Un año más Así es.

Tras la buena acogida que tuvieron estos juegos según las estaciones del año, me he animado a continuar con una segunda ronda. En esta ocasión, corrigiendo fallos del pasado y tratando de proponer nuevos formatos a la hora de escribir relatos. Comenzamos en los meses de invierno de 2012, seguimos con la primavera, el verano y finalmente el otoño. Hemos llegado ya a 2013 y con ello, a la Segunda Temporada de los juegos, que comienza de nuevo con el invierno. En estos juegos siempre prevalecerá la intención de crear un relato a partir de una serie de imágenes, siempre un relato erótico, siempre una historia de personajes y siempre creando escenas que despierten la sensibilidad del lector. Asi que paso a agradecer a las participantes de esta edición: a Patricia Olivera, que no falla una edicion nunca y siempre participa; a Gata Shirka, recientemente incorporada a estos juegos; (a mi misma no puedo agradecerme); y a Violet, seguidora de mis relatos que se ha atrevido a escribirnos algo para esta edicion :) A todas, gracias ^^ Y eso es todo. Nos vemos en Primavera :) Paty C. Marín http://cuentosin.blogspot.com

Reencuentro, Patricia Olivera....………………………………………………………..3 Algo más que un sueño, Gata Shirka.………………………………………………….8 Pura raza, Paty C. Marín……….………………………………………………………13 Sonrisa lobuna, Violet……....………………………………………………………….22

Juego de Invierno

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Cuando Alicia recibió la llamada de Jazmín, su mejor amiga desde el secundario, lo que menos imaginó fue que le iba a proponer hacer una reunión con varios ex compañeros de sus años de juventud. Si bien ambas habían mantenido la amistad a través de los años rara vez sabían de otros, incluso de unos cuantos no supieron nunca más. La situación la hacía sentir extraña, ya no era la adolescente alocada de entonces, tenía treinta y cinco años y se sentía insegura ante su aspecto personal. Se sabía una mujer interesante y atractiva, llevaba una vida saludable para lucir bien, pero una cosa era cómo se veía ella y otra muy distinta como la verían los otros después de tanto tiempo. Era obvio que todos lucirían distintos. Además de eso estaban los giros que la vida de cada uno había dado. Por ejemplo, Jazmín luego de terminar el secundario ingresó a la facultad de Derecho para estudiar Abogacía pero poco a poco abandonó la carrera al ennoviarse con Ramiro, y la dejó definitivamente cuando decidieron casarse. No era de extrañarse, Jazmín era un rubia, bajita, de cuerpo voluptuoso y muy simpática. Luego de eso ambos se dedicaron al negocio inmobiliario que su flamante marido había heredado del padre. Pero lo bueno no duró mucho, cinco años después iniciaron los trámites de divorcio alegando incompatibilidad de caracteres, aun así ambos continuaron trabajando juntos; a cada uno le correspondía una parte del negocio y en ése sentido estaban en paz. De modo que Jazmín llevaba divorciada bastantes años y tenía una vida social muy activa en la que intentaba incluirla siempre, la mayoría de las veces de forma infructuosa. Ella por su parte se había decantado por la Antropología, de la que vivía y por la que vivía desde que ingresó a la universidad y se doctoró con honores. Era debido a su trabajo, al que dedicaba todo su tiempo, por el que muchas veces no aceptaba las invitaciones de Jazmín; en realidad, Alicia vivía como una nómade, estaba a dónde la llevaran sus investigaciones, sin importar la hora. Razón de sobra para no haberse casado nunca y tener tan sólo alguna que otra relación esporádica y sin importancia. Acababa de salir de la ducha y contemplaba su desnudez en el espejo del baño. Tenía que reconocer que no estaba nada mal. Al contrario que Jazmín, ella era un poco más alta, delgada y espigada. Aún conservaba las curvas de su juventud y no había arrugas ni canas de las que preocuparse. Levantó los brazos y se recogió el cabello castaño, largo y ondulado, sobre la cabeza, giró el rostro a un lado y al otro y se dedicó un mohín coqueto. Luego hizo lo de siempre: se observó los senos y el pubis con deseo, y dejó que sus manos hicieran los suyo; sabía encontrar el placer sola o acompañada. Sólo que en ésta ocasión vino a su mente Mauricio, el novio adolescente, compañero de cuarto año en el secundario. Mientras se pellizcaba los pezones con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás recordó su primera vez con él. Flirtearon desde el Juego de Invierno Página 3

comienzo del curso hasta que a mediados de año iniciaron un tímido noviazgo. Estuvieron varios meses haciéndose arrumacos por los rincones oscuros del instituto sin animarse a llegar más allá pero haciendo más ardientes sus exploraciones. Una tarde, aprovechando que los padres de Alicia no estaban, lo metió en su dormitorio. Lanzó un gemido cuando se rozó el clítoris con el dedo corazón. Recordó que se quitaron las ropas con apuro y que luego ella quedó de rodillas con su miembro en la boca. Era tímida pero hacía meses que venían calentando motores y ya no había barreras que importaran. Volvió a sentir el sabor salado de sus fluidos en la boca, el miembro joven, inflamado, surcado de venas, a punto de reventar. Aún le dolía el cuero cabelludo de sólo recordar el tirón que le dio a sus cabellos para arrojarla en la cama y ponerla a cuatro patas. Que bien se sentía, sudados como estaban, llenando el cuarto de jadeos y hasta de palabras obscenas. Rememorar la punta de su miembro en su joven e inexperta hendidura húmeda la acercó al orgasmo, ayudándose con los dedos, que recorrían los labios inflamados y entraban y salían, tocando una y otra vez el punto G. Volvió a aquél momento, en que él se negaba a penetrarla por primera vez y se quedó en la entrada, haciendo que lo deseara más, deslizándole el miembro entre las nalgas, mientras se inclinaba y le pellizcaba los pezones duros, haciéndola gritar; y sus dedos que bajaban hasta el clítoris y lo apresaban con rabia, con deseo enfermizo y se metían entre sus pliegues carnosos deslizándose con facilidad por la humedad que la lubricaba. Alicia llegó al orgasmo auto inducido cuando lo recordó entrando en ella por fin, con brusquedad, con apremio. El deseo se vio interrumpido por un dolor agudo, profundo, pero no se detuvieron, habían esperado por mucho tiempo ése momento y ninguno quería perdérselo. Ella abrió más las piernas para permitir que entrara a fondo, a pesar del dolor quería seguir sintiéndolo entrar y salir; la excitaba oír el golpeteo de sus testículos contra su trasero y sus dedos estimulando el clítoris. Antes de llegar al primer orgasmo notó que se había quedado con las medias del colegio, le dio gracia, pronto lo olvidó cuando los dedos de Mauricio lograron hacerla alcanzar el primer orgasmo. Lanzó un grito y pidió más mientras sentía que se empapaba; sin embargo, lo mejor vino después, cuando la invadió un nuevo e intenso espasmo que le hizo pensar que algo había reventado dentro de ella. Él gritó, la contracción de los músculos vaginales sobre su miembro le provocaron la eyaculación y un gran chorro de semen llenó la vagina de Alicia invadiéndola de más impulsos placenteros. Recordar ése momento le provocó una orgasmo intenso frente al espejo donde se estaba masturbando de rodillas y con las piernas muy abiertas. Mientras los efectos del placer se diluían, volvió a observar su reflejo y miró con avidez sus pezones rosados e hinchados, los pechos turgentes, el vientre plano y el pubis de abundantes vellos castaños, bajo el cual se divisaba el clítoris aún inflamado y los labios húmedos, abiertos, en espera de algo más. ¿Estaría Mauricio entre los convocados por Jazmín? Podía habérselo preguntado pero no quiso darle importancia, después de todo a aquella no le hubiera resultado extraño que quisiera saber si el joven que la desvirgó estaría esa noche en la reunión. Juego de Invierno Página 4

