Juegos medievales

La fotografía de los caballeros armados se realizó el
19 de Octubre de 1925. No tiene una óptima calidad, dado que está extraída del libro de José Mayoral Fernández «Los Viejos Cosos de Ávila» (1927), pero por su valor documental merece difundirse. No se trata de un carnaval, es un acto que rememora la entrada en Ávila de la Reina Isabel I en 1475. En recuerdo de aquella visita Real, el Ayuntamiento de Ávila organizó por las fiestas de la Santa una cabalgata medieval por las principales calles, que concluyó en el viejo Alcázar. El año anterior la ciudad trató de reconstruir también, varios actos, entre ellos un torneo, pero, como contó Mayoral Fernández (no confundir con el fotógrafo), «premuras del tiempo impidieron que se efectuara». La costumbre de agasajar la llegada de los Reyes con torneos, tiene antiguos antecedentes. Los festejos que recibió Carlos V en 1534, se alargaron varios días. Hubo corridas de toros, bailes, pero sobre todo tuvieron el atractivo del «juego de las cañas», un enfrentamiento semejante a los torneos medievales, en el que las lanzas de metal eran sustituidas por cañas o varas de madera que quebraban al choque de combates a caballo. Cuentan Cianca (1595) y Ariz (1607), que la organización militar y el entorno guerrero, que tenía por entonces la ciudad de Ávila, hacían muy recomendable, y

hasta necesarios, estos adiestramientos bélicos. Las mismas Cortes del Reino pedían reiteradamente que se levantasen campos donde desarrollar los torneos. Uno de esos campos estaba frente a la puerta de la Alcázar, en lo que hoy es el Mercado Grande. Fue allí donde se celebraron los juegos que presidió el Emperador, un día de 1534. En otras ocasiones se celebraban en el coso de San Vicente, con motivo de la festividad del Santo. En la leyenda de Nalvillos se cuenta también que celebraron torneos por su boda en esta plaza. En el juego de las cañas había dos modalidades o entradas, la primera con lanzas de caña y pendones, por parejas; la segunda con adargas o varas largas, en caracol y al tropel. Cada cuadrilla lucía en sus libreas, los colores que la identificaban; eran estas blusas de tafetán brillante, una seda muy fina y apreciada por su ligereza, que lucía plenamente cuando la montura se echaba al trote. Para estos lances los caballeros solían llevar bordado en ellas el nombre de sus damas o sus propias divisas. El historiador Merino Alvarez (1926), recoge que: «Los jinetes en nerviosos corceles, con capellares y marlotas de colores, con libreas riquísimas, trajes abollonados y gorras con plumas de diverso color, justaban y quebraban las cañas en lances briosos y

Reconstrucción de un hecho histórico. Foto: J. Mayoral. h. 1925. (Del texto «Los Viejos Cosos de Ávila»)

Reconstrucción de la visita de Isabel la Católica. Foto: Jaulat. h. 1925.

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Caballeros bávaros preparados para el torneo. (Del libro Turnierzugi).

emotivos. Todo fue bueno y bien organizado, sin intervenir en él desgracias ni descomposición alguna». Al parecer el gentilicio usado desde antiguo, para denominar a los guerreros de Ávila era el de «Abiles»: «se llama abilés al que más abil-es para la guerra», y dado que practicaban por oficio estas justas, es lógico que gustaran de demostrar en público sus habilidades, cuando la ocasión lo demandaba en determinadas festividades, como la de Santiago, cuya cofradía de caballeros las organizaba el día de su patrón. Los torneos tuvieron su apogeo en el siglo XV. Felipe II en 1541, y Felipe III en 1600, tuvieron en Ávila una acogida más fastuosa que la de Carlos V. Las fiestas para el tercero de los Felipes se prolongaron del 24 de Mayo al 11 de junio: «Colgaderas y tapices se pidieron a Alba, Escalona y Oropesa para adornar las plazas, cuyas ventanas, como las de las calles, se alquilaron, las de las sombras a tres ducados las del primer suelo, dos las del segundo, uno las del tercero, y medio las del cuarto. Las de sol a 24, 18, 8 y 4 reales por los suelos respectivos» (Mayoral). También fue famoso, el juego de las cañas de 1594, dirigido por Don Diego Gabriel del Águila, en el que hubo seis cuadrillas de a cuatro; en otras ocasiones fueron ocho los grupos. La lista de nobles participantes

Torneo de Sandricourt. 1493. Dibujo: Bollery. Museo de Louvre.

