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Una conversación repentista con Juan Ramírez Ruiz

Reynaldo Jiménez, Buenos Aires

Como en su trato con los símbolos, Pedro Páramo, en su trato con la narración, se constituye a contracorriente: en vez de llevarnos de la ignorancia a la revelación, nos lleva del conocimiento a la ignorancia. Nos hace ver, insoportablemente, que en el origen del lenguaje hay complicidades inconfesables, quizás porque el lenguaje se propuso salvarnos de vivir a cada instante la inevitable impotencia de lo orgánico y de lo simbólico. Por eso, tal vez, el lenguaje se propuso convertirse en un símbolo de símbolos, en una protección contra las intensidades desolladas de la vida. Y gracias a él entregamos sentido, creamos sentido. Es lo único que sabemos hacer, lo único que sabemos crear, lo único que sabemos ser. No es más que ser, pero es más que morir. Es más, incluso, que vivir. Con el sentido, al menos, vivimos creyendo que nuestros destinos son una misma piel, una misma tierra, un mismo espejismo del cielo. Jorge Aguilar Mora

Ni revelación ni trabajo, aunque mucho pueda revelar y exija, de repente, mucho trabajo, la composición del poema nos pone ante “la impotencia de lo orgánico y de lo simbólico”. No acontece en otro plano de existencia, sino que amplía la percepción ampliando, con ello, el mundo. ¿Parar el mundo, será, la experiencia poética (más acá de cualquier poema “bien escrito”)? ¿Se trata, además, a la hora de componer un poema, de no soltar, bajo la invocación de nuevos horizontes que no pasan de un reemplazo de estilos, sin remoción de paradigma, la intención manipuladora de oficiante? Esto plantea el extraño dilema del falsificador: ¿vale porque reproduciendo técnicas y procedimientos recupera un estilo, es decir nos reinstala en el reconocimiento retiniano (aquello contra lo que se pronunciara Duchamp)? Si se puede imitar un estilo, ¿se puede fingir la poesía? (¿Pero a quién se le podría ocurrir una torsión semejante, con qué finalidad?) ¿Puede, en efecto, un profesional de la escritura, crear? ¿Es la poesía un asunto de eficacia, ya sea en el orden de lo estético (la consagración de un estilo), ya en cuanto a su capacidad de influir en el orden de lo comportamental y lo teórico? ¿La poesía consiste en una serie más o menos inventariable de objetos verbales, artefactos condensadores de energía, receptáculos de fuerzas contenidas o desplegadas donde la cultura, en fin, se reconoce? Tan hondo es el grado de nuestra ignorancia, que tal vez nos resulte al fin de cuentas conveniente abandonar las ideas fijas acerca de la poesía, tratándose de una práctica. Esto puede querer decir que en toda práctica no hay sitio de arribo ni otra contención que un sostenido intento, cuyo valor es su propia impronta, pues si bien la práctica poética traza un itinerario, el mismo al que acompaña en tanto acción que cronológicamente se continúa, no tiene cómo confirmar la realidad, siquiera la existencia, del presunto autor de sus desplazamientos.