Pero Mauricio no fue sólo quien la desvirgado, no sólo fue su primer hombre, sino su primer amor; el único hasta el momento. Jazmín había tenido una buena idea al organizar el encuentro en la casa del lago que era de su familia. Ése sitio siempre le había gustado, el ambiente agreste y salvaje la llenaban de paz y la hacían sentir al mismo tiempo en su propio elemento. Ella estaba acostumbrada a estar en cualquier sitio alejado de la civilización, en completa soledad, en donde las cosas le hablaran por sí mismas. Aún recordaba que pasaban veranos fabulosos allí, perdidas entre la vegetación y disfrutando de las tranquilas y cristalinas aguas de un lago que no conocía la contaminación. Aún era temprano cuando salió a dar un paseo, los invitados no comenzarían a llegar hasta la nochecita así que tenía tiempo de deambular por ahí. Sabía que a su amiga no le importaría, a ella le gustaba ocuparse de todo sola. Camino del lago fue recogiendo distintas muestras de flores y hierbas para agregar a la colección que tenía en su estudio. Si bien era verano corría una brisa refrescante que movía las copas de los árboles y los altos pastos. Al ver las suaves ondas que se formaban a la orilla del lago le dieron ganas de darse un chapuzón. No sería mala idea si me refresco con el ramillete de muestras, pensó, mientras se ponía de cuclillas observando en torno. No lo pensó mucho más, se quitó las sandalias y la falda y se metió con la blusa que llevaba, al instante sus pechos sin sostén quedaron visibles bajo la tela mojada. Se mantuvo largo rato flotando en la orilla, con el ramillete en las manos, dejándose mecer por las ondas que poco a poco casi la despojan de la blusa. —Hola, ¿hay alguien allí? —. La voz de un hombre la despertó de su modorra. Pensó que era un sueño y continuó dormitando, pero la voz se volvió a repetir. Se incorporó y lo vio allí, a unos pasos de ella. Alicia hizo sombra con la mano para ver de quién se trataba y se quedó sin aire. Él estaba allí, como veinte años atrás, pero hecho un hombre; ya nada quedaba de su figura espigada y su cara con espinillas. Sus ojos lo recorrieron, estaba desnudo y a través del agua transparente vio su miembro firme, duro, a la orden como antes. —¿Alicia? —preguntó, sorprendido, al tiempo que en su cara se dibujaba una amplia sonrisa—. Vaya, que bueno volver a verte. Te ves muy bien —dijo, y su mirada se detuvo en la blusa entreabierta por la cual asomaban sus pezones endurecidos por el agua. Se observaron, sin disimulo, dudando sobre cuál sería la mejor forma de proceder. —Tú también te ves bien —se obligó a responder ella para no quedar como una tonta —. ¿Qué es de tu vida? —preguntó por cortesía, en realidad no le importaba eso. Se pasó la lengua por los labios al tiempo que una punzada de dolor le palpitó entre las piernas. —Nada importante. Gerente de un pequeño banco en la ciudad donde vivo — respondió, sin apartar los ojos de sus pezones — ¿Y tú? ¿Casada? —preguntó a su vez.

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No había manera de esconder el cambio de tamaño que estaba sufriendo su pene. Alicia sonrió ante lo que veía, las pulsaciones en su entrepierna se hacían más intensas y dolorosas. Se mordió el labio inferior, con los ojos fijos en él. —Soy Antropóloga. Sigo soltera, nada importante. ¿Y tú? —. Formuló la pregunta con cierto temor, no le caería muy bien saber que ya tenía una relación. Mientras tanto, Mauricio se fue acercando hasta quedar frente a ella, muy cerca, lo suficiente como para rozarla con su miembro y hacerla gemir. —Nunca pude olvidar los momentos que estuve contigo —susurró, tomándola por la cintura y acercándola a él hasta acomodar el pene inflamado entre sus muslos. Alicia jadeó y cerró los ojos cuando sus senos se pegaron a ése pecho musculoso y sus manos le acariciaron el trasero, al tiempo que su sexo flotaba entre sus piernas, cada vez más hinchado y caliente. —¿Cómo, cómo llegaste hasta el lago? —apenas logró decir Alicia—. Siempre pensé que éste lugar era exclusivamente mío —. De repente se sintió como una niña peleando por algo que le habían sacado. —Lo siento, quizá debí pedirte permiso —se burló, Mauricio, rozándole el cuello con los labios—. Venía de camino a la reunión cuando vi este lago tan lindo y dejé el auto cerca de aquí. Fue la mejor idea que tuve en mucho tiempo —dijo, tomándola por el cabello, y tirando su cabeza hacía atrás para besarla con furia. Sentir su lengua embistiendo a la suya la excitó más. Él la soltó y le sonrió con malicia, luego comenzó a bajar con lentitud sin dejar de mirarla. Alicia se dio cuenta de sus intenciones así que separó las piernas; pegó un gritito cuando notó su boca hundiéndose en su sexo y luego la lengua delineando los labios doloridos por el deseo, jugueteando con el clítoris hasta casi hacerlo reventar. Enredó los dedos en su pelo y acompañó con sus caderas los movimientos de su boca, que se hacían insistentes, rápidos y más profundos. Dios, ¿cómo hará para retener tanto aire bajo el agua?, atinó a preguntarse, olvidándolo al instante ante el calor abrasador que creció en su vientre y la llevó a lanzar un grito ante el orgasmo que experimentó. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad cuando notó que la alzaba y la penetraba. Alicia gritó, con la cabeza hacía atrás, concentrada en ese miembro que había deseado por tantos años y que ahora tenía dentro de ella. Mauricio le mordió el labio inferior hundiéndose más dentro, entraba y salía y ella ayudaba entre jadeos. —Como extrañaba esto —susurró, mirándolo a los ojos, tironeando de sus cabellos, apretando con más fuerza sus piernas en torno a la cintura masculina. Salieron del agua sin despegarse y cayeron junto a las ropas. En esa posición ella se sacó las ganas de morderle las tetillas y acariciar el pecho musculoso. Por su parte, él acarició con delicadeza su cintura hacía arriba hasta abarcar sus senos turgentes, endurecidos por el deseo. De pronto se detuvieron y se miraron expectantes. —Me gustan los cambios que ha sufrido tu cuerpo. Si cuando éramos jóvenes me enloquecían tus modestas curvas no tengo palabras para expresar lo que me provocan las que tienes ahora —le confesó, observándola con intensidad, sin dejar de acariciar su cintura.

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—También tus caricias cambiaron. Sabes dónde y cómo acariciar para hacerme perder el control. También lo hacías antes, aunque ambos éramos inexpertos y algo bruscos —guardaron silencio sin dejar de mirarse. Mauricio le pellizcó los pezones, ella gimió y lo acercó a su boca. Se besaron con urgencia, enredando sus lenguas y mordiéndose los labios al tiempo que reiniciaban el movimiento de sus cuerpos que pronto se humedecieron por el sudor. En esa posición ella lo sentía bien dentro y por su jadeos, que iban aumentando de volumen, y las contracciones de sus paredes vaginales Mauricio supo que estaba por llevarla a un segundo orgasmo. —No, no aún. Quiero que acabemos como lo hicimos la primera vez —dijo, entre jadeos, y la levantó por la cintura, saliendo de ella, para girarla con rapidez y dejar su trasero frente a él. Ella protestó por la interrupción pero verse en esa posición la excitó tanto como sentir la punta del glande rozando la entrada de su vagina. Lanzó un grito de placer cuando la penetró con fuerza, golpeando los testículos contra su trasero. Bastaron un par de movimientos profundos y rápidos para que ambos alcanzaran un orgasmo intenso. Quedaron desmadejados sobre la hierba, Mauricio le besó la espalda con delicadeza y la abrazó. —Quise morir cuando desapareciste —susurró, Alicia, con los ojos cerrados, conteniendo las lágrimas que él no podía ver—. ¿Por qué te fuiste así? —Lo siento mucho, Ali —respondió él, con pesar—. Éramos muy jóvenes y tuve que viajar con mi madre para vivir con mi abuela, luego de que mi padre murió. Fue todo muy repentino, mi madre estaba enceguecida por el dolor y un día hizo las maletas y al otro ya vivíamos en otro lugar —contó, con suavidad y pesar, sin dejar de acariciarla—. Mamá no me permitió despedirme de nadie, ni siquiera hacer una llamada de teléfono. Luego vino su enfermedad y nos avocamos a cuidarla y así el tiempo pasó; pasó con tanta rapidez que imaginé que me habías olvidado—. Lanzó un suspiro y calló por unos instantes. Sólo se oía el rumor del agua y del viento primaveral que se había levantado—. Si te hace sentir mejor, nunca me olvidé de ti. Fuiste mi primer amor, mi primera mujer, una persona inolvidable. Ni te imaginas la ilusión que tenía de encontrarte aquí —. Ambos callaron, abrazándose con más fuerza. Allí sobre la hierba permanecieron muy pegados, sin notar que caía la noche y la reunión que tanto tiempo le llevo a Jazmín organizar llegaba a su apogeo, pero sin ellos—. Y, aunque no me has preguntado, te diré que soy libre, nadie me espera en casa—le susurró al oído, abrazándola con fuerza. Al menos la reunión de ex compañeros logró su objetivo, Jazmín estaba radiante de ver que dos de sus invitados no acudirían esa noche porque tenían cosas muy importantes que hablar y demasiado tiempo que recuperar.

