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pliego

Número 10
2009

• pliego6 •
Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas Nueva época

Número 10, 2009
pliego
Número 10
2009

• pliego6 •
Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas Nueva época

Número 10, 2009
Patronato Fundación para las Letras Mexicanas, ac
Bernardo Quintana (presidente) Liverpool 16, colonia Juárez
Manuel Arango Delegación Cuauhtémoc
Antonio Ariza (†) CP 06600, México DF
Emilio Azcárraga 5703 0223
Alberto Baillères flm.org.mx
Isaac Chertorivsky
Carlos González Zabalegui
Germán Larrea pliego16
Alfonso Romo Número 10, 2009

“En la literatura, el escritor condensa para que el lector expanda;
Fernando Senderos Mestre Publicación del programa de becas y formación
para jóvenes escritores de la Fundación para
Carlos Slim las Letras Mexicanas
pliego16@flm.org.mx
Directiva

el esfuerzo es doble y la responsabilidad compartida”. Miguel Limón Rojas (presidente) Consejo editorial
Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber
Eduardo Langagne (director general) Bicecci, Pablo Molinet, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París,
Bernardo Martínez Baca (contralor) Héctor Antonio Sánchez, Paola Velasco

Consejo Consultivo Editor
Geney Beltrán Félix
Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero,
Romeo Tello A., pág. 43 Germán Dehesa, Ángeles Mastretta,
Federico Reyes Heroles
Jefe de redacción
Alejandro García Abreu

Diseño
Tutores Gabriela Varela + David Kimura
David Olguín (dramaturgia)
Jorge F. Hernández (ensayo) Asistente de formación
Bernardo Ruiz (narrativa) Orlando López
Antonio Deltoro (poesía) Imágenes de forros
Cabeza enjaulada, Verónica Bujeiro, 2007 (portada)
Sin título, Alejandro Arteaga, s/a (solapa portada)
Manos, Daniela Bojórquez Vértiz, 2007 (solapa contraportada)
Horizonte, Verónica Gerber Bicecci, 2001 (contraportada)

Warnock Pro es la familia tipográfica usada para
la composición de los textos y cabezas de Pliego6.
Diseñada por Robert Slimbach, fue seleccionada para
esta publicación por sus proporciones clásicas
con algunos rasgos contemporáneos, además de que
está compuesta por un extenso juego de caracteres
romanos, cirílicos y griegos, en diversos pesos y
versiones ópticas, lo que la hace una excelente opción
para la formación de una revista literaria. El nombre
de esta familia tipográfica rinde homenaje a John
Warnock, co-fundador de Adobe Systems y creador
entre otras cosas del lenguaje Postscript, utilizado
por la mayoría de los dispositivos electrónicos con los
que hoy en día funcionan las artes gráficas en todo
el mundo.
Editorial •

El número de pliego 16 que el lector tiene en sus manos es de con-
tenido misceláneo. Los textos aquí reunidos, por tanto, no obser-
van una unidad temática. Entre los colaboradores, la selección es
representativa tanto de los poetas como de los ensayistas, los na-
rradores y los dramaturgos. En esta entrega de pliego 16 —una
publicación atenta a la pluralidad del pensamiento y a la hetero-
geneidad de la creación artística y literaria—, el índice responde
a la búsqueda de la diferencia. Cada texto expresa estos propósi-
tos: tópicos y tramas dan una muestra de la multiplicidad de
las propuestas.
Abre este número de la revista un cuento de Vicente Alfonso;
un relato sobre el azar, que se pregunta acerca de las contingencias
de la fatalidad. Después, un poema de Alejandro Albarrán Polan-
co aborda la comunicación secreta de un conserje en los pasillos
de un hospital. Viene luego una jornada greenawayana dirigida
por la voz de Hernán Bravo Varela, donde las sombras se desmo-
ronan hasta desaparecer. Nydia Pineda De Ávila realiza una trave-
sía lunar y sigue las huellas de Méliès por las calles de París. Por su
parte, Paulette Jonguitud Acosta ofrece un relato sobre la impo-
sibilidad del vuelo. Christian Peña entrega un poema donde se
entrelazan el sueño y la reminiscencia. Enseguida, José Aurelio
Vargas narra la leyenda de un bandolero. Lo sigue la traducción
que Nadia Escalante Andrade realizó de “Frontispicio”, de John
Ashbery. Más adelante, y a partir de August Musger, el ensayista
Romeo Tello A. trata el carácter dramático de la cámara lenta. La
pieza de Lucía Leonor Enríquez expone el nacimiento de una
amistad a través de un trámite oficioso. El cuento de Gibrán Por-
tela exhibe una época pasada y refleja la fugacidad del tiempo. Y
Javier Peñalosa elabora el meticuloso retrato de un hombre que
capturó el mundo en una colección de sellos de correos. Hemos
alternado la presencia de Alejandro Arteaga, de Verónica Bujeiro,
Daniela Bojórquez y Verónica Gerber Bicecci en las ilustraciones;
sus imágenes han enriquecido este diverso tapiz. g 
Apostar pre era lo mismo: cuando más concentradas estábamos con los des- •
Vicente Alfonso lices del Gordo, Corina soltaba sobre la mesa un póquer de ases o
tres reinas y un comodín, cualquier jugada así. Entonces Ángela y
la Chata protestaban y reconstruían paso a paso la partida mientras
yo en silencio imaginaba al Gordo recostado en algún colchón aje-
no fumando un Montecristo. Me imaginaba su cara fofa exhalando
el humo, su perfil relajado por la seguridad de que a esa hora su mu-
jer se divertía en el póquer mientras él disfrutaba cogiéndose a al-
guna de sus muchas amiguitas.
Pobre Corina. Hasta podríamos decir que, en cierta forma, los
juegos de azar le causaron la muerte. Una muerte que aún hoy no
Y sí, Corina siempre ganaba, pero por más que pienso no entiendo alcanzo a explicarme, en serio. Claro que no se podría culpar sólo al
qué sacaba con no decirle a nadie, ni siquiera a mí, cómo lo hacía. azar, el Gordo tuvo mucho que ver en lo que pasó. Todo se sabe
Tiene razón el Gordo, contar secretos es como andar desnudo por siempre y esto iba a saberse un día, pero nunca pensé que le doliera
la vida, pero ella ocultó ese tan celosamente como la caja llena de como para tomar una decisión de ese tamaño. La gente se fija, ha-
billetes que hallaron en su closet después del funeral. ¿Por qué se bla, y así como el Gordo se hizo una reputación de mujeriego, Cori-
suicidó la muy estúpida? ¿Y por qué precisamente así? Yo qué sé, na ganó fama de ser adicta al póquer. Porque la fama de suertuda ya
fue tan rara siempre. Digo, sería lo mismo que tratar de entender la tenía desde antes. Y cómo no le iban a decir suertuda si era la en-
por qué compraba lotería cada semana o por qué jugaba cartas los vidia de todas desde que ella y el Gordo anunciaron la boda; mira
jueves en la tarde. Hasta llegué a creer que eran fingidos sus puche- que te amarraste a uno de los peces más gordos del país, le decía
ros mientras tiraba en la mesa una tercia de ases o una flor imperial Ángela durante los primeros meses, cuando Corina andaba en su
que destrozaba mis jugadas, las de Ángela, las de la Chata Lavín. papel de nueva ama de casa: buscaba las ofertas en el supermerca-
—Ya conocen el dicho —nos decía—. Afortunada en el juego… do, cortaba y cosía cortinas para la sala, escogía en el vivero flores
—No inventes, si de las cuatro tú eres la única que se casó —le para la finca. Por ese entonces ella ni siquiera sabía jugar al póquer
reclamaba Ángela—. Y mira nada más con quién. No te puedes y sólo platicábamos de chismes ajenos como quien cuenta los capí-
quejar… tulos de una telenovela.
—Pues sí. Yo quiero mucho al Gordo, pero saben cómo es… Creo que aprendió a jugar en un crucero por los países nórdi-
Claro que lo sabíamos, y cómo no saberlo después de tantos cos, cuando llevaba más o menos tres años de casada. Nos contó
jueves en los que entre una mano y otra Corina nos contaba sus que el Gordo y ella discutieron, que dejaron de hablarse durante los
desgracias, es decir las desgracias que podía tener la esposa de un seis días que duró la excursión. Y para no aburrirse, Corina se pasó
multimillonario adúltero que acostumbraba pedir perdón con via- el viaje jugando en el casino del barco. Al volver mandó remodelar
jes a Niza o al menos a Chicago, con un cambio de auto. En los doce la casa, hizo el salón de juegos en el que poco a poco las juntas de
años que duró casada le escuchamos de todo: que el Gordo con una los jueves se fueron convirtiendo en tardeadas de póquer en las que
de las secretarias de la agencia, que la Chiquis Castorena lo vio con el final era siempre el mismo, nosotras acabábamos maldiciendo a
no sé quién, que si alguien más se había topado al Gordo compran- los hombres mientras Corina lloraba las aventuras del Gordo, un
do un perfume carísimo en la zona duty free del aeropuerto. Y siem- hombre incontenible que igual se acostaba con actrices de cine que 
con las afanadoras de su empresa. Creo que por esos chismes bár- café de Colombia, por qué siempre dos o tres botellas de Clos de 
baros ninguna de nosotras faltaba a las tardes de cartas. Ni la Chata Vougeot o Château Cheval-Blanc; por qué caviar y langostinos, jai-
ni Ángela, que eran las que apostaban más, hubieran cambiado esos bas y camarones para el Gordo, por qué comprar jamón serrano de
jueves por otra actividad. Elche, de ese que se hace con cerdos de pedigrí que se alimentan
Fue por aquel entonces que empecé a sospechar que Corina sí sólo con bellotas. Y si el dinero no, por qué jugaba lotería cada se-
debía tener algo, porque no era muy lista y a pesar de eso nos gana- mana y sobre todo por qué ocultarle al Gordo/
ba las partidas. Es decir que podía perder tres o cuatro manos si es- —¿Sabes que tu mujer compra lotería? —le pregunté.
taba distraída o si el juego simplemente no llamaba su atención, pero —¿Ah sí? —dijo el Gordo, se acomodó en la cama—. Ni idea.
el balance final la favorecía siempre. Dinero llama dinero, decía la —Pues sí, cada semana. Y siempre al mismo número.
Chata Lavín, y miren qué cierto era. Por eso me parece una ironía —¿Cuál?
que haya sido el azar lo que causó la muerte de Corina. —No sé, la muy necia no ha querido decirme. Sólo sé que es
En el fondo creo que todas sabíamos que era la misma historia el mismo.
cada jueves, que apenas terminaba alguna de nosotras de repar- —Bueno, todos tenemos derecho a guardar un secreto. Yo odio
tir los naipes cuando entre lloriqueos Corina empezaba con que el los mariscos.
Gordo ya no se fija en mí, estoy segura de que ya no me quiere, esta —Corina cree que te encantan —le revolví el cabello.
semana no llegó a dormir dos veces, si hasta dicen que ya tiene un —Mi mujer cree muchas cosas, hasta que tú eres su mejor ami-
hijo con una güera que trabaja en el departamento de contabilidad. ga. ¿Nunca habrá sospechado que nosotros/
Y la Chata comenzaba a machacarla con aquello de que lo que a ti —También tenemos derecho a guardar un secreto, ¿no?
te hace falta es un amante y Ángela le recomendaba a un buen abo-
gado que podía sacarle al Gordo cuando menos la casa, una buena Ahora que Corina ya está bajo tierra me acuerdo de la desilusión
pensión, la Hummer y la finca en Tepoztlán. Corina llorando res- muda con que revisaba las listas de premiados, la terquedad inge-
pondía que prefería morirse a estar lejos de su esposo, que a pesar nua con que guardaba los billetes donde nadie los viera. Siempre
de todo lo quería, que no estaba con él por su dinero. No es por su me pregunté por qué una mujer como Corina jugaba lotería si ya lo
dinero, sino por lo que puede comprar con él, pensaba yo mientras tenía todo; sólo se me ocurría que soñaba con sacarse el premio
la Chata otra vez con la idea del amante y Ángela que es mejor el di- mayor y dejar a su esposo o que quizá lo hacía para matar el tiempo
vorcio y cada quien su vida pero ya no llores Corinita, ándale, respi- de la misma manera que a veces compraba seis pares de zapatos en
ra hondo, dale un trago a tu copa. Estábamos en eso cuando una un día o viajaba a Las Vegas para hacerse un facial y gastar algunos
corrida alta aterrizaba en el mantel como un zarpazo de manos de dólares en Stardust. El caso es que entre lotería y compras Corina
Corina y allí acababa el juego. Lo había hecho otra vez y no sabía- mataba los días de la semana y las semanas del mes; semanas que
mos cómo. Ninguna de nosotras se atrevía a decirlo abiertamen- goteaban lentas hasta llegar al jueves en la tarde cuando frente a las
te, pero sé que las tres sospechábamos que Corina hacía trampa barajas sollozaba otra vez por el Gordo, le habían dicho que la se-
aunque no hubiéramos podido decir cuál era el truco y en qué mo- cretaria no, que a la de contabilidad ya hasta la habían liquidado de
mento lo aplicaba, porque siempre parecía destrozada por sus des- la empresa, que ahora la querida era una modelo que hacía catálo-
gracias conyugales. gos para la compañía. Yo, llena de coraje, me imaginaba al Gordo
Y yo pensaba que si el dinero no, por qué los lunes en el súper fumando y compartiendo el colchón con alguna anoréxica; me de-
llenaba su carrito de chocolates de Bélgica, conservas españolas y cía a mí misma que las esposas al menos tienen el privilegio de llo- 
riquear en público los engaños de su hombre, en cambio las demás halló una de las muchachas del servicio en su alcoba de mujer re- 
ni siquier/ cién dejada: un reguero de sangre y sesos sobre el buró estilo Reina
—Póquer —sollozaba Corina. Ana. En la mano izquierda, Corina tenía una serie completa de lote-
Mientras Ángela y la Chata protestaban yo me quedaba helada ría: su número acababa de sacar el primer premio. Pero eso fue sólo
sin saber qué decir. Con el tiempo me acostumbré, por mí no había el principio: después del funeral, la policía halló en el closet de Co-
problema en que Corina ganara casi siempre, creo que hasta era rina una caja de zapatos con cuatrocientos catorce billetes de lote-
una forma de sacudirme la culpa de lo mío con el Gordo. Y todos ría ordenados por fechas. Cada uno tenía grapado un papel con una
estos años pensé que ella se sentía mejor con esos triunfos, que ser anotación. Después de revisarlos supimos que la mayoría tenía al
la campeona de los jueves perdidos era una forma de reforzar su au- menos reintegro o algún premio pequeño. Otras dos veces se había
toestima o vayan a saber qué. Ella se defendía con justificaciones sacado el premio mayor, y en siete ocasiones su número había obte-
tontas: qué quieren muchachas, yo cambiaría mi suerte por su tran- nido cifras considerables. Lo raro es que jamás cobró ninguno.
quilidad; a mí se me da esto. Y así cada semana: el lunes al mandado
por chocolates belgas, Clos de Vougeot, Château Cheval-Blanc, ja- •
món serrano y café de Colombia, langostinos, jaibas, camarones/
—¿Para el Gordo?
—Ajá —me contestaba.
Luego venía la escala obligada en la caseta de lotería, la consul-
ta nerviosa de los resultados, la cara de desánimo frente a la lista y
siempre comprar billetes del próximo sorteo. Ahora me da lástima
mi amiga; casada con el Gordo y anclada en una esperanza tan pe-
queña… parecía una luciérnaga que quisiera guiar a un buque tra-
satlántico.
—¿Hay probabilidades de que el premio caiga dos veces en el
mismo lugar?
—De que hay, hay, pero muy pocas, no sé... una en millones —le
contestaba.
—Ah —contestaba y se ponía más triste.

