Un pintor entre Ávila y Nueva York

«La mirada de los ojos de su "Muchacha de Pueblo" en frente de las murallas de Ávila, es la mirada de España, mi Patria querida, de la cual estoy desterrado». Unamuno

«Vista de Ávila». Tríptico. López Mezquita. h. 1930. Óleo sobre tela. 85x170. Col. particular.

En 1981 tuve oportunidad de conocer el estudio de
López Mezquita en Ávila. No me había sido posible visitarlo en la única ocasión en que fue abierto al público, durante las fiestas de Santa Teresa en 1972. A pesar de su tamaño el edificio pasaba desapercibido desde la calle, parecía escondido tras el discreto muro de piedra que convergía estrechamente. Una vez dentro del jardín, el noble caserón de piedra lo llenaba todo. A la izquierda del recinto, en una esquina, había un tejadillo para el automóvil que el pintor traía de

Estados Unidos, al otro lado estaba la recoleta y esquinada casa y en mitad del patio el gran abeto que aún se conserva, dividido en dos desde el suelo; el tronco de este árbol forma una horquilla simétricamente perfecta debido a un curioso percance que ocurrió cuando lo plantaron. El jardín era muy reducido comparado con el Central Park que veía desde su otro estudio americano en los años veinte. Ya en el interior, el recibidor estaba adornado con antiguos pero bien conservados muebles. En una pared

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Estudio del pintor López Mezquita. Ávila. 1985.

«Campesinos en día de mercado». López Mezquita. 1952. Óleo sobre lienzo. 146x115.

había, sin embargo, algo distinto, eran dos bocetos de rascacielos neoyorquinos en construcción. Las mayores estructuras hechas por el hombre estaban dibujadas desde el cielo, tenían unas perspectivas de vértigo, los obreros caminaban por las vigas con el suelo allá en el infinito. Cuando pasamos al estudio fue como retroceder en el tiempo; sobrecogía ver todo tal como lo dejó el pintor, la paleta seca de colores, los pinceles, los caballetes con cuadros inacabados. Algunos lienzos que colgaban de los muros llegaban a los tres metros de largo, como «El Velatorio» que representa el entierro de un niño gitano, con mujeres bailando alrededor del pequeño féretro bajo una dramática luz de velas. López Mezquita estuvo pintando en este estudio hasta poco antes de morir, lo había ido decorando con arcones, bargueños, capiteles y cerámica antigua. Por los enormes ventanales, orientados al norte como era norma en los antiguos estudios, entraba una luz colosal y pacífica. Arriba, en una grada de madera, estaba el tríptico que le sirvió para preparar el cuadro de las murallas que cuelga en Nueva York. Había también numerosos retratos, como el del torero Machaquito de cuerpo entero, óleos con temas andaluces, patios soleados y jardines de la Alhambra. López Mezquita nació en Granada en 1883 y hasta su muerte, en 1954, no paró de viajar; por esa razón se vio obligado a instalar estudios en distintas ciudades: Méjico, Nueva York y Madrid, todos provisionales menos este de Ávila. La pregunta era cómo vino a parar aquí este hombre desde Granada. Fue el Duque de Parcent, quien primero le invitó a visitar Ávila. En 1911 ya había comenzado a tomar los primeros apuntes de la ciudad. Después el pintor abulense José Alberti estableció con él una grata amistad, frecuentemente pintaban juntos en el corralón del desaparecido Alcázar; más tarde Chicharro y otros artistas se unieron a ellos. El municipio les dejó allí un cuarto para meter los trastos de forma provisional, el lugar era ideal para pintar al aire libre y encontrar tipos que posaban por unas cuantas monedas. Ávila era para los artistas costumbristas una ciudad pintoresca, no sólo por sus monumentos, sino también porque sus paisanos vestían todavía al uso y oficio. Sorolla y Zuloaga, venían a pintar frecuentemente. Otros como Caprotti se quedaron en Ávila para siempre. Y ya que es citado, hay que advertir que el palacio que sirvió de estudio a este artista italiano, con todos sus enseres y cuadros, está en trance de correr la