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Se despertó sobresaltada, de nuevo el mismo sueño recurrente. Cada vez eran más nítidos, más fuertes. El sudor perlaba su frente, el deseo insatisfecho le recorría el cuerpo. ¿Quién era él? Al principio todo era demasiado borroso y confuso, pero poco a poco, iba siendo capaz de apreciar más detalles. El sueño siempre comenzaba de la misma forma. Veía a una mujer vestida de blanco, con un libro en la mano, al fondo unas esculturas esbeltas y alargadas como la misma mujer. De pronto desaparecía y sentía una presencia en su espalda que la observaba y, sin poderlo evitar, comenzaba a temblar. Después de aquello el sueño podía continuar de formas muy distintas, pero cada noche que pasaba, iba subiendo la intensidad de sus caricias, el anhelo era más grande. Cada día la desesperación de ambos era mayor y cuando lograba despertarse el deseo insatisfecho la consumía. Por mucho que se tocaran, por mucho que se besaran, nunca podían llegar al clímax, simplemente era una tortura. Día a día se iba convirtiendo más pasional y a la vez más tormentoso. Cuando parecía que ambos iban a llegar al ansiado momento, se despertaba sobresaltada, siempre ocurría de la misma forma. Escuchaba un gran estruendo, parecido a una bandeja chocar contra el suelo y el inconfundible sonido de unos vasos rompiéndose en pedazos. De repente todo se volvía rojo y se despertaba angustiada, insatisfecha y anhelante. Hoy había sido el más intenso de todos, él aparecía por detrás, le acariciaba el cabello de la nuca, retirándoselo hacia un lado. Con la otra mano, sentía la yema de los dedos, subiendo por su brazo desnudo, sin poderlo evitar, su carne se encogía en pequeños puntos, receptivos. Sintió su cálido aliento fundirse en su cuello, sus labios chocaron con su piel, deslizándose lentamente hacia el hombro. Le agarró el fino tirante que le estorbaba y lo bajó poco a poco por su brazo. Lentamente, se dio la vuelta, se encontró con los ojos clavados en ella, esos ojos de un verde oscuro y profundo. Tenía el pelo completamente rapado y en su ceja, sobresalía un aro de metal que le hacía más misterioso e interesante. Cuando iba a lanzarse hacia su boca, desapareció, quedándose sola de nuevo. De pronto escuchó risas a su alrededor, la habitación comenzó a dar vueltas, estaba llena de gente que se quedaban mirándola pero no se reían, solo la observaban. Una angustia crecía en su interior, quería que la habitación dejara de dar vueltas para poder irse de allí. En ese momento se puso a correr, corrió y corrió sin detenerse, aunque por más que lo hacía, sentía que no avanzaba. Exhausta se paró y se apoyó en la pared. Juego de Invierno Página 8

Cerró los ojos, intentó coger aire y en ese momento, una cálida mano la agarró, entrelazándose con la suya. Abrió los ojos y ahí estaba de nuevo, él tiró de ella, invitando a seguirle. Obedeció y se aferró a su brazo, no quería que volviera desaparecer. Un segundo después, estaban en otra habitación, con un gran ventanal y una cama al fondo. Ahora, frente a frente, él metió la mano entre su pelo y la acercó hacía él. No quería despertar, sabía que era un sueño, pero necesitaba su presencia, su compañía, todo lo que él le ofrecía. Sus labios se unieron y el deseo se disparó, un gemido salió de la boca masculina. La agarró de la cintura y la subió en la mesa que estaba detrás de ella. —¿Quién eres…? —preguntó Laila en un susurro. Él tapó su boca con un dedo, ordenándola callar de forma sutil. Le arrebató otro beso, mucho más intenso y posesivo. Ella comenzó a desabrochar los botones de su camisa, quería tocarle, sentir su cálida piel, la deslizó por sus hombros y se apartó de él. Pudo ver su fuerte y ancho tórax, los brazos eran fuertes y gruesos, deslizó las manos por su piel, abrasaba, tanto como ella. Él apoyó la mano derecha en su muslo y fue subiendo poco a poco, quemándola, llegó hasta su caldeado centro, apartó el fino tanga hacia un lado y penetró los dedos en su ardiente humedad. Jadeo excitada y echó la cabeza hacia atrás. Él, cada vez más fogoso, arremetió contra su cuello, la agarró más fuerte y succionó su piel, un escalofrió la atravesó, iba a llegar al clímax… La respiración de ambos se iba alterando, el deseo era tal que apenas podía controlarse, quería fundirse con él, besarle, tocarle hasta averiguar cada resquicio de su cuerpo. Comenzó a desabrocharle los pantalones, pero en un instante, supo que su sueño iba a terminar, de nuevo escuchó la bandeja contra el suelo y el sonido de los cristales rompiéndose en mil pedazos, después el rojo… Se incorporó en la cama y se frotó la cara, pasando las manos por el pelo. Cada día se desesperaba más. Fue al baño y se miró en el espejo. El reflejo mostraba una mujer con el cabello rubio y alborotado, su cara estaba sonrosada y el azul de sus ojos era aún más intenso. Cuando fue a lavarse la cara, se vio algo en el cuello. Era como una mancha, se acercó más. Parecía… —¡Dios mío un chupetón! —dijo en voz alta. Lo tocó. ¿Cómo era posible?, no había estado con nadie desde hacía un tiempo, no parecía una mancha, era el típico ronchón que se quedaba una vez que alguien succionaba la piel. El único beso que le habían dado recientemente era en… —El sueño… —susurró —No, esto no es posible, me estoy volviendo loca. Salió del baño y decidió irse a la cama, mañana era un día muy largo en el trabajo y tenía que intentar dormir. Intentó pensar de manera racional, a lo mejor se había arañado o dado algún golpe sin darse cuenta.

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Lentamente apoyó la cabeza en la almohada y después de dar mil vueltas en la cama, poco a poco, todo se fue volviendo borroso y la venció el sueño. Apenas pudo concentrarse en el trabajo, no podía parar de pensar en la marca del cuello. Los sueños que tenía eran demasiado reales, estaba casi segura que el chico de sus sueños, existía y daría lo que fuera por conocerle. Buscó información sobre viajes astrales, o cualquier cosa que pudiera explicar lo que estaba ocurriendo. Ella, que siempre había sido tan racional, buscaba explicación en cosas ilógicas. Leyó como gente que estaba muy unida, podían tener esta clase de sueños, buscándose el uno al otro, pero no le recordaba y, mucho menos, estaba unida a él, al menos en la vida real ya que de forma onírica sentía otra cosa completamente distinta. Finalmente llegó a casa y se cambió de ropa. Había quedado con Cinthia, para ir a una exposición de cuadros, a la que intentaban ir todos los años. Se puso un vestido negro de tirantes, ajustado hasta la cintura y más suelto por debajo, hacía calor y así estaría más fresca. Se recogió el pelo y se puso las sandalias de tacón. Llevaba media hora esperando a su amiga, cuando la llamó y le confirmó que le había surgido algo en el trabajo de última hora y no podría quedar. Laila pensó que ya que estaba allí entraría y luego se iría a casa. No había mucha gente, comenzó a ver los distintos cuadros que estaban colgados, la mayoría eran fotos en blanco y negro. Cogió un refresco que le ofrecía un camarero y de repente se quedó paralizada. Allí, frente a ella, en un cuadro en blanco y negro, estaba la mujer de blanco de su sueño, con el libro en la mano y las esculturas detrás. En ese momento lo recordó, lo había visto en la exposición del año anterior. Por eso siempre le había parecido tan familiar. Como en su sueño, creyó percibir una presencia detrás de su espalda, se giró rápidamente pero no había nadie. Miró a su alrededor, pero no reconoció a ninguna persona que estaba allí. No sabía el motivo, pero su corazón palpitaba cada vez más fuerte. —Dios, no puedo creer que estés aquí —susurró una voz masculina detrás de su espalda. Se dio la vuelta y allí estaba él, desnudándola con la mirada, tan intenso y sexy como en sus sueños. Con su pendiente en la ceja, extremadamente erótico. Sin poderlo evitar se le cayó el vaso al suelo. Él sonrió. —Parece que eres una experta en romper vasos. Entonces recordó todo, doce meses atrás, en esa misma exposición, se dio la vuelta bruscamente y el camarero que justo pasaba por su lado, chocó con ella y la bandeja con las bebidas cayó al suelo en un gran estruendo. Recordó como todo el mundo se quedó mirándola y al observar a su alrededor, percibió unos intensos ojos verdes, clavados en ella, él llevaba puesto una camiseta roja. Rápidamente ayudó al camarero a recoger los vasos y en cuanto pudo huyó y se fue al baño para que la gente dejara de mirarla. Su consciente se había olvidado de él, pero no su subconsciente.

