Juan Duchesne Winter

Gotcha

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Juan Duchesne Winter Gotcha .

Editorial Tal Cual Centro de Investigación y Política Pública Fundación Biblioteca Rafael Hernández Colón Calle Tetuán 206.A. . 2007 © Juan Duchesne Winter.Colombia . 2007 Diseño y diagramación Juan Carlos Torres Cartagena Fotos de portada Eduardo Lalo Impresión Pananmericana Formas e Impresos S. Puerto Rico 00901 cipp@coqui. Oficina 503 San Juan.net ISBN: 0-9760352-7-8 Primera edición.

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siempre. ...a Aurea.

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Todo lo que se acerca nos ofrece la novedad de la multilación -José Lezama Lima .

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pubs y más cafés como el nuestro. El parasol no era necesario porque era de noche. que no era mío. boutiques. por qué llevaba manchas de sangre en la rodilla y en los codos. y me preguntó por qué tenía manchas de fango en los pantalones. regaladamente sentado ante una de estas mesas con parasol que se colocan frente a los negocios. deleitada. Disfrutábamos el ambiente recién creado en el pueblo por una ola de progreso que vino del mar y barrió con los tugurios de los pescadores. gente cool sin prisa y sin miseria. —Ay la brisa nocturna del mar —repetía mi amiga. yo no me había fijado.Culebra Estaba en el café con una amiga tomándome unos tragos. puntiagudo. El Campari con soda acariciaba la sed. por qué tenía una rasgadura en el ruedo. de tersa piel de culebra. Lo que más curioso le pareció a ella fue que yo llevaba puesto un zapato marrón oscuro. pero el zapato de piel de culebra bri13 . Nos sentíamos muy gentry. de esos pescadores que habían dejado de pescar hacía siglos. La brisa marina mitigaba el calor. rodeados de avenidas arboladas. uno de mis zapatos Clarks. y yo pensaba que ella era de lo más sibarita. y otro zapato marrón claro. Luego ella se fijó en mi ropa. Sólo lucía enfangado y opaco el zapato Clarks.

Hay tipos muy machos con barrigas distinguidas y bigotes finos. Una señora rubia sentada a la mesa del lado. Yo. Tenía sed. Es uno de esos barrios donde hay cafetines y dentro de los cafetines hay una mesa de billar y una vellonera que toca canciones charras por monedas. también se puso a mirar con poca discreción mis zapatos y mi ropa y daba muestras de querer participar en nuestro diálogo. minutos creo. Mi acompañante y la señora rubia parecían brindarme esa oportunidad. Me percaté que debía contar la historia que explicaba el extraño estado de mi atuendo. yo estaba en el campo. ni siquiera horas. y reflejaba las luces de la calle como si las escamas fueran lentejuelas. —Hace apenas unas horas. —Era tem14 . en el pueblo. La brisa marina me parecía un algo molestosa. Apuré otro sorbo de campari para alcoholizar un poco el leve temblor que sentí. entré a darme una cerveza en uno de esos cafetines. que juegan billar con donaire y eructan cerveza con gran galantería. Se echa la moneda por una ranura y se escoge la canción más charra del ayer. Yo no sentía la misma curiosidad que mi amiga porque conocía la causa de esos detalles. pero parecía esperar a alguien.llaba. luminoso. Pero mi amiga insistía y señalaba con el dedo. Otros conversan en las barras sobre las chulerías de los motores de sus automóviles. realmente hacía frío. —les dije —yo no estaba aquí. en uno de los barrios cercanos de la montaña. hacía calor. como hombre de pueblo que soy. que estaba sola.

Entonces él siguió. Insistí: —no yo no soy mi abuelo. yo soy el nieto.prano en la noche. el que escribía danzas…. el que componía danzas. dejó de mirar su botella. hablando en una voz baja que la música de la vellonera casi ahogaba del todo: —tú eres Rafael. Acercó su boca a mi oído y susurró —Rafa. el músico. mi abuelo murió hace poco a 15 . Me senté a la barra y pedí la cerveza. Dentro. pero ya estaba midiendo el tiempo para llegar aquí a mi cita contigo. había una colección vintage de macharranes. pero había poca distancia entre la mesa de billar y yo. sí. porque yo no me llamo Rafa. —como si yo anduviera por allí de incógnito y él quisiera tener la delicadeza de saludarme sin publicar mi identidad. me miró con fijeza y dio señas de reconocerme. Un hombre de mi edad que se sentaba a mi lado. y entré en el negocio. pero yo tenía un abuelo llamado Rafael que componía danzas. Estacioné mi carro afuera. Yo estaba tranquilo en mi banqueta alta. entre unos siete u ocho carros arrimados contra el precipicio que bordeaba el lugar. Rafa. verdad. Lo miré con extrañeza. disfrutando el sano ambiente de campo. no creas —le aclaré a mi amiga. incrédulo.. Respondí: —yo no soy Rafa. como entrecerrando los ojos. Sí. añadió. —¿Pero tú no eres él? —preguntó. a la orilla de la carretera. sosteniendo con la sonrisa congelada una botella de Heineken. ése. si bien no faltaban dos o tres mujeres cuya presencia desenvuelta y moderna les unta en nuestros tiempos un toque cosmopolita a estos cafetines.

que entonó en mi dirección: —no le haga caso místel que está borracho. —salte del medio bródel. por lo que viró la cara y no me dirigió más la palabra. Lo observé bien y noté que tenía un jacket de cuero marrón excesivamente grueso para estas temperaturas. perdóneme. me empujó en el riñón con el mango del taco y dijo. papá. Al hombre le molestó que yo negara ser mi abuelo. Dándome la espalda todo el tiempo. —Aaah….los 96 años. Como he dicho. dándome la espalda y acomodándose para mejor manejar su taco de billar. no le haga caso místel que esta borracho. Entonces escuché un coro. El tipo se volteó. le puso las manos sobre 16 . y provenían de los otros macharranes y de las mujeres. mirando su botella y concluyó: —Yo lo conocí. alzó el taco como para partirlo en cinco pedazos sobre mi cabeza y gritó —señol es tu madre. había muy poca distancia entre la mesa de billar y mi banqueta. Al poco rato un macharrán de barriga muy galana se colocó entre la mesa y mi banqueta. no le haga caso místel que está borracho. Llevaba un pañuelito azul amarrado al cuello. con voz alcohólica. yo soy el bichote aquí. que no tengo espacio. Yo le dije —oiga señor. Una de ellas se acercó al bichote de la barriga galana. con que murió —dijo. como los que usan algunos argentinos. Las voces sonaban como si acompañaran la melodía ranchera-rap de la vellonera. quien permanecía agarrando el taco como un bate de béisbol y mirándome muy mal. se dice por favor.

torciéndole el brazo hacia la espalda. Había tirado el revólver al suelo. Nadie se fijaba ya en mí. Y encajando el mismo ritmo. Sus palabras le salían en ritmo ranchera-rap. Los amigotes lo rodearon para mantanerlo en pie. girando como un molino. vete a descansar vete a descansar. mamá. Uno de los amigotes del bichote dijo —la cabrona ésa corre más que una guinea. sin mangas y que tenía brazos muy bien torneados. se lo arrebató y le disparó un tiro.los hombros y le dijo —papito ya te estás poniendo malito. alcanzó un revolver que el bichote llevaba en su cinturón. El bichote de la barriga galana le dio una bofetada a la mujer. La mujer se había esfumado. se zafó del agarre y con un movimiento de marioneta. Ella le hundió un codo en la barriga al enemigo. agresivo. yo soy el bichote mamá. sujetándose del borde de la mesa con el brazo desocupado. A partir de ese momento sucedieron cosas violentas. El la agarró. la hizo girar y le puso una llave. él entonó: —papito es la crica de tu madre. pero sólo se encorvaba y se agarraba el hombro izquierdo. Las demás mujeres ya no estaban. Noté que la mujer llevaba un vestido amarillo corto. aturdido. El hombre no cayó. realmente hermosos. yo soy el bichote. pero yo la voy a matar a ella —decía. —Me mató la cabrona ésa. El bichote recuperó el hierro y lo blandía como un estandarte de batalla. debe haberse metido 17 . Ella se la devolvió. aunque yo hubiera deseado que se desplomara sobre la inmunda mesa de billar y que la inundara de sangre.

pues te verán. corre hasta la casa donde estará y avísale. quien a pesar de estar muy malito. Me esforcé en seguir pegado a esa verja y aceleré mi carrrera 18 . es gente malvada. Escuché que la vellonera callaba. la guá combeltil en caln’e mondongo —gritó el bichote borracho. Sentí mientras corría que de cuando en cuando mi hombro izquierdo rozaba una verja alta alambrada. esa gente va a matar a la mujer que te defendió. detrás de la vellonera y atrecha por un sendero que llega directo a la casa de la madre de ella. —Pues pa’llá voy. pues están borrachos. seguía con el revólver en la mano. revólver en mano. tan pronto ellos salgan por la puerta. forrada de enredaderas. como ellos. al igual que yo. Me despedí con una guiñada del amigo de Rafa. si la quieres salvar a ella. casi cargando en pie al bichote. dispuesto a todo. Sólo miraba y sonreía preocupado. me colé por la portezuela tras la vellonera y corrí sendero abajo. se percatarán de tus intenciones y te matarán a ti. vete por esta salida trasera que ves ahí. los tipos salieron puerta afuera. Vi entonces que. Me susurró al oído —¡oye Rafa! indefectiblemente. Descubrí que el supuesto amigo de mi abuelo. no se había movido de su lugar. si te apresuras llegarás antes que los tipos. como predijo el supuesto amigo de mi abuelo. como hace siempre. pero no te vayas por la carretera. mis pies tropezaban con piedras y raíces. El trayecto era oscuro. a matal-la.en casa de su mamá. negro. las ramas azotaban mi rostro. allá abajo al pie de la cuesta de los González.

la taza del toilet. A mi izquierda había una piscina inquieta con luces en el agua. alarmado. pero mayormente bajaba. Sentía que me deslizaba por un túnel. Más adelante vi una puerta alumbrada por un foco intenso colocado sobre el dintel. ocuparía un compartimento separado. El suelo subía y bajaba como una montaña rusa. Me percaté que había perdido el zapato derecho y que ese pie pisaba descalzo. que la desnudez de mi pie representaba un impedimento serio para mi plan de rescate de la mujer amenazada. Quizá era una construcción amplia y cada pieza. escuché ladridos lejanos pero no vi perros. Aunque no vi los usuales efectos sanitarios. hasta que mi hombro izquierdo rozó un muro de concreto liso en lugar de la enredadera interminable. Entré a lo que parecía ser un cuarto de baños iluminado con loza blanca inmaculada. El muro terminó en un portal iluminado. Sólo pensaba que los tipos malos iban a matar a la mujer y que yo debía rescatarla. el lavamanos. Roté la perilla y la puerta abrió de inmediato. la bañera. Abrí el portón y penetré en el jardín. pero continué sin saber cómo. pero el fresco sugería un espacio abierto. No pude sino pensar. Hubo instantes en que casi desistí de la carrera por falta de aire.ciega. Caí varias veces de rodillas y mis manos se hundieron en el fango. Pero no se sentía un alma en el lugar. Estar des19 . Mi pie derecho palpó la superficie del piso suave y fría como la palma de la mano de una princesa. Era la entrada trasera a los predios de una casa.

por qué mi zapato. Era un solo zapato derecho de piel de culebra que yacía en el piso sin su par. impaciente por continuar mi monólogo y contar el desenlace de la historia. mudo.. El esplendor. porque mi carrera había consumido un tiempo incalculable. sólo restaba alcanzarla. Vi otra puerta que parecía dar entrada a las habitaciones donde se encontraría la perseguida. —¿Ése que usted cuenta. o además hacerles frente a ellos si estuvieran ya golpeando la puerta del frente de la casa.calzo era un handicap para el combate inminente.. Introduje mi pie en él y sentí gran alivio. 20 . En ese momento perdí todo deseo de contar por qué mi atuendo se encontraba en estado tan estrafalario. es el zapato de piel de culebra que lleva ahora puesto señor? —preguntó la señora del pelo rubio que se sentaba en la mesa contigua del café.. avisarle el riesgo que corría y salir con ella de la casa antes que llegara la turba asesina. —Pues esos mismos son los zapatos que hoy pusieron en especial en Walmart —añadió la señora. hallé un zapato justo junto a un cesto de toallas blancas.. Sin sorprenderme. Señalaba el zapato con el dedo. Mi nuevo zapato… de piel de culebra rutilaba. que parecía esperar a alguien y quien ya se había puesto a escuchar mi relato como si nos acompañara. ahora estoy listo para luchar. Las escamas. pensé. —Sí señora —le respondí. si no es que hubiesen penetrado ya.

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Descarté el asunto del reconocimiento. donde nos costó trabajo hallar dos butacas contiguas. Sería inútil y hasta contraproducente recordárselo. Cuando el cura de la película anunció la llegada de la Bestia a sus feligreses y renegó de la cruz. Lo importante era que nos habíamos 23 . Enfoqué la vista sobre la pantalla con toda mi fuerza para lograr reflexionar sobre la nueva situación. pero no lo sabe. No la había visto desde el incidente que nos separó. un relampagueo enceguecedor de la pantalla me hizo voltear la cara hacia el lado y ese mismo relumbrón me permitió reconocer a Isadora. sentada justo en la butaca a mi izquierda. donde comenzó a rebotar contra las paredes del cráneo con gran brutalidad. Mi madre conoció a Isadora en el cine cuando fuimos a ver El día de la Bestia. pero ese temor escondía otro mayor: que no me reconociera. Entramos tarde. Yo había olvidado hasta su nombre. Temí que Isadora me reconociera. Pero su presencia reimplantó todos los recuerdos de un solo golpe. trepó por mi garganta y se metió en la cabeza. mi antigua novia. Isadora no me reconocería ni dejaría de reconocerme. como siempre. Mi corazón saltó. a la sala semioscura.Buda Bar La amiga de quien ahora es mi madre fue novia mía.

Yo recité mi propia disculpa muy madura y for24 . pero nada la obligaría a encontrarnos en ocasiones sucesivas. Debía retenerla. lloriqueando. decidido a realizar. A lo sumo me encontraría gracioso y avispado. en lo que quedaba del día de la Bestia. ¿Cómo pedirle el teléfono en esas circunstancias? Mi madre no me permitiría seguirla al salir a la calle. Estaba repleto aún. Pero. que se arremolinaban en torno suyo. quizás lograría provocarle un ligero déjà vu. El volumen atronador de su alarido no distorsionó el recuerdo que significó para mí su dulce voz. Le quité la tapa plástica. El cura de la película ya había abandonado la iglesia después de insultar y maltratar a las beatas que no podían creer sus blasfemias. en el baño. Isadora.encontrado de nuevo. la primera ayudara a la otra a limpiar y a secar sus ropas entre mil disculpas. Yo le pedí a mi madre que me pasara el inmenso vaso de coca-cola con hielo que habíamos comprado antes de entrar. después que. liberado. Rumbeaba por la calle como un hombre feliz. ella y yo. Los tres. Lo derramé completo sobre la falda de mi vecina. tarea que facilitó el aire caliente de la secadora de manos. mi mamá. Clavé la vista aún más en la pantalla. todo el mal que supuso no haber hecho en una vida. un simpático hombrecito que trató de ponerle conversación en el cine. Ella no me prestaría mucha atención. terminamos reunidos en el vestíbulo del cine. ¿cómo? No estaba a mi alcance iniciar una conversación al estilo normal.

Mi madre me dio permiso para tomar un sorbo de vino. Mi madre era apenas cinco años mayor que Isadora. a ver The Night Porter. pues las tenía demasiado tersas. Como tantas veces. Puse un pretexto tonto para tomar las manos de Isadora entre las mías y examinarlas. terminamos por acudir al cine. El receso de verano me permitió acompañarlas casi siempre. pero fue una mirada de simpatía. para satisfacción de ambas. Yo compartía todas esas preferencias con ellas. Logré sentarme entre las dos. a pasear por calles y parques. Esa noche se soldó la amistad entre ellas. En dos ocasiones. a manera de desagravio. yo era colector de vidas. Le pregunté si jamás trabajaba con las manos. que no me era permitido. excepto el vino. Cuando las 25 . segunda causa de mi amor. Ese fue el primer encuentro de una serie coleccionable. Ambas disfrutaban el cine. También contemplé los deliciosos hoyitos casi infantiles que adornaban los nudillos de sus manos cuando enderezaba los dedos. durante la cena. leer novelas inglesas y nadar. Yo no hablé mucho.mal. la buena cena y el vino. Me atreví a servir el vino para hacerla aproximar la copa y poder observar sus dedos en close up. Entonces decidimos no entrar de nuevo a la sala de cine. Isadora me miró como si no pudiera leer mi rostro. Mi madre invitó a Isadora a cenar. Las dos mujeres compartían muchas cosas. me deleité en escuchar la dulce voz de locutora radial nocturna que en otra época me hizo amar a Isadora. Y además.

retornaba al colegio y (¿cómo es que no lo hube registrado antes? ¿o sí?) Isadora era maestra de literatura. Ella misma sugirió. Usó el tono de locutora nocturna que más atesoraba. por supuesto. Cuando recuperé mi capacidad de atención supe que mi Isadora y mi madre conversaban sobre temas escolares. Era color añil y manaba de sus labios como si sangrara. Luego de la película fuimos a un café. Pensé que podía ser un mensaje. ver su voz. un gran portal que sería muy mezquino confundir con la mediocre palabra “oportunidad”. Hubiera bebido esa voz. Era 26 . le hice la misma pregunta que el día en que nos conocimos originalmente. Imaginé que se abría ante mí un portal. sus dientes blanquísimos. tratando de leer algo en mi rostro. sí pude. donde conversamos sobre cine. Asentí. pues sin percatarme. pues su colegio tenía acuerdos de intercambio con el mío. como si me permitiera nacer de nuevo. que yo asistiera a sus lecciones como estudiante visitante.olí reconocí el perfume de lavanda que ella solía usar. pregunta que también le hube hecho con el mismo pretexto de poder tomarle las manos. en ese momento. Me quedé mirando su boca. que surtía como maná caído de otro planeta. que dejando de entender la más mínima palabra de lo que decía. Isadora respondió con palabras muy serias e intensas a los comentarios más coherentes que pude improvisar. Ella me miró. Mi madre también asintió. con tal fijeza y aturdimiento. quedándome casi sordo. Terminaba el verano. en efecto.

es decir. sideral. en vano. Sobra decir que durante ese otoño fui estudiante y amante de Isadora. Pero ella sí reconoció al hombre en mí. Registro estas líneas sentado en el Buda Bar. El lugar es oscuro y fresco. sobre la imagen de una mujer que tiembla tras las rejas de una comisaría policiaca. Unas cuantas almas. con un muerto. pedí permiso para llenar la mía de nuevo. levanto la mirada ocasionalmente. El resplandor color añil de la sustancia de su voz inundó nuestros cuerpos desde el primer día de clases y trazó una senda.el primer portal que se abría desde que el accidente cerró mi última vida. por terror a que me confundiera con lo menos que yo quería identificarme. Una locutora con boca torcida 27 . con separar mis 14 años de sus 32. Ahora huyo. yaciente e implorante tras las capas de tiempo apócrifo que amenazaban. que encontramos en esa senda es nuestro secreto. brindamos por el nuevo curso y me di el lujo de pagar el consumo con lo que quedaba de mi mesada. como la mía. a donde los de nuestra especie venimos a enfriarnos de cuando en cuando. supongo. De pronto contemplo con espanto la pantalla colgada sobre el mostrador. Escribo. como en bucle. El calor frío. sorbo mi bebida. Serví más vino en las copas. en la que pasan las noticias de la tarde. El vídeo noticioso retorna una y otra vez. al fondo brilla la efigie del maestro. Nunca me atreví a revelarle mi identidad. están en lo suyo y guardan amistosa distancia. Ella nunca me reconoció.

Aguardar. 28 . Sicólogos y expertos legales desfilan ante la cámara y opinan sobre el caso. Sólo tiembla y tiembla con todo su cuerpo tras las rejas. En la parte inferior del recuadro corre un cintillo con el nombre de la prisionera. No se inmuta. Es una mujer con aspecto muy joven. Es un mensaje. rubia. Sobre la pantalla retorna una y otra vez la imagen de la mujer que tiembla tras las rejas. Su mirada inexpresiva se eleva al vacío. No llora.anuncia que una maestra de escuela superior acaba de ser arrestada y acusada de abusar sexualmente de su estudiante varón. quien al negarse a formular cargos se convierte en cómplice. La rodea un resplandor color añil. La maestra está embarazada. Un primer plano amplía el temblor insoportable de sus labios lívidos.

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Ni se me habría ocurrido celebrar mi cumpleaños si no hubiese hallado el maletín. aliviado de no tener que viajar en un vagón atestado. Me recosté y coloqué la mano izquierda en lo que creía era el reposabrazos del asiento. como para abrir el espacio que corresponde a un objeto ajeno a mi persona. dejando amplio lugar donde acomodarme. como si ese objeto siempre hubiese sido una extensión de mi brazo. sentado. Ocurrió en el metro. Pero palpé un maletín.Del brazo de Fortuna Encontré el maletín el día de mi cumpleaños en una ciudad donde no tenía con quien celebrar ambas cosas. Nadie notó nada. y hubiese cargado con 31 . venía repleto. Mi mano agarró decidida el mango del maletín y permanecí tranquilo. y me dispuse a interrogar con la vista a algún posible dueño. Mas sólo inicié el gesto. El vagón que se detuvo ante mí en la plataforma. Poséelo —me decía esa voluntad— yo te poseo para que lo poseas. que me recorrió como una descarga eléctrica que se desprendiera de él. Apenas me moví un milímetro. pero tan pronto se abrieron las puertas salió la mitad de los pasajeros. De inmediato sentí la voluntad de poseerlo. Me senté al lado de la puerta. Miré el objeto y sin pensarlo comencé a alejarme de él. Fue una voluntad que venía adherida al maletín.

Sin importar que dentro haya. Le sucede a cualquiera. crucé la plataforma y me monté en otro tren que iba en dirección contraria. eché el maletín adentro y las metí de nuevo. Estuve contando hasta que la sombra inundó el apartamento. El perfume propició una meditación sobre aquella que llaman Fortuna. –Es una bomba quizás —pensó mi cabeza—. o quien como Arquíloco. Tomé un autobús directo a mi apartamento. Lo dejaron olvidado. en efecto. Me impregnó el perfume de las rosas y de los claveles. olvida su arma de combate durante una retirada. O mejor: contiene dinero recibido en una transacción clandestina de drogas. Un sujeto piensa en mil cosas en esos momentos críticos. medio. La voluntad me acababa de hacer un regalo. Los nervios. perseguido. La visita a la floristería. El maletín era el gran regalo. se le queda el tesoro arrumbado en un rincón. compré un ramo gigantesco y pedí un bolso de papel gigantesco para llevarlas. Medio millón de dólares —pensó mi cabeza. raudo. entré en una tienda de flores. con diez mil imágenes de lo sucedido y por suceder proyectadas en el foco delantero de la mente y… zas. Contenía más de medio. Cinco estaciones después salí del metro. Con el maletín. saqué las flores del bolso.él desde antes de entrar a ese vagón en el metro. las flores. digamos. como quien deja la cartera en la tienda. Salí del tren en la próxima estación. El dueño del maletín abandona el lugar. eso me recordó que cumplía años. Me detuve en el vestíbulo. Aspiré hondo. Fortu32 .

Parecía que ella no era tan famosa. Era la única persona de cuya existencia me había percatado en aquella vecindad. Pensé en Verónica. Pobre tipo. Pedí un Campari con soda y asumí una postura relajada. Era la mujer solitaria que ocupaba el penthouse del edificio. pues apenas la 33 . o si el tipo que olvidó el maletín en verdad lo había olvidado. El eco de mi voz me recordó que debía celebrar la doble ocasión del aniversario y del hallazgo duplicando las voces de mi vida en esa ciudad donde no conocía a nadie.na. no tenían prisa en recuperar el medio. que me permitiera observar. Observé que el piano bar de la Boite Vertigo se poblaba poco a poco de tipos tenebrosos. El tesoro secreto de que ahora disponía me infundía un atrevimiento irreconocible. me estaban dando cuerda larga para averiguar a qué organización yo podía pertenecer. justo encima de mi departamento. Tocaba piano en algunos clubes nocturnos de la zona. me bañé. Ni siquiera me percaté cuando Verónica se sentó al piano y repasó melodías de Pierre Bolling que de súbito me borraron la paranoia. ya su cadáver descansaba en el basurero con tres o cuatro dedos menos. Me miré en el espejo para tranquilizarme. Los gangsters me seguían de cerca. ¡Eres la diosa! —dijo mi boca en la sala ya oscura. algunos con acompañantes virginales que les hacían un contraste perverso. Sabía su nombre porque era un poco famosa. aunque meditativa. me vestí y salí. Había visto los carteles en los alrededores.

parece que demasiado para su gusto. Llegó mucha más gente. Pero ya no me importaba. en verdad. Se inclinaba sobre el piano un poco más de lo que la elegancia pianística requería. A veces parecía que iba a leer o a escribir algo en las teclas. Entonces la aplaudieron. Seguro llamaban a sus amigos para advertirles que no se perdieran a esta monstruosa pianista. Simplemente una sesión larga. a la Boite Vertigo. Verónica vestía un traje color metálico con mangas cortas. virginales. Le hice enviar un ramo de flores dentro de mi imaginación. pero corté la fantasía porque debí 34 .aplaudieron al entrar. No hizo intermedio. pues no cabía duda de que siempre descubriría los sonidos que nombraba su aliento. con respeto. Y Verónica terminó de tocar. Los tipos hablaban con sus teléfonos móviles. era un descubrimiento. Llevaba una cinta lapislázuli al cuello. no muy ceñido. Pero tocaba superbien. Definitivamente esos tipos no eran los gangsters del maletín. o parecía que pasaba velozmente las páginas de varios diccionarios a la vez. Pedí otro Campari. Pero todo ello con alegría. complicadísima pero livianísima. Pedí otro Campari con soda. que vinieran ahora. Conversaban en voz baja. Ella cantaba con las manos. El lugar se abarrotó hacia el final de la velada. que los esperaban. Así fue. y fuera. Los tipos tenebrosos no parecían malos. buscando la definición de una palabra de la cual dependía su próxima respiración. ni sus acompañantes. como si sus manos tuvieran dedos supernumerarios.

—Acepto porque eres mi vecinito —rió. De verdad que se iba fuera. porque en verdad no la escucho nada. y ya se ponía el pequeño abrigo rojo para abandonar la Boite Vertigo sin saludar ni dirigirse a nadie. Persistía en el local cierto runrún de conversación y música ambiente que no permitía escuchar más de la mitad de las frases que ella pronunciaba. hizo una lacónica reverencia. sí —o exclamaba —¡Increíble! Y ella preguntaba —¿Por qué increíble? A lo que yo respondía con cambios incongruentes de tema. Ella dijo que también era recién llegada. inaudible.levantarme antes de lo esperado. a ratos. pero no era un frío deprimente. Conversamos sobre la música y la ciudad. pues no me atrevía a decir: —Pues. Afuera hacía suficiente frío como para condensar pequeñas nubes de vapor frente a nuestros rostros. abordarla. pues su voz era. Sobre levísimos charcos 35 . —Ése es mi plan en estos lugares —me contó en la mesa— una sesión larga y fuera. presentarme como su vecino e invitarla a un trago. Otras duplicaban en detalle las imágenes de los anuncios que colgaban a 25 metros de altura. Una finísima lluvia convirtió las aceras y las calles en espejos donde se reflejaba el neón. En esos casos yo sólo repetía —Sí. Algunas superficies eran rojo sangre. que tampoco conocía a nadie. pues apenas martilló el último acorde. cuando mi irreconocible atrevimiento infundido por el tesoro secreto me impelió a casi correr hacia ella. con ojos serios.

supe que iba a aceptar el convite. Cuando penetramos en el vestíbulo de nuestro edificio le propuse la idea de la celebración. pero sí invoqué a Fortuna. donde yo encargaría vino y comida a un restaurante cercano. y sus labios las reabsorbían como un pez que respira. de la calle. normal. y el ruido. pero antes que yo pudiera entenderlas. Ella exclamó que cumplía años el próximo día —¡Qué cosa! —suspiró. se pasó ambas manos por los brazos. —Perfecto. Bajó un poco la voz y propuso reunirnos en su departamento. ocupaba el vacío dejado por ellas. dubitativa.flotaban estrellitas. como si fuesen nubecillas. No comprendí casi nada de lo que ella me contó durante el trayecto a nuestro edificio. Verónica asumió una demora reflexiva. su extraña coincidencia con mi aniversario. donde tenía el piano. La invité a reunirnos en mi apartamento. excepto que resumía con entusiasmo sus dificultades en adaptarse a ésta y a otras ciudades. Verónica aceptó mi invitación a acompañarnos mutuamente camino a nuestro edificio. un piso más cerca de 36 . ante mi invitación. lo que le parecía. Pero cuando se llevó la mano izquierda al pelo. Las palabras se formaban frente a su rostro. Ella abrió su paraguas y caminamos tomados del brazo. no grave. a juzgar por su risa frecuente. pero la boca de Verónica absorbía los sonidos en lugar de emitirlos. No era una voz débil. Las palabras sonaban. ella se las tragaba. sino cómico. No mencioné el asunto del maletín. como si lo acomodara. El ruido del exterior competía con su voz.

el silencio del comedor me permitía entender con claridad sus palabras reabsorbidas. Ahora ella portaba una túnica afgana negra. Mientras yo encargaba el vino y la comida por teléfono. El estofado de cordero llegó. descorché una botella de shiraz australiano. roja y oro. Yo le conté que de corderos no sabía. había degollado cerdos y conejos para ciertas cenas de campo. que si bien ello no me confería expertise. que llegaba la hora de elevar acordes a Fortuna. siendo oriundo del Caribe. Ella sonrió con los ojos serios cuando dije. Llegamos a hablar del piano.las estrellas —dije. en un tono bastante charro y kitsch que me hizo sonrojar. Verónica se desabotonó el cuello del caftán. y subimos. En la mirada de los animalitos nunca había rebeldía ni odio. Verónica se cambiaba y servía vino para brindar por nuestros respectivos aniversarios de vida. Ella se acariciaba ambos brazos con las manos. la ciudad y el problema sentimental de degollar un cordero. Hablamos sobre la música. nos sentamos a la mesa y conversamos mientras cenábamos. Todavía llevaba la gargantilla lapislázuli. como si se le erizaran los vellos y quisiese alisarlos. Esta vez. El vino alimentó la sensación de calor. en un gesto lento pero nervioso. Yo no sospechaba 37 . me enseñó que era mejor mantener contacto visual con la víctima y sacrificarla con respeto y gentileza. como si se tratara de un invitado tímido y silencioso que debíamos incorporar amistosamente a la charla. pero.

Al parecer. y elevó a manera de un saludo de gladiador. con un particular movimiento del hombro. Sus posiciones eran intercambiables. mientras escrutaba las teclas como si mi rostro se reflejara en los bemoles negros. El brazo parecía salir de la axila del otro brazo izquierdo. sino ante la magnificencia de su espalda desnuda. para ocupar el mismo nivel del otro. las incidencias de la noche la habían conducido a dar un paso crucial. debo ejercitarlo un poco. dejando desnuda la mitad del cuerpo. Ella hablaba ahora en tonos muy claros. ella lo hacía girar hacia arriba y hacia el frente. El piano miraba hacia una gran ventana. Verónica rogó que me acomodara en la butaca detrás de la banqueta.la importancia que cobraba para ella esta petición de tocar piano. no sólo ante la entrada en escena del tercer brazo. dándome la espalda. un segundo brazo izquierdo. fijaba el rostro en el resplandor de la ventana. Quedé sin oxígeno. me daba la espalda en todo momento: —Después de mantener este brazo casi todo el día guardado bajo los senos. pero. la ropa me molesta —dijo. tan bien formado y vigoroso como el primer brazo izquierdo. Abrió la tapa del teclado. —Ésta mano es mi fortuna. y que no me moviera del lugar. agarrándome la costilla derecha. que entonces quedaba debajo. Se sentó en la banqueta. 38 . Se desabrochó toda la parte superior del caftán afgano y lo dejó caer hasta la cintura. mi tesoro —añadió. —Sólo así puedo tocar a capacidad con mis tres manos.

Verónica se ajustó y abrochó rápidamente la túnica. hacia el ancho dormitorio. Xenakis. dibujada a contraluz. y sólo sentíamos regresar el frío de la madruga39 . Y tocó. Krenek. acezante. Tuve una sucesión de fantasías felices. Alan Berg. Un arrebato de torpeza inspirada fue arrastrando nuestros pies. Me aproximé a ella desde la espalda y besé la gargantilla lapislázuli sobre su nuca perlada de sudor. Ella se volteó entonces. Piezas y adaptaciones de Poulenc. Lo difícil es llevar ropa ajustada de la cintura hacia arriba. Permaneció sentada. Los besos no se detuvieron. entre tropezones. Una vez concluyó la música. Mi atención oscilaba entre los sonidos y la contemplación de su espalda. Tarea de Atlas. Allí logramos fundar un planeta exclusivo para dos cuerpos y un brazo extra. Tocó. pues los senos asumen un aspecto extraño con el brazo colocado inmediatamente debajo. Sonreía con los ojos y mostraba todos los dientes. con el rostro volcado al resplandor de la ventana. sin voltearse. sin mayor reverencia. …Ahora… ¡Que viva la música!… Escucharás algunas adaptaciones al piano que son mías. todas las versiones a tres manos me pertenecen. Hugo Wolf. Cuando colapsamos semiinconscientes sobre la cama. Ginastera y Paganini. Aponte Ledée. son mi especialidad —concluyó sin más explicación. respirando al ritmo de un metrónomo desquiciado.—Lo mismo puedo guardar un brazo que el otro —agregó ella —eso me permite alternar su uso a conveniencia.

donde yacíamos. Presumía que dormíamos en el apartamento cuando penetraron en él. —Si tenías la maletita ésta llena de billetes. Sólo desperté yo. cabrón?—. Me topé con dos tipos malos. Sacó una tijerita de podar dedos y le pasó la metralleta al socio. intacto en su jarrón. En eso llegó Verónica. hijo de puta… ¿Dónde está la caja fuerte. Escuché más ruidos. vi haces de linternas. Era 40 . Cargaban el maletín. El tipo malo de la metralleta hacía bromas procaces. Me vestí y bajé con sigilo a mi apartamento. Uno me apuntó con una metralleta mientras el otro me amarraba las manos a la espalda con cinta adhesiva. Miré el ramo de flores que había comprado el día anterior. supe ver. tirada sobre la mesa. abierta. Un golpe me tumbó sobre el sofá. Encendí la luz. como si nada. Mi puerta estaba abierta. la tercera mano de ella levantar una frazada de lana y tenderla con delicadeza sobre nuestros cuerpos. Le amarraron ambas manos y la sentaron en una silla. y mi apartamento en el piso inmediatamente inferior.da. —Te vamos a podar la verguita pa ver si te crece otra más grande y podés seguir cogiendo con la minita en tu banca clandestina disfrazada de nidito de amor… —gritaba el tipo de la metralleta sin alzar la voz. Se oyeron vidrios y objetos derribados a cierta distancia. Quería saber dónde había más maletines como aquél. Era la distancia exacta que mediaba entre el penthouse. es que tú manejas una banca aquí. el vidrio que daba al lado interior de la cerradura estaba quebrado. antes de dormirme.

Los tipos malos eran unos instaladores de alarmas que las desactivaban selectivamente desde el servicio central de seguridad para ejecutar sus hurtos y asaltos. Los policías inspeccionaron mi apartamento sin novedad y fotografiaron el vidrio roto de la puerta. sin duda iba a cumplir. pues se inclinó ahí mismo a bajarme el zipper del pantalón. Ya yo tenía claro que estos morones no tenían nada que ver con los gangsters del maletín. Ella comprendió al instante. A las once de la mañana salíamos de la comisaría policiaca. para hacer la poda mientras el otro reía como un morón. Los tipos cayeron casi a la vez. Verónica tenía permiso legal de portar armas. Se disipó el humo. Ella sonreía con los dientes. Ordenaron la remoción de los cadáveres. muertos de la risa. Se describió como una vecina que acudió en mi ayuda. Dos explosiones nítidas me ensordecieron. le entregué el maletín y levanté el auricular del teléfono. El tercer brazo de Verónica todavía les apuntaba con una pistola Parabellum. Sopló el cañón. Le desamarré a ella los otros dos brazos y la abracé sin hablar.un tipo malo. que practica el deporte del tiro porque vive sola y les teme a los tipos malos. guardó el arma y me soltó la cinta adhesiva. y subió a guardar el objeto en su casa. La había escondido junto a su tercer brazo bajo la bata. No problem. Atrechamos por el parque para regresar a nuestro edificio. Ambos le dieron la espalda a Verónica. Aprovechamos la tranquilidad para sentar41 . Sin necesidad de pronunciar una palabra.

como a una criatura en el regazo. Pensé en las flores. enigmática. —¡Feliz aniversario! —les dije a ambos. Algunos críticos retaban a la intérprete a realizar conciertos públicos en vivo. Esto la forzaba a tocar a dos manos y a evadir ofertas de trabajo complicadas. al que acunaba y mecía delicadamente. Ello le daba espacio a Várvara para llevar una carrera ascendente. Le conté el episodio del maletín. y confesé mi intención de retenerlo como despojo de batalla tributado a Fortuna… Otra frase charra mía. presentándose en circuitos inconspicuos. Verónica contó que tenía doble identidad. en respuesta a la cual Verónica me besó en la mejilla y dijo —Hoy es nuestro cumpleaños. Grababa en estricto secreto. bajo contrato de absoluta confidencialidad sobre su peculiaridad física. con discos que hacían hablar a la crítica de ejecuciones portentosas en las que pareciera intervenir una tercera mano. Yo también le revelé mi misterio.nos en un banco frente al jardín botánico a conversar. En cambio. besándola a ella. ejercitando la humildad. con el nombre de Verónica tocaba en clubes poco conocidos para preservar el sentido de la audiencia. ¡Felicítanos! —mientras miraba con infinita ternura el lugar bajo el vestido y el pecho donde reposaba su tercer brazo. Y sentí que los tres éramos una gran familia. en estudios especialmente diseñados al efecto. Grababa sus piezas a tres manos con el nombre de Várvara. para probar que nadie más la acompañaba o que no grababa pistas adicionales sobre su música. 42 .

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Cuando lo sacaba a la autopista. el sol convertía su ancho bonete en un espejo enceguecedor. sólo deteniéndonos en un negocio para consumir alguna comida ligera. para llevarla desde el pueblo minúsculo en que vivía. Me lo vendió una maestra. a ese bajo precio. Era un enorme aparato dorado con cuatro puertas y ocho cilindros. La maestra era una señora menuda. Dado que poseí el vehículo durante dos años. con asientos tapizados de cuero. en horario diurno. También 45 . bien conservada. conspicua en todas partes por poseer un trasero desproporcionadamente pronunciado para su estatura y delgadez. que ella pagaba. La espera frente a la casa rara vez duraba más de 35 minutos. De inmediato debíamos reemprender el viaje de regreso. ida y vuelta.Bonneville Compré el Pontiac-Bonneville por cien dólares. flaca y culona. mulata. a una casa situada en una inmensa urbanización del citado municipio. estimo que hice 104 viajes a Carolina en esa época. muy bien cuidado. a condición de que la llevara a Carolina una vez por semana. El pacto Bonneville incluía varias capitulaciones. Una vez arribáramos yo debía esperar. en fin: era chiquita. Yo debía estar disponible cualquier día de la semana. a que la maestra entrara y saliera de la residencia. sentado en el vehículo.

lo que explicaba por qué apenas pronunciaba palabra.ella pagaba la gasolina. por haber sido mi maestra de español de cuarto grado en la única escuela elemental de un pueblo minúsculo. bastante más corpulenta y de piel más oscura. El periplo entero. Mientras yo conducía. ni siquiera cuando engendró a la niña en su vientre. Casi invariablemente nos acompañaba en nuestra excursión semanal otra mujer algo más joven que la maestra. solía tomar unas dos horas con 50 minutos en días de buen tiempo y tráfico liviano. A veces traían consigo a un chihuahua algo calvo y envejecido. hasta Carolina y de regreso. que no inspiraba confianza. Yo fingía recordar algunos episodios que ella relataba y otros casi los recordaba de veras. a quien la maestra alegaba no conocer en absoluto ni haber visto jamás. En mi memoria la confundía a ella con otra persona menos atractiva. que luciría mucho más joven si no fuera porque tenía una expresión extremadamente solemne y portaba una densa barba. Solía referirse a mi niñez. Cada vez que mencionaba al objeto paterno no identificado que le hizo esa hija. que alegaba conocer no poco. La maestra me la presentó como su hija y me informó que era oligofrénica. Otro tema de conversación era el padre de la joven barbuda. La joven barbuda alteraba su semblante solemne para sonreir y asentir cada vez que yo aseguraba recordar algo. 46 . Ambas viajaban en el asiento trasero. la señora hablaba sin parar. Ella abordó el tema varias veces en distintos viajes.

razón por la cual el asaltante no dio a ver su cara. aduciendo que no era saludable referirse a ese tópico delante de su hija. envilecido por el desviado deseo de su gran culo de flaca. de ella y yo: “nuestra relación”. es decir. que todavía no está nada mal —decía y se pasaba las manos por la cintura y las caderas —sólo fue tocado una vez en la vida. Las pocas veces en que la señora abordó el Bonneville sin acompañarse de su hija ni el chihuahua 47 . Antes que yo pudiera indagar un poco más. Aludía a la diferencia de edad y a la casualidad que convertía a su antiguo alumno infantil en un hombre que la recogía todas las semanas frente a su casa y se “la llevaba de paseo”. La maestra también hablaba de nosotros. quien. mucho menos le pregunté si el desconocido la violó a tergo. también lo bloqueaba.mi mente se entretenía en ejercicios abstractos. Al mismo tiempo advertía que no le interesaba el sexo en absoluto. emitía suaves gruñidos de alarma y se mesaba las barbas cuando oía mencionar a su desconocido progenitor. Nunca le pregunté a ella si esto significaba que había sido violada por el desconocido en la oscuridad. de hecho. pues pudo haber sido un partenaire voluntariamente escogido en un baile de disfraces. La joven barbuda gruñía y asentía con suavidad al escuchar estas palabras. pues si bien ella traía el tema en la conversación. y lo fue por un absoluto desconocido. No pregunté nada de esto. —Este cuerpecito. que no me imaginara cosas. ella cortaba abruptamente el asunto. si es que la asaltó.

En un principio a ella le pareció muy conveniente el trato que me permitió adquirir un buen automóvil por el precio de 100 dólares y un compromiso que apenas ocupaba tres horas a la semana. Sólo pude observar que era una edificación idéntica a todas las de la calle. Un día tomamos por mera casualidad la ruta que emprendíamos cada semana la maestra y yo hacia Carolina. al cine. cuyo interior producía el usual efecto de oscuridad total ante un exterior intensamente soleado. aparte de ir a Carolina 52 veces al año. nada lujosa pero tampoco modesta. yo también tenía una novia. En esa época. silenciosos. El chihuahua antipático y la hija. Pero jamás insinuó tal cosa. Íbamos a la playa. El perro jadeaba y miraba mal. a quien podía invitar a salir gracias al Bonneville. también esperaban sentados en el auto. Yo leía algún libro mientras aguardaba bajo el calor sofocante. mientras la joven se repasaba con un pañuelo la barba sudorosa y el pelo del pecho. para 48 . cuando venían. No supe qué hacía dentro de la casa ni quién vivía allí.llegué a temer que me invitara a entrar una vez arribáramos a la casa de Carolina en la cual ella solía penetrar mientras yo esperaba afuera. Era una ruta que desviaba por carreteras secundarias bordeadas de árboles. casi alucinado por el relumbrón del sol sobre el bonete dorado del Bonneville. a visitar amistades y en rondas campestres donde un paraje solitario hacía en ocasiones las veces de motel. con persianas estilo Miami invariablemente entreabiertas.

Le contesté que me obligaba el excelente pacto gracias al cual obtuve el auto confortable y confiable.evitar el sol y el tráfico propio de las autopistas. pero no tenía el cuerpo de mulata de la maestra. Al poco tiempo ella preguntó “por qué te gustan las negras”. Mi novia era una muchacha menuda también. pero noté que ella contemplaba la fotografía de una mujer negra desnuda. Preguntó si me la había regalado “la maestrita”. ella encontró una revista pornográfica que yo había mal atacuñado bajo el asiento delantero. si bien casi antiguo. Las curvas de la carretera me impedían desviar la vista. Ella argüía que “una compra es una compra y nada te obliga a servirle de chofer a esa maestrita y a su hija anormal. Mientras hablábamos del tema. Esto me forzó a tirar el Bonneville hacia un borde de carretera tupido de arbustos donde se acomodó con sorprendente suavidad. De pronto preguntó qué me obligaba a “estar carreteando a esa vieja para arriba y para abajo todas las semanas”. de sobresalientes formas que contrastaban con su delgadez. 49 . Eran los años en que Playboy comenzaba a sensibilizarse hacia las minorías. Y de inmediato se abrió la blusa y expuso sus grandes senos blancos con pezones dorados como ojos sorprendidos por la luz. en qué callejón oscuro de mala muerte”. y yo defendía a la maestra y a su cría. La abrió y comenzó a hojear. en el cual precisamente podía pasear con ella como lo hacíamos en ese momento (aparte de estudiar y realizar algunas actividades semejantes al trabajo regular). que sabe Dios quién se la hizo.

que luego intenté borrar en vano. Entendí que debía devolverle el Bonneville y así lo hice sin mediar preguntas. 50 . pensando lo que diría la maestra. al saber del matrimonio. yo mismo. Fue el primer momento en que llegué a cuestionarme. Nadie asomó jamás su rostro tras las persianas de aquella casa oscura. No la volví a ver. por lo que contrataría un chofer. Nunca he sabido si alguna vez compré ese carro. me lo alquilaron o qué. Pero fue la propia maestra quien me dijo. Ya ella se había resignado al excursus carolíneo. que no se veía bien que un amigo casado la paseara en auto todas las semanas. Al cabo de varios meses me casé con la novia que tanto sabía argumentar con sus senos. El bonete relumbrante del Bonneville que surcaba con serenidad el viento cálido de las autopistas a sesenta millas por hora me aseguraba de alguna manera que yo no pasaría el resto de mi juventud sepultado en una cárcel hedionda si mantenía mi palabra con la antigua o actual (ya era difícil saber) dueña del auto dorado. la validez del contrato con la mujer que de alguna forma seguía controlando ese auto. Iba y venía visitando a los abogados. No sé si de verdad fue mi maestra. yo también era objeto de un largo juicio por cargos de “terrorismo”. Nunca fallé en llevarla a la casa oscura de Carolina y devolverla luego a su casa real. El juicio concluyó y me demostró no culpable.La piel delicada y dorada del asiento de atras quedó marcada con unos pálidos arañazos. Aparte de ir a Carolina o de aparcar el auto en parajes motelescos.

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cuneiforme. Las edades de Lulú —Debe existir un nexo entre el cunnilingus y la escritura cuneiforme. Cuidábamos el apartamento de Anne mientras ella cruzaba el océano para visitar a Tomás en Nueva York. Había que bañar53 . cerca de Highgate Park.— Así discurría yo con Gloria Marx cuando compartíamos el apartamento de Anne Buchanan. que daba al patio interior del edificio. El inmueble ofrecía el curioso detalle de poseer junto a la bañera un enorme ventanal que alcanzaba del piso al techo. En esos momentos acabábamos de leer a dúo las primeras páginas de la Gramatología de Derrida. Toda escritura es. completamente desprovisto de cortinas o visillos. Anne había tomado este apartamento hacía un tiempo junto a una confederación de okupas que controlaba varios edificios de la zona. en fin. —But cunnilingus dwells on the orality of my cunt —embromaba Gloria Marx.Ante la tumba de Marx El se arrodilló delante de mí y comenzó a comerme el coño —Almudena Grandes. pues todo trazo del signo produce la invaginación de una superficie sobre el escenario de la marca que la visita.

pues mi amiga practicaba situaciones exhibicionistas cuidadosamente concebidas. disponía de mínima electricidad). Los rostros extraños. 54 . pensaba mi mente abstracta. no comenzar sino culminar en ese punto. ocupado ilegalmente. desde abajo. como la poesía de Dylan Thomas. pues ella admiraba a Siqueiros de todo corazón. pero en esa mutualidad me correspondía casi siempre arrodillarme y contemplar por instantes. Su muralismo de alguna manera influía en esa escritura oral pública en que pretendía convertir el cunnilingus. les gueules de métèques. Allí mis labios y mi lengua retrazaban los trazos cuneiformes de su curiosa vulva a modo de perorata culminante de un guión porno escenificado a la luz de decenas de velas (el apartamento. unos ojos verdes inmensos achinados hasta representar una sola raya cruzando el rostro de locura y de esperanza. Le Rayon vert de Julio Verne y Eric Rohmer. lo que le imprimía un matiz de realismo social estalinista a su afición.se en vitrina. sólo a los lectores extraños. Pero sus inclinaciones no eran exactamente derrideanas. nuestro primer texto. La costumbre se convirtió en un regalo mutuo. tuvieron muchas oportunidades de contemplar los montajes de Gloria (yo era el ‘amanuense’ oral). Era un feature que deleitaba a Gloria. Sexo en escaparate. Mis-en scène dedicada. en las que invertía su talento de fotógrafa y muralista. Según ella el juego de amor debía. La bañera en vitrina fue su.

—Friedrich now be a good boy. sino exhibidora. comerle el coño al aire libre. Friedrich! —le conminó el ama con alarma. ex-hippies flemáticos. La cuestión era. no a la masa. poco impresionables por una pareja montando cuadros en cueros. plantando sus lenguetazos en los muslos de Gloria. Lugares emblemáticos: el cementerio de Highgate. El primer público fueron los okupas confederados de Anne. no tanto a causa de nuestra impropia 55 . Creo que Gloria no era exhibicionista en sí. Lo importante era remarcar algunos lugares con el signo cuneiforme de la carne en el momento en que ésta instauraba su trance de placer. muy juguetón. Allí nos sorprendió una dama que paseaba sus tres afganes entre los arbustos donde yacíamos.aunque ella se dirigía a un público de élite. de los que yo formaba parte como estatuilla oferente ante el atrio de su espléndida vulva. es decir. no se exhibía sino que exhibía un concepto muy específico de su cuerpo. tras emitir un sigh de embarazo. Pero a veces parecía que a Gloria no le interesaba el hecho de que personas concretas presenciaran sus exposiciones sino la impronta pública de las mismas. en palabras sencillas. Su cuerpo hacía y deshacía monumentos de temblor. Así que fluctuamos hacia ambientes más dinámicos y selectos. De pronto uno de los malditos canes. pretendió imitarme. de nombre Friedrich. junto a la tumba de Karl Marx. traicionando así uno de los dogmas estalinistas de Siqueiros.

El hábito ya me provocaba estrés. jardines. Pensé en un principio que París supondría una nueva galería para esta racha de sexo outdoors en la que ya yo no me reconocía ni recordaba mi nombre. El único malrato ocurrió cuando a Gloria se le ocurrió “reciprocar” en Russell Square Park. cerca del Instituto de Estudios Latinoamericanos. Entonces sí apareció un policía que nos obsequió amenazas insultantes. Mi mente come libro sintió nostalgia de las amigas platónicas y asexuadas de antaño —recordé la tonada de Yesterday. Sucedió gracias a un corte imaginario largamente pospuesto. Hubo más parques. …Hasta que salimos hacia París en el tren expreso. Gloria solía hablar del tabú judaico contra la sangre menstrual. Sin mediar palabra se nos ocurrío suspender aquella Ley. En una bañera de un hotelito del sector Le Marais se manifestó en 56 . when all our troubles seemed so far away.conducta sino ante la delatora destreza del gesto de su Friedrich. centros de diversiones. Pero allí rompimos vicio. estaciones solitarias del tren. sin pena ni miseria. Pensaba que ello le había creado una siniestra relación de objeto con su vulva gracias a la cual su pulsión circulaba como compulsión. Allí en París Gloria Marx tuvo la menstruación más abundante que la historia haya registrado. Beat it you Arab-suckeress! Yo esperaba un trauma real en cualquier momento. tal vez porque pensó que yo era árabe: —Shame on you: an English woman sucking an Arab dick.

si hubiese tenido mente. 57 . Yo me retorcía en la bañera como un axolotl embadurnado en sangre. dando coletazos. ¿A qué escritura corresponde esta tinta? —debí preguntar. raudales y chorros de sangre redundantemente roja tiñendo el agua de la bañera. si hubiese sabido hablar. pero yo era muy pequeñito entonces. Ella entonó salmos. abismándose por el desagüe durante horas como un close shot interminable de Psycho mientras la ducha asperjaba una lluvia cálida y amniótica.este reino la gloria del Señor cuando ella abrió sus llameantes muslos y brotó un Amazonas de sangre. Sus ojos se achinaban hasta cruzar su rostro con una raya verde de deseo y de esperanza.

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al aire libre. era la metáfora de la ducha de baño. Llegamos a un descampado que era como llegar a ningún sitio. Entregamos todas las identificaciones personales durante una discreta recepción en el aeropuerto y adoptamos nuevos nombres. Estibas de papel de periódico sugerían una estoica alfabetización del culo.Punto Cero Disparamos muchos tiros en Punto Cero. Un grifo muy elevado. Había quien se llamaba Mariana. En los barracones sumergidos entre el pasto acomodamos nuestro equipaje magro. insustituíbles. Aterrizamos al amanecer. Nos alejamos por una carretera rural tan poco llamativa que parecía no existir. Todo sea por la lucha. Cada cual asumió un papel. Roberto. Quizás el haber asu59 . Miramos con desconcierto las letrinas acabadas de hacer. El sol matinal estrenaba una ciudad de colores claros que permanecía despreocupadamente desierta. El radio del carro que nos condujo a Punto Cero tocaba “Yesterday. aperturas recién serruchadas en un piso tablado. all our troubles seemed so far away”. Tremendas instalaciones dijo alguien. Comíamos una carne enlatada rusa que el Campesino del grupo bautizó como “chochín”. Me acuerdo del mío. Pero el café era excelente y los tiros.

ni “señor”. sino “tú” y “compañero” pues todos somos iguales. según dijo. justo antes de llegar el profesor de teoría de tiro. Aparte de armar y desarmar fusiles. A nadie le dio por ser la Seductora. Lo mejor de todo es que no se dice “perdón”. Además del Campesino estaba el Obrero. una tarde nos enseñó dos o tres cosas sobre el idioma de la nueva sociedad. pensé. Creo que yo me inclinaba a encarnar al Estudiante. No se dice “adios”. sino “hasta la vista”. ametralladoras. artista y homosexuale. hay línea de mando” —añadió. pues sonreía con franqueza. Pero no cayó antipático el instructor. otra como la Heroína. El Artista colocó las sillas en semicírculo el día de la primera lección.mido nuevos nombres dio a entender que había que asumir papeles. aunque rumoraban que ese papel existió en otras brigadas similares. Nadie es “usted”. El entusiasmo era multiplicador. con mucho provecho. El Artista decía que de esa manera se cancelaban las jerarquías y se comunicaba en iguales intensidades la energía del grupo. bazukas y pistolas con los ojos vendados y de tirar al blanco de pie. Alguien empezó a actuar como el Dirigente. acostados y revolcándonos por el polvo como en las películas de vaqueros. pues nadie es culpable de 60 . Pero finalmente el instructor militar entró. miró las sillas y ordenó colocarlas en filas rectas. Era un Pino Nuevo. pues no hay “dios” que valga. según él. —Eso de silla en semicirculito se deja para reunione de sindicato. lo que es aquí. Onda New Age. como correspondía “a nosotro”.

desenterraban la proboscis. No dejaban ni picor ni picada. sólo se cometen errores. Por lo tanto. en confianza. En mi primer turno de guardia solitaria. se dice “posición anterior”. a un insecto del tamaño de un grillo.nada ni debe implorarle perdón a nadie. bajo la luz de la luna. imaginé. Monté el fusil FAL y le quité el seguro. Consistía en dormir sin mosquitero enteramente desnudo y al descubierto. Al rato nos advirtió que toda esa lección de vocabulario no respondía a ninguna doctrina oficial sino a simples “mariconerías” suyas. El Negro (ese era su rol) trató de enseñarnos una técnica mística para evitar las picadas de mosquito durante el sueño. ¿Por qué? Porque se les permitía realizar su labor a cabalidad. Pero el insecto más cruel era el mosquito. Me acerqué a una rama de donde procedía el llamado y vi. retomando así la situación anterior al error. chupaban tranquilamente la sangre. La Heroína lo contempló bizca. la enrrollaban con calma y luego alzaban vuelo. reabsorbía. y clavaban sus proboscis en ella. libre de estrés. sábanas o manotazos. como llamándome. sin preguntar. que pertenecía a una especie caracterizada por imitar ese expletivo humano. Durante las noches había que apostar guardias. en turnos de dos horas. ropas. Así los mosquitos aterrizaban en la piel. escuché una voz que decía “pst… pst…”. entre los arbustos aledaños al barracón. sin la ansiedad provocada por mosquiteros. el anticuagulante que había 61 . De esa manera el mosquito. al chupar la sangre.

Ni nunca las tuvo. sin embargo. y al final se comprobó que el compañero no tenía picaduras. por no caer en la decadencia burguesa de mostrar la desnudez (aparte de que la oscuridad es el ambiente óptimo para la acción mosquiteril). para infundir el entusiasmo solidario del grupo. Años más tarde hallé una versión exacta de esa teoría anti-picaduras en uno de los cinco volúmenes del Viaje a las regiones equinocciales. aplicó el método. —Juran que los mosquito no me pican polque negro es mi colol —concluía él. de Alexander von Humboldt. no recuerdo cual. pues probaba que en el fondo todos atribuían su éxito en evadir las picaduras de mosquito al mero color de su piel. y lograba alimentarse sin dejar rastro. Pero ella adujo principios de moral revolucionaria y todo quedó ahí. El Negro demostró ante todos el éxito del método. noche tras noche. y exigió una autocrítica colectiva. La Heroína se conmovió la primera vez que escuchó el reclamo. El Negro siempre sostuvo que esa ausencia de interés colectivo en imitar su estrategia anti-picaduras demostraba patentemente el racismo de los camaradas. Su demostración se practicó en la oscuridad casi total.segregado al inicio de toda la operación para aligerar el flujo de sangre. Le propusieron que fuera la primera en dormir desnuda y descubierta a la luz de la luna. Así removía los remanentes tóxicos del coagulante que causan la inflamación y el escozor de la picada. El instructor de kárate era un hombre de gran 62 . Nadie más. entre sombras.

Le caímos bien. La mejor hora para matar a alguien es justo al despertar. Él mismo había realizado unos cuantos tumbes de personeros de la contra allá en las “entrañas del monstruo” y solía narrar con brevedad de taquígrafo sus hazañas de hit man al servicio de la revolución. por lo que aparte de las rutinas karatecas. que no recuerdo nada. con torso de refrigerador industrial y piernas cortas. el crepúsculo junto al mar. y su compañera saltó como una 63 . decía. Pero también. pues nunca lo incluyó en sus anécdotas y aseguró que siempre realizaba sus “trabajos” con las manos desnudas. nos premió con una lección extra sobre teoría y práctica del asesinato sin armas de fuego (odiaba los tiros y “toda esa babbaridá”).estatura. Orientalizaba sus ojos con unas gafas de montura cuadrada con cristales muy gruesos e infinitamente pequeños. mientras contemplaba desde el balcón de su casa. antes que la víctima realice sus abluciones matinales. contó. Al parecer. para que muera como el sucio que es. en compañía de su esposa. levantó una mano para defenderse de los rayos cegadores del sol poniente. como corresponde a un karateca. pidió un día que lo relevaran de esas tareas cuando una tarde de verano. Eliminaba tantos detalles. el asunto del cuchillo marinado en orina eran “mariconerías suyas”. Aconsejaba marinar en un frasco con orina y vinagre el puñal seleccionado la noche antes de la acción “para que se le emponzoñe la sangre al desgraciao”. con todas sus pesadillas fresquecitas.

gacela aterida: ella le confesó que le tenía miedo. para evitar compadecerlo. por senderos tupidos de arbustos espinosos. Otro ejercicio de táctica y estrategia ocurrió en el campo. hubo luces de bengala. Me correspondió crear una escena de pareja enamorada con una militar asignada a la maniobra. mientras nos lo contaba. Yo era quien debía detonar los explosivos colocados junto al puente. según nos enseñaron. persecuciones con perros a través de parques y de litorales desconocidos. Caminamos de noche. pensé. el uniforme casi metalizado por el almidón engullía su cuerpo. sin pronunciar una palabra. Caminamos hasta hacer sangrar las plantas de los pies. escudándose el rostro con el antebrazo. digamos. La muchacha era muy delgada y rubia. En las simulaciones de táctica y estrategia disparamos muchos tiros. Hizo su papel con disciplina. Alguien se lastimó un ojo por no saber caminar agachado en la oscuridad. Por bruto. Ya yo había adquirido la postura permanentemente agachada de 64 . Después bailé con ella en una fiesta de despedida y sonreíamos con timidez cuando el corrillo hacía bromas sobre nuestro papel junto al puente. Las gafas del karateca eran peceras y sus ojos peces inquietos. Debíamos simular besos apasionados cerca del puente cuya voladura también se simularía. Era una zona relativamente poco habitada. sólo cada treinta minutos de camino aparecía alguna casa campesina aislada y absolutamente ningún caserío.

Soñé que estaba conduciendo una ambulancia sin frenos por las calles de Leningrado durante los diez días que estremecieron al mundo. alineados a través. con cerveza y cabro al chilindrón. caminatas. Al amanecer tuvimos un banquete de tiros. Era la Feminista del grupo. Al llegar a una casa de seguridad. en dos o tres camas anchas. Al atardecer. Llevaba sentada a mi lado a una joven que aullaba con dolores de parto y sus alaridos servían de sirena para abrir el paso. Mientras iba en el jeep. que brincaba como un potro por los caminos sin pavimento. no pudo soportar más y dio a la oscuridad 65 . llorando a carcajadas en sueños.los soldaditos plásticos que venían en las cajas de cereales de antes. Más tarde me contó la Feminista que sus dolores se debían a no haber cagado durante los tres días de caminatas y tiroteos. Las rodillas se me habían congelado en posición angular. perteneciente a un campesino de la zona. la Feminista y el Tuerto (nuevo rol del que se lastimó el ojo) solicitaron relevo de emergencia por sentirse muy mal. Celebramos el fin de ese ejercicio en un picnic. carreras a campo traviesa y más tiros. La expedición campestre duró tres días. nos tiramos todos a dormir con los uniformes y las botas puestas. como sardinas narcolépticas. Un jeep militar se los llevó a ambos a recibir primeros auxilios. por falta de costumbre e inspiración para hacerlo al natural. La hartera de cabro y cerveza fue el abortivo perfecto. que dormía a mi lado con todo y mochila puesta. Desperté.

don’t make it bad. El consumo quedaba a cargo del PC. quizás por haberlo soñado antes. bien general. Levantamos el vuelo de regreso una tarde de noviembre. en un bimotor escandaloso. take a sad song and make it better”. —¡…Ñó! ¡Qué peste! ¡Qué mucho guajiro hediondo hay en estos campos! —gritó el soldado conductor del jeep. Yo pensé en el procedimiento de los mosquitos. que me enteré. por no hablar demás ni pensar en despedidas. 66 . Dejamos de disparar tiros luego de par de meses. Aguardamos la partida en un hotel cuyo bar se llamaba Los Tres Monosabios: “Que no oyen. —Te deseo que seas más rápido. El mismo carro nos devolvió a la ciudad por la misma carretera inconspicua. Roberto. sin referirnos a nada en concreto. El instructor de táctica y estrategia me dijo que yo era muy lento. no ven. dejándolo casi tan desnudo como estaba.el contenido de su vientre. En Los Tres Monosabios compartimos con nuestros profesores de teoría y práctica de la insurrección violenta y conversamos sobre el asunto en general. muy lento. pero no abusamos. Excepto yo. Abandonamos nuestro campamento en Punto Cero. como secreto entre camaradas. Esta vez el radio tocaba “Hey Jude. que la apestosa era ella. La cosa quedó sub rosa. no seas lento. Ella les pidió a los dos soldados que iban en el jeep que por favor no culparan a los pobres guajiros. no hablan”. te pueden matar.

67 .

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Gotcha
(Variaciones sobre un tema de Goethe)

Cuando aprendí a leer, leí la historia de Minna y Otto no sé donde. En su primera adolescencia ya ellos eran vecinos. Minna corría bicicleta, nadaba, entrenaba en polo acuático, montaba a caballo, practicaba el kárate y jugaba gotcha, aquél deporte de armas que disparaban balas de tinta roja. Todo ello lo hacía Minna con tal espíritu de competencia que terminaba, casi siempre, en compañía de varones. Entre éstos descollaba su vecino Otto, a quien también llamaban el Vikingo, por su espesa cabellera roja. Otto apenas simpatizaba con el arribismo deportivo de Minna y se distanciaba discretamente de ella para evitar concederle el rango de rival que ella tan obviamente buscaba, ingresando en cuanto club o evento se organizaba en la urbanización cerrada donde residían, y fuera de ella, procurando arrimarse a los más destacados competidores para eventualmente vencerlos sin piedad. Minna vivía justo al lado de Otto, pero sólo intercambiaban saludos lacónicos, saturados de una aversión mutua inexplicable que terminó impidiendo también la amistad entre sus familias, tan semejantes, sin embargo, en todo. Con la rapidez que corresponde a una vida adolescente, el prestigio deportivo de Minna llegó a extender69

se por todo el archipiélago de urbanizaciones cerradas que poblaban el sur de la zona metropolitana, hasta el punto que su nombre y su bella imagen figuraron en algún noticiero televisivo. Un periódico de farándula sacó una foto suya que luego solía aparecer, con frecuencia, recortada y pegada en portadas de cuadernos escolares y en puertas de habitaciones particulares que permanecían cerradas por largas horas. La foto muestra un cuerpo esbelto cubierto de una maya de licra negra que ciñe una musculatura ligera y escultural. Una escafandra oculta el rostro. La metralleta gotcha en mano le presta a la figura un toque retro-terror de moda en la época. Fue el gotcha lo que aproximó a Minna a su distante vecino del lado. Ella lo buscaba, no muy secretamente, para derrotarlo. Él la evadía ya no tan discretamente, para humillarla. Pero nadie pudo evitar que Minna ingresara al equipo rival del torneo de finalistas que Otto protagonizaba. El evento se celebró en el bosque tropical. Los bandos combatieron con ferocidad. Competidores bañados en tinta roja fueron quedando eliminados. Pronto la lucha se redujo a un duelo entre los dos archienemigos. Minna disparaba sin cuartel. Otto saltaba como un gamo entre los ayacanes, esquivando los proyectiles de tinta. Minna evadía las ráfagas de su enemigo rodando bajo las hojas y descolgándose de las ramas. Ella tendía emboscadas, adherida como una serpiente a los troncos de los helechos gigantes. Él
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pero antes que los separaran ya Minna se zafaba. La prensa circuló la anécdota. La sociedad civil lamentó la violencia ocurrida entre jóvenes tan ejemplares y de buena familia. orientado por un olfato animal. Las escuelas católicas asignaron minutos de reflexión al tema. La violación del reglamento desconcertó a los jueces y a otros espectadores del suceso. se despojaron de sus escafandras y se abalanzaron uno sobre el otro para proseguir el combate mano a mano.detectaba subrepticiamente las emboscadas. El suceso impactó toda la comarca de las urbanizaciones cerradas. mordía con ferocidad la tráquea de Otto y parecía arrancársela. Nadie 71 . ella palidecía peligrosamente. descubría las posiciones de su rival y la ponía en fuga con un tableteo inmisericorde. Cayeron al suelo. pero el salvajismo con que los dos jóvenes se agredieron transmutó en escalofrío la alarma de los presentes. Otto sometía a Minna a un agarre de estrangulación. Seis horas en el quirófano salvaron la vida de Otto. —Eso es lo más desconsolador —decían. momentáneamente aturdidos. toda vez que era un acto surgido de un odio recíproco sin causa. los dos vecinitos lanzaron las metralletas al lado. Pero tan pronto recuperaron su aliento. El torneo debió terminar ahí. Los jueces de campo ya se aprestaban a otorgar un empate cuando Otto y Minna tropezaron uno con el otro imprevistamente a causa de la ceguera que les infundió la furia con que se perseguían.

presentó cargos contra nadie, lo que en parte alivió a la Asociación de Vecinos. La misma noche del suceso, Minna, todavía ensangrentada después de los interrogatorios y de la breve estadía en la sala de emergencia, alzó la vista al cielo estrellado de otoño, contempló la constelación Aquila y comprendió que lo que albergaba en su interior no era un sentimiento, sino los restos de la explosión de Altai. La familia de Otto se mudó a la Florida. Minna recibió miradas pasmadas y momificadas en todo lugar donde concurrieran las señoras y doñitas de buena sociedad. Se dispuso entonces a realizar algunas modificaciones en su conducta, comenzando por dejar de escuchar cierta música, mudar su atuendo y cambiar de deportes. En seis meses era otra. Entró a la universidad. Se ajustó a un noviazgo sosegado con un joven abogado. El noviazgo se adentraba con placidez en la constancia conyugal. Sus estudios se extendían sin prisa hacia un futuro decidido. Ella recibió las miradas acogedoras de las momias. Cinco años después, varios amigos y vecinos comenzaron a reportar que Otto había retornado al país. Era un empresario exitoso de una industria global indefinible. —Volvió el Vikingo —decían. Cuando en una apertura de una exposición alguien le llamó y le presentó a Minna, ambos cumplieron los gestos de quienes se conocen por primera vez, pero con ello delataban que no olvidaban nada. Recordaban, pero
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aquella rivalidad asesina de otrora les retornaba con un ligerísimo desplazamiento en su eje. Según algunos rabinos, cuando llegue el Mesías apenas alguien se enterará, pues su presencia producirá una variación casi imperceptible en el orden de las cosas: cambiará todo sin que nada parezca cambiar. Esa noche Otto miró a Minna a través del cristal de su copa de vino y le estremeció una atracción tan fuerte como el odio que hubo albergado seis años atrás. Sin embargo, el vino derramado por el estremecimiento de la copa no llegó a manchar su chaqueta de seda blanca. Minna sentía en las entrañas un magneto que halaba su cuerpo hacia Otto y amenazaba con destrozarla desde adentro hacia fuera, pero nada alteró la sonrisa seria que supo esbozar cuando notó la escarificación en forma de media luna sobre el cuello de Otto. En los días posteriores al encuentro Minna meditaba, y el magneto alojado en sus entrañas pulsaba como un segundo corazón. Su novio bueno y correcto se iba borrando ante el brillo feroz de Otto. La pareja cenó una noche con el recién llegado y varios amigos. Todos alcanzaron a celebrar con civilidad jovial la paz entre los antiguos adversarios. Otto ofreció un brindis por “los gladiadores que nunca se rindieron” y todos chocaron copas entre sonoras carcajadas. La mano de Otto pareció temblar al chocar con el vaso de Minna, pero ello se debía a la risa –pensó ella. Algunos miraban el cuello de Otto. En esos días una hoguera crepitaba dentro de
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Minna y ella meditaba. Le castigaba la idea misma de escoger a Otto y defraudar la vida tan prometedora con el novio bueno, pero más le torturaba saber que ese temor era trivial, pues Otto no le ofrecía señal alguna de pasar por la misma transformación que ella, aparte de cierta liquidez tornadiza en el parpadeo de sus ojos. Se sucedieron entre ellos varios encuentros matizados por la misma cordialidad inconsecuente. Minna evitaba, debido a su conciencia turbada, todo momento de intimidad, pero más perturbador era que Otto ni siquiera pretendía evitar esos momentos porque no se le ocurría desearlos ni dejar de desearlos. Entonces Minna decidió morir y comenzó a concebir la escena de su muerte. Otto invitó a decenas de amistades a una excursión en su velero. Era una de esas naves amplísimas en las cuales la gente pretende disfrutar sobre el mar las amenidades que halagan la vida en tierra, como si la compañía de dichos bienes colmara el temible vacío del desierto líquido. El yate contenía habitaciones para todos y diversas salas ricamente amuebladas. Minna y su novio figuraron entre los invitados. La fiesta era típica. Había quien aspiraba cocaína, pero predominaba el alcohol. Otto alternaba las funciones de anfitrión y capitán con sus acostumbradas dosis de simpatía, gracia y frialdad. Cuando oscurecía se desató una tormenta pero sólo Otto pareció notarlo. Salió a cubierta y vio que el piloto estaba borracho, lo echó a
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Soltó el timón. Minna se tambaleaba como los demás. Cuando Minna le tocó el hombro y le ofreció el vaso. Otto no pudo sino echarla a un lado para realizar una maniobra súbita del timón. sin advertir a quién le hablaba. pero siempre los interrumpió algún huésped inoportuno. quien gritó —Ya no te importunaré más en esta vida —e inmediatamente corrió hacia la proa y se lanzó al agua con un vigoroso salto de campeona nadadora. empecinado. El oleaje aporreaba la proa. sin que él lo remediara. Ella subió al puesto de Otto para llevarle un trago. quien se dejaba ir entre la espuma. que estoy en medio de un pilotaje peligroso! El vaso se derramó sobre el vestido de Minna. exclamando. Ella resistió el agarre de Otto con golpes que le recordaron la antigua lucha en el bosque. ya fuera por los efectos de la bebida. ya fuera por las sacudidas de la nave. —¡No me molesten. Durante el viaje había intentado varias veces conversar con Otto. Los relámpagos permitieron que Otto viera la acción que transcurría frente a él como si lo sorprendiera la escena insólita de una película en la cual debía participar. Otto le cruzaba el brazo por el pecho y la axila para sostener la cabeza de ella sobre el agua pero la mujer se resbalaba con movimientos de delfín desquiciado y se sumergía 75 . Otto nadó sin pausa en una y otra dirección hasta dar con Minna.un lado y asumió el timón. se despojó de sus ropas y se lanzó al piélago oscuro tras Minna. En ese momento él sorteaba un estrecho paso entre dos cayos rocosos.

Tan pronto volvió en sí. por lo que fueron a buscar frazadas. Tendió a Minna en la orilla. y luego bajo el agua. La refriega y la tormenta le arrancaron a Minna sus ropas. pues el viento y la lluvia arreciaban. los cubrieron tiernamente.una y otra vez. Al volver con las frazadas. Minna había desechado toda turbación y deseaba unirse a Otto sin más consideraciones. Cuando cesó la tempestad y salió el sol de la ma76 . los dos jóvenes se abrazaron. los tres corrieron a buscar a Minna y la colocaron en la cama del dormitorio principal. infundiéndole el mayor calor posible. Al reconocer que la joven estaba completamente desnuda y temblaba. apagaron la luz y los dejaron dormir. Otto pensó que jamás salvaría del agua ese cuerpo imposiblemente resbaladizo y salado. Una vez solos en la habitación. Allí mismo él intentó devolverle el sentido colocando su pecho sobre el de ella. Una pareja de ancianos abrió la puerta. La joven despertó. Pero Minna perdió el sentido cuando su cabeza chocó con una roca. ella recordaba la lucha de ambos en el bosque. empeñado en nadar hacia el fondo. Otto nadó con Minna hasta un islote donde vio un pequeño muelle y una cabaña. los ancianos los encontraron unidos. Ella respiraba. gracias a que Otto nunca la dejó tragar agua. Rememoraba sensaciones que se le presentaban ahora bajo un signo diferente. Otto corrió a explorar la cabaña y a buscar refugio. los ancianos se percataron de que Otto también estaba desnudo y titiritaba de frío.

Entonces Minna miró a Otto a los ojos. Se estimaba que sus 37 ocupantes. un silencio beatífico ocupó la escena. propiedad del empresario Otto Rodolfo. habían perecido en el accidente.ñana. muchos de ellos jóvenes profesionales vinculados a conocidas familias. El locutor recitó los nombres de las víctimas. había zozobrado en la tormenta luego de arremeter contra un cayo rocoso. Una vez escuchado el reportaje. conocido como el Vikingo. incluyendo a Otto y Minna. le tomó las manos y ambos exclamaron al unísono y con gran felicidad: —¡Qué importancia puede tener esa noticia para dos amantes favorecidos por las estrellas! 77 . ya los cuatro habitantes de la cabaña compartían el desayuno en la cocina y escuchaban la radio. El noticiero informaba que el yate Poseidón.

78 .

violada. Shakespeare. traiciona así tus sentimientos. Chirón. y cortadas la lengua y las manos. Nos sentamos en una mesita frente a la barra sin prestar mucha atención a nadie y casi sin 79 . Nadie entraba a partir de ese momento. di.] Demetrio. y. Tito Andrónico La taberna Your Whoring Life quedaba en una callejuela próxima al antiguo mercado de Covent Garden. quién te ha cortado la lengua y te ha deshonrado. has el oficio de escribano. —Anda.Taberna Tu puta vida [Entran Demetrio y Chirón. si tus muñones te lo permiten. Los clientes que optaran por quedarse más allá de las once debían acuartelarse allí y no salir hasta que lo indicara el tabernero. Gloria Marx y yo acudimos al lugar en busca de un rincón donde hablar cierto tema importante. con Lavinia. si puedes hablar. A las once se simulaba el cierre del local. —Escribe tu pensamiento. Era punto fijo de migrantes andaluces (y algunos sudamericanos) que burlaban la ley de cierre londinense para beber tinto en vez de cerveza e improvisar rumbas sin mirar la hora de la noche. ahora.

algunos borrachos respetuosos. Mas al final de la barra. Tito descargue una larga perorata en versos isabelinos. —Tito deberá recitar su parlamento despacio. y con esa inclinación del gremio al rastreo furtivo de la celebridad. en patente estado de shock. pues nuestra conversación ya se aproximaba al tema tan temido y la toma de fotos sin flash fue lo bastante laboriosa como para comprar tiempo y hacer rodar la conversación por otros rumbos. Shakespeare. que la escena donde Tito descubre la horrorosa mutilación a que ha sido sometida su hija es. Gloria. Esto me convino. en la esquina. fotógrafa al fin. concentrados en no desafinar más de la cuenta. ¿Cómo es posible que ante el horror de contemplar a su hija violada. por ejemplo. sin alzar 80 . a riesgo de caer en el más insensible melodrama. pues según supimos por el mesero. con la lengua cercenada. irrepresentable. Gloria. ¿cómo visualizas esa escena? —Fácil. se entusiasmó muchísimo y se dispuso a tomar algunas fotos discretas del bardo. malamente magullada. —Te diría.escuchar el flamenco a veces destemplado que ensayaban. —contestó Gloria. con ternura. Juan. destacaba cierta actividad inusual. improvisando metáforas y comparaciones poéticas sobre las sangrantes heridas de Lavinia? Tú que eres fotógrafa. las manos amputadas. Shakespeare escogió celebrar su cumpleaños allí junto a unos pocos amigos. como siempre.

Los versos sonarán como una plegaria de consuelo. No hay reclamo de salvación moral. que no tiene derecho a nada. Tito no reclama nada. esa es su sabiduría. al tiempo que va besando. sino en el testimonio del horror. —Sí Juan. Convertirse en víctima o en el padre de la víctima no lo hace mejor que nadie ni le confiere derecho a nada. Tito reivindica a su hija desatando en su máxima capacidad la fuente vinculante del horror en la que se crece su amor a alturas insospechadas. La fuerza de ese amor es su único derecho. Es un hombre que antes ha asesinado a un hijo suyo. pues sabe. curando y vendando el cuerpo destrozado de Lavinia. —¿Pero cómo cabe tanta rabia y espanto en el tono de una plegaria versificada?” —argüí. y los espectadores lo debemos reconocer. no en los derechos humanos de la víctima.la voz. y queda anulada toda posibilidad de salvación cuando en el climax de la venganza Tito también sacrifica a Lavinia imponiéndole una cruel eutanasia —concluye Gloria. —¿Es fotogénica la ley moral? —pregunto y atizo 81 . —Porque el propio despliegue de la furia halla su medida sonora ante el descubrimiento de un nuevo y más poderoso vínculo entre padre e hija: el vínculo del horror (the bonding of horror)” —aleccionó Gloria. pero si vamos a hablar con propiedad. No veo cuál es el problema. —Entonces concedes que el reclamo de Tito sobre su hija se funda.

así su numen judaico. Los borrachos respetuosos entonaron bulerías pasables con acompañamiento de guitarra y cajón. al tema que en verdad nos apuraba. Gloria me miró mal. de donde proviene su fascinación. El drama de nuestra mesita atrajo la atención del grupo que celebraba con Shakespeare: —Oh. Rompieron los andaluces con una rumba y continuaron los amigos de Shakespeare con una balada escocesa. no seas malo. Todos nos miraban. —dice Gloria en tono de post scriptum. lloró con entusiasmo inusitado. Shakespeare cantaba baladas escocesas a capela. Yo narraba sin mucha precisión los contrabandos de un bisabuelo 82 . Tumbó y derramó nuestra botella de vino con el movimiento del abrazo y nos abrieron otra por cuenta de la casa. —Es infotografiable y absolutamente incumplible. acusadora. palmeaban y hacían coro. Gloria achinaba sus ojos verdes en forma enigmática mientras se reía de los tabúes sexuales de su educación judaica. Este comentario nos recondujo mal que bien a la agenda de nuestro encuentro en la taberna. —¡Una canción para la niña! —exclamó alguien en el corrillo de los borrachos respetuosos. Evité mirar alrededor. Poco a poco todos volvimos a lo nuestro. no la hagas llorar (don’t’ you make her cry) —gritó uno de ellos con tono cómico y conciliador. Gloria al fin sonrió. Nuestra conversación alcanzó pronto su zona más tórrida. me abrazó. dijo cosas duras. no.

capitán de navío que navegaba entre Madagascar y la isla de Mauricio. es lo más que puedo hacer”. buscando su cámara. La persona que la robó no pudo haber salido antes. Gloria. No podía ser. Nos percatamos que le habían robado la cámara a Gloria. —¡Fuck Shakespeare! ¡The crazy bugger 83 . advirtió. “pero sin crear situaciones desagradables. —¡Debí formar un lío ahí adentro y denunciar la presencia de un ladrón! ¡Mi cámara es mi instrumento de trabajo. Salieron todos despidiéndose festivos y afables: “Bye darling“ (a Gloria) o “Don’t you make her cry again” (a mí). ya sólo les escaneaba disimuladamente las manos o los abrigos. que quizás Shakespeare mismo se robó la cámara para evitar publicidad. pero no había duda. Después que le hube leído las líneas de la mano a Gloria. La gestión no reportó nada. Entonces cayó el balde de agua fría. pues nadie podía hacerlo hasta el cierre. El tabernero accedió en el acto a instalarse en la puerta e inspeccionar con discreción a los clientes según salían. —Why do we have to be so fucking civilized! —gritó iracunda una vez salimos por el callejón sin recuperar la cámara. cínico. sonriéndo sin ganas. Hablamos con el tabernero. es mi arte! ¡Allí estaban los negativos de Shakespeare! ¡Ahora quién me va a creer que prácticamente compartimos junto a Shakespeare la celebración de su cumpleaños en pleno siglo veinte! Le sugerí. Estábamos seguros. el dueño de la taberna anunció la hora de cerrar y largarse.

doesn’t exist any more! ¡Fuck the tacky Spanish pub! ¡Fuck those shady Andalusians! ¡Fuck Titus Andronicus and his dumb daughter! ¡Fuck you! ¡Fuck your fucking life! ¡Fuck your bloody wife! —gritaba. irrefutable. 84 .

85 .

86 .

conocían a un inglés ciclotímico que tenía una oficina sin letrero en Tottenham Road… era traficante de alta relojería. Agradezco la motivación decisiva que me proporcionó el amigo colombiano Gustavo del Cantor una noche en que apurábamos varios purrones de cerveza en la taberna Your Whoring Life. por tanto. quien lo dejó por mí.Cráneo Al final de su trayecto. las noches en que está en alta. una sorpresa desagradable le aguardaba… —Franz Kafka. Diario. —Hacerse rico es increíblemente más fácil que escribir un libro. 28 de febrero de 1913 Hubo una época en que albergué gravísimas dudas sobre mi virtual carrera de profesor. Incursioné. tienes que aplicarle al proyecto la misma intensidad que pondrías en escribir un buen libro —dijo Gustavo. así se llama. eso sí. en el mundo de los negocios. Pero lo más importante es que es ciclotímico —siguió diciendo Gustavo. Várvara. Gustavo y su novia. —Will. —Várvara y yo solemos beber vodka con él. para probar opciones alternas. fue novio de Várvara. cuando emerge por unas horas de la 87 .

cuando se conocieron. Se identificó con mi intención de reciclarme. Adoraba a Gustavo. donde existen muchas más edificaciones acabadas de construir. lógicamente. Sólo contrata a traficantes que odien a la burguesía. El joven de diecisiete años le dijo que Londres no le impresionaba demasiado. y donde no quedan rastros de castillos tan viejos y feos 88 . con cristalería moderna. a pesar de que éste le quitó la amante. sin rastro de envidia. relató con delicia el comentario que le hizo Gustavo. Hablaba español desde que la Cuarta Internacional lo destacó en Bolivia cuando las insurrecciones troscas. Se enamoró perdidamente de una peruana casada con un millonario. hasta que los esbirros del marido lo sacaron a tiros de Sudamérica. eso sí. pues tenía más edificios viejos y chamuscados que Medellín. mientras el colombiano andaba rapeándole a Várvara. Will me comisionó un punto de compra y venta en Sudamérica. apenas llegado de Medellín. La noche que nos reunimos ante unos vasos de vodka. El man es un viejo trotskista renegado. pues él mismo fue estudiante de literatura en los inicios de su militancia trosca. pero que deseen las exquisiteces de la burguesía. Te invitaré a una de nuestras sesiones de vodka la próxima vez que Will esté en alta. ¿verdad Várvara?. de Putnam Road. en el Club Ivan.depresión en que lo sumió la trastada de ella. Ahora mismo está buscando a un tirador de alta relojería que hable español e inglés. él paga.

como algunos de Londres. y brindó por los negocios. sin saber que en ese momento atizaba la incipiente afición de Várvara por el muchacho. —¡Esto es cultura proletaria auténtica! —proclamó Will. como que la carga de un movimiento debe ser transmitida por ruedas. Conceptos que abren la vanguardia del tiempo a una nueva e inquietante dimensión”—. El comentario me valió la contratación inmediata. inventa la primera masa oscilante lineal y optimiza la fricción con microrodamientos en lugar de rubíes. Yo había copiado y memorizado mi parlamento de la revista Tiempo de Relojes. Antes de cerrar el trato le hice un full disclosure indispensable: yo era un tímido ex-stalinista y odiaba vender o comprar. Pues bien. El sorprendente reloj de Tag Heuer propone un movimiento con correas de transmisión. que los ejes de rotación necesiten rubíes sintéticos para hacer eficiente la fricción o que la masa oscilante que provee la energía a un movimiento automático debe girar sobre su propio eje. en lugar de piñones. Luego de ese relato. ninguno de estos dogmas son verdades en el universo de la auténtica vanguardia de alta relojería. —That’s a bloddy revolutionary manifest!— casi gritó Will cuando terminé de recitar. verano de 1978. yo me tomé el cuidado de recitarle allí mismo el siguiente pasaje: —“La relojería de vanguardia Tag Heuer ha cuestionado dictados intocables hasta ahora. edición de Puerto Rico. —¡No importa! Stalin educó a los mejores 89 .

Allí debí dirigirme. Breguet. no debo mencionar. elaborados con platino. —Yo muevo relojes de contrabando que copian las más exquisitas piezas de ingeniería del planeta. Gustavo y Várvara se besaron con obscenidad exhibicionista. Will nos devolvió. para proteger ciertas identidades. zalium. —replicó Will. como si temiera que la ciclotimia de Will nos dispensara una diaforia prematura. entre ellos cuento con plagios perfectos de la serie limitada del Monaco V8 de Tag Heuer que usted acaba de describir con lujuria inigualable. cerámica y diamantes. salí del aeropuerto más rápido de lo que 90 . en su íntimo y runruneante Jaguar con aroma de cuero. Tag Heuer. Cargaba un muestrario completo de plagios de los modelos regulator editados por Chopard. A usted le toca una comisión de 200% y lo que consiga por encima de ella—. para establecer el primer contacto. sito en una ciudad sudamericana que. Noté que Gustavo aceleró sutilmente la despedida. Así fue que entré en el universo alterno de los negocios y. titanio. Pero ello nada afectó a Will.trotskistas. que estaba en fase de euforia. Hublot y otros. Al arribar. Volvimos a brindar. Chronoswiss. usted no va a comprar ni vender nada. casi ebrios. Gevril. a nuestros respectivas pensiones de Islington. añadiendo sin parar. De Witt. además. como consecuencia. usted va a expropiar a la burguesía. conocí el Hotel Occcidente (por darle un nombre).

—deteniendo el taxímetro con una bofetada. con grandes letras apenas legibles en la oscuridad que decían: “Solicitamos la benevolencia de los estimados clientes. La lentitud densa me imposibilitó salir del letargo insomne. El ruido me impidió echar una siesta en el largo trayecto. El taxi se había detenido frente a un edificio oscuro. paralizó mi salida. Había salido en verano y aquí llegaba en invierno. En consideración a la lealtad de nuestros huéspedes hemos mantenido. Quedé mirando. lo que no vi. ruidoso y apestoso. o mejor. pero no destruyó todo. quien al escucharla hizo un gesto de reconocimiento y emprendió la marcha decidido. El frío de la noche crispó mi percepción.preveía. El tráfico era lento. El olor a diesel casi crudo me mareaba. El reciente incendio del Occidente destruyó gran parte de nuestras instalaciones. con gran esfuerzo. 91 . pues la organización de Will tenía amarrados todos los trámites de aduana. Había salido de Londres entrada la noche y aquí llegaba comenzada la noche. Abrí la puerta del carro. con un pie en el pavimento y el resto del cuerpo en el interior del auto. Le dicté la dirección del hotel al taxista. Caía en un estado de conciencia alterada cuando el taxista rompió su mutismo y dijo —Hotel Occidente. El vuelo de 8 horas sin conciliar el sueño me había agotado. Mis ojos buscaron algún signo que identificara al Hotel y se toparon finalmente con un letrero blanco. pero lo que vi.

que este es el hotel del famoso incendio? Ocupó la prensa en estos meses. Por favor. ¿vio? …y ahora 92 . se alojaron en algunas partes del hotel con sus familias. al quedar desempleados y sin capacidad para pagar sus viviendas. Sin apearme todavía quise ver qué era lo que estaba abierto. un atentado suicida. Después de leer miré al taxista: —¿No sabía usted señor. El taxista engranó en primera. son 25 —dijo el taxista extendiendo la mano para cobrar. tras los vidrios algo chamuscados. a la altura de sus merecimientos. está abierto… bueno. como para iniciar la marcha y explicó. usted vio. murieron decenas. dicen. si bien una sección del edificio estaba derruida y en otra parte las ventanas fueron tapiadas con planchas de madera. hombres en camiseta fumando. con pedantería que mal disfrazaba su impaciencia: —Lo que pasa. veía a niños correr y algunos ancianos jugaban dominó. es que los empleados del hotel. pase adentro y permítanos servirle como siempre”. También se han instalado algunos okupas y deambulantes en otras habitaciones.una sección del hotel con plenos servicios. Pero como ve. Mis ojos se habían amoldado a la escasa luz y ya podía captar que. quedaban unos sectores en los pisos más bajos con habitaciones tenuemente iluminadas. En sus interiores se podía ver mujeres planchando. Pero entre ellos han rescatado el hotel de la burguesía neoliberal que no quiso reconstruirlo. ropa tendida. En lo que era la recepción.

no va a satisfacer las grandes necesidades de mi cuerpo ni de mi espíritu. hacía señas. El frío definitivamente aceleró no poco las funciones de mi cerebro. quien reubicará de nuevo mi contacto. bienvenido al Hotel Occidente—. —Vio usted —dijo el taxista— ya le reciben. Un portero con uniforme rojo y gorra negra salía de la puerta principal del lobby. señor. El viejo uniformado con botones dorados terminó de abrir por completo la portezuela del auto y extendió su mano como para agarrar el equipaje. Tranquilo señor. no será amable conmigo. seguro que mi contacto ya descartó este zarrapastroso punto de encuentro y Will me informará el lugar alterno en cuanto lo llame. pero luego la retuve. lo acomodé en la alfombra del carro y me disponía a cerrar la portezuela cuando el taxista señaló hacia el hotel —Le llaman —dijo.lo manejan en beneficio del pueblo. El anciano rojo halaba la puerta. afirmé de nuevo el pie en la calle.. aquí le dejo… son 25—. Vacilé. Levanté el pie del asfalto. cojeaba y me llamaba: —Señor. casi corría hacia mí. haciendo alarde de una firme decisión.. me impedía cerrarla. buenas noches señor. —Lléveme al Hotel Imperial —le grité al taxista. como quien dice. e informarle el cambio a Will. casi le entregué la maleta. Puedo escoger otro hotel ahora mismo. me replegué hacia el interior del auto. De hecho. Pero funciona muy bien. Pensé en fracciones de segundo: este lugar ruinoso no luce bien. Noté sus guantes 93 .

Noté la facilidad con que mentía. venga. Halé la puerta con firmeza y le grité al taxista de nuevo —Al Imperial. que parecía una pelambre plagada de sarna. seguía contemplando al viejo. Era una joven 94 . Por favor.ex-blancos. al decir reconocerme. y el fervor con que pretendía sostener. como usted diga—. pero. el estado lamentable del anciano. El taxista reaccionó al instante —pues al Imperial. Mas esta vez la portezuela resistió mi halón con mayor fuerza. me provocaban alguna compasión. es usted uno de nuestros viejos clientes. Noté la textura desleída de su uniforme de terciopelo. por favor—. yo que nunca antes había puesto un pie en esa ciudad. funcionamos perfectamente. señor. para mi desesperación. ¡Ah! Ya le reconozco. ante el obvio desastre. en agradecimiento a su lealtad al Hotel Occidente. la ficción del gran hotel que le proporcionó empleo quizás por largas décadas. renegridos de hollín. Venga. Éste rogaba: —No se impresione con los estragos del incendio. mas sólo reposté —Pero si ya escogí otro hotel… volveré a éste cuando lo reparen. Hemos mantenido un servicio especial para nuestros distinguidos habitués. En verdad. permítame—. por favor… —seguía el anciano. como esperando que soltara la portezuela para evitar accidentarlo. Pero desde que abandoné el estalinismo yo había decidido no responder a manipulaciones compasivas. Era que se había sumado otra persona a los esfuerzos del portero por mantenerla abierta.

Era una muchacha de apenas 19 o 20 años. Vestía un traje de seda ceñido. caballero. parecía haber adquirido el atuendo en una tienda de disfraces. tan obvio. muy escotado. Se lo digo yo. ella también le invita. negro. que el taxista volvió a decir —Bueno señor.mujer que. A mi mente abstracta sólo se le ocurrió preguntarle. con la voz más estentórea que pude —¡al Imperial!. —Sí. Yo miré al taxista. hasta aquí son 25—. habla…—. sin darme cuenta. Pero ella volvió al ataque —No señor. se lo digo yo. miré luego a la joven. de pelo oscuro. si se queda. señor —apremió el anciano portero. no nos abandone por otro hotel. muy blanca. Sus gestos ya eran casi procaces: me acarició el cuello. Es más. la pasará muy bien acá. a través de mí habla la voz de mi padre… ¿Entiende? La voz de mi padre. de esos senos que asumen forma de papaya cuando su dueña se inclina hacia adelante. se lo dice la voz de mi padre. se inclinó a recoger la maleta y casi se le salió un seno blanquísimo por el escote. por favor. Reiteré. por lo que le imprimieron un decisivo toque de indecisión a mi talante. no se lo digo yo. luego el brazo que sostenía la maleta. se lo dice ella. —Escuche usted a la dama. se había aproximado a nosotros. venga —continuó ella y tomó mi mano. venga. Estas observaciones consumieron tanto como un segundo. señalando al viejo rojo —¿Es el señor su padre? —y me di cuenta que mi resistencia 95 . con chaleco de pieles también negro. No sé por qué.

pero no noté cuándo lo hizo. Ya decidido a no decidir. como va a seeer. logradas con turbinas y volantes puramente mecánicos. Me percaté que la muchacha había desaparecido del panorama. hablo de mi padre. hacia las ruinas del Hotel Occidente. que al parecer habían observado la escena de mi claudicación intermitente a través de las vitrinas chamuscadas. El viejo apuntó lentamente mi nombre en un cuaderno escolar y luego me condujo a la habitación.400 pulsaciones. Me duché y no se me ocurrió otra cosa que repasar mis preciadas posesiones. le di los malditos 25 al chófer y salí del auto. al frente. erguido. Pese a tantas aprensiones. que Dios lo tenga en la gloria. que 96 . —Señor… ella se lo piideee… quédese acáaa —intervino el taxista. muerto. qué ocurrencia. no sé si al anciano. Pero de inmediato cada cual retornó a lo suyo. Ella le pasó mi maleta al viejo. recargables a mano. Caminé entonces. con un tono que me pareció obsceno. enterrado allá en mi tierra. a la muchacha o a mí. aplaudieron. ja ja ja. los niños. Cuando entramos en la recepción. Cada reloj partía la rotación de (casi) veinticuatro horas del planeta en 86. los ancianos y otras personas que allí pululaban. Ella rió y dijo —Nooo. quedé muy bien instalado.estaba perdida. No dejé de escuchar a mis espaldas el roce de la seda y el golpeteo de los tacos. Contemplé con orgullo mi muestrario de alta relojería de la serie regulator.

Me acosté. Tarde en la mañana escuché en el auricular la voz de Várvara sollozar —My Will is dead. sin duda. Como dijo el capo de los relojeros. cuya labor consistía en reforzar con su atractivo la capacidad suasoria del viejo portero. Sólo me perturbaron un poco las grandes manchas de tizne en el empapelado de las paredes. pero igual se rompió la nuca. propio de legatarios depresivos. Gajes. como el motor de los relojes. de la nueva administración. Legó lo que en nuevo derecho británico se llama un testamento autotanatorio. Sólo cayó un piso. que a veces parecían asumir formas de extraterrestres con cuchillo en mano.nada tenían que envidiar en precisión. Efectivamente. allá en su tierra. finalmente. Antonio di Cologni. pero tan densos y apagados que se disolvían en un runrún casi imperceptible. Pensé. que la muchacha vestida de negro sería una especie de recepcionista proactiva. Me enjugué una lágrima y 97 . que el man se descogotó—. Los ruidos de la población que ocupaba el hotel eran multitudinarios. Entre ambos me contaron que Will se había caído o se había lanzado por una ventana de su apartamento de Chelsea. Soñé… soñé que Will estaba muerto. de ejecución inapelable. I have no will—. De inmediato la voz de Gustavo reemplazo la de ella y aclaró —Oiga Juan. “La humanidad tiene derecho a la belleza”. maestría y complejidad a los sucedáneos digitales del mundo ordinario.

quien debía consultarlas a propósito de su gran obra-en-progreso. Todavía está en la 101—.pensé: “so Will left a will. algo importante: tu contacto se hospeda en el mismo Hotel Occidente donde tú estás. hablaremos. un sobreviviente del fuego. hombres en camiseta jugaban cartas y mujeres lactaban crías. En el desayuno hablé con el anciano rojo. era mesero y cocinero: —¡Ah. no antes de prestárselas a Mazzoldi. suite 101—. A mí me correspondió el muestrario de relojes que cargaba en la maleta. La organización quedaba en manos de Gustavo. quien además de portero. En las escaleras y los pasillos jangueaban vendedores ambulantes. after all”. al menos. pero mucho más poblada. Supe que mis fabulosas crono-joyas no estaban destinadas a la venta. ah. El ala donde vivía Mazzoldi era menos chamuscada que la mía. parejitas conversaban. Mazzoldi. el gran Mazzoldi! Es uno de nuestros antiguos. el Paganini Cero Uno Cero. —Quedas agente libre —concluyó Gustavo— cuando me sienta con ganas de hablar de esto. la primera pieza del planeta con volantes de movi98 . ancianos sentados ante televisores. en lo que él cumplía mayoría. con Várvara como albacea. maletero y concierge. Ella recibió el apartamento de Chelsea y el Jaguar. Las puertas de muchas habitaciones estaban abiertas y se podía observar cocinas humeantes. Se llama Bruno Mazzoldi. correteaban niños y algunas mujeres lavaban ropas en palanganas.

vegetales. no. caro amico —aclaró con dulzura don Bruno. Los retendré hasta mañana. Así eran también sus textos. —Yo escribo el concepto. fascinado. supongo. que luego pude leer. Aquí Bruno lloró un poco. como verá. Noto que usted apenas se inicia en esta grey de los plagiarios del tiempo. Era un mamotreto enorme de hojas mecanografiadas.. —O casi.miento perpetuo. donde sorbimos Campari con soda y conver99 . Pronto serán suyos de nuevo. El pobre Will. no es mi interés adquirirlos. Pero. un manuscrito. ya no más. tan cortés y tan amable. Componían una suerte de fantaciencia indianista con temas corporales. en fin. —Mi sólo interés es citar una que otra sutileza de estos magníficos artefactos.—.. que se volvían abstractos al inaugurar un tiempo de diafanidad inexpresable. tan exactos. Las paredes de la suite mostraban cuadros con dibujos del propio Mazzoldi y de otros artistas que al parecer aludían a los seres y metáforas del Paganini-in-progress. mientras me servía un copón de vino. si me permite—. y por razones de seguridad. entonces los ingenieros y artesanos lo crean y fabrican —explicó. —Agradezco infinitamente que me haya mostrado estos bellos regulator. animales e interplanetarios tan concretos y materiales. Will no le anticipó nada. por delicadeza. Me mostró entonces su Paganini Uno Cero Uno enprogreso. La tarde siguiente Mazzoldi me citó en un café vecino. en otra época.

pero sólo si era bajo el agua. so pena de perecer en un orgasmo sub aqua. joyerías. Así que. para preservar su pureza. aconsejaba Bruno. Me devolvió el muestrario: —Todo tuyo. les añade un valor mítico. Aprendí que los relojes plagiados son tres veces más valiosos que los originales. Hice las reservaciones de rigor. Conversamos también sobre el negocio del tiempo. pues la intrépida maravilla de plagiar perfectamente máquinas tales. Acudí al mostrador de la recepción a pagar. yo no debía transar por un beneficio menor al 300%. casas particulares y oficinas sin letrero en las zonas altas de ciertas capitales. como si escribiera un libro. Entrada la noche me dispuse a salir del hotel hacia el aeropuerto. el gran Mazzoldi lloró otro poco. literalmente había que llevarse a las mozas al río en la noche. hundirse con ellas hasta el fondo. el valor del tiempo simulado a la tercera potencia: fábula y leyenda. comenzaría… a ser rico. Había que ser también un artista de la respiración. además. Comenzaría. Aquí. sólo tocaba ahora salir a otras ciudades a vender mis tesoros del tiempo en los lugares que Bruno recomendó: varias boutiques. García Lorca se quedaba corto. sobre unas indias que accedían a hacer el amor con extranjeros. como decía el romance… pero. caro amico—. El viejo 100 . Me relató una anécdota de sus tiempos de antropólogo. Estimé que mi misión en el Hotel Occidente ya había concluido.samos sobre literatura.

Ella rodeó mi cintura entera101 . pero con un mohín de despecho. se lo dice ella—. mi padre. usted nos abandona. —No les abandono ni nada parecido. por favor —insistía. —Sí. señor.del uniforme rojo comenzó a tachar mi nombre en el cuaderno escolar. que está allá en mi tierra. no se lo digo yo. ¡Suélteme!… ¿quién es el gerente aquí?— pregunté. usted nos traiciona… quédese. escúchela. quédese. se lo dice la voz de mi padre. En eso sentí un cuerpo que se pegó a mi lado y extendió un brazo para detener la tachadura que hacía el viejo. y me tomaba ya por la cintura. la voz de mi padre. reconociendo en ella la misma indumentaria de tienda de disfraces que vestía dos noches antes. ridículo esto. —No se vaya señor. apretando su cuerpo al mío. señorita. —Pero qué es lo suyo. y me tomó de las manos. habla…—. simplemente concluí mi estadía y pagué… muchas gracias por todo. usted. quitándole el lápiz. vamos —e intenté separarme— ¡Qué! ¿Pretenden que me quede aquí para siempre? …es inaudito. quien sólo añadió: —La gerente es ella. —Se lo digo yo —continuó ella. hasta el punto que yo sentía los latidos de su pecho. volveré en otra ocasión —aseguré. Era la misma mujer que me apeó del taxi dos noches atrás. alzando la voz y mirando al viejo portero. poniendo una voz de contralto —Es más. enterrado. señor. sin hacer comentarios. escúchela. muerto. no nos abandone —dijo. usted se va. a través de mí. con el mismo escote y todo.

400 hebras de pelo. muchas más… todo el tiempo. no se vaya. decenas de miles de hebras saliendo de una piel blanquísima. Entonces vi su pelo espeso. negro. y en el fondo. con un suspiro operático. no se vaya. 102 . azabache. y siguió diciendo —¡No.mente con ambos brazos. no. más de 86. no. apretó con más fuerza que nunca. cada hebra enraizada al cráneo. brotando. nooooo!…—. denso. no se vaya. Hundió su cabeza en mi pecho.

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Constanza quiso llevarme al día siguiente a visitar la hacienda La María. El carro atravesaba paisajes propios de un valle tropical cañero. Lo que me interesaba era salir al campo. simplemente narraba. Constanza apareció en su Peugeot compacto y salimos a media mañana. con los brazos y los codos algo extendidos hacia arriba. las brutalidades del ejército. escenario “real” de la novela homónima de Jorge Isaacs. mientras uno pasea por algunos de sus escenarios potenciales. hoy debidamente museificado. Contó anécdotas sobre los bloqueos de la guerrilla en carreteras como las que transitábamos. las carnicerías cometidas por los paras. hacia un punto que otorgara consistencia visual al territorio. Ella lo conducía como si fuese un tractor.María no existe En cuanto llegué a Cali. testificando una lógica aprehensión de peligros omnipresentes. Ella no hacía ningún alarde dramático sobre el asunto. temas consabidos para quien sigue las noticias intenacionales en internet. tan interminable 105 . Debía saber si la extraña luz blanca que noté en la atmósfera de Cali abarcaba los perímetros rurales o era cosa de la ciudad. tirando cambios con energía. Pero en este caso lo contaba una persona inmersa en esa cotidianidad. las “pescas milagrosas” de secuestrables.

se van a ir hasta los turistas’ 106 . Al fin mi amigo sólo atina a decirle a su certero acompañante: —Oiga señor. le explica que no tiene intención de ofender. El mendigo cae. Mi amigo va conduciendo tranquilo. aportando su granito de arena para limpiar a Colombia de indeseables. cuando iba por ésta misma vía. Y así dos veces más. si no. —Un amigo mío tiene uno de esos vehículos” —dijo Constanza— y una vez. El señor se disculpa. no me agrada mucho que le dispare a los peatones —como se le diría a alguien que por favor extinga su cigarrillo. se puede buscar la hostilidad asesina de su pasajero. De pronto el man baja el cristal. lo más formalito. —Este país tiene que mejorar. con chaqueta y corbata él. montó en él a un caballero desconocido que le solicitó lo llevara unos kilómetros más adelante. saca una pistola y le dispara a un mendigo que camina por la orilla de la carretera. quien tendría unos 55 años. sólo estaba cumpliendo con su cuota ese día. Varios kilómetros más adelante. con el señor pasajero al lado.como un océano. con todo el respeto. La luz blanca todavía alcanzaba estas regiones del valle. el hombre repite la acción con el mismo resultado. pero si le permite seguir se hace cómplice de los asesinatos. podría decirse. En la carretera abundaban los vehículos todoterreno bien equipados. Mi amigo evita en todo momento el pánico y reflexiona. siempre más destellos plateados que dorados. pues se ve en una situación que lo sujeta con dos pinzas: si protesta.

de unos 13 años.—alegaba el patriótico francotirador. Entre relato y relato de Constanza. y sólo algunas pequeñas haciendas muy separadas. —Yo no sé nada de la hacienda La María. en la distancia. y volvió la cabeza para 107 . al parecer. señor. Decidimos preguntar. Era una niña o jovencita delgadísima. no sé nada. tampoco había casas. Ojos negros enormes y hermosos. sentada de espaldas al camino. El paisaje de la ruta cambiaba bastante. Más o menos así lo contó Constanza. estoy muy triste. Pero descubrimos que no aparecía un alma en la carretera. yo intentaba sin éxito relacionar este ambiente con la novela de Jorge Isaacs. pues tomábamos un rumbo de leves lomas y carreteras estrechas arboladas. sin que ella todavía hubiera vuelto el rostro y le preguntamos dónde quedaba la hacienda La María. Por favor. que al llegar a su destino. Sólo entonces nos miró. déjenme por favor” —imploró. el arroyo que por allí atravesaba. déjenme sola. Hasta que. Tenía el rostro arrasado en lágrimas. nada. agradeció mucho el aventón—. Ya no había tráfico. aunque tal vez era sólo un efecto muy parcial de la sombra abundante de los árboles. señora. Nos detuvimos al llegar al puentecito. unos 300 metros más adelante surgió la figura diminuta de una mujer sentada al borde de un pequeño puente. mirando. Por fin parecía que abandonábamos el cerco de la luz blanca. ni siquiera cruzaban carros en dirección contraria. Constanza tuvo la impresión momentánea de haber perdido la ruta.

tanteando la cerradura. Debía ser hijo de los custodios del museo. señal perfecta de que la casa-museo estaba cerrada. ¿Por qué salió de allí adentro? Decidimos devolvernos y retomar la autopista grande que nos llevara a un 108 . soberbiamente desplegado ante las lomas de mediana altura donde nos encontrábamos. Merodeamos un poco por los predios. Tres o cuatro curvas más adelante apareció la famosa casona del prócer literario. y de inmediato se retiró por donde vino sin aguardar preguntas. Uno no hallaría qué decir sobre el lugar. Era insistir en un asunto que no tenía nada que ver. Salió un niño de la puerta principal de la casa y caminó hasta nosotros para entregarnos un nota que decía: “Cerrado al público hoy. pateando sin violencia la gravilla. sin excepción”. Era una construcción decepcionantemente nítida y regular. El domo de luz blanca que se suspendía sobre los entornos de Cali me recordó esas cúpulas o burbujas transparentes que cobijan las ciudades futuras en planetas futuros. Nos alejamos. Notamos el gran estacionamiento de autos de visitantes completamente vacío. Nunca se nos ocurrió que hoy era lunes. Nos asomamos al portón de entrada. rodeada de muchos menos árboles de los que cubrían la ruta acabada de transitar. aunque la precedía un jardín demasiado lindo. Tomé una foto del valle. Me pregunté si sería mudo.seguir contemplando el agua. El área estaba totalmente desierta. Quise hablar sobre la novela María pero me salió espuma.

—María no existe —me apresuré a decir. ¿Qué hay en una casa-museo. en un monumento de la cultura? Marcas para recordar que se ha olvidado algo que no sabemos qué es.paradero de comer. 109 . temeroso de perder algo. Constanza recordó la imagen de la niña solitaria tan inconsolable que abordamos en el camino. —Me dio la impresión de que era María —musitó. no de la memoria. algo así como la sensación de la luz blanca. sino de lo que se liberó de ella. Signos de la demolición. San Agustín se preguntaba cómo es posible que recordemos que hemos olvidado algo pero no recordemos qué fue lo que se olvidó.

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pero que Bogotá era una ciudad más moderna. Una vez sentados a la mesa y servidas las primeras cervezas. Toshiro. pues tenía muchos edificios nuevos. Alba y yo a celebrar la llegada de Gustavo a Londres. Toshiro había llegado a Londres hacía un mes. con el mandato expreso de su padre. Allí fuimos Gustavo. de aprender inglés en el plazo de 111 . Llevaba unas semanas en Londres. a fumar. Várvara. Decía que la capital de la pérfida Albión se parecía a Bogotá en la grisura del cielo y la niebla de ciertas temporadas. pequeño subcontratista de la Toyota. Gustavo cumplía 16 años desmentidos por una estatura de 6 pies. amiga de mi madre que me alquilaba un cuarto.Hamlet en Camdem Town No sabíamos que íbamos a representar un episodio de Hamlet en Camdem Town. Alba comenzó. Yo me hospedaba en casa de Alba del Cantor. Várvara era amiga de Alba. como siempre. Toshiro era mi alumno exclusivo de inglés. El conocía a su madre por primera vez después de verse separado de ella tras un sonado pleito de adulterio ocurrido 15 años atrás en Bogotá. La taberna El tambor ofrecía cena barata y jazz gratis los sábados en la noche. mientras que Londres estaba atiborrada de edificios antiquísimos y de museos llenos de cosas viejas.

Gustavo miraba con escepticismo a Toshiro. Pero Gustavo meditaba y miraba fijamente a su madre. Alba: —No sé. Además. Observaba a su recién descubierta madre fumar. ¿por qué esa pregunta hijo? Gustavo: —Pues. porque mi padre. me contaba que usted fumaba desde que me tenía en el vientre—. eso! ¡Qué inconsciente. qué insensible! ¡Claro. Y Toshiro replicaba con una risita que a Gustavo le lucía idiota. nerviosa: —No hijo. le advierto que no deshonre la memoria de mi padre. Toshiro conversaba con Várvara sin tocarla y sin pedirle marihuana. Yo hablaba con Alba. tan indígena. pues éste me preguntaba continuamente cosas como “Can I touch the women?. a usted no le importaba! ¡No me diga que usted era tan atrasada. que no sabía que fumar durante el embarazo afecta al feto! ¡Usted fumaba a propósito 112 . Alba. Gustavo estaba de mal humor. ¡Es usted quien miente! Alba. Mientras. en pánico: —Pero. yo no fumaba en esa época. pisando el acelerador hasta el fondo: —¡Eso. Yo le contestaba: “No. Hasta que le dijo: —¿Madrecita.un año. No. era su forma de practicar inglés con frases prácticas. desde cuándo fuma usted?—. Do you sell marihuana?”. acelerando: —Madre. mi padre que usted nunca quiso. Gustavo. su padre mintió—. you don’t’ ask for marihuana just like that”. you can not touch the women in this place. ¡qué importa si fumaba o no fumaba! Gustavo. so pena de ser desheredado. Hubo silencio en la mesa.

Sucede que esta tarde. al mediodía. sentí que me mojó las manos. Tan pronto se sentaron Alba tomó a su hijo de los brazos y le dijo sonriente: —Hijo. escuchamos jazz. mejor dicho. Gustavo y Várvara bailaron mucho. su forma de burlarse de los ingleses. ésta es la noche de las revelaciones. que la abrazó y le pidió perdón. ¿adivina dónde yo estaba que no almorcé en su casita? Estaba haciendo el amor con su amiga. Gustavo agarró a Várvara del antebrazo. quiero que se sienta feliz conmigo—. Várvara. qué? Usted no tenía ese diente partido ayer—. usted le puede decir a Gustavo que en esa época no había conciencia del tabaco! Yo asentí enérgico. Final de la primera escena.para que yo naciera tarado o para abortarme! ¡Usted nunca me quiso porque soy hijo de mi padre! A Alba le saltában lágrimas sin llorar. y se dispuso a salir del local. que de puro apretar las mandíbulas me partí el diente así como usted lo ve—. Alba mira su boca y le espeta: —¿Y ese diente partido. Alba le gritó por 113 . tan brutal y tan verraco. Intermezzo. Comimos. Toshiro se levantó a bailar y a prácticar su inglés solicitando marihuana con heavy accent: “Du yu jaf mari – juana?”. quien la interrogaba con los ojos. Mientras se alejaban. Y resulta que tuve un orgasmo bárbaro con su amiga. —¡Pero Juan. Várvara no miraba a Alba. El tono implorante de la mujer conmovió a su hijo. De nuevo el hijo: —¿Cómo que qué? Pues mire madre. Y justo cuando el joven sonríe se inicia la escena dos.

se fue a dormir con ella. abordamos y nos disparamos en direcciones contrarias. Gustavo se volvió al escuchar mi nombre. Ya en la calle. ¿podrá esa mujer 114 . de aspecto indígena. Ella repetía una y otra vez: —Vea Juan.sobre las mesas y el estruendo del jazz —¡Hijo. usted ha sido capaz de despreciar a su madre por otra mujer. Llegados al apartamento de Alba tomamos té. pero continuó su exit. Dígame. usted es hijo de mi amiga y me va a ayudar—. iba a decir algo. De inmediato Alba me dictó: —Tranquilo. Tan pronto arribaron los trenes. Alba me arrastró hasta alcanzar a Gustavo y a su pareja en el metro. Gustavo y Várvara hacían algo parecido. Alba se paseaba arriba y abajo. Era una pantomima. Comprendí de inmediato que me asignaban un papel. por una traidora! ¡Sepa. no ha llegado. Bajamos las escaleras y los avistamos en la plataforma opuesta. hablando en voz alta de ir a un club nocturno. Mi alumno Toshiro no se percató del traslado escénico y quedó preguntando entre los bailantes: “Can I touch the women?”. señor Gustavo. Gustavo con Várvara. conmigo del brazo. a lo largo de la plataforma. que yo me iré con Juan! Los parroquianos anglosajones del Drum Pub miraban asombrados la figura de esta mujer alta y delgada. que sacudía su cabellera y maldecía como una furia en lengua foránea. Lamentaban la falta de subtítulos. Juan con Alba. Juan. Alba salió conmigo dándome el brazo. No se cruzó palabra entre los dos bandos.

En la mañana. ¿Se acostó usted anoche con mi madre? Le dije que ni anoche ni nunca. seguramente fumando. los vi acostados en la cama. Dígame. to be or not to be. Él era un ovillo fetal. Avanzada la madrugada me despertó Gustavo: —Escuche Juan—. —Gracias —dijo— estuve pensando matarlo durante toda la noche. Imagínese. Soñé con mi madre. noté el dormitorio de Alba abierto. a ella y a Gustavo. me tiene que responder. 115 . —¿Qué pasó Gustavo? ¿Cuándo llegaste? —Justo ahora. pensaba. Ahora duerma tranquilo—. Me desconecté y dormí muy tranquilo. ¿qué diría su madre si yo me acostara con usted? Me retiré a mi habitación y hasta poco antes de dormirme la sentí caminando arriba y abajo por el pasillo. con el hijo de su amiga. Dormían.quitarme a Gustavo? ¿Cómo se atreve?. anidado entre los brazos de su madre. cuando pasé hacia la cocina para poner el café. con el rostro más angélico que pueda tener un hombre.

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antes de enchufárselo. sólo que en el primer caso el tiempo se comprime y la carga se quema por completo en meros milisegundos. Allí era posible leer hasta la le117 . Ahora se me ocurre algo que no podía saber en esa época: los explosivos son posmodernos.Explosión suavemente En la lucha entre tú y el mundo. Era la primera vez que repasaba en mi memoria la enseñanza de Luis sobre la compresión del tiempo de combustión. Mi nombre es Roberto.” Recordé esa sentencia poética en el momento en que le arrimaba una carga de 30 libras de iremita a un transformador de energía eléctrica. El perímetro de la mediana instalación eléctrica estaba más iluminado que una sala de biblioteca universitaria de Estados Unidos. y a veces me llamo Adrián. una noche estrellada en que debía lamer con extremo detenimiento las patitas del módulo detonador de una bomba bastante poderosa. apuesta siempre al mundo —Franz Kafka “Una explosión es otra forma de combustión. en nada difiere un explosivo de cualquier otra sustancia que se quema.

con el mismo amor con que llegamos—. mientras nos escudábamos de la detección de las patrullas en la carretera con la mole del propio transformador que unos minutos más tarde volaría en pedazos. como si supiera algo. cuidado que nos ha costado llegar hasta aquí! Mira.tra tamaño pulga de la Biblia Latinoamericana. hace contacto y nos vuela con sólo colocarlo. me repetía lo ensayado cien veces antes: —Debes asegurarte si te pica o no la lengua. pero yo traje esto y este animal va a explotar esta noche—. acurrucada a mi lado. bien. ni que fuera astrólogo el maricón —maldijo mi acompañante antes de evaluar mi diagnóstico de lengua. sobrepasando el nivel de susurro de nuestras voces: —¡Que te pica la lengua! ¡No me digas! ¡Después de este trabajo. cayendo en cuenta sobre lo que dije. aunque haga contacto y volemos con todo. exclamó. coño. volvía a pasar la patrulla. Pero sí te pica. Dora. tres veces y dije: —No estoy seguro. y luego. significa que el detonador está averiado. Pasé la lengua por las plaquitas de contacto una. si quieres vete tú. lo que me da ganas ahora es de enchufarle la madre esa. así que empacamos y nos vamos pa`l carajo. Era el fervor de alguien que no va a interrumpir un orgasmo des118 . Si no te pica. pero creo que me pica la lengua—. enchúfalo. pues hemos pasado mucho trabajo. —Ese ha pasado ya un montón de veces. En ese mismo momento sentimos un resplandor azul y nos agachamos. dos.

esa idea es importante: la vida. no tiene corriente.. Y Dora respondió. fíjate sí. le transmitía una señal quemante a los nervios de mi lengua. Abrimos los ojos. ‘el paquete’. Probé. Un agradecimiento sincero.pués de tantos preliminares. Tal vez fuera la mera fricción del metal frío en la noche. prueba tú otra vez—. como escuchando el recién conectado tic tac del reloj detonador. llamádole. En momentos así el personaje siente que las cosas estrenan el universo en el instante en que ocurren y que cada tontería que dice son las palabras de Adán en el paraíso. como si fuera “El Héroe” de Baltasar Gracián recién llegado al mundo: —Es verdad. escondiéndolo de sitio en sitio. sentí que algo. se reservó su horrorosa fuerza para otro momento. con un disimulo pendejísimo. y ahora lucía más ensimismada que nunca. Por eso mi cabeza abstracta recordó la idea de la compresión del tiempo. No pasó nada. Pero esta vez callé. La bestia química. lo importante es la vida —discurrí. Entonces lamió ella los contactos del detonador: —Mira. aunque muy débil.. como venía haciendo desde que la recibimos. como si yo hubiera descubierto un argumento muy original. a mí no me pica.. ¡qué importa el trabajo. —No sé si decirte bruta o vaga. Dora se limpió el sudor y celebró: —No te digo que acabo de 119 . Es un presente comprimido. gracias—. Cerramos los ojos y Dora hundió el módulo detonador en el costado de aquel animal inerte que veníamos adobando desde hacía semanas..

no porque la noche estuviera oscura. Nos ajustamos las mochilas e inciamos la retirada.. A mitad del trecho por donde nos retirábamos a campo traviesa. dejando desprender los lentes. Quizás le transmití el estrés de la situación al marco de alambre barato. embriagado con la típica genialidad de esas situaciones. si íbamos pintando la tierra y el pasto con mierda de vaca fresca. Me palpé el rostro buscando los espejuelos. De qué valía borrar tanta huella. según nos aproximábamos a los focos de la pequeña carretera donde escondíamos el auto. pero faltaban los vidrios. pensé. me parieron de nuevo por cesárea.nacer otra vez con esta experiencia. y borrando huellas según nos enseñaron en Punto Cero. Atravesamos en dirección contraria la apertura en la verja ciclón que minutos antes cortamos para entrar. Nos escurrimos entre el pasto alto de un cercado de vacas pisando varias pilas de excremento vacuno con amor revolucionario.. Lo importante es que los lentes podrían ofrecer en bandeja de plata mis grasosas huellas digitales a los investigadores de la escena de la explosión... caminando agachados como ciertos payasos que imitan a enanos. los tenía puestos. y yo no veía bien porque. Discutí con Dora la posibilidad de re120 .. y éste se ensanchó por efecto de simpatía física. Al parecer se habían desprendido con el estrés. hermano—. sino porque yo realmente no veía nada de bien. supe que la vista me fallaba. Eso pensé.

nos despedimos y nos dirigimos por separado a nuestras respectivas casas. precisamente porque es im121 . según estimábamos. caí en un trance de serenidad beatífica. Ya descendiendo por la vereda de mi casa. pero asordinado por la distancia de varios kilómetros. Me sobrevino una irresponsable sensación de fuerza de la cual no he querido desprenderme. contemplando el cielo estrellado de nuestros campos tropicales en esa madrugada fría e intranquila de nuestros gestos truncos. La cuenta regresiva del relamido detonador apremiaba. Más que un sonido era una eclosión. pero regresamos.gresar a recuperar los lentes. saltando y corriendo agachados en busca de los lentes que. no sin antes sobar con ternura “el paquete” y verificar que el reloj Timex ajustado al detonador nos donaba 25 minutos. más que cegarme. Y justo en ese instante sentí con todo el cuerpo el súbito bum de la explosión. La patrulla seguía pasando. habrían caído en la gravilla del perímetro iluminado. un estremecimiento estático del aire y de la tierra. lo estacionamos en su lugar seguro. Luego de regresar en el auto por rutas secundarias. muy claro. Muy poco podía contribuir yo a encontrar unos lentes cuya falta ya me aturdía. De nuevo nos retiramos. más bien un ataque de cansancio glorificado. Parecíamos hobbits de circo. No aparecieron. a pie. para no alertar a ese delator insomne que siempre aguarda en toda calle de toda vecindad del mundo.

Lo más insólito era que la explosión no terminaba.posible responder por ella. era del mundo. todavía se siente. Temprano en la mañana visité a un oculista para que me hiciera nuevos lentes. sin embargo. 122 . Pero de ningún modo era un rugido. Era una única. No era una fuerza mía. irrepetible y exclusiva sacudida que.

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A los extraños criados que. La película Los otros. sin embargo una vigilia desesperada todavía ilumina los ojos de la valiente. para guarecerlos de una mortal alergia a la luz. a quienes ella debe mantener siempre en la oscuridad. sino por el sol. muestra a una mujer que vive en una gran casa de la neblinosa isla de Jersey. señor. surgidos una mañana de la niebla. pero de sus gestos emana una ansiedad contenida capaz de destemplar la más perfecta lámina de titanio. en el Canal de la Mancha. con las cortinas echadas. un niño de siete años y una niña de once. Vive acompañada de sus dos hijitos. El marido se marchó a la Segunda Guerra y jamás volvió. la dama ha mantenido a raya hasta a los nazis. Acuartelada con sus críos en la egregia casa. ella les 125 . La mansión es grande sin ser inmensa. La mujer es esbelta y hermosa (Nicole Kidman). una vez comienza la película. le ofrecen sus servicios domésticos. Ese trance acaba de finalizar junto con la guerra. de Luis Amenábar. tal vez una de las ínsulas visitadas por Tristán e Isolda en la leyenda.Claroscuro y máquina Rey: ¿Todavía ensombrecido por las nubes? Hamlet: No por las nubes.

Presenciamos ese ballet mecánico sumidos en la matriz misma del dispositivo fotofílmico. sometiéndonos en verdad a 48 interrupciones de luz y de sombra por segundo. El efecto nos hunde en un juego nervioso de cámaras oscuras y brotes de luz. El abrir y cerrar de puertas. su claroscuro amor. La figura obscenamente obsesiva de Nicole Kidman atraviesa los encuadres del plano fílmico de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Las criaturas ultramundanas que somos los espectadores de una sala de cine nacemos 48 veces por segundo desde 126 . permean toda la puesta en escena y el montaje del filme. perseguida de haces de luz y escurrimientos de sombras. el obturador se abre y cierra dos veces: primero cuando cada cuadro comienza a entrar al portal de apertura y de nuevo cuando se acomoda en él. las enervantes y sorpresivas. en beneficio de los pálidos niños confinados a las sombras y a la única luz de la presencia de su estrictísima madre. Si bien todo proyector nos impone 24 fotogramas de película por segundo. aunque sistemáticas exclusiones e inclusiones de luz. llamando aprehensiva a sus críos o sobresaltada ante los llamados de ellos. convirtiéndose así las recámaras de la casa en esclusas que controlan el paso de la luz en una dirección u otra. dando portazos a diestra y siniestra y girando cerrojos.advierte que sólo pueden trasladarse de habitación en habitación procurando a toda costa cerrar y acerrojar la puerta por la que han entrado antes de abrir aquélla por donde han de salir.

reciprocaron la hospitalidad solidaria de estas dos mujeres con una gentileza excéntrica. retirándose con sus bandejas a comer al dormitorio que les fuera asignado. En los años de la Segunda Guerra no pocas familias inglesas acogieron niños extranjeros refugiados de la barbarie nazi. Durante la primera y única comida hecha en familia se excusaron con voces casi inaudibles y al unísono. sino una adolescente. sin ser inmensa. vía el retorno de la composición casamadre que es Nicole Kidman. No respondían a sus respectivos nombres de pila. zona oscura desde la cual se nace en cada instancia infinitesimal de consciencia disparada por un obturador frenético llamado unas veces lo Real. cuando todavía no era una madre. al trance luz-oscuridad donde siempre somos otros y dejamos de serlo. Era una cómoda 127 . de origen rumano. sino a su apellido. el de la leyenda arturiana. y otras. Ella vivía sola con mi abuela en la pequeña ciudad de Stratford. the Matrix. Lo que me lleva a recordar una historia vivida por mi madre. lo que impedía interpelarlos individualmente. Los otros nos devuelve.una muerte negra que desconocemos justo porque la encubre el efecto de retención retinal de la luz gracias al cual impera la ilusión del continuo luminoso. en una casa grande. Los dos adolescentes. propincua al río Avon. No se les sentía en la casa porque se dedicaron a no existir en ella. Unos gemelos huérfanos de apellido Spot hallaron un hogar provisional en la casa de mi abuela y su hija.

habitación cuyas amplias ventanas ellos se dedicaron a cubrir de periódicos con el propósito de obstruir la luz: —We do not like the light —respondieron lacónicos a las miradas de la anfitriona adolescente que se asomó a averiguar. Se les respetó, en la mejor tradición local de no interferir con las excentricidades benignas del prójimo, el deseo de ellos de comer siempre en la habitación y permanecer recluidos en ella la mayor parte del día. Ni las frescas riberas del Avon ni los demás encantos, tales como los festivales de teatro shakespeareano, propios de esa ciudad cuna del bardo, podían extraer a los hermanos Spot de su encierro. Sólo abandonaban la habitación en noches ocasionales. Pero su semblante nonchalant, aunque tímido, en nada parecía melancólico. Casi lucían alegres cuando se permitían asomarse o abandonaban fugaces su aposento empapelado para cumplir las urgencias obvias, lo que tranquilizaba y a la vez irritaba a mi vigilante abuela. Mi madre recuerda las caras confundidas y pálidas de los chicos, que atinaba a ver cuando la curiosidad la llevaba a tocar a su puerta, la cual ellos abrían asomándose a la par, en silencio, replicando con inaudibles monosílabos a cualquier intento de entablar conversación. Por una época los atacó la varicela y sólo entonces se allanaron a un contacto humano algo más intenso, cuando se dejaron bañar y aplicar esponjas con sales medicinales, no sin ellos exigir entrar ambos a la vez en la tina. Dice mi madre, y también mi abue128

la, que era un deleite verlos retozar en la tina con una alegría desproporcionada a sus hábitos deprimentes. Las pequeñas manchas de la infección acentuaban el tono espectral de su tez. Tenían la cara y el cuerpo repletos de manchitas pálidas circulares. —Eran como dos apariciones, alojábamos a fantasmas en la casa —narra mi madre. Cuenta ella cómo, una tarde, aprovechando que el servicio de sanidad los vino a buscar para someterlos a un examen médico, penetró con sigilo en la habitación solitaria de los jovencitos y la encontró, aparte de la oscuridad, muy normal, demasiado organizada para dos adolescentes, por demás varones, y esto al grado que la alarmó la idea de que su madre pudiera utilizar el ejemplo de los Spot para exigirle mantener tan altos estándares de limpieza en su propia habitación (“I want it tidy, and spotless, like the brothers Spot’s own room”, le hubiera ordenado). Pero la joven continuó fisgando las sombras y pronto se topó con un hallazgo histórico en su vida. Sobre la repisa de una de las ventanas tapiadas de papel de periódico descubrió un portafolio negro, abultado con cientos de hojas sueltas. Lo abrió. Contenía series interminables de números y letras sistemáticamente agrupadas en renglones. Aquello no era inglés ni ningún idioma. No hay idiomas con palabras de números, pensó. —Eran los años de la guerra —cuenta ella— en mi mente adolescente todo el misterio de los Spot cuajó como un cristal, cuando sobre la repisa de la otra ventana, tam129

bién tapiada, vi que descansaba un receptor de radio de onda corta. Cómo lo introdujeron allí, no sé. Pero sólo me restaba hacer una suma bien simple: “These spotty brothers, they were two sneaky spies”—. Sin embargo, descubrir aquéllo sólo despertó en ella una insolicitada complicidad con los jovencitos. Obtuvo la oportunidad de compensar la perturbadora ausencia de contacto real con unos niños de su edad que vivían en su propia casa, gracias al proyecto de protegerlos de las sospechas de los adultos. Su madre no era excesivamente patriótica ni paranoica, como sí eran algunos de los vecinos, pero la señora se hubiese ofendido, con repercusiones temibles, ante lo que consideraría la falta de respeto y la traición a su confianza por parte de unos granujas que se acogían a la protección de su casa y hasta a su cariño, que aunque no se dejaban ver, cariño les tenía, para dedicarse a tramar tretas de espías, sea para el gobierno que fuera. Antes que escuchar ese rollo por el resto de la eternidad, la muchacha puso en efecto un plan secreto de desinformación, al margen de los propios gemelos. Para empezar, jamás nadie se enteró de los códigos ni del receptor. Se dedicó a introducir innumerables y calculadas ideas inocentes en las conjeturas y conversaciones de los adultos respecto a los misteriosos muchachitos, sin faltar la ocasional borradura de “evidencias” y otros ardides con que la jovencita protegía a los dos angelitos hurtados de la luz que se empeñaban en no existir, excepto en las claves
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sino un Mr. el matrimonio Spot. mi abuela creyó verlos. Sólo se le ocurrió pasar por el mostrador del concierge. —But they are two gentlemen. actually twin brothers —insistió ella. Los vio en una terraza del hotel. cuando entraba a un hotel de Innsbruck. y presentarse. tras el cristal trasero de un automóvil alquilado. Sonreían bienaventurados mientras contemplaban el deshielo del Inn en la primavera. Antes del fin de la guerra una organización judía de refugiados vino a recoger a los jóvenes. El trío de jóvenes vestidos de negro formaba un conjunto excéntrico. que se alzaba junto al río Inn. Una repentina e inexplicable incertidumbre le impidió a mi abuela caminar hacia la mesa de ellos. —Todo ello me 131 . Era temprano en la mañana. Intercambiaban mermeladas y se daban a probar tostadas. y saludar. Los dos Spot estaban sentados a la mesa en compañía de una mujer. Ella inventó una miríada de aventuras fantásticas en compañía de los dos amiguitos secretos: formarían un trío de fugitivos por el mundo.de una conspiración imaginada. vivirían juntos intrigantes historias que sólo aguardaban nacer. Menos de una década después. como en una película muda. El empleado le aclaró que en su lista no había dos señores Spot. El tipo reiteró que sólo tenía a una señora Spot y su marido. quienes desaparecieron para siempre sin mayores comentarios. Spot. propias de una cabecita solitaria. diciendo adioses lánguidos e inaudibles. Le preguntó por unos inquilinos llamados Spot. and Mrs.

132 . no eran tan inocentillos. no los defiendas de nuevo. así que decidí no pensar más en ellos —decía mi abuela cada vez que mi madre le solicitaba detalles sobre aquella coincidencia en el hotel austriaco. —Además. pues no me gusta nada ese tono de voz que pones cada vez que los mencionas. Y mi madre: —But it’s difficult to recall if they ever really spoke—.molestó profundamente. you seem to speak like them—. hija. Mi abuela: —Well… exactly. I hardly like it dear. siempre he creído que esos chicos se traían algo.

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Nos habían sustraído nuestros bolsos de mano antes del abordaje. Llegamos a un sector católico donde las calles estaban totalmente desoladas. La atmósfera vespertina era fría y gris como un fin de mundo. Autos en distintas etapas de inservibilidad. Pero al voltear la esquina entramos en una taberna inundada de humo. vaciando los contenidos en bolsas plásticas transparentes. como los oponentes abatidos de un video juego descontinuado. Cuando llegamos a Belfast nos recibió un joven llamado Tom que portaba la señal convenida. muchas casas tenían puertas tapiadas y postigos clausurados. con mucho aliento para contar historias en mor de complicidad. desmantelamiento o incineración yacían estacionados cada 20 o 30 metros. vapor y frases enigmáticas 135 . ninguna se mantenía vertical. más bien parecían reclinarse unas sobre otras o a veces las separaban solares vacíos hartos de pasto y cachivaches inidentificables. Tom era tan humilde y orgulloso como un soldado vietnamita. Nos ayudó con el equipaje y de inmediato nos condujo hacia el centro urbano en su pequeño sedán destartalado.Belfast llama Uno de cada tres asientos del avión estaba ocupado por un conspicuo agente encubierto. por lo que congeniamos de inmediato.

pero.pronunciadas por hombres con chaquetas de piloto o atuendos semejantes. Hablaban una lengua rimada de sonidos afectuosos cuyas frases siempre terminaban con tono de pregunta. autodenominados los officials. Pero eran conocidos. donde el mesero ya nos esperaba con aprehensión deportiva y. no había problemas. Tom y yo hallamos espacio para sentarnos justo ante el mostrador. los provisionals o provos. en una asamblea histórica que cerró con mutuas amenazas de muerte. muchas de ellas cumplidas con esa espeluznante exactitud que ahora Tom se toma el gusto de narrar. tipos chéveres.. había delizado dos jarras de cerveza negra para cada uno de nosotros. No cabía un cuerpo más. Sólo había que matar tiempo hasta las siete. con la ayuda de Anne. El mesero y Tom pertenecían a la minoría marxista del Sinn Fein. Lo anterior se dijo en metáforas imposibles de retener en la memoria. Los oficiales se llevaron la peor parte. quienes se habían separado de la mayoría nacionalista de la organización. muy pocas de mujer. todo estaba en orden. Aparte de eso. sin emitir otro signo que una gran sonrisa. Alcancé a descifrar. inexplicablemente. Anne. lo que él y Tom hablaban: nada serio. pues habían decidido 136 . un sustituto de Tom nos recogería para trasladarnos al próximo lugar. Muchas cabelleras rojas o rubias. había que proceder con cautela porque tres provos estaban inspeccionando el local y haciendo un cacheo de armas en los baños.

no sólo en previsión de los residuos de violencia sectaria sino para protegerse de una policía británica que los perseguía con más saña que nunca a pesar de ellos haber abandonado las armas con sinceridad masoquista.nada menos que entregar sus armas. Los oficiales mantenían sus hábitos de chequeo y contrachequeo. era una señal clara del mood de tolerancia que a veces parecía ganar espacio entre las dos facciones. La taberna estaba en territorio provo hard core. Postura que en un lugar como Belfast te convierte en la víctima propiciatoria de todos. el homo sacer. Anne me advirtió. sobreflotando un entendido implícito de detener todo “encuentro físico” --eufemismo para nombrar las acciones armadas. La mayor parte de las víctimas mortales pertenecía al ala oficial. perduraba un nerviosismo postraumático entre estos golpeados oficiales que nos habían invitado a Ann y a mí a un pequeño tour de solidaridad Irlanda-Puerto Rico. en una racha de escaramuzas fraticidas que se extendió por largos meses. Sin embargo. y la tranquilidad con que pudimos conversar y esperar allí. descartar el nacionalismo y dedicarse exclusivamentea la lucha de clases. renunciar a la lucha armada. conociendo 137 . que no tenía armas. La contienda sectaria ya se había ralentisado. Los provos retuvieron el grueso de la poderosa militancia nacionalista y casi todas las armas. “We stripped ourselves naked” resumía Tom. luego decretaron un bando de “traición” contra los marxistas y les dieron de arroz y de masa.

Al rato. que podíamos estar seguros que ya toda la taberna sabía. en cuestión de minutos. pues procedía a presentarse y montarle un rapeo a Ann. y en efecto. La provo que la tocó a ella fue más habladora. hablándole de rock americano. Aquel lugar era el mercadillo de rumores de la comunidad. —You the Puerto Rican with that Tom chap? —inquirió uno de ellos. Dos pintas de cerveza negra bajadas en menos de media hora me hicieron ir al baño. nothing physical —y él entendió: —OK—. quiénes éramos y en qué andábamos. Escuché que ella le argumentaba con candor contra el nacionalismo irlandés y él evadía el tema con humor.a los irlandeses. ella le rechazó al bomber jacket 138 . y sin aguardar respuesta preguntó: —Is the woman with you in any way related to you. A Anne también la inspeccionaron en su turno al baño. cómo era posible el clandestinaje en un país donde las informaciones se dispersan entre una multitud casual en tan corto tiempo. le contó que respondían a un rumor de posible atentado contra un dirigente católico del área. Pero la de esa taberna no era una multitud tan casual. Al despedirnos. antes de irnos. is she your wife or girlfriend? Le dije: —She is a personal friend. I mean. además. allí estaban los provos inspeccionando por armas a los parroquianos meones. ya el individuo con bomber jacket negro que me había interrogado en el baño abandonaba su puesto. Se nos olvidó preguntarle a Tom cuál era la idea de realizar estas inspecciones en los baños de las tabernas y.

Alexander. Luego intervino Ann. habían renunciado a las armas. tequila y vino mientras conversábamos sobre la relación entre nacionalismo y marxismo. ellos me suponían más partícipe de lo que yo era en esa época de una acerba crítica al nacionalismo marca IRA. en medio de la marea de cerveza. exponiéndose a la balacera asesina que les impartieron los provos. un camionero trans-Europa. me explicaba. whiskey. la compañera de Alexander. —Now we’ve been reduced to a bunch of wailing marxist masochists —agregaba. el dueño de la casa. Percibí en los comentarios de Ann mucho pensamiento sobre la cuestión nacional y la izquierda irlandesa.negro una invitación a pasear y comer en el downtown. los militantes del ala oficial. con su voz delgada y parsimoniosa. café y tequila que inundaba la casa hasta marcar su nivel en las paredes. nos servía indistintamente y sin parar porciones de café. Martha. whisky. como haciendo otra pregunta-. como si hiciera una pregunta. cerveza. cómo los IRA provos representaban poderosos capitales americano-irlandeses y renegaban de la clase obrera irlandesa. gran 139 . —But we are principled militants. Maud. Por pertenecer a un partido llamado socialista. se emborrachó y comenzó a maldecir el momento en que ellos. otra compañera del grupo. dear —la consolaba Margaret. En la casa donde yo dormiría tuvimos una recepción líquida.those other kind are Mafia—. vino. —We should’ve saved part of the structure for protection —lamentaba.

En la mañana bajé a tomar café y los encontré a todos apiñados en un corrillo en torno a al aparato de radio. just a bit confused. murmurando entre el humo de sus tazones de café. según acordado. pero fallaron y se llevaron sólo el vehículo. Parecían aguardar una respuesta del trasmundo. allí mismo frente a la casa. amortiguada por la neblina.conocimiento sobre O’Connor. Y yo dormí allí. Mi cabeza licuificada con espíritus de café. La acción fue obra de dos chamaquitos del vecindario que pertenecían a una micro-facción de la mini-facción ultradura llamada Irish National Liberation Army (“I know their old chaps. Maud se llevó a Ann a su casa. una hora antes. Una luz parda. whisky. Hubo un primer intento de secuestrar a Alexander con todo y camión. El resto del grupo. las cuales ya sonaban como burbujas en una pecera. la escuchaba como si hablara el capitan de la nave Star Trek. cerveza. pero no entendí nada. cuando él se disponía a calentar los motores para partir en el ferry rumbo a Bélgica. they’re good boys. igualmete sumergido en el cocktail transalcohólico de Alexander. tequila y vino no captó las distinciones sutiles de Ann. I just smacked one of them in the 140 . como quiera que se llamara el tipo. Entonces nos fuimos todos a dormir. penetraba con desidia los ventanales empañados de vapor. en una buhardilla del tercer piso de la comuna de Martha and Alexander. en la cual vivían otros tres compañeros. No tuve que preguntar: acababan de secuestrar el camión de Alexander.

Lo confirmé cuando Tom reapareció y nos recogió a Ann y a mí para llevarnos a la casa de Berenice y Armand. atrincherados en una tierra de nadie donde recibían semanalmente amenazas y atentados de todas las partes. Era la única vivienda habitada en medio de una calle larga que servía de pasadizo entre los dos territorios enemigos de Belfast: los protestantes y los católicos. Pensé que estos divertidos huéspedes constituían una inconsolable cábala de sufridores eufóricos. y quedarse a bregar el asunto en el vecindario. Aparte de mantener un fichero de la amenazas recibidas. que en una ciudad como Belfast sonaba a plegaria espiritista. Lo que más preocupaba a todos era descifrar por qué estos imberbes micro-faccionales los habían convertido a ellos en objetivo. Alexander habló de reportar el incidente a sus contratantes comerciales en Bélgica. excusarse esa semana de sus compromisos. Nadie allí habló de informar el secuestro a la policía. Hablando uno se entiende —Let’s not get physical —era el lema de Alex. cámaras de vigilancia y micrófonos. luego despedazada por una turba de nacionalistas y socialistas. Su héroe era Rosa Luxemburgo. Berenice y Armand eran profesores de historia especializados en el bolchevismo. repetía Alexander). Cometieron la excentricidad temeraria de casarse y permanecer en Belfast. Berenice católica. 141 . La casa contaba con alarmas. Armand era protestante. la mártir alemana de la Liga Espartaco que polemizó con Lenin.face and… ”.

142 . Berenice se asomaba a la ventana y ojeaba los monitores que escaneaban los predios. también eran heterodoxos marginados. a nuestros eufóricos sufrientes en interminables charlas de taberna. Pasamos por las aduanas maltratantes del Reino sin comprender nada. Cada vez que pasaba algún automóvil escaso. los focos descorrían sombras sobre las paredes y las cortinas. Pasamos los innúmeros puestos de inspección del ejército británico que asediaban la ciudad. contagiados por el dialecto. Acompañamos. Intercambiamos las rutinarias solidaridades. por lo que se veía. pero no menos cómoda. Mientras conversábamos en la sala de esa casa tan sitiada. oscureció. Escogimos regresar a Londres. no en el avión plagado de agentes encubiertos en el cual arribamos. sino en el ferry del sur. Anne y yo presentamos las debidas conferencias y diapositivas. Íbamos en compañía de cientos de irlandeses que emigraban a Inglaterra. dentro del ala del Sinn Fein a la cual pertenecían. ante el cual repetíamos frases con tono final de pregunta. sobre todo. Luego continuaba hablando sobre una Rosa Luxemburgo cuyo fantasma parecía presidir el momento. excepto la urgencia de aquel tránsito masivo y anónimo de almas. Encima de que eran antinacionalistas y desafiaban con su alianza a todas las facciones en la capital mundial del faccionalismo.El matrimonio de estos young scholars era un tributo a la audacia.

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Tal era el fulgor del pequeño círculo de tejido cicatrizado sobre su piel negra. al cabo de una conferencia sobre cimarrones y literatura que me atreví a ofrecer en el Shomburg Center de Harlem. al deletrear su apellido) —el hombre era una enciclopedia sobre la historia del cimarronaje. en una sala moderna y dilatada. Al principio no le creí. as in “intelligent”. Luego de terminar. Hablé del embelesamiento del autor de La noche oscura del niño Avilés con el poder imaginario de unos reinos cimarrones inexistentes en la historia de Puerto Rico. No faltó la perorata final de un ministro de verbo radiante 145 . Stephanie me hizo saber que ella existía. La audiencia afronorteamericana era numerosa. Parecía llevar incrustada una moneda de níquel. dijo. Lo ofrecía a mi mirada como medalla más melancólica que condecorativa de su acción en el frente atlántico de la guerra contra los contras de Nicaragua. También lo había hecho un scholar negro de apellido Smart (“Smart.Estefanía is coming Ella me mostró la cicatriz del balazo recibido en el seno. alguien en la audiencia apuntó que el problema del puertorriqueño negro es creer que no existe. Ahora sé que su historia es mil veces más verdadera que ésta. Juan Flores acababa de hablarle al público.

so to speak —y cambió de idioma: —Llámame Estefanía —pronunciando las consonantes españolas con una suavidad irregistrable. 146 .sobre la (casi inexistente) hermandad entre negros y latinos en la ciudad de Nueva York. nos acomodamos junto a otra pareja conversadora en el asiento trasero del carro de un conocido y fuimos a parar a una recepción en la casona de Harlem de una scholar negra de la bella ultraizquierda. Prometió que quizás más tarde. una joven de ojos almendrados y mandíbulas altas se acercó a y tras un comentario banal sobre la actividad. obligándonos a leernos los labios. cerca de las 10 de la noche. me contaría su historia cimarrona. that doesn’t make you any less Black”) y. dijo —I myself am a maroon. tengo que amamantar a mi hijo Hasam. De puro aturdimiento continué conversando con ella sobre la negritud y otros enigmas (“You are a lighter skinned Puerto Rican. Allí una música estruendosa de power samba convirtió nuestra conversación en una mímica espectral de cine mudo. sin interrumpir la conversación. se despidió. Sólo alcancé a escuchar alguna palabra pronunciada en esa casa por Estefanía cuando. amiga mía. I think maybe it‘s worth the trouble telling you my story. siguiendo los pasos del último corrillo en abandonar el Schomburg. el esfuerzo de la conferencia me sumió en un estado de difusión pasiva. that’s what you are. si valía la pena. Cuando ya todos se dispersaban. but remember. me dictó su teléfono y dijo: —Adiós. Como siempre.

—Claro. Estefanía es una historia. en mi apartamento sin muebles. te advierto. deja la excusa barata de mi historia a un lado—. porque yo soy una historia y eso es lo único que obtendrás de mí. but if you don’t know anything. con alfombras pálidas bordeadas de libros.. amigo. aunque de nuestro encuentro obtuvimos otra historia que no es de nadie. how can you even know that you want to know? Luego en un español inconsonantado. En tono suave y burlón contestó “hola” y musitó con una voz muy pegada al auricular que quizás había cambiado de idea. me cansé de leer a Yuri Lotman bajo el foco de una lámpara enceguecedora. Escuché una risa vigorosa y una invitación a tomar un café en su casa el jueves en la tarde.—. Y ciertamente. con una franqueza que sentí obscena: —Tú me deseas a mí en realidad. Exactamente una semana después.Call me next week if you are interested—. interesado en conocer su historia y algo más. siempre con suavidad y burla: —Who you think you are. Estudió en un college su147 . Cursó diez años de ballet con Martha Graham. Stephanie es hija de una talladora de joyas de Manhattan muy bien remunerada y de un hombre alto y remoto que apenas le hablaba. de cómo fuiste cimarrona—. Y añadió.. conté los días pasados en el calendario y llamé a Estefanía. es cierto. that I may tell you my story? How do you know you are interested? You have to know at least some of it in order to want to know. Y yo: —Pero tú me has hablado de una historia.

brilliant. Sirvió en la zona atlántica del país hasta que una bala le perforó un pecho y se le infectó la herida malamente. Cuando arreció la amenaza contrarrevolucionaria. pero no tanto la interracialidad. Ambos pertenecían a una red activista internacional: “we made a fuckingly beautiful. En el hospital se le infectó también el cuero cabelludo. tras precoces bodas con un joven blanco “muy consciente”. Hasta que llegaron a la Nicaragua sandinista a ofrecer sus talentos. Organizó cursos de danza moderna basados en las tradiciones isleñas de esa comunidad anglocriolla. 148 . and solidarious interracial couple”. recitaba Stephanie con sorna y cariño. no sólo para interpretarlo. pero “not quite” la de la “mujer de color norteamericana”. Ambas cosas fueron muy bien recibidas. De allí salió a Tanzania y Kenya a estudiar Swahili y asuntos internacionales. Ello se evidenció. En Managua la solidaridad del gringo blanco era buena. Pero Stephanie halló un nicho de aceptabilidad en Bluefields. trabajando con una población negra largamente marginada. en una serie de desplantes insultantes.perexclusivo y superliberal de Nueva Inglaterra donde los estudiantes gobernaban a los profesores y escribían tesis para transformar el mundo. hasta ese momento desconocido por Stephanie. Un sinuoso racismo. Stephanie se ofreció como voluntaria en las unidades sandinistas de combate anti contras. por aquello de dar el ejemplo entre sus brothers and sisters bluefileños. con dolor. fue sitiando la pareja.

Su marido. un hijo con nombre árabe que significa “el hermoso”.por lo que fue rapada cocopelá. una mancha lechosa de desamparo cruzándole las pupilas. parió. alojado en Managua. Estefanía bailaba con la delicadeza de una brisa y la exactitud apabullante de un sismo. Una fotografía en blanco y negro la muestra en la galería exterior del pequeño sanatorio tropical. También la hirió el rechazo que sus críticas francas provocaron. Cuenta que no la hirieron las balas ni las infecciones. a quienes los cuadros oficialistas llamaban “enajenados”. una sonrisa de dientes luminosos. no la apoyó y le envió a Bluefields una pronta petición de divorcio a modo de correctivo ideológico. Pequeños chichones tumefactos que parecen moñitos le decoran el cráneo brilloso. No es un ídolo de la fertilidad a pesar del marco rebuscado de la foto. Stephanie llora y ríe cuando la muestra: —That’s when I really marooned myself—. Un embarazo intempestivo la decide a abandonar por completo la aventura de la solidaridad reciprocada sólo por los “brothers and sisters” bluefileños. es una persona con la cabeza rapada. que en promover un programa de justicia social. Un fotógrafo bluefileño le tomó la foto. sino la continua marginación de los bluefileños bajo el sandinismo. A su regreso al Bronx donde nació. los prejuicios insultantes de una dirigencia burocratizada que se ocupó más en acaparar las mansiones y otras propiedades de somocistas exiliados. enfebrecida. Se hizo 149 .

Stephanie saltó del vehículo en marcha y después de dar una vuelta al caer sobre el pavimento. Acompañada de mí. levantaba en vilo el coche donde cargaba a su hijito como si fuera un barquito de papel. No comprendí. se dedican a dar codazos y empujar a uno. La cosa iba en serio. al subir las altísimas escaleras hacia la plataforma del tren. cuando un taxi nos llevaba a un restaurante afgano. Una noche fuimos a ver el estreno de la película Mephisto en un cine del este de Manhattan y cuando entramos al vestíbulo atiborrado del teatro. Otra noche. tienes que echar al frente los hombros y empujarlos a ellos con más fuerza aún—. Y explicó: —Estos blancos de mierda. Los gringos. Stephanie se abrió paso a codazo limpio hasta las butacas repitiendo —Estefanía is coming. ya la apiñada concurrencia había iniciado contra nosotros la tanda disimulada de codazos y empujones maliciosos. Efectivamente.gimnasta. coming. Todas las mañanas. me dijo. cuando ven una pareja como nosotros en territorio ‘suyo’. coming— en un tono fuerte pero ambiguo que mezclaba la insinuación bélica con la sexual. en español cómplice: —prepárate para los empujones—. se incorporó y echó a correr por la calle 72 150 . como es notorio en esa clase. ella me contaba una experiencia de aborto con una generosidad e intensidad que no aprecié en el momento. por lo cual hice un comentario burlón y desgraciado. antes de terminar su explicación. se hicieron los locos.

you know —dijo entre dientes y de inmediato soltó un golpe de karate que esquivé y que destrozó el vidrio del freno de emergencia a mis espaldas.oeste. No recuerdo nada de la carrera de esa noche. 151 . Acomodados de pie en en un rincón del vagón. pero una fracción de ese mismo instante ya me permitía captar una teoría que la lectura de todo Frantz Fanon jamás pudo revelarme: Estefanía is coming. ambos habíamos penetrado en un tren del metro. por qué correr de esa manera tan loca? —I told you. Cuando recuperé el aliento le pregunté por qué reaccionaba así. jadeamos largo rato uno junto al otro sin hablar. I’m a maroon. En ese momento yo no sabía si la próxima acción de ella sería intentar detrozarme la cara o halar el freno y detener el tren subterráneo. Sé que cuando la alcancé. Es una teoría que me concierne. Los pasajeros no sabían si lucir atónitos o hacerse los locos.

