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La España de ayer y de hoy

John H. Elliott (UIMP, 4/9/08)

Es para mí un gran placer volver a Santander y a esta Universidad, que en 1987

me otorgó generosamente su medalla de honor. Recuerdo con gran afecto, teñido con

pesar, a mi amigo Ernest Lluch, su distinguido rector, cuya brillante carrera,

interrumpida por una muerte trágica, refleja esa combinación de sol y sombra que

caracteriza la historia de la España moderna y contemporánea. Como los demás

participantes en este curso, he sido invitado, en mi calidad de historiador, a presentar

mi

“visión de España” y, al hacerlo, aludiré a momentos tanto de sol como de sombra

en

mi intento de mostrar cómo veo el pasado, presente y futuro de un país al cual he

dedicado una parte significativa de mi carrera profesional, y en el que me considero

afortunado de tener más amigos de los que puedo contar.

Cuando miro a España en la actualidad, lo hago a través de dos lentes distintas.

La primera es la lente de la década de 1950, en la que por primera vez llegué a

conocer el país y sus gentes por primera vez. La segunda, una lente menos nítida, es

la formada por mi larga exposición a la historia de España y la monarquía española de

los siglos XVI y XVII a ambos lados del Atlántico. Estas dos lentes me han ayudado a

definir, aunque espero que no a distorsionar, mi visión de España a principios del

siglo XXI. Se trata inevitablemente de una visión personal, que puede o no parecerse a

la que surja de las ponencias de otros contribuyentes a este curso.

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Hace ahora 58 años desde que puse por primera vez el pie en tierra española.

Llegué aquí en junio de 1950, sabiendo sólo algunas palabras del idioma, como

miembro de un grupo de unos doce estudiantes que cursaban el primer año de

licenciatura en la Universidad de Cambridge. Pasamos seis semanas viajando por la

Península en una maltrecha camioneta, durmiendo en pensiones baratas o al aire libre,

bajo los olivos. La España que veíamos era una país que surgía dolorosamente de la

tragedia y las miserias de la guerra civil. Sentíamos la pesada mano del régimen

franquista en los controles policiales interminables sobre nuestros documentos;

podíamos entrever el poder de la iglesia en las muchedumbres que salían de las

iglesias tras asistir a las misas del domingo; y observamos el sorprendente contraste

entre los bien vestidos y alimentados de las ciudades en sus paseos vespertinos y los

niños flacuchos y harapientos, sobre todo en Andalucía, los cuales se apiñaban en

torno a nosotros cuando nos sentábamos en los bares y cafés pidiéndonos monedas y

comida. Quedamos muy impresionados por la amabilidad y dignidad personal de casi

todo el mundo con quien tuvimos trato, pero al mismo tiempo nos dimos profunda

cuenta de las terribles cicatrices que había dejado la guerra civil y el retraso

económico de un país que en muchos aspectos parecía más próximo a la España de la

década de 1840 descrita por George Borrow que a una Europa occidental ya en

marcha, a medida que comenzaba su dramática recuperación de la devastación

producida por la Segunda Guerra Mundial.

Se trataba sólo de impresiones iniciales y superficiales, pero fueron reforzadas

por experiencias más dilatadas de la vida en España cuando volví por largos periodos

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en 1954-55 y de nuevo en 1955-56 para investigar en archivos y realizar mi tesis

doctoral sobre los orígenes de la rebelión catalana de 1640 contra el gobierno de

Madrid. Recuerdo en particular dos pequeños incidentes que ayudarán a transmitir

algo de la atmósfera de aquel tiempo y del peso agobiante que el pasado tenía aún

sobre el presente. Un fin de semana estaba intentando esbozar una acuarela del castillo

de Simancas cuando se me acercó con desconfianza un campesino, que parecía

suponer que yo era un espía francés

¡Sombras de la era napoleónica! En otra ocasión

estaba visitando la capilla de un convento en una ciudad de Castilla la Vieja cuando se

me acercó una monja que, al enterarse de que yo era protestante, me reprendió por

profesar una religión fundada por un monarca impío y polígamo como Enrique VIII.

En tales ocasiones me parecía que España había quedado atrapada sin poder liberarse

en el túnel del tiempo.

Naturalmente, todo esto casaba bien con las intenciones de un régimen que

proclamaba sin cesar que tan sólo España había permanecido fiel a los valores

trascendentales que la habían hecho grande, mientras que el mundo a su alrededor se

hundía

cada

vez

más

en

un

cenagal

de

liberalismo,

comunismo,

ateísmo

y

materialismo. A cada paso se me recordaba la presencia abrumadora de esta España

oficial, en particular porque pasaba gran parte de mi tiempo en una Cataluña sometida

a la pesada mano del régimen franquista. Pero al mismo tiempo se me aparecía otra

España que se negaba a ser reprimida. Tomé conciencia de ella, por ejemplo, cuando

un limpiabotas en el Paseo del Prado me recitó mientras sacaba brillo a mis zapatos un

largo poema satírico sobre Franco y sus esbirros que me parecía descender en línea

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directa de las sátiras contra el Duque de Lerma y contra el Conde-Duque de Olivares.

Era consciente de ella también a través de los abundantes chistes subversivos y las

burlas con que se saludaban las películas cuyas tramas se habían convertido en

incomprensibles a causa de las actividades de censores empeñados en mantener los

más rígidos niveles de decencia mediante la eliminación de incluso la más vaga

sugerencia de una relación adúltera. Creo que la atmósfera de esta España de los años

1950 que tenía sentido del humor, cultivaba la sátira y se reía de sí misma ha quedado

plasmada para siempre en esa brillante película dirigida en 1953 por Luis García

Berlanga “Bienvenido Mister Marshall”, poco después de que Franco negociara con

éxito el tratado que le aseguraba el apoyo de los Estados Unidos. Se trata de una

película que vi en un cine español al poco de su estreno. Como muchos de los aquí

presentes sin duda recordarán, los habitantes del pueblo de Villar del Río se

preparaban con una excitación creciente para lo que se preveía como una abundante

lluvia

de

dólares,

tan

sólo

para

quedar

decepcionados

cuando

la

delegación

estadounidense, al llegar al final, pasa rápidamente por la calle mayor sin ni siquiera

detenerse. Después de este momento de desengaño, el pueblo vuelve con humor

amargo a su rutina cotidiana.

