UN AÑO CHECO

por José Daniel Espejo

PLANETARIO El viernes por la tarde, como suele, Olga pone este estado en Facebook: Por favor no. Que no se lo den a él. Pedidme a cambio lo que queráis.Parece el típico mensaje hierático pasivo-agresivo pero es algo más. Es una narración. Jesús y yo, que ya la conocemos, le echamos una mano si vemos que nadie entra al trapo, y vamos tirando del hilo. Olga va proponiendo su narración en el desierto que es FB un fin de semana de julio, la gente comenta a unas horas inverosímiles, tipo cuatro de la tarde o seis de la mañana. Gracias a quienes quieren saber más (y a los amables amigos-gancho), descubrimos: que él es el ex de Olga, aspirante a actor y provisto de tabletas de chocolate y v, gracias a todo lo cual ha pasado el primer corte en un casting para una serie que proyecta la Factoría de Ficción. Los terrores que siente Olga ante la posibilidad de ver a Mario por la tele. La partida de Felicidad que juega con él, a cierta distancia, desde que dejaron de estar juntos. Las noticias que le llegan (pero no sabemos cómo ni por qué le llegan estas noticias) sobre las personas con que Fernando se acuesta todo el tiempo. Luego, un interludio intimista: el tacto de las sábanas buenas de la cama de Fernando, en combinación con la piel levemente húmeda de la espalda del tipo y la brisa que aterriza sobre ambos desde el ventilador de techo. ¿Pero quiénes son esosambos? ¿Olga y él? ¿O una de esas múltiples amantes y él? Viajes astrales. Luego, un poco de sexo, desde los 110 comentarios hasta los 165. Aquí hay mucha broza: las aportaciones salaces de alguno de los 760 amigos de Olga. Luego una parte que roza la pornografía emocional, que repele a muchos comentaristas externos, donde nuestra amiga confiesa lo venenoso de tener treinta y dos años, no trabajar, vivir en casa de los padres, beber, drogarse, vestirse, asistir a festivales e ir de viaje a costa de ellos y tener que digerir el éxito de Fernando, el único novio, etcétera etcétera. La cosa se pone aburrida porque los comentarios son muy

largos (hay que ver más) y nadie los enlaza preguntando nada. El último movimiento de la historia está recorrido por el género negro: Olga ejerciendo de pobre víctima en busca de justicia, o de mujer fatal, o de las dos cosas al mismo tiempo, y ofreciendo todo tipo de retribuciones: pasta, un coche, sexo, etcétera a quien pueda evitar que le den el papel a su ex, siempre que le cuente antes el plan completo. La gente vuelve a participar, en ocasiones hasta con cierta genialidad, la historia recupera su tono jocoso y qué parte de verdad hay en todo esto y tal y cual. Comentarios finales: Eres la hostia, nena, K bueno tronka, ya t vale XD, pero esto va en serio jajajajaj y como se entere Fernando te vas a reír menos japuta. Jesús y yo aplaudimos al llegar a este punto. Es un decir, lo de que aplaudimos. Digamos que nos quitamos el sombrero, también un decir. Nos gusta mucho de Olga que, como no es un novelista español cuarentón, no se introduce como personaje en sus historias a una distancia medida y exacta de la realidad. La Olga de Facebook (Fille Gaga) va y viene de la ficción con movimientos parecidos al vuelo de las moscas. A nosotros nos gusta pensar en su técnica como la de una actriz. Una actriz que no actúa, sino que escribe lo que siente. Y que además no sigue un guión, sino que improvisa. En la actuaciónnarración de este fin de semana pasado, era imposible no ver en todo momento el jeto de Fernando asomando por Tele5, sin camiseta. Un nueve sobre diez, la verdad. Plas plas plas. Me gusta. El domingo a última hora vemos que a Fernando Lacouture también le gusta. Pero por desgracia no nos puede gustar que a Fernando le guste. Una laguna, Zuckerberg, maldito seas.

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Otra actividad reseñable de mis amigos en las redes sociales estos

días: el sábado, bien de madrugada, Jesús tuitea lo siguiente: Morirte y ver a dios y pedirle por favor dios, devuélveme al menos el tiempo que he perdido en Twitter. La cara de dios en ese momento. Unas horas más tarde alguien contesta @jesusperonoese menos mal que dios no existe porque menudo palo jeje. Seguramente es el momento más intenso de todo el fin de semana de Jesús aquél en que contesta @PeterMinal ¿Por qué crees que el hecho de que dios no exista hace más soportable esta mediocridad? Y así siempre. Jesús tiene (conserva) unos 40 seguidores en Twitter, pero sigue a más de dos mil personas. En Facebook también tiene unos cuarenta amigos, pero los ha bloqueado de su página principal y por tanto no le llegan noticias de ellos (de nosotros). En cambio, le ha dado al Me gusta de miles de empresas, de modo que cuando abre la página ve cosas como que Central Lechera Asturiana ya tiene 50.000 me gustas! o que Ikea celebra los Miércoles del Colchón. Luego entra a comentar los acontecimientos, en términos similares a lo que le hizo a su amigo Pedro tras el chiste de dios. Entonces, los administradores de las páginas lo bloquean, cosa que él festeja como si fuera una victoria a través de Twitter. También tiene cuentas de Formspring, Foursquare, Tuenti, LinkedIn y StumbleUpon, y en todas hace experimentos de este tipo. A continuación, pone rumbo diligentemente a RedTube o 4chan o sitios así.

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Las Miralles no comparten nada en todo el fin de semana, y Paulo tampoco. Para los tres que sí estamos mirando esta pantalla, eso es una invitación clara a imaginarlos. A imaginarlos follando, divirtiéndose, corriendo por prados llenos de amapolas o subiendo a trenes humeantes, en Europa del Este. Es una provocación, y

maquinamos venganzas. Pero son venganzas muy sutiles y benignas y serán ejecutadas íntegramente en la red, así que no habrá problema. Seguiremos siendo F*R*I*E*N*D*S. ¿Y yo? ¿Qué he hecho yo este fin de semana? Mi madre se ha ido a la playa a casa de tía Magda, así que he estado planeando hacer una fiesta en el piso vacío, luego he hecho un maratón de Futurama en la nueva tele de PLASMA, luego he jugado con la idea de llamar a las Miralles, luego me he fumado un puro de una boda de diciembre de 2003 que había por casa, luego he intentado adelantar trabajo durante dieciocho minutos, luego FB, luego kebab, luego Reddit, luego RedTube, luego más FB. Tengo treinta y tres años.

AMBIGÚ Todos debemos de tener un motivo más o menos secreto para pertenecer a este grupo que llamamos F*R*I*E*N*D*S, porque el motivo público no parece suficiente. Por hacer una metáfora fácil: la materia observable no es suficiente para explicar la aceleración de las galaxias, lo cual lleva a los científicos a postular la existencia de una materia oscura a la que se podría atribuir hasta el 80% de la masa del universo. Pido perdón por hacer metáforas con asuntos astrocuánticos a estas alturas, pero mi materia oscura son las Miralles. Oh, las Miralles. Tal vez yo sea la materia oscura de Paulo, o el horror vacui la de Olgaga. La de ellas no es de este mundo. Tampoco ellas, Almudena y Patricia, que viven juntas en un apartamento con una sola habitación y dos camas estrechas y contiguas. Que trabajan los fines de semana en una pollería ecológica donde los pollos valen doce euros y pesan setecientos gramos, y se asan dos metros detrás de ellas en una pira de leña de almendro, sin que esto las haga sudar en ningún momento. Que usan cintas para el pelo iguales, pero de distinto color. Que son atravesadas sin inmutarse por las conversaciones sobre sexo como (je, je) la radiación de fondo del universo atraviesa exoplanetas sin vida. Que rehúyen el contacto físico con discreción y eficacia, como quien padece una alergia que no sería educado confesar. Que se hacen fotos en prados, en playas, en lagos, con la misma sonrisa y la misma ausencia absoluta de explicaciones. Las rubias, las pálidas, las transparentes gemelas Miralles. Cocinan y fotografían sus platos y los cuelgan en Facebook. Estudian arquitectura medieval y alimentación macrobiótica, música amerindia, psicoanálisis y Jung. Luego se hacen un batido de pepino, yogur, frutas del bosque y alhábega. Y yo le doy al me gusta. A veces añado: Oh diosas blancas, metedme esa pajita por la oreja, bebedme a mí también. Pero ya sé que no van a contestar. Exactamente seis horas después, cuando vuelven a

conectarse, les gusta mi comentario, y a continuación la Antártida. Pero no me entendáis mal. Para mí la Antártida no es un topónimo tan negativo. Tiene su cosa, también, la Antártida. Porque me recuerda a las Miralles.

LIBRO DE LAS CASAS MAYORES Y MENORES Nos gusta mucho hablar de nuestros nombres, de nuestro color de pelo y de nuestros signos del zodíaco. No tenemos mucha idea de nada de todo eso, pero hemos descubierto que con voluntad y verborrea se puede salir con bien de cualquier situación, y en ésta el único objetivo es alargar la conversación. Cosa fácil, porque aunque uno no sea astrólogo ni sepa absolutamente nada de horóscopos, el tema eres tú, y ninguno te interesa más. Las Miralles, por ejemplo, son Aries. Hablamos de la Sierra de Cazorla, donde viven los muflones, los arruís y todo tipo de cabras parecidas a la representación de ese signo. Hablamos de los ríos de montaña y de la ausencia de arbustos como si eso formase parte de la personalidad extraterrestre de las gemelas. De líquenes, de salamandras albinas y ciegas. Luego hablamos del deshielo, de los excursionistas, del teleférico de Tierra Quemada. Todo puede ser y es una metáfora y así debe entenderse. Tratamos de descifrar cuanto acabamos de decir, en voz alta. Las Miralles también interpretan, pero para sus adentros que en ocasiones así son comunes, como si compartieran un discurso interior, y de ahí las cavernas inundadas, las salamandras que pasan de lado a lado de la montaña. Aries. El carnero celeste. La ascesis omnipotente y diabólica, el ramoneo místico, Pan. Luego Almudena dice ay, no, que no somos Aries, nena, que somos Escorpio, que me he equivocado. No, sois Virgo, como todas las zorras, aporta Olgaga. No. Son Aries. O sea, Aires. También pasamos mucho tiempo hablando de los nombres. Nos gusta mucho el de Jesús, Jesús. Mucho. Porque el pibe es el antimesías y habla en unos términos de su actividad en internet que a uno le hacen pensar en una religión minoritaria. Muy minoritaria: una religión individual, una secta personal que desaparecería si se le añadiese un miembro. O tal vez con que alguien se asomase a mirar

un poco de cerca, ya desaparecería. Pero qué decir del fervor, el mucho fervor con que Jesús administra una identidad de Twitter que se llama @lanada y con la que se dedica a poner mensajes crípticos a personas que no saben que se trata de él, y que a veces se asustan. Es que el concepto de que la nada escriba ya asusta un poco, Jesús, my friend. Y un nombre que no nos gusta nada es el de Paulo, una decisión suya, porque en realidad se llama Pablo. Es un nombre artístico, bien de kitsch y tal. Pero en el fondo lo que no nos gusta es la determinación. Otra veces le vemos al asunto un leve matiz ingenuo, o ridículo, y entonces nos gusta. Nos gusta, Paulo. Todo esto lo argumentamos profusamente, pero un día que Paulo estaba bastante cabreado, cosa que suele ocurrir y que siempre que ocurre conlleva declaraciones desaforadas por su parte, porque no se muerde la lengua, nos dijo qué bien habláis de todo. Bueno, de todo no. Del horóscopo, del pueblo de cada cual, del nombre. Si en vez de gastar tanta saliva en hablar de cosas en las que no tenemos la menor responsabilidad decidiéseis investigar un poco sobre los motivos por los que estamos como estamos, igual llegábamos a alguna conclusión. Y nos quedamos callados. Otros ejemplos de salidas de tono de Paulo: la vez en que nos metíamos con Olga García (Fille Gaga) por no haber encontrado ni un mísero curro de fin de semana en más de cuatro años. Y qué. Y qué, gilipollas. ¿La diferencia entre alguien válido y alguien inútil es tener un puto trabajo de mierda? ¿Esa tía con el uniforme amarillo que reparte propaganda de Fun&Sex&Cruceros es un espécimen productivo de Homo Sapiens Sapiens? ¿Con la ética del trabajo me venís a estas alturas de la película? Sois más fáciles de engañar que un ratón de laboratorio. ¿En qué beneficia al planeta la peña del telemarketing? A ver, decídmelo vosotras, las polleras. O tú, el machaca de los ordenadores a tiempo parcial, que te dedicas a buscar fotos de gente desnuda en todos los discos duros que pasan

por tus manos. O tú, el traductor de instrucciones de aparatitos chinos. ¿Os ganáis el pan con el sudor de vuestra frente? Más silencio, desde luego. Pero es un silencio satisfecho, lleno por fin de significado. A mí me recuerda a cuando vas por la calle y te pierdes, y de manera refleja apagas la música para reorientarte, y entonces te reorientas. Pero esto no se lo voy a decir a Paulo, porque en ocasiones puede ser un grandísimo gilipollas, y además quién se cree, ¿eh? Que desde que entró de camarero en ese restaurante de lujo nos mira a todos por encima del hombro, y no deja de recordarnos eso de la media jornada en que trabajamos los demás, todo el rato. ¿Y yo? Yo soy Sagitario, me llamo J., nací en un pueblo llamado Orihuela, traduzco hojas de instrucciones de aparatos baratos chinos para un importador, y cuando estoy con los amigos o la familia suelo insistir en hacer yo las fotos, para no salir. Tengo treinta y tres años pero eso ya lo he dicho. Miento mucho sobre mí mismo, como todo aquél que cuenta una historia en la que no puede dejar de aparecer. Entre el narrador omnisciente y el narrador omnimentiroso, elijo lo segundo.

INSTITUCIÓN

Otra historia de Olgaga de fin de semana: Mamá ya lleva un año en su satélite. Te mando un beso, mamá. Y vuelve pronto. A la media hora ya estamos Jesús y yo enganchados a la narración, enfocándola y moldeándola con nuestras inocentes preguntas, o placando a comentaristas cenutrios, etcétera. El relato arranca con la madre de Olgaga recluida en una institución mental, con un cuadro de esquizofrenia tan crítico que ni siquiera puede recibir visitas de su familia. El padre incluso recibe a amantes en casa y se las presenta a la hija. A partir de ahí asistimos a una narración hacia atrás en el tiempo, se nos dan detalles del internamiento, del diagnóstico, de la fase de caos en que se manifestó la enfermedad. Entonces empieza la parte central de la historia. La madre cumple los cincuenta en medio del desasosiego. Empieza a creer que los consejos que le da su psicóloga, que suele recomendarle pactar con el marido determinados acuerdos para solucionar conflictos de pareja, no son limpios. Es decir, que empieza a ver la mano del marido en las charlas que recibe de su terapeuta. Sospecha de ambos también en un plano sexual: la psicóloga usa una sofisticada bisutería y la mujer cree que se trata de regalos que le hace el marido. Una semana en que el hombre está de viaje de trabajo la psicóloga le cancela una cita: es la prueba definitiva, entiende ella. No puede quitarse el asunto de la cabeza, ni comer, ni apenas dormir. La terapia de pareja, más bien convencional y mecánica, que trabaja con la psicóloga se convierte de golpe en una estrategia de manipulación dictada por su marido con el fin de neutralizarla: buscad tiempo para vosotros. Al menos una vez al mes

cancelad todo, enviad a vuestra hija por ahí y dedicaos una noche. Arréglate. Compra algo de lencería bonita y póntela. Id al cine o al teatro, a cenar y a tomar una copa. Y ella entiende: Quiero que el objetivo de tu vida sea la noche al mes que vamos a pasar juntos, que te olvides de mí el resto del tiempo, que lo pases organizando la salida: eligiendo el espectáculo, comprando las entradas, probándote ligueros, reservando restaurante. Durante estas semanas, la psicóloga la nota agitada y le recomienda que vaya al médico de cabecera y le pida que le recete Lexatín. La mujer lo hace, pero no toma las píldoras. Las pica y se las añade a un cous-cous con níscalos y cordero lechal que cocina una noche. ¿Te ha recomendado la psicóloga que empieces a cocinar para nosotros?, le pregunta el marido, confirmando inconscientemente todos los demonios del universo. Para la madre de Olgaga comienza una época de montaña rusa emocional y perceptiva. Contesta con frases enigmáticas a todo lo que se le dice. Empieza a pedirle el dni a todo el mundo. El padre se preocupa, pero con pereza. En un momento dado, la mujer amenaza con dejar de ir a la psicóloga para ver la reacción de él. Él no reacciona demasiado. Ella lanza su ultimátum: seguiré yendo a ver a Rosa (por fín, el nombre de la chica) si tú empiezas a ver a un psicólogo también. El hombre no sabe qué hacer. Al final, cede con vaguedades, pensando que podrá escurrir el bulto más adelante, o que la cosa no es más que la penúltima locura (sí: locura) de su esposa. Pero ha cometido un error: cuando, tres días más tarde, su mujer le comunica que tiene una cita con un especialista el lunes siguiente, ya no puede echarse atrás. Y va. Lo que él no sabe es que su psicólogo no es psicólogo. Es un aspirante a actor y estudiante de Psicología sospechosamente parecido en la descripción (ay, Olguita) a Fernando Lacouture. La

madre lo ha contratado para hacerse pasar por un terapeuta, y sobre todo para tratar de programar al marido y extraer de él información. Fernando se mete en el papel. Se reúne con la madre de Olga todos los viernes para informar de la sesión del lunes y preparar la de la semana siguiente. Tienen discusiones terribles, porque ella quiere ir muy rápido en su plan de manipulación y control, y Fernando trata de mantener la verosimilitud. ¿Quién te paga?, suele gritar la señora, sospechando también del joven actor. Al final, F. cede, porque cobra bien, muy bien, y puede comprar farlopa buena, muy buena. El marido, atónito, confiesa infidelidades, visitas rutinarias a casas de putas, haberse enamorado de la secretaria de un cliente, de una veterinaria, de la apoderada de La Caixa que suele visitar, y desvela la rica vida paralela a su mujer que lleva con todo tipo de amigos y mujeres, vida que incluye fines de semana en capitales europeas, y hasta escapadas al Caribe. Fernando, en plena crisis de fé, debe recomendarle volver a la calidez de su vida matrimonial, cosa que su víctima recibe con recelo, como cuando uno es abordado por una pareja de testigos de Jehová o algo así. A estas alturas ya son casi las cinco de la mañana del domingo y es evidente que Olga no puede más, pero que no quiere dejar la historia colgada hasta el fin de semana siguiente. Nunca lo hace. Jesús le pone el final en bandeja, y nuestra amiga remata: una noche, el padre de Fille Gaga enciende la tele. Su vida se derrumba a su alrededor, su mujer es un elemento extraño que acumula suplementos semanales en la habitación de matrimonio y le pide el dni hasta al frutero antes de comprarle un kilo de mandarinas, su hija parece haberse enterado de su historial de infidelidades y le hace el vacío. Entonces empieza una nueva serie en Tele5 y ahí está, sin camiseta, con unas pastillas de chocolate y una V bien definidas, el hijo de puta de su psicólogo, haciendo de poli cachas. Todo estalla. En dos semanas, la madre de O. está ingresada en la planta de

psiquiatría de un hospital general, con las visitas restringidas. Sobre Fernando Lacouture pesa una denuncia muy seria, pero él se atiene a una estrategia de tu palabra contra la mía y no existe prueba alguna contra él, porque el piso en que pasaba consulta había sido alquilado por la madre de Olga y ningún vecino lo ha identificado. El marido, en el fondo, prefiere a su mujer encerrada en una institución si la opción es verla frente a él en un largo y salvaje proceso de divorcio. Tal vez retire la denuncia. Seguramente la niña le retiraría la palabra para siempre si no lo hiciera. Oh, qué haríamos sin ti, pequeña Olga García, narradora doliente, que tejes tus relatos con las hebras de la angustia. Qué haríamos sin ficción, oh materia de que está hecha nuestra vida. Sin Facebook, proveedor celestial y gratuito de ambas cosas. Y Jesús diría: si el servicio es gratis, es que el producto eres tú. Y nosotros nos callaríamos. Y nos iríamos a la cama.

DÍGITO

La fecha que los historiadores fijarán como el inicio de esta bonita relación que llamamos F*R*I*E*N*D*S es la del quince de mayo de 2011. Fue la primera vez que coincidimos los seis, en una manifestación. Yo había quedado con Jesús por un lado, y Olgagá con las Miralles, por otro. Nos vimos al principio de la marcha y simplemente seguimos caminando juntos y charlando. Nada más cruzar el puente, Paulo se nos unió. Llegó huyendo de una pandilla en la que figuraba un ex-amante, y pronunció una frase muy comentada desde entonces: Hombre, pero si son mis compis de Turismo. Compañeros, acabo de enamorarme de todos vosotros. Olgagá venía hablando con Jesús de parafilias en ese momento, y Paulo se internó con naturalidad en esa conversación. Tenía mucho que aportar. Empezó hablando de osos. Después nos descubrió la existencia de cebadores, es decir, gente que ceba a su pareja para que parezca más y más un oso. Luego hablamos de la mejor dieta de engorde posible, una que ensanche pero que no deje demasiado fofo, etcétera. Paulo les lanzaba preguntas a las Miralles y nosotros lo mirábamos con cara de ahora vienes tú, cuando nosotros ya lo hemos intentado todo. Las Miralles sonreían con unos dientes tan blancos como un ramo de jacintos. Se reían y eran las trompetas de dios las que se reían. Paulo preguntaba os gusta la carne peluda y era como si se lo estuviera preguntando a Guillermo de Occam, o a un saco de boxeo, que para el caso es lo mismo. Parecía que iba a llover, pero no. Hacía una noche muy hermosa. Jesús insiste en que sí, en que ya aquella primera noche alguien dijo algo de montar un proyecto entre todos, pero a mí me parece que no, que con las parafilias y las risas y lo contentos que estábamos de

andar juntos no hubo tiempo para nada tan prosaico como eso. Al dispersarse la manifestación nos fuimos de cañas. Hacía casi un año que habíamos terminado Turismo pero ninguno de nosotros trabajaba en nada relacionado con eso, ni siquiera -todavía- Paulo. Tuvimos que hacer bote para poder sentarnos en la terraza más barata de la ciudad, y tuvimos suerte de encontrar mesa porque la mayoría de los manifestantes competían con nosotros. En especial tuve suerte yo, que me senté entre las Miralles. También empezó ahí mi enamoramiento hacia las gemelas. Es decir, que empecé a llamar enamoramiento a esa fascinación esclerotizante, a ese no poder hablar con normalidad, no coger el móvil, no ir a ninguna parte si ellas estaban aún presentes, a esa sed óptica con que trataba de bebérmelas. Cuando se publique nuestra hagiografía, un superventas del mismo género literario que los del mangurrián que dirigía Apple , todas estas estupideces que ahora no importan una mierda serán relevantes por la gracia de Jobs. Todos estudiarán las dinámicas internas de los míticos F*R*I*E*N*D*S, creadores del Proyecto que revolucionó el Turismo Internacional, y aprenderán. O al menos eso nos gusta imaginar en nuestras largas conversaciones digitales. Digital, de digitum, dedo. Con el que tocamos esta fantasía. Y también entre nosotros, de madrugada.

PIJUS MAGNIFICUS

A las conversaciones sobre moda asistimos con perplejidad y espíritu lúdico, así a partes iguales. Olgagá es muy de vintage, signifique tal cosa lo que signifique, y Paulo suele utilizar la palabra look. También suele ironizar sobre la incapacidad de los hombres hetero de pronunciar esa palabra, y entonces es divertido imaginar la cara que estará poniendo Jesús, con su pinta de informático friqui, en camiseta de tirantes frente al ordenador y poniendo morritos para decirla. Las Miralles también participan, pero no se les entiende nada, porque hablan de texturas, vuelos, caídas, pesos y actrices italianas. ¿De verdad programan con esa minuciosidad su aspecto? Jesús dice lo que dice siempre: que odia, odia, odia las camisetas con dibujos y/o frases, pero su comentario cae en saco roto, porque ya los miembros más modernos (es decir: a la moda) del grupo están lanzados con sus tiendas favoritas y expresando su espanto por Bershka, H&M y Stradivarius, que con tono salaz rebautizan como Freska, Horror & Muerte y Extraputarius, su fidelidad condescendiente hacia Zara y su amor por Topshop y Uniqlo. Trato de contribuir. Me armo de valor y digo: pues yo voy a confesar una cosa: las camisetas negras que siempre llevo las saco del Primark a dos euros la unidad, aunque no os lo creáis, y Paulo me fulmina con uncariño, siempre lo hemos sabido, pero no te preocupes, todo está bien, saldrás de ésta. Me río. Por un momento todo se llena de jajajajaj y de XD y de LOL ubicuos. Jesús aprovecha el impasse para tratar de llevar la conversación al terreno del (anti)consumismo, y pregunta insistentemente a los fashion victims cuánta ropa compran al mes y cuánto se gastan. Precisamente tenía que preguntar esto él, que siempre que se emborracha frente al ordenador se pone a comprar cosas absurdas por internet que luego no recuerda haber solicitado, muñequitos manga, pósters de cine hindú o juguetes sexuales, hasta tal punto

que se ha visto obligado a desarrollar la costumbre de ocultar la visa al descorchar la botella de vino de los sábados. Empiezo a aburrirme. Entro en un estado de ánimo voluble y meditabundo. En un ensueño me visualizo ascendiendo súbitamente en la escala social, hasta el nivel: hijo veinteañero vago del consejero delegado. Soy un patricio y miro a la plebe con un catalejo. Me fijo en sus ropas de esclavo pret à porter made in vietnam. Los veo presumir de tiendas, de sofisticación en los gustos, como si hubiesen decidido ignorar que la ley les impide vestir la toga que llevo yo, sin ir más lejos, hecha a medida por el sastre de mi padre con materiales que sus pieles bronceadas en playas masificadas y cutres jamás tocarán. Entonces pienso: si yo estuviera ahí abajo seguramente odiaría mis ropajes, pero acabaría presumiendo de Topshop o de algo así, porque sería la opción menos mala, mejor que ir desnudo, y sobre todo mucho mejor que quejarse. Exige cierta hipocresía, es verdad, cierta capacidad de autoconvencimiento, mucho dominio zen. Hay que entrenar el mundo interior en infinitas conversaciones sobre el porte, la elegancia, la distinción de los modelos de Topshop, pero supongo que llega un momento en que la falacia se naturaliza, por la vía ascética, por el zen. En ese momento de epifanía de clase que Adorno denomina kitsch, los patricios se vuelven invisibles, o tal vez los súbditos ven patricios cuando se miran al espejo. Obviamente los patricios no han dejado de existir, y pueden observar los esfuerzos de los lacayos desde el otro lado de ese espejo, que supongo que debe de ser como los de las comisarías. Clásicamente nos reímos mucho cuando vosotros decís look. Es por los morritos que ponéis. Acabo cansándome de darle tantas vueltas al asunto de la ropa, pero como os podéis imaginar me quedo un rato en mi apasionante ensoñación, a los mandos de un veinteañero millonario. Se está algo solo, la verdad. También se pasa un poco de miedo irracional, algo biológico, creo, un vestigio en el hipotálamo de épocas más

turbulentas para la clase patricia. Nos sumergimos en inmensas piscinas plateadas, en Pedralbes o El Viso, como tiburones sagrados esperando sus sacrificios humanos. Los patricios puros, como yo, los hijos de accionistas, han llegado más lejos que nadie en la carrera hacia la libertad, y el peso de nuestras responsabilidades es equiparable a 0. Solemos follarnos a las plebeyas más perfectas, o a los plebeyos, o a unos y otros indistintamente, como quien ejecuta un ritual menor. Esto hace que el sexo entre nosotros sea insatisfactorio, y tal vez por eso nos dedicamos a jodernos, a modo de deporte. Somos minotauros. Nos gusta imaginar que entramos a cualquier sitio y empieza a sonar una sinfonía de Beethoven. Somos la puta Muerte entonces. También somos bastante ridículos, como es natural. Nuestros vestidos de seda salvaje no están ahí. Vamos en pelotas. Nos cubre el aire, y la mirada de los demás.