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Ahora estaban frente a frente. Él se acercó más hacia ella y lentamente acercó la masculina mano hacia su cara, la acarició suavemente la mejilla, de forma tan tierna que a Laila la descolocó y fue invadida por millones de sensaciones. —Laila… —¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó algo alarmada. —Es lo único que pude averiguar de ti, desde entonces te he estado buscando, pero no fui capaz de dar contigo. Solo pude encontrarte en mis sueños… La miraba como si fuera un espejismo y tuviera que tocarla para comprobar que era real. —¿Quién eres? —dijo ella apenas sin voz. —Alex, mi nombre es Alex. De pronto ella se asustó, estaba delante del hombre con el que soñaba, al que deseaba cada noche, era real. Su simple caricia la puso demasiado nerviosa. —Lo siento —dijo Laila Y se fue corriendo, recordó los baños donde se había refugiado la vez anterior. Estaban alejados, al fondo de la galería, nadie iba allí, necesitaba respirar, aclararse, no sabía que estaba ocurriendo. Llegó y abrió rápidamente la puerta, se apoyó en ella, intentando coger aire. Al fondo vio un gran ventanal, como el de su sueño, parecía que todo se había quedado grabado en una parte profunda de su mente. A la izquierda había tres lavabos, rodeados de mármol marrón. Se aproximó a uno de ellos y abrió el grifo, acercó los labios al agua y comenzó a beber. Escuchó la puerta y se incorporó. Allí estaba de nuevo. La había seguido. —Sigue bebiendo —le dijo con un tono sensual y erótico. Ella obedeció y volvió a acercar sus labios al agua. Vio como él se acercaba y aproximaba sus manos, en forma de cuenco, ofreciéndose a que bebiera de ellas. Se dejó llevar y tragó el fresco líquido transparente, hasta que sacó la lengua y lamió sus dedos suavemente, escuchó un gruñido. Le había excitado con ese sensual toque. Se incorporó y clavó sus ojos en los de él. Se secó la boca con la mano. No podía evitar sentir esa fuerte atracción, estaban tan cerca, solos y por fin, era real. —¿Sientes lo mismo que yo? —le dijo a la vez que la arrinconaba contra la pared. —¿Qué sientes? —Un deseo primario, irracional por tu cuerpo, por tocarte, besarte, acariciarte y descubrir cada parte de ti. Desde que te vi, no he podido sacarte de mi cabeza. Te veía en mis sueños cada noche y ahora estás aquí, a mi lado. No puedo dejarte escarpar, siento que formas parte de mí en muchos sentidos, siento que eres mía…

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No hizo falta que ella contestara, la soltó la pinza que tenía en el pelo y ambos se abalanzaron el uno hacia el otro, la estaba desnudando. Laila sentía las manos mojadas de él, como recorrían su cuello, bajando hacia su pecho. Apretó su pezón, humedeciéndolo con su mano. Él se apartó y se sacó la camiseta por la cabeza. A Laila, casi se le paraliza el corazón, su cuerpo era perfecto, no podía esperar para tocarle, esta vez de verdad. Sentir realmente su piel, su tacto. La cogió de la nuca, como en su sueño y la aprisionó contra su cuerpo. Se acercó a su boca y la devoró, salvaje y profundamente. Se besaban como si de pronto se fueran a volver a despertar, querían consumirse hasta saciarse, por todo aquel tiempo de anhelo no concebido. —Joder, estoy tan duro que voy a reventar. Ambos siguieron desnudándose, jadeando, sin dejar de tocarse, besarse. La fue llevando hasta la ventana. La abrazó, quería sentir su calor, el ardor de su cuerpo, olió su pelo y volvió a saborear su boca. —Dios mío, tantas noches soñando contigo. Ahora puedo olerte, saborearte, acariciarte —le dijo él excitado. —Por favor, que esto no sea un sueño. —No nena, no lo es. La levantó y la sentó en el saliente de la ventana. —Hazlo ya —le dijo ella ansiosa. Él obedeció, cogió su grueso pene y de una estocada la embistió, ambos gimieron, ambos se movían como si se fueran a despertar, ansiosos, excitados. Laila le arañaba la espalda, mientras él la besaba salvajemente a la vez que la penetraba una y otra vez, cada vez más profundo, cada vez más intenso. Ella llegó primero, el clímax rugió desde lo más profundo de su ser, haciéndola gritar, le siguió él. Liberaron todo el deseo insatisfecho que les había acompañado durante todo ese tiempo, explotaron por todas las sensaciones reprimidas que cada día los había consumido. Se abrazaban exhaustos, jadeando, pero de pronto, el sonido de un vaso rompiéndose contra el suelo hizo despertar sus temores, asustada le abrazó, no quería que desapareciera de su vida. Esta vez había sido tan real, no podía creer que fuera un sueño. Ambos miraron al suelo y Alex sonrió. —Tranquila. Era la copa que había dejado en el mármol cuando entré en el baño — clavó sus ojos en los de ella. —Soy real y te lo voy a demostrar hora tras hora, día tras día. Ella le acarició el rostro y le abrazó. Cerró los ojos y lentamente le besó, el beso de una promesa, de un comienzo, de un sueño hecho realidad. Juego de Invierno Página 12

Tom se sentía estúpido. Utilizado y estúpido. No lograba conciliar el sueño y se removió durante horas hasta que las sábanas se le pegaron a la piel cubierta de sudor, impregnada de una excitación que no lograba apagar nunca. Se levantó tembloroso, con la boca seca y el corazón a mil por hora, los dedos hormigueándole de impaciencia por volver a tocar la piel femenina. Era el recuerdo de Leonette, que lo asaltaba durante la madrugaba, torturándolo implacable. No podía evitarlo, la sensación de su cuerpo perduraba en las manos y en la boca; cuando recordaba lo que habían hecho juntos temblaba de rabia, de impotencia. Un anhelo tan fuerte se apoderaba de él que sentía la necesidad de arrancárselo de la carne a zarpazos. La culpa de su estado era suya y solo suya. Por más que intentase culpar a Leonette, la culpa la tenía él por haberse rendido a sus instintos. No podía negar la atracción que sentía por la joven, la atracción que sintió el primer día que la vio parecía estar escrita en sus genes, como si un poder ancestral lo obligase a permanecer siempre en contacto con su cuerpo; todos estos meses había ahogado esa primaria necesidad en alcohol y entre los muslos de otras mujeres. Su deseo por ella era tan fuerte que le retorcía las entrañas y le provocaba aquella angustia durante las horas más oscuras. ¡Ni siquiera podía aliviarse él mismo!, -y no por falta intentos- y la desesperación había dado paso a la vergüenza, a la rabia. Ella no era para él. Nunca sería para él. Se levantó del camastro, tan desvelado y tembloroso que durante un momento consideró la posibilidad de golpearse la cabeza contra la pared. Con un poco de suerte caería inconsciente y conciliaría por fin el tan ansiado descanso. Su sentido común desechó aquella idea, porque estaba seguro de que cuando se durmiera, soñaría con ella y eso sería todavía peor. Tras ponerse unos pantalones, abandonó el cuartucho dónde dormía. Tenía una cabaña para él solo al lado de los establos, dónde trabajaba. Tom era un simple mozo de cuadras de manos encallecidas y gesto adusto, un hombre de pocas palabras al que no le gustaba malgastar saliva en conversaciones banales. Pero tenía un respetable sentido del honor que le había ganado la confianza del señor de aquellas tierras y se encargaba del mantenimiento y crianza de los caballos; cuando Lenoette cumplió la edad necesaria, fue él quien le enseño a montar, porque durante generaciones, la familia se había entrenado para la monta de competición y ella iba a ser la estrella. El primer día que la preciosa Leonette entró en los establos para elegir una montura con la que comenzar su adiestramiento tan solo tenía seis años y un agujero en su sonrisa dónde antes tenía un diente. Necesitaba quitarse aquella sensación de encima, aquel sabor de los labios, aquel recuerdo de la mente, aquel aroma que todavía hoy recordaba desde hacía una semana. El cuerpo desnudo de la mujer, el sabor salado de su piel, los temblores de su sexo… todo había sido tan perfecto que parecía una fantasía. ¡Qué preciosa era! ¡Qué excitante! ¡Qué dulce! Se alejó de los establos dónde todas las bestias dormían, buscando un lugar dónde apagar el fuego que lo devoraba por dentro. Se le ocurrió Juego de Invierno Página 13

