Por Damián Jacubovich

Los
hijos
menemismo

del

Los dueños de la vereda
"La mano que empuña un arma cualquiera, tiene que
sufrir debido a la propia violencia que conlleva ese
gesto. La anestesia de este sufrimiento conduce al
revolucionario -ciudadano- a las fronteras del
fascismo.
Avertencia importante al lector
Este libro novela, situada hacia fines de la segunda presidencia menemista, albores
de la crisis argentina 2001, retrata 4 historias separadas que van alternando capítulo
tras capítulo, para confluir en una escena final en un apocalíptico Buenos Aires de
fines del siglo XX.
4 personajes
un ex militar narcotraficante de la selva
un ladrón marihuanero especialista en asaltos a mano armada
un joven docente militante de los barrios bajos
un cocainómano despechado repartidor de gaseosas.

I
“sólo quiero que la ola que surge
del último suspiro de un segundo,
1

me transporte mecido
hasta el siguiente”

6 y 30 a.m. Avenida Córdoba, Buenos Aires, capital de la República Argentina,
Muere del siglo XX, Administra el país el presidente Carlos Saúl Menem.
Venimos como quien dice hasta las manos. Con aproximadamente 1400 kilos de
mercadería, el vehículo pide a gritos que aflojemos el tranco. Tiempo es dinero,
imposible hacer menos. Circulamos con relativa calma ya que la mayoría de los piratas
del asfalto andan desperezándose o bien yéndose ya pa’l catre; sobre todos los más
peligrosos: La Policía Federal. Los mismos que llevan garabateado en algún rincón de
la carrocería, pintado a sangre y bosta: Policía Federal, al servicio de la comunidad.
Por favor, decime que es un chiste y encima de mal gusto, y de paso también decime
que nos están forreando, que se ríen, de verdad, de nosotros, de lo boludo que somos.
¡Pero qué hijos de puta! Representan y defienden la mierda misma que nos está
hundiendo y se dan el lujo de pasearse descaradamente con esa leyenda: “al servicio de
la comunidad” ¿Pero de qué comunidad me están hablando?
Vamos llegando. Estacionamos frente a la persiana metálica del depósito de los
Gálvez. Por ahora todo en orden, como en aquella película francesa, El Odio, en dónde
un tipo va cayendo al vacío desde un altísimo edificio y en cada ventana, los vecinos lo
escuchan repetir casi como un mantra: “hasta acá…todo bien”.
Llevo un par de horas despierto. Eso es lo bueno de tener primero un laburo en
estos tiempos, y encima un laburo físico: subo y bajo de una chata latas de gaseosas.
Valga aclarar dos cosas: primero, que teniendo en cuenta la cantidad de horas
que trabajo, gano bien y segundo que lo hago por mi cuenta. Si ya sé, ¡así cualquiera!;
pero justamente, nunca dije que yo no era cualquiera. Mi laburo es casi perfecto, “casi”
digo bien, porque me gustaría ganar un poco más. ¿Y a quién no?
Creo que en dónde la mayoría de la gente pone el más alto porcentaje de su
inconformismo o ambiciones, es un elemento clave a la hora definir o clasificar ese tipo
de sociedad. Y yo, como varios últimamente, he decidido poner mis ambiciones en el
dinero, es decir en el poder que confiere éste. Un panorama de lo más triste, y yo, un ser
de lo más peligroso. Podría alegar para mi defensa que ando sin un mango o que mis
vicios son más bien caros; pero no, no tiene que ver con nada, es así, me estoy
convirtiendo en una ave de rapiña, como “la metamorfosis” pero con plumas, ¿qué me
dicen?… se imaginan el personaje.
Siete menos algo de la mañana. La ciudad se despabila, se estira un poco y el
circo a punto de levantarse. Horas más, horas menos, las villas, los barrios y las
residencias iniciarán sus escupitajos cotidianos de bichos humanoides que se levantan
sin saber para qué y que se terminan muriendo sin saber cómo.
Desciendo de la camioneta, una Trafic gris condenada a hacerse mierda por el
ritmo que le estamos imponiendo. Golpeo con mi llavero la estructura corrediza y de
acero, guardiana del depósito de los Gálvez, microcosmos de gaseosas. La llave se
estrola reiteradas veces contra la persiana, martillando así el silencio del nuevo día que

2

despunta. Como si yo intentara solapadamente, con cada golpe, partirle
disimuladamente la cabeza a la maldita llave. ¡QUIERO QUE ME ABRAN AHORA,
NO PUEDO ESPERAR! Reprimiendo estas ganas de destruir a patadas este armatoste
de metal, sigo golpeando, no sin una alta cuota de sadismo, pero eso sí de manera
civilizada, (¿qué no es el sadismo sino una forma civilizada?) esta puta persiana. ¿Qué
estoy jodidamente enajenado?, ¡vaya novedad!
Dentro se oye bastante movimiento, deduzco en un furtivo ataque de lucidez
que en el interior del depósito existen, lo que podría llamarse seres vivientes, lo que no
equivale a decir seres con vida.
La persiana que se levanta muy lentamente y yo que me fastidio demasiado
rápido. Qué conste en actas que no obstante, no tengo un carajo para hacer en todo el
resto del día; pero uno debe de ser productivo, nuevo decreto mundial de este nuevo
milenio. M’hijito si usted no es productivo, usted no es nadie en esta vida. ¿Producir
para qué? Eso es otra cosa, que por la presente no le importa a nadie, o a casi nadie, que
no es lo mismo pero es igual.
Pero a todo esto, ahí está, acá está, El “Flaco” Manuel Gálvez, sonriendo como
siempre, como lo turro que es, guachito de lo más atrevido, sonrisa de lo más pícara.
Todo el jodido mundo en un bolsillo y para colmo, el suyo. El Flaco un tipo de lo más
sonriente, eso sí, siempre y cuando sus negocios marchen bien.
-

Llegaste temprano hijo de mil puta, ¿tenés todo lo que te encargué? me larga con
una voz ronca e increíblemente excitada teniendo en cuenta lo temprano de la hora.
¡Che boludo!, vamos a fumar un cañito, ¿te cabe? Dale que te estaba esperando, mira lo
que tengo acá.
El Flaco que se enrosca a mi cuello como una víbora, invitándome a comer la
manzana prohibida.
-

¡Dale Tati! que me dice, sabés que te quiero mucho, vamos a fumar un porrito,
¡dale loco!, no seas ortiva.
- Aguanta le digo, aguanta, primero bajamos la mercadería.
Me abraza, me abraza fuerte, muy fuerte.
-

Sos un hijo de puta pero ¡cómo te quiero!.

Mientras me zamarrea, alcanzo a olerle ese perfume de marca, el aroma justo que
no arremete, como una caricia de lo más sugestiva para mi destartalado sentido del
olfato. Perfume que adivino de los buenos, de los caros, como todos los que el Flaco
lleva puesto; ¡pero sabés qué loco, no nos queda, se lleva en la sangre, somos "grasas ",
somos la mona que se viste de seda, no nos va, por más que nos pongamos la mejor
pilcha; la pinta de "pungas", la cara de drogones, la jeta de pibe de barrio, lo arrastra
todo Flaco, como la marea, como el cocodrilo que se duerme.
- ¿Qué me trajiste Tati?
- ¡Lo que me pediste papá! Agrego a la vez que guiño un ojo que se pretende
cómplice.
Un ojo que se abre, un ojo que se cierra, un ojo que al parpadear en clave morsa te
está diciendo: mirá que pija que soy, soy el Alcapone de las gaseosas, ¿no te das cuenta

3

que me las sé todas?. Como todo el mundo, me invento el personaje que no tengo las
bolas de ir a buscar.
- ¿Entramos la chata? pregunto al Flaco.
Ingresamos la camioneta marcha atrás, así, de esta manera, después tenemos que
hacer menos maniobras para salir. Una bocanada más de satisfacción garantizada, la
sensación de haber ganado una vez más “unos gramos de tiempo”. La misma historia de
siempre, tratar de hacer el circuito diario en el menor tiempo posible y así ganarme
algunos minutos que luego tirare a la mierda delante de la tele. Y lo poco que pueda
hacer para soportar esta inercia, es pensar, pensar en cómo carajo voy a hacer para
ganarme unos mangos más al día siguiente. No les digo, no hay relajo, nunca hay un
relajo definitivo a menos que me haga el boludo y entonces, me imagine que lo
maravilloso que tiene esta vida, es justamente hacer lo que estoy haciendo: vender
gaseosas en forma ilegal y juntar unos pesos para poder gritarle a los guanacos que
manejan los hilos de este espanto : " ¡Hey señores!, ¡acá!,¡si yo!, el farsante que te besa
una mejilla y te escupe la otra, (si es que no te la mordí antes.) Si señores, yo, el de las
mil máscaras. Mírenme muchachos, ¡ya está!, ya junté unos mangos más para poder dar
otra vuelta en vuestro carrusel de forros, yo señor, aunque sea una vuelta más, por favor
señor, como usted mande señor, gracias señor.
En el depósito de los Gálvez, la gente a mi alrededor carga las chatas para los
repartos diarios en absoluto silencio. Por suerte para ellos y para mí, el griterío de
idioteces que retumba en mi cerebro es para mis adentros…porque la naturaleza
realmente es sabia. Miro aquí, allá ¿cuánta bebida tienen los Gálvez almacenada?,
¿cuánta guita tienen puesta en la rueda? Sos un hijo de puta como te dice el Flaco; en
vez de amar al prójimo como el mejor, lo envidias como el peor.
Ahora lo que verdaderamente estás haciendo, es calcular si mañana los Gálvez
te van a encargar algo más de bebida. Cuidado hermano que se te está cayendo un
poquito de baba por la comisura derecha, por lo menos, tené la delicadeza de no hacerlo
en público, dicen que no queda bien.
De esa plata que ganes le vas a dar un 20% al fletero y después ya conocemos la
historia. Te vas a martirizar la consciencia un rato con esos principios izquierdozos y
lastimosos de siempre que ¿porqué no le das la mitad a este fletero que trabaja todo el
tiempo con vos y a la par tuya? Seguido a esta reflexión, vendrá la otra, la gran
respuesta, la gran mentira, esa, en la que te justificás diciéndote que el que asume todos
los riesgos sos vos, que el que hace los contactos también sos vos, que ser responsable
de la guita también te toca, que posiblemente en el día, el fletero tenga otros viajes para
hacer y de esta manera él logre sacar más teca; y eso sería lo que te habilita a ganar en
este momento varias veces más que lo que él. A continuación te vas a sentir mal -como
siempre-, eso sí, un tiempito, y después por suerte se te va a pasar. Vas a sacar en dos
horas, lo que la mayoría de la gente en este país gana en todo un día (si lo logran) y
encima te la pasás quejándote como una putita caprichosa que sos.
¡Mirá un poco alrededor tuyo hermano!, ves, no tenés que irte muy lejos. Ahí está
por ejemplo, Luís, el peruano, cargando y descargando como un burro, trabajando diez
horas diarias y ganando unos mangos al día. Lo tratan para el orto, como una reverenda
mierda y vos acá rezongando de tantas pelotudeces a las que tenés tiempo de sobra para
dedicarte. Aunque claro, también es verdad que si te seguís fijando, en el otro rincón,
tenés los Gálvez, con El Flaco a la cabeza que según dice “anda rescatado”, montando

4

su propio negocio, o sea, la distribuidora de gaseosas, un busness que le permite estar
sacando por día por lo menos veinte veces más que el peruano que trabaja para él. Claro
que para ganarse su lugar en el mercado hubo de promocionarse a los tiros. No siempre
es verdad que dónde comen uno comen dos, sobre todo si hay teca de por medio. Y yo
ya no tengo cerebro, tengo una puta calculadora implantada en la cabeza. Sumas, restas,
operaciones aritméticas que llegan todas al mismo resultado: doy lástima, mucha
lástima. Definitivamente, si muevo una neurona, es para calcular la posibilidad
existente, de poder encontrar, gracias a la combinación de diversos factores, una puta
ganancia. En eso me convertí.
-

¡Che peruano dice el flaco Gálvez, Ayudalo a Tati a bajar la mercadería y de
paso controlala.

«Y de paso controlala", ¡pero qué hijo de puta! Porqué mejor no vas de frente Flaco
y le decís al peruano "Controlá la merca y de paso ayudalo a Tati a bajarla."
Pero la farsa continua, no se detiene al igual que mi vida. Saludo al peruano Luisito
con ganas. Con ganas sí, porque lo quiero. ¿Lo quiero? Sí, porque me hace sentir como
más importante, como menos mierda. A su lado, tengo la sensación de que mi vida se
aligera en fracasos. Lo miro de arriba, es decir, desde la cima de lo forro que soy,
“pobrecito” me digo. ¿A mí o a él? No encima a él. Y ahí voy. Mecánicamente empiezo
a bajar los packs de gaseosas de adentro de la camioneta. Sonriendo, cantando,
mostrándome feliz, de lo bien que me va y además....
-

¡Vos sí que hacés plata con nosotros Tati!

Aparece Adrián Gálvez, el más purrete de todos los hermanos, el benjamín, un
dandi… un hijo de puta. Imperturbable prolijidad que a mí me perturba y mucho. Dan
ganas de llevarlo a casa de mi vieja y decirle a mi respetadísima progenitora. «Nunca te
bancaste las minas que te traje: muchos defectos, ¿demasiados huesos?, acá te
propongo a este caballero, a ver qué te parece, encantador ¿no cierto? El caballero en
cuestión me pone la mano en el hombro para preguntarme a toda sonrisa:
-

¿Cómo anda el Señor Tati?, qué alegre se lo ve por el depósito esta mañana. Me
imagino que después de descargar el vehículo, me va a aceptar el ir a tomar un
café, café que por supuesto, tendré el honor de invitarlo.

El menor de los Gálvez anda mal de amores, necesita una oreja. ¿El sólo? Una
orejita fea, da lo mismo, no gran cosa pero que nos escuche; pero por sobre
todas las cosas que no hable (sino también pediríamos una boca); Sea para
contarle lo pobrecito que somos, sea para que escuche lo mucho que gimen
todas las minitas que decimos cogernos. Una puta oreja, y de seguro el mundo
caminaría distinto, y no con ese andar de culo roto con él que anda ahora.
-

No puedo “nene” me tengo que ir, respondo.

En realidad querés jugarla de hombre de negocio ocupado, de que tenés que seguir
haciendo mucha plata, que no vaya a pensar que dependés exclusivamente de ellos;
cuando tu triste realidad es que de eso mismo se trata. De todas maneras bien sabemos
que vas a terminar yendo a tomar ese café. ¿Porqué? No querés que se pasen de vos, que
a lo mejor piensen mal; y de paso seguís puliendo tu imagen, La imagen, la misma que

5

negás a cualquiera que te pregunte por ella y que sin embargo, le dedicás el mayor
tiempo de tu vida. ¡lo que se dice en la jerga porteña un “caretón”. Por eso aceptás ese
fucking café.
“Más tarde”, por lo menos dame esa posibilidad Adriancito, el más tarde, así de vez
en cuando me sigo ilusionando con que “algo” decido.
Reaparece el Flaco Manuel
- ¡Dale boludo, vamos a fumar!

II
"Allá donde el hombre ha sido
privado de sus utopías más íntimas
para ser convertido en una pieza
anodina de un engranaje infernal"

L

¿ o máximo que logré juntar? ¿Cuánto dices? ¡Pfff!, tú no puedes darte una
idea hermano de los dólares que yo ganaba. Puede que no me creas, al fin, a veces ni yo
mismo lo creo. Tú sabes, todo parece tan lejano ahora, como en otra vida que le dicen.
¡Pues claro hermano!, mucho no me gusta hablar de estas cosas, son muchas cosas
vividas; pero lo que sí, una vez que comienzo a hablar después ya no puedo parar. Casi
como con la merca. ¡Bueno! ¿Quieres que hablemos?, ¡pues págate otra cerveza y
hablaremos! A ver di un número hermano, ¿cuánto piensas que logré juntar? ¡No
hermano!, muchísimo más. Y encima la vivía gastando. ¡De verás hermano!, gastaba y
gastaba y chucha no te imaginas cómo se me iba el dinero. No sé… déjame pensar, será
así como unos doscientos mil dólares que logré juntar en aquella época, y te hablo de
hace algunos años y ahora, ya ves ahora, no me queda ni una chuchada de nada. Y te
digo que ¡dólares hermano! de los verdes, de los que valen, ¿sabes lo que es eso? !Jiji!,
con dólares allá en mi país, eres Dios, eres más, eres todo. Yo tenía lo que deseaba al
instante, ¿sabes?, mujeres de a montones: ¡las más caras!, ¡las europeas!, las que nos
gustan a nosotros los morenos, las rubias y blanquitas. Y yo chucha, cuando dejaba la
base y bajaba a la ciudad, me pagaba dos o tres putas al mismo tiempo y me quedaba
encerradito meta chupar, meta coger hermano. Champagne, cocaína, comía en los
mejores restoranes y dormía en los hoteles más caros, ¡de lujo hermano! ¿Sabes la de
cocaína que tomaba? ¡Chucha madre!, cantidades increíbles, todo los días a toda hora,
pero de la buena, de la pura hermano, la mejor; que no dormía durante dos o tres días!
¡Chucha! con esa coca, la llaman… tú sabes, “alas de mariposa”, apenas tú la tocas con
el dedo, por el calor que emana tu cuerpo, se evapora, pfff, no queda nada. Parece
brujería; pero lo que pasa es que es purita purita, la muy putita. Es una reacción química
que le dicen. Chucha hermano, fuerte, una raya y quedabas listo como para dos horas
seguidas. Con esa merca, ¿sabés qué?, ¡eres invencible hermano! Puedes pelearte con
cuantos quieras porque no sientes los golpes, no sientes miedo ni de las balas. Oye, bien
rica sabes, no como la mierda que te venden aquí en Buenos Aires, que le meten
aspirinas, tubos de luz picados para cortarla. ¡Qué te digo hermano!, acá la cocaína está
toda cortada, le meten palo como decimos allá. La cocaína en Argentina esta cagada a
palo. Te hace mierda la nariz hasta sangrar, te la perfora todo por dentro. Tú sabes, para
reconocer cocaína de la buena no te tiene como le dicen, que hacer doler la nariz. Si te
6

duele es que le pusieron demasiado palo. Después, si quieres te pones un poco en el
dedo y te tocas la punta de la lengua y te la tiene que dormir, , ¿si me entiendes? Acá tú
puedes conseguir cocaína pura; pero es carísima, para los ricos nomás. Ahora no
consumo más, ya no, mucha plata hermano, sólo cerveza, eso sí me gusta. Échate otro
poco en mi vaso hermano.
Últimamente, por suerte, estoy vendiendo bastante bien. Tú sabes que es muy
difícil mantenerse en esta ciudad con un solo sueldo ¡jiji! Por más que en mi trabajo
legal no gane mucho, está muy bien que la gente de edificio te vea salir todas las
mañanas a tu trabajo, así no se pregunta de dónde viene tu dinero. Vendo de las dos, de
la alta que la llamamos así a la blanca, y de la baja que le decimos a la marihuana. En
mi edificio no hago negocios, no hay que quemarse, no señor, la cueva hay que cuidarla,
sobre todo de la policía, porque ellos quieren que les pagues fortuna para dejarte vender,
entonces vas a vender a otros lados, tienes tus clientes que por supuesto te llaman, pero
a veces tienes que hacer esquina que le decimos, eso es más arriesgado porque estás
mucho más expuesto. Nunca estás del todo tranquilo, tú sabes, todo el tiempo te la pasas
mirando a todo el mundo y desconfiando del primero que pasa. Es demasiado difícil
trabajar así. Pero ya te decía yo, allá en la selva, donde yo más ganaba era por vuelo.
¡Pfff!, ¡los vuelos eran de lo más!, y de esos vuelos, había como uno cada dos semanas
al menos. A veces más. Deja que te cuente.
En la base militar en la que nos encontrábamos, a eso del mediodía, llegaba el
flecha y pedía hablar con el capitán, el capitán es la autoridad máxima allá en la selva y
un flecha es como la mano derecha del narco, el porta voz como le dicen. Siempre en
terrible carro hermano!, una camioneta cuatro por cuatro con chofer y todo !Hijo e
puta!; pero tú sabes yo tenía el traje verde, el uniforme, a mí todas esas chucherías no
me decían nada. El uniforme del ejército imponía respeto hermano, yo nada le envidiaba
al narco ese, qué le podía envidiar si ante todo era un civil. El uniforme en esa entonces,
yo no lo hubiese cambiado por nada. Si se pudiera, chucha, cambiaría algunas cosas que
salieron muy mal y otras,… que no supe aprovechar.
Pero te decía que bajaba el flecha de la camioneta, gordísimo a mí me parecía
ese flecha, encima comparado con nosotros era peor la diferencia. Tú sabes el
entrenamiento allá en el Ejército es muy importante, sobre todo si debes combatir en la
selva. El flecha pedía hablar con el Capitán de la base. El Capitán estaba en la oficina y
los soldaditos no podían molestarlo. Allá en el ejército hay jerarquías que tú tienes que
respetar, si eres soldado, no puedes hablar directamente con el Capitán, tienes que pasar
por tu superior inmediato que es el sargento. Entonces el que estaba de guardia venía y
me avisaba: “qué hay un hombre, que pide por el Capitán y yo, ¿qué cómo es el
hombre?, y el soldadito que así y asá y yo, hágamelo pasar, y el flecha, que buenas, y yo
que buenas también, y agregaba al instante ¿que qué hay? Yo por dentro ya sabía que
había, pero era como un rito que le dicen, él siempre las mismas palabras y yo, las
mismas respuestas. Generalmente, yo arreglaba todo y el flecha ni siquiera se veía con
el Capitán, El Capitán era él que no quería, tal vez quería como protegerse que le dicen.
De cualquier manera yo me encargaba de todo. Así había sido siempre, al menos desde
los cuatro años que yo estaba en esa base; pero un día tocó cambiar de Capitán. La
rotación que le dicen en el Ejército. El otro se fue y nos llegó otro capitán nuevecito,
recién llegadito de Lima. Siempre pensé que los narcos ya estaban al tanto del cambio,
que ya tenían las informaciones que le dicen, porque hacía rato que no aparecían, y yo
¡chucha!, que andaba preocupado desde hace un tiempo, ¿qué qué pasaba que los narcos
ya no venían por aquí? Después de un mes entonces, por fin apareció el flecha. Al
hombre se lo veía como raro, como inseguro; como si me preguntara con la mirada si

7

las cosas seguían como siempre. Yo de mi lado tampoco sabía mucho que era lo que iba
a pasar. No sabía si el Capitán nuevecito estaba al tanto de cómo era la historia en esta
base con el tema de los narcos y los vuelos. El flecha llegó acompañado de un soldado y
yo “soldado vuelva a su puesto, que puede retirarse, que me deja a solas con el señor”.
Y yo lo miro al flecha y me quedo en silencio y luego le digo que me acompañe.
Pensaba yo por dentro ¡chucha!, ¿y ahora?; A mí me dio un poco de temor pues no
sabía cómo se iba a suceder todo esto. Y yo que sígame y lo conducía hasta la oficina.
El capitán era en la base, el único que estaba por encima de mí, después eran todos
soldaditos. Y yo le digo al flecha, espéreme tantito ¡Chucha! ya me estaba poniendo
contento, me acuerdo que andaba necesitando dinero, sería para mandarle a mi madre o
para irme de putas, pero necesitar sí que necesitaba. ¡De ley hermano! Si hubiese estado
con el antiguo Capitán, tú sabes hermano, yo chucha, ni un problema me iba a hacer.
Con el antiguo Capitán era bien distinto. Yo en un rato iba a saber cómo era que iban a
marchar nuestros negocios durante el tiempo que yo o el Capitán estuviésemos allí. Tú
sabes cuándo tú comienzas a ganar dinero, te comienzas a habituar, la avaricia
hermano.Yo pensaba en mis adentros que tal vez se me venía la buena nuevamente.
Entonces golpeo la puerta de la oficina del Capitán nuevecito, y él desde adentro, que
pase, y yo: Capitán que quieren hablar con usted y el capitán que hágamelo pasar y yo
que pase nomás, y ya nos estábamos adentrándonos los dos, el flecha y yo en la oficina
del Capitán. Y yo me quedo quietecito ahí que digamos, parado cerquita de la puerta
para ver si el Capitán me ordenaba que me retire, o prefiere que me quede. Yo por
dentro pensaba que el Capitán me necesitaba, y que me tocaba quedarme pero tampoco
lo conocía muy bien al hombre al capitán nuevcito éste. Por un momento hasta tuve
miedo que este tipo de movidas no le interesaran en lo más mínimo. Hasta entonces no
había sabido de ningún capitán a quién ganar bastante dinero sin mover el culo de la
silla no le parezca un buen plan; venga de donde venga la plata. Pero había rumores en
el ejército que decían que en algunas de las bases había capitanes que no permitían
ningún tipo de negocio con los narcos. Los puros los llamaban y durante todo el tiempo
que el flecha había estado sin venir, esa idea se me había cruzado por la cabeza; tal vez
el nuevo Capitán era un extremista. ¡Chucha si es que nos había tocado a nosotros!
El Capitán lo mira al hombre y me mira a mí. Para mí que lo reconoció al
instante. Unos segundos de silencio y el Capitán por fin dice, “quédese soldado”, y yo
que sí mi Capitán. Y los dos nos quedamos mirando al flecha. Y el flecha que saca un
pañuelo, se seca el sudor, tú sabes ahí hace un calor que te cagas hermano, y el flecha al
fin la larga. Que necesito alquilar la pista para unos negocios, y el capitán ¡aja! y
silencio y nadie decía nada, todos nos mirábamos. Ninguno abría la boca, había tensión
hermano, mucha tensión. Yo no sé cuánto tiempo habrá pasado, pero a mí me pareció
que eran como horas las que llevábamos ahí adentro en silencio total. Yo tenía que decir
una palabra, marcar el territorio como quien dice, yo estaba ahí porque el Capitán era
nuevito, blanquito como todos los oficiales, y tantito llegadito de Lima. Andaba medio
perdido el hombre. Y claro no sabía los precios, ni como nos manejábamos. Cada base
para hacer trato con los narcos tiene sus propias reglas. Y como que en las primeras
negociaciones, la gente se olfatea con mucho cuidado. Y yo por supuesto que sabía las
reglas, para eso estaba ahí encerrado en esa oficina, para eso el Capitán me había hecho
quedar, para que yo, como quien dice, manejé la situación. Yo tenía que cantar el precio
justo para que no nos la caguen. Los narcos siempre te la quieren cagar. Había estado en
al menos tres bases y sabía tratar con los narcos. Tú tienes que ponerte duro hermano,
sino creen que tú eres flojo y ahí hermano, sí que la perdiste. Además yo conocía las
tarifas que se cobraban en la mayoría de las bases. El capitán recién llegadito no era tan
tonto, no quería que lo roben, y sobre todo hermano, no se quería ensuciar. Para mí que

8

eso también lo aprenden en las escuelas de oficiales, las chanchadas siempre es mejor
que las hagan los otros, los de abajo. Y el flecha, entonces señores que quiero saber los
precios y el capitán me mira, y yo la cacho al vuelo y lo miro al flecha y ahí nomás le
digo que ustedes ya conocen los precios y el flecha que los quiere escuchar una vez más
porque el Capitán es nuevo y ellos ahora no saben más nada. Entonces, se me da por
asumir la situación que digamos y le largo que 3.000 el alquiler de la pista para 500
kilos de mercadería y 5.000 dólares los mil kilos. Y el flecha, que silencio de nuevo, y
que después de un tiempito que de acuerdo. Se levanta y ya, asunto terminado. Y era tan
fácil hermano, y ganábamos tanto dinero, yo antes no tenía noción de lo que estaba
ganando. Y el flecha antes de irse nos larga, señores, ¿qué si se les presenta algún
inconveniente que sea tal día y a tal hora?, y ahí yo me callo, mudito nomás, las
decisiones en la base las toma el superior y el Capitán le dice que no se presenta
problema alguno, entonces el otro que buenos días.
Usted se ocupa de todo este asunto me lanza a mí el Capitán nuevecito y yo
seriecito, porque es una orden militar más.
- Sí mi Capitán!
Y tal cual, así era todo este cuento. Llegaba la Paloma, es decir, la avioneta que
venía a buscar la blanca, por eso que le decían la paloma, y en ese momento yo me
ponía muy nervioso hasta que todo el operativo terminaba completito. Pero después tú
sabes, estábamos que saltábamos de alegría. Ahí teníamos nuestra platita ¡y de
Colombia, hermano! Claro la paloma era colombiana porque de ahí eran los narcos que
venían con la plata y ¿tú sabes qué. ? Algunas veces hasta venían aviones con la
bandera oficial de Colombia. Los narcos allá tienen poder hermano, mucho poder. Son
líneas aéreas como de vuelos normales, de esas que llevan pasajeros, pero es todo
mentira, la línea pertenece a los narcos, el vuelo para pasajeros es para que digamos,
lavar plata de la droga. Y nosotros le alquilábamos la pista, a ellos y era un negocio muy
redondito para todos. ¡Chucha!, era rapidísimo el intercambio entre los narcos, nada
duraba, menos de diez minutos. Eso si nosotros preparábamos todo al detalle. Para que
lo entiendas, allá por la base en donde yo estaba hay una sola carretera, y esa carretera
lo atraviesa todo, la llamamos la marginal porque es la única pobrecita , y está que te
puedo decir, digamos casi paralela a unos trescientos metros de la base, pero es la única
vía y entonces todos los vehículos tienen que pasar forzosamente por ahí. ¿Entonces tú
sabes, como le montábamos el operativo? Meta cachar la marginal y con la tropa, la
cortábamos como quién dice, a cinco kilómetros de un lado y unos cincuenta kilómetros
del otro lado. Después tocaba solamente cortar el tránsito de vehículos por una hora,
para que nadie pasara por ahí y vea un avión con bandera colombiana por estos pagos.
Te imaginas justo pasa un carro y ven movimientos raros: descargas de cajas, cosas,
sabes, o si te sacan una foto, se arma la podrida. Cuando venía la paloma, la base
quedaba como desierta, ya que casi todos los soldados participaban del operativo. El
Capitán siempre se quedaba en la base y con la cantidad de hombres justos. Yo por mi
parte con la radio controlaba todo. De cada lado tenía un hombre de confianza que
estaba al tanto de todo. Tienes que simular como que estás haciendo un operativo rutero.
Finges buscar guerrilleros o cargamento ilegal, pides documentos, no sé, revisas los
autos, todas las chuchadas, pero tienes que hacer ruido que le dicen. Tú sabes, los
civiles ven tantito un fusil, un FAL y ya se quedan quietitos, no protestan más, no hacen
nada y de paso tú le haces propaganda que digamos al Ejército, haces tu trabajo,
muestras a la población que tienes el control de la situación; y a unos treinta kilómetros
de la base, los narcos están haciendo la descarga. Pero cuidado, que cuando hacíamos

9

los controles los hacíamos en serio, ese es nuestro trabajo, y de paso los soldaditos
podían ganarse algo de dinero, como cuando los papeles de los carros no están reglas,
eso también sabíamos hacerlo bien.
El intercambio entre la paloma y la camioneta se hacía todo calculado al minuto.
Llegaban los narcos peruanos con la cocaína en un vehículo, antes de eso, uno de mis
hombres a cargo del operativo y situado en uno de los extremos de la carretera los
dejaba pasar sin revisarlos, pues el flecha ya me había indicado la patente del carro. La
avioneta colombiana llegaba con la platita bien preparada, hacían un pasa manos con la
mercancía, y listo, la camioneta se volvía con el dinero y la paloma con la cocaína.
Había veces que me tocaba ir al lugar del intercambio para cerciorarme que todo se pase
de lo más bien; pero en ese sentido nunca problema alguno. Tú sabes, ellos se conocían
bien, nosotros también a ellos y ellos a nosotros, no son tantos en el negocio, entonces
en el momento del intercambio ni se contaba una chucha la plata, ni controlaban nada,
no hay tiempo hermano, estamos todos en infracción que le dicen, todos quieren
terminar lo más rapidito posible, quince minutitos como mucho, y la paloma ya estaba
despegando con la pancita llena.
Tienen todo preparado, nada de que "la paloma" se quedé dando vueltas en el
aire.
Pero te repito hermano, había tensión, tú sabes, ellos son los narcos y nosotros el
ejército, no va junto. Además tu sabes que el día de mañana vas a estar enfrentados.
Ellos de seguro que estaban permanentemente comunicados por radio Y tú sabes lo más
chistoso hermano, es que en la carretera, la mayoría de nuestros soldados tranquilitos
trabajando sin saber nada de nada; y los civiles menos todavía. Yo meta ordenarles y
ellos meta cumplir. Tal vez, a lo mejor, alguno más avispado que otro, tal vez podía
sospechar algo, los más ancianos yo pienso que sí. Claro que estaban mis sargentos, los
históricos, los de siempre, a ellos todo, la vida, la verdad, toda y enterita, siempre. En el
monte nos cuidamos las espaldas, tiene que haber la confianza absoluta. Yo tenía cinco
sargentos de fierro hermano, abajo mío, y yo siempre a ellos les daba una parte de lo
que yo sacaba, repartía igualito para todos. Éramos como una familia, tantos combates
juntos contra la guerrilla, contra los narcos, tantas veces cuidándonos los unos a los
otros, en la selva, en los puteríos, en todos lados. ¡Te imaginas! No puede haber
resquemores que digamos, eso no hermano, se trata de un código de acero que le
decimos. Si armas el cuento con ellos entonces repartes en parte iguales, sino, no lo
haces. En ese momento, ahí en la base, mis sargentos lo eran todo. El capitán, el
nuevecito, yo creo que de esa cosas no entendía nada, ahora que lo pienso tal vez en
Lima era distinto. La primera vez que hicimos una paloma con el nuevecito, yo le llevé,
como lo hacía siempre con el otro capitán, el sobre con el dinero a la oficina. Y me
quedo ahíi firme, el Capitán me mira cuenta el dinero y me dice: Tome para usted y los
muchachos y zas me da quinientos dólares. Quinientos dólares, una mierda, te imaginas,
yo siempre repartía de manera justa con mis sargentos y ahora¡chucha!, nos quedaba a
lo mucho cien dólares a cada uno. Antes, el antiguo Capitán hacía mitad y mitad con el
dinero del sobre, y así ganábamos mínimos trescientos dólares cada uno, cuando era un
cargamento de quinientos kilos, y hasta quinientos dólares cuando tocaba un operativo
de una tonelada.
Ese día, me puse muy mal al salir de la oficina del Capitán nuevecito. A la
noche nos reunimos con mis sargentos, yo les expliqué a todos como era la historia.
Estábamos todos encabronados. Decidimos de esperar, tal vez poco a poco el Capitán
nos iba ir dando cada vez un poco más de platita. Oye, tú adivinas que el riesgo nuestro
era inmenso hermano, algo salía mal, un error y eso era una de explosiones, una de tiros,

10

que ni te lo podrías creer. Todo el mundo desconfía de todo el mundo, te equivocas en
una orden y por ahí los otros piensan que es una trampa y ahí hermano tienes que meter
bala hasta el cuello. Era muy arriesgado y él se quedaba con casi todo el dinero y
nosotros éramos los que hacíamos todo, él no movía un dedo, me entiendes, ni eso
hacía. ¿Tú crees que eso era justo?, ¿y todo simplemente porque eres el que manda?
Pues yo pensaba que no y todavía lo sigo pensando. Pero yo iba al escritorio y le
entregaba al capitán el dinero de la operación, así ¡plum!, le daba los verdes y el nada
más repartía. Yo te repito, nos jugábamos el pellejo, el, ¡chucha!, cualquier cosa que
pudiera pasar que digamos, él siempre podía decir que no sabía nada de lo que estaba
pasando en la carretera, era todo bajo mi responsabilidad, además él era un oficial, de
los blanquitosm, y para ellos hay una justicia especial. Y qué te digo, la historia del
reparto injusto se siguó repitiendo cada vez que hacíamos una operación. Habrían
pasado, déjame pensar, unos seis meses; y una mañana me levanté habiendo tomado una
decisión. El día anteior habíamos hecho una operación de cocaína y la historia se había
complicado un poco. Chucha, la paloma se había retrasado, tan sólo un poco, pero tú
sabes ahí los nervios se te ponen de punta, y pierdes la noción de todo y chucha! Yo le
llevé la plata al Capitán, y repartió como siempre hermano, pero ese día, me acosté
encolerizado y cuando me levanté ya se me había ocurrido la idea. Tú sabes hermano, el
cerebro trabaja a la noche, la noche es como una consejera, a veces buena, a veces mala.
Cuando me levanté al día siguiente, ya tenía todo pensado. A ese Capitán decidí cagarlo
bien cagado y la cagué de lo lindo hermano.

III
“No nos convertiremos en lo que somos,
sino mediante la negación íntima y radical
de lo que han hecho de nosotros”

Camina las calles de tierra, camino. Se encuentra sólo, en un barrio que conoce
prácticamente y tanto como nada. Desfilan ante sus ojos algunas caripelas de lo más
intimidantes, hasta se podría decir que una extraña noche de brujas sobrevuela la
apacible pero calurosa tarde en el barrio marginal de Santa Ana, situado en la zona
norte del conurbano bonaerense, provincia de Buenos Aires, República Argentina,
Administración Carlos Saúl Menem, principio del fín.
Sus rasgos demasiados blancos, su andar, su vestimenta, su manera de mirar,
hacen de lo más evidente su condición de visitante total por estas tierras de la miseria.
Hace ya algunos minutos que da vueltas de aquí para allá sin atreverse a traspasar la
barrera, los portones, de alguna de la muchas casillas miserables que se le ofrecen a
diestra y siniestra. Junta valor y al fin decide acercarse a una de las precarias
construcciones. Su primer contacto con “la gente”, con la que pretende que de ahora en
adelante sea la suya. La del lado oscuro, o la que muy pocos quieren ver, asumir,
integrar. La que cada vez pide más y más y más en los trenes. La que te afana, la que
puede alzarse con tu moto y con tu vida a la vuelta de alguna esquina, la que construye
el mundo a diferencia de los arquitectos que lo diagraman, la que matan en las guerras,
la que desborda los hospitales, la que sueña con tu casa, tu marido, tu mujer, tu auto, tus
hijos… La que todos los días te recuerda quien sos y quien no te gustaría ser, la que te
11

señala como cómplice de una gran estafa, de una gran mentira. La que te impide
disfrutar en paz de tus placeres, tus derroches, tus excesos; la que en algún rinconcito
del alma te hace brotar la culpa. Claro está que los hay que se lo han siliconado todo con
mentiras, con impermeabilizante tipo cerecita, cuestión que la humedad de la culpa no
pueda aparecer, con discursos dónde “cada cual es responsable de lo que tiene.”
Aplaude dos o tres veces. En la mayoría de las casillas no hay timbres. Este
aplauso aparece entonces como los primeros clavos para la madera de un puente que
intenta erguirse entre dos mundos que habitan el mismo territorio nacional. Sale un
hombre moreno, gordo, inmenso. Todo parece indicar que acaba de ser despertado.
-

¡Qué tal! ¿Cómo anda? Ofrece una mano a modo de saludo que por suerte es
aceptada...una primera cuota de tranquilidad para un alma aún temblorosa.
-

¡Bueeeenas! Soy del Centro Cultural, el que está acá a unas tres cuadras.

¿Se habrá ofendido por lo de cuadras? se pregunta el muchacho. Acá las calles por
cierto son de tierra, ¿entonces?, ¿cómo carajo dirán? ¿Pensará que lo estoy forreando?
El hombre pone cara de no saber un pomo de lo que le estoy hablando.
-

¿Sabe jefe?

¡No, no y no! (Siente por dentro un índice señalándolo como culpable y basándose
en el manual del buen militante barrial imagina la voz diciéndole - compañero, la
palabra “jefe” pronunciada dentro de ese contexto, puede ser tomado como un acto de
arrogancia, generando en el vecino un sentimiento de desvalorización-). Bueno ya está,
ya lo dijo, ya no hay vuelta atrás. Hay que seguir adelante.
-

Acá muy cerquita, El Centro Cultural, ¿Lo conoce?. Acaba de preguntar lo
obvio. Se lo imaginaba, ni idea de lo que le está hablando. ¿Centro?, ¿de qué
Centro le está hablando? ¡Gol de Tigre! Cierto que en este barrio acá son todos
hinchas de Tigre. Tal vez un buen presagio, habrá que indagar más en este
aspecto.

-

¡Ah! ¿no lo conoce?, bueno, le cuento entonces, ¿tendrá unos segunditos para
escucharme? ".
- Más o menos, responde el hombre mirando para adentro de la casa.

Una puerta, un haz de luz para filtrar las palabras justas, en busca de la la sortija
para acceder a unos segunditos más de charla con el vecino; perdido por perdido,
hasta el arquero tiene que ir a buscar el córner.
-

Bueno le cuento rápido así lo dejo tranquilo y puede seguir escuchando el
partido.

Ni una sonrisa, nada. ¿Cómo interpretar esto? Como una manera delicada de decirle,
¡pendejo!, no me vengas a romper las bolas, con tu Dios, tu partido político, tú lo que
mierda seas. No tengo un puto mango, un puto tiempo y si lo tuviera, lo usaría para
comprarle unos zapatos a mi pibe, quizás un litro de leche, tal vez un vino, me pagaría

12

una puta y tendría tres mucamas. ¿De qué me querés venir a hablar?, ¿qué es lo que
tenés para decirme?, vos, que la vida te tuvo siempre la heladera llenita. Vos que no
tenés ni idea de lo que es tener hambre, pero hambre de verdad, ese que duele y no el
simple y mero apetito que se puede llegar a sentir cuando el reloj biológico del
estómago marca algunas exiguas horas de atraso.
Definitivamente habrá que acostumbrarse a esta doble salsa: mezcla de militancia en
los barrios polvoreada con culpas de nene bien que viene a lavar un rato su consciencia
en una zanja que huele a podrido por cierto.
“Somos un grupo de maestros que está dando clases de apoyo en el barrio. La idea
es darle una manito a los chicos con su tarea, ¿vio?; por si tienen alguna que otra
dificultad. Antes de empezar las clases de apoyo, los chicos pueden tomar la leche y....
¿Así que no conoce el Centro? ¡Mire usted! De hecho lo que le venía a decir era otra
cosa. Mire, le explico, llegaron al barrio un grupo de abogados para tratar de orientar a
los vecinos en cualquier tipo de problemita que puedan llegar a tener. Por eso, si conoce
a alguien que necesita algún tipo de asesoramiento, buena estrategia discursiva, siempre
la humildad por delante, por más que detrás de ésta, se esconda alguna chispa de
superioridad que habrá que intentar apagar en permanencia de ahora en adelante.
Nunca tratar de hacer sentir al vecino que lo estamos viendo con ojos de ser inferior. El
respeto como marco indestructible del diálogo, la distancia que acerca, que intenta
oponerse a una caridad que por el contrario aleja o mantiene. La solidaridad, el abrazo
fraternal, el "sí sabe de algún familiar o algún conocido que necesite de un abogado", el
mostrarle que para uno, el ser pobre no es sinónimo de delincuencia. El vecino, objeto
de culto naciente; la materia prima, el metal para forjar el martillo con él que hemos de
intentar romper las paredes del aislamiento; el intento de oxigenar un poco los pulmones
de este barrio; el vecino, fundamental en este titánico esfuerzo de querer iluminar, más
no sea con un simple fósforo, esta larga noche menemista que parecería haberse
instalado acá, allá, en todo el planeta y no tener fin.
Le vuelvo a dar la mano al vecino, una sonrisa asoma tibiamente en su boca. Puede que
contento de que me tome el palo, aliviado de que este asunto no haya sido tan pesado
como prometía, tal vez, y ojalá, que sin darse cuenta, haya sonreído, casi por por
inercia.
Cabeza gacha mientras camino, miro el piso. Adivino, o mejor dicho trato de
adivinar las reglas del nuevo juego que se presentan en mi vida. Sobrevivir que le dicen.
Tratar de desentonar lo menos posible con el paisaje del barrio, intentar confundirse con
la tierra que me sostiene, intentando en vano robarle algún claroscuro de su coloración,
alguna pincelada de sangre morena para una tela de lo más anémica. Saluda no sin
cierto temor, rostros que no conoce. Por suerte o simplemente porque sí, los saludos,
como eructados imperceptiblemente después de unas palmaditas, vuelven. Algunas
cejas se levantan, algunas bocas emiten un débil “buenas”, algunos músculos del cuellos
se doblan y los hay, los menos, que lo quedan mirando, como no entendiendo, como
desconfiando o bien decretando un especie de veto a su presencia de “blanquito cheto”
en “la villa”.
La pobreza que rima estúpidamente con belleza. Tal vez sean estos lentes
turísticos, tal vez no; pero en este paisaje que más de uno y no sin faltar a la verdad,
podría catalogar como desolador, entre baldíos repletos de bolsas de basura semi
abiertas; de perros raquíticos rastreando en vano las huellas del milagro, es decir, algún

13

resto de comida que el hambre haya perdonado u olvidado. A pesar de todo, entre estas
ruinas de sueños de humanidad, se huele hasta hacerse agua a la boca, el maravilloso
aroma de la resistencia, la omnipresente abundancia de la dignidad humana.
¡Pedacito de sábado te pegaste hermano! Llegaste poco antes de las ocho de la
mañana y comenzaste con clases de apoyo para los chicos; después una mano en el
comedor popular; eso fue al medio día, y ahora, salís a recorrer el barrio, tratando de
establecer un primer contacto con la gente. ¿Contacto?, ¿qué son marcianos ¡boludo!?
A la distancia asoma la silueta de una de las maestras de la Escuelita difundiendo
ella también las actividades, continua con su marcha, tratando de subrayar delante de la
compañera, lo comprometido que él está con el trabajo en el barrio.
El compromiso, ¡un huevo que se te sube!, como una presión, un dedo que te señala
cada vez que uno se aparta de la senda correcta. "Ese amable tirano que nos rige" suele
decir el subcomandande Marcos, allá en el complejo sur mejicano. El compromiso
acogotándote sin respiro. Máquina infernal de fabricar culpa. El compromiso esa
especie de big brother atemporal, a donde vayas, de seguro lo tendrás ahí, firme como
una hemorroide en el culo. Nadie me obliga ¡ya lo sé!, pero ¿qué quieren?, ¿qué lo sepa
todo?, ¿qué no dude? ¿Y yo que carajo sé cuánto tiempo le tengo que dedicar a todo
esto que puede llamarse o definirse como “prójimo”?
Ahora a la distancia, en aquellos primeros tiempos de militancia, por las noches,
al acostarme, me sentía bien, ¡lo que nunca!, me dormía pleno. Era como una sensación
de estar haciendo las cosas bien por primera vez en mi vida. ¿No sé si les pasó? Como
que te levantás, por ahí todo sigue igual a tu alrededor, podés estar lo mismo de triste, lo
mismo de contento; pero la diferencia, es que la vida tiene un sentido completo y total,
no me lo vas a negar, ¡una cosa de locos! Vivía para los demás porque en realidad me
hacía bien a mí; pero me consolaba pensando que si el hombre es egoísta por naturaleza
social, al menos vale utilizar ese egoísmo en pos del bien comunitario.
Decide ponerse a observar a su alrededor, estudia el barrio, sus características
como por ejemplo que los únicos árboles que se ven, son sauces, ya que prácticamente
es lo único que puede crecer en terrenos tan inundables como éstos. Las casillas se
construyen, cuando los medios lo permiten, sobre pilares semejantes a unos postes
telefónicos, el todo, a unos dos metros de altura con el fin de protegerse de la crecida
del río. Alguna que otra de las habitaciones son de cemento; pero la mayoría de madera.
Así descubre una de las primeras formas de diferenciar la miseria de la pobreza, los que
tienen la suerte de tener una casa de material y los que no. La madera, materia prima de
lo más hospitalaria, en invierno al frió y de noche a los chorros.
Se dirije hacia una casilla, una " vecina " está colgando la ropa mientras una niña de
unos cinco años de edad sentada en el piso, juega o se aburre con una muñeca de trapo
entrelazada en la piel.
-

¡Qué tal señora!, la molesto un segundito, ¿puede ser?, pregunta el muchacho.

Bendito sea Dios en el que dice no creer, la mujer en cuestión le sonríe beatamente,
como enviado, alguno de los dos por el Señor, como aliviados ambos por el fin de una
espera que les ha durado toda la vida. La mujer se acoda apoyando su mentón sobre sus
manos y éstas últimas, sobre la puertecita de madera que anuncia el principio de su

14

territorio. Demostrando en esta postura, lo todo oído que es.
- ¿Qué tal señora, cómo va eso?
El ángel apiadado del pecador contesta:
Muy bien y usted
Pertenezco al Centro Cultural que esta........., allá en la Yuputi, o algo así ¿lo
conoce?, ¿no?, bueno entonces aprovecho y nos presento. Somos un grupo de maestros,
estamos dando clases de apoyo a los chicos del barrio para ayudarlos un poquito con el
tema de la tarea escolar. De paso pueden tomar el desayuno a la mañana, y por la tarde
hay distintas actividades: la biblioteca del Centro, el taller de dibujo, ah! y me olvidaba
al mediodía pueden quedarse a comer. Por ahora estamos los sábados y los miércoles,
pero la idea es tratar de abrir tres veces por semanas; obviamente las actividades son
gratuitas.
Silencio en la sala que el ángel se pronuncia nuevamente:
-

Pero que bueno todo lo que están haciendo por el barrio, la verdad es que lo
necesitábamos. Ojala que les vaya bien y puedan quedarse aquí muchos años.

Y ahora a toda orquesta compañero: - Bueno, antes de irme le quería comentar,
una nueva actividad para que los vecinos del barrio aprovechen. Tenemos también un
grupo de abogados que van a asesorar a los vecinos en forma gratuita, así que si sabe de
algún familiar, conocido que tiene algún problemita, no dude en recomendarle que
acuda al Centro, que ahí lo van a poder orientar sin ningún inconveniente.
Bien, va mejorando, vocabulario simple, amable, emanación de sentimientos
solidarios, la verdad que este traje de militante barrial le está gustando, lo siente cada
vez más cómodo, en cada gesto, más "suyo". La celestial melodía continúa.
-

Como anillo al dedo me vienen, el sábado próximo me voy a dar una vuelta para
hablar con esos abogados, porque ves la nena que está ahí es mi sobrina – él
mira nuevamente a la nena-, yo la cuido ahora porque mi hermana trabaja, el
tema es que su padrastro abusa muy seguido de la chiquita.

Bienvenido al mundo real

IV
“Qué provecho tendría un hombre,
si para ganar el mundo entero
debería de vender su alma”

15

"Y al tercer día resucitó en un psiquiátrico"

Contracturado

en todo su ser y soportando estoicamente el peso de
innumerables correligionarios machucándole todo el cuerpo, nuestro efímero
protagonista trata de acomodarse con la clara intención de modificar la posición de su
cuerpo de papel moneda que a esta altura del partido prácticamente ya no siente.
A pesar de moverse de manera casi imperceptible, se produce una serie de
quejidos y gruñidos que es emitida inmediatamente por los demás billetes que lo
acompañan en este hacinamiento; infelices divisas que han sido introducidas dentro de
este diminuto claustro rectangular de cartón. Los billetes más viejos afirman que, dada
las dimensiones, el aroma y otros etcéteras se encontrarían en una caja de zapatos; que
en efecto lo es. Agregaremos para ayudar a una mejor visualización de la escena, que la
caja de zapatos está realmente hasta las tetas de billetes. En consecuencia, una anarquía
del orden establece el fin de una existencia pulcra, capitalista y austera, a la cuál la
mayoría de estos billetes venían acostumbrados.
En todo encierro que se prolonga en forma indefinida comienza a gestarse lo que
algunos llaman rumores. En esta caja de zapatos, la excepción había faltado una vez
más a la cita. Generalmente dado su carácter excepcional, es lo que corresponde o
bien, lo que se suele exigir de cualquier excepción, es decir, que la mayoría de las veces
falte a la cita. Innumerables historias circulaban con respecto a la suerte que algunos
billetes pertenecientes a esa misma caja habían sufrido. Se hablaba de sádicas torturas,
si me permiten la tautología, en las cuales se quemaban vivas, divisas hermanas, con el
único objetivo de encender algún que otro indiferente cigarrillo. Otros rumores, de lo
más disparatado según el que escribe - afirmaban que ciertos billetes hasta habían sido
utilizados para la limpieza de traseros sucios de materia fecal para luego ser ahogados,
como si esto fuera poco, en remolinos de aguas, que descenderían hasta las entrañas del
mismísimo infierno, lo que los humanos llaman inodoros.
El techo es lo primero que aparece al momento de abrir los ojos. Un trompo de
imágenes se hace presente en su cabeza. Unas manos tratan en vano de detener el
violento juguete giratorio; pero dichas extremidades (sus manos) se encuentran fuera de
la cabeza y el trompo dentro de la misma, piensa con resignación nuestro lúcido amigo.
¡Asunto de lo más complicado! Cierra los ojos nuevamente y trata de combatir este
insomnio de mediodía. Imposible. Un sentimiento de soledad infantil lo invade y es
entonces que decide levantarse bruscamente de la cama en dónde se hallaba acostado.
Se dirige a la ventana y de un brusco tirón arranca las cortinas y no satisfecho, abre las
ventanas y zambulle desesperadamente su rostro con el fin de encontrarse con alguna
brisa de aire que logre airear su asfixiada cabeza. Mira para abajo, trata de calcular los
metros que lo separan del suelo y un eventual método de supervivencia en caso de
arrepentimiento instantáneo en el momento mismo que decidiera arrojarse desde esa
altura. Arrojarse o bien, -y eso no está completamente descartado-,…que lo arrojen.
Decide darse vuelta para comprobar que nadie se encuentre detrás suyo a punto de
cometer semejante salvajismo contra su persona.
¿Qué carajo estarán comiendo? se pregunta al detener su mirada en el balcón de
enfrente en donde observa algunos comensales reunidos alrededor de una mesa. De
repente, lo asalta una idea un tanto desagradable. La prepotente idea se ha instalado en
su cerebro, pero la perra parecería no presentar la más mínima intención de manifestarse
sobre los oscuros motivos que la traen por estos pagos, o sea su cabeza. Decide sacar
una navaja de su mente y hacer una leve presión sobre el cuello de la perra idea,
16

invitándola amablemente a que cante, a que desembuche, a menos que prefiera que un
cuchillo le atraviese su jodida garganta. La idea, dándose cuenta que no es el momento
de jugar los heroicos sobrevivientes decide largar el rollo que la trae.
Diálogo interno del susodicho
- Así como yo pude ver a los felices comensales, ellos a su turno de seguro que
pueden verme a mí.
-Sí pero quedate tranqui que por suerte están las cortinas.
-Sí, pero no siempre estuvieron, como por ejemplo ahora que las acabás de
arrancar.
-Tenés razón. ¡Qué cagada!
Decide al instante agacharse súbitamente en caso de que un posible atentado
contra su persona sea intentado en ese preciso momento. En cuclillas al ras del borde de
la ventana, el tema de la ausencia de las cortinas comienza a comerle la cabeza de a
mordiscones de lo más rudos. Puede que hasta lo hayan sorprendido mientras se estaba
mastrubando. La idea arranca, de una dentellada, un buen pedazo de su cerebro. Tal vez
debería mudarse, sí definitivamente esa podría ser una buena decisión, mudarse y
cuanto antes. Una verdadera lástima porque este departamento comenzaba a gustarle
bastante y además ya tenía el abono para el cable que venía a su nombre, causándole así
una gran satisfacción de ciudadano consumidor. Porque esas cosas siempre causan gran
satisfacción y el que diga que no, estará simplemente opinando lo contrario. Un gruñido
mezclado con algunas palabras a sus espaldas interrumpe sus sabias meditaciones; por
lo que sus agudos sentidos le indican, que no se encuentra sólo en esta habitación. A
falta de poseer al igual que algunas aves, un cuello giratorio de 180 grados, no le queda
más remedio que darse la vuelta. Observa entonces que sobre su cama se dibuja un
cuerpo guillotinado por una almohada. Se trata definitivamente de un cuerpo
perteneciente a un ser que parecería intentar combatir, aparentemente en vano, la nueva
claridad del cuarto.
- ¿Qué hacés?, ¿qué mierda pasó con las cortinas? (enojo)
- Nada. Respiro. (excusa)
- ¿Para qué abriste la ventana?, ¡no ves que estoy durmiendo boludo! (acusación e
insulto)
- Necesito aire para respirar como cualquiera ser que vive sobre este planeta, como
todo factor biótico. Pero vos seguí durmiendo tranqui boluda. (Defensa e intento de
armonización)
Vuelven a escucharse una serie de incomprensibles gruñidos, que por suerte, de
manera paulatina, comienzan a apagarse hasta confundirse con una respiración de lo
más calma que marca el retorno del ser horizontal a su estado onírico anterior.
Indudablemente, siente envidia de la tranquilidad que le permite a dicho ser, conciliar el
sueño con tanta facilidad y que parece contraponerse con una angustia, la suya, que lo
mantiene en vela todos los días, un poco más y un poco más. Por más que no tenga
ganas de pensar en eso, lo hecho, hecho está, es decir, ya pensó y para colmo, “en éso”.
Decide apoyar las yemas de sus dedos sobre sus respectivas sienes, intentando de esta
manera poder volver el tiempo atrás. Luego de algunos intentos fallidos decide declarar
semejante esfuerzo mental como inútil.
Ahora recuerda que cuando se despertó, un segundo antes de apercibir el techo,
“éso” fue justamente la primera cosa que vio. Y “éso”, desde hace algún tiempito, es

17

algo que lo tiene bastante perturbado, por no decir al borde de la paranoia. La caja, la
caja puta, vigilante y ortiva necesita por todos los medios poder olvidarla. ¡Un café! He
de aquí un buen comienzo para el olvido. Enarbolando esta pequeña llama de esperanza
frente a un mar de oscuridad, se dirige rumbo a la cocina, no sin esquivar en el camino
los diversos cadáveres de vidrio y otros cuerpos no identificados que yacen en la
alfombra... nueva. Busca en la lacena los filtros y “afortunadamente” los encuentra al
igual que el café, también “afortunadamente” (guiño cómplice al café molido).
Nota para el lector: por supuesto que nuestro joven amigo – que no es ningún
tonto - se percata enseguida de que acaba de repetir la palabra "afortunadamente";
pero por suerte, porque se debe reconocer que no siempre es el caso, en este caso existe
una explicación. El tema es que el café resulta ser muy celoso de los filtros, algo así
como un fanatismo peligroso y éste (el café), siempre insiste (a veces con métodos que
lindan el chantaje afectivo), en que se utilicen para con él, los mismos adverbios que se
utilizan para los filtros. Inexplicablemente con los adjetivos no ocurre lo mismo.
Conductas irracionales que se desparraman en el mundo de los humanos y sus
adyacencias.
Decide considerar el café en cuestión como un terrible guacho malcriado que
uno de estos días tendrá que aprender que en la vida hay caprichosque un café no puede,
o no debe tener. Ahora lo que falta para completar su dichoso proyecto es la cafetera y
es precisamente con lo que no logra dar. Piensa. Sigue pensando. No deja de pensar. Un
ratito más. ¡Ya está! ¡Acabáramos! Ahora recuerda, es decir que el recuerdo se
materializa en algún lugar recóndito de su cabeza que llamaremos memoria. Ayer tiró la
maldita cafetera por el incinerador. Su imagen tirando el artefacto por el agujero retorna
del pasado, más precisamente de la noche anterior. Lo que en cambio no logra recordar
es el porqué, o sea, una especie de justificativo de dicho acto. En un practicismo
envidiable, decide instantáneamente, primero pensar que de seguro el artefacto ya no
funcionaba y segundo, proceder sin perder más tiempo a la preparación de una infusión
llamada té. Pone la pava sobre la hornalla y aguarda. Retira la pava al notar la ausencia
del líquido en la misma. Ahora sí vuelve a colocarla y vuelve a aguardar. Vuelve a
retirar la pava al notar esta vez la ausencia de la llama.
Siempre que no hay café me preparo un té. El té es como la rueda de auxilio de
la cocina. Y cuando no hay té quiere decir que ya no queda nada o que el departamento
está deshabitado, o que tal vez, (y nunca hay que descartar esta posibilidad) el
departamento ha sido desvalijado o simplemente puede que no haya más té, ni tampoco
café, entonces no queda más remedio que ir al almacén a comprar ambos; pero
generalmente los del almacén resultan ser unos careros de mierda, entonces mejor ir a
un supermercado, porque es más barato, pero también es verdad que se tarda más
porque casi siempre hay mucha gente en las filas para pagar. Tiempo o dinero, esa es la
cuestión. Nunca hay una solución perfecta. Decide entristecerse un rato al constatar la
imperfección de la solución imperfecta. Tiene hambre, en realidad no mucho, pero falto
de imaginación, no se le ocurre nada mejor para hacer que comerse algo. Decide mover
las neuronas un rato con el objetivo de hallar una opción para este comer algo. Nada.
¡Mama mía, qué miseria imaginativa! Tal vez, una opción sea ver que sucede en la
habitación contigua. Vuelve entonces a su cuarto, que hace también de comedor y de
cementerio, esquivando nuevamente los objetos que ahora si distingue en la alfombra...
nueva. En una silla, sorprendentemente en su lugar, vislumbra debajo de un chaleco que
no le pertenece, su pantalón. Lo toma, no para beberlo sino para ponérselo. Bien cierto
es que debería anteceder el pantalón con un calzoncillo, pues así marcan algunas normas

18

higiénicas de esta sociedad. Problema consta que no aparece ninguno a la vista. Relojea
para los dos lados antes de mirarse el pene por debajo del pijama.
Lo manosea groseramente, no ya el pene sino el bolsillo del pantalón. Constata
el bulto necesario, vital, a esta altura adictiva de su vida, para poder seguir fumando sus
matutinas hierbas. Mira de reojo la cama y duda. “Tal vez debería…..pero es una
locura”, además en algún lado lo tiene que dejar. El lunes a primera hora se ocupará de
este famoso asunto. Por lo pronto procede a la apertura del paquetito, y comienza su
habitual armado. Dedos ya largamente experimentados se sustraen a la tarea de picar la
yerba y a la instantánea enrolada de la misma. Una última chupadita a modo de
pegamento y ahora, la evaluación final. Acerca a la luz de la ventana y no del sol, su
obra de arte. Cabe señalar que en estas últimas noches de desvelo, había descubierto que
ese orificio que hacía de ventana, presentaba características similares a ciertos cuerpos
luminosos del sistema galáctico planetario. Brillaba y para colmo de bienes, con luz
propia.
Es en ese mismo instante, en él que el muchacho se encuentra absorto
contemplando su creación, que recuerda la posibilidad de tener vecinos un tanto
indiscretos. De inmediato, vuelve a correr las cortinas que no encuentra debido a que
estas se hallan desparramadas en el piso porque “alguien” que miro y no digo, las
arrancó. Con más penas que otra cosa, las vuelve a desarrancar. Al encontrarse a
oscuras nuevamente, decide maldecir este encarcelamiento y refunfuñando por lo bajo
contra el mundo y su falta de libertades individuales, retorna a la cocina, no sin haberle
dado varias pitadas a su cigarrillo de kali, o de marihuana, según el dialecto o la lengua
que se utilice para nombrar una misma cosa.
Una vez en el ambiente culinario del departamento, constata que la pava puesta
para el té ha evacuado su última gota y que la hornalla disponiéndose está, a atacar el
metal, habiendo para eso, vencido anteriormente toda noción líquida posible. Un
pequeño olorcito a quemado acompaña tímidamente este espectáculo. “Este porro de
mierda me está afectando la memoria inmediata, tengo que empezar a fumar menos.”
Apaga el fuego de la hornalla, descuelga las llaves del clavo incrustado en la pared y
sale. Ya en la calle; mira para un lado y para el otro, un gesto que se está repitiendo
cada vez más seguido en su cotidiano. Paranoia que le dicen algunos, precauciones que
le dicen otros. Enciende nuevamente su porro y se dirige no sabe a dónde porque acaba
de olvidarlo. Se queda un instante pensativo y decide ir a la panadería a comprar unas
facturas. Por suerte el híper mercado, hoy domingo, está abierto. Al pasar por la
concesionaria cerrada, se detiene a ver los coches nuevos en venta y decide la posible
compra de alguno la semana venidera. Antes de llegar al supermercado apaga lo
encendido y entra. Sale con las facturas en una mano y una cafetera en la otra. Al
retornar a su departamento... nuevo, constata que nada ha cambiado. Apoya las facturas
en la mesa, y con su electrodoméstico aún no estrenado impone, y con bastante
seguridad, su presencia en la cocina. Después de una exhaustiva investigación acerca
del armado y funcionamiento de la máquina pega un grito solidario o educado (difícil
pensarlos en este caso de manera separada).
-¡¿Querés un café mamita?! ¿Adivina qué? Tenemos cafetera nueva.
No hay respuesta. Repite el grito y escucha esta vez un gruñido que decide
interpretar como un: “no mi amor, gracias de todos modos, realmente sos un encanto de
persona”. A continuación, pone en marcha el aparato de estreno. Recién al escuchar el
ruido de las gotas cayendo dentro de la jarra de vidrio y constatar su indiscutible color
café, es que decide volver en busca de su alimento abandonado momentáneamente en la

19

mesa. Mientras, en el cuarto contiguo, el cuerpo sigue horizontal y en aparente estado
de sueño. El dormir de uno provoca el despertar del otro. Siente su pene, iniciar algo
similar a un principio de erección. ¡El cíclope que busca el cielo! (en este caso el techo
del departamento). Acerca su ser a la cama, contempla las curvas de la mujer acostada
mientras que una mirada sin frenos comienza entonces a patrullar la carretera de esos
glúteos que parecen conducir hacia una inevitable y vertiginosa barranca de éxtasis.
Empieza a acariciar el culo que se le presenta. Unos dedos distraídos caen sin querer en
el primer hueco que encuentran y precisamente, ahí se quedan explorando de manera un
tanto frenética las profundidades del abismo. Sus extremidades entran y salen en forma
continua y no por falta de convencimiento, sino en un intento de provocar una
excitación sexual en el agujero y sus inmediaciones, o sea, la mujer horizontal. Escucha
un gruñido que decide interpretar como “un bajate los lienzos y cogeme toda papito”
Crispa su puño sintiendo en el mismo, la ropa interior de color negro que lleva la dama
horizontal y contempla en la penumbra, el surco del monte a punto de culear. Vuelve a
colocar el río de la tanga en su lecho habitual y el mundo emerge más excitante aún.
¿Porqué será? se pregunta mientras decide correrlo de nuevo a la par que levanta el
trasero con las dos manos atrayéndolo hacia su cuerpo. La mujer horizontal, aunque ya
no tanto, se deja hacer. Dócil se entrega al ritual y recibe no sabemos si, lo que estaba
buscando pero seguro lo que se esperaba. Rápidamente acaba la historia a la vez que
nuestro hombre, después de desplomarse unos instantes sobre el cuerpo femenino,
decide besarles las nalgas en claro signo de agradecimiento. Ahora sí muy relajado,
decide ir en busca de su café, con el recuerdo fresco de unos gemidos femeninos
matinales de los cuales no logra discernir si se trata de una inmediatez o más bien, el
eco de alguna noche lejana de lujuria y de alcohol.
Ya la última factura viene de ser engullida, devorada, casi fagocitada. Se
sorprende nuestro joven amigo al pensar que no han pasado más de cinco minutos entre
la primera y la sexta factura. No quedan más, triste realidad, pues aún se comería
alguna. Decididamente, los sorprendentes efectos colaterales de la marihuana siguen
marcando, uno a uno, los segundos de su vida. Se mira la panza y la encuentra
lóxicamente hinchada. Observa la hora indicada por su reloj y el tercer efecto colateral
aparece al percatarse que tan solo han pasado una hora y cuarto desde que se ha
levantado. Cosa de brujas. Ni pensar lo que todavía falta para que su domingo finalice.
Una pequeña angustia, no de las peores, le da una palmadita en la cola para luego
desaparecer bajo el halo de la puerta del baño. Ya no sabe qué hacer ni con su cuerpo ni
con esta cantidad de horas que restan. Como nuestro hombre resulta pertenecer a la raza
humana, por lo tanto muy egoísta, pero, (y esto sí puede ser señalado no ya como una
generalidad sino como una particularidad) bastante autocrítico, cae en la cuenta –sin
raspón alguno- de que el domingo que le importa es el suyo y que se re contra caga en el
de los demás. Decide aconsejarse a sí mismo, el aprovechar este día de descanso antes
del lunes de mañana en donde el trabajo aparece como inevitable. A menos que se
muera. Segundo pensamiento referido al final de su existencia en apenas más de una
hora. Decididamente hay algo que no va. Sus adentros parecen estar un tanto
enquilombados por decirlo de alguna manera, un tanto falto de orden por decirlo de otra.
Se levanta de dónde está sentado y asoma su cabeza - sin despegarla de su cuello esperanzado de que la dama horizontal se disponga a emprender una actitud un tanto
más vertical porque de más está decir que harto es lo que se está aburriendo y un poco
de compañía no le vendría nada mal. Recuerda nuevamente la caja repleta de dinero, el
suyo. Necesita verla, la caja, necesita verla y ahora, cerciorarse de su existencia,
realizarle otra minuciosa autopsia, en otras palabras, contar la guita, adorarla y
maldecirla a la vez. Las rodillas besando el suelo, encorvado, tantea debajo de la cama

20

esperanzado de poder sentir la rigurosidad del cartón. Es entonces, en el momento de
tocar la caja de zapatos con los dedos y al pasar éstos de largo concienzudamente, que
se da cuenta que en realidad, lo que estaba buscando era otra cosa. Y la cosa en cuestión
ya ha sido detectada por una de sus extremidades, más precisamente, el índice de la
mano derecha. Escucha unos nuevos gruñidos que decide interpretar como
absolutamente nada, porque a decir verdad, en este momento no le interesan en lo más
mínimo. Toma asiento, se sienta y empieza a silbar mientras se aboca a su nueva tarea,
es decir, la limpieza del objeto encontrado. Ahora sí, la voz de la mujer aparece clara y
definida. Trae consigo un aparente tono de reproche. En pos de preservar el buen
nombre de la dama horizontal, no serán transcritos los insultos proliferados por la
susodicha.
El NN de sexo femenino (dama horizontal) deja
establecido que no le resulta para nada
de su agrado,
levantarse y desayunarse -sic- como primer imagen del día,
“su novio”, -terminología utilizada por la susodicha-,
limpiando un revolver “con una cara de pajero que da
miedo.”
La declarante agrega no haber obtenido respuesta
alguna al preguntarle al acusado si su actitud le parecía
la de una persona más o menos normal.
Como cierre de esta declaración, la susodicha deja
constar una causa que podría agravar la situación del
acusado, ya que aparentemente el susodicho habría estado
limpiando su arma, no con un trapo, sino con un chaleco
perteneciendo a la susodicha, para colmo de males, siempre
según la declarante, su preferido.

V
Te agradezco las cervezas, ¡chucha que está buena! ¡Mirá cuántas nos hemos
tomados ya! Hey aquí en Buenos Aires no hay muchos como tú, tú sabes, así, que
invitan a tomar tragos; pero te decía hermano, cuando yo trabajaba en la base militar
con el capitán, él que estaba antes, y no él último que había llegado, ¡qué te digo
hermano!, pues todo era muy distinto. Sería que con el otro capitán al menos nos
tratábamos como paisanos, con respeto que le dicen. Hay códigos que tú llevas en tu
interior y en eso hermano no hay misterios, o los tienes o no los tienes.
Antes que llegue el capitán nuevito de Lima, como te decía, había otro Capitán,
¡chucha con el trato que había entre nosotros!, tú sabes, el sí era un hombre justo. Hacía
yo, junto con mi sargentos, que digamos te doy un ejemplo, una operación con la
paloma de 1000 kilos de cocaína, pues bueno, cuando terminábamos yo iba a su
oficina,- permiso mi Capitán, y él -pase-, y yo, -acá le traigo el dinero-, y le ponía los
5000 dólares, así, ¡plum! ni sobre ni nada, todos juntitos sabes, uno a uno arriba de la
mesa, y él era un tipo de lo más raro. Miraba el dinero como si era una especie de
molestia que tenía que resolver, que sé yo, como un problema filosófico que digamos.
Hasta parecía que le molestaba porque a veces resoplaba y todo el muy hijo e puta,
chucha con ese capitán ¡jiji! Nunca supe porque lo trasladaron, eso sí que fue una
21

lástima. Tal vez lo solicitó él, tú sabes ahí nunca nadie sabe nada de nadie, y a decir
verdad es mejor así. Entre menos información llevas en tu cerebro, menos vales y
menos problemas te buscas. Bueno, cuando yo le traía el dinero, él se ponía a mirarme,
levantaba las cejas y yo nada, firme como una estatua. Y me preguntaba:
- ¿Cuánto hay aquí sargento que no ando con ganas de contar?
Tú sabes él nunca tenía ganas de contar; pero era como un juego que se repetía a cada
vez. Yo contestaba al instante
- ¡Cinco mil mi Capitán!
- Bueno sabe lo que vamos a hacer me decía, a ver qué le parece soldado. Acá
hay cinco mil dice usted? Calculamos la mitad, y esta mitad para usted y esta mitad para
mí. Está de acuerdo?
- S!í mi Capitán!
- Se le ofrece algo más sargento?
- ¡No, mi Capitán!
- Entonces puede disponer. Buenos días sargento.
Así hacía el antiguo Capitán, y así hermano según mi opinión se tiene que hacer
cuando tú repartes. ¿Tú que dices? Imagínate yo armaba todo, preparaba todos los
detalles, también los contactos con los narco y el nomás tenía que repartir la platita. Tú
sabes yo no soy un tipo vengativo, pero yo tenía chucha, una rabia hermano. Tú me
comprendes, ¿no cierto?; con el capitán nuevito de Lima, sabes, era más jovencito que
yo, a mi parecer no estaba bien lo que él hacía. En el ejército por encima de todo están
los grados, eso es lo único que cuenta, por eso yo te decía, tú no puedes decirle nada a
un superior. Si a él se le canta pasarte un mal informe, entonces tú estás listo para
siempre, ahí que te toca la misma mierda.Yo tenía bronca ¿sabes? A la noche hasta me
lo soñaba al Capitancito rubio nuevecito. Se me aparecía con su placa, con sus grados
de Capitán, con sus mierdas. Su placa decía… déjame pensar como chucha se nombraba
este hijo de su buena madre, Andrés creo, sí creo que sí, chucha con ese nombre que se
me había olvidado.
Claro hermano que ese nombre no es el verdadero. ¡Qué sé yo cómo se andaría
llamando de veras! En el ejército tú sabes, y sobre todo en la selva, nadie conoce tu
nombre, sólo tú tienes la chapa con los grados y tu nombre de combate. El mío era
Trueno, chucha Trueno, tú sabes, preguntabas por Trueno, y había respeto, y ese respeto
me había costado ganármelo.
Claro hermano, nada de nombres verdaderos ni de apellidos, es muy peligroso
sabes, mejor no conocer nada de nadie, porque te agarran los terroristas y ahí no hay
chistes hermano se acabó tu historia. A cantar; y después, hayas cantado o no, te
liquidan. Por ejemplo se enteran que yo soy Pachuco de apellido, te rastrean, te
encuentran, ellos son muy poderosos y a la larga lo terminan averiguando todo, tienen
muchos soplones distribuidos por todos lados. Por eso en la selva todo el mundo
desconfía de todo el mundo. Y una vez que ya saben quién eres, que te tienen ubicado,
van, ahí donde vives tú, o donde tus prójimos y se terminó todo lo tuyo. Despídete
hermano de todo lo que tengas. Te hacen mierda tu casa, le meten bomba a tu familia,
es el carajo hermano. No puedes confiar en nadie, nunca. Ni terroristas ni narcos, ni
militares. Cada vez que tú haces un trato, que tú arreglas algo, corres un riesgo, hoy
estás de un lado y mañana te tienes que meter balas hasta el cuello del otro, y eso lo
sabíamos todos: ellos y nosotros.

