Jesús María Villena Martín

Un hombre bueno

Primera edición: 2010 “Un hombre bueno" es una autoedición por parte de Jesús María Villena Martín y Fired Lands. Copyright © Jesús María Villena Martín. Historia, dibujos y bocetos de Jesús María Villena Martín. Fired Lands y logotipo son propiedad de Jesús María Villena Martín.

Fired Lands

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¿Y si todo lo que nos han
contado, es mentira? ¿Estás preparado para saber la verdad?

Un hombre bueno

Jesús María Villena Martín

CAPITULO 1

“El cielo es azul”

Érase una vez un hombre bueno, realmente bueno. De esos, que uno es incapaz de encontrar, algo intachable en su curriculum de la vida; de esos, que uno no soporta por ser tan santos, tan maravillosamente buenos, y que en cambio, uno no puede dejar jamás de admirar. Así era Jack Burton, nacido en 1928 en Jacksonville, una ciudad ubicada en el condado de Duval, Florida, Estados Unidos. Una ciudad entrañable, rural y llena de matices, que hacen de ella una envidiable referencia para todo el condado. Sus habitantes son gente tranquila, familiar y de costumbres, que decora sus casas por navidad con una sonrisa en el rostro, y saluda a sus vecinos al pasar, mientras compra el periódico o toma su café de primera hora de la mañana. Los jardines siempre están maravillosamente decorados y bien cortados, con unas preciosas vallas blancas, que siempre están abiertas. Una comunicad fervientemente católica, de férreas costumbres cristianas, entre las que entra el ir a misa todos los domingos, y realizar varias docenas de ferias benéficas a lo largo del año. Una comunicad
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unida y cercana a Dios, que santifica sus mesas de forma ordenada y tranquila, dándose uno de los otros la mano, antes de comer. Jack era un hombre sincero, afable, simpático, amable, romántico, sensible, detallista, soñador, idealista, honrado, buen padre de familia, buen hermano, buen hijo, buen amigo, y sobre todo, buen cristiano. Un hombre de fe absoluta, no solo en Dios, sino también el buen corazón de los demás. Un creyente de la vida y de la bondad humana, que hacía incluso empequeñecer a los hombres dedicados a tiempo completo a Dios, que tan se consagraban a los sermones y ceremonias religiosas. Jack hacía mucho más, se involucraba con sus vecinos, solucionaba problemas, y escuchaba sus temores. Un hombre de los que siempre quisieras tener a tu lado, por que es de absoluta confianza en todos los sentidos. Un hombre tan sencillo y directo como un libro abierto, sin secretos, sin mentiras y sin dobles sentidos. Un autentico santo de los que en otro momento de la historia hubiera sido santificado y beatificado como un digno compañero, de otros santos eclesiásticos de gran renombre. Jack Burton era así. Un modelo intachable a seguir, un hombre criado con rígidas y sólidas costumbres de una conservadora y católica familia de estados unidos. También es cierto, que no todo era resultado de su educación, puesto que desde muy pequeño, Jack demostró que tenía una maravillosa predilección por el cuidado y respeto por los demás, que le llevaría a ser admirado por todos sus vecinos adultos, y odiado por todos sus compañeros de clase. Pero eso nunca fue un problema para Jack, puesto que pronto encontraba aliados en las personas a las que ayudaba, teniendo un autentica legión de seguidores, imitadores y muchos envidiosos de su peculiar personalidad. Siempre estaba rodeado de chicos y chicas, que atraídos por su alegría y magnetismo, le acompañaban a todas partes,
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creando un nutrido grupo de muchachos de absolutamente buen corazón. Sus amigos. Aunque no siempre fue así. Hasta que Jack contó con dieciséis años, no tenía demasiados amigos, todos le veían como un santurrón raro, que estaba en el grupo de los frikis de Star Trek o los devoradores de cómics, que tantas y tantas collejas se habían llevado en su vida. Cuando el tiempo demostró que ni con esos pseudo sectarios grupos se relacionaba, empezaron a sospechar que quizás era marica, o que tenía un punto de deficiencia, que tan fácil sería de criticar y ser motivo de burla. El tiempo demostró que Jack era un hombre endemoniadamente listo, y nunca sus notas bajaron de media de notable alto. Las matemáticas, por algún motivo, nunca fueron su fuerte. A los dieciséis años y dos días, Jack encontró la manera de acallar las voces de los envidiosos, los niñatos y todos aquellos que no entendían su forma de ser. Se echó novia. En cuanto vieron que Jack hacía cosas normales, de un chico normal de su edad, las voces molestas y miradas indiscretas, volvieron a otros chicos que siempre habían sido pasto de las continuas mofas y novatadas. Pero Jack, ya no estaba en ningún grupo de esos, y pronto se integró entre los más variopintos muchachos del instituto, creándose lentamente, un grupo de amigos que irremediablemente continuaría unido el resto de sus vidas. Así eran las verdaderas amistades, duraderas, complejas y llenas de matices que la hacían única. Jack era un buen muchacho, y nunca se metió en problemas, aunque sus más cercanos amigos, le tentaban una y otra vez para hacer todo tipo de perrerías, típicas de la edad. Por desgracia, la personalidad férrea y para nada mezquina de Jack, impedía que emprendiese esas excitantes aventuras, que por otro lado, le hubieran otorgado cierta emoción a su ordenada vida.
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Jack no deseaba ningún mal para nadie, incluso para los profesores que una y otra vez, le instigaban a forzar su intelecto y requerir más y más de él. La presión no era un problema, y la mayoría de las veces, realizaba los interminables trabajos, tediosos exámenes y todo tipo de labores extraescolares, con un ánimo intachable. También es cierto que sus padres, le alentaban a que su trabajo fuese constante y no tuviera ningún tipo de distracción en casa, prohibiendo la televisión y cualquier tipo de juego que indujese a la adicción, como las cartas de jugadores de béisbol o cromos de los personajes del momento. Así que la pubertad, y después la adolescencia de Jack fueron de lo más simples, tranquilas y sin ningún gran altercado. La paz interior de éste muchacho, fue creciendo exponencialmente, junto con sus dotes para los estudios, su excelente memoria y su admirable sentido del deber. Sus amigos, crecieron con él, absorbiendo parte de toda aquella rectitud y buen hacer, que contagió a todos ellos, creando un grupo de lo más admirado y respetado por sus semejantes. No había nadie en el pueblo, que no quisiera algún chico de aquellos, para cortar su jardín, podarle los árboles, o ayudarles en cualquier tarea cotidiana. Pronto, aquella pareja formada en épocas de necesidad, formó una familia, y Jane Lane, pasó de ser su novia a su mujer. La pareja, que habían pasado prácticamente toda la niñez juntos, habían terminado siendo uña y carne, complementándose perfectamente. Pocos como ellos, sabían desde un inicio, que ellos eran lo que cada uno deseaba, y lo habían encontrado a la primera. Un hecho, que satisfació enormemente a la familia de Jack, la cual no creía en que tener demasiadas novias o “amigas” era algo bueno. La boda fue algo increíble, llena de amigos y familiares, que llegaron de todo Estados Unidos, para celebrar el gran evento. Los festejos duraron todo el día, y dio paso a una larga vida llena de pequeños triunfos, que salpicaron alegremente su relación,
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evolucionando hacia algo más maduro y sólido. Pronto los hijos llegaron, y con ellos un precioso perro. Un cambio de casa, un cambio de trabajo, y la familia Burton creció lentamente. Los hijos tuvieron novias y novios, estos hijos se casaron, y a su vez, estos tuvieron de nuevo hijos, continuando una maravillosa tradición religiosa y familiar, de respeto y convivencia. Las tradiciones familiares eran muy importantes para Jack, y éste siempre se encargó de que todo lo que él había aprendido, todo lo que sus padres y anteriormente sus abuelos le habían enseñado, pasara también a sus hijos y nietos. Su labor como padre, aunque algo rígida, era de un valor envidiable, que pronto supieron valorar sus hijos. Aquellos que solo veían un padre sonriente, trabajador y comprensivo, finalmente vieron que aquellos valores, habían hecho mella en sus almas, transformando sus vidas para siempre. Jack era un excelente padre, y sus hijos, como no podía ser de otra manera, habían crecido siendo buenos estudiantes, gente de absoluta confianza, sensatos y ansiosos por realizar labores de relevancia para la comunidad. Todos deseaban ser como su padre, todos deseaban ser alguien importante. Pero Jack, no solo era un buen padre, también lo era como trabajador y como compañero de sus colegas de profesión. Jack era un excelente carpintero, y a tiempo parcial fontanero, sacando algo de dinero extra para la familia. Siempre estaba trabajando para la empresa familiar de un buen amigo, levantando casas para nuevas urbanizaciones en el pueblo y las ciudades cercanas. Era tan bueno, que se lo rifaban las diferentes compañías en dura competencia. Pero Jack, continuó con su viejo amigo Albert Manson, trabajando para su pequeña aunque exitosa empresa de construcción en madera. Los años cincuenta eran excelentes para todos aquellos emprendedores, que deseaban trabajar, y no les importaba mancharse
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las manos. Después de la gran depresión y de la guerra mundial, había mucho que hacer, para levantar un país, muchas casas que construir, muchos coches que montar, toda una economía que revivir. Ésta es una época marcada por la recuperación económica y el comienzo de la guerra fría. Eran los tiempos de la revolución en la moda, las faldas comenzaban a acortarse, los pantalones vaqueros vestían a la juventud, y el rock estaba naciendo de la mano de Buddy Holly. Mientras occidente se recuperaba del shock de la guerra, comenzaba la era espacial con el lanzamiento del Sputnik, y los conflictos de Corea y el Canal de Suez lograron que el mundo contuviera de nuevo la respiración. Jack nunca dejó de lado a sus amigos, y cuando se jubiló, continuó trabajando con ellos y con sus hijos, transfiriendo sus conocimientos sobre la madera y su trabajo. Siempre fue un hombre paciente y singular, y nadie se cansaba de escuchar sus largos sermones sobre cómo hacer las cosas bien, y hacerlas tan solo a la primera. Sus calmadas charlas sobre la religión, Dios y el esencial buen corazón del ser humano, animaban a muchos muchachos a trabajar en la madera, e imitarle con su animosidad y respeto. A los 66 años, por desgracia, su mujer pasó a mejor vida, después de una repentina enfermedad que la dejó en cama permanentemente. Una vez que ésta murió, Jack se dedicó en cuerpo y alma a sus hijos y nietos, además de cuidar la casa, que tanto esfuerzo le había costado comprar y mantener. Su dedicación fue absoluta. Sus hijos tuvieron excelentes trabajos, un futuro más que digno, y de vez en cuando venían a visitar a su padre, para saber cómo se encontraba. El, simplemente sonreía, y se preocupaba más por sus vidas, que por la suya propia. Después de todo, la suya llegaba a su fin, y no tenía importancia.

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Rodeado de amigos y colegas del trabajo, Jack nunca se encontraba solo, siempre había algo que hacer, aunque sus manos y su débil cuerpo, no tuvieran la fuerza de antaño para realizarlo. Nunca dejó de luchar por la comunidad, sus vecinos y amigos. Siempre estuvo ahí cuando fue necesario, nunca faltaba a las reuniones o eventos de caridad. Sin él, las festividades del pueblo y las actividades, no eran lo mismo. Su salud no era del todo buena, en sus últimos años de vida, y un terrible cáncer de estómago, comenzó a vencer, donde ningún otro problema había vencido antes, por muy grande u horrible que hubiera sido. Todo comenzó con un simple dolor, después fiebre, y más tarde, pérdida de peso sin explicación. El 18 de diciembre de 2010, Jack entró en el hospital, aquejado de fuertes y terribles dolores, que ni los fármacos ni los agresivos tratamientos, habían podido calmar. La quimioterapia no había funcionado, y el cáncer había continuado su destructiva andadura en su interior, carcomiéndole, desintegrándolo lentamente, hasta dejarle casi sin vida. Aquella oscura y negra semana, toda la familia y amigos se reunió en el hospital, entre ellos, más de quince niños, que deseaban abrazar a su abuelo y a su bisabuelo. Hubo que hacer largos turnos, para que todos tuvieran la oportunidad de dar el último adiós, al hombre que tanto había hecho por ellos. Al hombre que tanto admiraban y respetaban. El pueblo entero estaba consternado por el repentino empeoramiento del amigo y ciudadano ejemplar, que era conocido por todos. El 24 de diciembre, a la edad de 82 años, Jack espiró su último aliento, rodeado de amigos y familiares en el hospital de Sant Michael, y finalmente expiró, con una sorprendente sonrisa. Todos lloraron durante semanas, incluso meses, la terrible perdida. El icono de la
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familia, el modelo a seguir, había partido a su lugar de destino final. Todos miraban al cielo, sonriendo mientras contenían las lágrimas, deseando que el firmamento, el paraíso, fuese lo suficientemente bueno, para aquella maravillosa persona que iba ahora a sus puertas, en aquel mismo instante. Jack cerró los ojos a las 22:38 de la noche del día 24 de Diciembre. * * *

Cuando Jack abrió lo ojos de nuevo, inicialmente, no pudo entender muy bien, dónde o cómo se encontraba. Las sensaciones que hasta ese momento había tenido, había dejado una huella aparentemente imborrable de dolor y sufrimiento en su alma, y le costaba esfuerzo, no dejar de sentir aquel tormento llamado cáncer. Para su sorpresa, la sensación, fue lentamente desapareciendo, como un hielo que lentamente se disolvía en agua templada. Todo quedó en silencio, como un eco que lentamente perdía fuerza y desvanecía en el horizonte, y su dolor, o lo que él pensaba que era su aflicción, simplemente despareció totalmente. Algo extraño, como una suave vibración, mantenía su cuerpo pegado a una suave, esponjosa y sedosa cama, donde lentamente tomaba consciencia. Todo era luz blanca, una luz brillante aunque no deslumbrante, que iluminaba excepcionalmente, hasta donde llegaba la vista. La extraordinaria luminosidad, lo envolvía todo, aunque sin dejar demasiado claro de dónde venía. Era como si todo estuviera iluminado, como si todo brillara desde su interior, y a la vez estuviera expuesto a un inmenso sol blanco perfecto. Jack se encontraba en una amplia sala, de paredes blancas lisas, sin ninguna ventana ni puerta. Tan solo cuatro muros de una altura difícil de calcular, y un techo que parecía no serlo. A priori, Jack pensó que realmente no existía tal techo, puesto que era de un color algo
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diferente a todo lo demás. Era de color azul clarísimo, tan precioso como familiar, que tan solo había visto en los tonos que llevaban los bebes masculinos, cuando las mamás se empeñan en vestirlos de un azul tan peculiar. Después de mirar hacia los lado, se miró a sí mismo, intentando descubrir el por qué sentía su cuerpo de nuevo. Podía notar el movimiento de sus manos, el calor del entorno, la tela que cubría su cuerpo desnudo. Después de todo, no era un espíritu que flotaba en el aire, sino un hombre, con un cuerpo real, como el que siempre había tenido. Aquello desconcertó a Jack, que siempre había pensado que en el reino de los cielos, los cuerpos físicos desaprecian, para que las almas viajasen al lado de Dios. No encontraba ninguna explicación lógica. - Ya puede levantarse, si lo desea. – Dijo una melodiosa voz, al lado de Jack. Jack inicialmente se asustó, buscando a su alrededor la procedencia de aquella suave y musical voz masculina. Pero al girar su cabeza de un lado, descubrió que un hombre blanco, de una altura considerable y vestido con un perfectamente planchado traje blanco, se encontraba a su lado, sonriéndole agradablemente. Jack juraba que segundos antes, no estaba allí. - Puede hablar, no tiene de qué preocuparse. – Dijo el sonriente hombre. - ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? –Preguntó Jack, tan confundido como desorientado. - En el cielo, por supuesto. – Dijo el hombre de blanco. - Pero pensé que… - ¿Que pensó?
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- Que el cielo era de otra forma… que nosotros seríamos de otra forma. – Dijo Jack, palpándose el cuerpo, como si fuese la primera ver que lo tocase. - Es habitual llevarse una sorpresa. Después de todo, piense que todo lo que cree saber, se lo han descrito o relatado meras historias o leyendas. – Concluyó el hombre de blanco, sin dejar de sonreír. - Sí, pero… creía que nuestro cuerpo se quedaba en la tierra. - Eso, el lo primero que casi todo el mundo dice al llegar aquí. – Dijo el extraño hombre, lanzando una jocosa carcajada. Jack esperó una explicación del hombre de blanco, mientras se incorporaba en su suave cama, mirando a su alrededor de forma nerviosa. Nada parecía lo que debería ser. Todo era tan diferente a lo que siempre había creído, que por un momento, pensó que se encontraba en otro lugar. - No se preocupe, está usted en el cielo. Lo que ocurre, es que el cielo después de todo, no es del color y forma que usted creía. – Dijo el hombre de blanco, intuyendo sus preguntas. Jack se quedo paralizado de la sorpresa ¿Era posiblemente que las hubiera escuchado en su mente? - No le entiendo. – Dijo finalmente, Jack. - Por eso está usted aquí, para entender y comprender. Jack estaba cada vez más confuso, y miles de preguntas comenzaban a acumularse peligrosamente en su cabeza. Instintivamente, miró hacia el cielo, y pudo observar que a medida que sus ojos comenzaban a adaptarse a la gran luminosidad del entorno, se dio cuenta de que el cielo de la habitación, se extendía en todas direcciones. El cielo era de un azul claro, realmente precioso.

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- A sí, se me olvidaba, lo segundo que debe saber, es que el cielo no es blanco, sino azul. La mayoría, espera un buen montón de nubes blancas, con un cielo iluminado por un sol amarillo, con querubines y cosas así…, y no se puede estar más lejos de la realidad. Jack se quedó perplejo. Aquello no podía ser más diferente de lo que había creído toda su vida. El cielo, después de todo, ni tenía nubes, ni ángeles volando, ni trompetas con música celestial. Aquel lugar no se parecía en nada al cielo que había creído, por el que había rezado, incluso por el que toda su vida había soñado. - Pero… - Comenzó a decir Jack, intentando dar rienda suelta a sus incesantes y efervescentes preguntas. - Tranquilo, no hay razón para que sature su mente, de ideas e información, que ahora distaría mucho de tener sentido para usted. – Dijo el hombre de blanco, asintiendo levemente con la cabeza, sin dejar de sonreír agradablemente. Jack se incorporó totalmente, y pudo contemplar su cuerpo desnudo bajo la fina tela que le cubría. Ahora sus manos, eran perfectas y sin arrugas. Su cuerpo parecía el de un hombre de no más de veinte o veinticinco años. Su cuerpo latía con fuerza, y sus músculos estaban tersos y fibrosos. Estaba completamente joven, de nuevo. Instintivamente, se llevó las manos a la cara, esperando encontrar su rostro, tenía miedo de encontrar otros rasgos, otra persona en él. Pero, efectivamente, era él mismo. Era su inconfundible cuerpo. Jack sintió vergüenza al contemplar su cuerpo desnudo, pese a la excelente forma en la que se encontraba. Sintió que su piel se le erizaba, al sentir como los sentimientos enfrentados en su interior, luchaban por vencer. El ansia de conocimiento, ganó finalmente a la absurda vergüenza de la desnudez, al entender que en el lugar donde se encontraba, en el cielo, era bastante tonto preocuparse por algo así.
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El hombre de blanco, nuevamente intuyó las preguntas que comenzaban a acumularse en la mente de Jack, y se adelantó, extendiendo la mano derecha, para que Jack la tomase. Parecía que debía comenzar a caminar a su lado. Jack le miró dudando de qué debía hacer, y el hombre de blanco sin dejar de sonreír en ningún momento, le indicó con un gesto, que debía tomarle de la mano. - Querido amigo, si lo que busca es la verdad, hay algo que debe tener presente por encima de todo. – Dijo enigmáticamente el hombre de blanco. - Ya lo sé. Una irresistible pasión por su búsqueda. -dijo Jack, convencido de ello. Su corazón latía desbocado, y todo su cuerpo parecía más vivo que nunca. Las emociones comenzaban a saturar su mente, y estaba ansioso por saber toda la autentica verdad. - No, una incesante disposición a reconocer que puede estar equivocado. - Respondió el hombre de blanco, sin descuidar su alegre y encantadora sonrisa.

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CAPITULO 2

“Elías”

Erase también una vez, un hombre extraño, difícil de definir, y cuanto menos, curioso. Elías era lo que podríamos definir como un guía, pero la mayoría nombraba como ángel de la guarda nada más verlo. Ese era el nombre que todos le daban nada más asignarle, y comprender que debían caminar a su lado, por el nuevo sendero que se les presentaba. Elías era un ser de luz, pero adoptaba una forma humana para poder trabajar y realizar otras tareas. Su aspecto, era muy similar al de un hombre de treinta años, de tez y pelo moreno, cuerpo atlético y un rostro realmente bello. Elías era maravillosamente guapo, y no era porque lo había decidió así, sino porque era un ser de luz, que emanaba por todos sus poros una belleza sin igual. No importaba el aspecto que eligiese para desempeñar sus funciones, pues siempre sería tan precioso como esbelto. En su interior había tanta belleza, que era difícil de contener.

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Su trabajo había sido eterno, y no en el sentido figurado, sino también en el literal. Su incansable y constante trabajo había ayudado a muchos de los hombres y mujeres que le eran encomendados, para realizar la labor final, el objetivo por el cual existían. Porque el trabajo de Elías no era fácil, como cabría esperar. Su labor principal la mayor parte del tiempo, era esperar; y después, escuchar de sus superiores el nombre del siguiente en la larga e interminable lista. A lo largo de los milenios de trabajo y dedicación, Elías tenía tiempo de sobra para sí mismo, y sus placeres personales, puesto que muchas veces la espera era extremadamente tediosa. Podrían pasar cientos de años, quizás más, hasta que su nombre era invocado, para que tomara a un recién llegado que debía guiarse por el buen camino. Hoy, era uno de esos días. Elías se encontraba meditando, con un circulo de fuego a su al redor. Las llamas recorrían toda la estancia, como si buscase todos y cada uno de los recovecos de las limpias y blanquecinas paredes de la estancia. La habitación que Elías había decidido utilizar hoy, era de construcción árabe, y sus formas eran perfectas. Le encantaba descubrir nuevas arquitecturas humanas, y utilizarlas para sus complejas meditaciones. En ese momento, su nombre fue invocado, y sus ojos se abrieron, absorbiendo las llamas a través de ellos, dejando la estancia total y completamente limpia. No quedaba rastro de nada, que no fueran las cuatro paredes, y las ventanas circulares con vistas al vacío. Se levantó lentamente, mientras miraba hacia el cielo, esperando el momento oportuno. Cuando todo estuvo en su lugar, y se encontraba preparado, desapareció de la fría y aséptica habitación,

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dejando tan solo unas pequeñas marcas de quemaduras, donde una vez estuvo sentado. Después de ochenta y ocho años y catorce días, Elías volvía a tener trabajo de nuevo. ***

En ese momento, Jack caminaba lentamente, siguiendo los pasos del misterioso hombre de blanco. Su caminar, apacible y tranquilo, inquietaba profundamente a Jack, que no terminaba de entender, el por qué de todo lo que estaba ocurriendo. - Creo que no termino de entenderle. – Dijo Jack, intentando discernir las palabras del hombre de blanco que estaba a su lado. El hombre de blanco, le miró sonriente, como si mirara a un niño que está aprendiendo a sumar por primera vez. - ¿No esperará entenderlo todo en un instante verdad? - Pensé que… - Pensó que toda la sabiduría del universo, que todas las preguntas estarían en su mente, simplemente al despertar. Usted simplemente “lo sabría todo”, ¿no es así? – Dijo el hombre de blanco, lanzando una carcajada. Indudablemente lo estaba pasando bien. Jack pensó que de nuevo, aquel hombre le había leído la mente, y personalmente, no le gustaba en absoluto. Se sentía profundamente molesto por la falta de intimidad, si todos y cada uno de sus pensamientos, podrían ser leídos con total impunidad. - Sí, la verdad, así lo pensaba. – Dijo Jack, ahora no tan contento. - Es un error muy común.
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- ¿Entonces, qué va a ocurrir? - Pues que aprenderá, pero en orden y con calma. No puede pretender volar, antes de que le crezcan las alas, ¿no cree? – Dijo el hombre de blanco, sin dejar de sonreír. - ¡¿Voy a poder volar?! – Preguntó Jack, sorprendido por el símil utilizado por él. No era tan descabellado, pues Jack pensaba que las almas volaban libres en el reino de los cielos, junto a los ángeles y otras almas agraciadas. Siempre había imaginado un lugar, donde las almas simplemente flotaban en un paraíso maravillosamente bello, donde la felicidad era absoluta. Pero, esta fría habitación con un cielo infinito, no era ni mucho menos, el cielo en el que tanto había creído. Nada era como debería ser, y su frustración crecía, a medida que todas sus ilusiones se derrumbaban sin control. - Podrá usted hacer lo que desee, sin límite, sin mesura. Pues aquí tendrá, la libertad absoluta para ello. –Dijo el hombre de blanco, enseñando bajo la amplia sonrisa, unos dientes perfectos, blancos y extremadamente limpios. Parecía que ahora comenzaba a mirar a Jack de otra manera. El hombre de blanco se detuvo en la puerta, y miró a Jack fijamente. Su rostro cambió de expresión, y dejó de sonreír. Jack le miró sorprendido, esperando que le dijese qué pasaría ahora, aunque era evidente que la puerta sería su siguiente paso. El enigmático hombre de blanco, levantó su mano, indicándole con un simple gesto, que debía continuar, y al parecer solo. - ¿Yo solo? - Preguntó Jack, con una sensación extraña en su estómago. Tenía miedo.
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Jack pensó en ese momento, que la sensación de miedo, el fácilmente reconocible efecto del terror en su cuerpo, era exactamente igual al que le producía tal sensación en el mundo terrenal. Pensaba que en aquel lugar, en el cielo, esos sentimientos, esas sensaciones no volverían nunca. Aquello le sorprendió tanto, que su temor se incrementó enormemente. Su corazón, si es que era un corazón, ahora latía desbocado. - No tengas miedo, no hay nada que temer. El desconocimiento produce un efecto curioso en cada uno de los que pasan por este trance. Es normal. - ¿Es normal sentir miedo en el cielo? –Preguntó Jack, profundamente afectado. Aquello distaba mucho, del cielo que creía conocer. - ¿Es normal sentir miedo a lanzarse de un rascacielos y volar por primera vez? – Dijo el hombre de blanco, volviendo a sonreír. Jack que se quedó pensativo. El hombre de blanco nuevamente tenía razón. Siempre que se realiza un trabajo de riesgo por primera vez, el miedo y las dudas hacen acto de presencia. Aún podía recordar cuando trabajaba en la construcción, y debía estar a muchos metros de altura, suspendido tan solo por una cuerda y todo el valor que podía reunir. El hombre de blanco, continuaba con la mano extendida, indicándole que pasara a través de la puerta blanca. Su sonrisa no perdía intensidad, y le miraba en silencio. - ¿Qué hay al otro lado? –Preguntó Jack, cada vez más nervioso. - El inicio del camino. - ¿El camino de la sabiduría?
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El hombre de blanco, parecía que fuese a reírse de un momento a otro, pero se contuvo, tensando sus músculos de la cara, intentando que no se notase. Jack le miró profundamente enfadado, sintiéndose como un niño que necesitaba imperiosamente saber todas las respuestas inmediatamente, pero en cambio no obtenía nada. Tan solo misterios, y más misterios absurdos. El hombre de blanco, parecía no querer responder a nada más, y simplemente esperaba a que cruzase la puerta. Jack desistió de insistir, al ver que sus preguntas caían en un inútil saco roto. En su interior, un miedo, un temor, creía de forma desmesurada, mientras su frustración al no entender absolutamente nada, comenzaba a inquietarle profundamente. Aquel no era el cielo que él había creído, y le costaría más de lo que creía, desprenderse de todas esas creencias arraigadas en su mente, que durante años había dado por hecho. Jack pudo ver la puerta de cerca, a medida que caminaba dubitativamente hacia ella. Era una puerta de madera corriente, pintada de blanco, como tantas que había visto en toda su vida. Juraría que aquella en particular, era un modelo estándar de las que se ponían en todas las habitaciones durante la época de los 60. Era algo muy extraño, pues hacía ya más de 30 o 40 años que no se fabricaban. El hombre de blanco, movió el brazo ligeramente, indicándole que debía abrirla y continuar. Jack en cambio, estaba tan consternado y confuso, que esperaba ya cualquier cosa al otro lado. Finalmente, y después de dudar unos eternos y angustiosos segundos, Jack decidió abrirla y enfrentarse a su destino, fuese cual fuese. Después de todo, éste era el cielo, y estuviera lo que estuviera al otro lado, solo podía ser algo bueno. El miedo que le hostigaba el corazón y el alma, debía ser una de las primeras cosas que debía superar, para poder evolucionar e ir al lado del señor.
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Lo único que creaba una cierta duda, una mancha oscura en lo más profundo de su corazón, era el por qué de esta evolución obligatoria, y el por qué de tanto secretismo. Pero, Jack, pensó que eso debía ser parte del misterio divino, que pronto conocería. En algún momento, todas sus dudas y todos sus miedos desaparecerían, y entendería el motivo de todo lo que le estaba ocurriendo. Jack sonrió, al pensar que debía parecer un niño asustado, al encontrarse frente un armario, donde por algún motivo, pensaba que debía encontrarse una especie de monstruo del armario. Se avergonzó de sus dudas y sus temores, al ver que estaba realmente en el cielo, y aquí no podría pasarle nada malo. Todo tenía un significado, solo que aún él, no lo entendía. Jack y el hombre de blanco se miraron, y Jack le sonrió, comenzando a aceptar su situación. El hombre de blanco, le devolvió una amplia sonrisa, y giró su cabeza, señalando la puerta. Deseaba que Jack pasase y iniciase su largo viaje. Jack tomó el pomo cromado, y lo giró hacia la izquierda. Un suave clic abrió el pequeño pestillo, y liberando la puerta de su cierre. Una suave luz, emanaba del interior, como si se hubiera encendido tras la puerta un sol potentísimo. Jack dudó por un momento de continuar, pero la suave mano del hombre de blanco, se posó sobre su hombro, y le susurró algo. - Cuanto más tardes en salir, más tardarás en comenzar a entender. ¿Eso es lo que deseas? - No… por supuesto que no. – Dijo Jack ahora más decidido. Si tras aquella puerta, estaba el conocimiento, Jack caminaría ahora con más decisión. Sus miedos, sus temores y preocupaciones, debían diluirse al otro lado, para llenarse de verdad, conocimiento y luz. Pues el alma de Jack, ahora corroída por la duda y las millones de
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preguntas, necesitaba entender dónde y qué era aquel lugar imperiosamente. Necesitaba saber cómo era el cielo, y cuál era su papel en él. Jack abrió la puerta con decisión y finalmente la luz le deslumbro, como si toda la luminosidad allí contenida, fuese al fin liberada. Jack fue rodeado de luz, y su cuerpo, hasta ahora desnudo, fue cubierto por unas ropas blancas. Una camiseta ceñida blanca, y un pantalón de una tela muy similar al lino. La ropa era extremadamente cómoda y flexible, como si hubiera sido hecha a medida para él. En ese momento, reconoció la ropa, que durante años había llevado cómodamente para trabajar en las duras jornadas de verano en la construcción. Aquella ropa era suya. La luz se fue atenuando, o posiblemente los nuevos ojos de Jack se acostumbraron a la luminosidad del exterior. Jack no sabía si las cosas ocurrían por que el se adaptaba a ellas, o se adaptaban para él, y eso, era algo que le inquietaba, pues era parte de este cielo, que no encajaba con el cielo cristiano que durante toda su vida había creído. Jack dejó a un lado esos pensamientos, para poder observar a su alredor. Su corazón latía con fuerza, y su cuerpo parecía sentir una suave brisa, como si allí corriese un ligero viento de frente. El espectáculo, fue francamente sobrecogedor. Hacia la derecha y la izquierda, había toda una hilera infinita, por llamarla de alguna manera, de miles de millones de puertas alineadas perfectamente, en un muro blanco perfecto sin fin. Era como su fuese un inmensa e interminable calle de puertas similares, por las que salían toda una ingente cantidad de hombres, mujeres y niños, como él. El cielo azul sin nubes, del interior de la habitación de donde había salido, se extendía en todas direcciones, difuminándose en un
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horizonte sin fin. La estancia, o llanura que se extendía desde las puertas hasta el infinito, estaba pavimentado con unas inmensas losas de mármol azul claro, brillantes y perfectamente pulidas. La gente salía de las diferentes puertas, y caminaba dubitativamente, como si no entendiera qué estaba ocurriendo. En ese momento, Jack se percató de que al igual que él, miles de personas se encontraban en la misma situación, encontrándose en el cielo que nadie parecía entender. Frente a él, a unos escasos metros, un hombre estaba sentado sobre el azulado mármol, observándole con detenimiento. Aunque era realmente bello y emanaba un aura de luz preciosa, el susodicho, vestía una ropa que a Jack le chocaba profundamente. Una chaqueta de cuero vieja, unos vaqueros desgastados y unas botas camperas negras, daban a aquel hombre, un aspecto de motero duro de la vieja escuela. El peinado hacía atrás, con el pelo engominado y brillante, y la perilla fina y bien afeitada, le daban un aspecto de hombre rudo y absolutamente fuera de lugar en este sitio. Jack miró a su alredor, y vio que cada persona, que cada ser humano que surgía de su puerta correspondiente, tenía frente a si a otra persona, que le esperaba con una bonita sonrisa en el rostro, a cada cual vestido y peinado de muy diversas maneras. Algunos iban con un impecable traje, otros en ropa informal, y algunos con forma femenina, parecían que fuesen a una fiesta de lujo, debido a sus impresionantes vertidos largos. - Hola. Mi nombre es Elías. – Dijo agradablemente, el rudo hombre sentado en el suelo. - Hola… - Articuló torpemente Jack, ofuscado por el espectáculo que veía a su alrededor. Era imposible, no fijarse en la ingente cantidad de personas que al igual que él, surgían de las puertas, con el mismo rostro asustado y dubitativo.
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- No te preocupes por ellos. Todos tenéis un guía para el comienzo del viaje. – Dijo el hombre, levantándose ágilmente del suelo, para erguirse en su totalidad. El hombre, le miraba fijamente, como si pudiera leer su alama o ver a través de él. Su voz era firme y segura, y emanaba autoridad por todos sus poros. Su aspecto rudo y agresivo, chocaba con todo lo que esperaba ver en el cielo, y Jack no podía estar más confuso. - ¿Un guía? – Preguntó Jack, mirándole fijamente, intentando describir qué era aquel ser. - Sí, por supuesto. Debemos arreglar un par de cosillas, antes de continuar a la siguiente fase. –Dijo jocosamente Elías, ahora menos serio, regalándole una breve sonrisa. El guía como se autodenominaba Elías, parecía divertirse con Jack y sus preguntas. - ¿Siguiente fase? No le entiendo… - Es mejor que no lo sepa, o arruinaré la sorpresa. –Dijo Elías, acercándose a Jack, para observarle de cerca. Parecía que éste, podía analizarle con solo mirarle, y eso le molestó a Jack, que se sentía juzgado en silencio. - Pero… - Comenzó a decir Jack, pero un grito le interrumpió. Hasta ese momento, Jack no se había percatado de que pese a la inmensa cantidad de gente, casi nadie hablaba o decía nada, el silencio más sepulcral lo llenaba todo. Era algo extraño, ya que las miles de personas que allí se encontraban, charlaban ahora con sus respectivos guías. El grito provenía de una de las habitaciones más cercanas, la segunda puerta por su derecha, e inmediatamente se giró para observar qué ocurría. Un hombre, salía despavorido del interior, cayendo pesadamente sobre el suelo, para mirar nerviosamente a su alrededor. Sus ropas eran las de un militar, posiblemente de un país sudamericano,
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dado la fisonomía de su cara y color oliva anticuado del uniforme. Aquel hombre estaba aterrado, y huía como alma que lleva el diablo del interior de su habitación. - ¡No! ¡Aléjate de mí! –Gritaba el aterrado soldado, mirando hacia su espalda, como si alguien le persiguiera. Efectivamente, alguien surgió de la habitación, pero no era un monstruo o un ser aterrador, sino una niña de no más de quince años, que sonreía afablemente. El soldado no parecía importarle quien fuera, pues continuaba arrastrándose por el suelo, tropezándose una y otra vez consigo mismo, de manera extremadamente torpe. Su rostro estaba desencajado por el miedo, y al ver a Jack, comenzó a acercarse a él, arrastrándose por el suelo como un animal. - ¡Ayúdame! ¡Por favor, sálvame! – Gritaba el soldado, implorando ayuda a Jack. Jack quiso acercarse, pero Elías se lo impidió, sujetándole firmemente del hombro. Su rostro ahora serio, le miraba fijamente, haciéndole entender que no debía moverse. - No te muevas. – Ordenó Elías con firmeza. - Pero... ese hombre… -Dijo Jack, sin perder de vista al aterrado soldado, que parecía arrastrarse por el suelo, sin avanzar ya en ninguna dirección. Una fuerza misteriosa, le había dejado atascado sin poder liberarse de unas ataduras invisibles. La niña, elegantemente vestida y bien peinada, llevaba un ceñido vestido corto blanco decorado con flores muy vistosas, y unos relucientes y especialmente bonitos pendientes, además de una diadema de brillantes piedras. Estaba descalza, y miraba al hombre con absoluta normalidad, como si en realidad ni estuviera allí.
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- ¡Que alguien me ayude! ¡Socorro! – Gritaba desesperadamente el soldado, intentando inútilmente liberarse de las ataduras. Su desesperación era tan grande como sobrecogedora. La imperturbable niña, se detuvo a escasos metros de él, observándole con absoluta indiferencia. Jack se asustó de aquella menor, que era la viva imagen de la frialdad más absoluta. Su ojos, inertes y heladores, miraban a aquel hombre que se intentaba liberar torpemente de las mágicas ataduras, totalmente invisibles. - ¿Qué ocurre con ese hombre? ¿Por qué esa niña…? –Intentó decir Jack, cada vez más asustado. - El destino de ese hombre, no te incumbe. –Dijo secamente Elías, indicándole con un gesto a la niña, que debía hacer algo. La niña miró a Elías, como si fuese invisible, sin expresar absolutamente nada en el rostro. Por un momento, Jack pensó que aquella niña en realidad era una especie de muñeca o figura de cera. La niña finalmente asintió con un ligero movimiento de cabeza, y se acercó al soldado, que ahora la contemplaba profundamente aterrado. Comenzó a gritar, como un animal que llevan al matadero, implorando ayuda a todos los que estaban cerca de él, sin demasiado éxito. Todos los que le escuchaban o estaban lo suficientemente cerca como para entender sus gritos, estaban retenidos por sus respectivos guías. Nadie se movía. Jack intentó liberarse de Elías, para salir al encuentro del pobre soldado, que parecía que fuese a ser asesinado a sangre fría en ese mismo instante. - He dicho que no te muevas. – Ordenó secamente Elías, apretando su mano sobre su hombro, reteniendo con firmeza a Jack. Continuó hablando: – ¡Enoias, llévatelo de aquí antes de que lleguen! – Dijo Elías, señalando a la niña, que debía hacer algo inmediatamente.
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La niña, por una vez sonrió, al escuchar las palabras de Elías. Parecía que se divertía de alguna manera con aquello, y ese mero pensamiento, aterró a Jack, que se mantenía temblando observando todo lo que acontecía. ¿Antes de que lleguen? ¿Qué llegue quién? ¿Quién venía a por aquel pobre soldado, que aullaba por su vida como un triste animal? ¿Qué le daba tanto miedo? Y… ¿Por qué se reía aquella niña de esa manera de este pobre hombre? La respuesta no se hizo esperar. Antes de que la niña, caminado lentamente de forma premeditada o no, llegase hasta el soldado, que se debatía en el suelo por su libertad, dos sombras formadas por una especie de niebla o humo de color rojo brillante, hicieron acto de presencia, y se materializaron a medio metro del soldado. Aquella visión fue la gota que colmó el baso del pobre soldado, que ahora pataleaba, gritaba y se removía como un animal herido de forma brutal. Jack lo miraba paralizado por el miedo, mientras sentía la mano de Elías, reteniéndole de forma segura. Por algún motivo, que no llegaba a entender, no podía ayudar a aquel hombre. - ¡No! ¡Sácame de aquí! ¡No dejes que me toquen! – Imploraba el soldado a Jack, llorando desconsoladamente como un niño. Su voz desgarrada y llena de terror, encogió el corazón de Jack de tal manera, que por un momento sintió que se mareaba. - He dicho, que no te muevas. – Volvió a repetir Elías, visiblemente molesto por el comportamiento de la niña, que no dejaba de sonreír. El soldado miraba hacia todas las direcciones, esperando que alguien pudiera ayudarle. Era inútil. Todos estaban en su lugar, y nadie
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se movía. Al ver que Elías tenía retenido a Jack con mano férrea, entendió que sus plegarias no serían atendidas por nadie. - ¡No lo entiendes! ¡Todo es mentira! ¡Este no es…! –Intentó decir el soldado, pero su boca quedó sellada. Movía sus labios, pero no surgía ningún sonido por ellos. Las sombras, que lentamente tomaban una cierta forma, aunque no muy concreta, tomaron al desdichado y aterrado soldado, que se removía intentando liberarse, y lo elevaron un metro. Lo que parecían sus brazos o extremidades, rodearon a aquel hombre, y lo comenzaron a rodear, hasta que su cuerpo fue totalmente cubierto, formando una especie de bola de energía sólida de color rojo brillante. Después, simplemente se elevó en el cielo, y desapareció en la inmensidad del mismo. Elías soltó el hombro de Jack, que curiosamente no le dejó ninguna secuela. Parece que su nuevo cuerpo, era más resistente y soportaba mejor el dolor, si es que podía sentirlo físicamente. Jack buscó la bola de energía roja en el cielo, y no la encontró. Había desparecido completamente. Elías se acercó a la niña y dándole la espalda a Jack premeditadamente, le susurró algo al oído de ésta, que le hizo cambiar radicalmente de expresión. Inmediatamente, la niña miró a Jack fugazmente, y se dio la vuelta cabizbaja, para desparecer de nuevo en la blanca y aséptica habitación. Parecía, que las palabras de Elías habían hecho el efecto deseado, sea cual sea, y ahora parecía profundamente avergonzada de su forma de actuar. Jack observó toda la escena, sin entender qué había ocurrido con ese pobre soldado, y el porqué del extraño comportamiento de aquella niña, que le producía un gran desasosiego. Su cuerpo quizás no

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sentiría físicamente las cosas como antes, pero su corazón, su alma, sufría y tiritaba de miedo ante tal terrible suceso. Aquel no eran ni remotamente el cielo que jamás hubiera soñado, y algo en su interior, le decía que saliera huyendo como alma que lleva el diablo. Jack pensó que la pregunta del millón era: ¿por qué? Elías se giró para encarar a Jack, y soltando un suspiro, volvió a sonreír, como si no hubiera pasado nada. Parecía que aquello, no había sorprendido al guía, por lo que debía ocurrir con más frecuencia de la que pensaba. - Creo que es hora de continuar. –Dijo Elías, evitando el tema premeditadamente, con total tranquilidad. - ¿No me va a comentarme nada de lo ocurrido? – Preguntó Jack, totalmente desconcertado, intentando ordenar su mente. - Es mejor que no lo sepa. –Dijo amablemente Elías. - ¿Cómo que es mejor que no lo sepa? ¡No le entiendo! ¡No entiendo nada! – Gritó Jack, profundamente afectado y molesto por lo ocurrido, agotado de tanta falta de información. Elías le miró con una alegre sonrisa, y comprendiendo que Jack no daría su brazo a torcer fácilmente, intentó buscar las palabras adecuadas para explicar lo ocurrido. Los segundos de silencio que precedieron, inquietaron aún más a Jack, si ya era posible. - Ese soldado, ha acabado su camino, y ahora ha ido al lugar que le corresponde. –Dijo escuetamente Jack, evitando entrar en demasiados detalles. - ¿El lugar que le correspondía? ¿El infierno? –Dijo Jack, intentando encontrar una explicación convincente, al sufrimiento de aquel soldado.
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- Sí, algo parecido. – Dijo enigmáticamente Elías, sin dejar de sonreír. No parecía que fuese a entrar en detalles. Jack se quedó esperando una explicación, que por algún motivo, no llegó. Elías se mantenía esperando, observando apaciblemente a Jack, sin estar lo más mínimo afectado por lo ocurrido. Aquello, inquietó profundamente a Jack, que no dejaba de recordar esos fatales últimos segundos de aquel pobre hombre. ¿Eso es lo que les esperaba a las almas malvadas? ¿Ese era el destino para los soldados y asesinos despiadados?

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CAPITULO 3

“El inicio del camino”

- Debemos movernos. Hay que dejar sitio para el siguiente. – Dijo Elías, señalando con su mano que le acompañara en una dirección. Jack aún consternado y nervioso, miró hacia la llanura de baldosas azuladas, que se perdía en la inmensidad, mezclándose con el claro y limpio cielo azul. No parecía que hubiera nada en miles de kilómetros a la redonda. - ¿No vas a explicarme nada de lo ocurrido? ¿Así es como funciona todo en éste lugar? – Preguntó Jack, cada vez más molesto por la total y macabra falta de información. Elías le miró, y lanzando un suspiro movió la cabeza de forma negativa. No parecía muy dispuesto a hablar sobre el tema, y Jack estaba desconcertado por el extraño secretismo que lo rodeaba todo. Todo lo que siempre había creído a lo largo de su vida, se estaba
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desmoronando lentamente frente a él, sin entender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. - No puedo hablar sobre ello. – Dijo simplemente Elías, evitando nuevamente dar más información. Su rostro no dejaba de sonreír, y Jack comenzaba a cansarse de tantas evasivas absurdas. Por un momento, un sentimiento muy parecido a la rabia, comenzaba a fermentarse en su interior, y por un momento estuvo a punto de perder los papeles con aquel sonriente “motero”. - ¿No puede hablar sobre ello, o no quiere? – Preguntó Jack, de forma ácida, intentando que Elías finalmente cediera. - Sinceramente, no puedo hablar sobre ello. – Dijo enigmáticamente Elías, ahora algo más serio. No parecía que le hiciera gracia que insistiera una y otra vez. - Pero ese hombre… - Comenzó a decir Jack, pero Elías le interrumpió. - Tenemos mucho trabajo por delante, no te despistes con problemas ajenos, que no te incumben. – Dijo con firmeza. - ¿Qué no me incumben? – Preguntó Jack perplejo. - Absolutamente no. – Dijo Elías, señalando con su mano, la dirección a tomar en la inmensa llanura. Jack se percató de que las personas como él, que habían salido de sus respectivas habitaciones, comenzaban a caminar de forma ordenada y en silencio, junto con sus correspondientes guías. Todos miraban a su alrededor, entre asustados e incrédulos, como si nadie entendiera qué estaban haciendo en aquel lugar. Los guías, en cambio, señalaban de forma tranquila y con una alegre sonrisa, que les siguieran, por el camino que éstos les habían señalado.
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- ¿Todo va a ser así? ¿Lleno de secretos y sin que nadie nos cuente nada? – Insistió Jack, sin moverse de su sitio. Su aptitud ahora había cambiado radicalmente, y no estaba dispuesto a continuar sin saber qué ocurría. Jack siempre había sido un hombre que necesitaba saber, para poder tomar una decisión o elegir un camino. Siempre se había considerado un hombre lógico, cabal y sincero, y es lo mínimo que esperaba de Elías. - Todo se aclarará a su debido tiempo. ¿No le han dicho que no debe insistir en correr inútilmente? - ¡Esto no tiene que ver nada con correr! Ese hombre estaba sufriendo, implorando por su vida como un animal. – Dijo Jack, cada vez más enfadado. - Ese hombre no le incumbe. – Dijo Elías, cada vez más serio, visiblemente cansado de la insistencia de Jack. - ¡Maldita sea! ¡Claro que me incumbe! ¡Me ha pedido ayuda y ni me ha permitido ayudarle! ¿Qué clase de sitio es este que no permite a un hombre ayudar a un hermano? –Gritó Jack, sorprendiéndose a sí mismo con la valentía que le era característica. Nunca había sido una persona que apartara la vista de las desgracias ajenas, y esta, no sería la primera. No estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente, después de ver lo ocurrido con aquel pobre soldado. - No le podía ayudar. Su destino ya estaba sellado. –Dijo con sequedad Elías, ahora con otro tono de voz mucho más fría. Pese a todo, no levantó la voz ni un solo tono. - ¡Aunque fuese un monstruo asesino, o un carnicero soldado, ¿no merecen todos los hombres ser escuchados y perdonados ante Dios?! ¿No es Dios perdón y amor infinito? – Dijo Jack,
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profundamente afectado y enfadado, encontrando una explicación a todo lo ocurrido. Elías miró a Jack, como si le analizase, o como si estuviera sopesando la respuesta a darle. Su rostro frío y serio, parecían más el de un bellísimo muñeco de una escultura hecha de cera perfecta, que el de una persona de carne y hueso. Ahora que lo veía bien, el aspecto de Elías le parecía exactamente igual al de la niña que había aparecido en la habitación contigua. ¿Serían el mismo tipo de ángel? ¿Los ángeles son guías? Pensó Jack, observándole detenidamente. - Su destino era el olvido. Su alma necesita purificarse en las llamas de los pozos de fuego del nivel más bajo. Su vida ha sido encomendada a la muerte y la destrucción, y tan solo ahora ha implorado perdón, cuando se encontraba en el borde del abismo. Si le hubieras tocado, el abismo te hubiera absorbido con él. – Explicó Elías - ¿En los pozos del nivel bajo? ¿El infierno? – Preguntó Jack, temiendo la respuesta. - Algo así.- Dijo secamente Elías. - ¿Algo así? – Preguntó aterrado Jack. - No insista, no puedo contarle más. Ya he hablado demasiado. –Dijo Elías, mirando en todas direcciones, como si alguien pudiera estar escuchándole. Aquel atisbo de sentimientos ocultos y disimulados, en la voz de Elías, desconcertó profundamente a Jack, que le miraba totalmente sorprendido. ¿De qué podría tener miedo? Jack comenzaba estar tan desconcertado como molesto. Entendía que el infierno pudiera ser el destino de las almas malvadas, así lo había entendido durante toda su vida. Pero también esperaba que esas almas, tuvieran la oportunidad de redimirse, aunque fuese en el último momento, intentando encomendarse a Dios y arrepentirse
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sinceramente de sus pecados. Aquel hombre, que minutos antes de arrastraba por el suelo como un animal que huía del matadero, aún retumbaba en su mente, como un atroz eco de dolor y sufrimiento, que era incapaz de olvidar. - Debemos continuar. Debemos dejar este lugar. – Dijo Elías, insistiendo que Jack le acompañase a través de la llanura. Jack se percató en ese momento, que todo se encontraba en silencio, y no había absolutamente nadie en toda la extensa llanura de preciosas baldosas azules. Todos los que habían surgido de las habitaciones, se habían ido ya con sus guías, para emprender el misterioso y enigmático viaje. Tan solo Jack y Elías, se mantenían en su lugar. En ese momento, las puertas situadas en la larga pared que desaparecía a ambos lados, comenzaron a brillar, como si en su interior estuviera ocurriendo algo. Jack pensó que quizás habían llegado nuevas personas al cielo, como él, y estaban despertando en sus respectivas camas. Era evidente, que debía empezar a caminar. - Este ya no es nuestro lugar. Vamos. – Repitió Elías, señalando lo evidente. Jack, entendió que Elías tenía razón, y debí dejar que los recién llegados tuvieran el recibimiento adecuado, sin que él fuera una molestia. Varios guías a lo largo de las puertas, se materializaron enfrente de cada una de ellas, para esperar pacientemente. - ¿Hacia donde iremos? Todas las direcciones parecen ir a ningún sitio. – Dijo Jack, sin dejar de observar a los curiosos y variopintos guías, que comenzaban a situarse cada uno enfrente de su puerta. Había miles, quizás cientos de miles.

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- No te fíes de lo que tus ojos ven, al menos no todavía. Esta llanura esconde muchos secretos. –Dijo Elías, indicándole una dirección, que no parecía llevar a ningún sitio concreto. En ese instante, un hombre, vestido con un precioso e impoluto traje gris, hizo acto de presencia, muy cerca de Elías. Era un hombre alto, de pelo negro como la noche y tez oscura, de cuerpo atlético y un porte elegante. Parecía que hubiera nacido con traje. Su sorpresa al vernos fue tal, que tardó varios segundos en reaccionar. Elías, le miró e hizo un gesto de saludo, a la vez que le regalaba una breve sonrisa. Parecía que los dos se conocían mutuamente. - ¿Elías? ¿Qué haces todavía por aquí? – Preguntó el elegante hombre, con un bellísimo rostro, perfectamente afeitado y un corte de pelo al detalle. - Hola, Onías. Hemos tenido un pequeño problema de adaptación… - Dijo Elías, señalando a Jack, que se mantenía expectante. - Ya… Pues es mejor que os mováis, tengo una asesina de niños como primera asignación, y no va a ser agradable para tu chico. – Dijo seriamente el llamado Onías, refiriéndose indudablemente al que aparecería por la puerta de un momento a otro. - Vámonos. – Dijo Elías a Jack, tomándole de un brazo y comenzando a caminar hacia la llanura. Aceleró el paso, en cuanto comenzaron a caminar a través de las baldosas de color azul, que parecían perderse en el horizonte sin fin. - ¿Ha dicho asesina de niños? –Preguntó Jack, intentando obtener más información de aquella escueta conversación. Elías no le respondió, mientras apretaba el paso.
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- Adiós, Elías. Hasta la próxima. – Dijo el hombre de traje gris, sin levantar la mano. Su voz no parecía expresar nada. - Adiós, Onías. Ha sido un placer verte. –Dijo secamente Elías, sin girarse para despedirse de él. Jack no pudo impedir que inconscientemente, su mirada fuera atrás, y esperar ver quién saldría de aquella puerta. Su curiosidad y su inquieto corazón, siempre habían sido uno de sus puntos débiles, y no podía dejar de deseas a aquel hombre o mujer, que tuviera una final digno. Pensó que quizás, el infierno era el lugar adecuado para purgar los pecados, pero que al final, todos irían al reino de los cielos, después de ser perdonados. Mientras caminaba, tomado de la mano de Elías, la puerta se abrió, y una mujer salía acorriendo de su interior, escapando de algo, totalmente aterrada. Su rostro sudoroso, su rostro desencajado, y su ropa de lo más informal, hicieron que Jack sintiera como el corazón se le encogiese de la impresión. ¿Aquella mujer era una asesina de niños? Jack se percató, que a medida que caminaba en la llanura de baldosas, todo lo que dejaba atrás, iba perdiendo claridad y nitidez, para ser cubierto por una especie de neblina, que lo cubría lentamente. Era como si estuviera adentrándose en una espesa niebla. El sonido, los gritos de la mujer, eran ya totalmente inaudibles y poco a poco, toda aquella escena, desaparecía en su totalidad. La última imagen, aunque no demasiado clara, era la de una serie de formas de color rojizo que se acercaban a la mujer, la cual se encontraba arrodillada ante el trajeado hombre. La imagen finalmente se cubrió de niebla, y Jack pudo mirar al frente, no sin antes sentir el horrible destino que le deparaba a aquella pobre mujer. Jack estaba a punto de llorar, cuando Elías le increpó con la dura realidad.
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- No lo sientas por ella. Ha matado a su marido, degollándolo frente al televisor sin pestañear, después ha ahogando a sus dos hijos en la bañera, y para terminar, se ha suicidado lanzándose por la ventana. – Dijo Elías, puntualizando punto por punto cada palabra. - Dios mío… - Jack, tan solo pudo articular esas dos palabras. Las palabras de Elías habían caído como una bomba en su interior, destrozando todo atisbo de piedad. Aquello fue demasiado para él. Jack siempre había sido un hombre de familia, amante de sus hijos y esposa, y dedicado en cuerpo y alma a su felicidad. Ninguna persona debería jamás quitar la vida a sus hijos, sean como sean y sean quienes sean. Aquella mujer se merecía el infierno, pensó Jack sin dudarlo. - Ya te dije, que es mejor no saber ciertas cosas. – Dijo Elías, soltando el brazo de Jack, para que éste caminase en solitario a su lado. - Indudablemente lo es… - Dijo Jack, paralizado por los hechos realizados por esa mujer. - ¿No quieres saber a donde vamos? – Preguntó Elías. - La verdad es que estoy demasiado impresionado, como para pensar en otra cosa. – Fue la respuesta de Jack. - No te preocupes por el destino de otros. Tienes mucho que trabajar en el tuyo propio, como para malgastarlo en los demás. – Dijo seriamente Elías, sin dejar de caminar. - ¿Malgastarlo en los demás? – Aquella idea distaba mucho de la personalidad de Jack, que siempre se había preocupado por el prójimo, sin importarle el coste. - Si, eso es. Todos tus esfuerzos deben centrarse ahora en tí mismo. –Respondió Elías con contundencia.

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- Sí, quizás tengas razón… no lo se. –Dijo Jack totalmente confundido. Su mente ahora era una hoya a presión, a punto de estallar de ideas, con un profundo malestar que le carcomía por dentro. - Hay muchas cosas terribles que podrías llegar a ver en este camino, y debes estar preparado para ello. – Decretó Elías, dejando a Jack aún más preocupado. - Pero… ¿Cómo es posible? Si esto es el cielo… este lugar es amor… eterno. No lo entiendo. –Dijo Jack, sintiéndose mareado por tales oscuros pensamientos. - Este lugar no es todavía el cielo. Esto es una especie de estación, donde cada cual toma su tren hacia su último destino. –Dijo Elías, sin detenerse en su rápido caminar. Jack tuvo que apretar el paso para seguirle de cerca. - ¿O sea el purgatorio? ¡Esto es el purgatorio! –Dijo Jack, situándose a su lado, acelerando su marcha. - Los cristianos siempre pronuncian esa palabra cuando hablo del símil de la estación. –Dijo Elías, con tono cansado. No parecía que las preguntas incesantes de Jack, le hicieran ninguna gracia. Jack pensó que seguramente todos los que pasaban por su mismo trance de adaptarse al cielo, tan extraño y chocante a la vez, debía acribillar a su guía con cientos de preguntas, casi siempre las mismas. Entendía que Elías, debía estar agotado de responder una y otra vez lo mismo. Aún así, su aptitud tan reservada y misteriosa, inquietaba sobremanera a Jack, sumándose ya a la profunda inquietud que creía por momentos. - ¿Pero es el purgatorio? ¿Lo es? –Insistió Jack, intentando aclarar al menos una cosa en su inquieta mente. - Sinceramente no. Aquí nadie viene a purgar sus pecados o a ser juzgado. Aquí no se hace tal cosa. –Dijo Elías, indicando con su
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mano un nuevo sendero que aparecía frente a ellos, como si las baldosas comenzaran a cambiar de color. Jack se quedó más perplejo por el cambio en la monótona llanura sin fin de baldosas azules, que por la respuesta de Elías sobre la existencia o no del purgatorio. Sus ojos se abrieron como platos, al contemplar un camino de color amarillo, que por un momento le recordó la inconfundible calzada de baldosas amarillas del mago de Oz. El camino, apareció de la nada, creándose mágicamente, construyéndose una a una las pequeñas y rectangulares baldosas amarillas. Las baldosas caían de la nada, uniéndose una a una, para crear un sinuoso camino que parecía descender hacía algún sitio. - ¿Hacia donde vamos? – Preguntó Jack, observando maravillado, como aquel camino, construido con miles de preciosas baldosas amarillas brillantes, se perdía, descendiendo hacia un lugar desconocido, oculto tras una espesa niebla blanca. - Hacia tu primera estación. –Dijo escuetamente Elías. - ¿Mi primera estación? - Sí, tu primer paso, en tu viaje personal e intransferible. –Dijo Elías, señalando con su mano que bajase por el nuevo camino. - Pensaba que tan solo me quedaba un paso para llegar al reino de los cielos. Elías le miró fijamente, y después sonrió como si aquello le hiciera gracia. Era una aptitud que parecía repetirse una y otra vez, y desconcertaba profundamente a Jack, que no terminaba de entender el por qué de tanto secretismo y información tan difusa y poco concisa. Jack no dejaba de pensar que aquel cielo, aquel reino de Dios, era demasiado diferente a todo lo que había creído toda su vida, y cuanto más tiempo pasaba en aquel confuso lugar, más nervioso,
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inquieto y preocupado se sentía. El cielo, el purgatorio, el destino de los que habían hecho el mal, la llanura infinita, y el extraño comportamiento de los guías o ángeles, le chocaban enormemente. Todo era demasiado extraño. - ¿Debo ir solo? – Preguntó Jack, viendo a Elías detenerse en el inicio del camino. - Sí, aunque yo estaré muy cerca. Siempre estoy cerca. – Respondió Elías, regalándole una agradable sonrisa. Jack miró de nuevo al camino, y vio como éste, descendía hacia una especie de valle precioso, que empezaba a dejarse entrever entre la espesa niebla. El valle era de un color verde precioso, y un sol brillante, lo alumbraba de modo espectacular. Jack se quedó perplejo, al contemplar como la niebla se difuminaba lentamente, dejando ver todo el valle en su máximo esplendor. Al girarse para volver a mirar a Elías, éste había desparecido, dejándole totalmente solo. Era evidente, que debía caminar solo. Sin encontrar otra opción, ni ninguna otra posible salida, Jack comenzó a caminar por el camino, y notó que éste comenzaba a desaparecer tras sus pasos, a medida que caminaba. Era una sensación extraña, que parecía que le instaba a caminar sin poder volver a tras. Así, Jack comenzó su primera etapa, del extraño viaje que ya había comenzado.

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CAPITULO 4

“El extraño camino de baldosas amarillas”

Mientras Jack caminaba de forma lenta y dubitativa sobre el brillante y limpio camino de baldosas amarillas, recordaba como había sido su vida en la tierra, y la extraña sensación que no le abandonaba, desde que había “despertado” en el cielo. Sus recuerdos viajaron a su niñez, donde aquel camino, sobre el que ahora caminaba, tomaba mayor sentido, pues no hubo otra película que le hiciera tanto bien durante sus años jóvenes, como el mago de Oz. Y éste, era indudablemente ese camino. Las mismas baldosas, el tamaño de éstas, su organización, y la anchura ideal para
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que cuatro personas caminaran en línea sin problemas. Por un camino como éste, habían caminado Dorita, el hombre de hojalata, el león y el espantapájaros, en sus más dulces sueños. Aquella maravillosa película, que había visto mil veces a lo largo de su vida, fue la única película, que pese a su exceso de fantasía y empalagosas canciones pegadizas, hizo que su imaginación se desarrollase de forma increíble, permitiéndole escribir algún que otro cuento cuando tan solo tenía 10 años. Aún recordaba aquellas tardes de domingo en casa, escribiendo cientos de hojas con dibujos fantásticos, emulando el reino de Oz y sus extraños habitantes. La pregunta que se hacía Jack en estos momentos era, ¿por qué el cielo recurría a una imagen de su niñez para hacerle caminar hacia su nuevo destino? ¿Por qué esa imagen y no otra? Jack se detuvo en seco al contemplar lo que había parecido en la lejanía. El camino descendía de forma sinuosa hacia un precioso valle, que se abría en todas direcciones. Un valle con un inmenso e intenso césped verde, que lo cubría de forma uniforme, como si hubiera sido cortado hace pocas horas. Había una nutrido grupo de árboles frutales variados, que poblaban el valle, salpicando de verdor y colores vivos, el monótono césped. Más allá, a una distancia casi imposible de determinar, Jack pudo ver como una serie de casas o cabañas, que estaban situadas junto a un río limpio y de aguas profundamente cristalinas. ¿Un bosque con cabañas? ¿Un valle perfectamente podado y árboles frutales de gran frondosidad? ¿Qué lugar es este? Jack sabía que las preguntas no serían respondidas, estando parado en el inicio del camino, por lo tanto, decidió caminar a paso firme y llegar lo antes posible al poblado.

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Caminó, sin perder detalle de las cosas que fueron apareciendo, a medida que caminaba a través del interminable calzada amarilla. Su mente pasaba rápidamente de los recuerdos de su niñez, a los últimos y escalofriantes acontecimientos que había tenido la mala suerte de contemplar. Su mente inquieta, no dejaba de recordar y visualizar, los gritos de aquel pobre soldado, y después de la mujer asesina, con similar destino. Aquel escenario, aquel lugar que parecía brillar y reclamar su atención, no parecía conseguirlo. Por algún motivo, todo iba demasiado deprisa, y Jack se sentía de cualquier manera menos bien. Puede que aquella maravillosa visión del valle, sus colores y formas, fueran mágicas y perfectas, pero su corazón, estaba congojado e inquieto. Aquel sentimiento, que por un momento había sido enmascarado con los dulces recuerdos de su niñez, ahora volvían con mucha más fuerza, encogiendo su alma de tal manera, que por un momento hubiera querido vomitar, si hubiera podido. Por un momento, dejó de mirar el valle, sus cabañas y los árboles, para preguntarse ansiosamente qué tipo de cielo era aquel, y dónde estaba el reino de los cielos soñado y esperado durante años. Se sintió profundamente decepcionado y triste, al sentirse traicionado y engañado por la religión cristiana, que durante décadas, le había hecho creer algo que no era real, y que ni se acercaba lo mínimo a lo que ya había contemplado. Recordó el supuesto ángel que le recibió y que leyó su mente de forma tan clara, y sus misteriosas respuestas a sus evidentes preguntas. Después, recordó al extrañísimo Elías y su curiosa forma de hablarle, además de evitar responder continuamente a sus preguntas, las cuales eran totalmente comprensibles. Aun le inquietaba profundamente, el extraño motivo para no responderle a sus más que normales cuestiones. ¿Por qué tanto secretismo?
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El valle, de forma tan fantasmagórica como sorprendente, emitía luces y parecía brillar más, cuando sus ojos dejaban de pensar por un segundo y lo contemplaban. Cuándo su mente volvía a los oscuros pensamientos y dudas, el valle y sus elemente reaccionaban emitiendo señales visuales bellísimas. ¿Era posible que el todo el entorno intentara atraer mi atención? En ese momento, mientras se hacía una y otra vez las mismas preguntas, pudo ver a alguien que estaba sentado a un lado del camino. Estaba a una distancia considerable, pero sin duda allí había un hombre, y estaba con la cabeza hundida entre sus piernas, como si estuviera llorando o dormido. Su atención pasó inmediatamente al personaje que había aparecido a cien o doscientos metros de distancia. Pensó inicialmente que quizás sería Elías, pero a medida que se acercaba, pudo descubrir que no era él. Sus ropas eran completamente diferentes, y su aspecto, realmente chocaba con el entorno tan bello y placentero que había. Jack apretó el paso para cercarse al hombre, y tristemente descubrió que su aspecto era cuanto menos desagradable. Todo en aquel hombre era extremadamente desagradable y sucio. El hombre, vestía unos harapos sucios y ennegrecidos por el sudor, que en muchas partes, estaba lleno de agujeros y roturas de diverso tipo, dejando ver la piel del hombre bajo ellas. El hombre era blanco, pero estaba casi prácticamente negro. Su piel estaba sucia, llena de cicatrices y su largo cabello estaba brillante por una sustancia negra. Parecía que se hubiera peinado con petróleo. - ¿Está usted bien? – Preguntó Jack sin acercarse. El olor de aquel personaje era nauseabundo, y añadía un atractivo menos a aquel repelente hombre.

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El hombre no dijo nada. No se movía. Jack pensó que quizás estaba dormido, puesto que muerto era muy improbable, ya que estaban en el cielo. - Perdone, ¡¿Está usted bien?! – Gritó un poco más alto Jack, intentando despertar al supuesto durmiente. El hombre se removió en su lugar, moviendo ligeramente la cabeza. Parecía llevar allí muchísimo tiempo, pues sus movimientos lentos y patosos, denotaban un entumecimiento en sus músculos y articulaciones. Jack no entendía que hacía aquel hombre allí, y su aspecto le parecía cada vez más repulsivo. - ¿Ho…la? – Articuló el pordiosero, levantando su cabeza como si le pesase una tonelada. - ¿Quien es usted? ¿Qué hace aquí? –le preguntó Jack, cada vez más sorprendido por aquel hallazgo. Nadie esperaría encontrar a un hombre como este, en un camino y prado como aquellos. Para la sorpresa de Jack, las manos del hombre estaban encadenadas, con unas impresionantes y gruesas cadenas oxidadas, que no le daban demasiada posibilidad de maniobra. Los pantalones, convertidos en harapos, ocultaban también sendos grilletes y cadenas, que ataban totalmente al hombre al bonito y limpio camino de baldosas amarillas. Cuatro cadenas, ataban completamente al desdichado hombre. El hombre descubrió su rostro, apartando ligeramente el pelo con su sucia mano derecha, y miró a Jack con extrema curiosidad. Sus impresionantes ojos azules, parecían mirarle, observando detenidamente a Jack. El hombre tenía una larga barba, y su rostro estaba en un estado demencial.

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- ¿Yo? No lo se… ya no lo recuerdo. –Dijo el hombre, dudando de sus propias palabras. Jack juraría que aquel hombre hablaba por primera vez en mucho tiempo. - ¿No sabe que hace aquí? – Preguntó Jack completamente sorprendido por la respuesta. - No… ya… no lo recuerdo. – Dijo el hombre, mirando de un lado para otro, como si buscase a alguien. - ¿Necesita ayuda? – Preguntó Jack, mirando las cadenas que le retenían sin remedio. Parecía un prisionero, que esperase eternamente su juicio, en una celda oscura de una mazmorra. Pero en aquel camino amarillo, era cuanto menos, chocante. - ¿Ayuda? - Sí, ayuda. ¿Quiere que le ayude con esas cadenas? El hombre le miró sorprendido por las palabras que había pronunciado Jack, y después estalló inmediatamente a reír a carcajadas. Parecía que todo aquello le había hecho muchísima gracia. - ¡Jajajajaja! ¿Ayudarme con mis cadenas? ¡Jajaja! Jack se separó de él, molesto por aquella reacción tan irracional como absurda. Solo intentaba ser educado, y echar una mano a un hombre, que parecía llevar mucho tiempo atrapado con esas horribles cadenas; pero después de verle reír de forma desternillante, pensó que quizás estuviera loco, y por ello estuviera encadenado a ese lugar. - No necesito ayuda. Jajaja. ¡Más bien lo necesitas tú, amigo! – Gritó el hombre, señalándole con su mano, levantándola todo lo que las cadenas le permitían. Su rostro estaba desencajado por la extraña sonrisa que no parecía cesar. Jack se separó unos metros más, mirándolo entre asombrado y consternado. Aquel hombre parecía que había perdido toda cordura, y
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ahora tan solo se reía de cualquier cosa que pasase por este camino. La cuestión que Jack no terminaba de encajar era el por qué de su mera existencia en el cielo, y atado a un lugar como éste. No tenía sentido. En realidad, nada tenía ningún sentido en el nuevo cielo que Jack estaba experimentando. La extraña y oscura sensación que le embargaba constantemente, no parecía desparecer, sino más bien, aumentar. - Usted esta loco. – Dijo simplemente Jack, volviendo para continuar su camino, sin mirar atrás. - ¿Loco? ¡No! ¡No estoy loco, tan solo sé la verdad! –Dijo el pordiosero, riendo a carcajadas sin control. Parecía estar peor de lo que Jack pensaba, y le producía una repulsa total. Nunca había soportado a los chiflados y sus macabras risas. - ¿La verdad? ¿Qué verdad? – Preguntó Jack, separándose un poco más. - ¡No vas a ayudarme, nadie lo hace! ¡Todos pasan de largo! ¡Malditos, hijos de puta! Jajajaja. – Gritó el pordiosero, llorando y riendo por igual, de forma descontrolada. Intentó agarrar a Jack, pero éste se alejó mucho más y estuvo a punto de salir corriendo. Al ver que el pordiosero se removía entre las cadenas, gritando desesperadamente e intentando agarrar sin éxito a Jack, éste optó por no hacer nada. Era evidente que aquel tipo, sea quien sea, había perdido la razón. Jack no dijo nada más, y continuó caminando sin mirar al loco que le señalaba y no dejaba de reír y suplicar. No se atrevió a volver a mirarlo, mientras sus carcajadas le taladraban el cerebro, y caminaba ahora de forma más enérgica. Pero no todo había acabado. Su sorpresa fue total, cuando pocos metros más adelante, en el mismo camino, otro hombre yacía encadenado, pero esta vez se había
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erguido para mirarle. Algo más adelante, a otros centenares de metros, otro hombre, y mucho más allá, otro hombre similar. Pudo contemplar que el camino en realidad, estaba plagado de aquellos hombres, y todos en las mismas condiciones. Lo que inicialmente parecían puntos en el camino, eran en realidad hombres, todos ellos en la misma posición y estado. Jack suspiró aterrado, mientras contemplaba el horizonte, y miraba el precioso valle que se extendía más allá de aquel interminable y sinuoso camino amarillo. Jack se quedó paralizado y sin saber qué hacer. Pensó por un momento caminar a través del césped y evitar el camino, que rápidamente se había convertido en una autentica locura. El hombre más próximo, le miraba con el rostro triste, como si estuviera llorando, y parece que su mera presencia, había detonado aquellos llantos y lloriqueos, que le producían un intenso malestar. - ¡Oye, tu! ¡Ayúdame! ¡Por favor! – Gritaba desesperado, el sucio y desaliñado hombre, con el mismo aspecto que el primero. Sus ropas estaban destrozadas por el tiempo, su cuerpo sucio y lleno de moratones, su pelo y barba, largos y sin cuidar, y finalmente, sus ojos llenos de tristeza y autentico temor. Aquel hombre estaba desesperado. Jack le miró asustado, y se separó de él, pasando rápidamente a su lado sin detenerse. ¿Qué lugar era aquel que tenía a aquellos hombres de esa manera? La única explicación posible era que estuvieran tan locos como el primero. Todos debían ser unos locos peligrosos para estar atados de esa manera. - ¡Oye, no corras, por favor! ¡Libérame! – Gritaba uno - ¡Solo tienes que desatarme, acércate por favor! – Gritaba otro más lejos.

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- ¡Maldito cabrón! ¡Vas a pasar de nosotros como los demás! ¡Hijo de puta! – Gritaba malhumorado otro. - ¡Cerdo! ¡Egoísta! – Gritaba uno en la lejanía, totalmente desesperado. - ¡Maldito cabrón! ¡Sois todos iguales! – Gritaba una mujer arrastrándose por el suelo junto al banco donde estaba encadenada. Jack no soportaba más aquel horrible camino, y sus desagradables ocupantes. No deseaba estar ni un minuto más sobre aquellas odiosas baldosas amarillas, y poder llegar así, lo antes posible al precioso valle que se extendía en la lejanía. Al acercarse al césped, intentó caminar por él, pero el hombre encadenado más cercano, le gritó desesperadamente que no lo hiciera, o su destino sería igual que el suyo. - ¡Jajaja! ¡Si entras ahí, acabarás como nosotros! –Gritó desperado el primero, riéndose aún a carcajadas. Aunque estaba a cierta distancia, parecía que el sonido actuaba de diferente manera en este lugar, y Jack podía escucharle con total claridad. - ¡No puedes salirte de este camino bajo ningún concepto! – Gritó otro hombre en el camino, que estaba situado a unos veinte metros, junto a un hombre que imploraba ayuda. Parecía que ahora todos los hombres, estuvieran donde estuvieran, podían ser escuchados sin ninguna dificultad desde donde estaba Jack, y eso comenzó a inquietarle profundamente. Los sonidos eran ensordecedores, como si pertenecieran a miles de personas, gritando al unísono. -¡No entres ahí, ayúdame! ¡Te lo suplico! –Dijo el segundo hombre, ahora más asustado y moviéndose nerviosamente con las cadenas, como si quisiera romperlas. Desde que había llegado a su lado,
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no había dejado de implorar ayuda y que le liberara de aquellas pesadas cadenas. Jack negaba con la cabeza, mientras se acercaba dudando hacia el borde del camino. Algo en su interior estaba gritando que corriera de aquel lugar, y se alejase de aquellos hombres que le producían un total desprecio y rechazo, como el que nunca había sentido. Su mente, ahora confundida por las palabras que escuchaba de todos los hombres que había en el camino, estaba al borde de la autentica locura. Todas las voces, de un número indeterminado de hombres y mujeres, apostados a lo largo del camino, comenzaron a gritarle, insultarle, pedirle ayuda e implorarle su libertad al mismo tiempo. Cientos de miles de voces comenzaron a mezclarse en su mente, creando un caos de sonidos, llantos, lamentos y aullidos insoportables, que Jack era incapaz de detener. Su mente parecía que fuese a explotar. - ¡Maldito idiota! ¡Gilipollas! - ¡No lo hagas! ¡No te vallas de nuestro lado! - ¡Ayúdame! ¡Joder, ayúdame por el amor de Díos! - ¡Por favor, ayúdame! - ¡Idiota! ¡Mal nacido! ¡Cabrón! - ¡jajaja! ¡jajaja! ¡Otro igual! Jajajaja… - ¡Aghhhhhhhh… te mataré cuando te vea! Jack se puso las manos en los oídos, intentando detener las ensordecedoras voces que ahora se mezclaban, creando una estridente marea de ruidos incomprensibles y extremadamente molestos. Por un momento creyó que sino salía de allí, moriría de forma horrible debido al tremendo dolor de cabeza, cuando la intensidad de aquellos gritos y voces, llegaron a un volumen tan alto como si todos estuvieran gritándole a escasos centímetros.
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Jack caminó rápidamente hacia el borde, y levantó su pie derecho para comenzar a caminar sobre el verde y limpio césped, para escapar de toda esa locura. Con las manos todavía en sus oídos, y una mueca de dolor en su rostro, Jack caminó en el césped con decisión, comenzando a correr en línea recta hacia el poblado que podía ver en la lejanía. Corrió como alma que lleva el diablo, gritando de angustia, intentando detener los sonidos que no cesaban. A medida que ponía distancia entre él y el horrible camino, Jack pudo quitarse las manos de sus orejas, pudiendo al fin sentir como los sonidos se acallaban lentamente, y perdían fuerza. A medida que corría por el prado, dirección al poblado, las voces lentamente desaparecieron. Jack miró instintivamente hacia detrás, buscando de nuevo el camino, y descubrió que ahora había desparecido. No había ni camino amarillo, ni ningún hombre encadenado. Todo había desaparecido, y tan solo quedaba un precioso césped verde, que ahora se perdía en la lejanía infinita. Su mirada volvió a fijarse en el poblado que se encontraba a escasos kilómetros de distancia, y recuperando la compostura y su tranquilidad, caminó ahora de forma más tranquila y sosegada. Su corazón, si es que tenía alguno, latía con fuerza, y su mente, estaba aun profundamente consternada y confundida. Ese odioso camino y sus ocupantes, le habían obligado a salir corriendo, evitando aquellas horribles voces y aquellos malditos berridos. Jack se sintió mejor, pero algo le decía que aquello, fuese lo que fuese, debía haber ocurrido por algún motivo. Aunque el cielo era ni mucho menos parecido a lo que el siempre pensó, Jack estaba seguro de que alguna explicación debía tener. Los buenos debían ser recompensados, y los malos al infierno, pero entonces, ¿qué hacían aquellos hombres y mujeres encadenados? ¿Qué papel tenía su mera
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existencia? ¿Por qué encadenarles en vez de enviarles al infierno? ¿Eran una advertencia a los recién llegados? Sea como fuera, Jack se repetía una y otra vez para sí mismo, que aquel lugar, no era ni por asomo, el cielo que siempre soñó.

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CAPITULO 5

“El poblado”

Mientras caminaba, pensando en todo lo sucedido en dirección al lejano poblado, más allá de la interminable llanura de verde césped, Jack pudo distinguir a Elías, a escasos cien metros en la dirección en la que iba. Elías estaba sentado con una alegre sonrisa, como si le estuviera esperando, y sin lugar a dudas, estaba feliz. Su rostro, su postura, todo él, estaba observándole a medida que se acercaba, con una extraña mirada de satisfacción, que inquietó a Jack.
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Además, algo había cambiado, y aunque no sabía muy bien de qué se trataba, estaba seguro de que algo había ocurrido con su propio cuerpo. La luz o el aura que rodeaba a su cuerpo, estaba más intensa y viva, y parecía que estuviera llena de energía. - ¡Enhorabuena! Has pasado la primera prueba. –Dijo Elías, cuando estaba a escasos metros, aplaudiendo con fuerza. - ¿Prueba? ¿Debo pasar pruebas? – Preguntó Jack sorprendido por el recibimiento. En ningún lugar ni momento, nadie le dijo nada de ninguna prueba. -Sí, pero no te preocupes, son solo 3 y ya has pasado la primera. – Respondió Elías, sin dejar de mirarle sonriendo. Indudablemente estaba orgulloso de su asignación. - Pero… no me dijiste nada de pruebas. – Repitió Jack, intentando aclarar ese punto. Si algo no le gustaba a Jack, eran las sorpresas desagradables, y la de tener que hacer pruebas para indudablemente ganarse el cielo, era un hecho cuanto menos sorprendente. Demasiadas preguntas comenzaban a acumularse en su mente, y por un momento, creía que fuese a marearse, si tal cosa fuese posible. - En realidad no te dije nada de nada. Es mejor que no sepas más de lo necesario o te dispersas. – Dijo jocosamente Elías, ahora mucho más animado. Parecía ahora dispuesto a bromear incluso. - ¿En qué consistía aquella prueba, si puede saberse? – Preguntó Jack, decidido a encontrar alguna respuesta a todo aquel caos. Elías le miró sorprendido, ya que no esperaba que Jack insistiese en exceso, pero dado el historial del mismo, aquello no debía ser ni mucho menos raro. Jack siempre había sido un curioso, y le había gustado las cosas simples y claras, y aquella situación, no sería una excepción.
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- Creo que esto te animará a continuar en tu viaje. – Dijo Elías, tocando la muñeca de Jack, y creando de esta manera una línea de luz muy brillante. La luz se cerró en círculo alrededor de la muñeca de Jack, creando una especie de pulsera de luz, que fue lentamente apagándose. La pulsera se apagó totalmente, viéndose claramente una pulsera dorada con inscripciones extrañas e ininteligibles para Jack. - ¿Qué es esto? – Preguntó Jack, observando su nuevo abalorio con extrañeza. - Deberías estar muy contento, es tu primera medalla de las tres que puedes conseguir. Es un honor disponer de esa pulsera. – Dijo Elías dando una suave palmadita a Jack, guiñándole un ojo. - ¿Esta pulsera me la han dado por pasar la primera prueba? – Preguntó Jack, tocando con su mano la pulsera, de tacto frío y suave. Era como su fuera de oro macizo, pero pesaba muy poco, era muy liviana. - Te la han dado por superar el camino que había comenzado. Muchos no la han superado. –Dijo Elías, señalando el lugar donde estaba el camino, ahora ya invisible. - Aquellos que vi ahí detrás, ¿son los que no han superado la prueba? ¿Son como yo? – Preguntó Jack, buscando con la mirada el camino que ya había desaparecido. - Sí, eran lo eran, pero, tú ya has pasado la prueba. –Dijo Elías, sin perder la alegría ni el buen humor. Parecía muy contento de que Jack hubiese pasado la prueba con tanta rapidez. - ¿Y su destino es quedarse allí encadenados al suelo sin poder escapar? – Preguntó Jack, pensando en las implicaciones de aquella posibilidad. - Efectivamente. Su función ahora, es valer de prueba a los recién llegados, para que estos superen su prueba.
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- ¿Pero durante cuanto tiempo? – Preguntó Jack, temiendo la respuesta. - El suficiente para que aprendan la lección y puedan ganarse su propia pulsera dorada. – Respondió Elías, sin dejar de sonreír. - ¿Así que todos tienen la posibilidad de ganársela? - Sí, por supuesto. Esto es el cielo, no una prisión cruel y despiadada. Jajajaja. –Dijo Elías, lanzando una sonora carcajada. Aquella respuesta, en parte tranquilizó a Jack. Es lo que esperaba escuchar, después de aquella locura de camino, llena de hombres o completamente locos, o al borde la locura más insana. Todas aquellas almas, debían haber errado en algún paso en el camino a la salvación, y por ello, debían estar pagando un alto precio. Aquello hizo que Jack se cuestionase nuevamente si estaba o no en el cielo, puesto que no cabía esperar un tratamiento así de nadie, en un lugar donde todo debería ser amor y paz. Pero si no era el purgatorio o el limbo de los cristianos, ¿qué lugar debía ser este? - No te cuestiones cada cinco minutos cada paso que das. Podrías perder alguna pulsera, si las dudas te corroen. No lo olvides. – Dijo Elías, anticipándose a los oscuros pensamientos de Jack. Jack se quedó perplejo, pues Elías le había leído la mente. No pensaba que aquello que le ocurrió sobre la mesa donde se despertó al llegar al cielo, fuese a volver a pasar, pero, era indudable que aquella facultad era compartida por todos los Ángeles, guías o seres de luz de este lugar. Elías le había leído la mente, y con total seguridad, se la había estado leyendo la mente desde que se encontraron. No entendía, y no podía comprender, por qué la intimidad como persona, era vulnerada de manera sistemática, y sin ninguna contemplación. Nadie le había perdido permiso para leer sus
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pensamientos, y parecía que tendían a utilizar era información obtenida para guiarle y llevarle a donde indudablemente querían. - Me has leído la mente. –Dijo seriamente Jack, mirando fijamente a Elías. - Pronto podrás hacerlo tú también. Pronto dejarás de articular palabras, y te darás cuenta de lo rápido que es hablar con la mente, y el tiempo que se ahorra. – Dijo Elías, quitando hierro al asunto, soltado al fin algo de información. Elías sabía que a Jack le molestaba profundamente que le leyera le mente, pero de esta manera, entendería que era algo tan natural como caminar o sentarse sobre el maravilloso césped. - ¿Antes o después de pasar las pruebas? – Preguntó Jack, esperando una respuesta satisfactoria. - Después, amigo, después. – Dijo Elías, soltando una carcajada, lanzándole un puño en forma de broma. Jack actuaba ahora de forma más acorde con su dura vestimenta de motero, y su personalidad pasota, era cada vez más evidente. El ángel o guía llamado Elías, era todo un personaje sin duda. Elías le señaló el pueblo, que ahora se encontraba mucho más cerca. Sin haberse movido de aquel lugar, los dos parecían que se hubieran movido mágicamente, situándose a escasos cientos de metros de la primera choza del poblado. La siguiente prueba, parecía que se presentaba ante él. - ¿Esta es mi siguiente prueba? – Preguntó Jack, mirando el pueblo con admiración. - ¡No te agobies, tío! Este, solo es tu siguiente paso en tu camino. No todo lo que veas tiene por que ser pruebas, no te lo tomes como tal. Solo debes aprender y crecer, con todo lo que tus sentidos te
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digan. – Dijo Jack, empujándole hacia el pueblo, con un suave empujón. - ¿Quién hace las pruebas? ¿Tu? –Preguntó Jack, intentando aclarar alguna de sus incipientes cuestiones. - ¿Yo? Jajaja, que va tío. Yo solo soy un mandado más. – Dijo Jack, dándole una suave palmada en la espalda. - Pero entonces, ¿quién…? - ¡Deja de preguntar tanto, tío! Todas las respuestas vendrán a ti en cuanto acabes tu camino. Jajajaja – Bromeó Elías, mientras le señalaba enérgicamente el poblado. Antes de que Jack pudiera hacer nada, se volvió para insistir en sus cuestiones, pero Elías ya se había ido. Había desaparecido. Nuevamente, y para su sorpresa, se había quedado solo, para emprender el siguiente tramo en su angustioso, extraño e inexplicable camino. Un camino que hasta ahora, solo le había oscurecido su corazón con extraños pensamientos, al igual que le producía un profundo desasosiego general, que era incapaz de contener. La pulsera, el sorprendente abalorio dorado y brillante, era lo único que en estos momentos le parecía claro y palpable. Este, era el único símbolo al parecer, de que su lugar en el cielo estaba siendo ganado. Por una vez, intentó hacer caso a Elías, y no pensar demasiado. Quizás el analizar demasiado este cielo tan diametralmente opuesto a todo lo que había creído toda su vida, le estaba haciendo ver cosas que no eran, y rechazar como un idiota, los regalos que se le estaban otorgando. Pensó incluso que su reticencia e insistencia en lo relacionado a la falta de información, quizás pudiera hacer enfadar a alguien allí arriba, y que algún ángel o incluso Dios se enfadase con él, e impidiese continuar su viaje adecuadamente. Sus dudas, sus miedos, su constante curiosidad, habían sido siempre su peor enemigo, y
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aunque nunca le habían parado para hacer lo correcto, sabía perfectamente, que debía bloquearlas de una maldita vez, y dejarlas atrás, para caminar hacía donde tenga que ir. Era el momento de continuar caminando y no mirar atrás. Pues todas sus respuestas, serían respondidas al final del trayecto, y por fin, entendería todo lo que su corazón palpitante anhelaba. El poblado era realmente impresionante, casi tanto, como el camino de baldosas amarillas interminable. Sus colores vivos y sus perfectas construcciones, le parecían pertenecer a una época no soñada o fantástica, pues jamás había visto tales edificios en todos sus años como profesional de la construcción, y eso que había ojeado miles y miles de catálogos de edificios de todo tipo, actuales, vanguardistas e incluso antiguos. Las casas o chozas, eran grandes y con forma cilíndrica, con paredes blancas y lisas, de varios pisos de altura, que en la mayoría de los casos eran dos o tres. Sus tejados eran circulares y acaban en punta, donde no había chimeneas ni ninguna teja. No parecía que allí lloviese nunca, y por lo tanto no hacía falta ningún tipo de protección contra los elementos. Tenían ventanas talladas en la misma pared, con unas telas de brillantes y vivos colores, todos diferentes, que hondeaban al viendo de forma sinuosa e hipnótica. La puerta, similar a las ventanas, tenía una tela en vez de puerta, algo más gruesa que la tela de las ventanas, pero de igual vivos colores. El pueblo, que parecía no tener fin, era una fiesta de colores y de limpios edificios, que daban una sensación profundamente agradable y cálida. Era la primera vez desde que llegó al cielo, que se sentía realmente como esperaba sentirse en un lugar así. Aquel pueblo, le hizo sonreír y admirar, la belleza que emanaba por cada una de sus esquinas y rincones.
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Al llegar al primer edificio, pudo observar que en las calles había gente, gente como él que caminaba y charlaba tranquilamente entre ellos, mientras que otros, realizaban todo tipo de tareas como traer agua o construir pequeños muebles de madera, realmente bellos y con gran talento. Unos cuantos realizaban cestas, y otros pocos, cosían ropas de vivos colores, creando vestidos y túnicas, que aunque tenían una apariencia antigua, eran preciosos. Todo el mundo llevaba ropas de colores bien dispares, creando un escenario lleno de color y vida sin igual. Era una ciudad impresionante. Los habitantes más cercanos a Jack, se percataron de su presencia y le saludaron de forma amistosa, para después señalarle que se acercara a ellos. Jack sin pensarlo, se acercó con una sonrisa en su rostro, sorprendido por tanta belleza y luminosidad, que era imposible de no admirar. Mientras se acercaba caminando por el verde césped, vio como todo cobraba más vida y color, a medida que llegaba hasta el primer edificio. Los tonos tomaban más fuerza, y las flores y jardines parecían brillar, la gente le sonreía al descubrir su presencia, y después continuaban trabajaban en todo tipo de tareas manuales tradicionales. Las blancas pareces, parecían reflejar el brillante sol que cálidamente calentaba todo el valle, los colores de las telas, parecían disponer de un aura mágica que las envolvía, dando nuevas tonalidades a los propios colores. Las gentes eran felices, el pueblo ahora una ciudad inmensa, era bellísimo, y un sentimiento de alegría le embargaba completamente. El cielo idilio, el cielo celestial que siempre había soñado y deseado, estaba allí ante sus ojos, y era muchos más espectacular de lo que jamás soñó. - Bienvenido a la ciudad del valle. – Dijo el hombre que caminó a recibirle, con una agradable sonrisa. Junto a él, dos mujeres,
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realmente bellas y de figura escultural, le saludaban con la mano, sin dejar de sonreír. El hombre vestido con ropas de color verdes en diferentes tonalidades, cada cual más viva y alegre, era joven, de no más de veinticinco años. Las mujeres en cambio, vestían ropas blancas, rosas y de un tono morado muy brillante. Están descalzos, al igual que Jack, y todos por igual, eran bellos y jóvenes, no parecía que nadie parecía tener más de treinta años y menos de veinte. - Hola. – Dijo Jack, intentando ser lo más educado posible. - Te estábamos esperado, Jack. – Dijo una de las mujeres, que le sonreía alegremente. Parecía que le reconocía. - ¿Me conoce? – Preguntó Jack, sorprendido por la afirmación de la mujer. Parecía en realidad que todos le conocían. - Sí, por supuesto, ¿no me recuerdas? – Preguntó la bella mujer, frunciendo el ceño de manera juguetona. El hombre y la otra mujer, lanzaron una carcajada, como si aquello fuese gracioso. - ¿Perdón? – Preguntó Jack, mirando a la mujer como si fuera la primera vez que la viera. - Soy Alison, Alison Garner. – Dijo la mujer sin perder la sonrisa, guiñándole el ojo derecho. Aquel nombre dejó a Jack perplejo. Esa mujer era Alison Garner, su novia del instituto con la que estuvo más de cinco años saliendo, hasta que sus vidas se separaron cuando cambió de ciudad, después de que su padre fuese trasladado de trabajo. Era la mujer con la que durante mucho tiempo pensó en casarse con ella, y tener una vida conjunta, pero que los azares del destino, trastocaron aquel posible futuro. Su aspecto, del de una chica de no más de veinte años, era incluso algo mayor de la imagen que Jack tenía en su memoria.
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- Parece que Jack, no nos reconoce a ninguno. – Dijo el hombre, sin dejar de reírse de la situación. - Siento decir, que no os reconozco a ninguno… - Dijo Jack, intentando atisbar los rostros de todos aquellos que tenía delante. - Soy Frank Reinolds, tu antiguo vecino. – Dijo el primero, sin dejar de sonreír. - Y yo, Alice Baxter, la hija de tu mejor amigo. – Dijo la otra bella mujer, saludando con la mano de forma afectuosa. Jack se quedó aun más perplejo si era posible. Allí, delante de sus narices, se encontraban su exnovia del instituto, con la que había perdido el contacto hace ya más de sesenta años; su antiguo vecino de su niñez, con la que compartió sus primeros quince años de vida, lleno de juegos y alegrías; y para finalizar, la hija fallecida de su actual y mejor amigo John Baxter, que perdió a su hija de tan solo once años en un durísimo accidente de coche, y a la que quería como si fuese una hija propia. - No se que decir… yo… - Dijo Jack, sin encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. - No te angusties, la primera vez es siempre extraña para todos. Es normal que te sorprenda no solo nuestro aspecto, sino también nuestra mera presencia. – Dijo Alice Baxter, la querida y añorada hija del mejor amigo de Jack. Ahora con una edad sorprendentemente mayor, no solo había parecido madurar físicamente, sino también como persona. - ¿Eres de verdad tú? ¿Alice? – Preguntó Jack, sin dejar de mirarla asombrado. - Si, tío Jack, claro que soy yo. – Dijo Alice, lanzándose sobre Jack para abrazarlo con cariño. Indudablemente, aquella niña ahora
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mujer, era la persona que Jack recordaba y que cariñosamente siempre había llamado “Tío Jack”. Jack cerró los brazos a su alrededor y pudo sentir el cuerpo de la queridísima niña, que durante tantos había tratado como una hija, y que lloró su muerte como tal. Ahora la tenía de nuevo entre sus brazos, totalmente cambiada, pero sorprendentemente familiar. Ahora que la tenía más cerca, pudo descubrir las líneas de su rostro, el pelo rubio fino y brillante, y sus ojos inconfundibles. Era Alice, sin lugar a dudas. - ¡Oh Dios santo! ¡Eres tú, pequeña Alice! – Fueron las palabras de Jack, mientras abrazaba con fuerza a la chica, que ahora sonreirá sobre su hombro, devolviéndole el abrazo. Después del abrazo, Frank extendió su brazo, para saludar educadamente a Jack, con una bonita sonrisa en su rostro. Jack miró su mano, y después de pensarlo unos pocos segundos, se lanzó sobre él, regalando un cariñoso abrazo, al que durante tantos años había sido su mejor amigo. Frank se rió al devolver el abrazo, mientras las dos chicas aplaudían de alegría. Era un momento realmente emotivo. - ¡Cuánto tiempo sin verte, querido amigo! – Dijo Jack, sin separarse de él. En ese momento recordaba que toda su juventud, su pubertad e incluso su primera novia, la había compartido íntimamente con él. Nunca volvió a tener otro amigo como aquel, en toda su vida. - ¡Es todo un placer verte, Jack! ¿Cómo has estado? – Le preguntó Frank visiblemente muy feliz. - ¡Bien, amigo, muy bien! Aunque no ha sido lo mismo sin ti desde que me fui de Port Lauraden. – Dijo Jack, reviéndose al pequeño pueblo, donde creció y vivió durante su infancia. En aquel maravillosamente pequeño y familiar pueblo de no más de cinco mil habitantes, Jack había pasado muchos de sus mejores años de su vida, antes de que todo cambiase y tuvieran que mudarse.
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Allí quedaban su colegio, su antigua casa, su jardín, sus viejos juguetes de madera, sus cromos de idolatrados jugadores de béisbol, su gran habitación fantásticamente decorada, sus miles de horas en el parque con Frank, sus únicos y valiosos libros de aventuras, y como no, su primer baile de fin de curso. Después de separarse de Frank, Jack se limpió las lágrimas que habían humedecido su rostro, al reencontrarse después de tanto tiempo, con dos personas a las que había amado profundamente. Y al mirar a Alison, su primera sensación fue de lo más curiosa, pues la miraba y encontraba en ella, a una mujer fantásticamente bella, incluso mucho más de lo que sus recuerdos guardaban. Después la abrazó cariñosamente, pese a que sus sentimientos por ella estaban ya enterrados en los más profundo de su memoria, en los que creía que jamás tendría que volver a mirar. Podía recordar perfectamente, como siempre lo había hecho, aquel dulce primer y único baile de fin de curso, cuando Jack solo contaba con catorce años, y le quedaban pocos meses para cambiar de colegio, ciudad y vida. Allí estaba aquella bellísima mujer, con cabellos rubios platino, ojos azules como el mar, y labios carnosos y gruesos, como si estuvieran hechos del caramelo más dulce. Su cuerpo escultural, con curvas de ensueño, y bien proporcionada, eran francamente perfectos. No era la niña de catorce años que recordaba en aquel baile, con su pelo recogido en coleta, sus gafas de pasta y su cuerpo aun sin formar. Ahora, su antigua novia, era la mujer que debía haber sido con sus veinticinco años, y era difícil no dejar de mirarla. - Me alegra verte Alison. –Dijo Jack, sin saber muy bien como reaccionar ante aquella mujer. - ¿No vas a darme un abrazo? – Bromeó Alison, acercándose con los brazos abiertos, para saludarle con cariño.
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Jack le soltó una carcajada, sintiéndose como un idiota al haberse quedado paralizado. La abrazó con fuerza, soltando a su vez, una lágrima, que ni él mismo sabía por qué la estaba derramando. En su interior los sentimientos encontrados, los conflictos de amor y los recuerdos, se mezclaban para embargarle de una alegría embriagadora. - Estas muy cambiada. –Dijo Jack, separándose suavemente de ella, admirando su bello rostro ahora de cerca. - Tu también, estas más… crecido. –Dijo Alison, soltando una carcajada de complicidad. Jack supuso que ella también habría tenido la misma sensación al verse mutuamente, puesto que los dos tenían un recuerdo bien diferente de lo que ahora veían sus nuevos ojos. Finalmente Jack recuperó la compostura y sin dejar de sonreír, les preguntó lo más evidente, puesto que no sabía el motivo de su presencia en aquel lugar tan maravilloso. - Pero… ¿Qué hacéis todos aquí? ¿Qué es este lugar? – Preguntó Jack, mirando a su alrededor, observando el bello pueblo y a sus curiosos habitantes, que desconcertantemente parecían reconocerle en su totalidad. - Este el pueblo de nuestras vidas. Aquí nos han reunido a todos los que hemos tenido alguna relación relevante, o ha significado algo en nuestra vida. – Dijo Frank, señalando a todos los habitantes más cercanos, que levantaban su mano para saludar a Jack educadamente. Todos le parecían extrañamente familiares, y seguramente los debía haber conocido a lo largo de su vida. - Pero… vosotros no os conocíais, ¿no? – Preguntó Jack a Frank y Alison, refiriéndose a Alice, la chica que él conoció como la hija de su mejor amigo durante la madurez. Era una pregunta lógica, ya que tanto Frank como Alison, habían vivido en el mismo pueblo durante su niñez, y seguramente
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hubieran mantenido algún tipo de contacto a lo largo de su vida, pero en cambio Alice, no pertenecía ni al mismo pueblo, ni a aquella época. ¿Cómo era posible que se conocieran o que simplemente estuvieran en el mismo sitio? - Jajajaja, es la misma pregunta que nos hacen, todos los que llegan aquí. –Dijo Alison, riéndose de la pregunta de Jack. Frank y Alice, se sumaron a las risas, además de otros tantos que se encontraban lo suficientemente cerca como escucharla. - No es que sea tan solo “nuestra” ciudad, en realidad es la de todos. Aquí estamos todos durante un tiempo, antes de continuar nuestro camino. – Aclaró Frank, señalando a Alice. - ¿Todos? ¿Todas las almas? –Preguntó Jack perplejo ante semejante afirmación, que tenía unas enormes implicaciones. - Los guías nos traen aquí y compartimos durante un tiempo el camino, para madurar y aprender de nuestros errores. – Añadió Alison. - Esta es una ciudad, donde se viene a trabajar el corazón.Añadió Alice, sin dejar de sonreír apaciblemente. - ¿Pero durante cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? – preguntó Jack asombrado tanto por la forma de hablar de sus amigos, como por la madurez de las cuestiones que planteaban. Los tres volvieron a reír, pero esta vez, fue Alison quien tomó la palabra y acercándose a él, le tomó del brazo y le guió caminando por la primera calle. Frank y Alice, le siguieron de cerca, charlando amigablemente sobre los recién llegados y sus siempre mismas preguntas. - Ahora lo entenderás todo, impaciente. A todos nos costó entender en qué consistía este lugar y para qué éramos traídos a este pueblo. –Dijo Alison, regañándole de broma y mirándole con cariño.
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- Eso espero, por que si pudiera tenerlo, ahora mismo tendría un inmenso dolor de cabeza, por tantas y tantas preguntas acumuladas. –Dijo Jack, observando cada detalle del entorno totalmente maravillado. - Pues espero poder ayudarte, querido. – Dijo jocosamente Alison, apretando aún más el brazo de Jack contra su cuerpo.

CAPITULO 6

“Un pueblo muy extraño”

- ¡Pero si ese de ahí es Barry Wilson! ¡Barry! –Gritó Jack al reconocer a uno de los alegres y ociosos ciudadanos, sentado en la entrada de una de las casas, charlando con otro hombre a su derecha. Jack se separó de Alison y se acercó rápidamente a aquel hombre, que había reconocido su nombre. El hombre al que Jack llamaba Barry, le miró sorprendido por la mera mención de su nombre, y reaccionó inmediatamente, sonriendo. Indudablemente le había reconocido.
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- ¡Jack! ¡¿Pero qué haces por aquí?! ¿Cuando has llegado? – preguntó Barry, acercándose enérgicamente para dar la mano a su amigo. - Acabo de llegar ahora mismo. No llevo ni diez minutos en este lugar. –Dijo Jack, acercándose a él, para darle la mano a modo de saludo. Barry Wilson era un antiguo amigo de la construcción, que por los azares del destino, tubo que dejar el trabajo por una grave enfermedad a la edad de sesenta años. Pocos meses después, y ante la sorpresa de todos, Barry falleció de un cáncer que parecía no haber sido detectado a tiempo. Fue un amigo infatigable de Jack, que compartió con él, muchos años de trabajo, juergas y muchas barbacoas de domingo. - ¡Qué alegría verte, socio! – Dijo Barry, soltando su mano para abrazarle de forma mucho más afectiva. Indudablemente, Barry estaba emocionado por su presencia. - No me puedo creer que estéis todos aquí. Hace más de diez años que te fuiste, Barry. – Dijo Jack separándose de él, para observarle de cerca. Alison, Frank y Alice se unieron a la pequeña reunión de amigos, saludando a Barry como si le conocieran. Eso sorprendió a Jack, ya que la mayoría de ellos, por no decir ningún, jamás se habían visto en vida. Jack pensó que quizás en este cielo, todos los que mueren comparte durante un tiempo este bello lugar, donde tienen tiempo para conocerse profundamente. - Pues no has visto nada, aquí hay mucha gente de nuestra quinta, socio. –Dijo Barry, señalando a otros tantos, que comenzaban a acercarse al reconocerle.

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Allí, junto a los demás, y mirándole con una bonita sonrisa, Jack pudo distinguir a varios vecinos, amigos de la infancia, compañeros de la construcción, empleados del banco donde tenía sus ahorros, y todo un gran conjunto de personas, que habían compartido en algún momento, algo de tiempo durante su vida. Cientos, por no decir miles de rostros familiares y cercanos, le saludaban y sonreían al reconocerse, trayéndole gratos y bonitos recuerdos. Era como reunirse con todo lo que formó parte de su vida, en cuanto a relaciones personales se tratase. En ese momento, Jack se percató que alguien importantísimo en su vida, por no decir el más importante, no se encontraba a la vista. Buscó y busco entre los rostros y personas que había en las calles, sin éxito. Si todos estaban allí, ella también debía estarlo. - ¿Qué buscas, socio? –Le preguntó Barry, buscando con la mirada, todo lo que miraba Jack. - Está aquí, ¿verdad? –Dijo Jack, impacientándose a la vez que la buscaba entre el gentío. - ¿Quién, socio? – Le preguntó Barry, sin entenderle. - Mi mujer, por supuesto. –Dijo Jack, mirando fijamente a Barry, esperando una respuesta satisfactoria del mismo. Frank se acercó a Jack, intentando descubrir a su vez, qué estaba buscando éste insistentemente. Alison y Alice hicieron lo mismo, acercándose a él. - ¿Qué te ocurre, Jack? –Preguntó Frank, sorprendido por lo serio que ahora le encontraba. - Simplemente busco a mi mujer. ¿Dónde está Margaret? – Preguntó Jack, buscándola insistentemente con la mirada entre el gentío sin éxito.
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Barry miraba a Jack sin comprenderle. Parecía que sus palabras, estuvieran siendo pronunciadas en otro idioma, puesto que le miraba tan sorprendido como confundido. Su expresión de sorpresa, dejó a Jack a la espera de una respuesta satisfactoria por parte de alguno de los presentes. Aunque, nadie parecía entender demasiado a qué se refería. - ¿Tu mujer? ¿Margaret? - Sí, claro. Barry, mi maldita mujer. ¿Dónde está? ¿Está por aquí? - Lo siento, Jack… pero no te entiendo, no conozco a ninguna Margaret. - ¿Qué quieres decir? –Preguntó Jack totalmente perplejo. Su rostro nervioso, miraba en todas direcciones, intentando olvidar las palabras de Barry, y concentrarse en su búsqueda. - Jack, ¿qué te ocurre? ¿Quién es esa Margaret? –Preguntó Frank, poniendo su mano sobre el hombro de Jack, intentando desviar su atención. - Debes estar de broma. –Dijo Alison, situándose a su lado, visiblemente molesta por lo que Jack insinuaba. - Frank, Barry, los dos conocéis a Margaret, debajo de chorradas. - Lo siento Jack, de verdad que no sé de quién me hablas. – Dijo Barry negando con la cabeza. - Tu esposa no se llamaba Margaret, que yo recuerde. –Dijo con sinceridad Frank. Parecía que realmente, nunca había escuchado aquel nombre, y menos aun, como pareja del viejo Jack. - ¡Pero qué cojones! –Gritó Jack enfadado, girándose en seco para encarar a Frank, y detener aquella escena sinsentido.
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Jack miró a todos los presentes, pasando la mirada de uno a otro, como si todos le estuvieran haciendo una broma de lo más macabra. Sus amigos, su antigua novia, la hija de su vecino y amigo, y muchos otros rostros conocidos, le miraban estupefactos, moviendo la cabeza de un lado a otro, negando totalmente. Nadie la conocía, y todos lo confirmaban sin inmutarte. Si era una broma, estaba durando y demasiado, y Jack se sentía cada vez más furioso y airado. Aquellos rostros bellos y jóvenes, aquellas personas con las que había compartido parte de su vida, una parte muy importante de ella, o no conocían a su esposa o la habían olvidado. No entendía como Alice, la hija que nunca tubo, pero que conoció perfectamente a su mujer, la cual la quiso, cuidó y mimó como a su propia hija, y a la que ella siempre llamaba Tia Marge. Barry había asistido docenas de veces a sus multitudinarias barbacoas de domingo, en las cuales las esposas de todos los duros hombres de la construcción, charlaban amigablemente de sus temas. Había asistido al bautizo y comunión de sus hijos, al igual que a la boda de uno de ellos, en la cual bailó varias veces con Margaret, antes de que su mujer le regañara por dejarla sola en su mesa. Alison y Frank, era los únicos que tenían disculpa, puesto que los dos estuvieron en su vida, muchos años antes de que Margaret entrase en su vida. Pero todos, sin excepción, le miraban con el mismo rostro, como si todos miraran a un loco, que acabase de decir una locura sin nada de sentido. - Vamos, Barry no me bromees, ¿Dónde está Margaret? - De verdad, Jack, no sé de quién me hablas. Jack se lanzó como una furia sobre él, tomándole del cuello con sus dos manos. Le agarró de la camisa blanca y limpia que portaba,
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y lo acercó a su rostro con una fuerza desmesurada. Incluso Jack se sorprendió que toda su fuerza y resistencia, habían vuelto con su nuevo cuerpo celestial rejuvenecido, y por un momento, incluso pensó que había aumentado a la vez que algo crecía en su interior. - ¡¿Dónde cojones está mi mujer?! – Gritó Jack fuera de sí. Todos los presentes se sorprendieron de la reacción de Jack, y se apartaron asustados ante tanta furia y energía. Un murmullo creció a su alrededor, mientras parte del pueblo le miraba sin entender la violenta reacción. - Tranquilo, Jack. No te pongas así. - Yo me pongo como me da la gana! ¿Dónde esta mi mujer? ¡Ahora! - Aquí no está, que yo sepa no ha pasado por aquí. - ¿Qué cojones dices? - Es cierto, Jack. No ha pasado por este pueblo. Jack se quedó sin saber que decir. Por su mente hervían todo tipo de ideas locas y preguntas sin sentido, que le hicieron marearse por un momento. No podía ser. No tenía ningún sentido que ella no estuviera con todos sus conocidos, con todos los amigos y muchas personas que fueron relevantes en su vida. ¿Cómo no iba a estar la mujer con la que compartió casi cuarenta años de su vida? ¿Cómo no podría estar en esta ciudad, en el cielo, junto con toda esta buena gente? - Jack, tranquilízate por favor. Nos estas asustando. - Nunca había nadie reaccionado de esa manera. - ¡Pues siempre hay una maldita primera vez para todo! - De todas maneras…
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- ¡De todas maneras, ¿Qué?! - Margaret no era el nombre de tu mujer que yo recuerde… - Eso es cierto, Jack… Margaret no era su nombre. - Pero, ¿qué cojones estáis diciendo? ¡Tu Barry viniste a su último cumpleaños, cuando aun podías mantenerte en pie! – Se giró para mirar a un rostro conocido cercano, y continuó hablando. - ¡Y tú, Macperson, la conoces perfectamente, pues ha ido durante más de veinte años a comprar a tu maldita panadería de la calle Jackson! – el hombre llamado Macperson, le miraba asustado, moviendo la cabeza de forma negativa. Jack, indignado se giró violentamente hacia otro rostro que reconocía, y esperó que éste respondiera, al ver que también se sumaba al rechazo general, pasó de uno a otro su mirada desconfiada y furiosa, esperando que alguien se dignase a responderle y reconocer su lógica afirmación. Nadie lo hizo. Todos le miraban estupefactos, y la sorpresa ya era general. Todas las bellas y anchas calles, al igual que todas las personas que allí habían estado paseando o haciendo sus mundanas y curiosas tareas, se habían quedado en silencio. Todos murmuraban sin comprender las palabras que habían escuchado, y la mayoría le miraba esperando que alguien cercano a Jack, le hiciera entrar en razón. Pues sus palabras, y más aun sus acciones, eran cuanto menos desconcertantes para todos. - Jack, por favor, estas asustando a tus amigos. – Dijo Frank, posando su mano derecha sobre el hombro de Jack. Jack quitó su mano de un fuerte tirón y se separó unos centímetros de él. - ¿Mis amigos? - Preguntó Jack, completamente enfadado. - Sí, tus amigos. –Dijo Frank, sorprendido por la reacción de este, quedándose helado.
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- ¡Qué clase de amigos son estos, que no reconocen el nombre de mi mujer! – Gritó Jack con todas sus fuerzas, para que todos los que alcanzaban a ver, le escucharan con claridad cristalina. - Por Dios, Jack, tu mujer se llama Alison. La tienes ahí al lado.- Dijo Barry, señalando a la mujer que tenía a su lado. Su rostro cansado y desconcertado, inquietaron aun más a Jack, que entendía que por algún motivo, éste, creía que esa era la verdad. Jack miró a su antigua novia de niñez Alison, y encontró que esta le miraba con una bonita sonrisa en su rostro. Parecía la única que pese al comportamiento de Jack, se había mantenido cerca de él, en silencio y sonriente, como si estuviera ausente de todo. - ¿Alison? ¿Qué tipo de broma es ésta? –Preguntó Jack, mirándola fijamente. - ¿Qué tipo de broma es la que haces tú, Jack? - ¿Perdona? ¿Qué demonios estás diciendo? - Jack, no se a que viene todo esto, pero aunque tenga cuarenta años menos, sigo siendo la misma. Soy Alison, tu mujer. Jack se quedó paralizado, congelado y sin saber qué decir. Aquello no era ninguna broma. Todos le miraban convencidos de tal cosa, y todos actuaban en consecuencia, mirándole como si él estuviera loco. ¿Cómo era posible tal cosa? ¿Cómo era solo él el que recordaba el rostro, el cuerpo, la voz y la mera existencia de la maravillosa mujer que era Margaret Spencer Willis. No era posible. Sus ojos se llenaron de lágrimas de desesperación. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo en este lugar, pero no se parecía en nada al cielo que siempre había esperado, y cuando más tiempo pasaba en este lugar, peor y más extraños se sentía. Su corazón latía a mil por hora, desbocado, sin aliento, comprimido por el sinsentido de la locura
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que le embargaba y a todas las malditas preguntas sin respuesta que parecían no acabarse jamás. - No… no entiendo nada… nada tiene sentido… -Articuló Jack, llevándose las manos al rostro, intentando recuperar su compostura sin demasiado éxito. Alison se acercó para abrazar a Jack, y consolarle en su momento tan difícil de entender por todos, pero Jack le apartó de un manotazo, mirándola con los ojos inyectados en fuego. Su rostro sudoroso y sonrojado por la tensión, parecían ahora más de un animal que el de una persona, como aquellas que poblaban alegremente esa ciudad. Sus ropas estaban empapadas, y su pelo estaba humedecido por sudor. Frank y Barry se quedaron de piedra al ver como Jack trababa a Aalison, y se acercaron a ella, para intentar consolar a una mujer, que pronto se derrumbaría. Efectivamente, ésta comenzó a llorar desconsoladamente, como si el rechazo de Jack le hubiera asestado una puñalada en el corazón, abriéndoselo de par en par. Todos los que se habían acercado para saludar alegremente a Jack, y que después se habían mantenido expectantes ante sus sorprendentes preguntas, simplemente se volvieron para continuar su camino, decepcionados por la reacción tan negativa de éste. Todos evitaban ahora mirarle, y desparecían entre las esplendorosas calles, para continuar con sus asuntos. Tan solo, Alice, la niña ahora mujer que había recibido a Jack, se mantenía observándole, con una expresión en su rostro, que parecía más miedo que cariño. Frank y Barry, consolaban a Alison, intentando que esta pudiera volver a mirar a su marido, y que éste le reconociese como era debido.

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- ¡Que nadie se acerque! ¡Joder! – Gritó Jack, levantado su mano a forma de escudo, para que nadie se acercase para tocarle. - Jack, te estás pasando. Esto no está bien. – Le reprochó Barry, mirándole indignado por su comportamiento. - ¡Nada está bien, joder! –Gritó Jack furioso, fulminándole con la mirada. - ¡Jack, ¿qué demonios te pasa?! ¿Por qué no me reconoces? – Dijo Alison, llorando desconsoladamente, sin entender qué ocurría. Jack la miró como si aquella mujer fuese un completo desconocida, y después de mirar lenta y cuidadosamente a todos los presentes, y de pensar bien las palabras, sin utilizar más insultos innecesarios, volvió a mirar a Alison para contestarla. - No sé que intentáis vosotros tres, o este lugar, pero yo sé quien es mi mujer, y sé con qué persona he compartido cuarenta años de mi vida. Alison rompió a llorar al escuchar aquellas palabras, y al contemplar a Jack y su rostro enrojecido por la furia contenida. Todos le miraron decepcionados y confusos, al igual que enfadados por semejante reacción. Nadie esperaba que el tranquilo y afable Jack, se pusiera de esa manera, y menos aun con su querida y amada mujer. La mayoría, se miraban preguntándose qué le había ocurrido en vida, para tener que negar ahora al amor de su vida, rechazando incluso su mera existencia de manera tan rotunda. - ¡Ya basta de mentiras! Por favor, decirme donde esta mi mujer. – Solicitó Jack, sin apartar la mirada fija en Barry, Frank y la desconsolada Alison. - Te dicen la verdad, Tío Jack. –Dijo una voz a su izquierda, con una fina y casi inaudible voz. Alice, se mantenía ahora unos metros de él, con miedo en sus ojos.
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Jack la miró como si fuese una completa desconocida. Ni él mismo se reconocía ahora que había perdido los papeles, pero no era momento de echarse atrás. Debía solucionarlo de una vez por todas. - ¡No es cierto! ¡Mi mujer es Margaret! ¿Dónde está Elías? ¡Quiero hablar con él, ahora! –Gritó Jack con todas sus fuerzas, haciendo que su voz se propagase por las calles, sobre todos los murmullos del gentío ausente. - ¡Es suficiente, Jack! ¡Ya basta! –Gritó Alison sollozando, arrodillándose a los pies de Frank. Su desesperación y su tristeza eran ahora terribles, y ya no podía ni contener ni disimularlos. Frank la intentaba levantar, pero ella derrumbándose sin fuerzas en el bello y limpio suelo del se acercó también para ayudarla, pero era inútil, pues la mujer, ahora parecía totalmente destrozada por desconcertantes de Jack. se negaba, pueblo. Alice desconsolada las palabras

Varias personas cercanas, imitaron a Alice, y se acercaron para ayudar a Alison, que lloraba arropada ahora por Frank. Barry miraba a Jack, aparentemente enfadado, sin entender qué le podía haber ocurrido para decir tal cosa, y mantener aquella extraña postura contra su conocida y evidente mujer. - ¡Elías! ¡¿Dónde te metes, maldito?! –Insistía Jack, sin importar cuantos o quienes se acercaran a esa mujer, a la que ahora ni siquiera miraba. Su rostro estaba contraído y sus ojos miraban a todos con desprecio. Su corazón, ahora que latía desbocado, y su mente llena de incredulidad y furia, no podía ya contenerlos. Todo su ser estaba ahora pidiendo una explicación, una aclaración y saber toda la maldita verdad. Puesto que aquello que le rodeaba, aquella mujer y aquellos amigos y conocidos, negaban algo que era imposible. Su mujer era
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indudablemente Margaret, y aunque todo el maldito cielo insistiera que no era así, sabía perfectamente con quien había formado una familia, con quien había compartido miles de noches de pasión, y había vivido profundamente feliz durante tantos años, que sentía que no había habido nadie más en toda su vida. - ¡¡Elías!! – Gritó con todas su fuerzas Jack, asustando con su violento y brusco comportamiento a todos los presentes. En ese momento, una luz brillante de color azulada, hizo acto de presencia entre Alison y los demás, y Jack. La luz dio paso a una forma corpórea, definiéndose lentamente, para crear un cuerpo físico fácilmente reconocible. Era Elías. Para la sorpresa de Jack, todos los presentes desaparecieron, mientras su forma aún física tomaba forma. Una estampida silenciosa de toda la gente que le rodeaba, dejó todas las calles y caminos cercanos, totalmente vacios. Todos habían desparecido en el más absoluto silencio, como si la presencia del mismísimo Elías fuese alguien a quien temer o con el que no había que cruzarse. Aunque Jack, fue sincero consigo mismo, ya que nadie podía tener miedo de un ángel, la solución era mucho más simple. ¿Quizás no había pasado la segunda prueba, y por eso ya no hacía falta la presencia de aquellos “actores”, pensó Jack, mientras recuperaba el control de sus emociones, y respiraba profundamente para enfrentarse a Elías. Sea cual sea su nuevo destino, lo enfrentaría como un hombre, como siempre lo había sido. Elías miró a su alrededor, como si buscase a los que hacía tan solo unos segundos, se mantenían asustados ante la violenta reacción de Jack. No había nadie, ni siquiera en las ventanas o puertas de las casas, ni siquiera se escuchaba el murmullo lejano de la gente en las calles en la lejanía. La ciudad se había convertido en un cementerio, o simplemente y según Jack, todas esas figuras ficticias, como los
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mendigos o esclavos locos del camino de baldosas amarillas, eran simple decorado, para una prueba extraña, cruel e incomprensible. - Y bien, ¿Para qué me necesitas, tío? –Preguntó Jack de forma seria, cruzándose de brazos. – No me gusta aparecer, y romper las reglas. ¿Qué demonios ocurre?

CAPITULO 7

“La segunda prueba”

- ¡¿Qué significa este lugar?! ¿Por qué me traes a esta pantomima sin sentido? – Gritó Jack, sin amedrentarse por la mera presencia de aquel ser celestial, tan curiosamente vestido de motero de los años ochenta. - ¿Pantomima? Creo que te equivocas, tío. Este lugar es de verdad. – Exclamó Elías, con absoluta claridad, mirándole fijamente. - ¡No me tomes el pelo! ¿Tan real como ese maldito camino de locos de hace un rato, donde teníais encadenados a esos tipos de forma horrible? ¿Era eso también real? –Gritó Jack, muy enfadado.
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- Sí, claro tío. Aquí todo es real. Macho, no entiendo cómo puedes dudar de algo así. – Dijo Elías, negando con la cabeza, las continuas negaciones de Jack a todo lo que él veía. - ¡Ya basta de rollo de motero y de teatro cutre de carretera! ¡Habla claro de una maldita vez! – Gritó Jack, agotado del aspecto y forma de expresarse del ser que debía ser un ángel guía. La expresión de Elías cambió rápidamente, y su rostro se convirtió en piedra. Su rostro profundamente serio, en conjunto con sus curiosas ropas, le daban ahora un aspecto temible e intimidatorio. Jack se quedó esperando que Elías se retractase de su última afirmación, que tan poco, por no decir nada, tenía sentido. Esperaba que de un momento a otro, dijese que era alguna especie de broma del cielo. Después de todo, siempre había pensado que los ángeles o seres celestiales, y las almas buenas que allí habitaban, debían tener un buen sentido del humor en el paraíso, pero aquello, se pasaba de castaño oscuro. Pasados unos segundos, y ante la impasibilidad de Elías, Jack comenzó a preocuparse. Pensó que por un momento, todo lo que éste le decía era cierto, y sintió marearse; pero si tal terrible posibilidad era cierta, entonces, ¿qué es lo que estaba mal en todo este extraño, deforme y completamente absurdo lugar? ¿Por qué cada vez se sentía peor, más perdido y con una profunda congoja? - Por favor, deja de bromear. Necesito una respuesta. – Insistió Jack, bajando el tono moderadamente. - No te he mentido en ningún momento, ni nada de lo que te rodea es falso. Yo personalmente, tengo un excelente sentido del humor, pero no me gusta jugar con mi trabajo. – Dijo Elías, ahora más serio, seguramente molesto por las continuas y cargantes preguntas y

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desconfianzas de Jack. Su forma de hablar de motero, había desparecido. Jack detectó ese cambio de humor, y fue algo más precavido de continuar con el mismo discurso. Evidentemente, y dado que ninguna de sus más simples preguntas habían sido respondidas con claridad, dedujo que por algún desconocido motivo, no debía saber el por qué de todo lo que estaba empezando a volverle loco. Su joven cuerpo, su desbocado corazón, comenzaron a recuperar el ritmo adecuado y a recuperar el control de la ansiedad que le embargaba. Debía cambiar la aptitud, si quería conocer la verdad. Pero antes de que éste dijera nada más, Elías tomó la palabra, y para sorpresa de Jack, no estaba en absoluto del humor que acostumbraba. - Y como no me gusta jugar con mi trabajo, no me gusta saltarme las normas. ¿Para qué me has convocado? –Preguntó Elías, totalmente serio, obviando premeditadamente todas las preguntas de Jack, y volviendo a preguntar el motivo de su presencia allí. Jack pensó bien las palabras, antes de decir ninguna cosa que caldease más el ambiente. Después de pensar detenidamente cómo enfocar el problema, intentó suavizar sus palabras y ser lo más agradable posible, dadas las caóticas circunstancias. - Estaba perdido, no entendía lo que ocurría en esta ciudad o pueblo, y necesitaba encontrar a mi mujer. – Dijo Jack, ahora mucho más suave. - ¿Y por eso me has hecho contradecir las normas? – Preguntó Elías sin inmutarse. - Pero me dijiste que si te necesitaba, te podría llamar. - Si me necesitabas para algo URGENTE o IMPORTANTE. Ninguna de estas cosas lo es. –Dijo Elías.
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- ¿Mi mujer no es importante? ¿El amor que proceso por ella, no es importante? - No es importante para tu camino y tus objetivos. Aunque si te vale de consuelo, me ha parecido verla hace tan solo unos segundos en esta misma plaza. – Respondió Elías. - ¿Aquí? ¿Dónde? – Preguntó Jack, volviendo a sentirse invadido por la ansiedad y los nervios, buscando por los alrededores a su querida mujer Margaret. - Exactamente a dos metros y medio, aquí mismo. – Señaló Elías, hacia la posición donde hace unos momentos se encontraban Frank, la pequeña Alice y su exnovia Alison. Jack lo entendió a la primera. No hizo falta que preguntase más, para saber que Elías, también había definido a su mujer como a la chica con la que tan solo había compartido unos pocos años en su niñez. La pregunta que le carcomía, y que por el momento debía ocultar, era por qué. Elías miraba a Jack con seriedad, como si pudiera leer a través de su cabeza de cristal con todos sus pensamientos escritos con claridad y en perfecto orden. Jack recordó que no era la primera vez que lo hacía; por ello, decidió pensar en cualquier otra cosa del entorno, ocultando así sus pensamientos más comprometedores, para un momento de intimidad, donde pudiera pensar con claridad y en soledad. Debía cambiar de estrategia nuevamente, para poder evitar que sus confusos pensamientos le delatasen. No era todavía momento de destapar todas sus cartas, antes de descubrir qué ocurría con su esposa, y el porqué de que todos insistieran en que Alison era y siempre había sido su mujer.

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- ¿Ya ha sido aclarada tus dudas? ¿Puedo irme? – Preguntó, sin dejar de mirarle fijamente, como si quisiera obtener las respuestas sin que Jack pronunciase ni una sola palabra. ¿Dónde se había metido aquella encantadora sonrisa y su extraña forma de hablar de motero de los ochenta? - Sí, disculpa. He perdido los papeles. Tantas cosas nuevas en tan poco tiempo… me han superado. - No vuelvas a convocarme para semejantes cuestiones. He roto un par de reglas para poder venir aquí, y no quisiera que nos metiéramos en un lío. – Dijo con absoluta seriedad Elías, dejando totalmente de lado su curiosa forma de hablar. Ahora parecía que hubiera otra persona hablando a través de él. Jack pensó en esa frase, pero inmediatamente desvió su atención a otra cuestión, para que su mente estuviera lo más libre posible de pensamientos comprometedores. Había tomado la determinación de que sus pensamientos, a partir de ahora, serían exclusivamente suyos, aunque no supiera el alcance de ese poder. La única duda que le quedaba, era si era posible que su mente fuese leída en la distancia, incluso aunque no estuviera presente Elías, o debía estar cerca para hacerlo. Otra pregunta, que dejaría para cuando estuviera solo, y pudiera meditar todos los puntos con detenimiento. - De acuerdo, lo siento. -Deberías sentirlo, es algo muy serio forzar a un guía a presentarse así por las buenas, sin un buen motivo. - Y ¿por qué motivo debería llamarte? ¿Qué puede haber más serio? – Preguntó Jack, intentando sonsacar algo en claro. - La muerte. –Dijo Elías, mirándole fijamente.

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- ¿La muerte? – Repitió Jack, quedándose paralizado. La mera mención de la palabra, hizo que se le erizaran los pelos de la nuca, y por su cuerpo recorriera un escalofrío helador. Jack miró a Elías, esperando una explicación de aquella poderosa y terrible palabra, que tenía tan poco sentido como todo lo que había visto hasta el momento. No era posible morir, si ya estabas muerto, pues aquel lugar era el cielo, entonces, ¿a qué se refería? Elías comenzó a desaparecer lentamente, y en su rostro empezó a dibujarse una suave sonrisa, que fue tomando forma, a medida que éste desaparecía. Cuando tan solo se perfilaban las formas de Elías, este comenzó a reír a carcajadas, como si todo aquello fuese realmente divertido para él. - Es broma, tío. ¡Ya estas muerto! Relájate y disfruta de tu estancia. Ja ja ja. Finalmente se quedó solo, en mitad de aquella calle, mitad plaza mitad calle curiosamente asfaltada, que se perdía entre otras largas calles y pequeñas callejuelas entre los limpios y bien decorados edificios de muy diversos colores. La sensación que se le quedó, el sentimiento que le llenaba, no era ni mucho menos positivo. Pese a la broma de Elías, Jack no sentía ninguna maldita gana de reír, bromear o simplemente sonreír a ninguna dichosa cosa ni comentario. Sus sentimientos ocultos, sus pensamientos enmascarados, le hervían en su ya inquieta cabeza, y se sentía profundamente enfermo. Aunque no sabía con seguridad, de qué o porqué se sentía de esa manera. Después de todo, y pese a las constantes contradicciones y extrañezas, debería sentirse feliz y dichoso en el cielo. Pero sus pensamientos, ahora floreciendo desenfrenadamente en su atormentada mente, tuvieron que quedarse en silencio una vez
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más, cuando lentamente y en silencio, las gentes de la ciudad aparecieron por las calles, puertas y ventanas, para volver a sus quehaceres diarios, con toda la naturalidad del mundo. Es como si alguien hubiera pulsado un “play” del mando a distancia de esta extraña película, después de haber dejado todo en “pause”. Todos comenzaron a caminar, mirando a su alrededor, como si buscasen a alguien. Era evidente, que en cuanto Elías apareció, todos salieron corriendo, o simplemente desaparecieron, como si éste les produjera un gran temor o respeto. Aunque, Jack, también pensaba que quizás todo lo que veía a su alrededor, era en realidad un mundo falso, creado y controlado por Elías, para la dichosa segunda prueba. Las dos posibilidades, eran en si mismas una serie de locuras, que poco o nada tenían sentido, pero Jack se había dispuesto a descubrirlo, con la inteligencia y buen hacer, de la que siempre había sido característico. Su esposa, si es que este era el lugar donde estaban todos los que fallecían, se conocieran o no, pasaban allí un tiempo, sin lugar a dudas, estaba entre ellos. Y si no era el lugar que le habían contado, pronto descubriría, qué estaba ocurriendo, y por qué. Algún sentido debía tener todo aquello que había visto hasta ahora, y por algún extraño motivo que no podía entender con claridad, parecía que poco o nada, tenía que ver con él y su supuesto destino en el cielo. Mientras todos volvían a sus quehaceres, y Frank y los demás se volvían a acercar a él, con Alison aun con el rostro compungida por la tristeza, Jack tomó una determinación, que podría darle la clave de todo. Debía aceptar las cosas tal y como son, sin rechistar, y mientras tanto, investigaría con la máxima prudencia, lo que su corazón le imploraba, y su alma le carcomía. - ¿Por qué le has llamado? ¡Va contra las normas! – Dijo la joven Alice, mirando a Jack con una extraña expresión en su rostro. Le
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miraba como si ahora no le reconociera, y la alegría de haberle visto minutos antes, se hubiera esfumado. El resto, que se acercaba lentamente, le miraban con la misma extraña expresión, mezcla entre tristeza y sorpresa, tanto por las palabras antes pronunciadas, como por la llamada al ángel Elías, que todos parecían conocer. - Ha sido una tontería, lo siendo mucho. – Dijo Jack, intentando ser lo más convincente posible. Su aptitud había cambiado radicalmente, y pronto todos comprendieron que realmente lo decía de corazón. Frank, Alice, Alison y Barry, le miraron fijamente durante unos breves segundos, y al ver que Jack se mantenía cabizbajo y profundamente avergonzado de su aptitud previa, todos se acercaron para ayudarle amablemente. Tan solo Alison, que parecía aun dolida por sus crueles palabras al no reconocerla, se quedó quieta y sin poder mirarle al rostro. Estaba muy enfadada y dolida. Jack la miró, y se dio cuenta de que todo se iría al traste, si su ardiz fuese descubierto antes de completar tu improvisado plan, por lo que opto por hacer lo que debía. Aquella mujer, equivocada o no, parecía sufrir realmente su rechazo, y aunque hacía más años de los que podía recordar sin verla, indudablemente era ella. Jack estaba en un dilema moral. Descubriría la verdad, sí, pero si aquellas personas o almas, que estaban allí con él no sabían nada de aquel extraño y desconocido juego, tampoco quería causarles ningún dolor. Muchas de las personas que veía a su alrededor, habían sido excelentes conocidos y amigos, que por algún motivo estaban allí con él. Pero, Jack no bajaría la guardia, ya que entre todas aquellas personas allí congregadas, tan solo unos pocos amigos del trabajo o del barrio cercano, parecían reconocerle, pero ninguno de sus amigos íntimos y familiares, estaban a la vista. Algo oportuno, ya que al no tener una
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relación demasiado cercana, no podía saber mucho más sobre ellos o preguntarles, para asegurarse su genuinidad. Alison era la que más le intrigaba, puesto que pese a todos los años trascurridos, aquella mujer insistía en ser su esposa, lo cual era totalmente imposible. Margaret, era su esposa, y aunque todos lo negasen, él la conocía perfectamente, y aún podía recordar su esencia y su agradable olor, el cual le acompañó durante más años de los que podía recordar. - Alison, discúlpame… estoy muy confundido, y me siento perdido. Este lugar no es… lo que yo esperaba. – Dijo finalmente Jack, acercándose a ella, con voz suave y tranquila. Alison se negaba aun a mirarle, y se dio la vuelta para mirar en sentido opuesto, completamente rígida y seria. Indudablemente estaba dolida. - Jack, ¿en qué demonios crees que estabas pensando? ¡Un angel no debe estar en este lugar, está prohibido! –Le regaló Frank. - Por el Dios único, no lo vuelvas a hacer.- Dijo Barry, ahora a su lado, apoyando la mano sobre su hombro. Tanto Frank como Barry, y todo un conjunto de personas, pronto se dieron cuenta de que Jack no estaba ya en el estado anterior, y se sentía completamente avergonzado. Con la cabeza cabizbaja, su rostro enrojecido por la vergüenza, y un rostro triste, Jack convenció a todos de su total arrepentimiento. Todo iba según lo planeado. - Permitidme, por favor. – Solicitó Jack, apartando con educación a sus antiguos amigos y conocidos que venían a animarle, para poder acercarse a Alison. Todos se apartaron al entenderlo, e hicieron un ancho pasillo para que éste se acercara a su mujer. Jack caminó hacia ella, y ésta se
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mantenía mirando en otra dirección, dándole premeditadamente la espalda. - Alison, perdóname. –Dijo simplemente Jack, posando su mano sobre el bello y suave hombro de la misma. Alison no dijo nada. Su cuerpo estaba rígido y temblaba ligeramente. Un suave suspiro, descubrió que estaba llorando en silencio, ahogada por el sufrimiento y la congoja. Jack no lo pudo ver, hasta que sintió su cuerpo bajo su mano, y esta se removió molesta. - Lo siento mucho. –Insistió Jack, quintado la mano de su hombro. Era evidente que estaba herida, y necesitaría algo más que una disculpa y una caricia. - No me has reconocido. –Dijo Alison, sollozando en silencio, sin volverse. - Estaba confundido… y todo me parecía extraño. – Respondió Jack, siendo lo más convincente posible. Para él iba a ser todo un reto, interpretar el papel de hombre arrepentido, que acepta las mentiras de todos aquellos que le rodeaban, y encima, no debía pensar en lo que estaba haciendo, para no descubrirse. Mientras no estuviera demostrado que tan solo Elías y los de su tipo, podían leer la mente, debería ser extremadamente cauto. - ¿Yo te parecía extraña? ¡Tu mujer te parece una extraña! – Replicó Alison ahora más enfadada que triste. Se volvió para encararle, mientras descubría su rostro enrojecido por haber llorado. Varias lágrimas había recorrido su mejilla, y su rostro estaba húmedo. Jack se quedó impresionado de ver a aquella bella mujer en aquel estado. Nunca había podido soportar ver llorar a una mujer, sea quien sea, y algo dentro de él se removió al contemplarla. Su punto débil había sido siempre la tristeza y sufrimiento ajeno, y por ello,
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intentaba siempre evitar los hospitales y lugares donde el ser humano se encontraba en sus momentos más bajos. Pese a todos aquellos poderosos sentimientos que le embargaban, Jack tomó el control de ellos, y se centró en intentar sino curar, al menos impedir que las heridas causadas hacia aquella mujer, fuesen a más. Su plan, si es que había alguno, debía empezar por normalizar la situación con aquellas personas, que cada vez le parecían más y más extraños. - ¿Por qué me has llamado Margaret? ¿Quién es esa mujer? – Preguntó Alison muy molesta. - No es nadie. Lo siento. –Dijo Jack, sin conseguir aun ser demasiado convincente. - Dímelo por favor. ¿Era una amante? –Insistió Alison, mirándole fijamente. - ¡No! ¡Nunca te he traicionado! –Replicó Jack con firmeza. - ¿Una mujer que has amado aunque no fuese tu amante? – Preguntó Alison, intentando descubrir de donde había salido aquel nombre. - ¡No, por Dios! ¡Ya te he dicho que nunca te traicioné! – Volvió a replicar Jack. - ¿Entonces? ¿A qué viene ese nombre? - Si te digo la verdad, no lo se. Es como si en mi mente estuvieran todas las cosas mezcladas y los nombres y personas, fuesen otra cosa. – Respondió Jack, sin encontrar las palabras adecuadas a la vez que convincentes. - ¿Pero ahora te encuentras mejor? - Sí. Ahora lo tengo todo más claro. –Dijo Jack, bloqueando sus pensamientos.
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- ¿Me quieres? - Sí, mi amor, siempre te he querido. –Dijo Jack, sonriéndola con cariño. En su interior, Jack tubo que hacer un enorme esfuerzo para no dejar florecer sus verdaderos sentimientos. - ¿De verdad? - Sí, claro, nunca he dejado de quererte. –Dijo Jack, apretando los puños con fuerza. - Siento haberte dejado solo. –Dijo Alison, sorprendiendo a Jack con esa extraña frase. - ¿Cómo dices? - Desde que me fui de tu lado hace ya ocho años, te deje con todas las cosas de la casa, y nuestros hijos y nietos. Lo siento mucho. – Dijo Alison, comenzando a llorar de nuevo. Alison era una excelente actriz, sin duda. Aquello sorprendió a Jack, pero antes de que su rostro y comportamiento le delatase, volvió a sonreír con absoluta normalidad. Aunque en su corazón, un fuego abrasador le hiciera salir corriendo de allí, debería aguantar y continuar con lo que había empezado. No había vuelta atrás. - No tienes nada de qué disculparte. No tuviste opción, la muerte llega y no podemos negarla. –Dijo Jack, recordando ligeramente como su esposa murió en un frío hospital, después de una larguísima enfermedad hacía ya 12 años. - Tienes razón. Nadie puede preveer un accidente de coche. – Dijo Alison, quedándose pensativa. ¿Un accidente de coche? Aquella mera mención por parte de Alison, hizo que el resquemor y profundo desasosiego que le embargara, tomara ya otro matiz, creándole un oscuro agujero en el corazón, que le estrujaba las entrañas. Aquella mujer, no solo no era su
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esposa, sin oque todo lo que decía, era absoluta mentira. En milésimas de segundo, sus sentimientos fueron tapiados premeditadamente, para enmascarar las ya casi incontrolables ansias de salir corriendo de allí y alejarse de aquellos extraños y crueles mentirosos. - Pero ahora estas aquí, y estamos juntos. Eso es lo único que importa. –Dijo Jack, volviendo a sonreír, regalándole una suave caricia en el rostro. Por un momento, mientras su mano pasaba cerca de su cuello, Jack pensó en agarrarlo y apretar con todas sus fuerzas. Después de todo, todos estaban muertos, ¿no? - Eso es cierto, y estoy muy feliz por haberte encontrado de nuevo. – Dijo Alison, ahora devolviéndole una preciosa sonrisa, que parece que hizo efecto en todos los que observaban. Frank y Barry, al igual que la pequeña Alice, también se alegraron de que Jack hiciera las paces con su mujer, y por fin parece que todos se relajaron un poco. La gente que hasta ese momento se había mantenido expectante, como si esperase que Jack diese el primer paso, y aceptase su nueva situación. - Yo también estoy muy feliz. –Dijo Jack a Alison, abrazándola con cariño. Aquel gesto, relajó indudablemente el ambiente que se había enrarecido momentos antes, puesto que ahora pareció que todos volvían a sus charlas y sus cosas, dejando a Jack son su “esposa”. Frank y Barry, volvieron a sonreír, y comenzaron a charlar sobre los ángeles y sus extraños comportamientos. - Pero no vuelvas a asustarme con locuras como las de antes, por favor. –Dijo Alison, sin separarse de Jack, manteniendo el abrazo mutuo. - No sabía que aquí, la gente pudiera enloquecer. –Dijo Jack con un excelentemente bien forzado sentido del humor.

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- Aquí hay muchas cosas que no sabes, querido. –Dijo Alison, limpiándose las lágrimas de alegría. - Espero que puedas ponerme al día cuanto antes, estoy realmente impaciente por saber. - Como todos, querido, como todos. – Dijo Alison enigmáticamente. Jack se quedó abrazado a ella, sintiendo como sus músculos jóvenes y tersos, le hubieran permitido ahogar a aquella delicada y mentirosa mujer, y acabar con toda aquella pantomima. Pero en cuanto sus pensamientos tomaban forma, inmediatamente los bloqueaba con cualquier pensamiento trivial, evitando así ser leído por cualquiera. No podía fiarse de nadie, y menos aun de aquellas personas, que tan convenientemente habían puesto a su lado, en aquel pueblo tan extraño como imposible. Era el momento de encontrar algunas respuestas.

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CAPITULO 8

“Investigaciones”

Jack y Alison, comenzaron a pasear plácidamente por la ancha y limpia calle, que se extendía a lo largo de la ciudad. Las gentes les saludaban amablemente al pasar, como si todos se conocieran de toda la vida. Seguramente, así lo era. Los rostros sonrientes, las manos levantadas, los cuerpos jóvenes y en su mayoría desconocidos para Jack, no le daban en absoluto ninguna buena vibración. Pese a todo, no dejó de sonreír y saludar, como si todo aquello fuese lo más natural del mundo.
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Al pasar junto a antiguos amigos, no hizo mas preguntas, no dudó ni un momento de lo que sus ojos le mostraban, evitando así que miradas indiscretas le descubrieran en su complicado plan. Mientras se mantuviera sonriente y firme, todo saldría bien. Jack ya no podía volverse a atrás. Todo era tan profundamente artificial como un teatro de la más alta calidad, con actores de primera línea, decorados multimillonarios y papeles perfectamente aprendidos, pero mentira al fin y al cabo. Todo supuraba la extraña sensación de que una pieza faltaba, de que no todas las personas que allí estaban eran las que decían, y por supuesto, faltaban otras tantas, que cuanto menos, le desconcertaban. El desconcierto general, sumándose a aquella absurda pantomima, hacía que la nueva aptitud de Jack, fuese ardua difícil de mantener sin descubrirse. Faltaban muchos rostros conocidos, muchos amigos y familiares cercanos, que por algún motivo, no formaban parte de aquel complejo teatro, y prefirió no preguntar por ahora. Todo tendría su momento y su lugar. Por ahora, saciaría su lógica curiosidad sobre el lugar y sus gentes, antes de investigar por su cuenta, lejos de miradas o mentes indiscretas. - ¿Cuánta gente hay aquí? –Peguntó Jack, saludando a todos con los que se cruzaba. - Sinceramente no lo se, nadie ha recorrido toda la ciudad de un lado al otro. Puede haber millones, quizás más. –Dijo Alison, sonriéndole con cariño. - ¿Nadie ha recorrido la ciudad al menos para saber lo grande que es? –Preguntó Jack incrédulo. - Algunos lo han intentando hace años, pero ninguno ha vuelto. Supongo que es mucho más grande de lo que pensaban y aun lo
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están recorriendo. –Respondió Alison, apretando ligeramente el brazo de Jack contra el suyo. Estaba indudablemente feliz, y sus muestras de afecto no tenían medida. Aquella frase inquietó a Jack. Si la ciudad era tan inmensamente grande como para que un hombre la recorra durante años, debía ser inmensa, por decirlo de alguna manera. - Guau… es sorprendente. Debe ser inmensa. –Dijo Jack, intentando atisbar sin éxito, el final de una de las calles, que se perdía en el horizonte. - Y como no tenemos coches, autobuses u otro medio de transporte, todos los recorridos por muy cortos o largos que sean, debemos hacerlo andando. Ese quizás sea otro buen motivo para que a la mayoría le deje de interesar las medidas de este mundo. –Dijo Alison, saludando efusivamente a una pareja que caminaba en otra dirección, y a la que parecía reconocer. Jack los miró sonriente, preguntándose durante un segundo, quien demonios eran. - Son el doctor Schneider y su esposa. Atendieron mi primer embarazo, Jack. ¿Cómo puedes no acordarte? Jack se quedó frío al escuchar a su “esposa” Alison, a la vez que ésta le apretaba el brazo que le tenía agarrado, a forma de regaño. Indudablemente, Alison le podía leer la mente, y con total seguridad, todos los presentes también, y eso le hizo volver a al realidad y recuperar rápidamente la compostura. No podía descubrirse tan pronto. - Discúlpame querido, no me acordaba que aun no dispones de la habilidad para leer los pensamientos de los demás. Es mucho más rápido y fácil que utilizar las palabras, y aquí todos lo utilizamos. –Dijo comprensivamente Alison, volviendo a sonreír como si no hubiera pasado nada.
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Jack solo pudo cuestionarse unas rápidas preguntas, antes de vaciar su mente, y volver a la dura y aséptica mente en blanco, para entretenerse con cualquier cuestión trivial del entorno. ¿Desde cuando habían estado leyendo su mente? ¿Cuánto habían escuchado? Al igual que Elías, Alison y todos los demás podían leer su mente, y aquello, hizo que un frío aterrador, recorriese su columna vertebral desde sus glúteos asta su nunca, para hacerle estremecerse. - No me importa, cariño. Me siento un poco raro sin poder escuchar a nadie, excepto por los que se dignan a decir algo. – Dijo Jack, quitándole hierro al asunto con Alison, devolviéndole la agradable sonrisa. Alison le miró sorprendida, como si no esperase esas palabras des hasta hace poco airado hombre. Pero el rostro tranquilo de Jack, y su obligatoriamente sincera sonrisa, hicieron que ésta le devolviera su cálida sonrisa, y todo volviera a la normalidad. Seguramente, le hubiera vuelto a leer la mente, y tan solo había encontrado un pensamiento sincero de disculpa y comprensión, que tan bien había creado Jack. La primera prueba parecía haber salido satisfactoriamente. - De acuerdo, continuemos. Mi casa esta tan solo a unos pocos cientos de metros. - ¿Tu casa? ¿Tenéis casa aquí? - Si, claro, todos tenemos un hogar. – Respondió Alison. - Si bueno, yo nunca hubiera imaginado… - Que tendríamos una casa, ¿verdad? – Interrumpió Frank, adelantándose un metro para encarar a la pareja. Parecía que éste y Barry, además de la pequeña Alice, les habían seguido en silencio, dejando a la recién reencontrada pareja hablar de sus cosas.

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- Sí… -Dijo Jack, sorprendido al contemplar al resto de acompañantes, que ahora le devolvían la sonrisa. Todos parecían asquerosamente felices. - Pues sí, todos tenemos una casa en esta ciudad, donde podemos descansar cuando llega la noche. –Dijo Alison, señalando una bonita casa de dos pisos, que se encontraba en el otro lado de la acera. - ¿Cuándo llega la noche? –Preguntó Jack, ahora totalmente desconcertado. Esperaba cualquier cosa, menos encontrar el día y la noche en el cielo. - Jajaja, si por supuesto. Aquí también tenemos que descansar, aunque no sea en el sentido físico de la palabra. –Rió Frank, alegremente. - ¿Entonces en qué sentido? –Preguntó Jack, si disimular su curiosidad. - En el sentido espiritual, por supuesto. Nuestros cuerpos, que ahora ves son de una materia parecida a la que teníamos en la tierra, pero donde no caben las enfermedades, los achaques de la vejez o cualquier afección física que se te ocurra. –Explicó Alison, mostrándole su piel tersa, suave y de un aspecto realmente perfecto. Su cuerpo, ahora contemplado de cerca, era indudablemente bello, joven y en su máxima plenitud. - Estupendo. – Fue la única respuesta de Jack, antes de que sus pensamientos fueran abordados de nuevo por sus temores. Cada minuto, era más y más complicado para él, mantener aquella forzada sonrisa y continuar agarrado a aquella desconocida. Efectivamente, y antes de que Jack se percatase de ello, la luminosidad del ambiente fue mermando considerablemente, produciéndose un extraño atardecer de tonos rojizos y morados, tan bellos como el resto de la ciudad. Las gentes comenzaron a recoger sus
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cosas y volver a sus casas entre alegres charlas y sonrisas de oreja a oreja. - Bueno parejita, ha sido un placer acompañaros a casa, pero nosotros nos retiramos. Ya me comprendéis… -Dijo Frank, guiñando un ojo a Jack picaronamente. - Gracias por acompañarnos, saluda a María de mi parte. –Dijo Alison, asintiendo educadamente con la cabeza, sin separarse de Jack. - Ha sido un placer. Buenas noches.- Respondió Frank, lanzándonos una sonrisa de complicidad. - Buenas noches chicos. –Dijo Alison, despidiendo con la mano a Barry, que se había mantenido junto a Frank en todo momento. Alice, se mantenía quieta, sin moverse de su sitio, y parecía mirar fijamente a Jack, como si estuviera analizándole. Desde lo ocurrido con Elías, la niña le había mirado raro, y ahora continuaba haciéndolo. Jack juró que aquella niña, seguramente le había estado leyendo la mente todo el rato, intentando pillarle desprevenido y descubrirle en su complicado plan. El mero pensamiento de tal cosa, le hizo temer que todo se fuese al traste y que de un momento a otro, comenzarían las preguntas indiscretas en su contra. Alison miró a Alice, esperando que esta dejase de mirar a Jack y se volviese para su casa, pero Alice ni se inmutó. Jack pensó que quizás estaban hablando con pensamientos, despidiéndose o algo, pero el molesto silencio que continuó unos segundos más, preocupó profundamente a Jack. - Es suficiente, ve a casa Alice. – Dijo finalmente Alison, levantando ligeramente la voz. Alice, totalmente seria, dejó de mirar a Jack, y miró fijamente a Alison, como si estuviera molesta por impedirle que hiciera lo que
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quisiera. Jack la miraba sin entender que ocurría, y después miraba a Alison, esperando que alguna de las dos se dignase a decirle qué demonios pasaba. Finalmente, y antes de que Alison volviese a decir nada, Alice sonrió y se dio media vuelta para volver por una ancha calle y desaparecer entre la gente que ahora comenzaba a dispersarse. A medida que el sol o la luz reinante, comenzaba a desaparecer o mermar, la gente parecía entrar en una ferviente actividad para recoger sus cosas y volver lo antes posible a sus casas. - ¿Qué le ocurría? – Preguntó Jack, para no despertar sospechas. - La pequeña Alice esta muy apegada a mí desde que llegó a la ciudad, y le cuesta… encontrar su sitio. –Dijo Alison, siguiendo de cerca con la mirada, los pasos de la preciosa Alice. - Estoy seguro de ello. –Dijo Jack, sin perder de vista a la niña hecha ahora una bella mujer. ¿Qué había ocurrido entre ellas? ¿Por qué aquellas miradas tan extrañas? Rápidamente, Jack cambió de pensamiento, intentando bloquear aquellas preguntas, que tan fácilmente podían ser escuchadas. - Bueno, ¿Qué te parece? –Dijo Alice, volviendo a su acostumbrada aptitud positiva, con una suave sonrisa en su rostro. Jack miró a Alison, intentando entender a qué se refería. En cuanto Alison le indicó con la cabeza que mirara hacia otra dirección, lo tendió a la primera. Era la casa de Alice. - Así que esta es tu casa. Realmente impresionante. –Dijo Jack, sorprendido por las dimensiones de la misma. La casa, efectivamente, era impresionante. Con dos pisos amplios, de más de cien metros cada uno, con grandes ventanales sin
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cristal, y unas cortinas de colores vivos que hondeaban al suave viento, salpicando de color una fachada rosa y blanca. A priori parecía una casa de caramelo, construida sobre nubes de gominolas, pero de cerca podía verse lo sólida que era, construida de algo parecido a una piedra o yeso blanco nuclear, impoluto y perfecto. Las dimensiones eran grandísimas, y los ángulos y puertas y ventanas, perfectamente cortados en aquella extraña roca blanca, de lo que parecía estar hechas todas las construcciones de la inmensa ciudad. La perfección en cortes y acabados, era inigualable a los ojos de un carpintero y constructor como Jack, que no se le escapaba una, en cuanto veía un nuevo edificio a su alcance. Por una vez, en toda su vida como profesional, era incapaz de encontrar un solo defecto en aquella casa. - ¿Entramos? –Dijo Alison, dándole un suave empujón. Jack tardó medio segundo en reaccionar, y finalmente respondió mirándola sonriente. - Sí, claro. - Pues entremos, hay mucho que ver créeme. El interior es mucho más grande de lo que aparenta.- Dijo Alison, señalándole que entrara primero. - ¿Cuántos metros tiene? –Preguntó Jack, mientras caminaba entrando por la amplia puerta de entrada. - La verdad es que nadie se preocupa de esas cosas. Las casas son tan grandes como las necesites o tan pequeñas como desees. Aquí no hay miserias de espacio. – Explicó Alison, indicando con sus brazos abiertos, las nuevas dimensiones del lugar. Efectivamente el interior era brutalmente grande, sin lógica con las dimensiones que Jack había visto en el exterior. Los muros se abrían en todas las direcciones, creando un hall de entrada de más de
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cincuenta metros cuadrados. Varias puertas, preciosamente decoradas, daban acceso seguramente a otras habitaciones aun mayores, y una grandísima escalera de caracol de madera rojiza y perfectamente pulida y barnizada, ascendía hacia el segundo piso. Jack se quedo paralizado por la sorpresa. No esperaba semejante medidas en una casa que desde fuera, no podía tener más de diez o quince metros de ancho en total. Las paredes eran del mismo material que la fachada, y todo estaba tan nuevo, que parecía haberse terminado de pintar hacía escasos minutos. - ¿Todas las casas son iguales? –Preguntó Jack, estupefacto por lo que sus ojos veían. - Ya te he dicho, querido, que las casas son del tamaño que el inquilino desee. Aquí jamás tendremos problemas de espacio, puesto que el cielo es infinito. ¿No te parece? – Preguntó Alison, bailando en el impresionante hall con los brazos abiertos, girando sobre si misma, mientras simulaba un armonioso Valls. Jack volvió a pensar durante un segundo en la palabra “cielo”, y todo lo que ello conllevaba, produciéndole un estremecimiento general, que le hizo volver a la realidad, y concentrarse en su plan. No podía dejar que su mente le delatara. Jack miró a aquella mujer, y simuló nuevamente el falso cariñó que por ella sentía, conteniendo sus profundas ganas de salir de allí corriendo de aquel maldito lugar. Sonrió con una amplia sonrisa, mientras miraba como Alison bailaba sin descanso, aparentemente feliz. Seguramente así lo era. - ¿No lo sientes, Jack? –Preguntó Alison, sin dejar de bailar. - ¿Sentir el qué? - La música, ¿La sientes? – Preguntó Alison.
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- Yo no oigo nada. Tan solo escucho tus pasos al caminar sobre el suelo de madera. Alison se paró en seco, y le miró fijamente, sin entender cómo podía ser tal cosa. Jack se quedó algo perplejo, ante el repentino cambio de Alison, que le miraba desconcertada. - ¿Ocurre algo? – Preguntó Jack, sin entender lo que ocurría. - ¿No puedes escuchar la música celestial? – Alison se acercó a él, observándole detenidamente. Jack pensó que quizás estaba intentando escudriñar su mente, por lo que se centró en un único pensamiento, evitando ser descubierto. - No, no escucho nada. - Pero, si todos lo escuchamos. Es la gracia de Díos que llega hasta nuestros oídos. –Dijo Alison, caminando a su alrededor. - Pues yo no oigo nada, lo siento. - Pero eso no es posible, todos los nuevos lo escuchan. –Dijo Alison, ahora con la voz más grave. - Estoy seguro de ello, pero yo no. –Dijo Jack, molesto por el interrogatorio sin sentido ni lógica al que estaba siendo obligado. No sabía a qué demonios se refería. - Que raro… - Dijo Alison, con un hilo de voz. Sus ojos se cerraron, y comenzó a sonreír. Alison de repente, comenzó a moverse impulsivamente, y comenzó a bailar suavemente, sumida en un extraño trance místico. La música que él no podía escuchar, al parecer producía unos efectos narcóticos o de extremo placer a aquellos que lo escuchaba. - ¿Alison? – Preguntó Jack, llamando la atención de Alison.
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- Es una lástima que no puedas disfrutar de las melodías divinas, amor mío. Supongo que es solo cuestión de tiempo. – Dijo Alison, sin dejar de bailar y mover sus brazos en cruz, mientras daba giros y giros, con el rostro lleno alegría, placer y algo que Jack era incapaz de definir. - Sí… una lástima. – Dijo Jack, volviéndose sobre sus pasos, para asomarse al exterior de la casa, y contemplar qué ocurría fuera. Las calles estaban prácticamente vacías, y tan solo unos pocos hombres y mujeres, se dirigían a sus respectivas casas. La música les había pillado en pleno camino, y ahora se encontraban danzando sin detenerse, mientras se sonreirán unos a otros, lanzándose todo tipo de palabras bonitas. Muchos simplemente reían, mientras que otros subían s rostro al cielo, como si así capturaran mejor la melodía. La gente bailaba como si estuviera en trance, movidos por una extraña melodía, que Jack ni podía escuchar ni entender. Los hombres y mujeres, como muñecos de trapo, continuaban sin descanso, absortos en sus más profundos placeres, desconcertando aun más a Jack, que se sintió enfermo al contemplar aquella escena. Aquello dio un extraño descanso a Jack, que al ver a todas aquellas personas, hipnotizadas por el placer invisible, pudo al fin reordenar sus ideas y tomar algo de aliento. Su corazón y todo su ser estaban furiosos, enfadados, profundamente decepcionados y una inconcebible ansiedad le embargaba, cuando todos aquellos oscuros sentimientos se apoderaron de él. Primero lanzó un pensamiento, y miró a su alrededor por si alguien cambiaba su frenético baile para mirarle u observarle. Miró con cautela a su supuesta mujer, que continuaba dando giros sin dejar de sonreír, absorta en su placentero e hipnótico ritmo. Jack, volvió a pensar de nuevo en todo lo ocurrido, volviendo a recordar las cosas que en su mente no cuadraban, y las cosas que rechazaban con todo su
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corazón como falsas. Miró nervioso a su alrededor, como si esperase de un momento a otro que alguien dejase de bailar, para mirarle fijamente y descubrir sus verdaderas intenciones. No ocurrió. Nadie parecía siquiera darse cuenta de que los demás estaban a su lado bailando, y a veces se golpeaban suavemente, para volverse a separar. Jack advirtió que ese era el momento ideal para poder pensar con claridad y rememorar los últimos minutos u horas, pues no estaba muy seguro de cómo pasaba el tiempo en este extraño y caótico cielo. Por una vez en un buen rato, quizás toda su estancia en el cielo, podía sentirse libre de toda escucha, sin miedo de que alguien le escuchara y descubriera sus intimidades, con la tranquilidad suficiente para poder ordenar su mente y decidir que hacer a partir de ese momento. Sobre todo, antes de que la música parara, y volviera a bloquear su mente con pensamientos de lo más variopinto. Jack sintió finalmente la rabia y el odio, que todo aquello que le rodeaba, tan falso como absurdo, negaba las cuestiones más evidentes y claras de su vida. Su mente, su corazón, todo su ser y más años de los que podía recordar, no podían estar equivocados. Su mujer era Margaret, y por alguna extraña razón, que por ahora no había descubierto, toda aquella gente, supuestamente sus amigos y familiares, lo negaban con rotundidad. Las preguntas volvieron a su mente, como si hirvieran en una olla a presión, con un estrecho agujero, por el que el vapor salía con tanta fuerza, que pareciera que la tapa fuera a volar por los aires. Sus nerviosos y airados pensamientos, le hicieron desear tomar a aquella mujer ahora desprevenida por el baile, y obligarla a hablar por la fuerza. Pero Jack se contuvo, nunca había sido un hombre violento, y respetaba demasiado a las mujeres como para siquiera tocarlas sin su consentimiento. Algo en su interior, no sabía muy bien si era su moral, sus creencias cristianas o que aquella mujer había sido alguien
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importante en su vida, le produjeron que su corazón se calmase momentáneamente, y buscase otros medios. Ahora podía pensar con claridad, al menos durante un rato, qué demonios ocurría en aquel extraño lugar, y pensar en todas las inconsistencias, cuestiones incompletas y personajes desaparecidos. La primera que se le venía a la mente, trataba evidentemente sobre la conveniencia de que las personas cercanas y que le habían recibido en esta curiosa ciudad, fuesen personas de su pasado, conocidos o simplemente amigos de los que recordaba bien poco con los años. ¿Por qué no estaban allí sus amigos fallecidos a lo largo de los últimos años, o sus familiares como su madre o hermano? ¿Dónde estaban todos ellos? Si este era el lugar de transición para todos los fallecidos, y muchas de las personas más allegadas y cercanas habían muerto en los últimos cuatro años, mucho después de Alice, por lo tanto deberían estar por aquí. No solo Margaret, sino muchos familiares, amigos y conocidos, con los que tenía una confianza y una relación diferente que con Frank y Barry. Jack gritaba en su interior: ¡¿Dónde estáis?! ¿Dónde demonios están todos? ¿Mamá? ¿Hermano? ¿Amor mío? ¿Dónde estáis, por el amor de Dios? ¿Por qué no estáis aquí a mi lado, recibiéndome junto con los demás? - ¿Por qué gritas? – Dijo repentinamente una voz femenina a su derecha. En ese momento, sitió como la piel de su cuerpo se le erizaba y el miedo comenzó a apoderarse de su alma. Alguien le había escuchado, había leído su frustrada mente y sus múltiples preguntas. Sabía de quien era esa endemoniada voz.

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CAPITULO 9

“En el interior del deseo”

- Hola, Alice. –Dijo Jack, volviéndose hacia ella, para mirarla detenidamente. Hizo un terrible esfuerzo por aparentar que se encontraba bien. No lo consiguió. - ¿Qué significa eso? –preguntó Alice, sin quitarle ojo de encima. Jack tragó saliva y respiró profundamente. - ¿Qué significa el qué? - Todas esas palabras feas y todo esa… cosa en tu interior. - No se a qué te refieres. - No me trates como una tonta. Acabas de gritar tan alto que ha sido imposible dejar de escucharte.

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- Disculpa, no pretendía ofenderte, pero no se de qué me hablas. – Jack comenzó a sentir que iba a ser imposible escaparse de aquella inquisitorial mujer, que parecía querer taladrarle el cerebro y obtener todas las respuestas. - Ahora has acallado todos aquellos gritos. ¿Cómo lo haces? - Yo no he gritado. - Con la mente, idiota. Has gritado con la mente. - No sabía que se podía hacer tal cosa. - No me has respondido. Jack entendió que sería difícil ocultar algo, que al parecer esa maldita niña ya había escuchado. No sabía cuanto había podido comprender sobre sus verdaderas intenciones, pero con tal solo la mención de Margaret, todo su plan se hubiera ido al infierno. La pregunta del millón era, ¿Cuánto sabia aquella entrometida? - Solo estaba enfadado, por que no podía escuchar esa maravillosa música que todo el mundo parece escuchar. - No parecías enfadado con la música. Jack pensó rápidamente en una salida y respondió con una pregunta. - ¿Y tú por que no bailas? ¿Tampoco puedes escucharla? - Claro que puedo, pero no me produce ningún placer. A algunos no nos produce nada, no sabemos muy bien por qué. - ¿Y eso no te produce frustración? - No tanto como a ti, al parecer. –Dijo Alice, cambiando su expresión totalmente, como si Jack fuese ahora otra persona.

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Jack la miró sorprendido, esperando que volviese a contraatacar, sonsacándole sin remedio cualquier información. Se sentía muy nervioso e inquieto. - ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué haces aquí fuera, Jack? – Dijo Alison a sus espaldas. Salvado por la campana, pensó Jack. - Hola, querida. Solo estábamos charlando la pequeña Alice y yo sobre nuestras evidentes limitaciones para disfrutar de la música celestial. - Alice, ¿qué haces aquí? Deberías estar en casa, está anocheciendo. - Si, si, ya me iba. Solo estaba intrigada por Jack. - No te preocupes por mí, estoy en casa, y estoy en excelente compañía. Alice se quedó mirando, como si quisiera leer la mente de Jack, intentando descubrir la verdad. Era evidente que no se fiaba de la palabra de Jack, ni de sus múltiples excusas. Jack se quedó premeditadamente en blanco. - ¡Vamos, todo el mundo a casa! ¡Esta anocheciendo! Jack se percató de que tal cosa era cierto, el sol o la luz ambiental que había en la ciudad parecía menguar, y la gente se retiraba rápidamente a sus respectivas casas. La música definitivamente, había cesado por completo. Alice le miró por ultima vez, volvió a mirar a Alison y sin despedirse se dio media vuelta y volvió a la calle principal, para dirigirse rápidamente a su destino. Jack la perdió de vista entre las personas que caminaban rápidamente a sus casas, en el más absoluto orden y silencio.
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- Vamos, entra. – Dijo Alison. - Parecía enfadada. - Esa niña es demasiado curiosa por naturaleza, no le hagas caso. Jack se dio la vuelta para seguir a Alison, que ya entraba de nuevo en la casa. - ¿Cierro la puerta? - No es necesario. Jack se giró sorprendido, al no entender a qué se refería. La puerta había desparecido, la pared ahora continuaba de lado a lado de la casa, donde antes había una puerta. - ¿Qué ha pasado? - He cerrado la puerta. - ¿Se puede hacer eso…? - ¿Cerrar la puerta? Claro que si. - No, no me refiero a eso, sino a “desaparecer la puerta” - ¡Ah! Jajajaja. Aquí las cosas son tan grandes o pequeñas como uno desee, y cambian según el deseo del ocupante. - ¿La estructura cambia constantemente? - Siempre que uno lo necesita. Jack se quedó perplejo, por no decir congelado. Aquello se espiaba a toda lógica matemática y a todos sus conocimientos sobre construcción. Sin duda, aquello se había convertido en una ratonera, que ahora era controlada por su “ocupante”. Muy conveniente, sin duda. -Vamos no te quedes parado, tengo mucho que enseñarte.
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Jack tardó varios segundos en reaccionar y continuar tras los pasos de Alison. Por un momento, se sentía atrapado como un pequeño ratón sin salida, y buscó por las ventanas y otros accesos, la forma más fácil de salir de allí por si las moscas. Algo en su interior, volvía a gritar que corriera, pero nuevamente, acalló aquellas voces y continuó con el teatro. Ante todo necesitaba respuestas. Alison le guió por una serie de ampliar habitaciones, deliciosamente decoradas, todas ellas nuevas, perfectamente limpias y ordenadas. Toda la casa parecía haber sido construida y amueblada hacia escasos minutos, y todo tenía un aspecto mágico y bello. Era difícil no sentir admiración y asombro por tal perfección. - Vamos, rápido. Esta parte te va a encantar. Finalmente, y después de un rápido y silencioso paseo que no hizo falta explicar, llegaron a un dormitorio de color rosa claro, con una cama de más de dos metros y medio de largo por ancho. Jack se quedó paralizado en la puerta sin saber que decir. - No me digas que no te acuerdas… “Joder… mierda…” pensó Jack en ese momento. - Eh… si, claro. – Dijo Jack, sintiendo como flaqueaban sus piernas. - Lo estas deseando tanto como yo. - Ahora entiendo el rápido paseo por la casa… - ¿Prefieres que veamos la casa habitación por habitación lentamente durante horas, o vamos al grano? Jack sintió como se le paralizaban los músculos y el cuerpo se le endurecía como si estuviera hecho de piedra. - Eh… yo…
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Alison no perdió ni un solo momento. Dejó caer la escasa ropa que llevaba, como si estuviera cosida por un fino hilo, que al tirar de él, se abrieran todas las costuras. El cuerpo escultural, joven, voluptuoso y de una piel fina y blanca, se presentó frente a él, insinuándose de forma clara y peligrosa. Jack tragó saliva con dificultad, mientas sus ojos no podían dejar de mirar los pechos y las curvas de aquella maravillosa y bella mujer. Sus piernas y su cuerpo comenzaron a temblar, y no solo de miedo. Alison, con una suave sonrisa llena de picardía, se acercaba sinuosamente a Jack, mientras se comenzaba a acariciar los pechos. El mero gesto de sus manos recorriendo los pezones y acariciando sus curvas, hizo que Jack se estremeciera, y se sintiera desfallecer. Después, Alison se acercó con los brazos extendidos y abrazó a Jack, tomándolo y apretándolo contra su cuerpo perfectamente esculpido. - Mmmm… parece que te comienzas a animar. Jack sintió que su pene estaba erguido, no había podido hacer nada. Su cuerpo temblaba, estaba caliente y sentía el corazón desbocado, bombeando sangre en todas direcciones. Su pene estaba duro, podía sentirlo, apretándole el pantalón de lino blanco con tanta fuerza que le molestara. - No… no quiero… - Fueron las únicas palabras que salieron de su boca, sin dejar de temblar. - Mmm… creo que nuestro amiguito esta totalmente en desacuerdo con esa decisión. –Dijo Alison, metiendo lentamente la mano por la cintura en el pantalón, y tomando el pene con su cálida mano, para comenzar a acariciarlo con cariño. - Por favor… no… - Balbuceó Jack, mientras cerraba los ojos para sentir el placer que le daba las suaves manos de terciopelo de
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Alison, masajeando el glande de su pene, produciéndole una erección con tal fuerza, como las que ya no podía recordar. - Lo de volver a estar joven y atlético tiene sus puntos positivos, ¿verdad, cariño? Alison sacó el pene del pantalón y lo situó entre sus piernas, las cuales las abrió suavemente, para dejar entrar al durísimo miembro y encajarlo entre sus labios exteriores. Alison estaba húmeda, muy húmeda, y Jack notó como su pene se mojaba de flujo vaginal y su pene comenzó a erguirse aún más, buscando la apertura por la que introducirse. Alison se apretaba junto a él, moviendo su cadera de adelante hacia detrás, haciendo que su clítoris y sus labios, se movieran a lo largo del pene de Jack, que ahora parecía palpitar. Le estaba masturbando, rozándole con todo su sexo, permitiendo que a veces, la punta del glande entrase levemente en su interior, pero que rápidamente continuaba moviéndose, sacándolo y continuando rozándolo. Jack se sentía enfermo, asqueado, a punto de marearse y sin fuerzas. La pasión se había apoderado de él, y tan solo podía sentir una profunda traición hacia todo lo que creía y siempre había amado. Sus pensamientos, mezcla de una abominable pasión desenfrenada y un atroz sentimiento de culpa, no parecían cesar. Si sus pensamientos le delataban ahora, todo se iría al traste, y no podía pensar en otra cosa que no fuese ella, su esposa. ¿Cómo poder hacer semejante teatro sin salir corriendo de allí? - Vamos, Jack… métemela. Voy a hacer que explotes de placer más de lo que jamás has experimentado. El sexo aquí es… mágico. - No… yo… - Balbuceó Jack sin moverse. No sabía qué hacer. - ¡Oh, vamos, cariño! No ha pasado tanto tiempo, seguro que sabes como ponerte encima mío y hacerme el amor como siempre me
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lo has hecho. – Dijo Alison, hablándole en susurros mientras metía la oreja de Jack en su boca y la lamía con deseo. - Por favor… acabo de llegar… no estoy preparado todavía para esto. – Intentó decir Jack, sin encontrar las palabras adecuadas. - No creo que tu cosita dura y caliente este de acuerdo. – Dijo Alison, empujándole sobre la amplia cama, y tumbándole sin remedio. Jack pensó en resistirse, en lanzarla a un lado, e incluso a golpearla si era necesario para quitársela de encima, y salir corriendo de aquel tórrido dormitorio. Su desesperación era tal, que por un momento se sintió otra persona, sin saber siquiera cual era su nombre o dónde se encontraba. Pero por desgracia para Jack, en cuanto calló sobre la suave cama, Alison se sentó sobre él, y su pene entró dentro de ella antes de que pudiera hacer nada. La sensación de placer fue tal, que Jack solo pudo abrir la boca y lanzar un suspiro indescriptible. Su pene estaba dentro de ella, pero parecía que fuese un lugar como el que nunca había sentido. El placer le recorría la cadera, desde la punta del glande hasta los testículos, subiendo por sus glúteos, para terminar en su estómago. Después, como olas de calor, placer y deseo, cada movimiento de Alison sobre él, le lanzaba a un universo de luces y formas, donde su mente bien tenía poco que hacer, más que disfrutar del momento. Jack no pudo contenerse, no pudo revelarse, su mente estaba drogada por los espasmos de placer infinito, que parecían generarse en la punta de su pene y a lo largo de éste, desplegándose por todo su cuerpo. Tan solo pudo agarrarla de la cintura y moverla con más fuerza, intentando así poder sentir algo más de ese placer extremo, del que ahora era incapaz de escapar. No quería dejar de follarla. Por que aquello no era amor, sino puro sexo en estado puro y en cantidades descomunales, que ningún
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ser humano podría soportar de forma normal sin tener un ataque al corazón o dos. Quería follarla con más fuerza, más adentro, más rápido. - ¡OH, sí! ¡Mi amor, dame mas fuerte, métemela toda! ¡Sí! – gritaba Alison, moviéndose como una autentica serpiente, contorneándose en cada movimiento, para que la penetración fuera plena, y Jack sintiera cada embestida al completo. Jack tan solo levantaba la cadera, para seguir lo movimientos de Alison y poder penetrarla hasta que sus testículos golpeaban la piel de Alison e impedían ir más allá. Jack deseaba más, su mente pedía más. Así que la tumbó con brusquedad sobre la cama, y tomó el control de la situación, deseando ser ahora él el que la moviera a su antojo. - ¡Sí! ¡Mi amor, vamos dame fuerte! ¡Hazme el amor como tu solo saber hacerlo! Jack no dudó. La abrió de piernas y la embistió con todas sus fuerzas, metiendo su pene en su vagina, y sintiendo un latigazo de placer que le hizo temblar. Aquella vagina le producía tal placer, tal maravilloso sentimiento que sentía que fuese a eyacular en cualquier momento. Deseaba eyacular, deseaba liberarse de semejante placer. - ¡Vamos, córrete amor mío! ¡Córrete! – Gritó Alison, mientras su cuerpo se convulsionaba y temblaba. Estaba teniendo un orgasmo brutal. Jack no pudo soportarlo. Mientras ella llegaba al orgasmo, su cuerpo se contrajo enormemente, haciendo que su pene fuese aprisionado con fuerza en su interior y las oleadas de places se multiplicasen por cien. Jack explotó. - ¡Me corro! ¡Me corro!
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Alison apretó sus piernas sobre él, empujándole hacia dentro y haciendo que su orgasmo fuese inmenso. Jack gritó como si estuviera siendo herido, pero de placer, y su cuerpo tembló mientras sentía que su chorro de esperma la llenaba por completo. Jack se derrumbó sobre Alison, mientras su palpitante pene aun se movía en su interior, lanzando las últimas gotas de líquido espeso y blanquecino. Su pene aun estaba duro, durísimo, y se mantenía dentro, abrazado por las cálidas paredes de su deliciosa vagina, que se contraía en pequeños espasmos, mientras quedaba aun resquicios del impresionante orgasmo. - Mmmmm…. Aun la tienes dura amor… mueve despacio. – Pidió Alison, mientras contraía su cadera, para que Jack sintiera como apretaba su pene en su interior. Jack pudo ahora sentirse libre, y recuperó la cordura que había perdido en lo más profundo de su deseo. Sintió el cuerpo dudado de Alison, abrazado al suyo, y su pene en su interior, perdiendo fuerza y firmeza. El deseo había cesado, y daba paso a un profundo sentimiento de traición y culpabilidad. - No… no dejes que se baje… quiero más polla. Jack sintió como aquellas palabras le taladraban la mente y el alma, y se sintió sucio, profundamente asqueroso. Se apartó de ella, y sacó su pene flácido y arrugado, mojado de esperma y fluidos femeninos por igual. - No… continúa… ¡fóllame de nuevo! Jack se liberó de sus brazos, mientras se situaba a su lado y recuperaba la compostura. Su acelerada respiración y el desbocado corazón, le impedían aún pensar y actuar con claridad. No dejaba de repetirse una y otra vez: “¿Qué demonios he hecho?”
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- Necesito un descanso… por favor. –Dijo Jack, intentando buscar una solución lógica, mientras pensaba qué hacer. En ese momento, Jack pudo escuchar un murmullo, como un grito que surgía del exterior. Una voz inconfundiblemente humana, parecía aullar como un animal herido. - ¿Qué es eso? - ¿El qué? - Ese grito o aullido. - Yo no escucho nada. - Sí, ese aullido que se oye en la lejanía. ¿Qué es? - No escucho nada, querido. Anda ven y empecemos de nuevo… tenemos toda la noche para nosotros. – Dijo Alison, volviendo al ataque, lanzándose sobre él. Jack le puso el brazo encima, bloqueando la posibilidad de que ella se moviera y se pusiera sobre él. Estaba afinando el oído para poder escuchar ese extraño sonido, el cual le inquietaba por alguna extraña razón. - ¡Jack, déjate de tonterías y hazme el amor! ¡Llevo años esperándote para recuperar el tiempo perdido! - ¡Espera un momento, por favor! – Dijo Jack, incorporándose sobre la cama, intentando liberarse con cualquier escusa de los brazos de Alison. Alison en cambio, no desistía de atrapar a Jack, y se lo tomaba todo como un juego, donde ella sin lugar a dudas, tenía todas las de ganar. Lo sabía muy bien, pues era poderosa la atracción que indudablemente había creado sobre el desdichado de Jack.

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Jack en cambio, se sentía sucio, enfermo y a punto de vomitar. Sabía perfectamente lo que había ocurrido, y la pasión que le había obligado a cometer esa locura sexual. Su cuerpo aun temblaba, y sus piernas parecían no tener fuerza, pero se levantó torpemente y agudizó el oído para intentar escuchar aquel extraño sonido. - ¡Ven ahora mismo! ¡Deja de hacer tonterías, Jack! – Dijo jocosamente Alison, buscando con su mano el flácido y húmedo pene de Jack. - ¡Déjame, joder! ¡Déjame de una puta vez! – Gritó Jack, mirando fijamente a Alison, con una mirada que helaría el infierno mismo. Alison se quedo paralizada por la sorpresa, sin saber que decir. Jack en ese momento, se percató de que entre el molesto silencio que se había creado entre ellos dos, podía distinguir ahora el sonido que venía del exterior. Era un aullido humano, el inconfundible lamento de una mujer. El aullido de una mujer.

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CAPITULO 10

“Voces de la locura”

- Jack, ¡¿qué demonios te pasa?! ¿A qué vienen esos pensamientos? – Preguntó Alison, intentando llamar la atención de Jack, situando su mano suavemente sobre su hombro. Jack dio un fuerte tirón del hombro, apartando su mano con brusquedad. - ¡Aléjate de mí, maldita sea! ¡No me toques! –gritó Jack, profundamente enfadado. - ¡Jack, no me hables así! ¿Qué ocurre? ¿Por qué reaccionas de esa manera? ¡¿Te doy asco?! Jack no pudo soportar estar siquiera en la misma cama, en la misma habitación, respirando el mismo aire. Se levantó asqueado, a punto de vomitar y con el corazón en un puño. Intentó con todas sus
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fuerzas que sus sentimientos más profundos y el total rechazo no le delataran, y optó por ser lo más directo, para salir de allí rápidamente, sin cometer una locura. - ¡¿A dónde vas?! ¡Háblame, Jack! ¡Espera! ¿A qué viene ese cambio? – Dijo Alison, levantándose rápidamente para detener a Jack. Jack no había podido ocultar sus pensamientos, y le había descubierto. Los brazos de Alison intentaron atraparle, abrazándole desde atrás con firmeza, pero Jack reaccionó tan bruscamente, que no lo vio venir. Jack se giró rápidamente y le lanzó el codo sobre el rostro de Alison, sin esperar que ella estuvieres tan cerca. El impacto fue tan brutal que calló desmayada sobre la cama, sin poder defenderse. Jack se quedó helado, al contemplar el cuerpo inerte e inconsciente de Alison, totalmente desnuda sobre la cama. Estaba abierta de piernas, y aun podía ver la humedad de los fluidos chorreando entre sus muslos. Sin saber muy bien por qué, Jack no sintió rechazo, culpabilidad o nada que le hiciera negar lo que había ocurrido por accidente. Había sido un accidente, sí, pero después de golpearla, se sintió mucho mejor, incluso feliz. Jack iba a inventarse cualquier cosa para salir de allí y alejarse de aquella mujer, pero ahora no hacía falta. Cuando se despertase, no tendría ninguna maldita forma de negar lo ocurrido, y además sus últimos pensamientos habían sido totalmente esclarecedores. No podía despertarla y simplemente disculparse. Ya no. Mientras sus pensamientos galopaban por su mente, intentando ordenar las prioridades y buscar la manera de salir de allí, el aullido del exterior pareció aumentar y aclararse, definiendo claramente la voz de una mujer que parecía sentir un profundo dolor. El aullido parecía venir del exterior mismo de la casa, pero de un lateral o de la parte trasera, no de la calle principal. Jack se puso los
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pantalones y la camiseta, y se dirigió rápidamente hacia el posible foco, origen de los sonidos. Aquello no era en absoluto normal, pues no cabría esperar encontrar alguien sufriendo en una ciudad llena de placeres al parecer infinitos; pero Jack también se miraba a sí mismo, y como él, podría haber otro que se encontrara perdido entre toda esta locura. ¿Otro humano como él, sufriendo en un mundo que no entendía y se encontraba solo? ¿Quizás una mujer que se había encontrado con amigos y familiares “nuevos” salidos de la nada? ¿Una desdichada que no había podido soportar la presión y había sido descubierta? Sea quien fuera, debía conocerla inmediatamente. Jack salió rápidamente al exterior del pasillo, y agudizó el oído para saber de dónde venían los aullidos. Caminó lentamente, girando su cabeza de un lado a otro, intentando encontrar el la posición del origen de los mismos. Segundos después, estaba claro que venían de la parte trasera del edificio, por el que no había ninguna puerta o ventana. Jack pasó las manos por la pared, intentando encontrar alguna apertura en la sólida pared, pero era inútil, todo era macizo como la roca. Toda la zona era lisa, perfectamente pintada y sin manchas. ¿Dónde están las malditas ventanas? Pensó Jack, mientras revisaba los laterales, buscando un lugar por el que salir. En ese momento recordó que Alison le había dicho que todas las estructuras parecían responder a los deseos de sus ocurpantes, y ahora él era indudablemente un ocupante. Pensó y deseó que se formase una puerta en el piso principal y en la parte de atrás, por la cual salir directamente al destino deseado. No ocurrió nada. Todo continuó exactamente igual. Jack pensó que quizás la única persona capaz de realizar los cambios fuese Alison, y dado que estaba inconsciente, sería algo muy improbable.
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El sonido desde el exterior era ahora mucho más fuerte, y aunque no entendía lo que decía, era indudablemente de una mujer joven, que estaba sufriendo. Sus lamentos eran realmente estremecedores. En ese momento, cuando su mente estaba pendiente de las palabras que creía entender entre aullido y lamento, una apertura fue creada delante de él, en mitad del muro. Una puerta apareció de la nada. Jack se quedo perplejo al contemplar como el muro simplemente desaparecía y se formaba una puerta perfecta y bien definida frente a él. Lo había conseguido. Jack pensó que seguramente era cuestión de práctica y sus pensamientos aun no eran lo suficientemente fuertes y claros, como para modificar el entorno como los demás. Y la verdad, es que dudaba mucho de si era o no capaz de volver a repetirlo, así que salió rápidamente al exterior y caminó a la oscuridad de la noche con firmeza. La desgarradora voz lo llenaba todo, aunque parecía venir del subsuelo, como si estuviera oculta o encerrada en algún sótano. Mientras caminaba en las sombras y bajo la extraña luz ambiental, similar a la luna, pudo contemplar como pasaba sobre una especie de trampilla de madera, sorprendentemente vieja y mal cuidada. Al pasar sobre ella, la madera crujió y parecía a punto de romperse. Bajo ella, Jack pudo escuchar un lamento, prácticamente inaudible, que gracias a la cercanía pudo detectar. Bajo la trampilla había alguien, y parecía estar encerrado. El aullido más potente parecía venir de unos metros más adelante, pero no pudo continuar antes de investigar qué había debajo de sus pies. - ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? –Preguntó Jack, arrodillándose para acercar el oído.
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- Mmmmm…. La voz que venía del interior, no tenía fuerza ni ningún tipo de humanidad. Parecía más un animal herido que un ser humano. Jack intentó abrir la trampilla de madera, pero estaba encadenada y bloqueada con un pesado y oxidado candado, que por la pinta que tenía, no había sido abierto jamás. El candado estaba soldado con su propio óxido a la cadena y esta era un amasijo de hierro casi sin forma. Jack tiró con fuerza, pero era imposible, estaba completamente cerrado y sin manera de liberar a aquel ser, humano o no. Quizás era lo mejor, no sabía que podía haber debajo y quizás es mejor dejar las cosas como están. Uno no sabe lo que puede liberar inconscientemente. De esa manera, Jack optó por continuar y encaminarse hacia el origen del sonido de mujer, que ahora parecía llenar todo el callejón, o lo que demonios fuese aquel lugar. El sonido de dolor de aquella persona, taladraba a Jack el cerebro y por algún extraño motivo, le parecía reconocible, aunque no sabía muy bien por qué. Al caminar en la oscuridad, pudo sentir como bajo sus pies aparecían otras trampillas de madera semejantes a la que había dejado unos metros atrás, y que parecían estar por toda aquel callejón, con forma de plaza pequeña, que casa vez parecía más grande. Aquel callejón, que parecía abrirse a medida que caminaba, ahora tenía las medidas de una plaza mediana, y aparecían una tras otra, docenas de trampillas en todas direcciones, perdiéndose en la penumbra. Jack se quedó anonadado por semejante tétrico escenario. En cada una de ellas, había algo que se movía, se lamentaba o de vez en cuando, hablaba sin fuerza. Allí debajo había hombres y mujeres, y todos ellos parecían llevar muchísimo tiempo encerrados.

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- ¿quién hay ahí? ¡Hábleme por favor! –Dijo Jack, arrodilandose sobre una que parecia emitir el sonido de un hombre malherido. - ¿Hola? ¿Quién… eres?- Dijo una voz ronca y totalmente falta de fuerza. - Jack, me llamo Jack Burton, de Jacksonville. –Dijo Jack, intentando tirar del candado con todas sus fuerzas, intentando romperlo. - ¿De… Jacksonville? Yo… creo que conocía a gente en ese lugar… Jack volvió a tirar sin demasiado éxito de la dichosa cadena, que parecía tan antigua como si fuera de otro siglo. - ¿De verdad? ¡Yo he vivido toda mi vida en ese lugar, quizás nos conocemos. - Yo no recuerdo… ya casi nada… demasiado tiempo… solo. Jack desistió de volver a intentarlo, puesto que la cadena era prácticamente irrompible. - ¿cómo demonios se abre esta cadena? ¿por qué le han encerrado aquí? - Ya no lo recuerdo… no recuerdo gran cosa. - Intente recordar, para que pueda ayudarle. ¿Cómo se abre esta cadena? ¿Hay alguna llave? - ¿Llave? No… no hay nada que pueda abrirla… tan solo… quien nos encerró puede hacerlo. - ¿Quién es? ¿Quién le hizo esto? ¿Por qué? - No lo recuerdo… demasiado tiempo encerrado… no… lo se.
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Jack optó por volverlo a intentar, ya que al parecer el hombre del interior estaba demasiado débil para pensar con claridad, y no sería de gran ayuda. Mientras tiraba de nuevo de la cadena y la golpeaba con su propio candado, pensó que el resto de las cientos de trampillas, podrían estar llenas de personas como este pobre hombre. Aquel pensamiento era horrible. - Dice usted que es de Jacksonville, ¿de qué parte? ¿De que barrio? - De Nat… al… no estoy seguro… - ¿De Natalie? ¿Del barrio de Natalie? – Preguntó Jack, dejando las cadenas en su sitio, para esperar la respuesta detenidamente. - Sí, creo que sí. Aquella respuesta sorprendió tanto a Jack que se quedó paralizado. Aquel era el barrio de Jack y de muchos de sus familiares y amigos, y él mismo, junto a sus padres, habían levantado el barrio piedra a piedra durante los años. Conocía a todos los que habían vivido en aquel maravilloso barrio. - ¿Recuerda como se llama? ¿Puede recordar algo más? - Sí… puedo recordar que aquí estamos muchos de Natalie. - ¿Y su nombre? ¿Lo recuerda? - No… no estoy seguro… ya no estoy seguro de nada. - ¿Ha dicho que todos los que están aquí son de Natalie? - Sí… todos. Jack pensó en el significado de aquella afirmación. Si lo que ese misterioso hombre decía la verdad, en todas y cada una de las trampillas había alguien de su barrio. Aquello podría ser los delirios de
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un loco, pero por algún motivo había dicho el nombre de su barrio, y eso debía tener algún significado. - ¿Está usted seguro? ¿Todos son del barrio de Natalie, Jacksonville? - Natalie… sí… yo viví en el numero cuatro… creo. - ¿Cuatro? Esa casa fue destruida hace ya cincuenta años para construir un parque comunitario y un salón de actos para el barrio. Sino recuerdo mal allí vivían los señores… - Anderson, soy el señor Albert Anderson. ¿Ha quedado bonito el parque? No tuve tiempo de verlo. Jack se quedo de piedra, aquellas palabras eran ciertas, el señor Anderson falleció, y en el lugar de su casa se construyó un precioso parque. El ayuntamiento decidió no reconstruir la casa y poner en su lugar un lugar para que los niños jugasen, además de un moderno edificio para las reuniones de vecinos. Jack no recordaba gran cosa del señor Anderson, ya que la última vez que lo vio tenía menos de algo más de veinte años, y estaba muy ocupado en su nuevo trabajo en la construcción. - ¿Señor Anderson? ¿Qué hace usted aquí? - ¿Yo? La pregunta es qué haces tú aquí. No deberías estar aquí… nadie debería estarlo… - ¿Por qué me dice eso? ¿Qué demonios ocurre en este lugar? ¿Por qué está encerrado? - No busques más… no continúes… o caerás como todos… sal de aquí. Jack tiró con todas sus fuerzas, en un último y titánico esfuerzo para poder romper las viejas y oxidadas cadenas, pero todo
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fue inútil. Pronto tubo que soltarlas con las manos doloridas y sucias de óxido. - ¿Qué quiere decir con eso? ¡Hable! No hubo respuesta. No dijo nada más, la voz del señor Anderson, pronto pasó a un leve murmullo, mezclado con unos suspiros que parecían de dolor. Jack en ese momento, se dio cuenta de que era imposible liberarle, como a todos de ése maldito lugar oscuro y tétrico sin sentido. Todos los malditos candados estaban en el mismo estado, y todas las trampillas daban acceso a una especie de celda con alguien en su interior. Un montón de nuevas preguntas sin respuesta se amontonaron en su mente, mientras recordó el motivo por el cual estaba en esa plaza. El aullido de la mujer. Pero si ella estaba de igual forma encerrada, poco podría hacer por ella salvo escucharla y darle consuelo. Sin demorarse más, Jack se dirigió hacia donde creía que surgía la desgarradora voz, y llegó finalmente hasta una de las trampillas más alejadas. Por cada una que encontraba, descubría nuevos personajes que desde su interior, producían algunos sonidos horrendos e indescriptibles, y otros totalmente indescriptibles. Jack no se detuvo en ninguna, al pasar sobre ellas y observar su correspondiente candado y cadena, perfectamente cerrados, optó por no intentarlo de nuevo. Era absurdo pretender abrir aquella mole de hierro oxidado sin el material adecuado. Finalmente, llegó hasta el origen de los lamentos y pudo escuchar con claridad que se trataba de una mujer joven, de no más de veinte o veinticinco años. Parecía estar herida o sufriendo enormemente, dado que sus aullidos no eran en absoluto normales.
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Jack buscó la cadena y no la encontró, no estaba. Esto le sorprendió enormemente, dado que era la única trampilla que estaba abierta y sin ningún tipo de candado o seguridad. Al principio le costó tocar la fría madera y empezar a tirar de ella, pero en cuanto los lamentos del interior, pasaron a balbuceos y palabras inconexas y sin sentido, tiró con fuerza y se preparó para cualquier cosa. Era muy posible que sea quien fuera, quien estuviera dentro, no fuese agradable de ver. Jack al principio no pudo ver gran cosa, la oscuridad del callejón añadida a la oscuridad del interior de la trampilla, le daba no demasiadas pistas sobre quien se encontraba dentro. Pero en cuanto sus ojos comenzaron a acostumbrarse a ella, pudo perfilar las formas y colores del interior. No se atrevió a avanzar o a tocar nada, sin ver antes con qué trataba. Agudizó la vista todo lo que pudo y finalmente pudo discernir qué había en el interio. Algo con forma humana, sentada en un recinto de un metro por un metro de estrechas dimensiones, había una mujer esquelética, con harapos y muy sucia. El hoyo, por que no podía calificarse de otra forma, estaba lleno de heces, orina y secreciones menstruales resecas por el tiempo. El olor era mucho más que insoportable, y Jack tan solo pudo apartarse para vomitar, mientras sus ojos enrojecidos por los tóxicos gases se evaporaban con el aire fresco. Aquel agujero era inhumano y totalmente asqueroso. Los ponzoñosos líquidos, tan negros como la noche, llegaban hasta la cintura a la mujer, que parecía pudrirse lentamente sobre aquel líquido. Pudo diferenciar los largos y suicísimos cabellos negros, el rostro esquelético y lleno de costras, los ojos sin vida y totalmente blancos por la ceguera, y los pechos resecos, caídos y llenos de gusanos, que poco o nada tenían que ver con una mujer joven y vigorosa de su edad. Todo ella, estaba bañada en una podredumbre de mierda, sangre y toda clase
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de insectos que parecían morir con el solo contacto del pozo de inmundicia. Jack estaba apartado lo suficiente para no sentir la oleada de hedor que desprendía aquel lugar, y tubo que cerrarse la nariz para no disfrutar de semejantes aromas. Aunque lo intentó, Jack vomitó de nuevo, al solo contemplar como la mujer levantaba el brazo y parte de su piel se le desprendía para hundirse bajo el totalmente repulsivo líquido. Le estaba pidiendo ayuda. - Jaaaaaa…. Grrrrrr – Intentó hablar la mujer. Jack se quedó perplejo al escuchar la voz gutural de aquella pobre mujer, que sin duda parecía conocerle. - ¿Quién eres? ¿Quién te ha hecho esto? – Preguntó Jack, mirando detenidamente a aquella mujer. Del interior, parecía que surgía una oleada de insectos pequeños, que seguramente habían creado un macro nido en el interior y exterior de la pobre mujer, carcomiéndola sin piedad. - Ja… ck.. grrr… ag.. - ¿Me conoces? – Dijo Jack sin acercarse. - Jack… yo… - Tu, ¿Qué? Habla, por favor. – Insistió Jack sin atreverse a dar un paso más para acercarse. - Jack… yo… ma… ar… - No te entiendo, ¿Qué has dicho? – Preguntó Jack acercándose tan solo unos pocos centímetros, pero manteniendo las distancias.

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La mujer tosió convulsivamente, y surgió un borbotón de sangre negra de su boca. Parecía que de un momento a otro fuese a fallecer. - Yo… marga…ret… yo… ma… Jack se quedó helado. Había parecido entender Margaret o algo parecido, pero aquello era imposible. Su corazón dio un vuelvo al percatarse que aquella mujer, ahora deshecha por su prisión, debía haber tenido otro aspecto bien diferente antes de entrar allí. Buscó su mirada, sus ojos, para poder vislumbrar quien era aquella mujer realmente. Los ojos de aquella mujer, pese a la falta de vida y visión, eran indudablemente los de Margaret. Jack no podría olvidar la forma en la que ella le miró cuando se conocieron hace ya demasiados años, y aquella gran melena negra, que lucía cuando era universitaria. Jack se quedo petrificado en su sitio, observando cada nuevo detalle, que le demostraba sin lugar a dudas, que aquellos restos pútridos eran el amor de su vida. Jack sintió que en su interior algo se rompía, si es que quedaba algo que romper en ese dichoso cielo. Su alma se resquebrajó en mil pedazos y se sintió morir por dentro. El amor de su vida, la persona más importante de todo lo que le había llenado siempre, la madre de sus hijos, su querida amiga y confidente, estaba disolviéndose, pudriéndose viva sobre sus propios fluidos corporales, y al parecer, durante mucho, mucho tiempo. Se sintió llorar, explotar, gritar, maldecir, odiar, lamentar, desfallecer, y finalmente, aceptar que aquello era todo lo que quedaba de ella. Su repulsa inicial, su sentimiento de asco frente aquella mujer, pasó a mejor vida, y se lanzó al interior del pozo sin pensarlo. Su odio, su rechazo y su completa indignación, le movían como un autómata que ya no tenía el control sobre sí mismo.
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Al entrar dentro, sintió como su cuerpo era rodeado de frías heces, orina podrida y costras de sangre seca. Algo gelatinoso y sin forma se movía bajo sus pies y al rededor de sus pantalones, y objetos sólido, seguramente pedazos de carne podrida ascendían para flotar sobre el ponzoñoso líquido. Eran pedazos de órganos que ahora eran nidos de gusanos e insectos por millares. La cosa gelatinosa, finalmente surgió de las profundidades, para que Jack pudiera contemplar los negros intestinos de Margaret, que se habían salido junto a su estómago para caer al fondo. - Díos santo, Margaret… ¿Qué te han hecho? - Jack… - Tan solo pudo decir Margaret, sonriendo con gran esfuerzo. Parecía realmente feliz de tenerle junto a ella. Jack apartó las nauseabundas cosas de su alredor, y tomándola de los grazos intentó sacarla de aquel pútrido lugar, para alejarla de todos aquellos insectos y gusanos que estaban devorándola lentamente. Al tirar de ella, Margaret lanzó un lamento de dolor, a la vez que Jack sintió como algo se rompía en ella. La mitad inferior de Margaret, se partió como si fuera de papel, y sus piernas cayeron al ponzoñoso fondo, junto a su cadera. El resto de los órganos de Margaret, cayeron uno tras otro, hasta que solo quedaba un pulmón colgando. Margaret aulló mientras vomitaba sangre negra y nauseabunda. Por algún motivo que Jack no llegaba a entender, su mujer no estaba muerta, y parecía no fuese a descansar jamás. Un ser humano, a los pocos días de encontrarse en una situación similar, hubiera muerto de infecciones horribles. Pero Margaret no. Jack gritó con todas sus fuerzas, intentando pedir ayuda a quien fuera, para poder salvar a su querida esposa. La horrible visión de los órganos de su mujer, cayendo sobre el ponzoñoso pozo, le hizo vomitar sin remedio, mientras sujetaba lo que quedaba de su mujer. Los vómitos cayeron sobre ella, sin que él pudiera hacer nada. El
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líquido amarillento y sin comida, más bilis que liquido gástrico, empapó el ennegrecido rostro de su esposa, que parecía ya no sentir nada. - ¡Socorro! ¡Que alguien me ayuda por Dios! – Gritó Jack, mientras limpiaba con su camiseta el rostro de su esposa, con todo el cuidado que pudo. La limpieza no fue demasiado bien. El rostro lleno de heridas, costras y gusanos, ahora mojado por el vómito, se desprendió lentamente, a medida que Jack limpiaba su rostro. La piel se quedaba pegada a la tela de la camiseta, y Margaret aullaba de nuevo, como si fuese un cerdo en el matadero. Gritaba con fuerza, mientras sus brazos se movían inútilmente, intentando contener las manos de Jack, que paró en seco. - ¡Dios santo! ¡Margaret, lo siento! ¡Lo siento! – Gritó Jack, intentando poner de nuevo los pedazos de piel quitados del rostro de Margaret sin demasiado éxito. - Mátame… mátame…- Imploró Margaret con un hilo de voz. - No puedo, amor mío. No puedo. –Dijo Jack, llorando desconsoladamente abrazado a ella. - No puedes hacer nada… mátame. No me dejes morir así... - No puedo. No puedo. No puedo. No puedo. – Repitió Jack una y otra vez, mientras lloraba y gritaba al mismo tiempo. - Alison… ella… - ¿Alison? ¿Qué ocurre con esa maldita mujer? - Ella… me hizo esto. Ella nos… encerró a todos aquí… Jack abrió los ojos de par en par, y sintió como la furia se desataba en su interior. El odio más profundo le dominó totalmente, para inyectar sus ojos en sangre. En ese momento, Jack perdió la cordura, y soltó a Margaret sobre el frío. Su corazón clamaba venganza.
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CAPITULO 11

“Venganza”

Jack caminó con energía, prácticamente corriendo, para volver lo antes posible a la odiosa casa. No miró atrás, ni siquiera se dignó a despedirse de su mujer, pues pensaba volver después de acabar el trabajo. Sus músculos estaban tensos, sus venas palpitaban y su ceño estaba fruncido, con sus ojos inyectados en un odio profundo e indescriptible. Su mente estaba al borde del colapso, y su alma lloraba y gritaba hasta cegarle la cordura. Su camiseta manchada y llena de pedazos de piel y heces de su mujer, desprendía un hedor indescriptible, que empujó a Jack a la más absoluta locura. Su mente tan solo tenía un pensamiento, una única idea. Matar a todos aquellos hijos de puta que habían hecho eso a su mujer. No importaba quien o qué fueran, pagarían con sangre el dolor causado.
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- ¡Hijos de puta! ¡¿Dónde cojones estáis?! ¡Salid! No hubo respuesta. No hizo falta. Jack sabía donde encontrar a la zorra que había hecho esa atrocidad a su mujer y a todas aquellas personas que estaban encerradas en las trampillas. Odiaba con tal fuerza a aquella mujer, que prefirió mil veces estar rodeado de aquellas inmundicias, que volver a tocar su cálida y suave piel de nuevo. A cada paso que daba sobre ellas, y escuchar sus lamentos, Jack se enfurecía más y más, hasta olvidar siquiera lo que había sido toda su vida, un hombre de paz. Ya no importaban las creencias, si estaba en el maldito cielo o en un pozo del infierno, habían torturado a su mujer, habían ocultado su cuerpo para que nadie lo encontrase durante años, y habían negado su mera existencia. No había ningún maldito lugar en el cielo y el averno, donde pudieran esconderse de su furia. Pasó a la carrera sobre las trampillas y entró por la puerta creada por él minutos antes. Subió por las escaleras al segundo piso y entró en la habitación donde había dejado a Alison inconsciente sobre la cama. Sin dudarlo, se lanzó sobre ella y comenzó a golpearla con el puño cerrado. No dudó ni un segundo. La tomó por el cuello con la mano izquierda y comenzó a golpearla con todas sus fuerzas con su puño derecho. El primer golpe despertó a Alison que se encontró con una lluvia de golpes extremadamente agresivos y llenos del más absoluto odio, mientras Jack le miraba fijamente a los ojos sin ningún signo de sentimiento. Alison intentó levantar los brazos para liberarse o cubrirse de la lluvia de puños, pero Jack le tomó sus frágiles muñecas y se las retorció con tal fuerza que crujieron al romperse. Alison gritó de dolor, mientras gritaba ayuda o piedad, pero Jack no se detuvo, sus puños golpearon el rostro, el cuello, sus pechos, sus hombros sin piedad.
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Su rostro se convirtió en una masa sanguinolenta de carne hinchada y morada, y hasta que dejó de moverse y gritar, Jack no se detuvo. Aun así, Jack continuó gritando furioso, a la vez que arañaba su cuerpo, desgarrando su hasta hace un rato perfecto cuerpo, para dejarlo en el mismo estado que es de su querida Margaret. Golpeó y volvió a golpear, hasta que un ojo salió disparado de sus órbitas, y gracias tan solo a su nervio continuó atado a su rostro, que supuraba sangre por todos sus orificios. Los dientes se incrustaban en los puños de Jack, sin importar el dolor o el daño que se estaba causando a sí mismo. Los huesos del rostro se fracturaron, y sin dejar de golpear, se cortaba con dichos huesos, mientras buscaba otro lugar donde continuar machacando. Ya nada le importaba. Cuando sus nudillos estaban desgarrados, sangrantes y con varios de sus huesos al aire, sin importar el dolor, abrió sus puños y comenzó a arañar y a morder, mientras gritaba como un animal rabioso y descontrolado. Mordió su pezón y tiró de él, hasta desgarrar su pecho y lanzar un chorro de sangre que le manchó el rostro. Jack rió a carcajadas, mientras sentía la sangre caliente sobre su rostro. Cada piel, cada carne arrancada, producía un placer descomunal en su alma torturada y herida. Jack agarró su cuello e hincando sus uñas tiró de su traquea, arrancando su garganta, ahogándola sin remedio, si es que aún le quedaba algo de vida. Con la traquea en la mano, lanzó un grito de victoria horripilante. Finalmente y totalmente empapado de sangre y pedazos de Alison, Jack se detuvo y contemplo la horrible escena. La cama era un inmenso charco de sangre, y Alison yacía inerte y sin vida, con su cuerpo totalmente informe, destrozado e irreconocible.
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Jack sonrió, y se sintió bien. Era lo que merecía esa perra sin alma. Miró sus manos, y pudo ver como los pedazos de carne y piel de su mujer Margaret, se habían mezclado con los de Alison, y Jack se sintió enfermo por tal cosa. Esa mujer no tenía ningún derecho de siquiera tocar a su esposa. - Maldita hija de puta malnacida zorra… - Repetía Jack, mientras apartaba uno a uno los pedazos que se habían mezclado en su camiseta y manos. En ese momento, alguien desde su espalda, comenzó a aplaudir de forma pausada pero clara. Jack se giró con los ojos inyectados en sangre, dispuesto a destrozar al primer bastardo que osase acercarse a él. Elías se mantenía sonriente, apoyado en la puerta de entrada, y aplaudía como si todo aquello fuese un premio. Jack le miró furioso, decepcionado y profundamente dolido. - ¡Tú… hijo de puta, voy a acabar contigo! – Escupió Jack, levantándose para dirigirse hasta Elías para atacarle. - ¡Bravo amigo mío! Buen trabajo. - ¡Me caguen tu puta madre! – Gritó Jack lanzándose al ataque sin pensarlo dos veces. Antes de que Jack le tocase, una luz resplandeciente le rodeó por completo y despareció. Elías continuó aplaudiendo, a la vez que miraba la escabechina que había hecho sobre la cama, con el cuerpo de Alison. - Realmente impresionante. Mucho mejor de lo esperado, sin duda. Y en ese momento, la misma luz rodeó a Elías, que mientras sonreía satisfecho, desaparecía de la misma forma.
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CAPITULO 12

“El final del cielo. El final del camino”

Jack se despertó exaltado, dispuesto a lanzarse al ataque, pero se percató que estaba atado y sin posibilidad de moverse. Se encontraba en una sala blanca, con un techo precioso y lleno de nubes que se perdían en el infinito. Aquella era la sala de recepción del cielo, o muy parecida, la misma que había visto por primera vez cuando llegó a este lugar. Jack no dejaba de respirar profunda y rápidamente, y su corazón aun continuaba bombeando sangre a su airado cerebro.
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Levantó su cabeza buscando a Elías, e intentó forcejear con las extrañas ataduras que le mantenían atrapado en la cama. En ese momento se percató que estaba con ropas limpias y nuevas, tal y como las vio la primera vez que llegó al cielo. Frente a su cama, y con un rostro enigmáticamente sonriente, se encontraba Alice, la niña que ahora se había convertido en toda una mujer, y que ya no era la niña que recordaba. Estaba exactamente igual que como la vio, justo antes de que la extraña música cesase en el poblado del valle. Jack sintió el mismo impulso de lanzarse sobre aquella chica y sacarle la verdad a golpes si es necesario. Su furia, su rabia contenida, no parecía cesar ni menguar. - ¡¿Alice?! ¿Dónde cojones estoy? ¿Qué demonios significa esto? - Tranquilo, Jack, ya ha acabado todo. - ¿Cómo que ha acabado todo? ¡No entiendo una mierda! - Si dejas de hablar, quizás pueda explicarte algo, si tengo tiempo claro. - ¿Si tienes tiempo? ¡¿Maldita sea, qué significa todo esto? ¿Por qué estoy aquí?! ¡Joder! ¡Mierda! - Los insultos no son necesarios, y como digo, sino te callas no podré explicarte nada. El tiempo corre. - ¡El tiempo! ¡Qué cojones de tiempo, ni mierda! ¡Libérame ahora mismo, mecagoen la puta! – Dijo Jack, revolviéndose en la cama, tirando con fuerza de sus muñecas y pies, para liberarse de los grilletes blancos.

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Alice se quedó callada, mirándole sin dejar de sonreír. Mientras tanto, Jack lanzaba toda una retahíla de insultos, maldiciones y toda clase de improperios, sin conseguir liberarse de sus ataduras. - ¡Quítame esto de una puta vez! ¡Ahora! – Solicitó Jack, fulminándola con la mirada. Sus ojos, supuraban odio y rabia, y su corazón no dejaba de latir con fuerza. - Jack, el tiempo corre. No malgastes el los minutos que te quedan en insultar, forcejear o simplemente enfadarte. No es muy inteligente, créeme. - ¡Libérame de aquí! ¡Quítame estas cosas, ahora! - No puedo. Mientras no te tranquilices. Jack entonces se quedó callado, respirando profundamente, intentando recuperar el control, ya que era imposible liberarse por sí mismo de aquellas ataduras mágicas. Cuando se quedó callado, aunque con una mirada de absoluto desprecio hacia aquella niña y todo lo que le rodeaba, Alice se movió de su sitio, para caminar alrededor de la cama. Parecía divertirse con todo aquello. - ¿Ya has acabado? Jack no dijo nada, estaba demasiado furioso y nervioso como para poder hacer algo más que ahogar a aquella maldita y endemoniada chica, como Elías y el resto de mal nacidos. - Elías no va a venir, su trabajo ya ha terminado. Temo que seré la última persona que veas, antes de tu viaje final, querido. En ese momento, Jack recordó que su mente era un maldito libro abierto para todos aquellos seres, que parecían tener poderes mentales. - Entonces se va a librar, de la paliza hasta la muerte que iba a darle por lo que me ha hecho ver y sentir.
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- Me temo que eso no va a ocurrir nunca. Ya solo te quedan… 7 minutos y treinta segundos. - ¿Para qué? - Para el final de tu viaje. Como Elías te dijo, esta es solo una especie de estación de paso, y de aquí salen todos hacia su último destino. Jack continuaba nervioso, inquieto, lleno de rabia y odio, que prácticamente no le dejaban pensar con claridad. Su mente estaba llena de sangre, de imágenes de vísceras y cachos de carne en sus manos, de su mujer deshaciéndose entre sus manos, mientras gritaba de dolor y aullaba como un perro herido de muerte. - ¿No vas a preguntar nada? Te quedan 7 minutos y… veinte segundos. - ¿Qué habéis hecho con mi mujer? ¿Por qué estaba en… ese lugar y en ese… estado? - Oh, Jack, no pienses en trivialidades ahora. Este es el final de tu camino, no es de ella. Preocúpate por ti mismo. Jack recordó esas mismas palabras, saliendo de la ponzoñosa boca de Elías, refiriéndose siempre a él como persona, y tan solo a él, como si el resto no importase. ¿Por qué? - ¿Qué no piense en trivialidades? ¿Cómo puedes decir que mi mujer es una trivialidad? ¡¿Qué demonios sois vosotros?! ¿Es esto el maldito infierno y esto es una especie de tortura infernal? – Preguntó Jack muy excitado y enfadado, de nuevo había perdido el control. Alice se quedó callada, mirándole fijamente, esperando a que Jack se calmase. No parecía tener ninguna prisa. Cuando vio que Jack se callaba y se quedaba algo más tranquilo, continuó. - ¿Ya has acabado?
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- Sí… - Perfecto, por que estas perdiendo un tiempo precioso, y créeme, no lo vas a recuperar. - ¡¿Y qué demonios significa eso?! - Que lo que no preguntes o lo que no descubras ahora, no lo harás nunca. - Joder… estupendo. - Creo que no entiendes la gravedad de la situación, Jack. - No, creo que no entiendo una puta mierda. – Escupió Jack, con cara de pocos amigos. - Entonces pregunta. Sino preguntas, no puedo responderte. Esa son las normas. - ¿Las normas? ¡¿Pero qué demonios estás diciendo?! No entiendo una maldita cosa de este lugar! ¡Joder! Alice se quedó callada, a la espera de sus preguntas, mientras señalaba con el dedo a su muñeca, indicando a Jack que el tiempo corría, y más rápido de lo que cabría esperar. - De acuerdo… maldita sea. ¿Qué es este lugar? - Una zona de paso hacia el destino final. Aunque eso ya lo sabias, ¿no es cierto? Jack suspiró decepcionado y enfadado por igual. - ¿Y ese pueblo, ese camino de baldosas amarillas y… el callejón? - Eso solo son pruebas, fases que todos los que son como tú deben superar para pasar al final del proceso. - No entiendo nada. Explícamelo todo, ahora.
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- ¿Todo? - Sí, todo. - Nadie había solicitado una explicación completa, y menos aun en tan poco tiempo. - Hazlo. - Va a ser un reto sin duda. - Hazlo. Ahora. - Empezaré por el principio, por lo básico. Jack esperó impaciente la respuesta. La chica se paró en su lento caminar alrededor de la cama y comenzó a hablar tranquilamente. - El diablo no existe, y lo que llamáis Dios nadie lo ha visto, seguramente por que no existe tampoco. Puede que sea una invención humana, sazonada por las mentiras de nuestras sirvientes, o quizás exista tal entidad, pero le importa bien poco vuestro destino; la verdad, es que ya nadie lo recuerda. El diablo, si quieres llamarlo así, se alimenta de la humanidad, pero no es el diablo, sino un ente de dimensiones universales, quizás incluso más grande, que es totalmente insaciable. Es algo más que un ser poderoso, grande y hambriento. Hay muy pocos por el universo, o al menos se sabe de unos pocos, y podría definirse como un gusano decorador de energía. Jack se quedó de piedra. Su cuerpo temblaba más de incertidumbre que de miedo, pues no podía creer todo el conjunto de sandeces que estaba diciendo. - ¿Qué demonios estas diciendo? ¿No existe Dios o el demonio? - Eso es. Ni uno ni lo otro. Tan solo un único ser, mi señor, que necesita alimentarse eternamente.
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- ¡Eso es imposible! ¡Soy un sirviente de Díos, el único y verdadero. ¡Mi alma es suya! – Gritó Jack indignado. Aquella mujer estaba mintiendo al igual que Elías, y Jack lo sabía. - Sí, por supuesto que es suya; aunque las almas malvadas o que han hecho cosas horribles, son más sabrosas y ofrecen una mayor satisfacción al alimentar al “devorador”. - ¿Un alimento? ¡El alma es sagrada! ¡Malditos mentirosos! Alice se quedó mirando a Jack fijamente, y esperó que este dejase de insultar y removerse en su cama, intentando inútilmente liberarse. - No, Jack, lo que llamas alma, solo es un alimento de un ser superior. No es ni sagrada, ni celestial, ni nada. Solo comida. - ¡No entiendo nada de lo que dices! ¡Eso es imposible! - Es normal que no lo entiendas, la mayoría se vuelve loco en este punto. En ese momento, y al ver la aptitud tan tranquila y sosegada de Alice, Jack comenzó a temer lo peor. Quizás aquello era el infierno, y todo aquello era otra maldita prueba más. Las mentiras del demonio eran infinitas y deliciosamente creadas. Todo era posible en el averno. - Pero… yo… he sido toda mi vida un hombre bueno… un.. - Jack, eso no importa. Lo realmente importante, es que quiero que entiendas que las almas o fuerzas vitales buenas o blancas, tienen muy poco valor y no son aprovechables, por lo que hay que forzarlas a hacer el mal. A mi señor no le gusta ni el sabor ni la textura de esas fuentes de energía vitales. - ¿Qué quieres decir? ¿Somos alimentos del demonio? ¡¿Somos simple comida?!
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- No. Ya te he dicho que solo existe mi señor, y no es el demonio. Pero sí, sois alimento. Jack se embraveció, sacando todo su orgullo cristiano, dispuesto a defenderse con toda sus fuerzas. No se dejaría embaucar de nuevo. - Mi díos no dejará que éste teatro continúe. Solo eres una sirvienta del demonio que me engaña con sus mentiras. Este no es el cielo, esto es el infierno sin duda. - Si quieres perder tus últimos minutos pensando eso, tu mismo. Aunque es una verdadera pena. - ¡Eres un demonio, un súcubo infernal a las órdenes del gran mentiroso, Satán! – Denunció Jack, ahora totalmente convencido de sus palabras. - No, Jack. Los ángeles y demonios no existen, ni tienen alas, ni cola, ni son rojos o brillantes. Nosotros solo somos humanos extremadamente guapos, perfectos y empáticos, creados para el proceso. Sirvientes creados para trabajar por y para su señor. - El demonio. - No, Jack. El ser que se alimentará de ti dentro de… tres minutos. - ¡No arderé en el infierno por vuestras mentiras y lo que me habéis obligado a hacer! ¡Díos no permitirá que uno de sus fieles sirvientes caiga en el pozo del averno! - No te hemos obligado a nada, Jack. Lo que tú llamas alma debe corromperse sola, sin ayuda o sin obligarse, pues es así cuando tiene mayor valor, mayor jugosidad. La maldad sacada con tortura, no es ni un 1% de poderosa, y está prohibida. Sería más fácil, sí, pero no funciona igual de bien.
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- Elías me metió en situaciones imposibles. Todo ha sido una maltita farsa para obligarme a hacer… lo que he hecho. - Elías ha sido solo tu guía en el recorrido lógico de tu crecimiento personal. Necesitabas “manchar” tu energía para que fueses útil. - ¿Manchar mi alma? ¡Eso es cosa del demonio! - No, Jack, es algo totalmente humano y mundano. Has pasado 3 pruebas y las tres has fallado por ti mismo. Nadie te ha obligado a nada. - ¿Tres pruebas? ¡Solo recuerdo una en esa maldita ciudad infernal, y lo que me obligasteis ha ver! - Esa fue la segunda. La primera fue el camino de baldosas amarillas, en las cuales había cientos, quizá miles de personas pidiéndote ayuda, implorándote un simple gesto. Optaste por salir huyendo, evitando el contacto con esa pobre gente que tan solo estaban sucios, eran viejos o habían perdido la cabeza. - Pero… - Esas personas eran humanos como tu, humanos de verdad. Estan ahí encerrados esperando que alguien los salve de su tortura infinita, encadenados a un lugar de donde cualquiera puede liberarles con solo tocarles. Pero, por desgracia, nadie, absolutamente nadie de todos los que han pasado por allí, ha hecho nada por ellos. Nadie supera esta prueba. - Pero yo… - Aquellas personas eran familiares tuyos, amigos cercanos, vecinos, gente importante en tu vida. Pero no te paraste a pensar quienes eran, sino en su estado y su aspecto. Es una pena - Yo…
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- El miedo, el rechazo, las creencias y los prejuicios, son un arma excelente contra cualquier ser humano, que inequívocamente falla siempre en ese punto. Tu primera gran mancha. Jack no dijo nada, sus pensamientos viajaron a ese camino, y se sintió profundamente mal. No se había dado cuenta que había abandonado a aquellas personas a su suerte, al sentir el rechazo por su aspecto y forma de comportarse. Ningún humano debería ser abandonado, sin importar edad, aspecto e incluso estado mental. Ningún ser humano, debería ser excluido por nada. - Tu segunda gran y deliciosa mancha, se basa en el deseo, en el incontrolable y más puro placer por el placer. - Ella me… - No Jack, no me refiero al sexo. El sexo no es malo, es algo tan natural como orinar o segregar saliva. Eso nunca ha importado. Jack no entendió a lo que se refería. - Me refiero a destrozar y machacar a Alison, sin piedad, sin importar qué hicieras con ella. La asesinaste sonriendo, gritando de placer, a medida que destrozabas su cuerpo en pedazos. Te sentiste bien. - Pero… - Lo hubieras repetido con cualquiera que entrase en la habitación. Te gustó sentir la sangre entre tus dedos. Jack se quedó mudo. Aquellas palabras inicialmente no tenían ningún sentido para él, pero una vez que le hicieron recordar esos minutos de locura y odio descontrolados, pudo rememorar esos instantes, que por algún motivo que no entendía, le producían autentico placer. Algo dentro de el, había descubierto algo nuevo, que en otras circunstancias no hubiera podido
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detenerse, en próximos impulsos. La sensación falsa de justicia, que justificaba el daño que estaba causando, pronto pasó a ser un ensañamiento, que se transformó rápidamente en un placer oscuro y terrible. Y Jack sabía, que la violencia, no solo con mujeres, sino con cualquier ser humano, en cualquiera de sus formas e intensidades, era algo que jamás debería hacerse. Ni torturas, ni palizas, ni nada. - Y por último, aunque no menos importante es el final del proceso. Cuando eres consciente de tu destino y de lo que has realizado, y tu corazón, tu culpabilidad hacen el resto. - ¿Mi culpabilidad? ¡Todo lo que me habéis hecho hacer, todo lo que me habéis obligado a hacer estaba basado en mentiras, en unos escenarios imposibles! ¡Nadie en su sano juicio hubiera hecho otra cosa! - Eso es correcto. Elías es todo un profesional en su trabajo, y nunca falla. - ¡Pero todo es mentira! ¡Esas personas no existen! ¡Todo era ficción! - No, Jack. Eso es lo que tú te crees. Todas y cada una de las personas que has visto, son reales. Todas vivían su propio proceso, y todos pasaban por su propio camino. Simplemente habéis coincidido. - Pero, ¿Alison? ¿Mi mujer? ¿Toda aquella gente en el camino amarillo? - Todo real. Cada uno ha hecho su papel, y continuará haciéndolo hasta que su guía lo decida. Los ocupantes del camino, cuando sus energías vitales estén lo suficientemente fermentadas de odio, rechazo, rencor y locura, serán recolectadas y alimentarán a mi señor. Cuando cada uno de los habitantes del pueblo, pasen sus propias pruebas de fuerza, como tú, sobre sus propias historias, sus respectivos guías los traerán aquí para su fase final, como todos.
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- ¿Y los pozos y trampillas… aquellos? - Oh… aquello es obra de los guías, que son muy creativos cuando es necesario. Todas aquellas energías vitales, hace tiempo que han sido alimento. No se puede desperdiciar ni una sola gota de vitalidad. Eso también está prohibido. - ¿Todo era mentira? ¿Margaret no estaba allí? - Por supuesto que no. Ya te he dicho que es solo puro arte de nuestros más experimentados guías. - ¿Dónde esta? ¿Dónde están todos? - No escuchas, o no quieres escuchar, Jack. Ya te he dicho que solo sois comida. La mayoría ha sido ya digerida por mi señor. Jack en ese momento perdió los papeles. Todo aquello era tan raro, tan imposible, que su mente lo rechazó por completo. El tiempo corría en su contra, e intentó revelarse como haría cualquier humano sensato en su lugar. - ¡Dios, no lo permitirá! ¡Los ángeles del señor vendrán a mi rescate! - Él no es dios, es el devorador, el insaciable. No existe nada más. Cuanto antes lo aceptes, mejor. - ¡Él solo es el maldito demonio, y tu un súcubo con forma de mujer! ¡Me habéis engañado para hacer el mal! - No, Jack. Nuestra galaxia y otras cercanas, están creadas como una gran granja para dar de comer a un ser de proporciones universales. Un ser que crea, que se alimenta, y que destruye cuando se ha saciado o se ha agotado la comida. Es un ser tan grande que es complicado de definir con palabras. - ¿Y Dios?
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- Lo que llamas Dios, si es que existe, debe ser el dueño de mi señor, y otros como él desperdigados por el infinito universo, en otras dimensiones o multiversos. Si existe un Dios, o algo parecido, juega en otra división más grande. Sinceramente, no lo se. - ¿Más grande? - Sí, Jack, solo somos polvo en una caja de arena para gatos muy grandes. - No… no puede ser… - No importa ya. Ha llegado el momento de que aceptes tu destino. La siguiente tanda de diez mil almas debe partir para el primer plato de mi amo. - Yo… no… - No te preocupes, no sentirás nada. O eso dicen… la verdad, tampoco lo sé. En ese momento la puerta de la habitación se abrió, y la luz entró desde el exterior. Los grilletes de sus manos y pies se abrieron, y le liberaron. Jack no perdió ni un segundo, y salió corriendo de la sala de llegada, para encontrarse con un paisaje que conocía bien. Era la inmensa planicie donde pasaban los recién llegados, y directamente con sus respectivos guías, caminaban lentamente hacia el horizonte, para ir a sus lugares de destino. Una estación de paso, como decía Elías. En el exterior, se encontraban un buen montón de gente, que ya se encontraba admirando el paisaje, y siendo recibidos por sus respectivos guías. Jack se acercó corriendo hasta el recién llegado más cercano, implorando con los brazos abiertos que le ayudada. Antes de que diese
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cuatro pasos, algo le atenazó los brazos y piernas, y calló pesadamente al suelo, como si estuviera atado por cuerdas mágicas. - ¡Socorro! ¡Ayúdame! – Gritó Jack, intentando inútilmente, desatarse de las mágicas ataduras. El guía que estaba junto al recién llegado, le dijo algo que Jack no escuchó, pero hizo que el hombre le mirara con desprecio y se alejase con miedo. - ¡Por favor, no dejes que me lleven! ¡Ayúdame! –Imploró Jack, llorando desconsoladamente. El recién llegado se alejó sin mirar atrás, y el resto de los humanos en las cercanías, parecía que poco le importase su destino. Todos caminaban ahora hacia el horizonte, hablando animadamente con sus respectivos guías. - ¡No! ¡No podéis dejarme aquí! ¡Van a matarme! ¡Van a comerme! ¡AYUDADME! –Gritó una y otra vez, aunque ya nadie le escuchara. En ese momento, una luz que había visto antes, se acercó por el cielo, dirigiéndose directamente a su posición. Era aquella bola de luz roja, que había atrapado al soldado, cuando llegó a este “cielo”. Sabía lo que aquello significaba. Era el fin. Jack gritó con todas sus fuerzas, mientras la luz roja le rodeaba y le cubría, impidiéndole ver nada más. Segundos después, se sintió viajar a gran velocidad, hacia un destino incierto. Dos o tres segundos después, comenzó a sentir algo, que en este libro es imposible de describir.

Fin
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EPILOGO

Elías se encontraba meditando, con un círculo de fuego a su alredor. Las llamas recorrían toda la estancia, como si buscase todos y cada uno de los recovecos de las limpias y bellamente decoradas paredes de la estancia. La habitación que Elías había decidido utilizar hoy, era de construcción romana clásica, y sus formas eran perfectas. Le encantaba descubrir nuevas arquitecturas humanas, y utilizarlas para sus complejas meditaciones. En ese momento, su nombre fue invocado, y sus ojos se abrieron, absorbiendo las llamas a través de ellos, dejando la estancia total y completamente limpia. No quedaba rastro de nada, que no fueran las cuatro paredes, y las ventanas circulares con vistas al vacío. Se levantó lentamente, mientras miraba hacia el cielo, esperando el momento oportuno. Cuando todo estuvo en su lugar, y se encontraba preparado, desapareció de la fría y aséptica habitación, dejando tan solo unas pequeñas marcas de quemaduras, donde una vez estuvo sentado. - Impresionante. Dos asignaciones en una misma semana. Después de dos días, Elías volvía a tener trabajo de nuevo.

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Jesús María Villena Martín

AGRADECIMIENTOS

Todo ha sido un cuento. Uno con final horrible. Pero todos sabemos que la realidad, la cruda y fría verdad, es que nadie sabe qué demonios ocurre cuando uno muere. No descartemos nada, pues no sabemos lo que hay más allá. Me he inspirado en uno de mis múltiples sueños e ideas que alguna vez me han venido a la mente. A veces, apunto esas ideas en una hoja y otras simplemente, y debido a circunstancias ajenas a mí, las olvido. No es de extrañar que muchas de esas ideas, que yo considero originales e interesantes, vuelvan de una u otra manera a mi mente, para recordarme que puedo hablar, que debería escribir sobre ellas, y sobre todo, compartirlas con los demás. Por que, seamos sinceros, si una idea, un guión o una historia, no la contamos, simplemente no existe. Gracias por haber leído una de mis historias, y gracias sobre todo, por haberme dejado transportarte a un lugar tan sutil, como cruel y despiadado, descrito en este libro. Espero estar equivocado, y que ahí arriba, si vamos algún día, no espere algo completamente diferente o incluso opuesto, a lo que he relatado. Ruego a Dios, que sea así… No olvides, ser feliz y hacer feliz a los demás, mientras aun estemos en este mundo.

Jesús María Villena Martín. Febrero 2011
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Un hombre bueno

Jesús María Villena Martín

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