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misma suerte que el de Mezquita. Su estado actual es preocupante. Las negociaciones propuestas hasta ahora por un consorcio local no están siguiendo el esperanzado camino que se anunció, a pesar de que la familia Caprotti ha cedido a cuantiosas exigencias; su deseo es que el patrimonio que el pintor reunió durante toda su vida, pase a formar parte de una fundación más amplia que quede en Ávila. No se entiende tanta despreocupación y frialdad administrativa, si es que se pretenden esos fines y no otros. La obra de López Mezquita, está repartida actualmente por museos y colecciones, principalmente extranjeras. Su cuadro más conocido en España es «Cordada de presos» (1900) un óleo de enormes dimensiones, que colgaba en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. Lo realizó con sólo dieciocho años y a pesar de la polémica, puesto que algunos argumentaron que lo había pintado todavía con pantalones cortos, le fue concedida la Medalla de Oro en la Exposición Nacional. Los premios y exposiciones se sucedieron a partir de entonces: Bruselas, Barcelona, París, Buenos Aires, Chicago, Nueva York, Boston... Su fama se propagó de tal forma que toda la aristocracia e intelectualidad española, quiso ser retratada por él, Alfonso XIII, Azaña, Primo de Rivera, Unamuno o Manuel de Falla, entre otros, fueron sus ilustres modelos. Retratista excepcional, el propio

«Autorretrato». Óleo sobre lienzo. 58 cm. (Circular). López Mezquita. h. 1915. Col. Julio López Mezquita.

Unamuno quedo tan impresionado ante uno de sus cuadros que hizo este comentario: «La mirada de los ojos de su "muchacha de pueblo" enfrente de las murallas de Ávila, es la mirada de España, mi Patria querida, de la cual estoy desterrado».En 1926, con motivo de la exposición en Nueva York, Archer Milton le nombró sucesor de Sorolla como pintor de la Hispanic Society, una entidad destinada a difundir los estudios hispanos en Norteamérica. Al igual que sucedió con Sorolla, los numerosos encargos de esta sociedad acapararon su tiempo. La obra de Mezquita en este museo llegó a ocupar una nueva galería con más de cien cuadros. La Hispanic le requería retratos y vistas de países hispanos, pero siempre que pudo volvió a sus temas preferidos, gentes humildes con quehaceres cotidianos. Él era un hombre entrañable, nada engreído a pesar de su éxito. El estudio de Ávila lo mandó levantar en 1930. Escogió como arquitecto el de la Diputación, Gregorio Marañón, aunque algunos detalles fueron decididos por el propio pintor, como la abertura verticál en el muro oeste, para sacar los cuadros de gran formato sin desmontarlos del bastidor. Para construirlo se utilizaron piedras procedentes de monumentos en ruinas, principalmente del antiguo convento de San Francisco. El artista prefirió un lugar apartado, gustaba de la tranquilidad y escogió un terreno entre dos iglesias extramuros de connotaciones árabes, San Martín y la colindante de Santa María de la Cabeza que, por coincidencias del destino, quizá había sido antes mezquita. Desde aquí tenía una bella vista de la muralla. Para que nadie le quitara la panorámica, compró los terrenos que había frente al estudio. Al lado tenía el mercado de ganado, donde podía pintar a los campesinos. El lugar resultaba tan placentero, que regresaba a él los veranos desde Norteamérica. Una vez muerto el pintor, la familia, que residía en Madrid, contrató un guarda para cuidar del estudio. Desgraciadamente esto no evitó los robos nocturnos. El edificio comenzó además a tener goteras y otros problemas a los que las autoridades hicieron oídos sordos; Julio López, único hijo del artista, empezó a plantearse el traslado de los cuadros a Madrid. Fue entonces cuando me enteré de la delicada situación del estudio. Me propuse intentar al menos salvar aquella pequeña maravilla. Años atrás había sido lamentable la indolencia con la que perdimos la fantástica colección de Benjamín Palencia, que quiso donar a la ciudad más de un millar de cuadros.