que en el cementerio que había cerca de la mansión, dónde estaban enterradas todas las generaciones de ricos terratenientes especializados en caballos, lograría sentirse lo bastante incómodo como para dejar de pensar en el cuerpo de Leonette y reflexionaría acerca del significado de la vida. Se equivocaba. Leonette estaba allí, al pie del enorme panteón que presidía el cementerio, vestida con un traje blanco y un libro en las manos. Desapareció en el interior del mausoleo, dejando tras de sí una etérea estela fantasmagórica y Tom sufrió una recaída instantánea, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. La siguió como un autómata, con la mente completamente obnubilada por el deseo. La encontró bajo el altar de la fría capilla, con el traje desparramado a sus pies como espuma de mar. Se fijó en que era su traje de boda, el que llevaba semanas confeccionando y el que llevaría cuando se casara con el niño rico con el que estaba comprometida. Tom se perdió en la visión de aquel rostro hermoso, recordando lo pálido y suave que era su cuerpo desnudo como el de una yegua joven; no le dio importancia a nada, ni al lugar, ni a la extraña situación ni al hecho de que hubiera pasado una semana entera sin verla y ahora se moría de ganas por tocarla. —Vengo aquí todas las noches —dijo ella con una sonrisa tímida—, con la esperanza de que me veas entrar y decidas venir a por mí. —No vuelvas a pedirme que haga lo que hice —masculló él tratando de refrenar el deseo que sentía—. La respuesta será no. Esa debió ser mi respuesta aquel día. Perdí el control y tú lo pagaste. Ella se sonrojó, aunque apenas podía apreciarse debido a la oscuridad de la estancia, cuya fuente de luz eran unas velas cerca del altar. Respiró hondo y liberó un suspiro tan dulce que sintió que le hervía la sangre en las venas. «¡Contrólate! Eres el único responsable de todo, la culpa es tuya». —Hoy quiero hacer algo por ti, como tú hiciste aquello por mí —susurró Leonette con suavidad. Le temblaron las pierna al recordar lo que, supuestamente, había hecho por ella. Se le secó la boca y le temblaron las manos, aun cuando él siempre había tenido el pulso bien firme cuando estaba con una mujer. Pero ella era otro tipo de mujer a la que él estaba acostumbrado, no era una de las putas del burdel que frecuentaba ni una chica corriente de pueblo; lady Leonette era una joven de alta cuna, una pura raza como le gustaba pensar; y gente de su condición no podía ni siquiera soñar con tocar a alguien como ella. Como cada miércoles, habían salido a montar. A Leonette le gustaba salir de excursión por la mañana, cabalgar hasta el pequeño claro que había junto al lago en los bosques colindantes a la mansión. Tom debía acompañarla en sus paseos, vigilar que no tuviera ningún percance con los caballos, cuidar de las monturas mientras ella hacía lo que le viniera en gana. Ella solía llevar una mantita a cuadros sobre la que se sentaba Juego de Invierno Página 14

a leer y a tomar el té, mientras Tom pasaba las horas muertas deambulando por el bosque hasta que a ella le apeteciese regresar. Casi nunca hablaban de nada. Él no era de conversación fácil y tampoco se veía capaz de entablar un diálogo con la hija de su señor. Era una chica altiva y parca en palabras, traía de cabeza a todos y cada uno de sus criados porque nunca hablaba, se limitaba a lanzar miradas insolentes cuando algo no le gustaba. No daba muestras de empatía de ninguna clase ni siquiera cuando estaba con él, tan solo se sentaba allí, miraba la superficie del lago mientras sorbía el té de una taza y luego pasaba las horas leyendo hasta que se cansaba, aunque era más frecuente que Tom le insistiera a la hora de volver porque estaba oscureciendo y hacía frío. Ella siempre contestaba “Sólo un poco más, unas pocas páginas más” y entonces debía esperar antes de regresar a casa. Uno de aquellos días, el sol se abrió pasó entre las ramas de los árboles y un rayo iluminó el pelo de Leonette, transformándolo en oro. Tom descubrió que su rostro ya no era el de una niña, sino el de una mujer y el de una mujer muy hermosa; su piel era suave como la porcelana, clara y llena de pecas, la nariz pequeña y respingona, el rostro ovalado y la barbilla redonda, los labios gruesos y rosados. Todos estos detalles no fueron fruto de un solo vistazo. Aquel día, simplemente, le dio por fijarse más detenidamente en ella y, dos meses más tarde, se vio contando los días que faltaban para verla de nuevo bajo la luz del sol en aquel claro. Al principio se limitaba a estar con los caballos, a hacer su trabajo; al final, se sentaba en una roca lo más lejos posible y pasaba las horas contemplándola, fascinado con su silenciosa presencia. La veía leer, la veía sorber su té, la veía sonreír cuando algo de lo que leía le resultaba gracioso o la veía disimular una lágrima cuando se emocionaba con algún pasaje de su libro. Y, en ocasiones, sus miradas se cruzaban y ella se sonrojaba y Tom respondía a ese sonrojo como responde un hombre ante una cara bonita. Pero él no sonreía, nunca sonreía, ni siquiera cuando ella le dedicaba una preciosa y hermosa sonrisa llena de dientes dónde ya no tenía ese hueco en su incisivo como cuando era niña. Solo la miraba, la miraba intensamente, porque era lo único que Tom podía hacer. Hasta aquel día. Había comenzado como cualquier otro miércoles, con la certeza de quedarse mirando a Leonette mientras ella leía, fantaseando con ella. No tenía fantasías carnales, le daba cierta vergüenza pensar en ella de esa forma, la veía demasiado perfecta como para mezclar conceptos, ponerla a la altura de alguien como él, que pagaba por obtener unas pocas caricias dada su vaga disposición a buscarse una mujer con la que comprometerse. Pero a veces no podía evitarlo y, cuando dormía, soñaba con ella, con su cuerpo joven y suave. Todo iba según lo previsto, Leonette con su traje de monta y su expresión de eterna melancolía entrando al establo, Tom cogiéndola por la cintura para ayudarla a subir a la yegua, después rodeando su delgado tobillo con una mano para meter su pie en el estribo…. Estos eran los únicos momentos en los que podía tocarla, y aquel día se excedió en sus funciones. Tenerla tan cerca que podía respirar el aroma del jabón que usaba en el baño podía hacer que cualquiera perdiera la razón y Tom perdió el juicio por completo. Juego de Invierno Página 15

Le acarició el tobillo con el pulgar, por encima de la gruesa bota de montar. Ella se estremeció y le miró desde arriba, con ese sonrojo que lo volvía loco, las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos y una expresión mezcla de asombro, cautela… e interés. Tom dejó de mirarla de inmediato y fingió no sentirse impulsado a desmontarla para besar aquellos labios carnosos y tocarle las mejillas sonrojadas y rodeó a la yegua para meter el otro pie de Leonette en el estribo. Esta vez no la acarició, ni siquiera volvió a mirarla y emprendieron la marcha hacia el claro. Cuando llegaron, el día estaba fresco y despejado. Tom estuvo incómodo la mayor parte del trayecto, porque no podía dejar de pensar en el destello que había visto en los ojos de Leonette y la cabeza le daba vueltas. Mientras él se encargaba de que los caballos estuviesen cómodos pastando por los alrededores, Leonette sacaba su manta de cuadros y la extendía sobre la hierba. Buscó la roca en la que siempre se sentaba y lanzó disimuladas miradas a la muchacha, esperando a que se quedase mirando el lago. Estuvo a punto de sufrir un paro cardíaco cuando comprendió lo que sus ojos estaban viendo. Mientras él quitaba los arneses y acomodaba a los caballos, Leonette se había desabrochado uno por uno los botones de su vestido y la pesada prenda se había deslizado por su delgado cuerpo hasta quedar desparramada sobre la manta de cuadros. Tom la contempló en silencio, manteniendo la compostura en todo momento porque desde dónde él estaba, de momento solo podía verla de espaldas; sintió que si se daba la vuelta y la veía desnuda, su cerebro explotaría dentro de su cabeza. —Tom. Ven, por favor —pidió ella quedamente, rodeándose la estrecha cintura con sus esbeltos brazos. Deseó ser viento para rozar aquella piel caliente, pero no se movió de dónde estaba, porque si lo hacía corría el riesgo de acariciarla y no parar nunca. —Hace demasiado frío. Vístete —respondió cortante. No tendría que haberse dejado arrastrar por un capricho, no tendría que haber dejado que su mano le tocase el tobillo, tendría que haberse controlado. «Lo sabe», pensó Tom. «Sabe que llevas meses comiéndotela con los ojos». —Ven aquí, Tom —insistió ella todavía de espaldas, pero con un tono que exigía obediencia. Se aproximó, incapaz de negarle nada, y se agachó con presteza para recoger el vestido y ponérselo sobre los hombros, le resultaba incómodo que ella se hubiera desnudado sin previo aviso y temía que en cualquier momento se diese la vuelta y se mostrase tan desnuda como cuando vino al mundo. No quería morir con la cabeza licuada a causa del impacto. Pero justo cuando la tela rozaba sus hombros, ella se dio la vuelta y le miró a los ojos y él se quedó como un imbécil con el traje en las manos haciendo un gran esfuerzo por no mirarla más abajo del cuello. Siempre había deseado a Leonette. Hasta ahora lo sobrellevaba con resignación porque jamás había albergado la esperanza de tener algún tipo de contacto con la joven más allá del entrenamiento con los caballos. Ella siempre había estado fuera de su Juego de Invierno Página 16

