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Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas
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Nueva época
Número 10
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Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas
pliego
Nueva época
Número 10
2009
“En la literatura, el escritor condensa para que el lector expanda;
el esfuerzo es doble y la responsabilidad compartida”.

Romeo Tello A., pág. 43
Patronato
Bernardo Quintana (presidente)
Manuel Arango
Antonio Ariza (†)
Emilio Azcárraga
Alberto Baillères
Isaac Chertorivsky
Carlos González Zabalegui
Germán Larrea
Alfonso Romo
Fernando Senderos Mestre
Carlos Slim
Directiva
Miguel Limón Rojas (presidente)
Eduardo Langagne (director general)
Bernardo Martínez Baca (contralor)
Consejo Consultivo
Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero,
Germán Dehesa, Ángeles Mastretta,
Federico Reyes Heroles
Tutores
David Olguín (dramaturgia)
Jorge F. Hernández (ensayo)
Bernardo Ruiz (narrativa)
Antonio Deltoro (poesía)
pliego16
Número 10, 2009
Publicación del programa de becas y formación
para jóvenes escritores de la Fundación para
las Letras Mexicanas
pliego6@fm.org.mx
Consejo editorial
Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber
Bicecci, Pablo Molinet, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París,
Héctor Antonio Sánchez, Paola Velasco
Editor
Geney Beltrán Félix
Jefe de redacción
Alejandro García Abreu
Diseño
Gabriela Varela + David Kimura
Asistente de formación
Orlando López
Imágenes de forros
Cabeza enjaulada, Verónica Bujeiro, 2007 (portada)
Sin título, Alejandro Arteaga, s/a (solapa portada)
Manos, Daniela Bojórquez Vértiz, 2007 (solapa contraportada)
Horizonte, Verónica Gerber Bicecci, 200 (contraportada)
Warnock Pro es la familia tipográfca usada para
la composición de los textos y cabezas de Pliego6.
Diseñada por Robert Slimbach, fue seleccionada para
esta publicación por sus proporciones clásicas
con algunos rasgos contemporáneos, además de que
está compuesta por un extenso juego de caracteres
romanos, cirílicos y griegos, en diversos pesos y
versiones ópticas, lo que la hace una excelente opción
para la formación de una revista literaria. El nombre
de esta familia tipográfca rinde homenaje a John
Warnock, co-fundador de Adobe Systems y creador
entre otras cosas del lenguaje Postscript, utilizado
por la mayoría de los dispositivos electrónicos con los
que hoy en día funcionan las artes gráfcas en todo
el mundo.
Fundación para las Letras Mexicanas, ac
Liverpool 6, colonia Juárez
Delegación Cuauhtémoc
cP 06600, México DF
5703 0223
fm.org.mx

Editorial
El número de pliego 16 que el lector tiene en sus manos es de con-
tenido misceláneo. Los textos aquí reunidos, por tanto, no obser-
van una unidad temática. Entre los colaboradores, la selección es
representativa tanto de los poetas como de los ensayistas, los na-
rradores y los dramaturgos. En esta entrega de pliego 16 —una
publicación atenta a la pluralidad del pensamiento y a la hetero-
geneidad de la creación artística y literaria—, el índice responde
a la búsqueda de la diferencia. Cada texto expresa estos propósi-
tos: tópicos y tramas dan una muestra de la multiplicidad de
las propuestas.
Abre este número de la revista un cuento de Vicente Alfonso;
un relato sobre el azar, que se pregunta acerca de las contingencias
de la fatalidad. Después, un poema de Alejandro Albarrán Polan-
co aborda la comunicación secreta de un conserje en los pasillos
de un hospital. Viene luego una jornada greenawayana dirigida
por la voz de Hernán Bravo Varela, donde las sombras se desmo-
ronan hasta desaparecer. Nydia Pineda De Ávila realiza una trave-
sía lunar y sigue las huellas de Méliès por las calles de París. Por su
parte, Paulette Jonguitud Acosta ofrece un relato sobre la impo-
sibilidad del vuelo. Christian Peña entrega un poema donde se
entrelazan el sueño y la reminiscencia. Enseguida, José Aurelio
Vargas narra la leyenda de un bandolero. Lo sigue la traducción
que Nadia Escalante Andrade realizó de “Frontispicio”, de John
Ashbery. Más adelante, y a partir de August Musger, el ensayista
Romeo Tello A. trata el carácter dramático de la cámara lenta. La
pieza de Lucía Leonor Enríquez expone el nacimiento de una
amistad a través de un trámite ofcioso. El cuento de Gibrán Por-
tela exhibe una época pasada y refeja la fugacidad del tiempo. Y
Javier Peñalosa elabora el meticuloso retrato de un hombre que
capturó el mundo en una colección de sellos de correos. Hemos
alternado la presencia de Alejandro Arteaga, de Verónica Bujeiro,
Daniela Bojórquez y Verónica Gerber Bicecci en las ilustraciones;
sus imágenes han enriquecido este diverso tapiz. g
z
Y sí, Corina siempre ganaba, pero por más que pienso no entiendo
qué sacaba con no decirle a nadie, ni siquiera a mí, cómo lo hacía.
Tiene razón el Gordo, contar secretos es como andar desnudo por
la vida, pero ella ocultó ese tan celosamente como la caja llena de
billetes que hallaron en su closet después del funeral. ¿Por qué se
suicidó la muy estúpida? ¿Y por qué precisamente así? Yo qué sé,
fue tan rara siempre. Digo, sería lo mismo que tratar de entender
por qué compraba lotería cada semana o por qué jugaba cartas los
jueves en la tarde. Hasta llegué a creer que eran fngidos sus puche-
ros mientras tiraba en la mesa una tercia de ases o una for imperial
que destrozaba mis jugadas, las de Ángela, las de la Chata Lavín.
—Ya conocen el dicho —nos decía—. Afortunada en el juego…
—No inventes, si de las cuatro tú eres la única que se casó —le
reclamaba Ángela—. Y mira nada más con quién. No te puedes
quejar…
—Pues sí. Yo quiero mucho al Gordo, pero saben cómo es…
Claro que lo sabíamos, y cómo no saberlo después de tantos
jueves en los que entre una mano y otra Corina nos contaba sus
desgracias, es decir las desgracias que podía tener la esposa de un
multimillonario adúltero que acostumbraba pedir perdón con via-
jes a Niza o al menos a Chicago, con un cambio de auto. En los doce
años que duró casada le escuchamos de todo: que el Gordo con una
de las secretarias de la agencia, que la Chiquis Castorena lo vio con
no sé quién, que si alguien más se había topado al Gordo compran-
do un perfume carísimo en la zona duty free del aeropuerto. Y siem-
Apostar
Vicente Alfonso
pre era lo mismo: cuando más concentradas estábamos con los des-
lices del Gordo, Corina soltaba sobre la mesa un póquer de ases o
tres reinas y un comodín, cualquier jugada así. Entonces Ángela y
la Chata protestaban y reconstruían paso a paso la partida mientras
yo en silencio imaginaba al Gordo recostado en algún colchón aje-
no fumando un Montecristo. Me imaginaba su cara fofa exhalando
el humo, su perfl relajado por la seguridad de que a esa hora su mu-
jer se divertía en el póquer mientras él disfrutaba cogiéndose a al-
guna de sus muchas amiguitas.
Pobre Corina. Hasta podríamos decir que, en cierta forma, los
juegos de azar le causaron la muerte. Una muerte que aún hoy no
alcanzo a explicarme, en serio. Claro que no se podría culpar sólo al
azar, el Gordo tuvo mucho que ver en lo que pasó. Todo se sabe
siempre y esto iba a saberse un día, pero nunca pensé que le doliera
como para tomar una decisión de ese tamaño. La gente se fja, ha-
bla, y así como el Gordo se hizo una reputación de mujeriego, Cori-
na ganó fama de ser adicta al póquer. Porque la fama de suertuda ya
la tenía desde antes. Y cómo no le iban a decir suertuda si era la en-
vidia de todas desde que ella y el Gordo anunciaron la boda; mira
que te amarraste a uno de los peces más gordos del país, le decía
Ángela durante los primeros meses, cuando Corina andaba en su
papel de nueva ama de casa: buscaba las ofertas en el supermerca-
do, cortaba y cosía cortinas para la sala, escogía en el vivero fores
para la fnca. Por ese entonces ella ni siquiera sabía jugar al póquer
y sólo platicábamos de chismes ajenos como quien cuenta los capí-
tulos de una telenovela.
Creo que aprendió a jugar en un crucero por los países nórdi-
cos, cuando llevaba más o menos tres años de casada. Nos contó
que el Gordo y ella discutieron, que dejaron de hablarse durante los
seis días que duró la excursión. Y para no aburrirse, Corina se pasó
el viaje jugando en el casino del barco. Al volver mandó remodelar
la casa, hizo el salón de juegos en el que poco a poco las juntas de
los jueves se fueron convirtiendo en tardeadas de póquer en las que
el fnal era siempre el mismo, nosotras acabábamos maldiciendo a
los hombres mientras Corina lloraba las aventuras del Gordo, un
hombre incontenible que igual se acostaba con actrices de cine que

: < con las afanadoras de su empresa. Creo que por esos chismes bár-
baros ninguna de nosotras faltaba a las tardes de cartas. Ni la Chata
ni Ángela, que eran las que apostaban más, hubieran cambiado esos
jueves por otra actividad.
Fue por aquel entonces que empecé a sospechar que Corina sí
debía tener algo, porque no era muy lista y a pesar de eso nos gana-
ba las partidas. Es decir que podía perder tres o cuatro manos si es-
taba distraída o si el juego simplemente no llamaba su atención, pero
el balance fnal la favorecía siempre. Dinero llama dinero, decía la
Chata Lavín, y miren qué cierto era. Por eso me parece una ironía
que haya sido el azar lo que causó la muerte de Corina.
En el fondo creo que todas sabíamos que era la misma historia
cada jueves, que apenas terminaba alguna de nosotras de repar-
tir los naipes cuando entre lloriqueos Corina empezaba con que el
Gordo ya no se fja en mí, estoy segura de que ya no me quiere, esta
semana no llegó a dormir dos veces, si hasta dicen que ya tiene un
hijo con una güera que trabaja en el departamento de contabilidad.
Y la Chata comenzaba a machacarla con aquello de que lo que a ti
te hace falta es un amante y Ángela le recomendaba a un buen abo-
gado que podía sacarle al Gordo cuando menos la casa, una buena
pensión, la Hummer y la fnca en Tepoztlán. Corina llorando res-
pondía que prefería morirse a estar lejos de su esposo, que a pesar
de todo lo quería, que no estaba con él por su dinero. No es por su
dinero, sino por lo que puede comprar con él, pensaba yo mientras
la Chata otra vez con la idea del amante y Ángela que es mejor el di-
vorcio y cada quien su vida pero ya no llores Corinita, ándale, respi-
ra hondo, dale un trago a tu copa. Estábamos en eso cuando una
corrida alta aterrizaba en el mantel como un zarpazo de manos de
Corina y allí acababa el juego. Lo había hecho otra vez y no sabía-
mos cómo. Ninguna de nosotras se atrevía a decirlo abiertamen-
te, pero sé que las tres sospechábamos que Corina hacía trampa
aunque no hubiéramos podido decir cuál era el truco y en qué mo-
mento lo aplicaba, porque siempre parecía destrozada por sus des-
gracias conyugales.
Y yo pensaba que si el dinero no, por qué los lunes en el súper
llenaba su carrito de chocolates de Bélgica, conservas españolas y
café de Colombia, por qué siempre dos o tres botellas de Clos de
Vougeot o Château Cheval-Blanc; por qué caviar y langostinos, jai-
bas y camarones para el Gordo, por qué comprar jamón serrano de
Elche, de ese que se hace con cerdos de pedigrí que se alimentan
sólo con bellotas. Y si el dinero no, por qué jugaba lotería cada se-
mana y sobre todo por qué ocultarle al Gordo/
—¿Sabes que tu mujer compra lotería? —le pregunté.
—¿Ah sí? —dijo el Gordo, se acomodó en la cama—. Ni idea.
—Pues sí, cada semana. Y siempre al mismo número.
—¿Cuál?
—No sé, la muy necia no ha querido decirme. Sólo sé que es
el mismo.
—Bueno, todos tenemos derecho a guardar un secreto. Yo odio
los mariscos.
—Corina cree que te encantan —le revolví el cabello.
—Mi mujer cree muchas cosas, hasta que tú eres su mejor ami-
ga. ¿Nunca habrá sospechado que nosotros/
—También tenemos derecho a guardar un secreto, ¿no?
Ahora que Corina ya está bajo tierra me acuerdo de la desilusión
muda con que revisaba las listas de premiados, la terquedad inge-
nua con que guardaba los billetes donde nadie los viera. Siempre
me pregunté por qué una mujer como Corina jugaba lotería si ya lo
tenía todo; sólo se me ocurría que soñaba con sacarse el premio
mayor y dejar a su esposo o que quizá lo hacía para matar el tiempo
de la misma manera que a veces compraba seis pares de zapatos en
un día o viajaba a Las Vegas para hacerse un facial y gastar algunos
dólares en Stardust. El caso es que entre lotería y compras Corina
mataba los días de la semana y las semanas del mes; semanas que
goteaban lentas hasta llegar al jueves en la tarde cuando frente a las
barajas sollozaba otra vez por el Gordo, le habían dicho que la se-
cretaria no, que a la de contabilidad ya hasta la habían liquidado de
la empresa, que ahora la querida era una modelo que hacía catálo-
gos para la compañía. Yo, llena de coraje, me imaginaba al Gordo
fumando y compartiendo el colchón con alguna anoréxica; me de-
cía a mí misma que las esposas al menos tienen el privilegio de llo-
6 ¬ riquear en público los engaños de su hombre, en cambio las demás
ni siquier/
—Póquer —sollozaba Corina.
Mientras Ángela y la Chata protestaban yo me quedaba helada
sin saber qué decir. Con el tiempo me acostumbré, por mí no había
problema en que Corina ganara casi siempre, creo que hasta era
una forma de sacudirme la culpa de lo mío con el Gordo. Y todos
estos años pensé que ella se sentía mejor con esos triunfos, que ser
la campeona de los jueves perdidos era una forma de reforzar su au-
toestima o vayan a saber qué. Ella se defendía con justifcaciones
tontas: qué quieren muchachas, yo cambiaría mi suerte por su tran-
quilidad; a mí se me da esto. Y así cada semana: el lunes al mandado
por chocolates belgas, Clos de Vougeot, Château Cheval-Blanc, ja-
món serrano y café de Colombia, langostinos, jaibas, camarones/
—¿Para el Gordo?
—Ajá —me contestaba.
Luego venía la escala obligada en la caseta de lotería, la consul-
ta nerviosa de los resultados, la cara de desánimo frente a la lista y
siempre comprar billetes del próximo sorteo. Ahora me da lástima
mi amiga; casada con el Gordo y anclada en una esperanza tan pe-
queña… parecía una luciérnaga que quisiera guiar a un buque tra-
satlántico.
—¿Hay probabilidades de que el premio caiga dos veces en el
mismo lugar?
—De que hay, hay, pero muy pocas, no sé... una en millones —le
contestaba.
—Ah —contestaba y se ponía más triste.
La recuerdo tan deprimida aquella vez, casi tanto como la tarde en
que el Gordo la dejó para vivir conmigo y ella decidió jugar a la ru-
leta rusa. Tal vez era cierto aquello de que prefería morirse a vivir
sin el Gordo, o quizá sólo quería probar su suerte ahora que él no
estaba. La imagino metiendo una sola bala en el revólver, dando
vueltas al tambor, apretando el gatillo… Buscar explicaciones sería
lo mismo que tratar de entender que una mujer como ella compra-
ra lotería o jugara a las cartas los jueves en la tarde. El caso es que la
halló una de las muchachas del servicio en su alcoba de mujer re-
cién dejada: un reguero de sangre y sesos sobre el buró estilo Reina
Ana. En la mano izquierda, Corina tenía una serie completa de lote-
ría: su número acababa de sacar el primer premio. Pero eso fue sólo
el principio: después del funeral, la policía halló en el closet de Co-
rina una caja de zapatos con cuatrocientos catorce billetes de lote-
ría ordenados por fechas. Cada uno tenía grapado un papel con una
anotación. Después de revisarlos supimos que la mayoría tenía al
menos reintegro o algún premio pequeño. Otras dos veces se había
sacado el premio mayor, y en siete ocasiones su número había obte-
nido cifras considerables. Lo raro es que jamás cobró ninguno.

Un autor.
Daniela Bojórquez Vértiz,
2008
1o
SoBrE la tarja
los instrumentos
sus fauces
Un olor avinagrado
de herida o remordimiento
El olor a moneda que es la sangre
El cómodo
el metal
La gota cayendo al viejo lavamanos
siguiendo un compás a cuatro cuartos
monocorde
como una palabra repetida mil veces al oído
De pronto me descubro imitando
aquel sonido con mi dedo
sobre el palo irremediable de la escoba
con sus silencios respectivos
Como si
(sin darme cuenta)
quisiera traducir en clave Morse
el mensaje de algún muerto

Bitácora día 8
Alejandro Albarrán Polanco
ArQUitEctUra EFíMEra
Hernán Bravo Varela
El reconocido arquitecto estadounidense Stourley Kracklite (Brian
Dennehy) es invitado a Roma para curar una magna exposición de
Étienne-Louis Boullée, un oscuro arquitecto francés del siglo XVIII
por quien Kracklite siente una profunda devoción. A tal punto llega
su empatía hacia la vida y la obra de Boullée —“un arquitecto visio-
nario por quien siento tanta pasión desde niño”, en sus propias pala-
bras— que la vida y la obra de Kracklite comienzan a experimentar
cambios dramáticos e irreparables. Tras el abandono de su esposa
Louisa (Chloe Webb), habérsele diagnosticado un cáncer fulminante
en el estómago y haber sido la víctima de una conjura que fraguaron
los organizadores de la exposición para removerlo de su cargo como
curador, Kracklite es condenado a padecer el mismo destino silen-
cioso e ignorado de Boullée por el resto de sus breves días.
Al enterarse de la aventura amorosa que Louisa sostiene con su
archirrival, el también arquitecto Caspasian Speckler (Lambert
Wilson), Kracklite decide reunirse con Flavia (Stefania Casini), la
hermana de Speckler. La escena a la que aludo (“Lucha por el pla-
cer”, según el nombre de la inolvidable pieza musical que la acom-
paña, compuesta por Glenn Branca y Wim Mertens) transcurre en
la casa y el estudio fotográfco de Flavia. Después de haber posado
para ella como Andrea Doria representando al dios Neptuno, el bar-
bón y robusto Kracklite se pasea distraídamente por las habitacio-
nes, enfundado en una bata blanca. Por fn decide meterse en un
cuarto donde encuentra, junto con diversos materiales y equipos
Te Belly of an Architect (1990), de Peter Greenaway
A Ezequiel Larraquy

1z 1( de fotograf ía, un perturbador mosaico de imágenes en blanco y ne-
gro dispuestas sobre una pared que retrata el paso del matrimonio
Kracklite por Roma desde su llegada, ocho meses atrás. El conmovi-
do repasa uno a uno los capítulos de su biograf ía visual, cuyo epílo-
go es un acercamiento de su vientre velludo y prominente. Junto a él
se coloca Kracklite, conmovido hasta las lágrimas, apretando en su
mano derecha un hilo rojo que, como un misterioso Ecuador, atra-
viesa las imágenes por la mitad. Flavia sale entonces de una puerta
al fondo del cuarto, igualmente ataviada con una bata blanca. En-
tre ambos destaca una ventana cubierta por una tela —blanca, des-
de luego— que el aire mueve y agita.
Flavia se detiene ante él. Ella, amorosamente, toma el hilo rojo
de la mano de Kracklite y rodea su cuello un par de veces con él. Su-
jetando la punta del hilo con delicadeza, Flavia atrae hacia sí a
Kracklite mientras se abre la bata y deja al descubierto los senos y el
pubis; lo conduce hacia la ventana y terminan unidos en un beso y
un abrazo que se dan sus sombras proyectadas en la tela, mecidas
por el aire.
Toda mi vida está pasando delante de mis ojos. Está pasando. Aho-
ra mismo. Me está pasando a mí. Está pasando inevitablemente.
Yo, mirando a alguna parte, en un recuerdo que perdí para
siempre…
Mi mujer y yo, recién llegados, vestidos de blanco, sonriendo,
deslumbrados por el sol veraniego de Roma…
Caspasian —el imbécil de Caspasian, el traidor de Caspasian, el
mediocre arquitecto de Caspasian, el padrastro bastardo de mi
hijo—, mi mujer y yo partiendo el pastel con el que la gente del mu-
seo nos dio la bienvenida, ese pastel de azúcar glass que reprodujo
el monumento que Boullée construyera en memoria de Newton,
ese hermoso pastel que daba pena comerlo…
Y un hilo. Un hilo rojo en medio de estas fotos, como el separador
de un libro, el libro de mi vida, que jamás leeré.
Yo, enjuagándome la cara frente al espejo empañado del lavabo,
después de vomitar.
Yo, en consulta con el médico, sentado, juntando las manos a la
altura de mis ojos y recargando los pulgares erguidos en la frente,
en señal de impotencia.
Caspasian y Louisa, viéndose de perfl. Sonrientes. Serenos. Sa-
tisfechos. Recién cogidos.
Caspasian y Louisa, de lino blanco. Bajando por una gran esca-
linata, sin quitarse los ojos de encima.
Caspasian y Louisa, tomados de la mano.
Yo. Mi propia cara, que desconozco. Los ojos atónitos, desme-
suradamente abiertos ante una noticia que he olvidado. La nariz
regordeta. La barba encanecida. Mi cara pegada a un vientre que
podría ser el mío. Mi vientre informe de arquitecto.
Sobre mí, el alfa y omega de Boullée en letras rojas, como el hi-
lo que sostengo en mi mano. El hilo tenso y rojo de mi vida que pasa
delante de mis ojos. Mis ojos ciegos y minúsculos como las dos ta-
chuelas que mantienen pegado el hilo a la pared.
Flavia sale de una puerta, frente a mí, al otro lado de la habitación.
Me arrebata el hilo rojo que sostengo en mi mano. Se abre la bata y
me enseña sus senos diminutos y su sexo poblado. Nos deslizamos
hacia la ventana. Nuestros cuerpos, como dos batas blancas, caen al
suelo. Nuestros nombres, como dos sombras oscuras, caen como
dos cuerpos.
Esa sombra que avanza cuando mi cuerpo se detiene soy yo.

1:
La velocidad de los trenes de la línea nueve entre Richelieu y Croix
de Chavaux imprimió en mi memoria una serie de postales del an-
dar cotidiano desde la Biblioteca Nacional hasta un suburbio de Pa-
rís llamado Montreuil. Sentada en un vagón, primero franqueaba
ese pequeño arco del triunfo de Strasbourg-Saint Denis que mar-
caba el límite de París en el siglo XVii, y que ahora es la puerta de
entrada a los supermercados árabes; atravesaba las galerías de res-
taurantes asiáticos con menús de 8 euros al mediodía; el Circo de
Invierno de colorido moscovita; el teatro de Oberkampf con sus cú-
pulas budistas; el pequeño local donde una mujer tailandesa servía
tapioca en leche tibia de coco mientras veía telenovelas de su tierra.
Finalmente traspasaba el anillo periférico y con el metro fuía bajo
el nervio central de Montreuil. En las alturas, mi barrio se tendía
con olor a tubérculo tropical y por sus calles desflaban rosas, ver-
des, azules, morados, amarillos: a diferencia de las majestuosas ca-
lles del centro de París, estas calles y sus habitantes no temían a los
estampados. Mi viaje subterráneo terminaba en la estación Croix
de Chavaux.
Al abrirse las puertas de la estación, me encontraba en un mer-
cado, tierra de babouches, de almendras y miel de pastelería argeli-
na, tierra prometida de migrantes africanos de varias generaciones.
Atravesando una plancha de concreto, me dirigía siempre hacia la
terraza de un bar en la esquina de la plaza. Sobre todo en verano,
este lugar invitaba al descanso. Frente al bar, había un conservato-
rio y un cine.
REtrato dE GEorgEs Méliès
dEsdE El Bar dU Marché
Nydia Pineda De Ávila
Viví por diez meses en Montreuil en el número 56 de la calle
Marceau. A cambio de un cuarto en el ático dedicaba mis tardes al
cuidado de un niño de ocho años llamado Milo. La abuela materna
de este niño era pianista y había decidido que su nieto tocaría el
trombón (aunque él quería ser bailarín), y la primera vez que me
senté en la terraza del Bar du Marché, esperaba el término de una
de esas odiadas clases. Volví muchas veces al mismo sitio para espe-
rar. En poco tiempo descubrí que cien años atrás, este barrio había
sido un terreno de viñedos de calidad mediocre donde se escucha-
ban dialectos del norte de Francia y de Picardía. Supe también que
antes de la construcción del cine y el conservatorio, una construc-
ción de 1896 hecha enteramente de vidrio, de diecisiete metros de
largo, por siete de ancho y cinco de alto, emplazaba el sitio. Era el
taller y el estudio de Georges Méliès.
Cuando Georges Méliès era niño, quería ser mago pero sus pa-
dres insistían en que fuera comerciante y heredara, con sus herma-
nos, la industria zapatera de la familia. Pero Georges se resistía y se
escapaba a menudo para asistir a los espectáculos del gran ilusio-
nista Robert Houdin. Tiempo después, cuando su padre murió y la
herencia fue repartida entre todos los hermanos, Georges decidió
invertir su parte en la compra del teatro ilusionista que tanto inspiró
su imaginación infantil. A principios de la década de los noventa, los
Lumière ubicaron su estudio fotográfco en un piso justo al costa-
do del teatro Houdin. Quizás en un banal encuentro callejero, en un
saludo cotidiano al pasar frente a la panadería de la cuadra, o en el
Grand Café que se encontraba en el ángulo de la calle, Méliès cono-
ció a los fotógrafos.
Una tarde de diciembre, Antoine Lumière entró al despacho del
teatro para invitar a Georges a una misteriosa presentación en el
Grand Café. Se sabe que días después de la Navidad de 1895, Méliès
asistió al evento junto con treinta y dos empresarios del espectá-
culo parisino. Antoine Lumière los recibió en una sala sencilla y
los acomodó frente a una pantalla similar a las empleadas en pro-
yecciones de linterna mágica. Tras unos minutos de espera, una es-
tampa fotográfca que mostraba la Place Bellecour de Lyon fue
proyectada. Se escucharon algunos susurros, algunos indignados

16 1¬ carraspearon; Georges Méliès volteó sorprendido hacia su vecino y
apenas murmuró: “¿Nos trajeron aquí para mostrarnos proyeccio-
nes? ¡Llevo diez años haciendo esto!”, cuando bruscamente un caba-
llo jalando una carreta comenzó a trotar hacia el público como si se
fuera a salir de la pantalla. Los asistentes se clavaron en sus asientos
y fueron transportados más de 500 kilómetros al sur de París, al
movimiento de la plaza que anuncia la entrada al caluroso Midi.
Mientras los personajes de la calle se despertaban de un sueño
inmóvil, las bocas de los espectadores se abrían, sus pulmones se
ensanchaban, su quijada temblaba. La ilusión de la vida encapsu-
lada en el espacio de la película se fragmentó en miles de partículas
que viajaron a través del humo de tabaco y penetraron sus retinas,
disparándose a lo largo del nervio óptico e irrumpiendo en una
porción del cerebro que los antiguos habían asociado a la fantasía.
Méliès, quien unos instantes atrás había expresado su desconfanza,
se encontraba estupefacto ante esta imagen que reproducía el ritmo
de la tarde, insinuaba el bullicio de la plaza y encapsulaba las sutile-
zas cambiantes de los gestos de los transeúntes.
Pocos meses después, construyó su propia cámara. Su interés
por el cinematógrafo era más que el refejo de una ambición por
estar a la vanguardia del espectáculo. Desde niño, había buscado
comprender los mecanismos y las estrategias que permiten tanto la
precisión como la sorpresa. Incursionó en el dibujo, la pintura al
óleo, la carpintería y la mecánica. De joven había ilustrado periódi-
cos de sátira política y más tarde se interesó en la decoración tea-
tral. Su encuentro con el cine le permitió integrar estas habilidades
manuales e inventivas con su gesto versátil de comediante. El teatro
Houdin le había compartido ingeniosos trucos de manipulación, de
magnetismo y electricidad que hacían posibles los actos de ilusión
que tanto lo afamaban. Pero, a diferencia de lo que sucedía en el
teatro, Méliès reconoció que la cámara permitía aislar el acto de
magia y despreocuparse por la vulnerabilidad del mago frente al pú-
blico. Intuyó la posibilidad de enfatizar una ilusión jugando con to-
das las posibilidades de la película.
Así como la manipulación veloz de un objeto sobre el escenario
determinaba el éxito del acto de ilusión, la manipulación de la ima-
gen capturada de distintas formas y proyectada con diferentes velo-
cidades le permitió crear la magia en la pantalla. La cámara cinema-
tográfca que, en sus inicios, se pensaba un mecanismo para captar
un gesto extraído del correr lineal del tiempo, se volvió gracias a los
resultados de sus experimentos en las calles de París, una máquina
de ilusiones que permitió materializar las fantasías que hasta en-
tonces sólo se habían expresado en la literatura. Jugando con la pe-
lícula, haciendo pausas y anticipando, Méliès logró que los objetos
flmados se desvanecieran, aparecieran y desaparecieran. Su descu-
brimiento de la edición transformó por completo la idea de la con-
tinuidad lógica en el cine. Cortando y retrocediendo la película para
sobreimprimir en lo grabado, encontró la manera de retratar esce-
nas insospechadas, rendir homenaje a las fcciones de sus autores
favoritos, explorar el universo interior de su mente y replantearse la
posibilidad de mostrar sus metamorfosis o de tener múltiples iden-
tidades en una misma escena. En sus películas, los guignol fabrica-
dos en sus primeros juegos adquirieron vida propia. Ahí él mismo
se multiplicó exponencialmente para después desaparecer, dirigió
orquestas sin músicos, fue un diablo sin cabeza, un astrónomo en
una bala navegando en el espacio.
Yo había llegado a París buscando el manuscrito de un viaje a la
Luna, y por azar terminé viviendo en el barrio donde el primer viaje
a la Luna fue flmado. Llegué buscando a Cyrano de Bergerac y me
encontré las huellas de Méliès. Ya no existe ese gran palacio de luz
donde se producían mundos fantásticos. En el recinto donde se
ubicaba, de un lado, la cabina del operador y, del otro, un escenario
de cuatro metros de profundidad con trampas, tramoyas, cajas de
alumbrado, bastidores y estructuras para colocar arneses y simular
el vuelo de los personajes, donde telas y proyectores eléctricos crea-
ban la ilusión de mares, infernos, montañas o estaciones de tren,
ahora existe el cine Méliès. Desde la terraza del Bar du Marché, hay
amantes del cine que recuerdan una convención de astrónomos
donde se debatió la propuesta del profesor Barbenfouillis para as-
cender al mundo de la Luna; hay quienes evocan a las bailarinas de
cabaret cargando un cañón gigante desde un techo de París, al obús
navegando por el espacio y perforando el ojo de una Luna malhu-
18 1o morada. Desde la distancia me parece que Méliès habló de la Luna
para mantener viva una ilusión o un recuerdo. Para Méliès la ma-
terialización de la bala galáctica de Verne era un homenaje al re-
cuerdo; la posibilidad de darle nueva vida a los capítulos de la
exploración fracasada del Gun Club. Construir el mundo de la Luna
fue como crear y dirigir un circo. Para fnanciarlo debió reunir al-
rededor de 10,000 francos, una suma muy considerable para su
tiempo, debido a los costos de maquinaria y del vestuario de los se-
lenitas. Los caparazones, cabezas y pies fueron creados por Méliès
en modelos de barro. Buscó la forma de darles un gesto nuevo, nun-
ca antes sugerido en la fcción. Los moldes de yeso para las caras y
la indumentaria fueron encargados a un especialista en máscaras.
Los selenitas fueron reclutados tras largos cástines de acróbatas,
bailarinas, cantantes de cabaret, y actores rechazados de teatros
de prestigio, todos dispuestos a trabajar en una empresa novedosa
a cambio de un salario modesto. Todo estaba calculado y debía
materializarse según lo imaginado por el director-coreógrafo-inge-
niero-mago-astronauta que era Méliès. En las ferias de Europa y
Estados Unidos a principios del siglo XX, la bala gigante surcó el es-
pacio y permaneció en la mirada de miles de espectadores. Una pe-
queña máscara de papel maché animada por un desconocido actor
se transformó en el astro gigante y poderoso, portador de sueños
ancestrales.
En un tratado sobre la magia escrito a fnales del siglo XVi,
Giordano Bruno sugirió que mago es aquel que puede aliar el saber
a la acción. El mago es sensible a la simpatía que reina en la natura-
leza, sabe que todo en el universo está ligado íntimamente; es el sa-
bio capaz de predecir el azar, capaz de identifcar las relaciones
ocultas que persisten en lo cotidiano y de reestablecer la ilusión de
otro mundo con elementos de apariencia sencilla y de conjunción
improbable. Méliès entendió que el fenómeno cinematográfco es-
taba íntimamente relacionado con la memoria: con la persistencia
de la visión, con la capacidad del ojo para retener un objeto duran-
te una milésima de segundo después de su desaparición. Descubrió
también que la experimentación con lo plástico transforma la ma-
nera de fjar las historias en el tiempo. En mi memoria todos los via-
jes a la Luna encuentran un espacio en la película de Méliès. Se re-
fejan en alguna imagen, sostienen una escenograf ía o duermen
detrás de un telón.
Ha pasado tiempo desde la última vez que transité por las calles de
París. Ahora, cualquier día, al abandonar un vagón anaranjado del
metro de la ciudad de México en la estación Bellas Artes y al pasar
debajo de la estructura art nouveau idéntica a las del metro pari-
sino, imagino a Méliès durante una flmación de poca importan-
cia afuera de la Place de l’Opéra. Es un hombre pequeño y calvo
con largos bigotes y barbilla aflada. Frente a él desflan mujeres con
sombreros coquetos y faldas de oleajes primaverales, los hombres
visten trajes ligeros y fuman cigarrillos. Detrás de él circulan auto-
buses y coches en la gran avenida. Se dice que Méliès flmaba esta
escena callejera cuando la película se atascó durante sesenta segun-
dos antes de reiniciar el rodaje. Mientras tanto, en la calle, los tran-
vías, los coches y los transeúntes habían seguido su fujo normal.
Méliès cuenta que después de haber ensamblado la película en el
lugar de la ruptura, durante la proyección se observó cómo un tran-
vía Madeleine-Bastille se convirtió en un carro fúnebre, y los hom-
bres se transformaron en mujeres. Ese es el origen de la magia en el
cine; y esa magia ha determinado la manera en que narramos nues-
tros encuentros: los recuerdos desordenados de un viaje que des-
flan como un trayecto en el metro; la recreación de una historia
desde la evocación de un lugar; una película que explica un encuen-
tro o ayuda a entender los lugares dejados atrás. De vuelta en Méxi-
co, tiempo después de haber vivido en Montreuil, descubro que el
Bar du Marché defnió la manera en que guardo las experiencias de
aquel viaje. Desde mi imagen de la terraza a un costado del merca-
do ahora recreo la imagen de Méliès, quien realizó, durante más de
diez años, el mismo trayecto que yo, desde el centro de París hasta
Montreuil, desde su teatro de magia a su estudio de flmación.

Autor.
Verónica Bujeiro,
2008
barry.
Verónica Bujeiro,
2008
I
Cuando el hombre pasó una pierna sobre la baranda supe que algo
no estaba bien, pero cuando le vi pasar las dos ya no hubo duda: iba
a matarse, iba a saltar desde el puente para hundirse allá abajo, le-
jos, en esas heladas aguas, declara Faustino y se revuelve en su silla
con una excitación propia del viejo obsesivo que es, porque es un
viejo y está solo, cansado.
Era una mañana gris y yo salí a caminar por el puente, me gus-
tan los días fríos porque las personas hablan menos; cuenta Fausti-
no que se detuvo entonces a mirar hacia abajo, a la bahía nublada, a
los cerros verdes, a los guardias que miran a todos con cara de sos-
pecha, porque en este puente la gente viene más a tirarse que a ca-
minar, dice Faustino y tiene razón.
Vengo cada domingo, he hablado varias veces con los vigilantes
y según ellos las mañanas frías son las peores; la gente está triste,
no sale el sol, y plum, plum, plum, caen los suicidas desde el puen-
te como piedras lanzadas por un niño, así me dijo un ofcial, como
piedras lanzadas por un niño; y a Faustino se le nublan los ojos por-
que este puente y sus suicidas los trae bien marcados en el pecho, en
la memoria, y esta mañana, mientras él caminaba por el puente vio
al hombre pasar una pierna sobre la baranda y luego le vio pasar la
otra y por un momento el niño que fue pensó: va a echarse a volar.
Cuenta Faustino que si su madre hubiese sabido de las hordas
de cuerpos que saltaban desde el puente ella hubiera sido la prime-
ra en lanzarse; pero no, mi madre mejor se metió en la tina: ¡zaz!,
El pUEntE
Paulette Jonguitud Acosta
Trinidad.
Verónica Bujeiro,
2008

z: z< dos tajos en cada muñeca y listo: agua roja, calientita, no como la
del río, esa sí debe ser helada, no quiero imaginar cómo se siente
entrar en ella, y menos así, de golpe, desde tan alto.
Bueno, primero pensé: va a intentar volar, pero luego me volvió
la cordura, entonces corrí unos cuantos pasos con estas piernas tie-
sas y sin pensarlo estiré la mano y cogí al hombre por el pelo, lo te-
nía larguísimo, casi hasta la cintura, cano, cogido en una coleta, de
ahí lo agarré; Faustino extiende las manos y las junta como si toda-
vía sujetara el cabello de aquel hombre, dice haber jalado con to-
das sus fuerzas de viejo, no sabe cómo consiguió alejar al hombre
de la orilla.
No dijo nada, cuenta Faustino y al fn se le escapan unas lágri-
mas; usted va a disculparme, yo salí esta mañana para caminar y me
dio gusto que hiciera frío, porque cuando no hay sol la gente habla
menos, desde el puente la vista sólo puede admirarse en silencio,
pero de pronto vi al hombre, unos años menor que yo, todo vestido
de negro, pantalones y chamarra de cuero, lo vi saltar la baranda,
estiré la mano y lo jalé; dice Faustino que el hombre no dijo nada, se
limitó a mirarle a los ojos como si viese al mismísimo Señor.
Ahí nos quedamos los dos, él viéndome y yo con su cabello aga-
rrado en un puño; dice Faustino que el hombre le hizo un ademán
para que lo soltara pero el viejo negó con la cabeza; así sujeto, el
hombre volvió a la seguridad del puente: hasta entonces el viejo
consintió en liberarlo.
Ya del otro lado, cuenta Faustino y se le escapa una leve sonrisa,
como de ternura, el hombre me tomó por los hombros y me exami-
nó los ojos, la nariz, la boca; va a golpearme, dice Faustino que pen-
só, mas el hombre se limitó a decir en voz muy baja: disculpe, ¿es
usted uno de mis pájaros?
Uno de mis pájaros, jura Faustino que eso le dijo, él intentaba
alejar al tipo de la baranda; no fuera a lanzarme a mí por encima del
barandal nomás por haberlo interrumpido, me ha dicho uno de los
guardias que las personas, cuando de verdad quieren tirarse se ti-
ran, aunque deban tratar ocho veces, ya sea de noche o a mediodía
cuando hay tantos turistas que es dif ícil mantener un control sobre
los viandantes.
El hombre cría pájaros en la azotea de su casa; tiene así de pája-
ros, dice Faustino y junta todos los dedos para mostrarlos frente a sí;
y luego en la patrulla de camino para acá el hombre me dijo que esa
mañana se había despedido de ellos; cuenta Faustino que el hombre
dijo haber hablado con cada ave y haberles dicho que él también se
había cansado de estar en una jaula; el hombre estaba convencido
de que yo era uno de sus pájaros que quería impedirle volar.
II
Cómo va a ser una niña, declara Germán y se talla los ojos con las
manos, tiene el cabello revuelto, el abrigo sucio de excremento de
pájaro, no alcanza a comprender la gravedad del problema en que
se ha metido; qué niña ni qué niña; si yo la recogí cuando se cayó
del nido, así, chiquitita, con el ala rota y sin haber aprendido a volar;
dice Germán que tras recoger a la alondra la llevó hasta su casa,
donde tiene más de veinte jaulas con pájaros de todo tipo; pero no
los encierro, no, les dejo abiertas las jaulas para que vayan y vengan
cuando y como quieran; unos están un ratito, comen, descansan, se
van; otros se quedan conmigo, vuelven cada noche haciendo albo-
roto, para contarme lo visto, lo que pasa allá por la calle; y es que
Germán sale poco de su casa, prefere pasar su tiempo en la azotea,
desde donde se ve el parque, desde donde ve volver a sus pájaros
cada tarde.
Así fue como la vi, a la malagradecida, bueno, en realidad pri-
mero la escuché correr de un lado a otro y luego vi sus plumitas café
y el alita rota, así, pegadita al cuerpo, entonces la reconocí; declara
Germán que una mañana la alondra herida no estaba en la jaula; y
yo no supe qué había pasado, si no sabía ni volar, y que la oigo y que
me asomo al parque y ahí estaba la ingrata, corriendo entre los ár-
boles, con el alita lastimada, gritando: mamá, mira, ya puedo subir-
me a este tronco.
No me interesa lo que diga el tipo ese, no sólo secuestró a mi hija
sino intentó matarla y me tiene completamente sin cuidado su sa-
lud mental, esto no puede quedarse así, dice la señora Carmela a
cualquiera que pase cerca, manotea mientras habla, las lágrimas de
z6 z¬ toda la noche están aún sobre sus mejillas como surcos de sal y más-
cara de pestañas, repite la historia una y otra vez quizá para inten-
tar comprender lo ocurrido, para convencerse de que no es un mal
sueño, de que su hija Clarice, de ocho años, está en una cama de
hospital, agotada y con el cuerpo cubierto de moretones.
Ya le dije, la última semana fuimos a ese parque casi a diario;
dice la señora Carmela que su Clarice se fracturó el brazo hace cer-
ca de un mes y por las tardes se ve obligada a llevársela a la tienda,
en casa no hay quien la cuide; pero se aburre, se cansa de jugar con
los botones, con los hilos, por eso se me ocurrió llevarla un rato al
parque, por las tardes, pero de haber sabido lo que iba a pasarnos,
Dios bendito, cómo iba yo a saber que me la iban a robar así.
Cómo se le ocurre que iba a robármela, yo le prometí enseñarle a
volar y nada más; cuenta Germán que cuando tuvo valor bajó hasta
el parque y esperó a la pequeña tras un árbol; fnalmente, al escu-
charla acercarse salió de su escondite y la tomó por el cuello; ¿por
qué te fuiste así, sin avisar?, no te asustes, si soy yo, chiquita, si ape-
nas hace una semana te recogí del piso toda maltrecha, pero mira,
ya vi que conseguiste quién te arreglara el ala; declara Germán que
la alondra hacía mucho ruido y por eso le envolvió la cabeza con
una bufanda, para no llamar la atención, ya ve cómo es la gente de
entrometida.
Y así me la llevé hasta el puente; nos fuimos despacito porque
ya era casi de noche y para los pájaros es mejor aprender en la ma-
ñana; íbamos a tener que esperar.
En este puente la gente viene más a tirarse que a caminar, dice el
ofcial Rappaport; pasamos más tiempo vigilando a los posibles sui-
cidas que cuidando a los turistas que vienen a tomarse la foto con la
bahía de fondo, con los cerros, todo eso; cuenta que no es muy di-
f ícil identifcar a los propensos a saltar, caminan solos, lento, con
los ojos en los zapatos o en el cielo, luego asoman la cabeza para ver
el agua; andarán midiendo el golpe, dice el ofcial Rappaport y se
avergüenza un poco de su falta de tacto; pero eso sí le voy a decir,
nunca jamás de los jamases vi un intento de suicidio doble, ¿o será
de asesinato?
Nomás ver que era una niñita lo que el hombre llevaba bajo el
abrigo casi me voy de boca; relata el ofcial Rappaport haber tenido
el ojo sobre Germán por su andar sospechoso, iba deprisa y le suda-
ba la frente, y cuando vio que pasó una pierna sobre la baranda y
luego pasó la otra ya no le quedó duda; el procedimiento es como
sigue: uno dispara una bengala de color amarillo para que vengan
refuerzos desde la garita e inmediatamente intenta detener al suje-
to, mientras llegan los compañeros; así el ofcial Rappaport corrió
hacia donde estaba Germán; y fue entonces cuando vi que traía a
una niña en los brazos y la paraba en la orilla del puente, así, agarra-
dita de la cintura; dice Rappaport que la niña debía estar aterrada
pues no gritó ni lloró ni nada, sólo miró hacia abajo y dijo: no señor,
por favor, no me tire.
Pero no voy a tirarte; si para eso tienes las alitas, mensa, para volar;
confesa Germán haber dudado un momento, ¿y si no vuela?; pero
cómo no iba a volar, si todos los pájaros aprenden así, de un día
para otro, sólo hay que darles la confanza, y por eso la llevé al puen-
te, para que viera a las gaviotas y se animara; dice que la alondra
temblaba entre sus manos, emocionada, pero al fnal la vio sonreír
antes de saltar.
III
La abuela Clarice ya había saltado, ya le habían intentado enseñar,
pero parece que no aprendió, declara Faustino y se revuelve en la si-
lla, balanceando las piernas a unos centímetros del piso; de mamá
pues no sé nada, después de lo de mi hermana entré al baño y me la
encontré ahí, con el agua roja y todavía calientita; dice Faustino que
su madre lloró como por cuatro días; tiene los ojos muy abiertos,
quizá porque intenta que le quepa, en su cerebro de niño de siete
años, porque es un niño y está asustado, toda la información; y bue-
no, parece que mi hermana no voló.

¡Por favor!; si yo ya lo hice una vez, cuando era niña, cuando un se-
ñor me recogió en el parque para enseñarme a volar; dice Clarice
que cuando el viejo la sujetaba en la orilla del puente, sentía el ves-
z8 zo tido pegado al cuerpo por la fuerza del viento; y hacía frío, mucho
frío; dice Clarice que las manos del señor eran calientes, y fuertes y
ella se sentía segura, viendo a las gaviotas planear de un lado a otro;
entonces cuando el guardia sujetó al señor y lo jaló hacia atrás yo
me eché para adelante y abrí las manos y casi me pareció que había
podido, volaba; dice Clarice que se le taparon los oídos y el agua no
parecía estar más cerca; pero de pronto todo se aceleró y ya estaba
en el agua, primero los pies, luego la cintura, un frío espantoso y
luego un barco con cobijas térmicas; después el hospital; dice Clari-
ce nunca haberse recuperado; siempre me sentí culpable de no ha-
berlo conseguido.
Uy, pues desde que me acuerdo la abuela salía con esas cosas de que
si mi hermana se portaba bien le iba a enseñar a volar; dice Fausti-
no que su hermana, dos años mayor, presumía todo el tiempo ser la
elegida de la abuela Clarice; ¿tú qué sabes hacer?, ¿para qué eres
bueno?, para nada, no eres especial, la abuela no te lleva todos los
domingos al puente para que le pierdas miedo y sientas el aire en la
cara y se te pegue la ropa al cuerpo y veas para abajo, tan abajo que
el agua ni parece moverse; dice Faustino que su madre no hacía caso
de esas cosas, porque siempre tiene sueño, se la pasa todo el día
dormida y nosotros podemos hacer lo que queremos al regresar de
la escuela; mi hermana se va al puente y yo me quedo a pegarle a la
pared con un balón.
Mi hija era así, un poco rara y un poco triste; dice Clarice que a su
hija no le importaba mucho que ella y la niña fueran los domingos
al puente; la verdad nada le importaba mucho, ni sus niños ni yo ni
nada; dice Clarice que su hija fue siempre débil, enfermiza y por ello
debió esperar a tener una nieta para enseñarle: las hembras apren-
den más rápido.
Y el domingo en la mañana ni adiós dijeron; cuenta Faustino que su
hermana llevaba un vestido nuevo, negro con blanco; también tenía
una chalina negra, de mi abuela, la movía así, como alas de murcié-
lago; el niño mueve los brazos arriba y abajo; al fn se le sale una lá-
grima que le llega hasta la boca, la seca con la lengua; yo supe que ya
era el día, iban a volar y a mí ni siquiera me invitaron a verlas; dice
Faustino que su abuela volvió hasta la tarde, sola, arrastrando la cha-
lina y repitiendo una y otra vez: estúpida, no pudo.

(o (1
Debajo del sueño de mi hermano
crecía mi sueño.
A él, por ser el mayor,
le correspondía la cama de arriba;
a mí la otra, cerca del piso,
debajo de la cual guardábamos
cajas de zapatos y fotos.
Nuestros sueños ocurrían
a distintas horas, de maneras distintas:
el suyo era más aéreo,
más cercano al techo;
el mío agazapado,
temeroso a las alturas.
Soñábamos también el mar.
Éramos la tripulación de un barco
que sólo zarpaba de noche.
Él vigilaba desde el mástil
la tiniebla y la posibilidad
de tierra a la vista.
Yo izaba las velas,
LitEra
Christian Peña
Para Javier Mardel
dormía sobre cubierta,
tiraba el ancla al despertar.
Hoy duermo en una cama sencilla.
Mis sueños ya no se estrellan
contra la espalda de mi hermano;
siento que han ganado espacio
y no logro contenerlos.
Me acostumbré a dormir bajo su sueño.
El techo me queda lejos
y no lo alcanzo.

(z ((
El Dorado, que en aquel entonces era casi un niño, juntó a seis hom-
bres en una cantina a las afueras de Zirandaro, y les prometió tres
cosas: oro, fortuna y viejas. Un chingo de viejas. Los seis hombres
aplaudieron como sólo se aplaude en un informe de gobierno al pre-
sidente. Es fama que al Dorado, desde más niño, algo se le botaba
en la cabeza cuando escuchaba los aplausos. Esa noche desenfun-
dó la pistola y, sin otro motivo más que la aplaudidera, acribilló ahí
mismo a uno de sus hombres: un pobre tartamudo nacido en algún
pueblo de Guerrero que llegó a la reunión por motivos que ni él sa-
bía. Las últimas palabras de aquel hombre, al que algunos apoda-
ban el Pelón y otros el Tartas, fueron más o menos las siguientes:
Pipipincheche DoDoradodo mimi hermamanana la la vevevava va
a chichingarte.
Del Dorado se sabe que creía en augurios y aparecidos; que
siempre se persignaba frente a las iglesias, que nunca mataba en sá-
bado y que ostentaba como número de la suerte el siete. Después de
acribillar al Pelón, según algunos, o al Tartas, según otros, el Dora-
do se persignó cuatro veces y ordenó tres cosas: que buscaran a otro
hombre pa suplir al difunto, por aquello de los siete; que trajeran
una navaja pa que todos se rasuraran la cabeza en honor al acribi-
llado; y que prometieran que iban a matar, a balazos y con saña, a
cualquiera que se cargara el apodo de la Beba.
Los hombres del Dorado, conocidos a partir de esa noche como
los Pelones, juraron cumplir con el trato, guardar el secreto de la
muerte del Pelón, según algunos, o el Tartas, según otros, y seguir al
Dorado hasta el inferno o hasta que la Beba lo acribillara.
El Dorado
José Aurelio Vargas
Esa misma noche llegó a la cantina el hombre que tomaría el lu-
gar del plomeado. Su nombre era el Tuerto. De inmediato todos su-
pieron que ese no era su nombre, sino su apodo y también supieron
que estaba loco porque llegó cargando un cadáver.
El Dorado ni se inmutó pero nomás por cortesía preguntó por
la muerta. El Tuerto no respondió, la dejó en la barra a sabiendas de
que no se iba a mover, tomó la navaja y empezó a rasurarse la cabe-
za; cuando terminó, se sentó en una silla y contó la historia, no sin
soltar una que otra lágrima con el ojo bueno. El Tuerto, a pesar de lo
que se crea, era un hombre sensible: le gustaban las fores, le can-
taba a las mujeres y alguna vez alguien lo vio leyendo poesía, aunque
no se puede asegurar si de verdad leía o sólo miraba los dibujos o si
era poesía o prosa.
El hombre que fue a buscar al Tuerto, que sea uno de los hom-
bres del Dorado, le contó camino a la cantina lo del juramento de
matar a todas las Bebas del mundo a balazos y con saña. El pobre
Tuerto, y esto de pobre es porque lloraba y lloraba con el ojo bueno
mientras contaba lo ocurrido, tenía una mujer que no llevaba el
mismo apodo, que sea la Beba, pero que tenía una hermana que sí
lo llevaba.
El Tuerto llegó a casa de la mujer para matar a la hermana y ga-
narse la confanza del Dorado, pero en lugar de encontrar a la Beba,
encontró a su mujer trenzada, que sea en cueros y montada, con un
general de nombre Silverio o Silvio. El Tuerto siempre dijo que no la
pensó mucho, que apuntó directo a la cabeza de la mujer y que sol-
tó el plomo; otros dicen que el Tuerto apuntó a la cabeza del general
y que, con eso de que le faltaba un ojo, la bala salió chueca.
El general, que sea el Silvio o el Silverio, juró matarlo mientras
escapaba por la ventana. El Tuerto, que por cosa del azar o del diablo
no traía más balas en la pistola, hizo caso omiso, se echó en brazos el
cadáver y caminó hasta la cantina.
Cuando el Tuerto terminó con su historia, los Pelones aplaudie-
ron conmovidos. Y ya se sabe cómo se ponía el Dorado con lo de los
aplausos. La lluvia de balas bañó a un mesero que, por cosa de dios
o del diablo, fue a trabajar a la cantina cuando no tenía.
Esa misma noche, la Viuda del mesero recibió la visita del Do-
(: (< rado. El jefe de los Pelones le llevó el pésame, un collar con chapa
de oro, una carta con disculpas y la cabeza del esposo envuelta en
un trapo negro. Aunque algunos dicen que la carta no existió y que
el trapo era blanco, todos coinciden en que la Viuda gustaba de dor-
mir en cueros porque si no se ahogaba.
La Viuda abrió la puerta. Trató de gritar pero ya era tarde. Al-
gunos dicen que la violó en el suelo; otros, que no la violó pero que
sí fue en el suelo y otros, que la Viuda era virgen y que llevaba un
hermoso vestido de lentejuelas porque esperaba desde siempre al
Dorado.
Pa evitar más problemas y ganarle al tiempo, el Dorado y sus Pe-
lones salieron de Zirandaro con dirección a las montañas a la maña-
na siguiente, no sin antes robar un banco. Con sólo un disparo por-
que nomás el Dorado y el Tuerto tenían pistola, y el Dorado no se
apresentó al robo, mientras que el Tuerto nomás traía una bala. Si el
Dorado no se apresentó al robo no es porque se quedara dormido
después de restregarse toda la noche contra la Viuda, como dicen
algunos, sino porque fue a comprar, eso sí, en compañía de la Viuda,
un par de pistolas, tres rifes, un chingo de balas y siete sombreros
pa la sombra. Así, sin sobresaltos, ese mismo día empezó el peregri-
nar del Dorado y sus Pelones por las montañas y pueblos aledaños.
En los siete años siguientes, el Dorado y sus Pelones robaron
ganado, violaron monjas, crucifcaron curas, patearon ciegos, inten-
taron derrocar al gobierno, trafcaron con personas, mercantearon
con drogas y quemaron vivos perros y gatos. Lo último a petición de
la Viuda que padecía del asma según algunos, o que abortó un par
de veces por lo del pelo de los gatos, según otros.
En la navidad del séptimo año, el Dorado organizó una pequeña
cena pa celebrar el nacimiento del niño dios, el éxito de los Pelones
y anunciar su boda con la Viuda que, a saber de todos menos el Do-
rado, tenía amorios con el Tuerto.
Es fama que al Tuerto no le hizo mucha gracia eso de la boda,
que algo le cruzó la cara cuando escuchó el anuncio, pero se ofreció
de padrino de lazo y arras pa no levantar sospecha y porque algo ya
sabía del asunto. Esa misma noche, el Tuerto traicionó al Dorado en
el putero del Panchito.
El burdel del Panchito era un palacio, así, con todas sus letras.
Un palacio de pérdidas perdido en medio del istmo, con sus pare-
des tapizadas de terciopelo rosa y regenteado por el mismísimo dia-
blo: un gordo rosa, con problemas en la vejiga y un lunar verde que
le cubría la mitad del rostro. Del Panchito, que sea el diablo, se sabe
que olía el dinero a pueblos de distancia y que siempre usaba suéter
porque odiaba el frío. El Dorado y sus Pelones llegaron ya entrada la
noche. Los recibió en la puerta, no sabía quiénes eran ni qué hacían
salvo el Tuerto que seguido se daba sus vueltas por el palacio pa sa-
ludar a las muchachas, pero los Pelones cargaban dinero y el Pan-
chito lo presentía.
Esa noche el Dorado, por consejo del Tuerto, mandó a cerrar
el congal pa festejar su boda como dios manda y dios sólo manda
una cosa.
Es fama que la Mini Reina del Istmo abrió pista. La pequeña
mujer, pa no decir enana que es pecado, se restregaba con ganas
contra el tubo, que con ella al lado se veía más grande de lo que
era. La Orquídea y la Veve, o la Vero, que era como la llamaban en
el palacio, miraban a los Pelones mirar a la Mini Reina en espera de
sus turnos.
De la Vero se sabe que no bailaba, que tenía dos pies izquier-
dos, que le gustaba el helado y que llegó a lo del Panchito seis años
atrás cuando el dinero que su hermano el Raúl, según ella; el Tartas,
según algunos; o el Pelón, según otros; no llegó pa pagar las medi-
cinas de su pobre abuela católica, paralítica y loca. El rumor de la
muerte de su hermano le llegó al segundo año, cuando un general
que andaba buscando a un tal Tuerto y sus Pelones, y de nombre
Silvio, según ella, o Silverio según la Orquídea; le contó la historia
de la cantina de Zirandaro donde murió por culpa de los aplausos
un hombre calvo, un mesero y de paso fue secuestrada una viuda.
En nada pensaba la Vero cuando la Mini Reina del Istmo termi-
nó con su danza y los Pelones estallaron en aplausos. El Dorado se
levantó de su silla y acribilló ahí mismo a la Mini Reina que, por su
tamaño y la cantidad de disparos, quedó irreconocible.
El Panchito dejó pasar el incidente a cambio de una buena suma
de dinero y ordenó que enterraran a la Mini Reina frente al palacio
(6 mirando hacia el norte. La Orquídea se encargó del entierro porque
era la única que sabía hacia dónde daba el norte y, para ser sinceros,
tampoco tenía muchas ganas de bailar después de lo ocurrido. Pa
cuando la Orquídea regresó al palacio, la Veve ya había terminado
su baile y uno de los Pelones se encontraba acribillado en el suelo.
El plomeado era el Palas, el único pobre, y esto de pobre es por
la acribillada, que se atrevió a aplaudir después del baile de la Vero
que, por cierto, se merecía el cielo porque bailó como las diosas, se-
gún algunos, o como las musas, según los más leídos; aunque todos
coinciden en que la Vero lo hizo de adrede porque algo se sospecha-
ba del Dorado y bailó como nunca pa estar segura.
La Vero, en cuanto pudo, invitó al Dorado a un cuarto de los de
arriba pa platicar más en confanza. Es fama que el jefe de los Pelo-
nes nada se sospechaba, pero se negó porque ni estaba de humor ni
gustaba de los encantos de la Vero. También es fama que el Tuerto,
que de seguro sí se sospechaba algo, lo tachó de tener la boca chica,
entre otras cosas, y casi a empujones lo obligó a subir con la Vero.
Es cierto que nadie obliga a nadie y que la carne es débil; también es
cierto que, en cuanto pudo, la Vero amenazó al Dorado con una pis-
tola, el Dorado se burló de ella y le dijo que un hombre llamado por
unos el Tartas y por otros el Pelón le había auguriado que sólo su
hermana la Beba podría matarlo.
La Veve, que sea la Beba para el jefe de los Pelones, o la Vero en
el palacio, descargó su pistola sobre el Dorado. Según algunos mu-
rió con una sonrisa en el rostro porque se cumplió el augurio, según
otros la sonrisa fue porque la pistola era del Tuerto y el muy cabrón
siempre cargaba nomás una bala, así que cuando la Veve se quiso
pegar un plomo en la boca pa no tener que enfrentar a los Pelones,
no pudo.

Paisaje nevado 2.
Verónica Gerber Bicecci,
2003
Paisaje nevado 1.
Verónica Gerber Bicecci,
2002
Suponer.
Verónica Gerber Bicecci,
2003
A la espera de la lluvia, el perfl de un día
lleva el alma de sombrero, afronta
las nubes talladas hondamente y las regiones
donde el frío hacia el frío, abrupto se desliza; acertijos
del clima que no puede comprender.
A veces, hacia el fnal
una mirada anhelante surge, tensa, de esos ojos
que encuentran a los tuyos en la comprensión defnitiva, tarde,
y a menudo, también, no advertimos los inicios,
aunque la historia pudo adelantar sus piezas
más discretamente, superando, así
los confnes ordinarios de la salud y la razón
para introducir de otra manera
su verdad en la imagen. Ya grabada,
debe permanecer. Así, volteamos la página
para pensar en el comienzo. Esto es todo lo que hay.

Frontispicio
John Ashbery
Traducción de Nadia Escalante Andrade
Expecting rain, the profle of a day
Wears its soul like a hat, prow up
Against the deeply incised clouds and regions
Of abrupt skidding from cold to cold, riddles
Of climate it cannot understand.
Sometimes toward the end
A look of longing broke, taut, from those eyes
Meeting yours in fnal understanding, late,
And often, too, the beginnings went unnoticed
As though the story could advance its pawns
More discreetly thus, overstepping
Te confnes of ordinary health and reason
To introduce in another way
Its fact into the picture. It registered,
It must be there. And so we turn the page over
To think of starting. Tis is all there is.

Frontispicio
John Ashbery
:o •
:z
En 1904, el austriaco August Musger inventó el único procedimien-
to estético infalible conocido hasta la fecha, un método detonador
de la mirada, un despertador para el alma dormida: inventó la cá-
mara lenta. Ni la rima, ni la consonancia, ni el claroscuro, ni la pro-
pia metáfora tienen una efectividad inherente tan alta; todos estos
recursos dependen del modo en que sean aplicados y del tema que
encaucen. La cámara lenta, por el contrario, no exige a quien la em-
plea maestría técnica ni demasiada atención selectiva, ni siquiera
requiere buen gusto; ella misma es la destreza y el estilo, es decir, el
arte. Impone una visión maravillosa del universo. La cámara lenta
es el toque de Midas de la imagen: convierte en poesía todo lo que
retrasa. August Musger era f ísico y sacerdote.
Jean Cohen es el autor de una de las más hermosas y acertadas
defniciones de poesía: “la poesía es el canto del signifcado”. Es con-
cisa y un tanto redundante como toda buena defnición, pero no
tautológica. Siguiendo su ejemplo, podemos decir algo semejante de
la cámara lenta: revela la danza y la épica de la materia en movi-
miento. Retratado en slo-mo, todo se vuelve sublime y solemne, rito
y descubrimiento; todo accede a la condición de acontecimiento, de
gesto histórico, fundamental y fundacional; todo parece participar
de un régimen ontológico distinto, fantástico y, a la vez, más real
y verdadero que la vida cotidiana. La cámara lenta es generadora de
una especie de espectáculo muy particular. Comúnmente, los espec-
táculos consisten en un despliegue de fastuosidad multimedia, son
DEtalladas lEntitUdEs
Romeo Tello A.
Para Marianela
representaciones grandilocuentes y ruidosas, son efectistas y resul-
tones, provocan una saturación de los sentidos y un adormecimien-
to de la conciencia. En cambio, el espectáculo producido por la cá-
mara lenta es un oxímoron en sí mismo: es un espectáculo sutil, una
sutileza espectacular.
No sé exactamente en qué radica el poder poético de la cáma-
ra lenta. En principio, no creo que sea una cualidad de la lentitud en
sí misma sino de la retardación de lo que normalmente ocurre más
deprisa. Pues quizás el encantamiento de la cámara lenta está en su
aparente alianza con lo imposible, en la ilusión de desafar al tiempo
—ése que, a diferencia de nosotros, nunca deja de pasar. Quizás en
que, como la música, lo sugiere todo sin decirlo nada. O más bien
en lo opuesto, en su prolífca elocuencia, en su capacidad para eje-
cutar el milagro de la multiplicación de los detalles y los datos. Me
parece que ésta es una razón importante y además nos da otro indi-
cio de que hemos hecho bien en equiparar a la cámara lenta con la
poesía: dice Yuri Lotman que un texto poético está “semánticamen-
te saturado”, condensa más información que cualquier otro tipo de
discurso; los poemas son malos cuando no contienen sufciente in-
formación, pues “la información es belleza”. La cámara lenta, por su
parte, se obtiene rodando una escena con un número de imágenes
por segundo superior a una flmación tradicional. Las películas en
cámara lenta contienen, entonces, mayor información que una cin-
ta normal, a su modo también están semánticamente saturadas; no
son el resultado de una mera reproducción despaciosa. Por ello, el
slo-mo, como la poesía, constituye un fltro potenciador: es un es-
fuerzo (hecho por la cámara, no por nuestra mirada) amplifcador
de la percepción. En la literatura, el escritor condensa para que el
lector expanda; el esfuerzo es doble y la responsabilidad comparti-
da. En el caso de la cámara lenta, la técnica condensa para que el es-
pectador, simplemente, perciba. Las secuencias en cámara lenta nos
emocionan, y esa emoción conlleva cierta tristeza, porque nos ofre-
cen un testimonio de todo aquello que nos perdemos —todo el
tiempo. Son parsimoniosas crónicas de nuestra insufciencia.
El eminente carácter dramático de la cámara lenta se debe a
que, en su hipersemántico transcurrir, el movimiento capturado su-

:: pera la condición de mero desplazamiento para convertirse en ac-
ción, en lucha y conficto; los objetos, por su parte, se vuelven per-
sonajes trascendentales. Una gota de agua que se estrella contra un
montículo de harina nos recuerda, puntual y platónicamente, la co-
lisión del meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios en la
Tierra; una bola de billar que rueda sobre terciopelo verde es Héc-
tor a punto de ser masacrado por Aquiles a la sombra de las mura-
llas de su ciudad, y podemos ser testigos del nacimiento de Dios y
de Su magnífco hastío en sendas escenas en cámara lenta: una lla-
ma que emerge de un encendedor y Michael Jordan volando hacia
el aro desde la línea de tiro libre. El efecto contrario es igualmente
infalible y nos confrma lo que hemos dicho hasta ahora: la repro-
ducción acelerada crea seres ridículos, caricaturas despersonaliza-
das, todo lo precipita, todo lo vuelve maquinal.

AMigo 1: Me alegra que hayas acudido puntualmente a nuestra
cita. Esto es emocionante, porque me permite pensar
que estás preparado para involucrarte en esta
amistad que te propongo. ¿Te gusta el lugar?
AMigo 2: Sí, supongo que está bien.
AMigo 1: Tengo un par de convicciones frmes, bueno, qué digo
un par. Tengo todo un tratado, pero tratándose del té,
sólo puedo beberlo en este lugar.
AMigo 2: Claro, este parece un sitio agradable.
AMigo 1: Es más que eso. Cuando tomo el té, quiero que me lo
sirva un inglés, que para eso son buenos, ¿no?
AMigo 2: Sí, eso y las comedias... Perdone que lo diga, pero me
sorprendió un poco su invitación porque y pensé que yo,
bueno, siendo así como soy, que no, que nunca tendría
la oportunidad de, usted sabe, tener un amigo…
AMigo 1: Vamos, hombre. Ser amigos es no tener que pedir
perdón, ¿cierto? Las disculpas son otro asunto, pero
el perdón, está dado de antemano.
AMigo 2: Muchas gracias, le agradezco.
AMigo 1: Me gusta este modo que tienes, este hablarnos de usted,
hagámoslo pues, por respeto a nuestra amistad.
AMigo 2: Bueno, no creo que el respeto radique, no necesaria-
mente en…
AMigo 1: Es como los rusos, ¿sabe?
La aMistad
Lucía Leonor Enríquez

:6 :¬ AMigo 2: ¿Los rusos? ¿Qué tienen que ver los rusos?
AMigo 1: Quizá prefera usted a los alemanes.
AMigo 2: ¿Por qué habría de preferirlos?
AMigo 1: ¿Los discrimina, acaso?
AMigo 2: No, claro que no. ¿Qué sé yo de alemanes y rusos? Lo
que todos, supongo: nazismo y comunismo. ¿Qué más?
AMigo 1: Siempre he tenido la frme convicción de que todo lo
que se dice en alemán o ruso, es profundo, verdadero.
Por aquellos lares no tienen el problema de la banalidad.
Inténtelo. Vamos, diga algo y verá que suena superfcial.
Vamos…
AMigo 2: Vaya, me toma usted por sorpresa. ¿Qué podría decir?
AMigo 1: Ya lo ve. El problema de la idiotez es típico de occidente.
AMigo 2: Pero, ¿me está diciendo idiota? Me habían llamado feo,
desagradable, espantoso incluso, pero idiota ¡jamás!
AMigo 1: Es una prerrogativa de la amistad. Hay cosas que yo
necesito decir, ¿sabe? Verdades que debo externar.
Porque yo creo en una comunicación franca y abierta,
una comunicación libre, honesta. Una comunicación,
vaya. No entiendo la amistad de otra manera.
AMigo 2: Bueno sí, supongo que, me siento halagado de ser su
amigo.
AMigo 1: Ahora bien, hay ciertos puntos que necesitamos revisar
cuidadosamente si es que hemos de hacer esto bien. La
amistad es cosa seria y hay aspectos a considerar.
AMigo 2: Sí, claro. Cielos, es la amistad más organizada que he
tenido.
AMigo 1: Y yo vengo preparado, como buen amigo que soy. Note
cómo he marcado cuidadosamente los puntos a tratar.
Cada punto es una letra ordenada alfabéticamente. Soy
un hombre de letras y no de números. Calidad, digo yo,
más que cantidad. Eso digo. Soy un hombre que cree en
las palabras. ¿Usted cree en las palabras?
AMigo 2: Depende cuáles, supongo.
AMigo 1: No, no, amigo. No se distraiga. Su fealdad es una cosa,
pero la falta de atención, ésa sí es imperdonable. En la
amistad no cabe la suposición. Esto es importante,
¿entiende?
AMigo 2: No le parece que tantas restricciones, podrían difcultar
nuestra relación amistosa. Perdóneme que lo señale, pero
me parece que habría que considerar mayor libertad.
AMigo 1: ¿Qué quiere decir? Le parece que los puntos que propon-
go, le parece que lo que le digo es una aberración. ¿Eso
cree, amigo?
AMigo 2: No, no. Por supuesto que no. Únicamente señalo que
habría que dejarse fuir.
AMigo 1: ¿Qué ha dicho? ¿Es usted acaso un hippie de la amistad?
Esas teorías han muerto, amigo. ¿No somos seres pen-
santes, acaso? ¿Está dando un paso atrás en la evolución?
AMigo 2: Quizá me equivoque y disculpe que se lo haga notar,
pero me parece que es la segunda vez que me llama
idiota.
AMigo 1: Yo sé de amistad y sé lo que hay que hacer para que ésta
sea verdadera. Si usted es un idiota, es mi deber como
su amigo hacérselo saber; si tiene ideas retrógradas, se lo
indicaré. Eso es amistad y no pamplinas. A menudo
creemos que sabemos de la amistad y esto es un engaño,
una mentira más de nuestros tiempos. Yo tuve una
amiga, anciana sí, franquista quizás, pero ella sabía de
amistad tanto como yo, así que sé lo que hago. Conf íe
en mí. Está en buenas manos, manos amigas.
AMigo 2: Pero, ¿cómo voy a confar en usted? Ni siquiera me llama
por mi nombre y ya me ha insultado dos veces, eso no
es posible.
AMigo 1: ¡Lo sabía! Desde que lo observé supe que usted era un
buen prospecto para esta amistad que le propongo.
Siento la química, ¿y usted? Es casi, sí, sí, ahí está, es
incluso palpable. Sólo un amigo mío, aunque feo como lo
es usted, mencionaría la importancia del nombre en
esta sociedad anónima, sociedad de masas. Me alegra
discutir temas importantes, trascendentales y no
fruslerías, y es que eso de andar con un nombre que no
:8 :o es el propio, me parece inmoral, inadmisible, inmoral-
mente inadmisible.
AMigo 2: (…)
AMigo 1: Lo ha visto, en lugar de William, Bill, Billy. Ya no existen
las Susan, se han exterminado a golpe de apócope.
Ahora sólo Su, ¿qué es eso de Su? Ni siquiera una
palabra.
AMigo 2: Sí, sí, a mí también me parece espantoso.
AMigo 1: Bueno, tampoco exagere. No es para ponerse quisquillo-
so o demasiado crítico. Demasiado entusiasmo es
sospechoso, no es bueno, nada bueno.
AMigo 2: Pero, ¿quién le entiende? Fue usted el que se refrió a
todo el fenómeno como una abominación. ¡Usted, que ni
siquiera llama a su dizque amiga franquista por su
nombre!
AMigo 1: ¿Está usted cuestionando la existencia de mi amiga, la
anciana? ¿No tiene respeto por los viejos? ¿Acaso
idolatra usted la juventud? Un amigo gerontofóbico,
quién lo iba a pensar… ¿Qué hace cuando ve a un
anciano? Seguramente lo patea, le escupe, le jala la piel.
¿Ha notado lo elástica que es la piel de los ancianos?
Como lija.
AMigo 2: ¡Por Dios, eso es absurdo!
AMigo 1: No meta a Dios en estos asuntos de amigos. Sólo pido
un poco de respeto por la gente mayor. Sólo eso. No se
extralimite, amigo. ¿Cómo osa tomarse esas libertades
con una vieja? ¿Con qué derecho? ¿Acaso es usted
su amigo?
AMigo 2: ¿Sabe algo? Creo que no estoy preparado para una
amistad de esta naturaleza.
AMigo 1: ¡Vamos! Tranquilícese. Hay que tener valor. La amistad
no es fácil. Bastará con que tome la decisión. Sí, eso es.
Resuélvase y resuélvame en esta amistad que le propon-
go…. Mi amiga, ya sabe usted quién, la anciana, lieber
me decía.
AMigo 2: Pero ¿y eso qué demonios?
AMigo 1: Bueno, ¿qué quiere? Así me decía mi amiga. Téngale
respeto. ¿Acaso estoy yo cuestionando su sospechosa
facilidad para invocar a dioses y demonios? Hay que
guardar un sentido.
AMigo 2: ¿Un sentido? ¿De qué sentido habla?
AMigo 1: Sentido común, sentido de respeto. Mejor dicho, sentido
de la amistad. Eso es todo lo que pido. Hay que ser
coherentes, digo yo. Eso digo.
AMigo 2: Me está hartando con sus sinsentidos.
AMigo 1: Ya lo superará. Todos, en algún momento, nos sentimos
así, pero no se trata de eso. Hay que domarnos, tras-
cender la naturaleza humana, esa mentalidad de tugurio,
de congal, así le llamo yo; donde todo pensamiento es
oscuro y fácido.
AMigo 2: ¿Cómo? ¿Además de idiota, me acusa de obesidad?
AMigo 1: Habrá que hacer un esfuercito, para poder continuar
esta amistad. De lo contrario seremos una supuración,
una secreción. Habrá que tomar forma o no seremos
nada, amigo.
AMigo 2: Antes de ir más allá, me gustaría…
AMigo 1: Está bien, lo confeso. Golpeé a mi amiga en la cabeza
con un sartén.
AMigo 2: ¿A la anciana?
AMigo 1: La culpa fue toda suya, desde luego, me desesperaban
sus modos dictatoriales y bueno, un poco mía por
dejarme llevar por una emoción primitiva. Aunque
luego lo razoné —qué otra cosa si no—, y me di cuenta
de que no había sido tan animal el gesto, había una
metáfora en todo eso.
AMigo 2: (…) Trataré de comprender, quiero creerle, aunque,
usted…
AMigo 1: ¿Qué?
AMigo 2: Me repugna.
AMigo 1: Gracias. A mí también me repugna, usted.
AMigo 2: Esto es la amistad entonces.
AMigo 1: Así parece.
<o AMigo 2: Será larga y horrible, me temo. Como una pesadilla.
AMigo 1: Detesto las historias de sueños y todo lo que tenga que
ver con soñar. Nunca tuve un sueño. Nunca. Bueno,
quizás alguno de pequeño, pero me dije: “soñar es de
ociosos”, una pérdida de tiempo, y yo no pierdo el
tiempo en ociosidades, ése soy yo. ¿Sabe quién soy?
AMigo 2: ¿Un hombre sin ociosidades?
AMigo 1: Un hombre de frmes convicciones, eso soy.
AMigo 2: Sí, también, por qué no.
AMigo 1: Bien, béseme pues y cerremos el pacto de esta bien
fundamentada amistad.
AMigo 2: ¿Perdón? ¿Que le bese ha dicho?
AMigo 1: Sí, sí, como prueba irrefutable del cariño amistoso que
nos profesamos.
AMigo 2: Pero, yo… y usted… ¿es necesario?
AMigo 1: Ya decía yo que era usted egoísta, taimado, frío y
calculador.
AMigo 2: Pensé que habíamos superado la etapa en que me
insultaba. No creo que esté siendo justo.
AMigo 1: ¿Qué tiene que ver la justicia con la amistad? Hay otras
reglas a seguir. Le mandaré el manifesto pero sepa que
debería ser… obsequioso.
AMigo 2: Bueno, un beso… supongo que, al menos podré decir
que lo intenté todo para mantener nuestra amistad.
AMigo 1: Excelente, por fn una relación merece la adecuada y
activa aplicación de mis aptitudes y habilidades. Es una
energía bien invertida, eso, una inversión sin riesgos.
Lo lograremos, amigo querido. Tengo un gran presenti-
miento esta vez. Será una relación básicamente feliz.
Habrá que tener confanza.

Sin título.
Alejandro Arteaga,
s/a
Sin título.
Alejandro Arteaga,
s/a
Sin título.
Alejandro Arteaga,
s/a
<:
Vivo en una especie de déjà vu. Una gran parte del problema es la
programación televisiva y yo recorriendo los canales de arriba aba-
jo, para volver irremediablemente a los videos musicales. No pasa
mucho en mi vida, perdí mi libreta con los números telefónicos de
mis pocos amigos, de todos modos tenía poco contacto con ellos.
Una vez, Vanesa, una amiga de la primaria, habló para saludarme y
para quedar un día, fue una linda emoción, mi vida tomó un vuelo
especial un par de días hasta que llamó para cancelarme. Otra dis-
tracción que tengo es ir al cine, conozco la cartelera de memoria y
no me llena de emoción pues casi nunca dan películas de Kung Fu.
Otra forma de perder el tiempo es mi cuaderno de cuando salí de la
secundaria, con un montón de dedicatorias que escribí yo mismo
por la pena de decirle a mis amigos que me escribieran despedidas,
igual a nadie le hubiera interesado. A Karina sí, fue la única que me
escribió algo en mi cuaderno. Me la paso marcando los teléfonos
que yo mismo inventé y si de casualidad alguien contesta al otro
lado, me pongo muy nervioso y cuelgo el teléfono. Después se me
ocurren un montón de cosas que podría haber dicho.
Karina era pelirroja, delgada, con su cara salpicada de pecas
como galleta con chispas de chocolate, piernas blancas, ojos verdes
y en mi cuaderno puso su teléfono junto a una carita feliz, también
escribió que ojalá nos viéramos pronto y que me deseaba mucha
suerte en todo y que yo era una linda persona. A veces me ayudaba
con mis tareas. Me daba un poco de pena que me vieran con ella:
Todas las pEcas dEl MUndo
Gibrán Portela
no era la chica más popular, pero una buena chica después de
todo, tal vez poco más de lo que yo pudiera pedir o merecer. Yo
tampoco era popular, pero no jugaba tan mal al fútbol, o tal vez sí,
para el caso es lo mismo. Me daba pena que Karina me agarrara la
mano porque un amigo me decía que no le gustaban las pecosas,
me dijo que parecía que estaban enfermas de varicela y creía frme-
mente que si pasabas mucho tiempo al lado de una pecosa se te pe-
garían todas las pecas del mundo. Era mi amigo el Patas, un tipo
alto. El lío de todo esto no se resumía a unas cuantas pecas y a la
popularidad, lo que pasa es que se me hacía raro que una muchacha
como ella se acercara a un tipo como yo, en ese caso era muy fácil
saber quién se sacó la lotería con quién, pero siempre fui muy mie-
doso y creo que lo sigo siendo.
Karina tenía un novio con un nombre de pila tipo oriental: Yoshio,
Yoshi o Yoshimitsu. Yoshio era un cantante mexicano de los ochen-
tas con los ojos rasgados que tenía una canción llamada “Samurai”
y salía montando un caballo negro a mitad de la playa, blandiendo
un sable samurai y vestido a la onda “dokers versión playa”(pantalón
gabardina caqui y camisa blanca mojada por la brisa marina). Yo-
shio, el novio de Karina, no era ningún cantante, ni tenía cara de
oriental; era rubio, alto, no era guapo, más bien tenía personalidad.
En la escala de popularidad, digamos que no era uno de esos chi-
cos que a la gente le gusta seguir, pero era respetado y buena perso-
na además, y sobre todo, no le daba pena que Karina lo tomara de
la mano y le diera de besos. Karina era mi amiga y eso estaba bien.
Las cosas se pusieron raras cuando comenzaron a circular rumores
acerca de que Karina pasaba más tiempo conmigo que con Yoshio,
no sé si en realidad se llamaba Yoshio, aunque estoy seguro de que
tenía un aire de menonita. Karina y él ya llevaban mucho tiempo
andando y yo no encontraba la razón por la cual Karina prefería pa-
sar el descanso conmigo, sobre todo cuando llegaban a molestarme
y me daban manotazos en la cabeza; yo me defendía, pero cuando
era alguien muy fuerte como el Greñas o el Carroña, tenía que re-
cibir los zapes sin rezongar. En cambio a Yoshio, nunca lo jodían
cuando estaba con Karina y tampoco cuando estaba sin ella.

<6 <¬ La verdad, me daba un poco de pena que Karina viera lo débil
que era en ciertos aspectos. Al parecer a ella no parecía importarle
aquello, decía que el Greñas y el Carroña eran unos tarados, eso lo
dijo muy enojada un día que comíamos una paleta de limón cerca
del asta bandera, cuando de pronto aparecieron el Greñas, el Carro-
ña y su banda de gandallas; me agarraron entre todos, unos de los
pies y otros de los brazos, para luego llevarme directamente al asta
bandera y así, provocar una gran colisión entre mis huevos y el tu-
bo del asta bandera. Me quedé tirado un rato y Karina me acarició
el cabello y me preguntó si estaba bien, luego dijo que todos eran
unos tarados.
Karina se sentaba junto a mí en el salón de clases, Yoshio estaba
en otro salón y no se enteraba de que su novia me hacía las tareas,
me pasaba los exámenes y me defendía de los maestros cuando me
portaba mal o cuando era víctima de alguna injusticia. Mientras, yo
le pegaba a ese chico que era mi amigo y que tenía un lunar negro
en el cachete. Dentro de todo, yo era de los que menos le pegaban
y a veces le subía los ánimos cuando le hacían llorar, eso le caía bien
a Karina, era la única que se daba cuenta de todo y decía que yo te-
nía buenos sentimientos. Por lo demás, ya dije que no era un chico
especial.
Un día las cosas se pusieron tensas; Karina estaba nerviosa y me
veía con ojos raros y me tomaba de la mano a cada ratito y yo la sol-
taba cuando alguien nos veía, sobre todo si era el Patas. Observan-
do a mis demás compañeros de clase, pude notar que al parecer
todo el mundo sabía algún secreto, algo oscuro, algo de lo cual la
única persona que ignoraba todo era yo. Le pregunté a Karina que
qué era lo que sucedía, pero evadió mi pregunta y me propuso sal-
tar la barda de la escuela y escaparnos en el descanso. Como nadie
escuchó nada de esa proposición, se me hizo buena idea, pero era
muy extraño que Karina quisiera saltarse la barda, estaba confundi-
do y tenía que pedir un consejo. Así que fui con el Patas, era mi me-
jor amigo y si había alguien que podía darme un consejo sobrio y
objetivo acerca del asunto era él. Me dijo que Karina quería pegar-
me sus pecas y también quería protegerme de la furia de Yoshio.
¿La furia de Yoshio? Le pregunté al Patas. Y él me contestó: Sí, la
furia de Yoshio. El Patas me explicó que Yoshio quería romperme
el hocico porque Karina lo había dejado por mí, que yo le gustaba
a Karina y que ella quería ser mi novia. Pero Karina seguía teniendo
pecas y nunca nadie había hecho eso por mí, de verdad no creo que
una chica vuelva a hacer eso por mí algún día. El Patas se burlaba
procurando mencionar la palabra PECAS a la menor provocación.
El Patas tenía una novia, ella cursaba el segundo año de secundaria
y nunca la veía, para él decir que tenía novia y limpiarse la cerilla
con sus pasadores era sufciente para conservar el estatus. Después
me enteré que Olga, la novia del Patas, lo hacía bailar y cantar la
canción de un comercial delante de toda su familia.
Yo no sabía qué hacer, el Patas me dijo que Yoshio tenía un bis-
abuelo japonés que le enseñaba a hacer origami, era lo que le rega-
laba a Karina cuando se enojaban, ella me contó eso y yo tengo
problemas para dibujar una estrellita en un papel cuadriculado.
También dijo que ese mismo bisabuelo le enseñó a romper huesos
con una sola mano. Yo no tenía la más remota idea de que Karina
quería ser mi novia, era muy lento para esas cosas, mi inteligencia
emocional dejaba mucho que desear, pero cuando mis amigos me
preguntaban que si era virgen, contestaba que no, era como un re-
fejo. Al parecer, decir que eras virgen era de mal gusto y el mundo
entero te veía con ojos de caridad. Así que casi ningún alumno del
sexo masculino del tercer grado de secundaria era virgen, era lo que
decíamos todos.
Yo no sabía qué decir acerca de que Karina quería ser mi novia:
desde el punto de vista del Patas, aquello signifcaba llenarse de
pecas por todos lados y eso era vergonzoso, me daba pena con el
Patas, todo el día se burlaría de mí. Por otro lado, las pecas que me
habían metido en un problema podrían ser las mismas que me sal-
varan el pellejo. Decidí aceptar la propuesta de Karina y llenarme
de pecas el resto de mi vida y el Patas podía burlarse de mí todo lo
que quisiera, ya estábamos en tercero de secundaria y después de
todo, las pecas no me romperían los huesos con una sola mano.
Karina no sabía que yo estaba enterado de todo y preferí que
las cosas siguieran así, tal vez no fue cuestión de preferencias, pero
el caso es que no le dije nada. Cuando llegó la hora del descanso,
<8 <o Karina tomó su mochila, cogió mi mano y salimos corriendo, ella se
notaba nerviosa, pero tenía una sonrisa en la cara cuando me mira-
ba. Yo le dije que sabía perfectamente cómo saltar esa barda sin ser
vistos, pero ella seguía un poco preocupada. Yoshio había estado te-
niendo malos días desde que Karina le dijo que ya no quería ser su
novia y estaba castigado y le tocó quedarse parado afuera de la di-
rección, cerca del lugar por donde era más fácil brincarse la barda.
Yoshio me vio haciéndole pie de ladrón a Karina y a ella apoyando
su suela de goma sobre mis manos para saltar al otro lado y ser fe-
lices para siempre. Yoshio corrió al lugar de nuestra huida. Se paró
frente a mí y dijo que arregláramos las cosas con los puños, que nos
veíamos a la salida. Yoshio miró a Karina y Karina a Yoshio, y yo es-
taba en medio de ese mar de pasiones juveniles. Ya no tenía caso
escapar, no tenía caso brincar la barda y huir como un cobarde; ade-
más, tenía la vida entera para llenarme de pecas. Existía en la se-
cundaria cierto código de honor… En verdad podría haber dicho
que no, inventar cualquier cosa, decir que mi madre sufría de la ti-
roides, cualquier cosa, pero después de ver tantas películas de Kung
Fu, algo tendría que haberse arraigado en mí. El honor es primero,
así que acepté el reto y le dije a Yoshio, cuando quieras.
El tiro estaba a la vuelta de la esquina. El resto del día lo pasé
mal. La tensión crecía como una bestia salvaje junto con el segunde-
ro del reloj de Karina. En los pasillos no se hablaba de otra cosa que
no fuera la pelea. Karina me dijo que yo era muy valiente y me dedi-
caba sonrisas tristes a cada rato y también me convidó de su boing
de naranja. Esa sonrisa triste podría signifcar que ése sería el último
boing de naranja de toda mi vida. Pero había que ser valiente.
Llegó la hora y a mí me temblaban las manos y las piernas, pero
me hacía el duro y le sonreía a Karina, que tenía en su mirada, un
dejo de angustia que no me daba la más mínima confanza. Karina
me dijo que no fuera tonto, que no me peleara; a Yoshio le gritó que
ya no le volvería a hablar. Pero ni todo el poder de las pecas de Kari-
na fue sufciente para detener la estupidez humana, la violencia, la
destrucción: Yoshio se movía bien, yo intentaba no asustarme mu-
cho, pero me seguían temblando las piernas, había un montón de
gente rodeándonos y gritando de cosas como “¡Mátalo mátalo!” Yo
era delgado (lo sigo siendo) y Yoshio un tipo macizo. Bruce Lee
nunca se amedrentó ante nadie y por más que le buscaba no encon-
tré ninguna peca en el rostro de mi contrincante.
Me dejó un ojo morado y me dio unos cocos en la cabeza, yo le
mordí el brazo. Fui derrotado. Aun así, Karina estaba orgullosa de
mí y Yoshio no me rompió los huesos con una sola mano, tal vez su
bisabuelo no le enseñó eso, pero los origamis seguro que sí, pues al
otro día le regaló a Karina uno muy bonito; un unicornio de papel.
Era el fnal del año escolar y los días pasaron como siempre y
todo el tiempo dejaba para mañana eso de decirle a Karina que sí
me gustaba y que también quería que fuera mi novia, que quería lle-
narme de pecas. Me ponía muy nervioso y a veces hasta me escon-
día de ella si por casualidad la encontraba fuera de la escuela y lue-
go me arrepentía de tan cobarde que era.
El último día de clases estaba decidido, pero vi en sus ojos algo
raro, pasamos todo el día tomados de la mano y no me dio vergüen-
za. No le dije nada. Ella estaba recargada en el barandal del pasillo,
afuera de nuestro salón. Tenía los ojitos irritados. Fue cuando me pi-
dió el cuaderno y me escribió la dedicatoria y me anotó su teléfono y
una carita feliz. Yo me sentí estúpido de no atreverme a decirle nada,
de no decirle lo que ya sabíamos los dos. No fue sino hasta unos
años después, al fnal de la preparatoria que marqué su número y me
contestó una grabadora que decía: “El teléfono al que usted marcó
está suspendido, no es necesario reportarlo al 01”. Después de eso,
colgué el teléfono y volví a marcar. Me contestó la misma grabadora.
Los videos musicales siguen siendo los mismos y las tardes pasan
igual que cualquier cosa que se lleva el viento.

6o
Conserva en la palma de la mano
escenas diminutas de países distantes;
mariposas nocturnas
de los bosques de Rusia;
especies de aves tropicales
que vuelan en sobres que llegan de Brasil.
Navidad del ochenta y uno,
el aniversario de un héroe olvidado,
el trenecito que va en la montaña,
un hombre en la luna
o en bicicleta repartiendo el pan.
¿Cuántas y qué palabras
recorrieron miles de kilómetros
escudadas por esas imágenes?
Y el flatelista bajo la lupa observa
los detalles de un paisaje
pequeñísimo,
como si en realidad pudiera distinguir
a la gente que camina
por esa aldea de Vietnam.
El FilatElista
Javier Peñalosa
Reúne los timbres
en plantillas transparentes,
los ordena
ordenando al mundo.
Designa su lugar a cada cosa
y cierra la gaveta
para que todo se confunda ahí.
¿Cómo toca a su mujer el flatelista?
¿Qué timbre aparece en su mente
cuando está por dormir?


6z Una cosa tan irracional
Geney Beltrán Félix
6z
“No lo tengas”, le dijo. Ella se llevó las manos a la cara, soltó el llan-
to. Él temblaba; una gruesa piel caía sobre su cuerpo reciamente,
sofocándolo de miedo.
Era todo en el depa que Luz, con dos amigas estudiantes, renta-
ba cerca de la Universidad. Él lanzó la mirada hacia el cuarto y, más
allá de la cama, fjó un gesto de zozobra en el amplio ventanal que
dejaba ver las ramas de un árbol. Entre las hojas, la última luz dulce
del día. La muchacha dejó caer en el bote de basura, al lado de la
taza del baño, la barra con la franja rosada. Irguió el cuello y —los
ojos rojos— murmuró: “Pero él no puede defenderse”.
“Piénsalo: el dinero no alcanzará”.
“¡Ni me has pedido que me vaya contigo! Esos planes son tu-
yos”.
Él estaba molesto. No había pensado en que se fueran juntos.
Con 500 francos mensuales, ¿de dónde sacaría para los dos? Para
los tres... Pocos días antes le habían llamado de la convocatoria en
que participó sin avisarle a Luz: viviría en Francia gracias a una
beca de estudios. Por fn, a los 24 una vida de escritor en el destie-
rro. ¿Y ahora...? Además no se quería casar con ella: nunca había
pensado enredarse con mujer ninguna con quien se habría de ver
viviendo para siempre. Por un rato, sí. Una, otra. Una más. Se había
librado de Rosaura: ¿y de ésta? ¿Una sola mujer ya para siempre, ha-
biendo tantas...?
Todo se hacía mierda.
Luz no se dejó convencer. Hacia el cuarto día, tajante dijo: “Me
lo vuelves a pedir y no me verás nunca. Y menos a él”.
Tenía las manos tensas sobre el vientre. “Telenovelera”, pensó el
muchacho.
¿Sí al chantaje? ¿Por qué no largarse a Francia, solo? En dos
años regresa, la maestría terminada y su novela bajo el brazo: sería a
partir de entonces un buen padre; la vida es larga y su hijo no habría
de sufrir nada terrible por una ausencia no sentida en la primera in-
fancia. Nada grave le pasaría al escuincle en un tiempo tan corto.
¿Pero y si sí? ¿Cómo viviría sabiendo que él, como su padre, se
hizo a un lado? ¿Cómo irse y dejar a su hijo a la deriva? Se le adelan-
taba en su sentir la obstinación futura del remordimiento. Estaría
en Toulouse, sin duda, pero el pensamiento arrepentido lo obligaría
a volver su rostro interior hacia la tierra dejada tras de sí. Una cosa
tan irracional como la sangre, lo detenía.
Tomó la decisión: desistiría de su beca. Se quedó en la Ciudad.
Se casaron. Adrián nació en noviembre. Muy por dentro de la bilis
negra se le quedó al joven el germen hostil: ¿con el nacimiento de
alguien de su sangre él perdía cualquier otro futuro? Y no, no que-
ría ser como el suicida: un roble huidizo, su padre por mano pro-
pia quebrantado.
Muerto su hijo, se teme estafado por el tiempo. Han pasado
ocho años: tiene 32. Ahí se fundió su juventud: en ofcinas buro-
cráticas, el sueldo quincenal, horarios de 9 a 6, el tiempo escaso
—tiempo al fn— para escribir y leer, luego la separación crispada y
el divorcio: fue la de Adrián una atadura que, hoy que ha desapare-
cido, lo sigue sin embargo envolviendo, le aplasta los hombros y lo
asfxia, le hace estallar la culpa.
¿Qué hará su ex ahora? Acaso no la vuelva a ver nunca. Esos
rencores contra ella hoy los ve tan minúsculos por la muerte de
Adrián. Atrás todo eso. Cree así imaginarse el duelo por el que la
mujer habrá de estar pasando: la desesperación como una espesa
rabia. Los ojos de Luz muertos, la cara sequísima y sin el fulgor mo-
reno de cuando era joven. Las manos de nuevo sobre el vientre, f-
nalmente inútiles. Donde empezó Adrián, hoy sólo noche.
¿Y él mismo? ¿Qué será de él sin Adrián? Una cosa tan irracio-
nal como la sangre, lo disloca sin descanso.


6: ÍndicE
1 Editorial
2 VicenteAlfonso
Apostar
10 AlejandroAlbarránPolanco
Bitácora día 8
11 HernánBravoVarela
Arquitectura ef ímera
14 NydiaPinedaDeÁvila
Retrato de George Méliès desde
el Bar du Marché
23 PauletteJonguitudAcosta
El puente
30 ChristianPeña
Litera
32 JoséAurelioVargas
El Dorado
40 NadiaEscalanteAndrade
(traducción)
Frontispicio, John Ashbery
42 RomeoTelloA.
Detalladas lentitudes
45 LucíaLeonorEnríquez
La amistad
54 GibránPortela
Todas las pecas del mundo
60 JavierPeñalosa
El flatelista
62 GeneyBeltránFélix
Una cosa tan irracional
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Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas
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Nueva época
Número 10
2009
“En la literatura, el escritor condensa para que el lector expanda;
el esfuerzo es doble y la responsabilidad compartida”.

Romeo Tello A., pág. 43
Patronato
Bernardo Quintana (presidente)
Manuel Arango
Antonio Ariza (†)
Emilio Azcárraga
Alberto Baillères
Isaac Chertorivsky
Carlos González Zabalegui
Germán Larrea
Alfonso Romo
Fernando Senderos Mestre
Carlos Slim
Directiva
Miguel Limón Rojas (presidente)
Eduardo Langagne (director general)
Bernardo Martínez Baca (contralor)
Consejo Consultivo
Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero,
Germán Dehesa, Ángeles Mastretta,
Federico Reyes Heroles
Tutores
David Olguín (dramaturgia)
Jorge F. Hernández (ensayo)
Bernardo Ruiz (narrativa)
Antonio Deltoro (poesía)
pliego16
Número 10, 2009
Publicación del programa de becas y formación
para jóvenes escritores de la Fundación para
las Letras Mexicanas
pliego6@fm.org.mx
Consejo editorial
Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber
Bicecci, Pablo Molinet, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París,
Héctor Antonio Sánchez, Paola Velasco
Editor
Geney Beltrán Félix
Jefe de redacción
Alejandro García Abreu
Diseño
Gabriela Varela + David Kimura
Asistente de formación
Orlando López
Imágenes de forros
Cabeza enjaulada, Verónica Bujeiro, 2007 (portada)
Sin título, Alejandro Arteaga, s/a (solapa portada)
Manos, Daniela Bojórquez Vértiz, 2007 (solapa contraportada)
Horizonte, Verónica Gerber Bicecci, 200 (contraportada)
Warnock Pro es la familia tipográfca usada para
la composición de los textos y cabezas de Pliego6.
Diseñada por Robert Slimbach, fue seleccionada para
esta publicación por sus proporciones clásicas
con algunos rasgos contemporáneos, además de que
está compuesta por un extenso juego de caracteres
romanos, cirílicos y griegos, en diversos pesos y
versiones ópticas, lo que la hace una excelente opción
para la formación de una revista literaria. El nombre
de esta familia tipográfca rinde homenaje a John
Warnock, co-fundador de Adobe Systems y creador
entre otras cosas del lenguaje Postscript, utilizado
por la mayoría de los dispositivos electrónicos con los
que hoy en día funcionan las artes gráfcas en todo
el mundo.
Fundación para las Letras Mexicanas, ac
Liverpool 6, colonia Juárez
Delegación Cuauhtémoc
cP 06600, México DF
5703 0223
fm.org.mx
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