Sangre Oculta: toda luz crea sombras

Beatriz Blanco Fuentes

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Prólogo Costumbres
—¡Lari! ¡Larissa! Vamos, despiértate que llegarás tarde. —¡Ya voy! Menudos gritos por la mañana… —miró el reloj: las ocho y media. Lari se destapó y la fría corriente que entraba por la ventana heló su piel. Otro factor perfecto para un día desastroso: frío. Tenía clase de matemáticas, una cena familiar y un porrón de apuntes que estudiar; nada de eso le apetecía. Su único alivio era que al fin era viernes y su deseo, que el día pasara rápido. Se levantó corriendo de la cama, se vistió con unos vaqueros y la primera camiseta que vio al abrir el armario y antes de salir por la puerta de su cuarto, se observó en el espejo; no iba mal, el rojo siempre conjuntaba con su largo pelo negro y sus ojos marrones.

Al bajar las escaleras hacia la cocina, se encontró con el común ajetreo de cada mañana: su madre corría de un lado a otro con una taza de café en la mano en busca de sus llaves, su padre salía de camino al coche despidiéndose de ella con su habitual “¡Adiós!” gritado a los cuatro vientos y su hermana desayunaba en la cocina mientras terminaba sus deberes de inglés. Lari era la única que tenía un poco más de tiempo, debido a que era el último trimestre del curso y se acercaba la temida Prueba de Acceso a la Universidad, por ello tenía que estudiar en casa y podía asistir a las clases que ella quisiera. No era obligatorio escuchar todos los sermones de cada profesor, cosa que Lari agradecía. Las únicas clases a las que ella asistía eran las de matemáticas, ya que era un desastre a la hora de juntar números.

Cuando pasó un rato, Lari había ayudado a su hermana, Adara, a terminar los deberes y su madre había encontrado por fin las llaves. —Bueno, pues ya lo tengo todo. Malditas llaves, parece que tienen vida propia y se esconden. Venga, Adara cariño, ¿has terminado ya? —dijo su madre dejando la taza en el fregadero.

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—Sí, Lari me ha ayudado —a Lari le encantaba la manera tan dulce en la que su hermana pequeña hablaba de ella. Al igual que le gustaba la forma en la que su corto pelo se movía de una oreja a otra cuando negaba algo; o sus ojos, un tanto más oscuros que los de ella, cuando suplicaban que jugaran a algo juntas. —Pues muy bien. Vámonos ya entonces. —Mamá —dijo Lari, parando a su madre en seco mientras ésta abría la puerta—. ¿Quieres que recoja a los tíos y a Alex en la estación de tren esta tarde? —Es todo un detalle cielo, pero no hace falta, además vienen en coche y se hospedan en un hotel al lado del centro comercial durante todo el fin de semana, que esta casa no da para más. Así que mejor les vemos directamente en la cena. —Vale, ¡buen día a las dos! Os quiero. —Y nosotras a ti. Por la tarde me voy con tu hermana a comprar así que estarás toda la tarde sola. Acuérdate de cerrar bien la casa antes de irte, nos vemos por la noche. Recuerda ponerte guapa que es el cumple de vuestro primo —le plasmó un beso en la mejilla y las dos salieron de la casa dejando ese silencio que a Lari tanto le gustaba disfrutar de vez en cuando. No era una chica popular y reconocía que la soledad era buena compañía a veces. Por un momento, se quedó observando una foto familiar tomada hacía solo unos meses. La que más destacaba era su madre, cuya cabeza adornada con un pelo completamente liso y rubio asomaba por detrás de Lucas, su padre. Los otros tres miembros de la familia tenían el pelo negro como el azabache y un tanto ondulado, aunque su padre era el único que gozaba de canas y un bigote.

Como de costumbre, desayunó su reglamentario vaso de leche con galletas, recogió toda la cocina y se fue a estudiar a la mesa del salón hasta que llegara su amiga Abigaíl. Pasó dos horas leyendo a García Lorca, repasando las leyes de Mendel y acumulando folio sobre folio con el objetivo de conseguir resolver alguna operación complicada. Las horas se le hicieron eternas, ¡parecía llevar sentada milenios en esa dichosa silla! Tenía la boca seca. Se fue a levantar para ir a la cocina en busca de algo que le calmara la sed cuando lo vio, siempre lo veía: movimientos en las sombras. Esta vez, en concreto, en la sombra que proyectaba el mueble de la televisión debido a la luz procedente del exterior.

