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HAT poemas enviados 2011 09 23

Jaime Jaramillo Escobar

Memoria de los colores pintados

En el pueblo donde me crié, todas las casas eran blancas, todas las puertas eran verdes, y los zócalos de siena. Todas las vacas eran blancas, los gatos eran grises, no había sino dos colores para los caballos, y todas las mujeres eran amarillas. No había mujeres negras. En aquel pueblo lo único de color negro era la sotana del cura y los zapatos de la gente. (Los gallinazos eran blancos). Todos los árboles y las plantas eran verdes. Si daban flores rojas, los habitantes no tenían la culpa del mal gusto de la Naturaleza, que pone los colores uno junto a otro, sin detenerse a considerar su efecto ante nuestra vista. Todos los chicos escribían con tinta violeta y se manchaban las manos, pero yo escribía con tinta verde porque quería ser Pablo Neruda. En total, no había sino doce colores en todo el pueblo, y cuando aparecía el arco iris era como si llegaran los gitanos. Cuando los gitanos llegaron trajeron infinidad de calderos de cobre –cocobre rosado y cocobre amarillo– y un caballo negro. Como mi tío tenía aficiones por lo exótico,

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compró el caballo negro. El arco iris llegaba una tarde, desplegaba en el cielo todas sus telas de colores, las mujeres las compraban en un dos por tres, y el arco iris se iba para Medellín a traer más telas de colores, pero se demoraba sus buenos ocho días. Como teníamos tan poquitos colores, no se hablaba sino de colores:

–“Cómpreme, compadre, la yegua blanca. Se la cambio por ese caballo negro que le vendieron los gitanos”. Así decía el paisano, pero sabiendo muy bien lo que le había acontecido al caballo negro. Los ladrillos de la iglesia eran de un color que por no saberle el nombre le decíamos color ladrillo. Saber los nombres de los colores es muy importante, porque si se pierde algo, lo primero que hay qué declarar ante el juez es el color. –“Señor juez, se perdió mi gallina.” –“¿Y de qué color era?” –“Como una colcha de retazos, así era. Pero ponía huevos de oro, porque era la gallina de los huevos de oro. Se perdió en la madrugada. ¿Cree usted que me la robó el Banco de la República?” Antes, todas las monedas eran de plata, pero cuando pusieron a un gitano como gerente del Banco de la República, entonces las monedas pasaron a ser de cobre. Mi famosa novia de dientes de perla y labios de rubí, me la robaron una vez que la llevé a un baile, y qué tal si hubiera ido con mi amigo, que tiene el corazón de oro. Hubo una vez en que ese pueblo de los doce colores se vio pintado todo de un solo color, porque fue obligado pintar todas las casas azules,

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y los perros azules, y los gatos azules, y los caballos azules y las vacas azules, y las personas tenían que ponerse corbatas y pañuelos azules, y además había que hacer ondear banderas azules por todas partes. El azul cubrió la tierra de tal modo que el cielo empalideció. Historia de un pueblo, y el que olvida es como el que está muerto. Allí viví, hasta que estuve en edad de salir a buscar vida y a buscar con quién casarme. Subí por la margen del Cauca, pero no quise a una mujer negra, porque de pronto se me desteñía, como el caballo de mi tío.

DALILA SIERRA

¡Ésa mujer! Era el prototipo de las gentes del Suroeste antioqueño:

aguerrida, independiente, ambiciosa, acostumbrada a imponer su voluntad por encima de todas las consecuencias. Su impetuosa vida dejó un rastro de tormenta desatada, legendaria memoria de prolongada resonancia. Sabía calcular lo incalculable, trazar planes, definir estrategias, enfrentarse al peligro conocido y a lo desconocido. Acompañada por su inseparable mastín jugó gallos con los galleros en Ciudad Bolívar, en Salgar y en Tapartó, jugó a los dados con su fusta al brazo, con su revólver al cinto, con su sombrero ladeado. Sabía manejar la peinilla, pelear a caballo, volear el rejo, dominar al ganado. Negociante en café, dirigía sus haciendas con elegancia y mano dura, y cuando hubo que tener coraje tuvo coraje, y el día de la ternura tuvo ternura. Bella porque era bella, sabía también hacer trampas en el juego y en el amor.

