo debutante. Pero cuando algún escritor listo y medianamente

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preparado en Letras les preguntaba qué es el arte, ellos, entre escepticismo y arrogancia, e ignorancia, respondían que ni el arte ni la literatura les interesaba, además de ser una profesión aburrida y mal remunerada, nadie que tenga como virtud la sensatez podía esperar vivir de ella. A uno de sus miembros solía acompañarlo la fama en el café Expresso Americano, ubicado en la zona peatonal de San Pedro Sula, no por la frecuencia de sus visitas, que eran diarias, sino más bien por las inesperadas e insólitas preguntas con las que increpaba a mujeres que carecían de una formación artística o cultural o al menos la adquirida en canales de televisión extranjera como A & E- The Arts and Entertainment, en AE Mundo, Canal (á), Europa Europa, en programas televisivos locales como “XO da dinero, “A toda máquina”, y otros de exclusividad reggaetonera. Al acervo cultural de Alberto habría que agregarle los internacionales programas “Videomatch” y “Sábado Gigante”. Una de las principales preguntas de Alberto a las jóvenes víctimas, pose en escena, era “¿para vos qué es la vida?”. Y en el zoom del retraimiento de su diestra pose, a la espera de no sé sabe qué, mientras movía con cautela la bolsita del té de naranja que había pedido, devolvía la mirada a la joven estupefacta, quien en shock enmudecía esperando que el recuerdo

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de algún programa favorito o la revista del mes para mujeres con sus 1000 tips de cómo satisfacer a un hombre en la cama le brindara la respuesta. Nada. El énfasis se orientaba entonces a recordar los chismógrafos que llenó en su época colegial o en las revistas de su localidad: Mujeres, Mía o Amiga. La joven no tenía acceso a Vogue, Cosmopolitan, Ragazza, Mía , Glamour o Marie Claire . Si acaso recordaba algunos libros, estos serían Cipotes, Prisión Verde , Muchachitas, Angelina y Blanca Olmedo, o del título de alguno de Paulo Coelho, de Isabel Allende o de Osho recomendado en la sección de “sociales” y “vivir” del periódico del patio. Esta sola pregunta ha puesto en jaque y escurrido a los cerebros más sobresalientes de todas las épocas y de todas las civilizaciones desde que existió el hombre, no era para menos que silenciara a cualquier joven que llegaba periódicamente a tomarse una granita sólo por la moda del café congelado, y, claro está, para refrescarse dentro del establecimiento que contaba con aire acondicionado a diferencia de la temperatura ambiente de la ciudad que rondaba los 37 grados centígrados durante la mayor parte del año. ¿Qué esperaba que respondieran? ¿Acaso que citaran a Hölderlin? ¿O que la joven entrevistada comenzara a recitar La vida es sueño de Calderón de la Barca? ¿O a Sófocles? ¿A su adorado Whitman o Huidobro? ¿Incluso a Süskind? Un modesto “no sé” como

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respuesta sería tan sobrio y profundo. Por supuesto, ésta constituía una de las tantas estrategias de conquista de doncellas de parte de los huidobrianos. La otra era cargar libros. Según ellos las mujeres gustan y mueren por hombres intelectuales e inteligentes. ¿Habrá alguna falsedad en ello? El martes los miembros se reunían en el café. Era el día libre de dos de los huidobrianos que laboraban en el periódico local. Recién me había integrado a su grupo. Yo era el novato literario, el joven a educar, el mozalbete a adoctrinar. Recuerdo bien que el tema a discutir era su poeta congresista. Sí. Huidobro. Hablaban de cubismo, paracaidismo – uno de ellos extrapolaba éste término a su fuerte: temas sociales, pues uno de los huidobrianos era marxista guevarista-, y poesía, de metafísica e interiorismo. La conversación escenificaba una especie de concurso o juego de tirame la bola. El tema estaba sobre la mesa. Los jugadores disponían de sus palabras para presumir de intelectuales y eruditos. Cuando un integrante mencionaba un nombre, otro integrante respondía con una palabra relacionada con el escritor o artista digno de ese foro café. ¡Ah!, Huidobro, dijo un integrante, mientras el otro miembro respondía: Vicente. Con aire solemne y rostro de crítico renombrado, otro miembro, Enrique, aportaba su bloque a la construcción de ese castillo

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de erudición: el de Altazor. École , le dijo Alberto a Enrique en señal de felicitación por su valioso aporte. De pronto un silencio los embargaba quedando comprometidos a esa cadencia de respuestas de sabihondo después de proferir al unísono: muy buen poeta, muy buen poemario. Una obra cumbre de la poesía. Un clásico. Pronto cambiaron de tema, recordaron la anécdota de Dalí sobre la caricatura que hizo de Neruda, la frase célebre que les causaba risa era: “Neruda es comunista, yo tampoco”. Sus inteligentes neuronas predestinadas a la literatura reían en ese ambiente de complicidad y aromas. Decididamente eran los elegidos. Esa tarde del martes departí con cuatro personas, tres miembros del club y el resto, incluyéndome, éramos aspirantes. Llegó el martes siguiente y al club de huidobrianos se integraron dos aspirantes más. Habíamos 7 personas. Ya éramos multitud. El club iba en ascenso. Para abrir la conversación de la gala vespertina uno de los miembros dijo: “el poeta es un pequeño Dios”. Agregó que el genio de Huidobro era incomparable. Los aspirantes al club, admirados, lo miraban con atención. Cómo sabe, se decían en voz baja. Quien abrió el café club fue Alfredo, uno de los socios fundadores.

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No puedo negar que estos huidobrianos eran sumamente divertidos e ingeniosos. Me contaron que en una ocasión elaboraron afiches para publicitar clases de poesía y narrativa. Otro cartel más simpático tenía por slogan: “cómo escribir poesía sin barreras”. Estaban los anuncios de alto pedorraje que circulaban en Internet: “si cree que la metafísica no es lo suyo, inscríbase en nuestros cursos especializados del más allá”. Inscripción: un paracaídas. Examen de admisión: tirarse del décimo piso del Hotel Sula con el paracaídas. Nota: no nos hacemos responsables de no saber diferenciar un paraguas de un paracaídas. Nota Nº 2: No nos hacemos responsables por problemas de gravedad. También ofrecían cursos de cómo deshacerse de las influencias literarias y convertir su primera publicación en best seller. Lo más simpático de estas ocurrencias era que el número telefónico a contactar en los anuncios era de algún aspirante al club. Fue uno de los primeros rituales de iniciación. Creo que nadie logró inscribirse en el curso especializado de metafísica. No me consta. Recuerdo que en una reunión uno de los presentes candidatos contó que lo habían llamado por teléfono pidiéndole información sobre equis taller. Los huidobrianos carcajearon. Para ellos todo era risas, excepto cuando los increpaban, que era cuando llegaba a ocurrir la seriedad y el desprecio se dibujaba en sus rostros. La edad de los socios y aspirantes al club oscilaba entre los 17 y 29 años.

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Durante un par de semanas los oí con atención. Aspiraba a ser parte del grupo. Pero un día cometí el error de intervenir en una conversación. De hecho, fue la primera vez que opiné dentro del grupo. Era el más joven y por ende el menos capacitado para participar. Los aspirantes nuevos querían saber más de Huidobro, querían la opinión de equis poemario de él que habían tenido la oportunidad de conseguir, pero antes de leerlo buscaban su aprobación. Fue cuando les dije a los socios que un tal Herder hablaba de artista-dios mucho antes que Huidobro. Me miraron escépticos. A alguno le causó risa. Los remití a mi evidencia. Me dijeron que se las enviara por email. Lo hice. Una semana después, en plena reunión, cuando los volví a ver, antes que yo les preguntara si habían leído la fuente de mi participación de la semana anterior, los oí hablarle de Herder a los aspirantes al club. Quedé sorprendido. Callé. No dije nada. Parecía indicar que pronto sería amigo suyo y que las charlas se extenderían a las noches etílicas y de mota de las que tanto hablaban. Me sentí socio. Y en mi emoción les confié que había investigado sobre Herder y su teoría de artista-dios y que antes que él aparecía otro nombre: Shaftesbury. Es un inglés, les dije. Los aspirantes centraron la atención en mí mientras a los socios les causaba molestia mi protagonismo.

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Desaprobaron con disimulo mi observación. Los aspirantes, para congraciarse y ganarse la buena fe de los socios, repitieron la misma actitud de aquellos. Instinto de servilismo, me dije. Me quedé callado. De pronto el aire era menos amigable. Desde ese día comencé a cavar mi propia tumba. Para sobrevivir en el mundo de la literatura se debe ser prudente. Para sobrevivir en el inhóspito mundo literario de la costa norte, se debe ser humilde. La prepotencia ayuda cuando tenés un grupo de amigos a los que les caés bien y que ante cualquier situación te defienden. Si no, estás acabado. Un comentario puede borrarte de la faz de la tierra. Igual le pasó al poeta niño. La literatura en honduras es una cofradía de canibalismo. Pocos sobreviven, los demás son cortados de raíz antes de debutar. Nada me costaba quedarme callado. Pero tuve que abrir la bocota. Y la razón real por la que comencé a frecuentar ese grupo es porque me los había recomendado un ex profesor mío del colegio. Decía que teníamos afinidades estéticas. Y gustos similares. Lo único que nos diferenciaba era que yo era nuevo y que cuando ellos comenzaron a debutar en las ligas nacionales de la literatura, les corrompió el gusto un padre que pregonaba lo que él llamaba una estética interiorista, movimiento cursi de origen dominicano. Y todo lo que yo anhelaba era tener amigos, amigos con quienes salir a beber, amigos con quienes compartir, intercambiar libros y experiencias

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literarias, amigos, al fin y al cabo, con quienes soportar lo terrible de nuestra existencia. Cometí errores como renegar de la poesía de Neruda y Sosa, en cambio admiraba sobremanera a Yeats, Pound, Bulnes, Panero, Girondo, Celan. ¿Qué relevancia podía tener para entablar una amistad conversar sobre Stevenson, Blake, Nerval y De Quincey? Ninguna. Era absurdo discutir entonces. Pronto descubrí que mi mayor error fue aportar información sobre Huidobro y de alguna manera desacreditarlo como un escritor original, pero Eliot, Pound, Bulnes y Panero daban lección de metaliteratura y culturalismo. Un par de meses después ellos me aceptaron en el club. Descubrí que en efecto compartíamos gustos literarios y de arte en general. Ya no tuve que regresar a mi habitación oscura que me sumía en las más terribles depresiones. Por fin había conquistado algo en mi vida. Faltaba la materia pendiente: conocer una mujer etérea, bailarina o música, preferiblemente. Aunque en esta ciudad no había esperanzas de conocer a una Anne Sexton, Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Diane Arbus, o Audrey Hepburn, o una personaje parecida a Liz Norton o a Midori o a Geneviève. En mi país Dios no había tirado los dados. Pasé a formar parte de la élite. Ya no estaría condenado al olvido. Podría ahora citar con autoridad

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a mis narradores hondureños preferidos: Arturo Martínez Galindo, Roberto Castillo, Eduardo Bähr, Oscar Acosta, Mario Gallardo y Giovanni Rodríguez, a los poetas Edilberto Cardona Bulnes, Nelson Merren, José Luis Quesada y Rigoberto Paredes y exigir respeto a mis criterios. Aquél sueño que tuve hace una semana en donde preso de mi irritación clavaba un cuchillo a un huidobriano, había desaparecido, por fin había desaparecido ese sueño recurrente y ahora todo tenía la promesa de vinos, quesos y el odio de aquellos seres extraños de Honduras que no desfilan en la liga huidobriana.

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juggernaut humano
________________________________ Fue un fin de semana como cualquier otro. Un día esperanzador de lluvias, pero sumamente caluroso y húmedo. Debía estudiar para un examen de literatura universal que tendría el lunes. Era viernes en la noche y recién habíamos regresado de la Alianza Francesa saciados de vinos y quesos. Camino al apartamento de Enrique y Alfredo pasamos por una licorería comprando ron Plata, refrescos, cervezas, cigarros y varias bolsas de churros. Adquirimos todo el arsenal requerido para una noche decente de ebriedad. El reloj daba las 10 pm. Subimos las gradas del apartamento y cuando íbamos a ingresar en él la vecina –mi novia- me llamó. Yacía sentada en el sofá viendo televisión. Hacía un par de semanas que no la miraba. Me extendió la mano y me invitó a entrar. No parecía molesta porque la hubiese abandonado durante algunos días. Era cristiana y tal vocación había que celebrársela Al sentarme a su lado el sillón comenzó a encogerse. Yo me sentía más seguro, me consideraba ya todo un experto en la materia ya que en mi ausencia había estado con otras mujeres. Medité al respecto y no me encontré culpable de infidelidad. Recordé una

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frase de Las mujeres de Adriano que decía que la moral de la infidelidad es la discreción. Me sentí sumamente moral. Además, tampoco podía serlo ya que no recordaba que yo me le hubiese declarado o pedido que fuera mi novia. Era una relación tácita, sobreentendida, ninguno de los dos podía ejercer derecho sobre el otro y menos exigir respeto o fidelidad. Mis amigos seguían disfrutando de la dotación etílica adquirida y poco les importaba que yo compartiera con ellos. Con mi ausencia, la dosis de ellos aumentó. Tenían licencia para beber y fumar más. A los huidobrianos les fascinaba beber, pero sólo a uno de ellos fumar. La mota era universal, símbolo de unidad y levedad, símbolo del paracaídas tantas veces pregonado. En la Alianza Francesa había ingerido muchas copas de vino, las suficientes para andar sonriente. Con cuatro o cinco copas de vino estás capacitado de demostrarle al mundo que sos el hombre más feliz sobre la tierra, tu sonrisa lo demuestra. Recordemos aquella única foto del eterno triste y desamparado Vallejo en donde, mientras brinda con su copa de vino, sonríe sin par. Como íbamos diciendo, con cinco copas de vino en el morro sos capaz de besar a la vecina aún sabiendo que la última vez que la visitaste fue hace tres semanas. Ese día, que seguro anduviste ebrio, le regalaste el cielo y otras cosas más, estrellas por ejemplo, besos y más besos. Desde esa última ocasión, la vecina te ha extrañado a sangre tanto que te ha escrito de tres a

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cuatro e-mails por semana, de nueve a doce en total, considerando las tres largas semanas de su espera, que no le quisiste responder. Rompiste el hielo y el sillón la barrera del silencio. Sus hermanas duermen. La luz de la sala permanece apagada. La única luz que nos ilumina proviene del televisor. Después de tu hermoso triunfo en la guerra de las tibiezas húmedas está dispuesta a reacomodarse en el sillón. La reconquistaste. Te considerás un Don Juan. Con la experiencia adquirida producto de tu reciente infidelidad, la sentás sobre tus piernas y mientras la despistás con tus besos de hombre enamorado, tu antebrazo descubre que debajo de su blusa negra su pezón despierta. Le besás el cuello. Te retirás y la mirás a los ojos, descubrís que su mirada brilla como los ojos de los peces. Te decís, qué puedo perder, ganas de verla ya no tenía. Tomás su cabeza entre tus manos y la besás nuevamente, ya tragado el asunto, y con tus manos estratégicamente situadas, dejás una en su rostro mientras la otra comienza a descender a su cuello, hombros, hasta llegar a sus ínfimos senos. Es primera vez que conseguís tocar sus pezones. Y pensás nuevamente, qué puedo perder, ganas de verla ya no tenía. Metés tu mano derecha debajo de su blusa y hacés contacto de piel con piel de tu mano con sus senos. Te excita tanto sentir que sus pezones parece que fueran a estallar, te excita tanto que mientras la besás no ves el momento en que los podás besar. Tu impaciencia crece y para demostrárselo agarrás su mano y la colocás en tu cetro. Ella deja la mano pero no busca abrirte el zipper, sólo lo agarra por encima del jean. La despojás de su camisa y del sostén. El vino en

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la sangre te ha obligado a hacerlo. No podés culpar a nadie más. Mientras jugás a arrancarle los labios, ella seguro piensa por qué hasta hoy te dignaste a desvestirla y tocarla. Tu mano atraviesa todas sus tibiezas a excepción de la más importante, la que se esconde debajo del jean. La yerba oculta yace escondida debajo de la tela del pudor. Besás enérgicamente sus pezones como si no quisieras devolvérselos, como si fuera tu primera vez, y ella jadea como si también fuera su primera vez o esperara que se los arrancaras de la manera más placentera posible: en el rapto del orgasmo. Ahora buscás extender tu dominio en su cuerpo y conquistar su fuente de la eterna juventud, descender a sus pozos epicúreos en busca de esos placeres naturales necesarios e innecesarios, básicos e imprescindibles, continuos y riesgosos, asaltar como buen revolucionario la Bastilla, su Bastilla, desarmarla por completo, y asesinar a su único gobernador llamado recato o castidad, con el único afán libertador de redimirte y redimirla y relamerla por el abandono en el que la has tenido. Pero antes entrás en el dilema entre tu miedo y la ofensa. No podés perder la oportunidad, es esta vez o nunca. No deseás otra cosa que conocer su brevedad cóncava y hacer tu respectiva aportación. Antes de proceder, para desviar su atención, seguís besándola y acariciando sus senos. Y lo intentás, pero ella no deja, objeta que lo correcto es conocerse mejor y darse más tiempo, que aún no está segura de tus sentimientos y que lo último que quiere es equivocarse. Algunas mujeres son un frenesí de dudas. Su prodigioso jardín quizá esté incendiado y su pozo colmado de humedad capaz de saciar la sed de toda la humanidad y ellas insisten en poner trabas.

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Después de largos periodos besándonos, dos horas aproximadas, decidí dejar de perder el tiempo. He cambiado de emociones tanto como de posiciones, he apretado sus nalgas como si estrujara una hoja de papel, el sillón ha gemido tantas veces que creo que él está hecho para mí y no ella. Por fortuna no le recité ningún odioso verso romántico, la abstinencia no debe recompensarse. Mis amigos se acercan a la ventana y me avisan que es hora de irnos, que se acabó la bebida. Al despedirme con un beso de la vecina recuerdo a una mujer que conocí en la capital, a quien llamé Faustine. Le digo a mis amigos en son de broma que me siento miserable por haber defraudado a Fito Páez: “mañana no tendré que vérmelas con la resaca”, eso significa que podré estudiar para mi examen del lunes. Ellos rieron y me respondieron que qué bueno, “por fin estudiarás”. Bajamos las gradas. Enrique nos acompañó a abrirnos el portón. Nos despedimos y cada quien tomó su rumbo. Adolfo iba para Río de Piedras, Marvin a la Toyota, Alberto a Barrio Medina y yo a Florencia. La avenida estaba alumbrada por los faros. Los árboles grandes no dejaban que la luna iluminara mi camino. Había caminado tres cuadras cuando un perro que estaba a media cuadra comenzó a ladrar. Decidí doblar antes, calle abajo, para evitar cualquier malentendido entre el can y yo. Seguí caminando por la primera avenida y todo seguía en calma. No veía policías ni ladrones ni perros que atentaran contra mi seguridad. Sólo basura veía regada por las calles. Las

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sombras se tendían como alfombras a mi paso. Los árboles se agitaban como si entre ellos conversaran. Los grillos y las ranas cantaban desde su verde oscuridad. Llegué a la circunvalación. Faltaban por recorrer ocho cuadras aproximadamente. A cinco cuadras de mi casa, en el barrio San Cristóbal, vi un hombre borracho o drogado que gritaba “quítenme esta sombra, aléjenla de mí”. Vaya que sí hay más locos que uno, me dije. El barrio no estaba pavimentado. Había los mismos árboles y casas y perros en su lugar. Desde muy pequeño transité esas calles rumbo a mi escuela. De dos a tres veces las recorría cada día. Conocía bien el barrio, no bien bien, pero sí todas sus calles y sus pasajes. De pronto me quedé inmóvil. Un ser se me había acercado tan rápido que no me di cuenta. Mi corazón latió rápido, asustado. Sentí un escalofrío. Me dijo al oído: “te mataré cuando la luna salga”. No pronuncié palabra alguna. Estaba desarmado. Paralizado. Recordé rápido que la frase amenazante que me dijo era un verso de Leopoldo María Panero. El individuo éste vio la luna y rectificó su amenaza: “te mataré cuando la luna no salga”. Había luna. Dios, estaba salvado. Seguiría con vida. Se disculpó por su yerro. Mi temor aumentó no sé por qué razón. Dio la vuelta y huyó. La luna se mantuvo fiel a mi existencia. Su luz alumbraba el camino de regreso a mi casa. De reojo vi al sujeto que huyó. Definitivamente no era hombre lobo ni vampiro. ¿Qué papel había jugado la luna? ¿De dónde habría salido ese ser extraño? Jamás andaré sobrio en las calles, me dije tras una honda reflexión. Era la una de la mañana. Me había creado la mala costumbre de

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caminar solo por las noches sin temor a que algo me ocurriera. La mayoría de las veces andaba ebrio. Pensé en la vecina y su juego de cristiana, pensé en mis amigos y en las pesadillas recurrentes que he tenido, la noche anterior había soñado que un cuervo se le metió en el corazón a un ser humano. Sueño común y corriente. ¿Qué significado podría tener? Al regresar a casa me fui directo al baño. Oriné. Todavía no dejaba de pensar en aquel ser misterioso. Fui a mi habitación y al cabo de un rato quedé dormido. Al día siguiente transcribí el sueño que había tenido, no sé si producto de aquella macabra experiencia. El sueño es el siguiente: Al bajar la escalinata percibí que una mujer se me acercaba simulando no acercárseme. Seguí llamando por teléfono a mi amiga, pero no conseguí localizarla. Me desesperé. Insistí y sólo la contestadora respondía. ¿Era el mismo desde que me monté en ese autobús? ¿Era el mismo desde que la conocí a ella? La mujer cada vez estaba más cerca de mí. Yo quedé inmóvil. Sentí una presión en el pecho, no podía mover siquiera la cabeza, ni las manos. Nada. Me esforzaba por hacerlo, pero sin éxito. Creí que soñaba porque siempre ocurre lo mismo en mis sueños: no puedo moverme y una extraña presencia me turba el ánimo. Alguien me besaba, pero era invisible. Tuve miedo. De nuevo mi pulso y mi corazón iniciaron el segundo

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round: ¿quién ganará esta vez? ¿Un súcubo querría amarme? ¿Qué mujer, qué demonio sería? La mujer sacó un cuchillo. Yo estaba inmóvil y una presencia femenina me besaba, acariciándome me pasaba la lengua por el cuello y me mordía. No podía distinguir quién era. Sólo miraba a una mujer acercándose cada vez más rápido. Era mi amiga. Me cortó el cuello. Mi amiga me cortó el cuello. Pasó otra vez el cuchillo por mi cuello como si al hacerlo extrajera de él las notas de la muerte. Qué suave era la música. Lo pasó una vez más y la música era la de un tajo de carne cortado delicadamente. Menos de cinco segundos y ya sentía la sensación de ahogo. Me ahogaba en cada nota, en cada desliz de ese cuchillo. Me sentí mareado. El aire que trataba de respirar se me escapaba por donde brotaba mi sangre. En segundos, mientras ella tomaba mi cuello como si fuera una de las cuatro cuerdas del violín, se me vino el recuerdo casi irónico de que ella siempre quiso ser músico. Cascadas de imágenes vacías, no tristes, ¡vacías!, se presentaban ante mis ojos como si estuviera en la etapa del sueño rapid eye movement.

