La Gloria de Sirio

T

ras ser editada en 1908, «La Gloria de Don Ramiro» despertó en España un enorme interés. Autores como Azorín, comentaron la obra de Larreta. Unamuno la elogió en un artículo que serviría de prólogo en ediciones posteriores: «cúmpleme decir que uno de sus mayores aciertos me parece es el de haber puesto lo principal de su acción en la novilísima y castellanísima ciudad de Ávila de los Caballeros, en Ávila de los Santos». El éxito del texto cruzó pronto las fronteras apareciendo posteriormente ediciones en francés, alemán, inglés e italiano. La Ávila medieval, caballeresca y romántica, fue dada a conocer en Europa y América a través de esta novela. Como contó Luis García Arés: «La Gloria de Don Ramiro es la novela de Ávila, de la misma forma que La Regenta se identifica con Oviedo o la Celestina con Salamanca». El escritor argentino quedó prendado de la ciudad en una visita que realizó desde Buenos Aires. El escenario que encontró resultaría determinante, para ambientar un trama de corte histórico que recrea, según el propio subtítulo, «una vida en tiempos de Felipe II», cuando la ciudad estaba en pleno esplendor y sus multirraciales habitantes compartían calles, negocios y quizá, como cuenta el guión, enamoramientos apasionados bajo una maraña de razas y credos distintos. Nada había de inmoral en el guión y sin embargo, a pesar de la meticulosidad y los escrúpulos de Larreta, no faltó quien encontró motivos para la censura. Fantasía y datos históricos reales se mezclan en el argumento de esta novela hasta en los más pequeños detalles. Esa misma idealización, a veces sórdida, es la que Alejandro Sirio recrea en los dibujos que realizó para la edición argentina de 1929. Hay otras ediciones ilustradas de este texto como la Jean Gabriel Daragnes de 1964, o las dos de 1933 y 1943, con acuarelas del propio autor; pero los grabados y la capacidad alegórica de Sirio son verdaderamente admirables. Este ilustrador del Diario La Nación, del que Larreta era copropietario, se desplazó hasta Ávila para dibujar del natural los monumentos, a los que siempre añadía detalles arquitectónicos inéditos, personajes de atrezo y esce-

nografías propias de una fantasía de cuento. Su virtuosismo en el detalle le permitió recrearse en abigarradas filigranas con las que consiguió además unos contrastados efectos de claroscuro. La reinvención de los escenarios de la novela nos muestra una reconstrucción subliminal de la ciudad. Una vista de la Calle del Tostado sólo es identificable por la torre catedralicia que asoma al fondo y por la fuente del arco de San Vicente, donde figura un grupo de aguadoras. Del otro lado de esta puerta hizo Sirio otro dibujo en el que desfilan caballeros de capa y espada, clérigos a lomos de asnos y campesinos de alpargata; los tenderetes y toldos junto a la muralla, pueden hacernos pensar en el Mercado Grande, pero allá al fondo se ve el muro del Palacio de los Verdugo. Una letra capitular, de las muchas empleadas en el texto, presenta aquel otro arco, con la Alhóndiga y algunas casas con viejo soportal, lo que indica que el dibujante tuvo que conocer grabados y fotografías antiguas de Ávila. De esta cuidada edición se hicieron poco más de dos mil ejemplares numerados. Sería providencial que setenta años después se editase un facsímil de esta obra que contiene más de cuarenta grabados dedicados casi enteramente a la ciudad, y si eso no es posible, al menos una sencilla edición íntegra de esta novela que hoy no se encuentra fácilmente.

Letra capitular de «La Gloria de Don Ramiro». Dibujos: A. Sirio.

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Puerta de San Vicente. Dibujo: A. Sirio.

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Murallas. Dibujo: A. Sirio.

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Recreación de la Calle del Tostado. Dibujo: A. Sirio.

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Procesión y mercado ante la Catedral. Dibujo: A. Sirio.

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Puerta del Puente. Dibujo: A. Sirio.

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Calle imaginaria. Dibujo: A. Sirio.

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Duelo tras las murallas. Dibujo: A. Sirio.

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