ESCENA V Los mismos. Entra MARÍA, seguida por un séquito de ángeles adolescentes, vestidos de cupidos.

Otros ángeles la preceden, arrojando flores a su paso, y otros, con aire de efebos, llevan lirios. María avanza arrogante, orgullosa, altiva, con una pequeña corona de oro en su cabeza; lleva un vestido azul recamado de estrellas, que deja entrever, al frente, una túnica de seda blanca. Se inclina frente al trono de DIOS PADRE (del cual el QUERUBÍN ya se ha apartado), hace una reverencia formal y se dirige luego a un segundo trono, que unos ángeles han levantado de prisa, contra la pared, a cierta distancia del trono de DIOS PADRE. Este segundo trono posee un gran respaldo, en el estilo de la época de los trovadores. Se queda allí durante la siguiente escena, rodeada de su coro angelical, preocupada exclusivamente por su toilette, empuñando siempre un pequeño espejo y poniéndose perfumes. Se oye el suave cuchicheo de los traviesos cupidos, que se guiñan los ojos entre sí. Mientras tanto, los tres ángeles de la primera escena conversan en el lado opuesto del proscenio. PRIMER ÁNGEL: Ahí viene el Hombre. SEGUNDO ÁNGEL: ¡Ahí viene el Hombre! ¡Ahí viene el Hombre! TERCER ÁNGEL (intrigada): ¿El Hombre? ¿Quién es el Hombre? SEGUNDO ÁNGEL: Qué Hombre va a ser, pequeñuela… ¡El Hombre! PRIMER ÁNGEL (instructivo): El Hombre, el mejor, el más dulce de todos los hombres, el único hombre en el Cielo… ¡El Hombre! TERCER ÁNGEL (curiosa): ¿Es joven? PRIMER ÁNGEL: Como un árbol de palma. TERCER ÁNGEL (después de alguna reflexión): ¿Es más joven que el viejo de allá? PRIMER Y SEGUNDO ÁNGEL (a coro): ¡Cien, cien mil veces más joven! TERCER ÁNGEL (después de una reflexión más profunda): ¿Es más joven que esa encantadora señora de allá?

PRIMER Y SEGUNDO ÁNGEL: ¡Mil, mil veces más joven! TERCER ÁNGEL (reflexionando de nuevo): ¿Es más joven que aquel desagradable hombre de allá abajo? PRIMER Y SEGUNDO ÁNGEL: ¡Infinitamente más joven! TERCER ÁNGEL (con entusiasmo): ¿Es bonito? SEGUNDO ÁNGEL: ¡Blanco como el marfil! TERCER ÁNGEL: ¿Es esbelto? PRIMER ÁNGEL: ¡Igual que un árbol! TERCER ÁNGEL: ¿Cómo son sus ojos? SEGUNDO ÁNGEL: ¡Como los de una gacela! TERCER ÁNGEL: ¿Y su voz? PRIMER ÁNGEL: ¡Como el arpa de Eolo!... Pero triste, muy triste… TERCER ÁNGEL (con pena): ¿Por qué triste? SEGUNDO ÁNGEL: ¡Está herido! TERCER ÁNGEL (con muda interrogación): … PRIMER ÁNGEL: ¡Le traspasaron las manos! SEGUNDO ÁNGEL: ¡Y los pies! PRIMER ÁNGEL: ¡Y el costado! SEGUNDO ÁNGEL: ¡Y de la frente, de abajo del pelo, le caen gotas de sangre! TERCER ÁNGEL (que ha escuchado con creciente asombro): Pero ¿está vivo? PRIMER Y SEGUNDO ÁNGEL: ¡Está vivo, sí! Un estruendo entre bastidores anuncia la llegada de un cortejo. Un grupo de ángeles que parecen niñas irrumpe tumultuosamente. PRIMER Y SEGUNDO ÁNGEL: ¡Ecce Homo! TERCER ÁNGEL (repitiendo por lo bajo): ¡Ecce Homo! Retroceden un poco los tres, para dejar espacio.

