LA ÚLTIMA TIERRA DE LA GENTE (Karukinka

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Soledad Arrieta
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Al espíritu de la Isla

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—¿Hola?, ¿hola? —Hola, ¿me escuchás bien? —Ahora sí, ¿cómo estás? —Muy bien, ¿y vos? —Bien. Veo que ya tenés el servicio. —Sí, esta mañana me lo conectaron. ¿Cómo anda todo por allá? —Helado, no sé cómo aún respiro. —Si vos no respiraras, nadie podría hacerlo. —No empecemos… —No, no empecemos. Tenía muchas ganas de llamarte hoy. Me acordé del día y creí que por ahí te hacía falta charlar. —La verdad es que me da igual el día. Acá hoy no sale el sol, es lo único que me acuerdo, en la piel siento su ausencia. Lo demás es historia. Contame de vos. Me suena raro el “muy bien”. —Qué vulgares que somos. —¿Estuviste releyendo la carta? —No, me la acuerdo casi de memoria. Anoche salí con León. —¿En serio? ¡Qué bueno, no lo puedo creer! ¡Al fin se te dio! Contame todo. —No, ahora no. En otro momento te lo cuento, después, pero todo salió muy bien. Ahora quiero que me cuentes de vos. —No hay mucho por decir. Hago poco y nada, la única novedad de la cual puedo hablarte es que estoy escribiendo otra vez. —No sabés cuánto me alegra escucharte decir eso. Me pone muy bien saberte reconectándote con tu pasión.

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—Sí, fue difícil, pero no imposible. Hay temáticas muy recurrentes, te imaginarás. La tragedia. —Pero siempre te las arreglaste muy bien para hacer de la tragedia una comedia. —Para afuera, Juan Pablo, para afuera. —Bueno, eso también es un gran avance, jamás quisiste reconocerlo. —Con vos. ¿Sabés? Cuando pasó lo de Diego no tuve muchas opciones. Eras capaz de instalarte acá a vivir y dejar tu calurosa cotidianidad de allá. —Por vos cualquier cosa, reina. —¿Cómo está Samanta? —Preciosa. Creciendo a una velocidad irrisoria. A veces la miro y me acuerdo de vos, me dan unas ganas tan grandes de contarle que las ventanas y las puertas están abiertas aun con su edad… —Me imagino. ¿Y Pepe? —Acá está, dando vueltas alrededor de mí como si supiera que estás del otro lado. El otro día mamá me preguntó por vos. No sabía qué decirle. —Nada, Juan Pablo, ¿qué le vas a decir? —No sé, tiene ganas de verte. —Estoy muerta. —Ya sé, pero no todos lo asumen de la misma forma. —Gordito, pasé toda mi vida pensando en todos. Hoy soy lo que puedo, y todos que se la arreglen, se tienen entre ustedes. —Me parece sano. Aunque egoísta, pero nadie dice que una buena dosis de egoísmo no sea necesaria para la salud mental. Contame qué más. —¿Qué más, qué? —Qué más estás haciendo, además de escribir.

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—Salgo bastante. Hay cosas de las cuales ya ni me acuerdo. No sé, pasaron tantos años que, vos sabés, no se hace fácil. Me estoy viendo con alguien. —¿Y cuándo me lo pensabas decir? ¡Qué bueno, loca! —Nos hacemos algo de compañía, pero nada más. —Pero, ¿estás bien? —No. Bien sí, pero no completa. —¿Y quién está completo? Es la esencia del ser humano, para eso estamos acá. Sino, ¿qué sentido tiene todo esto? —Ninguno. Es aguantar y nada más. A veces siento que es cierto que estoy muerta. Que se me terminaron las manos y los oídos también. Es que hace tanto frío… No puedo explicarlo con palabras, deberías verme. Estoy tan blanca que hasta yo misma lo noto cuando me paso los dedos por la cara. Suele despertarme un olor a podrido que no sé si viene de mi cerebro o de algo que se filtra por la ventana por la cual se filtra, también, algo de aire helado. Estás callado. Vos también me sentís así. —No, negrita, para nada. Dame un minuto que me están tocando el timbre.

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—Era mamá. Ahora está en la cocina, con la tele prendida, es probable que permanezca ahí por horas, así que no va a haber problema. Le dije que hablaba con León. —Qué irónico. Si hablaras con León te cortarías las venas. —¿Por qué? —Porque me imagino que debe hablarte de otra forma, de otras cosas. ¿De qué hablan ustedes cuando se pasan aceites aromáticos por los pies? —No cambiás más, por eso te quiero tanto. —¿Le contaste? ¿Él lo sabe? —No, todavía no lo sabe. Pero pienso contárselo. Parece que va muy en serio la cosa. —¿Cómo puede ir en serio una relación con un tipo que está constantemente viendo a otros tipos en tarlipes? —Va por otro lado, linda. Ya te dije, no quiero hablar de esto con vos. —Tenés razón, te tiro abajo todo, ¿no? Qué mina de mierda que soy. —No digas eso ni en joda. Y no estás tan blanca. Ponete el dedo índice izquierdo en la punta de la nariz, ¿te acordás? —Sí. —¿Qué sentís? —Blancura. —Yo no te siento blanca. Deberías verte. —¿Me estás hablando en serio? —Sé que un poquito, por lo menos, sonreíste. —No te incumbe. Pero me gustaría poder ver a Samanta. ¿Ella es muy blanca? —Ella es preciosa. Es blanca por su luz, pero tiene pensamientos de todo tipo de colores. Su inteligencia y su perspicacia me sorprenden mucho a veces. El otro día estaba leyendo el diario y se sentó al lado mío a mirar los titulares. Con algunos negaba

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con la cabeza y ponía cara de preocupada. Se está llevando muy bien con Irina últimamente. Tienen una linda conexión. Además, le hace falta una referente femenina. Ayer me reía porque no me acuerdo de qué estábamos hablando y Sami dijo “mis compañeritos y compañeritas”. —Y es sólo el comienzo con Irina, ya vas a ver. —Lo sé. Se separó hace unos meses. —Era obvio que iba a pasar. El tipo era un inservible. Todo el día de acá para allá con su maletín oscuro. Para sacarle una sonrisa había que aplicarle una tortura china. —¡Qué jodida que sos! Era un buen hombre. —Depende qué idea tengas vos de lo que es ser bueno. La bondad no pasa por regalar comodidad a una persona. Ni siquiera vos sabés lo que es. Quizás Hitler era un buen hombre. —Y empezamos… —Claro, ¿cómo sabés que el tipo no hacía feliz a alguien? De hecho, hizo feliz a un montón de personas que tenían la misma escala de valores que él y perseguían los mismos fines. Seguramente, aunque sea incomprensible para vos y para mí, alguien lo amó. —Bueno, pero no vas a comparar. —Hay cosas que se entienden sólo en los extremos. —Por eso estás allá… —No, por eso no estoy allá. —¿Me leerías algo de lo que estás escribiendo? —¿Otro chiste de mal gusto? —¿Me vas a decir que no memorizaste? —¿Me vas a decir que no te imaginás lo que escribo?

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—¿Acaso la imaginación puede relacionarse con la realidad? —Todo el tiempo. ¿Qué te hace creer que estás hablando conmigo? —Estar haciéndolo, efectivamente. —¿Y si no fuera así? —No creo en los fantasmas. —Yo tampoco. Pero sí en la capacidad de la mente. Quizá vos querés estar hablando conmigo y por eso generás esa conversación. Hasta confabulás con Pepe para que te siga la corriente. Tal vez yo, directamente, nunca existí en tu vida. —A veces me da miedo que termines mal. —Más miedo debería darte que vos o yo terminemos bien. —Me acordé de hace unos años. Bah, toda la semana estuve acordándome, por eso el llamado. Fue todo tan raro, que todavía no entiendo cómo fue que llegamos a esto. —Elemental, mi querido Juan Pablo. En esa época todo era distinto. No podíamos ni hablar. Además, no tenía un mango. —¿Del tipo nunca más supiste nada? —No, afortunadamente. —¿Te molestaría que le cuente a León? —No, para nada. Mirá, a mí me hizo un golpe de estado la mala suerte, no tengo por qué esconderlo. —Me gustaría que lo conozcas. Te armonizaría mucho. —Yo no necesito que me armonicen. Necesito volver a nacer. —¿No te das cuenta que nacés todos los días? Que cada vez que cerrás los ojos te morís… —Pasaría demasiado tiempo muerta, iría al infierno cada vez. —¿Ahora creés en esas cosas?

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—No, si el infierno existiera ya estaríamos acostumbrados a él. El otro día casi me atropella un auto. Me golpeó apenas la pierna, no me pasó nada, pero me caí. Ni siquiera frenó. Ni siquiera bajó la ventanilla para preguntarme. Nadie se agachó a darme la mano. Si Dante no hablaba de esto, ¿de qué carajo hablaba? —¿Y el cielo? —Es la metáfora de lo que viviríamos si no estuviéramos obligados a. —¿A? —A. —Bueno. Supongamos que en vez del cielo y el infierno, esas polaridades estuvieran en la tierra. —No, no es una suposición. Las iglesias lo tienen bien claro, ¿cómo infundirían el miedo, sino? —Todavía les reprochás a tus viejos, ¿no? —Nunca más hablé con ellos. Ni siquiera sé si están vivos. —Tu viejo, al menos, sí. —No me cuentes nada, no quiero saber. —Lo que me asombra de vos es que la mayoría de la gente, cuando dice eso, es porque quiere saber. Vos no. Y no. —Sí quiero saber, pero no de él, ni de ellos. Me dan ganas de hundirme la antena del teléfono en el cogote. —¿Por qué no te pegás un viajecito para acá? —Ni loca. Además, no me darías bola. Menos ahora que está León. —Pero te haría bien. Sobre todo Samanta. —Eso sería ejercer la parte negativa de mi egoísmo. Va a cumplir diez años y no tiene la culpa. ¿Alguna vez te preguntó?

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—No. Nunca. —¿Y cuando lo haga? —No lo va a hacer. Es muy especial. Intuye, sabe sin preguntarme y sabe, también, lo que no me haría bien que me pregunte. Es como por León. O por otros hombres, jamás me preguntó y no lo va hacer, aunque algunos compañeritos le digan que su papá es un maricón. —Y compañeritas. —Y. —¿Qué hora es? —Las ocho y media. —Pensé que era más tarde. ¿Hay sol todavía allá? —Sí, está hermoso el día. Tengo una camisa de bambula floreada puesta que anda rompiendo corazones. —Siempre tan discreto. —¿Sabés lo bien que te quedaría a vos algo así? —No, ya no estoy para esas cosas. Además, me cagaría de frío. —Acá no. —¿Tantas ganas tenés de convencerme? —Ganas sí, pero me encantaría tener la certeza de que voy a lograrlo. —Tenés un serio problema con las certezas. No podés esperar tener una respuesta anticipada de todo, Juan Pablo, la vida no se trata de eso. —Cuando tenés hijos sí. —Espero una disculpa. —No fue con esa intención.

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—Ya lo sé. Pero lo hiciste. Emitiste palabras sin poder controlar el efecto que éstas causarían en tu interlocutora, en este caso yo. Cometiste un error. Porque no existen las certezas. —No lo analicé, que es distinto. Es muy difícil analizar lo que se dice al momento que se dice. No toda mente va tan rápido como las palabras. —No estoy de acuerdo. Todo lo que decimos tiene una intencionalidad. Y ahí la tuya. Y acá la mía. Mirate. Tenés cara de preocupado, seguro. Te desequilibra no tener razón, no poder medirte en función de lo que va a pasar en un rato. ¿Por qué? —Ahora vengo, me llama mamá.

