LA VIDA ES BASURA

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Ricardo Díaz Borregales

LA VIDA ES BASURA
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“La Vida es Basura”
© Ricardo Díaz Borregales 2011
Coro, Edo. Falcón - Venezuela

Hecho el Depósito de Ley
DEPÓSITO LEGAL lf06820118001036
ISBN 978-980-12-4895-8

Registro del Derecho de Autor: 9260 – 07/10/2011 - 017061

Diseño gráfico e ilustraciones: Ricardo Díaz Borregales

Ésta es una obra de ficción. Los personajes, lugares y acontecimientos que aparecen en
la misma son producto de la imaginación del autor, o bien se usan en el marco de la
ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, sin autorización escrita del autor, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así
como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Locos ellos que nos dieron de alta.

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Carta al Doctor Basura: querido Doctor Basura, en mis sueños Rafa y yo
surcamos el espacio en un carrusel sideral. Vueltas y vueltas y vueltas.
Medusas y erizos viajan a nuestro alrededor. Es un universo improbable
con una vista formidable. Desde aquí arriba podemos ver a todo el mundo.
¡Espiarlos! Somos fisgones igual que el Señor<

Adora intentó abrir los ojos pero aún se encontraba bajo el efecto
de los somníferos. «Lari-lari-laré —escuchó en la penumbra—. Ven,
acompáñame esta vez». Luego, aturdida, retornó a la inconsciencia.

>¿Podemos hacer un picnic estelar?, me pregunta Rafa. Descendemos en
un pequeño claro en medio del jardín y nos tendemos sobre la hierba
húmeda a fumar tranquilamente. Veo mis pies, están sucios, llenos de
barro y de bichos aplastados. Me pinto dos grandes flores en los pechos y
él no deja de mirar. Tengo cola y bigotes de gato pero no puedo maullar.
Rafa entonces se pone a cazar escarabajos. ¡“Adorable”! Los chicos
siempre hacen ese tipo de cosas ¿verdad? Cazar escarabajos, saltar la
cuerda, correr, volar< Mmm, sería genial poder jugar eternamente, no
envejecer jamás. Sería divertido, ¿no Rafa?
>De repente, como si alguien oprimiera un enorme interruptor, el día se
apagó y la noche apareció. ¡Adora!, me llama Rafa, Adora, ¿dónde estás?
Poco a poco su voz comienza a extinguirse en la penumbra. ¿Dónde estás
tú?, le pregunto. Las luciérnagas tratan de guiarme pero es inútil, en un
momento él ya no está, se ha ido. ¡No me gusta el final de este sueño!,
grito. Pero no es un sueño ordinario, es solo un producto más de mis
excesos psicotrópicos, una ficción de mi mente trastornada. Lo he recreado
tantas veces< En breve abriré los ojos y, como siempre, contra mis

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deseos, abandonaré este viaje demencial y retornaré a mi indeseable y muy
prescindible vida. Síp, aquí viene<

Cuando la joven despertó lo primero que vio fue a una mujer de
pie junto a su cama, vestida de blanco y con un estetoscopio al cuello.
No hizo falta recobrar la total lucidez para saber quién era y en dónde
había ido a parar.
—Doctora< —murmuró con desagrado.
—Hola, Adora —respondió la mujer con igual sequedad. Se
conocían. Era la segunda vez que la chica despertaba en aquel mismo
hospital; la segunda vez que intentaba suicidarse.

>El suicidio, ciertamente, es una actividad repudiable que cualquier
persona puede practicar, pero me ha resultado imposible poder alcanzar el
éxito en esta empresa. Verá usted, la primera vez que lo intenté (a los
catorce) fue en el baño de mis padres. Mi abuela, que también vivía con
nosotros, abrió la puerta de un golpe y me sorprendió sobre el sanitario,
sedada, con la soga al cuello y lista para el gran salto. Como si de un
montaje se tratara la vieja me sonrió y dijo: el nudo está mal hecho hija
mía, ¿puedo ayudarte? ¡Ah, que simpática! Había olvidado que también
era una bruja entrometida<

Un lavado estomacal, un respirador artificial y una pésima
alimentación eran los servicios que ofrecía el hospital a todo aquel que
buscaba en los estimulantes la solución final a sus problemas. Claro,
solo el que despertaba llegaba a disfrutarlos. ¿Qué nos depara, aparte de
la vida, al volver abrir los ojos? Lo que nunca previmos en nuestros
frustrados planes: pruebas psicológicas, rehabilitación física y la
profunda decepción familiar.

>No recuerdo por qué quiero morir, solo sé que quiero hacerlo. ¡Morir! Es
todo. ¿Hay otra forma más sencilla de decirlo? Desde que tengo uso de
razón siempre he tenido ese tipo de pensamientos. Puede que a la gente
común fallecer les resultase tan atemorizante como la visión de una

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calavera con túnica y guadaña llegando en mitad de la noche por ellos.
Pero para mí la Muerte es un poco más hermosa: un jardín de flores, un
baño de agua tibia a oscuras, el olor de la lluvia; es algo distinguido, algo
chic, como ser sepultada en París, en Père-Lachaise, junto a Édith Piaf,
Wilde y, por supuesto, junto a Jim Morrison. ¡Alucinante!

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó la Doctora luego de un par de
días. La joven había estado llorando. Se veía demacrada, ojerosa—.
¿Viste las flores que te trajo tu abuela? Esa señora es realmente muy
gentil, aparte de llamar a la ambulancia también ha querido pasar a ver
cómo sigues. Pero descuida, de momento le hemos dicho que no deseas
visitas.
—Dígame —le interrumpió Adora, irguiéndose con dificultad
sobre la almohada—. ¿Finalmente me cociné el cerebro o qué?
La Doctora cruzó los brazos y permaneció en silencio tratando de
hallar la manera correcta de darle la noticia a la joven. Decirle que su
cerebro estaba bien resultó fácil, informarle que sus padres habían
muerto costó un poco más.

>La selección natural me timó, Doctor. La Muerte prefirió llevarse a mis
padres antes que a mí, la débil, la incompatible. Cuando papá y mamá se
enteraron de mi segundo intento (a los diecisiete) corrieron a verme al
hospital. Por desgracia en la autopista el auto volcó y murieron. ¡Muerte
traicionera! Tal parece que a ésta no le hace gracia llevarse a aquellos que
la desean, no, eso sería perderle el encanto al oficio.
>Perder a un padre puede ser bastante duro. Pero perderlos a ambos
mientras intentas matarte es una auténtica paliza. ¡Cómo pudieron
hacerme eso! Me enfadó mucho que murieran, que me dejaran aquí, así,
viva, fue injusto. Desconozco si en verdad llegué amarlos. Supongo que la
única vez que los amé fue cuando era bebé, los bebés no se cuestionan el
amor ni la habilidad de crianza de sus progenitores; tampoco pueden
solicitar una emancipación en la sala de partos, uno nace y ya, no hay
manera de evitarlo. Si hoy me tocara ser madre de seguro les haría a mis

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hijos el mismo favor que mis padres me hicieron al final: no los vería
nunca jamás.

Adora no asistió al funeral ni al entierro. Mientras el cura
terminaba de decir las oraciones y los ataúdes eran bajados al sepulcro,
en el hospital una enfermera le ayudaba a ir al baño. Su cuerpo, luego
del letargo, debió aprender nuevamente a realizar funciones básicas
como comer, caminar, defecar; los enfermeros y las sillas de ruedas se
convirtieron en sus medios de transporte, y los pañales repitieron como
el método más efectivo para evitar molestias en la cama.
—¿Cuándo saldré de aquí? —preguntó Adora con hostilidad.
La Doctora la observó con detenimiento. Conocía muy bien
aquellos síntomas: irritabilidad, tristeza, pánico; sabía por todo lo que
había pasado esa muchacha: intentos fallidos, rapto, padres muertos;
despertar de pronto y darse cuenta que no se había ido, que seguía aquí,
que muy a su pesar continuaba con vida en un mundo que detestaba,
sola y soportando a diario la lástima de todos, debía ser simplemente
devastador.
—Adora, sabes bien que no será sencillo, ingeriste una mayor
cantidad de fármacos que la vez anterior y casi logras tu objetivo en esta
oportunidad —una amarga mezcla de orgullo y desconcierto turbó el
rostro de la chica—. Tristemente, ahora te nos presentas como una
huérfana menor de edad. No podemos dejarte ir pero tampoco retenerte
más tiempo aquí. Este hospital ya no es apto para un paciente con tu
historial. La dirección, con el consentimiento de tu abuela, por supuesto,
ha decidido enviarte a un lugar más apropiado.
Adora permaneció en silencio, sabía perfectamente a dónde la
enviarían.

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La “recuperación” de Adora resultó r{pida. Cuando la trasladaron al
Centro Psiquiátrico La Vida, la silla de ruedas y los pañales habían
quedado atrás. Le permitieron visitar la tumba de sus padres y traer
algunas pertenencias de la casa; también le informaron que su abuela
vendría a visitarla pronto y que hasta entonces debía colaborar con las
personas del lugar.
—Estamos muy contentos de tenerte con nosotros, Adora —
expresó el enfermero al avanzar por los corredores—. Este sitio no es un
manicomio como la mayoría de la gente supone, no, La Vida es un
paraíso destinado al descanso, un lugar plácido y maravilloso donde las
personas vienen a relajarse, a elevarse, a encontrarse con el Señor; a
sanar, a vivir<

>Querido Doctor Basura, es difícil pensar en vivir cuando lo único que
quieres es morir. Antes solía cuestionar el sentido de la existencia, pero ya
no. La vida resultó ser, en efecto, una basura. Y sí, lo confieso, yo
contribuí a eso. Pero jamás renegaré de mis actos, ni tan siquiera un poco.
¿Ingrata? Por favor, aquí la víctima he sido yo. ¿Fracasada?, ¿desastre de
persona?, ¿cliché? ¡Vamos! Yo solo quise ahorrarles a todos la molestia de
descubrir que: no es que yo no sirva para nada, es que NO QUIERO
SERVIR PARA NADA.

Las dos figuras cruzaron el enorme jardín y se internaron en el
edificio principal. Al entrar, una bandada de elegantes pavos reales los
escoltó. La Vida, al igual que el Country Club, era un vasto complejo
destinado a razas adineradas; un prestigioso sanatorio para perturbados

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acaudalados que, si bien no todos llegaban a sanar, no dejaba de
resultar, al menos, estético y confortable. Estatuas vanguardistas, frescos
y cuadros surrealistas, aves exóticas; era un lugar glamoroso, un
ambiente exclusivo y acogedor, el escenario ideal para un auténtico trato
de primera.
—Como luego descubrirás, Adora —prosiguió su anfitrión—,
nuestras instalaciones cuentan con diversas áreas destinadas al disfrute
y bienestar de los internos: jardines, iglesia, salón de lectura. ¿Ya notaste
el fantástico aire de montaña que se respira aquí? Es simplemente
divino. Estoy seguro que ningún otro sitio te sentirás más cómoda y
cercana al Señor que aquí, con nosotros, en La Vida.
Y la comodidad y la cercanía se hicieron sentir de inmediato.
Cuando llegaron a los dormitorios el enfermero le pidió a Adora abrir
su equipaje para una inspección. La joven ya lo había previsto, pero la
idea de que registraran sus pertenencias y metieran mano en sus
pantaletas no le agradaba en absoluto. «Solo es por tú seguridad», dijo el
hombre y bajo ese justificativo le fueron confiscados audífonos,
pulseras, cinturones; hasta las trenzas de los zapatos y los tirantes de sus
sostenes fueron retenidos. Sin duda el ser una suicida era motivo
suficiente para que el personal de La Vida se tomara ciertas
precauciones con ella.
—Adora, cuando hayas terminado de desempacar podrás bajar al
jardín a tomar el aire. Hoy los doctores han organizado un bonito
carnaval. Habrá globos y golosinas. También escogerán a la nueva reina
de La Vida.
«¿A la loca más linda del manicomio?».
—Anímate —exclamó el enfermero antes de marcharse—. Será una
noche fastuosa. Bienvenida.