22

Pero ya te decía yo, a la noche me soñaba con la placa del Capitancito nuevo, tú
sabes hermano pesadillas, se me aparecían placas manchadas con sangre. Yo no estaba
bien en mi piel, creo que tenía alucinaciones, una obsesión que le dicen. Todos los días
recibes órdenes de alguien que odias, ¿tú sabes lo que es eso?, tú te juegas en cada
operación la vida y te reparten el dinero de esta manera, no es así que se tienen que
hacer las cosas, eso es demasiado ingrato. Yo creo que el nuevecito ni se había dado
cuenta de que yo estaba enfermo de rabia.
Hacía unos días había venido otra vez el flecha y me había dicho día y hora para
la entrega de mil kilos. La operación se haría en unas tres semanas. Yo, de sólo pensar
en la operación, me daba la vena, me imaginaba que el Capitán seguía acumulando
dólares en su cuenta y todo gracias a mí, y no lo podía soportar. De sólo pensar que me
iba a dar tan sólo 500 mugrosos dólares y que yo después debería de repartir con los
sargentos me daban ganas de agarrarlo del cuello. Chucha ahora, más tranquilo, más
viejo, cuando lo pienso, me digo que era bastante dinero igual; pero en aquella época yo
estaba como mal acostumbrado que le dicen. Encima yo veía que se guardaba las tres
cuartas partes en su bolsillo, todo solito para él, ahí me comía el veneno. Yo ya tenía los
datos para la próxima operación y sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Las cosas tenían que cambiar; y así fue nomas.

VI
"¿Como te has dejado llevar a un callejón sin salida?,
tú, el mejor dotado de los conductores suicidas.

«Bueno, compañeros antes de que empiecen a llegar los chicos para las clases de
apoyo, acá es necesario aclarar un tema que se hizo como una bola de nieve y que
tenemos que frenar. De hecho, este es el propósito de esta reunión. Acá, en la Escuelita,
se hizo un puterío de aquellos sobre esta cuestión, y los puteríos acá, en este tipo de
laburo barrial, no pueden existir. A ver si se me entiende porque sobre todo no quiero
que se me malinterprete: no es que uno se quiera poner en policía, en vigilante y señalar
con el dedito lo que está bien y lo que está mal. Acá estamos tratando de aprender todos
juntos a medida que las cosas van sucediendo.
Necesitamos trabajar en armonía y esta armonía, hoy, está corriendo serio
peligro. Compañeros, esto hay que recordarlo siempre, si nosotros no estamos bien
como grupo, unidos en todo sentido como organización, los únicos que van a pagar los
platos rotos de esta historia es la gente del barrio que depende tanto de nosotros. Y no es
justo que por boludeces nuestras, los vecinos se perjudiquen todavía más de lo que los
perjudica este sistema de mierda. Generalmente, es obvio que estas historias deben
resolverse personalmente, porque cada uno sabe lo que hace con su vida, a cada cual le
toca atender su kiosco; pero lamentablemente esto ya sobrepasó los límites de lo
privado, y después de haberlo analizado con algunos compañeros que están aquí
presente, con Mauro mismo, hemos decidido resolverlo a nivel grupal, o sea con la
gente más comprometida, la más próxima al laburo en el barrio, que es, si no me
equivoco, la que se encuentra hoy reunida alrededor de esta mesa. Saquémonos la careta

23

y que esta historia nos sirva de ejemplo a todos. Hubiese estado bueno que venga
también la compañera María; pero bueno, no está...
- ¡Para Maxi! Creo que me corresponde a mí, aclarar todo esto delante de los
compañeros aquí presentes.
El que acaba de interrumpir bruscamente el canónico y motivador discurso que
se venía desarrollando es el mismo Mauro, principal implicado, principal acusado en
este juicio que parece sacado de alguna escena surrealista. A Mauro, se lo nota tenso,
muy tenso, y no es para menos. Se pueden leer, se adivinan noches de insomnio, nervios
al borde de una explosión atómica y un cerebro, o lo que queda de éste, agitado y
agotado por la inhumana cantidad de horas extras que viene padeciendo. Pero no hay
vueltas al asunto, porque a primera vista y mire por donde se mire este asunto, todo
parece indicar que nuestro hombre ha pecado, por decirlo de alguna manera, en el reino
del señor.
Todo comenzó un par de meses atrás. Mauro y María todavía no se conocían
Terminaba nuestra clase semanal de teatro y yo le volvía a insistir:
-¿Che María, cuando te venís a laburar con nosotros al barrio?
Hace tiempo ya, que le vengo hablando de la escuelita en la que participo en el
Tigre, rompiendo las bolas con lo geniales y tiernos que son los chicos que van al apoyo
escolar, lo solidario que son los vecinos y el maravilloso espíritu de solidaridad que
flota en la Escuelita y lo cada vez más instalado en el corazón del humilde barrio del
Gran Buenos Aires.
Desde que estoy inmerso en este proyecto barrial, siento que mi gente, la más
cercana y la que no, vive como en estado de falta; que sus pares deberían estar haciendo
lo que él: luchar contra la marginalidad, tratar de reorganizar y reconstituir el tejido
social en los barrios carenciados y asentamientos de la Argentina, lo que algunos llaman
“villas miserias”, que lo son; pero que semánticamente han sido desterradas de su
vocabulario militante.
La chica se ríe, hace preguntas, se interesa a lo que este grupo de “locos” que en
plena época de pizza & champagne, anda haciendo cosas raras en las villas. María
promete comenzar a participar ese mismo fin de semana. No es la primera vez que
amaga con venir. Se despiden hasta el sábado, día de las actividades en la escuelita del
barrio marginal de Santa Ana.
Llegado a la casa de Celina, su novia, ésta lo ataca apenas pone un pie en su
casa. Ni un beso, ni un carajo, ni nada.
-¿Vos sabías lo que estaba pasando entre María y Mauro, no? No me mientas, al
menos esta vez no me tomes por boluda, mirá que te conozco.
Frente a esta pregunta tan clara e ineludible de que si él estaba al tanto o no de la
relación entre Mauro y María, responder cualquier otra cosa que la verdad, teniendo en
cuenta lo enfurecida que está la muchacha, equivale a verse arrojado por la ventana del
departamento; y la caída, desde unos quince pisos se anuncia como un tanto dolorosa.
¡Qué quilombo padre de aquellos! Encima él fue él que tuvo la brillante idea de
traer a María a la Escuelita. De la misma manera que también fue él, el primero, o uno

24

de los primeros, en enterarse de toda esta novelita de amor.
-¿Sabías que Isa (la novia de Mauro) no sabe nada todavía?, insiste la tenaz
muchacha. Isa está jugando el papel de la novia boluda. Mauro todavía no le dijo nada.
Al final, todo eso de los nuevos valores que pregonamos, de respeto al vecino, todo es
mentira. Ni siquiera somos capaces de respetarnos entre nosotros. A la gente le gusta
llenarse la boca con palabras lindas. Todo el grupo sabe que su novio la caga, menos
ella y nadie tiene los huevos para decirle la verdad a la pobre Isa. Vos tampoco y eso
que la conocés hace un montón...encima vos sos el que trajo a María al Centro. – Le
acaban de lanzar precisamente el dardo que no quería que le arrojen; ¿pero eso a quién
corno le importa?- La gente es una mierda concluye la niña.
Vaya novedad que la gente es una mierda. Para colmo de males en toda esta
historia, es precisamente gracias a Isa, (la cornuda de la novela) que él conoció la
Escuelita. Ha corrido tan sólo un poco de agua desde entonces.
El reencuentro con Isa después de años
Sale del CBC -año previo para ingresar a algunas universidades argentinas- con
una hermosa mezcla de alivio y excitación a la vez. Acaba de decidir el inmediato
abandono de los cursos de abogacía a los cuales asiste desde hace unos pocos meses.
Los sueños de defender a los pobres de las garras de los ricos se han desvanecido y
evaporado al primer contacto con la realidad corrupta y clientelista de la República
Jurídica del Mundo. Sube al auto y mientras enciende el vehículo, comienza a pensar en
qué diablos va a hacer, de y con, su vida. Mete la primera, y posado a la hora justa y en
el lugar apropiado, a orillas de la palanca de cambio del viejo Peugeot 504, un papelito,
de esos que reparten en los colectivos, se apropia el protagonismo de la escena. Se trata
de esos bonos de contribución para algún hogar de chicos de la calle. Mira el teléfono
impreso al dorso y decide al instante dedicar estos seis meses que tiene al pedo, seis más
de los cientos que lleva a cuestas, a colaborar con este hogar o con cualquier otro, da lo
mismo, como no sabe lo que busca, pretensiones es lo que lo que escasea y
desorientación es lo que abunda.
¿Casualidades o causalidades?, el eterno dilema ya que ambos parecen
ensamblarse para dibujar el croquis del destino de todos los mortales: a la espera del
autobús se vislumbra esa chica, identificada inmediatamente como Isabel, alias Isa. Y
junto a ese nombre, a ese diminutivo, se entrelazan de inmediato un sin fin de recuerdos,
tiempos de guardapolvos blancos. Aprovecha el semáforo y la distancia que aún los
separa para observarla. Como siempre esa sonrisa que le expropia los latifundios de su
rostro. ¿La última vez que se vieron? Unos 7 años atrás. Frenar o no frenar, esa es la
cuestión. ¿Cómo sospechar que en simples y sencillas decisiones cómo estas, la historia
personal, la suya, dará un vuelco impensado y decisivo para todo el camino de su ser
que está naciendo.
Decide no detenerse, pasa al lado de la muchacha que no lo ve. Una vez más la
observa; pero esta vez por el espejito retrovisor, y es ahí, porque sí, sin más razones, y
posponiendo las ganas de llegar y comunicarse con ese teléfono impreso al dorso del
bono contribución, detiene su auto y desciende del vehículo para encarar a la antigua
compañera de la primaria y sin saberlo aún, ingresar al portal de un nuevo mundo.
Tanto tiempo de allá, qué milagro de vernos acá, en qué anda tu vida, nada en
especial y la tuya. Acabo al instante de abandonar la facultad confiesa el muchacho, y
tenía ganas de empezar a participar en algún hogar para chicos pobres o alguna gilada

25

parecida. ¡Mirá lo que son las coincidencias! larga una Isa de lo más reflexiva. Yo me
acabo de sumar a un proyecto en un barrio muy humilde, un trabajo social que empezó
hace relativamente poco. La idea es ayudar, principalmente a través de clases de apoyo,
a los chicos carenciados de la zona ¿Y dónde queda eso? En el Tigre, ¿conocés? No ni
idea, ¿Y qué días son los que vas? Por ahora los sábados, la idea es abrir tres veces por
semana. ¿Te interesaría sumarte? Y bueno dale responde el muchacho poco convencido.
Buenísimo, me pone re contenta que vengas, mirá yo justo este sábado no voy, pero te
voy a dar el teléfono de mi novio y arreglás con él para encontrarte y así van juntos. Se
llama Mauro y está estudiando para docente.
Otra vez el presente
¡Esta María al final, flor de pelotuda! Me dijo que no lo sabía nadie, y resulta
que el planeta entero de la Escuelita está al tanto de su historia con Mauro. Encima, los
problemas de pareja, de la mía, con Celina, qué me dice que nunca cuento las cosas, qué
siempre priorizo a los demás, qué soy tan mierda como todos, qué siempre la hago a un
lado, qué no confío en ella, qué porque no se lo conté antes, qué qué clase de pareja
pretendo construir y tantos otros etcéteras, cada uno más cierto que el anterior. Y yo,
¿saben qué?: “Celina, mi amor, ¡entendeme! me pidió que no se lo contara a nadie, yo
qué sabía que lo iba a ventilar a los cuatro vientos, ¿te gustaría que tu novio traicione la
gente que confía en él?”. Portazo en la cara de ella.
Pienso en Isa. En el mal momento que está pasando. Creo imaginar el dolor pero
no me acerco ni al umbral de lo que está sufriendo. Tal vez esté pensando en largar todo
esto a la mierda, en abandonar el laburo en el barrio y motivos no le faltan. Por otro
lado, cae un peso pesado entre los militantes del grupo: Mauro, el más laburador, el
referente en cuanto al compromiso, el primero en llegar, el último en irse. El único entre
nosotros con serias intenciones de irse a vivir al “barrio”. Se desvive por los vecinos,
una fuerza y una convicción de acero. Siempre doy el mismo ejemplo. Para mí, Mauro
es como un buey que labura duro y parejo sin mirar a los costados. - Y al final nomás, si
qué miraba- Y cayó, pedazo de hombre, de bestia, como un adolescente, tropezando
con una pollera y enredándose en los pelitos de un simple pubis, el de María. ¿Y ahora?
Otra vez el pasado
Salen del curso del teatro. María le dice que necesita hablar con él, que necesita
un consejo de amor. Si supiera a quién se lo está pidiendo de seguro María anclaría su
velero en otro puerto. Un rico historial en traspies marca los archivos de su vida, cagada
tras cagada. Pero tal vez, quién te dice, ¿qué mejor que un perdedor para enseñarte a no
perder? Allí entonces por San Telmo, en un barsucho cualquiera, sobre mesas anónimas,
hartas de las historias de siempre que aburren por sus falta de imaginación, de
decisiones que se posponen eternamente, de figuritas que se repiten hasta el hartazgo, de
cucharas que se revuelven siempre en el mismo sentido, la muchacha larga el rollo, y él
escucha. No le cree; no por desconfiado sino porque simplemente no puede creerlo.
-¿Con Mauro? ¿Me estás jodiendo María? ¿Me estás diciendo que te acostaste
con Mauro?
Se queda literalmente con la boca abierta, sin poder tragar ni lo que está oyendo.
Como si al hacerlo, si al aceptar esta novedosa novedad, el mismo mundo en el que se
encuentra parado tambalearía para caerse aparatosamente de culo.

26

Recuerda uno de sus primeros contactos con Mauro. Esa vez tenían que hacer
pintadas para una marcha. Toman el balde, el agua, la cal y la pintura y se dirigen hacia
la avenida que bordea el barrio, la frontera que separa la barbarie, de otra mucho más
hipócrita y cruel. Después de haber caminado numerosas cuadras en silencio; Mauro
dispara:
- ¿Querés blanquear o preferís pintar?
¿Perdón?, ¿qué?, que alguien le diga de dónde salió esa jerga, porque no tiene ni
idea de lo que este muchacho le está hablando. La farsa se desmorona estrepitosamente.
- Lo que sea más fácil, porque no tengo la más mínima idea de nada, es la
primera vez que voy a hacer pintadas de este tipo.
- Entonces vos blanqueás y yo pinto.
Así de fácil, así de lacónico, ¡sencillito hermano!, según parece no hay mucho
para discutir, los tiempos del diálogo han finalizado y se avecinan en lo inmediato
tiempos de trabajo. Allá van. Él meta echar una mano de cal al paredón y el otro meta
pintar las consignas. El paredón a todo esto mide unos cincuenta metros de largo y que
quede claro: hay que pintarlo todo. Son las doce del mediodía y es pleno verano; y el
calor asesino que se aprovecha de dos boludos que se regalan a la hora de ventiladores
sobre-exigidos, dos enfermitos que se exponen “ad honorem” a esta lluvia de lava que
parecería caer en forma incesante en la carretera y sobre sus cabezas.
Encima siente vergüenza; no sabe de qué, tal vez como ideológicamente
desnudado. Serán las inscripciones que llaman a los vecinos a movilizarse, el tono de
las consignas...subversión en plena era menemista. Ya son tres, las horas que llevan
trabajando duro, todavía falta más de la mitad y él, pobre mortal, está que se deshidrata,
tiene hambre y claramente repodrido de estar ahí agachado…encima en el anonimato;
porque esto último, lamentablemente también duele, y tal vez sea lo que más.
Cociéndose entonces como un huevo frito el muchacho sigue pintando. De vez en
cuando, el otro huevo frito le tira una botella de agua anímica, de esas que no refrescan
una mierda, pero que al menos tienen la simpleza, la justificación de existir.
-¡Vamos compañero, no me afloje que cada vez falta menos!
Y él realmente no puede más. Junta valor. Le importa un carajo a esta altura del
partido, jugarla de flojo; decide entonces terminar con este absurdo martirio ¿Qué
porqué no hacen una pausa y van a buscar algo para comer y de paso porque no decirlo,
al fin y al cabo no es pecado burgués, descansan un poco? Y si algún compañero
samaritano se propone de reemplazarlos, hay que aceptar, ¿o no? Y el otro, Mauro que
le dice, que no hay el más mínimo problema, y lo peor de todo, que si quiere, él se
queda pintando, pero que él, que él vaya, que no se preocupe, que está todo bien.
¿Vos no estás cansado?, le pregunta a Mauro.
Y el otro que le dice que está reventado, con un sueño que se cae ya que sólo
durmió un par de horas. Entonces, creyendo en una posible puerta de salida de
emergencia que milagrosamente se hubiese abierto, que mejor porque no se vuelven
hasta La Escuelita y le piden a otros compañeros que les den una mano con la pintada,
que al final este trabajo es demasiado para dos. La máquina humana de pintar paredones

27

en pleno verano y a puro mediodía, detiene por primera vez su accionar para apoyarle, a
él, ese cacho de manota que lleva consigo. Siente entonces esos kilos de dedos, esa
mano, que no obstante su descomunal tamaño, parece posarse paternalmente sobre su
maltrechísimo hombro.
- Compañero, no podemos parar, simplemente porque nos comprometimos a
terminar con esto y por respeto al grupo, por el compromiso asumido ante los
compañeros, esta pared se tiene que terminar de pintar, así me tenga que quedar sólo
hasta las tres de la mañana.
Pero que esa es su óptica y que él, en cambio no tiene porqué compartirla, que
cuando quiera se puede ir, que ya trabajó un montón, que está muy bien así y se ganó un
más que merecido descanso. Qué finalmente para él, todo se reduce simplemente a una
cuestión de convicción, de voluntad. Y que nosotros podemos actuar, sacrificarnos por
esa convicción, por esa voluntad y que eso, es un privilegio para estos tiempos tan duros
y tan caídos de brazos en ese aspecto. Por lo tanto, para él, es un honor que no está
dispuesto a desechar. Que por supuesto que está cansado, que le sobran ganas de irse a
la mierda; pero que es un laburo, como el que tiene cualquier pintor que trabaja bajo el
sol, un laburo con otro tipo de sueldo, una satisfacción en el plano ideológico, y para él,
más que suficiente para terminar el paredón.
Y yo no contesto, ¿qué voy a contestar? Resignado puteo por lo bajo y me la
aguanto. Me quedo mansito pintando, sin comer ni descansar hasta las siete de la tarde,
al lado de un fanático que para colmo de males, las pocas veces que abre la boca, es
para decir cosas que tienen más de un sentido. Discursos que revalorizan lo absurdo, esa
sensatez que exige lo imposible, palabras que rascan, ahí, donde siempre me había
picado.
Y María que sí, que con Mauro, y la muchacha no parece estar de hueveo.
Entonces todo se vuelve como muy raro. De repente penetra en una de las esferas del
mundo de Mauro. Conoce intimidades, humanidades de alguien que hasta ese momento,
dada su irreprochable conducta, ponía realmente en duda su condición de terrícola. Que
ella lo tuvo que besar porque él no se animaba. Y que estaban dentro del auto y que el
otro estaba completamente aterrorizado, que no paraba de pensar en Isa, y que
terminaron en algún hotel y que están planeando irse a vivir juntos a un departamento.
Mientras María le habla, una imagen irrumpe del olvido. La vez que estaban
enterrando los postes de maderas, futuros pilares de la Escuelita que iba a construirse en
los meses siguientes. Recuerda la mirada de Mauro, un roce con María, tan sólo un
instante, pero todo un acontecimiento en aquél momento. Había aparecido fugazmente
en vez de Mauro, otro ser, otra carne dentro de esa armadura tan comprometida. Ahora
las fichas empezaban a caer una atrás de otra. María sigue anunciando algunos posibles
planes en común con Mauro. No hace un mes que la muchacha se unió al proyecto
barrial, ¿cómo puede haber acontecido todo este rollo, toda esta destrucción de un statu
quo? No sabe que decir. Y la otra que sigue agregando más elementos para decretar el
estado de descontrol total: que le van a contar a la pobre Isa, pero que Mauro todavía no
se anima, que quiere esperar un tiempito; pero esto último se ha perdido en la nada, en
el torbellino de las cucharas, porque el interlocutor ya no le presta atención a la niña, sus
pensamientos parten del lado de Mauro, de esta transformación, de esta insospechable
mutación. A partir de ese día, la bestia tomará otra forma, un tanto más humana, y un
mito caerá con toda la fuerza que aquello implica, un mito menos, tal vez el último que

28

le quedaba.
El café se prolonga, las cucharas que siguen girando y las mesas hartas de las
payasadas de siempre, se deciden al fin a pedir la cuenta.
Ahora presente, más que presente.
Me miro con Celina y decididamente ninguno de los dos entiende qué carajo
hacemos acá sentados alrededor de esta mesa de La Escuelita hablando junto con todos
los compañeros el tema de Mauro, María e Isa. La cosa parece demasiado humillante
para esta última. Hay algo de sadismo que no alcanzo a entender. Me cuesta sentirme
partícipe de esta absurda fantochada. Maximiliano sigue llevando la voz cantante, y en
algunos segundo más, Mauro lo interrumpirá para aclarar el mismo la situación “delante
de los compañeros”; pero eso será en algunos segundos, por ahora Maxi sigue parlando
y como el sólo sabe hacerlo; volviendo lóxica una situación fugada de alguna película
de Almodóvar, discurseando sobre la importancia de mantener el grupo unido, que las
relaciones sentimentales deben imperativamente buscarse fuera del Centro, que por
supuesto que es difícil; pero necesario para la estabilidad emocional de la organización.
Y Mauro que mira para abajo; e Isa, sentada aparentemente de lo más tranquila, sin
dejar traspasar emoción alguna, como una espectadora, como si esta situación tocará
otras personas que ella misma. Siento culpa, vergüenza ajena de gozar el gusto exótico
de este especie de juicio que se está llevando a cabo, acá en el Tigre, en un barrio
carenciado; doce locos alrededor de una mesa intentando aclarar una situación que tiene
toda razón de ser aclarada, siempre y cuando se anule la presencia de unas diez
personas, dejando libre el escenario, la sala, para que los dos únicos y legítimos actores
jueguen esta obra, Isabel y Mauro, sin más.
La hora es grave, el momento de pura tensión. Por debajo de la mesa me
encuentro con los dedos de Celina y le juro, una vez más y en vano, amor eterno con
las yemas.
Dos noches antes
- ¡Qué hacés María! Te estoy tratando de ubicar desde el martes. ¿Dónde
andabas?. Oíme todo bien con tu nuevo romance; pero el tema es que decidieron armar
una reunión este sábado antes de empezar las actividades. Quieren aclarar toda esta
movida. ¡Sí! delante de todo el mundo, bah todo el mundo no, sino los que más
participamos en el Centro; y obvio que en esa mesa va a estar Isa…para eso armaron la
reunión. Si no me equivoco, Isa se debe estar enterando de todo esto en este preciso
instante por boca de Mauro. Martina que es muy amiga de él, y que como el resto del
Centro ya estaba por supuesto al tanto de lo que pasó con vos, le dijo que si no se lo
decía el mismo, se lo iba a contar ella, que ya bastante mal se sentía por no haber
hablado antes. Están todos de la cabeza. Te entiendo, pero es verdad que la mina estuvo
jugando el papel de pelotuda y ahora encima se tiene que bancar el mano a mano con
ustedes y con nosotros. Va ser un matadero. Me pidieron que te avise. Bueno loca, ¿qué
vas a hacer?…… ¿No vas a venir? Pensalo bien, no sé qué decirte, si querés mañana
después de teatro nos juntamos de nuevo y charlamos.

Veinti cuatro horas antes, se encontraba por última vez con María.

29

-¿Y cómo estás? Lo pensaste. ? Me parece que tenés que ir. ¿Hablaste con
Mauro?, ¿no te llamó? ¡Qué cagada! Pero tenés que ir a esa reunión, loca, tenés que ir,
¡haceme caso! Mirá que después se te va a complicar para volver, no por los demás,
sino por vos. Sé que de afuera es muy fácil; pero creo que yo en tu lugar iría porque por
sobre todas las cosas, este laburo que venimos armando está primero. Tenés que pensar
en la gente. El conjunto siempre es prioritario a la unidad. Además huevos es lo que te
sobra. Si te rajás, después ¿cómo vas a hacer para volver al laburo? Sabés que no vas a
encontrar otra movida solidaria como ésta. Además los vecinos se están empezando a
encariñar con vos, pensá en los nenes de Santa Ana, en los hijos de Ramona que tanto te
quieren. No seas boluda, pensalo bien. ¿Querés que te pase a buscar el sábado y vamos
juntos para la reunión? ¡Qué situación de mierda! Te juro que no entiendo porque
decidieron esta payasada.
Presente nuevamente
Ya está, ahora sí. Mauro acaba de interrumpir bruscamente el monólogo de Maxi
quien calla respetuosamente ante la impetuosa reacción del acusado.
María por su lado, decidió brillar por su ausencia.
La voz temblorosa de Mauro, sus ojos perdidos en un horizonte de dolor y
humillación, Mauro anuncia a los integrantes del Centro:
- En el día de la fecha, la compañera Isabel ha sido informada de mi relación
con…….con María.

VII
Una de las cosas que más me revienta es sentir que no desafino con este
Buenos Aires menemista en ruinas. Enruinado como yo. Un Buenos Aires, con
pelotuditos que se pisan los pocos sesos que les queda, que nos queda, y ¿todo por
qué?, por unos putos mangos, para mantenernos “in”. El esfuerzo incoherente de tratar
de pertenecer a un mundo que intenta vomitarnos en la primera arcada. Este es el juego
que nos hemos propuestos como humanidad. ¿Se imaginan?
En cualquier vereda, de cualquier calle, pasan rostros, desfilan caras extrañas,
sin carne ni piel. Me da miedo el no percibir el mínimo rastro de aliento, el mínimo
signo de vitalidad detrás de esos antifaces. Máscaras, máscaras que ríen, que lloran, que
se enojan, que se quejan y sólo máscaras, y me cago en esas máscaras porque ante todo
me recago en la mía.
Cada dos por tres las ganas vuelven; y creo que cada vez más seguido. Arrebatos
enfermizos de violencia, que invitan a saltar a esos cuellos de plástico, aferrarme a ellos,
estrangularlos mientras les clavo las uñas hasta arrancarles a todos, a cada uno de ellos,
esa hipocresía puta y re puta que llevan tan plácidamente. ¡Hijo de puta!, a vos hijo de
puta te estoy hablando. ¿Porqué seguís caminando tan campante?, ¿cómo hacés para
seguir viviendo como si "acá no pasara nada"? Decime como hacés, ¡miráme hermano
como estoy, no puedo más!
Quiero que asuman, ese cruel placer que intentan negarse, el muerto enterrado
en nuestro jardín, lo que nos convierte en lo peor de lo peor. La perversidad nos
pertenece, nos define, nos diferencia del resto de los animales. Gozamos al saber que el
30

otro está peor o al menos tan mal como uno. Amamos a través de las miserias ajenas.
Nos acercamos a un ser querido tan sólo por el orificio de su ano. Por ese agujero
entramos, hiriéndolo, vejándolo y una vez adentro, ahí nos relajamos y contemplamos
reposadamente las porquerías de su mundo interior. No existe para mí cosa más
gratificante. Y ahí sí, después de un paseo por demás satisfactorio por la miseria del
prójimo, salimos rechonchos de satisfacción por la visita; porque después de una crucial
angustia, después de un espantoso remordimiento, inmundamente aliviados podemos
proclamar: ahora que conozco tu mierda interior, ahora que tengo la certeza de que
nunca vas a poder ser quién te gustaría ser, ahora que veo todas las frustraciones que te
vas llevar a la tumba, ahora que que tengo la plena certeza que no serás feliz ni hoy, ni
mañana ni nunca; de que estás condenado a vivir simulando tu alegría, ahora abrazame
fuerte porque al fin te puedo querer.
Un “otro yo” (tal vez mi “verdadero yo”) finalmente emerge, para él, al fin la luz
del nuevo día, sus ojos son rojizos y lagrimeantes, parece necesitar más aire, asfixiado
el pobre por tanta duplicidad, me huye, corre, se aleja, se me escapa a la deriva. Allá va,
allá voy, desenfrenado, enceguecido de ira, golpeando a mano abierta la jeta de un viejo
que apenas se tiene en pie, lo dejo tambaleando de dolor, de bronca, de impotencia, y
encima me le quedo mirando. Así, como gozándolo para hacerlo sentir todavía más
inútil, para que comprenda lo innecesario que es como vejestorio a los ojos de este
sistema; que no se vaya a creer que me escape corriendo, que le tengo miedo, ¡pobre!, a
ver si todavía no se convence de lo que es: un viejo de mierda que en este país no sirve
para una mierda. Sigo mi cruzada, y allá voy, pateándole la cara a un pendejito con aire
angelical y sonrisa encantadora; y eso es justamente lo que me da ganas de reventarlo a
golpes, sí, a golpes hasta que muera. Pero eso sí, me gustaría que muera sonriendo, así
con esa carita de ángel sin dientes ¡ja! Vamos a ver si Dios te los devuelve pelotudito, y
sigo. Destruyo a palazos las vidrieras de los negocios, y con un bate, le parto la cabeza
a cuanta persona se me cruza en el camino. Nadie parece poder frenar ni el salvajismo
ni la barbarie de este espectro fugitivo que soy.
¿Y a mí qué?, porque es verdad que esos son simplemente mis deseos.
Constriñendo estas ganas de reventar el mundo en mil pedazos; ahogando esta
desesperación de gritarle al oído de quien quiera oírme que nos estamos muriendo, que
nos estamos pudriendo, desepero como un becerro en medio del sacrificio.
No quiero sufrir, ya no aguanto más, demasiadas penas acumuladas a lo largo de
mi exigua vida, mis deudas internas llegan al cupo, rebalsan y me tapan de mierda.
Números rojos en mi cuenta. La eterna alucinación y sensación de que todo pende un
hilo, de que todo está a punto de desbordar. Me siento tan sólo, ya ni echar un vistazo al
espejo, me deforma demasiado, es decir me refleja tal cual soy.
Siento lágrimas, me debe de estar llorando el cerebro o el alma.
¡Qué alguien me conteste!: ¿hasta cuándo vamos a seguir sosteniendo esta
locura?; ¿cuánto tiempo vamos a tardar en darnos cuenta lo sin remedio e injusto de
toda esta historia? Tengamos lo que tengamos siempre vamos a estar relojeando lo que
él de al lado tenga, lo que a nosotros nos falta y lo que al otro parece sobrarle; siempre
buscando el mejor obsequio para comprar al prójimo, para someterlo; ¿a cuánto por
bajarse los lompas, ¡digan!?
Espero ansioso el bendito día en que este puto mundo reviente, en que este error
del universo, esta atrofia de Dios estalle en mil pedazos y que estos retazos de mierda

31

humana, esta aglomeración de egoísmo, se pierdan en las cuatro esquinas de la galaxia y
que nada ni nadie pueda volver a reconstruirnos.
Suena el celular, un pedido de gaseosas, sonrío. Sonrío porque soy un forro,
porque me gusta la guita. Los Gálvez quieren mercancía.
Calma amigo, así va mejor, ¿lo ves? El dolor disminuye ¿o no? Ya estás un
poco más tranquilo. Volver a reír, finalmente no es tan difícil como creía, el viejo y
querido vil metal todo lo puede.
Subo de nuevo a la moto, son las diez de la noche. Hora señalada para que
aparezca ella, para que haga su entrada, en estas que son mis páginas, cuestión de
condimentar un poco estas líneas, especie de chimichurri literario que le dicen, quiero
que la conozcan, permítanme presentarles a “la Lili”.
Lili, tan hermosa como el dolor que lleva dentro, tan poderosa que logra
absorber el mío.
Arranco la moto. La ciudad en movimiento, a medida que acelero, el aire y su
polución apagan poco a poco mi incendio de hace unos minutos; pero necesito encontrar
a Lili. Debe andar laburando, seguro que sí, sino la encuentro por el barrio, entonces la
paso a buscar por el hotel y nos vamos de gira ¡y ya!, ¿y qué mierda?, ¡sííí!, nos vamos
de gira, y ya que estamos que te parece loca si vivimos all the time de gira, ¿eh Lili?, ¿te
cabe la onda,?, de gira hasta morir. Cuestión que la tristeza no nos haga el mismo viejo
y puto tacle de siempre. Hay que defenserse rubia hermosa, el uno al otro, cuidarnos las
espaldas que le dicen, regla básica de supervivencia, ya lo sé, como los viejos tiempos,
aquellas épocas mías, cuando “resistir era vencer”. Con vos rubia estoy bien, en realidad
debería de decir…menos hecho mierda.
¿Te acordás aquel día en que le dijiste a tu compañera de laburo (y tal vez de
cama) a la par que me abrazabas bien fuerte?:
- Negra, te presento al único hombre, que después de muchos años me vuelve a gustar.
Demasiado piropo para el que suscribe. Gracias. Vas a ver loca que vamos a
salir del pozo. Por vos y por los tres pibes que tenés, aunque a los dos más chicos nos
los veas nunca porque te hayan quitado la tenencia. Al final, mamita, ¿Quién lo hubiera
dicho, los dos apareados por el dolor, por eso debemos de existir juntos, placebos
mutuos que somos.
Me huele a que en cada aspiración de cocaína, los dos sentimos que la vida se
nos va. Y lo bien que hacemos, ¿eh rubia?, la pasamos “rico” como dicen tus amigas
colombianas. Y hablando de cómo dicen, a mí la que me gusta, es como la cuenta el
Flaco Gálvez,
“me subo a la moto, la levanto a 220 y en cada curva me digo: en la que viene
me tiro; pero no puedo loco, pienso en mi pibe, y me rescato diciéndome, que de última
está el porro y que de última también, toca seguir vivo porque aparentemente no queda
otra.”
¡Flaco y la concha de tu hermana!
Otro semáforo en rojo, no freno, no porque no quiera, sino porque no puedo. Ni
frenos, ni luces, ni tres carajos. Ya me imagino algún psicólogo de lo más baratito
diciéndome: “hmmm usted en realidad lo que está buscando en cada esquina es la
muerte”, ¿Te avivaste papi?, ¿Para eso estudiaste pedazo de forro?
¡Las pelotas! ¡Qué suicidio ni suicidio! ¿Sabés cuánto te cobran por arreglarte

32

los frenos papá?!
Llego al barrio de Flores, tierra de nadie, las putas que hacen esquina, los ratis
que hacen su platita extra, los chinos que cierran los “súper” y los judíos que apuran el
paso. Me voy acercando a la esquina de Terrada y Bogotá. Lo que daría por darme de
lleno con vos princesa, así toparme de una; pero algo me dice que me voy a llevar un
vientazo. ¿Qué me importa? Se trata simplemente de convencerme de que existís, que
me querés o me necesitás, por ahora, con eso me alcanza. Razón de vivir de sobra para
mi “hoy”, razón de vivir para mi vida, al menos por esta noche, noche tan triste como
todas, todas las últimas que recuerdo.
Tu cabecita loca y rubia, mamita, incrusta su fucking abandono en mi retina, y
me muero porque no estás en donde deberías.
Me siento en el cordón de la vereda a denigrar la puta mala leche que me parió,
que no me abandona, que me besa los pasos, que me tiene agarrado de los pelos del orto
y que no suelta más. ¿Qué hago? Por suerte el tema laboral para mañana ya está
resuelto. Los Gálvez otra vez pagan la fianza, otra vez levantarme temprano y la
hermosa sensación de sentirme útil, feliz de que este condenado sistema de mierda que
está buscando erradicarme de su vista, no solamente no pueda, sino que para colmo de
males me tenga que soportar en la siguiente vuelta.
Subo a la moto. Salgo a recorrer el barrio con la encendida esperanza de
cruzarme a la niña macarra en alguna oscura calleja. Las putas me devoran con sus
miradas caninas. Me hace bien, porque me la creo que me ojean distinto y hasta con
ganas, que para una puta y para mí, no es poco; para eso están las chicas, para levantarte
la autoestima, para timarte un ratito. Si los tipos harían un esfuerzo para ver un poco
más allá, caerían en la cuenta de que no somos más que un par de billetes con una pija
parada que quiere que la bajen. Billetes que permiten a esas madrecitas pagarse una
pieza de hotel, algunas huevadas para sus tan amados críos y alguna que otra y merecida
rayita para ellas…y... ¿dónde mierda carajo está Lili?
Suena nuevamente el celular e instantáneamente me desintereso de todo y me
concentro en este pedacito de emoción que me provoca el timbre de esta bosta
comunicacional. Es Luís, el peruano que labura con Los Gálvez. Al toque la máscara
me desalambra la boca y una voz segura, radiante de felicidad responde la llamada.
Luís me pide un favor. Respiro aliviado (¡qué bueno sentir que alguien me necesita!)
Precisa saber si puedo conseguir mercadería más barata para su hermano, y yo, guanaco
que soy, instalo un suspenso en la respuesta, me hago desear, no hay vuelta…la
desesperación de Luís me calma. Contesto como si este favor que le estoy por hacer, no
me dejara ningún beneficio, como si el único móvil fuese únicamente el poder ayudarlo.
Pero, como corresponde en este mundo, cada vez que el prójimo necesita algo de uno,
uno ya piensa el rédito a sacar de la necesidad ajena. Miro a los costados y advierto una
alcantarilla en la que de seguro deben de habitar los de mi clase. Gracias nuevamente
hermano, disculpame que te use, de verdad no es de hijo de puta, o sí, pero necesito ver
que la gente la pasa peor que yo, me siento mejor, sea quien sea, sin distinción de credo
ni de raza, vos, tu hermano, los pibes de África, me chupa todo un huevo, da lo mismo.
Le prometo a Luis una mano, “llamame mañana a ver que tengo”. Me quedo un rato
enfrascado en mis números, en mis cuentas, la mirada perdida en la nebulosa de las
cifras, me regocijo un rato de esta nube de lo más confortable. Tan sólo una llamada de
mierda para alejarme de la realidad, como la merca, un simple snif y todo bien.
Ya está, hasta me encuentro silbando feliz, todo por un teléfono del orto, una
puta voz que me invita al armado de un nuevo negocio, que seguramente no va a
desembocar en nada. Nunca nada funciona.

33

- Qué hacés flaca, ¿no la viste a la Lili?, disparo por ahí.
- Estaba tomando una cerveza con las pibas y venía para acá, me devuelven por allá.
¡Gracias Dios!, ¡gracias loco!, ¡gracias hijo de mil puta!, al fin me tiraste un
hueso, te debo una pedazo de cornudo. Hoy te juro que sino no me la cruzo a la Lili creo
que me voy, a la mierda todo, de verdad te digo, a veces te pasa, son los cuatro de copas
los que más falta te hacen.
Voy para un kiosco, salgo con una birra de medio litro en la mano. Me siento en
la vereda y espero, a decir verdad “me espero”, tranki ya van a entender. “Señor no
tiene unas moneditas, algo para comer.” Miro al pibe que me acaba de atar con el
cordón de las zapas (que no tiene) a esta realidad que me sigue, o me persigue bien de
cerca y le contesto, bien alta la voz, para que todos los espíritus, los “echues” y padres
de religión que andan dando vuelta por el barrio de Flores atestigüen mi respuesta. «No
tengo un peso hermano." y me doy el lujo de mirarlo a los ojos con mis pupilas de
telenovelita barata.
Como la farsa se merece de lo más completita, ¿porque no decirle? -ya que
estamos en la hora de gilada total-: «Si tuviera te lo daría, porque yo te entiendo, yo si te
respeto y me hermano desde el alma con tu necesidad". ¡Eso! repite mi mirada
samaritana, ¡eso! también asiente la lata de cerveza emocionada hasta las lágrimas, ¡eso!
no dejan de aplaudir frenéticamente indignados por "la indiferencia del mundo" los
billetes cómodamente instalados en el loft de mi bolsillo, !qué barbaridad!, pobre pibe,
¿cómo se puede vivir así?, se queja mi revolucionario celular enajenado, ¡sí señor!
definitivamente hay que hacer algo por esta gente, exclama la entrada del cine del día de
ayer¡seguro!, porque esto ya es una verdadera vergüenza, exclaman finalmente y a coro,
los restos de cocaína que se hallan bien abrigaditos en los subterráneos de mi nariz.
Y el pibe se va y yo me pierdo con él, al menos eso ¿vieron?, la delicadeza de
acompañarlo un par de metros con la vista, al menos eso, ¿tan hijo de puta no soy?
Como corresponde a cualquier buen anfitrión lo acompaño hasta el horizonte de la
cuadra. Me cago un rato en Dios que se tiró un pedo e inventó este mundo, y que por
ende tenía que salir para el orto; me cago también un rato en mi vieja que me trajo a esta
carnicería para sufrir como un marrano, y por supu, me cago en mí, y ahí me cago todo
y un buen rato, sobre todo, de esta puta costumbre de mierda de pensar tanto de a
montones para terminar haciendo siempre de a migajas.
Silencio. El tiempo se paraliza, la realidad se congela, ¡lo que me faltaba!: la
Furia al llegar. Miro a los costados y una estruendorosa calma lo ensordece todo. Es
Ella que se me viene, y esta brisa pedorra que siempre la precede. Todo continúa muy
sereno, signo irrefutable de la tormenta que se aproxima. En un rato nomás amigos,
espero sabrán perdonar este pobre diablo en pena que ya no responderá de nada ni por
nadie. Sonrío, creo que por el miedo. Echo una nueva mirada a los costados, horizonte
sin sombras, peor de lo que me esperaba. Busco mi moto con la mirada, anhelo en vano
pueda sacarme de este quilombo que ya comienza a soplarme la nuca.
Me inquieto. Trato de levantarme pero de antemano lo adivino inútil. El culo
pegado a la vereda, la sentencia se acerca. La sombra del martillo sobrevuela mi cabeza.
¡Ya está! ¡Cagué! y de lo lindo. Lentamente, como quien no quiere la cosa, unas ganitas
de darme de a patadas en el estómago me agarran. Patadas, como las que se dan entre
ellas las pibitas que se prostituyen en Río para poder abortar. Hasta leí en algún lado
que con los zapatitos de tacón la cosa resultaba mucho más eficaz. Respiro hondo, tirito
del cagazo. Observo mi mano, compruebo la aparición de otros 10 dedos, otras dos

34

manos muy parecidas a las mías. Alguien me agarra el mentón y me obliga a mirarlo, a
escucharlo; pero no quiero, ¡por favor! imploro, repito, no puedo, no tengo fuerzas, ya
no. Si querés me pongo de rodillas, te lamo los pies, la pija, lo que quieras, todo; pero
hoy no. No creo poder levantarme de ésta.
Pero desafortunadamente para vos, ¡hoy sí te toca hermano!, es más, hoy,
mañana y lo que queda de tu mierda vida. Empiezo a lagrimear, miro para abajo, me
muerdo los labios, estoy aterrado; pero a quien le importa lo que yo sienta, además no
suelo apiadarme de nadie, menos de mí mismo. Comienza el suplicio.
“Mirate, ahí tirado como un boludo, como un forrito usado en la vereda, con una
lata de mierda en la mano, un sorete tragando otro sorete, ¡quién lo hubiese creído
posible! Las 24 horas del día quejándote como un enfermo, ésos que viven de la lástima,
ésos que lo único que quieren escuchar es " Prometía como nadie, pero pobrecito, qué
mala suerte tuvo". ¿Sabés qué?, me tenés realmente las pelotas llenas con tus lamentos,
parecés una romería de viejitas, ¿me estás escuchando pelotudo?, no me hagas calentar
y sobre todo mirame cuando te hablo. ¿Qué? ¿Te estás haciendo el boludo conmigo?,
me escuchaste hijo de puta ¡¿quién te crees que sos?! ¡AAAAAAHHHHHHHH!
¡Tomá! y la puta que te parió, toma guacho de mierda, a ver como llora la nena,
muñequita que sos. Sos cagón, sorete humano, levantate drogadicto de mierda, dale, a
ver esos moquitos blancos que tenés, ¿cuánto te costaron?, y después te indignás por las
injusticias del mundo. Parate Alcapone de mis huevos. Me cansaste, me das asco, ni
siquiera te quiero tocar porque tengo miedo que se me vaya a pudrir la mano, ¡mirate la
jeta!, ¡miratela te digo, carajo! No me obligues a cagarte a trompadas otra vez,
¿estamos? Miratela, así, ¡bien!, ¿te ves?, te ves la carita de imbécil, ¿la ves? Ahora
repetí conmigo. ¡Dale! Soy...... un .......fra...ca.......so, no hago nada de mi vida ¡lalalala!,
no hago nada, ¡NO HAGO NADA! Nunca moví un pelo para hacer algo, porque soy un
perdedorrrrrrrr. Te quiero escuchar hijo de mil puta, te quiero escuchar decir que sos un
perdedor, que nunca te la jugaste, por nada, ni por una mina, ni por una carrera, ni por
una causa, porque no tenés huevo. Cagón, cagón, me oís enfermo, pedazo de arrastrado
social, ¡no tenés huevos! Esta es tu verdadera cara, esta basura que ves, eso sos. A mí no
me la vendés, a cualquier otro boludo sí, pero a mí no, por mí, con tu imagen de
luchador incansable te podés hacer un enema. Sos nada y te vas morir nada, la concha
de tu madre, la puta que te parió. Te veo y pienso pobre pelotudo, tenés sarna en el
cerebro, cornudo merecido, ¿cómo no te iban a cagar mal parido?, no tenés derecho a
vivir, me escuchás, sos ............que te voy a decir, si te miro y me doy cuenta que no
vales ni mierda, estás vacío, ¡sí!, vacío, vacío sin más nada que darle a nadie, peor que
eso, encima contaminás, infectás; tu resignación, tus miedos, tu cobardía, apestan y la
gente te huye, te huye porque sos repugnante.”
La furia se va.
Me limpio la sangre de la nariz, me levanto del cordón de la vereda, y prisionero
como muchos del tiempo, mi primer reflejo es averiguar la hora. Mis inseguridades
reflotan como un cuerpo agujereado que no se decide a ser ahogado en el riacho del
olvido. ¿Y si Lili arranca su gira nocturna sin mí?, ¿si justo hoy la estorbo como
equipaje y me deja en banda? No queda otra que volver una vez más, (¿y cuantas van?)
vencido a la casita de mi vieja, en donde si hubiera tenido el mínimo amor propio, no
habría vuelto nunca a poner mis pies zaparrastrosos, éstas, mis suelas de fracaso
ambulante. Preferible la calle a la humillación de tener que gritar: ¡vieja pudieron
conmigo!, vieja ganaron mi guerra, vieja ya no sé quién soy ni que quiero, eso sí
mañana despertame a las seis, con un cafecito con leche, pan y manteca.

35

Arranco de nuevo la moto, el único ser que pienso querer bien en este mundo, si
es que puedo realmente querer algo de manera medianamente sana. Este aglomerado de
piezas metálicas, sepan amigos que no me da el cuero o el cuore para otra cosa, así
como está, hecha mierda y todo, a imagen y semejanza de su dueño. No es que no pueda
amar, no es que me falten las ganas, eso de seguro que no; pero tal vez si las fuerzas.
Siento tanto apetito por abrazar un cuerpo, por dormir al lado de alguien, por sentir una
mano acariciándome la frente, unos labios recorriendo suavemente la mejilla, una voz
diciéndome “ya está Tati, ya pasó” … pero no; nada de esto sale y todo queda adentro y
duele.
Ganas de viajar, de llevarme esta bola de angustia en la garganta a otra parte,
huir, siempre huir, tal vez la única manera de aliviar el dolor, un poco de morfina a
modo de valijas. Hambre de colgar todo lo que tenga y tomarme el palo. ¡Ja!, todo lo
que tengo, o sea un carajo de nada. No tengo más que mierda, gente que me lastimó o
gente que lastimé. Ansias por despedirme de mi mundo, de los pibes del barrio, de esas
chicas que ya no me aman pero al menos me quieren, ¡vaya consuelo! Saludos también
a esa que me dejó tirado al borde de una cloaca, con un revolver cargado al alcance de
la mano y que se puso a coger con su nuevo amiguito delante mío; pero por suerte y
para mi gran “desahogo”, como yo le enseñé. ¡Chau loco!, toco, me voy, nos vamos,
nos vemos sí, con la moto, ella y yo, nadie más, nos importa tres carajos lo que piensen,
¿y saben qué?, nos vamos a buscar gente, ¡eso!, necesitamos ver gente, necesitamos
abrazos que no nos midan las espaldas, caricias que no nos revisen los bolsillos, besos
que no nos muerdan el culo.
Freno en un semáforo a la altura de un Mercedes Benz negro manejado por un
tipo de unos sesenta años de edad. La sensación es la de siempre y la adivino mutua.
Relojeo su mundo, sus manos, sus anillos, su tablero, su reloj, el tipo comienza a
inquietarse. Se siente como desflorado en su intimidad, ¡joya!, porque eso mismo quiero
que sienta. Es verdad que si supiera el poco valor que tengo, no se incomodaría de la
manera en que lo está haciendo; pero por suerte todavía quedan las apariencias. El
semáforo se eterniza y el señor conductor se impacienta, y yo como buen cretino, gozo
su miedo. Mi pseuda marginalidad que lo atemoriza y por otro lado -y ya del todo
esquizofrénico-, me doy el lujo de abrigar una especie de rabia a causa de la
desconfianza que mi presencia le provoca. Y la luz roja del "alto: pase al peatón", nos
contempla en silencio, intentando tal vez comprender las relaciones humanas, esa
necesidad de dominar, de someter, de aplastar, de aferrarse al cuello del prójimo hasta
que éste grite “me doy”, para entonces ahí sí aflojar, satisfechos, soltar la presa y correr
inmediatamente a buscar otra víctima. Apenas el auto arranque, nuestro buen hombre
mirará por el retrovisor a ver si lo sigo, y pensará con mucha razón que ya no se puede
circular tranquilo, que antes se vivía mejor, que este miedo constante y en crescendo es
algo de lo más intolerable y bla bla bla, y ya que estamos que vuelvan los milicos ¿o
no?, pedazo de facho hijo de una gran puta. La furia comienza a filtrarse por mis venas.
Las ganas de seguirlo y aterrorizarlo un rato más me invaden, la mierda humana me
aflora por todos los poros.
Nos miramos nuevamente, nos sostenemos este mundo hipócrita de miradas, de
machos enfermos de frustración, pero esta vez el tío afloja y un pelotudísimo sabor a
victoria comienza a flotar en el aire, aire que estos pulmones hambrientos se apresuran
miserablemente de absorber.
El hombrecito rojo del semáforo comienza su titileo: " señor peatón apresúrese
en cruzar, su amparo va finalizando". Otra vez el enajenamiento, ¿porqué siento tantas
ganas de patearle la puerta? ¡Pobre viejo! ¿Qué hizo?, nada, pero sé que es más débil,
que se siente desprotegido como yo tantas veces lo he estado o lo estoy. Sé también que

36

estoy del otro lado, sé que gozo su inseguridad, sé que si el viejo fuera más corpulento
ni siquiera lo miraría, sé que estoy para el cachetazo. ¿Dónde mierda está Lili? ¡Qué me
importa el viejo este!, su auto del orto, sus miedos y cualquier otro pelotudez que se me
ocurra.
Lili, hermosa, madre y princesa, dejá de jugar a las escondidas y aparecé por el
amor de Dios. Creo que nunca te necesité como hoy, como ahora.
Llego al bar, me arreglo un poco antes de entrar. Es este histeriquismo de mierda
que me persigue a todas partes, como las hinchadas más fieles, en las buenas y en las
malas, a donde voy, todo el tiempo, a toda hora y con todo el mundo. Seducir: todas las
edades, todos los tamaños, las minas de mis amigos, cualquier sexo femenino cogible
que camine. Probando, provocando todo lo que se aparezca, estimulando todo ser vivo
que tenga capacidad para valorarme.
Entro al bar jugándola una vez más, bien a lo porteño, de “está todo bien”,
sonrío por anticipado, sabiéndome futuro centro de miradas. Me relamo ante la
posibilidad de este mínimo placer que se adviene. Por supuesto, como era de prever, ni
un alma, el centro del vacío del orto, eso termino siendo.
Ni siquiera los borrachos de siempre en este Buenos Aires decadente y miserable
a más no poder, ya ni esos van quedando: mesas vacías, mostradores que se aburren a
cagar; mozos que ya no saben qué hacer para justificar el sueldo y un patrón que calcula
lo al pedo que está su empleado. El mozo que lo sabe y la tensión que crece día a día.
Algunas veces me pongo a observar los extraños dibujos que se estampan en el
ambiente cuando la tensión crece. El mozo sabe que tiene los días contados. Se acerca el
final. Cincuenta y tanto de años y un sistema que no lo quiere ni para limpiarse los
mocos. ¿Y mañana? Mañana mi pobre viejo usted no tendrá laburo, usted querrá
trabajar, pero no podrá. Cosa de locos, ¿no le parece? Usted quiere y necesita laburar;
pero no puede. Usted está expulsado de este partido de fútbol que lamentablemente para
usted finaliza de manera simultánea con su vida. Así se respira en la Argentina segundo
mandato de la administración Carlos Saúl, increíble ¿no le parece? Pensará en
mendigar, en robar, reconstruirá su vida una y mil veces, buscando los errores y
lamentablemente, - siempre para usted - los encontrará y de a montones. Cada vez que
usted soñó en vez de especular, deberá anotar una cruz, otra cruz, cada vez que usted
pensó que el dinero no lo era todo; y le pediré de anotar otra cruz más, cada vez que
usted dio algo material sin recibir nada a cambio, lo mismo para cada vez que usted
menospreció su futuro, y lo mismo, cada vez que usted vivió sin más el presente. Cruces
y más cruces, así hasta llegar a este actual cementerio de fracasos, un presente tan
patético en el cuál usted siente que el aire comienza a faltarle y las bolas a dolerle
seriamente.
Se juzgará finalmente un inútil de mierda y en el fondo lo será ya que para esta
civilización, usted ya no es de provecho alguno, es más usted estorba, ¿y sabe porqué?
Porque no sirve para ni mierda. Usted pasará a dar lástima y la lástima perturba,
carcome, hay que esconderla rápido, en donde sea, pero esconderla, nadie debe verla,
sino el telón de la farsa puede derrumbarse.
Siento ganas de abrazar al mozo del café, este potencial marginal en llanto.
Mostrarle todo mi infierno, pedirle perdón por mi insípido sufrimiento, por mi juventud
tan vieja, tan resignada, tan de brazos caídos y tan resquebrajada por todos lados.
Cierro la puerta del bar, adiós a su microclima, un volcán a punto de estallar a mis

37

espaldas. Escucho la detonación, ¡BOMMMM! Siento la lava que se lo lleva todo, pero
no me doy vuelta, a ver si toca encima pagar la cuenta. Sodoma y Gomorra. No creo en
lo que oigo, dudo de lo que veo. Me freno. Adivino el proceso de fagocitación a punto
de iniciarse en mí. Siento el profundo dolor del viejo mozo del bar entrar en mi cuerpo,
miro al cielo, la vista se me nubla, su desesperante situación en su momento cúlmine a
punto de ser digerida por mí condición humana. Los ácidos de mi alma a punto de
actuar a fin de incorporar en mi organismo el dolor ajeno. Oigo la tristeza, el sonido de
un padecimiento ajeno acurrucarse para luego, una vez en mi oído, clavarme sus dientes
hasta sangrar. Su dolor, ahora mío, desciende por mi cuerpo y se pierde en algún
recoveco de esta masa que transporto, de este cuerpo con excrementos de almas que
soporto desde que la mala memoria me lo permite.
Sigo caminando, y es entonces que recuerdo que no até la moto¿Y si la roban?
¿Roban qué? Qué carajo me importa que me afanen lo único que me queda, la última
lata afectiva que conservo. Me detengo a observar lo que queda de ella, ahí en el suelo,
anónima, yace la mancha de aceite de siempre, esta huella, estos pasos de peregrino,
esta herida goteante que marca el asfalto. "Vamonos boludo, dejate de joder" insiste mi
moto. “Ya nos vamos a ir, y bien lejos te lo aseguro, algún lugar donde podamos llevar
tu cuerpo oxidado y baqueteado, un sitio donde pueda arrastrar mi carrocería de mierda,
de culpas y resentimientos.” “Vamonos boludo, ¡dale! Cuánto tiempo querés quedarte
esperando en esta ciudad de mierda” repite una vez más mi vehículo. “Aguantame acá,
enseguida vuelvo” contesto haciéndome el boludo. Animismo infantil. Siento ganas de
acariciarla, siento amor, ¡prodigioso! ¿no les parece? Ganas de dormir en “cucharita” en
algún garaje apartado con su moto. Ganas de abrazarla fuerte, de besarle tiernamente el
manubrio y decirle que la ama y que nada ni nadie podrá ya separarlos.
Me vuelvo a encaminar hacia las cercanías del cruce de Terrada y Bogotá, paso
por un supermercado chino extrañamente abierto e ingreso para tratar de armar algún
negocio sobre el pucho de la noche. Casi lo había olvidado que ahora, en esta nueva
vida que pude rescatar, me dedico a esto, venta de gaseosas. Creo en las casualidades,
“el chino” aún abierto, un signo que no puedo pasar por alto. El golpe de suerte que
necesitaba para corregir el rumbo. El disco rígido de precios, costos y beneficios ha sido
instalado con éxito nuevamente. “A este chino me lo como.” De nuevo el mundo
antropófago, el lobo hombre del lobo. Entro por una puerta que me sabe a boca
hambrienta. Salgo inmediatamente. El chino no quiso saber nada de precios, de bebidas
y de ninguna otra taradez que yo le pueda ofrecer. "Otlo día, pol favol". ¿Otro día
hermano? Vos no tenés idea de lo que me estás pidiendo. Si supieras hermanito del
oriente, vos el de la cultura milenaria, vos no sabés las noches que espero otro día. Otro
día me anoto en el curso de salsa, otro día dejo de comer las porquerías de siempre, otro
día te digo lo que pienso realmente de vos, otro día te llamo y arreglamos para vernos
porque no me acordaba que nos queríamos tanto, otro día te tiro las monedas que me
sobran hoy, otro día me pongo a estudiar, otro día me decís todas las cochinadas que te
gustaría escuchar mientras cogemos, otro día te confieso que más puta sos en la cama,
más me gustás, otro día me permito llorar hasta vaciarme, otro día dejo de jugar al " a
mí no me duele nada", otro día agarro mi bolso y mando todo a la concha de su madre,
otro día llamo a mi abuela para desearle suerte en el más allá, otro día te saco a pasear
para que me soportes un año más, otro día dejo de clavarme delante del televisor a ver
forrada tras forrada, otro día voy a las marchas en vez de ir a la cancha . Otro día
también estallo para no volver nunca más a esta realidad de pesadilla, otro día me
despido de las cadenas que me atan a esta cordura, a este especie de puente que se

38

sostiene desde una sola y única orilla.
Golpean. Alguien llama. ¡Dejen, dejen que yo atiendo. La locura aporrea las
puertas de mi cabeza, minuto tras minuto, la oigo ahora manifiestamente, exige su botín
de guerra: mi razón. Ésta, cobarde, se estremece ante cada embestida externa y se
esconde debajo de la mesa. Si ya sé, no es para menos, la locura tiene más certeza que
ella, más convicción; y eso, para cualquier razón es signo que tiene los días contados.
Mis defensas se atenúan. Las encantadoras sirenas que me me dicen: " ¡afloja!, no seas
tonto, dale, que vas a estar más tranquilo". Yo resisto, o en algún momento creo haberlo
intentado. Pero mi casa poco a poco está siendo ocupada, aún me pertenece, es cierto, lo
cual quiere decir que todavía me pertenezco. La demencia golpea, sigue golpeando y
cada vez más fuerte. Se sabe indiscutible. Yo aguanto, vivo aguantando. ¿Cuánto
tiempo de cordura puede quedarle a este dique? Mi muralla ahí se mantiene, con
brechas por todos los frentes. Siento unas irrefrenables ganas de extender los brazos, de
cerrar los ojos, ansias de ver arribar el momento crucial, de una buena vez y para
siempre. Imagino el goce, el placer de la entrega; o sea el instante previo a dar el salto, a
pegar el quiebre. Desaparecerá cualquier rastro de dolor y lo más interesante, borrar
cualquier huella de consciencia. Hermana razón hasta acá llegué, dejame disfrutar de
todo ésto, que me voy amiga, que no vuelvo, que parto, que ya no reacciono, que ya no
me preocupo. Ya no más angustias, ya no más preguntas, que mis defensas aguantaron
bastante pero cedieron; pero que por favor no culpen mis trincheras, que recibieron la
orden de abrir las compuertas, y ahora, lo más importante es esto: mírenme sonreír,
adoren mi paz, que los quise mucho a todos, pero la realidad me pudo, y en el fondo,
está bien, nada más normal y humano que esto, que la realidad te eche la puerta debajo
de la cordura, ¿o no?, que te desequilibre completamente, de no ser así, ¿cuál es el
mérito?, ¿la invencibilidad o la insensibilidad? ¡silencio!, silencio todo el mundo,
silencio por favor que llaman a mi puerta, ahora tiro yo, porque me toca. Me entrego,
ya no yo.
Un pie después del otro, sin saber por dónde, torciendo la cabeza en cada paso,
las orejas me pesan. Percibo con los escasos vestigios de razón, la gente que me
observa, que se apiada de este barco a la deriva, de este náufrago de vereda. Comienzo a
ser feliz, el placer de la anestesia que le dicen. Vislumbro a través de esta niebla cada
vez más espesa, que la corriente me llevó nuevamente, como por inercia, a esta puta
esquina de Terrada y Bogotá en donde tendría que estar Lili.
Está.
En la esquina como siempre y con las chicas. La niebla se disipa a medida que
me acerco. Vuelvo a identificar, cada vez con más nitidez, el espacio que me rodea. Los
parpados se abren nuevamente y un brillo de vida, tal vez de muerte, vuelve a nacer en
el cadáver de mis ojos. Alguna de las chicas me ve venir y codea mi princesa. Su cabeza
loca, hermosa, se vuelve hacia mí. Lili sonríe. Yo lo mismo. Me hace luces para que me
detenga con esos faros que tiene en vez de ojos. Freno. La pelota que al fin vuelve. No
sabés mami lo que te extrañé, llego remando desde tan lejos, de un tan largo y agotador
viaje; pero ahora que te veo, todo vuelve a su lugar. Pero aún así, desde estas casi no
fuerzas absolutas, tengo ganas de abrazarte muñeca, y muy fuerte.
Las distancias que se achican más y más. Mi alivio aumenta. Mis dedos de puros
ansiosos, ya se posan en el polen de su hombro. Lili me mira. Adivino su vergüenza, y

39

yo feliz. Llegué a mi refugio, mi alto en este desierto de cemento. Mi oasis de cabellos
rubios y cortos está nuevamente conmigo. Hoy acá, mañana no sé; pero hoy nada más
importa. La belleza después de una eternidad de ausencia, después de haberse aferrado
absurdamente al pasado, vuelve a florecer.
- ¡Qué hacés Lili! susurro dulcemente.
- ¡Qué hacés bombón!
Me toma el rostro y sus labios, paraíso de mi infierno, abrazan los míos. Nada
más que esto, todo esto. Un soplo de vida.
A lo lejos, el barrio de Flores remolonea un rato antes de cerrar sus ojos diurnos.
A lo cerca, a contramano, me despierto en una esquina, petrificando esta calma que
creía de sombras.
Un auto frena silenciosamente a nuestro lado. Lili echa una mirada llena de
nada, que lo dice todo. Otro día amigo, ¿quién sabe?, mañana mismo, tal vez Lili te la
mame por unos pesos, quizás te la cojas por un poco más de guita, lo que vos quieras,
porque el cliente, bien se sabe, siempre tiene razón.
.
Pero esta noche es mía y de ella, es nuestra.

VIII
Existen muchas maneras de morir, y por supuesto de vivir. Pero esta forma
particular de muerte que se les aproximaba, se destacaba entre tantas otras, por su
extrema crueldad. El nn masculino y el nn femenino, protagonistas efímeros de estas
primeras líneas, todavía nada sabían al respecto de la “suerte” que el fucking destino les
tenía reservado a ambos.
El nn femenino oyó nuevamente su compañero de suplicio llorar a mares sueltos.
De haberles preguntado, ninguno de los dos hubiese podido explicar realmente de dónde
era que surgía esta certeza de muerte ineludible que los habitaba. Porque la certitud bien
cierto era que provenía desde siempre y no de ahora; como si esta certitud hubiera
nacido con ellos.
Apenas quince días de vida llevaban los 2 sujetos, y ya les tocaba soportar la
responsabilidad de ser los dos últimos sobrevivientes de una expedición que contaba en
sus inicios a seis compañeros. Los cuatro gritos de terror que se habían dejado oír por
parte de los otros trasladados no dejaban demasiadas esperanzas a la hora de pensar un
futuro diferente al que presentían. Después de una angustia demoníaca, una especie de
alivio, los había envuelto, al sentir que la hora finalmente les había llegado. Preferible
era la muerte a esta sensación de miedo permanente con la cual venían conviviendo.
Pero ahora, desde hacía escasos minutos, todo parecía indicar que finalmente les había
llegado la hora, ya que también habían sido...trasladados.
40

El nuevo microclima en el que se hallaban presentaba una variación de la más
sorprendente. Una nueva temperatura ambiente los había acogido: “muy caluroso”, diría
un observador un tanto pesimista, “sentían menos frío” podría decir sin faltar a la
verdad, otro tipo de observador. De lo cual, podemos deducir que efectivamente la
temperatura había aumentado notablemente y esto no era nada, porque si me permiten
un pequeño adelanto, (de hecho este "si me permiten", no resulta mucho más que una
mera formalidad, la democracia consultativa no tiene lugar en este autoritarismo que se
autoproclama literario), pero bué, de temperatura hablábamos, pues respecto a eso, han
de saber, que todavía faltaba lo peor.
La hembra que desde su nacimiento, vivía completamente a oscuras, volvió a
fijar sus sentidos en su compañero de desgracias. Aparentemente, ahora le daba por
encargarse a las buenas de Dios:
- Perdónalos Dios mío, pues no saben lo que están haciendo, lo escucho murmurar entre
sollozos.
Suele ser costumbre, en pos de lograr una mayor eficacia en este tipo de
plegaria, ponerse de rodillas y juntar las manos (según a quien uno se dirija), es decir,
acreditar con el cuerpo, una postura que indique o presuponga: entrega y sumisión;
cosa que el nn masculino, muy a pesar suyo, no lograba obtener, visto y considerando la
dificultad para nuestro nn en cuestión, de poder rezar como "Dios manda", teniendo en
cuenta que no poseía en su haber, ni rodillas ni unas míseras manos.
Volvió la hembra a sus adentros, no obstante los rezos de su compañero, que
poco a poco se habían convertido en gritos de auxilio de lo más desesperados. Anidaba
en el…….(como llamarlo ?)……..centro de la nn, otra certeza: esta oscuridad que la
envolvía desde su nacimiento llegaría pronto a su fin, y como un beso envenenado, ese
luminoso placer traería la eterna y ya mencionada muerte instantánea. Detuvo sus
pensamientos existenciales al darse cuenta que repentinamente los lamentos de su
compañero de desgracia se habían silenciado. Algo sucedía allá afuera. Oyó, -sin
saberlo-, sonido a quebradura de cascarón y luego un grito de agonía de lo más
horripilante lanzado desde el centro de una vida que se estaba aniquilando, después el
murmuro de una alma en llamas. Sintió además el satánico placer de un mundo
carnívoro y en consecuencia de lo más sanguinario. Ya todo se precipitaba. Su hora
había sonado. El mismo ruido a cascarón que se rompe, pero esta vez el suyo y la luz
negada desde el nacimiento de la consciencia, que pasa enceguecerla. Por fin la vida, el
aire, el mundo, la muerte. El piso que se abre bajo ella y empieza lentamente a
deslizarse para iniciar una caída al vacío. A medida que cae, recapitula sus últimas
sensaciones: el universo que se mueve, la tierra que se abre bajo los pies que no tiene, la
sensación al deslizarse de tocar la piel de una criatura desconocida para finalmente caer
en el vacío. Sigue cayendo. Mira hacia abajo y repara el infierno de la sartén con aceite
hirviendo que la espera. Observa su compañero ya extinto flotando en un mar hirviendo.
Se maravilla ante la belleza de su cuerpo, porque en él, se ve ella, y se adivina
idénticamente bella y tal vez más. Una salva de dolor la circunda. El aceite comienza a
invadir su cuerpo. Alcanza a observar a su costado el otro huevo prácticamente frito y
siente la muerte cerrarle los ojos, besarle la boca. Junta fuerzas desde lo inadmisible
para mirar el rostro de su verdugo. Ya la mayor parte de su ser ha sido quemada, pero el
amarillo centro, -que algunos humanos de habla hispana llamamos yema- aún sigue
crudo, y desde allí, desde este sol agonizando, contempla la más hermosa criatura que

41

jamás, ni siquiera en sueños, ha vislumbrado ojo de huevo alguno. Con la plenitud de
esta intensidad, de este ciclón de adrenalina, ya feliz en demasía, nuestro nn femenino
se entrega a su viaje para el más allá. Satisfecha por demás de haber sentido la esencia
de eso que llaman amor –vida- y poder llevarse al cielo de los huevitos fritos el recuerdo
de esos ojos malignos; pero hermosos y sobre todo, de ahora en más para la
eternidad…suyos.
Otra vez el porro,
otra vez la lija,
otra vez el rito ,
de un riquísimo… huevo frito.