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Había veces que pensaba que estaba loca, pero para ella ya era algo habitual; esos extraños movimientos en las sombras los veía desde pequeña. Al principio la asustaban, pero llegó a acostumbrarse a su presencia y dejó de intentar convencer a su madre de que había monstruos en su cuarto por la noche. Hubo una vez en la que Lari, mientras jugaba al escondite con otros niños en el parque de enfrente de su casa, se escondió debajo del tobogán. Lari era una niña muy sigilosa, pero aquella vez, escondida a la sombra de dicho objeto, sintió como la tierra temblaba. Fue la primera vez que presenció un movimiento y gritó y gritó hasta que cruzó la calle y estuvo a salvo en brazos de Ana María, su madre. A raíz de ese extraño evento, Lari siempre trataba de hacerla ver aquello que parecía invisible. Llegó un momento en el que desistió y empezó a comprender que sólo ella poseía esa habilidad. Los movimientos eran su gran secreto, ya que a quien quiera que se lo contara se podía ir de la boca y acabar yendo a sesiones de psiquiatría no era una opción para Lari. Siempre los veía, pero esta vez algo le pareció diferente, esta vez le pareció ver… ¿Una silueta? Parecía un hombre, pero más grande que nadie. Entonces le dio un vuelco el corazón, ¿era eso posible? ¿Podrían ser algo más que simples movimientos? Y, ¿por qué empezaba a verlo ahora? Mientras se formaba un cúmulo de preguntas en su cabeza, con algo de temor consiguió dar un par de pasos hacia la sombra. Eso, lo que fuera, seguía ahí y ella quería averiguar qué era. Extendió la mano para poder tocarlo y entonces… ¡Riiiiiiiiiiiiing! ¡Riiiiiiiiiiiiiing! Sonó el timbre con fuerza. Fuera lo que fuese lo que estaba observando se esfumó, pero no sin antes dejar un símbolo al rojo vivo en la pared que al segundo desapareció. ¡Riiiiiiiiiiiiing! ¡Riiiiiiiiiiiiiing! Volvió a sonar el timbre. Debido a lo largo que era cada pitido, intuyó que se trataba de su impaciente amiga esperando a que abriera la puerta. Lari consiguió salir de su estado de shock y empezó a caminar hacia la puerta de espaldas, sin dejar de mirar el sitio donde hacía un instante había presenciado la cosa más rara jamás vista por sus ojos.

Cuando por fin llegó a la entrada, abrió la puerta. —¿Se puede saber qué narices hacías? Hace mucho frío, cualquiera diría que estamos a finales de mayo. He podido morir congelada esperándote —a Lari normalmente le hacía gracia el tremendismo con el que su amiga hablaba, pero en ese momento sólo podía pensar

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en aquel símbolo—. ¿Hola? Tierra llamando a Lari. Por Dios chica, despierta que ahora tenemos clase de matemáticas. —Sí, lo siento. Hoy me he levantado con el pie izquierdo. Vámonos. Lari recogió todos los cuadernos y apuntes de la mesa del salón, se calzó, se abrigó bien con su chaqueta y siguió a su amiga a través de la puerta. Desde la entrada, antes de echar la llave, fijó su mirada en el salón, ¿qué había pasado?

Cuando ya estaban a mitad de camino, cambiaron el tema de las matemáticas por el habitual tema de Abigaíl: chicos. Su amiga siempre atraía miradas debido a su precioso pelo rubio y sus ojos azules, además tenía un desparpajo envidiable. Lari era como la otra cara de la moneda, encajaban a la perfección y por ello desde que Abigaíl se mudó a la casa de al lado, cuando ella tenía cinco años, habían sido inseparables. Las dos hablaron y rieron acerca de todas las historias que habían vivido y que les quedaban por vivir. Lari se sintió a gusto, eso le gustaba: reír y pasear con una amiga como alguien normal, alguien que no ve extrañas siluetas en las sombras; por ello, atribuyó lo ocurrido aquella mañana al estrés de los estudios y se dijo a sí misma que sería la última vez que vería algo así de raro.

No podía estar más equivocada.

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Capítulo I Día desastroso
Abigaíl y Lari corrían, corrían como casi todas las mañanas ya que al final siempre acababan igual: hablando acerca de temas que les hacían enrojecer y eternizarse de camino al instituto. Llamaron a la puerta del profesor Sánchez cuando sonó el timbre que anunciaba que todos los estudiantes debían estar ya sentados en sus respectivos asientos. —¡Qué sorpresa! Pin y Pon han decidido asistir a mis magníficas clases de matemáticas, pero, ¿otra vez tarde? —Lo sentimos mucho, nos hemos entretenido en el camino, no volverá a ocurrir Sr. Sánchez ¿podemos pasar? —preguntó Abigaíl. Lari siempre se quedaba sorprendida con su amiga, era la persona más bipolar que conocía; hacía dos segundos estaba hablando de chicos fuera de cualquier límite y en ese momento demostraba una educación que ni ella hubiera podido demostrar ante la presentación con la que el profesor las había recibido. —¿Acaso tengo algún otro remedio? —preguntó con despecho el profesor, dando a entender que su presencia allí no le agradaba en absoluto. —Gracias —volvió a responder Abigaíl, puesto que si Lari abría la boca iba a conseguir que las expulsaran por mala conducta. Anduvieron entre las mesas de sus compañeros hasta llegar a la última fila, donde se sentaron en sus respectivos sitios. Lari se pasó los primeros veinte minutos examinando a su desagradable profesor. Para ella no solo era mala persona, sino que además lucía el típico aspecto de señor brillante amargado debido a una no muy bonita infancia: era un hombre menudo, con pelo oscuro, llevaba zapatos negros, pantalones marrones con rayas verticales y horizontales verdes, una camisa a cuadros rojos, gafas de pasta gruesa y un pelo en el que Lari no sabría decir si se echaba gomina o copos de nieve. Aun así, por muy entretenido que fuera imaginarse al Sr. Sánchez metiendo su cabeza en un montón de nieve, empezó a pensar en lo ocurrido en su salón. Cogió un bolígrafo y en el margen de la hoja en la que estaba intentando resolver una ecuación imposible, empezó a dibujar aquel símbolo: una especie de “W” ramificada por un extremo que acababa retorcida en una caracola. Nunca antes había visto ese símbolo. A Lari le encantaban las lenguas antiguas y tenía especial devoción por el latín, por ello tenía su cuarto lleno de libros acerca de la Antigua Grecia y Roma; incluso llegó a conseguir ejemplares únicos acerca de los vikingos y su lenguaje: las runas. Seguramente esa faceta “friki” era, en su mayoría, la que le impedía llegar a ser social, ya que no muchos adolescentes de diecisiete años empapelaban su cuarto con frases en idiomas raros. Pero ese símbolo no aparecía en ningún libro o manuscrito de ninguna lengua, ¿qué podría significar? Se pasó toda la hora pensando para no conseguir ningún resultado. Desesperada, Lari arrancó la esquina de papel y la arrugó hasta tirarla al suelo. Abigaíl no pudo evitar darse cuenta de lo distraída que había estado su amiga desde que llegó a su casa y decidió intervenir discretamente enviándole una notita sin que el Sr. Sánchez se diera cuenta: “Venga, suéltalo, ¿qué te pasa hoy? Normalmente estarías tramando maneras de fastidiar al profesor y hoy no haces más que mirar al infinito”. Escribió con su perfecta caligrafía en un trocito de papel. “La verdad es que hoy no me apetecía siquiera salir de la

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cama, son las doce de la mañana y ya quiero que se pase el día” Lari le mandó la nota de nuevo a su amiga en el momento en el que el profesor estaba de espaldas. “No le des mucha importancia, todos tenemos días así, ¿seguro que no es nada más?” Justo cuando iba a responder que todo iba bien, sonó el timbre y casi todos los estudiantes se levantaron y salieron corriendo como si de una carrera se tratase. Abigaíl abrazó a Lari en forma de comprensión y tras una amplia sonrisa por parte de las dos, Lari se puso a caminar. —¿No vienes? —preguntó Lari extrañada, ya que su amiga no la seguía y solían volver juntas a casa. —No, me voy a quedar a la siguiente hora de literatura, también necesito repasar un poco —dijo con una cara divertida. —Vale, ¡pásatelo bien! Yo me voy a estudiar filosofía a mi casa —se dio la vuelta y salió de aquella horrible clase para llegar al calor de su cuarto. Mientras tanto, Abigaíl se acercó a la mesa de Lari y la inspeccionó en busca de algo. No creía a su amiga, sabía que le pasaba algo y otra de sus cualidades es que era bastante cabezota, así que lo averiguaría. Ya iba a darse por vencida cuando vio al lado de la pata de la silla un trozo de papel arrugado, lo cogió y rápidamente se lo guardó en el bolsillo puesto que la siguiente clase estaba a punto de empezar. De camino a casa, Lari maldijo el tiempo que hacía ese día; estaban en mayo y hasta entonces había sido un mes de lo más caluroso, no era normal el frío que azotaba las calles de Alcalá aquel día. A pesar de ello, Lari reconocía la hermosura de su ciudad. Alcalá de Henares formaba parte de la Comunidad de Madrid y aunque ésta siempre estuviera ajetreada, Alcalá era un lugar de lo más tranquilo para vivir. Además era Patrimonio de la Humanidad por su increíble capacidad de conservación de edificios antiguos, como la Catedral de los Santos Niños o la casa en la que vivió el famoso y noble escritor Cervantes. Lari se sentía orgullosa de ello, vivir en un sitio así de hermoso y con tanta historia le hacía apreciar un poco más el frío de camino a casa. Ella había leído muchas leyendas en sus libros acerca de repentinos cambios climatológicos y sus significados: maldiciones, encantamientos, malos augurios,… O simplemente se podría tratar de una tormenta. Lari tenía la sensación de que aquel era el día en el que estaba perdiendo el juicio por completo: una silueta en una sombra, un símbolo que era incapaz de reconocer y sucesos meteorológicos raros. Si no fuera porque sus padres eran ateos y siempre le decían que todo tiene una explicación científica, diría que se trataba de algún hecho sobrenatural. El problema es que aunque ella hubiera nacido en una familia atea, la cual no le había ni siquiera bautizado, siempre había creído en algo más. A veces, cuando no sabía qué hacer, andaba hasta la iglesia más cercana, allí se sentaba y hablaba a saber con quién. El hecho era que le tranquilizaba. A Lari realmente le gustaban los principios que exponía el cristianismo: la idea de un dios que por mucho que hagas el mal, siempre tendría hueco en su corazón para perdonarte. Le parecía una religión realmente hermosa. Ese interés empezó pocos años atrás, en una época en la que su familia estaba bastante inestable. Lari odiaba ver gritar a su madre y odiaba cómo su padre cogía las maletas de vez en cuando y no volvía en días. Una tarde no lo aguantó y salió de su casa enfurecida por la actitud que presentaban, y como no tenía a donde ir, se quedó sentada en