NOMENCLATURA

Un día se levanta Paulo con el pie punki, todo testosterona, y nos sacude de tortas de una red social a otra: pero esto de F*R*I*E*N*D*S qué coño es. Esto no se puede ni deconstruir. ¿Estáis intentando ser irónicos? ¿Nostálgico-irónicos? Por dios. Solo os falta aparecer un día con la camiseta metida por dentro.Jesús intenta un patético contraataque: A ti te jode la serie porque los seis son hetero y se gana esta colleja: sí, bueno, tampoco sale ninguna ameba pajera y me consta que tú te has visto todos los episodios de seis a doce veces, con la mano metida dentro de los gallumbos. Es “gayumbos”. No, es “gallumbos”. No, es “gayumbos”, con 227.000 resultados en Google frente a 177.000 de “gallumbos”. ¿Es que te jode escribir “gay”? ¿Perdona, Jesús? ¿Estás intentando meterte conmigo utilizando mi orientación sexual? Si sí, responde. Responde algo, si tienes cojones, paramecio de mierda. Jesús, obviamente, nada respondió. Y nosotros no volvimos a utilizar lo de F*R*I*E*N*D*S nunca más. Y a mí me fastidió, porque estaba medio planeando una reunión temática en mi casa cualquier fin de semana en que mi madre no estuviera, e íbamos a disfrazarnos, y obviamente a mí me iba a tocar hacer de Ross, y a las Miralles de Phoebe y de Rachel, y ya tenía pensadas un par de bromas en las que yo ponía la voz del pibe y trataba de abrazar a Rachel, que seguramente se iba a reír un montón y a dejarse abrazar y empujar hasta el sofá. Todo sea dicho, tenía hasta la gomina comprada.

XXX

Un día sí que quedamos los seis en el MundoReal™, y nos plantamos en un inmenso centro comercial de nuestra ciudad llamado Nueva Condomina. Alguien lo dice de broma en Facebook la noche antes, pero por supuesto lo hacemos, nos presentamos con bolsas de basura llenas de bollos de papel de periódico. No nos quitamos las gafas de sol. Llevamos ropa spam, es decir, con el nombre de la marca lo más grande y llamativo posible. Gana Jesús, con una camiseta de tirantes del mercadillo, negra y con un inmenso EMPORIO ARMANI de color dorado. Nos hacemos fotos Tuenti todo el rato. Un guardia de seguridad nos sigue desde que entramos, pero es lunes por la mañana y algún supervisor decide que quiere ver por las cámaras qué hacemos, antes de dar la orden de echarnos. Decidimos jugar a ese juego. Entramos a Primark y nos probamos ropa andrajosa encima de nuestra propia ropa andrajosa, tratando de parecer sospechosos. ¿Qué llevamos, en realidad, en nuestras bolsas de basura? Nadie lo sabe. Aparece unaencargada con fuerte acento anglosajón y nos ordena que abandonemos la tienda. Las Miralles le sonríen, se ponen una a cada lado y Olgagá les echa una foto Tuenti. La mujer, cuyo rostro probablemente ilustra la entrada bitch \:bich\ en el Merriam-Webster, llama a seguridad con un walkie talkie muy cutre, muy Primark. Nos vemos en la calle, pero no es una calle en realidad, sino un inmenso pasillo cubierto plagado de tiendas. Tal vez ahora va a venir un segundo segurata a ponernos en la calle de verdad (pero tampoco es una calle de verdad, es un parking). Pero no viene. Alguien ha decidido espiarnos. Alguien que se aburre. Entonces yo hago algo. Entro en una tienda de deportes y me compro una gorra Adidas blanca, con la insignia en negro. Salgo con ella puesta y me reúno con mis F*R*I, este, con mis amigos. Me estaban medio buscando, y de repente me planto ante ellos. Me miran. No me dicen nada. No se ríen, como yo creía que iba a ocurrir.

Bueno, en realidad no lo creía. Empiezo a explicarme: que si la presión de estar siendo observado me ha empujado, que si que me ha parecido que me faltaban logos, que si por hacer el chiste. Me callo y los miro a ellos, de vuelta. ¿Qué acaba de pasar? Y ahí está nuestro salto al universal, el final trascendente a nuestra intrascendente performance. La duda.

LOVE WILL TEAR US APART

-Paulo, tú eras metro al principio de Turismo y acabaste oso. Explícanos esa metamorfosis y esa barba. -Qué coño oso, que no tenía para comprar cuchillas de afeitar, eso era lo que pasaba. Y me estáis empezando ya a tocar los cojones, queridos amigos: un tío hetero afeitado es un tío hetero afeitado, ¿y un tío gay afeitado es un metro? Un tío hetero con barba es un tío hetero con barba, ¿y un tío gay con barba es un oso? ¿Y eso? ¿Todas las decisiones de mi vida tienen una etiqueta sexual pegada? Me voy a cagar en dios ya, con vosotros. -Coño, Paulo, mira que eres exagerao, tú ibas de peluquería semanal, de gimnasio y depilado, a ver en qué universo eso no es ser metro. Te cansarías de tanta perfección y ya está. - Una polla me cansé. Lo que pasa es que me quedé sin dinero. Concepto que vosotros no conocéis, porque no lo habéis experimentado. Bueno, sí, os habéis quedado sin dinero un domingo y habéis tenido que esperar hasta el lunes al mediodía, cuando habéis ido a comer a casa de vuestros papis y le habéis pedido. Quedarse sin dinero. Dejar de afeitarse. Comer en casas de amigos. Cenar un sándwich, o lo que le sobra a alguien con quien has quedado a cenar, pero tú no te has pedido nada. Dar sablazos. Avisar en el piso que no vas a poder pagar luz ni agua, y que te vas a retrasar con el alquiler, pero que solo vas a pasar para dormir. Ducharte en el gimnasio mangando el gel y el champú (y bueno, también un poco el acondicionador y la crema hidratante), hasta que te impiden la entrada. Vender cedés, libros, chaquetas, la gorra que te trajeron de Nueva York, la bici que te compraste con la indemnización de un antiguo curro. Meterte en la biblioteca, en el Corte Inglés, en los bares, en casas de gente que tampoco es tan amiga tuya, pero que no se atreve a echarte, y te pone cafés o coca-colas y te pregunta qué haces allí. Verte de patitas en la calle, pero tener aún las llaves del último piso de estudiantes en

que vivías, y subir a dormir, sin encender ni la luz de la escalera, de once de la noche a seis de la mañana. No hay sábanas, así que te tumbas sobre la colcha, y como no puedes abrir las ventanas, sudas. Sudas como un cerdo. Es verano, coño. En Murcia. Qué sabréis vosotros de ese sudor inmoderable y apestoso que al mismo tiempo es una metáfora. ¿Una metáfora de qué? Una metáfora del puro desamparo, de a nadie le importa una mierda que te mueras ahora mismo, ahogado en tu propio sudor. Por maricón, por mal hijo, por manirroto, por desempleado, por no haber sabido hacerte amigos de verdad, por ser camarero y haber dejado pasar la temporada de las comuniones sin buscar algo en la playa, por estudiar Turismo y no otra cosa, por prestarle dinero a quien no debías, por haber acabado tu escaso crédito. ¿Vuestra identidad? ¿Ese ADN social que creéis inmutable y eterno? Se desharía como el papel higiénico bajo el ácido de ese sudor de que os hablo. O tal vez, y ahí va otra metáfora, no se desharía, pero no podríais tocarla, porque sería como las dos maletas con tus cosas, que guardas en casa de un amigo a quien debes dinero y por tanto no puedes llamar. Ir a la playa ya bien entrado julio, haciendo autoestop, y llegar barbudo y sudado y sin duchar, y tal vez con un aliento y una ropa algo malolientes. Recorrer todas las heladerías, todos los pubs, los merenderos, las freidurías. Hasta los kebabs y los puestos de gofres. Nada. Comer restos de platos de las terrazas del paseo. Dormir en la arena. Tratar de volver a la ciudad haciendo autoestop otra vez, y comprobar que nadie te para, y que es sin duda alguna por tu aspecto. Cae la noche a las afueras de Puerto de Mazarrón y ya sabes que nadie te va a llevar. Y entonces te pones a llorar. Porque yo también lloro, aunque no os lo creáis. En muy contadas ocasiones, como ésta. Mucho. Con grandes aspavientos. Con ruidos y con mocos que se mezclan con las lágrimas y se te meten en la boca mientras sollozas. Y entonces suena un claxon. Abro los ojos y veo a Fernando. No, no el ex de Olga, qué gilipollez. Otro Fernando. Un amante que tuve, culto y delicado, al

que abandoné por barrigón y viejo y de quien me habían contado que tras nuestra ruptura se convirtió en un borracho. Y en efecto tiene la cara un poco roja y los ojos un poco demasiado brillantes. Está feo y encanecido y sonríe de oreja a oreja y tiene los dientes más amarillos. Va fumando (yo no se lo permitía). Me dice Paulo, Paulo, a qué vienen esos llantos, y se inclina para abrirme la puerta. Y yo me subo al coche. Viví con él, es decir, a su costa, tres meses. Cuando me reincorporé al curso en otoño acababa de dejarlo otra vez, al pobre. ¿Qué? ¿Qué tenéis que decir de todo esto? ¿Soy una puta? ¿Acaso alguien que no haya probado el sudor de sus propios párpados, que se le está metiendo en la boca del calor que hace, puede llamarme a mí puta por haberme ido con Fernando? ¿Es que no sabía él desde el minuto uno en lo que se estaba metiendo? ¿Quién ha engañado a quién? ¿Cómo podéis ser tan niñatos, tan ignorantes, tan happy flower? ¿A que nunca habéis cenado restos de los que se deja la gente en los platos, en los restaurantes? ¿A que nunca habéis allanado un domicilio para poder dormir bajo techo? ¿Entonces? ¿Eh, eh, entonces?

Sí, pero, ¿por qué te hiciste oso? ¿No eras metro?

XXX

Esa misma semana, el viernes por la noche, Olgagá reinterpreta todo el asunto en clave de sol, en una de sus historias facebookianas más memorables. ¿Cómo de mala soy guardando secretos? Sé uno que le jodería la vida a alguien es el estado que abría la jam

session en cuestión. Ese alguienera, evidentemente, su ex, una vez más protagonista involuntario del relato. Éste arranca con el joven aspirante a actor instalándose en un asqueroso piso compartido en Pan Bendito, Madrid, y aceptando un trabajo en un restaurante mejicano de la barriada. En su tiempo libre, trata de abrirse camino en su profesión, y en un casting conoce a un misterioso personaje, de acento mejicano (otra vez Méjico). Por algún motivo, Fernando siente curiosidad por el tipo, una especie de galán trasnochado y cincuentón llamado como él (Jesús cree que se trata de la trasposición del personaje del examante, de la historia de Paulo), y le ofrece cobrarle una cantidad simbólica (para no levantar sospechas ante su jefe) si va a cenar una noche al restaurante en que trabaja. Después de unos cuantos días, el señor se presenta allí. Cena. Se toma un mezcal tras otro en la barra mientras Fernando recoge y limpia. El jefe hace caja y se va con prisas. Se quedan solos. Entonces el Fernando transoceánico le cuenta al otro los “secretos del oficio de actor”, y lo convence. Lo convence sin paliativos: lo convierte más bien a la fé de los secretos del oficio de actor, que por supuesto son completamente falsos, porque no consisten más que en declarar que solo los actores dispuestos a regalar sexo a los directores de casting consiguen papeles. A esta altura más o menos del relato empiezan a llegarme mensajes de Jesús tipo hala qué fuerte cómo está de loca nuestra amiga o si se me cae un billete de cien euros en la mente de Olgagá te juro por mis muertos que no entro a por él o el cuelgue que tiene con el musculitos, la pava. Más que terapia le va a hacer falta un exorcismo para sacarse eso de dentro. La cosa sigue. A partir de ese momento, Fernando se presenta a los castings, hace lo que puede, se entera de a qué hora terminan y vuelve, pretextando haber olvidado un objeto. Se abre paso hasta el responsable de la criba y le pide hablar de un asunto urgente, en privado. Así siempre. Pasados unos meses, la

aparición de Fernando en un cásting siempre es celebrada entre el resto de aspirantes a actor con un concierto de risitas y bromas apenas soterradas. Jesús ya ha psicoanalizado a Olgagá en profundidad varias veces para cuando llegamos a ese punto, y yo me estoy riendo tanto con el texto como con su exégesis freudiana. Entonces, se acaba. Nos sorprende, claro, nos quedamos pensando: pero esto qué es, aquí no hay historia, aquí no hay final. Olgagá apostilla: ése era el secreto, ya está. Esa verosimilitud que aporta la ruptura de las convenciones de género está a punto de convertirse en un cliché más del género realista, creo yo. Pero entonces llega, deus ex machina, puntual y soberano, el gesto de los aristócratas: A Fernando Lacouture le gusta esto. Casi seguro que es una identidad falsa, controlada por Olgagá. Qué superclase, Olgagá. Yo tampoco entraría ahí ni a por uno de 500.

PERO ES QUE NUNCA TUVE UNA ENFERMEDAD MÁS DULCE

Tratamos de elaborar una lista de Spotify. Una lista no para una situación concreta, como una fiesta o un brunch o una reunión de fumetas, sino todo lo contrario: una lista deliberadamente inoportuna, que mezcle a Enya con los Dead Kennedys, a Pavement con Camarón, etcétera. Llevamos ya más de cien temas, y en uno de mis turnos, elijo uno de Los Planetas, de Super 8, llamado como mi amigo überfriqui, Jesús. Pretendía hacer un chiste malo con la letra de la canción y la personalidad, extrema y mesiánica, de Jesús. Y, además, adoro esa canción, como todas las de ese grupo, que tal vez es el único del que puedo decir: soy fan. Todos mis amigos me saltan al cuello con los caninos afilados, y sufro. Mientras pierdo el conocimiento debido a la hemorragia, tengo un último pensamiento: si hubiese puesto una de Andrés Calamardo no sería peor, o algo así. Olgagá y las Miralles me acusan de machista, Paulo de viejo llorón y Jesús de hipster (¿?). Todos odian a J con una pasión insólita, y por extensión a los seguidores de su grupo. De repente soy un viejo misógino que vive de glorias pasadas y se cree dios. De repente soy drogadicto, feo, un peter pan patético con un ego del tamaño de Arkansas que no tiene ni puta idea de flamenco ni de música ni de nada en absoluto. Olgagá coincidió conmigo en una fiesta de nochevieja en Cabo de Gata y no me saludó ni se acercó a mí, por cabrón que soy y lo subidito que me lo tengo (sic). Me siento como uno de esos católicos que conocen a una pandilla y adoran a todo el mundo y son aceptados en el grupo y ya se han enamorado de alguien y mantenido profundas conversaciones con muchos otros y hecho excursiones y llorado con alguien más y llega el momento de reconocer que son lo que son y sufren una reprobación inmediata y total, una reprobación de mártir, si se me permite el chiste fácil. En

un momento dado, paso del asunto y me meto en Menéame. Sí: en Menéame. Ahí os quedáis. Al día siguiente aparece Jesús y me saca el tema: que si estaba enfadado, que no me lo tomase tan a pecho, que él pasaba por eso todos los días (¿dónde? ¿con qué gente? ¿en qué página?), que en el fondo agradecía la dedicatoria, pero que no se atrevió a interceder por mí para no ser enviado a Siberia contigo XD, etcétera. Que lamentaba haberme llamado hipster pero que tuviese en cuenta que él no tenía ni idea de qué significaba tal cosa, en realidad. Que estaba a punto de perder su trabajo porque su jefe lo había pillado trasteando en los ordenadores de los clientes más allá de lo estrictamente necesario para repararlos. Que llevaba seis años sin follar y tal y cual. Y que qué podía esperar de él, si seguía escuchando Héroes del Silencio. Nadie como Jesús para ganarse simpatías a base de autohumillación. Un genio. Seguro que al final conserva el trabajo, con esos trucos. Hablamos. Le digo que creo en muy pocas cosas: en el verano, en la entropía y en Los Planetas. Le digo que me enganché a los 20, que los vi en directo con May Oliver, que era la bajista y tocaba de espaldas al público. Le cuento que para toda mi generación, que es la de los nacidos en los 70, las canciones de los Planetas son una de las columnas de nuestra educación sentimental, o al menos la de los machos no-alfa que empiezan a enamorarse, tener relaciones sexuales y comer calabazas en los años 90. Que era ésa una época en que las estructuras de género era especialmente movedizas, y que las chicas, que tampoco sabían a qué atenerse, oscilaban entre las buscadoras del novio-para-toda-lavida y las hedonistas sexuales de la década de las raves. Que la violencia de género acababa de ser declarada injustificable, por suerte para todos, y que la música popular encajaba el cambio a diferentes velocidades. Que las sensaciones de frustración, de desorientación, de represión sexual y de debilidad de género son la

materia con que están hechos los primeros discos de L.P., y que muchos reconocimos en ellos una forma de estar-en-el-mundo que no pasaba de puntillas por la rabia y la angustia, sino que las ilustraba (Ciencia ficción, Una nueva prensa musical, Vas a verme por la tele), aportando además un ideal emocional (Jose y yo, Pegado a ti, La cara de Niki Lauda), una utopía alcanzable o casi. En comparación con la música justo anterior, con el punk o el heavy metal o el grunge, ese imaginario indie que ellos modelaron equivale a la desaparición repentina de todos los clichés sentimentales y de género. Luego le pregunto que a santo de qué odiar a una ex es un rasgo machista. Y entonces el cabrón, cabrón de Jesús me responde hombre, pues cuando uno dice (cito de memoria): “Puede que no esté mal que alguien te rompa las piernas / o puede que uno de estos días aparezcas muerta”, entonces es un rasgo machista ;).

XXX

De entre las muchas manías insoportables de Jesús, destaca la de acercarse sigilosamente cuando estás sentado en un bar, en ocasiones por tu espalda, agacharse, cogerte la mano por sorpresa y olerte con fuerza las puntas de los dedos. A él le hace mucha gracia la reacción que esto suele provocar, y dice que eso demuestra que en nuestra vida diaria nuestras manos están en contacto privado con todo tipo de sustancias inconfesables. Paradójicamente, a las hermanas Miralles esta “broma” no les molesta lo más mínimo: la celebran haciendo leves palmas y emitiendo grititos de pequeño mamífero de peluche, todo lo cual me demuestra que ellas solo tocan nubes, algodón aromatizado, polvos de talco y agua de rosas. En efecto, no cruzan los brazos. Sentadas, mantienen las manos en el regazo, con una suavidad de insecto. Suelen utilizar pajitas para

beber unos granizados bajos en limón, poco fríos, algo transparentes. Ay, dios. Estoy bien jodido. Irme a enamorar a estas alturas de unos seres de otra especie. A ver cómo coño le explico esto yo ahora a mi madre. A ver cómo me ayudan mis discos. A ver qué poeta ha tocado el tema, a lo largo de la historia de la literatura universal.

GAS

El Proyecto. El Proyecto, si os soy sincero, no pasa de ser una de esas chorradas que, por un alineamiento estelar tras otro, siguen adelante y crecen y al final se convierten en algo gigante, un poco como hacer una trilogía de películas de Hollywood de inmenso presupuesto a partir de unos juguetes de los años ochenta que eran robots que se convertían en coches, camiones o moscas cojoneras. Oh, el Proyecto. El Proyecto está contenido en un comentario casual de una de las hermanas Miralles, literalmente deberíamos hacer algo, sí, pero nada de ni playas con pulserita, ni ecoleches, hacer ni algo etnoconcienciación urbaconsumo: deberíamos

posmoderno de verdad, turismo para nada, pagar por que todo siga igual. Y poder ponerlo en el Facebook. ¿Qué os parece? Nos pareció muy bien, empezamos a darle vueltas porque parecía divertido competir por decir la mayor parida, la más moderna, la más absurda. Como en un juego. Y yo acababa de leer este relato, Ante la ley, y dije que estaría guai hacer kafkaturismo, o sea, visitar un palacio a las afueras de Praga del que nos inventaríamos que es el que inspiró al viejo Franz, y una vez allí pasar una cantidad indecente de tiempo esperando ante un portón custodiado por un guardián. Hacerse fotos con el guardián que se describe en el cuento, de aspecto terrible pero tranquilo. Tal vez no estaría de más copiar y pegar aquí el texto, que no es muy largo:

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: -Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: -Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden

en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. -¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. -Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Los que no habían leído la fábula, lo hicieron en este momento. A partir de ahí, todo adquirió la forma y el funcionamiento de un tobogán muy deslizante. El tono que adoptamos, mezcla de humor y de fe, era la sustancia deslizante. El Kafka Weekend, según su diseño original, empezaba en Barajas el viernes, a las siete de la tarde. A Praga (pero no a Praga, a un hostal a las afueras de Praga, cercano al palacio) uno llegaba a eso de las once y media. La publicidad debía informar de que a esa hora no era posible cenar en el hostal y no había nada en las inmediaciones, con lo que el viajero debía llevar preparada su fiambrera y despacharla en su habitación sin wifi ni canales internacionales, pero sí con obras de Kafka y malas reproducciones de Klimt. Ya el sábado, tras un desayuno incluido en el precio pero consistente por sorpresa en café, sopa de col y gulash, el reto consistía en encontrar el palacio, usando para ello un mapa deliberadamente contradictorio. Tras estas aventuras tan kafkianas, el turista arribaba por fin a la Puerta, debidamente equipada con un guardián tártaro, y allí se hacía fotos, departía con otros visitantes,

leía en una placa junto a la puerta abierta el discurso del guardia en varios idiomas, etcétera. Por la noche, quienes decidíesen acampar junto a la puerta dispondrían de una seta calefactora y material de pernocta (sacos, aislantes, termos de café, etcétera). También habría un latero chino, pero vendería deliciosas cervezas checas en lugar de Mahous, y gulash con patatas fritas. Zona Wi-Fi 24h y una audioguía que leería el relato, en bucle, en el idioma elegido. El gran final, el domingo a las 12, hora en que el minibús recogería a los turistas desde la misma puerta del palacio: el guardián repite en alemán las últimas palabras del relato, y cierra el portón entre aplausos y vítores. Llegada aproximada a Barajas (escala Munich): 18:35 hora local. Maravillosas las Miralles, que entraron desde el principio en un éxtasis dicharachero y aportaron perlas como: la tarjeta de fidelización “Chicas y chicos Franz Kafka”, que ofrecería descuentos a los turistas que repitiesen la experiencia trayendo amigos nuevos; la página de Facebook, llamada “Kafkomanía”, y la lista de reproducción de Spotify, que incluiría obviamente aquélla de Chinarro que dice “Yo miraba el castillo / y me creía Franz Kafka. / Y escribí esta canción / que acabé en una tasca”, entre otros éxitos de Kraftwerk, Yo La Tengo y demás parafernalia übergafapasta. Medio diseñamos de cabeza el merchandising, también, entre el que destacaba una camiseta con la imagen del guardián turco con el báculo de Gandalf en la mano y la leyenda “THOU SHALL NOT PASS!”, y otra, con la cara sonriente de Kafka en lugar de la de Obama en su famosa imagen, y I WANT SUICIDE en lugar de CHANGE. Todos habíamos terminado con éxito los estudios de Turismo, y curiosamente también todos éramos técnicos superiores en prevención de riesgos laborales (las tres especialidades). Cuatro de nosotros, además, éramos técnicos en redacción de informes de

impacto medioambiental y estábamos en posesión del diploma de experto en comercio exterior. Tres, del de técnico en creación y administración de redes virtuales, además del de creación de páginas web. Dos (las Miralles), MBAs de la Escuela de Negocios local. Acumulábamos certificados de nivel de los idiomas inglés, francés, alemán, árabe, ruso y chino. Estábamos enamorados. Éramos jóvenes. No habíamos votado nunca a nadie y esto, todos lo habíamos leído en la biografía de Steve Jobs, iba a hacernos ricos y famosos.

FIN

No se lo digáis a nadie, pero me invento un 75% de las traducciones que hago. Tampoco es que tenga otro remedio: los textos que me llegan, que son traducciones semirobóticas del chino al inglés, no tienen el menor sentido. Hoy, por ejemplo, estoy con las seis páginas de “manual” de un inflador eléctrico, todo en esta línea: Caution! Hot wires causes can make disfunction abnormally. Mi regla de oro consiste en entregar un 10% más de texto que lo que recibo. En este texto, sin embargo, deslizo otras cosas, algo de poesía automática, hermanas Miralles, atardeceres del mes de septiembre de 1989, en el Puerto de Mazarrón, etcétera. ¡Cuidado! Un aumento de tensión puede suponer que el sistema deje de funcionar con normalidad. Todo se desliza hacia lo metafórico, porque cada vez necesito menos ancho de banda para realizar este trabajo. No está mal pagado. Tampoco bien. Lo hago en negro. Un día a la semana, llevo mi trabajo en un pen y lo entrego a la dependiente de un inmenso bazar, que me da a cambio un sobre con mis euros y un nuevo pen, con otros textos. Trabajo cinco horas al día pero tal vez podría hacerlo en tres y media, sin poesía ni procesos paralelos. No puedo independizarme con mi sueldo, pero sí gastarlo en cosas más o menos inútiles, como cómics o libros, o unas zapatillas para correr de 200€. Una vez “pinché” (simplemente descolgando el otro teléfono) una llamada de mi madre y la oí hablar de mí con una amiga. Le decía que mi problema era que no había superado la ruptura con Tere, que es una antigua novia con quien estuve tres años. A mí Tere me importa (y me importaba, ya que estamos) una mierda o mierda y media, pero me quedé con la coartada. Empecé a comportarme deliberadamente como una de esas personas con estrés postraumático emocional. Tal vez nadie haya notado la diferencia.

XXX

Una vez, hace tiempo, yo era más joven e hiperestésico, leí un libro de poemas realmente alucinante. La lectura me provocaba visiones, intensas corrientes sensoriales moviéndose por el espacio, como si al mundo interior le hubiesen dado la vuelta como un guante. El libro se llamaba Los nadadores. En él, lo amniótico es elevado a universal, los colores son placentarios y sombríos, el resto de seres humanos aparece un instante y vuelve a hundirse en la niebla. Además, cómo no iba a conectar ese poemario conmigo, que era un adolescente libresco y misántropo con la sensación perpetua de estar buceando en mi propio yo. O sea, como ahora, pero sin canas. Me voló la cabeza, como dicen los yanquis. De repente, quise ser como su autor, que se llama Justo Navarro. Quise ver el mundo con esos ojos y (re)crear esa belleza. Cómo no atribuirle al tipo características fantásticas, si ante cualquier cosa que me ocurría acababa pensando: qué haría Justo Navarro en esta situación. Justo Navarro pertenecía a una estirpe de dragones. Su nombre era en realidad una adivinanza. Ya sabéis: dos adjetivos, uno abstracto y otro toponímico. Yo me sabía su libro entero de memoria. Trataba de utilizar sus textos para construirlo a él, y a continuación ser yo así. Luego vi a Justo Navarro en una foto junto a una entrevista que le hacían en un suplemento literario, a propósito de una novela que había sacado y que enseguida descubrí que era una mierda. El tipo no parecía de ninguna estirpe de dragones en absoluto. Parecía un catedrático cabrón. Y panzón. Te lo imaginabas cagando y leyendo El País. No era de los míos ni por asomo, ni su mundo amniótico, ni su vida un tobogán emocional. De esta historia aprendí sobre todo una cosa: que el arte no dignifica en sí, que uno sigue cagando y pensando en cómo va a pagar las facturas, aunque haya escritoLos

nadadores. Pero que la dignidad que proyectamos sobre la imagen de un poeta es la más alta que existe, y esto justifica a los artistas que crean personajes consigo mismos, porque esas magias parciales siempre han sido uno de los fines de las artes, en concreto el fin místico. Ahora que soy empresario trato de hacer márketing de mis Kafka Weekends con todo eso, sin resultado. Igual el año que viene metemos a alguien de márketing, por cierto.

CROSS

Jesús. Su escasa resistencia a la caricaturización. Su participación entusiasta en este proceso. Su calvicie, “la menos digna de España”, según Paulo. Todos esperamos que Paulo se refiriese con eso a una mala elección de peluquero. Su orgullo friqui. Sus palmas, siempre sudadas. Sus gafas. Su currículum, abundante en exóticos nombres de lenguajes de programación. “Le tengo tanta alergia a lo emocional -dijo en un famoso tuit- que a veces tengo que quitar las pelis porno antes de la corrida”. Sus famosas boutades cuando se ve rodeado de chicas: “Tengo el listón muy alto. No podría follarme a ninguna tía que no pudiera ser modelo de cara, de culo y de manos.”, que generan tremendas corrientes de hostilidad contra él: pero a dónde vas tú, colgao, que eres más feo que un parto de ranas, ¿con eso del listón te refieres al precio de las putas, no? A veces los amigos se lo decimos: qué pretendes con esas cosas que dices, Jesús, no ves que la gente se lo toma en serio y se cabrea. Además, así no vas a encontrar pareja a corto plazo, tampoco, Jesús, macho. Es la pura antiépica Jesús cuando entonces se levanta, todo (in)digno y nos cuenta que lo hace para luchar contra el patriarcado, para sacrificarse por sus compañeros de género, para corporeizar el Mal (pero con su feo e inofensivo cuerpo) y hacer de spárring panzón.Me siento un hígado, ahí todo el rato digiriendo toxinas, dice el pobre. -Te vas a llevar una hostia, corazón. -Lo hago por ellas. Y por qué no. Lo decía Magris (cito de memoria): tal vez el mejor amante de la vida no sea el que la corteja e invita al cine y magrea en el asiento de atrás, sino el que la mira de lejos y le escribe cartas de enamorado y nunca las manda. En fin, que es muy Jesús cuando se pone así, Jesús.

XXX

Finalmente es Jesús quien desbloquea todo el Proyecto, que languidecía de tanto darle vueltas con cerveza. Va y de golpe se acuerda de que tiene un amigo que está de lector en la República Checa, no en Praga pero cerca, en České Budějovice. Le envía un email y a los cuatro minutos y medio nos llega su respuesta, que es la de alguien tan aburrido que el aburrimiento en su vida tiene peso y consistencia, se puede cortar y empaquetar, no sirve para nada pero abulta: tal vez para drenar lagos, o detener inundaciones. Alguien que se aburriría de Erasmus en Amsterdam. Alguien a quien cosas como Las Vegas o el Museo Hermitage no lograrían sacar de un tedio retroalimentado al milímetro, autosuficiente, invulnerable. Dice que sí, que el castillo praguense perfecto existe. En una zona repleta de pensiones de estética soviética. Que sabe a quién vestir de guardián tártaro: a algún estudiante de lenguas latinas, sin ir más lejos. Que puede contratar los desplazamientos por Praga por nosotros. Y buscar la pensión según nuestras especificaciones. E instalar la wifi. Y darle a los turistas su número de móvil por si pasa algo. Y presupuestarlo todo y contestarnos al día siguiente. Los emprendedores norteamericanos suelen automotivarse con el siguiente argumento: la gente tiene el bolsillo lleno de dinero y está deseando dártelo a poco que le des una oportunidad. Nosotros podríamos añadir: la gente tiene una vida llena de horas y días y está deseando dártelos a poco que le des una dirección, un esbozo de sentido. Decidimos, por unanimidad, pagarle los gastos y cincuenta euros por remesa de turistas. El tipo acepta. Estamos listos para empezar. Las Miralles sacan una marihuana que huele a beleño, bergamota y anuncio de compresas. Lo celebramos profusamente. Unas horas más tarde le preguntamos a Jesús, pero él tampoco se acuerda del nombre del guía.

ARACNE

Un día estoy sacando mi camisa de cuadros de la secadora (la meto ahí para no tener que plancharla) y veo una araña de mediano tamaño salir del bolsillo. No sé si está desorientada pero se mueve con lentitud. Entonces pienso: Miralles. Las Miralles. El fondo de pantalla mental de las hermanas Miralles: el de esta araña que acaba de pasarse veinte minutos dando vueltas en una secadora. Había un chico de Europa oriental que solía esperarlas a la salida, cuando estudiábamos Turismo, con una raya en el pelo más bien imposible de categorizar, muy serio. A veces llevaba maletín. Las chicas lo saludaban con la mano y le sonreían. Él caminaba junto a ellas pero no era fácil: siempre se topaba con las farolas, o tenía que bajarse de la acera, o esquivar personas que venían de frente. Que nosotros supiéramos, no hablaba. Lo llamábamos Vladimir. Un día, Vladimir desapareció. El viernes actuó como siempre, el lunes no se presentó. Yo fui a una boda ese sábado por la noche y me quedé bailando, con un poco de M, hasta las once de la mañana. Volviendo a casa, en un estado bastante lamentable, vi al trío en un banco del parque, vestidos de blanco. El tipo estaba en el centro y unas risueñas Miralles le decían cosas, una a cada lado. Me acerqué por detrás. Vladimir se recogía el rostro entre las manos, como si estuviera llorando. Las chicas le decían cosas en una lengua eslava y quise oírlas, saludarlas, hacerme el gracioso-drogado. A tres metros del grupo, me di cuenta de que solo le decían una frase, muchas veces, cada una por un lado. Le decían algo así como niko nesmé danasdira, mismo blagosloveni, cosa que hacía sollozar al pobre diablo raruno que tenían en medio. Imaginé que era alguna forma retorcida de darle calabazas, y por eso (y por algo más que no sé)

me di media vuelta y me alejé sin ser percibido. Y así hasta esta semana. Esta semana se me ocurrió preguntarle al lector de español en České Budějovice si sabría traducir la frase. Y él no podía, pero lo consultó con el lector de Sarajevo y me envió esta respuesta: -“Niko ne sme da nas dira, mi smo blagosloveni”: “Nadie puede tocarnos, estamos benditos”. En serbio.

    

Será “benditas”, porque lo decían unas chicas. No. Es “benditos”. “Benditas” se diría “blagoslovene”. ¿Qué tal tiempo hace por allí? ¿Aquí? Lloviendo todo septiembre, como siempre. Aquí hace frío.

EL PRIMER DÍA DE CLASE

Paulo: una perorata. Bajo los efectos de: una botella de vino blanco “Antonio Barbadillo” y dos porros de polen de calidad: media-alta. Proporción de la mezcla hachís/tabaco: moderada a intensa. Lugar: bar-terraza “La tasca de los cubos”, Murcia. Asistentes: el Club de la Tenia, al completo. Club de la Tenia: término que sustituye al de F*R*I*E*N*D*S y que designa a los seis personajes que ya conocemos. Hora de inicio: 23:12. Temperatura y humedad: Murcia en septiembre. - ¿Qué clase de adolescentes fuisteis? ¿Deportistas, populares, aplicados? ¿No erais como yo, huraños e hiperestésicos? Del verano prefería septiembre, cuando todo el mundo desaparecía de la playa y caían trombas de agua que arruinaban la arena artificial y el cielo adquiría colores eléctricos y uno sabía que lo separaban galaxias de los chicos de su edad. Pero al menos el escenario era cósmico y todo refulgía y crepitaba y había auroras boreales en el patio de luces que me hacían llorar todo el rato. No sé por qué. Por ser un astronauta y no poder llegar ni volver. En invierno iba a nadar. En una piscina cálida y cubierta. Tenía el último turno, de diez a once. Era a través de mí mismo por donde nadaba. Allí conocí a mi primer amante. A veces estábamos solos en la inmensa olímpica, y éramos un sistema solar, planetas con órbitas que se alejan y aproximan, y que el deseo hace girar. Llamémoslo sense of wonder. En esa época en que apenas sabía atarme los zapatos, vivía a la intemperie bajo una tormenta emocional perpetua, como la mancha roja de Júpiter, por exagerar un poco. Todo muy cósmico, ¿no? Pero se borra. Se borra. Te acuestas hiperestésico y te levantas emocional. Te acuestas emocional y te

levantas con resaca. En Murcia. Trabajando de camarero en un restaurante de centro comercial. Al menos tienes tu memoria. Te queda, como premio de consolación, una memoria sensorial cojonuda que te permite saber (y te impide obviar) que el mundo era una montaña rusa hace diez años, pero ya no. Llamémoslo sense of lack of wonder. Y en ese país vivimos todos, excepto tal vez las dos iluminadas rubias éstas. Sí, vosotras, marcianas, sí. Sense of lack of wonder. Muy útil si lo que vendes es droga. En realidad, muy útil para vender cualquier cosa: llena la pantalla de colores brillantes y gente sonriente y que se ama y todo el mundo se agarrará la cartera para comprarlos. Y luego variaciones: si tu objetivo son los treintañeros, pon música de los noventa por debajo, etcétera. Márketing: para qué coño hacen una carrera de algo tan sencillo. Es como ofrecer una Licenciatura en Respiración. Qué desperdicio. Mirad lo que llevo en el bolsillo, este papel tan bien doblado contiene cocaína. Este otro, metanfetamina. Éste, MDMA. Este estuche, polen de hachís. Ahora miradme los pies: son unas zapatillas Vans, pero un modelo exclusivo. Ex-clu-si-vo. 120€ que no tengo. Explicadme todo esto, por favor. Pero explicádmelo bien, porque estoy enfermo y empiezo a pensar que esta terapia me está poniendo más enfermo aún. - Querrás decir -intervine- que te lo expliquemos bien para que puedas vendérselo a las chicas y chicos Kafka, claro. - Quiero decir: no me expliquéis nada. Enviadme de vuelta a esa piscina. Al mes de febrero de 1994, por favor.

HELIOGÁBALO

Una nueva narración, o happening, o literatura en red, o cómo llamar a eso, de Olga vía Facebook. Me avisa Jesús por whatsapp e inmediatamente nos instalamos frente a nuestras respectivas pantallas, con palomitas, para pasar el viernes noche disfrutando de los retorcidos paisajes mentales de nuestra amiga. La cosa empieza bien. Parece que San Fernando sufrió ciertos problemas de disfunción eréctil la primera noche que pasó con Olgaga, y ya ahí las primeras, deliciosas, dudas acerca de la verosimilitud de la historia. No nos fiamos de la narradora, pero nos consta que a veces dice la verdad, aun verdades extremadamente dolorosas y humillantes para ella. Eso que Coleridge llamaba la willing suspension of disbelief no se cumple en estas fábulas, o mejor dicho, la ambigüedad de los textos, su voluntaria indeterminación entre lo testimonial y lo ficticio, le aportan riqueza al resultado. O morbo. O todo junto. Ahí está Olgaga en la cama con su amante adorado, incapaz de creer lo que está pasando. Al principio se siente mal, claro, frustrada y herida en su amor propio al no ser capaz de provocarle una erección decente al macho alfa que tiene entre los brazos, pero todo eso se desvanece en cuanto Fernando empieza a emitir tópicos por su boca: no sé qué me pasa, esto no me suele ocurrir, qué vergüenza, no eres tú soy yo, etcétera. El tipo está nervioso. Se le pone como una risilla floja. Se ha vuelto súbitamente vulnerable y puede que tema que Olga lo cuente por ahí. Luego intenta recuperar la compostura, etcétera. La historia sigue, rica en detalles escabrosos y humillantes, con una delectación francamente morosa, durante casi una hora y media. Que no está mal, el fragmento, porque sale gente dando y recibiendo sexo oral y corriéndose y poniéndose colorada y hasta riéndose, pero que tampoco es como para transcribirlo ad

litteram, porque para qué. A estas alturas, casi sesenta personas siguen la historia y la comentan de forma festiva, todo el tiempo. Es en este momento, y Jesús y yo ya lo anticipamos y disfrutamos de antemano, porque estamos hechos unos gourmets de Olga, cuando la cosa da el giro. El giro es simple. La anécdota del gatillazo, que se extiende a la mañana siguiente, termina. Pasa el tiempo. Ahora Fernando y Olgaga tienen una relación que a ella la está desintegrando, borrando, anulando, desmaterializando. Sabemos que esto ocurrió así. Lo que ya no sabíamos, y nos enteramos ahora, es la tendencia de Olga de recordar ese primer encuentro, minuto por minuto, y agarrarse a la vulnerabilidad de Fernando como si fuera un consuelo. Sic: esa cara que tenías, Fer, de desvalimiento. De no estar a la altura, algo tan raro en ti. El miedo que te daba que yo fuera a contarlo. Qué débil eras, Fer, y yo qué fuerte, aunque no lo sabía. Y qué pronto se cambiaron los papeles. Y cómo recuerdo tus ojos y tu voz de aquella mañana, cuando seguía sin ponérsete dura y ya las excusas se te habían acabado y tuviste que reconocer que estabas nervioso y que no era la primera vez que te pasaba con una amante nueva y que te perdonara, que no te lo tuviera en cuenta, que habría una próxima vez. Oh, Fernando, qué droga tan fuerte, ese recuerdo etcétera etcétera. Los comentaristas abandonan rápidamente el barco ante la inundación emocional, como suelen. Uno le pone un enlace a un chiste gráfico (http://imgur.com/jarr8 ), a lo que Olga responde, tres o cuatro décimas de segundo después, con otro enlace a una imagen: un gato saliendo de una caja y exclamando Fuck Schrödinger!. Bajo el gato, sin embargo, como si fuera un comentario de la foto, hay otro enlace. Yo no lo percibo. No creo que nadie lo perciba en realidad, excepto, claro, Jesús. Jesús sigue ese enlace y desemboca en una página de texto de uno de esos sitios que sirven para subir cualquier cosa de forma anónima durante un intervalo corto de

tiempo. A los cinco minutos, tanto el enlace bajo el gato como la página de texto desaparecen (pero Jesús la ha capturado). El hilo de Facebook, con la historia de las no-erecciones, languidece y muere de forma abrupta, pero ya Jesús y yo nos hemos lanzado sobre el documento, que en Verdana 12, sin márgenes y con interlineado sencillo, reza así:

XXX

Fernando. Fernando Lacouture. Mi amante. Haces tantas cosas y tan rápido en el cuarto de baño por las mañanas que apenas capto los procesos. Te depilas con productos caros. Te afeitas con una máquina especial que tiene un botón para dejarte una barba de tres días. Te pones hidratante, tonificante, antiarrugas, una mascarilla que te ondula el pelo, un anticaída, un exfoliante y un tratamiento nutritivo en lo que tarda mi padre en cagar. Además, lo sé, piensas en algo. No sé qué es, pero parece una loción. Tú piensas esa loción y tu cabeza por dentro, tu mundo interior, se ve liberado de toda debilidad, de toda grasa. Ahora brillas por fuera y por dentro, te lavas los dientes, y sonríes. Hueles bien. No hay ni un solo pelo en tu escroto. Brilla, tu puto escroto, como tu discurso interior, mi vida. Toda esa luz me hiere. Como si yo fuese un vampiro y acabase de hacerse de día. Solo que no soy un vampiro. No puedo morderle a nadie, ni mucho menos a ti. Mis dientes son de aire. Soy más bien un fantasma. Toda esta escena de tocador que acabo de relatar pertenece al pasado, porque ya no estás conmigo, pero yo aún percibo los olores, las texturas, las humedades y los brillos de tanta y tanta carísima crema. Después de los meses, esa luz sigue haciéndome un espectro. Llamad a esto: psicofonía.

Cariño, qué alquimia extraña, qué le echabas a la sopa cuando vivíamos juntos. Cómo sustituiste a todas y cada una de las cosas en las que yo solía pensar, antes de conocerte. Cómo ignoré los consejos de mis amigos, que me pedían no perderme, no olvidarme, no dejar de ser. ¿Acaso tenía otra opción? La vida se medía por las veces en que me dirigías la palabra o me tocabas o hacíamos el amor: si este número descendía, el número de la vida descendía con él. ¿Qué podía decirte? Todos esos ensayos, esas pruebas, esos viajes de actor... ¿acaso crees que no sabía que tenías amantes cerca en todos esos sitios, cuando no estabas conmigo? ¿Qué podía decir, qué mensaje me era dado emitir cuando me anunciabas que te marchabas, y me dejabas claro que no era una buena idea que te acompañara? ¿Qué sabes tú de ese dolor? Tu estirpe de Aleph te impide deshacerte como nosotras. Tu carne es sólida, infinita. Tienes tus liturgias y tus vestales. Tu identidad es sólida como eternas letras latinas inscriptas en un friso. La nuestra, la mía, es un aullido incomprensible mal grabado en una cinta magnetofónica. Y ese aullido, si alguien se toma la molestia de limpiarlo de ruido y descifrarlo, no dice mi nombre, sino el tuyo. Apenas noté la diferencia, cuando me abandonaste. Yo era ya un conjunto de ficciones, un simulacro de voluntad, que fingía acompañarte cuando en realidad flotaba incorpórea a tu alrededor, perdida ya la capacidad de influirte en algo. Sigo así ahora, después de tanto tiempo. Si mango dinero en casa, de las carteras de mis padres, y me lo gasto en droga, no lo hago por decisión propia, sino para atenerme a un guión de amante despechada, a un lenguaje, a un mensaje. No vas a leer ese mensaje, o mejor dicho, ese mensaje no va a ser capaz de elevarse hacia ti. Ahora sales por la tele. Toda esa inversión en estética dio sus frutos, como ya sabías que iba a pasar. Cada vez que apareces por Tele 5,

una luz estroboscópica me atraviesa de parte a parte, y sabes qué. Que la sombra que se proyecta en la pared es la tuya, no la mía.

XXX

Sin aliento, volvemos al hilo original a tiempo de ver caer, puntual a la cita como la Natividad del Señor o los vientos alisios, el "Me gusta" de Fernando Lacouture. Ignoramos si ha leído la carta oculta, pero algo nos dice que para saberlo tendríamos que estudiar Teología.

!!!

Las hermanas Miralles, todas dulzura y Cthulhu, por decirlo de alguna manera, se infiltran en un foro de goticismo postadolescente para promocionar los Kafka Weekends. Se hacen llamar Oriana y Erszebet. Se hacen fotos de perfil con los labios pintados de negro y de púrpura. La comunidad goth enloquece sin paliativos.

Jesús, además de trabajar en la web del proyecto, deja caer en los templos del friquismo informático rumores sobre unos misteriosos viajes en los que uno puede conocer chicas y charlar con ellas y tal. Yo me encargo del márketing en las redes literarias, sin el menor éxito. Paulo trata de embaucar a la comunidad gay, y Olgaga promueve reseñas de los Weekends en suplementos y revistas de viajes. Todo esto lo hacemos a ratos, con la fé repartida entre

nuestro futuro y la posibilidad de que !!! confirme para el próximo SOS 4.8. Bueno, cada cual reparte su fé y su energía entre cosas diferentes. El lector de español, visiblemente porque no tiene gran cosa en que repartir, se muestra más activo que nadie y pide todo el rato instrucciones. Nos cansa, pero no podemos confesarnos eso entre nosotros, porque equivaldría a reconocernos descorazonados (un atributo sumamente oximorónico en el Club de la Tenia). Nos limitamos a darle largas de forma individual, lo que a él le hace ir rebotando de uno a otro en plan bola de pinball. No nos da ni pena. Pero es verdad que el tipo lo tiene todo organizado, y con avisarlo el miércoles, el Kafka Weekend puede tener lugar.

Lo cual, milagrosamente, ocurre. Un grupo de doce góticos, y dos estudiantes de máster de algo relacionado con la computación, hacen sus reservas. Ingresan-dinero-en-nuestra-cuenta. Paulo se acerca a Madrid a verle la cara al grupo en el meeting point y los despacha con asco en la puerta de embarque. Estamos rodando. El lector anónimo los recogerá en Praga. Esa noche nos reunimos en casa de las Miralles y acabamos hablando de cine de terror. Bebemos absenta. Me quedo durmiendo en el sillón de las gemelas y sufro las peores pesadillas de toda mi vida, algo tan atroz que jamás podría acercarse ni a un millón de kilómetros a su expresión en palabras. Al despertarme, con los músculos de la cara agarrotados por el espanto, veo a Patricia Miralles mirándome a mí, muy seria. No sé dónde estoy, pero desde la cocina me ofrecen café con leche.

El viaje está resultando un desastre total a esta hora. La pensión que había encontrado el lector está llena de prostitutas y drogadictos, y la más joven de las góticas ha sufrido supuestos abusos sexuales. Además, les han exigido más dinero en metálico para poder alojarse. A los informáticos los han sacado de su habitación en medio de la noche y los han reubicado en un cuarto de escobas para dejar sitio durante casi una hora a una pareja. No hay desayuno. El barrio del castillo es el peor de Praga, una acumulación de cemento, hogueras, yonquis y delincuencia callejera difícil de encontrar en España desde los años 80. El castillo no es en absoluto un castillo, sino una ruina tras una pared llena de pintadas, con una puerta de aluminio mal cerrada con un candado cuya llave el guardián no posee. Toda esta información nos la va suministrando el lector a través de Paulo. No le coge el teléfono a nadie más. Paulo se muestra extrañamente calmado con él, y si le preguntamos a qué se debe tanta calma nos responde que no podemos arriesgarnos a que se enfade y nos abandone justo ahora, con el grupo allí. La excusa no me convence, pero nadie dice nada. Intento llamar a uno de los viajeros, pero los

números han desaparecido de la base de datos. Jesús me explica que no tuvo tiempo de preparar una plataforma estable, pero que para el próximo Kafka Weekend todo irá como la seda. No entiendo nada, me duele la cabeza y mis amigos parecen haberse vuelto gilipollas de la noche a la mañana. Lo último que oigo antes de salir a despejarme a la calle es un rumor sobre la inminente llegada de unos periodistas checos a la puerta del castillo, para documentar el ridículo. Trago saliva y cierro con portazo. Tengo la boca pastosa todavía de haber respirado el amargo fluido amniótico de la pesadilla de anoche. Taquicardia y lentitud mental. La sospecha de que la puta absenta contenía algún ingrediente secreto inadvertido. Paseo sin rumbo, pero sin querer me acerco hacia mi casa. Cuando quiero volver al piso de las Miralles me encuentro exhausto. Subo a mi habitación y me meto en mi cama. Duermo catorce horas y sueño con una playa vacía. Al día siguiente ya todo se ha desencadenado. El tag

#vacacionessuicidas es TT absoluto, y el post del blog de uno de los góticos, donde se narra en detalle el fin de semana entre abundantes fotos, se convierte en la fuente de cientos y cientos de referencias. Hay prensa esperando al grupo a su vuelta a Barajas. Los móviles de Paulo y Olgaga no paran de sonar: hasta Iker Jiménez quiere entrevistarnos para su programa. Llego por fin al piso de las Miralles y sé, de repente lo sé, que todo ha sido planeado tal cual, hasta las detenciones de los pobres turistas por mendicidad y consumo de drogas. Lo que no sé es por qué me he quedado fuera del secreto. Miro a mis amigos, también conocidos como El Club de la Tenia, y siento el deseo de ser un poco más tenia. Siento el deseo de internarme en un tubo digestivo, como ellos, y quedarme ciego.

FLASH GORDO

Soliloquihólico Paulo:

- Yo tendría unos veinte años. Aún vivía con mis padres. Estaba en mi habitación una tarde de principios de otoño, leyendo una novela de Vila Matas, creo que era Historia abreviada de la literatura portátil, una delicia, un foco de buena vibra y de esperanza y de fé en la bohemia pero al mismo tiempo una certificación de la inexistencia de cualquier sentido y de la derrota. Todo esto: la luz de octubre y la longitud de onda del libro que tenía entre las manos, importa. También el café con leche que me estaba tomando. Y la paz. La paz que inundaba la habitación. ¿Sabéis ese momento a principios de octubre en que la luz de la tarde deja de ser de color blanco incandescente para dejar paso a las primeras tonalidades de dorado? Bueno, los murcianos nos entendemos, supongo. Esa luz.

En ese momento irrumpieron mis padres, haciendo todo el ruido del mundo, llamándome, discutiendo y encendiendo dos televisores con canales diferentes. Por supuesto, me limité a cerrar la puerta de mi cuarto y a lamentarme por el paraíso perdido, hasta que una pregunta fue formulada en mi cabeza: ¿Cuánto puede costar? Es decir: esa templanza, esa libertad de que gozan los personajes de esa novela de Vila Matas, como los de Bartleby y compañía. ¿Cuánto? Ya desde el principio intuimos que va a haber que trabajar para pagarlo, y también que las horas de trabajo deben limitarse al máximo si quiere uno de verdad acercarse a lamer el Nirvana de café

olé. Por tanto, hay que rebajar la factura todo lo posible. Y por primera vez en mi vida me puse a hacer la cuenta. No incluí tabaco, ni bebida, ni drogas, ni ropa (supuse que con la que me regalasen mis padres en mi cumpleaños y en reyes sería suficiente). Los libros seguirían saliendo de la biblioteca. Una habitación en un piso cutre de, digamos, el Polígono de La Fama salía en aquella época por unos 150€, con gastos incluidos. Y yo pensaba ser extremadamente frugal, moverme poco, leer mucho, pasar el tiempo sentado. Alimentarme, en fin, de sopas y sándwiches y por supuesto cafés con leche, por 50€ más al mes. No viajar. No ir a bares. No ir a la playa. Robar preservativos, detergente, papel higiénico, gel, champú, pasta de dientes. Regalar dibujos o poemas, u objetos reciclados, a los amigos en sus cumpleaños. No me entendáis mal. Todo esto no como un esfuerzo ideológico decrecentista ni altermundista ni nada de eso, qué va. Todo esto para ser feliz. Para alargar en lo posible el halo de templanza que me había dejado en el cuerpo la tarde aquélla. 200€. Doscientos putos euros. Mi madre se los gasta en peluquería. ¿Y sabéis qué? Que lo hice. Con dos cojones. Lo hice. Encontré un trabajito de camarero de fin de semana y me fui de mi casa. La tasca se llamaba La Rata Escarlata, ya no existe. Yo era el barista más silencioso del universo, cosa que por algún motivo fascinaba a mi jefe, a quien en su momento dedicaremos otro soliloquihólico completo. Echaba los viernes y los sábados por la noche, ni un minuto más de lo pactado, y desaparecía sin despedirme y con kilos y kilos de alimentos robados. Y el resto del tiempo lo pasaba leyendo Nouveau Roman, en perfecta quietud. Nunca he ligado menos que en esa época, pero no me importaba. Yo era un santo, un beato(nik). El amanecer del miércoles me pillaba paseando por las afueras, y echaba siestas a mediodía. Abría libros de poemas de Saint-John Perse a las tres de la mañana y mi paisaje mental se iluminaba como bajo un castillo de fuegos artificiales. Me valía madre la gente. Me

resbalaba el hecho de no follar. A veces tenía conversaciones con desconocidos, brillantes como salamandras radiactivas. Volvía a casa empalmado. Me daba todo igual. Todo esto duró menos de un año, claro. Pero mi presupuesto se mantuvo en vigor durante esos meses. Me echaron de dos pisos, por raro, y me fui yo de otro, por los ruidos. Conocí, al menos de forma fugaz, a todas las personas que valen mínimamente la pena en esta mierda de ciudad. La mayoría ya no viven aquí. ¿Y cómo acabó todo? Muy sencillo: la maldición del camarero. Una noche, como en el poema de Héctor Castilla, mi jefe me preguntó ¿tú te drogas? y me puso delante la primera raya de cocaína. Y de ahí esta nota mental, para marxistas: no hay presupuesto ético que resista la tentación de la farlopa. Unas semanas más tarde, la costumbre de desaparecer al acabar mi jornada había pasado a la historia. Empecé a gastarme todo el dinero que acababa de cobrar en esa misma noche, casi siempre. Empecé a follar regularmente otra vez. Como iba mal de pasta, le pedí a mi jefe que me trasladase a otro bar que tenía justo enfrente y que abría de martes a domingo. Me dio cinco noches a la semana, hasta más tarde. Ahora no solo necesitaba farlopa: también ropa para no repetir, y zapatos sin agujeros. Ya no podía robar comida, porque en este otro bar no había. Al cerrar mi local, solía ir a un sitio llamado El Garage de la Tía María, que ya no existe. Allí me encontraba con la gente brillante de que he hablado más arriba, que invariablemente me soltaba un cómo has cambiado de la noche a la mañana. Luego, me los follaba. No me gusta recordar mis meses de bohemia presupuestaria. Cuando lo hago, se me dispara al mismo tiempo el recuerdo de la tarde de octubre en que empezó todo. Es mi tierra natal, esa tarde de octubre. Y no puedo volver. Como a ciertas ciudades, como a ciertas personas, que te hicieron feliz pero ya no son las mismas. O tal vez soy yo el

que es otro: ese deslizamiento es doloroso. Reconectar no es posible. Tal vez el verbo "reconectar" sea el único oxímoron formado por una sola palabra. No sé. Ponedme celebración. otro chorro, que estamos de

HÉCATE

Al final conseguimos convencer a Jesús para ir a Cuarto Milenio con Iker Jiménez y la rubia tetona cuyo nombre no recordamos. Todo ocurre muy rápido, porque Iker quiere aprovechar el interés, amplio pero efímero, que ha suscitado la historia de la desgracia de los góticos en la Praga chunga. Así que empaquetamos a Jesús con lo puesto en un tren, y esa misma semana se emite el reportaje. Nos hemos reunido todos (incluido nuestro amigo überfriqui) en el piso de las Miralles con los párpados grapados para no perdernos nada. Jesús sonríe y trata de hacerse el interesante, pero mal. ¡Empieza el programa! Antes de la entrevista, se emiten unas imágenes que el Club de la Tenia no duda en calificar de jugosas. Con esas músicas baratas e inquietantes que suele utilizar el programa, aparecen: unos góticos talluditos y muy maquillados navegando por internet, mientras una voz en off (la de la rubia tetona) dice a la búsqueda de emociones fuertes; unas tomas tenebrosas del gueto de Praga aderezadas con el jeto vampírico de Franz Kafka, y con la voz tetona diciendo la ciudad del mal, escenario de innumerables atrocidades, como las que documenta (sic) la obra del Gran Maldito, Franz Kafka; un actor caracterizado de Jesús paseando por un sex shop bastante chungo e iluminado de rojo (¿?), y la voz diciendo en su oscura provincia, el líder del grupo investiga sobre el mal y el sexo. Lee a Kafka y decide hacer de Praga la sede de sus perversas actividades. En ese momento, Ángela Miralles saca la absenta. Como es lógico, decido no abstenerme. Sale Jesús. Gritamos y cacareamos. Lo han caracterizado de malvado de una forma muy poco sutil: lleva una camisa de seda

negra y el pelo con la raya marcada con regla. Le han puesto rojo de labios, y una ostentosa máscara de maquillaje que le oculta las marcas de acné y lo hace parecer más pálido. La verdad es que está guapo, el pibe. Diferente. Le hacemos el piropo silbado unas cuantas veces, hasta que enrojece. Olga le lanza un "Jesús... Que me estás poniendo burra jajajajaj" que lo desarma ya del todo, haciendo aún más divertida la infinita distancia que lo separa del cutre personaje que Cuarto Milenio ha querido hacer con él. Iker dispara: - Cuarto Milenio quiere agradecer la presencia de ánimo de nuestro invitado, Jesús Gómez, responsable de las vacaciones infernales que tanta polémica han generado estos días. No debe ser (sic) fácil enfrentarse en estos momentos a la opinión pública y este... programa respeta, si bien lógicamente disiente de ella, la opinión del LÍDER DEL TURISMO DEL MAL (el subrayado es nuestro). Jesús Gómez, buenas noches. - ...oches, Iker, encantado qué tal. Gracias. Buenas noches. Gracias. - Tranquilo, Jesús. Nuestro público quiere saber: ¿cómo surgió la idea de crear un tour turístico del sexo y el mal? - Pues verás. Los miembros de nuestra empresa siempre hemos sido un poco excéntricos, ¿sabes? Nos conocimos estudiando Turismo y enseguida nos reconocimos por nuestras parafilias y nuestros gustos un poco perversos (sic, sic todo el rato). Luego descubrimos la sexualidad de Kafka, y ya ahí nos enamoramos de lo que tiene Praga de maligno. Así surgió la idea de crear un tour que fuese un descenso a los infiernos para conna... conna... connaisseurs.

