Juego de Otoño (Septiembre/Enero 2012) http://cuentosin.blogspot.com ¿De qué va todo esto?

Se trata de escribir un relato por amor al arte, cuya temática está relacionada con el contenido del blog Cuentos íntimos. Es decir, se trata de escribir un relato íntimo. ¿Qué es un relato íntimo? Pues es un relato de contenido erótico dónde lo más importante son las sensaciones que se despiertan en los protagonistas y alrededor de los protagonistas. ¿Cómo se va a hacer? Todos los participantes tienen ocho imágenes de entre las cuales deben elegir un mínimo de cuatro. El ambiente dónde se desarrolle la escena principal, deberá tener relación con el Otoño y suceder en un parque lleno de los colores propios de la estación.

Todos los textos de este recopilatorio contienen lenguaje adulto, y sólo es apto para mayores de 18 años.

Índice Tarde de recuerdos, Patricia Olivera....…………………………………………………………3 El reto, Gata Shirka ………………………………….………………………………………………..5 Días en gris y amarillo, Alter ……………….………………………………………………………8 Fantasía o realidad, RanXeroX&yara ..…………………………………………………………12

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Tarde de recuerdos
-Patricia O.-

Hacía frío. El otoño ya estaba en su apogeo, cuando menos lo pensaran tendrían el invierno encima. Se levantó el cuello de la gabardina y continuó su camino sin apuro, pues no tenía nada que hacer ese día, cruzó el parque hundiendo los pies en la alfombra de hojas ocres y amarillas. Le gustaba la sensación, era como estar en una playa, caminando por la arena. De repente una ráfaga de viento movió las copas de los árboles, hojas de todos los tamaños volaron al aire, cayendo sobre el césped y los bancos vacíos. Las nubes grises comenzaron a encapotar el cielo, escondiendo el pálido sol que apenas había alcanzado a entibiar unos minutos antes. A pesar del tiempo amenazante, Enrique se sentó en una de los bancos cubiertos de hojas. Resopló, no podía sacarse a Liu de la cabeza, pensó que solo sería una aventura más, una forma de saciar la curiosidad de conocer a una mujer oriental en la intimidad. Siempre se imaginó a las mujeres japonesas tímidas, recatadas y aburridas, pero desde que decidió enfrascarse en un trabajo pictórico sobre Cultura Oriental todo cambió. Él era un fotógrafo reconocido, acostumbrado a tener amoríos con la mayoría de sus modelos femeninas; sólo un par de veces le pasó de ser rechazado, ni siquiera registrado, y él supo aceptar la situación; el respeto ante todo. Cuando le comentó a una de sus modelos acerca del proyecto en el que estaba a punto de embarcarse, ella le recomendó a una colega japonesa, le habló muy bien de ella. De esa forma se ahorró el tiempo y el engorro de publicar un aviso y hacer una selección. Liu demostró ser muy profesional, se presentó con los implementos necesarios como para dejar impresa parte de su cultura y no tuvo ningún reparo en desnudarse. Enrique la dejó sola para que se preparara y le hizo saber que la primera foto sería de espaldas. No sabría precisar que fue lo que lo excitó más al verla desnuda, si ese tatuaje tan particular o ese maravilloso cuerpo que lo contenía; la curva de su espalda que se veía más sensual en la penumbra o la pálida redondez de su trasero. Aun recuerda que le temblaban las manos cuando comenzó a disparar las fotos, una extraña sensación se apoderó de él y antes de que diera por terminado su sesión con Liu no pudo evitar acercarse y acariciarle la cintura. Imaginó que la modelo le plantaría una cachetada en pleno rostro y no le importó, luego inventaría una disculpa; sin embargo, no fue eso lo que sucedió. Liu giró el rostro, sus ojos se posaron en él como una suave caricia y luego se inclinó hacia adelante, levantando el trasero, invitándolo a que su mano llegara hasta su intimidad. Enrique no lo dudó, y pronto sus dedos se deleitaron explorando los carnosos pliegues de sus labios inflamados y jugosos; la chica estaba excitada y no tenía ningún reparo en hacérselo saber. Un trueno perdido lo trajo a la realidad, le dolía la entrepierna, su miembro ya se había puesto rígido ante los recuerdos. Otra ráfaga de viento hizo caer sobre él un montón de hojas de todos los colores, se acomodó la solapa del abrigo y no se movió de allí, a esa altura poco importaba que diluviara sobre él. Volvió a aquél momento, al instante en que Liu comenzó a mover sus caderas, adelante y atrás, al tiempo que sus dedos apresaban el clítoris endurecido y su propio sexo amenazaba con reventar la cremallera del pantalón. Los suaves gemidos de la muchacha lo ponían más a punto, tanto o más que sus movimientos que, a pesar de ansiosos, no dejaban de ser delicados, casi etéreos. Se pegó a su espalda y la apretó contra su cuerpo, aguijoneándola con su miembro enhiesto; deslizó los dedos por esa piel húmeda y suave, desde su vientre plano a sus pezones erectos, al tiempo que su boca se hundía en el hueco de su cuello y su lengua serpenteaba dejando un rastro húmedo de saliva. Aceleró el movimiento de sus dedos, mientras se frotaba contra sus nalgas, y la hizo llegar a un orgasmo intenso; con rapidez

