UNO Conocí al gordo Ángel el mismo día en que decidí matar a Salvatori. Aunque quizás fue al revés.

¿Decidí matar a Salvatori cuando conocí al gordo Ángel? No sé, pero voy a tratar de explicarlo. Un sábado me echaron del laburo. No me dieron ninguna razón, ni tenían por qué dármela: iban a pagarme la indemnización que correspondía, hasta el último peso. Al pasar por caja, Mochila, sin dejar de contar los billetes, susurro: “Qué hijo de puta Salvatori.” No le contesté. Yo también miraba, fascinado, los fajos: ¿Veinte lucas? ¿Yo, Ángel Cadorna, con veinte lucas en el bolsillo? Pero sin laburo, me contesté enseguida. Así que el cajero enderezó ligeramente su joroba, para levantar los ojos, y la voz. —Ése te cago, Angelito. Salvatori era el jefe de mi sección. Yo lo detestaba y él me despreciaba. Todo normal. Pero nunca lo habría responsabilizado por mi raje. Si yo hacia todo el trabajo pesado, incluso el suyo. Cadorna de acá, Cadorna de allá, “Pregúntenle a Cadorna”, decía, por teléfono, y mientras me pasaba la llamada me miraba, burlonamente, desde la otra punta de la oficina. “Cadorna lo va a atender.” Grande, Salvatori. Decían (sobre todo él decía) que se cogía a todas las minas de la oficina, por las buenas o por las malas. “Salvatori”, debo haber murmurado. “Ese guacho”, repitió Mochila. —Pero por qué —preguntée por preguntar, mientras firmaba el recibo: 19.738 pesos. El flaco se encogió de hombros. —Es un hijo de puta —susurró otra vez. Esa misma tarde fui a ver a Chacarita. Almorcé con mis viejos sin contarles nada. ¿Para que? A lo mejor tenía esperanzas de que “mis superiores” revieran la medida. ¿Y las veinte lucas? No sé. De cualquier modo, nunca hablo mucho con mis viejos. Estamos acostumbrados. Caminé despacito hasta la cancha, once cuadras y media. Creo que tenía la mente en blanco. O casi: repetía el nombre de Salvatori como un mantra perverso, como una plegaria negra.

Me veo. con la reacción retardada. El . tuve que seguir con la mirada a la barra brava. murmurando. nada me llamó la atención de él. las puteadas de los plateistas cercanos. auto. Extendía ambos brazos sobre los asientos adyacentes. algún saludo casual. Lo había visto. O sea. teniendo en cuenta su diámetro) con cierta unción. O por lo menos fijó mi atención unos grados más que antes. había sido compañero mío en la escuela primaria. Apenas cabía en la estrecha butaca. no de sentido sino de sensaciones. levemente servil. En principio. o más bien: manchas oscuras. la amable cana de la Provincia con sus caballos rodeados de tortas de bosta. pasando los controles. con una atención flotante sobre el partido. Recuerdo que una vez lo vi llorar como un bebé. Estaba tres filas más abajo que yo. sentado ya en mi platea. Hasta un gol de Chaca me tomo de sorpresa. Y entonces vi al Gordo. Por lo menos. los petardos que caían cerca del arquero contrario. nada más que las populares colmadas. con una actitud de respeto. como en replay. ridículamente. en cancha de Lanús. malísimo. los cantitos. la mirada como desenganchada de todo. ya de por sí incomoda para cualquier persona de tamaño normal.Mi recuerdo de ese día tiene claros. un poco a la derecha. al pedo. Bueno. Esto comenzó a sorprenderme. Lo cierto es que de pronto estaba sentado. ¿Qué me llamo la atención de él? Pregunta retórica. densas. como una corona de espinas. pero tuve que pasarlo en mi mente de nuevo. el día que nos fuimos al descenso. gastronómico. porque ocurrió muchas veces. “gol”. y del club. Ahora formaba parte de la custodia de un líder sindical. Uno. Es decir que todo esto lo imagino. Debía varias muertes. y así debió ser también esa tarde. Cómo progresa la gente. canchereando o por no tener dónde ponerlos. ¿Quién era ese tipo? Por alguna razón. pero no en el proceso de llegar hasta ella. Lo usual. Eran miembros de la barra brava. los vendedores de panchos. por ejemplo. Tenía casa propia. Rodeaban al Gordo (es una manera de decir. para entenderlo. salido del barrio. Se pasaba las cadenas por la frente. Entonces fue cuando vi cómo dos tipos se acercaban al Gordo. y diría que se despatarraba si no fuera por la exagerada cortedad de sus piernas. que estaba envuelto místicamente en una bandera tricolor.