Nada,

pensaba

yo,

podía

aplastar

esta

España

alternativa,

básicamente

antiautoritaria, la España, a fin de cuentas, de Fuenteovejuna. Durante gran parte de su

existencia, la sociedad española ha sido fuertemente jerárquica, y cuando lo conocí el

país seguía caracterizándose por los extremos de riqueza y pobreza lapidariamente

resumidos en las palabras de la abuela de Sancho Panza: “Dos linajes solos hay en el

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mundo, que son el tener y el no tener”. A pesar de ello, y de los elevados niveles de

hipocresía que implicaba la conformidad exterior con las normas impuestas por

Estado e Iglesia, era consciente de una dignidad y un igualitarismo en las relaciones

personales que trascendía las fronteras de clase y riqueza, y en algunos aspectos hacía

esta sociedad profundamente atractiva para alguien que venía de la sociedad, todavía

clasista, británica de mediados del siglo XX.

Aunque las desigualdades quedaran anuladas en la vida cotidiana por un grado

inesperado de franqueza en las relaciones personales, nada podía compensar por la

falta de libertad que todavía arrojaba su sombra sobre España. La censura, el control

sobre la radio y la prensa, la ubicua presencia de la policía y la Guardia Civil,

producían en el país una atmósfera tan sofocante desde el punto de vista intelectual

que a uno casi le entraban ganas de pedir

a

gritos un poco de

aire. Al verme

enfrentado a periódicos cuyo contenido era idéntico o poco menos, tan sólo podía

hacerme una idea de lo que realmente estaba pasando en el mundo leyendo la prensa

extranjera en la biblioteca del British Council.

La ausencia de libertad era algo totalmente ajeno a mi experiencia y, al vivir y

trabajar en Barcelona, la percibía de forma particularmente exacerbada. En un tiempo

en que estaba intentado aprender catalán para leer los documentos de los archivos y

comprender mejor la sociedad que estaba estudiando, las numerosas prohibiciones que

afectaban a su uso, ya fuera en los nombres de las calles, en la prensa o en la mayoría

de las publicaciones, me mostraban de manera palmaria, quizá como nada más pudiera

haberlo hecho, lo que significaba vivir en un país que no era libre. La lengua ha sido

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piedra de toque de la libertad desde el movimiento romántico de principios del siglo

XIX y, ya en las primeras décadas del siglo XVII que estaba investigando, el estallido

de disputas sobre el uso del catalán y del castellano en sermones y proclamaciones

oficiales presagiaban lo que iba a ocurrir. Como ya he contado en alguna ocasión, me

quedaron recalcadas las continuidades de la historia cuando, sin reflexionar, utilicé el

catalán para pedir indicaciones a un guardia de tráfico y obtuve como única respuesta:

“Hable la lengua del imperio”. Tan sólo una semana o dos antes había leído un folleto

castellano de la década de 1630 que se lamentaba de la falta de voluntad e incapacidad

de los catalanes para hablar “la lengua del imperio”. Parecía como si no hubiera

habido cambios entre 1630 y 1950.

Hasta cierto punto, no los había habido. Al vivir en Cataluña, e identificarme

progresivamente con la sociedad catalana contemporánea mientras exploraba su

agitado pasado, me encontré cara a cara, de modo intensamente personal, con uno de

los eternos temas de la historia peninsular: la cuestión de la unidad y la diversidad, y

de la unidad en la diversidad. Se trata, naturalmente, de un tema que ha sido básico

para la historiografía española y ha reaparecido continuamente en mi propia obra,

empezando con La rebelión de los catalanes y La España imperial. El conocimiento

íntimo, emocional y psicológico, de lo que significa pertenecer a una nacionalidad

suprimida, adquirido durante ese periodo formativo en la Cataluña de los años 1950,

ha conformado inevitablemente mi visión de España. Me hizo verla como un país no

monolítico, sino pluralista: no como una España, sino como las Españas.

Más adelante tendré algo más que decir en esta charla sobre la cuestión de la

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unidad y la diversidad, pero la menciono ahora porque a mí se me presentó como una

revelación en los años 1950 y desde entonces ha condicionado gran parte de mi

pensamiento, no sólo sobre España, sino también sobre Europa y mi propio país. Me

empujó hacia una visión de la Europa moderna como una Europa de monarquías

compuestas, con un alineamiento más estrecho entre la experiencia histórica de

España y la de otras sociedades contemporáneas europeas. La difícil relación entre el

centro y la periferia, entre el estado y las sociedades locales o provinciales con su

propio sentido de identidad colectiva no es un fenómeno único de España, sino una

característica del sistema estatal europeo y del modo como se ha desarrollado.

Este hecho me parece de gran importancia porque suscita por entero la cuestión

de cómo enfocamos el pasado de España. Aunque en la década de 1950 Jaume Vicens

Vives, José Antonio Maravall y Antonio Domínguez Ortiz ponían en tela de juicio

algunos de los supuestos fundamentales de la historiografía española tradicional,

cuando comencé a trabajar en España la interpretación dominante sobre su pasado era

esencialista. Como es bien sabido, la generación de 1898, en su busca de las causas

del desastre nacional, estableció un programa para el futuro al centrarse en el llamado

“problema” de España. En palabras de Ramiro de Maeztu, escritas in 1913, “Al cabo,

España no se nos aparece como una afirmación ni como una negación, sino como un

problema” 1 . Las causas del problema, y las posibles soluciones para él, había que

buscarlas, y encontrarlas, en el fondo de la psique nacional. Esto empujaba a los

historiadores a identificar y disertar sobre una serie de características nacionales,

supuestamente inalteradas a través del tiempo y el espacio. Se establecían contrastes

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entre dirigentes corruptos y un pueblo en esencia “sano”, pero traicionado desde

arriba.