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liberó su miembro inflamado y dolorido, la tomó por la cintura y la penetró con fuerza mientras ella le lamía los dedos con los que la había masturbado disfrutando, al parecer, de su propio sabor. Aun hoy podía sentir sus manos enredándose en su pelo, y su cuerpo irguiéndose bajo sus dedos. Más tarde, la noche los encontró enredados en sus desnudeces, explorándose de pies a cabeza, saboreando cada parte de sus cuerpos, entre jadeos y susurros. Enrique nunca se había topado con una mujer que lo transportara al paraíso como lo hizo Liu; su lengua se deslizaba por su sexo con una contenida ansiedad, sin dejar un centímetro de piel por repasar. Así mismo, el sabor de su pálida piel era diferente, embriagador y adictivo eran los fluidos que bebía con lujuria de su vagina caliente, húmeda, hambrienta de besos y sexo. Las primeras gotas comenzaron a caer pero permaneció en su sitio, consultó la hora en su reloj y miró una vez más hacía el cielo encapotado. Un gran trueno resonó haciendo eco en el parque vacío. Sonrió cuando volvió a sus recuerdos, a la mañana luego del primer encuentro entre los dos. Resultó una sesión agotadora y muy gratificante. Al otro día cuando despertó Liu no estaba a su lado, a sus oídos llegó el sonido del agua de la ducha. Se levantó con modorra en todo el cuerpo, al instante estaba listo para continuar con lo que el sueño les había hecho dejar en suspenso. Se metió bajo el agua con ella, se veía tan seductora así mojada que sus ganas de seguir con los juegos de la noche se renovaron con más fuerza. Fue allí donde se contaron un poco más de sus vidas, antes de dejarse envolver por la pasión. Así supo que ella era estudiante de psicología y que se pagaba los estudios trabajando como modelo; también que había llegado de Japón hacía más o menos diez años, que le gustaba el café y que adoraba las tartas de frutillas. Ella, por su parte, se enteró de que antes de convertirse en fotógrafo soñó con ser director de cine pero que ahora no cambiaría su profesión por nada en el mundo. Le confesó que era tímido pero que, increíblemente, siempre había tenido mucha suerte con las mujeres; que no le gustaba el fútbol y que de vez en cuando le apetecía tomarse alguna cerveza, pero que era muy malo bebiendo. Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta que el cielo había comenzado a despejarse y los últimos rayos del sol intentaban hacer su aparición. Tampoco vio cuando alguien se acercó, corriendo pero con sigilo, y se situó a su espalda para luego taparle los ojos con una mano y meterle la otra entre las piernas. —Apuesto a que estás pensando en mí—le susurró al oído y luego lamió y mordió el lóbulo de su oreja—. Sé que solo yo puedo ponerte así, sin necesidad de estar presente. Enrique cerró los ojos, era cierto, estaba tan excitado que dolía; ya ni siquiera podía mantenerse dentro de sus pantalones. Tomó ambas manos y tiró de ella hasta hacerla sentar en su regazo, a pesar de lo dolorido que se sentía. —Ya sabes cómo me pones—le dijo a Liu, que sonreía burlona y se frotaba contra su regazo para hacerle más insoportable el deseo—. Hace rato que te espero, ¿por qué demoraste tanto? Cuando nos casamos no me dijiste que podrías llegar a dejarme plantado por alguno de tus benditos pacientes. Ella sonrió y lo abrazó, en tanto las manos de Enrique se perdían bajo su falda. Luego de hacerse varios arrumacos, que inflamaron aún más la llama de la pasión, se alejaron abrazados hacia el departamento que compartían.

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El reto
-Gata Shirka-

Oculto entre los arbustos, podía observar su maravilloso pecho. No se había puesto sujetador, como a él le gustaba, los pezones se apreciaban duros y ansiosos por ser tocados. Ella sabía que es lo que iban a hacer allí, él pensó que no se atrevería. Cuando se lo propuso creyó que se negaría, pero era más valiente y decidida de lo que nunca imaginó. No dejaba de sorprenderlo. Le volvía loco, le cautivaba su forma de ser, fuerte, intensa y extremadamente curiosa. El sexo se estaba volviendo cada día más adictivo a su lado. Su cuerpo seguía siendo una droga para él. Se encontraba apoyada en un árbol, rodeada por las anaranjadas hojas del otoño, los rayos del atardecer se reflejaron por un momento en su pelo azabache, el cielo estaba algo nublado y presagiaba tormenta. Era increíblemente hermosa y él ya no podía esperar para tenerla, tocarla y poseerla de la forma en la cual quería hacerlo. Volvió a comprobar, que en la solitaria zona del parque no había gente, a lo lejos observó un cartel de publicidad que le pareció especialmente erótico. Se apreciaba la espalda de una mujer con un hermoso tatuaje dibujado en su espalda, llegando hasta las nalgas. Eso le hizo recordar que es lo que iba a probar en apenas unos momentos. Si ella le había hecho caso, el dilatador anal debía estar haciendo su efecto y por lo sonrojada y sofocada que la veía, ella estaba tan receptiva como él. En esos momentos le envió un mensaje al móvil, sintió desde lejos como ella se estremecía al leerlo «Tócate para mí». Ahora sabía que estaba observándola, sintió que dudaba pero su mano empezó a bajar por su pecho, lo apretó levemente y siguió bajando hasta el botón de su minifalda, deslizó los dedos entre sus muslos y él supo exactamente el momento en que había llegado hasta su clítoris. Apoyó la cabeza en el árbol y observó la cara de placer que se reflejaba en su rostro. Quería volver a verla atada y exhausta en su cama, cansada y a la vez complacida por todo el placer que había recibido. Sentía que llevaba sin tocarla un siglo y apenas habían pasado unas horas desde que sus brazos la rodearon, desde que la besó por todas las partes de su anatomía, desde que la penetró de forma salvaje y pasional. Sí, su erección crecía por momentos, al ver como su respiración se agitaba con cada caricia que ella ejercía en su vagina. Se tocó así mismo, intentando calmar la presión que bullía dentro de sus pantalones. La lluvia comenzó a caer lentamente por su femenino cuerpo. Ya no aguantaba más, tenía que tocarla. Se acercó lentamente por detrás y supo que ella sabía que estaba allí. Se giró y clavó los ojos en los suyos, recorrió lentamente su cuerpo, desnudándola y tocándola con la mirada. —Date la vuelta —la ordenó. Ella obedeció, cada vez más excitada. La lluvia seguía cayendo sobre ellos, la agarró por detrás y la susurró al oído. —¿Estás preparada?