Se estira en puntas de pie, logrando de esta manera y muy astutamente, crecer
momentáneamente unos pocos centímetros. El hechizo acaba y regresa a su tamaño
anterior al apoyar nuevamente los talones en el suelo.
Lunes de mañana, toca salir a trabajar y lóxicamente la ansiedad. Ansiedad que
ni el porro consigue disminuir aunque sea y más no sea, unos míseros decibeles.
Maldito porro, maldito acostumbramiento, a los años, a los vicios, a hacerse más
cobarde, a esa entrega, a esa forma de suicidio neuronal. Recuerda sus primeros
cigarrillos de marihuana. En aquella entonces, bastaban dos pitadas para remontarse allá
lejos en las alturas; y ahora, triste ahora, apenas unos milímetros son los que logra
elevarse después de fumarse uno entero y completito. Acostumbramient, de lo peor que
le puede pasar a uno.
La seria posibilidad de que la marihuana esté afectando de esta manera la
estructura orgánica y plumífera de sus talones alados se hace presente una vez más.
¡Qué lejos quedó efectivamente aquél palomo marihuanero que salía a conquistar el
mundo de las sensaciones, a alturas inconmensurables. ¿Y hoy? Hoy tan sólo una pobre
cucaracha que no consigue campanear al mundo más allá de sus cordones. ¿Podrá llegar
a recuperar alguna vez sus tan amados vuelos marihuaneros? Levanta los hombros
resignado. Imposible dar respuesta a semejante acertijo. Se entristece y decide sentarse.
Se vuelve a parar. Reflexiona. Decide entonces sentarse primero y entristecerse después.
Decide también que las penas han durado ya demasiado y por lo tanto la hora de comer
sus huevos fritos ha “arrivato”.
En un acto de rebeldía que lo honra opta por comer los huevos fritos sin ponerlos
en plato alguno, o sea, a lo macho, desde la sartén misma. Analiza detenidamente los
huevos antes de ingerirlos. Uno de ellos parecería alzar hacia él, los brazos que no tiene,
y el otro huevo, de lo más raro, como en una posición de rezo. ¡Qué producción te
mandaste papá!, ¡qué belleza de arte! Decididamente la cocina es su tipo, un tipo que le
gusta y bastante. ¿Seré un homosexual reprimido? piensa repentinamente. Se concentra,
imagina un pene y un alivio lo invade. Afortunadamente para su masculinidad ninguna
erección se presenta al haber imaginado el pene en cuestión. Decide hacer desaparecer
esa imagen del demonio por temor de que a fuerza de imaginar pitos, éstos, comiencen a
gustarle. Mírenlos bien, parecen tener vida aún, (los huevos) responde a un auditorio
totalmente existente. Luego de una reverencia, coloca la sartén en la mesa y se apresta a
comerlos y es entonces cuando siente que uno de los huevos lo observa, y encima de
manera descaradamente atrevida. Se incomoda de sobre manera y decide mirar para otro
lado. Sensación similar a la que una vez sintió de chico cuando su padre le compró una
golosina y otro niño de la calle, desamparado y más pequeño, se obstinaba en clavarle
los ojos encima. Lleno de culpa y de ternura supo decirle a aquél pobre gurisito
marginal hijo de la injusticia social: “¿qué mirás vigilante de mierda?”
42

Decide pensar en mujeres desnudas para ahuyentar estas evocaciones
traumatizantes. Toma un tenedor y en un error de cálculo lo clava en la mesa. ¡Escucha
un ¡ay! que decide atribuirle al cuadrilátero doméstico herido de muerte. Decide a la
vez, sin perder un instante, comenzar a almorzarse los dos cadáveres. Luego de un
momento, decide gritar bien fuerte algo para nada inteligible ya que su boca se
encuentra llena de huevo frito y eructar con clara intención de sacudir al ente que
duerme en la habitación de al lado. Asoma su cabeza sin despegarla de su cuello, pero la
mujer horizontal, fiel a su nombre y no a su hombre, sigue durmiendo. Decide
preguntarse si alguna vez esa mujer que yace ahí dormida, supo profesar otra posición
que no sea ésta. Reflexiona, se tranquiliza al recordar haber ido hace algún tiempo con
una muchacha a comer a lo que algunos gustan de llamar; un restaurante bien.
Decíamos que se tranquiliza porque en un acto que lo honra por su practicidad, decide
manipular ese recuerdo gastronómico a su conveniencia y así poder abandonar a la
intemperie, sin techo ni abrigo, el tema de la ya no eterna horizontalidad de la mujer.
Vuelve a la ventana. Cae en la cuenta de que aún sigue siendo blanco fácil de
cualquier asesinato premeditado contra su persona. Ahí parado como un boludo en la
ventana, regalando su existencia al primer francotirador que se plante para terminar con
la vida de un ciudadano ejemplar como él; puede que un poco bastante hijo de puta;
pero en el fondo, buen tipo. Nunca falta, desde tiempos inmemoriales, algún mercenario
que se haya dejado comprar el alma por unos miserables pesos. ¿Pero quién podría
quererlo matar? Nadie si lo conocieran un poco más, y muchos que ya desean su muerte
porque lo conocen apenas. Ironía de la vida. Rememora ese deseo de venganza, ese odio
escondido detrás de varias pupilas pertenecientes a rostros y por ende a cuerpos
sometidos por su persona y tal vez sobre todo, por su revolver. Por supuesto que a nadie
le gusta observar el odio ajeno dirigido contra uno y por supuesto también que eso
engendra aún más odio. Su padre bien decía “siembra viento y recolectarás tormenta”.
Y en esas situaciones, termina habiendo demasiada mierda concentrada en unos pocos
metros cuadrados. Y de esta manera, todo se convierte en un reverendo salpicón de
caca, que generalmente termina mal. Sangre.
Cierra las cortinas, mira la hora en su reloj. Decide comunicar su inmediata
partida a esa que según parece, sería su ser amado. Se acerca a la cabecera de la cama y
la individua sigue con los ojos cerrados, tal vez adormecida. Por su respiración podría
apostar con el destino que efectivamente la mujer se encuentra dormida. Piensa en las
múltiples maneras de despertarla, y la alternativa de una fuerte cachetada sobre esa
mejilla tan apetitosa lo tienta. Cae en la cuenta de que desearía de sobremanera ver esa
piel ligeramente morena tornarse más colorada. Babea. Se mira la palma de las manos,
vuelve su mirada a la mejilla y la tentación se hace aún más fuerte. Se excita. Se
enajena. Desea fervorosamente iniciar enseguida mismo el castigo. Un castigo para que
aprenda. ¿A qué? No sabe, pero siempre hay algo que aprender. Levanta la mano y
contempla su imagen, la escena que nadie filma. La mano firme, lista para ejecutar el
vuelo de la muerte, para dejarse caer sobre ese delicado cachete que duerme en la
inocencia absoluta. Descarga en cámara lenta un golpe imaginario sobre el rostro de la
mujer horizontal, repite el movimiento una y otra vez, frenando apenas a unos
milímetros de la piel de la víctima. Su mano ansiosa de concluir el acto. Hoy no.
Entonces decide reprimirse.
- Mi amor, ¿dormís?, me estoy yendo.
La mujer se reincorpora de manera brusca, regresando prestamente de su viaje

43

onírico. Se acomoda como puede en el respaldo de la cama. Lo fija en silencio, los ojos
bien abiertos. La mirada tensa, parecería indicar una ofuscación pronunciada.
-

¿Se puede saber a dónde mierda vas?

Silencio. Pesadumbre en la pregunta. “¿Se puede saber a dónde mierda vas?” El
dolor hecho pregunta es anunciado por un emisario corrompido, chantajeado. El
comisionado ha sido enviado desde las entrañas mismas del ser que llamamos
horizontal; pero que por unos instantes llamaremos “la reina”, ahora, excepcionalmente
en posición de 90 °. Emisario que originalmente llevaba como mensaje de su majestad:
"no quiero que te vayas, sabés que me quedo muy preocupada, ¿porque no dejás toda
esta mierda de una buena vez y nos ponemos las pilas los dos y buscamos un laburo
normal?". Pero al penetrar al territorio de la conciencia, la historia se repite
incansablemente. Desde algún árbol de verde y espeso follaje, están aguardando al
pobre mensajero para saltarle encima. ¡ Ellos también son soldados de “la reina”, y la
reina ha sido lastimada por ese energúmeno que tiene por novio! Están lastimando a la
reina y la reina debe de expresar su tormento al pueblo. Hay gente que piensa que una
reina no puede sufrir, no puede llorar, no puede sentir. Al pasar por ese bosque entonces
¡Paf!, le caen encima a nuestro pobre emisario y lo amenazan con matar a toda su
familia a menos que cambie el mensaje. El subversivo mando prescribe: "cuando
llegues a la boca dirás simplemente: “¿Se puede saber a dónde mierda vas?" Estás
seguro de poder cumplir con esta orden? De ser así nada ocurrirá a tu familia", pero si
no.... –gesto de cabeza que se cortaY allí va el pobre individuo, nuestro pobre mensajero perturbado en sus ideales
porque se sabe traidor sea cual fuese su elección.
Y esta es la trama interna, la verdadera de porque nuestra pobre dama
horizontal- oye como de su garganta se desprende pregunta tan estúpida como " ¿se
puede saber a dónde mierda vas?" cuando ella sabe perfectamente a dónde se dirige su
supuesto amado. Pero por una razón u otra, que ella desconoce, -pero no así usted mi
querido lector- la alocución ha sido transfigurada.
El, por su lado, decide no contestar preguntas transfiguradas de esa manera; pero
sí en cambio besarla en la boca. A medida que va acercando sus labios, la idea de ser
agredido olfativamente por un mal aliento matutino de la dama horizontal lo inquieta.
Es debido a eso, que en pleno recorrido y sirviéndose de su cuello a modo de timón,
modifica en una audaz maniobra el curso de sus labios y logra depositarlo –gracias a
Dios - a tiempo sobre la frente.
La mujer y su mirada parecen ambas perdidas en variadas cavilaciones. Una y
otra, como si la nada buscaran. Decide echar un vistazo él también, husmear un rato en
esta nada para luego abandonar una búsqueda inútil a su criterio en vista de que, “nada”
es lo que logra encontrar.
Sale
Antes de cerrar la puerta, observa sin embargo que la dama ahora mitad
horizontal y mitad vertical, todavía sigue abstraída en vaya uno a saber que
pensamientos. "Tal vez se quedó dormida con los ojos abiertos" piensa nuestro atento
muchacho. "En ese caso mejor no despertarla".
Una vez en la calle, mira a los costados y enciende un cigarrillo puro, a
excepción del papel que lo envuelve, de cannabis. Pasa una colegiala y decide susurrarle

44

alguna dulzura de las suyas. Queda de lo más sonriente felicitándose de su ocurrencia.
La niña, de unos doce años, en cambio procede a huir de lo más espantada. El ríe,
momentáneamente feliz de esta media mañana que se anuncia por ahora como
prometedora. Decide comenzar a caminar, pero manteniéndose alerta a las ventanas y
las posibles macetas detrás de las cuales, francotiradores disfrazados, expectantes de un
descuido suyo, podrían bajarlo y eliminarlo por hoy y para siempre. Saca del bolsillo
interno de su saco nuevo, su desodorante de ambiente personal y rocía su atmósfera para
despistar alguna nariz demasiado despierta, atenta al olor marihuanero, exquisito pero
prohibido que emanan en su conjunto su cuerpo animado y el elemento inanimado pero
en combustión, el porro. Al igual que su vida, ambos van por la vereda en esta media
mañana, consumiéndose irrevocablemente; ciertamente, a veces de a fuertes pitadas y
otras, dejando que el simple aire del tiempo convierta el presente de ambos, -el suyo y el
del porro-, en cenizas que el viento se encargará de desparramar aquí o allá. Así
lentamente, pasan los años en forma anodina, en esta ciudad que bien parece a estas
alturas, un enorme cenicero.
Mira su reloj y observa que llega tarde a una cita en dónde nadie lo está
esperando. 11 y 30 a.m. Decididamente el tiempo pasa volando pese a que él mismo no
alcance a distinguir ningún reloj planeando en el cielo. Apura el paso. Vislumbra un
color negro y amarillo rodando por la avenida y decide confundirlo con un taxi al cuál
gustaría detener para de esta manera no llegar tarde a su mentada cita. El supuesto taxi
no era supuesto, era uno, y para colmo de males o de bienes, depende de qué lado de la
ley se encuentre uno, se encuentra libre. El vehículo se detiene, el pasajero sube, indica
una dirección y parten. Dentro del taxi, nuestro hombre advierte no sin cierto desagrado
los pelos de la nuca del chofer que debe tener unos 48 años y medio de edad
“aproximadamente”. “¡Cuantos pelos!”, exclama para sus adentros y "encima canosos".
Este último comentario lo realiza en voz alta y por equivocación. Consecuentemente
recibe una mirada reprobatoria por el espejito, proveniente del conductor. La vejez una
vez más, lo atemoriza y mucho. Decide que una vez de regreso a su hogar, le preguntará
a su dama horizontal con toda amabilidad si puede fijarse y ver que tantos pelos tiene en
la nuca. En caso afirmativo, nada, que simplemente le diga si los tiene o no, al fin y al
cabo a la pelotuda esa, no se le pidió nada más. ¡Será posible!, ¿porque habría de
arrancarle esos pobres y cándidos pelitos? Si no le gusta, que se busque otro chavón.
Vamos a ver si encuentra otro boludo que la mantenga como él, que la contente en todos
sus caprichitos, ¡eso, vamos a ver!, y la concha de tu hermana y si no te gusta buscate
uno más pendejo, a ver si te mantiene y te coge como yo, puta de mierda. Está furioso.
Lamenta en este momento haber sido tan indulgente. De seguro le tendría que haber
dado su merecido a esa perra antes de salir. Mañana por la mañana, se encargará de que
justicia sea hecha. Pero ahora, lo que sí, está furioso. Decide cambiar de planes. Mira
por la ventanilla: "discúlpeme pero vamos a tomar por otro lado". El chofer lo mira
nuevamente por el espejito y una vez más, no dice nada.
El pasajero, en cuanto a él, acaba de recaer en la mirada disconforme del
conductor, esas famosas pupilas mencionadas anteriormente, que saben de odio y otros
Dantes.
“Con que esas tenemos guachito, vamos a ver.”, piensa para volver a decirse
“¡Mejor!, mucho mejor así.” Continúan andando unos cinco minutos más y llegan a una
callecita, Manuel Ugarte, frenan al 2649, esa suele ser su cábala.
- Acá está bien.

45

El auto se detiene. El taxista acaba de decir algo, tal vez, probablemente, el
precio del viaje; pero nuestro amigo ya no lo escucha. Está absorbido por el paquete de
pañuelos descartables dejado a unos centímetros de la palanca de cambio. Queda feo, ¡sí
señor!, queda feo y está bien decirlo o bien en este caso, pensarlo. Uno imagina que el
chofer se suena los mocos con ellos y que más de una vez se debe de haber olvidado los
pañuelitos ¿y entonces qué? De seguro que se limpia con los dedos. ¿Y esos dedos
dónde se los limpia entonces? En el volante. Y a través de ese volante ¿a quién
conduce? Al pasajero. O sea una falta total de respeto. Su viejo, que es un tipo de lo más
bien, siempre los guarda, bien prolijitos en la guantera. Su padre sí que sabe mantener
impecable un auto. Decide que ya no le importan estos recuerdos de infancia y asoma su
cabeza, acompañada fielmente del resto del cuerpo, por el hueco existente entre los dos
asientos de adelante. Decide preguntarle al conductor.
-¿Todo bien? ¿Dígame cómo se siente hoy?
El conductor calla envuelto en un desconcierto total. El pibe que aparentemente
tiene cara de estar completamente pirucho, lo mira fijamente como aguardando la
respuesta. El muchacho, mientras, sigue aguardando una réplica que no ha de llegar. El
conductor ahora le parece un hombre de lo más bueno, honesto y trabajador. Paraliza su
vista en la palanca de cambio. Esta lleva como logo, el símbolo “Peugeot”, o sea un
león. Este último se halla de pie y en una posición que dejaría suponer, un estar listo
para el combate. El animal también parecería necesitar compañía. Pobre y desamparada
bestia, ahí atrapada en un ícono, sin más vida que ésta. Debe de sentirse bastante sólo,
como él, o sola, como el arma que tiene en la campera. Sin dejar de fijar y apiadarse del
solitario felino, una voz, la suya pero no la suya, pero sí, pero un poco más aguda que lo
habitual, como de mala calidad, advierte:
-Dame toda la guita que tengas. No te hagas el pelotudo porque te juro que te
hago mierda.
La mirada, la suya, sigue un tanto tristona y desorientada tal vez. La voz como
no suya, huérfana de una garganta en llanto. El hombre que conduce el taxi, mira el
arma y a su extravagante portador. “¿Me estará jodiendo?" piensa o mejor dicho desea
en lo más íntimo de su ser, "¿o será que este boludo me quiere afanar en serio?”
En ese momento, el taxista advierte que ha comenzado repentinamente a llorar
por la nariz. ¿Cómo puede estar sucediéndome ésto?, todos sabemos que las narices no
lloran, salvo claro cuando están tristes, agrega al instante para sí mismo el conductor. Es
entonces cuando esboza la posibilidad de que ésto que gotea, tal vez no han de ser
lágrimas. Es sangre. Sangre que en este momento sale a borbotones de sus fosas nasales.
La memoria inmediata regresa, extraviada momentáneamente en el tiempo por el
impacto. El imprevisto pasajero, hace unos segundos, acaba de propinarle un culatazo
en pleno rostro. El golpe debe de haberle roto el tabique. ¡Qué pasajero de lo más raro!
Y pensar que parecía de lo más normal! Cuando de repente cambió de dirección, ahí
fue que presintió por primera que algo podía terminar mal. De todas maneras, sea como
sea, como cliente o como chorro, no deja de ser un tipo de lo más extraño. Nunca lo
había robado energúmeno con semejantes características. El taxista mira para abajo. Un
arma le apunta directamente los testículos. Escucha una voz, la del ahora descolocado
muchacho.
-Dame la guita, cuento hasta diez sino te quemo los huevos.

46

La transacción se realiza en total armonía. El pajero pasajero acomoda el jornal
de su trabajo en su bolsillo, sin dejar de prestar atención al leoncito taciturno y en
perpetua defensiva, como él, en guardia, sin saber porqué, de pie, sin saber cómo.
Preguntándose, el león, de dónde vendrá el primer tarascón, pobre criatura asustada,
atenta a morder antes que lo muerdan.
Corre. No sabe a dónde; pero corre. Lo siente en la respiración, en las baldosas
que aparecen y desaparecen en una secuencia más rápida que la que presupone un paso
de marcha. Escoge calles al azar. Su trote es marcado pero no desesperado. ¿Y ahora?
Ahora no sabe, sólo correr, correr finalmente porque así lo desea. Bien podría si se le
cantaran las pelotas, tomarse un tacho; pero no quiere un taxi, la tentación de chorear de
nuevo es demasiada fuerte; pero lo que sí necesita es pensar. Las calles desfilan, la
gente lo observa, o bien, eso es lo que nuestro individuo siente. Cierra los ojos con la
firme intención de hacer desaparecer esa multitud de ojos que lo apuntan; pero al
segundo los vuelve a abrir. En efecto, correr con los ojos cerrados puede ser algo
peligroso, decide frenarse. Cierra nuevamente los ojos. Se vuelve a concentrar en forma
intensa. Toma aire e implora a su Dios para que la gente de su alrededor se haga humo o
sino que la gente desaparezca, todos no, solamente los que él quiera. “Tanto poder
puede resultar algo peligroso” dice una voz que decide adjudicar a su consciencia. Abre
los ojos, finalmente parecería que hubiera menos gente. Sonríe y camina. Mira el cartel
de una calle que desconoce mientras reflexiona acerca de su estado físico, a esta altura
debe de admitir verdaderamente lamentable. Su entrenador ya le hubiera lanzado más de
una puteada. Debería retomar los guantes, volver al gimnasio; pero el entrenamiento tan
aburrido, las peleas tan duras, mejor no; pero sí tal vez, una buena idea sea comprarse
una bolsa de arena, y porque no, dejar de fumar, aunque sea un poco, disminuir la dosis
de veneno que le va tomando a paso de escorpión, centímetro a centímetro, todo el
territorio de sus pulmones. La imagen del leoncito de Peugeot retorna, ¿impuesta por
quién? Decide atribuirla a la propia voluntad del animal. Tal vez necesite un hijo, si
realmente no estaría mal, hoy mismo se lo va a comentar a la mujer horizontal, ¿Qué
cómo lo irá a tomar? A lo mejor sin azúcar o con una sola cucharada, no sabe, pero
finalmente tampoco le importa mucho; pero lo que sí, y en eso no hay tutía, es el hecho
que desea un leoncito, como el del Peugeot. Un poco de amor para dar, ternura es lo que
sobra. Llevarlo a la plaza, empilcharlo, jugar juntos a la pelota, y de grandes fumarse
unos buenos porros, y hablar de la vida. ¡Guau, qué placer!;pero atención, alerta
máxima en el cerebro, en el suyo, pues la siguiente ecuación ha sido formulada:
Su hijo(a) adulto = él, hecho un viejo. Vejez = pene que no se erecta = muerte.
¡Hmmm!, la situación, inesperadamente, comienza a complicarse. No pasa nada.
¡Valor! Decide pensar en otra cosa, por ejemplo en cómo será la mujer horizontal de
vieja. Seguro que con el culo más caído. Se entristece al pensar en que tarde o temprano
a todos los traseros les termina llegando su maldito otoño. Decide comenzar hoy mismo
a despedirse del floreciente culo de la mujer horizontal. La idea de fotografiarlo en sus
distintas etapas asoma en un flujo cerebral de su cabeza. ¡Eso no está mal papá como
idea! Una fotografía mensual del trasero de la mujer horizontal. Una erección emerge.
Campanea a los costados sin producir sonido alguno. Cuál entonces un campanario
mudo, (o bien un campanario sonando y todo el mundo sordo), nuestro muchacho
decide confirmar la ausencia de miradas indeseables. Siendo necesario, y eso es sabido
en el mundo de los “machos”, un silencio visual para re acomodar en absoluta

47

comodidad, discreción e intimidad, un miembro erecto. Contrae el abdomen, cosa de
dejar el espacio suficiente, entre la panza y el pantalón para deslizar la mano izquierda.
Al tomar el pene entre sus dedos, unas furtivas ganas de masturbarse lo atizan. Realiza
algunos pocos movimientos ascendentes y descendentes y re acomoda su miembro de
manera tal que la cabeza quede atascada entre la tela del pantalón y su bajo vientre. Se
entristece al comprobar que su pene erecto no llega hasta su ombligo.
Son las 13 horas. Decide tener un poco de hambre e ir a manducarse un bocado.
Preguntándose acerca de su estado financiero, cae (sin lastimarse) en la cuenta de que
aún no sabe cuánta plata le ha dejado la historieta del taxi. Tantea el bolsillo y saca el
pequeño fajo de billetes, fresco, recién cosechado. Advierte que uno de los papeles
monetarios sangra, ciertamente aún dolorido por la brusca separación.
Acomoda entre sus dedos el fajo y cuenta los billetes sin reparar en el valor de
cada uno individualmente, sino tan sólo en la cantidad: 14. Hoy es su día de suerte, el
número 14 es divisible por dos, por consiguiente, procede a un corte salomónico. Toma
una de las mitades del fajo y decide bendecirla para satisfacer sus diferentes apetitos
urbanísticos del día. En cuanto a la otra mitad, decide besarla dulcemente antes de
confesarle que la cajita de zapato que mora debajo de su cama será su nuevo hogar.
Entra a un bar, situado en Cabildo y Monroe, pide tres porciones de pizzas y una
gaseosa. Se arrepiente de su comanda y decide pedir primero la gaseosa y luego las tres
porciones de pizza. Pizza como a él le gusta, a lo macho, de parado, aceitosa,
enchastrándose los dedos y la boca a cada mordiscón. Mientras hilvana estos
pensamientos decide limpiarse con una servilleta de papel, su pantalón, nuevo, pero
ahora manchado. El local es atendido por gallegos hechos en serie y en serio, que
siempre lo tratan para el orto. Gallegos que se promete afanar a cada maltrato recibido,
pero con los cuales, afortunadamente para ellos, se reconcilia cada vez que saborea esa
masa caliente con queso derretido. Luego de haberse fagocitado en un santiamén las dos
primeras porciones, decide, fiel a su costumbre, saborear, la última en la vereda. Se
encuentra cansado. Piensa que tal vez sea debido a la cogida matinal que le impuso a la
mujer horizontal. Al instante decide dudar, pues no recuerda si la cogida fue en este
mismo capítulo o en el anterior. Decide releer unas páginas más atrás el libro y se
cerciora de su acierto dubitativo, ya que aparentemente, el cansancio proviene no del
sexo, sino de la cantidad de cuadras que estuvo corriendo. A pesar de su fatiga, decide
igualmente desplazarse hacia fuera, ya que por lo que pinta, la vereda no parece estar
dispuesta a aventurarse dentro del local.
Observa el deambular del común de los mortales en este lunes de post-almuerzo.
Día lunes tan similar a cualquier otro día de la semana para él, hombre libre, sin amo,
sin Dios, ni patrón, ni horarios, ni nada. Él, que en estos momentos siente el potente y
viril revolver, bien acomodado junto a su desodorante de ambiente en el bolsillo interno
de su campera. Reflexiona. Por suerte su campera cuenta con dos bolsillos. Decide
separar el arma y el desodorante, y colocarlos separadamente en cada uno de los
bolsillos, en caso de que la relación entre los objetos pase “a mayores.” El cotidiano
tiene tanto de aburrido como de atractivo. No es que se oponga a esta relación bolsillera,
pero es necesario asumir la responsabilidad del trabajo, no vaya a ser que alguna vez el
fierro se niegue salir justo en el momento necesario, lo del desodorante no sería tan
grave, pero lo del revólver, ¡hmm!... cada segundo vale lo que vale un segundo en esa
situación. Bien decía su padre, "donde se come no se caga". Se promete no obstante
ponerlos ambos en una caja de zapatos apenas arribado a su casa, cosa que puedan hacer
sus cochinadas fuera del horario de oficina. Decide declarse a sí mismo lo que se llama

48

un buen patrón.
Imposible determinar si el común de los peatones ha disminuido de tamaño, o
bien, él ha acrecentado el suyo. Abre las piernas para dejar pasar un señor calvo y con
sombrero, muy apurado, en traje de oficina. Los siente, pequeños, desprotegidos, como
pidiendo perdón y permiso en cada paso, en cada respirar, como implorando con la
mirada, que este Guliver del asfalto que saborea tranquilamente su última porción de
pizza no les haga daño. Ríe, sonríe, se estira, contempla extasiado su imperio callejero.
Recuerda una entrevista a Diego Maradona en dónde un periodista le pregunta:
- Diego, ¿cómo es sentirse en la cima del mundo?
El Diego calló. Cerró los ojos. Para luego contestar:
- Mirás a los costados y no ves a nadie.

IX
“La vida: una chispa entre dos oscuridades”

U

na cara mestiza, lánguida, lo fija en la penumbra de la reducida habitación. El
espejo, o más bien, un fragmento de éste fijado acrobáticamente a la pared, refleja del
hombre, su cansancio. Aún somnoliento debido a demasiadas preguntas que finalmente
hallaron tardías y desveladas respuestas, toma el pan de jabón y esparce
meticulosamente las pavesas espumosas y semi líquidas sobre su rostro.
De un quebradizo estante de madera apresa la hoja de afeitar. El metal comienza
lentamente a deslizarse sobre la mejilla hasta detenerse por completo en la zona de su
cuello, más exactamente sobre una de las numerosas venas que se aprecian por debajo
de su piel morena. La hoja avanza centímetro a centímetro, dubitativa en cada
desplazamiento y vuelve a posarse sobre la arteria anteriormente seleccionada hasta
detenerse por completo. El hombre comienza a rascar suavemente la superficie de la
piel como queriendo eliminar el absurdo espacio que separa el acero del vaso
sanguíneo; como si se propusiera darle un poco de aire a ésta, su sangre, sedienta de
libertad; intentando hacer realidad sus numerosos pero frustrados sueños de liberación.
Un temblor nace entonces desde la punta de sus dedos y se extiende poco a poco por
todo el resto del cuerpo. La hoja de afeitar parece vibrar al unísono. La duda y el temor.
El hombre ejerce una leve presión sobre la hoja y esta sobre su cuello, para finalmente
continuar su rutina diaria, eso que en el ejército, algunos llaman “aseo personal del
soldado”.
Contempla la espuma perderse poco a poco en el orificio de evacuación de la
pileta metálica de la habitación en donde se encuentra. Observa a su vez las últimas
gotas de agua y de espuma perderse en la vieja cañería. Se mira nuevamente en el
espejo y corrobora la persistente fatiga que transmite la expresión de su rostro. El mal
sueño que lo aqueja. Y ya lo ves hermano, los años que pasan y surcan, dejando huellas,
arrugas, como labrando incansablemente el contorno de tus ojos, de tus facciones y de
tu cuerpo.

49

Toma el uniforme que descansa sobre el respaldo de la silla y lentamente
comienza a vestirse. Aún no ha amanecido. Mira su reloj: 5h 17 minutos a.m. Su mano
empuña la escoba escondida en algún rincón de los exiguos 12 metros cuadrados que
conforman la totalidad de su habitación y se dispone a iniciar la limpieza cotidiana.¿Dé
cuantos hilos estará pendiendo su vida? Oye hermano, ¿qué tan loco estás?, ¿Acaso
quieres tirarte un pedo más alto que tu culo? Los persistentes pensamientos provocan
extraños zumbidos en su cabeza, un imperceptible e incontrolable murmullo que se
escapa de su boca, al mismo tiempo que las fibras de la escoba se introducen, no sin
gran dificultad, en los diversos intersticios del piso maderoso.
Sale.
En este cuartel, es decir, en este conjunto de habitaciones de madera, situado a
orillas de la selva peruana, la mayoría de sus habitantes duermen. Sólo dos soldados de
guardia conversan animadamente. A su alrededor puede observarse una cantidad
importante de restos de cigarrillos de marca extranjera. Las voces apagadas sin embargo
no callan: de putas, de cocaína, de fútbol, más mentiras que verdades, más utopías que
proyectos, incluyen este proceso de comunicación del alba.
El conchisumadre del capitán nuevecito a estas horas aún no debe estar en su
despacho, rumia en voz baja nuestro sargento. Una media hora debe faltar todavía, y de
seguro ya habrá llegado. Porque si hay algo que se le reconoce al endemoniado gringo
limeño este, es su puntualidad. Aún media hora para pedirle ¡chucha!, ¡pedirle no!, ¡exi-gir-le! sí señor, exigirle, exigirle a este capitancito: un bienestar. ¡Sí mi capitán!, un
bienestar, una semanita nomás, una semanita para ir con algunos de mis hombres a la
ciudad, usted sabe capitán, cosas de hombres que le dicen. Hace ya dos meses capitán
que no bajamos a la ciudad a divertirse, sí mi capitán, desde este lunes al otro lunes, no
le digo que es sólo una semanita.
De seguro que este conchisumadre le preguntará por el cargamento de los
narcos, entonces él deberá de responder que por el cargamento de los narcos, que no se
preocupe mi capitán, que yo ya dejé instrucciones para que uno de los soldaditos se
encargue de todo, si usted no lo ve a mal por supuesto, todo está arregladito y usted
repartirá como siempre mi capitán. Gutiérrez es el soldado encargado mi Capitán.
15 minutos y en la oficinita habrá luz, ahí estará el capitancito de mis huevos
con su tasita de café, impecable como siempre, el uniforme como nuevo, el bigote,
rubio, bien peinado y esa sonrisa…Esa sonrisa un tanto rara como quién dice. Es
siempre en ese mismo momento que el Capitán sonríe de esa manera, cuando revuelve
su café, sí hermano, todas las mañanas igualito. Chucha con esa sonrisa y chucha
también con esa mirada. Vaya uno a saber los pensamientos que se trae el hombre.
Después hay un suspiro, siempre larga el mismo, tú sabes, así como cuando alguien
hace ¡tssssss!, como que se desinfla y al instante un sorbo al café mientras no deja un
solo segundo de mirarme fijamente. Los ojitos brillantes siempre tiene el Capitán en ese
instante. Lueguito retorna a la lectura del periódico, tan sólo unos segundos para volver
a levantar la cabeza, como si por un momento, se hubiera olvidado, de él, del sargento,
para después, ahí sí, pasarle las órdenes del día. Es verdad que hay quienes en la base,
afirman por lo bajo que este capitán es marica; que cuando los soldados están formados,
él siempre les mira la entrepierna, chucha con los maricas en el ejército, siempre la
misma historia. Por más que tenga hijos y que esté casado, bien se sabe que eso no tiene
nada que ver. En un ratito, ahí estará como todas las mañanas en su oficina. Como ya es

50

habitual, no lo va a invitar con nada, ni siquiera una tacita de café, no ¡qué va! A lo
mejor solamente le gusta tomar el café con otros blancos. El otro capitán siempre lo
invitaba, hasta lo hacía sentarse, y él, gracias, algunas galletitas de vez en cuando, hasta
una vez le había hecho probar unos bocados que venían de Europa que le dicen, a él
mucho no le había gustado, esa vaina sabía de lo más rara. ¡Chucha esos buenos
tiempos! y encima la plata de los narcos se repartía como se debe. Hoy en cambio, a
este limeño engreído necesita pedirle, suplicarle, un chucha de bienestar. En todo este
tiempo, este conchisumadre no le había propuesto un solo bienestar. El otro capitán en
cambio algunas veces le decía:
- Vaya sargento, tomese unos días y váyase a la ciudad, así se divierte un rato,
necesita despejarse la cabeza.
Pero este hombre, ¡nunca nada!. Ahora él mismo tenía que solicitarle un
descanso, ¡qué vergüenza sentía! Pero ya habrían de ver quién reiría último.
- Unos días de bienestar, sí mi capitán, para mí y para cinco de mis hombres, el
lunes estamos de regreso. Quédese tranquilo mi capitán que él no se olvidó de la paloma
que llega el sábado, pero ya todo está previsto. Sí mi Capitán, afirmativo, el soldado
Gutiérrez se responsabiliza de la situación, asume la dirección total de la operación.
Ya pronto serán cinco y media. Amanece en la selva, el continente abre esos
interminables y brumosos ojos verdes, una brisa fresca recorre el aire. Dentro de
algunas horas, el infierno mismo se hará presente. La época de las lluvias quedó atrás y
de aquí en más, las jornadas traen consigo más de diez horas de calor inaguantable. Por
ahora, solo por ahora, la temperatura permanece de lo más agradable. El canto de las
diversas aves, la neblina que extiende su bata por encima de la copa de los árboles; todo
en su conjunto constituye uno de los momentos, raros, muy raros, en que el hombre y
este medio se abrazan sinérgicamente; una especie de amalgama en donde el ser
humano se reconcilia por un ratito nomás con la hostilidad de este ecosistema del
carajo.
Toma otro cigarrillo, trata de encenderlo, el viento apaga la llama. Una sonrisa
ilumina un instante el rostro del sargento al efectuar el inusual gesto de proteger la
llama del fósforo con la palma de su mano. Se sonríe también al recordar el brillito en la
mirada del soldadito Gutiérrez ayer por la tarde, ¡ja! La mueca de felicidad que se le
salía de la trinchera, y los ojos como con fueguito parecían.
- Soldado Gutiérrez, este lunes de seguro que me voy de bienestar con cinco
hombres. Le encargo a usted la responsabilidad entera de la operación de la paloma que
llega el sábado. Usted ya sabe Gutiérrez como se hace, no me vaya a hacer una
chuchada porque lo mando a lavar mierda por el resto de su vida. Usted se queda en la
base controlando las operaciones, cuando todo termine va venir el flecha a dejarle un
sobre que usted no abrirá y que le entregará directamente al Capitán. Gutiérrez, ya sabe
cómo hacer, ¿no cierto? Corta el tráfico de los dos lados para asegurar la descarga en
algún lugar de la marginal. Cinco kilómetros para el lado de la ciudad y unos cincuenta
kilómetros para el otro. La paloma va a estar llegando a eso de las doce y media, Así
que a partir de las once y media y de los dos lados usted no deja a pasar a ningún carro,
salvo el que tenga la matrícula que yo le voy a indicar. Si a ese carro alguien lo para, lo
revisa, o si le ocurre cualquier cosa de cualquier tipo, yo lo tendré por único responsable
Gutiérrez. No vuelve a liberar el tráfico hasta que la camioneta señalada salió

51

nuevamente por donde entró. Gutiérrez, ¿quedó todo claro?
- Sí, mi sargento!
- Bien Gutiérrez, va a ver que él capitán le dará una buena propina para que
usted y los hombres que necesite se vayan de putas y champagne una semana entera,
¿comprendido Gutiérrez?
- Sí mi sargento
-¡Vaya Gutiérrez!
Estaba como loco el soldadito mientras él le hablaba. Había permanecido todo el
tiempo impecable en su postura, todo seriecito, pero se lo veía contento. Vaya
Gutiérrez, vaya tranquilo. ¡Qué se le va a hacer Gutiérrez, si no es su culpa, o tal vez sí,
por algo lo elegí a usted y no a otro. ¡Pobre Gutiérrez!, ahora le daba a decir verdad un
poco de lástima. El soldadito ya debía haberse sentado a sacar sus cuentas, a estudiar la
manera en cómo iba a organizarlo todo, a quién iba a hacer parte del asunto y a quien
iba a dejar afuera. Vaya Gutiérrez, de familia argentina si bien recuerda, del que se
decía muy ciertamente que estaban las mujeres más bonitas del mundo. El Benito
siempre apuntaba que nadie podía competir con esas hembras. ¿Cómo quieres hacerlo
hermano? Cincuenta por ciento italianas, 20 por ciento españolas, 20 por ciento de los
países del Este. ¿Qué quieres que te diga hermano?, de lejos, las gringas más
encantadoras de la planeta. Vaya Gutiérrez, vaya, a veces se gana, a veces se pierde,
esas son las reglas principales del momento que uno acepta jugar. ¡Filósofo se había
levantado nomás esa mañanita el sargento Trueno!
Chucha, ahí acaba de entrarse el Capitán a su despacho. Siempre lo había
considerado un hombre demasiado frágil para este tipo de trabajo. Tan flaquito, hasta
parece como desnutrido que le dicen, a veces tan pálido como muerto. ¿Será? Mejor no
pensar en esas cosas, después a la noche se soñaría de nuevo con los malos espíritus; los
kunus, chucha con ellos.
¡Pobre diablo el Capitán!, ni siquiera sospecha la que le espera. Si todo iba bien,
se enteraría el mismo día, forzosamente; pero demasiado tarde porque la paloma habrá
volado en mil pedazos y él y sus sargentos quedarían con parte de la cocaína y los
dólares. Repentinamente acude a su pensamiento un temor, una bobada de miedo que le
dicen, pero que de concretarse podía arruinarlo todo: ¿y si el Capitán no le daba el
bienestar? Ahí sí, todo se iba a la chucha madre. A ningún superior le gustaba mucho
otorgar bienestares a sus subordinados, ya que durante esos bienestares, la jerarquía
carga con mucho más trabajo. ¿A quién le puede gustar tener más trabajo por el mismo
dinero? A nadie. Si uno trabaja más es para ganar más. Imagínese la nota, de pronto el
capitán se ve en la obligación de abandonar el escritorio, el ventilador y el diario, y salir
a a trabajar. Mal no le puede hacer ¡jejeje! ¡Pero chucha!, este huevón no le podía negar
un puto bienestar, ¡qué mierda! Hacía no sé cuántos meses que él se había quedado
encerrado en la maldita selva, tenía derecho a querer ver otras cosas. La sangre
comenzaba a hervir en el cuerpo del sargento. Pero la razón principal, la brasa madre
del fuego que le quemaba el corazón era que toda la maldita operación ya estaba
montada y dependía de ese puto bienestar. Desde hacía casi una semana, sus hombres de
confianza, sus propios sargentos, sus hermanos, ya eran de la partida, todos estaban con
él. Las cosas se habían dicho y de lo más claritas. La situación era insostenible. No
podían dejar que ese Capitán de la chucha, les siga mojando la oreja de esa manera a la
hora de repartir el dinero de la paloma. Había tomado la decisión y los había reunido la
semana pasada:

52

“Hermanos, acá este nuevo capitancito nos la está cagando de lo lindo. Nosotros
hacemos todo el trabajo y él no nos deja prácticamente nada. Y los que estamos
arriesgando todo, somos nosotros. Tenemos que tomar la iniciativa que le dicen. ¿Y
saben qué? No es tanto el tema del dinero, pero también es la actitud que le dicen.
Hermanos tengo una propuesta, es un golpe del carajo, arriesgado. En dos semanas más
o menos llega la paloma colombiana, repletita de dólares, viene a buscar un cargamento
de mil kilos. Ustedes ya saben, que para pagar eso la paloma debe traerse al menos ¡un
palo verde hermano! Y todo eso a 50 kilómetros de la base, de nuestro territorio. El plan
es de lo más simple, pero difícil. Pedimos un bienestar y nos vamos para la ciudad
cuestión que nadie sospeche y que todo el mundo nos vea partir en esa mismita
dirección. Una vez allá, nos regresamos caminando por la selva, los esperamos
tranquilamente, hacemos saltar la paloma con el equipaje completo, lo mismo la
camioneta que transporta la cocaína. Todo eso antes de que el avión aterrice. Nos
quedamos con el dinero, la merca y a la chuchísima madre con el capitán y con todos
los demás. ¿Quién está conmigo? Son casi 100.000 dólares para cada uno, más los kilos
de cocaína que cada uno pueda cargar en su mochila. Cada kilo lo vendes relajado a
1.000 dólares. ¡Saquen sus cuentas chucha! Vamos a necesitar más hombres, al menos
debemos ser unos quince, ya que los narcos por tierra serán unos quince o veinte y en la
avioneta serán mínimo, cinco más. Si están todos conmigo, yo voy a la otra base y hablo
con gente de confianza. Les propongo diez mil dólares y los kilos de cocaína que
quieran. Les digo que tengo un dato, que se puede recuperar merca y dólares. ¿Qué les
parece esta historia que les propongo hermanos?
- ¿Qué pasa con nuestra base sargento? ¿No se nos van a venir encima apenas
vean un poco de humo?
De la base estaremos a unos 20, treinta kilómetros. El tiempo que lleguen a
nosotros en caso de que decidan venir a ver qué pasa, nosotros ya nos fuimos hace rato.
En segundo lugar, nosotros no vamos a estar en la base y sin nosotros, allá nada puede
funcionar correctamente. Nadie va a tener el poder de decisión ni los cojones para un
carajo. Ni en la base, ni a los dos extremos de la ruta. En tercer lugar le dejaré órdenes
claras a Gutiérrez para que lleve a cabo la operación de la manera en que a nosotros más
nos conviene. No le diré nada por ejemplo de apostar un hombre del ejército que
controle al momento del intercambio. Eso es lo que siempre hago yo. Nadie va a
entender lo que está pasando. Así que nadie tiene porque enterarse de quién hizo el
moco. Nosotros nos fuimos a la ciudad, los narcos se enteraron y prepararon un golpe.
Ese no es nuestro problema. Salimos el domingo a la noche para la ciudad, pedimos un
hotel, y el lunes temprano nos vamos para la selva. Son casi tres días de caminata, el
miércoles a la noche tenemos que estar llegando al sitio del intercambio. La operación
de los narcos la van a hacer el jueves al mediodía más o menos. La ruta estará cortada a
partir de las once. Si llegamos la noche anterior tenemos tiempo de sobra para estudiar
las mejores posiciones en la cual ubicarnos. ¿Qué dicen?
Todos habían asentido por supuesto. Todos hermanos, todos listos a dar la vida
por él. Habían peleados tantas veces juntos, ahí, entre la balacera codo a codo; y luego
obviamente en la ciudad, ahí juntitos también, se cuidaban las espaldas, en los burdeles,
en los bares, a todos lados bien pegaditos, como una gran familia. Además, y era
también una cosa que sumaba mucho a la hora de aprobar la jugada: los dólares.
Oportunidades así no se presentaban a diario, tal vez una en mil vidas.

53

A esta bendita familia aún le costaba mucho superar el duelo, habían sufrido una
sombría baja, un alma de un valor incalculable se había marchado: el Benito. ¡Chucha
con el Benito! Su imagen lo seguía persiguiendo algunas noches; desde el día de su
muerte hasta hoy, al menos una vez por mes, el Benito se le aparecía mientras dormía.
A veces, en los sueños, tan sólo se tomaban unos tragos y charlaban de cosas profundas
o bien se lanzaban algunas bromas y echándose a reír como locos, como en los buenos
viejos tiempos. Otras noches el escenario era bien distinto. El Benito se le aparecía todo
ensangrentado, le soltaba cosas que le daban mucho miedo, secretos que sólo él conocía,
sobre su niñez, viejos traumas y algunas otras vainas así. Despertaba entonces
completamente alterado, transpirado y con una angustia de la San Chucha. Siempre se
había preguntado porque de todos los hombres que hubiesen podido morir ese día, Dios
había elegido al Benito. Había una cosa que tenía clara, o más bien intentaba tener clara:
de la muerte del Benito, él no había sido responsable ¿o sí? La primera aparición del
Benito le había quedado grabada para siempre en la memoria. Lucía impecable, buen
mozo, todo trajeado de blanco, con su botella grande de agua mineral ¡qué loco! El
Benito a veces se compraba una botella grande de agua y se la tomaba todita. Nada
mejor para poder chupar toda la vida compadre solía decir. (“Toda la vida”, chucha con
el Benito, que poco le había durado toda la vida.) Así el organismo se limpia de todo el
alcohol que le meto adentro. ¡Chucha con el Benito! Eran como hermanos los seis y
ahora ya nada más eran cinco.
El sargento se consideraba a si mismo un buen jefe, y estaba persuadido que sus
soldaditos lo consideraban como tal. Siempre que le había tocado repartir las ganancias
de alguna requisa, fuera dinero, armas, o droga, lo había hecho en partes iguales. Nunca
había sido cuestión de guardarse alguna cosa de más para él; y sus hombres lo
respetaban por eso. ¿Quién podía discutírselo? Tenía todo el derecho de hacer justicia a
su manera y hacerse respetar por ese capitancito. Ahora después de bajar la paloma, el
Capitán iba tener una chucha de líos, pero ellos estarían ya lejos con los billetes, por el
culo al gringo ese.
Tú sabes hermano, yo hablo del respeto; pero el respeto no cae así como así del
cielo. El respeto entre tus pares no es algo que se obtiene tan fácilmente, en el ejército lo
mismo que en cualquier otro lado. Así es hermano, si tú quieres que te respeten, tú eres
el primero que tiene que dar el ejemplo a tus hombres. Imaginate que un soldadito hace
una chuchada por ahí y tú decides castigarlo con vamos a decir, 100 planchas, 100
flexiones de brazo que le dicen aquí; pues si eres un buen superior, tú tienes que hacer
las planchas a la par, para que el soldadito castigado y el resto de la tropa vean que tú le
dices de hacer lo que tú también puedes. Entonces mientras las vas haciendo a la par, las
vas contando bien fuerte al oído del soldadito pa que sienta como viene la mano. ¿Si me
entiendes? ¡Claro hermano!, el pobre novato no tiene el mismo estado físico que tú, él
está recién llegadito, además es más joven, el cuerpo está menos curtido que le dicen y
entonces por lo general no te aguantan más de cincuenta flexiones y tú de tu lado, haces
completita las cien planchas y te levantas y esperas que el soldadito las termine, y
cuando ves que no puede más, ahí le das una buena patada en el culo. Ahí tienes como
comienzas a hacerte respetar. Para eso debes prepararte como nadie, debes superar tus
soldados en todo. Tú debes poder hacer lo que ellos no pueden, esa debe ser la única
razón por la cual tú estás arriba de ellos. "Ojo al guía" que le decimos en el ejército, el
que está adelante, el que “lleva la marcha” es la referencia. Si el guía camina, tú
caminas, si él se frena, todos se frenan. Si el guía te dice dispara, pues mejor que te
pongas a disparar hermano. En ese momento, no te puedes parar a pensar si eso está

54

bien o mal, tú miras el que va a adelante y haces lo que él. De eso depende que vuelvas
sanito y salvo al cuartel.
Ahora toca hablar de la muerte del Benito, sirve otro trago compadre. Aquella
vuelta, nos habíamos agarrado con los de Sendero, tú sabes la guerrilla comunista. De
repente, yo quedo solito delante de la tropa, así como así, sin darme cuenta. Puede ser
que tal vez había avanzado demasiado, tú a veces estás como enceguecido, a veces por
la blanca que te aspiras, y otras veces es simplemente porque estás muy concentrado en
tus pensamientos y chucha tú tienes un sólo objetivo acabar con esos cerdos, no sé
hermano, pero ese día yo había quedado demasiado adelante, fue como si de golpe me
despertaba y realizaba en donde estaba. ¡Ya!, de repente, reacciono y me doy cuenta que
quedé solito a unos 20 metros adelante de la tropa; pero por suerte había dado justo con
un hueco protegido por una roca. Oye hermano, ese hueco fue para mí como un regalo
de Dios. Tú sabes, si un día tú andas por la selva, tu verás, no es plano, si tú quieres
avanzar de prisa, tú tienes que ir de a saltos, y de seguro que te resbalas a la mierda sino
te sabes desplazar correctamente. Entonces para agarrarte, ¡paf!, tu clavas el cuchillo en
la tierra para tener un apoyo y no patinarte; después de un tiempo es como mecánico, es
así como avanzas. Pero te decía que había quedado solo delante de la tropa. Había
bastantes nuevecitos en esa salida, estaban con miedo, siempre es así en las primeras
salidas. Ellos no están acostumbrados al combate, después poco a poco te vas haciendo
a la idea de que los otros deben de tener más miedo que tú; y si no quieres morir tienes
que matar primero.
En ese momento, miro para atrás, bien rapidito y ahí me doy cuenta que quedé
solito. Las balas daban de lleno en la roca, parecía que se la querían comer. Cada vez
que golpeaban la piedra, yo tenía la sensación de que me iba a explotar el oído. Yo me
había echado al piso, creo que fue por reflejo. Tú sabes después de mucho tiempo en el
ejército, tú a veces haces las cosas sin darte cuenta, mismo cuando estás de civil, por ahí
tu entras en un bar e instantáneamente, miras cuántos hombres hay, donde están las
salidas, y otras vainas así. De no ser por el Benito, esta que me pasó, de seguro hermano
que no te la contaba. Así como una aparición que te digo, como uno de esos espíritus
que andan dando vuelta por la selva, así de la nada apareció el Benito al lado mío.
Parecía un fantasma entre los plomos que le dicen, ni siquiera lo sentí llegar, ni lo vi
hasta el momento que se tiró al lado mío. Por suerte la roca podía cubrirnos a los dos
juntos; pero no por mucho tiempo. Estábamos ahora él y yo, en la misma mierda, pero
él se había metido para protegerme a mí, ¡chucha los cojones del Benito!
Ahí nomás le hago seña que voy a disparar, tú sabes para que se tenga listo.
Cada vez que disparas te delata el fogonazo y entonces el enemigo sabe tu posición, ahí
¡chucha hermano!, tienes que quitarte enseguida, porque de donde disparaste te cae una
de plomos que madre mía. Entonces el Benito me hace una seña para que me espere una
vaina de segundos, que primero él va a espiar la situación. Ahí nomás levanta un poco
la cabeza para mirar y rápido se vuelve a agachar al mismo tiempo que siento unas balas
pegar contra la piedra. Chucha nos habían visto. El Benito queda agachado. Teníamos
que salir cueste lo que cueste de esa posición porque ahora que nos habían localizados,
nos podían liquidar con una simple granada. Entonces ahí nomás disparo y me corro
rápido. Me doy vuelta y veo que el Benito no se corrió, está como demorado y sigue
agachado. Me arrastro hacia él y lo toco con la punta del pie al mismo tiempo que le
grito “sangre” para que se corra y él, nada. Lo volteo y ahí lo veo.
Hijo de puta, concha de su madre quedó muerto. La bala le entró por la frente y
ahí nomás lo mató. Pero tú sabes hermano que cuando te entra un plomo por la frente, o
sea por abajo del casco, la bala tal vez no salga hermano. El casco es de acero, y con la

55

fuerza que la bala trae, se queda dando vuelta en la cabeza y así te licua el cerebro. Tú
no imaginas hermano el espectáculo, en mis años de servicio había visto algo así. La
bala chucha quiere salir pero no puede. Todo queda hecho mierda. Ahí nomás lo tumbo
y trato de levantarlo, ¿tú sabes qué?, pues cuando lo levanto, mi hermano, ¡chucha con
el Benito!, todos los sesos chorreándole por la cara, un asco.
Disculpá; pero se me vienen las lágrimas, siempre me pasa lo mismo cuando me
acuerdo de ese maldito día. Ahora que lo pienso, sabes, sí el Benito no se hubiera ido,
las cosas de seguro hubiesen sido de otro modo en mi vida, otro color que le dicen,
quizás me hubiesen tocado otras cartas, pero no fue así.
En esta historia de hacer saltar la paloma, tú sabes, casi todo el mundo pensó
que yo lo había armado exclusivamente por el dinero que iba a sacar. ¡No hermano! Por
supuesto que los dólares eran un buen motivo que le dicen; pero no era solamente eso,
además la plata tampoco era muchísima. Entre las putas, la cocaína, la bebida y los
regalos para la familia todo se te va muy rápido. ¡Hey! atiéndeme si te estoy hablando.
Lo principal era que había que enseñarle al Capitán, que en el ejército y más
precisamente en la selva, hay códigos a respetar. Por algo somos todos paisanos, que los
morenos somos morenos, pero no hay que tratarnos como ignorantes ni como mierdas.
(...) ¡Ay ay ay! Chucha con el Benito siempre las palabras justas, el buen consejo, ¡y
sabía darlos! Con humildad, como avergonzado que parecía de tener que decir una
opinión que le pertenecía. Siempre lo hacía con los ojos mirando al piso y decía:
- Discúlpeme hermano, tal vez haya bebido demasiado y esté pecando de atrevido, pero
a mí me parece que...Siempre le gustaba al Benito decir " pecar de atrevido"; hasta lo
decía cuando jugaban a las cartas y alguno subía la apuesta el Benito contestaba con su
frase favorita. Bien puede que si el Benito hubiese escuchado la propuesta de bajar la
paloma hubiese respondido algo como:
- Usted hermano, está pecando de atrevido con lo que piensa hacer, pero ¡qué chucha!,
yo estoy con usted hasta la muerte...
Chucha con el Benito, hasta la muerte, así nomás fue, pobre Benito.
6 am. Se detiene frente a la pieza que le sirve de oficina al Capitán. El hombre
acaba de llegar. Tal vez sea preferible esperar un rato, además el recuerdo del Benito le
hizo como un nudo en el estómago, como que de repente la garganta se le lleno de
lágrimas, eso no es bueno en el ejército, y sobre todo en estos días que se vienen. Es
preferible ir a dar una vueltecita cuestión que el Capitán se acomode, y que la flojera lo
abandone.
Le cierra los ojos al Benito y observa el crucifijo que el Benito lleva en el cuello,
lo toma y lo besa. Detrás de la roca, las balas aúllan de rabia. Siente el contacto de los
sesos licuados sobre su boca; escupe de asco. Siente la bronca llenarle los pulmones, un
fuego abrazador se apodera de su garganta
¡Qué no quede ninguno de estos hijos de puta vivo! Un grito de dolor y de odio
visceral sacude la selva entera.
De todo esto que sigue yo no me recuerdo nada, todito me lo contaron mis
hombres. Lo del crucifijo eso sí, y el gusto de los sesos en los labios, eso hermano te
aseguro que no me lo voy a olvidar nunca. Pero eso es lo último que tengo en la

56

memoria, hasta ese grito que dicen que pegué, como que se lo llevó el demonio con
todo lo que pasó después. Me levanté como hipnotizado que le dicen. De repente se me
había nublado todo.
Los soldaditos me lo contaron después cuando todo terminó. Hasta se hizo como
una especie de leyenda que en ese momento detrás de la roca yo había pactado con el
diablo.
El hombre se incorpora en medio de una lluvia de balas. Comienza a avanzar.
Entre, o tal vez, a través la balacera se abre camino disparando a diestra y siniestra. El
llanto lo ciega, cual una cortina de penas, lo mismo la muerte.
Avanza sólo, como si en esa selva estuvieran él y los de Sendero, nadie más. Pero su
tropa si está, y comienzan a seguirlo. Ya redoblan de confianza, ahora sí, la muerte ya
no importa. La pobre columna de Sendero que se quiebra, retrocede y pronto se raja a la
mierda.
La situación se da vuelta por completito. Cuando combates, estamos todos
juntos, todos tiran para el mismo lado, todo va por señas. Tú te paras y avanzas, y bien,
todo el mundo hace lo mismo. En esos momentos reina un gran espíritu colectivo que le
dicen, por eso en lo anímico puedes hacer una diferencia si es que estás parejo de
fuerzas. Los de Sendero, estaban agazapados y se sentirían en ganadores; pero
imagínate que de repente ven que tú avanzas entre los plomos como si nada. ¡Puta!, se
tienen que rajar. Así fue, ahí nomás los de Sendero cogieron un pánico, a tal punto
imagínate que se escapan dando la espalda. Y eso hermano, eso, nunca lo tienes que
hacer, tú no puedes huir, tú debes retroceder, pero si te rajas y das la espalda, en ese
momento ya no puedes disparar, y ahí eres un blanco demasiado sencillo de matar.
Nosotros estamos preparados para eso, para no fallar, entonces es como hacer tiro al
blanco y tú los vas matando así como contento, porque es la parte más linda, estás a
ganador, juegas a no desperdiciar bala y así los vas bajando de a uno hasta que no va
quedando ninguno…
Sigo pensando en el Benito, y que se me fue un hermano, y me empiezo a
acordar de su cara, y no sé en qué andaría pensando, tal vez en que después había que ir
a buscarlo para enterrarlo, que quieres que te diga hermano, de verdad es que no me
acuerdo; pero el tema es que seguimos avanzando, liquidando a los de Sendero, ya
habíamos dejado atrás un tendal de muertos que le dicen, ¡uf! eran un montón. Y de
repente desembocamos en un recodo del río Guayaga, hasta el borde del río nos
llegamos y ahí nomás escuchamos ¡ratatatatatata!, y mi experiencia que me dice que es
ruido de un sólo fal. ¿Tú sabes lo que eso significa hermano? Ahí nomás hago seña a
toda la tropa que se calle y que ya no dispare. Sucede que el eco de tus balas a veces no
te deja escuchar. Levanto un poco la cabeza para que el enemigo dispare y confirmo que
queda un sólo hombre, ahí atrás de una de las rocas. Enseguida doy la orden de que no
lo maten, que lo quiero vivo por sobre todas las cosas.
De eso si me acuerdo, creo que en ese momento fue que volví a mí. Cuando me di
cuenta que había quedado uno vivo. Ahí creo que me desperté. A veces se me da por
pensar que estuve muerto todo ese tiempo. ¡Venganza hermano! El hombre, tarde o
temprano, siempre debe pagar por lo que hace o lo que hizo, y ese guerrillero debía
hacerlo por el Benito. ¡Cómo lo habían matado hermano!, que te digo, como un perro,
¡cómo una chuchada de perro!, así me lo habían muerto al Benito. Daba como cosa
mirarlo. Murió como mueren los pobres diablos, y él era alguien de lo más bueno,
quizás el único que conocí en mi vida. Una vez estábamos en Lima, hacía frío hermano,

57

nosotros volvíamos o íbamos a alguna fiesta, y el Benito de repente nos dijo que lo
esperáramos un segundo y ahí nomás vemos que le da su chaqueta a un pobre infeliz
que estaba temblando a causa del frío. Ese era el Benito, un ángel. Nosotros ni lo
habíamos visto al hombre ese. ¿Si me entiendes hermano cuando te digo que no merecía
morir de esa manera.¡cruel venganza, el placer de los dioses que le dicen!
La selva se hace al silencio, el espectáculo promete ser desalmado, sanguinario e
imponente. La floresta suele enmudecer cuando el tigre se acerca. El sargento levanta
un poco la cabeza por encima de la roca, en ansias claras de tentar al enemigo con
alguna bala, pero nada. Ni un solo disparo. Eso quiere decir una única cosa que allá
detrás de esas piedras hay un guerrillero que acaba de quedarse sin balas. El enemigo
está sin balas, de no creer la buena estrella que tienen. La voz corre de adelante para el
fondo entre los jóvenes soldados de la tropa del sargento Trueno. “¡Hay uno sin balas!”
se escucha nuevamente entre los cuerpos echados al suelo. Uno a uno, los músculos de
los soldados comienzan a aflojarse, la tensión cede. ¡Gracias a dios hermano! Algunas
sonrisas se dibujan entre los más escasos experimentados.
El sargento con una seña precisa indica a la columna de dividirse en dos y rodear
el sujeto. El relajo casi nunca es completo, el temor a una emboscada es permanente,
además bien se sabe, los guerrilleros siempre guardan alguna chanchada en la manga.
Sin ninguna duda, lo mejor es no apresurarse, hay que ir despacito y con paciencia. Más
de uno se encontró agujereado por dar el asunto como cosa ya concluida. Ahí está, ahí
puede vislumbrarse la sombra. Confirmado, un solo hombre, pero no logra distinguirse
todavía ni la edad, ni el grado. Unos metros más y las dudas cedieron el paso a las
certezas. Ahora sí. Unos 18 años, el fal sobre los muslos, apenas un muchachito como
quien dice. Parecería como estar esperándolos el muy cojonudo. Sereno se lo ve al
conchisumadre. Vamos a ver cuánto le dura.
-Párate, deja el arma en el piso y las manos en la nuca!
-(...)
- ¡Entonces!, ¿cómo quieres morir?
- De un balazo en la cabeza responde el joven guerrillero.
¿De un balazo en la cabeza? ¡ El sargento lo observa, se sonríe y rumina para sus
adentros que de seguro este sale por primera vez, sino de seguro se hubiese guardado
una bala para matarse. ¡Un balazo en la cabeza!, ¡el muy conchisumadre! ¿Así que el
señor quiere morir así?, de un balazo en la cabeza. ¿Habrá leído en algún libro que así
es que mueren los guerrilleros cuando los prenden las fuerzas del orden? ¿Pero de
dónde chucha habrá salido un pendejo tan inocente como éste? Le echa un vistazo
nuevamente. ¿Cómo habrá sido que se enroló con los comunistas? Observa su rostro y
advierte que podría tranquilamente tener puesto el uniforme del ejército. ¡De un balazo
en la cabeza! Eso va a hacer reír a más de uno cuando se siente en alguna mesa de la
cantina. Chucha de todas maneras con los guerrilleros, ¿cómo puede ser que no
instruyan correctamente a sus hombres? Hay cosas que todo soldado debe saber: en
manos del enemigo se llega muerto o no se llega. ¿Qué chuchada le habrían inventado
para que nos espere tan tranquilo. ¿Será que no ve el hambre de venganza que nos trajo
hasta aquí?
El sargento busca la mirada del joven, escudriñando en vano quizás, una sombra
de temor en alguna recóndita parte de ese rostro comunista. El guerrillerito no baja el
copete. Pero mírenlo a este conchisumadre, si apenas le salieron los bigotes, ¡será

58

pendejo! A lo mejor, ni pelitos en los huevos tiene. Ya veremos amiguito si los tiene o
no, ya veremos.
-¡Terrorista hijo de puta! Te voy a decir algo para que te enteres. De un balazo
en la cabeza ¡muero yo! Tú ni por joda grita el sargento los ojos inyectados
definitivamente de odio. Aten a este conchisumadre zurdito de mierda al árbol, ordena
mientras saca el machete de su estuche.
¡Puta hermano!, yo sé que es difícil entender lo que pasa en una cabeza si no
vives lo que ella. Yo sé que parece como salvaje que le dicen, tal vez lo sea, ¡pero qué
chucha!, la selva tiene sus reglas también. Ahorita entonces, tocaba disfrutar a nuestra
manera. ¡Oye! había que aprovechar la dicha. Tú no te imaginas la suerte que habíamos
tenido; y puedes estar seguro que no te toca seguido. De veras hermano, no es todos los
días que vas capturar un guerrillero vivo. La mayoría de las veces, tú ves caer muchos
de tus hombres, tú sabes, jóvenes que están sirviendo al Perú, que tienen toda la vida
por delante, tú los vas conociendo, los vas cuadrando, te vas como encariñando mismo
sabiendo que eso no es bueno, y ahí de repente no va que alguno de los infelices pisó
alguna mina. Algunos tienen suerte y se mueren ahí mismito. Pero a algunos de estos
pobres diablos, los miembros les explotan, las piernas les vuelan en mil pedazos, y ahí
entonces, ¡pues te quedas hermano!, en una silla de ruedas y para siempre. Sí, tal vez
puede que te den una pensión; pero eso no te alcanza para una chucha, te condena a la
miseria, a mendigar en la calle. Ve para el lado de Lima hermano y verás de estos
pendejos heridos en el ejército de a montones. Después de alguna desgracia ocurrida, la
mayoría del tiempo te toca volver a tu caserna con bajas y heridos. Escuchás quejidos
por todas partes, los hombrecitos que lloran, que piden a gritos a la misma madre,
algunos tratas de consolarlos pero es difícil encontrar palabras para alguien que acaba
de perderlo todo. Y tú, ahí en medio de ese infierno, tú sientes un dolor, un dolor tan
grande, que se te sale hasta por las orejas. Y así alimentas tu odio hermano, el odio te
gana, te ciega, va creciendo en ti como una fuerza oscura y muy poderosa. Los lamentos
te persiguen hasta por las noches, y tú, pues tú estás al mando, tú eres, chucha, te guste
o no, el responsable. Claro hermano, los hombres están a tu cargo, por supuesto que
son cosas que pasan, tú a veces no puedes saber que los terroristas pusieron minas, o
bien no puedes prever una emboscada, pero a ti las muertes, las fatalidades que le dicen
te afectan, pero tú no debes mostrarlo, ni siquiera sentirlo porque la moral de tus
hombres se viene abajo enseguida. Recuerda hermano, “ojo al guía” que le dicen. ¿Pero
sabes qué? En el fondo del fondo tú también estás destruido, como derrumbado por
todos los frentes. Tú les dices a tus hombres que han hecho su deber, que deben estar
orgullosos por eso, que el Ejército los recompensará, que tú harás un informe en donde
mencionarás su valor en el combate, y que hasta una condecoración puede que le den.
¡Pero chucha!, tú sabes que eso no sirve de nada, que están jodidos para toda la vida,
que ninguna mujer va a querer de ellos, salvo si le pagan, y algunas ni así quieren. Te
toca comprar amor para el resto de tu vida y tan sólo tienes dieciocho años. Dieciocho
años y ahí te quedas hermano, a dar lástima por los rincones, como un espantapájaros
con los brazos tendidos, hasta convertirte en un montón de mierda resentida.
La cantidad de estos jóvenes que yo he visto compadre, ¡tsss! Algunos hasta se
ahorcan y quedan ahí colgando en el techo de la casilla. ¿Has visto alguna vez eso?
Dime hermano, ¿has visto alguna vez el balanceo de un cuerpo ahorcado sin piernas?
La imagen se te graba para siempre. Es como un cuadro del carajo. Así es hermano
hasta hoy me sigue persiguiendo esa vaina. Ya ves que algunos se matan y te digo, tal
vez sea mejor así. En esa entonces, y ahora también, me digo que si algún día me toca

59

que me amputen algún miembro yo me pego un tiro hermano. ¿Para qué vivir si no te
puedes ni limpiar el culo? Algunos soldaditos te piden que los ayudes a morir. Te voy a
contar algo, pues yo lo he hecho, por compasión hermano. Después tuve que pedir al
capitán que estaba en esa entonces, un puto bienestar y me fui a emborrachar tres días
seguido para olvidar.
Ese día hermano, pues imagínate, me lo mataron al Benito, le licuaron la cabeza,
¡horrible hermano! Fue Dios que nos lo dejó vivo a ése, todo por el Benito, ¿sino
porque sería? Tocaba disfrutar ¡y así fue! Lo pusimos desnudo, lo atamos al árbol y ahí
nomás con el machete lo empecé a cortar pedacito a pedacito. ¿Sabes qué?, tú gozas al
escuchar los gritos, tú gozas viendo el sufrimiento en la cara del enemigo. En esos
momentos pierdes el control, estás como poseído, todo tu ser le pertenece al mismo
diablo, la sangre te llama. Y ahí emprendes tu venganza, la gozas muy lentamente, poco
a poco, y en partecitas. ¡Chucha hermano! Ese día recuerdo que mis hombres estaban
como locos, aullaban cada vez que yo cortaba al guerrillerito. Que te digo los gritos que
lanzaban, parecían salidos de un manicomio.
Déjemelo al concha de su madre éste mi sargento!, gritaban todos.
Pero yo lo quería para mí, él era mío, él me había matado al Benito y ahora le
tocaba la brava. Así fueron cayendo uno a uno los dedos, las orejas, la nariz, y hasta lo
capé al hijo de puta. Después, ya medio muerto, se lo entregué a los muchachos para
que descarguen ellos también, para que saquen afuera toda la furia, todo el rencor que
habían acumulado. Tú debes proceder de esa manera, no te lo puedes guardar para ti
sólo, sino, no eres un buen jefe, tienes que pensar en lo que tus hombres necesitan. No
debes ser egoísta hermano, pues ellos la bailaron igual que tú. Así que me frené, no
pronuncié palabra, guardé mi machete en la funda y recuerdo que me fui a sentar por
ahí, dándole la espalda a la carnicería. Me desconecté del mundo, de la selva, como que
me fui de viaje, tú sabes, como hacen algunos brujos. De vez en cuando me daba vuelta
y veía como le sacaban las tripas, otros órganos, cómo se los llevaban de un lado para
el otro. Después ya ni me acuerdo de lo que le hicieron, de lo que pasó, ya no me
interesaba. Luego, eso sí, en silencio regresamos al cuartel.
¿Quién sabe porque el soldadito no se guardó una bala? al día de hoy sabes, no
lo entiendo. Siempre te tienes que guardar una bala por si caes en manos del enemigo.
¡Qué gilazo!, pensaría tal vez que iba a escapar tirándose al río, pero no tenía ni la
pistolita que tienen todos para pegarse el último tiro. El, normalmente debería de haber
sabido cómo era la cosa porque cuando ellos agarran a uno nuestro le hacen igualito.
Arroja la colilla del cigarrillo y se apresta a entrar en la oficina del capitán. Un
bienestar mi Capitán, para mí y para mis hombres, para bajar a la ciudad a divertirnos,
la operación con los narcos está garantizada, Gutiérrez señor, afirmativo, ¡muchas
gracias Capitán!

X

60

La

discusión había sido larga, interminable. Las acusaciones volaban,
expulsadas violentamente, de un lado al otro de la sala. Los dos facciones de militantes
barriales de la Escuelita sostenían de manera firme sus respectivos puntos de vista. Al
no llegar a un consenso, como correspondía en esos casos, una votación debía
efectuarse. Y ahí, una vez más, la posición de Maximiliano se había impuesto,
obteniendo la mayoría de los votos. Había que participar a esa reunión. Por más que,
como algunos compañeros argüían, podía ser peligroso, pero había que saber que era
exactamente lo que se proponían algunos de los sectores más combativos de la izquierda
argentina en plena era neoliberal en Argentina, administración C.S. Menem. La
polémica acerca de nuestra participación en ese encuentro se había extendido hasta altas
horas de la madrugada. Nos habíamos reunidos en una casilla en pleno corazón de una
villa miseria situada en la zona de Virreyes. Esta casilla de material era el nuevo Centro
Educativo que “habíamos” decidido abrir para comenzar a extender el trabajo social
iniciado dos o tres años antes en otro barrio de zona norte del Gran Buenos Aires.
Gracias a diversas donaciones se había logrado juntar una pequeña cantidad de dinero
que nos había a su vez permitido adquirir – simbólicamente-, es decir el derecho de
ocupación, del terrenito en el cual en este momento se encontraban reunidos para
debatir los pasos a seguir respecto a la participación o no en ese encuentro de las
izquierdas combativas argentinas.
Algunos meses antes de común acuerdo, nos habían enviado junto con otros
compañeros, con la misión de crear un nuevo espacio de solidaridad con los vecinos del
barrio de Virreyes, otro Centro, otra escuelita para encender una nueva llama, crear un
nuevo foco, un nuevo Vietnam. La nueva zona en donde tenían que desarrollar el
trabajo de campo era mucho más compleja que la anterior. Al encontrarse más cerca de
una zona urbana, el grado de violencia, lóxicamente, aumentaba de manera
considerable.
Volviendo a la reunión, ya eran las dos de la mañana y la decisión, después de
casi cuatro horas de disputas -que habían incluidos chicanas de todo tipo-, había sido
tomada y era inapelable: en unas escasas horas, partirían unos cuatro integrantes
pertenecientes a los dos centros –Santa Ana y Virreyes- rumbo a La Plata, con el fin de
participar a ese tan famoso y no menos polémico encuentro.
¿Dónde estaba la polémica?, ¿en qué consistía el debate?
Había algunos que sostenían que La Escuelita no tenía nada que hacer en ese
tipo de encuentro. Su lugar, el de la organización, era el barrio, ahí, junto con los
vecinos y no con grupos que veían casi exclusivamente en la violencia, un medio de
cohesión social.
La postura que ganó aquella noche fue, no contraria, sino, meramente distinta.
Otro análisis de la realidad y no menos cierto finalmente. Un análisis que pregonaba a
grandes rasgos: “compañeros, para criticar algo, hay que conocer el objeto a fondo, la
historia, desde adentro. Debemos participar de esa reunión y después sacar todos juntos
nuestras propias conclusiones."
Frente a este tipo de argumento, por cierto de lo más válido, algunos ripostaban
en vano que por una cuestión estratégica para el crecimiento del trabajo, resultaba
primordial el mantener una postura un tanto " hermética " frente a este tipo de
organizaciones; trazar así una clara frontera entre dos maneras diferentes de hacer
política. No es de extrañar entonces que esta misma línea divisoria comenzara
61

claramente a aparecer a nivel interno en el propio Centro.
¿Ver o no ver?; ¿creer o no creer? ¿Se enfrentaban realmente a una realidad
discursiva más derrotada, en donde palabras tales que proletariado, oligarquía,
burguesía debían de desterrarse de los códigos comunicacionales que fluían entre los
nuevos sectores de la izquierda y la llamada masa popular? ¿Era todo una simple
cuestión de semiótica? ¿Y qué había de los métodos, tácticas y estrategias para
reconquistar el poder? ¿20 años eran o no eran finalmente “nada”? ¿Acaso el grueso de
las personas no parecía huir como despavorida frente a cualquier discurso, símbolo o
acto que pudiera asociarse con la tan mentada cosa política? ¿Y qué había finalmente
del dolor de tener que sepultar o negar impulsos, discursos reivindicativos con los
cuales uno se sentía identificado de cuerpo y alma? La prioridad, todos coincidían, era
el reconstruir los tejidos solidarios de una sociedad, víctima de un sistema generador de
un individualismo y una pobreza, ambos galopante. Necesario, casi vital, era procurar
dar unos pasos muy pequeños hacia la gente, casi imperceptibles en cuanto a la famosa
dimensión revolucionaria, pero firmes y seguros en cuanto a la reconstrucción de una
verdadera pasarela interclasista; ¿pero cómo? La posibilidad de morir en el intento se
erguía como una alternativa espantosamente real. A menudo, las ganas de agarrar un
palo e ir a romper las vidrieras de todos los putos símbolos del capitalismo se
presentaban a diario en la cabeza de todos los que estábamos allí; ¿tocaba realmente
aguantárselas, continuar con un perfil bajo, anónimo y peligrosamente asistencialista?
La impaciencia es algo que puede entenderse de sobra. Como sea, la decisión
había sido votada y a ese polémico encuentro en la ciudad de La Plata tocaba participar,
guste o no. El muchacho sentía que por diversos motivos y pese a sostener una postura
contraria, debía de presenciar esa reunión. El mismo había de alguna manera,
encabezado la protesta de aquellos integrantes que se oponían a la presencia del Centro
en aquel encuentro. Una vez la votación realizada, correspondía acatar más que nunca la
decisión del grupo. ¿Además cuánto valía para uno, pichón nostálgico setentista,
testimoniar de un encuentro clandestino con olor a naftalina? Encuentro en el cual,
algunos de los grupos más ortodoxos de la izquierda del país procederían al análisis de
la situación actual del país y decidirían a continuación, de las distintas acciones a
emprender para re-enderezar este maltrecho sistema político menemista.
¡Ya las dos de la mañana! A las siete tendrán que estar saliendo para la Plata y
todavía se encuentran en el barrio. Los que viajan y los que no, ajustando entre todos los
últimos preparativos: el auto que van a utilizar, la línea política que el Centro intentará
defender, las medidas de seguridad, como un especie de juego, que por suerte tocaba
jugar una vez en serio.
¡Lástima el cansancio!
-

¡Qué bajón! rezonga casi susurrando, lo único que faltaba era presenciar esta
reunión izquierdoza sin haber pegado un ojo.