mirándome. que me recordó esas nubes redondas de polvo que cubren a los que se pelean. pero de alguna manera devolví la sonrisa. Ni siquiera otro gol de Chaca. en la popular de Chaca. En el resto del partido no paso nada más digno de mención.” En ese diáfano momento. Casi podía oler su aliento. Después de un minuto larguísimo. Los muchachos se confundieron con la hinchada funebrera y. con una mano regordeta. son para aislar a la visitante). Me recordó el gesto de Perón cuando decía. los muchachos la agitaban festivamente: “Acá está. como con cierta superioridad. Entré y me senté en una mesa cercana. por otra parte. El Gordo charlaba con un grupo de directivos del club. así que sus bastonazos redundaron sobre la minúscula hinchada contraria. Dos masas perfectamente organizadas convergieron sobre un grupo indefenso que ya ni siquiera alentaba a su equipo. ocurrió. acá está. Supongo que me retrasé más que de costumbre. luego de un rato inmedible. solo. En un momento señaló vagamente la tribuna visitante y después palmeó a mi excondiscípulo en el hombro. Del otro lado. / que la vengan a buscar. sonrió bonachonamente. acusados de violentos: “Son buenos muchachos…” Debo haberme ruborizado. cuando volví a pasar por el bar de al esquina. entonces. recorriendo las adyacencias del estadio. recordando viejas pero no buenas épocas. y bajé despacio. ya estaba deshecha y había perdido su astrosa bandera en la escaramuza. Esperé que se desagotaran las populares. algunos policías acudieron cansinamente. Que. como siempre. notorios tránsfugas y punteros políticos del distrito. en los dibujitos animados. con los ojos entrecerrados por el sol y el pudor de haber asistido a una escena secreta. casi obscena. Hubo un revuelo ínfimo.Gordo había hablado con ellos. muy poco. tomándose una ginebra. el perdedor. Los seguí. Se abrieron las compuertas que supuestamente debían permanecer cerradas para separar a las hinchadas (en realidad. lo vi al Gordo. Lo cierto es que. cuando la barra brava ya se había dispersado en perfecto orden. de algunos de sus seguidores. De vez en . cargada de anillos. de extraña precisión. el Gordo se dio vuelta y.

yo no me opongo. El mozo debe haber creído que lo llamaba. Debo haberlo mirado más de lo debido. levantando mi taza de café recalentado. me levanté y me acerqué a la otra mesa. amigo —dijo el Gordo. —Esta divisional es jodida. Le contesté guturalmente. —Permiso —dije. Como hace más de uno. Cuando volvió el muchacho. —Usted parece necesitar algo. levantando otra vez la copita—. —Por Chaca. porque se acercó y se me quedó mirando desganadamente. Eso es lo único que importa —dijo. ¿no? Y saber lo que se quiere. por fin—. No entendí mucho la ilación del discurso. el mozo se acercaba y le servia. brindando. ocurriese con su conocimiento y porque él. no se oponía a ello. ni se mosqueó. Pero para eso hay que tener banca. ascendemos. y me senté antes de que el Gordo me contestara. No será plata. satisfecho. espero. especialmente a prever los actos de los demás. . Yo siempre le digo al Chiche —Chiche era el apodo del presidente del club— que los partidos se ganan en la AFA. haciendo gala de su pose de hombre habituado a todo. Flor de vivos. Eso sí: que no se entere la hinchada. como si todo lo que pasara. agarré la botella y el vaso..cuando. si se la sabe aprovechar. —Tráigame una botella de ginebra —le dije. pero escuché con real atención. en principio.. porque a la tercera o cuarta ginebra (depende de cuándo haya empezado) el Gordo me miró de frente y levantó la copita hacia mí. mientras otras ideas se me amontonaban donde no debían. sin pensar. De hecho. —asentí a medias porque creí intuir que él esperaba que lo contradijera. Pero hay quien dice que lo mejor seria ir primeros y vender los últimos partidos. sin que lo llamara. En todo caso sonrió. —Pero se ganó. —Partido flojo —comenté. ¿Acaso no murieron las ideologías? —Mmm. Si ascendemos. a su alrededor y más allá. Pero tiene sus ventajas.

miró para todos lados y carraspeó. A esa hora no pasa ni el loro. —Quiero matar a un tipo — le dije. —¿Y cuál es el problema? —el Gordo había empezado a barruntar algo. todos los que pueda. y parecía divertido. —Si usted me puede ayudar. pero nunca se sabe. o lo simulaba. En realidad. —Boludo no soy. el gallego del mostrador y un borracho semidormido en la barra. aunque tenga cara. ¿Le brillaron los ojos? A lo mejor me lo imaginé. los ojos se le agrandaron. y escupía discretamente parte de la ginebra. —Me parece bien. Por un segundo. en fin… ¿Está seguro de lo que me dice? Borracho no parece. salvo el mozo. —Diez lucas. Después. Ya sé. no había nadie en el bar. Pero podían escuchar. Y la guita. Le voy a dar la mitad de la guita cuando nos pongamos de acuerdo.Negué con la cabeza. Nos vemos mañana. Y cana… —Menos. ya recompuesto casi del todo. —¿Cuánto hay? —preguntó. antes del mediodía. ya le dije. No parecían querer. Lo tiré para ver con quién estoy tratando. con toda esta gente. —La plata no es el problema. al mismo tiempo que tosía. Traiga los datos del… objetivo. con las manos hacia mí. —¿Cómo sabe que…? Bueno. . usted no se imagina. ¿Dónde quiere que hablemos? —Mañana. El Gordo me miró como estudiándome. como atragantado. Volvió a desviar la mirada. —¿Usted está loco? Cómo dice eso acá. si querían. al lado de la Municipalidad. en la plaza. Y la otra mitad una vez finalizado el trabajo. esta vez como buscando algo o a alguien. Levantó las manitos. Hay cada gil en este negocio. encogiéndose de hombros. de una. —No es el caso. hablamos donde quiera.

Volvimos a brindar. y en mí. Llegué a la casa de mis viejos casi arrastrándome. por lo menos. Pague la cuenta. y en la hinchada de Chacarita. no exenta de alcohólicas motivaciones. y nos despedimos en la puerta del boliche. . Vomité. y en las veinte lucas. con alguna solemnidad. la ginebra me daba vueltas entre la cabeza y el estómago. salimos. A mí. pensando en el Gordo y en Salvatori.

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