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Se escucha el frío. Más allá de lo que cualquier mortal pueda decir, acá, debajo de la tierra o de las tierras, se escucha el frío. Nunca hubo luz alguna que ilumine a nadie, pero todos se creyeron iluminados. Hay un animal cerca de mí que me teme mientras no me produce nada. Nada. Antes, cuando la biblioteca y la normalidad, el frío tenía otra forma. Un poco menos melancólica y más sofisticada. Tal vez con menos filo en las uñas, más piadosa. Pasaba las horas leyendo y no era blanca. Karukinka1 iba tan bien vestida antes del

genocidio… Me imagino a la tierra unida y ya ni siquiera la recuerdo separada. Es como si los balazos de los dueños de las ovejas la hubieran partido al medio pero no. Lola, tiempo después supe que en realidad todo lo que vi había sido un engaño, una mezcla impura de la sangre de los tuyos y la de las bestias. Tu rostro sigue siendo la más nostálgica belleza que jamás conoceré, hermana, bebería tu sangre hasta tener esa piel en reemplazo de la palidez traslúcida de la muerte. No me voy más, te juro que nunca más voy a volver a irme. Pero, ¿vos sabés lo que son diez milenios? Sí, justo a vos. Caminando. Porque soy un fuego, dirían Magallanes y Galeano en mis tiempos. Porque ustedes sólo querían seguir andando, transitando, siendo. No gustaban de los cercos que trajimos, de la carne que no se parecía en nada a la que conocían ni de las botas ni de las cruces. Krren2 murió para mí. Se suicidó de un flechazo de lenga y hueso que lo marginó para toda la eternidad. Alguien que lo conoció me dijo una vez que ustedes estaban todos locos. Quénos3 parecía inconcebible ante tanto horror traído de los pelos por un dios ilegítimo, vanidoso y avasallador. Pero el que se mató fue él. Y a ustedes, claro.

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La última tierra de la gente (llamada Tierra del Fuego luego de la llegada de Magallanes). Sol. 3 Deidad creadora del mundo.

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Una libra por testículos y senos de c'ón4 y naa5 y media libra por oreja de niño. Eso ofrecían los monstruos. Eso valían sus vidas, hermana, tal vez lo supiste, tal vez no. Menos mal que no conocían el dinero, sino hubiesen sabido cuánto, hermana, cuán poco costaba un pedazo de carne más económica que la bobina. No me mires así, sabés que no puedo verte a los ojos como quisiera. Pero también conocés la otra mitad, qué decirte. Si acá las ropas pesan y las tengo encima como si algo pudiera cambiar por ello. Estuve ahí, aunque nadie se atreva a creerme. Y ahora soy tan blanca, Lola, que puedo notar a través de mi piel una sangre que no me pertenece sin importar de qué forma la mire. No estaría acá. No estaríamos. Vos sabés que hubo uno de esos rayos que encienden el fuego hasta entonces desconocido. Pero también sabés cada palabra y cada gesto y los correteos silvestres de niños y niñas que pagaron culpas ajenas. La dignidad es una interesante mercancía para los invasores, la más codiciada y más fácil de adquirir cuando las víctimas no se esperan la estocada. Acá, cuando llueve, se derrite un poco más tu historia. La de tu pueblo y el mío, que se deshizo en copos de nieve cuando nos quebramos aquella vez. Dejame decirte que no estábamos tan lejos, que nos rendimos fácil. No hubo banderas lo suficientemente fuertes, aunque habían raros metales que se nos albergaban en la piel. Ojalá la tierra, nuestra tierra, comience a temblar otra vez con convulsiones que los blancos no comprendan. Hoy yo tampoco lo comprendería. Pero me encerraría a rezarte una vez más esa plegaria de regreso que jamás vas a escuchar.

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Hombre. Mujer.

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—¿Estás todavía? —Sí, no tengo nada más interesante que hacer. —¿No escuchás más la radio? —De vez en cuando, más en cuando que de vez, se sintoniza únicamente cuando tiene ganas. —Parece que hubiese sido ayer cuando me llamaste llorando. —Basta, Juan Pablo. —Ni siquiera empecé todavía, Abril. Quiero que hablemos de eso. —Yo no. Además, ya conocés la historia, la viviste conmigo. —No digo que no la conociera. Digo que necesito que empieces a despojarte de algunas piedras, al menos de las más pesadas. —A ver si te sirve: estoy encerrada en una habitación. Las persianas están bajas, las luces apagadas. Hace un rato me enteré de que estaba embarazada. Salgo por la ventana para que mis viejos no se enteren. Voy a tu casa. Me decís que vas a darme la plata y me quedo a dormir ahí. Me despertás con mate en la cama y me pedís que esté tranquila, que todo va a estar bien. Vamos a la clínica. El tipo que me ve no es cordial, es brusco, me da miedo. Empiezo a sentir mucho dolor, muchísimo, y veo correr la sangre. Me duermo. Despierto mientras vos me llevás en brazos a la salita médica de un barrio que desconocía. Unos meses después veo que la panza sigue creciendo. Después… —Seguí. —No quiero seguir. No me hace bien esto, no me libera, me aprisiona. Me da miedo recordar. No soy así de fuerte. —Venite, hermosa, dale. —No. Estoy bien acá. —Bueno, entonces ya está decidido.

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—¿Qué cosa? —Voy yo. Con Samanta. —No jodas. No tengo espacio ni ganas para recibirlos. —Podemos parar en cualquier lado. Y lo de las ganas, te duraría poco. —Cada vez me conocés menos… Hablemos de otra cosa. ¿Cuánto tiempo te queda? —Mucho. —De teléfono, digo. —Ya sé, mucho. De vida también. Y cada vez la vivo mejor. —¿Te visita seguido tu mamá? —Todos los días. Me da una mano con la gordita. Está muy sola y pasa demasiado tiempo encerrada. Ya ni amigas tiene. —¿De qué tenés miedo? —No tengo miedo, ¿por qué me decís eso? —Por qué no tendrías miedo… —Porque no hay nada que me esté atemorizando. —¿Qué pasaría si Samanta se muriera? —¿Qué decís, Abril? No empieces. —No, dale, respondeme: ¿qué pasaría? —Me moriría yo también, supongo. Qué se yo, loca, no me trastornes a mí también. —¿También o tan bien? —Da igual. —Te pusiste incómodo. —Sí. —Así me sentí yo hace un momento, cuando me hiciste hablar de algo que no quería. —Es que si no fuera por eso, Samanta no sería mi hija.

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—Lo sería igual. Hubiese llegado de otra forma, pero lo sería. —No la misma. —¿Qué la diferencia de otras personas, de otras nenas, de otros hijos? —Que es mi hija, y cualquier nena que anda por ahí no. —¿Por qué? —Porque a ella la crie, le di mi amor desde el primer momento en que la tuve entre mis brazos. —Pero podrías hacerlo con cualquiera. —En realidad, sí. Pero tendría la casa llena de críos. —¿Te vas a casar? —¿Eh? ¿Con León? —Con él o con quien fuera. —No sé, no me interesa mucho el casamiento. —Pero te soñás vestido de blanco… —Para eso me envuelvo en una sábana y le bailo abriéndomela cada tanto. —Es una opción más íntima. —La única, por el momento. Él tiene una familia. —¿Y? —Eso, que está casado, tiene hijos, es feliz. —Pero se encama con vos. —Y además me quiere. —¿De qué tenés miedo? —¿Otra vez? —Sí, ¿de qué tenés miedo? —De que se termine.

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—¿Qué cosa? —Todo. —¿Qué es todo? —No sé. Vos, ¿de qué tenés miedo? —De que, algún día, todos los habitantes del mundo noten que, en realidad, jamás salió el sol. —Creés que no va a dejar a su familia por mí, ¿no? —No. Creo que si no dejara a su familia por vos sería un estúpido. Que no se querría ni a sí mismo. Que vale tan, pero tan poco, que no es capaz de hacerse cargo ni de su propia felicidad. Y que vos te merecés mucho más que eso, claro. —Gracias. —No fue un halago. Fue una observación, nomás. Vos vivís mientras el otro se esconde. Yo me escondo, también. Vos buscás la felicidad mientras el otro busca la comodidad. Yo me resigno a la incomodidad y a la infelicidad. —Qué arraigados se te volvieron los prototipos. El gordito puto no sufre, ¿no? —Yo no dije que no sufrieras, pasa por otra forma de ver la vida, cosa que no le atribuyo ni a tus eternos kilos de más ni a tu elección sexual. —¿Cómo es eso de que jamás salió el sol? —No, es la tierra la que gira. —Ya lo sé, pero eso hace que la tierra, los distintos lugares geográficos, se iluminen. —Sí, no es tan simple en realidad. El problema es que nadie se da cuenta de lo que pasa. —¿Vos sí? —De algunas cosas. —¿Por ejemplo?

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—No puedo ver a la gente. Y eso hace que la intuya de otra forma. Puedo, sin ver sus gestos, saber la angustia que la aborda por la energía que me transmite. Y eso me entristece más que cualquier otra cosa. Tu mamá, por ejemplo, ¿qué está haciendo en la cocina? ¿Se está suicidando otra vez con el noticiero? ¿Por qué no aprendió la lección todavía? —Mamá es vieja. Ya no distingue y todo le parece entretenido. No se da cuenta. —¿Y vos sí? Cuando me contaste que leías el diario con Sami: le estabas mostrando una realidad tan ficticia como esta conversación. —¿Y lo ficticio? Digo, las cosas pasan. Pueden estar contadas de una u otra manera, pero pasan y es innegable. —¿Pasan? ¿Suceden, acontecen, querés decir? ¿O pasan de pasar? Porque me suena más a lo segundo. El río va. A nadie le importa si con el tiempo se angosta o ensancha. Nadie se detiene a pensar en todo lo que ve un río por día. —Porque no tiene emociones, supongo. —¿Y lo que leés en el diario sí las tiene? Quiero decir: si una familia muere en un accidente de tránsito, los integrantes de la misma tenían emociones, seguramente. Pero el reflejo de esa noticia, entre comillas, no. Es un espejo. Cuando vos te mirás en el espejo, no te parecés ni un poco a como te ven los demás. En nada, ¿eh? —Puede ser que algo de eso haya. Pero no por eso no sale el sol. —Sí, es por eso. Durante varias horas al día, en la mayoría de los lugares normales, hay luz solar durante la jornada. Y, sin embargo, la gente no se ve. Acá, como te conté, había luz cuando el auto me chocó haciéndome caer y así y todo nadie me vio. ¿Qué significa eso?

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—Puede tener varios significados. Pero la luz es un elemento de la naturaleza, no podés mezclar eso con un ser humano claramente desnaturalizado por la moral y la cultura civilizada. —Dame un minuto, me llaman al telefonito.

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—¿Te olvidaste de mí? —Me encantaría hacerlo, pero es imposible. —Casi lo atajo como un halago, sos terrible. —¿Sabés qué pasa? Vos y yo no tenemos idea de nada. Nunca salimos de esta mierda. Samanta tiene que hacerlo urgente. —¿Hacer qué? —Eso. Despertarse. Caminar. Entender que la quietud destruye todo a su paso, porque un día viene un viento fuerte que trae arena, polvillo o tierra y, mientras te quedás parado, te cubre; no hay vuelta atrás. —Técnicamente no, te sacudís. —Pero ya no seguís igual. —No, seguís fortalecida. Nena, te voy a ir a buscar, te voy a meter en una caja a la fuerza y te voy a traer para acá. —No entendiste nada, Juan Pablo. Estoy demasiado muerta. —Bueno, supongamos que sí. En ese caso sos un espectro y podés transportarte sin muchos inconvenientes, ¿no? —No. —Me dan ganas de cortar. —Cortá. —No puedo. Sabés que mi cariño por vos va más allá de tu depresiva circunstancia. —No estoy deprimida. —¡Qué estúpido que soy! Tenés razón, si tu alegría se nota a la legua. —No es alegría, pero tengo una paz interior que no podrías reconocer ni si estuvieras viéndome a la cara. Si no fuera por este color… —Y otra vez. Estás demasiado poética, empezás a rozar lo cursi.

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—Sí, no te imaginás… —Cambiando rotundamente de tema, porque si corto ya no puedo volver a llamarte y no quiero perderme la oportunidad, ¿qué pasa con la gente allá este día? —No sé. Se siente en el ambiente una energía rara, molesta. Parece que la infancia no riera hoy. Todos los días la escucho, aunque me da la espalda y la risa se oye para el otro lado. Tal vez se ríe de mí. A veces pienso que nada va a volver a la normalidad y que me voy a quedar durmiendo toda la vida; me asusta, me frena, me desespera pensarlo, por eso voy a pasear por allá, donde nadie se entera más que yo. —Ojo por dónde andas. —Si, ojo… —No sé qué hacer. —¿Con? —Con vos. —Nada, hablar de vos. —Bueno. —¿Qué? —Estoy pensando qué decirte de mí. —Antes no te costaba tanto pensar. —Eso, dejemos de hablar de antes y despueses. Hablemos de ahoras. Ahora, en este preciso instante, estoy viendo una foto en el modular en la que estás vos con Diego, muy hermosa. Es una foto del pasado, pero está en el presente. Es una imagen de algo que fue precioso pero que ya no es; sin embargo, hoy queda eso. Y eso debe conformarnos. También tengo muchísimas imágenes que no están en el modular, ni impresas en ningún lado. Sin embargo, prefiero refugiarme en las cosas que me llenan ahora, como Samanta o León. ¿Qué te llena?