Decide salir a tomar un poco de aire fresco. La noche de Virreyes se le aparece
como de lo más tranquila. Sale de la escuelita e intenta rescatar alguna brisa de descanso
para un cuerpo y una cabeza, que a esta altura de la noche se encuentran al borde del
agotamiento. Camina algunos pasos, mira el cielo, disfruta plenamente la calma
reinante. Se queda algunos instantes, hasta que decide dar media vuelta y regresar él
también para dar una mano en los últimos ajustes. Antes de volver, se frena. Ahí, el

62

Centro, más bien la Escuelita, aún sin terminar. ¿Alguna vez finalizarán
definitivamente? No, seguramente que no, porque la construcción es eterna como bien
dice el poeta y además el construir propiamente dicho, levantar ellos mismos la
escuelita, es una de las mejores herramientas de inserción, (pero no debe ser la única) ,
que revaloriza la escuelita por parte de la comunidad vecinal. Ver los profes pala y
cuchara de albañil en mano, alzar todos los fines de semana, uno tras otro, ladrillo tras
ladrillo, las paredes del Centro Educativo, lugar dónde muchos de sus hijos pueden ir a
pasar un momento de diversión, aprendizaje y por supuesto llenarse la barriga,
representa quizás la mejor carta de presentación para esta novedosa y arcaica a la vez,
forma de trabajar en un barrio. Con las mismas herramientas cotidianas de los muchos
trabajadores del barrio, las manos quemadas por la cal, mezclando esos enormes e
interminables pastones, acercándose, -o intentando-, minuciosamente a la vida cotidiana
de su gente. Indiscutiblemente el accionar es valorado. Son códigos que se confirman a
diario y la prueba está que nunca falta alguna mano amiga o bien, herramientas de los
vecinos puestas a disposición del Centro (siempre y cuando se devuelvan limpias y en
buenas condiciones). El barrio parece dormir un sueño de lo más dulce, al menos en las
apariencias. La calle de tierra se pierde entre las numerosas casitas de chapa y madera
que florecen, desparramadas aquí y allá. A lo lejos, dos truenos estallan en noche
estrellada, un disparo como de 38 y de doble acción se hace al oído. No se inmuta, ya
no, demasiado absorto por la hermosura de este pequeño mundo, su mundo, para
siempre, ellos dos, inseparables. Una sensación de grandeza lo invade, bien cierto es
que no pertenecerá nunca por completo ni al barrio ni a esta clase social; pero verdad es
también, que son las dos de la mañana y que se encuentra parado y feliz como en su
casa, en uno de los barrios más peligrosos de la zona norte del gran Buenos Aires. Unas
incontenibles ganas de gritar lo sacuden, un grito de guerra nocturno, una antorcha, una
voz que despierte los muertos en vida, que levante los desamparados, que encienda las
esperanzas, que resucite definitivamente este espíritu colectivo agonizando.
Un perro sarnoso arrastrando una vida casi apagada atraviesa de un paso tranquilo,
la vía muerta del barrio. Se detiene un instante emitiendo un fantasmal ladrido para
perderse luego en los suburbios del suburbio.
La convicción, la famosa voluntad, capaz de mover montañas, de ofrendar la vida
por una causa perdida; sus años, su cuerpo, su mente, un todo dispuesto a sacrificarse
por el prójimo.
En el fondo del fondo, sabe que como individuo no vale mucho más que lo que los
otros, que finalmente la única diferencia tal vez sea que su egoísmo le exige darle una
mano a los demás. Cuestión de suerte, también de un poco de trabajo sobre uno mismo,
y sin dudas una gran cuota de azar que juega también su parte en esta novela; como el
encuentro con Isa en aquella salida del CBC. Pero hoy lejos de estas reflexiones, se
encuentra frente a este imperio de los desvalidos, reconociendo su comunidad, su logia,
su tierra y las entrañas de un infierno que lo saben suyo. Late en él, el convencimiento
absoluto, de que cueste lo que cueste y caiga quien caiga en el intento, tiene que
romperse el alma para que los pibes de esta clase de barrio, tengan una vida más cercana
a la que merecen, con oportunidades similares a la de otros chicos, ésos, los
privilegiados, como él, como vos, como yo.
La situación roza los labios de la perfección: belleza - ternura - lucha, el triángulo de
la vida, de su nueva pero ya vieja vida. Vuelve a mirar nuevamente la pequeña Escuelita
que se irgue ahora, magnifica, a sus espaldas. La descubre imponente, como un gigante
dormido, como esos personajes de ensueños, dignos de la paleta de Goya; seres

63

enormes, fantásticos y poderosos, sentados tristes al borde de un mar, más colosal
todavía.
Tantas cosas por hacer en este barrio: reforzar las clases de apoyo, comenzar los talleres
para adultos, procurarse financiamientos para mejorar las precarias instalaciones, hablar
también con el cura para ver si se puede organizar alguna actividad en conjunto como
por ejemplo tratar de conseguir que documenten gratis a la gente de Virreyes. Y por
supuesto, el gran objetivo personal, comenzar a pensar seriamente la posibilidad de
venirse a vivir acá.
“Perdóname Dios por embarrarme los pies, porque elijo hacerlo y no como ellos,
por falta de opción”: el salmo del sacerdote villero recuerda lo que nunca debe
olvidarse.
Siente unos brazos rodearle el vientre y luego unos besos que mientras lo
acunan, lo devuelven dulcemente a la realidad:
- ¿En qué pensabas?, le pregunta Celina, hace un rato largo que estás ahí,
mirando la nada, hablando sólo y sonriendo como un tonti.
- ¿De qué sonrío? No sé mamita, puede que sea la bendita suerte que tenemos de
poder estar acá, a esta hora y en este instante. Es lo que siempre decimos, pertenecemos
a algo, queremos creer en algo, en estos tiempos de mierda es algo increíblemente
bueno, tenemos una suerte de locos.
- Sí, es verdad. Sabés que poco a poco ya me voy acostumbrando al barrio y me
encariño con los chicos.....aunque extraño mucho a los de Santa Ana...Oíme ¿en serio,
vas a ir a ese encuentro en la Plata?
¡El encuentro! Lo había olvidado completamente y pensar que por ese maldito
encuentro era precisamente que se encontraban a estas altas horas de la noche en el
barrio.
- Celina, responde mientras la toma en sus brazos, sabés perfectamente que
tengo que ir, fue la decisión de la mayoría y hay que respetar, además alguno de
nosotros tiene que estar allí, después no sea que nos cuenten o nos digan cualquier cosa.
- " Nosotros " esa palabra trae problemas, porque quiere decir que también hay
un " ellos" y eso en un grupo de militantes como en cualquiera es para quilombos. Pero
sabés lo que más me jode, que finalmente siempre se termina haciendo lo que ellos
quieren.
- Lo que pasa es que son los que tienen más peso en el grupo, son los más
antiguos, los que empezaron el laburo y además, eso es indiscutible, el Centro es lo que
es, gracias a ellos, aunque no me guste utilizar esa frase de mierda, son los más
comprometidos. Nada más lógico entonces que la gente nueva se deje seducir más por
sus opiniones que por las nuestras.
- Si ya lo sé, pero no deja de hincharme los kinotos, hay que tener cuidado con
quién nos juntamos, si seguimos así, los sábados, en vez de dar clases de apoyo, nos
vamos a encontrar yendo a marchas en dónde somos veinte gatos locos que se dejan
sacar fotos por todo el mundo. ¿Porqué no nos concentramos en el barrio? Hay tantas
cosas para hacer. ¿Entonces hoy no dormimos juntos?
Celina vive en las dos orillas que van de su novio hacia sus descamisados, y su
vida consistía en deambular sonrisa en mano por esa pasarela que los unía, eso sí

64

amando siempre, donde quiera que vaya. Amor y compromiso, como palabras de una
misma frase, factores que no alteran el producto, como dos seres indisociables, distintas
maneras de querer, única forma de amar que tiene ella.
- ¿Dormir juntos?, hoy no va a poder ser. Ahora mismo nos estamos yendo para
la casa de Maximiliano. Hay que preparar una parva de cosas, lo que vamos a decir,
tratar de unificar el discurso y a charlar algunas medidas de seguridad. Si puedo te llamo
y te cuento como va la historia. Lo que espero, es poder dormir algo, sino voy a estar
hecho un zombi.
La autopista hacia La Plata desfila somnolienta por la ventanilla del vehículo. El
sol entreabre un ojo, espía un rato para volver a cerrarlo de inmediato; como pidiéndole
otros cinco minutos más a la luna. Un viejo Mehari se abre camino en la madrugada.
Pese a no haber dormido un solo minuto en las últimas 24 horas, ninguno de los
acompañantes ha logrado conciliar el sueño. La excitación, como una potente luz
dirigida al centro de las pupilas, los desvela manteniéndolos en estado de vigila total.
-¿A qué hora nos esperan? pregunta una voz.
- A las siete y cuarto responde Mauro, que es él que conduce.
- Si pero antes tenemos que pasar a buscar los fierros y las granadas agrega
Maximiliano
Todo el mundo ríe, y yo también. La gastada es para mí. Ya me la veía venir,
tarde o temprano me iban a agarrar para la chacota. Maximiliano que va del lado del
acompañante se da vuelta y me hace un guiño:
- No se me enoje compañero, y luego de una pequeña pausa, ¡pero mira que sos
testarudo che! , en las reuniones no aflojás nunca. No es bueno tener esas diferencias
delante del resto de los integrantes del grupo, mejor que las resolvamos primero entre
nosotros, sino parecemos un mamarracho.
Me cago de la risa. Tengo ganas de ripostar, mostrar que también me sé defender
de las chicanas; pero el cansancio y sobre todo, el saberme derrotado de antemano me
invitan a callarme y a declararme vencido una vez más.
Vuelvo a mi encierro, miro las caras que me acompañan, uno a uno, Mauro,
Maximiliano, y Luciano el hermano menor de Maxi. Sonrientes, geniales, tenaces y por
supuesto archi comprometidos.
Los quiere, los respeta. Compañeros que se quedan hasta las tres de la mañana o
más, construyendo una aula para que los pibes tengan más espacio en las clases de
apoyo, compañeros que se arriesgan a robar unos postes telefónicos tirados al borde de
la ruta para utilizarlos en la construcción de la escuelita. Gente que se queda todo un fin
de semana reparando la casa de una familia que un viento de mierda echó abajo, gente
que “pierde” una noche envolviendo unos regalitos para que los pibes del barrio tengan
un día del niño como todos los demás, y millones de etcéteras más.
Me gustaría tanto sentir en carne propia esta nostálgica pero apasionante película
setentista que ellos viven tan en carne propia Ver un incendio donde para mí se está
quemando un fósforo, vivir cada marcha a la que vamos como un acontecimiento sin

65

igual, por más que seamos los mismos de siempre, ver en cada protesta social que estalla
en el interior del país, un anuncio del cambio que asoma en un horizonte no muy lejano,
una dulce y tonificante fantasía. Sentir que uno está aportando un granito de arena para
el triunfo final, el de los menos, el que tarde o temprano tiene que llegar, sentir que
nuestra contribución, es la militancia política, en los barrios, en las marchas, ese plato
que se condimenta con reuniones, pintadas y porque no decirlo, con un soñado
entrenamiento militar para defender una causa o atacar otra. Me encantaría ya les dije;
pero no puedo; y encima a veces muero de celos. En momentos como éste, viajando a la
Plata, así todos juntos, cagándonos de la risa, cantando viejas canciones revolucionarias,
me dejo como seducir y me entrego. Me siento listo para dar todo por el grupo y por
cada uno de ellos. Es verdad que a veces nos percibo en concepciones de la realidad tan
distintas, como si nos encontráramos en la misma calle, que marca un mismo rumbo,
una misma y única mano; pero cada uno en su vereda y a los gritos en pos de convencer
al otro para que cruce. Pero ahora en estas pequeñas y fabulosas cosas de la vida
militante, me siento tan unido, tan parte de algo, un engranaje que sabe para qué está, y
que coincide en los intereses de la máquina que lo hace trabajar. Pertenecer con
convicción, sin auto engaños, sin dudas, sin falta de opciones o de imaginación,
pertenecer así, la santa trinidad: hermano, amigo y compañero.
Les debo todo, gracias a ellos descubrí el mundo de la militancia barrial, gracias
a ellos, por primera vez en mi vida, tuve sed de conocimientos. Gracias a ellos también
aprendí a valorar la dignidad de la marginalidad, su belleza y lo que es más importante,
le di un sentido a esta vida que deambulaba entre un cúmulo de buenas intenciones y las
bañaderas en las cuales soñaba con morir después de una sobredosis. Creo que es por
eso, que a veces, cuando nos agarramos de los pelos, nos chicaneamos y nos llenamos
de agravios los unos a los otros, me siento como en falta, como un desagradecido de
mierda.
- Ahí está el auto que nos tiene que conducir al encuentro
- Sí, esa es la chapa dispara Mauro.
- Me estoy cagando de sueño, agrego por decir algo.
- Compañeros, pongámonos las pilas y recuerden bien que persona que no
conocen, persona a la cual nadie le dice su nombre, sino los apodos convenidos
rememora Maximiliano antes de bajar del Meharí para saludar a nuestro desconocido;
pero ilustre guía.
Desciende él tambien a su turno y termina saludando, al igual que el resto de sus
compañeros, un muchacho de unos treinta años que pregunta sonriente:
- ¿Tuvieron buen viaje?, ¿de dónde son?
-De Zona Norte responde Maxi un tanto seco.
Suben los cuatro nuevamente al carro y comienzan a seguir el viejo Peugeot 504
color celeste por unas calles de tierra que aparecen de la nada. El recorrido no dura más
que unos quince minutos hasta que finalmente llegan a una especie de casa-quinta,
escueta pero bastante amplia. Por lo que parece, y según nuestro guía, son los últimos
en llegar, lo cual quiere decir muy diplomáticamente, que los están esperando. Sale a su
encuentro un hombre de unos cincuenti tantos, sonrisa al hombro, barba blanca
pronunciada y unos ojos verdes profundamente claros.
Este es P, uno de los pocos cuadros importantes del peronismo revolucionario,

66

ex montonero, que sobrevivió a la dictadura refugiándose en el interior. Es un cuadro de
la puta madre, te das cuenta un personaje de la historia argentina. Este tipo así como lo
ves, combatió, puso caños y debe haber bajado a unos cuantos. Pero estos personajes de
la historia no figuran en los manuales, porque esta misma historia tampoco está, le
soplan por ahí.
Saluda al hasta entonces desconocido y recibe un cordial:
-¿Cómo anda compañero?
- Muy bien se contenta con responder a la vez que tiende una mano respetuosa.
Alrededor de unas quince personas se encuentran conversando dispersas en el
espacio verde de la quinta. Carne cruda y algunas verduras anuncian la futura y muy
esperada presencia de un asado. De toda la gente aquí presente, conoce algunos y a
cuenta gotas, otros, en cambio, la vaga sensación de habérselos cruzado en alguna
marcha.
-Mira quiénes están le comenta por lo bajo Luciano.
Relojea disimuladamente en la dirección señalada. ¡Mira vos! El mundo termina
siendo un pañuelo decía un hombre muy resfriado. Aquellos dos son de Q, organización
que se hizo famosa por su violentas protestas que incluían pañuelos con los se cubrían el
rostro, al mejor estilo los zapatistas, para mantener el anonimato y protegerse así de los
" servicios " que aún en esta tan mentada "democracia menemista", siguen trabajando
como en las mejores épocas de la dictadura. Pero lo notorio de esta agrupación es que
unos días atrás y para sorpresa de todo “el mundo”, tres de sus militantes, salieron en la
tapa de un conocido semanario, y posaron para la foto a cara descubierta, (y ese fue
precisamente uno de los motivos por los cuales obviamente los pudo reconocer). Pose
con cara de chicos malos mirando a la cámara de una manera amenazante. Si mal no
recuerda, el sugestivo título era "Esto recién empieza", en alusión a una agitada protesta
que habían llevado a cabo en La Plata y que los había catapultado al centro de la
opinión pública. Aquella aparición en esa tan mencionada tapa de revista había dado
lugar a mil y una conjeturas, que finalmente, bien podían resumirse en dos
posibilidades. Uno, los tipos estaban completamente locos, y se cagaban en todo, al
punto de exponerse públicamente de esa manera, y la otra, la más peligrosa, los tipos
eran "servicios" y no necesitaban esconderse de nada ni de nadie. Pero en el caso de que
la segunda hipótesis fuese la correcta, su presencia resultaba un tanto intranquilizadora.
Entre los comensales, también se podían distinguir una o dos mujeres, lo que
seguía reflejando el eterno problema de la militancia y el machismo. La misma historia
de siempre, el mal llamado "sexo débil" relegado a un segundo plano. Pero atención
compañeros, porque para las actividades “más pequeñas”, aseo del Centro, clases de
apoyo, dar la merienda, la presencia femenina era cuantitativamente superior. Si bien es
verdad que las mujeres representan una mayoría en las llamadas actividades sociales, y
por lo tanto, nada más lógico que prevalezcan en las diversas actividades, esta
superioridad numérica, no se veía reflejada en la mayor parte de las organizaciones en
lo que respecta los puestos jerárquicos. Los cuatro varones que asistíamos a esta reunión
constituíamos en ese sentido, un claro y categórico ejemplo del machismo militante.
Un poco más alejado de la escena se podía apreciar unos cincuentones, que
como venía la mano, habían de ser también, cuadros sobrevivientes de los años 70.

67

Una mezcla de excitación y miedo lo invade, por un lado, la adrenalina que
produce este tipo de reuniones, uno nunca sabe a ciencias ciertas quién es quién en esta
historia; por otro lado, la posibilidad de estar haciendo política e individualmente una
flor de cagada. El hombre de barba se les acerca, siempre sonriente, y explica el orden
del día.
- Primero compañeros, cada uno se va a presentar y va a comunicar al resto, a
qué agrupación pertenece y cuáles son las actividades que dicha organización realiza.
Luego se efectuará un debate, más bien una discusión alrededor de tres puntos claves.
Uno el balance de la situación actual en el mundo, dos a nivel nacional, tres, las
medidas a tomar para tratar de remediar esta situación. ¿Qué les parece?
A todo el mundo le parece. En lo que a mí respecta, estoy demasiado absorto
para pensar lo que sea. Por el momento trato de poder simplemente entender en dónde
me encuentro, si corresponde o no que me halle en medio de este anacronismo de la
historia, a punto de presenciar lo que parecería ser una quijotesca tertulia o tal vez y
porque no, el inicio de un cambio. Para colmo de males, el sueño impide cualquier otro
tipo de razonamiento o pensamiento. Alguien anuncia el comienzo de la dichosa
reunión.
Los cuatro muchachos de la Escuelita Centro se ubican en un bloque próximo a
la puerta. Llega el momento de las presentaciones, gente de Mar del Plata, de Tucumán,
de Salta, de la provincia de Buenos Aires y de la Capital Federal.
Comienza la discusión alrededor del primer punto, la situación en el mundo. El
hombre que dice venir de Tucumán y que según los comentarios, resultaría ser un ex
miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), pide la palabra.
-Acá compañeros me parece que tenemos que agilizar la reunión, los dos
primeros puntos se resumen de manera muy simple, muchos pobres y pocos ricos, en el
mundo y en Argentina también, punto final. Por eso propongo que pasemos al tercer
punto directamente, ya que es el más importante, y es justamente en dónde urge la
necesidad de ponerse de acuerdo: ¿cuál es la estrategia a seguir?, ¿cuáles son los medios
que vamos a utilizar para este fin?, ¿debemos emprender un trabajo de conjunto o más
bien individual?, ¿qué posibilidades reales existen de crear un ente que coordine los
diferentes trabajos que se están realizando en los distintos puntos del país?
Tengo ganas de aplaudirlo, casi podríamos decir que estoy emocionado hasta la
médula. Por fin algo sensato, por fin algo pragmático, entonces la utopía de una
reunión sin trabas es posible, en dónde se vaya al grano hermano como corresponde ir,
sin vueltas. No lo puedo creer. Ya comienzo a felicitarme de haber venido. ¿Cuál será la
postura de la Escuelita frente a un asunto tan concreto como esta? Según lo charlado
ayer, o más bien, hoy por la madrugada, la línea a defender es el trabajo en los barrios,
priorizar sobre todo ese accionar, el trabajo con la gente y desde abajo. Pero ahora que
veo un poco el panorama, lo que me da miedo es la palabra priorizar, porque eso no
descarta otro tipo de accionar como complemento del trabajo. Más de una vez tuvimos
conversaciones sobre las diferentes maneras de financiar la Escuelita por ejemplo, y la
idea de salir a “poner caños” (asalto a mano armada) había sido mencionada, mitad en
broma pero mitad en serio. Veremos que deviene de todo eso.
Todo el mundo se mira y asiente conforme con la lacónica pero más que certera

68

definición. «Muchos pobres, pocos ricos», punto final, ¿para qué agregar algo?, ¿para
qué entrar en ismos y otros laberintos de definiciones cuando sobran las palabras y
escasean los gestos? En el momento en que la mesa de discusiones se dispone a pasar al
tercer punto, una voz emerge de la nada, agregando de manera casi imperceptible:
-Antes de pasar al punto siguiente me gustaría, si a nadie le molesta, agregar
algo a lo que dijo el compañero.
Y ahí de forma imprevista, como advirtiendo que no hay bien que dure cien
años, la pesadilla se inicia, la fantasía termina, uno de los eternos problemas de la
izquierda latinoamericana y porque no decirlo del mundo, vuelve a ponerse una vez más
en evidencia. Ese simple «agregar algo» dura finalmente no menos de cuarenta
minutos. Cuarenta minutos ininterrumpidos, durante los cuales el susodicho, para
exponer a modo de síntesis su discurso, afirma la no menos sorprendente frase:
-Acá compañeros estamos hablando de una dialéctica intergaláctica
¿Dialéctica intergaláctica? La gente cagándose de hambre en esta era menemista
y nosotros hablando de dialécticas interplanetarias. Y de repente comienza el horror.
Todos los presentes sienten una irrefrenable necesidad de contestar, refutar o agregar
algo al puto cosmos marxista.¿A qué estamos jugando? Sí, muy bien, creo comprender,
el que dice una palabra con menos de seis sílabas pierde y por supuesto muy importante
dar a conocer todos los autores que uno ha leído. Efecto domino. Cada nueva
intervención dura promedio treinta minutos. El mismo compañero de Tucumán, el
bastión de la síntesis, cae también en lo que podríamos llamar la última tentación de
Cristo, la masturbación intelectual. Conclusión, la paja discursiva y colectiva lo salpica
todo. ¡Puaj!
Los párpados, pesados como una heladera se le cierran a pesar del esfuerzo. Para
distraerse, entonces mejor observar en que anda cada uno de sus compañeros. ¡Aja!:
turnándose para ir al baño a mojarse la cara y así combatir más eficazmente estas
impostergables ganas de dormir.
No aguanta más, casi se cae de la silla por quedarse dormido, tiene que hacer algo, esto
es un martirio. Irse a dormir un rato a uno de los baños, ¿porqué no? ¡Qué idea, venir a
una reunión sin haber dormido el tiempo necesario! Un error imperdonable de logística.
Se levanta, nadie parece advertir de su cobarte retirada. Entra al baño y gracias a Dios,
el inodoro tiene tapa. La baja y se desmorona extenuado por el cansancio. ¿Qué carajo
están haciendo acá hablando de galaxias? Piensa a la vez que maldice su desafortunada
elección dominguera. Cierra los ojos, alguien golpea la puerta del baño. Se despierta.
Con la última neurona de astucia que le queda, realiza que lo más conveniente sería tirar
la cadena y salir con cara de descompuesto, en caso de que la persona esté esperando
desde hace algún tiempo. Abre la puerta, es Mauro:
-¡ Hace media hora que te fuiste!
- ¿Ya pasó media hora?, pregunta desorientado, ¡qué bajón!, estoy que no puedo
más.
- Esto no es serio y nosotros tampoco, reclama un Mauro visiblemente hecho
mierda como cada uno del grupo de la Escuelita.

69

En un esfuerzo sobrehumano vuelvo a la reunión. Para mi gran alivio el milagro
finalmente ocurre, un alma caritativa anuncia por fin el almuerzo. Traga prácticamente
sin masticar el chori ofrecido por uno de los compañeros del ERP.
Se auto convocan de emergencia todos los miembros de La Escuelita.
-Loco, lanza Maximiliano mientras se le escapa la ensalada por la comisura de
los labios, estamos haciendo cualquiera, ¡esto es un papelón! Nos levantamos cada
cinco minutos para ir al baño a torrar, ¡cualquiera! Yo estoy que me caigo del sueño.
Deben pensar que anoche, los cuatro hicimos un flor de partuza, pero lo peor es que ni
eso, discutiendo como unos boludos hasta no sé qué hora de la mañana para que ahora
nos vengan a hablar de “La Guerra de las Galaxias”.
Explotamos todos de la risa.
-Compañeros mantengamos la postura lanza un Mauro que se esfuerza en vano
por mantener la seriedad.
Pronto, demasiado a mi gusto, toca regresar a la “sala de torturas”, para tratar el
último punto del encuentro. Por suerte esta pausa-almuerzo, me ha dado energías
renovadas como para afrontar lo que sigue. Y precisamente lo que sigue, resulta no
tener desperdicio. Apenas reinstalados, recibimos la frutilla del postre. Una de las
mujeres pide la palabra, joven y pelirroja, debe tener unos veinti tantos años. Quizás
algo sensato después de largas horas de conversación, y qué menos indicado que la boca
de una mujer para volver dulcemente a la realidad.
Pero no, a decir verdad, la mano viene un tanto distinta. La joven que se había
mantenido hasta entonces callada a lo largo de toda la reunión, con un acento digno de
las peores películas yankis en las cuales estereotipan a los rusos, es decir, con una
exagerada pronunciación de las erres, proclama:
-Soy de Marr del Plata, he escuchado atentamente a los diverrsos camarradas en
cada uno de sus acerrtados análisis; y ya pasando dirrectamente al tema de las
estrrrategias a desarollarrrrr, mi orrrrganización piensa que se debe formarrr un
ejérrrrcito del pueblo que rreuna al proletariado y a la vanguardia.
¿Qué es esto? ¿Qué alguien no sea guacho y me diga dónde está la cámara
oculta?
Cuando en algún momento pueda contar la función que le tocó presenciar, más
de uno se va caer al piso. Por suerte el suplicio llega a su fin. Se despiden de cada uno
de los integrantes del encuentro y suben en silencio al vehículo. Durante el trayecto,
pocas palabras son pronunciadas, las diversas reflexiones internas y por sobre todas las
cosas, el cansancio lo riegan todo. No obstante, el muchacho lanza al vacío, para que lo
tome quien quiera, que ¿qué conclusión sacan del encuentro?
La respuesta de los otros tres es unánime. Hay mucho compañeros que están de
la cabeza, la piba de Mar del Plata, un poco exagerada y…Esperen un toque,
interrumpe. “La piba de Mar del Plata un poco, solamente, un “poco” exagerada”¿Pero
qué está pasando?, estuvieron escuchando distintos discursos, no estaban en la misma
sala. ¿Qué es lo que está sucediendo compañeros? Maximiliano lo encara y responde:

70

-Ya tendremos tiempo de sacar las conclusiones, es verdad que algunos están en
cualquiera, pero también es verdad que otros tienen un discurso bastante razonable, pero
ahora estamos todos muy cansados para seguir discutiendo.
Tiene razón, están todos muy cansados, en eso no se equivoca. A posteriori, eso
ya no importa, en realidad, de aquí en más, pocas cosas pueden importar.
Cada integrante vuelve entonces a sus meditaciones o ronquidos internos. En
cuánto a él, para rescatar de toda esta historia, que las alianzas deben establecerse, -si es
que no se quiere caer en el aislamiento-, con aquellas agrupaciones cuya única virtud
debería de ser, después de haber presenciado este lamentable espectáculo, tener los pies
sobre la tierra y la lengua pegada al culo.
De todas maneras haber ido al encuentro, a pesar de todas las idas y vueltas, no
es para arrepentirse, en absoluto. Esta puta, agotadora e interminable reunión ha servido
para mucho y hoy a la noche. El viejo Meharí va depositando uno a uno, cada
integrante, en sus respectivas casas.
Al encontrarse con Celina, procede a contarle, detalle más, detalle menos, la
fulgurante reunión, es decir, la dialéctica intergaláctica, la pelirroja marplatense prosoviética y la comodidad de los baños para hacer la siesta. Estalla en una sonora
carcajada que lo dobla en dos al recordar la situación. Pero Celina no ríe. Está pensativa
y a decir verdad, él sabe perfectamente que sobran los motivos.
-¿Y a los chicos que les pareció la reunión pregunta ella?
¡La pregunta del millón! Como siempre, en el blanco.
-¿A los chicos?, se acaricia la cabeza, se reacomoda el pelo, trata de ganar
tiempo mientras busca las palabras adecuadas
- Que algunas organizaciones eran dignas de una película trágico-cómica pero
que de otras había cosas importantes para rescatar y que se podía pensar en alguna
acción conjunta. Y que finalmente, en referencia al discurso de la pelirroja, los otros
coincidieron en señalar que había sido un poco, sí, digo bien, un poco exagerado.
Baja la cabeza, sabe exactamente las implicancias de lo que acaba de decir; pero
está demasiado cansado y no quiere asumir lo que debería estar de asumiendo. Presiente
claramente, que en el momento en que levante la mirada y contemple los ojos de su
novia, algo nuevo pero irrefrenable habrá de suceder. Esto también pertenece a la
concepción de la dialéctica, pero a la de los grupos humanos, a las agrupaciones que se
van depurando para proseguir su evolución.
Se quedan un rato largo, así sin decir nada, hasta que la muchacha rompe el
silencio para balbucear entre dientes y sollozos, la frase que irremediablemente había de
pronunciarse.
-

Me parece que nos vamos a tener que ir de La Escuelita.

XI
71

¡Loco!, decime al toque dónde está el tranza? grita completamente fuera de sí la
rubia de pelo corto. Decile al guacho ese que soy la Lili y que quiero comprarle un
papel, dale loco, decile, ¿no ves que no puedo estar toda la noche parada acá?, ¿qué me
viste cara de descanso.
Los putos tranzas, los dealers, la misma novelita de siempre, rastrearlos a
cualquier hora para pedirles un poco de mierda en polvo. Te cagan la vida, o bien en
todo caso, te dan una buena mano para cargártela.
- Los tranzas, son de la peor mierda que existe en el mundo. ¿No es así
bombón?, se indigna a menudo la Lili. Cuando la Lili arranca de merca, no hay quien la
pare.
-Un perro que te ladra, es un perro tranza. Si alguien te hace alguna jugarreta
sucia, es una movida de tranza ortiva, un novio que te caga es un novio tranza, y vos
flor de cornuda, explota la Lili como loca.
Son las cuatro de la mañana, relojeo para todos lados y tengo los nervios a la
miseria. ¡La puta que lo parió! En cualquier momento van a caer los ratis y vamos a
estar hasta las bolas.
Tengo un miedo del carajo, necesito tomar un saque, sino creo que me voy a
cagar encima. El tipo al que Lili interrogó de manera tan delicada, está duro como una
piedra. Nos señala, muerto en vida, en forma inerte, una dirección que se pierde en los
oscuros laberintos de la villa Perito Moreno, pleno corazón de Flores. Lili se me acerca,
me da un beso en la boca increíblemente dulce en medio de todo este quilombo y con
una ternura rescatada de otro cuadro, de otro capítulo, cortando un clima rabioso, me
susurra:
-Bombón tené la moto prendida , vuelvo enseguida.
Se aleja de un paso rápido y seguro, se da vuelta me guiña un ojo, el mismo que
me hace cuando se sube a algún vehículo para hacer sus negocios con su cuerpo. Ahora
se pierde hasta confundirse en las entrañas de un aglomerado de espanto: la villa Perito
Moreno. Me quedo solo, con tiempo de sobra para preguntarme ¿porqué carajo soy tan
boludo, pero al punto de ser tan boludo estúpido de jugarme así la vida por un papel de
merca?
- Tati, ¿vamos a pegar más merca a la villa? En quince minutos fuimos y
vinimos me había dicho la Lili hace de esto ya una media hora.
- No tengo un mango loca, contesté avergonzado hace también media hora, pero
con unas ganas que me moría de aspirar un poco más. Creo que junto unos pesos.
- No importa bombón, yo tengo algo, con eso algo hacemos. Al tranza ese
vigilante, lo conozco bien. ¿Vamos bombón?
- Vamos
- No sé si va estar tan buena como ésta dice, pero nos van a servir bien.
Me besa nuevamente y subimos a la moto. El viento de Flores afloja un rato los
insoportables calores veraniegos.
¿Cuánto hace ya que la Lili se metió adentro de la villa para comprar? La concha
72

de su madre, estoy re loco, no entiendo nada, perdí la noción del tiempo y empiezo a
perseguirme. ¿No se lo estará cogiendo al tranza? Me río. No sé de qué, pero me río.
Por suerte, no me escucho, ni me veo, ni me juzgo. Este lugar es realmente gigante,
imponente, ocupa no sé cuántas manzanas, ¡hasta barrios tiene adentro la Perito
Moreno. Miro el paisaje, no hay un sólo auto estacionado en las calles, y yo parado acá,
siento que en cualquier momento me voy hacer afanar lo poco que tengo. Las vías
completamente desiertas. Una sosegada calma reina en los alrededores. ¿Llega a
aparecer la yuta y qué hago? La paranoia me está comiendo la cabeza. Analizo mi
situación: Lili que no tiene donde caerse muerta, me está pagando la merca, que ya de
por sí es una mierda y que encima me voy a tomar sin remordimiento alguno. Son las
cuatro de la mañana, hace tres días que no laburo, no tengo un peso, me agarra la yuta y
soy boleta, no tengo un puto papel en regla de la moto, ni siquiera mi registro, para
colmo de males, Lili, tiene antecedentes. ¿A qué mierda estamos jugando?
Al fin aparece Lili, caminando apresurada, casi corriendo.
- Dale bombón arrancá.
Arranco la moto. Ni ganas de preguntar si se encuentra bien, si se cogió a
alguien, ni nada. Lo único que me interesa, es saber si consiguió o no la merca.
Ya un par de minutos, un par de semáforos más y voy a tranquilizarme. Lili me
abraza fuerte y siento su mejilla contra mi espalda. La siento pensativa; pero me resulta
imposible cualquier tentativa de imaginar lo que sea relacionado con lo que puede estar
pensando la Lili. De vez en cuando, interrumpiendo sus cavilaciones, en regulares
intervalos, deposita generosamente sus besos en mis hombros.
- ¿Querés que vayamos al parque, eh Tati.?
- No mejor vamos a la casa de los pibes, todavía tengo las llaves grito a causa
del viento.
Seguimos andando, cada uno en su mundo. De repente Lili me estrecha fuerte,
muy fuerte, como si despertará de un mal sueño. ¿A qué mierda qué se estará aferrando?
A vos boludo, como a una tabla, eso encarno, una tabla en este océano de mierda. Como
leyendo mi cabeza y para confirmar mis pensamientos, Lili me aprieta aún más fuerte,
para luego masajearme suavemente los hombros.
Dos tablas, dos náufragos heridos, sintiendo las fuerzas a punto de acabarse, a
punto de soltar el único pedazo de madera que los mantiene a flote. Ella tiene sus hijos,
¡vaya consuelo! Sé que no debería comparar, porque sé perfectamente que no estamos
en igualdad de condiciones. Mi barco terminó de hundirse no hace mucho tiempo, y
depende de un tapón de mierda. ¿Y el suyo? En medio de estas tempestuosas aguas, nos
vinimos a encontrar.
-¿Cuánto tiempo voy a seguir con esta farsa? No creo que sea una farsa.
-¿Estoy perdiendo el tiempo? No, de eso estoy completamente seguro.
-¿Qué pretendo de esta relación? No lo sé.
Tal vez podríamos tomarnos el palo, rajarnos juntos. Así los dos, salir a buscar
nuestra vida, lejos de las villas, de los tranzas, y de todo. Hay que rajarse, tenemos que
irnos, los dos juntitos con la moto, como ahora pero para siempre. Algo no cuadra, estoy
olvidando algo, ¿pero qué? Bruscamente recuerdo, su hijo. Mejor dicho sus hijos. ¿Qué
hay de ellos? Uno vive con ella, los otros dos nunca me dijo dónde estaban, ni con

73

quién. Su pibe, la concha de la lora, lo había olvidado por completo. Ya tiene quince y
anda en el choreo ¿Qué pensará de su querida mamita? Amor y odio, supongo. Hay que
verla a la Lili cuando habla de él, cómo se le enciende la mirada de orgullo; tan hermoso
ver lo que siente, ese amor por sus hijos que florece en medio del desierto en el que
viven. En vano trata de mimarlo, en vano que no le falte nada, como según dice “que no
le falte lo que a mí”, ¿entendés Tati? El pibe no acepta prácticamente nada, sobre todo
mi plata, porque para él plata sucia. Nada de nada. Por orgullo, por asco, le rechaza casi
todo. Saber que la remera que llevás puesta te la compró mami con la plata que le dio un
chavón a cambio de una buena mamadita, debe ser algo difícil de aceptar. Qué alguien
me diga que dice Freud o Piaget de todo eso.
El pibe ya se conoce todos los hoteles del barrio, albergues de paso obligado
para aves que buscan anidarse y descansar un poco de sus salvajes vuelos nocturnos.
Hoteles en dónde cohabitan con dueños vigilantes, tranzas de lo más conchudos, qué
laburito, qué vida hermano, y pensar que nunca falta un boludo para dar una opinión o
juzgar. A veces la Lili cae presa, y entonces ahí, al pendejo le toca sobrevivir como se
pueda, con lo que haya.
¿Sabés Tati?, el otro día el guachito mío me contó que se encontró una tele.
Como siempre -y como debe ser-, te brillaban los ojitos Lili. Yo trataba de cagarlo a
pedos, sabés Tati; pero me cuesta loco, ¿me entendés? Y te sonreías Lili. Yo le digo al
pendejo que no entre en esa onda, para que no termine como yo, ¿viste? pero el guachito
es un pícaro bárbaro. Me camina siempre, la tiene bastante clara, es demasiado rápido
para la edad que tiene, ¿o no Tati? Tenés razón Lili, ¿qué querés que te diga, total, a esta
altura del partido? Cuando lo cago a pedos, sabés lo que hace, me mira con esa carita de
diablo lindo que tiene, y se ríe un toque y ahí a mí me cuesta caretearla. ¿Sabés la que
me sacó la otra vuelta?, me dijo - má, vamos a comer afuera, yo te invito-, es un dulce
ese pendejo por dentro, es re generoso el guachito, es como yo, atorrante pero en el
fondo re tierno. Lástima que le gusta callejear. No lo puedo controlar. ¿Qué puedo
hacer? Qué sé yo Lili, tenés razón, hacé lo que puedas. Mirate Lili, que linda te ves así,
sonriendo, babeando como todas las madres cuando hablan de sus hijos, ¿a quién querés
engañar con esa máscara? Pero que te voy a decir yo? No, enseñale, mostrale que eso
está mal, que tiene todo un futuro por delante, lleno de opciones, ¡dejame de joder! Qué
así no va a ser feliz, que la vida está llena de oportunidades, y que los tipos detrás de las
oficinas la pasan bomba, ¿qué te voy a decir?, ¿qué robar está mal?, qué una vida así no
es sano, que se cuide que va a terminar agujereado por la yuta. ¿De dónde querés sacar
algo de luz, de razón, si lo nuestro, la “cosa humana” es algo de lo más vicioso,
pervertido y cruel.
Llegamos a la casa de los pibes, que hasta hace menos de un mes, era también la
mía, falta de dinero me tuve que tomar el palo, que irme, pero por suerte me quedé con
las llaves.
- ¡Vení Lili!, le digo en voz baja, vamos para la terraza.
- Como quieras Tati, contesta tímidamente.
Dejamos su mundo para entrar en el mío. Al toque Lili deja también sobre el
felpudo, sus tatuajes callejeros, sus certezas y esa huracanezca rebeldía incontrolable.
Ahora la llevo mansita de mi mano, frágil e insegura como la última hoja de un árbol en
otoño, mi Lili, como la mismísima humanidad, capaz de engendrar fetos de vida tan
absurdos.
Subimos los escalones de la terraza, uno a uno, sin apuros, los bolsillos repletos

74

de tiempos y de merca, las horas llenas de noches.
- ¿Tati?, me pregunta mientras comienza a desdoblar el papelito de aluminio mágico.
- ¿Qué madre?, contesto yo, sin poder dejar de fijar como un idiota cada movimiento
que hace mientras prepara nuestras líneas de felicidad efímeras.
–Sabés que me encanta estar con vos. No sé loco, pero vos sos distinto a todos
los chavones que conocí antes.
– A mí también me gusta estar con vos Lili, de verdad, me encanta y vos también sos
distinta a todas las chavonas que conocí anteriormente, le respondo mientras sonrío de
buena gana.
- No me gastés Tati!, sos un descanso loco, yo te hablo en serio y vos me contestás
cualquier gilada.
Mientras hablamos, ella continua monótonamente con nuestro autodestructivo
ritual. Te juro mami que me cago en los todos los chavones que te cojes todas las
noches, me resbala, tal vez no debería: ¿pero qué querés? Nos vamos a pirar los dos, los
tres, no lo sé, pero de seguro ya los dos pagamos más de lo que debíamos, cada uno su
cuenta, y cada uno en su propia especie.
- Listo!, exclama Lili dando un grito de satisfacción. ¡Dale vos, primero
bombón! (Todo un acto de amor cuando de cocaína se trata)
- Por favor princesa, después de usted.
- Siempre tan buenito vos, no como yo que soy re belicosa, loco porque esa es la
posta, soy una belicosa terrible, ¿o no Tati?
¿Bueno yo? No creo princesa, hijo de puta con culpa puede que sí. A la luz de la
luna, te ves realmente hermosa sabés.?
Me acuerdo la primera vez que nos dimos un beso. ¿Te acordás princesita de los
suburbios? Estábamos jugando al chinchón, ya nos teníamos ganas, estaba ese amigo
mío, con la otra loca, esa amiga tuya, y ustedes dos armaron toda la movida. Así son las
mujeres, eso tienen de agraciado, de tan hermoso, como un colorcito rosa que emanan,
colorcito que los hombres lamentablemente a veces no sabemos, o no podemos apreciar,
porque creemos muy estúpidamente que valorar esas cosas, nos hace menos macho.
Pero ya nos teníamos ganas, ¿o no Lili?, y tocó jugar los dos juntos ¿te acordás?, y
perdimos como los peores, nos dieron una paliza de aquella, como si lo hubiésemos
hecho a propósito. Y había prenda, y en la prenda había que besarse, ¿no me vas a decir
que no estaba armado? Así como los adolescentes que no somos, nos besamos por
prenda, de no creer; pero que nos importaba el porqué, si nos queríamos besar y tan
boludos que éramos necesitábamos una excusa. Nos seguimos besando mientras
bailábamos unas cumbias tan desafinadas como nosotros. Estábamos en el living de esta
misma casa. ¡Cómo me gustó ese beso! A mí siempre me pareció que uno de los
momentos claves cuando toca descubrir a alguien, es el beso, a partir de eso, como que
te podés imaginar todo lo que sigue. Es como imposible de ubicar en que parte de la
boca es que sentís esa compatibilidad o incompatibilidad, pero hay algo, un sabor, un
gusto que te cabe o no te cabe, y en eso no hay vuelta que darle. Y vos Lili, no podés
adivinar todo lo que sentí en ese primer beso. Me gustó tu boca, tu lengua, no sé, el
contacto de nuestras pieles, todo estaba en su lugar y así fue, una serie interminables de
besos y por esas cosas de la vida, no terminamos en la cama, tal vez porque era
demasiado obvio o porque en la primer cita siempre me gustó hasta ahí, hasta el beso,
no más, y te quedás a la expectativa, en el umbral de algo, muy cerquita, como cuando

75

acompañás una chica hasta la casa, la próxima hasta el portón, y así de a poquito hasta
su cama. Por ahí con otras hembras es distinto, querés coger y listo y si podría le
cortaría la cabeza y la pondría arriba de la chimenea como trofeo; pero con vos no
princesa, me gustó la idea de acompañarte hasta la puerta, y charlar un rato delante el
portón mientras los viejos que nunca tuviste, nos vigilan por la ventana.
Ese día no nos acostamos, quizás lo terminemos haciendo hoy por primera vez,
no lo sé, ni me importa. Lili, te quiero así, con el infierno que traés a cuestas, con el
mío, distinto al tuyo, pero que te puedo asegurar que me estás carbonizando todo el
cuerpo, y allá vamos, como siempre, vos y yo, los dos juntos de la manito, unidos en
matrimonio por el dolor.
- ¿En qué estás pensando Tati?, vos loco te la pasás pensando, me dice la Lili.
- Si loca, tenés razón, me la paso pensando, demasiado, contesto casi en un
murmullo.
Todavía no entiendo mucho como fue que ustedes, las chicas de la esquina, se
acercaron a esta casa. Nosotros desde la ventana observábamos su mundo, hipnotizados,
seducidos y respetuosos, creo que fue eso, se sintieron respetadas, además éramos pibes
de lo más tranquilos, un poco de marihuana todos los días, un poc de merca de vez en
cuando, nada malo, unos angelitos de clase media, lejos de los tranzas, los polis, los
pervertidos y demás cretinos de mierda. Si supieran cuan más verdaderas son ustedes y
no nosotros, con este puto mundo hipócrita, que ciertamente odiamos pero con el cuál
colaboramos a diario. Y no sé, princesa, así, un día, se encontraron algunas de ustedes
súper instaladas en nuestro salón, tomándonos unos mates o alguna que otra cerveza. Y
siempre ubicadas, siempre esperando que las invitemos y nosotros cagándonos en lo que
piensen los vecinos, los ratis, nada. Al principio yo no te conocía. Menos de un año
hacía que me había mudado y los demás chicos llevaban más de cuatro años instalados
acá. Pero cuando llegué, vos todavía estabas en cana, saliste un buen día y las chicas te
hicieron una fiestita de bienvenida. Me paró una de ellas para decirme cuando la saludé:
- ¡Qué haces Tati! ¡Hoy fiesta total loco!, hoy a la tardecita la sueltan a la Lili.
- Y quien es Lili pregunté yo.
- ¡Loco! La Lili, ¿no la conocés?, contestó abriendo grande los ojitos. No sabés
loco, no se come una punta, antes de hacer la calle, metía caños en los
súpermercados, pero ahora, esta última vez había caído porque le había puesto
una navaja en el cuello al dueño de un hotel que la había basureado.
- ¡Como hablaba esa piba de vos!, después me enteraría que era tu novia.
-Toma Tati, te toca a vos me dice Lili mientras me saca de esta nube de
encuentros y desencuentros con el pasado y me ofrece lo que parece ser mi
“ahora tiro yo.”
Puta, ya me había tranquilizado, ya había pasado lo peor de la manija de la
merca; esa terrible ansiedad biológica que te produce la cocaína, que te lleva a “hacer
cualquier” con tal de aspirar un poco más: robar a tu vieja, vender a tus hijos, no sé, por
ahí, irte a las cuatro de la mañana a una villa a comprar un papel en moto, con una Lili
desenfrenada y gastarte tus últimos morlacos. ¿Y todo porque? Por un saque más de
mierda. Me pregunto para qué tomarme otro saque si ya estoy bien sedado, bien tranqui,
listo para dormirme. Ahora, si le doy de nuevo a esta mierda, me voy a quedar tomando

76

hasta las seis de la mañana y me voy a tener que ir a descargar mercadería a lo del Flaco
Gálvez sin haber descansado ni un puto segundo. ¿Pero para qué seguir con este circo
de responsabilidades que no existen?, no puedo decir que “no”, lo sé perfectamente, no
puedo, la posibilidad de sentirse Dios no se rechaza, ser feliz profundamente por
espacio de algunos minutos es demasiado tentador para cualquiera, o al menos para mí.
Miro la raya de merca y prefiero ni pensar en toda la mierda que debe tener adentro,
vaya uno a saber las porquerías que le metieron. Lili me alcanza la tarjeta de teléfono
para que peine los granitos de veneno que se han dispersado subversivamente, con la
utópica intención de huir de la tiranía de mi nariz. Tomo el canuto, introduzco una de
las extremidades en mi narina, soplo para el costado, tomo una buena reserva de aire y
aspiro todo de un saque.
¡AAAAAAAAhhhhhhhhhh! momento sublime en la historia de un drogón. Por fin un
poco de edén para este Adán expulsado. Levanto el hocico y snifeo al aire una y otra
vez, para que no quede nada en mis pabellones nasales, el placer es tan intenso que
siento mis ojos ponerse en blanco. Unas fuerzas nuevas me penetran, mi cuerpo se
encuentra sacudido por el placer, vuelvo a snifear y para delicia mía un poco más de
blanca que había quedado atascada en no sé qué parte del órgano respiratorio, se
introduce definitivamente en mi sangre. La miro a Lili y sus ojos relampaguean también
de placer. ¿O no que nos sentimos poderosos?, los reyes del petróleo, ¿o no que ahora
nos cagamos en todo? Sabemos que en un rato estaremos más que jodido; pero a quién
le importa el “en un rato”, si lo único que tenemos es este presente llorando bajo las
sábanas.
- ¿Está rica o no Tati?
- Está bárbara, de puta madre ¡y todavía queda un montón!
Me paro de golpe e invito a bailar a mi cenicienta, a mi putita más querida en la
tierra. El príncipe encantado del barrio de Flores, millonarios de sueños incumplidos,
amo y señor de extensos latifundios de frustraciones te invita a bailar princesa. Y
mientras bailamos, nos besamos, nos tocamos, nos buscamos, nos exploramos.
- Te cabe mi piel? me susurra Lili al oído.
- ¿Si me cabe tu piel?, no te das una idea de lo que me cabe.
Porqué será que uno no puede de alguna manera “coagular” estos instantes, estos
sentires, ¿porqué esta poronga de falopa dura lo que nada? ¿Porqué carajo ya tengo
ganas de tomar un poco más? ¿Porqué tenés hijos princesa? ¿Porqué sos lo que sos,
porqué soy lo que soy, porqué mi vida se está yendo a pique, porqué no hago nada,
porqué ya no creo en nada, ¿quién me robó todos mis sueños?, ¿porqué me siento tan
vacío?
¡Quiero más merca!
Así, entonces, re loco de felicidad artificial, bailo con mi doncella, porque soy
Dios, porque todo lo puedo, hasta me puedo dar cuenta de la mierda que creé en siete
días. Imponente, poderoso, me asomo al borde de la terraza y grito de todas mis fuerzas
para que Flores escuche la voz de su amo que llama, que manda, el Dios que se caga en
todos los vecinos que duermen y que mañana se tienen que levantar para ir a laburar.
Acá con Lili, reclamando el mundo que nos prometieron y que nunca nos dieron. Lili
grita desaforadamente conmigo, y nuestro grito es uno sólo, nos miramos cómplices de

77

nuestro imperio en ruinas y sonreímos.
- Vamos a tomar más Tati?
- ¡Vamos a morir tomando merca, vencidos por la maldición blanca!, grito a los
cuatro vientos.
Pero atención señores, escuchen a Lili y quién les habla, moriremos tomando
merca y haciendo el amor en la terraza y después cuando los dos hayamos gozado como
dos criaturas que descubren el amor, nos tiraremos de la terraza y moriremos abrazados.
Y así por la mañana señores vecinos podrán descubrir dos cadáveres felices. ¿Qué más
lindo que comenzar la mañana con este homenaje, con esta especie de oda suburbana.
Le echo una mirada a mi compañera de andanzas y me doy cuenta que está
completamente colorada, avergonzada de lo que digo. No lo puedo creer, ella que se le
planta a los tranzas en las villas a las cuatro de la mañana, ahora siente vergüenza; la
que se acuesta con cinco chavones por día, se sonroja porque simplemente le digo que
nos vamos a morir juntos y haciendo el amor. Te das cuenta flaca, lo único que
necesitas es un poco de ternura, nada más, un poco de amor francés, sos un heladito que
busca un rayito de sol para derretirse de amor.
- ¡Dale Tati! pará un poco de chamullar, ¡tenés una rosca de aquellas!, vamos a
tomar un poco más
- Prepará tranquila.
La miro hacer, parece una nena jugando con arena blanca, una esposa de lo más
aplicada preparando minuciosamente un bizcochuelo. De vez en cuando me mira y
sonríe. Es tan distinta la sonrisa, de la risa. Son como dos mujeres hermosas pero
distintas a la vez, cada una su encanto, me gusta acostarme con la risa pero creo que me
casaría con la otra. Y en estos momentos me digo pregunto ¿porqué no Tati?, ¿porqué
no con ella? Tal vez tendrías que rendir cuentas con su novia, ¿cómo te ves agarrándote
a trompadas con una mujer?, no estás seguro de ganar y tenés mucha razón.
¡Qué locura tengo! Tengo sed, necesito alcohol, la maldición blanca en su apogeo,
después de un saque, o tenés que fumar o chupar, cuestión de hacerte cajeta en forma
completa, y para colmo de males, te sentís capaz de cualquier cosa.
- ¡Voy a buscar una birra!
Antes de bajar, la princesa me convence de que primero tome un saque y
después baje; y yo qué me voy a hacer rogar, si no tengo tiempo. Meta la nariz y meta
pasar la aspiradora. ¿Qué quieren? Dejennos roer el poco hilo que nos sostiene.
Bajo corriendo las escaleras. Me llevo una silla por delante. No hay dolor, o sí,
pero no hay tiempo para sentirlo. Entro a la cocina, abro la heladera y agarro una
cerveza ajena. Subo a toda velocidad para retornar en los brazos de mi amada.
- ¡Mierda!, le digo a Lili, me acabo de olvidar el abridor
- Deja Tati, que la abro con los dientes.
-No princesa, usted cuide esa bella dentadura que tiene, que yo, con energías de
sobra, bajo de una corrida en busca de un destapador.
Dicho y hecho. Me limpio mis mocos caros con la manga. Moqueo como un
animal. No me importa. Corro por la casa a oscuras, buscando como Lázaro deseperado,
un maldito abridor. Doy con él. Subo nuevamente las escaleras que conducen a Lili. Le

78

convido un poco de cerveza antes de tomar.
-Tati, vos sos re caballero.
“Te voy a decir para que lo entiendas, yo soy flor de forro, eso es lo que soy”,
me gustaría contestarle pero me callo. Tomo nuevamente la botella a la vez que ayudo a
Lili a levantarse del piso en donde está ahora sentada. Mientras tomo, empiezo a
acariciarla, apoyo la cerveza por ahí, a la deriva en el mar de la terraza. Finalmente tanta
sed no teníamos. Nos comenzamos a besar y advierto el drama que se viene. Mi
matrícula de macho reclama su papel protagónico, pero inútil. Conozco la historia, no se
me va a parar, eso está totalmente fuera de cuestión, demasiada cocaína. ¡Qué cagada!,
no aprendo más. Empiezo a besarle el cuello, a la par que le acaricio un hombro, trato
de ser tierno, lo soy, quiero ser dulce, lo soy. Adivino que a ella tal vez, le importe tres
carajos si se me para o no, y que finalmente si ella quiere lo va a conseguir, a poco soy
el primero que se va a coger estando totalmente dado vuelta. No lo creo, ¡jajaja!, eso sí
que no lo creo.
Escucho mi risa interior, y me avergüenzo. Le toco los senos, curioso, primera
vez que lo hago y me encanta, le subo el corpiño y comienzo a lamerle muy suavemente
los pezones. La luna sigue de voyeur guardándose bien de cualquier comentario
inoportuno. Se me sigue sin parar y mi puto instinto viril se sobrepreocupa de manera,
Lili me empieza a acariciar la entrepierna y me mira de una manera extraña, como
dudando de no sé qué, ¿de qué se me pare?, no lo sé, pero me encantaría que me la
chupe, pero no se lo voy a pedir ni siquiera a insinuar. No es mi estilo. Mi estilo es......
me encuentro de repente pensando en la cantidad de pijas que habrá chupado Lili,
imposible saberlo, mil, dos mil, y me descubro a la vez con la hermosa sensación de que
lo bueno, lo grandioso es que me importa tres carajos. Ya le estoy bajando los
pantalones y acariciando sin ver, pero adivinando, su rubia entrepierna. Siento mi pene
reaccionar un poco, unas exiguas gotas de sangre corren por sus venas; entonces tal vez
haya esperanza, pero por ahora no deja de ser un esbozo, todavía, con esto no hacemos
nada compañero, o muy poco que es lo mismo, pero de seguro que con una buena
lamida esto se levanta.
- Tati!!, me parece que tomáste mucho, lo dejamos para más tarde o para otro
día, voy al baño, me termina diciendo y desaparece, muy bruscamente por la escalera.
Se la notaba un poco triste, pero hay algo que no va y no consigo darme cuenta
qué. Me tomo la cara entre las manos, trato de detener el trompo, pero todo va
demasiado rápido, imposible interrumpir el ciclón de pensamientos que ametralla mi
cerebro. Quizás me esté embrollando yo sólo. Trato de clarificar un poco esta historia,
pero la cantidad de mierda que tengo en la nariz lo obtura todo y las cloacas de mi
mente rebalsan de un sin fin de imágenes, imágenes que alambran en carne viva mi
espíritu, o lo poco que queda de él.
Ridículamente me descubro a la luz de las estrellas, en medio de una terraza y a
la vista de los balcones, agradecidos del patético y pobre espectáculo que doy con los
pantalones bajos, al igual que el pene, éste mirando el piso como si hubiera perdido
algo; y yo fijando el horizonte con la mirada blanca, perdida en alguna historia a no
dormir, historias nuestras, de drogados trasnochados. Continúo intentando en vano,
poner mi cabeza a cero para poder pensar en qué carajo pasó con Lili. Perdí la noción
del tiempo. ¿Cuánto hace que se fue al baño. ¿Cuánto tiempo llevo sólo acá? ¿Se habrá
sentido mal porque no se me paró?, puede que sí, pero lo raro es que ni siquiera intentó

79

nada, en algún momento sentí que estuvo a punto de chupármela, pero no quiso, quizás
de pudor, ¡si ella pudor!, ¿porqué no?. Muñequita dulce, tierna y llena de amor, que
cuando le tocas el ombligo se sonroja. Pocas chicas vi sonrojarse como ella. Comienzo
a rememorar otros cuerpos, otros besos y un deseo sexual comienza a anunciarse en la
lejanía de lo inmediato. Siento la carne recuperar el flujo sanguíneo, y un aire de
victoria suena en una terraza, de madrugada, en algún rincón de Flores. Me relamo
pensando en la violenta 69 que nos vamos a echar, en la posibilidad de eternizar esa
cogida gracias a los únicos buenos efectos de la merca. Otra marca en la pared, triste y
estúpida pared de macho no tan macho, otra anécdota para que los pibes me escuchen,
solo meterla, bombear y acabar, para sentir que nuestra performance se ha incrementado
a la par de nuestra imbecilidad. Otra chica ha caído en las redes del Tati, y está más
bien, es una puta, y no se paga, suena bien para el currículo de un hombre, ¿de un
hombre o de un asco de ser humano? ¿Cómo acabar alguna vez esta guerra de lo que me
gustaría ser con lo que tristemente soy? El instinto animal humano prevalece, se adueña
del control de la situación, me voy a coger a Lili, ¡porque ya!, no tengo nada que
explicar o es que me voy a remolcar de culpa por cada cosa que hago; ¡a la mierda! Una
última vez, la cara triste de Lili reaparece como para detener lo imposible, como un
último intento de exorcizar el demonio que me lleva de los pelos de la pija. Su fracaso
es rotundo, sus ojitos tristes quedan solitarios y abandonados a la luz de las estrellas,
mudos de impotencia; el amor que se marchita, mientras yo me precipito por las
escaleras en busca de la Lili, la bestia humana desciende los peldaños, un hilo de baba
va dejando, Virgilio acompaña el descenso, el infierno ya no es el otro, nunca lo fue...el
infierno siempre he sido yo.
Me dirijo al baño, nada, el living igual, vacío de respiración. Me desespero, la
pija me guía, salgo a la calle. Las chicas en la esquina como siempre me señalan que el
mundo sigue siendo el mismo; pero sin rastros de la Lili.
- ¿Qué hacés Tati.?
Me doy vuelta, es el Conde. Trato de sonreír, por supuesto lo logro.
Él es uno de los tan mentados “tranzas” del barrio. No sabe de almohadas, ni de
párpados que se entrecierran, no recuerda haber soñado desde hace ya varios años. El
conde, un tranza apadrinado por un político, en consecuencia goza de una atención
especial por las fuerzas del orden. Eso significa que siempre que el barrio, y
particularmente su casa va a sufrir un allanamiento, recibe una llamada para que se
ponga a salvo. Por esas rarezas de la vida, me quiere, creo que fue desde el día en que
me ofreció, - una noche en la que él se encontraba en un estado particularmente
alterado-, cinco bolsas de merca, así porque sí, un regalo. Y, en ese momento me habrá
pintado el cristianismo, o bien sentí como algo raro, como que algo no iba, cuestión que
le digo, que mejor se guarde las cinco bolsas, que esto mal que bien era su laburo, que
no las podía tomar porque me parecía demasiado, además, estaba seguro de que no sabía
lo que estaba haciendo. Puede también que ese día en particular no andaba con ganas de
tomar, ni de tener historias al día siguiente. Lo que sea, cuestión que El Conde se
apareció nuevamente unas doce horas después. Yo me levantaba y él obviamente seguía
despierto, al mejor estilo suyo. Al toque me vio, me encaró, y que lo que había hecho
anoche, es decir el no aceptar lo que él me ofrecía, era algo re grosso, y que no lo
olvidaría nunca y que a partir de ahora, éramos hermanos para siempre. ¡Qué mundo
este de la merca!, lo poco que uno tiene que ser y lo poco que uno tiene que hacer, para
ser considerado como un hermano. El Conde encerrado en los laberintos faloperos; y yo
golpeando las puertas para poder entrar. Tal vez eso sea lo que me termine salvando,

80

quiero decir que para entrar, uno quizás no deba pedir permiso, sino más bien entrar así
como así, como quién no quiere la cosa, a los tumbos. El conde, atrapado sin salida, una
mañana mientras estaba desayunando, asomó su cabeza por la ventana, y con toda
naturalidad, me preguntó si podía pasar para peinarse una raya. ¡Dale!, le mandé
mientras le daba un sorbito al café con leche. Me miró un segundo y mientras preparaba
el tiro se puso a llorisquear como un nene:
- No sabés Tati como la odio a esta hija de puta, me tiene de los huevos Tati,
¿entendés? De los huevos, no sé qué hacer, loco no puedo más y seguía aspirando
mientras llorisqueaba como un nene.
En fin, toda esta historia bien linda; pero yo la ando buscando a la Lili
- Qué hacés loco, contesto a la par que me doy vuelta para responder el saludo
de mi hermano “el tranza.”
Pero hoy, no le quiero dar la posibilidad de que me filtre el cerebro con sus
necesidades de comunicar, hoy no hermano, siempre te escucho, pero hoy no puedo.
- ¿No la viste a la Lili?, me apresuro para no dejar huecos tentadores a esta
máquina parlanchina y de paso, dar a entender que ando de lo más ocupado.
- No, loco no la vi.
El Conde parece querer decirme algo pero se calla.
- Che Tati, ¿te puedo preguntar algo?
Lo noto incomodo, no sé qué le pasa.
- Todo bien loco, ¿qué onda, qué pasa? Esta noche no quiero melodramas.
- ¿Vos te la curtís a la Lili, no? Te lo pregunto de onda, todo bien Tati, cada
cual hace lo que quiere, además, justamente yo no soy quién para decirle nada a nadie, y
te juro que no me gusta meterme en lo que no es mío, cada uno atiende su quiosco, ¿o
no loco, qué es así? Pero vos sabés que con vos está todo bien, loco, vos sos mi amigo,
no hace mucho que nos conocemos pero vos sabés que entre nosotros está todo re bien,
así que por ahí es una gilada esto que te digo, total yo sé que vos no sos ningún boludo,
hasta por ahí te vas a enojar conmigo, pero ya sabés Tati, yo estoy re loco ahora, y ya
me puse en la cabeza que te lo tenía que decir. Yo no te tomo como un chavón que no
conoce ni una, pero si no te lo digo, después me va a quedar la duda acá, en la
garganta... Vos sabés que las pibas que hacen la calle, todas tienen el bicho y que la Lili
es re sabido que…
- Si ya lo sé boludo… ¿qué me querés decir, que me cuide con la Lili porque
también tiene sida? ¿Eso me querés decir hermano?
- Si…pero no te enojes Tati.
- Boludo, está todo bien, ya lo sé, está todo bien.

81

Le pellizco cariñosamente la mejilla, “está todo bien, ya lo sabía” miento antes
de arrancar la moto y perderme en la noche a la par que acabo de entender porque la Lili
había desaparecido.

XII
“Y al fin bajo hacia la guerra,
perdón quise decir a la Tierra”

Lo más importante es no tirar la cadena. Porque si usted tira la cadena señor,
usted verá que ahí obviamente, nosotros ya no podemos hacer nada.
Ahora bien, nuestro revolucionario método le brinda a usted dos posibilidades. O
bien usted viene y hace sus necesidades aquí en nuestro consultorio, que cuenta con un
inodoro especialmente diseñado para eso; o bien saca una foto de su materia fecal y nos
la hace llegar. En realidad, la posibilidad de la fotografía es para la gente que reside
lejos y tiene ciertas dificultades para trasladarse hasta aquí. Ha comprobado usted, si me
permite el pequeño paréntesis, como el tema de la tecnología también se hace presente
en este oficio. Sin ir más lejos, figúrese que días pasados, un cliente me envió una
muestra por Internet y la tuve que escanear para poder trabajar encima. ¿Increíble no le
parece? Pero volvamos a lo nuestro.
¿Cómo dice? ¿Si me puede traer la materia fecal en un frasquito? ¡No!; pero es
una muy buena pregunta la que usted me hace. Le voy a explicar el porqué. Es muy
importante el apreciar la simbología en todo su esplendor, en todas sus nuances y para
eso es necesaria la presencia de ciertos elementos que nosotros poseemos en nuestras
instalaciones. Por eso solamente cuando la gente se ve realmente impedida de acercarse
hasta nuestra sede, es que les sugerimos como alternativa la posibilidad de la foto;
porque si bien se pierde bastante en la apreciación real de sus dimensiones, sin embargo
“algo”, si me permite las comillas, se puede extraer. En el caso de recurrir a la
alternativa de la foto, solemos recomendar que la defecación se realice imperiosamente
en el hogar de la persona implicada. En ese sentido el hecho de que usted esté cómodo y
relajado en el baño de su casa, es de vital importancia ya que le transmite al cuerpo las
ondas positivas necesarias para desarrollar y expulsar “la verdad” si me permite
nuevamente las comillas. Señor, adivino una sonrisa, y lo entiendo al respecto; pero
sepa usted que el cuerpo expulsa verdades que callamos o que no queremos ver, el
organismo nos expide señales de auxilio, mensajes, consejos que nos llegan de varias
maneras diferentes. Efectivamente y estoy de acuerdo con usted que este arte, es quizás
el último lugar en donde el ser humano se le haya ocurrido buscarse a sí mismo, quiero
decir, en su materia fecal. Pero el hombre necesita indagarse ahí, porque de ahí
venimos, eso somos, así debemos aceptarnos como mierdas, y desde allí tenemos que
levantarnos y reconstruirnos.
¿Qué es lo que ocurre si llegado el caso usted tiene diarrea? Esa, le voy a decir
es realmente, y de verdad, otra buena pregunta, y además estaremos de acuerdo que el
responder a sus inquietudes es el punto principal de la consulta. Bueno, decíamos,
llegado el caso que usted tuviera diarrea, ahí para que le voy a mentir, se nos complica
bastante, porque vea usted, se nos vuelve mucho más dificultosa la lectura. Pero lo
imperativo es que usted la noche anterior de la sesión, tome el contenido de este
frasquito, que aquí tengo de muestra, que además de las cualidades específicas que
benefician la lectura, permite a la vez, que se le seque el vientre. Luego a la mañana,
82

como le dije, o bien hace sus necesidades en su casa y saca una foto, o bien se molesta
hasta nuestro consultorio. Por supuesto que el costo es el mismo, pero mire le voy a ser
franco, porque la franqueza es lo que caracteriza esta firma. Óptimo, lo que se dice
óptimo, es que el cliente se desplace in situ, o sea hasta acá. ¿Porqué? Ya le dije: en
vivo y en directo se puede evaluar mejor las densidades, el color y por supuesto el olor.
De esta manera se puede ser mucho más preciso en las predicciones, en este arte, si me
permite la expresión, que es leer la "mierda humana". Hay otro detalle que ya le había
mencionado antes, que es necesario “poner a flote” nuevamente en este diálogo tan
animado que estamos manteniendo usted y yo. "EL INODORO". ¡Ah! no se lo había
mencionado, ¡qué extraño!, porque precisamente este es el "factor desequilibrante" de la
sesión. Por eso a continuación, si me lo permite, voy a proceder a enseñarle el FACTOR
DESEQUILIBRANTE que justifica plenamente el esfuerzo de su desplazamiento.
Esfuerzo que le vuelvo a repetir, y se lo digo de verdad y de corazón...es por su bien.
Por favor señor, si se molesta en acompañarme. Por aquí por favor. Pase usted,
un momento que cierro la puerta, sí tiene razón, mejor enciendo la luz primero y ahora
sí cierro la puerta.
Mi estimado señor, es para mí un honor, una enorme satisfacción presentarle
a...Ahí lo puede ver, una maravilla de la tecnología, especialmente diseñada por esta
casa y el orgullo de la misma. Permítame una pequeña demostración de esta increíble
máquina, la más armoniosa sinergia entre la ciencia y paradójicamente lo que ella
misma no puede concebir: lo paracientífico. Usted se sienta aquí, de esta manera, (por
favor siéntese) y de paso tenga a bien admirar la confortabilidad del asiento. ¿Qué le
parece? ¿Una cosa de locos no? ¡Como para leerse de punta a punta la guía telefónica!
Ya le decía yo, especialmente diseñado para este uso. ¿Cómo funciona? Bueno usted
obviamente hace sus necesidades, que finalmente, eso es casi el alma mather de la
sesión, el acto de procreación casi me atrevería a decirle. Aquí en las paredes puede
admirar estas viejas simbologías indígenas que son muy importantes para todo lo que
concierna la posterior lectura de su materia fecal. Esta simbología aunque usted
probablemente en el instante no se dé cuenta, es parte de las condiciones objetivas
necesarias, ya que facilita la liberación de las verdades que se encuentran ocultas en su
organismo. A la vez, usted acompaña la sesión, que valga la aclaración, tiene como
duración aproximada una media hora, con una serie de grabaciones aborígenes, que
encarnan a su vez, una serie de invocaciones necesarias para favorecer la armonía
perfecta del proceso. ¡Ah! un detalle, que como todo detalle, sumado a otro y a otro,
hacen un mundo. Pero bueno de detalles hablábamos, el tema es que cuando terminen
los treinta minutos sonará una señal, acompañada de un juego de luces violetas y
amarillas, que indicará el final de la sesión. A partir de ahí le serán facturados los
excedentes, porque entiéndame este aparato es muy requerido y se debe proceder a su
higienización, pero lo que le quería decir, es que por más que usted sienta que ya ha
finalizado, no se levante hasta que la media hora se haya consumido, es parte primordial
del PROCESO. Del momento en que usted está presente en el inodoro, el excremento
sigue trabajando con la energía que usted emana. Pero continuemos, como le estaba
diciendo, una vez que el tiempo ha acabado, usted se retira, - cuenta para eso con
aproximadamente cinco minutos a partir del momento en que la señal sonora es
activada. Cinco minutos aunque no lo parezcan -pero lo podrá comprobar-, son más que
suficiente. Luego se higieniza y en cuanto el papel, es muy importante tirarlo en este
cesto que ve aquí y no en el inodoro. Bueno, y ahí mi estimado señor, entro yo en
acción. Comienza la magia, pero la magia de la tecnología. El agua se desagota por
estos agujeritos que puede observar aquí, e inmediatamente una tapa de cristal se cierra
a treinta centímetros del suelo del inodoro, de esta manera, ¿lo ve?, y luego uno aprieta

83

este botón marrón, de esta manera, y la base del inodoro, se separa de lo que podríamos
llamar el asiento, y la plataforma conteniendo su materia fecal se desplaza hacia
nosotros. Luego con esta palanca que usted puede observar aquí a mi izquierda, uno
puede subir o bajarla el cristal conteniendo sus excrementos, a voluntad. Y lo que es
más novedoso aún, es que dicha plataforma, como puede usted mismo corroborarlo, es
de cristal de ambos lados, lo cual nos permite estudiar la materia fecal tanto de arriba
como de abajo. Porque ha de saber usted, mi estimado señor que la Mafe, -que es como
nosotros denominamos este objeto de estudio-, habla por todos sus ángulos. Por decirlo
de alguna manera, lo que expresa de arriba, no es similar a lo que expresa de abajo, es
como bien podríamos decir, una información complementaria que por supuesto en nada
se contradice con la otra.
Por supuesto usted no debe incomodarse por posibles olores; tenga en cuenta
que yo llevo años y años en esta historia, y que como le dije antes, el olor es parte del
asunto. Igualmente, una vez que la Mafe está herméticamente cerrada, como en un
sándwich cristalino, digamos, procedemos a aromatizar la pieza.
¿De dónde salió tan novedoso y verídico arte? Si me permite agregar estos dos
adjetivos a su pregunta, porque esto sí es algo que debo subrayar. Este arte llamado
también mafemancia, además de ser novedoso en esta parte del continente y en estos
tiempos, es a su vez totalmente verídico.
Vea usted, le voy a contar como nació en mi esta pasión. Yo era (y soy ahora
más que nunca), una de las tantas personas, que cuando termina de defecar, justo antes
de tirar el papel higiénico en el inodoro, contemplaba su obra. ¡Usted sabe!, por simple
curiosidad o bien para cerciorarme de que no hay nada raro en el color, usted sabe,
alguna manchita de sangre tal vez. Pero la cuestión es que yo siempre solía observar y
preguntarme acerca de las curiosas formas (aparentemente azarosas) que se dibujan en
ese preciso momento.
Paulatinamente se fue desarrollando en mí, la seguridad de que algo se escondía
tras esos extraños símbolos. Las figuras que se formaban ponían en evidencia lo que no
había querido ver durante años. Oiga y atienda: corazones, letras, números, dibujos,
entonces fue que decidí comenzar mi investigación. Para empezar, contacté diversos
antropólogos, etnólogos, etc..., hasta que di con uno que me contó que una vez, había
escuchado algo relacionado con unos aborígenes que vivían en América Central, que
practicaban el chamanismo y recordaba algo relacionado con la mierda, discúlpeme el
vocabulario, pero esa fue la palabra que el investigador utilizó en ese momento y por
favor no lo vaya a tomar como una falta de ubicación de mi parte, porque lo menos que
me gustaría es que usted vaya a pensar que yo sostengo mi ego faltándole el respeto a la
gente. Entonces como le iba diciendo, y para hacérsela un poco más breve, cosa que los
lectores no se aburran más de la cuenta, y además, imagino que ninguno de los dos tiene
tiempo de sobra, tiempo es dinero, ¡jejejeje!, en fin a partir de esa primera pista,
averigué el nombre de la isla, que por una cuestión de secreto profesional no le puedo
revelar y comencé mis duras pero muy exitosas investigaciones. Así fue que descubrí
que este arte llevaba años y años desplegándose, incluso, mucho antes de la Conquista
Española. Hasta hace poco ellos eran los únicos en practicar este arte, ahora es verdad
que yo también lo practico así como varios discípulos cuya formación tengo a mi cargo,
y de paso le comento que si a usted le llegara a interesar la posibilidad de dominar este
arte, hágamelo saber y buscamos la manera de arreglarnos, porque desde que usted llegó
a mi consultorio, hubo algo, un no sé qué, que me comunicó inmediatamente que usted
era de los nuestros. Pero le decía de los aborígenes, ¿no? Imagínese lo que sentían ellos
después de cagar, discúlpeme la palabra, pero ya estamos en confianza-, le decía,
imagínese que a los aborígenes les pasaba lo que a nosotros, o a poco me va a decir, que

84

usted nunca se sorprendió por las extrañas formas que toman nuestros - perdóneme la
expresión- soretes. ¡Aja! ¡Usted lo ha visto!! ¿Extrañas formas verdad? ¿Y es que usted
puede pensar que esas figuras tan definidas, esos extraños símbolos aparentemente
ininteligibles, no representan nada?... ¡Por favor! Pero es un arte difícil de estudiar, yo
mismo me vi obligado a quedarme varios años por aquellas tierras, viviendo en una de
estas tribus para aprender este maravilloso y polémico arte.
Óigame, ahora y entre nosotros, usted habrá observado que existe gente que lee
la borra del café, o bien dice adivinar el futuro a través de una simple tirada de carta,
¿pero sabe qué? Eso no está en armonía. ¡No señor! Y aquí usted sabrá disculpar que
sea categórico, pero “convicción absoluta obliga” mi estimado amigo. La naturaleza
madre de todo, solo ella se declara irrefutable. Del momento en que entra en contacto
con lo artificial, la realidad tiende a distorsionarse.¿Qué más natural que la materia
fecal?, ahí es donde se halla la vida misma, en esa expulsión se encuentra la clave de
nuestro futuro. ¿Sabía usted que según esos aborígenes, el hombre no debe conocer el
futuro, la consideran una energía de lo más baja, de ahí, la necesidad de expulsarlo. Pero
nosotros, los hombres blancos, los occidentales, para quienes el tiempo tiene toda una
una importancia, nosotros que lo queremos rentabilizar todo, nosotros sí necesitamos
conocerlo, a nosotros sí nos sirve, entonces lo utilizamos. ¿Me va siguiendo? ¡Señor,
señor…!

