Covachuelas

Hasta

«Limipiando la casa» Covachuelas. Foto: Redondo y Zúñiga. h. 1890. Tarjeta postal.

«La alegría de la casa».Covachuelas. Foto: Redondo y Zúñiga. h. 1890. Tarjeta postal.

hace unos años Ávila contaba con algunos barrios populares de antigua tradición. Una de ellos se levantó hace más de ochocientos años sobre la vertiente sur, la más escarpada de la ciudad. Aquel peñascal cortante no era el lugar más apropiado para asentar hogares y templos, pero los árabes, sus primitivos moradores, al ser expulsados del núcleo urbano, prefirieron en su mayoría, instalarse en la parte más cálida y protegida del extramuro. Durante largos años y hasta su definitiva expulsión, estuvieron viviendo en aquella cascada de casas; frente al ancho valle que cultivaban, orientados al sol y mirando hacía la Andalucía que tanto amaban. Covachuela, diminutivo de covacha, significa cueva pequeña. Posiblemente, al igual que los arrabales andaluces de procedencia árabe, estas Covachuelas de Ávila también tuvieron cuevas excavadas como viviendas. Después seguramente fue surgiendo un asentamiento de viviendas casi al azar. Entre la comunidad mozárabe se encontraban gentes de todos los gremios, prestamistas, herreros, comerciantes, alfareros, albañiles; sus pequeñas calles y comercios eran humildes pero estables, no en vano estas gentes estaban aquí desde mucho antes de la repoblación cristiana. Sabemos que hacia el 1330, había en el sur de la ciudad, dos comunidades mozárabes, una situada en lo que hoy es el Barrio de Las Vacas y la otra hacia Santiago; ambas lo suficientemente numerosas como para mantener mezquitas y cementerios propios. En «La Gloria de Don Ramiro», Larreta imaginó que, entre aquellos empinados laberintos del alfoz abulense se escondían patios con idílicas fuentes; pasadizos secretos por donde se llegaba a salones de lujo y placer, como sólo los orientales saben recrear. Un sueño de las Mil y Una Noches para ambientar una historia de amor imposible entre una muchacha de belleza radical pero sarracena, y un joven héroe de sangre mestiza de murallas adentro; sin duda una visión demasiado idealizada de aquellos rincones, pero algo debieron ver aquellos artistas y escritores de

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primeros del siglo para que esta barriada fuese tan querida por ellos. Las casas y callejas que recuerdan quienes conocieron las últimas Covachuelas, no coinciden precisamente con esa visión romántica, para algunos más bien lo contrario, su deseo por verlas desaparecer ha sido también demasiado ciego. La humildad de cada casa, no dejaba ver el alma que guardaban en su conjunto y en eso radicaba precisamente su valía. Remodelar aquella barriada con nuevos criterios, pero sin ignorar su mérito, hubiera sido, además de menos caro, más razonable para sus moradores; por ello algunos todavía se niegan a abandonarlas. Hemos visto en muchas ocasiones, cómo viejas viviendas que no son queridas por nadie, pasan a ser admiradas cuando son rehabilitadas adecuadamente. La insolente demolición fue justificada, en principio, para «convertirlas en zona verde»; de verde sólo ha tenido el color del dinero que permitió levantar después adosados. Hay algo más que quisiera decir desde el recuerdo, ya que trabajé seis años en el último piso disfrutando de unas fantásticas vistas. Esa torre de Maestría no tuvo razón de ser, es tan escasa su utilidad por dentro, que más bien debió concebirse para disimular la digna humildad de que estaba rodeada por fuera. Históricamente, la desaparición de estos burgos fue una pérdida absurda. Aunque mal conservados, estaban ahí antes que muchos palacios de la ciudad; sin olvidar que sus gentes ayudaron a levantar las mismas murallas.

«Emprendiendo el viaje al valle». Barrio de Santiago. Foto: Redondo y Zúñiga. h. 1890. Tarjeta postal.

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Tipos en el atrio de Santiago. Tarjeta postal. h. 1910.

Para que no haya dudas sobre el valor de estos conjuntos, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad al barrio granadino del Albaicín. Si hubiéramos conservado el casco antiguo y los entornos extramuros, la UNESCO en su reunión de 1985 en París, habría declarado todo el conjunto histórico de Ávila Patrimonio de la Humanidad, pero el deterioro de estos lugares, vitales para comprender la sociedad que aquí surgió, y otro tipo de intereses, oficiales y privados, que veía en esta declaración una amenaza para sus propósitos especulativos, dejaron la declaración a lo más exiguo. Todo ello hizo que la Comisión declarara patrimonio solamente el recinto amurallado, «Ciudad antigua» y cuatro iglesias románicas situadas extramuros: San Vicente, San Pedro, San Andrés y San Segundo. La delegación municipal que acudió a París para recoger la acreditación tampoco fue la del máximo rango. Santiago y Segovia festejaron su declaración con actos solemnes y numerosas exposiciones. Al cabo de un tiempo se formó en España un grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad al que Ávila en principio tampoco quiso unirse; casi todas ellas han creado patronatos o asociaciones independientes para proteger sus cascos históricos. Toledo y Santiago han sido recientemente premiados por la Comisión Europea por la preservación de su patrimonio en materia de urbanismo. Las fotografías nos asoman a parte de lo que fue aquel barrio de las Covachuelas, en una de ellas se ven, desde el atrio de Santiago, las casas con sus patios traseros; más lejos la plaza de la Feria donde se celebraban los mercados de la zona, el edificio más largo era el almacén de grano. A la derecha, puede verse la antigua Casa de Misericordia, antes Hospital de Dios Padre. Al fondo, atravesando el valle, cruzan las largas alamedas que daban entrada a la ciudad.

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En el recuerdo quedarán testimonios como este, del pintor abulense Antonio Veredas. «Cuadros Abulenses». (1939). « En torno a la parroquia del Apóstol Santiago, extiendense hacia el Valle Amblés, formando callejuelas tortuosas y abancaladas, una buena porción de humildísimas casitas, cuyo conjunto es conocido en Ávila, desde lejanos tiempos con el nombre de Barrio de las Covachuelas. Este barrio, compañero en casticismo local de Albaicín de Granada, de Santa Cruz de Sevilla y de las cuevas de la Sierra de Guadix, es una pintoresca y simpática obra de arte popular, con toda la gracia y jugosidad que siempre encierran los actos artísticos espontáneos, libres de los amaneramientos de lo académico; jugosidad y gracia semejante a la que aparece en los trabajos ejecutados por el mar, los vientos y la nieve, en las rocas, en los arenales del desierto, en los campos y en los pueblos».

Arrabal de Santiago. Foto: Santos Delgado. h. 1950.

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