>Doctor, creo justo decirle que mi niñez no fue desafortunada. No provine
de una familia disfuncional, no fui adoptada ni abusada ni nada de eso,
simplemente nadie me estaba atendiendo (no es que merecieran morir por
algo así). Papá era un respetado lambiscón de alto cargo que viajaba
constantemente y al que nunca veía; y mamá, pues, no tenía tiempo para

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mí, era severa y muy latosa, criticaba duramente mi manera de vestir y
debido a su enfermiza obsesión por la limpieza no dejaba de tratarme como
a la sirvienta: Adora, mueve esto, dora, has aquello, dorita, sacude esto
otro. ¡Vaya estupidez! Las tareas domésticas no me van, procuro
(inútilmente) hacer todo mal para que la próxima vez no me molesten.
Síp, soy una holgazana, me tomo muy en serio eso de pasar por la vida
esforzándome al mínimo. Gasto mis días pensando en cómo dejar de
pensar. Cuando mi madre se iba a sus clases de yoga me quedaba echada
como un parásito en el sofá, odiando el calor y la jornada. A veces
deambulando por toda la casa en panty medias y con una botella de vino
del estante de papá. Ellos jamás advirtieron mis intenciones, mis razones,
¿me sentía sola?, ¿estaba aburrida?, ¿deprimida?
>No tuve la dicha de tener hermanos, ni primos; tampoco una verdadera
amiga por siempre; nunca hablé con los vecinos y odiaba mucho a las
mascotas, son muy tontas, en cuanto te encariñas con ellas se mueren;
solo era yo, la nena encantadora, la niña soñadora, la adolescente con
problemas. Recurrir a la imaginación para mitigar el dolor emocional a
veces no funciona. Escribir en un diario, encerrarse en el closet y
masturbarse en ocasiones tampoco. Necesitaba algo más, un ingrediente
adicional.
>A esa edad los juegos aún tienen cabida, al igual que las
responsabilidades, y también, ¿por qué no?, el amor. ¿Pero en verdad
podía haber congeniado con alguien? En el cole fui una niña normal:
católica, virgen, de conducta aceptable y calificaciones regulares. Lo de las
pulseras y el cabello teñido de colores no era una táctica para atraer
miradas o aparentar rebeldía, lo hacía porque me gustaba. Curiosamente
esta llamativa apatía me situó entre las más populares, todas querían
sentarse a mi lado, cuchichear, almorzar conmigo, compartir su horrible
música. ¿A quién le interesaba oír a sus princesitas del pop cuando
contaba con Su Majestad el Rey Lagarto? ¿A quién le entretenían sus
celulares de moda, las redes sociales y demás bobadas? Las muy idiotas se
pasaban el día entero cepillándose el pelo y tomándose autofotos
glamorosas para subirlas a internet. Me irritaba adoptar sus gustos y
modismos, y que ellas los adoptaran de mí; que me ignorasen al hablar y

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que me hablaran cuando las quería ignorar. ¿Envidia? Síp, puede que un
poco. Verá Doctor, mi busto, a diferencia de ese montón de vacas tetonas
retrasadas jamás aumentó, no es que anhelara tener tetas grandes pero las
mías apenas eran perceptibles. La menstruación tampoco me visitaba
(según, algo hormonal); era un cuerpo extraño, a medio brotar. Sin
embargo nunca me importunó, al menos no en exceso. Siempre fui una
experta fingiendo estar bien, cuando tenía un mal día lo resolvía todo con
una sonrisa, mera educación. Aunque para serle franca, a veces
fantaseaba con una solución al estilo Nevada-tan.
>Hasta que finalmente ocurrió algo. Una tarde, mientras me alistaba para
otra de las aburridas recepciones de mi madre, me miré al espejo y vi a
una chica desconocida sin sentimientos ni encanto que no era yo. ¡No no
no! No piense mal de mí, Doctor. No me vea como una de esas emo-
bulímicas que basan sus conflictos únicamente en el look. En ese
“aspecto” alguien m{s me superaba. Simplemente me había ido,
esfumado, no quedaba nada de mí, nada, ni un rastro. De pronto el
desayuno sabía mal y el clima era fatal. Lo que no llenaba mis
expectativas terminaba en la basura, sin más. No se trataba de enfado o
rencor, tampoco buscaba vengarme de nadie, solo era< vacío. ¿Problemas
del género? ¿Ausencia de fe? ¿Búsqueda de identidad? Tuvieron que
pasar algunos años (y otros eventos) antes de descubrir aquello que
realmente me entusiasmaba. Resultó ser una lista muy exigua: mis
audífonos, el olor de la lluvia y Rafa< Sí, Rafa, el chico calvo y gris del
cole. Mi compañero, mi amigo, mi secuestrador: Rafa. ¿Le hablé ya de
Rafa, Doctor?<

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“El hombre es demasiado propenso a adormecerse,
se entrega pronto a un descanso sin estorbos;
por eso es bueno darle un compañero que lo estimule,
lo active y desempeñe el papel de su demonio”

Fausto, Goethe

“Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió
algo muy extraño. Una mañana, cuando los habitantes salieron de sus casas
para ir al trabajo, encontraron las calles atestadas por una terrible plaga:
¡ratas!...”

Rafael dejó el morral sobre la cama y se desvistió. Dobló su uniforme
con sumo cuidado y lo colgó en el armario. Aquel guardarropa era una
luctuosa colección de camisas y pantalones grises, exquisitamente
ordenada en una fría degradación del blanco al negro, de izquierda a
derecha, completamente ausente de colores.
—¿Qué tal el día? —preguntó—. ¿Te has portado bien? Hoy
nuestros compañeros han vuelto a jugar. ¡A jugar! ¿Puedes creerlo? Eso
es lo falso de este tipo de asuntos. Al principio todos se muestran tristes
y confusos, pero luego, con la llegada de la navidad, cambian; solo
piensan en regalos y en ser felices. Seguro en un mes nadie se acordará.
El muchacho cerró las puertas del armario y volvió sobre sus pasos
hasta la cama, se movía en interiores, comodidad absoluta. La apacible
sonrisa en su rostro lo expresaba todo. Sentir el cosquilleo de
encontrarse nuevamente en su habitación era reconfortante.

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—Oh, discúlpame —exclamó apenado—. ¿Qué ha sido de mi
cortesía? Permíteme ayudarte.
Rafa se arrodilló ante la cama y metió sus brazos por debajo hasta
casi alcanzar el otro extremo; luego, con un leve esfuerzo, extrajo de su
interior “aquello” que celosamente ocultaba bajo las sábanas.
—Hola Adora —saludó, y le obsequió una horrorosa sonrisa a la
joven de uniforme que, atada y amordazada, aguardaba ante sus pies.

>Doctor, a los niños se les enseña desde muy temprano a desconfiar de los
extraños, se les repite una y otra vez que deben dudar de los adultos y
que, por ningún motivo, deben dejarse guiar por las apariencias; ¿pero
qué hacer cuando el villano resulta ser un chiquillo igual que ellos?<

Hace unos años un chico raptó a una compañera de clases y la
ocultó bajo su cama durante un mes. Aquel fue un caso célebre que
escandalizó a toda la comunidad, los padres dejaron de enviar a sus
hijos al colegio y muchas madres, temerosas, abandonaron sus empleos
para poder vigilarlos a tiempo completo. Fue una verdadera histeria
colectiva: «¿Cómo es que un niño puede hacer algo así? ¿Acaso ya los
padres no revisan lo que sus hijos esconden debajo de la cama?».
Cuando la policía halló a la chica estaba sucia, desnutrida y aún vestía
su uniforme: camisa beige, falda, medias y zapatos escolares.
¿Extraviada? No, claro que no, Rafael siempre supo dónde encontrarla.

Rafa y Adora se conocían, llevaban años asistiendo al mismo
colegio; compartían el mismo salón, el mismo transporte y una vez hasta
el mismo sacapuntas. A pesar de la proximidad, no se hablaban. Ella
era, en teoría, tres años mayor que él. Encima, era la niña más popular,
la más encantadora, la rompecorazones. Rafa por su parte no era nadie.
Solo el más listo de la clase. Su alto coeficiente intelectual le permitió
saltar algunos grados y alcanzarla. Era un chico brillante, conducta
intachable, calificaciones formidables, medallas, diplomas,
reconocimientos, era el sueño de toda madre, un modelo a seguir.
Aunque no por sus compañeros, estos le odiaban, así como algunos

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profesores quienes lo veían como alguien ávido y presuntuoso. Su
desmesurada inteligencia y su precocidad les indignaba; su forma de
hablar, de caminar, su manera de vestir, todo en él era motivo de
aversión. Y es que, francamente, aquel chico parecía más un
extraterrestre salido de alguna película clase B que un chico.
¿Niño prodigio o abominación? Todos los padres del mundo
suelen creer que sus hijos son los más bellos del universo: «¡Mírenlo,
parece un príncipe!». Pero a Rafael no se le podía tildar ni siquiera de
feo: cabeza enorme, con venas y manchas que resaltaban claramente en
aquella áspera y pálida piel; y no tenía ni un solo cabello, ni cejas, ni
pestañas, nada. Por tratarse de un niño, algo que usualmente contempla
cierta compasión, espeluznante fue el calificativo menos ofensivo.
Rafa padecía de una rara variación de Progeria, un trastorno
degenerativo que lo hacía envejecer física y mentalmente, de forma
acelerada y brusca. Un mal que al atacar exclusivamente a la población
infantil promovía entre los niños cierta discriminación social. Y es que
era imposible que pasara desapercibido. «Mírenlo, parece un insecto, un
vampiro, una rata de laboratorio». Su extraño aspecto físico y su
comportamiento esquivo y solitario le habían convertido en el
marginado del salón, en la mascota del colegio y en la víctima de los
bravucones. «Oh, creo que me huele a rata / creo que huelo una rata<».
“Rafa la rata”, así lo llamaron, repitiendo la última silaba para
asemejarla al sonido que produce una ametralladora: ratatat<

¿Clubes? ¿Anuarios? ¿Bailes? Para la mayoría de los jóvenes estas
actividades resultan irresistibles, incluso imprescindibles a la hora de
buscar amigos y pareja. No para Rafa. Su vida era como estar
permanentemente en clases de gimnasia, no cuadraba, no encajaba, no
lo aceptaban en ningún equipo ni en ningún lado. ¿Relegado? ¿Perdedor
absoluto? ¿Víctima del stress escolar? Contrario a lo que podría
esperarse, él nunca se sintió apenado de ser como era. ¿Para qué
pretender ser otro más del montón cuando era evidente que no? Rafa
sabía que este mundo hería y no lo evadía. Las adversidades le eran
completamente indiferentes. Las veía, inclusive, como desafíos de

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imbéciles, pruebas insensatas e innecesarias. Él jamás se dejaría abatir.
Su convicción era tan intratable como su enfermedad. Sentía, sin temor a
caer en una irrisoria vanidad, que en la vida eran necesarias personas
como él, personas especiales.
Fue inusual hallar a un chico que a tan temprana y tempestuosa
edad tuviera claro lo que buscaba. Un chico que supiera bien lo que
necesitaba —y lo que no—. Lo que quería lo tomaría, así de sencillo, y
Adora, la niña más popular, la más encantadora, la rompecorazones del
colegio, era su objetivo. ¿Amor? Un amor consciente. Siempre supo que
en circunstancias normales jamás la tendría. Armarse de valor y decirle
«hola, tú me gustas» no sería suficiente. Entonces, ¿qué hacer?

>¿Qué impulsa a los chicos a esconder sus secretos, sus tesoros, bajo el
colchón? ¿Cuál es el anhelo de buscar escondrijos y poseer madrigueras
como ratas? ¿Soledad?, ¿diversión de niño malcriado?, ¿brillantez? No,
el gran problema de esta juventud, y seguramente el de muchos adultos,
es ese terrible defecto de querer tenerlo todo: ¡Quiero, quiero, quiero! ¡Ah,
quiero tantas cosas!

Para un niño de doce años el sexo no es imprescindible. Comprar
licor o aprender a conducir tampoco. Rafa no era la excepción. Sus
momentos más preciados, los más satisfactorios, los disfrutaba al
refugiarse cada tarde en sus cuatro muros. Su esencia, su naturaleza,
todo lo que necesitaba para vivir y ser él estaba encerrado en aquella
habitación, en su madriguera. No solo se limitaba a la cama, a los libros
y a los diplomas que colgaban de la pared, no, allí dentro existió algo
más, un ingrediente adicional.
En casa, ciertamente, no había cabida para glorificar posesiones
tangibles, ni nada; pero con la llegada de Adora las cosas cambiaron, se
convirtieron en algo mucho m{s< interesante.
Cada tarde al regresar de clases el chico saludaba a sus padres y se
sentaba en la sala a realizar sus deberes con absoluto fervor. Era un
orgullo verlo devorar los libros. La constancia y la dedicación le habían
otorgado puntos en su hogar. Cuestión de disciplina. Periódicamente

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limpiaba su cuarto sin protestar y ser ordenado no era problema. Se
encargaba de la casa y no olvidaba sus estudios distrayéndose en
pasatiempos. No, jamás lo haría. Al terminar su faena recogía los útiles,
se servía leche y galletitas, y se retiraba a su habitación a contemplar a
su rehén durante horas. Él nunca le hizo daño a Adora, todo lo
contrario, la atendía, la cuidaba; únicamente lamentaba no poder
conversar con ella a sus anchas.
De noche, cuando todos dormían, Rafa saltaba de la cama y
despertaba a su amiguita para jugar junto a ella al “fin del mundo”.
Imaginaba que aquél era el último día en la tierra y que el Señor,
enfadado, había enviado desde el cielo un meteoro a destruirlos. Por
supuesto, nunca sucedía nada, ni siquiera se comían las galletas, al chico
le resultaba imposible dar de comer a Adora con la mordaza puesta.
Durante un mes todo marchó de maravilla. Cuando Rafa se
ausentaba para ir a la escuela su maniatada invitada era incapaz de
hacer el menor ruido. Y con respecto a las ineludibles necesidades
fisiológicas de ésta, los pañales resultaron ser la opción más práctica e
higiénica. Rafael era el niño más feliz del mundo. ¡El más feliz!
Desgraciadamente una noche sus padres abrieron la puerta del cuarto y
pues, el juego se acabó.
Cuando la policía vino por Rafa fue muy confuso. «¿Qué hacer?,
¿cómo proceder?». Aquel era un caso demasiado insólito y vergonzoso,
la comunidad entera estaba desconcertada. De inmediato familia y
autoridades acordaron recluirlo, de ser posible permanentemente, en un
Centro Psiquiátrico, uno donde pudiera recibir una atención adecuada,
un trato justo y tal vez, solo tal vez, volverse un niño normal. Por
fortuna a pocas cuadras de su propia casa se hallaba el lugar perfecto
para él. «Rafa, en ningún otro sitio te sentirás más cómodo y cercano al
Señor que aquí, con nosotros, en La Vida».