Toma un poco bastante de papel higiénico color rosa, pero desodorizado y
decide utilizarlo para limpiarse el orificio anal que se encuentra un poco más sucio que
de costumbre. Lóxico, como dice Luís, piensa el muchacho, vengo de echarme terrible
cagadera. Y cuando de cagadera se trata, la caca sale como detonada, como una especie
de propulsión a chorro, en consecuencia uno, lo enchastra todo. Después hay que andar
haciendo malabares para que la persona siguiente no se percate del percance que hemos
atravesado. Con la ayuda de tres dedos voluntariosos y ad'honorem, se introduce el
papel en el ano y lo retira para luego doblarlo y así volver a introducirlo de manera
sucesiva, hasta darse por satisfecho al corroborar el papel sale cada vez menos
impregnado de materia fecal. Una vez finiquitada, tan agradable tarea, se dispone a
arrojarlo al inodoro, y es en ese momento y no en otro, que advierte las extrañas formas
flotando en el agua. No podría precisar el motivo, vale decir, el porqué esas extrañas
formas lo perturban tanto. Como si una entidad, o alguien, le advirtiese de algo; pero
imposible reunir más información al respecto. "Qué lástima que uno no pueda saber qué
es lo que se esconde detrás de toda esta mierda" piensa mientras tira la cadena.
La mujer horizontal, infaltable en el cuadro, sigue como siempre, fiel a su
costumbre, horizontal. Recorre la pieza con una presta mirada. Es evidente que dado el
vaivén de sus ojos está buscando algo, pero para variar un “po” no se “ricorda che”. De
pronto apercibe un pantalón de jeans, que bien podría ser el objeto pretendido de su
infructuoso sondeo. ¿Cómo saberlo? Decide detenerse a analizar la situación. La
situación a su vez decide prestarse generosamente al análisis, pero adviértele que tenga
a bien considerar que lleva prisa. Decide que el hecho de que ya lleva un pantalón
puesto no debe ser menospreciado. Pero por otro lado, bien podría ser que le hubiese
dado por ponerse otro. La situación que se esta prestando a ser analizada por el
muchaho pone cara de fastidio mientras consulta su reloj, pues como ya fue
mencionado anteriormente lleva prisa. Por otro lado, él también vale decirlo, odia
bastante que lo apuren y más cuando tiene que pensar en algo. En fin decide mandar la
situación a la concha de su hermana y suponer que lo que está buscando no es eso y por

85

consiguiente otra cosa. Vuelve sus ojos nuevamente al lecho donde yace
(¿plácidamente?) la mujer horizontal. De repente otra corazonada. Se acerca a ella. Aún
no sabe si cuando dice ella está haciendo referencia a la cama o a la mujer. Pero contra
todo pronóstico, incluso el propio, se agacha y mira abajo de la cama. La caja de
zapatos exultante de dinero, lo contempla fijamente con unos ojos que no expresan
precisamente sentimientos filantrópicos. Es más, uno de los próceres estampados en uno
de los billetes, parece muy; pero muy, enojado. Efectivamente lo está. Cae en la cuenta,
que todos los hombrecitos estampados han comenzado a mutar sus expresiones faciales.
El panorama comienza a complicarse. A coro los billetes incluyendo la caja de zapatos
comienzan a generar un sonido que se asemeja bastante al ruido que hace una hinchada
de fútbol cuando la pelota pega en la parte superior del palo izquierdo del arco que da al
Riachuelo de la “ La Bombonera”. Ahora al unísono los billetes y la caja susurran:
- Hermano, ¿sos boludo o te hacés?, no te das cuenta que estás buscando otra
cosa, ¿porqué no te fumás un porro?, capaz que así te acordás.
De momento decide dejar de prestarle atención a esos conchisumadre próceres
vigilantes, que, para colmo de males, ya no entiende muy bien lo que le están diciendo,
producto tal vez de la sangre que comienza a salir a borbotones de sus bocas. Un poco
perturbado, decide levantarse y sentarse en una silla que apercibe en los " por ahí " de la
habitación. Quizás, tal vez, quién sabe, sin elementos perturbadores, pueda olvidar
suceso tan desagradable como él que acaba de presenciar y dedicarse a tratar de hacer
un poco de memoria, porque a todo esto, y a pesar de las malas pasadas, sigue teniendo
el presentimiento de que está olvidando algo más que importante, por lo que podríamos
decir entonces, algo importantísimo.
A ver, repasemos. En una hora tiene que estar en la joyería del microcentro, más
precisamente, la de San Martín y Paraguay. Quindi, va a tener que salir dentro de un
ratito nomás, ya que de seguro, el microcentro esta hecho un bardo.
¡Bien, eso está claro! ¿Qué más? Veamos, tiene su gorro, la billetera, el arma, las
llave. ¡hepa!, ¡momento!, ¿qué dijo antes?, ¿gorro?, no después, ¿billetera?, ¡no!, ¡ah!
entonces el arma, ¡si eso es! Decide considerarse una flor de pedazo de boludo por
haberse olvidado elemento tan necesario en su trabajo; pero, por otro lado decide a su
vez, considerarse un pedazo de genio por haberse acordado. Como es de esos chavales
que ven la botella media llena, decide alegrarse de su agudeza de espíritu. Pero en fin,
volvamos a lo nuestro, o a lo suyo, depende quien hable o quien lea. ¡Eso.! Le falta el
arma, y era eso justamente lo que estaba buscando antes de entrar a cagar al baño.
Ahora todo encaja en caja. Pero a todo esto mi querido amigo el tema es más que
interesante. ¿Dónde está el dichoso revolver? Respuesta: donde siempre, detrás de la
caja de zapatos. ¡Ah, pero qué tipo de lo más ordenado y responsable en el que se ha
convertido de repente! ¿Pero qué pasa? No, nada. Sí, algo pasa, vamos no se haga el que
no pasa nada, que bien nos damos cuenta, que algo le pasa, ¿pero qué.? Ok, decide
confesar. El asunto es que va a tener que volver a mirar debajo de la cama. ¿Y qué
tiene? Nada, o más bien sí, que no quiere, que esa caja le da miedo, ¿y ahora que qué
hace? No sabe. Analiza la situación. Existe la posibilidad de ir a robar sin el arma, pero
la desecha. ¿Qué carajo puede hacer? Piensa. Decide pispiar rápidamente el panorama
debajo de la cama. Relojea y advierte aliviadamente que la caja de zapatos duerme
placidamente. ¿Pero si se despierta? Sigue pensando. De repente la iluminación, sonríe
a pesar de lo molesto que resulta el resplandor de su idea.
- ¿Flaca dormís.?

86

La mujer horizontal, que bien podría estar muerta, no responde.
La sacude un poco y un quejido, que por falta de opciones decide adjudicarle a
la mujer, se hace oír. ¡Vive!
- Flaca necesito un favor.
La mujer retoza un poco, no mucho, pero bien cierto es que lo suficiente como
para que el acontecimiento sea señalado por el que suscribe. Insiste nuevamente.
Todavía la hembra se tambalea entre dos mundos: el de los despiertos, y el de los
dormidos. Bien que los primeros a veces den la sensación de vivir en el mundo de los
segundos.
-¡hmmmmmm!
- Flaca necesito un favorcito, ¿dale?
- No ves que estoy durmiendo. ¿Qué querés?
- No me mientas, no estás durmiendo sino ¿porqué me contestaste? (...) ¡Qué
corajito que tenés de tratar de engañarme!
- ¿Cómo querés que duerma si me zamarreaste como si fuera cualquier cosa,
responde la mujer horizontal falta de imaginación para poder realizar una comparación
que ejemplificara de manera más ingeniosa, el sacudón recibido.
- Necesito que me alcances el arma que está debajo de la cama
- ....
- Dale Flaca, es lo único que te pido, dale flaca que yo nunca te pido nada, dale
flaca, y esta noche te traigo lo que vos quieras mi amorcito.
La mujer se incorpora súbitamente. Presenta claros signos de agitación.
- ¡Vos no estás bien! ¡Vos estás re loco!, de verdad te lo digo, vos te tenés que
hacer ver y tratar.
- Me lo alcanzás ¿sí o no?
No hay respuesta de la dama horizontal. Al no haber respuesta tampoco de su
parte, sería acertado señalar que ninguno de los dos emite sonido alguno, pero de
ninguna manera podríamos afirmar que la comunicación está interrumpida porque el
silencio bien puede valer efectivamente casi, mil palabras.
- ¿Flaca me lo vas a alcanzar? Loco, por una vez que te pido algo, no hacés un
carajo todo el día, yo me rompo el culo para traer la guita, te pido un favorcito, y vos me
mandas al manicomio. Dale flaca, no seas malita.
Continúa el silencio. Decide esta vez otorgar la ausencia de palabras de la
doncella, a la excesiva presión que él está ejerciendo sobre la fina y delicada garganta
de la mujer horizintal. Decide en consecuencia aflojar un poco la presión de su mano.
La mujer asiente con la cabeza mientras recobra el aliento. Luego se sumerge en el
océano existente debajo de la cama para luego emerger con el objeto solicitado.
- Gracias flaca, sos un angelito.¡Che! flaca, no viste nada abajo de la cama?
Nada extraño digo, nada que te haya asustado un poco, bastante.

87

-......
La mujer se acuesta nuevamente y se queda observándolo en silencio, mientras
niega vaya uno a saber qué, con la cabeza. Unos segundos silenciosos; de esos que se
disfrazan astutamente de minutos, por el solo placer de poner en jaque las definiciones
objetivas del tiempo deciden pasearse y mostrarse impunemente por la habitación.
Al rato nomás, el silencio huye despavorido ante las primeras palabras emitidas
por la mujer horizontal.
- ¿A dónde vas, si se puede saber? pregunta ella
- A trabajar Flaca, ¿a dónde voy a ir? ¿A comprar desodorante? responde él,
mientras le pasa un trapo no al mundo, sino a su revólver, para luego revisar el tambor.
Me tengo que tomar el palo sino llego tarde, agrega no obstante a quedarse sentado.
- ¡A trabajar! masculla la dama y vuelve a negar con la cabeza lo que ella y
suponiendo la existencia de un Dios omnipresente e indiscreto, sólo saben.
Ahora súbitamente él rostro del muchacho se transforma, el arma en su mano
comienza a temblar, sus ojos expresan cierto temor, una mirada infantil, cierto pedido
de auxilio que se puede llegar a vislumbrar con dificultad allí, en el fondo de sus
pupilas. El grito, es decir, la pesadilla vive ahí, atrapada en el sótano de sus ojos, casi
imperceptible, pero casi. La mujer horizontal contempla la transformación; pero queda
silenciosa, incapaz ya de reacción alguna.
- De verdad no viste nada abajo de la cama, no seas boluda si viste algo
decímelo, implora a la vez que dibuja círculos con la punta de su zapato. Yo no me voy
a reír. Te juro que no se lo cuento a nadie. ¿Querés que te traiga algo cuando vuelva?
- ¿Queda porro?, pregunta el nn femenino.
La pregunta anula el sortilegio, o suprime la ausencia de éste, el hombre vuelve
a emerger en los ojos, en la boca, en los gestos y en la mente del muchacho.
- Sí, queda un poco en la heladera, al lado de los huevos, ¡ah no!, huevos no hay
más, los maté, quiero decir me los comí. ¡Che flaca!, yo no soy tu viejo,
porque....porque yo te cojo entendés.... Pero te quiero decir algo, al fin y al cabo es por
tu bien. Creo que estás fumando mucho, de verdad, loca cuidate, si el día de mañana,
decidimos tener un pibe…
- “Un pibe” repite la muchacha, asombrada de no espantarse por aquella no tan
remota posibilidad.
Besa a la dama horizontal en la frente. Se pone la campera y se acomoda el arma
en los huevos. El contacto con el metal frío le produce una sensación agradable. Se ha
excitado exitosamente. Instantáneamente mira la hembra. Calcula el tiempo habido y
por haber. Puede que tenga tiempo de horizontalizarse con la dama ya horizontal, la
muy putita conoce bien este juego; pero luego, después de que se hayan corrido (él,
seguro, ella, ¿quién sabe?) tendrá que estar a las corridas. “Después de corrido a las
corridas”, le gusta la frase; pero bien lo dice su padre, el Mariscal: a las apuradas hijo,
las cosas salen siempre para el reverendo carajo. Eso es bien cierto; pero por otro lado,
marcharse con una erección, tampoco es muy conveniente. Para colmo de males, en este
tipo de laburo, uno nunca sabe cuándo es la última vez que tendrá la ocasión de

88

encamarse nuevamente. De pronto acontece, lóxicamente como dice Luís, un
acontecimiento. Todo este monólogo interno le ha disminuido el apetito sexual. Decide
salir de prisa aprovechando el descuido y la buena fortuna. Silenciosamente y en punta
de pie, cosa de no despertar el deseo, abre la puerta y gana la calle.
Claro está que gana la calle porque a la vez está perdiendo la casa. Bien se sabe
que para obtener un algo hay que estar dispuesto a resignar otra cosa. En cada uno de
nosotros está finalmente, decidir donde se pone el foco, en la ganancia o en la pérdida y
a partir de ahí, accionar. Perder la vida bien puede entonces significar ganar la muerte.
En un claro empate, en un perfecto equilibrio, sin "casa", pero con "calle",
decide parar un taxi.
- Buenas tardes maestro, San Martin y Paraguay por favor.
Mira su reloj, le quedan cuarenta minutos, antes del cierre del local. Decide
concentrarse en los pasos a seguir para hacer lo que tiene que hacer. Es de notar que no
le gusta emplear la palabra robar. ¿Porqué? No sabríamos explicarlo con certeza, pero
podríamos esbozar alguna que otra teoría. Parecería primero que robar implicaría el
solo hecho de hacerlo y ya está, y no es así. Es mucho más que eso. “Hay que estar ahí
hermano. Tenés que sentir, la adrenalina, estar jugándote el pellejo, saber que tu vida en
ese instante puede dar un vuelco. Estás cagado, en cualquier momento la yuta te cae, y
ahí te vas al pozo, y si te vas al pozo, cuidate hermano porque te vas a tener que sentar
arriba del pelado, te van a abrir el culo. Cuando entrás en esta onda, después, ya no
caminás tranquilo, te sentís perseguido, vigilado, y andas todo el tiempo paranoico que
alguien te reconozca. No me digas que esto es simplemente ir y chorear, es toda una
historia, toda una angustia, como,(...),como si miles de cajas de zapatos te hablarán y
escupieran sangre al mismo tiempo.”
¿Y a qué venía todo este chamullo sobre el choreo? Podría remontar unas líneas
y retomar lo que venía diciendo, pero decide respetar las reglas que lo atan a mantenerse
personaje y no lector, personaje que vale decir, se encuentra ahora en el taxi a pocas
cuadras de la joyería. Cada vez falta menos. Buena plata; pero peligroso, muy peligroso,
mucha cantidad de policías que andan dando vuelta. Todos los días te enterás de algún
pibe que termina cayendo. Piensa que tal vez lo mejor sería dedicarse exclusivamente a
hacer taxis porque “esa” se puede llevar más tranqui; pero es verdad que ahora están
haciendo bastantes controles de taxis, además tampoco esa movida da tanta plata. Dice
su padre " El Mariscal", rico no es el que más tiene sino el que menos necesita; pero
también es verdad que su padre siempre anda tratando de conseguir más guita. Él en
cambio vive bien, se compra todo lo que quiere, y lo que le sobra, ¡pum! a la caja de
zapato. La idea de poder vivir tranquilamente de los taxis, aparece ante él con una
pollera de colegiala, una idea de lo más seductora, la muy putita; pero existe un
problema, propio de todos los renacuajos hediondos llamados seres humanos: uno
siempre quiere más. Tenés diez querés veinte, tenés veinte y ya querés cuarenta, y así un
buen día el hombre llega a la luna.
Un bocinazo lo sacude de sus cavilaciones. Decide observar la nuca del taxista.
Esta vuelta, por suerte, no hay pelitos perturbadores. Lo que sí ahora aparece es una
mancha de sangre en el medio de la nuca. La sangre brota por un agujero; el orificio
parece hecho por una bala. La piel alrededor del hueco es medio violácea, medio
azulada, el agujero comienza a abrirse y a cerrarse como si fuera una boca, una boca que
le quiere decir algo.

89

- ¡Dejame acá!
Se baja. Paga. Camina. Todavía le quedan veinte minutos antes del cierre de la
joyería. Veinte minutos para que el viejo de mierda se vaya a comer. Veinte minutos
para que empiece el cuartetazo. Mete la mano en su bolsillo y palpa el aparato
reproductor de música. Sonríe.
Acelera el paso mientras camina por la calle Paraguay. Solo 10 minutos. Su
estado de ánimo se transforma nuevamente. Se concentra. Comienza a reconstruir todos
los movimientos a seguir de aquí en más. La bronca comienza a hacerse sentir. Mira
nuevamente el mundo que lo rodea. Aquellos, los mismos que segundos antes moría por
abrazar, ahora lo maltratan con la mirada. Panqueques de mierda. La ira que se
acrecienta, los dientes que se aprietan y los puños que se cierran. Se palpa el arma,
comienza a sentir odio, por lo tanto, odia. Muere por sacar el arma y boletear a todos.
¡Giles!, porque esa es la verdad, todos unos giles que viven su vida tranquilita, así, sin
más, personitas que vuelven a sus hogares y piensan que un día más acaba de pasar, un
día más en la vida de un gil. Ahora está furioso, la alegría les duró lo que nada, giles de
mierda. Siete minutos. Tal vez tenga aún tiempo de fumarse un porrito para
tranquilizarse; pero mejor no. Sigue caminando, llega a la calle Tucumán, para en un
quiosco, se compra un atado de puchos y continúa su peregrinación hacia su meca, la
joyería, la fortaleza que custodia un viejo de mierda. Viejo puto que lo trató para el orto
cuando entró e hizo alguna preguntas para indagar un poco como venía la mano. El mal
trato de ese viejo de mierda, lo convenció todavía más de que le tenía que pegar una
buena limpieza. Limpiarle la caja registradora, dejarla como nuevita. Por eso antes de
irse miró al viejo fijo y le sonrío como diciéndole, “ya nos vamos a volver a ver viejo,
quedate tranqui que ya nos vamos a encontrar de nuevo". Calle Florida. Camina cada
vez más rápido. Un canto acompañado de tambores retumba en su cabeza. Nos vamos a
hacer al viejo, le vamos a meter un caño que no se va lo va olvidar nunca, ¡viejo
conchudo!.
Debajo de su cama, la caja de zapato comienza a relamerse presintiendo el
dinero que está por ingresar. Llega a la esquina, pasa por la puerta del local, el viejo está
sólo, lee el diario, dentro de cinco minutos, ni plata para leer el diario vas a tener viejo
de mierda, ya vas a ver. Sigue su camino para iniciar la vuelta manzana. Llega a la
primera esquina, la de la ferretería, se mete el gorro negro, sigue caminando. Llega a la
segunda esquina, se pone los anteojos de sol. Su marcha se hace cada vez más ligera,
llega a la tercera esquina. Aprovechando la potencia de cada latido, su corazón decide
perforarle el pecho. Se coloca los auriculares, y el cuartetazo lo invade todo. Sube el
volumen a todo lo que da, el microcentro entero comienza a sacudir las caderas al ritmo
cordobés. Se va acercando. Ya solo quedan diez pasos, nueve, ocho...Entra a la joyería.
Sale.
Corre.
Sirenas.
Corre más rápido.
La gente estorba. Un tipo hablando con su celular, se cruza en el camino, correte
pelotudo, córranse todos la concha de su hermana, córranse porque los mato a todos.
Decide efectuar algunos disparos al aire para agilizar los trámites. Evaporación

90

del mundo. El mar se abre, la gente también. Sigue corriendo, siempre lo mismo, toda la
vida corriendo. ¿Hasta cuando?, ¿hasta cuándo seguir corriendo? ¿Qué importa?, total el
mundo a su vez tampoco se detiene. A lo lejos se escuchan unas sirenas que se adivinan
policiales.
Ya no se oyen las sirenas de las fuerzas del orden. Se da vuelta, acaba de pasar la
plaza San Martín y parecería ser que ya nadie lo anda siguiendo o persiguiendo. No le
importa, decide seguir corriendo de todas maneras. Mira sus manos, vacías. Decide
alegrarse por el hecho de no estar cargando con nada que le dificulte la huida. Al
instante se entristece al sospechar una nueva dificultad: sí las manos están vacías, eso
significa, que no llevan nada. Correcto. Prosigue en su reflexión no sin reparar en lo
dificultoso que le resulta el correr, prestar atención al tránsito y proseguir con su
razonamiento. Sin embargo, como reafirmando aquellos léxicos que declaran al hombre
como un animal pensante, por lo tanto político, su reflexión prosigue. Entonces,
decíamos, que sí su maldita memoria inmediata no le falla, él, minutos o renglones
antes, acaba de efectuar una serie de disparos al aire, ¿correcto? Correcto. Y estamos
todos de acuerdo, que para realizar dicha acción, necesariamente se requiere de algún
tipo de arma, ¿correcto? Correcto. Arma que ya no se encuentra en ninguna de sus dos
manos. Además, por lo que acaba de cerciorarse tampoco se halla dicho revolver en
ninguno de los bolsillos. ¡Aja!, prosiga por favor. Pregunta: ¿dónde corno está el arma?
Otra pregunta dentro de la pregunta: ¿Qué tan seguro de que esa bendita arma realmente
existió en el día de hoy? Que lo haya imaginado o no, para él, el arma si existió, lo que
convierte dicho artefacto en un objeto que estuvo en algún momento visible para el
lector y para él; pero que ahora, por una razón o por otra, se ha volatilizado, es decir,
desaparecido. El fierro desaparecido, desaparecido como los chavones en la época de la
dictadura piensa el muchacho, la dictadura, una herida más, como aquellas estirpes
condenadas a cien años de soledad pienso yo. En fin, imposible recordar a donde fue a
parar este conchudo revolver. Decide achacarle la culpa de este confuso episodio una
vez más al porro, y nuevamente analiza la posibilidad de dejar de fumar.
Nadie en la calle, o casi nadie. Aterriza cual aeroplano que es, a la deriva en la
gran y generalmente muy frecuentada avenida Libertador. Ni moros ni cristianos en la
costa, misterio de lo más misterioso. ¿Qué es lo que aquí está sucediendo? Tal vez aquí
y allá, algunos cuerpos pero de seguro ningún alma. Se frena, y en consecuencia deja de
correr en ese preciso instante.
Decide afligirse esta vez, a causa de este desierto de humanidad que le toca
contemplar. En ese instante sus órganos visuales le señalan la presencia de un OANI
(Objeto Acostado No Identificado), allí, en medio de la avenida, un alma, al fin un alma,
aparentemente abandonada y agonizante. ¿Quién habrá sido tan despiadado, o tan
desalmado para dejarla tirada a merced de las ruedas asesinas de los carros asesinos
manejados por esos conductores también asesinos. En segundos nomás el OANI será
pisado, aplastado y descuartizado por los autos que parecerían disputárselo con la
mirada de los guardabarros. El semáforo en un esfuerzo supremo, trata de eternizar su
luz roja mientras le hace seña al muchacho para que socorra antes que sea demasiado
tarde, el alma en apuros, a punto de ser pisada.
- Dale compadre, larga el semáforo, hacé algo que no doy más, en cualquier
momento se me escapa un verde.
Duda. El alma, cual un péndulo desesperado va con la mirada del semáforo a sus

91

propios ojos. Sigue dudando. Poco a poco empieza a decidirse y apoya un pie en la
calle. En ese instante se percata que el alma en cuestión pertenece a un perro de
aproximadamente unos 21 kilos y trescientos gramos, extraviado hace una semana
debido al estallido de un petardo producido por un precoz delincuente que se encontraba
(al igual que el moloso) jugando en Plaza Francia. Por supuesto que ese puré de
información repentina, producen un momentáneo bloqueo en el accionar de nuestro
joven fugitivo. Pero hay instantes, segundos, parpadeos, que deciden vidas, el semáforo
acaba de rendirse, y una luz verde estalla en el cristal del vidrio del objeto metálico,
alto, flaco y tricolor. La horda de salvajes vehículos se adueña de la avenida,
vociferando tremendos alaridos que se filtran a su vez, a través de los labios de los
diversos y respectivos caños de escape. Cierra los ojos. Hay muertes y muertes, y ésta
pertenece a las segundas. Sin embargo bien dicho está que los oídos no se cierran y la
agonía de la pobre y canina alma se despide meándole los tímpanos con un grito que
huele a llanta quemada, a cobardía (la suya), a petardo y a perro obviamente.
Estimulado por la muerte del canino, su cerebro acciona: ¿dónde están las joyas
que le robé al viejo? Tal vez se hayan perdido junto al fierro, porque del arma ni noticia
tampoco. Quien sabe, a lo mejor, en una de esas, resulta que nunca tomó esas joyas, que
tal vez nunca tuvo fierro alguno en su mano, que tal vez, ni siquiera entró a la joyería,
tal vez y ya que estamos, que quizás, nadie lo esté persiguiendo. ¡Puta madre con los
porros!, ya no sabe ni lo que pasa afuera. ¿Afuera de qué? De su cabeza. El viejo de la
joyería tiene toda la culpa de lo que le está pasando. Viejo y la concha de tu madre,
seguro que tenía una alarma o algo parecido. ¿Así que avisaste a la yuta?, viejo puto, ya
te la voy a cobrar, vas a ver. Tarde o temprano te va caer la justicia, el martillo de Dios,
tarde o temprano te va tocar pagar. Pero ahora lo más importante es tomarse el palo, o
sea huir. Recuerda que tal vez nadie lo esté persiguiendo. De confirmarse esta
información, evoca la posibilidad de perdonarle la vida al viejo. Se queda mirando la
avenida desierta, necesita atravesarla para ganar el Terminal de Retiro y así perderse,
refugiarse en el anonimato de la muchedumbre. El hombrecito rojo del semáforo, firme,
carajo, más duro que una piedra, ¡merquero de mierda! A lo lejos, los patrulleros
impiden la circulación. Si la policía cortó la calle, deduce que el semáforo está al pedo,
y si el semáforo está al pedo, el hombrecito rojo y el verde también. Eso significa que se
pueden ellos también, tomar el palo por un rato. Quizás decidan irse juntos a tomarse
unas birras o mejor todavía a fumarse unos buenos caños. ¡Jaja!. Se caga de la risa,
imaginando los hombrecitos del semáforo dirigiendo el tránsito re locos. Esa sería la
máxima, los hombrecitos re locos y toda la gente re loca también, porque todo el
mundo se fumaría un porro, y todos estarían re volados como él ahora, eso estaría
demasiado bueno para ser verdad. El estómago comienza a dolerle de la risa, como
burbujas en el vientre, y continúa a reírse cuando cae al piso, y no para de reírse, ni
siquiera cuando lo suben al patrullero.

XIII
En silencio absoluto, pero de ningún modo

impuesto, la tropa de mestizos
morenos avanza selva adentro. El terreno, ese constante y agresivo subir y bajar,
esfuerzo monótono y sin horizonte, se repite paso a paso, hora tras hora, aburre. En
estos casos de peregrinaciones militares, cada cual su artilugio para dejar atrás lo que
92

nunca ha de terminar. Vaciar la mente, cuestión que las imágenes o los recuerdos, llenen
el espacio y el tiempo. Trasladarse a otro universo, a otras preocupaciones, dejar que el
organismo se encargue de lo que tiene que encargarse y la mente pueda llevarnos bien
lejos de este presente que por el momento tanto nos hastía. Tal vez así, debido a una
orden de alto, -o cualquier otra cosa que vuelva a demandar nuestra concentración-,
podamos despertarnos a nivel de consciencia y realizar con agrado que hicimos las tres
cuartas partes de la etapa sin ni siquiera darnos cuenta de ello. Los trece hombres
caminan mirándose los pies, tales unos mimos que van copiándose los movimientos los
unos a los otros, en hilera y a buen tranco. Buen tranco sobre todo si se tiene en cuenta
que ya llevan tres días de marcha. El sargento Trueno se encarga de repetirlo cada dos
kilómetros: “!llevamos una chuchada de atraso!”. Para colmo, la moral de la tropa dista
bastante de ser lo que puede decirse buena. Lo sabe y se preocupa. Atento a cada
soplido, al mínimo comentario o gesto, la moral de la tropa se expresa en todo
momento. Mensajes involuntarios que deben ser codificados por el jefe, él. La moral,
como un termómetro capaz de medir la temperatura del éxito de la misión que están
llevando a cabo.
Detrás de esos rostros aparentemente inexpresivos, puede no obstante percibirse
en el aire, flotando inerte pero amenazadora entre los hombres, una neblina de dudas. Y
el condenado miedo resulta sin dudas el primer enemigo a vencer. Habrá entonces que
motivar a estos soldaditos durante la noche. La cena puede ser tal vez un buen momento
para eso pues es ese el instante en el cual el humor vuelve a fortalecerse y la moral, en
consecuencia, también.
- El miedo a la muerte no existe decía a menudo el antiguo capitán, lo que existe
es el miedo a perder. El miedo no es más que fe negativa. Ese es nuestro peor enemigo
sargento.
¡Vaya con las frases que tenía guardado bajo la manga el antiguo Capitán ese!
De seguro que todas las frases debía de sacarlas enteritas de todos los libros que se leía,
ese sabelotodo. Una vez el sargento había calculado que como mínimo sería un libro por
semana que se tragaba ese hombre¡Las frases del Capitán! El se esforzaba por
retenerlas; todo para luego poder usarlas cuando le tocaba hablar frente a las tropas.
Veía sus ojitos de admiración que le dicen, y a él, eso, como que hacía que se sienta más
fuerte todavía y su corazón, sentía que se le ensanchaba. El antiguo Capitán sabía decir
esas mentadas frases de lo más bien. Sería el tono, los gestos, sí, más bien los gestos
eran especiales. Solía el sargento cuando nadie lo observaba, y sobre todo cuando el
Capitán se ausentaba, sentarse en el escritorio de este último y tratar de reencontrar en
su cuerpo esos gestos, ese tono, que transmitían una seguridad que daba ganas de
escucharlo hartas horas. Uno de sus grandes deseos frustrado, era un día lograr armar
una conversación entre el Benito y el Capitán. Chucha sería como para la televisión,
para grabarla y volver a verla y oírla, millones de veces.
¡Chucha con esa buena época!, el Benito vivo, el antiguo Capitán aún con ellos.
La realidad era bien distinta ahora. Observa sus pisadas entre los arbustos, siente el peso
del fal, el ritmo de su respiración, el zumbar incesante de todas las porquerías aladas
que andan dando vuelta. Algunos gritos entre las ramas de los árboles. Siempre la
misma sensación, como si la selva entera fuese un gran ojo que te sigue los pasos, que te
observa sigilosa, que te juzga sin decir palabras. Sí, definitivamente la selva tiene eso,
como un desnudarte, como que cada espina, cada bicho, cada caída, tuviese o encerrará
un porqué.

93

En la selva están por supuesto, esos lugares a los que directamente no se puede
ir, por los kunus, los espíritus que vengaban a los muertos. Una vez en territorio
prohibido, se perdía la razón, por eso, en dónde había habido una gran masacre, mejor
era no aventurarse, sobre todo sólo o bien de noche. Todo el mundo de la selva lo sabía
y nadie, ni los narcos, ni la guerrilla, ni el ejército se atrevía a desafiar el mundo de los
kunus. Decía el gentío que una vez que los Kunus empezaban a actuar, la persona
maldecida comenzaba a vagar como endemoniada durante un sin fin de días. Caminar,
caminar y caminar hasta que el cansancio te agotara por completo, hasta que uno no
pueda mover un músculo más; y ahí cuando te desplomabas al borde del
desfallecimiento, cuando por el cansancio ya no podías casi ni siquiera parpadear, ahí es
que se aparecían los kunus. Era de las peores muertes que le podía tocar a un hombre.
Chucha con todas esas vainas que contaban, mejor era no pensar en eso, después la
cabeza empezaba a inventar una sarta de cosas raras. Tal vez, los kunus andaban tras sus
huellas, las suyas; o las de otro soldado. Tal vez esa era la verdadera causa de la nube
negra que había, al parecer, descendido sobre la tropa. ¡No!, no había cosa alguna que
temer, la viejita curandera en la ciudad había hecho el trabajo, se había ocupado de
protegerlos a todos, había garantizado el éxito de la misión, todo iba a la perfección,
todo bajo control.
A lo lejos, algunos pájaros irrumpen entre las copas de los árboles, delatando así
el avanzar del grupo. Piensa en sus hombres de nuevo. Todos saben que la decisión
tomada es más que importante en sus vidas; un paso tal vez definitivo y sin retorno. No
están solamente marchando rumbo hacia la pista de aterrizaje de los narcos, están a la
vez exiliándose de las fronteras de la legalidad. Liquidando la avioneta de los narcos
colombianos, estaban arremetiendo de lleno contra el ejército mismo. El ejército que se
portaba garante de la operación, aunque no fuese de manera oficial. Sí bien se habían
tomado todos los recaudos posibles, analizándolo ahora, un poco más detenidamente,
las posibilidades de que los altos mandos militares se den cuenta de que habían sido
ellos los que se habían quedado con el botín, era bastante alta. Iba a ser algo difícil que
se traguen el asunto de un ajuste de cuentas entre los narcos, difícil pero no imposible.
Si lograban manejarse con cautela y conseguían volver con tiempo a la ciudad, podía ser
que nadie hiciera la relación entre el bienestar que habían solicitado y el ataque a la
paloma.
-

¡Chucha con la madre! A mí también me está comenzando a comer el miedo.
¿Serán los kunus? ¿No le estarán mandando como un aviso para que la tropa
pegue la vuelta?, especula el sargento.

- “Pieza tocada pieza jugada, así son las verdaderas reglas, a menos claro que
usted compadre no quiera jugar como juegan los verdaderos machos”, decía siempre el
Benito.
De vez en cuando el ruido del machete golpeando las malezas perturba la calma.
Alguna que otra rama cruje también a intervalos casi regulares cediendo así bajo el pie
de algunos de los soldados distraídos, o por demás confiados. Se trata de producir la
menor cantidad de ruido posible al desplazarse, apoyando primero el talón y luego
paulatinamente y por etapas, el resto de la planta del pie; un todo que debe ser
automatizado lo más rápido posible para cualquier depredador, sea humano o animal,
habite la selva, la calle o la oficina y pretenda por supuesto vivir de su condición
depredatoria. Llegar sin hacerse notar, poco a poco, como buscando pertenecer al

94

cotidiano de lo que anhelamos, de lo que buscamos sorprender. En silencio, llegar hasta
al cuello de la presa, seguro y sabedor de que nuestro ataque será letal. Tome el tiempo
que nos tome. Más de improvisto se aparece uno a los ojos de la víctima, más mortífera
será nuestra pegada. Así suele abrazarnos el amor algunas veces. Apariciones fugaces,
cuyos zarpazos nos hieren el alma para siempre.
Poco a poco, la tarde comienza a declinar. Es miércoles a la noche en el mundo
de los humanos, el tiempo apremia. Mañana al mediodía la paloma estará aterrizando
con su suculento cargamento. Pero todavía no llegaron y… ¡mierda con la demora que
vienen arrastrando! ¿Y la humedad qué? ¡Mierda también con esa chucha de humedad!
Humedad a la que uno nunca se acostumbra y no por menos insoportable. ¡Y ni que
hablar de los mosquitos hermano!, al acecho las veinticuatro horas y finalmente el padre
de todas estas desgracias: el conchisumadre cansancio. Con todo esto, ¿qué te vas a
extrañar hermano, si te digo que la tensión en el ambiente no hacía más que aumentar a
cada metro que avanzábamos?
Si los cálculos no fallan, (¿y porqué habrían de fallar?, se pregunta para sus
adentros el sargento Trueno) deberíamos estar llegando a los alrededores de la pista en
unas escasas cuatro o cinco horas. Tal vez antes de medianoche, eso sería lo ideal. Una
vez llegados, la historia pegaría un giro de 180 grados, el cansancio, la nube negra, todo
volará a la misma mierda. Bien lo sabe, bien lo espera. Hasta puede que alcancen dormir
unas cuatro horas. Cuatro horas que bien pueden equivaler a mil y una noches. Eso,
siempre y cuando, alguno logre conciliar el sueño. ¡Jeje!, bien sabía que eso no era cosa
ganada; pero no menos cierto es que sus hombres necesitan de ese reposo, y él también
por supuesto. Están reventados. El viaje ha sido mucho más duro de lo previsto.
Demasiados rodeos para no ser localizados, sino ya hubiesen llegado hace rato hermano.
¡Chucha si se encuentran una patrulla! La cosa se pondría de lo más brava. La operación
de seguro debería suspenderse. Pero de veras que las posibilidades son mínimas. Sí
hubiese alguien trabajando en la zona, deberían de haberle informado. A pesar de lo
remoto de la posibilidad, se deben de tomar todas las precauciones posibles. Doce vidas
es lo que tiene entre sus manos, trece con la suya, la seguridad de sus hombres primero.
Y en este caso preciso, la seguridad de sus hombres a su vez equivale al éxito de la
operación. Nada más reconfortante y armonioso para el espíritu, cuando nuestros
intereses personales son una parte inherente al interés de una mayoría, sensación
celestial si las hay; simbiosis total en donde todo el mundo trabaja para un mismo
resultado y cada uno tira su provecho. Lo que algunos llaman “espíritu de equipo”, un
sentido de pertenencia, un lugar en el espacio, una función en el tablero. Un fueguito
capaz de abrigarnos un poco del frío de la soledad humana. Más grande es el tablero
más grande es el fuego, y por osmosis, más calor producen las llamas.
¡Maldito sea! Maldito el capitán nuevecito, que no conoce el significado de la
palabra repartir, que lo trata a uno como si fuese perro, que por su culpa están metidos
en esta mierda de asunto. Un asunto que lo tiene sin dormir desde hace casi una semana;
mismo antes de salir con la tropa; mismo desde que la idea se gestó en su mente. Claro
que está como ansioso que le dicen, pero ¿miedo de morir?, ¡ja! ¿Contra quién, contra
los narcos? ¡por favor! Chucha con esos niñitos con balines de goma. Los narcos que no
valen nada, como los civiles, porque finalmente no son más que eso, civiles sin ningún
tipo de formación seria; apenas si alguien les habrá explicado cómo funciona la pistolita
que tienen en la mano. ¿O acaso se creen que con algunos días de entrenamiento, uno ya
está listo para el combate? ¡Son vidas las que se necesita uno para aprender esas cosas!
Apenas escuchan un par de balazos que ya se están echando a volar como moscas.

95

Algunas veces te puede tocar algún ex soldado que se vendió a los narcos, mercenarios
que le dicen, pero no son muchos y encima la disciplina no es para nada la misma.
Como que entre los narcos cada uno tira más para su lado, como que cada uno quiere
salvarse a sí mismo primero, como un ejército de franco tiradores. No como en el
ejército, en donde la tropa forma un sólo cuerpo, y cada cual tiene muy en claro su
función. Esa es una ventaja demasiada importante cuando uno combate en estas
condiciones. Definitivamente con la cantidad de hombres que tiene debería alcanzar de
sobra para pilotear la situación. Repasa mentalmente la estrategia. Táctica y estrategia
no son la misma cosa. El otro capitán le había explicado la diferencia.
-Vea sargento, había dicho. Con la táctica adecuada usted puede ganar el
partido, con la estrategia acertada usted sale campeón. Puede disponer sargento.
Unos cuatro hombres para bajar la paloma. A ambos lados de la carretera un
sargento y un soldado. Una vez el avión reducido, los dos sargentos se encargarán de
recuperar el dinero mientras que los dos soldados correrán rumbo a la camioneta de los
narcos peruanos a prestar ayuda si necesario y viceversa.
Pero eso será mañana, por ahora lo único importante es llegar lo más aprisa a la
carretera y dejar esta nube negra atrás.
Lo mejor en este tipo de enfrentamientos, es mentalizar al soldado como si fuese
a combatir contra unos principiantes: un militar solito; pero disciplinado, se puede tirar
a no menos de seis civiles. El civil está demasiado asustado, el soldado en cambio está
hecho para el combate, apenas huele pólvora, ¡pam!, quiere más. Hay que meterle
miedo al enemigo, hacerle sentir desde el principio que la lucha es desigual y que no
tiene la más remota posibilidad de vencer. Es el factor psicológico que le dicen. Hay
que asustarlos de movida, la disciplina es un buen factor de impresión, es una buena
vara, no la única, pero un factor a tener en cuenta a la hora de medir el potencial del
enemigo. Poner de esta manera en evidencia, lo mucho que nosotros estamos preparados
de nuestro lado y lo poco que ellos lo están del suyo. Pero atención a no descuidarse ni a
confiarse. A no subestimar a nadie, un hombre desesperado y con cojones puede ser
muy peligroso.
La experiencia quiere que generalmente con los narcos los asuntos terminen bien
para el ejército, siempre fue así, nunca hubo mucho que temer; pero es verdad que ahora
la situación estaba como cambiando, al menos eso es lo que le habían dicho los gringos
en la última visita que hicieron para la formación de apoyo a la lucha contra el
terrorismo y el narcotráfico. Aparentemente sería que poco a poco los narcos están
como perfeccionándose que le dicen, y eso, en todos los aspectos militares: armamento,
entrenamiento, disciplina, etc... De lo último que él había visto, no parecía ser el caso,
pero el gringo había sido claro: “Esto es lo que viene”. Les habían mostrados una
filmación y algunas fotos tomadas en Colombia ¿sería?, no recuerda. Se veía un
comando narco desplazándose con una disciplina y con unas armas de la San Chucha.
Por cierto que ese día se había asustado bastante. De inmediato pensó que había que
fortalecer el entrenamiento en la base. Los pobres soldaditos no entendían nada. Hasta
que en los días siguientes, cuando una de las palomas había bajado cerca de su base,
había constatado que los narcos seguían siendo los mismos huevones de siempre,
algunos hasta borracho andaban. Chucha con los narcos pendejos. Claro que el gringo lo
había dicho: “esto es lo que vendrá”. De todas maneras habría que estar atentos.
¡Chucha con los gringos también! Los odiaba por su arrogancia le daba como ganas de
sacar el cuchillo y abrirles la garganta, que los trataban a veces como si fuesen unos
indios. Pero por otro lado como que los admiraba; sobre todo esa seguridad que tienen

96

los gringos de que todo lo que están diciendo o haciendo está bien. Como que te miran
sabiéndose los más poderosos en el mundo, diciéndote con esa mirada bien gringa, que
un soldado de ellos es mucho más importante que una chuchada de soldado de esta
selva. El Benito una vez le había contado que en Nicaragua había habido una guerra que
había cambiado porque uno de los dos campos que le dicen, no recordaba cuál, había
matado por error, un periodista gringo. Chucha de gringos, chucha con esos narcos
¡Narcos pendejos!
Con los de Sendero la vaina cambiaba y mucho. Por cierto que los malditos
guerrilleros eran una historia completamente diferente. Esos terroristas parecían
endemoniados algunas veces. El Benito, que en paz descanse puede atestiguarlo.
“Tienen la cabeza lavada” solía repetir el ahora difunto.
¡Pluf! Hombre al agua. Siempre lo mismo cuando cruzan algún riacho sobre un
tronco caído. El ni que se había dado cuenta de que lo estaban atravesando, los
pensamientos como quién dice, estaban en otra parte, allá lejos. Como que de tanto
caminar en la selva se va desarrollando un mayor sentido del equilibrio. Eso ya lo había
notado en sus primeros años en la base cuando veía que los más nuevos se tropezaban
con más frecuencia y que gastaban muchas más energía que él para desplazarse en
medio de la selva. Ya el soldadito se ha puesto de pie, por suerte no es nada, la próxima
vez tendrá que tener más cuidado, no vaya ser que alguno se hiera de gravedad, y la
operación se vaya a la mierda.
-¡Soldado! Tenga cuidado la próxima vez.
La proporción que le dicen, ya no es la misma si se habla de los de Sendero.
Algunas veces, las menos, muy raras veces, ni siquiera bastaba con ser la misma
cantidad de hombres de cada lado. Hubo aquel enfrentamiento, allá cerca del kilómetro
treinta, se dejaron sorprender, las fuerzas eran parejas; pero les había tocado retroceder
y por primera vez. Al principio, él no quería aceptarlo; pero el enemigo comunista había
adoptado la estrategia correcta, se habían dormido o equivocado que es lo mismo y poco
a poco los estaban rodeando. Había que tomar una decisión, cuestión de instantes sino
Sendero los tendría listo para liquidarlos a todos. No había mucha vuelta que dar al
asunto, había entonces que replegarse. Y él chucha, que replegarse contra los terroristas
era como una vergüenza. Es verdad que la cocaína no ayudaba mucho a tomar la
decisión correcta. Ellos representaban el ejército y ese retroceder era como una
deshonra; nunca en la historia le había tocado hacerlo. Lo hizo, chucha y lo bien que
hizo. Si él hubiese estado sólo tal vez se hubiera quedado y si tocaba morir, pues que
sea a lo macho. Pero no estaba sólo. Esa misma noche, ya de regreso a la base, había
quedado como traumado que le dicen, ni ganas de irse de putas tenía. Ni siquiera le
bastaba el consuelo del Benito, quien le había contado que gracias al consejo de
retroceder de un tal Ulises, no sabía que chucha de rey había podido después ganar una
de las guerras más importantes de la historia. Y el rey lo mismo que él, que era una
vergüenza de retirarse, que el mundo entero se iba a burlar de él.
-

Los grandes hombres de mando saben resignar batallas en pos de ganar la
guerra. Así había dicho el Benito.

Pero esta chuchada de guerra parecía bien lejos de acabarse. El tema de los narcos
no le molestaba tanto, bien al contrario, de esas movidas se sacaba mucho dinero, de ahí

97

venía el verdadero sueldo; pero los de Sendero no era joda, era como una espina en el
borceguí; no te deja caminar tranquilamente hasta que no te deshaces de ella en forma
definitiva.
Los guerrilleros esos, definitivamente tenían más agallas, más huevos que los
pendejos narcos. Eran también más abusivos. Cuando ellos eran más, sabían utilizar la
ventaja y ahí sí que te destrozaban. Los narcos si te agarraban te mataban directo. Con
los guerrilleros mejor era no dejarse pescar. Si uno tenía esa mala suerte, la de caer vivo
en sus manos, había que prepararse a sufrir porque te iban a hacer sentir la mierda.
Guardarse una bala, esa era una de las primeras cosas que le decía a sus soldaditos. La
última bala del revolver es para que no los agarren vivos. ¡Chucha madre con esos
guerrilleros! Siempre la misma pendejada de querer sacarte información. Con esa
excusa te hacían concha la madre. A un soldado ¿qué mierda le podían a sacar sino
leche? Si tú eres oficial superior, ahí se puede entender un poco, te pueden sacar algo,
pero si eres soldado, nada te pueden sacar. El Benito siempre contaba que cuando él era
más pequeño había visto como los “compañeros” de Sendero habían ejecutado en su
pueblo a un soldado. De mañanita muy temprano, habían sacado a toda la aldea a la
placita principal, plaza de armas que ellos la llamaban y ahí nomás delante de todo el
mundo le habían pegado un tiro en la cabeza. Antes de matarlo habían leído un papel
que tiempo después, él se supuso que debían de ser las acusaciones, pero él no había
comprendido mucho porque en esa entonces el solamente hablaba el quechua.
A menudo que los guerrilleros ajusticiaban a alguien, lo acusaban de “traición a
la patria”. ¡Traición a la patria! Mis huevos, nosotros defendemos la patria, ellos la
atacan, o me van a decir que hay más patrias que conchas. Después claro tú pasas por un
pueblito como ése y preguntas si alguien ha visto pasar un grupo de terroristas, y todo el
mundo te dice que no, o a lo mejor no te contestan, algunos ni siquiera te miran a los
ojos y se quedan calladitos por más que sí los hayan visto. Lóxico, qué te van a decir
esos infelices están muertos del susto que le dicen. En todos los pueblitos, la gente tarde
o temprano presenció o escuchó hablar de ajustes de cuentas a todos los delatores. En
todos esos lugares siempre hay uno que está con los guerrilleros. “Uno por pueblo” eso
dicen los gringos y hay que encontrarlo si se quiere terminar con esta plaga. Cueste lo
que cueste. Un día habían logrado dar con uno de esos delatores. Mientras lo sacudían le
preguntaban que cuánto los guerrilleros le habían pagado y él decía que nada porque
ellos eran el verdadero ejército del pueblo. Chucha con esas lavadas de cabeza. Cierto
era que esos comunistas a veces hacían cosas buenas para los campesinos. Escuelitas,
enviaban médicos, había oído que hasta el cultivo a veces les enseñaban. ¿Para ganarse
a la gente sería? ¿Porqué no se metían en la política entonces sí tanto querían cambiar
las cosas? Era algo que no comprendía.
En esos pobladitos que te digo, por más que tú preguntes cien veces alguna
información sobre la guerrilla, nadie te contesta ni medio. ¿Entonces sabes qué?
Después, se viene la historia de siempre. Nosotros los del ejército nos enojamos con
ellos y les mostramos que podemos ser más peligrosos y más malitos que los de
Sendero si nos lo proponemos; y les decimos que lo mejor es que cooperen. La historia
no se acaba más, como si fuese un círculo. Mucha sangre hermanito.
-¡Compañía alto!
La tropa se detiene. ¿Y ahora qué chucha ocurre? Hay movimiento en la tropa. Uno
de los soldados se le acerca para decirle que dice el guía, que a unos 700 metros hay un
monte demasiado escarpado para poder escalarlo. Por el peso de las armas que llevan mi

98

sargento sería. Las armas puede ser que sea una de las razones; pero será que el
cansancio deforma la realidad, sobre todo después de un esfuerzo de tres días de marcha
sin parar. Decide adelantarse, que la tropa aproveche para descansar para ver esa
pendejada de monte. Visto desde aquí, la vaina no parece tan escarpada. Chucha con los
kunus, que cuándo lo dejarán descansar.
-

Entonces soldado, ¿cómo que no se puede escalar? Sabe que ya llevamos un
atraso importante.
Si sargento
Vayamos a ver esta chuchada de problema!

¡Conchisumadre! Lamentablemente el soldado tiene sus buenas razones. Esa
chuchada de monte parece de veras imposible de pasar. Tiene que decidir de inmediato,
chucha que nos estamos jugando la operación. La situación se pone de lo más
comprometida. Este nuevo rodeo tampoco estaba en los planes. Sí sabían de la presencia
del monte, pero no habían imaginado una cosa así. No vale la pena acusar al pendejo de
soldado que va guiando y que supuestamente conocía la zona. Mejor no sobrecargar el
ambiente. La cosa se está poniendo brava y cada vez les queda menos tiempo para
preparar la llegada de los narcos. Hace ya 24 horas que deberían encontrarse a los
costados de la pista. Pero con esta chuchada de rodeo nos va a costar unas cuatro horas
más. Estaremos llegando de madrugada, solamente un par de horas antes de las llegada
de los narcos, demasiado justo como para acomodarse bien y poder descansar. Siente el
ojeo de sus pares, sobre todo los de la otra base, como molestos, fastidiados, cansados
por demás. Busca la mirada de sus sargentos, sus hermanos, como siempre callados y
preparados para jugársela hasta el final. Sin embargo detrás de esos ojos de una lealtad
inquebrantable, hay claros signos de una gran fatiga. La tropa se le aparece de repente
como un puñado de hombres extenuados, sin fuerzas para seguir con esta locura. Se
debería hacer un alto, al menos de dos horas; pero el tiempo apremia como quien dice.
Se sigue o se vuelve. Se sube o se vuelve. Para colmo la parte dura del monte aparece
recién a unas dos horas de marcha. Pensándolo bien, de seguro, que no se podrá
descansar hasta después de la operación. Es más, puede que no haya reposo hasta que se
vuelvan a la ciudad. Piensa en la cocaína que lleva con él. ¿Será el momento? Invocar al
demonio blanco siempre ha sido muy peligroso. Sobre todo teniendo en cuenta el hecho
de que los nervios de la tropa están de lo más tirantes, darle cocaína a los soldaditos
puede ser fatal, sobre todo en este momento con los kunus pisándoles los
talones.¿Tendrá el sargento Trueno una real percepción de lo que está ocurriendo
realmente a su alrededor? ¿No será que los kunus andan deformándole todos sus
análisis? Debe dejar de pensar de inmediato en todas estas cosas. Sí la tropa se percata
de las miles de dudas que lo están invadiendo, la operación se va definitivamente al
diablo. Ojo al guía que le dicen, el que va adelante es la referencia, aquí y ahora no
hay lugar ni tiempo para las flaquezas y las inseguridades.
Mira su reloj, hace signo de rodear la montaña y grita con todas sus fuerzas:
-

Vamos a apurar ese paso ¡Acá señores, que ninguno se olvide que somos del
ejército peruano. ¡Parecemos niñitas soldados! Vamos a hacer saltar esa
chuchada de paloma. Mañana jueves en la madrugada estaremos llegando a la
pista. No se descansa hasta llegar allá. Acuérdense bien de este día, de todo
nuestros sacrificios, todos nuestros esfuerzos porque se lo van a tener que contar
a sus nietos cuando ellos les pregunten como chucha hiciste abuelo para tener

99

tantos dólares.
Observa minuciosamente la reacción de cada uno de sus soldados, esperando la
mínima resistencia, preparado para castigar severamente esa flojera, ese acto de
indisciplina. No hay reacción alguna. Hasta parecía que algunos muchachos han
recuperado algo de fuerzas. Una sonrisa ancha se le dibuja en la parte interior de su
rostro, esa que nadie puede ver y que él sólo puede sentir. El reclutamiento de los
soldados de la otra base ha dado sus frutos. Levanta la mirada al cielo para pedir que la
nube negra se espere unas doce horas antes de volver. Una vez en la pista estarán a
salvo. Si todo va bien, estarán llegando, a más tardar a las cinco de la mañana. Habrá
entonces que tomar posiciones de inmediato no sea que los narcos hayan enviado a
algún pistero para hacer un reconocimiento previo. Si ya tienen alguien en el lugar, va a
ser absolutamente imposible llegar sin hacerse notar. Podría adelantarse el mismo y
liquidar el pistero en caso de que encuentre alguno; pero eso no serviría de mucho. Si el
hombre enviado por los narcos no se reporta a la hora convenida, la operación se
anulará de inmediato. Pero cuando está el Ejército de garante, generalmente no envían
ningún pistero ni nada que se le parezca! ¿Qué tantas mariconadas? Lo único que queda
por hacer es ir e instalarse como si todo estuviese preparado para la gran fiesta, la suya.
¿De dónde saqué las armas? Una pendejada hermano. Echa más cerveza. No había
sido un problema, sino más bien todo lo contrario, lo más fácil de la etapa de
preparación. Chucha, me acuerdo teníamos municiones de sobras, fales y hasta dos
bazucas que le dicen. Tú sabes uno para la avioneta y el otro para el vehículo. Igual
había que tener cuidado de no hacer explotar el dinero ni la cocaína. ¿Te imaginas
hermano? Tanto trabajo y quemamos todo. De los bazucas se iban a encargar los
sargentos, cuestión de apuntar a la cabina y no fallar. En esa entonces yo podía sacar del
depósito el armamento que se me antojaba. ¡Así es hermano!, en la base había un stock
a respetar y listo, después todo lo que se conseguía por ahí, se podía hacer lo que
quería. Las llaves del depósito estaban a mi cargo. Además te voy a decir algo hermano,
era completamente imposible que las autoridades puedan llevar un registro real de las
armas que teníamos en cada base. Nunca podían saber a quién pertenecía cada una ¿y
sabes porqué? ¡Imagina hermano! En un enfrentamiento con los narcos o los
guerrilleros, ¿quién podían enterarse de que suponte de los 10 fales secuestrados se
habían entregado tan sólo la mitad? Nadie. Eso era lo bueno de los enfrentamientos, se
ganaba todavía más dinero. Tú sabes, un fal nuevo te vale, que te voy a decir, unos
3.500 dólares y por los usados, los narcos pagaban unos mil dólares. ¡Claro hermano,
nosotros también le vendíamos armas a los narcos! ¡Jijiji! Chucha con esos tiempos en
dónde se podían hacer buenos negocios. Hay que llegar a la pista antes que los kunus
nos den alcance. Casi que les puede oír las pisadas a estos malditos Kunus. El Sargento
Trueno siempre para sus adentros y nunca para sus afueras, se angustia.

XIV
Abre sus ojos. Por supuesto que no dormía porque le es completamente imposible
hacerlo. Se incorpora y camina los pies descalzos hasta la puerta de la casilla. El
contacto con el polvo, mezcla de tierra, arena, cal y cemento, le produce una sensación
que linda lo desagradable. Dada las diminutas proporciones de la pieza, en unos escasos

100

segundos logra desplazarse hasta a la puertecilla. El lugar en el que se encuentra, la
nueva escuelita, debe de tener aproximadamente unos treinta metros cuadrados. De pie,
con un miedo que empieza a rozar la frontera del pánico, en medio de la penumbra se
inmoviliza, concentrado y alerta, espera.
-

“Nada” piensa para sus adentros.

Se agacha y a través el espacio sobrante, que la cadena introducida en el agujero de
la puerta posibilita, evidencia la noche silenciosa y sin sombras.
-

¡Nada!

Si no fuera por dos lamparitas generosamente encendidas que iluminan la cuadra de
tierra y barro, poco es lo que en los alrededores podría verse. Una de las luces proviene
del mismo sitio en el que se halla, y la otra, de la casita de madera de enfrente. De todas
maneras, lo más importante sigue siendo la confirmación de que afuera no hay ni un
alma. Una vez más analiza su situación: en el hipotético caso de que alguien pretenda
entrar por la fuerza a esta casilla, ¿qué es lo que puede ocurrir? Si bien el hecho de que
aquí no haya nada de valor podría de un lado tranquilizarlo, por otro lado, la fuerte
posibilidad de que las personas ingresen totalmente pasadas de rosca, con fierro y todo,
hace que la situación se complique bastante, sobre todo a nivel de sus nervios.
Además en caso de entrar los “malhechores” darán por sentado de que sus ocupantes
están armados (lo cual en este caso es absolutamente falso). En este tipo de barrio, se
puede conseguir un arma por unos pesos, todo el vecindario posee alguna en su hogar.
Si alguien quiere entrar por la fuerza a alguna casa, tendrá necesariamente en cuenta que
al menos uno de los ocupantes estará armado; por eso cuando los “muchachos” deciden
a ingresar, lo hacen literalmente a los tiros. Bien, ahora, la siguiente etapa es repasar la
real panoplia armamentística que tiene para defenderse: un viejo y oxidado cuchillón de
cocina y un gas paralizante. En esta situación poco alentadora, existe sin embargo lo que
podría denominar una luz en la oscuridad, es decir, un factor a su favor. Por suerte
ninguna de las maestras se encuentra durmiendo en la Escuelita, el peligro de violación
disminuye seriamente. Se encuentra en el barrio de Las Chinas empezando una nueva
etapa de su militancia barrial, con heridas aún a flor de piel de su experiencia anterior.
Curiosamente la posibilidad de poder observar, vale decir, corroborar la quietud
exterior, lo reconforta, lo tranquiliza, apaciguando de esa manera la angustia que lo
mantiene desvelado. En fin, si los chorros se propusieran seriamente entrar, tendrían mil
maneras de hacerlo y en menos de cinco minutos. En esta dolorosa posición, acuclillado
y en este lugar preciso, detrás de la puerta, siente la noche que lo cubre, más calma, más
inofensiva; mucho más que si estuviera acostado en esta bolsa que se quiere “de
dormir”, intentando ganar el sueño, en un estado de paranoia total, con los nervios a la
miseria y sabiendo que mañana tiene que abrir la Escuelita y luego al final del día, lo
espera un viaje de unas dos horas, y lo más probable, de parado para llegar a Capital, a
su casita confortable de clase media. Las cosas son así, se presentan barajadas de este
modo, nadie, más allá del mismo, lo obliga a lo que sea. Entonces punto final
compañero, cierre la boca y aguántesela.
De manera inobjetable, la luz de la casita de enfrente y el silencio humano favorecen
el hecho de que en este momento no sienta temor alguno. Por suerte esta noche que hoy
lo encierra tarde o temprano ha de darse por vencida y así, una nueva victoria contra los

101

demonios del mal alumbrará el nuevo día. Noche ésta, de las especiales sí las hay, la
primera que se queda a dormir en la Escuelita, en la “villa”, un bautismo que se quiere
de fuego. Siente la instancia como vital en el plano personal y porque no en la vida de la
futura Escuelita o más bien del recién creado “Centro Educativo Las Chinas”.
Ya lejos quedaron las épocas de disputas con los integrantes del Centro de Santa
Ana, el centro madre, el primer trabajo barrial en el que participó. Poco a poco, las
diferencias al interior del grupo se habían hecho insostenibles. La dialéctica en su
camino a la purificación reclamaba su síntesis y el nacimiento de una nueva
contradicción. Se debía de producir una ruptura al interior del grupo de trabajo, la
condición gregaria del hombre, la misma que los une, también acaba por separarlos. La
situación a grosso modo podía dibujarse de la siguiente manera: de un lado, nosotros los
blandos y del otro lado, ellos los más radicales. Había quilombo por todo. Por un sí y
por un no: las pintadas, los volantes, los grupos a los cuales acercarse, el discurso que
había que tener frente a los estudiantes, a las empresas, los medios de comunicación
barriales; los conflictos estallaban por todos los frentes y se hacía cada vez más difícil el
poder disimularlos, lograr mostrar hacia el afuera, un grupo de trabajo homogéneo y
parejo, en dónde todos tiraban para el mismo lado.
Se habían producido diferencias aparentemente irreconciliables. Si bien
diferentes gotas en el trabajo cotidiano habían rebalsado a la vez diferentes vasos, pero
bien cierto es, que hubo “la gota gorda”. La gota que determinó gran parte de los hechos
que se sucedieron a continuación; la mecha que terminó por encender el barril de
relaciones humanas que se desarrollaba en ese espacio de trabajo colectivo había sido el
tan mentado “¡asunto de los chilenos”!
Los chilenos llegaron un mediodía de verano, el sol se encontraba en lo alto y
las clases de apoyo en la ahora antigua Escuelita habían finalizado hacía un ratito. En
esa entonces ya llevaban trabajando algo más de seis meses en el segundo centro abierto
de Virreyes. Casi sin hacer ruido, aparecieron en medio del comedor, la sonrisa franca y
con un perfil de lo más bajo. Uno de ellos, difícil de olvidar, tenía un parecido
asombroso a Antonio Banderas, el famoso actor español. Esa fue la primera y única
impresión que tuvo de los famosos chilenos. Al día de hoy, todavía se pregunta cuál
habrá sido el primer sentimiento que los compañeros andinos habrán tenido de ellos, los
maestritos de aquella época. Cuando estos llegaron se encontraron con un grupo de
jóvenes agotados física y mentalmente todos reunidos alrededor de una mesa.
Evidentemente que eso no era lo peculiar del asunto. Un ojo desprevenido hubiera de
inmediato pensado en una reunión para preparar las actividades de la tarde, o bien
alguna discusión política candente, pero no, nada de eso. En el momento en que los
chilenos desembarcaron, desde el primero hasta el último de los jóvenes militantes se
hallaban concentradísimos, ensimismados, hojeando una revista de actualidad para la
mujer. Revistas que pocos compran pero que todo el mundo lee en algún lado. El
artículo debía de ser un múltiple choice del tipo “Sepa si es usted infiel por naturaleza”.
¿Qué habrán pensado entonces los chilenos?
Esto último y el perfil bajo que presentaban los chilenos fueron quizás una de las
razones por las cuales prácticamente ninguno de los presentes les prestó demasiada
atención, al menos esa tarde. Además, las visitas de amigos, compañeros o curiosos que
se acercaban simplemente para conocer algo del funcionamiento de la Escuelita eran
bastantes frecuentes en aquella época.
Debían de ser entonces alrededor de las 13hs, la pausa, el momento de descanso
bien merecido entre el final del comedor para los chicos y el inicio de las actividades de

102

la tarde: ropero solidario, construcción, diferentes talleres para los chicos, etc.
-

-

Buenas tardes compañeros, dijo Maximiliano, acá les presento dos compañeros
de Chile que vienen a conocer el trabajo que estamos realizando. Ya estuvieron
en el otro centro de Santa Ana y ahora vienen a conocer el trabajo de Virreyes.
Bueeeeeeeeeennnnnnnasssss contestaron todos los muchachos y muchachas al
unísono.

Compartieron un café, unos mates y algún cenicero. Pasaron un momento de
relajo sobre todo con el múltiple choice de la revista ya que los chilenos se habían
prestado seriamente al igual que el resto de los maestros a participar del apasionante
divertimento. Por eso fueron recordados algún tiempo, antes de perderse en el olvido,
evidentemente eso fue antes de saber todo lo que traían detrás. Bien jodido había sido el
tema de los chilenos.
Pero el ahora es el ahora ¡Cueste lo que cueste tiene que dormirse! Se acuesta
nuevamente, acomoda con violencia la toalla que hace de almohada y cierra los ojos
como obligando el sueño a presentarse; como si de esa manera imperativa, el sueño por
una cuestión de simple obediencia debería darle por fin ese descanso que tanto está
codiciando. Trata de vaciar su mente, de reducir la velocidad de las diferentes imágenes
que desfilan en su cabeza. Necesita dormir, sino mañana...no, ¡no ni siquiera manñana!,
en tan solo algunas horas, tal vez tres, con suerte cuatro, tendrá que levantarse y abrir la
escuelita. Mejor pensar en otra cosa. Después de algunos minutos, la calma poco a poco
va llegando y los pensamientos comienzan a entremezclarse, las imágenes oníricas se
superponen a las de una supuesta realidad. Se halla entonces tan solo a medio camino
para dar por fin riendas sueltas a su inconsciente... Ahora son los perros. ¿Pero cómo
carajo hace la gente para dormir en este barrio? Una vuelta, la cumbia a todo lo que da,
otra vuelta, se escuchan tiros y ahora los perros o bien... ¡Puta madre que los re mil
parió! Ahora sí, ahora sí lo escuchó clarito, un ruido. Un ruido de pasos. Unos pasos, sí
otra vez. Mierda, hay alguien ahí afuera. ¿Dónde está el cuchillo? Acá, bien, ahora que
venga el que quiera. Por las dudas también toma en la otra mano el gas paralizante.
Sentado en la bolsa de dormir que lo cubre hasta la cintura, la mirada fija en la puerta,
espera en absoluto silencio. De seguro que están buscando por donde entrar. La concha
de la madre, tarde o temprano se tenía que dar. Tal vez lo mejor sea gritar para tratar de
asustarlo, aunque eso implique quedar como un cagón; pero qué mierda, los tipos deben
de estar calzados con armas hasta las bolas. De un salto se incorpora y se dirige
nuevamente hacia la bendita puerta. Otra vez el contacto con el polvo, otra vez el frío,
otra vez esa sensación de mierda, otra vez mirar por el agujero y por supuesto...otra vez
¡ni un alma en la calle! ¿Lo quieren volver loco? Si eso es lo que alguien se propone que
sepa que lo está logrando seriamente. Agudiza el oído como intentando escuchar más
allá de lo evidente, a la espera de sentir, de confirmar nuevamente los peligrosos pasos.
Un perro ladra a lo lejos, un auto pasa y ahora...silencio absoluto. Decide moverse hasta
la parte trasera de la casilla, más precisamente cerca del baño, o del pozo como bien se
quiera llamarlo, ya que de ahí aparentemente parecen provenir los pasos. Intenta calmar
una respiración traicionera y agitada, un serio óbice para el oído, respira hondo.
Silencio. No queda más remedio que salir. Sí, salir y echar un vistazo. Eso o morir de un
ataque de nervios. Salir, dar la cara, hacer como si él también tuviese un fierro, así en
caso de que haya alguien afuera, que vea, que se cerciore y que se le grabe bien en la
cabeza que uno bien puede ser profesorcito “chetito” como suelen llamarlos los pibes
del barrio, la vagancia; pero no obstante, uno también se la puede aguantar. Calla sus

103

pensamientos para escuchar nuevamente el afuera amenazador. Nada otra vez. Ensaya a
solas el gesto que debería indicar que él también lleva un arma en la cintura. La mímica
lo convence. Pero de todas maneras, ¿qué extraña jugada le están haciendo? Las pisadas
se oyeron de lo más nítidas. Cabe la posibilidad, bien que mínima, que el vecino del
terreno del fondo volviese de alguna parranda nocturna. ¿Qué hora son ahora? Las dos y
cuarto. Sí, la decisión está tomada: lo mejor será salir y averiguar qué carajo está
pasando afuera.
Volviendo al tema de los chilenos, no hacía falta analizar mucho el escenario
para darse cuenta que el asunto había sido prácticamente definitivo, a la hora de decidir
que había que renunciar a la escuelita de Santa Ana como a la de Virreyes y buscar un
nuevo barrio para abrir una Escuelita propia al grupo. De todo ese revuelo que causó el
tema de los compañeros andinos, al día de hoy tampoco recordaba exactamente ni
cómo, ni por quién se había enterado de los hechos.
La bendita historia finalmente era que los chilenos en cuestión, los simpaticones
y buen mozones “huevones”, pertenecían a una de las leyendarias organizaciones
revolucionarias de Chile, más exactamente al MIR. Y nuestro querido Antonio
Banderas se encontraba como clandestino en Argentina, con orden de captura
internacional por la INTERPOL, acusado de terrorismo, asalto a mano armada a
blindados y algunas huevadas más. Con el tiempo y cuando ya la ruptura quedaba atrás,
se enteraron de algunos detalles más. Ciertos integrantes de la Escuelita habían
realizado alguno que otro entrenamiento militar. Ya por esa entonces la confianza
mutua en la construcción política estaba quebrada, en ruinas, vencida.
Qué decir decir cuando Celina, su novia, se enteró. ¡Cómo se puso! Y como no
iba a hacerlo, el impacto del golpe había sido gigantesco, porque el tajo a su vez había
sido harto profundo. Por supuesto, la noticia cayó como un baldazo de agua fría para él,
para ella y para la mayoría del grupo que luego decidiría irse. Celina estaba que echaba
fuego:
- ¡Te das cuenta! ¿No, pero te das cuenta lo que hicieron? Están re locos. Ahora sí
que pasaron totalmente la raya. Se re fueron a la mierda. Llevaron a la Escuelita a unos
tipos buscados por INTERPOL, los trajeron al centro y no le dijeron nada a nadie, y
nosotros re boludos e inocentes haciendo el juego del múltiple choice de la fidelidad.
Los llegaban a enganchar los servicios de inteligencia en la Escuelitay estábamos fritos,
pero de verdad. Claro, después encima te salen con el discurso de que supuestamente no
estamos listos para comprender la situación, que el compromiso y no sé qué otras
boludeces. Hay un montón de gente que viene todos los sábados a dar una mano para las
clases de apoyo y que al mediodía se vuelve para su casa, gente que no le interesa nada
de nuestra política, lo único que buscan es dar una mano, ayudar a la gente del barrio y
de más está decir que son re importantes para el funcionamiento de las clases de apoyo.
Pensar que ellos también podrían haber tenido unos quilombos terribles. Realmente no
es justo, y todo porque “éstos” están completamente locos. Yo ya no puedo confiar en
ellos, nos faltaron el respeto, nos mintieron. Hay que irse a la mierda.
Juegos de niños, sueños adolescentes postergados, puros y legítimos, que se habían
vuelto un tanto peligrosos. No era simplemente una cuestión de miedo, cagazo a quedar
pegado con los chilenos, por supuesto que había algo de eso, pero también sumaba el
hecho de de ellos, habían perdido la visión total del tablero, visión de conjunto que en
algún momento pensaron que detenían. Finalmente, y vaya uno a saber desde cuándo,
resultaba que solo algunos pocos disputaban esta especie de partida y los demás se

104

habían convertido en simple peones. Atención que al fin y al cabo, ese tampoco era el
mayor de los problemas, no, definitivamente eso no era lo malo; lo malo es creer o que
te hagan creer que las estrategias se planifican entre todo un grupo y después constatar
que la historia es otra. Se había cortado el último hilo del cuál pendía la confianza entre
los compañeros. No se trataba de un puritanismo naif. De un lado estaba claro que en
algunas ocasiones, las circunstancias exigen cierta verticalidad; pero uno no deja de
tener derecho y sobre todo teniendo en cuenta el contexto, de saber en qué se mete, vale
decir aceptar que en una determinada organización se va asumir el rol de obediencia y
sumisión a una jerarquía. Para los otros, esta especie de manipulación se justificaba y
por varias razones. Una de ellas bien podía ser que no nos consideraran con la madurez
necesaria para asumir estas estrategias, la otra era que este tipo de organización política
exige por una cuestión de seguridad este tipo de verticalidad y ciertos sacrificios éticos
subyacentes. Finalmente y una vez más, no se podía hablar de buenos y de malos, sino
más bien, de análisis coyunturales y/o prácticas, bien diferentes. Para bien o para mal, la
información se había filtrado, y los integrantes involucrados y traicionados debían de
decidir en cómo se iba a actuar en consecuencia. La repuesta de una parte del grupo, el
suyo, había sido inmediata y contundente.
- ¡Hay que irse!.
- ¿A dónde?
- Ni idea.
La decisión no era para nada sencilla. En todo este tiempo se habían creado lazos
con la gente, y todo esto no hacía más que dificultar la decisión a tomar; tanto en el
plano individual como en el colectivo. Tan era así que algunos integrantes del grupo
disidente habían propuesto el tratar de ganarse los diferentes vecinos de los dos barrios
y obligar al otro grupo a buscarse otro espacio. Pero del otro lado, estaban los históricos
del Centro, los radicales, los de mayor peso y para no faltar a la verdad, los verdaderos
motores del proyecto. No en vano la metáfora favorita de Maximiliano para definir el
proyecto político barrial era la de “un bondi que va a algún lado y a un ritmo que le es
propio y al que no le gusta, no tiene más que pedir la parada en la próxima.
Estabaclarísimo tocaba bajarse. Más allá de cualquier decisión, indiscutiblemente, una
etapa quedaba atrás y otra nueva comenzaba. Y sea como fuera, la herida de tener que
renunciar a unos maravillosos años de trabajo con un grupo de gente increíble más allá
de cualquier diferencia, iba llevar un tiempo importante cicatrizar toda esta movida.
En un principio, el grupo de militantes que se habían bajado del proyecto y entre los
cuáles se encontraban, barajaban tan solo dos opciones: o integrarse a otro laburo o
“cambiar de vida” para dedicarse quizás a lo que el compromiso se había llevado
consigo: los estudios, los viajes, los amores, la familia, las salidas, etc.
Sale.
La noche estrellada en este barrio desconocido, desconocido por ahora, porque
eso debe quedar claro: vino para meterse este territorio en el bolsillo, para que de acá a
un tiempo prudencial, pueda sentirse como en su casa. La noche entonces, esta noche
mansa lo sorprende agradablemente. Acá está, el momento cumbre, en su nuevo laburo
barrial, una escuelita para construir, un árbol para florecer, y un mar por atravesar.
Comenzar las primeras relaciones con los vecinos, integrarse, hacerse del pago, hacerse
del palo, compartir amaneceres, historias, ser inmediato, hermanarse en la miseria,
fortalecerse, entreabrir la posibilidad de ser feliz, de tener su lugar en el mundo,

105

desembarcar al fin en tierra firme. Se siente nuevamente inmenso, gigante, se adueña
del mundo, la vida emerge por una fracción de segundo, tal cual una aparición sublime,
con la intensidad, con la belleza, con ese sabor inhumano de valer la pena de ser vivida.
Porque de repente ahí a lo lejos, en el horizonte cercano aparece una razón, un porqué
existencial para esta vida.
El cuchillo escondido en su manga lo devuelve cruelmente la realidad. Por un
rato había olvidado que acaba de salir para echar un vistazo en pos de unos ruidos
nocturnos que lo tienen a mal traer, olvidado también, que todo parece indicar que hay
alguien merodeando alrededor de la escuelita. Decide dar la vuelta a ver qué pasa.
Nada. Vuelve a entrar y resuelve calentarse una pava con agua. Pareciera que en
noches como esta, Morfeo y sus brazos tendrán que pasarse de él. Por lo pronto, hay una
urgencia que resolver. Se deben procurar un arma de inmediato, sino las noches van a
ser imposibles. Encima a medida que vayan adquiriendo diferentes materiales para la
Escuelita, las posibilidades de recibir visitas nocturnas se van a ir acrecentando cada vez
más. Desde ya que esto plantea un flor de problema. Salvo los otros dos integrantes del
Centro que también vana a dormir en el barrio por las noches, el resto nunca va aceptar
la presencia de un revolver en la escuelita, y a decir verdad eso suena bastante lóxico
como dice Luís. ¿Pero qué hacer sin un puto fierro?, el grado de vulnerabilidad es
demasiado grande, tamaño riesgo hasta puede llegar a ser ridículo. Hoy mismo va a
hablar con los otros chicos y tendrán que resolver esta situación de la manera más
rápida; ¿y secreta?.
¿Cómo habían llegado a este nuevo barrio?
Había sido en una marcha, ¿cuál de todas?, ni idea. En la era menemista las
protestas eran moneda corriente. El nombre de la chica que le sopló la información:
Zaira. El físico, la sonrisa bien definida, la chica trabajaba en una fábrica de Pacheco.
-

-

¿Y cómo andan las cosas?, preguntó la muchacha aquella vez
(...)
¡Che qué cagada que se fueron! ¿Están seguros que las diferencias no se pueden
arreglar de alguna manera? Por ahí basta con hacer alguna reunión y aclarar las
cosas, la verdad que a mí me gustaría que vuelvan. En la Escuelita de Santa Ana
quedó un hueco terrible desde que ustedes no están.
Sí, puede que tengas razón pero la decisión ya está tomada. Además estamos
buscando un nuevo barrio para instalarnos.
Eso mata loco, de verdad, me parece genial. ¡Hey! Ahora que lo pienso, tengo
unos amigos que se acaban de instalar en un nuevo asentamiento, al chavón le
dicen Merlín y el barrio queda en la zona de Pacheco, creo que se llama Las
Tinas o Las Chinas, en fin algo por el estilo.