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que traen los textos en cada una de las justas sería larga de referir, pero lo esencial es que estos juegos eran una tradición arraigada en la ciudad y que despertaban gran interés puesto que acudían desde otros lugares para verlos. Luis Vives escribió sobre estos enfrentamientos: «Oigo decir que en algunas ciudades y lugares las doncellas nobles van muy de grado a mirar torneos y justas, y que ellas son jueces de quién es más valeroso y esforzado en las armas y de otra parte los caballeros dicen que tienen más temor de la censura y juicio de ellas que de los hombres». Ariz en la «Historia de las Grandezas de Ávila» cuenta que «los unos escuderos contra los otros, [lucharon] con orgullo, e muchas lançadas fueron quebrantadas: agarrando sus espadas, se golpearon con gran fortaleza. Maguer un noble escudero, Gomez Sancho, fincó en tierra muerta». Y concluye: «nuestros antepasados se sentían orgullosos por la brillantez de estos juegos, había buenas lançadas de caballeros que lo sabían hacer y no lo han olvidado sus descendientes». Si nos damos una oportunidad, tal vez entre todos logremos rescatarlos de algún modo1. Ávila está llena de historias, que modelaron la ciudad. Las plazas por las que hoy paseamos, fueron levantadas por antepasados nuestros; no seríamos jus-

tos si presumiésemos de todos nuestros monumentos, sin intentar conocer al menos quiénes fueron aquellas gentes. Esas casas eran suyas, en esas iglesias también rezaron ellos, en estas plazas celebraban las fiestas que hemos heredado. No se trata de glorificar banalmente el localismo provinciano, sino de conocer la historia que ha llegado a conformar lo que somos. Brindemos por los abuelos de nuestros abuelos, que hace mil años levantaron esta ciudad con sus manos y su fantasía. Descripción de un torneo: En un libreto de 1929 he podido encontrar la reconstrucción de un torneo del siglo XVI. Dada la coincidencia de datos y fechas con los efectuados en Ávila, es interesante ofrecer un extracto de este texto anónimo, que en portada trae el título de «Torneo a la antigua usanza celebrado bajo la dirección técnica de la Escuela Superior de Equitación Militar». Exposición Internacional de Barcelona. 1929. «El combate se verifica en sitio denominado tela o liza, que había de tener por lo menos 160 pasos de largo, y cercado por una valla de madera tan alta que llegase al pecho del jinete. La valla era de tablas delgadas para que la pudiese romper un caballo si chocaba ocasionalmente con ella. En las cabeceras había dos cabeceras o mástiles para poner el cartel y estandartes de los mantenedores. Existía una segunda valla o contratela y entre las dos se estacionaban los escuderos, pajes y heraldos. La empalizada la componían maderos entrecruzados verticales y horizontales. En las puertas de la tela, cercano a ellas o en el interior de la liza se erigían

Torneo de Sandricourt. 1493. Dibujo: Bollery. Museo de Louvre.

A los dos años de la publicación de este artículo se inició la organización de un mercado medieval, semejante al que otras localidades llevan a cabo, bajo la animación de profesionales dedicados a estos espectáculos; es un primer paso. Un año después, un grupo de teatro local escenificó algunas de las leyendas. En 1998 la aceptación popular de los festejos de la antigüedad ha propiciado el comienzo de los célebres juegos de las cañas. Este tipo de fiestas medievales tiene en otras ciudades europeas, como Siena, un carácter multitudinario; su organización y la participación de las cuadrillas en el Palio, por ejemplo, está regida por los barrios de la ciudad, lo que les convierte en verdaderas fiestas, alejadas de esos otros ejercicios de espectáculo, propios de parques temáticos en los que, más que la tradición, prima la farándula. Algunas formas de entender el turismo apuntan ya en esa dirección. Estas fiestas medievales de Ávila tienen un buen porvenir; los responsables han tardado años en convencerse, pero hasta los más descreídos se han dado cuenta de las posibilidades que tiene la ciudad rescatando su propio carácter. Al fin.