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—Sí… —gimió. —Cariño, estoy deseando penetrar tu culo, notar como se abre lentamente y me exprime por completo —la besó el cuello suavemente —¿Seguro que estás preparada? —Sí, ya no puedo aguantar más, llevo todo el día pensando en ti. —Demuéstramelo. Ella se dio la vuelta y se lanzó a sus labios, le besó duro y salvaje mientras que con su mano bajaba a su dura erección, tocándolo y masajeándolo. Un jadeo salió de su garganta, perdiéndose en la boca femenina. Le desabrochó los pantalones mientras la lluvia seguía cayendo entre ellos, mojando sus receptivos cuerpos. Podía oler su dulce perfume, que se mezclaba con el aroma a tierra mojada, que le ofrecía el otoño. Una suave brisa los acariciaba, igual que los envolvía el deseo. La camisa humeda por la lluvia, se adhería a su cuerpo, transparentando sus grandes y sugerentes pechos. Le estaba volviendo loco, se apartó de ella y le dio la vuelta, sin ningún miramiento y dejándose llevar por la lujuria, le rasgó la camisa y sus pechos quedaron al descubierto, mientras le besaba el cuello. Los agarró y masajeó, estaba tan caliente que pensaba que la lluvia se iba a evaporar una vez que se posara en su cuerpo. —Apóyate en el árbol y separa las piernas —le pidió con voz profunda y sugerente. Obedeció, mientras él levantaba su falda y pudo ver su maravilloso culo, dispuesto para él. Como le había pedido no llevaba bragas, se bajó los calzoncillos, liberando su pene. Estaban resguardados por unos arbustos que dificultaba que alguien les pudiera ver, aunque si así fuera, no pararía, ya que una vez que empezara iba a conseguir que ella gritara de placer, haría que se corriese una y otra vez. Comenzó acariciarle la espalda, llegando hasta su trasero, vio el dilatador anal y lentamente lo sacó. Ella gimió e inconscientemente lo levantó, invitándole a poseerla de una vez, necesitada e inquieta. Siguió acariciándola, bajando hasta su húmeda entrada. —¡Dios! —dijo excitado —estás muy húmeda nena. Le metió un dedo en su vagina y el cuerpo de ella comenzó a temblar de satisfacción. —¿Quieres hacerlo? —preguntó él. —Sí, por favor, no puedo más, hazlo ya. Su necesidad le estaba provocando el mayor de los placeres, sacó de su pequeño bolsillo una muestra de lubricante y lo dejó caer en la raja que separaba sus hermosas nalgas. Volvió a tocarla, preparándola, excitándola, mientras que con la otra mano se tocaba así mismo, embadurnándose para poder penetrarla suavemente. Cogió su dura erección y la introdujo lentamente en el oscuro agujero, ella arqueó la espalda. Poco a poco siguió penetrándola, el dilatador hizo que pudiera profundizar

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más fácilmente. Sentía como le exprimía, estaba muy estrecha, se intentó controlar para no embestirla rápidamente y poseerla. —Más —pidió ella entre jadeos. —Joder. Ya no pudo controlarse, comenzó a sacarla y meterla cada vez más rápido, sus rápidas respiraciones y sus jadeos se podían escuchar en el parque, si alguien pasase en esos momentos, podría oírlos claramente. Vio como ella apretaba con más fuerza el árbol donde se sujetaba, presa de la excitación que la invadía. Él alcanzó su clítoris y lo acarició sin parar de penetrarla, en ese momento escuchó como ella se corría de forma intensa y salvaje. Dentro, fuera, dentro fuera y a los pocos segundos, el también alcanzó el éxtasis ansiado. Descansó suavemente sobre su espalda. —He ganado el reto —dijo orgullosa. —Sí, no pensé que te atreverías, me alegra haber perdido. —Ahora, me toca a mí y ya veremos si tu eres capaz. —¿Te he dicho alguna vez que te quiero? —le dijo él apenas sin voz. —Sí, cariño, cada día durante estos diez años juntos y, por favor, no pares de decírmelo.

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Días en gris y amarillo
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Era un día frío, nublado, gris… pero así eran casi todos los días de otoño en esa parte del país. Tenía la tarde libre y aprovechando que no llovía, decidió pasear por el parque, con el suelo repleto de hojas amarillas que delataban la estación en la que estaban… caminaba abstraída, pensando en mil y una cosas cuando la vibración de su smartphone anunciando un mensaje de WhatsApp la sacó de sus cavilaciones: ―“Hola nena, ¿dónde estás?” Su boca dibujó una sonrisa y un brillo apareció en sus ojos, ese brillo de malicia que aparecía cada vez que Mario le decía hasta las más mínima de las tonterías. —“Paseando por el parque, ¿vienes?” —contestó inmediatamente. —“Uhm, mejor te espero en mi casa y vienes a echarme un polvo como tú sólo sabes, nena” —sonrió. No hacía falta contestar. Mario y ella eran amigos desde hacía ya cinco años, se conocieron por casualidad y entre ellos surgió al momento una conexión especial, se reían de las mismas tonterías, se entendían con tan sólo una palabra o una mirada, y él, era el único capaz de sacarle una sonrisa hasta estando de mal humor. Un día, en una fiesta y dejándose llevar por la valentía de algún chupito que otro de más, acabaron montándoselo en el asiento trasero del BMW de su padre; hacerlo con él había sido alucinante, podría arriesgarse a decir que el mejor polvo de su vida pero aún así al día siguiente no podía evitar sentirse fatal. El miedo a perderle o a echar por la borda toda la complicidad que había entre ellos la atormentaba; hasta que él, mucho más práctico que ella, la tranquilizo convenciéndola de que todo sería como siempre, incluso mejor, ahora tendrían alguien con quien disfrutar del sexo sin complicaciones, sin sentimientos enrevesados, ni celos, ni posesiones… y encima era sexo del bueno. Se seguirían queriendo con locura, follarían como animales, y se apoyarían en los buenos y en los malos momentos como habían hecho hasta ahora… Decidió atravesar el parque para ir a casa de Mario, tenía que andar un poco más pero total ya llevaba medio camino recorrido y seguía apeteciéndole pasear. Sólo había caminado unos cuantos metros cuando comenzó a llover, al principio era una lluvia fina, “mojabobos”, pero luego empezó a caer con más intensidad. Llegó a casa de su amigo calada hasta los huesos, temblando de frío y sin aliento debido al paso acelerado que había tenido que llevar. —Nena, vienes empapada, vas a coger una pulmonía… —exclamó Mario al verla llegar—. Aunque así mojada, estas tremendamente sexy —ronroneo guiñándole un ojo y acercándose por detrás, mientras hundía la boca en su cuello y le arrancaba los botones de la camisa. —Qué te pasa hoy Mario?… no me digas que te aburrías en el trabajo, has estado toda la mañana viendo porno, y ahora tengo yo que quitarte el calentón —le dijo con tono de burla mientras echaba las manos hacia atrás para tocarle el paquete por encima del pantalón—. Déjame darme una ducha para entrar en calor cielo, realmente voy a coger una pulmonía, ¡asco de lluvia! —Shh, nena, no digas nada, yo sé mejor que nadie lo que tú necesitas, déjame cuidarte —continuó diciendo Mario sin hacer caso a sus burlas. Y depositando un beso