Se

daba

gran

importancia

a

la

“solidaridad”

por

una

parte,

y

al

“individualismo”

por

otra,

y

los

valores

que

se

decía

que

presuntamente

ejemplificaban España en la cima de su poder – su religiosidad y su idealismo – iban a

ser pregonados sin cesar por el régimen franquista.

La

búsqueda

de

la

España

esencial,

y

de

los

rasgos

supuestamente

permanentes de su carácter nacional, ya fueran negativos o positivos, tendía a excluir

la consideración de factores sociales o económicos en la interpretación del pasado

español, y lo compartimentaba en su propia casilla, divorciado de la experiencia

histórica del resto de Europa. Mi propia formación como historiador en Cambridge,

con su fuerte énfasis en la historia tanto económica como europea, me hizo sentir

instintivamente poca simpatía por el punto de vista esencialista de la historia de

España. Mi enfoque se vio reforzado por mis lecturas de Fernand Braudel y otros

historiadores franceses de la escuela de los Annales y también por mi estrecha relación

en Barcelona con Jaume Vicens Vives y sus estudiantes, quienes también se habían

visto influidos por los vientos historiográficos que entonces ahora soplaban desde

Francia y ponían en duda la interpretación predominante, igualmente esencialista, del

pasado catalán. Mis descubrimientos en los archivos durante esos años en España

reforzaron todavía más mi convicción de que el pasado español era demasiado

complejo para ser reducido a una única interpretación y que, si bien España poseía,

como cualquier estado europeo, características históricas distintivas propias, también

ofrecía muchos rasgos en común con las sociedades españolas contemporáneas.

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Una consecuencia de lo anterior, en mi opinión, y en la de otros historiadores

de las décadas de 1950 y 1960, fue la disminución de la supuesta singularidad de

España.

¿Acaso

no

contaban

otros

estados

europeos

también

con

sus

propios

estadistas empeñados en la centralización administrativa, sus propias filas de ociosos

y desempleados, sus propios momentos de expansión y declive económicos? En tal

caso, ¿cuál era la importancia del carácter nacional, o lo que se suponía carácter

nacional,

como

clave

para

desentrañar

los

enigmas

del

pasado

español?

Otra

consecuencia fue la puesta en duda de todo el concepto de una España inmutable.

Incluso durante los periodos de relativo aislamiento, el ejemplo y las influencias del

extranjero habían tenido un impacto sobre el desarrollo de políticas; los individuos,

intencionadamente o no, podían desatar fuerzas que más tarde no podían controlar; y

la contingencia (el fracaso, por ejemplo, de Carlos II en engendrar un heredero) era

siempre

susceptible

de

desempeñar

un

papel

inesperado

en

el

rumbo

de

los

acontecimientos. La continuidad no era el único rasgo de la historia española. Al lado

de las continuidades, que ciertamente eran muy fuertes, había también cambios.

Para alguien como yo que, aun sin vivir de hecho aquí, ha estado volviendo

constantemente a España en las décadas de 1960 y 1970, la sensación de cambio se

hizo pronto palpable, y se trataba de un cambio a un ritmo crecientemente acelerado.

El caparazón del régimen franquista permanecería en su lugar hasta 1975, pero dentro

de ese caparazón estaban en marcha enormes transformaciones económicas y sociales.

Una estructura económica en mejora, el impacto del turismo, el número creciente de

mujeres con educación universitaria (que creo que será visto como uno de los cambios

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sociales más importantes de la segunda mitad del siglo XX) – todos estos factores

estaban cambiando el país desde finales de los años 1960. Con la transición a la

democracia y el establecimiento de una monarquía constitucional, el ritmo de cambio

se hizo electrizante. El país se transformó hasta resultar irreconocible. La España del

año 2000, sencillamente, no era la España que había visitado por primera vez

cincuenta años antes.

El periodo entre 1975 y 2000 podría llegar a ser considerado en retrospectiva

como un periodo dorado de la historia de España. En muchos aspectos, ejemplificaba

aquellos rasgos de la España alternativa que había podido entrever ocasionalmente en

la década de 1950 cuando contemplaba mi bola de cristal. Lo primero, y más

importante, es que era una sociedad libre, que disfrutaba de una libertad de expresión

que al fin la había puesto a la par con las otras democracias del mundo occidental. No

hay duda de que esa libertad de expresión se vio acompañada por excesos: pienso, por

ejemplo, en la pornografía que inundaba las revistas a la venta en quioscos después de

1975, que me parecía una reacción lamentable aunque comprensible contra la

hipocresía y la mojigatería de la era franquista. Pero los españoles podían de nuevo

decir lo que pensaban, y los beneficios culturales y sociales fueron inconmensurables.

Estos beneficios se reflejaban en el dinamismo y la creatividad de las artes en

la España de finales del siglo XX. Tras aquellos que ya habían labrado su reputación

internacional en la etapa anterior, como Chillida y Tapies, hizo eclosión a partir de

entonces toda una pléyade.

Los nombres de Rafael Moneo y Santiago Calatrava,

Pedro Almodóvar y Javier Marías, Miquel Barceló y Ainhoa Arteta, entre tantos otros,

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son suficientes para hacernos una idea de la fuerza con que España ha emergido de su

largo periodo de aislamiento para recuperar su lugar en el mapa de la cultura mundial.

La renovación de El Prado, el establecimiento de las fundaciones Thyssen y Reina

Sofía y el florecimiento de museos municipales, provinciales y regionales abundan en

la misma percepción. Los sucesivos gobiernos han llegado a apreciar la manera en que

la imagen de una nación puede ser transformada por sus logros culturales, y cómo esa

nueva imagen puede ser promovida mediante grandes exposiciones artísticas tanto

dentro del país como en el extranjero.

Tales logros, sin embargo, no habrían sido posibles, o habrían quedado

seriamente limitados en su alcance, si una revolución económica no hubiera tenido

lugar simultáneamente. La nueva sociedad abierta de la década de 1970 se convirtió

también, a un ritmo sorprendente, en una sociedad próspera, que sacó a una parte

importante de la población de una pobreza absoluta o relativa y creó una clase media

en rápida expansión. Dio un impulso nuevo y más amplio a aquellos talentos

empresariales que se habían manifestado erráticamente en periodos anteriores, como

en la Castilla de principios del siglo XVI, o habían tendido a ser más regionales que

comunes, como ejemplifican la Cataluña y el País Vasco del siglo XIX y principios

del XX. El alcance de la transformación resultante ha sido sorprendente. ¿Quién

hubiera podido haber imaginado en 1950 que compañías españolas comprarían

cincuenta años después bancos británicos o se harían cargo, aunque quizá con

resultados no del todo satisfactorios, de la British Airports Authority?