152 .

No. iniciando apenas un gesto de abrazo que él evade levantando el vasito de café humeante.. sin intención alguna de cruzar. parado al borde de la acera. Laurent —le digo —. al trabajo indescriptible que me sostenía mientras escribía una tesis doctoral. miro a la izquierda y ahí está Laurent. —comenzó a 153 . Lo saludo mostrando obvia sorpresa. ¿no era que estabas en Alaska? —a sabiendas de que no era exactamente en Alaska donde estuvo.. sin premura.Menos Siberia How does it feel. una mañana fría y mojada de otoño. tomando sorbos tímidos de café hirviente. cuando me lo encontré por casualidad en una esquina de la calle 42 en Manhattan. Justo cuando me dispongo a cruzar la calle 42 a la altura de la Novena avenida. Su lejana emoción se trasluce en cierta manera de batir los párpados. yo estuve al principio en el Yukón. plantado a mi lado. Yo me dirigía. a pesar de la demora que llevaba. yes how does it feel to be… like a rolling stone… —Bob Dylan Llevaba años sin ver a Laurent Rafael desde que se largó a los Territorios del Noroeste.

cero 154 .” era la forma de anunciarnos una nueva desaparición prolongada. cigarrillo en boca. quien sacó el encendedor sin pensarlo dos veces y aproximó la llama al rostro de Laurent mientras éste le ponía otro cigarrillo en los labios a quien le hacía el favor.. y le pidió candela al camionero. Decir “Laurent salió esta mañana a comprar cigarrillos. Quizás ello mismo motivó al camionero a decirle a Laurent que iba al Yukón y que necesitaba un ayudante. Cuando el camionero regresó de pagar la gasolina ya Laurent estaba sentado en la cabina del 16-ruedas y sin más palabras emprendieron la ruta de 3. Laurent practicaba una estética de la desaparición verdaderamente minimalista: cero anticipación. Laurent salió de la casa una mañana oscura de invierno a comprar cigarrillos en una estación de gasolina cercana. cuando vivían en las afueras de Montreal.500 kilómetros hacia los Territorios del Noroeste. Rossana me había contado que unos cinco años atrás. era algo que sucedía casi invariablemente cuando él se levantaba una mañana cualquiera y declaraba en tono inaudible que iba un momento a comprar cigarrillos..decir. Ninguno de los dos siquiera registró el desparpajo con que violaban el reglamento de bomberos. Laurent se acercó. Ese día Rossana no se sorprendió demasiado de no ver regresar a Laurent a la casa. como si le molestara la inexactitud geográfica de las primeras palabras que le dirijo tras años sin verlo. Un camión 16-ruedas se había aparcado en la estación a llenar el tanque.

Hasta el momento de su aparición en la calle 42. En Berlín trabajó en una fábrica. Rossana guardaba su ropa. hizo autostop hasta Alaska. Le digo —¿qué haces por acá? —y él cuenta con respiración algo entrecortada que se cansó de estar en el Yukón. encendió un cigarrillo y la alarma comenzó a alborotar muchísimo. olvidado de mi hora de entrada al trabajo indescriptible. me sentí muy mal. Rossana sólo había recibido una postalita de Laurent remitida desde el Yukón. Cada vez que Laurent desaparecía. hospedado en el YMCA. sólo que estaba trabajando en la fábrica con otros inmigrantes ilegales y salió a caminar un poco por un corredor para tomar un descanso. hizo mecánica automotriz. libros y efectos personales en una pequeña caja que él jamás volvía a mirar. No sabemos si alguien también guardaría sus cosas en los otros lugares hacia donde él se largaba y de los cuales partía o regresaba. Pero —¿qué hacías? — Dice que cortó leña.equipaje. allí en la esquina de la 42 yo converso con Laurent. fue valet de un traficante de pieles. Berlín no le gustó. Entonces. de allí pasó a Siberia y estuvo atravesando esa zona durante todo el verano pasado hasta que llegó a Berlín. acaba de gastar su último céntimo en este café. tomó un vuelo antenoche a Nueva York y aquí está. cero despedida. no paraba de alborotar —dice— así que por ahí mismo salí de la fábrica y tomé un taxi para el aero155 . —¿Por qué no te gustó Berlín?— No sabía por qué. —No me gustó nada ese ruido de la alarma.

puerto. Todavía me molesta el oído un poco —asegura, llevándose la mano a la sien. No le pregunto qué piensa hacer, pues sé que no piensa hacer nada. Así que le anoto el teléfono de Rossana y su nueva dirección en Nueva York, que es la dirección de mi casa. —Ah, Rossana entonces está en tu casa... —murmura y pestañea como si el humo del café que todavía no acaba de enfriarse le molestara los ojos. Lo miro. Su pelo es rojizo. Sus ojos húmedos enfocan con ansiedad detrás del vidrio grueso y oscuro de los lentes. Siempre compruebo que es más alto que yo a pesar de las apariencias. Le doy una ficha para el metro, me despido de él hasta la tarde, quedando en encontrarnos en casa cuando regrese de mi trabajo indescriptible. Así que Laurent apareció, me digo mientras sorteo las bocacalles y los movimientos de carga y descarga que atraviesan las aceras durante las primeras horas de la mañana, percatándome de la coincidencia extrema atribuible al encuentro recién acaecido, sorprendido de lo poco que en verdad me sorprende y de la absoluta falta de sorpresa que evidenció el propio Laurent. Ejecuté las funciones indescriptibles de mi trabajo pensando en esa naturalidad casi torpe con que nos adaptamos a los fantasmas. —Estaba hambriento, le preparé un asopao de camarones —me dice Rossana cuando llego a casa en la tarde, bajando ella la voz como si hablara de un en156

fermo recién dormido que yace justo al lado. Ya Rossana había cumplido el ritual de devolverle a Laurent el paquete con los efectos personales que él abandonara la última mañana de invierno en que ella lo vio, pero él apenas miró la cajita cuidadosamente embalada, como si contemplara con pudor las pertenencias de un extraño. Rossana es la memoria, Laurent el olvido. Laurent estaba muy despierto y se puso parlanchín cuando nos sentamos en la mesa de la cocina, los tres, a fumar y a sorber café. Le pregunté sobre el cruce de Siberia. —No les voy a contar de Siberia, porque me siento mal cuando recuerdo todo eso. Pero antes estuve en Tungsten, un pueblo envenenado de ese mineral, en los Territorios, durante un invierno maldito, llevando unas cargas con Tremblay, el camionero que me recogió en Montréal. Era licor clandestino, para los indios. Tremblay y yo nos llevábamos bien, pero al final él empezó a mirarme mal, de reojo, porque me hice amigo de Elvis, el jefe indio que venía de Destruction Bay, y me daba la cerveza con él y eso... Comencé a sentirme mal en esa situación. Así que metí dentro del forro del abrigo todos los fajos de billetes que Tremblay me había pagado por ayudarlo a descargar cajas de licor y a reparar de vez en cuando el camión, y le pedí a Hugo, un traficante de pieles, que me llevara al Yukón. Por allí nos arrimamos hasta Snag, casi en la frontera con Alaska, a esperar el verano. Imagínate, esperar el verano en una aldea india abandonada que ha registrado las temperaturas
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más bajas del continente. Los veranos allá son un poco de embuste, pues nunca llega el calorcito de verdad. Pero bajó casi toda la nieve. Y Hugo me dijo que yo sería su factotum, por un sueldo de 1,500. Yo le pregunté qué es un factotum, y él me dijo —alguien que hace de todo—. Le ayudé a comprarles pieles a los indios y a unos tramperos locos, inmorales, que vivían perdidos en el monte, bastante al sur de Destruction Bay. Bahía de la Destrucción: el nombre es súper apropiado. Le ayudé a Hugo a hacer muchas cosas. Cuando volvió a subir la nieve arrancamos por el Alaska Highway para arriba hasta Fairbanks. Allí Hugo se puso muy meloso y chango, a negociar con unos individuos ordinarios, desagradables, buscando salir de las pieles. Se hacía el loco cuando yo le preguntaba qué precios estaba acordando, como si yo le fuera a pedir alguna iguala o algo parecido. Me sentí mal con la actitud de Hugo. Cuando me siento mal es el fin de un asunto. Ustedes saben. Sigo andando. Me compré un Mustang usado y salí por la ruta del sur yo solo. En la carretera le di pon a Shakira, una yupik que andaba huyendo del marido. Nos hicimos muy amigos y compartimos el capital que yo había guardado y quince mil que ella le había robado al marido. No me interesó por qué le había robado. Lo más seguro la hizo sentir mal. Yo nunca la hice sentir mal. Vendimos el Mustang en Anchorage y tomamos un avión hasta Wales, en la península de Seward en donde Shakira había nacido, pues ella
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El plan de Shakira era pasar al otro lado. Pero en el corazón de Shakira. Antes de la primavera. Por esa área todo es final. Pero más o menos bregamos. supongo. a beber ginebra en un bar clandestino que él administraba allí por las noches. En ese 159 . evadiendo Diomede Grande. Diomede Pequeño era el principio del regreso. tan firme que un bimotor puede aterrizar sin problemas. todavía en territorio de Alaska y descansamos una noche en una aldea inupiat un poco más alegre que Wales. Aquél peñón en el medio del estrecho de Bering es otro fin de todo.quería asegurarse que su marido no la encontrara. Luego continuamos hasta Uelen. La verdad que Siberia es buena idea. Paramos en la isla Diomede Pequeña. que es una base militar rusa. Allí no te encuentra ni Dios. Leí mucho. como adosado a unas dunas que soportaban los hielos y las aguas del Bering. logramos que un viejo llamado David Soolooq nos cruzara en trineo motor hasta Rusia. para evitar que se me envenenara el alma. a Siberia. encuevados. En verdad era de noche todo el tiempo. En ese caserío pasamos un invierno bien brutal. terminal. Era un asentamiento inupiat esmirriado. donde se podía pagar con dinero o con gas para la estufa. Allí sí que era difícil seguir andando. El estrecho de Bering se congela en invierno. aunque íbamos de vez en cuando al taller de un gringo que construía kayacs de piel para exportación. Aquéllo era lo último. Hay que tener cuidado porque esa oscuridad eterna tira para el alcohol.

Ella vino conmigo hasta Vladivostok y allí se quedó. pero se suele ganar 160 . Me ofreció un sueldo para que fuera su valet. Se enamoró de un ruso que más bien parecía chino. pero quizás menos le convenga estar conmigo.tramo pasamos la línea internacional de las 24 horas. donde nadie nos entendía una palabra. para instalar la base. Me junté con malas influencias. Allí debe estar ella todavía. de Diomede Grande y de Naukan. en congelador. Me puse un poco vicioso. De Siberia no les hablo porque hice cosas un poco malas por allá. la nación de Shakira. Es casi lo mismo que factotum. digamos. que sé yo. o lunes. por culpa del amor. Ese hombre no le conviene. 11:01 AM. Lo que era martes. pero sí sabían leer los billetes de dólares. cantidad que no está mal. Uelen es un villorrio lleno de cabañas raquíticas sin orden. En los años cuarenta los comunistas rusos sacaron a los yupik. más ilegal y más inmoral que Hugo. 11:00 AM se convirtió en miércoles. así que no le pregunté. Le alquilamos un cuartito a un mecánico inuit que más o menos conocía el idioma yupik-naukan de Shakira. y los dispersaron en campamentos y asilos a lo largo de Siberia. hasta que conseguimos espacio en un bimotor que iba a Vladivostok. Shakira es muy sana. como le gustaba. otro traficante de pieles. Yo me dediqué a cruzar Siberia con Storr. un chino rubio. Ya allí no vivía su pueblo. Yo ya sabía lo que significa valet. Shakira descubrió que su corazón ya no le tenía amor a Uelen. Hice unos 60 mil en tres meses.

casi rindiéndole tributo. nunca. “malas influencias”. Pero en la época en que murió Javier. Pocos días después Rossana me anunció que él había salido a comprar cigarrillos temprano en la mañana. vicioso también. antes de montarse en un Mercedes —Laurent. y los perdí. Nunca he sabido qué registro de lo literal subyace en esos eufemismos de Laurent: “cosas un poco malas”. pero bueno—. es de los que no falla nunca. con eufemismos abstractos. Ese fue mi penúltimo encuentro con Laurent. sólo para saludar a Laurent con reverencia y darle el más sentido pésame: él sentado en una butaca. Ya saben por qué no les hablaré jamás de Siberia. ni siquiera se lo he preguntado en esos momentos en que él se pone a filosofar. Laurent exhaló el humo del Camel. ahí humilde como lo ves. Rossana sonreía y me miraba.así de rápido de malas formas. ellos en torno suyo. cuando lo velábamos en la funeraria de Humacao.. El dinero para el pasaje a Berlín me lo regaló un señor rico en Gorky. era preciso ver cómo acudieron al lugar ciertos elementos del bajo mundo local. Sus pupilas se achicaban y atravesaban las paredes cuando hablaba de “malas influencias”. 161 .. Uno de los jefecillos me dijo al despedirse. Jamás le he preguntado a Laurent en qué no falla. como empezó a hacerlo aquella noche después de contar todo menos la travesía de Siberia. mano—. sobre el problema del mal.

Pronto llegó la mujer coreana con la que Laurent se casó sorpresivamente en los meses anteriores y ella me agradeció con fervor la visita. Me pidió que lo excusara porque no tenía fuerzas para hablar ni para sostener el auricular y colgó. asegurando que contribuyó a la mejoría inusitada de su marido. no te molestes y colgó de nuevo—. Comenzó a hablar sobre el éter. A su lado estaba la doctora. Llamé a Laurent y le dije que estaría allí enseguida. con júbilo y calor poco usual en especialistas de su rango. Me alarmé tanto que me dirigí al aeropuerto esa misma noche y compré un pasaje de salida inmediata. con la cabeza casi rapada. Ella me relató. la materia y sus estados indecibles. señal de que recobraba el ánimo y la felicidad distante que le caracterizaba. El sida le había debilitado las resistencias hasta el punto que una afección del pulmón casi le impedía respirar. cuando estuvo casi muerto.El último encuentro ha ocurrido cuando me avisaron que estaba recluido en la sala de intensivo en un hospital de Washington. Asocié esa recuperación con mi llegada. Llegué al hospital la mañana siguiente. Su humor confirmó mi impresión. 162 . no sé si él hizo lo mismo. la corpulencia que había adquirido en los últimos años no cuadraba con la imagen corriente de un enfermo de sida. casi ininteligible. Lo llamé a su habitación. como un Buda. El dijo —por qué. Lo hallé sentado en la cama. que el contaje de glóbulos de Laurent había subido milagrosamente durante la noche. Contestó con voz cavernosa.

No utiliza la expresión “malas influencias” y envía ocasionalmente correos electrónicos que contienen meditaciones sobre los estados de la materia y las formas de existencia posteriores a la muerte.. preguntas sobre su salud y su esposa. Laurent no ha vuelto a anunciar que sale a comprar cigarrillos en la mañana.. 163 .. La otra noche estuve horas buscando en el mapa de Siberia. Yo le respondo siempre con saludos. ese otro fin del mundo. El ciñe sus respuestas a estrictas y prolongadas disquisiciones de física trascendental que nunca contienen las palabras yo ni tú.Desde que habita esa zona inclemente del sida..

164 .

inmovilizado. que precisamente en esos momentos transmitía la toma de Managua. Le hice saber que estaba muy interesado en seguir escuchando la radio. 165 . Tan pronto se presentó comenzó a mentir. Era un estudiante hindú de psicología industrial que quería conversar. Shahib alzó los objetos que portaba.Destrucción Do not go gentle into the good night… Rage. Sólo dijo: —Splendid! Destruction! That is what we need to talk about—. Una pelea incomprensible entre mi madre y mi abuela me llevó a abandonar el céntrico y cómodo barrio donde vivía con ellas. Tenía un ojo turnio. barrio de extrarradio destinado a migrantes asiáticos. mientras yo escuchaba. Una tarde. El éxodo me condujo a Forest Gate. Sin terminar esa idea. Le hice una descripción no muy nostálgica de mi país. al corresponsal de la BBC en onda corta narrar la entrada de los sandinistas en Managua. against the dying of the light. Entonces me contó que él provenía de una isla casi idéntica donde los hombres hablan un idioma y las mujeres otro. Llevaba una biblia en una mano y una estatuilla de la diosa Shiva en la otra. el vecino del cuartucho en que me hospedaba tocó a la puerta. rage.

Sin perder un segundo ya él había depositado la biblia en mis manos y estaba colocando a Shiva en una mesita: acomodaba bloquecitos de incienso en los muslos de la diosa sentada y les arrimaba un fósforo. I’m a rather lonely man and I want to share this with you: the cult of the great mother—. a la cual. hizo entonces una disertación sobre las virtudes de la diosa hindú de la destrucción. decía. pero convencía. según contó. Las mujeres. Un tema menor era la comparación de nuestras respectivas islas. Tomamos la costumbre de conversar de tarde en tarde ante un té Dharjeeling. a cuya espalda. Shahib inventaba ingeniosas respuestas a mis preguntas sobre su islita del Océano Índico. Entonces. mirándome a mí: —Now. en especial. el detalle del idioma. se ennegrecía el cielo homicida del este de Londres. Mentía con desafuero. se había consagrado desde niño. en el marco de una ventana borrosa. el vecino seguía: —You see. A la luz de la diminuta hoguera inciensiaria. 166 . El primer tema siempre era la destrucción y sus bondades. Miré su ojo turnio. luego encaró la estatuilla que empuñaba en la izquierda y le dijo: —destruction”. “construction”. guess which one is my favorite—. Mientras el incienso chisporroteaba e iluminaba los ojos de la beldad con cuatro brazos y dos senos turgentes. Yo sabía que iba a acertar cuando toqué a Shiva. dirigiéndose a esa mano. frente a una Shiva iluminada.miró la biblia en su mano derecha y dijo. es verdad.

limitándose a asegurar una y otra vez que la suya era casi idéntica a la mía.son bilingües. —But… no problem —concluía. desde la más remota prehistoria no hubiesen desaparecido de la faz de la tierra con casi todas sus edificaciones. quemándose los labios con el té apurado sin conciencia. atizando el incienso que ardía sobre los muslos cruzados de la diosa. hablan la lengua de los hombres además de la propia. No recuerdo qué cosas inventé yo de mi isla. ¿Qué sería de nosotros si la basura y los cadáveres no se descompusieran o se quemaran. Lo importante era la destrucción. Una tarde. Por toda explicación repitió: —I hate it! I hate it!. pero de todos modos mi interlocutor apenas prestaba atención. La última vez que lo vi había tocado a mi puer167 . utensilios. Por ejemplo: ¿qué hubiera sido de nosotros si las pasadas generaciones. les es vedada. particularmente entusiasmado con sus divagaciones shivianas. los idiomas. pero los hombres no conocen la lengua de mujeres. el amigo me confió que su proyecto más acariciado era la destrucción total de Londres. y porquerías? Nosotros apenas cabríamos aquí. no sobraría espacio. las más excelsas obras y hazañas no pasaran por el fuego lento o rápido del deterioro y el olvido total? ¿Qué quedaría para crear? —La misión de Shiva en este universo es verdaderamente maravillosa —terminaba Shahib. desmenuzándose lo más posible? ¿Qué sería de nosotros si las grandes culturas.

allí en el mismo umbral.ta tarde en la noche. al protagonizar en medio de la noche una gran trifulca con la policía justo frente a la entrada: —These people I know who they are. según él. el respeto debido a su honorable residencia. había echado del hospedaje a mi vecino visionario. cuya primera sección del Génesis debía leerse al revés a fin de efectuar la anulación gravitacional deseada. sino con la biblia. allí. en ese momento. cerró el ojo sano. de su recién adquirida destreza. No pude evitar una sonrisa algo cruel. Poco antes del fin del semestre supe que nuestro casero. Cuando pronunció la palabra “thgil”. Procedió a leer en reversa su biblia King James. Cuando abrí. Era capaz de aniquilar la fuerza de gravedad que actuaba sobre su cuerpo durante lapsos de dos segundos. se calmó. low caste. they are riff-raff. en fracción de segundos. mientras le miraba atentamente los pies. a ver si se elevaban aunque fuera unos centímetros… En ese momento Shahib abrió el ojo sano y vio mi sonrisa etrusca: —You spoiled it! —gritó— Your bloody smile destroyed the whole thing! Sin aguardar mi reacción. they have no respect! —aseguró el casero. No andaba con su estatuilla de Shiva. Yo sería testigo. con el vientre y los ojos 168 . perspirando en el frío del pasillo. también indio. se excusó por haberme importunado con su “vana demostración” y se retiró mosqueado. creo. explicó que ya dominaba el poder de la levitación. pues éste osó violar.

terrible y amable abuela nacida en Calcuta.protuberantes de indignidad. junto a unos versos de Dylan Thomas. fueron arrojadas por una hija solitaria en un recodo del Támesis. las cenizas de mi insólita. 169 . después de un funeral al que me era imposible asistir. Tuve la ocasión de recordar estas conversaciones vespertinas sobre la destrucción el día que supe cómo las cenizas de mi abuela.

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ÍNDICE Culebra Buda Bar Del brazo de Fortuna Bonneville Ante la tumba de Marx Punto Cero Gotcha Taberna Tu puta vida Cráneo María no existe Hamlet en Camden Town Explosión suavemente Claroscuro y máquina Belfast llama Estefanía is coming Menos Siberia Destrucción 13 23 31 45 53 59 69 79 87 105 111 117 125 135 145 153 165 .

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