Aunque no es intención aquí retornar al debate secular, algo fantasmagórico, en torno al “yo lírico”, resulta necesario distinguirlo, a éste, del “yo identitario”, esa representación que supuestamente nos colocaría en algún lugar, en algún estamento donde, otra vez, la cultura se reconozca, para, entonces, legitimar este guiñapo de certezas que somos a la hora más abisal. Reconociendo la necesidad, cuando no la urgencia, de superar las instancias retentivas y reductoras del complejo llamado naturaleza humana, al mismo tiempo resulta inevitable confrontar la cuando menos dudosa existencia del ente emisor, el mismo que pudiera estar proponiendo esta o aquella versión de la realidad. Lo que salta a la vista es que, en la mayor parte de la ensayística académica reciente que ha llegado, por distintas vías, al escrutinio entusiasta de este lamparín, lo que se sigue discutiendo o poniendo bajo la lupa del interés, a veces diseccionador, a veces interpelante, es la relación de los poemas con la cultura, siendo inmenso el grado de acercamientos y de provisionales lecturas “acerca de”. Está claro que la poesía es una cosa y muy otra la investigación socio-literaria, la cual no deja de recaer en una dialéctica cuyo eje es lo comportamental. Lo cual no desdice la posibilidad de que se esté ante una maroma de justificaciones, de intentos por explicar lo que quizá, en cuántos casos, no pase de frustraciones y energías insuficientemente canalizadas. Ello es pretender que el poema hable. Y que hable de lo que se pretende saber, o percibir, siendo por lo general lo ya conocido. Las operaciones de reconocimiento son incesantes, a este nivel, ya que son funcionales a la asimilación del acto creativo: lo que cuenta es reconocer (sí, esto es un poema, o, incluso, esto es un gran poema) porque en el reconocer fundamos un Nosotros, base de la violenta aplicación de la noción de Nación a los poemas. Por ejemplo. Afirmar la existencia homogénea de una supuesta “poesía argentina” (o “peruana”, u otra) connota una violencia estructural, cohesiva, que sin embargo pierde completamente de vista (de intuición) a la experiencia poética, que ocurre precisamente fuera de todo reconocimiento. De toda posibilidad de reconocer. Incluso. La cultura que legitima nuestra aberrante rutina perceptual, nuestras preceptivas, funciona mediante una serie de dispositivos, que responden, desde luego, a mecanismos de control, los cuales existen, por más explicaciones que podamos encontrarle al hecho, como una veta o estrato de la conciencia. Lo demasiado humano, ya debería saberse, es opresor. Lo antropocéntrico podría ser una clave de ingreso a los laberintos subyacentes en la misma idea de poder que manejamos; el hecho es que estamos fascinados, también en los círculos académicos donde se esperaría cuando menos una paciencia, un dejar ser a las voces de los textos sin anteponerles mascarillas premoldeadas y micrófonos de distorsión, con las imágenes del poder. A la hora de leer poemas, también, y sería conmovedora sino fuese patética, subsiste la insistencia en “leer” de qué “forma” un “poema” vendría o no a confirmar (y quizá salvar) “lo real”. No se cuestiona ese precepto: hay un real, que pasaría, por ejemplo, por el recorte de época programado desde la óptica historicista (esto es, leer de derecha a izquierda, siempre, y en todos los casos). En este sentido es notable cómo, en un contexto donde el prejuicio de novedad y “último momento” impera, los poetas más arriesgados carecen de lectores académicos. Simplemente se trata de mundos paralelos. Pienso, por dar un caso de grave importancia, en dos libros de Juan Ramírez Ruiz: Vida perpetua (1978) y Las armas molidas (1996). La poética de Ramírez Ruiz precisamente incluye todas las diagonalidades y estratificaciones posibles, abarcando en palimpsesto la épica (cuando la época enuncia, repetitiva —en sentido publicitario— como es, la desaparición de toda

epicidad) y la invención, y no sólo procedimental, de una lengua poética que las articula desde lo inusitado-conectivo y en riesgo constante. Curioso ello porque se trata, al mismo tiempo, no de un “experimental” (mote que permitiría un rápido desembarazo aludiendo a la ilegibilidad cuando no lo naïve, poniendo la marca de la distancia, el supuesto desinterés jerarquizante), sino del creador del concepto del “poema integral”, que otros integrantes del movimiento Hora Zero dejaron en lo descriptivo coloquialista y un naturalismo por momentos demagógico, “bien peruano” —otra vez lo reconocible, otra vez la aplicación de “funciones sociales” al poema, funciones que no pueden dejar de ser de reconocimiento y afirmación de Lo Mismo e Invariante: La Realidad— y que él llevó hasta las últimas consecuencias, es decir ampliando sus márgenes conceptuales mediante una práctica de escritura. Una práctica semejante no puede dejar de ser, asimismo, una voluntad de intervención en los signos. Una intervención vital, no la mera “destrucción de lo establecido”, aun en el lenguaje, sino una ampliación de la realidad mediante la puesta en duda de ese Real preexistente, dispositivo de control, factor de opresión. No casualmente el primer libro de Ramírez Ruiz, quizá el único de los suyos publicados que hasta ahora haya recibido cierta atención, debido a su cercanía referencial, su técnica, aun diestra, incipiente, en cuanto al volumen materializador que su poesía adquiriría después, en los otros libros y a través de qué experiencias y conexiones de lectura, se había llamado Un par de vueltas por la realidad (1971). Diríase que su registro de la realidad siguió dando vueltas hasta alcanzar esas subsiguientes rarezas de milagro. Interesa que en Vida perpetua la voz elocutoria se aleje de la representación para presentar un diorama hipercomplejo de registros, en un despliegue propositivo, desde el punto de vista de lo formal, de las formas poéticas, así como desde la actitud inherente a la práctica, donde la escritura no se hace ya meramente representativa. La figuración puede o no subsistir —de hecho subsiste— pero el movimiento de los signos ya es parte de la voluntad compositiva. En esto hay una asimilación trílcica, incluso de aquello que Vallejo proponía y que podemos apreciar, ahora, como una desprogramación respecto al imperativo Cultura: no la mención del avión, sino el sentimiento aviónico. Ramírez Ruiz llega, en Las armas molidas, a la voz abarcadora, en el retablo deslizante, que no es una voz general ni universal ni “pluralista” ni contracultural ni mediadora ni libertaria ni “zen” ni tradicionalista ni vanguardista, ni, ni, ni: la voz de muchas voces, el espíritu de muchos cuerpos. La presión sacrificial, la violencia estructural de la cultura, la imposición cosmovisional, la sustitución de las visiones por imágenes de propaganda, la implantación de centros y periferias, sin descuidar la situación de descuido y destrucción implicadas en las nociones de identidad. Ramírez Ruiz no ataca el yo de las convenciones sociales, por el contrario concurre a la voz innumerable, con lo cual no instala un campamento de guerrilla estilista sino que alcanza la dimensión épica en su poesía. No es el héroe individual, remedo del autor, del que “problematiza” el “yo identitario” o las convenciones sociales del yo, sin tocar la esfera de la cultura —más bien intentando ubicarse allí, a la cabeza de algún movimiento—, ni la Primera Persona del Plural de los demagogos u otros vendedores de ilusiones. Abre en cambio a una voz, o a una sensación de voz accidentada, animada por la irregularidad de una experiencia transpersonal, por ende tan singular cuanto plural, tan primera como segunda como tercera persona(s). Y el alto riesgo que ha corrido, para semejante logro, no ha sido nimio ni, por tanto, debiera minimizarse (no siendo el estilo lo que estaría en juego): ha debido traspasar las fantasías de proyección de los posibles, incalculables lectores,

proponiéndoles, a cambio del reconocimiento, un salto (receptivo) al vacío de sí mismos. El desafío empieza por lo inmediato: ya no se puede leer, apenas, de izquierda a derecha, hay que leer en todas direcciones y según distintas posibilidades: la resonancia, lo subliminal, lo subrepticio concurren, en un mismo flujo, con la figuración, las sintaxis del habla, la invención de recursos, de formas articulares de lo verbal, lo imprevisible puesto a vibrar, a la vista, como en la aparición misteriosa de los elementos combinándose inusitadamente. Nunca habíamos leído una poesía así. Y es trílcica también en este sentido: es de las poéticas que proponen el antiguo trazo de la senda: “no sigas a tus maestros, intenta lo que ellos intentaron”. Ningún fundador de escuelas, literarias u otras. Dispersión de semillas, los signos del poema no reconocen los bordes de una cultura, aunque provengan, claro está, de ella; sólo que se trata de una poética situada, por ende una lengua americana está en juego. Una lengua materializadora. Hay que leer matéricamente a Ramírez Ruiz, integrando cualquier “ilegible” en tanto atisbo de un misterio vital e incesante. Visto así, declarar la nulidad de las identidades establecidas, huele a nuevos separatismos, modificar mapas allí donde no ha desaparecido la noción territorial, la violencia implicada en lo defensivo, que propaga al mismo sistema, posicionando nomás satelitalmente a las supuestas opciones. Para que ocurra la suspensión del juicio, la lectura no puede quedarse retenida en ser apenas lectura y a la vez no puede menos que ser realmente una lectura. El poema pasa por las sucesivas e incluso contrapuestas lecturas, para denotar un rango de posibilidad, no en pro de algún cercenamiento de la experiencia. Con solo revisar los pocos datos biográficos disponibles, se puede saber que Juan Ramírez Ruiz tenía en foco la prosecución de una poética por completo ajena a las figuraciones del yo y, sí, en cambio, imbuida de una voluntad transmutante, transfiguradora, de los elementos de la realidad: “el poema integral”, de cuya teorización, comentan quienes lo conocieron, JRR escribió un libro completo, que tal vez se haya perdido, o que permanece, cuando menos, guardado en alguna parte. En esa concentración compositiva sobre los materiales verbales e intraverbales, los subentendidos liminares y el malentedido axial, componentes en circulación, en esa concatenación de elementos observados (como cuando se dice del callar, que “se observa silencio”) a la luz de una voluntaria ampliación de la realidad, se percibe que se hizo esencial ampliar la propia noción del yo, de manera de cuestionar las perspectivas arbitrarias y relativas que definen siempre a la realidad según intereses sectoriales cuando no individuales. En Las armas molidas, el tipo de objetividad lírico-épica de JRR se sustrae definitivamente de los decretos real-objetivistas, para engrampar una sucesión de voces, sincronizadas por la respiratoria verbal. La épica ocurre allí donde ya no se sostiene el imperativo de un nosotros, sostén, a su vez, del héroe recortable (fetiche de las proyecciones), sino la heroicidad misma, constitutiva del gesto-juego liberador. Sentido heroico de la vida, heroísmo en sí que de pronto sedimenta una voluntad de escritura de alto riesgo existencial en plena zona de crudeza latinoamarga. Y entonces: ¿abolir el yo? José María Eguren utilizó una vez, en el único y breve reportaje que le hicieron, en verdad un cuestionario, el lema Siempre a lo desconocido. Y José Lezama Lima, en otra parte: Lo desconocido es nuestra única tradición. Ni revelación ni trabajo: experiencia, el poema no implica necesariamente abolición del yo o de la idea que de nosotros mismos tengamos, aunque en cierta forma pueda ser, como en el libro de Westphalen, abolición de la muerte (de la inercia).

