Un nobel

Los libros son más difíciles de derribar que los monumentos, pero por otro lado son más dados al olvido. Muchos de
los textos escritos sobre Ávila, fueron publicados hace décadas y no han vuelto a editarse, uno de ellos es la guía turística que Camilo José Cela hizo sobre esta ciudad en 1955. Cuando le propusieron escribirla, Cela estaba elaborando otra obra sobre Ávila, «Judíos, Moros y Cristianos», un libro de viajes, editado un año más tarde, en el que la ciudad aparece completamente descrita; en los años sesenta Cela volvería a referirse a esta ciudad en «Páginas de Geografía Errabunda» (1965). En «Judíos, Moros y Cristianos» el escritor no viaja en Rolls con una despampanante modelo de color, como realizó sus últimos viajes; al contrario, para entonar con el paisaje se convierte en un «vagabundo» y andando los caminos de lo que era Castilla la Vieja, va contando el antiguo secreto, siempre nuevo, de que de todo hay en la humana condición de las gentes. El vagabundo al llegar a Ávila, pasa por el Adaja y desde que entra no para de contar historias, las vividas por experiencia y las encontradas en los libros antíguos, que relatan una grandiosa odisea según la cual Óbila o Ábula, fue fundada por Alcideo, hijo de Hércules, aunque este asunto mitológico no esta del todo claro. Primero recorre las barriadas extramuros: el Barrio de las Vacas, Santiago y Ajates, los monumentos que hay en la ciudad son descritos uno por uno a modo de paseo. Tantas piedras, tantos héroes y santos dan, claro está, para tres días bien aprovechados. Hasta las historias más tremebundas cuenta este hombre. Relata, por ejemplo, sus encuentros con Merejo, un popular limpiabotas que los mayores aún recordarán. Al verlo en el Mercado Grande Cela describe a este ser con «cara de mono, los ojillos pequeños y como confusos, y los brazos largos; el vagabundo piensa que, si Darwin lo hubiera visto, el gran Merejo hubiera muerto disecado». Realmente, aquel limpiabotas llegó a recibir ofertas del extranjero para que se dejase estudiar una vez muerto. Para que el lector no se le espante con el relato de Merejo, el escritor intercala

Barriada de Ajates. Foto: Mas. 1925.

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durante tres páginas reseñas de los monumentos, que parecen carecer de importancia al lado de aquella tragedia humana. Al cabo de tres días durmiendo al raso, el vagabundo saldrá de la ciudad, sin haber llamado la atención; caminito de Gredos, con el morral vacío y la mañanita llena del Sol. En la que tal vez sea la única guía turística escrita por un nobel, Cela se declara desde el prólogo admirador de la historia y el «carácter de las gentes de la tierra». Sin empacho por el tópico y lo rancio proclama que «Ávila es la Edad Media en pleno siglo XX, y ese es su mayor encanto».

Limpiabotas. Foto: Mayoral. 1940.

«Romería de Sonsoles». 1867. Grabado basado en el cuadro de V. Becquer.

Para recorrer la ciudad propone varios itinerarios. Comenta las romerías de Sonsoles y Las Vacas, rememora la Semana Santa, repasa los mercados y las ferias, y cuenta costumbres hoy desaparecidas, como las «Cabañuelas, en la que los augures campesinos, quieren ver como serán, desde el punto de vista climatológico, los doce meses del año siguiente». Cela, ese comensal que todos conocemos, describe en otro apartado los productos de la «noble cocina abulense», y entre plato y plato, cuenta algunas curiosidades, como la incorruptibilidad de los peces del Adaja debida, al parecer, a la composición del lecho arenoso del río, o la tradición de partir el tostón con un plato, «uno de los orgullos de las cocineras avilesas»; costumbre ésta, que tomó como propia una ciudad vecina, más aventajada en cuestiones de turismo y gastronomía. En este apartado de «La cocina y el horno de Ávila», Don Camilo, asegura que:

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Muralla y torreón derruido. h. 1910.

«la mesa de Ávila, es un poco el huevo de Colón del arte culinario. Los elementos en ella empleados, son todos de finísima calidad y las cosas, naturalmente, salen bien. Los platos abulenses recuerdan la acreditada y perogrullesca receta de la sopa de piedras: tómese unas piedras de río, que sean bien redonditas, lávense bien y échense al puchero, en el que previamente, se habrán puesto dos pollos tomateros bien cebados, kilo y medio de jamón serrano, dos libras de buena ternera, unos chorizos, unas morcillas, etc.; sazónese de modo conveniente y, una vez todo bien cocido, tírense las piedras cuidadosamente». Tan amante de la «solided» en todas las cosas, el escritor propone un pantagruélico menú, compuesto entre otros platos por entremeses de níscalos, deliciosas setas, fritos a la plancha, cangrejos de río, embutidos de La Cañada y Navalperal, judías del Barco «de las más finas de España», trucha o carpa bermejuela, pancho de Gredos o del Ádaja, tostón asado, caza mayor o menor a elegir, ternera, «la de Ávila es blanca como el papel»; caldereta de cabrito, «sabrosísimo plato típico de pastores, y al que muy bien pudieran ser atribuidas las virtudes militares de las gentes de Ávila», y de postre, yemas de Santa Teresa o «fruta de huesos de la Andalucía de Ávila». Todo esto regado con «vino de Cebreros, ligeramente embocado», y acompañado con pan de La Moraña. «Y ya hemos terminado de comer. Suponemos que a nadie parecerá mentira.» Algunas cosas sí resultan increíbles en este hombre, algo desmedido, no tanto por lo que entra, como por lo que sale de su boca. Buen provecho.

Ermita de Las Vacas. h. 1930.

Barrio de Santiago. Foto: Loty. h. 1920.

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