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lleno de ternura en su pelo siguió despojándola de toda la ropa empapada por la lluvia, mientras cubría con sus labios cada milímetro de piel mojada y fría. Una vez desnuda la cogió en brazos y se dirigió al cuarto de baño, la metió en la bañera, abrió el grifo del agua caliente y se sentó en el borde. Poco a poco fue enjabonando suavemente su cuerpo, se detuvo unos minutos en sus pechos, recorriéndolos primero con sus dedos, y luego con la palma de la mano, le dio un pellizco intenso, casi doloroso, en los pezones erectos, antes por el frío y ahora por la excitación. Bajó por su abdomen, jugueteo con el vello de su pubis, masajeó su sexo y lentamente fue introduciendo el dedo índice en su interior, mientras con el pulgar acariciaba su clítoris, cada vez más duro y sensible. Ella se dejaba hacer entre gemidos, aparte de las caricias de su amigo, aquella era una situación de lo más excitante, y él estaba tremendamente sexy: descalzo, con su vaquero desgastado, y el torso al descubierto. La miraba con ojos de deseo, sonreía pícaramente y seguía moviendo los dedos en su interior; el agua caliente le caía en la cara y sentía que iba a explotar… —Así es nena, córrete para mí —dijo Mario en voz queda. Y ella se dejó llevar hacia un orgasmo largo y placentero. —Y ahora nena, vamos a follar —sentenció levantándose de repente mientras guiñaba un ojo y sacaba la lengua, haciendo que ella comenzará a reír sin parar. —No tienes arreglo —le contestó, mientras le salpicaba con el agua de la bañera. —Uhm nena, no te portes mal… que hoy tengo muchas ganas de jugar. —Mario no me digas eso, parece mentira que no me conozcas —y continuó riendo y salpicándole cada vez más. Mario se acercó, la sacó en volandas de la bañera, la colgó de su hombro dándole un azote en el trasero y con un intento de voz seria dijo: —Tú lo has querido nena. Ella siguió riendo mientras pataleaba cabeza abajo. Le encantaba el Mario juguetón, siempre la sorprendía con algo nuevo y todo apuntaba a que esta vez no iba a ser distinto. Llegaron a la habitación, y pudo notar rápidamente el olor a mandarina, así como que la habitación sólo estaba iluminada por un par de velas encendidas sobre las mesitas de noche, supuso que tendrían relación, pero no podía asegurarlo, decididamente no estaba en la posición más adecuada para fijarse en los detalles. Él la deposito suavemente sobre la cama. —Túmbate boca abajo, Ali —le dijo mientras sacaba un largo pañuelo de raso negro del cajón—. Ahora, como has sido una niña mala te voy a tener que atar… Ella le miró con los ojos muy abiertos, abrió la boca para decir algo, pero él se lo impidió. —Shh, no digas nada, tú confías en mí, ¿verdad? Ella asintió con la cabeza y de nuevo se dejo llevar. Mario sujetó sus muñecas a los extremos de la cama con delicadeza y allí se vio a sí misma, tumbada boca abajo, desnuda, y para qué negarlo, muy excitada por la situación. Todavía no se había

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recuperado del orgasmo en la bañera y encontrarse en ese estado la hacía sentirse indefensa pero sabía que podía confiar en él más que en nadie en la vida, cerró los ojos y se abandonó. De repente sintió un liquido caliente recorrerle la espalda, y todo se impregnó del olor dulzón a mandarina, era agradable sentir como bajaba desde la nuca por toda la columna vertebral. Entonces sintió como las manos de Mario comenzaban a acariciarla de una forma muy sensual, esas manos que le gustaban tanto, grandes, fuertes pero a la vez suaves, con dedos largos y bien formados que sabían muy bien donde, como y cuando debían tocar. De nuevo sintió el calor derramándose en su cuerpo, esta vez sobre los glúteos, cayendo lentamente hacia el interior de los muslos y las expertas manos de Mario, ahí estaban masajeándole el culo y las piernas firmemente. —Que piel más suave tienes Ali, me encanta —le susurró acercándose a su oído mientras las manos extendían el aceite un poco más allá y se adentraban en busca de su sexo. Ella sólo pudo ronronear. Allí estaban, como minutos antes habían estado en la bañera, con sus hábiles dedos otra vez dentro de ella, otra vez arrancándole gemidos y conduciéndola hacia el orgasmo, pero esta vez quería más, necesitaba más, así que levanto un poco las caderas para poder sentirlo más profundamente, para indicarle una señal. —Shh, con calma nena, todo llegará —le dijo él retirando la mano al momento. —Mario, quiero sentirte… —replicó con un quejido ahogado. —Lo harás cielo, lo harás —y pudo ver sin mirarle esa sonrisa de seductor nato que ponía cuando sabía bien lo que hacía. Pudo escuchar sus pasos alejarse por el pasillo, continuaba atada, su campo de visión estaba bastante limitado y se moría de la impaciencia por saber que pasaba, estaba tremendamente excitada y era frustrante no poder ni aliviarse con sus propias manos. —Mario, ¿vas a dejarme así mucho rato? —gritó—. Necesito que vengas aquí y me la metas ahora mismo, o si no voy a tener que gritar y gritar hasta que suba tu vecino — bromeó. Al instante, Mario se materializó apoyado en el umbral de la puerta, riendo. —¿De verdad serías capaz, nena? No creo que lo que él pueda darte, te guste tanto como lo que te doy yo —dijo acercándose—. Además, Ali, es muy mayor, no creo ni que se le levante. Ali giró la cabeza todo lo que pudo para conseguir verle pero Mario ya estaba detrás de ella, con las manos recorriendo de nuevo sus muslos, esta vez con ansía, con desesperación, encaminándose hacia su sexo húmedo y palpitante. —Oh, nena, sigues toda mojada —exclamó al introducirle los dedos índice y corazón—. Ni yo mismo puedo esperar más —gruñó mientras se desabrochaba el pantalón. La agarró por las caderas, atrayéndola hacia él y con furia la penetró. Ella soltó un grito debido a lo inesperado del momento mientras levantaba su culito respingón para

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sentirle más profundo. Con una de las embestidas él se quedo dentro, agarró su pelo en una coleta obligándola a echar la cabeza hacia atrás y comenzó a mover sus caderas lentamente, en círculos, mientras los dos gemían al unísono. —No puedo más, Mario, desátame, por favor, necesito tocarte, necesito mirarte a los ojos —le suplicó entre gemidos. —No quiero salir de aquí pero está bien, lo haré—le contestó mientras salía despacio de su interior para desatarla. Ya liberada se colgó de su cuello, buscando su boca con impaciencia, mordiéndole en los labios, arañándole la nuca, deseándole como nunca antes lo había deseado. Él la abrazó con fuerza, a la vez que se abría paso de nuevo entre sus piernas; esta vez se introdujo en ella lentamente, sin prisa, Ali levantó las rodillas hasta apoyarlas en su pecho y así, en una maraña de cuerpos desnudos, juntos llegaron al clímax. —Wow Mario, no se que has estado enredado, pero debes seguir haciéndolo y contando conmigo para practicarlo. –Eso siempre, nena, ya lo sabes… o quizá… prefieras que llame al vecino del cuarto. Y desnudos, sudorosos y todavía jadeantes, estallaron en risas y carcajadas.