Dicho con otras palabras, España, tras cuarenta años de aislamiento, volvía a

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ser parte de Europa y del mundo occidental. Los jóvenes españoles, cuyos padres

habían disfrutado de pocas oportunidades, o ninguna, para viajar al extranjero, ahora

lo hacían libremente, y podían comparar su propio estilo de vida con los de su

generación

en

otros

países.

Realizaron

estancias

en

universidades

extranjeras,

aprendieron

idiomas

y

se

familiarizaron

directamente

con

técnicas

y

métodos

foráneos. Con sólo mirar al mundo de la historia profesional, me asombro del modo

en que la nueva generación de historiadores españoles ha conseguido mantenerse al

corriente

de

las

últimas

tendencias

de

la

historiografía

francesa,

inglesa

y

estadounidense, y se ha integrado en la comunidad historiográfica internacional. Es

posible que los historiadores españoles aún no se hayan aventurado muy lejos en la

historia de otros países que el suyo propio, pero el estudio de su propio país se ha

renovado y revigorizado por su participación en los movimientos historiográficos

contemporáneos.

Como es bien sabido, desde finales del siglo XVII la imagen de España en

Europa ha sido la de un país antaño poderoso y orgulloso que ha caído en malos

tiempos. Con relación a las sociedades más dinámicas del norte de Europa, parecía

haberse condenado a un permanente retraso económico a causa de su fracaso para

entrar en una nueva era de la ciencia, la razón y el cambio tecnológico. Como

consecuencia de este fracaso, se había sumido en el letargo, viviendo del recuerdo de

pasadas glorias, atenazada por las garras férreas de la superstición, la intolerancia y la

pereza. Esta imagen siempre fue, naturalmente, una caricatura, pero fue una caricatura

con un profundo impacto en la psicología colectiva y se vio reforzada por la pérdida

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del imperio americano en las primeras décadas del siglo XIX, el desorden político a

mediados de la centuria, los acontecimientos de 1898 y la precipitación en la guerra

civil en la década de 1930. Para españoles y extranjeros por igual, el fracaso parecía

escrito en la cara de la España moderna y contemporánea.

Los tiempos de cambio traen consigo un cambio de percepciones, pero estas

tienen la costumbre de quedar rezagadas tras las realidades. Aunque el golfo que

separa a la economía española y la de los países avanzados del mundo occidental ya

ha desaparecido, ha llevado tiempo que los españoles se adapten a las realidades del

éxito. Tienden a persistir ocultos la duda y el cinismo, como si todo lo que ha ocurrido

fuera demasiado bueno para ser verdad. Aunque la leyenda negra pueda haber sido

sustituida en gran medida en el mundo exterior por la imagen de una España vibrante

y dinámica, todavía parece latir escondida en la psique española, y pienso que ello se

hace evidente en sus actitudes hacia Europa. La adhesión a Europa de la nueva España

democrática tenía mucho sentido desde el punto de vista político y económica, y

ciertamente era la única vía para liberarse del aislacionismo de las décadas anteriores.

Pero el entusiasmo del abrazo y la ausencia de un debate nacional profundo sobre el

carácter y la dirección de la Comunidad Europea, tanto en el momento de la unión

como desde entonces, también puede ser vista como un síntoma de cierta falta de

autoconfianza. Europa representaba la modernidad que tantos españoles anhelaban.

Cualquier cosa que alineara a España con Europa, por tanto, tendía a ser aceptada sin

discusión. Era Europa, no España, la que tenía todas las respuestas.

Creo que, como sucede a menudo, las tendencias de la época pueden ser

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detectadas en los escritos de los historiadores contemporáneos. La europeización de

España se ha visto reflejada en la europeización retrospectiva de la historia española.

Aunque yo mismo fui un temprano defensor del intento de mostrar las afinidades entre

los desarrollos históricos de la Península y los de otras sociedades europeas, pienso

que el procedimiento puede llevarse demasiado lejos. En algunos aspectos, España

ofrecía llamativas similitudes con otras partes de la Europa occidental y mediterránea.

En otros, manifestaba marcadas diferencias. La presencia, por ejemplo de una

importante

minoría

musulmana,

en

gran

parte

sin

asimilar,

tuvo

enormes

consecuencias para el futuro de España. También la tuvo el carácter relativamente

tardío de la expulsión de los judíos y su papel pionero en la creación, explotación y

gobierno de un imperio de ultramar. Se trata de diferencias significativas, que

conformaron el desarrollo de España de manera distintiva y que no deberían ser

minimizadas.

Al

mismo

tiempo,

sin

embargo,

advierto

otro

desarrollo

reciente

en

la

historiografía española que me parece apuntar hacia un cambio saludable en las

actitudes

subyacentes

la

sociedad

española

en

su

conjunto.

Generaciones

de

historiadores españoles se han interesado por el problema de la decadencia, el cual

también ha ocupado gran parte de mi atención en el curso de los años. En mi opinión,

las palabras declinación y decadencia no pueden ni deben desaparecer del vocabulario

histórico, como si fueran tocadas por una varita mágica, pues una u otra ha estado en

boca de generaciones de españoles desde el siglo XVII en adelante para expresar su

opinión sobre lo que sucedía a su alrededor. La recuperación de percepciones, después

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de todo, es una parte tan integral de la investigación histórica como la recuperación de

lo

que se supone “realidad”. Pero me parece una señal saludable que la nueva

generación

de

historiadores

españoles

dedicados

a

la

época

moderna

se

haya

distanciado de la antigua obsesión nacional por la decadencia y haya comenzado a

concentrar su atención en la resistencia y capacidad de supervivencia de la monarquía

española

y

en

su

funcionamiento

como

un

organismo

político

duradero

y

relativamente eficaz. Se puede apreciar un estímulo parecido en la actual revaloración

del historial económico de la España decimonónica. Si

mi interpretación de esta

evolución en los intereses es correcta, significaría que el resultado de un cuarto de

siglo de progreso social y económico ha sido mitigar, aunque quizá sin llegar a

eliminar, el hipnótico interés que el fracaso y la derrota ejercen sobre la psique

española.