Así era que habían caído al barrio de las Chinas; pero eso ya era historia del pasado,
lo mismo que su primera noche de miedo cuando de quedó a dormir en la Escuelita sin
más arma que un cuchillo. Ahora se encontraban en una reunión, una vez había olor a
traición, la única diferencia era que el traidor esta vez era él,
Una nueva reunión comienza. Los integrantes del nuevo Centro Educativo Las
Chinas están reunidos para un asunto de lo más delicado. Tres de los integrantes deben
blanquear el tema de un arma adquirida a espaldas del resto del grupo. Por suerte
todavía le quedan unos diez minutos, la impuntualidad de algunos de los integrantes le

106

otorga un poco más de cuerda, algunos respiros más, antes de lanzarse en estas aguas
que se anuncian de lo más turbulentas. Ahora con la distancia todo aparece de manera
más clara: se mandó flor, pero flor, de cagada. Toca dar la cara y asumir. ¿Quién lo
hubiese dicho? Hacer marcha atrás ya no es posible, la noche se anuncia de lo más
movida. Una lástima, de verdad, el ambiente está de lo más tenso y presiente un antes y
un después de lo que sucederá en esta reunión.
Mira a su alrededor y las personas que ya están enteradas del asunto le echan
una mirada colérica, indignada, de esas que fusilan y vuelven a matar a los muertos.
Se podía decir que el agua había corrido bajo el puente. Después de aquella
primera noche de los mil demonios en el nuevo barrio de las Chinas, en donde no había
podido pegar un ojo, ni bien llegado a su casa, había llamado a los otros dos muchachos
y habían decidido de común acuerdo, comprar un revólver, sacarlo por la noche y
esconderlo por la mañana, dormir tranquilos y mantener el mutismo absoluto con el
resto del grupo hasta nuevo aviso. Pero lo que debía ser un secreto firme se convirtió al
muy poco tiempo en un puterío de aquellos. Uno de los chicos (eso era finalmente lo
que ellos mismo eran) se lo había contado a su novia y el asunto entonces había
estallado. Ahora les tocaba afrontar por un lado la furia de un grupo dejado de lado y
por el otro, el huracán devastador de una pareja, la suya, que se sentía y en todo su
derecho, traicionada por partida doble.
La reunión comienza, el juicio también. Las explicaciones, vale decir expuestas
de una manera más que torpe de su parte no convencen al enfurecido auditorio. De nada
sirven los intentos por defenderse al estilo:
- Ustedes no saben lo que es pasar una noche allá sin un arma, de verdad te
cagás hasta las patas; primer intento. Hasta los mismos vecinos te dicen que no podés
pasar una noche acá sin tener un fierro. -Los vecinos, cita de autoridad-, segundo
intento.
Una de las chicas, de las compañeras, refuta inmediatamente con un razonamiento
que no permite réplica alguna.
-

¡Disculpame que discrepe!; pero si es tan terrible pasar una noche allí y decís
sentirte tan indefenso y además decís que todo los vecinos te lo dicen, ¿porqué
no nos plantearon el problema? ¿qué somos nosotros, unos boludos que viven en
una burbuja?

Golpe al hígado, al piso en el primer round.
-

La verdad es que pensamos que no nos iban a comprender lanza uno de los
acusado.
Sí y además pensábamos preparar el terreno para decírselo apoya solidariamente
otro.
Tal vez después de todo, esta partida no esté perdida en su totalidad. El numen
de una mirada comprensiva parece dibujarse en algunas de las caras presentes. La
esperanza se mantiene un segundo más en vida, tal vez dos, de pie antes de recibir el
contundente, nuevo y definitivo golpe de nocaut. Una de las chicas que se había

107

mantenido callada hasta ese momento, pide inmediatamente la palabra.
- Necesito decir algo. Yo personalmente, estoy re dolida. Tengo realmente la
sensación que no se dan cuenta de lo que hicieron ¿Cómo vamos a hacer para tenerles
confianza de nuevo? Loco otra vez lo mismo, la historia se repite, unos pocos están
preparados y se las saben todas y los otros no. Tengo una amargura en el corazón que
no les puedo explicar. Que ustedes nos hagan esto, es una cosa que me da ganas de
mandar todo a la mierda. Es exactamente lo mismo que el asunto de los chilenos. Y
pensar que la gran mayoría de los que estamos hoy acá reunidos, nos fuimos del otro
centro por una actitud, en el fondo, igual a ésta.

XV
Y perder la razón en un juego tan real…

C

¿ uáles son los límites? Admitirlo, implica a la vez, naturalmente, aceptar el
precio. Porque todo tiene su precio, ¿o no? ¿Qué va a pasar ahora que estoy
convencido de que ya lo intenté todo? La realidad me está venciendo, está logrando
ponerme definitivamente de rodillas. Como si mis pies, mis pasos me estarían
arrastrando, más allá de mi voluntad, (al menos desde la consciencia), a traspasar la
difusa frontera de un territorio, del cual creo que no existe posibilidad de regreso. Me
estoy transformando en un ente emocionalmente inactivo, casi, un ser doblegado, al
cual, se le están muriendo las últimas células de rebeldía que lo habitaban. La
quimioterapia de la realidad sabe perfectamente cuáles son sus quehaceres. Como si el
fuego, el agua, lo hubiesen invadido casi todo, como sí la única salida de emergencia
hacia la vida, la única vía de escape que se nos abre, es ésta: la locura. Un especie de
suicidio psíquico, un derecho a la eutanasia que un determinado tipo de sociedad como
la nuestra ha producido y legalizado. Sociedad que reconoce la podredumbre de los
frutos, pero no así, de las raíces. Como sí en medio de este desierto existiera un oasis,
una oportunidad de al fin apaciguar los dolores del alma, entregándonos a otro mundo, a
otras leyes, otra dimensión.
La locura. Así lo vivo a diario, así poco a poco voy llegando al límite de mis
fuerzas, casi remolcándome. Como un ave de rapiña que planea en el alto cielo a la
espera de observar un signo, un indicio; ése que advierta que en alguna parte del ser
vivo que se tiene en la mira, se está produciendo, por más mínimo que sea, un acto de
renunciamiento a la vida. Todos los sentidos de nuestro depredador puestos en detectar
un primer titubeo, intuir el menor de los suspiros, la primer mirada de resignación. Y a
mí, como si ya me hubiesen detectado: ahí está, ese soy yo, el más débil del rebaño. La
certeza de la locura, de ya sólo tener que esperar el momento adecuado para bajar y
llevarse lo que le pertenece. Porque finalmente todo parece ser en muchos casos, y en el
mío también, una simple cuestión de tiempo. Si no es hoy será mañana y sino, pasado
pero de seguro será cantan a coro mientras vuela en círculos sobre mi cabeza.
La locura como un retorno a la infancia, a los brazos de tu vieja, ¡ya sabés!,
volver a meter la cabeza sobre su falda y esperar esas caricias capaces de poner fin a
esas angustias, a esos miedos existenciales que no han cesado un solo instante desde
entonces. Allí está ella, escondida detrás de todos los momentos que llenan nuestras
vidas, incluso aquellos que se suponen como los más felices. ¡Ya sabés!, como si

108

pudieras después de mucho tiempo, sacarte ese absurdo disfraz de adulto que te obligan
a vestir. La locura. Al fin libre, libre después de toda una vida de niño encerrado en una
coraza, dícese de madurez. Nuevamente protegido, alejado, inmune a ese insoportable
peso que deviene el asumir la propia existencia, el contemplar una vida que solo sabe de
existir y nada más. Una refrescante sensación de no más búsqueda, un punto final a
tantos puntos suspensivos.
La locura.¿Cómo calificar este traspaso de mando? ¿Cómo una bajada de brazos
ante la sociedad o más bien como un último acto de resistencia? ¿Quién vence a quién?
Mantenerse biológicamente vivo a la espera que el telón cubra la última de las dudas, la
última incógnita...la muerte. Vos sabés bien, cuánto vale eso de saberse a salvo, lejos e
intocable, ahí quietecito en tu burbuja.¿Para qué mentir? Lo asumo perfectamente, es
más, soy totalmente consciente de que me cuesta cada vez más volver de cada uno de
mis viajes al más allá. Cada vez quedan menos argumentos, menos excusas, menos
amores a los cuales poder aferrarme y así permanecer acá, simplemente de este lado de
la orilla, por el hecho simplemente de estar y no por otra cosa.
Ganas de no joder más a nadie. Más bien a casi nadie. Porque convengamos, que
bien diferente sería si me pegara un tiro pero no puedo; o bien porque no soy tan hijo de
puta para hacerle eso a los pocos seres queridos (queridos porque me quieren); dos, no
tengo los huevos suficientes.
Otra vez a ver a los Gálvez, otra vez a convencerlos de que me compren unas putas
latas de gaseosas, otra vez a correr detrás del dinero; otra vez a arrastrarme, a hacer la
viborita concupiscente, a sonreír sin risa, a prostituirme cuando no tengo ganas. Pero
obvio, ¿quién mierda puede tener ganas de prostituirse? El cliente siempre tiene razón y
eso, por algo será. Bajate los lompas hermano, aceptá la derrota mientras se la pongo
por atrás a todos tus ideales. Para que veas quién manda acá. Todo sea por las ventas.
La mercadería que tengo para ofrecer viene con un precio de la puta madre. Precio
“especial”, anzuelo perfecto para atraer algunos tiburones. Lo que pueda enchufarles a
los Gálvez va a depender de sí el Flaco y sus hermanos andan con plata o no. Ellos son
los únicos que pueden hoy en día comprarme todas las latas de un toque. La merca es
choreada, vale decir choreada de la empresa, alguna tramoya que tienen los repartidores
y los que despachan las bebidas. De vez en cuando suele aparecer así, una ofertita
mensual. Esta es la primera vez que me llaman. Mi función: hacerla desaparecer lo más
presto posible. Eso sí hay que poner la guita de una. Hoy, bien tempranito a la mañana,
me llamó uno de los masca-pitos de la empresa
- Mirá que mañana a última hora tenés que tener la guita me dijeron al otro lado del
teléfono.
- ¿Cuánto hay que comprar? pregunté.
- 100.000 dólares,¿no hay problema?
- Dejame hacer unas llamadas.
- No, me tenés que decir ahora, sino se la ofrezco a otro. Me dijeron que vos
podías hacer este tipo de movida, que con vos nunca hay historia con la plata.
- Dale, la hacemos, ¡no hay problema!
Al toque lo llamé al Flaco Galvez
- ¿Flaco?, habla Tati, tengo unas latas que pueden interesarte,¿te va?
- Venite a la tardecita boludo, y lo discutimos mientras nos fumamos un buen
porro.
- ¡Dale flaco. En unas horas estoy ahí.

109

Tengo que ponerme las pilas con la Colo, nos vamos a terminar matando con
nuestras peleas, la última, una más de las cien mil idas y vueltas que tiene esta relación
enfermiza, muy delicada; pero de lo más intensa. Lo de hoy pasó los límites, en realidad
los límites los pasamos hace rato, por ejemplo el día en que llegamos a decirnos:
-

No te amo Colo
Si me amás, pero no te das cuenta!

Y después otra vez a los besos, otra vez sintiendo que saque un boleto hasta la
próxima parada, próxima disputa, tal vez mañana. Soy un hijo de puta con la Colo.
Ademas sospecho que sabe de mis andanzas con la Lili.
Si los Gálvez se vienen para atrás vamos a tener que salir a reventar la merca, lo
que significa vender a cualquier precio. Ahora que me apalabré con este tipo no hay
vuelta atrás si quiero seguir laburando de esto. Sino logro colocar la merca, con los
100.000 dólares que hay en juego me quemo para toda la vida. De más está decir que
no tengo un mango partido por la mitad para bancar la movida en caso de algo salga
mal. Estoy reloco no tengo un cobre, y me estoy comprometiendo con semejante guita.
Nada que perder, ni siquiera un nombre.
Otra vez dependiendo de estos pibes, de los Galvez, otra vez haciéndome él que
tiene más de cien cartas bajo la manga cuando en realidad hace rato que se me acabaron
los créditos. Pero bueno, finalmente que tanta mala sangre ¡eh! Hay gente que la yuga
de verdad, dícese el hambre, dícese el frío. Ojo que a veces las angustias existenciales,
las heridas del alma pueden doler mucho más que las materiales, que las del cuerpo.
Miren sino la cantidad de suicidios que existen en los países desarrollados en
comparación con los del tercer mundo. El sur también existe…a veces.
Sea como sea, me alivia saber que Luís, el peruano, va a estar ahí, barriendo,
descargando, lo que sea; pero ahí. Sí ahí, para mostrarme que existe peor que yo, para
recordarme que al fin y al cabo, alguien en este mundo puede llegar a envidiar algo de
mi situación. Eso debe ser lo que hace que lo aprecie, esa debe ser mi manera de
agradecerle el placer que me proporciona, de ahí deben nacer mis ganas de ayudarlo.
Cualquier acto que realicemos, el motor sigue siendo el mismo, nuestro egoísmo, el
mismo que negamos, que condenamos, del que nos avergonzamos. De ahí nacen todas
las bellezas y horrores que el ser humano es capaz de producir. Egoísmo y más
egoísmo. ¿Qué mejor entonces que los “pobres”, (pobres en un sentido amplio, como
yo) para consolarnos que los hay más desgraciados que uno?
Habría que inundar la cabeza de la gente con propagandas que digan: “yo era un
hombre sin suerte, con deseos de suicidios, nada que perder. Mi vida era un verdadero
calvario, nada tenía sentido, mi pobre ego andaba por los subsuelos, me sentía realmente
el último de los últimos, cuando de casualidad fui a dar a un hogar de discapacitados.
Ahí me di cuenta, que yo tenía algo que otras personas podían envidiarme. El milagro se
produjo. Fue tan sólo darles una mano para enseguida sentirme bien conmigo mismo.
De repente todo mi universo adquirió un significado. Al día de hoy me lamento de no
haber empezado este tipo de actividad humanitaria antes. En esta entrega, creo reside la
clave de mi felicidad y por supuesto, la tuya hermano. Ya no lo pienses, dedica tu vida a
los que tienen algo que envidiarte, esa es la única manera de ayudarte a ti mismo.
Amigo, hermano, conciudadano, compañero, acércate a nuestro centro de
discapacitados para ayudarnos, pero por sobre todas las cosas, para darte una mano a ti
mismo.”

110

¡El peruano! ¡Qué hijos de puta los Gálvez, y sobre todo el Flaco! Hasta me parece
que se da un gusto especial en contármelo, como si supiera que detrás de mi cara de
forro que no dice nada, que aprueba como una mierda lame culo que soy todo lo que el
flaco dice, se esconde un tipo al que esta clase de comentario jode y a lo grande; eso sí,
en algún rinconcito del alma, ahí donde no se me vea. El sólo hecho de tomarme un café
con ellos o de cagarme de la risa, me hace sentir culpable de la situación. Me la contaba
el Flaco Galvez y yo de un lado no sabía si me estaba jodiendo o qué, y del otro. Resulta
que se lo llevaron al peruano a la costa una semana.
-

Para qué? pregunté
Para cagarnos de la risa dispara el flaco.
(...)
¡Boludo no te podés imaginar! Luís dormía todas las noches en el baúl del
coche. Este chavón es una cosa de locos, se ponía así en bolita en el baúl con
una mantita de mierda y se dormía hasta la mañana siguiente. El auto lo
teníamos estacionado en la puerta de la casa. ¡No sabés la casa que alquilamos!
La de fiestas que armamos. ¿Te acordás Luísito como te dormías en el Auto?
Luís el peruano asiente mientras sigue descargando las latas del camión.
Algunas veces, prosigue el Flaco, el hijo de puta se ponía a chupar con nosotros
y ahí se nos volvía loco con las minas, el chavón perdía la cabeza, ¡vos no sabés!
Se las quería coger a todas. Cuando íbamos a la playa, vos imaginate, todas las
perras en cola less, Luisito no aguantaba más, se les tiraba encima. No sabíamos
cómo pararlo. Capaz que en su vida nunca había visto unas mujeres como esas.
Un día me dije este chavón se va a mandar un moco grosso con una pendeja y
vamos a tener unos problemas de aquellos. Hay que atarlo. Entonces le pusimos
una correa.

-

¡Sos un hijo de puta Flaco! me mando con una risa de lo más falsa.
¡Pará boludo!, el chavón estaba en Pinamar, ¡vos no sabés!, recontento, se la
pasaba todo el día con sus anteojos de sol, diciéndole guasadas a las minas.
Unos descontroles de la concha de la lora, había que atarlo! ¡Luís! Contale al
Tati como la pasaste en Pinamar.
¡De puta madre hermano!, responde Luis levantando el pulgar

-

¡Los Gálvez! ¡qué hijos de puta!, si sólo supieran que ellos fueron los que
lograron sacarme hoy de la burbuja autista como la llamo yo. La locura.
Otra vez los rollos interminables con la Colo, con lo mal que le hace y con el mal
que nos hacemos. Creo que todo detonó después de prometerle que no vería más a la
Lili. Que sólo había habido unos besos y nada más; y que por supuesto esos besos no
habían sido mientras ellos dos estaban saliendo. Error, grave error, ¡con la Colo no!, es
un torbellino. Volvía loco a todos los hombres. ¿Porqué? Porqué simplemente tiene diez
veces más huevos que cualquiera de nosotros. Entonces eso te vuelve loco. Y tuvo la
mala suerte ella, ella que no tenía más que extender y abrir su mano para que vengan a
comer todos aquellos hombres que buscaban una mujer de verdad, linda, exquisita por
donde se la vea; no va la pobre Colo y se nos enamora de un desenamorado de la vida
como yo, de una balsa triste a la deriva, “a quién se le venía de morir el verbo amar”.
La Colo que todo lo iluminaba, que todo lo revivía, tantos besos cabían en sus labios.
Con el tema de la Lili, tal vez pretendí agregar un aderezo novedoso para un plato,

111

el nuestro, ya salpicado de mierda para todos lados, que se viene repitiendo desde
tiempos inmemoriales. Como la mayoría de las parejas que se disputan, en medio de ese
buscarse culpas, en medio de este querer apropiarse a toda costa el rol protagónico,
como en las antiguas tragedias donde el personaje principal, el protagonista, era el que
más sufría, en ese querer por ambas partes adjudicarse a cualquier precio el papel estelar
de víctima, cometió él, un traspié estratégico garrafal: confesar haber tenido algunos
“roces” con la Lili. ¿Porqué lo hice? No sé. ¿De qué me sirvió lastimarla de esa manera?
¿Una ráfaga de honestidad? Hmmm, permítanme dudar de mí mismo, difícil de creer.
Más bien debería inclinarme a pensar que la quise herir, que tuve ese deseo inmundo de
hacerle sentir su poder, un especie de “no jodas conmigo porque te puedo hacer
mierda”. La Colo empezó a tartamudear, la boquita se le fruncía y sus ojitos se le
llenaron de lágrimas. La acababa de hacer trizas, mierda que le dicen. Al mismo instante
en el que su obra alcanzaba su momento cumbre y la Colo, sentía la onda puñalada de la
traición, en ese instante, él se quiso morir, se sintió basura, culpable, todo un hijo de
puta. Después obviamente sobrevino el profundo arrepentimiento de siempre, sincero,
ese que según los cristianos, merece el perdón. De nada valió el aclarar que jamás se
habían acostado, cosas absurdas, innecesarias, el daño irreparable estaba hecho. El
puñal había traspasado la epidermis y la balanza que establece la víctima y el victimario
se había inclinado, con toda justicia de su lado. La Colo estalló en un vendaval de furia
y de dolor:
-

-

-

-

-

-

¡Sos un hijo de puta! ¡Me cagaste! Me cagaste encima con una mina que hace la
calle, con una puta. ¿Cómo me podés hacer tanto mal? Decime Tati, decime
¿qué te hice yo para qué vos me hagas una cosa así? Encima me lo decís de esta
manera, casi cagándote de la risa, como si te diese placer ver cómo me hace
mierda lo que me decís. (...) Espero que te hayas cuidado, te lo digo por vos, y
también por mí, porque si vos te querés cagar la vida es tu problema, pero
acordate que yo existo. Si vos querés jugar con tu vida hacelo, a mi dejame en
paz.
Pero Colo si te digo que no hicimos nada, además vos y yo en ese momento no
estábamos saliendo y encima de todo, vos sabés que nuestra relación, es
cualquiera, ni para atrás ni para adelante, ya lo hablamos ochocientas veces.
¿Porqué hiciste una cosa así? ¡Disculpame! que te vuelva a preguntar pero no lo
entiendo. Por ahí soy medio tontita, ¡viste!
¿Sabés qué Colo?, te pido que cortemos esta discusión ahora mismo, sino nos
vamos a agarrar de los pelos otra vez y no tengo ganas. Ya tengo las bolas llenas
de estar a las puteadas las 24 horas del día con vos.
Bueno perdón, si te cagás de la risa con todo el mundo, menos conmigo.
Colo, no seas boluda te pido que lo pienses bien. Hacé un esfuerzo por
controlarte. Si nos agarramos, hay un momento y vos sabés muy bien de lo que
te estoy hablando, en que arranco y después no sé ni lo que digo ni lo que hago,
pero de seguro que va a terminar mal. Ya lo veo venir, así que mejor cortémosla
acá (...)
No, Tati, vos no te vas a ningún lado, vamos a aclarar este asunto, vos te crees
que podés hacer lo que quieras, decirme lo que se te canta y después irte lo más
tranqui, vos estás re loco, primero me vas a escuchar…
Parémosla Colo, no sigamos discutiendo, no sirve para tres carajo, no tengo
ganas de … No me toques Colo porque es peor ¡No ves! ¡Ya está! Demasiado
tarde, ya me estoy sacando y la reconcha de la lora. Colo, no la entendés nunca
cuando te hablo.

112

Otra vez sucedió lo que no tenía que suceder. Mejor tomármelo a risa, mejor no
pensar seriamente en lo de hoy al mediodía. La cosa se está poniendo brava
cerebralmente. Me costó tiempo entender qué carajo era lo que me estaba pasando.
Creo que todavía no asumí bien, las implicancias psíquicas emocionales. No lo
asimilé, en todo caso, no del todo. No soy completamente consciente de las
derivaciones que puede tener para mí toda esta historia. Todavía es como si siguiese
jugando. Es como si de alguna manera no soportara las variaciones anímicas abruptas
con mis parejas. Pasar del negro al blanco, de la risa al llanto, y sobre todo del llanto a
la risa, no puedo. Después de una fuerte discusión siempre necesito para bajar, para
poder tranquilizarme después de una agarrada, un tiempo para estar sólo, es decir sin el
otro. Después de una pelea, no puedo hacer como si de repente todo hubiera sido
simplemente un mal entendido. Cuando por una razón o por otra, me veo imposibilitado
de alcanzar esta soledad se produce en mi interior, un desgarramiento de lo más terrible.
Como si en mis adentros, se estuviese produciendo una ruptura, una dislocación interna,
una fractura; como sentir que mi cabeza y mi cuerpo van a estallar en mil pedazos
debido al dolor que me invade... Me duele todo mi ser, sintiéndome traicionado por
seres que dicen quererme, trato de defenderme, enceguecido por el dolor, suelo agredir.
¡Pero qué pedazo de zarpado el Flaco con la historia del peruano en Pinamar!
¿Cómo mierda hace este tipo para no sentir culpabilidad? ¿Cómo llega a justificarse ser
tan reverendo hijo de puta?, porque de alguna manera tiene que hacerlo. Cuando le paga
una miseria por día al peruano que se estuvo rompiendo el orto todo un día laburando,
cuando lo trata como una mierda con correa en Pinamar, ¿cómo hace este guacho para
quedar lo más pancho? Debe existir un mecanismo que permita la construcción de un
discurso que justifique todo ese accionar. ¿Pero cuál? ¡Quiero esa receta! ¡No es justo!
Yo soy tan hijo de puta como él, la diferencia es que simplemente a mí no me da la cara.
Lo que puede frenar al hombre no son los valores, las creencias, sino la culpa de
asumirse. De ahí tal vez el origen de las confesiones, de ahí la búsqueda del
arrepentimiento y el perdón. Si la persona realmente se arrepiente en lo más hondo de su
ser, entonces la justicia divina occidental sabrá absolverlo, la divina sí, la estatal no, a
ella el arrepentimiento le importa tres carajos.
A veces dan ganas de vivir así, que todo me chupe un huevo, si tengo ganas de dar,
doy, y sino, no doy un zorongo a nadie.
Y pensar que gracias a vos Flaco, a tus hermanitos, gracias a ustedes, pude aterrizar
hoy al mediodía en lo de la Colo. Porque les juro que pensé que ya no volvía.
El conflicto estalla nuevamente. Y pensar que cada uno por su lado se había jurado
nunca más pasar por esto. Lamentablemente, la realidad indica un nuevo fracaso. Rato
hace que los dos olvidaron los verdaderos porqués del conflicto que los une. Otra vez el
eterno retorno: él la tiene por el cuello contra la pared del departamento, ella solloza.
-

¿Porqué me obligás a hacerte mal, porqué Colo? ¿Porqué me forzás a hacer algo
que no quiero? ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? Si te digo que me dejes
ir, que me dejes tranquilo, ¿porqué insistís? ¿Porqué me buscás y me buscás y
me buscás hasta que no pueda más? ¿Cuál es tu idea? Necesito entender, cuál es
tu estrategia. Después te extrañas de cómo reacciono. ¡Contestame! Quiero
saber, porqué no me escuchás cuando te aviso: me estoy poniendo
nervioso...Colo mejor cortala. ¿Porqué no me hacés caso cuando te aviso que

113

voy a perder el control, qué me voy a poner loco? Mirame Colo. ¿Vos te crees
que yo estoy orgulloso de tenerte por el cuello?
-

Tati, te das cuenta que me estás lastimando. Loco decime que te hice yo para
que me trates así. Decime que puede justificar que me estés lastimando.

Ahora la tiene tomada por la mandíbula, la boca de la chica se ve forzada a dibujar
un especie de beso deformado debido a la presión ejercida por la mano. Él le habla
pegando su frente contra la suya, los dientes apretados, los ojos perdidos en un universo
de violencia, cada cual tira de su lado. Un espectáculo lamentable.
-

-

¿Qué justifica que yo te trate así? ¡Pero la concha de la lora, ¿de verdad me
preguntás eso? Porque ya te lo repetí ochocientas veces: absolutamente nada
justifica que yo me violente con vos, pero nada de nada. Por eso es justamente
que te aviso antes, para que te protejas y para que me protejas a mí también.
¿Eso, te puede entrar de una buena vez por todas en esa cabecita de mierda que
tenés?
(...)
¿Porqué lo hago? Porque me sacás, y cuando me saco, ya no respondo de un
carajo. ¿Porqué no respondo de un carajo? porqué perdí el control. Y porque me
conozco, porque te conozco, por eso es que te aviso en ese momento que no
sigamos hablando de esto, o bien te digo, Colo, dejame tranquilo porque voy a
perder el control, pero vos seguís, seguís y seguís, ¿entonces qué pasa? Pierdo el
registro, como ahora y hago cosas que después sé que voy a lamentar. Eso no
está bien, los dos estamos de acuerdo. Soy una lacra humana, eso también lo
sabemos. Ahora ¿porqué vos seguís corriendo, asfixiando y aferrándote a un
chavón que te trata así , eso es una pregunta, a la cuál vos tampoco tenés una
respuesta muy clara que digamos.

La suelta.
-

¿Querés saber porqué sigo detrás tuyo? Porqué yo también me hago esa
pregunta, ¿o te vas a creer que inventaste la pólvora? ¡Porque simplemente te
amo! Porque soy una boluda, porque amo un tipo que me hace mierda, porque
me toca sufrir, porque tal vez esta sea la única y triste forma de amar que tengo.
Porque nunca nadie me hizo sentir tan mierda y tan feliz como vos. Qué le voy a
hacer, me la tengo que bancar, y todo porque te amo...

-

¡Colo dejame de hinchar las pelotas! Esto no es amor, esto no puede ser amor,
me entendés. A esta pesadilla que nosotros estamos viviendo no se le puede
llamar a-m-o-r. Dos personas que se lastiman de la manera en que nosotros lo
estamos haciendo, no se aman, entre otras cosas porque no se entienden. Por eso
es que nos tenemos que separar. Me estoy volviendo loco, y esta relación lo
único que hace, es empujarme todavía más. ¡No puedo más Colo, te juro que no
aguanto más! Nos estamos haciendo mierda!... Tengo miedo de lo que puedo
hacerte, tengo miedo de lastimarte... Miranos Colo, miranos bien...ahora a los
ojos, y decime que esta relación enfermiza no puede durar un minuto más.
¡Decímelo! Quiero escuchar de tu voz: nos tenemos que separar. ¿Sabés lo que
tenés que hacer Colo? Tenés que sacar una foto de este momento, grabarte una
imagen de lo que estamos viviendo en este instante, de lo que te hago,

114

-

-

grabártelo bien en la retina y así, cada vez que tengas ganas de llamarme o de
verme, recreate este suplicio que padecemos y de esta manera no vas a tener
ninguna duda respecto de a dónde estás queriendo ir.
Vos no estás bien Tati. Decididamente vos necesitás ayuda. Mirá gordi, yo
quiero que no peleemos más No hay que pelearse más. Lo que dijimos, dicho
está, después vamos a ver, por ahí es verdad que nos tenemos que separar, pero
también es verdad que juntos estamos re bien, todo el mundo dice que hacemos
una re linda pareja. ¿Sabés qué vamos a hacer? Te voy a preparar un rico café
con leche, ¿o preferís unos matecitos?, decime gordito que querés, yo te lo
preparo.
¡No me toqués Colo! No me toqués! Dejame ir, necesito irme. Colo no llorés, no
me hagas esto!, por favor...

Se paraliza en medio de la habitación, ahí se queda, de ahí no se mueve, quietecito
en la silla en la que hace unos segundos viene de sentarse. El mentón pegado al pecho,
la mirada perdida en el piso buscando alguna mancha invisible y la boca se le encoge,
como reteniendo el llanto.
Las sensaciones temporales se debilitan, una nueva consciencia de sí mismo se
plasma, es, la revelación que sugiere que el otro, ahora puede existir solamente en
función de lo que yo necesito.
La Colo le habla, él la escucha. Ella le hace preguntas que él comprende pero que no
puede responder. Esta situación, este querer y no poder comunicar, tiene algo de
molesto.Tal vez mejor sea, finalmente, no comunicar del todo.
Alguien o algo le impiden todo tipo de contacto con la realidad exterior. ¿Porqué no
hablar, porqué no romper el círculo, este especie de anillo que acaba de establecerse a
su alrededor? Porque simplemente no quiere, porque hablar significa regresar, volver
todo a como estaba antes, es decir para el orto. Entonces, a pesar de que le gustaría, le es
imposible. O él, o ella. La respuesta aparece sin dificultad alguna: yo. Desde ahora en
adelante será siempre yo. Bien sabe que dentro de un rato tendrá que volver, porque el
regreso por ahora, decimos bien por ahora, es inevitable. Ya lo sabe y no hace falta
repetírselo un millón de veces; pero alguien, en algún lugar de su cabeza parecería
divertirse justamente a recordárselo de manera incesante. Todavía no cortó el cordón
con el mundo exterior, el delgado y ahora frágil hilo que lo ata a la realidad aún no se ha
quebrado, aún. Nada le impide entonces quedarse así un rato más, un día tal vez sea
para siempre. Al fin la paz, paz que se define como ausencia total de dolores almáticos.
Desde este lado de la luna, de nada valen las preguntas que duelen, aquí dentro, ya no
más responsabilidades, ya no más hacer como sí. No ocuparse de nada ni de nadie, tan
sólo de lo que uno necesita. No más engaños, afuera no es así, sino más bien todo lo
contrario, hay que pensar demasiado en los demás, en lo que pueden decir o sentir el
otro. El mundo exterior con sus excesivos ojos que lo juzgan todo, demasiada opresión,
imposible de soportar.
Desde afuera, la Colo, le sigue hablando. No ha dejado de hacerlo desde hace
aproximadamente una media hora, tal vez más, tal vez menos. Se concentra de nuevo en
ella, su presencia vuelve a materializarse. Ese otro ahora le suplica que salga de su
encierro, que no sea chiquilín y que la está asustando mucho. A él le gustaría poder
tranquilizarla, contarle lo bien que se encuentra ahora, también poder acariciarle el
rostro, tocar esas diminutas arrugas que comienzan a dibujársele en el contorno de sus
ojos, arrugas de mamá que le gustaría poder besar; y porque no, ya que estamos,
transmitirle la paz interior que lo invade en este momento, este torrente de amor que
tiene para darle a ella y a otro sin fin de gente; pero su voz no se decide a salir, no

115

quiere, y termina lamentándose de la mudez de sus ojos. Una triste constatación: el
mundo exterior todavía tiene influencia sobre su persona. Eso deberá ser remediado
tarde o temprano. En algún tiempo, 10 minutos, una hora, volverá íntegramente a eso
que llaman realidad. Pero lo importante, es que poco a poco, la posibilidad de huir
hacia este otro mundo paralelo va creciendo, paulatinamente, desde el pie, haciéndose
más grande, más poderosa en cada despedida, más fuerte en cada reencuentro. Así, a
paso de gigante, este enloquecimiento va ganando terreno, prosiguiendo la gesta en su
interior.
La Colo sigue llamando. Lo reta, le llora, ensaya alguna morisqueta con la intención
de robarle una sonrisa, una vuelta al hogar de la realidad; pero nada.
-

¡Tati, mi amor, al menos mirame a los ojos!

Él no tiene miedo de mirarla, de afrontarla, además, a él le gustaría poder decirle la
verdad, que de su maldito encierro no sale, porque no quiere. ¿Para qué? ¿Qué pueden
ofrecerle del otro lado? Acá al menos es feliz, feliz simplemente porque no ya no sufre.
¡Demasiado dolor afuera! Dejen de romperle los huevos, déjenlo descansar un rato, un
ratito nomás. Ustedes no saben, o bien, no quieren darse cuenta de lo que significa estar
despierto ahí afuera. Él no aguanta más. Tanto no aguanta, tanto será así, que en este
momento siente unas inmensas ganas de llorar.
Un temor de lo más extraño lo invade, mucha angustia, sensación de malestar. La
necesidad de la protección materna aparece como traída de la nada, como caída del
techo de la habitación, como una gota de lluvia en un día de sol, inevitable y
sorprendente. Necesita ese abrazo. ¿Dónde estás mamá? ¿Cuánto tiempo hace que no la
tiene a su lado? Las lágrimas terminan perforando sus párpados de acero. El llanto al fin
explota, el volcán al fin se libera. Se deja abrazar mansamente por la Colo que lo
arrulla, cual si fuera un recién nacido, como un niño extraviado, susurrándole palabras
dulces, como si despertara de una larga y terrible pesadilla. Las lágrimas caen en
cascadas infinitas, siente en su interior, su cuerpo vaciarse, liberarse, gracias Colo.
Angustias que creía inexistentes reflotan. En cada explosión de llanto siente el alivio de
una tensión acumulada desde toda una vida. Una máscara cae, su ser al desnudo total.
Mostrando así todas su debilidades, toda su humanidad, llora, como una nueva forma de
amar(...)
Por casualidad, o por causalidad después de casi tres horas, la posibilidad de
emerger del submundo es al fin aceptada. Repentinamente, el aire del afuera vuelve a
adquirir un valor positivo; la asfixia comienza a pesar en su garganta, una especie de
pánico producido ante las dimensiones del abismo que se le presenta. ¿De dónde sacar
fuerzas ahora para dar nuevamente el salto hacia lo exterior? Vuelve su mirada
esperanzada sobre la mujer quien, tal vez por enésima vez le pregunta:
-

Gordi por favor escuchame, ¿estás seguro que no tenés que hacer llamadas con
el tema de las bebidas?, ¡tenés que contestarme!

Muy despacito comienza a concretizarse el concepto, la idea, el signo. En un
principio, de manera un tanto difusa, para después hacerlo con una claridad
avasalladora, ¡Los Gálvez! Tiene que hablar con el Flaco, hay que hacer esta movida de
las latas cueste lo que cueste. Es una buena teca para ganar en una mañana.

116

Sale.
Estaciona la moto frente a la persiana, saca la llave y golpea suavemente con ésta.
La llave y la persiana, imagen repetida para un vida cíclica. Espera unos segundos antes
de ver la estructura metálica comenzar a levantarse. Repasa mentalmente los precios en
su cabeza: cuánto va a proponer y hasta a cuánto puede llegar a bajar el margen de
ganancia. Más no puede permitirse sino no va ganar un mango en toda esta historia. ¿Y
si el Flaco se viene para atrás? Entonces mañana tendrá que asumir una historia de lo
más despelotada. De última es verdad que puede vender la mercadería al costo, cuestión
que el tipo de la empresa lo vuelva a llamar, ¡pero qué mierda!; los huevos llenos de no
poder decirle al Flaco, vení vos hermano a hablar conmigo y la concha de su hermana,
cansado de levantarse todos los días pensando en la guita. La primera cosa que piensa
uno cuando abre los ojos es significativa para poder determinar el nivel de estrés de
una persona. Algo parecido leyó alguna vez en una revista. ¡Dejame de joder! Las tres
cuartas partes de la población mundial debe entonces tener el mismo tipo de estrés.
Ya la cortina está lo suficientemente alta para que pueda entrar su moto. Entra. Otra
vez a relojear toda la mercadería acumulada por los Gálvez. Otra vez a preguntarse a
quién mierda se la estarán comprando; otra vez a saber que se quedará sin respuesta; la
envidia de unas latas de mierda lo carcome.
A lo lejos se oye la voz del Flaco quien finalmente no se hallaba hablando por
teléfono, sino haciendo cuentas: un vicio realmente peligroso, un viaje de ida.
-

¡Tati, papito, enseguida estoy con vos!

Mejor así, mejor en un ratito, mejor dejarlo solo unos segundos, necesita pensar, o
más bien, dilucidar más claramente la idea que acaba de brotar en su cabeza. Mejor
arrancar el fruto ahora, jugoso y apetitoso. Si mañana logra hacer esta movida con los
Gálvez, si todo sale bien, ¿porque no?, ahí, de toque ir a buscar a la Lili, y decirle sin
vueltas de tomarse el palo, de irse, de huir, de tocar a otra parte.
-

Y dónde querés que nos vayamos Tati? ya se la imagina a la Lili preguntándole.

Y él, con toda la paciencia del mundo, porque con ella, y vaya uno a saber las
verdaderas razones, paciencia tiene de sobra, y él dirá entonces:
- al Norte Lili, para el lado de Jujuy, de Salta, tenés que ver lo que son esos lugares,
vas a alucinar loca. Ahí existe otra gente, no como en Buenos Aires, ya te lo dije
princesa, ahí la gente es más tranqui, más copada, ¡ahí vas a encontrar seres humanos de
verdad! Gente que te va a dar sin calcular el interés que puede sacar ayudándote, ahí la
gente se morfa menos entre ella, el cerebro no se pudre tanto, Lili no te podés morir sin
conocer el norte.
Y de seguro que para rematar esta revelación que acaba de tener le susurrará:
- Dale loca! si total, no tenemos nada que perder ninguno de los dos. ¿Y tu hijo?
Que venga loca, que venga. ¡Necesitamos tomarnos el palo! Sí, ya sabe que precisan
plata, yo tengo algo de teca, no mucho, para el pasaje y algo más. Sí, puede que la idea
sea tipo kamikaze, pero más kamikaze es quedarse acá, de eso no hay dudas princesa.
De última siempre se pueden vender algunas cosas, la moto por ejemplo. ¡No!, la moto

117

no! Parece una boludez pero no puede, lo único que le queda. Lo que sí, hay que irse a
la mierda y lo más rápido posible. Estas cosas no hay que pensarlas demasiado, la
prudencia en exceso puede paralizar, estos asuntos se hacen directamente, son saltos sin
red, demasiada meditación y uno ya vuelve a echar raíces.
¿Y la Colo?
La Colo!, qué cagada!, hasta se le puede morir de pena. Pero a pesar de todo, es
incuestionable el hecho de que los dos están de acuerdo en que en el fondo lo mejor que
le puede pasar a esta relación es tener un final, sí, lo mejor para los dos. La Colo, bien
tiene razón cuando dice sentirse “utilizada”, y el caradura se ofende como el peor
cuando lo escucha de su boca. En última instancia, así fue y así es. Utilizada finalmente
porque él se aferró y se aferra a ella como un náufrago a una tabla de madera,
efectivamente existe una relación de utilidad, una relación parasitaria. Pero la metáfora
deviene limitada, casi falásica en el mundo de la ética, ya que la tabla en cuestión es en
este caso, un ser humano, una mujer para ser exacto, una mujer que sufre. La
comparación entonces parecería no ser válida, y eso es precisamente lo que hace de él,
lo que a muchos hombres en estos casos, un ser cobarde, débil, incapaz de afrontar su
soledad, prefiriendo una anestesia temporaria a un bien macho de una vez por todas. Así
se imagina semi ahogándose por la vida, pasando de una tabla a otra, dejándose llevar a
la espera de que el azar lo empuje a encontrar otra corriente, otra plancha. Un especie de
martirio del tipo Prometeo, falsa esperanza, utopía refutada, la de hallar una madera a la
que pueda sujetarse toda la vida !El sida de Lili! Otra vez la nube negra que irrumpe
violentamente. Frunce la frente, y sacude violentamente la cabeza con una mueca de
dolor. Otra vez el escalofrío, otra vez, el intentar físicamente desprenderse de algo
psíquico; un pensamiento de mierda, una pesadilla tenaz que osa aventurarse en el
mundo real, más allá de los sueños.
-

¡Qué hacés hijo de puta! Decime que tenés para venderme ¡papá! ¡Pero pará!,
antes que tal si nos fumamos un buen porrito.
Dale, anda armándolo que mientras voy al baño. Ni te cuento el saque que me
voy a dar, no mentira boludo, me voy a echar un cloro.

Mentira también, una más. Necesita seguir maquinando. No puede mear, está como
bloqueado. En toda esta historia, hay un mensaje que le están pasando y que todavía no
termina de captar. A la idea de tomarse el palo con Lili, le está faltando algo, como una
sinfonía incompleta a causa de un par de notas. ¿Porqué ahora? ¿Qué hubo de nuevo? El
meo aunque no deseado termina saliendo, la respuesta también: porque si se toma el
palo mañana se puede llevar de yapa los 100.000 dólares de la empresa.

XVI
¡Programado para fumar porro! Como si un reloj biológico le enviara una señal
del tipo: “Ha llegado la hora de fumarse un porrito!.
- Eso significa que sos un flor de adicto.
Siempre la misma y maldita vocecita interior que se empecina en difamarlo. Decide
118

no darle importancia y considerarse un ser programado, por lo tanto inocente de sus
pecados.
En la situación en la que se encuentra ahora, este tipo de necesidad fumatorias no
resulta siempre de lo más bienvenida. Intentar abrir los ojos. Pese a poder abrirlos sin
ninguna dificultad la visión se hace de lo más incierta. Reflexiona buscando la causa de
esta anomalía. Decide otorgar a la sangre que chorrea sobre su cara y en consecuencia
sobre sus ojos,la causante de semejante y extraño fenómeno de no visibilidad. Intenta
entonces soplar, adelantando el labio inferior, pretendiendo de esta manera darle una
dirección ascendente al aire producido por su soplido y así poder frenar el chorro rojo
que inunda su rostro. En vano. La sangre, sorda a todos sus intentos, prefiere seguir
firmemente las leyes de la gravedad y continuar de esta manera sus movimientos
orientados hacia el centro mismo de la tierra. Las manos, ¡ah! benditas manos, una
ventaja evolucionista propia del ser humano y ciertos simios, cuya gran estrella es sin
lugar a dudas para el “pulgar”. Benditas manos, pero inútiles en este momento, o mejor
dicho inutilizables por ahora. De todos modos, mucho cuidadito a quien osase culpar
sus queridas manos de una manera u otra por este momentáneo impedimento. A no
juzgar entonces de manera precipitada, pues, a la hora de buscar un culpable, bien mejor
sería culparlos a ellos, sí, perfectamente, esos dos que lo tienen fuertemente
imposibilitado de todo movimiento. Decide felicitar internamente a los guardias que lo
atenazan de este modo, por la buena tarea que están realizando. ¿Para qué resistirse y
sobre todo, cómo no inclinarse ante trabajo de tamaña perfección? Observa el contraste
entre las posibilidades de movimiento que poseen las extremidades situadas al sur de su
pene y los miembros que se sitúan en el otro hemisferio. Decide entonces inclinarse y
recompensar con su reconocimiento los dos hombres, brillantes cumplidores de la tarea
encomendada.
-

¡Camina pelotudo! le sueltan a coro los dos desagradecidos.

En vista de su inferioridad física decide levantarse y seguir caminando en silencio
como si nada fuese. La sangre imperturbable a todos estos soliloquios, continua
chorreando impunemente, impidiéndole ver con claridad lo que ocurre a sus
alrededores. Ver lo que pasa un poco aquí y allá, algo fundamental en este lúgubre sitio
repite la vocecita de siempre. Ahora, entre las manos de los guardias se siente en
seguridad, pero bien sabe que ni bien lo suelten, se tendrá que poner alerta nuevamente.
Alerta a la hora de comer, de dormir, de salir al patio, de fumarse un porro, alerta
máxima.¡Respeto!. Acá, hay que hacerse respetar como en cualquier sitio; pero en un
lugar como éste, ese tipo de conducta puede relevarse de una importancia vital. El, que
quede claro, el no molesta a nadie, pero eso sí, no hay que joderlo tampoco. ¿Es así o no
es así? Se calla un rato y después de una pausa que dura lo que unos seis pasos,
distancia suficiente para elaborar una interesante constatación agrega para sí mismo:
fumar porro ahora, ya no es cuestión de todos los días, y eso puede que lo vuelva un
poco más susceptible e irritable que de costumbre. Tendría que tener cuidado porque
puede que perciba las cosas de una manera diferente a la acostumbrada debido a este
estado anormal que es el de estar “no fumado”. Súbitamente una duda lo invade. ¿Habrá
mal interpretado al viejo? Decide en algún momento rememorar los hechos sucedidos,
tal vez enseguida, quizás más tarde, si mejor más tarde.
Definitivamente la sangre que chorrea le resulta de una incomodidad de lo más
incómoda. Y si de incomodidades hablamos, las esposas que lleva no pueden dejar de
mencionarse.

119

Sin pedir permiso, maleducada por dónde se la mire, la dama horizontal asoma
nuevamente en sus recuerdos. Estos últimos, los recuerdos, van mutando sucesivamente
de uno a otro, en un orden anárquico por completo o tal vez, demasiado complejo dada
la alta velocidad de la frecuencia para que su cerebro pueda otorgarle una razón, una
justificación, una causa y por lo tanto un “amo” o un “Dios”. Distintas damas
horizontales en diversas posturas, se van sucediendo en su cerebro. La imagen de la
mujer, digna de un cuadro cubista, ofrece distintas partes de su cuerpo; como si buscara
en cada una de sus poses, excitarlo a más no poder. Se hace la putita y lo bien que lo
hace. A todo esto, es interesante notar que el rostro de la dama no logra materializarse
de manera concreta; no así su cola. Ganas de penetrarla acuden a él al instante. Decide
entonces dejarse acudir por éstas. Al rato y repentinamente, las imágenes se borran, tal
si un corte de luz hubiera interrumpido una película, una incertidumbre muy invasora
decide invadirlo. ¿Se podrá tener relaciones sexuales en un lugar como éste?, es decir,
en esta cárcel del orto. Cambio de chip. Escenas de sexos atraviesan velozmente su
cabeza. Se percata nuevamente que tiene más ganas de fumarse un porro que cualquier
otra cosa. Decide maldecir su fragilidad, su cobardía, lo que él llama simplemente “ser
puto”. De todas manera le da por pensar que finalmente en el fondo, todas estas
cogitaciones no le sirvan de mucho en este momento, ya que para fumarse unas hierbas
deberá primero esperar unas setenta y dos horas; el mismo plazo en lo que respecta a sus
posibilidades de poder mantener alguna relación vertical u horizontal con la dama
mencionada anteriormente. Setenta y dos horas, 4320 minutos, lo que deberá quedarse
en esa celda, un cuartucho de dos por dos vulgarmente llamado el pozo. ¿Todo por qué?
Una peleíta de mierda ocasionada hace algunos instantes, cuando le rompió los dientes a
un viejo infeliz que intentó cogérselo.
¡Qué idea más loca y extravagante!, ésta, la de empecinarse en querer introducir
un pene en un ano de seguro sucio y que además no siente la más mínima necesidad y
deseo de que lo entuben. Igualmente, que alguien intente cogérselo (o comérselo como
le dicen aquí) no lo agarró completamente por sorpresa, lejos de eso, algunas historias al
respecto ya había oído, historias que circulaban mano y contramano en diversas
discusiones con sus conocidos; claro, que en aquella época, él pertenecía al grupo
privilegiado de los seres libres. ¡Qué boludo el viejo este!, tiempos veloces éstos que
corren, hasta para venir a culearte.
Otra vez la ausencia de risas en su cabeza. Efectivamente, desde hace algunas
horas la risita cómplice que le festejaba todos los chistes, compañera incansable de ruta,
anda de calladas, silenciada por culpa del silencio. Como sino hubiese podido saltar los
muros de la prisión que lo tienen encerrado. La risita cómplice allá afuera y él tan sólo
aquí dentro. Decide pensar que tal vez la risita haya preferido irse de vacaciones.
Imagina dentro suyo, una sonrisita poniéndose un sombrero, valija en mano y colocando
un cartelito en la puerta de su casa. En ese cartel puede verse un hombrecito radiante de
felicidad yéndose de vacaciones y diciendo “vuelvo en un mes”. Quizás hasta que no
ponga sus pies fuera de esta maldita cárcel, el bendito hombrecito, su risita cómplice, no
decida volver de sus vacaciones. ¿Cuánto tiempo más deberá quedarse encerrado aquí
en esta tan inhóspita comarca carcelera? ¿Días, meses, años? Todo por unas joyas de
mierda, todo por culpa de un viejo más de mierda todavía, viejo puto que cuando salga
se las va a pagar y la re concha de su hermana.
Las esposas, las que lleva en este momento en las muñecas, parecerían cortarle la
circulación de la sangre. “¡Al pozo pelotudo!”, le susurro el guardia con un aliento más
que vigoroso, “¡ya te vamos a hacer el culo!” le gritaron dos tipos que él ni siquiera

120

tenía el gusto de conocer.
-

¿Cómo pudimos llegar a un grado de violencia, de alienación tan alto?, decide
preguntar el pacifista que habita en su ser, marcando de esta manera su primer
aparición en estos veinte tantos años de existencia que lleva nuestro efímero
protagonista.

Con todo el protocolo que la ocasión merece, resuelve saludar su nuevo yo pacifista
que habita en su interior, con un “mucho gusto en conocerlo” y luego preguntarle, de
manera muy cortés, como quien se decide a entablar gentilmente el inicio de una
conversación, el significado de la palabra alineación. Se produce entonces lo que
podríamos definir como un fenómeno de sobrepreguntación, una reacción en cadena de
una búsqueda psico-filosófica, es decir, el mismo enunciado de la pregunta formulado,
dispara a su vez otra pregunta tan o más importante. He aquí la nueva incógnita: ¿por
qué extraño fenómeno, una voz que lo habita puede conocer una palabra que su otro él
ignora? Misterios que tiene la vida. Tal vez esta clase de encarcelamiento alumbra
milagros intelectuales de este tipo, ¿quién sabe?; pero de lo que sí está ahora seguro, es
que las dos preguntas le resultan de lo más atrayente, ansias de saciar su sed, de
curiosidad en este caso.
Además, (otra pregunta) ¿cómo saber si el pacifista que lo habita, ha utilizado la
palabra alienación de manera correcta? Se debe averiguar si existió o no, un buen uso
de ésta. Si ese pacifista pretende tener derecho a hablar, y ser escuchado, en las distintas
asambleas que sus múltiples personalidades llevan a cabo periódicamente en su cabeza,
es necesario corroborar que cuando se exprese, lo haga con propiedad. Justamente ese
poder simbólico casi obligatorio, para pedir la palabra en este tipo de asamblea, se
obtiene adquiriendo una especie de legalidad que la voz pacífica, debido a su primera
aparición en público, lóxicamente, todavía no acredita. Comprobar entonces su
veracidad puede implicar, pronunciarse de una manera o de otra con respecto a su
legitimidad. Decide que una de las cosas que hará apenas salido del pozo y haberse
fumado un porro es buscar en un diccionario la palabra en cuestión. Y para ver que
efectivamente la memoria, puede resultar de gran utilidad, recuerda que en la entrevista
previa a su entrada, alguien, quizás el director, le habló de la existencia de una
biblioteca en alguna parte del establecimiento. Necesitará conocer y domesticar esa
tierra de libros, porqué allí de seguro habrá un oasis para este novedoso, bien que
humilde afán de conocimiento.
Nuestro muchacho presenta en su rostro, dos cortes casi simétricos. Situados, uno a
milímetros de su ceja izquierda y el otro, un poco más arriba pero en el otro hemisferio.
Para una mejor visualización de esta parte del relato, podemos proponer un especie de
acercamiento, (un zoom que le dicen ahora) y narrar, que sus cejas, son de un espesor
bastante interesante.
Según las palabras del yo pacífico, uno podría deducir que el accionar del sujeto
que intentó culeárselo hace instantes, tiene algún tipo de relación con el término
“alienación”. Pero, una información le está faltando. ¿En dónde reside la alienación?
¿En el hecho que un hombre penetre a otro, o que un hombre intente penetrar a otro por
la fuerza? Puede que los dos a la vez estén relacionados con ese término. Finalmente
puede que alienación signifique científicamente la palabra “puto”, quién sabe. Quizás
signifique “violador”; o finalmente, como ya dijimos antes “un violador puto”.
La biblioteca resolverá el enigma.
A menos qué...

121

-

¿Doctor usted sabe lo que quiere decir “alienación”?

Silencio. Ausencia de respuestas. Antes, las ausencias eran de risas y ahora de
respuestas. La soledad parece hacerse cada vez más grande y más profunda, ¿pero qué
clase lugar es éste?
Decide reconocer que la primera ausencia de respuesta que se produjo hoy mismo,
fue la suya. ¡Exactamente! Cuando vino el viejo de mierda a preguntarle que cuánto
hacía que había llegado. Y él nada como una piedra. Si lo miró un instante, fue solo para
no olvidarse de su cara. Lo observó un buen rato, pero eso sí, sin pronunciar palabra
alguna. Luego, decidió bajar la vista. Recuerda haber pensado que ya tendría tiempo
después de decirle al viejo que lo perdone; pero que ese día que él no sentía la necesidad
por lo tanto las ganas de conversar.
-

¿Sabés quién soy yo? preguntó el tipo a la par que se agachaba para estar a su altura
con un aliento curiosamente de lo más fresco.

Otra vez lo miró sin pronunciar palabra. Esta vez, para revalidar si la vez anterior lo
había registrado de manera incorrecta, y no se había percatado de que lo conocía de
antes. Al menos eso parecía insinuar el viejo preguntándole “¿Sabés quién soy yo?”
Pero no, ahora sí estaba confirmado, no lo conocía o en todo caso, no lo re-conocía. Este
señor debe de estar equivocado y volvió a sus cavilaciones. Al instante se sobrevino el
sorprendente:
-

¡Te voy a decir quién soy yo pelotudo! ¡Yo soy el que se culea pendejos como vos!

Y lo tocó ahí, en la entrepierna. Fue la primera vez que un hombre le hacía esto. El
recuerda haberse asustado y mucho. Todo daría entonces para pensar que él, es el tipo
de hombre que suele asustarse mucho si alguien de manera imprevista le toca la
entrepierna. ¡Pobre dama horizontal! Al principio ella no lo sabía, y claro, él se tuvo
que enojar. Lo bueno para los dos, fue que finalmente la dama horizontal no lo hizo
más, y él hubo de alegrarse por el cambio operado en ella. Sólo necesitó un golpe,
porque ella –pobrecita- no sabía sobre este tema; una cachetada para que aprenda de una
buena y sola vez. De las que duelen más por la sorpresa que por otra cosa. Pero con el
viejo este, fue distinto. Es verdad que al principio tardó bastante en darse cuenta que él
otro le estaba tocando esa parte prohibida. ¿Cuánto tiempo? Difícil de precisar, tal vez
cinco segundos, tal vez diez. Pero nuevamente ¿qué importancia?, el tiempo subjetivo
es el que comanda estas y todas las tierras. La impresión del viejo, no la sabe; pero la
suya fue que había pasado algo así como un tiempito demasiado largo. Después sí, se
concientizó de lo que estaba ocurriendo. A partir de entonces, los recuerdos pierden
bastante nitidez; se oscurecen como si un enorme agujero negro lo tapase todo. En ese
esfuerzo por acordarse, imágenes fugaces relampaguean en la oscuridad de su memoria.
Recuerda un puño, probablemente el suyo, golpeando la cara del viejo toquetón.
Recuerda haber pensado también en algún momento, que lo estaba castigando al pedo
porque el viejo hacía rato que no sentía nada; estaba como desmayado el pobre anciano.
Después la oscuridad otra vez. Una nueva claridad se hace y se ve caminando por un
pasillo, esposado, escoltado por dos guardias llevándolo hasta este lugar que parecería
ser una especie de enfermería. Enfermería en dónde alguien le estaba limpiando las
heridas y aparentemente ahora, cosiéndole la parte superior de su ceja derecha. Y es ésta

122

misma persona que lo está «curando», la que decidió optar por el más absoluto silencio
cuando él le preguntó por el significado de la palabra «alienación». Las cosas están más
claras para él y para todos, (al menos eso esperamos, sino al pedo todas estas líneas).
La mano no le duele.
-

Tres días al pozo pendejo pelotudo, así te vas a calmar un poco, le susurró
alguien que supone ser uno de los guardias que lo escoltan. Vas a ver que
cuando salgas no vas a tener ganas de armar quilombo de nuevo, agregó
posiblemente el otro.

Tres días de oscuridad total, tres días sin ver el sol, sin ver a nadie, eso sí que va a
ser muy duro. Decide pedirle a Dios que al menos la maldita caja de zapatos tenga la
gentileza de no aparecérsele de nuevo, o al menos no durante su encierro. Esa masa
oscura que se anuncia en sus próximos tres días lo tiene en este momento a muy mal
traer. En su interior, una vez más, alguien pide la palabra, alguien habla, él escucha y
gentilmente contesta, eso sí, siempre y cuando, el diálogo se efectúe en voz baja para no
despertar la desconfianza de los guardias.
La voz pregunta:
-

-

¿Qué estás haciendo ahora?
Yendo al pozo.
¡No!, te digo ahora, en este preciso momento. Mira un poco para abajo ¿Qué es lo
que están haciendo tus pies? ¡fijate bien!
Están subiendo escaleras.
¡Aja! ¿Y decime, no te parece raro?
¿Qué yo pueda subir unas escaleras? ¡Puedo hacer muchas cosas más!
Decididamente esta voz, resulta de lo más rara. La otra voz que me sale con palabras
que no entiendo y ésta que me pregunta pelotudeces.
Cuándo llegaste, ¿a dónde te dijeron que quedaba “el pozo”?
En el sótano.
Muy bien. Y para ir al sótano, ¿a vos te parece que tendrías que subir o más bien
bajar escaleras?

¡Ahora sí! Mil perdones por haberla insultado. Su cerebro se pone en acción. Decide
en el instante reconciliarse con todas las voces que lo habitan y amarlas mucho y
profundamente ¡Toc toc toc! Golpes en su interior. ¿Quién es? La voz del miedo. No
estoy. Ya sé que estás ahí porque me contestaste. Tiene razón, ¡qué boludo!¿Qué
querés? Nada pasaba por acá y me dije ¿porqué no visitar a mi viejo y querido amigo?
Solamente quería soplarte la idea de que por ahí si te están subiendo es porque te vayan
a fusilar. No lo había pensado ¿Porqué lo estaban subiendo? ¿A dónde lo estaban
llevando? ¿Para qué le dijeron entonces que lo trasladaban al pozo? Pese a la situación
delicada en la que se encuentra, decide de todas maneras asustarse de una manera más
bien graciosa, es decir una mueca caricaturesca dedicada como siempre a su auditorio
invisible; por si la risita cómplice hubiese decidido volver por estos pagos y él ni
enterado. Procede como en los dibujitos, abriendo la boca bien grande, los ojos bien
chiquititos y dándole a su rostro, un color de lo más pálido.
-Tenés quince minutos, después te llevamos al pozo.

123

¿Quince minutos para qué? ¿Además quién dijo eso? Aparentemente uno de los
guardias que lo llevan. ¿Porqué lo dejaron solo en este lugar? ¿Dónde está el pelotón de
fusilamiento? Observa a su alrededor: una habitación prácticamente vacía,
prácticamente, sino fuera por un banco, una reja, una lamparita que cuelga del techo,
otra reja y un señor del otro lado que le está haciendo señas para que se siente en un
banco. Aparentemente el hombre tiene algo para decirle. Decide ponerse a pensar en las
dimensiones del cuarto. Le cuesta concentrarse. Decide entonces buscar la causa de sus
perturbaciones. A primera vista, el hecho de que la persona que está del otro lado de la
reja le hable sin parar puede ser un factor importante a la hora de no alcanzar el grado
de concentración que pretende. Decide en consecuencia dedicarse a atender este primer
factor. El hombre, ¿quién es? Su cara le resulta familiar, ¿será de la familia? ¡No! Esa
cara le suena de algún lado, pero no le suena como una campana, un timbre o un
pañuelo, sino que tiene como la mera impresión de ya conocer ese hombre que tiene en
frente, detrás de la reja. Sólo necesita un momento. Siempre fue muy fuerte para
acordarse de las caras que le suenan de algún lado. Déjenle por favor el tiempo de
ponerle un sustantivo común o tal vez un nombre propio a esta caripela. Claro que para
eso, tal vez bueno sería que el buen hombre en cuestión se calle unos segundos.
-

Esperá un poco, si me hablás tanto no me puedo concentrar, gracias.

Observa el sujeto, trata de memorizar su rostro, cierra los ojos y ahora sí en toda
calma se concentra. De inmediato, el sustantivo que tanto andaba buscando acude a él,
para aliviar una angustia naciente, un sustantivo más bien común, abogado.
Inmediatamente lo antecede un artículo posesivo, mi abogado.
Tal vez este hombre tenga algo provechoso para decirle, finalmente para eso uno le
paga a los abogados, para que puedan aliviar los distintos dolores que a uno lo aquejan,
algo así como los médicos generalistas del alma - ¿o esos eran los psicólogos, o bien los
filósofos?-¿Vos sabés el significado de la palabra alineación?
_(...)
Otra vez el maldito silencio, otra vez este pseudo complot que parece haberse
instalado cómodamente desde que puso un primero y puto pie en este lugar de mierda.
Este abogado del orto, finalmente, no le alivia ningún dolor de ningún tipo. Toda esta
historia de ausencias y desencuentros parece más bien importarle tres carajos, pues de
inmediato le cambia de tema.
-

Por favor siéntese y escúcheme. Se sienta y escucha. Su situación es un poco
delicada en cuánto al pedido de excarcelación que hicimos. En ese sentido soy más
bien pesimista. Eso en un primer punto. Pero le pido que no se alarme porque en
cambio tengo dos buenas noticias para comunicarle. Dos noticias que permitirían
que la condena se reduzca a más de la mitad. ¿Se da cuenta de lo que eso podría
significar? No, no se da cuenta. En primer lugar, me han confirmado que el día del
asalto a la joyería, no encontraron el arma con la que usted efectuó los disparos al
aire. El expediente señala dicha búsqueda como claramente infructuosa. ¿Infructuoqué?- Esto es realmente una novedad muy importante para nosotros. En
segundo lugar pero ante todo me veo en la obligación de aclararle que esto que le
voy a decir ahora, es totalmente oficioso, o sea, no oficial. Imagina entonces un oso
vestido de oficial, o sea un oficioso. La información proviene de un contacto que

124

tengo en uno de los laboratorios judiciales en dónde se está tratando su caso. Es
respecto al “dermotest” que se le llama, es decir, la toma que le hicieron con cintas
adhesivas en las dos manos, efectivamente la derecha y la izquierda. para recoger
eventuales partículas de plomo, bario o antimonio indicativos de que se ha disparado
alguna arma de fuego, supuesta en su caso, usted me entiende. Bueno
aparentemente, según esta persona en cuestión, y permítame decirle nuevamente que
le han regalado años de vida, se da cuenta, tamaño regalo, ¡tamaña fortuna! Pero
bien cierto es, que ”eso” no es ninguna novedad pues para confesarle, generalmente,
soy de darle mucha suerte a mis clientes. Pero le decía que milagrosamente, no se ha
encontrado rastro alguno de esos componentes en la muestra que se le tomó al rato
de que usted haya sido apresado. De confirmarse esta noticia, argumento de un valor
incalculable (para usted, porque a los jueces no les importa un carajo, usted es un
número, su vida vale lo que eso) al momento de la de deliberación del jurado. ¿Me
va siguiendo?, la fiscalía pierde mucha de su contundencia en todos sus ataques,
porque en las estadísticas, la posibilidad es muy remota, y las excepciones a la
Justicia mucho no le gustan, es más fácil pensar que usted es inocente, o casi,
porque usted, y eso es terrible, usted tiene antecedentes, usted para algunos ya está
condenado. Yo creo que tenemos serias posibilidades de reducir la pena. En unas
setenta y dos horas tendremos los resultados.
¡Setenta y dos horas! Ese plazo retumba en su cabeza como un eco lejano,
resonando en alguno de los dos hemisferios de su cerebro. El tipo del otro lado de la
reja, ahora sí, identificado como “mi abogado”, transpira lo que se dice, la gota gorda;
transpira mucho cuando habla, transpira pese a la baja temperatura reinante en esta
habitación. Una voz anuncia los últimos tres minutos para la visita. Decide preguntarse
si existirá un cementerio para las gotitas de transpiración, una vez éstas evaporadas.
Claro que también se necesitaría una compañía funeraria y habría que ponerse de
acuerdo sobre algunos aspectos, como por ejemplo saber si el velorio debería de hacerse
a cajón abierto o cerrado. Decide pensar en otra cosa que no sea la religión de las gotitas
de y transpiración. Vuelve a concentrarse en el extraño y transpirado personaje.
Claro que el hecho de que le hayan encontrado las joyas encima, sumado a que
la fiscalía presenta varios testigos confirmando los disparos al aire, hace que su
situación tampoco sea ideal. Usted, algo deberá pagar. “Algo” insignificante comparado
con lo que podría haberle tocado. Usted créame, tiene un jodido ángel de la guardia que
lo protege.
¡En fin!, frente a todo lo expuesto anteriormente puedo entonces afirmarle con una
inmensa alegría que su estadía en este sitio será en lugar de ocho años como pidió la
fiscalía, de tan sólo cuatro en el peor de los casos, y hasta tal vez tres, suponiendo de su
parte una buena conducta. ¿Qué le parece está increíble novedad?, ¿se da cuenta de la
nueva oportunidad que le está brindando la vida. Usted puede comenzar a pensar
seriamente en su futuro, en construir una familia. Digamos que puede tomar su estadía
como una oportunidad para meditar mucho, para salir más fuerte, más bueno, y sobre
todo, menos gil...perdón quiero decir, menos frágil.
Una mano se posa de manera un poco brutal, en su hombro. Se levanta o más bien lo
levantan, mira de reojo y observa “mi abogado” liquidando gotitas de sudor con un
pañuelo de la más asesino. Crímenes que quedarán como siempre, como la mayoría de
las aberraciones que se cometen a diario en este planeta, totalmente impune.
Comienza a descender las escaleras que lo conducen al sótano, como rebobinando el

125

tiempo, vuelve a escuchar las últimas palabras del asesino de gotitas. Tres, tal vez
cuatro años... Eso es mucho tiempo, demasiado. Al menos, ahora sí lo están
descendiendo, a lo mejor se arrepintieron de fusilarlo, pero de todas maneras, tres o
cuatro años es bastante como mucho, ¿no? Siente unos golpecitos en el pecho. Baja la
vista y observa una tristeza vistiendo un sombrerito muy elegante, esperando
calmamente que alguien le abra la puerta de su corazoncito para poder entrar. Decide
suplicarle en silencio a su corazoncito que no sea malito y que por favor no le abra.
Aparentemente los argumentos esgrimidos son de poco peso, pues de inmediato
contempla la tristeza, muy educadamente, valijota en mano, limpiarse los pies en el
felpudo de su pecho para después perderse en los adentros suyos. Tres a cuatro años,
eso es mucho. ¿Habrá entendido todo mal? Sin embargo estaba seguro que al pozo le
tocaba sólo setenta y dos horas y ahora se desayuna con que tres años y medio. ¡Qué
viejo puto hijo de puta! Realmente esto no es justo. Tal vez el pacifista que habita en su
interior, teniendo en cuenta la larga espera que le toca antes de poder tener acceso a la
biblioteca, tenga a bien la amabilidad de decirle el maldito significado de la palabra
alineación.

