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Últimas obras publicadas Colección Novela 85

por CBH Books Abalorios

El Justo Juez de la Noche F. Lucho Palacios


Los once fantásticos P. J. Rodríguez Escrito durante su juventud, Tierra, figura solitaria, de María Estela
Del mito a la literatura... J. P. Magunagoicoechea Serafini, es una desgarradora novela, una vívida ilustración de su cono-
De dulce, de sal y de chile A. González cimiento extraordinario del lenguaje y la literatura española, y un regalo a
Viruskman N. Méndez Matos todos los amantes de la palabra escrita.
La huida N. Rudametkin Esta exquisita historia sigue la vida de tres generaciones de granjeros
Camino a la luz Sh. Venegas en la campiña argentina, un escenario que es, a su vez, único y universal.
Las experiencias que viven los personajes son tan viejas como el tiempo:

Tierra, figura solitaria


Inspiración (Volumen I y II) G. Toledo
Jesús anunció su retorno... R. Alzamora la lucha de una hija por librarse de un padre dominante; la desesperación
Cuadrillas y contradanzas C. Allende
y la soledad del destierro; el enfrentamiento a la vida sin madre ni padre;
Tu cerebro, una maravilla... J. Morales Dorta
la lucha de un patriarca por evitar los errores del pasado; la inutilidad de
desafiar el destino.
Discursos para todos
los tiempos J. Tavares Álvarez A través de toda la obra, los fuertes lazos entre la tierra y los perso- M aría Estela Serafini obtuvo su
Dieta y Nutrición A. Rodríguez najes nunca se deshacen. La tierra les da el sustento y comparte sus penas. título de Maestra Normal Superior en
la ciudad de Dean Funes, Provincia de
Allende / Pinochet P. Turton Al final solo hay una gran verdad: el amor de la Madre Tierra engendra Córdoba, Argentina. También estudió
Ivan of Aldenuri J. P. Foncea vida y perdura, y nos recuerda que nuestra fuerza radica en la fragilidad de leyes, carrera que pospuso cuando se

María Estela Serafini


Del río rojo Ram-Mar ser simplemente humanos. mudó a los Estados Unidos.
A través de los años, su amor in-
Baje de peso ... sin cirugía E. D. Rosa nato por la lengua ha alentado a sus
Misterios detrás de las sotanas B. B. Guzmán estudiantes y continúa enriqueciendo
Hilos de seda J. Sanz Mayoral
su trabajo como editora y traductora de
Cambridge BrickHouse, donde desa-
Don’t Blame the Blacks... J. R. Georges rrolla materiales educativos para niños y
Anywhere, Anytime I. P. Leyra jóvenes de EE.UU.
Un Pacto con Dios... J. Alzamora
Serafini es también una artista
premiada, especializada en tapicería y en
Mixú E. Heredia pintura sobre porcelana. Actualmente
La reina del Pacífico M. Miralle vive en Massachusetts, junto a su amado
The Origin of the Universe... R. O. López
esposo Eduardo y sus dos talentosos hi-
jos, Eduardo y Pablo. Disfruta además
Elementos de gramática... S. Becerra de sus nietos, con quienes comparte su
Tatuajes de la infancia D. Domínguez amor por las letras y el arte.
Cuentos de don Cantalicio E. S. Ferrada
El diccionario mágico F. Cantos ISBN 978-1-59835-089-0
50950
Ningún humano es ilegal B. V. Haque

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Tierra,
figura solitaria

María Estela Serafini

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Copyright ©2008 María Estela Serafini
All rights reserved.
www.cbhbooks.com

Managing Editors: Manuel Alemán and Priscilla Colón


Designer: Ricardo Potes Correa

Published in the United States by CBH Books.


CBH Books is a division of Cambridge BrickHouse, Inc.

Cambridge BrickHouse, Inc.


60 Island Street
Lawrence, MA 01840

No part of this book may be reproduced or utilized in any form


or by any means, electronic or mechanical, including photocopying,
recording, or by any information storage and retrieval system
without permission in writing from the publisher.