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el bordillo de la siguiente manzana, en frente de una iglesia. Entonces vio la estatua de un ángel en la puerta, tan hermoso que no podía dejar de mirarlo: esas preciosas alas desplegadas a su espalda, la túnica blanca cual pureza,… Era tal, que el ángel la invitó a entrar en aquel majestuoso edificio. Así dio el primer paso hacia la iglesia. Una vez dentro, encontró silencio, un maravilloso silencio en el que no estaban permitidos los gritos; y allí se quedó a pensar hasta quedarse dormida. Pasó la noche hasta que los primeros rayos de sol le dieron en la cara a través de las vidrieras. Cuando llegó a casa, sus padres le bombardearon a preguntas acerca de su paradero aquella noche y Lari les explicó la situación, entonces comprendieron que no podían seguir así. Desde ese día no discutían mucho; y si lo hacían, desde luego no delante de ella o su hermana y eso, para Lari, era suficiente. Debido al frío, Lari apretó el paso para llegar rápido a su casa. Entró y apoyó su espalda contra la puerta, al mismo tiempo que cerraba los ojos en un intento de recuperar el aliento que el andar le había quitado. Pero le fue imposible, puesto que al abrirlos fueron a parar automáticamente al mueble del salón y se quedó paralizada. Por fin reaccionó y corrió hacia las escaleras, que subió en un suspiro, llegando así a su habitación en cuestión de segundos. Cerró la puerta y se quedó tendida en la cama. Miró el reloj que marcaba la una de la tarde y se acomodó en la almohada con la determinación de descansar dos minutos y ponerse a estudiar antes de que llegara su familia y la casa se convirtiera en un campo de batalla entre ropa y maquillaje para asistir a la celebración del décimo cumpleaños de Alejandro, su primo. Una vez pasados los minutos permitidos para el descanso, Lari se dirigió hacia la mesa de estudio que tenía en su cuarto debajo de la ventana, en la pared de enfrente de la cama. Se sentó en la cómoda silla que sus padres le habían comprado especialmente para ese año académico, se agachó para alcanzar la mochila y se la puso en el regazo; la abrió y fue sacando todos los cuadernos hasta que consiguió el de filosofía. Dejó la mochila en el suelo y apartó todos los apuntes innecesarios para ese momento a un lado de la mesa. Abrió su cuaderno esperando ver textos acerca de las aburridas vidas de Platón, Santo Tomás o Kant, cuando descubrió algo inesperado que le hizo abrir los ojos de par en par: todas las teorías filosóficas habían sido reemplazadas por ese extraño símbolo, escrito una y otra vez por todas las páginas. Lari soltó un grito y dejó caer el cuaderno en la mesa mientras se levantaba de la silla. Retrocedió hasta chocar con la cama y por inercia se sentó en ella. Asustada y sin saber lo que hacer, se quedó inmóvil hasta que los símbolos del cuaderno empezaron a arder, todos ellos; y para sorpresa de Lari, la mesa empezó a soltar llamas también; las paredes, las cortinas, los peluches, incluso las sábanas. Estaba por todas partes, ese símbolo estaba por todas partes y estaba incendiando su cuarto. Lari corrió hacia la puerta, pero entonces ésta también ardió. Empezó a gritar en busca de ayuda, quien fuera o lo que fuera que pudiera sacarla de ahí sería bienvenido, pero nada ni nadie socorrió sus gritos de auxilio. Estaba sola, sucumbida ante el misterioso símbolo. Sus lágrimas bañaban toda su cara. Se desplomó en el suelo debido al humo, no podía respirar, se estaba ahogando, cuando de repente… “¡Lari!” Alguien la estaba llamando, alguien la había oído “¡Lari!” Alguien gritaba su nombre… —¡Larissa! —su madre la gritaba desde la puerta que hacía un segundo estaba en llamas. Lari se levantó de un salto de la cama y miró todos los rincones de su cuarto, ¿cómo podía ser? Hace un momento se estaba debatiendo entre la vida y la muerte y ahora hasta los pájaros cantaban alegres melodías al otro lado de la ventana. Miró a su madre, que a su

