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Prefacio

«Roma, prisión de Rebibbia/Paris, 1983-1984»: esta indicación cronológica, que


cierra el texto francés publicado en 1985, no es ficticia. Entre los autores el dialogo
no había decrecido durante los largos años en que uno de ellos había estado
encarcelado. En el último año de prisión, al fin, habíamos decidido escribir juntos
alguna cosa que enunciase la continuidad de un diseño político comunista, más allá
de la represión y a pesar de sus efectos. A la salida de uno de los autores de la cárcel
y al inicio de su exilio en 1984 había surgido la posibilidad de escribir juntos.

He aquí, pues, cómo ha nacido este escrito. La continuidad del proyecto comunista,
la memoria de las luchas, la fidelidad ética y política a la elección revolucionaria se
entrelazaban, ahora, en una renovada costumbre de amistad y discusión. Inútil
recordar cuán triste fue ese período. En Italia, los años de plomo∗ parecían no
terminar nunca y con ellos el clima social y político habían terminado por adquirir un
idéntico carácter plomizo; en Francia, la socialdemocracia, que había alcanzado el
poder con un programa de profunda renovación social, había transformado ahora su
política y estaba llevando a término la siniestra operación de reestructuración que le
había confiado el capital. En el mundo atlántico llegaban al máximo esplendor las
aventuras restauradoras de Reagan y de Thatcher; en la URSS (sólo ahora
comenzamos a saberlo) dominaban los últimos, aunque no menos feroces, residuos
del estalinismo. Nada parecía agitar esta horrible bonanza -sino algún rumor de
fondo, alguna guerra «limitada» y «local», una «pequeña» carnicería entre Irán e Irak,
alguna reaparición de canibalismo colectivo en Asia sudoriental, fascismo y
«apartheid» en África Austral y en América Latina. Vivíamos la época de la
contrarrevolución permanente. Los nuevos movimientos, que deberían llegar a ser
importantes en la segunda mirad de la década de 1980 -movimientos concentrados
ahora sobre la movilidad y sobre la formación, antirracistas y siempre más ricos en
deseos inmateriales- no habían aparecido todavía en el horizonte. Los movimientos
que, por el contrario, habían resistido a lo largo de la década de 1970 y principios de
la de 1980, se consumían alicaídos y desesperados.
En esta situación habíamos decidido seguir escribiendo sobre la revolución y
renovar así un discurso de esperanza.
Un discurso de esperanza, el nuestro, una ruptura positiva. Pero que nadie, ni
siquiera los amigos, parecía comprender: nuestra toma de posición era extraña,
intempestiva, pasada de moda. No nos importaba. Nos interesaba una única cosa:
reconstruir un polo, aunque fuera mínimo, de militancia, de subjetividad en proceso:
oponerse a la derrota política de la década de 1970, sobre todo allí donde se seguía,
por parte capitalista, la producción de una ideología del arrepentimiento, de la traición
y de la autoconmiseración, condimentada con los nuevos valores «débiles» del
cinismo ético, del relativismo político y del realismo monetario.
Nosotros, poniendo en juego nuestra ingenuidad, queríamos decir que todavía era
posible vivir y producir subjetividad revolucionaria.
Si esto era fundamentalmente cuanto queríamos decir, no era irrelevante de todos
modos cómo lo habíamos dicho y cómo habíamos subjetivado nuestro deseo.
Releyéndonos hoy podemos reconocer que esencialmente los temas de análisis y el


Capciosa denominación periodística que designa en Italia el periodo de intensa actividad militante y
violencia política, incluida la lucha armada, que media entre 1968 y 1986.
programa de acción propuestos eran y continúan siendo válidos en lo esencial. Es
decir, que la descripción de las líneas de desarrollo del modo de producción, del
sistema de dominio, de su crisis y, por otra parte, las perspectivas trazadas para el
desarrollo de una organización alternativa, los juicios emitidos sobre los procesos de
constitución de un nuevo sujeto, sobre su cualidad productiva y sobre el dispositivo
cultural que constituye, habían sido expresados de manera adecuada a las
tendencias reales. Si habíamos cometido errores, eran errores por defecto, ya que no
habíamos querido correr el riesgo de anticipar demasiado la tendencia, de forzar de
algún modo la imaginación revolucionaria. .
En sustancia: aunque la mayor parte de los análisis elaborados ha sido confirmada
por los acontecimientos posteriores, algunos elementos han sido desmentidos no por
el desarrollo histórico sino por la intensidad, prevista, que han asumido en su
desarrollo. Subrayemos algunos de ellos.

a) Habíamos individualizado detalladamente el hecho de que el trabajo, convirtiéndose


en algo cada vez más abstracto, móvil y socialmente difuso, exigía nuevas formas de
recomposición. Habíamos comenzado a seguir los procesos de producción de la
subjetividad que la nueva estructuración de la producción capitalista llevaba en sí:
pero era preciso ir más al fondo y captar este mecanismo de producción de
subjetividad como contradicción insuperable, dado que la cooperación social se
opone cada vez más violentamente al dominio capitalista. Y sobre todo, si es cierto
que el trabajo intelectual, inmaterial, convirtiéndose en el centro de la producción,
afirma con fuerza la propia irreductibilidad a la norma capitalista. La importancia y la
centralidad de las luchas en la escuela se mostraban de forma todavía más evidente,
al hilo de las secuencias de la formación permanente, sobre las articulaciones de la
movilidad social y en los lugares de la reproducción de la fuerza de trabajo y los
procesos de organización y de revuelta concomitantes que se comenzaban a
entrever aparecían ampliamente desarrollados.
b) Ciertamente, no se había olvidado la nueva dimensión que la comunicación había
generado como dispositivo y flujo de desterritorialización dirigidos a producir
expropiación intelectual y empobrecimiento moral. Pero no de modo paradójico:
precisamente aquí, justamente en este punto en el que el dominio capitalista era más
fuerte, era posible identificar máquinas de recomposición subjetiva y de nueva
territorialización deseante. Ahora bien, nuestro trabajo se había detenido en la
identificación de la posibilidad de que se desencadenase esta nueva resistencia; era
preciso, por el contrario, anticipar también los nuevos movimientos de reconstrucción,
de recomposición subjetiva. Y todo eso al margen de cualquier dimensión artesanal,
de cualquier experimento aislado. Porque aquí no se trata de una utopía que está
viendo la luz, sino de un verdadero y auténtico poder constituyente, de una fuerza
material de reconstrucción política y social.

c) El terreno de la lucha ecológica, que había parecido coherente con el programa de


liberación proletaria, resultaba mejor-definido captando no sólo la necesidad de
defender la naturaleza contra los peligros de destrucción que la amenazan y evitar
así un apocalipsis en otro caso próximo, sino también la urgencia de construir nuevos
sistemas y condiciones generales para la reproducción del género humano y de
definir los modos y los tiempos de una acción revolucionaria inserta en los mismos.
Se percibe que este texto ha sido escrito antes de Chernobyl.

d) Y henos aquí en el punto quizá más expuesto a la crítica y a la autocrítica. Al definir el


Capital Mundial Integrado no habíamos medido suficientemente la intensidad del
proceso que se estaba poniendo en movimiento a través de la participación directa
de la Unión Soviética en este dispositivo. Ciertamente en todo nuestro trabajo
habíamos insistido sobre la igualdad de la naturaleza de la explotación en los países
capitalistas y en los países socialistas; ahora la definitiva superación de la restricción
estalinista del mercado mundial no hace más que confirmarlo. Pero no podían
infravalorarse la aceleración de los procesos integradores que se han desarrollado en
este último quinquenio y los efectos que se derivan de ellos. Se manifiestan
contradicciones agudísimas en el interior de los dos bloques y en general en la
relación Este-Oeste. Por otro lado, el problema de la paz puede considerarse hoy en
términos infinitamente menos utópicos de cuanto lo habíamos indicado en nuestro
trabajo; pero precisamente por esto, la paz, su conquista y su defensa llegan a ser
una condición positiva para la apertura de procesos de liberación, de revuelta y de
transformación radical.
e) En nuestro texto no había sido infravalorada la cuestión de las relaciones Norte-Sur.
Pero habíamos pecado de optimismo. De hecho, nos había parecido que ante la
desastrosa degradación de la situación de los países del Sur, alguna suerte nueva
alianza con el Norte se convertía en una vía que debería seguirse de manera
inevitable. Nada de esto ha sucedido; por el contrario, la situación ha continuado
degradándose posteriormente, precipitándose. Continentes enteros van a la deriva y
no ha habido ni una sola iniciativa política digna de este nombre, que haya salido al
paso de los enormes problemas que se presentan en tal desastre. Se han
multiplicado los conciertos publicitarios y las limosnas de Estado, al mismo tiempo
han ido aumentando el aislamiento y la falta de noticias de estos países pobres.

