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Desde el hospicio

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Gustavo Campos

DESDE EL HOSPICIO

San Pedro Sula

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Diseño: Gustavo Campos Ilustración: “Torre de Babel”, Pieter Bruegel. 1ra edición. ©Gustavo Campos ©Editorial Nagg y Nell Ciudad de los Zorzales, San Pedro Sula, Honduras. Correo electrónico: gsalgadocampos@gmail.com

Impresos Comerciales Hernández 5ta ave. 5 Calle. N. O. 42
1 Cuadra al norte de Farmacia Guamilito.

Queda prohibida la reproducción -nunca me interesó procrear-, a menos que sea bajo sábanas con mi rayito de sol. La reproducción de este libro será autorizada por Comercial Campos o por la editorial.

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Este libro le pertenece a Saramaga, por ella se escribió. A mi rayo de sol. Y a nadie, pero también a los perros románticos de mis amigos.

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Desde el hospicio

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De prólogos Pilatos y experiencias lectoras.

Sabiduría y rebelión: dos venenos. E. M. Cioran

Admirado e ingenuo lector: Dije que jamás incluiría prólogo de amigos o de algún oráculo del patio y no lo cumplí. Me disculpo por ello. Lo poco que puedo decirles es que este poemario ya ratos esperaba ver luz, conformado desde antes de mi debut literario Habitaciones sordas. Los escritores que contribuyeron en su concepción fueron, entre otros: Artaud, Fijman, Hölderlin, Pound, Thomas, Cardona Bulnes, Nelson Merren, Bukowski, etc. Y a la lista se suman muchos más. Comencé mi Canto de la desesperación. Me enternecieron en ese entonces aquellos poetas sin “fórmula de salvación”, de una estirpe luciferina y caótica, “acróbatas capaces de contorsionarse en el punto extremo de sí mismos, y que nos invitan a sus peligros1” Algo romántico me apunté en la lista y caminé rumbo al infierno. Ya con mi “carné de condenado” me aventuré a cosechar el huerto sombrío que me fue dado. Aburrido de la literatura y con la poesía derrocada tipo muro de Berlín publico este presente engaño. Ortega y Gasset le dijo en una ocasión a Octavio Paz que dejara de escribir tonteras, que la literatura estaba muerta, que se dedicara al pensamiento. Esta idea puede ser complementada con ensayos de Gombrowicz, Emilio Pacheco, Sonofelet y Cioran. Sí, renuncié a esta vaina de escritor a mis 23 años. Mi espíritu continúa mendigando, pero mi aburrimiento es implacable. Dejo a quien quiera leer Desde el hospicio.

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E. M. Cioran, La tentación de existir.

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Gustavo Campos: Que no baste nada, ni la poesía, ni la absurda literatura de todos los días.

Todo lo que no es literatura se encuentra en cualquier calle. Sólo las confesiones diarias del hombre son literatura. Sonofelet

Apenas recién cumplidos sus veintitrés años, Gustavo Campos cierra su ciclo con la poesía declarando que ha quedado literalmente mudo. Probablemente muchos pensarán que se trata de una pose literaria, muy acostumbrada en nuestros días; sin embargo yo soy testigo de su imposibilidad actual, no de su falta de capacidad contemplativa, sino de su tedio, de su desidia con la literatura. Hubo un tiempo distinto, un extraordinario fervor, un éxtasis literario en el que Gustavo Campos se confundía entre su misma producción. Fue el tiempo en que vivió en sus Habitaciones sordas y construyó Desde el hospicio un mundo de correspondencias, una inmensa galería en la que tuvo la fortuna de estar frente a sus ídolos literarios en un “téte-à-téte”. Desde el hospicio fue ese inhóspito edificio siquiátrico en que la poesía se alimenta de los poetas en un festín demoníaco. Su voz fue entonces tan fluida hasta la enajenación. No hubo sacrificio de palabras ni ceremonias vanas, ni metáforas válidas. Sus construcciones dejaron de ser “naturalmente literarias” para convertirse en un fluir de miradas y ecos casi sin sentido, resonancia de otras voces poéticas entre las que retumban las voces perdidas de Ezra Pound, Hölderlin, Pizarnik, Leopoldo M. Panero, Vallejo, Artaud, Oliverio Girondo, Allen Ginsberg, Becket, el Marqués de Sade, Dylan Thomas, etc., etc., etc., etc. Cierta enfermedad se apoderó de sus huesos y sus horas durante los años 2005 y 2006, “una obsesiva intención de encontrarse a sí mismo, de buscarse en la sombra teñida de empellones contra las paredes”2. Un pesimista atroz, totalmente náufrago, sonámbulo, con un destino cifrado en la poesía, hizo de cada uno de sus instantes un “objet d’ art”, pequeñas construcciones poéticas de enorme aliento, entonces decía; “No escribo un poema por sufrimiento, sino para sufrir…para darme fin…”. Trasnochado, ebrio y sin embargo lúcido en el ambiente demencial de sus sórdidas habitaciones, fue construyendo simultáneamente en el hospicio Bajo el árbol de Madeleine, ya sumergido con todas sus palabras en la misión de darle fin a la cordura. Entregado al alcohol, pergeñando lecturas inconexas, pero trazadas en su fantasía para descifrar el caos del lenguaje, y no obstante empecinado en encontrar una manera auténtica de vivir su propia vida, libre de la fatua imbecilidad circundante, la mediocridad y el abuso de cánones desteñidos y obtusos, concluye su pequeño y descomunal esfuerzo sólo para quedarse mudo.

