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100 años de ‘Materialismo y empiriocriticismo’

Sumario:

— Introducción — El estilo leninista — En el periodo de las dudas — La infinitud de la materia — Reacción política, reacción ideológica — La influencia del empiriocriticismo en el movimiento obrero — Los trileros de la filosofía — La teoría leninista del reflejo — Crítica de la semiología idealista — Bogdanov, los ‘otzovistas’ y la liquidación — El partidismo en filosofía — Notas

100 años de ‘Materialismo y empiriocriticismo’ Sumario: — Introducción — El estilo leninista — En el

En febrero de 1908, hace 100 años, Lenin comenzó a redactar Materialismo y empiriocriticismo, que contiene su principal estudio filosófico, una obra extraordinaria sobre materialismo dialéctico. Hay muy pocos libros de nuestros clásicos dedicados específicamente a la filosofía, y éste es uno de ellos. Su subtítulo es Notas críticas sobre una filosofía reaccionaria porque en él Lenin combate en sus múltiples aspectos la filosofía mística burguesa, que corre paralela a la bayoneta en lo político, es decir, una tendencia a la involución propiciada por la incursión del capitalismo en su etapa imperialista.

El empiriocriticismo fue una ideología burguesa de alcance internacional. Surgido a finales del siglo XIX por impulso de los filósofos Ernst Mach (1838-1916) y Richard Avenarius (1843-1896), el empiriocriticismo fue una variedad del positivismo, con ingredientes kantianos, que tuvo la pretensión de convertirse en la única filosofia científica que, supuestamente, superaba la unilateralidad tanto del materialismo como del idealismo, aunque en realidad tras ella se ocultaba una teoría idealista subjetiva y reaccionaria. Como su propio nombre indica, se trataba de una ideología que volvía a refundir el empirismo de Hume con el criticismo de Kant. Su influencia fue enorme, tanto sobre la ideología burguesa como sobre determinadas corrientes del movimiento obrero internacional. Además, su penetración fue duradera en el tiempo. A través del Círculo de Viena, después de la II Guerra Mundial, Mach y Avenarius inspiraron a las corrientes neopositivistas anglosajonas del siglo XX, convirtiéndose en una tendencia ideológicamente dominante en el mundo entero.

Es muy posible que Lenin nunca hubiera entrado a refutar el empiriocriticismo si previamente éste no se hubiera infiltrado en el seno del movimiento obrero europeo. Esa infiltración tiene una relación inmediata con el revisionismo que entonces se abría camino en la II Internacional. Por medio de Bernstein y los austromarxistas, el empiriocriticismo pretendió refundar el socialismo para el nuevo siglo XX ya que –según ellos- Marx y Engels se habían quedado desfasados en el siglo anterior. Los dirigentes reformistas de la II Internacional trataron de hacer pasar el

empiriocriticismo no como la última palabra de la burguesía sino como la última palabra de la

ciencia. A través de la modernización y la revisión del marxismo, buscaron influenciar la lucha del

movimiento obrero en un sentido liquidacionista. No lo lograron gracias al contraataque de Lenin.

Por tanto, Materialismo y empiriocriticismo continúa hoy, cien años después, al servicio del

combate contra la ideología burguesa, contra el revisionismo y el dogmatismo, al servicio de la

ciencia y de la transformación revolucionaria del mundo. Es un modelo de partidismo bolchevique

en la batalla contra los enemigos del marxismo en el que se conjugan la pasión revolucionaria con

una profunda comprensión de los últimos avances científicos.

El estilo leninista

Los comunistas no sólo nos diferenciamos de los demás por lo que decimos sino también porque

sabemos lo que decimos (de lo contrario permaneceríamos callados). La superficialidad no tiene

nada que ver con nuestro estilo de trabajo. En el libro que comentamos Lenin dice que si quieres

conocer a tu enemigo tienes que ir al campo enemigo (1); es una metáfora para insistir en que

no se pueden lanzar invectivas gratuitas y frívolas y que al adversario, antes de atacarle, hay que

estudiarle a fondo, conocer su pensamiento. Una crítica superficial es genérica y, en

consecuencia, no puede ser creíble porque la verdad es siempre concreta. Cuando no se ha leído

a fondo o no se ha comprendido exactamente aquello que se pretende criticar, uno se critica a sí

mismo, se aferra a las frases sueltas y ve gigantes donde sólo hay molinos de viento. El

leninismo, como se demuestra en Materialismo y empiriocriticismo, es otra cosa diferente: un

conocimiento completo de aquello que está combatiendo. Nuestros clásicos nos enseñan que en

las luchas militares puede haber heridos y presos, pero en las luchas ideológicas no hay treguas,

ni concesiones, ni medias tintas, y la única manera de lograrlo es informarse bien y

exhaustivamente de aquello contra lo que estamos luchando. Por eso después del libro de Lenin

el empiriocriticismo quedó bien enterrado dentro del movimiento obrero, de una vez y para

siempre. Una crítica a fondo, implacable, impide que ese tipo de errores se reproduzcan una y

otra vez, que se siembre la confusión y no haya manera de salir del pantano de las tertulias

estériles.

Además, hay otras razones para proceder de esa forma. El proletariado, llamado a liberar de la

explotación a toda la humanidad, es el legítimo heredero de todo el legado cultural de la historia,

incluyendo el creado por la sociedad burguesa. No puede prescindir de la asimilación de la cultura

del pasado: La misión de los marxistas -escribe Lenin- es la de saber asimilar y reelaborar las

adquisiciones de esos ‘comisionados’

...

saber rechazar de plano su tendencia reaccionaria, saber

seguir una pauta propia y luchar contra toda la tendencia de las fuerzas y clases enemigas

nuestras.

Lenin realizó una vasta labor de investigación para detectar cada uno de los flancos de la lucha

contra el empiriocriticismo. Previo estudio exhaustivo de todos los materiales publicados, empezó

a escribir el libro en las bibliotecas de Ginebra: Me emborracho de filosofía, le escribió a Gorki. En

mayo, para conocer detalladamente la bibliografía moderna sobre filosofía y ciencia, se desplazó

a Londres, donde estuvo cerca de un mes entero estudiando en la biblioteca del Museo Británico.

Consultó más de 200 libros y artículos de diversos autores, releyó las obras de Marx y Engels, así

como los trabajos de Plejanov. Utilizó los estudios originales de autores ingleses, franceses y

alemanes en sus propios idiomas; la mayoría de las fuentes que cita datan de fines del siglo XIX y

comienzos del XX; pero hay también algunas anteriores, por ejemplo un libro de Fichte, editado

en 1801. Además de los numerosos volúmenes de las obras de Hegel, Feuerbach, Fichte y

Chernishevski, menciona muchos artículos publicados en distintas revistas. Por supuesto, leyó las

principales obras de Mach y Avenarius, algunas de las cuales conocía desde 1904. En su libro cita

las opiniones de otros autores sobre el empiriocriticismo y utiliza las más recientes publicaciones

sobre ciencia de la época.

A finales de septiembre de 1908 el manuscrito estaba terminado en lo fundamental. El prólogo

del libro tiene esa fecha. Lenin consideraba urgente editarlo cuanto antes: Es importante que el

libro salga lo antes posible. Tengo no sólo importantes compromisos literarios, sino también

políticos, que están vinculados con la aparición del libro. Apremiaba para que se editara el libro

porque en junio de 1909 estaba convocada una conferencia de la redacción ampliada del

periódico Proletari que, de hecho, constituía entonces la dirección del Partido bolchevique, en la

que debía librarse el combate decisivo con los empiriocriticistas. En diciembre de 1908 se mudó

de Ginebra a París, debido a que la edición de Proletari se había trasladado allí. En París trabajó

hasta abril de 1909 en la corrección de las pruebas del libro.

Pero su publicación tropezó en Rusia con grandes dificultades. Tras la Revolución de 1905 algunas

editoriales habían sido clausuradas a causa de la reacción del gobierno zarista y otras habían

interrumpido su actividad. La censura conocía a Lenin y era difícil encontrar un editor que

publicara su obra en medio de la represión policíaca.

Lenin escribió a Bonch-Bruevich, que trabajaba en la Editorial Zhizn i Znanie (Vida y Saber),

fundada en 1907, pero como la situación de la editorial aún no se había consolidado no pudo

hacer nada. Debido a dificultades financieras, tampoco pudo ayudarle Daugue, que había editado

algunos libros filosóficos, entre ellos la traducción al ruso de las cartas de Marx a Kugelmann

revisadas y prologadas por Lenin y los estudios de Dietzgen, entre otros.

Por último, gracias a la mediación de Skvortsoc-Stepanov, la editorial particular de Krumbügel,

Zvenó, aceptó la obra. Lenin dio su conformidad a la editorial, aunque tenía pocas esperanzas de

que el libro se publicara pronto, debido a la difícil situación existente. En las cartas a su hermana

Ana le pedía que le enviara las pruebas de imprenta para corregirlas, introducir adiciones y evitar

omisiones o errores. Le pidió también que formalizara cuanto antes el contrato y acelerara la

publicación. Aconsejó a su hermana que, para evitar verse comprometida a causa de la censura,

hiciese el contrato a nombre de él, pero el contrato fue firmado finalmente por ella.

Lenin autorizó al editor para que decidiera el seudónimo con el que debía aparecer el nombre del

autor de la obra entre los tres conocidos en esa época: Lenin, Tulin e Ilin. Krumbügel optó por el

último y explicó su elección con el argumento de que los dos primeros eran demasiado conocidos:

un artículo firmado por Tulin (Contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor

Struvé) había sido prohibido por la censura. Además, Ilin era el nombre más familiar para los

lectores y el más adecuado para evitar la censura, ya que con esa firma se habían publicado las

recopilaciones El problema agrario y En doce años, y se había editado dos veces el libro El

desarrollo del capitalismo en Rusia.

Krumbügel destacó en sus memorias la preocupación de la hermana de Lenin por todo lo

relacionado con Materialismo y empiriocriticismo, fundamentalmente por su rápida impresión.

Lenin, que criticaba con dureza en su obra a los revisionistas, pidió a su hermana que no

atenuara sus expresiones y sólo a regañadientes aceptó algunas enmiendas. Leyó con cuidado las

pruebas, lo que resulta evidente en las cartas a su hermana, a las que adjuntaba las listas de

erratas y enmiendas; tenía en cuenta las observaciones de Ana, quien atendía las pruebas e

insistió en que se apresurara la publicación del libro. Por fin Materialismo y empiriocriticismo vio

la luz en Moscú en mayo de 1909, con una tirada de 2.000 ejemplares y Lenin quedó satisfecho

con la edición.

El libro contribuyó a difundir en las filas del Partido bolchevique la filosofía marxista y ayudó al

movimiento comunista internacional y a los obreros de vanguardia a asimilar el materialismo

dialéctico. Fue reeditado por primera vez después de la Revolución de Octubre, en 1920, con una

tirada 30.000 ejemplares. La edición no difería de la anterior, salvo algunas correcciones hechas

en el texto.

En el periodo de las dudas

Desde los primeros tiempos del positivismo, aproximadamente a mediados del siglo XIX, el

rechazo a la filosofía, con la excusa de un rechazo a la metafísica, es una constante del

pensamiento burgués que se mantiene en nuestros días. Por ejemplo, escribe Carnap: Las

diferentes ciencias han alcanzado actualmente muy desiguales niveles en el proceso de

descontaminación de metafísica. Debido principalmente a los esfuerzos de Mach, Poincaré, y

Einstein, la física se halla, en general, prácticamente libre de metafísica (2). El empiriocriticismo

sigue al positivismo en este empeño que, en definitiva, es una renuncia a la concepción misma

del saber como conocimiento de la esencia de las cosas. Ya hemos expuesto en otro artículo (Las

50 primeras páginas de ‘El Capital’) que el pensamiento burgués moderno se atiene a las

apariencias, lo que el empirismo califica como sensaciones. Aparentemente el rechazo burgués de

la filosofía se hacía en nombre de la ciencia, de la depuración de la ciencia de contaminantes

ajenos a ella. Este rechazo también se maquilla como un rechazo del dogmatismo, si bien, como

también es habitual, el positivismo rechazó la metafísica para sustituirla por otra de la peor

especie.

Sobre todo en situaciones problemáticas, la ciencia no puede prescindir de las hipótesis y teorías

filosóficas sobre la esencia de los fenómenos concretos estudiados. Estas hipótesis tienen un

carácter filosófico y ponen de manifiesto el papel avanzado y pronosticador de la filosofía. En la

Dialéctica de la naturaleza Engels observa que la filosofía llegó mucho antes que la ciencia a la

comprensión de que la materia no puede ser creada. En los trabajos de Engels hay enunciados

que anticiparon algunas concepciones de la ciencia. La dialéctica materialista ha criticado y critica

la hipótesis de Einstein acerca de un espacio no infinito sino ilimitado (3), del mismo modo que

critica la del big-bang, es decir, la hipótesis de un tiempo no infinito. Por lo demás, el estudio de

esos conceptos generales (materia, infinito, movimiento) no corresponde a ninguna ciencia en

particular sino que han sido desde siempre asunto de la filosofía.

A comienzos del siglo XX la pretensión de renunciar a la filosofía llegaba en el peor momento,

cuando más se necesitaba de ella, a causa de la crisis de la física clásica. Como había escrito

Engels, la física se transformó de ciencia empírica en ciencia teórica (4); además del cómo tuvo la

pretensión de investigar el por qué. Cuando los filósofos renegaban de su saber, los científicos

necesitaban de ella y esa necesidad les obligó a entrar en la filosofía, en la peor de las filosofías

posibles. Algunos científicos (Poincaré, Einstein) cayeron bajo la influencia del empiriocriticismo y

otros, como Ernst Mach, lo crearon. Refiriéndose a esos científicos metidos a filósofos, Lenin

escribió: Pero cuando se trata de filosofía, no se puede creer ni una sola palabra de ninguno de

esos profesores, capaces de realizar los más valiosos trabajos en campos especiales de la

Química, de la Historia, de la Física. Por eso Lenin habla en su obra de un idealismo físico

aludiendo a este fenómeno y recita todo un listado de grandes científicos que se convirtieron en

desastrosos filósofos: Poincaré (gran físico y débil filósofo), Ostwald (gran químico y mediocre

filósofo), Helmholtz (tan inconsecuente en filosofía como la mayoría de los naturalistas), Pearson

(matemático y racista a la vez) ...