Contemplamos con desesperación y con abrasadora impotencia esa masacre de


inocentes, este genocidio continuo... Y con rabia. Podríamos continuar el análisis de
las insuficiencias de nuestro discurso y también la reafirmación de su sustancia1
validez. ¿Con qué objeto? La prueba de que todavía se puede esperar, de que nunca
el comunismo ha estado tan maduro, no viene de nuestra palabra sí no del viraje
radical que ha experimentado el curso de la historia contemporánea en los cuatro o
cinco últimos años. Lo que nosotros afirmábamos como utopía se ha convertido en
sentido común. El ciclo de la contrarrevolución reaganiana, el tristísimo período de la
hegemonía neoliberal, parecen definitivamente superados. Sabíamos que no iban a
durar mucho, nunca habíamos dejado de reírnos de los « nuevos filósofos» y de
sentir náuseas ante los « arrepentidos», pero de todos modos continuamos
sorprendidos al comprobar qué frágil era esa arrogancia. Las grandes declaraciones
neoliberales, neocontractualistas, neoiluministas, son hoy manifiestamente bufonadas
y lo eran ayer de todas formas. Ayer, sin embargo, hacia falta coraje para decido, hoy
resulta banal.
Pero a nosotros no nos interesa tamo el decir, nos interesa el ser. El ser, la
organización. La organización, por tamo la posibilidad de invertir el sentido de la
producción por el beneficio que el capital obliga hoy a realizar a la fábrica social
informatizada. De invertir ese sentido, de subvertido...
Pero aquí la práctica tiene la palabra. Y la práctica está en el Este.

FELIX GUATTARI / ANTONIO NEGRI


¿Qué entendemos por comunismo?
Pero antes de hablar de práctica es útil efectuar una breve aclaración terminológica.
Nos dicen que el comunismo ha muerto. A nosotros nos parece que la afirmación es
inexacta, y que moribundo está más bien el socialismo. ¿Pero cómo distinguir estos
dos términos? La distinción de los conceptos de socialismo y comunismo constituía
un conocimiento banal para el viejo militante: el socialismo era ese régimen
económico-político en el cual «a cada uno se le da según su propio trabajo», el
comunismo era ese sistema en el cual «a cada uno se le da en función de sus
propias necesidades». Socialismo y comunismo representaban dos estadios diversos
de la trayectoria revolucionaria, caracterizado el primero por la socialización de los
medios de producción y por la administración política de la transición; el segundo, por
la extinción del Estado y por la espontaneidad en la gestión de la economía y del
poder.
Si esta distinción era evidente para los viejos militantes comunistas, hoy por el
contrario, en el período de disgregación del «socialismo real», ha desaparecido y
comunismo y socialismo se confunden a placer. Se confunden en virtud de una
homologación hostil efectuada por los adversarios del socialismo mediante la brutal
liquidación de todo aquello que de socialista se ha constituido en el mundo después
de 1917, tanto en la Europa del Este como en el Tercer Mundo. Es evidente que
estas liquidaciones fáciles se apoyan en condiciones favorables. En los Estados
socialistas del Este europeo, durante los últimos cuarenta años, la mistificación
ideológica, el fraude burocrático, el cinismo teórico han representado las únicas
fuerzas de legitimación del poder y ello no ha podido dejar de producir fenómenos
radicales de rechazo. ¿Cómo pretender que el «futuro radiante» prometido por el
comunismo no resultase desacreditado en sociedades socialistas tan sólo de
nombre, burocráticas de hecho, en las cuales la utopía únicamente se consumaba
mediante la ocultación de lo real?
contrario, que la tendencia a la autoorganización de los obreros en lucha no puede
prefigurar directamente el partido, debiendo dominar la dirección política
revolucionaria todos los grados de la espontaneidad desde el exterior de las luchas
singulares, con el objetivo fundamental de la dictadura del proletariado.
¿Arranca de esta contradicción, de esta alternativa entre Luxemburg y Lenin, entre
una concepción del comunismo como democracia constituyente de las masas en
lucha o por el contrario como dictadura del proletariado, la crisis de gestión del poder
socialista tras la victoria de la insurrección y la toma del poder? Muchos comunistas
(porque todavía hay muchos en el mundo) piensan que si y es probable que la
recuperación del movimiento subversivo en las próximas décadas (porque es
evidente que esa recuperación se producirá) deberá replantearse de nuevo esas
discusiones.
Pero hay otros problemas que en la actual situación de crisis del debate comunista
y ante la disgregación del «socialismo real» pueden llegar a ser centrales en la
discusión.
En particular tiene un gran interés seguir los acontecimientos rusos a partir del
debate lleno de dilemas que siguió a la muerte de Lenin. El debate político soviético
se centra entonces en las tesis alternativas de la “revolución permanente” o del
“socialismo en un solo país”, consideradas desde el punto de vista de su fidelidad al
leninismo y al significado de la Revolución de octubre. León Trotsky, incansable
defensor de la primera tesis en nombre de la exigencia del relanzamiento
revolucionario contra el proceso de burocratización del Estado y del partido, sucumbe
frente a los sostenedores de la segunda tesis para los cuales el desarrollo desigual
de los países capitalistas, la excepcionalidad de la victoria proletaria en el anillo más
débil de la cadena imperialista y, por tanto, la construcción, del socialismo en un solo
país, constituyen el camino obligado. Entre estos últimos emerge muy pronto la figura
de Stalin como ejecutor despiadado de esta empresa mediante la centralización
extrema del partido y la omnipotencia del aparato administrativo-represivo. La
distancia entre la teoría marxista de la lucha de clases contra el sistema capitalista y
la práctica de la construcción del socialismo se amplia sin limites: paradójicamente el
comunismo, definido por Marx como el movimiento real que abole el estado presente
de las cosas, se convierte en la actividad productiva que crea, cueste lo que cueste,
las bases materiales de una sociedad industrial en competencia con el ritmo del
propio desarrollo y con el de los países capitalistas. El socialismo no se identifica
tanto con la superación del sistema del capital y del trabajo asalariado como con una
alternativa socioeconómica del capitalismo.
¿Podemos afirmar, por lo tanto, que la actual crisis del “socialismo real” no es otra
cosa que la crisis de la gestión socialista del capital? ¿Que por tanto ésta no tiene
nada que ver con una eventual crisis del comunismo? Si, lo podremos afírmar,
aceptando las lecciones de este siglo y medio de historia de la revolución comunista,
si replanteamos con la máxima fuerza la distinción entre socialismo y comunismo. El
primero no constituye nada más que una de las formas mediante las cuales el capital
puede organizarse y administrarse y tanto es así que hoy la mayoría de los países
capitalistas avanzados poseen sistemas económicos en los cuales el componente
socialista es extremadamente fuerte. Por el contrario, el comunismo es la forma
mediante la cual la sociedad podrá reorganizarse tras la destrucción del sistema
capitalista, es decir, tras la destrucción del sistema de clases y de la explotación
mediante la cancelación de la función organizativa del Estado por encima y a través
de la sociedad. Además deberemos insistir en que no es absolutamente cierto que el
socialismo sea una fase o un instrumento en la transición hacia el comunismo:
históricamente ha sucedido en realidad lo contrario, y así las formas de opresión
económica y política más feroces han sido precisamente conocidas en el “socialismo
real” y el mencionado “hombre nuevo socialista” no ha sido otra cosa que un
perfeccionado animal de trabajo. El comunismo, como Marx enseña, nace
directamente del antagonismo de clase, del rechazo del trabajo y de su organización
tanto en su forma burguesa como socialista. Las nuevas modalidades del
antagonismo y del rechazo las podemos contemplar en Europa occidental, pero
sobre todo hoy en la Europa oriental, en la crisis del “socialismo real”. Por esta razón,
la revuelta en los países del Este constituye un formidable incentivo para la
recuperación del discurso y de la iniciativa militante por el comunismo. La distinción
entre los conceptos de “socialismo” y “comunismo” se hace de nuevo banal: pero en
la oposición, no en la confusión. Y ello porque el socialismo no es otra cosa que una
de las formas de la gestión capitalista de la economía y del poder; el comunismo, por
el contrario, radicalísima democracia económico-política y esperanza de libertad.

¿Qué revela, por tanto, lo que sucede en el Este? En primer lugar ya lo hemos visto,
el fin de la ilusión de que haya atajos para llegar al comunismo. No, cualesquiera que
hayan sido las creencias de nuestros antepasados, obreros profesionales e
intelectuales de vanguardia, no hay ningún progreso, no hay ninguna transición del
capitalismo al comunismo mediante el socialismo. El comunismo, pues, constituye el
programa mínimo. Puede y debe ser construido a partir de las condiciones de la
sociedad capitalista y/o socialista, dentro de estas condiciones. No hay dos o tres o
cuatro o “n” fases o estadios de desarrollo: hay sólo uno, el de la recuperación en las
propias manos de la libertad y de la construcción de condiciones colectivas de control
de la cooperación productiva. Hay uno sólo y es el que lleva al descubrimiento del
grado en que el capitalismo y/o el socialismo han hecho social, abstracta y común la
producción, el que lleva a reorganizar esta cooperación al margen y contra el robo
cotidiano de poder y de riqueza perpetrado por unos pocos contra la sociedad entera.
El comunismo vive ya en las sociedades capitalistas y/o socialistas de hoy como
orden secreto y profundo de la cooperación productiva: un orden escondido por e!
dominio del capital y/o de la burocracia, aplastado por la contraposición entre quien
domina y quien experimenta el dominio, un orden nuevo que quiere rebelarse y que
no podrá dejar de hacerlo. En el Este hemos visto la protesta de las masas explotar
en la pura negación del pasado. Pero hemos visto también en parte expresarse un
potencial que entre nosotros es desconocido: en los países del Este, quiero decir,
hemos visto entrar en acción a una sociedad civil viva, en absoluto homologada, una
voluntad colectiva de política que ya no existe en Occidente y una voluntad de poder
articulada más sobre la base social que sobre las formas del Estado.
Estoy seguro que en Occidente todo esto sucederá también entre nosotros y
pronto, porque lo que sucede en el Este no nace de una experiencia singularísima de
estos países. Cuanto sucede en el Este es el inicio de una rebelión contra un
capitalismo llegado a la fase superior de su tiranía. Existen siempre imbéciles que
confunden el desarrollo capitalista con el número de ordenadores vendidos:
ciertamente, en este caso no habría capitalismo en el Este y la revolución se podría
calmar rápidamente vendiéndolos. Y hay quien lo está intentando. Las cosas no son
realmente así: el nivel de desarrollo capitalista consiste en e! grado de cooperación
social productiva. Desde este punto de vista, los países del Este no tienen nada que
envidiar a los del Oeste. Sobre esta base la revolución ha explotado y, como sucede
con todas las revoluciones que son verdaderamente tales, se comunicará del Este al
Oeste: un nuevo 1968 en sentido inverso.
¿Pero qué revela además lo que sucede en el Este? Otro elemento, menos evi-
dente a los ojos del gran público, pero extraordinariamente importante: el nacimiento
de un nuevo modelo de democracia en nuestra civilización. Estamos habituados a
pensar que existe sólo un modelo de democracia el occidental y que éste no puede
dejar de ser aplicado. ¡La historia ha terminado, ya no hay nada más que inventar, la
democracia occidental y el american way of life representan el último producto del
espíritu absoluto! Todo ello constituye una arrogante ilusión.
Todo lo que sucede en el Este demuestra exactamente lo contrario y, a pesar de
Hegel, el espíritu del mundo no sólo no ha terminado su viaje, sino que por el