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Jorge Martínez Mejía, La enferma y bella poesía de Gustavo Campos. San Pedro Sula (2005).

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Y lo ha logrado. No se ha podido ver reflejado a sí mismo en lo que ha escrito, pero se ha encontrado, él es la voz de la poesía. “De antemano estuvo condenado al hospicio sin prometerse talento ni locura, pero el zapato siempre iba a estar sobre la silla”. Gustavo Campos nació en San Pedro Sula en 1984 en una familia humilde y esforzada, signada por la fatalidad del suicidio de su padre, en un barrio de la clase media sampedrana. Un permanente sentido de lo trágico y el afán de proteger a los suyos aún desde la impotencia, le hizo desarrollar una personalidad taciturna, sentido de tristeza y soledad. En sus tres poemarios podremos encontrar entonces esa intención de buceo en sus propias fantasías y terrores, la inminencia del suicidio como un fantasma acechante: “Nos obligaron a vivir Jamás me dejaron seguir ya vendrá el milagro, dijeron y la angustia fue el milagro nos obligaron a vivir…” “…no escogimos las pesadillas el exilio errar eternamente solos las convulsiones o delirios ni inventar un nuevo diálogo nos obligaron a vivir quienes nos obligaron a morir”

Con Bajo el árbol de Madeleine Gustavo Campos concluye un ciclo en su producción literaria, se cierra la puerta que abrió en la literatura, una creación oscura, enferma y demencial. Un ciclo de una producción muy importante para las letras hondureñas. En la actualidad Gustavo Campos se dedica al estudio de la literatura y al trabajo cultural con la Dirección Regional de Cultura, Artes y Deportes. Ha publicado fragmentos de su obra en suplementos literarios y revistas del país, ha concedido entrevistas y se perfila como una de las voces poéticas de mayor resonancia. Tal vez el milagro que lo hizo enmudecer, de igual manera, le devuelva su voz, si no, con este último libro tendremos suficiente. Gustavo ríe, con una risa torva, entrecortada.

Jorge Martínez Mejía San Pedro Sula, 4 de febrero de 2008.
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Para verse, ver; para ver, verse. Aquí el encanto fatal del iris de Narciso. Edilberto Cardona Bulnes ¡Oh, qué asqueroso resulta ver tres generaciones reunidas bajo un mismo techo! Es como un árbol viejo con retoños y con algunas ramas podridas y cayéndose. Ezra Pound He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura… Allen Ginsberg Todo lenguaje es un sistema de citas. Toda escritura es palimpsesto. Pero la única esperanza. Leopoldo María Panero

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Desde el hospicio Me alimento de poetas que fracasaron en su vida, de aquellos que prefieren un verso a los labios de la mujer que aman. De los que construyeron a la orilla del mar la fe, como de la soledad su tumba. De aquellos a los que no dije: las esperanzas son un laberinto disfrazado de atajo. De a quienes les soplé una órbita de tristezas y quedaron atrapados en el centro del misterio, como dentro de un remolino. De esos me alimento. Soy bestia: lanzo pecados. Derribé gigantes en la era de David. Convertí en monstruos los molinos y las piedras en pan. Soy el sol que entra en los humanos, y después, cuando ha recorrido su cielo, les deja un monstruo por ocaso. Escojo, al azar, poetas y los convierto en tristes o exultantes. Me alimento de poetas porque ellos creyeron que me hacían cuando sólo fueron mi reflejo.