alcance, eso lo sabía bien y nunca había hecho nada para llamar su atención. Pero aquella mañana le había acariciado el tobillo, ¿habría sido ese gesto el desencadenante de esta situación? —Vístete. Hace frío. —Mírame, Tom. —No. Estás desnuda. No quiero mirarte. Quiero que te vistas. Se sintió orgulloso de ser capaz de mostrarse tan firme, aunque la sombra de decepción que veló los ojos de Leonette le sentó como una patada en el estómago. —Quiero que hagas algo por mí —continuó ella, fingiendo no haberle escuchado, apretando los labios en un mohín de lo más entrañable que él no pudo dejar de mirar. ¿Cómo sería sentir esos labios en...? —. Quiero que hagas algo para mí. —No —fue como un ladrido, la situación se le estaba yendo de las manos. —Quiero que me beses y me toques como haces con esas putas con las que vas. Compuso su mejor cara de póquer ante aquella insinuación. Aunque su rostro pétreo no mostró ninguna emoción, su cerebro tardó demasiado tiempo en comprender y elaborar una respuesta que estuviese a la altura de su comentario. No pudo lograrlo. —¿Cómo puedes saber eso? —preguntó. Era la pregunta más estúpida que podía hacerle, se sintió avergonzado de que ella supiese algo así. Avergonzado, decepcionado y furioso, porque, en cierto modo, no tenía que justificarse ante ella y sentía la necesidad de explicarle que pagaba por sexo sucio y depravado porque no podía tenerlo con ella. —Lo sé. Y sé que cuando estás con esas, piensas en mí. Lo veo en tu forma de mirarme y en la forma en la que no me miras. Mírame ahora, Tom. Extendió los brazos hacia él. La imaginó desnuda, bañada por el sol, la piel suave y tibia… se imaginó sus pechos, su vientre y la curva de sus muslos; pero se negó a mirarla más allá de sus ojos. Con la poca dignidad que conservaba, se dio la vuelta. La deseaba, pero no era esa clase de hombres que se aprovechaba de una locura juvenil transitoria y era evidente que Leonette lo estaba sufriendo ahora. —Vístete. Nos vamos. Se obligó a sonar grosero para que su rechazo le doliera, aunque a él le doliese mucho más. —¡No! —su grito sonó estrangulado y al momento siguiente, tenía los brazos de Leontte alrededor de la cintura y sus pechos apretados a la espalda. ¡Qué blanditos eran! ¡Y qué cálidos!, daría lo que fuese por poder tocarlos. Ella le detuvo, aferrándose a su torso con una firmeza sorprendente en un cuerpo tan delgado y frágil en

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apariencia—. Bésame, Tom. Acaríciame. Sólo eso. Sólo tus manos y tu boca. Nada más. Eso no pecado. Tuvo ganas de reír. ¿Qué sabía alguien tan puro como Leonette lo que era pecado? La mente de Tom era pecaminosa, la mente sucia de Tom que no dejaba de fantasear con ella mientras follaba a putas con tanta dureza que a veces las dejaba sin poder sentarse una semana y se le desgarraba el alma con cada noche que pasaba sin ella. ¿Y ella quería que le hiciera lo mismo? ¿Sólo con las manos? ¿Sólo con la boca? No tenía ni idea de lo que decía. —Hazlo por mí. Compláceme. Tócame. Bésame. Solo ella podía usar palabras tan elegantes como aquellas y que no sonaran sucias. Tom vaciló solo un segundo y ella lo percibió, aprovechando rápidamente la situación para sacar toda la ventaja posible. Era una chica lista. —Eres mi hombre, Tom. Debes ser mi hombre. Se volvió para mirarla, dispuesto a que comprendiese que no podía hacer lo que le pedía. Esta era una de las pocas veces en las que Tom encadenaba más de dos palabras seguidas y cuando lo hacía, captaba toda la atención de quién le escuchaba. —Yo no soy tu hombre. Yo no doy tiernos besos en la boca, yo muerdo y tomo lo que quiero, exijo lo qué quiero, cuánto quiero y cómo lo quiero. No puedo acariciar porque tengo las manos endurecidas, y cuando toco a alguien, siempre dejo marcas, siempre hay dolor… Pero en lugar de amedrentarse, las pupilas de Leonette se dilataron, la respiración le salió entrecortada por sus labios entreabiertos y las mejillas se le pusieron más rojas. La curva de su cuello dejaba al descubierto la tensión de los músculos, así como el movimiento de su garganta al tragar saliva. De nuevo estuvo a punto de perder el control, de tumbarla sobre la hierba y retozar con ella hasta que se hiciese de noche, hasta dejarla tan dolorida que sintiese irritación cuando se sentara en una silla o fuera incapaz de montar sobre un caballo. Había tratado de exagerar un poco las cosas que decía, pero había sido comedido en la elección de sus palabras por temor a que sufriera un desmayo si hablaba sin tapujos de lo que verdaderamente hacía cuando estaba con una mujer. Lo peor es que era tan cobarde que no se atrevía a emplear los términos correctos para no ofenderla y por eso su discurso no tenía el poder de convicción suficiente. Hablar no era lo que mejor se le daba, así que pasó a la acción, deseando que una demostración de dominio pudiera hacer que se replantease las cosas y se vistiera antes de que fuese él quién perdiese el control. Con una enorme manaza rodeó la delgada nunca de Leonette y atrapó en un puño sus largos cabellos dorados tirando hacia abajo, pero sin violencia, tan solo un poco de fuerza para obligarla a levantar la cabeza. Con la otra mano la agarró de la cintura y apretó los dedos en torno a su cadera, deseando que no tuviera la piel demasiado sensible como para dejarle marcas. —No soy tu hombre. No soy delicado. Tú eres frágil.

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Ella volvió a tragar saliva, pero no gritó ni le pidió que la soltara ni trató de zafarse. Simplemente, se excitó aún más. Tom notó brotar aquella excitación de su piel desnuda, emanando de ella como si fuese una fuente de calor, hasta que de su boca salió un gemido y supo que se había equivocado en todo, tanto en su patético intento de parecer un hombre rudo y salvaje como en su forma nada caballerosa de llevar el asunto por la fuerza. Era débil. Era un ignorante, un perdedor al que nadie tomaba en serio. Por eso personas como ella estaban por encima de mierdas como él. —Tócame, Tom —suspiró ella una vez más, palpitando de impaciencia. Decidió hacer un último intento y desplazó la mano de su cadera por la curva de su perfecta nalga, apreciando el cálido rubor de su piel. Leonette se estremeció de gozo por aquella caricia tan simple y se curvó bajo su cuerpo, agarrándole de los brazos con unas manos sin fuerza. —Te haré daño —masculló él estrujando, ya sin ningún tipo de consideración, su delicado trasero. Tenía un tamaño adecuado, cada uno de sus lados le cabía en la mano; metió los dedos entre ambos para tocar una zona que le resultara incómoda, esperando avergonzarla lo suficiente como para que cambiase de opinión. Pero no funcionó, igual que no funcionó todo lo anterior. —Sé qué no me lo harás —murmuró ella, con la voz ronca de deseo y un calor abrasador emergiendo de entre sus muslos. Su férrea determinación terminó de convencerlo. Ella quería que la tocara, que la besara, que la complaciera. No había hablado de abrirse de piernas para él, ni había dicho que quisiera sentirle dentro o esas cosas que le decían otras mujeres. No buscaba su polla, buscaba su boca y sus manos. ¿Qué mal podría haber en algo tan sencillo? Con un movimiento brusco la tumbó sobre la mantita de cuadros, sin dejar de sujetarla por la nunca y sacó la mano de entre sus nalgas. La miró fijamente a los ojos, con una expresión mortalmente seria en el rostro y durante un breve instante, percibió miedo en ella. Separó sus muslos con brusquedad, dejando su sexo al descubierto. —No seré rápido. No seré pacífico. Te daré lo que quieres, pero si me suplicas, pararé. Yo decidiré cuándo es suficiente, no te vas a conformar con unas pocas caricias, ¿lo has entendido? —Sí —respondió, quizá con demasiada presteza, jadeando de impaciencia. —Bien. Sueltamente los brazos. Sujétate a la manta y no te sueltes bajo ninguna circunstancia. No me toques. No me hables. Grita cuanto quieras, pero no me pidas nada porque no te lo daré —escupió las órdenes casi con desprecio, furioso consigo mismo. Ella asintió y se sujetó a la manta, abriéndose para él. Entregándose aél. Tom colocó la mano libre sobre su vientre y ella se estremeció, su piel se erizó al instante y suspiró hondamente. Sin dejar de mirarla a los ojos, deslizó la manaza hacia abajo, hacia su sexo. Estaba tan caliente y tan húmeda cuando la tocó que temió Juego de Invierno Página 19