Dicho esto, sin embargo, creo que hay una serie de señales de advertencia, de

las que me he hecho cada vez más consciente en el curso de los últimos años. Es quizá

demasiado pronto para sugerir que la nueva edad de oro española acabó en torno al

año 2000, pero 2000 y 2008 no son lo mismo. Los últimos ocho años han visto, en mi

opinión, cómo caían sombras sobre lo que durante un cuarto de siglo había parecido

un paisaje cada vez más soleado. Si he de exponer con honestidad mi visión de

España, no puedo evitar hablar de algunas de estas sombras, aunque soy del todo

consciente de que, como observador externo, mi visión puede ser parcial, por más que

haya sido conformada por el conocimiento histórico y la experiencia personal.

En las décadas de 1950 y 1960 tenía a veces la impresión de que vivía y

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trabajaba en una sociedad dominada por el monólogo. Todos, comenzando por la

escalafón superior del régimen, insistían en ahogar las voces de los demás y no

parecían mostrar interés en la expresión de puntos de vista alternativos, cuya misma

existencia, de hecho, se sentían poco dispuestos a reconocer. Después de 1975 noté lo

que me pareció un cambio importante. La gente por fin parecía estarse escuchando

entre sí. Creo que los resultados de esta voluntad de escuchar se reflejan en la

Constitución de 1978. Como todas las constituciones escritas, fue sin duda un

documento imperfecto, pero fue claramente el fruto de un auténtico diálogo entre

gentes con opiniones políticas muy diferentes, que se habían escuchado los unos a los

otros y estaban dispuestos a dejar de lado algunas de sus propias convicciones más

profundas en busca de un consenso que les permitiera salvar sus diferencias. Fue un

logro admirable, que hizo posible la consolidación de España como una sociedad

auténticamente democrática en la cual la voluntad de la mayoría se expresaba a través

de las urnas y los perdedores aceptaban los resultados y esperaban su turno.

La voluntad de entrar en diálogo y la búsqueda, y respeto, del consenso eran

impulsadas claramente por el miedo a una vuelta a la guerra civil y tengo la impresión

de que los historiadores no han prestado suficiente atención al impacto psicológico de

la guerra civil y la violencia intestina como fenómeno histórico generalizado. Ya sea

en Francia tras las Guerras de Religión, en Gran Bretaña tras las guerras civiles y los

trastornos políticos del siglo XVII o en España tras la Guerra Civil, llega un momento

cuando parece cualquier cosa debe de ser mejor que una vuelta a los horrores del

pasado. El anhelo de estabilidad y orden pasa a ser la emoción dominante y, si bien

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ello puede llevar a la aceptación de soluciones autoritarias, también puede conducir a

una determinación de escapar al ciclo de la guerra civil reconociendo la necesidad de

tolerancia mutua y de la creación de cierta forma de consenso que sirva de base para la

reconciliación nacional.

Pero las prioridades de una generación no coinciden necesariamente con las de

la próxima. A medida que las guerras civiles se alejan en el pasado, los recuerdos se

desvanecen y surgen nuevas generaciones que carecen de la experiencia personal de

tales conflictos e incluso quizá de los regímenes con puño de hierro que tan a menudo

las suceden. En los últimos años se ha hecho visible un cambio generacional en

España, y con él un grado de polarización que no era evidente en los primeros

veinticinco años de la nueva España democrática. De hecho, en ocasiones parece

como si el diálogo estuviera siendo sustituida otra vez por el monólogo, y la tolerancia

mutua está siendo relegada a un lugar secundario por las constantes exigencias de

programas partidarios.

Tengo que confesar que mi visión antes optimista de España está siendo

ensombrecida por lo que me parece un resurgimiento del dogmatismo. ¿Qué ha

fallado, si es que algo lo ha hecho, y cómo se explica tal cambio? Hasta cierto punto,

pienso que puede considerarse, al menos en parte, como un proceso natural de reajuste

a medida que una vieja generación pasa el relevo a la siguiente. El consenso alcanzado

por la transición tuvo naturalmente un precio. La condición de cualquier consenso es

que muchos de los rasgos más desagradables del periodo inmediatamente anterior se

meten

debajo

de

la

alfombra,

de

modo

que

allí

se

quedan

para

pudrirse.

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Inevitablemente, cuando una nueva generación sin recuerdos del pasado reciente tira

de una esquina de la alfombra, ve lo que hay debajo y decide que ha llegado el

momento de una limpieza general y a fondo. Tengo la impresión de que es lo que está

ocurriendo en la España de principios del siglo XXI y el ejemplo más evidente es la

Ley de Memoria Histórica.

El deseo de los familiares y descendientes de las víctimas de la guerra civil,

independientemente de su bando, de establecer la verdad sobre lo que exactamente

ocurrió es seguramente una reacción humana instintiva y merece ser respetada. Si la

legislación es la mejor manera de alcanzar tal fin, me parece otro asunto. La

recuperación de la memoria, a mi modo de ver, es mejor dejársela a los historiadores,

no a los políticos. Una vez que entra en el terreno del debate político, la memoria

corre demasiados riesgos de ser alterada para obedecer a fines partidarios. Estamos

rodeados de fantasmas del pasado, y encontrarnos con ellos ya sea por accidente o

deliberadamente es de por sí una experiencia perturbadora y a menudo traumática. Si

además la experiencia se ve envuelta en el torbellino de la ideología política y la

hipérbole retórica, el trauma se agrava. La memoria, como todos sabemos, dista de ser

infalible y se presta con demasiada facilidad a la manipulación. Además hay una

tendencia inherente en toda sociedad a ver el pasado como blanco o negro. La tarea de

los historiadores es indicar los matices intermedios.