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Primeras voces en la oscuridad La oscuridad hambrienta, al consumir en las entrañas un lápiz, balbucea: la muerte, el gato, el pájaro, se despiertan desde golpes, arrojados al lago tantas veces sobre el frío. Grita con odio como gota del agua al día, hasta al fin ahogarse. Cada verso: gaviotas, zorzales perversos. Albatros enamorados de gatos negros, no tristes frente al espejo. Tienen piedras en lugar de alas y cantan a la noche martillando a la bondad de la nostalgia. Son libres como el cuervo, como polvo. En primavera sólo hay un árbol. Un pájaro canta solo. Cuervos, albatros, zorzales, gatos: quemándose un roble. Caen voces muertas y muros esperan como ojos sobre el cementerio.

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II Soy el abismo que divide cada lágrima. Les quité el corazón y deshice el sueño en pesadillas. Les quité el principio y dividí en pesadillas el misterio.

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Arena de odio He visto el brillo en sus ojos cuando no me mira, cuando me evita. Tienen un encanto sus lágrimas cuando le causo daño. La odié con agresiva ternura y entró en mi corazón y cerró la puerta. Le escribiré cada día un verso, no importará encontrarlo vivo o muerto.

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III
Nadie ama a otro como a sí mismo. W. Blake

No amo a nadie como a mí misma y a la humanidad no puedo retenerla en un espejo. Cuánto me repugnan los poetas, tan inocentes; creen inventarme, creen que me ocultan, que me salvan.

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Atados a sus lágrimas
El patio del hospicio es como un banco. Jacobo Fijman

Ellos murieron vagabundos, creyendo que los enfermos no amaban. En el lugar más alto todos son amigos de la muerte. Rechazaron las estrellas, esos cadáveres altos, luminosos. Dormían con la sangre a mano atados a sus lágrimas: la locura los abandonó. Ahora podrán cortarse en pedacitos, arrancarse labios, ensuciarse manos, morderse como si cada uno fuera una manzana y es amor, no matanza.

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En un banco demasiado solitario
siempre encuentran un banco solitario un trozo de madera o una piedra florida en que sentarse José Antonio Funes

Tienen la inocencia de un desierto. Nadie venera sus ojos, sus palmas cortadas como hojas de árbol. Su sangre cae muerta, fría, como noche. Lavan con sus lágrimas un banco demasiado solitario. De vez en cuando la demencia se despide con el beso seco de sus labios. Tiernos se odian a sí mismos, muriendo. Los enfermos aman, con esa tierna mugre en el corazón, en el cuerpo, en el lugar más alto.

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Retrato de quien espera un pájaro
Seguid vuestro camino como yo sigo el mío. Jacques Prévert

Nunca me conmovió el dolor de un desconocido. Egoístamente hice mis retratos de hombre atribulado; había algo bello en desanimarme, en ignorar, ¿pero qué es el bien? ¿cuál el egoísmo? Nunca me conmovió el dolor de un desconocido. Vi sueños borrándose en las calles, como pavimento cubierto de tendidos cuerpos fríos y destruidas cajas. Caminé sin inmutarme, borracho, pensando en mis fracasos, esperando que uno de ellos reclamara mis entrañas, mi sangre, y se fuera sonriendo, amargo, como yo, a esperar un pájaro, una llaga, un llanto.

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Balada a los pobres Siempre tuve cuidado de no tropezar con un herido sollozante, o que un marginal –cuánto me gusta este adjetivo- me pidiera ayuda. Pero yo jamás lo ayudaría o escribiría algo así como una balada a los pobres… En un ángulo de la vida lo más importante es ignorarnos y no debe culpársenos ni llamársenos insensibles.

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Mar ahogo amor muerto halagado resplandor de humos En el lugar más oscuro, donde los sucios locos aman, el dolor ha firmado las calles. Con toda la mierda triste en mi cabeza y los escombros en el corazón y cucarachas y ratas con su dulce rabia una mujer me ilumina, me conduce, me aleja del camino. Prefiero vivir con ella tantos abismos sean posibles, aunque esa mujer tan femenina, tan fiera, dejó a Yeats balbucear como un tonto.

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Tigre Ruge ruge música de ciénagas ruge el paraje de la lluvia ruge es tigre ruge música es ciénaga.