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Carnaval, halloween, hanukkah, cada cierto tiempo el personal del
Centro Psiquiátrico La Vida se sentía complaciente y argumentaba
cualquier celebración para compartir junto a sus muy especiales
inquilinos un rato de “sano” esparcimiento. No obstante, esta era una
actividad que la mayoría de las veces resultaba deprimente. La mera
idea de estar en un sanatorio era agobiante, una sensación carcelaria.
«¿A dónde ir? ¿Con quién hablar? ¿A quién mirar?». Aquellos seres
lánguidos y meditabundos daban la impresión de desplazarse en
cámara lenta. Algunos charlaban, otros fumaban, los demás
simplemente estaban allí, sentados, idos.
—Aquí dentro hay personas como tú, Adora —afirmó el
enfermero, guiando a la chica hasta el salón—. Gente con los mismos
problemas y necesidades. Cuando las cosas nos abruman solemos tomar
decisiones desesperadas de las que luego nos arrepentimos. Pero
¿quitarse la vida? Ese es un acto espantoso que solo puede ser
considerado por almas débiles y enfermas. La vida es el regalo más
maravilloso que el Señor nos ha dado. ¡El Señor es dulzura! ¿Puedes
sentir su inmensa presencia? Él es nuestro guía y nuestro Salvador, el
único Redentor del cielo que librará nuestras almas de todos sus
pecados.
—¿Pescados? —preguntó la chica, hastiada del sermón.
—PE-CA-DOS.

>Sé bien que por mis ofensas al Señor el infierno me depara, más deberán
tener en cuenta que, a pesar de mi aborrecer, todo lo soporté. Doctor, ¿en
verdad los golpes de pecho despiertan conciencia? Todavía recuerdo

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aquellos domingos cuando, junto a mis padres, iba a la iglesia a rendirle
obediencia al Señor. Nunca presté demasiada atención a lo que decía el
cura desde el púlpito. Embotada, me quedaba mirando los ventiladores
cuello-largo que colgaban del techo y que no paraban de rotar, y rotar<

Desde un primer momento quedó en evidencia lo excéntrica que
era la joven recién llegada. Los aretes de corazones, el recortado cabello
púrpura y la dormilona de osos rosados que Adora desfiló durante su
estadía, contrastaron enormemente con las descoloridas y tristes
vestimentas que usaban el resto de los pacientes. «¿Alcurnia en
harapos?». La inusual mezcla de pijamas, batas de dormir y camisas de
fuerzas resultaba inquietante, incluso para un pomposo cóctel de
desquiciados. Las luces navideñas de las guirnaldas y los faros
intermitentes de las ambulancias dibujaban en aquellos rostros
aquejumbrados una colorida máscara de miedo y vergüenza.
A pesar de la impresión inicial, en La Vida pululaban la élite y el
jet set: magnates, aristócratas, banqueros, artistas deprimidos, poetas sin
inspiración, músicos; individuos que aparte de fortuna o talento poseían
comportamientos peculiares, pasados increíbles, secretos.
Rafa, el chico en el jardín, era un claro ejemplo de ello. Era el
vástago en decadencia de una respetable y muy influyente familia (no
por nada había terminado en un lugar tan ostentoso). Habituado a la
hostilidad, parecía no importunarle aquel zoológico de gente curiosa
que se agolpaba a su alrededor para verlo. «¿Qué es este bicho raro? —
se preguntaban—, ¿un fenómeno de circo?». Iba vestido como la
mayoría, de gris. Su tez fantasmal simulaba fragilidad, días sin dormir.
Adora, al otro extremo del salón, lo observaba con notable interés.
Lo conocía, lo había visto merodeando un par de veces por el salón de
lectura y en el pabellón de psicóticos; ahora estaba segura que era él. Y
es que ¿cuántas personas podían verse como Rafa? Seguramente no
muchas.
Sin ceremonia, la joven atravesó el salón y salió al jardín resuelta a
su encuentro.

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—¡Estúpido! —le soltó a apenas lo tuvo enfrente—. Estaba allí
dentro esperando a que fueras a saludarme y no lo has hecho.
El muchacho alzó la cabeza y la estudió con indecorosa atención.
Aquella era una chica muy bonita, mezquina de pechos, aunque
bastante aceptable para la ocasión. El cabello corto no le favorecía a la
chica, le hacía ver pequeña y un tanto varonil. Olía a recién bañada y
temblaba. La sugestiva dormilona de osos rosados parecía no protegerla
de la fría brisa nocturna.
—Bonitos osos —comentó Rafa y se dedicó a hostigarla con un
aluvión de preguntas y apreciaciones—. ¿Qué edad tienes?, ¿dieciséis,
diecisiete? Luces obscenamente infantil con ese atuendo, Lolita. ¿Estás
ya en tu despertar sexual? Seguro eres de esas que se atiborran de
perfume para alborotar a todos. ¿Y por qué te has pintado el cabello de
morado? Pareces salida de un anime japonés.
No había duda, aquel era Rafa, “Rafa la rata”. Solo él tenía esa
manera tan particular de decir, hacer y obtener las cosas que quería.
¿Cuánto tiempo había pasado?, ¿uno, dos años? Jamás confió en
volverlo a ver. Mucho menos encontrárselo en un lugar como ese. Pero
ahí estaba, justo frente a ella. “Ratatat<”.
La muchacha lo miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa. Cómo
olvidarse de aquel chico, de su apariencia, de su enfermedad, de su
irresistible e incomprensible atractivo ratonil. ¿Le gustaba? ¿Fingía que
no? No lo odiaba ni le guardaba rencor, pero aquella hiriente
indiferencia con que su ex captor la trataba le confundía, la hacía sentir
rara, nerviosa, no lo podía explicar. Después de pasar un mes debajo de
su cama, de observarlo y oírle hablar a diario, siempre a solas, hoy tenía
una impresión muy diferente de él.
—Te ves bien —dijo ella.
Rafa evaluó el sarcasmo.
—Eres muy graciosa Isidora, Isadora< ¿Te llamas Adora, verdad?
Ya te recuerdo. Te secuestré en la escuela, entre tu primer y segundo
intento< ¡Ah, la escuela! Aquel día, por alguna extraña razón, estabas
más triste que antes. Nadie lo notó, nadie supo que acababas de salir de

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un hospital, pero yo sí, yo presto atención. Pedías a gritos un secuestro.
Tuve que esperar hasta la hora del recreo para ir por ti.
La chica no pareció impresionada ante la memorable osadía.
—A propósito, lamento lo de tus padres —dijo el muchacho—, me
enteré en los periódicos.
A Adora le tomó un momento dar con un sentimiento.
—Sí< bueno —dijo—, ni siquiera tuviste la gentileza de llamarme
para saber cómo estaba. Ni un recado, ni un saludo, nada. Eres un
grosero. ¿Qué tal si hubiese querido volver a verte?
Rafa hizo una mueca, como una sonrisa, más o menos.
—Lo del encierro no fue idea mía, Dorita —explicó—. Fue más
bien una torpeza de la policía, un incidente molesto. ¿Deseabas acaso un
Estocolmo?, ¿intercambiar cartas y ser amigos por siempre? No quiero
parecer insensible pero no, gracias, mejor háblame de ese último plan
suicida tuyo. Te encuentro muy saludable. Supongo que si estás acá en
La Vida es que algo salió mal. Por cierto, ¿de dónde sacabas las pastillas,
del botiquín de tu abuela? Claro< Oye, siento no haber podido
atenderte antes, esta gentuza y su alharaca siempre buscan molestarme
en mis momentos de ocio. ¿No te parecen insultantes sus fiestas? No
tienen buffet, ni máquina espresso y nunca sirven licor.
Para la joven, más que insultante, aquello resultaba tedioso. Sus
malogrados padres habían sido los típicos estereotipos burgueses y la
idea de pasar una velada deleitando a otros no era novedad.
—¿Bebes? —preguntó Adora.
El chico negó con la cabeza.
—Recién cumpliré catorce, son como< Huh, setenta.
—¿De veras? Que viejo. ¿Y cuándo te darán de alta?
—Jamás en esta vida. La gente tiende a encontrar mi apariencia un
poco perturbadora ¿sabes? No los culpo, mi condición es cada vez más
patente, m{s< repulsiva. Hay quienes piensan que recitando El
Flautista de Hamelín o comprando “mataratas” logran fastidiarme.
Ilusos. ¿Acaso olvidan que soy un trastornado y que puedo valerme de
ello? Antes consideré llevar máscara y peluca pero pronto desistí de ello.

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Resulta más divertido ver el miedo en sus rostros, su asco, su
ignorancia, su odio. A ellos solo les consuela saber que pronto moriré.
Aquella honesta respuesta tomó a Adora por sorpresa. ¿Rafa
moriría? Sí, en efecto, moriría. Las expectativas de vida de un paciente
con Progeria eran sumamente cortas. No existía tratamiento, ni cura. Él
jamás llegaría a cumplir los quince.
Consternada, la muchacha recogió la falda de su dormilona y se
sentó en la hierba junto a su desahuciado secuestrador. Por un instante
él le miró las piernas y ella sonrió con tristeza.
—¿Fumas? —preguntó el chico, sacando un cigarrillo.
—Claro.
—Procura que no te vean los guardias.
Fumaron en silencio. Luego se quedaron quietos observando a la
jubilosa muchedumbre que indiferente se pavoneaba en la estancia
junto a las aves<
Estrellas de mar, relojes de arena, una mujer con un repollo entre sus
brazos, un viejo con cosquillas en los pies, un canguro dando brincos por allí,
alguien cazando moscas... ¡Qué diversión la de estos lunáticos! Todos llevan
papelitos con su nombre en la solapa, como en un jardín de niños.
Rafa irguió la nariz y respiró el suave aroma que flotaba en el aire,
el suave y exquisito aroma de la recién bañada Adora.
—No tienes que compadecerte de mí —dijo él, colmado de una
ligera sensación de alivio—. Lo inevitable ya no me atemoriza. Disfruto
cada instante de este tiempo prestado. Vislumbro con alegría
acontecimientos mejores: plagas, hambruna, terrorismo y xenofobia. Mis
infortunios jamás se compararán a los del mundo: cambio climático,
derrames petroleros, recesión económica, sacerdotes pederastas,
desastres nucleares, amor< ¿Recuerdas el “fin del mundo”? El
pesimismo es mi virtud, siempre espero lo peor de todo, así cuando
sucede no me duele nada. ¿Ínfulas? ¿Delirios? ¡Psss! Realismo, hermana.
¿Nunca te ha provocado insultar a la cajera del supermercado por ser
demasiado lenta, o golpear a alguien en la cabeza por no contestar los
buenos días? ¿No te parece asquerosa esa gente que se moja los dedos
con saliva para pasar las páginas de un libro, los ojos lagañosos, las uñas

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sucias? Seres humanos despreciables. ¡Cerdos! Hieden y miran mal.
Imposible ser amable. Imposible verlos como mis iguales. Bueno,
tampoco es que tuve mucho parentesco con ellos.
La muchacha lo miró con incredulidad y cierta fascinación. Rafa
también escrutó a la bella suicida, y juntos se batieron en un duelo de
miradas.
—Dime algo, Adora. ¿Continuas empecinada en morir?
Obviamente tu afición por la Muerte no la he imbuido yo, ya la tenías
antes del secuestro. Pero, ¿aún conservas ese arriesgo o solo se trató de
un vulgar clamo de atención? En caso de esto último que aburrida eres
—Rafa entonces adoptó una expresión sombría—. ¿Qué se siente,
dorita? ¿Qué se siente saber que mientras yo en breve seré alimento de
gusanos, tú seguirás aquí? Aquí, en La Vida, viviendo sin vivir,
resignada a coexistir con la gente que bien decidiste odiar. A que un día
los niños te llamen “señora” y se burlen de ti porque tu ombligo ha
desaparecido entre los asquerosos pliegues de tu gordura y de tu
irremediable y fea vejez. Y te saldrán várices, y te volverás sorda y
estúpida, extrañarás a tu papi muerto y a tu mami muerta, a la rica
comidita y a las sábanas limpias. «Oh papá, ¿he sido buena niña?», «Oh
mamá, ¿he sido buena hija?». Y te sentirás sola, absurda, vacía e inútil.
¿Qué se siente, “adorable y encantadora Adora”? Triste, siempre triste.
La vil ironía de aquellas palabras hizo temblar a la chica. “La rata”
sabía donde dolía. Su manera de razonar era, en efecto, la de una
persona mayor. ¿Un demente con momentos de claridad, de genialidad?
Causaba incertidumbre el no saber lo siguiente que saldría de su boca.
—¡Vete a la mierda! —gritó la joven—. ¿Se te metió el demonio?
¿Tienes alguna avería en esa enorme cabezota? ¿Lombrices? Anda,
continúa. ¿Te regocija mi dolor? ¿Crees que estoy aquí para entretenerte,
que me afecta tu maldito complejo de superioridad? No eres más que un
niño necio y pretencioso, un neurótico, un pequeño monstruo. ¡Anda!
¡Vapuléame hasta morir! Tus alardes no me resienten. A pesar de lo
cruel y sin sentido que es la vida, esta< esta sería absolutamente
maravillosa si todo el mundo supiera qué hacer con ella. ¡Si yo misma
supiera qué hacer con la mía!

