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Domingo de Pascua

Lectio divina
Texto Jn 20,1-18
1- La impulsa el amor, la guía le fe
Juan se encarga de dar precisiones cronológicas:
“…el primer día de la semana” v1
El día inicial de una nueva semana se convertirá así en el comienzo de una creación
nueva, en verdadero “día del Señor” (Hech 20,7; Ap 1,10).
“Este día es figura del siglo venidero, en el cual no habrá más que un solo día sin
interrupción de ninguna noche, porque Dios es el sol sin ocaso. En este día resucitó
el Señor revistiéndose de incorruptibilidad corporal, así como seremos revestidos
de incorrupción en el siglo futuro” Teófilo
“…de madrugada, cuando aún estaba oscuro” v1
La fe amorosa, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina, a pesar de
todo, en la oscuridad y va más allá de la muerte. María Magdalena es el modelo del
amor fiel que aguarda. Por eso ella también podrá “ver”.
“María Magdalena, que en la ciudad había sido pecadora, lavó con lágrimas las
manchas de su crimen, amando a la verdad…la que había permanecido fría
pecando, ardía después en amor” San Gregorio
En el evangelio de Juan se da un tema que lo abraza todo:
“buscar-ver” Jn 1,38-39 – Jn 20,15
En ambos textos el que interpela es Jesús, a la vez que invita a hacer un camino, el
de la fe, que es comunión, participación (Jn 17,3, creer es conocer, participar de la
vida eterna, propiedad de Dios; el rechazo de la fe es no haber conocido -Jn 16,3)
Del texto que hoy queremos rezar:
v9, “todavía no habían entendido”, se trata de una fe oscura, no es una posesión
estable, sino el comienzo de un camino de comunión con el Señor en el que se debe
ahondar siempre más.
v17, “Déjame…ve a decir a mis hermanos”, el anuncio es parte de la fe.
El amor le hizo a María Magdalena permanecer, esperar, buscar (v11); el
amor le hizo obedecer (v18).
“He aquí borrada la culpa del género humano en el mismo sitio donde se cometió;
porque en el paraíso una mujer transmitió la muerte a la humanidad, y desde el
sepulcro una mujer anunció a los hombres la vida, y refiere las palabras del que la
vivifica la misma que había referido las de la serpiente” San Gregorio
“Con razón la mujer que anunció la primera el gozo de la resurrección a los
discípulos, sumidos en la tristeza, es la que fue librada de los siete demonios, esto
es, purificada de todos los vicios, a fin de que nadie desespere del perdón por una
digna penitencia, viendo a ésta elevada súbitamente al colmo de la fe y del amor de
tal manera, que evangeliza a los mismos Apóstoles el milagro de la resurrección”
Beda
Esta figura de la mujer fiel que busca, se duele de la ausencia, se alegra del
encuentro aparece en el Antiguo Testamento (Cant 3,1-4; 5,2-8), será símbolo de la
Iglesia-Esposa fiel, que sufre, es perseguida, golpeada, se alegra de la presencia,
aunque escondida en la fe, pero real, de su Señor, su Esposo, que aguarda la
manifestación definitiva (Ap 22,17)
Dios se esconde en la noche de la fe, amando se le busca, se le encuentra, y
ante Él todo afecto se diluye, queda todo abrazado en ese sólo nombre: “el amor de
mi alma”. La fe es un encuentro que vuelve a ser partida para el Encuentro
definitivo que será cuando la fe ya no sea necesaria.
Todo pasa por la caridad: amar a Dios, todo en Dios, “su Padre y nuestro
Padre” (v17) (única vez que Juan pone en labios de Jesús hablando de Dios como
“nuestro Padre”).
2- La gloria ya brillaba en la cruz
La piedra corrida, las vendas, el sudario… hablaban de una ausencia. Ellos
eran invitados a “reconocer” una presencia: “todavía no habían comprendido”
(v9). Es Pedro quien entra primero al sepulcro (v6), Juan manifiesta así el primado
en la fe (testimonio) de aquel Apóstol (1Cor 15,5; Lc 24,34; Lc 22,31-32).
En su Evangelio Juan manifiesta que en la Cruz la Gloria de Jesús ya se
irradia. En su pasión, Jesús, avanza “señoreando” cada paso, manifestando su
divinidad: “Yo soy” Jn 18,5-6
Ante la revelación de su divinidad (ya que este “Yo soy” era el nombre de
Dios en el A.T. –Ex 3,14) los guardias retrocedieron y cayeron. Pero vale
considerar cómo la negación de Pedro consiste en afirmar: “no lo soy” (Jn 18,17),
negando “ser” discípulo de aquel a quien estaban condenando. Para Juan “ver”,
“conocer” es participar, vivir una misma vida.
“Vivir de la fe” (Rm 1,17) será para Pedro esa “nueva misión” (Jn 21,19),
fe purificada de toda presunción humana (Jn 13,37-38; 18,25-27) por la que ahora
sí podrá seguirlo (Jn 13,36) pero por el camino de la Cruz, del amor
(“Apacienta…” Jn 21,15; Jn 10,14-15). Será su ministerio, que describe con
sencillez en una de sus cartas (2Pe 1,12-19)
3- ¡María!
Vio sin “conocer”. Es necesaria la fe: Jn 3,3.5-6.31-36; Jn 11,40
Jesús adopta la figura de cada creyente.
“Y le dijo Jesús: ¡María!, como si dijera; reconoce a aquél que te conoce a ti. María,
pues, oyéndose llamada por su nombre, reconoce exteriormente al que ella buscaba
interiormente” San Gregorio
San Agustín
Jn 20,1-9: ¿Qué necesidad tienes de lo que no amas? -Dámelo