LOS ÁNGELES DE ADELANTE: ¡El Hombre! ¡El Hombre! Entra JESÚS, con los brazos extendidos, en la posición de ecce homo. Lleva una túnica blanca con manto púrpura, como Rey de los Judíos; avanza con la cabeza inclinada, el rostro marcado por una profunda tristeza. Anda con paso de autómata, rodeado de ángeles en su mayoría mayores, quien portan la Cruz y los instrumentos de tortura. Su séquito lo conforman apóstoles, mártires, María Magdalena, plañideras. Es muy joven, de rostro pálido, el pelo oscuro y barba escasa; es alto pero de aspecto desgarbado, etéreo. Todo su séquito presenta un aire frágil y de una profunda depresión. Los ángeles más jóvenes lo rodean con miradas ardientes, intentando tocar Sus vestiduras. Es observado con indiferencia por parte de DIOS PADRE y pasa completamente inadvertido para MARÍA; Él, en su pasividad, no repara en nadie. Se dirige a un trono que fue armado, mientras tanto, a una cierta distancia de los otros dos, que tiene la forma primitiva de un trono hebreo. Se sienta, apático, siempre con la misma actitud de ecce homo, mientras sus seguidores se agrupan a su alrededor. Después, los figurantes ocupan sus lugares: los grupos de ángeles se arrodillan delante de los tres tronos, de manera de ocupar todo el proscenio. DIOS PADRE (con profunda solemnidad y patetismo): ¿Estamos todos reunidos? Al instante, una lengua de fuego pasa silbando como un cohete por la parte superior de la bóveda, y desaparece con un ruido metálico: es el Espíritu Santo. Es un momento solemne: todos levantan la cabeza, incluso los ángeles, que abren los brazos; sólo MARÍA, con la cabeza caída descuidadamente sobre el lado izquierdo, mira al frente, con aire apático, mientras JESÚS, cruzando los brazos sobre el pecho, inclina aun más la cabeza y se mantiene durante mucho tiempo en actitud de profunda contrición.

DIOS PADRE (después de una pausa, durante la cual todo vuelve a la posición anterior): Los hemos convocado para escuchar sus consejos sobre un asunto pesado, terrible. Desobedeciendo mis Mandamientos, los hombres se han entregado a los peores excesos, a las más horribles atrocidades, preparando, en su idolatría, la propia destrucción. En una ciudad de Asia, en…, en…, ¿en dónde era? QUERUBÍN (muy cerca de Dios Padre, con las manos juntas) : En Nápoles, Padre santísimo. DIOS PADRE (recordando): ¡Ah, sí! ¡Nápoles! Despreocupados de toda garantía del pudor, se cruzan unos con otros como animales, con total desprecio por las barreras y las restricciones impuestas a los instintos carnales, y por eso la ira divina... MARÍA (interrumpiéndolo, sin darle importancia): Oh sí, he oído hablar de eso. DIOS PADRE (atentamente asombrado): ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? MARÍA (en el mismo tono): Sí, conozco el asunto. El mensajero pasó primero por mi casa… (Repentinamente se tapa la boca, como arrepentida de haber hablado.) DIOS PADRE (pálido, con destellos de ira, busca al mensajero entre los reunidos, y mira furiosamente a MARÍA. El QUERUBÍN, con un gesto silencioso, suplica al anciano que se domine. Éste consigue contener la cólera y sigue en un tono amargo): En suma… Todos están en conocimiento… (Se esfuerza por dominar su irritación.) Y Nosotros mismos, por Nuestro lado, ya hemos decidido recurrir al más terrible castigo… MARÍA (interrumpiéndolo otra vez): Esa caterva no tiene arreglo. JESÚS (por fin levanta los ojos apagados y, con voz de tísico y los ojos vidriosos, balbucea como un eco): Caterva… no… tiene… arreglo. LOS ÁNGELES (dándose codazos): ¡El Hombre! ¡El Hombre! MARÍA MAGDALENA (amargamente): Pero ¿qué han hecho? MARÍA (cortante): Te lo diré después… Cochinadas, como de costumbre. DIOS PADRE (enojado): ¡Vamos a exterminarlos! JESÚS (en voz alta, repitiendo): Sí, sí… ¡Vamos a exterminarlos!

CORO DE APÓSTOLES, MÁRTIRES, ÁNGELES, etc.: ¡Ah! ¡Ah! JESÚS (ya distraído): ¿Eh? MARÍA (imperiosa): ¡No, no! ¡No puedes! Los necesitamos. JESÚS (haciendo eco): Sí…, sí… Los necesitamos. DIOS PADRE (furioso por estar en minoría): ¿Así que los necesitamos? Pues yo quiero exterminar a esos monstruos. ¡Quiero, quiero... nuevamente una hermosa tierra…, con animales en el bosque...! MARÍA (con sarcasmo): Si va a haber animales, también tendremos hombres. MARÍA MAGDALENA (conciliadora): El pecado es útil para la purificación. DIOS PADRE: Se atiborran de pecados, como otros se atiborran de pasteles dulces… ¡hasta reventar!, ¡hasta podrirse! MARÍA (secamente): La cópula no se puede prohibir. Un poco de lujuria tiene que permitirse. De lo contrario, se desahogan contra el árbol más cercano. (El viejo la mira cada vez más enojado.) ¡A la noche, a la noche! ¡En la primavera! ¡En ciertos momentos! comedimiento… DIOS PADRE (cada vez más colérico): Voy a destruirlos… como perros libidinosos que son… en toda su loca embriaguez… (Gran agitación en la asamblea; los ángeles más jóvenes se miran entre sí, espantados.) MARÍA (secamente): ¿Y quién creará al hombre? Mientras los apóstoles discuten acaloradamente, y cierto malestar recorre la sala, el anciano, con la cara brillante, mira fijamente al frente, jadeando; el rostro se le vuelve cada vez más rojo, tose, balbucea, parece sofocarse; mueve los brazos, arroja mantas y muletas, gime y ruge. Todos van rápidamente en su ayuda; unos con la escupidera, otros con frascos de un líquido etéreo. MARÍA, inquieta, acude a su vez; JESÚS, demasiado débil, sigue sentado, y sus ojos vidriosos lanzan miradas lánguidas. Gran confusión. Pero el viejo, rechazando la ayuda de todos, con una gesticulación desordenada, reúne fuerzas y grita con una voz terrible. ¡Cuando la luna brilla! Hay que tener cierto