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De repente, como si la cabeza del chico irradiara un raro fulgor,
todo el rostro se le iluminó. Parecía excitado, las mejillas coloradas le
daban un toque travieso y triunfal a su malcarada estampa; no, más bien
exagerada y teatral; no no no, grotesca, maligna.
—Solo los niños lo saben —afirmó el muchacho, complacido de
conducir la conversación hasta ese punto—. Pero no niños inestables y
feroces como tú y yo. No. ¡Los verdaderos niños! Los que ríen, los que
lloran, los que sueñan. A ellos no les interesa el mundo y sus estragos,
no les importa el futuro ni la vida, ellos solo quieren jugar, cazar
escarabajos, saltar la cuerda, correr, volar< ¿Sabías que siempre quise
surcar el espacio en un carrusel sideral? Dar vueltas y vueltas y vueltas.
¿Qué tiene de malo eso? Bah, los mayores nunca entienden nada, lo
confunden todo y hacen como que no nos escuchan. Mis padres,
personajes que alardeaban de su infinita tolerancia por haber tenido un
hijo como yo, me encerraron y olvidaron. Ahora mírame aquí, dos
largas temporadas en este lindo lugar. Me espían tras los espejos, me
temen, soy el eslabón perdido, el hombre elefante. Analizan mi
actuación, registran pulsaciones y ondas cerebrales, prescriben
medicamentos y llenan informes con una errada patología sobre mí. Los
muy crédulos piensan que hurgando dentro de mi mente lograrán
descubrir fantasías sádicas como las de El Hombre de las Ratas.
¡Aficionados! No hacen más que confiar en sus métodos, en su manual
de procedimientos, técnicas tan obsoletas como el electroshock o la
lobotomía, algo que fácilmente podríamos denominar BASURA.
¡Despertad, borregos! ¡La Vida es basura!
Adora se rascó la cabeza.
—¿Te refieres al Centro Psiquiátrico La Vida?
—No todos estamos cuerdos en este manicomio, claro, pero
algunos sí que están peor. ¿Ves aquel sujeto de allá? ¡Aquél! El que va
de Napoleón. Ayer intentó atacar a una anciana en pleno comedor.
Tuvieron que atarlo y aislarlo. Motivador ¿no? Te digo, amiga mía, estar
aquí no es como estar en un plan vacacional. En los folletos no te
explican que el día que quieras marcharte simplemente no podrás.
Primero tendrás que usar todo tu encanto y ser como ellos quieren que

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seas: normal, normalita como todos. ¿Dónde queda la dignidad del
orate entonces? ¡Mejor arrójennos Zyklon-B!
—Yo no soy como esta gente —se apresuró a decir la joven.
—¡Igual serás salvada, hermana! ¡SAL-VA-DA! ¿Sabías que el
perdón divino del Señor es lo único garantizado aquí? Los diligentes
custodios de esta suntuosa ratonera siempre han tenido la razón. Lo
único aceptable de todo esto es Su infinita misericordia. Chiflados,
fenómenos, inadaptados, todos, absolutamente todos seremos
perdonados en La Vida. ¿No te parece genial que el dinero de papá y
mamá pueda pagar eso también?
—Pues< —objetó la chica—, yo aún no he visto a ningún doctor.
—¡Y no lo verás! —aseveró el muchacho en una especie de clímax
atroz—. ¡Eres una suicida! ¡Un caso perdido! Ningún loquero
malgastará su tiempo intentando ayudarte. Tarde o temprano te
quitarás la vida y eso nadie podrá impedirlo.
Una familiar mezcla de orgullo y desconcierto turbó el rostro de la
joven.
—Pero serénate, Dorita —añadió Rafa—. Todo es más tolerable
cuando le damos menos importancia. Además, no sirve de nada hacerse
la exquisita aquí. Esta gente no te alivia ni la tos. Te compadecen, te
inflan de “pam” (entiéndase Clonazepam, Diazepam, Alprazolam,
Fluoxetina, Sertralina) y luego, con falso entusiasmo y una sonrisa
zalamera, te arrullan diciendo: «Respira, respira. Lugar feliz, lugar
feliz». No no no, mejor buscarse otra alternativa.
Adora titubeó. ¿Se lo diría ó no se lo diría?
—He pensado<, he pensado seriamente en escribirle al Doctor
Basura.
—¿Qué?
—¡Que quiero escribirle una carta al Doctor Basura! ¡Sordo!
Su interlocutor quedó perplejo ante aquella revelación. Mas
prontamente estalló en una sonora risotada. Pacientes, enfermeros,
pavos reales, todos a su alrededor voltearon a mirarlos.
—¿Al embaucador del periódico? —preguntó el muchacho, muerto
de risa.

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En efecto, el Doctor Basura era un médico de dudosa credibilidad
que atendía a sus pacientes por correspondencia. Una especie de
“Doctor del amor” bizarro que, como rasgo distintivo, recomendaba
siempre los peores remedios. Sus casos más sonados solían aparecer en
la prensa sensacionalista.
—Lástima que ya murió el Doctor Kevorkian, al menos él no te
habría expuesto al escarnio público —Rafael lloraba y tosía, parecía
ahogado en su propia diversión—. Que ingenua eres, Adora. ¿Ves lo
fácil que fue raptarte? Bah, las adolescentes están todas locas.
La joven lo miró con intensa dureza. «¿Quién coño era
Kevorkian?».
—¡TÚ ERES EL LOCO! —gritó—. ¡Odioso! ¡Ya no te soporto!
Era todo. Mejor no decir nada más. Se levantó y sacudió su
dormilona. Por un instante el chico alcanzó a ver destellos de su ropa
interior. Ella se dio cuenta e indignada se enrumbó a su dormitorio.
—¡PERDÓN! —chilló Rafa en la distancia—. Perdóname<
Adora se detuvo a unos pasos y bufó. Luego, sin darse vuelta,
preguntó:
—¿Perdón por qué?
Rafael cerró los ojos y hundió la cabeza en la hierba, se sentía
mareado, exhausto, plenamente feliz.
—Perdón —repitió—, por no poder secuestrarte esta noche.
Hubiese sido lindo poder pasar más tiempo junto a ti en la vida.
La chica volteó a mirarlo y Rafa abrió los ojos. Finalmente, ambos
sonrieron con complicidad.

>Doctor, el día que Rafa y yo huimos de La Vida fuimos directo al parque
de atracciones. Subimos al carrusel y a la rueda de la fortuna; luego
compramos algodón de azúcar y nos sentamos en una banca a burlarnos
de la gente que nos miraba con desprecio. ¡Qué risa! Rafa les apuntaba
con sus dedos de extraterrestre y los ametrallaba: ratatat< Cuando
comenzó a llover me tomó de la mano y fuimos corriendo hasta su casa.
Fue extraño regresar allí. La rata había vuelto a su madriguera. ¿Estarían
sus padres? ¿Se alegrarían de verlo? No lo averiguamos, nos metimos por

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la ventana de su cuarto, nos quitamos la ropa húmeda, y nos refugiamos
debajo de la cama toda la noche. Había un montón de calcomanías ahí
pegadas: cometas, meteoros, planetas que brillaban en la oscuridad. Era
un universo improbable con una vista formidable<

—¿Qué hora es? —preguntó la chica.
—Duerme un poco más, dorita. Aún queda tiempo para los
sueños. Al abrir los ojos lo único que hay es realidad. Eso y pies sucios
de tanto andar en la tierra.
Adora lo miró muda. «“Adorable”, podría pasarme toda la noche
mimándolo. Ojalá fuera un poco más peludo, como un oso, así no me
daría tanto frío».

>Cuando por fin amaneció, Rafa me miró a los ojos y preguntó si
podíamos andar juntos. No supe qué contestarle, la gente piensa que soy
una loca que solo sabe odiar. Pero a él eso parecía fascinarle. Le dije que sí,
nos besamos y comenzamos a andar juntos, juntos juntos juntos. No
juntos para rascarnos las malas pulgas el uno al otro, no, juntos para
ensañarnos contra todo. No nos creíamos especiales, tampoco mejores que
los demás, solo éramos nosotros mismos: chicos retorcidos con una visión
distorsionada del mundo. Nos gustaba sufrir y hacer sufrir; reíamos,
reñíamos, hablábamos acerca de todo, de la vida, de la Muerte, de la
sinrazón de muchas cosas en el mundo, era como si conociéramos todas
las respuestas; éramos otro lenguaje, otra frecuencia, podíamos decirnos
cualquier cosa, lo que fuera, incluso lo más horrible y nos parecía genial.
Fue irónico darme cuenta que yo, la más popular, la más encantadora, la
rompecorazones del cole, era igualita a él.
>Nunca he creído en los milagros, en el destino o en la alineación de los
planetas; no desfallezco por amor, y la verdad es que me causa mucha risa
aquellos que lo hacen; pero con Rafa algo pasó. Con ningún otro ser antes
o después de él me sucedió igual. Con nadie tuve tanto en común. Con
nadie me sentí tan plena. Lloré mucho cuando su corazón finalmente se
detuvo. Tampoco asistí a su funeral, me arrastraron de vuelta a La Vida.
¡Claro que tuvo corazón! Cuando me tomaba de la mano lo hacía con

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tanta ternura que me hacía sonrojar. Sí, me gustaba. Ojalá hubiese podido
ayudarle, le echo mucho de menos.
>A veces, cuando abro los ojos en mitad de la noche, puedo verlo. Sé que
no es real, que solo es un producto de mi mente trastornada, pero me
gusta creer que en verdad viene a jugar al “fin del mundo” junto a mí: Sí,
dorita, mejor que te enteres, soy un monstruo. Déjame alimentarme de ti,
de tu inocencia y juventud. ¿Te hablé ya de mi demencia? Déjame
mostrarte esta noche cuál es mi juego favorito, déjame mostrarte esta
noche cómo morir.

“Entonces, el flautista condujo a los niños a una tierra en donde estos serían
felices por siempre, alejados de los crueles adultos (…) Y en la desierta ciudad
de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca más encontraréis ni una sola
rata, ni un niño.”

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“—Adiós, hermoso loco.
—Divina loca, adiós”

Los locos de Valencia, Lope de Vega

>Querido Doctor Basura, todo el mundo muere, papá, mamá, Rafa, todos
mueren. Todos excepto yo. ¡Muerte traicionera! La Muerte debería ser,
por algún tipo de acuerdo implícito, exclusiva y extravagante. Hoy morir
es tan popular que hasta resulta de poca clase. ¿Un claro indicio de su
agotamiento?, ¿del mío? Sería genial volver a tener la determinación de
antes, salir corriendo por una autopista y arrojarme a los autos; o abrir la
ventana del cuarto y saltar como una estrella de rock, simplemente saltar.
¿Me acobardé?, ¿me faltan agallas?, ¿pretextos? Ah, era tan fuerte
entonces, tan rebelde, tan fuera de juicio, y sin saberlo, tan feliz.
>Señores de La Vida, mi insania no es mental, esta radica en el corazón. A
veces me siento tan llena de ira que mi pecho parece querer reventar de
pura ansiedad. Duele, duele mucho. Todavía me cuesta sonreír, todavía
me cuesta respirar, todavía siento unas ganas terribles de llorar. Doctor,
¿no me prescribe un buen calmante?, ¿alguna inyección letal?, ¿cianuro?
Tal vez las estadísticas estén en lo correcto y termine alcanzando mi
objetivo a la tercera, quién sabe.

—¿Me estás escuchando, Adora?
La Doctora cruzó los brazos y se quedó mirando a la joven en el
diván. «¿Servirá de algo un nuevo test Rorschach?» se preguntaba.
Aquella muchacha había faltado deliberadamente a todas las citas, y por

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la manera en que veía el reloj de pared parecía más interesada en acabar
la sesión que en tratar su trastorno depresivo.
—¿Estás a la espera de algo extraordinario? —insistió la mujer,
buscando la atención de su evadida y recapturada paciente—. Tal vez
hayas oído hablar de un tal Freud. Él planteó algo interesante que tiene
mucho que ver con tu problema; expuso que: “junto a las pulsiones de
vida, mismas que originan nuestras necesidades físicas, también existe
una pulsión de Muerte; y ésta dictamina que toda persona de manera
inconsciente siente una profunda necesidad de morir”.
Funcionó. La chica dejó de mirar el reloj y por primera vez parecía
atender a la charla.
—Verás —prosiguió la Doctora—, todos, absolutamente todos
hemos considerado, al menos una vez en la vida, el suicidio. Por
supuesto, para la mayoría solo es un pensamiento inofensivo, una mera
cavilación, pero hay quienes como tú no lo ven así. La vida les resulta
tan insoportable y dolorosa que perciben la Muerte como única
alternativa. La no-existencia, el no ser nada, es el alivio al sufrimiento, el
fin de la agonía, el Edén.
—Ya< —musitó Adora, inexpresiva—. Eso lo explica todo.
¿Puedo irme ahora? Comienzo a sentirme mejor.
La Doctora se levantó y abrió la puerta del consultorio.
—Puedes irte cuando gustes muchacha —dijo colmada—. Estás de
alta.