durante un momento que al rozar su nacimiento, tuviese un orgasmo involuntario. Leonette se ahogó en su propia respiración cuando Tom deslizó un dedo por todo su sexo, despacio y con decisión, permitiéndole que notara la aspereza de su mano encallecida, para finalmente introducirse en ella. Se arqueó, arrugando la manta entre las manos cuando las sensaciones se apoderaron de su cuerpo. —Oh, Dios… —exclamó llena de sorpresa. Tom se recreó en la expresión de su rostro, en el intenso rojo que se apodero de su piel, en el sudor que le bañó rápidamente el cuerpo y en el aroma que le invadió la nariz. Por fin, dejó de mirarla a la cara y observó todo lo que había bajo él: los pechos pequeños y erizados, el vientre plano, las caderas voluminosas y los muslos tensados. Después observó su sexo, su forma, su color, apreciando cada músculo y cada curva. Salió de ella un poco, despacio, presionando en el recorrido y luego volvió a meterse, con más fuerza, haciendo que ella se doblara y gimiera con mayor asombro. Y repitió la caricia durante el tiempo que consideró necesario, buscando siempre rozar la parte que le diese mayor placer. Después entró en juego su boca. Con la lengua recorrió su cuello, sus clavículas y por fin, sus pechos. Sin dejar de acariciar su sexo, introduciendo dos dedos en lugar de uno, cubrió cada uno de sus montes con la boca y bebió de ellos, mordiendo, chupando, succionando; le dejó marcas moradas en la piel, pero se dijo que era lo que ella quería antes de deslizar la boca por su vientre. De pronto, ella se encogió y empezó a temblar, gritando incoherencias. Tom apartó la mano, consciente de que un orgasmo recorría el cuerpo de Leonette y se quedó mirando como ella temblaba y lloraba. Sintió remordimientos y culpa por haberle provocado aquello, pero luego recordó que de los dos, la única que obtendría alivio aquel día sería ella mientras que él estaría condenado a observar todos sus orgasmos sin poder compartir ninguno. Le soltó el pelo y le acarició los pechos, la cintura, las caderas. Ella seguía aferrada a la mantita de cuadros y cuando Tom le separó los muslos de nuevo, no se negó. Tampoco se negó cuando, con los pulgares, separó sus pétalos y atrapó con los labios su clítoris, al que trató de dejarle las mismas marcas que a sus pechos mediante succiones. Los gritos de la muchacha se sucedieron durante tanto tiempo que al final se le rompió la voz, pero Tom no dejó de saborear la miel de su sexo, ni de tocar sus pechos y pellizcar dolorosamente sus pezones mientras la devoraba sin medida. Le regaló dos orgasmos antes de que decidir dejarla en paz, pero estaba tan irritado por la frustración, que volvió a meter los dedos entre sus muslos para tocarla ávidamente, viendo como la muchacha se retorcía desnuda, sonrojada, sudorosa y agotada, sobre una arrugada manta de cuadros y tenía otro orgasmo, esta vez silencioso, porque ya no tenía fuerzas para seguir gritando. Tom se apartó de ella con los nervios encrespados, con el corazón a punto de salirse del pecho y un dolor terrible pulsando debajo de sus pantalones. Se arrastró hasta el lago, se desnudó y se sumergió en el agua fría, cortando por lo sano la furiosa excitación que sentía. Bajo ninguna circunstancia debía tener relaciones carnales con ella, bajo ninguna circunstancia debía meter su pene entre las piernas de Leonette porque de hacerlo, no saldría jamás de allí; y aunque había hundido la manos y la cara Juego de Invierno Página 20

entre sus muslos y estaba agradecido por ello, se había comportado como un pervertido, aprovechándose de un momento de debilidad. Después de aquello, solo hubo silencio. Leonette no habló durante el camino de vuelta, cuando se sintió con fuerzas para regresar. Tenía el rostro relajado y complacido, pero no dijo ni una sola palabra cuando Tom la ayudó a bañarse en el lago para limpiar las pruebas de su crimen. Tal y como había previsto, le dejó marcas, porque Tom no había sido capaz de controlar su fuerza. Tenía grabadas en la piel la forma de sus dedos en los muslos y las rodillas por la fuerza con la que había mantenido sus piernas abiertas mientras la devoraba; sus pechos estaban llenos de moratones allí dónde había chupado con mayor vehemencia, sus pezones tan sensibles que le dolía incluso cuando se rozaba con el vestido, así como zonas enrojecidas dónde su barba le había arañado la sensible piel del vientre y la cara interna de los muslos. Cuanto más tiempo veía aquellas marcas al descubierto, resaltando sobre la blanca piel de Leonette, más avergonzado de si mismo se sentía. Y el silencio de la muchacha se le clavaba en el alma, como un recordatorio de su infame acción. Ella no se quejó, ni siquiera cuando montó sobre el caballo. Tom sabía que estaba sensible, dolorida y que el roce sobre la silla podría tener dos efectos: o dolor o gozo. Quiso arrancarse la piel por haber sido tan malvado, pero no fue capaz de decirle nada y el viaje fue un auténtico infierno. La vergüenza dio paso a la frustración y a las noches en vela, durante las cuales pensaba en lo maravillosa que había sido Leonette al mismo tiempo que esperaba a que llegase su hora, el momento en el que el padre de la mujer lo mandase arrestar para ahorcarlo por haber cometido traición. —Hoy quiero hacer algo por ti, como tú hiciste aquello por mí —susurró Leonette con suavidad, arrancando a Tom de sus recuerdos. ¿Cómo podía ser alguien tan perfecto? —No. Pero ella solo sonrió ante su respuesta, como si supiera que, por más que se negase, tarde o temprano acabaría por ceder. Leonette era una chica muy lista.

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Ya casi era la hora para salir y mientras tanto hojeaba una revista de moda, la portada tenía a una modelo vestida con un precioso vestido de novia, aunque el escenario era un tanto extraño, algo así como la entrada de una capilla de un cementerio. ¡Vaya! Tal vez era porque así es como terminan la mayoría de los matrimonios: muertos. Por esa y otras razones, las relaciones no eran lo mío, tenía una cita o dos o tres, ya ni sabía, solo para tener sexo casual y sin compromiso. Por fin era la hora para irme, recogí mis cosas apresuradamente, tenía que llegar a clase de inglés. Durante la semana iba a la universidad y por las tardes y sábados por la mañana trabajaba de recepcionista. El inglés era una de las cosas que arrastraba desde mi infancia, por más que mis padres me mandaron a cursos y más cursos, era fecha que no se me daba. Pero tenía la imperiosa necesidad de dominarlo y desde hacía dos años estaba decidida a ganarle a esta escurridiza materia yendo a cursos sabatinos. En clase nos pidieron trabajar en parejas, di un vistazo rápido al grupo, estaban las chicas barbie, aquellas que solo se preocupaban por su maquillaje y peinado perfectos, y no hacían más que hablar de ello y de sus perfectos novios, en lugar de atender a clase. El jugador de futbol que les miraba las tetas a todas y nunca entendía nada. Dos señores maduros con aire de oficinistas y miradas lascivas, estar con alguno de ellos me daba escalofríos. ¡Ufff! Hoy no tenía ganas de lidiar con ninguno de ellos. De repente escuché una voz conocida. — ¿Hacemos equipo? —preguntó. Era José, un chico de la universidad de aspecto agradable, cara aniñada y nombre común, habíamos coincidido algunas veces, aunque no lo recordaba en la clase de inglés. No lo pensé nada, inmediatamente me senté junto a él y le sonreí aliviada. Después de un buen rato de trabajar en el ejercicio, me di cuenta que José era realmente bueno en la materia, entonces ¿qué hacía ahí? En un momento que trabajamos en silencio, sentí un cosquilleo en mi muslo derecho, traía una falda corta y mallas. Extrañada miré a José, él seguía con la mirada clavada en el libro, pero el cosquilleo persistía suave como la caricia de alas de mariposa. Empecé a sentirme algo acalorada. Me quité el suéter y con el movimiento que hice la caricia se detuvo. José levantó la mirada hacia mí, pero no dijo nada. Me reacomodé en mi asiento y el toque regresó, más insistente recorriendo desde la rodilla hasta la parte alta de mi muslo. Las caricias mandaban choques eléctricos directo a mi entrepierna, miré hacia abajo y vi los dedos de José recorriendo lentamente mi pierna haciendo figuritas con las yemas de sus dedos. Lo miré fijamente conteniendo un gemido que estuvo a punto de escapar y él seguía entretenido en el libro que estaba sobre la mesa... ¿qué diablos?... Cuando estuve a punto de apartar su mano de un golpe, se detuvo y me miró. —Vayamos a la biblioteca por el libro de lectura para el cuestionario —me dijo con voz ronca. Y sin darme oportunidad a pensar lo que me estaba diciendo, se levantó y me ayudó a su vez a levantarme de mi asiento. Sin decir más tomó mi muñeca con fuerza y casi me arrastró Juego de Invierno Página 22

detrás de él. Sorprendida y jadeante por seguirle el paso, me di cuenta que me sacaba más de una cabeza de altura, además ya no era el chico delgaducho que había conocido hacia ¿un año, dos? Más bien había embarnecido, su amplia espalda se marcaba debajo del jersey gris y tenía el pelo más corto casi a rape, los jeans deslavados colgaban de sus caderas amoldándose perfectamente a su bien formado trasero. Ya estábamos dentro de la biblioteca y José se dirigía al elevador, no me percaté el momento en el que cruzamos el pasillo desde el salón de clases hasta la biblioteca por estar mirándolo, redescubriéndolo. Cuando se abrieron las puertas del elevador yo me dejé guiar por él como lo había hecho todo el trayecto, al cerrarse las puertas detrás de mí, José me jaló hacia él mi cara quedó pegada a su pecho y su aroma me envolvió, a madera y masculino, él bajó sus manos a mi trasero y comenzó a amasar la carne de mi nalgas, enseguida me mojé. Atónita, miré hacia arriba y encontré sus ojos color miel debajo de unas espesas pestañas oscuras, mirándome fijamente y su boca me sonreía de manera lobuna, ¡Dios! ¿Cuándo se había convertido en un Dios del sexo este chico? —Oye, José, comencé a decirle —pero él no me dio oportunidad a continuar, cubrió mi boca con la suya dándome un beso salvaje, su lengua saqueó mi boca y su sabor era simplemente delicioso, pegó su cuerpo al mío y sentí su erección contra mi vientre restregándose descaradamente. Empecé a gemir sintiendo mis bragas humedecidas, el elevador se detuvo y rápidamente él me empujó hacia afuera, y entre húmedos besos en mi cuello, barbilla y todo lo que se pusiera en el camino de su boca, me llevó a un pasillo entre anaqueles de libros frente a un ventanal que tenía vista hacia un hermoso jardín, me sentó sobre el quicio de la ventana y comenzó a desabrocharme la blusa, sin miramientos subió mi brassier por encima de mis senos dejándolos expuestos y los empezó a acariciar con toda su mano para después pellizcarme el pezón izquierdo lo que provocó un ramalazo de deseo a mi coño de por sí húmedo. —Sabía que tus tetas eran preciosas y suculentas —me dijo bajito con su voz ronca Ahogué un gritito cuando tomó un pezón con su boca y con la mano me pellizcaba el otro, yo ya no pensaba nada ni donde estábamos, solo sentía las oleadas de placer que me provocaba la succión intensa sobre mi pezón, se detenía y lo mordisqueaba y volvía a empezar, cuando tomó el otro pezón con la boca y succionó, no resistí más y me corrí. Traté de recuperar aire boqueando como un pez, pero él no me lo permitió regresó a mi boca, tocando con su lengua cada punto que podía dentro de mi boca, metiendo y sacando su lengua dándome un preludio de lo que iba a suceder. Cuando al fin se separó de mí, me miraba como un depredador a su presa y con su sonrisa lobuna adornando su boca. Sus dedos se desplazaron hacia la orilla de su jersey y comenzó a levantarlo dejando expuesto su abdomen marcado como una tableta de chocolate, su piel morena y aun así mostrando un bronceado uniforme, el vello oscuro en su pecho se arremolinaba en el centro y el camino que bajaba hacia la pretina de pantalón era una promesa. La boca se me secó de ver tal monumento y sin pensar salté hacia él para acariciar su abdomen, pecho, todo lo que podía lentamente con las yemas de mis dedos hasta llegar al botón de sus jeans. —Desabróchalo —me dijo con voz áspera. Sin titubear desabroché uno a uno los botones, rozando con mis dedos la dura erección que luchaba por salir, cuando terminé él no traía ropa interior y su verga orgullosa se erguía entre nosotros, él tomó mi mano y la llevó a su miembro haciendo que lo recorriera de extremo a extremo, duro, caliente, apreté las piernas para friccionar un poco mi hinchado clítoris, relamí Juego de Invierno Página 23

mis labios al estrechar más el tallo de su pene y ver su hinchada punta con un gota de líquido sobre ella, me hinqué ante él y lamí la gota, la saboree en mi boca, después le di largos lametones en toda su extensión hasta meter la punta en mi boca y succionar, era deliciosa, todo él era delicioso, él empujó sus caderas para penetrar mi boca profundamente y gemí, a su vez el soltó un ronco gruñido y embistió mi boca, enredando una de sus manos en mi cabello, yo acariciaba con mi lengua su punta cada vez que salía. Me separé de él y comencé a mordisquear suavemente el duro tallo de abajo hacia arriba y regresaba, él me susurraba cosas incoherentes o decía, si, si, muérdeme, cuando volví a meter todo su miembro en mi boca él se aferró desesperadamente a mis hombros y me empujó hacia atrás, para levantarme y quedé parada frente a él. Tenía la cara roja y jadeaba. —No, no, no, me dijo, no vamos a terminar así, yo aún no acabo contigo. Subió mi falda a mi cintura y me bajó las mallas junto con mis bragas con premura, ayudándome a deshacerme de ellas, me sentó nuevamente en el quicio de la ventana, yo enredé mis piernas alrededor de su cintura y él metió su mano entre nuestros cuerpos y masajeó mi clítoris con su dedo pulgar mientras me besaba con avidez. —Estás tan mojada, eres tan sensual y te deseo tanto que me duele y no puedo esperar a estar dentro de ti, me dijo al oído. Rápidamente se enfundó un condón y enseguida me penetró de una embestida, mis paredes se estrecharon a ese solo movimiento y me corrí nuevamente. El aceleró sus movimientos, me besaba en la boca, en el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja, me apretaba las nalgas con sus manos fijándome en esa posición, yo me mecía en contra de él disfrutando su longitud dentro de mí, llegaba a puntos que me hacía desquiciar, hasta que me susurró –Muñeca, estoy a punto de correrme quiero que te corras otra vez, conmigo —solo bastaron esas palabras para que sintiera una corriente eléctrica que recorría mi columna y explotara en mi vientre en un intenso orgasmo. A su vez él culminaba intensamente con un profundo gruñido en mi boca que me había cubierto con la suya para ahogar mis gemidos de placer. Cuando abrí los ojos me acordé donde estábamos. Dios. La biblioteca. La clase. ¿Qué-mepasó? Cualquiera que hubiera ido al pasillo de la biblioteca o hubiera estado en el jardín debajo del ventanal nos hubiera podido ver. Maldición, este lobo que yo había creído un dulce corderito me había conducido a esta situación bochornosa. Lo empuje y de un brinco empecé a buscar mi ropa. El me ayudó a recuperar mis bragas pero mis mallas no habían tenido tanta suerte, así que me puse los zapatos y me acomodé la falda. Cuando lo miré, ya estaba vestido. Me tomó de la mano y me miró con intensidad. —Quiero que dejes de ver a esos idiotas con los que luego sales, me dijo o más bien me ordenó, no puedes negar como responde tu cuerpo a mí, pero yo lo quiero todo, llevo mucho tiempo deseándote de todas las maneras posibles, continuó.... —¿Y si no quiero? —repliqué desafiante, ahí estaba no un chico sino todo un hombre y uno bastante dominante por lo que podía ver. —Entonces tendré que recordártelo haciéndote lo de hace unos momentos hasta que te quede bien claro—. Y sin más me volvió a besar, desarmándome por completo, sometiéndome a Juego de Invierno Página 24

su voluntad. Cuando terminó regresamos juntos de la mano a la clase que seguramente ya había terminado y con su sonrisa lobuna instalada en su rostro.

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