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—Nada. En realidad sí, pero no puedo hablar de eso con vos. —¿Eh? ¿En qué andás? No me vas a venir ahora con que el tipo con el que andás es milico, o algo así. —Sí, era eso, me descubriste. —Cada vez me cuesta más saber cuándo hablás en serio y cuándo no. —Nunca. —¿En qué andás? —¿Para qué querés saber cosas que no vas a entender? —¿No se trata de eso, acaso? —Sí, pero no en personas como vos. —¿Ahora yo soy un mal tipo? —No, corazón, sos un tipo bárbaro. Pero también te volviste más blanco que nunca, eso me aterra. —Me parece que estás proyectando la oscuridad de tu ceguera en temas que nada tienen que ver. —Mucho, te equivocás. Desde que no veo, veo todo lo demás. —Que sería… —A mí misma. A vos. A mi hermana. —Vas de mal en peor. ¿Adoptaste una hermana? —No. Me adopté a mi misma y me desadapté de todo aquello a lo cual estaba adaptada. —No entiendo un carajo. —Bueno, me voy. —¿A dónde? —Del teléfono. —Pero tengo como veinte minutos más.

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—¿Porque una oferta del mercado te de la libertad de consumir determinada cantidad de su producto en una promoción tenés que agotarlo? —…

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Soy un pelotudo. Definitivamente estoy haciendo las cosas muy mal, no puedo cortarle el teléfono así. Es mi diosa. ¿Cómo caí en esto? Esta mujer no baja el volumen, no deja de aturdirme. Pepe, salí de acá, ¿querés? Necesito estar tranquilo y no puedo con vos jadeándome al lado, no me dejás pensar así. León. No puedo traicionarlo. Pero Abril me necesita. Puta disyuntiva, puto Sartre. Puto yo. No tendría ni que pensarlo. ¿Cómo voy a dudar?, ¿quién carajo soy para hacerlo? En cuanto cobre el aguinaldo voy a pintar esas paredes, es un asco la humedad. Salí, Pepe. Andate. ¿Para qué mierda la hice hablar si sé lo que le duele? Al final, soy un egoísta más y ella tiene la razón, como siempre, para siempre, por toda la eternidad. No existe la eternidad. Qué lindo tener a León esta noche en mi cama, esa familia de mierda que tiene. Es verdad, no soy feliz. Y ahora llorando como un maricón. Llorando como un nene. Como una persiana cuando se cierra de golpe. Qué buena metáfora, tengo que escribirla. No la escucho, no la escucho. Me voy. Sí, no puedo pensarlo tanto. Qué poca cosa. El tipo de la farmacia todavía debe estar riéndose de mí. Tendría que tener un anotador al lado de mí cada vez que hablamos, así no me pierdo los detalles. O podría grabar las conversaciones, así puedo registrar los cambios de voz. La cadencia, la monotonía. Está muy mal. ¿O seré yo el que está así y mi grasa no me deja verlo? Capaz que estoy tan blanco como dice ella, pero necesito saber qué quiso decir con eso y por qué me volví así y en qué momento. Qué bronca me da el volumen del televisor. Mamá. ¿Qué haría con mamá? Siempre haciendo todo tan complicado y buscándole la quinta pata al perro. Pepe. Si hubiera agua caliente me daría una ducha. Pero Samanta se quedaría sin poder bañarse cuando llegue. Qué tarde que es, qué raro que aún no haya llegado. Ahí está, princesa, basta con nombrarte. Se me debe notar muchísimo esta cara, los rastros de las lágrimas, ojalá no venga directo para acá. —¡Hola, pá!

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—Hola, princesita, vení acá, ¿cómo te fue? —ella no pregunta porque prefiere no saber, se da cuenta de las cosas. Empieza a desarrollar un monólogo sobre su clase de la espantosa danza clásica y yo no puedo sacar de mi mente a un pato en el agua ahogándose, pataleando, entre la neblina, de golpe hace frío y el pato tiembla por él y por el miedo, sabe que va a morirse, si otro animal quisiera salvarlo sería para comérselo, aletea, patalea, Samanta no se calla—. ¿Qué querés comer? —La abuela está cocinando —ah, la abuela. La abuela, mamá, que mira el noticiero y qué está mirando y qué leemos en el diario. Los dedos pueden ser una pinza gigante o atormentarnos con caricias maliciosas. Me parece que ya se ahogó, hace un buen rato. Qué largo tiene el pelo, Samanta, qué grande que estás—. Papá. —¿Qué? —¿Vamos? —¿A dónde? —A comer, nos llama la abuela —sus ojos buscan alguna explicación que no puedo ni quiero darle. Caminamos de la mano por el corto pero eterno pasillo de baldosas beige mientras no siento ningún aroma que me indique cuál será la cena. Mamá está de espaldas y podría parecer un cadáver. Tal vez me hace mal hablar tanto con Abril.

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Nunca entendí por qué comprendía tan bien tu idioma. Cuando me contaste lo de Kreeh6 y lo de Krren7 y que antes, nosotras, naa8, aquí, en esta tierra, éramos lo único. Me asustan algo sus creencias, pero poco a poco caí en la misma trampa que ellos. En la primera. No en la de los blancos, en la mía. Pensar que mi sangre, alguna vez, fue europea y hoy está tan limpia gracias a tus conjuros, Lola, Lola querida, si te permitieran animarte a un poco más, tan fuerte, tan hermosa. A veces amanezco con los ojos muy sucios, siento la arena y que agradezco algunas de las tantas cosas que aprendí. Cuando me arrancaron ese sentido supe que nunca más sería la misma, desagradable, viciada de colores que nada tienen que ver con la historia de la cual vengo. Contame más, sufrida, que por una de esas casualidades el tiempo puede terminar de asesinarme. No me dejes pensando en cómo se hace, contame vos, guiame, que ahora me hacés tanta falta… Esa noche, en la que me llevaste a conocer el último hain9, por primera vez comprendí que era mucho más que una fantasía. ¿Cómo hago para que Juan Pablo lo entienda? Tan pálido que es, tan estropeado por esto que está por acá alrededor de mí y de los muertos. Hace una semana supe que pronto Samanta estaría con nosotras. Puede que no logre comprenderlo, él, que le duela demasiado, pero no va a dejar su mundo por acompañarla. El tiempo parece hacerme muecas de descontento. Hoowin10. Tal vez es una de sus máscaras y no lo noto. O quizá sea el aire, que apenas me roza el rostro y ya me está susurrando algo al oído. Lola, quedémonos acá para siempre, no quiero volver ahí, a esa claridad tan oscura, por favor. Imaginátelo, por un instante, una gran sombra que come

6 7

Luna Sol 8 Mujeres 9 Ceremonia de iniciación masculina en la cual abundan los maltratos sexistas. 10 Tiempo mítico

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todo a su alrededor, con kaspi11 que aparecen sin que los veas por atrás de vos, por tus costados, sólo ves sus ojos brillantes en el medio del vacío y de la desolación. A veces pienso que esto podría terminarse y me quedaría guardada en ese cajón sin agujeros para respirar de por vida. Ojalá que no, Lola. No sé si depende tanto de mí. ¿Qué vas a cantarme hoy, compañera? ¿Qué tenés para decirme de todo lo que viene pasando a tu alrededor? No voy a esconderme esta noche otra vez ni rezar a un dios que no me pertenece, la guerra comenzó hace demasiados años como para detenerme. ¿Y si digo la verdad? ¿Y si miento? Por cuántos pasillos de loqueros caminaré tratando de elegir la puerta correcta, la cinco o la seis, y otra vez, tantas nuevas, mirá si llegara a girar la manija equivocada, ¿qué diría él? ¿Qué dirías vos? ¿Seguirías existiendo? La cinco, pero tal vez la seis, también podría sentarme entre medio, en el piso, a esperar dormirme y optar en función del lado para el cual primero se me incline la cabeza al lograrlo. Hacia la izquierda, me diría Juan Pablo, seguramente hacia la izquierda. Sabés tanto como yo que los espejos no existen si el agua no está en movimiento. ¿Qué carajo es ese invento, esa petrificación del dolor o la nostalgia, que se mezcla con insultos que provienen de una imagen demasiado similar a la propia pero en nada parecida? ¿Y si muriera esta noche, Lola? ¿Te quedarías conmigo?

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Espíritus

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Mate lavado y frío, es lo único que puede dejarme en la mesada. A ver si hace lo mismo en esos lugarsuchos por los que anda. A ver si se hace cargo de su hija alguna vez. Vení que te peino. Vení, te digo. ¿Te lavaste el pelo sin ponerte crema de enjuague otra vez? Mirá lo que es esto, un asco. ¿Cómo querés que haga? Andá, ponete crema de enjuague. No me importa, así no salimos. No hay más leche, ¿qué querés desayunar? No podés salir en ayunas, te preparo un té con mucha azúcar. Desenredate vos, mejor, hace mucho frío. Y secate el pelo, que te vas a enfermar si salís así. Vení a desayunar. Guarda, que está caliente. A ver, mirá lo que es ese guardapolvo, si lo hubieses tenido hecho un bollo adentro de una bolsita de plástico húmeda estaba menos arrugado… Tu padre, ese es tu padre. Muy afeminado para lo que le conviene, pero de hacer algo de la casa mejor ni hablar, ¿no? Cuándo caerá al fin con una mujer que haga todo lo que hace falta acá, que lleve los pantalones. ¿Quién es? Hola, pasá, querida, estaba por llevar a Samanta a la escuela, ¿vamos? Samanta, apurate que está tu tía y quiere darte un beso. Mejorate esos mates, por favor, en cinco minutos vuelvo. ¿Cómo puede hacer este frío en esta época? Parece pleno julio. Esto es el calentamiento global, ¿sabías? Ya lo vas a ver en la escuela si es que a tus maestras se les ocurre de una vez por todas tratar de que las cosas te entren en la cabeza en lugar de estar todo el tiempo pensando en bailar. La culpa es de tu padre, ¿eh?, que te mete esas ideas raras y te apaña en todo lo que querés hacer. Mirá, un gato negro muerto. Es la naturaleza, nena, qué ponés esa cara. Dame la mano. Bueno, portate bien. Nos vemos a la tarde, no hagas renegar a nadie. ¿Cómo anda, doña? Ay, nena, no sabés el fresco que hace. Dame uno calentito. Claro, tu hermano tiene el calefactor todo el día en piloto para no gastar, de rasca que es nomás. ¿Vos cómo estás?

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Y sí, te entiendo. Pero mejor, es lo mejor, estoy segura, ya vas a ver. ¿Por qué no te venís a vivir acá? Acá, a lo de Juan Pablo. Necesitan una figura femenina y yo ya estoy muy vieja para eso. No, dejalo afuera, sino entra a romper todo, el bestia. Tampoco es gran cosa, nena, un tiempo nomás, además de paso te ahorrás el alquiler. A ellos les haría muy bien. Y a vos también, te mantendrían distraída. Pensalo, es cuestión de decidirte, tu hermano estaría chocho. Sí, Irina, seguro, si él lo necesita más que vos. No solamente por la plata, que le vendría bien, sino por la crianza de la piba. En cualquier momento va a venir a visitarla la abuelita del campo y no va a saber quién es, ¿cómo puede ser eso? No, querida, si ni siquiera se habla con las compañeritas, vive en su mundo, abstraída, me hace acordar a la inútil de la madre. A esa sí que si algún día me la cruzo, mirá, no sé que soy capaz de hacer. Todo el día con ese aparatito vos, ¿no podés dejarlo un rato mientras charlamos, aunque sea? Nada, quiero contarte algo y que me prestes atención. Me voy a Europa. Sí, eso. Me voy. Roberto me mandó un pasaje, sin regreso. Sí, algún día sí, pero por el momento quiero ir con la tranquilidad de que puedo estar todo el tiempo que quiera. Ojo que tu hermano no sabe nada todavía. ¿Y qué le voy a decir, si cuando viene no me da ni bola? Además, se va a calentar, ¿quién se va a ocupar de su piba cuando me vaya? No, mi amor, no es por eso. Bueno, en parte tenés razón, pero no es únicamente por eso. ¿Cómo vas a hacer para llevar el tipo de vida al que estás acostumbrada si tenés que pagar todo un alquiler vos sola? ¿A qué hora? Ah, bueno. Como quieras. Era de esperar. Andá nomás. Llamame algún día, si tenés ganas. Y pensá lo de tu hermano, que es una propuesta interesante. Da lo mismo, él va a aceptar. Cuidate. Estás muy linda, pronto vas a conseguir novio.

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Timbre. Algo en mí intuye su llegada. Sus llegadas. ¿Qué hago, Lola, qué hago? —¿Quién es? —El cuco. Abro la puerta y no los veo, pero están ahí. Juan Pablo y Samanta me miran extrañados sin animarse a esbozar palabra. Él me abraza como si me estuviera muriendo de verdad. La nena me rechaza, puedo percibirlo en su respiración y en el ritmo deshuesado de sus movimientos. —Muda no estás, ¿no? —No. —Ey, ¿no te alegra vernos? —Sí, sobre todo verlos… Voy a preparar mate. Siento en mis ojos a los de ellos llenarse lágrimas. Pobre Juan Pablo. Lo adoro. Me inunda de culpa esta realidad, pero a la vez me libera tener la certeza de que no estoy obligada a fingir con él. Me aflojo. —Vení para acá, hermosa, que quiero darte unos besazos en esos cachetes. Ella viene y su temperatura me angustia más que los ojos borroneados por el agua de su padre. Ella viene y siento la tela con la que está envuelta, me duele. Le digo que ahí está la tele, que se ponga cómoda. Pero la tele no está más, parece. Juan Pablo me sigue hasta la cocina y se me acerca al oído. —Ni pienses en intentar seducirme. —¿Qué carajo te pasó? —¿A mí? —Sí, obvio que a vos. ¿Qué hacés así? —Ahora soy así, Juan Pablo, así que te voy a pedir por favor que no interfieras en mi vida.

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—Okey, ¿qué le digo a Samanta? ¿Que te volviste loca y andás en pelotas envuelta en un animal? —Calmate. Si me vas a llenar la casa de esa energía prefiero que te vayas por donde viniste. —No te entiendo, no te entiendo. Juan Pablo se agarra la cabeza, se aprieta deseando profundamente lastimarse pero sin el coraje para hacerlo. Solloza. Sería imposible que entendiera. No hay espacio en su mundo para el mío. Por eso los europeos nos aniquilaron, tanto tiempo después, antes. Lola me dice que lo ignore y me toma de la mano. Vamos, Lola, sabés que te sigo. Llegamos a su kauwi12 y empieza a cantar. Yo lloro como si hiciera siglos que no me sucedía. Por qué. Por qué tengo este tamaño. Eso no puede cambiar, me dice Lola, y sigo llorando. Pero podrías traer a Samanta. ¿Eh? ¿A Samanta? ¿Cómo? ¿No soy yo la única que puede? Juan Pablo me mataría, aunque tuviera la certeza de que no hay nada mejor. Es imposible que alguien como él comprenda un poco de todo esto. Igual, yo las voy a ayudar. Nunca más un hombre las va a oprimir, se los juro. Tampoco un blanco, que no son hombres, sino monstruos.

Abro los ojos y siento el movimiento involuntario de mi cuerpo. Me llevan. Escucho voces de gente frecuente. —¿La conocés? —Sí. Pero vivo en Córdoba. ¿Qué tiene? —Siempre le pasa esto. —¿Está enferma? —No.

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Vivienda.

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—¿Entonces por qué se desmaya? ¿Qué tiene? —Está loca. —¡No estoy loca! —alcanzo a gritar pero creo que nadie me oye— ¡Estoy viva! —Despertate, Abril —es Lola que no sé desde dónde me habla y aún no quiero seguir su voz, quiero quedarme escuchando. —¿Cómo que está loca? ¿Qué le pasa? —Tiene delirios. Las primeras veces que sucedió creíamos que consumía algún estupefaciente, pero le hicimos todo tipo de análisis y descubrimos que estábamos equivocados. Es su propia mente la que la lleva y la trae, es peligrosísimo. —¿Me estás jodiendo? ¿Desde cuándo está así? ¿Por qué nadie me avisó nada? —No sabíamos de su existencia, ella nos había dicho que no tenía familia. Las alucinaciones empezaron desde el accidente, nunca pudo superar perder la vista. —Pero la va a recuperar, ¿no? —Clínicamente debería ver. Cuando estudiamos sus pupilas, incluso, notamos respuesta. Abril tiene graves problemas psíquicos. —Entiendo. —Perdón. ¿Sabe quién puede ser Lola? —¿Lola? No, no conozco a nadie con ese nombre. ¿Por qué? —Porque es la persona con la cual más se comunica en sus trances. Supusimos que sería alguna parienta o alguien cercano en su vida. ¿Perdió a alguien cercano, además de a su marido? —No. Nunca tuvo muchos afectos. —Señor, lamento mucho que no haya tenido conocimiento de lo que Abril estaba pasando. Al mismo tiempo, de haber sabido nosotros que ella aún tenía a alguien cercano lo hubiésemos contactado de inmediato. Lo lamento, de verdad.

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—Pero, ¿se puede curar? —Es muy difícil. Quizá podría intentar convencerla de que se interne, pero, conociéndola, no creo que acepte. —No, no lo aceptaría. Pero yo tampoco dejaría que la internen, con todo respeto. ¿Qué es lo que le inyecta? —Sólo suero. Se alimenta muy mal y no podría sobrevivir si cada tanto no le diéramos. —No lo puedo creer. Hace años que no la vemos, llegar y enterarme de todo esto es tremendo. ¿Sabe? Vine con su hija, no sé cómo voy a poder resguardarla. —Nunca habló de una hija. —Eso es lógico, es una historia muy compleja para explicarle, pero nunca se sintió madre, no quería tenerla. Por eso me hice cargo yo. —¿Cuántos años tiene? —Diez.

Todavía me sale vapor de la boca, las palabras se convierten en un humo acuático que no se escucha para los demás. Ellos nunca me escucharon, Juan Pablo tampoco lo hará. Sos la única que puede saber lo que digo sin que lo pronuncie. El hain comienza la semana que viene y tenemos que estar preparadas, Lola. Pero, para eso, Juan Pablo y Samanta tienen que estar lejos, no pueden quedarse acá. Tampoco puedo arriesgarme a exponer a la nena a algo así sin que entienda nada, tiene que estar preparada, saber defenderse. Y no puedo abandonarlas a ustedes en este momento. Es una elección, nada más. Juan Pablo y la nena o ustedes. Sabés que no va a costarme demasiado, pero Alejandro le está llenando la cabeza con sus teorías médicas y psicoanalíticas que en su especie consideran avances. Avances de qué. Si no paran de caminar hacia atrás, sobre sus propias pisadas, sobre sus propios orígenes, sobre sus propias cabezas. En esto se

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convirtió la sangre que supo correr por algunas venas. Acá yacen todos y cada uno de los nuestros. Bajo sus pies, que no paran de lengüetear el piso como perros en busca de una mancha de comida. Me tiembla el cuerpo, Lola. No quiero que me sueltes ahora, por favor, agarrame fuerte; no quiero irme con él, me va a llenar de preguntas que no quiero responder, ayudame, por favor, por fa vor, por…

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—Hola, mamá. —Hola, querido, ¿cómo estás? ¿Cómo está Abrilcita? —Bien, estamos bien. —¿Seguro? Se te escucha afligido… —No, mamá, estoy bien. Estamos bien, Samanta te manda un beso. —Otro para ella. Abrigala bien, que se va a engripar. —Oíme, ¿te acordás de Cristian Ramos? —Mmm, no… ¿Debería? —Cursó conmigo toda la secundaria, mamá. —Ah, ¿el que se volvió medio loco? —No, mamá, no se volvió loco. Es psíquico. —Bueno, supongamos que sí. Tiene su centro de estafas a dos cuadras de la peluquería de Clotilde. —Necesito que vayas a verlo. —¿Yo? Ni mamada, yo no entro a esos lugares, me dan miedo. —Mamá, por favor, necesito contactarme con él y no sale en ninguna guía ni en Internet. —Pero, ¿para qué lo necesitás? ¿Estás bien? ¿Le pasó algo a la nena? Dios me libre… —No, mamá, es porque me encontré con un muchacho que era muy amigo de él y quiere reencontrarlo. —¿Otro de tus amiguitos? —No jodas, mamá, por favor, ¿podrás ir a verlo? —¿Y qué le digo? ¿Que te fuiste a donde el diablo perdió el poncho y te encontraste con quién?

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—Nada de eso, no le des explicaciones, decile que necesito hablar con él y que te dé un número de teléfono para ubicarlo, yo me comunico y le explico todo. —Bueno, el viernes tengo que ir a hacerme las raíces, aprovecho y paso. —No, necesito que sea hoy. —Vos estás chiflado, nene, mirá que con lo que está lloviendo yo me voy a atravesar la ciudad por un número de teléfono. —Fijate, atrás de la máscara africana hay una bolsita con plata. Sacá de ahí, tomate un taxi y yo te llamo en una hora más o menos para que me des el dato. —Mirá, Juan Pablo, va a venir a cenar Federica y quiero esperarla con la casa en condiciones, lo lamento muchísimo, pero vas a tener que esperar. —Okey. La persona con la cual necesito comunicarlo me dijo que si no habla esta misma noche por teléfono con él, se suicida. —¿Eh? Siempre rodeado de gente tan normal, vos. —Por favor… —Bueno, pero dame dos horas. —En dos horas te llamo. Gracias, mamá, te quiero mucho.

—Hola. —¿Me das el número? —Ay, nene, si vos supieras el antro en el que trabaja este Cristian, que no es más Cristian, por cierto, me dijo que lo llamara de otra forma que no puedo recordar porque es muy difícil. Su nombre espiritual, dijo que era. —Dame el número. —4338977.

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—Gracias. —¿Le decís a Samanta que la extraño? —Sí, le digo. Gracias por todo. Te llamo en estos días.

—Hola, necesitaría hablar con Cristian Ramos. —Antu. ¿Quién habla? —Sí, qué tal, necesitaría hablar con Cristian Ramos, por favor. —Soy Antu, ¿con quién hablo? —Mi nombre es Juan Pablo Lía, un viejo amigo de él, necesito encontrarlo urgente… —Juan Pablo, querido, estuvo tu madre hoy aquí. Qué alegría escuchar tu voz, aunque siento una energía muy desesperada. —¿Cristian? —Cristian no existe más. Soy Antu de ahora en más y desde hace varias vidas. —Necesito tu ayuda. Estoy en Tierra del Fuego. —A tus órdenes. —Una amiga está muy mal. Tiene serios delirios y no sé cómo ayudarla… Dicen que físicamente está bien. —Primero, sacate el término delirio de la boca. Vas a tener que traerla. —Lo sé, pero no hay forma de moverla. No puedo llevarla. —No puedo hacer nada a la distancia y no conozco a nadie por allá que pueda ayudarte. Perdoname, pero no puedo serte útil. —Sí. Necesito que vengas. Te pago el pasaje de venida y de vuelta, el mejor hotel más tus honorarios duplicados, por favor. —Dejame pensarlo, es muy arriesgado, no puedo dejar a toda esta gente acá. —Por favor, Cristian, digo, Antu, hago lo que sea…

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—Dame hasta mañana. Si no logro contactar a nadie que esté más cerca para darte una mano y no se me complica demasiado, voy. Pero no te prometo nada, ¿eh? —Bueno, Antu, te estoy profundamente agradecido. Te llamo mañana. Un abrazo.

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Miro a mi alrededor y logro ver todo con claridad. Los ojos que me faltan en las tierras colonizadas superan todos mis sentidos en estas, tan puras, tan nuestras. Los klóketen13 ya están a prueba, los preparativos en marcha. Falta poco. Se ve a los hombres muy excitados y a las kai klóketen14 muy tristes. Temo no llegar a ver lo que viene, pero creo que más temo verlo y no tener la fuerza para protegerlas como se merecen. ¿Es cierto que soy invisible para los hombres? No lo sé. Prefiero creer que ellos son invisibles para mí. ¿Cómo aguantan todo esto? Qué increíble que en su sociedad nadie pasara hambre… En la otra, la de ellos, el hambre es una de las imágenes más recurrentes. La gente se pelea por ser superior, y la superioridad en esta raza está relacionada con el poder y la posesión. Se les nota en las caras la miseria de no saber cómo sigue una historia escrita con sangre, con maldad y con soberbia. Sus sonrisas son tan artificiales como los cauces de ríos que inventaron alguna vez y la misma tierra se encargará de demostrarles lo contrario. Se cortan las cabezas unos a otros con tal de subir un poco más a esa montaña que consideran el cenit de la existencia, cuando no han gozado siquiera del placer de inspirar profundo y dejarse llevar por el helado viento que cada vez que lo necesito me trae hasta acá, de tu mano. De tanto en tanto me pregunto a mí misma por qué yo tengo esta posibilidad y nadie más —¿nadie?—, por qué si la gente común, como era yo, aprendería tanto de su cultura y de su forma de cuidarse unos a otros. Me gustaría saber dónde está de verdad el sho´on 15 y qué tan lejos de él estamos para el resto de los mortales. Que sus lágrimas, en vez de convertirse en chalu16, inunden las zonas en las que viven los egoístas, los ambiciosos, los avaros por culpa de los cuales tantas personas viven sin dignidad.

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Novicios que se iniciarán en el hain. Madres de los klóketen. 15 Cielo. 16 Lluvia

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Quisiera tener el wáiuwin17 y matarlos. Sé que no me hace bien el odio, no me alimenta, me desnutre de inteligencia, pero a vos no puedo mentirte a estas alturas o bajezas. El shénu18 pega en la persiana acercándome a tu voz de a pequeños susurros de un color extraño, apastelado, algo pegajoso, pero agradable. Me gustaría poder escribir ese sonido, pero ustedes no escriben, sin intención de señalártelo como defecto. Cuánto tiempo más podré dudar así, meciéndome como una hamaca entre dos realidades tan distintas de las cuales una no me satisface. ¿Existe esa posibilidad? ¿Podría irme para siempre de acá y no volver nunca más? Tengo miedo. Más que de costumbre. Temo que Juan Pablo quiera amarrarme a una vida que no es mía, como lo hicieron ellos con ustedes. No soy su pertenencia, no le pertenezco a nadie, ni a él ni a sus costumbres de tan mal gusto. No quiero que Samanta esté en el medio, necesito resguardarla de algún modo. Estoy escuchando los pasos de él acercarse. Prende la luz al entrar, acerca una silla a la cama y comienza a leer esa carta que no hace falta repetir, porque conozco de memoria. Pero lo hace.

Veintiuno de junio. Juan Pablo, estoy desesperada. No sé cómo voy a hacer que esto te llegue, siento que se me está nublando la visión y sos la única persona a la cual puedo recurrir, aunque me duela lastimarte. Diego se murió hace unas horas. Y yo me estoy muriendo. Afortunadamente nunca perdí la costumbre de escribir a oscuras, como cuando vivía en lo de mis viejos. No llores, por favor, que no parezca una despedida. Si estás llorando no sigas leyendo. Y si vas a seguir, por favor, ni se te ocurra llorar.

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Poder del chamán. Viento.

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Quiero que Samanta sepa todo de mí, te ruego que no le inventes el cuento con final feliz de la madre perfecta que se murió; soy yo, fui esto, una mujer que no supo ni quiso ni pudo tenerla, cuyo mayor deseo era sacarla de su cuerpo mucho antes de que fuera una persona. Que su progenitor era un hijo de puta y por suerte apareciste vos, que sos el mejor padre que pudo haber recibido. Me estoy muriendo sin haberla besado una sola vez… Te estoy mintiendo: en el fondo no me importa. Juan Pablo hace una pausa y esboza una risa que intenta ser irónica, pero es triste. Vos sí me importás. Mucho más allá de Diego, sos el hombre de mi vida, porque estás de otra forma, aunque no cojamos, aunque no queramos dormir juntos ni besarnos en la boca; mucho menos proyectar tener hijos. Te amo, desde un instinto profundamente desinteresado y liberador. Sos el mejor amigo con el cual podría haberme topado. De alguna forma, vos y yo nos encontramos, no importa a qué se lo atribuyo o a qué se lo atribuís: pasó. Y ahora paso yo. Paso de esta vida que no venía dándome buenas cartas, terminó de derrotarme. No quiero sobrevivir. Si salgo de esta, voy a seguir estando muerta, viviré un infierno terrestre al que estaré condenada para toda la eternidad. Y vos, mejor que nadie, sabés a qué me refiero y por qué. Si te la jugás vas a ganar, Juan Pablo. Tendrías que sacarte esas esposas que te amarran los brazos hacia atrás y comenzar a andar como necesitás. Gordo, ya prácticamente no percibo luz. Esto se está terminando. Y no quiero seguir asustándote con mis propios miedos. Decile a Samanta, cuando hables con ella, que si hubiese salido de otro cuerpo, si la hubiesen concebido otros padres, jamás hubiera recibido todo el cariño que por el resto de sus días va a recibir de vos. Cuidate mucho. Pero mucho. Te adoro. Abril

Abril, y no le pusiste el punto final, porque en el fondo creías que la cosa iba a ser así y no de otra forma. Pero ya le habías pedido a la mina que iba para capital que despache

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desde allá, como si de acá no salieran cartas, como si estuvieras en el medio de la jungla o el desierto. No importa. De alguna manera llegó a mis manos y te la leí cientos de veces en silencio. Por qué hoy me hacés esto. Por qué te lo hacés a vos.

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—¿Dormiste conmigo? —No, pero me despierto con vos. —Hace un montón que no tomo mate. —Mejor, entonces. Vas a recuperar el tiempo perdido mientras esté acá. —¿Hasta cuándo se quedan? —No sé, no hay apuro. —Sí hay apuro, yo tengo cosas que hacer. —¿Qué cosas…? Dejá, no me cuentes, no hablemos de lo que hay que hacer, disfrutemos este momento. Amarguito para usté. —Gracias. —¿Por qué? —Por leerme la carta anoche. —Yo no te leí la carta. —No hace falta que me mientas. Cuando duermo sigo existiendo. —Lo sé. —Tampoco hace falta que vos también estés a oscuras, levantá la persiana, haceme el favor. —¿No ves nada? —Depende. —¿O sea que hay momentos en los cuales ves? —No, momentos no. —¿Entonces? —Es muy largo de explicar, corazón. Pero no, a lo que vos te referís con ver, no, no veo nada de nada.

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—Estás más linda hoy. Tenés un brillo distinto. Samanta sigue durmiendo, perdí la cuenta de la cantidad de horas que hace que duerme. Tiene a quién salir… Decime, morocha, ¿vos todavía me querés tanto como decías en la carta a mí? Quiero decir, ¿no se te pasó con los años y ese malhumor prominente que te fue poseyendo desde esa época? —No. Te quiero como entonces, pero las cosas cambiaron. Antes tenía una necesidad intrínseca, casi natural, de aferrarme a algo o a alguien, ¿te acordás? Siempre tenía la excusa perfecta para tener una persona en quien depositar absolutamente todos mis triunfos y frustraciones, nada era mío. Las olas podían romper contra la arena y escribir un poema que, para mí, lo habías escrito vos. U otro. Cuando era chica tenía una muñeca, decía que era la novia de Trapito por el machismo inculcado por mis viejos, me la había hecho una de las abuelas para un cumpleaños. Nunca nadie lo supo, pero ella era una especie de psicóloga para mí y, al mismo tiempo, la única que podía saber lo que otros no. A veces armaba una especie de carpa con la almohada y las frazadas, para que otras muñecas no escucharan, y le contaba mis secretos. —¿Ves? Hoy tenés otra luz. —No jodas. ¿Cómo dormiste? —Bien, salvo porque una canilla estuvo goteando toda la noche y no logré descubrir cuál era para cerrarla. —No es una canilla. Es el deshielo, la canaleta. Qué poco sabés de la vida, gordito cordobés. —Sí, puede ser. Ahora desayunemos tranquilos, que después de que tengas la pancita llena quiero hablar con vos. —¿Qué pasó? —Nada grave. No te preocupes, desayunemos.

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—Buen día. —Buen día, preciosa, ¿cómo estás? —Con hambre. Hola, tía. —Hola, tenés los ojos hinchados. —De todo lo que durmió, pobrecita, parece un sapito, pero el sapito más hermoso del mundo. —¿De qué hablaban? —Los nenes no tienen que preguntar de qué hablan los adultos. —Pero yo soy nena, tía. —Y no me digas tía. —¿Puedo ir a afuera? —No, primero vas a desayunar con Abril y conmigo, después te vas a abrigar muchísimo y, cuando parezcas una muñeca de nieve que no puede ni moverse, recién podés salir.

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Esa mañana, bien temprano, hicimos el amor. Diego salió del baño con una cara de dormido que inspiraba demasiada ternura y volvió a meterse en la cama sirviéndole de excusa el frío que hacía y la estufa rota, que desde entonces nunca más funcionó. Mientras estaba encima de mí sentí, por algún extraño motivo, que iba a ser la última vez. Luego, abrazado con mis piernas como lo tenía, le dije palabras demasiado cursis para lo que acostumbraba y él lloró, creo que por primera vez. Ambos teníamos esa intuición, pero la cobardía no nos permitía pronunciarla. La cobardía. Si al menos un cuarto de la humanidad no fuera cobarde, no habríamos llegado a estos extremos. Recuerdo como si fuera ayer que dejó su mano bajó mi nuca, como si sostuviera la cabeza de un bebé a la cual teme dejar caer, mientras no separaba ni por un instante sus ojos de los míos, como jamás sucedía. Tal vez eso, ese gesto, fueron las palabras que no exteriorizamos con la voz. Quizá, con esa última mirada se fue mi capacidad de mirar todo lo demás, que no significa nada comparado a esos ojos. Nos duchamos juntos. Él se cambió rápido, como de costumbre, y fue a preparar los mates para desayunar. Yo demoré un rato más y, cuando terminé, fui hacia la cocina prendiendo las luces del pasillo y la tristeza que se iba gestando dentro de mí por anticipado. Mateamos en silencio, comimos bizcochitos ─viejos y duros─, y nos abrigamos para salir. La noche más larga del año. Todavía sobraban los borrachos festejando aún no sé qué por las calles y las veredas, las botellas abundaban como si fuera un feriado o empezaran las vacaciones de invierno. El auto tardó en arrancar y, mientras tanto, Diego me acarició la cara con una dulzura que no le correspondía. Yo besé sus dedos y luego me apoyé sobre su hombro hasta quedarme dormida otra vez. Cuando me desperté ya habíamos hecho unas cuantas cuadras y el auto estaba quieto, detenido por un impacto que no había escuchado. Estaba en la misma posición que antes que me durmiera, pero

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no tenía pulso. No había manchas de sangre ni tenía golpes a la vista. La sirena de la ambulancia se oía cada vez más fuerte y yo intentaba que reaccionara para decirle lo que sentía por él una vez más, antes de que se fuera para siempre. En cuanto lo sacaron del auto empecé a sentir un dolor muy fuerte y pude ver que un fierro me atravesaba el estómago y que sí había sangre. Nuevamente me dormí. Al despertar estaba en la camilla del hospital y el tipo ese que creo que está muerto me decía que Diego no había sobrevivido al accidente. Y que era un milagro que yo estuviera consciente en tan poco tiempo —tres días, dijo, habían pasado—. Pero no creo en los milagros, así que asumí que en pocas horas me moriría y decidí que el único que tenía la dignidad de recibir una nota de mi parte era Juan Pablo. Nunca me había enamorado. Cuántas cosas puede cambiar esa mezcla de cariño y pasión que nos invaden cuando alguien toma una forma poco sofisticada en nuestra vida. No quiero enamorarme nunca más. Aprendí que los hombres o son unos hijos de puta o se mueren. Esa es mi experiencia. O Juan Pablo.

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—Yo abro. —Preguntá quién es, acá nunca viene nadie, menos golpeando la puerta.

—Te presento a Antu. —Hola. —Yo los voy a dejar solos, porque quiero que se conozcan tranquilos. —¿Y León? —No, Abril, no es mi pareja. Los dejo.

—Abril, ¿no? —Sí, acaba de nombrarme Juan Pablo. —Tenés un aura muy pura. —Mirá vos. —No simules que no sentís nada, sé que percibís que voy a entenderte. —No hay nada que tengas que entender o dejar de entender. —¿Segura? —Sí. —Estuve investigando un poco… —¿Sobre? —Lola. —¿Qué tenés para decir de Lola? ¿Qué sabés? —Lola Kiepja, ¿no? —Sí. —No te pongas así, quedate tranquila, nada de lo que hablemos nosotros lo va a saber nadie.

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—¿Puedo confiar en vos? —Obviamente. —Lola me rescató el día del accidente. —¿De qué te rescató? —Del dolor. —¿Y cómo lo hizo? —Llevándome a su realidad. —¿Al pasado? —Algo así. —¿Cómo sería ese “algo así”? —El tiempo, en esa época, corre al revés. Quiero decir: cada vez que voy es un día o muchos días antes. Esto hasta que pueda quedarme. Por ejemplo, hace unos días faltaba una semana para el hain. Ahora faltan diez días. ¿Entendés? —Más o menos. —¿Más o menos entendés o más o menos me creés? —Creerte te creo, es innegable la convicción con la cual me contás esto, me daría cuenta si me estuvieras mintiendo o fueras consciente de que lo hacés. —Entonces me tomás por loca. —No, para nada, confío plenamente en este tipo de experiencias. —No te creo. —Vamos a hacer una cosa, si te parece bien. Ahora te vas a relajar, te vas a ir a dar una vuelta o a tomar algo con Juan Pablo y, al noche, cuando él y Samanta duerman, incursionamos un poco más en lo que te está pasando. —No quiero drogas. —Sin drogas, prometido.

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Eras tul-úlichen

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cuando por primera vez me tendiste tu mano y seguís siéndolo hoy,

cuando te brindás por completo a salvarme. No creas que soy yo quien te ayuda, las ayuda, son ustedes quienes me sacaron de ese infierno. Me resulta poco probable que él esté ahí adentro, no es su estilo, pero si es así y lo recupero sería la mujer más feliz, aunque es probable que sólo me despida o intente hacerle cambiar de parecer. Sería poco verosímil que de un hain a otro puedan resucitarlo, por más que nuestro tiempo no sea el mismo que el de esta realidad. El clima frío va a pasarse rápido, entonces será un mal recuerdo la cabeza de ese niño apoyada en la nieve y ésta derritiéndose con su sangre temprana y espesa. ¿Cuánto vale la dignidad, Lola querida? Debería preguntarte cómo es que son estos avances hacia atrás, tan extraños, se hamacan burlándose del calendario gregoriano, sobre todo en mí, con esta psiquis tan acostumbrada y estructurada. ¿Voy a olvidarme de algo? ¿Sos la única que tiene la capacidad de recordar todo lo que sucede después? Merrem20, Lola, ahora lo mío traspasa los límites de la buena voluntad y se acerca al misterio, tan sensual como traidor, y algo de miedo aunque sepa que vos siempre me protegerás, pese a todo y a todos. Mañana Kreeh estará llena, es posible que alguien deje de existir. Tal vez sea yo. No quiero morirme. Esta vez no quiero morirme.

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Corazón bueno Bien hecho

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Si hubieses conocido a la Abril de aquel entonces, no creerías que sea la misma. No son los años quienes le pasaron por encima y opacaron todo en su vida. Quisiera ser poeta por unos instantes para agasajarla, pero no valdría la pena a estas alturas. Cuando vi a Samanta por primera vez encontré en sus ojos toda la magia del universo. Sabía que era un alma particular, que su historia prenatal no era vana ni mucho menos. Parece que sonara Sinatra en algún lugar de planeta y yo estuviera más cerca de lo que creo. ¿Quién sos? ¿Dónde estás? Algo me dice que podrías darme la fuerza. Samanta quiere respuestas, también, que no sé si puedo regalarle. Una noche, cuando aún vivíamos en la piecita de la pensión de a la vuelta del mercado boliviano y las pilas de libros y películas de las de antes casi no nos dejaban espacio para jugar, ella abrió los ojos abruptamente, como exigiendo algo. Eso exigía. Fuerza. Y a mí. La dueña venía a cada rato a pedirme que no hiciera ruido, pretendía que una beba podía ser muda, aunque que las hay, las hay, pero no era su caso. Nos terminó corriendo, hasta que tuve que buscarme un trabajo normal para darle el tipo de vida que el común de la gente creía que ella merecía. Al principio se quedaba con mamá, mas el principio se fue extendiendo hasta el final, si es que hubo o lo habrá. La tarde que llegué de trabajar y mamá dijo que ella había vomitado y le daba asco limpiarlo, cuando la encontré toda sucia sentada junto a la pila de los libros de Soriano con una sonrisa que la declaraba inimputable, supe que nunca más estaría solo. Pero Samanta también va a partir alguna vez y ya nada tendrá solución. Es impresionante la capacidad que tiene Abril para contagiar su estado. Hasta hace pocos días estaba tan feliz, tan contento, tan León. Hoy no sé cómo carajo hago para seguir respirando. Estoy muy enamorado de ese hombre, pero debo mantenerme a salvo de empezar a amarlo. Si en algún momento el enamoramiento se transforma en amor,

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aunque eso no suele suceder y tampoco a la inversa, deberé replantearme bien muchas cuestiones. Sobre todo las que ella mencionó. Abril necesita alguien a quien amar. No sé qué rol ocupaste u ocupás vos en su vida. No sé si le despertás el cuerpo y el espíritu como merece. No sé si sos una amiga o un orgasmo. No puedo prever lo que pretendés y si se condice con lo que ella pretende, tal vez esa disociación es la que la hace tan infeliz. Pero la felicidad es un placebo que no sirve para nada. ¿O ese era el amor? Da igual. Abril me enseñó que lo único genuino en la vida es sentir y que tanto el amor como la felicidad son impostados. Se pierde la pasión y la aventura, el quiste de la nostalgia que, aunque la sociedad lo pinte de gris, es la razón que nos mantiene en pie. El tumor de la nostalgia. El cáncer de la melancolía como algo intrínseco, íntimo, incompartible. Quizá por eso, porque es sólo nuestra enfermedad, nuestro secreto mejor guardado. Por eso, también, los secretos son tan importantes para una existencia tranquila. Sin secretos todo sería demasiado aburrido, como yo.

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—¿Escuchás mi voz? —Sí, la escucho. —¿Vas a hacerme caso en todo lo que te diga? —Sí. —¿Dónde estás? —En la biblioteca. Es de noche, no estoy trabajando, estoy buscando algo. Voy con una linterna, veo poco. Revisó como con urgencia entre los libros. —¿Qué buscás? —No sé. Pero evidentemente ahí sí lo tengo muy claro. —Bien, vamos a ir un poquito más para atrás, ¿te parece? —No, quiero quedarme ahí. —No nos sirve que estés ahí, porque no sabés qué buscás. —Sí, porque lo voy a encontrar. Tengo miedo. —¿De qué tenés miedo? —De que alguien me encuentre, no debería estar ahí. Me estoy acordando de una voz que me dice que no vaya, que es peligroso, que la única persona que fue a fondo con el tema terminó muy mal. —¿Qué persona? ¿Cuál es el tema con el que no hay que ir a fondo? —No sé. Es un hombre el que me habló. —¿No reconocés la voz? —Ahora sí. Es Diego. —Diego no quería que averigües algo. —No. No quería que me arriesgara. Ahí encontré algo. Un libro de anotaciones parece. Un cuaderno. —¿De quién es?

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—No sé. Sí. Es mío. —Estabas buscando algo que te robaron, entonces. —No estoy segura de que me lo hayan robado. —¿Podés leer algo de lo que está escrito? —Kreeh koosh áixten. Koosh káàten. Significa: Luna cara quemada, cara enfurecida. —¿Sabés por qué escribiste eso? —Sí. Sacame de acá. —No, calmate, tratemos de relajarnos así te quedás un poquito más para contarme. —Kreeh se llevó a Diego por no haberle hecho caso en no ir ahí, sacame de acá urgente. —¿Qué más dice tu cuaderno? ¿Hoy lo tenés con vos? —Ajá. —¿Dónde está? —Lo escondí de los blancos. —Vos sos blanca, Abril. —¡No! Tengo la piel de este color inmundo gracias a esta sociedad que todo lo destiñe, que destruye los colores, las sonrisas. Esa vida era perfecta, salvo por las mujeres. —¿Dónde está el cuaderno, Abril? —En el patio, enterrado. —¿En qué parte del patio? —No me acuerdo. —No me mientas. Decime, por favor, te vamos a ayudar. —No, no me van a ayudar. Vos y Juan Pablo quieren secuestrarme para esclavizarme en este manojo de gente que ni ustedes son capaces de entender. —Abril… —Sacame de acá, quiero salir.

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—¿De qué te sirve golpearte así? ¿Para qué te lastimás? —¿Para qué no lo haría? —Bueno, veo que hacés todo muy difícil. Te vas a despertar cuando sientas mi mano en tu hombro, ¿sí?

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Después de esa sesión, Antu salió a caminar por las nevadas y gélidas calles fueguinas con cierta empatía que no le hacía ninguna gracia. No tardó en notar que era uno de los pocos seres vivos que transitaban a pie a esa hora y con esa temperatura. Entró al bar Roca, a media cuadra de la placita. Un café mediano y una cerveza de porrón mientras repasaba sus anotaciones sobre Abril iban a servirle de compañía, además de la mirada oscura que sentía clavada en la nuca desde su llegada. Estaba demasiado nublado como para presenciar la luna por la ventana, quizás eran los ojos que lo invadían desde atrás quienes la remplazaban. Roca, pensó. Qué reverendo hijo de puta. El bar se fue vaciando y el mozo iba levantando las sillas sobre las mesas exigiéndole que se fuera. La chica de los ojos oscuros aún permanecía allí, sin que él la hubiera mirado. Se torturaba la sien derecha con la goma de borrar del lápiz esperando que el dolor le diera alguna respuesta. La mano que quitó el lápiz de allí tal vez las tuviera. Era Abril. Estaba cambiada, parecía poseída. No le habló. Simplemente inclinó su cabeza indicándole que la siguiera. Salieron del bar y caminaron unas diez heladas cuadras hasta llegar a la biblioteca. Entraron con una llave que ella tenía de cuando trabajaba ahí. En cuanto ingresaron, Abril lo acorraló contra la pared y comenzó a desvestirlo. Su furia contenida parecía que podría ocasionar cualquier catástrofe. Antu desestimó el peligro, desplazado por completo por la excitación sexual. Ella pasaba la lengua por su cuerpo a medida que lo desnudaba, hasta dejarlo sin ninguna prenda y completamente cubierto de saliva. Entonces se arrancó con violencia la ropa, mientras se acariciaba a sí misma con sensualidad atrayéndolo, y se apoyó en la pared invitándolo a tomarla por detrás. Antu la contempló por unos instantes no pudiendo creer la perfección fisonómica de su cuerpo, sus curvas parecían dibujadas con carbonilla sobre el aire. El frío lo obligó a acercarse y la penetró esperando que el placer terminara de quitarle la postura

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constantemente analítica que asumía, pero no logró sentir su cuerpo. La agarró con más fuerza, la penetró con más énfasis, buscando sentir su piel rodeándolo, su suavidad, su humedad. Miró a su alrededor. Estaba desnudo y solo. Abril dormía en su casa.

Se visitó aterrado sin entender cómo había llegado hasta allí, qué podía estar pasando por su cabeza para fantasear de una forma tan extrema que se convirtió en realidad. Caminó hasta la casa de Abril con la certeza de que alguien lo seguía, pero ya no esos ojos oscuros, no era la luna ni nada mitológico. No puede pasarme esto otra vez, se dijo. Al llegar corroboró que su paciente estuviera durmiendo y se sentó junto a una estufa eléctrica improvisada por Juan Pablo a tomar mate. Samanta comenzó a llorar desde su habitación y escuchó cómo su padre la consolaba. La nena le decía que una mujer se la llevaba en su sueño y que había sido demasiado real. Él le explicaba que las pesadillas suelen ser mucho más vívidas que los sueños agradables y Antu recordó que eso no era cierto, sino que lo negativo siempre nos impacta más que lo bello, por eso parecen más reales las pesadillas. Cuando nos cortamos la piel con una hoja, el dolor será más fuerte que el placer de una caricia en el mismo sitio, asumía. Buscó su lápiz para apuntarlo. Pero ya no lo tenía.

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—¿Cómo te llamás? —Samanta. ¿Usted? —Lola. Lola Kiepja. —¿Usted es la que le hace estar así a Abril? —No. Soy la que trata de que no esté así. —Pero cada vez que está mal termina hablando de usted. —Porque Abril es muy buena y está preocupada. —¿Por qué está preocupada? —Porque nosotras no la estamos pasando bien. —¿Quiénes son ustedes? —Sos muy chiquita para entender, no querría marearte… —¿Abril no nos quiere más a mi papá y a mí? —Sí, los quiere y mucho. Pero está obnubilada con una nueva realidad que desconocía. Cuando alguien se encuentra con algo que desconoce tiene dos formas extremas de reaccionar: alejándose por temor o acercándose demasiado, hasta el punto de la obsesión. —Yo quiero saber qué tiene. —¿La querés ver? —Está durmiendo. —No. Esa no es ella. Acompañame. —Mi papá no me deja. —¿Cómo sabés, si no le preguntaste? —Porque lo conozco. Si no quiere que Abril esté con usted, menos va a querer que vaya yo. —Samanta, ¿qué sabés de la llegada de los europeos a esta tierra?

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—Lo que aprendí en la escuela. Colón quería comprobar que el mundo era redondo y se encontró con América. Entonces empezó a venir gente de Europa para acá, como mis abuelos, pero ellos vinieron después. —¿Y sabías que antes de eso vivía gente en lo que llaman América? —Sí. —¿Y qué creés que pasó con ellos? —… —Mirá, Samanta, Colón no vino solo, no fue el único, y no vinieron en son de paz. Todos los que se bajaron de los barcos vinieron a destruirnos para quedarse con nuestras tierras. A dominarnos, a someternos y a asesinarnos. —Mentira. Si usted está acá. —No. Yo morí hace muchos años de esta realidad. —¿Está muerta? —En la concepción de lo que ustedes consideran como la vida y la muerte, podría decirte que sí. Pero no soy un fantasma, no te asustes. —No le creo nada. —¿No? Vení comigo, te voy a mostrar que no te miento. —No quiero ir. —Dale, vamos, Samanta, en un ratito te traigo de vuelta. —No. Lo voy a llamar a mi papá.

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Necesito encontrar a Diego. Sé que está ahí adentro, sé que está respirando y riéndose de mí. No me importa que sea un hijo de puta. No me mires con esa compunción, sé que lo voy a encontrar en cuanto podamos entrar. Eso no significa que vaya a dejar de ayudarlas, todas ustedes pasan por lo mismo que paso yo, si no nos apoyamos entre nosotras nadie lo hará. Ahora quiero silencio. ¿Quién? No, no puede ser. Samanta es muy inocente todavía, muy ingenua, no podría estar ahí. Porque si cruzó para este lado, ya no hay vuelta atrás. Y no entiende, no sabe. No tendría sentido que venga. Me duelen las manos, necesito que alguien me cure. También me duele la verdad. No esa, no le creo. Me duele la nena esta que ahora viene a donde muero y encima se mete en donde vivo. Así no me sirve casi nada. De ese lado del espejo abundan la ironía, los estereotipos, la violencia sin sentido; acá, ustedes, tienen excusas perfectas, leyendas que avalan cualquier tipo de aberración y hacen uso y abuso de ellas; pero de ese lado no, se mata por matar, no existe la luz como tal y mucho menos como acá. Es increíble que las hagan sufrir haciéndoles creer que están muertos y después les vendan el cuento del chamán resucitador. Si Diego estuviera ahí… Está. Y es mi culpa que haya venido hasta acá, de alguna manera. Te cambio un rato de mi vida por la tuya, vas a ver cómo pongo los puntos por acá. No, no me engaño, es que nadie se levantó jamás. Te estás tomando demasiadas atribuciones, eso es bueno: estás empezando a respetarte como te tendrían que respetar. ¿Sabés, Lola? Yo no quería tener a Samanta. De hecho, es Samanta por el solo motivo de que Juan Pablo, ahora su padre, la llamó así. Siempre decía que cuando naciera la iba a matar, aunque estaba segura de que sería un varón. No lo decía en serio, no soy capaz, más allá de que no puedo predecir cómo hubiese reaccionado si Juan Pablo no estaba; tendría que haber vuelto a intentar sacarla. Iba a dejarla en el hospital, a alguna enfermera, o a nadie, directamente ahí, en la sala de espera o en una incubadora o cuna.

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Pero él la quería. Se había encariñado como un padre con la panza, nunca la vio siquiera por una pantalla, ya que me negaba a hacerme cualquier tipo de control. Se había encariñado como lo que es hoy. ¿Hoy? No, para nada. Es una etapa superada y sé que ella está bien, que es feliz con el padre que le tocó, bah, que la eligió. Y para él también. No hubiese podido adoptar jamás. Sería agradable que sospeche, pero si lo hiciera no podría decirlo. Cree que estoy loca. Hasta podría afirmar que me tiene miedo. Después vienen algunas voces con el tema del instinto maternal y de los pibes que perciben a sus madres a kilómetros de distancia. Soy esto, casi una porquería, pero tengo sentimientos. O tenía. Tal vez los últimos se los llevó Diego. Y si Diego los tiene, es a él a quien tengo que encontrar. No, no volvería a sus brazos. Me reconfortaría saber que aún existe, luego lo odiaría y viviría con esa paz amalgamada con el resentimiento en un extraño pacto con la soledad. Y me quedaría acá. Pensándolo bien, no deben enfrentarse. Si se enfrentan entre ustedes, después, cuando llegan los blancos, los encuentra disgregados y es más fácil destruirlos. Lo bueno es que ya lo saben. Lo saben, ¿no? Deberían hacerlo con calma. ¿Cómo se le enseña a un verdugo a no extirpar almas ni integridades? Si más tarde llegan ellos y terminan mutilándolos, cambiándoles los nombres, los idiomas, las creencias. Mirate vos, nomás. Claro, porque vos hablás español, ¿te diste cuenta? Y, supuestamente, acá, excepto yo, no han llegado. O sea que también tu alma es atemporal… Decime, Lola, ¿qué viene después? No puede no haber después. No digo dentro de mil años, digo después. Después de la vida, cuando se termina la farsa de las figuritas coleccionables para completar el álbum de la realidad. ¿Y por qué no les decís a los demás? ¿Por qué no les contás que en un rato caen unos cuantos genocidas a pasarlos por encima? ¿Por qué no los prevenís? ¿O tengo que pensar que vos tenés algún interés en ello? Perdón, Lola, no fue lo que quise decirte. Si yo entiendo…

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—Preparé unos mates. —Buenísimo, ¿puedo tomar mate mientras me escarbás el inconsciente? —No. Antes de entrar en ese estado vamos a charlar un rato, mientras podemos tomar mate. —¿De qué querés hablar? —De lo que vos quieras. —No soporto a los psicólogos. —Yo tampoco, quedate tranquila. A veces me olvido de que no podés ver. —Querés saber de la otra noche, ¿no? —Al menos no lo aluciné. —¿Qué es una alucinación, doctor? —No soy doctor. —Con más razón. Una alucinación es una fuga de lo más oscuro que está adentro. Pero puede interpretarse de diversas formas, ¿no? Quiero decir: que hayas alucinado que me cogías no significa que quieras hacerlo, ¿o sí? No me respondas. —Sí te respondo. Me parece poco probable que haya sido una alucinación; vos estabas ahí, no me psicopatees. Sino, ¿cómo lo sabrías? ¿O también sos telépata? —¿También? ¿Qué vendría a ser antes de eso, si lo fuera? ¿Cuál es tu diagnóstico? Contame, estoy ansiosa por saber qué pensás de mí. —Mirá, Abril, estoy acá porque me lo pidió Juan Pablo. No sé si voy a poder ayudarte de la forma de la cual él quisiera, pero hoy, entendiendo tu causa, me doy cuenta de que estoy más involucrado de lo que quisiera. —¿Ah, sí? ¿Lo decís para complacerme o porque te hacés llamar así? Porque vos tenías otro nombre…

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—Recostate. Cerrá los ojos, inspirá profundo y dejá que mi voz te guíe. No se filtra ni un mínimo rayo de luz por tus párpados, están completamente cerrados. Millones de mini plumas se meten por tu nariz cuando respirás y te llenan el cuerpo. Te recorren los brazos, cada uno de los dedos de la mano. Luego las piernas y los pies, sin hacerte cosquillas. Ahora están en tu estómago y en tu pecho, las sentís volar por el vacío que tenés adentro. Suben a tu cabeza. Están ahí. Y tu calma es completa e imperturbable. —Llevame. —¿A dónde? —A la biblioteca. —¿Querés el cuaderno? —Ya tengo el cuaderno, lo desenterré anoche. —¿Qué decía? —Estaba estudiando los haín. —¿Por qué? —No sé, porque me interesó. Los mitos, fundamentalmente, me interesaron. —¿Creés en ellos? —No, son mitos. Son pretextos. —No puedo entender tu vinculación entre el mito selk´nam, la muerte de Diego y tu estado actual, ayudame. —Cuando una mujer selk´nam se relacionaba con un hombre blanco y procreaban, ese hijo era considerado malo. No hay documentación al respecto, no existían represalias, pero el mismo aire avisaba que ese niño sería una especie de monstruo. —Si no hay documentación, ¿cómo lo sabés? —Porque estuve ahí. —¿Ahí?

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—Primero apareció Lola. Muchas veces creía imaginarla sentada mirándome fijamente mientras tomaba apuntes sobre su cultura, parecía como que quería hacerme entender que no todo lo que leía era verdad, porque la verdad jamás se traduce por escrito, menos cuando no hay nadie que entienda a la perfección el idioma original al cual pertenecería. —¿Qué pasa? —Nada. —Seguí, por favor. —Después, una noche, me llevó a sus últimos tiempos, cuando sólo quedaron ella y Ángela, pero a la última no le caí del todo bien, me parece. Así que me llevó a conocer cómo vivió en verdad. —¿Me decís que viajaste al pasado? —No. No hay pasado. Son múltiples e infinitas realidades paralelas lo que consideramos como tiempo. —Eso es una percepción. No importa, seguí. —Entonces conocí en carne propia un haín y entendí que realmente su vida distaba de lo que contaban los libros. Diego se daba cuenta de que me iba y me pedía por favor que no fuera más. Fue Krren quien le ordenó que me detuviera. Él no quería reconocerlo. Después me enteré que estaba embarazada. Ya sabíamos que no había vuelta a atrás. Los dos presentíamos que uno se iría, pero no creí que fuera a ser él. —¿Estabas embarazada? —No, en realidad no. Pero le hice creer que sí, para ver cómo reaccionaban los espíritus. Me salió mal. Yo ya era una selk´nam. —¿Vos creés que los espíritus se llevaron a Diego por creer que estabas embarazada de él? —No, es un poco más complejo.

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—Tengo tiempo. —Resulta que durante los haín, entre todos los tormentos a los cuales los hombres sometían a las mujeres, muchos hombres morían en manos de sus propios espíritus en las ceremonias de iniciación mientras intentaban superar las pruebas. Pero luego un chamán los resucitaba. Lola es chamana. —A ver, esperá. ¿Vos creés que lo pueden resucitar? —No es tan así. Los selk´nam, en realidad, jamás resucitaron a nadie. Era parte de la misma perversión. Se hacían pasar por muertos ante sus mujeres y madres para que sufrieran y luego volvían para que estas se sometieran a ellos en forma de agradecimiento a los espíritus que los devolvieron. —Una cosa es que vos creas o percibas que tenés ese tipo de viajes, por llamarlos de algún modo, ¿pero Diego cómo llegaría ahí? —Diego no era un klóketen, de más está decirlo. Pero, como no era selk´nam, tenía que iniciarse. Y tenía que hacerlo, así, con esa obligatoriedad, porque yo, supuestamente, llevaba un hijo suyo en el vientre. —¿Iniciaban a los blancos? —No, por supuesto que no. Pero yo a él no quería verlo como un blanco, sino debiera haberme alejado desde el primer momento. Él quería ser selk´nam, aunque no lo verbalizara. —Suposiciones… —No. Intuición. —¿Entonces? —¿Me llevás a la biblioteca? —¿Para qué querés ir ahí? —Para terminar lo de la otra noche.