La recuerdo tan deprimida aquella vez, casi tanto como la tarde en
que el Gordo la dejó para vivir conmigo y ella decidió jugar a la ru-
leta rusa. Tal vez era cierto aquello de que prefería morirse a vivir
sin el Gordo, o quizá sólo quería probar su suerte ahora que él no
estaba. La imagino metiendo una sola bala en el revólver, dando
vueltas al tambor, apretando el gatillo… Buscar explicaciones sería
lo mismo que tratar de entender que una mujer como ella compra-
ra lotería o jugara a las cartas los jueves en la tarde. El caso es que la
Un autor.
Daniela Bojórquez Vértiz,
2008
10 Bitácora día 8 ARQUITECTURA eFÍMERA •
Alejandro Albarrán Polanco Hernán Bravo Varela

The Belly of an Architect (1990), de Peter Greenaway

SOBRE LA tarja
los instrumentos A Ezequiel Larraquy
sus fauces

Un olor avinagrado El reconocido arquitecto estadounidense Stourley Kracklite (Brian
de herida o remordimiento Dennehy) es invitado a Roma para curar una magna exposición de
Étienne-Louis Boullée, un oscuro arquitecto francés del siglo XVIII
El olor a moneda que es la sangre por quien Kracklite siente una profunda devoción. A tal punto llega
su empatía hacia la vida y la obra de Boullée —“un arquitecto visio-
El cómodo nario por quien siento tanta pasión desde niño”, en sus propias pala-
el metal bras— que la vida y la obra de Kracklite comienzan a experimentar
cambios dramáticos e irreparables. Tras el abandono de su esposa
La gota cayendo al viejo lavamanos Louisa (Chloe Webb), habérsele diagnosticado un cáncer fulminante
siguiendo un compás a cuatro cuartos en el estómago y haber sido la víctima de una conjura que fraguaron
monocorde los organizadores de la exposición para removerlo de su cargo como
como una palabra repetida mil veces al oído curador, Kracklite es condenado a padecer el mismo destino silen-
cioso e ignorado de Boullée por el resto de sus breves días.
De pronto me descubro imitando Al enterarse de la aventura amorosa que Louisa sostiene con su
aquel sonido con mi dedo archirrival, el también arquitecto Caspasian Speckler (Lambert
sobre el palo irremediable de la escoba Wilson), Kracklite decide reunirse con Flavia (Stefania Casini), la
con sus silencios respectivos hermana de Speckler. La escena a la que aludo (“Lucha por el pla-
cer”, según el nombre de la inolvidable pieza musical que la acom-
Como si paña, compuesta por Glenn Branca y Wim Mertens) transcurre en
(sin darme cuenta) la casa y el estudio fotográfico de Flavia. Después de haber posado
quisiera traducir en clave Morse para ella como Andrea Doria representando al dios Neptuno, el bar-
el mensaje de algún muerto bón y robusto Kracklite se pasea distraídamente por las habitacio-
nes, enfundado en una bata blanca. Por fin decide meterse en un
• cuarto donde encuentra, junto con diversos materiales y equipos
12 de fotograf ía, un perturbador mosaico de imágenes en blanco y ne- Yo, enjuagándome la cara frente al espejo empañado del lavabo, 13
gro dispuestas sobre una pared que retrata el paso del matrimonio después de vomitar.
Kracklite por Roma desde su llegada, ocho meses atrás. El conmovi- Yo, en consulta con el médico, sentado, juntando las manos a la
do repasa uno a uno los capítulos de su biograf ía visual, cuyo epílo- altura de mis ojos y recargando los pulgares erguidos en la frente,
go es un acercamiento de su vientre velludo y prominente. Junto a él en señal de impotencia.
se coloca Kracklite, conmovido hasta las lágrimas, apretando en su Caspasian y Louisa, viéndose de perfil. Sonrientes. Serenos. Sa-
mano derecha un hilo rojo que, como un misterioso Ecuador, atra- tisfechos. Recién cogidos.
viesa las imágenes por la mitad. Flavia sale entonces de una puerta Caspasian y Louisa, de lino blanco. Bajando por una gran esca-
al fondo del cuarto, igualmente ataviada con una bata blanca. En- linata, sin quitarse los ojos de encima.
tre ambos destaca una ventana cubierta por una tela —blanca, des- Caspasian y Louisa, tomados de la mano.
de luego— que el aire mueve y agita. Yo. Mi propia cara, que desconozco. Los ojos atónitos, desme-
Flavia se detiene ante él. Ella, amorosamente, toma el hilo rojo suradamente abiertos ante una noticia que he olvidado. La nariz
de la mano de Kracklite y rodea su cuello un par de veces con él. Su- regordeta. La barba encanecida. Mi cara pegada a un vientre que
jetando la punta del hilo con delicadeza, Flavia atrae hacia sí a podría ser el mío. Mi vientre informe de arquitecto.
Kracklite mientras se abre la bata y deja al descubierto los senos y el Sobre mí, el alfa y omega de Boullée en letras rojas, como el hi-
pubis; lo conduce hacia la ventana y terminan unidos en un beso y lo que sostengo en mi mano. El hilo tenso y rojo de mi vida que pasa
un abrazo que se dan sus sombras proyectadas en la tela, mecidas delante de mis ojos. Mis ojos ciegos y minúsculos como las dos ta-
por el aire. chuelas que mantienen pegado el hilo a la pared.

Toda mi vida está pasando delante de mis ojos. Está pasando. Aho- Flavia sale de una puerta, frente a mí, al otro lado de la habitación.
ra mismo. Me está pasando a mí. Está pasando inevitablemente. Me arrebata el hilo rojo que sostengo en mi mano. Se abre la bata y
me enseña sus senos diminutos y su sexo poblado. Nos deslizamos
Yo, mirando a alguna parte, en un recuerdo que perdí para hacia la ventana. Nuestros cuerpos, como dos batas blancas, caen al
siempre… suelo. Nuestros nombres, como dos sombras oscuras, caen como
Mi mujer y yo, recién llegados, vestidos de blanco, sonriendo, dos cuerpos.
deslumbrados por el sol veraniego de Roma…
Caspasian —el imbécil de Caspasian, el traidor de Caspasian, el Esa sombra que avanza cuando mi cuerpo se detiene soy yo.
mediocre arquitecto de Caspasian, el padrastro bastardo de mi
hijo—, mi mujer y yo partiendo el pastel con el que la gente del mu- •
seo nos dio la bienvenida, ese pastel de azúcar glass que reprodujo
el monumento que Boullée construyera en memoria de Newton,
ese hermoso pastel que daba pena comerlo…

Y un hilo. Un hilo rojo en medio de estas fotos, como el separador
de un libro, el libro de mi vida, que jamás leeré.
14 Retrato de Georges Méliès Viví por diez meses en Montreuil en el número 56 de la calle •
desde el Bar du Marché Marceau. A cambio de un cuarto en el ático dedicaba mis tardes al
Nydia Pineda De Ávila cuidado de un niño de ocho años llamado Milo. La abuela materna
de este niño era pianista y había decidido que su nieto tocaría el
trombón (aunque él quería ser bailarín), y la primera vez que me
senté en la terraza del Bar du Marché, esperaba el término de una
de esas odiadas clases. Volví muchas veces al mismo sitio para espe-
rar. En poco tiempo descubrí que cien años atrás, este barrio había
sido un terreno de viñedos de calidad mediocre donde se escucha-
ban dialectos del norte de Francia y de Picardía. Supe también que
antes de la construcción del cine y el conservatorio, una construc-
La velocidad de los trenes de la línea nueve entre Richelieu y Croix ción de 1896 hecha enteramente de vidrio, de diecisiete metros de
de Chavaux imprimió en mi memoria una serie de postales del an- largo, por siete de ancho y cinco de alto, emplazaba el sitio. Era el
dar cotidiano desde la Biblioteca Nacional hasta un suburbio de Pa- taller y el estudio de Georges Méliès.
rís llamado Montreuil. Sentada en un vagón, primero franqueaba Cuando Georges Méliès era niño, quería ser mago pero sus pa-
ese pequeño arco del triunfo de Strasbourg-Saint Denis que mar- dres insistían en que fuera comerciante y heredara, con sus herma-
caba el límite de París en el siglo XVII, y que ahora es la puerta de nos, la industria zapatera de la familia. Pero Georges se resistía y se
entrada a los supermercados árabes; atravesaba las galerías de res- escapaba a menudo para asistir a los espectáculos del gran ilusio-
taurantes asiáticos con menús de 8 euros al mediodía; el Circo de nista Robert Houdin. Tiempo después, cuando su padre murió y la
Invierno de colorido moscovita; el teatro de Oberkampf con sus cú- herencia fue repartida entre todos los hermanos, Georges decidió
pulas budistas; el pequeño local donde una mujer tailandesa servía invertir su parte en la compra del teatro ilusionista que tanto inspiró
tapioca en leche tibia de coco mientras veía telenovelas de su tierra. su imaginación infantil. A principios de la década de los noventa, los
Finalmente traspasaba el anillo periférico y con el metro fluía bajo Lumière ubicaron su estudio fotográfico en un piso justo al costa-
el nervio central de Montreuil. En las alturas, mi barrio se tendía do del teatro Houdin. Quizás en un banal encuentro callejero, en un
con olor a tubérculo tropical y por sus calles desfilaban rosas, ver- saludo cotidiano al pasar frente a la panadería de la cuadra, o en el
des, azules, morados, amarillos: a diferencia de las majestuosas ca- Grand Café que se encontraba en el ángulo de la calle, Méliès cono-
lles del centro de París, estas calles y sus habitantes no temían a los ció a los fotógrafos.
estampados. Mi viaje subterráneo terminaba en la estación Croix Una tarde de diciembre, Antoine Lumière entró al despacho del
de Chavaux. teatro para invitar a Georges a una misteriosa presentación en el
Al abrirse las puertas de la estación, me encontraba en un mer- Grand Café. Se sabe que días después de la Navidad de 1895, Méliès
cado, tierra de babouches, de almendras y miel de pastelería argeli- asistió al evento junto con treinta y dos empresarios del espectá-
na, tierra prometida de migrantes africanos de varias generaciones. culo parisino. Antoine Lumière los recibió en una sala sencilla y
Atravesando una plancha de concreto, me dirigía siempre hacia la los acomodó frente a una pantalla similar a las empleadas en pro-
terraza de un bar en la esquina de la plaza. Sobre todo en verano, yecciones de linterna mágica. Tras unos minutos de espera, una es-
este lugar invitaba al descanso. Frente al bar, había un conservato- tampa fotográfica que mostraba la Place Bellecour de Lyon fue
rio y un cine. proyectada. Se escucharon algunos susurros, algunos indignados
16 carraspearon; Georges Méliès volteó sorprendido hacia su vecino y gen capturada de distintas formas y proyectada con diferentes velo- 17
apenas murmuró: “¿Nos trajeron aquí para mostrarnos proyeccio- cidades le permitió crear la magia en la pantalla. La cámara cinema-
nes? ¡Llevo diez años haciendo esto!”, cuando bruscamente un caba- tográfica que, en sus inicios, se pensaba un mecanismo para captar
llo jalando una carreta comenzó a trotar hacia el público como si se un gesto extraído del correr lineal del tiempo, se volvió gracias a los
fuera a salir de la pantalla. Los asistentes se clavaron en sus asientos resultados de sus experimentos en las calles de París, una máquina
y fueron transportados más de 500 kilómetros al sur de París, al de ilusiones que permitió materializar las fantasías que hasta en-
movimiento de la plaza que anuncia la entrada al caluroso Midi. tonces sólo se habían expresado en la literatura. Jugando con la pe-
Mientras los personajes de la calle se despertaban de un sueño lícula, haciendo pausas y anticipando, Méliès logró que los objetos
inmóvil, las bocas de los espectadores se abrían, sus pulmones se filmados se desvanecieran, aparecieran y desaparecieran. Su descu-
ensanchaban, su quijada temblaba. La ilusión de la vida encapsu- brimiento de la edición transformó por completo la idea de la con-
lada en el espacio de la película se fragmentó en miles de partículas tinuidad lógica en el cine. Cortando y retrocediendo la película para
que viajaron a través del humo de tabaco y penetraron sus retinas, sobreimprimir en lo grabado, encontró la manera de retratar esce-
disparándose a lo largo del nervio óptico e irrumpiendo en una nas insospechadas, rendir homenaje a las ficciones de sus autores
porción del cerebro que los antiguos habían asociado a la fantasía. favoritos, explorar el universo interior de su mente y replantearse la
Méliès, quien unos instantes atrás había expresado su desconfianza, posibilidad de mostrar sus metamorfosis o de tener múltiples iden-
se encontraba estupefacto ante esta imagen que reproducía el ritmo tidades en una misma escena. En sus películas, los guignol fabrica-
de la tarde, insinuaba el bullicio de la plaza y encapsulaba las sutile- dos en sus primeros juegos adquirieron vida propia. Ahí él mismo
zas cambiantes de los gestos de los transeúntes. se multiplicó exponencialmente para después desaparecer, dirigió
Pocos meses después, construyó su propia cámara. Su interés orquestas sin músicos, fue un diablo sin cabeza, un astrónomo en
por el cinematógrafo era más que el reflejo de una ambición por una bala navegando en el espacio.
estar a la vanguardia del espectáculo. Desde niño, había buscado Yo había llegado a París buscando el manuscrito de un viaje a la
comprender los mecanismos y las estrategias que permiten tanto la Luna, y por azar terminé viviendo en el barrio donde el primer viaje
precisión como la sorpresa. Incursionó en el dibujo, la pintura al a la Luna fue filmado. Llegué buscando a Cyrano de Bergerac y me
óleo, la carpintería y la mecánica. De joven había ilustrado periódi- encontré las huellas de Méliès. Ya no existe ese gran palacio de luz
cos de sátira política y más tarde se interesó en la decoración tea- donde se producían mundos fantásticos. En el recinto donde se
tral. Su encuentro con el cine le permitió integrar estas habilidades ubicaba, de un lado, la cabina del operador y, del otro, un escenario
manuales e inventivas con su gesto versátil de comediante. El teatro de cuatro metros de profundidad con trampas, tramoyas, cajas de
Houdin le había compartido ingeniosos trucos de manipulación, de alumbrado, bastidores y estructuras para colocar arneses y simular
magnetismo y electricidad que hacían posibles los actos de ilusión el vuelo de los personajes, donde telas y proyectores eléctricos crea-
que tanto lo afamaban. Pero, a diferencia de lo que sucedía en el ban la ilusión de mares, infiernos, montañas o estaciones de tren,
teatro, Méliès reconoció que la cámara permitía aislar el acto de ahora existe el cine Méliès. Desde la terraza del Bar du Marché, hay
magia y despreocuparse por la vulnerabilidad del mago frente al pú- amantes del cine que recuerdan una convención de astrónomos
blico. Intuyó la posibilidad de enfatizar una ilusión jugando con to- donde se debatió la propuesta del profesor Barbenfouillis para as-
das las posibilidades de la película. cender al mundo de la Luna; hay quienes evocan a las bailarinas de
Así como la manipulación veloz de un objeto sobre el escenario cabaret cargando un cañón gigante desde un techo de París, al obús
determinaba el éxito del acto de ilusión, la manipulación de la ima- navegando por el espacio y perforando el ojo de una Luna malhu-
18 morada. Desde la distancia me parece que Méliès habló de la Luna jes a la Luna encuentran un espacio en la película de Méliès. Se re- 19
para mantener viva una ilusión o un recuerdo. Para Méliès la ma- flejan en alguna imagen, sostienen una escenograf ía o duermen
terialización de la bala galáctica de Verne era un homenaje al re- detrás de un telón.
cuerdo; la posibilidad de darle nueva vida a los capítulos de la
exploración fracasada del Gun Club. Construir el mundo de la Luna Ha pasado tiempo desde la última vez que transité por las calles de
fue como crear y dirigir un circo. Para financiarlo debió reunir al- París. Ahora, cualquier día, al abandonar un vagón anaranjado del
rededor de 10,000 francos, una suma muy considerable para su metro de la ciudad de México en la estación Bellas Artes y al pasar
tiempo, debido a los costos de maquinaria y del vestuario de los se- debajo de la estructura art nouveau idéntica a las del metro pari-
lenitas. Los caparazones, cabezas y pies fueron creados por Méliès sino, imagino a Méliès durante una filmación de poca importan-
en modelos de barro. Buscó la forma de darles un gesto nuevo, nun- cia afuera de la Place de l’Opéra. Es un hombre pequeño y calvo
ca antes sugerido en la ficción. Los moldes de yeso para las caras y con largos bigotes y barbilla afilada. Frente a él desfilan mujeres con
la indumentaria fueron encargados a un especialista en máscaras. sombreros coquetos y faldas de oleajes primaverales, los hombres
Los selenitas fueron reclutados tras largos cástines de acróbatas, visten trajes ligeros y fuman cigarrillos. Detrás de él circulan auto-
bailarinas, cantantes de cabaret, y actores rechazados de teatros buses y coches en la gran avenida. Se dice que Méliès filmaba esta
de prestigio, todos dispuestos a trabajar en una empresa novedosa escena callejera cuando la película se atascó durante sesenta segun-
a cambio de un salario modesto. Todo estaba calculado y debía dos antes de reiniciar el rodaje. Mientras tanto, en la calle, los tran-
materializarse según lo imaginado por el director-coreógrafo-inge- vías, los coches y los transeúntes habían seguido su flujo normal.
niero-mago-astronauta que era Méliès. En las ferias de Europa y Méliès cuenta que después de haber ensamblado la película en el
Estados Unidos a principios del siglo XX, la bala gigante surcó el es- lugar de la ruptura, durante la proyección se observó cómo un tran-
pacio y permaneció en la mirada de miles de espectadores. Una pe- vía Madeleine-Bastille se convirtió en un carro fúnebre, y los hom-
queña máscara de papel maché animada por un desconocido actor bres se transformaron en mujeres. Ese es el origen de la magia en el
se transformó en el astro gigante y poderoso, portador de sueños cine; y esa magia ha determinado la manera en que narramos nues-
ancestrales. tros encuentros: los recuerdos desordenados de un viaje que des-
En un tratado sobre la magia escrito a finales del siglo XVI, filan como un trayecto en el metro; la recreación de una historia
Giordano Bruno sugirió que mago es aquel que puede aliar el saber desde la evocación de un lugar; una película que explica un encuen-
a la acción. El mago es sensible a la simpatía que reina en la natura- tro o ayuda a entender los lugares dejados atrás. De vuelta en Méxi-
leza, sabe que todo en el universo está ligado íntimamente; es el sa- co, tiempo después de haber vivido en Montreuil, descubro que el
bio capaz de predecir el azar, capaz de identificar las relaciones Bar du Marché definió la manera en que guardo las experiencias de
ocultas que persisten en lo cotidiano y de reestablecer la ilusión de aquel viaje. Desde mi imagen de la terraza a un costado del merca-
otro mundo con elementos de apariencia sencilla y de conjunción do ahora recreo la imagen de Méliès, quien realizó, durante más de
improbable. Méliès entendió que el fenómeno cinematográfico es- diez años, el mismo trayecto que yo, desde el centro de París hasta
taba íntimamente relacionado con la memoria: con la persistencia Montreuil, desde su teatro de magia a su estudio de filmación.
de la visión, con la capacidad del ojo para retener un objeto duran-
te una milésima de segundo después de su desaparición. Descubrió •
también que la experimentación con lo plástico transforma la ma-
nera de fijar las historias en el tiempo. En mi memoria todos los via-
Autor. barry.
Verónica Bujeiro, Verónica Bujeiro,
2008 2008
Trinidad. El puente •
Verónica Bujeiro,
2008 Paulette Jonguitud Acosta

I
Cuando el hombre pasó una pierna sobre la baranda supe que algo
no estaba bien, pero cuando le vi pasar las dos ya no hubo duda: iba
a matarse, iba a saltar desde el puente para hundirse allá abajo, le-
jos, en esas heladas aguas, declara Faustino y se revuelve en su silla
con una excitación propia del viejo obsesivo que es, porque es un
viejo y está solo, cansado.
Era una mañana gris y yo salí a caminar por el puente, me gus-
tan los días fríos porque las personas hablan menos; cuenta Fausti-
no que se detuvo entonces a mirar hacia abajo, a la bahía nublada, a
los cerros verdes, a los guardias que miran a todos con cara de sos-
pecha, porque en este puente la gente viene más a tirarse que a ca-
minar, dice Faustino y tiene razón.
Vengo cada domingo, he hablado varias veces con los vigilantes
y según ellos las mañanas frías son las peores; la gente está triste,
no sale el sol, y plum, plum, plum, caen los suicidas desde el puen-
te como piedras lanzadas por un niño, así me dijo un oficial, como
piedras lanzadas por un niño; y a Faustino se le nublan los ojos por-
que este puente y sus suicidas los trae bien marcados en el pecho, en
la memoria, y esta mañana, mientras él caminaba por el puente vio
al hombre pasar una pierna sobre la baranda y luego le vio pasar la
otra y por un momento el niño que fue pensó: va a echarse a volar.
Cuenta Faustino que si su madre hubiese sabido de las hordas
de cuerpos que saltaban desde el puente ella hubiera sido la prime-
ra en lanzarse; pero no, mi madre mejor se metió en la tina: ¡zaz!,
24 dos tajos en cada muñeca y listo: agua roja, calientita, no como la El hombre cría pájaros en la azotea de su casa; tiene así de pája- 25
del río, esa sí debe ser helada, no quiero imaginar cómo se siente ros, dice Faustino y junta todos los dedos para mostrarlos frente a sí;
entrar en ella, y menos así, de golpe, desde tan alto. y luego en la patrulla de camino para acá el hombre me dijo que esa
Bueno, primero pensé: va a intentar volar, pero luego me volvió mañana se había despedido de ellos; cuenta Faustino que el hombre
la cordura, entonces corrí unos cuantos pasos con estas piernas tie- dijo haber hablado con cada ave y haberles dicho que él también se
sas y sin pensarlo estiré la mano y cogí al hombre por el pelo, lo te- había cansado de estar en una jaula; el hombre estaba convencido
nía larguísimo, casi hasta la cintura, cano, cogido en una coleta, de de que yo era uno de sus pájaros que quería impedirle volar.
ahí lo agarré; Faustino extiende las manos y las junta como si toda-
vía sujetara el cabello de aquel hombre, dice haber jalado con to- II
das sus fuerzas de viejo, no sabe cómo consiguió alejar al hombre Cómo va a ser una niña, declara Germán y se talla los ojos con las
de la orilla. manos, tiene el cabello revuelto, el abrigo sucio de excremento de
No dijo nada, cuenta Faustino y al fin se le escapan unas lágri- pájaro, no alcanza a comprender la gravedad del problema en que
mas; usted va a disculparme, yo salí esta mañana para caminar y me se ha metido; qué niña ni qué niña; si yo la recogí cuando se cayó
dio gusto que hiciera frío, porque cuando no hay sol la gente habla del nido, así, chiquitita, con el ala rota y sin haber aprendido a volar;
menos, desde el puente la vista sólo puede admirarse en silencio, dice Germán que tras recoger a la alondra la llevó hasta su casa,
pero de pronto vi al hombre, unos años menor que yo, todo vestido donde tiene más de veinte jaulas con pájaros de todo tipo; pero no
de negro, pantalones y chamarra de cuero, lo vi saltar la baranda, los encierro, no, les dejo abiertas las jaulas para que vayan y vengan
estiré la mano y lo jalé; dice Faustino que el hombre no dijo nada, se cuando y como quieran; unos están un ratito, comen, descansan, se
limitó a mirarle a los ojos como si viese al mismísimo Señor. van; otros se quedan conmigo, vuelven cada noche haciendo albo-
Ahí nos quedamos los dos, él viéndome y yo con su cabello aga- roto, para contarme lo visto, lo que pasa allá por la calle; y es que
rrado en un puño; dice Faustino que el hombre le hizo un ademán Germán sale poco de su casa, prefiere pasar su tiempo en la azotea,
para que lo soltara pero el viejo negó con la cabeza; así sujeto, el desde donde se ve el parque, desde donde ve volver a sus pájaros
hombre volvió a la seguridad del puente: hasta entonces el viejo cada tarde.
consintió en liberarlo. Así fue como la vi, a la malagradecida, bueno, en realidad pri-
Ya del otro lado, cuenta Faustino y se le escapa una leve sonrisa, mero la escuché correr de un lado a otro y luego vi sus plumitas café
como de ternura, el hombre me tomó por los hombros y me exami- y el alita rota, así, pegadita al cuerpo, entonces la reconocí; declara
nó los ojos, la nariz, la boca; va a golpearme, dice Faustino que pen- Germán que una mañana la alondra herida no estaba en la jaula; y
só, mas el hombre se limitó a decir en voz muy baja: disculpe, ¿es yo no supe qué había pasado, si no sabía ni volar, y que la oigo y que
usted uno de mis pájaros? me asomo al parque y ahí estaba la ingrata, corriendo entre los ár-
Uno de mis pájaros, jura Faustino que eso le dijo, él intentaba boles, con el alita lastimada, gritando: mamá, mira, ya puedo subir-
alejar al tipo de la baranda; no fuera a lanzarme a mí por encima del me a este tronco.
barandal nomás por haberlo interrumpido, me ha dicho uno de los
guardias que las personas, cuando de verdad quieren tirarse se ti- No me interesa lo que diga el tipo ese, no sólo secuestró a mi hija
ran, aunque deban tratar ocho veces, ya sea de noche o a mediodía sino intentó matarla y me tiene completamente sin cuidado su sa-
cuando hay tantos turistas que es dif ícil mantener un control sobre lud mental, esto no puede quedarse así, dice la señora Carmela a
los viandantes. cualquiera que pase cerca, manotea mientras habla, las lágrimas de
26 toda la noche están aún sobre sus mejillas como surcos de sal y más- Nomás ver que era una niñita lo que el hombre llevaba bajo el 27
cara de pestañas, repite la historia una y otra vez quizá para inten- abrigo casi me voy de boca; relata el oficial Rappaport haber tenido
tar comprender lo ocurrido, para convencerse de que no es un mal el ojo sobre Germán por su andar sospechoso, iba deprisa y le suda-
sueño, de que su hija Clarice, de ocho años, está en una cama de ba la frente, y cuando vio que pasó una pierna sobre la baranda y
hospital, agotada y con el cuerpo cubierto de moretones. luego pasó la otra ya no le quedó duda; el procedimiento es como
Ya le dije, la última semana fuimos a ese parque casi a diario; sigue: uno dispara una bengala de color amarillo para que vengan
dice la señora Carmela que su Clarice se fracturó el brazo hace cer- refuerzos desde la garita e inmediatamente intenta detener al suje-
ca de un mes y por las tardes se ve obligada a llevársela a la tienda, to, mientras llegan los compañeros; así el oficial Rappaport corrió
en casa no hay quien la cuide; pero se aburre, se cansa de jugar con hacia donde estaba Germán; y fue entonces cuando vi que traía a
los botones, con los hilos, por eso se me ocurrió llevarla un rato al una niña en los brazos y la paraba en la orilla del puente, así, agarra-
parque, por las tardes, pero de haber sabido lo que iba a pasarnos, dita de la cintura; dice Rappaport que la niña debía estar aterrada
Dios bendito, cómo iba yo a saber que me la iban a robar así. pues no gritó ni lloró ni nada, sólo miró hacia abajo y dijo: no señor,
por favor, no me tire.
Cómo se le ocurre que iba a robármela, yo le prometí enseñarle a
volar y nada más; cuenta Germán que cuando tuvo valor bajó hasta Pero no voy a tirarte; si para eso tienes las alitas, mensa, para volar;
el parque y esperó a la pequeña tras un árbol; finalmente, al escu- confiesa Germán haber dudado un momento, ¿y si no vuela?; pero
charla acercarse salió de su escondite y la tomó por el cuello; ¿por cómo no iba a volar, si todos los pájaros aprenden así, de un día
qué te fuiste así, sin avisar?, no te asustes, si soy yo, chiquita, si ape- para otro, sólo hay que darles la confianza, y por eso la llevé al puen-
nas hace una semana te recogí del piso toda maltrecha, pero mira, te, para que viera a las gaviotas y se animara; dice que la alondra
ya vi que conseguiste quién te arreglara el ala; declara Germán que temblaba entre sus manos, emocionada, pero al final la vio sonreír
la alondra hacía mucho ruido y por eso le envolvió la cabeza con antes de saltar.
una bufanda, para no llamar la atención, ya ve cómo es la gente de
entrometida. III
Y así me la llevé hasta el puente; nos fuimos despacito porque La abuela Clarice ya había saltado, ya le habían intentado enseñar,
ya era casi de noche y para los pájaros es mejor aprender en la ma- pero parece que no aprendió, declara Faustino y se revuelve en la si-
ñana; íbamos a tener que esperar. lla, balanceando las piernas a unos centímetros del piso; de mamá
pues no sé nada, después de lo de mi hermana entré al baño y me la
En este puente la gente viene más a tirarse que a caminar, dice el encontré ahí, con el agua roja y todavía calientita; dice Faustino que
oficial Rappaport; pasamos más tiempo vigilando a los posibles sui- su madre lloró como por cuatro días; tiene los ojos muy abiertos,
cidas que cuidando a los turistas que vienen a tomarse la foto con la quizá porque intenta que le quepa, en su cerebro de niño de siete
bahía de fondo, con los cerros, todo eso; cuenta que no es muy di- años, porque es un niño y está asustado, toda la información; y bue-
f ícil identificar a los propensos a saltar, caminan solos, lento, con no, parece que mi hermana no voló.
los ojos en los zapatos o en el cielo, luego asoman la cabeza para ver
el agua; andarán midiendo el golpe, dice el oficial Rappaport y se ¡Por favor!; si yo ya lo hice una vez, cuando era niña, cuando un se-
avergüenza un poco de su falta de tacto; pero eso sí le voy a decir, ñor me recogió en el parque para enseñarme a volar; dice Clarice
nunca jamás de los jamases vi un intento de suicidio doble, ¿o será que cuando el viejo la sujetaba en la orilla del puente, sentía el ves-
de asesinato?
28 tido pegado al cuerpo por la fuerza del viento; y hacía frío, mucho grima que le llega hasta la boca, la seca con la lengua; yo supe que ya 29
frío; dice Clarice que las manos del señor eran calientes, y fuertes y era el día, iban a volar y a mí ni siquiera me invitaron a verlas; dice
ella se sentía segura, viendo a las gaviotas planear de un lado a otro; Faustino que su abuela volvió hasta la tarde, sola, arrastrando la cha-
entonces cuando el guardia sujetó al señor y lo jaló hacia atrás yo lina y repitiendo una y otra vez: estúpida, no pudo.
me eché para adelante y abrí las manos y casi me pareció que había
podido, volaba; dice Clarice que se le taparon los oídos y el agua no •
parecía estar más cerca; pero de pronto todo se aceleró y ya estaba
en el agua, primero los pies, luego la cintura, un frío espantoso y
luego un barco con cobijas térmicas; después el hospital; dice Clari-
ce nunca haberse recuperado; siempre me sentí culpable de no ha-
berlo conseguido.

Uy, pues desde que me acuerdo la abuela salía con esas cosas de que
si mi hermana se portaba bien le iba a enseñar a volar; dice Fausti-
no que su hermana, dos años mayor, presumía todo el tiempo ser la
elegida de la abuela Clarice; ¿tú qué sabes hacer?, ¿para qué eres
bueno?, para nada, no eres especial, la abuela no te lleva todos los
domingos al puente para que le pierdas miedo y sientas el aire en la
cara y se te pegue la ropa al cuerpo y veas para abajo, tan abajo que
el agua ni parece moverse; dice Faustino que su madre no hacía caso
de esas cosas, porque siempre tiene sueño, se la pasa todo el día
dormida y nosotros podemos hacer lo que queremos al regresar de
la escuela; mi hermana se va al puente y yo me quedo a pegarle a la
pared con un balón.

Mi hija era así, un poco rara y un poco triste; dice Clarice que a su
hija no le importaba mucho que ella y la niña fueran los domingos
al puente; la verdad nada le importaba mucho, ni sus niños ni yo ni
nada; dice Clarice que su hija fue siempre débil, enfermiza y por ello
debió esperar a tener una nieta para enseñarle: las hembras apren-
den más rápido.

Y el domingo en la mañana ni adiós dijeron; cuenta Faustino que su
hermana llevaba un vestido nuevo, negro con blanco; también tenía
una chalina negra, de mi abuela, la movía así, como alas de murcié-
lago; el niño mueve los brazos arriba y abajo; al fin se le sale una lá-
30 Litera 31

Christian Peña

Para Javier Mardel

Debajo del sueño de mi hermano dormía sobre cubierta,
crecía mi sueño. tiraba el ancla al despertar.

A él, por ser el mayor, Hoy duermo en una cama sencilla.
le correspondía la cama de arriba; Mis sueños ya no se estrellan
a mí la otra, cerca del piso, contra la espalda de mi hermano;
debajo de la cual guardábamos siento que han ganado espacio
cajas de zapatos y fotos. y no logro contenerlos.
Me acostumbré a dormir bajo su sueño.
Nuestros sueños ocurrían El techo me queda lejos
a distintas horas, de maneras distintas: y no lo alcanzo.
el suyo era más aéreo,
más cercano al techo; •
el mío agazapado,
temeroso a las alturas.

Soñábamos también el mar.
Éramos la tripulación de un barco
que sólo zarpaba de noche.
Él vigilaba desde el mástil
la tiniebla y la posibilidad
de tierra a la vista.
Yo izaba las velas,
32 El Dorado Esa misma noche llegó a la cantina el hombre que tomaría el lu- 33

José Aurelio Vargas gar del plomeado. Su nombre era el Tuerto. De inmediato todos su-
pieron que ese no era su nombre, sino su apodo y también supieron
que estaba loco porque llegó cargando un cadáver.
El Dorado ni se inmutó pero nomás por cortesía preguntó por
la muerta. El Tuerto no respondió, la dejó en la barra a sabiendas de
que no se iba a mover, tomó la navaja y empezó a rasurarse la cabe-
za; cuando terminó, se sentó en una silla y contó la historia, no sin
soltar una que otra lágrima con el ojo bueno. El Tuerto, a pesar de lo
que se crea, era un hombre sensible: le gustaban las flores, le can-
El Dorado, que en aquel entonces era casi un niño, juntó a seis hom- taba a las mujeres y alguna vez alguien lo vio leyendo poesía, aunque
bres en una cantina a las afueras de Zirandaro, y les prometió tres no se puede asegurar si de verdad leía o sólo miraba los dibujos o si
cosas: oro, fortuna y viejas. Un chingo de viejas. Los seis hombres era poesía o prosa.
aplaudieron como sólo se aplaude en un informe de gobierno al pre- El hombre que fue a buscar al Tuerto, que sea uno de los hom-
sidente. Es fama que al Dorado, desde más niño, algo se le botaba bres del Dorado, le contó camino a la cantina lo del juramento de
en la cabeza cuando escuchaba los aplausos. Esa noche desenfun- matar a todas las Bebas del mundo a balazos y con saña. El pobre
dó la pistola y, sin otro motivo más que la aplaudidera, acribilló ahí Tuerto, y esto de pobre es porque lloraba y lloraba con el ojo bueno
mismo a uno de sus hombres: un pobre tartamudo nacido en algún mientras contaba lo ocurrido, tenía una mujer que no llevaba el
pueblo de Guerrero que llegó a la reunión por motivos que ni él sa- mismo apodo, que sea la Beba, pero que tenía una hermana que sí
bía. Las últimas palabras de aquel hombre, al que algunos apoda- lo llevaba.
ban el Pelón y otros el Tartas, fueron más o menos las siguientes: El Tuerto llegó a casa de la mujer para matar a la hermana y ga-
Pipipincheche DoDoradodo mimi hermamanana la la vevevava va narse la confianza del Dorado, pero en lugar de encontrar a la Beba,
a chichingarte. encontró a su mujer trenzada, que sea en cueros y montada, con un
Del Dorado se sabe que creía en augurios y aparecidos; que general de nombre Silverio o Silvio. El Tuerto siempre dijo que no la
siempre se persignaba frente a las iglesias, que nunca mataba en sá- pensó mucho, que apuntó directo a la cabeza de la mujer y que sol-
bado y que ostentaba como número de la suerte el siete. Después de tó el plomo; otros dicen que el Tuerto apuntó a la cabeza del general
acribillar al Pelón, según algunos, o al Tartas, según otros, el Dora- y que, con eso de que le faltaba un ojo, la bala salió chueca.
do se persignó cuatro veces y ordenó tres cosas: que buscaran a otro El general, que sea el Silvio o el Silverio, juró matarlo mientras
hombre pa suplir al difunto, por aquello de los siete; que trajeran escapaba por la ventana. El Tuerto, que por cosa del azar o del diablo
una navaja pa que todos se rasuraran la cabeza en honor al acribi- no traía más balas en la pistola, hizo caso omiso, se echó en brazos el
llado; y que prometieran que iban a matar, a balazos y con saña, a cadáver y caminó hasta la cantina.
cualquiera que se cargara el apodo de la Beba. Cuando el Tuerto terminó con su historia, los Pelones aplaudie-
Los hombres del Dorado, conocidos a partir de esa noche como ron conmovidos. Y ya se sabe cómo se ponía el Dorado con lo de los
los Pelones, juraron cumplir con el trato, guardar el secreto de la aplausos. La lluvia de balas bañó a un mesero que, por cosa de dios
muerte del Pelón, según algunos, o el Tartas, según otros, y seguir al o del diablo, fue a trabajar a la cantina cuando no tenía.
Dorado hasta el infierno o hasta que la Beba lo acribillara. Esa misma noche, la Viuda del mesero recibió la visita del Do-
34 rado. El jefe de los Pelones le llevó el pésame, un collar con chapa El burdel del Panchito era un palacio, así, con todas sus letras. 35
de oro, una carta con disculpas y la cabeza del esposo envuelta en Un palacio de pérdidas perdido en medio del istmo, con sus pare-
un trapo negro. Aunque algunos dicen que la carta no existió y que des tapizadas de terciopelo rosa y regenteado por el mismísimo dia-
el trapo era blanco, todos coinciden en que la Viuda gustaba de dor- blo: un gordo rosa, con problemas en la vejiga y un lunar verde que
mir en cueros porque si no se ahogaba. le cubría la mitad del rostro. Del Panchito, que sea el diablo, se sabe
La Viuda abrió la puerta. Trató de gritar pero ya era tarde. Al- que olía el dinero a pueblos de distancia y que siempre usaba suéter
gunos dicen que la violó en el suelo; otros, que no la violó pero que porque odiaba el frío. El Dorado y sus Pelones llegaron ya entrada la
sí fue en el suelo y otros, que la Viuda era virgen y que llevaba un noche. Los recibió en la puerta, no sabía quiénes eran ni qué hacían
hermoso vestido de lentejuelas porque esperaba desde siempre al salvo el Tuerto que seguido se daba sus vueltas por el palacio pa sa-
Dorado. ludar a las muchachas, pero los Pelones cargaban dinero y el Pan-
Pa evitar más problemas y ganarle al tiempo, el Dorado y sus Pe- chito lo presentía.
lones salieron de Zirandaro con dirección a las montañas a la maña- Esa noche el Dorado, por consejo del Tuerto, mandó a cerrar
na siguiente, no sin antes robar un banco. Con sólo un disparo por- el congal pa festejar su boda como dios manda y dios sólo manda
que nomás el Dorado y el Tuerto tenían pistola, y el Dorado no se una cosa.
apresentó al robo, mientras que el Tuerto nomás traía una bala. Si el Es fama que la Mini Reina del Istmo abrió pista. La pequeña
Dorado no se apresentó al robo no es porque se quedara dormido mujer, pa no decir enana que es pecado, se restregaba con ganas
después de restregarse toda la noche contra la Viuda, como dicen contra el tubo, que con ella al lado se veía más grande de lo que
algunos, sino porque fue a comprar, eso sí, en compañía de la Viuda, era. La Orquídea y la Veve, o la Vero, que era como la llamaban en
un par de pistolas, tres rifles, un chingo de balas y siete sombreros el palacio, miraban a los Pelones mirar a la Mini Reina en espera de
pa la sombra. Así, sin sobresaltos, ese mismo día empezó el peregri- sus turnos.
nar del Dorado y sus Pelones por las montañas y pueblos aledaños. De la Vero se sabe que no bailaba, que tenía dos pies izquier-
En los siete años siguientes, el Dorado y sus Pelones robaron dos, que le gustaba el helado y que llegó a lo del Panchito seis años
ganado, violaron monjas, crucificaron curas, patearon ciegos, inten- atrás cuando el dinero que su hermano el Raúl, según ella; el Tartas,
taron derrocar al gobierno, traficaron con personas, mercantearon según algunos; o el Pelón, según otros; no llegó pa pagar las medi-
con drogas y quemaron vivos perros y gatos. Lo último a petición de cinas de su pobre abuela católica, paralítica y loca. El rumor de la
la Viuda que padecía del asma según algunos, o que abortó un par muerte de su hermano le llegó al segundo año, cuando un general
de veces por lo del pelo de los gatos, según otros. que andaba buscando a un tal Tuerto y sus Pelones, y de nombre
En la navidad del séptimo año, el Dorado organizó una pequeña Silvio, según ella, o Silverio según la Orquídea; le contó la historia
cena pa celebrar el nacimiento del niño dios, el éxito de los Pelones de la cantina de Zirandaro donde murió por culpa de los aplausos
y anunciar su boda con la Viuda que, a saber de todos menos el Do- un hombre calvo, un mesero y de paso fue secuestrada una viuda.
rado, tenía amorios con el Tuerto. En nada pensaba la Vero cuando la Mini Reina del Istmo termi-
Es fama que al Tuerto no le hizo mucha gracia eso de la boda, nó con su danza y los Pelones estallaron en aplausos. El Dorado se
que algo le cruzó la cara cuando escuchó el anuncio, pero se ofreció levantó de su silla y acribilló ahí mismo a la Mini Reina que, por su
de padrino de lazo y arras pa no levantar sospecha y porque algo ya tamaño y la cantidad de disparos, quedó irreconocible.
sabía del asunto. Esa misma noche, el Tuerto traicionó al Dorado en El Panchito dejó pasar el incidente a cambio de una buena suma
el putero del Panchito. de dinero y ordenó que enterraran a la Mini Reina frente al palacio
36 mirando hacia el norte. La Orquídea se encargó del entierro porque
era la única que sabía hacia dónde daba el norte y, para ser sinceros,
tampoco tenía muchas ganas de bailar después de lo ocurrido. Pa
cuando la Orquídea regresó al palacio, la Veve ya había terminado
su baile y uno de los Pelones se encontraba acribillado en el suelo.
El plomeado era el Palas, el único pobre, y esto de pobre es por
la acribillada, que se atrevió a aplaudir después del baile de la Vero
que, por cierto, se merecía el cielo porque bailó como las diosas, se-
gún algunos, o como las musas, según los más leídos; aunque todos
coinciden en que la Vero lo hizo de adrede porque algo se sospecha-
ba del Dorado y bailó como nunca pa estar segura.
La Vero, en cuanto pudo, invitó al Dorado a un cuarto de los de
arriba pa platicar más en confianza. Es fama que el jefe de los Pelo-
nes nada se sospechaba, pero se negó porque ni estaba de humor ni
gustaba de los encantos de la Vero. También es fama que el Tuerto,
que de seguro sí se sospechaba algo, lo tachó de tener la boca chica,
entre otras cosas, y casi a empujones lo obligó a subir con la Vero.
Es cierto que nadie obliga a nadie y que la carne es débil; también es
cierto que, en cuanto pudo, la Vero amenazó al Dorado con una pis-
tola, el Dorado se burló de ella y le dijo que un hombre llamado por
unos el Tartas y por otros el Pelón le había auguriado que sólo su
hermana la Beba podría matarlo.
La Veve, que sea la Beba para el jefe de los Pelones, o la Vero en
el palacio, descargó su pistola sobre el Dorado. Según algunos mu-
rió con una sonrisa en el rostro porque se cumplió el augurio, según
otros la sonrisa fue porque la pistola era del Tuerto y el muy cabrón
siempre cargaba nomás una bala, así que cuando la Veve se quiso
pegar un plomo en la boca pa no tener que enfrentar a los Pelones,
no pudo.

Paisaje nevado 2.
Verónica Gerber Bicecci,
2003
Suponer. Paisaje nevado 1.
Verónica Gerber Bicecci, Verónica Gerber Bicecci,
2003 2002
40 Frontispicio Frontispicio •
John Ashbery John Ashbery

Traducción de Nadia Escalante Andrade

Expecting rain, the profile of a day A la espera de la lluvia, el perfil de un día
Wears its soul like a hat, prow up lleva el alma de sombrero, afronta
Against the deeply incised clouds and regions las nubes talladas hondamente y las regiones
Of abrupt skidding from cold to cold, riddles donde el frío hacia el frío, abrupto se desliza; acertijos

Of climate it cannot understand. del clima que no puede comprender.
Sometimes toward the end A veces, hacia el final
A look of longing broke, taut, from those eyes una mirada anhelante surge, tensa, de esos ojos
Meeting yours in final understanding, late, que encuentran a los tuyos en la comprensión definitiva, tarde,

And often, too, the beginnings went unnoticed y a menudo, también, no advertimos los inicios,
As though the story could advance its pawns aunque la historia pudo adelantar sus piezas
More discreetly thus, overstepping más discretamente, superando, así
The confines of ordinary health and reason los confines ordinarios de la salud y la razón

To introduce in another way para introducir de otra manera
Its fact into the picture. It registered, su verdad en la imagen. Ya grabada,
It must be there. And so we turn the page over debe permanecer. Así, volteamos la página
To think of starting. This is all there is. para pensar en el comienzo. Esto es todo lo que hay.

• •
42 Detalladas lentitudes representaciones grandilocuentes y ruidosas, son efectistas y resul- •
Romeo Tello A. tones, provocan una saturación de los sentidos y un adormecimien-
to de la conciencia. En cambio, el espectáculo producido por la cá-
mara lenta es un oxímoron en sí mismo: es un espectáculo sutil, una
sutileza espectacular.
No sé exactamente en qué radica el poder poético de la cáma-
Para Marianela ra lenta. En principio, no creo que sea una cualidad de la lentitud en
sí misma sino de la retardación de lo que normalmente ocurre más
deprisa. Pues quizás el encantamiento de la cámara lenta está en su
aparente alianza con lo imposible, en la ilusión de desafiar al tiempo
—ése que, a diferencia de nosotros, nunca deja de pasar. Quizás en
que, como la música, lo sugiere todo sin decirlo nada. O más bien
En 1904, el austriaco August Musger inventó el único procedimien- en lo opuesto, en su prolífica elocuencia, en su capacidad para eje-
to estético infalible conocido hasta la fecha, un método detonador cutar el milagro de la multiplicación de los detalles y los datos. Me
de la mirada, un despertador para el alma dormida: inventó la cá- parece que ésta es una razón importante y además nos da otro indi-
mara lenta. Ni la rima, ni la consonancia, ni el claroscuro, ni la pro- cio de que hemos hecho bien en equiparar a la cámara lenta con la
pia metáfora tienen una efectividad inherente tan alta; todos estos poesía: dice Yuri Lotman que un texto poético está “semánticamen-
recursos dependen del modo en que sean aplicados y del tema que te saturado”, condensa más información que cualquier otro tipo de
encaucen. La cámara lenta, por el contrario, no exige a quien la em- discurso; los poemas son malos cuando no contienen suficiente in-
plea maestría técnica ni demasiada atención selectiva, ni siquiera formación, pues “la información es belleza”. La cámara lenta, por su
requiere buen gusto; ella misma es la destreza y el estilo, es decir, el parte, se obtiene rodando una escena con un número de imágenes
arte. Impone una visión maravillosa del universo. La cámara lenta por segundo superior a una filmación tradicional. Las películas en
es el toque de Midas de la imagen: convierte en poesía todo lo que cámara lenta contienen, entonces, mayor información que una cin-
retrasa. August Musger era f ísico y sacerdote. ta normal, a su modo también están semánticamente saturadas; no
Jean Cohen es el autor de una de las más hermosas y acertadas son el resultado de una mera reproducción despaciosa. Por ello, el
definiciones de poesía: “la poesía es el canto del significado”. Es con- slo-mo, como la poesía, constituye un filtro potenciador: es un es-
cisa y un tanto redundante como toda buena definición, pero no fuerzo (hecho por la cámara, no por nuestra mirada) amplificador
tautológica. Siguiendo su ejemplo, podemos decir algo semejante de de la percepción. En la literatura, el escritor condensa para que el
la cámara lenta: revela la danza y la épica de la materia en movi- lector expanda; el esfuerzo es doble y la responsabilidad comparti-
miento. Retratado en slo-mo, todo se vuelve sublime y solemne, rito da. En el caso de la cámara lenta, la técnica condensa para que el es-
y descubrimiento; todo accede a la condición de acontecimiento, de pectador, simplemente, perciba. Las secuencias en cámara lenta nos
gesto histórico, fundamental y fundacional; todo parece participar emocionan, y esa emoción conlleva cierta tristeza, porque nos ofre-
de un régimen ontológico distinto, fantástico y, a la vez, más real cen un testimonio de todo aquello que nos perdemos —todo el
y verdadero que la vida cotidiana. La cámara lenta es generadora de tiempo. Son parsimoniosas crónicas de nuestra insuficiencia.
una especie de espectáculo muy particular. Comúnmente, los espec- El eminente carácter dramático de la cámara lenta se debe a
táculos consisten en un despliegue de fastuosidad multimedia, son que, en su hipersemántico transcurrir, el movimiento capturado su-
44 pera la condición de mero desplazamiento para convertirse en ac- La amistad •
ción, en lucha y conflicto; los objetos, por su parte, se vuelven per- Lucía Leonor Enríquez
sonajes trascendentales. Una gota de agua que se estrella contra un
montículo de harina nos recuerda, puntual y platónicamente, la co-
lisión del meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios en la
Tierra; una bola de billar que rueda sobre terciopelo verde es Héc-
tor a punto de ser masacrado por Aquiles a la sombra de las mura-
llas de su ciudad, y podemos ser testigos del nacimiento de Dios y
de Su magnífico hastío en sendas escenas en cámara lenta: una lla-
ma que emerge de un encendedor y Michael Jordan volando hacia
el aro desde la línea de tiro libre. El efecto contrario es igualmente
infalible y nos confirma lo que hemos dicho hasta ahora: la repro-
ducción acelerada crea seres ridículos, caricaturas despersonaliza- Amigo 1: Me alegra que hayas acudido puntualmente a nuestra
das, todo lo precipita, todo lo vuelve maquinal. cita. Esto es emocionante, porque me permite pensar
que estás preparado para involucrarte en esta
• amistad que te propongo. ¿Te gusta el lugar?
Amigo 2: Sí, supongo que está bien.
Amigo 1: Tengo un par de convicciones firmes, bueno, qué digo
un par. Tengo todo un tratado, pero tratándose del té,
sólo puedo beberlo en este lugar.
Amigo 2: Claro, este parece un sitio agradable.
Amigo 1: Es más que eso. Cuando tomo el té, quiero que me lo
sirva un inglés, que para eso son buenos, ¿no?
Amigo 2: Sí, eso y las comedias... Perdone que lo diga, pero me
sorprendió un poco su invitación porque y pensé que yo,
bueno, siendo así como soy, que no, que nunca tendría
la oportunidad de, usted sabe, tener un amigo…
Amigo 1: Vamos, hombre. Ser amigos es no tener que pedir
perdón, ¿cierto? Las disculpas son otro asunto, pero
el perdón, está dado de antemano.
Amigo 2: Muchas gracias, le agradezco.
Amigo 1: Me gusta este modo que tienes, este hablarnos de usted,
hagámoslo pues, por respeto a nuestra amistad.
Amigo 2: Bueno, no creo que el respeto radique, no necesaria-
mente en…
Amigo 1: Es como los rusos, ¿sabe?
46 Amigo 2: ¿Los rusos? ¿Qué tienen que ver los rusos? amistad no cabe la suposición. Esto es importante, 47
Amigo 1: Quizá prefiera usted a los alemanes. ¿entiende?
Amigo 2: ¿Por qué habría de preferirlos? Amigo 2: No le parece que tantas restricciones, podrían dificultar
Amigo 1: ¿Los discrimina, acaso? nuestra relación amistosa. Perdóneme que lo señale, pero
Amigo 2: No, claro que no. ¿Qué sé yo de alemanes y rusos? Lo me parece que habría que considerar mayor libertad.
que todos, supongo: nazismo y comunismo. ¿Qué más? Amigo 1: ¿Qué quiere decir? Le parece que los puntos que propon-
Amigo 1: Siempre he tenido la firme convicción de que todo lo go, le parece que lo que le digo es una aberración. ¿Eso
que se dice en alemán o ruso, es profundo, verdadero. cree, amigo?
Por aquellos lares no tienen el problema de la banalidad. Amigo 2: No, no. Por supuesto que no. Únicamente señalo que
Inténtelo. Vamos, diga algo y verá que suena superficial. habría que dejarse fluir.
Vamos… Amigo 1: ¿Qué ha dicho? ¿Es usted acaso un hippie de la amistad?
Amigo 2: Vaya, me toma usted por sorpresa. ¿Qué podría decir? Esas teorías han muerto, amigo. ¿No somos seres pen-
Amigo 1: Ya lo ve. El problema de la idiotez es típico de occidente. santes, acaso? ¿Está dando un paso atrás en la evolución?
Amigo 2: Pero, ¿me está diciendo idiota? Me habían llamado feo, Amigo 2: Quizá me equivoque y disculpe que se lo haga notar,
desagradable, espantoso incluso, pero idiota ¡jamás! pero me parece que es la segunda vez que me llama
Amigo 1: Es una prerrogativa de la amistad. Hay cosas que yo idiota.
necesito decir, ¿sabe? Verdades que debo externar. Amigo 1: Yo sé de amistad y sé lo que hay que hacer para que ésta
Porque yo creo en una comunicación franca y abierta, sea verdadera. Si usted es un idiota, es mi deber como
una comunicación libre, honesta. Una comunicación, su amigo hacérselo saber; si tiene ideas retrógradas, se lo
vaya. No entiendo la amistad de otra manera. indicaré. Eso es amistad y no pamplinas. A menudo
Amigo 2: Bueno sí, supongo que, me siento halagado de ser su creemos que sabemos de la amistad y esto es un engaño,
amigo. una mentira más de nuestros tiempos. Yo tuve una
Amigo 1: Ahora bien, hay ciertos puntos que necesitamos revisar amiga, anciana sí, franquista quizás, pero ella sabía de
cuidadosamente si es que hemos de hacer esto bien. La amistad tanto como yo, así que sé lo que hago. Conf íe
amistad es cosa seria y hay aspectos a considerar. en mí. Está en buenas manos, manos amigas.
Amigo 2: Sí, claro. Cielos, es la amistad más organizada que he Amigo 2: Pero, ¿cómo voy a confiar en usted? Ni siquiera me llama
tenido. por mi nombre y ya me ha insultado dos veces, eso no
Amigo 1: Y yo vengo preparado, como buen amigo que soy. Note es posible.
cómo he marcado cuidadosamente los puntos a tratar. Amigo 1: ¡Lo sabía! Desde que lo observé supe que usted era un
Cada punto es una letra ordenada alfabéticamente. Soy buen prospecto para esta amistad que le propongo.
un hombre de letras y no de números. Calidad, digo yo, Siento la química, ¿y usted? Es casi, sí, sí, ahí está, es
más que cantidad. Eso digo. Soy un hombre que cree en incluso palpable. Sólo un amigo mío, aunque feo como lo
las palabras. ¿Usted cree en las palabras? es usted, mencionaría la importancia del nombre en
Amigo 2: Depende cuáles, supongo. esta sociedad anónima, sociedad de masas. Me alegra
Amigo 1: No, no, amigo. No se distraiga. Su fealdad es una cosa, discutir temas importantes, trascendentales y no
pero la falta de atención, ésa sí es imperdonable. En la fruslerías, y es que eso de andar con un nombre que no
48 es el propio, me parece inmoral, inadmisible, inmoral- Amigo 1: Bueno, ¿qué quiere? Así me decía mi amiga. Téngale 49
mente inadmisible. respeto. ¿Acaso estoy yo cuestionando su sospechosa
Amigo 2: (…) facilidad para invocar a dioses y demonios? Hay que
Amigo 1: Lo ha visto, en lugar de William, Bill, Billy. Ya no existen guardar un sentido.
las Susan, se han exterminado a golpe de apócope. Amigo 2: ¿Un sentido? ¿De qué sentido habla?
Ahora sólo Su, ¿qué es eso de Su? Ni siquiera una Amigo 1: Sentido común, sentido de respeto. Mejor dicho, sentido
palabra. de la amistad. Eso es todo lo que pido. Hay que ser
Amigo 2: Sí, sí, a mí también me parece espantoso. coherentes, digo yo. Eso digo.
Amigo 1: Bueno, tampoco exagere. No es para ponerse quisquillo- Amigo 2: Me está hartando con sus sinsentidos.
so o demasiado crítico. Demasiado entusiasmo es Amigo 1: Ya lo superará. Todos, en algún momento, nos sentimos
sospechoso, no es bueno, nada bueno. así, pero no se trata de eso. Hay que domarnos, tras-
Amigo 2: Pero, ¿quién le entiende? Fue usted el que se refirió a cender la naturaleza humana, esa mentalidad de tugurio,
todo el fenómeno como una abominación. ¡Usted, que ni de congal, así le llamo yo; donde todo pensamiento es
siquiera llama a su dizque amiga franquista por su oscuro y flácido.
nombre! Amigo 2: ¿Cómo? ¿Además de idiota, me acusa de obesidad?
Amigo 1: ¿Está usted cuestionando la existencia de mi amiga, la Amigo 1: Habrá que hacer un esfuercito, para poder continuar
anciana? ¿No tiene respeto por los viejos? ¿Acaso esta amistad. De lo contrario seremos una supuración,
idolatra usted la juventud? Un amigo gerontofóbico, una secreción. Habrá que tomar forma o no seremos
quién lo iba a pensar… ¿Qué hace cuando ve a un nada, amigo.
anciano? Seguramente lo patea, le escupe, le jala la piel. Amigo 2: Antes de ir más allá, me gustaría…
¿Ha notado lo elástica que es la piel de los ancianos? Amigo 1: Está bien, lo confieso. Golpeé a mi amiga en la cabeza
Como lija. con un sartén.
Amigo 2: ¡Por Dios, eso es absurdo! Amigo 2: ¿A la anciana?
Amigo 1: No meta a Dios en estos asuntos de amigos. Sólo pido Amigo 1: La culpa fue toda suya, desde luego, me desesperaban
un poco de respeto por la gente mayor. Sólo eso. No se sus modos dictatoriales y bueno, un poco mía por
extralimite, amigo. ¿Cómo osa tomarse esas libertades dejarme llevar por una emoción primitiva. Aunque
con una vieja? ¿Con qué derecho? ¿Acaso es usted luego lo razoné —qué otra cosa si no—, y me di cuenta
su amigo? de que no había sido tan animal el gesto, había una
Amigo 2: ¿Sabe algo? Creo que no estoy preparado para una metáfora en todo eso.
amistad de esta naturaleza. Amigo 2: (…) Trataré de comprender, quiero creerle, aunque,
Amigo 1: ¡Vamos! Tranquilícese. Hay que tener valor. La amistad usted…
no es fácil. Bastará con que tome la decisión. Sí, eso es. Amigo 1: ¿Qué?
Resuélvase y resuélvame en esta amistad que le propon- Amigo 2: Me repugna.
go…. Mi amiga, ya sabe usted quién, la anciana, lieber Amigo 1: Gracias. A mí también me repugna, usted.
me decía. Amigo 2: Esto es la amistad entonces.
Amigo 2: Pero ¿y eso qué demonios? Amigo 1: Así parece.
50 Amigo 2: Será larga y horrible, me temo. Como una pesadilla.
Amigo 1: Detesto las historias de sueños y todo lo que tenga que
ver con soñar. Nunca tuve un sueño. Nunca. Bueno,
quizás alguno de pequeño, pero me dije: “soñar es de
ociosos”, una pérdida de tiempo, y yo no pierdo el
tiempo en ociosidades, ése soy yo. ¿Sabe quién soy?
Amigo 2: ¿Un hombre sin ociosidades?
Amigo 1: Un hombre de firmes convicciones, eso soy.
Amigo 2: Sí, también, por qué no.
Amigo 1: Bien, béseme pues y cerremos el pacto de esta bien
fundamentada amistad.
Amigo 2: ¿Perdón? ¿Que le bese ha dicho?
Amigo 1: Sí, sí, como prueba irrefutable del cariño amistoso que
nos profesamos.
Amigo 2: Pero, yo… y usted… ¿es necesario?
Amigo 1: Ya decía yo que era usted egoísta, taimado, frío y
calculador.
Amigo 2: Pensé que habíamos superado la etapa en que me
insultaba. No creo que esté siendo justo.
Amigo 1: ¿Qué tiene que ver la justicia con la amistad? Hay otras
reglas a seguir. Le mandaré el manifiesto pero sepa que
debería ser… obsequioso.
Amigo 2: Bueno, un beso… supongo que, al menos podré decir
que lo intenté todo para mantener nuestra amistad.
Amigo 1: Excelente, por fin una relación merece la adecuada y
activa aplicación de mis aptitudes y habilidades. Es una
energía bien invertida, eso, una inversión sin riesgos.
Lo lograremos, amigo querido. Tengo un gran presenti-
miento esta vez. Será una relación básicamente feliz.
Habrá que tener confianza.

Sin título.
Alejandro Arteaga,
s/a
Sin título. Sin título.
Alejandro Arteaga, Alejandro Arteaga,
s/a s/a
54 TODAS LAS PECAS DEL MUNDO no era la chica más popular, pero una buena chica después de •
Gibrán Portela todo, tal vez poco más de lo que yo pudiera pedir o merecer. Yo
tampoco era popular, pero no jugaba tan mal al fútbol, o tal vez sí,
para el caso es lo mismo. Me daba pena que Karina me agarrara la
mano porque un amigo me decía que no le gustaban las pecosas,
me dijo que parecía que estaban enfermas de varicela y creía firme-
mente que si pasabas mucho tiempo al lado de una pecosa se te pe-
garían todas las pecas del mundo. Era mi amigo el Patas, un tipo
alto. El lío de todo esto no se resumía a unas cuantas pecas y a la
popularidad, lo que pasa es que se me hacía raro que una muchacha
como ella se acercara a un tipo como yo, en ese caso era muy fácil
saber quién se sacó la lotería con quién, pero siempre fui muy mie-
Vivo en una especie de déjà vu. Una gran parte del problema es la doso y creo que lo sigo siendo.
programación televisiva y yo recorriendo los canales de arriba aba-
jo, para volver irremediablemente a los videos musicales. No pasa Karina tenía un novio con un nombre de pila tipo oriental: Yoshio,
mucho en mi vida, perdí mi libreta con los números telefónicos de Yoshi o Yoshimitsu. Yoshio era un cantante mexicano de los ochen-
mis pocos amigos, de todos modos tenía poco contacto con ellos. tas con los ojos rasgados que tenía una canción llamada “Samurai”
Una vez, Vanesa, una amiga de la primaria, habló para saludarme y y salía montando un caballo negro a mitad de la playa, blandiendo
para quedar un día, fue una linda emoción, mi vida tomó un vuelo un sable samurai y vestido a la onda “dokers versión playa”(pantalón
especial un par de días hasta que llamó para cancelarme. Otra dis- gabardina caqui y camisa blanca mojada por la brisa marina). Yo-
tracción que tengo es ir al cine, conozco la cartelera de memoria y shio, el novio de Karina, no era ningún cantante, ni tenía cara de
no me llena de emoción pues casi nunca dan películas de Kung Fu. oriental; era rubio, alto, no era guapo, más bien tenía personalidad.
Otra forma de perder el tiempo es mi cuaderno de cuando salí de la En la escala de popularidad, digamos que no era uno de esos chi-
secundaria, con un montón de dedicatorias que escribí yo mismo cos que a la gente le gusta seguir, pero era respetado y buena perso-
por la pena de decirle a mis amigos que me escribieran despedidas, na además, y sobre todo, no le daba pena que Karina lo tomara de
igual a nadie le hubiera interesado. A Karina sí, fue la única que me la mano y le diera de besos. Karina era mi amiga y eso estaba bien.
escribió algo en mi cuaderno. Me la paso marcando los teléfonos Las cosas se pusieron raras cuando comenzaron a circular rumores
que yo mismo inventé y si de casualidad alguien contesta al otro acerca de que Karina pasaba más tiempo conmigo que con Yoshio,
lado, me pongo muy nervioso y cuelgo el teléfono. Después se me no sé si en realidad se llamaba Yoshio, aunque estoy seguro de que
ocurren un montón de cosas que podría haber dicho. tenía un aire de menonita. Karina y él ya llevaban mucho tiempo
Karina era pelirroja, delgada, con su cara salpicada de pecas andando y yo no encontraba la razón por la cual Karina prefería pa-
como galleta con chispas de chocolate, piernas blancas, ojos verdes sar el descanso conmigo, sobre todo cuando llegaban a molestarme
y en mi cuaderno puso su teléfono junto a una carita feliz, también y me daban manotazos en la cabeza; yo me defendía, pero cuando
escribió que ojalá nos viéramos pronto y que me deseaba mucha era alguien muy fuerte como el Greñas o el Carroña, tenía que re-
suerte en todo y que yo era una linda persona. A veces me ayudaba cibir los zapes sin rezongar. En cambio a Yoshio, nunca lo jodían
con mis tareas. Me daba un poco de pena que me vieran con ella: cuando estaba con Karina y tampoco cuando estaba sin ella.
56 La verdad, me daba un poco de pena que Karina viera lo débil furia de Yoshio. El Patas me explicó que Yoshio quería romperme 57
que era en ciertos aspectos. Al parecer a ella no parecía importarle el hocico porque Karina lo había dejado por mí, que yo le gustaba
aquello, decía que el Greñas y el Carroña eran unos tarados, eso lo a Karina y que ella quería ser mi novia. Pero Karina seguía teniendo
dijo muy enojada un día que comíamos una paleta de limón cerca pecas y nunca nadie había hecho eso por mí, de verdad no creo que
del asta bandera, cuando de pronto aparecieron el Greñas, el Carro- una chica vuelva a hacer eso por mí algún día. El Patas se burlaba
ña y su banda de gandallas; me agarraron entre todos, unos de los procurando mencionar la palabra PECAS a la menor provocación.
pies y otros de los brazos, para luego llevarme directamente al asta El Patas tenía una novia, ella cursaba el segundo año de secundaria
bandera y así, provocar una gran colisión entre mis huevos y el tu- y nunca la veía, para él decir que tenía novia y limpiarse la cerilla
bo del asta bandera. Me quedé tirado un rato y Karina me acarició con sus pasadores era suficiente para conservar el estatus. Después
el cabello y me preguntó si estaba bien, luego dijo que todos eran me enteré que Olga, la novia del Patas, lo hacía bailar y cantar la
unos tarados. canción de un comercial delante de toda su familia.
Karina se sentaba junto a mí en el salón de clases, Yoshio estaba Yo no sabía qué hacer, el Patas me dijo que Yoshio tenía un bis-
en otro salón y no se enteraba de que su novia me hacía las tareas, abuelo japonés que le enseñaba a hacer origami, era lo que le rega-
me pasaba los exámenes y me defendía de los maestros cuando me laba a Karina cuando se enojaban, ella me contó eso y yo tengo
portaba mal o cuando era víctima de alguna injusticia. Mientras, yo problemas para dibujar una estrellita en un papel cuadriculado.
le pegaba a ese chico que era mi amigo y que tenía un lunar negro También dijo que ese mismo bisabuelo le enseñó a romper huesos
en el cachete. Dentro de todo, yo era de los que menos le pegaban con una sola mano. Yo no tenía la más remota idea de que Karina
y a veces le subía los ánimos cuando le hacían llorar, eso le caía bien quería ser mi novia, era muy lento para esas cosas, mi inteligencia
a Karina, era la única que se daba cuenta de todo y decía que yo te- emocional dejaba mucho que desear, pero cuando mis amigos me
nía buenos sentimientos. Por lo demás, ya dije que no era un chico preguntaban que si era virgen, contestaba que no, era como un re-
especial. flejo. Al parecer, decir que eras virgen era de mal gusto y el mundo
Un día las cosas se pusieron tensas; Karina estaba nerviosa y me entero te veía con ojos de caridad. Así que casi ningún alumno del
veía con ojos raros y me tomaba de la mano a cada ratito y yo la sol- sexo masculino del tercer grado de secundaria era virgen, era lo que
taba cuando alguien nos veía, sobre todo si era el Patas. Observan- decíamos todos.
do a mis demás compañeros de clase, pude notar que al parecer Yo no sabía qué decir acerca de que Karina quería ser mi novia:
todo el mundo sabía algún secreto, algo oscuro, algo de lo cual la desde el punto de vista del Patas, aquello significaba llenarse de
única persona que ignoraba todo era yo. Le pregunté a Karina que pecas por todos lados y eso era vergonzoso, me daba pena con el
qué era lo que sucedía, pero evadió mi pregunta y me propuso sal- Patas, todo el día se burlaría de mí. Por otro lado, las pecas que me
tar la barda de la escuela y escaparnos en el descanso. Como nadie habían metido en un problema podrían ser las mismas que me sal-
escuchó nada de esa proposición, se me hizo buena idea, pero era varan el pellejo. Decidí aceptar la propuesta de Karina y llenarme
muy extraño que Karina quisiera saltarse la barda, estaba confundi- de pecas el resto de mi vida y el Patas podía burlarse de mí todo lo
do y tenía que pedir un consejo. Así que fui con el Patas, era mi me- que quisiera, ya estábamos en tercero de secundaria y después de
jor amigo y si había alguien que podía darme un consejo sobrio y todo, las pecas no me romperían los huesos con una sola mano.
objetivo acerca del asunto era él. Me dijo que Karina quería pegar- Karina no sabía que yo estaba enterado de todo y preferí que
me sus pecas y también quería protegerme de la furia de Yoshio. las cosas siguieran así, tal vez no fue cuestión de preferencias, pero
¿La furia de Yoshio? Le pregunté al Patas. Y él me contestó: Sí, la el caso es que no le dije nada. Cuando llegó la hora del descanso,
58 Karina tomó su mochila, cogió mi mano y salimos corriendo, ella se era delgado (lo sigo siendo) y Yoshio un tipo macizo. Bruce Lee 59
notaba nerviosa, pero tenía una sonrisa en la cara cuando me mira- nunca se amedrentó ante nadie y por más que le buscaba no encon-
ba. Yo le dije que sabía perfectamente cómo saltar esa barda sin ser tré ninguna peca en el rostro de mi contrincante.
vistos, pero ella seguía un poco preocupada. Yoshio había estado te- Me dejó un ojo morado y me dio unos cocos en la cabeza, yo le
niendo malos días desde que Karina le dijo que ya no quería ser su mordí el brazo. Fui derrotado. Aun así, Karina estaba orgullosa de
novia y estaba castigado y le tocó quedarse parado afuera de la di- mí y Yoshio no me rompió los huesos con una sola mano, tal vez su
rección, cerca del lugar por donde era más fácil brincarse la barda. bisabuelo no le enseñó eso, pero los origamis seguro que sí, pues al
Yoshio me vio haciéndole pie de ladrón a Karina y a ella apoyando otro día le regaló a Karina uno muy bonito; un unicornio de papel.
su suela de goma sobre mis manos para saltar al otro lado y ser fe- Era el final del año escolar y los días pasaron como siempre y
lices para siempre. Yoshio corrió al lugar de nuestra huida. Se paró todo el tiempo dejaba para mañana eso de decirle a Karina que sí
frente a mí y dijo que arregláramos las cosas con los puños, que nos me gustaba y que también quería que fuera mi novia, que quería lle-
veíamos a la salida. Yoshio miró a Karina y Karina a Yoshio, y yo es- narme de pecas. Me ponía muy nervioso y a veces hasta me escon-
taba en medio de ese mar de pasiones juveniles. Ya no tenía caso día de ella si por casualidad la encontraba fuera de la escuela y lue-
escapar, no tenía caso brincar la barda y huir como un cobarde; ade- go me arrepentía de tan cobarde que era.
más, tenía la vida entera para llenarme de pecas. Existía en la se- El último día de clases estaba decidido, pero vi en sus ojos algo
cundaria cierto código de honor… En verdad podría haber dicho raro, pasamos todo el día tomados de la mano y no me dio vergüen-
que no, inventar cualquier cosa, decir que mi madre sufría de la ti- za. No le dije nada. Ella estaba recargada en el barandal del pasillo,
roides, cualquier cosa, pero después de ver tantas películas de Kung afuera de nuestro salón. Tenía los ojitos irritados. Fue cuando me pi-
Fu, algo tendría que haberse arraigado en mí. El honor es primero, dió el cuaderno y me escribió la dedicatoria y me anotó su teléfono y
así que acepté el reto y le dije a Yoshio, cuando quieras. una carita feliz. Yo me sentí estúpido de no atreverme a decirle nada,
El tiro estaba a la vuelta de la esquina. El resto del día lo pasé de no decirle lo que ya sabíamos los dos. No fue sino hasta unos
mal. La tensión crecía como una bestia salvaje junto con el segunde- años después, al final de la preparatoria que marqué su número y me
ro del reloj de Karina. En los pasillos no se hablaba de otra cosa que contestó una grabadora que decía: “El teléfono al que usted marcó
no fuera la pelea. Karina me dijo que yo era muy valiente y me dedi- está suspendido, no es necesario reportarlo al 01”. Después de eso,
caba sonrisas tristes a cada rato y también me convidó de su boing colgué el teléfono y volví a marcar. Me contestó la misma grabadora.
de naranja. Esa sonrisa triste podría significar que ése sería el último Los videos musicales siguen siendo los mismos y las tardes pasan
boing de naranja de toda mi vida. Pero había que ser valiente. igual que cualquier cosa que se lleva el viento.
Llegó la hora y a mí me temblaban las manos y las piernas, pero
me hacía el duro y le sonreía a Karina, que tenía en su mirada, un •
dejo de angustia que no me daba la más mínima confianza. Karina
me dijo que no fuera tonto, que no me peleara; a Yoshio le gritó que
ya no le volvería a hablar. Pero ni todo el poder de las pecas de Kari-
na fue suficiente para detener la estupidez humana, la violencia, la
destrucción: Yoshio se movía bien, yo intentaba no asustarme mu-
cho, pero me seguían temblando las piernas, había un montón de
gente rodeándonos y gritando de cosas como “¡Mátalo mátalo!” Yo
60 El filatelista •
Javier Peñalosa

