La otra muralla

«Reminiscencias del dolmen o menhir, las cruces exteriorizan el sentimiento piadoso de Ávila». José Mayoral

Crucero de San Vicente. Foto: Mas. 1928.

186

Atrio de San Segundo. Foto: Sol. h. 1920.

ímbolo de la redención de los cristianos, la cruz se convirtió a partir de la Reconquista en una señal omnipresente. Su anagrama estaba en todas partes: coronaba las torres, se grababa en las puertas de las casas, lucía en los escudos y presidía toda estancia por humilde que fuese. En el mismo párrafo que encabeza este comentario, Mayoral añade que así «como los adalides de la espada hincaron en torno de Ávila los muros para defenderla del enemigo, los gigantes de la fe clavaron las cruces, como estacas de otra red espiritual que protegiese del lobo la pureza simbólica del rebaño. La espada y la cruz, así complementadas, defienden en la piedra su rito». Efectivamente, Occidente, tergiversando su origen, la utilizó como emblema de cruzadas y conquistas, olvidando frecuentemente que quien subió a ella, dejó bien claro que su reino no era de este mundo.

S

Ávila esta rodeada de esa segunda muralla que pasa más desapercibida. Si no hubo en Europa tierra más poblada de cruces que España, Ávila fue una de las ciudades con mayor número de cruceros. Esto se debió en parte a que contaba con buenas canteras graníticas y tallistas capaces de extraer piezas de semejante tamaño. Los cruceros debían ser necesariamente de piedra para resistir a la intemperie largo tiempo. Una vez tallados eran colocados en pedestales o sobre roca viva y allí quedaban como una señal imperecedera Mandados levantar generalmente por voluntad de municipios o particulares, la mayoría de los cruceros conservan grabada en la peana las ofrendas que motivaron su origen o el nombre de quien las mandó tallar: «Esta cruz dio Nicolás García, Notario». A veces para evitar su desaparición se grababa el lugar al que estaban destinadas: «Esta cruz es y será de Niharra». Otras son

187

Crucero y vista general. Foto: Mas. 1928.

ofrendas de gratitud o testimonio de apariciones milagrosas, algunas indican el lugar donde alguien perdió la vida y muchas otras fueron poblando los senderos como árboles pétreos del camino. Muchos de los cruceros proceden de algún camposanto cercano o desaparecido; pero allá donde estuviesen colocados, todo cristiano devoto solía santiguarse al pasar ante uno de ellos, de hecho los hay que tienen leyendas como esta: «Este es el lugar donde levantaron a Cristo en la Cruz». Imágenes protectoras y a veces única compañía del caminante, los cruceros comenzaron a proliferar por toda Castilla a partir del siglo XVI. Hubo una especie de repoblación de la cruz tras la ocupación árabe. Desde Ávila y principalmente desde Cardeñosa y Mingorría, pueblos dedicados por generaciones al trabajo de la piedra, se emprendió la talla de cientos de cruceros. Como cuenta Javier Sainz en su libro sobre estos monumentos, los cruceros abulenses, «fueron distribuidos en todas direcciones, hasta alcanzar Tierra de Campos». En cada lugar y época tuvieron características distintas. Los góticos de los siglos XV y XVI solían adornarse con series de bolas del tamaño de granadas, para rememorar la conquista de aquella ciudad por los Reyes Católicos, de este período es por ejemplo el que hay en el humilladero del Cristo de la Luz, en Santa Ana. Cruceros solía haber a la entrada de cada pueblo o villa y también en las plazas; en Ávila las de la Fruta, la Feria y las Vacas, tienen todavía el suyo. Igualmente que-

Crucero y ermita de Las Vacas. Foto: h. 1950.

188

dan algunas cruces de atrio frente a iglesias y conventos; de éstas son las de San Vicente, Santiago, Santo Tomás, San Segundo, Nuestra Señora de la Cabeza o Mosén Rubí. Las de San Pedro, San Antonio o San Andrés, han desaparecido no hace mucho. De la veneración de las gentes por los cruceros se aprovechó a veces el poder civil. En 1539 Ávila tenía un grave problema de limpieza; las basuras se amontonaban en sus calles. Era una preocupación constante del municipio evitar que los vecinos tirasen sus inmundicias en lugares improvisados. Algunas puertas de la muralla se convirtieron de ese modo en malolientes muladares. El Concejo decidió entonces comprobar el efecto de las cruces; colocó una junto al arco Mariscal, «en la seguridad de que su respeto reprimiría la inmundicia». Según Mayoral «sabía bien el municipio la influencia que

Crucero del pórtico de Santo Tomás Tarjeta postal. h. 1945.

en el ánimo del pueblo, educado en el santo temor de Dios, ejercía la señal de la cruz». Al parecer la idea resultó y la cruz sigue todavía ahí, en la plaza de Fuente del Sol. Como se ve la ciudad estaba en estrecha relación con la señal del cristianismo. Hay quien sostiene incluso, que las fundaciones de Santa Teresa forman geográficamente una cruz, en la cual Ávila ocupa el centro (Quadrado). La verdad es que sobre el mapa se necesita más que imaginación para entrever tal cosa, pero ahí queda la sugerencia para quien quiera

Crucero de San Esteban sobre roca viva. h. 1910.