Adora permaneció en el Psiquiátrico un par de horas más hasta
que su abuela finalmente la recogió.
—¡Pero mírate nada más! —exclamó la mujer al verla—. ¡Tienes
tetas!
Avergonzada, la nieta cruzó los brazos intentando ocultar la
evidencia.
—Obviamente estos meses en La Vida te han sentado muy bien,
hija.
Un incómodo silencio reinó dentro del auto durante el trayecto. La
joven no hacía más que mirar absorta por la ventana. Era como si

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desconociera todo lo que veía allí afuera: autos, aceras, edificios; como si
la ciudad emanara un viciado aire de melancolía: hojas cayendo de los
árboles, padres llevando a sus hijos a pasear; era como< como si por un
momento los habitantes hubiesen olvidado todas sus calamidades:
trabajos, deudas, gripes, conductores mal hablados, asaltos a mano
armada, la vida, la Muerte.
—Sabes —volvió hablar la abuela—, tus compañeras de clase
pasaron hoy por la casa, son buenas chicas ellas, te dejaron una
invitación para su baile. ¿Irás? No tienes que ir si no quieres, ni sentirte
mal por no poder graduarse juntas. El director me ha prometido que
podrás hacerlo el próximo año cuando apruebes todas tus materias.
Al llegar a un semáforo en rojo el auto se detuvo junto a un
autobús que hacía la parada. El dulce rostro de una niña se asomó por
una de las ventanillas y le obsequió una adorable sonrisa a Adora. Ésta,
malhumorada, le sacó la lengua y su vecinita arrugó la cara.
Luz verde.
—¿Ya pensaste en algo especial para tu cumple? —la vieja insistía
en conversar—. Dieciocho es un buen número, más si cuentas con la
generosa suma que te han dejado tus padres. ¡Joven, rica e
independiente! ¿Vale pedir más? Hasta podrías organizar tu propia
fiestecita. Oh, lo siento. Pero que cosas digo< ¡Si ya eres una mujer!
¿Comenzaste a usar toallas? Si gustas podemos parar en la farmacia y
comprar<
—¡Puedes callarte! —exclamó Adora, y el silencio volvió a reinar
dentro del auto.

>Doctor, la estadía en el manicomio fue sin duda el punto más álgido en
mi vida. Lo que siguió después ya no lo fue tanto. Mi retorno al mundo
exterior resultó ser un tanto desalentador. Convivir con mi abuela no fue
precisamente el mejor ejemplo de una independencia plena: Adora, mueve
esto, dora, has aquello, dorita, sacude esto otro. ¡Vaya estupidez! La
experiencia de crecer, por desgracia, no fue para nada excitante, la
amenorrea cedió y mi busto creció, por mucho que ahora quise resistir
florecí.

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>En los ciernes de mi adultez descubrí, junto a un dócil y muy torpe
compañero de escuela que el sexo era solo un ardid publicitario. Los
gemidos, los gestos, el sudor, el olor, ¿cómo pueden disfrutar de algo
semejante? Bueno, necesitaba práctica. Síp, me volví un poco libertina.
¿De qué me valió ser popular en el cole si no era para hacer relaciones
públicas? ¿Desaprovecharía acaso mi nueva feminidad y mis recién
adquiridos atributos limpiando la casa? ¡Ni hablar! Duré meses de juerga.
Mi cabello era un verdadero arco iris, todas las noches un color diferente:
amarillo, naranja, rojo; un par de orejas de conejo, lentes de sol, encajes,
minifalda (¿un atuendo a la altura de Père-Lachaise? Probablemente no)
y a la calle. Discos, clubes, casinos; me entregué sin reserva al desenfreno,
me creía invencible, omnipotente, capaz de probarlo todo y hacer lo que
fuera. ¡Y podía! Era una huérfana mayor de edad con tarjetas de crédito,
perfume, champagne, ácido y la embriagada voz de Morrison recitando en
mis oídos: El autobús azuuuuuuuuuul... nos llama / el autobús
azuuuuuuuuuul... nos llama / chofer, ¿a dónde nos llevas?
>Una noche, mientras copulaba y moría de risa, enloquecí, me volví
completamente loca, loca loca como una cabra. Escuchaba voces, veía
sombras, veía a Rafa: no entristezcas, mi bella suicida, alégrate de que ya
no exista. Quién sabe qué atrocidades hubiésemos hecho de aún seguir con
vida. Deliraba, conspiraba, decía cosas como: cómete un tomate antes que
te maten, e incoherencias así. Fue sin duda mi etapa más creativa. Hacía
anotaciones, me estrujaba la cabeza descifrando acertijos y formulaba
absurdas teorías que solo a mí me convencían. Estaba paranoica,
narcolépsica: ¡Aléjense de mí! ¡No me molesten! ¡Déjenme sola! Ojos
rojos, labios rotos, botellas por el suelo y muebles volando. ¿Cómo no
colapsar después de eso? La fiesta debía acabar. Cuando telefoneé a casa le
dije a mi abuela que ya iba, y no volví a verla en un largo tiempo. Compré
un cepillo de dientes, pagué por una suite y me encerré a dormir. Dormí,
dormí y dormí. Dormí mucho, demasiado. Lo curioso era que el tiempo
parecía no alcanzar para dormir un poco más.

¡RELÁMPAGO!

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>Suelo soñar que me matan. A veces enciendo la luz y puedo verme ahí,
tendida sobre la cama, con los audífonos puestos y las cajas vacías de pam
alrededor. Muñecas abiertas, manantial rojo. ¡Odio herirme! A pesar que
mi cadáver ha sido retirado y llevado a la morgue, la sangre aún mancha
las sábanas, el colchón y mi dormilona.

La tormenta golpeó en la ventana de la habitación con estrepitosa
fuerza. Adora despertó sin recordar dónde estaba, cuánto había
dormido. Perezosa se arremolinó entre las sábanas y olfateó: «¡Ah, la
lluvia! Alguien debería embotellar su aroma y comercializarla,
“LLÚVIA”». El resplandor que se colaba por entre las cortinas
iluminaba de a ratos a la joven que, a ritmo de estruendos, daba inicio
una nueva sesión de lentos masajes al clítoris; movimiento circular,
movimiento rectilíneo, más profundo, un poco más profundo<
«Mmm, me gustaría treparme ahora mismo al techo y danzar bajo
este gran torrencial, gravitar dentro de una burbuja de jabón,
convertirme en la sirena mágica de la Luna, sentirme cósmica, plena, un
poco menos triste. Bah, ya estoy harta de soñar siempre lo mismo.
Quiero entrar en las casas ajenas y robarle las almohadas a la gente.
Quiero soñar cosas nuevas, soñar a color, soñar una vida mejor».
La chica apartó las sábanas y alargó la mano hasta la mesa de
noche para encender la lámpara. Las feas cortinas y los anacrónicos
colores del juego de cuarto otorgaban a aquella habitación una
atmósfera de absoluta decadencia. Estáticas, las imágenes de una vida
anterior de repente le saludaron. Las cálidas fotografías familiares
mostraban a una niña jugando en el parque junto a sus padres;
disfrutando de un paseo a orillas del lago; armando el árbol de navidad:
«Adora, ¿ya sacaste la basura?, ¡presta atención!, basta ya de
barbitúricos, combina los colores del bolso con los zapatos, ¡ponte
derecha!, ¡cierra las piernas!, ¡tus modales, niña, tus modales!». En el
último portarretratos, el más grande, Adora vestía un hermoso traje de
cenicienta: sus quince. ¿La enterrarían con él? ¿Elegirían un féretro color
rosa? Probablemente no.

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La opulencia había desaparecido, lo glamoroso se caía a pedazos,
pero dentro de aquella lóbrega y ruinosa suite aún habían migas de su
antigua ocupante: ella. Soñolienta, la chica reptó hasta el borde de la
cama y ronroneó al ver su dormilona de osos rosados reposando en una
esquina de la habitación, desgarrada, roja; había jirones por todas
partes, jirones de ella misma. «¿Qué pasó?». Su mente, que apenas
percibía el incesante transcurrir del tiempo, continuaba ausente, fuera
de este mundo.
«La separación de mi ser con la realidad a veces resulta
insoportable. Los doctores acertaron en señalar episodios bloqueados de
mi vida, de mi niñez: ¿dorita, ya pintaste tu escena primaria? No
discutas conmigo, muéstrame tus sueños. Una pincelada. Dos
pinceladas. Solo un poco de arte. Mi paleta está llena de colores, mezclas
de olores y sabores que me permiten viajar por mi memoria. Soy una
artista probando estados alterados, aunque no soy yo quien los
experimenta sino él. ¡Siempre es él! El chico calvo y gris del cole, mi
compañero, mi amigo, mi secuestrador».
Adora levantó la cabeza y buscó a Rafael en la penumbra.
«¿Rafa?». Lo halló de pie frente al espejo, contemplándose. El muchacho
se había levantado apenas terminado el acto; no se molestó en quitarse
el condón. Solo estaba allí, inmóvil, distante, sintiéndose ajeno a su
propia imagen, irreal, como sin un reflejo en el espejo, inexistente.
—¿Ya te vas? —le preguntó la muchacha—. Quédate un rato más,
aún llueve.
Rafael no contestó.
—Esta noche estás más raro que nunca —le dijo.
Sí, finalmente Rafa se había convertido en un ente sin alma, en un
espejismo, en una imitación de vida. Por más que Adora intentara
descifrarlo no podía. Si lo hacía corría el riesgo de hundirse junto a él en
la locura, ¿o acaso era al revés?
¡RELÁMPAGO!
Rafa observó desde el espejo como la muchacha sacaba de su bolso
un bloc de notas.
—¿Qué?, ¿otra carta? —preguntó.

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—No, mis memorias.
El chico se quitó el condón y regresó al lecho.
—No sabía que te apasionaba escribir —dijo—. ¿Transmutarás de
Lolita a Ana Frank? Me gusta ese nuevo aire intelectual. Durante mis
días en el manicomio intenté hacer lo mismo ¿sabes?, escribir, pasé
horas en el salón de lectura.
—¿Algo interesante que contar?
—Nada, pero hurté varias historietas y algunas revistas del
corazón.
La joven hizo una mueca, como una sonrisa, más o menos.
—¿A parte de secuestrador y loco también eres un ladrón? —le
acusó, dándole la espalda.
¡RELÁMPAGO!
—Perdón —dijo el chico.
—¿Perdón por qué? —preguntó la muchacha, sin voltear.
Rafa cerró los ojos y hundió la cabeza en la almohada.
«Cierra los ojos, bella suicida, es hora de tu “hojilla-somnífero”.
Sírvete un trago y relájate, escapar de este lugar es imposible. Juntos, mi
alma destrozada y tus ojos de fuego, a teñir de sangre el cuarto entero:
papel tapiz, ventilador, abrigo de piel humana. Lamo tu cuerpo
cancerígeno y me excito. Sí, vamos a amar. Dolor si no lo hay. ¡Vamos a
amar! Vísceras a degustar».
Ella entonces volteó a mirarlo y, una vez más, Rafael desapareció
ante sus ojos. «Siempre es lo mismo, eres el mejor chico del mundo pero
me revienta que de pronto te olvides por entero de que existo. ¡Anda,
vete! ¡Escapa! ¿Te gusta escapar, verdad? ¡Escaposo! ¡Anda, regresa al
encierro y reclama tu camisa de fuerza! ¿Ahora qué me inventaré?, ¿otro
universo enfermo y triste?».
Cerró el bloc de notas y lo arrojó con ira contra la pared.
«¡Ya no pienso deprimirme más!».
Al levantarse de la cama dos grandes flores aparecieron pintadas
en sus senos. Areolas amarillas, pétalos blancos, cola y bigotes de gato.
Estaba desnuda, desnuda y roja.