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vez la miraba con una cara llena de sorpresa, pues sabía que su hija era peculiar, pero nunca había actuado así. —Larissa, mi vida, ¿te pasa algo? ¿Estás bien? —No,… Digo sí, por supuesto. No te preocupes mamá, sólo ha sido una pesadilla — ni si quiera ella misma se creía lo que estaba diciendo, pero teóricamente sí que estaba bien. Esos dos minutos de descanso se habían convertido en horas, simplemente había sufrido una pesadilla horrible y de nuevo ese símbolo aparecía. —Está bien, bueno, empieza a prepararte que nos vamos en una hora. Deberías de haber estudiado algo, pero parece que no has descansado bien esta noche, te lo paso por ser tú — dijo su madre con el tono más cariñoso que podía existir y una sonrisa en su cara. Después de mandarla un beso volado con la mano en la boca, cerró la puerta y dejó que Lari se cambiara tranquilamente. Tampoco se puso muy elegante porque sabía que su familia materna provenía de un pequeño pueblo de la sierra y seguramente no fueran muy vestidos fuera la ocasión que fuese, así que eligió ponerse un pantalón negro y una camisa rosa palo. En pocas horas toda la familia se encontraba reunida alrededor de una mesa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Pasaron una “agradable” velada: cenaron, le dieron los regalos al pequeño Alex y después del postre, los niños salieron fuera a jugar mientras los adultos se quedaron dentro del restaurante para seguir hablando mientras se tomaban un café. Muchas veces Lari decidía salir fuera con los niños ya que se lo pasaba bien siendo la mayor de todos y dirigiendo los juegos como si fuera el general de un batallón de soldados, pero ese día se quedó sentada en la mesa, riéndose forzadamente cuando tenía que reírse de algún chiste malo que hacía su tío Pedro, padre del cumpleañero. Estaba en su mundo, o mejor dicho, en su pesadilla. No podía parar de pensar en ella, ¿qué significaba todo lo que estaba pasando? Estaba muy asustada. Y cuando estaba asustada sabía perfectamente a donde dirigirse, fue a levantarse cuando su tío le empezó a hablar directamente a ella: —Entonces, ¿qué te parece Lari? ¿Vendrás? —le preguntó su tío con ese ligero acento pueblerino. —¿Perdón? —de lo distraída que estaba se había perdido la parte en la que la conversación había cambiado de rumbo y todos se centraban en ella. —Que, ¿qué piensas? ¿Te apetece venir este verano con nosotros a la sierra? Vivimos en un pueblo muy tranquilo de la Sierra de Guadarrama y tu madre cree que será bueno para ti, ya que el año que has pasado aquí ha sido duro y necesitarás un merecido descanso. Aire puro, ya sabes. ¿Irse con sus tíos de vacaciones? De entrada sonaba fatal, apenas tenía relación con ellos, solo se juntaban para eventos familiares; además, la idea de soportar a Alejandro más de cuatro horas seguidas era horrible. Aunque por otra parte, teniendo en cuenta todo lo ocurrido aquel día, no quería que su verano fuese así: soñando con símbolos y viendo cosas raras en las sombras, o más raras de lo habitual al menos. Pensó que si se alejaba de su ciudad se alejaría de sus problemas, ya se encargaría de ellos a la vuelta. —Sí, no me parece mal. Nunca he estado en la sierra, será interesante conocerla. Gracias tío —dijo Lari automáticamente, como si se tratara de recitar todas las tablas de multiplicar. —De nada muchacha, ya verás, te va a encantar —le prometió su tío—. Vas a pasar el verano de tu vida.

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Al mismo tiempo, Abigaíl llegó a su casa. Subió las escaleras hacia su cuarto y, como cada día, tiró la mochila en una de las esquinas. ¡Vaya día!, a ella también se le había complicado a su manera: había tenido que acompañar a su madre a casa de su abuela, puesto que había caído enferma; había tenido que hacer algunos recados después de ir a la biblioteca a estudiar y para colmo, había tenido que asistir no solo a clases de matemáticas, sino también a clases de literatura, y no porque lo necesitara realmente, puesto que se le daba bastante bien; sino porque tenía que inspeccionar el pupitre de su amiga. Entonces le vino a la mente el trozo de papel. Lo había recogido del suelo, pero no lo había podido leer, no había parado en todo el día y se le había olvidado donde lo había guardado. Seguro que al final lo escrito sería algo sin importancia, pero tenía que verlo, era su deber. Por fin lo encontró en el bolsillo derecho de su chaqueta y sin demora alguna lo desplegó, pero en ese momento deseó no haberlo hecho. Al ver el símbolo se le abrieron los ojos de puro asombro, mezclado con temor. No podía ser, no podía estar pasando ya, no podía estar pasándole a Lari, su Protegida. Con un temblor incontrolable en las manos, corrió hacia su mochila y buscó rápidamente el móvil, en el cual marcó una tecla automática que le ponía en contacto con La Congregación. —¿Señor?… Sí, señor… Lo estoy, señor… —Abigaíl hablaba a duras penas mientras su voz luchaba contra el tartamudeo—. Ha sido elegida. Ha comenzado.