Las condiciones de trabajo del científico en la sociedad capitalista lo empujaron hacia el

idealismo. En el transcurso del siglo XIX al XX se crearon los grandes laboratorios científicos y la

actividad científica saltó de la universidad a la industria, del aficionado al profesional, del artesano

al obrero, de la vocación al profesionalismo. A veces se habla mucho de la aplicación de la ciencia

a la industria, pero poco de la industria (y por tanto del capitalismo) a la ciencia. Los laboratorios

Bell en Estados Unidos fueron creados por el gigantesco monopolio de las telecomunicaciones; en

1909 General Electric creó su propio laboratorio de investigación; el laboratorio criogénico de

Leyden lo financió la industria frigorífica en 1884; el instituto Kaiser Guillermo de Berlín fue

fundado en 1911 por la industria pesada alemana. Para Edison la ciencia aplicada era un negocio

y había que inventar cosas nuevas que tuvieran utilidad comercial. Se fabrican conocimientos

como se empezaban a fabricar vehículos: en cadena. Lo importante no era el descubrimiento sino

la patente, por lo que también se inaugura entonces una nueva rama jurídica que es la

denominada propiedad intelectual, el colmo de la propiedad privada, que ha dado lugar a litigios

científicos, como el del láser, que se iniciaron en 1960 y aún no han terminado. Son muy

numerosas las ocasiones en que los premios Nóbel de ciencia no reconocen la investigación sino

el invento industrial, yendo a manos de ingenieros, como en el caso del transistor.

Al secreto industrial se le sumó el secreto militar. Con el imperialismo la tecnología y la ciencia

aplicada empezaron a jugar un papel decisivo dentro del andamiaje del Estado monopolista, tanto

en las empresas privadas como en los proyectos belicistas de las grandes potencias. El ejemplo

más claro de ello fue aquella carta colectiva promovida por Leo Szilard y firmada por Einstein y

muchos otros científicos, en la que se llamaba a establecer una relación permanente entre el

Estado y los físicos nucleares para fabricar la bomba atómica. El proyecto Manhattan introdujo un

nuevo tipo de científico a sueldo, con actividad planificada, medición de rendimientos y una

administración al estilo de los grandes monopolios.

Estamos en el periodo de las dudas, dice Lenin en la obra. Es la época en la que surgen nuevas

ciencias, como la

genética, o

están

a

punto de aparecer teorías tan

renovadoras

como

la

mecánica cuántica. La teoría de conjuntos y el formalismo se imponen en la matemática. Pero

quizá la señal más clara de la crisis de la física fue la publicación por Einstein de sus dos artículos

sobre la teoría de la relatividad, el primero de los cuales apareció en 1905 y el segundo en 1916.

Lenin redactó Materialismo y empiriocriticismo justo entre ambas fechas, es decir, en medio de

esa crisis teórica que, al mismo tiempo, debe comprenderse como una auténtica revolución

científica.

Antes de la teoría de la relatividad se había descubierto que los átomos no eran indivisibles como

había supuesto la física desde los tiempos de la Grecia antigua. En 1897 J.J.Thomson demostró

que de ellos se pueden obtener otras partículas más pequeñas, que ahora se denominan

electrones. Pero fue el descubrimiento de la radiactividad lo que de manera más concluyente

acabó con la idea de indivisibilidad del átomo, porque llegó a su mismo interior, al núcleo. La

radiactividad no dependía de la naturaleza de los átomos sino sólo de su núcleo. Cuando éstos

son inestables, cambian o se desintegran emitiendo radiaciones, en forma de partículas o de

ondas electromagnéticas. En 1895 Röntgen descubrió los rayos X y al año siguiente Becquerel

observó que las sales de uranio emitían unas radiaciones que eran capaces de velar placas

fotográficas en la oscuridad e incluso atravesar placas de aluminio y cobre. El matrimonio Curie

descubrió otros elementos que también eran emisores radiactivos, aún más activos que el uranio,

como el polonio y el radio. En 1900 Ernest Rutherford y Paul U. Villard identificaron en las

radiaciones emitidas tres componentes distintos: unas partículas positivas (alfa), otras negativas

(beta), los electrones que ya había descubierto Thomson, así como una radiación

electromagnética neutra con una corta longitud de onda (rayos gamma).

El átomo parecía descompensado. La dimensión del núcleo es 100.000 veces menor que el

diámetro de todo el átomo, por lo que éste parecía vacío o hueco. Por eso Poincaré hablaba de

agujeros del éter como antes Newton había hablado del sensorio de dios. La materia no era

compacta o maciza, como se había imaginado, ya que el núcleo es muy denso, concentrando casi

toda la masa del átomo. El electrón tenía una enorme carga eléctrica en proporción a su masa y

se podía mover con una rapidez mucho mayor, a velocidades fantásticas, que pueden llegar a

aproximarse a la de la luz.

Pero la hipótesis de Poincaré sobre la desaparición de la materia se basaba, más que en la

división de los átomos (radiactividad y electrones), en la elevada velocidad con que se

desplazaban las partículas resultantes de esa división y, más concretamente, de los electrones, lo

cual modificaba su masa (4). Sin embargo, la mecánica tradicional se había edificado sobre el

principio general de la conservación de la masa, otro de los conceptos físicos seculares que se

venía abajo. Newton había impuesto una concepción doble de masa creando una confusión que

permanece en la actualidad:

por

un

lado, la masa expresaba las propiedades inerciales y gravitatorias de los cuerpos

— por el otro, definió la masa como una medida de la cantidad de materia.

Esta última definición se viene arrastrando desde entonces, de modo que la materia, una

categoría filosófica abstracta, se equipara con sus manifestaciones concretas y con una de sus

propiedades físicas, la masa. Además, una vez identificada con la masa, la materia se opuso a la

energía, concebida como inmaterial. Por ejemplo, Poincaré imaginaba que el atributo esencial de

la materia es su masa (5), de modo que, si así fuera, tendríamos que considerar que lo que no

tiene masa es algo distinto, espiritual o inmaterial. Pero de modo equivalente también podríamos

imaginar que lo que no tiene aceleración, momento angular o espín, también es un espíritu, lo

cual es absurdo. Una partícula de masa igual a cero es tan material como otra de carga eléctrica

igual a cero.

Con su teoría de la relatividad especial, Einstein explicó en 1905 que a velocidades próximas a la

de la luz, la masa no permanece constante y, con esta relatividad de la masa, la materia parecía

perder otro sólido punto de anclaje. Pero, como dijo Einstein, el principio general de la

conservación de la masa debía fundirse con el de la conservación de la energía y, por tanto, la

masa inercial de un sistema de cuerpos cabe contemplarla precisamente como una medida de su

energía (6). Ambos constituyen dos formulaciones del mismo principio físico, expresado en la

ecuación E=mc 2 según la cual hay una proporción entre la masa y la energía que permanece

constante. A veces se interpreta esta ecuación diciendo que la masa es equivalente a la energía

(y a la inversa), una formulación que no es muy exacta porque conduce a imaginar que la masa y

la energía son idénticos, lo cual es falso.

Como la distancia es inversamente proporcional a la energía, a medida que nos adentramos en

las profundidades del átomo, cuando las distancias se reducen, la energía aumenta, de manera

que fuerzas que a escala ordinaria no son operativas, adquieren un relieve decisivo en los núcleos

atómicos y, a la inversa. Así, las fuerzas gravitatorias, que son fundamentales a escala planetaria,

carecen de incidencia en los movimientos nucleares y, por su parte, las fuerzas nucleares no

resultan apreciables a una escala mayor:

región

atómica

nuclear

alta energía

aceleradores

distancia energía

10 -8

eV

10

-13

10 6

eV

10

-16

10 9

eV

10

-19

10 12 eV

En las regiones internas de los núcleos atómicos se verifica la ley de la transformación de los

cambios cuantitativos en cambios cualitativos. La mecánica cuántica es una física de las altas

energías. Para experimentar con las partículas subatómicas (fotón, electrón, neutrino) es

necesario aplicar energías muy elevadas. En relación con esas energías tan altas es como si la

masa fuera nula (7), es decir, que no es una propiedad que tenga una consideración tan

importante como a escala planetaria. La teoría especial de la relatividad explica este fenómeno

afirmando que a altas velocidades la masa se desdobla en dos y junto a la masa inerte o masa en

reposo, que es la común en las dimensiones planetarias, aparece una masa en movimiento o

masa relativista que, a diferencia, de la anterior crece a medida que la energía es mayor. Cuando

los físicos afirman que la masa de una partícula es nula, se refieren a la masa inerte, lo que

significa que esa partícula de alta energía sólo puede concebirse en movimiento, a elevada

velocidad.

Por otro lado, que determinadas partículas, como el fotón, tengan masa inerte nula, no quiere

decir que no sean materia porque tienen otra serie de propiedades físicas, como el espín o el

momento angular, y su trayectoria se curva ante campos gravitatorios intensos, lo cual significa

que sí tiene propiedades inerciales. El fotón es una forma de materia que se transforma en otra

forma material, por ejemplo, en un electrón y un positrón. Por tanto, una partícula sin masa se

puede transformar en dos partículas que sí tienen masa. También se verifica el proceso inverso,

por ejemplo en las tomografías clínicas, cuando un electrón reacciona con su antipartícula, el

positrón, formando dos fotones. El fotón no es, pues, energía que se materializa cuando se

transforma en otra partícula, ni tampoco el positrón y el electrón se desmaterializan cuando se

transforman en un fotón. En todas las transformaciones que se efectuan en la naturaleza, la

materia pasa de una forma a otra diferente. Desde luego ninguna partícula de masa nula (como

el fotón o el neutrino) se convierte por ello en un espíritu ambulante. La masa no es igual a la

materia sino sólo una de sus propiedades.

La infinitud de la materia

Con la divisibilidad del átomo pareció esfumarse la última partícula de la materia. El desarrollo de

la ciencia mostró el carácter limitado del cuadro físico del mundo que existía hasta entonces.

Comenzó la verificación de una serie de conceptos elaborados por la mecánica anterior, cuyos

representantes se mantenían, por regla general, en las posiciones de un materialismo espontáneo

y metafísico, desde cuyo punto de vista los nuevos descubrimientos físicos eran inexplicables. La

esencia de la crisis en la Física contemporánea -escribió Lenin- consiste en que se han

desquiciado las viejas leyes y los principios fundamentales, en que se repudia la realidad objetiva

existente fuera de la conciencia, es decir, en que se sustituye el materialismo por el idealismo y

el agnosticismo.

En tiempos de Lenin, el electrón era la única partícula subatómica conocida, cuya inagotabilidad

él pronosticó acertadamente. Partiendo de este principio, formuló la tesis de la infinitud de la

materia: ayer, dice, la profundización del conocimiento humano no fue más allá del átomo, hoy

no pasa del electrón y del éter, pero todos esos jalones son de carácter aproximado, no son más

que ciertas etapas del conocimiento de la naturaleza por la ciencia en progreso: El electrón es tan

inagotable como el átomo, la naturaleza es infinita, pero existe infinitamente, y este

reconocimiento, que es el único categórico, el único incondicional, de su existencia fuera de la

conciencia y de las sensaciones del hombre, es precisamente lo que distingue al materialismo

dialéctico del agnosticismo relativista y del idealismo.

Los 100 años transcurridos desde que Lenin pronosticara la inagotabilidad de la materia han

demostrado la consistencia de su tesis. Ninguna partícula subatómica es simple o elemental:

Puede quedar anticuada, y envejece cada día, la doctrina de la ciencia sobre la estructura de la

sustancia, sobre la composición química de los elementos, sobre el átomo y el electrón, dijo

Lenin. La ciencia no ha llegado ni puede llegar al límite del conocimiento de la estructura de la

materia porque la naturaleza es infinita y lo es también cualquier partícula suya. La tesis sobre la

inagotabilidad del electrón es válida para todas las partículas subatómicas (protones, neutrones,

hiperiones y otras) y los quarks descubiertos con posterioridad. Ahora se conocen cerca de 300

partículas elementales. Unas son ligeras (de ellas forma parte el electrón), otras son de masa

intermedia, otras pesadas (nucleones) o superpesadas (hiperiones). Se ha establecido la

transformación recíproca de las partículas subatómicas así como la existencia de antipartículas,

formaciones materiales que por sus propiedades se parecen a sus simétricas, pero se distinguen

de ellas por la inversión de su carga eléctrica u otras simetrías.

Ahora bien, la infinitud de la materia no significa que la divisibilidad de las partículas se pueda

continuar de manera mecánica sino que se produce, como ya hemos dicho, un salto cualitativo,

de manera que en las dimensiones nucleares operan leyes físicas diferentes que en escalas

mayores, caracterizadas por las altas energías. Por ejemplo, la luz visible se compone de fotones

cuya frecuencia es del orden de 5 a 7·10 14 hertzios, que es relativamente baja. Como la energía

de una partícula, según la ecuación de Planck, es directamente proporcional a la frecuencia (E =

ђ·ν), la energía del fotón de la luz visible es también baja y aparece distribuida en el espacio de

una manera uniforme por unidad de volumen. Es como si hubiera muchos fotones con poca

energía cada uno de ellos y el campo aparece entonces como algo continuo en el que cada fotón

se disuelve y pierde su individualidad. Por el contrario, un fotón de alta energía se presenta con

personalidad propia y choca con otras partículas produciendo efectos singulares, como el

fotoeléctrico o el efecto Compton, que no se aprecian en las bajas energías. Entonces lo continuo

se transforma en discontinuo.

La infinitud de la materia no significa que las partículas sean divisibles de la misma forma que los

átomos. Lo que sucede con ellas es que, a causa de las altas energías nucleares, la mayor parte

de ellas son inestables, tienen una vida media muy reducida y rápidamente se transforman unas

en otras. El neutrón, por ejemplo, tiene una vida media de doce minutos, al cabo de los cuales se

desintegra en la forma que ya expusimos en el artículo Todo afecta y es afectado por todo:

neutrón protón + electrón + antineutrino

Las altas energías provocan interacciones muy fuertes que son necesarias para mantener

cohesionado el núcleo, a pesar de la repulsión eléctrica de unos protones con otros. Pero la

diferencia no es sólo de cantidad sino de calidad. Se trata de fuerzas muy grandes que operan en

distancias muy cortas, superadas las cuales operan las fuerzas eléctricas. Éstas disminuyen más

lentamente con el aumento de la distancia en una proporción que es la que establece la ley de

Coulomb, es decir, con el cuadrado de la distancia:

interacción

vida media

alcance

gravitatoria

débil

10 -6

-

10 -10 s

electromagnética 10 -16

-

fuerte

10 -22

-

10 -19 s 10 -25 s

10 -15 cm

10 -13 cm

Las fuerzas nucleares son muy superiores a las que inciden en las escalas ordinarias y, sin

embargo, las partículas que están sometidas a ellas son muy inestables. Pese a esta

inestabilidad, la solidez de la materia aumenta a medida que nos internamos en el núcleo y son

necesarias energías cada vez mayores para vencer esa cohesión interna. Sin embargo, ese

proceso no se puede continuar indefinidamente aunque se aumente la energía porque entonces

las partículas ya no se dividen sino que se transforman en otras. Como había adelantado Engels,

la operación puramente cuantitativa de una división tiene un límite en el cual se convierte en una

diferencia cualitativa (8). Los cambios cuantitativos se transforman en cambios cualitativos.

Por tanto, parece evidente que la energía es la medida de la capacidad de movimiento y

transformación de la materia. La cantidad de partículas que es capaz de engendrar un fotón

aumenta con su energía, de donde puede deducirse que el aumento de la energía de la partícula

es un aumento también de su complejidad y, en consecuencia, que la energía mide el movimiento

de la materia tanto en su aspecto cuantitativo como cualitativo.

La física nuclear, pues, aparece con la ruptura de algunos de los postulados tradicionales del

atomismo, las altas energías y las nuevas leyes relativistas. El atomismo siempre fue asimilado al

materialismo y jamás encontró reconocimiento entre las corrientes ideológicas idealistas hasta

que a finales del siglo XIX empezaron a quebrar sus postulados. Los idealistas siempre prefirieron

las teorías continuistas, como la del éter misterioso que tuvieron acogida en las ideas físicas de

impulso, fuerza, campo y luego en la de energía. No sólo Hegel, el mismo Faraday también dijo

en su momento que las descargas eléctricas no eran una forma de la materia sino fuerza sin

materia, espíritu puro. Cada descubrimiento científico de ese tipo levanta el ánimo de los

idealistas. Ellos dividen el universo en dos partes irreductibles, materia y energía, presentadas

como el cuerpo y el alma del mundo. El cuerpo es masa inerte y el alma la energía que lo mueve;

la estática va por un lado y la dinámica por el otro; los principios de la mecánica de Newton dicen

que un cuerpo se mueve cuando desde fuera se le aplica una fuerza que él, por sí mismo, no

tiene. Cuando la noción de energía sustituyó a la de fuerza a mediados del siglo XIX sucedió lo

mismo de siempre: la energía era una especie de ser inmaterial y no una abstracción científica

que explicaba numerosos fenómenos hasta entonces considerados como dispersos como trabajo,

calor, combustión y otros.

El fotón no tiene masa inerte y, además, es luz, pura energía, de manera que estaban lanzados

todos los factores para retornar a una nueva mística: la luz contra las tinieblas materiales de la

masa y la gravedad. A la luz se le añadían el fuego y el calor y todos los demás elementos tras

cuya explicación confusa se había escondido el idealismo durante siglos. Ahora, bajo la expresión

mágica de energía, se podían reunir todas las sectas misteriosas. Era un retorno a la teología con

la forma de un energetismo reforzado frente a la materia impura que, por fin, había

desaparecido. Además, frente a ella apareció la antimateria en forma de antipartículas, esto es,

de partículas simétricas a otras que, combinadas, podrían dar lugar, hipotéticamente, a la

formación de antiátomos, antimateria y antimundos. El choque de las partículas con sus

antipartículas simétricas provocaría su transformación en fotones u otras partículas (mesones) de

elevada energía, lo que para los idealistas es sinónimo de desaparición de la materia en forma de

radiaciones.

A mediados del siglo XIX el físico alemán W.Ostwald declaraba que todo lo que existe en el

mundo -tanto el espíritu como la materia- es energía. Decía que los procesos de nuestro

conocimiento son energéticos, que nuestra conciencia energética crea un mundo energético. El

energetismo considera que la energía es diferente radicalmente de la materia y que ésta se

puede volatilizar en forma de energía. Según esta concepción, la energía no tiene necesariamente

un soporte material y se puede hablar del movimiento prescindiendo del objeto físico que se

mueve.

Como consecuencia de la interpretación que el propio Einstein dio a su ecuación E=mc 2 en los

manuales científicos es corriente en la actualidad leer que la masa se transforma en energía

durante la desintegración del átomo, en el curso de la transformación de las partículas

subatómicas y en otras circunstancias. Se expresa de esa manera para concordar el principio de

la conservación (de la masa y la energía) con el defecto de masa que se experimenta, entre

otras, en las fusiones nucleares: como la masa de un núcleo atómico es menor que la suma de

las masas de sus componentes, en las fusiones nucleares ese defecto de masa se convierte en

energía; así se salvaguarda también el principio de conservación.

Engels ya abordó el energetismo de Ostwald, cuestión que Lenin vuelve a reiterar en su obra,

donde afirma que las tesis de Ostwald son puro idealismo, misticismo en el que dios ha sido

sustituido por una cierta concepción -equivocada- de lo que es la energía. En este punto hay dos

errores ideológicos que se alimentan enfrentándose entre sí:

— el mecanicismo, que considera la materia sin movimiento

— el idealismo, que considera el movimiento sin materia

Si el materialismo mecanicista lo reduce todo a masa, el idealismo lo reduce todo a energía. El

energetismo de Ostwald forma parte de esta última tendencia. Es una forma de idealismo que

separa el movimiento de la materia, que considera que sólo las ideas se mueven, que sólo el

espíritu tiene un impulso dinámico separado de la materia. La dialéctica materialista, por el

contrario, no reduce la materia ni a la masa ni a la energía. Ni la masa es energía ni la energía es

masa. Tampoco separa a ambas porque considera que la energía es una forma de movimiento de

la materia y como la materia está en perpetuo movimiento, no se puede separar uno de la otra.

No se puede suprimir o reducir uno de los dos conceptos en favor del otro. La masa y la energía

miden propiedades diferentes (y opuestas) de la materia: la inercia y el movimiento. Como ya

hemos expuesto al aludir a los fotones, las transformaciones nucleares no significan identidad

entre masa y energía; no hay transmutación de la masa en energía ni de la energía en masa;

tampoco hay desmaterialización de la masa ni materialización de la energía sino la

transformación de una forma de materia en otra forma de materia diferente. Por otro lado, la

hipotética antimateria es tan material como su simétrica y las hipotéticas colisiones de la materia

con la antimateria darían lugar a poderosas radiaciones que, si se observaran alguna vez, no

serían más que otra forma de transformación de la materia. Únicamente existen transformaciones

de la materia y las diferentes leyes se conservación expresan la infinitud de su movimiento, de su

capacidad de transformarse, que nada ni nadie ha creado, ni nada ni nadie puede destruir. Por

tanto, la materia no se mueve por fuerzas exteriores a ella misma.

De la desaparición de la materia los idealistas pretendieron pasar a la del materialismo. Entonces

el idealismo intentó desplazar al materialismo de la ciencia e imponer a la física su explicación

peculiar de los nuevos descubrimientos. Pero el materialismo no desapareció sino que cambió su

forma con los nuevos descubrimientos, como Engels había señalado. Materialismo y

empiriocritcismo es un buen ejemplo de eso. En su libro Lenin reflexiona sobre los últimos

avances de la ciencia. Cuando comenzó la revolución en la física, fue él quien dio nueva forma a

la dialéctica materialista.

Lenin también examinó en su libro otros problemas filosóficos de la ciencia como el principio de

causalidad, la realidad objetiva del espacio y del tiempo como formas fundamentales de

existencia de la materia y otros. En Materialismo y empiriocriticismo hay una síntesis filosófica de

los nuevos descubrimientos de la ciencia, que Lenin abordó pertrechado con el método más

avanzado del pensamiento, que era precisamente lo que le faltaba a los físicos: la dialéctica

materialista. Sólo con sus categorías se puede reflejar correctamente el movimiento objetivo de

la naturaleza. Este método -por oposición tanto a la metafísica como al relativismo- insiste, como

decía Lenin, en el carácter aproximado, relativo, de nuestros conocimientos acerca de la

estructura y propiedades de la materia, en la ausencia de límites absolutos en la naturaleza y en

la transformación de la materia en movimiento de un estado en otro, que es inconciliable con el

primero.

Los nuevos descubrimientos en la física, lejos de refutar, respaldaban el materialismo dialéctico,

al que conducía todo el desarrollo de la ciencia. Caracterizando su trayectoria, Lenin decía que la

física contemporánea se encamina hacia el único método atinado, hacia la única filosofía certera

de las ciencias naturales, no en línea recta, sino en zigzag, sin saber adonde va, sino por impulso

natural, sin distinguir con claridad su ‘objetivo final’, sino acercándose a él a tientas, titubeando

y, a veces, hasta reculando. La Física contemporánea está dando a luz. Da a luz el materialismo

dialéctico (9). Por eso Materialismo y empiriocriticismo es un libro de plena actualidad.

Reacción política, reacción ideológica

Lenin escribió Materialismo y empiriocriticismo en un período de la historia de Rusia en el que la

autocracia zarista, tras haber sofocado la Revolución de 1905, implantó en el país un brutal terror

policiaco, cuando la reacción causaba estragos en el ánimo de la clase obrera y los

revolucionarios: Abatimiento, desmoralización, escisiones, dispersión, apostasías y pornografía en

vez de política. Reforzamiento de la inclinación hacia el idealismo filosófico; tendencias

contrarrevolucionarias con ropaje de misticismo, así caracterizó Lenin la situación en Rusia

después de la derrota de la Revolución de 1905. En la literatura y el arte la burguesía desató el

culto al individualismo, el apoliticismo, el arte puro y la renuncia a las tradiciones democráticas y

revolucionarias de la cultura rusa.

Pero la feroz reacción desencadenada allá no fue un fenómeno puramente local. En la época del

imperialismo la burguesía viraba en redondo en todos los países, como decía Lenin, de la

democracia a la reacción en todos los órdenes: en la economía, la política y la ideología. El

revisionismo, y por tanto, el empiriocriticismo, tienen su origen en esa transición del capitalismo

a su fase superior monopolista e imperialista. La justificación ideológica de la contrarrevolución y

el resurgimiento del misticismo idealista marcaron su impronta en la ciencia, la literatura y el

arte. En filosofía dominaban las formas más reaccionarias del idealismo que negaban las leyes

objetivas del desarrollo de la naturaleza y la sociedad y la posibilidad de conocerlas. En otro

artículo (El racismo, la plaga del imperialismo) hemos comentado que entre los empiriocriticistas

estaba el matemático racista inglés Karl Pearson, al que Lenin calificó como uno de los discípulos

de Mach más consecuentes y más claros [

...

]

el más consecuente, el más hostil a los subterfugios

verbales. Lo mismo cabe decir de otros, como el cuñado de Poincaré, Emile Boutroux (1845-

1921), Pierre Duhem (1861-1916), E.Le Roy (1870-1954) o Hugo Dingler (1881-1954) que, con

matices, cabe incluir dentro de la misma marea ideológica reaccionaria e irracionalista.

La reacción política está relacionada con la reacción ideológica. La religión es el aspecto más claro

de esa reacción y tiene relación con la involución ideológica y política. La crítica kantiana de la

razón no era tan pura como prometía, dejando una puerta abierta al misticismo. El idealismo es

una filosofía que conduce a la religión: El idealismo filosófico no es más que una historia de

fantasmas disimulada y disfrazada, decía Lenin. En los medios burgueses, sobre todo entre los

intelectuales, se difundió ampliamente la búsqueda de dios, corriente religiosa y filosófica

reaccionaria cuyos representantes afirmaban que el pueblo ruso había perdido a dios y la tarea

consistía en encontrarlo. Esta tendencia religiosa es mucho más fuerte en un país de la tradición

cultural de Rusia, de influencia ortodoxa y en donde las corrientes revolucionarias siempre

estuvieron envueltas en un halo de misticismo, como es perceptible en su literatura. La

religiosidad, además de su componente reaccionario, tenía también su sector de seguidores entre

determinados campos de las fuerzas progresistas, un fenómeno que entonces estaba muy

extendido. Hay que tener en cuenta que, además de la socialdemocracia, entre las fuerzas

progresistas rusas había otras corrientes muy fuertes, especialmente entre la intelectualidad,

como los eseristas. Era una especie de retorno a la época del socialismo utópico, cuando la crítica

al capitalismo aún no había desplegado el carácter científico que le dieron Marx y Engels. En

Saint-Simon y otros utopistas, el socialismo aparecía como una nueva religión, como un mundo

perfecto e inalcanzable.

Los empiriocriticistas, sobre todo Lunacharski, intentaban hacer del socialismo un nuevo tipo de

religión, considerando que en forma religiosa el socialismo sería más comprensible para las

masas. Por tanto, era necesario mostrar la esencia reaccionaria del empiriocriticismo, defender el

marxismo, esclarecer las cuestiones fundamentales de la dialéctica materialista, dar una

explicación materialista dialéctica de los nuevos descubrimientos científicos.

Como variante del idealismo subjetivo, el empiriocriticismo trató de conciliar la ciencia con el

fideísmo, porque el empiriocriticismo no es más que una forma refinada del fideísmo, que apresta

todas sus armas, dispone de muy vastas organizaciones y sigue influyendo sin cesar en las

masas, sacando provecho de la menor vacilación del pensamiento filosófico progresista.

Materialismo y empiriocriticismo se convierte así en una obra de ateísmo proletario militante,

basada en una consecuente visión del mundo científica -el materialismo dialéctico e histórico- e

intransigente con cualquier forma de defensa de la religión.

Por tanto, en plena reacción política fueron los debates filosóficos los que aparecían en un primer

plano. Lenin señalaba que, habida cuenta de la riqueza y diversidad del contenido ideológico del

marxismo, en distintos períodos históricos destaca en primer plano uno u otro aspecto del mismo.

En la época de Marx y Engels estaba planteada en primer plano la tarea de defender la

comprensión materialista de la historia y la dialéctica materialista. En vísperas de la Revolución

de 1905 tenía una significación primordial refutar las tesis económicas populistas y aplicar el

marxismo a las condiciones de Rusia. Durante la Revolución de 1905 fueron las cuestiones

tácticas las que pasaron a primer plano: se trataba de oponerse al oportunismo de los

mencheviques. Después de la Revolución de 1905 se destacó en primer plano la filosofía

marxista: No es casual que el período de la reacción social y política, el período cuando las ricas

enseñanzas de la revolución están siendo ‘digeridas’, sea también el período en que los

problemas teóricos fundamentales, incluidos los filosóficos, ocupan uno de los primeros lugares

en cualquier tendencia viva.

La influencia del empiriocriticismo en el movimiento obrero

El empiriocriticismo fue una ofensiva ideológica de la burguesía que se convirtió en moda para un

grupo de intelectuales oportunistas de la II Internacional que trataron de utilizarlo para liquidar

no solamente la filosofía marxista sino el mismo marxismo como ciencia del proletariado. A

finales del siglo XIX en toda Europa la influencia empiriocriticista sobre el movimiento obrero fue

pareja a otras dos corrientes ideológicas, además del positivismo: la historicista y la neokantiana.

A través de otros filtros intermedios, esas tres influencias forman, en realidad, una única porque

el empirismo de Hume ya había sido asimilado previamente por Kant y el historicismo también

estaba bajo la influencia del filósofo de Könisberg. Por su parte, Mach reconoció abiertamente que

su punto de partida fue Kant y que llegó al empirismo de Hume a través de él. De manera

precisa, Bitsakis ha resumido así las influencias empiriocriticistas:

El empiriocriticismo y el positivismo de comienzos de nuestro siglo combatidos por Lenin

constituyen una rama del gran árbol del idealismo subjetivo que, por mediación de Kant y Hume,

y bajo múltiples formas reúne el idealismo subjetivo y como consecuencia el de Berkeley. Para

encontrar sus orígenes tenemos que remontarnos hasta el empirismo inglés del siglo XVII. Es

interesante observar cómo el materialismo empirista inglés del siglo XVII, al conceder valor de la

experiencia sensible, ha podido proporcionar argumentos a sus adversarios, el idealismo subjetivo

y el agnostcismo, en el momento en que la experiencia, separada de la materia, fue considerada

como la única realidad (10).