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Alguien cruzará la puerta Bosque errante cómo se llevan los muertos ninguno despertó visitantes quédense a mi lado alguien entrará por esa puerta y no se quedará cómo se llevan los suspiros los muertos ninguno regresó visitantes lejanos abran esa puerta ese rostro del río del insomnio uno sin oreja abrió de su puerta muchos cuervos como muertas estrellas quedaron fijos fluyéndose a sí mismos una abrió los fuegos con su cabellera a otro lo acosaban gaviotas se cerró de pronto todo bosque cante errante visitantes lejanos quédense a mi lado una entró con saludables piedras en las manos en los bolsillos otro entró asustado bosque errante cómo se llevan los muertos cómo emergen visitantes lejanos quédense conmigo abrió un ángel el infierno musical la rebelión de los espejos yo quise jugar con ella en su jaula bosque errante cómo se llevan los muertos los versos cómo los traen cómo los buscan en los mares alguien entrará por ese imperio de cenizas a veces se saludan me derrumban yo entraré por el umbral de las cenizas en mis sueños es una sola fecha están en Argentina en Grecia en Francia en Inglaterra en Honduras… me llaman se aglomeran en mi insomnio desde el Borda una voz fría y sucia desde Rodez sufre el espíritu al no hallar lugar en la vida bosque errante cómo cómo se llevan los muertos mi llanto por qué regresan al lugar más alto encerrados en misterio por qué la voz raíz del universo simpatiza conmigo cómo me llevan los muertos por qué me vigilan visitantes quédense conmigo alguien cruzará la puerta…

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XXI El animal muerto transpira voces crece voces crece.

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¿Habrá otra oportunidad para el brillo de unos ojos? A Chío La última vez que les hablé sería la última; y no lo fue. Fue devorado el cadáver de la alegría por aves rapaces. Esperé otra oportunidad, una última vez para hablarles, y como león seguí el rastro de sus pasos. Fue herida el alba. Y camino al manicomio, una tarde, cuando el corazón de un sauce es un rayo, hablamos por última muerte, por instinto, frustración, el lenguaje de la noche en los jardines cerrados donde nadie dejará la muerte. Pregunto: ¿habrá otra oportunidad, una última, para el brillo de unos ojos?

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Devoro la oscuridad hambrienta Devoro la oscuridad hambrienta que quiso una flor cada segundo y sonrió cuervos al borde de sí misma. Me dibujé ojos de gato al graznar mis cuervos oscuridad hambrienta. ¿Para mí hay asilo? Suben voces abrigadas voces de muertos replegados como sábanas. Devoro la oscuridad hambrienta devoro la alegría devora la nostalgia.

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Eremita De los versos hice mi familia, con ellos conviví, a ellos insulté. Tan áspera ternura despertaron. Reímos. Cuántas heridas nos disimulamos.

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Confesiones de un pirómano Me prendí fuego. Mis vivencias se escribieron. Dije adiós, adiós… Pagué por ser besado. Tantas veces. He envejecido. ¿Es necesario decir algo más? ¿Explicarlo? Si tan sólo fuera libre, maligno pero libre, frío pero libre, alegre pero libre, triste pero libre.

Con rocas en las manos puede ser. Espero una voz, una voz que me elogie. Espero una mujer, una mujer que me bese. Coleccioné alas de cuervos como periódicos. ¿Hay algo más importarte que arder? No sé qué sucederé. Hay un roble en la calle. Yo saltaría el muro. Inspeccionaría yeguas viejas. Las estrellas me enseñan los colmillos, sacan las garras. Saber que pude ser más que mi remordimiento… Él siguió fumando como si el humo dibujara en él una aureola o unas alas frágiles al viento.

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Plegaria Tráeme cuadros bellos… la noche es una tranca un cenicero un tímido asesino gozoso de borrar sus cuerpos.

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XII Desde que abrió sus piernas, como siglos, a nómadas, desde que codició la piedra. ¿En verdad creyó ser menos despreciable? Volví a escribir con una roca en la mano. ¿En verdad creyó ser menos despreciable?

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Los mismos robles viejos A mi lumía ¿A quién amo cuando estoy solo? ¿Cuando no amo? ¿A quién amo con mis ropas blancas y muerto de miedo? ¿O cuando mi rostro es el tiempo y mi culpa y un destino ya borrado? ¿A quién, cuando la nada me ha prometido la certeza de un no-mañana? ¿Cuando mi esperanza de no ser sur y alimentar gaviotas es devorada por azares y en mis ojos los mismos robles viejos son habitados sólo por la medianoche? ¿Quién me ama? ¿Quién, si he perdido el brillo en mis ojos y la lluvia cae muerta y mi expresión es una ciénaga? ¿En qué infinitas piernas me encontraré, agonizando en lo profundo de una vieja destrucción? Porque esa es mi realidad: la desgracia, la autodestrucción.