- Sí, pero, ¿cómo vendisteis el paquete? Porque nos consta que hubo turistas que no eran plenamente conscientes de la naturaleza de la experiencia que estaban contratando. - Bien. Hemos llegado a uno de los puntos fuertes de nuestro paquete. La página web donde se contrata, que es www.kafkaweekends.net, ya es de por sí una experiencia iniciática para entendidos. Hay pistas ocultas, enlaces ocultos que llevan a otras páginas donde se trata de confundir al visitante, acertijos que resolver. Hay que ser un entendido de cierto nivel para llegar a unir todas las piezas, y creemos que el problema surgió ahí, que los turistas del primer Kafka Weekend contrataron antes de completar el recorrido informativo, y por eso no tenían una idea clara de qué les esperaba al llegar a Praga. Por supuesto, hemos solucionado el problema. Ahora no es posible contratar nada sin llegar al final del puzzle, y tampoco es posible llegar hasta allí sin tener nociones previas sobre la experiencia Kafka y la liberación a través del Mal. No va a volver a pasar. - Háblanos un poco de esa "liberación" del Mal que tan bien vendéis. - Es muy sencillo, Iker. Nuestras vidas están programadas según un patrón diseñado, supuestamente, por el Bien. Crece, aprende, trabaja, reprodúcete, cría a tus hijos y muérete. Y todo ello en Murcia, imagínate eso, Iker. Pues bien, nosotros proponemos una estancia de fin de semana en un entorno opuesto a ese imperativo, para aprender, ser libre, experimentar, ampliar el campo de visión y hacer unas fotos. Obvio que no todo el mundo está capacitado para vivir esa experiencia, eso ya lo hemos aprendido este fin de semana pasado y lo seguiremos aprendiendo, hasta que salga el juicio. Pero estoy en disposición de anunciar que los Kafka Weekends siguen adelante mientras la justicia no nos cierre la página. Estamos

ofreciendo una vía de escape a la dictadura del Bien. Tenemos una responsabilidad para con los ciudadanos. Seguimos en la brecha. (La cara de Iker en este momento. El pico de visitas a la web, cosa que Jesús tenía ya prevista, afortunadamente, y dado que migró a otros servidores mucho más potentes no hubo ninguna caída. Las caras de todos nosotros. Los rojos labios de Jesús en la pantalla, ligeramente crispados. El sabor de la cuarta absenta en la lengua. El contacto con la pierna izquierda de Patricia Miralles, sentada a mi derecha en el sofá.) - Bien. Estamos conversando con Jesús Gómez, responsable de las #vacacionesinfernales que han sacudido la Red estos días. Vamos a preguntarle en un momento por el componente sexual de su tour de Praga. No se muevan de sus asientos. La respuesta viene después de un minuto de publicidad. Brindamos por Jesús, por el Club de la Tenia, por Iker, por la rubia y por el goticismo hispano. Jesús abre el portátil y nos enseña unas estadísticas más bien espectaculares del tráfico que se está generando en nuestra web, de los nuevos enlaces que apuntan a ella y de las menciones en redes sociales y blogs. Añade: es que he cambiado un montón de cosas, luego os las enseño. Sale un anuncio de Fairy y, a continuación, vuelve Iker. Presenta de nuevo a Jesús y le espeta: - Acerca de la prostitución y los supuestos abusos sexuales que se produjeron en vuestro viaje, ¿son los Fines de Semana de Kafka una invitación al turismo sexual? - Rotundamente, no. Los Kafka Weekends son una invitación a la exploración, a desprenderse durante 48 horas de esas etiquetas que

encajonan y desecan nuestra vida. En ese sentido, el barrio de Žižkov de Praga está estratégicamente escogido. No es un entorno saludable ni seguro para turistas burgueses. Uno se mueve entre formas de vida extremas, y lo sórdido y lo sublime pueden estar follando (perdón, Iker, haciendo el amor, perdón) en la habitación de al lado. Casi nadie habla inglés, pero la acumulación de artistas y salvajes es tal que las vibraciones se captan en la lengua, como una pastilla de éxtasis. Y cuando digo artistas digo artistas. Del verbo "artistas de Europa oriental", capaces de cortarse dedos y pegarlos en un lienzo si la obra se lo exige. O de morir de hambre. No los veréis en Arco, por supuesto. Pero sí en Žižkov. Y si el viaje os mezcla con ellos y tenéis la suerte de fo... de hacer el amor con uno o una de ellos, vais a creer que la habéis metido en un enchufe. Para cuando podáis sacarla, ya no seréis los mismos. Y ésa es solo una de las posibilidades que abre nuestra propuesta. (Iker está ligeramente lívido. Tarda un par de décimas de segundo de más en lanzar su pregunta) - Te agradezco tu sinceridad. Pero. Pero. ¿Pero cuál es el papel de Kafka en todo esto? ¿Os inspiró en vuestra búsqueda de lo perverso? ¿Por qué tratáis de iniciar a los jóvenes españoles en el culto a Kafka? - Macho, si te digo la verdad, nos vale madre, Kafka. Nos vale madre Kafka y nos vale madre Praga y nos la reponflinfla el mal y el turismo en general nos importa tres leches. Yo hace un mes estaba metido en el mundo del futanari y creé la primera página española de futanari, una comunidad que instantáneamente creció hasta los cincuenta mil miembros asiduos. ¿Y tú sabes lo que es el futanari, compadre? Bueno, pues otro programa, si quieres, lo hablamos. A mí me escribía gente a las cuatro de la mañana adjuntándome fotos de tatuajes futanarescos que se acababan de hacer en toda la espalda, y yo siempre les contestaba lo mismo: oh, sí, colega, tú sí que molas,

eres el mayor friqui del futanari que hay en este país, ánimo, chaval. ¿Y sabes qué? Que tanto a él como a mí nos vale madre, el futanari, pero ambos tenemos el suficiente tiempo y el suficiente horror vacui para entregarnos sin reservas racionales a ese mundo japonés y protésico, como quien ve a la virgen de Lourdes en una rodaja de salami. ¿Tú has leído a Lezama Lima, socio? Te cito de memoria: Lo propio del sofista, según Aristófanes, es inventar razones nuevas. Procuremos inventar pasiones nuevas, o reproducir las viejas con pareja intensidad. ¿Lo pillas? La clave está en los verbos: "inventar" y "reproducir". Hay que hacer un esfuerzo. Si te quedas esperando a que se te ofrezca un bote salvavidas de tu color favorito, vacío, con aire acondicionado y minibar, lo más probable es que te ahogues. Tírate. Tírate y, una vez en el agua, lo que se te ponga a mano lo agarras como si fuera tu madre. La parapsicología, por ejemplo. Los ovnis. El puto chupacabras de los cojones, que cada vez que sacáis algo de él me parto la polla de risa y me quito el sombrero al mismo tiempo. Las psicofonías ésas, que anda que no os lo tenéis que pasar bien grabándolas ahí detrás, la rubia y tú. Por cierto, ¿cómo se llama la rubia, tron? Bueno, da igual. Lo que yo quería decir, a propósito de lo que me has preguntado, es que estamos solos y corremos el riesgo de olvidar el lenguaje, y por eso inventamos ritos y tratamos de llenarlos de significado. No para los demás. No para los cincuenta mil fantasmas registrados en mi puta locura de página de futanari o los muchos otros miles que cuando salga esta entrevista se meterán en la web de los Kafka Weekends. Para comunicarnos con nosotros mismos, e infundirnos vida. Como un monstruo de Frankenstein vestido con una camiseta de El Jovencito Frankenstein. No sé si te estás enterando de una palabra de lo que te estoy diciendo, socio. Por tu cara creo que no.

- Y eso es todo. Un fuerte aplauso pa... Despedimos ya a Jesús Gómez, responsable de eh, www.turismoinfernal.com . A continuación: las pirámides de Egipto, ¿centrales eléctricas? Volvemos a berrear. Olga le planta un beso en los labios a Jesús y le dice al oído: el primer BMW que me compre llevará tu nombre. Sale otra botella de absenta de algún lugar, pero yo pido pasarme a la cerveza. No hay. Ofrezco bajar al chino a comprar. Nadie sugiere acompañarme, así que hago el viaje intentando no pensar en nada pero con una sensación de desconexión que me absorbe la energía. De vuelta, me bebo mi cerveza en silencio. He logrado no pensar en nada. Me entero de que, en solo treinta minutos, casi cien personas han logrado resolver el laberinto de acertijos en que consiste la nueva página web de los KW, y por tanto hay que ir reservándoles una plaza para los próximos fines de semana. Llaman a la puerta. Es el lector de České Budějovice. A nadie le sorprende su llegada. Me duermo en el sillón.

BASTET

Me despierto. No sé qué hora es. Abro los ojos y veo a las hermanas Miralles sentadas junto a mí, a Olga tecleando en el portátil y al lector de České Budějovice durmiendo en un sillón. Me duele la cabeza. Las Miralles me miran, como escrutándome. Saben que tengo muchas preguntas que hacer y seguramente se adelantan a esa clásica e incómoda "conversación" en que alguien trata de obtener de ellas información que no desean dar o no conocen. Entonces Ángela se vuelve hacia la derecha y saca un gato que nunca había visto. Un gato blanco adulto, plácido y peludo. Me lo pone en el regazo, y cuando me ve algo azorado, me mira a los ojos y me dice cállate y tócalo. Así lo hago. Acaricio al gato. Entiendo entonces el motivo de toda la operación. Las preguntas se me van escurriendo hasta la punta de los dedos. El tiempo del gato, que no tiene nombres para las estaciones, me va inundando, y mi dura identidad se reblandece un poco. Sigo sin saber qué piensan las Miralles, sigo sin entender la actitud excluyente de mis amigos, eso no se ha borrado, pero ya no genera discurso interior, ya no rumio nada. Mi mano se pasea por el lomo del gato, que ha cerrado los ojos y dormita. No sé qué hora es, pero ya no me importa. El pelaje del animal va dejando de parecerme cálido. Mi mano se ha atemperado a él. Todo esto lo pienso más tarde, es decir, ahora, cuando lo escribo. En ese momento el gato es un ronroneante generador de zen funcionando a toda pastilla y acallándolo todo. El tecleo constante de Olgaga conforma una vibración benéfica. Patricia pone una vez más, sin previo aviso, su canción favorita de este mes, que es These Days, de Nico. Nada me afecta. El lector de České Budějovice tiene una pinta de perdedor insuperable, si se me permite el oxímoron. Se ha dejado un bigote irónico, como los hipsters, pero le queda horrible. Tiene la cabeza ladeada en una postura muy incómoda, le cae un poco de baba y

mantiene una erección, pero nadie le hace caso. En un momento dado, empiezo a percibir al gato como si fuese un órgano, como una especie de hígado albino y peludo que me fuese dado manosear pero que sigue perteneciéndome y funcionando para mí. Y en efecto es un hígado o más bien un riñón, porque recibe a través del torrente de dedos que le paso por el pelo grandes cantidades de texto, y filtra ese texto y lo que sale por el otro lado es silencio. Luego, a su debido tiempo, las toxinas filtradas se convertirán en literatura, pero de momento tengo paz. No puedo vivir sin el gato, entiendo sin palabras. Amo los perfiles taciturnos de las Miralles, en este momento, pero creo que podré soportar una vida sin abrazarlas. Es decir: no creo queno podré soportar una vida sin abrazarlas, si captan el matiz. Entonces Olgaga empieza a hablarme. Dice que tengo que ayudarla, porque está desarrollando en Facebook una de sus historias, pero como no estamos ni Jesús ni yo para actuar de ganchos, la cosa languidece y ya no sabe muy bien qué hacer. Desde un lugar muy lejano vuelvo entonces al país del lenguaje, y desentumeciéndome me entero de que el relato de hoy trata sobre la murciafobia de Fernando, una forma de esnobismo tan común entre nuestros vecinos que ya ni nos llama la atención, pero que puede producir estados de ansiedad tan agudos que los pacientes la somatizan, apareciendo entonces el sarpullido de la Fuensanta o las pupas, como se lo conoce entre el populacho. Es este síntoma cutáneo tan frecuente y ubicuo que en determinadas épocas, como los meses de infierno o el inane noviembre, es raro encontrar a un murciano que no lo sufra, y entonces ésos despiertan sospechas. Se les pregunta una y otra vez, de forma nada inocente: "¿Y tú qué te echas en el cuello, que no te veo las pupas?". Ningún miembro del Club de la Tenia padece murciafobia, y cuando nos

reunimos en períodos de incidencia alta, levantamos oleadas de resentimiento y desconfianza que sin embargo sabemos utilizar a nuestro favor. El verano pasado, sin ir más lejos, inventamos una nueva religión para murciafóbicos, y cuando predicamos, éstos escuchan, porque es verdad que nos odian, pero también están cansados de rascarse y echarse cremas y pincharse Urbasón, con lo que duele. Con nuestras tersas y sanas pieles prometemos la Sanación a quienes cumplan con el Rito, y éste es muy sencillo: dar muestras de fé. Proclamar cinco veces al día nuestro amor por la ciudad. Afirmar lo bien que se come. "Y la gente". Ponderar que Murcia "tiene el tamaño justo: ni muy grande ni muy pequeña". Los muy fieles serán capaces de experimentar placer sexual al hablar del Malecón, y entonces "un paseo como éste no lo hay en toda España". Si el remedio no funciona inmediatamente, la culpa no es de la religión, es tuya, que no muestras la suficiente fé. Si solías pasar tus vacaciones de viaje, o en el Norte, ahora debes alquilarte algo en el Mar Menor y añadir "nosotros la verdad es que a la playa no bajamos mucho, porque se pone imposible de gente. Normalmente nos quedamos en la piscina de la urbanización, ahí apalancados en el chiringuito". Si tu hijo quiere estudiar fuera, respóndele: "No nene, adónde te vas a ir tú. Tú te quedas aquí que mejor que aquí no vas a estar en ninguna parte. Si no te cogen en la pública te metemos en la católica y arreglao.". Si a pesar de todo te ves obligado a salir de la ciudad, como por ejemplo en tu viaje de novios, por aquello del qué dirán, es imprescindibleque al volver declares: "Yo no veía ya la hora de volver. No he comido más que sándwiches de jamón york todo el viaje. Y qué suciedad había, qué pobreza. Como para meterte en un váter allí, madre mía.". La gente nos escuchaba. Con restos de sangre en las uñas ponía una especie de sonrisa falsa e intentaba un "Y lo a gusto que se está ahora en verano, que puedes aparcar donde quieras y tienes la ciudad pa ti". Nosotros nos reíamos, nos reíamos. Poníamos cara de beatitud y nuestros cutis impolutos añadían: "Ya

puede hacer calor que tú a las diez cierras bien las persianas y las abres con la fresca y ya verás cómo tú en tu casa no sudas", "Pues ya si estás que no puedes te subes al Quitapesares que allí te tienes que llevar hasta una rebeca", "Y a las malas al Corte Inglés, que da un gusto meterse, que no hay nadie", etcétera. Llegaron las lluvias de septiembre y el nivel de alérgenos descendió y ya no todo el mundo lucía su sarpullido de la Fuensanta, y nosotros empezamos a aburrirnos del juego y a evitar a los que nos llegaban aún con las pupas y demasiadas preguntas. Pero nos dimos cuenta de que el culto se extendía sin nuestra tutela. Vimos a gente llorando de dolor y ansiedad, con las puntas de los dedos envueltos en esparadrapo para no rascarse, recorriendo una y otra vez el Malecón y lanzándose "Buenos días" con una extraña sonrisa de circunstancias. Y también y sobre todo vimos a las clases acomodadas y a los políticos con cargo transformarse de la noche a la mañana: siempre habían lucido reglamentarios sarpullidos, pero repentinamente detectaron que los votos estaban en la tersura cutánea, y jamás se vio una sola pupa más en campaña electoral local alguna. Pero me estoy yendo del tema. Olga anda un poco perdida con el asunto. Me cuenta que Fernando se gastaba dinerales en cremas contra el sarpullido, y que le había puesto nombre a su murciafobia: "síndrome de Ginés", como un reverso huertano del síndrome de Stendhal. Me dice que no se le ocurre nada, que la historia se le ha quedado muy corta, que hace tres cuartos de hora que nadie dice nada y que Fernando no ha comparecido para darle al "Me gusta", pero que ha visto que está conectado porque hace veinte minutos comentó en la página de su serie. Miro a mi amiga: no puede cerrar la boca. No me refiero a que no se calle ni un momento, que tampoco. Me refiero a que la zozobra le mantiene descolgada la mandíbula todo el rato. El gato se retuerce en mi regazo. Experimento un golpe de amor hacia ella. O de compasión. Le paso el

gato, que ya no tiene el lomo completamente blanco. Con la sonrisa más grande de que soy capaz le digo cállate y tócalo.

O MAKE ME A MASK

Nos vamos todos a Praga y nos alojamos en un hotel cojonudo del barrio histórico, y pagamos con los miles y miles de euros que hemos cobrado en concepto de adelanto de los turistas que están por kafkificarse este otoño. La idea es buscar nuevas pensiones y nuevos "castillos", para poder apretar a más turistas en cada KW, por un lado, y jugar con ellos de formas nuevas, por otro: establecer "recorridos correctos" por Praga y "recorridos falsos", hacer a unos visitar los castillos de otros, provocar encuentros con agentes disfrazados de artistas de Žižkov (algunos "falsos" y algunos "verdaderos", a su vez), crear pistas falsas capaces de acabar con el viajero detenido o drogado, etcétera. Ésa es la idea, repito. Pero llegamos a la ciudad y nos dedicamos a buscar la casa donde vivió Bohumil Hrabal, en el 24 de la calle Na Hrázi. A continuación, nos sentamos los siete (el Club de la Tenia más el lector) en una terraza y nos ponemos a beber cerveza y a hablar de Hrabal y las ventajas del trabajo duro, físico, en la literatura. No conocemos a ningún escritor que haya trabajado más ni peor que Hrabal. Recordamos la sensación de elevación, la cuasimística que nos produjeron a todos ciertos fragmentos de Yo que he servido al rey de Inglaterra. Tal vez todo esto lo decimos porque confiamos en el lector, nuestro hombre en el terreno, y le vamos a pedir cantidades ingentes de trabajo para mantener todo el chiringuito (que ahora va a incluir a casi cien turistas por viaje, unos veinte establecimientos hoteleros y dos docenas de actores, por no hablar de las detenciones programadas, los problemas ), sin que nadie haya mencionado aumento alguno de sueldo. De los siete, es el único que ha pagado el billete de avión (y las cervezas) de su bolsillo. Las Miralles lo tratan con un desprecio olímpico, algo insólito en ellas. Son capaces de cambiarse de silla si éste se les sienta al lado. El pibe, sin embargo, encaja todo esto con

una resignación de lo más matter of fact, como si no pudiese esperar otra cosa de la vida ni de los amigos, no digamos ya de los superiores jerárquicos. Es enternecedor. Paulo, de quien sospechamos que se lo ha tirado, le da órdenes secas: pídeme otra, líame un cigarro. Y a mí me da por pensar que todo es teatro y que el único espectador soy yo. Luego visitamos el ghetto y miramos camisetas con la cara de Kafka, pero no nos compramos ninguna. Hablamos de los obvios pasadizos entre Trenes rigurosamente vigilados, la obra maestra de Hrabal, y las pelis mayores de Emir Kusturica: Underground y Gato blanco, gato negro. Un gitano toca un trombón y nos detenemos junto a él. Compramos cerveza de lata en un minimarket y la bebemos allí, escuchando al gitano. Se detiene abruptamente y enciende un cigarrillo. Nosotros echamos a andar en dirección este, pero en un momento dado me vuelvo y sorprendo a Ángela Miralles dándole algo al gitano, no estoy seguro pero parece un billete de cien euros. Vuelvo a estar mareado, pero la charla, all things Hrabal, me pone de buen humor, me anima. Como cuando los expatriados que llevan mucho tiempo sin pisar su tierra natal encuentran a alguien de su misma ciudad, y la conversación (estereotipada y anodina, sobre calles y bares y jardines) los arrastra con una pasión ingobernable. Algo así. Hablamos de Bodas en casa. Luego, del suicidio de Hrabal, que a algunos no nos parece un suicidio en absoluto. Hablamos de ese autorretrato de Hrabal en el que aparece recortando las patas delanteras a una mesa para poder ponerla recta en un tejado y escribir desde allí. Hablamos de los personajes de sus novelas que mueren cayendo de un quinto piso, exactamente la altura desde la que cayó él.

De golpe estamos en Žižkov. Hay en efecto muchos antros, muchos burdeles, muchas pensiones por horas. También está el Nuevo Cementerio Judío de Praga, y alguien sugiere visitar la tumba de Kafka. Alguien se ríe, de la ocurrencia, pero parece que giramos en esa dirección. Yo apenas puedo caminar, pero -me acabo de dar cuenta- Jesús me lleva agarrado del hombro, y me sostiene. Le digo, de broma: Jesús es mi guía, pero no parece hacerle ninguna gracia. No habla. Ha caído la noche y el cementerio, que parece pertenecer a un bosque, como un camping, o más bien el bosque ha sido conservado debido a la existencia del cementerio, en pleno casco urbano de Praga, no está bien iluminado. Mis amigos parecen haberse perdido. Cuchichean como si nuestra presencia allí fuese irregular. Lo último que veo antes de desmayarme es precisamente un cartel que indica la dirección de la tumba de Kafka. Y me despierto junto a la tumba. Solo. Son las cuatro de la mañana pero no sabría decir si ésa es la hora local o la española. Con la exigua luz de mi reloj Casio leo lo que hay inscrito sobre la matzeva: Dr. FRANZ KAFKA (1883-1924), y debajo: HERMANN KAFKA, y más abajo: JULIE K FKA. Estoy empapado de rocío, semicongelado. Tengo una resaca épica, una que solo se puede achacar a la química imprecisa de las drogas baratas. Estoy harto de que me ocurran estas cosas y, francamente, no entiendo qué mensaje quieren hacerme llegar mis amigos, con todo esto. ¿Ayúdame, Franz? Ayúdame, Franz. Llego al hotel ya de día, tambaleándome y lleno de barro. Mis amigos están disfrutando del buffet y del salón art nouveau. Tienen dos portátiles abiertos frente a ellos, y parece que ultiman los detalles de los próximos Kafka Weekends. Todo parece estar planeado al milímetro y el lector, que se ha afeitado el bigote y se ha colocado un traje barato, hace aportaciones profusas en calles, clubs, hoteles e incluso nombres de pila de los actores que utilizaremos.

Ángela Miralles me abraza y me besa fugazmente, con manos y labios sin peso, en la mejilla izquierda y en el cuello. Olgaga levanta acta de todo lo que se comenta. Me como cinco croissants. Paulo, callado y pálido, me mira engullir los bollos y, de golpe, gira la cabeza y vomita un poco sobre la lujosa alfombra persa. Las Miralles se abalanzan sobre el charquito, provistas de servilletas, pero yo ya he mirado y lo que he visto, flotando en una bilis verdosa, es un manojito de pelos castaño oscuro. Pelos de bigote, cortitos.

SÚCUBO

Estamos reunidos. Ahora tenemos una carísima oficina alquilada en el piso más alto del más alto edificio de oficinas de Murcia. Desde aquí tenemosunas vistas privilegiadas (es difícil decir este sintagma sin reírse) sobre la ciudad. He preparado un texto para la portada de la página web: Desde una encrucijada especialmente pavorosa del siglo XX europeo, Franz Kafka nos enseñó para siempre que la vida es un juego cuyas reglas no pueden ser conocidas, pero tampoco desobedecidas. Por eso se le nombra en todos los manuales como uno de los antecedentes mayores del existencialismo occidental, por eso su oscuro retrato ilustra todas las crónicas del derrumbe del proyecto ilustrado y el descubrimiento de fuerzas ignotas (psicoanálisis, teoría de la relatividad) que gobiernan desde la parte no evidente, desde fuera de nuestra vista. Nosotros, el Club de la Tenia, no ponemos en duda esta interpretación, pero preferimos concentrarnos en el otro término: en la vida como juego. El espíritu lúdico, si bien neurótico, que anima al diseñador de la máquina de ajusticiar de En la colonia penitenciaria. El juego obsesivo, perfeccionista, del maestro de pueblo con su puzzle del topo gigante. La terquedad infantil de los protagonistas de Un artista del hambre o Ante la ley. El humor kafkiano se basa en esto, en describir con una seriedad germanófona las actitudes, de seriedad también teutónica, de unos personajes adultos pero poseídos por unos juegos que no comprenden ni pueden racionar.

Al lado de la obra de Kafka, ¿qué es Matrix? La metáfora de una renuncia: la de quienes se desvinculan de una vida entendida como juego con normas ocultas y se entregan a cualquier tipo de ficción evasora, con tal de que esta ficción tenga unas normas definidas. Ésas son las auténticas píldoras de Morfeo: vida (azul) o código (roja). Neo escoge el código, una ficción bien ordenada con buenos y malos, heroicidades y cobardías, bellas Trinity y malvados agentes Smith, raza humana en peligro y ubicuos robots invasores. Se le dice todo esto es real, lo falso es lo que has dejado atrás. Y ya empieza con el kung-fu y no pregunta nada más. En ese sentido, Neo es un lotófago homérico: lo que come es código, es Tablas de la Ley reveladas o, si queréis, superestructura en el sentido marxiano. Matrix es el sueño húmedo de todo hikikomori: genera hikikomoris a su paso y se alimenta de ellos. Los Kafka Weekends tratan de recuperar ese espíritu de entrega lúdica a un escenario adictivo y hostil, a la gramática oculta de una normativa inflexible. No se sale de Matrix sino entrando en Matrix hasta la fosa séptica, cosa que ya sabía el viejo Franz un siglo antes del estreno de la película. En esta página en que lees este texto hay un resorte, una píldora desde luego muy azul que puede llevarte a Praga uno de estos fines de semana, o no. Los motivos para emprender este viaje son desconocidos, y tampoco es fácil entrar a formar parte del pasaje. Bienvenido entonces, visitante. O no. Paulo: es una mierda, tío. A quién pijo le importa todo ese discurso filológico. Y eso de Matrix me juego el rabo a que lo has copiado de Žižek. Y todas esas metáforas y términos raros. Ya lo que nos faltaba: poner enlaces a la Wikipedia en nuestra página. Y no se

habla ni de sexo ni de drogas ni de nada. Yo sinceramente, leo esto y me da la risa. No sé cómo lo veis los demás. Jesús: yo no voy a entrar en si vende o no. Bueno, sí: no vende. Pero lo de Matrix sí que me ha gustado, por la parte de hikikomori que me toca, claro. Ángela M.: es bonito Patricia M.: es bonito Olgaga: Paulo lo que pasa es que yo no quiero perder más tiempo con esto. Hay que hablar también de lo de la enfermedad y son las once y media de la noche, tío. Se aprueba mi texto.

XXX

El asunto de la enfermedad. Nos hemos encontrado, observando los muchos foros que hablan de los KW, con algunas oscuras menciones a una extraña enfermedad que supuestamente contrajo la chica que (supuestamente otra vez) sufrió abusos sexuales en el primer viaje que organizamos. Hay un usuario, llamado Qwertyo, que parece manejar "información privilegiada" y narra a veces con atributos propios en masculino y a veces en femenino. Según Q., la chica se encuentra en estos momentos en una clínica de Houston, Texas, en tratamiento y estudio. Aporta como prueba una foto de la chica, que sin maquillaje no es fácil de reconocer, en una cama de hospital, con gotero y ayuda respiratoria pero sonriendo y haciendo la V con los

dedos. Contrastamos la foto con las que aparecieron en la crónicablog de ese primer KW, y bien podría ser la misma. Una vez aceptamos laposibilidad de que sea la misma chica, se abre la puerta a lo puramente conjetural, a las hipótesis que adelanta Qwertyo, todo o toda lanzado -a. Nos gusta esa palabra, "conjetural", porque se la inventó Borges o la rescató de lo más profundo del siglo diecinueve y todos los aprendices de escritor de menos de treinta la usan todo el rato, pero sin que medie ironía, y a nosotros nos da mucha risa y ternura todo esto. Pero a lo que iba, a la enfermedad. Una enfermedad de transmisión sexual. Infecciosa. Una enfermedad endocrinológica capaz de alterar el funcionamiento de las glándulas del cerebro, tanto el hipotálamo como la pineal. Y tal vez otras, eso aún no se sabe. Síntomas descritos: picos de libido, hipersensibilidad sensorial, sensación de ralentización y ampliación de la percepción, pérdida de peso, desafección emocional, fases de pánico, ciclotimia, sensación de falsa seguridad en uno mismo, destrucción de tejido renal y nefrótico, picos de testosterona y adrenalina, dificultad para diferir las pulsiones, palidez, sensación de concentración, sinestesia, hiperestesia, etcétera. Otros usuarios, todos con el apodo Anonymous, aportan testimonios de encuentros sexuales con la chica (Morrigan Aensland según su sobrenombre gótico) tras su paso por el KW. El acuerdo es total: el mejor polvo de mi vida. Hay momentos bastante gráficos: no me podía creer el volumen a que gritaba Morrigan, hasta que empecé a gritar yo. Y en esa línea. Sin embargo, ninguno de estos amantes declara haberse infectado. Saltan de foro a foro con el asunto, abren hilos de conversación que luego no continúan, aparecen de improviso en un hilo de asesinos potenciales de Tokyo Hotel para añadir algún detalle escabroso sobre Morrigan. Describen la extrema contracción de las pupilas de la chica, incluso en la penumbra. Comparan el sexo con ella con los efectos de las setas, del éxtasis, del peyote, del MDMA. Hablan delwitch house para ilustrar la sensación de tiempo ralentizado que incluye la

sintomatología de la enfermedad. Sugieren que el foco de la enfermedad es algún artista vampírico de Žižkov, el desconocido amante (no sabemos si consentido) de Morrigan, en su aventura praguense. Alguno da sutiles pistas que pueden hacer pensar que también está infectado. Hay cientos y cientos de hilos abiertos con la misma pregunta: ¿Quién sabe algo más de la enfermedad de Morrigan?, sin respuesta. Como mucho, alguien que se ha molestado en recopilar las aportaciones de Quertyo y de los amantes (pero nadie las ha encontrado todas) crea un documento y lo comparte en ellos. Luego, gente elucubrando sobre el asunto. Algunos, desgraciadamente, parecen chalados, pero en general la cosa funciona. A aproximadamente la una de la mañana, las Miralles sacan la marihuana. Yo me abstengo. Es la hora de las conclusiones finales sobre el tema de la enfermedad. Hay cierta lógica euforia. Paulo, que ya tiene la risa floja, me dirige entre dientes un a ver si aprendes a vender, mamón que provoca: una ola de agitación en las Miralles y una sonrisa de orgullo en Olga. A mí estas cosas ya me dan igual. Tenemos una nevera en la oficina, y dos botellas de absenta checa en el congelador. Me sirvo una copita del verde licor a través de un terrón de azúcar y digo sonriendo eres buena, Olgaga, eres muy buena. Nadie reacciona.

DANUBIO

Desde que se comió y trató sin éxito de digerir y finalmente vomitó el bigote del lector, Paulo parece haber caído en desgracia. La culpa no la tiene el asunto del bigote, claro está, sino su cada vez más acusada tendencia a chuzarse vivo y emprenderla a soliloquihólicos deprimentes, infinitos e incoherentes. Todo el mundo prefiere a Paulo drogado y entregado a sus complejos rituales de seducción, cuando estamos en los bares, pero por algún motivo esto ocurre cada vez menos, ni siquiera en sus sitios favoritos, como el Ocio, o el Sur. Además, y en esto coincide con el resto de nosotros, parece haber renunciado al resto de su vida social. Sus muchos amigos de antaño han desaparecido. Ya no es invitado a pasar fines de semana en la playa, en casa de unos y otros. No pisa los festivales de música electrónica que tanto le gustaban. Ahora todo es beber vino blanco y cerveza y amargarnos a los demás. Se ha dado cuenta de que las Miralles lo ignoran en cuanto empieza a inflamársele la lengua, y pasa el resto de las noches tratando de llamar su atención a base de discursos. Lo peor es cuando está la música alta, porque se ve obligado a gritar mucho y suele expulsar saliva, profusamente. Con frecuencia yo soy su último recurso, cuando todos los demás ya se lo han quitado de encima. Estas perlas son de anoche, en la 12 y Medio, mientras yo trataba de acercarme a una chica a quien habíamos entrevistado hacía poco para un puesto de atención al cliente. Una muchacha muy sexy, popi e ingenua en apariencia acompañada por dos parejas de amigos, un poquito borracha, tratando de bailar una canción de los Smiths a las siete menos cuarto de la mañana en medio de la pista: lo que yo llamo La Tierra Prometida. Que no pisé, claro, porque se interpuso Paulo:

Mira, tío, mucha gente me pregunta cuál es nuestro target. ¿Nuestro target?, respondo. Nuestro target eres tú. Y tú. Y tú. Y tú. Si eres un miembro activo de esta sociedad, es decir, si consumes, eres nuestro. Si compras objetos y llevas años haciéndolo, ya has aprendido todo lo que necesitas saber para lanzarte de cabeza a contratar un Kafka Weekend. Un sinónimo de dinero es "líquido". Pues bien, ese flujo incesante de dinero te ha ido mojando a lo largo de toda tu vida. Llamemos a ese proceso "licuefacción", como si tú hubieses sido alguna vez un bloque de hielo. Tal vez tenías una forma, unas aristas. Ahora, ya no. Es el problema de la liquidez: ahora necesitas un molde en que encajar, si quieres tener forma. A cambio, fluyes. Cambias de manos, cambias de país. Puedes ser un producto concreto, u otro completamente diferente, o ningún producto en absoluto, solo un apunte contable. Hace dos años vestías de roquipanqui y te chiflaba el snowboard: ahora que tienes novia te has dejado la barbita de rigor y te has comprado un Hyundai. Sin embargo, el cambio de molde no te ha dejado satisfecho por entero, y cuando sales por ahí y ves a la gente de la sala de fumar de la Revólver, por ejemplo, el cuerpo te pide un look más radical, una vida más salvaje y más auténtica. O tal vez no, tal vez lo que te pide el cuerpo es apuntarte a una vida más, digamos, de golfista, como la de ese jefe nuevo que te han colocado que aunque tiene tu edad lleva un BMW más grande que tu calle. El caso es que puedes tener las dos cosas a la vez, porque para eso eres líquido y tienes una visa. Tu identidad se basa en la liquidez, como todo el mundo sabe, pero también es cierto que hace mucho tiempo que no encajas con placidez y exactitud en un molde aparentemente pensado para ti. Vayas a donde vayas, siempre parece haber demasiada gente allí. La nostalgia de esa sensación de remanso te roba la tranquilidad, te hace saltar y fluir, buscar otros espacios no transitados. En esa

carrera, sin embargo, vas perdiendo volumen. No eres un río, eres más bien un charco: cada desplazamiento te cuesta algo de líquido. Cuanto mayor es tu zozobra, más fluyes y más volumen pierdes, y a menor liquidez, menor exclusividad, menor sensación de plenitud identitaria, menos hielo. A todo esto lo llaman "reinventarse" en las revistas. Una vez, la Cosmopolitan regalaba con el número unos calientapiernas ochenteros de mala calidad: el eslógan eraReinvéntate ahora y mis amigos y yo estuvimos unos días diciendo reviéntate ahora. También podríamos haber dicho: evapórate ahora. Después de un tiempo sumido en esa espiral neurótico-líquida, lo más corriente es desarrollar el deseo de hacerse estilita: alguien con una identidad de mármol, subido para más inri a una columna, que ni consume ni fluye ni se derrite jamás. Podría ser Kafka, o podría ser Gregor Samsa: alguien que ha alcanzado el fin de la liquidez, el Nirvana, la identidad definitiva. Pero para pagar esto, alguien tiene que comprar, lo que es lo mismo que decir que para cambiar de nombre, alguien te tiene que llamar. No otra cosa es el dinero: un mensaje con emisor, código, canal y receptor. Tal vez podríamos ser Simón del Desierto, pero tendría que ser en plena calle, o en un centro comercial. Nuestros conocidos tendrían que vernos al pasar, lanzar algún comentario de reconocimiento, ponderar nuestro nuevo Equipo de Contemplación Mística con un poquito de envidia, etcétera. Ése es nuestro target, ¿entiendes? Todo el mundo lo es. ¿Esa gente que se hacía budista y se compraba un Citröen por el anuncio de Richard Gere? Todo el mundo es como esa gente. El ritmo de ventas que tenemos ahora no durará, le darán la espalda a Kafka, pero montaremos otra cosa, tengo ideas: unos gimnasios donde la gente competirá entre sí con unos videojuegos conectados a los aparatos, y valorará con megustas la evolución del cuerpo de los demás... unos clubes de

psicoanálisis donde uno podrá confesarse ante desconocidos, y valorar lo que le cuenten y recibir consejos sobre sus traumas y complejos... una residencia muy barata en medio de ninguna parte, para parados... con wifi, eso sí, pero nada más. Ni cobertura de móvil... Lo que tienen en común estos tres proyectos es que nuestros clientes se van a hartar a follar entre sí, ése es nuestro producto bla bla blá... Por el rabillo del ojo veo a la bella popi abandonar el 12 y Medio con sus amigos. Adiós a mi mejor oportunidad de ligar en los últimos tres meses. Pero no estoy enfadado. De hecho, estoy contento de tener un aliado en la marginación. Miro a mi alrededor: las Miralles están bailando extáticas y risueñas una de sus canciones favoritas, que es Love will tear us apart . Me pregunto por Jesús y Olgaga, pero en seguida los veo regresar del baño, también con pinta de marginados y de haberse metido algo. ¿Marginados por qué? ¿Exactamente de qué hemos sido apartados? La única respuesta posible es: de la canción. Exacto. Desterrados, expulsados del interior de esa canción.

$IM

Esta noche debemos

votar sobre un montón de

propuestas

rutinarias que nos hace el lector desbigotado. Como no le hemos otorgado capacidad de decisión alguna, pero nosotros no estamos en Praga, el pibe debe documentar cualquier sugerencia que quiera hacernos con abundante material gráfico y esperar la resolución del Consejo, es decir, de nosotros, el Club de la Tenia. Dado que es él quien se encarga de todo el desarrollo de los Kafka Weekends, que por el cariz que están tomando ya tienen más de obra teatral de vanguardia o de novelita de Elige tu propia aventura que de paquete turístico, a veces la ristra de propuestas es tan larga que nos retiene en la oficina hasta la madrugada. Ejemplo: para la subtrama Aventura en la línea amarilla del metro, que solo se activa si el turista decide seguir unas confusas indicaciones que le entrega un camarero-gancho, el hirsuto lector propone un actor:

Y a continuación la trama que se le ha ocurrido: Si los turistas deciden seguir la pista, llegan a la estación término de la línea

amarilla del metro (Černý Most) y este señor, bastante nervioso, los aborda. Les dice en un inglés más bien macarrónico que su país es una mierda, que unos mafiosos del gobierno lo persiguen para robarle el dinero (y en ese punto les enseña un bolso lleno de billetes) y que les ofrece 3.000€ por quedarse con el bolso y llevarlo a una dirección cercana. En ese momento, el tipo recibe una llamada al móvil y se aparta unos minutos de los turistas, que previsiblemente deliberarán sobre si aceptan o no la oferta. En un momento dado, de un pequeño altavoz situado tras los turistas emerge una voz que, en un español correcto, les dice queridos amigos, soy yo, el hombre del bolso lleno de dinero (desde el otro lado de la estación, el hombre les saluda con una mano, mientras sujeta el móvil con la otra). Ha sido divertido escucharos hablando sobre mí. Ahora os voy a poner vuestra charla, y la vais a oír hasta el final sin moveros, u os romperé las piernas con esta herramienta (el hombre saca un palo de cricket). Comentario final del lector: esta trama está pensada para provocar una catarsis en el turista, al ser confrontado con su propia argumentación ética. Ahora todos nos reímos mucho. Pues no que nos ha salido filósofo, el bigotudo sin bigote éste. Rechazamos la propuesta por unanimidad. La siguiente en el orden del día es ésta: Si los turistas pasan por delante de este escaparate, en Žižkov:

y deciden entrar a la tienda, dentro encuentran a esta dependientagancho:

que les dice que estaba a punto de echar la persiana para fumarse un porro, pero que ya que están allí, pueden fumar con ella. A continuación saca una botella de Becherovka y unos vasitos. Ya borrachos y animados, la improvisada pandilla saldrá a continuar la parranda por Praga. La noche acabará en el club más hip de Žižkov, donde la dependienta (a su libre albedrío) puede proponer sexo en grupo a los turistas, tanto si son chicos como si son chicas, o una mezcla de ambos sexos. Si la oferta se materializa y es aceptada,

subirán a un piso franco de la organización, cercano a la discoteca, preparado para parecer el de la dependienta, que a cambio de su colaboración se quedará con el dinero en metálico y las tarjetas de crédito de los turistas (pero no con sus pasaportes). ¡Ahora ya empezamos a entendernos, lector de mis cojones! grita Jesús, con un purito en la boca y una botella de absenta en la mano. Nos hace mucha gracia esta pantomima últimamente. Aprobamos por unanimidad, y le mandamos un mensaje laudatorio a nuestro hombre en el terreno que nos hace revolcarnos de la risa: ¡Más, más, queremos más! Y en efecto, mañana tendremos más, más fotos, más tramas, más presupuestos, más resultados de explotación, más actores. Como esto siga así, el lector diligente convertirá Praga entera en un inmenso set lleno de turistas, trampas, subtramas, gente-gancho, sexo y robos, y todo (todo) habrá sido aprobado por nosotros a lo largo de alguna junta como ésta, mientras hacemos chistes malos capitalistas y nos reímos sin parar.

PROMETEA

Sospecho que por amor, pero no lo sé, Jesús le ha fabricado a Olgaga un sofisticado programa para gestionar sus cientos de cuentas falsas de redes sociales. El engendro le ha costado semanas de trabajo y es capaz de manejar las direcciones IP como una ametralladora maneja las balas, hasta tal punto que nos hemos visto obligados a contratar una conexión a Internet nueva solo para el ordenador de nuestra experta. Ahora, Olgaga puede poner a 500 marionetas a tuitear nuestros hashtags con un solo clic de su blanco índice. Puede crear personalidades para sus identidades de Facebook y Tuenti, y ponerlas a interactuar. Promocionar con sus múltiples cuentas cualquier cosa en Menéame, introducir cualquier tema de conversación en cualquier foro, llenar con el meme que ella desee las conversaciones de whatsapp de la chavalada, etc. Visiblemente encantada, Olga lleva ya una semana durmiendo en el sofá de la oficina una media de cuatro horas al día y dedicándole las demás a la manipulación internáutica. La interfaz del programilla usa una paleta basada en violetas y naranjas, tipografías webdoscerianas y dibujos de burbujas, fenómenos todos que refuerzan la tesis del enamoramiento que sostenemos con fruición Paulo y yo. Tiene un nombre, el software: False-O-Matic. @torque77: Meterse un #KafkaWeekends es mejor que meterse una seta XDD @nomenome: Vengo d #KafkaWeekends no m pidáis que os lo cuente en 1 tuit pq necesitaría mejor 1 novela ;) @fastforwar: Prague is the new Amsterdam #KafkaWeekends

En la página oficial de Facebook hay un concurso en marcha que está resultando muy popular. Se trata de relatar en el muro la mejor anécdota ocurrida en un Kafka Weekend. Todas las semanas se contabilizan los megustas que recibe cada una, y el ganador recibe un lote de merchandising. Ni que decir tiene que no tenemos merchandising ni falta que nos hace, porque siempre las gana Olgaga con alguna de sus identidades. Ésta recibió más de trescientos megustas. La contaba un tal Huan Solo, de espaldas y vestido de negro en su foto de perfil: Acabo de llegar a la pensión y me estoy fumando un cigarro asomado a la ventana. No llevo así ni diez minutos cuando oigo que llaman a la puerta: dos turistas yanquis, una pelirroja y la otra rubia, con pinta de atontaditas. Me preguntan si hablo inglés y me enseñan una tarjeta que han encontrado en su habitación: Llamad a la puerta de al lado y pedid un cigarrillo. Llevad esto a cambio. La ofrenda no es otra cosa que la consabida botella de Becherovka, que yo ya sabía por los foros que aparece por todas partes en los KW. Nos reímos. Todo esto, más que una incursión en los abismos del subconsciente, parece una gymkana, les digo, y están de acuerdo, así que abren la botella y se sientan. Parecen aliviadas de que el viaje no sea para tanto. En un momento dado, me preguntan la hora, porque aún no han adelantado los relojes. Se la digo y se quedan pensando, con los vasitos de aguardiente congelados en sus manos. Se miran confusas. La pelirroja hace cuentas con los dedos, mirando al techo y susurrando. Pregunto qué pasa, pero me ignoran. Me sirvo un cuarto vasito de Becherovka, deseando que solucionen el asunto cuanto antes para seguir la celebración. Entonces la rubia recuerda algo:

- Tengo una idea. ¿Te acuerdas de que has grabado un vídeo con el móvil en la puerta del hostal, al llegar? Mira a qué hora fue tomado. Su amiga saca el teléfono, trastea un poco, dice what the fuck is this, y a continuación grita. Un grito que me produce una náusea persistente y algo de dolor de cabeza. La rubia corre junto a ella, mira la pantalla del móvil, y se pone a gritar, a su vez. Un momento después, también están llorando. My god. What the fuck is this. Oh my god. Y así todo el rato. Me cuesta bastante trabajo, pero me levanto y llego junto a ellas. Calm down. It's alright, be cool. Me enseñan un vídeo, que aseguran no haber tomado ellas. Aparecen tumbadas en la cama de, supongo, su cuarto, durmiendo. Los pies colgando, la postura incómoda. La rubia ni siquiera se ha quitado el abrigo. En primer plano dos tazas de té aún humeando sobre una mesa baja. Llega alguien. Es un hombre desnudo, hirsuto y con el cuerpo tatuado, que se mueve encorvado. Lleva unos aretes de un metal de color oscuro en las cejas, la nariz, los pezones y el ombligo, y se ha pintado los labios de negro. Se comporta como si estuviera drogado. Toma de algún lugar fuera de plano una pequeña botellita y un pincel, y se repinta de negro el glande y los labios. Luego chupa el pincel, se sube a horcajadas sobre las chicas y las besa una a una. Las miro en ese momento y me doy cuenta de que aún llevan restos del extraño pintalabios en la boca. El vídeo continúa: el hombre vacía ahora el resto del líquido negro en la botella de Becherovka, y la deja junto con la tarjetita encima de la mesa de café. Para terminar, se incorpora y se dirige lentamente hacia el lugar donde ha colocado el móvilcámara para detener la grabación, exhibiendo una erección descomunal. Miro a las chicas, que lloran abrazadas, sentadas en el suelo, y miro a continuación la botella, a la que le falta la

mitad de licor. Noto golpes de calor, flojedad en las rodillas y la cadera, fragmentación del discurso interior, ataques de pánico y taquicardia, hipersensibilidad y euforia. Me tumbo junto a las turistas y las abrazo. Me excito. Ellas lo notan y se ríen. Empezamos a reírnos los tres a carcajadas. Medio por hacer el chiste, me levanto y cojo la botella, lo que provoca una ola de risa nerviosa. Bebo de la botella. Le doy de beber a las chicas. Seguimos riéndonos y abrazándonos hasta que la pelirroja empieza a quitarse la ropa, descubriendo, para sorpresa de nadie, los mismos tatuajes, los mismos aretes oscuros, el sexo pintado de negro. Todo esto nos hace mucha gracia otra vez. La rubia saca del bolso una botellita y un pincel iguales que las del extraño visitante. Nos pintamos. Una sensación fría y estimulante en la boca y en la polla. La pelirroja empieza a grabar con el móvil. ¡Estoy en una peli gonzo! Se abre la puerta, y aparece el flaco. En fin, la Olgaga que conocemos, pero multiplicada por miles de identidades fraudulentas. Reloaded, digamos. Ubicua. Desbordada, inundando el ciberespacio con su incontinencia ficcional. Le decimos cosas y nos contesta sin necesidad de apartar la mirada de la pantalla ni dejar de teclear. Le regalamos el oído, le vaticinamos fama y riqueza literarias, y ella se ríe. Lo mío no es la literatura, chicos. Qué vulgaridad. Lo mío es la ficción a secas. ¿Y qué diferencia hay, según tú? Sois catetos, amigos míos. La ficción literaria requiere que el lector suspenda voluntariamente sus mecanismos de incredulidad. Como decía Coleridge, ¿me seguís? Para ello, ese lector necesita un aviso previo, algo que le diga: eh, esto es ficción, apaga el antivirus. En la librería o en las listas de ventas, la etiqueta es explícita: ficción / no ficción. Y además están los géneros, para clarificarlo todo aún más. Lo que hago yo, en cambio, es joder a los lectores. Romperles la palanquita de la incredulidad. Engañarlos o hacer que sean ellos

quienes se engañen a sí mismos. Borrar las fronteras, si esto de borrar las fronteras no me provocara un poco de risa. Internet. Internet es el océano, de ahí lo de "navegar", ¿verdad? Intoxico Internet, llevo años haciéndolo. Falseo, prevarico. Los de mi equipo vamos ganando, por otra parte. Estamos consiguiendo que la gente apague voluntariamente ese filtro nada más abrir el navegador. Que trate todo lo que sale por la pantalla como si fuera ficción. De ahí a tratarlotodo como si fuera ficción solo hay un paso, y entonces habremos ganado. Nosotros, los solipsistas del mundo, entendido éste como la suma de dos ojos y una pantalla de cine que proyecta ficción 24/7. Habremos ganado. Los idiomas perderán el plural y el verbo creer, y la gente perderá los pezones y el ombligo. No serán necesarias las drogas, y el pasado podrá alterarse simplemente rodando una precuela. Follaremos siempre con nosotros mismos, con avatares diferentes de nosotros mismos, jamás con un otro. Y dormiremos bien, ocho horas al día. Y los vasos de leche siempre estarán templaditos, putos gilipollas de mierda. Dejadme en paz, ahora. Miramos a Olgaga con grados diferentes de admiración, e incluso en un caso con amor, mucho amor. Obviamente, ha mezclado lo que nos estaba contando a nosotros con la historia psicótica que estaba redactando. Esto le pasa mucho ahora. Miramos a Jesús, que trata de disimular, y a continuación nos miramos entre nosotros. Sonriendo y llenos de fé y esperanza en el futuro de la raza humana.

MIRALL

Me gusta la frase "miro a las Miralles" porque incluye algún tipo de puesta en abismo, en algún espejo ("Mirall") semántico de ésos. Me gusta mirar a las Miralles, sus presencias rubias y marcianas, su punto popi e ingenuo, su seriedad de mantis. Las veo sentarse una frente a la otra y escribir cosas en papelitos, calladas, y luego mirarse entre ellas y a los papelitos, frenéticamente, durante horas. Me encanta recoger luego una de esas notitas del suelo y comprobar que están quemadas por el centro y no se puede leer nada en ninguna de ellas. Me regocija que sea una de ellas la que ponga una canción y la otra la que la cante. Cómo se cepillan el pelo para ir a trabajar (porque aún trabajan en el mismo asadero de pollos ecológicos, sin que nadie sepa muy bien por qué), cómo alisan sus rebecas con la mano, cómo cosen, cómo se hacen confidencias en un idioma que solo muy superficialmente es igual que el castellano. Cómo recogen minúsculos residuos de los muebles y el suelo y los guardan en unos pequeños pastilleros antiguos, de los que nunca se separan. Cómo sonríen sin venir a cuento. Cómo se encierran a cal y canto para mear. Cómo se maquillan, con qué minuciosidad decimonónica, qué espectáculo perdido solo para mis ojos, y los suyos, claro. Cómo escupen, en absoluto silencio, en sus vasos de agua, y cómo a continuación su saliva se diluye con una perfección absoluta. Cómo leen, con toda la concentración del mundo, folletos de propaganda de supermercados baratos que cogen del buzón de la oficina, y en especial las páginas de las carnes. Cómo ríen con los dibujos animados. Cómo mueven sus pequeños culos. Me inquieta la posibilidad de que todos esos pequeños enigmas no puedan resolverse nunca. Tal vez no estoy enamorado y todo es solo un brote de trastorno obsesivo compulsivo. Pero entonces por qué

añado más enigmas: el color de sus pezones, por ejemplo. La temperatura y humedad del interior de sus vaginas, el olor, la textura. La imagen al abrir los ojos mientras alguna se sube a horcajadas sobre mí y me besa, con el pelo cayendo sobre los dos. El aroma de su nuca al hacer la cucharita. ¿Gritarán al hacer el amor, serán tiernas, o parecerá que están muertas? ¿Qué se sentirá al reír con ellas, en la cama? ¿Una sensación de comunión con el universo, o el horror vacui del Cabo de Finisterre? ¿Se podrá hacer planes para encargar comida china, alquilar unas pelis y pasar todo el domingo en el sofá? ¿Y qué hará la otra? A veces me despierto con la diáfana respuesta a alguno de estos misterios en la mente, pero son respuestas imposibles que la paulatina entrada en la vigilia y la lógica de la madrugada van deshaciendo. La certeza de que sus vaginas son secas y frías por dentro, pero también resbaladizas, como una piel de serpiente, por ejemplo. Hacen cada vez menos en la empresa. Parecen haberse dado cuenta de que su mejor papel consiste en estar ahí para que les dirijamos solicitudes más o menos explícitas de aprobación, y no contestarlas. Si hay que tomar alguna decisión, se pronuncian las últimas, con monosílabos si les es posible. Si se van, solemos discutir. Si vuelven, sonreímos. Si se duermen en el sofá, trabajamos en silencio, a toda máquina, felices. Mirándolas.

FUCKING MELENDI

¿Quién puede narrar un sueño a base de tuits? Jesús, obviamente. El proceso es tan engorroso y es tan fácil perderse, que uno casi utilizaría el adjetivo "onírico" para describirlo. Y esas digresiones. En los sueños, el contexto no es estable. El marco de referencia físico y simbólico resulta elástico. Una cascada de tuits puede reproducir la liquidez de las pesadillas o la aritmética alienante de un extracto bancario, todo depende. Jesús administra la web de los Kafka Weekends y se encarga de tratar con la empresa de hosting e ISP. Siempre le sobra tiempo. Pertenece a una estirpe rica en tiempo pero alérgica a él. Parece flotar en un océano de tiempo tóxico. Está enamorado y pasa horas mirando a su amada, que no es otra que Olgaga. Ella se va deshaciendo, gracias al False-O-Matic que Jesús le regaló, en miles de identidades fraudulentas. Cualquier análisis objetivo de los sucesos que tienen lugar en la cabeza de la chica arrojaría el siguiente resultado: esta persona se odia y trata de taparse con ficción. También: no va a aguantar otra semana, a no ser que hagáis algo. Ninguno de nosotros sabemos qué hacer ni en qué consiste ese algo. Olga ya lleva un mes viviendo aquí: duerme en un sofá, genera kilos de residuos, trabaja dieciocho horas al día y realiza furtivas incursiones al chino de enfrente con dinero que nos sisa. Compra allí sobre todo dulces industriales, tabaco y bebidas gaseosas, pero también compresas malas, dentífrico, gel y champú de marca Amalfi, detergente a mano, ibuprofeno y otros fármacos de la trastienda. Suele dormirse ya de día y a Jesús le gusta quedarse un rato a verla dormir fumando en el sillón, entrando ya el sol de plano por los inmensos ventanales contra su cuerpo desarbolado, mientras la

limpiadora uniformada pasa la aspiradora por la moqueta llena de colillas. Ha ganado mucho peso, Olga. Su pelo acusa los estragos del champú Amalfi y las incómodas y poco frecuentes duchas en el cuarto de baño del trabajo. Su cutis, la falta de cuidados, el encierro, el tabaco y el escaso sueño. No tiene ropa para cambiarse. La lava muy de vez en cuando, la seca en los radiadores y se la vuelve a poner. Huele un poco. Solo come cosas dulces y de malísima calidad. Tal vez los somníferos inidentificables que le encarga al chino le estén afectando, porque sus gestos se están volviendo muy lentos. Es raro verla llevarse el cigarro a la boca con esa exquisita lentitud y ese silencio, ella que era tan vivaracha y tan habladora. No estamos seguros, pero Paulo y yo creemos que el sábado pasado se orinó encima y no se dio cuenta hasta pasado un buen rato. Vagamente discutimos sobre qué deberíamos hacer con ella, pero no se nos ocurre nada, y por otra parte su trabajo es de una brillantez que roza la genialidad, y nos resistimos a creer que alguien que puede rendir a ese nivel tenga algún problema grave en el fondo. Jesús aboga por dejarla en este estado el máximo tiempo posible. Las Miralles le cantan canciones, desde el otro extremo de la central. Mientras tanto, Jesús la mira. ¿Y qué ve, cuando la mira? ¿La degradación del objeto de su amor, el primero de su vida, o el desamor, la insondable indiferencia que Olgaga muestra hacia él? Hay motivos para pensar que lo que mira es a sí mismo, protagonista de una pequeña sitcom romántica, por una vez. El sueño es así: Olga está en casa, planchando (?), y llega su marido, alguien inidentificable. El tipo es venal, está borracho, alza la voz, su actitud es agresiva y dominante. Le pega. Le da una paliza. La escena es muy mala, propia de ese mal cine español que hace

gala de un truculento concepto del realismo, como si el país se hubiese detenido nada más terminar Camilo José Cela Pascual Duarte. Sale sangre, un diente. Un hueso se parte. Cardenales everywhere. Olgaga logra encerrarse en su habitación, a salvo del marido. Entonces, enciende la tele. Es una Olgaga distópica, algo poligonera, con flequillo. Busca la telebasura y se queda viéndola. No pasa nada más. De vez en cuando se ríe o hace algún comentario indignado. Pasa el tiempo.

NUMISMÁTICA

Y

COLOMBOFILIA

Si bien el de Olgaga es el caso más extremo de polilla-y-bombilla de entre los miembros del Club de la Tenia, los demás también estamos abandonando los restos de vida laboral, social y familiar en beneficio de la empresa. El otro día, Jesús y yo empezamos una nueva competición workahólica consistente en contabilizar llamadas perdidas de nuestras respectivas madres. El ganador semanal recibe del perdedor una botella de licor de flores del chino de enfrente. El mensual, un cuadro de un Cristo adornado con LEDs que venden en el mismo establecimiento. Huelga decir que la primera estrategia para aumentar las llamadas de nuestras madres consiste en no responderlas. En estos momentos, Jesús lleva seis, y yo dos. Le hemos propuesto a Olgaga que participe también, pero no estamos seguros de si nos ha entendido, y además su móvil lleva apagado un mes. A Paulo, un poco por respeto, un poco por tratar de sabotearlo emocionalmente, no le hemos dicho nada. Sabemos que hace años que no habla con su familia. Por eso, cuando hablamos del asunto y él está presente, lo hacemos medio tono más alto de lo habitual. En la nota de la farsa. En esa misma nota se ha ofendido él esta mañana y nos ha dedicado esta perla: Seis a dos, muy bien. Está muy bien que lo contabilicéis todo. Como cuando os pasabais la vida en el Facebook y competíais por sacar más megustas que el otro con fotos más anodinas y ganó Jesús con una de un potito de pescado y veintiocho. Me recordáis al drácula de los números que salía en Barrio Sésamo: la neurosis de la contabilidad, el número por el número, que abre entre las cifras y su correlato una falla insalvable. Contáis los pelos del bigote de Hitler, el número de entradas de un Tumblr que hay por ahí que recopila fotos de gatos que se parecen a

Hitler. Coleccionáis versiones raras de Lili Marleen (195, según la recopilación del sello Bear Family), e incluso podríais montar un programica en Radio 3 con el tema. Sacaríais la de Marta Sánchez, eso fijo fijísimo, que os conozco, mentecatos. Sacaríais la original, de Lale Andersen, y la canónica, de Marlene Dietrich. Olvidaríais mencionar que la Dietrich grabó la suya gracias a un programa del alto mando estadounidense para desmoralizar al enemigo. Olvidaríais mencionar que los soldados del ejército rojo escuchaban esta canción todas las noches, sintonizando emisoras alemanas mientras avanzaban hacia Belgrado descuartizando divisiones de pánzer por el camino, y que seguramente en la canción buscaban una puerta hacia cualquier cosa que no fuese la muerte, y que esa puerta no se abría nunca, porque la voz de Lale solo hacía aparecer una rendija, y que, si se abría, se abría a algo negro: centroeuropa, o sea, la muerte. ¿Y por qué olvidaríais mencionar todo esto? Porque vuestro lenguaje de números no tiene significado, ni gramática. Es posible emitir. Es realmente fácil emitir, pero no recibir. Ni desencriptar. Vuestro balbuceo no interpreta el mundo, sino que lo deslee y difumina, lo disuelve. Como la sal en el agua, o el aburrimiento en la nada. Sois llamadas perdidas de vuestras madres, sois megustas en vuestras fotos, sois retweets. Pero sois algo más. Algo de lo que no hablan Crystal Castles. Sois euros en la cartera, número de impactos publicitarios recibidos, porcentajes de hábitos de consumo. Cifras de desafiliación. Calificaciones de imagen de marca. Precios de primeras, segundas y terceras matrículas. Asistencia a festivales. Cursos de formación: entidad que imparte, número de alumnos, subvención per cápita. Sois aunque no lo queráis índices bursátiles, votos, focus groups, ayudantes interinos del asistente del adjunto al subordinado. Sois residuos sólidos urbanos (RSU) al año: exactamente quinientos doce kilos y setecientos ochenta gramos.

Ya con la risilla puesta, Jesús le espeta a bocajarro un castizo entre tú y yo, Paulo, exactamente cuánto tiempo hace que no follas. ¿Lo ves? Contabilidad. Cuánto tiempo hace que no follas. Cuántos polvos, cuánto tiempo entre uno y otro. Recuento. Ganadores resultado y perdedores, Qué dependiendo tiene eso del que resultado. ver con Un nada numérico.

remotamente parecido a algo que se pueda denominar amor. ¿Es que no habéis leído al puto Žižek? No, estabais muy ocupados follándoos todo lo que se movía, ¿no? Pues resulta, queridos amigos, que el amor es el mal, el reverso oscuro del imperativo categórico, la dominación. Hale, contabilizad eso, si tenéis huevos. Computad el nivel de dominación que ejercen sobre vosotros vuestras pulsiones sexuales, el peso de la montaña de mierda con que tenéis que lidiar todos los días para satisfacerlas, la cantidad de objetos absurdos que compráis gracias al hábil uso que algún creativo de márketing hace de ellas. Contad, contad, que os vais a quedar ciegos - enanos - se os va a secar la médula, de tanto meneárosla, digo, de tanto contar. Y lo que más gracia me hace es que tenéis la salida delante de vuestros ojos todo el tiempo, pero no la veis. Podríais liberaros de esa rueda de borrico. ¿Cómo? Aprendiendo. Aprendiendo de ellas, de las Miralles. Pero no. Vosotros no. Las miráis y lo único que pensáis es por qué orificio os gustaría metérselas. Os advierto: vais a ser expulsados. Recibís muchas oportunidades, pero algún día se os acabarán. Quien no quiere aprender, no merece aprender, y viceversa. Jesús y yo nos miramos con expresión de madre mía qué bueno, vamos a estar riéndonos de esto un mes. Al mismo tiempo, yo pienso en una cosa que encontré el otro día, aquí en la oficina: una bolsa de

plástico dentro del cubo de la basura, y dentro de la bolsa una monda de manzana como solo las Miralles pueden hacer, fina como una uña, y un ticket de la librería, y en ese ticket el siguiente (único) ítem: - ARTE DE LA CURACIÓN ESPIRITUAL, EL Joel S. Goldsmith, RCR----------------------------------------14€ Huelga decir que jamás he visto a las gemelas con ningún libro de ese tipo entre las manos, y también que el hecho de que los compren y los oculten ha cambiado totalmente (y a peor) la imagen que tenía de ellas. Pienso en decírselo todo a Paulo, pero no lo hago. Hemos tomado partido. Por la ficción. Cuando vas a ver a un mago, está feo ponerse a gritar he visto el truco he visto el truco. Tal vez ese silencio cómplice de todo el mundo sea el mayor truco de todo el espectáculo.

MIRA, SORVINO

Tal vez hayamos cargado un poco las tintas con el asunto del sexo fácil en los Kafka Weekends, porque desde hace un tiempo solo aparecen hombres en la lista de espera. En forocoches hay un hilo abierto en el que la gente cuenta cómo completar los acertijos que proponemos en la web, y al mismo tiempo recomienda nuestro tour en términos que lo describen como turismo sexual. Imposible follar más y mejor y más barato, dicen. Hemos implantado una moratoria de fornicación, pero como todo el mundo sabe los KW no son lo que ocurre en Praga, sino lo que se cuenta que ocurre en Praga, tanto los que han estado como los que quieren estar, los que nos odian, los internautas y los trolls en general. Para eso tenemos a Fille Gaga y sus heterónimos, pero también aparecen otras voces que cada vez más vinculan nuestro producto con la prostitución, y para muestra el hashtag #kikiweekends, que engloba las aportaciones de los cachondos y de los indignados con la cosa. Convocamos una reunión para tratar el asunto, pero a nadie se le ocurre nada y es un desastre. Nos llama un tipo que dice estar escribiendo un artículo sobre el tema para la web del Eroski, y no sabemos qué contestar. De repente nos hemos quedado sin certezas. Las chicas que hacen papeles para nosotros sobre el terreno, en Praga, pueden ser prostitutas profesionales, no lo sabemos. También hay chicos, alegamos tímidamente, pero nos arrepentimos en el momento. Son actores y actrices, balbuceamos sin convicción. ¿Acabaremos en la cárcel? Ahora diseñamos aventuras

metaliterarias por Praga, con el rastro del gólem de Michael Chabon, cosas así. Tratamos de frustrar al turista sexual, para que lo cuente en forocoches, para que altere nuestro producto con su narración.

Además, tenemos a Olgaga. Ésta es su última aportación al asunto, en el foro citado, con la identidad Robe83: A ver si me explico... voy a poner aquí una parábola, ¿vale? Imaginad Sitges, el Festival de Cine Fantástico. La ciudad a rebosar, buen rollito, estrellas, etcétera. Viene Quentin Tarantino a presentar su peli. Su peli, por supuesto, lo peta. Los críticos lloran, se empalman, se quedan ciegos durante el pase, lo que se os ocurra. Cunde la euforia entre el equipo. Esa noche, salen a darlo todo por Sitges. Se duchan, se comen una langosta, se ponen guapos, se drogan un poco. Quentin está pletórico al empujar la puerta giratoria del hotel y poner un pie en la cálida noche del lugar.

¿Os cuento un secreto? Tarantino va a follar esa noche. Y no va a pagar por ello. ¿Y a quién se va a follar? Pues a la tía más buena de toda la discoteca. ¿Y por qué? ¿Porque es muy guapo y muy simpático y tiene un corazón de oro? No. Por una cuestión económica. Por un desequilibrio económico y social, por una asimetría de poder. Porque acostarse con Quentin Tarantino es un billete de lotería y hay muchas aspirantes a actriz con cuerpos demencialmente atractivos dispuestas a comprarlo. ¿Os cuento otro secreto? Él lo sabe. Lo sabe desde el estreno de Reservoir Dogs, fijaos lo que os estoy diciendo. ¿Cuál es la palabra para esto? ¿Prostitución? Vale, pero entonces "prostitución" no es solo lo que sale en Documentos TV en el Día Internacional contra la Prostitución. Es mucho más. Es un intercambio de sexo por un número muy amplio de posibles contraprestaciones, que los antropólogos han descrito en todas las sociedades humanas. ¿Queréis hablar de prostitución? Bien. Hablemos de Flavio Briatore. Hablemos de Cela y Marina Castaño. Hablemos de esas

secretarias tan jóvenes que siempre luce el diputado. ¿Queréis luchar contra la prostitución? Bien. Cercad al proxeneta, por supuesto. Ahora, emprendedla con el cliente. Con redadas, con detenciones, claro que sí. Ahora, a por las prostitutas, obviamente el eslabón más débil de la cadena. Protegedlas, ayudadlas a declarar, a denunciar. Buscadles salidas dignas a la calle, formadlas, dadles un trabajo. Me parece estupendo. Pero no os detengáis ahí. No os lavéis las manos tras acabar con los Kafka Weekends. La prostitución, en un sentido amplio, es la oferta de favores sexuales a cambio de algo. Precisamente el motivo por el que en nuestra especie las hembras no tienen temporada de celo. Acabad con toda asimetría, con toda coerción, con todo deseo material. Con la propiedad, con la lascivia. Con las columnas maestras de vuestra sociedad y con vuestro código genético, y entonces, entonces, convocad a una asamblea en la Plaza de la Revolución del Quince de Mayo para debatir el tema. Ah, y me falta una cosa: hipócritas de mierda. Jesús y yo leemos todo esto y nos quedamos callados. Paulo se nos une. El intento de Olgaga de diluir nuestras responsabilidades en las imperfecciones de la especie no va a funcionar. Hasta donde yo sé, Jesús ha tenido alguna temporada de pasarse mucho por los masajes chinos con final feliz, de dónde si no sacó tanto detalle de primera mano cuando le dio por hacer bromas con el tema en tuiter. Paulo, por su parte, ha ejercido formas limítrofes de la prostitución en épocas de escasez, con novios mayores que él. Son cosas que suele contar, o mejor dicho, que es difícil que no te cuente después de la octava cerveza. Te dice el por qué, el cómo, el cuántas veces, el a cambio de qué, el cómo me sentí, el cuándo empecé y el cuándo lo dejé. Lo demás no te lo cuenta. Lo demás no existía hasta hace un par de semanas. Acabamos de caernos todos en lo demás, acabamos de darnos cuenta de que la piscinita en que chapoteábamos no tiene

fondo. En ese agua oscura estamos ahora suspendidos, solo que la ropa de las Miralles no parece mojada.

EL MAR DE NUBES

Ha salido el artículo en Consumer, la revista digital del Eroski. El tipo que nos llamó ha entendido a la perfección que los sucesos reales de los Kafka Weekends son secundarios y que lo que importa es la representación, el relato. Por ello, ha recurrido a aportaciones publicadas en forocoches y a algunas de las mejores historias (todas apócrifas y todas redactadas por Olgaga) del concurso de anécdotas de nuestra cuenta de Facebook para trazar una semblanza de nuestro producto basada dos en los sintagmas dados se turismo le sexual barato y prostitución posmoderna. Comenta la intervención de Jesús en Cuarto milenio (en momentos escapan un hortera y un dandy de pueblo), la coartada intelectualoide de nuestra web y las formas de hacer trampa con los acertijos, que para nuestra sorpresa son muchas y han aparecido en un montón de páginas aparte de forocoches, algunas extranjeras (lo cual explica la gran afluencia de kafkaturistas alemanes, últimamente). También menciona una llamada de teléfono con un fiscal que declara que es perfectamente posible una actuación de oficio por parte de su ministerio. Para terminar, una panorámica de la industria checa del sexo, al parecer una de las más voluminosas del continente, y del bollante turismo sexual en la capital. La limpiadora ha encontrado tres bolsas de plástico grandes llenas de vómito debajo del sofá donde suele dormir Olgaga. Estábamos Paulo y yo tomando café cuando se ha acercado a nosotros y nos lo ha dicho. Yo no he podido reaccionar, pero Paulo se ha apresurado en enviar a la mujer a hablar con ellas, o sea, con las Miralles. Dado que hace muchas semanas que las Miralles no pronuncian una sola palabra, la idea ha sonado más bien absurda, pero no he podido argumentar nada de eso, por el bloqueo y el shock, y la mujer se ha

marchado, acatando. No sé si la conversación con las gemelas se ha producido, ni en qué términos, pero ahora hay una enorme bolsa de plástico bajo el sofá, y tanto la limpiadora como los demás la ignoran olímpicamente. Huele un poco. A las Miralles se les cae la ropa, en sentido no figurado. Por algún motivo, exhiben una delgadez mórbida de un tiempo a esta parte. Sigo la línea de sus mentones, de sus omóplatos, de sus clavículas. Son bellísimos, sus huesos, y su piel apenas un velo diáfano. Su ropa es una delicada cáscara, de la que se desprenden todo el rato. El miércoles por la mañana Patricia entonó unos versos de una bonita canción búlgara o moldava. Es lo último que les hemos oído. Jesús ya ni se molesta en cerrar la puerta del cuarto de baño para masturbarse. Yo soy el único a quien aún le funciona el móvil. Bueno, esto no es totalmente cierto. Me funcionaba hasta ayer. He perdido el cargador y me da pereza buscarlo. Es el cumpleaños de Paulo. Ha decidido alquilar la azotea del edificio para celebrar una fiesta. Ha creado un evento en Facebook pero ha olvidado bloquear la posibilidad de que los invitados inviten a su vez a terceras personas. Han confirmado su asistencia cerca de 500 personas. Se han presentado doscientas cincuenta. Paulo baja de la fiesta diciendo que no conoce a nadie, que se queda con nosotros. Pero es inútil: solo hay un tramo de escaleras entre los canapés al aire libre y la oficina cerrada con olor a vómito. Los invitados empiezan a bajar casi detrás de Paulo. Cuando están todos abajo, los camareros contratados deciden pasar con las bandejas, también. Empiezo a darme cuenta de que toda esta gente no ha venido ni por amor a Paulo, ni por comer y beber gratis, sino para espiarnos. Y me

apena. Una Olgaga ya francamente obesa que no ha dejado de trabajar ni siquiera en estas circunstancias, y fuma un cigarrillo tras otro con la mirada fija en su False-O-Matic, sin dejar de teclear. Un grupo la mira como si fuese atrezzo. Otro toca con la punta del pie las bolsas que ya empiezan a sobresalir de debajo del sofá. Las Miralles no parecen afectadas, pero hay un buen número de personas que no quita la vista de su semidesnudez, de las cacerolas desinfladas de sus sostenes descubiertos. Contra la pared del fondo se proyecta el inmenso jeto pálido del lector, pues ha llegado la hora de la vídeoconferencia, pero quién sabe por qué el sonido no funciona. Lo vemos mover los labios, pero no lo oímos. Suenan clásicos de los Rolling, los Kinks, la Velvet y Jefferson Airplane. La música muy bien, la verdad. Los canapés también. El sushi parece del bueno. Los camareros, muy profesionales y a la vez cercanos. Recomiendo. Hay chicas. Jesús y yo tratamos de abordarlas pero notamos (y con mirarnos ya sabemos que estamos pensando lo mismo) que tras la amplia simpatía inicial hay algo raro, como un grupo de estudiantes de trabajo social de visita en una cárcel o algo así. Nos ríen las gracias, pero sin mirarnos a los ojos. No nos devuelven los comentarios, y en cuanto pueden se alejan en grupito. Bebemos y las criticamos: la indie de pueblo, la moderna snob, la pija camuflada, la frígida retrasada, la puta de mierda. Paulo se ha dejado el ordenador (y sus tres pantallas) encendidas. Las ventas van de lujo: rompiendo el techo a pesar de la reciente subida de precios. Los invitados se hacen fotos para sus Tuentis y Facebooks y Tumblrs y (si aún queda alguien) Fotologs. Algunos graban vídeos. ¿Se tratará todo esto de una excursión a la caverna de los Kafka Weekends o algo así? ¿Una visita guiada de la Escuela de Negocios, con hoja de firmas a la salida? Alguien ha subido una foto muy poco favorecedora

de Olgaga a nuestra página de FB con el subtítulo Hay una gorda en España que lo escribe todo. Una foto tomada hace pocos minutos. Olgaga entra con una de sus identidades False-O-Matic y trata de poner en cuestión la imagen, pero no cuela: Pero de qué vas, foca, si te tenemos calada. Sabemos que eres tú. Te estamos viendo escribir. Te estamos viendo. Hay cientos de personas presentes, y aproximadamente la mitad andan trasteando con el móvil en este momento. Además qué pereza. Jesús y yo ya estamos borrachos, las Miralles desnudas, Olgaga llorando, Paulo desaparecido. El lector innominado sigue parloteando desde la inmensa pantalla de la pared del fondo. Entonces se apaga la luz.

ELVIS EVERYWHERE

¿Sabéis esa gente bohemia a quienes cualquier cosa les cambia la vida? Esa gente siempre me ha puesto nerviosísimo, con tantos cambios de vida a sus espaldas. Cuadros, películas, libros, viajes, relaciones, profesores, canciones o pinzas de tender la ropa que en algún momento te abducen y te devuelven otro. La cosa va así, ¿no? Pues si tú lo dices. Llevas con lo mismo desde que viste The Doors, a los quince años. Cambiar de vida. Já. Una vez vi a un tipo cincuentón y obeso ofreciéndole un iPhone a una adolescente pobre que acababa de conocer: he ahí un regalo de los que cambian la vida. Pero de estos cambios de vida uno no habla. Tú, en cambio, de los tuyos no puedes parar de hablar. Conozco a tantos y tantos artistas imbéciles. Si te presentara a la mitad de ellos te alejarías para siempre de cualquier actividad artística o literaria y te harías ingeniero agrónomo. Así de imbéciles. Pero para tontos, su público. ¿Cómo se llama el payaso que canta en Vetusta Morla? Tal vez yo también me desgañitaría hasta para pedir la vez en la charcutería si viviese rodeado de gente que declara que cada una de mis canciones le ha cambiado la vida. Dios. Qué poco dice eso de esas vidas. ¿Qué son, esas vidas, plastilina, puré de patatas, qué? ¿Cuánto horror hay detrás de alguien que agita un montón de billetes en la mano ofreciéndoselos a cualquier artistucho de mierda para que le cambie la vida? Hambre de mística. Hambruna. Muerte por desnutrición de mística. Hipomisticismo cerebral. Hay que medicar. Y ahí están todos esos hombres medicina que odio a muerte. Bueno, no los odio a todos. A los mediocres y feos, a los que no llegan a ninguna parte porque no consiguen dejar de parecer tan hambrientos

de mística como su público objetivo, a ésos no los odio. Porque son mis hermanos.

NOT WITH A BANG BUT A WHIMPER

De pequeño (9, 10 u 11 años) solía jugar al juego de los espectros. El juego de los espectros consistía en elegir un día normal, de entre semana, un día de clase, y pasar el máximo tiempo posible sin ser detectado ni interpelado, en silencio, en la máxima pasividad posible. El juego terminaba cuando me veía obligado a pronunciar una palabra con sentido. Recuerdo que era difícil atravesar el impasse de la comida, porque mamá siempre insistía en preguntar cosas, y casi nunca aceptaba respuestas de tipo "mmm" o "ahah". Si lo conseguía, ya todo era más sencillo. Volvía al colegio en silencio, cursaba mis dos horas de clase vespertinas, me iba al jardín, y para cuando volvía mi padre ya estaba en casa parloteando sin parar, y era posible prepararse un bocadillo y comérselo ante un tebeo, pasar bolos de pan y mortadela a través de una glotis liberada de la esclavitud del lenguaje. Si tocaba bañarse, sumergía en el agua caliente las orejas y me llegaban conversaciones amortiguadas, ininteligibles, que se estaban produciendo en las casas de los vecinos, como un concierto lejano de una banda que odias, un lugar hecho de palabras en el que te alegras mucho de no estar. Yo era un espectro nivel 87 y había conseguido atravesar el día sin ser percibido ni alterar ni una pluma. Mi ectoplasma se fundía con el caldo jabonoso del baño. Me estaba convirtiendo en un artista de la desaparición. Todo este bagaje en escapismo del que renegué en la adolescencia para que las chicas notasen mi presencia me viene muy bien ahora. La oficina se había convertido en un altar de peregrinación de periodistas freelance, feministas luchando contra la prostitución, friquis de todo pelaje y, en dos ocasiones, policías de paisano con órdenes de registro y la sana intención de acojonar. Todos ellos haciendo fotos y vídeos con sus teléfonos, todo el rato. Fotos y vídeos

que aparecían a los pocos minutos en Internet y donde se nos etiquetaba con nuestros nombres y apellidos y textos increíblemente hostiles. Textos que nos acusaban de trata de blancas, de traficar e inducir al consumo de drogas, de lucrarnos con el trabajo esclavo de inmigrantes ilegales en Praga, etc. Mientras tanto, los kafkaturistas ponían cara de "¿y esto?" ante un fin de semana monotemático de "Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay", tratando de seguir los movimientos del Gólem por el barrio judío, sin tiempo ni para tomarse una mala de cerveza nuestras pero sin que el nuevo diseño intelectualoide aventuras praguenses repercutiese

negativamente en las ventas. Hemos cerrado el negocio en España. La página ha migrado a un servidor checo y el pago se hace a través de cuentas administradas por el lector. Hemos abandonado nuestra querida oficina y nos hemos separado, para evitar el linchamiento. Ahora tenemos un abogado que se ocupa de preparar nuestra defensa para cuando nos procesen, y bueno, también de avisarnos cuando la orden de detención sea inminente, para salir del país cagando leches. Me he dejado barba. Espesa. Larga. Parezco Mr. E., el de Eels, solo que sin gafas. También he empezado a llevar gorra. Las Miralles se han ido a un pueblo que un grupo de perroflautas está tratando de reconstruir, que se llama San Joy. Traté de besarlas para despedirme de ellas, pero me hicieron la cobra. Aún así, les deseé buena suerte, aunque lo que quería decir en realidad es que les deseaba que nadie en la aldea las reconociera. También les deseé que les fuera bien. En este caso, lo que quería decirles es: no la liéis, sed discretas. Pero éstas no podrían ser discretas ni en el desierto del Kalahari, entre los lagartos.

Olgaga se quedó en la oficina a pesar de que le advertimos que a/ allí no iba a estar segura y b/ la desalojarían en pocos días. No la he vuelto a ver. Me daría miedo acercarme al edificio, por si sigue pululando por allí, entre el chino y la puerta, desorientada y maloliente como un sin techo o un yonqui. Jesús ha llegado a un acuerdo con su madre por el cual queda relevado de cualquier tarea que lo obligue a salir a la calle y, a cambio, le pasa a la señora una cuantiosa pensión. La madre miente por él, si va alguien a buscarlo. Me lo imagino con las persianas bajadas, comiendo algo grasiento y repasando viejas fotos de Olga colgadas en su biografía de Facebook. Paulo ha conseguido un trabajo de camarero de tercera (más conocidos como "limpiaváteres") en un crucero geriátrico de bandera italiana. Se ha colocado unas gafas para mayor seguridad. Dice que liga bastante y que "el trabajo le encanta". He perdido a mis amigos, mi trabajo y mi identidad. El dinero pasa a través de mí como a través de un fantasma. Estoy preparado para nuevas y excitantes aventuras. Me meto en la bañera y sumerjo las orejas. Oigo murmullos. Y lo intento con todas mis fuerzas, pero no entiendo nada.

WE TUBE

En el sueño, soy una niña china. Mis padres tienen una tienda en un pueblo de interior, parecido a esos lugares inverosímiles de la frontera entre Valencia y La Mancha. La tienda está abierta todo el día y gran parte de la noche, y yo paso las horas en ella, sentada en un pequeño taburete que me han preparado detrás del mostrador, con un pequeño ordenador portátil. Cuando me duermo, mis padres desenrollan un pequeño futón verde y lo extienden en la trastienda. A continuación, me llevan en brazos y me acuestan allí. Yo no estoy dormida en realidad. Me lo hago, porque es mi momento preferido del día, o de la noche, o de lo que sea. Fuera del sueño, pienso en el sueño, y en mis amigos del Club de la Tenia, todos niños chinos que juegan entre ellos a mahjong por internet, como si fueran amigos. Todos encerrados en la tienda y soñando con parques, con fiestas de cumpleaños junto a piscinas, con montar a caballo y hablar el idioma del país. Todavía no saben, pero se lo empiezan a imaginar, que en el país solo hay niños chinos sentados detrás de mostradores, y que el único idioma es el suyo. Salgo a caminar por la noche a pesar del frío. Si cierro los ojos veo el mostrador y el portátil. Imagino a las Miralles, que duermen juntas en una mala habitación. El camarote de Paulo. El olor a animal del cuarto de Jesús y una institución psiquiátrica para Olgaga. Tubos digestivos: paraíso para tenias.

HYDRA

Aunque ya nadie me consulta nada ni tengo forma de ponerme en contacto con la dirección (sea quien sea) de la empresa de que soy socio, sigo recibiendo abultados dividendos en una cuenta de un banco online irlandés. Tengo mucho dinero y no sé qué hacer con él. Pensé en comprarme un coche de jugador del Real Madrid pero primero tuve que matricularme en una autoescuela y al tercer día me aburrí. Además, me pone nervioso estar con gente, por si me reconocen y me abuchean. Hace unas semanas vi un enlace de puritito spam junto a mi sábana de Facebook, Ultimate Therapy in Murcia! y lo seguí. Era una cosa rara y exclusiva, un psicoanálisis subacuático para estrellas de cine y de rock. No need to confess, just relax and breathe! Y justo existía un centro en mi ciudad. Llamé. 375€ la hora. Concerté una cita. En el centro, situado a las afueras de la capital y camuflado de fábrica de ferrallas, a uno lo aguardan tres chicas muy rubias y muy altas, impecablemente maquilladas y peinadas y con una dicción magnífica, ataviadas con batas inmaculadas y (todavía no he descubierto por qué) guantes de látex. En la sala de espera hay cuadros de Escher, y suena música dodecafónica. En los sillones de diseño, de acero y cuero, no hay jamás ni una huella digital. Exactamente cuatro minutos y medio antes de la hora de tu cita, viene a buscarte una de las auxiliares, y sus labios pintados de rojo ejecutan una sonrisa perfecta mientras te acompaña al ascensor. El ascensor tiene dos botones: el 0 y el -1. El descenso hasta el -1 dura muchísimo. En el piso inferior se encuentra el tanque. Hay sofisticados cuadros de control y superficies de mármol travertino por doquier, como si la

España de los 70 hubiese abrazado la carrera espacial bajo la dirección artística de Stanisław Lem. La luz es tenue. Se te ordena entrar a un vestuario y colocarte un ridículo traje de baño de lycra con el logotipo de la clínica, un poco vergonzante. A continuación, te colocan una serie de electrodos, y por fin la máscara de respiración artificial. Ya estás listo para la inmersión, que se produce exactamente a la hora en punto en que comienza tu cita. Se cierra la escotilla de entrada, y ya no se ve nada. El agua está a temperatura corporal y uno queda suspendido en ella, sin ascender ni descender. De momento, no se oye nada tampoco. Es decir, no se oye nada que provenga del exterior. La respiración y los latidos del corazón se oyen perfectamente. Pero es un sonido al que uno se habitúa muy pronto, y deja de escucharlo. Has recibido instrucciones para dejar pasar algo de tiempo

simplemente experimentando las nuevas sensaciones, o más bien la ausencia total de ellas, y tratando de relajarte. El alcohol y las drogas están prohibidos por normas tajantes, así como la falta de sueño, los pensamientos depresivos y la ansiedad. En resumen: si algo sale mal, la culpa es tuya, la empresa se lava las manos y pierdes el dinero. Pasa el tiempo, pero es imposible saber cuánto. En un momento dado, una voz carraspea y dice con tono burlón te estaba esperando. - Te estaba esperando. Has ido a Berlín, te has alojado cómo no en la parte RDA. Has probado un montón de drogas de diseño. Has visitado el Atlas. Has ido a escuchar a Elvis Perkins, a Cat Power y a Rafael Berrio. Le has otorgado propiedades cuasimísticas al sexo anal, seguramente porque no lo has practicado todavía. Has adoptado un gatito de una protectora. Has leído o fingido leer las obras mayores de la literatura posmoderna, incluyendo a Pynchon y a Foster Wallace. Has buscado donantes para ACNUR, bueno, esto solo

tres veces, sin el menor éxito. Te has comprado seis temporadas de Star Trek en DVD, una camiseta de Sisters of Mercy y un muñeco de coleccionista de Houdini, todo por internet, en el último mes. Has firmado doce peticiones de Change.org sin leerlas. Has pasado una noche solo en medio del desierto de Tabernas, y has pedido la decapitación de toda la clase política al volver. (¿Y esto cómo coño lo sabes?, pensé. Pero no se puede decir nada, en esta terapia, recordemos.) - ¿Que cómo sé todo esto? Hombre, pues por el Facebook, claro. Buscas experiencias. Sientes un déficit de experiencias. Las persigues y, cuando te pones ante ellas, no ocurre nada. Tal vez porque, mientras las vives, vas escribiendo borradores mentales para describirlas. Porque te colocas en el borde pero no entras del todo. Porque te has pasado la vida desmontando las estructuras mentales de las personas que participan en algo. Hasta cuando vas a conciertos te colocas en un lateral, donde no se ve muy bien el escenario pero sí, perfectamente, al público de la primera fila, el que grita y suda y salta. Llevas veinte años despreciando a esa gente. Aún no has dejado pasar la oportunidad de reírte de algún fan en absolutamente ningún concierto, de los muchos que has presenciado. Vas poco a museos, pero cuando lo haces, lo que más te interesa es el resto de visitantes: los que van de gafapastas pedantes, los turistas incultos, los niños folloneros, las viejecitas melindrosas, los catedráticos anquilosados, las vistosas estudiantes de arte. Sobre todo, las vistosas estudiantes de arte. Te mantienes en contacto con toda la gama de manifestaciones culturales de tu sociedad, pero secretamente te preguntas: ¿cuándo llegará ese momento en que todo este acervo cultural que tanto dinero, tiempo y aburrimiento me ha costado me consiga chicas? ¿Cuándo entraré a un bar y una linda estudiante de arte me dirá: "Hola. Te he estado observando. Esa

camiseta de Sisters of Mercy me pone. Estás en la onda, tío, me gustas. Ven al váter conmigo, por favor".? Vas a la retrospectiva de Hopper y te pasas una hora y media pensando en el ingenioso comentario que pondrás mañana en el Facebook para contarlo. Luego te van poniendo megustas y vas contando los de las chicas guapas. Esa experiencia, es decir, el hecho de recibir el megusta de esa bella artista que tienes, nadie sabe por qué, entre los amigos de FB es más intensa para ti que toda la obra de Hopper. Cambiarías tus vinilos de los Pixies y los Smiths por probar el sexo anal, y es, disculpa, tan triste esa idea que la tristeza te precede como un ectoplasma y espanta a todas las chicas que te gustan. No es triste que te provoque el sexo anal, entiéndeme. Lo triste es que te abraces a él como al Segundo Advenimiento, y al mismo tiempo que lo niegues. Tienes todas las herramientas conceptuales de la cultura occidental, y eres capaz de citar a Foucault para fanfarronear sobre cómo te fuiste a Marruecos sin nada planeado y acabaste pasando la noche con una familia bereber a la sombra del Atlas. Sufriste la misma diarrea y las náuseas que sufren los ancianos que van a Tánger con el Imserso: si insistes en proclamar que ese viaje te cambió la vida es problema tuyo. Y qué me dices de esa historia que cuentas sobre cómo una noche fumaste un montón de hachís y te desnudaste y te metiste en el mar flotando boca arriba y contemplando las constelaciones y sentiste nítidamente la rotación de la tierra bajo tu cuerpo. Eso no te pasó a ti, patético mentecato. Tu mejor anécdota, la que cuentas siempre que quieres quedar místico e interesante, y ni siquiera sales tú en realidad. Ese holograma que proyectas es más falso que un duro de madera, y creo que tú eres el único que se lo cree. Los demás te aseguro que no. Puedes largar durante horas de cuando vivías en Londres, pero todos sabemos que te dieron una bequita del ayuntamiento para hacer un curso de tres semanas, y que te las pasaste hablando en español y bebiendo cerveza en los parques con tus compañeros murcianos de viaje. Tu

narración de tus propias experiencias es ficción, pero eso a ti te da igual, porque entre el relato y el correlato, te quedas con lo primero. Lo segundo es una luz pálida que no merece la pena tratar de respetar ateniéndose a los hechos. Lo primero es lo que te va a conseguir los chochitos JA JA JA JA JA JA JA. Por fuera eres una Apple Store, por dentro una tienda de chinos. Utilizo metáforas comerciales porque eso sí que no has conseguido deconstruirlo: el consumo. Te gusta compartir enlaces donde gente tan casposa como tú declara que en el 15M hay demasiados iPhones, y utilizas esos argumentos para no acercarte ni a un kilómetro de ninguna asamblea de barrio o PAH o manifestación. También compartes cosas de Latouche, ahora que el decrecimiento se ha puesto de moda en revistas gafapastas como la Jot Down, pero hay noches de las que no hablas nunca en Facebook en que le pegas fuego a la tarjeta de crédito comprándote figuritas de Bola de Dragón por internet, por no hablar de esto último de pagar casi cuatrocientos euros la hora de terapia, sin saber ni siquiera cuánto tiempo pasarás sumergido en este tanque. Subiste doce fotos de tu voluntariado en Acnur, ¿cuatro de cada tarde que echaste en vano? ¿Por qué no comentas que la mitad de la comida que compras se te pudre en el frigorífico? A veces, ayudado por la inhalación de polen de hachís, visualizas una montaña de comida, bebida, ropa, trabajo y gasolina: es lo que has consumido desde que estás aquí. A continuación visualizas lo que has producido y te entra la risa: has producido una ficción cara para yonquis de experiencias como tú, en el que bellas actrices checas, de las que solo con muy buena voluntad se puede evitar sospechar que en el fondo son prostitutas, prácticamente te arrastran al coito según un guión de peli sexicultureta italiana de los 80, plagada de referencias a Kafka y enormes pechos naturales. ¿Qué culpa tengo yo, -me imagino que te estarás preguntando desde que empezó todo el asunto- de haber cavado en un lugar del suelo de la sociedad del espectáculo por el que resulta que salen chorrazos de dinero?. Tienes toda la culpa,

querido cliente. Tu extracción produce residuos. Tu dinero está manchado de Y así todo el rato. En un momento dado, contra las paredes del tanque empiezan a proyectarse algunas imágenes (chicas, viajes, etc.) de tu vida, pero con poca ilación o sentido. Las cosas que te dice el terapeuta no consiguen ofenderte, extrañamente, porque el agua y el enclaustramiento producen una sensación de intimidad total, y el tipo parece estar muy lejos. La mezcla de la humillación y la introspección produce el sabor, tan original, de la ultimate therapy ésta, supongo. Hasta ahora llevo cuatro sesiones ya, y tengo cita para pasado mañana. Anoche pude chatear un rato con Paulo, que estaba en un Starbucks de Génova aprovechando una parada del crucero, y le comenté el asunto. Se hizo el silencio. - Paulo, ¿estás ahí? - (...) - ¿Paulo? ¿Se te ha ido la wifi? - (...) - (...) - Madre mia colega ers lo + idiota k ha parido MADRE XDDD - ¿Qué? Lo acabo d buscar XDD MIRA ESTO: http://www.hoaxbusters.org/ultimatetherapy - ¿De qué va esa página? - Tio pues los hoax busters macho. Las estafas por internet y los bulos. T la han dao kon keso mamonazo XDDD 4x375=1500EURAZOS DE GILIPOLLAS K ERES XDDDD - ¿Pero quién dice que esa terapia sea una estafa? ¡A mí me funciona! - No hay terapia macho. Leete lo k t he pasao. T meten en la piscina y te dejan en la oscuridad y el silencio y tu cerebro hace el resto,

gilipollas. Lo k pasa es k nuestro cerebro no tolera la falta d estimulos, y kuando no los tiene durante un rato los inventa. No te habla nadie tron, es tu cerebro de txalao XDD Me has alegrao la noche, la semana y el mes colega. Ya veras kuando se lo kuente a los kompas. - Sinceramente, Paulo, no puedo creer eso. - PUES NO T LO KREAS KOLEGA MIRA LAS FOTOS JAJAJAJAJAJ Eeeeei estan buenas las enfermeras eh? Y los guantes de latex pa ke son katxo perro XDDDD - Bueno, Paulo, ya te has reído bastante, amigo. Hablamos más adelante. - Eeeeii pero no t moskees kompa. Vas a ir a partirles la kara o ké? - Yo no he dicho que me esté planteando interrumpir mi terapia. - Pero de k vas tio? Vas a seguir iendo? Pagame a mi matxo qeu yo t insulto por la mitad XDD Pa k vas a ir + a ese sitio? - Por el agua, Paulo. Que está en su punto.

CARONTE

Parece claro que el reciente fracaso-estafa en lo terapéutico debería alejarme para siempre jamás de esa extraña casta de sacerdotes seglares, pero, joder, es que necesito terapia, así que esta vez he decidido probar algo nuevo. También lo he encontrado en los anuncios del Facebook. Mis criterios son difusos. Se trata de un sitio para rehabilitarse de las drogas y el alcohol, y todo ello para guiris: Los Olivos Rehab in Spain. Les mandé un correo la semana pasada. Tardé cincuenta minutos en redactarlo. Me contestaron casi inmediatamente para concertar una entrevista en la que se valoraría la idoneidad de mi ingreso, a la que me presenté con un inmenso petate. Pensaba quedarme meses en el sitio, así que se me ocurrió que mejor me iba bien preparado. Creo que la imagen del petate, imposible de obviar, pesó en mi contra a lo largo de la entrevista, así como mi pésimo inglés hablado y la incoherencia suma de mi historia, donde en un momento estoy desahuciado por mi familia, mi novia, mis amigos, mi casero y mi jefa y al siguiente estoy dispuesto a pagar miles y miles de euros por una estancia en Los Olivos. Pero esos miles y miles de euros pesaron mucho más a mi favor. Y me consiguieron una plaza. Una plaza instantánea. El sitio está en Málaga, por Alcaucín. Bonico. En medio de la sierra. Bastante perdido. Y bastante desierto. Solo había seis personas en detox al llegar yo, cosa que de haberla sabido me habría ahorrado mucho dinero, pues la estancia en habitación doble es mucho más barata que la individual que, misántropo de mí, contraté. Todos me odiaron con toda su alma, y no se creyeron ni una palabra de todo lo que dije en la primera reunión de apoyo mutuo. Vi a gente poner los ojos en blanco, aunque la tónica general era mirarse las

puntas de los zapatos, incluyendo por supuesto al psicólogo que moderaba el grupo. Por algún motivo, aunque me habían explicado que en las dos primeras semanas no se me iba a permitir salir de la finca, al terminar la sesión se me conminó a dar un paseo por el campo. Estaba anocheciendo y hacía mucho frío. Había luna llena. Conforme me adentraba en el bosque se iba haciendo de noche, pero yo no tenía linterna ni sabía si debía o no volver. Estaba convencido de que debía dar un paseo durante al menos tres horas, y al mismo tiempo me preguntaba por qué estaba tan convencido de eso, con la única conclusión posible de que esos demoníacos psicólogos me habían inculcado la idea, de forma totalmente subliminal, pero que la excursión formaba parte de la terapia. Me perdí. ¿Pero de qué terapia? Desde que me había puesto en contacto con Los Olivos por primera vez, no había hecho más que mentir. No tenía un problema incapacitante con el alcohol ni con la farlopa. Ojalá. Mi problema incapacitante era conmigo mismo, pero de esto la gente de la clínica no tenía ni idea. ¿No tenía ni idea? Igual sí. Igual me habían calado desde el minuto uno. Igual vagar por un bosque a medianoche era exactamente la prueba zen que mis chacras estaban esperando para abrirse como amapolas. Igual todo estaba perfectamente determinado, hasta el ulular de un búho que oí en un momento dado. Empezó a llover. Busqué refugio en una edificación abandonada bastante parecida a la de la bruja de Blair. Al principio tenía un miedo tan intenso que no podía ni mirar a los lados, por temor a encontrar algo sobrenatural, pero en una hora o así una extraña exaltación se fue imponiendo. La de estar perdido en un parque natural, la de haber sido despojado del móvil, la de haber visto un búho, la de andar rodeado de gente que me odiaba, la de haber llegado por fin, de verdad y sin paliativos, a un auténtico cul-de-sac. Una exaltación a modo de lámpara que

arrojaba luz sobre toda mi vida reciente junto al Club de la Tenia y las aventuras de Praga. El cerebro me funcionaba a cuatrocientos por hora. Todo el rato tenía la sensación de estar llegando a conclusiones trascendentales. Pero no. Ya no recuerdo nada de lo que pensé esa noche, así que esencialmente todo debió de ser como cualquier monólogo interior, solo que con un poquito más de adrenalina. Al amanecer me di cuenta de que había vuelto sobre mis pasos en medio de la noche y me encontraba a unos doscientos metros de mi dormitorio, en una caseta en ruinas ya en los terrenos de Los Olivos. Aún tuve que esperar un par de horas, porque no quería despertar a nadie. Sabía que el desayuno se servía a las ocho: a exactamente esa hora toqué el timbre, entre la hipotermia y el agotamiento. Nadie me preguntó por mi aventura nocturna: en sus caras era visible que sabían que no había habido ni drogas ni alcohol en ella, y sí una buena cantidad de vergüenza ajena. Tomé café y un cuenco de habichuelas con salsa gravy. Estaba a punto de meterme en la cama cuando se me acercó un tipo y me dijo: - Ready? Mi sesión terapéutica individual estaba a punto de comenzar. Miré al tipo, vestido baratamente con forro polar y zapatos de trekking y pensé oh dios, otro pseudopsicólogo loco de la Gestalt. Estoy perdido. Reconozco a los chalados de la Gestalt porque visten igual que los chalados de la CGT. A veces, el mismo chalado puede pertenecer a ambos grupos, en un cómodo continuo de integrismo y demencia. Admito que hablo sin saber nada ni de la Gestalt ni de la CGT y que me baso en la impresión que producen sobre mí esos forros polares y esos zapatos del Decathlon. Cuando los veo con un CD en la mano, siempre creo que es de los indios tabajaras. Como mascotas no

tienen más que enormes perros mestizos. Atad cabos vosotros mismos.

- Lo que vamos a hacer hoy es dibujar las columnas maestras de tu edificio egoico. El edificio egoico es la percepción que tienes de ti mismo, no solo en términos lógicos sino también físicos y emocionales. Cierra los ojos. Imagina que estás rodeado de gente. Gente de todo tipo. ¿Ya? - Ya. - ¿Dónde estás? - En un centro comercial de Murcia. - ¿Hay chicas? - Muchas. - ¿Chicas de todo tipo? - Chicas de todo tipo. - De todas esas chicas, quiero que te concentres solo en las que tienen una edad aparente de entre 15 y 45 años. - Entre 15 y 45 años. Entendido. - ¿Las estás visualizando? - Las estoy visualizando. - ¿A qué porcentaje de ellas te follarías, si tuvieses ocasión? - ¿A qué porcentaje? - A qué porcentaje. - Al... este... al ochenta y cinco por ciento. - ¿Al ochenta y cinco por ciento? - Al ochenta y cinco por ciento. - Y rechazarías al quince por ciento. - Rechazaría al quince por ciento. - ¿Ochenta y cinco quince? - Ochenta y cinco quince. No soy ningún enfermo. A las obesas mórbidas y a las discapacitadas no me las follaría.

- El porcentaje de obesas mórbidas y discapacitadas en la población no es del quince por ciento. La cifra debe de rondar aproximadamente el diez por ciento. - ¿El diez por ciento? - El diez por ciento. - Pon noventa diez, entonces. - Entendido. - (...) - Alright. So... ¿cómo piensas hacerlo? - ¿Hacer qué? - Follártelas. - ¿Follármelas? No entiendo la pregunta. - Pregunto que cómo vas a convencerlas de que tengan sexo contigo, en tu ensueño. - No voy a convencerlas, este... Gareth. No voy a follarme a ninguna. No conozco a nadie en este centro comercial. Además, no es un sueño erótico. Es solo una imaginación neutra que estoy teniendo siguiendo tus instrucciones. - ¿No vas a follarte a ninguna? - No voy a follarme a ninguna. - ¿Estás sintiendo deseos sexuales hacia novecientas mujeres y no vas a hacer nada con eso? - Exactamente. Nada. - ¿Crees en la posibilidad de que las pulsiones sexuales se resuelvan desapareciendo? ¿Es factible pasearse entre cientos de mujeres sexualmente apetecibles sin que nada se tense dentro de uno? - Seguramente no. - Seguramente no. - (...) - Vamos a aprovecharnos de la anarquía de nuestra imaginación con un pequeño experimento. ¿Te place?

(Y lo más gracioso es que sí me placía. Entraba un sol muy limpio por las ventanas, una luz muy clara tras la noche de lluvia e insomnio. Dentro de mí el picor y la sequedad de los ojos libraban una plácida batalla contra el efecto estimulante del café. Por esa luminosidad y esa cuenta nueva de mi paisaje interior había pagado yo unos cuantos miles de euros: era el momento de disfrutar de mi compra condescendiendo a hablar con el británico perroflauta de tetas y culos.) - Me place. - Bien. De entre todas las mujeres que te gustan, dentro de ese centro comercial donde la gente pasea y ríe y compra mierdas inútiles como si no hubiera mañana, quiero que elijas a tres. Si van las tres juntas, no pasa nada. Concéntrate. Tres Beatrice. Ya. - Vale. Ya. - ¿Estaban las tres juntas? - Sí. - O sea, que son tres amigas. - Tres amigas. - Háblame de ellas. De lo que tienen en común. - Pues verás. Tendrán unos veintipico años. Son del tipo "carne del Primavera", no sé si me entiendes. - Carne del Primavera. No entiendo nada en absoluto. - El Primavera es un festival de música indie que se celebra en Barcelona, Gareth. ¿Has oído hablar de él? - No (el término indie music le ha hecho fruncir el ceño, lo que confirma mi prejuicio de los indios tabajaras). En mi vida. - ¿Has estado en contacto con esos jóvenes modernos que visten como sus abuelos y citan a Foucault cuando hablan de música pop y sufren deformaciones en sus tabiques nasales debido al ingente peso de sus enormes gafas de pasta? ¿Gareth? - No.

- Dios, Gareth. - ¿Son del tipo "intelectual"? - Sí, un poco. Parecen ratas de biblioteca, pero con tatuajes y cortes de pelo aleatorios. ¿Las visualizas? - Más o menos. ¿En sus camisetas pone cosas, verdad? - Sí. Mensajes irónicos. Una lleva una que dice "Kliss", y salen cuatro Playmobil caracterizados como el grupo de música glam "Kiss". ¿Lo tienes? - Uf. Ahora lo he perdido. - Ya, perdona. Bueno, en lo esencial lo tienes. Ropa reciclada, gafas, opiniones heterodoxas sobre todo... esa onda. - Y paradójicamente las tres parecen salidas del mismo molde, ¿verdad? - Sí, Gareth. Exacto. Muy listo. - ¿Y esas son tus musas? ¿A ésas, de todas, te llevarías a la cama? - Bueno (un poco ofendido), no es exactamente eso. Ésas son las chicas a las que trataría de conquistar. Obviamente, con las chonis de gimnasio no tengo nada que hacer. Con las mamis de buen ver, tampoco. Ni con las pijas. Ni con las sanas y normales. Con estas tres, al menos, tengo una oportunidad. - Ah (anotando, por primera vez, algo en su libreta). Describe qué te da más posibilidades, con este grupo específico. - Pues para empezar, mis cinco a diez años de más. Por algún motivo, estas chicas se sienten atraídas por los treintañeros. Mis lecturas. No las lecturas en sí, sino mi manejo del namesdropping. Mi acervo en el campo de la cultura popular, que me permite detectar quién quieren ser, de entre un conjunto limitado de modelos femeninos de referencia (casi siempre Enid, la protagonista de Ghost World), y hacer que se sientan así. Mi fenotipo, que sería inaceptable entre otros subgrupos (larguirucho con panza) aquí pasa por bueno. Mi "amistad" con personajes de referencia del periodismo, la hostelería, la escena independiente y la gestión cultural de la ciudad.

Mi blog, sobre "tendencias artísticas alternativas". Mi bigote. Mis camisetas de Pavement. Mi corte de pelo de 30€. Mi anorak de 300€. Mi mural de Hulk, de 3000€. - Ésas son tus armas para ligar. Más falsas todas que un duro de madera. - Más falsas todas que un duro de madera. - ¿Y funcionan? - No funcionan casi nunca. - Y cuando sí consigues llevarte a alguien a la cama, te das cuenta de que tus "armas" no han tenido nada que ver, ¿verdad? - Algo hay de cierto en eso, sí. - ¿Ves algún paralelismo entre esto que te pasa en el campo del sexo y algún otro ámbito de tu vida, por ejemplo el profesional? - ¿Cómo? No entiendo la pregunta. - ¿A qué te dedicas? - Soy empresario. - ¿De la hostelería? - Del turismo. - ¿Del turismo? - Del turismo. - ¿Tienes un hotel? - No. Tengo una agencia de viajes. Vivo de sacar a españoles a viajar fuera, no de acoger a guiris en España. - Esta agencia tuya, ¿es lo que querías construir con tu vida? - Obviamente no. ¿Tú querías pasarte la vida rodeado de borrachos y farloperos? - Sí. Siempre he querido ayudar a la gente a explorar en su interior y a sacar de sí misma los ingredientes necesarios para la sanación. - Hostia, Gareth, te has reído. Diciendo eso te has reído. Eres más falso que un duro de madera, tú también. - Habló el "alcohólico". - (...)

- (...) - (...) - Bueno, creo que es hora de irse a la cama, ¿no? - ¿Cómo sabes que no he dormido? - Me lo ha dicho el búho. Antes de meterme en el catre me estuve masturbando en vano durante media hora. Puto, puto Gareth.

LORD JIM

En Los Olivos Rehab In Spain pasé unos días más. Gareth me agobiaba con su terapia basada por así decir en el sexo oral. Empecé a inventar historias y a analizar las reacciones de G. Le conté tres versiones distintas de mi primer encuentro, una de ellas de carácter homosexual. Le describí fetiches y parafilias. Me convertí para él en el protagonista de una pequeña fábula sobre alguien que sin quererlo ni beberlo acaba practicando formas menores de la prostitución, inspirándome para ello en los años salvajes de Paulo. Gareth, sus ojos muy abiertos, su boca haciendo esfuerzos para adoptar una expresión relajada. Empecé a pensar en salir de la clínica en medio de una gran traca final. Salir al pueblo y volver borracho y tratar de repartir cervezas entre los residentes, y ser expulsado. Decir "la tengo pequeña, mira", en una dinámica grupal y enseñar el miembro, y ser expulsado. Saltar sobre Gareth de improviso y morderle la mejilla. Fuerte. Arrancar un trozo de carne de la mejilla de Gareth, separarme de él y contemplar su expresión extática. Y ser expulsado. Pero no tenía fuerzas. Pensé en hacerme la maleta, pero tampoco. Salí por la puerta y me dirigí a Alcaucín, y allí esperé el autobús. Me senté junto a la ventanilla en el trayecto hacia Málaga. Sentía una leve melancolía y un poco de dolor de cabeza, de muelas. Como siempre al volver de todos los viajes. Turismo. Turistas. Adoro el turismo. Esos paisajes mentales. Esa energía infinita aplicada a la ingenuidad y el atrezzo. Ese empeño agotador en ver lo que pone en la Lonely Planet. Esa capacidad de convertir el Montmartre contemporáneo en un escenario romántico o modernista

por el que pululan genios bohemios que acaban de decidir hacerte un portrait porque tu cara tiene unos rasgos muy interesantes (80€). La hollywoodización voluntaria, a pulmón, del mundo. Los japoneses nos ganan. Los japoneses son capaces de embarcarse en vertiginosos tours europeos de un mes de duración para visitar quince capitales, explorar Andalucía, bañarse en los fiordos noruegos, esquiar en los Alpes y comer pescado en Santorini antes de subir al avión de vuelta. Superad eso. Solo las guías ya pesan dieciocho kilos. Imaginad tener que fotografiar cada monumento, escuchar al guía de cada excursión, identificar a cada rey a caballo durante treinta días. Superad eso. Me dedico al turismo yo también. No solo vendo las emociones: vendo la gimnasia mental necesaria para albergar esas emociones. Mi producto no es para todo el mundo: es para egonautas expertos, para artistas del hambre, para fieles. Deseo esa capacidad, la del turista. Pero no la tengo. Por eso elijo viajes minuciosamente guiados, como éste de Los Olivos Rehab In Spain. No solo quiero visitar, no solo quiero que me expliquen lo que estoy visitando: quiero que me obliguen a sentirme como alguien que genuinamente descubre, que genuinamente explora. Y eso es caro. Y nunca funciona. Hablemos de la otra opción.