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Fantasía o realidad
-RanXeroX&yrara-

Sentía como en mi mente intentaba abrirse paso la claridad de la conciencia, algo en mi le repelía, quería seguir en la inconsciencia del sueño, sentia mi cuerpo en su totalidad, cada centímetro, cada poro, cada vello, mi piel parecía tener vida propia, sentía la suavidad de la sábana debajo de mi, mi propia desnudez, la fina capa de sudor que me cubría, las piernas abiertas, mis cabellos húmedos pegados a la frente, a la nuca… mi mano atada al poste de la cama, no me era necesario ni abrir los ojos sabia que imagen tenía, desnuda, inmóvil, sudada, exhausta, sabía como me ha visto Él, revolviéndome entre las sabanas, gritando, gimiendo, suplicando… Mi sexo húmedo era prueba de ello, mis piernas abiertas, exiguas, sin fuerzas, mi mano, la única que permanecía libre, aun reposando entre mis piernas… en mi mente él seguía allí y no me atrevía a moverme, a girarme por no romper el hechizo del momento, por no acabar lo que no sé como empezó, mi cerebro se empeñó en rebuscar, en abrirse paso entre la bruma de los recuerdos, imágenes inconexas que acudieron a raudales como pequeñas visiones…. Me recuerdo abriendo la puerta de casa, preparando la cena, metiéndome a la cama con el libro en la mano, hasta que me fui quedando dormida, luego le sentí, su presencia en el quicio de la puerta, a oscuras, no sentí miedo, fue como si estuviese esperándole, simplemente se acercó a la cama, tiró suavemente de la sábana que cubría mi cuerpo, destapando muy lentamente toda mi anatomía, a medida que la sábana de deslizaba parecía que su movimiento iba encendiéndome la piel, no podía distinguir sus ojos pero sabía que se deleitaba viéndome, como me descubría, mis pechos grandes, de pezones redondos y oscuros, mi abdomen, nada plano como las imágenes de las modelos, mi sexo depilado con una pequeña línea de vello apenas, mis caderas anchas, mis piernas rollizas, por fin la sábana se perdió tirada en el suelo, su mano empezó a subir lentamente por mis tobillos, cerré los ojos, los labios resecos mojados por mi lengua. —Abre los ojos —susurro suavemente, veía la ascensión de sus manos, una en cada una de mis piernas, apenas el roce de la yema de los dedos, recorriendo las rodillas, los muslos haciendo giros pasando desde el exterior al interior, recorriendo el borde de las braguitas, la línea superior de las mismas, luego los costados, sin presionar solo rozando… Le sentí subirse a la cama entre mis piernas sus rodillas abriendo mis muslos, su aliento aireando mi ombligo, ese calor subiendo por mi abdomen sus labios posesionándose de mis pezones, la lengua suave lamiendo, chupando, tirando de ellos, ascendiendo, se apodera de mis labios, el olor de su piel me inunda, su cuerpo completamente apoyado sobre el mío esta desnudo, su pene roza mi sexo, sus labios se apoderan de los míos lamiéndolos, mordiéndolos, chupándolos luego es su lengua que invade mi boca, recorre mis dientes, juega con la mía, la chupa, la muerde, mientras nuestros cuerpos se buscan, se rozan, mis piernas se enrollan a las suyas, mi sexo muy húmedo ya va tras el suyo que se siente muy duro y cálido, mis manos acarician su espalda, le empujan contra mi… Una de sus manos apresa las mías tomándolas por las muñecas sin parar de besarme y con la otra mano empieza a acariciar mi sexo, sus dedos rozan por encima del encaje de las bragas, escapan gemidos de mis labios, sus dedos presionan, sus labios abandonan mi boca y bajan a mis pezones, su lengua traza círculos lentos alrededor de ellos luego los chupa muy suavemente tirando de ellos, mi cuerpo se arquea, el deseo me consume sus dedos no paran de jugar con mi sexo, ahora entran lentamente por un

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costado de la ropa interior se desliza suavemente por la línea de mi sexo, resbala en su humedad, juega con el… de mi boca solo sale un: —Si, sigue… Mis caderas suben a su encuentro… quiero soltarme, tocarle, acariciar su sexo tal como el acaricia el mío, se lo pido. —Suéltame Él reacciona poniéndose de rodillas entre mis piernas, bajando su cabeza hasta mi vagina, su lengua la acaricia por encima de la tela, esa acaricia me enloquece, mis manos cogen su cabeza empujándola suavemente, oigo como suspira, lentamente me despoja de las bragas sus dedos juegan libres con mi sexo, dobla mis rodillas apoyando mis pies sobre la cama y abriéndolas, sus labios ahora lamen todo mi sexo, me agarro de la cabecera de la cama, es un placer exquisito sentir su lengua subir y bajar, por momentos apresa mi clítoris con los labios, lo chupa, lo absorbe provocando espasmos de placer en mi cuerpo, mis manos se aferran fuertemente a la cama, mis caderas le buscan, ya son gritos los que salen de mi garganta, suplicas de: —Sigue por favor. Me coge suavemente de mis nalgas y me empujan hasta el borde de la cama, sus manos guían su pene suavemente hacia mi sexo, entra lentamente, muy suavemente debido a lo mojado que está, me invade, me ocupa toda, un grito se me escapa es enorme el placer de sentirle dentro, su ritmo es suave, sus manos en mis pezones, aprietan, pellizcan, tiran de ellos, sus dedos entran en mi boca, les lamo, les chupo, y húmedos vuelven a mis pechos, su ritmo se acelera, mis manos se aferran a sus nalgas, gimiendo a cada una de sus penetraciones, el embiste con fuerza una, dos, tres, cuatro, diez veces y luego cuando me siente al borde del orgasmo se detiene, saca su pene lentamente y acaricia mi clítoris con él, me siento enloquecer de placer, le suplico que entre en mi, que empuje, que me invada, pero él se toma su tiempo y empieza de nuevo ese juego de placer penetrándome lentamente, aumentando poco a poco el ritmo hasta que me lleva al borde del éxtasis, no hago más que suplicar que siga, que no se detenga, le siento una vez más acelerar el ritmo, Mis piernas envuelven sus caderas y empujan, mis caderas suben a su encuentro fuerzo la marcha no aguanto más el deseo de llegar al clímax, siento como su respiración también se acelera, como ya no disminuye el ritmo, esta vez sus embestidas son mas y mas fuertes, nuestros gemidos se confunden mis gritos de: —No pares, así, así, sigue —inundan la habitación, no podemos parar, es un ritmo frenético sus manos pellizcan fuertemente mis pezones, siento su urgencia, su necesidad de acabar en mi, se lo pido, se lo grito y siento mi orgasmo llegar, es un fuego que recorre mis muslos y al mismo tiempo baja de mis pechos como dos riadas descontroladas que chocan en mi sexo provocándome un grito de placer y espasmos que contraen casi todos mis músculos, mis piernas se tensan mis dedos se encogen… Segundos después su grito de placer y siento sus descargas dentro de mi… Su gemido final, sus temblores… es un momento único, el silencio se aposenta sobre nosotros, él encima de mí, cada centímetro de nuestra ardiente piel en contacto, estamos abrazados en silencio sintiendo como nuestras respiraciones se acompasan, como los latidos de nuestros corazones se van ralentizando, es la paz después de la tormenta, silencio y oscuridad…, tu voz me llega desde la distancia como la de un fantasma…