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Infierno blanco Mi rostro es un bosque lejano a él llegan pájaros… y a través de la ventana de una torre miro por la sed la misma sed de alba como quien va en río o naciendo como árbol como quien viene con rostro de hojas de un bosque lejano río va y río viene pronunciándose en alucinaciones como único descanso o simplemente fruto del horror de ser buscado descubriendo el camino de un día o de una noche de cuervos zorzales… cualquier espejo árbol agua o pájaro

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Envenenada también
Con todo ese veneno en el cuerpo. C. Pavese

Con todo ese veneno en el cuerpo no me dirán que me falta invernar aliento. El león humedecerá mi corazón y su náusea, como la de la naturaleza, lo despreciará. La sangre, silenciosa desesperada, gritará, la locura irá sedándola. Un abismo desdichado, el mundo interno. Bajo la lluvia, la sed de la sombra pudre el alba. Las esperanzas acostumbran llegar tarde. La muerte lamentará, envenenada también, los versos que no escribiré y en los que ella no será la amada.

Extranjera 32

A una muchacha que supo todo Dante de memoria W. B. Yeats Una muchacha que supo todo Dante de memoria camina del parque al cementerio y va atenta por las calles, con su cuello alto mira a todos lados. Con eterna dulzura y destellos de ironía llegó al alba, con cuánta entrega no amó esta tierra. La había esperado, tan angustioso, que creí llegar a ella como el galés por los bares del Greenwich Village, pero ella llegó armoniosa y cruzó las piernas en el más simbolista glamour de todo tiempo y entregó una sonrisa a mi sombrío rostro. Por ella voy de una página a otra, de verso en verso. Peleamos para sobrevivir en epístolas electrónicas. La poesía no me salvó, sino su admiración por la poesía. Sigue caminando en los más tristes veranos, en inviernos que juegan a treparla; con el delicado arco de sus pies de mármol camina la desesperanza. Por más libre que fuera el adiós, no quiso alejarse. A ella le está permitido, no a la poesía, seguir en la memoria de los hombres. Cómo no amar sus momentos de alegre dulzura y de histérica. La tristeza será dibujarla con el miedo, con la frialdad de la melancolía, gritarla con el caos por pregunta y la crueldad por respuesta. Antes que un gallo desgarre la madrugada la tendré en mis lágrimas.

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Como nombre que no debe pronunciarse La dejé en la oscuridad como nombre que no debe pronunciarse y la oscuridad pudo pronunciarme…

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Amarte lejos, mejor no amarte Entrará el mar lentamente en tus venas, droga, ave rapaz, suicidio lento… Alfonso Costafreda

Dejo al humilde cuervo atardecer no tan lejos del árbol. Dejo que mi miedo sondee insomne el ahogo y se sacie hasta doler su sombra. Los días son troncos a la puesta del sol.

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Quimera en el hospicio Amigos, recordadme, y no sólo entre risas, pues viví entre vosotros y un día me quisisteis. Attila József Desde el aroma del café huelo la esperanza. Nunca sale, amigos. Algún día volveré: almuerzo espaguetis con ustedes y el jazz vence el miedo a que alguien rompa más los vidrios que me hirieron, que dejé escondidos al pie del árbol. Algún día, si sobrevivo a este ocaso, podré estar sobre una silla, como aquellos zapatos, dejando a las pláticas reanudar nuestro afecto. Después de la taza de café me queda la ventana; veo hombres acorralados, algunos por nostalgias, otros por demencia, arbustos y jardines acorralados por jardineros de sombras, mientras exijo una granita que sí me traiga los recuerdos y rostros y no una esperanza.

De un hospicio a otro 36

Rodez y el Borda a la hora del café. Faltaba el pan: se ha cubierto de moho en el horno abierto. ¿Alguien se ocupará de mí cuando muera? No vuelvo, no tendré ocasión de volver de un hospicio a otro, de una noche a otra. Lobos. ¿Quiénes serán? El bosque desaparece y no es feliz. Tengo miedo, alguien entra con una taza de café. Es temprano, muy temprano y se burla de mí. El mismo polvo respirándose de los huesos cuando van comidos por el polvo. Soy el único en una Torre en La Coupole de las Mercedes. Susette me ama, ¿y Anne?, deseando morir. Tengo Un trigal con Cuervos en lugar de alma. Con algo de amor todo se toma más sencillo, decía Artaud. Hice conducta de poesía, sentenció Fijman. Las almas tienen un hospicio. ¿Quién se ocupará de mí? ¿Quién no se burló de mi amor en la rue Dauphine? ¿Quién poseyó el don de morir? ¿Cuando muera de mí, quién se ocupará? ¿Para quién será la taza de café? ¿El seconal, el cloral, el horno y el dolor?

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XIII Me obligaron a vivir de la soledad y me… hemos…

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En el salón de los espejos Nunca me interesó merecernos. Pido disculpas por todos los versos que no podré escribirles.

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Desde alguna vez los escribo, por diferentes razones lo hago “…padecen espantosas carencias". Ferdière Será la primera vez que los escriba, huesos azules, dentro de mi habitación. Espejeados que salen de sus tinieblas. La primera vez escribí para devolverle a mi espíritu su visión. Esperé que me entregaran sus noches. Los llamé cansadamente y se convirtieron en tormentas. Cuando los escriba no los notaré. Nunca me hablan, los oigo llegar y llevar angustias, huyendo como fantasmas, sombra a sombra. Cada vez que los escribo se me esconden. Me agobian. Sé que están en cualquiera de los árboles de Desnos, en el reflejo del lago o en mi fría época de tormenta. La primera vez que los conozca será la primera vez que me retraiga, acorralado, a vencer mis espantosas carencias, y será una anhelada bienvenida, saldrán sin sus lámparas, trasladados de un laberinto de ocasos a uno de palabras.

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XXI Supe entonces que no podíamos tener el mismo cuerpo. Aunque un violín adormeciera a un tigre, no lo haría con las moscas. Preferías los albatros, las golondrinas sobrevolando al alba de los llantos. Desde entonces empecé a coleccionar hojas marchitas, las más muertas.

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La Rosa Y del negro canal del Aqueronte emergió el rugido de una bestia que permanece entre los pétalos como el dolor de voces moribundas en el horno de aromas de Auschwitz los gritos huérfanos buscan el cerrojo y el viento apretuja los siglos y nacen los rostros como olas rojas enhiestas alas de cuervos… allí donde huele a demencia ya habías abierto la noche con tus graznidos

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V Tiemblas cuando escuchas a un pobre lamentarse y como madre te le insinúas con lágrimas y te entregas y tiembla la blanca piel de tu alma y hueles a rosa y te crees salva…

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Regreso Viene un hombre de la tumba con una piedra. Algo trama. Viene una piedra de la tumba con polvo. Algo trama. Viene el polvo de la tumba tan solo. Algo traman.

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De ti ni el fuego cansado Cansado polvo, en el llanto te aborrezco. ¿A quién leeré si has muerto?

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Confesión a Vallejo Yo fui uno de ellos, les conseguí la soga. Quise darles un cuchillo, lo desecharon. Siguió lloviendo. Sin remordimiento le di con piedras. Esa vez no fui cobarde. No anduve ebrio. Hoy sé que fue poeta, no me arrepiento, porque a ellos hay que sacarles su huésped. El golpe de un palo no es más doloroso que escribir un poema, una cuchillada no es más mortal que la soledad, aun muerto sus ojos seguirían muertos. Estaba solo, como en un cuarto. Siguió lloviendo. El frío conservó intacto su dolor. Y siguió lloviendo.

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En una calle Me encontraron en una calle con una lluvia dentro de un libro. Me encontraron en la calle en una habitación en forma de libro.

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XIX Abrí la portada, y me hojeé… me obligaron a vivir.

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Ángeles de sobriedad A Baudelaire y Poe. Me encontrarán en una calle ahogándome en mis desechos de hombre, convergiendo en el suicidio algo más humano que la indiferencia. Soy un débil roble rumbo al espejo. Ángeles de sobriedad me lanzan una y otra vez del puente de la acusación y mi habitación crece dentro de un animal muerto que balbucea burbujas como si gritara entrañas.

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Caricaturesca estrella Fui tu favorito, tu vocación, el que dejó graznar cuervos en las venas y supo que los gusanos eran un atajo y el hedor un perverso embriago. Aprendí a no rogar versos, y los arranqué como sombra de la arena. Fuiste la que amé, caricaturesca estrella, cuando la demencia y el dolor se hacían insoportables.

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VII Abel, mira cuántas ovejas y corderos ha multiplicado el poeta. Yo, Caín, te pregunto: ¿recuerdas nuestro destino?

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IX Abel, no hay gaviotas ni albatros… grítales… grita a las moscas que no sean distantes.

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X Recuérdala con sus piedras en las manos, a orillas del sur, desde un puente, derrumbándose. Virginia, Alfonsina, Paul… Quieren ahogarte, escribirte en la profundidad de una arena.

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IV Cuánto tiempo esperé ahogarte con tus manos. ¡Cuánto tiempo!

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II Crees que las telarañas retendrán un tigre; a otro pájaro con ese verso, a otro poeta con esa hebra. Mi dolor no es una mariposa.

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VIII Del mar y de la mosca pregúntate, porque siempre tienes fe y envidias los zorzales. Sólo las golondrinas te siguen, te alcanzan. Pregúntate, porque necesitamos un pantano, ¿por qué los pájaros se arrancan las plumas sobre el roble?

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XXIV Caes muerta como la lluvia, pero hasta el más odiado sol te levanta, dándote asilo en tu antigua casa. Caerán en el lago donde flotan pájaros muertos. Hora de hojas de árbol en época de tormenta.