XVII
La columna de humo se presenta ante sus ojos como un puente, una especie de
pasarela de algodón negro, un lazo entre la tierra y el cielo. La masa gaseosa comienza
paulatinamente su asunción, la conquista de las alturas, como si el alma de todo lo aquí
destruido iniciara su larga e incierta peregrinación hacia el reino del más allá. Levanta la
vista y agradece a Dios la plenitud de este momento. Quien quiera ver u oír, que lo
haga, aquí está, éste es, el nuevo amo de Pucalpa. A juzgar por las llamas que agonizan
a su alrededor, puede bien que se trate de una parcela del infierno. Se aferra a la
sensación de omnipotencia absoluta, la seguridad de que nada ni nadie podrá de ahora
en más detenerlo. Ha sabido vencer, ha sabido sortear todos los obstáculos que se le han
presentado a lo largo del camino. Ha debido para eso, evitar infinidades de trampas, de
tentaciones. Todo solito y como un grande. Todo lo ha debido aguantar, porque todo lo
han intentado para que no pueda llevar con éxito la operación; pero ya lo ven, vivo, de
pie entre los restos humeantes de lo que fue un desafío. El barro de la suela
entremezclándose con la sangre de los vencidos; de pie y en primera fila, aplaudiéndo
con la mirada el maravilloso espectáculo, el inmenso poder de su obra destructora.
No recuerda en su vida, el haberse sentido más grande, más fuerte, más capaz de
todo que en este preciado instante ¡Ya!, ahora sí, nadie, absolutamente nadie para negar
quién es el indiscutible, el único con voz de mando por estos pagos. Ya lo había dicho
antes de partir para esta alocada misión, cuando todavía se encontraban en la ciudad,
reunidos alrededor de una mesa planeando el gran golpen que acaban de dar.
-

Señores, el pasaje que yo les ofrezco es de ida y vuelta garantizado.

Y ya lo ve, ¡jeje!, razón no le faltaba. Todavía como si apenas se lo cree. Coloca no
sin esfuerzo, su mochila en la espalda, al mismo tiempo que su cuerpo molido por el
cansancio acusa recibo de semejante esfuerzo; pero ahora hay que rajarse, dejar este
sitio lo más rápido posible. Próximo objetivo: llegar a uno de los riachos para empezar a
dificultar una muy poco probable búsqueda de él y sus hombres. Su mirada
hyperquinética después de vagabundear a toda velocidad en las múltiples posibilidades
que puede ofrecerle el paisaje, se decide al fin por una pausa. Se detiene como quien no
126

quiere la cosa, un instante, sobre una letra de color verde pintada en un pedazo blanco
de chapa que anteriormente era parte de un avioneta que transportaba un grupo de
narcos colombianos. Prueba indiscutible de su rotundo éxito, una prueba más entre las
varias que se hallan desparramadas a lo largo de la carretera. Levanta la cabeza y apoya
su pie, cual si lo hiciera sobre el cadáver de aquél que se decía rey de estas regiones.
Incapaz de resistir a la tentación, vuelve a echar un último vistazo sobre su obra
maestra. Se llena una última vez los cinco sentidos de una sensación tan importante para
la vida de un hombre, hablamos de “un momento cumbre”. Momento en el que nos
sentimos parte de un equilibrio casi total con el mundo que nos rodea, instante en dónde
todas las cosas que nos sucedieron cobran al fin un sentido. Consciencia absoluta de un
antes y un después. El sargento saborea cada segundo, cada detalle que constituye este
fragmento de tiempo congelado, del cual se ha hecho principal acreedor.
Había descubierto maravillado, que el hombre de hoy que él era, había sabido
concretizar el sueño del niño que había sido. Si tan solo el lector pudiese imaginar el
brillo de la mirada, si tan sólo la bendita tecnología pudiese captar a su vez, la
intensidad de ese momento, rescatar para siempre aquel “todo” que lo tenía entre nubes,
sería más fácil de comprender la necesidad imperiosa que tenía el sargento de retardar al
máximo la partida, aún a sabiendas que con esa actitud imprudente arriesgaba todo lo
conseguido en ese instante.
Sus ojos vuelven a la chapa de lo que había sido la avioneta. Intenta recordar la
palabra a la cual había pertenecido la ahora huérfana letra “P” impresa en esa hojalata
humeante. Cómo si antes de abandonar el lugar, buscara en un gesto de piedad, darle
una identidad a ese pedazo de metal; como si tratara de hermanarse con el dolor ajeno,
como queriendo compadecerse ante la humillante derrota del enemigo narco. Como si
reconstruyendo la palabra pudiese dar algún tipo de cristiana sepultura a tanta muerte, a
tanta masacre chapoteando por ahí.
Lamentablemente para el alma de los muertos, imposible, a pesar del esfuerzo, los
recuerdos del sargento no se deciden al regreso. Puede rememorar la avioneta
preparándose para aterrizar, pero nada escrito en ninguna parte de la máquina voladora.
Mismo le hubiesen preguntado, hubiera jurado que la avioneta no llevaba inscripción
alguna. Pero ahí estaba, pese a todo, la letra “P” existía, prueba irrefutable de su ya
incondicional mala memoria.
Frente a esta contradicción en la que el pasado se rehúsa a evidenciar el presente,
decide mandar al diablo toda esta historia, y dejar a Dios lo que es de Dios y a los
buitres lo que les pertenece. “Para el enemigo ni siquiera justicia” decía alguien en
alguna parte. ¿Sería el Benito?, ¿sería el capitán?
La punta del borceguí golpea súbita y ferozmente la pieza metálica; buscando en ese
puntapié, a falta de poder dignificarlo, reforzar el aplastante triunfo que acaba de
conseguir. Él, ¡chucha con él! Él, él mismo de toda la vida, el que había sabido burlar
los malos espíritus, él, el nuevo dueño del presente.
-¡Compañía! Nos estamos marchando.
Todo el mundo obedece al instante. Es que el nuevo emperador no tiene quién le
haga sombra entre los mortales. Reconoce en la mirada de cada soldado, la gratitud al
jefe, a él, única pieza irremplazable de este engranaje. La espalda gime, pero ¡qué
importa!, el peso de la mochila, proporcionalmente directo al de la victoria.
Jueves 10 a.m., algunas horas antes.

127

A unos escasos metros suyos, tres soldaditos luchan inútilmente por conciliar el
sueño y para colmo de males, el sueño que no viene. Los nervios de la acción que se
adviene en aproximadamente un par de horas, impiden la desaceleración de los mil y
unas representaciones que desfilan a una velocidad inusual en cada una de las cabezas
de los soldaditos. Tan sólo media hora más de reposo. Después de ese plazo habrá que
mantenerse alerta sin parpadear.
Vuelve a observar el horizonte de la carretera, de norte a sur, vacío total. Desde que
llegaron, o sea alrededor de las cuatro de la mañana, han pasado tan sólo cinco
transportes. Cada motor a lo lejos, chucha con los sobresaltos que pegaron, un revuelo
entre la tropa, el sargento y sus doce hombres, los nervios a la miseria.
-

¡Un carro, un carro!, gritaba alguno.

Conmoción entre los hombres. Bien a sabiendas de que es prácticamente imposible
que sean los narcos, imposible piensa, por lo temprano de la hora, sin embargo, la alerta
y la tensión están al máximo. ¡No dejarse ver!, prioridad número uno. Ningún indicio,
absolutamente nada que pueda delatarlos. No vaya a ser que, tan cerca de la hora clave,
algún vehículo señale la presencia de un grupo armado en la zona. Al fin se anuncia la
hora de la verdad, al fin después de tanto tiempo de espera.
¡Chucha hermano! Lo que había esperado ese momento, ¡ni te imaginas! Todito me
lo soñaba, que te puedo decir, el color de la camioneta, la cara de los pilotos del
avioneta, hasta los muertos de cada lado me imaginaba. Otras veces, según las noches,
según los sueños también, todo salía a la perfección, todo como cronometrado al
segundo mismo que le dicen. Tú sabes cómo en las películas de acción, en dónde los
grupos comandos actúan al segundo exacto y todas esas vainas. ¡Pero chucha!, había
noches en que me imaginaba lo peor. Un buen número de veces hice el mismo sueño.
La catástrofe completa, las armas se trababan y poco a poco, uno por uno, toda la tropa
se hacía liquidar y en el sueño resultaba que uno de los narcos era nada más y nada
menos que el viejo y querido capitán. Antes de dispararme, tú sabes, me sermoneaba de
lo lindo, tú ya sabes, que era una vergüenza para el ejército y que cómo le podía haber
hecho una cosa así, que lo había traicionado, y después de tanto tiempo compartido
juntos en la base, que eso era inadmisible y yo chucha que me ponía a llorar, le quería
explicar que la culpa no era mía, sino del otro, que no sabía repartir, pero la voz se me
quedaba, salía como afónica, y ahí casi siempre me despertaba llorando. No te digo
hermano que todita me la había soñado esta maldita mañana de jueves y finalmente ahí
estábamos, la hora de la cita se hacía inminente que le dicen, al caer.
Mucho antes de que el sol se esconda entre los árboles tiñendo de violeta y rosa todo
el verde horizonte, mucho antes de que los mosquitos se hagan de lo más numerosos y
de los más voraces, adueñándose del espacio y de la sangre, mucho antes de que la luna
asome el hocico, ya se sabrá qué clase de jefe es él, y qué clase de hombres tiene a su
cargo. El cansancio, en su gran mayoría, por suerte ya quedó atrás. La adrenalina sabe
hacer correctamente su trabajo. Un cuerpo pasado de revoluciones puede por sí sólo,
lograr las mismas reacciones químico-orgánicas que la aspiración de cocaína. Solo
esperar. El plan de acción ya fue ensayado una decena de veces. Resta lo peor, es decir
que el tiempo pase y la hora señalada llegue. El mismo tiempo que antes los obligaba a
apurar el paso cuando caminaban en la selva, el mismo que los invita ahora a quedarse
quietecitos y sin chistar mientras esperan los narcos. Todo ensayado, tan sólo falta que
el telón se levante y que comience la función.

128

Vuelta al presente
Cuerpos cansados, corazones contentos. Sobraron las balas, las armas, los hombres,
todo.
Chucha con los narcos, ni tiempo de comprender lo que les estaba ocurriendo. Como
si un trueno los hubiese atacado. Diez minutos después del primer disparo, no quedaba
un pendejo narco con vida. De seguro que hasta en la base se debían de haber escuchado
los tiros. ¡Jijiji! Pobre soldadito Gutiérrez que quedó a cargo en la base, debe haberse
cagado encima del miedo. Ya me lo imagino buscando una y otra vez el error que pudo
cometer. ¿Y él Capitán nuevito? ¡Eso es lo mejor!, debe de estar de los pelos sin saber
qué hacer. Ahí como un bobito paralizado por la inercia de la duda, buscando una
verdad en vez de un equilibrio.
Pero a no dormirse en los laureles, toca volver cuanto antes a la ciudad y durante el
trayecto, tratar de dejar la menor cantidad de huellas posibles. Pero ¿quién se iba a
lanzar tras nosotros, los narcos? No les daba el tiempo hermano. ¿El ejército? En la base
no alcanzaban los hombres. Los ojos desorbitados debía tener el Capitán, nada de nada,
además se les iba a venir el flecha al humo a pedir explicaciones, el pobre Gutiérrez no
iba a entender un pomo tampoco y los narcos iban a querer vengarse, ésa era una fija,
¿pero de quién? si no tenían la más pálida idea de lo que pudo haber pasado. De eso
estaba convencido: los narcos nunca adivinarían la jugada que él había montado. Y al
final de todo, bien podía ser hasta que se traguen el cuento de una traición interna.
Ahora todo parecía encarrilarse, ningún elemento presentaba la fuerza desequilibrante
suficiente para perturbar la gran armonía que lo envolvía. Nada peor que la represión,
es decir acumular algo que quiere salir.
Y a los narcos les tocaba reprimirse: iban a querer hacer correr la sangre pero sin
saber cuál era la canilla que tocaba abrir. ¡Jeje! Al Benito le hubiese gustado una frase
así, tal vez con los años se estaba poniendo como más sabio que le dicen. Pero basta de
pendejadas, tocaba concentrarse de nuevo: pensar en la vuelta. Quedaban tres días de
marcha y era imposible que la tropa mantenga un ritmo tan intenso como el que venían
llevando. La inyección anímica y de fuerza que la victoria había proporcionado poco a
poco iría disminuyendo, aumentando así la consciencia del yo y por lo tanto la
sensación de cansancio. A menos que. Ahora sí la cocaína podía serle de gran utilidad,
ahora que la nube negra había desaparecido, ahora que los kunus habían quedado
definitivamente atrás, ahora más que nunca había que acelerar el paso para llegar lo
antes posible a la ciudad y así poner en práctica la última parte del plan.
Previo haber escondido el botín, cada uno regresaría a su hotel respectivo, vestido
obviamente con la ropa de civil. Se simularía haber pasado una semana abrumadora de
juerga, lo que pegaría totalmente con el cansancio que se reflejaría en sus rostros. Cada
uno agarraría una puta y se la llevaría para tener como una coartada. A la puta había
que contarle exactamente la misma historia. Había que inventarse un recorrido. Su
cerebro trabajaba a toda velocidad sin reposo alguno.
El sargento se decía que en dos semanas iba a poder sacar el dinero y entonces, le
iba a tocar disfrutar hermano, a disfrutar de lo lindo. Hacía tiempo que se quería
comprar un auto de esos de lujo y llevarlo a casa de la vieja. Todo para que los vecinos
vean el carro. A la madre del sargento le encantaba cuando él llegaba con todos los
regalos, o bien vestido, le brillaban los ojitos que le dicen. Él se daba cuenta que su
madrecita siempre miraba a los costados para ver si los vecinos, detrás de sus ventanas
presenciaban la vuelta del hijo pródigo. Había que verla a la viejita lo orgullosa que se
sentía de que su hijo triunfe en el ejército.

129

-

¿Mami que quieres, qué necesitas para la casa?, el dinero no es un problema.
Así le diría a su madre.

¡Chucha!, el dinero por un tiempo largo no iba a ser una preocupación, hasta se
podía hacer una inversión que le dicen, tú sabes poner la plata en el banco para que te dé
más plata todavía. O quizás montar algún negocio, un bar con chicas, esa idea siempre
le había gustado, además ya no tendría que pagar para tirárselas. En el próximo
bienestar se iría a un banco para preguntar qué chuchas se podía hacer con tanto dinero.
De seguro que lo recibirían como a un rey, como el veía en las películas cuando el
dueño del banco acogía con todos los honores al hombre rico; ¡hasta cigarros le
ofrecerían! Pero ya se había ido por las ramas, de seguro que todavía faltaba para eso.
Primero había que cruzar esta maldita selva soportando el peso de la mochila. El peso
del triunfo que le dicen, ¡jeje! Dos de los sargentos llevaban el dinero, mientras que el
resto, -él incluido-, cargaban con la cocaína, ¿serían treinta kilos cada cada uno? En
todo caso, poco a poco la euforia iba pasando y las correas de cuero comenzaban a
martirizar la espalda de cada uno de los hombres. Chucha con la blanca que habían
abandonado sobre la carretera, ahí solita, sin que se la pudieran llevar. Era como un
regalo de Dios que tocaba al que se la encontraba. A un momento, como de puro
egoísta, como queriendo que nadie aproveche de sus esfuerzos, había tenido la idea de
hasta prenderla fuego, pero no, se había arrepentido, la plata no puede despreciarse, era
como pecado que le dicen, él no podía andarse con esas vainas.
Tres horas más e iba a ordenar el alto para hacer una aspirada general de cocaína.
Era arriesgado con todo el cansancio de la semana, pero era la única manera de que los
hombres no se desbarranquen de la fatiga. Observa los movimientos de cada uno de los
soldados, duda. O bien un alto, o bien una raya, chucha con la elección. Piensa, busca en
su cabeza fisurada por la tensión, la salida. Con este tipo de merca, las famosas alas de
mariposas, la tropa podrá llevar un ritmo intenso por tal vez unas hora, después los
cuerpos comenzarán a pedir más, en ese momento habrá que forzar la marcha, unas dos
horas más cuestión que el organismo se desacelere y se pueda realmente aprovechar la
hora y media de descanso que había planeado. Sí, tal vez esa sea una idea como para
seguir. Consultaría con los sargentos. La pregunta que queda por resolver es cuando
demonios iban hacer el primer alto para tomarse la coca. Lo mejor parecería ser después
de remontar el río, sí, unos treinta minutos después, por si las moscas, no vaya a ser que
algún grupo se hubiera lanzado tras ellos. Otra vez la fe negativa que le dicen,
precaución que le digo.
¡Sueño cumplido hermano! ¿puedes entender eso? Definitivamente lo había
logrado. Chucha me caminaba de vuelta y era que no me lo podía creer. Desde que era
jovencito me había imaginado un golpe como este, tú te imaginas, lo montas todo, y
todo sale perfecto, era como que yo ya me podía morir tranquilo. Como en las películas
de acción, ¿no te digo?, yo era el jefe, él que había logrado lo que nunca nadie se había
atrevido: mandar a la chucha los narcos colombianos, los narcos peruanos y el
mismísimo ejército peruano en una sola jugada. Era el gran golpe, quedaría escrito por
años en la historia de la carretera marginal. Tal vez se seguiría comentando por años y
años en distintas bases como la leyenda de la marginal. Tal vez un día algún soldadito
en algún bar, haciéndose el interesante, le preguntaría si conocía lo que se contaba en
todas las bases:
-No, brother, cuéntame tú, respondería él sonriendo

130

11 hs a.m. (unas horas antes)
Ya está, terminó la cuenta regresiva, agazapado entre los pastos, la señal es para
toda la tropa. Todo o nada, ganar o perder, sin derecho a empates, en el podio solo hay
lugar para un único campeón. A menos que... la operación se haya suspendido. Chucha
con esa idea. Ocurrió en ocasiones muy raras, pero es verdad que hubo de suceder y
fueron en dos ocasiones. La primera, bien en los principios, cuando estaba el viejo
capitán y él recién se había llegado a la base. Habían preparado el cordón de los dos
lados, habían esperado un rato largo después de la hora prevista, serían más de dos
horas, hasta que decidió salir disparado al puesto de control para verificar si los
soldados no habían hecho alguna chuchada. Tal vez habían parado el auto equivocado;
pero no, la camioneta de los narcos no había aparecido, tampoco habían apercibido la
avioneta de los narcos colombianos. Estarían en contacto entre ellos ¿pero qué chucha
había ocurrido?, ¿porqué nadie les había avisado? Ahí tres horas de plantón en la
marginal, eso no era serio. Se había regresado a la base todo preocupado por la reacción
del antiguo Capitán; a ver si todavía se pensaba algo raro. Una vez frente a él, se había
deshecho en explicaciones, demostrándole que habían seguido las consignas al pie de la
letra, y que le juraba que él de nada tenía la culpa y que obviamente no se había
guardado ninguna plata. No vaya a ser cosa que el Capitán se crea que la operación se
había llevado a cabo y que él lo había querido pasar por arriba. Mientras le hablaba, el
Capitán lo miraba impasible. Esperó tranquilamente que el sargento termine, luego le
ofreció asiento y hasta le preguntó si quería una tasa de café.
-

Tranquilícese sargento y escúcheme. ¿Hizo realmente toda la parte que le tocaba
para llevar a cabo la operación?
- Sí mi capitán
- Entonces sargento. Usted no tiene ninguna razón, ningún motivo para sentirse
molesto. En todo caso, si alguien debe sentirse intranquilo, son ellos, usted, haga el
favor de relajarse sargento. ¿Además sabe qué?, no podemos hacer nada. No
sabemos ni dónde están, ni que pasó, ni un carajo de nada. Así es, ni usted ni yo
podemos cambiar las cosas, vaya a hacer lo que tenía planeado y dejé que mañana
sea otro día. Hay un viejo refrán chino que dice: si tu problema tiene solución, ¿para
qué te vas a hacer mala sangre? y si no tiene solución, ¿para qué te vas a hacer mala
sangre?
Chucha con los chinos, nunca había escuchado una cosa así. La misma noche en el
bar lo había impresionado al Benito repitiéndole la escena de la tarde.
-

Usted disculpe si peco de atrevido, pero ese capitán, chucha, es todo un filósofo
había largado el Benito repleto de admiración.

¡Cómo no admirarlo a ese hombre! Esa misma tarde antes de que cierre la puerta del
despacho, el capitán le había dicho:
-

¡Un momento sargento! De seguro mañana, o pasado mañana, va venir el
hombre a dar algunas explicaciones; me gustaría escucharlas a mí también.

El Capitán, tendría sus razones, pero la cosa era que siempre se las arreglaba para no
decir la palabra narco o droga, o lo que sea. Puede que en el fondo le diera como una
especie de vergüenza, como que era dinero sucio que le llamaba siempre. Generalmente

131

prefería llamarlo “operativo sobre la marginal” para hacer referencia a lo que en la
base, todos los soldados conocían como la paloma.
Pero así fue hermano, tal cual lo había dicho el capitán, el flecha se apareció al día
siguiente muy seriecito que estaba el hombre, se lo veía como molesto, como disgustado
por la situación. Yo lo recibí como si nada. Le dije que me acompañara entonces sin
pronunciar palabra alguna, ¡chucha!, ningún comentario le hice, y te puedo asegurar
hermano que ganas de sacudirlo no me faltaban. Chucha con todos los dolores de
cabeza que me habían dado el día anterior esa manga de pendejos. Golpeé como si nada
a la oficina del Capitán, todo, para anunciar la visita del flecha.
-

Capitán, hay una persona que desea verlo
Será que me tendrá que esperar 10 minutos, gracias sargento

Para mí que quería mostrar que estaba enojado porque no le habían avisado sobre la
suspensión de la operación. Eso se me ocurre porque cuando entré yo a su despacho
estaba leyendo un libro. Finalmente, 10 minutos después, abrió la puerta de la oficina y
le dijo al flecha que pasara. Cuando el flecha entró, el capitán le clavó los ojos como
quien dice, de manera fija, balanceando cuerpo y cabeza para adelante. Nunca le había
visto esa mirada, parecía que se estaba metiendo en la cabeza del flecha y que podía
leerle todo el maldito libro que éste tenía adentro del cerebro.
-

Con respecto a lo que pasó ayer, sabrá usted perdonar pero hubo problemas para
el despegue del avión dijo el hombre mientras se sacaba el sombrero. De todas
maneras, aquí mi patrón le manda un sobrecito, una atención que le dicen, como
si la operación se hubiese hecho enterita.

A todo esto, el capitán lo seguía mirando fijamente, el sobre estaba sobre la mesa y
él ni siquiera lo había tocado. Como que había algo que no le gustaba, y a menos que
fuera ciego, el flecha bien se había dado cuenta. Había tensión, siempre que entraba
algún narco en esa oficina, el aire se hacía como irrespirable. Yo chucha de mi lado, ya
estaba recontento, habíamos recuperado el dinero, pensaba para mis adentros, para qué
hacer más problemas como decían los chinos. Pero el Capitán seguía mirando con cara
de poco amigo, mientras continuaba en su balanceo afirmando vaya a saber que chucha.
El mensaje parecía ser del tipo “así como quedan las cosas, nuestro arreglo se va a la
chucha”. Todo habrá durado dos minutos, y entonces el flecha sin que nadie le diga
nada, sacó otro sobre y lo puso sobre el escritorio. Como si el capitán ya sabía que había
otro, y como que el flecha sabía que el capitán sabía.
-

Ahora sí, dijo el capitán, cuando haya una nueva fecha de intercambio nos ponen
al tanto. Tenga usted buenas tardes, le dijo al flecha y volvió la mirada a una
carpeta que había sobre el escritorio, que yo nunca había visto.

Cuando quedamos solos el Capitán se estiró un poco y me dijo
¿Y qué si hoy pasaba lo mismo? ¿Qué tal si la operación se echaba para atrás y él
acá ni enterado que se daba? ¿Qué tal si otra vez había algún problema con el despegue
de esa putada de avioneta? Esa posibilidad también se la había soñado, no te dije
hermano que me lo había soñado todo, y ahí sabes, en medio de la tensión, ahí acostado
entre las matas, mientras me estaba jugando la carrera y la vida, me pongo a reír, ¡jiji!
Trataba de que nadie me escuche. ¿Sería que se había vuelto loco, o que se lo estaban

132

llevando los kunus?, pensarían los soldaditos que estaban al lado. Chucha pero él, como
que estaba tentado que le dicen, pero no, no estaba loco, ¿me había preguntado qué
cuantos sobres le darían a este capitán de ahora?
-

¿Sargento se encuentra bien?, le había preguntado uno de sus brothers que se le
había acercado.
Sí, hermano, sí estoy bien, vuelve a tu posición.

Chucha, el sargentito puso una cara de lo más rara y volvió a su posición, así como
meneando la cabeza que le dicen, pero yo estaba bien. Tal vez era el cansancio y los
nervios acumulados durante la semana, pero chucha me tenía que concentrar de nuevo.
Tú sabes cómo funciona la mente, como que uno entra a darse manija, y él ahora ya
estaba convencido de que la paloma no iba a venir, que había una huevada de problema
y que estaban ahí esperando como unas guevas.
Silencio absoluto en la ruta. Ya la concentración volvió a grado máximo. La mirada
de cada uno de los hombres es sobre sí mismo, tratando de potenciar al máximo el oído,
un sentido que con el correr de las excursiones en la selva, viene en alza. La carretera se
extiende a lo lejos de norte a sur, inmensa y terriblemente vacía. Cada pájaro que
levanta vuelo en el horizonte invita a una alerta máxima, pero esta vez los posibles
delatados serán los otros y no ellos.
Después del ataque al avioneta de los narcos
-

¡Compañía alto! ladra el sargento.

Ya llevan más de una hora caminando por el riacho, los soldados están realmente que no
pueden más, apenas si logran avanzar unos metros, vencidos como cualquier humano
exigido más allá de lo que cree que su especie le permite. Pero, ¿cuál es realmente el
último paso que un organismo puede dar? ¿Cómo saber que frente a una toalla mojada,
uno acaba de conseguir realmente la última de sus gotas? Entonces siguiendo este
razonamiento, ¿porqué éste y no el paso siguiente habría de ser verdaderamente el
último que cada uno de los miembros de la tropa podía dar? ¿Es realmente todo una
simple cuestión de voluntad? Pero ¿cómo puede la voluntad tener tanta influencia en lo
físico?
Ahí nomás hermano, me dije que había llegado la hora de sacar de su “estuche”
el prodigioso polvo níveo e invocar la diosa blanca. Me reuní con los sargentos para
explicarles el plan de acción que me había fijado que le dicen. Todo lo tenía yo bien
calculadito en mi cabeza; el problema con mi cabeza era que yo mismo no sabía si
estaba funcionando de lo más bien. Tú sabes, tantas horas de mal sueño, tú ya pierdes
como la noción de lo que realmente puedes hacer. Pero los cuatro estuvieron de acuerdo
en que eso era lo mejor. Nadie podía dar un jodido paso más en esta chuchada de selva.
Concluyeron que ellos podrían tomar cuanto y cuando quisieran, porque ya contaban
con la experiencia suficiente en situaciones de este tipo. En cuanto a los soldaditos yo
iba a decidir cuándo y cuánto se tomaba. No vaya a ser que ocurra un accidente; alguna
sobredosis, y la situación se complique, cuando para colmo lo más difícil ya estaba
hecho. Chucha cuando estaba en la base, ¿tú sabes cuántos casos presencié que le dicen?
Varios hermano, varios; y casi siempre los soldaditos más jóvenes, se van de putas,
entran a tomar y a tomar, para mostrar que son bien machitos que le dicen y no paran

133

más. Y de repente en medio del salón tú ves alguno caer como fusilado, y ¡pam! Otra
sobredosis te dices tú. Yo me imaginaba que la mayoría de los soldados de mi tropa ya
habían todos tomado alguna vez cocaína en su vida, tú sabes ahí en la selva es de lo más
común y de lo más barato, acá en Buenos Aires, ya te dije hermano, te venden cualquier
cosa; pero yo no podía correr ningún riesgo. Había que regular y controlar todo al
máximo, cosa de estar seguro de llegar a destinación en los tiempos previstos. Pero que
te digo, el ánimo que llevábamos ahora a la vuelta era completamente diferente al de la
ida. Éramos todos ricos, estábamos cansados pero estábamos felices, nada más
queríamos llegar y disfrutar del golpe que habíamos dado. ¡Eso hermano!, poder
sentarse y decirse chucha ¡ya está!, ¡asunto liquidado! Para los soldaditos de la tropa, te
puedes imaginar la sensación, era la primera vez, que tenían tanta cocaína para vender,
iban a poder sacar tal vez 20.000 dólares, dependía de lo que cada uno de ellos se había
cargado. Y nosotros ¡chucha!, nosotros éramos todavía más ricos, nosotros teníamos los
billetes y la coca.
Después de unas buenas rayas, chucha con la madre, nos pusimos a andar como con
cohetes en el culo. ¡Jiji!, habremos hecho una pausa de unos veinte minutos, y ahí
nomás nos calzamos de nuevo las mochilas y hasta parecíamos torpedos en medio de la
selva. Había que aprovechar, tú sabes hermano, alas de mariposa, no como la mierda
que te venden aquí.
12 a.m.; minutos antes del enfrentamiento con los narcos
La marginal sigue desierta, el mismo horizonte, el mismo silencio. Encima está
condenada chuchada de narcos que no aparece. Ya comenzaba a ponerme de lo más
nervioso. A mí, ya me daba por pensar que alguien nos había visto, y que había ido con
el cuento a algún lado. Si la operación fallaba, ¿con qué cara me volvía a la base? ¿Tú te
imaginas?, ¿volver con las manos vacías? ¿De dónde sacas las fuerzas para caminar,
con qué cara iba yo a mirar a mis soldados a los ojos? Yo creo que me hubiese pegado
un tiro ahí nomás.
Chucha con estos narcos que no aparecían. Me preguntaba sí era posible que
tuviese tanta mala suerte. No podía ser. Algunos soldaditos ya comenzaban a mirarle
como preguntándole ¿qué qué chucha pasaba con los narcos?, ¿qué porqué no venían?
¿Sería que les había contagiado la ansiedad? Ojo al guía. Chucha que la sangre le estaba
subiendo a la cabeza.
De repente un grito, como un lamento apagado, como ahogado, pero de lo más
nítido. EL sargento Truneo levanta la cabeza sobresaltado. Se da vuelta en dirección
hacia la selva, y ahí mismo por donde habían llegado, de ahí mismo y no de otra parte
provenían los gritos. ¿Pero qué chuchada es ésta? Los demás soldados parecen no haber
escuchado absolutamente nada, ni siquiera los sargentos. ¿Será que se lo estaba
inventando? ¡Chucha hermano!, en ese momento sentí mucho miedo. Ya estaba como
paranoico, tú sabes entras en pánico, y ahí tú ya no distingues la realidad de la
imaginación. No podía dejar de pensar en los kunus, pero ni quería mencionarlos.
Tarde o temprano los kunus vienen a cobrarse las deudas. Encima a los soldados, no
les perdonan nada y ¿sabes porqué? había preguntado una vez el Benito. Porque a
nosotros nos pagan por matar, recibimos una chuchada de salario por eso, por agujerear,
finalmente, no valemos mucho más que los mercenarios. ¡Amor a la patria! ¿De qué
amor nos hablan Trueno?, ¿Quién chucha entraría en el ejército si no te pagarán un

134

corno?
“Tarde o temprano, los kunus se venían a cobrar las deudas”, la frase retumbaba
como una profecía de muerte. Y a decir verdad, yo tenía y tengo todavía deudas de
sobra como para que los kunus vengan por mí. Ya estaba pensando en levantarme pues
estaba completamente seguro de lo que había oído. A lo mejor nos habían localizado y
de seguro que nos podían hacer como un emparedado que le dicen. Lo único que me
retenía era que yo sólo me había percatado del ruido, lo que daba para pensar que por
ahí me lo había fantaseado, pero chucha tan clarito había sido. Al resto de la tropa nada
quería decirle, tú sabes, para no generar pánico. Pero si se venía otro grito, otro ruido
extraño, yo me tenía que levantar e ir a ver qué demonios ocurría por esos lados.
Rezando entonces para que sea una falsa impresión, me doy vuelta y lo reconfirmo todo.
La certeza que a nuestras espaldas hay movimiento. Algunas ramas se mueven de lo
más raro, sabes, diferente a cuando lo hacen por culpa de algún animal, pájaro o viento.
Pero chucha, tampoco estaba tan loco, sabía también que era como demasiado obvio.
Quiero decir si alguien nos había localizado, algún grupo armado, no iban a ser tan
“boludos” como dicen ustedes, de hacer semejante ruido. ¡Claro hermano! pensé
enseguida en los kunus, ¿en qué otra cosa podía pensar? Ahora para mí, el asunto era de
lo más clarito, eran ellos, y venían por mí. Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Tal
vez había tiempo para huir. Me dije “Trueno” te llegó tu hora, ahora te toca rendir las
cuentas, las deudas impagas.
El sargento comienza a transpirar de lo lindo. A su alrededor nadie parece darse
cuenta de la pesadilla que está viviendo. Cada uno concentrado en lo suyo como si nada
o bien…¿haciendo como si nada? ¿Y si su misma tropa, su mismos hermanos le estaban
montando una trampa? ¿Si había una especie de confabulación en su contra? Ahora son
pasos los que escucha con nitidez, pero no caerá en la trampa, allí, en medio de los
matorrales, no hay nada, ni vale la pena darse vuelta y además, prefiere no hacerlo. Eso,
hacer como si nada de eso existiera, porque nada de eso en realidad existe; pero el
sargento tiembla. Pero vamos hermano, no vas a aflojar ahora en los últimos metros,
¡qué chucha! Si toca la muerte, que toque. Los pasos siguen acercándose, se detienen a
escasos metros de distancia. Siente la respiración de los Kunus. El sargento constata el
temblor de su arma, de sus manos, de todo su cuerpo.
Siente una especie de soplido acercándose a su oído, y de repente un grito, otro más,
pero distinto, esta vez inconfundible, pues toda la tropa lo ha oído hasta el fondo de las
tripas.
- Ahí llegan los narcos.
A lo lejos, a ambos lados de la carretera, dos motores, una camioneta y una
avioneta, se hacen oír despejando el cielo de cualquier duda.

XVIII
¡Qué de

sensaciones dispares!, un revuelto de aquellos que se había armado.
¡Cuánto movimiento estos últimos días! En el barrio, en la Escuelita, en su cabeza y
hasta en sus ganas de levantarse por las mañanas. Entre el quilombo de la reunión de
135

ayer y la charla de hoy a la mañana con Viviana, (una de las vecinas del barrio), había
quedado como para estar de cama. Hoy es domingo al mediodía y le es totalmente
imposible movilizar una neurona más. En una hora tiene que ir a buscar a Daniel, (¡Ya
está! la última neurona acaba de ponerse en acción) Daniel, sí, “el vecino”, repite una
voz en su interior, ir a buscarlo, la neurona confirma la directiva. Buscarlo para que le
dé una mano para levantar una de las paredes de la Escuelita. De seguro que nuestro
amigo Daniel habrá tomado sus copitas del fin de semana y de seguro también que lo
va a invitar a un vasito, de cerveza o de vino tinto. Y él, que no, que no puede tomar por
los chicos del barrio, que acá ellos son los “maestritos” y que se tiene que hacer cargo
de la imagen que eso implica. Daniel que contestará: que ahora vos no estás en la
Escuelita y que sus hijos duermen la siesta, entonces que si realmente tenés ganas de
tomarte un vasito podés hacerlo, que esa es la posta y que todo lo demás es chamullo y
de lo más flaco. Y él, que gracias Daniel, de verdad gracias, pero que en realidad no
quiere, y Daniel que meneará la cabeza en claro signo de incomprensión. Y él con ganas
de confesarle que a decir verdad, el tampoco entiende mucho, que a decir verdad cada
vez entiende menos, sobre todo, muchas de las boludeces que se impuso a nivel de
disciplina; y no solamente en el barrio, sino en su vida en general. Ganas de contarte
hermano todas las incoherencias que llevo a diario, todas las veces que traiciono mis
supuestos ideales, eso sí, en la medida de lo posible, cuando nadie me ve.
¡En fin!, otra escena que se repetirá de seguro, y hasta podría apostarlo, es la de
la Claudia. La misma rutina de todos los fines de semana cada vez que voy, en nombre
de la Escuelita, a robarse a su esposo para la construcción. La bruja, mientras que lava
los platos escupirá alguna frasecita del tipo: ¿porqué en vez de dar una mano en la
escuelita no te ponés a trabajar en tu propia casa que se está cayendo a pedazos?
Y Daniel, en vez de contestarle a su mujer “como corresponde” lo mirará a él, si
a él, “al zurdito que todo lo sabe”. Como diciendo, Y hermano, ¿qué le contestamos a la
bruja? Él, de su lado, una vez más pensará que el comentario de la esposa de Daniel es
de lo más sensato y pertinente; y por lo tanto, de lo más atinado; pero que efectivamente
alguna respuesta tiene que darle a esta mujer. Sino, ¿para qué mierda se rompe el culo
laburando en este barrio tantos días a la semana? Como si la pregunta de la Claudia lo
transportara a una sensación de encierro, una contradicción, ¿y van?; una vez más sin
poder dilucidar axiológicamente lo que sea, una vez más verse obligado a resolver, es
decir inclinarse para algún lado, sin estar muy convencido de mis propios argumentos.
¿Cuánto vale la lucha?, ¿Dónde debe uno poner todo su esfuerzo? ¿Cómo hallar
el equilibrio entre esta vida mía que en teoría le pertenece al prójimo y esta vida mía
que deseo vivir también para mí?
Debe responderle a Claudia porque debe a la vez responderse a sí mismo.
Pero como no existen respuestas cada vez que se oponen dos principios tales que
la libertad individual y la igualdad, es decir cada vez que se confrontan dos paradigmas
metafísicos contradictorios. La metafísica, una especie de paraíso del cual el ser humano
ha sido expulsado. Es por todo esto, que nuestro joven militante, perdido en un “ no
tengo ni la más puta idea de que contestar,” se resigna a hablar por hablar, lo que se
dice: encender la grabadora y largar el discurso en él que cada vez le cuesta más y más
seguir creyendo.
Mi grabadora interna: “La construcción de la Escuelita debe seguir avanzando
sino va a tardar demasiado, y la mayoría del barrio se vería privada y perjudicada de
un bien comunitario. Después, mismo si se pudiesen conseguir fondos para pagarle a
Daniel que tanto lo necesita, bien es sabido que no se debe priorizar una familia, entre
las tantas que tienen la misma o peor, necesidad. Evitando de esta manera lo que

136

algunos llaman: clientelismo. Y, “a la final”, por una puta cuestión de principios, la
escuelita debe construirse fundamentalmente a base de solidaridad -casi de manera
exclusiva-, ya que no es bueno que existan relaciones de dependencia material entre la
Escuelita y la gente del barrio, lo cual representa una relación de opresión hacia una
persona que en teoría, digo bien en teoría, se pretende liberar”.
He de aquí un posible sostén en el cuál apoyar su discurso. Discurso a primera
vista límpido, que lógicamente calzará de lo más bien, permitiéndole seguir la jornada
sin demasiados problemas de consciencia. El árbol tapando la montaña que le dicen.
Perdoname Claudia, perdoname de verdad. Hablemos a cara limpia, yo te
entiendo; pero me gustaría que vos me entiendas. En el fondo tenés razón, de eso no
cabe dudas, antes que darnos una mano a nosotros, Daniel te la tendría que dar a vos, o
sea, a su familia. En todo caso, a mí me parece de lo más lóxico y razonable. Pero el
hombre es un bicho de lo más raro ¿sabés?; el hombre se la pasa pensando y mucho, tal
vez demasiado. El tema es, mi querida Claudia, que algunas personas han llevado su
pensamiento muy lejos, una vez más, quizás demasiado. Algunos dijeron por ejemplo
que lo que nosotros tenemos como concepto de familia, no es sino, una construcción
social, tan real como apócrifa. Esta gente dice que en realidad, cuando hablamos de
familia nos hallamos confrontados a una subunidad de un sistema, que a su vez está
predeterminado por la manera en que esa sociedad está organizada. De esta manera,
siempre según cierta gente, todo nuestro mundo, la psiquis, el alma, nuestra esencia,
nuestra pasión, nuestros valores, todos están en relación directa y dependen finalmente
del modo en que el hombre organiza y/o establece, las distintas relaciones de
producción existentes en su sociedad. O sea que vivimos una realidad subjetiva, algo así
como un sueño, un mundo que es “A”, pero que tranquilamente podría ser “B”.
Entonces lo que esta gente propone es que si este “A”, (o bien esta sociedad que se
orienta hacia “A”) no nos gusta, qué tal si nos orientamos hacia “B”, al menos para
probar algo distinto y que aparentemente sería más justo; pero eso sí; menos libre.
Ahora bien decime Claudia, ¿vos que pensás de todo esto? ¿Qué es lo que está primero,
el prójimo o la familia? ¿Qué pensás que opina Dios de todo esto?, ¿a quién debe uno
ayudar primero, en caso de tener que elegir? ¿A quién pertenece el hombre, primero a
sus pares y después a sí mismo, o bien es al revés? Pregunta de lo más estúpida sino
fuera que de esa diferencia, surgen dos mundos completamente diferentes, y yo ya no
entiendo más nada. Ya ves, aunque no parezca, algunas cosas pierden claridad en esta
cabeza que se cree, o que se quiere, tan disciplinada. Me siento atrapado entre dos
mundos, entre dos realidades, la subjetiva y la otra. Me doy cuenta que paulatinamente
empiezo a escuchar cada vez más esta realidad que vivo, ¿soy realista?, ¿soy
conformista? ¿Será el cansancio?, ¿me estaré poniendo viejo? Te das cuenta Claudia, no
sé qué carajo hacer. Creo que estarás de acuerdo que no me queda más remedio que
seguir la función, actuar por inercia, ponerme el antifaz y evacuar todas estas dudas que
me atormentan, esgrimiendo un discurso como éste, o sea, de lo más ligero. Lo necesito
para seguir viviendo, más bien para justificarme la existencia. Juguemos Claudia,
juguemos mientras el lobo de la duda no está. Juguemos a que yo hablo, a que yo me
creo lo que digo y a qué vos también me creés. Permitime que me haga el boludo,
permitime este tipo de respuesta de lo más cobarde, permitime que una vez más
encienda esta puta grabadora... y aquí vamos:
“el sacrificio de Daniel es muy importante para la Escuelita en particular y
para el barrio en general. Vos sabés Claudia, (ya ves, empiezo a decirlo, empiezo a
creerlo) el hecho de que gente del barrio como tu esposo participe en actividades como

137

la construcción, es algo fantástico porque al fin y al cabo, la Escuelita pertenece al
barrio, a la gente que vive acá. Sabés Claudia, para los chicos que vienen a las clases
de apoyo, al comedor, es re importante que puedan disfrutar de un lugar, de un espacio
que sea lo más agradable, lo más sano posible. La Escuelita, la nuestra, es el símbolo
de la unión desinteresada entre los vecinos, y ¿sabés qué Claudia?, más linda la
construimos, más fuerza toma nuestro mensaje de solidaridad, de unión, y más fuerte se
hace la esperanza. Ya sé Claudia que es muy difícil de dar una mano cuando uno
mismo la necesita, pero es justamente eso, lo que le da mucho más valor al gesto, ¿no
cierto Claudia?”
Algunas veces, no siempre, pero es cierto que cada vez más seguido, me suelen
agarrar estos tipos de bajones, de descreimiento. Nada grave me decía, y es verdad que
laburando con los chicos, con los vecinos, en el barrio, el nubarrón pasaba. Un especie
de gripe del escepticismo que me tomaba, como una voz viniendo desde muy lejos, una
voz que me quería convencer de que todos estos años de sacrificio, todos estos años de
lucha, no servían absolutamente para nada, para un carajo y que todo finalmente, había
sido completamente al pedo. Una voz que repetía, que machacaba incansablemente, qué
el monstruo que combatíamos era demasiado grande, y la gente demasiado mierda. Sí,
verdaderamente, esta especie de virus me atacaba a pesar de todas las frases guerreras
que tan bien me sabía, todos esos conjuros que uno había aprendido a lo largo de estos
años, conjuros para protegerse de los malos espíritus que invitaban a bajar los brazos.
Oraciones, plegarias, invocaciones del tipo: “resistir es vencer”, “la única lucha que se
pierde es la que se abandona” “Retroceder jamás, ni siquiera para tomar impulso”.
Otro tipo de antídoto para estos vientos derrotistas y que tal vez, años atrás
hubiesen sido de lo más efectivo; acontecimientos como los ocurridos la semana pasada.
Cosas como éstas, le hacían sentir a uno como rebrotes de energía, como que uno
resucitaba, como si todo esta abnegación de repente cobrase un sentido, como una luz
en la oscuridad, no, más bien un relámpago en la noche oscura de este endemoniado
capitalismo.
Sin embargo el presente marcaba que la maldita gripe de la resignación, junto
con el gran cansancio general que acumulaba su cuerpo y su espíritu, pisaban fuerte,
muy fuerte, sobre su joven pero ya maltrecha espalda.
Menos mal que ayer en la asamblea con los vecinos, ellos, los maestros, bajaron
el tono del discurso “puritano”. Esos dos tipos que nadie conocía y que estaban sentados
con las manitos en el bolsillo habían venido indiscutiblemente a mostrarles los dientes
por no decir a cagarlos a trompadas. Por suerte habían reaccionado a tiempo, sino esa
noche, después de la reunión la hubiesen pasado muy mal. De sólo pensarlo le agarraba
un escalofrío. De no haber cambiado de actitud, los dos monos que el puntero político
del barrio les había enviado, los hubiesen fajado para que se dejen de joder de una vez
por todas estos “putos zurditos de mierda”.
Necesita ordenar la información; pero antes volvamos al presente, es decir ir a
buscarlo a Daniel para proseguir con la construcción de la Escuelita. Hoy
lamentablemente no iba a llover.
Estos últimos tiempos, cada vez más seguido, eso ocurría. A causa de la lluvia,
se suspendían algunas de las actividades programadas y como no quedaban muchas
cosas para hacer, entonces tocaba, un sábado por la tarde, como una de las cosas más
raras en este planeta, volver al hogar cualquiera que este sea, y vivir un sábado de civil,

138

tal vez un café con leche y algunas facturas, mirarse una película o un partidito, irse a
jugar al fútbol, un sábado de lo más atípico. Cuando se daban este tipo de situaciones, o
sea el abandonar por algún fin de semana la militancia barrial, al principio siempre
costaba un poco; porque resulta que algún integrante siempre se quedaba trabajando en
el barrio, y uno por supuesto se sentía alguna que otra culpa de “desertar” y a la
Escuelita, y a los compañeros. Él era uno de esos, de los que muchas veces se quedaban
por lo que iban a pensar los demás y no porque realmente lo deseaba. Pero cuando se
iba, la culpa duraba lo que nada, y apenas alejado unas cuadras de la Escuelita, el alivio
estallaba. Un peso se le quitaba de encima, como si se le hubiesen aflojado los clavos de
la cruz. Tocaba disfrutar del día libre y transformarse en un turista feliz en esta
maravillosa ciudad porteña en la que uno vivía.
Pero hoy no tocaba volverse, al contrario, hoy había trabajo de sobra, hoy
domingo, tocaba construir. Volviendo entonces al tema de las escenas en la casa de
Daniel, lo que más le jorobaba, era que después de todos estos planteos, debates y
angustias existenciales, cuando uno ya había arrancado para la Escuelita, a mitad del
camino, Daniel solía largarle:
-

Si vengo a dar una mano, no es por la Escuelita, es sobre todo por vos; porque
sos mi amigo.

¡Bingo! Muchas gracias hermano, pero por mí no tenés que venir, mi ego en
cambio te lo agradece, ¡pero la Escuelita no!
Pero qué mierda, las relaciones personales también contaban; pero en teoría
debían de someterse a los intereses del Centro Educativo. Lo mejor sería parar un poco
la máquina de flagelación que se había iniciado y pensar en otras cosas. Caso contrario,
ya conocía la película y eran demasiadas las veces que la había visto. Se avecinaba la
gran angustia gran, esa que le agarraba el pecho y le llenaba de lágrimas los pulmones.
Se pasa la mano por la cara como intentando a través de estos masajes faciales,
descomprimir los nudos de su cerebro. Ya perdió la cuenta del último fin de semana en
el que se levantó sin tener un carajo que hacer. Hoy el laburo barrial lo había arrebatado
todo. Todo lo gobernaba y todo lo dirigía. ¿Pero el cansancio qué? ¿Qué había que
hacer con toda esta fatiga acumulada? Detener el tiempo, si tan sólo pudiera, aunque sea
algunas horas, cuestión de recuperar la maldita memoria. Pero no, ahora mijito usted
tiene demasiadas lecciones que sacar de estas últimas cuarenta y ocho horas, usted no
puede darse el lujo de detenerse a pensar. ¡Lástima!, hubiese venido bien poner un poco
de orden en este agotamiento. Necesita realmente un espacio temporal para procesar
toda esta información. Los últimos acontecimientos lo merecían, recapitulemos:
a) La reunión con los vecinos
b) Los no orgasmos de Viviana
c) Analizar en algún momento estas ganas irrefrenables de largar todo esta
historia de militancia en los barrios a la misma mierda.
Más tarde, eso era lo mejor, una vez más.
Las reuniones con los vecinos
Todo empezó con un rumor, el poder del murmullo que le dicen. Como en aquella
película en dónde el gobierno norteamericano necesita inventar un conflicto para poder
desviar la atención de la opinión pública sobre una aventura sexual del Presidente.

139

- “Vaya a la conferencia de la Casa Blanca y desmienta oficialmente una
guerra con Albania
- Pero señor, nosotros no estamos en conflicto con ese país.
- Entonces, razón de más para desmentirlo teniente.”
De repente, de la nada, de un día para el otro, comenzó a correrse la bola. Alguien o
algo, dijo que a menos de un kilómetro del barrio iban a construir una estación de
ferrocarril. Pánico total a bordo. Los terrenos ocupados ilegalmente iban a multiplicar
por cien su valor y los dueños legales de los terrenos, con toda lógica, iban a querer
recuperar lo que por ley les pertenecía. ¿Era eso justo o no? Depende del punto de vista.
Las leyes están para ser cumplidas, pero bien cierto es que a nadie le importa si son
justas o no. Con respecto a los terrenos, la ley era bien clara. Sólo diez años de
ocupación con pruebas concretas de haber habitado el terreno, es decir, boletas, facturas,
habilitaban su ocupante a iniciar la demanda de posesión legal del terreno. El problema
para la mayoría de la gente del barrio, era que el asentamiento era muy joven aún y
solamente muy pocas personas estaban en condiciones de cumplir con ese tipo de
requisito. La inmensa mayoría de los vecinos no llevaban más de siete años en cada
terreno, lo que suponía que entre el amparo de la ley más una manito amiga de alguna
comisaría solidaria, se los podía echar a la mierda y dejarlos en la calle de un día para el
otro. Esa terrible amenaza comenzó a visualizarse en el horizonte de los vecinos, y el
barrio se movilizó por entero y como nunca.
La gente se juntaba en distintas casas a discutir los unos con los otros: la situación
soñada, ideal para cualquier militante barrial. Como en un cuento de hada social, la
Escuelita, que había hecho hasta entonces un trabajo silencioso y de hormiga durante
más de tres años, fue el primer lugar propuesto por los propios vecinos para realizar una
asamblea general. ¡Asamblea general! Doscientas personas hubieron ese día, una cosa
de locos, lo tenían que pellizcar porque no se lo creía. Demasiado hermoso para ser
verdad. Un sin fin de rostros que no conocía, que a su vez, no sabían nada de la
existencia de la Escuelita se habían encontrado en esa tan anhelada “asamblea general”.
La decisión fue unánime en ese sentido: solamente trabajando en conjunto había
posibilidades de poder obtener algún tipo de respuesta favorable a los intereses del
barrio. Solamente tirando con fuerzas y todos unidos se podía llegar a inclinar la
balanza a favor nuestro, a favor de la gente. Hasta allí, de maravillas, los aplausos se
sucedían uno atrás de otro, el fervor que la asamblea despedía, parecía incontrolable y
devastador. Todo perfecto, hasta que la bomba estalló: ¿Cómo se iban a organizar?
Comenzaron los malditos y viejos problemas de siempre.
Un vecino propuso de votar y formar de inmediato una comisión vecinal, con
presidente, secretario, tesorero etc., argumentando que una persona que él conocía y
muy importante en la municipalidad, le había dicho que de esta manera, les iba a
resultar mucho más fácil conseguir que alguien los escuche. Además, he de aquí que esa
misma y “misteriosa” persona se había propuesto venir a dar oídos a las inquietudes de
dicha comisión e intentar darles una mano. Resultaba innegable que el hecho de tener
una personería jurídica, facilitaría un sin fin de trámites. La misma Escuelita funcionaba
con una, y era justamente eso, lo que les permitía tener acceso entre otras cosas, a
diferentes donaciones. Hasta ahí todo bien; estaban de acuerdo. Pero el problema era
que nosotros, los integrantes de la Escuelita, organización que se quería por decirlo de
alguna manera, de izquierda, teníamos otra visión de las cosas; visión un tanto distinta y
que implicaba a la vez algunos interrogantes del tipo:

140

- ¿Cómo vamos a elegir una comisión sino nos conocemos entre nosotros?
¿Porqué primero no trabajamos un tiempo todos juntos, así de paso empezamos a
conocernos un poco y en uno o dos meses, ahí sí, elegimos nuestros representantes?
Empezaron las diferencias. Qué no, qué sí, que no nos poníamos de acuerdo y se
quedó en que se iba a tomar la decisión en la próxima asamblea. Pero durante el tiempo
que habían durado esos intercambios, algunos subidos de tono, uno de los vecinos ya
había lanzado la terrible e histórica puñalada.
-¡Ustedes, no son del barrio!
¡Cierto!
Si bien había una o dos personas del barrio que trabajaban con nosotros, en un
95 %, no lo éramos.
Los no orgasmos de Viviana
-¿Sabés hace cuánto que no tengo un orgasmo? Te digo algo, cuando no sé qué
más inventarle a mi marido y no hay más remedio, y bueno, lo hacemos; pero por suerte
aprovecho que el Nacho mucho no entiende de la menstruación, y le digo que dura
como 10 días. Así estoy tranquila por un tiempo. Igual si fuera sólo eso, el problema
con el Nacho, es cuando le da por fajarme.
Palabras más palabras menos, eso es lo que le había dicho Viviana en los inicios
de la conversación esa misma mañana. Al Nacho, lo conocía muy bien, buen tipo,
tipazo, muy laburador; efectivamente, “lástima que la fajaba.”
¿En qué me había convertido? ¿Tan sensible que logro ver detrás de esa
violencia mundana, el corazón de un hombre oprimido que sufre, inocente, o en todo
caso irresponsable?; ¿o bien en realidad, debería admitir que la violencia se había vuelto
una moneda tan corriente en mi vida que ya no me movía un pelo? ¿Habría perdido la
fuerza o la capacidad de indignarme?
Con Viviana ya habíamos tenido alguna que otra charla; pero nunca de esta
intensidad. Yo sabía que las cosas no andaban bien con su pareja, la idea que el Nacho
la golpeaba me parecía relativa y asquerosamente normal. Y como buen prototipo de
macho latinoamericano lo que me hizo reaccionar, es decir indignarme, no fue sino el
tema de la ausencia de sus orgasmos. Eso era lo que a mi entender determinaba el
aspecto no sano de la relación. Esa especie de violación cotidiana en el matrimonio. No
entendía porque Viviana de alguna manera lo permitía. Pensaba que de seguro,
necesitaba además de todo, desahogarse un poco. A falta de príncipe azul que la rescate,
bien le venía entonces una oreja. Pero el problema de las orejas, su limitación, es que su
función se reduce exclusivamente a la escucha sin ninguna posibilidad de intervención.
Mi oreja, como buena inmadura, la muy estúpida, pretendía tener una boca. Y yo, pobre
infeliz atiné a preguntar casi sorprendido por la sencillez del asunto:
-¿Y porqué no lo dejás, te llevás a los pibe y a la mierda con el Nacho?
¿Qué era lo que intentaba con esa pregunta? ¿Hacerle ver a Viviana, que ella

141

misma estaba aceptando la situación? ¿Pretendía hacerla asumir que estaba atada
cómodamente a su conformismo? No, pero de verdad, a veces me pregunto, ¿se puede
ser más boludo?
Hacía ya seis años que “militaba”, seis años que me movía en este tipo de barrio,
frecuentando su gente e intentando compartir sus códigos y sus costumbres. Pobre forro,
nuevamente entubado por la realidad. Seis años después, este pichoncito descubría la
cascarita de la burbuja en la cual, pese a todo, se seguía moviendo. Lo había leído
millones de veces, pero no lo había asimilado nunca en su totalidad: el sistema, y no su
marido, era el que la violaba casi todos los días.
- ¿A dónde querés que me vaya?, responde Viviana casi cagándose de la risa y
haciendo con la mano ese típico gesto ítalo-argentino de “qué estás diciendo”. Si
pudiese, sabés hace cuántos años que ya me hubiese tomado el palo.
Obvio, ¿a dónde iba a ir?
La reunión con los vecinos
Acudimos a la segunda reunión un par de días después. Ya la participación de la
gente había disminuido de manera notable, sin dejar de ser, la nada despreciable suma
de al menos unas cincuenta personas. De más está decir que el ambiente estaba una vez
más de lo más caldeado. Nosotros, para colmo, durante la semana, habíamos aprendido
que uno de los integrantes del grupo de vecinos, el que llevaba la voz cantante, era lo
que se llamaba en el barrio, un puntero político; lo que equivale decir, una persona que
representaba los intereses políticos de algún partido y/o político en el asentamiento. Por
supuesto que esa mezcolanza de intereses nos parecía un tanto peligrosa y en
consecuencia, totalmente en contra de nuestros principios justamente apartidarios que
no aceptaban en aquella entonces “peros” alguno.
El aire, decía, de lo más embravecido. Empezamos a discutir, y como en los tiempos
bíblicos del antiguo testamento, las aguas en el barrio supieron abrirse de inmediato;
quedando de un lado los de “la comisión” y del otro, “nosotros, los de la Escuelita”. El
debate no nos inspiraba miedo alguno, sino más bien todo lo contrario. Disponíamos, en
nuestro arsenal, de buenos argumentos, algunos de ellos de lo más contundentes.
Además, por decirlo de alguna manera, nuestro entrenamiento en este tipo de
discusiones era de lo más intenso. Confiados en nuestra fuerza de choque,
constituíamos -como el 99 por ciento de las organizaciones de izquierda-, un comando
de elite en la guerra de guerrillas discursivas. Demasiado fácil nos resultó frenar esa
votación, votación que representaba a nuestros ojos, un claro atropello a la
participación democrática. Empezamos disparando con que había mucha gente en el
barrio que no estaba enterada de la votación, y que tal vez le interesaría participar en
esta bendita comisión. Agregamos por supuesto que se necesitaban las ideas de todos
para salir adelante en una situación como ésta. Nos preguntábamos también si antes de
votar para elegir nuestros representantes, no sería mejor consolidarse antes que todo en
el trabajo, para que la gente pueda ver primero en la práctica a los postulantes y no
votarlos por la cara, o bien porque sea un conocido, o bien porque simplemente sabía
hablar bien.
Hablar bien, eso era lo que nosotros mejor hacíamos. ¡Pan comido!, y nada costaba
hacer caer a los vecinos en contradicciones entre ellos y con ellos mismos. Todo lo
podíamos realizar, nosotros los profesionales de la discusión. Así fuimos rebatiendo uno
a uno los argumentos de cada uno de aquellos vecinos del barrio. Un triunfo aplastante

142

en el plano retórico. No recuerda bien cuántos maestros eran los que habían asistido a
esa reunión. Quizás tres, puede que cuatro. Lo que sí quedó grabado es que los mismos
integrantes de la Escuelita parecían disputarse entre ellos, el derecho a la respuesta,
buscando poder rebatir las distintas opiniones de la manera más ingeniosa y cáustica.
Buitres de la labia, peleando por un hueso aún carnoso. ¡Pan comido!, lograr que la
votación se posponga una vez más. Se sentían invencibles, se miraban entre ellos,
orgullosos en este rol de abogados defensores de la participación popular.
Supongo que cualquier mosca posada sobre el techo de esa habitación, debe de
haber observado maravillada al término de la reunión, los vaivenes de la mucha rabia, la
mucha impotencia y la mucha soberbia (la nuestra) que sobrevolaban la sala.
Casi sobre el final de tan “exitosa” reunión, cuando tocaba saludar a los vencidos,
perdón quise decir los vecinos, él tuvo a modo de despedida, como un último mano a
mano con uno de ellos. Allí los dos solos, con más cansancio de ambas partes que ganas
de discutir, allí, en la entrada de la casita y con la noche bien instalada como telón de
fondo, empezaron a discutir sobre la mejor manera de organizarse. El hombre, de unos
cincuenta años, estaba literalmente agotado, yo también; había estado laburando todo el
día, yo también, por supuesto le costaba expresarse, a mí no, se veía que buscaba las
palabras, a mí me venían solas. Trataba de verbalizar de la mejor manera posible todo
ese sentimiento de injusticia que sentía adentro, y parecía joderle bastante el verse
sobrepasado discursivamente por un pendejo de mierda como yo.
Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo, tal vez a propósito o tal vez no, el
viejo supo pegar donde dolía, “touché”, sentí el golpe de gracia, el contacto del acero
con mi piel y el veneno, entrar en mi cuerpo.
-

Sabés que pasa, me dijo, ustedes se aprovechan porque tienen la palabra, porque
saben hablar bien. A mí me cuesta, me trabo, y entonces parece que son ustedes
los que tienen razón; pero no es así.

En ese momento, y no en otro, como que él se despierta, ahí en medio del barrio, en
el umbral de la casilla, recién en tiempo de descuento, abre los ojos.
Rostros hostiles por doquier. Descubre la expresión de los vecinos, sus vecinos de
siempre, que lo miran con bronca, bronca del que no entiende porque le están poniendo
palos en la rueda, preguntándose quiénes son éstos, y qué es lo que quieren al final.
Porque ellos, (los vecinos) lo único que están pidiendo, es organizarse de una manera y
nosotros, los del librito del buen ciudadano democrático, del buen representante de la
comunidad, nosotros portadores del evangelio, de la buena nueva, con un discurso de lo
más anacrónico, pretendemos imponer el cómo se hace. Algo ha cambiado en su manera
de percibir esta nueva realidad. Una nueva voz reclama, advierte el tener mucho
cuidado con lo que se está haciendo pues lo que está en juego puede ser mucho más
importante de lo que parece. La posibilidad de perder el poco apoyo que habían logrado
ganar en estos años se materializa al fin. Mucho cuidado entonces con estas alas de
Icario, con estos ojos más grandes que el vientre. Están estorbando, se están
convirtiendo en algo molesto, distintos intereses comienzan a separarlos
irremediablemente de los vecinos. Surgen entonces algunas preguntas escondidas,
disipadas en la niebla de la arrogancia.
¿Sabían realmente dónde se estaban metiendo? ¿Cuál debía de ser la prioridad de la
Escuelita?, ¿seguir defendiendo un modo de representación democrático para el barrio y
correr el riesgo en este intento de perder la poca legitimidad que habían logrado?, o

143

bien, ¿ceder a la decisión de la mayoría de la gente de la asamblea, y sobre todo al
grupo del puntero de político y ver como desde adentro se podía acompañar este, a pesar
de todo, muy interesante proceso? Había que parar la pelota y pensar bien las cosas.
¿Podían darse el lujo de crearse por así decirlo “enemigos” en el barrio, sabiendo que
ellos, los maestros, no vivían allí y pertenecían en su mayoría a otra realidad? Porque
finalmente no parecía ser de otra fuente, que la comisión tomaba su poder, su
legitimidad. Desde lo cotidiano, desde el “buenos días”, el “buenas noches”, el “¡qué
tiempo más fulero! ¿Quién, sino algunos pocos vecinos se iban a jugar por nosotros?
Nosotros, para quienes en su inmensa mayoría, en todo este problema de los terrenos, lo
que nos jugábamos era la Escuelita, es decir años de laburo, de sacrificio. En cambio
para los vecinos la apuesta era un tanto mayor y bien diferente: el hogar, alias, lo único
que tenían. No estábamos jugando la partida con las mismas cartas, por eso, pese a
todas las boludeces que podíamos decir, todos los principios que podíamos enarbolar,
todas las razones que podíamos sostener, pese a todo, estábamos condenados a perder.
Un grupo de vecinos había ganado en pocos días, más legitimidad que ellos en tres
años. Había que hacer una pausa, exponer los hechos delante de los otros maestros y
tomar una decisión al respecto. Había que darse un espacio para una reflexión de lo más
profunda porque sino esta historia podía terminar de lo más mal.
Los no orgasmos de Viviana

La conversación con Viviana había dejado sus huellas, había sabido pisar fuerte en
medio de todos los quilombos sobre terrenos y comisiones. Miles de veces había
carburado sobre las desigualdades de oportunidades en las necesidades básicas: en el
trabajo, en la educación, en la salud... hasta ahí todo normal, todo patéticamente normal,
es decir, todo formaba parte del circo del terror del cotidiano; ¿pero que había con el
amor? ¿Qué había de las chances para cada uno?
Se encamina hacia la casa de Daniel, la cabeza perdida en un sin fin de
pensamientos, comisiones, orgasmos que no llegan, cemento, cal y arena, brújulas que
se buscan y el todo con un denominador común: un inmenso fastidio. La casa de Daniel
parece desierta. Decime que están acá, decime que no están haciendo la siesta, decime
que no va a tener que sacarlo una vez más de la cama.
La reunión con los vecinos
Los maestros del Centro Educativo organizaron el viernes, -un día antes de la
tercera reunión-, una meeting de emergencia para decidir el plan de acción a seguir
después de los últimos acontecimientos. Como siempre se reunieron en capital, en
algunos de los departamentos de algunos de los integrantes, puede que haya sido el
suyo. Una vez más se agarraron de los pelos, problemas capilares debidos a distintas
maneras de analizar la realidad. Obviamente la decisión no era de lo más sencilla, había
que confrontarse a una especie de alternativa diabólica, en dónde uno tiene que buscar
la solución que ocasiona la menor cantidad de daños colaterales posibles. De ese tipo de
decisiones está plagado el camino del señor y por supuesto, el de cualquier organización
que trata con seres tan conflictuosos como lo son los humanos. Algunos de los
integrantes que no quieren dar el brazo a torcer, que no quieren tranzar con los de la
comisión; otros que piensan que hay que aceptar la legitimidad de la comisión y que por
lo tanto, se debe de dar un paso al costado y dejar que se organicen como ellos mismos
quieran; y otros que no sabían -estos últimos, reconocidos e insaciables buscadores de
una utopía llamada “tercera posición”-. Poco a poco el equilibrio de opiniones dispares
144

comienza a inclinarse por una de las dos alternativas. Esta ruptura sabe ganarse un
espacio en el presente cuando ha de plantearse, que en caso de adoptar la moción de
seguir peleando por la democratización de la comisión, habrá
que adoptar
paralelamente algunas medidas de seguridad ya que el ambiente se puede poner de lo
más pesado. Puede que algunos vecinos intenten algún tipo de represalias; se tenían que
asumir las consecuencias. Se evocó también el ejemplo del otro Centro, en dónde los
punteros políticos habían ofrecido un asado a la “vagancia” del barrio para que prendan
fuego literalmente el Centro. Se recordó el hecho que el espacio en el barrio se lo habían
ganado con la imagen de maestros, y que desviarse de eso, sin el consentimiento de la
mayoría, podía resultar bastante arriesgado. Tal vez entonces sí, lo mejor era bajar el
tono del discurso y seguir en el mismo camino.
Los no orgasmos de Viviana

24 años tiene Viviana. Ya parece 10 años mayor. Aunque en realidad, si la edad
de una persona debe adjudicarse teniendo en cuenta su experiencia, su caminar en la
vida y no, simples números, papeles de mierda, entonces Vivi tiene la edad que
aparenta.
Nosotros, los turistas de la marginalidad, los que nos permitimos tratar de
empirizar la miseria humana para hacer nuestras propias teorías, nosotros, los que
contemplamos desde el balcón de una alma vencida, las últimas explosiones en las cada
vez menos trincheras de la dignidad humana; aquellas ovejas negras imaginarias e
idealizadas en vía de extinción que siguen sosteniendo “el prójimo antes que yo”.
Nosotros, que tenemos bastantes posibilidades de mover algunas de las piezas en el
tablero del amor. Nosotros, que no escapamos de ningún incendio, y cuando nos toca,
contamos por suerte con muchas más salidas de emergencias. Viviana, prisionera,
cautiva y asfixiada por un sistema que no le permite apretar un mísero botón para
alguna puta pausa. Un sistema que le prohíbe de aquí hasta que se muera, un “volver a
empezar. Viviana, que con sus 24años, 5 pibes, nunca pudo ni podrá plantearse si está
realmente enamorada del padre de sus hijos, ¿Para qué?, si no tiene opción ¿A dónde
escaparía? ¿Trabajo? Sólo para los elegidos, y si tuviese la suerte de conseguir uno,
¿dónde dejaría a los pibes?, o peor, ¿dónde viviría con su ellos?, ¿en la casa de los
viejos? Vivir toda una vida con alguien que tal vez no ama, a acostarse con él aun a
sabiendas de que a lo mejor la engaña y que sin ningún lugar a duda, la caga a palos
bien cagada.
Y ahora ojo con hacerle pagar todos los platos rotos al hombre, al Nacho. A él
también lo trituran, lo muelen a diario. Sus hijos que pasan necesidades y él que se
había jurado que el día que tenga criaturas, éstas, no iban a pasar por lo que él, y él
también que se encuentra con la mierda hasta los pies.
Labura más de 12 horas por días, lo que equivale a 60 horas semanales. En
Francia, vaya a uno a saber por cuánto tiempo más, la máxima cantidad de horas
laborales por semana autorizadas para un ciudadano es de 35 horas (después se pagan
horas extras). Quiere decir que el “hombre” latino americano trabaja a un promedio de
25 horas más por semana que el europeo, lo que equivale a su vez a 1.300 horas más
por año. Con sólo tomar una vida laboral estable de 30 años, un trabajador
latinoamericano trabaja en su vida, 39.000 horas de más que su par europeo, lo que
equivale a decir 1.625 días, o sea casi 4 años y medio de más. Y todo, por el sólo hecho
de haber nacido de un lado de la línea fronteriza y no del otro. Pero en este libro, en un
asqueroso realismo, me veo obligado, -por ciertas normas o códigos del statu quo
argentino de esta era menemista-, a escribir que el Nacho tiene suerte de tener un

145

trabajo, es decir que el Nacho tiene la suerte de ganar lo justo como para no matar a su
familia de hambre. Para colmo, algunas veces toca trabajar en casas en donde se vive
muy bien, autos de lujo, piletas, mujeres flacas, rubiecitas, con la dentadura bien
completita, esas a las que nunca se va a poder coger. Todos los días, la realidad le pega
una flor de coscorrón en la cabeza, uno atrás de otro y durante todo el año. ¿Dónde
descargar toda esta furia? ¿Dónde hay un puto salvavidas en este eterno naufragio?
¿Quién puede madurar en el amor, vale decir, aprovechar la experiencia de una
serie de ensayos y de errores, tomarse un tiempo, juntarse sólo por placer, y no por
necesidad? ¿Quiénes son estos apóstoles que tienen derecho a una segunda oportunidad
sentimental en caso de fracaso? En nuestro mundo, (el tuyo lector) la mujer comienza a
tener su espacio par a par con el del hombre, o en todo caso, en eso anda. No tiene la
dependencia que tiene Viviana del Nacho. No faltará, porque lamentablemente nunca
falta, alguno que exclame que Viviana no tiene su lugar porque no quiere. ¿Y qué hay
de esta barrera, esa caja de herramientas culturales que nosotros tenemos y que muchas
veces no valorizamos como tal? ¡Pero claro!, así, con este tipo de consuelo, se nos hace
mucho más sencillo vivir pensando que cada uno es responsable de lo que tiene o de lo
que es. ¿Qué mejor que disfrutar estos privilegios sin culpa alguna? La decisión está en
cada uno. Ver o no ver esa es la cuestión. En fin, ahí está Viviana llevando la cruz de su
elección quinceañera, soñando su príncipe azul, mientras revuelve algún puchero,
acuesta a los chicos y espera al Nacho, aunque tenga sueño, lo espera, porque él va
querer comer algo, y ella va a tener que servirlo y después él va a querer algo más y
ella va a tener que servirlo una vez más.
¡Se hubiese cuidado!, ¡qué se haga respetar! , yo, en su lugar. ¿Vos qué? Vos no
podés estar en su lugar, vos tendrías que nacer de nuevo y en esas condiciones.
Más de uno andará diciendo por ahí, “yo conozco gente que...” ¿De qué mierda
me sirve saber que por supuesto hay excepciones? Maldita excepción, me cago en esa
excepción, si su única función es confirmarme una regla repugnante.

La reunión con los vecinos

Pensar que ayer se habían salvado de una paliza de aquellas…los dientes
agradecidos, la cara lo mismo. Pero había que ver la cara de esos dos. ¡Guau! Nunca
había visto unos ojos tan apagados imanando a la vez tantas posibilidades de
destrucción. Cagazo que le dicen, flor de cagazo que tuvo. Menos mal que habían
bajado el copete, sino de verdad no sabe lo que pudiese haber ocurrido. Lo primero que
le llamó la atención fue el hecho de que cuando llegaron a la reunión, los vecinos ya
estaban todos allí. Primer indicio de que algo raro sucedía. Habían llegado cinco
minutos antes del horario establecido, y bien es sabido que la puntualidad no es la cosa
más habitual en este tipo de reuniones. Conclusión: se podía suponer que había existido
una reunión previa que no incluía a la Escuelita. De la misma manera, y con la misma
moneda, los maestros habían tenido una reunión que no incluía a los vecinos.¡No pero
de verdad, habían estado completamente delirando! La legitimidad estaba del otro lado
sin ningún lugar a dudas.
Apenas ingresaron a la casilla, todo daba para pensar efectivamente que el menú
del día era “maestro” a la parrilla. Las diferentes miradas con las que habían sido
recibidos no dejaba lugar a dudas: los pensaban comer crudos. Pero por suerte habían
preparado una jugada de último minuto y de lo más sorpresiva.

146

Abre la reunión el nuevo puntero político del barrio, la nueva estrella que ve su
fuego nacer. El hombre transpira por todos los poros, ansias de poder. Ya está hermano,
ya te contaminaron, vos también. Finalmente, vos y yo, teníamos más de un punto en
común. Bienvenido al club de los adictos al poder, aquellos que sintieron una vez en su
vida, la sumisión de los demás y les gustó, les encantó y ya no pueden dormir sin ese
besito de las buenas noches. Bienvenido todos aquellos que encontraron su lugar en
algún escalafón, en alguna escala, los que descubrieron que abajo de ellos mismo había
otros seres más desesperados, bienvenidos aquellos que validan de ahora en más, la
chupada de culo como único medio para conseguir las cosas, el intercambio de favores
como única posibilidad de creación, bienvenido al club de los que se sienten brillar con
luz propia.
Habla el puntero, poniendo bien en claro, que él es la única persona que controla
la situación, la sartén por el mango que le dicen.
-

-

Vecinos, gente, comienza el puntero, hoy estamos reunidos por tercera vez para
intentar elegir los miembros de la comisión que van a representar al barrio en
este problema de los terrenos. Pero bueno, la última reunión hubo un pequeño
problemita.
Disculpame que te corte, pero antes de continuar tengo que informar de una
decisión que tomamos nosotros los maestros de la Escuelita. Estamos de acuerdo
en que se hagan las cosas como los vecinos que participan en esta asamblea lo
propongan. Si quieren elegir hoy mismos los miembros, nosotros no nos
oponemos. Y si necesitan nuestra ayuda para lo que sea, La Escuelita tendrá las
puertas abiertas. Estamos con ustedes, eso está fuera de toda discusión, listos
para aportar nuestro granito de arena en cualquier tipo de proyecto en el que
ustedes, conjuntamente con el barrio, se involucren.
Caras sorprendidas que se miran entre ellas.

-

Bueno, la verdad es que me alegra mucho la decisión que tomaron porque con
los otros vecinos estábamos un poco preocupado al respecto. Esto es realmente
una excelente noticia.

Todos los vecinos asienten, las sonrisas son por suerte indisimulables. ¡Ya está!
Problema resuelto, las cosas pueden seguir su libre curso, hay que aprovechar este
envión de ganas para avanzar lo máximo posible. Todo el mundo de lo más contento,
cambio de menú, habrá que buscar otro plato para esta noche, ¿pero a quién le importa
eso? Se dispone a darse la mano y abrazarse con todo el mundo sin estar demasiado
convencido de lo que sea; pero aliviado en el fondo de que los roces hayan terminado de
una buena vez. La maldición parece haberse acabado, este ejército de monstruos vuelve
a transformarse en amables y tranquilos vecinos, las miradas vuelven a lo que siempre
fueron: miradas de aliento, de simpatía o bien de indiferencia....¡cuando de pronto los
descubre! Tarda en reaccionar como si recién algunos segundos después, hubiese
saltado en alguna parte de su cabeza, un fusible, como si se hubiese colado entres estas
imágenes de abrazos solidarios, fragmentos de una película bien distinta, como de
terror. Algo no va. Alguien pronuncia su nombre, vuelve la cabeza en esa dirección, el
puntero le habla. Concretamente, le están proponiendo el cargo de vicepresidente de la
comisión, agregando que además necesitan de todo el apoyo de la Escuelita y.... Y ya
no lo escucha, vuelve a mirar hacia los dos tipos que están ahí sentados. Equipo de

147

jogging, las manos en los bolsillos. Aquellos dos lo están mirando como si lo
conociesen de algún lado.
No me digas que nos habían enviado estos dos monos para fajarnos. Siente unos
brazos que lo toman, se da vuelta, una vecina que le quiere dar un beso. La abraza, le
sonríe, sí, el también se alegra mucho que todo se haya arreglado. Sí, ahora hay que
darle duro para adelante y todos unidos. No, nadie los va a desalojar doña, otro abrazo,
otro beso. Vicepresidente hay que pensarlo, lo tiene que charlar con los otros maestros;
pero no cree que haya que mezclar los tantos.
Los dos monos se levantan, no sin antes mirarlo fijamente, como diciéndole, nos
viste, te vimos, las cosas claras hermano. De repente surgieron nuevas piezas de un
rompecabezas y no logra darse cuenta en donde encajan. Tiene que empezar a atar los
diferentes cabos: vicepresidente de la comisión, en este momento, le importa tres
mierdas. Los dos monos estos que se fueron, eso sí que le importa, ¿qué carajo hacían
acá? ¿De dónde salieron? ¿Quién corno los mandó? ¿Qué hubiese pasado si La
Escuelita hubiese decidido mantener la misma posición? Única respuesta que se le
ocurre: les hubiesen dado una biaba de aquellas. Si la intención era tan solo asustarlos,
objetivo cumplido de sobras, puede que no se vea, pero por dentro está temblando como
una condenada licuadora ¡No!, efectivamente, la Escuelita no sabía en lo que se estaba
metiendo. Decididamente con esta gente si se jodía era porque se tenía muchas ganas de
joder, ya que después había que asumir las consecuencias ¡y cómo! Bien, lección
aprendida, ahora habrá que rever algunas cosas, y por empezar, meterse el librito del
militante modelo en el culo.
Ahora presente
Al fin salen de la casa de Daniel, los dos, rumbo a la escuelita para adelantar un
poco la pared del frente, algunas líneas de ladrillos al menos. La escena finalmente, se
desarrolló tal cual lo había previsto, copas, ladridos de “la bruja”, culpabilidad,
discursos baratos y consciencias que eso sí, se alivian mucho más fácil de lo que uno
imaginaba. Mejor dejar todo eso atrás y pensar únicamente en avanzar en las reformas
de la escuelita. He de aquí una buena actividad para esta tarde. De paso olvidar un poco
todos los quilombos de la semana, la comisión, Viviana y sus propias ganas de irse a la
mierda y dejar esta historia de militancia barrial. Un poco de trabajo físico, nada mejor
para aliviar la podredumbre de la cabeza. Ahora toca disfrutar del intercambio de roles.
Daniel que se siente orgulloso de lo que sabe, de su oficio, y a él le toca “perder”:
perder toda la seguridad, todo la labia discursiva, la culpabilidad de clase, por más no
sea unos instantes, por más que después todo siga igual, por más que siempre la fiesta
termine y “el rico vuelva a su tristeza y el pobre a su pobreza”. Ahora a él le toca
aprender, ya no más romperse la testa pensando, ahora ya no pensar. Las relaciones se
invierten, Daniel es el maestro y él, un alumno de lo más torpe. Y esta relación gusta y
se saborea de ambos lados. La cabeza se alivia, la pared en cambio avanza a paso de
tortuga. Una pausa. Daniel que quiere vino y él que no, que están en la escuelita que no
se puede, que le puede dar un jugo y él otro que de acuerdo, y él que se va a la heladera
de la escuelita a buscar un poco y él otro que pega un grito preguntando que qué pasa
con el pastón que tarda tanto en prepararse, que le parece que va a tener que contratar
otro ayudante de peón porque a éste le están faltando vitaminas y ganas de trabajar. Él
le pasa la botella y el vaso y ahí nomás, tocado en su orgullo, se pone a mezclar con más
fuerza, con más ganas que otra cosa, metiendo en cada palada un millón de dudas, de
frustraciones y de bolas llenas; pero feliz, aliviado por todos lados. Y ahí va, otro
ladrillo más, que simple se ve todo, los problemas parecen ahora algo de lo más lejano,

148

de lo más inofensivo y sobre todo de lo más absurdo; pero para Daniel de repente algo
no va, no gusta, es la pared, algo decididamente anda mal. Se acaba de bajar al instante
del banquito y entra a mirar la pared por todos lados y a darle alguna que otra patadita
para tantear su resistencia. Le pregunta a él que sí está seguro que el cemento no está
demasiado viejo, mejor dicho vencido, y él que no, que lo compraron ayer mismo, que
no puede ser; pero qué pasa con la bendita pared se pregunta el muchacho, que para él
está de lo más buena, encima ya tiene como siete hileras…Y evidentemente, él, de
paredes no sabe un carajo, de pronto un viento, y la pared que se cae todita a la
reverenda mierda y los dos que se quedan parados sin decir nada, mirando el puré de
ladrillos que se desparramó en el frente de la Escuelita:
-

¿Y ahora?, pregunta Daniel

Y él con ganas de decir, ¿sabés qué Daniel? Nos vamos a la mierda. Acá no se
puede. ¡Qué querés hermano!, no nos sale una tampoco. Levanta la vista tratando de
pescar algún dios cagándose de la risa detrás de alguna nube, nada. Ni siquiera esta
pared le estás dejando armar hijo de puta. Ganas de patear los pocos ladrillos que se
mantuvieron de pie, demasiado para él, ganas de declararse muerto en vida, vacío de
fuerzas, de convicciones, de ideales, vacío total. Daniel está como paralizado esperando,
como midiendo la reacción que se anuncia. Toma aire, respira un poco, busca en su
interior el último gramo de voluntad que le queda. Vuelve a respirar para darse un poco
de tiempo, un poco de ánimo. Señala la Escuelita y con una voz suave pero de lo más
firme:
- La levantamos de nuevo Daniel, así se caiga ochenta veces, la vamos a seguir
levantando, simplemente, porque tenemos unas bolas así de grande.

XIX
Sale
-¡Era hora! Ya tenía las pelotas llenas de hablar solo como un pelotudo en este
puterío de hombres.
La puerta enchapada en un azul metalizado se cierra detrás suyo todo así como
las rejas de la prisión, Una lluvia de manoseos lo baña por todos los ángulos que su
desgarbado cuerpo puede ofrecer. A la vez, un sin fin de besos parecen querer
succionarle la mejilla, otros, sino fuera por su sorprendente habilidad para esquivarlos,
la boca.
Siete de la mañana de un día primaveral y de lo más agradable. Un solcito tibio
parecería invitarlo a disfrutar de una jornada que se pretende inolvidable. Decide
considerarse un tipo de lo más afortunado.
-¿Y ahora qué vas a hacer?, pregunta una voz entre las tantas que se pisan las
unas a las otras tratando de imponer su reinado
-¡Eso!, ¿y ahora qué vas a hacer? vuelve a preguntar una voz, esta vez la suya;

149

pero desde algún rincón de su interior.
Decide ignorarla; pero en vano. La vocecita testaruda como una mula, amenaza
con un escándalo en caso de no obtener una respuesta satisfactoria. Haciéndole ver de
esta manera la peligrosa posibilidad de romperle los tímpanos:
- ¡¿Ahora qué vas a hacer!?, ¡¿ahora qué vas a hacer?!
Decide entonces ceder a la presión, viéndose sin grandes posibilidades de
negociación frente a estos extremistas, terroristas y enemigos declarados de todo aquél
que no quiere asumir el peso de su propia vida.
-¡Está bien!, vos ganás hermana, vamos a hacer como vos decís, pero primero
vamos a tranquilizarnos un poco. Así que para empezar, podés ir bajando el arma,
perdón, quiero decir la voz.
Empieza las negociaciones con una de las tantas voces que lo habitan, sin poder
darse cuenta todavía, si todas, pertenecen a un mismo ser, o bien, se halla frente a
distintos individuos que moran en su interior; pareciéndole esta última posibilidad como
la más probable, es que decide continuar con las negociaciones iniciadas.
Bien, ahora lo más importante es que la vocecita insurrecta se calme un poco,
afloje con las tensiones y los nervios, para poder de esa manera, sentarse tranquilamente
a conversar en toda calma. De su lado, se compromete a ponerse a pensar hoy mismo, a
más tardar mañana a primera hora, la cuestión de su futuro inmediato. Lo único que
pide a cambio, es un tiempito de tranquilidad. Un día más un día menos, finalmente, eso
no puede cambiar mucho las cosas, además, se puede tomar en consideración el hecho
que él recién acaba de salir de ese infierno para nada fácil como su nombre bien lo
indica. La vocecita bien puede tener para con él un poco de comprensión, una cierta
empatía y otorgarle al menos unas horas de plazo, cuestión de poder ver un poco en
dónde está parado.
Alguien, que identifica como su progenitor, propone el ir a desayunar a alguna
cafetería, y mirándolo a los ojos, sin dejar un sólo instante de sonreír, agrega:
-

Cosa de tomarse un buen café con leche con unas ricas medialunas. ¿Qué qué te
parece hijo?

La idea en sí aparece como tentadora, pero incompleta, o bien, tal vez simplemente
mal formulada. Decididamente, lo que le más le gustaría en este momento, es ir sólo o
bien con sus hermanos o. ¡mejor todavía!, ¡sí!, definitivamente, eso sería como quien
dice, lo ideal ¡con la dama horizontal! ¡Porque no haberlo pensado antes, esta dama es
exactamente lo que su cuerpo y su alma, andan necesitando. Un café con la dama
horizontal, los dos solos y en algún hotel apartado en dónde dos corazones ardientes
puedan amarse sin más razones que esta increíbles ganas de coger que lleva encima.
Situación, no se puede, mejor. La imagen de la mujer logra una vez más obtener de su
parte, una erección, lamentablemente para nuestro joven amigo, en el mismo momento
en que su pene se erecta, una tía abuela lo abraza por enésima vez; lo cual,
inmediatamente, anula el proceso sanguíneo y sexual iniciado, dejándolo con una
sensación de lo más rara y el estómago revuelto, ¡qué asco!
Con el objetivo de contrarrestar este indeseado efecto, decide seleccionar una imagen de

150

la dama horizontañ con algo más de ropa y poder de esta manera, asociarla sin
demasiada dificultad a las imágenes familiares que lo rodean, para que asi, no se
produzca corto circuito alguno. De todas manera el plan con la dama horizontal se
vuelve un tanto complicado, por no decir imposible, visto y considerando la ausencia de
la dama en cuestión en el día de la fecha.
El día primaveral y de solcito radiante, se cubre en un segundo de una tristeza
repentina. Decide suspirar a causa de esta perturbación climática. Nada le cuesta admitir
que hasta el último día, hasta la última hora, hasta la última fracción de tiempo posible
durante su encierro, creyó fervorosamente que la dama horizontal iba a estar presente en
el momento de su salida para recibirlo como todo este gentío, o bien sola, trayendo
consigo ese trasero, que tanto había extrañado durante estos tres años y medio que había
durado el encarcelamiento. Pero no, nada, la realidad, cruda y cruel una vez más, le
hacía suponer que de seguro se había ido con su culito entrañable a otro lado, de seguro
a horizontalizarse en otras camas.
Siente la puñalada de la absurda monogamia tajearlo, ese innecesario sentido de la
posesión atenazarlo, la invención social de su virilidad aplastarlo; y bien hondo en su
interior, la angustia, agarrarle bien firmemente las pelotas.
Incluso en este momento de pesimismo total, se sorprende echando algún vistazo a
lo lejos, con la esperanza de verla asomar en el horizonte de la calle, corriendo a las
apuradas por haberse quedado dormida, o bien, por haber tenido algún impedimento de
última hora. Eso representa todavía una buena chance a su favor pues según recuerda,
ella no era ni es, de levantarse muy temprano, claro y para no faltar a la verdad,
simplemente, ella no era de levantarse.
-¡¿Ma qué impedimento?!. En estos momentos, se la están culeando de lo lindo
hermano!
Decididamente las voces que lo habitan se obstinan en no otorgarle tregua
alguna. Decide por la centésima vez en lo que va del día, ignorarlas, no sin dejar
constancia de una alta preocupación por esta anarquía que se ha adueñado de su ser.
¡Vaya con estas mujeres, completamente incapaces de esperarlo a uno!
Poco a poco, desde las raíces, la violencia comienza despertar en su cuerpo.
Claro que en este despertar, no podemos hablar de acto en sí, tampoco
exclusivamente de pensamiento, sino más bien de lo que algunos se obstinan en llamar
un numen, es decir, la zona de transición entre el pensamiento y el acto, es decir
nuevamente, el uno y el otro (acto y pensamiento) y ninguno de los dos al mismo
tiempo. El numen, que según el innombrable, es en los dioses, voluntad, deseo y
realidad a la vez, la santa trinidad aquí reunida.
Siente una mano en la espalda, se da vuelta y casi colisiona no con un vehículo
sino con su hermano menor. Al menos él había venido a visitarlo, en cambio la puta
esta, ni siquiera una vez en estos tres años, había tenido la delicadeza de acercar sus
cachas; y él, como flor de boludo que era, la había estado esperando día tras día; pero
sobre todo, noche a noche. Ese había sido su secreto: la espera de la dama horizontal. La
flecha había dado en el blanco, su ego quedaba herido de por vida.
Había hecho caso en vano durante todo el tiempo que había durado su encierro,
a aquella voz, que le prometía, que le aseguraba, que el día que él saliera, ella estaría
afuera esperándolo y nada. Bien valía la pena informarle a esa voz de mierda que ni se

151

tomara la molestia de asomar el hocico en su consciencia (la suya), porque la mandaría
a la real concha de su hermana. Este presente lo encontraba entonces, libre sí; pero sin
culo. Y como bien dice la canción que el no conocía; “La libertad es el infierno para un
corazón prisionero”
Tocaba dejar atrás la congoja y conseguirse otro trasero. Decide relojear
rápidamente como quien no quiere la cosa, los distintos glúteos femeninos de las
presentes para ver si alguno ocasionalmente puede reemplazar al de su dama horizontal,
más no sea, mientras tanto.
¡Demasiada familia! Decide rechazar esta repentina búsqueda, peligrosa mezcla
de límite incierto hacia el incesto, y pasar a otra cosa. Por suerte, la voz que le
reclamaba algún tipo de precisión sobre su futuro sigue de lo más calma. Mejor así, pero
vaya uno a saber por cuanto tiempo.
Otra vez los abrazos, otra vez los besos, otra vez todo pegoteado por el cariño de
esos que llaman seres queridos.
Ahora que se encontraba afuera, había un asunto de extrema importancia que
había que solucionar y cuanto antes: la biblioteca. Le urgía conseguirse otra a donde
poder acudir en caso de necesidad, o bien, sino, otra posibilidad que asomaba en ese
momento, era comprarse unas buenas enciclopedias, unos buenos diccionarios y a la
mierda. Y cada vez que la vocecita pacífica intentaría hacerse la “sabelotodo”, él podría
contrarrestar sus desafíos como lo había estado haciendo durante todo este tiempo.
Estaba por demás orgulloso de la relación que habían logrado establecer y fortalecer
durante su reclusión con la vocecita interna. Siempre a la orden, dispuesto a aceptar las
distintas misiones que su vocecita le indicaba. Claro, siempre no había sido así. Antes y
después, él no había fallado nunca.
El asunto era que durante su encierro, una vez por mes, religiosamente como la
boleta del cable que llegaba a su nombre antes de caer preso, la vocecita del pacífico
que habitaba en él, hacía su aparición sorpresiva pero muy esperada con algún
comentario, alguna reflexión que incluía siempre una y solamente una palabra, la
palabra, cuyo significado no conocía y cuyo descubrimiento lo transbordaba hacia un
universo de reflexiones en donde las rejas no existían, en donde su alma podía hallar
algún tipo de alivio. Su primer romance, su primer amor literario, su first word, como
bien lo sabe el lector, había sido “alienación”, como olvidarla, se la sabía de memoria.
“Acción de alienar: alienación de un terreno.// Fig. Aversión, hostilidad.//
Pérdida de la razón, locura: alienación mental. // Estado del hombre que,
habiendo sido creado, dentro de condiciones sociales determinadas,
símbolos e instituciones, se somete a ellas ciegamente, para ser desviado de
esta manera de la consciencia de sus verdaderos problemas.”
Durante tres años y medio, y sin fallar una sola vez, la vocecita había acudido
menstrualmente a la cita. Eso daba como resultado aproximadamente, más de cuarenta
palabras cuyo significado había tenido que buscar de manera sistemática. Se
consideraba en consecuencia todo un letrado al respecto. Por lo general, la vocecita
solía llegar de noche y como en ese momento, no podía, (por una cuestión de horarios),
dirigirse a la biblioteca, lo hacía a la mañana siguiente y a primera hora. Algunas veces,
hasta se salteaba el desayuno tan contento y ansioso se hallaba por los descubrimientos
a realizar en esa jornada. La primera aparición nocturna de la vocecita se produjo
cuando el ya llevaba unas tres o cuatro expediciones hacia ese templo del saber.

152

Desprevenido por completo y a la vez, hay que reconocerlo, un poco dormido, se había
propuesto levantarse a primera hora y partir de inmediato rumbo al cementerio de los
libros. Recuerda haberse dormido de lo más contento tratando de adivinar los posibles
significados de la palabra misteriosa, de una manera puramente intuitiva de acuerdo a la
sonoridad de la misma. La tragedia había ocurrido al despertar cuando se había dado
cuenta que se le había olvidado la palabra, vale decir, la incógnita que tenía el deber y el
honor de resolver. ¿Pero qué hacer? Le era completamente imposible recordar lo que
sea al respecto. Recuerda haberse quedado como desorientado, esperando unos días a
que la vocecita retorne para repetirle la palabra tan codiciada. De nada le había valido
patalear, maldecir hasta implorar otra oportunidad; ese mes pasaría por entero sin
ninguna otra milagrosa aparición que le perdonara la falta y le diera otra oportunidad.
Era desde entonces que solía dormir con un cuadernito y una birome, sobre una mesita
al lado de su cama, en vista de no repetir aquel garrafal error. Pero la frustración de ese
olvido, de esa diabólica e inhumana jugarreta que su mala memoria le había, valga la
redundancia, jugado, había sabido dejar en él, una herida difícil de cicatrizar. Heridas
del alma que se reabren como el primer día al revivir tan sólo mentalmente la situación.
En algún intento de los más desesperados, ya sin poder soportar el dolor que le infligía
el olvido, recordaba haberse golpeado violentamente la cabeza contra las rejas de su
celda, en una clara tentativa de poder noquear el acérrimo fantasma. Se había
despertado en la enfermería primero, en dónde lo habían curado después, para hacerse
cagar a palos por los guardias al rato, para finalmente terminar tirado en el pozo por ya
no recordaba cuanto tiempo. Eso había sido hacía ya más de tres años. El pozo nunca
más, era lo único que le pedía a Dios, nunca más al pozo, de verdad que no creía poder
soportarlo una vez más en su vida. En aquellas horas, le había tocado pagar, las más
altas cuotas de miedo de toda su existencia. Su estadía se había transformado lisa y
llanamente en un martirio, en una tortura y de las peores. Entre voces, cajas de zapatos y
fantasmas que lo asediaban noche y día sin piedad casi queda paranoico, alienado por
completo. Más con el tiempo había tenido que asumir que la palabra se había perdido
para siempre. De más está decir que frente al doloroso vacío ocasionado por la palabra,
su actitud había distado por lejos de ser pasiva. Durante horas había intentado
reemplazarla por otras cuyo significado tampoco conocía; en el patio, en el baño, en la
biblioteca, a su familia, a su abogado, a diestra y siniestra había interrogado buscando
nuevas incógnitas, nuevos acertijos del vocabulario; pero en vano. El efecto no era el
mismo en absoluto. Ninguna de las novedosas e ingeniosas palabras que le proponían
lograba suscitarle el mismo interés, las mismas ansias de saber. Debió entonces un buen
día, al fin resignarse de manera definitiva a esa ausencia, como quién pierde una forma
de amar.
Decide preguntarse si ahora que está afuera, la vocecita pacífica, ella, a su vez no
habrá quedado adentro. Imagina la vocecita tratando en vano de saltar el muro de la
prisión y él aquí sin poder socorrerla. Tal vez debería comenzar a idear un plan para
ayudar a la vocecita pacífica interna a fugarse del penal. Decide considerar este presente
que le toca vivir como de lo más injusto: sin dama horizontal y sin vocecita, el mundo
se transformaba en algo demasiado duro. Decide tratar de no entristecerse por eso, ya
que todavía no se ha confirmado ninguna de las dos ausencias en cuestión. Mejor
entonces desviar el pensamiento, esa masa amorfa compuesta de representaciones, hacia
la medialuna, el café; y el agradecimiento de su estómago por tan dichoso momento que
él tan gentilmente piensa ofrecerle.
-

Me parece que somos demasiados. Vamos a tener que tomar un taxi lanza una
persona que identifica como su progenitora

153

¡Un taxi!
Las dos palabras estallan en su cabeza. Decide sin embargo adjudicarle al
sustantivo común taxi y no al artículo un que lo acompaña, el mayor de los dos
impactos. La explosión desencadena una sucesión de imágenes que invaden su campo
visual interno durante algunos segundos.
Decide no comprender lo que ocurre en su cabeza y tratar en consecuencia de
olvidar estas escenas que se insertan en su mente, lo mismo que todos estos
sentimientos extraños que lo están avasallando, intentando y consiguiendo angustiarlo
una vez más. No puede. Las imágenes han sabido dejar una marca imborrable en su
presente. Intenta analizar esa especie de película proyectada en la pantalla gigante de su
frente interior. En algún momento hubo sangre, pero no recuerda que más, ¡vamos sólo
un pequeño esfuerzo!, sí en realidad también lo sabe, estaba dentro de un taxi y tenía un
revolver, un fierro en la mano. Fierro, la palabra también explota en su mente; pero esta
vez sin ningún tipo de artículo que la acompañe y por lo tanto con una onda expansiva
mucho menor. Una de dos, o bien decididamente algunas cosas no andaban bien en su
cabecita, como dicen los pibes del barrio, “había un cambio que no entraba”, o bien,
últimamente las palabras venían cada vez con más pólvora. Decide mantener esta duda
en el actual top ten de sus incógnitas. A todo esto, un A.N.I. (alguien no identificado),
lo invita amablemente a entrar en no sabe tampoco que coche, que se encuentra
estacionado en las cercanías. Se acomoda en el vehículo. Es entonces, vale decir, en ese
preciso instante, que unas increíbles ganas de fumarse flor de porro lo invaden.
En una actitud claramente laxista y confirmusta, decide entonces dejarse
convencer que todos sus problemas derivan de esta simple, absurda, pero inobjetable
abstinencia: lleva demasiado tiempo levantado sin haberse fumado un buen canuto.
Decide sonreír debido a toda la sencillez que la vida vuelve a tener y decide a la vez,
comunicarle a todos estos pensamientos de mierda que lo andan aquejando
internamente, que se pueden ir tomando el palo tranquilamente.
Bien ahora lo único que resta para hacer, es meter los cinco sentidos a trabajar
en forma coordinada y así abandonar este maldito estado de parquedad que lo tiene a
mal traer desde que se levantó. Para eso necesita de una buena vez por todas accionar.
Estando toda la familia acá no se puede ir hasta la villa, él no puede, eso está
claro, pero ¿qué hay de uno de sus hermanos? ¡Eso es! Sí uno de sus hermanos vino con
la moto, entonces todo bien, en menos de una hora tiene su porro. Efectivamente puede
ocurrir que el hermano en cuestión por algún motivo que él desconoce no esté
motorizado. En ese caso...”tomate un taxi, no hay nada que pensar, no te imaginás la
angustia que tengo con todo este circo alrededor mío, loco, ¡haceme el favor!, te tomás
un taxi y te volvés de toque y acá nadie se entera de nada.” Discurso de lo más
inapelable, estamos de acuerdo. ¡Bien!, problema del porro solucionado. Decide felicitar
sus cinco sentidos por tamaña eficacidad, y mientras espera tranquilamente el poder
comunicarle a su hermano su imperiosa necesidad, decide pensar en los diversos
idiomas, tamaños y colores de los distintos diccionarios y/o enciclopedias que procederá
a comprarse apenas logré juntar algunas monedas. Toda una colección de saber para él
solito y nadie más. Bueno, “para nadie” eso puede efectivamente que sea un poco
apresurado para establecer desde ahora, por lo tanto, una afirmación demasiado
categórica. No está descartada entonces la posibilidad de que la próxima dama
horizontal le interese poder acceder a este maravilloso universo, y en consecuencia le
llegue a pedir como favor especial, el hojear su ya preciada colección. Frente a esta

154

demanda, puede que de su lado, de tanto en tanto, él se proponga acceder. No todos los
días, eso está claro, tal vez una vez por semana, o por mes o por año. Había que ver;
pues la cosa podía llegar a depender de muchos factores: estados de ánimos, respuestas
sexuales, y otros. Pero ¿cómo podría asegurarse de que mientras él se ausenta, la futura
dama horizontal no aprovechará la ocasión para pegarle alguna ojeada prohibida y
profana a su increíble colección? Hmmm. Eso era un futuro problema que en algún
momento tendría que afrontar para luego intentar resolver.
¿Pero qué pasaría con todos esos libros una vez adquiridos, sí la vocecita ya no
volvía a presentarse como solía hacerlo antes? ¿Cuánto tiempo llevan viajando en este
puto taxi? Como quién oye más allá de lo evidente, una voz masculina (que sigue sin
reconocer en absoluto) anuncia el final del periplo. El vehículo estaciona y nuestro
pobre y ahora desesperado amigo intenta bajarse del carro lo más rápido posible. Frente
a esta repentina urgencia que siente, no tiene más remedio que individualizarse al
máximo y adentrarse en el peligroso pero muy excitante mundo del vale todo.
Valiéndose entonces de sus dos codos y hasta en una ocasión de la rodilla izquierda,
logra al fin descender
-¡Pobrecito!, murmuran dos señoras por ahí, te imaginas, casi tres años y medio
sin tener derecho a tomarse un simple café con leche con medialunas acompañado de
sus seres queridos, una cosa de lo más normal que no se le debería negar a nadie. ¡Mira
cómo está de desesperado! Si se le nota la ansiedad en esos ojitos que él tiene. A veces
yo me pregunto el porqué de tanta crueldad con gente que comete un sólo error en su
vida. Encima todo el mundo sabe que los verdaderos chorros, los grandes, andan de lo
más campante, de lo más suelto.
Una vez en tierra firme, procede a buscar inmediatamente a uno de sus
hermanos, sin preferencia alguna, el primero que aparezca. Visualiza al benjamín
bajando de otro carro, por lo tanto sin vehículo propio. Le hace una seña. El hermano en
cuestión, emocionado por esa muestra repentina de afecto proveniente de su admirado
hermano mayor, se lanza sobre éste con clara intención de abrazarlo.
Frente a este panorama, él, decide a su vez, más por estrategia que otra cosa, tratar
de corresponder a las necesidades afectivas de su hermano. Una sensación de malestar
lo invade en el momento en que su piel entra en contacto con la fraterna. Si bien el gesto
dura lo que nada, la incomodidad en cambio, se permite flotar un tiempito más por
sobre su cabeza.
-

Adrián, ¿y tu moto boludo, dónde está?
La tuve que vender para comprar una camioneta. Ando buscando laburo dice el
muchachito que es todo sonrisa.
¡Concha de su madre! Escuchame Adrián ¿te animás a ir a la villa a pegarme un
poco de porro?
¿Estás loco?, responde el muchachito al tiempo que su sonrisa se desdibuja por
completo.
¡Pero qué cagón de mierda! Siempre el mismo ortiva. Loco el primer favor que
te pido.
¡Boludo, no es de cagón es que no tengo ganas! Igual, preguntale a Tavo que
seguro que te trajo.

La respuesta fraterna le sienta de lo más bien. Decide retribuir la tan buena

155

información con una palmadita de lo más amistosa para su hermanito menor, portador
de tan buena y novedosa posibilidad.
Ahora toca localizar a Tavo. Ahí está su hermano con la novia, se le acerca, el
mismo ritual, el abrazo, la incomodidad, las presentaciones, los encantados de un lado,
los mucho gusto y felicitaciones del otro y no sabe que otra sarta de boludeces más
hasta que al fin consigue llevarse a su hermano para un costado del rebaño.
Algunos minutos, luego de algunas pitadas, el universo parece reacomodársele.
Caras extrañas lo están esperando cuando por fin se acerca a la mesa alrededor de la
cual se hallan distribuidas una docena de personas. Observa sobre la mesa una bandeja
dispuesta con una cantidad de facturas de lo más sonrientes. Al instante realiza un
descubrimiento de lo más curioso y divertido: las facturas en cuestión, tienen
exactamente la misma sonrisa que la de las caras que lo están escudriñando, como si se
tratará de una coreografía gestual de bienvenida ensayada infinidad de veces. Decide
agradecer el detalle con un “muchas gracias” general, lo mismo que una reverencia
adecuada para este tipo de situación. Las miradas, cual atraídas por dos polos opuestos,
en lo que podría determinarse un claro movimiento pendular, van de sus ojos (los de él)
a las facturas.
-

¡Vamos che! En vez de hacer el payaso, ¿no ves que todo el mundo está
esperando a que te comás la primer factura? dice una persona identificada como
su progenitora sin abandonar en ningún momento la coreografía gestual.

Decide aceptar tan amable atención y de inmediato, a través sus órganos visuales,
empieza a analizar cada grupo de facturas intentando seleccionar una subunidad. La
estrategia planteada para llevar a cabo la elección es adjudicarle a cada grupo, un sabor
que coincida lo más posible a sus necesidades gustativas. Claro que para eso, es preciso
hacer una pausa de algunos segundos para lograr visualizar en su interior el gusto que su
organismo gustaría de saborear. Una vez materializadas estas ganas, rápidamente logra
aislar tres posibles candidatas clasificadas de acuerdo a su elemento característico y
particular. Media Luna de grasa, bomba de fraile con dulce de leche, o bien bomba de
fraile con crema pastelera. Ya casi lo está decidiendo, ahora sí listo. Sus manos, más
precisamente la derecha, sale disparada hacia la bandeja de facturas en general, y
aparentemente hacia el grupo de medialunas de grasa en particular. Aparentemente
decimos bien, porque en una contraorden de último momento, la torre de control indica
un cambio de objetivo:
Bola de fraile con dulce de leche.
Aplausos varios se hacen presentes en el mismo momento en el que da su primer
mordiscón. Siente a la vez una avalancha de placeres diversos, al entrar la composición
de harina, aceite y otros ingredientes en contacto con sus órganos gustativos. Aplausos,
decíamos, hasta algunas lágrimas para festejar este retorno a la civilización.
¡Ahora sí! todo el mundo comienza a servirse no sin abandonar de vez en
cuando la mirada de tipo pendular que tanto lo impresiona. Aprovecha un instante la
distracción de la mesa en general para lanzarse en una profunda meditación que se
quiere anticipadora de lo que vendrá, madurez que algunos quieren llamarla. ¡Claro!
para que vean todos, ya mismo, ahora, en este instante, decide ponerse a pensar en lo
que será de su futuro inmediato. La idea es tener una buena respuesta preparada para

156

cuando llegué la vocecita a hincharle las pelotas con su insoportable “¿Y Ahora, qué vas
a hacer?”. Cierra los ojos unos instantes para luego reabrirlos y volver a observar. Su
atención se torna del lado de las tasas. Todas blancas con una rayita azul de un
centímetro de altura y todas iguales en tamaño. ¡No! ya está, en ese momento una de las
manos de alguno de los comensales vuelve a apoyar el elemento de la discordia. De otro
color, de otra contextura, de otro sabor, de otra temperatura, una lata de gaseosa.
En ese preciso instante se anuncia la llegada de la tan temida voz interna, esa
que viene a preguntarle, a exigirle una definición de su futuro. Esta vez, en un gesto de
anticipación que lo honra, decide en lugar de hacer como siempre, esconderse bajo
alguna mesa de su consciencia, abrirle el mismo la puerta de su garganta. Se planta
entonces en el marco de la entrada, los brazos cruzados, esperando con unos pies de lo
más firmes la llegada de aquella chillona y preguntona voz del orto. Efectivamente,
poco es lo que la desorientada vocecita logra comprender al arribar. Nuestro héroe, sin
perder un segundo, la toma por los hombros, zamarreándola de lo más emocionado tanta
es la felicidad de haber encontrado una respuesta antes que la maldita pregunta se
corporice. ¡A los negocios!, ¡a eso me voy a dedicar de ahora en más, al negocio de las
latas de gaseosas!
Todos los comensales abandonan la masticación de facturas para mirarlo
fijamente con ojos que se quieren de lo más sorprendidos.

XX
Escena final

6 y 30 a.m. Avanzamos

por la Avenida Córdoba y venimos como quien dice
hasta las manos. Con aproximadamente 1400 kilos de mercadería, el vehículo pide a
gritos que aflojemos.
Recta final y de lo más delgada. Recta final y sólo resta saber si tendré los
huevitos suficientemente grandes para tirarme de cabeza sin siquiera medir la
profundidad del abismo, llevarme la plata de las ventas de las gaseosas; cagándome así
por completo en la altura de la caída. Recta final, últimas páginas.
Hoy por hoy, sé que voy derechito y a toda velocidad contra el paredón. El
estigma de los conductores suicidas que le dicen. Frente a este panorama poco
alentador, no quedan muchas alternativas que digamos. Ha surgido una buena
posibilidad de pegar un volantazo de 100.000 dólares, ¡ja! ¡100.000 dólares!, eso sí
puede estar bueno. ¡El manotazo de un ahogado financiado por Coca Cola.
Lo que el hombre de hoy sufre no es más que la insoportable dolencia de su
deshumanización.
¡Al fin tomarme el palo! Al fin el horizonte libre, con la guita, con Lili
¿Te imaginás un poco Lili, vos y yo, en el Norte? ¡Encima con toda esa torta!
Decime la verdad, decime que tengo razón: o hacemos las cosas bien, o hacemos las
cosas bien. ¡Claro!, entendeme Lili, o terminamos con una sobredosis de merca en
algún hotelucho perdido en medio de ese maravilloso paisaje andino; o bien, nos
instalamos tranquilamente en algún rinconcito de los por allá y tratamos de armarnos
algún negocito de algo, en los por acá, historia de tener lo justo con qué vivir. Así, de
157

una manera o de otra, podamos cerrar esto, ponerle un fin a este venerable e infernal
ciclo de mierda en el que vivimos.
¿Y sabés qué?, te voy a confesar algo: no tengo preferencia por ninguno de los dos
posibles finales en especial.
Ayer a la noche, fue que me la encontré a la Lili, mejor dicho, que por suerte pude
dar con ella. La busqué como loco por todo el barrio de Flores; y como siempre,
apareció a la vuelta de la esquina, bajaba de un camión con tres tipos.
-

¡Qué hacés bombón!, te invito a tomar una cerveza que me hice plata con estos
tres giles.
¡Dale, vamos!, le contesté a mi rubia.

Y ya cuando estábamos sentados frente a frente, que algún ojo extraño nos podría
hasta haber considerado como una pareja de lo más normal, que se reúne alrededor de
alguna mesa, de algún bar, que se pide una cerveza, dos porciones de pizza, dos
empanadas, que se da algunos besos de los más tiernos (hay que ver cómo besa la Lili),
desembuché.
- Lili, oíme bien lo que tengo para decirte. ¡Esto es re serio loca! ¡Así que para
de hacerme reír! Decime si estás pilas para escucharme sino no te digo nada. Llegó el
día, ¡Lili!, es ahora o nunca.
Cuando la Lili, se pone a hacer boludeces, no podés, además más serio es el
asunto, más le viene esa inspiración para hacerte cagar de risa. Eso, es una de las tantas
cosas que me gustan en esta historia: nos cagamos todo el tiempo de risa, como si entre
nosotros no existiesen las agresiones y de ningún tipo. Si ya sé no hace falta que me lo
recuerden, “escoba nueva siempre barre bien”, ¡si lo sabré! Es verdad además que muy
seguido no nos vemos y que eso ayuda bastante; pero quien nos quita el hecho que
cuando lo hacemos nos sentimos de lo más bien. La atrapo por el cuello y le estampo
otro beso.
- Boludo parecés esos evangelistas a veces cuando hablás, ¡te juro!, como para
sacarte un foto, te falta la cruz solamente. ¡Sos un descanso bárbaro!
- ¡Loca, de verdad te estoy diciendo! Ponete media pila aunque sea, dos minutos
te pido, escuchame lo que tengo para decirte. Me tenés que contestar de toque. Mañana,
voy a armar una movida y si todo sale bien, salgo hecho con cien lucas.
- ¡Cien lucas Tati!, ¿en qué te metiste boludo?
¡-No importa eso! Dejame terminar, ¡por favor, te lo pido! Si todo sale bien,
mañana mismo a la noche me tengo que tomar el palo, ¡de toque!, porque me van a salir
a buscar por todos lados. Pero lo que te quiero decir es otra cosa, si me vienen a buscar
o no, eso no importa, total me voy a la mierda, así que pueden seguir buscando lo más
pancho.
¿Te acordás que te había hablado del Norte? ¿Te acordás o no?
- Sí que me acuerdo
- De la gente que había allá, de la buena onda, de la tranquilidad, ¿te acordás?
Bueno decime loca, ¿te animás a hacer tus valijas y venirte conmigo mañana mismo?
6 y 55 a.m. Vamos llegando a lo de los Gálvez, cada vez falta menos, cada vez
más cerca del “goal” que le dicen. El ritual de la persiana que se levanta lentamente;

158

pero hoy quizás pueda saborear por primera vez todas estas forradas, recorrer gustoso
esta galería de boludeces, sabiendo y esperando, que voy a admirar estos cuadros,
algunos de lo más patéticos, por última vez. Quizás toque fumarse el último porrito
con el Flaco, puede que también, la última descarga de gaseosas con Luisito, mi último
viaje en la camioneta, o bien puede que…
“O bien puede que”¡Stop, paren la máquina! Esta frase es trascendental. El
muchacho acaba de pensar o decir: “o bien puede que…”.
Por primera vez, desde que se propuso patear el tablero, el personaje esgrime
la posibilidad de echarse para atrás en su decisión.
Está claro que esta decisión (el rajarse al Norte robándose las cien lucas de la
empresa) implica en un futuro cada vez más inmediato, un esfuerzo psicológico de lo
más intenso; pues el joven se encuentra frente a la posibilidad concreta de producir
una ruptura, un quiebre significativo en su vida. “O bien puede que…”, un momento
clave, una tentativa de recuperación, de contraataque de su propio statu quo, frente a
este intento de revolución que se despliega en su interior El ser humano es
funcionalmente democrático por dentro, es decir, tiene los mismos defectos y las
mismas virtudes que el sistema en el que vive, ya que es una unidad correlacionada a
éste.
Quizás toque fumarse el último porrito con el Flaco, puede que también, la
última descarga de gaseosas con Luisito, el último viaje en la camioneta, o bien puede
que este día forme parte de una cadena interminable de repetición ¿quién sabe? Por ahí
me cago en las patas, por ahí mañana vuelta a empezar como todos los días, vuelta a
prometerme otros últimos cien metros en la próxima carrera, vuelta a convencerme de lo
poco que valgo y ¡vuelta a empezar todo este circo de nuevo! ¡No, por favor!
Le brillaban los ojos a la Lili. ¿Sería de la merca, de la emoción, de la felicidad, de
que no entendía nada? En realidad no había mucho que entender, no había lógica
alguna, no había nada de nada. Bastaba cerrar los ojos, inspirar profundamente, dar
algunas vueltas sobre uno mismo y tratar de sentir el viento. Si te cabía, te largabas y si
no te quedabas. Sin más convicción que esa, lo sentía bien adentro mío, tal cual se lo
había dicho a la Lili y no eran giladas de palabras, no era hablar por el sólo hecho de
boquear; para mí era de verdad, se habían reunidos los astros, la señal era de lo más
clara: ahora o nunca, era todo o nada.
Para qué seguir dándole mil vueltas a este asunto, si la conclusión era la misma. Las
tan famosas condiciones objetivas estaban más que reunidas, había que poner en marcha
las subjetivas, las que dependían de nosotros, en mi caso, las más difíciles.
-

¿Vos estás reloco Tati, primero no entiendo porqué me querés llevar a mí?
¿Porqué no? Me dijiste que estabas cansada de hacer la calle, me dijiste que
querías hacer otra vida, que querías pasar a otra historia porque sino esto iba a
terminar mal. ¡Me dijiste todo eso el otro día!, que hasta tenías miedo de hacer
alguna locura, ¿te acordás? Entonces me digo que sí tenemos la oportunidad,
¿porqué no?

¿Qué querés que te diga Lili?, que estamos en la misma, que parecemos hermanos,
que da lo mismo intentar allá que morir acá; que a veces da la sensación de que estamos
peleando para ver quién de los dos está más desorientado, que parecemos competir a ver
159

quién se pega un tiro primero. Además me gustaría decirte algo que me sale de las
entrañas mismas; no sé si me anime a rajarme solo.
Por ahí te quiero llevar a vos, para asegurarme el cielo, sea el de arriba, sea el de
abajo, asumir la responsabilidad del otro para olvidarme de la mía. ¡De verdad!, ¿qué
querés que te diga. ¿Querés que te diga que a esta altura de mi vida yo no sé quién de
los dos se prostituye más?, ¿que ya no sé a quién de los dos se la ponen más a diario?
No sé flaca, ¿querés que te diga todo esto? ¡Decime! ¿Necesitás de verdad que te cuente
mis razones, tenemos un infierno bien diferente pero infierno al fin. El mío como buen
desesperado, es bien de clase media, el de las preguntas existenciales, y todas esas
masturbaciones intelectuales del orto; y el tuyo, la única manera de soportarlo sin
pegarte un tiro, es estar re loca todo el día. ¿Querés que te diga eso? No me animo.
Finalmente es mi punto de vista, por ahí vos tenés otro, por ahí te sentís juzgada, ¡qué sé
yo!; pero de verdad Lili, ¿qué pueden importar todas estas pelotudeces? Ya te digo, las
cosas son así. Más no puedo, más no quiero.
-

Pará un poco la moto bombón. ¿Vos te creés que podés llegar así como así y
decirme todo este discurso que parece una película re trucha? ¡Y yo encima te
tengo que contestar de toque! Yo tengo un pibe bombón, ¿sabés?, antes que
cualquier cosa está él, por más que se la pase haciendo cualquiera como la
madre, él está primero que todo. Además vos estás re loco Tati ¿porqué tiene
que ser mañana?

Yo estoy re loco, yo estoy re loco, lo único que me faltaba era que una chavona como la
Lili, me diga a mí, que efectivamente que estoy re loco.
-

Porqué todos los camiones de Coca Cola que andan por la calle me conocen, si
me quedo en Buenos Aires se me va a pudrir el rancho. Cuando el tipo de la
empresa se dé cuenta que lo dormí con la guita, se me va a venir al humo, y esos
chavones por más que estén de saco y corbata no juegan con estas boludeces.
Son 100 lucas, no son dos caramelos. Vos no tenés nada que perder, si la historia
sale mal, te podés volver cuando quieras. Además estas cosas si las pensás
mucho Lili, de verdad que no las hacés ni a palos. Haceme caso loca, ¡vamonos!
Mañana a la noche, nos vamos a la Terminal de ómnibus y nos tomamos un
bondi para el Norte, después, una vez allá, vemos que hacemos. También si
queremos podemos tratar de pasar a Bolivia y una vez allá vemos. Con 100
lucas, podés hacer lo que quieras.

-

No sé Tati; pero vos sos un hijo de puta, cuando hablás, sos capaz de
convencerme de cualquier cosa. Sos re peligroso como chavón. Pero, primero
tengo que encontrarlo al pendejo, no tengo ni idea de dónde puede andar. Hay
que ver si toda esta movida le cabe o no, vos sabés como es él. Si se le mete en
la cabeza que se quiere quedar, ¡ya está loco!, después no lo podés cambiar. ¿Y
qué lo voy a dejar sólo acá? Va a terminar en cualquiera. Además yo también lo
voy a pensar. ¿No te digo? Vos venís así como así de un día para el otro, me
decís, “nos vamos flaca”, no sé ¡vos sos re kamikaze loco!.
Yo te re entiendo, me doy cuenta de que te estoy tirando flor de bomba; pero
entendé, la oportunidad es hoy. Si querés podemos hacer una cosa. Esta noche te
paso a buscar por la esquina de Terrada y Bogotá a las nueve, si venís, tenete el
bolso listo, y sino loca, vos sabés que está todo bien entre nosotros, de verdad,

-

160

no te hagas ningún problema, yo me voy sólo. Además por ahí las cosas salen
mal. Eso sí tratá de ubicarlo al pendejo para ver lo que tiene ganas de hacer.
El pendejo, asunto de lo más complicado ya me decía.
-Ahora vuelvo me dice Lili al mismo tiempo que se levanta.
Camina algunos pasos, me quedo contemplándola, en su andar, su cola, su
cabecita rubia que parece a veces rebotar sobre su cuello y de repente la Lili que se da
vuelta. La miro, le sonrío, me sonríe, me tira un beso que atrapo al vuelo para
depositarlo de inmediato en el cuore. Allí mirándonos como dos bobos de lo más
embobados. Intento entonces decirle con la mirada, con los gestos, en silencio ¿a dónde
estás yendo muñequita?
Mensaje en parte transmitido, la Lili estalla de risa.
-¡A empolvarme la nariz bombón! me responde a los gritos un huracán de ojos
celestes.
Su ojos me fijan, sus pupilas capturan las mías, me retienen, me consuelan, me
seducen. Se agrandan de manera tal que mi campo de visión se ve inundado de un azul,
el suyo, de lo más turbulento, de lo más desesperado; pero de lo más vivo. Un abismo
azulado, ¡eso!, como un grito de ayuda, apasionado, de amor, una mirada difícil de
definir, de descifrar, tan Lili, tan suya, por supuesto que ahora tan mía.
Eran unos ojos tan llenos de vida que daban ganas de arrojarse literalmente en
ellos. Los ojos, la mirada, todo me gustaba. Como el gato que era, la Lili caía siempre
de pie en su hermosura. Un angelita completamente endemoniada, pero angelita al fin.
Y a las angelitas siempre dan ganas de merendárselas, o ¿no Lili?, desparramada,
desamparada en esta ciudad, a merced de esta inhumana humanidad.
En los ojos de Lili había un mundo maravilloso, había tanto amor que por suerte
se te olvidaba todo, y eso era siempre un buen motivo para celebrar. No sé si les dije, tal
vez los aburra; pero sus ojos tenían también un corazón que hacía de boca, y solían
susurrarme, invitarme a un amor apasionado, esos que se consumen en una noche.
Esos ojos supieron ser mi guerrilla, mi canción, mi hombre nuevo que volvía
millones, a tal punto, que me tenía que emborrachar para poder amarlos, tanto miedo me
daban, tan desnudo me sentía.
Así nos quedamos mirándonos un rato, así los dos, en nuestro propio mambo,
ajenos, desinteresados por completo al resto de las mesas, al resto de las masas, tal vez
vacías, las mesas y las masas. Una vez más los dos cómplices, solidarios de ésta, nuestra
puta soledad.
Así, sin pestañear, casi como jugando que el que se mueve pierde, nos seguimos
observando. Como intentando en esta mirada, poder transmitirnos aquellos
pensamientos que nuestras bocas mal socializadas, mal acostumbradas, solían callar
para de repente explotar en una lava de risa que lo devoraba todo.
Aparentemente hoy también, una vez más, el show debe continuar. Le hago
entonces una seña a mi princesa, dándole a entender que me aguante un toque, que en
algunos instantes, enseguidita nomás, su príncipe estará con ella para empolvarse el
también su bendita nariz con un poco de cocaína.

161

¡Ya está!, ya llegamos con la camioneta, los recurdos de Lili se van disipando,
acá estamos de nuevo frente a frente una vez más, esta persiana metálica de mierda, mi
rutina más de mierda todavía y yo.
-¡Ponete de cola para entrar la chata! le mando al chofer a la par que voy
bajando del vehículo.
Tiempo, siempre el tiempo, ganar tiempo, perder tiempo, ser eficaz en cada
acción, cada brazo que se mueve, cada cintura que se gira, cada gesto, cada parpadeo
que uno realiza, he de aquí las nuevas leyes de esta sociedad, los últimos y únicos
mandamientos que deben de ser seguidos de ahora en más:
¡Lo rentabilizarás todo!
Ya estamos adentro, ya el Flaco me saludó una vez más con su tan cariñoso:
-¡Qué hacés hijo de mil puta!, me trajiste toda la mercadería?.
¿Qué pasará conmigo después de hoy? ¿De cuántos millones de putas voy a ser
hijo entonces? Miró un poco a los alrededores, vislumbro entre la mercadería, rodeado
de montañas de gaseosas, lejana pero inconfundible, la figura de Luis, el peruano que se
yergue; silueta errante, espectro del amanecer en este depósito. Escoba en mano,
suplicio de Tántalo, barrer un polvo crónico, una playa de mugre para poder encima
justificar el desierto que le pagan.
Siempre sentí una especie de curiosidad hacia Luis. El primer detalle que me
llamó la atención, realmente un detalle de lo más insignificante pero que bien decía, me
llamó la atención, era que siempre decía lóxico en vez de lógico. ¿Porqué? Nunca le
pregunté, total, ¿para qué preguntarle sí desde ese día todo empezó a parecerme de lo
más lóxico.
Ganas de saber quién era, de dónde venía, a dónde iba. ¿Sería ese físico de acero
que hacía que uno se preguntara qué carajo había hecho este hombre con su vida? No lo
sé. ¿Serían esos ojos muertos que parecían saberlo todo sobre cementerios, como si
llevara más allá de su voluntad, la obligación de contemplar al mundo, puede que sí. Y
lo interesante decía, es que me empecé a hacer todas estas clases de preguntas, mucho
antes de enterarme de sus andanzas en la selva.
Lo sigo con la vista.
La intuición, o algo parecido, me murmuraba desde nuestro primer encuentro
que una extraña noción de tiempo anidaba en su cabeza, tiempo como congelado, como
extirpado, como que Luís moraba en una pausa eterna que lo hacía vivir en un presente
inmediato, incoloro e indoloro. Como si toda su existencia, todos sus sentidos, se
concentraran en el traslado permanente que le implicaba atravesar la frontera que lo
separaba de la acción inmediata que estaba realizando y/o terminando, hacia la otra
acción que se anunciaba en el instante siguiente. La idea de aquellas almas muertas que
alguien solía comprar allá en la lejana Rusia me volvía numerosas veces a la cabeza
mientras contemplaba el funcionar del peruano.
-¡Qué hacés Luís!
El grito, esa masa de sonidos que ya no me pertenece, que se expande conquistando

162

el imperio del silencio que reina en esta latería.
-

Vamos a hacer un poco de ejercicios matutino. ¡Mirá lo que traje! Nos tenemos
que hacer una buena descarga.
¿Chucha hermano, cómo estás?, me saluda Luís, con una voz que parece bucear
a ras del suelo

Como siempre sonriendo, tan inofensivo que parece, tan respetuoso de mi nada,
como no queriendo molestar en el mundo de los “grandes”, como buscando desaparecer
de nuestro registro, como mimetizándose en el decorado en un intento fructuoso de ser
olvidado.
Me gustaría tratar de conseguirle un laburo mejor, algo más sano para el bolsillo,
lavar la culpa que le dicen, meter mi complicidad debajo de la alfombra, disfrazar un
poco la miseria que le paga el flaco, ponerle algo de bisutería a esta cenicienta; pero al
pedo, sé que no le puedo conseguir un carajo y además, a veces me pregunto si
realmente me puedo permitir ayudar a un tipo como éste.
Empezamos a bajar las latas, codo a codo con el peruano, una catarata inagotables
de packs de gaseosas empieza a gotear cada vez más abundante, interminable cantidad
de burbujas con colorante pasan por mis manos para apilarse en algún rincón.
Y una vez más al espiar al peruano, esa extraña sensación de presente absoluto. De
un pack al otro, de ese pack de latas al pack siguiente, nada más, ¿para qué más? La
mente en blanco, de una micro acción a la micro acción siguiente, a paso de hormiga,
con fuerza de gigante, su concentración es máxima, el registro de su cuerpo total.
Después de una media hora, comienzo a cansarme:
-¡Paremos un toque!, propongo mientras comienzo a recobrar un poco de aire.
Luís detiene su accionar. De repente se lo ve como cansado. Como si al fin, mi
cansancio hubiera logrado autorizar el suyo. ¿De qué manera se relacionará con su
historia, con su pasado, que será de su memoria, de la mala? No logro superponer o
asociar la idea de violencia con este hombre, y sin embargo, como que de a ratos,
pareciera que sí, que en efecto esta calma inerte acuna en realidad, un océano profundo
de destrucción.
Estoy seguro que ninguno de los hermanos Gálvez se da realmente cuenta de las
verdaderas dimensiones de lo que atravesó Luis, este hombre que hoy se encuentra
barriendo este miserable depósito.
Fue hace algunas semanas, estaba hablando con el Flaco de no sé qué boludeces,
sería de los años en que el Flaco estuvo preso en Devoto, (cuando según dice, la historia
de una joyería en el microcentro salió mal) y de repente, los dos nos callamos al ver
pasar a Luís. El Flaco mandó:
- Luis es un personaje increíble, de lo más raro, ¿no te parece Tati? ¿Vos sabés
que hace este chavón cada dos por tres? Esconde pedazos de pan duro entre las latas, y
los va comiendo al filo de las horas. A veces cree que no lo vemos, entonces se manda
algunas piruetas, como si estuviera en pleno combate, ¡está re loco! Un día si no tenés
nada que hacer, decile que te cuente los delirios sobre el ejército en la selva del Perú.
Así Luisito, peruanito inofensivo que los Gálvez maltrataban a piaccere, comenzó a

163

hablar de la selva peruana, de cuando era militar y de cómo se podía hacer fortuna
alquilando la pista a los narcos. Más me contaba sobre sus andanzas, más me daba la
sensación de que estaba hablando de la vida de otro tipo, al que le decían “Trueno”. Aún
hoy, no logro ensamblar ese vértigo de vida, de sangre, de semen selvático; ese
torbellino de adrenalina en estos ojos tan extinguidos.
- Tenemos que ir a tomar otra cerveza me dice Luisito, mientras seguimos en la
descarga de una camioneta, que se anuncia de lo más ardua.
- ¡Claro viejo!, uno de estos días nos vamos a tomar de nuevo unas buenas birras,
como la otra vez.
A chupar de lo lindo, ¿no cierto Luisito?; como la otra vez. Vos de tu lado, seguro
pensaste “¡Míralo a Tati!, qué tipo copado, me invita a tomar unos tragos con él.” ¡Tati
copado, las pelotas! Vos que ibas a imaginarte que por plata, (y tan sólo por plata) se
dedicaba ahora a bailar este pobre mono. No sé para qué te digo esto, ya debes haberlo
aprendido Luisito, ¿no cierto? Acá la selva es otra, otros animales que le dicen, otros
peligros, vos me entendés. Y lamento informarte que al igual que allá, acá tampoco
existe altruismo alguno, es decir, todos se morfan entre todos; pero de eso de seguro ya
te habías dado cuenta. Imagino cuando llegaste, te debes haber dicho que el decorado
podía haber cambiado, un poco bastante; pero las reglas seguían siendo las mismas.
Entonces viéndolo bajo este ángulo, tenés razón, mejor no preguntarse, ¿para qué? Total
yo también soy parte de esta fauna, y de lo más depredadora, eso está claro.
Interesado de mierda, te invité el mismo día que el Flaco me contó que habías
servido en el ejército peruano. Me intrigó tu pasado, y no por otra cosa, un día de
repente, cobraste sentido en mi existencia y me dije que tu historia valía bien un par de
birras.
Barrías, como ahora, me contaste dos o tres boludeces sobre “la avioneta
colombiana” y algunas de las movidas que hacías. Te pregunté que si tenías algo que
hacer esa noche, que nos podíamos ir a algún bar a tomarnos unas buenas cervezas.
Dijiste que sí, pero después del laburo nocturno. Algo ya me había soplado el flaco, al
parecer vendías de la alta y de la baja. Entonces, tarde en la noche, no me acuerdo bien
en dónde, te soltaste de lo lindo, ¿te acordás Luisito? Yo saboreaba el espectáculo
sentado en primera fila. No te preocupes amigo porque no te juzgué (hace rato que no
puedo), creo que ni siquiera traté y tal vez eso sea lo peor. Me quedé indiferente,
dudando entre la risa y el llanto, opté por la risa, (sabrán disculparme), me pareció
estúpidamente mejor para los dos. Me contabas unas cosas que ya no entraban en el
universo de mi vida, ¿me entendés? Unas “cosas” que se escapaban, que se disipaban,
que se filtraban entre los dedos de mi capacidad de entendimiento. Como que no lo
podía absorber, ni que hablar de integrarlo ¿Te acordás Luisito todas las barbaridades
que me decías?, y es increíble; pero estamos tan enfermos, vos, yo, todos. Estoy hecho
mierda, ¿no cierto Luisito?, de eso seguro, también ya te diste cuenta. De torturas
hablabas, de violaciones, y yo me reía, te convidaba más cerveza mientras el Benito, ese
hermano tuyo con el cerebro licuado se nos aparecía de vez en cuando a pedir un trago.
Vos largabas todas tus vainas, tranquilo como ahora, como siempre, ojo al guía que le
dicen ¿no cierto Luisito? Yo Buscaba en vano un rastro, una huella de emoción en vos,
de indignación en mí, al pedo, ni un puto pelito se nos movía, como si habláramos de
latas; pero me hablabas de tripas, de conchas que sangraban, de soldaditos que se
ahorcaban. Ya a esa altura de la noche, conociéndome, algunas incursiones al baño del
bar de seguro me había hecho a empolvarme la nariz que le dicen y duro como una
piedra, ¡ja! me reiría de lo lindo, y vuelta a levantarme al ratito, me creería el dueño del

164

universo porque tenía tus confesiones en una puta grabadora que asquerosamente había
escondido en la manga de mi campera de jeans, una puta grabadora que algún día
utilizaría para no sé qué mierda, quizás escribir algún puto libro. ¿Te propuse laburo?
No. ¿Al menos te dije que de verdad no entendía como todavía no te habías pegado un
tiro? Tampoco. ¿Qué hice? Como siempre, como sí. Como sí te iba ayudar, como sí tu
historia no me afectaba, como sí no te estaba grabando, como siempre, como sí nada.
Un caretón de primera que le dicen. Lo único que atiné a hacer, es buscar abajo de la
mesa o en algún rincón del barsucho, donde mierda andaba el bien y dónde concha se
había escondido el mal; pero obvio, no encontré un carajo. Y ahora que lo pienso bien,
la próxima birra, ¿sabés qué?, te voy a decir algo, puede que sea mañana mismo, porque
al fin y al cabo me parece que soy tan cagón como pienso. Decime Luisito, a vos te
hablo, mi viejo y querido “Trueno”, así te decían allá, ¡ja! ¿Sabés qué? Me gustaría que
me digas si el elemento que tenés en frente tuyo, ¿vos que creés?, este boludo que soy,
tendrá huevitos para hacer saltar su propia avioneta, para hacerme las 100 lucas.
Mejor no digas nada, todo bien, sin rencores, hermanito militar, hermanito violador
y reventador de tripas ajenas, ya son más de las ocho de la mañana, tengo hambre,
vamos a festejar mi cobardía, ¡flor de desayunito nos vamos a pegar!: cafecito con leche
con unas buenas facturas.
-

Che Luís, cuando terminamos, te invito a tomar un café. Le preguntamos al
Flaco y nos vamos a la vuelta, ¿te parece?
Sí, claro, como tú gustes hermano.

“Justo”, hablando del lobo, se nos acerca el Flaco Gálvez, porro en mano,
completamente en su mundo, en otra galaxia, lo bien que hace. Un tipo sedado, que vive
sedado, y en ese caso la posibilidad de un “despertar” existe como una amenaza
permanente.
-Flaco, ¿venís con nosotros a tomar un café con unas facturitas, o preferís que te
lo traigamos?
-Gracias papito, ¿pero sabés qué? Café con leche y facturas siempre me hace
acordar al día que salí del penal. Esa mañana me esperaba toda la familia y nos
fuimos re temprano a un bar para festejar, estuvo de lo más bueno, lástima que la
puta que era mi novia en aquella entonces no apareció con sus cachas, ni ese día
ni nunca más.

El Flaco, también supo bombardearme con su vida, una tarde que vine a buscar
una plata que me debía.
- Te voy a mostrar algo papito me dijo mientras metía la mano en algún cajón.
Me preguntaba bien qué carajo podía estar buscando. Me mostró los papeles,
había algo escrito sobre una causa abierta por robo a mano armada en algún negocio del
centro, agravado por una serie de disparos que el susodicho hubiera efectuado al aire.
Seguimos vaciando la camioneta, seguimos llenando el depósito de los Gálvez
con mierda líquida en lata. Trato de no pensar en los 100.000 dólares de Coca Cola que
pueden ser míos (¡ja!, atención ya estoy diciendo pueden ser míos y no van a ser míos)
Intento trabajar a lo Luisito, por una cuestión de inercia, de domesticación, sin

165

preguntas ni respuestas. ¿Quedará más de la mitad de la merca todavía para bajar? Ojalá
que no, así sigo ajeno a esta posibilidad de vida que se anuncia en estas veinticuatro
horas. Ojalá que sí, porque por otro lado, ya empieza a dolerme seriamente la espalda,
esta columna de mierda, esta ruina de Don Juan ¡y la concha de su madre!
Una bendita pausa, eso sigo necesitando, mejor dicho reclamando y como
siempre, desperdiciando.
Acá estoy, acá sigo, como atontado por las tantas sensaciones que me rodean, los
tantos sentimientos dispares que me invaden, que me revuelven el estómago de la
cabeza. En este depósito, viejo taller metalúrgico, templo de un presente con tortícolis,
en el que tantas historias de vidas se cruzan, se abrazan, se mienten; historias que
buscan por todos los medios poder un buen día al fin quitarse.
Vuelvo una vez más, por enésima vez, mi mirada hacía el peruano y piendo:
¿porqué tan lejos de los tuyos?, ¿porqué la constante humillación?
Luís suele responder simplemente que a Perú no puede volver porque el Ejército
lo sigue buscando para boletearlo. Según él, la historia de la avioneta lo seguirá
persiguiendo de por vida, apenas regrese a su país.
-Los militares peruanos nunca olvidan esas cosas. Por más que te tengan que
esperar unos cincuenta años, yo serví en el Ejército, ¡chucha hermano! yo sé de lo que te
hablo.
Luisito reconoce también haber sido de lo más boludo cuando puso toda la guita
a su nombre en una misma cuenta (a él le gusta decir boludo, a mí me gusta la palabra
chucha), de lo más necio también cuando de un día para el otro, se apareció en la casa
de la vieja con un auto de lujo. La ficha tarde o temprano tenía que saltar. Los militares
se le vinieron al humo, le secuestraron toda el dinero y se tuvo que tomar el palo
ilegalmente a la Argentina para terminar anclado en el depósito de los Gálvez. Esto
puede que sea parte de una respuesta, la suya; pero también es verdad que en los
verdaderos naufragios, no hay dignidad, la gente solo desespera sin darse cuenta, sin
tener tiempo para constatar que justamente está desesperando. Tal vez sea lo mejor.
Trabajar como él, mañana, tarde y noche en un presente eterno.
Quizás, de alguna manera, no quede más que un hombre desesperado como
verdadero y único marginal de esta sociedad, el verdadero revolucionario, un espíritu
atormentado que se alimenta de privilegios sociales en algunos casos y de privaciones
básicas en otros.
Pobres diablos de lo más infelices que siempre seremos mientras persistamos en
querer superar a los demás en vez de buscar sobrepasarnos a nosotros mismos. ¿Porqué
no orientarse hacia otro tipo de despegue, en dónde nuestro ascenso no dependa del
descenso de los demás, en dónde nuestra autoestima no se alimente de la cantidad de
cabezas que uno puede llegar a pisar desde que nace hasta que muere? Estrategia de lo
más pelotuda y autodestructiva que conduce irremediablemente a la triste realidad de
hoy: la guerra civil, o bien este racimo de desorientados que se fusilan dispuestos en
círculos, éstas, nuestras sociedades de hoy en día. Tal vez el único reproche que
podamos hacernos, es que por alguna misteriosa razón, nunca más volvimos, ni siquiera
a proponernos, echar una vez más, un vistazo a este maldito mapa que es nuestra vida.
Hoy es así, siempre fue así, ahora ya es muy tarde, siempre tarde, demasiado, tal vez lo
haga en mi próxima vida. ¡Bancatela hermano!, bancatela te digo, a muy temprana edad

166

decidiste envejecer, o bien te propusiste hacerlo. Te pareció que así debía estar escrito,
porque así lo hacían todos. Comiste mierda porque pensaste que millones de moscas no
podían equivocarse. Mejor continuar con el mismo itinerario, el que siguen todos los
que ya no miran sus mapas, los que ya no desesperan, los que ya no creen en los
volantazos, los que amordazaron hace rato la voz que les soplaba “todo es posible”.
Ahora ya tengo la certeza de lo que vendrá. Y como lo que vendrá no puede ser
más que una consecuencia de lo que soy, ya me empiezo a olfatear que la movida de
Coca-Cola, poco a poco quedará en el olvido. ¿Para qué seguir mintiéndome? ¿Y qué,
con respecto a la Lili? De seguro que sabré pensarme una mentira de lo más baja, pero
de lo más buena, y de seguro también que sabré mostrarme muy apesadumbrado por
tanta, pero tanta mala suerte. Más no puedo decir ni hacer. Sólo asumir que el maldito
volantazo me da una chuchada de miedo como dice el peruano. Me angustia, me siento
como si me irían a desnudar en medio de una avenida y eso, me tiene ahora
completamente aterrado. Simplemente no me quiero ver, no puedo soportar tanta
verdad. Rehacer mi vida para afrontar lo que soy, no gracias. No creo poder bancarme
como verdadero macho la caída de la máscara, y asumir entre otras cosas lo poco que
construí y sobre todo lo mucho que destruí.
Es curioso como a pesar de mis veintitantos, no siento la juventud suficiente
para largarme en este periplo. De miedo, de fe negativa estamos hablando. Tristeza
infinita que inunda de pena lo que queda, digo bien, lo que queda, esta resaca de alma
rebelde, vejez innegable que alivia, que reconforta, que tranquiliza el cerdo que vive en
mí.
Sobrevivir, ya no vivir, mejor seguir haciendo como sí. Mala memoria que dice,
ya no sé de dónde vengo, ya no sé a dónde voy, la mala memoria de todos, de tipos
como yo, que ya no abren sus persianas para escuchar las piedras que arroja algún viejo
y sidoso Peter Pan. Tipos como yo les decía, que pasan de pseudo militante barrial de
izquierda en una villa, a vender y comprar latas para meterse una buena dosis de olvido
por la nariz.
Mala memoria, enfermedad del hombre, del presente, del ayer y del mañana.
Mala memoria a la hora de recordar los sueños que tenía en una lejana época en la que
al menos creía estar verdaderamente vivo.
Confirmado por mi cabeza, esta tarde entregaré el dinero bien gentilmente a
Coca Cola. De seguro que esta idea loca, morirá junto a tantas otras en algún archivo de
mi cobardía, con una simple etiqueta: “pendiente”, y que poco a poco se irá llenando de
polvo en algún altillo de mis recuerdos desmemoriados.
Siento un especie de alivio. El cobarde que me habita al fin respira. ¡Tranquilos
conciudadanos del conformismo! Nuestra confabulación, nuestro dominio sigue en pie,
allá afuera y aquí dentro todo está bajo control. Este individuo (o sea; yo) nos pertenece
nuevamente y para siempre. Nos hemos reedificados, más fuertes que nunca.
Finalmente estoy de regreso con las facturas, con el café. Ahí estamos los tres, el
peruano ex militar, el Flaco, ex chorro, y yo, yo ex solidario y militante barrial por
conveniencia. Los tres encerrados, quizás enjaulados en nuestro propio conformismo,
donde hunde sus raíces nuestro desmemoriado presente. Los tres como muertos, cada
uno en su propio depósito, en su propia falopa, en su propia selva, en su propio
hermetismo. Tres seres hermanados por la amnesia, cada uno con su propia caja de
zapato, sus kunus, sus culpabilidades y sus propias avionetas que ya no llegan. Los tres,

167

los ojos muertos, el cielo oscuro, la espera eterna.
Sentados cada uno en una pila de latas, las manos grasientas, el alma mugrienta
nos miramos en silencio los unos a los otros. Nuestros ojos tienen en común el parecer
mecheros inundados e inutilizables. El café de a sorbos, algún que otro mordiscón
desganado, la mirada de cada cuál perdida en algún recuerdo que formará a su vez una
gran nostalgia, en dónde cohabitarán corazones que latían, metas que se alcanzaban,
reyes que se coronaban y veredas que se conquistaban.
Y harto de buscarte siempre a oscuras,
Y de volverme de puro hielo,
Tiré toda mi vida a la basura
Y ni las ratas se la comieron.
Nadie me persigue pero yo acelero
Llaman a mi puerta pero a nadie espero.
¿Dónde están los besos que te debo?
En una cajita
Que nunca llevo el corazón encima,
Por si me lo quitan.
¿Y dónde están los besos que me debes?
En cualquier esquina
Cansados de vivir en tu boquita
Siempre a la deriva.
Llevas en tu braguita, el amor de visita
Y en mis pantalones, entre los cojones,
Voy a tatuarme azul, una casita
Para que allí vivan nuestros corazones...

A kaba mi mati

168

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful