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El Espantapájaros

Hamlet Lima Quintana

Es duro, ¿viste? Muy duro. Pero no importaba entonces. Por eso aquel hombre trabajaba su campo; trabajaba y trabajaba. Pero tenía un problema, porque después de sembrado el campo, venían los pájaros y le comían las semillas. El hombre encontró por fin la solución del problema. Tomó una vieja camisa que tenía todos los sudores de su trabajo, unos pantalones raídos que tenían todos los movimientos de sus piernas, un sombrero que tenía todos los vientos y los soles cotidianos, y un par de zapatos que tenía recuerdos de todos los caminos. Rellenó todo eso con la paja del último trigo cosechado y armó un hermoso espantapájaros que plantó, como si fuera un árbol, en el medio del campo arado. Los pájaros entonces se quedaban respetuosamente a la orilla del campo, porque el espantapájaros era una obra del hombre y le temían. Las cosas venían bien, trabajo fuerte, agotador, pero sin perdidas de semillas. Sucedió que, sin embargo, hubo un pájaro que no sintió temor y entró al campo. Y no sintió temor por la simple razón que no come semillas: es el picaflor, que para alimentarse no necesita más que desarrollar su danza sobre una flor. El picaflor llegó y desafiante desarrolló esa danza alrededor del espantapájaros. Así observó que la camisa tenía un agujero en el costado izquierdo del pecho. Entonces en ese lugar hizo un nido y puso un huevo; después se fue sin regreso. El huevo recibió el calor de los soles de la siembra, y pasados los tres días y las tres noches necesarias para el milagro, el huevo estalló. Pero no nació otro picaflor que desarrollara su danza sobre una flor. Nació un corazón que hacía tic-tac como una danza sobre una flor. El espantapájaros vivió entonces con el corazón que le dejara el picaflor y comenzó su drama, porque los pájaros ya no le temían, porque tenía corazón de pájaro. El espantapájaros sufría porque era incapaz de ahuyentarlos. Imposible. ¿Cómo hacerlo, si los amaba como solamente puede amarlos un corazón de pájaro? Y lloraba por las noches su fracaso como espantapájaros. Pero un día, el hombre que regresaba después de sembrar un rincón del campo, al pasar junto al espantapájaros lo salpicó con su sudor. El sudor del hombre penetró a través de la camisa, recorrió la paja del último trigo cosechado y se alojó en el corazón del espantapájaros. Así completó su vida, con corazón de pájaro y sangre del trabajo del hombre. Y comprendió que el trabajo del hombre merecía respeto. Y al final solucionó el problema como únicamente solucionan los problemas los justos: se compró un campo vecino y lo sembró para que comieran los pájaros. Por eso es que los picaflores, si uno los mira bien, sonríen cada vez que pasan junto a un espantapájaros.