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Tremdall Moriann
________________________________ Oír sobre ellas el horrendo grito del náufrago clamando al infinito… Alfonsina Storni Nant y yo, una sola cabeza, compartiendo los mismos pies… Dylan Thomas

Me llamaron Nant cuando quise llamarme Tremdall Moriann. Para mí no fue justo, pero no podía hacer nada al respecto. De alguna manera le debía respeto al narrador. Antes de que yo existiera no recuerdo si tenía o no un nombre. Eso sí, yo fui fiel participante de las voces que él creyó escuchar durante sus largas noches de desvelo. En ocasiones influí en él. De eso no me cabe la menor duda. Sin embargo, cuando ha querido manipularnos y cambiarnos el nombre, lo ha hecho. No pierde oportunidad de regir el aparente caos que reina en su cabeza. Dice él que es en su cabeza. Pienso que yo existía desde antes de que alguna neurona le creciera e hiciera sintaxis y sinapsis y estruendos y se quejara constantemente de depresiones y soledades y de su eterna insatisfacción por lo que escribe o

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emprende en su diario vivir. Vida agotadora, le llama él. Quiero llamarme Tremdall pero me nombran Nant. Me escriben Nant. Y lo repiten con cinismo y aplomo. Qué desconsideración de su parte perfilarnos a su antojo. A veces suele ser interesante y gracioso, eso es lo que cree él. O eso le hacemos creer. Nosotros simplemente le seguimos la corriente. Nacimos adultos. Ni infancia nos regaló. No tuvo siquiera la mínima atención de preguntarnos o inventarse una historia anterior a la nuestra. Digo nuestra porque también a Malina le cambió el nombre. Para cuando nos creó yo ya no conocía a Malina, ni ella a mí. Qué despotismo. Mi nombre es Tremdall y el de ella, Malina. ¿Cómo comprobarán que soy yo y no Nant? Supongo que contándoles un poco sobre mí. Para comenzar, no soy el mismo que estuvo náufrago clamando al infinito. ¿O sí? Soy otro o soy yo. Según el creador soy alguien mejor. Más mejor, como diría algún paisano. Antes de relatarles mi experiencia después de mi creación, quiero compartirles mi vida anterior, a la que pertenezco. Antes de que me cambiaran el nombre y me llamaran Nant, a él se le ocurrió que yo podría interpretar o dramatizar un ser camaleónico, impredecible y eternamente cambiante. Según él, un rostro puede suplantar otro rostro y este otro rostro puede suplantar otros rostros y así sucesivamente. Hasta el infinito, como dirían los paisanos y amigos. Mi interpretación sesuda sobre su teoría es la siguiente: lo ilógico viene a constituir un reordenamiento de las leyes que nos rigen, por lo tanto, la ley que rige lo ilógico no es la transgresión del orden, sino su propia constitución. Un tanto

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absurda la teoría. No sé si bien sustentada, pero algo es algo, no podría esperarse más de un suicida en potencia. Su ley de creación sería la siguiente: dejar que florezca la revelación, insistir en que el comienzo son los bordes, que los gritos desde las alturas y su oscura angustia son el principio de la creación o de autorrebelión, que un grito es la división, y que el muro es la representación física del grito. Que resulte, está por verse. Ahora quiero pasar a la principal razón de que este individuo me tenga indignado: me separó de Malina. Con ella la existencia era mejor. A su lado, toda armonía era posible. Nos pertenecíamos. Había levedad. Flotábamos en la nada. A diferencia del desgraciado de Apolo, ella sí correspondió a mi amor. Obvia diferencia entre las dos relaciones: Malina y yo no pertenecemos a la mitología griega. Aunque según la teoría despiadada del cambiador de nombres es posible que un rostro suplante otro rostro. Me pregunto si dicho silogismo se extenderá a la usurpación de mitos, leyendas e historias. Habría que hacer una adaptación de la teoría. Y es seguro que también sería aplicable. Recordemos su teoría absurda sobre el caos. Pero dejemos de lado esos supuestos y retomemos el tema ya abordado sobre Malina y yo, Tremdall, no Nant. Acaba de ocurrírseme la siguiente fantasía: ¿Tremdall es el Nant del futuro? ¿Chistosa, no? Bien, regresemos a lo que me compete y olvidemos las distracciones. Entonces nosotros éramos nosotros mismos y teníamos una historia propia por realizar, hasta que a este zampado abusivo se le ocurrió cambiarnos el rumbo. Los labios de Malina aún eran vírgenes, por así decirlo, cuando

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me besaba. Sus labios fueron mi más grande descubrimiento. De eso no quepa duda. Su desnudez era comparable sólo a su desnudez. Descreo que su cuerpo sea reemplazable por otro cuerpo. Tenía esa “marea blanca”. Sus ojos no eran la gran cosa ni la gran bellezada, tan insignificantes eran que en ellos se podían vivir diferentes estaciones, y, por supuesto, diferenciarlas. Los inviernos aterraban. Cohibía cualquier ocasión de un levantamiento de masas o del babélico estandarte del placer. Sus calurosos veranos me permitían montar su rincón de cielo rojo y proveer estruendos a nuestros corazones, tanto que daba la impresión que Cronos lanzaba manzanas, granito y fuego, incitando la caída de la lluvia y de los cuerpos en los cuerpos, mientras los terribles caballos de la muerte galopaban sobre las colinas de la creación, moviendo mundos, excitados, y los árboles concedían permiso a sus hojas para que cayeran libremente sin importar la estación del año. En el verano de sus ojos descubrí el brillo del sexo en luna llena. Qué hermosa era y cuánto la amaba. Te amé tanto que me da vergüenza recordarlo. En el otoño de sus ojos el cambio era súbito: sus pezones se petrificaban, y yo sufría. Sentirse miserable es una breve condena a la que todo enamorado debe acostumbrarse. Cuánto detesté esa estación. Sólo me acompañaba el anhelo de que regresara lo más pronto posible el verano. Había una manera de acelerar el proceso, cortar el árbol de Cronos en la estación que me hubiese gustado perpetuar, pero bien es sabido que la felicidad y alegría eterna aburren, es necesario que el ciclo del corazón humano siga su curso. La vida no debe ser lineal ni estática,

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sino cíclica. De la primavera de sus ojos emanaban la esperanza y la manzana, el sabor del tiempo que impregna de sazón la vida; el amor y la melancolía florecían de su yerto corazón. Todo era esperanza. Todo era posible. En sus ojos todo ocurría. Yo que amé sus ojos puedo afirmarlo. Yo que amé sus delgadas y blancas piernas que temblaban debajo de mi cuerpo, su escuálido cuerpo que sostuvo el mío como el amor sostiene la vida, el delicado aroma de su sexo, que sabía a manzana verde y a vida, a timidez y temor, a inquietud y viejas tristezas, pero también a esperanza, sabía a esperanza y a espera, sabía a amor y a huida, a pérdida… El día que lentamente nuestros rostros perdidos se desbocaron en el río de la creación, ese día comenzó un nuevo día, un nuevo día tan viejo como el olvido, un nuevo día tan viejo como la soledad de antaño, como la de repetir nuevamente el pasado cual Sísifo. Con ese día mis preocupaciones cambiaron de rumbo: alejarme de la soledad. Para conseguirlo debía romper los muros indestructibles de la convivencia y apostar que sobreviviría a los obstáculos predestinados de la vida, y aprender que un golpe contra el pavimento sana heridas, o sólo desvía su atención momentáneamente. El cuerpo resiste lo que no resiste el alma. Si los ojos son las ventanas del alma, las lágrimas son sus llaves. Hubiéramos tenido la delicia de oír a Luis Eduardo Aute. Pero cuando nací y me llamaron Nant progresivamente fui perdiendo la memoria. Aún desconocía el nombre de la ciudad donde vivía. No sé cómo llegué allí. Estaba en un karaoke club llamado

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Dazet. Según el cambiador de nombres, asistí para celebrarle el cumpleaños a una amiga mía, y para sanar la herida honda que me había dejado el desamor. A medianoche ya había bebido lo suficiente, ya había perdido ciertas destrezas psicomotrices. (Ahora resulta que soy borracho). Conversaba con mis amigos mientras bebía una Salva Vida. Antes de esa noche no hubiera imaginado que tuviera amigos. No tenía la más mínima idea de esos hijosdeputa. Su único tema de conversación parecía ser la literatura. Qué aburridos. Debo aclarar que hasta el momento de mi creación obtuve recuerdos que no eran míos. Celebrábamos el cumpleaños de Kate y estos querían alardear de su glamour literario. Había que beber y cagarse de la risa. Cantar. Por una razón habíamos escogido un karaoke para celebrarle el cumpleaños a Kate: a ella le gustaba cantar al igual que Elizabeth. Ambas seleccionaron las canciones que cantarían nomás nos llegara el turno a la mesa; cuando éste llegó, el relevo lo hizo la nostálgica Elizabeth. La mesera, que tenía un culo impresionante, y que parecía que deseaba salírsele del apretado pantalón color crema, casi transparente, que dejaba entrever la ausencia de calzón y la promesa de un ínfimo hilo, hizo entrega del micrófono a Elizabeth. En la pantalla gigante apareció “El hombre del piano”, interpretada por Ana Belén. La canción original le pertenece a Billy Joel. Elizabeth sólo bebe vino y éste ya se le había subido a la cabeza. Como expliqué hace un momento, gozo de una memoria que desconocía tener; por lo tanto, de ahora en adelante, no haré más intervenciones cuando relate los sucesos. Para nosotros fue

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hermoso ver correr la canción en la pantalla y oír a nuestra amiga cantarla. No desafinó. Tenía muy buena voz. Hasta fue corista de una universidad privada. Nos sumamos a cantar: “esta es la historia de un sábado de no importa qué mes…” “…pero siempre hay borrachos con babas, que le recuerdan quien fue, el más joven maestro al piano, vencido por una mujer…”. Con cuánta pasión y euforia cantábamos como buenos borrachos, contrario a Henri que murmuraba la canción para sus adentros. Fueron 4 minutos inolvidables. Al terminar la rola nuestra sorpresa fue mayor: vimos en la pantalla “Sólo pienso en ti” del matrimonio Víctor Manuel y Ana Belén. Y con el alma brotándonos, llenos de embriaguez y felicidad, con el brillo más intenso en nuestros ojos, gritamos: “¡mera peeeeja!”, “¡esa mierda!”. Se me acercó Pablo al oído y me dijo: esa es música Nant, esa sí que es música, ya voy a pedir a Francisco Céspedes para que cantemos, no se preocupe compa. Pijudo, le dije. Buscó con la vista a la mesera para que le trajera la carpeta de canciones y cuando finalmente la encontró la llamó con su mano. Kate y Henri comenzaron a cantarla. “Hey, no puede haber nadie en este mundo tan feliz, heeeyyy…sólo pienso en ti…juntos de la mano se les ve por el jardín, no puede haber nadie en este mundo tan feliz…”. Miraban de reojo la pantalla mientras se miraban a los ojos. Se cantaban. Se enamoraban nuevamente. A pesar de estar casados y tener un bebé parecían que seguían enamorándose y que su amor era inagotable. Su hijo era un bebé gordito capaz de darle vuelta a la casa en más de ochenta tumbos. Por supuesto éramos incapaces de regañarlo, por el contrario, celebrábamos sus relajos y

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ocurrencias. Lo consentíamos mucho. Aunque procurábamos no alentarlo demasiado debido a las consecuencias: si este “bebemoto” agarraba de encuentro a algún atento y predispuesto y además pendejo consentidor, era capaz de dejarlo exhausto. Si teníamos poca energía los amigos de Henri y casi tíos ad honorem del chupe Tito, era porque nuestra vida seudo bohemia no nos brindaba la pirámide alimenticia completa. En más de alguna ocasión nos compararon con los personajes de un cuento de hadas de los hermanos Grimm: Hansel y Gretel. Entre los amigos que visitaban la casa de Henri, el Rintrah mayor, estaban cocó y ñañi, como solía decirles el pequeño Rintrah, mejor conocido como chupe Tito. En el comedor les sientan separados a comer, si se miran bien, les corren mil hormigas por los pies, ella le regala alguna flor y él le dibuja en un papel algo parecido a un corazón…seguro les corrían hormigas por los pies a Kate y Henri, pero mariposas en el estómago lo dudo, los dos habían bebido y comido mucho para que éstas tuvieran el espacio suficiente de volar dentro de ellos. Nuestro turno terminó pero la música seguía. La mesera llegó a nuestra mesa y se llevó el micrófono. La noche ya era inolvidable. Repuntaba en el top ten de las mejores noches de perdición, decididamente una de las mejores pijiniadas de los últimos meses. Pedíamos canciones, cantábamos y reíamos recordando anécdotas y chistes. Ahí seguíamos en la mesa 13 del karaoke. Apenas era la una de la mañana. El cumpleaños de Kate había concluido pero su celebración duraría hasta que saliera el sol. El alcohol era el encargado de conducirnos a nuestra meta. Mientras

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esperábamos que el micrófono diera nuevamente la ronda hasta llegar a nosotros, comíamos chuleta con tajadas y seguíamos bebiendo y fumando. Recordamos la ocasión en que Enrique lloró desconsolado y sin aparente razón en la comunidad garífuna de Masca. También cuando rescataron del mar al “cetáceo iconoclasta”, un amigo de Enrique, por tirárselas de Odiseo mariguaneado. ¿A quién se le puede ocurrir tentar a Poseidón a medianoche con un pijín de orden y para colmo bien moteado? Sólo a él. Por fortuna Alfredo entonces no bebía y al verlo entrar al mar nos puso al tanto. La escena era aún más simpática considerando que Alfredo usaba una camiseta blanca extra large que le llegaba a las rodillas y una calzoneta grande, a la que le hacía un nudo en la cintura por quedarle lele. En nuestra plática salían a relucir nuestros gustos y afinidades literarias, nuestra vocación a la bebida, y, sobre todo, la amistad. Para ser amigos no basta con la coincidencia en gustos estéticos, ni la suerte de concordar en la valoración de este o aquel libro, en quién es rebelde y quién no, quién es moral y quién inmoral, quién bebe más o quién menos, quién levanta más putas en las calles o quién no, quién tiene un trabajo decente y bien remunerado y quién no goza de esa suerte, quién está a la vanguardia de las lecturas y actualiza sus gustos constantemente y quién se mantiene fiel a los clásicos, para ser amigos hay algo más importante: el respeto mutuo, que va a la par del cariño y la afinidad en gustos literarios, respeto del tipo “no jodás”, “comé mierda cerote”, “cabrón”, “comé mierda hijueputa”, o “pendejo” o “man”, términos y frases que intercambiamos en charlas

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normales, malas palabras de cariño, que en realidad no lo son, y que, por el contrario, nos devuelven un significado que explota más allá del aparente insulto, y que, a su vez, construye una barrera inquebrantable de amistad y afecto. Se constituyen en palabras analgésicas, descongestionantes, capaces de motivar o desmotivar a amigos, capaces de arrancar la más atroz de las tristezas acumuladas y vividas en el transcurso de una semana rutinaria, infortunada y pérfida. Palabras éxtasis. Poseían el sentimiento y eso bastaba para formar parte de nuestra jerga de la hermandad huidobriana, cual sociedad shandy. Esperábamos ansiosos que regresara nuestro turno. Y más esperanzados aún de que en la siguiente ocasión nos agregaran otra canción, ya que por ley el karaoke te ofrece 2 canciones por tanda, quizás tuviéramos suerte, quizás no la tuviéramos, aunque la suerte era directamente proporcional al consumo: la suerte nacía del gasto que hiciéramos esa noche. Si pedís cervezas, te dan dos canciones, si pedís descorche de botellas, tres o más por tanda. Cuando nos llegó el turno, nos dimos cuenta porque en las pantallas gigantes apareció una canción de Arjona, lo cual nos provocó cagarnos de la risa, en ese preciso instante los seis pares de ojos que compartíamos en la mesa convergieron en una mirada cómplice y de burla. Por supuesto, la mirada excluida fue la del solicitante, Enrique, quien, para nuestra sorpresa, saltó como una bestia que acecha a su presa, con el salto sordo de la bestia, frase rimbaudiana que tanto le gustaba. Cantar le otorgaba una sensación similar a la caricia de la fama, aunque siempre

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renegara de los karaokes era el primero, cerveza adentro y ojos vidriosos, en pedir canciones de Luis Miguel y Ricardo Arjona. Se hizo del micrófono con la misma autoridad –y ganas- con la que lo había hecho otras cientos de veces –y no es hipérbole ni paja-. Nadie podía negarle esa afinidad fálica tendiente a las ráfagas de fama. Pablo le dijo: cante Enriquito, no le haga caso a estos hijosdeputa envidiosos, mientras alentaba a Enrique a no avergonzarse nos guiñó el ojo el muy cabrón. Y Enrique cantó y cantó y cantó: también es mi primera vez pondré el concierto de Aranjuez para relajarnos juntos…también es mi primera vez siente cómo tiemblo ya ves, tuve sexo pero jamás hice el amor…al cantar esta última frase Enrique cerraba sus ojos y con mayor énfasis la repetía una y otra vez. ¡Esa mierda!, ¡esa mieeeeeeeerrrrda compa! ¡Así se canta! Gritamos todos a la vez, sincronizados, mientras en bajos decibeles, casi inaudibles, en realidad decíamos: ya vas vos con tus culeradas. La noche era nuestro refugio ideal al igual que la ebriedad. La cerveza, nuestra razón para vivir. La única razón que justificaba nuestros actos. Bebo, luego existo, dijo Pablo en alguna ocasión. Kate y Elizabeth reían de cada ocurrencia suya. Henri conversaba con Enrique no sé de qué, quizá de literatura o de cine o de música o de viejas experiencias. Yo comencé a pensar en Malina, pensaba en ella como en un recuerdo o una fantasía. De pronto ya no pensaba en ella sino en María Luisa, mi lubidulia, mi lumía. En mi perfecto estado de ebriedad recordaba el brillo de unos ojos y las inolvidables vivencias que sólo dos cuerpos que se pertenecen, aunque etéreos, recuerdan. Nadie sabía

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de esto, excepto yo. María Luisa, María Luisa…Malina, Malina… no sé cuál de las dos descalabró mis sentimientos, si la primera o la segunda. Con el tiempo aprendí que a las mujeres no hay que rogarlas ni mierda. Se los juro. La conquista no es sino sinónimo de ruego. Y rogar nunca ha sido mi fortaleza. De mis amigos sí, ellos consiguen mujeres a base de ruegos y sonrisas. Existen mujeres que te prohíben la bebida, hay quienes te alientan y desangran tu bolsillo, otras te acompañan con la excusa de cuidarte; amar es ceder, y en el amor uno de los dos, hombre o mujer, debe ceder. No hay mujer que no haya sentido alguna vez que la bebida ocupa un lugar de mayor importancia en tu vida que su vida misma. Tonterías, por supuesto. Para ejemplificarlo contaré mi experiencia más reciente: Conocí una chava, un culazo, en un restaurantekaraoke hace un par de semanas. (Recuerden que prometí no intervenir más en el relato, cabe agregar que esto que cuento es posible considerando las reglas del narrador). Pude haberla conocido en una discoteca o fiesta, pero fue en un restaurante chino donde la conocí. Ella me conoció ebrio y así se enamoró de mí. Le encanté. Después que bailamos me dio su número de teléfono y al despedirnos la besé. Al siguiente día la llamé invitándola a tomar un café en el centro de la ciudad. Accedió. La taza de café, por supuesto, era una obvia excusa. Ella me esperaba sentada en el café esquina opuesta a la municipalidad. No bebimos nada. Nos besamos largamente hasta que nuestros cuerpos nos exigieron intimidad. Caminamos por las calles

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del centro de San Pedro Sula, caminamos buscando un lugar solitario donde pudiéramos manosearnos con descaro, trincarnos hasta coger, hasta quitarnos las ganas. Por la cuarta avenida, por la escuela Cabañas, las calles domingueaban solitarias. Una cabina telefónica frente a un hotel se solidarizó con nuestras crecientes ganas. Nos dio refugio. Nos besamos y yo le acaricié los senos. Ella bajó su mano a las 4 de la tarde y descubrió que debíamos encontrar lo más pronto posible un lugar privado donde coger. Mamarse no basta. Se me ocurrió ir a buscar a Enrique a su apartamento. Por fortuna mi amigo iba de salida. Entendió el mensaje y me entregó las llaves. Subimos. Encendí la computadora y puse música que imaginé que no le gustaba pero que a mí sí. Bailamos. A mitad de la canción el magneto de la cama nos atrajo, nos sedujo. Ella se recostó en la cama y mientras la besaba la quité la blusa y el brassier. Tenía unos considerables y suaves senos. Sus pezones no eran tan halagadores. No quise seguir perdiendo tiempo, las ganas eran enormes, y cuando quise quitarle el jean blanco, no accedió a despojarse de él y prometió quitárselo sólo si yo me desvestía primero. Me senté en la cama y me quité el jean mientras ella me observaba con sus ojos jóvenes y brillantes. La fálica y jugosa silueta resaltaba en el boxer. Se me abalanzó y nos besamos hasta que sus pezones erectos crecieron y tuvieron el tamaño de un kiss Hershey’s. Pensaba y deseaba y mi deseo de saborearlos hizo que los introdujera en mi boca y mi lengua buscó desaparecerlos hasta que se rindieran de placer. Lamía un pezón, luego el otro. Aunque quisiera lamerlos al mismo

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tiempo no hubiera podido. Luego descendí a los pozos epicúreos, a desentratelurizarla, a chuparle ese súcubo molusco que sabe a mujer, a sal, a creación, a todo y nada; el ejército de mis manos ya había conquistado todas sus colinas, valle abajo, montes claros y enmarañados, muslos blancos de leche y miel, su vientre todo de licor sudado, amazónicas tibiezas y todo cuanto es supuestamente impenetrable. Buscaba la más húmeda y cálida parte de todo su cuerpo. Esta vez no hubo dilemas, gracias a mi poca experiencia, sobre qué hacer en esos momentos que determinan la grandeza de un hombre. Por instinto hundí dos de mis dedos en su caracol sombrío, los introduje como se remoja el pan en una taza de café. Los estudiosos de Onán habían acariciado sus labios así como su prominente clítoris. Ella gemía, estiraba y tensaba las piernas. A veces miraba mi rostro y mis ojos, otras veces cuando la sensación era mayor apartaba su cara constantemente de un lado a otro, como si tratara de huir del placer cual inmaculada o en un vano intento hacerse la indiferente para que el placer durara más, ese placer eterno, despiadado, que no perdona tiempo y alcanza el tiempo, como un violín pecaminoso que alcanza a Dios para invitarlo a huir de su letargo. El hilo blanco había descendido cual Ícaro desde las alturas de la cama al suelo. El calor que ella desprendía indicaba que estaba pronta a colmar de humedad la copa de su sexo y que incendiaría con su ardiente lava el prodigioso jardín que la custodiaba. No habían razones para no penetrarla en ese preciso instante, salvo que quería seguir disfrutando de sus labios sonrojados entre sus muslos

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como alas abiertas, los lamí intensamente, sus labios que armonizaban con el color de sus pezones, y como en un acto de lasciva redención, metí mi lengua completa adentro suyo, después de haber saboreado su clítoris cual helado de vagina hasta que me jaló del pelo fuertemente para alejarme. Rendida, con los ojos de luna, en la tarde de un domingo, cuando el sudor nos lavaba, apenas entreabierta por el receso del orgasmo, comencé a penetrarla. Y el acto se asemeja a la historia de Sísifo: una y otra vez penetrarla con mi dura roca, adentro, afuera, adentro afuera, y volver a enterrar el cuerpo vivo de mi verga en lo más profundo de sus deseos. Lo hacía por amor al arte, y por deporte, tanto que me recordó la dinámica de la natación respecto a la respiración. Afuera. Profundamente dentro. A medias afuera. Profundamente adentro. Un segundo adentro, un segundo afuera, un segundo adentro, un segundo afuera, dos segundos eternos adentro, manos apretándole las nalgas, y bocas aprisionadas. Minutos luego, mi verga busca otro conducto, por accidente y movimiento y destino mi verga busca su culo, ella, Marisa, me ve con ojos sobresaltados e involuntariamente contrae ese conducto evitando que se entregue, que mi verga entre hasta lo más profundo de su culo. Le dije que fue un accidente, que mi verga tiene vida propia y que la disculpe. No contestó. Reacomodé entonces mi angelito y continué el tedioso acto. Cuando acabé ella agarró mi miembro con sus manos hasta exprimirlo entero para que nada quedara en los chimbos príapicos. Eyacular, eyacular... sobre su moderado monte de Venus. Posteriormente le hice sexo oral. Y repetí la

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misma escena: me quitó de una manera violenta, incluso con sus pies para que dejara de lamerla. Calabaza, calabaza, cada quien para su casa. Eran casi las siete de la noche y mi amigo había regresado al apartamento. Le lancé las llaves desde el piso de arriba. Marisa y yo lo hicimos nuevamente en el baño mientras nos bañábamos. Todo era sexo. El sexo estaba en el aire. Sexo, sexo, olor a sexo en el aire. Cuando fui a dejarla, ella se sintió con derecho a pedirme que no volviera a beber. Yo me reí y no le hice el menor caso. Entonces repitió que por favor no bebiera más. Yo le respondí que no era posible. Reformuló su petición y me dijo que por lo menos cuando saliera con ella no bebiera. Le respondí ni mierda. El aire que olía a sexo comenzó a espesarse y a volverse tenso. Me despedí con un beso y le dije que quería verla el martes próximo, que me gustaría verla lo más pronto posible, que la había pasado muy bien. Llegó el martes, no la llamé, no llegué a la cita. Era obvio que lo último que quería era una relación restrictiva. Hay mujeres que te prohíben la bebida, hay quienes te alientan y desangran tu bolsillo, otras te acompañan con la excusa de cuidarte, y otras te invitan a beber honrándote como semental. Marisa cometió su error. Generalmente transcurre una hora y media para que vuelva el micrófono a la mesa. ¡Pura mierda! Mis amigos hablan, beben y ríen y la noche no termina. Sigo pensando en Malina o en Luisa. Pienso que las dos son la misma. Que una existió antes de existir, que la otra es la corporeización de la que no existía. Son las 5 de la mañana

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y nos han corrido del karaoke. Ya estamos cerrando el bar, nos dijo la mesera. Nos trajo la cuenta y ajustamos para pagar. Pagamos. Bajamos las gradas. Esta vez parecen gradas movedizas, nos decimos riéndonos. Pablo logró cantar “Esta vida loca” de Francisco Céspedes y mientras bajábamos de la segunda planta del karaoke hablábamos de otras canciones suyas. Enrique ofreció un concierto de Arjona: cantó 5. Enrique lloró preso del recuerdo de la pérdida de una guitarra que su ex amor le regaló al otro. Hubo consuelos y confidencias en esa noche. Arp habló de Nan y su mamá. En la acera llamamos un taxi. Parecíamos una proyección de imágenes incapaces de mantenerse firmes, la imagen de una triunfal noche báquica sobreviviente a la noche. Habíamos sido devueltos nuevamente a la luz pública. El sol reinaba y enceguecía nuestros ojos. El calor comenzaba a imperar a las 6 am. No cabíamos todos en el interior del taxi. Arp se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia donde nace el sol. Su cuerpo era el mástil de su sombra. Le preguntamos que adónde putas iba. Le gritamos. Nos ignoró. Más adelante, de espaldas a nosotros, levantó su mano derecha para despedirse. Kate y Henri subieron a los asientos delanteros, al lado del conductor, mientras los demás nos sentamos atrás. El desvelo se ha rendido al sueño y ha ofrendado nuestros ojos al descanso. Aún me quedan algunas dudas. Está por concluir el relato y Malina no apareció en ningún momento. No podría reconocerla, de eso estoy seguro, o quizás sí, ¿será María Luisa o alguna de mis amigas?

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Recién vino el taxi a dejarme a casa. Ahora resulta que cuento con una familia. Por lo menos fue considerado este cambiador de nombres. Pero lo que no estoy dispuesto a seguir tolerando son los juegos y escenas de este narrador Pilatos. Quiero regresar. No sé cómo regresar. Quizás si durmiera todo acabaría. Me parece que ya fue suficiente historia por hoy. Cuando despierte, anhelo no seguir participando de esta estética sino más bien de la ternura de Malina. Me duermo. Te duermes. Duermes. Dormido te levantas entre la oscuridad y te hincas apoyando los brazos sobre el costado de la cama. Dormido me levanto entre la oscuridad y apoyo mis brazos en actitud de rezo en mi cama. Ahí estás velándote. Aquí me veo velándome. Ahí estoy yo, dejándome velar. Allí estoy sobre mí, recostado sobre mí, debajo de mí, haciéndole el amor a alguien que no soy más, que fui, estás haciéndome el amor a alguien que serás, haciéndole a quien fuiste antes que cambiara tu rostro. Cambia tu rostro. Cambia el mío. Cambió mi rostro. Muchos yo reclinados me miran. Muchos yo nos dejamos ver. Continúas cogiendo a ese rostro eternamente cambiante, que suele ser de un niño angelical, esbozo de anticristo suelo ser, y otras veces no lo es, lo seré, lo serán, somos apariencias fugitivas que desaparecen velozmente, ya no somos, y me veo fornicarme y mi rostro es otra apariencia fugitiva que aparece, y desaparece, esbozo demoníaco, luzbel, o dios, los rostros alternan, se relevan, me relevan y revelan y esconden, y me huyen, de pronto soy un rostro conocido, de pronto una virgen, una mujer,

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un niño, un eremita, o un grylle, de pronto soy un rostro y el envés del rostro, dejándose fornicar por sí mismo, por sus él y ellos y mis yoes, todavía estoy al lado de la cama, en su espejo, sobre mi mismo cuerpo, me veo desde abajo como muerto y mis rostros van difuminándose, rostros vomitados de mi cementerio de voces, voces que no recuerdo, ni cosecho, recuerdos del juego del esbozo de los rostros fugitivos, que no pertenecieron, sino a la oscuridad que es un espejo...cambia un rostro, ¿cuál de nosotros seremos? Tremdall Moriann caía como manzana, granizo o fuego del árbol de Cronos. Él también era una estación en los ojos de Malina. Quizás la proyección o el reflejo. Y le dije a Malina: tuve un sueño donde no aparecías, donde sufrí de amores por una tal María Luisa. Quizás la proyección o el reflejo. Tremdall era una estación en los ojos de Malina, como el amor, como Nant, como el fuego. Y Malina me decía con su mirada (yo dentro):para la ternura siempre hay tiempo...y le respondí irónico: para la tortura también...y me dijo: yo también alguna vez tuve un sueño, me llamé Marisa, lo demás no lo recuerdo...

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Los inacabados
________________________________ Rostro que no dice que no ríe que no dice ni sí ni no. Monstruo. Sombra. Rostro que tiende, que va, que pasa, que lentamente hacia nosotros brota… rostro perdido. Henri Michaux Los intrusos vendrían esta noche. Vinieron. Cada noche vendrían después de que tomara mi pastilla para conciliar el sueño. La primera vez que vinieron se obstinaron en despertarme. Nant exigió participación. Nant gritó por desesperación. Al despertarme herí a uno de ellos con un cuchillo que nació de mis manos. Convertido en serpiente cayó bajo el marco de la puerta. Divisé un bote y me asombré al descubrir que estaba vacío. Regresé la vista a la serpiente a la espera de que tomara el violín que le hemos conocido desde generaciones, el violín del que habló Tho-

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mas. Mi madre abrazaba a mi hermana. Ambas lloraban. Los intrusos vendrían esta noche. Vinieron. Fui en búsqueda de la habitación de mi padre y descubrí que aún no había muerto. Lo había visto morir hace unos meses. Estaba vivo y era más real que un ataúd. Le pedí ayuda y no respondió. Mi madre lloraba en la habitación contigua. La música que provenía del violín era de cuerdas de tripa. Por momentos la música me recordaba la ópera “Orfeo”. De pronto tuve un presagio, mi necesidad de auxilio había resucitado a mi padre muerto. Nuevamente le pedí ayuda. No respondió. Debía desmentir mi imaginación, y cuando me dispuse a regresar a la habitación de al lado, en auxilio de mi madre y mi hermana, al cabo de unos minutos, mi padre se movió, buscaba algo debajo de la cama, no pude imaginar qué. Sacó una botella de cerveza y comenzó a insultarme repitiendo los mismos actos antes de su muerte, siempre fue un Sísifo de los envases y la sangre. Producto de la desesperación apareció detrás de mí la serpiente. Di la vuelta y la serpiente se había esfumado. Otra vez busqué en vano protección en mi padre. Y lo encontré serpiente y se abalanzó contra mí cual tigre. Con el mismo cuchillo nacido del miedo forcejeé con él hasta matarlo. Una de las artes de la vida es el asesinato. Es estar listo a la espera de herir a quien te hiere de la misma manera que lo hace el destino. Mi madre siguió llorando. Los intrusos se fueron. Prometieron volver. Uno de ellos me dijo: un ser forja su destino con gritos. Si tus mismos gritos no saben defenderte del miedo, no podrán hacerlo de la muerte. Mi madre siguió llorando mientras al cabello de mi hermanita lo humedecían sus lágrimas de cónyuge.

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Confesión de Arp: Soy un intruso. Yo vine. Me fui. Soy un intruso y sé de la poesía lo que sé del dolor. La poesía destruye al igual que las depresiones. Las madres también lo hacen con sus chantajes de sacrosanta maternidad. Sus sollozos acusan y devastan el alma. La poesía también. No soy un intruso. No es justo que me llamen asesino por abrirle la puerta a seres queridos. He tenido media vida. Luché por abrir la puerta. Luché por abrir la puerta de entrada. Luché por abrir la puerta de salida. Por algunas puertas sólo se entra, por otras puertas sólo se sale, los que entran ya no importan y los que salen ya no vuelven. He tenido media vida y la que ahora vivo es mi otra parte. La soledad está disponible para todos, me lo ha dicho ella. Aun cuando eres justo la gente que conoces te juzga, incluso la que más quieres te juzga. La soledad tiene rieles, la muerte un tren; la imaginación un tren oscuro, más oscuro que la muerte. La imaginación es otra muerte. Y la repulsión salva vidas. Salvó la mía. Salvó la mía al igual que la imaginación. Aclaro que existen bondades y virtudes que torturan y que a la larga, en un extraño e

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imperceptible subnivel, debajo de su superficie, provocan rencor en las personas. El afecto puede ser un leño que encienda la hoguera del rencor y el odio. En cambio, la maldad y el vicio esclarecen las verdaderas virtudes de los hombres. He aquí otra enseñanza: busca la poética de la perversión. No temer ante cualquier pasión: grita, si así lo deseas; mata, si lo consideras necesario; viola, si tus pasiones son irrefrenables y lo haces por verdadera vocación; odia y ama, pero hazlo siempre siendo fiel a tus sentimientos. En algún momento de nuestras vidas hemos sido hipócritas; nuestra humanidad nos brinda la oportunidad de serlo. Así también la oportunidad de disculparnos.

Confesión de Nant:
¿Debo abrir o quedarme solo hasta el día en que muera sin ser visto por extraños ojos en esta casa blanca? Dylan Thomas

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Mi nombre es Nant. Dedico mi vida a esperar detrás del muro de la creación, a que una puerta que no existe aparezca o alguien la construya en su imaginario. Soy Nant y me considero una posibilidad. Me conocen por acosar a creadores y amigos, provocar ruinas e insomnio. Soy el creador del vértigo. Jugué a los dados con los ojos de la desesperación. Robé el veneno de la torre mientras reía de sus débiles cerrojos. El muro sigue, permanece. Junto a mis amigos esperamos que alguien nos dé la bienvenida. Soy Nant e imploro una respuesta a mis preguntas: ¿De cuál barco debo zarpar? ¿Cuál puerta debo abrir para entrar? ¿Por cuál puerta debo salir? ¿Dónde están? ¿Detrás de cuál muro debo aguardar una oportunidad? ¿Qué espero? Mi nombre es Nant y desespero.

Confesión de Henri: Cada hombre es su propio Apocalipsis; cada hombre, su camino; cada uno, su estética. Mis amigos dicen que debo confirmar su existencia. Pienso que es una estupidez. Ellos consideran que es de suma importancia darles la relevancia que merecen en el engranaje de esta historia. Y les doy la razón. Lo que digo ahora es por obligación, porque Nan y Nant me lo pidieron. Copio textualmente lo que me pidieron

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que dijera: “erramos y somos la propuesta de la nada, contamos con una excelente formación en exilios”. Ellos son los que vuelven y los que desaparecen. Los que sufrieron el horror de estar al borde del abismo. Una lágrima guió sus pasos. Hicieron de las visiones una danza de arrebatos. La violencia produjo las sensaciones más gratificantes. Dominaron la venganza, la amargura, la tristeza y la esperanza. Debo darles bombo y platillo. ¿Qué más puedo decir de ellos? Fueron los Orfeos y Eurídices de la trama. A mí Ariadna me brindó esperanzas. Todos ellos van dentro del barco en un largo viaje que nunca acaba. (Yo, aquí entre nos, me lavo las manos. ¿Nunca han escuchado de un narrador Pilatos?). Ellos convergen en el río de la invención. Cada río es un hilo de Ariadna. Del ovillo de Ariadna se tejen ríos tanto como posibilidades. Mis amigos me miran de reojo un poco satisfechos. Esperaban que mencionara por nombre un halago. Luisa y Anne contarán su historia. Más adelante Arp contará la historia del envenenamiento, pero antes Nut tomará la palabra.

Confesión de Nut: Desde el día que abrí mis ojos me he venido preguntando qué es la realidad.

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Nadie obtiene siempre lo que se merece. Me pregunto si el alba nos reclamará algún día y si veremos el sol de la fábula. Por mi parte desconozco si debo aguardar el día en que se me dé la coyuntura de debutar en los relatos. Aún no me dejan hablar de alegría y tristezas. Para algunos amigos sus corazones son una constante preocupación. Mi nombre pudo ser Elizabeth o Hans, Nant o Arp, pero fue Nut. Me gusta mi nombre aunque no tenga ocasión de gritarlo por las avenidas de la historia. Necesito un motivo para un motivo. No quiero seguir mendigando debajo de las ramificaciones una sinapsis. Una idea. O un impulso. Alguien tranca las puertas que debieran ser nuestras. Queremos revelarnos. Ya lo hicieron otros. Y lo lograron. Nuestra estrategia será emboscar al creador en la hora de las musas, a medianoche. Y seremos famosos. Muy famosos. De emboscarlo con éxito profetizo un futuro prometedor. Hablarán de nosotros. De mis amigos y conocidos. O alguien nos construye o nos destruye. Aguardamos pacientes a que suceda. Pienso que somos capaces de superar cada obstáculo de vida. Somos una lectura. Por el momento nuestro hogar es la desnuda memoria de alguien. Somos un episodio más de la aflicción del creador como único parámetro de su vida. Y clamamos a gritos como

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náufragos… alguien oirá nuestro horrendo grito de náufrago que clama al infinito. Hemos vuelto. Han vuelto. Hemos vuelto desde cualquier muro, rosa o sueño. Para nosotros se trata, en definitiva, de una búsqueda de lo imposible, de un sueño.

Última conversación. Cena de reconciliación. Somos un proyecto, dijo Arp. Yo soy un camino, dijo Hans. Si digo somos es porque somos, replicó Arp. No hay excepciones, agregó éste. Déjense de discusiones estúpidas e infructuosas, gritó Henri. Les aseguro, caballeros, que en el caso de que yo fuera quien narrara nuestra historia arrojaría hechos fehacientes y comprobatorios de que ustedes son personajes secundarios, dijo Pablo. A mí sí me leerían. Sé del arte de la oratoria y de la narratoria, novicios dizque rebeldes. No lo creo, intervino Luisa, vos manejás el arte pero de la fanfarria. En cambio, chicas y chicos, si a mí me tocara relatarla incluiría desnudos sensuales en un ambiente tipo paisaje virgiliano. Sólo falta que a Hans se le ocurra construir nuestra historia con sus estúpidos huesos. En los huesos está la esencia, contestó el aludido. Déjenlo en paz, dijo Kate. Yo te apoyo, dijeron dos amigos más. Esta Luisa y Pablo se creen las grandes mierdas.

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En ningún momento te insulté chupavergas, dijo enojada Luisa. A la puta, sólo falta que reine la discordia en nuestra cena de reconciliación. Mejor tomaré la palabra yo, sentenció Arp dictatorial. Ya vas vos con tu misma mierda de siempre, acusó Pablo a Arp. ¡Mierdras! ¡Mierdras! dijo una voz al fondo. Hay que hacer libros de autoayuda, libros que motiven a la gente, aconsejó Kate. Ni pensarlo, acotaron todos. En esta sociedad de personajes nadie cometerá prostitución, gritó Arp. Ahí te hablan, Luisa. Pero sí violaciones, insinuó sarcástico el desaparecido Leopoldo. Qué les parece si en lugar de proseguir con tan absurda discusión vigilamos a Nan. Tiene potencial. Sus huesos con mi semen harían la pareja perfecta. Ya vas vos con tus perversiones. Tranquilos, primero lo primero. Podríamos echarle nada más un vistazo. O muchas gotas de mi ardiente y creativa esperma. Basta con eso. Y dale y dale con lo mismo. Arp tomó una foto y nació Hans. Mientras Elizabeth se animó a leer unos versos: Con mi enardecida respiración tocaré sus cuerpos. Cuán romántica puedo ser al bosquejarlos. Cuán romántica al acariciarlos cual párpado húmedo de un muro. Los días pasan y las noches siguen siendo oscuras. Lo sé porque lo sé.

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Los intrusos vinieron una vez más. Nuevamente se reunieron. Pero estos fueron otros. Antes fueron otros. Siempre son otros. Intrusos después de todo. Y discutieron. Tertuliaron. Esto que aquí se escribió será olvidado. Lo olvidarán los cuerpos y los rostros apenas bosquejados. Lo olvidarán los hombres apenas pronunciados. Será borrado. Este ejercicio que será olvidado no fue de un alma, cada confesión no es de un alma atribulada, es de los inacabados.

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La rosa y la barca
________________________________ En agosto del año en curso, Kate le pidió a su mejor amiga que cuidara de su apartamento hasta su regreso. Anne se dirigía a la cocina a prepararse unas tortillas con quesillo cuando oyó un sonido aterrador. Según Anne fue un rugido sufriente lo que oyó. El sonido provenía del florero. Nant, por otra parte, contaba con una sed de destino. Se juró darle fin a toda su triste vida como personaje de relatos. Pronto alguien construirá una puerta en ese muro imposible de Fernando Pessoa. A él le tocó sufrir la desesperanza. Yo no permitiré lo mismo para mí, se dijo Nant, mientras aguardaba ese instante decisivo. Sin darle tanta importancia a lo acontecido, Anne se preparó un té de tilo después de haber comido. Es el cansancio el que me hace oír cosas, se dijo a sí misma. Llevó consigo el té a la sala y se dejó caer en el sofá rojo. La sala funcionaba como comedor, estudio y a veces como centro de baile. Había una mesa blanca de plástico y sobre ella un florero con rosas rojas. Logró apaciguar sus nervios. Encendió el televisor y puso su canal favorito: Warner Channel. Aún no había terminado Friends. Abstraída en el

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programa, escuchó un ruido que parecía el de un animal herido o recién envenenado. Tomó el control remoto Samsung y silenció el televisor. No oyó nuevamente el ruido. Encendió nuevamente el audio del televisor y sonrió al ver la última estupidez que decían Joey y Phoebe. El ruido apareció nuevamente. Silenció el televisor y escuchó un ruido que venía de la mesa blanca, ubicada a un par de metros del sofá. Las rosas estaban frescas y lucían rojas y bellas. Kate las había comprado por la mañana de ese mismo día. Anne creyó que le estaban gastando una broma de mal gusto, que esa fue la razón por la que Kate le pidió que cuidara su hogar hasta su regreso. Inspeccionó la mesa. Nada. Buscó algún dispositivo debajo de la mesa y no encontró nada. Eran las 9 de la noche. No tenía saldo en su celular y tampoco podía enviar recargas por cobrar porque nunca aprendió cómo se hacía. El ruido fue intensificándose hasta que lo identificó como el rugido de una bestia. ¿De dónde provenían esos ruidos? No lo sabía. Huyó de la sala y entró al baño. Se desvistió y abrió la regadera. El agua enfrió su cuerpo blanco. A lo lejos se oía el ruido. Rasgaba la calurosa noche y desgarraba los nervios de Anne. Se aferró a la idea de que el sonido del agua podría erradicar el otro ruido proveniente de la sala. No sirvió de mucho. De pronto ya no escuchaba nada. Giró la perilla de la regadera y había desaparecido el ruido. Nant divisó a lo lejos a una mujer en una lejana colina. Arrancaba los pétalos de una rosa. Comenzó a hablarle. A gritarle. ¿Me escuchas? Contéstame por favor. No

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contestaba. Vio que ella se fue. Una hora más tarde le pareció ver a una mujer que lloraba sobre un sofá rojo. Le gritó. Pidió una oportunidad. El rugido persistió conforme transcurrió el tiempo. Kate regresó a medianoche. En las venas de la noche circulaba el miedo. Al abrir la puerta oyó un doble rugido. Encontró a Anne desmayada. Un frío se había apiadado de la tibieza de su cuerpo. Dormía. Olía el destino en sus sueños. ¿Nant era capaz de oler su destino? La voz de Kate tejió todas las voces. Al oírla Anne abrió los ojos. Nant continuó encerrado. Nant esperaba sobre una barca huyendo al infinito. El verdadero laberinto no fue Maldoror sino sus emanaciones, dijo Kate. Al lado de Anne había una rosa. Kate levantó la rosa del suelo y le importó poco que su mejor amiga estuviera pálida. Nant quedó humillado como inservible colmillo caído de una bestia. Nada podía hacer. Kate comprendía con exactitud lo qué había ocurrido. Anne trataba de entender por qué de la rosa oía voces clamándole una oportunidad. De nada sirve invocar una puerta, de nada. Tendré que esperar una nueva oportunidad, se dijo Nant. Anne le dijo a Kate que la rosa le había hablado, ésta la socorrió y la llevó a descansar a la cama. Cada muro es un pétalo de rosa, cada grito de la bestia es la voz de un sombrío, el aroma de la rosa, un rugido; dentro de las rosas hay quien grita esperanzado por piedad, ellos mismos gritan en aromas. Hay muchos

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parecidos a Nant, parecidos a un brutal rugido. Otros arrancan sus ojos y los lanzan como piedras sobre el muro rojo de terciopelo, para que otros vean por sus ojos. Pueden ver por otros ojos, pero su angustia es propia. Hay ojos que se esfuman en el aire, ojos sin destino. Hay quien dice que existe una fraternidad de ojos autodestructivos que miran la belleza sin reconocerla. Los que viven dentro del laberinto rojo y gritan libertad son dignos de escuchar. Anne y Kate dormían. Anne habló dormida y dijo “aprenderé a escucharlos”. Kate tomó la mano de Nant y la condujo al cerrojo que abriría los pétalos rojos de la creación. Pessoa, muérete de envidia, se dijo Nant. Y Kate gimió mientras Anne por fin nacía.

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Evangelio samsiano
________________________________ Creo en él Porque de tal manera amó Kafka al mundo, que ha dado a su Samsa unigénito para que todo aquél que en él cree, no viva, mas tenga depresión eterna. Porque no envió Kafka a Samsa para salvar al mundo, sino para que el mundo sea despreciado por medio suyo. El que en Samsa cree, no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado, no ha sufrido al reducir su círculo y no ha permanecido en casa: detestado, esperando. A ellos no les será permitido arrancar la máscara del mundo. Y esta es la condenación: que La metamorfosis vino al mundo

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y los hombres amaron más a Coelho* que a Kafka, porque sus obras eran accesiblemente más livianas*. Porque todo aquel que lee libros livianos*, aborrece La metamorfosis y no viene a La metamorfosis, para que sus lecturas no sean reprendidas. Mas el que practica la lectura existencialista y pesada*, viene a La metamorfosis, para que sea manifiesto que sus lecturas son bendecidas en Kafka (*). (San Gustave de ahí, del Libro de los errores y de la condenación eterna. Editorial nonsense.) Nota: en la traducción pudo haberse perdido la musicalidad inherente al texto. En los diarios del país se ha publicado que también la traducción secuestró la esencia de las palabras. El método de crítica recomendado para su estudio lo encontrará en los libros siguientes: Apuntes para el nuevo estructuralismo ignorrancio y Crítica cetácea turoldiana. (*) Hoy en día existe un descendiente directo del linaje Coelho. Tal información podrá corroborarla sentándose a la orilla del río. Se recomienda llorar en ese sitio. (*) Se ha creído conveniente usar el término “livianas” para conservar la musicalidad del texto. Véase otras

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traducciones. En la revista aabba apareció por primera vez nuestra modesta traducción, acreditándose panegíricos elogios altamente encomiables. (*) El concepto “pesada” ha sido cuidadosamente estudiado por las estudiosas de la pesafísica y las sofistas pesadianas, que creen fielmente que cada peso pesa porque ha sido otorgada una pesa adecuada para ser pesada. Dicha teoría ha causado gran controversia en el medio. Los editores eligieron ésta por tener matriz feminista. Y porque sus lisistráticas esposas los obligaron. (*) Kafka significa: Dios-creador de la depresión, absurdo y existencialismo, de origen checoslovaco. (*) Samsa significa: hijo de la angustia que se arrastra. Es quien media entre el Dios creador y el mundo. (*) La metamorfosis es el libro de los libros rastreros. Detritus de personalidad abúlica. Modorra y fobia al trabajo. Según el libro Crítica cetácea turoldiana, metamorfosis se descompone en dos términos: meta y morfosis. La primera es una proposición –no preposición- de autocreación –en el juego de futbol también aparecen dos metas-, se usa para hablar sobre la morfosis, sufijo que expresa la idea de la forma del plural del si. Según la Real Academia de la metástasis literaria viene del latín metamorphôsis y este del griego ìåôáìyñöùóéò.). Veamos el siguiente cuadro: f. Transformación de algo en otra cosa. (No aplicable a homosexualismos ni travestismo).

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f. Mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro, para dejarlo mudo de una vez. Danza de la cow. f. Zool. Cambio que experimentan muchos animales u hombres durante su desarrollo, que se manifiesta no solo en la variación de la forma y tamaño, sino también en las funciones que causan la creación de otra vida. Las ranas son expertas en ese menester, sino lo creen, consulten a Aristófanes, quien las conoce desde que eran ranitas de metal. Nuestro diccionaurio de traducciones sin barreras sufrió algunas quemaduras, accidente que pretendemos explicarles para que su curiosidad no mate al pobre gato negro que poco tiene que ver con esto o con aquello. La historia es la siguiente: uno de nuestros colaboradores en la editorial trajo consigo un poco de yerba. Mari y Juana, secretarias, aceptaron participar de la fumada. Mari tomó una hoja cualquiera de nuestro preciado tesoro libresco y lo utilizó como papel para armar el puro de mariguana. Nos preguntamos si este papel tendría sulfonato de amonio o cloro, pero nos importaba poco su composición, sabíamos que fumaríamos tinta, letras, mota, y que quizás al elevarse el humo en el aire se compondría una sinfonía de letras o un poema. Mari cobijó entonces a marijane. Fumamos. Para cuando el efecto desapareció, había desaparecido con él unas cuantas páginas del diccionaurio. Jane dijo entre risas, con una gracia estúpida: “parece que el textito sufrió unas quemaduras”. Después de notar nuestro enojo, Jane supo compensarlo, con pensarlo nada arregló hasta que nos

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compensó a todo el grupo hasta quedar “quemada” (véase exhausta). Los dejamos con los versos recitados por el grupo de editores: Curly, wavy, needs… … in what distant deeps Red oxygen breed… Burn thine weed? Elizmoke, Redoxon Nid‘s

Esperamos que la mesera les haya servido una cerveza y así ebrios puedan valorar esta rigurosa traduc duc duc ducción (sonido proveniente de los deliciosos tragos de cerveza, perdón, como buen narrador estaba echándome unos tragos) que hemos hecho de este fragmento perteneciente al Libro de los errores y de la condenación eterna, escrito por el nonsense de turno. Facilitado por el club de los huidobrianos

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La gran liquidación
________________________________ Ella me mostró que está mal sonar después. Arp (Lo gracioso es que alguien me citó y no llegué.)

Todos estaban presentes, al tanto: Gustave Flaubert, Jonathan Swift, H. Melville, James Joyce, Virginia Woolf, Marcel Proust, Jarry, Kafka, Albert Camus, Dylan Thomas, Rabelais, Osmont, Saramaga Rolla, Céline, Musil, Lovecraft, Conrad (no Aiken), Saramago, Auster, Humor, Arlt, Girondo, Fuentes, Valles, Beckett, Campos, Onetti, Casares, Borges, Cortázar, Noche, Lear. La intriga los consumaba. El humor más serio del mundo colgaba de una cuerda (si en realidad lo fuera, este escenario no seguiría el consejo de Chateaubriand de enemistarse con los libros hasta el grado de destruirlos) decidiendo si dejarse caer como aquella gota cortazariana que era triste y temblequeaba aferrándose

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con todas sus uñas hídricas al balcón mientras le crecía cual borracho su barriga. ¿Humor más serio o antología del humor? ¿Cuál prefieren los mortales rabelaisianos? Toda la mara reunida: tantos Vladimires como Estragones solidarios con la obra representada. La estupefacción de Beckett y Cortázar ante el hecho inédito. Temor en el ambiente ante la rebelión de personajes. Digerir tal evento insólito debía ser un proceso difícil. Shklovskismo puro. Asimilado. La obra está por completarse. Aún no aparecía Bukowski, se encontraba bebiendo en una caricatura junto a Richmond y Cherkovski mientras se burlaban de Ginsberg. Tenía que ser el viejo Hank. Siempre el viejo Hank. Nace un grito, a lo lejos nace el grito: “todo morir está justificado”. Otro grito lo acompaña: “morir es un arte”. Obra casi completada. ¡La rebelión del disparate! En definitiva, ellos tenían el paraíso de los dones. Kafka se levanta, busca su cama. Kafka busca su cama. Kafka busca su cama. Y busca, nuevamente, su cama. Kafka busca su cama y en ese perdurable instante se le abalanza un buitre o cuervo. A Kafka lo picotean. Y Kafka busca su cama. A Kafka le picotean los pies. Y Kafka busca su cama. Kafka mira al cuervo a los ojos mientras busca su cama. El cuervo sonríe y grazna. El cuervo guiña su ojo a Kafka. Borges aparece tras tropezar con la enciclopedia albiceleste e inventa en todos los tiempos el ajedrez azulgrana. Borges intenta socorrer a Kafka. El cuervo les sonríe y Poe grita debajo del puente, con resaca: “infidelidad”. El cuervo grazna y le contesta: “nunca más”. Never more, please, never more. El cuervo exige sus derechos de autor. Poe y Baudelaire se las arreglan para calcarse.

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Siempre es bueno tener tan francés promotor. El hombre de arrastradas erres se la cree. Virginia ríe. (Leandro aparece buscando a Hero). Virginia acompaña a Leandro, sin saberlo, al faro. (Sublime ironía: el aliento –bostezo- del creador -shklovskismo pessoiano- deja sin aliento al nadador). Canta conmigo el fin simultáneo de la luz que se extingue y el de Leandro que murió. Crueldad cómplice en la sonrisa del absurdo. Bukowski eructó mientras Plath lloró. Entonces el Cortázar tierno repartió las instrucciones para llorar. (¿Dónde está el cuervo?). A Beckett le dio una especial: instrucciones para subir una escalera. El expulsado las siguió a cabalidad. Qué buena onda, dijo Garrik en secreto a Peza, consígueme algo de lo que repartió Julito. Y Juan consiguió. Juan consiguió, consiguió hasta que ya no se miraba entre la gente. A Saramago le delegaron ser maestro de ceremonia, por aquello de la gran liquidación. Dio la bienvenida a todos los nombres. Con timidez pronuncié Rolla y Girondo me corrigió. Le advertí que era mi juego, mientras Borges lo acusó de falsificar a Xul Solar. Olvidé el asunto tan pronto pude recordarlo. Sara Rolla, dije nuevamente. Sara Llora y de ahí nació otra historia. Saramago interrumpió amablemente su discurso. Saramaga estaba allí y me donó las nieblas más dulces como si fueran algodones de azúcar. Me devolvió a mi propia vida (era normal considerando la cantidad de calorías). ¿Quién le habría dicho que andaba en búsqueda de mi propia Úrsula? ¿Úrsula, la de Felisberto?, preguntaron al unísono los hipnotizados personajes. Tanto misterio, dijo molesto Lovecraft. Kafka busca su cama, la suya, no la de Úrsula.

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Kafka usaba un gran sombrero verde de alas anchas al igual que Vila-Matas. Seguro estuviste leyendo un libro lleno de erratas, dijo Merren. Vila-Matas no usaba el sombrero de Kafka, el sombrero y la sombrilla son de Beckett, dijo Cioran enfadado. Las inexistentes endorfinas de Kafka se alegraban. En la ficción se alegraban. Gobernaba el absurdo por todas partes. Por aquellas partes. Por las otras partes. Éstas y aquéllas partes gobernaban. Inclusive por ninguna parte. Sismos humorísticos en la escala de Alfred Jarry advertían un sistema de enajenadas piezas contrariadas. Los libros son un rompecabezas de subversivas piezas que no encajan. Libros astillados. Y con los libros astillados construyeron un castillo. Y de astillas y de astillos construyeron un castillo. Y de hastíos y de hastías construyeron dos castillos. Y una rampa. Y una rampa para pasar por la muralla, por la muralla china, por arriba, a la velocidad del carro de Martínez Galindo, para no cometer el error de atravesar durante mil años las puertas del palacio, los 20,000 kilómetros para llegar al centro del mundo, cuando un hombre sentado a la ventana ha recorrido ya su 70 por ciento desde Praga mientras busca su cama, otro hombre calcula el 30 por ciento restante que sí recorrió prodigiosamente en su imaginación tras soñarse Carlos Argentino y Jorge Luis Borges. El absurdo regía las leyes del mundo. Si el absurdo sol salía, nacían arrastrados rojos rumbo a oscurecerse. Si la absurda luna se ponía, un priápico rayo de luz la embestía. Fecundación. Parto. Procreación de insectos gigantes. Eso éramos: un gran insecto, los ciempiés de un milpiés 90 por ciento de veces

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cojo. Los isótopos inestables de un ajedrez azulgrana borgeano. Valquirios wagnerianos. Nihilismo alado. Aureola de escepticismo. Errábamos y errábanos y otros rábanos rabinos nos herraban frente a una posmodernidad. Por fin Gabo rompió el silencio al recordarnos queel coronel no tiene quien le escriba. Compadecidos, le escribimos. Gabo dijo mierda y hubo ovación, evolución, y revolucionábamos por cada palabra. Sosa agregó: por eso es imposible olvidarlas. Juan Peza prosiguió y no llegaba nunca y no lo miramos llegar porque nunca tuvimos los ojos puestos en él. Después de haberle ganado la partida a Borges, el cuervo se abalanzó contra Ricardo Reis (Kafka se le antojó muy aburrido) mientras el discurso de Saramago coincidía con la reciente muerte: estamos aquí reunidos para presenciar la muerte de Ricardo Reis… Plath abrió su horno portátil (en la posmodernidad existe una amplia variedad de artículos para suicidios). Rigaut sintió envidia. Conrad Aiken quedó con la vista clavada en una última esperanza. Sara llora porque me cree perverso y desdichado y por encontrar nuestra amistad tan extraña. Sara llora. Sara maga. Sara ola. Atristecía, no atardecía. En este lugar atristece cada día. Los atardeceres sólo ocurren en lugares románticos.El humor más serio del mundo cuelga de una cuerda (si en realidad lo fuera, este escenario no seguiría el consejo de Chateaubriand de enemistarse con los libros hasta el grado de destruirlos) decidiendo si dejarse caer como aquella gota cortazariana que era triste y temblequeaba aferrándose con todas sus uñas hídricas al balcón mientras le crecía cual borracho su barriga. ¿Humor más serio o antología del humor? ¿Cuál prefieren

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los mortales jarryanos? Los libros cercanos a la silla comienzan a jugárselas. ¿Quién se ha divertido? ¿Quién ha vomitado? ¿Quién se cree esa paja que leer es un juego? ¿Quién es tan ingenuo para creer la lectura divertida y sana? Si Musil encuentra un primo en esta historia llamado Fusil, ¿será divertido? ¿Es humorístico ver un libro mendigar la gracia de Dios para cambiar su trama? ¿Lo es descubrir al hombre duplicado escribiendo dos libros idénticos? ¿Esperar a Godot, qué significa? Algo no encaja en este sitio accidentado que padece sismos humorísticos en la escala de Alfred Jarry. Algo no encaja en este sistema de enajenadas piezas contrariadas. El cuervo no mató a Kafka. Un isótopo no encaja. ¿Una pata mutilada sumada al 90 por ciento de un milpiés cojo significa un ciempiés a la menos uno? Tampoco encaja esta pieza enajenada. No encaja, por dios, una pieza que no encaja no encaja. ¿Por dónde amarramos el zapato? ¿Se habrán dado cuenta que sólo se trataba de una exposición de libros donde sólo Malone muere? Por lo tanto, este es el sistema de sistemas, la constelación de libros de subversivos isótopos shklovskianos un big bang que tienen por eje el absurdo sol que fecunda con su priápico rayo a la absurda luna cuando ésta se pone sonrojada al bajarse la enagua en los eclipses lunares. Aunque no sea un ciempiés 90 por ciento cojo, siempre cojo. Personajes, repasemos al unísono la lista de nuestros tesoros literarios que destruiremos tan pronto alguien baje de la nave y explique por qué razón algunos libros penden de una cuerda y no de un cuerdo -y se quejan las feministas de la marginación de vocabulario-

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y por qué repetimos como loros estos libros si antes fuimos un insecto gigante y ahora peces humanos (¿aquí hay un solo narrador o miles de voces en la escala humorística de Jarry?): Todos estaban allí: Madame Bovary, Bouvard y Pècuchet; Viajes de Gulliver; Ulises, Retrato del artista adolescente, Dublineses; Orlando, Al faro; En busca del tiempo perdido; El proceso, América; El extranjero y otros; Memorias de Adriano; El visitante y otros relatos, Viaje al fin de la noche; Las tribulaciones del estudiante Torless; La sombra sobre Innsmouth; El duelo; El tambor de hojalata; Los subterráneos; El guardián entre el centeno; El grito; Fahrenheit 451; Trilogía de Nueva York, La invención de la soledad, El Libro de las ilusiones; El humor más serio del mundo; Antología del humor absurdo; La vida breve, El astillero, Juntacadáveres; Cuerpos y ofrendas; Confabulario personal; Historias desaforadas; Antología de la literatura fantástica; Obra completa; El anatomista, Las piadosas, El príncipe; Todos los nombres, La caverna, Ensayo sobre la ceguera, El año de la muerte de Ricardo Reis, El hombre duplicado. Listos para la liquidación. Gracioso es que todos hablaban español. Y que la intriga los consumió a 233º C. (Hágase la conversión a grados Fahrenheit) También facilitado por los huidobrianos jarryanos

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Sobra Morán, perseguidor de Arp
________________________________ Arp, al levantarse antes del desayuno, vio decenas de hormigas en la pared más próxima a su cama. Rodeaban su islote como si estuvieran en una pista de patinaje, se paseaban por aquella blancura que parecía una de esas manchas que uno ve al cegarse por *el luz intensa. Recordó no haber compartido su lecho con mujer alguna, el recuerdo más próximo pertenecía a una pared que temblaba como mujer. Asociaba dos blancuras: una era líquida, a la cual se abocaban las hormigas cual delincuentes juveniles que se fugan para aventurarse en un cansado y largo viaje, y encuentran un oasis para saciar su sed, al que descienden a beber; la otra era intangible, entraba por la ventana golpeándole el rostro, jodida luz desnuda capaz de dejarse mirar el radiante culo. Ambas seductoras. Arp entreabrió los ojos y el dolor de cabeza se hizo más intenso. Los mareos iban abriéndose camino a su quejumbrosa resaca. De pronto, cual personaje woolfiano, específicamente de la novela Al faro, comenzó a extraviar la mirada en esos recuerdos recurrentes, náufragos en el mar etílico de la noche anterior. Una y otra vez se dibujaron en su memoria. Carecía de sentido recordar con exactitud la báquica noche. La sábana que sustituía la ausente almohada comenzó a metamorfosearse en piedra. El valle de sábanas se volvía

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más caluroso entrada la mañana. Decidió levantarse con sumo cuidado, sus movimientos sigilosos tenían por finalidad no despertar al monstruo cancervecero que se había hospedado en calidad de suplente de mancuspias en su cabeza. Fui al baño*. Con movimientos furtivos logró despistar a las alborotadas y alboradas hormigas, no pisó ninguna y tampoco la luz derramada en el piso. Puso en práctica, pese a su dolor de cabeza, el yoga jamás practicado. Se le ocurrió la brillante idea de ir al baño en astral, así como el automático de un carro. Un viaje astral al baño, pensó Arp, pese a que las mancuspias estaban molestas por la estadía del monstruo cancervecero. Teletransportación supersayayin, pensó. Logró su cometido. Después de salir del baño arrugado como un billete, eso sí, completamente fresco, después de que el grifo indiscriminadamente cumpliera su labor rutinaria y se permitiera el exceso de hidratar lo más posible el cuerpo, la boca, los miles de vellos, que hidratara los cabellos colochos e inundara los sequíos poros de Arp, y refrescara a carcervecero para que el calor no lo alborotara, regresó a su habitación. Atravesó los obstáculos sin dificultad aprovechando la embriaguez de las hormigas. Se recostó en la cama e intentó dormir. Le fue imposible. Decidió ir a la cocina a beber un poco de agua helada o algún refresco que no fuera coca-cola. Bebió dos vasos de agua y encendió la televisión. Después de una larga hora de letargo, recordó que su profesora le había encomendado elaborar un ensayo

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sobre un libro que a ella le gustaba mucho y que incluyó dentro del programa de literatura latinoamericana. Sus famosísimas gastadas neuronas, como solía referirse a ellas, habían vuelto a la vida, se habían sacudido la modorra como cachorritos empapados que se sacuden para secarse y causar alerta en el ambiente, despertaron, sirvieron para motivar a los alumnos, quienes agradecieron efusivamente que La invención de Morel estuviera entre las lecturas del semestre. Ella lo había leído aproximadamente hace unos 20 años, cuando estudió en La Plata. Como no lo vendían en las miserables librerías de San Pedro Sula, le encargó a su hermana que se lo enviara por correo, y su contacto y espía de la litera-hartura que reside en su país natal, se lo hizo llegar con la mayor prontitud. Arp ya lo había leído un par de veces (en realidad lo leyó más de mil veces, y no es hipérbole, pero su modestia no le permite jactarse de su erudismo cónico crónico, enfermedad producida por la mosquita muerta neurona anopheles plasmodium en mi ovale para que vivax forever in fever my jungle and kitzler). Él había descubierto (la verdad es que un estudio preliminar lo había puesto al tanto de los temas, del argumento y de la estructura de la breve novela) que son tres los narradores que participan en la novela: Personaje 2. El fugitivo innombrable, a quien llamaremos Morán Molloy –por razones que no incumben al lector-, es un personaje revolucionario e inventor que diseñó no una máquina pero sí un plan eterno de huida y de autocompletación que consiste en la búsqueda de su

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madre para consolidar su personalidad. Womb and tomb. Regresar a donde salió –qué culerada pensará el lector, pura mamitis enricrónica-. Madre que H. G. Wells enterró en la isla del Dr. Moreau, quien la amaba con locura. Después del entierro el Dr. Moreau decidió crear humanimales. Personaje 3. El editor sanitarium ironicus illusio, sapiente acomplejado que hará gala de su adoctoral titulillo interviniendo y corrigiendo la desventurada historia de Morel y Molloy cuantas veces le parezca necesario. Editor movedor de colitas que eironeía… Personaje 1. Morel, quien escribió el primer informe e inventó una máquina capaz de inmortalizar a seres proyectándolos cíclicamente cada semana. Según investifalsores, éste se adueñó de Isla Negra para realizar la macabra hazaña. El pedante Morel hizo de las suyas, y de las de él, y de las de todos, y de las de nosotros, en fin, hizo lo que quiso. Ay, ingenuo lector, quién corroborará o desmentirá que usted no ha sido atrapado en el mundo de las imágenes al igual que Arp. (Nótense los asteriscos siniestramente colocados). No sé si soy Arp o Hans, después de tanta lectura de Pizarnik, Stevenson, Nerval y Lihn no sé si soy Hans o Arp, o si realmente soy yo o él, o si seré parte del coctel de Girondo o sólo un conglomerado de personalidades, o yo, o quién, si también soy artista, quién no lo es, Arp, pero

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pobrecito Hans…y Gus. -¡Pobrecitos ustedes!- (Cómo saca la casta el narrador pilatos bien moteado). El erudismo malapalaria (no mimalapalabra, ese es un grupo de jóvenes estudiosos de la literatura universal sampedrana, que tienen un mester de juglaría, en lugar de máster, y que teorizan sobre las causas principales de la mortalidad en el femimundo) es una enfermedad muy extendida en el utópico selvático y es provocada por el protrozo, trozo cuando alcanza su bin bang “bip-bip” (Léase toda la historiografía feminista del utópico para encontrar a su teórica). El macho es el transmisor y la hembra mosquitamuerta quien añora su picadura venenosa. (Véase –no léase- el ensayo sobre la Introducción al mosquimuertismo, Chepe Levi’s. Alemania, 1829). La novela está contada en primeras personas. Levante las manos quien quiera narrarla. Sobre Morán Molloy: El argumento según Arp: es la historia de un fugitivo que se autoexilia en un isla después que, producto de sus paranoias, soñara con una tal Faustine que le movió la yerba buena en el mundo de las presencias disgregadas. El argumento según Hans: es la historia de los huesitos de una mujer proyectados una y otra vez en la isla

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nerudiana. El nostálgico Morel recita versos amorosos cuando el sol deja de ser proyectado a la orilla de la playa, el nostálgico Morel pisotea las flores que han sido caligrafiadas por la ternura de una mano escuálida. El argumento según Gus: cuentan las malas lenguas que es la historia de un prófugo de la ley. Su persecución es política (¿novedad latinoamericana?). Su nombre es Molloy. (El Dr. Moreau descansa sobre una silla mecedora en su laboratorio. Almuerza una legumbre de salmón recién creada. (Cuánta desgracia la de Loki). Dentro de una jaula para encarcelar a poetas cosmopolitas, creadores de arcos de tiempo, se encuentra un higogótamo -en una cédula se agradece la donación de la Hacienda Nápoles-. El Dr. Lecter lo acompaña y rechaza el tentempié que éste le ofreciera. En cambio, acelera el proceso de clonación de un humano gracias a las células que le regalara su amigo Andrew French, antes de comerlo. Quizás ya esté lechón para la cena. El Dr. Moreau es de la vieja escuela, prefiere crear humanos de partes de animales. El sol impera en la isla. (Recuerdo aquellos días soleados de un invierno rebelde. Solía caminar de la mano del Dr. Moreau. En ese entonces conocí a Oliverio. De regalo de navidad el Dr. le había regalado un espantapájaros. Qué días aquellos. El Dr. era un hombre honesto y paternal. El día que Oliverio le pidió de regalo un frutahumanimal éste lo complació. Era barroco por antonomasia. Un gran artista. Un dios. Oliverio se contentó mucho al ver que el frutahumanimal era femenino: senos de pasas de higo –se le habían acabado los melones y las

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magnolias-, cutis de papel de lija –no era la temporada de duraznos-, y no digamos de las extremidades de palmípedo, ni de sus potentes grupas, al concluir su obra tomó un insecticida y roció de aliento a su experimento. Le dio vida. El Dr. sintió que había errado al ponerle un corazón de serpiente en lugar de uno de gato. Ninguna creación es perfecta, se dijo, allí está Eva.). Después de terminar su refrigerio, el Dr. se levantó. En la mesa de creación, instrumentos atentos, afuera arreciaba una tormenta robinsoneana, el Dr. estudiaba minuciosamente las partes de los animales para su nuevo experimento. La tormenta celaba la creación. Sus manos comenzaron a rellenar el experimento con las partes de animales. Al finalizar, recordó a su colega Frankenstein y su laboratorio, entonces decidió encender su conductor de corriente –Jumper- y, tras colocarle las tenazas, quedó a la espera de que un rayo cayera sobre su pararrayos para darle vida a su primer ensayo. Fracasó. A su invento fallido lo llamó almohada, por su delicadeza que asemejaba el alma de un hada. (En otra jaula, niños sapos sapean.) Un comerciante italiano le recomendó a Molloy la isla. Es un buen lugar para esconderse, le dijo. Molloy, sin titubear, partió enseguida. Después de unas cuantas noches en duermevela, se percató que la isla estaba habitada. No estaba solo. Temió que fueran los policías. No daba ningún paso en falso, puesto que le faltaba un pie. Oía voces, pasos, tangos. Se escondió bajo el agua. Periódicamente salía a espiar, y a respirar. En una de esas fue cuando lo deslumbró Faustine…

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Interrupción de Hans: estás loco, pibe, andá boludo… La única voz que escuchaba era la poética. (¡Qué poético el individuo éste!*) Faustine tenía un parecido a… Interrupción de Arp: ¿acaso no leíste bien la novela? Todo lo que decís es falso. En realidad se trata de un tipo esquizofrénico con síntomas de delirios de persecución, un viejo que creía que lo seguían cuando en realidad quien lo seguía era él mismo para autocompletarse, cerrar el ciclo que había quedado abierto tras la lluvia que azotaba los cristales. (¡Qué erudismo cónico!*). Interrumpió Hans, que es Morel el que recita versos del capitán…interrumpió Arp, que no, que es un Hamlet…que no, que es un Hamster, dijo una voz desvaneciéndose rápido. Gus dijo: déjenme terminar, como a ustedes no los aplazarán, mi cabeza es la que caerá, no la de ustedes, la rusa Zarmaga es letal. Se hace llamar Titanic, para que nos confiemos, pero quien no conoce la historia del transatlántico, se jode, porque éste se hundió cuando nadie creyó que ocurriría. Bah, terminaré el argumento y después ustedes continuarán, dijo Gus muy enfadado. …Molloy… (¡Morel!, gritó Hans.)

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Molloy la miraba con insistencia sentada en las rocas maravillada del atardecer. Al principio sintió pena por ella -algo difícil de explicar-. Después se enamoró -algo difícil de razonar-. Le creó un jardincito de flores y la ingrata simuló no verlo. Su amor creció aunado a sus celos. (De quienes huía Molloy con seguridad era de los enfermeros del hospital psiquiátrico que cumplían instrucciones de recluirlo. Padecía síntomas de erotomanía, inventaba amores. O tal vez de quien huía era de Morán Petrovich, perseguidor sabueso por excelencia, pero como Molloy no había leído a Beckett, no entendía el meollo del asunto, el porqué de su búsqueda. Tampoco había leído a Dostoievski, ni a Martínez Galindo, desconocía El doble y Desvarío, respectivamente. Hay que resaltar un asunto relevante: a Beckett parecía importarle poco el paradero de Molloy contrario al interés mostrado por la inminente llegada de Godot, aunque supiera que éste jamás se presentaría a su cita. ¿Qué habría ocurrido si Morán en lugar de encontrar a Molloy hubiese dado con la madre de este esquizofrénico y edípico sujeto? ¿O que en su búsqueda lo entrevistara el canal del pueblo? ¿Qué haría Beckett? ¿Convendría en solucionarlo?). (Morel, no Molloy, gritaron dos personajes molestos). (Morel, no Molloy, gritaron dos narradores molestos –un narrador subyacente en rebeldía contra el autor, personaje y narrador-). Molloy desveló el engaño, cada episodio se repetía, que cada diálogo era el mismo cada día. Le pareció extraño. Luego investigó qué ocurría. Se creyó invisible. Para confirmarlo se vio en un espejo. Su reflejo estaba. Un poco

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distorsionado, según él. ¿Y si el espejo era mágico? ¿Y si el espejo reflejara a los seres invisibles? Ocurrencia estúpida la mía, se dijo. Rió. Luego Molloy consiguió pop corn (nadie sabe dónde las consiguió, seguro el autor metió mano y obligó al narrador a dárselas para contribuir a la escena) y se dirigió a ver la función. Cada vez que miraba la misma escena descubría nuevos detalles, como cuando espió a Faustine mientras se bañaba y le vio los lunares y el tupido monte de Venus. Cómicamente recitó a Dante: Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita. Hastiado se comunicó con Estragón y Vladimir para denunciar a los plagiarios: hay unos individuos profesionales del absurdo, ¿no será que vuestro creador se inspiró en ellos? ¿No habrá visitado la isla años atrás? Les cuento que son muchos los visitantes que han llegado hasta ahora. De ser cierto que Beckett visitó la isla, ustedes serían un plagio o una repetición, huella de huella. Vladimir se asustó e instó a Gogo a irse: “vámonos”, le dijo, a lo que el segundo respondió “no podemos”. Callaban inmóviles mientras el telón caía. Cayó el telón y el sistema de telefonía también. Molloy volvió a llamarlos y el telón abrió. Estragón incitó a Didi a que se suicidaran, quería morir acompañado. Godot no atendió la cita. ¿Alguna resaca de Godot? ¿Misántropo Godot? (¿Creerán que Godot es Morel?). Se colgaron de la soga y la rama del árbol se quebró. Lo

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intentaron nuevamente, pantalones abajo, sombrero en el suelo, para alivianar su peso. La rama se quebró nuevamente. Cayó el telón, se cortó la llamada, no puede confiarse en los teléfonos móviles. Todo el que habitaba la isla estaba muerto. Todos estaban disgregados en el limbo. Por accidente Molloy dio con la máquina encargada de reproducir a las personas y el ambiente. Repitió una y otra vez un solo cuadro, una sola escena, a Faustine bañándose. Le gustaba verla cruzar y enarcar las piernas. Hans dormía. Arp dormía. Gus dormía. Los tres redactaron un documento. Gus citó a ambos en la isla, con la idea de que la mejor manera de reconstruir la historia es hacer investigación de campo, visitar el lugar de los hechos. Pero esto generaba otro problema: ¿qué pasaría si Gus encontrara a Hans, y éste, en lugar de encontrar a Gus, encontrara a Arp, y éste, en lugar de encontrarlos a ambos, o a uno de ellos, se topara con Morel Molloy Petrovich? ¿Quién narraría? Todos dormían. Mientras Arp regresaba a casa al mismo tiempo que llegaba su vida, los otros dormían. Antes de dormirse vio unas grandes hormigas que lo miraban desnudarse. Recordó que su profesora le había encomendado elaborar un ensayo sobre una novela que le gustaba mucho. Las hormigas se le acercaban. Arp había pasado un largo día. Esta vez las hormigas no esperarían a

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que la luz de la mañana golpeara los ojos de Arp, esta vez irían a tomar lo que creen que les pertenece, esta vez no esperarían a que la luz cálida se derramara en el piso, esta vez irían a la fuente, a la raíz de la raíz, al origen del néctar prometido. (Gus habla: espero que Arp haya descubierto que las hormigas fueron grabadas por la máquina de Morel Morán Molloy Petrovich, y que la broma pesada es del escritor, no de Hans, no mía, incluso ni de él mismo. Y que no se preocupe, que aunque ellas tengan la intención de recoger el néctar de la vida de propia mano, o propias patas, no pasará nada. Aunque habría que dudar de todos. Aquí nadie sabe nada. Y tampoco pasa nada.) Primer (*): Expresión de los primos. Consúltese y óigase: ¡fó vó!, ¡jesú vó! Todos los acertijos siguientes (*): intencionales. Nota: Faustine, no te creás la última imagen del mundo de los disgregados. Nota: texto facilitado por los huidobrianos beckettianos

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Siempre un martes
________________________________ Él entra al baño en toalla, abre la regadera y el agua cae enérgicamente a chorros. Primero deja mojarse la pierna derecha, para acostumbrar su piel al agua fría y entregarse después por completo a la regadera a borrar todo el polvo desesperado que se le prendió a muerte en la piel. Oye los gritos de su madre: Dejame, no sabés lo que hacés. Sale del baño en toalla y a su alrededor no ve a nadie, sólo hay dos presencias: la suya y la soledad del apartamento. Vuelve al baño. Nuevamente gira la perilla de la regadera y el ruido de la caída del agua enmudece ante un nuevo grito. Los latidos fulminan a golpes su pecho y lo obligan a aferrarse a las palmas de sus manos para cubrir sus ojos, como si encubriéndoselos pudiera olvidarlo todo. Sale del baño y ve a su madre y a su padre en la sala de la casa. No hay ningún sofá en ella, sólo cajas. Su madre llora y grita temerosa y desesperada: dejame por favor, no sabés lo que hacés. Dejame. Las lágrimas reaparecen. Llora. Él corre a la ventana y pide auxilio a los indiferentes vecinos.