contrario, después de haber atravesado el Atlántico ha cambiado de ruta y vuelto
hacia Oriente hasta las estepas rusas. Porque es allí donde renace y donde hoy se
halla la discusión sobre la democracia: ésta no puede ser pura emancipación política
sino que debe comportar la liberación económico-social. No hay democracia posible
sin la solución de! problema del trabajo y del dominio. Toda forma de gobierno
democrático debe ser también una forma de liberación de la esclavitud del trabajo,
una nueva organización libre de la cooperación productiva. No se trata de poner las
fábricas y la organización del trabajo social en manos de nuevos patrones, ni de
confiarlas a la hipócrita libertad de mercado, de volverlas a entregar a la voluntad de
explotación de los capitalistas y burócratas: se trata, contrariamente, de comprender
cuáles son las reglas de una gestión democrática de la empresarialidad económica.
¿Utopía imposible? Son cada vez menos aquellos que lo piensan. Son cada vez más,
por el contrario, no sólo en Oriente sino sobre todo en Occidente, las personas que
se preguntan cómo es posible una democracia conjugada con la capacidad de
gestionar democráticamente la producción. El estupor no se refiere al comunismo
sino a la actual forma de producción; la maravilla (y el dolor) consisten en el hecho de
que cada día estamos obligados a reconocer que continúan existiendo figuras tan
obsoletas e inútiles como lo son los patrones capitalistas y los patrones burocráticos.
Así pues, en el Este, dentro de la revolución se está experimentando una nueva
forma de democracia: la democracia del trabajo, democracia comunista.
Una tercera enseñanza nos llega del Este. ¿Quién se ha rebelado? ¿La clase
obrera? Alguna vez sí, con frecuencia no. ¿Los estratos medios? En buena parte,
pero tan sólo cuando no estaban ligados a la burocracia. ¿Los estudiantes, los
científicos, los obreros ligados a las tecnologías de vanguardia, los intelectuales, en
suma todos aquellos que tienen que ver con el trabajo abstracto e intelectual?
Ciertamente, éste constituye el núcleo esencial de la rebelión. En definitiva, quien se
ha rebelado es el nuevo productor. Un productor social, dueño de los propios medios
productivos y capaz de expresar, conjuntamente, trabajo y proyecto intelectual,
actividad innovadora y socialización cooperativa. También desde este punto de vista
cuanto esta sucediendo en el Este no nos es extraño: al contrario “de te fabula
narratur”.
Porque también entre nosotros, en los países del capitalismo idiota y triunfante,
corrupto e incapaz de autocrítica, arrogante, y cacofónico, el sujeto que
continuamente propone la rebelión es el mismo: el nuevo sujeto productivo,
intelectual y abstracto, estudiantes, científicos, obreros ligados a las tecnologías de
vanguardia, universitarios, etcétera. A través de este sujeto, en el cual nos
reconocemos, los acontecimientos del Este son algo que nos atañe. Que Gorbachov
se mantenga en el poder o sea expulsado del mismo por Ligatchiev, que la
perestroika venza en esta forma o en la segunda onda que inevitablemente la se-
guirá, que el imperio ruso permanezca o no, éstos son problemas que afectan a los
soviéticos y sólo a ellos. Tenemos nuestros cosacos que derrotar, son muchos y
llevamos retraso. A los soviéticos de todas formas les estamos agradecidos por haber
puesto en movimiento, por segunda vez en este siglo, un profundísimo proceso de
renovación del espíritu. Un proceso que creemos irreversible no sólo en Rusia, sino
en la vida de la humanidad.

ANTONIO NEGRI
París, Navidades 1989