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Antu piensa que está loca. Antu ama la locura, fundamentalmente si se manifiesta con esa intensidad. Antu comienza a enamorarse de Abril. Pero Abril no cree en el amor. Antu deja su grabación de la sesión lista para reproducir sobre la mesa ratona del living. Antu sabe que Abril la oirá cuando la descubra. Antu supone que cuando Abril oiga las cosas que dijo durante las sesiones, comenzará a atar cabos y entrará en la fase de cordura, razón por la cual se desenamoraría de ella. Antu no quiere confesarle que él mismo estuvo con mapuches mucho antes de los blancos. Antu cree que eso empeoraría su situación y no quiere que nadie más la vivencie, porque es imposible quedarse por entonces para ayudar a que se salven. Antu sabía que ella no sólo quería ayudar a que se salven, sino modificar su cultura, además de su interés personal por el difunto. Por eso, Antu asumía que sus contactos no eran genuinos. Antu retenía su imagen calma e imperturbable y se complacía de que jamás se sentiría atraído por una mujer que podía serenarse así. Antu sabe que la de aquella noche, en la biblioteca, no había sido Abril. Antu quiere juntar sus cosas y volverse a Córdoba. Pero ya es demasiado tarde.

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—¿Cómo la ves? —Mal. —¿Qué tiene? —Fantasías. —¿Cómo se curan? —No se curan, afortunadamente no existen remedios para la irrealidad. Pero sí se la puede ayudar a que discierna cuándo está acá y cuándo en otro lado. —¿Qué tipo de tratamiento tiene que hacer? —Mirá, es compleja la situación. Ella se está conectando con sí misma, está metiéndose en su propia existencia y asumiendo las responsabilidades de lo que descubre. —¿Descubre? —Sí, descubre. Ella descubrió que no existe la verdad. Que constantemente vamos y venimos. —No entiendo. —A ver, cómo puedo hacértela más simple, Juan Pablo… La forma en que vos y yo y la mayoría de la gente vive no necesariamente es la que debe ser, ni siquiera es la realidad. Abril entendió que la mente es capaz de llevarnos a donde queremos y está haciendo uso de esa capacidad que todos poseemos pero resignamos por miedo. En resumen: cree que está en un lugar que no le corresponde y que Diego está vivo en otra dimensión. —¿Y cómo se puede hacer para que entienda? —Es que no hay nada que tenga que entender. Todo lo que pasa por nuestra cabeza, las fantasías y las imágenes que vemos cuando salimos a pasear o por televisión, tienen una carga de verdad que es, precisamente, la que queremos asignarle. Yo no me llamo Antu. Pero para mí soy Antu y logré serlo también para los demás, ¿te das cuenta?

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—Está bien, yo capto toda esa cuestión pseudo filosófica, pero acá, en occidente, porque no te olvides dónde estamos, no precisamente en la luna, la persona que le asigna una cuota alta de veracidad a la fantasía está loca, o al menos la pasa mal. —¿Cómo sabés que la fantasía no es esto, Juan Pablo? Quiero decir, esta charla, tu hija, el color de las paredes. —No me vengas con pelotudeces. Dejate de joder, lo único que me faltaba, te llamé a vos porque tenés experiencia con estas cosas que mezclan lo místico y las culturas extinguidas y te curaste, y me salís con estas cosas… —Yo con culturas extintas no tengo ninguna experiencia, los mapuches no se extinguieron y, en el caso de Abril, si bien los selk´nam tampoco se “extinguieron”, sino que los acribillaron; su cultura está a tiempo de no perderse. ¿Querés una mujer normal? ¿Querés que Abril canalice la vida de mierda que tuvo acá? ¿Querés que te diga cómo va a terminar si asume esto como su realidad? Suicidándose. Prefiero que siga

eligiendo aferrarse a una esperanza dentro de su fantasía, entre comillas. —Okey, buenísimo, ¿sabés qué podemos hacer? Vayamos a buscar una por una a todas las personas que tienen una vida miserable. No a las que hayan sido violadas y no pudieron abortar por eso le dieron su hija a su amigo puto, no a las que perdieron a su pareja, no a las que son ciegas. Busquemos a esas que se levantan todos los días congeladas, ven a sus hijos que no tienen qué carajo comer, también sufren violaciones, también paren criaturas que no quieren, esas que tienen que poner su cuerpo y su dignidad como objeto de subsistencia y digámosles que, si se portan bien, pueden ir a darse un paseo por otra galaxia. ¿Qué te parece? —Que te creía otro tipo de persona. —¿Por qué? ¿Porque soy puto? Que me gusten los tipos no significa que me voy a prender en cualquier delirio, imbécil.

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—No, no por eso. Porque te conocí en otro tiempo. Y ahora estás obsesionado, de una forma muy peligrosa, no sólo para vos, sino para tu hija y para la misma Abril. —Antu, por favor… ¿No te das cuenta de que Samanta corre riesgo por Abril? Mirá si sale igual que ella… ¿Y la ceguera? —Pará un poco. Necesitás pensar y clarificar todo esto para poder procesarlo. Así, delirando de esa forma, no vas a llegar a nada. —Claro, vos podés decir que Abril puede vivir en una nube de pedos y está todo bien y yo no puedo ver las cosas a mi manera porque no tengo dos dedos de frente, ¿no? —No. Sólo digo que así no vas a poder ayudarla en nada. —¿Y vos qué planes tenés? —Ya te dije, ayudarle a discernir cuándo está de un lado y cuándo del otro. A partir de ahí, todo es su elección.

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No fue un sueño. Lola es real. Es una buena mujer, lo sé, pero a Abril la daña su cercanía. Yo ya sé que ella es mi mamá, lo que no entiendo es por qué nunca me lo dijeron ni se comportó como tal, si es obvio que me quiere de esa forma. La próxima vez que la vea, le voy a decir mamá. Sólo para ver su expresión. Ahora corro las cortinas. Afuera el mundo es blanco y hay personas que no están vestidas como yo. El vidrio poco a poco comienza a desaparecer. Las paredes también. Abril no está loca, algo raro sucede en esta tierra. Tal vez sea su influencia sobre mí, pero no debo detenerme a pensar como adulta. De hacerlo, esta historia correría serios riesgos de ser inverosímil. El pañuelito escocés todavía está en el placard, papá no se dio cuenta. No me lo puse ni un solo día, no me gusta. Deberían decirle a Casona que los árboles no mueren de pie porque quieren, sino porque la naturaleza se los impone. Otra vez se me escapa la voz de adulta, si apenas leo los manuales de la escuela. Soy de géminis, como ella. A veces, cuando era chica, pensaba en lo lindo que hubiese sido tener una mamá, como el resto de la gente. Entonces me daba bronca y le reprochaba en silencio a papá por la vida que eligió. Después me encontraba con él, lo miraba a los ojos y el enojo se me iba en un instante, el mismo en el cual entendía que un padre puede darme todo el amor que necesitaba para ser niña. Y el que no, también. No puedo quejarme, me sobró cariño. Muchas cosas me sobraron. La próxima vez que la vea, mañana, le voy a decir mamá. Se lo voy a decir cuando estemos solas, para darle la oportunidad de que me conteste hija, o algo, en vez de hacer de cuenta que nada sucedió y seguir conversando con papá. Ya está por amanecer. En un rato, voy a poder decirle mamá.

—Buen día.

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—… —¿Te comieron la lengua los ratones a vos, hijita? Saludá a Abril. —Buen día, Abril. Tampoco esta sería la oportunidad. Lo bueno es que mi mamá no está en el cielo y que, para mi suerte, el cielo no existe. Son dos cosas fáciles de deducir escuchando por unos minutos una conversación de grandes. De todas formas, no estoy segura de querer tener una mamá, y menos una que viva tan lejos. Como ella no quiere ser mi mamá, no se vendría a Córdoba. Y a mi papá ni loco le gustaría quedarse acá. Cosas que pasan, diría la abuela.

—Buen día, princesa. —Buen día, Antu. ¿Estás ocupado? —No, ¿qué querés hacer? —Salir. —Abrigate y salimos. Pedile permiso a tu padre. —Él me deja. —¿Cómo sabés? Dale, pedile permiso a tu padre. —Si deja a Abril en tus manos, puede confiarte mi cuidado para un paseo. —Hablás como una adulta. —Uy.

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Abril salió de bañarse y ahora se peina frente al espejo. Hacía años que no la veía peinarse. Tiene el pelo tan largo… La espío por el espacio que queda entre la puerta que no cierra bien. Ella lo sabe. Me pregunto por qué se pondrá frente al espejo si no se ve. Termina de peinarse y se viste con colores apagados. Al menos se viste. Cuando Antu y Samanta se fueron escuché las grabaciones de ayer. Son escalofriantes sus palabras. Es imposible no estremecerse. Por eso, cuando ella termine de abrir la puerta que no cierra bien. Ella lo sabe. Abril me habla. Ella lo sabe. Me dice que quiere escuchar su voz encerrada en el aparato y no me niego. Le preparo unos mates. Nos sentamos en la mesada. Pongo play. Ella aprieta mi mano. Se le escapa una lágrima. Se le pierde una sonrisa. Baja de la mesada y se para frente a mí. Me mira a los ojos. Quiero decir: no apoya sus ojos en los míos como si se tratara del respaldo de un sillón recién tapizado, no. Abril apoya su mirada en la mía, como si la hubiera recuperado o reconstruido. Comienza a reír a carcajadas y atraigo su cabeza hasta mi hombro mientras le acaricio el pelo recién desenredado. Me pregunta cómo. Cómo qué, le digo. Cómo te volviste tan vulgar, agrega sin despegarse de mi cuello. Se desmaya. La llevo hasta su cama y me quedo sentado a su lado. Cuando se despierta ya no me ve, se le nota en las pupilas. Estuve ahí, me dice, no creas en todo lo que dice una loca, somos las que mejor mentimos, porque nos creemos nuestras mentiras. A qué te referís, le pregunto ya sin ganas. Si yo quiero que la realidad se reduzca a estar hipnotizada recorriendo mi pasado, puedo apropiarme de ese personaje y serlo por un rato. También puedo ser la que creés que te mira a los ojos. Pero no.

Juan Pablo está cansado. Él no va a entenderme. Sólo Samanta. Ni siquiera Antu.

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Lola me mira desde el rincón con la mano extendida, teme que la abandone. Mari mari kom pu che, dice Antu contento desde la puerta al entrar, no sabe que estamos en la habitación. Samanta le suelta la mano y se desmaya.

Samanta y yo estamos ahora buscando a Diego. Pero él, como ya se había predicho, no estaba ahí. Aprenderemos a estar juntas.

—Mamá… —No.

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Epílogo
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—¿No, qué? No entendí… —Le dice que no, que no es su mamá. —Entonces, ¿no era? —Sí, era. —¿Y por qué le dice que no? —Porque, para ella, haberla parido no implicaba un vínculo maternal. —Ahh… Y vos, ¿eras o no eras el padre? —Soy el papá, por crianza. —Claro. ¿En dónde decís que quedaba esa isla? —Al sur de Argentina. —¿La Patagonia? —Sí, no me acostumbro a llamarla así. —Pero entonces vos tenés como quinientos años… —No. Yo solamente te estoy contando lo que pasó con Abril y Samanta, yo no volvía en el tiempo. ¿De qué te reís? ¿No te das cuenta que estoy abriendo mi corazón revelándote lo que pasó con mi hija, que era lo que más amaba? —Suponiendo que esta historia fuera verosímil incluso en tu mente, Suyai, ¿cómo sabrías vos qué pasaba cuando Abril entraba en esos trances, qué era lo que pensaba, qué era lo que sentía? ¿Cómo sabrías que se fueron juntas? ¿Cómo sabrías que Samanta la llamó “mamá” y Abril le respondió que no? —Por favor, no me llames más así. Y me hacés doler la cabeza con tantas preguntas. —Suyai, todavía no cumplís dieciséis años y están por cumplirse cinco desde que estás acá. Colaborá con el tratamiento, por favor, sino es imposible avanzar y hay muchas cosas que te estás perdiendo de afuera. —Basta, no aguanto más.

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—¿Qué vas a hacer? No hay nada que esté a tu alcance más que colaborar, pequeña. —Yo sé que todo eso fue real. —Tal vez en otra vida. —O en otra dimensión. —Bueno, sí, también tenés el don de transportarte a través de las dimensiones a tu antojo. —No, a mi antojo no. Me quedé acá por equivocación, traté de asumir lo que me explicó Antu acerca de la fantasía y la realidad creyendo que así recuperaría a Sami… —Está bien, ya te atormentaste mucho por hoy. Quedate tranquila, que ahora va a venir el enfermero para que te puedas dormir. Descansá bien ¿eh?, que mañana viene tu mamá de viaje y quiere verte. —Kreeh koosh áixten. Koosh káàten —cantó mientras esperaba.

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