ODISEO

A continuación, decido ir a Fátima. Decido ir a Fátima y a Međugorje y hacerme pasar por católico y tener visiones y ser adorado porque estoy en las últimas, y lo único que me curaría es la adoración. Hablar entonces de mis problemas personales y que un montón de chalados me contasen la relación entre mi incapacidad de conservar a una chica a mi lado y el hecho de que la virgen me hubiese elegido a mí de entre todos para aparecérseme, entre mi horror vacui (pero ésta sería muy fácil) y mi beatificación. Pero entonces topo con un último anuncio parapsicológico en Facebook. Camp Joy Multitherapy: Guide And Be Guided In Spain. Hago clic, o pincho, o pulso, o como se diga, y desemboco en una especie de paraíso perrofláutico - summer camp - anarcoWoodstock con mucho filtro en las fotos y mucho Jodorowski pero poco dato práctico del tipo dónde está cuánto cuesta en qué consiste. Hay un Come! subrayado. Hago clic, o pincho, etcétera. Una mujer muy pálida y hermosa, pero sin ningún tipo de vello, narra una historia en inglés: el zorro Tom recibe un encargo del hada Zoraida, guardiana del bosque. Debe hallar el árbol perfecto, pues el hada desea instalarse en él. Tom, a quien el amor más absoluto mueve a servidumbre, parte en su busca de inmediato. Pregunta a los demás animales. Unas torcaces recuerdan un roble a la orilla de un río cuya sombra era perfecta. Una fila de procesionarias hablan de un pino centenario en lo más hondo del bosque. Un jabalí, de una encina o de un nogal. Las pistas son vagas. A veces, los testigos hablan de árboles vistos en una sola ocasión, en su infancia, y dan indicaciones imprecisas. Tom suele llegar, tras innumerables vericuetos, al lugar señalado para no encontrar más que un tronco

muerto, o quemado, o talado, o peor: un álamo apenas notable, alto pero con ramas podridas, en la umbría o maltratado por cuernos de venado. Así pasan semanas. Ya no interroga a los animales, se limita a seguir su instinto, su criterio. Examina sequoyas, cipreses, eucaliptos e inmensos alcanforeros. Sus ojos se habitúan a detectar imperfecciones. Sigue investigando. Poco a poco, mientras van sucediéndose las estaciones, el zorro aprende a aceptar su derrota. De vez en cuando se detiene y trepa un tronco, pero ya sabe que las cualidades que convierten a ese árbol en particular en candidato a la perfección se van a ver contrapesadas por todo tipo de impurezas: parásitos, ramas nudosas o torcidas, raíces saliendo del suelo, o moho, o enredaderas, o avisperos. Indigno para Zoraida, se dice, pero no para mí. Y allí pasa la noche. Al fin vuelve. Conoce las bellezas y defectos de todos los árboles del bosque. Busca a Zoraida y le comunica el fracaso de su misión. Ésta sonríe: - Mi fiel Tom, esta lección te regalo: que solo es perfecto lo que llamamos así, entre la niebla de nuestros recuerdos. Que solo nuestra palabra es capaz de hacer real la pureza, y que nuestra mirada la deshace. También a esa nueva tristeza te condeno. Y ahora he de deshacerme. Dicho esto, la lisa narradora también se deshace, en el vídeo. ¿Pero qué mamarrachada es ésta? Aparece una cita sobreimpresa en Helvetica, cosas: en castellano: Nuestras imperfecciones nos hacen merecedores de amor (J. A. González Iglesias). Luego aparecen más

En Camp Joy todos compartimos un mismo estatus, unos mismos principios. No hay "terapeutas" ni "pacientes"; todos aprendemos a crear pureza en los demás y a aceptar la impureza en nosotros mismos. Utilizamos para ello dos únicas herramientas: nuestra palabra y nuestra mirada, cada una única e irrepetible, propia y válida. Con ellas estudiamos a los demás y los purificamos mientras somos salto. El salto es un botón con un prosaico Next inscrito encima, y previo clic da paso a un formulario. El formulario es infinito. Se puede ir hacia atrás y hacia adelante, y el trabajo que hay que hacer entrar en sus blanks es ni más ni menos que un proyecto terapéutico completo, con la peculiaridad de que la heterogeneidad da puntos. Uno puede exponer las virtudes de una terapia basada en el punto de cruz si puede aportar una buena justificación bibliográfica y calendarizar un programa minucioso detallando objetivos, técnicas, protocolos de evaluación, personalidades idóneas para beneficiarse del mismo y presupuesto sobre el material. Bostezando ampliamente, estoy a punto de cerrar el navegador, pero se me ocurre a tiempo visitar un enlace Help que veo, y ahí lo entiendo todo. El enlace da acceso a cientos y cientos de proyectos ya hechos. Con un poco de corta y pega, es posible rellenar el formulario en veinte minutos. Hay Danza Masaje cruz. Todo del vientre masculina. Cinefórum. su Nudismo. Hinduísmo. Crudiveganismo. no, Punto de erótico. con asimismo estudiados. ¿Quieres formar parte de esta experiencia? Háblanos de tu palabra y de tu mirada después del

Aromaterapia. Taller de sadomasoquismo. Club de lectura y, sí, cómo correspondiente enfoque personal completado. Hasta encuentro uno basado en el Psicoanálisis sexual que creo obra de Gareth, pero quién te dice. Obviamente, estos ejemplos son un reclamo comercial de tipo erótico, el anzuelo

más viejo del mundo. Decido contribuir. Pongo la quijotera a funcionar y en un rato tengo listo mi proyecto, llamado Pornoterapia. La cosa consiste básicamente en visionar un montón de clips de una pornostar masculina o femenina, y elaborar con ellos el mapa traumático de la estrella elegida. Se puede utilizar el repertorio freudiano, y llenarlo todo de Edipos y Electras, o cualquier otro criterio coherente. El objetivo es poner a prueba la capacidad de análisis. Otro objetivo es explorar lo fantasmático en el erotismo de masas, para lo cual se recomienda realizar este ejercicio entre dos personas de sexo opuesto (o de tendencias sexuales convergentes), con el objetivo de alcanzar una visión global de las pulsiones presentes en cada clip, las servidumbres de género, los estereotipos de la conducta sexual. Y por supuesto está el objetivo, éste implícito, de que el terapeuta disfrute algo de sexo en pleno Woodstock, cómo no. Una vez enviado el proyecto, un segundo Next da acceso a algo de información práctica, pero no mucha: que el Camp Joy aún se encuentra en proceso de construcción, por lo que los participantes también han de aportar cierto trabajo manual en labores de "albañilería tradicional"; y que el régimen económico vigente es la autogestión, motivo por el cual las jornadas se completan con algunas horas de agricultura, panadería, lavandería u oficios varios. Dios santo, me digo exhausto. Me meto en la cama y constato que, si mi proyecto es aprobado, entraré en Camp Joy por pura desesperación, y que allí perderé muchos kilos y no follaré nada y posiblemente caeré enfermo. Pero el determinismo me da sueño y, por una vez, me duermo antes de las mil.

SAY CHEESE

Practicar un arte que no le importe a nadie. Dedicarle tu vida. Pero no en plan zen. No con paz interior ni con ese sublime desapego por el fruto de los actos que caracteriza a los santos orientales. Con impaciencia. Con ansia de escenario. Con ínfulas, también. Decir todos los días al menos una vez "sin mi arte mi vida no tendría sentido", y darle un tono como de amenaza. La persona a quien acabas de dirigir tu perla debe mirarte en ese momento como si ya supiera que tu vida no tiene el menor sentido, independientemente de si sigues o no esculpiendo setos. Y esa mirada te hace necesitar un cigarrillo. Luego te contratan como escultor de setos decorativos en una urbanización de lujo y te pagan bien y ya puedes volver a permitirte fumar. Vives en un almacén de productos de limpieza que hay en la urbanización, gratis.A tu disposición la mejor podadora del mercado y kilómetros de setos de color verde profundo. Qué feliz serías. Si no fuera por esa sensación de estar prostituyéndote. Bebes. Te cortas una oreja con la podadora. Estás desahuciado pero te levantas con el sol, día tras día, más que nada porque las ventanas de tu cuarto de escobas no tienen persiana. Tampoco tienen cristal, ya que vamos. Durante catorce horas practicas tu arte y fumas con una tensión sobrehumana. Los entendidos pueden apreciar el Sturm Und Drang interior que tienes montado con solo fijarse un poco en el escorzo de los perros de seto que te salen ahora. Pero no lo hacen. Los jugadores de golf no parecen quejarse de nada de momento. ¿Qué hacer? ¿Decidirás expresarte un poco, salirte del patrón determinado de perros, espirales y dameros? Uno llega a un punto en

que la maestría ya no es suficiente, en que el oficio ya dominado por completo se queda pequeño, y hay que innovar. ¿Lo harás? ¿Esculpirás una polla de seto en homenaje a tu adorado Basquiat? ¿En el lateral del hoyo 15? Oh, sí, lo harás. Incluso esculpirás un chorro de semen de hojas verdes. A continuación serás expulsado y tendrás que volver a dejar de fumar. Puedes acceder a contratos temporales con el ayuntamiento como auxiliar de parques y jardines, pero solo a través de un programa de inclusión social. Deberás demostrar que no tienes amigos ni familia, ni ingresos, ni casa ni pertenencias. Antes de llegar al asunto de los jardines, tendrás que hacer cursos de doscientas horas de habilidades sociales. En muchas de esas tardes jugarás con la idea del suicidio. Si pudiéseis ver en el interior de vuestras cabezas, os daríais cuenta de que la mitad de vosotros está pensando en suicidarse, y la otra mitad está drogada. La profesora habla sobre gestualidad corporal y pone ejemplos sobre cómo mostrarse decidido. Yo vi la polla de seto verde que esculpiste en el lateral del hoyo 15 y me pareció una visión sobrecogedora. Y eso que no sabía que contenía todas esas tardes de jugar con la idea del suicidio. Ahora lo sé. Ahora sé que contiene también tu renuncia al tabaco y un informe de los servicios sociales de tu ciudad donde se te declara excluido y una oreja cortada y un invierno durmiendo en una cama Restform en el centro de una habitación sin cristales en las ventanas. Ahora la visión es sublime. Eres un jodido poeta maldito de los setos. Una leyenda que los miles de jardineros de urbanizaciones de lujo de esta región se cuentan unos a otros en torno al fuego. Visualiza a esos jardineros. No han podido llegar a ser camareros ni croupiers. Sus miserables vidas cortándoles el césped a todos esos norteños tan exigentes. Qué sería

de ellos si no tuvieran tu historia, tu apuesta al 0, tu declaración de independencia. Ahora colocas mazos de azaleas delante del ayuntamiento, para que las vean los policías que acordonan la entrada. De vez en cuando te escondes un cartón de Don Simón en el plumífero y te lo plimplas a lo largo de la mañana. Te pones expansivo. Les cuentas a tus compañeros del programa de inclusión el momento cumbre de tu vida, la realización de un falo ornado con sus correspondientes testículos en el momento de la eyaculación, y todo en seto verde, cerca del green del hoyo 15 de la urbanización Hacienda Pelada Golf Resort. Tus compañeros se ríen a mandíbula batiente. Les faltan tantas muelas como a ti. Luego empiezan a contar anécdotas. Tu cartón de Don Simón empieza a rodar de mano en mano, y ya atrae la atención del capataz y de los numerosos policías locales que acordonan la entrada del ayuntamiento. Las anécdotas versan sobre un único tema: la reproducción de pollas. Todos tus compañeros han reproducido inmensas pollas erectas en un lugar u otro. Como adolescentes revolviéndose contra los muros del colegio. Entonces llega el responsable de la cuadrilla acompañado de un policía municipal, preguntando por el dueño del cartón de vino. Justo cuando no podías caer más bajo en tu triste trayectoria de podador desorejado, te enteras de que algún gilipollas alemán vio tu obra maestra mientras echaba unos hoyos y le gustó. Le gustó mucho, a este gilipollas teutón. Le gustó tanto, que la compró. Le salió barata: solo tuvo que pagar la reposición del seto en ese fragmento de linde. Luego se la llevó a Alemania y la plantó delante de la puerta de su galería de arte, en Colonia. Él se ocupa personalmente de podarla periódicamente para que se mantenga fiel

a su forma original, que es la que tú le diste. Además, el tipo te nombra. Junto a la obra hay una plaquita metacrilatizada con tu nombre y este texto, que le redacté yo. También, fotos del emplazamiento original y un comentario la mar de Kultur sobre la ingenuidad de la resistencia aborigen en la España sometida al imperio del Golf. Este crítico, el fotógrafo y yo cobramos bien por nuestras aportaciones. Tú, nada. Aunque míralo por el lado bueno. Has expuesto tu obra en el extranjero. Has logrado entrar en el circuito comercial, orejitas. Te veo en los jardines del Ludwig. Te veo Trascendiendo el Paradigma. Te veo en los brazos de las mujeres, fumando cigarrillos liados y vino embotellado. Quién es la puta ahora, orejitas. Quién es la puta.

MEFISTÓFELES

Mi periplo por estos establecimientos terapéuticos de los que tanto hablo en esta cuarta temporada me ha robado los restos de estabilidad mental que me quedaban, amén de cuantiosas sumas de dinero y tiempo, sin obrar a cambio sanación espiritual ninguna, pero al menos he tenido una idea para un negocio. El negocio es una empresa en internet, una red social basada en intercambios terapéuticos: yo te cuento mis problemas y tú, con tus conocimientos en psicología divulgativa, me orientas. Luego tú, a tu vez, vas y le cuentas tu mandanga a un tercero, y así sucesivamente. Todo el mundo evalúa a todo el mundo, y los terapeutas estrella pueden llegar a cobrar por sus consejos andado el tiempo. Por supuesto, para evitar previsibles problemas con los colegios de psicólogos me llevaré mucho cuidado de no llamar a esto "terapia" ni "ayuda psicológica", sino más bien "consejo independiente" o "guía externa". También hay un manual de estilo cuyo incumplimiento podría llevar a la eliminación de la cuenta. En él, proscribo el empleo de etiquetas diagnósticas: ni "neurosis" ni "depresión" ni "ciclotimia" ni nada parecido. Sin diagnósticos. Esto no solo para ahorrarme problemas con esos jodidos psicólogos colegiados, sino para hacer más atractivo el producto. Mis terapeutas online no recurrirán a diagnósticos cliché: harán sentir a sus pacientes escuchados y únicos. Programas robots rastrearán los chats en busca de términos prohibidos y expenderán automáticamente las amonestaciones. ¿Y de dónde saldrá la pasta? De varias fuentes: para empezar, solo se puede acceder al perfil de usuario "terapeuta" si se tiene una

cuenta premium, que costará para empezar 49€ al año. Hay más requisitos para acceder a esa cuenta premium, como aportar algún diploma de algún curso de mierda de gestalt (con el tiempo los impartiré a través de otra web a módicos precios) o aprobar un examen online cuyo temario pienso vender en .pdf. ¿Y por qué iba nadie a invertir tiempo, dinero y esfuerzo en una cuenta de terapeuta online? Por dos promesas: la de "acumular experiencia terapéutica" y la de "cobrar por sesión si se alcanza un rating superior a 90/100". Por supuesto, pienso manipular los ratings. En realidad, las dos promesas se resumen en una: la de convertirte en alguien sin necesidad de dejar tu silla frente al grasiento pc de casa de tus padres. La de llegar un día a tomar café con tus amigas y soltar a bocajarro: ya soy algo, soy terapeuta online, hoy me han ingresado mis primeros veintiocho céntimos. La de convertir tu tendencia a manipular a los demás, inversamente proporcional a tu capacidad de solucionar la mierda que inunda tu vida, en una profesión. En una identidad. Ah, bueno, y también cobraré por publicidad. Habrá un montón de anuncios de libros de (para)psicología divulgativa con los que ampliar tus conocimientos y mejorar tus ratings. La gente hará clic. No sé si cerrar la posibilidad de encargar esos libros a los usuarios no premium. Esto igual reduce las ventas, pero me estimula la idea de hacerle sentir basura a alguien simplemente impidiéndole su derecho al consumo. ¿Y lo mejor de todo? Que será increíblemente terapéutico. Para mí, claro. Que cobraré mi venganza sobre las herramientas de sanación de que dispone mi sociedad para sus miembros enfermos, y solo porque no ha habido sanación para mí. O bueno, en realidad no. No sé por qué saco la tontería ésta del despecho, cuando ni siquiera he

buscado en toda mi vida un profesional serio que me ayude. Demasiadas películas. Será terapéutico porque la disolución de estas herramientas me divierte. Porque puedo, por eso. Porque quién pagará por un psicólogo cuando se pueda piratear uno sin salir de casa, sin pasar vergüenza, sin que nadie detecte que mientes como un bellaco (o al menos casi nadie), sin necesidad de obedecer ese totalitarismo de ser tú, siempre tú, y tener problemas, siempre los mismos problemas. Porque a Olgaga le habría gustado, ella que entregó su cordura a la tarea de llenar el mundo de ficción, y también a Jesús. Porque por qué no. Los necesito a ambos, a Olgaga y a Jesús. A ella para que se siente tras el teclado y haga de terapeuta en las primeras fases, mientras alcanzamos la masa crítica de usuarios necesaria. A él para que diseñe la arquitectura de la web y guíe su construcción. Quiero ir a lo grande. Voy a intentar convencerlos de que vendan su participación en los Kafka Weekends para financiar esto entre los tres. Habrá fases, y en la tercera nos internacionalizaremos. El mundo dejará de dar melifluos megustas a las fotos de los gatos de los demás, para entrar con sierras mecánicas en el mundo interior del prójimo. Y ahora imaginad una malvada carcajada con bien de reverb, para cerrar este capítulo mientras se apaga su eco.

RITO DE PASO

Lo he hecho. He dado el paso. He quedado con mis amigos por fin. Con Jesús y Olgaga, al menos. Paulo está en el barco y las Miralles ilocalizables. Les he dicho que tengo planes para todos, nuevos planes tras la aventura checa. Luego me he hecho un powerpoint. En el powerpoint, que he rellenado de datos que he copiado de internet y de otros inventados, demuestro la relación entre crisis económica y autoayuda cruzando la tasa de paro desde 2010 con las ventas de "Tus zonas erróneas", de Wayne W. Dyer (un clásico de 1976 editado en castellano por Grijalbo, entre otros, y por DeBolsillo en 2010). Luego enlazo un artículo de La Vanguardia que da por buena mi tesis. Y mi tesis es: que cuando vienen mal dadas y te has quedado en el paro o corres el riesgo de perder la casa o no tienes para pagar la universidad de los niños o eres interino docente o algo así, la culpa es tuya por no funcionar como tu primo Pablo, que tiene una empresa que pita bien y este verano se va con su mujer (que está mucho más buena que tú) y sus niños a la jodida Riviera Maya. Y mi tesis sigue: así las cosas, una vez que has aceptado que la culpa es tuya y has completado ese proceso de revelación y contrición, lo primero que vas a hacer es buscar ayuda. Para readaptarte. Para limar esas aristas incorrectas que impiden tu fluido deslizamiento por el tobogán del éxito, ése que disfruta la gente superior. Pero cuidado. Ayuda sí, pero a ver cuál. Amigos, familia y conocidos no, porque lo último que queremos, en este momento, es perder aún más puntos. La ayuda que vale es la que no te obliga a identificarte. Coño, claro, cómo no lo había pensado antes: la autoayuda.

He mencionado el libro de Dyer: en él puedes enterarte de que

Las zonas erróneas son las siguientes:

     

Cualquier pensamiento que provenga de una autoestima insuficiente. Culpabilidad o preocupación. Necesidad de aprobación externa. Postergación al obrar. Necesidad de justicia. No hacerse responsable de sí mismo.

Es decir, que atenerse a normas morales, retrasarse en la producción o achacar al jefe algún problema que hayas tenido es erróneo y está mal y así no vas a pisar la Riviera Maya en la vida. También puedes hacerte con Inteligencia emocional, de Daniel Goleman (Kairós, 1996), donde aprenderás que

La inteligencia emocional nos permite:-Tomar conciencia de nuestras emociones. Comprender los sentimientos de los demás -Tolerar las presiones y frustraciones que soportamos en el trabajo -Acentuar nuestra capacidad de trabajar en equipo -Adoptar una actitud empática y social que nos brindara mayores posibilidades de desarrollo personal

O sea, que para ser inteligente hay que soportar todo lo que te pase en el trabajo sin perder espíritu de equipo ni ganas de pelotear ("actitud empática") a tus superiores., porque de esa manera vas a tener mayores posibilidades de forrarte el riñón desarrollarte personalmente.

Y el powerpoint sigue. Demostrando con datos aplastantes que éste es el proceso normal. Un estudio de mercado que arroja resultados muy positivos sobre la masa de consumidores potenciales y su tendencia expansiva. Y que a continuación da un salto para hablar de redes sociales. Relacionando el uso creciente de Facebook con los datos negativos del empleo. Estamos hablando de un estudio serio, bien argumentado, coherente e informado. No solo cuantitativo: ahí mismo me remango y entro a analizar

las tendencias de uso de Facebook susceptibles de ser relacionadas con el paro, aportando como prueba los resultados de una entrevista que he hecho, de forma totalmente ficticia, a quinientos usuarios de la popular red social. Y esos resultados son claros: los usuarios en paro no solo usan Facebook mucho más, sino que se orientan hacia la autoayuda, hacia la difusión de mensajes de motivación sobreimpresos junto al jeto de Paulo Coelho o Alejandro Jodorowsky, hacia la multiplicación de contenidos anodinos de carácter pseudopsicológico y hacia la adopción de la jerga correspondiente. Según mi estudio, los desempleados de Facebook utilizan los términos "empatía", "paz interior", "liberación personal" y "chakras" hasta un 75% más que los usuarios con trabajo. Muchos de ellos afirman "estar aprendiendo mucho de sí mismos y de la vida" desde que perdieron su empleo, aunque no pueden acreditar ninguna lectura seria ni ningún curso de formación. Madre mía: se refieren a lo que leen y comparten en Facebook. Se refieren a los posts monguer de páginas como "Amor Incondicional En Accion" (sic), "Aprendiendo a Sentir", "•**•.Remedios Para El Alma.•**•" (sic) o "YO ESCUCHO!!! "LA VOZ DE LA MADRE TIERRA"" (sic, sic todo el rato). Están totalmente indefensos. Es el momento.

En ese momento, cierro el portátil y miro directamente a los ojos de Olgaga y Jesús, quienes, visiblemente impresionados, aún no han podido decir nada sobre el asunto ni yo se lo he permitido. Y repito: Es el momento. Imaginad esas masas de gente sin trabajo que pasa hasta cinco horas al día mirando la interfaz del feis y esperando que le llegue al correo alguna oferta de empleo vía Infojobs y alimentando la creencia subnormal de que "están creciendo como seres humanos" o alguna babosada parecida. En ésas están cuando les aparece nuestro anuncio, bien posicionado arriba a la derecha: "Sanación online. Ayuda a otros y déjate ayudar". Sabéis tan bien como yo que le van a dar. Y que en cuanto entren en nuestra página, son nuestros. Tendrán un espacio para seguir compartiendo fotos de Coelho en blanco y negro con idioteces sobreimpresas, pero se desaconsejará vivamente el empleo de nombres y apellidos y fotos claras. Esto no les importará, porque ya conocen por Meetic y Badoo el mundo de la suplantación de identidades. Probarán la experiencia de ser aconsejados seis o siete veces, y a continuación no podrán vencer la tentación de ponerse a los mandos. A 49€/año más 15€ cada pedeefe de basura que les podamos colar "para mejorar sus ratings".

Y en ese momento vuelvo a abrir el portátil para mostrar las expectativas económicas del proyecto. Manejo, basándome en ficciones absurdas, tres escenarios. Les muestro unos datos: 25.000 usuarios premium y 200.000 estándar en los primeros ocho meses de funcionamiento, con veinte mil copias digitales de libros vendidas, y una recaudación bruta un poco por encima del millón quinientos mil euros. Y añado: y éste es el escenario más conservador. Y entonces me callo, para amplificar el efecto deslumbrador.

Olgaga se ha encendido un cigarro, el primero de la tarde (me doy cuenta ahora de lo raro que resulta verla un rato sin fumar, y ya de paso me doy cuenta de otros cambios: su cordura, para empezar, su evidente pérdida de peso, su retorno a la zona alfa de la especie, su aire calmado e irónico), y Jesús mira con media sonrisilla el fondo de su taza de café. No tienen prisa en romper su divertido silencio. Se miran. Estoy sudando. Olgaga suelta a bocajarro:

- ¿Cuánto tiempo hace que no sabes nada de las Miralles? - Mucho, ¿por qué? - ¿Quieres ir a verlas? - ¿Al pueblo ése hippy? ¿Reciben visitas? - (Con sorna) Sí, he oído que sí, amor. - Ah. - Vámonos. Ven con nosotros. Ahora mismo. Partimos rumbo norte a través de una tarde eterna. Cuando llegamos, aún es de día.

Las Miralles han transformado San Joy. Antes de ellas, la aldea era un proyecto muy crudo de rehabilitación libertaria rural, con una población máxima de quince personas en permanente conflicto y con un déficit insuperable de suministros básicos, incluyendo en esta categoría el agua para beber. Ahora es un asentamiento estable con unos quinientos residentes permanentes y doscientos más los fines de semana. Todas las casas del pueblo han sido rehabilitadas y un buen número de barracones nuevos las rodean. Hay una clínica, una escuela, unas letrinas y una zona techada polivalente, un pozo y una farola que funcionan con el mismo generador, un refrigerador comunal y unas cocinas, y plantaciones nuevas por todas partes. Además, según un mapa gigante que hay en el centro del pueblo, la población está rodeada de enclaves enigmáticos: "el prado de la comunión", "la llanura azul", "el viejo granero de las sonrisas". Ellas van desnudas de cintura para arriba, descalzas. Tienen la piel más bronceada y el pelo más rubio. No hacen absolutamente ningún ruido ni es posible saber dónde están en ningún momento. Hay guiris por todas partes que saben exactamente el mismo español. Un español decente pero medieval, que solo se extiende sobre lo rural y lo espiritual, y nada más. Los guiris, y todos los demás excepto nuestras amigas, pagan por estar allí. Mucho, mucho dinero. Además de pagar, trabajan muy duro durante muchas horas, también de forma obligatoria. Ahora andan excavando una fosa séptica. De forma altruista, emplean su escaso tiempo libre en ofrecer talleres para el resto de la comunidad. Los anuncian en un tablón en el que no cabe una palabra más.

¿Y qué los lleva a San Joy, a cagar en letrinas y excavar fosas sépticas y dormir sobre jergones rellenos de paja seca y comer los peores arroces del universo, sin wifi ni cobertura de móvil ni teléfono, sin poder fumar ni comer carne ni beber ni drogarse? La posibilidad de aprender "el arte de la sanación" de las famosas terapeutas cósmicas Miralles, fanales de la humanidad. Las muchachas, en virtud de una suerte de mayéutica marca de la casa, no enseñan directamente, sino que se acercan de vez en cuando a escuchar a la gente que, en parejas, se pregunta mutuamente por "las heridas del alma" y aplica sus conocimientos a tratar de cauterizarlas. Cuando alguien lo hace bien, recibe como premio una sonrisa de una de las hermanas, aprendices. La sonrisa, al parecer, engancha. Olgaga y Jesús, que pasean entre los descalzos con cigarrillos y botes de cerveza, me proponen participar en la empresa. Paulo también está dentro. Me como el orgullo y digo que sí. ¿Qué tengo que hacer? Algo habrá. El pueblo se desarrolla solo, y por el momento no necesitamos aumentar el número de clientes a base de márketing. Es mejor dejar funcionar el boca a boca y que siga siendo muy difícil llegar aquí. En principio, con asistir a las reuniones ya cumpliría, pero eso sí, al menos una vez a la semana hay que pasarse por el pueblo para vigilar a las gemelas, tratar de que coman algo y mitigar tal vez alguna excentricidad demasiado alienígena, como hoy mismo, que han empezado a cazar grillos y a plantarlos en los caballones junto a las calabazas, para alarma de la numerosa población crudivegana de San Joy. Olgaga me dice que si les doy una papilla de sémola y maíz a cucharadas, como si fueran niñas pequeñas, a continuación me dejarán cepillarles el pelo un rato. Por si no estaba yo ya bastante convencido de participar. que levita sin prisa hasta la siguiente pareja de

Ya casi todos los aprendices están yéndose al catre y nos disponemos a volver al coche. La noche se ha cerrado y es posible ver el brazo de enfrente de la vía láctea en el cielo. Olgaga da el contacto y suena lo que había puesto al parar el motor, que es la cuarta canción del Loveless, de My Bloody Valentine. Ahora suena muy diferente, como si llegase de otra región del tiempo y del espacio. Mientras nos alejamos de San Joy y empiezo a rendirme a la somnolencia se me ocurre preguntar qué es de los guiris una vez que completan el "curso" de "sanación" de las gemelas. ¿Se vuelven a su casa, ponen consultas, qué? - ¿Estás tonto, tío? Cuando acaban aquí los mandamos a Praga, hombre. Nunca me entero de nada. Esto es así.

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