Juan Duchesne Winter

Gotcha

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Juan Duchesne Winter Gotcha .

Puerto Rico 00901 cipp@coqui. 2007 Diseño y diagramación Juan Carlos Torres Cartagena Fotos de portada Eduardo Lalo Impresión Pananmericana Formas e Impresos S.net ISBN: 0-9760352-7-8 Primera edición. . Oficina 503 San Juan.Colombia .Editorial Tal Cual Centro de Investigación y Política Pública Fundación Biblioteca Rafael Hernández Colón Calle Tetuán 206. 2007 © Juan Duchesne Winter.A.

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.a Aurea. . siempre..

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Todo lo que se acerca nos ofrece la novedad de la multilación -José Lezama Lima .

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pero el zapato de piel de culebra bri13 . y me preguntó por qué tenía manchas de fango en los pantalones. por qué tenía una rasgadura en el ruedo. y yo pensaba que ella era de lo más sibarita. por qué llevaba manchas de sangre en la rodilla y en los codos.Culebra Estaba en el café con una amiga tomándome unos tragos. —Ay la brisa nocturna del mar —repetía mi amiga. regaladamente sentado ante una de estas mesas con parasol que se colocan frente a los negocios. El Campari con soda acariciaba la sed. La brisa marina mitigaba el calor. gente cool sin prisa y sin miseria. y otro zapato marrón claro. deleitada. Nos sentíamos muy gentry. Disfrutábamos el ambiente recién creado en el pueblo por una ola de progreso que vino del mar y barrió con los tugurios de los pescadores. uno de mis zapatos Clarks. pubs y más cafés como el nuestro. de esos pescadores que habían dejado de pescar hacía siglos. de tersa piel de culebra. puntiagudo. Lo que más curioso le pareció a ella fue que yo llevaba puesto un zapato marrón oscuro. El parasol no era necesario porque era de noche. rodeados de avenidas arboladas. que no era mío. yo no me había fijado. Sólo lucía enfangado y opaco el zapato Clarks. boutiques. Luego ella se fijó en mi ropa.

Tenía sed. pero parecía esperar a alguien. Yo no sentía la misma curiosidad que mi amiga porque conocía la causa de esos detalles.llaba. y reflejaba las luces de la calle como si las escamas fueran lentejuelas. Otros conversan en las barras sobre las chulerías de los motores de sus automóviles. luminoso. en uno de los barrios cercanos de la montaña. La brisa marina me parecía un algo molestosa. Apuré otro sorbo de campari para alcoholizar un poco el leve temblor que sentí. Yo. ni siquiera horas. minutos creo. Me percaté que debía contar la historia que explicaba el extraño estado de mi atuendo. como hombre de pueblo que soy. Mi acompañante y la señora rubia parecían brindarme esa oportunidad. realmente hacía frío. entré a darme una cerveza en uno de esos cafetines. hacía calor. que juegan billar con donaire y eructan cerveza con gran galantería. que estaba sola. Pero mi amiga insistía y señalaba con el dedo. también se puso a mirar con poca discreción mis zapatos y mi ropa y daba muestras de querer participar en nuestro diálogo. —Era tem14 . Hay tipos muy machos con barrigas distinguidas y bigotes finos. Es uno de esos barrios donde hay cafetines y dentro de los cafetines hay una mesa de billar y una vellonera que toca canciones charras por monedas. yo estaba en el campo. —Hace apenas unas horas. Se echa la moneda por una ranura y se escoge la canción más charra del ayer. —les dije —yo no estaba aquí. en el pueblo. Una señora rubia sentada a la mesa del lado.

me miró con fijeza y dio señas de reconocerme. pero yo tenía un abuelo llamado Rafael que componía danzas. entre unos siete u ocho carros arrimados contra el precipicio que bordeaba el lugar. no creas —le aclaré a mi amiga. incrédulo.. disfrutando el sano ambiente de campo. Respondí: —yo no soy Rafa. si bien no faltaban dos o tres mujeres cuya presencia desenvuelta y moderna les unta en nuestros tiempos un toque cosmopolita a estos cafetines. y entré en el negocio. Acercó su boca a mi oído y susurró —Rafa. dejó de mirar su botella. Yo estaba tranquilo en mi banqueta alta. ése. yo soy el nieto. sí. Insistí: —no yo no soy mi abuelo.prano en la noche. Me senté a la barra y pedí la cerveza. mi abuelo murió hace poco a 15 . añadió. había una colección vintage de macharranes. hablando en una voz baja que la música de la vellonera casi ahogaba del todo: —tú eres Rafael. porque yo no me llamo Rafa. Un hombre de mi edad que se sentaba a mi lado. a la orilla de la carretera. el que escribía danzas…. —¿Pero tú no eres él? —preguntó. Entonces él siguió. Estacioné mi carro afuera. pero había poca distancia entre la mesa de billar y yo. sosteniendo con la sonrisa congelada una botella de Heineken. Lo miré con extrañeza. como entrecerrando los ojos. —como si yo anduviera por allí de incógnito y él quisiera tener la delicadeza de saludarme sin publicar mi identidad. pero ya estaba midiendo el tiempo para llegar aquí a mi cita contigo. el músico. Sí. el que componía danzas. Dentro. verdad. Rafa.

yo soy el bichote aquí. no le haga caso místel que está borracho. con que murió —dijo. —Aaah…. Llevaba un pañuelito azul amarrado al cuello. no le haga caso místel que esta borracho. por lo que viró la cara y no me dirigió más la palabra. quien permanecía agarrando el taco como un bate de béisbol y mirándome muy mal. Dándome la espalda todo el tiempo. Entonces escuché un coro. alzó el taco como para partirlo en cinco pedazos sobre mi cabeza y gritó —señol es tu madre. Una de ellas se acercó al bichote de la barriga galana. con voz alcohólica. Al hombre le molestó que yo negara ser mi abuelo. que no tengo espacio. como los que usan algunos argentinos. mirando su botella y concluyó: —Yo lo conocí. Las voces sonaban como si acompañaran la melodía ranchera-rap de la vellonera. El tipo se volteó. le puso las manos sobre 16 . perdóneme. Como he dicho. que entonó en mi dirección: —no le haga caso místel que está borracho. dándome la espalda y acomodándose para mejor manejar su taco de billar. y provenían de los otros macharranes y de las mujeres. Al poco rato un macharrán de barriga muy galana se colocó entre la mesa y mi banqueta.los 96 años. Lo observé bien y noté que tenía un jacket de cuero marrón excesivamente grueso para estas temperaturas. me empujó en el riñón con el mango del taco y dijo. papá. había muy poca distancia entre la mesa de billar y mi banqueta. Yo le dije —oiga señor. —salte del medio bródel. se dice por favor.

Las demás mujeres ya no estaban. El hombre no cayó. debe haberse metido 17 . se zafó del agarre y con un movimiento de marioneta. sin mangas y que tenía brazos muy bien torneados. Uno de los amigotes del bichote dijo —la cabrona ésa corre más que una guinea. Nadie se fijaba ya en mí. Había tirado el revólver al suelo.los hombros y le dijo —papito ya te estás poniendo malito. aturdido. girando como un molino. Sus palabras le salían en ritmo ranchera-rap. sujetándose del borde de la mesa con el brazo desocupado. realmente hermosos. aunque yo hubiera deseado que se desplomara sobre la inmunda mesa de billar y que la inundara de sangre. El bichote recuperó el hierro y lo blandía como un estandarte de batalla. —Me mató la cabrona ésa. la hizo girar y le puso una llave. A partir de ese momento sucedieron cosas violentas. Y encajando el mismo ritmo. pero sólo se encorvaba y se agarraba el hombro izquierdo. Ella se la devolvió. yo soy el bichote. yo soy el bichote mamá. El la agarró. torciéndole el brazo hacia la espalda. pero yo la voy a matar a ella —decía. Noté que la mujer llevaba un vestido amarillo corto. La mujer se había esfumado. Los amigotes lo rodearon para mantanerlo en pie. mamá. se lo arrebató y le disparó un tiro. agresivo. vete a descansar vete a descansar. alcanzó un revolver que el bichote llevaba en su cinturón. El bichote de la barriga galana le dio una bofetada a la mujer. él entonó: —papito es la crica de tu madre. Ella le hundió un codo en la barriga al enemigo.

es gente malvada. corre hasta la casa donde estará y avísale. esa gente va a matar a la mujer que te defendió. Me esforcé en seguir pegado a esa verja y aceleré mi carrrera 18 . como predijo el supuesto amigo de mi abuelo. Me susurró al oído —¡oye Rafa! indefectiblemente. Sentí mientras corría que de cuando en cuando mi hombro izquierdo rozaba una verja alta alambrada. Me despedí con una guiñada del amigo de Rafa. no se había movido de su lugar. si la quieres salvar a ella. como ellos. Vi entonces que. revólver en mano. como hace siempre. se percatarán de tus intenciones y te matarán a ti. Escuché que la vellonera callaba. dispuesto a todo.en casa de su mamá. forrada de enredaderas. la guá combeltil en caln’e mondongo —gritó el bichote borracho. —Pues pa’llá voy. quien a pesar de estar muy malito. los tipos salieron puerta afuera. seguía con el revólver en la mano. pero no te vayas por la carretera. allá abajo al pie de la cuesta de los González. mis pies tropezaban con piedras y raíces. pues te verán. al igual que yo. vete por esta salida trasera que ves ahí. Sólo miraba y sonreía preocupado. a matal-la. si te apresuras llegarás antes que los tipos. Descubrí que el supuesto amigo de mi abuelo. las ramas azotaban mi rostro. negro. casi cargando en pie al bichote. El trayecto era oscuro. detrás de la vellonera y atrecha por un sendero que llega directo a la casa de la madre de ella. pues están borrachos. tan pronto ellos salgan por la puerta. me colé por la portezuela tras la vellonera y corrí sendero abajo.

Mi pie derecho palpó la superficie del piso suave y fría como la palma de la mano de una princesa. Me percaté que había perdido el zapato derecho y que ese pie pisaba descalzo. El muro terminó en un portal iluminado. hasta que mi hombro izquierdo rozó un muro de concreto liso en lugar de la enredadera interminable. la bañera. pero mayormente bajaba. que la desnudez de mi pie representaba un impedimento serio para mi plan de rescate de la mujer amenazada. Pero no se sentía un alma en el lugar. alarmado. El suelo subía y bajaba como una montaña rusa. Caí varias veces de rodillas y mis manos se hundieron en el fango. Quizá era una construcción amplia y cada pieza. Entré a lo que parecía ser un cuarto de baños iluminado con loza blanca inmaculada. No pude sino pensar. pero el fresco sugería un espacio abierto. Abrí el portón y penetré en el jardín. Aunque no vi los usuales efectos sanitarios. escuché ladridos lejanos pero no vi perros. la taza del toilet. A mi izquierda había una piscina inquieta con luces en el agua. Estar des19 . Más adelante vi una puerta alumbrada por un foco intenso colocado sobre el dintel. Era la entrada trasera a los predios de una casa. ocuparía un compartimento separado.ciega. pero continué sin saber cómo. Sentía que me deslizaba por un túnel. Sólo pensaba que los tipos malos iban a matar a la mujer y que yo debía rescatarla. el lavamanos. Hubo instantes en que casi desistí de la carrera por falta de aire. Roté la perilla y la puerta abrió de inmediato.

—Sí señora —le respondí.. ahora estoy listo para luchar.calzo era un handicap para el combate inminente. Señalaba el zapato con el dedo. avisarle el riesgo que corría y salir con ella de la casa antes que llegara la turba asesina. Sin sorprenderme. 20 . es el zapato de piel de culebra que lleva ahora puesto señor? —preguntó la señora del pelo rubio que se sentaba en la mesa contigua del café. —¿Ése que usted cuenta. si no es que hubiesen penetrado ya. que parecía esperar a alguien y quien ya se había puesto a escuchar mi relato como si nos acompañara. sólo restaba alcanzarla. o además hacerles frente a ellos si estuvieran ya golpeando la puerta del frente de la casa. porque mi carrera había consumido un tiempo incalculable... por qué mi zapato. mudo. impaciente por continuar mi monólogo y contar el desenlace de la historia. Era un solo zapato derecho de piel de culebra que yacía en el piso sin su par. hallé un zapato justo junto a un cesto de toallas blancas. Las escamas. Vi otra puerta que parecía dar entrada a las habitaciones donde se encontraría la perseguida. El esplendor. pensé.. Mi nuevo zapato… de piel de culebra rutilaba. Introduje mi pie en él y sentí gran alivio. En ese momento perdí todo deseo de contar por qué mi atuendo se encontraba en estado tan estrafalario. —Pues esos mismos son los zapatos que hoy pusieron en especial en Walmart —añadió la señora.

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Descarté el asunto del reconocimiento. a la sala semioscura. como siempre. sentada justo en la butaca a mi izquierda. pero no lo sabe. Enfoqué la vista sobre la pantalla con toda mi fuerza para lograr reflexionar sobre la nueva situación. Lo importante era que nos habíamos 23 . donde nos costó trabajo hallar dos butacas contiguas. No la había visto desde el incidente que nos separó. mi antigua novia. Mi corazón saltó. Pero su presencia reimplantó todos los recuerdos de un solo golpe. Yo había olvidado hasta su nombre. Temí que Isadora me reconociera. Sería inútil y hasta contraproducente recordárselo. pero ese temor escondía otro mayor: que no me reconociera. donde comenzó a rebotar contra las paredes del cráneo con gran brutalidad. Mi madre conoció a Isadora en el cine cuando fuimos a ver El día de la Bestia. trepó por mi garganta y se metió en la cabeza.Buda Bar La amiga de quien ahora es mi madre fue novia mía. Cuando el cura de la película anunció la llegada de la Bestia a sus feligreses y renegó de la cruz. Entramos tarde. un relampagueo enceguecedor de la pantalla me hizo voltear la cara hacia el lado y ese mismo relumbrón me permitió reconocer a Isadora. Isadora no me reconocería ni dejaría de reconocerme.

la primera ayudara a la otra a limpiar y a secar sus ropas entre mil disculpas. A lo sumo me encontraría gracioso y avispado. mi mamá. Ella no me prestaría mucha atención. Rumbeaba por la calle como un hombre feliz. pero nada la obligaría a encontrarnos en ocasiones sucesivas. Estaba repleto aún. quizás lograría provocarle un ligero déjà vu. ¿Cómo pedirle el teléfono en esas circunstancias? Mi madre no me permitiría seguirla al salir a la calle. Le quité la tapa plástica. ¿cómo? No estaba a mi alcance iniciar una conversación al estilo normal. lloriqueando.encontrado de nuevo. Lo derramé completo sobre la falda de mi vecina. decidido a realizar. tarea que facilitó el aire caliente de la secadora de manos. El cura de la película ya había abandonado la iglesia después de insultar y maltratar a las beatas que no podían creer sus blasfemias. en lo que quedaba del día de la Bestia. todo el mal que supuso no haber hecho en una vida. Yo le pedí a mi madre que me pasara el inmenso vaso de coca-cola con hielo que habíamos comprado antes de entrar. en el baño. un simpático hombrecito que trató de ponerle conversación en el cine. Debía retenerla. Clavé la vista aún más en la pantalla. ella y yo. después que. Los tres. Yo recité mi propia disculpa muy madura y for24 . terminamos reunidos en el vestíbulo del cine. Isadora. Pero. liberado. que se arremolinaban en torno suyo. El volumen atronador de su alarido no distorsionó el recuerdo que significó para mí su dulce voz.

que no me era permitido.mal. leer novelas inglesas y nadar. Mi madre invitó a Isadora a cenar. Las dos mujeres compartían muchas cosas. Le pregunté si jamás trabajaba con las manos. Cuando las 25 . También contemplé los deliciosos hoyitos casi infantiles que adornaban los nudillos de sus manos cuando enderezaba los dedos. a pasear por calles y parques. Ambas disfrutaban el cine. pero fue una mirada de simpatía. excepto el vino. segunda causa de mi amor. Ese fue el primer encuentro de una serie coleccionable. la buena cena y el vino. durante la cena. Esa noche se soldó la amistad entre ellas. a manera de desagravio. Yo no hablé mucho. yo era colector de vidas. Puse un pretexto tonto para tomar las manos de Isadora entre las mías y examinarlas. Mi madre era apenas cinco años mayor que Isadora. Me atreví a servir el vino para hacerla aproximar la copa y poder observar sus dedos en close up. Entonces decidimos no entrar de nuevo a la sala de cine. Yo compartía todas esas preferencias con ellas. para satisfacción de ambas. me deleité en escuchar la dulce voz de locutora radial nocturna que en otra época me hizo amar a Isadora. terminamos por acudir al cine. En dos ocasiones. Mi madre me dio permiso para tomar un sorbo de vino. Logré sentarme entre las dos. pues las tenía demasiado tersas. El receso de verano me permitió acompañarlas casi siempre. a ver The Night Porter. Isadora me miró como si no pudiera leer mi rostro. Como tantas veces. Y además.

que yo asistiera a sus lecciones como estudiante visitante. Era 26 . en efecto. retornaba al colegio y (¿cómo es que no lo hube registrado antes? ¿o sí?) Isadora era maestra de literatura. Terminaba el verano. Era color añil y manaba de sus labios como si sangrara. le hice la misma pregunta que el día en que nos conocimos originalmente. sí pude. donde conversamos sobre cine. Ella me miró. Asentí. como si me permitiera nacer de nuevo. un gran portal que sería muy mezquino confundir con la mediocre palabra “oportunidad”. Cuando recuperé mi capacidad de atención supe que mi Isadora y mi madre conversaban sobre temas escolares. que dejando de entender la más mínima palabra de lo que decía. con tal fijeza y aturdimiento. Luego de la película fuimos a un café. que surtía como maná caído de otro planeta. Ella misma sugirió. Hubiera bebido esa voz. quedándome casi sordo. por supuesto. Me quedé mirando su boca. Imaginé que se abría ante mí un portal. tratando de leer algo en mi rostro. Pensé que podía ser un mensaje. ver su voz. en ese momento. Mi madre también asintió. Usó el tono de locutora nocturna que más atesoraba. pues su colegio tenía acuerdos de intercambio con el mío. sus dientes blanquísimos. Isadora respondió con palabras muy serias e intensas a los comentarios más coherentes que pude improvisar.olí reconocí el perfume de lavanda que ella solía usar. pues sin percatarme. pregunta que también le hube hecho con el mismo pretexto de poder tomarle las manos.

Unas cuantas almas. Serví más vino en las copas. Escribo. El vídeo noticioso retorna una y otra vez. a donde los de nuestra especie venimos a enfriarnos de cuando en cuando. con un muerto. Nunca me atreví a revelarle mi identidad. El lugar es oscuro y fresco. Ahora huyo. pedí permiso para llenar la mía de nuevo. sorbo mi bebida. al fondo brilla la efigie del maestro. brindamos por el nuevo curso y me di el lujo de pagar el consumo con lo que quedaba de mi mesada. están en lo suyo y guardan amistosa distancia. en vano. sobre la imagen de una mujer que tiembla tras las rejas de una comisaría policiaca. por terror a que me confundiera con lo menos que yo quería identificarme. yaciente e implorante tras las capas de tiempo apócrifo que amenazaban. supongo. Una locutora con boca torcida 27 . como la mía. Ella nunca me reconoció. Pero ella sí reconoció al hombre en mí. como en bucle. Registro estas líneas sentado en el Buda Bar. De pronto contemplo con espanto la pantalla colgada sobre el mostrador. sideral. El calor frío. El resplandor color añil de la sustancia de su voz inundó nuestros cuerpos desde el primer día de clases y trazó una senda. levanto la mirada ocasionalmente. es decir.el primer portal que se abría desde que el accidente cerró mi última vida. en la que pasan las noticias de la tarde. con separar mis 14 años de sus 32. Sobra decir que durante ese otoño fui estudiante y amante de Isadora. que encontramos en esa senda es nuestro secreto.

anuncia que una maestra de escuela superior acaba de ser arrestada y acusada de abusar sexualmente de su estudiante varón. La rodea un resplandor color añil. No se inmuta. Sobre la pantalla retorna una y otra vez la imagen de la mujer que tiembla tras las rejas. rubia. Aguardar. En la parte inferior del recuadro corre un cintillo con el nombre de la prisionera. 28 . Es un mensaje. quien al negarse a formular cargos se convierte en cómplice. Es una mujer con aspecto muy joven. No llora. Su mirada inexpresiva se eleva al vacío. Sólo tiembla y tiembla con todo su cuerpo tras las rejas. Un primer plano amplía el temblor insoportable de sus labios lívidos. La maestra está embarazada. Sicólogos y expertos legales desfilan ante la cámara y opinan sobre el caso.

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Ocurrió en el metro. que me recorrió como una descarga eléctrica que se desprendiera de él. como si ese objeto siempre hubiese sido una extensión de mi brazo. dejando amplio lugar donde acomodarme. Mi mano agarró decidida el mango del maletín y permanecí tranquilo. Ni se me habría ocurrido celebrar mi cumpleaños si no hubiese hallado el maletín. Nadie notó nada. El vagón que se detuvo ante mí en la plataforma.Del brazo de Fortuna Encontré el maletín el día de mi cumpleaños en una ciudad donde no tenía con quien celebrar ambas cosas. y me dispuse a interrogar con la vista a algún posible dueño. Apenas me moví un milímetro. aliviado de no tener que viajar en un vagón atestado. Mas sólo inicié el gesto. Miré el objeto y sin pensarlo comencé a alejarme de él. De inmediato sentí la voluntad de poseerlo. pero tan pronto se abrieron las puertas salió la mitad de los pasajeros. Me recosté y coloqué la mano izquierda en lo que creía era el reposabrazos del asiento. Pero palpé un maletín. como para abrir el espacio que corresponde a un objeto ajeno a mi persona. sentado. Fue una voluntad que venía adherida al maletín. venía repleto. Poséelo —me decía esa voluntad— yo te poseo para que lo poseas. Me senté al lado de la puerta. y hubiese cargado con 31 .

Cinco estaciones después salí del metro. perseguido. con diez mil imágenes de lo sucedido y por suceder proyectadas en el foco delantero de la mente y… zas. O mejor: contiene dinero recibido en una transacción clandestina de drogas. El dueño del maletín abandona el lugar. Fortu32 . saqué las flores del bolso. eso me recordó que cumplía años. El perfume propició una meditación sobre aquella que llaman Fortuna. Sin importar que dentro haya. Me impregnó el perfume de las rosas y de los claveles. compré un ramo gigantesco y pedí un bolso de papel gigantesco para llevarlas. como quien deja la cartera en la tienda. en efecto. Los nervios. Estuve contando hasta que la sombra inundó el apartamento.él desde antes de entrar a ese vagón en el metro. se le queda el tesoro arrumbado en un rincón. Salí del tren en la próxima estación. eché el maletín adentro y las metí de nuevo. Medio millón de dólares —pensó mi cabeza. las flores. Con el maletín. Un sujeto piensa en mil cosas en esos momentos críticos. entré en una tienda de flores. La visita a la floristería. crucé la plataforma y me monté en otro tren que iba en dirección contraria. raudo. Lo dejaron olvidado. Contenía más de medio. digamos. El maletín era el gran regalo. Me detuve en el vestíbulo. medio. –Es una bomba quizás —pensó mi cabeza—. Tomé un autobús directo a mi apartamento. La voluntad me acababa de hacer un regalo. Aspiré hondo. o quien como Arquíloco. Le sucede a cualquiera. olvida su arma de combate durante una retirada.

Era la única persona de cuya existencia me había percatado en aquella vecindad. Sabía su nombre porque era un poco famosa. Pensé en Verónica. algunos con acompañantes virginales que les hacían un contraste perverso. ya su cadáver descansaba en el basurero con tres o cuatro dedos menos. El tesoro secreto de que ahora disponía me infundía un atrevimiento irreconocible. El eco de mi voz me recordó que debía celebrar la doble ocasión del aniversario y del hallazgo duplicando las voces de mi vida en esa ciudad donde no conocía a nadie. Tocaba piano en algunos clubes nocturnos de la zona. me bañé. me vestí y salí. Los gangsters me seguían de cerca. Ni siquiera me percaté cuando Verónica se sentó al piano y repasó melodías de Pierre Bolling que de súbito me borraron la paranoia. Pedí un Campari con soda y asumí una postura relajada. que me permitiera observar. justo encima de mi departamento. no tenían prisa en recuperar el medio. Era la mujer solitaria que ocupaba el penthouse del edificio. o si el tipo que olvidó el maletín en verdad lo había olvidado. Observé que el piano bar de la Boite Vertigo se poblaba poco a poco de tipos tenebrosos. me estaban dando cuerda larga para averiguar a qué organización yo podía pertenecer. Me miré en el espejo para tranquilizarme. Parecía que ella no era tan famosa. ¡Eres la diosa! —dijo mi boca en la sala ya oscura. Había visto los carteles en los alrededores. Pobre tipo. aunque meditativa.na. pues apenas la 33 .

A veces parecía que iba a leer o a escribir algo en las teclas. como si sus manos tuvieran dedos supernumerarios. pero corté la fantasía porque debí 34 . Definitivamente esos tipos no eran los gangsters del maletín. Pero todo ello con alegría. Simplemente una sesión larga. Pero tocaba superbien. no muy ceñido. Verónica vestía un traje color metálico con mangas cortas. ni sus acompañantes. Conversaban en voz baja. complicadísima pero livianísima. buscando la definición de una palabra de la cual dependía su próxima respiración. El lugar se abarrotó hacia el final de la velada. Pero ya no me importaba. era un descubrimiento. Así fue. o parecía que pasaba velozmente las páginas de varios diccionarios a la vez. y fuera. Le hice enviar un ramo de flores dentro de mi imaginación. No hizo intermedio. virginales. Ella cantaba con las manos. en verdad. Pedí otro Campari. Los tipos hablaban con sus teléfonos móviles. Llegó mucha más gente. Entonces la aplaudieron. Y Verónica terminó de tocar. Seguro llamaban a sus amigos para advertirles que no se perdieran a esta monstruosa pianista. con respeto. parece que demasiado para su gusto. Se inclinaba sobre el piano un poco más de lo que la elegancia pianística requería.aplaudieron al entrar. Pedí otro Campari con soda. Llevaba una cinta lapislázuli al cuello. pues no cabía duda de que siempre descubriría los sonidos que nombraba su aliento. Los tipos tenebrosos no parecían malos. que vinieran ahora. a la Boite Vertigo. que los esperaban.

sí —o exclamaba —¡Increíble! Y ella preguntaba —¿Por qué increíble? A lo que yo respondía con cambios incongruentes de tema. Afuera hacía suficiente frío como para condensar pequeñas nubes de vapor frente a nuestros rostros. pues apenas martilló el último acorde. y ya se ponía el pequeño abrigo rojo para abandonar la Boite Vertigo sin saludar ni dirigirse a nadie. que tampoco conocía a nadie. Ella dijo que también era recién llegada. abordarla. De verdad que se iba fuera. Sobre levísimos charcos 35 . hizo una lacónica reverencia. Algunas superficies eran rojo sangre. Otras duplicaban en detalle las imágenes de los anuncios que colgaban a 25 metros de altura. Persistía en el local cierto runrún de conversación y música ambiente que no permitía escuchar más de la mitad de las frases que ella pronunciaba. cuando mi irreconocible atrevimiento infundido por el tesoro secreto me impelió a casi correr hacia ella. pues su voz era. —Ése es mi plan en estos lugares —me contó en la mesa— una sesión larga y fuera. pues no me atrevía a decir: —Pues. En esos casos yo sólo repetía —Sí. inaudible. a ratos. —Acepto porque eres mi vecinito —rió. pero no era un frío deprimente. con ojos serios. Una finísima lluvia convirtió las aceras y las calles en espejos donde se reflejaba el neón.levantarme antes de lo esperado. Conversamos sobre la música y la ciudad. presentarme como su vecino e invitarla a un trago. porque en verdad no la escucho nada.

no grave. su extraña coincidencia con mi aniversario. Ella exclamó que cumplía años el próximo día —¡Qué cosa! —suspiró. dubitativa. ocupaba el vacío dejado por ellas. sino cómico. Las palabras se formaban frente a su rostro. pero sí invoqué a Fortuna. excepto que resumía con entusiasmo sus dificultades en adaptarse a ésta y a otras ciudades. No era una voz débil. No mencioné el asunto del maletín. La invité a reunirnos en mi apartamento. de la calle. un piso más cerca de 36 . pero antes que yo pudiera entenderlas. Bajó un poco la voz y propuso reunirnos en su departamento. como si fuesen nubecillas. Verónica aceptó mi invitación a acompañarnos mutuamente camino a nuestro edificio. Cuando penetramos en el vestíbulo de nuestro edificio le propuse la idea de la celebración. No comprendí casi nada de lo que ella me contó durante el trayecto a nuestro edificio. lo que le parecía. donde tenía el piano. a juzgar por su risa frecuente. Pero cuando se llevó la mano izquierda al pelo. El ruido del exterior competía con su voz. se pasó ambas manos por los brazos.flotaban estrellitas. —Perfecto. ella se las tragaba. Las palabras sonaban. y sus labios las reabsorbían como un pez que respira. Ella abrió su paraguas y caminamos tomados del brazo. normal. como si lo acomodara. Verónica asumió una demora reflexiva. donde yo encargaría vino y comida a un restaurante cercano. ante mi invitación. pero la boca de Verónica absorbía los sonidos en lugar de emitirlos. y el ruido. supe que iba a aceptar el convite.

Ahora ella portaba una túnica afgana negra. Mientras yo encargaba el vino y la comida por teléfono. Ella sonrió con los ojos serios cuando dije. Hablamos sobre la música. nos sentamos a la mesa y conversamos mientras cenábamos. había degollado cerdos y conejos para ciertas cenas de campo. El vino alimentó la sensación de calor. en un gesto lento pero nervioso. Esta vez. la ciudad y el problema sentimental de degollar un cordero. el silencio del comedor me permitía entender con claridad sus palabras reabsorbidas. en un tono bastante charro y kitsch que me hizo sonrojar. Ella se acariciaba ambos brazos con las manos. que si bien ello no me confería expertise. Verónica se desabotonó el cuello del caftán. Yo le conté que de corderos no sabía. y subimos. En la mirada de los animalitos nunca había rebeldía ni odio. siendo oriundo del Caribe. El estofado de cordero llegó. me enseñó que era mejor mantener contacto visual con la víctima y sacrificarla con respeto y gentileza. como si se tratara de un invitado tímido y silencioso que debíamos incorporar amistosamente a la charla. Todavía llevaba la gargantilla lapislázuli. como si se le erizaran los vellos y quisiese alisarlos. roja y oro. que llegaba la hora de elevar acordes a Fortuna. Llegamos a hablar del piano. pero. Yo no sospechaba 37 .las estrellas —dije. Verónica se cambiaba y servía vino para brindar por nuestros respectivos aniversarios de vida. descorché una botella de shiraz australiano.

Verónica rogó que me acomodara en la butaca detrás de la banqueta. mientras escrutaba las teclas como si mi rostro se reflejara en los bemoles negros. Abrió la tapa del teclado. ella lo hacía girar hacia arriba y hacia el frente. que entonces quedaba debajo.la importancia que cobraba para ella esta petición de tocar piano. pero. —Sólo así puedo tocar a capacidad con mis tres manos. me daba la espalda en todo momento: —Después de mantener este brazo casi todo el día guardado bajo los senos. El piano miraba hacia una gran ventana. para ocupar el mismo nivel del otro. no sólo ante la entrada en escena del tercer brazo. con un particular movimiento del hombro. Se sentó en la banqueta. Al parecer. Sus posiciones eran intercambiables. agarrándome la costilla derecha. dejando desnuda la mitad del cuerpo. —Ésta mano es mi fortuna. debo ejercitarlo un poco. la ropa me molesta —dijo. El brazo parecía salir de la axila del otro brazo izquierdo. 38 . y que no me moviera del lugar. un segundo brazo izquierdo. las incidencias de la noche la habían conducido a dar un paso crucial. Quedé sin oxígeno. dándome la espalda. Se desabrochó toda la parte superior del caftán afgano y lo dejó caer hasta la cintura. y elevó a manera de un saludo de gladiador. sino ante la magnificencia de su espalda desnuda. Ella hablaba ahora en tonos muy claros. fijaba el rostro en el resplandor de la ventana. tan bien formado y vigoroso como el primer brazo izquierdo. mi tesoro —añadió.

Me aproximé a ella desde la espalda y besé la gargantilla lapislázuli sobre su nuca perlada de sudor. Sonreía con los ojos y mostraba todos los dientes. Lo difícil es llevar ropa ajustada de la cintura hacia arriba. pues los senos asumen un aspecto extraño con el brazo colocado inmediatamente debajo. y sólo sentíamos regresar el frío de la madruga39 . Xenakis. Tarea de Atlas. Una vez concluyó la música. Tocó. Los besos no se detuvieron. dibujada a contraluz. Permaneció sentada. Verónica se ajustó y abrochó rápidamente la túnica. sin voltearse. Piezas y adaptaciones de Poulenc. Krenek. Cuando colapsamos semiinconscientes sobre la cama. Un arrebato de torpeza inspirada fue arrastrando nuestros pies. Allí logramos fundar un planeta exclusivo para dos cuerpos y un brazo extra. hacia el ancho dormitorio. Hugo Wolf. sin mayor reverencia. respirando al ritmo de un metrónomo desquiciado. Y tocó. Tuve una sucesión de fantasías felices. entre tropezones. …Ahora… ¡Que viva la música!… Escucharás algunas adaptaciones al piano que son mías. Mi atención oscilaba entre los sonidos y la contemplación de su espalda. con el rostro volcado al resplandor de la ventana. son mi especialidad —concluyó sin más explicación. Alan Berg. Ginastera y Paganini. todas las versiones a tres manos me pertenecen. Ella se volteó entonces.—Lo mismo puedo guardar un brazo que el otro —agregó ella —eso me permite alternar su uso a conveniencia. acezante. Aponte Ledée.

Era la distancia exacta que mediaba entre el penthouse. Era 40 . y mi apartamento en el piso inmediatamente inferior. Encendí la luz. —Te vamos a podar la verguita pa ver si te crece otra más grande y podés seguir cogiendo con la minita en tu banca clandestina disfrazada de nidito de amor… —gritaba el tipo de la metralleta sin alzar la voz. supe ver. antes de dormirme. Miré el ramo de flores que había comprado el día anterior. abierta. Un golpe me tumbó sobre el sofá. el vidrio que daba al lado interior de la cerradura estaba quebrado. la tercera mano de ella levantar una frazada de lana y tenderla con delicadeza sobre nuestros cuerpos. vi haces de linternas.da. es que tú manejas una banca aquí. tirada sobre la mesa. Quería saber dónde había más maletines como aquél. Uno me apuntó con una metralleta mientras el otro me amarraba las manos a la espalda con cinta adhesiva. —Si tenías la maletita ésta llena de billetes. Presumía que dormíamos en el apartamento cuando penetraron en él. Cargaban el maletín. Le amarraron ambas manos y la sentaron en una silla. Sacó una tijerita de podar dedos y le pasó la metralleta al socio. cabrón?—. donde yacíamos. Sólo desperté yo. Escuché más ruidos. Se oyeron vidrios y objetos derribados a cierta distancia. hijo de puta… ¿Dónde está la caja fuerte. Me topé con dos tipos malos. El tipo malo de la metralleta hacía bromas procaces. intacto en su jarrón. Me vestí y bajé con sigilo a mi apartamento. En eso llegó Verónica. Mi puerta estaba abierta. como si nada.

y subió a guardar el objeto en su casa. Sin necesidad de pronunciar una palabra. Le desamarré a ella los otros dos brazos y la abracé sin hablar. El tercer brazo de Verónica todavía les apuntaba con una pistola Parabellum. muertos de la risa. Sopló el cañón. Los policías inspeccionaron mi apartamento sin novedad y fotografiaron el vidrio roto de la puerta. Se disipó el humo. Verónica tenía permiso legal de portar armas. Aprovechamos la tranquilidad para sentar41 . Ya yo tenía claro que estos morones no tenían nada que ver con los gangsters del maletín. No problem. le entregué el maletín y levanté el auricular del teléfono. guardó el arma y me soltó la cinta adhesiva. pues se inclinó ahí mismo a bajarme el zipper del pantalón. Los tipos malos eran unos instaladores de alarmas que las desactivaban selectivamente desde el servicio central de seguridad para ejecutar sus hurtos y asaltos. Los tipos cayeron casi a la vez. para hacer la poda mientras el otro reía como un morón.un tipo malo. Se describió como una vecina que acudió en mi ayuda. Ella comprendió al instante. que practica el deporte del tiro porque vive sola y les teme a los tipos malos. Dos explosiones nítidas me ensordecieron. La había escondido junto a su tercer brazo bajo la bata. Ordenaron la remoción de los cadáveres. Atrechamos por el parque para regresar a nuestro edificio. Ella sonreía con los dientes. sin duda iba a cumplir. A las once de la mañana salíamos de la comisaría policiaca. Ambos le dieron la espalda a Verónica.

besándola a ella. Esto la forzaba a tocar a dos manos y a evadir ofertas de trabajo complicadas. bajo contrato de absoluta confidencialidad sobre su peculiaridad física. presentándose en circuitos inconspicuos. 42 . ¡Felicítanos! —mientras miraba con infinita ternura el lugar bajo el vestido y el pecho donde reposaba su tercer brazo. para probar que nadie más la acompañaba o que no grababa pistas adicionales sobre su música. Grababa en estricto secreto. En cambio. con discos que hacían hablar a la crítica de ejecuciones portentosas en las que pareciera intervenir una tercera mano.nos en un banco frente al jardín botánico a conversar. enigmática. Algunos críticos retaban a la intérprete a realizar conciertos públicos en vivo. en respuesta a la cual Verónica me besó en la mejilla y dijo —Hoy es nuestro cumpleaños. Le conté el episodio del maletín. en estudios especialmente diseñados al efecto. Grababa sus piezas a tres manos con el nombre de Várvara. Ello le daba espacio a Várvara para llevar una carrera ascendente. Pensé en las flores. y confesé mi intención de retenerlo como despojo de batalla tributado a Fortuna… Otra frase charra mía. como a una criatura en el regazo. Yo también le revelé mi misterio. —¡Feliz aniversario! —les dije a ambos. Y sentí que los tres éramos una gran familia. con el nombre de Verónica tocaba en clubes poco conocidos para preservar el sentido de la audiencia. Verónica contó que tenía doble identidad. al que acunaba y mecía delicadamente. ejercitando la humildad.

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Me lo vendió una maestra.Bonneville Compré el Pontiac-Bonneville por cien dólares. sentado en el vehículo. El pacto Bonneville incluía varias capitulaciones. Una vez arribáramos yo debía esperar. a que la maestra entrara y saliera de la residencia. La espera frente a la casa rara vez duraba más de 35 minutos. estimo que hice 104 viajes a Carolina en esa época. De inmediato debíamos reemprender el viaje de regreso. en fin: era chiquita. Yo debía estar disponible cualquier día de la semana. para llevarla desde el pueblo minúsculo en que vivía. También 45 . que ella pagaba. mulata. ida y vuelta. Cuando lo sacaba a la autopista. con asientos tapizados de cuero. Era un enorme aparato dorado con cuatro puertas y ocho cilindros. Dado que poseí el vehículo durante dos años. a ese bajo precio. a una casa situada en una inmensa urbanización del citado municipio. muy bien cuidado. bien conservada. La maestra era una señora menuda. flaca y culona. en horario diurno. conspicua en todas partes por poseer un trasero desproporcionadamente pronunciado para su estatura y delgadez. a condición de que la llevara a Carolina una vez por semana. sólo deteniéndonos en un negocio para consumir alguna comida ligera. el sol convertía su ancho bonete en un espejo enceguecedor.

bastante más corpulenta y de piel más oscura. Ella abordó el tema varias veces en distintos viajes. por haber sido mi maestra de español de cuarto grado en la única escuela elemental de un pueblo minúsculo. 46 . que no inspiraba confianza. Mientras yo conducía. solía tomar unas dos horas con 50 minutos en días de buen tiempo y tráfico liviano. lo que explicaba por qué apenas pronunciaba palabra. La maestra me la presentó como su hija y me informó que era oligofrénica. que alegaba conocer no poco. A veces traían consigo a un chihuahua algo calvo y envejecido. Yo fingía recordar algunos episodios que ella relataba y otros casi los recordaba de veras. Solía referirse a mi niñez. hasta Carolina y de regreso. ni siquiera cuando engendró a la niña en su vientre. que luciría mucho más joven si no fuera porque tenía una expresión extremadamente solemne y portaba una densa barba. En mi memoria la confundía a ella con otra persona menos atractiva. El periplo entero. a quien la maestra alegaba no conocer en absoluto ni haber visto jamás. Cada vez que mencionaba al objeto paterno no identificado que le hizo esa hija. la señora hablaba sin parar. Otro tema de conversación era el padre de la joven barbuda. Casi invariablemente nos acompañaba en nuestra excursión semanal otra mujer algo más joven que la maestra. La joven barbuda alteraba su semblante solemne para sonreir y asentir cada vez que yo aseguraba recordar algo.ella pagaba la gasolina. Ambas viajaban en el asiento trasero.

La joven barbuda gruñía y asentía con suavidad al escuchar estas palabras. es decir. Nunca le pregunté a ella si esto significaba que había sido violada por el desconocido en la oscuridad. mucho menos le pregunté si el desconocido la violó a tergo. si es que la asaltó. Las pocas veces en que la señora abordó el Bonneville sin acompañarse de su hija ni el chihuahua 47 . de ella y yo: “nuestra relación”. de hecho. envilecido por el desviado deseo de su gran culo de flaca. —Este cuerpecito. y lo fue por un absoluto desconocido. No pregunté nada de esto. pues pudo haber sido un partenaire voluntariamente escogido en un baile de disfraces. La maestra también hablaba de nosotros. emitía suaves gruñidos de alarma y se mesaba las barbas cuando oía mencionar a su desconocido progenitor.mi mente se entretenía en ejercicios abstractos. ella cortaba abruptamente el asunto. que no me imaginara cosas. Antes que yo pudiera indagar un poco más. aduciendo que no era saludable referirse a ese tópico delante de su hija. pues si bien ella traía el tema en la conversación. que todavía no está nada mal —decía y se pasaba las manos por la cintura y las caderas —sólo fue tocado una vez en la vida. quien. Al mismo tiempo advertía que no le interesaba el sexo en absoluto. Aludía a la diferencia de edad y a la casualidad que convertía a su antiguo alumno infantil en un hombre que la recogía todas las semanas frente a su casa y se “la llevaba de paseo”. también lo bloqueaba. razón por la cual el asaltante no dio a ver su cara.

yo también tenía una novia. aparte de ir a Carolina 52 veces al año. Era una ruta que desviaba por carreteras secundarias bordeadas de árboles. a quien podía invitar a salir gracias al Bonneville.llegué a temer que me invitara a entrar una vez arribáramos a la casa de Carolina en la cual ella solía penetrar mientras yo esperaba afuera. No supe qué hacía dentro de la casa ni quién vivía allí. nada lujosa pero tampoco modesta. El perro jadeaba y miraba mal. también esperaban sentados en el auto. con persianas estilo Miami invariablemente entreabiertas. El chihuahua antipático y la hija. Pero jamás insinuó tal cosa. para 48 . En esa época. mientras la joven se repasaba con un pañuelo la barba sudorosa y el pelo del pecho. al cine. casi alucinado por el relumbrón del sol sobre el bonete dorado del Bonneville. cuando venían. Yo leía algún libro mientras aguardaba bajo el calor sofocante. cuyo interior producía el usual efecto de oscuridad total ante un exterior intensamente soleado. a visitar amistades y en rondas campestres donde un paraje solitario hacía en ocasiones las veces de motel. Íbamos a la playa. silenciosos. En un principio a ella le pareció muy conveniente el trato que me permitió adquirir un buen automóvil por el precio de 100 dólares y un compromiso que apenas ocupaba tres horas a la semana. Sólo pude observar que era una edificación idéntica a todas las de la calle. Un día tomamos por mera casualidad la ruta que emprendíamos cada semana la maestra y yo hacia Carolina.

Y de inmediato se abrió la blusa y expuso sus grandes senos blancos con pezones dorados como ojos sorprendidos por la luz. en qué callejón oscuro de mala muerte”. y yo defendía a la maestra y a su cría. si bien casi antiguo.evitar el sol y el tráfico propio de las autopistas. De pronto preguntó qué me obligaba a “estar carreteando a esa vieja para arriba y para abajo todas las semanas”. Al poco tiempo ella preguntó “por qué te gustan las negras”. Ella argüía que “una compra es una compra y nada te obliga a servirle de chofer a esa maestrita y a su hija anormal. en el cual precisamente podía pasear con ella como lo hacíamos en ese momento (aparte de estudiar y realizar algunas actividades semejantes al trabajo regular). Esto me forzó a tirar el Bonneville hacia un borde de carretera tupido de arbustos donde se acomodó con sorprendente suavidad. Le contesté que me obligaba el excelente pacto gracias al cual obtuve el auto confortable y confiable. Las curvas de la carretera me impedían desviar la vista. Mi novia era una muchacha menuda también. pero no tenía el cuerpo de mulata de la maestra. Preguntó si me la había regalado “la maestrita”. 49 . ella encontró una revista pornográfica que yo había mal atacuñado bajo el asiento delantero. de sobresalientes formas que contrastaban con su delgadez. que sabe Dios quién se la hizo. pero noté que ella contemplaba la fotografía de una mujer negra desnuda. Eran los años en que Playboy comenzaba a sensibilizarse hacia las minorías. La abrió y comenzó a hojear. Mientras hablábamos del tema.

No la volví a ver. Entendí que debía devolverle el Bonneville y así lo hice sin mediar preguntas. Nadie asomó jamás su rostro tras las persianas de aquella casa oscura. Fue el primer momento en que llegué a cuestionarme. Nunca he sabido si alguna vez compré ese carro. El bonete relumbrante del Bonneville que surcaba con serenidad el viento cálido de las autopistas a sesenta millas por hora me aseguraba de alguna manera que yo no pasaría el resto de mi juventud sepultado en una cárcel hedionda si mantenía mi palabra con la antigua o actual (ya era difícil saber) dueña del auto dorado. Ya ella se había resignado al excursus carolíneo. la validez del contrato con la mujer que de alguna forma seguía controlando ese auto. No sé si de verdad fue mi maestra. por lo que contrataría un chofer. que luego intenté borrar en vano. 50 . Al cabo de varios meses me casé con la novia que tanto sabía argumentar con sus senos. que no se veía bien que un amigo casado la paseara en auto todas las semanas. yo mismo. pensando lo que diría la maestra. al saber del matrimonio. yo también era objeto de un largo juicio por cargos de “terrorismo”. Iba y venía visitando a los abogados. me lo alquilaron o qué. Aparte de ir a Carolina o de aparcar el auto en parajes motelescos. Nunca fallé en llevarla a la casa oscura de Carolina y devolverla luego a su casa real.La piel delicada y dorada del asiento de atras quedó marcada con unos pálidos arañazos. El juicio concluyó y me demostró no culpable. Pero fue la propia maestra quien me dijo.

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en fin. pues todo trazo del signo produce la invaginación de una superficie sobre el escenario de la marca que la visita. El inmueble ofrecía el curioso detalle de poseer junto a la bañera un enorme ventanal que alcanzaba del piso al techo. En esos momentos acabábamos de leer a dúo las primeras páginas de la Gramatología de Derrida.Ante la tumba de Marx El se arrodilló delante de mí y comenzó a comerme el coño —Almudena Grandes. —But cunnilingus dwells on the orality of my cunt —embromaba Gloria Marx. Las edades de Lulú —Debe existir un nexo entre el cunnilingus y la escritura cuneiforme. cuneiforme. Había que bañar53 . Toda escritura es. cerca de Highgate Park. Cuidábamos el apartamento de Anne mientras ella cruzaba el océano para visitar a Tomás en Nueva York. completamente desprovisto de cortinas o visillos. que daba al patio interior del edificio.— Así discurría yo con Gloria Marx cuando compartíamos el apartamento de Anne Buchanan. Anne había tomado este apartamento hacía un tiempo junto a una confederación de okupas que controlaba varios edificios de la zona.

se en vitrina. no comenzar sino culminar en ese punto. tuvieron muchas oportunidades de contemplar los montajes de Gloria (yo era el ‘amanuense’ oral). Su muralismo de alguna manera influía en esa escritura oral pública en que pretendía convertir el cunnilingus. La bañera en vitrina fue su. pues ella admiraba a Siqueiros de todo corazón. unos ojos verdes inmensos achinados hasta representar una sola raya cruzando el rostro de locura y de esperanza. nuestro primer texto. Allí mis labios y mi lengua retrazaban los trazos cuneiformes de su curiosa vulva a modo de perorata culminante de un guión porno escenificado a la luz de decenas de velas (el apartamento. Mis-en scène dedicada. pues mi amiga practicaba situaciones exhibicionistas cuidadosamente concebidas. en las que invertía su talento de fotógrafa y muralista. lo que le imprimía un matiz de realismo social estalinista a su afición. pensaba mi mente abstracta. les gueules de métèques. como la poesía de Dylan Thomas. Le Rayon vert de Julio Verne y Eric Rohmer. Pero sus inclinaciones no eran exactamente derrideanas. sólo a los lectores extraños. Según ella el juego de amor debía. pero en esa mutualidad me correspondía casi siempre arrodillarme y contemplar por instantes. La costumbre se convirtió en un regalo mutuo. Sexo en escaparate. Era un feature que deleitaba a Gloria. ocupado ilegalmente. desde abajo. disponía de mínima electricidad). Los rostros extraños. 54 .

Pero a veces parecía que a Gloria no le interesaba el hecho de que personas concretas presenciaran sus exposiciones sino la impronta pública de las mismas. es decir. en palabras sencillas.aunque ella se dirigía a un público de élite. Allí nos sorprendió una dama que paseaba sus tres afganes entre los arbustos donde yacíamos. Su cuerpo hacía y deshacía monumentos de temblor. Lugares emblemáticos: el cementerio de Highgate. de los que yo formaba parte como estatuilla oferente ante el atrio de su espléndida vulva. pretendió imitarme. La cuestión era. no tanto a causa de nuestra impropia 55 . comerle el coño al aire libre. Así que fluctuamos hacia ambientes más dinámicos y selectos. no a la masa. —Friedrich now be a good boy. junto a la tumba de Karl Marx. ex-hippies flemáticos. Creo que Gloria no era exhibicionista en sí. no se exhibía sino que exhibía un concepto muy específico de su cuerpo. Lo importante era remarcar algunos lugares con el signo cuneiforme de la carne en el momento en que ésta instauraba su trance de placer. traicionando así uno de los dogmas estalinistas de Siqueiros. plantando sus lenguetazos en los muslos de Gloria. muy juguetón. poco impresionables por una pareja montando cuadros en cueros. de nombre Friedrich. Friedrich! —le conminó el ama con alarma. sino exhibidora. De pronto uno de los malditos canes. tras emitir un sigh de embarazo. El primer público fueron los okupas confederados de Anne.

Beat it you Arab-suckeress! Yo esperaba un trauma real en cualquier momento. Pensaba que ello le había creado una siniestra relación de objeto con su vulva gracias a la cual su pulsión circulaba como compulsión. estaciones solitarias del tren. Entonces sí apareció un policía que nos obsequió amenazas insultantes. Hubo más parques. tal vez porque pensó que yo era árabe: —Shame on you: an English woman sucking an Arab dick. jardines.conducta sino ante la delatora destreza del gesto de su Friedrich. sin pena ni miseria. Pensé en un principio que París supondría una nueva galería para esta racha de sexo outdoors en la que ya yo no me reconocía ni recordaba mi nombre. cerca del Instituto de Estudios Latinoamericanos. centros de diversiones. Gloria solía hablar del tabú judaico contra la sangre menstrual. Mi mente come libro sintió nostalgia de las amigas platónicas y asexuadas de antaño —recordé la tonada de Yesterday. …Hasta que salimos hacia París en el tren expreso. El único malrato ocurrió cuando a Gloria se le ocurrió “reciprocar” en Russell Square Park. En una bañera de un hotelito del sector Le Marais se manifestó en 56 . Sin mediar palabra se nos ocurrío suspender aquella Ley. when all our troubles seemed so far away. El hábito ya me provocaba estrés. Pero allí rompimos vicio. Sucedió gracias a un corte imaginario largamente pospuesto. Allí en París Gloria Marx tuvo la menstruación más abundante que la historia haya registrado.

¿A qué escritura corresponde esta tinta? —debí preguntar.este reino la gloria del Señor cuando ella abrió sus llameantes muslos y brotó un Amazonas de sangre. Sus ojos se achinaban hasta cruzar su rostro con una raya verde de deseo y de esperanza. raudales y chorros de sangre redundantemente roja tiñendo el agua de la bañera. pero yo era muy pequeñito entonces. Yo me retorcía en la bañera como un axolotl embadurnado en sangre. dando coletazos. 57 . si hubiese tenido mente. abismándose por el desagüe durante horas como un close shot interminable de Psycho mientras la ducha asperjaba una lluvia cálida y amniótica. si hubiese sabido hablar. Ella entonó salmos.

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Roberto. Llegamos a un descampado que era como llegar a ningún sitio. Me acuerdo del mío. aperturas recién serruchadas en un piso tablado. Entregamos todas las identificaciones personales durante una discreta recepción en el aeropuerto y adoptamos nuevos nombres. Todo sea por la lucha. Estibas de papel de periódico sugerían una estoica alfabetización del culo. era la metáfora de la ducha de baño.Punto Cero Disparamos muchos tiros en Punto Cero. Aterrizamos al amanecer. Había quien se llamaba Mariana. insustituíbles. Pero el café era excelente y los tiros. Cada cual asumió un papel. El sol matinal estrenaba una ciudad de colores claros que permanecía despreocupadamente desierta. En los barracones sumergidos entre el pasto acomodamos nuestro equipaje magro. Quizás el haber asu59 . Comíamos una carne enlatada rusa que el Campesino del grupo bautizó como “chochín”. El radio del carro que nos condujo a Punto Cero tocaba “Yesterday. Miramos con desconcierto las letrinas acabadas de hacer. al aire libre. Un grifo muy elevado. Nos alejamos por una carretera rural tan poco llamativa que parecía no existir. Tremendas instalaciones dijo alguien. all our troubles seemed so far away”.

acostados y revolcándonos por el polvo como en las películas de vaqueros. —Eso de silla en semicirculito se deja para reunione de sindicato. Alguien empezó a actuar como el Dirigente. Creo que yo me inclinaba a encarnar al Estudiante. sino “tú” y “compañero” pues todos somos iguales. Además del Campesino estaba el Obrero. Pero no cayó antipático el instructor. Onda New Age. Lo mejor de todo es que no se dice “perdón”. según dijo. Nadie es “usted”. según él. ametralladoras. artista y homosexuale. como correspondía “a nosotro”. ni “señor”. sino “hasta la vista”. Pero finalmente el instructor militar entró. Era un Pino Nuevo. otra como la Heroína. A nadie le dio por ser la Seductora.mido nuevos nombres dio a entender que había que asumir papeles. bazukas y pistolas con los ojos vendados y de tirar al blanco de pie. El Artista colocó las sillas en semicírculo el día de la primera lección. pues no hay “dios” que valga. pues nadie es culpable de 60 . aunque rumoraban que ese papel existió en otras brigadas similares. miró las sillas y ordenó colocarlas en filas rectas. justo antes de llegar el profesor de teoría de tiro. El entusiasmo era multiplicador. con mucho provecho. pensé. Aparte de armar y desarmar fusiles. lo que es aquí. hay línea de mando” —añadió. pues sonreía con franqueza. El Artista decía que de esa manera se cancelaban las jerarquías y se comunicaba en iguales intensidades la energía del grupo. No se dice “adios”. una tarde nos enseñó dos o tres cosas sobre el idioma de la nueva sociedad.

Durante las noches había que apostar guardias. sólo se cometen errores. bajo la luz de la luna. imaginé. reabsorbía. escuché una voz que decía “pst… pst…”. en turnos de dos horas. ropas. De esa manera el mosquito. a un insecto del tamaño de un grillo. El Negro (ese era su rol) trató de enseñarnos una técnica mística para evitar las picadas de mosquito durante el sueño. Así los mosquitos aterrizaban en la piel. la enrrollaban con calma y luego alzaban vuelo. se dice “posición anterior”. chupaban tranquilamente la sangre. sin la ansiedad provocada por mosquiteros. sin preguntar. Pero el insecto más cruel era el mosquito. Monté el fusil FAL y le quité el seguro. en confianza. ¿Por qué? Porque se les permitía realizar su labor a cabalidad. como llamándome. libre de estrés. y clavaban sus proboscis en ella. que pertenecía a una especie caracterizada por imitar ese expletivo humano.nada ni debe implorarle perdón a nadie. desenterraban la proboscis. No dejaban ni picor ni picada. el anticuagulante que había 61 . sábanas o manotazos. entre los arbustos aledaños al barracón. al chupar la sangre. retomando así la situación anterior al error. Me acerqué a una rama de donde procedía el llamado y vi. La Heroína lo contempló bizca. Por lo tanto. En mi primer turno de guardia solitaria. Al rato nos advirtió que toda esa lección de vocabulario no respondía a ninguna doctrina oficial sino a simples “mariconerías” suyas. Consistía en dormir sin mosquitero enteramente desnudo y al descubierto.

Años más tarde hallé una versión exacta de esa teoría anti-picaduras en uno de los cinco volúmenes del Viaje a las regiones equinocciales. Pero ella adujo principios de moral revolucionaria y todo quedó ahí. sin embargo. Su demostración se practicó en la oscuridad casi total. noche tras noche. El instructor de kárate era un hombre de gran 62 . —Juran que los mosquito no me pican polque negro es mi colol —concluía él. de Alexander von Humboldt. y exigió una autocrítica colectiva. La Heroína se conmovió la primera vez que escuchó el reclamo. Ni nunca las tuvo. para infundir el entusiasmo solidario del grupo. Nadie más. Así removía los remanentes tóxicos del coagulante que causan la inflamación y el escozor de la picada. El Negro demostró ante todos el éxito del método. El Negro siempre sostuvo que esa ausencia de interés colectivo en imitar su estrategia anti-picaduras demostraba patentemente el racismo de los camaradas. Le propusieron que fuera la primera en dormir desnuda y descubierta a la luz de la luna.segregado al inicio de toda la operación para aligerar el flujo de sangre. por no caer en la decadencia burguesa de mostrar la desnudez (aparte de que la oscuridad es el ambiente óptimo para la acción mosquiteril). aplicó el método. pues probaba que en el fondo todos atribuían su éxito en evadir las picaduras de mosquito al mero color de su piel. no recuerdo cual. entre sombras. y al final se comprobó que el compañero no tenía picaduras. y lograba alimentarse sin dejar rastro.

para que muera como el sucio que es. Pero también. el asunto del cuchillo marinado en orina eran “mariconerías suyas”. en compañía de su esposa. Aconsejaba marinar en un frasco con orina y vinagre el puñal seleccionado la noche antes de la acción “para que se le emponzoñe la sangre al desgraciao”. Al parecer. decía. y su compañera saltó como una 63 . el crepúsculo junto al mar. Orientalizaba sus ojos con unas gafas de montura cuadrada con cristales muy gruesos e infinitamente pequeños. mientras contemplaba desde el balcón de su casa. levantó una mano para defenderse de los rayos cegadores del sol poniente.estatura. nos premió con una lección extra sobre teoría y práctica del asesinato sin armas de fuego (odiaba los tiros y “toda esa babbaridá”). pidió un día que lo relevaran de esas tareas cuando una tarde de verano. Eliminaba tantos detalles. La mejor hora para matar a alguien es justo al despertar. pues nunca lo incluyó en sus anécdotas y aseguró que siempre realizaba sus “trabajos” con las manos desnudas. antes que la víctima realice sus abluciones matinales. Él mismo había realizado unos cuantos tumbes de personeros de la contra allá en las “entrañas del monstruo” y solía narrar con brevedad de taquígrafo sus hazañas de hit man al servicio de la revolución. por lo que aparte de las rutinas karatecas. contó. con torso de refrigerador industrial y piernas cortas. que no recuerdo nada. con todas sus pesadillas fresquecitas. como corresponde a un karateca. Le caímos bien.

gacela aterida: ella le confesó que le tenía miedo. persecuciones con perros a través de parques y de litorales desconocidos. por senderos tupidos de arbustos espinosos. En las simulaciones de táctica y estrategia disparamos muchos tiros. Otro ejercicio de táctica y estrategia ocurrió en el campo. Caminamos de noche. Me correspondió crear una escena de pareja enamorada con una militar asignada a la maniobra. sin pronunciar una palabra. Las gafas del karateca eran peceras y sus ojos peces inquietos. Después bailé con ella en una fiesta de despedida y sonreíamos con timidez cuando el corrillo hacía bromas sobre nuestro papel junto al puente. La muchacha era muy delgada y rubia. el uniforme casi metalizado por el almidón engullía su cuerpo. Por bruto. para evitar compadecerlo. digamos. Yo era quien debía detonar los explosivos colocados junto al puente. Era una zona relativamente poco habitada. según nos enseñaron. Debíamos simular besos apasionados cerca del puente cuya voladura también se simularía. sólo cada treinta minutos de camino aparecía alguna casa campesina aislada y absolutamente ningún caserío. hubo luces de bengala. Alguien se lastimó un ojo por no saber caminar agachado en la oscuridad. escudándose el rostro con el antebrazo. Hizo su papel con disciplina. mientras nos lo contaba. Ya yo había adquirido la postura permanentemente agachada de 64 . Caminamos hasta hacer sangrar las plantas de los pies. pensé.

Las rodillas se me habían congelado en posición angular. Un jeep militar se los llevó a ambos a recibir primeros auxilios. alineados a través. Era la Feminista del grupo. como sardinas narcolépticas. llorando a carcajadas en sueños. Más tarde me contó la Feminista que sus dolores se debían a no haber cagado durante los tres días de caminatas y tiroteos. Mientras iba en el jeep. la Feminista y el Tuerto (nuevo rol del que se lastimó el ojo) solicitaron relevo de emergencia por sentirse muy mal. Soñé que estaba conduciendo una ambulancia sin frenos por las calles de Leningrado durante los diez días que estremecieron al mundo. que dormía a mi lado con todo y mochila puesta. carreras a campo traviesa y más tiros. perteneciente a un campesino de la zona. Al llegar a una casa de seguridad. con cerveza y cabro al chilindrón. Desperté. no pudo soportar más y dio a la oscuridad 65 . caminatas. nos tiramos todos a dormir con los uniformes y las botas puestas. que brincaba como un potro por los caminos sin pavimento. Al amanecer tuvimos un banquete de tiros. La expedición campestre duró tres días. en dos o tres camas anchas. Al atardecer.los soldaditos plásticos que venían en las cajas de cereales de antes. La hartera de cabro y cerveza fue el abortivo perfecto. Llevaba sentada a mi lado a una joven que aullaba con dolores de parto y sus alaridos servían de sirena para abrir el paso. por falta de costumbre e inspiración para hacerlo al natural. Celebramos el fin de ese ejercicio en un picnic.

Roberto. que la apestosa era ella. El mismo carro nos devolvió a la ciudad por la misma carretera inconspicua. pero no abusamos. muy lento. en un bimotor escandaloso. Ella les pidió a los dos soldados que iban en el jeep que por favor no culparan a los pobres guajiros. Excepto yo. bien general. don’t make it bad. take a sad song and make it better”. Levantamos el vuelo de regreso una tarde de noviembre. En Los Tres Monosabios compartimos con nuestros profesores de teoría y práctica de la insurrección violenta y conversamos sobre el asunto en general. La cosa quedó sub rosa. Abandonamos nuestro campamento en Punto Cero. por no hablar demás ni pensar en despedidas. no hablan”. —¡…Ñó! ¡Qué peste! ¡Qué mucho guajiro hediondo hay en estos campos! —gritó el soldado conductor del jeep. El instructor de táctica y estrategia me dijo que yo era muy lento. Esta vez el radio tocaba “Hey Jude. El consumo quedaba a cargo del PC. sin referirnos a nada en concreto. no seas lento. te pueden matar. Aguardamos la partida en un hotel cuyo bar se llamaba Los Tres Monosabios: “Que no oyen. como secreto entre camaradas. —Te deseo que seas más rápido. 66 . quizás por haberlo soñado antes. no ven. Yo pensé en el procedimiento de los mosquitos. Dejamos de disparar tiros luego de par de meses. dejándolo casi tan desnudo como estaba. que me enteré.el contenido de su vientre.

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Gotcha
(Variaciones sobre un tema de Goethe)

Cuando aprendí a leer, leí la historia de Minna y Otto no sé donde. En su primera adolescencia ya ellos eran vecinos. Minna corría bicicleta, nadaba, entrenaba en polo acuático, montaba a caballo, practicaba el kárate y jugaba gotcha, aquél deporte de armas que disparaban balas de tinta roja. Todo ello lo hacía Minna con tal espíritu de competencia que terminaba, casi siempre, en compañía de varones. Entre éstos descollaba su vecino Otto, a quien también llamaban el Vikingo, por su espesa cabellera roja. Otto apenas simpatizaba con el arribismo deportivo de Minna y se distanciaba discretamente de ella para evitar concederle el rango de rival que ella tan obviamente buscaba, ingresando en cuanto club o evento se organizaba en la urbanización cerrada donde residían, y fuera de ella, procurando arrimarse a los más destacados competidores para eventualmente vencerlos sin piedad. Minna vivía justo al lado de Otto, pero sólo intercambiaban saludos lacónicos, saturados de una aversión mutua inexplicable que terminó impidiendo también la amistad entre sus familias, tan semejantes, sin embargo, en todo. Con la rapidez que corresponde a una vida adolescente, el prestigio deportivo de Minna llegó a extender69

se por todo el archipiélago de urbanizaciones cerradas que poblaban el sur de la zona metropolitana, hasta el punto que su nombre y su bella imagen figuraron en algún noticiero televisivo. Un periódico de farándula sacó una foto suya que luego solía aparecer, con frecuencia, recortada y pegada en portadas de cuadernos escolares y en puertas de habitaciones particulares que permanecían cerradas por largas horas. La foto muestra un cuerpo esbelto cubierto de una maya de licra negra que ciñe una musculatura ligera y escultural. Una escafandra oculta el rostro. La metralleta gotcha en mano le presta a la figura un toque retro-terror de moda en la época. Fue el gotcha lo que aproximó a Minna a su distante vecino del lado. Ella lo buscaba, no muy secretamente, para derrotarlo. Él la evadía ya no tan discretamente, para humillarla. Pero nadie pudo evitar que Minna ingresara al equipo rival del torneo de finalistas que Otto protagonizaba. El evento se celebró en el bosque tropical. Los bandos combatieron con ferocidad. Competidores bañados en tinta roja fueron quedando eliminados. Pronto la lucha se redujo a un duelo entre los dos archienemigos. Minna disparaba sin cuartel. Otto saltaba como un gamo entre los ayacanes, esquivando los proyectiles de tinta. Minna evadía las ráfagas de su enemigo rodando bajo las hojas y descolgándose de las ramas. Ella tendía emboscadas, adherida como una serpiente a los troncos de los helechos gigantes. Él
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los dos vecinitos lanzaron las metralletas al lado. se despojaron de sus escafandras y se abalanzaron uno sobre el otro para proseguir el combate mano a mano. La sociedad civil lamentó la violencia ocurrida entre jóvenes tan ejemplares y de buena familia. Seis horas en el quirófano salvaron la vida de Otto. orientado por un olfato animal. La violación del reglamento desconcertó a los jueces y a otros espectadores del suceso. El suceso impactó toda la comarca de las urbanizaciones cerradas. descubría las posiciones de su rival y la ponía en fuga con un tableteo inmisericorde. Otto sometía a Minna a un agarre de estrangulación. Cayeron al suelo. ella palidecía peligrosamente. pero antes que los separaran ya Minna se zafaba. Pero tan pronto recuperaron su aliento. pero el salvajismo con que los dos jóvenes se agredieron transmutó en escalofrío la alarma de los presentes. Las escuelas católicas asignaron minutos de reflexión al tema. mordía con ferocidad la tráquea de Otto y parecía arrancársela. toda vez que era un acto surgido de un odio recíproco sin causa. momentáneamente aturdidos. —Eso es lo más desconsolador —decían. La prensa circuló la anécdota. Nadie 71 . El torneo debió terminar ahí. Los jueces de campo ya se aprestaban a otorgar un empate cuando Otto y Minna tropezaron uno con el otro imprevistamente a causa de la ceguera que les infundió la furia con que se perseguían.detectaba subrepticiamente las emboscadas.

presentó cargos contra nadie, lo que en parte alivió a la Asociación de Vecinos. La misma noche del suceso, Minna, todavía ensangrentada después de los interrogatorios y de la breve estadía en la sala de emergencia, alzó la vista al cielo estrellado de otoño, contempló la constelación Aquila y comprendió que lo que albergaba en su interior no era un sentimiento, sino los restos de la explosión de Altai. La familia de Otto se mudó a la Florida. Minna recibió miradas pasmadas y momificadas en todo lugar donde concurrieran las señoras y doñitas de buena sociedad. Se dispuso entonces a realizar algunas modificaciones en su conducta, comenzando por dejar de escuchar cierta música, mudar su atuendo y cambiar de deportes. En seis meses era otra. Entró a la universidad. Se ajustó a un noviazgo sosegado con un joven abogado. El noviazgo se adentraba con placidez en la constancia conyugal. Sus estudios se extendían sin prisa hacia un futuro decidido. Ella recibió las miradas acogedoras de las momias. Cinco años después, varios amigos y vecinos comenzaron a reportar que Otto había retornado al país. Era un empresario exitoso de una industria global indefinible. —Volvió el Vikingo —decían. Cuando en una apertura de una exposición alguien le llamó y le presentó a Minna, ambos cumplieron los gestos de quienes se conocen por primera vez, pero con ello delataban que no olvidaban nada. Recordaban, pero
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aquella rivalidad asesina de otrora les retornaba con un ligerísimo desplazamiento en su eje. Según algunos rabinos, cuando llegue el Mesías apenas alguien se enterará, pues su presencia producirá una variación casi imperceptible en el orden de las cosas: cambiará todo sin que nada parezca cambiar. Esa noche Otto miró a Minna a través del cristal de su copa de vino y le estremeció una atracción tan fuerte como el odio que hubo albergado seis años atrás. Sin embargo, el vino derramado por el estremecimiento de la copa no llegó a manchar su chaqueta de seda blanca. Minna sentía en las entrañas un magneto que halaba su cuerpo hacia Otto y amenazaba con destrozarla desde adentro hacia fuera, pero nada alteró la sonrisa seria que supo esbozar cuando notó la escarificación en forma de media luna sobre el cuello de Otto. En los días posteriores al encuentro Minna meditaba, y el magneto alojado en sus entrañas pulsaba como un segundo corazón. Su novio bueno y correcto se iba borrando ante el brillo feroz de Otto. La pareja cenó una noche con el recién llegado y varios amigos. Todos alcanzaron a celebrar con civilidad jovial la paz entre los antiguos adversarios. Otto ofreció un brindis por “los gladiadores que nunca se rindieron” y todos chocaron copas entre sonoras carcajadas. La mano de Otto pareció temblar al chocar con el vaso de Minna, pero ello se debía a la risa –pensó ella. Algunos miraban el cuello de Otto. En esos días una hoguera crepitaba dentro de
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Minna y ella meditaba. Le castigaba la idea misma de escoger a Otto y defraudar la vida tan prometedora con el novio bueno, pero más le torturaba saber que ese temor era trivial, pues Otto no le ofrecía señal alguna de pasar por la misma transformación que ella, aparte de cierta liquidez tornadiza en el parpadeo de sus ojos. Se sucedieron entre ellos varios encuentros matizados por la misma cordialidad inconsecuente. Minna evitaba, debido a su conciencia turbada, todo momento de intimidad, pero más perturbador era que Otto ni siquiera pretendía evitar esos momentos porque no se le ocurría desearlos ni dejar de desearlos. Entonces Minna decidió morir y comenzó a concebir la escena de su muerte. Otto invitó a decenas de amistades a una excursión en su velero. Era una de esas naves amplísimas en las cuales la gente pretende disfrutar sobre el mar las amenidades que halagan la vida en tierra, como si la compañía de dichos bienes colmara el temible vacío del desierto líquido. El yate contenía habitaciones para todos y diversas salas ricamente amuebladas. Minna y su novio figuraron entre los invitados. La fiesta era típica. Había quien aspiraba cocaína, pero predominaba el alcohol. Otto alternaba las funciones de anfitrión y capitán con sus acostumbradas dosis de simpatía, gracia y frialdad. Cuando oscurecía se desató una tormenta pero sólo Otto pareció notarlo. Salió a cubierta y vio que el piloto estaba borracho, lo echó a
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Otto le cruzaba el brazo por el pecho y la axila para sostener la cabeza de ella sobre el agua pero la mujer se resbalaba con movimientos de delfín desquiciado y se sumergía 75 . ya fuera por los efectos de la bebida. Durante el viaje había intentado varias veces conversar con Otto. En ese momento él sorteaba un estrecho paso entre dos cayos rocosos. empecinado. pero siempre los interrumpió algún huésped inoportuno. exclamando. que estoy en medio de un pilotaje peligroso! El vaso se derramó sobre el vestido de Minna. Ella subió al puesto de Otto para llevarle un trago.un lado y asumió el timón. Ella resistió el agarre de Otto con golpes que le recordaron la antigua lucha en el bosque. ya fuera por las sacudidas de la nave. Otto no pudo sino echarla a un lado para realizar una maniobra súbita del timón. quien se dejaba ir entre la espuma. quien gritó —Ya no te importunaré más en esta vida —e inmediatamente corrió hacia la proa y se lanzó al agua con un vigoroso salto de campeona nadadora. Otto nadó sin pausa en una y otra dirección hasta dar con Minna. sin que él lo remediara. Minna se tambaleaba como los demás. Soltó el timón. Los relámpagos permitieron que Otto viera la acción que transcurría frente a él como si lo sorprendiera la escena insólita de una película en la cual debía participar. se despojó de sus ropas y se lanzó al piélago oscuro tras Minna. El oleaje aporreaba la proa. —¡No me molesten. sin advertir a quién le hablaba. Cuando Minna le tocó el hombro y le ofreció el vaso.

los dos jóvenes se abrazaron. La refriega y la tormenta le arrancaron a Minna sus ropas. gracias a que Otto nunca la dejó tragar agua. Allí mismo él intentó devolverle el sentido colocando su pecho sobre el de ella. Al volver con las frazadas. Ella respiraba. Otto nadó con Minna hasta un islote donde vio un pequeño muelle y una cabaña. Rememoraba sensaciones que se le presentaban ahora bajo un signo diferente. Minna había desechado toda turbación y deseaba unirse a Otto sin más consideraciones. ella recordaba la lucha de ambos en el bosque. por lo que fueron a buscar frazadas. y luego bajo el agua. Otto pensó que jamás salvaría del agua ese cuerpo imposiblemente resbaladizo y salado. Tendió a Minna en la orilla. empeñado en nadar hacia el fondo. Una pareja de ancianos abrió la puerta.una y otra vez. Pero Minna perdió el sentido cuando su cabeza chocó con una roca. infundiéndole el mayor calor posible. Una vez solos en la habitación. los ancianos se percataron de que Otto también estaba desnudo y titiritaba de frío. apagaron la luz y los dejaron dormir. Tan pronto volvió en sí. los tres corrieron a buscar a Minna y la colocaron en la cama del dormitorio principal. los cubrieron tiernamente. Otto corrió a explorar la cabaña y a buscar refugio. pues el viento y la lluvia arreciaban. La joven despertó. Al reconocer que la joven estaba completamente desnuda y temblaba. los ancianos los encontraron unidos. Cuando cesó la tempestad y salió el sol de la ma76 .

Entonces Minna miró a Otto a los ojos. Una vez escuchado el reportaje. había zozobrado en la tormenta luego de arremeter contra un cayo rocoso. incluyendo a Otto y Minna. ya los cuatro habitantes de la cabaña compartían el desayuno en la cocina y escuchaban la radio. El noticiero informaba que el yate Poseidón. propiedad del empresario Otto Rodolfo. Se estimaba que sus 37 ocupantes. habían perecido en el accidente. conocido como el Vikingo. le tomó las manos y ambos exclamaron al unísono y con gran felicidad: —¡Qué importancia puede tener esa noticia para dos amantes favorecidos por las estrellas! 77 . El locutor recitó los nombres de las víctimas. muchos de ellos jóvenes profesionales vinculados a conocidas familias.ñana. un silencio beatífico ocupó la escena.

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con Lavinia. A las once se simulaba el cierre del local. Shakespeare. Nadie entraba a partir de ese momento. violada. Los clientes que optaran por quedarse más allá de las once debían acuartelarse allí y no salir hasta que lo indicara el tabernero. —Escribe tu pensamiento. di. —Anda. Gloria Marx y yo acudimos al lugar en busca de un rincón donde hablar cierto tema importante. Chirón. Tito Andrónico La taberna Your Whoring Life quedaba en una callejuela próxima al antiguo mercado de Covent Garden. Nos sentamos en una mesita frente a la barra sin prestar mucha atención a nadie y casi sin 79 . y. quién te ha cortado la lengua y te ha deshonrado. traiciona así tus sentimientos. Era punto fijo de migrantes andaluces (y algunos sudamericanos) que burlaban la ley de cierre londinense para beber tinto en vez de cerveza e improvisar rumbas sin mirar la hora de la noche. si tus muñones te lo permiten. has el oficio de escribano.Taberna Tu puta vida [Entran Demetrio y Chirón. y cortadas la lengua y las manos.] Demetrio. si puedes hablar. ahora.

y con esa inclinación del gremio al rastreo furtivo de la celebridad. Juan. pues nuestra conversación ya se aproximaba al tema tan temido y la toma de fotos sin flash fue lo bastante laboriosa como para comprar tiempo y hacer rodar la conversación por otros rumbos. ¿cómo visualizas esa escena? —Fácil. destacaba cierta actividad inusual. como siempre. las manos amputadas. Shakespeare escogió celebrar su cumpleaños allí junto a unos pocos amigos. en la esquina. por ejemplo. en patente estado de shock. concentrados en no desafinar más de la cuenta. con la lengua cercenada. Esto me convino. Gloria. fotógrafa al fin. —Tito deberá recitar su parlamento despacio. Gloria. Mas al final de la barra. que la escena donde Tito descubre la horrorosa mutilación a que ha sido sometida su hija es. se entusiasmó muchísimo y se dispuso a tomar algunas fotos discretas del bardo. malamente magullada. ¿Cómo es posible que ante el horror de contemplar a su hija violada. con ternura. Tito descargue una larga perorata en versos isabelinos. irrepresentable.escuchar el flamenco a veces destemplado que ensayaban. —contestó Gloria. —Te diría. Shakespeare. sin alzar 80 . improvisando metáforas y comparaciones poéticas sobre las sangrantes heridas de Lavinia? Tú que eres fotógrafa. pues según supimos por el mesero. algunos borrachos respetuosos. a riesgo de caer en el más insensible melodrama.

—Sí Juan. —Entonces concedes que el reclamo de Tito sobre su hija se funda. pero si vamos a hablar con propiedad. No veo cuál es el problema. al tiempo que va besando. —¿Pero cómo cabe tanta rabia y espanto en el tono de una plegaria versificada?” —argüí. Los versos sonarán como una plegaria de consuelo. Tito no reclama nada. La fuerza de ese amor es su único derecho. curando y vendando el cuerpo destrozado de Lavinia. esa es su sabiduría. Convertirse en víctima o en el padre de la víctima no lo hace mejor que nadie ni le confiere derecho a nada. No hay reclamo de salvación moral. sino en el testimonio del horror. Es un hombre que antes ha asesinado a un hijo suyo. Tito reivindica a su hija desatando en su máxima capacidad la fuente vinculante del horror en la que se crece su amor a alturas insospechadas.la voz. no en los derechos humanos de la víctima. pues sabe. que no tiene derecho a nada. y los espectadores lo debemos reconocer. —Porque el propio despliegue de la furia halla su medida sonora ante el descubrimiento de un nuevo y más poderoso vínculo entre padre e hija: el vínculo del horror (the bonding of horror)” —aleccionó Gloria. —¿Es fotogénica la ley moral? —pregunto y atizo 81 . y queda anulada toda posibilidad de salvación cuando en el climax de la venganza Tito también sacrifica a Lavinia imponiéndole una cruel eutanasia —concluye Gloria.

Gloria al fin sonrió. Gloria achinaba sus ojos verdes en forma enigmática mientras se reía de los tabúes sexuales de su educación judaica. Los borrachos respetuosos entonaron bulerías pasables con acompañamiento de guitarra y cajón. Poco a poco todos volvimos a lo nuestro. no la hagas llorar (don’t’ you make her cry) —gritó uno de ellos con tono cómico y conciliador. no seas malo. palmeaban y hacían coro. Gloria me miró mal. —dice Gloria en tono de post scriptum. Rompieron los andaluces con una rumba y continuaron los amigos de Shakespeare con una balada escocesa. —¡Una canción para la niña! —exclamó alguien en el corrillo de los borrachos respetuosos. El drama de nuestra mesita atrajo la atención del grupo que celebraba con Shakespeare: —Oh. acusadora. Tumbó y derramó nuestra botella de vino con el movimiento del abrazo y nos abrieron otra por cuenta de la casa. Shakespeare cantaba baladas escocesas a capela. dijo cosas duras. de donde proviene su fascinación.así su numen judaico. Yo narraba sin mucha precisión los contrabandos de un bisabuelo 82 . me abrazó. Evité mirar alrededor. al tema que en verdad nos apuraba. —Es infotografiable y absolutamente incumplible. lloró con entusiasmo inusitado. Este comentario nos recondujo mal que bien a la agenda de nuestro encuentro en la taberna. Todos nos miraban. no. Nuestra conversación alcanzó pronto su zona más tórrida.

el dueño de la taberna anunció la hora de cerrar y largarse. Hablamos con el tabernero. Estábamos seguros. La gestión no reportó nada. cínico. Después que le hube leído las líneas de la mano a Gloria. Nos percatamos que le habían robado la cámara a Gloria. No podía ser. —¡Debí formar un lío ahí adentro y denunciar la presencia de un ladrón! ¡Mi cámara es mi instrumento de trabajo. ya sólo les escaneaba disimuladamente las manos o los abrigos. Gloria. El tabernero accedió en el acto a instalarse en la puerta e inspeccionar con discreción a los clientes según salían. advirtió. pues nadie podía hacerlo hasta el cierre. Salieron todos despidiéndose festivos y afables: “Bye darling“ (a Gloria) o “Don’t you make her cry again” (a mí). —Why do we have to be so fucking civilized! —gritó iracunda una vez salimos por el callejón sin recuperar la cámara. pero no había duda. es lo más que puedo hacer”. es mi arte! ¡Allí estaban los negativos de Shakespeare! ¡Ahora quién me va a creer que prácticamente compartimos junto a Shakespeare la celebración de su cumpleaños en pleno siglo veinte! Le sugerí. —¡Fuck Shakespeare! ¡The crazy bugger 83 .capitán de navío que navegaba entre Madagascar y la isla de Mauricio. que quizás Shakespeare mismo se robó la cámara para evitar publicidad. buscando su cámara. La persona que la robó no pudo haber salido antes. sonriéndo sin ganas. Entonces cayó el balde de agua fría. “pero sin crear situaciones desagradables.

84 .doesn’t exist any more! ¡Fuck the tacky Spanish pub! ¡Fuck those shady Andalusians! ¡Fuck Titus Andronicus and his dumb daughter! ¡Fuck you! ¡Fuck your fucking life! ¡Fuck your bloody wife! —gritaba. irrefutable.

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quien lo dejó por mí. fue novio de Várvara. 28 de febrero de 1913 Hubo una época en que albergué gravísimas dudas sobre mi virtual carrera de profesor. eso sí. —Will. para probar opciones alternas. por tanto. conocían a un inglés ciclotímico que tenía una oficina sin letrero en Tottenham Road… era traficante de alta relojería. —Hacerse rico es increíblemente más fácil que escribir un libro. tienes que aplicarle al proyecto la misma intensidad que pondrías en escribir un buen libro —dijo Gustavo. Várvara. Gustavo y su novia. Diario. Agradezco la motivación decisiva que me proporcionó el amigo colombiano Gustavo del Cantor una noche en que apurábamos varios purrones de cerveza en la taberna Your Whoring Life. Pero lo más importante es que es ciclotímico —siguió diciendo Gustavo. las noches en que está en alta. una sorpresa desagradable le aguardaba… —Franz Kafka. —Várvara y yo solemos beber vodka con él.Cráneo Al final de su trayecto. cuando emerge por unas horas de la 87 . en el mundo de los negocios. así se llama. Incursioné.

hasta que los esbirros del marido lo sacaron a tiros de Sudamérica. Se enamoró perdidamente de una peruana casada con un millonario. de Putnam Road. relató con delicia el comentario que le hizo Gustavo. Sólo contrata a traficantes que odien a la burguesía. mientras el colombiano andaba rapeándole a Várvara. Adoraba a Gustavo. pero que deseen las exquisiteces de la burguesía. en el Club Ivan. El joven de diecisiete años le dijo que Londres no le impresionaba demasiado. ¿verdad Várvara?. donde existen muchas más edificaciones acabadas de construir. Will me comisionó un punto de compra y venta en Sudamérica. lógicamente. a pesar de que éste le quitó la amante. él paga. apenas llegado de Medellín. pues tenía más edificios viejos y chamuscados que Medellín. eso sí. con cristalería moderna. cuando se conocieron. Ahora mismo está buscando a un tirador de alta relojería que hable español e inglés. y donde no quedan rastros de castillos tan viejos y feos 88 . Se identificó con mi intención de reciclarme. Hablaba español desde que la Cuarta Internacional lo destacó en Bolivia cuando las insurrecciones troscas. sin rastro de envidia. La noche que nos reunimos ante unos vasos de vodka. El man es un viejo trotskista renegado.depresión en que lo sumió la trastada de ella. pues él mismo fue estudiante de literatura en los inicios de su militancia trosca. Te invitaré a una de nuestras sesiones de vodka la próxima vez que Will esté en alta.

sin saber que en ese momento atizaba la incipiente afición de Várvara por el muchacho. que los ejes de rotación necesiten rubíes sintéticos para hacer eficiente la fricción o que la masa oscilante que provee la energía a un movimiento automático debe girar sobre su propio eje. —That’s a bloddy revolutionary manifest!— casi gritó Will cuando terminé de recitar. ninguno de estos dogmas son verdades en el universo de la auténtica vanguardia de alta relojería. —¡Esto es cultura proletaria auténtica! —proclamó Will. El sorprendente reloj de Tag Heuer propone un movimiento con correas de transmisión. y brindó por los negocios. Antes de cerrar el trato le hice un full disclosure indispensable: yo era un tímido ex-stalinista y odiaba vender o comprar. verano de 1978. inventa la primera masa oscilante lineal y optimiza la fricción con microrodamientos en lugar de rubíes. —¡No importa! Stalin educó a los mejores 89 . Luego de ese relato. El comentario me valió la contratación inmediata. yo me tomé el cuidado de recitarle allí mismo el siguiente pasaje: —“La relojería de vanguardia Tag Heuer ha cuestionado dictados intocables hasta ahora. en lugar de piñones. Pues bien. Yo había copiado y memorizado mi parlamento de la revista Tiempo de Relojes.como algunos de Londres. como que la carga de un movimiento debe ser transmitida por ruedas. edición de Puerto Rico. Conceptos que abren la vanguardia del tiempo a una nueva e inquietante dimensión”—.

A usted le toca una comisión de 200% y lo que consiga por encima de ella—. —replicó Will. Cargaba un muestrario completo de plagios de los modelos regulator editados por Chopard. para establecer el primer contacto. Allí debí dirigirme. casi ebrios. salí del aeropuerto más rápido de lo que 90 . no debo mencionar. como si temiera que la ciclotimia de Will nos dispensara una diaforia prematura. sito en una ciudad sudamericana que. usted no va a comprar ni vender nada. Gustavo y Várvara se besaron con obscenidad exhibicionista. Al arribar. titanio. usted va a expropiar a la burguesía. además. Tag Heuer. De Witt. Así fue que entré en el universo alterno de los negocios y. Volvimos a brindar. Noté que Gustavo aceleró sutilmente la despedida. como consecuencia. entre ellos cuento con plagios perfectos de la serie limitada del Monaco V8 de Tag Heuer que usted acaba de describir con lujuria inigualable. Hublot y otros. conocí el Hotel Occcidente (por darle un nombre). a nuestros respectivas pensiones de Islington.trotskistas. añadiendo sin parar. Pero ello nada afectó a Will. cerámica y diamantes. que estaba en fase de euforia. —Yo muevo relojes de contrabando que copian las más exquisitas piezas de ingeniería del planeta. Chronoswiss. en su íntimo y runruneante Jaguar con aroma de cuero. Breguet. Gevril. para proteger ciertas identidades. zalium. elaborados con platino. Will nos devolvió.

pero no destruyó todo. Quedé mirando. Mis ojos buscaron algún signo que identificara al Hotel y se toparon finalmente con un letrero blanco. lo que no vi. Había salido de Londres entrada la noche y aquí llegaba comenzada la noche. ruidoso y apestoso. quien al escucharla hizo un gesto de reconocimiento y emprendió la marcha decidido. El frío de la noche crispó mi percepción. 91 . con un pie en el pavimento y el resto del cuerpo en el interior del auto. El taxi se había detenido frente a un edificio oscuro.preveía. El tráfico era lento. paralizó mi salida. con grandes letras apenas legibles en la oscuridad que decían: “Solicitamos la benevolencia de los estimados clientes. La lentitud densa me imposibilitó salir del letargo insomne. o mejor. con gran esfuerzo. Abrí la puerta del carro. Le dicté la dirección del hotel al taxista. En consideración a la lealtad de nuestros huéspedes hemos mantenido. El vuelo de 8 horas sin conciliar el sueño me había agotado. El reciente incendio del Occidente destruyó gran parte de nuestras instalaciones. pues la organización de Will tenía amarrados todos los trámites de aduana. pero lo que vi. El ruido me impidió echar una siesta en el largo trayecto. El olor a diesel casi crudo me mareaba. Había salido en verano y aquí llegaba en invierno. —deteniendo el taxímetro con una bofetada. Caía en un estado de conciencia alterada cuando el taxista rompió su mutismo y dijo —Hotel Occidente.

quedaban unos sectores en los pisos más bajos con habitaciones tenuemente iluminadas. usted vio. También se han instalado algunos okupas y deambulantes en otras habitaciones. son 25 —dijo el taxista extendiendo la mano para cobrar.una sección del hotel con plenos servicios. El taxista engranó en primera. como para iniciar la marcha y explicó. está abierto… bueno. Por favor. se alojaron en algunas partes del hotel con sus familias. tras los vidrios algo chamuscados. Sin apearme todavía quise ver qué era lo que estaba abierto. si bien una sección del edificio estaba derruida y en otra parte las ventanas fueron tapiadas con planchas de madera. a la altura de sus merecimientos. ropa tendida. que este es el hotel del famoso incendio? Ocupó la prensa en estos meses. un atentado suicida. hombres en camiseta fumando. dicen. es que los empleados del hotel. Pero como ve. veía a niños correr y algunos ancianos jugaban dominó. al quedar desempleados y sin capacidad para pagar sus viviendas. Mis ojos se habían amoldado a la escasa luz y ya podía captar que. En lo que era la recepción. En sus interiores se podía ver mujeres planchando. pase adentro y permítanos servirle como siempre”. con pedantería que mal disfrazaba su impaciencia: —Lo que pasa. Pero entre ellos han rescatado el hotel de la burguesía neoliberal que no quiso reconstruirlo. murieron decenas. ¿vio? …y ahora 92 . Después de leer miré al taxista: —¿No sabía usted señor.

casi corría hacia mí. —Lléveme al Hotel Imperial —le grité al taxista. Un portero con uniforme rojo y gorra negra salía de la puerta principal del lobby. bienvenido al Hotel Occidente—.lo manejan en beneficio del pueblo. me impedía cerrarla. El frío definitivamente aceleró no poco las funciones de mi cerebro. Noté sus guantes 93 . Puedo escoger otro hotel ahora mismo. seguro que mi contacto ya descartó este zarrapastroso punto de encuentro y Will me informará el lugar alterno en cuanto lo llame. pero luego la retuve. —Vio usted —dijo el taxista— ya le reciben. Levanté el pie del asfalto. e informarle el cambio a Will. aquí le dejo… son 25—. casi le entregué la maleta. El viejo uniformado con botones dorados terminó de abrir por completo la portezuela del auto y extendió su mano como para agarrar el equipaje. Pero funciona muy bien. no va a satisfacer las grandes necesidades de mi cuerpo ni de mi espíritu. lo acomodé en la alfombra del carro y me disponía a cerrar la portezuela cuando el taxista señaló hacia el hotel —Le llaman —dijo. El anciano rojo halaba la puerta. afirmé de nuevo el pie en la calle. no será amable conmigo. Tranquilo señor. De hecho. como quien dice. Pensé en fracciones de segundo: este lugar ruinoso no luce bien. buenas noches señor... me replegué hacia el interior del auto. cojeaba y me llamaba: —Señor. Vacilé. quien reubicará de nuevo mi contacto. señor. haciendo alarde de una firme decisión. hacía señas.

la ficción del gran hotel que le proporcionó empleo quizás por largas décadas. como usted diga—. y el fervor con que pretendía sostener. funcionamos perfectamente. es usted uno de nuestros viejos clientes. seguía contemplando al viejo. En verdad. Halé la puerta con firmeza y le grité al taxista de nuevo —Al Imperial. en agradecimiento a su lealtad al Hotel Occidente. Venga. al decir reconocerme. por favor—. como esperando que soltara la portezuela para evitar accidentarlo. venga. yo que nunca antes había puesto un pie en esa ciudad. Era una joven 94 . pero. Éste rogaba: —No se impresione con los estragos del incendio. por favor… —seguía el anciano. ¡Ah! Ya le reconozco. señor. Por favor. me provocaban alguna compasión.ex-blancos. renegridos de hollín. ante el obvio desastre. Pero desde que abandoné el estalinismo yo había decidido no responder a manipulaciones compasivas. Era que se había sumado otra persona a los esfuerzos del portero por mantenerla abierta. que parecía una pelambre plagada de sarna. para mi desesperación. permítame—. Noté la textura desleída de su uniforme de terciopelo. Mas esta vez la portezuela resistió mi halón con mayor fuerza. El taxista reaccionó al instante —pues al Imperial. Noté la facilidad con que mentía. mas sólo reposté —Pero si ya escogí otro hotel… volveré a éste cuando lo reparen. Hemos mantenido un servicio especial para nuestros distinguidos habitués. el estado lamentable del anciano.

señalando al viejo rojo —¿Es el señor su padre? —y me di cuenta que mi resistencia 95 . negro. Se lo digo yo. no nos abandone por otro hotel. de esos senos que asumen forma de papaya cuando su dueña se inclina hacia adelante. venga —continuó ella y tomó mi mano. de pelo oscuro. a través de mí habla la voz de mi padre… ¿Entiende? La voz de mi padre. por lo que le imprimieron un decisivo toque de indecisión a mi talante. no se lo digo yo. Es más. sin darme cuenta. luego el brazo que sostenía la maleta. por favor. Reiteré. si se queda. hasta aquí son 25—. muy blanca. caballero. Vestía un traje de seda ceñido. con la voz más estentórea que pude —¡al Imperial!. señor —apremió el anciano portero. tan obvio. —Escuche usted a la dama. se lo dice la voz de mi padre. muy escotado. la pasará muy bien acá. ella también le invita. venga. parecía haber adquirido el atuendo en una tienda de disfraces.mujer que. se había aproximado a nosotros. Yo miré al taxista. Era una muchacha de apenas 19 o 20 años. A mi mente abstracta sólo se le ocurrió preguntarle. Pero ella volvió al ataque —No señor. se lo digo yo. con chaleco de pieles también negro. que el taxista volvió a decir —Bueno señor. se lo dice ella. No sé por qué. —Sí. miré luego a la joven. Sus gestos ya eran casi procaces: me acarició el cuello. Estas observaciones consumieron tanto como un segundo. se inclinó a recoger la maleta y casi se le salió un seno blanquísimo por el escote. habla…—.

No dejé de escuchar a mis espaldas el roce de la seda y el golpeteo de los tacos.400 pulsaciones. qué ocurrencia. hablo de mi padre. Pero de inmediato cada cual retornó a lo suyo. con un tono que me pareció obsceno. logradas con turbinas y volantes puramente mecánicos. Ella le pasó mi maleta al viejo. Pese a tantas aprensiones. Cada reloj partía la rotación de (casi) veinticuatro horas del planeta en 86. que al parecer habían observado la escena de mi claudicación intermitente a través de las vitrinas chamuscadas. Me percaté que la muchacha había desaparecido del panorama.estaba perdida. a la muchacha o a mí. Contemplé con orgullo mi muestrario de alta relojería de la serie regulator. los ancianos y otras personas que allí pululaban. recargables a mano. Ella rió y dijo —Nooo. le di los malditos 25 al chófer y salí del auto. hacia las ruinas del Hotel Occidente. Caminé entonces. pero no noté cuándo lo hizo. —Señor… ella se lo piideee… quédese acáaa —intervino el taxista. Ya decidido a no decidir. ja ja ja. El viejo apuntó lentamente mi nombre en un cuaderno escolar y luego me condujo a la habitación. como va a seeer. muerto. que Dios lo tenga en la gloria. no sé si al anciano. que 96 . los niños. Me duché y no se me ocurrió otra cosa que repasar mis preciadas posesiones. al frente. quedé muy bien instalado. aplaudieron. Cuando entramos en la recepción. erguido. enterrado allá en mi tierra.

como el motor de los relojes. Como dijo el capo de los relojeros. Sólo me perturbaron un poco las grandes manchas de tizne en el empapelado de las paredes. Antonio di Cologni. pero tan densos y apagados que se disolvían en un runrún casi imperceptible. Los ruidos de la población que ocupaba el hotel eran multitudinarios. que la muchacha vestida de negro sería una especie de recepcionista proactiva. finalmente. que el man se descogotó—. Entre ambos me contaron que Will se había caído o se había lanzado por una ventana de su apartamento de Chelsea. Efectivamente. Soñé… soñé que Will estaba muerto. De inmediato la voz de Gustavo reemplazo la de ella y aclaró —Oiga Juan. Me acosté. pero igual se rompió la nuca. de la nueva administración. Legó lo que en nuevo derecho británico se llama un testamento autotanatorio.nada tenían que envidiar en precisión. Sólo cayó un piso. I have no will—. cuya labor consistía en reforzar con su atractivo la capacidad suasoria del viejo portero. Tarde en la mañana escuché en el auricular la voz de Várvara sollozar —My Will is dead. allá en su tierra. sin duda. propio de legatarios depresivos. maestría y complejidad a los sucedáneos digitales del mundo ordinario. Gajes. de ejecución inapelable. Me enjugué una lágrima y 97 . que a veces parecían asumir formas de extraterrestres con cuchillo en mano. Pensé. “La humanidad tiene derecho a la belleza”.

Las puertas de muchas habitaciones estaban abiertas y se podía observar cocinas humeantes. ancianos sentados ante televisores. En las escaleras y los pasillos jangueaban vendedores ambulantes. parejitas conversaban. maletero y concierge. el Paganini Cero Uno Cero. correteaban niños y algunas mujeres lavaban ropas en palanganas. El ala donde vivía Mazzoldi era menos chamuscada que la mía. un sobreviviente del fuego. ah. era mesero y cocinero: —¡Ah.pensé: “so Will left a will. con Várvara como albacea. —Quedas agente libre —concluyó Gustavo— cuando me sienta con ganas de hablar de esto. La organización quedaba en manos de Gustavo. Se llama Bruno Mazzoldi. Ella recibió el apartamento de Chelsea y el Jaguar. Todavía está en la 101—. la primera pieza del planeta con volantes de movi98 . el gran Mazzoldi! Es uno de nuestros antiguos. quien debía consultarlas a propósito de su gran obra-en-progreso. Mazzoldi. suite 101—. hombres en camiseta jugaban cartas y mujeres lactaban crías. Supe que mis fabulosas crono-joyas no estaban destinadas a la venta. al menos. En el desayuno hablé con el anciano rojo. pero mucho más poblada. hablaremos. quien además de portero. no antes de prestárselas a Mazzoldi. after all”. algo importante: tu contacto se hospeda en el mismo Hotel Occidente donde tú estás. A mí me correspondió el muestrario de relojes que cargaba en la maleta. en lo que él cumplía mayoría.

Pero. Noto que usted apenas se inicia en esta grey de los plagiarios del tiempo. —Yo escribo el concepto. ya no más. mientras me servía un copón de vino. y por razones de seguridad. —O casi. Will no le anticipó nada. La tarde siguiente Mazzoldi me citó en un café vecino. tan exactos. en fin. donde sorbimos Campari con soda y conver99 . animales e interplanetarios tan concretos y materiales. caro amico —aclaró con dulzura don Bruno. tan cortés y tan amable. en otra época.. que luego pude leer. —Mi sólo interés es citar una que otra sutileza de estos magníficos artefactos. como verá.. que se volvían abstractos al inaugurar un tiempo de diafanidad inexpresable. fascinado. Pronto serán suyos de nuevo.miento perpetuo. si me permite—. Así eran también sus textos. El pobre Will. Los retendré hasta mañana. Aquí Bruno lloró un poco. Componían una suerte de fantaciencia indianista con temas corporales. no es mi interés adquirirlos. entonces los ingenieros y artesanos lo crean y fabrican —explicó. no.—. supongo. por delicadeza. Las paredes de la suite mostraban cuadros con dibujos del propio Mazzoldi y de otros artistas que al parecer aludían a los seres y metáforas del Paganini-in-progress. vegetales. Me mostró entonces su Paganini Uno Cero Uno enprogreso. Era un mamotreto enorme de hojas mecanografiadas. —Agradezco infinitamente que me haya mostrado estos bellos regulator. un manuscrito.

joyerías. Conversamos también sobre el negocio del tiempo. hundirse con ellas hasta el fondo. Había que ser también un artista de la respiración. García Lorca se quedaba corto. so pena de perecer en un orgasmo sub aqua. yo no debía transar por un beneficio menor al 300%. Me devolvió el muestrario: —Todo tuyo. comenzaría… a ser rico. Así que.samos sobre literatura. Hice las reservaciones de rigor. sobre unas indias que accedían a hacer el amor con extranjeros. casas particulares y oficinas sin letrero en las zonas altas de ciertas capitales. el gran Mazzoldi lloró otro poco. El viejo 100 . además. aconsejaba Bruno. como decía el romance… pero. pues la intrépida maravilla de plagiar perfectamente máquinas tales. como si escribiera un libro. Aprendí que los relojes plagiados son tres veces más valiosos que los originales. Acudí al mostrador de la recepción a pagar. les añade un valor mítico. Estimé que mi misión en el Hotel Occidente ya había concluido. literalmente había que llevarse a las mozas al río en la noche. Me relató una anécdota de sus tiempos de antropólogo. Entrada la noche me dispuse a salir del hotel hacia el aeropuerto. el valor del tiempo simulado a la tercera potencia: fábula y leyenda. pero sólo si era bajo el agua. sólo tocaba ahora salir a otras ciudades a vender mis tesoros del tiempo en los lugares que Bruno recomendó: varias boutiques. caro amico—. para preservar su pureza. Aquí. Comenzaría.

usted nos traiciona… quédese. simplemente concluí mi estadía y pagué… muchas gracias por todo. En eso sentí un cuerpo que se pegó a mi lado y extendió un brazo para detener la tachadura que hacía el viejo. y me tomaba ya por la cintura. ridículo esto.del uniforme rojo comenzó a tachar mi nombre en el cuaderno escolar. la voz de mi padre. no se lo digo yo. —Se lo digo yo —continuó ella. quitándole el lápiz. alzando la voz y mirando al viejo portero. muerto. quédese. hasta el punto que yo sentía los latidos de su pecho. escúchela. habla…—. y me tomó de las manos. señor. se lo dice ella—. escúchela. sin hacer comentarios. ¡Suélteme!… ¿quién es el gerente aquí?— pregunté. no nos abandone —dijo. usted nos abandona. —Pero qué es lo suyo. por favor —insistía. vamos —e intenté separarme— ¡Qué! ¿Pretenden que me quede aquí para siempre? …es inaudito. reconociendo en ella la misma indumentaria de tienda de disfraces que vestía dos noches antes. que está allá en mi tierra. Ella rodeó mi cintura entera101 . a través de mí. volveré en otra ocasión —aseguré. Era la misma mujer que me apeó del taxi dos noches atrás. mi padre. —Sí. apretando su cuerpo al mío. usted se va. con el mismo escote y todo. —No les abandono ni nada parecido. señor. quien sólo añadió: —La gerente es ella. —No se vaya señor. señorita. pero con un mohín de despecho. se lo dice la voz de mi padre. usted. poniendo una voz de contralto —Es más. enterrado.

azabache. negro. y siguió diciendo —¡No. muchas más… todo el tiempo. con un suspiro operático. no se vaya. no. decenas de miles de hebras saliendo de una piel blanquísima. Entonces vi su pelo espeso. Hundió su cabeza en mi pecho. apretó con más fuerza que nunca. no se vaya. nooooo!…—.mente con ambos brazos. brotando. cada hebra enraizada al cráneo.400 hebras de pelo. más de 86. no se vaya. 102 . y en el fondo. denso. no.

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Constanza quiso llevarme al día siguiente a visitar la hacienda La María. las “pescas milagrosas” de secuestrables. Debía saber si la extraña luz blanca que noté en la atmósfera de Cali abarcaba los perímetros rurales o era cosa de la ciudad. simplemente narraba. las carnicerías cometidas por los paras. hacia un punto que otorgara consistencia visual al territorio. Pero en este caso lo contaba una persona inmersa en esa cotidianidad. El carro atravesaba paisajes propios de un valle tropical cañero. escenario “real” de la novela homónima de Jorge Isaacs. Lo que me interesaba era salir al campo. temas consabidos para quien sigue las noticias intenacionales en internet. tirando cambios con energía. testificando una lógica aprehensión de peligros omnipresentes. Ella no hacía ningún alarde dramático sobre el asunto. las brutalidades del ejército. hoy debidamente museificado. tan interminable 105 . mientras uno pasea por algunos de sus escenarios potenciales. Ella lo conducía como si fuese un tractor. con los brazos y los codos algo extendidos hacia arriba. Contó anécdotas sobre los bloqueos de la guerrilla en carreteras como las que transitábamos. Constanza apareció en su Peugeot compacto y salimos a media mañana.María no existe En cuanto llegué a Cali.

saca una pistola y le dispara a un mendigo que camina por la orilla de la carretera. no me agrada mucho que le dispare a los peatones —como se le diría a alguien que por favor extinga su cigarrillo. cuando iba por ésta misma vía. pues se ve en una situación que lo sujeta con dos pinzas: si protesta. siempre más destellos plateados que dorados. En la carretera abundaban los vehículos todoterreno bien equipados. si no. —Un amigo mío tiene uno de esos vehículos” —dijo Constanza— y una vez. sólo estaba cumpliendo con su cuota ese día. Mi amigo va conduciendo tranquilo. le explica que no tiene intención de ofender. quien tendría unos 55 años. El mendigo cae. El señor se disculpa. se van a ir hasta los turistas’ 106 . aportando su granito de arena para limpiar a Colombia de indeseables. pero si le permite seguir se hace cómplice de los asesinatos. Mi amigo evita en todo momento el pánico y reflexiona.como un océano. Al fin mi amigo sólo atina a decirle a su certero acompañante: —Oiga señor. Y así dos veces más. Varios kilómetros más adelante. el hombre repite la acción con el mismo resultado. podría decirse. —Este país tiene que mejorar. montó en él a un caballero desconocido que le solicitó lo llevara unos kilómetros más adelante. con chaqueta y corbata él. con el señor pasajero al lado. se puede buscar la hostilidad asesina de su pasajero. De pronto el man baja el cristal. La luz blanca todavía alcanzaba estas regiones del valle. con todo el respeto. lo más formalito.

sin que ella todavía hubiera vuelto el rostro y le preguntamos dónde quedaba la hacienda La María. Nos detuvimos al llegar al puentecito. que al llegar a su destino. aunque tal vez era sólo un efecto muy parcial de la sombra abundante de los árboles. Ya no había tráfico. pues tomábamos un rumbo de leves lomas y carreteras estrechas arboladas. —Yo no sé nada de la hacienda La María. déjenme sola. Entre relato y relato de Constanza. estoy muy triste. El paisaje de la ruta cambiaba bastante. nada. sentada de espaldas al camino. señora. mirando. Constanza tuvo la impresión momentánea de haber perdido la ruta. al parecer. Tenía el rostro arrasado en lágrimas. Sólo entonces nos miró. Decidimos preguntar. en la distancia. déjenme por favor” —imploró. Por fin parecía que abandonábamos el cerco de la luz blanca. señor. ni siquiera cruzaban carros en dirección contraria. y sólo algunas pequeñas haciendas muy separadas. Más o menos así lo contó Constanza. Por favor. el arroyo que por allí atravesaba. de unos 13 años. yo intentaba sin éxito relacionar este ambiente con la novela de Jorge Isaacs. Era una niña o jovencita delgadísima. y volvió la cabeza para 107 . unos 300 metros más adelante surgió la figura diminuta de una mujer sentada al borde de un pequeño puente. agradeció mucho el aventón—. Pero descubrimos que no aparecía un alma en la carretera. Hasta que. no sé nada. tampoco había casas. Ojos negros enormes y hermosos.—alegaba el patriótico francotirador.

y de inmediato se retiró por donde vino sin aguardar preguntas. El área estaba totalmente desierta. Me pregunté si sería mudo. ¿Por qué salió de allí adentro? Decidimos devolvernos y retomar la autopista grande que nos llevara a un 108 . rodeada de muchos menos árboles de los que cubrían la ruta acabada de transitar. Quise hablar sobre la novela María pero me salió espuma. Nunca se nos ocurrió que hoy era lunes. Tomé una foto del valle. Merodeamos un poco por los predios. sin excepción”. soberbiamente desplegado ante las lomas de mediana altura donde nos encontrábamos. Era insistir en un asunto que no tenía nada que ver. aunque la precedía un jardín demasiado lindo. Notamos el gran estacionamiento de autos de visitantes completamente vacío.seguir contemplando el agua. El domo de luz blanca que se suspendía sobre los entornos de Cali me recordó esas cúpulas o burbujas transparentes que cobijan las ciudades futuras en planetas futuros. Nos alejamos. tanteando la cerradura. Era una construcción decepcionantemente nítida y regular. Salió un niño de la puerta principal de la casa y caminó hasta nosotros para entregarnos un nota que decía: “Cerrado al público hoy. señal perfecta de que la casa-museo estaba cerrada. Tres o cuatro curvas más adelante apareció la famosa casona del prócer literario. Nos asomamos al portón de entrada. Debía ser hijo de los custodios del museo. Uno no hallaría qué decir sobre el lugar. pateando sin violencia la gravilla.

Signos de la demolición. —Me dio la impresión de que era María —musitó. no de la memoria. San Agustín se preguntaba cómo es posible que recordemos que hemos olvidado algo pero no recordemos qué fue lo que se olvidó. —María no existe —me apresuré a decir. 109 . ¿Qué hay en una casa-museo.paradero de comer. sino de lo que se liberó de ella. en un monumento de la cultura? Marcas para recordar que se ha olvidado algo que no sabemos qué es. algo así como la sensación de la luz blanca. Constanza recordó la imagen de la niña solitaria tan inconsolable que abordamos en el camino. temeroso de perder algo.

110 .

Alba y yo a celebrar la llegada de Gustavo a Londres. mientras que Londres estaba atiborrada de edificios antiquísimos y de museos llenos de cosas viejas. como siempre. El conocía a su madre por primera vez después de verse separado de ella tras un sonado pleito de adulterio ocurrido 15 años atrás en Bogotá. Toshiro. Decía que la capital de la pérfida Albión se parecía a Bogotá en la grisura del cielo y la niebla de ciertas temporadas. Toshiro había llegado a Londres hacía un mes. La taberna El tambor ofrecía cena barata y jazz gratis los sábados en la noche. Llevaba unas semanas en Londres. a fumar. amiga de mi madre que me alquilaba un cuarto. de aprender inglés en el plazo de 111 .Hamlet en Camdem Town No sabíamos que íbamos a representar un episodio de Hamlet en Camdem Town. Una vez sentados a la mesa y servidas las primeras cervezas. Várvara era amiga de Alba. Várvara. pero que Bogotá era una ciudad más moderna. Toshiro era mi alumno exclusivo de inglés. Yo me hospedaba en casa de Alba del Cantor. pues tenía muchos edificios nuevos. con el mandato expreso de su padre. Allí fuimos Gustavo. Gustavo cumplía 16 años desmentidos por una estatura de 6 pies. Alba comenzó. pequeño subcontratista de la Toyota.

Do you sell marihuana?”.un año. a usted no le importaba! ¡No me diga que usted era tan atrasada. le advierto que no deshonre la memoria de mi padre. you can not touch the women in this place. pisando el acelerador hasta el fondo: —¡Eso. Gustavo miraba con escepticismo a Toshiro. yo no fumaba en esa época. so pena de ser desheredado. Yo le contestaba: “No. su padre mintió—. que no sabía que fumar durante el embarazo afecta al feto! ¡Usted fumaba a propósito 112 . tan indígena. acelerando: —Madre. Yo hablaba con Alba. Toshiro conversaba con Várvara sin tocarla y sin pedirle marihuana. you don’t’ ask for marihuana just like that”. porque mi padre. me contaba que usted fumaba desde que me tenía en el vientre—. Mientras. nerviosa: —No hijo. Gustavo estaba de mal humor. Además. ¡Es usted quien miente! Alba. Alba: —No sé. Y Toshiro replicaba con una risita que a Gustavo le lucía idiota. Alba. Observaba a su recién descubierta madre fumar. desde cuándo fuma usted?—. pues éste me preguntaba continuamente cosas como “Can I touch the women?. en pánico: —Pero. No. ¿por qué esa pregunta hijo? Gustavo: —Pues. Pero Gustavo meditaba y miraba fijamente a su madre. Gustavo. ¡qué importa si fumaba o no fumaba! Gustavo. Hubo silencio en la mesa. mi padre que usted nunca quiso. eso! ¡Qué inconsciente. Hasta que le dijo: —¿Madrecita. era su forma de practicar inglés con frases prácticas. qué insensible! ¡Claro.

usted le puede decir a Gustavo que en esa época no había conciencia del tabaco! Yo asentí enérgico. El tono implorante de la mujer conmovió a su hijo. su forma de burlarse de los ingleses. quien la interrogaba con los ojos. Sucede que esta tarde. Final de la primera escena. y se dispuso a salir del local. —¡Pero Juan. que de puro apretar las mandíbulas me partí el diente así como usted lo ve—. Intermezzo. al mediodía. Y justo cuando el joven sonríe se inicia la escena dos.para que yo naciera tarado o para abortarme! ¡Usted nunca me quiso porque soy hijo de mi padre! A Alba le saltában lágrimas sin llorar. que la abrazó y le pidió perdón. Alba le gritó por 113 . Y resulta que tuve un orgasmo bárbaro con su amiga. Comimos. Toshiro se levantó a bailar y a prácticar su inglés solicitando marihuana con heavy accent: “Du yu jaf mari – juana?”. tan brutal y tan verraco. Várvara. ¿adivina dónde yo estaba que no almorcé en su casita? Estaba haciendo el amor con su amiga. De nuevo el hijo: —¿Cómo que qué? Pues mire madre. Mientras se alejaban. Gustavo agarró a Várvara del antebrazo. qué? Usted no tenía ese diente partido ayer—. ésta es la noche de las revelaciones. Tan pronto se sentaron Alba tomó a su hijo de los brazos y le dijo sonriente: —Hijo. Gustavo y Várvara bailaron mucho. mejor dicho. Várvara no miraba a Alba. Alba mira su boca y le espeta: —¿Y ese diente partido. sentí que me mojó las manos. escuchamos jazz. quiero que se sienta feliz conmigo—.

por una traidora! ¡Sepa. a lo largo de la plataforma. Mi alumno Toshiro no se percató del traslado escénico y quedó preguntando entre los bailantes: “Can I touch the women?”. iba a decir algo. Era una pantomima. Juan. Alba me arrastró hasta alcanzar a Gustavo y a su pareja en el metro. se fue a dormir con ella.sobre las mesas y el estruendo del jazz —¡Hijo. Alba se paseaba arriba y abajo. hablando en voz alta de ir a un club nocturno. Ella repetía una y otra vez: —Vea Juan. Dígame. usted ha sido capaz de despreciar a su madre por otra mujer. Gustavo se volvió al escuchar mi nombre. Llegados al apartamento de Alba tomamos té. Comprendí de inmediato que me asignaban un papel. no ha llegado. Ya en la calle. Alba salió conmigo dándome el brazo. ¿podrá esa mujer 114 . De inmediato Alba me dictó: —Tranquilo. Tan pronto arribaron los trenes. pero continuó su exit. conmigo del brazo. No se cruzó palabra entre los dos bandos. que yo me iré con Juan! Los parroquianos anglosajones del Drum Pub miraban asombrados la figura de esta mujer alta y delgada. Bajamos las escaleras y los avistamos en la plataforma opuesta. de aspecto indígena. Juan con Alba. que sacudía su cabellera y maldecía como una furia en lengua foránea. Lamentaban la falta de subtítulos. usted es hijo de mi amiga y me va a ayudar—. abordamos y nos disparamos en direcciones contrarias. señor Gustavo. Gustavo y Várvara hacían algo parecido. Gustavo con Várvara.

los vi acostados en la cama. —Gracias —dijo— estuve pensando matarlo durante toda la noche. Él era un ovillo fetal. Avanzada la madrugada me despertó Gustavo: —Escuche Juan—. Dígame. anidado entre los brazos de su madre. 115 . seguramente fumando. ¿Se acostó usted anoche con mi madre? Le dije que ni anoche ni nunca. Imagínese. cuando pasé hacia la cocina para poner el café. con el hijo de su amiga. Ahora duerma tranquilo—. Me desconecté y dormí muy tranquilo. a ella y a Gustavo. pensaba.quitarme a Gustavo? ¿Cómo se atreve?. me tiene que responder. ¿qué diría su madre si yo me acostara con usted? Me retiré a mi habitación y hasta poco antes de dormirme la sentí caminando arriba y abajo por el pasillo. noté el dormitorio de Alba abierto. Soñé con mi madre. Dormían. —¿Qué pasó Gustavo? ¿Cuándo llegaste? —Justo ahora. En la mañana. con el rostro más angélico que pueda tener un hombre. to be or not to be.

116 .

Era la primera vez que repasaba en mi memoria la enseñanza de Luis sobre la compresión del tiempo de combustión. una noche estrellada en que debía lamer con extremo detenimiento las patitas del módulo detonador de una bomba bastante poderosa. en nada difiere un explosivo de cualquier otra sustancia que se quema.Explosión suavemente En la lucha entre tú y el mundo. Ahora se me ocurre algo que no podía saber en esa época: los explosivos son posmodernos. apuesta siempre al mundo —Franz Kafka “Una explosión es otra forma de combustión. Mi nombre es Roberto. sólo que en el primer caso el tiempo se comprime y la carga se quema por completo en meros milisegundos.” Recordé esa sentencia poética en el momento en que le arrimaba una carga de 30 libras de iremita a un transformador de energía eléctrica. El perímetro de la mediana instalación eléctrica estaba más iluminado que una sala de biblioteca universitaria de Estados Unidos. y a veces me llamo Adrián. antes de enchufárselo. Allí era posible leer hasta la le117 .

volvía a pasar la patrulla. Pasé la lengua por las plaquitas de contacto una. significa que el detonador está averiado. —Ese ha pasado ya un montón de veces. ni que fuera astrólogo el maricón —maldijo mi acompañante antes de evaluar mi diagnóstico de lengua. Dora. pues hemos pasado mucho trabajo. cayendo en cuenta sobre lo que dije. con el mismo amor con que llegamos—. tres veces y dije: —No estoy seguro. acurrucada a mi lado. lo que me da ganas ahora es de enchufarle la madre esa. así que empacamos y nos vamos pa`l carajo. y luego. Era el fervor de alguien que no va a interrumpir un orgasmo des118 . pero yo traje esto y este animal va a explotar esta noche—. si quieres vete tú. mientras nos escudábamos de la detección de las patrullas en la carretera con la mole del propio transformador que unos minutos más tarde volaría en pedazos. coño. En ese mismo momento sentimos un resplandor azul y nos agachamos. pero creo que me pica la lengua—. me repetía lo ensayado cien veces antes: —Debes asegurarte si te pica o no la lengua. Si no te pica.tra tamaño pulga de la Biblia Latinoamericana. exclamó. dos. aunque haga contacto y volemos con todo. Pero sí te pica. bien. cuidado que nos ha costado llegar hasta aquí! Mira. enchúfalo. como si supiera algo. sobrepasando el nivel de susurro de nuestras voces: —¡Que te pica la lengua! ¡No me digas! ¡Después de este trabajo. hace contacto y nos vuela con sólo colocarlo.

prueba tú otra vez—. Es un presente comprimido. aunque muy débil. Por eso mi cabeza abstracta recordó la idea de la compresión del tiempo. Abrimos los ojos.. Probé. —No sé si decirte bruta o vaga. escondiéndolo de sitio en sitio. ¡qué importa el trabajo. se reservó su horrorosa fuerza para otro momento. como venía haciendo desde que la recibimos. llamádole. No pasó nada. como escuchando el recién conectado tic tac del reloj detonador. le transmitía una señal quemante a los nervios de mi lengua. no tiene corriente. Y Dora respondió. lo importante es la vida —discurrí. Pero esta vez callé. Tal vez fuera la mera fricción del metal frío en la noche. Un agradecimiento sincero. En momentos así el personaje siente que las cosas estrenan el universo en el instante en que ocurren y que cada tontería que dice son las palabras de Adán en el paraíso. gracias—. y ahora lucía más ensimismada que nunca. La bestia química. Cerramos los ojos y Dora hundió el módulo detonador en el costado de aquel animal inerte que veníamos adobando desde hacía semanas. Dora se limpió el sudor y celebró: —No te digo que acabo de 119 ... a mí no me pica. con un disimulo pendejísimo. Entonces lamió ella los contactos del detonador: —Mira. sentí que algo.pués de tantos preliminares. fíjate sí. esa idea es importante: la vida. ‘el paquete’.. como si yo hubiera descubierto un argumento muy original. como si fuera “El Héroe” de Baltasar Gracián recién llegado al mundo: —Es verdad.

dejando desprender los lentes. A mitad del trecho por donde nos retirábamos a campo traviesa.. embriagado con la típica genialidad de esas situaciones. hermano—. Atravesamos en dirección contraria la apertura en la verja ciclón que minutos antes cortamos para entrar.. De qué valía borrar tanta huella. Al parecer se habían desprendido con el estrés.nacer otra vez con esta experiencia. los tenía puestos. Nos ajustamos las mochilas e inciamos la retirada. Me palpé el rostro buscando los espejuelos. supe que la vista me fallaba.. pero faltaban los vidrios.. si íbamos pintando la tierra y el pasto con mierda de vaca fresca. Lo importante es que los lentes podrían ofrecer en bandeja de plata mis grasosas huellas digitales a los investigadores de la escena de la explosión. sino porque yo realmente no veía nada de bien. pensé. Discutí con Dora la posibilidad de re120 . Nos escurrimos entre el pasto alto de un cercado de vacas pisando varias pilas de excremento vacuno con amor revolucionario. y yo no veía bien porque. y éste se ensanchó por efecto de simpatía física. y borrando huellas según nos enseñaron en Punto Cero. según nos aproximábamos a los focos de la pequeña carretera donde escondíamos el auto. Eso pensé.. caminando agachados como ciertos payasos que imitan a enanos. me parieron de nuevo por cesárea. no porque la noche estuviera oscura. Quizás le transmití el estrés de la situación al marco de alambre barato.

Muy poco podía contribuir yo a encontrar unos lentes cuya falta ya me aturdía. más bien un ataque de cansancio glorificado. más que cegarme. pero regresamos. Me sobrevino una irresponsable sensación de fuerza de la cual no he querido desprenderme. a pie. para no alertar a ese delator insomne que siempre aguarda en toda calle de toda vecindad del mundo. según estimábamos. Y justo en ese instante sentí con todo el cuerpo el súbito bum de la explosión. Ya descendiendo por la vereda de mi casa. Más que un sonido era una eclosión. habrían caído en la gravilla del perímetro iluminado. precisamente porque es im121 . La cuenta regresiva del relamido detonador apremiaba. De nuevo nos retiramos. nos despedimos y nos dirigimos por separado a nuestras respectivas casas. Parecíamos hobbits de circo. No aparecieron. Luego de regresar en el auto por rutas secundarias. muy claro. La patrulla seguía pasando. un estremecimiento estático del aire y de la tierra. saltando y corriendo agachados en busca de los lentes que. pero asordinado por la distancia de varios kilómetros.gresar a recuperar los lentes. no sin antes sobar con ternura “el paquete” y verificar que el reloj Timex ajustado al detonador nos donaba 25 minutos. lo estacionamos en su lugar seguro. contemplando el cielo estrellado de nuestros campos tropicales en esa madrugada fría e intranquila de nuestros gestos truncos. caí en un trance de serenidad beatífica.

No era una fuerza mía. irrepetible y exclusiva sacudida que. sin embargo. era del mundo. todavía se siente. 122 . Pero de ningún modo era un rugido. Temprano en la mañana visité a un oculista para que me hiciera nuevos lentes. Era una única.posible responder por ella. Lo más insólito era que la explosión no terminaba.

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una vez comienza la película. sin embargo una vigilia desesperada todavía ilumina los ojos de la valiente. La mansión es grande sin ser inmensa. El marido se marchó a la Segunda Guerra y jamás volvió. Ese trance acaba de finalizar junto con la guerra. La película Los otros. con las cortinas echadas.Claroscuro y máquina Rey: ¿Todavía ensombrecido por las nubes? Hamlet: No por las nubes. señor. surgidos una mañana de la niebla. A los extraños criados que. ella les 125 . tal vez una de las ínsulas visitadas por Tristán e Isolda en la leyenda. la dama ha mantenido a raya hasta a los nazis. Acuartelada con sus críos en la egregia casa. en el Canal de la Mancha. pero de sus gestos emana una ansiedad contenida capaz de destemplar la más perfecta lámina de titanio. de Luis Amenábar. le ofrecen sus servicios domésticos. muestra a una mujer que vive en una gran casa de la neblinosa isla de Jersey. para guarecerlos de una mortal alergia a la luz. un niño de siete años y una niña de once. La mujer es esbelta y hermosa (Nicole Kidman). Vive acompañada de sus dos hijitos. a quienes ella debe mantener siempre en la oscuridad. sino por el sol.

Las criaturas ultramundanas que somos los espectadores de una sala de cine nacemos 48 veces por segundo desde 126 . llamando aprehensiva a sus críos o sobresaltada ante los llamados de ellos. permean toda la puesta en escena y el montaje del filme. sometiéndonos en verdad a 48 interrupciones de luz y de sombra por segundo. El abrir y cerrar de puertas. Si bien todo proyector nos impone 24 fotogramas de película por segundo. El efecto nos hunde en un juego nervioso de cámaras oscuras y brotes de luz. aunque sistemáticas exclusiones e inclusiones de luz. dando portazos a diestra y siniestra y girando cerrojos. en beneficio de los pálidos niños confinados a las sombras y a la única luz de la presencia de su estrictísima madre. las enervantes y sorpresivas.advierte que sólo pueden trasladarse de habitación en habitación procurando a toda costa cerrar y acerrojar la puerta por la que han entrado antes de abrir aquélla por donde han de salir. el obturador se abre y cierra dos veces: primero cuando cada cuadro comienza a entrar al portal de apertura y de nuevo cuando se acomoda en él. su claroscuro amor. convirtiéndose así las recámaras de la casa en esclusas que controlan el paso de la luz en una dirección u otra. Presenciamos ese ballet mecánico sumidos en la matriz misma del dispositivo fotofílmico. La figura obscenamente obsesiva de Nicole Kidman atraviesa los encuadres del plano fílmico de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. perseguida de haces de luz y escurrimientos de sombras.

Unos gemelos huérfanos de apellido Spot hallaron un hogar provisional en la casa de mi abuela y su hija. Ella vivía sola con mi abuela en la pequeña ciudad de Stratford. Lo que me lleva a recordar una historia vivida por mi madre. sin ser inmensa. de origen rumano. sino una adolescente. propincua al río Avon.una muerte negra que desconocemos justo porque la encubre el efecto de retención retinal de la luz gracias al cual impera la ilusión del continuo luminoso. Los otros nos devuelve. y otras. En los años de la Segunda Guerra no pocas familias inglesas acogieron niños extranjeros refugiados de la barbarie nazi. al trance luz-oscuridad donde siempre somos otros y dejamos de serlo. reciprocaron la hospitalidad solidaria de estas dos mujeres con una gentileza excéntrica. No respondían a sus respectivos nombres de pila. sino a su apellido. Durante la primera y única comida hecha en familia se excusaron con voces casi inaudibles y al unísono. en una casa grande. el de la leyenda arturiana. retirándose con sus bandejas a comer al dormitorio que les fuera asignado. lo que impedía interpelarlos individualmente. zona oscura desde la cual se nace en cada instancia infinitesimal de consciencia disparada por un obturador frenético llamado unas veces lo Real. No se les sentía en la casa porque se dedicaron a no existir en ella. Era una cómoda 127 . Los dos adolescentes. cuando todavía no era una madre. the Matrix. vía el retorno de la composición casamadre que es Nicole Kidman.

habitación cuyas amplias ventanas ellos se dedicaron a cubrir de periódicos con el propósito de obstruir la luz: —We do not like the light —respondieron lacónicos a las miradas de la anfitriona adolescente que se asomó a averiguar. Se les respetó, en la mejor tradición local de no interferir con las excentricidades benignas del prójimo, el deseo de ellos de comer siempre en la habitación y permanecer recluidos en ella la mayor parte del día. Ni las frescas riberas del Avon ni los demás encantos, tales como los festivales de teatro shakespeareano, propios de esa ciudad cuna del bardo, podían extraer a los hermanos Spot de su encierro. Sólo abandonaban la habitación en noches ocasionales. Pero su semblante nonchalant, aunque tímido, en nada parecía melancólico. Casi lucían alegres cuando se permitían asomarse o abandonaban fugaces su aposento empapelado para cumplir las urgencias obvias, lo que tranquilizaba y a la vez irritaba a mi vigilante abuela. Mi madre recuerda las caras confundidas y pálidas de los chicos, que atinaba a ver cuando la curiosidad la llevaba a tocar a su puerta, la cual ellos abrían asomándose a la par, en silencio, replicando con inaudibles monosílabos a cualquier intento de entablar conversación. Por una época los atacó la varicela y sólo entonces se allanaron a un contacto humano algo más intenso, cuando se dejaron bañar y aplicar esponjas con sales medicinales, no sin ellos exigir entrar ambos a la vez en la tina. Dice mi madre, y también mi abue128

la, que era un deleite verlos retozar en la tina con una alegría desproporcionada a sus hábitos deprimentes. Las pequeñas manchas de la infección acentuaban el tono espectral de su tez. Tenían la cara y el cuerpo repletos de manchitas pálidas circulares. —Eran como dos apariciones, alojábamos a fantasmas en la casa —narra mi madre. Cuenta ella cómo, una tarde, aprovechando que el servicio de sanidad los vino a buscar para someterlos a un examen médico, penetró con sigilo en la habitación solitaria de los jovencitos y la encontró, aparte de la oscuridad, muy normal, demasiado organizada para dos adolescentes, por demás varones, y esto al grado que la alarmó la idea de que su madre pudiera utilizar el ejemplo de los Spot para exigirle mantener tan altos estándares de limpieza en su propia habitación (“I want it tidy, and spotless, like the brothers Spot’s own room”, le hubiera ordenado). Pero la joven continuó fisgando las sombras y pronto se topó con un hallazgo histórico en su vida. Sobre la repisa de una de las ventanas tapiadas de papel de periódico descubrió un portafolio negro, abultado con cientos de hojas sueltas. Lo abrió. Contenía series interminables de números y letras sistemáticamente agrupadas en renglones. Aquello no era inglés ni ningún idioma. No hay idiomas con palabras de números, pensó. —Eran los años de la guerra —cuenta ella— en mi mente adolescente todo el misterio de los Spot cuajó como un cristal, cuando sobre la repisa de la otra ventana, tam129

bién tapiada, vi que descansaba un receptor de radio de onda corta. Cómo lo introdujeron allí, no sé. Pero sólo me restaba hacer una suma bien simple: “These spotty brothers, they were two sneaky spies”—. Sin embargo, descubrir aquéllo sólo despertó en ella una insolicitada complicidad con los jovencitos. Obtuvo la oportunidad de compensar la perturbadora ausencia de contacto real con unos niños de su edad que vivían en su propia casa, gracias al proyecto de protegerlos de las sospechas de los adultos. Su madre no era excesivamente patriótica ni paranoica, como sí eran algunos de los vecinos, pero la señora se hubiese ofendido, con repercusiones temibles, ante lo que consideraría la falta de respeto y la traición a su confianza por parte de unos granujas que se acogían a la protección de su casa y hasta a su cariño, que aunque no se dejaban ver, cariño les tenía, para dedicarse a tramar tretas de espías, sea para el gobierno que fuera. Antes que escuchar ese rollo por el resto de la eternidad, la muchacha puso en efecto un plan secreto de desinformación, al margen de los propios gemelos. Para empezar, jamás nadie se enteró de los códigos ni del receptor. Se dedicó a introducir innumerables y calculadas ideas inocentes en las conjeturas y conversaciones de los adultos respecto a los misteriosos muchachitos, sin faltar la ocasional borradura de “evidencias” y otros ardides con que la jovencita protegía a los dos angelitos hurtados de la luz que se empeñaban en no existir, excepto en las claves
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vivirían juntos intrigantes historias que sólo aguardaban nacer. cuando entraba a un hotel de Innsbruck. Era temprano en la mañana. Una repentina e inexplicable incertidumbre le impidió a mi abuela caminar hacia la mesa de ellos. Sonreían bienaventurados mientras contemplaban el deshielo del Inn en la primavera. Los vio en una terraza del hotel. and Mrs. tras el cristal trasero de un automóvil alquilado. y saludar. sino un Mr. Los dos Spot estaban sentados a la mesa en compañía de una mujer. como en una película muda. el matrimonio Spot. —Todo ello me 131 . mi abuela creyó verlos. diciendo adioses lánguidos e inaudibles. que se alzaba junto al río Inn. Ella inventó una miríada de aventuras fantásticas en compañía de los dos amiguitos secretos: formarían un trío de fugitivos por el mundo. El trío de jóvenes vestidos de negro formaba un conjunto excéntrico. El tipo reiteró que sólo tenía a una señora Spot y su marido. y presentarse. Intercambiaban mermeladas y se daban a probar tostadas. El empleado le aclaró que en su lista no había dos señores Spot. actually twin brothers —insistió ella. Le preguntó por unos inquilinos llamados Spot. quienes desaparecieron para siempre sin mayores comentarios. Menos de una década después. propias de una cabecita solitaria. Spot. —But they are two gentlemen.de una conspiración imaginada. Sólo se le ocurrió pasar por el mostrador del concierge. Antes del fin de la guerra una organización judía de refugiados vino a recoger a los jóvenes.

hija. Mi abuela: —Well… exactly. siempre he creído que esos chicos se traían algo. pues no me gusta nada ese tono de voz que pones cada vez que los mencionas. no los defiendas de nuevo. —Además. así que decidí no pensar más en ellos —decía mi abuela cada vez que mi madre le solicitaba detalles sobre aquella coincidencia en el hotel austriaco. you seem to speak like them—.molestó profundamente. Y mi madre: —But it’s difficult to recall if they ever really spoke—. no eran tan inocentillos. 132 . I hardly like it dear.

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por lo que congeniamos de inmediato. Nos habían sustraído nuestros bolsos de mano antes del abordaje. La atmósfera vespertina era fría y gris como un fin de mundo. Autos en distintas etapas de inservibilidad. Nos ayudó con el equipaje y de inmediato nos condujo hacia el centro urbano en su pequeño sedán destartalado. desmantelamiento o incineración yacían estacionados cada 20 o 30 metros. vaciando los contenidos en bolsas plásticas transparentes. vapor y frases enigmáticas 135 . muchas casas tenían puertas tapiadas y postigos clausurados.Belfast llama Uno de cada tres asientos del avión estaba ocupado por un conspicuo agente encubierto. Pero al voltear la esquina entramos en una taberna inundada de humo. Tom era tan humilde y orgulloso como un soldado vietnamita. Cuando llegamos a Belfast nos recibió un joven llamado Tom que portaba la señal convenida. con mucho aliento para contar historias en mor de complicidad. Llegamos a un sector católico donde las calles estaban totalmente desoladas. más bien parecían reclinarse unas sobre otras o a veces las separaban solares vacíos hartos de pasto y cachivaches inidentificables. como los oponentes abatidos de un video juego descontinuado. ninguna se mantenía vertical.

había delizado dos jarras de cerveza negra para cada uno de nosotros. un sustituto de Tom nos recogería para trasladarnos al próximo lugar. había que proceder con cautela porque tres provos estaban inspeccionando el local y haciendo un cacheo de armas en los baños. autodenominados los officials. Tom y yo hallamos espacio para sentarnos justo ante el mostrador. Alcancé a descifrar. Sólo había que matar tiempo hasta las siete. Pero eran conocidos. El mesero y Tom pertenecían a la minoría marxista del Sinn Fein. todo estaba en orden. Aparte de eso. No cabía un cuerpo más. muy pocas de mujer. quienes se habían separado de la mayoría nacionalista de la organización.pronunciadas por hombres con chaquetas de piloto o atuendos semejantes.. no había problemas. Los oficiales se llevaron la peor parte. tipos chéveres. Anne. sin emitir otro signo que una gran sonrisa. lo que él y Tom hablaban: nada serio. pero. Lo anterior se dijo en metáforas imposibles de retener en la memoria. donde el mesero ya nos esperaba con aprehensión deportiva y. muchas de ellas cumplidas con esa espeluznante exactitud que ahora Tom se toma el gusto de narrar. Muchas cabelleras rojas o rubias. pues habían decidido 136 . con la ayuda de Anne. en una asamblea histórica que cerró con mutuas amenazas de muerte. inexplicablemente. los provisionals o provos. Hablaban una lengua rimada de sonidos afectuosos cuyas frases siempre terminaban con tono de pregunta.

“We stripped ourselves naked” resumía Tom. luego decretaron un bando de “traición” contra los marxistas y les dieron de arroz y de masa. Los oficiales mantenían sus hábitos de chequeo y contrachequeo. el homo sacer. en una racha de escaramuzas fraticidas que se extendió por largos meses. perduraba un nerviosismo postraumático entre estos golpeados oficiales que nos habían invitado a Ann y a mí a un pequeño tour de solidaridad Irlanda-Puerto Rico. descartar el nacionalismo y dedicarse exclusivamentea la lucha de clases. Los provos retuvieron el grueso de la poderosa militancia nacionalista y casi todas las armas. Sin embargo. era una señal clara del mood de tolerancia que a veces parecía ganar espacio entre las dos facciones. no sólo en previsión de los residuos de violencia sectaria sino para protegerse de una policía británica que los perseguía con más saña que nunca a pesar de ellos haber abandonado las armas con sinceridad masoquista. La contienda sectaria ya se había ralentisado. sobreflotando un entendido implícito de detener todo “encuentro físico” --eufemismo para nombrar las acciones armadas. renunciar a la lucha armada. que no tenía armas. y la tranquilidad con que pudimos conversar y esperar allí. conociendo 137 . Postura que en un lugar como Belfast te convierte en la víctima propiciatoria de todos. Anne me advirtió.nada menos que entregar sus armas. La mayor parte de las víctimas mortales pertenecía al ala oficial. La taberna estaba en territorio provo hard core.

Pero la de esa taberna no era una multitud tan casual. Al despedirnos. le contó que respondían a un rumor de posible atentado contra un dirigente católico del área.a los irlandeses. en cuestión de minutos. —You the Puerto Rican with that Tom chap? —inquirió uno de ellos. A Anne también la inspeccionaron en su turno al baño. y en efecto. I mean. nothing physical —y él entendió: —OK—. ella le rechazó al bomber jacket 138 . ya el individuo con bomber jacket negro que me había interrogado en el baño abandonaba su puesto. cómo era posible el clandestinaje en un país donde las informaciones se dispersan entre una multitud casual en tan corto tiempo. La provo que la tocó a ella fue más habladora. is she your wife or girlfriend? Le dije: —She is a personal friend. quiénes éramos y en qué andábamos. Aquel lugar era el mercadillo de rumores de la comunidad. Al rato. Se nos olvidó preguntarle a Tom cuál era la idea de realizar estas inspecciones en los baños de las tabernas y. además. allí estaban los provos inspeccionando por armas a los parroquianos meones. y sin aguardar respuesta preguntó: —Is the woman with you in any way related to you. antes de irnos. que podíamos estar seguros que ya toda la taberna sabía. Escuché que ella le argumentaba con candor contra el nacionalismo irlandés y él evadía el tema con humor. pues procedía a presentarse y montarle un rapeo a Ann. Dos pintas de cerveza negra bajadas en menos de media hora me hicieron ir al baño. hablándole de rock americano.

nos servía indistintamente y sin parar porciones de café. Martha. ellos me suponían más partícipe de lo que yo era en esa época de una acerba crítica al nacionalismo marca IRA. se emborrachó y comenzó a maldecir el momento en que ellos. Maud. —But we are principled militants.negro una invitación a pasear y comer en el downtown. Alexander. Percibí en los comentarios de Ann mucho pensamiento sobre la cuestión nacional y la izquierda irlandesa. —Now we’ve been reduced to a bunch of wailing marxist masochists —agregaba. los militantes del ala oficial. dear —la consolaba Margaret. cómo los IRA provos representaban poderosos capitales americano-irlandeses y renegaban de la clase obrera irlandesa. me explicaba. como haciendo otra pregunta-. la compañera de Alexander. café y tequila que inundaba la casa hasta marcar su nivel en las paredes. el dueño de la casa. whiskey. vino. como si hiciera una pregunta. —We should’ve saved part of the structure for protection —lamentaba. Luego intervino Ann. cerveza. gran 139 . tequila y vino mientras conversábamos sobre la relación entre nacionalismo y marxismo. en medio de la marea de cerveza. con su voz delgada y parsimoniosa. Por pertenecer a un partido llamado socialista. un camionero trans-Europa.those other kind are Mafia—. habían renunciado a las armas. otra compañera del grupo. En la casa donde yo dormiría tuvimos una recepción líquida. whisky. exponiéndose a la balacera asesina que les impartieron los provos.

pero no entendí nada. they’re good boys. según acordado. penetraba con desidia los ventanales empañados de vapor. El resto del grupo. tequila y vino no captó las distinciones sutiles de Ann. Una luz parda. allí mismo frente a la casa. No tuve que preguntar: acababan de secuestrar el camión de Alexander. just a bit confused. whisky. en una buhardilla del tercer piso de la comuna de Martha and Alexander. como quiera que se llamara el tipo. la escuchaba como si hablara el capitan de la nave Star Trek. cuando él se disponía a calentar los motores para partir en el ferry rumbo a Bélgica. Mi cabeza licuificada con espíritus de café. La acción fue obra de dos chamaquitos del vecindario que pertenecían a una micro-facción de la mini-facción ultradura llamada Irish National Liberation Army (“I know their old chaps.conocimiento sobre O’Connor. murmurando entre el humo de sus tazones de café. Maud se llevó a Ann a su casa. amortiguada por la neblina. una hora antes. Hubo un primer intento de secuestrar a Alexander con todo y camión. en la cual vivían otros tres compañeros. pero fallaron y se llevaron sólo el vehículo. En la mañana bajé a tomar café y los encontré a todos apiñados en un corrillo en torno a al aparato de radio. Parecían aguardar una respuesta del trasmundo. cerveza. Y yo dormí allí. I just smacked one of them in the 140 . las cuales ya sonaban como burbujas en una pecera. Entonces nos fuimos todos a dormir. igualmete sumergido en el cocktail transalcohólico de Alexander.

excusarse esa semana de sus compromisos. Pensé que estos divertidos huéspedes constituían una inconsolable cábala de sufridores eufóricos. luego despedazada por una turba de nacionalistas y socialistas. Aparte de mantener un fichero de la amenazas recibidas. La casa contaba con alarmas. cámaras de vigilancia y micrófonos. que en una ciudad como Belfast sonaba a plegaria espiritista. Hablando uno se entiende —Let’s not get physical —era el lema de Alex. 141 . Era la única vivienda habitada en medio de una calle larga que servía de pasadizo entre los dos territorios enemigos de Belfast: los protestantes y los católicos. Armand era protestante. Lo que más preocupaba a todos era descifrar por qué estos imberbes micro-faccionales los habían convertido a ellos en objetivo. y quedarse a bregar el asunto en el vecindario. atrincherados en una tierra de nadie donde recibían semanalmente amenazas y atentados de todas las partes. Alexander habló de reportar el incidente a sus contratantes comerciales en Bélgica. Lo confirmé cuando Tom reapareció y nos recogió a Ann y a mí para llevarnos a la casa de Berenice y Armand. la mártir alemana de la Liga Espartaco que polemizó con Lenin. Berenice y Armand eran profesores de historia especializados en el bolchevismo. Nadie allí habló de informar el secuestro a la policía. Cometieron la excentricidad temeraria de casarse y permanecer en Belfast. Berenice católica. Su héroe era Rosa Luxemburgo.face and… ”. repetía Alexander).

Encima de que eran antinacionalistas y desafiaban con su alianza a todas las facciones en la capital mundial del faccionalismo. Cada vez que pasaba algún automóvil escaso. pero no menos cómoda. no en el avión plagado de agentes encubiertos en el cual arribamos. los focos descorrían sombras sobre las paredes y las cortinas. sobre todo. Pasamos por las aduanas maltratantes del Reino sin comprender nada. ante el cual repetíamos frases con tono final de pregunta. dentro del ala del Sinn Fein a la cual pertenecían. Acompañamos. excepto la urgencia de aquel tránsito masivo y anónimo de almas. por lo que se veía. 142 . Anne y yo presentamos las debidas conferencias y diapositivas. Berenice se asomaba a la ventana y ojeaba los monitores que escaneaban los predios. también eran heterodoxos marginados. contagiados por el dialecto. Intercambiamos las rutinarias solidaridades. sino en el ferry del sur. Escogimos regresar a Londres. Mientras conversábamos en la sala de esa casa tan sitiada.El matrimonio de estos young scholars era un tributo a la audacia. Pasamos los innúmeros puestos de inspección del ejército británico que asediaban la ciudad. oscureció. Íbamos en compañía de cientos de irlandeses que emigraban a Inglaterra. a nuestros eufóricos sufrientes en interminables charlas de taberna. Luego continuaba hablando sobre una Rosa Luxemburgo cuyo fantasma parecía presidir el momento.

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as in “intelligent”. Al principio no le creí. al deletrear su apellido) —el hombre era una enciclopedia sobre la historia del cimarronaje. Juan Flores acababa de hablarle al público. al cabo de una conferencia sobre cimarrones y literatura que me atreví a ofrecer en el Shomburg Center de Harlem. Lo ofrecía a mi mirada como medalla más melancólica que condecorativa de su acción en el frente atlántico de la guerra contra los contras de Nicaragua. La audiencia afronorteamericana era numerosa. También lo había hecho un scholar negro de apellido Smart (“Smart. Tal era el fulgor del pequeño círculo de tejido cicatrizado sobre su piel negra.Estefanía is coming Ella me mostró la cicatriz del balazo recibido en el seno. Stephanie me hizo saber que ella existía. Parecía llevar incrustada una moneda de níquel. Hablé del embelesamiento del autor de La noche oscura del niño Avilés con el poder imaginario de unos reinos cimarrones inexistentes en la historia de Puerto Rico. en una sala moderna y dilatada. Ahora sé que su historia es mil veces más verdadera que ésta. alguien en la audiencia apuntó que el problema del puertorriqueño negro es creer que no existe. No faltó la perorata final de un ministro de verbo radiante 145 . dijo. Luego de terminar.

una joven de ojos almendrados y mandíbulas altas se acercó a y tras un comentario banal sobre la actividad. 146 . I think maybe it‘s worth the trouble telling you my story. se despidió. tengo que amamantar a mi hijo Hasam. me dictó su teléfono y dijo: —Adiós. me contaría su historia cimarrona. dijo —I myself am a maroon. Sólo alcancé a escuchar alguna palabra pronunciada en esa casa por Estefanía cuando. Como siempre. Allí una música estruendosa de power samba convirtió nuestra conversación en una mímica espectral de cine mudo. but remember. sin interrumpir la conversación. amiga mía. nos acomodamos junto a otra pareja conversadora en el asiento trasero del carro de un conocido y fuimos a parar a una recepción en la casona de Harlem de una scholar negra de la bella ultraizquierda. cerca de las 10 de la noche. el esfuerzo de la conferencia me sumió en un estado de difusión pasiva. that doesn’t make you any less Black”) y. that’s what you are. obligándonos a leernos los labios. si valía la pena.sobre la (casi inexistente) hermandad entre negros y latinos en la ciudad de Nueva York. Prometió que quizás más tarde. De puro aturdimiento continué conversando con ella sobre la negritud y otros enigmas (“You are a lighter skinned Puerto Rican. so to speak —y cambió de idioma: —Llámame Estefanía —pronunciando las consonantes españolas con una suavidad irregistrable. siguiendo los pasos del último corrillo en abandonar el Schomburg. Cuando ya todos se dispersaban.

con alfombras pálidas bordeadas de libros. de cómo fuiste cimarrona—. that I may tell you my story? How do you know you are interested? You have to know at least some of it in order to want to know. —Claro. es cierto. Cursó diez años de ballet con Martha Graham. Stephanie es hija de una talladora de joyas de Manhattan muy bien remunerada y de un hombre alto y remoto que apenas le hablaba. Estudió en un college su147 . interesado en conocer su historia y algo más. aunque de nuestro encuentro obtuvimos otra historia que no es de nadie. Y ciertamente. how can you even know that you want to know? Luego en un español inconsonantado. en mi apartamento sin muebles. con una franqueza que sentí obscena: —Tú me deseas a mí en realidad. but if you don’t know anything. amigo. deja la excusa barata de mi historia a un lado—. Exactamente una semana después. siempre con suavidad y burla: —Who you think you are. Estefanía es una historia. En tono suave y burlón contestó “hola” y musitó con una voz muy pegada al auricular que quizás había cambiado de idea.—. Y añadió... porque yo soy una historia y eso es lo único que obtendrás de mí. Y yo: —Pero tú me has hablado de una historia.Call me next week if you are interested—. te advierto. conté los días pasados en el calendario y llamé a Estefanía. Escuché una risa vigorosa y una invitación a tomar un café en su casa el jueves en la tarde. me cansé de leer a Yuri Lotman bajo el foco de una lámpara enceguecedora.

hasta ese momento desconocido por Stephanie. Ambas cosas fueron muy bien recibidas. no sólo para interpretarlo. De allí salió a Tanzania y Kenya a estudiar Swahili y asuntos internacionales. Ambos pertenecían a una red activista internacional: “we made a fuckingly beautiful. Sirvió en la zona atlántica del país hasta que una bala le perforó un pecho y se le infectó la herida malamente. Stephanie se ofreció como voluntaria en las unidades sandinistas de combate anti contras. brilliant. por aquello de dar el ejemplo entre sus brothers and sisters bluefileños. En Managua la solidaridad del gringo blanco era buena. Ello se evidenció. con dolor. Hasta que llegaron a la Nicaragua sandinista a ofrecer sus talentos.perexclusivo y superliberal de Nueva Inglaterra donde los estudiantes gobernaban a los profesores y escribían tesis para transformar el mundo. pero no tanto la interracialidad. Cuando arreció la amenaza contrarrevolucionaria. fue sitiando la pareja. trabajando con una población negra largamente marginada. 148 . En el hospital se le infectó también el cuero cabelludo. Organizó cursos de danza moderna basados en las tradiciones isleñas de esa comunidad anglocriolla. pero “not quite” la de la “mujer de color norteamericana”. Pero Stephanie halló un nicho de aceptabilidad en Bluefields. and solidarious interracial couple”. tras precoces bodas con un joven blanco “muy consciente”. recitaba Stephanie con sorna y cariño. Un sinuoso racismo. en una serie de desplantes insultantes.

También la hirió el rechazo que sus críticas francas provocaron. que en promover un programa de justicia social. Un fotógrafo bluefileño le tomó la foto. Cuenta que no la hirieron las balas ni las infecciones. una sonrisa de dientes luminosos. es una persona con la cabeza rapada. Un embarazo intempestivo la decide a abandonar por completo la aventura de la solidaridad reciprocada sólo por los “brothers and sisters” bluefileños. a quienes los cuadros oficialistas llamaban “enajenados”. A su regreso al Bronx donde nació. Se hizo 149 .por lo que fue rapada cocopelá. Stephanie llora y ríe cuando la muestra: —That’s when I really marooned myself—. Estefanía bailaba con la delicadeza de una brisa y la exactitud apabullante de un sismo. sino la continua marginación de los bluefileños bajo el sandinismo. Pequeños chichones tumefactos que parecen moñitos le decoran el cráneo brilloso. los prejuicios insultantes de una dirigencia burocratizada que se ocupó más en acaparar las mansiones y otras propiedades de somocistas exiliados. No es un ídolo de la fertilidad a pesar del marco rebuscado de la foto. enfebrecida. Una fotografía en blanco y negro la muestra en la galería exterior del pequeño sanatorio tropical. no la apoyó y le envió a Bluefields una pronta petición de divorcio a modo de correctivo ideológico. parió. un hijo con nombre árabe que significa “el hermoso”. Su marido. una mancha lechosa de desamparo cruzándole las pupilas. alojado en Managua.

No comprendí. levantaba en vilo el coche donde cargaba a su hijito como si fuera un barquito de papel. coming. Una noche fuimos a ver el estreno de la película Mephisto en un cine del este de Manhattan y cuando entramos al vestíbulo atiborrado del teatro. cuando un taxi nos llevaba a un restaurante afgano. La cosa iba en serio. Efectivamente. como es notorio en esa clase. Stephanie se abrió paso a codazo limpio hasta las butacas repitiendo —Estefanía is coming. Otra noche. Stephanie saltó del vehículo en marcha y después de dar una vuelta al caer sobre el pavimento. Acompañada de mí. coming— en un tono fuerte pero ambiguo que mezclaba la insinuación bélica con la sexual. Todas las mañanas. por lo cual hice un comentario burlón y desgraciado. se incorporó y echó a correr por la calle 72 150 . Los gringos. en español cómplice: —prepárate para los empujones—. tienes que echar al frente los hombros y empujarlos a ellos con más fuerza aún—. se dedican a dar codazos y empujar a uno. antes de terminar su explicación. me dijo.gimnasta. al subir las altísimas escaleras hacia la plataforma del tren. Y explicó: —Estos blancos de mierda. ella me contaba una experiencia de aborto con una generosidad e intensidad que no aprecié en el momento. ya la apiñada concurrencia había iniciado contra nosotros la tanda disimulada de codazos y empujones maliciosos. se hicieron los locos. cuando ven una pareja como nosotros en territorio ‘suyo’.

por qué correr de esa manera tan loca? —I told you. Acomodados de pie en en un rincón del vagón. Es una teoría que me concierne. 151 . Cuando recuperé el aliento le pregunté por qué reaccionaba así. Los pasajeros no sabían si lucir atónitos o hacerse los locos. ambos habíamos penetrado en un tren del metro. I’m a maroon. No recuerdo nada de la carrera de esa noche. pero una fracción de ese mismo instante ya me permitía captar una teoría que la lectura de todo Frantz Fanon jamás pudo revelarme: Estefanía is coming. En ese momento yo no sabía si la próxima acción de ella sería intentar detrozarme la cara o halar el freno y detener el tren subterráneo. you know —dijo entre dientes y de inmediato soltó un golpe de karate que esquivé y que destrozó el vidrio del freno de emergencia a mis espaldas. jadeamos largo rato uno junto al otro sin hablar. Sé que cuando la alcancé.oeste.

152 .

—comenzó a 153 . yes how does it feel to be… like a rolling stone… —Bob Dylan Llevaba años sin ver a Laurent Rafael desde que se largó a los Territorios del Noroeste. a pesar de la demora que llevaba. yo estuve al principio en el Yukón. Laurent —le digo —. tomando sorbos tímidos de café hirviente. sin premura. No. miro a la izquierda y ahí está Laurent. parado al borde de la acera. Lo saludo mostrando obvia sorpresa. plantado a mi lado. Yo me dirigía. cuando me lo encontré por casualidad en una esquina de la calle 42 en Manhattan. al trabajo indescriptible que me sostenía mientras escribía una tesis doctoral. sin intención alguna de cruzar.Menos Siberia How does it feel. Justo cuando me dispongo a cruzar la calle 42 a la altura de la Novena avenida. ¿no era que estabas en Alaska? —a sabiendas de que no era exactamente en Alaska donde estuvo. una mañana fría y mojada de otoño. Su lejana emoción se trasluce en cierta manera de batir los párpados.. iniciando apenas un gesto de abrazo que él evade levantando el vasito de café humeante..

. y le pidió candela al camionero. Decir “Laurent salió esta mañana a comprar cigarrillos. era algo que sucedía casi invariablemente cuando él se levantaba una mañana cualquiera y declaraba en tono inaudible que iba un momento a comprar cigarrillos. Un camión 16-ruedas se había aparcado en la estación a llenar el tanque. Ese día Rossana no se sorprendió demasiado de no ver regresar a Laurent a la casa. quien sacó el encendedor sin pensarlo dos veces y aproximó la llama al rostro de Laurent mientras éste le ponía otro cigarrillo en los labios a quien le hacía el favor.” era la forma de anunciarnos una nueva desaparición prolongada. como si le molestara la inexactitud geográfica de las primeras palabras que le dirijo tras años sin verlo. cuando vivían en las afueras de Montreal. Ninguno de los dos siquiera registró el desparpajo con que violaban el reglamento de bomberos. Laurent salió de la casa una mañana oscura de invierno a comprar cigarrillos en una estación de gasolina cercana. Cuando el camionero regresó de pagar la gasolina ya Laurent estaba sentado en la cabina del 16-ruedas y sin más palabras emprendieron la ruta de 3. Laurent se acercó. Rossana me había contado que unos cinco años atrás. cigarrillo en boca. cero 154 .500 kilómetros hacia los Territorios del Noroeste.decir.. Laurent practicaba una estética de la desaparición verdaderamente minimalista: cero anticipación. Quizás ello mismo motivó al camionero a decirle a Laurent que iba al Yukón y que necesitaba un ayudante.

Pero —¿qué hacías? — Dice que cortó leña.equipaje. de allí pasó a Siberia y estuvo atravesando esa zona durante todo el verano pasado hasta que llegó a Berlín. —No me gustó nada ese ruido de la alarma. Rossana guardaba su ropa. hizo mecánica automotriz. Le digo —¿qué haces por acá? —y él cuenta con respiración algo entrecortada que se cansó de estar en el Yukón. encendió un cigarrillo y la alarma comenzó a alborotar muchísimo. hizo autostop hasta Alaska. Cada vez que Laurent desaparecía. —¿Por qué no te gustó Berlín?— No sabía por qué. hospedado en el YMCA. olvidado de mi hora de entrada al trabajo indescriptible. tomó un vuelo antenoche a Nueva York y aquí está. No sabemos si alguien también guardaría sus cosas en los otros lugares hacia donde él se largaba y de los cuales partía o regresaba. sólo que estaba trabajando en la fábrica con otros inmigrantes ilegales y salió a caminar un poco por un corredor para tomar un descanso. me sentí muy mal. acaba de gastar su último céntimo en este café. allí en la esquina de la 42 yo converso con Laurent. no paraba de alborotar —dice— así que por ahí mismo salí de la fábrica y tomé un taxi para el aero155 . Entonces. En Berlín trabajó en una fábrica. libros y efectos personales en una pequeña caja que él jamás volvía a mirar. Hasta el momento de su aparición en la calle 42. cero despedida. Berlín no le gustó. fue valet de un traficante de pieles. Rossana sólo había recibido una postalita de Laurent remitida desde el Yukón.

puerto. Todavía me molesta el oído un poco —asegura, llevándose la mano a la sien. No le pregunto qué piensa hacer, pues sé que no piensa hacer nada. Así que le anoto el teléfono de Rossana y su nueva dirección en Nueva York, que es la dirección de mi casa. —Ah, Rossana entonces está en tu casa... —murmura y pestañea como si el humo del café que todavía no acaba de enfriarse le molestara los ojos. Lo miro. Su pelo es rojizo. Sus ojos húmedos enfocan con ansiedad detrás del vidrio grueso y oscuro de los lentes. Siempre compruebo que es más alto que yo a pesar de las apariencias. Le doy una ficha para el metro, me despido de él hasta la tarde, quedando en encontrarnos en casa cuando regrese de mi trabajo indescriptible. Así que Laurent apareció, me digo mientras sorteo las bocacalles y los movimientos de carga y descarga que atraviesan las aceras durante las primeras horas de la mañana, percatándome de la coincidencia extrema atribuible al encuentro recién acaecido, sorprendido de lo poco que en verdad me sorprende y de la absoluta falta de sorpresa que evidenció el propio Laurent. Ejecuté las funciones indescriptibles de mi trabajo pensando en esa naturalidad casi torpe con que nos adaptamos a los fantasmas. —Estaba hambriento, le preparé un asopao de camarones —me dice Rossana cuando llego a casa en la tarde, bajando ella la voz como si hablara de un en156

fermo recién dormido que yace justo al lado. Ya Rossana había cumplido el ritual de devolverle a Laurent el paquete con los efectos personales que él abandonara la última mañana de invierno en que ella lo vio, pero él apenas miró la cajita cuidadosamente embalada, como si contemplara con pudor las pertenencias de un extraño. Rossana es la memoria, Laurent el olvido. Laurent estaba muy despierto y se puso parlanchín cuando nos sentamos en la mesa de la cocina, los tres, a fumar y a sorber café. Le pregunté sobre el cruce de Siberia. —No les voy a contar de Siberia, porque me siento mal cuando recuerdo todo eso. Pero antes estuve en Tungsten, un pueblo envenenado de ese mineral, en los Territorios, durante un invierno maldito, llevando unas cargas con Tremblay, el camionero que me recogió en Montréal. Era licor clandestino, para los indios. Tremblay y yo nos llevábamos bien, pero al final él empezó a mirarme mal, de reojo, porque me hice amigo de Elvis, el jefe indio que venía de Destruction Bay, y me daba la cerveza con él y eso... Comencé a sentirme mal en esa situación. Así que metí dentro del forro del abrigo todos los fajos de billetes que Tremblay me había pagado por ayudarlo a descargar cajas de licor y a reparar de vez en cuando el camión, y le pedí a Hugo, un traficante de pieles, que me llevara al Yukón. Por allí nos arrimamos hasta Snag, casi en la frontera con Alaska, a esperar el verano. Imagínate, esperar el verano en una aldea india abandonada que ha registrado las temperaturas
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más bajas del continente. Los veranos allá son un poco de embuste, pues nunca llega el calorcito de verdad. Pero bajó casi toda la nieve. Y Hugo me dijo que yo sería su factotum, por un sueldo de 1,500. Yo le pregunté qué es un factotum, y él me dijo —alguien que hace de todo—. Le ayudé a comprarles pieles a los indios y a unos tramperos locos, inmorales, que vivían perdidos en el monte, bastante al sur de Destruction Bay. Bahía de la Destrucción: el nombre es súper apropiado. Le ayudé a Hugo a hacer muchas cosas. Cuando volvió a subir la nieve arrancamos por el Alaska Highway para arriba hasta Fairbanks. Allí Hugo se puso muy meloso y chango, a negociar con unos individuos ordinarios, desagradables, buscando salir de las pieles. Se hacía el loco cuando yo le preguntaba qué precios estaba acordando, como si yo le fuera a pedir alguna iguala o algo parecido. Me sentí mal con la actitud de Hugo. Cuando me siento mal es el fin de un asunto. Ustedes saben. Sigo andando. Me compré un Mustang usado y salí por la ruta del sur yo solo. En la carretera le di pon a Shakira, una yupik que andaba huyendo del marido. Nos hicimos muy amigos y compartimos el capital que yo había guardado y quince mil que ella le había robado al marido. No me interesó por qué le había robado. Lo más seguro la hizo sentir mal. Yo nunca la hice sentir mal. Vendimos el Mustang en Anchorage y tomamos un avión hasta Wales, en la península de Seward en donde Shakira había nacido, pues ella
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donde se podía pagar con dinero o con gas para la estufa. logramos que un viejo llamado David Soolooq nos cruzara en trineo motor hasta Rusia. a beber ginebra en un bar clandestino que él administraba allí por las noches. Aquéllo era lo último. Pero más o menos bregamos. que es una base militar rusa. La verdad que Siberia es buena idea. Aquél peñón en el medio del estrecho de Bering es otro fin de todo. para evitar que se me envenenara el alma. Allí no te encuentra ni Dios. En verdad era de noche todo el tiempo. Diomede Pequeño era el principio del regreso. Luego continuamos hasta Uelen. Por esa área todo es final. tan firme que un bimotor puede aterrizar sin problemas. Hay que tener cuidado porque esa oscuridad eterna tira para el alcohol. El estrecho de Bering se congela en invierno. Pero en el corazón de Shakira. aunque íbamos de vez en cuando al taller de un gringo que construía kayacs de piel para exportación. a Siberia.quería asegurarse que su marido no la encontrara. Leí mucho. Paramos en la isla Diomede Pequeña. terminal. Era un asentamiento inupiat esmirriado. En ese 159 . El plan de Shakira era pasar al otro lado. Allí sí que era difícil seguir andando. supongo. Antes de la primavera. encuevados. evadiendo Diomede Grande. En ese caserío pasamos un invierno bien brutal. todavía en territorio de Alaska y descansamos una noche en una aldea inupiat un poco más alegre que Wales. como adosado a unas dunas que soportaban los hielos y las aguas del Bering.

como le gustaba. hasta que conseguimos espacio en un bimotor que iba a Vladivostok. Lo que era martes. pero se suele ganar 160 . así que no le pregunté. Shakira descubrió que su corazón ya no le tenía amor a Uelen. 11:00 AM se convirtió en miércoles. Hice unos 60 mil en tres meses. Se enamoró de un ruso que más bien parecía chino. de Diomede Grande y de Naukan. 11:01 AM. la nación de Shakira. Yo me dediqué a cruzar Siberia con Storr. Ese hombre no le conviene. Uelen es un villorrio lleno de cabañas raquíticas sin orden. para instalar la base. Ya allí no vivía su pueblo. digamos. Me ofreció un sueldo para que fuera su valet. Allí debe estar ella todavía. o lunes. otro traficante de pieles. En los años cuarenta los comunistas rusos sacaron a los yupik. Le alquilamos un cuartito a un mecánico inuit que más o menos conocía el idioma yupik-naukan de Shakira. Es casi lo mismo que factotum. un chino rubio. y los dispersaron en campamentos y asilos a lo largo de Siberia.tramo pasamos la línea internacional de las 24 horas. en congelador. De Siberia no les hablo porque hice cosas un poco malas por allá. Shakira es muy sana. por culpa del amor. más ilegal y más inmoral que Hugo. Me puse un poco vicioso. pero sí sabían leer los billetes de dólares. Me junté con malas influencias. cantidad que no está mal. donde nadie nos entendía una palabra. que sé yo. Ella vino conmigo hasta Vladivostok y allí se quedó. pero quizás menos le convenga estar conmigo. Yo ya sabía lo que significa valet.

ellos en torno suyo. cuando lo velábamos en la funeraria de Humacao. Sus pupilas se achicaban y atravesaban las paredes cuando hablaba de “malas influencias”. mano—. y los perdí.. Uno de los jefecillos me dijo al despedirse. nunca. Ya saben por qué no les hablaré jamás de Siberia. Nunca he sabido qué registro de lo literal subyace en esos eufemismos de Laurent: “cosas un poco malas”. El dinero para el pasaje a Berlín me lo regaló un señor rico en Gorky. era preciso ver cómo acudieron al lugar ciertos elementos del bajo mundo local. sobre el problema del mal. sólo para saludar a Laurent con reverencia y darle el más sentido pésame: él sentado en una butaca. Pocos días después Rossana me anunció que él había salido a comprar cigarrillos temprano en la mañana. 161 . es de los que no falla nunca. Laurent exhaló el humo del Camel. Pero en la época en que murió Javier. Rossana sonreía y me miraba. con eufemismos abstractos. pero bueno—. Ese fue mi penúltimo encuentro con Laurent. como empezó a hacerlo aquella noche después de contar todo menos la travesía de Siberia. vicioso también. casi rindiéndole tributo. Jamás le he preguntado a Laurent en qué no falla. antes de montarse en un Mercedes —Laurent.así de rápido de malas formas. ahí humilde como lo ves. “malas influencias”. ni siquiera se lo he preguntado en esos momentos en que él se pone a filosofar..

Ella me relató. casi ininteligible. Lo hallé sentado en la cama. con la cabeza casi rapada. 162 . no sé si él hizo lo mismo. Comenzó a hablar sobre el éter. Pronto llegó la mujer coreana con la que Laurent se casó sorpresivamente en los meses anteriores y ella me agradeció con fervor la visita. la corpulencia que había adquirido en los últimos años no cuadraba con la imagen corriente de un enfermo de sida. Me alarmé tanto que me dirigí al aeropuerto esa misma noche y compré un pasaje de salida inmediata. la materia y sus estados indecibles. A su lado estaba la doctora. Lo llamé a su habitación. que el contaje de glóbulos de Laurent había subido milagrosamente durante la noche. Contestó con voz cavernosa. señal de que recobraba el ánimo y la felicidad distante que le caracterizaba. Llegué al hospital la mañana siguiente. no te molestes y colgó de nuevo—. Asocié esa recuperación con mi llegada. El dijo —por qué. Me pidió que lo excusara porque no tenía fuerzas para hablar ni para sostener el auricular y colgó. El sida le había debilitado las resistencias hasta el punto que una afección del pulmón casi le impedía respirar. cuando estuvo casi muerto. como un Buda.El último encuentro ha ocurrido cuando me avisaron que estaba recluido en la sala de intensivo en un hospital de Washington. con júbilo y calor poco usual en especialistas de su rango. Llamé a Laurent y le dije que estaría allí enseguida. Su humor confirmó mi impresión. asegurando que contribuyó a la mejoría inusitada de su marido.

El ciñe sus respuestas a estrictas y prolongadas disquisiciones de física trascendental que nunca contienen las palabras yo ni tú.. Laurent no ha vuelto a anunciar que sale a comprar cigarrillos en la mañana.. Yo le respondo siempre con saludos.Desde que habita esa zona inclemente del sida. La otra noche estuve horas buscando en el mapa de Siberia. 163 . preguntas sobre su salud y su esposa.. ese otro fin del mundo. No utiliza la expresión “malas influencias” y envía ocasionalmente correos electrónicos que contienen meditaciones sobre los estados de la materia y las formas de existencia posteriores a la muerte..

164 .

Tan pronto se presentó comenzó a mentir. Llevaba una biblia en una mano y una estatuilla de la diosa Shiva en la otra. Le hice saber que estaba muy interesado en seguir escuchando la radio. El éxodo me condujo a Forest Gate. Entonces me contó que él provenía de una isla casi idéntica donde los hombres hablan un idioma y las mujeres otro. mientras yo escuchaba. inmovilizado. Shahib alzó los objetos que portaba. barrio de extrarradio destinado a migrantes asiáticos. el vecino del cuartucho en que me hospedaba tocó a la puerta. rage. Sólo dijo: —Splendid! Destruction! That is what we need to talk about—. Era un estudiante hindú de psicología industrial que quería conversar. al corresponsal de la BBC en onda corta narrar la entrada de los sandinistas en Managua. Una pelea incomprensible entre mi madre y mi abuela me llevó a abandonar el céntrico y cómodo barrio donde vivía con ellas. against the dying of the light. 165 . Sin terminar esa idea. Una tarde. Le hice una descripción no muy nostálgica de mi país. Tenía un ojo turnio. que precisamente en esos momentos transmitía la toma de Managua.Destrucción Do not go gentle into the good night… Rage.

frente a una Shiva iluminada. en especial. en el marco de una ventana borrosa. Miré su ojo turnio. Mientras el incienso chisporroteaba e iluminaba los ojos de la beldad con cuatro brazos y dos senos turgentes. se había consagrado desde niño. Sin perder un segundo ya él había depositado la biblia en mis manos y estaba colocando a Shiva en una mesita: acomodaba bloquecitos de incienso en los muslos de la diosa sentada y les arrimaba un fósforo. mirándome a mí: —Now. Shahib inventaba ingeniosas respuestas a mis preguntas sobre su islita del Océano Índico. pero convencía. I’m a rather lonely man and I want to share this with you: the cult of the great mother—. se ennegrecía el cielo homicida del este de Londres. a cuya espalda.miró la biblia en su mano derecha y dijo. el vecino seguía: —You see. Mentía con desafuero. hizo entonces una disertación sobre las virtudes de la diosa hindú de la destrucción. el detalle del idioma. Un tema menor era la comparación de nuestras respectivas islas. es verdad. Entonces. dirigiéndose a esa mano. Yo sabía que iba a acertar cuando toqué a Shiva. A la luz de la diminuta hoguera inciensiaria. Las mujeres. “construction”. a la cual. luego encaró la estatuilla que empuñaba en la izquierda y le dijo: —destruction”. 166 . decía. según contó. guess which one is my favorite—. El primer tema siempre era la destrucción y sus bondades. Tomamos la costumbre de conversar de tarde en tarde ante un té Dharjeeling.

La última vez que lo vi había tocado a mi puer167 . desde la más remota prehistoria no hubiesen desaparecido de la faz de la tierra con casi todas sus edificaciones. quemándose los labios con el té apurado sin conciencia. y porquerías? Nosotros apenas cabríamos aquí. el amigo me confió que su proyecto más acariciado era la destrucción total de Londres. Por toda explicación repitió: —I hate it! I hate it!. atizando el incienso que ardía sobre los muslos cruzados de la diosa. Por ejemplo: ¿qué hubiera sido de nosotros si las pasadas generaciones.son bilingües. ¿Qué sería de nosotros si la basura y los cadáveres no se descompusieran o se quemaran. No recuerdo qué cosas inventé yo de mi isla. pero de todos modos mi interlocutor apenas prestaba atención. no sobraría espacio. hablan la lengua de los hombres además de la propia. pero los hombres no conocen la lengua de mujeres. les es vedada. particularmente entusiasmado con sus divagaciones shivianas. —But… no problem —concluía. Una tarde. Lo importante era la destrucción. utensilios. las más excelsas obras y hazañas no pasaran por el fuego lento o rápido del deterioro y el olvido total? ¿Qué quedaría para crear? —La misión de Shiva en este universo es verdaderamente maravillosa —terminaba Shahib. desmenuzándose lo más posible? ¿Qué sería de nosotros si las grandes culturas. los idiomas. limitándose a asegurar una y otra vez que la suya era casi idéntica a la mía.

también indio. allí en el mismo umbral. low caste. No andaba con su estatuilla de Shiva. Cuando abrí. había echado del hospedaje a mi vecino visionario. sino con la biblia. Cuando pronunció la palabra “thgil”. se calmó. a ver si se elevaban aunque fuera unos centímetros… En ese momento Shahib abrió el ojo sano y vio mi sonrisa etrusca: —You spoiled it! —gritó— Your bloody smile destroyed the whole thing! Sin aguardar mi reacción. creo. con el vientre y los ojos 168 . perspirando en el frío del pasillo. explicó que ya dominaba el poder de la levitación. Yo sería testigo. cerró el ojo sano. allí. el respeto debido a su honorable residencia. en fracción de segundos. Procedió a leer en reversa su biblia King James. No pude evitar una sonrisa algo cruel. según él. pues éste osó violar. they are riff-raff. al protagonizar en medio de la noche una gran trifulca con la policía justo frente a la entrada: —These people I know who they are. Poco antes del fin del semestre supe que nuestro casero. en ese momento. de su recién adquirida destreza. mientras le miraba atentamente los pies.ta tarde en la noche. cuya primera sección del Génesis debía leerse al revés a fin de efectuar la anulación gravitacional deseada. Era capaz de aniquilar la fuerza de gravedad que actuaba sobre su cuerpo durante lapsos de dos segundos. they have no respect! —aseguró el casero. se excusó por haberme importunado con su “vana demostración” y se retiró mosqueado.

junto a unos versos de Dylan Thomas. terrible y amable abuela nacida en Calcuta. después de un funeral al que me era imposible asistir. 169 .protuberantes de indignidad. Tuve la ocasión de recordar estas conversaciones vespertinas sobre la destrucción el día que supe cómo las cenizas de mi abuela. fueron arrojadas por una hija solitaria en un recodo del Támesis. las cenizas de mi insólita.

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ÍNDICE Culebra Buda Bar Del brazo de Fortuna Bonneville Ante la tumba de Marx Punto Cero Gotcha Taberna Tu puta vida Cráneo María no existe Hamlet en Camden Town Explosión suavemente Claroscuro y máquina Belfast llama Estefanía is coming Menos Siberia Destrucción 13 23 31 45 53 59 69 79 87 105 111 117 125 135 145 153 165 .

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