Crucero del Cristo de la Luz, al fondo el acueducto. h. 1910.

Crucero de la plaza Fuente el Sol. Foto: Roisin. Tarjeta postal. h. 1920.

189

comprobarla. Lo que sí es demostrable es que, prácticamente, todos los antiguos caminos que salen de Ávila están acompañados por cruces. Algunas de ellas pertenecían a vía crucis. Estos vía crucis comenzaban en los humilladeros que había a las afueras; allí las caravanas que partían para largos viajes, entraban a rezar antes de emprender camino. A medida que se alejaban, los cruceros les escoltaban hasta llegar a un calvario final. Uno de estos Vía Crucis existe todavía casi completo. Comienza en el humilladero de la Vera Cruz en San Vicente, «De cruz en cruz, como de hito en hito, fue, en tiempo de cuaresma el pueblo creyente, afianzando su ideal en el calvario que pasa por el coso de San Vicente». Este Vía Crucis descendía luego por la calle Valladolid siguiendo el antiguo camino del Norte, pasa por el Pradillo y tras unos cuantos ejemplares finaliza en el calvario que hay antes del cementerio. Este monumento data de 1629 y es de los pocos que tiene talladas las imágenes de Cristo y los dos ladrones. Desde aquí los viajeros volvían la cabeza por última vez para ver la ciudad. Los que lograban regresar salvos recorrían el Vía Crucis en sentido contrario y antes de entrar a la ciudad, volvían a dar gracias en el humilladero. Los caballeros preferían, sin embargo, encomendarse a la Virgen de la Guía en San Vicente, «al ir y al tornar de los caminos de la guerra».

Calvario del Cementerio y la ciudad al fondo. Tarjeta postal.

Cruz de los Llanos. Foto: A. de la Cruz.

Este calvario del cementerio, está actualmente algo abandonado; los terrenos con una estupenda panorámica de Ávila se planificaron como polígono industrial, pero a pesar de los malos olores de una nave cercana, merece la pena detenerse a contemplar esa vista de la ciudad bajo la Sierra de la Paramera. Los futuros proyectos urbanísticos no tienen intención de preservar este lado de la colina que debería quedar como parque. En «La Sombra del Ciprés es Alargada», Delibes termina el libro en este mismo lugar: «Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos. Del otro lado de la muralla permanecian Martina, doña Gregoria y el señor Lesmes. Y por encima aún quedaba Dios.» Al otro lado de la ciudad, a la salida del puente Sancti Spíritus, estaba la cruz de los Llanos. Aquel esbelto crucero delimitaba por el sur el término del municipio. Cada vez que la Virgen de Sonsoles era traída en procesión a la capital, las campanas de la Catedral comenzaban a tocar al llegar allí. Otro crucero había en este mismo valle que tenía inscrito «Este es el lugar donde le despojaron de sus reales vestiduras». Algunos creen que el mensaje recuerda el simulado destronamiento del rey Enrique IV, de quien se hizo en Ávila un muñeco que fue motivo de mofa en estos lugares de las afueras. García Lorca decía que «Las Cruces dan sombras de pasado» y algunas fueron plantadas efectivamente para rememorar

190

hechos que ya sólo son recuerdos. A siete leguas al norte la capital, en el pueblo de Cantiveros, está la Cruz del Reto, llamada así en recuerdo del desafío suicida, que Blasco Jimeno y Lope Núñez hicieron al rey Alfonso I de Aragón. Tío y sobrino salieron de Ávila para vengar, cara a cara con el monarca, la muerte de sesenta ciudadanos abulenses, que habían sido asesinados en Las Hervencias como rehenes inocentes; dudosa leyenda ésta, que seguramente fue sólo un mito. El pequeño crucero cobija bajo sus brazos, un cartel pétreo con la transcripción de aquel episodio, que dio lugar después al escudo de la ciudad. El más monumental de cuantos calvarios hay en la provincia está en Cardeñosa. Según dicen, fue el primero de España en incorporar las figuras talladas de Cristo y los dos ladrones. Lamentablemente una de las cruces ha sido destrozada. Los cruceros que suben a este calvario están todavía rodeados de cristales, botellas de licor, latas de cerveza y envases. Los vecinos de Cardeñosa, buena gente, ven estos atentados con resignación; ya se sabe: en los pueblos hay que convivir. Los siete trozos en que quedó el crucero fueron recogidos y ahora están unidos con pegamento ultracompacto. Algo semejante sucede con otras cruces del término; cruces con menos suerte han tenido que ser sustituidas por otras nuevas, costeadas y talladas por iniciativa de vecinos y canteros. Cardeñosa cuenta con alrededor de cuarenta cruceros. Los hay tan originales, como el del Agujero o el del Bosque, con su leyenda sobre el diablo, que no pudo terminar el acueducto de Segovia en una noche, por tener que venir hasta aquí a por la última piedra. Viniendo hacia Ávila por la misma carretera, al llegar al mirador más conocido de la ciudad, nos encontramos con el más carismático de los cruceros: el de los Cuatro Postes. Pero este monumento, unido a la imagen de Ávila, merece un comentario aparte.

Calvario de Cardeñosa Tarjetal postal. h. 1940.

191

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful