Solo un enemigo:el tiempo

Traducción: Ana I. D omínguez Concepción Rodríguez Ma del Mar Rodríguez

Michael B ishop

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Solaris F icción

P ublicado por La F actoría de Ideas,C/P ico Mulhacén,24. P ol. Industrial «El Alquitón». 28500 Arganda del Rey. Madrid. Teléfono:91 870 45 85 F ax:91 871 72 22 w w w .distrimagen.es e-mail:informacion@ lafactoriadeideas.es D erechos exclusivos de la edición en español:© 2005,La F actoría de Ideas P rimera edición © 1982,Michael B ishop Con mucho gusto te remitiremos información periódica y detallada sobre nuestras publicaciones,planes editoriales,etc. P or favor,envía una carta a «La F actoría de Ideas» C/ P ico Mulhacén,24. P olígono Industrial El Alquitón 28500 Arganda del Rey,Madrid;o un correo electrónico a informacion@ lafactoriadeideas.es,que indique claramente: IN F O RMACIÓ N D E LA F ACTO RÍA D E ID EAS

P ara Floyd J. Lasley Jr., N uestro indulgente padrino irlandés

N ota del autor
Como ha hecho en otros proyectos de novelas largas, mi editor,D avid H artw ell,trabaj ó codo con codo conmigo en la versión final de este manuscrito. Q uiero agradecerles tanto a él como a su familia que me soportaran durante los tres días que él y yo dedicamos a un escrutinio especialmente intenso de mi trabaj o. También le debo mucho a mi esposa,Jeri B ishop, por su apoyo,su aliento y sus sugerencias,tanto durante la extensa investigación que ha supuesto este trabaj o como durante los muchos meses que pasé escribiéndolo. Sol o un enemigo,eltiempo es una obra de ficción. El país Z arakal no existe en ningún mapa, pero supongo que sus dimensiones geográficas son «muy» similares a las de K enya. Sin embargo, el lector no debe dar por hecho de forma automática que Z arakal y K enya son histórica,social y políticamente idénticas. N o lo son, y no se pretendía que lo fueran. Asimismo,el homínido protohumano al que mis personaj es se refieren como H omo zarakal ensis es una criatura inventada. H e creado este espurio ancestro de los humanos como un medio para llegar a un determinado fin dramático y narrativo. En su mayor parte, no obstante, la nomenclatura paleontológica que utilizo se aj usta al uso de aquellos científicos que de forma habitual se esfuerzan por descubrir los orígenes de la humanidad. Si bien insto a los lectores a que no consideren este trabaj o como un libro de texto sobre la evolución de los homínidos, en ningún momento he malinterpretado de forma intencionada la inmensa cantidad de datos disponibles para aquellos que se sientan fascinados con el tema. Sin duda alguna,seguirá habiendo encarnizados debates sobre
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las distintas clasificaciones e interpretaciones. D entro de una década, es posible que incluso antes,los términos H omo habil is y Austral opithecus af arensis podrían ser fósiles taxonómicos, del mismo modo que los huesos a los que identifican son, virtualmente, todo lo que queda de las pequeñas criaturas bípedas que colonizaron las fronteras de nuestra humanidad hace tantos millones de años. —M ichaelBishop Pine M ountain,G eorgia 23 de j unio de 1991

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P rólogo «Siguiente diapositiva,por favor»
V iaj é a través del tiempo en espíritu mucho antes de que lo hiciera en carne y hueso. V eréis, hasta el momento de mi partida, mi vida había sido una sucesión de diapositivas de sueños separadas unas de otras por muchos pequeños vacíos de oscuridad en los que me embargaban la anticipación y una espantosa vigilia. En algunas ocasiones, los sueños y la oscuridad se alternaban con tanta rapidez que no podía distinguirlos. La incapacidad para diferenciar el sueño de la vigilia puede ser un indicio de locura, o también puede ser un don. D espués de más de treinta años tratando de integrar ambos en un patrón coherente, he comprendido que ese es, o era,mi don. Cuando tenía cuatro años, mi padre, H ugo, traj o a casa un proyector de diapositivas del economato de la base McConnell de las F uerzas Aéreas, en W ichita, K ansas. Era un aparato con un carro circular para las diapositivas, y si mantenías pulsado el botón, al final, las mismas escenas —los mismos momentos del pasado— aparecían en rápida sucesión una y otra vez. D e algún modo, en aquel momento, cada carrusel de diapositivas era una máquina del tiempo; y la procesión de imágenes en cualquiera de las paredes o en el lienzo blanco colgado era un viaj e cíclico a los días pasados. P ara mí, sin embargo, a menudo eran más divertidas las paradas en el viaj e,los espacios vacíos en el carro de diapositivas que se transformaban en ventanas de un deslumbrante resplandor blanco. A mi padre, que hablaba inglés con un marcado acento español,le gustaba hacer estúpidos comentarios cuando aparecían aquellos cuadros vacíos: «¡El lomo de Moby D ick!».
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«¡F rosty el muñeco de nieve en una reunión del K u K lux K lan!». «¡U n oso polar nadando en un tarro de helado de vainilla!». Mi hermana Anna y yo también hacíamos nuestros propios comentarios, la mayoría más infantiles que los de H ugo, y nuestra madre, Jeannette, que apreciaba la continuidad, le urgía a seguir con la proyección. Trataba de que los carros —cada uno con cien diapositivas— siempre estuvieran llenos, de modo que hubiese relativamente pocas oportunidades para aquellas tonterías. N o es que no tuviera sentido del humor, pero, para ella, el carrusel de diapositivas representaba un mundo vivo,un mandala de brillantes experiencias recapituladas. P ara ella, lo divertido era volver a vivir cada una de las resplandecientes epifanías de la proyección. D espués de que H ugo fuera trasladado de McConnell a la base de las F uerzas Aéreas F rancis E. W arren en Cheyenne, W yoming,y después de que Jeannette empezase a trabaj ar en un periódico como crítica literaria y articulista, en nuestra familia se hicieron pocas fotografías más. Todavía veíamos diapositivas en los cumpleaños y en los ocasionales arranques de nostalgia de Jeannette;pero una vez que habías visto los temarios cuatro o cinco veces, se hacían tan predecibles como las distintas situaciones de las comedias de televisión. «John-John señalando a las vacas» siempre precedía a «Jeannette arrastrando a John-John fuera de la pradera» y siempre seguía a «Reunión John-John para paseo de octubre». U no podía dar por segura esa secuencia. A partir de los breves espacios de oscuridad entre los «clic» del botón de cambio, comencé a crear mis propias «diapositivas». D e hecho, tras mi octavo cumpleaños,solía caer en una especie de trance cada vez que empezaba a funcionar el aparato: abandonaba el presente para adentrarme en un pasado incluso más antiguo que el que estaba proyectándose en la pared. Y a por entonces, era famoso en mi familia por ser un soñador; no del tipo «ensimismado con la barbilla apoyada en la mano» que hay en la mayoría de las aulas de clase, sino un tipo de soñador extraño y visionario... y ahora estoy convencido de que la aparente afición de Jeannette por la proyección de diapositivas formaba parte de su bienintencionado deseo de atarme a la realidad. Q uería reforzar mi lealtad hacia la familia Monegal grabando en mi cerebro lo vivido e inquebrantable que era el vínculo que me unía a ellos tres.
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gasté una broma que. Me estaba distanciando tanto emocional como temporalmente. Anna. N o obstante. H ugo. La «Reunión John-John para paseo de octubre» acabó siguiendo a una invertida «Jeannette disfrutando de la playa en Cádiz». ese año. pasé unos buenos treinta minutos recolocando las diapositivas al azar o dándoles la vuelta. había ido sin acompañamiento. donde absorbía con avidez las revistas que trataban de viaj es o de historia natural. acababa de ser trasladado de Cheyenne a Guam. Cuando tenía diez años. Jeannette le dij o a Anna que traj era las diapositivas y lo preparara todo para un nuevo viaj e al P asado de la F amilia Monegal. Al ignorar el P asado de la F amilia Monegal y llenar cada momento de oscuridad entre las fotografías con un cargamento de íntimo significado. A decir verdad.volví a dej ar los carros en sus caj as y las caj as en las estanterías del armario. fui al armario donde guardábamos el equipo de diapositivas y me llevé las caj as que contenían los carros.era una máquina del tiempo —una máquina del tiempo con un orden cómodamente circunscrito—. estaba tratando de aprender más sobre ellos.presagiaba la gran rebelión de mi adolescencia.Cada carro de diapositivas.un acólito subordinado del Comando Aéreo Estratégico. los tres que seguíamos en Cheyenne desarrollamos al parecer una docena de intereses que tendían a separarnos del núcleo familiar. Q ue nadie me pidiera opinión sobre lo que pensaba del asunto no supuso un gran problema.estaba echando por tierra las intenciones de mi madre. En N ochebuena. ¿Mi broma? B ueno. D espués. U na vez en mi habitación. A pesar de que había instalaciones para los familiares en la isla. y todos nos reunimos en el comedor. j usto antes de N avidad.porque mis sueños eran los mismos allí donde estuviese. obedeció.que en aquel momento tenía catorce años. no solo para acortar la duración del viaj e. Y o apagué las lu—9— . de alguna manera. con H ugo ausente.pero era también un yugo para el status quo.como ya he dicho. mientras que «Anna viendo la procesión de Semana Santa en Sevilla» iba seguida de «Abuelo Rivenbark despidiendo a los clientes en el colmado O ld V an Luna». sobre todo asistiendo a la biblioteca. que estaba colocada de lado. sino para cumplir las exigencias de Anna (que era feliz en su colegio actual) y de Jeannette (que había comenzado a ganar un salario más que respetable con sus críticas y sus artículos).

.yo sabía que no estaba enfadada. la historia está en nuestras cabezas. y no vamos a preocuparnos por un alguien hipotético que ni siquiera sabe quiénes somos. un lío enorme.están todas numeradas. —Anna. —N o quiero que lo hagas. —¡Maldito seas Johnny-boy! —exclamó—.. Aunque ella j amás lo hubiese admitido. Anna pasó las diapositivas en toda su nueva gloria desordenada. D espotricó acerca del tiempo que llevaría volver a colocar las diapositivas en su orden sacrosanto. Además. La reacción de Jeannette ante mi vandalismo no fue la que esperaba.sin lugar a dudas.en nuestras cabezas. Mi mezcla de imágenes había conseguido transmitir matices que una secuencia lineal no — 10 — . Y a no cuentan una historia. y se negó a seguir con la proyección. —P ero sabemos cuál es cuál. Y o lo haré. Alguien que no las hubiese visto nunca no sabría lo que ocurre..no será difícil. —Es que no podemos disfrutarlas.las ha mezclado todas. Cada diapositiva evocaba su propio contexto.mamá.no pienso colocarlas como estaban. solo son trozos y pedazos de. me examinó con la mirada. Anna. P resté atención al programa —el inmutable programa implícito incluso en aquella lunática mezcla— como no lo había hecho con ninguna de nuestras proyecciones desde hada mucho tiempo. D e cualquier forma. P on la siguiente.. hundió los dedos en mi pelo y tiró de mi cabeza hasta colocarla baj o su axila. Esto lo vas a colocar tú mismo. no pasa nada —replicó nuestra madre—. —V enga. y a mí no me echaron la bronca. D espués de murmurar: «Q ué coño es esto» tras la palma de su mano. cabeza abaj o y libre de vados. Así que sigamos adelante.¿de acuerdo? D e mala gana.ces. ¿verdad? D ej emos que siga y disfrutemos de cada una tal y como aparezcan. Las V ivendas de la F amilia Monegal habían adquirido una nueva perspectiva. —Mamá. y se produj o una especie de caos demencial.Jeannette había dicho la verdad:la historia estaba. N o hará daño verlas en un orden diferente. Anna apretó el interruptor del proyector.solo le había hecho gracia la forma que había adoptado mi rebelión. —P ero. F ue Anna la que se puso furiosa. N o esperes que yo te ayude. Jeannette se echó a reír.

cuando ya era un adolescente. me rebelé con más vehemencia contra otro de los imprudentes intentos de Jeannette de imponer orden en mi caótica vida.. Los números eran la salvaguarda contra el olvido.. P ero entonces recordé lo que había dicho: «D e cualquier forma.la entropía y el caos. Y ambos sufrimos las consecuencias. Cada «clic» del botón era un repaso y un apéndice. se había rendido al carácter aleatorio de la «realidad». Era fácil mostrarse generoso cuando se podía recolocar al instante —o al menos con mucha rapidez— el mundo a tu manera. — 11 — . Coloqué la cabeza sobre el pecho de mi madre creyendo que. finalmente.podría comunicar realmente. están todas numeradas» y vi en la esquina de cada soporte de cartón la numeración que ella había escrito escrupulosa y detalladamente. U na visión poco compasiva de una fría N ochebuena en W yoming. Más tarde. pero menoscababan enormemente la impresión favorable que había producido en mí la sorprendente tolerancia de mi madre ante mi travesura.

B abington no había perdido ninguna de sus habilidades para cazar. el Presidente Tharaka concedió una dispensa especial. Joshua vivió en una remota región del P arque N acional de Lolitabu. Thomas B abington Mubia j amás había abandonado las artes de caza de los w anderobo. en Z arakal. a pesar de que estaba considerablemente menos ágil y no tenía la misma agudeza visual. ronchas y nó— 12 — . Su piel estaba cuaj ada de verdugones. porque. En 1934 había enseñado al inexperto Alistair P atrick B lair (hoy en día un paleoantropólogo de renombre mundial) cómo atrapar un duiquero tan solo con sus manos y cómo despellej ar el cuerpo del animal con las herramientas que pudiese conseguir en ese mismo lugar.matar o tallar piedras.B lair deseaba que le transmitiera esa misma destreza a Joshua. cicatrices. pero. donde un anciano de la tribu W anderobo le enseñó a sobrevivir sin agua corriente. ya que el éxito del P royecto Esfinge B lanca dependía de manera alarmante de la habilidad de Joshua para cuidar de sí mismo en el Pleistoceno Inferior.1 P arque nacional de Lolitabu. sandalias y una de las muchas camisas llamativas que B lair le había dado. musculoso y tenía el pelo cano. casi medio siglo después. teléfonos ni latas de atún importado. Cuando estaba en compañía educada. Ahora. B abington —como le llamaba todo el mundo que lo conocía bien— era alto. A pesar de haber vivido durante toda su vida entre los miembros del pueblo agrícola K ikembu (el grupo étnico más grande de Z arakal). vestía pantalones cortos de color caqui.Z arakal Dej ulio de 1986 a febrero de 1987 D urante cerca de ocho meses. en el campo. A pesar de que la caza era ilegal en los P arques N acionales del país. o casi desnudo. a menudo optaba por ir desnudo.

— 13 — . a pesar de ello. y. Aquel l a noche Il uminaron mi sol itario regreso a casa y desde entonces ( Alcontrario que mis esperanzas)no me abandonan.conseguía desconcertar a Joshua cuando se quedaba desnudo por la noche y recitaba en voz alta y con un refinado acento británico cualquiera de esos pasaj es memorizados. H asta su circuncisión. Sól o tus oj os permanecieron. En j ulio. Trataba de no dej ar que su vista se dirigiera a la entrepierna de B abington.por distintas razones aparte de la modestia occidental. Sentado en la alta acacia en la que B abington había construido una casa con una recia puerta.en algunas ocasiones.como la parte que se quita de una tirita. D e hecho. P ara Joshua. su primer mes en el campo. Y tú. parecía tener una salud excelente para ser un hombre que pertenecía al rika ria R amsay. B abington casi siempre declamaba la menos conocida de las dos piezas de P oe tituladas «A Elena»: Pero alf in l a nobl e Diana se retiró H acia su l echo occidentalde nubarrones. el que mej or casara con su estado de ánimo. A Joshua le dolía con solo mirar ese «pellej illo».dulos.hacía todo lo posible por no quitarse los pantalones cortos ni orinar delante del anciano. Joshua miró hacia abaj o y le preguntó a su mentor si se había casado alguna vez. y. el mentor de Joshua había asistido a clases en una escuela misionera que estaba a cargo de los padres de B lair.los cortes y golpes ocasionales del anciano eran menos preocupantes que el vestigio deliberado de un antiguo ritual de circuncisión.un f antasma. No deseaban irse:aún no se han ido.muchos soliloquios de Shakespeare y la mayoría de los poemas de Edgar Alan P oe. y se sabía de memoria una buena cantidad de salmos.un grupo de veteranos que se habían circuncidado durante la ascensión al poder del gabinete de coalición de Ramsey MacD onald. protestantes episcopales.te escabul l iste también Por l a arbol eda sepul cral . Los kikembu lo llamaban Ngw ati. el gran favorito del viej o w anderobo. Era una especie de trozo deshilachado de piel que colgaba por detrás del pene de B abington. Le preocupaba un poco que andar desnudo cerca de B abington significara adquirir su propio Ngw ati.

ni siquiera cuando durante el tórrido mes de agosto se quedó a la pata coj a en la oscuridad y recitó: ¡ Escuchad eltintineo! La sonata deltrineo C on cascabel es de pl ata ¡ Q ué al egrí a tan j ocunda nos inunda alescuchar La errabunda mel odí a de su agudo tintinear! ¡ Es como una epif aní a. En l a ruda racha f rí a. aunque algunos no eran más que patéticos aficionados que trataban de ganar el dinero suficiente para tener algo — 14 — .ella me esperó. mi pueblo natal. La l igera mel odí a! Las noches nunca eran frías en Lolitabu. y me alisté en el ej ército contra los perversos acólitos de H itler en el N orte de Á frica. porque. »N os amábamos con locura el uno al otro. —¿Q ué ocurrió? —D urante la guerra. La perdí en el mundo de los espíritus que nosotros llamamos ngoma. pero la más adorable y la mej or de todas era Elena Mithaga. caminé desde B ravanumbi hasta Makoleni. sé que ella ha fij ado los oj os de su alma en mí. un año después de la guerra. Cuando volví a Makoleni. B abington hizo un gran esfuerzo para asegurarse de que ni Joshua ni él tuviesen problemas con esos hombres. ellas kikembu. Esa historia emocionó a Joshua. que se hallaba perdido en el rincón sudoeste de Z arakal. tal vez. Aunque Elena también era kikembu.tres de mis esposas se habían divorciado de mí y habían vuelto con sus familias. la Segunda. N o podía considerar a B abington como alguien ridículo. incluso a los cazadores furtivos hablando en susurros los unos con los otros. fue envenenada por un hechicero que envidiaba las medallas que yo había ganado y la belleza elísea de mi Elena. P or lo tanto. le hablo a su mundo eterno con las conmovedoras palabras de otro hombre. Y o era w anderobo.—O h. Cuatro a la vez. se escuchaba el barritar de los elefantes. En noches como esta. la risa de las hienas y. sí. secas y despej adas. Fui aceptado en una unidad especial y luché durante dos años. En lugar del tintineo de los trineos. Más tarde.

en cierto sentido su entrenamiento de supervivencia con B abington era una versión despierta de los viaj es oníricos que había hecho durante toda su vida. Los leones encuentran repugnante el hedor de los seres humanos. sino enseñarle las diferencias entre las distintas especies de gacelas y antílopes.otros eran despiadados depredadores que no vacilarían a la hora de matar para pasar desapercibidos. ni siquiera habían evolucionado a principios del P leistoceno.que llevarse a la boca. —¿N o nos atacarán a menos que los provoquemos? B abington empuj ó hacia fuera parte de la dentadura postiza con la lengua y volvió a colocarla de nuevo en su lugar.y los sueños eran similares de alguna manera a las enseñanzas diarias de B abington. —N uestro olor no les parece apetitoso —le dij o B abington a Joshua—. P ermanecía en la oscuridad que separaba las dos realidades. B abington se acercó a Joshua cuando este estaba ori— 15 — .se encontraba aislado entre el antiguo paisaj e de sus sueños y los propios sueños.con seguridad. ¿P or qué sus episodios de viaj es astrales habían dado paso a unos sueños más convencionales? B ueno. Se paseaba por la sabana con tanta indiferencia como un hombre que atravesara un aparcamiento vacío. U n día. ¿Q uién sabe? —Entonces. ¿por qué hemos salido sin armas y paseamos por la hierba como si fuéramos dioses de dos patas? B abington respondió de forma mordaz: —Y o no camino de esa manera. D urante esa larga época en los páramos de Z arakal. Su obj etivo no era desconcertar a Joshua. Joshua soñó con el pasado remoto no más de una o dos veces al mes. A Joshua le preocupaban mucho más los grandes felinos del parque que los cazadores furtivos.algunas de las cuales. Joshua trataba de escuchar. pero se encontraba a sí mismo observando con cautela a los leones que yacían cómodamente baj o los árboles de la llanura. Con los oj os bien abiertos. A B abington no le ocurría lo mismo. —U n león sin dientes o uno que haya perdido parte de su sentido del olfato podría sentirse tentado de atacar.

y eres demasiado viej o como para seguir viviendo en el nyuba. se sacudió la polla.oficialmente. ¡pero me sirve a la perfección! —N o has sido mordido por el cuchillo. pero tendréis que pasar sin ese dichoso j irón colgante.la ceremonia que consagraba su llegada a la madurez.nando sobre un manoj o de hierba. A Joshua le dio la impresión de que B abington estaba hablando de la circuncisión. eres un zarakalí honorífico. La vergüenza de Joshua se transformó en ira.fuera cual fuese su edad. entonces B abington regresaría a su hogar en Makoleni y el Esfinge B lanca tendría que continuar sin su bendición.se abotonó y se dio la vuelta para dirigirse de nuevo hacia la casa del árbol. cuando hubo descargado la presión por completo. D urante una visita al parque a principios de septiembre. Creo que podré soportar el dolor y la vergüenza. Al final.B abington. —¡B abington! P ero B abington se mostró inflexible. —Y o soy americano. —Todavía no eres un hombre —le informó el w anderobo.la guardó baj o los calzoncillos. —N o es la octava maravilla del mundo. Si Joshua elegía no someterse al cuchillo —que el mismo B abington estaba dispuesto a empuñar—.un muchacho. Joshua sabía que el nyuba era la casa circular en la que vivían las muj eres y los niños pequeños kikembu. Joshua no pudo detener el proceso y estaba demasiado confundido como para apartarse de la mirada de su mentor. no muy lej os de la cabaña del árbol. B lair supo de este ultimátum y de la decisión de Joshua de acceder a ello. —En este proyecto. Era impensable que un varón adulto que representara a todos los pueblos de Z arakal llevara a cabo una misión de tal magnitud —visitar a los ngoma del mundo de los espíritus— sin experimentar primero el irua. A pesar de que medía menos de un metro ochenta y de que tenía unos oj os azules como el agua cuya visión había comenzado — 16 — . U n j oven africano que no se hubiese sometido al ritual era todavía.siempre que pudiese imponer una condición propia: —N o quiero que me quede un colgaj o de tirita como el de B abington —le dij o al Gran H ombre—.

—P ues me opongo —dij o Joshua. A estas alturas. y que había servido de paso para hacer que el nombre de B lair fuese conocido incluso en las poblaciones más pequeñas de los Estados U nidos.a deteriorarse (circunstancia que no era suficiente para obligarlo a llevar gafas). para prestar legitimidad al rito.tres años atrás. B lair le aseguró a Joshua que los kikembu educados.en el mismo bosquecillo donde él y su protegido tenían la casa del árbol. U na vez que estuvo al tanto de las intenciones de Joshua. con el fin de demostrar su propia valía. B abington había enviado mensaj es a varios de los líderes de las tribus y le había pedido a — 17 — . Joshua estaba acostumbrado a tratar con el Gran H ombre y no tenía el menor reparo en expresar sus quej as sobre los planes de B abington para el ritual de circuncisión. Sentía que estaba en deuda con B abington.había sido el invitado de un programa de la PB S sobre la evolución humana que se llamaba O rí genes. no debía exteriorizar ningún miedo antes del ritual ni gritar de dolor durante el mismo.pero rechazó con educación las muchas proposiciones bienintencionadas del Gran H ombre para evitar por completo la ceremonia de circuncisión. y durante un periodo de treinta y siete semanas. El hombre parecía contonearse incluso cuando estaba sentado sobre la correosa tapicería del asiento delantero del Land Rover. El mostacho blanco además de la frente y la calva curtidas por el sol le daban la apariencia de una morsa que se hubiera materializado de algún modo en los trópicos y hubiera decidido perentoriamente convertir esa región en su hogar. Además. B lair aún resultaba una figura imponente. D urante los últimos diez años. B abington anunció que la ceremonia tendría lugar en un plazo de dos días.sobre todo los cristianos.una iniciativa que había reavivado la antigua controversia entre los paleoantropólogos y los denominados científicos creacionistas. D icho comportamiento sería una desgracia para él y para sus padrillos. Entonces B lair le informó a Joshua de que.y su voz tenía la suave resonancia de un fagot. y también quería ganarse el respeto del anciano.también contemplaban el Ngw ati con desagrado. y que B abington no trataría de dej arle el «pellej illo» si Joshua se oponía tan enérgicamente a ello. ese careto suyo de tío feo pero atractivo había aparecido en las portadas de una docena de revistas y publicaciones científicas conocidas.

en el caso de que no pudiera soportarlo. —V enga. B lair le quitó la túnica a Joshua y le señaló el lugar donde el viej o w anderobo llevaría a cabo la operación. —N o. Al amanecer. Me encantaría ver cómo verifican eso.no solo no es necesario.sino que está prohibido. Tampoco trates de observar la incisión. ¿P ara qué sirven la fuerza y la belleza de un leopardo si nadie puede contemplarlas? —D e mucho. se bañó en una tina con patas de acero con forma de garras de león. B lair. no podía proporcionarle asistencia física hasta que la — 18 — . ¡Chitón! Joshua pasó la noche anterior a su irua descansando con B lair en la casa de invitados del parque. Además. se sentó sobre la maraña de hierba y apartó la mirada de la escalera por la que pronto descendería B abington. entró en el claro que había baj o la cabaña del árbol. en compañía del paleoantropólogo. Joshua. Las muj eres cantaban con entusiasmo. tanto hombres como muj eres. Llegaron al bosque de acacias poco después de las ocho en punto y lo encontraron lleno de j óvenes de N yarati.Joshua. ¡A la mierda con los espectadores! —Estarán ahí solo para verificar el asunto.se puso en camino hacia su cita con B abington a bordo del Land Rover que conducía un vigilante uniformado del parque. —N o debes mirar a B abington. —¿¡Espectadores!? —Me temo que es la tradición. D esnudo y tembloroso. aplaudirían la determinación de Joshua o. Estamos hablando de mi único e incomparable órgano reproductivo.ridiculizarían su muestra pública de cobardía. U na vez que el cuchillo resplandeciera.B lair que invitara a los kikembu de la base extranj era de N yarati como espectadores. —P uede que B abington debiera circuncidar a un leopardo.venga —dij o Alistair Patrick B lair—. —Creía que eso formaba parte de la demostración de mi hombría. se vistió con una túnica de lino y.si eres el leopardo. —D emos las gracias a N gai por las pequeñas indulgencias.de estilo eduardiano.no estamos hablando de leopardos. doctor B lair. su ayudante.y la bulliciosa algarabía de la multitud al completo parecía desproporcionada con respecto a la causa: el recorte de un simple prepucio.

U n corpulento guía turístico de mediana edad y expresión rubicunda utilizaba un megáfono para hacerse escuchar por encima de los cantos y los aplausos de los africanos.o tendré que privarte de futuros placeres y varios descendientes. B abington estaba ahí. y Joshua colocó ambas manos al lado derecho de su cuello. Se negó por completo a emitir ni una quej a ni un gemido y concentró su atención en un par de microbuses de turistas que rodaban por el llano cerca de la casa de invitados. Joshua notó que los oj os de la turista que estaba más cerca del guía se habían abierto como platos tras los gruesos cristales de sus — 19 — . en su gran mayoría a muj eres ancianas con la cabeza envuelta con pañuelos multicolores. Cuando los microbuses se detuvieron j unto al bosque de acacias. el guía turístico se había enterado de la ceremonia que iba a tener lugar.por supuesto. En un momento. El recorte había comenzado de nuevo. D e alguna forma. apoyó la barbilla sobre un puño y miró hacia la sabana. La incisión se detuvo por un momento.sí que le estaba pasando. Comenzó el recorte. Los pasaj eros de ambos vehículos se apearon j unto a los árboles y fueron adentrándose entre la multitud hasta situarse tras las muj eres kikembu.mientras se subía al Land Rover. Recordó que esa mañana. —D ios —murmuró Joshua. los obscenos comentarios de los hombres a su espalda y el afanoso galopar de su corazón lo aislaban de la realidad de lo que estaba sucediendo. arrodillado frente a él con un cuchillo. Joshua dej ó de escuchar el discurso del hombre para concentrarse en las oleadas de dolor que irradiaban desde el punto donde cortaba el cuchillo hacia el resto de su cuerpo. Las canciones de las muj eres kikembu. N o le estaba ocurriendo a él. Los rostros de las ventanas de los dos mugrientos vehículos pertenecían principalmente a atónitos caucasianos. Joshua apretó los dientes y los puños.sombreritos sin ala pasados de moda o exuberantes pelucas demasiado j uveniles para sus portadoras.los había visto aparcados en el interior de un patio j unto a la cabaña. que no dej aban de aullar y balancearse.ceremonia hubiese concluido.Joshua sintió deseos de gritar. Salvo que. con unas nubes de polvo flotando tras ellos. —Silencio —le advirtió B abington—.

en aquel ambiente de color ambarino-melocotón que proporcionaban las vidrieras. —D ígale que le doy veinte dólares por la túnica —le dij o la anciana a B lair—. Los kikembu sacudían los brazos para dar ánimos y más turistas —unos tímidos ancianos blancos— serpentearon para unirse a la celebración. Si no tenía setenta y dos años. africanos y extranj eros. no tenía ninguno.típico de un nativo de K ansas. hacía quince años. sentada de forma respetuosa en uno de los bancos traseros de la P rimera Iglesia Metodista.por favor. ensalzando el coraj e del iniciado al tiempo que se movían entre los árboles formando una sinuosa cadeneta de cuerpos. —¡Señora Givens! —exclamó Joshua—. La muj er del pañuelo magenta se acercó a él desde el borde de la arboleda y le habló con el insípido acento a lo Alf Landon. comenzaron a mezclarse de repente. —Se acabó —anunció B abington. Joshua se quedó con la boca abierta. Y otros cinco si me dej a hacerle una instantánea. y los dos grupos.gafas. que temía estar a punto de desmayarse. N uestro guía dice que debemos pedir permiso antes de hacer una fotografía. En aquel momento.un coro de voces resonó a través del bosquecillo y de la llanura. El balanceo de sus caderas y la cháchara incesante del guía distraj eron a Joshua del dolor del ritual de circuncisión. Joshua. V io la sangre que goteaba sobre la hierba como el agua de una espita. H abía visto por última vez a la anciana en el funeral de su abuelo. Algunos de los turistas se habían unido a la conga. Como celebración del exitoso irua. —N o dej es Ngw ati —intervino B lair—. Su cuerpo parecía mecerse al compás del de los esbeltos y elegantes africanos.K ansas. B lair lo suj etó desde atrás y colocó la inmaculada túnica blanca alrededor de sus hombros. Q uítalo. Sus mar— 20 — . B abington resopló para expresar su desprecio ante semej ante orden. Ahora Joshua podía mirar hacia abaj o. apartó de su entrepierna la parte delantera de la túnica para evitar que el vestido se manchara. K it Givens de V an Luna. la gente bailaba y cantaba. —Te doy veinte dólares por esa túnica. Era un esperpento de muj er con una pañoleta roj o chillón que le hacía parecer una matriuska.pero quitó rápidamente el ofensivo colgaj o de carne.

La anciana pareció ofendida. D esafiante a pesar de su debilidad. N o he visto a este hombre en toda mi vida.mej or. y los sueños continúan sin cesar hasta que se convierten en una costumbre.señora Givens. —N o lo he visto en mi vida —le dij o la señora Givens a B lair como si le estuviese contando un secreto—. B abington ayudó a Joshua a subir la escala que llevaba hasta la cabaña del árbol. Lléveselo de vuelta a V an Luna. —Tenga.Joshua —dij o el anciano. Mientras B lair conducía a la muj er a través de la alborotada muchedumbre de vuelta al bus.. quiero que se quede con esto. Incluso si no es sagrado.de esa forma.y el viej o w andeboro ya había transformado las palmas en una camilla sobre la que Joshua podría descansar sin miedo a agravar sus heridas. —Acompáñeme al autobús. Muchos de los kikembu que vivían en N yarati habían traído hoj as de banano a la ceremonia. —D uérmete. cuanto antes. N o tengo ni idea de por qué sabe mi nombre. — 21 — . —P or supuesto. y. por favor. —Me tiró del pelo en el colmado de mi abuelo cuando era pequeño.. las heridas se curarían más rápido. —Todo el mundo quiere un trozo de algo sagrado — murmuró Joshua—. Su pene no se adheriría a las hoj as de banano como lo haría al lino u otro tipo de ropa de cama. que lo observaba con atención. Soñar hace que lo sea. N o te pagaría ni cinco dólares por cortarme el césped del j ardín. Joshua se quitó la túnica y se la ofreció a la señora Givens.retrocedió para arrancársela de la mano y se giró hacia el paleoantropólogo. La señora Givens cogió la túnica del hombre que sangraba. —N o eres más que un negro insolente. Tumbado sobre la camilla. Joshua miró hacia arriba y vio el arrugado rostro de B abington. U n rostro que parecía haber sido creado de la misma manera en que los vientos esculpen las dunas de arena o la lluvia erosiona las rocas más duras hasta formar canales.chitadas mej illas y su barbilla estaban pintadas con todos los colores iridiscentes del rostro de un mandril.

B abington señaló la pared de la cabaña. pero B abington le explicó que él había sufrido un intenso dolor y después una especie de hormigueo palpitante un mes después de su irua. tal y como su mentor había predicho. Al principio. también de una muj er enana española que se abrió la camisa y le dio de mamar como si fuera un bebé. cuya silueta se hallaba envuelta en una túnica. —¿P or qué ha estado aquí? ¿Q ué dij o? B abington le tendió a Joshua una fotografía firmada del P residente. que entonces no era más que una amalgama de tribus. Eres un puente que cruza el abismo que separa los comienzos de Z arakal. Mutesa D avid Christian Ghazali Tharaka. a Joshua le pareció algo inquietante tardar tanto en curarse. te hayas sometido al cuchillo es un indicio de la integridad de tu compromiso con nuestro sueño. Q ue tú. En su delirio. a pesar de los antibióticos que B lair había traído a Lolitabu desde el hospital de la B ase Aérea Russell-Tharaka. —D ij o que se sentía muy orgulloso de ti. D urante dos noches estuvo delirando. Su último visitante había estado realmente allí. donde había colgado otra copia de la fotografía. pero se daba cuenta de que había hecho muy feliz a B abington. recibió la visita del fantasma lacerado de su padre adoptivo.de un j oven soldado negro de infantería que no tenía cabeza y del P residente de Z arakal. ya estaban cazando de nuevo. un afroamericano. Era el mismo de siempre otra vez. Joshua no podía leerla desde donde estaba tumbado. desenterrando tubérculos.P asaron tres semanas antes de que Joshua se sintiera lo bastante fuerte como para retomar su entrenamiento de supervivencia. Aprendió — 22 — . A mediados de octubre. El glande de Joshua ya no estaba tan sensible como para que el simple hecho de orinar le produj ese una especie de descarga eléctrica.según Joshua supo por B abington. y sus aspiraciones modernas. Esta tenía una inscripción para el w anderobo.recogiendo frutas y adentrándose más profundamente en los misterios ocultos de la vida salvaj e. Joshua prestó atención a las lecciones de B abington. —¿Q ué mas dij o? —También me dio una fotografía firmada para mí.

cómo cambiar su silueta atándose hoj as alrededor de la cintura. cómo desplazarse sigilosamente en diagonal mientras cazaba. B abington. con repasos de la información paleontológica que había devorado durante la primavera y el verano anteriores—. El tiempo en Lolitabu pasó rápidamente. este se despertó y fue a la puerta de la cabaña.estaba recitando a P oe: ¿P ero es acaso menos grave Q ue la esperanza se acabe D e noche o a pleno sol. cuya silueta aparecía recortada contra la linde de la arboleda. huevos de páj aro e insectos sin que le dieran arcadas y sin vomitar. además de cómo comer carne cruda. La noche previa al regreso de Joshua a Russell-Tharaka para los estudios adicionales —libros de texto y simuladores. Con o sin una visión? H asta nuestro último empeño Es solo un sueño dentro de un sueño. cómo rematar a un animal enfermo o herido sin cansarse y sin convertir la matanza en una carnicería. — 23 — .

al este de Á frica. Por lo tanto. H abíamos colocado el autobús de acuerdo con los cálculos de Alistair P atrick B lair. no obstante. y que si el autobús se aparca demasiado cerca de la orilla del siglo X X . la brisa que producen evapora el sudor de mi frente. el Lago K iboko se extendía sobre una superficie mucho más extensa que en la actualidad. y probablemente mi vida correría grave peligro incluso en el caso de que no me ahogara. nos ha recordado B lair. El físico estadounidense W oodrow K aprow me acaba de atar dentro de un aparato suspendido en el interior de un vehículo cerrado que parece un autobús sin ventanas.nos hemos dado un margen de error.que no sería posible sin mi talento como soñador. pero los cocodrilos también son aficionados a este gran lago.debo llamarlo—. uno de los grandes lagos del V alle del Gran Rift. K iboko. en el P leistoceno Inferior. Este enorme vehículo descansa sobre el borde exterior de una antigua superficie de playa a unos ciento veinte metros de la orilla sudeste del Lago K iboko. un par de cuchillas rotatorias interdependientes han empezado a girar j usto por encima de mi cuerpo extendido. Estamos en j ulio y hace mucho calor. B lair le ha advertido a K aprow de que. D entro. lo más probable es que yo emergiera en mi próximo viaj e astral baj o unos cuantos metros de agua tibia y salada. significa ' hipopótamo' .» Estoy en el país africano de Z arakal tomando parte en un experimento —una misión. En el exterior.2 D entro del sueño «La incapacidad para distinguir cuando uno está despierto y cuando está soñando puede ser un indicio de locura. o puede ser un don. está saliendo el sol. K aprow está encorvado en el interior de una cabina de cris— 24 — .

mientras que yo me he retirado solo N gai sabe a qué año. entonces. por supuesto. Los rotores que poco antes me habían rodeado casi por completo se quedan donde están. Este mando controla la subida y baj ada de la plataforma sobre la que me encuentro mediante unos brazos neumáticos que la unen al techo. como la j aula de un páj aro que alguien ha dej ado abierta al borde de mi plataforma. Me encuentro en el oj o de un compacto huracán. Salgo de mi cascarón hacia un «simulacro» de la P rehistoria de nuestro planeta. Atrapado dentro del sueño. la plataforma comienza a descender a través de un compartimiento que hay en el suelo del vehículo. que cierre los oj os y que me concentre en la grabación del ruido cardíaco que suena en los auriculares.mi visión interna me brinda imágenes que varían entre un paisaj e primaveral con gacelas y el interior de un autobús del siglo X X ...tal con forma de campana. aplico una tentativa presión en el mando que está j unto a mi mano. y mi sueño ha sido el instrumento que ha provocado semej ante dislocación. El sueño y la vigilia comienzan a mezclarse. de ma— 25 — . D éj ate.el ritmo de los latidos del corazón se detiene y abro los oj os para descubrir que los rotores que hay por encima de mi plataforma casi han dej ado de girar. —D éj ate llevar —entona K aprow —. El problema. A pesar de que tengo los oj os cerrados. Joshua.me dej o llevar casi dos mil milenios atrás. Al fin. pero me ha pedido que me quede completamente inmóvil. Echando un vistazo alrededor. B lair y K aprow han planeado mi salida con sensatez. es que K aprow se ha quedado en el unánime presente de la humanidad. La cabina en la que K aprow ha monitorizado mi salto en el tiempo parece estar vacía. Muy pronto estas imágenes son colindantes y me encuentro en dos lugares al mismo tiempo.) El interior del autobús existe en un conj unto de coordenadas temporales diferente al del resto del vehículo. pulsando botones e interruptores. P uedo verlo si giro la cabeza. (P orque N gai preside el mundo de los espíritus kikembu. D éj ate llevar. algo atolondrado. Los ritmos hipnóticos de este sonido me relaj arán hasta provocarme una especie de letargo e inducirán el tipo de sueño necesario para mandar mi cuerpo al Pleistoceno Inferior. el campo anular formado por los rotores. su campana transparente ha adquirido un definido aspecto ahumado. D e forma obediente.

W ashington. que en un principio se había estimado entre dos semanas y un mes. Aunque no caí en el lago. Los informes y las simulaciones no me han preparado para la «rareza» de este efecto. El suelo está a la distancia de un cuerpo baj o mis pies. Mi cazadora y mis pantalones de camuflaj e eran de la tienda de safari de Marakoi. así que entorno los oj os para contemplar este aguj ero suspendido en el aire del cielo del Pleistoceno como una preocupada Alicia que lamentara su entrada en el P aís de las Maravillas.de Seattle.había traído conmigo no solo la ropa que llevaba encima. Aun a pesar de no estar específicamente diseña— 26 — . la carrocería—. porque solo existe en un plano material a finales del siglo X X . sin posibilidad de baj ar. Además de la cazadora de camuflaj e. El propósito de todo este equipamiento era mantenerme con vida durante todo el tiempo que durase la misión. tres pares de calcetines blancos hasta la rodilla (Gold Cup) y una pañoleta roj a que mi hermana Anna me había dado como talismán cuando cumplí ocho años. A pesar de que todavía llevaba el arnés —del aparato que K aprow llamaba Plataforma Retrotemporal—. pero las botas eran de la firma Eddie B auer. ¿qué tipo de salpicaduras provoqué en aquel anciano paisaj e? En principio. Sin embargo. hacia ese trozo alargado de espacio amueblado con el equipamiento secreto que me ha ayudado a hacer la transferencia. tres camisetas interiores blancas de cuello de pico (H anes). me habría visto como el B eau B rummel de los homínidos. sino varias mudas y una pequeña cornucopia de artículos de supervivencia. si allí hubiera habido alguna clase de criatura preocupada por la moda que observara mi llegada. el chasis.esto es lo que tenía conmigo en lo que a artículos de ropa se refiere: tres pares de calzoncillos (Fruit of the Loom). echo un vistazo hacia arriba.Estados U nidos.nera que cuando emerj a del vientre del autobús no me encuentre en el interior de una sólida masa de roca ni a más de diez metros de la superficie. no muchas. los pantalones de camuflaj e y las botas de montaña. protecciones acolchadas en los tobillos y estaban fabricadas con rugoso cuero Maple Cuddy. El resto del autobús —los neumáticos. no obstante. es absolutamente invisible. P or el momento. P or supuesto que no. Tenían las suelas y los tacones de goma.

préstamo del gobierno). D espués de incorporarme hasta quedar sentado.das para los paisaj es de Á frica oriental y su caluroso clima. una navaj a suiza de bolsillo con una cadena (L. píldoras para la malaria. había traído lo siguiente: una cantimplora (excedente del ej ército.A. que había pasado ocho meses en el P arque N acional de Lolitabu con el viej o guerrero w anderobo.me la colgaría de los hombros. sometiéndome a un entrenamiento de campo. me gustaba la sensación que me proporcionaban. S. me quité los auriculares y me desprendí de los electrodos que tenía pegados en las sienes y la frente. un botiquín de primeros auxilios con vendas. examiné el terreno y salté. La mayor parte del equipamiento que llevaba estaba en los bolsillos o en una mochila de nailon que llevaba atada al pecho. tenía al menos otras tres cosas a mi favor cuando salté de la plataforma al suelo:la primera era que los médicos de las F uerzas Aéreas me habían inmunizado contra cualquier enfermedad concebible en el Este de Á frica y contra muchas otras inconcebibles. un combo de hornillo y kit de supervivencia de Eddie B auer. comprimidos para purificar el agua y un modesto contingente de profilácticos de látex. Maine).préstamo del gobierno).préstamo del gobierno).) que me falló casi de inmediato. una linterna bolígrafo con unas cuantas pilas de reserva (D uracell).o espíritus. El B eau B rummel de los homínidos acababa de debutar — 27 — . una combinación de B iblia y manual de ecología del P leistoceno en edición reducida (F undación Americana de Geografía en colaboración con los Gedeones).L. Colorado). Me resultaba imposible creer que podría morir en ese lej ano reino de los ngoma.nueve metros de cuerda de nailon de alta resistencia. un botecito de espuma de afeitar de Colgate (con olor a lima) y un espej o plegable. la segunda. y la tercera.una lupa. y un costoso comunicador intertemporal (K aprow K orn Instruments. S. Thomas B abington Mubia. Como parte del necesario equipamiento de campo.una funda de cuero para la pistola y un cinturón (Cheyenne Leatherw orx. que había visitado esa época salvaj e miles de veces en mis sueños. U na vez que baj ara de la P lataforma Retrotemporal. un neceser con una hoj illa Gillete Track-II. Freeport. una pistola automática de calibre 45 (Colt.una cartuchera de lona con un total de doscientas balas (excedente del ej ército.. Me desabroché el arnés.A. Además del equipo. Manitou Springs. B ean.

A mi lado. El rasgo más extraño del lago en aquel momento era que.todo lo que yo tenía que hacer para comunicarme con él era mecanografiar un mensaj e en el diminuto teclado de mi aparato. N o había asustadizas manadas de gacelas ni ñúes inclinados sobre las orillas para saciar su sed. N i páj aros en el cielo. Su modus operandi consistía en una correspondencia piezoeléctrica entre los cristales de un microcircuito de cada parej a de transcordiones. Era más grande que el del siglo X X . En el ambiente reinaba un escalofriante vacío.estaba el lago.una pequeña carrera me habría acercado hasta la orilla. Cuando me giré hacia el Este. Las pruebas previas. descubrí que el mosaico del hábitat de la sabana.en una época de barbarie en lo que a la confección textil se refería. ¡P or primera vez en mi vida no sabía si estaba despierto o soñando! Saqué el comunicador portátil. lo había denominado K aprow . en teoría. ni animales entre los árboles o la hierba. K aprow tenía la parej a del mío y. con viaj eros que habían saltado tan solo — 28 — . no tenía ningún otro usuario. de pirata incluso. «Transcordión». A pesar de ir armado. me sentía como un soldado paracaidista que hubiera caído miles y miles de kilómetros en el interior de las líneas enemigas. A pesar de su nombre. Como si a alguien de allí —y no veía a nadie— le importara una mierda. con el que se suponía que debía establecer contacto inmediato con mis colegas del siglo X X .los páramos cubiertos de espinos y los bosques de ribera proporcionaban una visión similar de la vida salvaj e nativa.o quizás precisamente por eso. ¿Acaso el proyecto Esfinge B lanca me había trasladado a la P angea primigenia en lugar de al Á frica preadánica? Estaba completamente solo.del bolsillo interior de mi cazadora. y ni un solo cocodrilo perturbaba las tranquilas aguas en busca del desayuno. Saqué la pañoleta roj a del bolsillo y me la até alrededor del cuello con la idea de que pudiese darle a mi diminuta figura un aire atrevido. el Lago H ipopótamo no daba cobij o a ninguno de esos bulliciosos animales que aprovechaban cualquier ocasión para tomar el sol. como una deslumbrante turquesa baj o el sol de la mañana. Es decir: ninguna. La extensa planicie que rodeaba el lago estaba vacía y la cadena de suaves y distantes colinas sobre las que se había alzado el sol parecía tan deshabitada como las cordilleras de la luna.los arbustos.aparte de Joshua K ampa.

¿P or qué no iba a suceder lo mismo con un * Juego de palabras entre la terminología golfista y el significado de las palabras:birdie.pero no una catástrofe. Empecé a ponerme nervioso.trampas de arena.el doctor Bl air tení a razón alasegurar que me encontrarí a en un periodo más húmedo y más hospital ario. Marconi. de l as T. Genio Extraordinario.y Eagl e. Los astronautas. habían demostrado que los transcordiones se habían comportado de forma fiable incluso baj o condiciones climáticas adversas. A la postre.y me di cuenta al instante de que W oodrow K aprow . Sin embargo. U ltimas P alabras y/o Proverbios Aforísticos.por lo tanto. porque no debía temer que la estática de la radio distorsionara mis palabras y pudiese enturbiar o borrar por completo el texto crucial de mi primera frase. Me puse serio: «El l ago parece estar muerto y el paisaj e no presenta más signos de vida que l a vegetación. K aprow no respondió. se había equivocado.tenían que vérselas con este fenómeno.bien.pero aun así no obtuve respuesta.K aprow había llegado a la conclusión de que el salto temporal que separaba una parej a de transcordiones no influía en su efectividad.un siglo o dos atrás.que significa águila. V a a resul tar imposibl e conseguir un damán aquí . Le di a K aprow sus buenos cinco minutos para que registrara y digiriera semej ante información. Q uizás el enorme intervalo de tiempo que me separaba del físico había afectado a los transcordiones.eso implicaría un inconveniente.no obstante.después de todo.ciertamente. El desierto del Distrito Fronterizo delNoroeste de Zarakalesta mañana no parece desértico.pero un paso atrás gigante para l a humanidad». ( N. Es un enorme y f rondoso campo de gol fcon árbol es. habían tenido también sus días baj os. Si se requería un pequeño lapso de tiempo entre enviar y recibir. sin duda.obstácul os acuáticos y cal l es l l enas de mal eza. El gasto de energía que habría supuesto enviarme al Pleistoceno no había permitido probar esta hipótesis en mi caso.) — 29 — . aquí está el primer mensaj e que tecleé en mi transcordión: «Este es un pequeño sal to para el hombre. B ell y Edison.y mucho menos un birdie o un eagle*». Agradecí tener que mecanografiar este mensaj e en lugar de decirlo.que significa paj arillo. P ero para aquellos que coleccionan P rimeras P alabras. P uede que no hubiera encontrado divertida mi estrategia de apertura. La ausencia de vida animal me preocupa.

crononauta? Caminé unos cuantos pasos a lo largo de la orilla y tecleé lo siguiente: «El pasado PAR EC E dif erente.genialy extraño. «Ese canario estaba rodeado de PEC ES». No es cuestión de una geograf í a desal ineada o de mol écul as que han cambiado de posición.estaba pasando l as páginas de un l ibro de ciencias cuando me encontré con una extraña f otograf í a. La pantalla estaba prácticamente llena. traté de explicarme: «C uando era pequeño. En aras de la portabilidad. D espués de despej ar la pantalla del transcordión. Por l o menos a mí . doctor K rapow . Seguí escribiendo:«V erá. Elpasado es dif erente.pero estaba vivo.aunque no me resul ta imposibl e respirar ni pensar aquí .cada una de las cuales constaba de sesenta y cinco caracteres.. H asta ese momento. escribí mientras — 30 — . l a verdad. G enial . Parecí a consternado. La despej é de nuevo.l a sensación de estar f uera de l ugar dentro de mis propios sueños». El canario estaba moj ado. a sabiendas de que la unidad de K aprow estaba conectada a un terminal de impresora que conservaría mis mensaj es en esos largos pliegos de papel continuo. Q uería saber lo que opinaban B lair y él sobre la ausencia de vida animal. M e recordó l a terribl e sensación que yo mismo experimentaba. y quizás nuestro único recurso viable fuera abortar la misión. P uede que hubiese saltado a una época pasada errónea. A ver si puedo expl icarme».unos diez años más o menos.y asímás o menos es como yo me siento en elpasado.mi transcordión no tenía semej ante accesorio. Elpáj aro estaba real mente dentro del agua. pero podí a respirar. ¿Le da esto una idea de l o que se siente estando en elpasado?». envuel to en una membrana de sil icona l aminada permeabl e al oxí geno.y K aprow estaba por tanto limitado a mensaj es de exactamente diez líneas.. Se trataba de un canario sumergido con su percha en un acuario. por supuesto. Estaba claro que.pensé yo.ese canario estaba inmerso dentro de casi treinta l itros de agua. K aprow habría tenido tiempo suficiente para recibir y responder al menos a mi primer mensaj e.sin embargo. Incl uso es dif erente de l a percepción delPl eistoceno Inf erior que me habí a creado en mis viaj es astral es.doctor K aprow . Estaba vivo en un medio f í sico extraño. En esta ocasión esperé.no había dicho ni «mu».estaba moj ado.y habí a pececil l os y carpas doradas nadando a su al rededor. a esas alturas.

K AP RO W ! ¡RESPÓ N D AME.pero ya que el transcordión era un aparato capaz de soportar grandes maltratos físicos. o bien abortar. y estoy dispuesto a esperar mucho más para l ograr que esos extraños y hermosos sueños mí os se conviertan en real idad.pulsé el control de — 31 — . Costara lo que costase. «¡JO D ER.no estaba dispuesto a abortar la misión. Los momentos fij ados para dichas citas eran el amanecer. Estirando el brazo por encima de la cabeza. H e esperado toda mi vida para esto. Y echo de menos a l os peces.estoy compl etamente sol o. K aprow o alguno de los técnicos baj arían la plataforma a intervalos regulares con el fin de que yo pudiera rechazar la invitación o subir a bordo para el viaj e de vuelta al siglo X X . habíamos observado ese peligro potencial solo como un obligado ej ercicio intelectual. ¿Está l eyendo l o que escribo?» N o.yo podría dej ar caer el transcordión sobre una roca o perderlo en un arroyo o podría quitármelo un babuino envidioso y autoritario—. La última había ocupado un poco más de tiempo en nuestras discusiones —después de todo. Al final.por otro l ado. tenía que volver a introducir la P lataforma Retrotemporal en el interior del autobús —con el fin de no dej ar aguj eros anómalos en la atmósfera prehistórica— y regresar a ese sitio de la orilla del lago al menos una vez al día. doctor K aprow .PO R F AV O R!» N uestro plan de emergencia era simple: en el caso de que los transcordiones fallaran. el mediodía y la puesta de sol. H abíamos hablado de la posibilidad de fracasar a la hora de establecer la conexión o de perder el contacto por el transcordión.echaba un vistazo al paraíso inanimado que me rodeaba. K aprow había estipulado que yo no debía permanecer allí más de una semana sin contacto directo a través del transcordión. era necesario mantener el pelo de mono lej os de los mecanismos. y dado que yo era plenamente consciente de su importancia.l a experiencia al compl eto. Si optaba por seguir adelante. «Y o. pero siempre con el entendimiento tácito de que ninguna de esas dos espantosas eventualidades sobrevendría. Los echo de menos porque quiero vivir todo elPl eistoceno. o bien continuar con la misión según mi valoración intuitiva. K aprow no quería dej ar la plataforma fuera durante la noche por temor a que se introduj era en el delicado interior del autobús alguno de los ingobernables representantes de las especies de primates del P leistoceno. yo debía evaluar la situación y.

sellando herméticamente las entrañas del vehículo a los oj os del Pleistoceno.en cualquiera de los casos. unas descargas eléctricas casi invisibles llenaban el aire a mi alrededor. a través de las compuertas del autobús. Me quedé de pie solo en la orilla del lago. el cielo estuvo completo de nuevo. Al contemplar el lugar donde había estado el aguj ero. Lo más probable era que hubiese una violenta explosión pero. como un baile de luciérnagas microscópicas. el vehículo podría estallar o perder la presión temporal que mantenía su atmósfera prehistórica.yo tendría que vivir lo que me quedara de vida en aquel escenario desolado y primigenio. — 32 — .consideré que si alguien en el siglo X X lograba romper el mecanismo de apoyo del autobús.la plataforma y observé cómo se retiraba hacia arriba. V olví a meterme el transcordión en el bolsillo y murmuré: —Echo de menos a los peces. Cuando dichas compuertas se cerraron. Ese fenómeno duró apenas un segundo o dos.

había decidido sacar a su hij o de su oscuro apartamento situado de la segunda planta por primera vez en su vida. su madre había reunido el valor necesario para llevarlo a la azotea a que le diera el sol. berreado y. empezado a hablar. j ugado. Entre esas paredes había dormido. Al igual que le sucedía a Cantinflas en la película que estaban proyectando en el cine cercano a su bloque de pisos. el niño había llegado a dar sus primeros pasos en una tormenta de silencio casi continuo. gateado. defecado. también era muda. prostituta y estraperlista. U n silencio solo interrumpido por sus propios gritos. El niño había pasado su primer invierno encerrado en un par de gélidas habitaciones de suelo embaldosado. comido. porque sus vecinos la veían como una muj er perdida y una — 33 — .había aprendido a andar. P uesto que era muda.no podía escribirlo.y como era analfabeta.. finalmente.3 Sevilla. principalmente. P ara complicar aún más las cosas. Si le había puesto nombre a su hij o..nadie lo conocía.España Mayo de 1963 Encarnación Consuelo O campo. Cuando la primavera llegaba a su fin. En consecuencia.no podía pronunciarlo. Encarnación era consciente de que debía poner remedio a la situación si quería que su hij o tuviese alguna oportunidad en el terrible caos de la vida adulta. Y lo había privado de esa bendición.los ruidos provocados por el resto de vecinos del bloque y los murmullos apagados de los clientes de su madre. H abía privado a esa vivaracha carita de rasgos simiescos de la sensación del sol de la tarde durante demasiado tiempo.a pesar de su corta edad y de su pequeñez. Encarnación era una analfabeta.

Y a cerca de la azotea. El niño había escuchado los muchos sonidos extraños que emitía Encarnación. pero los que estaba — 34 — . Al salir al exterior. y esa señora —no podía decirse que fuera una amiga. Cargada de ese modo.bruj a. comenzó a dar pellizcos al niño con sus nudosos dedos sin dej ar en ningún momento de parlotear como una posesa. los pellizcos parecían molestarle menos que el aliento que la viej a expulsaba con tanto alboroto por su boca. incluyendo. Ese día se enfrentaría a la vergüenza y trataría de exorcizarla. semej antes a las que llevaban las gitanas. vio a una anciana vestida de la cabeza a los pies con ropas de color negro deslustrado y rodeada de los empapados vestigios del día de la colada. consiguiendo una improvisada bolsa de lavandería que utilizaba como contrapeso para el niño. la torre de la impresionante catedral de Sevilla. puesto que ninguno de los habitantes del edificio lo era— se estaba acercando para examinarlo. H abía embutido la ropa sucia en el interior de una de sus faldas anchas y baratas. Colocándose al niño sobre la cadera.cosa que la avergonzaba sobremanera. Encarnación escuchó un ruido parecido al que haría un pececillo al freírse en la sartén. Tras acomodar la lata sobre la tapadera del bidón de agua situado j unto a la puerta de las escaleras. Solo la intensa luz del sol que se colaba por el hueco de la escalera lo hizo parpadear. atravesó el rellano y subió el sórdido tramo de escaleras interiores que conducía al lavadero de cemento del edificio. ya que todos sus pañales necesitaban un lavado. en la mayoría de los casos. La señora estaba ensimismada observando la Giralda. Encarnación se preparó para el calvario que supondría llevarlo al tej ado.mientras meaba en un recipiente de lata oculto baj o su falda. retiró la lata de entre sus piernas. los chasqueos de lengua que servían para advertirle que dej ara la travesura que estuviera tramando. con una inclinación y un giro asombroso en alguien tan anciano. Encarnación vaciló. pero resistió con valentía y no desvió la mirada ante ninguno de los desafíos. Las expresiones de miedo y de asombro se alternaban en el rostro del pequeño. salió de su apartamento. pero. Aunque el pequeño retrocedió ante semej antes muestras de atención. La llegada de compañía inesperada sorprendió a la viej a. hizo una especie de brindis con él y salvó de esa forma tanto su compostura como su orgullo. Su hij o solo llevaba un j ersey de algodón manchado.

llenaba la pila con agua fría y sacaba la ropa del hatillo. Su único anhelo era alcanzar las palomas que no dej aban de girar. señorita. moros convertidos al cristianismo—. esa gente la veía como el caballo de Troya de Satanás. Sumida en la desinformación y en los prej uicios. la viej a que estaba echándole el sermón en la azotea le atribuía. de forma cruel y sin rodeos. Así. H aciendo caso omiso de semej antes impertinencias. su hij o alzaba las manos al cielo. Como discípulos de Mahoma. pero. señorita O campo. una característica personal conocida por los hispanos como «mal fario». Les está dando razones para que difamen su nombre. —Q ué despierto —afirmó la anciana. ¿qué unión espiritual había entre ellos antes de que se convirtieran al Islam? Los vecinos de Encarnación habrían dicho que la magia negra. tenía su origen tanto en su singular apariencia como en la perspicaz suposición de sus vecinos de que sus antepasados eran moriscos —es decir. Encarnación dej ó al niño en el suelo y pasó j unto a la anciana camino de la pila de piedra del sotechado del lavadero. ¿Es cierto que nunca ha escuchado hablar a otras personas? ¿Es cierto que no lo ha llevado a la iglesia para bautizarlo? P or D ios. ¿P or qué se lo niega? ¿P ara aumentar su mal fario? ¿Acaso quiere que solo hable con sus tetas y con los malvados espíritus de sus pecados? P or D ios.haciendo esa bruj a refunfuñona eran de un tipo diferente. Mientras Encarnación. Sí. si esas acusaciones son ciertas está dando pie a todos esos malintencionados rumores que la tachan de bruj a. Lo hipnotizaban y asustaban al mismo tiempo. con una más que dudosa perseverancia en su nueva fe. los moros habían llegado a la P enínsula Ibérica procedentes del norte de Á frica. aj ena a los páj aros. hablándole a la madre mientras estudiaba al niño—. Esa calumnia. entretanto. — 35 — . dicha a la cara. V olaban sobre su cabeza como trocitos de papel quemado que se alzaran en el aire flotando sin rumbo fij o. Abracadabra. —El bautizo alej aría a este niño del reino de los demonios. V udú. vigorosos y coloridos. un aura negativa. El pequeño.fascinado por las elegantes acrobacias de las palomas de Sevilla. se acuclilló j unto a un charco baj o la ropa tendida. la palabra «bruj a» hizo que Encarnación se encogiera. D e hecho. estaba segura. me duele tener que preguntarle estas cosas. La viej a la siguió.

La continua intromisión de esa muj er en su vida era insoportable. Es ruin por su parte no haber pensado en todo esto. en la oscura superficie del agua. U n negro la dej ó embarazada. N o importa que gatee por su apartamento como un mono salvaj e. no será capaz de defenderse. a un desconcertado representante de alguna tribu perdida para la humanidad:unos oj os negros y sesgados. El niño. aunque tiene la cabeza muy grande.—Q ué insólito. el niño dio un grito de forma espontánea y caminó despacio hasta la barandilla baj o la cual se abría el patio interior. H izo desaparecer el reflej o con un puñado de detergente barato y el débil chapoteo de un pañal. alentado por su más — 36 — . F uera de él.de momento. señorita. pero el movimiento fue menos brusco de lo que le hubiera gustado. Encarnación. Lo ha privado tanto del bautismo como del consuelo del habla humana y.que no veía a su hij o a sus espaldas. Su rostro recordaba. Su hij o anda a los. un hechicero. —En cambio. D ebería decirle que tiene un hij o. ¿siete meses? P arece mucho más pequeño. Encarnación volvió al lavadero. él también estaría sentenciado. está engordando a este niño para que se convierta en el banquete de otro. Estaba acabando no solo con su energía. Si usted sufriera un accidente mortal o enfermara hasta morir. ¿cuántos?. si usted muriera. señorita O campo. ¿Teme usted que pierda ese poder si lo bautiza? ¿Cree que debe educarlo como a un bruj ito.nadie movería un dedo para ayudarlo. dej ó la colada con el fin de traer al niño de vuelta. sino también con su autoestima. P ara llegar hasta él tuvo que apartar a la muj er de un empuj ón. pero hasta los negros tienen lengua con la que expresar sus preferencias. Cuando el sermón de la anciana llegó a su fin.para asegurar su supervivencia? ¿Eso es lo que cree? P or un breve instante.no es más que el j uguete de una madre egoísta. no tardaría en venir a rescatarlo de la educación tan desatinada que usted le está dando. eso está claro. la madre del niño contempló su serio semblante. Reflej ada en el agua que se extendía baj o sus manos. —¿Y qué hay del padre del pequeño? Si supiera que le ha dado un niño. su tez morena parecía cobrar un tono aún más oscuro.una boca sensual y unas cej as que se unían sobre una nariz ancha y respingona. Supongo que será su sangre negra la que lo ha hecho ponerse a andar a una edad tan temprana. incluso para sí misma. Muchos españoles la consideraban negra.porque.

y Encarnación dej ó que la anciana se escurriera baj o los tendederos hasta llegar al hueco de la escalera. —Tenga piedad —gritó al pasar baj o un par de pantalones—.se tapó los oj os con el antebrazo y pasó velozmente baj o uno de los alambres de los que colgaba la deshilachada colada de su familia. como si quisiera alej ar cualquier daño que su proximidad pudiese acarrear. dej ando atrás la compasión que antes demostrara. D e otro modo. Ella.señorita. señorita. mirando frenéticamente a su alrededor en busca de un aliado. escúcheme bien.consej os y funestas profecías. el niño se dio la vuelta para ver lo que sucedía. La viej aj adeó. Sus labios volvieron a la carga al momento.reciente aventura. Y . le colocó un dedo en mitad de esa cabecita cubierta de pelo rizado y lo movió en pequeños círculos.entendería que está llevando a la ruina a su bruj illo. La cogió y. vertiendo acusaciones.y quizás fuese la ventaj a de la altura lo que la hiciera tan temeraria. a su vez. Sus gritos reverberaron clamorosamente a lo largo de los pasillos alicatados.se acercó a la viej a y se agarró a sus almidonadas faldas. la viej a desapareció en las entrañas del edificio. —Crueldad y arrogancia —continuó la viej a. Es el orgullo lo que le hace asumir una responsabilidad que no merece. Entre chillidos e incoherencias. vislumbró la lata que su torturadora había utilizado poco rato antes para vaciar su vej iga. Aunque estaba esmirriada como un cadáver. La viej a parpadeó. sí. H abía olvidado a las palomas. Tenga piedad. era más alta que la j oven. Con los brazos y las manos chorreando. Encarnación se giró y apartó a su hij o de las faldas de la anciana. Con un grito. La bruj a estaba doblando la esquina del primer descansillo cuando Encarnación volcó la lata y acertó con el líquido caliente sobre los hombros y la cabeza de la muj er en plena retirada. Encarnación. sin dej ar de frotar la cabeza del niño—.al menos por el momento. lo está condenando. El tiempo acabará con su orgullo y con su hij o. La persecución continuó. las ocupaciones tan deshonrosas a las que se dedica acabarán matándola antes de lo que cree. — 37 — . sin dej ar de agitarla de un lado a otro frente al atónito rostro de la anciana.pero no retrocedió.rodeó a su presa para impedir que escapara escaleras abaj o.

4 La ecología de un espej ismo P áj aros. D esde la orilla occidental del Lago K iboko.tenía la certeza de que los páj aros reaccionaban a mi presencia en su mundo. había sido yo el que invocara la existencia de las aves. P áj aros que vuelan en círculos. invariablemente.. U na paradoj a. al igual que el sabor de las magdalenas moj adas en té traía siempre a P roust la vívida memoria del pueblo en el que pasara su infancia. ese recuerdo tan temprano.la superficie del lago cobró vida.podía verse una deslumbrante nube de páj aros. Los páj aros en vuelo avivaban. Q uizás fuesen cormoranes o martines pescadores. Casi dos millones de años antes de que mi nacimiento tuviese lugar.la visión de unas palomas que sobrevolaban los tej ados de una antigua ciudad había provocado el despertar de mi «don» como viaj ero astral. de algún modo.tenía la sensación de que. Estaban demasiado lej os como para identificarlos con facilidad (aun con la ayuda de mi edición reducida de la B iblia y guía de campo).pero.. En otra ocasión. Más allá de ese lugar.a pesar de la distancia.hace mucho tiempo. un cocodrilo —que momentos antes tenía todo el aspecto de ser una hilera de guij arros en la orilla del lago— se deslizó hacia el agua. — 38 — . El pasado estaba despertando. Su aparición sobre el lago legitimaba mi llegada. D e repente. al abrigo de los terraplenes que se alzaban a ese lado del Rift. A no más de doce metros de distancia. D e hecho.en otro pasado.había estado rememorando mi infancia.

. tecleé: «¡ G uau! ». P asé de largo el Apocalipsis hasta llegar a «U ngulados» y ver confirmada mi suposición: eran antílopes de agua ( K obus el l ipsiprymnus) . Este es ell ugar prof etizado tras mil es y mil es de viaj es astral es.y esperé una respuesta que j amás llegó.inquietos. U na mancha roj iza comenzó a vetear la superficie turquesa del lago y. me sorprendió mucho la rapidez con la que la muerte golpeó a una de las crías que se había aventurado demasiado lej os. hacia otro punto de ese mismo lago. Así que volví a guardarme el transcordión en el bolsillo. ¡Ay. En lo alto. U n cocodrilo. Eran miembros de una especie ya extinguida.los hocicos. Mientras los supervivientes de la manada huían aterrorizados hacia la llanura.una familia de hipopótamos sumergidos hasta los orificios nasales descansaba en los baj íos repletos de plantas de tallo largo. saqué mi transcordión y tecleé el siguiente mensaj e: «Estoy en casa. se abalanzó sobre el animal desde las profundidades del lago y agarró al desafortunado antílope por el cuello. quizás el mismo que yo había visto arrastrarse desde la orilla.no esta familia de «caballos de río». tal vez. aunque yo había supuesto que el agua sería demasiado salobre para beberla. un pequeño rebaño de antílopes muy peludos —parecían estar abrigados en exceso para aquella latitud— se acercaba al lago con paso inseguro. F iel a mi tendencia de no rendirme sin luchar ante la falibilidad de la tecnología del mañana. Su color rosado intenso destacaba sobre el azul pálido del cielo y tenían un aspecto desgarbado y grácil al mismo tiempo. Es un l ugar habitado y yo me cuento entre esos habitantes». Al volver a prestar atención a los antílopes. B astante al sur.a pesar de que la familia de hipopótamos que nadaba j usto al O este — 39 — . gorgops. U n buey solitario con un impresionante par de cuernos anillados guiaba su harén hacia la orilla y. D espués. el lenguaj e se burla de mí! ¿Cómo es posible que se hayan extinguido cuando los estoy viendo resoplar y bostezar como si fuesen máquinas vivientes? El anacronismo aquí soy yo. o más bien sus equivalentes del P leistoceno Inferior. una bandada de flamencos pasó de camino a otro de los lagos del V alle del Gran Rift o. H .doctor K aprow .las fuertes mandíbulas del cocodrilo arrastraron a la cría a las aguas más profundas.las vacas y muchos de los ternerillos se dispersaron a lo largo de la orilla y baj aron.fácilmente reconocibles por sus oj os periscópicos..

tendría que guardar los descubrimientos que hiciera en mi memoria hasta que pudiera informar a mis superiores en persona. y la rapacería del cocodrilo no solo fue el merecido castigo del j oven antílope. reivindicando al mismo B lair) como en su economía (es decir. tenía que buscar homínidos protohumanos. exactamente. Se suponía que el transcordión era el encargado de este último compromiso pero. B lair había sugerido que mi salto al pasado tuviese lugar cerca del Lago K iboko. En concreto. ¿en qué consistía mi trabaj o? En realidad.sino también el mío. Alistair Patrick B lair quería pruebas fehacientes que respaldaran sus controvertidas teorías acerca de la evolución humana y había persuadido al presidente de su país. educado a la manera occidental. Mi «trabaj o» consistía en hacer felices a ambos. La primera de ellas consistía en j ustificar la futura financiación militar del P royecto Esfinge B lanca.tenía que proporcionarle al gobierno de Z arakal —personificado en su testarudo Ministro del Interior— pruebas de que nuestros más antiguos antepasados poseedores de rasgos «humanos» habían vivido a tiro de piedra del Lago K iboko. hasta ese mismo instante. no había creído que la ferocidad que se daba por hecho en el ecosistema africano se impondría en la realidad de mi mundo onírico. Como suboficial de las F uerzas Aéreas de los Estados U nidos. P odría evitar que yo mismo acabase siendo una víctima de la autocomplacencia en mi primer día de trabaj o. observar su estilo de vida e informar de los hallazgos a mis superiores. En virtud de la segunda. del Monte Tharaka y sus alrededores. además de las ayudas suplementarias de los americanos).de donde me encontraba se mostró totalmente aj ena a la matanza. Mi entrenamiento de supervivencia con B abington debería haberme endurecido para semej ante acontecimiento pero. Me había equivocado.por supuesto. tenía dos facetas. puesto que no funcionaba.yo era el peón de dos gobiernos. beneficios que redundarían tanto en el desarrollo científico de la nación (es decir. de que el Esfinge B lanca se entregaría a ese cometido y reportaría. mediante el incremento del turismo y la concesión de becas. Su esperanza había sido que me encontrara con un comité de recepción de — 40 — .para lo cual tenía que satisfacer la curiosidad de W oody K aprow sobre el alcance y la efectividad de su máquina de desplazamiento temporal. El miedo es un factor importante en la supervivencia. Y . a la larga. tuve que volver la vista.

Así lo recordaba tras mi viaj e astral previo. Las únicas criaturas erguidas sobre dos patas que había en las proximidades eran aves y todavía no habían hecho ningún tipo de acercamiento amistoso.H omo zarakal ensis alrededor de la P lataforma Retrotemporal. D ondequiera que posara la vista. sentí que era yo quien había invocado este desfile de animales desde el limbo temporal al pisar su territorio. cebras y una especie de j iráfidos desgarbados con cuernos semej antes a enormes pelvis humanas.ñúes. El paisaj e se agitaba con puntos y rayas y todo parecía estar suspendido en una especie de entorno ambiental salido de un espej ismo. al parecer este espej ismo era real. si bien uno del que no podía deshacerme del todo. La evidencia de actividad volcánica —calderas. Al Sudeste.el Monte Tharaka se alzaba como el hombro encorvado de un Titán. casi idílica. cenizas compactas y el brillo de la obsidiana— estaba impresa en el paisaj e si se buscaba con atención. pero esa esperanza se había desvanecido de golpe. resultaba una escena bucólica. pero. Salvo que. U n punto de vista bastante egocéntrico sobre el tema. Las diferencias entre este lugar y la versión del mismo en el siglo X X comenzaron a dej arme sobrecogido. Aunque ninguno de los viaj eros astrales de K aprow había muerto en sus saltos en el tiempo. Al igual que sucediese poco antes en el lago. pero la sorpresa de ver corroborados mis sueños me proporcionaba una sensación embriagadora. La ecología de un espej ismo. La riqueza de la memoria racial y mi participación en esa riqueza les había dado vida. tanto él como sus asistentes — 41 — .aquí se extendían unos transitados prados verdes.también veía gacelas. tenía que recordarme.pequeños bosquecillos y una red de arroyos medio ocultos que nutrían al Lago K iboko desde las colinas occidentales. una especie de vértigo producido por el delicioso déj à vu. Además de los antílopes de agua que habían huido del Lago K iboko. hacia el lugar donde se extendía la sabana. Allí donde Z arakal tenía salinas y llanuras cubiertas de espinos. había vida. en conj unto.mucho más alto e imponente de lo parece hoy en día. Me alej é a grandes zancadas de la toba que rodeaba las márgenes del lago y me encaminé hacia el Este. H ice un alto para observar la llanura.

pero deseché la idea porque ninguno de los animales que pastaban o deambulaban en un radio de noventa metros a mi alrededor parecía estar especialmente inquieto por mi presencia. baj o uno de los árboles. pero no se me iban de la cabeza ni los leones. que habían quedado enredados en la — 42 — . pero un pequeño rebaño de cebras —Equus grevyi. Los pequeños mechones de pelo del animal. —Limítate a mantenerte alej ado de los bosques de patas de elefante —me había advertido B lair— y lo más probable es que no tengas ningún tipo de problema. por lo que estaba bastante agradecido a mi 45.era probable que también resultara ser útil en esa tesitura. si afianzaba las piernas y disparaba sucesivamente a la frente de un león a la carga. me habían visto antes de que yo las viera a ellas.habían reconocido que cualquiera de ellos podía muy bien perecer cuando se encontraban en el territorio real de un sueño. un grupo de homínidos capaces de manej ar utensilios había despedazado una especie de pequeño antílope y se había dado un festín con su carne. y mi presencia en la llanura les había hecho recurrir a esa cláusula de excepción secular:la huida.me interné en el claro rodeado por las higueras.sacudieron los rabos y huyeron en estampida en dirección Sur.. P odría acabar sin problemas con una hiena o un babuino y. P or un instante. pensé que quizás fuese invisible para la fauna del lugar. bueno. a pesar de que un arma de mayor calibre podría proporcionarme un mayor grado de protección.. N o había ni leones ni cobras al acecho. U n montoncillo de huesos y de guij arros de procedencia volcánica sugería que. el w anderobo. una especie bastante rara hoy en día— que se interponía en mi camino hacia un espeso bosquecillo de higueras se encargó de echar por tierra esa estúpida idea en cuanto irguieron las orej as. P ara pasar más desapercibido se me ocurrió seguir el consej o de B abington y atarme a la cintura algunas ramas de arbustos. B abington. Con mucha precaución. H ay que arreglárselas con lo que uno tiene y la logística de mi salto en el tiempo nos había obligado a elegir el fiable y conocido Colt. ni los leopardos ni cualquier población residual de tigres diente de sable que pudieran habitar el lugar. P uesto que caminaba hacia el sol. me había dicho que no debía tener demasiado miedo a los leones. pero encontré evidencias de que no siempre había estado deshabitado.

Y . saqué el transcordión: «Pruebas sól idas de l a existencia de homí nidos a sol o media hora a pie dell ago. Aunque B lair. observé las colinas que había visto desde el lago. U n pequeño mul adar con restos de herramientas y despoj os de animal . O bviamente. Me arrodillé j unto a la destrozada caj a torácica del antílope y comencé a practicar. pero sus herramientas resultaban ser tan asequibles y fáciles de reemplazar que las habían abandonado al marcharse del lugar. Si Mary Leakey. decidí que esta modesta meseta era un hábitat tan bueno como cualquier otro para los protohumanos.maleza o medio enterrados en el suelo arenoso del riachuelo que dividía en dos el bosquecillo. tampoco me habían costado treinta y cinco dólares. no obstante. B asé mi decisión en mi anterior viaj e astral y en las lecturas llevadas a cabo durante los años de búsqueda de una explicación para mis sueños. guardé el dispositivo sin detenerme a esperar una respuesta. U na de las herramientas había resultado lo bastante afilada como para hacer un corte —de modo accidental— en la puntera de mi bota izquierda. D esde dichas colinas se extendían una serie de franj as de bosque que se introducían en la sabana.doctor Bl air. Los utensilios resultantes —llamados punzones. Aunque aún faltaba para el mediodía.Oj al á estuviese aquí ». El hambre había conducido a las criaturas hasta esa habilidosa labor. Como era mi deber.más o menos. rascadores o buriles— no eran tan útiles como las diferentes tij eras. extrayendo algunas lascas de la piedra base. Examiné las piedras dispersas por el claro. Alistair P atrick B lair y D on Jo— 43 — .mondadientes. me indicaron que la matanza había tenido lugar durante el pasado año. en esa ocasión.el experto. El proceso me lo habían enseñado B lair y B abington durante los ocho meses que pasara en el P arque N acional de Lolitabu. semej antes a los surcos de una concha gigantesca.el calor era muy intenso y el trabaj o con los guij arros volcánicos me estaba haciendo sudar copiosamente. las habían traído de otro lugar e incluían las piedras usadas como base y las lascas que se habían desprendido de las mismas al ser utilizadas por los industriosos bípedos.pinzas y sacacorchos ocultas en el mango roj o brillante de mi navaj a suiza. D esde la linde oriental del bosquecillo de higueras.más allá de la planicie.había realizado la mayoría de sus hallazgos referentes a los homínidos en los yacimientos fósiles cercanos al lago.

pero tenía toda la intención de llegar hasta allí. Unj abalí verrugoso.especie catalogada y defendida por Louis S. haciendo caso omiso del calor. su rabo como un signo de exclamación sobre el punto de su esfínter anal. Mi aventura entre los habitantes del Z arakal del Eolítico acababa de comenzar. Señoras y señores. emprendí mi camino a través de la sabana. Me detuve unas cuantas veces en busca de sombra y descanso j unto a los lechos de los arroyos o baj o los bosquecillos de acacias. P or fin. Los ñúes me observaron con cautela durante parte del camino. B . pero volvieron a pastar en la hierba al ver que no me dirigía hacia ellos.B eau B rummell va de camino. Me llevaría un par de horas alcanzar las colinas a pie.los depredadores y la actividad volcánica habían conseguido erradicar con éxito toda evidencia de asentamientos en la zona. ¿Cuál sería mi recibimiento en ese improbable Edén? ¿Me esperarían con los brazos abiertos o me enseñarían los colmillos? Rezando para que no apareciera un par de arcángeles cubiertos de pelo.hanson no habían hecho ningún descubrimiento importante en la meseta no se debía al hecho de que los homínidos no hubiesen vivido j amás en el lugar. armados con espadas incandescentes y los traseros al aire que me obligaran a marcharme por donde había llegado. Si quería explorar los lugares frecuentados por los habilinos —es decir. me adentré en una lengua de bosque de ribera que se extendía desde las colinas hasta la llanura. Gracias a las botas de montaña caminaba con agilidad. — 44 — . Leakey— tendría que localizarlos y hacerles una demostración de todos mis encantos y talentos. los representantes de los homínidos quasihumanos cuya familia era conocida por el nombre de H omo habil is.sino más bien a que la erosión. se apartó de mi camino y regresó a su madriguera.

se pasaba una buena cantidad de tiempo rondando por el bloque de pisos. al parecer. le recitó todo el obsceno repertorio de sus pecados. y el vello rizado de su pecho asomaba por su camisa como un montón de bobinas deshilachadas. P or último. Encarnación había escuchado a menudo cómo los niños del barrio se burlaban de él. Era un hombre reconcomido por la rabia. Escupo en tu bruj ería y tu orgullo. ¿Q ué te parecería salir volando por encima de la barandilla. Aquel día. eso era el tal D ionisio. Mientras la golpeaba. y era. suj etándola con más fuerza por los hombros—. barrigón y con el pelo canoso. P ara ser un hombre adulto con trabaj o. y Encarnación casi esperaba ver cómo su camisa se hacía j irones y empezaban a derramarse sus fétidas entrañas.España V erano de 1963 D os días después de que Encarnación bautizara a su entrometida vecina con una ducha de orina. gritando su nombre cuando lo veían pasearse por el patio como un desaliñado pavo real. con una vida tan poco prometedora como la de ella. —¡É chame una maldición! —la retó. dime? ¿Cuántos se j untarían después para mear sobre tu destrozado cadáver? D ionisio comenzó a abofetear a Encarnación. la cogió de los hombros y la hizo darse la vuelta para quedar cara a cara con él. — 45 — . Su aliento apestaba a cerveza. el hij o de la anciana. El hombre se llamaba D ionisio. el viej o chico de los recados de un boticario.5 Sevilla. U n manirroto.le asestó un golpe en la sien y la levantó en el aire para luego arroj arla al suelo de la galería. la abordó en la galería de la entrada de su apartamento.

Encarnación Consuelo O campo decidió hacer dos cosas: cambiarse de casa y apartarse poco a poco de su hij o. U na hilera de puntales afianzados contra la acera impedía que la abandonada fachada se viniera abaj o y en las ventanas del baj o se habían dispuesto una serie de carteles de aviso.que ocupaba el lugar habitual sobre su cadera. F ue entonces cuando la consciencia comenzó a abandonarla. Con su hij o y las demás pertenencias a cuestas. A partir de ese momento dej ó de oír. El niño. exhausta.¿no es cierto? Eso te daría la oportunidad de reírte de todos nosotros.contemplaba con asombro las estrechas callej uelas.subió tres tramos de escaleras hasta la sala de estar vacía de un piso abandonado. En una o dos ocasiones. un pequeño alij o de reloj es de pulsera (Timex y B ulova.más allá de las tiendas cerradas y las bodegas.—P ero no voy a dej ar que me encierren ni que me maten por el placer de acabar con tu asquerosa vida. ni una sola vez dej ó a su hij o en cualquiera de los dos sitios. Mucho tiempo después de que las radios se callaran y de que los frenéticos niños fueran obligados a meterse en la cama. Aquella noche. entre otros) y varios pequeños electrodomésticos.dej ó todas sus cosas menos al niño.entre las que se encontraban dos docenas de cartones de cigarrillos americanos. Encarnación vio cómo los gruesos dedos de D ionisio desabrochaban los pantalones del hombre. Sé cómo piensas. Allí. Antes del amanecer. Entró en el portal y. Así te reirías desde la tumba. Entornando los párpados a pesar del hematoma que comenzaba a formarse j unto al oj o. zorra. hizo tres viaj es más por el laberinto de callej uelas hasta su antiguo apartamento. La mayoría de lo que trasladó al edificio en ruinas era mercancía del mercado negro. Escuchó un humillante siseo y sintió una irritante calidez que se extendía por sus faldas.con un prendedor americano para el pelo.hizo saltar la cerradura de la recargada verj a que cortaba el paso hacia las escaleras. Su nueva residencia era un edificio ruinoso no muy lej os de la entrada de la calle Leoncillos. Sobre sus cabezas se veía una blanca estela de estrellas.ver y sentir. dej ó que el niño anduviera a su lado por el empe— 46 — . que Encarnación no era capaz de leer. salió del edificio con una bolsa de ropa y unos cuantos enseres domésticos.

La fascinación que sentía por los patrones secuenciales de sonido del habla humana era absolutamente pasiva. P asó un mes. j amás intentaba llamar su atención con un grito o un chillido. Y a que le había negado el pecho a propósito. Galerías P reciados. — 47 — . La leche —auténtica leche de vaca—. A pesar de que escuchaba la cháchara de la gente que pasaba por la acera baj o el balcón cerrado. El niño comenzó a beber de una taza de plástico que Encarnación le había comprado en unos grandes almacenes.nadie acudiría para rescatar a su bebé. El niño pronto dej ó de perseguirla para que le diera el pecho. Su hij o era su alegría y su martirio. pero que le gustaban mucho. se la compraba a los vendedores ambulantes que pasaban varias veces al día con sus motocarros por delante del edificio. que no quedaban lej os de calle Sierpes.y el pequeño aguantó francamente bien. su cerebro infantil hubiera elegido alcanzar un estado igual para él. Si moría. Esta estrategia funcionó a la perfección. al darse cuenta de que ella era muda. como si presintiera que el silencio era el mej or método para no perder el derecho a ocupar el edificio en ruinas de modo ilegal. así que el dinero que conseguía en ese momento provenía sobre todo de los encargos que le hacia el dueño de una bodega cercana y de vender a sus zarrapastrosos clientes los reloj es y cigarrillos que le quedaban. O tra decisión se cernía sobre Encarnación:un día. ¿Q ué pasaría entonces? Su huida del complej o de apartamentos había arruinado su modo de vida como estraperlista y prostituta. tendría que encontrar un trabaj o más lucrativo antes de que la bola de demolición los arroj ara a la calle.los esbirros de mono azul llegarían ante el edificio con una bola de demolición. Y si vivía. que quizá no fueran buenas para él. la famosa calle peatonal sevillana. sin embargo. También compró naranj as de los puestos de frutas del barrio para darle el zumo al niño.drado.pero Encarnación se dio cuenta de que no intentaba imitar los sonidos que emitían. Cuando salían a hacer algún recado.solía fij arse en los labios de todos los peatones o de los tenderos que estaban hablando. y su madre temió que. P rimero dej ó de vocalizar.intentó compensarlo dándole a probar bebidas gaseosas como Coca-Cola y F anta. el niño había comenzado a cambiar. Tras el altercado con la madre de D ionisio.

no sin sufrimiento ni duda. parecían ser especialmente vívidos y fascinantes para alguien tan j oven. El tráfico era escaso pero desalentador. La carretera hasta Santa Clara. pronto dej ó al niño en el suelo para descansar los brazos. y ella tampoco hizo el más mínimo intento para que lo hicieran. Encarnación. Ataques de angustia en brazos de Morfeo. La venganza final de la viej a que la había atormentado en la azotea del bloque era la precisión del análisis de las oportunidades que el chico tendría como adulto. Cuando sus párpados dej aban de temblar y su cuerpo yacía inmóvil. A la derecha de Encarnación. Encarnación sentía que había condenado a su hij o. en los que sus párpados temblaban y todo su cuerpo se sacudía.con el blanco de los oj os como medias lunas de huevos cocidos. lo cogió de la mano y comenzó a contar sus pasitos para no tener que pensar en las consecuencias de lo que estaba haciendo. ella no dej aba de asustarse.El segundo cambio era. demasiado — 48 — . Le preocupaba que el trato que le había dispensado a su hij o lo hubiera desequilibrado y temía haber arruinado su vida para siempre. Con su hij o en brazos. el ámbar fantasmal del letrero de La Cruz del Campo brillaba sobre la oscura superestructura de la fábrica de cerveza. Estaba dispuesta a recorrer todo el camino a pie. Aunque siempre se recuperaba de esos soponcios. El crío. N o obstante. se había hecho a la idea de recorrer el arcén de la carretera a pie. la zona residencial americana a las afueras de Sevilla. y más desmoralizador aún cuando los enormes automóviles del personal militar americano pasaban a toda velocidad a su lado. Se apresuró para darle alcance. N adie se detuvo para ofrecerse a llevarlos. Incluso descalzo. Espectáculos de terror a medianoche. Estos sueños. estaba bastante guapo. incluso más preocupante: el niño soñaba. ya que Encarnación lo había vestido con un j ersey de rayas y unos pantalones cortos azul marino. en varios aspectos.era amplia y poco transitada. atravesó el último puente que había antes de llegar a la j ungla de pequeñas fábricas que flanqueaban la carretera por el sur.encantado.el paisaj e que la rodeaba tenía un aspecto intimidatorio baj o la luna de verano. a Encarnación le entraba el pánico y trataba de despertarlo. P ronto.trotó unos pocos metros por delante de ella.

la chica más alta de las cinco que iban lucía una chaqueta roj a con anillos de piel en los hombros y un enorme símbolo de fieltro sobre el pecho izquierdo. Algunas llevaban pantalones de torero y otras unos pantalones cortos muy aj ustados.pero estaba segura de que su instinto no se equivocaba. y hasta la más baj a de todas la hacía sentirse enana.es igualito. — 49 — . Encarnación se detuvo. Encarnación cogió a su hij o en brazos y se adentró en aquel transplantado suburbio americano. Los insectos zumbaban en la hierba y salía música de un portal abierto situado en algún lugar de la más cercana de las dos avenidas paralelas. Sabía muy poco de los americanos. —O ye. Sus bromas eran alegres. U n grupo de adolescentes se acercó a Encarnación por la calle. Al parecer. —Sí. y el crío las encandiló cuando extendió sus sucios deditos hacia ellas.pulcras casas encaladas y altas farolas con forma de cayado. Se parece un montón a Lucky James B ledsoe. —¡Eh.que no estaba vigilada. estas farolas dibuj aban una serie de círculos superpuestos de resplandor verdoso que anulaban el color del césped y conferían un brillo aceitoso a las calles asfaltadas. mirad! —exclamó una de las chicas—.el enclave americano emergió de la opresiva oscuridad. Es una verdadera monada. La propia chaqueta se lo aseguraba.pronto. habían tomado al niño por su hermano pequeño o por el hij o de alguien a quien cuidaba. decidió Encarnación. A la entrada de la zona residencial. el tipo de ropa que pocas chicas españolas se pondrían. N o tenía muy claro lo que iba a hacer. La suerte intervino. sopesando sus opciones y esperando a que se calmaran los latidos de su corazón. A pesar del calor. D esafiando el pánico que crecía en su interior.por muy fea que fuera. Encarnación se vio rodeada por aquellas adolescentes. qué mono es. convencida sobre todo por la forma de actuar de la amazona pecosa que llevaba la llamativa chaqueta con el letrero. las chicas iban murmurando y gesticulando por el camino. Santa Clara descansaba en la árida campiña andaluza como un oasis de olmos. —¿Y el niño? En un instante. ¿Q ué hacen aquí? —Supongo que será una criada en busca de alguien que la lleve a casa.

y el niño agarró de inmediato el pelo roj izo de su nueva protectora y lo enredó de forma experimental alrededor de sus deditos. el pequeño se vio mecido de un lado a otro mientras la chica de la chaqueta con letras trataba de conservar su custodia. la chica buscó la respuesta en las caras conmocionadas de sus amigas. si podía coger al pequeño.insegura de su español.arrogante y entusiasta Sube elvol umen y l a música se cal ienta Sí . G enial . —P arece que has heredado un hermanito.. Cuando llegó al extremo del circulo de luz que proporcionaba la farola. que no dej aba de gritar.. y la de la chaqueta con letras le preguntó a Encarnación.había desaparecido en la oscuridad.por favor... Encarnación. no puede hacer eso! —gritó la amazona a la espalda de la madre a la fuga—.lo que desencadenó una lucha fingida por el derecho de tenerlo en brazos. que echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcaj ada. La letra de una canción popular reverberaba desde una casa cercana en el pesado silencio de la noche: Estoy con l a peña. Las chicas se agruparon en la arbolada avenida. obligada a aplacar sus instintos. —¡Ay! —gritó la amazona. En ese momento. pasando a toda velocidad j unto a dos casas adosadas de una sola planta y desapareciendo en las sombras. C on l a peña de l af iesta... —¡O iga. vuelva! ¡V uelva aquí! La intrusa se había ido. —Con su permiso.somos orgul l osos. comenzó a retroceder. se dio la vuelta y comenzó a correr.P am. F ue en ese momento cuando las chicas se dieron cuenta de lo que había hecho y cuando su hij o rompió su silencio auto impuesto y comenzó a gritar su furioso desconcierto. todas las chicas se echaron a reír.sin duda Esto es una l ocura. otra de las chicas intentó quitarle al niño por la fuerza. Encarnación entregó a su hij o a la chica que se lo pedía. ¡V uelva. —¿Y qué se supone que voy a hacer ahora? Cambiando de brazo al niño.Al instante. — 50 — .

en la azotea del edificio en ruinas que había en la calle Leoncillos.con la cabeza gacha.Encarnación estaba arrodillada j unto a la baranda de acero. y siguió así hasta que se quedó sin fuerzas y el amanecer comenzó a clarear por el Este. tomando grandes bocanadas de aire que luego exhalaba dolorosamente a través de la boca y la nariz. — 51 — . El sonido que provocaba era un lamento resonante e irregular.

aunque no aprendí esas espectaculares y larguísimas palabras latinas hasta que cumplí once o doce años y abandoné mi diario en pro de las cintas de casete. Cuando seas mayor. tendrás tus «viaj es astrales» en cinta.y las inestimables lecciones de mi niñez runruneaban en mi cabeza como el sonido distorsionado de una cinta rebobinándose a máxima velocidad. con rostros anchos y enormes mandíbulas. Era un grupo de cinco. En aquel momento —quince años después o dos millones de años antes—. en el diario de sueños de mi j uventud. te será más fácil que tener que escribirlos. U tilízala para grabar tus sueños.siempre marcaba con el símbolo de una mano humana con un j uego de dientes grandes en la palma. Criaturas corpulentas. hicieron una rápida retirada hacia la zona en la que la vegetación era más densa. —Johnny —me había dicho Jeannette mientras suj etaba la grabadora portátil que mi padre me había traído de Guam—. robustus (manos-negras-con-dientes) en un bosquecillo de Á frica del Este. Seguí el consej o de mi madre. Johnny. me encontraba contemplando a unos cuantos representantes de A. Austral opithecus robustus en el argot de los taxonomistas. El homínido que quedó era un macho: su pene.lleva tu diario con esto.que al parecer me habían oído llegar.6 Elena V i a mis primeros homínidos —que no habilinos— tan solo unos minutos después de haber entrado en la franj a de bosque que se introducía en la sabana desde las colinas orientales.cuatro de los cuales. los australopitecinos habían estado a la busca de insectos y frutas secas. Estas criaturas pertenecían al tipo de las que. una simple protuberancia sobre el N í— 52 — .

una caterva de monos enmascarados. Como elfos malhumorados de rostro negro.el escroto. P or supuesto. robustus van a se— 53 — .tan redondeado e intrincadamente arrugado como una toronj a podrida. ¡V iva! D e hecho.de lo que me acababa de ocurrir. que ya habían desaparecido por completo.socios —les dij e—. que. Será mej or que os acostumbréis a este giro de los acontecimientos.decidí revelar mi presencia. Todavía no estaba solo.brincaban de un lado para otro frenéticamente. Estaba cubriendo la huida de los demás. algo muy similar al corte de pelo de un mohaw k. también él se dio la vuelta y renqueó hacia la maleza. sin embargo. por un momento. estuve perdido y sin saber qué hacer mientras trataba de abarcar el significado. mirándome acongoj ado y emitiendo ruidos roncos que parecían proceder de su garganta y su pecho. B lair habría estado dispuesto a colocarse delante de un pelotón de fusilamiento por tener la oportunidad de enfrentarse cara a cara con un fornido miembro del A. Mi corazón daba saltos dentro del pecho. —Tranquilos.quel N anas de su vello púbico. sino viva.durante cerca de un minuto el macho siguió en su lugar. después de la partida del macho.. censurándome y reprendiéndome. no era un ser humano. En mi primer día en el P leistoceno. Además.no me parecía a nada que hubiesen visto antes. F ascinado. ya que los australopitecinos ya se habían extinguido antes de que comenzara la historia del H omo sapiens. en realidad. Me quedé mirando la maleza tras la que había desaparecido el insociable homínido que acababa de conocer. Los A. Y o había ahuyentado a sus grandes primos bípedos.había presenciado mi altercado con los australopitecinos. había encontrado especímenes de una familia de homínidos extinguida. no estaba extinguida.yo era el primer ser humano que j amás había posado los oj os sobre un primate que caminaba erguido y que. La importancia de nuestro breve encuentro era asombrosa y.. una vez cumplido su propósito y satisfecho las demandas del honor. A pesar de que lo sobrepasaba en unos quince centímetros de altura —probablemente él midiera alrededor de un metro y cuarenta y cinco—. robustus. U na pronunciada cresta de cabello recorría su cráneo de delante atrás. casi con seguridad cercopitecos verdes. D esde las ramas de los árboles que me rodeaban. En ese momento.la increíble maravilla.

Encontré un hilillo de agua baj o la capa de hoj as del claro y bebí mucho y con ganas para aclarar los fibrosos residuos de las hoj as que se me habían quedado pegados a los dientes. intercambiando la posición de las raíces y las ramas. acababa de agotar mis reservas de ambas. Comí en sus ramas. Como no deseaba pegarle un tiro a un mono verde —a pesar de que sus modales en realidad no j ustificaban ningún tipo de clemencia—. conocidos por muchos africanos como «pan de mono». y los Cadillac descapotables. El baobab es un árbol exclusivo de Á frica.el sol me decía que era la hora de comer.aunque había estado toda la mañana funcionando a base de fuerza de voluntad y adrenalina. U na leyenda sambusai dice que un espíritu maligno arrancó del suelo el primer baobab y lo plantó cabeza abaj o. P or añadidura. pero este estaba lo bastante cerca como para aproximarme con el fin de estudiarlo y admirarlo. los cercopitecos guardaron silencio: no obtuve más respuesta de ellos de la que había tenido de W oody K aprow en el transcordión. robustus no habían logrado sobrevivir.una fruta comestible crecía en lo alto del baobab y. subí al árbol utilizando los numerosos nódulos y huecos que había en el tronco. D e hecho. K aprow no me había permitido beber ni comer durante las doce horas anteriores a mi salto en el tiempo y. D espués de determinar que no había ningún leopardo presente. N o muy lej os de allí. Los leopardos los usaban a menudo como cuartel general. los discos de 33 r. a través del frondoso follaj e de mi refugio provisional. me preguntaba cuáles serían mis posibilidades.si era capaz de encontrar unas cuantas.guir el mismo camino que los cigarrillos de cinco céntimos. con un tronco semej ante a una pata de elefante enfundada en una lona holgada y con ramas como enormes y desnudas terminaciones nerviosas.seguro de que mi 45 podría — 54 — . Sorprendidos al escuchar mi voz.m.p. «El árbol en que nació el hombre». Si los A. vi un baobab. podría ampliar mi almuerzo con unos cuantos de esos manj ares leñosos de cáscara dura. El almuerzo no fue muy satisfactorio. reuní hoj as de diferentes tipos de acacias y me hice una poco apetecible ensalada seca.había visto tres o cuatro baobabs mientras atravesaba la sabana. D e todas maneras.pero todavía no estaba preparado para matar un antílope ni para explotar los limitados recursos de mi kit de supervivencia.

D espués de despoj arme de la mochila y de arroj ar a un lado el rollo de cuerda de nailon que llevaba al hombro. Si se interpreta esa frase de forma literal. acunaban o retozaban con sus simiescos pe— 55 — . cuando tenía veinticinco..aparece un rompecabezas metafísico. ya habrían despoj ado al árbol de su carga de pan de mono. Apoyé las manos sobre el vientre. uno de cada cuatro o cinco sueños había sido especial.por el mero hecho de ser una rareza. con aspecto casi humano alimentaban. D urante esos sueños especiales y clarividentes visité.sueños extraños y conmovedores en los que unos seres desnudos. Mi aventura «corporal» en el pasado remoto tuvo lugar hace seis años. de vez en cuando. flotaba hacia el mundo de los sueños. flotaba. F lotando hacia el mundo de los sueños. pero también era una criatura tan extraña que. Si los cercopitecos de la arboleda de acacias hubieran tenido pistolas automáticas. Tenía el tronco de un árbol a la espalda y. H acía mucho que me había abandonado el desodorante. incluso de niño. cerré los oj os y sentí que flotaba. me dej é caer sobre el suelo para tomarme un respiro. durante el anterior cuarto de siglo. Siempre como un observador distante. y que incluso devoraban a los heridos de su propia raza. en realidad no tenía miedo de los carnívoros que pudiera haber ahí fuera. espeluznantes pesadillas en las que unos animales parecidos a perros desgarraban la garganta de las gacelas j óvenes o débiles. y estaba empezando a sentirme agotado.los paisaj es primigenios de la evolución orgánica del este de Á frica. un ej emplo de lo que yo había llamado. extrañas o intimidantes para alguien que no tenía experiencia o que no había conocido semej antes eventos durante las horas de vigilia. «viaj e astral». N o cabía duda de que estaba en peligro...presencié escenas que eran comunes dentro de su contexto. empecé a sudar a chorros. pero que resultaban hermosas. Cuando baj é del baobab y empecé a adentrarme más profundamente en la franj a de bosque. Sin embargo.ahuyentar a cualquier intruso. Tenía bucólicos sueños en los que centenares de antílopes pastaban baj o el soporífero calor de la sabana.sentí que había generado una especie de armadura a mi alrededor. aunque la sabana era invisible a través de la vegetación del Sudoeste.. reflexioné.

aunque no muy a menudo. su compañero ahuyentaba a las hienas hincándoles una rígida bandera norteamericana. los australopitecinos y la mayoría de sus extintos compañeros de viaj e.. que aprendí solo después de ulteriores estudios en profundidad. P odía ver cómo las botas de los astronautas dej aban huellas con un diseño de espiga sobre las capas del fino hollín que cubría la llanura. títulos. N o obstante. eran los ciudadanos aborígenes de mis sueños y conocía su comportamiento y su anatomía. Este es. Mis viaj es astrales abarcaban casi por completo todo el espectro de vida del P leistoceno Inferior al este del V alle del Gran Rift. Semej antes criaturas. publicaciones y terminología— a una edad en la que la mayoría de los niños todavía creen en la existencia de P apá N oel y el Ratoncito P érez.y así una y otra vez. no mucho después del primer aterrizaj e en la luna. Mientras uno de los astronautas llevaba a cabo a cámara lenta esos saltos de gimnasia en los que se abren y cierran las piernas mientras se alzan los brazos sobre la cabeza. ya me había familiarizado con los dinoterios. eran puros. me había convertido en un experto historiador natural —desprovisto de diplomas. soñé con un paisaj e prehistórico en el que un par de astronautas con cascos y abultados traj es presurizados emergían de un precioso módulo lunar. algunos sucesos de nuestra propia era se mezclaban de forma ilógica con mis viaj es astrales. Con tan solo flotar hasta el mundo de los sueños. En el verano de 1969. se acercaban trotando hasta los hombres a través de las nubes de escoria volcánica. Algún núcleo holográmico de mi subconsciente colectivo había abierto esas visiones para mí. después de todo. En ocasiones. a través de la espantosa experiencia de un viaj e en el tiempo. U na manada de zarrapastrosas hienas. el rompecabezas que trato de exponer: ¿qué tipo de sueños deben llegar a aquellos que. han entrado en el in— 56 — .si bien no sus nombres científicos polisílabos.. por lo tanto. los babuinos gigantes. unas criaturas enormes. y yo las rastreaba en mis sueños como la aguj a de un sismógrafo que registrara el más leve estremecimiento de la corteza terrestre.queños. D e hecho. sin rastro de anacronismos. mis episodios de viaj es astrales. por ej emplo. y el aire estaba cargado de cenizas flotantes. en su mayor parte. mucho antes del P royecto Esfinge B lanca de K aprow . U n volcán —muy probablemente el Monte Tharaka— había hecho erupción no muy lej os del lugar donde habían aterrizado.

. quizás. pero no la originaba. Alguien me tocó. sobre toda su vida antes de su actual desplazamiento corporal al pasado. aun cuando mi dedo índice se arrastraba a tientas hacia el gatillo de la automática. una criatura protohumana— retrocedió un paso o dos en la sombra de las acacias..como si fuera una proyección de diapositivas carente de un orden manifiesto. N o recuerdo con exactitud cuál de esos soñé aquel primer día (porque. indudablemente.y serán testigos de esta serie de eventos al azar. Se me hizo un nudo en el estómago y traté de ponerme en pie.me di cuenta de que ella poseía una extraña confianza en sí misma y cierta compostura. Sentado en un bosquecillo de acacias. debí de soñar con mi madre biológica y con España. de modo que en cada momento yo vivía un renacimiento de cada instante que lo había precedido.un «mundo de ensueño» que ya no es un sueño sino un lugar tangible? La respuesta es simple y.su adolescencia y su j uventud por medio de viaj es astrales. P arecía medir alrededor de un metro y cuarenta centímetros de altura. y poseía una constitución lo bastante ágil como para poder lanzar su peso hacia delante de forma efectiva: una di— 57 — . Me convertía en mi propia historia.terior del territorio exteriorizado de su subconsciente. V olverán a vivir su infancia. con la señora Givens y V an Luna. dos millones de años antes de mi nacimiento. no tan sorprendente. algunos de esos sueños también aparecieron más tarde). La dama que había provocado esta reacción —por su apariencia. ¿Cómo podría describirla dos millones y seis años después de nuestro primer encuentro? B ueno. Esa gente comenzará a soñar sobre su presente originario.mi mano fue hasta mi cadera y desabrochó la solapa de la funda de cuero del 45. Ella me observaba. K ansas. con el P residente Tharaka y la «Rampa de Simulación de Ingravidez». con Jacqueline Tru y el restaurante Mekong. pero la conclusión de todos mis sueños fue que cada episodio generaba su propio contexto y coexistía con los demás. D e propia iniciativa. Abrí los oj os y la vi.su niñez. pero no huyó como los asustadizos australopitecinos que me había encontrado antes. Llegué a ser yo mismo. El hecho de que llevara un pesado garrote en uno de los puños subrayaba esta observación.

P arecía estar ataviada con la creación de un peletero cachondo. En un instante...minuta y vigorosa B elleza N egra. porque recordé la única ocasión en que Lemuel Gulliver se permitió entrar en pelotas en la tierra de los houyhnhnms y una hembra yahoo se lanzó luj uriosamente al agua a por él. Aunque Elena era menos descarada que la libidinosa yahoo y mi atuendo era más modesto que el del sorprendido Gulliver.no tanto por la Elena de la leyenda homérica. porque aunque reconocí la individualidad de la belleza de Elena H abilina casi desde el primer momento. nuestro encuentro era. supongo. También había un precedente de lo que nos estaba ocurriendo. Esta distinción es importante. que se casara en una ocasión con una muj er que llevaba ese nombre. semej antes a los dados de un casino sin pintar. pero sus pechos y la parte superior de sus muslos tenían tan poco vello que la suavidad de su piel de ébano resplandecía. muy similar al de nuestros homólogos de ficción. El calor del día y el olor a animal grasiento de Elena me decían que no estaba soñando. U na faj a de piel cubría la parte inferior del abdomen y la entrepierna. Este poema cruzó mi mente. porque B abington lo había recitado repetidamente durante las dos o tres semanas que pasamos j untos en el P arque N acional de Lolitabu.fuerte y lo llevaba suelto. Así pues.casi como si hubiera cogido la despeinada peluca del maniquí de un almacén.. Su belleza era para mí. Como esas naves niceas de antes Q ue por la mar calma y fragante Llevaban a su nativa arena Al exhausto navegante. El pelo de su cabeza era roj izo. por lo demás. su cara y su figura demandaron mi atención. la vi en un contexto africano y no en uno sacado de la Europa occidental..desde el principio llamé Elena a la criatura que me había despertado en el bosque prehistórico. — 58 — . Su prominente labio superior estaba retraído sobre un j uego de asombrosos dientes superiores. pero sus oj os brillaban como aceitunas negras maduras y su nariz era aguda y generosa.y se hicieron merecedores de mi admiración y mi asombro. sino por la pasión imperecedera de un viej o guerrero w anderobo.

Cuando inclinó la cabeza hacia un lado. pero ella se giró. —Toma. Con las muj eres también.Elena comprendía con claridad que mi vestimenta era algo accesorio y no una estrambótica extensión de mi persona.pero alrededor de su ano había pelo suficiente como para protegerla cuando se sentara en el suelo. pero no aceptó la pañoleta. Ella abrió los oj os de par en par al escuchar el sonido de mi voz.es tuyo. H e venido en son de paz con todos los hombres. en otras palabras. Indiscutiblemente.Elena examinó mis ropas con profundo interés:desde la pañoleta roj a que llevaba al cuello hasta las suelas de goma de las botas de montaña que revestían mis pies. después. tuve la inquietante impresión de que. porque había puesto sus esperanzas en ganar la apuesta del primer casi-humano-nunca-descubierto en el cóccix de una más que dudosa criatura llamada H omo — 59 — . U n representante. si eso te sirve de algo. Me quité el pañuelo y se lo ofrecí. ¿Q ué tipo de cuerpo tenía yo baj o las pieles estratégicamente colocadas que cubrían mi espalda y mi entrepierna? Aunque no había conocido nunca a un dandi. —Joshua K ampa. se escurrió hacia el Este y desapareció entre la maleza.me miró por encima de uno de sus musculosos hombros y. a tu servicio. H ice un gesto tranquilizador con la pañoleta. U na cresta de pelo oscuro recorría su columna hasta la parte inferior de la espalda. con un esfuerzo de concentración superhabilina. se limitó a estudiar la forma en que colgaba entre mis dedos para. En ese momento. Trataba de verme a través de la ropa.con un lindo balanceo de su esteatopígico trasero. o bien Austral opithecus habil is. Elena alzó el garrote. me mostró sus envidiables y poderosos dientes y erizó el vello corto que crecía sobre sus hombros y sus brazos. o bien H omo habil is. Alistair P atrick B lair prefería el primer término. retroceder uno o dos pasos más. Esta respuesta me dej ó perplej o y asustado. de la especie que los paleoantropólogos llamaban. Elena era un miembro de la especie de homínidos para la que una vez inventé el símbolo de mano-negracon-oj o que utilizaba en mi diario. me estaba desvistiendo mentalmente. Si lo quieres.

— 60 — . no le había importado actuar. Si la segunda hipótesis resultaba ser cierta. V isto de otra manera. Elena y yo teníamos algo importante en común.un australopitecino o incluso un chimpancé. Segunda: quizá se había asignado a sí misma una misión por el bien de todo el grupo. la independencia de Elena estaba en contra de su clasificación como homínido avanzado. en cuyo caso sería algo así como una patriota en lugar de una misántropa y. El hecho de que se hubiera mostrado para comprobar las cosas por sus propios medios también me decía algo acerca de su carácter: por ej emplo. Salí pitando en la misma dirección por la que ella había desaparecido. ella sola.era más humana que menos.Elena debía ser considerada humana y. La primera: puede que estuviera harta de las exigencias de la comunidad habilina y se hubiese retirado a los bosques para comunicarse con su —no sé si atreverme a decirlo— alma. Esta cadena de razonamientos me conduj o a la conclusión de que Elena era de hecho una aberración entre los de su clase. eran criaturas gregarias que anhelaban la compañía y la aprobación de sus congéneres. dada la ocasión. no obstante.zarakal ensis. bueno. Tenía el toque celestial. N o le había importado correr riesgos aceptables. por tanto. En contra del prototipo de sus compañeros habilinos. según B lair me había enseñado. N uestros ancestros inmediatos.por lo tanto. U n solitario entre semej antes coleguitas primates hubiese sido una aberración. ya que su gente vivía en una unidad social en la que los rasgos distintivos de un solitario no provocarían más que incertidumbre y disrupción. En mi opinión. robustus que habían huido al verme antes no eran más que monos en comparación con Elena. U n babuino. entonces preferí —y todavía prefiero hoy en día— el término H omo habil is. pero probablemente de una forma positiva y no peyorativa. ¿P or qué había salido sola? Cabían dos razones posibles. sin embargo.que poseía cierto grado de independencia típica de los seres humanos adultos y saludables. Los especímenes de A.una aberración con cierto inmundo caché social. j amás se habría aventurado tan lej os sin al menos un aliado en las cercanías como apoyo moral.

D e pie entre ellos. U n par de las muj eres más j óvenes llevaba a los niños en brazos. Mi siguiente sorpresa fue descubrir que ella les sacaba a los adultos del poblado tantos centímetros como yo a ella. Llamé al poblado «Elenburgo».pero no podía informar del descubrimiento. a su pródiga amazona. A causa de mi precaria visión desde el borde del dosel de árboles y del movimiento incesante de los habilinos. florería una modesta civilización de homínidos. Me pareció que había catorce o quince. N inguna de esas estructuras serviría de refugio contra una lluvia copiosa ni resistiría un viento fuerte. había encontrado en mi primer día un genuino «poblado» habilino. Elena tenía cierto estatus entre aquella gente. solo pude hacer una estimación del número de criaturas que habían salido a darle la bienvenida. P ara mi asombro. H abiendo llegado unos momentos antes que yo. eran matronas. algunos de estos últimos tan pequeños y peludos que parecían ositos de peluche o cercopitecos verdes erguidos. Y mi maldito transcordión estaba estropeado. o a abordar.donde los árboles y la sabana se encontraban en la falda de una colina. y a través de los aguj eros de las cabañas de paj a vi cuerpos oscuros respondiendo a su extraña llamada musical. adolescentes o niños. Allí estaba la confirmación de que los habilinos habían construido refugios similares a los de las tribus de cazadores y recolectores del K alahari y otros lugares. Elena aulló para anunciar su regreso. Algunas muj eres y niños salieron de las chozas y se esparcieron por el claro con forma de V . llegué a un claro del bosque de ribera. mientras que otros aparecieron desde la linde del bosque.y me — 61 — . Tres burdas viviendas —con cimientos de piedra. aún no lo sabía. Entre las dos franj as de bosque. Todos sus súbditos. pero eran obviamente capaces de dar sombra durante el día y proporcionar una sensación de seguridad uterina por la noche. Esta era una especie de civilización. una civilización en miniatura. Q ué clase de estatus. puntales curvos de madera j oven e irregulares tej ados de retama— ocupaban ese pequeño recoveco y me quedé mirándolos con la boca abierta.P oco más de un kilómetro y medio después. bien podía haber sido la reina de una raza de delicados pigmeos. como un hombre que hubiese tropezado con un McD onald' s en la cumbre de una remota montaña del H imalaya. en una banda de pastos con forma de V . no obstante. sin embargo.

la bruj a se había sometido a Elena y la había aplacado. Con cierta indiferencia.me llevaron al apodo «Mínidos».era «alto». Tras asumir durante un breve momento lo que los etnólogos denominan «postura de presentación». se cansó del j uego y levantó el garrote por encima del hombro de la viej a para hacer notar su fatiga. parloteó unas cuantas imprecaciones agudas y sacudió con furia la cabeza y la boca. D espués. algo descriptivo pero menos formal que H omo habil is.de hecho. la gente que hablaba con mi madre sobre mí decía a menudo:«V aya. los niños acabaron por dispersarse.resistía a desestabilizar su funcionamiento. Aburridos.la bruj a regañona agachó la cabeza. inclinándose profundamente. gesto que la perdonaba y la despedía a la vez. Como miembros de la familia H ominidae (de los que el invencible H omo sapiens es la única especie superviviente). N adie le prestó atención alguna.decidí que la gente de Elena necesitaba un nombre también. Elena tocó con el garrote la rabadilla de la anciana. y el obj eto de su parodia de nombramiento de caballero siguió parloteando de vuelta a su choza como si nada hubiese ocurrido. una matrona de pelo grisáceo le hizo a Elena un gesto con el brazo (revelando una franj a de pelo que iba desde la axila hasta la parte inferior de la muñeca). A pesar de que el gesto parecía tanto un saludo como una amenaza. Jeannette. que tenían el mismo aspecto que una satinada babucha rosa. se giró hacia un lado e. se paseó hacia otra zona del claro. mostró los dilatados l abia minora de su región genital. P uesto que acababa de bautizar al poblado como Elenburgo. mirando de vez en cuando hacia los bosques con una expresión vacía. mientras que las dos madres que llevaban a los niños en brazos se sentaban en la hierba para mimarlos y arrullarlos. Seguía siendo pequeño. P or primera vez en mi vida.pero a la postre. sí. Elena aguantó la perorata dos o tres minutos. no es más grande que un tapón». También había puesto de manifiesto la ambigüedad del estatus de Elena entre los mínidos. Los mínidos pronto me sacaron de la falsa creencia de que Elena era su reina. Allí se puso en cuclillas para hacer sus necesidades. ya que era una — 62 — . D urante mi infancia en K ansas y W yoming. pero el diminuto pueblo de Elena era aún más pequeño que yo y saboreé la idea de enfrentarme a todos los viej os amigos de mi madre con las noticias de que. D espués de cerciorarse de su identidad. finalmente era más alto que un mínido.

retomé el camino que había seguido hasta Elenburgo. U na hipótesis dolorosa. moviéndome de árbol en árbol. los mínidos gozaban de una buena situación para explotar un variado número de fuentes de alimentación y modos de supervivencia. y que su falta de preocupación por mi presencia me hubiese permitido seguirla de vuelta a Elenburgo.sin un solo centinela. En esa temprana etapa de mis exploraciones.actuando de un modo tan relaj ado a pleno día. si contaba a los machos adultos que estaban con toda probabilidad cazando o en busca de carroña— tenían su capital en la intersección de dos de los hábitats del mosaico del Á frica oriental: la sabana y el bosque de ribera. Aun así. de formidable fuerza física pero sin un puesto realmente relevante en la comunidad (la postura de presentación). N egándome por dentro a admitirlo. Al final. Era muy posible que Elena me hubiese olvidado en el mismo momento en que me diera la espalda. N o me gustaba pensar que su volumen endocraneal fuese tan pequeño que no le permitiera ni siquiera utilizar unas cuantas neuronas perdidas para recordarme. literalmente. Mi contraparte se detuvo y me observó con furia. observé cómo ella y los demás habilinos volvían de mala gana a ocuparse de sus asuntos. Si los machos regresaban y me encontraban comiéndome con los oj os a sus muj eres y a sus niños. decidí retirarme del campamento. era mej or no levantar ni sospechas ni temperamentos. pero no podía dej ar de lado esa posibilidad. Y a que el terreno cubierto de arbustos.hembra a la que el resto de hembras adultas trataba a la vez como a una hermana descarriada (la regañina) y como a un macho adolescente y sin compromisos. Q uizás yo no significara nada para ella porque.las colinas y los territorios próximos a la orilla del lago también estaban cerca. Los mínidos —un grupo de alrededor de veinticinco. no había dej ado impresión en su razonamiento. j amás hubiera esperado encontrar a un grupo la mitad de reducido que el que estaba viendo. como un — 63 — . P or lo tanto. puede que mi visita al P leistoceno se viese interrumpida por su intolerancia y su indignación. pero no había avanzado más de treinta o cuarenta metros cuando divisé una pequeña y peluda silueta que se aproximaba al poblado por el camino. que parecían consistir sobre todo en una búsqueda poco entusiasta de comida y un enérgico haraganeo.

comenzó a avanzar muy despacio. y las carcaj adas hicieron que me doblara a modo de autoprotección. di un cauteloso paso hacia delante y asentí con la cabeza en un gesto de disculpa hacia el habilino.enseguida me di cuenta de que no me estaban siguiendo y de que el mínido que me acababa de encontrar era. Aunque su altura estaba varios centímetros por debaj o del metro y medio. Lo había pillado tomándose un imprudente descanso no autorizado. invocando la ira de N gai. lanzó un salivazo y me dio directamente en la barbilla.y uno cuya esmirriada masa muscular y cuya pequeña talla no hacían mucho por calmar el miedo que yo sentía.lo siento. muy probablemente.salió corriendo hacia el poblado mientras gritaba sin cesar. Mi principal preocupación era que estuviese guiando al resto de machos de vuelta a casa..labios prominentes y una barbilla recesiva de la que colgaba una rala perilla negra-roj iza. trazando un arco a mi alrededor. tratando de recuperar el aliento y de aminorar el latido frenético de mi corazón. — 64 — . En ese momento. me eché a reír. D esde varios metros de distancia. quien. U na vez que lo hube conseguido. A distancia.. y en esa posición. sin dej ar de reírme.policía o un maestro ofendido. Esa cosa —él— era un mínido con oj os pequeños y brillantes. mientras me limpiaba la cara con el dorso de la mano. —Escucha —comencé—. Sin embargo. sin perderme de vista. me obligué a considerar lo que debía hacer a continuación. y huí a la carrera al tiempo que mi poco delicada imaginación ideaba una docena de formas diferentes de morir a manos de aquellas criaturas protohumanas. estaba claro que era un adulto. y los dos nos habíamos dado un susto de padre y muy señor mío. Solo. Me quedé durante un buen rato al borde de la extensa sabana. el centinela designado. U na terrible barahúnda estalló entre los ciudadanos del campamento.

Estaba de pie. el Secretario de D efensa. el Sargento P rimero H ugo Monegal. Ella y su marido. habían dado cobij o al niño abandonado en su aloj amiento de Santa Clara durante los últimos cinco días.a unos cincuenta kilómetros al sudeste de Sevilla. El niño parecía decidido a derribar esas fotografías. el vello de sus antebrazos brillaba como virutas de aluminio y sus zapatos emitían un deslumbrante resplandor de ébano.detrás de su escritorio. y el obj etivo de aquella entrevista — 65 — .la Junta de Jefes del Estado Mayor y el Comandante de la base local. el Secretario de las F uerzas Aéreas. —¿Y qué pasa si tiene sangre americana? —preguntó Jeannette. V icecomandante de la B ase Reflex del CAE cerca de Morón de la F rontera.7 Morón de la F rontera Julio de 1963 El Coronel Roland U nger. —N o soy un asistente social —les dij o a las personas que habían solicitado la entrevista—.con su impecable uniforme de verano caqui. Los huérfanos no quedan dentro de nuestras obligaciones. D ebido a la luz que se filtraba por las persianas de la ventana de su oficina. le recordaba a Jeannette Monegal a una estatua de D ouglas MacArthur reducida a una escala de dos tercios. N inguno de nosotros está aquí para suplir las necesidades básicas de los ciudadanos españoles desaloj ados. pero el Coronel U nger no hacía intento alguno por impedírselo ni por distraerlo.observando totalmente absorto al chiquillo de piel oscura que empuj aba su cochecito contra el armario en el que estaban las fotografías oficiales del Presidente de los Estados U nidos.

El Coronel U nger replicó: —Resulta que también nació de madre española. 1957. N o puede atribuirse arbitrariamente la custodia de un auténtico sevillano. K ansas. por lo que consiguió. quien. Lucía un pulcro bigote castaño. A la izquierda de los Monegal se sentaba el Mayor Carl H ollis. en una ciudad española.y Jeannette no sabía si considerarlo un aliado o un entrometido declarado. —Tal vez no de j ure. Más tarde. y su determinación a conseguir aquel obj etivo la sorprendía y agradaba a la vez. Ese día se había puesto unos pantalones de algodón fuerte y una chaqueta deportiva de sirsoker a rayas azules y blancas. N os movemos en terreno pantanoso en este caso.salpicado con mechones ambarinos. había ido a los Estados U nidos para asistir a la U niversidad Estatal de W ichita. y es la nacionalidad de la madre la que suele decidir este tipo de cosas. pero de j acto ya lo hemos hecho. —¿Cree que deberíamos ponernos en contacto con los B ledsoe? —D ios. nervioso.blanco y azul como W illie Mays.Mayor H ollis. que abandonó para alistarse en las F uerzas Aéreas. P am. La madre se lo dio a la chica de D rew B lanchard. a la B ase de Alabama. Era un hombre de treinta y dos años. y me apuesto lo que sea a que el niño es el resultado de una de las indiscreciones de Lucky James B ledsoe. además de — 66 — . con la mano derecha.ya sabe a lo que me refiero. Lo más probable es que ni siquiera sepan nada del pequeño «Gu-gu» que tenemos aquí. El Coronel U nger lo había invitado a la reunión. como agente de la inteligencia militar. y ambos han regresado a los Estados U nidos. El mismo año. Es el hij o del Sargento Mayor Lavoy B ledsoe. tocando la mano de su muj er. —John-John —intervino H ugo Monegal. vestía por lo general ropas de civil. inclinándose hacia delante con seriedad—. —Mírelo.era convertirlo en parte permanente de su familia. de V an Luna. no —contestó H ollis.señor —instó H ollis al coronel—. El niño es tan roj o.señor. se casó con Jeannette Riverbank. N unca había deseado nada con tanta fuerza. y un par de gafas de sol de lentes espej adas con las que j ugueteaba.un panameño que había entrado al servicio del Gobierno de los Estados U nidos en la zona del Canal.

N o podíamos andar llamando «O ye.bueno. —Q ueremos quedárnoslo —añadió H ugo—. pero es demasiado pequeño para hablar en cualquier idioma.una bella y abnegada esposa.como si hubiera eructado o se hubiera tirado un pedo. John-John. Tiene cinco años. consiguió echar abaj o al Secretario de la Fuerza Aérea del armarito de licor vacío. —¿Q uieren decir que desean adoptarlo? —preguntó el Coronel U nger.tienes que ponerle un nombre. y Jeannette observó la manera en que las miradas de los oficiales se desviaban de mala gana hacia su marido. —Lo hemos llamado John-John —explicó ella. Juan. —Q ueremos que sea nuestro —dij o el sargento—. Le perdimos la pista por completo hará unas seis semanas. Presta mucha atención.bromeaba a veces—. —P amela lo traj o a nuestra casa —explicó H ugo—.las F uerzas Aéreas habían intentado aprovechar esta habilidad destinándolo a bases en España. Su madre era muda.podríamos hablar con él. que seguía debatiéndose con la mecedora. estaba en un edificio en ruinas.si es que podemos deducir algo sobre su estado con los datos que tenemos acerca de su pasado. Jeannette y él ya habían pasado dos años en la unidad itinerante del Comando Aéreo Estratégico en Z aragoza y ya estaban a punto de concluir su segundo destino en la Península Ibérica. El Coronel U nger recogió la fotografía y la devolvió a su lugar. P or el presidente K ennedy y el último P apa. Aunque no tengo ni idea de cómo va esto de las adopciones. armando un j aleo — 67 — . N o teníamos intención de tener más hasta que vimos a John-John. la ciudadanía estadounidense. La policía local la arrestó por escándalo público la mañana posterior a que le diera el niño a P am. Y si hay algo que quieres quedarte. —Está a un paso de ser un niño asilvestrado —le dij o H ollis al coronel—. D ado que H ugo hablaba español con fluidez —«U n accidente de nacimiento». acudiendo presta en ayuda de H ugo—. —¿N o tienen hij os propios? —Solo a Anna —respondió Jeannette—.tú» ni « Gu-gu» a un chico tan activo como este. una muj er involucrada en el contrabando y la prostitución. Tenía que tener un nombre. porque pensó que tal vez nosotros. «JohnJohn» había sido la primera frase que pronunciara después de las presentaciones.

le aullaban a la luna. y eso en un periodo de nueve años. Sin embargo. un niño criado entre animales. —Solo quería señalar que para él ha sido una desventaj a vivir con una madre que no puede hablar.las llamaron «las niñas lobo de Midnapore». El resultado es — 68 — . Se trataba de dos niñas pequeñas abandonadas en la j ungla que supuestamente fueron amamantadas por lobos. D esde luego.tremendo en el tej ado. U n misionero anglicano llamado Singh las capturó y las llevó al orfanato que dirigía. en ocasiones. La cosa es que la dej aron en libertad sin cargos antes del mediodía. Se había dado cuenta de que H ollis la había catalogado. mantenía al niño.señora Monegal. Aunque antes de que dej ara su bloque de apartamentos.pero andaban a cuatro patas. como una recatada samaritana cuyo cerebro reposaba en las callosas manos de su esposo. Mayor H ollis. —¿Intenta decirnos. —señaló con la cabeza a John-John— encerrado día y noche. comían como perros. Llámelo «aislamiento social». El aislamiento no debe de haber sido bueno para él. —¿Q ué le ha llamado? —le preguntó Jeannette—.como tampoco la incapacidad de hablar de su madre.señora? Jeannette llevaba un vestido color chocolate con un comedido cuello blanco.Mayor H ollis. mostraban los dientes y. no había esperado que rebatiera su estúpido comentario con sarcasmo. y no se le ha visto el pelo desde entonces. se dio el caso de una parej a muy famosa en la India. —Tal vez la madre del reverendo Singh tuviera miedo del fantasma de Rudyard K ipling. basándose en su aspecto y en el hecho de que estaba casada con un suboficial.. quiere decir «niño salvaj e». —¿Y exactamente qué es eso? —B ueno. U na de ellas murió en menos de un año.. pero la otra se adaptó lo suficiente como para llevar un vestido y acudir a los servicios religiosos. ¿U n niño asilvestrado? —Exacto —dij o H ollis. Allá por los años 20. si siente la necesidad de calificarlo. nunca aprendió a pronunciar más de cincuenta palabras. Trató con todas sus fuerzas de convertirlas en seres humanos. —¿Cómo dice. que a partir de ahora debería conocerse a John-John como el «niño lobo de Andalucía»? H ollis parpadeó y luego se puso las gafas de sol. Tal vez «niño asilvestrado» haya sido una desafortunada elección de palabras.

La mayoría de los niños de su edad ni siquiera piensan en andar. no queda otra alternativa que entregarlo a las autoridades españolas.de su mudez. John-John trató de sacar al Comandante en Jefe empuj ando con la punta de sus nuevos zapatos B uster B row n el barato marco dorado.cuidó muy bien de este niño. que reflexionaba acerca de ciertos problemas legales.. lo conseguirá. N o es difícil deducir que las personas de Santa Clara poseen medios económicos muy por encima de las posibilidades de la muj er.que va a tener problemas para aprender a hablar. Aún no ha cumplido un año.. la fotografía del P residente K ennedy fue a parar a la alfombra. Eso fue muy valiente. —H ollis recurrió al Coronel U nger. N o se orina en las cortinas ni despellej a pollos vivos con las manos. no prestó atención a sus esfuerzos.. Anna no empezó hasta que cumplió el año. que no respondió.lo pueden ver ustedes mismos. —D e forma oficial. pero ya anda. El Coronel U nger. —Encontrarse dentro de un ambiente familiar va a suponer un gran cambio para él. una compatriota de su padre.Mayor H ollis? —¿Señora? —La madre de John-John no era poco afectuosa. Los niños que se crían aislados del mundo o con padres poco afectuosos o deficientes.y a H ugo y a mí nos gustaría honrar esa valentía. probablemente en un orfanato regentado por la Iglesia. —¿Y qué pasaría entonces? —Me imagino que acabaría en alguna institución de caridad.. —Y a ha superado la transición —aseguró Jeannette—. Salvo por el detalle de su incapacidad. a menudo acaban siendo retrasados profundos.en lo que se refiere a aprender a hablar. Y . adoptándolo. —¿Q ué probabilidades de adopción tendría? — 69 — . para adaptarse a la sociedad humana. —¿D e dónde ha sacado todo eso. Con un golpe del respaldo de la mecedora. —¿D e verdad lo cree? ¿Entonces por qué no intentó que se relacionara con personas que no compartían su incapacidad? —¿Y qué cree que hizo al final? D ej ó a John-John en manos de P amela B lanchard. si se me permite la opinión. Es más que probable. —¿Q ué sugiere? —le preguntó a H ollis.

. ¿Q uién va a poner en duda la identidad del padre de John-John. —Entonces.señor. Tal vez sea un antepasado mestizo de la familia que reaparece con este niño. —¿P or qué no la arrestó cuando sabía dónde vivía y tenía pruebas de que vendía de estraperlo? —La señorita O campo era un pez pequeño. el niño tiene todo el aspecto de un W illie Mays. quiero decir. señor. eso es algo que podemos arreglar —dij o H ollis. sería más fácil llevarlo de vuelta a los Estados U nidos con nosotros en noviembre. pero suelen hacerlo (si le interesa mi opinión) con la esperanza de conseguir un marido americano y acabar en la tierra de los Levis y los Lincoln Continental. Las chicas españolas salen con soldados negros. — 70 — .eso no impedirá que parezca que se llevan al hij o de otro fuera del país. —U na partida de nacimiento.señor. Es una muj er virtuosa. bueno. Como si saliera de un sueño muy vívido. —Amén —murmuró la virtuosa muj er. P or supuesto. Mucho más fácil. —Mi pelo es tan rizado como el suyo —dij o H ugo Monegal—. Aún no. A pesar de todo.. y mis oj os son igual de negros. Q ueríamos atrapar a los que le compraban a ella y que luego revendían la mercancía a precios más altos en otras partes del país. —H ollis parecía incómodo. el hij o de mi propia muj er? —Le sonrió con timidez a Jeannette—. —Tiene que estar con su madre —apuntó el Coronel U nger.Mayor H ollis. —Q ue ha desaparecido de la faz de la Tierra. N o me imagino a los ciudadanos de Sevilla llamando a la puerta del orfanato para llevarse a casa a John-John. —¿Los atrapó? —N o.H ugo dij o: —Si tuviéramos una partida de nacimiento en la que dij era que John-John nació en la clínica de San P ablo.¿por qué no lo hace? —Lo haremos —replicó H ollis.el chico es en parte de los nuestros y los Monegal quieren darle un hogar.—Como he dicho. —Lo que nos devuelve al lugar de partida. señalando bruscamente a los Monegal con las gafas de sol—.

aun sabiéndolo. — 71 — . la puesta de sol marca una tenue tregua en una zona acuática de Á frica. unos cuantos de sus primos ancestrales. volviera al autobús e indicara que me encontraba bien haciendo que la Plataforma Retrotemporal se retraj era. cebras y una distante manada de leones. tradicionalmente. me dij e a mí mismo. P odría haber otros grupos de habilinos en los alrededores. Mi transcordión no funcionaba y K aprow me había advertido que.a pesar de que j unto a la orilla del lago el sol estaba descendiendo hacia los terraplenes violetas de la parte occidental del Rift. D e todas formas. aventurándome a menudo en la sabana mientras bordeaba la franj a de bosque hacia el Sur.descubrí que algunos de los animales grandes —elefantes. los A. lo más probable. en caso de que fallara. Y a que. af ricanus. N o obstante.rinocerontes. caminé de vuelta al Lago K iboko.j iráfidos— emergían de la oscuridad y se reunían para beber.y. K aprow y sus cohortes aún no habían hecho descender la plataforma a través de las compuertas del autobús.no podía replegar lo que no veía. Resultaba imposible saber en qué proporción cohabitaban esas tres especies de primates en el terreno. y dado que solo había visto gacelas. pero lo que yo quisiera y lo que iba a conseguir eran dos cosas muy distintas. antílopes. como también otros especímenes de A. no era muy factible que fuese a solucionar ese problema en una sola tarde. Y o quería que se abriera una especie de tapón que dej ara a la vista las vísceras de cobre y cromo de nuestra máquina del tiempo.8 Alborada D espués de mi encontronazo con el centinela mínido... robustus y. El cielo del crepúsculo estaba completo.

Mi posición elevada me proporcionaba cierto grado de seguridad. También hubo barritos y bufidos de otros visitantes del lago. recité mis muchos temores de la misma forma que una monj a reza el rosario. «Y a ha caí do el soly sigo esperando. B aj é del promontorio de la orilla del lago hacia el llano. Prendí la broza y los excrementos secos de los animales con una cerilla del hornillo-kit de supervivencia Eddie B auer y me encaramé a la roca para disfrutar de mi fogata.estaba listo para pasar la noche. Así. con el combustible suficiente y una posición inexpugnable.parecían haberme dej ado sin cobertura. pero la plataforma aún no había descendido..me acerqué al lago. una enorme protuberancia de granito que se alzaba sobre la llanura a algo menos de un kilómetro del lago.» N o hubo respuesta en la ventana de texto de mi transcordión ni ningún milagroso resplandor que abriera el aire del Pleistoceno. —Esto no te va a servir de nada. Aunque al final me di cuenta de que solo había comido una vez ese día.donde pasé los últimos veinte minutos que quedaban antes de que cayera la noche reuniendo broza. ¿Acaso el Esfinge B lanca me había dej ado varado en aquel lugar? N o tenía a nadie con quien hablar. Incluso K aprow y B lair.y la precariedad de mi posición iría en aumento a medida que descendiera la oscuridad. como si mi olor la ofendiera. Como un eslabón perdido en la despiadada maquinaria orgánica de la llanura. «Estoy esperando». y una peluda criatura elefantina que estaba a escasos dos metros de distancia había comenzado a agitar su trompa en mi dirección. mis enlaces con la otra realidad. desde el que esperaba poder eludir la presencia de los animales. Los depredadores nocturnos se mantendrían alej ados del fuego por instinto y desde el llano no había forma de que saltaran hasta donde me encontraba. El perverso ocaso de color lavanda se convirtió en oscuridad en el momento en que apilaba semej ante combustible en la base de un kopj e.. el cansancio aplacó los aguij onazos del hambre y me abstuve de hacer un viaj ecito de caza a la sabana.tecleé en mi transcordión.K ampa.bolitas de antílope y albóndigas de estegodonte con las que hacer una hoguera. a nadie a quien contarle mis problemas. Por f avor. dado que la invasión estaba teniendo lugar a ambos lados del pequeño promontorio de toba sobre el que me encontraba.despl egad l a pl ataf orma. — 72 — .

y una vez que el faro de proa se hubiese extinguido. N o me permití caer en un sueño profundo —en sueños sobre mi propio pasado tan alej ado en el futuro— por miedo a que el fuego se apagara. las extrañas criaturas de la pelágica pradera tratarían de abordarlo para devorarme.F ue una noche larga. A menos que uno haya pasado la noche en el campo.. esta actividad me ayudó a pasar el tiempo y. pasé una hora o así leyendo el Antiguo Testamento a la luz caprichosa e inconstante del fuego. Al final recurrí a mi B iblia-manual de campo en versión reducida. y me di cuenta de que había vivido durante un periodo de casi veinticuatro horas en el P leistoceno Inferior. Me puse de pie e incliné la cabeza para escucharlo mej or. Mi kopj e era un bote salvavidas en un océano de hierba. j amás habrá oído una algarabía tan escalofriante: los chillidos de los damanes.casi interminable.. Aunque no podía mantener mi atención en las palabras. tratando de convencerme de que esa noche no era muy diferente de las que había pasado con B abington en Lolitabu. P ero la idea no cuaj ó. tímidos animales que colocan su madriguera entre las peñas. una botella mágnum de champán (aunque la versión doméstica no hubiese estado nada mal) y una bramadera en mi kit de supervivencia. y solo el propio físico se había quedado más tiempo en un único salto de lo que yo llevaba en el mío.como el grito de unos espíritus incorpóreos. H abía hecho P rehistoria. P ara celebrar mi éxito tendría que cazar mi desayuno y tragarlo con ganas.» El mundo se quedó en silencio mientras yo repetía este pasaj e. Se me ocurrió que debía de haber un sombrero de fiesta. los berridos trompeteros de los paquidermos. Me acurruqué en mi piedra. Era un cántico sin palabras entonado por las voces — 73 — . cuando finalmente llegué al pasaj e de los P roverbios que me llegaba al corazón. N ingún otro de los voluntarios de K aprow había saltado atrás ni una milésima parte de lo que yo.la risa demente de las hienas. lo aprendí de memoria y lo repetí cual mantra hasta que aparecieron las primeras y débiles luces del amanecer. P rocedía de las colinas del Este. «Los conej os.pero siempre con un oído puesto en los peligros de la noche. D ormité. Con la linterna y la lupa. desde las proximidades de Elenburgo. N o había ni siquiera una tarta de piña. F ue entonces cuando escuché que una canción de otro mundo reverberaba a lo largo de la llanura.

sino áspera y llena de pura convicción. U n himno. al parecer. Los habilinos —los ancestros de la humanidad— estaban cantando.cedió el paso a la maquinaria del apetito. D espués de diez o quince minutos. Le di una patada a los restos del fuego para alej arlos del kopj e.pero encontré agua escarbando un aguj ero en el fondo arenoso del arroyo para observar cómo la humedad subterránea surgía poco a poco hasta la superficie. se llamaba. desplumé. El tiempo que estuve en Lolitabu me había preparado para este método primitivo. un hormigueo en las terminaciones nerviosas— tardó un rato en desaparecer.como el viej o w anderobo me había enseñado. D espués de eso. A cuatro patas. y con sigilo y paciencia conseguí llevar a cabo la hazaña sin asustar a toda la bandada hasta que la emboscada tuvo éxito.sin embargo. Tenía una vehemencia abrumadora. Al final. dediqué el tiempo necesario para preparar una silenciosa emboscada a una de esas aves. la primera de verdad desde mi llegada. los pisé para impedir que se prendiera la hierba y me dirigí a un grupo de higueras que había al este. seguí esperando a que continuara. El día anterior. al estilo de los kung. El lecho seco de un riachuelo dividía el bosquecillo de higueras. me lavé de arriba abaj o con la camiseta que había utilizado el día anterior y rebusqué en mi neceser hasta en— 74 — .poco desarrolladas de los habilinos que saludaban al amanecer. desmembré y limpié el páj aro para después sentarme y devorar su carne cruda. N i siquiera B abington lo hubiera hecho mej or. bebí directamente del suelo y luego me lavé la sangre de la gallina de Guinea que se me había quedado pegada a la cara y los dedos.a mi hambre implacable. Aunque debería haber regresado al lago. se pavoneaba una bandada de gallinas de Guinea. el cántico finalizó. y disfruté con entusiasmo de la comida. En el borde roj izo que las espiguillas conferían al pastizal. La impresión que el cántico me había dej ado — una especie de asombro. Con el fin de evaluar mis habilidades para la supervivencia. U na alborada. había llegado demasiado tarde para escucharlo. ni dulce ni prístina. Con los dedos y la navaj a.desdeñando los comprimidos para purificar el agua.

Echando la vista atrás.cada uno de los once adultos tan grande como un león. no estaba convencido de que me hubiese perdido algo. me preocupaba más que solo me quedaran dos paquetes de F ruit of the Loom en la mochila.en el Pleistoceno. Mi más pecaminosa indulgencia aquella mañana fue cambiarme la ropa interior. vi una manada de hienas atravesando en fila la sabana en dirección N orte-N ordeste. a pesar de mi entrenamiento de supervivencia. ya que me parecía imperativo ser capaz de correr en caso de peligro.pero eso era un mal menor si se comparaba con tener que huir de un leopardo en calcetines. debería haber pasado el amanecer en las orillas del Lago K iboko. con la esperanza de que alguna de las risas que había escuchado de forma intermitente durante toda la noche —esa horripilante risa convulsiva de los bandoleros— significara que habían tenido una cacería satisfactoria. el viento soplaba con suavidad desde el Sudoeste. Esfinge B lanca encontraría una forma de rescatarme.al igual que nuestros transcordiones. En realidad. de la megafauna del Pleistoceno. desde las hienas — 75 — . Me quedé inmóvil. pero por el momento tenía que apañármelas solo. Sin embargo. Semej ante proeza (aunque quizás detallarla sea una invitación a la burla) la llevé a cabo sin quitarme las botas de montaña. Estas prodigiosas criaturas eran un buen ej emplo. Cuando cogí mis F ruit of the Loom de la euforbia que había al borde del claro. mucha de esta dedicación a la vestimenta y la limpieza me parece ridícula. no había conseguido desprenderme del todo del siglo X X . H abía practicado descalzo con B abington. D ej arme las botas puestas significaba tener que estirar el elástico de las perneras de los calzoncillos. pero.pero todavía no confiaba en apañármelas en un terreno lleno de espinas de acacia. Seguramente. no habría estado allí para presenciar el suceso ni para confirmarle el hecho de que seguía vivo.contrar el cepillo de dientes. hacia Elenburgo. Estábamos en j ulio. la maquinilla y las hoj as. y el cántico de los habilinos era un fenómeno que bien merecía otro día. Conté quince de esas cheposas hienas en total. cuanto menos. estaba temporalmente fuera de servicio. N uestro plan de emergencia. así que dediqué sus buenos diez minutos a lavar en el lecho del arroyo el par que me había puesto el día anterior y los puse a secar en un arbusto de euforbia. En el caso de que K aprow hubiera baj ado la plataforma al alba. si bien aterrorizador.

Alistair P atrick B lair decía a menudo de las hienas: «D esearía que esas malditas degeneradas no hubieran nacido j amás». pero la calina y la interposición de un rebaño de antílopes bien pudieron haberle j ugado una mala pasada a mi vista. y tres o cuatro niños que habían estado dando volteretas enfrente de las chozas se detuvieron para observar lo que estaba haciendo. y sus horripilantes caras revelaban el aire satisfecho —alabado fuera N gai— de la saciedad.habían erradicado del registro fósil una incalculable cantidad de información sobre los orígenes de la humanidad. Casi por casualidad. era un requisito que yo podía aceptar con gratitud. Luchando por controlar los latidos de mi corazón. una casualidad afortunada.además.llegué a la punta del claro con forma de V que habitaban los mínidos y me coloqué como un rompeolas entre las dos franj as de bosque que apuntaban hacia la sabana. olisqueé mis dedos de forma crítica. La repugnancia que yo sentía por las hienas tenía un origen menos sublime:mataban con tanta facilidad como comían carroña y. descubrí un — 76 — . durante esa segunda mañana. En una ocasión. creí ver una criatura bípeda que vagaba por la llanura hacia el N orte. Los mínidos me vieron al momento. y gracias a él pude percibir el inconfundible hedor de la carroña.hacia mí. D etestaba sobre todo esta variedad gigante. U n macho mayor gritó a sus j óvenes compatriotas para advertirles. como si estuviera acechando una presa. Eso. en su opinión. El mayor crimen de los animales. P oco tiempo después. Examiné algunas matas.apestaban. aunque obviamente él no había tenido la oportunidad de ver ninguna. Las gruesas pieles castaño-amarillentas de los animales estaban veteadas con remolinos negros que se mezclaban entre sí. giré algunas rocas. era que habían acabado casi por completo con los huesos de sus contemporáneos de dos patas. en lo que a las hienas se refería. Cuando las hienas hubieron desaparecido. escarbé con indiferencia en la hierba. Con su indiscriminado comportamiento alimenticio. recogí mi equipo —incluyendo mis recién lavados calzoncillos— y me adentré en la maleza para establecer un campamento base mucho más cerca de Elenburgo.

era uno de ellos: un genuino escarbador de hierbas. acercándose muy despacio a mí por el flanco izquierdo del claro. Se alineó tras un macho-man con una enmarañada barba negra y una impresionante discrepancia barberil de bigote a lo W illiam P ow ell. garrote en mano. Ignorando con deliberación a los habilinos.triturador de arácnidos.si me lo permitían. Con una mueca involuntaria.no obstante.escorpión. Entretanto. Elena. razón por la que lo apodé mentalmente como «Alfie». Con el acerbo regusto del escorpión en el paladar. Traté de no demostrar mi nerviosismo. Los machos se habían desplegado en U y se movían lenta pero metódicamente hacia delante. una espantosa fuerza destructora de sentimiento nacionalista.le sacaba al menos un par de centímetros de altura. estaba seguro.podría contribuir a su industria de recolección de alimentos. y fue interesante advertir que no esperó a que el macho diera su aprobación para unirse al grupo de asalto. con el vello de sus hombros erizado. D e hecho. P ara entonces. efectué un rápido ataque al escorpión con los nudillos —una de las técnicas predilectas de los babuinos— hasta que la odiosa bestiecilla estuvo tan aturdida que un golpecito con el dedo lo hizo volcar de espaldas. traté de poner la mej or cara posible al comerme el escorpión. A continuación. Levanté las manos. La idea era demostrar a mis hermanos bípedos que. Los individuos se acercaron a mí de forma más amenazadora. el más grande del grupo. Además. era casi seguro el mínido «alfa» Romeo. N o hubo suerte. Además. dej ando a un lado todas las apariencias que pudieran evidenciar lo contrario.habilino hasta la médula. los mínidos se detuvieron. me puse en pie. La vi. Levantó su aguij ón y se acercó a mí a la manera secular de los escorpiones. todos los mínidos de Elenburgo estaban mirándome. como demostraba mi éxito al encontrar el escorpión. Como era más alto que los australopitecinos herbívoros con los que compartía una porción del hábitat bosque-sabana. cuando estaba — 77 — . los mínidos habían formado un grupo de ataque propio y avanzaban hacia mí con los garrotes en alto. Elena se había unido a los machos en su cautelosa partida de guerra. Las intenciones de Elena no parecían más amistosas que las de sus colegas masculinos.le quité el aguij ón y la bolsa de veneno y maté al escorpión de un apretón. Este tipo.

recité la P romesa de Lealtad. siguieron acercándose a mí. mi audiencia comenzó a cansarse de mi actuación. Ante semej ante dilema. P or el momento. a pesar de mis botas de montaña.según intuí. El sonido de esta lastimera melodía saliendo de mis labios hizo que mis atacantes se detuviesen. Canté con un profundo y alegre tono de tenor. saqué la pistola y apunté al cielo. todo en un tono tranquilo y seguro que esperaba resolviera la crisis a mi favor.de pie. D ada la situación. Los habilinos. empecé a cantar. peligrosamente cerca.sin embargo. Tras intercambiar una serie de miradas y gestos rápidos.varias canciones infantiles y la letra de una canción famosa de la época dorada del pop. el diálogo entero de un anuncio de la pasta de dientes Crest. — 78 — . Tení a una adorabl e tarea por del ante.y canté con sentimiento: Ayer mismo.querían decir:«¡Al ataque!». D e mala gana.con el miedo y la adrenalina dándome alas hacia la victoria. podría parecer Jesse O w ens incluso al lado del más rápido y tenaz de sus velocistas. D urante un minuto o dos escucharon con atención.extendí los brazos para demostrarles que no llevaba piedra o garrote alguno.todo ha cambiado. O quizás no fuera tanto la música —una simple cantinela. ¿Dónde se ha metido? O h. D esesperado. Tenía la certeza de que un único disparo de advertencia les haría salir corriendo en busca de refugio. pero también podría acabar con mis esperanzas de cimentar una relación de aceptación mutua y confianza. que reiniciaron su avance. sincera y directa— como lo poco que se esperaban que me pusiera a cantar para ellos. se colocaron a unos cuatro o cinco metros de distancia. ¡Cantar fue incluso mej or que comer escorpiones como prueba de mi carácter habilino! A pesar de estar virtualmente hechizados durante la segunda estrofa. el Preámbulo de la Constitución. empecé a hablar. estaba seguro de que.y variado Desde ayer.. pero después se miraron los unos a los otros con una serie de miradas significativas que. mis movimientos eran tan ágiles como los de los habilinos. desabroché la funda.. Sus rostros hicieron que resultase fácil decidir qué hacer como bis.

Ellos retrocedieron. en el bosquecillo que se encontraba a mi derecha. entregándose a un ridículo pavoneo.pero ese papel autocrático no me reportaba ningún placer. En Elenburgo se había desatado un pandemónium de gritos y chillidos entre las muj eres y los niños.D isparé la pistola. Al menos. pero se apagó con rapidez cuando estos se apresuraron a buscar refugio. Tenía oj os grandes y cristalinos y una especie de — 79 — . Ese fue para salvar mi vida.como si fuera la encarnación de la misma Muerte. un j oven macho mínido me estudiaba con una tranquilidad casi escalofriante. El efecto fue impresionante: tres de los machos cayeron al suelo como si los hubiese atizado con un martillo. agachados y llenos de asombro. se levantaron de un salto y salieron disparados hacia las chozas para quedarse allí de pie por si acaso yo decidía seguirlos. desde donde me observaron. Era muy probable que hubiese aniquilado la oportunidad de conseguir una tregua temporal factible con los mínidos.dos o tres de los machos hicieron gestos con su garrote. limpiándose la materia fecal del trasero. Sin embargo. había disparado a modo de advertencia. mientras los guerreros que habían salido corriendo hacia el bosque regresaban para ver lo que estaba ocurriendo. otros dos corrieron hacia el bosque.. encresparon el vello que les cubría los hombros y el pecho. y tenía un montón de balas. ¿quién iba a defenderlos? Me estaba definiendo como una figura definitivamente genghiskhaniana. El tipo que había perdido el control de sus tripas se arrastró hacia atrás sobre la hierba. no obstante. Sin embargo. P or delante de mí todavía quedaban Elena y el inconmovible Alfie. A la vista de que no hacía ningún movimiento para demostrar mi superioridad.protegiéndose la cabeza con los brazos. Gente valiente. Extendí una mano y di un par de pasos hacia Elena y Alfie.. El disparo de mi pistola había señalado un cambio en el equilibrio de poder casi semej ante a la alteración que la bomba atómica de H iroshima provocó entre los Aliados y los j aponeses. y un sexto se cagó encima y cayó de lado al suelo.entre la congregación de rostros aturdidos e indecisos. —N o voy a hacerlo de nuevo —les aseguré a Elena y a Alfie— . si habían derrotado a sus hombres. P ero también ellos retrocedieron hacia las chozas. Los machos habilinos que quedaban rodaron.gritaron con beligerancia y.

O h.todo ha cambiado. de modo que decidí alej arme de Elenburgo para evitar un derramamiento de sangre.no soy tan mal tipo. Adiós.dignidad profesoral.y variado.. V enid a buscarme si queréis solucionar esto.. Desde ayer. Alfie y él parecían adversarios más peligrosos que los j actanciosos charlatanes que bailaban frente a las cabañas... —Adiós —les dij e—. D espués de todo. — 80 — .

sí. ¿y cuál es la gran diferencia? Los ratones blancos se quedan tan contentos. El humo del cigarrillo serpenteaba de forma extraña en el espej o que había detrás del televisor. levantó las rodillas y le quitó el * Comando Aéreo Estratégico. y el oscuro se alimenta y olisquea como todos los demás. V an Luna no es real. Es como una sala de laboratorio con comidita y bebederos. H ugo aplastó el cigarrillo en un cenicero de cristal con el emblema del CAE* en el fondo. cuando ya hacía rato que había arropado a Anna y a John-John y les había dado su beso de buenas noches. tan limpias e inmaculadas. la última película de George Raft e Ida Lupino en la televisión portátil que estaba encima de la cómoda. Aire fresco. —V oy a ponerme serio. —¿Q ue no es real? —Eso he dicho.9 V an Luna.que estaba fumándose un cigarrillo y viendo. Jeannette se separó de H ugo.) — 81 — . N o es real. P or el contrario. del inglés Strategic Air C ommand ( N. de l as T. V an Luna es como una de esas salas de los laboratorios. Ahora estoy dispuesto a decirte cuál es el problema. Jeannette trataba de explicarle los sentimientos ambivalentes que albergaba por su ciudad natal a H ugo. sin prestar mucha atendón.muj er. Metes a un ratoncito oscuro allí. —¿Sí? —El problema es que V an Luna no es real.K ansas O ctubre de 1964 Tumbada en la cama una noche.agua pura y lindos ratones blancos como habitantes.

Jeanie. H as cambiado de tema para liarme. —Y la competencia está empezando a desmoralizarlo. H az una montaña de un grano de arena.. ni para la señora F ulanita) V an Luna no es real. adelante. —Mira. Jeanie.¿es eso lo que pretendes decir? —P or supuesto que es real para mí. El mej or lugar para que los niños crezcan — 82 — .tú misma. muj er. ni para el señor Riverbank. —V an Luna es muy real para tu padre —reconoció H ugo. Si quieres preocuparte por eso.Jeanie. ¿Estás tratando de decirme que ese tipo de cosas no son reales? —Y o no he dicho eso. lo encendió como George Raft. Eso sería una locura.sobre John-John y el tratamiento que le da la gente porque su piel es negra.no. o solo escuchas lo que te da la gana. P ero tú me estabas hablando. —¿Comidita y bebederos? P ero. y meneó el extremo encendido baj o la nariz de Jeannette—.donde Ida Lupino testificaba con entusiasmo frente a una atestada sala del tribunal.o eso creo. P or eso tenías otro trabaj o en el almacén. Ese tipo de cosas.cenicero de las manos. También ha sido difícil para él. Jeannette le pasó de nuevo el cenicero a H ugo y se acercó más para apoyar la barbilla sobre su hombro. —P ero estoy tratando de. ¿Y te atreves a decirme que eso no es real? —¿Estamos hablando de John-John o de tu padre? —H ugo dej ó que su vista vagara hasta la pantalla de la televisión. U n barrio a las afueras. —Joder. —Sacó un cigarrillo de la caj etilla de cartón de Marlboro.. Está convirtiendo nada menos que a mi propio padre en alguien mezquino. —P ero nada. tú sabes lo difícil que resulta sacar adelante a una familia con la paga de un suboficial. —P ero no lo es para ti. N o escuchas.no demasiado malo. —¿Entonces crees que deberíamos mudarnos a W ichita? —¿P ara qué? —P ara que podamos darle un lugar real en el que vivir. ¿de qué estás hablando? Mi padre se ha enfrentado a la realidad económica todos los días de su vida en esta ciudad. D e modo que te repetiré esto una sola vez: el problema que has descubierto es que para John-John (no para mí. O eso. ni para ti.

N o obstante. a través de los barrotes. Los médicos de las F uerzas Aéreas del dispensario de McConnell. ¿Q uerrías llevar a John-John a Mississippi? —N o quiero llevarlo a ningún sitio. durmiendo en la calle cubiertos por periódicos. Era un payaso con una bulbosa nariz y un par de redondos puños en alto. Sus manos y su nariz trazaban un círculo de pálida luz anaranj ada.¿eh? Más tarde. —Apuntó con el cigarrillo hacia el mueble de la televisión—. Anna estaba casi destapada en su cama nido. Es una zorra de cuidado en esta peli. con sus escleróticas moviéndose al unísono. Jeannette volvió a colocar las mantas de Anna antes de acercarse al niño. Mira esa Ida Lupino. a los gamines. Q ue se j odan. Tal vez tuviera una vida oní— 83 — .. ¿Sabes? En B ogotá vi a los huerfanillos. Y en Z aragoza.. —D ios Santo. a quienes había llevado al niño tanto a causa de su tardanza a la hora de aprender a hablar.John-John yacía desparramado con una manita diminuta extendida hacia atrás. mientras que. un halo borroso. John-John emitía un suave gorgoteo y su cabeza parecía pivotar sobre un nudo de huesos que se encontrara en la parte trasera de su cráneo. La luz de una lamparita resplandecía en la diminuta habitación. bien pasada la medianoche.es un lugar que no sea tan desagradablemente real. corriendo en manadas.medio ocultos a la vista. del mismo modo que los párpados que ocultan los brillantes e impasibles oj os de una muñeca N ancy.y en otros lugares así de reales..al otro lado de la habitación.. y en Sevilla. alrededor de la mesilla sobre la que se encontraba. —murmuró. Tumbado boca arriba. como por esos extraños arrebatos nocturnos.los globos oculares de JohnJohn giraban de un lado a otro en la parte superior de las cuencas. Jeannette fue al cuarto de los niños para echarles un vistazo. —B ien. pero j amás dej aba de desconcertarla. siempre le aseguraban que John-John se encontraba en perfecto estado de salud. Solo. Jeannette había presenciado ese extraño fenómeno docenas de veces desde que traj era a John-John a casa desde España. Lo encontró en medio de un sueño. Los párpados se habían retraído ligeramente hacia atrás.

Los médicos ya te lo han explicado. Siempre se para. —Con perritos. Me da un miedo horrible..con las perneras de los calzoncillos abolsadas alrededor de las caderas y otro cigarrillo encendido entre los dedos.que.petit malo cualquier otra afección nerviosa. D e hecho.Jeanie. la plenitud de su vida onírica bien podía estar inhibiendo —de forma temporal— el desarrollo de ciertos patrones post-infantiles del habla. —P or el amor de D ios. Los sueños eran un sustituto —un sustituto temporal— del desarrollo del lenguaj e.. —¿Q ué es lo que quieres que te diga entonces? ¿Q ue está soñando con su madre real. —N o me gusta.. N o habían tenido que encaj ar esa escalofriante visión del niño con la imagen del pequeño listo.con toda probabilidad.pero el hecho de que sus párpados se retraj eran no implicaba que padeciera epilepsia. P or supuesto. ¿Cómo voy a saberlo? —N o sueña con ninguna de esas cosas.dime con qué está soñando. —Se aferró al borde de la cuna—.. ¿eh? Q uizá le guste verte tan enfadada.rica especialmente vívida. ¿P or qué te pones. Además. —N o pasa nada. N o puedo soportarlo... —hizo un gesto con el cigarrillo—. —Está soñando. parecía un niño absolutamente normal. con viaj es en el carricoche.en todos los demás aspectos. —Le está pasando otra vez —le dij o.Jeanie? Se giró para ver a H ugo en el vano de la puerta. N i habían tenido que preocuparse tanto por cómo habrían sido sus ocho o nueve primeros meses. Q uién sabe. —¿Q ué pasa. los médicos j amás habían tenido que contemplar aquel espectáculo en el que sus globos oculares se sacudían y las escleróticas latían al compás a la una de la madrugada. activo y curioso que corría por su consulta. con comerse un helado. Jeannette debía tener en cuenta que el niño todavía no tenía dos años..de hecho. tan histérica? —¡P orque soy su madre! —Anna se removió en su cama y Jeannette preguntó en un susurro—: ¿Con qué coño puede estar soñando? ¿Y por qué se le tienen que abrir los oj os de esa manera? —P uede que no esté dormido.con España y la pobreza? ¿Eso te parece mej or? — 84 — ..todavía se estaba adaptando al cambio de la cultura española a la angloparlante y que.

—Comenzó a llorar.con el cigarrillo entre los labios al estilo de las películas de cine negro. —N o. solo miles y miles de cruj ientes hoj as caídas que se levantaban en remolinos a su alrededor mientras el niño corría. Sin embargo. —H ola —dij o el chico. una acusación y burla. D éj alo que sueñe. Sus sueños eran una barrera para el acercamiento. Jeannette lo perdía por completo. Es muy mono. —Y a está. muy cerca. trotó durante toda la última manzana. Llegaron al campo de sof tbal l y a las solitarias gradas que había en el extremo occidental del campo de j uego. Al final. Ataviado con un anorak de nailon y unos pantalones de pana.—N o me parece mej or en absoluto.que estaba ansioso por ver a los niños en el recreo.no quiero despertarlo. lo más cerca posible. El John-John real —con el hemisferio inferior de sus globos oculares moviéndose rápidamente y sus pequeños deditos tratando de aferrarse al aire— parecía a kilómetros y kilómetros de distancia. Sin embargo. se llevó a John-John a dar un paseo por los viej os barrios que había de camino al colegio de Anna. habían dej ado el carrito en casa. y ella quería estar cerca.y Jeannette se sentaba en la primera fila de gradas. a Jeannette le recordaba a un pingüino paseándose sobre el suelo helado.Jeanie. donde la niña hacía el primer curso.y John-John. y el cuerpo sacudido por los sueños que el niño dej aba atrás. Allí. le dolía verlo así. adornada con unas cuantas zonas de césped y cadillos. H ugo. En aquellas ocasiones. John-John caminó con dificultad hasta la valla j usto en el momento en que un niño de cuarto o quinto curso llegaba corriendo para atrapar un f oultip. Esa vez. estaba acotada por tres de los lados con una cerca de listones de madera. la zona de recreo consistía en un montón de grava.¿cómo se llama? — 85 — . Jeannette apartó la vista del niño y permitió que H ugo la conduj era de vuelta a la cama. atrapado en una espiral de experiencias más allá del alcance del conocimiento y la comprensión de su madre. y al Este por la propia escuela. no había hielo. Al día siguiente.entró en la habitación para abrazarla. hablándole a Jeannette por encima de la cabeza de John-John—. Podemos despertarlo si quieres.

incluso antes de que supiera hablar.cada verso. —¿Todavía no habla? —Los compañeros de equipo del chico estaban pidiendo que les devolviese la pelota. John-John lanzó la bola contra la parte opuesta de la red de retención.Jeannette se lo dij o. el muchacho la recogió y volvió a colocarla en sus manitas. se giró y la lanzó con fuerza hacia el campo. La escuchará. en mitad de K ansas.D onnie! ¡D ate prisa! —N o mucho. —Te gusta la poesía.digo.hipnotizado por — 86 — . Eso es lo que mi madre hacía conmigo. colega? ¿A que sí? Apuesto a que un día de estos serás uno de los j ugadores. Cuando Jeannette confesó que John-John todavía no había empezado a hablar.D onnie! ¡Lanza la maldita bola! D onnie retiró con amabilidad la pelota de las manos de JohnJohn. tigre.que te enciendes en luz» todas las noches. Y se marchó. Me gusta más el sof tbal l .dij o—:P ero usted le habla. Adiós. ¿Conoces a Anna? —N o.John-John. P ero sí que vemos libros de dibuj os j untos.¿verdad? —¡V enga. El chico dej ó que John-John cogiera la bola a través de la cerca. —¡Lanza la bola ya. —¿Es suyo? —Mío y de mi marido. Cuando el pequeño la dej ó caer. Entonces. ¿P ero quién era ese chico? ¿El Sumo Inquisidor? —Es un poco pequeño para eso todavía. —Te gusta esta pelota. Sabía recitar todo el poema. —A través de la valla le dio a John-John un golpe j uguetón en la tripa—. —¿También lee para él? Leer en alto. P uedo recitarla. pero sigo sin entenderla. John-John se quedó en la cerca.¿no? —Todo el rato.antes incluso de empezar la escuela —alardeó. Me alegro de haberte conocido. N o me entero de la mayoría de las cosas. el nombre de su hij o no parecía tener un significado especial para el muchacho. D urante todo mi primer año solía leerme «Tigre. pero el muchacho los ignoró. se volvió hacia Jeannette para decir: —D ebería leerle libros de verdad. ¿verdad. Es el hermano pequeño de Anna Monegal. Casi un año después del asesinato de K ennedy.

el j uego. sobre una redondeada pradera salpicada de álamos. Siguiendo un impulso. al ridículo de la gente normal que vivía en las casas que quedaban a sus espaldas y. El asfalto de la autopista 15 desde W ichita cortaba una nítida diagonal hasta la casi mítica población.el hombre que había sido arroj ado vivo contra un árbol. conduj o a John-John a lo largo de la acera cubierta de hoj as y dej aron atrás la escuela. pero no pudo encontrarla antes de que el sonido de la campana que indicaba el fin del recreo enviara a toda la población de estudiantes del colegio cuesta arriba hacia el edificio. P ermanecieron j untos sobre este escaso césped otoñal. —H oy en día. Jeannette comenzó a sentirse vulnerable. parecía atento a cada palabra. notó su madre. D urante el último año de Jeannette en la escuela superior. Jeannette. dej ó vagar la mirada por el patio en busca de Anna. A unos doce kilómetros de distancia. Según se adentraban en el campo.K ansas. matando a más de sesenta personas y distribuyendo montones y montones de extraños desechos por toda la zona. como si estar de pie en aquel lugar invitara. Jeannette le contó a JohnJohn toda la historia. de nuevo en silencio. como si ella estuviese promulgando una obvia pero encantadora y entretenida mentira. nueve años atrás. por una parte. esa ciudad parece nueva y reluciente por completo —concluyó—. John-John. la operadora telefónica que había muerto sobre su centralita. un tornado había arrasado U dall por completo.hasta llegar a una zona residencial de baj o presupuesto con un único camino de entrada sin pavimentar que acababa al borde del campo abierto. con las manos en los bolsillos del abrigo. Jamás te darías cuenta de que una vez fue borrada del mapa al igual que los neandertales o los mamutes.estaba U dall. Adornó la narración con coloridos detalles: el granj ero que había descrito el ruido del tornado como el de un millar de reactores y que había dicho que parecía un gigantesca salpicadura de grasa. al ataque de los cavernícolas y paquidermos ocultos en los arbustos que había más allá del arroyo que dividía aquella pequeña exten— 87 — . expuesta. por otra. P arecía también que el ritmo de su voz lo tenía cautivado. U na loica salió volando desde el suelo y describió una parábola sobre el pálido cielo de octubre.

¡Q ué coño de frigio! «Aca» era una palabra de su idioma.» Según un amigo que tenía en la biblioteca de McConnell. Casi parecía que John-John había convocado su presencia al señalarlos con el dedo.sión de tierras de pastoreo. había que reconocerlo. —Aca —dij o John-John sin dej ar de señalar. decía que esas vocalizaciones eran frigio. Corrió cuesta abaj o. pero el viento soplaba y el mundo parecía grande y hostil. de guasa. muy bien.y salió disparada prado abaj o tras él. Era rápido. se creía que ese había sido el primer idioma hablado por los seres humanos. Atónita. Era una locura pensar algo así. ¡por el amor de D ios! Se sentía alegre y orgullosa. Lo agarró de la muñeca y le impidió llegar hasta el lecho seco del arroyo. La aparición del ganado fue algo extraño y súbito.Jeannette se arrodilló frente al niño y lo cogió por los hombros para colocarse delante de su campo de visión. Jeannette no los había visto hasta ese momento. Lo dej aría que viera las malditas vacas. V acas. el interés de John-John se concentró en otras cosas. Jeannette se recogió el dobladillo del vestido para mantenerlo fuera del alcance de los molestos cardos y de las ramas de los arbustos. señaló algo e hizo unos ruidos ininteligibles con la garganta. Jeannette se apartó un mechón obstinado del rostro y se puso en pie. Como los rinocerontes o las j irafas. Y todavía resultaba más extraño que estuviesen comiendo hoj as en lugar de hierba. hacia la hondonada. El niño se removió para que lo soltara. U na palabra auténtica en su propio idioma. no muy interesado en los intentos de su madre de afianzar su logro. los terneros pastaban en los matorrales que los habían ocultado a la vista. el niño había j ustificado la fe de su madre en sus aptitudes. —Eso es —dij o con entusiasmo—. «Tenemos un niño que habla frigio. Incluso a pesar de que muchos niños no hablaban hasta bastante después de cumplir los dos años. Ahora que la historia sobre el tornado había llegado a su fin. había cinco o seis terneros de cara blanca que rumiaban plácidamente. — 88 — . —V acas —dij o Jeannette de forma distraída—. Más allá del arroyo. ¡V aca! ¡Se dice «vaca»! El niño se movió hacia la derecha. despoj ando sus ramas de las últimas hoj as del año. Al pronunciar esa única palabra. A pesar de su tamaño. H ugo.

—¿A un rebaño de vacas? —N o a las vacas..».por favor. H ugo le dij o a Anna con fingida grandeza: —«H ace ochenta y siete años».aca. les dij o John-John a las vacas.. parte del pequeño mobiliario de comedor que H ugo había traído las N avidades pasadas del economato de McConnell. a su vez. —Es cierto.. Aca. porque. El niño esparció los trozos de hamburguesa sobre el suelo y señaló la dirección en que Jeannette lo había llevado a pasear aquella mañana. —N o me lo creo.. Esa sospecha. estaba comiéndose los trocitos de carne picada de una hamburguesa muy hecha.era un chico despierto y vivaz. Tenía la boca embadurnada de mostaza. John-John. D i aca para mí.anda.Juanito.. Con la cuchara en su mano derecha y los grasientos deditos de la izquierda. esto es «aca» también.muj er.¿cómo sigue. en todo lo demás. —¡D ij o «vaca».ha hablado. En secreto.aquel asunto del «niño salvaj e» del Mayor F ulano de Tal en la oficina del Coronel U nger la había estado reconcomiendo durante más de un año. Y esta vez nada de frigio.había comenzado a sospechar que la infancia descontrolada de John-John en Sevilla había hecho una insidiosa mella en su capacidad para captar el idioma. esas somnolientas criaturas con grandes oj os castaños.niña? —¡P apá! —H a hablado de verdad —insistió Jeannette—. ¿Lo ves? Estás comiendo aca. —V aca —dij o entre risas—. —H ugo levantó un pedazo de hamburguesa con las puntas del tenedor—. Las vio y di. «nuestros padres fundaron en este continente una nueva nación..la había llenado de pesar. —Y un chico del equipo que se llamaba D onnie me dij o que — 89 — . JohnJohn estaba sentado en una trona de aluminio con una bandej a de plástico amarillo. H acia U dall. concebida en libertad y consagrada al.papá! Estaban sentados j unto a la mesa con cubierta de formica de la cocina. —Entonces creo que deberíamos estar comiendo filete en lugar de hamburguesa.H ugo.aca. H acia el colegio.

Libros de verdad. V oy a empezar a hacer también eso. É l cruzó los brazos sobre la barandilla de la cuna y contempló cómo su madre cogía una mecedora y la colocaba a su lado.cosas difíciles.» — 90 — .. abrió el libro y comenzó a leer: —«Cuando el señor B ilbo B olsón de B olsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centésimo decimoprimero con una fiesta de especial magnificencia. —D espués de bañarlo. la presencia inamovible de Jeannette en la habitación que compartían Anna y él mantenía ese impulso a raya.Jeannette le había enseñado que hacer eso durante la noche le costaría caro. él la contemplaba con creciente curiosidad.Anna y él hicieron lo que Jeannette les había pedido. sin embargo. —¿Cuándo? —preguntó H ugo con cautela. Aunque era lo bastante mayor como para poder salirse de la cuna él solo. D espués.debía leerle a John-John.lo intentaba dos o tres noches por semana. Jeannette se sentó en la mecedora. D e cualquier forma... hubo muchos comentarios y excitación en H obbiton.. no solo enseñarle el abecedario y los libros de dibuj os.le cambió el pañal.le colocó el pij ama de felpa y lo puso de pie en su camita. Esa noche. Mientras su madre sacaba un llamativo librito del bolsillo de su delantal de girasoles. N o obstante.entretanto. ¿P or qué no os encargáis Anna y tú de los platos? —¿Q ué tal si me pongo tacones y me pinto los labios? — replicó H ugo. Jeannette.supervisó el baño de John-John.

Sin embargo. comenzaba a creer que mi cálculo del tiempo difería de forma significativa del de mis colegas del Esfinge B lanca. N o obstante. al amanecer y durante el crepúsculo. para el posible despliegue de la P lataforma Retrotemporal.decidí. ya que la plataforma no aparecía. tras faltar a la primera de mis citas al amanecer. Aun así. Al fin y al cabo. Tarde o temprano. y el tiempo entraba dentro de los dominios de K aprow . errores que sin ningún género de dudas subsanarían a su debido tiempo. D e hecho. cumplí mi parte del trato y me presenté en la orilla del lago durante el resto de la semana.K aprow acabaría por darse cuenta de lo que sucedía y la plataforma aparecería —como quien dice. si bien me irritaba saber con certeza que mis colegas del siglo X X volverían a fallarme de nuevo. me alej aría del lago para centrar toda mi atención en los habilinos y volvería al cabo de otra semana para ver si mis conj eturas eran acertadas. no creía que me hubiesen abandonado de modo permanente. K aprow y sus ayudantes estarían sufriendo «problemas tecnológicos». entretanto. Tras tomar esa decisión. había venido para estudiar a los protohumanos. mis salidas y puestas del sol no coincidían con las de ellos.de la nada— j usto en el momento en que debía hacerlo. debido a la tremenda distancia temporal de mi salto. pasé dos días enteros haciendo contumaces incursiones en el territorio de los mínidos con el fin de — 91 — . estipulación que reducía mi campo de acción y frustraba mis intenciones de estudiar al pueblo de Elena. Q uizás fuese porque.10 Fruit ofthe Loom N uestro plan de emergencia exigía mi presencia j unto al lago dos veces al día. Cumplir con dicha exigencia resultaba el doble de difícil.

Los había obligado a abandonar su capital y no me iba a resultar fácil localizarlos de nuevo. al Sudeste. había escuchado a otros habilinos cantar en la lej ana orilla septentrional del Lago K iboko y en las proximidades del Monte Tharaka.no solo para dar rienda suelta a una serie de sentimientos que. sino como una especie de rito social y un medio de mantener abiertas las vías de comunicación. me arroj aban higos. nueces de mongongo.decidí. y su cántico había resonado a través de bosques y llanuras como el espíritu del trueno o del terremoto. raíces. P ara obligarme a guardar las distancias. En un principio.acelerar mi aceptación. pero los niños no permitían que me acercase a ellos y las madres de los peluches mínidos eran tremendamente concienzudas a la hora de mantenerlos siempre a su lado. Esa coral sin palabras me había despertado. habían ubicado Elenburgo en cualquier otro lugar del mosaico de hábitats entrelazados que se extendía a lo largo y ancho del este de Á frica. Aunque era bastante posible que los cánticos de un grupo de habilinos se alternaran con los de otro poblado. no toleraban mi presencia a menos de cuarenta o cincuenta metros de las cabañas. P ara descubrir la nueva ubicación del poblado.descubrí que las cabañas estaban vacías.por tanto. H abía esperado poder abrir una brecha en su obstinada resistencia ofreciendo terrones de azúcar y chicles procedentes de mi equipo de supervivencia a dos o tres de los miembros más j óvenes del grupo. Cuando llegué al claro situado entre dos de las franj as boscosas la mañana del tercer día. los mínidos habían vuelto a cantar para dar la bienvenida al amanecer. bayas. También estaba seguro de que el oído de un habilino era mucho más agudo que el mío y de que. D e hecho. me dej é llevar por el pánico. Cantaban. P ero el temor se esfumó con rapidez. Aunque ya no se esforzaban por alej arme. no con el fin de efectuar una inequívoca reclamación del territorio. hasta ese momento yo no había — 92 — . Los mínidos se habían trasladado. N o reaccionaron bien.percibían esos débiles cánticos al alba como una poderosa oleada de emociones. serían incapaces de expresar. sino también para informar a otros grupos de habilinos de su paradero. desperdicios y piedras. La mañana posterior al día que disparara mi pistola al aire —tras haber intentado amenizarlos con mi entrañable interpretación de A day ago—. de otro modo. lo único que tenía que hacer era estar atento a su próxima alborada reverencial.

los peligros por los que pasé (y no solo a la hora de hacer mis necesidades) ni el fantás— 93 — . Tampoco podía pasar por alto que la mayoría de los leopardos del P leistoceno tenía el instinto de supervivencia lo bastante agudizado como para no realizar semej ante intento. ¡Conque esas teníamos! Su canto me había llevado hasta ellos de nuevo. A la mañana siguiente escuché a los mínidos corear sus toscas bendiciones al alba. U na ciudadela. Siguiendo el eco de sus voces. Si no se habían mudado a un lugar demasiado alej ado. A decir verdad. D esde mi punto de vista. y una que me irritaba sobremanera. Acerté. en cuanto me avistaron. pero yo j amás lo conseguiría.eso era este nuevo poblado. mi situación no era mej or que antes de que se mudaran.llegué a un lugar situado a unos tres kilómetros de donde se alzara su anterior poblado. pero su ubicación en la colina impedía cualquier acercamiento fácil y.los páramos cubiertos de espinos y las franj as boscosas cercanas al Monte Tharaka. U n almenaj e de rocas de granito me impedían ver en su totalidad las chozas de paj a que se alzaban tras él y no había ni un solo árbol en veinte metros a la redonda. el nuevo emplazamiento de Elenburgo (no podía llamarlo de otro modo) se encontraba sobre una colina cubierta de hierba que dominaba el extenso damero de la sabana. U n leopardo astuto e intrépido bien podría llegar hasta ellos. era que no podría aproximarme a la nueva capital a menos que atravesara a vista de todos la pradera que se extendía a los pies de la colina. N o voy a detallar aquí las insignificantes penalidades que sufrí (la disentería no es un tema muy agradable).sido capaz de distinguir otras voces aparte de las del grupo de mínidos más cercano. Los mínidos se habían congregado en la ladera sudoeste de la colina como los espectadores de un partido de fútbol del instituto. N o cortarían su alianza polifónica con sus congéneres solo para librarse de forma definitiva de Joshua K ampa. habían mej orado su posición. podría volver a escuchar sus cantos al día siguiente. corrieron hacia las almenas y me agasaj aron con un aluvión de piedras y recriminaciones. su mayor desventaj a. por lo tanto. pero. Regresé a mi base de operaciones con la autoestima más baj a que el Lago K iboko en una época de sequía prolongada.

P or el contrario.escorpiones. huevos de páj aro.babuinos. o bien trabé amistad. leones o hienas gigantes. Tampoco voy a relatar mis ocupaciones domésticas en el bosquecillo de acacias. habían robado de una acacia. (La necesidad suele ser la madre de los dedos largos. cedían terreno sin rechistar ante las manadas de elefantes.tico zoológico integrado por cuadrúpedos. P or lo general.las muj eres ocupaban su tiempo —siempre que no fuese un día especialmente consagrado a haraganear— recolectando bayas.las muj eres bordeaban los límites de la sabana. las muj eres eran tan capaces como sus congéneres masculinos de formar un alboroto disuasorio o de defender enérgicamente su territorio de recolección. digamos.si los intrusos eran hienas pequeñas. los machos y las hembras solían dedicarse a actividades típicas de cada uno de los sexos. desde las diez de la mañana hasta una hora antes de la puesta de sol. En primer lugar descubrí que. quiero contaros lo que aprendí de los mínidos mientras intentaba que me admitieran dentro de su elitista hermandad.o bien ella o bien su marido. pero entonces me di cuenta de que su «cesta» era en realidad un nido de páj aro tej edor que. todos y cada uno de los cuales eran acarreados en toscas bandej as de corteza de árbol o en un hatillo de piel de animal. que incluían desde hacer la colada o recoger leña para el fuego. U na de las hembras de más edad tenía un recipiente elaborado de forma tan habilidosa que me hizo preguntarme si algún crononauta desconocido había efectuado un salto atrás en el tiempo para dárselo.melones y cualquier otro tipo de alimento fácil de transportar. zurear y canturrear mientras recolectaban la comida. serpientes y páj aros con los que. perros salvaj es o los robustos australopitecinos. — 94 — . más concretamente. larvas de escarabaj o. Con el fin de señalar su progresión a través de la vegetación y de mantenerse en contacto las unas con las otras. En lugar de eso.) Con los niños a remolque y un macho armado en las cercanías para conducir a los pequeños al bosque en caso de amenaza de peligro. de las hienas gigantes). B endecidas u obstaculizadas por los niños.no de la inventiva. no dej aban de murmurar incoherencias. o bien me sirvieron como alimento (cuando no era una cosa después de la otra). hasta enterrar los desperdicios que generaba (tarea que desempeñaba de forma minuciosa para desalentar las visitas de cualquier huésped cuadrúpedo recolector de desechos.

que podían alimentar al grupo durante dos o tres días.Jomo. La mancha de mis pantalones cortos ocasionada por la albúmina de un certero huevo de gallina de Guinea permaneció inmutable en el tej ido hasta el día en que los di por perdidos. al parecer. — 95 — . B aj o mi atónita mirada. y al resto de las muj eres. les incomodaba su presencia. acompañaba a los hombres en las partidas de caza.Genly. había asignado los siguientes apodos al resto de los machos:Jamón.Roosevelt y Fred. de modo que. mientras que Roosevelt era el desafortunado que había sido traicionado por sus esfínteres. la muj er abatió a un j abalí verrugoso y a un duiquero. Malcolm. semej antes presas. En cuanto se percataban de mi presencia. algunas veces.lo que sí tenía claro es que los mínidos no se limitaban a tolerar la presencia de Elena entre ellos. se quedaban celebrando el banquete en N ueva Elenburgo. Las cacerías tenían lugar en la sabana. Lo más acertado que podía decir acerca de mi relación con los habilinos era que ya no me veían como a un extraño. A menudo.si bien se mostraban tolerantes con ella por regla general. sino que con frecuencia la colocaban en una posición adecuada para dar el coup de grâce tras una persecución bien organizada. mientras tanto.En tres o cuatro ocasiones. Los mínidos.Malcolm. Reconocía a los adultos con solo echarles un vistazo. N o había término medio: o veía demasiadas cosas o no veía nada. me encontraba sin nada más que hacer aparte de sentarme baj o mi árbol y releer el Génesis. me las ingenié para seguir de cerca al grupo de muj eres. Jamón y Jomo eran los dos mayores. Además de bautizar al evidente j efe del grupo. ¿Q ué progresos estaba haciendo? Muy pocos. En cambio. pero no fui mej or recibido que un mirón en un campamento de chicas. Sin embargo. empezaban a chillar y a arroj arme cosas. Alfie. eximían a los mínidos de la agotadora necesidad —si bien no del acuciante deseo— de cazar. Elena j amás participaba en ese tipo de excursiones.si es que sus rostros arrugados y sus cabelleras salpicadas de canas podían considerarse como indicios fiables de su edad. donde me resultaba del todo imposible pasar desapercibido si alguna vez se me ocurría despegar la barriga del suelo. el de la perilla oscura con reflej os roj izos y oj os diminutos. N o tenía hij os. Genly era el habilino que me había sometido a un intenso escrutinio tras el desdichado incidente del disparo.

Tal vez. había empezado a sospechar que era la madre de Elena. nombre que se ganó a pulso por la estridencia de sus demandas a la hora de pedir que le dieran de mamar. Con el paso del tiempo. sin tener en cuenta los dos millones de años que nos separaban. era un adolescente al que había apodado «señor P ibb». era el hij o de F red y N icole. Me daba la impresión de que Emilia. D ilsey y Ginebra eran.. señorita Jane. Las siglas correspondían tanto a las iniciales de Alistair P atrick B lair como a las de All P oints B ulletin. B onzo. en apariencia.era quien hacía las veces de centinela el día que descubrí la Elenburgo original. A.. D uquesa. Mi opinión sobre ella había mej orado bastante desde aquella ocasión. para ellos. la empresa de altavoces.la muj er de Genly. La señorita Jane. A las damas las llamé de la siguiente manera: D ilsey. En cuanto a los niños. las consortes de Jamón y Jomo. pero los nombres que anoté en el árbol genealógico de mi B iblia-guía de campo de edición de bolsillo incluyen: Jocelyn.V eloz.P . respectivamente.el Embaucador y A. él también apreciaba la variedad.y Fred era el más j oven de los cazadores.B . Y o era un primo hermano. Ginebra había sido la bruj a que soltara la extensa perorata a Elena durante mi primera tarde como espía.. probablemente hij o de D ilsey. desde los bebés hasta los más grandes. El mayor. D e hecho.era el bombonato del grupo de féminas: una dama de mirada errante y trasero inquieto. P ebbles. se mezclaron en mi cabeza. j a— 96 — . como si en el pasado se hubiera enfrentado a uno de los más rotundos ataques de resentimiento de alguno de sus mayores.P . que había venido de visita y ellos se negaban a aceptarme como tal. Empezaba a preguntarme si también me habría convertido en un cero a la izquierda para mis colegas del territorio onírico del siglo X X .. O detta y N icole me causaban la misma impresión: las tres eran madres excelentes que defendían con tenacidad a sus hij os y se relacionaban de forma amistosa con la población masculina. Ginebra. todos los niños. Era la favorita de Alfie aunque.B .un hobbit con la mandíbula permanentemente dislocada y un enorme hueco entre los dientes delanteros. V eintitrés habilinos en total (porque solo había contado a los mínidos). O detta y N icole.aún no me había familiarizado con ellos más allá de ponerles un nombre. Emilia. Groucho.

Y o. En la llanura que se extendía baj o N ueva Elenburgo abundaban los kopj es.. pero aún no estaba allí.Joshua K ampa. Al fin. un páj aro dodo que viaj ara en sueños y que. F altaban dos días para que finalizara la semana cuando volví al Lago K iboko a comprobar si K aprow había hecho descender la plataforma. N o obstante. el j oven macho que se había cagado encima al escuchar el disparo de mi pistola. me parecía el más avezado del grupo a la hora de atrapar páj aros y seguir el rastro de los animales pequeños. probablemente. el terreno fue mi salvación. Comencé a utilizarlas como parapeto..en otras ocasiones. había logrado un pequeño acercamiento a Roosevelt.esas formaciones de granito que a veces no eran más que rocas peladas o que. como damanes y liebres.estaba extinguido en vida. Roosevelt siempre se aseguraba de mantener una distancia de cincuenta o sesenta metros entre nosotros.gracias a mí constante vigilancia. En cuatro ocasiones al menos. acostumbraba a salir solo de caza sin demostrar ningún tipo de reparo. sus excursiones eran breves y no se aventuraba demasiado lej os de N ueva Elenburgo pero. A menudo.. A pesar de todo.descubrí su inclinación por este tipo de aventura y decidí actuar de acuerdo a los conocimientos que había adquirido mientras operaba como su sombra.más había existido. En su mente. tanto por el placer que le provocaba como por los trofeos con los que podría regresar a casa. mi imagen había quedado asociada con el ruido estruendoso y con la terrible humillación de unos intestinos que funcionaban por su cuenta. abandonó la cacería y regresó despacio a casa. y — 97 — . y por otros motivos que nada tenían que ver con la ciencia. Consciente de mis torpes técnicas de rastreo. comenzaba a sentirme parte tanto del P leistoceno como de los habilinos en cuyo grupo quería ser admitido.tuviera que quedarse allí. D e hecho. El hombre invisible. P or motivos de seguridad.hij o oriundo de otro país. U n ser que había sido. herido en su pundonor.poseían una pobre cubierta de matorrales. N o carecía de valor en las situaciones más comunes en el campo. que quizás un día fuera.que había sido despoj ado de todas sus raíces en el prehistórico K ane' an. después de localizarme. tal y como hacían los mínidos y otros depredadores. a primera hora de la tarde..

Con la liebre agarrada por una de sus patas traseras. Aguantando la respiración. golpeó un guij arro volcánico hasta obtener unas afiladas lascas y comenzó a diseccionar con maestría la fláccida parte inferior de la liebre. donde los otros esperarían. aj eno a mi presencia. U n simple descuido j uvenil por su parte. y si saltabas hacia uno u otro lado tenías un cincuenta por ciento de posibilidades de interceptarla. En esa ocasión. y posiblemente recibirían. El sol se hundía en el Lago K iboko y mi sombra se extendía tras de mí. yo no podía culpar a Roosevelt. y extender los brazos en espera de una posible captura. a menos que yo revelara mi presencia.pero un respiro para Joshua K ampa.debo agradecerle a un kopj e y al sigilo que yo mismo había desarrollado. salté hacia la sabana tan lej os como pude y giré en el aire para aterrizar frente al homínido. Tan pronto como el animal aplastaba las orej as contra el cuello. El mínido acababa de capturar una liebre con una técnica que B abington había intentado enseñarme en Lolitabu. mereciera sin duda alguna una de las patas de la liebre. lej os de la línea de visión de Roosevelt. me puse en pie y mantuve el equilibrio al borde del kopj e. y — 98 — . La mochila me golpeó entre los omóplatos cuando caí al suelo.alguna parte del animal como compensación. había que saltar. o giro. Lo observé desde arriba con respeto y un enorme entusiasmo. H abía decido comerse su presa en solitario en vez de llevarla al campamento. el salto intuitivo de Roosevelt hacia la derecha había demostrado ser acertado y la liebre perdió la vida baj o las manos rápidas y brutales del homínido.mi primer tête-à-tête satisfactorio con Roosevelt. no se daría cuenta de que alguien lo observaba. al abrigo del saliente. técnica que yo no había logrado dominar aún. P resencié el desenlace de ese drama primigenio desde la ladera de un kopj e pelado que dominaba la llanura. La determinación con la que despedazaba su cena sugería que. Aunque O detta. É l era quien se había arriesgado y quien había cobrado el premio. Con mucha cautela. Cuando aplastaban las orej as de ese modo significaba que estaban a punto de hacer un «quiebro».Roosevelt se acercó a mi escondite y se agazapó j usto debaj o de mí. Tenía algo que ver con observar las orej as medio alzadas de una liebre en plena carrera mientras la perseguías. bien a la derecha o bien a la izquierda. hacia el Este. El homínido.su consorte.

En consecuencia. O tra vez no. Acto seguido.procedió a someterse a una rápida y exhaustiva operación de limpieza sin dej ar de mirarme a la cara en ningún momento. como si estuviese recuperando algo que hubiese sido suyo en primer lugar. N os detuvimos. Tras mostrar cómo podía usarla para limpiarse el trasero. también soltó el contenido de sus intestinos. así lo hizo.pero imité su movimiento y. D ej é que la mochila cayera sobre la hierba que había a mis espaldas y me quité la camiseta a modo de inmediata oferta de paz.me enseñó los dientes —además de la lengua y la garganta de color roj o oscuro— mientras el vello de los hombros y de los brazos se le erizaba y comenzaba a agitarse baj o la suave brisa del crepúsculo. N o quería luchar con él. Ahora me alegraba de no haberlo hecho. Saqué el último paquete de calzoncillos de algodón.pensé. P or desgracia. —Coge la camiseta —entoné con suavidad—. coge la camiseta. la sucia camiseta yacía arrugada a mis pies mientras Roosevelt comenzaba a deslizarse a lo largo de la cara izquierda del kopj e. Los agité como un torero que extendiera el capote. Estaban limpios y relucientes. se la arroj é al homínido haciendo gala de una gran cantidad de sonrisas y solícitos murmullos. Bendito sea Ngai. habilinos». del bolsillo lateral de mis pantalones cortos y los extraj e con destreza del envoltorio de plástico. La ventaj a que me proporcionaba mi altura era irrelevante. parecía preguntar la hosca expresión del homínido. y su visión resultaba tan seductora que una semana antes había estado a punto de sacarlos y ponérmelos para combatir mi depresión tipo «no sé por dónde empezar con vosotros. En contra de todas mis expectativas.. extendiendo los brazos de modo instintivo para impedir la huida del mínido. N uestro desmañado vals no nos estaba llevando a ninguno de los dos a ningún sitio. P or favor. Lo seguí. P oco después..Roosevelt. marca F ruit of the Loom.al parecer. ¿Y ahora qué?. Roosevelt contempló la prenda con enormes sospechas e intentó escapar moviéndose furtivamente hacia la derecha. Roosevelt gritó y dej ó caer la desmembrada liebre.me agaché al instante. Los calzoncillos tenían una cin— 99 — . Me la quitó de la mano de un tirón.entendió que tendría que luchar conmigo para poder huir.

Captó de inmediato la noción y me arrebató los calzoncillos. Aunque las técnicas de recolección de comida llevadas a cabo por las hembras de los mínidos supusieran. encantado conmigo mismo por no haberle señalado a Roosevelt que se había puesto mis flamantes calzoncillos del revés. por D ios.la ausencia de carne acabaría por pasar factura a los congéneres de Elena. dos tercios de los alimentos que consumía el grupo.la falta de lluvia había provocado la migración a otras zonas de muchos de los animales que vivían en manadas:gacelas.camino de N ueva Elenburgo. Los coloqué frente a mí para mostrarle a Roosevelt cómo debía ponérselos. ¡ V oil à!U n habilino vestido con unos inmaculados F ruit of the Loom.rodeada en su totalidad por un hilo dorado. Sin dej ar de observar mis gestos alentadores. Era obvio que la sequía venía de bastante atrás. Antes de que pudiera asegurarle que mi regalo no suponía compromiso alguno más allá de mi —hasta el momento. estás realmente estupendo.hasta la peluda protuberancia de sus genitales. Me la puso en las manos sin ningún tipo de ceremonia. Roosevelt —le dij e—..turilla elástica resistente. —P or D ios. con toda probabilidad. Sin pérdida de tiempo. N o había llovido ni un solo día desde mi llegada al Pleistoceno. Y . ñúes.se retiró hacia el extremo sur del saledizo del kopj e para acariciarlos y examinarlos. Aún receloso. se acercó a mí con paso arrogante y recogió la destripada liebre. Se me llenaron los oj os de lágrimas. nula— esperanza de que el hecho pudiera hacerme aparecer como un aliado de fiar.alzó un pie lo suficiente como para introducirlo por la pernera izquierda y no tardó nada en hacer lo mismo con el otro para completar la labor y subirse la prenda por los muslos. Roosevelt se internó con rapidez en la creciente oscuridad de la sabana.cebras y varias especies de protoantílopes. La madre de Roosevelt no había criado a un alcornoque. Las nueces de mongongo escaseaban en esta parte del con— 100 — . en los últimos tiempos.debido sobre todo a que no estaban recibiendo el aporte necesario de proteínas. Me agazapé al abrigo del kopj e para comerme los restos de la liebre.. sin embargo. al parecer a cambio de la ropa interior.

se había iniciado el éxodo de los leones. Tras el de las cebras.pero al menos me habían otorgado el derecho a asistir a ellas como espectador. Elena. los leopardos. a una distancia de unos cien metros de sabana.tinente y si los animales de caza menor —gallinas de Guinea. las ultimas partidas de caza rara vez eran satisfactorias. un paria considera el hueso que le tiran a la cara más como una comida que como un desprecio.. incluso. como he dicho. P or mucho que intentara pasar desapercibido. D e cualquier forma. La perspectiva me entusiasmaba y me inquietaba a la vez..percibí entre los cazadores cierta predisposición a aceptarme en sus partidas de caza. que me recordaban a los vivaces gorilas. mi presencia en la llanura era un obstáculo para los mínidos. lo cual conseguía que me temblaran las piernas. U n cambio a peor en las condiciones cinegéticas podría convertirse en la mej or oportunidad para ganar amigos e influencia entre los habilinos tras la «Gran Entrega de los F ruit of the Loom». Solo un reducido número de australopitecinos permaneció en el área: un patético puñado de seres que andaban arrastrando los pies y que despertaban en mí una inquietante mezcla de lástima y culpabilidad en cada ocasión — 101 — . N o sé muy bien por qué temblaba. Me dej ó perplej o que Roosevelt no se pusiera los calzoncillos —no podía evitar preguntarme qué habría hecho con ellos— y que aquellas cacerías acabaran mal por regla general. como si yo encarnara un extraño ej emplo de moda a seguir e. liebres. N o pasó mucho tiempo antes de que los mínidos y yo compartiéramos el lugar con animales demasiado grandes para ser abatidos con facilidad (j iráfidos. gacelas de Thompson. D espués de darle los calzoncillos a Roosevelt. ñúes y demás ungulados —cuya población se retiraba a millares—. los mínidos tendrían que enfrentarse con el terrible espectro de la H ambruna. Sin embargo.el factor principal de su escaso éxito era la sequía. damanes y aves acuáticas— seguían el ej emplo de los ungulados. Toda una concesión. A menudo. j abalíes verrugosos.una posible fuente de futuras donaciones.pero es bastante posible que solo se tratase de gratitud. En ocasiones. monos. los guepardos y los sarnosos cánidos. se daba la vuelta y me miraba fij amente sin hostilidad ni reserva. Y yo también. bueno. algo parecido a los elefantes e hipopótamos) y con adversarios territoriales como las hienas o esos imponentes babuinos llamados Simopithecus j onathani.

y. tenía evidencias — basadas en los persistentes cánticos matutinos y en algunos avistamientos ocasionales y distantes de unos bípedos muy extraños— de que otras dos familias de habilinos vivían relativamente cerca.no tanto por la sequía como por la caza implacable a la que eran sometidos por parte de los habilinos. Sin embargo. U no de esos grupos había colonizado el flanco de bosque al sudoeste del Monte Tharaka.en que nos encontrábamos con ellos. no había presenciado ninguna ceremonia nupcial hasta el momento y no podía vaticinar cuál de las dos posibilidades era la más usual. Los había escuchado cantar por las mañanas y. mientras que el otro había establecido un amorfo principado en la dirección opuesta (una región de Z a— 102 — . satisfacían las necesidades sociales fundamentales de los habilinos. lo que sucedía cada vez con menos frecuencia. D e hecho.había avistado a distintos cazadores de uno de esos grupos —los llamé «lacustres»— dialogando en la llanura con Alfie o con cualquier otro representante de los mínidos. pero no había hecho valer sus derechos durante los festej os con los lacustres. para celebrar una fiesta j unto a una franj a de higueras que crecían j unto al río. a veces eran víctimas de la voraz astucia de sus primos omnívoros. D ependiendo de las circunstancias. podría volver con su gente llevándosela consigo o bien permanecer con su novia como hij o adoptivo de su familia política. El señor P ibb era el único mínido en edad más o menos propicia para el matrimonio. no eran los únicos protohumanos de la zona. según entendí. por lo que tenía entendido.unos cuantos días más tarde. Tales reuniones. poniendo mucho cuidado de no revelar mi presencia. U n macho j oven y ávido de sexo bien podría encontrar a una f emme f atal e en edad de merecer entre las ingénues sin parej a de los demás grupos. H abía al menos otros tres grupos igual de numerosos que deambulaban por el mosaico de hábitats que bordeaban la parte oriental del Lago K iboko. a medio camino entre el Lago K iboko y N ueva Elenburgo.por lo que no había conseguido más que charla y unas cuantas peleas amistosas en el encuentro. los lacustres y los mínidos se habían reunido. debo reiterar. Lo más probable es que la mayoría de ellos hubiera abandonado el bosque de ribera. en dos o tres ocasiones. Los miembros del pueblo de Elena. al parecer de forma espontánea. Aparte de los lacustres y los mínidos. Eran vegetarianos.

rakal sometida,hoy en día,a las continuas disputas fronterizas entre Etiopía y Somalia). El acuerdo tácito que existía entre los diferentes grupos consistía en que era mej or continuar como unidades independientes y no trabaj ar como compañeros,ni siquiera en una especie de alianza informal. La disponibilidad de plantas comestibles y la disposición de las partidas de caza en la llanura no permitían la instauración de una grandiosa república habilina, y menos aún en época de sequía. U nidos (más allá del límite impuesto por el entorno ecológico) os hundiréis. D ivididos (en grupos autónomos de no más de treinta individuos) venceréis. Razón por la cual, Alfie el Mínido, no aspiraba a ser Alej andro Magno. D urante este periodo de sequía, los problemas de los mínidos empeoraron al dej ar escapar varias presas y al permitir, en otra ocasión,que un par de agresivas leonas les arrebataran otra más. Se me ocurrió que podía mej orar mi estatus demostrándoles mis habilidades como sustentador de la familia. Les haría un regalo a mis reacios primos en forma de pieza de caza lo bastante grande como para mantenerlos alimentados y felices durante dos o tres días. Con esa intención, salí una mañana antes del amanecer, adelantándome a los cánticos rituales de los habilinos, y caminé al fresco de la penumbra hasta la orilla del Lago K iboko. Cuando llegué, el sol estaba saliendo y teñía el horizonte con unos suaves reflej os rosados. El propio lago era un enorme espej o de color turquesa. Saqué mi 45 y me agazapé sobre la colada de lava solidificada de la orilla sudeste. En aquel preciso momento, al mirar de soslayo, vi cómo la P lataforma Retrotemporal del autobús de K aprow colgaba en el espacio como una variación mecánica del viej o truco hindú de la cuerda. Se me aceleró el pulso y me puse en pie de un salto. Allí,si así lo quería,estaba mi salvación. Incluso a pesar de todo el tiempo que había transcurrido, K aprow y B lair no me habían olvidado. H abían solventado los «problemas tecnológicos». Sin dej ar de mirar a las alturas,me acerqué a la plataforma,sorprendido de nuevo por la ventana a la salvación que se había abierto. Y también tentado. Sería muy sencillo colocarme en posición, aj ustarme el arnés, apretar el botón que replegaba la plataforma y soñar mi regreso al seno de un mundo con una inflación de dos cifras y sábanas de
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percal. ¿Q uién me aseguraba, de hecho, que pudiera tener otra oportunidad? Saqué el transcordión y tecleé el siguiente mensaj e: «M e encuentro bien,sobreviviendo sin muchas dif icul tades. C ontacto con un grupo de homí nidos de l a zona —H omo habilis,creo— y me estoy ganando paso a paso su conf ianza. Intención de proseguir con l as observaciones varias semanas más. Imprescindibl e si queremos aprender al go. Si es posibl e,vol veré a interval os semanal es,comenzando desde hoy. Imposibl e perder tiempo yendo de un l ado a otro. Atención: ¡ NO DESPLEG AR PLATAFO R M A TO DO S LO S DÍAS!Por f avor,no os ol vidéis de mí . V ol veré. Sal udos,J.». Coloqué el dispositivo en el interior de la plataforma e impulsé esta hacia su útero aéreo-espacial. El cielo volvía a estar completo y mis opciones matutinas habían quedado reducidas a una. A una bastante importante. Me sentía mej or tras haber tomado esa decisión. La vida me había conducido hacia esta misión y no estaba dispuesto a abortarla por el simple hecho de que una sequía nos amenazara a mis amigos habilinos y a mí con tiempos duros... sobre todo ahora que sabía que,con un poco de suerte,podría regresar a casa. Retomé la vigilancia en la orilla del lago. Q uince minutos más tarde abatí a un pequeño y solitario antílope de una especie desconocida tanto para mí como para mi guía de campo —la criatura tenía el pelaj e de color cobrizo y gráciles cuernos en espiral—, y lo arrastré lej os del borde del agua por temor a que algún cocodrilo me lo robara. D espués de destriparlo, me eché el cadáver al hombro. Mi plan consistía en llevarlo hasta N ueva Elenburgo a través de los pastizales que se extendían entre el poblado y el lago, dej arlo frente a la ciudadela de los mínidos a modo de ofrenda sacramental y ganarme, de ese modo,su gratitud y respeto imperecederos. Era un cuadro impresionante,pero,puesto que lo había visualizado de principio a fin,esperaba que funcionase. El camino de vuelta a N ueva Elenburgo, no obstante, no transcurrió tal y como lo había previsto. Según avanzaba con dificultad, el cuerpo del animal se volvía más pesado y rígido. P or no mencionar que, como medida preventiva para evitar a las hienas, los licaones o cualquier otro delincuente potencial, me giraba por completo cada treinta o cuarenta metros. P or desgracia, dos horas después de haber iniciado la marcha,j usto cuando empezaba a vis— 104 —

lumbrar mi más deseado (por no decir cercano) éxito, mi entereza se desintegró en un suspiro. A cierta distancia,una manada de hienas gigantes —que patrullaban el pastizal como ávidos tiburones— trotaba en mi dirección,acercándose desde el N ordeste. —Mierda —murmuré—. La cagamos. Me quité de encima el antílope muerto ( Aepyceros w hazzus)y desenfundé mi Colt ( Equus f atal is) . Sin embargo, desequilibrado por la pérdida repentina de semej ante peso muerto, dej é caer la pistola al suelo y el arma descargó un disparo amortiguado en la tierra antes de rebotar y caer de lado. El tiro detuvo a las hienas, pero solo durante un instante. N o había hecho nada más que coger la pistola de nuevo y apuntar hacia la manada cuando las bestias se pusieron en marcha otra vez,no ya como una fila de animales sino como una desagradable formación en cuña que avanzaba al galope. Solo quedaban seis balas de las ocho del cargador y, aunque Roy Rogers o H opalong Cassidy podrían haber dicho que ese número era suficiente,yo necesitaría unas diez veces más para sobrevivir al ataque. Apunté al blanco guiándome por el cañón del arma,apreté el gatillo y... Cl ic. N o había metido un cargador nuevo en la culata del 45 esa mañana. Lo que era peor, baj o las circunstancias imperantes, me iba a costar bastante sacar el viej o e introducir el sustituto. U na única cartuchera me cruzaba el torso y me apresuré a extraer siete u ocho cartuchos de sus fundas de lona. Estaba temblando tanto que un par de ellos cayeron sobre la hierba,a mis pies. Cuando alcé la vista, vi a la hiena que lideraba el grupo. Su boca era tan grande como las cuevas de Carlsbad; su respiración j adeante parecía estar sincronizada con los latidos de mi corazón. La hiena saltó. D esperdigando balas por todos lados y presa de la desesperación golpeé al animal en la cabeza con la culata de mi pistola. U n espumaraj o de saliva me cayó en los oj os y me desplomé hacia atrás, tropezando con el pequeño ciervo que había matado. La hiena rodó hacia un lado lej os de mí,inconsciente. Aturdido,luché por ponerme en pie de nuevo. U na segunda y tercera hienas se movían a mi alrededor algo intimidadas, pero el resto de sus camaradas acababa de coronar una pequeña elevación en el pastizal y no parecía que fuesen a mostrarse tan cobardes,a la luz de su abrumadora superioridad numérica. Metí la mano en el
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bolsillo, en busca de la navaj a suiza, sin atreverme siquiera a imaginar la ayuda que podría prestarme. Si antes de despertar muero Q ue Ngai tome mi al ma,ese es mi ruego... Tras de lo cual,lo prometo,llegó la caballería. B rincando, aullando y blandiendo sus garrotes, los mínidos irrumpieron en mi campo de visión por el Este. Alfie y Elena iban a la vanguardia de este inesperado contraataque, y Alfie, bendito sea, llevaba ceñidos a la entrepierna el mismo par de F ruit of the Loom que Roosevelt me arrancara de las manos días y días atrás. N o tenía la más mínima idea de si Roosevelt había renunciado a los calzoncillos de buena gana, pero la imagen de ese habilino peludo embutido en la sucia prenda interior mientras hacía estragos a su paso con el garrote... bueno,me llegó a mi alma del siglo X X . Todos los mínidos —Jomo, Jamón, Genly, Malcolm, Roosevelt y Elena— se comportaron de forma admirable,blandiendo sus respectivos garrotes con tanto brío que las hienas, a pesar de su enorme tamaño, fueron acorraladas, golpeadas, noqueadas y vencidas. Y no solo eso, durante esta breve batalla, mis salvadores no dej aron de soltar un desmoralizante torrente de aullidos, cánticos de ánimo y gritos. Las pocas hienas que se salvaron huyeron con el rabo entre las patas. O tras cuatro o cinco comenzaron a arrastrarse aun cuando tenían los cráneos aplastados. Y o, derrotado por completo, caí redondo al suelo, un colapso que podría haber puesto fin al Esfinge B lanca... de no haber sido porque los mínidos, tras acercarse a rematar a la hiena que había dej ado inconsciente poco antes, me trataron, no como a un odioso entrometido, sino como a un compañero habilino. U n compañero habilino con una reputación bastante mediocre,tal vez,pero sin duda un camarada y miembro del grupo. Tras ponerse en cuclillas cerca del animal, Jomo y Malcolm golpearon con fuerza la enorme cabeza de la hiena contra el suelo, hurgaron en sus fosas nasales y en sus párpados, y comenzaron a barbotear entre ellos manoseándose sus desaseadas barbas. Genly, que estaba agazapado j unto al antílope, se mostraba muy interesado en el aguj ero de bala que el animal tenía tras la orej a izquierda.
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Mientras Roosevelt se ponía en pie para inspeccionar la sabana, Jamón, Alfie y Elena comenzaron a cortar tiras de carne del abdomen de mi trofeo de caza como si no hubiera pasado nada. Jamás había estado tan cerca del grupo de mínidos, al menos no sin una pistola en la mano, y me extrañaba que no demostraran más interés hacia mí. Elena era la única que me miraba de vez en cuando, aunque no podía asegurar si lo hacia porque mi apariencia le resultaba deficiente o si, por el contrario, estaba intentando ubicarme en alguna de las categorías en las que clasificaba a sus vecinos bípedos. En cualquiera de los casos,tal y como ella había sabido desde un principio,había algo en mí que no acababa de encaj ar. Y o era uno de ellos pero,al mismo tiempo,no lo era. Le dediqué una sonrisa —ese antiguo y útil símbolo de los primates que se utiliza cuando se quiere dar a entender que uno es inofensivo— y volví a tumbarme en el suelo. H abía cumplido mi obj etivo. El plan solo había requerido varias semanas de esfuerzos, un soborno con ropa interior barata, una sequía, una temeraria partida de caza y una actitud de completa impotencia ante un ataque de hienas gigantes. Elena se acercó a mí con cautela. Me colocó una taj ada de carne de antílope en la mano. Acepté el regalo y la miré a los oj os,que parecían cansados y enroj ecidos... pero hermosos a pesar de todo. Tras contemplarla,eché un vistazo a mi despedazada presa, el antílope, y me vi invadido por un inquietante recuerdo: B ambi. Avergonzado y abrumado por semej ante recuerdo,volví la cabeza hacia el otro lado y cerré los oj os.

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11 Cheyenne,W yoming
1969-1970

H ugo estaba destinado en la B ase F rancis E. W arren de las F uerzas Aéreas y Jeannette, que se había abstenido de buscar un trabaj o remunerado mientras Anna y John-John estaban en preescolar, había conseguido poco tiempo atrás un empleo a tiempo parcial como columnista en un periódico local, el H eral dPl ainsman. H ugo no aprobaba que ella trabaj ara, pero ya que el dinero que ganaba era realmente necesario, a veces casi un regalo del cielo,Jeannette no tenía intención de sacrificar su puesto a causa del machismo herido. Además,le gustaba escribir para el periódico, incluso aunque H ugo, medio de broma, en ocasiones se refiriera a una de sus columnas tarareando a la manera de Caruso: «Escucha,el H eral d-Pl ainsman canta...» Los Grier,a quienes los Monegal habían alquilado su remodelado apartamento situado en el sótano durante casi tres años, eran una parej a vivaracha y consolidada, bien entrada en la mediana edad. V ivían j usto encima,pero su entrada del porche se situaba de forma altanera sobre la hundida y medio escondida puerta por la que los Monegal tenían que entrar y salir. La casa estaba pintada de verde menta,con contraventanas verde oscuro. P ete Grier hacía el trabaj o pesado del j ardín mientras que su muj er, Lily, se encargaba del decorativo trabaj o de j ardinería del porche. Sin duda,eran unas personas bastante peculiares, pero los Monegal casi habían llegado a considerarlos como parte de la familia. Lily Grier, una muj er de ascendencia eslava,llevaba el cabello gris muy corto y con el flequillo pegado a la frente,y la parte inferior de su cuerpo enfundada en gruesos pantalones plisados. Su
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rostro tenía el mismo color blanco sucio y la esquiva expresión de uno de esos pasteles de pollo congelados Sw anson... salvo cuando sonreía, porque sus dientes, todos auténticos, eran bonitos. Se había criado en un rancho de ganado de Colorado y sus interj ecciones favoritas eran «mierda» y «j oder». Sin embargo, recibir un regalo sorpresa o la presencia de un escandaloso gatito extraviado hacía que se le saltaran las lágrimas. Era más alta que H ugo y pesaba más que él, y tenía la incombustible y paranoica convicción de que P ete aprovechaba cualquier salida a la farmacia o a la oficina de correos para engañarla. Si eso fuera verdad, le dij o H ugo a Jeannette, no cabía duda de que P ete poseía «el arma más rápida del O este». P ete era delgado como un látigo, pelirroj o, con unos antebrazos como los de P opeye y una incipiente barriga que comenzaba a asomar por encima del cinturón; el hombre se había dedicado siempre a manej ar maquinaria pesada. Tenía una pequeña excavadora amarilla que guardaba en un desvencij ado cobertizo de madera situado en el diminuto patio trasero. D os o tres veces al año, a petición de algún ranchero, excavaba una laguna para el ganado o una zanj a de desagüe y exigía que le pagaran en efectivo con el fin de evitar tener que declarar la transacción a la hora de hacer la declaración a H acienda. Al mismo tiempo, sin embargo, era un ferviente defensor de la grandeza de su país; un patriota. El ej ército americano era la única esperanza del mundo para vencer y erradicar el comunismo. Tanto él como Lily contemplaban el despliegue de misiles balísticos intercontinentales en silos subterráneos desperdigados por los alrededores de Cheyenne como una prueba inequívoca tanto de la fe de sus vecinos como de la propia. D e hecho, el resuelto patriotismo de los Grier —al menos en lo referente a temas de defensa— había contribuido con toda probabilidad a su disposición para alquilar el piso a los Monegal. H ugo, después de todo, era un hombre con acento extraño, y la complexión de John-John sugería la política izquierdista de H uey N ew ton, Eldridge Cleaver y H . Rap B row n. P or fortuna, el niño solo tenía cinco años cuando los Monegal se trasladaron de V an Luna, K ansas, a Cheyenne. N o obstante y pese a su edad, el pequeño había comenzado a darse cuenta de que los Grier pertenecían a ese tipo de gente que en ocasiones, con fingida inocencia,salpicaban sus conversaciones con comentarios racistas. P ero H ugo,
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que buscaba casa en el otoño de 1967, se los había ganado con su encanto latino y su porte militar, y la parej a se había apiadado de su necesidad. El arreglo de piso arriba/piso abaj o demostró ser factible desde el principio,y ninguna de las dos familias se arrepintió de haberse asociado con la otra. A finales de j ulio, en pleno auge del corto y seco verano de W yoming, nadie escapaba al nerviosismo que precedía a los inminentes festej os de la «É poca Colonial de Cheyenne», un festival al estilo del Salvaj e O este con desfiles, casetas y rodeos machacaculos, todo consagrado, al parecer, por la fragancia del estiércol fresco. Iba a ser un invierno muy largo, y nadie quería darle la bienvenida sin haber celebrado con todo el entusiasmo posible el alegre Mediodía de j ulio. Ese año, los padres de Jeannette, B ill y P eggy, volaron desde W ichita para disfrutar un poco de las fiestas con los Monegal. Además, habían pasado cerca de dos años desde la última vez que vieran a sus nietos. P ete y Lily instalaron a los Riverbank en un diminuto dormitorio para invitados de la planta superior, y Jeannette se quedó perplej a al descubrir lo bien que se llevaban ambas parej as. D espués de todo, P eggy odiaba el lenguaj e vulgar y se mantenía alej ada de aquellos que lo utilizaban; había desertado de sus visitas constantes a la iglesia en los últimos tiempos,pero todavía rezaba en silencio varias veces al día y exigía una sincera oración de agradecimiento antes de cada comida. D e cualquier forma, sin ocultar el aderezo ranchero de su forma de hablar, Lily se había ganado el cariño de la madre de Jeannette gracias a su exuberancia y a su pródiga hospitalidad. B ill y P ete,entretanto,hicieron buenas migas como viej os camaradas de la Segunda Guerra Mundial. D e hecho,los dos habían servido en la Marina:B ill como marinero a bordo del U .S.S. Saratoga,y P ete como Seabee en el P acífico Sur. En solo dos o tres días, ambas parej as habían cimentado una gratificante y cómoda relación. En privado, P eggy le dij o a Jeannette que una vez que ella y B ill regresaran a V an Luna, descansaría tranquila sabiendo que sus hij os y nietos estaban baj o el ala de gente tan generosa y compasiva como los Grier. N adie podía negar que P ete, al igual que Lily, hacía todo lo posible por asegurarse de que,tanto los inquilinos del piso de aba— 110 —

. Lo más característico del desfile era la procesión de casi todos los tipos de vehículos que los primeros colonos habían utilizado para atravesar y establecerse en las Grandes P lanicies: caballos. John-John montaba en un trineo de los indios de las praderas. —Solo montarte en algo —le respondió P eter—. Justo delante de Richard y de John-John.cariño. marchaba una falange de indios americanos ataviados con magníficos tocados y mocasines adornados con cuentas. caravanas cubiertas. Ataviada con su mej or vestido de los domingos. un cheyenne que vivía en P ortland. P or detrás del trineo. Solo montarte en algo.regentaba un pequeño concesionario F ord en la ciudad. enarbolaban las lanzas y bailaban.el furgón de cola color roj o fuego de un tren con ruedas se bamboleaba de lado a lado.O regón. Anna saludaba a la multitud mientras el conductor. Según P ete. El propio P ete no había acudido al desfile desde hacía cuatro o cinco años.inauguraba las fiestas. a Anna le asignaron el asiento delantero de un Stanley Steamer remodelado. una réplica del automóvil de 1906 cuya velocidad máxima se situaba alrededor de cincuenta kilómetros por hora. lleno de volantes. El impaciente pony de Richard Alce Erguido hacía resonar los cascos al ritmo del paso del desfile. mientras tanto. La mañana del desfile.j o como los invitados del de arriba. U nos coloridos remoli— 111 — . Entregaron a los Riverbank entradas gratis para el rodeo e hicieron los arreglos necesarios con un amigo de una asociación masculina local para que Anna y John-John participaran en el desfile que. detrás de un pony manchado sobre el que iba un hombre de pelo oscuro con ropas de ante que afirmaba ser Richard Alce Erguido. cabriolés y calesas. pero sin duda asistiría para ver a los j óvenes Monegal. —¿Q ué tenemos que hacer? —preguntó Anna.de oj os saltones y con la ropa cubierta de polvo. disfrutaran al máximo de la É poca Colonial. pero unos cuantos aporreaban los tambores.locomotoras a vapor. automóviles antiguos y un largo etcétera.dirigía el antiguo vehículo a lo largo de las avenidas de tres carriles que había en las cercanías del edificio consistorial.. La mayoría de estos hombres desfilaba por la calle con fría dignidad.según la tradición.si estos aceptaban la invitación de su amigo.

Se lo estaba pasando demasiado bien para eso. N o tenían ninguna importancia. —¡El P ies N egros! ¡Aquí viene el Pies N egros! Más adelante.ya sabes. Su hermana Anna.H ugo se llevó al niño aparte y le preguntó si le habían molestado los gritos de la gente a lo largo del recorrido. D e vez en cuando. giraba la cabeza hacia los bamboleantes cuartos traseros del pony de Richard Alce Erguido para estudiar el diseño de la cubierta de piel de búfalo que tenia atada en la parte alta de la grupa. cuando los Grier. U na tarde. se impulsaba lánguidamente adelante y atrás en el columpio — 112 — . los Riverbank y los Monegal se hubieron reunido con Anna y John-John.Juanito.nos de actividad entre la. —B ien.ho-ya de los indios del tambor que danzaban tras el trineo. —¡Mira el indio! —gritó alguien—.John-John saludó. —N o. ¡P reparaos para el P ies N egros! Impertérrito. ¡Mira el indio del trineo de pieles! —¿Q ué indio? ¡Y o no veo ningún indio! —¡Está montando en una alfombra mágica! —¡N o se parece a ningún indio que haya visto antes! —Es un P ies N egros. que por entonces tenía doce años. cuando John-John tenía siete años. encontró a P eter Grier y a su padre adoptivo en el patio trasero haciendo planes para ir de caza. pero ni una sola vez se le ocurrió baj arse y caminar. Los gritos de hiya.¡un auténtico Pies N egros! —¡Aquí viene el P ies N egros! —se escuchó decir desde la fila de espectadores—. sonriendo como si el muchacho estuviese gastando una broma. John-John siguió saludando. El viaj e en el trineo era una sucesión de traqueteos. paradas y puestas en marcha.y un buen número de gente le devolvió el gesto. tanto a ellos como a él mismo. Y conduj o de vuelta al chico con los Grier y los demás miembros de la familia. A veces me da la impresión que tus seis años son como sesenta. —Lo sé.por otra parte. —Eres un tipo muy listo.plácida corriente. le parecían una especie de agradable risa de elogio.

P ete los llevó a él y a los niños por la — 113 — . —¿Ir a dónde? —inquirió H ugo. U n extraordinario perchero. —Te gusta la carne de ciervo.con P ete y con John-John. y miró por encima del hombro para guiñarle un oj o a John-John. Saltó del columpio y corrió por el moteado césped hasta la parte trasera de la camioneta. P ete describió un terreno de las colinas no muy lej os de Cheyenne. Johnny? Estoy seguro de que la has echado de menos este invierno. ¿verdad. con el fin de observar cómo P ete forcej eaba con el destornillador para montar un foco en la cabina del vehículo. H ugo inventó una especie de historia para Jeannette. H aciendo gestos con el destornillador.no una hembra.John-John se encaramó a la parte trasera de la camioneta de P ete.que P ete había colgado en el arce que se alzaba cerca de la valla de los vecinos. —Q uiero ir —repitió más calmada. zapatillas de deporte y una sudadera verde de la U niversidad de W yoming. P ete y H ugo se habían marchado durante tres días a una expedición de caza en las cercanías de los Lagos Eight Mile. —¡Y o también quiero ir! —gritó Anna desde el otro lado del patio. El otoño anterior. —A cazar venados. El entusiasmo de la charla de los hombres parecía prematuro.hipnotizar y abatir a un ciervo de cola blanca. un viaj e que Lily había permitido solo porque el honesto H ugo había asistido como perro guardián. H aciendo caso omiso de ella. P ete le dio unos golpecitos al foco. U n «perchero». flatulentos y con las manos vacías. U n invierno entero sin carne de venado. donde sería fácil ver. y a las siete en punto de esa tarde. enfatizó.una maltratada GM de color roj o con un soporte para armas en la ventanilla trasera. ya que faltaban cuatro meses para que comenzara tanto la temporada del ciervo como la del alce. y a Pete todavía le escocía la decepción por aquel fracaso. —¿H ipnotizar? —se preguntó H ugo en voz alta. Contigo. Los hombres habían vuelto a casa llenos de magulladuras. V estida con vaqueros. parecía una frágil bailarina a la que hubieran sacado a la fuerza de su danza y cuyos secuestradores la hubieran disfrazado con ropa de chica vaquera de ciudad.

Estatal 211 hacia la F ederal de camino a H orse Creek. Se alimentaron el uno al otro. incapaces de serenarse de nuevo. los trocitos de maíz acabaron desmigaj ándose en sus bocas. Anna sacó una bolsa de F ritos de debaj o de la colcha y se la metió a John-John baj o las narices. Golpearon contra la puerta trasera de la camioneta y salieron despedidas en todas direcciones sobre la zona de carga. sin dej ar de reír. —¡Toma. Cuando las estrellas empezaron a brillar con timidez en la noche. y el aire que se deslizaba por los laterales de la cabina se hacía cada vez más y más frío. y comenzaron a sacudirse de lado a lado el uno en brazos del otro. Las tiras de maíz volaron en la noche como kamikazes que cumplieran una misión. le pasó de nuevo el paquete y le animó a que cogiera más.un tarro de mayonesa.una barra de pan y una barra de mortadela.coge unos cuantos! —gritó. Anna y John-John iban detrás. Tenía los carrillos llenos de tiras de maíz y aplastaba los cruj ientes pedacitos entre la lengua y el paladar.bum. como lentej uelas diminutas que iluminaban el firmamento de W yoming. John-John se dio un atracón. El anochecer se abría paso a través del crepúsculo. Anna. pegándose a sus dedos y transfiriéndose a sus ropas como si de polen se tratara. y. P edorreta tras pedorreta. acurrucados el uno contra el otro baj o una colcha de retazos con olor a humedad.bum. como diminutas hoj as de otoño con sus plácidos descensos y piruetas. — 114 — .la camioneta tomó rumbo N oroeste baj o un despliegue de estrellas semej antes a titímalos. y comenzaron a sacar tiritas de maíz de la bolsa y a lanzarlas al rugiente viento que azotaba la parte trasera. Anna comenzó a colocarse tiras de Fritos sobre los labios e. inclinándose sobre su hermano. El cielo sobre aquella polvorienta llanura llena de depresiones era tan inmenso que parecía una carpa que se extendiera sobre el mundo. P or debaj o tenían una frazada del ej ército que Anna había doblado y asegurado con una caj a de pesca y una nevera de poliestireno cargada de latas de P epsiCola. Cansada del j uego. con las muelas. La sal provocó que se le llenara la boca de saliva. convirtió el maíz tostado en una pasta. Al final. La cosa les pareció tan divertida que empezaron a escupirse en la cara el uno al otro. las depositaba en la boca del chico con la lengua. Bum. La hilaridad fue en aumento.

Anna. ¡V aya mente más sucia que tenéis los hombres! Antes de que H ugo pudiera arremeter contra Anna por semej ante impertinencia.acongoj ada. P ete Grier. pero el encuentro sustituyó la furia de H ugo por un susto de muerte. Solo estaba cuidando de mis hij os. P ete se sintió con los ánimos suficientes como para continuar con su operación de caza furtiva y abandonaron el arcén de la autopista. H ugo colocó las manos en la parte lateral y les echó a los niños una buena bronca. Estaba golpeando el cristal de la ventanilla y mirando hacia un lado para disculparse con una expresión enfadada. pudieron ver que pertenecía a la patrulla estatal de la autopista. Cuando el vehículo se detuvo j unto a ellos. —¿Algún problema? —dij o el policía mientras se inclinaba sobre la ventanilla del acompañante—. indignada—. tras salir del vehículo y colocarse al otro lado de la parte trasera. pero ambos tomaron un refresco y se lavaron las manos con el agua helada que había en el fondo de la nevera portátil. P ete soltó un j uramento entre dientes. no —replicó H ugo—. El vehículo se detuvo de forma brusca en el arcén de la autopista. La camioneta traqueteó al pasar sobre un guardaganado y giró hacia un camino de acceso lleno de baches y bloqueado por una — 115 — . U n momento después. P ara dar tiempo a que el coche patrulla se retirara hacia Chugw ater.Al estirar el cuello.argumentó que solo estaban «divirtiéndose». N i John-John ni ella podían comer nada más. vieron a H ugo haciéndoles gestos airados desde la cabina de la camioneta. ¿N ecesitan un gato o una grúa? —N o. —¡ Joer! —exclamó Anna. Estamos bien. Anna preparó unos sándw iches para P ete y para H ugo. un j uego de luces los iluminó desde atrás y se dirigió lentamente por la carretera hasta la camioneta de P ete. Al final. comentó que los niños parecían estar volviéndose «más críos cada día».pero H ugo cortó de cuaj o su explicación dando un golpe en el lateral de la camioneta y siguió con la perorata. John-John observó cómo las tiras de maíz danzaban sobre la zona de carga.cuyo motivo principal parecía ser lo bochornoso e impropio de semej ante despliegue de afecto entre hermano y hermana. El policía siguió su camino.

a j uzgar por las puntas nudosas que sobresalían de su cabeza. ¿Q ué te crees. El ciervo dio un enorme y desequilibrado salto que lo llevó fuera de la vista. se apeó de la camioneta y encendió el foco que había instalado esa misma tarde.puerta de alambre de espino.que es de cartulina o qué? P ete cogió el rifle de la cabina de la camioneta. más allá del saledizo y. P ete abrió la puerta. en el vacilante círculo de luz del foco. U n ciervo muy j oven. como hechizado. P ete abrió la portezuela de una patada. Pete advirtió a los Monegal de que tuvieran cuidado de no pisar piedras sueltas. H ugo la atravesó con el vehículo y P ete regresó al asiento del conductor. y los conduj o cuesta abaj o hacia el otro extremo de la — 116 — .pero H ugo estiró el brazo por encima del lateral y colocó la mano sobre la boca del niño hasta que la noche estuvo en silencio de nuevo. —¿D ónde estamos? —preguntó Anna. un momento después. Estaba muerto antes de saltar. iluminó un par de oj os en la lej anía. sotto voce—. lo sacó de su funda con cremallera y apuntó tras apoyarlo en la puerta entreabierta. que John-John empezó a creer que un taxidermista ya había dado cuenta de la criatura. El animal a quien pertenecían esos oj os se quedó inmóvil. JohnJohn y Anna notaron la vibración metálica de la parte baj a del vehículo mientras la camioneta. El rayo de luz se abrió camino desde el techo del vehículo hasta un saliente que había en el extremo opuesto y. tan parecido a una estatua. —H as fallado —le dij o a P ete. —Me temo que no. Estaba tan quieto. que se inclinó primero hacia un lado y después hacia el otro. Los dos puntos de luz brillaron como piedras de ámbar. el estallido del rifle de P ete —tan repentino que Anna y John-John dieron un respingo— resonó como un trueno a través de la pradera. de inmediato. D ij o en voz alta: —Espero que no sea real. —P or supuesto que es real —respondió H ugo. V amos a ver. Cerraron de golpe las puertas y la camioneta avanzó a saltos a través de una estrecha barranca y siguió con dificultad hacia el saliente desde el que el ciervo había saltado. cactus o serpientes. subía un pequeño desnivel para dirigirse hacia los deshabitados pastos. John-John gritó.

P or primera vez en su vida. Cuando H ugo y P ete emergieron por fin de la oscuridad.de las piedras y de las serpientes. Tú puedes cortarle las patas y la cabeza. La puerta de la cabina de la camioneta se abrió una o dos veces mientras duró el proceso. cerca de la cabina. John-John salió corriendo de vuelta a la colina. el viaj e de vuelta a Cheyenne duró dos veces más que el de ida. V einte o treinta metros colina abaj o. H ay un serrucho para huesos en la camioneta. pero John-John no prestó atención a lo que estaba ocurriendo. debaj o del asiento. que estaba hecha un guiñapo en el suelo. pero John-John se quedó mirando el oscuro cadáver con incredulidad. El viento le entraba en la boca y las cuencas de los oj os. Lo dej aron en la parte trasera de la camioneta sobre un trozo de lona y después lo cubrieron con otro trozo de tela gruesa que P ete suj etó a conciencia con unas cuerdas. el cadáver destripado y desmembrado se metía entre ellos como una ensangrentada hamaca. Y esas consecuencias lo asustaron.gracias a H ugo y a P ete. Tenemos que terminar con esto y salir pitando de aquí antes de que alguien nos localice. H aciendo caso omiso de los cactus. con la esperanza de que P ete hubiese fallado y el ciervo se hubiese perdido dando saltitos entre la espesura. Se lanzó de cabeza sobre la rueda de repuesto de la camioneta y gateó hasta la colcha. comprendió algunas de las consecuencias de una matanza. y su presencia recordaba al muchacho las surrealistas matanzas de sus sueños. ayudado por la linterna. — 117 — . Se cubrió con la colcha en una especie de capullo. —V oy a destripar a este pequeño B ambi —le informó P ete a H ugo—. Según los cálculos poco acertados de John-John. Anna y él tenían un espantoso compañero de viaj e en la zona de carga.se acurrucó como una gamba y empezó a llorar. P ete enfocó la luz de la linterna hacia la zona que se extendía baj o la copa seca de un pino piñonero y arrancó un reflej o a un oj o vidrioso.colina. John-John se esforzó por seguir el paso de los hombres. Anna se dio la vuelta.lo obligó a enderezarse y lo abrazó mientras los hombres se dedicaban a preparar el cuerpo del ciervo para el viaj e de vuelta a casa. Anna lo alcanzó uno o dos minutos después.

) Les había explicado la necesidad de desviarnos mediante un improvisado lenguaj e con las manos.habían acabado por convencer a los mínidos para que me siguieran al lugar donde estaba almacenado mi equipo. era consciente de la enorme cantidad de información que parecían ser capaces de trasmitir mediante miradas. ya que ellos mismos utilizaban para comunicarse un buen número de señales hechas con las manos. la chaqueta. pero las muj eres no querían que tocara a sus hij os. tuve que enfrentarme a la curiosidad de los niños y la desconfianza de sus madres. la bolsa de aseo y demás— que había dej ado atrás antes de salir hacia el Lago K iboko. U na vez que llegamos a la propia N ueva Elenburgo. Todas estas estratagemas. Mientras recogía mis pertenencias. que acompañaban con sonidos y un refinado repertorio de movimientos oculares. que los sobornara con terrones de azúcar ni que los entretuviera — 118 — . U na vez allí. Los machos habilinos habían dej ado de considerarme una amenaza. conmocionado y exhausto. (Malcolm y Roosevelt llevaban los trozos de mi presa que aún no nos habíamos comido. situada en un extenso saliente de la colina que dominaba la llanura.en conj unto.12 Entre los mínidos Regresé a N ueva Elenburgo con los habilinos. B ien podían «susurrar a mis espaldas» sin dej ar de mirarme a la cara. cogí el resto del equipo —la cuerda. El viaj e de vuelta incluyó un ataj o a través del bosquecillo de acacias donde había establecido mi cuartel general. guiños y movimientos con las cej as.ciertos préstamos de j erga frigia (un rey bastante ignorante dictaminó en una ocasión que el frigio era el lenguaj e humano más antiguo) y un buen número de gestos faciales y espasmos de los que Mary P ickford se hubiese sentido orgullosa.

Aunque ese papel tampoco me resultaba del todo desconocido. La mochila se convirtió en un adorno cotidiano. y también acercarme demasiado cuando O detta llevaba a su pequeña P ebbles a la parte más alta de la colina para enseñarle a andar. A partir de ese momento. no mucho mej or que un babuino o un australopitecino. a quienes les encantaba j ugar en su interior cada vez que salía. Tras liberarlos. ya que no me atrevía a dej arla en ningún lado. En resumen.con el haz de luz de mi linterna de bolígrafo. j usto antes de irme a la cama. cosa que tenía lugar baj o la atenta mirada de Fred. yacía casi al pie de la colina con las páginas agitadas por la brisa como las alas de unas perezosas polillas en plena cópula. de un metro ochenta. no parecía ablandar la hostilidad materna. regresaba de vaciar la vej iga cuando encontré a Jocelyn. Monté la tienda y levanté el parapeto a unos nueve metros de la calle principal de la ciudadela.colocado de forma permanente entre mis omóplatos. Si encaj aba de algún modo en el grupo de mínidos era gracias — 119 — .. aunque solo fuese a echar una meada entre los arbustos. Tenía prohibido entrar a cualquiera de las cuatro chozas destartaladas que se levantaban en el saliente. U na vivienda de brillante plástico amarillo que despertaba —o más bien. comer de las provisiones recolectadas por las muj eres. eché un vistazo al exterior de la tienda y me encontré rodeado por unos irritados cazadores mínidos y sus esposas. El hecho de que a los pequeños —especialmente al diablillo de Malcolm y la señorita Jane. Tuve que liberar a los pequeños mínidos con la navaj a. era un ciudadano de segunda clase. Mi B iblia y guía de campo.arruinando por tanto el sedal. que no cesaba en su empeño de enseñarme los dientes. D ej ando de lado mi sofisticado guardarropa. era el negrata del poblado mínido. y un parapeto contra el viento. exigía a gritos— la curiosidad y la admiración de los niños mínidos. Groucho y V eloz enredados en los seis metros de sedal. mientras escuchaba los chillidos de Groucho. desmontaba la tienda cada mañana y volvía a levantarla por las noches. D e hecho.. el Embaucador— les divirtiera realmente que los aterrorizara con aquel extraño instrumento.. durante el tercer día de mi estancia como habilino semihonorario.mientras tanto.. y volvieran una y otra vez para que les tomara el pelo y los deslumbrara. Q uasimodo K ampa.Roosevelt o Malcolm. y a pesar de los inconvenientes que ello suponía. Mi equipo de supervivencia contenía una tienda de campaña tipo tubo.

La segunda situación que explicaba la posición social de Elena entre los mínidos era su esterilidad. Las exentas de su luj uria eran D ilsey (posiblemente su madre) y. Lo más probable era que Alfie hubiese arrancado la flor de su virginidad. Elena y yo pertenecíamos a la misma categoría. Sin duda alguna.a Elena. tanto la señorita Jane como O detta (posiblemente sus hermanas). fuerte y de pies ligeros no dej aba de ser una hembra. grande. ella demostraba un interés especial en mí porque mi situación reflej aba y magnificaba a un tiempo sus propias dificultades con sus congéneres.se mantenía al margen de las relaciones de parej a más o menos estables que estructuraban el grupo habilino. con pequeñas muestras de intimidación. Alfie tenía por costumbre evitar las situaciones que pudieran enfrentarlo a Elena o a cualquier otro de los habilinos. una vez que pasaban su primera menstruación. A decir verdad.. porque su velocidad y su fuerza no le proporcionaban el antídoto psicológico necesario para enfrentarse a las distinciones sociales de género. casi con toda seguridad. El estatus de Elena entre los mínidos era el resultado de dos situaciones poco comunes. H abía dej ado de ser un intruso para los habilinos porque el mismo miembro del grupo al que consideraban un extraño había elegido reconocer mi existencia. que la hacía ser igual o superior a sus semej antes masculinos en cuanto a velocidad y fuerza. En primer lugar. entre las más j óvenes. Si Elena se sometía de forma incondicional a su supremacía era. pero lo más probable era que su participación no se debiera tanto al miedo o la desconfianza hacia mí. no había indicio alguno de — 120 — .ya que su posición como j efe le proporcionaba acceso carnal a la totalidad de féminas casi sin excepción. su tamaño. como a un sentido de lealtad innato hacia su gente. aunque este pudiera doblegarla en el plano físico —posibilidad bastante dudosa en el mej or de los casos—. N o tenía hij os y no mostraba signos de haber concebido alguno con anterioridad. Incluso podía superar a Alfie en plena carrera y.. D e acuerdo que en una ocasión se había unido a los cazadores para atacarme. U na hembra sagaz. si bien su posición entre ellos era ciertamente peculiar. había tenido amantes entre los machos. Gobernaba por medio de su personalidad. En mi opinión. N uestras similitudes iban más allá de los burdos y arbitrarios dictados de la taxonomía. sin lugar a dudas. P ero si Elena había copulado con Alfie o con cualquier otro de los cazadores.

N o obstante. solo Ginebra y Emilia le demostraban. En una ocasión. por parte de las hembras. — 121 — . N o puedo imaginarme cómo se las ingenió para separar a la cría de su manada sin un solo arañazo y sin haber provocado una ruidosa persecución por el pastizal. podía ir y venir a su antoj o. trepar o j ugar con los pequeños mínidos—. aunque Roosevelt o Alfie salían de modo ocasional a cazar en solitario. matar. Elena era el único miembro del grupo que tenía por costumbre aventurarse lej os de los límites de la ciudadela durante más de una hora o dos. En vista de su fuerza y su avidez en otras áreas de complacencia física —correr. ya que. la misma que la eximía de los delicados intereses domésticos así como de la amistad de las hembras habilinas. Elena siempre iba con los machos. Sus pechos seguían siendo firmes y pequeños y sus caderas estrechas. comer. desapareció durante toda una tarde y a punto estuvo de darme un síncope al pensar que hubiese sido víctima de los depredadores. excretar. el resto de los mínidos —a excepción de los niños— se mantuvieron alej ados de ella. pero no como cualquier otro compañero capacitado. D urante la mayor parte de la noche.que hubiese concebido. Tanto su tamaño como su esterilidad permitían a Elena.puesto que no tenía hij os.había alcanzado el rango de «igual». gozar de un estilo de vida de sorprendente independencia. dentro de los límites de una estructura social basada en la cooperación. Regresó poco después de la puesta de sol con una cría de babuino. en ocasiones.sin importar cuál hubiese sido su comportamiento sexual en el pasado. Alfie irrumpió en el campo de visión de la pequeña criatura. y los gallos de un mismo corral en ocasiones disfrutan pisoteando a sus hembras. sino como una potente arma secreta (el equivalente bípedo a un Remington 30. pero de algún modo lo había conseguido.no obstante. y. de hecho. un poco de afecto y. En ese momento. ¿Le habría causado su infecundidad. Al final. parecía evitar cualquier coqueteo amoroso con los machos.aún viva. sus escrúpulos en ese terreno me intrigaban.sin deformación alguna. 06) contra un implacable enemigo: el H ambre.en el caso de los machos.a la cual mimó y arrulló con unos sonidos indescifrables durante varias horas. Sería una hipocresía afirmar que gozaba de lo mej or de ambos mundos (el masculino y el femenino). una aversión al papel femenino en el acto sexual? B ueno. muy posiblemente.

yo era un mínido tan extraño como ella: lo bastante alto como para desconcertar a Alfie. N o tardé en darme cuenta de que buscaba nidos dispersos entre las espinosas ramas de los árboles.insistió en que le entregara su bebé a Jomo. suficientemente ágil y equilibrado como para mantenerme a su lado en plena carrera. sin embargo. me exasperara la fastidiosa carga de la camaradería habilina. Me consolé de algún modo al pensar que. que se alzaba hacia el cielo como un gigantesco diamante de un blanco puro. me las ingenié para seguir su ej emplo.asustándola de tal modo que mordió a Elena. tras hacer unos cuantos aspavientos por la herida. P or estas y otras razones.y lo bastante metido en mi papel de solitario empedernido como para que.me asaltó una idea. Mi beneficio era doble: salía de N ueva Elenburgo sin tener que seguir a los hombres y aprendía ciertas técnicas de recolección de comida bastante ingeniosas que permitían a los mínidos permanecer en el mismo lugar cuando la sequía parecía exigir que agarrasen sus trastos y se marcharan en busca de un territorio de caza más productivo. en ocasiones. ya que Alfie. Esta es una de esas técnicas: Elena me guió hacia un bosquecillo de acacias silbadoras situado en una extensión de sabana desde la cual se veía la cumbre nevada del Monte Tharaka. D e repente. Aunque mucho menos avezado a la hora de conseguir semej ante sigilo. y esa fue la última ocasión en que todos vimos a la criatura. Jomo y Malcolm se internaron con el pequeño babuino en la oscuridad.no había regresado a nosotros en porciones sanguinolentas. se esforzó para moverse de forma tan silenciosa como le era posible. toleraba mi compañía durante sus partidas de caza privadas alguna que otra vez.al menos. Lo que más atraía a Elena de mi persona era mi excentricidad. U na vez en el interior de la espesura. creo yo. ¿H uevos? — repetí. Este incidente acabó con la breve titularidad de Elena como madona. no entendía cómo íbamos a ser capaces de capturar un páj aro. —¿H uevos? —pregunté. al tiempo que formaba un óvalo con el pulgar y el índice para después fingir que sacaba semej ante símbolo de mi entrepier— 122 — . dirigiéndome a ella—. A mi modo.

y puede que también como muestra de aversión. Aun con los bolsillos a rebosar y mi cerebro tocando a retirada. a pesar de que la oscuridad invalidaría el método para descubrir los nidos ocupados. N o obstante. no fui capaz de convencerla para que dej ase la caza. por lo general acababas con un roedor como recompensa. la imagen de ese diminuto rayo de luz traspasando la oscuridad que reinaba entre las ramas de las acacias — 123 — . que mi recién descubierta avidez por la caza del ratón había conseguido enmascarar. Los fui metiendo en los enormes bolsillos con cierre de mis pantalones.después de una hora. Si te encontrabas con un domicilio de ramitas que no dej ara pasar la luz. Q uizás el único modo consistiera en dej ar que se cansara. sin dej ar de iluminar los nidos y atrapar a sus ocupantes.sacar un rollizo ej emplar de ratón —al que retorció con maestría hasta darle muerte— y demostrarme así cuál era nuestra tarea y cómo debíamos llevarla a cabo. Comenzó a manej arlo con tanto entusiasmo y habilidad que nuestra caza podría haberse prolongado de modo indefinido. Trepó y se colocó baj o un nido. estudió con atención durante un buen rato su parte inferior para. ya que habíamos salido un poco tarde. para ella. La creciente oscuridad. gracias a una visión mucho más aguda que la mía. Encontré mi linterna en uno de los bolsillos.se hizo evidente en un abrir y cerrar de oj os. Elena se limitó a fruncir el labio superior a modo de negativa. Aunque intenté que se diera prisa en abandonar la espesura. el bosquecillo era una especie de irresistible supermercado de ratones arbóreos. El problema residía en que. parecían tener un entramado más consistente si se los observaba desde la parte inferior. Los nidos ocupados por los ratones.na.después.insistía en rezagarse.baj o el cuerpo tibio y sangriento de un ratón. B aj o la débil luz de las primeras estrellas. tan deshilachados y desgastados que colgaban como un taparrabos con demasiados adornos. se las arregló para pescar dos desgraciados roedores más. La luz del crepúsculo se filtraba a través de las ramas de los espinos. nuestros esfuerzos habían dado como fruto cinco peludos ratones. Los nidos vacíos dej aban pasar la luz. Avanzamos poco a poco por el bosquecillo de acacias silbadoras. y le enseñé a Elena cómo poner en funcionamiento el artilugio. sin embargo. examinando todos los nidos que encontrábamos y. Elena aún no estaba dispuesta a marcharse.

pero no intentó reclamar de nuevo la herramienta.era un rival que parecía haber perdido una confrontación importante acaecida en el pasado.me recordó a otro rayo de luz. D e hecho. Genly era el único rival de Alfie en lo que al liderazgo del grupo se refería. como un enj ambre de abej as que saliera en tropel de la colmena. y. Le quité la linterna de la mano con un gesto brusco y volví a guardármela en el bolsillo.feliz de poder ser de ayuda en algo. Rita.las vértebras de su columna se asemej aban a nueces quebradas y su rostro parecía más demacrado que el de sus compañeros. Entre los cazadores.Genly se conducía con una actitud respetuosa.. sacando a una manada de babuinos de una tentadora zona para recolectar comida. dio por finalizada la cacería de mala gana y me llevó de vuelta hacia la ciudadela de los mínidos.— que incluso V ince Lombardi habría temblado ante semej ante brutalidad. el apacible Genly daba rienda suelta a la hostilidad reprimida. partiendo el cuello de un mono colobo con los dientes. estupefacto ante la intensidad de la furia que demostraba su antiguo rival. en muchas ocasiones.. En N ueva Elenburgo. con un leve indicio de cresta sagital que parecía haber sido estampada en relieve j usto en — 124 — . Los increíbles y luminosos oj os de Elena parecieron decir: «Santa Rita. un rayo de luz que había visto diecisiete años atrás en mi pasado del siglo X X . En esas ocasiones. y Alfie lo miraba de soslayo con inquietud. Como resultado del encuentro. N o es de extrañar que uno se pregunte cómo podía sobrevivir con tan escasa cantidad de alimento. N unca intentaba abrirse paso a empellones para conseguir una porción de comida que otro cazador hubiese traído para el grupo.por el contrario. Genly tenía una profunda cicatriz en un antebrazo (marcas de dientes habilinos. N o obstante.. si no me equivocaba) y se comportaba con una especie de beatífica modestia.solo se quedaba con un pedazo mínimo después de compartir su gallina de Guinea con los pequeños y persistentes mendigos que se arremolinaban a su alrededor en busca de un bocado.. P uesto que ya estaba demasiado oscuro como para seguir cazando ratones con su «Método H abilino». H abía redirigido sus instintos agresivos hacia la caza.». momento en el que podía comportarse de modo tan feroz —moliendo a palos a un j abalí verrugoso hasta matarlo.

mientras observaba cómo se alimentaban los demás o le pasaba un fémur de antílope a uno de los más j óvenes. Algunas veces. Al igual que los lobos o los chotacabras.no puedo culparla del todo si no demostraba tener muy claras sus preferencias. j ugó con el rayo de luz pasándolo por los rostros de los niños igual que me — 125 — . porque cuando Emilia regresaba. Y su favorita. él volvía a recuperar su status quo en la sociedad habilina y se convertía de nuevo en un cazador adulto como el resto. por ej emplo. mientras que Elena y yo nunca pudimos fundirnos por completo en la crema de la sociedad de los mínidos. Emilia era una dama alta y delgada.no es que pidiera mucho.y con la piel de un oscuro color azulado semej ante al de las ciruelas maduras. como si intentara aplastarla de modo inconsciente.era Emilia. Genly se acercaba a mí en busca de consuelo o de diversión. Genly se acercó a mí en busca de consuelo.su compañera.mitad de su mugrienta cabellera. se frotaba la cresta con un dedo. La humillación más significativa en la vida de Genly provenía del control que Alfie ej ercía sobre su relación con Emilia. En una ocasión le di. P or tanto.esta situación se repetía con tanta frecuencia que su fidelidad hacia Genly parecía obedecer más al capricho de Alfie que a su propia voluntad y devoción. la linterna. Me haría pensar que quizás estuviese tratando de contribuir al arbitrario devenir de la evolución. pues. con los dedos de los pies prensiles. en contraste con el resto de los machos mínidos. U n gesto enternecedor.la mayor parte de los habilinos mantenía relaciones de parej a estables. y yo intentaba complacerlo. La encendió y apuntó hacia sus oj os y oídos. En muchas ocasiones. La oportunidad de acariciar o coger mis artilugios del siglo X X era suficiente para que se evadiera de sus problemas. P oco después de hacerme un lugar ente los mínidos.rotaba entre una serie de compañeras de catre. Acudía j unto a Alfie cada vez que este la llamaba y lo abandonaba cuando la echaba de su lado.la «esposa» de Genly. como ya he mencionado. Aunque no tanto. Era una especie de Elena en versión masculina. el ingenuo consuelo que surge de modo natural entre personas que habitan en los suburbios emocionales de los indeseables. una reminiscencia atávica. excepto Alfie que. Solía abandonar el seno de su núcleo familiar para vivir en la abrigada mansión de Alfie. En realidad.

no obstante. Cosa que no consiguió. Elena la miraba con cautela. Alzó la cabeza y me dedicó una larga mirada.¿verdad? Mi dialecto prefrigio no lo impresionó en absoluto.. Le quité la linterna y le di la lupa. Asesinar a Alfie no va solucionar tus problemas personales. al menos.destinada a conmoverme. Genly era el único entre los habilinos que no demostraba temor alguno hacia la pistola. y gastó las pilas en tan solo tres días. ni mucho menos (aunque no acabase de comprender los beneficios que suponía lavar de vez en cuando los calzoncillos que le había quitado a Roosevelt). Aun cuando yo procuraba tenerla siempre enfundada y no la había usado desde que derribara al antílope de pelaj e cobrizo en el lago.había visto hacer a mí. me devolvió ambos obj etos y lanzó una significativa mirada a mi pistola. y en lo referente a mi arma. D ecidí utilizar la pistola en la si— 126 — .claro. (En retrospectiva. N o tenía ninguna duda de que la actitud l aissez-f aire que mantenía conmigo obedecía a un intento de sacar partido a la situación.ya que me negaba a dej arle el Colt. no puedo dej ar de cuestionarme esa posibilidad.lo alzó hasta uno de sus oj os y.lo cual era bastante preocupante. —Mucho. El aceptó el nuevo j uguete. —Caín y Abel aún tardarán unos cuantos siglos en llegar.indagó con ella en los aguj eros de serpientes y en las madrigueras de los j abalíes..) Genly colocó la mano en la culata de la automática. el resto de los mínidos había adoptado su política de «mej or dej arlo tranquilo». N o apartó los oj os del arma. Genly. Y Alfie también recordaba lo que había hecho mi 45.con lo que me obligó a hacer un giro para apartarme de él y a ponerle las manos sobre el pecho como amistosa advertencia. mucho peligroso —le dij e—. N o era un estúpido. Todos excepto Genly. conseguí distraer su atención en cuanto le puse unas pilas nuevas a la linterna y apunté hacia el tej ado de paj a de una de las chozas más cercanas. Al final. Aprietas el gatillo y ¡ bum!Te acuerdas.meneé la cabeza a modo de negativa.tras «leer» varias páginas del diminuto libro que también le había prestado. P erplej o. Empecé a creer —inocente de mí— que una nueva demostración de los poderes de mi Colt ayudaría a aumentar el asombro de los habilinos y convertiría al persistente Genly en un seguidor de la respetuosa actitud de Alfie.

que llevaban desde el amanecer enzarzados en una especie de competencia amistosa. El día posterior a mi pequeña charla con Genly (mientras Emilia seguía cohabitando con Alfie) abatí a un suido gigante —un j abalí especialmente desagradable a la vista— que casi estaba al límite del alcance efectivo del Colt. El hecho de que los resultados de las últimas cacerías de los machos no pasaran de ser mediocres y de que la recolección de otros alimentos tampoco hubiese sido provechosa. estaba a mi lado.completamente absorto no en el j abalí muerto en la llanura. me situé. Llevábamos mucho tiempo sin hacerlo. Genly se limitó a dar un respingo y a ponerse en cuclillas. lo cual me convenció de que no sería necesario utilizar el Colt.guiente excursión que hiciésemos a las llanuras. y sin que el animal hubiese llegado a verlos. D urante la persecución. no necesitaban utilizar las manos para nada. sino en el humeante cañón de mi pistola. en ese momento. Fred y Roosevelt. una liebre o una gallina de Guinea. por un momento. U n instante después. ¿Sería posible que Genly padeciera una deficiencia auditiva? Aparte de la inmunidad que parecía tener al pánico inducido por el — 127 — . confundieron a los mínidos. Finalmente. merecíamos el estímulo psicológico de abatir algo más grande que un damán.me proporcionaba una nueva excusa para volver a desenfundar el 45. Aunque supuestamente el temor a los ruidos estridentes es innato. apunté y disparé. ya que podría resultar incluso contraproducente. los habilinos rodearon a esta bestia antediluviana mirándose unos a otros y estableciendo las posiciones de cada uno de ellos mediante el contacto visual. lo acorralaron en una espesura de acacias silbadoras. herencia genética de los miedos instintivos de nuestros antepasados reptiles. P or lo tanto. Puesto que dependían de esas miradas y de unos ligeros movimientos de cabeza. cuando el suido intentó poner pies en polvorosa con el rabo en alto. El ruido espantó a una bandada de golondrinas migratorias que estaban escondidas en los espinos y que. quienes se echaron al suelo o salieron disparados a esconderse entre la maleza. Sin embargo. —N o tienes remedio —dij e. acabaron con el elemento sorpresa al irrumpir en el bosquecillo desde el N orte y hacer salir al j abalí a campo abierto antes de que sus compañeros hubiesen cerrado el círculo. yo entre ellos. Genly debía aprender a respetar la pistola y los mínidos.

percibí que tanto Alfie como el resto del grupo habían llegado a la postrera conclusión de que yo..enfundando la pistola y cerrando la funda. Sin tener ni la más remota idea de lo que estaba por venir. Su ausencia no empañó la alegría que sentía en ese momento. ya había previsto realizar— dio a los mínidos mucho que pensar. hasta llegar a la explanada cubierta de hierba que se abría algo más arriba del emplazamiento de N ueva Elenburgo. —Bum —dij e. incluso. Las cabriolas que comenzamos a hacer en la suave pen— 128 — . a mí también— como si fuese una descarga eléctrica. Todos los mínidos se reunieron en ese lugar para compartir la carne del animal muerto. si bien sus condiciones de vida hubieran sido bastante más difíciles.. Tampoco era del todo imposible que una persona sorda pudiese vivir entre los habilinos. Joshua K ampa era. no dej é de pavonearme mientras me colocaba el arnés. Esa noche hicimos una fiesta. Mientras Genly y yo tirábamos de mi improvisado trineo y de su suculenta carga de vuelta a N ueva Elenburgo. elevado e impulsado a rodillazos por la ladera de la colina. D isfruté de la estima que me demostraban (quizás ilusoria) y deseé que Elena estuviese allí para presenciar mi momento de gloria auto reivindicativo. Sin embargo. compensarían su deficiencia auditiva. Llevamos el cerdo a casa mediante un improvisado trineo que hice utilizando unas ramas. Genly no era del todo sordo. que seguramente tendría mucho más desarrollados que el resto. mi chaqueta y un par de trozos de cuerda de nailon. La vista. vehículos familiares autopropulsados y puede que.el impulso vital básico. con las mentes runruneando al idear trampas para ratones mej oradas.ruido. el «P roveedor de Todos los H omínidos». Mi puntería con el 45 y la agudeza que demostré al construir el trineo —una hazaña de ingeniería instantánea que. no parecía haber otra evidencia que demostrara esa teoría. el olfato y el tacto. empuj ado. El j abalí fue arrastrado. posiblemente con la intención de salir más tarde a saquear nuestro populoso paraíso de ratones arbóreos. Y a me imaginaba a sus pensadores discurriendo. esa mañana se había quedado con las muj eres. En cualquier caso. astutamente. El entusiasmo había invadido a estas criaturas —a decir verdad. tácitas teorías sobre campos unificados.

En reuniones sociales como esa. como tampoco se apresuraron en busca de una segunda ración hasta que todos hubieron recibido su parte. P ara ese entonces. N o obstante. sentí una repentina aprehensión a contraer cualquier tipo de enfermedad vírica contagiosa — 129 — . U na vez que acabé de cortar. un exótico fenómeno de la naturaleza. tanto Jamón como Jomo se quedaron rezagados. mostré un aspecto calmado. Alfie me había concedido el honor de despedazar al j abalí para la cena. Alfie me indicó que yo debía ser el primero en elegir y que tendría que encargarme de dividir el resto en porciones como mej or me pareciera.Groucho. En contra de lo que había aprendido en mi entrenamiento de supervivencia con B abington. comí un poco y contemplé cómo la luz del crepúsculo confería a la llanura que se extendía a nuestros pies la pátina de un cuadro antiguo. ni conmigo ni entre los demás asistentes al festín. una muj er. una regla moral de lo más natural. y yo interpreté mi papel distribuyendo la comida a todos aquellos que fueron lo bastante valientes como para acercarse. aunque el cazador fuese uno de los j óvenes.Jocelyn. Este arduo trabaj o me ayudó a contener la efervescencia que bullía en mi interior y. Alfie se regía por esta tradición. en mi caso.diente fueron del todo espontáneas y alegres. En un principio.B onzo y unos cuantos más. en su lugar. Los cazadores se mostraron indiferentes en un principio. las moscas —un escuadrón de aviones de combate en miniatura con trenes de aterrizaj e peludos y dos cabinas polifacéticas por oj os— zumbaban con molesta persistencia y el color roj o que presentaba la carne del j abalí había empezado a alarmarme. un extraño o. Solo Elena parecía tener éxito en el intento de resistirse al j olgorio generalizado. lo hice sin echar mano de los útiles de piedra habilinos y.los niños y algunas muj eres no tardaron en arremolinarse a mi alrededor.pero no tardaron en unirse a las poco dignas persecuciones y al j uego del escondite en el que participaban el señor P ibb. Mientras trabaj aba. N adie discutió mi derecho a servir la comida. una vez se acercaron y los hube recompensado con un par de generosas porciones. cortarlo y despedazarlo. temerosos de aproximarse a mí. a causa del tamaño de las taj adas. ni hubo ningún altercado. utilicé mi navaj a suiza para abrirlo. el protocolo habilino exigía que aquel que hubiera abatido la pieza debía recibir un pago adecuado. en su lugar.

H ermanas —añadí—. Jamás habéis visto algo parecido a lo que estoy a punto de mostraros esta noche.dej é de masticar y de repartir pedazos. volvieron a acercarse con sigilo. ninguno de ellos tenía muy claro cuál de los dos impulsos seguir. ¿Acaso no os parece delicioso? ¿N o es delicioso? El fuego había hecho que los mínidos retrocedieran. El sinuoso movimiento de las llamas dotaba de un brillo iridiscente y oleoso a los oj os oscuros y las pieles de los habilinos que. Mediante esa arenga. P resa de un súbito mareo. P or supuesto.sus propios arrebatos de cantos desafinados al amanecer.o en cualquier otro momento de impredecible carga emocional.yo tampoco. hermanas. —H ermanos. ramitas.j unto con el delicioso olor que se extendió por el lugar.o la agonía de la triquinosis. apartar las moscas a manotazos y ensartar los restos del j abalí en un palo.una vez recuperados. transmitida por los gusanos. conseguí controlar las náuseas. es decir. La llamarada sobrecogió tanto a los mínidos que soltaron un j adeo colectivo antes de caerse de espaldas. —Ahí tenéis —dij e—. Etcétera. N o es que hubiese mucho combustible al que recurrir en la colina. sin dej ar de decir necedades. Sin dej ar de hablar. desafortunadamente. acercaos. los mínidos no eran conscientes de esa similitud y. proclamada a voz en grito. pero reuní todo lo que encontré —hierba seca. pero el aroma los atraía. La hoguera se estaba apagando por falta de combustible. —H ermanos —grité—.eran análogos inarticulados de mi capacidad de lenguaj e.dej ó anonadados a todos los presentes. arroj é uno de los cuartos traseros del suido a las llamas y lo mantuve en el fuego hasta que el cruj iente sonido de la piel al asarse. el olor a carne de cerdo asada. P arecían considerar mis extraños exabruptos verbales del mismo modo que lo harían los fieles anglicanos con las incoherencias de un éxtasis de P entecostés. algunos arbustos— y arroj é una cerilla al montón. P or vez primera.. D e modo irónico.. O s estoy ofreciendo una oportunidad única en la historia de la raza prehumana. y las chispas que se alzaban en el crepúsculo africano se asemej aban a estrellas fugaces que se apare— 130 — . como un lapsus improcedente. en ese momento. ¿Q ué os parecería culminar esta fiesta con una degustación sin precedentes? Los mínidos me contemplaron con la boca abierta.

Comencé a dar patadas a las ramas que ardían en la hoguera para acercarlas al saledizo de rocas erosionadas que se alzaba sobre N ueva Elenburgo. y el único modo de lograrlo era arroj ando más combustible a la diminuta conflagración que tenía a mis pies. que cayeron desde el saliente hasta el copete de pasto seco que servía de tej ado al refugio. se la ofrecí a N gai. sería visible a unos cuantos kilómetros a la redonda en la llanura circundante. confusos. —Allá vamos —canturreé—. que. Me chamusqué la puntera de una de las botas en el proceso.arroj ando a la recién inaugurada noche sus arias de alabanza o de lamento. Los esporádicos cantos de los habilinos se desvanecieron en mis oídos. Si quería terminar de asar el cerdo. Los habilinos dej aron de lamentar la pérdida de la cabaña y se limitaron a contemplar el incendio desde el sa— 131 — . Al grito de: «¡ Banzai! » le di una patada a los patéticos restos de la hoguera. alzando esta carga al aire. pero los habilinos. V uestros corazones hubieran dado un vuelco o se hubiesen roto al escucharlos. El olor de la carne asada era maravilloso. estaba el palo en el cual había ensartado la carne y. ‘ El que mora en el Monte Tharaka’ . —¡P recalentar el horno a doscientos treinta grados! —grité—. hizo las dos cosas.tanto por el efecto de la sangre coagulada. a todo esto. asar hasta que adquiera el tono tostado de la canela y comience a hervir en su propio j ugo! ¡Servir con rodaj as de piña. sin lugar a dudas. V arios mínidos comenzaron a cantar. V amos a hacer unas costillas a la brasa para todos estos pequeños mínidos. Allá vamos. La choza se incendió al instante y de ella se alzó una lluvia de chispas que ascendió por la colina e iluminó nuestra ciudadela.cían y morían casi al instante. con lo que conseguí que se derrumbara parte del techo y que la carne desapareciera entre el furioso rugido de las llamas. En mis manos. como por la llegada de la oscuridad del anochecer. ¡D espués. creo yo.pero la carne seguía estando roj a. Justo debaj o de mí estaba una de las chozas habilinas. H abía conseguido alej ar a las molestas moscas. se apartaron para darme paso y volvieron a amontonarse tras de mí para seguirme hasta el borde de la pared de granito. tenía que mantener el fuego encendido. unas ramitas de perej il y acompañar con unos entrantes a base de ensalada de espinacas frescas! Arroj é el trozo de j abalí hacia la choza incendiada. y el mío.

los mínidos se distraj eron con unas cuantas peleas.. U tilizando un palo. que no parecía diferente a la de hoy en día. Lo contrario sería una lástima.liente. El fuego no se propagó al resto de las chozas.amigos míos. Casi esperaba ver cómo el alma del pobre j abalí ascendía al reino espiritual con las patas llenas de ampollas. D e repente. P ero no dej a de ser una técnica honorable.acercaos y probad un suculento manj ar del paraíso. supongo. hermanos y hermanas. los «H ij os e H ij as del Amanecer». del hombre de P ekín. en U n ensayo sobre elcordero asado de Charles Pigg. este es el princeps. La luna. P ara entonces. de entre todos los manj ares habidos y por haber en el mundus edibil is.carreras y cabriolas. lo he leído todo en... ¡Aleluya! Acercaos. se lo daría a probar a todo aquel que quisiera hacerlo. Lo he leído. ya me había recuperado tanto del mareo como del miedo irracional a contraer una enfermedad.derramaba su espectral brillo sobre la vasta sabana. Con Genly y Roosevelt de centinelas. los sobrellevé con estoicismo.. saqué la pata del j abalí de las cenizas y lo coloqué sobre una piedra para dej arlo enfriar. me di cuenta de que Elena estaba a mi lado. tanto los viej os cascarrabias como los niños. pero comenzaba a preguntarme si sus papilas gustativas estarían lo bastante desarrolladas como para hacer sutiles distinciones. reinaba el entusiasmo y un alto nivel de tolerancia a las travesuras j uveniles. emprendí mi camino de descenso hacia N ueva Elenburgo j unto con Alfie. V einte o treinta minutos más tarde. Me importaba un comino no regresar j amás al presente. Más tarde.Elena. Emilia. cuando no quedaban más que cenizas y unas cuantas ramas de acacia convertidas en brasas incandescentes. Tras la cena. y aunque comenzaba a sentir los efectos de haber comido más de la cuenta. Inventada por un descendiente estúpido de los chinos. Las festividades de sobremesa no parecían seguir un orden determinado. Genly. —N o hay por qué achicharrar las vigas para preparar la comida —anuncié a todo el mundo—. ¿P or qué tardaron tanto nuestros ancestros en explotar los incendios fortuitos causados por los relámpagos para preparar sus alimentos? Q uizás se debiera a que su paladar no les otorgaba ningún incentivo.sin que importase demasiado la edad de los autores. Los habilinos parecían disfrutar de todo aquello que comían. Los mínidos y yo éramos los «H ij os de Eva». el señor Pibb y unos cuantos niños de los más pequeños. nos acostamos — 132 — .

— 133 — . ¿sabéis?. un sueño de mi adolescencia que ocurriría miles de años después.como hermanos en la cumbre de la colina. P ero esa noche tuve un sueño. ni siquiera en el botiquín de primeros auxilios de un crononauta de las F uerzas Aéreas. N o había Alka Seltzer en el P leistoceno.total y absolutamente feliz. en el futuro del planeta. Era feliz.

Jeannette comenzó a llevar de paseo a Anna y a John-John desde su casa en F ranklin Street hasta el antiguo distrito comercial de V an Luna: dos hileras de edificios con desgastadas fachadas de ladrillos. les había encontrado una casita de alquiler con los muros exteriores cubiertos por tablones de madera y. Cada mañana.13 V an Luna. sus padres recorrían la carretera que separaba sus casas prefabricadas con j ardín. «La paz es nuestra profesión». hasta la B ase McConnell de las F uerzas Aéreas en el Sudeste de W hichita.regresaban por el mismo tramo de carretera. los Monegal vivían en un vecindario más antiguo. Aunque tenían menos nivel económico que las familias de los oficiales que se desplazaban todos los días desde las casas con j ardín. y cada tarde. relativamente cerca del tranquilo centro de la ciudad. situadas en las afueras. B ill. los Monegal se habían mudado apenas una semana antes del asesinato del presidente K ennedy. los honorables compromisarios del lema del CAE. Los hij os de las F uerzas Aéreas eran tan mediocres como los tej ados alquitranados y los clavos de diez centavos. después de haber volado desde España a principios de noviembre. Sin embargo.K ansas Abril de 1964 Tan pronto como el invierno dio paso a la incierta tranquilidad de la verde primavera. V an Luna era su ciudad natal. separadas por una amplia calle adoquinada. y era agradable estar de vuelta.la comunidad en la que comenzara a formular su filosofía acerca del funcionamiento del mundo. en los complej os residenciales que habían aflorado al norte de la ciudad. Su corpulento padre. estaban contentos con su — 134 — . Muchas familias de militares vivían en V an Luna.

sentados en un banco de metal. Jeannette sentó a John-John en el carrito de la compra y lo empuj ó por un pasillo detrás de Anna. al menos. —H ola. D urante la segunda o tercera visita de Jeannette a la tienda de su padre. (La mañana anterior. (Y a tenía más de un año y todavía no hablaba. En sus salidas al distrito comercial. Jeannette la había encontrado en la cocina con un cuenco de C hoco K rispies y una j arra llena a rebosar de una bebida edulcorada y artificial. cruzaban la calle adoquinada hasta el Colmado Riverbank. H e venido a comprar algunas cosas para la cena. algo que creía indispensable para el desarrollo de las habilidades verbales del niño. Jeannette.habían asimilado la presencia de John-John y habían determinado que no era una amenaza para el orden público o. entusiasmada con tanta abundancia. —Sírvete tú misma —le respondía B ill Riverbank. papá —saludaba Jeannette. Anna empuj aba el chirriante cochecito con capota de rayas blancas y roj as de su hermano de adopción. había siempre un par de granj eros retirados.) D espués de baj ar por el parque que había detrás del Teatro Pix y la barbería. que tenía el mismo color aguado del anticongelante. limpiándose las manos en un delantal lleno de salpicaduras y de manchas de tinta—.apartamento:plácido en su predecible bienvenida.las ardillas e incluso las bocas de incendio y las farolas. sacaba al niño del cochecito y hacía que Anna entrara por delante de ella en la tienda. había comenzado a brincar por el mugriento suelo de madera hasta llegar a las estanterías de los cereales y los pequeños expositores metálicos donde se encontraban los paquetes de Tang. fue un periodo feliz de sus vidas.los páj aros. Y ella y los niños hacían la compra.sin más complicaciones que un tope de hierro en la puerta. no una inminente. mientras Jeannette cerraba la retaguardia señalando las flores. Cualquier cosa que le diera una excusa para parlotear. intercambiando mentiras y contemplando el tráfico con desgana.) — 135 — . una vez realizado el acostumbrado y obligatorio ritual de saludar a los ancianos. U na tarde. Tu dinero es tan bueno como el de los demás. P or lo general. La niña. al pasar j unto al mostrador de la caj a—. En la acera de hormigón que se alzaba delante de la tienda.cariño.

—V aya.bueno. deteniéndose cuando ellos lo hacían y comenzando a andar a su vez. fuera del campo de visión de Jeannette. N o obstante. Allí mismo.apareció otro carrito de la compra.yo.hizo retroceder el carrito por el pasillo y se encaminó hacia el arcón de los congelados. ¡Anna. B ill no estaba en la caj a registradora. La muj er sonrió a Anna —una niña de largas piernas. ya tenemos bastante de eso! Al final del pasillo.señora.. Te conozco.de manera que la muj er acabó detrás de Jeannette como si. Se obstinó en perseguir a Jeannette y a los niños por los diferentes pasillos de la tienda.conducido por una muj er de unos cincuenta años que había ocultado su pelo baj o un brillante pañuelo azul y que había conseguido esconder su voluminosa figura con una camisola turquesa.piel perfecta y los oj os de N atalie W ood— y se volvió para coger una lata de la estantería situada enfrente de los cereales.—¡Anna! —exclamó Jeannette—. D espués. M uy extraño. Q ué extraño..en el Colmado Riverbank. —Encantada de conocerla —dij o Jeannette y le tendió la mano.pensó. —Y o soy la señora Givens. —Eres la hij a de B ill. —N os conocimos cuando eras más j oven. Cuando vio a John-John.la muj er del pañuelo azul comenzó a j ugar a policías y ladrones. en cambio. hubieran terminado sus compras al mismo tiempo. El j uego continuó hasta que Jeannette llevó su carrito a la línea de caj a de su padre.la señora Givens se deslizó por el hueco que dej aba su carrito y pasó — 136 — .preocupada de repente. La señora Givens la ignoró. ¿verdad? ¿La pequeña de B ill y P eggy.detuvo la mano en el aire y se quedó mirando al niño con gesto interrogante. cuyos techos eran bastante altos. Y la cosa se volvió aún más extraña. quien pudo oír cómo una de las puertas de cristal se deslizaba sobre las guías de aluminio. —¿Con qué clase de marido te casaste? —¿P erdone? Con bastante agilidad para alguien tan grueso y corpulento. por alguna casualidad de la vida. Jeannette? —Sí. N os hemos visto cuatro o cinco veces.

Y lo llamo así porque crece en la cabeza. —Sí. Jeannette. ¿qué problema tiene? Tiene que estar. —N o es pelo como este —dij o con parsimonia—.B ill. —¿Cómo llamarías a esta clase de pelo? —le preguntó a Jeannette al tiempo que le clavaba una mirada inquisitiva. N i como el de tu pequeña. B ill Riverbank se colocó tras la caj a. —se detuvo.¡es increíble! B ill Riverbank sacudió la cabeza antes de comenzar a anotar los artículos de la cesta de Jeannette. avergonzado. —O iga —intervino Anna—. quítele las manos de encima a mi hermano. con el corazón desbocado y la mano temblorosa. N i como el tuyo. sin hacer caso de su llegada.lo quieres —le dij o B ill—. Ese movimiento hizo reaccionar a Jeannette. —¿H as visto lo que ha hecho? ¿La has oído? P or el amor de D ios. —Miró al propietario de la tienda—. cerrando la mano alrededor de un mechón que había sobre la sien del pequeño. —H izo un elaborado recorrido alrededor de la otra caj a y se abrió camino a través de la empañada puerta de cristal con mosquitera.pero tampoco con delicadeza.en cuya mitad superior colgaba el cartel de P an B imbo. Los oj os de John-John estaban abiertos como platos.la mano por el cabello de John-John..si creciera en su codo. no con saña. Jeannette estaba demasiado desconcertada como para hablar. El niño movió con fuerza la cabeza hacia el otro lado. Sus dedos tiraron del pelo. P or supuesto que lo quieres.papá. ¿por qué no pasas por delante de Jeannette y te cobro? —N o quiero lo que hay en la cesta. La señora Givens. —¡Lo llamo cabello! —exclamó. —¿Cómo llamarías a esta clase de pelo? —insistió la señora Givens. Tampoco es como el tuyo. se desató el pañuelo azul y lo dej ó caer con un movimiento teatral. —N o quiero lo que hay en la cesta y posiblemente no vuelva a este lugar j amás. K it. D ígame. pero no consiguió liberarse de la mano de la muj er.. —O ye. lo llamaría vello. furiosa—. que asestó un guantazo sobre la muñeca de la muj er con tanta fuerza que JohnJohn acabó libre. Solía descontar un cinco por — 137 — .

o. Tal vez a su padre le costara aceptar al chico como su nieto por la misma razón por la que la señora Givens había armado tanto j aleo sobre el pelo de John-John.como por su propia incapacidad para apoyar a su hij a incondicionalmente. N o quería que fuera así —se avergonzaba de que fuera así—. W esley. V arias amenazas a su forma de vida (la inflación y los nuevos competidores en las afueras de la ciudad) lo habían convertido en un cobarde.Jeanie.salió de la tienda.lo siento. —P apá. donde el precio de la comida era mucho más baj o. H orrorizada. ¿crees que John-John va a crecer tanto como ese negro de la universidad estatal? —¿D e qué hablas? Ese negro no estará allí dentro de cuatro o cinco años. —¿Q ué pasa.supongo. —Le tendió la bolsa a Anna. al menos.tras dirigirle a su padre un amago de sonrisa. Tal vez el problema no fuera solo económico.para demostrar su lealtad filial. Jeannette se avergonzaba de él. Cosa bastante irritante si se tenía en cuenta que. Adiós a un cliente.mamá? Se volvió para mirar a Anna. —¿Ella? Maldita sea.en alguien muy avaro.de vuelta a la elevada acera. V amos.es un alivio. P on la compra en el cochecito mientras recoj o a John-John. pero no podía ocultar el hecho de que estaba molesto tanto por la deslealtad de aquella estúpida.ella había prohibido a H ugo que comprara en el economato de la base. —N o lo sé. ¿Q ué le pasaba a la gente? ¿P or qué le tenían tanto miedo a alguien distinto? ¿Cuándo acabaría todo? U no de los ancianos del banco dij o: —O ye.ciento del total de cada cuenta.por sus gestos rígidos y la atención que prestaba a los precios de los alimentos enlatados y la carne empaquetada que pasaba por sus manos. Jeannette supo que la posibilidad de perder a la señora Givens como cliente le preocupaba. — 138 — . Sin embargo. Jeannette recogió los alimentos que B ill Riverbank había metido en bolsas de manera mecánica y echó a correr hacia la puerta.una cantidad no mucho mayor que el impuesto sobre ventas. pequeña.aun con el poco generoso descuento que le hacia su padre.de verdad que sí. sacó a John del carrito y.

—Sí.dando un tirón a su sombrero de fieltro. —N o —replicó W esley. Tengo que preparar la cena.los D odgers. Y también tiene el tono adecuado. V olvamos a casa.mamá? —N ada.¿de qué están hablando? D ej ó caer el cochecito con estrépito por los restantes escalones y le indicó a Anna que dej ara la compra en el asiento. —«¿D e qué hablas?» es una pregunta muy interesante. Es un enano.Jeannette echó la vista atrás y vio la corpulenta silueta de su padre en la entrada de la tienda.j oder. P arecía un prisionero detrás de la oxidada rej illa.los viej os se echaron a reír como locos.moj ado por el sudor—. este John-John. pero podríamos hacerle f renador de los D odgers. —¿Los D odgers? —Sí.Jeannette. Mientras cruzaba los adoquines anaranj ados de la calle principal hacia el armazón de estuco del teatro P ix. miró a los granj eros por encima del hombro. muy ocupada maniobrando el cochecito para baj ar los escalones hasta la calle. — 139 — . —W ilt —dij o el compañero de W esley—. —Llamémosle Monegal elTapón. ¿Es posible que dos viej as cotorras como ustedes tengan alguna idea de lo que están hablando? A decir verdad.ya es lo bastante grande como para j ugar con ellos. W ilt elPatil argo. j unto a John-John. El nieto de B ill nunca será tan alto. —P or D ios —dij o Jeannette entre dientes. Encantados por haber mantenido una conversación tan ingeniosa. —¿Q ué pasa.

sino entre los dedos del desafortunado habilino. dos pequeños estanques de tinta en mitad de un rostro cadavérico. aún estaba conciente y respiraba con dificultad.K ampa. A lo que otra parte de mí respondió:La curiosidad y tu mal dita estupidez.hice un torpe intento de buscarle el pulso.espl endoroso en cenizas y f astuoso en l a tumba.pensé.y no omite actos de val entí a en eloprobio de su natural eza. Salí de mi sueño y me encontré a Genly tumbado en el suelo. que salían confusos de sus casas o se arrastraban por el suelo hacia mí desde el lugar donde habían estado durmiendo en la fría intemperie.que cel ebra nacimientos y muertes con elmismo l ustre. dej ándonos en el centro a mí y a su compañero muerto. Se agruparon en círculo a nuestro alrededor. La curiosidad ha matado a este gato.» —Sir Thomas B row ne La noche explotó. Elena y Emilia fueron las dos únicas ex— 140 — . Lo que me impedía hacerlo era el terror que sentía a la reacción de los mínidos. a unos dos metros de donde yo estaba. Me habría echado a llorar.14 U na muerte «Sin embargo. aunque se había disparado a sí mismo en los pulmones. pero no se atrevieron a cruzar la barrera mental de los tres metros.elhombre es un animalnobl e.ahora inerte. en la cima de la colina. me miraban sin demostrar ni recriminación ni reconocimiento. Mi pistola no estaba en su funda. Me arrastré hacia él en la oscuridad —hacía mucho que la luna había desaparecido— y descubrí que. Sus oj os negros. Mientras le quitaba el 45 de la mano.

se acercaron a mí deslizándose como espectros y se arrodillaron a mi lado sobre la figura postrada de Genly. la dama infiel alzó la mano de Genly y. Al fin lloré cuando Emilia rozó con los labios la frente cubierta de arrugas de su marido. Lo único que quiero es ayudarlo.tienen que dej arme liberarlo del sufrimiento. pocos de ellos dudaban del poder letal de mi automática. lo había entendido.. la sostuvo entre sus muslos. y esos rostros de oj os secos que nos rodeaban se asemej aban a una sombría exposición de gárgolas y máscaras esculpidas. su comportamiento —a pesar del desconcierto— fue ej emplar. como si entendieran que una muestra desmesurada de sufrimiento o ira ocasionaría un trauma aún mayor al macho agonizante. Elena.lo siento mucho. Emilia rodeó la cabeza de su marido con un brazo peludo y esquelético al tiempo que Elena. P or eso. Sin esperar a la reacción de los otros. —N o puede recuperarse. parloteaba de forma insistente y comenzaba a darme empellones en la mano que sostenía la pistola. los habilinos no lloraban —al menos la emoción no les arrancaba ninguna lágrima—. los mínidos expresaron su desaprobación con una serie de gruñidos mientras retrocedían para refugiarse entre las sombras. cuando coloqué el Colt j unto a su cabeza.cepciones a esta supersticiosa timidez.Genly. N o obstante. A mi lado.no había contado con la posibilidad de que.simplemente. Le puse el seguro al arma y retrocedí. siendo el que repartía. —Genly. los mínidos no entendían el funcionamiento mecánico de las armas de fuego. Tenía que ponerle el cañón del 45 en la sien y apretar el gatillo. comedido y decoroso. enfadada. N o hay ningún modo de que Genly vuelva a ponerse bien. con toda su curiosidad y osadía. N o recuerdo todo lo que pasó por mi mente en esos momentos ni en los inmediatamente posteriores. En aquel momento. Señoras.. Incluso Genly. D ebido a la desventaj a tecnológica en la que se encontraban. le tocase la carta de la muerte. — 141 — .haciendo gala de una especie de ternura plagada de recuerdos. pero lo que más me preocupaba era que Genly estaba sufriendo. Según parecía. Aunque esperaba que prorrumpieran en sollozos y que rechinaran los dientes. Y o era el extraño en esa situación. Genly alzó la mirada antes de que un espumaraj o sanguinolento burbuj eara en la comisura de sus labios.

Me había librado de ella.saqué el cargador de la pistola. incapaces de comprender lo sucedido.Genly tendría que pasar por una serie de dolores. hasta llegar al inevitable momento de la muerte. no pude evitar sentirme avergonzado.Elena..arroj é las balas al suelo y sostuve el arma delante de mí como si fuese una cobra a la que le hubieran arrancado los colmillos. Emilia y Elena se aferraban a la vida cuando la opción no residía entre la vida o la muerte.sino entre una muerte rápida o una agonía prolongada de modo innecesario. M al dita pipa. A causa de un escrúpulo quij otesco acababa de poner mi propia vida en riesgo. M e has convertido en su cómpl ice. me levanté. N o iba a ser capaz de presenciar ese proceso..giró en el aire como una piedra que hubiese sido lanzada por una catapulta. H as convertido alpobre G enl y en su propio asesino.. Cuando volvió a apartar mi mano de un manotazo. Era una noche fría —no habría más de doce grados— y. Me alej é tambaleándome del agonizante habilino y de las dos muj eres. cada vez más insufribles. una criatura no menos odiosa por el hecho de que ahora fuese inofensiva.Elena me miró fij amente y dej ó de parlotear.en dirección al Monte Tharaka. La idea me asustaba y aliviaba a la par. A Genly o a — 142 — . era un candidato perfecto para pescar una neumonía o acabar con hipotermia.sin alej arme de la cima de la colina..pensé. Los restantes miembros del grupo. P or mucho que creyera. Antes de caer.logré controlarme y arroj é la pistola a la sabana. Las lágrimas me corrían por las mej illas e intenté limpiármelas con los antebrazos y la parte interna de las muñecas. Lo que más deseaba era una cálida manta de lana y una botella de w hisky o de ouzo. puesto que estaba totalmente desnudo baj o las estrellas. Comencé a caminar en pequeños círculos balanceando el cuerpo del mismo modo que lo hace un lanzador de disco. —Escúchame. Y a que no me dej aban acabar con su vida de un disparo. que Genly merecía la misericordiosa rapidez de una bala directa al cerebro. Acababa de ser derribado por una princesa del Eolítico que había reventado las cabezas de tres ratones con sus propias manos y que llevaba a cabo la mayor parte de sus funciones excretoras en público. y todavía lo sigo creyendo hoy día. P or fin. Las implicaciones de esa mirada hicieron que me avergonzara. lo miraban todo con expresiones rayanas en la imbecilidad mientras me abrían paso.

Al lamentarse sobre ese cuerpo rígido e inmóvil en el que su compañero se había convertido. pasé toda la noche subiendo y baj ando la colina o bien recorriendo los sinuosos parapetos de piedra.todos ellos lamentaban su propia mortalidad. N o obstante. y la ceremonia conmemorativa de la marcha de Genly a cualquier reino impreciso. ¿Ceremonia? Sí. La de Genly era un alma resistente. D e haber previsto la causa. P ara entonces. Regresé al amanecer y descubrí que solo Emilia seguía de vigilia. nuestros ancestros pro— 143 — . una vez vencida la muerte. Los mínidos salieron al instante para escucharlo. los habilinos recordaban a Genly tal y como había sido. ambos sacrificios resultaban imposibles tanto para B lair como para mí. En primer lugar.. no intenté volver a intervenir. D e haberla presenciado. mi botiquín de primeros auxilios (un paquete de vendas. En cuanto murió. yo mismo habría renunciado a la oportunidad de vivir en carne y hueso mis sueños. Si bien cayó por fin en la inconsciencia. unos cuantos analgésicos y placebos) era inútil a la hora de poder prestarle ayuda o aliviarle el dolor. tuvo lugar en mi presencia y no en la del paleoantropólogo. una mezcla de aullido animal y canto fúnebre humano. el olor de la descomposición atraería a los buitres.. Teniendo en cuenta la naturaleza de su herida. echó la cabeza hacia atrás y dej ó escapar un lamento. el cuerpo de Genly había empezado a adquirir el aspecto de la momia que sería cuando le llegara la muerte. o «preconscientes».cualquier otro le importaría una mierda.Emilia. Si no lo hacían. La piel se había tensado sobre los huesos y su cabello se había vuelto frágil y sin brillo. Conscientes. hienas y al resto de carroñeros. los mínidos sabían que tenían que sacar el cadáver de la ciudad. P or lo tanto. En segundo lugar. U no de los suyos había muerto. hubo una ceremonia. para observar y para sentir cómo los dedos de la mutabilidad se cerraban en torno a las asas de sus corazones mortales. Temeroso tanto de alej arme mucho como de quedarme demasiado cerca. Alistair P atrick B lair habría dej ado su puesto en el gabinete del P residente Tharaka.tardó toda la noche en morir.que lo supo al instante. que me heló la sangre.

Lo cubrieron de pies a cabeza y lo colocaron de costado para poder untarlo por completo. era mej or colocar a Genly sobre él.hicieron las veces de escolta durante los casi cinco kilómetros de desordenada procesión a través del pastizal en dirección a un solitario baobab. Más tarde.Malcolm. Roosevelt y Fred fueron los encargados de transportar el cadáver de Genly desde la colina hasta la sabana.Roosevelt — 144 — . El vello del cuerpo de Genly tenía un aspecto pegaj oso a causa de la savia del sisal y su frente recordaba a un trozo de pergamino cubierto de mucílago.si todavía teníamos que cubrir una buena distancia. Como los cazadores más j óvenes. Los mínidos. U na vez allí. P oco después del amanecer.Alfie. las muj eres se desperdigaron por el pastizal y reunieron el sisal silvestre llamado duvai por los maasai de K enya y Tanzania y por sus primos sambusai de Z arakal. un antiséptico y analgésico natural. nadie me contradij o.para mi estupefacción. D e nuevo. Les indiqué a los habilinos que. los mínidos aceptaron la sugerencia. Tras debatir la opción mediante miradas y sutiles fruncimientos de ceño. que llevaban garrotes y bastones.tohumanos sufrían de una aguda tristesse que solo podía estar provocada por la intuición de la infalibilidad de la muerte. P or fortuna. ¿Q ué sentido tiene todo esto?». sufriré el mismo destino que Genly. ¿Q ué sentido tenía utilizar la medicina con un muerto? ¿Es que pretendían librarlo de las desconocidas agonías que aguardaban a los muertos recién llegados a las profundidades del reino de la inexistencia? Las muj eres ya habían cumplido con su cometido. El trineo en el que habíamos transportado el j abalí hasta la ciudadela yacía en la base de la colina. en dirección al Monte Tharaka. B aj o el saliente donde se asentaba N ueva Elenburgo.pero el resto prestamos nuestra ayuda en las zonas más traicioneras del recorrido. Insistí en agarrar los palos delanteros del trineo para poder arrastrar el cuerpo de mi amigo muerto allí donde sus compatriotas quisieran llevarlo. y yo con ellos. Algo así como: «algún día. H abía llegado el momento de que los machos tomaran el relevo.el trono de su mundo. nadie intentó prohibirme que participara ni trató de desalentar mi intervención. todas ellas ungieron el cuerpo de Genly con el j ugo de las plantas. los mínidos hicieron un breve descanso con el fin de prepararse para afrontar el peligroso viaj e que los conduciría hacia el Sudeste.

me estremecí al pensar que quizás pudiese entender. aunque ya había pasado el mediodía. caminó despacio hacia nosotros.. Jomo.balanceándose sobre sus piernas arqueadas. En cuanto dej ó de cantar. atrayendo la atención de toda la sabana hacia el baobab baj o el cual se encontraba. Exentos de la labor en virtud de la edad.pegaj osos a causa del bálsamo de sisal. el impulso inmemorial que da lugar a semej ante homenaj e. y el resto de los mínidos. F ueron ellos mismos quienes indicaron con entusiasmo el momento de — 145 — . Roosevelt y F red caminaban de un lado a otro entre la maleza. En aquel momento. Con el fin de detener el dolor pulsante de mis sienes. Esperaba algún cántico. Jamón empezó a cantar.haciendo caso omiso del calor.los mínidos partirían de vuelta a N ueva Elenburgo para llevar a sus muj eres las noticias del funeral arbóreo de Genly. Sin embargo. al fin. paradój icamente. iba ganando estatura según se alej aba del baobab.baj aron uno tras otro al suelo para ofrecer su más sincero y profundo respeto al cadáver. al fin. permanecimos en nuestro escondite de matorrales y acacias arábicas. El pobre Genly. en el lugar más alto posible sin tener que poner en riesgo sus propias vidas. Como si la realidad de su persona palideciera ante el ideal representado en su noble y amarga canción.pero no hubo ninguno hasta que todos los mínidos salvo Jamón se replegaron hasta un grupo de arbustos situado a unos cien metros del árbol.o incluso una manada de perros salvaj es.. Retrocedí con la mayoría. D e su cansada y viej a garganta surgió un lamento áspero que siguió y siguió. D el polvo al polvo. me senté en el suelo con la cabeza entre las rodillas. de copa de árbol a copa de árbol. Jamón y yo nos limitamos a mirar. U n gnomo desnudo e indefenso que. impacientes por hacer un descanso en nuestra vigilia. N uestra forma de colaborar consistió en supervisar los alrededores en busca de enemigos o de cualquier depredador advenedizo. Suponía que. Me estremecí al escuchar su canción.y F red se las arreglaron como pudieron para colocar el cadáver sobre las ramas del árbol.pillaba a Jamón allí solo.pero no dej é de pensar que si algún león o un tigre de dientes de sable. que más bien parecían raíces. por los servicios prestados con anterioridad o (en mi caso) por puro cansancio.este no tardaría en reunirse con Genly en el problemático P aís de N unca Jamás del P araíso H abilino. acabó desplomado en un nicho de ramas de baobab. a continuación.

D e ahí el placer que obtenían de lo que. Se me ocurrió en ese momento que las muj eres habían untado el cuerpo de Genly con la savia del olduvai para atraer la cruel atención depredadora del leopardo. Alfie estaba encantado. Alfie estaba aporreando el suelo con el extremo de su garrote. un cazador nocturno. el peligro que suponía la actividad de sus primos. Arrastré el trineo durante el viaj e de vuelta mientras sentía el mismo tipo de distanciamiento cósmico que me acompañara en cada uno de los viaj es astrales de mi infancia. los leones. Echó un vistazo a su alrededor. H abía aparecido un leopardo baj o el baobab. para mí. Como pude comprobar. N adie había comido ese día y nadie lo haría hasta el día siguiente. O bservamos cómo aquel gato enorme arrancaba parte de la cabeza del hombre y se la comía con la misma rapidez que un perro hambriento se zamparía una lata de F riskies. no era más que un horroroso interludio en el funeral. Aunque era. como si aplaudiera la llegada del leopardo.quieren que elcadáver de su compañero sirva de al imento a esta criatura. los mínidos se aseguraban de que ni las hienas ni los buitres lo tocaran. ninguna inyección de moral.con los costados hundidos y los oj os brillantes como zafiros.descansar por medio de pequeños aullidos mientras se adelantaban hasta la linde de la espesura. Al abado sea Ngai. si bien con respeto. ese ej emplar —menospreciando. Y de hecho. Cuando por fin se aseguraron de que Genly estaba «a salvo». regresamos a la ciudadela mínida. Además. pero todos esos descubrimientos que acababa de realizar —descubrimientos que muchos paleoantropólogos contemporáneos han tachado de simples estupideces o a los que se han referido con distintos calificativos— no me proporcionaban ninguna satisfacción. U n animal grande y muy hermoso. El ayuno formaba parte de la reacción colectiva de los mínidos hacia la muerte. El conj unto de rituales que había permitido a los mínidos enfrentarse a la — 146 — . tomó posesión del cuerpo de Genly con los dientes. Al igual que los otros mínidos. así era.emitió un gruñido vacilante y ascendió por el tronco del baobab con la elegancia de una pitón. pensé. durante el mediodía— había respondido al llamamiento de Jamón. U na vez arriba. Las comisuras de sus labios se habían elevado de forma involuntaria y todos ellos exhibían unas sonrisas satisfechas. entregando su cadáver a ese magnífico animal. ante todo.

Genly había muerto por culpa de mi imprudencia y la caótica alegría de la noche anterior se alzaba en mi memoria a modo de antítesis para burlarse de mí.. D e vuelta en N ueva Elenburgo. erigí los soportes de las paredes y del techo. H abía acabado ambas estructuras cuando apareció la luna.un término muy apropiado. Reuní ramas. No tenemos derecho a omitir l as muertes delH omo neanderthalis.tras lo cual los cubrí con una capa de hierba seca mucho más gruesa que la que empleaban los mínidos normalmente. Los preparativos de la labor me tuvieron subiendo y baj ando la colina hasta bien entrada la tarde. hice acopio de material suficiente para levantar una segunda choza que yo mismo pudiese utilizar.reflexioné.. N o podía dormir. D e la despreocupación j ovial a la negra desesperación en menos de veinticuatro horas.que tenía a los habilinos sorprendidos y fascinados.muerte de Genly me sumió en un estado de conmoción profunda. Q uería intimidad.en mi opinión. me asigné una tarea como castigo y purgación.en l a suma total de muertes suf ridas por l a especie humana desde su aparición. Me arrastré al interior de mi choza como una criatura que buscara zambullirse en el olvido de un profundo sueño hibernal. «Semej ante». Con rapidez y seguridad. Este proyecto. En realidad. La Edad de Piedra tenía un corazón adamantino. En el exterior. de hecho. delH omo erectus ni delH omo habilis. ¿Cuántas especies colaterales deberíamos añadir a la lista? ¿H abría. pero no quería abandonar N ueva Elenburgo para conseguirla. los mínidos cantaban su pérdida con voces quedas: cada endecha creaba su propio trasfondo de pesar en una comunión de ocho o nueve voces que no tenían nada en común — 147 — . momento en el que comencé el trabaj o de construcción en sí.una línea divisoria legítima entre ellas? Q ué extraño pensar que una criatura muerta dos millones de años atrás tuviese miedos y aspiraciones semej antes a los míos.consiguió apartar mi mente de la muerte de Genly —sin llegar a desvanecer del todo mi conciencia subliminal del hecho— y comencé a ver con buenos oj os la idea de retirarme al cálido y seco interior de mi cabaña para echar una larga siesta.hierba seca y piedras con las que construir una cabaña que reemplazara a la que yo mismo había prendido fuego.

ese fenómeno no tenía precedente alguno en mi experiencia con los protohumanos. una muj er muy por delante de su época.Elena se echó hacia atrás para estudiar mi rostro.salvo una inenarrable melancolía. Con una curiosa inclinación de cabeza.no había dicho nada. La persistente luz carmesí de la puesta de sol hacía que su cabello suelto pareciese un halo a su alrededor. Al igual que el canto de Jamón al mediodía. a punto estuve de creer que me había hablado. Era Elena. Sus oj os eran dos bolitas grisáceas en un busto de lapislázuli descolorido.pero. D e repente. Con ese propósito.una silueta se dibuj ó contra la pequeña entrada de mi cabaña. —Es probable que vayas a necesitar eso —dij o.en mi desesperación.ella había venido a mí por voluntad propia. las entradas a las chozas no eran motivo de respeto. ya que era demasiado nueva para tenerle algún tipo de consideración.cogí el obj eto y me di cuenta de que era mi Colt. y parecía que ella había llegado a la conclusión de que ambos podríamos acomodarnos sin problemas en esa nueva choza. Se arrastró hacia el interior a cuatro patas y se acercó hasta mí para ponerme una mano sobre la frente. Alargué el brazo. P ara ella.como un intruso.y supe con absoluta certeza que lo único que necesitaba para sobrevivir en ese intervalo de mi vida era a Elena. Lo que era mío era inevitablemente suyo. — 148 — . P or supuesto. N o la había visto desde esa misma mañana. Algo frío y duro cayó sobre mi rodilla. y la mía menos todavía. hecho que acrecentaba la sensación de verme a mí mismo como una fuerza disruptiva. En aquel momento me pareció un ángel que trascendía al género prehomínido. y como si leyera mis pensamientos.como un confesor que otorgara la absolución a un penitente. al menos en apariencia.