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Quitarle un hombre a otra mujer era para ella un pasatiempo divertido, o arrebatarle una mujer a un hombre, porque lo mismo le gustaban las mujeres. Las mujeres se prendaban de ella porque era seductora, inteligente y audaz, y estaba segura de que el mundo había sido hecho para ella. En su caballo alazán entró borracha a Betania, hizo brotar chispas en el choque de las herraduras contra las piedras, disparaba sus pistolas a dos manos, encerró a la policía, puso preso al alcalde, se tomó el pueblo ella sola y ordenó aguardiente para todo el mundo. Cuando le dio la gana se fue en su caballo, que también estaba borracho porque ella le había enseñado a beber. En la mañana, al despedirse del pueblo, sus gritos sacaban chispas de las cumbres de pizarra de los Farallones del Citará. Tenía adláteres que la servían para lo que fuese necesario, para complacer sus caprichos, para lo que ella no alcanzara con su propia mano. Varios hombres por causa de ella honraron la vida con su muerte. Nunca perdonó a nadie, del mismo modo que ella estaba siempre dispuesta a morir, porque era guerrera y aventurera, y conquistaba sus días con la fuerza, el valor y la astucia de una mujer de armas tomar, no bandida, sino mujer de coraje en una tierra bravía, de montañas agresivas, ríos azarosos y gentes aviesas. Para ella cada día tenía dos noches, la que le precede y la que le sigue, y por tanto era diurna y nocturna, y tenía poder sobre potencias indomeñables, pero no dominaba el destino, porque a un sólo ser no le está permitido poseer todas las atribuciones. Desafiando la noche en la carretera que bordea el caudaloso San Juan, en una curva cerrada se despeñó al río con su hija, quedando atrapadas entre las rocas y la fuerza de la corriente. Vivió en Andes a mediados del siglo XX, y dejó una leyenda que escapa del poema por su magnitud novelesca y cercanía. ¡Ésa mujer!

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ESTHERCITA FORERO

Cuando la conocí ya había derrochado su lujosa vida de compositora y cantante popular, y vivía con su madre en una modesta casa alquilada, ella que había tenido grandes amigos desde Nueva York hasta Buenos Aires, que había sido la reina de la fiesta, la novia de Barranquilla, entre los brillantes colores de las carrozas de carnaval, la aclamación popular, las sonrisas de oreja a oreja, sus triunfantes recuerdos de Nueva York, Centroamérica, las Antillas. Su famosa canción Santo Domingo se convierte en un segundo himno nacional de la República Dominicana, y en Puerto Rico, donde todo el mundo la cantaba y la canta, y en Panamá y Venezuela, su voz alternando con los mejores cantantes de la época, sus canciones convertidas en himnos populares. Deja en América un rastro de esa alegría tropical que oculta la tristeza que subyace en el fondo del alma, como dice la canción. Con Esthercita Forero bailé cumbia en el carnaval, bajo la luna de Barranquilla, luna barranquillera, su vieja Barranquilla, en las calles de su vieja Barranquilla, con Esthercita Forero, la niña de Barranquilla. Barranquilla de contrastes, donde perdura la vieja señorial arquitectura con las casitas que buscan la sombra refrescante de los almendros al lado de las florecidas cercas de matarratón. El señor Sánchez, un venezolano gerente de la Pepsi Cola, se burlaba de ella hasta hacerla llorar. No tenía por qué saber quién era Esthercita Forero. Sólo sabía vender Pepsi Cola y hacer llorar a la gente.

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Después él pasó a trabajar con la Coca Cola, y ella quedó convertida en estatua de bronce en la Plaza Esthercita Forero, al lado de una gasolinera.