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una o varias tiendas de campaña destinadas a reposo de los caballeros; en ellas cambiaban de armadura y vestido o tomaba algún refrigerio. A corta distancia de la tela y en los dos extremos opuestos estaban las tribunas o tablados llamados entonces cadalsos y en ellos los sitiales de quienes han de presidir la fiesta. Los jueces presidían el torneo desde una de las cabeceras. Empieza el torneo. Pífanos, clarines y atambores proclaman que la fiesta comienza. Entran las carrozas de las damas acompañadas de pajes y palafreneros. El cortejo rompe marcha; al frente van los trompeteros, y atabaleros que tocan sus respectivos instrumentos. Siguen al rey de armas, los jueces y padrinos a caballo. Detrás los lacayos portadores de las espadas doradas de sus señores. Las damas son acompañadas a su tablado. Los jueces examinan el palenque y las vallas. Se dirigen al tablado y ocupan los sitiales. Suenan de nuevo las trompetas anunciando la llegada de los caballeros a la liza; farautes o pregoneros leen el cartel de desafío. El rey de armas con los dos heraldos solicita la venia de los jueces. Concedida, suenan repetidamente los clarines. Penetran entonces los caballeros en liza, armados de punta en blanco, divididos en cuadrillas. Van delante de los caballeros los atambores, trompeteros, heraldos, reyes de armas, escuderos, gentiles-hombres e infantes. En pos de los caballeros, doce pajes a caballo. Desfilan los caballeros y su acompañamiento. Saludan reverentes a las damas y a los jueces y dejan ante el tablado sus escudos. Los caballeros se sitúan a un lado y entran en el palenque las llamadas invenciones. Eran estos cuadros representaciones de fantasía con simbólicas figuras, en las cuales desplegaban su ato los mantenedores». Es preciso prescindir de esta sección que se alarga tres páginas dando todo lujo de detalles, pero basta decir que una de las tres carrozas de estas fantasías comienza con la siguiente descripción: «La tiran cuatro caballos blancos con sus cuernos como unicornios, dentro de la carroza, cuatro niños vestidos con ropetas de raso encarnado, con cabelleras rubias y en las manos azotes dorados. La carroza, forrada de raso, está cubierta de hermosas labores, representando flores y frutas. En cada esquina de la carroza, una cabeza de león, encima de la cual estará sentado un sátiro».

Torneo de Sandricourt. 1493. Dibujo: Bollery. Museo de Louvre.

Y así se alarga sucesivamente la descripción de las carrozas. Más tarde sigue así: «Luego que han desfilado las invenciones, entran en el palenque los caballeros aventureros, le preceden sus padrinos, pífanos y atabaleros; detrás, los pajes y lacayos. Los aventureros se sitúan en el lugar opuesto al de los mantenedores. Cesa la música. Un heraldo da lectura a las condiciones del torneo. Cada aventurero debe romper cuatro lanzas con los mantenedores y el que al parecer de los jueces, las rompa mejor ganará una cadena de oro. La segunda condición se refiere al que mejor librea presente en la liza; el tal recibirá en premio una sortija de oro. Tercera condición; el que mejor rompa la cuarta lanza, por amor de las doncellas, obtendrá una medalla. Además al que mejor rompa una lanza se le dará un par de guantes. Comienza la lucha. Los caudillos de las dos cuadrillas empiezan el combate. Han de romper cuatro lanzas, y luego se acudirá a la espada. Terminada la justa, los padrinos dan la señal para que empiece la Folla, final obligado de todo solemne torneo. La Folla es, pues, un lance del torneo en el que toman parte todos los justadores arremetiéndose las dos cuadrillas sin orden ni concierto. Al final se otorgan los premios a los vencedores, suenan las músicas y desfilan como al principio».

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