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Adora arrastró los pies hasta el baño y se metió en la regadera. El
agua caliente y las lágrimas le escocían los ojos. Avergonzada, ocultó su
rostro entre las manos y se derrumbó. «Papá, mamá, ¿están orgullosos
de mí?, ¿he sido buena niña, buena hija? Lamento todo el dolor que les
causé. Lamento no haber podido ser esa princesa que tanto desearon,
esa bella e inmaculada flor que tanto añoraron; jugar a la casita, a las
muñecas, orar antes de dormir; ir a las lecciones de ballet, a las obras de
la escuela; ser más humana, más preciosa, más amorosa. Dime papi, ¿me
trajiste algo del trabajo? ¡Eres tan bueno! Dime mami, ¿puedo usar tu
maquillaje? ¡Eres tan hermosa! Nunca quise que las cosas terminaran
así, nunca creí que me dolería tanto. Me gustaría abrazarlos ahora y
decirles cuánto los quiero, cuánto los amo, cuánto los extraño.
¿Podemos volver a casa ya? Prometo portarme bien».
De pronto, como en un ensueño, la chica escuchó tras de sí una
dulce voz que le susurraba: «en este punto no hay marcha atrás, dorita».
Adora se levantó del suelo y bruscamente abrió las cortinas. Entonces,
allí, en aquel cuarto de baño, finalmente sucedió: una esplendorosa,
aclamada y muy esperada Muerte apareció de la nada frente a ella.
Educadamente decidió acompañarla en la regadera.
Adora no se atemorizó al verla, la conocía, la había visto tantas
veces en sus sueños psicotrópicos que no tuvo dudas.
—Sí, lo soy —le dijo ésta y canturreó una deliciosa melodía—: lari-
lari-laré, con solo mirarte presiento lo que ocurre en tu piel.
Sus afiladas uñas se deslizaron por la espalda de la joven,
rasgándola. La sangre no tardó en brotar. Adora abrió la boca como
queriendo gritar pero no pudo emitir ningún sonido.
—¿Te gustan los azotes? —preguntó la Muerte, explorando a la
chica un poco más—. Hoy necesito algo extra y no me refiero a la
lujuria.
Afuera la tormenta arreciaba. La temperatura del agua aumentó y
el baño se convirtió en un inmenso horno. «Lari-lari-laré —volvió a
tararear—, este lugar se está calcinando y no nos importa». De repente
un vals comenzó a sonar y ellas a dar vueltas por todo el baño. «Ven,
bailemos entre llamas —incitó la Muerte—, entre más nos quema más

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nos gusta, y nos gusta estar aquí». Adora mostraba los dientes, sacaba la
lengua, agitaba el cabello. Las quemaduras fueron un placer y el ardor
un alivio, todo a su alrededor estalló en un infierno y sus cuerpos se
fundieron en un abrazo abrasador.
—Sí Adora, en ocasiones suelo arder. Ven, acompáñame ésta vez,
lari-lari-laré<

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6

>Doctor, ¿nunca ha tenido esa extraña sensación de no estar vivo?, ¿de
no sentir nada?, ¿de ni siquiera tener un reflejo en el espejo?, ¿ser irreal,
inexistente? A mí me resulta tan sencillo.

La chica cerró los ojos y volvió a soñar con Rafael: «estamos otra vez
en medio del jardín, tomando el sol recostados en sillas plegables. Llevo
puesto un traje de baño a rayas y él unas desteñidas bermudas de
orquídeas. Rafa entonces comienza a tomarme fotografías con su
Polaroid. ¿Por qué siempre te pones la mano en la cintura? me pregunta.
Porque me da la gana, contesto sonriente. Oh, dorita, esta noche
seremos niños epilépticos, o mejor aún, niños-cadáveres, de sonrisa
Glasgow y brazos cruzados. ¿Ya estás muerta? ¿Ves algún Señor?
Vamos, miénteme un poco más, me gustas así. Anda, ascendamos,
surquemos el espacio en un carrusel sideral. ¡No te sueltes! Enséñame
ése truco tuyo, dime cómo haces para inventar tanto cuento».

—¿A< aló?
—Buen día, señorita. Disculpe, le hablamos de recepción. ¿Está
todo en orden? La mucama ha subido temprano a hacer el aseo y nadie
ha contestado<

>Cuando salí del sopor estaba tan apestosa y anémica que parecía la chica
holocausto, un cadáver. A propósito de cadáveres, Doctor, ¿puede creer
que mis padres, en la gloria desde hacía cinco años, aún me mantenían?
Servicio de cuarto, lavandería, comida para llevar, taxis, tampones, todo
pagado con dinero de difuntos. ¿Patético cierto? Bah, no quería hacer

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nada de nada. ¡Nada! ¡Al infierno el Carpe Diem! Los que moramos la
tierra sin un plan concebido nos dedicamos simplemente a esperar, a
esperar, esperar, esperar y luego ver qué pasa. Finalmente, cuando me
cansé de contar ovejas tomé mi abrigo de caperucita, mi boina francesa a
crochet y salí a estirar las piernas. ¿Un poco de turismo? Bulevares,
cafeterías, tienda de discos<
>Un día entré en Alcohólicos Anónimos y me hice pasar por una del
gremio: síp señores, estoy realmente jodida. ¡Auxilio! También iba a los
Bancos, allí podía sentarme durante horas sin hacer absolutamente nada;
luego, cuando tocaba mi turno, tomaba otro número y comenzaba de
nuevo. Particularmente prefería los supermercados, llenaba carritos
enteros con artículos de limpieza y los dejaba tirados en los pasillos. Era
un ser sin oficio, renuente al trabajo, absolutamente despreocupada por el
devenir de mi vida. No tenía aspiraciones, ni iniciativa, y ni hablar de
perspectiva. Me había acomodado en la mediocridad y esta me gustaba.
Fantaseaba con no necesitar de los hombres (de los hombres como especie).
La raza humana no tenía nada más qué ofrecerme. ¿Qué quedaba ahora?,
¿la caída del meteoro?, ¿algo extraordinario tal vez?

Por la letra R: Radiohead, Ramones, Raphael, Ratt<
—¡Mierda! —exclamó Adora y varios clientes se le quedaron
viendo.
¿Sería posible? Aquél disco tembló en sus manos. La hipnótica
carátula mostraba a una mujer de pie sobre un sintetizador, desnuda y
con rayos de colores cayéndole sobre la espalda. Una recién bañada con
un arco iris de toalla. No podía creer que un disco así existiera, que un
grupo con ese nombre realmente existiera. Era una rareza, algo único.
¿Una burla? ¿Un capricho de sus ex compañeros de clases?
A su lado, un hombre que también curioseaba en las estanterías se
le acercó:
—¿Qué te pasa, muchacha? ¿Hallaste algo interesante?
La contrariada chica volteó a mirarlo y balbució:
—Este< este grupo<
—¿Sí, qué pasa con ese grupo?

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—¡Este grupo se llama Ratatat! ¡Metiche!

>Querido Doctor Basura, hace unos años conocí a un Profesor de arte. Un
prominente académico acostumbrado a la buena vida que<, bueno, le caí
bien. Verá, no hizo falta hacerle ojitos para conquistarlo. A pesar de mi
facha y mi mal carácter lucía muy bien, era joven y aún llevaba ese cabello
corto que me hacía ver pequeña y un tanto varonil. Conversamos, nos
gustamos y comenzamos a salir. Él bordeaba los cincuenta y yo un poco
menos de la mitad de eso. Era atractivo, amable y obviamente muy culto.
Me habló de viajes, de vinos, de pinturas famosas y películas francesas.
Buscó impresionarme y lo logró. Cuando le hablé de mí, solo preguntó: ¿Y
tus padres? En sus tumbas, contesté sin más.
>Una semana después estaba viviendo en su apartamento. Naturalmente
no teníamos nada en común. Su vida, a diferencia de la mía, era
extremadamente ordenada. Era pulcro, meticuloso y muy vanidoso, no
dejaba de mirarse nunca al espejo; le gustaban las camisas correctamente
planchadas y mudar los muebles de un lado a otro. ¿En serio ha leído
todos esos libros? le pregunté al ver por primera vez su muy nutrida
biblioteca. El orgulloso Profesor, custodio de aquella impresionante
colección de volúmenes y documentos raros, sonrió con jactancia y me
respondió: Claro muchacha, no solo sirven para cubrir la pared, también
se puede aprender algo de ellos. ¡Ah, que simpático! Soy una holgazana,
imbécil, no una ignorante. Entonces caminó hasta la pila de libros y tomó
uno. Se humedeció el dedo índice con la punta de la lengua y comenzó a
hojear concienzudamente aquel texto. Al poco rato halló las líneas que
buscaba: “<apaleada y corrompida, la piñata se mece solitaria en el techo
de una extinta fiesta, sin niños con quienes jugar, y con las entrañas
desparramadas, devoradas; es el fin de la niñez que pronto nos llega”.
>Durante el tiempo que vivimos juntos el Profesor no dejó de tratarme
como a su princesa (una princesa de miradas suaves y besos violentos,
una mezcla sumamente letal). A parte de las rosas y los bombones que me
obsequiaba cada semana, lo que más me atraía de él era su febril adoración
por la pintura, su apasionada manera de verme, y esas sabias y paternas
manos con las que me acariciaba. Incestuoso, excitante. Cuando

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cumplimos dos meses de feliz idilio, el hombre decidió, por fin, presentar a
su joven amante ante un selecto círculo de amigos y colegas. Con
laboriosidad cociné y limpié; luego, a regañadientes, me vestí. Estaba
radiante pero fúrica. El Profe me había persuadido de usar uno de los
lustrosos vestidos de su ex mujer. Tuve que complacerlo sin objetar.
Tacones, perlas de imitación y una sonrisa de igual factura completaron el
atuendo. Me codeé entre los invitados y simulé pasarla bien. Parloteé y reí
a placer sobre temas que no me interesaban en absoluto, política, finanzas,
literatura< ¿Qué cara pondrían si de pronto pusiera Metallica en el
tocadiscos? ¿Me enviarían a la cama?, ¿a mí, la núbil agasajada? Que
damita más despreciable ¿cierto?
>Más tarde, a media velada, cansada, deprimida y con los tacones en las
manos, deambulé por la sala con absoluto desinterés y sueño. El Profe
todavía atendía a sus invitados. Pobre desgraciado. No hacía más que
intentar convencerme de entrar en su dichosa escuela de arte. ¡Psss!
Como si me importase mucho. ¿Y aquella horrible mortaja de lentejuelas
con la que me envolvió? No fue más que un intento desesperado por
recrear a su ex mujer, de ocultar mi imagen malsana.

—¡Parada!
Cuando las puertas se abrieron una jauría de estudiantes, ancianos,
niños berreando y señoras con bolsas del supermercado se lanzó por el
pasillo a la caza de los pocos asientos vacíos; empujones, insultos, calor,
hedor. Adora, en la última fila, observó con repudio a aquella ineludible
chusma de siempre.

>De pronto, en una esquina de la sala, apareció la niña.

—Permiso, señora —dijo la niña.
Adora titubeó. Con recelo apartó su cartera y le cedió el puesto de
la ventana a la chica de uniforme. Al pasar a su lado, una vaharada de
su exquisita fragancia la capturó. «Seguro que es una de esas jovencitas
que se atiborran de perfume para alborotar a sus compañeritos de
clases» caviló.

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>¿Una niña? ¿Qué hace una niña aquí? Miré a todos los invitados pero
nadie más pareció advertirla. Entonces volví a mirarla. La niña tendría
unos diez años, vestía un tutú azul y jugaba en la alfombra con un
autobús de juguete.

—¡Vámonos! —anunció el conductor desde la parte de enfrente y
de inmediato el autobús se puso en marcha.
La niña de la ventana abrió su morral floreado y hurgó en el
interior hasta hallar su reproductor portátil, el de Hello Kitty.
Desenmarañó los cables y se calzó los auriculares. Adora no dejaba de
observarla. Una visión, ciertamente, nostálgica, entrañable, envidiable.
«¡Ah! Recuerdo que, según el auricular que me colocara primero, solía
irme bien o mal; si era el izquierdo me iba bien, y si era el derecho<».
La jovencita no paraba de agitar la cabeza al ritmo de aquella música
desconocida. «¿Qué escuchará? ¿Indie, Britpop? Esta música actual es
una verdadera ensalada. ¿Qué edad tendrá?, ¿quince, dieciséis? Lleva
puesto el uniforme de último año: camisa beige, falda, medias y zapatos
escolares. La lluvia ha empapado su falda. Huh, no recuerdo que en mis
tiempos las lleváramos así de cortas. ¿Podríamos tener algo en común?,
¿nos habríamos llevado bien de haber estudiado juntas?, ¿gustado tal
vez?».

>Cuando la chiquilla levantó la cabeza y me miró, comenzaron a
temblarme las piernas. Mierda, ¿qué hago?, ¿la saludo?, ¿le ofrezco
ponche?, ¿sigo de largo hasta la cocina? No, ya no hay tiempo, aquí viene.

De repente, como si una turbia intuición la previniera, la jovencita
paró su batir de pelo y volteó urgente a ver a su vecina. Ésta,
sorprendida, rehuyó de su mirada. «Mierda, ¿qué ha pasado? ¿Me habrá
pillado viéndole la falda? ¿Pensará que soy una pervertida?».
«Una pervertida», pensó la niña al percatarse quién era la mujer
que tenía a su lado. La ropa gris, el cabello azul, la boina francesa a
crochet; sí, la conocía, la había sorprendido tantas veces en el autobús,

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espiándola y eludiendo su mirada, que ahora, al tenerla a un palmo de
distancia resultaba alarmante. Enseguida forzó una hosca sonrisa y
volteó nerviosa hacia la ventana. Adora la miró con sospecha. «¿Hemos
entablado amistad con solo una sonrisa? ¿Ella es ahora mi pequeña
amiga del autobús? Vaya tontería. Esa es una idea un tanto infantil. Soy
una adulta. Una no puede liarse con niños así nada más, es incómodo e
inapropiado».