ISBN 978-1-59835- 089-0


Library of Congress Control Number: 2008943086

First Edition
Printed in Canada
10 9 8 7 6 5 4 3 2 1

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A mi querido padre

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Tierra, figura solitaria

Nota al lector

El lector se sorprenderá al leer estas líneas, ya que al


contrario de lo que normalmente ocurre, no es un prólogo es-
crito por la autora ni por un crítico en la materia, sino por su
amante esposo.
Estelita escribió este libro en los primeros años de
nuestro matrimonio y se presentó con él a un concurso en el
cual no salió ganadora, y desde entonces se negó sistemáti-
camente siquiera a releer su novela, mucho menos a intentar
publicarla.
Siempre me pareció que su obra tenía un notable valor
y que podía ser cautivante para muchos que pudieran leerla.
He conservado por años la única copia existente de su novela,
mudándola de ciudad en ciudad, de país en país, a medida que
nuestras obligaciones fueron requiriendo movilizarnos hacia
otro lugar. En varias ocasiones le pedí que releyera su libro y
lo puliera con la experiencia que dan los años y el aumento del
bagaje de conocimientos y vivencias, pero siempre se negó a
hacerlo, minimizando el valor de su escrito, y más de una vez
debí tener cuidado de que este no cayera en sus manos, por
temor a que ella lo tirara al tarro de basura.
Al inicio del año 2008 se le declaró a Estelita una terri-
ble enfermedad que comenzó a minarle su salud y los pronós-
ticos médicos le daban una vida muy limitada. Esta prognosis
hizo que me decidiera a no respetar su deseo y a tratar de darle
la alegría de que viera en vida un libro de su autoría publicado.
Hoy la prognosis ha cambiado favorablemente, lo que
hace que la publicación tenga un adicional sentido de festejo.
He deseado hacer esta publicación, además, como un tributo
a su eterno cuidado del lenguaje, tanto oral como escrito, que
desde que la conocí me impactó y que a lo largo de los años,

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María Estela Serafini




ese impacto fue agigantándose a medida que su acumen se
manifestaba día a día y que, con los años, ella, prolija, sistemá-
tica y persistentemente, fue transmitiendo a nuestros hijos y
ahora a nuestros nietos.
Indirectamente es también una forma de rendirle un
tributo a su padre, figura central de esta novela, quien forjó una
parte importante de su carácter, de su personalidad y de su edu-
cación y quien, de estar en vida, seguramente se hubiera sentido
muy orgulloso de ver un libro publicado por su Estelita.
No puedo dejar de mencionar que llevar la idea de pu-
blicar su novela a la realidad, fue posible gracias al desinte-
resado apoyo de Yanitzia Canetti, Presidenta de Cambridge
BrickHouse, Inc. quien, cuando le mencioné mi idea, inmedia-
tamente tomó la posta y puso todos sus medios a nuestra dis-
posición. Mi agradecimiento es también extensivo a Manuel
Alemán y Priscilla Colón, quienes tuvieron la tarea de editar el
viejo original, al igual que para Ricardo Potes, quien produjo
el diseño y la excelente portada del libro. A todos, muchísimas
gracias en nombre de nuestra familia y también, sin que ella lo
sepa para no malograr la sorpresa, en nombre de Estela.

Eduardo E. Acosta
Massachusetts, 2008

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Tierra, figura solitaria

I
Caía el sol fuerte, ardiente. Dos figuras se destacaban
con precisión sobre el camino blanquecino y reseco. Era una
hora silenciosa.
El hombre llamaba la atención por su robusta contextu-
ra, todo un sistema de sólidos músculos, de apariencia dura. Su
rostro era lo que atraía la mirada. No tenía la belleza clásica, pero
sí el espíritu, el temple, el indomable orgullo y la tenacidad de los
antiguos caballeros españoles. Decían de él que hubiera sido un
caudillo resonante y ello lo retrataba a la perfección.
Detrás del repiqueteo de sus botas avanzaba, con leve
jadeo, una joven no muy alta, pero que denotaba en su cuerpo
inmaduro todavía una fuerza parecida a la del hombre y en su
boca en formación, ocultas decisiones marcaban sus líneas con
nitidez. Tenía el cabello muy tieso y recogido, el rostro conges-
tionado y sudoroso y las ropas cubiertas de tierra fresca y aún
gimiente. Miraba las huellas del camino y ni siquiera se perca-
taba del ritmo de sus pasos, del movimiento de sus piernas…
Hacía largo rato que habían tomado la ruta que conducía al
pueblo…
El hombre se detuvo y volvió la mirada hacia ella,
quien a su vez lo miró rectamente y en silencio, llegando a las
pupilas de él.
—¿Estás cansada?
—No, todavía —dijo ella.
El padre la observó un minuto más y se aprestó
a continuar la marcha al tiempo que repetía: —Ven, camina a
mi lado.

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María Estela Serafini

—Eso trato de hacer, pero no lo logro —jadeó la joven.


El padre se absorbió en sus pensamientos, al parecer olvi-
dándose de ella; pensó en el tiempo que faltaba para terminar de
roturar la tierra y una secreta sonrisa le abrió el pecho. Necesita-
ba trabajar hasta sentir que todo su cuerpo era madera crujiente
y añosa, porque poseía hacia la tierra un misterioso amor que lo
ligaba a esta sin que él hubiera tratado de impedirlo.
Mariéster avanzaba ahora mirando el hilo de los alam-
brados, las barrancas que crecían junto al camino para luego
disminuir en el llano y una ternura apacible crecía en su cora-
zón; se desparramaba con lentitud a través de sus piernas, de
sus brazos, de su garganta y terminaba llenándole la boca de
un gusto dulce, feliz.
Había heredado de su padre el amor a la tierra, pero
como mujer, en ella resonaba distinto, sin notas ásperas;
germinaba en forma constante, daba brotes que parecían
ahogarla, y ella los cuidaba con solicitud y esmero.
Conocía ese secreto poder de la Madre Tierra sobre ella,
pero no le molestaba, al contrario, intuía que toda la fuerza física
y espiritual le llegaban de esta y solo nutriéndose en la mis-
ma se mantendría como la mujer fuerte que tanto le llamaba la
atención en la Biblia.
Volvió a mirar al suelo, sintiendo el sudor con su acre
olor ofendiendo su olfato, mas no prestó atención, ya que sus
sentidos estaban adormecidos en el pensamiento, distante de su
cuerpo, de su propia realidad, creciendo y madurando como los
ombúes, como el trigo, como la tierra…
Contempladas desde la altura del sol, las dos figuras em-
pequeñecieron, siempre dirigiéndose hacia adelante. Los pobres
troncos de los churquis, tan esmirriados, no contribuían a enri-
quecer el paisaje, pero le daban un sabor especial y nativo, y bien
lejos, las sierras, secas y ardorosas por el sol, simulaban figuritas
de cartón recortadas en vibrantes colores marrones contra el
cielo inmutable… ¡y tan limpio!