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XIII Mira cuánta agua muerta, cuánta sal ahogada. Del incesto de las olas nacerás cuando acostadas, una sobre otra, finjan no ser hermanas.

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I En la bruma del alba triste crece mi lluvia. Soy pesadilla. No te dejaré en vida. Aún no sabes qué es un árbol. Blasfemo niebla. Insisto. A la muerte se es caricia. Al viento cualquiera es pájaro.

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VI En tu sombra no hay puerta. Tuve suerte al dejarme a tiempo. Me deseé abismo. Muerto. Trabajé la pestilencia. Los pájaros perversos. Trabajé la aurora y la dispersé: blasfemó niebla. Pude desafiarme. Supe que debía morir y me alejé como octubre. Fui avaro con la vida, con el amor, con la sombra.

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IX Nunca obtuve nada de mí. Tuve que arrancarme pasos, sombra de la arena. Mi muro no fue, es un relámpago. Anido dentro. Nadie aprende de las huellas. Me recuerdo légamo.

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XI Veinte años tardé para herirme. Debí rendirme cuando las gaviotas caían. Mis labios, como puente sin luna, anochecieron. Veinte años abracé y besé pestes.

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VIII Desdichadas, cerniéndose cenizas, desdichadas barcas.

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X Cada noche me voy cansado de mi invierno a separarme de mí. Mientras no me quede seré menos frío.

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Encuentro Seleccioné esta noche por escasa, por desierta, porque parecía una tristeza y atacan más rápido los muertos que un pensamiento y no es necesario llevar conmigo regalo alguno más que mi sombra, la que más odié de todas... -un alma es bella si es perversay les sonreí odiándolos y los odié más y se alejaron junto a sus palabras rotas.

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Nunca regresaron En aquella navidad fueron al sur, en mis lágrimas recuerdo aquella fecha. Es cierto, yo era más inútil, una queja. Hoy mis lágrimas van al sur como su recuerdo… Regresen a casa, a cualquier casa, nuestro hogar será el encuentro.

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Profecía por sombrío ninguna mujer te amará propusieron mi oscuridad y decidieron mis delirios mi esperanza fue iluminarme en un último recuerdo como astro efímero

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X Recuérdame en aquel banco del hospicio. Esa vez no bebí, si no, hubieran ardido hasta mis heces.

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Desde el hospicio vivo, amo Desde el amor odié siempre, tanto, balbuceé piedras, y hoy, desde las entrañas del animal muerto, monótono, a pesar de vivir la más inhóspita alegría vivo, amo.

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Un zorzal cantando sur Viene a pasar temporadas de sombra, de piedra melodiosa, sin decir un árbol, nada… sin decirse pájaro, canta… Él es su música, su temporada. Abre las alas, llora… y no preguntes… y no te lleves nada… y no preguntes…

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Piedra de tropiezo Me hicieron balbucear. Cuántas veces no lo hicieron. Me hicieron blasfemar. Cuántas veces no me hirieron. Algo me lanzó como piedra contra un pájaro inútil y sólo golpeé su inútil sombra. Seré siempre el punto de encuentro donde dos piedras se hacen fuego. Humanidad piedra de tropiezo.

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XXII No hagas caso de los pájaros dormidos, ni con las migas del pan despertarán. Sólo si se aclara el cielo abrirán las piedras y el canto, universal, devolverá la aurora.

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XI A V. Hugo. Si la ves caída, déjala, polvorienta, tierna y sucia en su teatral miseria. Mírala gritar desde las heces derramando lágrimas. Escribiéndose. I Si la ves de pie, no la sigas, déjala que corra. II Si la ves música, desnuda, con un mundo por delante y uno por detrás, como sombra jugando a escondidas del sol; atormentada, inquieta como fósforo, triste moho, guiada por la historia, con un retrato de ternura desparramando una luz, déjala, déjala como has dejado caer las hojas, un viento lastimará su huella.

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Pude ser Olvidé arrastrar una mujer como una roca. Nos amábamos demasiado como para amarnos. Se volvió una maldición. Hermosa en instantes de arte. Una mujer piedra de tropiezo. Pertenecí a otra raza y los hombres me persiguieron como piedras. Aquí no tienes lugar, gritaron, humanidad piedra de tropiezo. Las pesadillas fueron las paredes tiernas que me asistieron.

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XXIII Ella se entregó a la niebla. Mi viento por compasión la carga como el cementerio a sus huesos. En ráfagas de nostalgia es un cimiento: el sur tendrá siempre su fisonomía.

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Promesa A Saramaga Para sus huesitos una flor cada semana, para sus huesitos hipotéticos mariscos.