El pasado, en caso de ser reconstruido escrupulosamente, puede servir no sólo

de guía sino también de advertencia. Las actitudes políticas polarizadas, reflejo a

menudo de tensiones sociales, tienden ellas mismas a desgarrar el tejido de la

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cohesión nacional y social, como muestra con demasiada claridad la historia de

España en los siglos XIX y XX. En este momento hay señales de que esta cohesión

está de nuevo bajo presión, como resultado de la evolución de los acontecimientos

tanto internos como externos. En tal situación la retórica demagógica, ya sea en el

rifirrafe del debate político o en los medios de comunicación, tiene clara tendencia a

causar daño y hace falta contrarrestarla con un liderazgo político constructivo, que es

lo que se necesita con mayor urgencia. Se trata también de momentos que piden a

gritos una clara perspectiva histórica, tan imparcial como sea humanamente posible.

De los acontecimientos externos que afectan hoy a la cohesión social y

nacional, destacaría como especialmente importante el fenómeno de la inmigración

masiva. Como otros factores que identificaré como potencialmente disruptivos, no es

en modo alguno un fenómeno único de la Península Ibérica. Las poblaciones del

mundo están en movimiento en busca de comida, trabajo y una escapatoria a la

absoluta miseria. La situación geográfica de España la convierte en un claro imán que

atrae a miles y miles de habitantes del norte y oeste de África, y la circunstancia de

que

muchos

de

esos

inmigrantes

proceden

del

mundo

islámico

despierta

inevitablemente recuerdos y miedos latentes. La España victoriosa de la Reconquista

se enfrenta de súbito a un pasado que creía haber superado.

¿Qué

puede

decirnos

el

pasado

acerca

del

desafío

planteado

por

este

fenómeno? Se ha escrito mucho sobre la convivencia étnica y religiosa en la Península

Ibérica durante la Edad Media. Aunque no soy un medievalista, me temo que el grado

de convivencia haya sido exagerado como resultado de una tendencia a construir una

20

imagen aséptica e idealizada de un pasado que era más complejo y menos correcto

desde el punto de vista político y religioso de lo que a veces se da a entender. Lo que

es seguramente cierto es que en España, como en otras partes de Europa, la tolerancia

hacia las minorías étnicas y religiosas, o al menos el consentimiento de los cristianos

sobre su presencia continuada, sufrió fuertes presiones en tiempos de depresión y

crisis económica, ya fuera

a finales del siglo XIV o a principios del XVII. En el

primer caso la comunidad judía pagó los platos rotos, en el segundo la morisca.

Por otra parte, trabajos recientes han revelado algunos ejemplos fascinantes de

tolerancia étnica y religiosa. Stuart Schwartz, en su importante nuevo libro All Can Be

Saved (“Todos pueden salvarse”) traza una descripción de la España moderna donde

un segmento significativo de la población creía en la libertad de conciencia y

rechazaba las pretensiones de la Iglesia sobre su exclusiva legitimidad. 2 De modo

parecido, Trevor Dadson, en su retrato de una comunidad manchega durante los siglos

XVI y XVII ha sacado a la luz una convivencia entre sus habitantes cristianos viejos y

moriscos tan sólida que muchos de estos no sólo consiguieron volver a casa tras haber

sido expulsados oficialmente, sino que además fueron bienvenidos por sus vecinos y

reasimilados en la comunidad que habían sido forzados a abandonar. 3 En ambos

casos, la gente corriente, o al menos parte de ella, se mostró reacia a aceptar el

discurso que las autoridades de la Iglesia y el Estado estaban intentando inculcar con

tanta fuerza. Si otros ejemplos llegan a confirmar y reforzar estos hallazgos, se podría

tener que emprender una revisión sustancial de la imagen acostumbrada de la España

moderna como una sociedad intolerante desde el punto de vista étnico y religioso. A

21

su vez, esto ofrece esperanzas de que la España del siglo XXI, en la que la religión

tiene un papel mucho menos importante que en tiempos pasados, posea reservas

naturales de tolerancia que le permitan asirse a lo mejor de sí misma y la ayuden a

absorber el actual flujo de in migrantes.

Si la afluencia de inmigrantes puede ser considerada como el nuevo factor

externo potencialmente más disruptivo de los últimos años, a menos que se trate

adecuadamente,

no hay duda para mí de que el nuevo factor interno potencialmente

más peligroso se relaciona con un punto al que antes aludía: la cuestión de la unidad y

la diversidad de España. Nadie en su sano juicio puede, o debe, tolerar la decisión de

los nacionalistas fanáticos de alcanzar sus fines cualquiera que sea el costo en vidas

humanas. El terror no puede sustituir al debate razonado y al final es siempre

contraproducente. Pero me da la impresión, cuando leo los periódicos o escucho

algunas cosas que se dicen, que el debate razonado escasea hoy en día y que

demasiados adolecen actualmente de lo que podría llamarse estrechez de miras. Me

refiero a la incapacidad de ver más allá de la propia parcela de territorio y ampliar su

visión para tener en cuenta lo que en la España moderna

común”.

se denominaba el “bien

El resultado es un localismo y nacionalismo de miras estrechas que está en

marcado contraste con la creciente interdependencia de la comunidad global. Una vez

más, creo oportuno subrayar que de ningún modo se trata de un fenómeno únicamente

español. En mi propio país se habla cada vez más de la independencia de Escocia y la

posible fragmentación del Reino Unido. En otras palabras, nos enfrentamos a un

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fenómeno de resurgimiento del nacionalismo que se extiende a través de Europa y,

después del colapso de la Unión Soviética, se propaga por toda la masa continental

euroasiática.