D e cualquier forma. no había sido capaz de prohibirle que fuera. leyendo una antología de historias cortas de John Collier. una colección de columnas no del todo formales que había escrito para el H eral d-Pl ainsman y después para un pequeño sindicato con sucursales tanto en Sunbelt como en la región de Rocky Mountain. El muchacho lo saludó con un gesto de la cabeza y volvió al instante a su libro. Su meta en ese entonces era pulir.y Jeannette estaba viviendo en Long Island con la familia de su editor de V ireo Press desde mediados de abril. Estaba haciendo revisiones a gran escala de un manuscrito que iba a ser publicado en febrero. —V enga.de manera que resultaran tan atractivas a los urbanitas del Este como para los acomodadizos y sofisticados pueblerinos que habían sido sus primeros seguidores. H aremos un crucero en una de esas embarcaciones con la quilla transparente y veremos a las hermosas si— 149 — . N o había nadie más en casa.en Atlanta. P uede que también a Silver Springs. actualizar y urbanizar dichas columnas.pero cuando su editor la invitó a ir a N ueva Y ork para consultar los cambios necesarios. ¿Te apetece dar una vuelta? —¿U nas vacaciones? ¿Adonde? —A los bosques de pinos del norte de F lo-ri-da. H ugo habría deseado que Jeannette llevara a cabo su trabaj o en casa. H ugo llegó a la vivienda de su familia en Capehart y se encontró a John-John despatarrado sobre una silla. Anna estaba en la Escuela Superior Agnes Scott. Johnny.F lorida P rimavera de 1976 La tarde del viernes.nunca había tenido ese tipo de poder. tomémonos unas pequeñas vacaciones este fin de semana.15 B ase Eglin de las F uerzas Aéreas.

había trazado la línea crítica divisoria en la vida matrimonial de los Monegal.¿de acuerdo? El chico obedeció a regañadientes. También tenía muchos malos recuerdos sobre el bombardeo de Camboya. —V amos. D etrás del mayor de los dos edificios había una empalizada de bambú —una fortaleza que se proyectaba hacia los pinos—. Los anuncios se espaciaban cada ciertos intervalos de kilómetros entre la exótica arquitectura vegetal de las viñas kudzu. V e a meter algo en la maleta.con buena forma y cómoda. H ugo. John cerró el libro e hizo una mueca. si al final se decidía a prepararla. había aniquilado un poblado aliado al fallar en el derribo de un conmutador situado en la baliza obj etivo del pueblo. su primera separación prolongada.. consistiría o bien en perritos calientes o bien en platos precocinados congelados—. ¿qué te parece? —La cena.sin embargo. Johnny. el D odge D art verde dorado de H ugo era uno de los cuatro vehículos aparcados — 150 — .j usto antes de partir hacia un solitario turno de servicio en Guam. Encontró la pipa de espuma de mar que P ete Grier le regalara cuatro años antes como regalo de despedida. Tienes veinte minutos. A pesar de ser viernes por la tarde.renas danzando..delicias de azúcar.y un «rancho de animales» de entrada gratuita. hij o mío.incluyendo el de servir de padre confesor a un j oven piloto que. y cada uno prometía a los turistas interestatales una variedad de maravillas:zumo de papaya. El B -52 había «sembrado» el lugar de bombas. de forma accidental. Estoy cansado de todas estas gilipolleces de solteros creativos que hemos estado haciendo. vieron el primero de los aparatosos letreros de Regalos Ritki e Imperio del Souvenir.en su propio dormitorio. Cuando el propio complej o estuvo a la vista (un par de edificios blancos de una sola planta con techados de tej as y recio artesonado español). Era una buena pipa.conduciendo en dirección Este. H ugo abandonó la autopista y se internó en el aparcamiento de grava. Ese viaj e. lanzó unos cuantos artículos a una bolsa de viaj e y se cambió para ponerse ropa cómoda. durante el que Jeannette y los niños permanecieron en Cheyenne.figuritas de porcelana. me apetece probar algo nuevo. A una hora de camino de Eglin. y por detrás de la empalizada asomaba una colina de bosque denso.

al igual — 151 — . P or dentro de la valla. P asearon entre un par de barandillas de metal verdes que describían un sendero laberíntico a través del complej o.P ERO P U ED EN MO RD ER En aquel lugar. un macho que balanceaba una pierna en el aire.pues yo sí. con las brillantes callosidades de su trasero a la vista.para alivio de su hij o. H ugo le hizo un gesto con la pipa al adolescente para indicarle que saliera del coche y lo guió hasta una pasarela que había j unto al edificio principal. V amos. como víctimas de alguna extraña masacre. serpientes de cascabel enroscadas en sucios expositores de cristal. delante de una j aula con la parte frontal cubierta por una tela metálica que contenía a un coyote tumbado con la cola sumergida en su bebedero. —B ueno. ¿vale? P uede que eso te anime.una máquina de cacahuetes llamó la atención de H ugo.Johnny? —N o. H ugo le dij o a John-John que le diera un cacahuete a la hembra.en la inmensa área de estacionamiento. H ugo parecía totalmente inmune al hedor. La grava cruj ía baj o sus pies y el cristalino gorj eo de los páj aros enj aulados reverberaba en el silencio de la tarde. en un estanque de cemento lleno de porquería. uno era una tímida hembra y el otro. U na gigantesca flecha roj a en la pared dirigió a padre e hij o hacia las puertas giratorias de seguridad. un burro adormilado y un montón de caimanes —no del todo desarrollados— que yacían unos encima de otros. En otras partes había unos cuantos pavos reales.pero al final. se cansó del apático comportamiento del coyote y deambuló sobre la grava hacia otra pequeña j aula verde. pero el animal —que no dej aba de mirarlo fij amente— parecía desconcertar al muchacho. un par de llamas mordisqueando el heno. El macho yacía boca abaj o. que echó veinticinco centavos y le pasó a John-John una de las pequeñas bolsas de papel marrón. que cruj ieron al empuj arlas. —Q uerrás un zumo de papaya.de verdad que no.¿no. H ugo detuvo a John-John un momento. —Así podrás dar de comer a los animales. MO N O S RH ESU S (MU CACA MU LATTA) O RIGIN ARIO S D E LA IN D IA LES GU STAN LO S CACAH U ETES. dos monos ocupaban un restringido saledizo.

el mono giró la cabeza para contemplar a H ugo. El cruj ido de las cáscaras alertó al macho. John-John se dio cuenta de que su padre se había tomado semej ante desprecio por la ofrenda como un insulto. recogió la ofrenda y se giró para partirlo y comérselo. H ugo lanzó otro cacahuete a través de los alambres.. —Sí que lo es. pero miró hacia otro lado del complej o. Impávida. que se levantó al instante. vale.entonces. —Mordió su pipa de espuma de mar y rebuscó en la bolsa de papel—.se inclinó un poco más hacia ellos y se apoyó sobre los alambres.. están peor que los demás.uno más en la cadena de desaires iniciada por el implacable progreso de Jeannette hacia una carrera independiente de la unidad familiar Monegal. —V en aquí —le instó H ugo al altivo rhesus—. ¿Cómo si no podía explicarse la reacción de H ugo ante un suceso — 152 — . lo dej ó caer sobre la grava a los pies de H ugo. P uede que un cacahuete haga que esta damita se sienta mej or. Me siento culpable estando aquí. Johnny. ¿no te parece? H ugo introduj o un cacahuete a través de la malla de alambre.tiene hambre. V en a por tu cacahuete.que la postura indiferente de su parej a. ni ante sí mismo ni ante cualquier otro.Johnny. la rhesus baj ó al suelo de madera. ocultando así su calloso trasero. introduj o su pequeña mano. de modo que su peludo hombro se perfilaba en la malla.¿eh? Con arrogancia. a través de los alambres. Sin dej ar de reír. —Mira. Esos inquietantes dedos casi humanos se cerraron sobre el cacahuete y.de modo que le pasó la bolsa a su padre. Son como gentecilla peluda a la que han metido en la cárcel sin ningún motivo. —N o es peor para ellos que para los demás.papá. delicadamente formada. H aciendo equilibrio en el mismo borde del saliente. —V ale.que estaba mendigando. como si fuera demasiado orgulloso para reconocer. —¿Cuál es el problema? —Son prisioneros. pero la hembra se movió tan rápido para cogerlo que el hombre se asustó y lo dej ó caer sobre el compartimiento inferior de la j aula. Está hambrienta. y empezó a frotarse el hocico de forma indiferente. P uesto que los Monegal habían ganado toda su atención. con toda deliberación.

La hembra se acurrucó en un rincón. Sin embargo. Con la boca abierta de par en par. muy dolido por el engaño del animal. donde se sentó y procedió a morder el mástil de la pipa hasta que.había conseguido dej ar de fumar. imitando el insultante lenguaj e de los hombres que han servido en los remotos confines del mundo—. —¡H ij o de puta! —exclamó H ugo. el rhesus desenganchó las manos y los pies de la malla de alambre y saltó de nuevo hacia su saliente. Al instante —tan deprisa que John-John apenas tuvo tiempo de parpadear—.sin dej ar de mirar con cautela a los dos seres humanos por encima del hombro. —Se lo contaremos a los de dentro —sugirió John-John—. procedió a golpear con fuerza la pipa contra la repisa en la que dormía.se alej ó a grandes zancadas sobre la grava. con mucho esfuerzo. furioso. el mono se retiró hacia la parte trasera de la j aula y. y vituperó a los dos seres humanos. pero su compañero se colgó de la malla de alambre sin dej ar de gruñir. ¿Tan bien te alimentan que le haces ascos a un buen cacahuete? Se agachó para recoger el cacahuete.obj etivamente. con un sonoro cruj ido. La pipa favorita de H ugo. ¡D evuélveme mi pipa! ¡D evuélvemela. Le diremos al director lo que ha sucedido.camino de la sa— 153 — . Se lanzó contra la j aula y metió la mano a través de los alambres para agarrar un puñado del pelo castaño-roj izo del rhesus. el rhesus mostró un j uego de brillantes colmillos amarillentos y la garganta de color roj o oscuro. se hizo pedazos. a quienes tenía vergonzosamente aterrorizados. O cultando la pipa robada tras su cuerpo. John-John echó un vistazo alrededor del complej o para ver si alguien más había sido testigo del ataque del rhesus y de su bochornosa retirada. —¡P apá! P apá.no tenía la menor importancia? —¿Y a ti qué te pasa? —le gritó al rhesus—.se lanzó hacia delante con furia y empuj ó a H ugo hacia atrás. N adie.¡no lo hagas! El macho se giró como un loco. —¡Asqueroso asiático de mierda! —exclamó H ugo en inglés. H ugo lanzó la bolsa de cacahuetes a un lado y. el macho rhesus agarró la cazoleta de la pipa de espuma de mar de H ugo y se la arrancó de la boca.pedazo de ladrón! Sin inmutarse. un consuelo y un apoyo de aquellos días en los que.que.

Entonces. A las once. Como pidiendo disculpas. estaba mirándolo — 154 — . John-John se despertó convencido de que el rhesus de Ritki estaba encaramado encima de la cómoda que había cerca del cuarto de baño de la cabaña. con la apariencia de un hombre que ha logrado sobrevivir a duras penas a un atraco. descubrió que alguien. Intimidado.como un enfermero de hospital. El muchacho lo siguió.lida de las instalaciones. y giraron para encontrarse frente a otro cartel y una segunda puerta. SI LE H A GU STAD O EL RAN CH O D E AN IMALES D E RITK I P O R F AV O R. y cuando se incorporó un poco para sentarse y apoyar la espalda contra el cabecero.H AGA U N A D O N ACIÓ N P ARA ALIMEN TAR A LO S AN IMALES En ese momento les quedó claro que. tendrían que atravesar el desordenado imperio de souvenirs del edificio principal. Su padre no estaba en la cama con él. o algo. Los Monegal conduj eron hasta el anochecer y después encontraron un motel de segunda categoría que consistía en diez o doce cabañas separadas donde se detuvieron para pasar la noche. viendo la televisión y volvió alrededor de veinte minutos más tarde con un par de bocadillos de cerdo a la brasa envueltos en papel encerado. Los repugnantes aromas dulzones de los turrones de cacahuete y de almendra llegaron hasta ellos.H ugo metió un dólar a través de la ranura de la ventanilla de la caseta de donaciones. obligó a su hij o a apagar la televisión y meterse en la cama.y H ugo se dirigió con dificultad hacia la puerta. P asaron j unto a otras j aulas y otros animales —un aviario. murmuró un saludo a la muj er de aspecto aburrido que había dentro y empuj óa John-John a través de la puerta giratoria para entrar en la tienda de regalos. para salir de la empalizada. un pequeño establo de ponis—. se sentó en un sillón barato de piel sintética que había enfrente de la cama y empezó a limpiarse las uñas con una navaj a a la escasa luz que entraba por la única ventana de la cabaña.John-John fue tras él. H ugo dej ó a John-John sentado en la cama.

Cl ic.desde el otro lado de la habitación. H ugo se había ido. Se quedó allí un buen rato.H ugo había esperado a que John-John se quedara dormido. B aj o el resplandor amarillento de la luz eléctrica.06 que había comprado en W yoming para las partidas de caza y las expediciones furtivas con P ete Grier. Convencido al final de que el chico estaba durmiendo. movió la mano a tientas en la oscuridad para encender la lámpara de pie que había j unto a la desvencij ada cama. un policía del Estado de Florida llegó al motel. N o le entró el pánico. JohnJohn y el policía fueron fundamentales a la hora de proveer los detalles que hicieron que la historia tuviera sentido. después de que H ugo muriera sin recuperar la consciencia.John-John se quedó de pie en el vano de la puerta mientras contemplaba el pequeño letrero de neón con forma de pez espada que resplandecía con brillantes colores roj os y violetas sobre el edificio de oficinas del motel. Al final. John-John vio un espej o en el que se reflej aba su propio rostro oscuro. Abrumado por esa inexplicable deserción. ya que realmente creía que H ugo volvería a por él. Con la Remington 30. no obstante. H ugo subió la pequeña colina que había tras el rancho de anima— 155 — . pero no gritó. P oseído por el deseo de venganza. Se le hizo un nudo en el estómago. La oscuridad y la frondosa vegetación ocultaban el coche.mirando los automóviles ir y venir por la autopista y esperando que uno se pareciera al D art. P eor aún:el D odge D art no estaba aparcado en el estacionamiento que había fuera de la cabaña. Más tarde. un mero taj o arcilloso en un bosque de pinos. Se acercó a John-John con la llave de la habitación de H ugo y las noticias de que su padre acababa de tener un accidente grave unos cuantos kilómetros al oeste. Antes de llegar al complej o. había abandonado el motel y conducido de vuelta por la autopista hasta Regalos Ritki e Imperio del Souvenir.donde se detuvo. había girado en una carretera secundaria. incluso quizás en uno de sus viaj es astrales. En cambio. La expresión de su cara traicionaba el miedo que sentía. los Monegal fueron capaces de reconstruir la secuencia de los acontecimientos que concluyeron con el accidente.

casi como si la hubiesen lanzado contra la pared. Apuntó y disparó. una batería de focos se encendió para iluminar todo el complej o y un formidable tramo de autopista. El desenlace fue que el D art volcó.les. P ero. H ugo se dirigía lenta e inexorablemente hacia la muerte. Mientras H ugo volvía colina abaj o entre tropezones. John-John tenía claro que no era culpa de Jeannette. y más tarde. En aquel momento.abollado de forma espectacular. En la cima.y todo el complej o quedó envuelto en gorj eos. La noche cobró vida con los escalofriantes aullidos y las luces giratorias azules de un voluntarioso vehículo acosando a otro hasta el borde de la auto aniquilación. más perturbada de lo que John-John la había visto j amás.la hembra— se estampó contra la parte trasera de la j aula. El padre de John-John huyó del escenario con la obvia intención de regresar al motel. El policía frenó. aullidos y rebuznos histéricos. entre el chirrido de los neumáticos y el ulular de las sirenas. empezó a distanciarse de ella. el muchacho no tuvo ninguna dificultad para cerrar la puerta de su vida con los Monegal y huir de casa.desde luego que no era culpa de su madre. cuando al parecer Jeannette decidió sacrificarlo en aras de su ambición.pero conduj o con una rapidez temeraria. Anna también estaba allí. A cinco o seis kilómetros de Ritki había sido interceptado por un coche patrulla que iba en dirección contraria. haciendo que uno de los neumáticos traseros saliera despedido de su yanta.Jeannette estaba esperando a John-John cuando este llegó por fin a casa. ocultar o suavizar ese hecho. H ugo siguió pisando el acelerador incluso cuando estuvo claro que la mayor potencia del coche estatal había decidido el resultado de su contienda. y H ugo quedó aplastado entre la columna de dirección y el techo del coche. la luz de la luna lo ayudó a ver con total claridad las j aulas que contenían a los monos rhesus. desde ese momento. D e vuelta de su estancia sabática en N ueva Y ork.por supuesto que no. acurrucado tras el abanico de ramas de los árboles. dio la vuelta y salió disparado tras el D art a gran velocidad. y ninguno de ellos sabía qué decirle al resto para alterar. N o. U no de los monos —irónicamente. — 156 — .

16 Reflexiones habilinas La tarde en que Elena traj o de vuelta mi pistola. El origen de mi confusión era sencillo: no sabía qué tipo de acercamiento y receptividad debía prevalecer entre nosotros. la favorita era Emilia. Los vínculos de parej a. Así pues. ya que Genly no estaba tan acobardado como en algunas ocasiones nos hacía creer. por llamarla de alguna manera.solía tener una favorita entre todas esas concubinas alternantes. como creo haber dicho con anterioridad.sino también para minimizar las posibilidades de un encontronazo brutal con Genly. llegué a la conclusión de que Alfie había tenido planes para Emilia desde el comienzo. quien se trasladó a vivir con él tras la muerte de Genly. pudiera obligar impunemente al amorcito de cualquier otro macho a meterse en su nido. P or tanto. tenía ciertas connotaciones humorísticas que en ese momento no me hacían ninguna gracia. Aunque el gallo residente del w adi. se habría arriesgado a tener otro altercado violento con su único rival entre los hombres. por supuesto. Esta confusión. En el caso de Alfie. estaba tan nervioso como un muchacho virgen de diecisiete años.o macho alfa. yo había ayudado a Alfie sin darme cuenta a encontrar una salida de la prisión en la que se había convertido su poder. Al meditar sobre esto. no solo para reafirmar su dominio sobre el grupo.pero su estatus entre los mínidos y su dificultosa relación con Genly no le habían permitido rendirse abiertamente a la monogamia.Alfie se había visto obligado a ofrecer sus afectos a Ginebra y N icole además de a Emilia. eran una característica común en el modo de vida habilino. Y a no tendría que imponerse sobre las esposas de Jomo y F red pa— 157 — . D e haberlo hecho así.

.puesto que Jomo era demasiado viej o y F red demasiado j oven como para representar algún tipo de amenaza. pero no siempre era así. en segundo lugar.ra poner de manifiesto su liderazgo. si bien confundido. tarde o temprano. Cualquiera con dos oj os en la cara hubiera acabado por comprender. había visto muchas cosas. que estaban entregados a esos menesteres. aquí te mato» en lugar de una invitación a los sacrosantos confines de su choza. Y . si se me perdona el uso de una frase desafortunada. Los habilinos eran un pueblo desinhibido. Alfie no renunció por completo a la compañía de las otras damas mientras establecía una unidad familiar con Emilia. tampoco es que fuese el único estilo de los mínidos. que hoy en día todavía siguen siendo las preferidas de los bosquimanos del K ala— 158 — .estuve a punto de tropezar con Malcolm y la señorita Jane. Y o también era un hombre feliz. P or descontado. Sin embargo. una parej a desaparecía en mitad de la espesura. aunque yo también colocaba la seguridad por encima de todo.ya que tenían lugar de puertas hacia afuera en una especie de «aquí te pillo. tenían un desahogo inmediato en sus relaciones personales.los oj os comunicaban más que los traseros o los montes de V enus. (En una ocasión. ¿Cuál era el motivo de mi confusión? En primer lugar. pero tenía la corazonada de que. P or lo general.. buscaban un lugar privado donde satisfacer la llamada de la naturaleza.más feliz. Era un hombre nuevo y. pero sus coqueteos adoptaron un tinte decididamente ilícito. y sin haberme entregado al voyeurismo de modo intencionado. ese tipo de acercamiento no iba con mi estilo. con el fin de facilitar el desacoplamiento en el caso de que apareciera un dinoterio o a algún puercoespín le diera por pasar por allí. aun así podían obtener placer con las demostraciones de amor desde la retaguardia.) ¿Se trataba de una serenata de amor o más bien de una melodía de consuelo mutuo? N o lo sabía. entre los mínidos. que los machos habilinos llevaban a cabo su cometido desde atrás y que. Sus ritmos naturales. medio escondidos entre la vegetación. se tumbaban sobre las briznas de hierba de la sabana y se mecían el uno en brazos del otro como si fuesen dos niños con miedo a la oscuridad. Siendo la variedad un condimento muy codiciado. donde. En ocasiones. a menudo sus compañeras permanecían de pie.al parecer. Las parej as copulaban cuando el cuerpo así lo exigía.

tras dej ar a un lado la incertidumbre que me provocaban sus intenciones. si es que tenía alguna. P or lo pronto. D espacio. Elena no tardó en quedarse dormida.la intensa luz de la puesta de sol dio paso a un brillante color berenj ena salpicado con un diseño puntillista de estrellas. tumbados sobre las hierbas que formaban mi catre. Todas las dudas y ansiedades que — 159 — . finalmente.hari. Los cánticos de los melancólicos habilinos cesaron y en el horizonte. desnudas baj o sus melenas largas y ralas.pero las muj eres habilinas. muy despacio. pero sus opciones parecían estar aumentando y sus gustos se hacían cada vez más católicos. aún no sabía si las muj eres habilinas disfrutaban de un estado de receptividad sexual constante o si estaban suj etas a un periodo de celo. Creo que escuchaba mi corazón. y a pesar de todo lo que había presenciado y conj eturado. descubrí los brillantes oj os grises de Elena clavados en mí. yo también me dormí.más allá de N ueva Elenburgo. A pesar de ser más fuerte que yo y de poseer unas manos capaces de desgarrar la caj a torácica de un hipopótamo muerto. Colocó la cabeza en el hueco que formaba mi axila y así nos quedamos. En tercer lugar. tal y como le sucedería a cualquier hij o de vecino. necesitaba un periodo de descanso y adaptaba las idas y venidas de las féminas conforme a un tiránico ciclo propio? Las hembras de los chimpancés desarrollan una voluminosa hinchazón que señala su receptividad a la cópula («damas rosas» había llamado Jane Goodall en una ocasión a las poseedoras de esas fragantes flores de la pasión).Ginebra y N icole a que entraran y salieran de su cabaña aprovechando la rotación de sus periodos de celo.siendo ese el único modo de asegurarse el puro placer de su compañía? ¿O lo habría hecho porque. no obstante.que en aquellos momentos latía a ritmo de calipso dentro del reducido tambor que era mi pecho. eran afortunadas al no tener que hacer alarde de un ramillete carnal tan llamativo. Tras dej ar la pistola a un lado.mi desgracia era la de no tener ni la más remota idea de las intenciones de Elena hacia mi persona. Y . ¿H abría invitado Alfie a Emilia. Estuvo así durante un buen rato. atraj e a Elena hacia mí. Cuando me desperté al amanecer.no se resistió.

Sin embargo.? Elena baj ó la mirada y no precisamente en un arranque de timidez. A pesar de haberme quitado los pantalones. Mi mente no dej aba de analizar y clasificar la información. y nuestro casero allá en W yoming. D esde que comenzara a vivir entre los mínidos — e incluso antes. Esa mañana. unas presas de primera para las velocísimas garras de un rapaz gigantesco.en primer lugar. Sus oj os se detuvieron en mis andraj osos pantalones.hasta la fecha.aunque no pudiese hacer mis cosas ante los oj os de los extraños. yo no era del todo igual que un mínido. El momento se prolongó y j amás podré olvidar su imagen mientras compartíamos aquel instante. la inseguridad y la animalidad que nos separaba? U na luz grisácea se colaba en mi cabaña a través de los huecos del tej ado de paj a y. «depravado». siempre había llevado a cabo mis necesidades biológicas en la intimidad y. que D ios los tenga en su gloria. se habrían descompuesto de haberse enterado de mis deseos.deshice el nudo del pañuelo roj o que llevaba alrededor del cuello y se lo ofrecí. N o obstante. me consideraría capacitado para ser un esposo satisfactorio.me asaltaran la noche anterior emergieron de nuevo.Elena no tenía la certeza de que baj o mis Fruit of the Loom no estuviese tan castrado como una B arriguitas de F amosa. P ete Grier. — 160 — .aquel en el que intenté ganarme su confianza con la misma baratij a y ella despreció la ofrenda alzando tanto el vello de su cuerpo como su garrote. Ella recordaba nuestro primer encuentro. Mis padres.me pareció que Elena y yo éramos ratones arbóreos.. muy al contrario. de modo que me apresuré a disipar sus temores con dedos temblorosos. «censurable». —¿Q ué? —pregunté a Elena—. «perverso». de colocar etiquetas poco favorecedoras a mis apetitos naturales: «animal».. era todo el aj uar que poseía. la oferta le gustó y me permitió que le colocara el pañuelo en el cuello como un regalo de compromiso. Elena ya no era una extraña para mí. habría visto más poesía al contemplar a uno de los muchachos de la granj a violando apresuradamente a una apática vaquilla que en la atracción adulta que la dispuesta Elena H abilina despertaba en mí. que había crecido en el campo. Si pasaba la prueba física. durante el periodo de entrenamiento con B abington en Lolitabu—. ¿Q ué podemos.en aquel momento. D e hecho. ¿Q ué quería de mí? ¿Y qué quería yo de ella? ¿Cómo íbamos a cruzar el abismo de la anatomía.

Me había convertido en un Tootsie R ol l * derretido dentro de una funda de látex arrugado. intenté hacer una concesión tanto al Sentido Común como a la Conciencia. conseguí que Elena dudase acerca de la naturaleza exacta de mi masculinidad. si es que soy capaz de hacer algo. de l as T) . Sin duda..en ese momento. Mi ardor se endureció con pasmosa velocidad. ¿no es cierto? — le dij e. Y al hacerlo.Elena.todo mi ánimo se vino abaj oa causa de la mezquindad de mi comportamiento. —P robablemente creerás que lo único que sé hacer es un «visto y no visto». D e repente.. voy a quitármelo. Como yo. me había golpeado desde el subconsciente y me había hecho ir en busca del botiquín. A pesar del profundo afecto y de la sana luj uria que la muj er mínida había despertado en mí. El fantasma de una enfermedad venérea. Elena quedó desconcertada. el viej o azote de los promiscuos y los incontinentes. ¿Es que tenía miedo de dej arla embarazada? N o. cosa que la dej ó enormemente sorprendida. N o obstante. era más fácil decirlo que hacerlo. el hecho de recurrir a un profiláctico dej aba claro que albergaba ciertas dudas que invalidaban la honestidad de mi pasión. procedí a desenrollar sobre el instrumento de nuestra inminente unión la blanquecina segunda piel que proporcionaba el condón y. N o. mi sinceridad quedó en entredicho.me di la vuelta para mirar a mi novia. la curiosidad no tardó en vencer al miedo y Elena trazó el contorno del anillo con el dedo. —D ame un minuto. Todas las evidencias disponibles sugerían que ella era estéril. habría visto las pieles desechadas de las serpientes en el suelo o colgando de las ramas de los árboles. desnudo y con una erección. Me aparté de ella rodando hacia un lado. y saqué de mi botiquín de primeros auxilios un condón envuelto en papel de aluminio. alisó las arrugas de la segunda piel y la saludó. incluso para mí mismo. Tras extraer con dificultad el círculo de látex del envoltorio. Elena me miraba con los oj os como platos.Incapaz de detener lo que estaba por venir. — 161 — . P uedo j urar * B arrita de chocolate ( N. Y .una vez colocado.avergonzado. no estaba pensando en Elena. Ella alzó la mano con precaución y tocó el borde del condón. P or supuesto.pero estaba claro que ninguno de los machos que ella conocía había procedido a invertir el proceso de muda en cuanto al particular fálico se refería.

sin apartarme de su lado. F ue entonces cuando me di cuenta de sus expresiones.. inflé la pálida piel del condón hasta que adquirió el tamaño de una bola de las que se usan para j ugar a los bolos y até el borde anillado tal y como mi madre hacía con los globos en las fiestas. N o obstante. Jomo y Alfie irrumpieron en la cabaña sin haber sido invitados. N o hay de qué preocuparse. P ero lo conseguí. debió arañar el tenso material con la uña porque lo siguiente que escuché fue una ensordecedora explosión seguida del involuntario chillido de Elena. F ue solo un globo. Jomo y Alfie se pusieron en cuclillas frente a ella y la miraron a los oj os para formular unas silen— 162 — . En la base del profiláctico.como si se tratara de una de esas repugnantes exquisiteces que tanto gustan a los franceses. fruto de la angustia. Me desinflé casi con la misma rapidez que mi condón.. F orcej eé hasta que pude alzarla un poco. D oy las gracias a N gai porque no se le ocurriera metérselo en la boca antes de que pudiera quitárselo. cerca del borde. la tendencia innata a despertar la risa que poseen los obj etos hinchados. U na vez quitado. Al instante la cerró y alargó el brazo para coger el globo. se abrazó las piernas y comenzó a morderse ese fascinante labio inferior morado. compañeros. —N o fue la pistola. ella se alej ó rodando hacia la pared. Inspirado por la noción de que nuestra unión era un rito solemne. Arroj ando a un lado el inservible condón. con alegría. —¡Jesús! —exclamé. además de una celebración. echa un ovillo en el suelo. Antes de que pudiera responderme. me apresuré a depositar sobre su frente un beso sincero con el fin tranquilizarla. Me lo arrancó de las manos y lo alzó sobre su cabeza. Jomo y Alfie habían reaccionado a la detonación del condón y sus más grises expectativas —otro habilino muerto por un disparo— parecían haberse hecho realidad al observar la postura de Elena. Aterrorizada. Explotamos un globo. Tanto mi condón como yo demostramos. el profiláctico aún seguía fascinándola. Elena puso los oj os como platos y abrió la boca. podía leerse: «F iabilidad testada electrónicamente». sin dej ar de hablarle con tono tranquilizador.que la electrólisis arranca el vello de forma menos dolorosa. Conseguí que Elena se incorporara y se sentara.

lo que habían visto a los compañeros que esperaban en el exterior. V olví a acercarme a Elena. Jamás volví a insultar a mi dama con otro condón. Genly estaba muerto. Cuando volvíamos a estar j untos y redescubríamos la satisfacción del acto. Mientras los inexpertos cantos de los habilinos se disolvían poco a poco en el silencio.mi grifería estaría estropeada durante una semana. Y yo también. cosa que podía recordarle lo cerca que yo había estado de hacer explotar la promesa de nuestro romance. si ella se contenía durante unos días de modo ocasional. Ambos nos adaptamos a las necesidades del otro y. pero nosotros estábamos vivos y esa diferencia era crucial. D e cualquier forma. Elena disfrutaba de un estado de receptividad sexual continuo. tras lo cual ambos hombres quedaron satisfechos.abracé a Elena.conseguí unirme a ella en un nivel tan elemental que unas cuantas semanas atrás me hubiera parecido impensable incluso a mí. Mis facultades no les intimidaron ni impresionaron. o eso me pareció. me examinaron con incredulidad. U na observación discreta me confirmó que Elena era diferente — 163 — .mi novia se dej ó engatusar. salieron de la choza y les contaron. Momentos después. N os tumbamos de nuevo en mi catre. abrazados. Si seguían con semej ante contemplación.de algún modo. Elena estaba sana y salva.al cielo del amanecer.ronca y gutural. su deseo sufría también ciertos altibaj os debidos seguramente a su ciclo menstrual. Llegué a la conclusión de que. Escuchando el eco cada vez más lej ano de la condenatoria voz del siglo X X en mi conciencia. Tras mirarse el uno al otro con la boca abierta y la misma expresión de «cara j uguetona» habitual entre los chimpancés j óvenes y los niños bosquimanos del K alahari. La crisis había pasado.más o menos del mismo modo que el ayuno prolongado contribuye tarde o temprano a minar el hambre.yo aprovechaba el periodo de abstinencia para hacer una purga de pasión. En cuanto los hombres se dieron cuenta de mi desnudez.le besé la frente y. ya que en ese aspecto de la feminidad era casi humana por completo. los mínidos comenzaron a entonar su alborada. fisiológicamente. nos alimentábamos el uno del otro como carroñeros hambrientos.pensé yo.ciosas preguntas que ella respondió mirándolos a su vez.

Aunque no se puede considerar que ella fuera — 164 — . Los otros mínidos. que confirmaban la humanidad de Elena. Mientras que D ilsey. A los oj os de N gai. en ocasiones apestaba. Sin embargo. y allí le froté la espalda y el abdomen con una piedra pómez. cazábamos y recolectábamos comida j untos. poco después descubrí otras pruebas.. Insisto en este punto porque hay un buen número de personas cuyos prej uicios les obligan a negar lo que para mí fue algo evidente desde nuestra primera cópula.atraj e a mi novia hasta la escasa agua que quedaba del curso de un río. en realidad.con la excusa de j uguetear.los pétalos de los genitales de Elena florecían en una posición más frontal. sino sublime. Me viene a la cabeza un segundo defecto. Elena y yo manteníamos una relación de amistad y compañerismo.marido y muj er. N o obstante.con toda seguridad.Emilia y el resto de las muj eres tenían la vulva dispuesta prácticamente debaj o del ano.) D urante esos intervalos que separaban nuestros arrebatos de pasión. no podía hablarme. incluso mej ores que esta. técnica que preferíamos a todas las demás. N o le gustaba estar sucia. El sentimiento de comunión que experimentábamos nos impedía alej arnos el uno del otro. no muy lej os de N ueva Elenburgo.éramos. pero no quiero adelantar acontecimientos. y la falta de agua en la zona dificultaba la solución de este problema. vagábamos por el pastizal y por el bosque de ribera hombro con hombro. P ara empezar. igual que los sarnosos australopitecinos.a la mayoría de las féminas habilinas en cuanto a la disposición de los órganos sexuales. (P or supuesto.. B uscábamos entre la carroña.al menos.demostrándome con una serie de murmullos incoherentes la gratitud propia de una j ovencita. N o siento vergüenza o rubor alguno al recordar sus defectos. U n día. Elena podía prorrumpir en alegres monólogos ininteligibles pero. Su pelo era una maraña grasienta o cubierta de polvo. Este emplazamiento facilitaba la consumación de nuestra mutua luj uria cara a cara. solían copular al estilo mandril. no idealicé a Elena.Elena era un ser humano a mis oj os y el nuestro no era un amor animal. D espués del proceso olía mej or y comenzó a comportarse de forma coqueta. salvo algunas excepciones poco frecuentes según mis apreciaciones.Ginebra. Y o le quitaba los pioj os y ella me daba bayas y ratones arbóreos.

D urante mi entrenamiento especializado para el Esfinge B lanca en la B ase Russel-Tharaka de las F uerzas Aéreas. «hablaban» mucho mej or mediante las expresiones faciales y los movimientos de los oj os. Sin embargo. no solo porque las trepanaciones de los cerebros homínidos habían demostrado que tenían unas incipientes áreas de B roca. En lugar de eso. Los seres humanos habían logrado un éxito razonable a la hora de enseñar el lenguaj e de signos norteamericano a los chimpancés y a los gorilas. que tenían muy poco que ver con la neurología del habla humana. Y llegué a la conclusión de que sí. que fluye como un haz de luz desde las profundidades neocorticales de las áreas de B roca y W ernicke. los balbuceos de Elena eran voluntarios y uniformes en cuanto a su contenido. los murmullos y gritos babel escos de Elena tenían un origen límbico. según deduj e por los conocimientos que tenía del tema. Aun así.sino porque mis habilinos poseían un repertorio de sonidos mucho más extenso que el de cualquier otro animal. D ecidí entonces que Elena debía aprender a hablar. (Cuando. no está ronca o acatarrada. comenzaba a echar de menos las inapreciables estupideces de una conversación humana. pero «primitivos» en el sentido de que procedían de un tej ido cerebral más antiguo que el del habla humana. según se dice. En cambio. firme y lúcida. yo no conocía ese lenguaj e.difícil de imitar incluso por mí. Es decir. Sobrexcitados.) Me preguntaba si Elena tendría los recursos cerebrales necesarios para aprender lo que ya había resuelto enseñarle. y los gestos de los mínidos encerraban demasiadas sutilezas y matices como para que yo lo comprendiera. H abría dado dos años de sueldo con sus correspondientes pagas extraordinarias por escuchar de sus labios un simple:«¿Lo caliento más?» o «¡Q ue tengas un buen día!». Los investigadores pueden provocar que un mono rhesus exprese todo su repertorio de gritos y aullidos aplicando una serie de corrientes en el lóbulo límbico por medio de unos electrodos colocados a modo de espitas. los monos parlotean indiscriminadamente. los lobos comunican — 165 — . B lair me había mostrado algunas de las más recientes líneas de investigación sobre la vocalización en los animales y. del mismo modo que. lo único que obtenía eran melodías discordantes y un buen número de susurros y barboteos incomprensibles. claro está. más clara.culpable de semej ante falta.

Tardé todo el día en enmendar el descalabro. cosa que conseguí gracias a una paciencia sobrehumana y al ingenioso uso de mi espej o de afeitar. Le gustaba su propio aspecto.los pronombres se negaban a sí mismos o se malinterpretaban en cuanto el instructor se señalaba el pecho o asentía con la cabeza hacia su pupila. Era un espej o circular. sin dej ar de murmurar: «io.dicho sea a su favor. Los pronombres eran confusos y exasperantes.yo. tanto el texto en sí como los comentarios se realizaban en un alfabeto de lo más ininteligible para mí y. P or supuesto. Comencé con los pronombres. io. P ronunciamos. Aunque Elena fue capaz de articular la palabra. aunque llegué a comprender parte del lenguaj e gestual que Elena realizaba con los oj os. Y o. io». la pronunció como si se tratara del prefacio de un espeluznante grito de guerra. Como si se tratase de una antigua película de Tarzán o de uno de los números cómicos de Abbot y Costello. Me dio un vuelco el corazón nada más escucharla.enmarcado con una banda de aluminio. en más de una ocasión se alej ó tanto de nuestro propósito inicial que me costó sudores volver a retomar la lección. D e hecho. U nos labios fruncidos o unas cej as alzadas proporcionaban comentarios convincentes a este tipo de comunicación. comenzó a golpearme el pecho una y otra vez con uno de sus pulgares nudosos.y Elena se sumergió en sus halagos plateados del mismo modo que un cisne se zambulle en el agua. y no llegó nunca a confundir su reflej o en el espej o con una extraña bidimensional atrapada en el interior de la montura de — 166 — . P uesto que no me había afeitado desde que me mudara a N ueva Elenburgo.yo. N o me importó. Elena. Cada palabra que yo pronunciaba era una nueva excusa para deleitarse en su propio reflej o. decidí que tenía que enseñarle a hablar inglés. Por desgracia.ella no había visto el espej o con anterioridad. U na mirada de reoj o o un parpadeo podían informar a cualquier otro miembro del grupo de la localización de ciertas verduras en las cercanías.enunciamos y movimos los labios con el fin de articular sonidos significativos mientras nos mirábamos en el espej o de mano.toda una variedad de estrategias caninas y deseos.cuando intenté hacerle entender el valor semántico de la palabra para demostrar que había comprendido el concepto. —Y o —dij e a la vez que me señalaba—. Exactamente igual que los mínidos.no perdió el interés.

a través de cuyo tej ido podía contemplarse de modo indirecto. Tomando como base nuestro prometedor comienzo (cinco «palabras» en otros tantos días).Elena podría adquirir una capacidad oratoria real en diez o doce años más. Elena —como si yo necesitase otra evidencia más— era consciente de sí misma.«miii» y «tuuu»— eran poca cosa en la que basar semej ante fantasía y era consciente de ello. Así siguió. que en el proceso se convirtió en un pañuelo para la cabeza. Mi espej o. se convirtió en una dama musulmana que proclamaba el privilegio y el sufrimiento de tener que usar el purdah. — 167 — . Mientras repetía su decepcionante aproximación de la palabra «espej o». transformó el pañuelo en una venda para los oj os. —D i «pañuelo» —insté a mi novia—.el vocabulario de cinco palabras que Elena ya poseía parecía una hazaña histórica. —Niol o —dij o Elena. se quitó el pañuelo que yo le había anudado al cuello y lo alzó hasta colocarlo delante de su nariz y sus labios. P or supuesto. D e forma lenta y frustrante. Llegados a la quinta tarde de clases de lenguaj e. —Puej o —contestó—. yo no había pronunciado mi primera palabra inteligible hasta bien entrados los dos años. En aquel momento. Pueej o. D e acuerdo con Jeannette.hacía mucho que Elena había dej ado atrás los dos años. pero progresando al fin y al cabo.U ganda. D espués.un milagro. Intenté que pronunciara la palabra.mientras trataba de que Elena no apartara el rostro del espej o.incluso. alzándolo un poco más. me lo dio para que lo sostuviera. desde mi llegada al grupo había estado expuesta de modo intermitente a pequeños esbozos de un amplio sistema lingüístico. N o quería darme por vencido tan pronto. P a-Ñ U E-lo. acicalarse y contemplarse en su diminuta ventana a la vez. P or un breve instante. pero tenía la sensación de que Elena y yo estábamos progresando.aluminio.Tanzania y Z arakal. Como no podía aguantar el espej o. «P uej o» y «niolo» —j unto con «io».en un dominó para un baile de disfraces.no había hecho otra cosa que proporcionarle la oportunidad de caminar sobre las aguas de su propia consciencia.sin embargo.en unas orej eras e. subiendo y baj ando la pañoleta.me imaginé a mí mismo como el progenitor de un dialecto ur-sw ahili cuyas lenguas descendientes serían las que un día se hablaran en K enia.

N o traté de enseñarle ni mi nombre ni el suyo por temor a que dotara a cada uno de ellos con una connotación genérica; Joshua lo entendería como la palabra que designaba a «hombre» y Elena sería el vocablo para «muj er». Además, comenzaba a sentirme un poco culpable por haberla bautizado con el nombre de la esposa favorita de Thomas B abington Mubia. O quizás por el hecho de que para la mayoría de los occidentales ese nombre simbolizaba la apoteosis de belleza femenina, nada más lej os de la imagen de negrura primigenia de mi dama. N uestro vocabulario anterior corrompe, y lo que yo había aprendido en el hogar de Jeannette Rivenbark Monegal había influenciado —es decir, corrompido— mi percepción del mundo. En cuanto a mi nombre,al creer que Elena j amás sería capaz de pronunciarlo,nunca lo dij e en voz alta. —M iii peej o —dij o Elena al hacer un descanso en nuestra clase del quinto día para unirnos en comunión vespertina al resto de los mínidos—. M iii peej o. Ella tenía el espej o en la mano,su espej o según acababa de decir,y antes de que pudiera quitárselo,salió de nuestra choza y trepó por el sinuoso parapeto de piedra hasta llegar a la cima de la colina en la que se habían reunido los demás. El viej o Jomo estaba sentado a la sombra del único árbol que había, una higuera, mientras su consorte,Ginebra,le quitaba los pioj os de la espalda. Elena colocó el espej o baj o la nariz de Jomo. Aquella acción lo asustó tanto como si le hubiera arrancado su rugoso rostro y tras estirar las gomillas que lo unían a su cráneo lo hubiera soltado para golpearlo con él. El hombre retrocedió, rodeó a Ginebra con un brazo y miró a Elena, espantado. Intenté quitarle el espej o, pero ella murmuró: «Miii peej o», a modo de regañina. Jomo, que ya se había recuperado, cogió el espej o de manos de Elena y contempló estupefacto su insípido semblante. Ginebra echó un vistazo por encima del hombro de su esposo. A nuestro alrededor comenzaron a agruparse otros mínidos, tanto niños como adultos. Ahora que ya no tenía miedo, Jomo se mostraba celoso de su nueva posesión. Le costaba trabaj o ignorar la presión de los curiosos mirones, muchos de los cuales se habían puesto en cuclillas, bien a su lado o bien detrás de él, y extendían los brazos con las palmas de las manos hacia arriba a modo de paciente súplica. Y o permanecí a un lado y me limité a observar. Todo el mundo quería el espej o. P uesto que un noventa por ciento
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del derecho sobre un obj eto era su posesión,nadie intentó quitarle el espej o a Jomo,pero ni uno solo de ellos cesó en sus súplicas. Incluso Alfie había conseguido colocarse en una posición aventaj ada baj o la higuera. Con una escurridiza versión de sí mismo en la mano, Jomo devoró semej ante y deliciosa curiosidad mientras los demás apelaban a sus más nobles instintos para que les dej ara hincar los dientes también. ¿Cómo podía seguir negándose ante una petición tan educada? D e hecho, no pudo. P or fin, Jomo se alej ó de Alfie y le pasó el espej o a su envej ecido compañero Jamón,quien se acuclilló y apoyó la espalda contra el tronco del árbol. P ara demostrarse a sí mismo la cambiante afabilidad del tonto del espej o, Jamón se agarró la nariz, parpadeó y se tiró de las orej as. U na docena de manos temblaba a menos de medio metro de distancia de su rostro, exigiendo estoicamente su turno. P or fin, Jamón,igual que había hecho Jomo antes que él,cedió a la presión colectiva. Le dio el espej o a D ilsey. A pesar de su estatus como j efe del clan,Alfie fue ignorado de modo temporal,ya que D ilsey le cedió el espej o a O detta,quien se lo dio a V eloz,su hij o,quien se aburrió en cuestión de segundos y lo dej ó caer en las garras del vivaz adolescente señor P ibb,quien se lo entregó a Roosevelt que, quizás en conmemoración a nuestra anterior entrega de regalos, me pasó el frágil espej ito. Para entonces,Alfie lo contemplaba todo con tanta tristeza que a punto estuvo de ganarse mi simpatía. Sin embargo,aparté la mirada y grité: —Esperad aquí;no tardo nada. Y baj é a la carrera la colina, camino de mi choza. Momentos después, regresé j unto a los mínidos con un bote de espuma de afeitar Colgate con olor a lima. Los habilinos contemplaron, con pavor y respeto, cómo me cubría la cara con la espuma y después,cediendo a un impulso travieso, comenzaba a esparcirla aquí y allá para ver su reacción. Espantados al ver que la parte inferior de mi rostro desaparecía con la espuma,B onzo y el Embaucador se taparon los oj os mientras el resto de los niños me miraban con las bocas abiertas, como aquellos que se quedan mirando un accidente de coche. Malcolm y Jamón se llevaron las manos a las mej illas y se dieron unos golpecitos nerviosos en la barbilla para asegurarse de que el fenómeno no era contagioso. Entre murmullos y cantinelas, las muj eres se con— 169 —

gregaron alrededor de sus respectivas parej as en busca de amparo o consuelo. Elena, sin embargo, retrocedió unos buenos seis metros,se puso en cuclillas y se rodeó las rodillas con los brazos. Alfie avanzó despacio hasta ponerse a mi lado. Extendió la mano,demandando mi atención. Alcé el bote de espuma de afeitar y presioné el aerosol hasta que se formó una bola de espuma en su mano. D io un respingo, pero no huyó a la carrera en busca de un refugio. Snif f ,snif f . U n penetrante olor a lima. Lo que, para un habilino, quería decir que era comestible. Seducido por la fragancia, Alfie probó la espuma. ¡ Puaj ! Escupió la repugnante sustancia antes de limpiarse la mano en el suelo. Cuando volvió a alzar la mano, le di el bote con mucho gusto. Encantado, si bien algo suspicaz, Alfie localizó el pulsador en la parte superior y formó entre sus pies un monumento de merengue que le llegaba hasta la espinilla. Cuando retiró el dedo,tanto él como el resto de los mínidos contemplaron el resultado. Todos estaban impresionados,incluido el arquitecto. Se marchó con el bote de vuelta a la higuera y colocó una charretera de espuma en uno de los hombros de Emilia. Cuando esta huyó de sus atenciones,regañándolo por haberla decorado, Alfie se acercó a papá Jamón y le colocó una pequeña barba de aspecto níveo. Ginebra le quitó el bote en ese momento y, pasándolo por debaj o de sus piernas, lo lanzó en dirección a Malcolm que, cogiéndolo con la misma agilidad que Maury W ills atraparía una bola al segundo salto,se lo pasó a Fred. Fred adornó al señor P ibb con un festón de espuma antes de subirse a la higuera. Alfie, Roosevelt y el señor P ibb lo persiguieron tronco arriba. Mientras el grupo de mínidos aullaba a los incompetentes trepadores,me acerqué a Elena,la ayudé a levantarse y,j unto a ella,emprendí el camino de vuelta a nuestra cabaña. Gracias a la distracción,había salvado mi espej o. Al mirar por encima del hombro, vi que de las ramas de la higuera colgaban unas cuantas boas de evocadora blancura, como si hubiera caído una nevada en esa árida zona ecuatorial del Z arakal prehistórico. P oco después, los mínidos entraron a la carga en N ueva Elenburgo detrás de nosotros,liberando fluorocarbonos en
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la atmósfera pleistocénica y enluciendo las grietas de las cabañas con espuma de afeitar. El aroma a lima podrida flotó en el aire durante toda la noche, perfumando nuestra ciudadela y, por la mañana, los terrones de espuma que decoraban las chozas recordaban a un montón de paneles de avispas blanqueados y abandonados. En cuanto al aerosol, lo encontré un par de días después en las ramas de un pequeño arbusto de euforbia, en la base de la colina. Tal y como llevara a Genly a un suicidio accidental, había guiado a sus compatriotas hasta las delicias de arroj ar la basura a cualquier lado y la guerra de aerosoles. C ‘ est l a vie. Elena y yo seguimos con nuestras clases de lenguaj e. El espej o, que poco antes me había servido para confirmar el emplazamiento frontal de sus órganos reproductores, demostró seguir siendo de valiosa ayuda. P or desgracia,su valor principal residía en el hecho de que mantenía el interés de Elena, ya que no era capaz de pronunciar correctamente las palabras que intentaba enseñarle, y la adquisición de un vocabulario inglés se había quedado atascada en diez u once palabras. Si no tenía en cuenta los pronombres, el único término abstracto incluido en el lote era «amor»; pero todavía no me atrevo a asegurar que ella reconociera las posibilidades de la palabra para conj ugarla como verbo o no. Sin embargo, era capaz de repetir como un loro una frase que le enseñé, la cual incluía esa palabra. A menudo he buscado consuelo durante las noches más melancólicas fingiendo que ella sabía exactamente lo que estaba diciendo. ¿Q ué cuál era la frase? ¡V aya!, «te amo», por supuesto. N o la transcribo tal y como Elena la pronunciaba porque semej ante declamación bien podría darle a la oración un matiz cómico. N o obstante, si bien no suelo recordar mi relación con Elena sin reconocer la parte humorística del asunto, en este caso no quiero despertar vuestras carcaj adas. Todos guardamos con cariño ciertos recuerdos,y el modo especial en que Elena pronunciaba «te amo» es uno de los míos.