Conserva en la palma de la mano Reúne los timbres
escenas diminutas de países distantes; en plantillas transparentes,
mariposas nocturnas los ordena
de los bosques de Rusia; ordenando al mundo.
especies de aves tropicales Designa su lugar a cada cosa
que vuelan en sobres que llegan de Brasil. y cierra la gaveta
Navidad del ochenta y uno, para que todo se confunda ahí.
el aniversario de un héroe olvidado,
el trenecito que va en la montaña, ¿Cómo toca a su mujer el filatelista?
un hombre en la luna ¿Qué timbre aparece en su mente
o en bicicleta repartiendo el pan. cuando está por dormir?

¿Cuántas y qué palabras •
recorrieron miles de kilómetros
escudadas por esas imágenes?

Y el filatelista bajo la lupa observa
los detalles de un paisaje
pequeñísimo,
como si en realidad pudiera distinguir
a la gente que camina
por esa aldea de Vietnam.
62 Una cosa tan irracional ¿Sí al chantaje? ¿Por qué no largarse a Francia, solo? En dos •
Geney Beltrán Félix años regresa, la maestría terminada y su novela bajo el brazo: sería a
partir de entonces un buen padre; la vida es larga y su hijo no habría
de sufrir nada terrible por una ausencia no sentida en la primera in-
fancia. Nada grave le pasaría al escuincle en un tiempo tan corto.
¿Pero y si sí? ¿Cómo viviría sabiendo que él, como su padre, se
hizo a un lado? ¿Cómo irse y dejar a su hijo a la deriva? Se le adelan-
taba en su sentir la obstinación futura del remordimiento. Estaría
“No lo tengas”, le dijo. Ella se llevó las manos a la cara, soltó el llan- en Toulouse, sin duda, pero el pensamiento arrepentido lo obligaría
to. Él temblaba; una gruesa piel caía sobre su cuerpo reciamente, a volver su rostro interior hacia la tierra dejada tras de sí. Una cosa
sofocándolo de miedo. tan irracional como la sangre, lo detenía.
Era todo en el depa que Luz, con dos amigas estudiantes, renta- Tomó la decisión: desistiría de su beca. Se quedó en la Ciudad.
ba cerca de la Universidad. Él lanzó la mirada hacia el cuarto y, más Se casaron. Adrián nació en noviembre. Muy por dentro de la bilis
allá de la cama, fijó un gesto de zozobra en el amplio ventanal que negra se le quedó al joven el germen hostil: ¿con el nacimiento de
dejaba ver las ramas de un árbol. Entre las hojas, la última luz dulce alguien de su sangre él perdía cualquier otro futuro? Y no, no que-
del día. La muchacha dejó caer en el bote de basura, al lado de la ría ser como el suicida: un roble huidizo, su padre por mano pro-
taza del baño, la barra con la franja rosada. Irguió el cuello y —los pia quebrantado.
ojos rojos— murmuró: “Pero él no puede defenderse”. Muerto su hijo, se teme estafado por el tiempo. Han pasado
“Piénsalo: el dinero no alcanzará”. ocho años: tiene 32. Ahí se fundió su juventud: en oficinas buro-
“¡Ni me has pedido que me vaya contigo! Esos planes son tu- cráticas, el sueldo quincenal, horarios de 9 a 6, el tiempo escaso
yos”. —tiempo al fin— para escribir y leer, luego la separación crispada y
Él estaba molesto. No había pensado en que se fueran juntos. el divorcio: fue la de Adrián una atadura que, hoy que ha desapare-
Con 500 francos mensuales, ¿de dónde sacaría para los dos? Para cido, lo sigue sin embargo envolviendo, le aplasta los hombros y lo
los tres... Pocos días antes le habían llamado de la convocatoria en asfixia, le hace estallar la culpa.
que participó sin avisarle a Luz: viviría en Francia gracias a una ¿Qué hará su ex ahora? Acaso no la vuelva a ver nunca. Esos
beca de estudios. Por fin, a los 24 una vida de escritor en el destie- rencores contra ella hoy los ve tan minúsculos por la muerte de
rro. ¿Y ahora...? Además no se quería casar con ella: nunca había Adrián. Atrás todo eso. Cree así imaginarse el duelo por el que la
pensado enredarse con mujer ninguna con quien se habría de ver mujer habrá de estar pasando: la desesperación como una espesa
viviendo para siempre. Por un rato, sí. Una, otra. Una más. Se había rabia. Los ojos de Luz muertos, la cara sequísima y sin el fulgor mo-
librado de Rosaura: ¿y de ésta? ¿Una sola mujer ya para siempre, ha- reno de cuando era joven. Las manos de nuevo sobre el vientre, fi-
biendo tantas...? nalmente inútiles. Donde empezó Adrián, hoy sólo noche.
Todo se hacía mierda. ¿Y él mismo? ¿Qué será de él sin Adrián? Una cosa tan irracio-
Luz no se dejó convencer. Hacia el cuarto día, tajante dijo: “Me nal como la sangre, lo disloca sin descanso.
lo vuelves a pedir y no me verás nunca. Y menos a él”.
Tenía las manos tensas sobre el vientre. “Telenovelera”, pensó el •
muchacho.
Índice
64

1 Editorial 32 José Aurelio Vargas
El Dorado
2 Vicente Alfonso
Apostar 40 Nadia Escalante Andrade
(traducción)
10 Alejandro Albarrán Polanco Frontispicio, John Ashbery
Bitácora día 8
42 Romeo Tello A.
11 Hernán Bravo Varela Detalladas lentitudes
Arquitectura ef ímera
45 Lucía Leonor Enríquez
14 Nydia Pineda De Ávila La amistad
Retrato de George Méliès desde
el Bar du Marché 54 Gibrán Portela
Todas las pecas del mundo
23 Paulette Jonguitud Acosta
El puente 60 Javier Peñalosa
El filatelista
30 Christian Peña
Litera 62 Geney Beltrán Félix
Una cosa tan irracional
pliego
Número 10
2009

• pliego6 •
Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas Nueva época

Número 10, 2009
Patronato Fundación para las Letras Mexicanas, ac
Bernardo Quintana (presidente) Liverpool 16, colonia Juárez
Manuel Arango Delegación Cuauhtémoc
Antonio Ariza (†) CP 06600, México DF
Emilio Azcárraga 5703 0223
Alberto Baillères flm.org.mx
Isaac Chertorivsky
Carlos González Zabalegui
Germán Larrea pliego16
Alfonso Romo Número 10, 2009

“En la literatura, el escritor condensa para que el lector expanda;
Fernando Senderos Mestre Publicación del programa de becas y formación
para jóvenes escritores de la Fundación para
Carlos Slim las Letras Mexicanas
pliego16@flm.org.mx
Directiva

el esfuerzo es doble y la responsabilidad compartida”. Miguel Limón Rojas (presidente) Consejo editorial
Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber
Eduardo Langagne (director general) Bicecci, Pablo Molinet, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París,
Bernardo Martínez Baca (contralor) Héctor Antonio Sánchez, Paola Velasco

Consejo Consultivo Editor
Geney Beltrán Félix
Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero,
Romeo Tello A., pág. 43 Germán Dehesa, Ángeles Mastretta,
Federico Reyes Heroles
Jefe de redacción
Alejandro García Abreu

Diseño
Tutores Gabriela Varela + David Kimura
David Olguín (dramaturgia)
Jorge F. Hernández (ensayo) Asistente de formación
Bernardo Ruiz (narrativa) Orlando López
Antonio Deltoro (poesía) Imágenes de forros
Cabeza enjaulada, Verónica Bujeiro, 2007 (portada)
Sin título, Alejandro Arteaga, s/a (solapa portada)
Manos, Daniela Bojórquez Vértiz, 2007 (solapa contraportada)
Horizonte, Verónica Gerber Bicecci, 2001 (contraportada)

Warnock Pro es la familia tipográfica usada para
la composición de los textos y cabezas de Pliego6.
Diseñada por Robert Slimbach, fue seleccionada para
esta publicación por sus proporciones clásicas
con algunos rasgos contemporáneos, además de que
está compuesta por un extenso juego de caracteres
romanos, cirílicos y griegos, en diversos pesos y
versiones ópticas, lo que la hace una excelente opción
para la formación de una revista literaria. El nombre
de esta familia tipográfica rinde homenaje a John
Warnock, co-fundador de Adobe Systems y creador
entre otras cosas del lenguaje Postscript, utilizado
por la mayoría de los dispositivos electrónicos con los
que hoy en día funcionan las artes gráficas en todo
el mundo.
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