Una supina ignorancia acerca de casi todo no impedirá que el poema logre, eventualmente, trascender al artefacto literario así como al “aparato crítico” y a la propia “lectura histórica”, que suele fungir de dispositivo de adecuación y de parámetro interpretativo. El poema es inadecuado y se escurre de los garfios paradigmáticos. De ahí que no sea, per se, una acción de disolución del yo en lo elocutivo, lo cual, de por sí, será necesariamente algo que va a ocurrir en tanto y en cuanto el poema sea (en acto de lectura). Para que haya poema, no puede haber autor protagónico ni lector indemne. El preexistente es más bien el quiste o cuando menos el satélite puntual y casi descartable del evento poético, ahí donde la lengua irreductible no se somete a otros códigos que no sean las de lo inusitado mismo. Ampliación, decíamos antes, de la realidad; también decimos: desmentida. Un poeta como JRR demuestra en obra la falacia persistente de dictámenes tan engañosos como el de la necesariedad de abolir el yo en la escritura del poema – engañoso porque dictamen y porque presenta una irresolución: ¿quién es el que, despojado de su yo, puede anunciar, suelto de cuerpo, la abolición de todo yo? De haber esa abolición, ¿quién estaría allí para contarlo? La tal no se puede anunciar ni producir según un programa; ocurrirá o no ocurrirá en el textil. El autor no preexiste ni subsiste a su textil; éste no viene revelado ni se hace portador obligatorio de lo sublime, pero tampoco es el fruto del esfuerzo intelectual y la sobreintención de sentar un precedente (sea literario sea antiliterario) ni es carne de teorizaciones interpretantes y sus consiguientes dictámenes. Hay quien denuncia a la poesía escrita para la posteridad como un ámbito verbal desazonado, enfriado de antemano para una hibernación que habrá de despertarlo, al poema, dentro de muchos años luz, quién sabrá cuándo o dónde o en qué circunstancias. Es por cierto una caricatura que tal vez no impida notar, de todos modos, que buena parte de la poesía escrita o realizada carece de medios suficientes para circular. La lengua, por supuesto, es muchas; tantas como los acercamientos posibles al evento poético, él sí escaso, impredecible. La fabricación lírica en serie así como la línea de montaje antipoético son falsas opciones de una misma frigidez respecto a la experiencia transfiguradora. La cual no ocurre en ninguna región recóndita del ser, sino que actúa en tanto involucramiento, en todos los órdenes y abarcativamente. La poesía de Juan Ramírez Ruiz constituye, en tal sentido, uno de los raros y cada vez más imprescindibles acontecimientos de lengua en trance y transfiguración.