Es necesario, creo, situar este fenómeno en su contexto histórico. Si miro al

pasado, me parece que la explicación más importante para el resurgimiento de las

aspiraciones nacionalistas se halla en lo que se podría llamar “la desaparición del

enemigo”. Carlos V y Felipe II fueron capaces en parte de mantener su hegemonía

europea a causa de la amenaza para la Cristiandad que representaba el Imperio

otomano. Los estados menores estaban ansiosos por encontrar refugio detrás del

escudo protector de su poder. Pero en cuanto el peligro turco desapareció de vista en

las décadas iniciales del siglo XVII, esos estados más pequeños vieron que tenían

mayor margen de maniobra y abandonaron el escudo protector. ¿Se hubiera arriesgado

Cataluña a una revuelta en 1640 si la flota otomana hubiera estado navegando por el

Mediterráneo, con el apoyo de sus aliados de Argel? ¿Se habría permitido Europa caer

en un conflicto tan destructivo y prolongado como la Guerra de los Treinta Años si los

turcos aún hubieran estado golpeando con un ariete sus puertas? Si consideramos la

segunda mitad del siglo XX, me parece que podemos advertir algunas similitudes.

Mientras duró la guerra fría, los estados más pequeños se alinearon con una u otra de

las dos superpotencias, la Unión Soviética o los Estados Unidos. Una vez derrotada la

Unión Soviética y terminado el conflicto, el mundo entró, exactamente igual que le

ocurrió a la Europa del siglo XVII, en una era de relaciones internacionales mucho

más inestables.

23

Pero si la desaparición del enemigo proporciona el contexto general para el

resurgimiento

del

nacionalismo

y

las

rivalidades

nacionales

históricas,

con

propagación de país a país por medio de la influencia y el ejemplo, otro mucho más

específico lo suministra la aparición de alternativas al estado-nación, después de dos o

tres siglos marcados por su creciente dominio. Las presiones ejercidas por la estado-

nación tal como apareció sobre extensas partes de Europa hacia finales del siglo XIX

fueron sentidas, y a menudo resentidas, tanto por las localidades y regiones periféricas

como por las comunidades nacionales y étnicas con marcada memoria histórica.

Cuanto más fuerte es la mano del estado, tanto más fuerte tiende a ser la reacción que

acaba por producir entre la población, o la sección de la población, que se siente

oprimida. Incluso donde el poder del estado ha sido relativamente benigno, las

crecientes

complejidades

administrativas

y

burocráticas

tienden

a

fomentar

sentimientos de solidaridad comunal y regional como respuesta a acciones de

gobiernos centrales percibidos como fuera de conexión con las condiciones y

sensibilidades locales.

En décadas recientes, las naciones-estado se han visto desprovistas de algunos

de sus poderes soberanos como resultado de la aparición y la consolidación de la

Comunidad Europea. El consiguiente debilitamiento del estado ha abierto perspectivas

para la construcción de nuevas configuraciones políticas que pueden parecer más

adecuadas

a

las

necesidades

actuales.

De

modo

parecido,

ha

ampliado

las

posibilidades para el resurgimiento de antiguas entidades políticas o nacionalidades

suprimidas, que ven una Europa supranacional como un marco institucional que les

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permitirá escapar de incómodas restricciones y hacer realidad sus aspiraciones tan

largamente acariciadas. Me temo que, como resultados de tales acontecimientos,

estamos entrando en una era que se caracterizará por una nueva incertidumbre en las

relaciones entre las organizaciones supranacionales, los estados-nación establecidos y

aquellas comunidades étnicas y territoriales en su seno que anhelan hacer realidad sus

reivindicaciones.

Si situamos la España contemporánea en este contexto europeo más amplio,

aparece como precursora, o incluso prototipo, de la Europa del mañana. La creación

de las autonomías en la Constitución de 1978 hizo posible un grado notable de

autogobierno por parte de provincias y regiones individuales y aquellas partes de la

península con reivindicaciones históricas de entidad nacional. El resultado ha sido

altamente positivo en muchos aspectos. El control menos rígido del gobierno central

hizo que la nueva estructura política liberara energías que han revitalizado la vida

nacional en muchos niveles distintos y ha dado un nuevo impulso a la creatividad

cultural. Una sociedad pluralista, en mi opinión, tiende por naturaleza a prosperar más

que una sociedad altamente unificada y centralizada, pues la misma existencia de

diversidad ofrece multiplicidad de recursos para la renovación cuando se seca una de

las fuentes.

Así pues, considero la creación de las autonomías como un reajuste deseable y

necesario para el equilibrio de la vida nacional, en particular a la luz de lo que sucedió

durante el periodo inmediatamente precedente. Pero este tipo de reajuste exige de

todas las partes implicadas un reajuste de actitudes que no siempre se ha manifestado

25

en los últimos años. Requiere diálogo razonado, un esfuerzo continuo de comprender

puntos de vista alternativos y una capacidad por ambas partes para el compromiso. Sin

este tipo de respuesta, y sin un liderazgo político, tanto en el centro como en las

regiones, que aprecien su valor e importancia, existe la posibilidad de que España se

llegue a fragmentar en las partes que la componen, del mismo modo que existe una

posibilidad similar en el caso de Gran Bretaña.

¿Se trata de algo que debería preocuparnos? Después de todo, la Península

Ibérica de la Edad Media era un complejo de reinos separados con sus propias

características históricas y geográficas, y sus propias aspiraciones distintivas. Se

puede argumentar que la España que surgió a raíz del matrimonio entre Fernando e

Isabel en 1469 fue un constructo puramente artificial, resultado más que nada de

ambiciones dinásticas. Pero todos los estados y naciones son, a fin de cuentas,

constructos artificiales, producidos a consecuencia de complejas combinaciones de

circunstancias históricas y decisiones políticas. Como es bien sabido, en las mentes de

los miembros de las élites de los reinos peninsulares individuales del siglo XV se

albergaba la imagen de una Hispania unida que se remontaba a los tiempos de Roma y

los visigodos, y que se mantenía viva gracias a la lucha común contra el invasor

islámico. El resultado, al menos en ciertos ambientes, era un anhelo de recobrar la

unidad perdida, en gran parte imaginaria. España, en otras palabras, estaba siendo

imaginada antes de convertirse de nuevo en un hecho a finales del siglo XV y ese

proceso mental, junto a las maniobras matrimoniales dinásticas, contribuyó a hacer

realidad tal aspiración, con tanto éxito, a decir verdad, que el sueño de reunir toda la

26

península bajo un solo soberano se llegó a alcanzar por fin en 1580, aunque fuera sólo

por un periodo de sesenta años, con la ascensión de Felipe II al trono portugués.