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—Mañana al atardecer, búscame en el parque, sabrás donde ubicarme… Sabía exactamente a qué sitio ir, le avisté desde lejos, caminaba a unos veinte metros por detrás de mí, cruce la calle y enfilé por una pequeña callejuela, era uno de los accesos al parque, la noche empezaba a caer muy rápidamente, los árboles del parque se recortaban contra el cielo, marrones ya, casi desnudos sin sus hojas, aún había gente caminando por sus paseos, las luces de la calle empezaban a encenderse, aminoré la velocidad de mi paso, escuché sobre el cemento el ruido de los suyos amortiguado por la cama de hojas que cubría la calzada, un farola parpadeaba brindando segundos de a oscuridad, mis piernas temblaban expectante cuando le escuché acercarse, me tomó por asalto, su mano en mi cuello, su aliento en mi nuca… —Hoy solo eres una puta —su voz era apenas un susurro pero me puso los pelos de punta, su mano bajo de mi cuello, rozando mis pechos hasta mi sexo, provocándome un gemido—. Así es, gime como una puta— me giró y tomándome por la barbilla levantó mi cara—. En 30 minutos en la entrada del cine…—su mirada recorrió mi cuerpo—, y vistiendo como lo que eres…. Una puta cachonda—. Su mano seguía apretando mi sexo, la saco y la olió sonriendo, luego puso sus dedos húmedos en mi boca—. Así sabe una puta salida —desapareció casi tan súbitamente como llego, mis piernas casi no podían sostenerme, tomé una bocanada de aire, caminando insegura hasta la calle principal, vestía un pantalón negro, una camisa blanca, mi modo habitual de vestir, sencillo y discreto, vestirme de puta. Levanté la vista mirando al otro lado de la calle adornada con motivos navideños, portales con luces que se encendían y apagaban, guirnaldas de colores, lazos flores de pascua, justo al frente había una tienda me dirigí a ella, era una tienda mas de corte juvenil… 30 minutos pasaban volando, “de puta, de puta”, la simple palabra me excitaba, encontró una falda ajustada en color malva, era demasiado corta llevaba medias negras pero hasta los muslos con un borde de encaje, su camisa iría bien con esa falda, pero no la camiseta que llevaba debajo, escogió un sujetador negro de corte bajo, se transparentaría por debajo de la camisa y dejaría gran parte de sus pechos al descubierto, llevaba zapatos negros de tacón alto, se probó el conjunto pendiente del reloj, se sentía desnuda, sus pezones casi se salían del sujetador, que explicación daría a la dependienta? Entró vistiendo como una chica normal y salía como una cualquiera… Vistió sus ropas de nuevo pagó las prendas y volvió al probador rauda a ponérsela, Aún necesitaba algo que ponerse a la cintura salió del probador vio la mirada extrañada de la gente de la tienda, no podía hacer nada, el tiempo se le echaba encima… Cogió un cinturón de charol muy ancho lo pagó y se lo puso, salió casi corriendo con su ropa en una bolsa, en el portal siguiente había un bar. Entró, pidió una bebida y corrió al baño, algo tendría que hacer con su maquillaje, le quedaban apenas diez minutos… Soltó su cabello, remarcó la línea negra de sus ojos y pinto sus labios de nuevo. Llevaba un collar de perlas se lo quitó, la falda llevaba una fina cinta de raso como adorno, la arranco y se la ato al cuello dando dos vueltas. Se miró al espejo y se asombró del cambio, aliso la falda sobre las caderas. Estaba mojada, sentía su humedad, sus pezones erectos, los labios hinchados. Nada más salir del servicio sintió las miradas sobre ella, el espejo del fondo de la barra le devolvió la imagen, y a su vez los ojos que la miraban, pago la bebida dio un par de sorbos y salió. Los escasos 50 pasos que habían al cine se le hicieron una eternidad, sus pasos eran lentos por lo ajustado de la falda, el abrigo era más largo que la misma ropa… a medida que se acercaba se dio cuenta que era un cine X, le vio en la puerta del cine, aun faltaban tres minutos pero aceleró el paso, él sostenía las entradas en la mano, la miró de arriba abajo y le espetó:

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—Ábrete el abrigo. Ella obedeció sin chistar, vio sus ojos hambrientos como recorrían sus pechos que se adivinaban a través de la ropa, deslizó un dedo desde su cuello, bajando por la hendidura entre sus pechos siguiendo la ruta de su abdomen, de su ombligo hasta el centro de su sexo, sintió que las piernas le temblaban y temió que no le sostuvieran, él le entrego la entrada y le hizo un gesto de que entrara, sentía los ojos de la gente fijos en ella, al primer momento estaba apenada, pero a medida que avanzaba en la cola su sensación fue cambiando, empezó a ver deseo en la mirada de los hombres, sentía como las miradas acariciaban sus pechos, sus piernas, le miraba a él que estaba del otro lado de la fila, veía el placer en sus ojos, le gustaba que la miraran, su vista iba de los hombres a ella, algo la impulso a seguirle el juego, dio unos pasos saliendo de la fila, se inclinó un poco ante la vitrina de la cafetería como si decidiera sobre que comprar, pero consciente que eso haría que se viera el borde de encaje de sus medias, y que sus pechos se adivinaran por el escote de la blusa, se giro y le vio mirándola, él se había dado cuenta de su estrategia, ella intuyó que le había encantado que lo hiciera, en pocos minutos entraron a la sala, el puesto que le habían asignado estaba al fondo en una de las últimas butacas, tomó asiento y a los pocos minutos llegó él, se sentó un par de butacas a la izquierda en el borde de la fila, intento acercarse pero él la detuvo con un gesto, las luces se apagaron y permanecieron unos minutos en silencio, de repente él se levanto y se encaminó al grupo de filas de la izquierda, ella ni se atrevió a mirar, un minuto después sintió el teléfono vibrar, pensó en ignorarlo pero algo le dijo que le cogiera, su voz fue cortante y seca. —Sube una pierna en el brazo del asiento, y la otra en el respaldo de la siguiente fila, quiero verte abierta de piernas como una puta. Ella le obedeció, nerviosa, asustada, sentía que le miraba todo el mundo que quien estuviera dos filas mas adelante con solo girar la cabeza la vería. —Quiero que te masturbes lentamente, mientras me hablas —me ordenó, las palabras no salían de mi boca, solo alcanzaba a gemir con cada toque, con cada roce, sentía como mis fluidos se deslizaban por mis muslos y mojaban el asiento, su voz era incansable en el teléfono—. Estás mojada puta, tu coño rezuma tus jugos seguro. Piensa que eso que tienes entre tus piernas es mi polla que entra y sale en tu coño de puta muy mojado, sube las nalgas, ábrete quiero ver desde aquí como me ofreces tu coño, quiero ver que lo abras con las manos, quiero que lentamente te folles con un dedo. Iba obedeciendo poco a poco cada una de sus ordenes, mis gemidos se escuchaban como si hubiese estado dos años sin follar, mi mente empezó a pensar en esos términos, levanté las caderas abriendo mis piernas, desde mi posición le veía al otro lado del pasillo… las palabras empezaron a salir en tropel de mi boca. —Sí, sí, sí, ¿te gusta así? Mientras metía profundamente los dedos en mi coño, mis dedos salían empapados y se deslizaban sin problemas dentro. —Fuerte, mas fuerte —no cesaba de repetir, yo los empujaba fuertemente dentro, mis caderas se arqueaban buscándolos, ya eran más que gemidos, pequeños gritos que se confundían con los sonidos de la película, clavaba fuerte los pies en el asiento y mis caderas se movían en círculos.

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—Nada de correrte zorra, aun no, hasta que yo te lo diga —chilló al teléfono, me mordía los labios conteniéndome, pero mi coño ardía, no podía parar de follarme con los dedos, de apretar y tirar de mis pezones. Seguía mirándole, él empezó a tocarse por encima de la ropa, eso me enloqueció, pero seguía escuchando sus palabras en mis oídos. —¡Nada de correrse! — El murmullo de voces y ruido de la sala me volvió un poco a la realidad, la película había terminado, las luces empezaban a encenderse. De un salto me senté en la butaca, sin alzar la vista, las piernas me temblaban las manos empapadas de mis jugos, semi desnuda con las tetas fuera del sujetador, tardé unos minutos en arreglarme un poco y cuando levanté la vista él ya no estaba y la conversación telefónica estaba cortada, me sentía rabiosa, frustrada, la respiración agitada, me levanté y me dirigí a la salida ya casi no había nadie en la sala, fui la última en salir de allí, la calle estaba sola, miré en ambas direcciones y ni un alma, emprendí el camino de vuelta a casa avancé unos cincuenta metros en dirección al coche maldiciendo internamente, de repente me sentí atrapada por unos fuertes brazos que me empujaron a un oscuro callejón. Me giró poniéndose a mi espalda, sus manos apretaron mis tetas muy muy fuerte, de un tirón abrió mi camisa, los botones saltaron en todas las direcciones…. su mano sacó mis tetas del sujetador. —Hola puta… ¿calentita del cine? —su lengua recorría mi cuello, sentía la dureza de su polla rozando mi culo. La busqué con las manos la apreté, caliente, palpitante, anhelaba, acariciarla, probarla, chuparla, pero él estaba clavado a mi espalda presionando su polla contra mí, deslizándola en el círculo que hacían mis manos, tiraba de mis pezones hasta que me oía gemir y los soltaba, puso la mano en mi cuello y empujó mi cabeza hacia abajo, tuve que soltar su polla y apoyar mis manos en la pared, mi falda inevitablemente subió dejando mi culo al aire. —¿Estas caliente puta? Balbuceando le respondí que sí, que lo estaba, volvió a preguntarme lo mismo así que repetí mi respuesta alzando la voz y volvió a repetir la pregunta en voz aún más alta, chillé con todas mis fuerzas que sí, que estaba caliente, salida, que me sentía una perra en celo…. A todas estas sus manos hurgaban en mi coño, apresaban los labios los restregaban el uno al otro, su dedo recorría el borde de mi raja, sin entrar solo provocándome, me sujetaba a la pared inclinándome más, ofreciéndole mi coño, deseaba que me follara, empecé a murmurarlo en voz baja: —Fóllame, fóllame… Él se acercó a mi cuello apoyando todo su cuerpo en mi espalda. —¿Que me dices puta?, ¿Que quieres que te folle? Sus dedos eran inclementes entrando y saliendo de mi coño, al principio lo hacía con suavidad, pero notaba mi deseo, mis caderas se movían cadenciosas buscando sus dedos, empujándose contra ellos, emitía pequeños gritos cuando los sentía entrar. Grite de nuevo que sí, que quería que me follara. Sus dedos salieron de mi coño, lentamente subieron por el canal de mi culo y sin pérdida de tiempo los empujo dentro de él, estaban empapados de mis jugos pero aun así la embestida fue violenta, fuerte, dolorosa, grité y mis rodillas se doblaron, pero su otro brazo me tenia sujeta por la

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cintura impidiéndome caer, siguió penetrándome sin cesar, mi excitación no podía ser mayor. En dos ocasiones apartó mis manos de mi coño, no quería que me corriera aún, a cada embestida me decía. —Aún no, un poco más, que disfrutes como una perra, como la puta que eres De repente su mano se detuvo, bajo la cremallera de su pantalón y sacó su pene, lo cogió con la mano derecha mientras lo pajeaba rápido y con fuerza y me penetró, sus manos en mis caderas cogiéndolas fuertemente, su dura polla forzaba mi culo mis manos volaron inevitablemente a mi coño. Oí como su respiración se aceleraba, como su ritmo se hacía más y más rápido. —Ahora sí puedes correrte puta —murmuró sin dejar de embestirme—. Me voy a correr en tu culo… Mis dedos volaban en mi coño, sentí como mis piernas se tensaban y ese temblor subía por ellas, grité con todas mis fuerzas cuando sentí el orgasmo, violento, caliente, duradero. Oleadas de frío y de calor recorrían mi cuerpo, calambrazos, los jugos chorreaban por mis piernas que temblaban, en un segundo sentí como su leche invadía mi culo, los chorros de su corrida dentro de mí, su respiración fuerte, sus embestida que empezaron a ser más suaves… hasta que cesaron. Sentía como su leche se deslizaba por mi trasero, sentí sus dedos entrado a mi boca, estaban empapados, nada mas lamerlos supe que era de su leche, los lamí con ganas, dejando sus dedos limpios del todo. Sacó su polla de mi culo, recorrió con sus dedos mi coño empapado, mis nalgas aun en pompa y desapareció. La oscuridad invade la habitación, estoy sola en la cama, le busco, está de pie frente a mí. —Sedúceme —esa fue su petición. Se alejo un poco para mirarme, entre ambos no mediaban más de cinco metros, me sentí torpe, insegura. Lo notó, se acerco lentamente, me sentó en la cama, cruzó mis piernas, solo llevaba puestas mis bragas, puso los dedos sobre mis ojos cerrándomelos, se acercó y susurró a mi oído: –Hazlo sólo para mí. Le sentí alejarse, el sonido del sofá cuando se sentó, el encendedor dando fuego a un pitillo, el olor a tabaco. Aún con las piernas cruzadas, mis dedos subieron desde las rodillas donde habían estado posados lentamente por la unión de ambas piernas por encima de mi pubis, la línea de mi obligo hasta mis pechos, los acaricie lentamente. Un relámpago de calor bajo desde el centro de mi pecho hasta mi sexo, sentí como mi sexo se humedecía mas. Tiré suavemente de mis pezones, oí como respiraba más fuerte, una sonrisa se dibujó en mis labios, mis manos siguieron jugando apretando, pellizcando y tirando de ellos, mis muslos se frotaban lentamente uno contra el otro. Humedecí mis dedos en mi boca y con ellos tracé círculos en mis pechos, volví a humedecerlos y a trazar un delgado camino pasando por mi ombligo hasta mi sexo en sentido inverso a como lo había hecho antes, sentía sus movimientos inquietos en el sofá, me gire en la cama poniéndome boca abajo, fui subiendo mi trasero lentamente poniéndome casi de rodillas sobre el colchón pero con la cabeza apoyada sobre las sábanas, lentamente fui abriendo mis piernas, imaginaba la visión que tendría de mi

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cuerpo, deslice mis manos por el interior de mis muslos hasta llegar a mi sexo, luego por mis nalgas, siguiendo la línea del bikini metiendo un dedo por debajo del hasta que mis dedos estuvieron en mi sexo. Aparté a un lado el tanga, mis dedos jugueteaban rodando en círculos pequeños, los gemidos escapaban sin querer de mi boca, mis pezones estaban erectos, mi sexo mojado, aun mi piel estaba caliente por el encuentro anterior, pero saberle allí, mirándome, sabiéndole excitado me excitaba más aún, deje volar mi imaginación, mis manos eran las suyas, mis dedos se vislumbraban entre mis piernas, mis nalgas sobresaliendo, mi cabeza hundida, gimiendo suavemente con cada roce, deslice un dedo dentro de mi vagina, era tanta mi humedad que no hubo ninguna resistencia, deje que entrara y saliera lentamente, en mi imaginación era su pene el que penetraba en mi, pronto un dedo fue insuficiente y deje que fueran dos los que me penetraran, oí su gemido en la oscuridad, me giré apoyándome sobre mi espalda mis dedos chorreaban, tal era mi grado de humedad, me asustaba esa excitación provocada por el hecho de ser observada, del poder que sentía sabiéndole allí excitado con mi visión, abierta de piernas, con mis manos jugueteando con mi sexo. Le sentí acercarse y sonreí, apreso una de mis manos y la ató a la cabecera de la cama, se acerco a mi oído y susurró: —A ver qué tal lo haces con una sola mano. Y se alejó nuevamente, eso me excitó aun mas deslice mi trasero hasta el mismo borde de la cama abrí mis piernas lo mas que pude y me empecé a masturbar, trazaba círculos alrededor de mi clítoris suaves, muy suaves, luego bajaba hasta la entrada de mi sexo y me penetraba muy suavemente uno, dos, tres dedos, mientras con el pulgar seguía la caricia en mi clítoris estaba tan empapada que mis dedos se deslizaban solos, incremente el ritmo, mi deseo es acuciante ya, mis caderas empiezan a girar, mis gemidos se intensifican, siento deseos de llegar al orgasmo, pero a la vez deseo seguir con ese juego, dejo que mi dedo se deslice hasta la entrada de mi ano, lo acaricio lentamente subo hasta mi sexo y bajo de nuevo con mis dedos humedecidos con mi humedad, pruebo a penetrarme con un dedito, muy lentamente, hasta que lo meto todo dentro, es un placer enorme mis dedos jugando en mi clítoris y a la vez penetrándome, sé que es difícil pero lo intento con dos, levanto mis piernas en el aire quiero que veas cómo lo hago, mis piernas en v, mis dedos bajando de mi vagina a mi ano ya son dos los dedos que tengo dentro, mi placer es enloquecedor, mis dedos vuelven a mi sexo, necesito correrme ya, los giros son cada vez mas rápidos, mis gemidos pequeños gritos te digo que mires, que no aguanto más que voy a correrme, mis dedos vuelan en mi clítoris, el orgasmo es casi instantáneo, lo siento como se apodera de mí, me tensa, me encoje cada musculo, entra por mis pies sube y estalla en mi sexo obligándome a gritar, son apenas segundos, intensos que me desbaratan en mil, placenteros, locos… Me pierdo en el placer de la sensación… Estoy totalmente despierta, mi mano aun atada a la cama, una idea dando vueltas a mi mente…. ¿Fantasía o Realidad?

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