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Capítulo II Ángel viejo
Sombras. Había sombras por todas partes, era ya muy entrada la noche, las farolas proyectaban movimientos visibles para Lari aquí y allá. No quería mirar a ninguna fijamente por miedo a volver a ver alguna silueta o mucho peor, ese símbolo. Iba de camino a ese lugar especial donde siempre encontraba serenidad, donde ninguna sombra era capaz de perseguirla, iba hacia la iglesia. Al terminar el café, Lari siguió hablando con su tío acerca del viaje a las montañas, cosas como las fechas, visitas turísticas o la ropa necesaria; pero lo mejor de todo es que ella le había preguntado si era posible que su mejor amiga, Abigaíl, fuera también a la sierra. La respuesta de su tío había sido que sí y era perfecto, de ese modo podría salir y hacer lo que quisiera con Abigaíl, porque daba igual, se tratara de un pequeño pueblo en la montaña o la ciudad más grande del mundo, estuvieran donde estuviesen, su amiga siempre era la diversión personificada, aunque solo fuera a base de palos y piedras seguro que pasaría momentos geniales con ella. Estaba impaciente por contarle lo acordado con su tío, aunque no en ese momento. En ese momento necesitaba respuestas y para ello necesitaba pensar. Era una suerte que la iglesia de la manzana de al lado siempre estuviera abierta, sin importar las horas. Llegó a la puerta y, como siempre, se quedó observando su preciado ángel. El paso de los años había hecho un poco de mella en él, seguía siendo la misma estatuita de un precioso niño adornado con grandes alas a su espalda, pero estaba desgastado y había una planta enredada por toda la figura. Le dio la espalda para entrar en la iglesia cuando de reojo le pareció ver cómo se movía. De un salto se dio la vuelta y volvió a mirarlo, ese día parecía distinto, no era el mismo. Las sombras formadas en su cara le cambiaban, parecía… ¿triste? Era muy raro, su ángel siempre tenía una sonrisa para ella cuando iba a entrar en la iglesia. Casi le dio pena, tantos años viéndola sufrir momentos muy duros le habían unido a ese pequeño niño alado. Esta vez le tocaba a ella consolarlo. Alzó la mano derecha y tocó el frío yeso de sus alas, pero tuvo que apartar la mano al segundo, pues se la había quemado.

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Inconscientemente se llevó tres dedos a la boca; el índice, el corazón y el anular; para aliviar el dolor y se miró las yemas mientras una ampolla empezaba a salir en cada una de ellas. No quería creer la idea que se estaba formando en su cabeza, pero tuvo que afrontar la realidad cuando el maldito símbolo empezó a aparecer en la frente de su ángel. Retrocedió un paso, presa del pánico y antes de que pudiera dar el segundo, la figura estalló en llamas. Lo primero que hizo fue gritar. Su ángel no, ese símbolo le podía quemar la pared de su casa, quitarle el sueño y producirle pesadillas, pero no llevarse a su querido ángel. Entonces lo pensó, pensó que estaba en una pesadilla. ¡Claro! Era eso, realmente estaba en la silla del restaurante, dormida, como muchas veces le pasaba en comidas familiares. Se habría hecho tarde y se habría sumergido en su negro mundo donde todo lo que toca ese símbolo arde en llamas. Dejó de gritar, pues la última vez no había servido de nada. Siguió mirando el espectáculo y casi podría decir que era hermoso, si no fuera porque estaba ardiendo algo importante para ella, Lari podría haber dicho que estaba presenciando algo hermoso; el color de las llamas en contraste con la blancura de su ángel era algo digno de ver. Entonces, los dedos que se había quemado la empezaron a doler y se dijo a sí misma que el dolor no existe en los sueños ¿Realmente soñaba? Esa fue la última pregunta sin respuesta que podía aguantar ese día, no podía soportar más dudas, tenía que irse de ahí. Con un enorme esfuerzo obligó reaccionar a sus piernas y salió corriendo. Corría sin rumbo fijo, no sabía a donde ir. Daba grandes zancadas mientras intentaba no tropezarse por la mala visión que el cúmulo de lágrimas la proporcionaba. Se secó las húmedas mejillas y dejó de correr por pánico para empezar a correr por necesidad, para conseguir esa gran sensación de libertad. Siempre le había gustado correr, la velocidad, la sensación de los músculos entrando en calor y llegado el momento, la preocupación por mantener la respiración; sólo quería preocuparse por eso, no quería tener en mente nada más. Si de algo podía presumir Lari, era de su increíble capacidad para correr. Había participado en muchas maratones, concursos y carreras y la mayoría las había ganado. Nunca había asistido a entrenamientos de atletismo y tampoco era ganar su objetivo, simplemente le gustaba todo acerca de ello. Sobre todo, disfrutar del fuerte viento en la cara, el cual siempre movía su pelo de un lado a otro y a veces la ayudaba a despegar tanto los pies del suelo que le daba la sensación de que en cualquier momento podría ponerse a volar. Ni siquiera los apretados vaqueros la impidieron correr durante casi una hora. Al

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final, debido a la oscuridad de la noche y el frío que empezaba a empapar sus huesos, decidió poner su casa como meta. Después de quitarse la sudada ropa y haberse dado una ducha, una vez en su cama, todo le parecía irreal. Su vida de por sí ya era poco corriente, pero lo que había vivido ese día le había hecho gastar adrenalina para por lo menos los siguientes cinco años. No quería dormir, no quería volver a vivir un infierno donde no sabría qué ardería por su culpa. Porque todo lo ocurrido era culpa suya, o así se sentía Lari. Era ella la que veía movimientos que nadie más podía ver, la que vio la silueta y la que presenció la aparición del símbolo que la acosaba allá donde fuera. Apretó las sabanas y lágrimas se escaparon de sus ojos, nunca había estado tan asustada. Se quedó horas mirando la luna a través de su ventana, intentando buscar una solución hasta que el reloj dio las tres de la mañana y el cansancio la transportó a un profundo sueño.

Abrió los ojos y lo primero que hizo fue mirar el reloj, eran las diez de la mañana. Los ojos le pesaban, como si pequeños duendecillos tiraran de cada una de sus pestañas para que se volviera a dormir. Les fue a hacer caso cuando, al tirar de la sábana para taparse bien la pierna que había quedado al descubierto por la noche, empezó a sentir pinchazos en tres de sus dedos. El simple roce de la fina tela le producía un dolor agudo. Entonces se despertó como si una orquesta hubiera empezado a aporrear sartenes. Las yemas, las tenía llenas de ampollas. Empezó a recordar todo lo ocurrido y los pocos segundos de paz llegaron a su fin, Lari estaba otra vez nerviosa. Sí que había ocurrido, de verdad, no había sido un sueño; el símbolo apareció y el fuego se lo llevó haciéndolo arder. No sabía con certeza qué había ocurrido la noche anterior y se sentía estúpida ¿Cuándo se había vuelto ella así? Nunca había llorado como método de solución en busca de respuestas. Siempre había sido una chica muy resolutiva, se podía asustar, pero siempre había sabido resolver sus problemas. Incluso cuando las estúpidas de Alicia y Paula la hacían la vida imposible en primaria, diciéndole a cualquiera que Lari era un bicho raro con el que nadie debería juntarse. Lo triste es que los niños a esa edad hacen caso a cualquiera, y además de al afán por las lenguas antiguas y extrañas que desarrolló durante esa época, gran parte de la soledad que rodeaba a Lari se la debía a esas dos indeseables

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compañeras. Así que la única amiga que tenía era Abigaíl, a ella le daba igual lo que dijeran, siempre le cubría las espaldas. No podía defraudarla, ni a su amiga ni a ella misma; tenía que demostrarse que todavía era esa niña capaz de resolverlo todo. En ese preciso momento decidió que iba a dejar de ser la presa para ser la cazadora. Tenía que encontrar información acerca de ese símbolo como fuera. Por lo que se levantó con la convicción de encontrar todas las piezas del puzzle y hacerlas encajar. Se vistió con el chándal que guardaba para correr y a la media hora, después de acicalarse y desayunar, con el pretexto de hacer algo de ejercicio, salió en dirección a la iglesia de su ángel. Cuando llegó a su destino, sintió ganas de volver a cambiar de opinión y ser la víctima de la historia. No ver su querida estatua en el mismo sitio en el que había estado durante tanto tiempo la destrozó. Ahora era una simple columna blanca, negra por la parte superior. Dejó sus heridas a un lado y tomó la decisión de ir a la biblioteca municipal. Lo que quería era información y en ningún otro sitio iba a encontrar más que en aquella biblioteca que sólo había pisado un par de veces. Se puso a caminar calle arriba cuando el pito de un coche la sorprendió. Era Abigaíl, que iba como copiloto en el coche que su madre conducía. —¡Lari! —gritó, sacando la cabeza por la ventanilla. —Últimamente todo el mundo grita demasiado mi nombre —dijo casi con la intención de hacer un chiste que sólo ella comprendía. —¿Qué? —preguntó Abigaíl, levantando el labio superior como si acabara de escuchar a un extraterrestre tocar la trompeta. —Nada, olvídalo. Oye, ¿puedes quedar por la tarde? Tengo que comentarte algo acerca de este verano —propuso mientras estaba segura de tener una sonrisa radiante. La idea del verano la hizo alegrarse un poco. —Sí, por supuesto. —Está bien, ¿A las seis en mi casa? Mi hermana se ha descargado una película que te encantará, creo que se titula “Monstruos S.A”, seguro que te sientes identificada —la madre de su amiga rió con ganas. —¿Hoy te has levantado graciosilla, eh? —la atacó Abigail mientras intentaba frenar una tímida risa—. Ahí estaré.