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Visita de la Extranjera a La Auxiliadora Llegas y descalzas tus pies. (Una mujer con su abanico verde, Kafka en los ojos y una sonrisa whitmaniana, que abre los labios cerrados de la muerte, es un cuadro bello de la vida). Los descansas sobre la hierba y los beso. Siempre estoy atento a tu armonía. A los movimientos que tu mano hace con tu característica torpeza y gracia, como si llevaras el compás de un vals. ¿Cuándo cruzarás las piernas? ¿A qué hora tus destellos? Llueve. Y cuando logro articular una palabra le cae una hoja o tus lágrimas la ahogan como implorando que nada salga. Y te vas. Y te vas. Y me quedo esperando tu regreso.

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No hay viento aquí, ni manos ni rostro (Segunda versión) El viento me había comido parte de la cara y las manos Alejandra Pizarnik No hay viento aquí, ni manos ni rostro. Con un suspiro se borra el cuerpo. Y me lloran como se llora a un cadáver al que no quieren arrancar de su sombra.

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No hay viento aquí, ni manos ni rostro (Primera versión) El viento me había comido parte de la cara y las manos Alejandra Pizarnik Nada me ha comido el rostro y las manos y no hay rastros ni rumores de que me llamen, Alejandra. Como suspiro me abandonaron. Como si fuera nada más un cadáver al que no quieren arrancar de su sombra me lloran.

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XV Bebamos; nada de amor ahora… Asclepíades A Anne Sexton Nadie me amó por haber bebido. Sigo construyendo, Anne, sin saber la razón.

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X El animal muerto transpira voces crece voces voces crece voces…

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Reflejo de nunca Soy vecino de mí mismo. ¿Por qué nunca podré decirles…? ¿Por qué nunca podré decirme…?

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Palabras de una visitante A veces no contestas. Si vuelves, ellos vienen desde tan lejos sin nada que decirte.

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Detrás del ataúd Abra la puerta pero déjeme ser nadie. ¿Hay quién me mire? Me hiere un libro donde no puedo estar. De lluvia he sumado un año más. Escribí un ataúd sobre el rostro del sueño. No poder disponer de una vagina o de una alcantarilla…

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Juez Soy el único juez de lo que hay en mí. Artaud Digo qué escribo y me diré si eres… Escribí para ser mi huésped. Estrujé mi artístico dolor como hoja de papel y lo incluí en mi camino como piedra que juzgó mis golpes.

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Me lanzan una y otra vez contra mí mismo Espejo de piedra rasgado por el llanto, separémonos un rato. A qué melodía debo ir sin abrigo. Espejo de piedra, ¿acaso tuvo más valor el agua que los sueños? Me lanzan una y otra vez contra mí mismo. Me obligan a desgarrarme.

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El que entregó los cuervos rojos Soy aquel de la muerte por la muerte, el que tuvo un instante de arte y cerró portones y en el umbral entregó los cuervos rojos. El que afiló versos y les enseñó a torturar, el de la cínica catarsis cíclica.

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Silencio No hay ruido, una sombra disputa un árbol y el viento nada.

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Eterno viaje Hojas que jamás besarían su sombra iban arrastrándome sobre cementarias rocas.

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IV Si ellos vuelven no podré evitarme los rostros mudos, de arena.

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VI Tan lejos sin nada que decir en mí me dejan.

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Homenaje a la ciudad de los zorzales Zorzal, más parece cuervo. Tiene una corona, en secreto e invisibles algunos cuernos. Prostituye su luz por trozos de papel y coitos.

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El creador El De De De de El que tiene excremento de animal. llanto. El del excremento de los fuegos. nada. las flores, de las noches, los ríos. De paisajes rumiantes. dueño de todo, de todo maldito excremento rancio.

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XVI Con mi padre iba a vivir en estos días. Iríamos a las calles en donde yo me avergonzaba de él Por las noches beberíamos en cantinas. Él ha muerto. Yo no. El mundo jamás fue para nosotros dos. Para vivirlo entre sonrisas familiares. Para vivirlo…

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Digo adiós Digo adiós tantas veces para derribar el muro grazno siempre y recorro brutal como un grito las apretujadas alas rojas de los cuervos de la rosa cuando ya estoy y nunca he estado conmigo. Digo adiós, un adiós definitivo, porque si no es ahora ¿cuándo? Decimos adiós aún cuando no sé qué he sido y qué seremos y qué decimos. Digo adiós tantas veces como un ejercicio. Diré adiós, aunque me encuentres en mí persiguiéndome en todos tus viejos caminos.

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XVII Me obligaron a vivir.

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