Yoani a la carta Carlos Meléndez Yoani Sánchez no es el símbolo de la oposición a la dictadura de los Castro; es, si acaso, su caricatura.

Tan fútil como una canción de Silvio Rodríguez en un bar barranquino para sentirse embargado de nostalgia revolucionaria, resulta creer que se magulla al totalitarismo cubano con trinos de disidentes del mundo uníos por el Internet. La popularidad de personajes como Sánchez conduce a una interpretación tergiversada y frívola de la lucha real de la disidencia cubana. La culpa no es de ella, quien, por ejemplo, aprovecha el pánico y la ignorancia de los anti-castristas “allinclusive” limeños que la apapachan. Las críticas que suscita son producto de la imagen estereotipada que reproduce: el usufructo de una causa justa, la superficialidad 2.0 ante una utopía desgastada. Así, ella resulta lo que los Castro necesitan como oposición: la propaganda negativa más benigna de todas. Cuba, con Raúl Castro, se ha afianzado como post-totalitarismo. Las reformas económicas actúan con la timidez de un aprendiz de comunismo asiático (chino, vietnamita). Las migratorias vienen con letra chiquita, esas que los despistados no leen. Sin embargo, a nivel político, el reformismo parece relativamente viable. La designación de Miguel Díaz-Canel (nacido después de 1959) como primer vice presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, es una señal clave de que la disputa por la sucesión es inminente. Este contexto favorece --como ocurre en transiciones-- pensar el modelo institucional de una república democrática; incluyendo un diseño constitucional que incorpore genuinamente las garantías de una democracia política liberal. (Pluralismo político, separación de poderes, elecciones directas, libres y competitivas y respeto a los derechos civiles). A la vez, que mantenga los principios que inspiró en sus inicios el cambio social: la auto-organización y participación ciudadana, y la garantía de universalidad en el acceso a servicios sociales. ¿Es posible una “tercera vía” entre la continuidad de un régimen comunista y una oposición simplista, capaz de perjudicar a una nación entera en aras de destituir a los Castro? ¿Es factible una social democracia en Cuba que mantenga el ideal del cambio social (que marcó las mentes y los corazones de varias generaciones) sin sacrificar las libertades individuales? Las “semi-oposiciones” resultan más relevantes para las transiciones que las agudas y recalcitrantes oposiciones formales. Son los intelectuales, académicos y profesionales, con un pie en el régimen y el otro en la crítica, los llamados a convencer a los reformistas y madurar el cambio político. En Cuba, las posibilidades de una transición “desde abajo” y “desde afuera” son mínimas. En el primer caso, la disidencia sufre el control perverso del régimen y no existen recursos para

evolucionar hacia un partido alterno. La segunda opción podría derivar en una confrontación con altos niveles de violencia. Los pedidos “a la carta” satisfacen gustos específicos, en el caso cubano polarizantes, ensimismados en discutir quién tiene la razón y no cómo se construye un diálogo para una democracia real en la isla. Publicado en El Comercio, Lima, 9 de abril del 2013.

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