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Entonces el coche arrancó y Lari siguió hasta la biblioteca. Se sentía bien, sabía que había cosas por resolver, pero tenía una nueva actitud ante cualquier obstáculo, era un nuevo día; ayer se quedó atrás.

Por su parte, Abigaíl estaba sudando en el asiento del copiloto, pues sabía que las cosas no iban a mejorar, no habían hecho más que empezar. Y por desgracia, las madres muchas veces conocen mejor a sus hijos que ellos mismos. A Abigaíl se le notaba el agobio que sentía y su madre no lo pasó por alto. Así, uno de esos interrogatorios de tercer grado, que ella tanto odiaba, comenzó. —Abigaíl hija, ¿qué te pasa? —normalmente su madre no solía meterse en su vida, pero sabía que si lo hacía era por preocupación, nada más. —Estoy bien mamá, simplemente no quiero llegar tarde a la reunión de alumnos que hacen en el instituto. —Refréscame la memoria, ¿para qué es exactamente esta reunión? —preguntó a la vez que levantaba su ceja derecha en señal de sospecha. —Para ayudar al Consejo Estudiantil a mejorar el colegio, ya sabes cómo va; nos reunimos, decimos lo que mejoraríamos y se lo comunicamos al centro. —¿Seguro? Es un poco raro que te hayan avisado tan tarde, suelen avisar de cosas así con semanas de antelación. —Ya, pero se me olvidó leer el folleto que pasaron acerca de ello. —¿Y cómo es que no va tu amiga del alma? —preguntó insistente su madre. Abigaíl se estaba empezando a cansar y quiso apagar el flexo que le apuntaba directamente a la cara siendo cortante con su respuesta. —Lari tiene cosas que hacer, sus tíos están en la ciudad. —¡Es verdad! Pero volviendo a ti señorita, mira que hoy en día tenéis miles de redes sociales por las que os podéis comunicar y te enteras de que era hoy, a última hora. En mis días no teníamos ni siquiera teléfonos móviles y blablabla… —empezó a contarle todo acerca de su juventud y el poco avance de las tecnologías en su época hasta que llegaron al instituto. Su madre lo contaba como si fuera un cuento y realmente tenía su efecto, a Abigaíl le habían entrado unas ganas horribles de dormir. En cuanto se bajó del coche y el

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sol le dio directamente en la cara se despejó por completo. Definitivamente, el tiempo había mejorado con respecto del día anterior. —No volverá a pasar, la próxima vez estaré más pendiente. Gracias por traerme mamá, te veo en casa a la hora de comer. Conduce con cuidado —dijo desde el otro lado de la ventanilla. Entonces dio un pequeño golpe a la puerta del coche y éste arrancó hacia la salida del parking.

Abigaíl giró sobre sus talones para observar el edificio, ese edificio que tantas veces había querido quemar, ya fuera por la obtención de malas notas o por los profesores. Ella sabía que en caso de reunión, el sitio acordado había sido su instituto, pero nunca había habido una, ¿por qué? Porque sólo podía haber una y que la hubiera significaba que cosas horribles estaban a punto de suceder. A Abigaíl se le hizo un nudo en el estómago. No le gustaba mentir a su madre, casi nunca lo hacía, pero sabía que en ese caso estaba obligada a ello. Claro que un sábado no iba a haber una reunión de alumnos dispuestos a juntar ideas y poner reclamaciones. No, los estudiantes siempre tendrían hueco para quejarse entre semana, ningún adolescente sacrificaría un sábado para dedicarse a eso. Pero a su madre le gustaba la idea de que su hija participara en actividades para el beneficio del desarrollo educativo del colegio y no veía más allá de eso. Abigaíl pensaba mientras caminaba hacia la verja que tuvo que saltar antes de recorrer los largos pasillos del instituto hasta llegar al salón de actos, donde se iba a celebrar la primera y única reunión de La Congregación. Abrió la puerta y apareció al lado derecho de la primera fila de sillones, en frente del escenario que tenía a su izquierda. Estaba muy oscuro, la única luz que recibía entraba por una única ventana que tenía la persiana subida, todas las demás estaban bajadas; dándole a Abigaíl la sensación de encontrarse en una cueva. Se fue a sentar en el primer asiento cuando una voz la hizo pegarse a la pared. —Bienvenida, te estábamos esperando —no había nadie en toda la sala excepto cuatro hombres sentados en la última fila, que debido a la poca luz no había podido ver hasta ese momento. Los hombres miraban hacia el escenario como si realmente alguna obra se estuviera representando.

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—Buenos días, lo siento, no les había visto —se disculpó con los mejores modales que podía mostrar, pues estaba ante sus superiores. A los hombres pareció importarles poco. —Acércate Abigaíl, tenemos mucho de lo que hablar.

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