>La mocosa se enderezó, tomó su juguete y caminó en línea recta hasta
donde yo me encontraba. Enseguida improvisé mi papel de anfitriona:
hola, pequeñita, le dije, extendiéndole una “Adorable” sonrisa, ¿Cómo
t<? No lo vi venir. No vi cuando el autobús hizo una curva en el aire y
se estrelló directo en mi frente. ¡PAF! De camino al piso tuve tiempo para
una nueva y absurda teoría, una que, muy a mi pesar, ha resultado
correcta: soy una víctima de los niños.
>Por alguna extraña razón, como si poseyera algo distinto a los demás,
como si fuera un juguete o una rica golosina, a ellos les resulto atrayente.
Me explico. Si de pronto nos reuniéramos varios adultos en una
habitación, sin seña o distinción alguna entre nosotros, vistiendo, riendo
y oliendo exactamente igual, clones idénticos, les aseguraría que al soltar
a un(a) niño(a) en ese mismo cuarto, éste(a), sin siquiera detenerse a
pensarlo, ignoraría al resto e iría tras de mí para hablarme, para jugar
conmigo y luego, sin piedad, hacerme papilla. Los niños al igual que los
adultos pueden ser muy crueles, te patean, te escupen, te estrangulan;
molestan al perro, rastrillan las cosas por el suelo, tiran piedras, bombas
de agua y traqui traqui; se mean, se cagan, se burlan de tu gordura, de tu
irremediable y fea vejez; y al final, para rematar, cortésmente te llaman
“señor(a)”<

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“¿Recuerdas cuando eras joven?
Brillabas como el sol.
¡Sigue brillando, diamante loco!”

Shine On You Crazy Diamond, Pink Floyd

El autobús azuuuuuuuuuul... nos llama / el autobús azuuuuuuuuuul...
nos llama / chofer, ¿a dónde nos llevas?
«Recorrer las calles de esta ciudad con la nariz pegada a la ventana
se ha convertido en un verdadero placer. Uno más para mi exigua lista.
Observar los autos, las aceras, los edificios; espiar a la gente riendo o
discutiendo, padres llevando a sus hijos a pasear; hojas cayendo de los
{rboles< ¿cuántas veces me habré enamorado en un autobús?
Seguramente un centenar».
Mientras avanzaban, la mujer volvió a experimentar aquella
recurrente sensación de alivio que siempre le invadía de vuelta a casa.
Sí, pronto estaría en casa, pronto culminaría otro día normal, otro
perfecto y despreciable día “normal”. La realidad, la triste realidad, era
que mañana retornaría al horario, a los víveres, a los cupones de
descuento; a su trabajo como cajera por turnos en un supermercado. A
sus treinta y tantos Adora era tan corriente y vulgar que daban ganas de
vomitar.

>Querido Doctor Basura, la gente se equivoca, la vida no es para nada
corta; la mía, de hecho, ha sido muy larga, continúa y continúa. Un

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auténtico inconveniente a mis planes originales. ¿Impune? ¡Jamás! Estoy
condenada, y mi castigo es vivir, y viviré muuucho.
>Ya he pasado antes por esto, en consecuencia me tomo las cosas con
calma, acepto los días tal y como llegan, disfruto del gusto adquirido de no
ser nadie. Floto por la vida cual fantasma, irreal, inexistente. ¿Que cómo
hago para vivir con este vacío? Supongo que simplemente me ha quedado
la mala costumbre de vivir. Me he ablandado, resignado, y es horrible.
Ojalá algún día en algún lado alguien se dé cuenta que esto ha sido un
grave error. La vida no es para mí, es para gente más adaptable, más
manejable, m{s< viva.
>Dudo mucho que haya algo de vida corriendo por estas venas. Odio.
¡Puro odio! ¡Estoy infestada de odio! Odio sudar, ensuciarme y herirme.
Odio comer, bañarme y vestirme. Odio la autoestima y las condolencias;
que me hablen cuando llevo mis audífonos puestos; que los médicos se
crean tan importantes por llevar una simple bata blanca y que la gente de
la National Geographic viaje por todo el mundo. Odio las risas
escandalosas, la gente descortés y los veintiocho de cada mes. Pero por
sobre todas las cosas odio cruzarme con las personas que conozco, con esas
que me abrazan y dicen: ánimo linda, hay que mirar hacia adelante. ¡Vaya
mierda! A esa gente optimista que siempre anda de buen humor deberían
darle con un martillo en la cabeza. Bueno, estoy exagerando, en verdad no
odio a nadie (aunque tampoco quiero a nadie). A juzgar por las caras que
tienen los demás la única que parece pasarla mal aquí soy yo. No sé vivir,
simplemente no sé vivir. No sé cuál es la vida que quiero o espero, pero no
es ésta. Tampoco tengo ánimos de hacerme una nueva, tengo mil cosas
que hacer, como dormir<
>Afrontémoslo, soy una cabeza dura. Soy egoísta, pesimista, insegura,
inmadura, holgazana, insensible, amargada, creída y frígida; una llaga
fastidiosa e inútil (no creo que exista un mejor adjetivo). ¿Cuestión de
talento? ¿Cuál es el propósito de tenerme aquí, a merced del calor, de la
chusma ineludible y de los dolores menstruales? ¿Soy acaso un recurso
vital para la especie humana? ¿Me extrañarían mucho si decidiera morir
hoy? Me enferma creer que sí.

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>Doctor, lo sé, no hago otra cosa que quejarme como un bebé, y no voy a
mentirle, jamás creceré. Si las niñas nos desarrollamos y maduramos
antes que los varones hoy la naturaleza decidió mostrar lo contrario: si
Rafa a los catorce ya estaba senil yo a mis veintisiete aún soy una mocosa.
¡Pero quién desea madurar! ¡Quién desea ser un ciudadano ejemplar!
¡Quién quiere un trabajo ingrato, vecinos molestos y un marido infiel!
¡Quién anhela quehaceres, responsabilidades, metas y éxito! ¡O esa sarta
de costumbres que con significación llamamos vida! Seguro que muchos...
¡Yo no! Yo no quiero realidad. No quiero tener más los pies en la tierra.
Quiero alucinar, volar... ¿Acaso los niños y los desequilibrados son los
únicos que sueñan con volar, con dar vueltas en un carrusel sideral?
¡Vamos, despeguemos! Todo el mundo en el fondo añora lo mismo:
revertir el tiempo y regresar a la infancia; jugar eternamente, no envejecer
jamás. ¡Ah! Sería tan divertido...

—¡Parada! —anunció el conductor.
El autobús volvió a dejar a Adora en el lugar habitual, a unas
cuadras de casa. Culminaba así otro día normal, otro perfecto y
despreciable día “normal”. Mañana retornaría al horario, a los víveres, a
los cupones de descuento; a la triste realidad de ser una cajera por
turnos en un supermercado. La jornada, como de costumbre, terminó
siendo una pesadilla. No obstante, algo la motivaba a sonreír, algo le
hacía sentir realmente bien.

>Bah, puede que a los catorce o a los diecisiete el retiro sonara un tanto
descabellado, pero mis ansias de autodestrucción continúan intactas. Si
hoy me diagnosticaran cáncer o sida no haría nada por salvarme, feliz me
dejaría morir. He aceptado mi problema y mi problema es respirar. A la
mayoría de seguro les tiene sin cuidado mis conflictos, y no los culpo, a
mí también me valen una mierda los suyos. ¡Váyanse a dormir! No espero
que alguien comprenda, solo que no me estorbe.

Cuando la mujer entró a la casa halló a su abuela sentada a la
mesa, lista para cenar. Ah, su abuela, Su alegre y despreocupada abuela,

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su antagonista, su lado B, su antítesis. Que feliz y tranquila se le ve ahí,
discutiendo sola frente a la TV. Cuando la manutención de sus padres
expiró (a causa de años de excesos y despilfarro) y el auto y las alhajas
debieron empeñarse, Adora tuvo que salir a trabajar. No lo hizo por ella,
no, eso jamás. Lo hizo por su abuela, su única familia, ¿su única amiga
por siempre? «¿Qué haré cuando enferme o caiga por las escaleras?
¿Quién la cuidará? ¿Quién olerá sus flatulencias?». Adora no la saludó,
comenzaba a dar las gracias y no era buena idea interrumpir. «Mi pobre
abuelita. Al menos nunca me colmó de consejos ni me alentó a hacer de
mi vida algo provechoso. Tal vez un día me toque cambiarle los
pañales».
En silencio atravesó la cocina y subió las escaleras hasta su cuarto.
—¡Llegas tarde! —protestó la anciana desde el comedor—.
Cámbiate rápido y lávate las manos, te serviré la cena de una vez. Hoy
es viernes.
Sí, era viernes. Nunca dejaba de recordarle que los viernes debía
limpiar los baños y sacar la basura; mientras ella, imperturbable, veía las
noticias en la cocina. A la nieta ya no le importunaba nada de aquello,
en serio, los años la habían instruido en el difícil arte de aparentar ser
feliz. Solo aparentar.
—¡Sí abuela! —contestó desde su puerta—. Enseguida bajo.
Y de inmediato trancó con doble seguro.

>¡Qué diablos! Este mundo ya gastó su tiempo intentando ayudarme.
Estoy enferma y soy lo bastante consciente para darme cuenta. Puede que
a simple vista luzca estable y saludable, incluso atractiva, pero no es más
que una ilusión. Esta piel que me cubre es solo un disfraz, oropel. Decirle
que me siento obstruida, anulada y aplastada está de más, Doctor.
Levantarme de la cama y salir a la calle me resulta una tarea imposible.
Fraternizar, tener algún tipo de amistad, es una carga insoportable que no
deseo. Cantar cumpleaños, regalar tarjetas de navidad, dar abrazos, hacer
favores. ¡No gracias, no funciono bajo tanta presión! Quiero soñar con un
mundo paralizado donde la única que se mueva sea yo. Quiero una
máquina del tiempo para volver a mi niñez. Quiero que me rapte

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nuevamente un extraterrestre. ¡Quiero, quiero, quiero! ¡Ah, quiero tantas
cosas!

Adora dejó la cartera, el paquete de pañales y el reproductor
portátil (de Hello Kitty) sobre la cama y se desvistió. Dobló su uniforme
con sumo cuidado y lo colgó en el armario. Aquél guardarropa, en
otrora amplio y escandaloso, finalmente había perdido batalla ante una
modesta y más convencional colección de faldas y camisas grises,
exquisitamente ordenada en una luctuosa degradación del blanco al
negro, de izquierda a derecha, completamente ausente de colores. Su
uniforme de cajera, de hecho, también era gris.
La mujer cerró las puertas del armario y giró para observar sus
dominios. Dio pasos en derredor, se movía en pantaletas, comodidad
absoluta. La apacible sonrisa en su rostro lo expresaba todo. Sentir el
cosquilleo de encontrarse nuevamente en su habitación era
reconfortante.
—¿Qué tal el día? —preguntó—. ¿Te has portado bien? Hoy he
tropezado con un viejo conocido. Uno que, quizás para lucirse entre los
piojosos, hacía sus compras en el mismo supermercado feo donde
trabajo. Más bien fue como una colisión: ¡PUM!: «Hola Profe, ¿cómo
está?», le saludé, pero el muy imbécil hizo como que no me reconoció.
Al no hallar en los anaqueles sus habituales productos importados se
acercó para pagar lo que llevaba, besó a su nueva (linda, joven y
seguramente más sofisticada y ambiciosa) novia y me insultó por no
devolverle su cambio a tiempo. ¡Cretino! Síp, puede que aún conserve
ese aire intelectual que un día me sedujo, pero hoy sé que solo es un
cobarde. El día que llevé una prueba de embarazo a su departamento se
meó en los pantalones. El test dio negativo, por supuesto, pero en
seguida me dijo: «debes irte Adora, te quiero mucho y todo eso,
pero<», y fue todo. Al final resultó que sí teníamos algo en común, lo
fácil que se nos da abandonar y dejar de querer. Bueno, la pasé bien.

Abajo, en la TV de la cocina, daban los titulares: «Plagas,
hambruna, terrorismo y xenofobia —el hombre en el noticiero no paraba

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de anunciar calamidades—; cambio climático, derrames petroleros,
recesión económica». La abuela alcanzó el control remoto y le subió al
volumen<

Adora arrastró los pies hasta la peinadora y le echó un vistazo
rencoroso al espejo: «Espejito, espejito, maldito espejito. ¿Por qué este
cuerpo me creció? ¿No hubo remedio? ¿Es este el fin de la niñez que
pronto nos llega? Dime espejito, ¿me veo horrorosa con el cabello azul?,
¿gorda, arrugada, varicosa? Vamos, ¿he llegado ya a la crisis de los
treinta? ¿Qué? ¿¿Qué?? Ya estoy sorda de tanto audífono».