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tor López Mezquita». Tras redactar los estatutos, que fueron legalizados con el fin de «proteger y difundir la obra del pintor», se estudió la viabilidad de una fundación. Meses más tarde se logró organizar una reunión en el estudio para convocar a las autoridades y formalizar las gestiones. Lamentablemente no acudieron con ese ánimo las representaciones locales. El encuentro tuvo lugar el 10 de noviembre de 1985. El estudio tenía aún algunos cuadros colgados. La propuesta inicial que planteamos fue adquirir el edificio, que la familia valoró en sólo doce millones, a condición de destinarlo a museo. Algunos medios de comunicación recogieron la noticia al día siguiente. J u l i o López Mezquita, quiso: «dar toda clase de facilidades para que la obra volviese aquí, que es donde corresponde. El tema del dinero por las obras del pintor era secundario, ya que mi mayor preocupación era que las pinturas estuviesen con todas las garantías en Ávila. Si alguno de los robos hubiera prosperado, Ávila y yo las habríamos perdido».

Estudio de Guido Caprotti en Ávila. El cuadro de la parte superior izquierda es el retrato del artista italiano pintado por López Mezquita.

El contacto con la familia Mezquita fue Alfredo Abella, que había sido amigo del hijo desde la infancia. Lo lógico hubiese sido que, una vez puestos en contacto los herederos del pintor y los estamentos locales, éstos hubiesen llegado a un acuerdo en condiciones razonables. La familia Mezquita vio con buenos ojos la idea de crear una casa-museo, ofrecieron volver a abrir el estudio unos días al público, para que se pudiera visitar, pero se extrañaron de que esta vez saliera adelante una oferta oficial, ya que ellos lo habían intentado antes. Establecidos los primeros contactos, se creó la «Asociación de amigos del pin-

«Día de fiesta». López Mezquita. 1912. Óleo. 198x196. Col. Julio López Mezquita.

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«Encuentro ante las murallas». López Mezquita. 1952. Óleo sobre lienzo. 75x90.

«Pertiguero de la Catedral de Ávila». López Mezquita. 1952. Óleo sobre tela. Museo de Los Impresionistas. París.

Aunque nada se acordó, la esperanza se mantuvo durante unos meses, sin embargo la familia Mezquita ni siquiera llegó a recibir una llamada telefónica de quienes tenían que haberse interesado. La indiferencia de las autoridades, dejó perder un patrimonio que debía haberse quedado aquí. Al cabo de más de un año, ante la falta de respuesta y los continuos robos, los cuadros tuvieron que ser trasladados a Madrid definitivamente. Meses después una iniciativa privada compraba el estudio para convertirlo en cafetería. Es lamentable también que a la familia no se le permitiese construir una pequeña casa de planta baja en los terrenos que tenían frente al estudio, de esa forma podrían haberse hecho cargo al

menos de la conservación del estudio, al no obtener permiso del Ayuntamiento tuvieron que vender la parcela. A los pocos meses vieron con sorpresa cómo levantaban frente al estudio unos garajes para camiones y más tarde una gasolinera. Como con tantos otros artistas, Ávila no ha hecho un pequeño esfuerzo para organizar una exposición de este pintor internacional. Granada y Madrid celebraron en 1983 el centenario de su nacimiento con conferencias, ediciones y muestras retrospectivas. Recuerden: si viajan a Nueva York, visiten la Hispanic Society1; allí verán una buena colección de temas españoles y sobre todo sentirán una entrañable emoción al ver su ciudad en pleno Manhatan.

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The Hispanic Society está en: 613 W, 157 St.

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