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Tierra, figura solitaria

II
Desde allí comenzaba el origen de la historia de
Mariéster y su padre, siendo este último, la figura más
poderosa y atrayente.
La rara savia de amor al campo, que nutría a ambos,
los constituía en seres distintos, brillando como exótico tropel
en forma constante, de modo tal que los aislaba y señalaba del
resto del pueblo, de su gente, del lento pero turbulento existir
de su gente…
¿Quién, sino Mariéster, se extendía voluptuosa sobre el
surco fresco y doloroso, cara a la tierra, y se abrazaba a ella para
mitigar su dolor generoso y tibio?
¿Quién, sino ella, lloraba silenciosa ante cada herida
inferida con el rutilante arado aun sabiendo que era necesario
para que esa tierra amada se volcara en madura semilla?
¿Quién, sino Mariéster, galopaba solitaria y seria, para
recorrer la agreste extensión de los caminos —sus caminos—
componiendo en su alma una gloriosa sinfonía del repiqueteo
de los cascos contra el suelo?
¿Y quién, acaso, soñaba con los hilos de agua míseros
que conformaban un poco aquellos paisajes y rogaba para que
continuaran existiendo con su rumor añejo y oloroso?
¿Quién se frotaba alegre los húmedos terrones sobre el
rostro y las manos para sentir el palpitar terrestre y, a la vez, la
fuerza viva y cálida que le era transmitida a su sangre por un
poder desconocido y cierto?
…Y el padre amaba a aquella hija que era para él una
creación pura y exclusiva y con su amor absorbente la domina-
ba con la misma inflexibilidad que lo hacía con sus dominios.

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María Estela Serafini

Solo que cometía un error, un insalvable error al no descubrir


que en ella anidaban sentimientos y pensamientos opuestos a
los suyos, sentimientos que por su intensidad y brío eran ver-
daderas pasiones. No descubría que la joven no era solo una
materia moldeable en su albedrío sino que, a pesar de su calla-
da obstinación, era otro empuje, otro ideal, otra opinión muy
distintos a los suyos… tan solo unidos por aquel lazo del amor
a la tierra.
Mariéster poseía mayor lucidez para analizar con obje-
tividad la verdadera relación con su padre y crecía en su inte-
rior, como una amarga cizaña, la rebeldía juvenil de quien debe
doblegar la frente y callar. Sin embargo modelaba el fruto de la
espera, anhelando la hora que la desligara de la fuerte y egoísta
personalidad paterna.
Por ello existía entre ambos una secreta y no confesa-
da lucha, una tensión por momentos terrible y jadeante, por
momentos violenta y dura.
Cuando aún proseguía ahondándose aquel abismo en-
tre ambos, llegó Manuel desde la ciudad, enamorándose de la
frescura y sabia inocencia de Mariéster, de su extraña forma
de hablar y de su mirada encendida de fuegos interiores que
deseaban traducirse en palabras y morían aún sin florecer.
Mariéster quiso explicarle a Manuel el contenido de
su alma, para que comprendiera de dónde provenía su vida y
aquella fortaleza que asombraba al hombre.
Quería que se uniera a ella en aquel lugar y en aquella
tierra porque era una flor que, trasplantada, estaba condenada
a muerte, y ni siquiera tendría la tibia calma de la hora vesper-
tina cuando esta llegaba sobre las sierras, que a ella le gustaba
creer que eran de cartón.
Quería vivir allí porque de otra manera, su fuerza se
disolvería como los capullos que viera caer rodando entre las
piedras y sería entonces peor que la nada.
Quería que Manuel recorriera diariamente, toma-
do de su mano, sus caminos, sus campos, mirando con igual
estremecimiento los animales, los alambrados, los árboles y

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Tierra, figura solitaria

las represas, y se uniera cada vez más en el canto triunfal de


la vida…
Por entonces, el padre estaba ya más distante, aun-
que dominante y aún manejando en cierto modo las riendas
de aquellas dos almas. El fuerte temple paterno ya español,
ya tirano, rugió poderoso y restallante para triturar entre sus
ruedas aquella semilla por él no deseada, que comenzaba
lentamente a adquirir una estructura definida.

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Tierra, figura solitaria
By María Estela Serafini

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