DIOS PADRE: ¡Voy a exterminarlos! ¡Voy a despedazarlos, a machacarlos... en el mortero de mi ira! (Intenta levantarse y toma impulso para asestar un golpe, un golpe que sea un acto terrible, irrevocable.) QUERUBÍN (sale corriendo y se lanza a los pies del anciano, con voz suplicante): Pero santo, divino padre, ¡mañana es Pascua! ¡Allá abajo, en la Tierra, se celebra la Pascua! CORO
DE

APÓSTOLES, MÁRTIRES, ÁNGELES, etc. (en eco): ¡Allá abajo, en la Tierra,

se celebra la Pascua! DIOS PADRE (reprimiéndose): ¿Qué es lo que se celebra? QUERUBÍN (con el coro de ángeles): ¡Se celebra la Pascua! DIOS PADRE (mira perplejo): ¿La Pascua? CORO DE LOS APÓSTOLES: ¡Se celebra la Pascua! QUERUBÍN: ¡Celebran la Cena del Señor! DIOS PADRE (recordando): ¿La Última Cena? QUERUBÍN: ¡Se alimentan de la carne y la sangre de Jesús! DIOS PADRE (con un poco más de calidez): ¡Hijo mío, te comen! JESÚS (con voz débil): Sí, me comen. MARÍA (con falsa ternura): ¡Mi querido hijo, que llevé en el vientre! JESÚS (infantil): Que usted llevó en el vientre. DIOS PADRE (mecánicamente): Que ella llevó en el vientre. ÁNGELES MÁS JÓVENES (cuchicheando): ¡El Hombre! ¡El Hombre! MARÍA (con el mismo tono): ¡A Ti te comen! JESÚS: ¡A Mí me comen! DIOS PADRE: ¡A Él se lo comen! JESÚS (estremecido): Sí, y con eso nos vamos volviendo cada vez más miserables, más débiles… ¡Qué cosa horrible! (tose). Me comen a mí, y así se liberan de la enfermedad y del pecado. Mientras nosotros caminamos progresivamente hacia la decadencia. Primero comienzan por hincharse de pecados, al punto de estallar, y luego ingieren mi carne y se liberan del pecado, inocentes y gordos, mientras nosotros aquí estamos, pobres y miserables. ¡Ah, qué papel maldito

para representar! ¡Me gustaría que se invirtieran los papeles, y yo pudiera comer a voluntad, y dejarlos morir de hambre a ellos! (Le acomete un acceso de tos.) MARÍA (corre hacia él, preocupada): Dios mío, Hijo mío, ¡no te olvides de que eres invulnerable, divino, inmortal, el mismo por toda la eternidad! (Pone la cabeza de JESÚS en su pecho y lo acaricia; JESÚS solloza violentamente en el seno de MARÍA.) ÁNGELES MÁS JÓVENES (siempre cuchicheando): ¡El Hombre! ¡El Hombre! DIOS PADRE (después de esta pausa, mucho más tranquilo, se dirige al QUERUBÍN): ¿Quién celebra la Pascua ahora? QUERUBÍN (vivaz): ¡Los cristianos, Santo Padre! ¡Tus fieles, divino Maestro, Tus hijos, los que tienen esperanza en Ti, los creyentes, los católicos, la Iglesia, la única Iglesia verdadera, Tus sacerdotes, Tus obispos, el Papa! DIOS PADRE (a quien le gustaría creer, con aire amable) : ¿Ah, sí? Entonces, vamos a ver eso. MARÍA (feliz de que las cosas tomen ese rumbo): Sí, ¡vamos a verlo! (A Jesús.) Vamos, hijo mío, ¡echemos un vistazo a tu único entretenimiento! Gran alivio en toda la congregación. Los grupos compactos se dispersan, los ángeles jóvenes salen de la sala. Se acercan ángeles siervos a los tronos para poner todo en un orden impecable. El equipo médico completo es retirado, y surgen unos enormes y extraños trípodes. Apóstoles, mártires, ángeles, Hermanas de la Caridad se retiran en orden solemne. Tan sólo quedan las tres deidades, el QUERUBÍN y un ángel más viejo atrás. DIOS PADRE (cómodamente instalado en su trono, en posición semirreclinada. Con profundo tono, sonoro y solemne): ¡Traigan los incensarios y los braseros, y que se manifiesten en Nosotros la Omnisciencia y la Omnipresencia!

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