TV: «Esta mañana el Papa ha declarado que el escándalo suscitado
en torno a los cientos de casos de sacerdotes pederastas alrededor del
mundo “no desacreditar{ al clero ni representar{ pecado alguno ante los
ojos del Señor”. Reiteramos estimados televidentes, “ningún PE-CA-
DO”<».

Adora, en lo más profundo de su ser, anhelaba conducir uno de
esos enormes camiones que recogen la basura, compactar toda su
mierda y desecharla muy lejos. No, ya la Muerte no seducía, ni el olor
de la lluvia, ni París, ni Jim Morrison. Allá afuera, entre los más de siete
mil millones de humanos, había un montón de gente como ella.
Personas que andaban por la vida sintiéndonos especiales, pensando
estúpidamente que eran excepcionales, únicas, pero no era así. Alguien
en ese momento, en alguna parte, también había comenzado a aborrecer
al prójimo; alguien también había decidido seguir durmiendo porque
descubrió que no valía la pena ir a trabajar; alguien prefirió un ménage à
trois a un fútil polvo con su pareja; alguien se perforó el ombligo y se
tatuó el trasero; alguien olvidó sacar la basura; alguien amó y odió;
alguien vivió y murió; alguien adoró a sus bandas favoritas y honró a
sus héroes literarios con un refinado y exitoso plagio, ella Incluida.
—¿Te conté que terminé de redactar mis memorias? —dijo—. Ya
les tengo título: “Maneras de malgastar la vida sin levantarse de la
cama”, un texto nada innovador pero comestible. ¡Ah! Sería regio poder

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publicarlo y convertirme en la heroína de algunos, tener groupies que
me adulen y obren en mi nombre, conceder entrevistas, hacer una
película, ser un ídolo, una mártir. ¿Soy ya una figura trágica? ¡Qué risa!
¿Qué hubiese sido de mí de no ser quien soy ahora? ¿Actriz porno?
¿Dentista como querían mis padres? ¿Ama de casa? Pienso que de haber
desarrollado más neuronas o, por el contrario, quemado algunas otras
durante el arduo proceso de intentar quitarme la vida, hoy sería normal,
normalita como todos.
En ese momento una vaharada de su exquisita fragancia la
capturó.
—Oh, discúlpame —exclamó apenada y volvió sobre sus pasos
hasta la cama—. ¿Qué ha sido de mi cortesía? Permíteme ayudarte.
Se arrodilló ante la cama y metió sus brazos por debajo hasta casi
alcanzar el otro extremo; luego, con un leve esfuerzo, extrajo de su
interior aquello que celosamente ocultaba bajo las sábanas.

TV: «En otras noticias, la policía continúa en la búsqueda de la
pequeña estudiante desaparecida hace una semana. A pesar del
centenar de agentes y de los muchos vecinos que se han sumado a las
labores de rastreo, aún se desconoce el paradero de la menor<».

—Hola, pequeña —saludó Adora, y le obsequió una “Adorable”
sonrisa a la joven de uniforme que, atada y amordazada, aguardaba ante
sus pies.
«Rafa, mi bienquerido Rafa, mi único amor. ¿Tenías que saberlo
todo, verdad? ¿Tenías que ser un maldito sabiondo, verdad? Cuando
fuiste apartado de la compañía de los chicos y obligado a renunciar a tu
propia niñez, ya lo sabías. Tu prematura vejez no te amedrentó, te
exhortó a luchar por tu infancia, a arrebatársela a otros. Siempre lo
supiste, siempre fuiste el más listo de la clase. Y es que la respuesta salta
a la vista, entre niños no se distingue la maldad. ¿Perversión? ¿Bajos
instintos? ¡Nah! Es solo un juego, no es el fin del mundo».

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Camisa beige, falda, medias, zapatos escolares... Para la mujer
aquella era una visión nostálgica, entrañable, envidiable. ¿Estaba
extraviada? No, claro que no, Adora siempre supo dónde encontrarla.
Con esfuerzo la niña reptó por entre las sábanas y sacó la cabeza
para mirar a su captora. Se estremeció al reconocerla. Sí, conocía a
aquella mujer, la había sorprendido tantas veces en el autobús,
espi{ndola y eludiendo su mirada que<
—Síp —afirmó Adora—. Mejor que te enteres, soy un monstruo.
Déjame alimentarme de ti, de tu inocencia y juventud. ¿Te hablé ya de
mi demencia? Déjame mostrarte esta noche cuál es mi juego favorito;
déjame mostrarte esta noche cómo<
—¡Adora! —gritó su abuela desde el primer piso—. ¡La cena se
enfría, cariño!
—¡VOOOY!

>Entonces Doctor, ¿la vida es basura? Huh, al menos fue entretenida.
Quizás lo siga siendo. ¿¿Quizás?? ¡Indecisiones! ¡Contradicciones!
¿Creyente reticente? Síp, puede que hoy tenga un poco de buenas
intenciones, algo de vibra y aura positiva. He pensado incluso en
buscarme un lindo chico japonés, uno que me cuide, me quiera y que no
haga demasiadas preguntas; vivir con él en una modesta casita de cerca
blanca, chimenea y un jardín de begonias; retirarme al campo, al mar,
irme muy lejos, a Jamaica o Bangladesh. Cuando una está lejos, en otro
lugar, puede convertirse en otra persona, hablar diferente, usar ropa
distinta; realizar cosas que nunca creyó hacer: pintar, surfear, escribir
memorias< ¿Cómo sería volverme una hippie o una gitana? Rodar de un
sitio a otro y mendigar, vestir faldas frescas y bailar, hacer malabares para
la gente que pasa, echarme en un campo de fresas, confeccionarme una
corona de flores y fumar yerba todo el día. Gozar de las cosas más
sencillas, las más bellas: aire puro, lluvias apacibles, verdor, gente
pintoresca, platos típicos, calles empedradas, qué se yo.
>Mmm, me gustaría viajar nuevamente con mis padres, mirar por la
ventana del auto y disfrutar de la felicidad que me brinda el paisaje.
Envidiar todo aquello que hay ahí afuera: libélulas, colibríes, niños con la

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piel arrugada de tanto nadar, viejos que se arrancan pellejos secos de abajo
de los pies por tanto andar en la tierra< ¿Redención personal? Siempre
adoré la cálida paz que me transmite un buen paseo final, la melodía en
los oídos, el cosquilleo en las sienes, los pelos erizados, el latir del corazón.
¡Claro que tengo corazón! Me duelen los niños de la calle y la matanza de
focas bebés. Quiero energía limpia, la cura del cáncer y que reviva John
Lennon, todo el paquete de la maldita paz mundial. Quiero, quiero,
quiero. ¡Ah! Quiero tantas cosas.

En espera de una pronta respuesta.
Suya, Adora.

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Respuesta Basura:

Querida Adora, que inesperada pero que grata ha sido tu carta. He
sonreído con cada línea. En verdad gracias por escribir, eres tan
bella.
En estos días donde todo ha sido estudiado, donde el oficio se ha
convertido en algo tedioso y vacío, mismos pacientes, mismos
problemas; ansiedad, stress, fobias, drogas; mismos métodos,
mismo bla bla bla: «tómese dos de éstas y nos vemos la próxima
semana»; tus palabras han vuelto a conmoverme, a llenarme de
esperanzas. Tus emociones respecto a la vida me enorgullecen, me
siento tan maravillado que hasta puedo reflejarme en ellas. En
verdad te felicito, has sabido recrear el auténtico sentir de un
mundo que te destruye.
Antes que nada quiero disculparme por el retraso de mi respuesta,
suelo estudiar muy a fondo cada carta antes de escoger el
tratamiento adecuado. Pero descuida, el Doctor Basura siempre
elije lo mejor para sus pacientes. A ver, dime, ¿hay algo en este
mundo que aún no odies? Creo que no tienes muy claro el
concepto de crecer, pequeña. ¿Aún te hurgas la nariz?, ¿aún mojas
la cama? El tiempo de los pañales sucios ha terminado para ti. Ya
eres una mujer. ¡Una adulta! No no no, no intento persuadirte de
nada, sé bien que feliz te arrojarías a un volcán. Y es que estoy
plenamente convencido de que muerta lograrás vivir mejor. ¿Pero
sabes qué más? ¡La vida no es para siempre! Algún día morirás,
claro, pero todavía no. El día que te sientas a gusto en la vida, ese
día, estoy seguro, la Muerte vendrá a buscarte y todo, todiiito,
estará mejor. No te impacientes, querida mía, su encuentro es ya
inminente. Así que pues, vive y déjate morir.
¿Preguntas cómo ser parte del mundo? ¡Ah, la angustia
adolescente! Los chicos siempre creen saberlo todo pero nunca
saben nada. “Respira, respira. Lugar feliz, lugar feliz”. Es cierto, la
intención paradójica es un ejercicio inútil y sin sentido, pero en

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vista de tus infructuosos intentos y de la persistencia de la vida en
retenerte, ¿qué más da lo que te diga? ¿Ya probaste las hierbas
curativas, las infusiones, los ungüentos? Hija, no esperes grandes
resultados.
¿Preguntas qué hacer cuando el villano es un niño? Los talentos y
aptitudes de esta juventud resultan difíciles de explicar. La
mayoría no son pretensiosos, solo desconfiados y selectivos.
Quizás por su aparente timidez y hermetismo suelen pasar por
chicos ingenuos e inseguros, pero no hay que dejarse engañar,
detrás de esa cándida fachada se esconden personas sumamente
astutas. Es una pena que los padres nunca puedan apreciar el
verdadero potencial de sus hijos.
Bueno, ya me harté de escribir. No queda más que agradecer otra
vez tu misiva, Adora. Ojalá este sea el comienzo de una larga y
bonita relación entre los dos. Ahora, contéstame algo: ¿Qué llevas
puesto?, ¿vas bien abrigada? No quiero que pesques un resfrío,
tesoro, soy tu médico y me preocupo. Convendría concertar una
consulta a domicilio, creo que resultaría muy interesante poder ser
testigo de tu paulatino desquiciamiento... ¿Ya pediste algo para
estas navidades? ¿Te gustan los azotes?, ¿las ratas de mascotas?
Por cierto, lamento lo de tu novio muerto, debes saber que los que
sufren de “Casandra” son incapaces de cambiar su propio destino,
una lástima chica. Espero halles pronto un reemplazo. No hay que
reprimir esos deseos. Armarse de valor y plantearse algo “loco”
mientras se pueda no hace ningún daño. La vida de por sí es ya
bastante pecaminosa. ¡Ánimo! Al fin y al cabo, como dicen por allí,
solo se vive una vez. Mándame algunas fotos tuyas, ¿vale? Le
envío un fuerte abrazo a tu abuela.

Con afecto, tu amigo, DB.

>Pd: ¿Quieres ser sepultada en París? Chérie, todo el mundo quiere lo
mismo. ¡C'est la vie!

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Al jugar al paciente en mi mente no existe pared
que divida los niveles entre el caos y el orden.

Esto es diversión, ¿o no sientes lo mismo?
Te voy a imaginar como estrella de mar
tirados en el suelo.

Podemos despegar y dormir en el viaje,
pero al despertar sudaré la sangre<
la sangre de estar en trance.

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A Teresa, Luisa, Carmen Teresa y Carmen Luisa;

a Yegli, por tu apoyo incondicional, paciencia y amor;

a la familia Borregales; a la familia Díaz; a mis dem{s parientes<

GRACIAS.

A mis conocidos, compañeros y amigos;
a los que no puedo eliminar;
y a todos aquellos que no volveré a ver jam{s<

GRACIAS.

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En ningún momento esta obra ha buscado ofender
a la población padeciente de Progeria (HGPS).

La Vida es Basura contiene material de:
Habla y suicídate con el Dr. Basura (Y’puntos, 2000 / C{tedra de papel, 2010);
Como una rata (Cubíle, 2009); del poemario Cadáver (Hábitos, 2007);
de los poemas Monstruo (Madriguera, 2007), Pirómanos
(A través de las palabras, 2010); y demás material del autor.

Trance (interludio) escrito durante su “estadía” en Mérida, 2005.

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El flautista de Hamelín, de Jacob y Wilhelm Grimm / de Robert Browning.

Ernst Lanzer, “El hombre de las ratas” (1878-1918), célebre caso de Sigmund Freud.

Pulsión de Muerte: concepto Freudiano,
expuesto en su obra Más allá del principio del placer (1920)

Jack Kevorkian, “Doctor Muerte” (1928-2011), defensor del suicidio asistido.

Natsumi Tsuji, “Nevada Tan”, niña asesina de Japón.

“Oh, creo que me huele a rata / creo que huelo una rata”.
I Think I Smell a Rat (The White Stripes)
White Blood Cells, 2001

“El autobús azuuuuuuuuuul... nos llama /
el autobús azuuuuuuuuuul... nos llama /
chofer, ¿a dónde nos llevas?”.
The End (The Doors)
The Doors, 1967

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ESTE LIBRO SE TERMINÓ DE IMPRIMIR
EN EL MES DE JULIO DE DOS MIL ONCE
EN LA CIUDAD DE SANTA ANA DE CORO
FALCÓN - VENEZUELA
SE IMPRIMIERON 500 EJEMPLARES

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