La nueva España del siglo XVI estaba dominada por Castilla, lo cual era

inevitable. En aquel tiempo, era la región más rica, poblada y dinámica de la

Península y, aunque los vascos y otros habitantes tendrían un papel importante en el

funcionamiento del nuevo aparato estatal, el predominio castellano fue crucial para la

conformación de España y la monarquía española. La lealtad primaria de las regiones

y territorios periféricos podía ser a sus propias patrias, pero, durante la mayor parte

del tiempo en los siglos posteriores, se combinaba con una aceptación de su inclusión,

para bien y para mal, dentro de una España, y de un Estado español, que era también

capaz de inspirar su lealtad. La lealtad a la patria local no era, a fin de cuenta,

necesariamente incompatible con la lealtad a una patria española. Todos nosotros

tendemos a guardar múltiples lealtades, que cambian en grado de intensidad según la

situación en cada momento dado.

La falta de disposición a reconocer este hecho, por desgracia, ha aquejado y

distorsionado demasiadas exposiciones e interpretaciones históricas, en especial a

nivel popular, en los últimos años. Es importante que la fragmentación de España, si

es lo que está ocurriendo, no se vea acompañada, o precedida, de una fragmentación

del pasado hispánico. Excluir la dimensión española de la historia de las Vascongadas,

Cataluña o Galicia es falsear la realidad histórica. Se trata de territorios con sus

propias historias, pero estas son al mismo tiempo parte de la historia de España y no

tienen sentido ni se pueden comprender si no se tiene en cuenta este hecho.

27

No sabemos si la Europa del siglo XXI será una Europa escindida en una

multiplicidad de mini-estados. Mi propia conjetura es que las fuerzas que unen

acabarán mostrándose más vigorosas que las fuerzas que dividen, pero que habrá un

proceso de reconfiguración política y administrativa en la cual las regiones y unidades

territoriales más pequeñas, en particular las que se consideran a sí mismas naciones,

disfrutarán de mayor libertad de acción de la que contaron durante gran parte de los

siglos XIX y XX.

La España del siglo XXI no puede ser, naturalmente, la España de los siglos

XVI y XVII, pero se enfrenta a algunos de los mismos desafíos, y en tal sentido la

experiencia pasada puede proporcionar alguna orientación sobre lo que hay que

esperar. Era una España que, más allá de las fronteras de Castilla, era gobernada por

Madrid sólo en un sentido muy lato. Las leyes e instituciones heredadas por los reinos

y las provincias que la formaban hacían de ella una monarquía compuesta, por

expresarlo en términos actuales, consistente en varias autonomías. Aunque el monarca

podía recurrir a la fuerza armada en última instancia en momentos de crisis, el

funcionamiento eficaz del gobierno y la administración a nivel cotidiano dependían de

un proceso mutuo de negociación y persuasión, dentro de un contexto de continuo

diálogo entre las autoridades centrales y las élites locales. Para que este diálogo

prosperase se requería por ambos lados una flexibilidad política que no siempre se

daba, y cambios en las circunstancias indicaban la necesidad de reajustes periódicos

que tendían a resultar inaceptables a una parte u otra y, por tanto, no se llegaban a

acordar. Sin embargo, a pesar de todas las inevitables tensiones que rodeaban al

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diálogo, la Península no volvió al estado de fragmentación del que había surgido en la

segunda mitad del siglo XV. Después de demostrar la solidez suficiente para adquirir

un imperio de ultramar y la condición de gran potencia en el siglo XVI, volvió a

demostrar la suficiente solidez para capear el temporal que la azotó durante el siglo

XVII. Una España que logró tal cosa era mucho más que un constructo puramente

artificial.

España mantuvo su cohesión como entidad colectiva porque las fuerzas que

actuaban a su favor eran más potentes que las que podían ganar con su disolución.

Aquellas fuerzas todavía tienen que ser identificadas y explicadas con mayor precisión

por los historiadores, pero incluyen el interés económico, el cálculo político, el poder

militar y una lealtad instintiva hacia un monarca que era ciertamente rey de todos,

pero también rey de cada uno. Estas fuerzas dieron a la España de la Casa de Austria

un grado de cohesión que trascendía su diversidad innata. Con todo, tal cohesión era,

y siguió siendo, limitada, tal como se quejaba Olivares cuando hablaba de “esta

sequedad y separación de corazones que hasta ahora ha habido” entre los reinos

componentes. 4

Mucho ha cambiado desde la época del Conde-Duque, y siglos de mutua

interacción han multiplicado en gran medida los lazos entre las partes que componen

la España actual. Pero me temo que hay algunas señales inquietantes de que la

“sequedad y separación de corazones” no ha quedado superada del todo como cosa del

pasado. Nada favorece más la “separación de corazones” que las formas más extremas

de nacionalismo cultural y lingüístico. Su efecto, dondequiera que emergen, es

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estrechar los horizontes y encerrar a las sociedades en sí mismas. Las sociedades

cerradas son en último término sociedades estancadas, atrapadas en un túnel del

tiempo de su propia creación. Se condenan a sí mismas a vivir a la defensiva,

vulnerables a la retórica de políticos demagógicos siempre dispuestos a explotar el

descontento político, social o económico existente.

Corresponde a los mismos españoles decidir en qué tipo de España han de

vivir. Pero ojalá sea una España que siga siendo abierta, generosa y tolerante, que se

inspire en lo mejor de su pasado y no en lo peor. Ya ha habido bastante sombra en su

historia y, como alguien que ama y admira este país, espero fervientemente que el sol

prevalezca.

(Traducción de Marta Balcells, revisada por el autor)

30

1. Citado por H. Ramsden, The 1898 Movement in Spain (Manchester, 1974), p. 115.

2. Stuart B. Schwartz, All Can Be Saved. Religious tolerance and Salvation in the Iberian

Atlantic World (New Haven y Londres, 2008).

3. Trevor J. Dadson, Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (siglos XV-XVIII) (Madrid,

2007).

4. J. H. Elliott y J. F. de la Peña, Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares (2

tomos, Madrid, 1978-81), I, doc. IX, p. 187.