El neopositivismo de Mach y Avenarius se refunde de nuevo con el kantismo para eliminar el

último residuo materialista de la cosa en sí, de manera que del viejo empirismo materialista

inglés del siglo XVII ya no quedaba absolutamente nada, salvo el obispo Berkeley y su acólito

Hume, es decir, idealismo subjetivo. Estas raíces ideológicas del empiriocriticismo pusieron a Kant

en el centro de la batalla ideológica contra el reformismo a finales del siglo XIX. Como dijo

Plejanov: La primera fortaleza en la lucha contra el materialismo está representada por todas las

variedades posibles del kantismo (11). Dentro de la II Internacional los exponentes más

importantes del kantismo, además de Konrad Schmidt y Eduard Bernstein, estuvieron en la

socialdemocracia austriaca, especialmente en Max Adler (12). Pero este fenómeno no fue

exclusivamente centroeuropeo sino que también apareció en Rusia entre la corriente que se

denominó marxistas legales que encabezó Piotr Struvé. Bernstein fue un neokantiano confeso en

filosofía: No se trata –decía- de retornar a la letra de todo lo que escribió el filósofo de Könisberg,

sino sólo al principio fundamental de su crítica (13). Los reformistas eran críticos, pero no de la

crítica marxista sino de la kantiana, que es muy diferente. En una carta a Gorki fechada el 31 de

enero (13 de febrero) de 1908, Lenin indicaba lo siguiente: El materialismo, como filosofía, es

acosado entre ellos en todas partes. Die Neue Zeit, el órgano más firme y más conocedor, se

muestra indiferente ante la filosofia, jamás ha sido un partidario acérrimo del materialismo

filosófico y en los últimos tiempos ha publicado, sin una sola salvedad, cosas de los

empiriocriticistas [

...

]

Todas las corrientes pequeñoburguesas en la socialdemocracia luchan, ante

todo, contra el materialismo filosófico, tienden a Kant, al neokantismo, a la filosofía crítica. El

neokantismo fue estimulado por la socialdemocracia alemana y austriaca, penetrando con mucha

fuerza dentro del movimiento obrero. Por fin, la burguesía reconoció al marxismo como una teoría

-otra más- para poder desvirtuarla mejor. Los llamados socialistas de cátedra lo introdujeron en

las universidades y en los planes de estudio. Incluso en 1923 la burguesía alemana fundó y

financió la Escuela de Frankfurt (Adorno, Marcuse, Habermas y otros), para difundir el kantismo

como si se tratara de un marxismo auténtico, crítico y antidogmático a la vez. Era la plataforma

filosófica del oportunismo dentro del movimiento obrero europeo, una tentativa abiertamente

liquidacionista enfrentada al leninismo, a la Unión Soviética y a la III Internacional. Cien años

después ese intento de penetración no ha cesado y se puede rastrear en la actualidad en todas

las ofensivas de esos marxistas que a cada momento alzan la bandera antidogmática.

Max Adler, como todos los neokantianos, consideraba que la filosofía era una disciplina cultural

que no versa acerca de la realidad, de la materia (natural o social), sino acerca del pensamiento

exclusivamente. Ahí está el origen de esa hipertrofia de fetichismo y alienación que sacude los

escritos de los modernos kantianos, donde la alienación es exclusivamente una alienación de la

conciencia, de la conciencia de los demás (no de la suya), especialmente la conciencia de clase,

que desaparece como por arte de magia para destacar su propio protagonismo crítico, que nunca

va más allá de la teoría. Como buenos críticos, los kantianos ponen el acento en la epistemología

y en la metodología, que es el colmo del egocentrismo burgués: los intelectuales hablando del

intelecto, que es como hablar de sí mismos. A diferencia de los marxistas, los kantianos

consideran que existen límites al conocimiento, que existe lo cognoscible y lo incognoscible y que,

además, lo primero es inmanente y lo segundo trascendente, lo primero es el objeto de la

epistemología y lo segundo es metafísica, esto es, repudiable por sí misma. Según ellos, el

marxismo mezclaba elementos heterogéneos que debían ser separados, o lo que es lo mismo,

neutralizados (eran neutrales o indiferentes unos de otros). Así, la política (marxista) era

independiente de la filosofía (marxista), compatible con cualquier tipo de filosofía, del mismo

modo que era compatible con cualquier clase de creencia o religión, que es siempre algo

subjetivo y personal, radicalmente diferente de lo público, que es objetivo e impersonal. Al

rechazar la metafísica, toda la filosofía, incluida la lógica, se reduce a epistemología y adquiere un

carácter subjetivo porque lo inmanente no va más allá de nuestra propia experiencia (14). Los

kantianos -y con ellos los empiriocriticistas- subjetivizan la ciencia bajo la apariencia de una

epistemología omnipresente y seudocrítica. Su problema no es exclusivamente ceñirse al

pensamiento sino, primordialmente, concebir éste de manera subjetiva. No hay verdadera

ciencia, sólo opiniones. A partir de ahí todo es relativismo.

En la lucha contra el idealismo subjetivo y el agnosticismo, Lenin impulsó la tesis marxista de la

cognoscibilidad del mundo. Su libro Materialismo y empiriocriticismo es una obra penetrada de la

convicción en el poderío y la fuerza de la inteligencia humana. En su penosa bancarrota, hace ya

más de un siglo que la filosofía burguesa no confía en la capacidad humana de conocer y

comprender el universo y la sociedad, exponiendo sus vacilaciones, sus dudas y su pesimismo.

No confía en esta capacidad humana porque tampoco confía ya en el hombre mismo y extiende a

todo el ser humano lo que sólo es producto de su propia clase, de la burguesía decadente.

A diferencia del kantismo y todas las variantes del idealismo subjetivo, la dialéctica materialista

no sólo restringe sino que amplía el radio de su investigación a las leyes más generales que

conciernen tanto al pensamiento, como a la naturaleza y a la sociedad. El empiriocriticismo se

presentaba con el aval de la nueva física pero el marxismo debía desarmarse en ese terreno,

dejando el campo despejado a las interpretaciones místicas de la burguesía. La máxima

repugnancia de los críticos la reservan para libros como la Dialéctica de la naturaleza de Engels

porque, a lo sumo, admiten que concentremos nuestra atención sobre las ciencias sociales y la

historia, que es el único terreno en el que ellos comprenden el marxismo. Éste sería una especie

de rama de las ciencias humanas o de sociología. Identifican al marxismo con el materialismo

histórico, y sobre todo con la historia. Donde no hay historia no hay movimiento ni, por tanto,

dialéctica ni contradicción. Como la naturaleza no tiene historia, según dicen, hablar de una

dialéctica de la naturaleza es absurdo. En consecuencia: sí al materialismo histórico, no al

materialismo dialéctico.

Max Adler aplica al marxismo la tesis empiriocriticista acerca de la separación entre física y

metafísica, afirmando el marxismo y negando la dialéctica materialista. Lo mismo escribió

Bernstein: Las grandes contribuciones de Marx y Engels no se deben a la dialéctica hegeliana sino

que fueron logradas a pesar de ella (15). El marxismo se podía asimilar por lotes, de manera que

era posible ser marxista sin admitir ni su filosofía ni ninguna otra filosofía. Las tesis de los

austromarxistas siempre han tenido mucha fuerza dentro de determinadas corrientes reformistas

que pretenden hacerse pasar por marxistas, adoptando tesis diversas, como la negación de la

dialéctica, en general o específicamente en la naturaleza, o bien considerando que se trata

exclusivamente de un método, de manera que lo mismo que Marx y Engels aceptaron el método

hegeliano pero no su sistema, ellos hacen lo mismo con el marxismo: aceptan el método pero no

el sistema. Se trata de algo totalmente dialéctico: volver el marxismo contra el propio marxismo.

Todas las críticas a la dialéctica que aparentan ser marxistas son en realidad kantianas. En ese

sentido no es que el marxismo sea pre-crítico, como suele decir la burguesía, sino que es anti-

crítico. Las acusaciones de dogmatismo que se vierten contra el marxismo, o contra algunos de

sus defensores, como Lenin o Stalin, tienen todas ese origen kantiano y reformista: ellos califican

como dogmático a todo aquel que es anti-crítico, naturalmente en el sentido idealista que ellos

entienden la crítica. Por eso Lenin vincula su materialismo con Diderot y el siglo XVIII francés,

afirmando que no hacía otra cosa que volver consciente el materialismo espontáneo, tanto de las

masas como de los científicos.

Los trileros de la filosofía

En este punto es habitual entre los intelectuales cuasi marxistas una de sus falsificaciones

históricas favoritas, según la cual existe un hilo conductor que tiene su origen en la II

Internacional y Kautsky, caracterizado por una versión mecanicista, escolástica, evolucionista o

naturalista del marxismo, que se transmite a Lenin y, sobre todo, a Stalin y al denostado diamat

soviético, en general, donde –según nos aseguran- el marxismo se descompuso totalmente. Los

revisionistas no admiten la dialéctica y, por tanto, no admiten tampoco los saltos dialécticos, de

manera que no conciben ninguna ruptura entre la II y la III Internacional, tampoco entre Kautsky

(e incluso Bernstein) y Lenin, ni tampoco entre la política socialdemócrata durante la Alemania de

Weimar y la bolchevique de la Rusia soviética. Nada más y nada menos. Según ellos, todo eso va

en el mismo paquete.

Frente a la vulgata procedente del Kremlin ellos oponen el auténtico marxismo de personajes

como Lukacs y Korsch. Éste es el tipo de argumentaciones ridículas que encontramos entre la

nueva izquierda de salón, verdaderos timadores profesionales para quienes no cabe diferenciar

entre el marxismo y el antimarxismo, sino entre diversas corrientes marxistas, todas ellas válidas

(excepto el perverso stalinismo), entre las que cabe distinguir un marxismo oriental y otro

occidental (siendo éste superior a aquel), uno ortodoxo y otro heterodoxo (y éste es superior a

aquel siempre).

Una elemental lectura de los textos –de todos ellos, no sólo de los que los revisionistas e

izquierdistas nos quieren presentar- pone de manifiesto que frente a las tesis (de todo tipo) que

la II Internacional comenzaba a promover, no hubo más que una única respuesta, que llegó de la

mano de los orientales Luxemburgo, Plejanov y Lenin, a los que habría que añadir a un sureño

como el italiano Antonio Labriola. Quienes como Lukacs y Korsch decían oponerse al revisionismo

de la II Internacional, no solamente no eran marxistas sino que incurrieron en errores paralelos a

los que decían combatir. Los izquierdistas iban de la mano de los derechistas. Intelectuales

camaleónicos (como Lukacs) o nihilistas (como Korsch) y sus secuaces de la Escuela de Frankfurt,

no estaban capacitados para abordar el problema del revisionismo y sus lacras teóricas porque

ellos formaban parte de esa misma corriente ideológica burguesa, con la particularidad de que

escribían en un momento más favorable para comprender la raíz del revisionismo, cuando ya

había pasado la guerra mundial y había triunfado la Revolución de Octubre. Ni por esas.

Así, por ejemplo, frente al revisionismo Korsch adoptó posiciones equiparables a las que antes de

Marx habían adoptado Bauer y los neohegelianos de izquierda: la crítica de todo, incluida la crítica

de los críticos, esto es, el izquierdismo más delirante en la teoría y en la práctica. Por eso,

aunque también se han destacado sus reminiscencias kantianas, ante todo Korsch fue un

demagogo que siempre permaneció fiel al idealismo. Su izquierdismo encubre su reformismo, que

mamó en las ubres de los fabianos, de los que formó parte mientras vivió en Londres. Luego, a

comienzos de los años treinta, colaboró en la Sociedad de Filosofía Empírica entre otros con Philip

Frank, Hans Reichenbach y Ludwig von Mises, es decir, con el Círculo de Viena, los herederos del

empiriocriticismo, corriente a la que consideró aparentemente muy próxima al materialismo (16).

Todavía en 1938 Korsch criticaba a Lenin por las mismas razones que Friedrich Adler: según él

Lenin no había comprendido el punto de partida resueltamente materialista en que se basa la

filosofía neopositivista. ¿No lo había comprendido Lenin o no lo había comprendido él?

Por su propia esencia, el positivismo es una filosofía radicalmente opuesta al marxismo, que se

fundamenta precisamente en la negación del dato empírico positivo o dado, como hemos

expuesto en ¿Dialéctica o teoría de las contradicciones?. La dialéctica materialista va más allá de

la afirmación para descubrir su transformación en negación, en su opuesto, que es la clave de su

evolución futura; va también más allá de las apariencias fenoménicas para penetrar en la esencia

misma y las leyes que rigen el movimiento de las cosas, según hemos dejado también expuesto

en Las 50 primeras páginas de El Capital.

En el movimiento obrero una tendencia derechista incuba, por reacción simétrica, otra de tipo

izquierdista. El revisionismo de 1898 tuvo su complemento en el izquierdismo de 1920, propiciado

por la guerra mundial y la Revolución de Octubre. La profunda crisis del capitalismo en su

transformación a la nueva fase imperialista arrastró esos sedimentos, integrantes de un mismo

ataque al marxismo desde dos flancos opuestos. Si contra el primero Lenin escribió Materialismo

y empiriocriticismo, contra el segundo escribió El izquierdismo, enfermedad infantil del

comunismo. Pero el marxismo superó su profunda crisis en el cambio de siglo no gracias a los

libros sino fundamentalmente gracias a la Revolución de Octubre, esto es, a la práctica.

Los izquierdistas de la época también eran parte del problema y no de la solución. Las

desviaciones revisionistas e izquierdistas no marcharon nunca separadas ideológicamente. Los

derechistas como Bernstein y los izquierdistas como Korsch combaten al marxismo desde las

mismas trincheras bajo la excusa de la ortodoxia o el dogmatismo. El núcleo central del

pensamiento del izquierdista Korsch es el mismo que el del derechista Bernstein, a saber que

después de la muerte de Engels la elaboración y el desarrollo ulteriores de la doctrina marxista

debe comenzar con la crítica de la misma (17). Todos los postulados filosóficos de Korsh, sin

ninguna originalidad, repiten los dogmas kantianos y positivistas: separa la ciencia (materialismo

histórico) de la filosofía (materialismo dialéctico), de modo que equipara el tránsito de una a otra

como el de la crítica al dogma. La ciencia social materialista de Marx no necesita ninguna

fundamentación filosófica, concluye Korsch. La paradójica inclusión de Korsch dentro de las filas

marxistas, a las que critica, procede de un equívoco: el de imaginar que son marxistas por

escribir acerca de Marx y del marxismo. Como buenos kantianos, ambos renovadores también

eran críticos y aplicaban algo que ellos creían que era el marxismo a algo que también creían que

era el propio marxismo y de ahí sólo podía resultar lo que resultó: la confusión y la liquidación.

Los críticos, como buenos críticos, imaginan que todo ese galimatías en el que nos pretenden

enredar, es una cuestión teórica y, en consecuencia, que a una crítica le sucede otra crítica y a

ésta una tercera, y así sucesivamente hasta que ya nadie pueda aclararse. En todas esas críticas

los protagonistas son los propios intelectuales, criticándose unos a otros. Pero los materialistas

consideramos que las teorías derivan de condiciones materiales (económicas, sociales y políticas),

y nunca de sí mismas, que forman parte de la lucha de clases, en definitiva. Por tanto, pensamos

también que no hay mejor crítica de una teoría que la práctica y que para ello hay que buscar las

verdaderas raíces del embrollo crítico que por ambos flancos amenazaba con liquidar al marxismo

hace 100 años.

Al marxismo a finales del siglo XIX le pasaba lo mismo que a la física: se había desarrollado tan

contundentemente que había entrado en crisis, una crisis de crecimiento que debía resolverse en

un salto cualitativo: el leninismo. El revisionismo tuvo su origen en el rápido crecimiento del

movimiento obrero a finales del siglo XIX en Alemania, acompañado de la propia implantación en

su seno del marxismo como teoría dominante. Con el monopolismo y la industrialización

acelerada, el número de obreros crecía en los países más avanzados, integrando a grandes masas

de campesinos y pequeños burgueses arruinados, a los que hay que añadir la aristocracia obrera,

un sector privilegiado del proletariado que el imperialismo mantenía acomodado como soporte

suyo gracias a una larga etapa pacífica de prosperidad que le permitió repartir dividendos y hacer

concesiones. La asimilación del marxismo por estos nuevos obreros no podía resultar

consecuente, sino parcial y vacilante. Los revisionistas surgen porque la burguesía se vio obligada

a efectuar su labor de zapa desde dentro del propio marxismo; el peor enemigo del marxismo

pasó a integrarse en sus propias filas. El triunfo ideológico del marxismo supuso que todo tipo de

errores se deslizaran por su interior bajo la apariencia de una acérrima defensa de los principios

expuestos por Marx y Engels: La dialéctica de la historia es tal -decía Lenin- que el triunfo teórico

del marxismo obliga a sus enemigos a disfrazarse de marxistas (18). La entrada del capitalismo

en su etapa imperialista también condujo a una crisis del marxismo de la que saldrá una

revolución teórica, el marxismo-leninismo, y otra práctica, la Revolución de 1917.

Los revisionistas son agentes de la burguesía en las filas obreras, a los que hay que combatir sin

descanso. Esta fue la tarea que Lenin se impuso, surgiendo con fuerza sus escritos en contra de

esta nueva corriente que pretendía poner al movimiento obrero bajo la influencia de la burguesía.

Lenin subrayó cómo, a diferencia del viejo reformismo del siglo XIX, el revisionismo tiene un

nuevo fundamento económico y social en el capitalismo monopolista, en el imperialismo, que

había que criticar sin tregua ni vacilación. La Internacional Comunista constituyó el freno más

importante, que dejó en evidencia a los revisionistas y a la socialdemocracia como lo que eran: el

segundo pilar de los monopolistas, su brazo izquierdo.

Naturalmente, los reformistas no admiten este punto de vista, dejando su criticismo en el vacío

más absoluto. Su objetivo no consiste sólo ocultar el verdadero significado y alcance de la

polémica desatada por el empiriocritismo; tampoco únicamente en esconder las raíces materiales

de ese intento liquidacionista. Su énfasis es de muy largo alcance, va más allá de la polémica de

fines del siglo XIX y está puesto en tratar de convencernos de que el problema estaba en el

propio leninismo y que, a través de él, se trasplanta a la Unión Soviética, a la filosofía soviética y

a la construcción allí del socialismo. Así García Cotarelo (19) ha planteado la batalla de entonces

como una especie de enfrentamiento entre los intelectuales (de la socialdemocracia) con los

funcionarios (de la misma socialdemocracia), donde aquellos tenían la razón frente a éstos, que

serían –no se sabe por qué, cómo, ni cuándo- los promotores de esa horrible versión escolástica y

vulgar del marxismo en la divisoria de aquellos dos siglos. Es el mito feliz de la burocracia que

pasaría, sin solución de continuidad, de la II Internacional a lo que ellos califican de stalinismo,

una manera de renegar de la necesidad de un partido como vanguardia de la clase obrera, para

mitificar la genialidad de la casta parasitaria y elitista a la que pertenecen los que así opinan: la

intelectualidad burguesa.

Pero los comunistas buscamos la raíz del problema en otro lado, el que escamotean todos los

intelectuales burgueses: que bajo el aspecto de una nueva teoría científica, subyacía la

penetración revisionista de la burguesía dentro del movimiento obrero para dar un golpe de

timón, coincidente (y no por casualidad) con la entrada del capitalismo en su fase imperialista. De

manera que bajo la apariencia de un debate ideológico, lo que se esconde es, como dijo

Luxemburgo un problema político, de clase.

Además del sureño Labriola, los primeros y únicos que verdaderamente hicieron frente a ese

intento de mestizaje filosófico, fueron los orientales Luxemburgo, Plejanov y Lenin. La primera

tuvo su intervención en 1900 con su Reforma o revolución, en el que atacaba a los revisionistas

en el terreno económico y político. Plejanov se lanzó a la batalla al año siguiente con Cant contra

Kant y, más tarde, al mismo tiempo que Lenin, en sus obras Cuestiones fundamentales del

marxismo y Materialismo militante, reitera sus ataques al neokantismo y al empiriocriticismo.

Por eso Materialismo y empiriocriticismo hay que leerla en paralelo con esas obras de Plejanov,

escritas todas ellas por la misma época y Lenin, a pesar de las divergencias políticas entre

ambos, valoró positivamente la participación de Plejanov en la batalla. Pero las posiciones

filosóficas de Plejanov tenían un carácter limitado: no entraban en las raíces sociales y

económicas que propiciaban la difusión del revisionismo dentro de la socialdemocracia alemana,

pasaban por alto la relación del empiriocriticismo con los recientes desarrollos de la ciencia y

erraban al exponer determinados aspectos del materialismo dialéctico, como su vinculación a

Espinosa o la teoría de los jeroglíficos. Es más, partiendo de sus enfoques, Plejanov intentaba

encontrar una conexión entre el empiriocriticismo y el bolchevismo.

A finales del siglo XIX la dialéctica de Hegel había perdido su empuje originario y se imponía la

mezcla de positivismo, historicismo y kantismo. La epistemología estaba entonces en el centro de

la filosofía burguesa y Materialismo y empiriocriticismo es, ante todo, un tratado marxista de

teoría del conocimiento expuesto en forma de una teoría del reflejo. Por eso el materialismo

dialéctico aparece subrayado en la obra como materialismo. Por eso también Lenin se sitúa en el

mismo plano abstracto que los idealistas y da una definición de materia dentro de esa teoría del

conocimiento que es abstracta, epistemológica y, por tanto, correlativa a la definición de

conciencia: La materia -escribió- es una categoría filosófica para designar la realidad objetiva,

dada al hombre en sus sensaciones, calcada, fotografiada y reflejada por nuestras sensaciones y

existente independientemente de ellas.

La teoría del reflejo es polar o, si se quiere, dialéctica y subraya la oposición absoluta de la

materia y la conciencia, que es la cuestión fundamental

de

la

filosofía, la

que

divide al

materialismo del idealismo. Naturalmente, como materialista, Lenin señala la prioridad de la

materia con respecto a la conciencia. Ahora bien, esa polaridad, remarca Lenin, se circunscribe a

los límites restringidos de esa cuestión y no se puede llevar más allá:

La oposición entre la materia y la conciencia tampoco tiene significado absoluto más que dentro

de los límites de un dominio muy restringido: en este caso exclusivamente dentro de los límites

de la cuestión gnoseológica fundamental acerca de qué se debe tener por lo primario y qué por lo

secundario. Más allá de estos límites la relatividad de tal oposición no suscita duda alguna.

Este es un aspecto clave de toda la obra, que hay que entender como un estudio de

epistemología que no afronta todos los aspectos del materialismo dialéctico pero es más que

suficiente para despejar cualquier ambigüedad sobre un problema que es el que divide toda la

historia de la filosofía desde su mismo origen: el de la primacía de la materia sobre la conciencia.

Al abordar el análisis de los postulados más importantes de la física moderna, Lenin vuelve a

subrayar la diferencia entre el enfoque filosófico y el enfoque científico particular de los

problemas examinados: En lo que menos pensamos es en tratar de las doctrinas especiales de la

Física. Nos interesan exclusivamente las conclusiones gnoseológicas sacadas de ciertas tesis

concretas y de descubrimientos conocidos por todos. Más adelante añade: El materialismo y el

idealismo difieren por la solución que dan al problema de los orígenes de nuestro conocimiento, al

problema de nexo entre el conocimiento (y lo psíquico en general) y el mundo físico; la cuestión

de la estructura de la materia, de los átomos y de los electrones no tiene que ver más que con

ese ‘mundo físico’ (20).

Cualquier concreción de la noción de materia como sustancia nos sitúa, pues, fuera del terreno

epistemológico del que Lenin no quiere salir y, por tanto, la oposición entre materia y conciencia

deja de ser absoluta o, como dice en otro inciso: La conciencia es un estado interno de la materia

(21), una propiedad de la forma superior de organización de ésta, el cerebro, cuya esencia

consiste en reflejar la materia. El materialismo dialéctico comprende la conciencia como un

producto superior de la materia, una función del cerebro humano. Por tanto, es una de las

innumerables propiedades de la materia, un derivado de ella, de donde se deduce

necesariamente que ésta es lo primario y posee propiedades que no puede tener la conciencia. La

materia puede existir sin la conciencia pero ésta no puede existir sin aquella.

En Materialismo y empiriocriticismo Lenin fundamenta la posibilidad del conocimiento objetivo de

las leyes de la naturaleza y la sociedad. El centro de su teoría del reflejo consiste en defender el

carácter objetivo de las sensaciones; afirma que la sensación es objetiva por el contenido, como

reflejo del mundo objetivo; es objetiva por su fuente, como producida por la influencia de los

objetos exteriores en los órganos de los sentidos; es objetiva asimismo por su función, como

instrumento para conocer el mundo, la realidad existente fuera de nosotros. Además, la

objetividad de las sensaciones se debe a que los órganos de los sentidos, que crean las imágenes

de las cosas, son determinados por la realidad objetiva. Durante la evolución, los analizadores

(acústicos, ópticos, olfativos, etc.) han mejorado, adaptándose a la necesidad de reflejar con

mayor fidelidad los objetos.

A partir de este núcleo, la objetividad del reflejo, los revisionistas como Sacristán aseveran que

esta teoría es pasiva, que Lenin negaba el carácter activo y subjetivo de la conciencia. Esto es

completamente falso. No se puede hablar de reflejo, como hace Sacristán, como de un reflejo

pasivo sin manipular la dialéctica materialista. En sus Cuadernos filosóficos Lenin escribió: El

enfoque del espíritu (humano) de una cosa particular, el sacar una copia (= un concepto) de ella

no es un acto simple, inmediato, un reflejo muerto en un espejo, sino un acto complejo, dividido

en dos, zigzagueante, que incluye la posibilidad de que la fantasía vuele apartándose de la vida

(22). También en Materialismo y empiriocriticismo Lenin concluye que las sensaciones son la

unidad de lo objetivo y lo subjetivo: Una imagen subjetiva del mundo objetivo. Las cualidades

personales de cada hombre dejan su impronta en la percepción de las sensaciones, en las cuales,

igual que en la conciencia, siempre está presente el elemento individual y concreto, de modo que

cada percepción expresa las propiedades objetivas de los objetos que se encuentran fuera del

hombre y fuera de toda sensación, pero asimismo, es siempre un experimento del sujeto. En la

teoría del conocimiento, como en todos los otros dominios de la ciencia, hay que razonar con

dialéctica, afirma Lenin. Los objetos de nuestras representaciones difieren de nuestras

representaciones, la cosa en sí difiere de la cosa para nosotros, añade. Las sensaciones son

subjetivas porque son siempre experimentos del hombre, del sujeto: No hay otros sentidos que

los humanos, es decir, los ‘subjetivos’ (23). Esta fórmula expresa con precisión absoluta la

esencia dialéctica de la teoría leninista del reflejo. Si prescindimos de lo objetivo, la sensación es

solamente subjetiva, no refleja el mundo exterior; si prescindimos del carácter subjetivo de la

sensación, será una interpretación mecanicista, vulgar de la misma como reflejo especulativo,

muerto, de la realidad. Un marxista soviético lo expresó con claridad de esta forma: Al reflejarse

en la conciencia, el objeto material existe doblemente: como objeto del pensamiento y como

pensamiento acerca del objeto (24).

Materia y conciencia, por tanto, forman una unidad dialéctica, lo cual no significa identidad. Como

toda unidad de contrarios, la teoría leninista del reflejo no es más que una expresión de la ley

dialéctica de la interacción universal. La sensación es el resultado de una reacción, de la

interacción del objeto y el sujeto y, por tanto, jamás puede reproducir pasivamente el objeto. El

concepto de reflejo ha conducido a interpretaciones equivocadas e incluso simplistas, como

asimilarlo a la imagen de un espejo. En ruso Lenin utiliza una expresión que designa la acción de

reflejar y no el producto de ella, como en castellano, apunta Le Ny (25). Si en lugar de reflejo

hablamos de reflexión se trataría, pues, de una actividad, de una práctica o de un proceso que,

en definitiva, no sólo no es instantáneo sino que es histórico (26). Lenin subraya la importancia

de la práctica en el proceso del conocimiento, como criterio de la verdad y muestra que el punto

de vista de la práctica es el primero y fundamental de la teoría del conocimiento y que conduce

inevitablemente al materialismo.

Además, la reflexión nunca es exacta sino, como dice Lenin, aproximativa, un avance del

conocimiento, un movimiento. La dialéctica materialista no supone jamás que el conocimiento sea

acabado e inmutable, sino que indaga de qué manera el conocimiento nace de la ignorancia, de

qué manera el conocimiento incompleto e inexacto llega a ser más completo y más exacto. Nada

de esto tiene nada que ver con la grotesca imagen que de la teoría del reflejo nos quieren legar

los revisionistas.

Lenin define la verdad como un proceso complejo y contradictorio de desarrollo del saber. La

teoría de la verdad que expone en su obra, otro ejemplo de aplicación de la dialéctica a la

investigación del proceso del conocimiento humano, brota de la misma interacción entre la teoría

y la práctica, la materia y la conciencia, la verdad absoluta y la verdad relativa. La examina por

dos lados: en oposición a las distintas formas del idealismo subjetivo y del agnosticismo subraya

la objetividad y la independencia del contenido de nuestros conocimientos con respecto al sujeto;

al propio tiempo señala también que el conocimiento es el proceso de desarrollo de la verdad

relativa en verdad absoluta, oponiendo así la teoría materialista dialéctica de la verdad tanto al

relativismo como a la metafísica: El pensamiento humano -escribió Lenin-, por su naturaleza, es

capaz de proporcionarnos, y proporciona en realidad, la verdad absoluta, que resulta de la suma

de verdades relativas. Cada fase del desarrollo de la ciencia añade nuevos granos a esta suma de

verdad absoluta; pero los límites de la verdad de cada tesis científica son relativos, tan pronto

ampliados como restringidos por el progreso sucesivo de los conocimientos.

Naturalmente, los críticos están radicalmente enfrentados a esa concepción, que consideran como

dogmática. Si no defienden la cognoscibilidad, tampoco podemos esperar que defiendan la verdad

porque no creen en ella, de manera que esa defensa se ha convertido en patrimonio del

proletariado: La única conclusión que se puede extraer de la opinión, compartida por los

marxistas, de que la teoría de Marx es una verdad objetiva -escribió-, es la siguiente: yendo por

la senda de la teoría de Marx, nos aproximaremos cada vez más a la verdad objetiva (sin llegar

nunca a su fin); yendo, en cambio, por cualquier otra senda, no podemos llegar más que a la

confusión, la patraña.

Crítica de la semiología idealista

La teoría materialista del reflejo, establecida por vez primera por Descartes, tenía una fuerte

raigambre en el pensamiento ruso más avanzado de la época, así como una sólida concreción

fisiológica y materialista en los descubrimientos de I.M.Sechenov (1829-1905). Luego I.P.Pavlov

(1849-1936) pluralizó la teoría del reflejo al diferenciar los incondicionados de los condicionados,

configurando éstos como un sistema de señales. Fue Plejanov quien introdujo la noción fisiológica

de reflejo en la filosofía rusa más avanzada del momento, que fue adoptada también por Lenin.

Pero Plejanov erró al confundir esta noción con la teoría de los jeroglíficos (o de los símbolos) del

científico alemán Helmholtz (1821-1894), que incurría en el idealismo.

La teoría de los jeroglíficos era el embrión de la semiología moderna que entonces aparecía por

varias vías diferentes, si bien en todas ellas con un fuerte componente idealista. Pero al mismo

tiempo, en ella también había un carácter indudablemente materialista y, por tanto, científico. Es

del máximo interés deslindar ambos campos, no solamente la teoría de los reflejos de la de los

jeroglíficos y de la semiología sino, sobre todo, el materialismo del idealismo que incidía en

ambas.

En Descartes los reflejos eran reacciones puramente automáticas, pues para el filósofo francés los

animales son máquinas desprovistas de conciencia y sensibilidad. Por ello, para caracterizar al

hombre, Descartes estableció un segundo principio: el pensamiento, que es de tipo espiritual. Así

Descartes dividió la actividad del hombre en una modalidad inferior, explicada por leyes físicas, y

una actividad superior o psíquica, voluntaria, explicada por la parte espiritual del hombre. Esta

explicación dualista de Descartes prevaleció durante varios siglos y, aunque su pensamiento era

materialista (27), de él se han derivado también corrientes idealistas.

Por su parte, Helmholtz fue un extraordinario científico cuyas contribuciones a la física y a otras

disciplinas resultaron extraordinariamente valiosas. Pero en el terreno filosófico sus tesis fueron

muy confusas y vacilantes, cuando no completamente erróneas. Era un materialista espontáneo e

inconsecuente. Expuso en ocasiones postulados materialistas: reconocía la existencia de la

realidad objetiva, otorgaba gran importancia al conocimiento empírico y consideraba que las

sensaciones se forman como resultado de la influencia de la realidad objetiva sobre los órganos

de los sentidos del hombre. Pero tuvo a la vez una fuerte tendencia a dejarse arrastrar por el

neokantismo y el agnosticismo. Según su tesis jeroglífica las sensaciones son sólo signos,

símbolos y no reflejo de las cosas. Consideraba que el signo simbolizaba de manera arbitraria la

realidad exterior y, al modo conductista, sostenía que carecía de cualquier connotación síquica o

interna para el sujeto. Los signos, según Helmholtz, provocaban reacciones instintivas o

inconscientes, lo que era una forma de mecanicismo. La idea y el objeto representado por ella

son dos cosas que pertenecen a dos mundos distintos por completo; repetía la tesis kantiana

sobre la separación del fenómeno y la cosa en sí y negaba a las sensaciones toda analogía con las

cosas. Helmholtz opinaba que las sensaciones no pueden reflejar con acierto el mundo de las

cosas reales que les resulta ajeno. Afirmaba que las propiedades de las sensaciones dependen del

carácter del aparato que las produce bajo la influencia de causas exteriores y no dudaba de la

realidad de las cosas. Sin embargo, exageraba el aspecto subjetivo de las sensaciones, negaba

que el aparato nervioso del hombre creara, en lo fundamental, una imagen síquica adecuada del

objeto. Su teoría de los jeroglíficos conducía a concebir las sensaciones como simples signos

convencionales que no informan acerca de los objetos reflejados.

En 1863 Sechenov publicó su obra Los reflejos del cerebro (28), que constituye la primera

explicación científica de los fenómenos síquicos. En él critica la larga tradición originada por el

paralelismo psico-físico de Descartes. El siquismo, en lugar de ser independiente del cuerpo era

una función del sistema nervioso central en general, y del cerebro en particular. Sechenov

comienza su obra estableciendo el principio materialista de que el cerebro es el órgano del

espíritu, es decir, un organismo que cuando entra en funcionamiento por cualquier causa,

produce como resultado final la serie de fenómenos internos que constituyen la actividad síquica.

La obra de Sechenov constituye una explicación de lo síquico en función de los datos objetivos, es

decir, de las respuestas observables del sujeto a los estímulos del medio. El fisiólogo ruso buscó

explicar la conducta de los sujetos como determinada en forma regular por estímulos externos, a

los cuales el sujeto debía responder forzosamente. Demostró que la primera causa de toda acción

humana no radicaba en el mundo interno sino fuera de él, en las condiciones concretas de su vida

y de su actividad: El organismo sin el medio exterior que lo sustenta es inconcebible, por eso en

la definición científica del organismo debe incluirse el medio que influye sobre él, ya que sin este

último, la existencia del organismo no es posible.

Sechenov también concedió un papel trascendental al aprendizaje. El hombre es un ser que tiene

unas reacciones incondicionadas básicas pero éstas no son nada comparadas con las reacciones

adquiridas, que explican la singularidad de cada individuo.

Otro fisiólogo ruso, Pavlov, demostró posteriormente de manera experimental las aportaciones de

Sechenov y materializó su teoría de los reflejos condicionados, recibiendo por ello en 1904 el

premio Nóbel. Para Pavlov los dos reflejos son de tipo material ya que existen dos sistemas de

señales diferentes que, además, están jerarquizados. Existe un primer sistema de señales que

induce reacciones instintivas y mecánicas en la sique del sujeto, igual que en los animales, y un

segundo sistema superior de señales, que es el lenguaje. Los primeros provocan reflejos

incondicionados, los otros condicionados. Estos últimos son propios exclusivamente del hombre y

se localizan en los grandes hemisferios cerebrales que alojan la actividad nerviosa superior. De

esta forma Pavlov relacionó lo fisiológico con lo síquico, lo común con el animal y lo

específicamente humano.

Los experimentos de Pavlov, de enorme alcance en sicología, constituyen el fundamento

materialista de la semiología y de todos los sistemas de signos, incluido el lenguaje. Hasta

Pavlov, identificando las percepciones con los signos, la ideología burguesa había podido

especular introduciendo la confusión entre la fisiología y la sicología, la reflexión y la señalización

(significado y signo) y los dos sistemas de señales, que conducían al convencionalismo y al

agnosticismo.

Los descubrimientos de Sechenov y Pavlov revolucionaron la sicología, proporcionando el

fundamento científico materialista tanto de la teoría del reflejo como de la semiología moderna.

Pero la diferencia entre la reflexión, una relación de semejanza con el medio, y la señalización,

que es de adaptación al medio, no estaba aún definida, ni mucho menos. Los sicólogos soviéticos

siempre destacaron que la teoría semiológica de Helmholtz era la opuesta de la Sechenov y

Pavlov. Así, Rubinstein (29) indica que a finales del siglo XIX y durante varias décadas las tesis

de Sechenov levantaron una gran polémica en Rusia que llegaron más allá de los reducidos

círculos académicos y en contra de sus tesis se opusieron precisamente las de Helmholtz.

Esta separación tajante entre Helmholtz y los dos fisiólogos rusos no es convincente porque se

aprecian bastantes puntos de contacto que, a través de Sechenov y Pavlov, y no al margen de

ellos, llegan a Plejanov. En otra obra, este mismo sicólogo soviético afirma la continuidad entre

Helmholtz y Plejanov (30) pero siempre dejando fuera de esa influencia a Sechenov y Pavlov. Esa

misma influencia es la que crea entre los empiriocriticistas rusos una variante singular, el

empiriosimbolismo de Yuskevitch, todo lo cual prueba que el deslinde no es tan evidente. En

efecto, las tesis de Sechenov, no obstante su capital importancia y su carácter claramente

materialista, no están tan desligadas de las de Helmholtz. Es más, durante años Sechenov fue

alumno de Helmholtz. En Pavlov también se rastrea la confusión cuando afirma que no hay

ninguna razón para no considerar como reflejo (y darle ese nombre) a lo que hasta ahora he

designado con el término de señalización (31).

Fue Sechenov quien empleó por primera vez la expresión jeroglíficos en 1890 y, a partir de

entonces, ambas expresiones aparecen conectadas y, lo que es peor, confundidas. Así las

presenta Plejanov que, además de la teoría del reflejo asume también la jeroglífica, pero las

equipara. En su obra Materialismo militante, frente a las críticas de Lenin, se reafirma en su tesis

anterior (escrita en 1899) acerca del tema y se defiende diciendo que la expresión jeroglífico no

la tomó de Helmholtz sino de Sechenov. Por tanto, presenta como diferente algo que no lo estaba

en absoluto y añade que él compartía el punto de vista de los fisiólogos materialistas de su época

y no el de la ciencia natural del siglo XVIII. Por tanto, el primero que hace ese deslinde es

Plejanov, aunque él mismo se situaba de parte de los fisiólogos rusos y no del científico alemán,

lo que resulta evidente cuando Plejanov cita el siguiente párrafo de Sechenov en apoyo de su

tesis jeroglífica, que es claramente confuso: Cualesquiera que sean las cosas en sí,

independientemente de nuestra conciencia -aún si las sensaciones que hacen nacer en nosotros

no son más que signos- no es dudoso en todo caso, que a la semejanza y a la diferencia de esos

signos corresponden la semejanza y la diferencia de lo real. En otros términos, las semejanzas y

las diferencias que los hombres perciben en los objetos sensibles son semejanzas y diferencias

reales. En 1905 escribió un nuevo prólogo a la traducción rusa del Ludwig Feuerbach y el fin de la

filosofía clásica alemana de Engels en la que exponía que, aunque seguía sosteniendo las tesis de

Sechenov, consideraba errónea la terminología.

En Materialismo y empioriocriticismo Lenin, aunque valora positivamente algunas de las

reflexiones filosóficas de Plejanov, le critica en este punto, considerando un error su materialismo

jeroglífico y, naturalmente, también la variante rusa empiriosimbolista. Pero la crítica de Lenin a

la teoría de los jeroglíficos no está enfilada contra la semiología sino contra el idealismo revestido

de jeroglíficos. En este punto, como en la física, Lenin sigue aferrado a su criterio epistemológico.

Por eso no dirige su ataque directamente contra Plejanov sino contra Helmholtz: Si las

sensaciones no son imágenes de las cosas, sino sólo signos o símbolos que no tienen ‘ninguna

semejanza’ con ellas -subraya Lenin-, entonces se quebranta la premisa materialista de la que

parte Helmholtz y se pone de cierta forma en duda la existencia de los objetos exteriores. Lenin

no entra en la semiología como no entra en la física, salvo para defender el materialismo. Deja

fuera la cuestión de la señalización para centrarse en la reflexión. Por tanto, siempre se mantiene

dentro del terreno de la teoría del conocimiento y respecto a la teoría de los jeroglíficos expone

dos criterios negativos:

— las sensaciones que percibimos del mundo exterior no son signos sino reflejos puesto que los

signos son plenamente posibles respecto a unos objetos ficticios.

— frente al reflejo, el signo convencional, el símbolo, el jeroglífico, son nociones que introducen

un elemento completamente innecesario de agnosticismo

En

cuanto

al

primer punto, defiende el materialismo; en cuanto al segundo, lo hace

indirectamente criticando el idealismo en la medida en que éste aparecía revestido de una cierta

concepción idealista de la semiología. La aversión de Lenin por los jeroglíficos proviene de su

crítica a Poincaré, creador del simbolismo o convencionalismo, y sus seguidores rusos, para

quienes nuestros conocimientos no reflejan la realidad sino que la simbolizan mediante señales

arbitrarias.

Plejanov no se preocupó de desarrollar una semiología materialista y al sostener que el signo no

refleja la realidad sino que la designa, crea una confusión innecesaria, como decía Lenin. Las

sensaciones no son signos sino que están provocadas por los signos. Además, los sistemas de

señales transportan gran cantidad de información, de contenido, asociado a ellos. Por tanto,

percibimos tanto los signos como sus respectivos significados. Los signos no son las cosas sino

los representantes de las cosas. Son arbitrarios, incluso convencionales, pero los significados

asociados a ellos no lo son: aquellos señalizan la realidad, éstos la reflejan. El pensamiento no

está vinculado a los signos sino a la unión del signo y el significado. El significado debe reflejar la

realidad para que el pensamiento sea cierto, de modo que no se puede hablar de verdad sino

cuando se tiene en cuenta el significado. Signo y significado forman, pues, una unidad dialéctica:

ni se pueden confundir ni se pueden tampoco separar de manera absoluta, como ya expusimos

en un artículo anterior (La torre de Babel).

Lo que Lenin refuta, por tanto, es la identificación idealista del signo con el significado, que no es

propia exclusivamente de la semiología sino que se extiende hasta la teoría matemática de la

información, creada en 1948 por el estadounidense C.E.Shannon. Que la información se pueda

medir por medio de su soporte material, por medio de la señal que la transporta, no autoriza a

confundir ambas. Bajo cualquiera de sus formas, la afirmación de que las sensaciones no son más

que signos convencionales, simples símbolos de los objetos, es idealismo en forma de semiología

que niega la objetividad de las sensaciones e ideas, así como la cognoscibilidad del mundo, y que

convierte los conocimientos humanos en representaciones puramente subjetivas y arbitrarias.

Con esto el materialismo no niega, ni mucho menos, el significado y la posibilidad de usar signos

en las distintas etapas del conocimiento. Desde mediados del siglo XX ha aumentado

notablemente en todas las ramas del saber el papel de los signos, de los distintos lenguajes

artificiales construidos para analizar de manera automática la información con ayuda de los

ordenadores. Sin los algoritmos, sin los lenguajes artificiales, es imposible el desarrollo de la

cibernética. También es imposible fijar los resultados de la investigación, almacenar

conocimientos, intercambiar información. En los signos o símbolos que usa la ciencia se fijan los

datos de las sensaciones, de las representaciones y de las ideas, que son reflejos aproximados de

la realidad. Ésta es la concepción semiológica del materialismo.

Bogdanov, los ‘otzovistas’ y la liquidación

El influjo del empiriocriticismo en la socialdemocracia rusa fue una manifestación teórica de la

desmoralización provocada por la derrota política de 1905 que, a su vez, conducía a replantear la

línea política del Partido bolchevique. En las derrotas todo son dudas; no sólo parecía claro que

algo había fallado sino que probablemente todo estaba fallando, hasta aquellos fundamentos

considerados más sólidos hasta la fecha por los marxistas.

Sin la derrota de 1905 es probable que la influencia del empiriocriticismo dentro de la

socialdemocracia rusa no hubiera sido tan fuerte y sin esa influencia es también muy probable

que Lenin no hubiera respondido en la forma contundente que lo hizo. También en Rusia, además

de los enemigos declarados del proletariado y su partido (Lesevich, Chernov), el empiriocriticismo

se impuso entre mencheviques (Valentinov, Yushkevich) y bolcheviques (Bogdanov, Bazarov,

Lunacharski). El motivo inmediato que indujo a Lenin a escribir esta obra fue la aparición en 1908

de un libro con una recopilación de artículos de Bazarov, Bogdanov, Lunacharski, Berman,

Yushkevich y otros, con el título Ensayos sobre la filosofía del marxismo.

El empiriocriticismo no fue, por tanto, una corriente burguesa que influenció exclusivamente a los

mencheviques. Con la dispersión ideológica de los años de la reacción, el empiriocriticismo estaba

destinado a socavar los fundamentos teóricos del Partido bolchevique, a desarmar

ideológicamente al proletariado.

Los empiriocritiscistas, como los revisionistas, no sólo pretendían modificar los fundamentos

filosóficos, sino también los principios tácticos. La importancia del empiriocriticismo fue mayor

entre los bolcheviques por influencia de Bogdanov, un personaje prácticamente desconocido, a

pesar de su influencia durante muchos años dentro de las filas revolucionarias. De él se conocen

exclusivamente las referencias –generalmente negativas- que Lenin le lanza a lo largo de casi

toda su obra, como si Bogdanov hubiera estado presente en todas las batallas políticas e

ideológicas entabladas por Lenin. Por tanto, quizá sea interesante personificar en él ese intento

de penetración de la filosofía burguesa en el seno del movimiento obrero.

Realmente Bogdanov era el apodo de A.A.Malinovski (32), médico de profesión y cuñado de otro

empiriocriticista, Lunacharski, aunque en realidad ellos nunca se reconocieron como tales

empiriocriticistas sino que se llamaron empiriomonistas y negaron la influencia de Mach y

Avenarius. Con 23 años Bogdanov había escrito una obra que fascinó a los marxistas rusos:

Compendio de economía política. Hasta que después de la muerte de Stalin se redactó el famoso

Manual, el Compendio de Bogdanov fue la obra de referencia en la que los bolcheviques

estudiaron economía política. Poco después escribió otra obra también importante: La función de

la naturaleza en la historia. Lenin conocía a Bogdanov a través de ambas obras. Como tantos

otros, tras la Revolución de 1905, Bogdanov salió al exilio, conoció personalmente a Lenin en

Suiza e ingresó en el reducido núcleo de dirigentes bolcheviques. Ambos acordaron redactar por

separado una declaración dirigida a los militantes del interior y la de Bogdanov fue aprobada por

delante de la de Lenin. Fue él quien retomó los escasos hilos que quedaban de los bolcheviques

en el interior, así como la propaganda y los corresponsales. Casi no quedaba organización en pie;

la situación de los bolcheviques era desesperada. Desde el interior de Rusia la hija de Litvinov le

escribió a Lenin: Hemos llegado aquí al último grado del agotamiento. Los bolcheviques, escribe

Walter, estaban en un estado de total disgregación: Ya casi no había [militantes]. Los pocos que

quedaban apenas si daban noticias (33). Pero las nuevas incorporaciones no sólo no iban a

ayudar a salir del agujero sino que lo complicaron aún mucho más, provocando una escisión en

un momento en el que había muy poco que escindir. Surgieron divergencias de todo tipo entre

Lenin y Bogdanov que, en forma filosófica, se aprestaba a dar el golpe de gracia a los restos

bolcheviques. Fue justo en ese momento cuando apareció el libro Ensayos sobre la filosofía del

marxismo con la recopilación de artículos empiriocriticistas, y no por casualidad.

Para empeorar, si cabe, aún más las cosas, a esa situación se unió la polémica con los otzovistas

encabezados por el antiguo diputado bolchevique Alexinski, partidarios de que el grupo

parlamentario dimitiera en bloque. Se negaban a utilizar las posibilidades legales en la lucha

política. En un momento en el que los bolcheviques no disponían de otra cosa, Lenin quería

mantener al menos esa mínima presencia pública y legal. Bogdanov no formaba parte de los

otzovistas pero vio en ellos una ocasión para aliarse y sacar adelante sus propios planes.

Finalmente, con ayuda de Gorki, Bogdanov creó en Capri (Italia) una escuela de cuadros del

Partido, en la que, además de Bogdanov y Gorki, también impartían cursos Lunacharski y

Alexinski. La situación no podía ser más crítica porque la escuela logró atraer a sus cursos a

algunos militantes del interior.

En este punto hay que añadir que la intelectualidad cuasi marxista nos vuelve a tratar de engañar

al decirnos que, a pesar de las divergencias, Bogdanov no fue expulsado de las filas bolcheviques

junto con todos los empiriocriticistas. Por ejemplo, otro integrante de la Escuela de Frankfurt, el

izquierdista alemán Oskar Negt escribe que Lenin se negó a despachar la controversia con

Bogdanov sobre problemas filosóficos mediante escisiones fraccionarias o con la expulsión (34).

Pues esto también es completamente falso. En un partido comunista, las batallas filosóficas,

como cualesquiera otras, no son las tertulas de salón que Oskar Negt imagina y, de la misma

manera que Luxemburgo pidió en Alemania la expulsión de Bernstein, en Rusia Bogdanov fue

expulsado y con él todos los empiriocriticistas. El historiador francés Gerard Walter lo expone así:

La cuestión de la escuela de Capri fue objeto de una discusión particularmente áspera. La

asamblea condenó este proyecto y ordenó a Bogdanov que renunciara a él. Éste declaró que se

negaba a someterse a la decisión de la conferencia y fue expulsado, lo mismo que sus amigos de

la fracción bolchevique (35).

Los escritorzuelos de pacotilla mienten descaradamente para encontrar una diferencia entre Lenin

y Stalin: aquel admitía todo tipo de corrientes ideológicas dentro del partido mientras que éste

no. La verdadera diferencia –realmente decisiva- fue que Bogdanov fue expulsado y Bernstein no,

y eso marcaba ya la pauta del abismo existente entre la socialdemocracia alemana y los

bolcheviques rusos, que el tiempo se encargaría de poner de manifiesto. Las depuraciones

siempre se desenvuelven en medio de controversias, que no surgen en tiempos de Stalin sino que

son tan antiguas como el mismo movimiento obrero. Recordemos una vieja cita de Plejanov

cuando explicaba las razones por las cuales Bernstein seguía militando en las filas de la

socialdemocracia, a pesar de su declarado intento de revisar el marxismo:

Esto se explica en parte por una errónea actitud hacia la libertad de opinión, muy difundida a la

sazón entre los socialdemócratas. Ellos dicen: ‘¿cómo es posible expulsar a un hombre del partido

por culpa de sus opiniones? Esto equivale a una persecución por herejía’. Las personas que

razonan de este modo olvidan que la ‘libertad de opinión’ debe realizarse siempre a través de la

libertad de asociación y de disolución, y que esta última libertad no existe cuando un prejuicio

fuerza a marchar juntas a personas que deberían estar separadas en razón de sus divergencias.

Este razonamiento erróneo explica en forma parcial el hecho de que el señor Bernstein no ha sido

expulsado del Partido Socialdemócrata alemán. No lo ha sido porque sus nuevos puntos de vista

son compartidos por un número considerable de otros socialdemócratas. Por causas que no

podemos analizar detenidamente en este artículo, el oportunismo ha ganado muchos partidarios

en las filas de la socialdemocracia de varios países. Y en esta difusión del oportunismo radica el

mayor peligro entre todos los que nos amenazan en la actualidad. Los socialdemócratas que han

seguido fieles al espíritu revolucionario del programa partidario -y afortunadamente casi en todas

partes constituyen mayoría- cometerían un error insalvable si no tomaran a tiempo medidas

decisivas para combatir este peligro. El señor Bernstein, aislado, no sólo no inspira temores sino

que es francamente cómico, un personaje que muestra una desopilante semejanza con el

filosófico Sancho Panza. Pero el espíritu del ‘bernsteinismo’ es aterrador como síntoma de una

posible claudicación (36).

Efectivamente, el revisionismo no era un problema peculiar de Bernstein sino el síntoma de algo

mucho más profundo, aterrador dice Plejanov, que es lo que algunos intelectuales elitistas se

empeñan en encubrir. Frente a él hubo que tomar medidas decisivas, entonces como en lo

sucesivo.

A pesar de la expulsión de Bogdanov, la situación se tornó muy confusa dentro del movimiento

obrero ruso porque tanto Plejanov como los mencheviques, aunque no estaban de acuerdo con el

empiriocriticismo, aprovecharon la situación para lanzar toda clase de acusaciones contra Lenin,

que fue acosado. Durante mucho tiempo corrieron bulos por toda Europa acerca de que Lenin era

el responsable de todas las divisiones habidas y por haber dentro de la socialdemocracia rusa;

que era un ignorante en filosofía y un sectario a gran escala. Plejanov decía que Lenin deseaba la

unidad del movimiento obrero de la misma forma que uno desea la unidad con un trozo de pan:

tragándoselo (37). En los corrillos de exiliados los comentarios sugerían que la muerte de Lenin

sería un bálsamo para el movimiento obrero europeo; no era posible que un solo militante

estuviera enfrentado a toda la socialdemocracia internacional; a donde Lenin iba provocaba

divisiones y enfrentamientos: en Rusia, en Suiza, en Austria

...

Lenin estaba sembrando las

semillas de la destrucción de todas las organizaciones locales de la II Internacional. ¿Cómo era

posible que aún le quedaran algunos fanáticos seguidores?

Poco después de aparecer el libro, se celebró en París una reunión de la II Internacional a la que

asistió Lenin. Pasó completamente desapercibido porque entonces era un perfecto desconocido

dentro del movimiento obrero europeo. No habló y la crónica de L’Humanité ni siquiera menciona

su presencia en la delegación rusa. Todo esto conduce a pensar que, a comienzos del siglo XX, el

marxismo estaba en plena etapa de descomposición y que si eso se pudo evitar no fue por las

virtudes milagrosas de ninguna teoría sino exclusivamente por obra de la práctica, de la

Revolución de 1917 que sacó del anonimato a Lenin y a libros suyos como Materialismo y

empiriocriticsmo.

El partidismo en filosofía

Cuando los comunistas hablamos de filosofía, tiene poco que ver con la concepción burguesa de

la filosofía. No recordaremos ahora aquello que dijo Marx sobre los filósofos que habían venido a

interpretar el mundo exclusivamente, mientras que nosotros queremos transformarlo. No se trata

sólo de eso, y mucho menos de que despreciemos la filosofía, sino todo lo contrario. La lucha de

Lenin contra el empiriocriticismo fue una lucha a la vez por mantener la unidad y el carácter

beligerante del marxismo. Se trata de que nosotros tenemos una concepción militante de la

filosofía. Decía Plejanov que los marxistas somos materialistas militantes o, en palabras de Lenin,

partidistas también en filosofía. La filosofía forma parte integrante de la lucha de clases y, por

tanto, nosotros concedemos una importancia decisiva a nuestras tesis filosóficas: sin ellas no

podríamos orientarnos en nuestras batallas ideológicas y políticas. Por eso, igualmente, frente a

la ideología burguesa la respuesta no puede ser exclusivamente filosófica, pero es imprescindible

también dar una respuesta contundente y clara. Como dijo Lenin, sin una sólida fundamentación

filosófica ninguna ciencia podrá resistir los ataques del idealismo.

Los dirigentes oportunistas de la II Internacional sostenían la concepción contraria. El

revisionismo pretendía un marxismo depurado de algunos de sus lotes, precisamente de aquellos

más comprometedores para el capitalismo. Ellos, como todos los positivistas, repudiaban la

filosofía, una de cuyas variantes consiste en declararla neutral, al margen de la política y de la

lucha de clases. La política es algo pragmático e independiente de cualquier teoría. Las ideas

filosóficas de cada militante del Partido eran un asunto privado suyo y se podía ser marxista sin

ser materialista dialéctico en filosofía del mismo modo que se podía seguir cualquier moda teórica

de esas que pone en circulación la burguesía periódicamente. Los errores filosóficos son tan

lejanos a la realidad concreta que carecen de consecuencias prácticas.

La concepción revisionista de la filosofía es la misma concepción burguesa, que gira en torno a la

neutralidad de las ideas que, naturalmente, siempre marchan separadas de las prácticas. A lo

sumo las teorías sirven para justificar las prácticas (reformistas) preexistentes. Por eso los

revisionistas, que son

eminentemente prácticos, se despreocupan de las teorías y las

menosprecian. En 1902 cuando la batalla contra el revisionismo estaba en su apogeo, un

militante de la socialdemocracia alemana se levantó en un Congreso y dijo: Las cavilaciones de

algunos compañeros no encuentran resonancia en la vasta masa [

...

]

deberíase simplemente

encerrar juntos a todos los teóricos hasta que se hayan devorado los unos a los otros. Esta

estrecha concepción se sigue escuchando hoy día en amplios ambientes políticos y su origen, una

vez más, está en Bernstein, lo que prueba su profunda raigambre reformista. La consigna con la

que Bernstein inició su ataque contra el marxismo era de un practicismo estrecho: los objetivos

no eran nada y el movimiento lo es todo, una de cuyas formulaciones textuales fue la siguiente:

El movimiento es lo permanente, sus teorías y formas son lo transitorio. Bernstein daba una

curiosa interpretación del principio de que la teoría surge de la práctica: Más que producto, el

movimiento es actualmente creador de teorías. Hoy, cuando la lucha de los trabajadores en el

campo político y económico es más real y efectiva que nunca, no es realmente necesario ponerse

nervioso porque el dogma de la lucha de clases pueda sufrir algún daño (38).

El revisionismo trata de imponer el estilo de las medias tintas que también combatió Plejanov en

términos inequívocos: En el dominio ideológico toda falta de claridad es un defecto. Y pienso que

la falta de claridad en las ideas es muy dañina para nosotros, ahora que, bajo la influencia de la

reacción y so pretexto de una revisión de los valores históricos, el idealismo de todos los colores

y de todos los matices desencadena verdaderas orgías en nuestra literatura, y cuando ciertos

idealistas, probablemente por hacer propaganda de sus ideas, las declaran marxismo del más

nuevo cuño. Estoy firmemente convencido de que una separación neta y rotunda de estos

idealistas nos es más necesaria ahora que nunca (39).

El carácter militante de la dialéctica materialista exige llevar a las grandes masas las

concepciones filosóficas del marxismo, aún las más abstractas, como exigió Luxemburgo:

Mientras el conocimiento teórico siga siendo el privilegio de un puñado de ‘académicos’ en el

partido, éste estará amenazado de posibles desviaciones. Únicamente cuando las amplias masas

trabajadoras empuñen el arma eficaz y segura del socialismo científico habrán naufragado todas

las modificaciones burguesas y todas las corrientes oportunistas; entonces será cuando el

movimiento pise tierra firme (40).

En la defensa del marxismo contra los ataques de los neokantianos, dijo Plejanov: El kantismo no

es una filosofía de combate ni de hombres de acción. Es una filosofía de gentes que se quedan en

todo a medio camino, una filosofía de compromiso (41). También Lenin desenmascaró el ficticio

apartidismo de la filosofía burguesa, encubierto con argucias terminológicas y escolasticismo

científico. Mostró que el desarrollo de la filosofía en la sociedad de clases antagónicas se

manifiesta inevitablemente en la lucha de las dos corrientes filosóficas fundamentales -el

materialismo y el idealismo- que expresan los intereses de las respectivas clases progresistas y

reaccionarias.

Lenin considera la historia de la filosofía como una lucha de las tendencias o líneas de Platón y

Demócrito, recalca que la filosofía moderna es tan partidista como dos mil años atrás, que la

evolución de las ideas filosóficas está vinculada con la práctica de la lucha política y que los

apartidistas en filosofía son unos mequetrefes tan incorregibles como los apartidistas en política.

El partidismo en filosofía significa que una teoría no se combate sólo con otra teoría sino con una

práctica y que la lucha ideológica, en consecuencia, no sólo es teórica sino teórica y práctica a la

vez. También en este punto los revisionistas nos han cambiado la perspectiva. A partir de 1900,

Marx y Engels, que hasta entonces eran menospreciados por la burguesía como agitadores

revolucionarios, se convirtieron por obra y gracia de los intelectuales burgueses, en filósofos, en

teóricos, en hombres fabricados a su imagen y semejanza, algo que jamás habían sido. La teoría

se separa de la práctica para acabar diciendo que las teorías son neutrales o inofensivas respecto

de las prácticas. Pero no es ésa la concepción marxista. La filosofía no es neutral, como dicen los

revisionistas, sino que tiene un marchamo de clase. En Materialismo y empiriocriticismo Lenin

desnuda las raíces sociales, de clase, de aquella ideología en sus diversas variantes

(empiriosimbolismo, empiriomonismo), demuestra que sirve a los intereses de la burguesía en su

lucha contra el proletariado.

Lenin mostró -y el desarrollo posterior de la ciencia ha confirmado- que el materialismo dialéctico

es la única filosofía cierta de la ciencia, el método científico de pensamiento. Sin embargo,

algunos se preguntan: si el materialismo dialéctico es la única filosofía conforme a la ciencia, ¿por

qué los científicos no son marxistas?, ¿por qué su libro de cabecera no es la Dialéctica de la

Naturaleza? Tampoco los Elementos de Euclides ni la Teoría analítica del calor de Fourier son el

libro de cabecera de los matemáticos, como tampoco los economistas leen a Smith o a Ricardo.

Posiblemente lean novelas de intriga por la noche, como la mayor parte de los mortales. Hay que

tener en cuenta que la dialéctica materialista no va dirigida ni a los científicos ni a los

intelectuales en especial, sino a las masas en general. También parece importante destacar que

Marx y Engels han tenido un impacto histórico en las ciencias sociales, desde luego mucho más

importante que Galileo o Newton en las ciencias naturales. De cualquier modo, las teorías

científicas no se abren camino de la noche a la mañana, especialmente aquellas que rompen de

una manera definitiva con los aspectos más arraigados de la ideología dominante. Copérnico

jamás se atrevió a publicar su teoría en vida, Giordano Bruno fue abrasado en la hoguera, Galileo

estuvo sometido a juicio por la Inquisición, Darwin es silenciado aún hoy día

...

Los científicos no

son diferentes de los demás mortales y están bajo la influencia de la ideología dominante, que es

burguesa. Plejanov lo explicó con una claridad meridiana:

Los obstáculos que encuentra el materialismo moderno como teoría armoniosa y consecuente son

incomparablemente más considerables que los que encontró en su aparición la teoría de Newton.

Contra él se dirige directa y resueltamente el interés de la clase actualmente dominante y a cuya

influencia está sometida la mayor parte de los sabios de nuestra época. La dialéctica materialista

‘que no se inclina ante nadie y considera las cosas en su aspecto transitorio’, no puede gozar de

la simpatía de la clase conservadora, que es actualmente, en Occidente, la burguesía. Ella es tan

contraria al estado de espíritu de esta clase que se presenta naturalmente a sus ideólogos como

algo intolerable e inconveniente, algo que no es digno de las ‘personas honestas’ en general y en

particular de los ‘respetables’ hombres de ciencia. No es de extrañar que cada uno de estos

‘respetables’ sabios se considere moralmente obligado a apartar de sí toda sospecha de simpatía

por el materialismo. Y lo más frecuentemente lo denuncia con tanta más fuerza cuanta más

persistencia pone en mantenerse en sus investigaciones especiales, dentro de un punto de vista

materialista. Resulta de ella una especie de ‘mentira convencional’ semi-consciente, que no puede

tener sino una nefasta influencia sobre el pensamiento teórico (42).

Para los científicos, el paso a las posiciones del materialismo dialéctico, estrechamente

relacionado con la doctrina del socialismo científico, está dificultado por sus prejuicios de clase e

ideológicos, así como por el medio social en que viven. La verdad nunca se ha abierto camino por

sí misma, por el mero hecho de ser verdad. Precisamente a causa de su partidismo la dialéctica

materialista, como cualquier otra teoría, no será dominante más que cuando el socialismo lo sea

también. El materialismo dialéctico es consecuente con la política comunista. No se puede ser

comunista sin defender la filosofía marxista: No se puede arrancar ninguna premisa fundamental,

ninguna parte esencial a esta filosofía del marxismo, fundida en acero de una sola pieza, sin

apartarse de la verdad objetiva, sin caer en brazos de la reaccionaria mentira burguesa, escribió

Lenin.

No obstante, la obra de Lenin ayudó a muchos científicos progresistas a encontrar el camino

acertado en sus respectivas esferas del saber, a romper con el idealismo y pasar a las posiciones

del materialismo dialéctico. Por supuesto eso es incuestionable en la historia y en todas las

ciencias sociales y, naturalmente, entre los científicos de la Unión Soviética. Pero también fueron

partidarios conscientes del materialismo dialéctico el científico inglés J.Bernal y los físicos

franceses Paul Langevin, J.P.Vigier y F.Joliot-Curie.

A los científicos se les impone espontáneamente, por el propio desarrollo de la ciencia, la solución

materialista del problema fundamental de la filosofía. Los adelantos científico-técnicos y las

transformaciones sociales realizadas en la práctica les convencen de la justeza de las tesis

materialistas. Tampoco se puede impulsar el desarrollo de la ciencia si los científicos no están

convencidos de la capacidad del hombre de conocer los objetos investigados. La física reconoce

esencialmente las manifestaciones de la ley dialéctica de la unidad y la lucha de los contrarios en

el fundamento mismo de la materia y en el curso del desarrollo del conocimiento humano. La

concepción dialéctica del desarrollo está también en los fundamentos filosóficos de la teoría de la

materia a la que se atiene la física moderna. Los físicos contemporáneos reconocen la unidad de

los contrarios como la sustancia y el campo, las propiedades corpusculares y ondulatorias o la

transformación recíproca de los mismos. El título de uno de los libros del físico francés Louis de

Broglie reconoce la unidad dialéctica de la continuidad y discontinuidad (43). En física se ha

impuesto el principio de correspondencia de Niels Bohr que, tomando como ejemplo la

correspondencia de los postulados de la mecánica cuántica y la mecánica clásica, afirma la unidad

de lo relativo y lo absoluto en el conocimiento de los fenómenos físicos. La teoría de la relatividad

comprobó la tesis dialéctica materialista sobre la relación recíproca de la materia y el movimiento,

sobre la relación recíproca del tiempo y el espacio como formas de existencia de la materia.

El análisis que hizo Lenin del desarrollo de la ciencia en la divisoria de los siglos XIX y XX, la

síntesis de los progresos de la ciencia, su caracterización de la crisis de la física y la

determinación de la vía para salir de ella tienen gran importancia para luchar contra la moderna

falsificación idealista de los descubrimientos científicos, por la victoria del materialismo dialéctico

en la ciencia y por el sucesivo progreso de la ciencia. Por eso durante generaciones Materialismo

y empiriocriticismo pertrechó ideológicamente a los comunistas, en la lucha contra los

falsificadores del marxismo dentro del movimiento obrero mundial. El libro de Lenin es un arma

de combate de los partidos comunistas y obreros en la lucha del marxismo contra la ideología

burguesa y el revisionismo contemporáneo. Enseña a orientarse con profundidad científica, al

estilo marxista, en todos los fenómenos de nuestro tiempo, a descubrir las leyes objetivas de su

desarrollo, a elaborar, sobre esta base, la estrategia y táctica de la lucha de clases, y a revelar la

raíz clasista del revisionismo y el dogmatismo. Desenmascarando las argucias de los revisionistas

en la lucha contra el marxismo, Lenin escribió: Una falsificación cada vez más sutil del marxismo

y un disfraz cada vez más sutil de doctrinas antimaterialistas con indumentaria de marxismo: eso

es lo que caracteriza al revisionismo moderno tanto en Economía Política como en los problemas

de táctica y en la filosofía en general, lo mismo en gnoseología que en sociología.

Notas:

(1) «Materialismo y empiriocriticismo», §6.1, en Obras Completas, tomo 18, pg.352.

(2) «Psicología en lenguaje fisicalista», en A.J.Ayer: El positivismo lógico, Fondo de Cultura

Económica, Madrid, 1978, pg.179.

(3) Albert Einstein: Sobre la teoría de la relatividad especial y general, Alianza Editorial, Madrid,

2005, pgs.127 y stes.

(4) Engels: Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.158.

(5) Henri Poincaré: La ciencia y la hipótesis, Espasa-Calpe, Madrid, 3ª Ed., 1963, pgs.213 y stes.

(6) Einstein, Sobre la teoría de la relatividad, cit., pgs. 62 y stes.

(7) James H.Smith: Introducción a la relatividad especial, Reverté, Barcelona, 1978, pg.143.

(8) Engels: Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.60.

(9) «Materialismo y empiriocriticismo», §5.8, en Obras Completas, tomo 18, pg. 347.

(10) E.Bitsakis: Física contemporánea y materialismo dialéctico, Ediciones de Cultura Popular,

México, 1972, pg.27.

(11) Cuestiones fundamentales del marxismo. Del materialismo de Feuerbach al materialismo

histórico de Marx, Fontamara, Barcelona, 1976, pg.134.

(12) Por aquella época en Austria coinciden varios personajes con el mismo apellido, todos los

cuales tienen relación con la socialdemocracia: Viktor Adler (1852-1918), médico y fundador del

partido; su hijo Friedrich Adler, (1879-1960), escritor famoso sobre todo por asesinar al primer

ministro en 1916; el sicólogo Alfred Adler (1870-1937); aquí nos referimos al kantiano Max Adler

(1873-1937), aunque Friedrich era más claramente empiriocriticista, asunto sobre el que escribió

un libro titulado Ernst Mach y el materialismo.

(13) Horst Heimann: Textos sobre el revisionismo. La actualidad de Eduard Bernstein, Nueva

Imagen, México, 1977, pg.204.

(14) Evald V. Ilienkov: Lógica dialéctica. Ensayos de historia y teoría, Progreso, Moscú, 1977,

pgs.319 y stes.; también en «Lenin y la concepción hegeliana del pensamiento», en Problemas

actuales de la dialéctica marxista, Academia de Ciencias de la URSS, Moscú, 1978, pgs.143 y

stes.

(15) Heimann: Textos sobre el revisionismo, cit., pg.186.

(16) Karl Korsch: Karl Marx, ABC, Barcelona, 2004, pg.149.

(17) Eduard Bernstein: Socialismo teórico y socialismo práctico, Claridad, Buenos Aires, 1966,

pg.31.

(18) «Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx», en Obras Completas, tomo 23, pg.3.

(19) «Rosa Luxemburgo y la revolución incompleta», en Obras Escogidas, Ayuso, Madrid, 1978,

tomo I, pg.22.

(20) «Materialismo y empiriocriticismo», §3.1,5 y 5.2 en Obras Completas, tomo 18, pgs.156,

277 y 286.

(21) «Materialismo y empiriocriticismo», §1.5, en Obras Completas, tomo 18, pg.86.

(22) «Cuadernos filosóficos», en Obras Completas, tomo 29, pg.336.

(23) «Materialismo y empiriocriticismo», §2.3 y 2.2, en Obras Completas, tomo 18, pgs. 123 y

115-116.

(24) A.G.Spirkin: Lenin y la filosofía, Grijalbo, Barcelona, 1975, pg.33.

(25) Jean François Le Ny: Psicología y materialismo dialéctico, Granica, Buenos Aires, 1974,

pg.22.

(26) S.L.Rubinstein: El ser y la conciencia, Grijalbo, México, 1963, pgs.34 y stes.

(27) Eli de Gortari: 7 ensayos filosóficos sobre la ciencia moderna, Grijalbo, México, 1969, pgs.31

y stes.

(28) Ivan M. Sechenov: Reflejos del cerebro, Ciordia, Buenos Aires 1966; Los reflejos cerebrales,

Fontanella, Barcelona.

(29) El desarrollo de la psicología. Principios y métodos, Grijalbo, Buenos Aires, 1974, pg.339.

(30) Principios de psicología general, Grijalbo, México, 1967, pg.215.

(31) I.P.Pavlov: Fisiología y psicología, Alianza, Madrid, 5ª Ed., 1978, pg.117.

(32) No confundir con Roman Malinovski, agente de la policía zarista infiltrado en la dirección del

Partido bolchevique y presidente durante un tiempo de su grupo parlamentario.

(33) Gerard Walter: Lenin, Grijalbo, Barcelona, 1973, pgs. 171 y 172.

(34) «Teoría, empirismo y lucha de clases», en Karl Korsch o el nacimiento de una nueva época,

Anagrama, Barcelona, 1973, pg.94.

(35) Gerard Walter, Lenin, cit., pg.179

(36) G.Plejanov: «Cant contra Kant», en El papel del individuo en la historia, Grijalbo, Barcelona,

1974, pgs.155-156.

(37) James Joll: La II Internacional. Movimiento obrero 1889-1914, Icaria, Barcelona, 1976,

pg.117.

(38) Horst Heimann, cit., pgs.87, 152 y 153.

(39) Plejanov, El materialismo militante, Grijalbo, México, 1967, pg.25.

(40) «¿Reformismo o revolución?», en Obras Escogidas, cit., tomo I, pg.43.

(41) Plejanov, Cuestiones fundamentales del marxismo, cit., pgs.146-147.

(42) Plejanov, Cuestiones fundamentales del marxismo, cit., pg.128.

(43) Continuidad y discontinuidad en la física moderna, Espasa-Calpe, Madrid, 1957.

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