Hoy se ha leído la resurrección del Señor según el evangelio de San Juan y


hemos escuchado que los discípulos buscaron al Señor y no lo encontraron en el
sepulcro, cosa que ya habían anunciado las mujeres, creyendo, no que hubiera
resucitado, sino que había sido robado de allí. Llegaron dos discípulos, el mismo
Juan evangelista -se sobreentiende que era aquel a quien amaba Jesús- y Pedro con
él; entraron, vieron solamente las vendas, pero ningún cuerpo. ¿Qué está escrito de
Juan mismo? Si lo habéis advertido, dice: Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que
creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas
como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó en este caso o se hubiera
recomendado la fe en el hecho de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas
palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo
resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó?
¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que habían llevado al Señor del
sepulcro? Ella había dicho: Han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han
puesto (Jn 20,2).
Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y
creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del
sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron. La mujer se quedó allí y
comenzó a buscar el cuerpo de Jesús con lágrimas y a llorar junto al sepulcro.
Ellos, más fuertes por su sexo, pero con menor amor, se preocuparon menos. La
mujer buscaba más insistentemente a Jesús, porque ella fue la primera en perderlo
en el paraíso; como por ella había entrado la muerte, por eso buscaba más la Vida.
Y ¿cómo la buscaba? Buscaba el cuerpo de un muerto, no la incorrupción del Dios
vivo, pues tampoco ella creía que la causa de no estar el cuerpo en el sepulcro era
que había resucitado el Señor. Entrando dentro vio unos ángeles. Observad que los
ángeles no se hicieron presentes a Pedro y a Juan y sí, en cambio, a esta mujer.
Esto, amadísimos, se pone de relieve, porque el sexo más débil buscó con más
ahínco lo que había sido el primero en perder. Los ángeles la ven y le dicen: No
está aquí, ha resucitado (Mt 28,6). Todavía se mantiene en pie llorando; aún no
cree; pensaba que el Señor había desaparecido del sepulcro. Vio también a Jesús,
pero no lo toma por quien era, sino por el hortelano; todavía reclama el cuerpo de
un muerto. Le dice: «Si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo lo llevaré
(Jn 20,15). ¿Qué necesidad tienes de lo que no amas? Dámelo». La que así le
buscaba muerto, ¿cómo creyó que estaba vivo? A continuación el Señor la llama
por su nombre. María reconoció la voz y volvió su mirada al Salvador y le
respondió sabiendo ya quien era: Rabi, que quiere decir «Maestro» (Jn 20,16).