ALBA DEL CASTILLO

Las voces de Alba del Castillo (Lucía Libia Agudelo Rebolledo), y de Yma Sumac (Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo), se escucharon diariamente en todos los bares y cafés de América Española durante el siglo XX, voces que colmaron las vidas de muchas gentes con el timbre y tesitura de su voz, su emoción, la excelsitud de su canto, la perfección de su arte, esplendorosos pájaros de maravilla, que merecieron el título de divinas, aunque con muy distinta suerte, porque el Perú supo apreciar y enaltecer a su diosa, y en Colombia, Alba del Castillo murió a los cincuenta años en extrema pobreza, tanto que fue necesario recoger limosnas para comprar un pobre ataúd, como lo cuenta don Jesús Rincón Murcia, uno de sus felices admiradores. Alba del Castillo había nacido en Medellín, en 1923, y su deceso se produjo en la fría Bogotá, en junio de 1973, cuando sólo su voz recogía monedas en las rockolas de los bares, mientras su persona desfallecía en la miseria del olvido. El fox de Bravo Rueda se adaptó magistralmente a las voces de las divas, excelsas sopranos que aún siguen resonando en los oídos de todos cuantos las escucharon y conservan su recuerdo en fiel memoria, en el alma, podríamos decir,

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pues aunque el alma no existe todo el mundo sabe lo que es. Alba del Castillo, alma del canto, canto del alma, en la ingratitud de un país cicatero, que dejó morir al gran Crescencio Salcedo ofreciendo rústicas flautas de caña a cien pesos en los andenes de Medellín, sin que ninguna autoridad, ninguna persona, supiera valorar y reconocer al artista confundido en las calles con mendigos y rebuscadores. Pero qué esperar, si Bolívar tuvo que buscar refugio en manos españolas, y Manuela Sáenz debió huir al Perú con una negra fiel y perderse en un pequeño pueblo costero. Injusticia e ingratitud ha sido y sigue siendo el distintivo nacional, no “Libertad y Orden”, que ninguno de los dos ha llegado todavía.

HÉCTOR IGNACIO RODRÍGUEZ

Cuando le conocí era un joven poeta, enamorado de su Beatriz. Para ella escribió su único libro, titulado Menos poemas y más besos. En la poesía las amadas suelen llamarse Laura, Beatriz, Leonor o Marilia. En ese libro el nombre no resultaba necesario. Ella sabía que era la única para ese muchacho romántico y apasionado. Él tocaba en la flauta su romanza de amor y suspiraba por ella. Ella no suspiraba. No era suspiradora. Él pensaba tener tres hijos con ella: blancos, rubios y preciosos. Cuando ella le dijo que no, él hizo tres muñecos de madera y los enterró en el jardín de la casa, en un ritual privado de lágrimas y resignación. Músico además de poeta, trabajaba como ingeniero electricista en el Hotel Nutibara. La música era su refugio. Ejecutaba la flauta traversa con imaginación y fantasía. Los músicos son semidioses

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que hacen cantar la madera y los metales. Toda mi reverencia por ellos. En el taller de poesía se dejó coronar –el único– para complacer a los amigos porque la poesía era su orgullo. Su fotografía de poeta coronado ilustra la portada de la segunda edición de su libro, impreso por la Universidad de Antioquia. Sus amigos lo querían por su noble ademán y su exquisita sensibilidad frente a las artes y la vida. Pasado cierto tiempo ella dijo que sí, y nacieron los tres niños. Todo iba bien, pero a él lo atropelló una moto cruzando la calle, y poco después murió por sobredosis de un calmante. En la moto iban dos hombres. Lo vieron en el suelo y aceleraron, riendo a carcajadas. A la velación asistió el gerente del Hotel para despedir cortésmente a su empleado. Sus familiares despedían al padre de los tres niños. Del artista nadie se enteró.

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