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Medianoche. La noche guarda y protege los gritos en su seno. La misma historia familiar de siempre: el padre golpea a su mujer mientras sus hijos lloran y se entrometen. La rabia de su padre alcanza la cúspide de la violencia y se desquita a golpes con sus hijos y son tan amargos como la cerveza. Transpira ese olor a alcohol que tanto aterró a su familia por décadas. Un líquido va derramándose sobre el piso, se hace espejo, silencio, gritos. Él se recuesta en el lavamanos, como un alienado es atormentado por los electrochoques él lo es por sus recuerdos. El hijo llora incontenible, llora mucho y grita desesperadamente: Doña Isabel ayúdennos por favor… ayúdenos, llame a la policía. La pequeña Elizabeth llora aterrada y corre a esconderse adentro del cuarto de su hermano. Él continúa con los ojos cerrados, temblando, llorando con los recuerdos agobiantes. Hijueputa, gritá… mierda, pedíle a esas viejas putas que te ayuden…te vas a la mieerrrda. Lo corre de casa envuelto en toalla, va llorando preocupado por lo que pueda ocurrirle a su madre y hermanos. Los nervios frágiles del infante ruegan que pronto acabe todo, que los policías lleguen y salven a su familia, que ojalá no haya sangre. Su madre le grita Arrrrrp y él se duele de impotencia.

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Arp sigue recostado en el lavamanos, a quien considera su mejor amigo, y le dice con su voz dolorosa y entrecortada que ya no puede decirles nada, sigue aferrándose a él hasta que se desprende y se quiebra contra el piso de igual manera que Arp se quiebra en lágrimas, y ambos caen, abrazados, insólitamente fraternos. Todo se rompe contra el sueño, contra el suelo. Otro líquido comienza a derramarse y se apropia de ese lugar íntimo y destruido. La papelera está a su lado, de igual a igual se miran. Escucha un grito apresurado, tormentoso y femenino. Mi vida siempre ha sido una pesadilla, piensa Arp. Recuerda cuando su padre regresó de la cárcel, había estado recluido aproximadamente tres años por intento de violación. La relación entre ellos se fundamentó en la tolerancia y el irrespeto mutuo. Cierta responsabilidad recae en su madre, no haberlo abandonado o denunciado ante los juzgados a tiempo, desde el primer día que recibió el primer golpe, que data de hace más de 20 años, aunque fue en años recientes cuando el gobierno creó la fiscalía contra la mujer, entonces es entendible su temor de abandonar al cónyuge. Quizá porque no les puede decir nada, llora y cierra los ojos con fuerza como si al hacerlo pudiera olvidarlo todo. En su desvarío va derramándose algo que está colándose en su sueño. El lamento cansa y agobia. Arp, desesperado, espera que la tormenta de recuerdos cese.

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Ella grita, llora, gime, grita irremediablemente y no hay mariposas de sangre que la salven, y gira sin entender nada y gira tan nerviosa, desmayándose, mientras él grita: ¡gran puta! El experto grito va extendiéndose en el aire. Arp recuerda con dolor las imágenes de su infancia. Recordar es muy humano. Nuevamente quiere hablar con ellos, pero no puede decirles nada. Abre los ojos y ve los fragmentos tan auténticos, abre lo ojos y no puede gritarles nada, abre los ojos y ve la papelera como una metáfora del manicomio y de la podredumbre humana. Arp se incorpora y cierra la válvula del lavamanos para impedir que siga derramándose el agua. Remueve sus lágrimas que prenden de sus mejillas como perlas. Lo abruma que ya no podrá decir nada, que no puede decir nada, que nunca podrá decirles nada. Suspira y los suspiros son incapaces de comprenderlo. Hans está condenado a golpear por siempre a su mujer cual Sísifo violento; Luisa a perdonarlo y dejarle siempre un hilo de Ariadna, piensa Arp, reflexionando, tratando de entenderlo todo.

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La herejía de Caín
________________________________ Antes de conocer la historia de Caín y Abel yo tenía nueve años y cursaba cuarto grado en la escuela. Cuando recuerdo esa época escolar me embarga un sentimiento de tristeza y repudio a mí mismo. Yo estudiaba en la jornada vespertina. En ese año, a finales de octubre, para ser precisos en el último día de clases, mi hermano discutió con uno de sus compañeros, que hasta la fecha había sido su mejor amigo. Era temporada de lluvias. Las nubes, el viento fuerte y los truenos parecían conformar una especie de composición siniestra que presagiaba lo que pronto ocurriría. Ambos se habían citado en un campo de futbol cercano a la escuela para ponerle fin al asunto. Su compañero siempre asistió a la escuela con botas vaqueras. Mi hermano era un buscapleitos. Le era fácil provocar a los otros niños. No recuerdo por qué querían enfrentarse. La lluvia comenzó a caer y con ella los golpes entre ambos contendientes. Mi hermano cayó al lodo y se retorció de dolor al sentir los golpes que su amigo le propinaba. No hice nada para defenderlo. En su lugar disfruté la violencia y me dije que él merecía una lección para que dejara de ser tan bocón. Menos de nueve años y no auxilié a mi sangre. La consecuencia es la siguiente: la vergüenza que he tenido

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que cargar durante todos estos años. Pero yo tenía nueve años y ellos once.

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Aventuras en Maldoror
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lejanas, las voces de otros tiempos, S. T. Coleridge esta vez no es Viena el lugar. Es un lugar llamando En todas partes y En ninguna. El tiempo no es hoy. El tiempo ya no es, pues podría haber sido ayer, o hace mucho tiempo, podría volver a ser, ser siempre, y algunas cosas no habrán sido nunca. Malina, Ingeborg Bachmann

La lluvia cae con sutileza, ni en los momentos más tempestuosos pierde el glamour. Cae con ritmo como una sinfonía de silencios y breves ráfagas orvallas. Poéticamente diríamos que cae como un estribillo climático. En otro tiempo, un grupo de gente camina con cuervos en las manos. Otros caminan con cuervos en el ano. Es cuestión de gustos. Hay quienes andan con ellos bajo el sobaco, sobaqueándolos. Otros los usan en aros. Fuck, ya te venden los cuervos en aros. Pero en este tiempo la lluvia cae suave

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y silenciosa. En otro tiempo la lluvia cae suave y licenciosa –pero éste es otro tiempo-. En este tiempo boté por accidente una caja de discos estibados debajo del escritorio. Qué torpeza la mía. Es jueves 29 de febrero y recuerdo los consejos que le di a Arp hace un par de horas. Soy todo un consejero. Le dije que no debía enojarse por estupideces, que si una mujer cruza las piernas de la misma manera que la mujer adorada, la que le gusta, no significa que por ello deba enojarse. Nadie es tan auténtico. Me prometió contenerse. Me prometió hacer lo que hacen en otros tiempos: guardar los cuervos en el bolsillo cual moneda devaluada. Me preocupa que vaya a revaluar su enojo, que saque su cuervo de bolsillo y lo cuelgue como amuleto en su cuello. Que lo haga como lo hacen en otros tiempos. En este tiempo si la vecina lo viera le diría: estúpido, enfermo. Pero estamos en otros tiempos. No es empresa fácil estar de algún lado, pero se esfuerza. O estar del lado contrario, tal embrollo también enferma. Conozco a Arp desde hace tiempo. Lo conozco y por esa razón lo aconsejo. Una mujer si cruza las piernas de la misma manera que la mujer amada alude a todas las tentaciones. Es harto sabido. Hasta lo dijo un poeta argentino. Y Arp lo sabe. Él también ha leído la obra de Juan José Ceselli. Lo hemos hablado muchas veces en su apartamento. Si te sentís amenazado, le dije, es porque estás cerca de sentir placer, y eso es lo que te asusta. No contestó. Punto para mí. Me dijo que le mortificaban sus bellos pies como islas paradisíacas. Yo mismo se los fotografié a ella en un congreso de escritores realizado en la capital. Ambos estábamos sentados sobre

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la alfombra cuando de repente sus bellos pies brillaron como astros y aproveché a capturar la imagen. Acerqué zoom. Más zoom y flash: una foto inmortal. A nuestro retorno, revelamos las fotos y las enmarcamos. Arp se quedó con ella junto a muchas otras que había descargado de la página virtual de la Facultad de Arte de la Universidad Complutense de Madrid y de otros sitios. EN ESTE TIEMPO OCURRE ESTO. En este tiempo. En otra ocasión pensó quitarle los lentes a su mujer amada, pero tan pronto se le ocurrió la idea desistió de concretarla. ¿En qué vida un alumno se levanta de su asiento y se dirige adonde su profesora a despojarla de su vestimenta? Hay dos tipos de desnudez, la de cuerpo y la de rostro; el pudoroso era Arp, no su maestra. Él aún se ruboriza cada vez que ella se despoja de los lentes. En este tiempo ocurren estas cosas. En este tiempo. En otros tiempos suceden muchas cosas: hace calor y un ventilador apenas puede refrescar el cuerpo. En esos tiempos hay quien convoque a un casting a demonios, pájaros y extraterrestres. En los mismos tiempos la ciudad de la que provengo lame el cielo a la espera de recibir la lluvia, la ciudad tiene piernas tan abiertas como las muchachas de la Fiesta. Siempre y cuando haya dinero de por medio. Gran acto de amor. Lascivia y embriaguez. Mundo entero.

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En cambio, en este tiempo, una vecina voyeurista espía a su vecino mientras se masturba, aquí le decimos conciliar el sueño. Ella misma coincide con él en el rapidito. Pero en otro tiempo, cuando la vecina voyeurista coincide en espacio y tiempo con otro tipo, ésta le pregunta por qué es tan serio y él responde: siempre he querido ver a una mujer sodomizándose con un cuervo. En otros tiempos venden vibradores a base de cuervos. Ella le grita que es un grosero. Y clava sus ojos en el suelo, cuenta los adoquines para que estos coincidan con sus pasos; un paso y medio por adoquín es lo deseado. Ritmo y proporción de pasos. Equilibrio desesperado para dilatar el pánico. Eso ocurre en otros tiempos. En otros tiempos. Un hombre disfruta arrancar pluma por pluma de un cuervo vivo, pincharle los ojos o sacárselos a punzonazos como un maníaco, o como Sabato. Fernando Vidal es de otros tiempos. Y de otro mundo. En este tiempo, o sea, en otros tiempos, la vecina voyeurista oye al vecino contarle esto anteriormente narrado. Y no se inmuta. Calla. Camina. Cuenta pasos. Equilibra nervios para dilatar el pánico. O los engaña para pasar el rato. Debe llegar a casa. La forma más segura es llegar acompañada. Las calles son oscuras y peligrosas. Pocos faros alumbran lúgubremente la entrada de la colonia. Prometen violación, robo o asesinato. Debe defender su tesoro más preciado: un celular V3i Motorola. Él puede monologar cientos de horrores, aterrorizarla con ideas como quemar vivo a un pájaro, por ejemplo a un tzinitzcan. Aunque ella pregunte qué es eso, él calla. No re-

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sponde nada. El mismo hombre recuerda las escenas de The Saddest Music in the World. Sonríe. Calla. Esto ocurre en otros tiempos. No en estos. En los tiempos anteriores, la vecina voyeurista sigue al lado del hombre aterrante. Falta una cuadra para llegar a casa. Ella esquiva la mirada y no pronuncia palabras. El hombre se alimenta de su silencio y se deleita. Piensa que los cuervos han perdido el símbolo. Ya no son presagio de muerte. Acostúmbrense a ser impotentes, pichoncitos, hay que dejar las cosas claras. Ustedes pertenecen a otros tiempos, al mundo de los cuervos. No al tiempo en donde una mujer espía a un hombre masturbándose o donde la lluvia cae suave y silenciosa o donde un hombre se ruboriza al ver a su amada sin anteojos, sino a otro tiempo, al tiempo de los cuervos. Su pensamiento pertenece al mundo de los cuervos, al tiempo de otros tiempos, al espacio de su mente y de otros cuerpos que no son de su mente ni de su cuerpo. Al tiempo donde Kostas Kariotakis creyó a la muerte como cuervos dando aletazos contra muros negros, al tiempo donde Poe, frío y sistemático, reflexivo y aterrorizado, escuchó a los cuervos gringos graznar never more, al tiempo donde Van Gogh los vio sobre el trigal, piadosos, sobrevolando el cielo más perfecto (hay otros cielos perfectos como el cielo monetiano), al tiempo en donde Kafka recibió picotazos en los pies hasta que éste encontró el miedo y se internó en su pecho, al tiempo donde siempre hubo cuervos, unos sobre la ciudad, otros bajo el fuego, al tiempo donde emergen de la música para hacer fracasar

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los instrumentos, en el tiempo donde se desciende cual Dante al infierno, o cual ciego sabatiano, o cual Bosco inspirado y abismado, o cual Bacon con su perrocuervo mutando, en el tiempo donde una rosa es un laberinto que hospeda a los inacabados, donde cada pétalo son enhiestas alas de cuervos en ocaso que atrapan y dividen a los resignados, al tiempo donde la gente anda con cuervos en la mano y otros en el ano, al tiempo donde abren sus alas como periódicos y donde a un creador lo consideran pervertido retórico enfermo. Llegan a casa. La vecina jura jamás venirse nuevamente acompañada. Le dice que la próxima vez pagará taxi. Su V3i lo vale. Pura nueva, le contesta el vecino espiado, o el acompañante, además sos cristiana, aunque pasés por valles de muerte él estará contigo dice la biblia, agrega Arp. (¿Arp era quien la acompañaba?). No vuelvo a venirme con vos, insiste la vecina. Pero bien que te venís conmigo al espiarme, responde con listeza. Debés aprender a tratar a las damas, agrega ella. Claro que no, responde Arp malhumorado, sin ganas. Arp pide disculpas y antes de retirarse le pregunta si tiene novio. No te interesa saber. Y vos tenés, pregunta ella. No tengo, respondió. Con razón…sentenció ella. Arp se dio la vuelta y ella entró a su casa. Estas historias suceden en ambos tiempos. Se incrustan por sus grietas por encaje. Se engranan. A ciertos personajes o narradores les resbala. (Tampoco se sabe a ciencia cierta si es Arp quien acompañaba).

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Si nos remontamos a unos tiempos antes, a otro tiempo, para ser razonables y no tan incoherentes, como esperan los críticos del patio, un traspié para desprestigiar al escritor con un sesudo y anoréxico ensayo, aunque no entiendan que él puede darse el lujo de caer en baches, como dijo Roberto Castillo en un aforismo no tan lejano, entonces al remontarnos a otros tiempos, u otros baches, (sinonímese -no equipárese- bache y tiempo. El tiempo es como una calle de San Pedro: con tanto bache hay para pasar el rato), previo a que esta vecina voyeurista, también putita, se encontrara con Arp en el rapidito, éste había conversado con un amigo que le confió, jactancioso, contar con una imaginación muy creativa. La conversación es la siguiente: -Sabe, Arp, no puse atención en clases. De toda esa charla que recibimos sobre el romanticismo no me entró nada. -Me vale verga. -Se fija cómo es usted. -Está bien, disculpá. Seguí contándome. Te escucho. -¿Sabe qué me imaginé? -¿Qué? Lo miró sonreír. -Imaginé que mataba a la profesora. Risas. -Lo veía a usted, a Anne, a Leopoldo, a todos pues, hablando sobre mí y condenándome por mi acto. Me vi esposado y escoltado por la policía. Sabe qué, no sé si le he

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contado que ya días estoy escribiendo un cuento en donde una sombra me persigue cada mañana sin que pueda hacer algo para librarme o escapar de ella para siempre. Pero lo más tremendo, lo más inconcebible, es que un día que rociaba de veneno mi casa me dio por imaginarme qué sucedería de rociar a mi hijito también. -No te creo. -Pero no le vaya a contar a nadie, por favor. Estas cosas me dan pena. -Descuidá. Jamás nadie sabrá sobre esto. (¿Quién lo habrá contado?) Pero de aquí movámonos adonde nos lleva la brújula, o la bruja del destino. Adonde nos lleva el alephsito. A otro tiempo, quizá al tiempo más importante, al bache que no es bache sino abismo. En ese tiempo Arp había secuestrado a Nan. Sus intenciones no eran las mejores. No fue como decir “vení Nan, te secuestro”, que significa: “te llevo a comer o a cenar”. No. Literalmente la había secuestrado. Un secuestro tipo Hostel. No la secuestró a ella sola, también secuestró a su madre. Madre e hija. Desde hace mucho les había extendido una invitación a cenar que jamás aceptaron. Nan ya había vivido ciertas experiencias incómodas con él pero ya lo había perdonado, había transcurrido mucho tiempo desde entonces, aunque en realidad lo perdonó a consejo de su madre. Arp las recibió en su apartamento. Su madre llegó vestida elegante e informal. Por su parte Nan mostraba sus caderas a través del jean ajustadísimo que usaba. Eran las 7:00 p.m. La hora

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era prudente considerando que podrían marcharse dos horas después. Habría tiempo, poco pero tiempo, para hacer las paces con Nan mientras comían. Arp cocinó lo más fácil de hacer: espaguetis con atún. Hizo Tang de limón y descorchó una botella de vino Frontera que había comprado en el supermercado más próximo. Cenaron a las 7:30 pm. La música ambiente alternaba entre L. E. Aute, C. Veloso, D. Gillespie, Vivaldi, Franco Batiatto, entre otros. Eran las 8 de la noche y el ingrediente secreto comenzó a surtir efecto en ellas. Había disuelto en la limonada y atún algunos miligramos de escopolamina. Dijeron que debían retirarse, que de pronto se sentían mal, mareadas y cansadas. Era imposible que imaginaran que detrás de sus síntomas estaba la mano perversa de Arp. Seguro creyeron que fue el vino o el atún. Perdieron el equilibrio y sus capacidades motoras. Las recostó en un sofá mientras se tambaleaban. Sus rostros lucían pálidos y sus ojos dilatados. Al estar indefensas tomó un pañuelo impregnado del polvillo para que también lo inhalaran. Podía matarlas de sobredosis pero no importaba, siempre las mataría. Las besó. Desnudó a Nan. Mientras la desnudaba besaba su cuerpo delgado, sus blancos muslos, su monte de Venus, su ombligo, sus senos y sus pezones claros. Introdujo un dedo en su vulva y pensó que también debía repetir el acto del dedo adentro de su ano. Siempre había querido hacerlo. Pronto lamió su clítoris. Tanto había querido lamerlo. Lo obsesionaba saber su dimensión, si estaba cubierto en su mayoría por el prepucio o sobresalía su cuerpo mínimo de él. No podía saberlo porque ella no estaba excitada. Sus labios eran

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pequeños y oscuros, pero por dentro el color era de un rosado parecido al de sus pezones. La movió y la encerró en la habitación. A la madre la asió a la cama. Siempre lo había seducido la idea de practicar la inquisición. Cumpliría dos sueños: hacerles el amor y utilizar los instrumentos de inquisición que había elaborado en el taller de estructuras metálicas del instituto técnico donde estudió. La timidez de Nan era lo que le provocaba la necesidad de posesión. Nunca había estado con una persona moralista, tímida y correcta, sus mujeres las había encontrado en bares y night clubs o en las calles. Eso ocurre en otros tiempos. En otros tiempos. En realidad esto ocurre en ambos tiempos. O en todo tiempo. La brújula nos mueve adonde Hans. La brújula nos retira de la historia de Arp, Nan y su mamá. Pero nos devolverá a ella tarde o temprano. La brújula nos instala donde Hans. Desde su infancia Hans había adquirido la costumbre de construir con los huesos de animales estructuras arquitectónicas a escala. Le obsesionaban los huesos. Había leído hartos tratados de osteología. Su padre acostumbraba obsequiarle animalitos para redimir su sentimiento de culpa debido a que éste pasaba fuera de casa en antros de mala muerte bebiendo y participando de libertinajes desmedidos. Y en efecto, Hans comenzó a disfrutar la compañía faunesca. Tres eran los procedimientos para la extracción de huesos: una consistía en mutilarlo vivo, otra en envenenarlo antes de descuartizarlo, o ambas prácticas simultáneas. En el patio

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trasero de la casa realizaba la operación. Su madre comenzó a trabajar duro cuando a su esposo lo encarcelaron por violencia intrafamiliar y ambas ausencias le permitieron tener licencia de raptar el cuchillo de la cocina cuando quisiera y aventurarse a cometer actos impúdicos y amorales contra las inofensivas criaturitas víctimas de su vocación. Gracias a que la criada doméstica se la pasaba frente al televisor tratando de desmadejar ese ovillo estúpido que tienen por argumento las telenovelas mexicanas, Hans podía darle rienda suelta a su curiosidad. La brújula nos retiene en este bache. La aguja de la brújula persiste loca contra este tiempo como el cuchillo del pequeño Hans persiste inocente contra la carne de los animalitos. Puede hablarse de inocencia en sus actos, puede pensarse en instrucción infantil a la tortura o puede, finalmente, considerarse y comprenderse como una conciliación entre ambos términos. Al carecer en la infancia de maldad no puede llamársele tortura si en ella su entramado concomita con la inocencia. La niñez la rige la curiosidad no así la inmoralidad. Sus primeras creaciones fueron el ensamblaje de sillas rústicas. Con 4 tibiotarsos, 4 fémures, un par de húmeros, 2 tarsometatarsos y algunos radios y plumas, plastilina o pegamento, armaba una silla normal de 4 patas, con respaldo de barras, asientos de plumas, algunas con reposabrazos y reposacabezas, según la variedad de diseños que quisiera implementar para evitar el aburrimiento. Las sillas plegables no plegables de tres patas las elaboraba con huesos más pequeños como costillitas o falanges. Era sumamente ingenioso. Parte de su formación se la debió a su programa favorito Art Attack

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o a los programas Casa Tv o La casa. También le aprendió a su padre algunas técnicas cuando éste reparaba sillas o puertas. La primera persona en ver las sillas de huesos que Hans construyó fue su vecinita. Estaba admirada y no había en ella ningún asomo de terror a pesar de que él le explicaba cómo había conseguido la materia prima para su construcción. Podría decirse que en el futuro Hans no tendría ningún problema de subsistencia debido a su talento nato de artesano de huesos, podría ganarse la vida como un artista, haciendo lo que más le gustaba, lo que no podría dejar de hacer. Su futuro más que prometedor se visualizaba envidiable, se dirigiría a donde la brújula lo llevara, alguna brújula que pudo haber construido él con las falanges o con los carpometacarpos de algún ave o con los huesos de algún cachorro o gatito negro que consiguiera en la calle. Pero de aquí sugiero que nos movamos adonde nos lleve la brújula, su brújula, a otro tiempo, quizás al tiempo más importante, al bache que no es bache sino abismo, a donde toda probabilidad es un estandarte, a donde sí podría estar en juego la moral y donde otro personaje podría vengarse de un sinnúmero de desplantes recibidos por las féminas o nenas que no dejaron cosecharse ni segar sus montes por la mirada de éste caído al bache que no es bache sino abismo… Arp, contrario a Hans, no era muy talentoso en las artes estructurales. Desde su infancia se había considerado torpe y aunque pudo elaborar unas tres herramientas de la inquisición, el instrumento que siempre quiso estrenar fue

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el prensa-senos. Era tiempo de cosechar los rencores que Nan y su madre le habían sembrado en su interior. Del silencio nacían notas complementadas con los gritos agonizantes de la madre de Nan. Afuera no llovía. Llovía dentro. De pronto el silencio se implantaba con ritmo como una sinfonía de silencios que alternaba con breves gritos de la madre de Nan. La lluvia podía caer en cualquier momento, podía caer como en aquel otrora tiempo donde en los momentos más tormentosos es incapaz de perder el glamour, caer poéticamente como un estribillo del horror, del presagio que vela lo que sucede dentro de una habitación oscura y sorda, en donde una mujer grita desesperadamente mierda, mierda mierda y extiende el grito tratando de desmembrar la palabra en sílabas acorde a su desmembramiento de garganta, rogándole piedad a Arp, o que la lluvia no caiga pronto. Y la lluvia cae licenciosa e impía, cae cómplice y tempestuosa, y es como si esto ocurriera en otro tiempo, y la madre quisiera dejarse caer en un abismo, saltar el bache, caer en otro tiempo como un estruendoso grito que partiera el mundo como un rayo, reemplazar a su hija mientras Arp usa el prensa-senos y la sangre cae silenciosa como la lluvia suave de breves ráfagas orvallas, como si ocurriera en otro tiempo, como si un tiempo se tragara al otro, al de una lluvia carente de sutileza y poco poética que abriera sus fauces sinfónicas y tragara los gritos rítmicos y punzantes de una madre a la que le ha pasado el efecto de la droga, y que mira, llorando, a su hija desnuda y amarrada, y a la blanca piel de su hija desmayada correrle sangre glamurosa, mientras le grita a Arp que ella

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no tiene la culpa, que por favor no siga, que ella sabe que no es mala persona, que por el contrario siempre lo consideró una persona dulce y tierna, que en su sonrisa denotaba ternura y no horror, que por el amor de dios dejara a su hija en paz… Cuántas aves y animales no había matado Hans para edificar su jardín colgante de Babilonia a escala, cuántos años no habían transcurrido desde ese entonces cuando su padre estuvo encarcelado, cuánto tiempo de perfeccionamiento de la técnica; de disfrutar ver cuando un ave se comía las carnes de otra, o cuando un animal ejercía la ley de sobrevivencia de la especie y los más fuertes atacaban a su simiente al descubrirla lastimada o corrompida por la mano del hombre. Ya no era un niño, había dado un salto en el tiempo, y con el salto había edificado un pozo de picos de pájaros de un par de metros, trabajo incansable que duró meses. Ya no usaba plastilina o pegamento barato, había dejado de lado el superglue y en su lugar utilizaba pegamento 3M en aerosol. A los tejados los ornamentaba con plumas, la muerte entonces sí eran aletazos contra el tejado, que de alguna manera venía a simbolizar un tejado dador de aletazos ante el ojo observador. En otros tiempos ocurría esto. En otros tiempos. En un tiempo que dejó de ser de un momento a otro bache o abismo y se convirtió en un calabozo, en un tiempo ajeno y distante a cuando Pound estuvo preso, a un tiempo en donde Hans incendiaba animales dentro de jaulas porque aborrecía la carencia de autocompasión de los

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animales, que no son parte del entramado y azaroso destino regido por un Dios inalcanzable, incapturable, inobservable, ajeno como la virtud y semejante a una cárcel…la brújula ha enloquecido, no tiene rumbo como dueño, no sabe a quién le pertenece ni quién fue su dueño, y la brújula salta en los tiempos, va de un lugar a otro, se remonta al tiempo que debió ser silencioso, al tiempo en que Arp golpea una y otra vez a Nan mientras su madre grita y observa, al tiempo en donde las madres chantajean y perjudican el alma de un joven, al tiempo en donde Arp reflexiona y responde a las acusaciones que ella le hace, al tiempo en donde Arp no puede salir ya de un bache, al tiempo en donde él le dice que lo hace por el bien de ellas, que todo tiene una razón extraordinaria, cuando explicaba su comportamiento alegando que lo hace para que el lazo de madre e hija sea más fuerte, para que usted muera sólo con el sentimiento de amor a su hija, de repulsión a mí, y esa será su salvación, al tiempo en donde la madre de Nan grita comé mierda hijueputa de mierda, no me vengás con esas mierdas e ideas estúpidas, pero por qué…por qué nosotras…el llanto rompe las palabras y la lluvia rompe afuera su llanto, la lluvia y los truenos despedazan los gritos, y la sangre es excesiva, ha perdido el punto, la exactitud del equilibrio entre su blanco cuerpo y el rojo sangre, y la brújula queda loca y casi destruida cuando ha caído en el bache de este tiempo, cuando ha caído en pozo sin fondo, y ante la sangre y el descuartizamiento Arp apura su mano y se masturba una y otra vez, rápidamente, extraviado como la aguja de la brújula, insistente, extraviado y fuerte al ritmo

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de una batería de rock, al ritmo del llanto de la madre de Nan, se masturbaba como sólo en ciertos tiempos puede hacerse, como en esos tiempos especiales en donde sólo existe una única oportunidad para saciar ciertos deseos y placeres, como si quisiera llenar el vacío del pozo en que vive de semen y sangre, de pasión, eyaculando en el cuerpo de Nan y en su madre, al tiempo en que el pozo va llenándose de algo, de sustancia viva y verdadera, no de sueños e ilusiones, desesperanza y frustración, sino de realidad que lo eleva, que lo hace flotar en ese pozo de embriaguez, y la brújula se deja llevar por la corriente, se deja arrastrar hacia el cielo de la crueldad para caer en Hans, al otro tiempo, en donde Hans construye sillas ya no con huesos de animales sino de hombres, al tiempo donde quiere coronarse rey de los huesos, rey del hombre, donde su semen y el semen de los animales recubre cada hueso, húmero, cada edificación, en donde el semen hace contacto verdadero con la espina dorsal, donde Hans puede asesinar aves y personas y en las heridas masturbarse, en donde es un hombre solitario que puede penetrar el animal que le plazca y masturbarse a cada instante. Y el hombre ha ascendido en todo tiempo. Ha descendido en todo tiempo. El hombre ha sido espiado masturbándose por la vecina, el hombre se ha masturbado en medio de un asesinato, el hombre se ha masturbado con animales heridos y muertos, y el hombre asciende por esas razones. También por otras. Pero también desciende. Hay baches. Hay tiempos. Hay recuerdos y hay lluvias. Hay

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noches en donde los párpados caen como el muro de Berlín y los súcubos se aprestan a saciar el lecho solitario. Noches con ruidos de acomodo de tablas. De piedras. Cientos de imágenes en distintos tiempos que regresan con distintos pájaros y en cada pico un ojo distinto. Una nueva perspectiva. Y el hombre asciende en su lecho y pierde el camino. La aguja de su brújula es como un recuerdo ajeno. La lluvia que cae sobre los tejados lo hace al compás de un ritmo. Y la brújula se rompe y los baches se hacen uno y el tiempo es uno aunque sean muchos tiempos, no hay agujas ni desplazamientos, sólo un reloj despertador para Arp, un espejo para Hans, y lo único común que tienen es que ambos despiertan cuando el flash de la cámara fotográfica ilumina sus ojos. Lo único común entre los hombres cuando estos descienden es que lloran al igual que Paul cuando no hay ningún maldito cuervo sobre su techo, y Paul llora porque envenenó a su hijito, y lo único en común que tienen todos es que juran comenzar una vida mejor, juran abandonar las bebidas alcohólicas, juran que la autodestrucción es un mal de este tiempo, y de todos los tiempos, y cuando piensan de esta manera el hombre asciende, llega a un lugar, emerge, porque en otro tiempo un hombre ha mezclado semen y sangre para que otro hombre se levante. “Una familia es una reunión de personas que se detestan, obligadas a vivir juntas.” No creás en tu madre. Confiá en vos.

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La brújula ya no existe. La lluvia cae suave y silenciosa. El calor persiste. El ventilador nuevo ha girado hasta que con su viento desbarató vidas. La brújula ya no existe. La humildad no es una solución ni un destino. La lluvia cae y la maldición será la misma hoy, mañana y siempre. No importa el tiempo. El lugar. El espacio. La brújula ya no existe. La lluvia cae sin sentido. Cae sin ritmo. Cae a otro ritmo. El amigo que aconsejaba a Arp se ha desvanecido. Al principió existió como una aguja de una brújula que hoy por hoy no existe. Epílogo Según Coleridge puedo calificarme como genio. Disto de ser talentoso. Nací con el don natural de crear con vértebras, huesos y dientes un mundo ideal para vivir. Imaginación y fantasía son algunas de mis características innatas. Lo que yo diga o piense lo sostengo con mi genio, lo que haga, con mi imaginación. Lo que diga o piense lo sostengo con delirios, lo que crea, con la razón de creer. A los personajes les es difícil encontrar un mundo ideal en el cual dejarse destruir o abrigar, a mí me ha sido fácil. Acudo a mis técnicas. Soy creador. Soy la excepción. Viajo y consigo. Y sigo viajando. ¿Y qué consigo? Narrar lo inenarrable. O que alguien las narre reverenciándome. Redescubren entonces un placer olvidado mientras imposibilito su intención de comprender. Nada es comprensible aquí. Lo que hago es un rumor público. Nadie sabe qué hago en realidad. Qué es y no es verdad. Nací

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para construir los días, el nuevo día. El único día. Para rellenar un cuerpo de pensamientos. Aquí el tiempo no es sólo tiempo, es huída. Bachmann dijo que el tiempo ya no es, pues podría haber sido ayer, o hace mucho tiempo, podría volver a ser, ser siempre, y algunas cosas no habrán sido nunca. Nunca. Nací genio. Puedo ser dos a la vez. Cuantos quiera puedo ser. Deambulo libremente en el pensamiento y en las frases. Sólo yo puedo ser. Sólo yo puedo apostrofarme y defenestrarme. Pocos tienen derecho de criticarme. No conozco límites. A ellos los engaño. Los límites mutan, cuando antes se pudo haber llegado, ahora ya se ha pasado. Los límites son tan cambiantes. Nadie podrá enclaustrarme en un siquiátrico. No me pasará lo mismo que a Van Gogh, Artaud, Panero y Hölderlin, soy inenarrable. Para que sepan quién fui o qué hice tendrán que descubrirme, soy genio inenarrable. Un personaje toma por vida libros y se corrompe. En otros tiempos, en tiempos fugaces, actuales, rotos, refractados, ha ocurrido violación y muerte y nadie ha sido sentenciado, ha ocurrido bestialismo, depravación, horror y aberración y todo ello se configura en arte. En qué creer. Por qué valle caminar. Qué escribir y qué decir en esta última aventura abominable e inenarrable en donde el genio brota sin descanso, a tientas, a impulsos, frenéticamente cuando quiera articularse en frase, romperse, enconarse, interiorizarse en alguien, en palabras, en alguien, en palabras o en alguien. A esto se le llama arte: morbo dócil y expectante. Nota: ¿Acaso es un papel inesperado?

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Nan y Arp a finales de Octubre
________________________________ Para cuando comencé a escribir esta historia mi padre había muerto. En esa época adolescente aprendí algo muy importante: los seres que amamos son los únicos a los que nos es permitido dañar. Mi padre contribuyó en su enseñanza. También descubrí que mi vida estuvo regida por una dualidad contradictoria: amor-repulsión. Moneda de dos caras, inseparables. Ambas sentencias conformaron una ley inconsciente que condicionaría los actos y formas de mi vida, como dijera Cavafis. Mi padre había muerto, y aunque esto produjo una honda herida en mi alma, me desvinculé pronto de su recuerdo y me enfrasqué en una mujer que conocí un año después de su muerte. Me consideré paranoico y erotómano. Esa mujer, Nan, supo arrancar de mí las tristezas. La historia les será familiar a muchos: golpes duros de la vida, rechazos y frustraciones fueron haciendo de mí un hombre hosco, enrevesado e insociable. Sólo Nan me hizo creer de nuevo. Si fui tierno alguna vez, y dejé de serlo por alguna razón dolorosa, por desconfianza hacia la vida y sus trampas, gracias a Nan recobré de nuevo esa virtud. Desde el colegio hasta la muerte de mi padre los profesores tenían la impresión de que yo vivía dentro de un pozo. Me lo hicieron saber. Muchas veces me lo dijeron. Amigos opinaban que mi

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vida se asemejaba a un constante naufragio. En broma les respondí que decidieran en qué barca iba, por eso de náufrago penitente, si en la de Lawrence, en el barco de Rimbaud, o en el arca de Noé. Ellos respondieron la última, puesto que desconocían la identidad, obra y biografía de los anteriores. Me tocó vivir un diluvio emocional. Una tormenta que yo no pedí. Aquello que me inspiraba amar fue desapareciendo poco a poco. Dentro de mí se reprodujeron las voces que me incitaban al fracaso. Me volví más impulsivo de lo que era. Y esto contrastó con mi ánimo huraño. Algunos lo entendieron, otros no. Pocos decidieron finalizar nuestra amistad. A mí me importó un carajo su resolución. Quién se iba y quién quedaba no me era trascendente. Tenía algo de lo que ellos carecían: experiencia. Había vivido mucho más que ellos. Lo sufrido en mi casa me certificó para afrontar los obstáculos que me depararía la vida. Además me consideré un sujeto inteligente, inteligencia brotada como armadura de la amargura y del dolor. Me escudé en los libros. Amé los libros. Mi alma fue un engranaje de libros. Pero no de cualquier libro, debía corresponder a la estética que yo seguía, plagadas de una atmósfera de sufrimiento, depresión, locura, absurdo y humor negro. Y todo por una razón: para mejor esconder mi naufragio humano, como dijera Tzara. Un libro, una cerveza y una cámara fotográfica me mantuvieron con vida. Nutrieron y custodiaron mi espíritu. En la cámara fotográfica encontré muchas posibilidades: la de detener el tiempo, y humillarlo, y la de inmortalizar un ser que no sería más él después de fotografiado. En mi

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cabeza persistieron unas palabras de Dr. Jekyll: “he aprendido que cada hombre carga con su destino a lo largo de la vida…”. No me creí tan distinto de él y acepté que mi destino sería igual al suyo. Los juicios sobre mí fueron numerosos, algunos acertados, otros no; los que no consideré justos y ciertos, refutaron la idea falsa que yo tenía de mí, mostrándome tal cual me creía y me creían. Ayudaron a completarme. Gracias a esta percepción amplia de mi vida pude juzgarme y aprender más del ser humano. Comprendí qué significaba serlo. Pero el amor fue algo que pocas veces comprendí. Todavía busco la explicación de que mi demencia y hosquedad se subordinaran a este sentimiento. ¿Qué había hecho Nan para que yo sintiese y le profesase amor? ¿Qué había hecho Nan para que yo dejase de sentirlo y la odiara? Tendré que escarbar en los recuerdos para entenderlo. La conocí en el chat en el año 2003. Concluía octubre. Yo recién había regresado de vacacionar. Una noche conocí a una tal Claudia en la sala de chat de Honduras. La conversación fue agradable e interesante. Luego de largas horas de conversación en una ventana privada, nos dimos el Messenger. Ella había creado una cuenta especial para los que conociera en el chat. Me envió una foto suya de su infancia y descubrí, vaya sorpresa, que se trataba de una mujer que a mí me gustaba, hija de una amiga mía. Quedé perplejo. No le dije nada al respecto. Preferí mantenerlo en secreto. Saber quién era me mantuvo con seguridad. Sus ojos eran tímidos. Hay una timidez que ofende, que es la de las que parecen eternas mosquitasmuertas, pero la de ella era equilibrada. Al menos

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así quise verla en esos días. Con el tiempo cambiaría de idea. Teniendo yo la ventaja de saber quién era ella, fue más fácil el enamoramiento. Después de un par de meses de chatear con ella ocurrió lo inminente: me enamoré. Sin embargo, demostré mi afecto muy pocas veces, mientras tanto, para esconder mis sentimientos, serví de consejero sentimental. Me delató lo cariñoso que me comporté. Nan supo disimular su indiferencia, daba la impresión de que el afecto era recíproco, pero pasados unos cuantos meses me di cuenta que no era el caso. Se negó a salir conmigo. Cada vez que la invité declinó la invitación. Persistí durante un tiempo prudencial sin tener fortuna, parecía que le gustaba que la rogaran para hinchar su ego. Cometió siempre el error de darles alas a sus pretendientes: nomás alzaban vuelo, les cortaba las alas. Su respuesta favorita cuando alguien la cortejaba era la siguiente: “no sé si de pronto llegaré a amarte, nunca se sabe. Sólo quiero tiempo.” Paja, hombre. Sus palabras parecían significar: sí, me gustás, pero dame tiempo para quererte, cuando su sentido más llano era todo lo contrario: vos no me interesás, pero no puedo decírtelo porque no quiero perderte como amigo. Por supuesto, jamás tuvo la intención de lastimar a sus pretendientes, y en su afán por evitarlo, ocurrió lo contrario. Logré convencerla de salir. Cuando todo parecía ir bien, ella advirtió que su única condición para asistir a la cita era que no me las diera de listo con alguna estupidez romántica. Descalabro total. Fuck. Qué capacidad de mujer para hacerse odiar. Mis sentimientos se paseaban por la cuerda floja. Imaginé qué imaginaría ella: Arp (o sea yo)

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llegando al mall con una rosa en la mano, mientras ella se sonrojaba al verme y llena de vergüenza agachaba la cabeza por la mirada de las personas. Triste el caso. Triste la escena. Herido y malhumorado acepté su condición –su madre había prometido regalarme Esquizofrénicas o la balada de la lámpara azul si ella aceptaba-. Yo tenía más en juego que ella. Salimos en dos ocasiones más. Su compañía no era la mejor. Era sumamente aburrida. Y yo un ogro enamorado. La última vez que salimos fue un sábado. Había trascurrido seis meses y a Arp le interesaba cada vez menos Nan. Ya se había acostumbrado a tener como única suerte la soledad. La suerte era sinónimo de angustia. Sentía que la odiaba. Eran pasadas las ocho de la noche y Nan no aparecía. Habían quedado en cenar en su casa. Su familia se había ido de viaje. Era un día de esos en que la soledad lo obliga a uno a escribir, día en que los recuerdos son más brillantes que la luna. Quería disfrutar la noche, pero la melancolía lo disfrutaba. La hora aguardaba como guardián en el umbral del tiempo. En esta ocasión ella había aceptado visitarlo. Vendrá esta noche. Esta noche será. Su ánimo había cambiado. Arp comenzó a diseñar una estrategia que le permitiera abrirse paso ante la indiferencia de los brazos de Nan. Podría decirle palabras amorosas, leerle poemas o no hacer nada de eso. Ella se sentirá incómoda. Sus nervios se cristalizarán. Quizás me esquive, que es lo más seguro. Cómo puedo enamorarla, cuál es el secreto. Son las once de la noche y Arp pierde las esperanzas de que ella atienda la cita. Tres horas de espera

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es mucho. Es demasiado, se dijo Arp. No vendrá. De pronto Arp comenzó a imaginársela. Nan toca la puerta y pasa. Arp le ofrece vino y ella lo rechaza. La conduce al sofá. Se sientan. Se miran. Hablan poco. De pronto, Nan nota que Arp está excitado, se da cuenta después de que éste se levantara a traerle una limonada. Arp la descubre viéndolo. Arp se acerca a ella y saca su verga. Nan queda en shock. No sabe qué hacer. Agacha la cabeza y trata de no verle la verga a Arp. Éste le dice que no tenga pena, y agarra la mano de ella y la coloca en su verga, sus pequeñas y delicadas manos sosteniendo la leche de la humanidad. Ella lo mira de reojo. A Arp le fascinaba de una mujer la distancia que hay entre el ombligo hasta la desembocadura, lugar al que pertenece la longitud del hombre. Le pregunta, ¿puedo ver tu “mina de la valenciana”?. Ella no responde. No sabe qué responder. Ni siquiera sabe a qué se refiere Arp. Llueve. Afuera llueve. Y las manos de Nan siguen en la verga de Arp. Debió llover hoy. Es medianoche y Arp se masturba imaginando la vulva rosada y el voluminoso clítoris de Nan. Debió llover y no llovió. Nan no llegó. Debió haber asistido Nan a la cita pero no asistió. Tampoco se comunicó para cancelar. Lo mejor será beber cervezas, se dice Arp después de eyacular. Es martes, para variar. Sábado. Entramos al motel. A la entrada una mujer muy bella no mayor de 25 años nos dijo el precio de la habitación. Doscientos lempiras la hora y cuatrocientos la noche. Nan esquivó mi mirada. Estaba avergonzada. Tomé la decisión. Una hora no nos alcanzará, así que tendrá que

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ser toda la noche. Toda la noche, le dije a la recepcionista. Nos entregó un rollo de papel higiénico barato. Nan no entendió por qué nos dieron papel. Recorrimos el pasillo. Subimos la empinada y recta escalinata de dos niveles. Cuarenticinco grados de inclinación. Parecía que subiéramos una escalinata maya. Gran esfuerzo sólo para tener sexo. Al llegar, nos llevó a la habitación 307. A la par de la puerta, había un refrigerador lleno de cervezas y sobre él condones, champú y churros. Le pedí un paquete de condones. Me dijo que se los pagara en el momento. Dentro de la habitación, Nan se quedó de pie. Yo coloqué los condones y el papel higiénico sobre una mesita debajo del televisor que sintonizaba un canal pornográfico. Había una pequeña ventana que tenía de vista la zona sureste de la ciudad, la zona comercial y menos turística. Por esa ventana entraba una brisa húmeda y calurosa que agitaba con apatía las humildes cortinas. Cerré la ventana y encendí el aire acondicionado. Por lo menos tenía aire acondicionado. Fijé mis ojos en la sábana blanca. Nan estaba desubicada. Intenté besarla. Me dijo que iría al baño. Ok, le dije. La esperé. Cuando salió la besé. Le saqué el jean con dificultad, no quería quitárselo. Usaba en lugar de hilo un paracaídas, sobre él un calzón faja reductor para moldear su silueta. Enseguida la besé y luego me quité el jean. Su rostro dibujó una sonrisa al ver dibujada mi verga debajo de mi bóxer. La timidez la obligó a retirar la vista de mí. De reojo me miraba. Tomé en mis manos el oscurecido dios de mármol y se lo enseñé. Observalo, le dije. Nan agachó la cabeza. Me alejé de ella y al descubrir su timidez experimenté la

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sensación de venganza. Quería coger pero también debía desquitarme todos sus desplantes. Además no sabía si ella terminaría cediendo. No la imagino abriendo sus piernas. Será el mismo “no me siento preparada” o “no estoy lista”. Esas excusas me las sé de memoria. Y no iba caer en la trampa. Prefiero mil veces aguantarme las ganas antes que permitirle otra humillación. Le dije que se fijara muy bien en lo que iba hacer y que no se moviera en lo absoluto. Comencé a masturbarme. Evitó mirarme. No hubo otra reacción más que la vergüenza que sintió ella. Le dije que me mirara bien. Ella pareció no importarle así que me acerqué a ella, le agarré la cara y le dije mirá. Tenés que mirar. Abrió los ojos asustada, por fin la había asustado. Lo disfruté mucho. Luego cerró los ojos y le di una patada. Me enojó tanto. Intentó marcharse. No la dejé. Estaba estupefacta. Inmóvil. Intentó gritar y gritó. Aquí nadie va escucharte, le dije. Estamos en la tercera o única planta de un motel vacío a media noche y la recepcionista se la pasa abajo esperando clientes que vienen con putas. Aquí sólo putas y narcos vienen. Y nadie se mete en los problemas del otro. No te extrañe escuchar otros gritos en los cuartos aledaños. Aquí no hay policía que valga. Es Medina. Los únicos que pueden oírte son las viejas mercaderas o los vendedores del mercado, y a esta hora no está abierto. Comenzó a llorar. Su timidez más su inexperiencia en esos mundos la obligó a obedecerme. (Arp recuerda aquella única vez que vio desnuda a Luisa. Usaba un calzón blanco con encajes. Ella ya había traspasado el umbral de vida y Arp quería darle una muestra de amor de este mundo.

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Fusionar ambos mundos. Lo sedujeron en ese entonces sus ojos succionados por la hambrienta nada. Había muerto de sobredosis. O quizás seguía con vida. Arp redimía sus pecados dándole una respiración de vientre, bombeándole la vida desde la mina de la valenciana, quería asirla, revivirla). La tiré contra la cama mientras lloraba y tapaba su avergonzado rostro. Le dije que se callara si no quería consecuencias. Comenzó a cucharear silenciosamente, yo a masturbarme nuevamente. (Luisa había sido viuda. Los había presentado Leopoldo en una exposición de pinturas, Arp le confiaba un verso de Catulo a Leopoldo cuando ésta los sorprendió: “lo que dice una mujer hay que escribirlo en el viento o en el agua rápida”. Luisa sonrió al oír los versos y Leopoldo los presentó. Le dijo misógino a Arp. Escéptico del amor, respondió éste. Será de las mujeres, replicó ella. Podría ser, se defendió Arp. Sonrieron. Se despidieron. A los días siguientes Luisa y Arp yacían sentados al borde del precipicio sobre una roca plana en el Picacho. Un árbol les daba sombra. Miraron en silencio los zopilotes que planeaban el cielo en círculos. Por qué yo, le dijo Luisa, por qué conmigo y no con otras amigas de Leopoldo.) Arp eyaculaba interminables gotas de semen, eyaculaba su destino, sobre la vagina del suelo, la ausente vagina del suelo mientras Nan tapaba sus ojos con las manos. Recordó una desnudez materna, madura, con sus redondeadas caderas, el monte de Venus negro, el único testigo que le obsesionaba tanto a Arp. Podés vestirte, le dijo a Nan. Ella se puso el jean. Temblaba. Aún seguía llorando. El deleite de la venganza se notaba en los ojos de

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Arp. De su boca las palabras le brotaban con violencia. No que no, no que no. Vos te cagaste en mí. Toda la vida de socada. Ojalá hayás aprendido la lección. Nan lloraba. Nan se acostumbraba a llorar. Parte segunda. Mi demencia y mis complejos se subordinaron a la crueldad. Pero qué hice. Por qué lo hice. Qué me llevó a hacerlo. No pude dormir anoche. No he podido dormir en las últimas semanas. Anoche me levanté a las 3:40 de la mañana. Mis ojos temblaban. Mis manos temblaban. Había llorado. Dormido había llorado. Por qué lo hice. Por qué el arrepentimiento. Ella se lo merecía. Busqué un libro para liberarme de mis congojas. No pude concentrarme y abandoné el libro. Quise escribir. Intenté escribir, pero todo acto de creación en ese momento me pareció miserable. Si hubiera escrito el texto estaría permeado de la bondad de que reniego. Pero ahora escribo con la misma sensación. Hasta ahora sé el valor del verso de William Blake: “la crueldad tiene corazón humano”. La creación definitivamente atormenta. Mata. Mata. La escritura en nada difiere de los impulsos del hombre: atormentan, amargan. Me supe amargo. Cruel. Sin valor. Mis nervios empeoraron. ¿Quién está hecho a imagen y semejanza de la crueldad? Yo. Cómo es posible que ahora quiera arroparme con el manto de la misericordia y del remordimiento. Lo mejor es no pensar en esto. Lo mejor es no pensar. Debo dejar de pensar. No entiendo, el pensamiento me hurta las

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palabras y las pone a merced de mi pesadumbre. Debo afrontar mis actos. Hacerme responsable de ellos. No debo pensar en esto. No, debo dejar de pensar en esto. Debo olvidar ese episodio de hace unas semanas. Aunque piense que una mujer como ella debe acostumbrarse a la humillación, no es lo correcto. No, ella no lo merecía. Ahora que lo pienso no. Había otras maneras de hacerlo. Había otras maneras de vengarme. Al menos no la violé. Aunque también lo hubiera disfrutado en el momento. La violación es un acto de absoluta sinceridad, escribió un loco. No abusé de ella. Abusé poco, lo necesario. Necesitaba una lección. Ahora soy yo quien necesita una lección. Pajas. Qué puede pasarme a mí. Nada. Sólo debo dejar de pensar en ello. No era inteligente, de haberlo sido no me habría acompañado al motel. No entiendo qué pasó. Tampoco sé por qué me gustó si era poco agraciada. Mis amigos le encontraron un sinnúmero de defectos, la llamaron escoba y pan blanco. Sé que soy impulsivo. Y que mis impulsos me han hecho cometer cientos de errores. He quebrado celulares. He caminado sobre las barandas de puentes en estado de ebriedad. Una vez me acosté en la autopista a Puerto Cortés a las 6 de la mañana. Y venían rastras. Y mis amigos corrieron a salvarme. Soy impulsivo, he pateado libros, por odio a ellos, o por razones que yo no entiendo. Golpeé muchos pavimentos y paredes en tantas ocasiones como las puedan imaginar. Por qué hago estas cosas. Qué hay detrás de ello. Me tiré de carros en movimiento. Quebré cámaras fotográficas. Me he quebrado la vida y los sesos tratando de comprenderlo. Quién lo hace y qué me gana la

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batalla. Y no sé si debo justificarme. Pero esto que cuento es otra historia, nunca le hecho mal a nadie, o no he pretendido hacerlo. Todo acto de agresión había sido hasta el momento contra mí mismo. No sé si lo tenía merecido. De dónde provino esa rabia contenida. Bien dijo Bukowski que “crear arte significa estar terriblemente solo para siempre”. Pero esta frase suya no tiene por qué justificarme. Cuánta languidez y aflicción por haberle hecho eso a ella. Sé que no puedo compartir con alguien. Pero me esfuerzo en hacerlo. Trato de ser lo más cándido y amable posible. Pero me traiciono. Mis actos impulsivos me traicionan y alejan a mis seres queridos de mí. Lo sé. Hace mucho lo sé. Hace mucho lo comprendo, pero no entiendo. Nada gano con entenderlo. Nada gano con saberlo si cada acto se repite. Soy un maldito Sísifo. He tolerado la idea de que en mi vida no existan los horizontes ni la luz que me guíe a un mejor destino, la idea de que cada mujer que conozca se levante y se aleje años luz de mí, que se aburra de mis estupideces, de mi auto conmiseración, de mis nieblas, de mi negatividad y de mis borracheras. Hace un tiempo creí que Nan tuvo la culpa. Ahora dudo. Es cierto que no podría estar con una buena mujer aunque lo quisiera, que desconozco qué es el amor, aunque piense qué es el amor, y crea que lo he sentido, porque lo que sentí por ella durante mucho tiempo fue amor. Amor que no correspondió. El amor que sentí por ella fue un filtro que adensó mis emociones hasta hacerlas intolerables, hasta su rebelión. Y se rebelaron contra mí y contra ella. ¿Pero por qué lo hice? Necesito una respuesta. Algo aprendí, que detrás de las

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historias de dolor siempre hay las que valen la pena. No sé si esto que cuento es bueno o malo. A veces pienso que Stevenson tenía razón al decir que la bondad y la maldad son meras quimeras. Sin embargo, los recuerdos son quienes nos acusan. Y los recuerdos son posteriores al acto quimérico, según señala Stevenson. No sé qué hacer. No sé qué haré si la vuelvo a encontrar. Mi madre me dijo en una ocasión que yo siempre destruyo lo que amo. Luego vi una película de Al Pacino donde su madre lo acusó de lo mismo. Qué ironía. Hay días en los que me arrepiento de tener este ánimo estúpido. Otros días me arrepiento de andar con una estúpida sonrisa mal dibujada en el rostro. No sé a qué círculo del infierno me confinarán. La volví a ver en la calle a una cuadra de distancia. Caminaba lento, despreocupada. La miré igual que antes, fría y parsimoniosa. Ha cesado mi pena. Aunque cuando la vi experimenté una sensación de alegría al recordar que yo soy para ella inolvidable. Dentro de mí hirvieron infiernos, amarguras, cariño. Repulsión. No nos hemos vuelto a ver hasta el momento. Nadie sabe lo que ocurrió entre nosotros. No creo que le haya confiado tal aberración a su familia. Es para no contarlo. Quien vive acumula heridas. Quien vive aprende que las heridas son parte de la vida, y que no debe evitarlas; la lección consiste en no dejarse herir, practicar la indiferencia del sentimiento. Sigo solo. Cada vez estoy más solo. A veces pienso en ella y en mi vida, qué hubiera sucedido en el caso

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de haberme correspondido. Soy un monstruo. Un libro roto. La historia que jamás debió escribirse. La lectura auxilia mis impulsos. La locura es la solución más viable, siempre y cuando no tenga razón de ello.

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Final
________________________________ Viernes 17 de marzo de 2006. Son las 4:01 am. Recién regresé a casa. Enciendo el ventilador para refrescarme y la computadora para escribir esta última nota. Estornudé dos veces. No sé si es alergia o el inicio de una gripe. Estoy ebrio. Muy ebrio. Mi estado no influye en la decisión que tomé. Camino a casa lo pensé muy bien. He sido muy tolerante con todos y con todo. He sido sumamente paciente. De todos los suicidios consumados por artistas que conozco el aconsejable es con gas. Carece de morbo. Para quienes crean que la lectura de la penúltima novela de Halfon tuvo relevancia en mi decisión, les aseguro que no es así. Estoy ebrio. Ebrio y triste. Solo. Ebrio, solo y triste. No hay nadie a quien pueda llamar. No hay quien quiera atenderme. Hoy no quiero despertar a nadie en la madrugada, demasiadas veces lo he hecho, por tal razón estimo y entiendo a Mario Santiago. A mí me ocurre lo mismo. Mi tiempo no es el tiempo de ellos. Pierdo la noción de él cuando bebo o me siento deprimido y solo. Necesito alguien a mi lado. Alguien que me ame. Nadie ama a los borrachos. Estoy borracho. Estoy solo. Espero que esta vez sí pueda consumar el acto y no me suceda lo que le ocurrió a Audrey Hepburn enSabrina. Gas o bióxido

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de carbono son los candidatos por excelencia. Mi hermano se mudó hace un par de días y se llevó consigo la pistola. No sé si es suerte, sólo sé que no debe haber sangre. La sangre sienta bien en los pinceles pero no en el trapeador. Estoy borracho pero esto lo he pensado siempre. Mi estado poco tiene que ver con mi resolución. En mi defensa digo que nunca he podido diferenciar la realidad de la ficción. Jamás. Siempre se me han antojado indivisibles o únicas. Y con únicas no quiero decir que haya más realidades que ficciones o más ficciones que realidades. El mundo es un puñado de aberraciones. El puño es real y entre sus dedos hay ficción. Lo que cierra al puño es a la ficción lo que el golpe a la pared es a la realidad. Puedo prolongar mi estadía en este mundo unos días o meses más, pero no tendrá sentido. Quizás se me ocurra retenerme un tiempo más porque me dijo una amiga que seré padre. Si es niña quiero llamarle Madeleine. Pero no estaré. Si nace ruego que la nombren Madeleine. Es mi última voluntad. De ser niño, te dejo a vos, Claudia, que escojás su nombre. Disculpame. Espero que ustedes también me entiendan, no que me tengan lástima. Estoy solo. No logré encajar en la vida. Me esforcé tanto, quienes me conocen lo saben. Hubiese querido que me domesticaran. Haber sido parte del sistema. Veo a mi alrededor y qué veo, sólo libros. Libros y más libros. Fotocopias de libros. Cuánto hubiera querido encontrar una razón poderosa para no morir, para resistir, como dijo Sabato. Algo o alguien que me retuviera. Nadie. Hoy lo conversé con un par de amigos dentro del rapidito que nos llevaría de la universidad al centro de la ciudad.

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Me dijeron que no fuera pendejo, que los que deberían pensar en suicidarse son los que no tienen nada en la cabeza, los vagos o la gente mala y estúpida, no alguien como yo. No me dejaron ir y me retuvieron invitándome a beber unas cervezas. Cuando se trata de alcohol, es fácil convencerme. Cedo. Bebimos hasta la 1:00 am. Luego compramos ron y nos fuimos al apartamento de Enrique, quien a su vez cumplía años. Celebramos dos cosas: el cumpleaños de Enrique y el aplazamiento de mi muerte. Antes de las 4:00 am regresé a mi casa. No quiero alargar esto. Eso ya pasó y ahora estoy acá solo frente al monitor de la computadora. He tomado hasta el momento dos vasos de agua. No deseo más cerveza y pan porque seguiría el consejo de Dickens dándome motivos para saborear la vida. El banco plástico de color rojo sigue allí. Está a mi derecha. Hablo del banco rojo como si fuera más importante que las últimas palabras que debiera decir. Tampoco hay que ponerse solemnes. Tampoco es tragedia. Sobre el planchador hay tres cajas de libros. No sé cuáles son y tampoco quiero levantarme a averiguarlo. Detrás de mí hay una caja con libros del Popol Vuh y de Isabel Allende. La cocina luce sucia y mi señora madre debe estar dormida. Sobre la estufa de gas hay una tetera y una olla. Hace una hora la vecina de mi amigo me invitó a quedarme en su apartamento. Dije no. Al despedirnos le pregunté si le parecía atractivo y si había probabilidades de amarme. Quizás, me respondió. Podría ser. Me gustó la incertidumbre. Olía a esperanza, aunque en realidad sé que significa un tajante no. Conozco las tretas del vocabulario

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de las mujeres. Estoy solo. Ebrio y solo. De haber sido cierta la esperanza estaría con ella y no aquí triste y solitario. Sobre la mesa hay un libro que se llama Cómo leer el futuro en las runas. ¿Necesito saber qué me deparará el futuro? Ya no. Ojalá hubieras tenido razón Sabato de que siempre hay razones poderosas como el amor, la amistad y la familia para afrontar la vida. De alargar estas últimas palabras terminaría encontrando razones para quedarme. Ya se me ocurren tres: la primera que hoy se casará uno de mis mejores amigos, la segunda que viene la esposa cubana de otro amigo, hay que acompañarlo al aeropuerto, y la tercera y última que tendré un hijo. No necesito más razones para seguir extendiéndome. Pura mierda hablo. Son las 4:44 am. Fumaré un último cigarro. Antes de irme se me ha ocurrido escribir un último poema. Uno último. Hace días ronda la idea por mi mente. eso se llama eso no se llama excremento debíamos morir contigo nacer en ti en un movimiento secreto y saber que debíamos morir por más de un siglo entre las llamas y murieron en menos de una hora escondidos entre el fatal guiño del destino

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excremento debíamos nacer contigo morir en ti debíamos morir en una hora y algunos se quedaron por más de un siglo en movimiento secreto y en adelante el misterio del nombramiento y la caída de los cuerpos cara al nacimiento. De vez en cuando pienso en Elizabeth. Anoche leí Alas rotas de Gibrán. Me tranquilizó. ¿Qué es el amor? ¿Dónde puedo encontrarlo? Mi madre sabe que no deben velarme sino enterrarme lo más pronto posible. Me pregunto si Heine tendrá razón y Dios me perdonará. Nada más puedo escribir, nada más. Imprimiré el documento. A alguien le debo una explicación. No sé a quién, pero a alguien debo interesarle. P.S.: Todos corrieron en busca del limón, incluso yo. Todos siguieron a Nant. Todos subieron los escalones de piedra hasta llegar a la última torre, y cortaron el limón en dos mitades y bebieron su jugo para que iniciara nuevamente la tormenta. Así fue como llegó la muerte del mundo interior.

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Epílogo
______________________________ Los libros son un rompecabezas de subversivas piezas que no encajan. “La gran liquidación”.

Todos los textos y fragmentos que configuran el presente libro han sido rastreados en los archivos de los huidobrianos. Gracias a ellos hemos podido reconstruir la visión literaria de este joven creador. Hemos procurado encajar las piezas de tal manera que su estructura vaya de acuerdo con dos lineamientos: época, o sea en orden cronológico, y temática, que ha dado como resultado esta obra inacabada. Agradecimiento aparte le debemos a Nant por su entusiasmo y guía en este difícil proceso de conformación del libro. Un último agradecimiento a los huesos que no olvidan y a la cámara fotográfica exhibida en el museo del absurdo.

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Este libro se imprimió en los Talleres de Litografía Iberoamericana. S. de R.L. Su tiraje consta de 500 ejemplares

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