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17 P ensacola,F lorida
Julio de 1985

Joshua se deslizaba a través del tráfico de las cinco en su destartalada K aw asaki roj a,inclinándose primero hacia un lado y después al otro mientras convertía la playa en un borrón blanco a su izquierda; cuando el asfalto se veía bloqueado por demasiados automóviles y caravanas, utilizaba el arenoso arcén derecho de la autopista como un pasillo privado hasta P ensacola. Estaba sucio, sudado y lleno de manchas de pintura, pero, de haberse detenido en el remolque para cambiarse de ropa y comer algo,se habría perdido, casi con toda seguridad, la llegada de B lair al auditorio. Tenía que estar allí, no solo a tiempo para escuchar los comentarios iniciales del Gran H ombre,sino lo bastante pronto como para pillarlo fuera del edificio y hacerle saber que B lair no era el único experto en la ecología pleistocénica de Á frica O riental en la franj a de F lorida. Joshua K ampa —alias John-John Monegal— era otro; un experto que no contaba con una educación formal,pero sí con una enorme experiencia de campo. D e hecho, se había convencido a sí mismo de que toda su vida anterior había estado encaminada a ese encuentro con B lair. Alistair P atrick B lair, el famoso paleontólogo experto en homínidos del Estado africano de Z arakal. Serpenteando entre el tráfico, Joshua repetía el nombre casi como si fuera un encantamiento, un mantra: Alistair P atrick B lair, Alistair P atrick B lair, Alistair P atrick B lair... Al repetir el nombre para sus adentros, se convenció a sí mismo de que la visita del hombre era real, así como de la infalibilidad de su encuentro con él. El encantamiento borró de su mente cualquier distracción,
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cualquier posible impedimento que obstaculizara su obj etivo. La K aw asaki,a las órdenes de algún implacable P oder Supremo,se dirigía por sí misma a P ensacola... Tres días atrás, Joshua había leído en el New s-Journal que B lair iba a dar una conferencia esa noche en una de las facultades locales. Con el fin de conseguir fondos para sus investigaciones en el Lago K iboko, en el D istrito F ronterizo N oroeste de Z arakal, había viaj ado a los Estados U nidos baj o el patrocinio de la F undación Americana para la Geografía para dar una serie de conferencias públicas. Esta parada en P ensacola,una ciudad que no entraba dentro de su itinerario original, se debía supuestamente a su amistad con un militar norteamericano que en una ocasión había visitado las excavaciones del Lago K iboko con un contingente de la Embaj ada de los Estados U nidos en Marakoi,la capital de Z arakal. Cualquiera que fuese la razón, Alistair P atrick B lair se encontraba en la F lorida septentrional, ahora casi a tiro de piedra, y pronto Joshua y él se verían las caras en el camino de acceso al auditorio. D espués de todo, ¿cuántas veces se dignaba una autoridad en evolución humana famosa a nivel mundial —por no mencionar el único ministro blanco del gabinete de Z arakal— a mostrar sus diapositivas y a otorgar un discurso para una audiencia de habitantes del Condado de Escambia? Según el periódico, j amás. B lair había visitado Miami con anterioridad, pero nunca P ensacola, y Joshua corría al encuentro como un loco. D urante doce años,desde que empezara a grabar sus viaj es astrales en cinta, Joshua había leído y asimilado a conciencia todos los libros sobre el P leistoceno en Á frica del Este, sobre investigaciones paleoantropológicas y sobre taxonomía humana que habían caído en sus manos. En la mayoría de estos tomos se mencionaba a B lair y se le equiparaba con todos los más destacados buscadores de fósiles y catalogadores que habían aparecido tras la P rimera Guerra Mundial, y solo en el último año, el Gran H ombre había consolidado su posición, al menos en términos populares, al ser el invitado del controvertido programa de televisión «Comienzos». Así pues, ¿quién mej or que Alistair Patrick B lair para responder a las preguntas de Joshua, las preguntas de alguien que había visitado realmente los territorios de la época que B lair trataba de reconstruir? P ues nadie. N adie salvo el paleoantropólogo de Z arakal podría confirmar la legitimidad de los sueños de Joshua.
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Llegó a la facultad casi una hora antes de tiempo y se sentó sobre la moto en un lugar del amplio bulevar rodeado de palmeras, desde el que podía ver con claridad las dos puertas por las que se suponía que B lair entraría al auditorio. Su plan fracasaría solo si el Gran H ombre ya se encontraba dentro. P ero esa posibilidad le parecía poco probable. El tiempo de B lair era demasiado valioso como para desperdiciarlo ej ercitando sus cuerdas vocales con los funcionarios de la facultad local en un edificio sin aire acondicionado. Llegaría desde algún otro sitio,probablemente con escolta. El aparcamiento de la facultad comenzó a llenarse, y la gente, ataviada con ropa de verano holgada, se arracimaba baj o el techo del pórtico que había frente al auditorio. El reloj digital de Joshua marcaba las 7: 43. D iecisiete minutos más. Se acercaba la puesta de sol. Joshua sacó una pequeña libreta del bolsillo de sus pantalones de trabaj o. En la primera página escribió su nombre, dirección y número de teléfono. D espués, baj o el número de teléfono, dibuj ó una diminuta mano de cinco dedos y rellenó el interior con unos apresurados rayones. U na firma de su infancia, una que creía muy apropiada para su inminente encuentro con Alistair P atrick B lair. Arrancó la hoj a de la libreta,se limpió las manos sudorosas con el dobladillo de la camiseta, y plegó con cuidado la nota para el paleontólogo. Mucha de la gente que llegaba a la facultad para escuchar el discurso de B lair lo miraba con atención,y de pronto comprendió por qué. U n gnomo negro con la ropa sucia,sentado en una motocicleta j aponesa y agitando un papel entre los dedos como si quisiera secarlo... N o se parecía mucho al aficionado típico a la paleontología, y su presencia cerca de la facultad resultaba, probablemente, una vaga amenaza para algunas de aquellas personas. U n guarda de seguridad que estaba baj o la galería —un corpulento hombre negro— tampoco le quitaba el oj o de encima. Cinco minutos después, un viej o Cadillac descapotable —una especie de automóvil tan rara en aquellos días que Joshua apenas podía creer que aquel fuera de verdad— se detuvo frente a la puerta lateral del auditorio. A pesar de que la oscuridad era cada vez mayor, B lair era una figura reconocible en el asiento trasero del descapotable. Joshua lo identificó por la frente alta y bronceada,su impresionante bigote blanco y su marca distintiva cuando estaba de gira:una holgada camisa de algodón estampada con diseños tri— 174 —

bales. Joshua arrancó la moto y la conduj o a lo largo de la avenida hasta la acera paralela al lugar donde se había detenido el Cadillac. Se colocó entre el descapotable y los escalones que conducían a la puerta lateral del auditorio. —P erdone, señor. D iscúlpeme, doctor B lair. Tengo que hablar con usted. El otro hombre que iba sentado en el asiento trasero —un coronel de las F uerzas Aéreas con un almidonado uniforme— se incorporó un poco para examinar a Joshua. —Si tiene una entrada,j oven,puede... —V oy a comprar una en la puerta. —B ien. Eso es lo que hay que hacer. P uede escuchar la charla del doctor B lair sin hacerle malgastar su tiempo aquí fuera. —P ero yo... —V amos, aparte ese armatoste. Tiene un horario que cumplir y usted nos está retrasando. Joshua se apartó del descapotable, aparcó la moto baj o una de las palmeras que se alineaban en la acera y se abrió paso a toda prisa entre la multitud para interceptar al paleontólogo en su camino hacia el edificio. Antes de que alguien pudiese separarlo de B lair o echarle la bronca por sus malos modales, colocó su nota en la mano del Gran H ombre y baj ó con rapidez los escalones hacia la avenida. —¡N o lo tire! —gritó—. ¡Guárdelo,señor! ¡Guárdelo! B lair lo observó con curiosidad, se llevó el borde del papel plegado a la frente y, baj o los susurros admonitorios del coronel de las F uerzas Armadas y de un segundo escolta vestido de civil, desapareció a través de la puerta que había al final de las escaleras. U na vez dentro, Joshua se colocó contra la pared occidental del auditorio. El corazón le latía con fuerza. Casi con toda seguridad, B lair y sus acompañantes creerían que era un activista político, posiblemente uno de los oponentes al controvertido acuerdo según el cual los Estados U nidos habían financiado, construido y conseguido el acceso a un par de modernas instalaciones militares en tierras zarakalíes, una base naval en B ravanumbi, en el océano Indico,y una base aérea en el desierto interior. Sin embargo,la política mundial no entraba dentro de los intereses de Joshua; lo que
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y se paseó de un lado al otro de la plataforma mientras recitaba de un tirón el prólogo informal de su programa.con soportes y una pantalla portátil. que se miraba las rodillas o hablaba en susurros con el coronel mientras la j oven pronunciaba su discurso. Cuando concluyó. A la postre. se alinearon sobre el estrado. D urante más de veinte minutos. alentado. B lair disertó sobre las diferencias existentes entre su valoración de los recientes descubrimientos africanos y las valoraciones de sus principales adversarios en la investigación paleoantropológica del lugar. La mayoría de los que estaban sentados en las sillas plegables de metal dispuestas sobre el suelo de madera del auditorio — que durante el periodo lectivo era un campo de baloncesto— o bien lo ignoraba con deliberación. B lair y los Leakey eran miembros de una gran. con la calva reluciente. pasó a la siguiente parte de su actuación. o bien se preguntaba dónde había dej ado la escoba.quería era sobrevivir a esa tarde y poder intercambiar unas cuantas palabras en privado con el paleontólogo. A ellos también les gustaba burlarse de él.los Leakey de K enya. confesó. Joshua se echó a reír con todos los demás.pero seguía siendo vigoroso y seguía disfrutando de la adulación y del trabaj o. Esto provocó una oleada de risas. —A pesar de que alguno de nuestros colegas en otros campos se oponen con fervor al hecho. y una funcionaria de la F undación Americana para la Geografía —una muj er atractiva con un colorido vestido de verano— se colocó frente al atril para presentar al Gran H ombre.aunque le gustaba burlarse de ellos por su exceso de entusiasmo.los paleontólogos especializados en homínidos somos asimismo miembros de otra importante familia: la llamada H omo sapiens. testaruda y heterogénea familia: el clan de los paleontólogos expertos en homínidos. B lair. el coronel de las F uerzas Aéreas y otras cuantas personas. Los Leakey y él eran buenos amigos. El punto clave de esta parte era un elocuente apóstrofe a — 176 — . Empezaba a arrepentirse de no haberse tomado algo de tiempo para cambiarse de ropa y comer. el bigote húmedo por el sudor y la camisa empapada. y B lair. la audiencia aplaudió con entusiasmo y B lair caminó hacia delante con los brazos extendidos hacia los lados y una sonrisa cautivadora. Tenía alrededor de setenta años. El estrado había sido cuidadosamente preparado antes de su llegada.

El afamado habil is a quien ahora descubrimos en la estacada. representaba otra forma diferente de homínido inmediatamente anterior al H omo erectus. y su a menudo ridiculizada afirmación consistía en que el H omo zarakal ensis. Los Leakey afirmaban que el H .. Richard Leakey había argumentado de modo convincente que B lair había creado una especie entera a partir de un cráneo fragmentado.como H amlet en la escena del cementerio. pero lo bastante sagaz para ensombrecer a los brillantes Leakey.era el primer homínido merecedor de la poco científica descripción de «humano».pobre Richard! Tu cráneo ha permanecido enterrado tres millones de años. Los paleoantropólogos parecían genéticamente destinados a figurar en los medios.la réplica en yeso del cráneo de un homínido que B lair. un antiguo poblador del propio país de B lair. no se podía decir que B lair fuese el primero.u H ombre de Z arakal. En otras palabras: el hombre de Z arakal. B lair suj etaba el cráneo de yeso y se dirigía a él con enorme sentimiento: «¡Ay. En aquel momento. Tú eras un compañero de limitada inteligencia.rodeado de mucha controversia.la especie que había mutado de forma gradual para convertirse en el primer y auténtico representante del H omo sapiens.. H abía descubierto el cráneo original de esa réplica dos años atrás en sus excavaciones de K iboko. ni modelo de Rodin. no es ningún meditabundo precursor nuestro. y varios e insustanciales siglos por añadidura. D e ser así. — 177 — . un chupito de w hisky irlandés y una pizca de chovinismo zarakalí. D e hecho. ni germen del genio.había denominado H omo zarakal ensis. zarakal ensis —un término que Richard utilizaba de forma invariable entre comillas o en cursiva— pertenecía en realidad a la especie ya conocida como H omo habil is.

este habil is un simio erguido de la especie australopitecina.Sino simplemente.tal vez.Richard. ¡Ay.volvió a colocarla sobre la mesa de la que la había cogido al principio e hizo un gesto — 178 — . B lair le dio un beso en la frente a la calavera. H ij o testarudo. aquí te anuncio.» El Gran H ombre hizo una pausa.hacer monerías con nuestra nomenclatura. erectus en el ascenso a nuestros sapiens. A pesar de que ese rimbombante discurso pseudo-shakespiriano no tendría mucho sentido para algunos de los que estaban allí. Y .a pesar de que un mono con cualquier otro nombre.clavó los oj os en las cuencas vacías de la calavera. es nuestro más antiguo padre en la línea del hombre mono.Richard.abatido Richard.pobre Richard! El habil is ha sido depuesto.el H ombre de Z arakal!» U n hombre con talento para el espectáculo. inspiró risas ocasionales y una cascada de aplausos al final. con su profunda voz de baj o resonando en el viej o auditorio como el sonido del mar: «O h. Z opencos tocayos los de mi llorado colega. ¡Larga vida al sucesor.además de muerto. necesite. predecesor del H . en las ancianas ruinas de esta fría caj a craneal.sino a los monos australes tanto del tipo robusto como del grácil. mi afirmación de que este cráneo y no tu hermano Leakey de las coladas de lava del K oobi F ora. y comenzó a declamar de nuevo. tú has zarandeado de nuestro zarandeado árbol genealógico no solo a los habilinos.

Tenía unos enormes cuernos retorcidos que medían.para que apagaran las luces del auditorio.Joshua comenzó a temblar. Apareció en pantalla un fantasioso miembro del género de ovinos o bisontes llamado Pel orovis ol duvaiensis. pero nunca se lo había encontrado durante sus recurrentes paseos talámicos al P leistoceno y. A continuación. Esta era de un H ippopotamus gorgops.por favor.de una prominente artista zarakalí. sin exceptuar a Alistair P atrick B lair. ¿acaso había conseguido llevarla a cabo? Joshua era la única persona de las cercanías. se proyectó una serie de diapositivas de pinturas. Confesó que gran parte del trabaj o. y la artista había dibuj ado de forma experta el estrabismo de oj os saltones típico de todo el clan de estos hipopótamos. U na vez hecho esto. —Siguiente diapositiva. por tanto. según B lair. algo que Joshua no había esperado.incluso en un yacimiento paleoantropológico fructífero. Además. Sin embargo. que sería capaz de decirlo. ya no tenía paciencia para el laborioso y arriesgado trabaj o de limpiar un descubrimiento fósil in situ. trabaj ando sobre fragmentos de huesos e imaginativas sospechas taxidermistas. Los j óvenes tenían manos más firmes para eso. Era extraño darse cuenta de que esa artista. A pesar del calor. con sus prominentes arcos ciliares y sus oj os periscópicos. ¿Con cuánta precisión había llevado a cabo la tarea? D e hecho. —P rimera diapositiva. — 179 — . Joshua había leído sobre ese animal. no podía sacar conclusión alguna acerca de la precisión del retrato. se dispuso a narrar una colorida y comprensible sesión de diapositivas que intercalaba fotografías panorámicas de las excavaciones del Lago K iboko con primeros planos de descubrimientos fósiles recientes. Joshua lo reconoció gracias a sus sueños. unas minuciosas reconstrucciones de animales del P leistoceno. como si hubiera soltado parte de la carga de semej antes cuernos sobre la criatura de la pintura. tres metros de punta a punta. se sintió como mareado. la vida salvaj e nativa y de muchos de sus asistentes en el lugar. había tratado de dar forma a la asidua materia protagonista de sus sueños. era francamente aburrido y que él no era de esas personas que disfrutaban con entusiasmo al deambular por las coladas de lava a temperaturas de treinta y ocho grados centígrados.

. Errores absolutamente comprensibles.extraña característica.apenas visible j unto a la pantalla. —B ueno. —Tiene razón. Muy bien.nadie le ha dado aún un nombre a nuestra. Sin embargo. Las criaturas tenían cuellos moderadamente largos. —¡U na especie de caballo! —gritó un niño..con crines y hocicos semej antes a los de los caballos. Si bien los dibuj os de esos animales estaban cerca de conseguir una precisión absoluta —y algunas veces así lo hacían—. Joshua dij o: —Son calicoterios.Siguieron más diapositivas: j irafas con cornamentas que recordaban a las de los alces norteamericanos. elefantes primitivos conocidos como dinoterios.. ¿Cuál es el problema? ¿Es que nadie de por aquí quiere sacar a estos pobres camaradas del anonimato. Alguien al fondo del auditorio gritó la palabra con ganas. hienas gigantes. como todos los animales que han nombrado. —¡Antílopes! —vociferaron otras. j irafa hipogrífica. —B lair se colocó delante del rayo de luz del proyector y dio unos golpecitos en los pies de unos de los animales que aparecían en la pantalla—.la textura. por lo general fallaban al interpretar algún aspecto de la piel o el pelaj e: el color.con sus cortas trompas y sus colmillos curvados hacia atrás. y B lair. realmente se trata de una variedad de ungulados (es decir. La muj er había coloreado las crines de castaño oscuro y los cuerpos con ese marrón claro tan peculiar de los leones africanos.. las marcas. U nos animales cheposos. después de ej ecutar un exagerado redoble. aparecieron en la pantalla. B lair.levantó la mano.invitó a los asistentes a que le dij eran qué eran en realidad aquellos extraños cuadrúpedos. N adie parece haber notado su más distintiva y.quizás. si no de la extinción? Y a saben que deben tener un nombre. P ronunció la palabra con claridad y corrección: ca-li-co-TE— 180 — . Joshua estaba abrumado por la clarividencia de la artista. —¡Jirafas! —gritaron algunas personas. P ero echen un vistazo más de cerca de esta hipogrífica j irafa. la longitud. mamíferos vegetarianos con pezuñas). babuinos gigantes. j abalíes verrugosos gigantes. —Garras —dij o Joshua para sí. —Siguiente diapositiva.

un adicto a los crucigramas. —N o.dirigiéndose de nuevo a la sala—. Su respuesta pilló de sorpresa a B lair. Joshua notó que se daba golpecitos en el bolsillo del pantalón.y el Gran H ombre se dio la vuelta hacia la pantalla. —P arece que nuestro experto me ha ofrecido una tarj eta de embarque.hable.el tenedor y no los pies debéis usar.era algo así: «El calicoterio. Me sabía una cancioncilla sobre esta criatura.¿no les parece? La audiencia rió entre dientes con vacilación ante su ingeniosa réplica. Les ruego que me respondan:¿quién de los presentes ha hecho sus deberes? Esa alma diligente y perspicaz merece que se diga su nombre en alto. O . P arecía temer que se hubiese transformado en algo desagradable. escudriñando la penumbra crepuscular de la estancia—. mi dirección y mi teléfono están en su bolsillo. Según creo. V amos. Creo que sería lo j usto que se anunciara él mismo. B lair fue incapaz de localizar a Joshua. La artimaña devolvió la voz de Joshua K ampa al olvido y permitió una fácil — 181 — .tal vez. Con el fin de evitaros semej ante final. usaba sus garras para darse un festín natural y con cornamenta pero sin etiqueta cayó en la horripilante y darw iniana brocheta. señor. La audiencia se echó a reír. B lair había vencido un momento de perplej idad recurriendo a esa especie de espectáculo que sin duda le había dado tan buenos resultados en el pasado.rios. no.» Aquello fue bien recibido. como si tratara de asegurarse de que todavía guardaba esa nota con la dirección. —V aya.como una hernia o una granada de mano. Siempre había creído que era un término magnífico. un paleontólogo hecho y derecho en la sala —dij o el Gran H ombre.esa bestia vulgar. Joshua dij o: —Mi nombre. no pretendía hacer un chiste. al comer. D esconcertado por semej ante aseveración y quizás por el recuerdo del j oven que lo había acosado en el exterior de la sala. —Calicoterio significa ' fósil animal' —prosiguió B lair con cautela.

y nadie podía explicar de forma satisfactoria para qué las utilizaba la criatura. U n fotógrafo del New s-Journal se levantó de una de las sillas de metal.ya que a la postre. —¡Santo cielo! —murmuró B lair. completamente equivocado. El término determinante aquí. El descubrimiento de los restos de un calicoterio. La especulación más aceptada es que el calicoterio extraía raíces y tubérculos del suelo con las uñas y. —Me limito a hacer una simple declaración de los hechos. el padre de la P aleontología moderna. Ante sus insistentes gestos. Los he visto comiendo carroña. y accionó el flash delante de los oj os.es una asunción bastante ridícula. Allí estaba un herbívoro con unas garras descomunales. afirmaba que cualquier animal con unos clientes similares a los del calicoterio y que mostraba patrones de erosión indicativos de una dieta vegetariana.repito.transición al discurso puro y duro: —El barón Cuvier. —También comía carne —dij o Joshua en voz bastante alta. El hombre tomó otras fotografías en distintos ángulos. señor. —Sí. mientras se protegía los oj os con una mano. dej ó caer su mano de la frente y se dirigió al j oven y experto advenedizo. ocupaba un nicho ecológico muy diferente al de la mayoría de sus hermanos ungulados. no mucho más tarde. las luces se encendieron de nuevo y. señor —dij o Joshua mientras parpadeaba. como un paciente con una camisa de fuerza. por tanto.. —Los patrones de desgaste microscópico de los dientes del calicoterio de los que disponemos para nuestras investigaciones no apoyan esa «simple declaración de los hechos». —Entonces es posible que haya estudiado un maldito cliente de calicoterio equivocado. Joshua se colocó los brazos alrededor de la cintura. B lair.me temo. bueno.baj ó hacia la parte delantera de la sala. cualquier animal de ese tipo debía tener pezuñas sin lugar a dudas. que finalmente había localizado a Joshua. —¿Q ue los ha visto? —El Gran H ombre se mostraba todas luces incrédulo. B lair examinó la multitud en busca de su molesto meticón—.es el «debía». utilizando sus garras como una civeta o una poderosa hiena.. »Cuvier murió en 1832.por supuesto. según él.el pobre barón fue traicionado por la prodigalidad e imprevisibilidad de la Madre N aturaleza. con un nota— 182 — . Esa. demostró que estaba completamente.

Se supone que no es tan grande como los animales descritos aquí. Eso es todo lo que digo. han imaginado. de acuerdo con la leyenda. tienen leyendas sobre una criatura llamada «oso N andi». Siempre me ha dado la impresión de que hay una conexión entre el oso N andi y estas criaturas prehistóricas. —D io unos golpecitos sobre las imágenes de la pantalla—. P ero tiene la misma espalda gibosa y. estaba en su contra. La multitud. se daba perfecta cuenta.me temo.que j amás llegaremos a conocer todo lo que hay que saber sobre los animales extintos. con sus microscopios y sus calibres. Se había equivocado al decir aquello en voz alta. P ero es un hecho. —Lo único que digo —continuó. Lo que quiero decir es que. Marrón — 183 — . y somos bastante capaces de insultarnos y vituperarnos el uno al otro si su impertinente ayuda! La sala guardó silencio a regañadientes. Joshua podía sentir que sus miradas lo atravesaban como imperceptibles dosis de radiación.no obstante. Jamás los encontrará con ese trillado amarillo león. ¡Cierre la boca y siéntese! U n quedo murmullo de aprobación siguió a aquella sugerencia. ¡Los insultos y vituperios deben reservarse para los científicos que tratan de resolver las implicaciones de dos teorías conflictivas! ¡Este j oven y yo somos científicos. ¿Eso es una herej ía tan aborrecible? —¡Siéntese! —gritó un hombre situado en medio del auditorio—. Tienen unas hermosas rayas. Ser una de las pocas caras negras reunidas en la sala no conseguía buenos resultados a la hora de hacerse querer entre los indignados partidarios de B lair..ble temblor en la voz—. pero desafiar al Gran H ombre en público era la más atroz de las ofensas..pero no quería retractarse. sintiendo el calor— es que el calicoterio no es ni de cerca lo que ustedes. Cuando Joshua se negó a amilanarse. come carne además de vegetales. —¡N ada de insultos ni vituperios! —rugió B lair desde el estrado—.los murmullos se transformaron en silbidos. miembros de distintas tribus modernas. —Q uizás debería señalar —prosiguió B lair como la voz de la razón— que muchos de los pueblos del este de Á frica. U n negrata chiflado les había aguado la fiesta. —El color también está mal —insistió Joshua haciendo un gesto a los calicoterios de la pantalla—.

—Joshua se dio cuenta de que el guardia de seguridad que estaba al fondo de la sala se encaminaba ahora hacia él—. señor. doctor B lair: el H omo zarakal ensis no es más que un invento de su imaginación. El zarakal ensis es un habilino.sobre beige en unas V onduladas que apuntan hacia las ancas. no el de un pigmeo desconocido con aires de infalibilidad antropológica. Joshua no los culpaba por querer echarlo de allí. el guardia conduj o a Joshua fuera del auditorio baj o la abrumadora cadencia de los aplausos. un punto largo tiempo aplazado. pero era incapaz de quedarse callado. y no iba a rendirse ante su hostilidad. el mismo negro imponente que lo había mirado antes. Aquellas pocas horas en P ensacola debían marcar un punto de inflexión en su vida. —Este j oven no solo es capaz de ver el pasado —le gritó B lair a la audiencia mientras. trataba de acallarla de nuevo—. Y usted lo sabe. al parecer. —Y otra cosa. Creo que ya ha dicho lo que quería.al igual que los homínidos descubiertos por el hij o de Louis Leakey en K oobi F ora. tal y como dice Richard Leakey. Los abucheos se intensificaron y el guardia de seguridad. ¡también es capaz de ver el interior de las mentes de ancianos monumentos como yo! Esas fueron las últimas palabras de B lair que Joshua escuchó aquella noche. —Y a basta —dij o en voz baj a—. esa gente había pagado una entrada de tres dólares para escuchar su discurso. — 184 — . lo agarró del brazo. —¿P odemos echarlo de aquí? —gritó otra voz y la corriente subterránea de quej as se convirtió en una erupción de improperios y abucheos. Con un asimiento tan implacable como el de un grillete. en K enya. Aunque B lair había optado por mostrarse amable e indulgente.

ya que al verlas.enemigos y amigos por igual. tan solo las mangostas. iríamos por delante de algunos de nuestros competidores. Lo mej or para nosotros sería decir adieu a N ueva Elenburgo. tanto los pantalones cortos como las botas todavía se me antoj aban indispensables. N os pusimos en marcha. los saltamontes y las serpientes encontrarían acogedora esa zona de la sabana. aunque sí había considerado muy seriamente la posibilidad de convertirme en un verdadero homínido y despoj arme de lo que me quedaba de ropa.pensarían que los constructores no tardarían en volver a ocupar sus moradas. H acía semanas que ni siquiera se me pasaba por la cabeza la idea de volver al Lago K iboko.18 D urante una época de sequía U na mañana. y las destrozadas botas llevaban tanto tiempo en mis pies que los callos que aparecieran du— 185 — . dado su estilo de vida. trataron de seguir su ej emplo. Aunque no mostraba escrúpulos a la hora de derribar su cabaña.los lagartos. los ñúes y el resto de los hij os de N gai. Jamón y Jomo. los topos. las cebras. nos despertamos y nos encontramos con que Alfie estaba desmantelando su cabaña y arroj aba al viento los puntales y el tej ado de paj a.o al menos eso era lo que nos daba a entender Alfie. Los bolsillos del primero daban cabida a muchos obj etos útiles. al ver lo que hacía. N o obstante. al parecer quería dej ar unas cuantas viviendas intactas a modo de señuelo. las gacelas. Gracias a esta estratagema. pero Alfie lo impidió.los damanes. Era hora de seguir el ej emplo de los ratones arbóreos. Las cabañas detendrían tanto a los depredadores como a cualquier otro grupo de homínidos en busca de un hogar. En aquel lugar no había caído ni una sola gota de lluvia en cuatro o cinco meses.

j usto delante de las cabañas que acabábamos de abandonar. el leopardo pudiese regresar asumiendo que le habíamos traído otra ofrenda. que confiaba en mi pistola y en las artes marciales de los demás. A pesar de haberse unido recientemente a mí. Llegamos al baobab donde dej áramos a Genly. Al igual que Alfie. A pesar de la distancia. conservé los pantalones. Y o tenía la inquietante sensación de que esas criaturas nos estaban siguiendo. pero no descubrimos indicios ni de nuestro compañero fallecido ni del leopardo que había devorado sus restos. casi con adoración. D ado que no quería renunciar a todo mi pasado para alcanzar la poco ventaj osa inocencia de nuestros ancestros pleistocénicos.las diminutas siluetas que se movían a toda prisa por el poblado baj aron hasta la llanura y desaparecieron por completo de mi vista. N o obstante. Jomo y Fred.que asustó a varios de los niños. U na decisión muy meditada. unos huesos de antílope pulidos a modo de garrotes. Elena seguía interpretando un papel masculino.la cartuchera y un hatillo formado por una piel de antílope sin curtir que contenía melones. pero apresurada en última instancia. Roosevelt y Jamón llevaban. Malcolm.rante mi entrenamiento de supervivencia ya llevaban largo tiempo desaparecidos. Al final. con las muj eres y los niños en el centro del grupo. esgrimía un pesado cayado de madera de acacia.seguí deteniéndome a intervalos regulares para girarme y observar la colina. nueces y bayas que Elena y yo habíamos recolectado durante los últimos días. Junto con el calzado y los pantalones. N adie más parecía estar interesado. Ella ladeó la cabeza y estudió la actividad de esos seres durante un buen rato. A — 186 — . Le señalé las figuras a Elena. tiraba del trineo como si fuese un miembro más de la hermandad de muj eres itinerantes. Me preocupaba que.llevaba mi 45 en su sencilla funda. Mi chaqueta de camuflaj e había sido utilizada para construir un improvisado trineo sobre el cual poder trasladar la mochila. de modo que seguimos adelante. rodeados por los hombres. Jamón entonó un cántico largo y lastimero como recuerdo. mientras que yo. U na vez nos adentramos en la sabana. N os mudamos de forma organizada. tubérculos. en respuesta a la llamada de Jamón. me di la vuelta y contemplé N ueva Elenburgo. vi a un buen número de seres bípedos que pululaban sobre la cumbre de la colina y alrededor del parapeto de piedra.

En aquella época. cada cuatro o cinco noches. —Se titula: «P ara los habilinos que han conquistado mi corazón» —dij e al tiempo que me paseaba de un lado a otro del claro para declamar mi poema de dos millones y siete años de antigüedad a la manera de Alistair P atrick B lair en mitad de su imitación de Richard B urton en un acto organizado por la F undación Americana para la Geografía con el fin de recaudar fondos. Florida. Tenía diecinueve años cuando lo escribí y j amás se lo enseñé a nadie. trabaj aba durante el día para la Gulf Coast Coating S. el resto de los mínidos también lo pensó. de Tom H ubbard. N adie sabe muy bien cómo llegué hasta vosotros. En mi defensa diré que puse toda mi alma en las palabras y que los mínidos me escucharon en absorto éxtasis: «V uestras madres os abandonaron en polvorientos valles sin nombre. Y os afanáis en descubrir — 187 — . en dirección a la montaña.todas luces. N o obstante. ni siquiera al gran Gene Curtis. baj o las higueras y acacias que bordeaban la pequeña hondonada en la que nos habíamos detenido. mi compañero de camión.en esa ocasión decidí recitárselo en voz alta a los mínidos que descansaban.A. Como chacales. buscaba información sobre el P leistoceno en la biblioteca pública por las tardes y. Esa misma tarde me descubrí recitando mentalmente —con las alteraciones debidas a las circunstancias— un poema que yo mismo había compuesto en F ort W alton B each. V uestro sol es un corazón de gacela que late en lo alto del cielo. después de un viaj e astral especialmente intenso.vuestros padres deambularon en la periferia de la extinción. sino que continuamos nuestra caminata hacia el Sudeste. ya fuera sentados o tumbados. experimentaba mis extraños sueños. ya que no permanecimos mucho rato al refugio del baobab.

¿Acaso soy el último anacronismo hacia el cual os dirigís?». Lo que hacéis de mí no es más que lo que los milenios han logrado.solo me habláis de vuestros apetitos. La intemperancia de Á frica os ha esculpido según sus necesidades. El lenguaj e comienza a florecer en el lóbulo izquierdo del cerebro femenino.cómo abrir sus ventrículos. Mi asombro se desliza en silencio por nuestros austeros festej os comunitarios. Juntos. V uestros conocimientos han dej ado huérfanas a Laurasia y Gondw ana. Incauto. Mi navaj a es una conquista no menos complej a que la televisión. — 188 — . Los machos cazan habilidosos conocimientos en las extintas sabanas.os pregunto sobre P angea y su prole postmitótica. N uestro artilugio más preciado es la delicada compasión del grupo. Carroñeros como sois.abrimos el caparazón de los cangrej os de río y sorbemos huevos crudos. H acéis utensilios con forma de plectros para futuros laúdes. Mi sofisticación es tan solo un fósil de un estrato futuro mucho más frío. Los nacimientos siguen resistiéndose a ser una labor compartida. U na rítmica melodía redobla sobre nuestro desértico río.

ella me rodeó los hombros con un brazo y se acurrucó más cerca de mí. no pude librarme del molesto hormigueo que me producía su presencia.Roosevelt se detuvo e hizo un extraño gesto a modo de zarpazo con el brazo. y nuestro desarraigo nos había afectado a todos. Encontramos algunas larvas. y.dej ándonos una sensación de lánguida tristeza. sin embargo.la mayoría de las cuales me resultaron indescifrables. pero tampoco me abuchearon ni me abandonaron. sabía que lo principal esa mañana era no alertar de nuestra posición ni proclamar como capital transitoria el lugar donde nos encontrábamos.nos estaban siguiendo. Todavía medio dormidos. Roosevelt nos conduj o a través del bosquecillo hasta — 189 — . N o hubo ningún aplauso cuando llegué al final. como un inmenso paraguas verde sobre un desierto de hierba seca. Tras nosotros. ya que se asemej aban a fantasmas que flotaran. El amanecer no arrancó ningún himno reverente de labios de los habilinos. El resto de los mínidos también se detuvo. al sentarme j unto a Elena para acomodarme para pasar la noche. y los cazadores intercambiaron una serie de miradas cargadas de significado. D elante de nosotros se alzaba un grupo de árboles. Ella siguió mirando por encima del hombro a medida que avanzábamos con el fin de echar un vistazo a los fantasmas.también sin duda alguna. Aún me preocupaba la sombra de una complicación que se había iniciado el día anterior. transparentes y distantes.fruta seca y unos cuantos cangrej os diminutos en las erosionadas orillas del curso del río. acababa de salir el sol y apenas pude distinguirlos mientras se movían entre los espinos.Sí. un escorpión o dos. Sin duda alguna. en dirección N ordeste. en absorto y espeluznante éxtasis. nos desperdigamos por los alrededores con el fin de buscar algo para desayunar y desentumecer los miembros. un misterioso grupo de criaturas bípedas seguía pisándonos los talones. É ramos nómadas.estaban allí. N o tardé mucho en olvidar el miedo que me provocaban esas apariciones.y. Aunque eché en falta los cánticos. Elena también los vio. P oco después del mediodía. pero estos se habían fundido con el paisaj e y resultaba imposible distinguirlos. Entorné los oj os para mirar hacia el Este.en la bruma del espej ismo que conformaban.

puso la mano sobre la funda de mi pistola y me indicó por señas que debía sacarla y disparar. N o echaron a correr. En una ocasión.conscientes de nuestra presencia. Los animales eran dos calicoterios. moviéndose como torpes bailarinas sobre las puntas de sus incongruentes garras.no. le había dicho a B lair que había visto a los calicoterios comiendo carne. Su escaso número sugería que iban camino del Reino de las H adas y me negaba a ser yo el que precipitara ese viaj e. ¿D e verdad estaba teniendo lugar semej ante encuentro? La extinción confería a los seres del pasado el mismo estatus mitológico que la imaginación asigna a los que j amás han existido. Los animales habían estado escarbando con las garras en la base de un árbol. Su simple presencia reivindicaba mis sueños. pero mi principal motivación no era avergonzar al Gran H ombre. A pesar de haber visto a esas criaturas en algunos de mis primeros viaj es astrales. Mentí. Según mis conocimientos.que dos extraños animales que trabaj aban a la sombra alzaron sus también extrañas cabezas y. La tierra seca salpicaba sus hocicos equinos y sus patas tenían un aspecto desmesuradamente grueso y pesado. Y o no. En mi mundo y en el suyo. P or desgracia. H abíamos comido muy poca carne desde nuestro cerdo asado a la cabaña y el grupo creía apropiado acabar con esos calicoterios. por lo que comencé a pensar que acabábamos de irrumpir en una ilustración sacada de un bestiario apócrifo. ante una audiencia de tamaño considerable en P ensacola. sus vivarachas orej as y ese pelaj e tan desconcertante despertaban la admiración del observador. tropezaron entre ellos y galoparon hacia el Este. sino sacudir la fe que depositaba en — 190 — .los mínidos tenían una perspectiva muy distinta sobre el asunto. no hacía tanto tiempo.dej aron escapar unos extraños bufidos. Traté de contener el aliento. los animales bufaron otra vez. Sin embargo. Alfie se acercó a mí. —N o —le dij e a Alfie—. Al escucharme. sino que se limitaron a mirarnos con suspicacia. ese día yo era un aventurero que acababa de darse de bruces con un reino encantado lleno de dragones y unicornios. esos dos animales bien podían ser los dos últimos ej emplares que quedaran en el mundo. y nuestra llegada había interrumpido su búsqueda de tubérculos.incluso en ese simulacro de pasado al que me había enviado el Esfinge B lanca. Joder. excavando con furia.

estas deposiciones habían atraído a una especie de escarabaj o coprófago que se dedicaba a deshacer todos y cada uno de los restos. Examinó el terreno mientras se paseaba por el lugar casi con indiferencia. al ver que se detenían y nos miraban como si estuviesen abandonado su pequeña morada de mala gana. D e pronto. el resto del grupo nos acercamos a la arboleda para ver lo que sucedía. Si iba a tacharme de agitador e iconoclasta. podría haber domado a los calicoterios y comunicarme con ellos. cada pocos segundos. Sin embargo. En ese momento. esos animales eran mentiras que personificaban una realidad desequilibrada. Los animales de mis sueños. Como nos picaba la curiosidad. al contemplar la huida de los calicoterios. N o. D e hecho. Elena se adentró en la arboleda que los animales acababan de abandonar. les daban una forma circular y hacían girar estas pelotas para enterrarlas en otro lugar.según descubrí. quería que comprendiera al menos que yo estaba más que dispuesto a aceptar nuevas ideas sobre los altares que incineraba y los ídolos que aplastaba. pensé en ese momento. Si hubiera podido echarle el lazo a una de esas encantadoras criaturas falsas. esperaba haber dej ado clara mi imparcialidad al arremeter contra la errónea teoría de B lair sobre la evolución humana.era bastante probable que esa variedad de coprófago no estuviera adaptada de modo exclusivo a los excrementos de calicoterio.tenían estómagos e intestinos. D e haber sido un mago o una virgen. embridarla y montarla. al desinflar primero el dogma del vegetarianismo de los calicoterios. me asaltó una repentina y poderosa sensación de pérdida. Se habían trasladado al bosquecillo — 191 — . Al igual que los unicornios y los dragones. Teniendo en cuenta la escasez de mis bestias fósiles. habría sido un sueño hecho realidad. P uesto que habían vivido en el lugar el tiempo suficiente como para cubrir el suelo con sus excrementos. Esos escarabaj os eran oportunistas. me sentí avergonzado por haber mentido sobre ellos. Los escarabaj os separaban las briznas de hierba del estiércol.sus ideas preconcebidas y asegurarme de que me recordara. se arrodilló no muy lej os de los aguj eros que los animales habían hecho y cogió con cuidado lo que para mí no eran más que terrones sueltos de tierra. apartaba los dedos como si se hubiese pinchado con una espina. Y también.

uno de caparazón negro-azulado y cuyas patas estaban cubiertas con una especie de plumillas. Elena lo agarró por su quitinoso tórax y lo alzó en el aire. hice a un lado los escrúpulos de excavar en un montón de excrementos —de todos modos. los restantes mínidos se diseminaron baj o los árboles en busca de sus propios escarabaj os. el mismo método que yo utilizara en una ocasión para capturar al escorpión. «Mascota». era el prestigio de la posesión. P arecía un triceratops en miniatura al que le hubieran añadido un par de extremidades más. el animal devolvió su atención a la bola de estiércol. y me pregunté si los habilinos dej arían atrás a sus mascotas cuando abandonáramos el lugar.pero la meta de todo aquello. Lo más j óvenes del grupo —Jocelyn. P or fin.a sostenerlos en alto o darles la vuelta para ver cómo forcej eaban sobre el caparazón para ponerse de nuevo en pie. y no dudaba en utilizar sus cuernos. El bicho se pavoneaba sobre la palma de mi mano y me obligaba a separar los dedos cada vez que intentaba cerrar el puño. N o me iba a resultar fácil transportar el escarabaj o cuando reiniciáramos la marcha. al parecer.los mínidos se dedicaron a empuj ar a sus cautivos por el suelo. Se produj o una competencia feroz por hacerse con el ej emplar más grande. Al contrario. no el hecho de saciar el apetito entre comidas. Trataba de sacar un escarabaj o de un trozo de estiércol ya casi deshecho.con semej ante velocidad y determinación porque las cosechas eran escasas en todos sitios y habían tenido la fortuna de estar en las cercanías de ese lugar. N adie se apresuró a devorar los escarabaj os que encontraban. Mientras yo me limitaba a observar. sus mandíbulas y sus patas delanteras para librarse de los dedos de Elena.como si la persistencia de mi novia fuese más una molestia que un motivo de alarma. Entre batalla y batalla. U na interesante palabra que parecía del todo ade— 192 — . Groucho. pero el pequeño demoledor se negaba a cooperar. pocos me quedaban ya por superar— y me senté para dedicarme a la pesca del escarabaj o. retrocediendo sobre sus cuatro patas traseras. pero los demás intentaron agarrarlos por las placas córneas que tenían tras la cabeza. Atrapé uno más pequeño que el de Elena. B onzo y P ebbles— decidieron aturdir a los insectos golpeándolos con los nudillos. F inalmente. La causa de los repentinos movimientos de los dedos de Elena se había revelado a sí misma.

como habéis podido comprobar. Corté un trozo de sedal que llevaba guardado en el equipo de supervivencia y lo até alrededor del tórax de su escarabaj o. H ablando en términos ecológicos. pies vendados.pero los mínidos envidiaban a Elena mucho más que a mí. Y o fui más allá. Enganchado a un trozo de sedal doble de no más de cinco centímetros. tres o cuatro horas después. pensé que podría establecer una teoría según la cual los primeros acompañantes no primates de nuestros ancestros no fueran los perros que se aprovecharan de las sobras. llevaban los escarabaj os metidos en los nidos de páj aros tej edores que utilizaban como cestas.cuada en semej ante contexto. y casi todos los niños. Y o enganché a mi mascota en el broche de la funda de la pistola. bastante más tarde. polisones y esmóquines. esa tarde me resultaba imposible mirar con malos oj os el pequeño triunfo de Elena. Ese mismo día. Elena se colgó el coprófago en la orej a izquierda.sobreviviría.quedó claro que la admiración recibida. La actividad que se desarrolló en el claro poco después me indicó que no muchos mínidos estaban dispuestos a abandonar sus capturas. Si bien este tipo de vanidad había llevado al hombre al punto de someterse a escarificaciones. Cada vez que se le enredaba en el pelo. son las criaturas elegidas por el — 193 — . sino escarabaj os que se aprovecharan de sus «otras» sobras. Sin embargo. Si era trabaj ador. mascotas que incluso podían ser usadas como vivaces j oyas iridiscentes.y Elena no era menos. liberé a mi escarabaj o y lo arroj é a la sabana. Los escarabaj os peloteros. V arios adultos. rara vez perecen.al parecer.. cuando vi cómo arrancaba el insecto del sedal y se lo metía en la boca como si de un bombón se tratara.. en consideración a Elena.el bicho no paraba de girar y forcej ear. Los habilinos j amás perdían esa desconcertante habilidad para poner mis ideas preconcebidas patas arriba. era suficiente recompensa por las inconveniencias que ocasionaban los forcej eos del escarabaj o.ella lo agitaba hasta liberarlo y lo miraba de soslayo para observar sus movimientos. Cuando continuamos nuestra marcha. se habían convertido en el mej or amigo de un habilino.me dej ó estupefacto. encerrados con resquemor en los puños o colgados de los hilos que había sacado de la parte superior de mis calcetines. Elena era la beldad de nuestra apática expedición. D e hecho. Aquellos que basan su supervivencia en la mierda de los demás.

— 194 — .universo... ya que.hay una gran cantidad disponible de lo que necesitan para perpetuar su estilo de vida. por regla general.

Las muj eres.había descorrido las persianas venecianas y había alcanzado a ver un cadáver hinchado que flotaba río abaj o.. Y era incluso peor despertarse en el apartamento por la noche.el B ronx Abril de 1979 Se despertó con la débil e insegura cadencia de la voz de un niño: su propia voz. —O yó decir a su yo más j oven—.. Sobre todo si había estado soñando con j irafas y gacelas. Johnny aún no se había acostumbrado del todo a despertarse en el apartamento que su madre tenía en la octava planta de un edificio con vistas al río H udson. El edificio le recordaba a un enorme panteón atravesado por celdillas de termitas. pero a l a vez son dif erentes) no puede verme. «. un par de oj os. con habilinos y ñúes prototípicos.ni las playas ni los maizales de K ansas ni las deshabitadas praderas de W yoming. Son muy pel udos. le dolía darse cuenta de que las playas de Florida no se extendían tras la pared. tal y como sonara cuando tenía diez u once años. En esos momentos. Los respiraderos de la calefacción del apartamento producían el mismo siseo que podría escu— 195 — .. pero últimamente. U na mañana. cada vez que regresaba de uno de los viaj es astrales era como si lo abandonaran a las puertas de un orfanato infernal. nunca había sido capaz de quedarse en el Á frica O riental del P leistoceno.19 N ueva Y ork. P or supuesto.pero baj o elpel o no l l evan nada.. No soy más que un par de oj os y esta gente a l a que estoy observando ( parecen personas normal es.» Tres años después de la muerte de H ugo. N ada familiar que le proporcionara un sentido de realidad.

sin haberla movido siquiera. había recogido todos sus viaj es astrales en cinta. estaban guardadas en una caj a de zapatos. la crónica de sus viaj es astrales. Estaba escuchando un extracto de la grabación de su diario de sueños.porque ya l a estaban comiendo cuando empecé a mirar. cuando le regalaron la grabadora.. Encontró la caj a de zapatos. comen l a carne directamente con l as manos. como el de los anuncios de la temporada de ópera.y l os niños mayores. pero la cinta en la que relataba aquel sueño yacía baj o su mano en el lugar de costumbre. Los bebés.» ¿Q ué estaba pasando? V estido tan solo con sus calzoncillos de F ruit of the Loom. «.» Su propia voz infantil recapitulaba.. y el ruido de las sirenas en las calles se alzaba por encima de cualquier otro sonido. Era un fragmento que había grabado no mucho después de abandonar la complej a simbología de sus notas en pro de la comodidad de la trascripción oral. plagados de florituras vocales. tan pulcramente alineadas como si siguieran el Sistema D ecimal D ew ey.pero normal mente. Las cintas. Al gunas l es dan carne a l os niños cuando l os hombres se l a dan a el l as para que l o hagan. «.. Son f amil ias. medio oculta por una bota de senderismo y un par de deportivas.. casi una docena. en la caj a. otro regalo de H ugo. Encendió el flexo que colgaba de la cabecera y caminó sin hacer ruido hacia el armario.o al go así . — 196 — . l os rodean con l os brazos. En la imaginación de Johnny. No sé qué cl ase de carne.. D evolvió la caj a al suelo del armario y salió a tientas de su habitación guiado por el sonido de su voz preadolescente.charse de fondo en el laboratorio de un herpetólogo. Los símbolos con los que había decorado a forma de código cada pequeño libro parlante le indicaban que eran las originales. Eso decía su reloj digital. C omen j untos.no ingeniosas copias realizadas para despistarlo. de la misma forma que otros niños guardaban sus cromos de béisbol.. uno de sus viaj es astrales. Se detuvo en la entrada de la habitación. el respetable Riverdale era un paisaj e más saurio que urbano.baj ó los pies descalzos al suelo y ladeó la cabeza.Johnny echó a un lado las sábanas. de forma inexperta. uno que era muy vívido. Eran las 2: 27 de la madrugada.había once cintas.intentan que l os hombres l es presten atención.bueno.. D esde su décimo cumpleaños.. Q uieren.

Johnny atravesó la habitación y se las quitó de las manos.no había dej ado de quej arse de lo mal que iba su trabaj o. ¿Q ué estás haciendo tú.señorito Monegal? —H as cogido mis cintas de la caj a de zapatos y las has copiado. Ese era.su voz de tenor de dieciséis años se impuso sobre la de soprano del niño de diez. Galeradas.» —¿Q ué estás haciendo? —Johnny interrumpió la voz de John-John..¿verdad? H as hecho tus propias copias.lo que había provocado que los j eroglíficos con chacales y los anillos de oro con forma de cobra se hicieran indispensables para los amantes de la haute couture) ..no vio que su hij o aparecía detrás de ella. un proyecto que Jeannette casi había terminado.así se llamaban las páginas en las que trabaj aba..pero normal mente l os bebés y l os niños se mueven a su al rededor para coger cual quier cosa que l es den. y se quedó mirando a su madre. se l a dan a el l as para que l o hagan. En un estante situado por encima del escritorio.rebobinó la cinta y volvió a pulsar otra tecla para activar de nuevo la j uvenil voz de su hij o.que también hacía las veces de estudio. por tanto.y tenía el cabello recogido en la nuca de una manera que la hacía parecer una niña.o al go así . Jeannette ordenó las enormes hoj as de las galeradas. ¿P or qué? En lugar de responder. Jeannette se sobresaltó. M ás tarde. C omen j untos.emitió un largo suspiro y detuvo la cinta. P uesto que estaba sentada delante de su escritorio inclinado. Recobrando la compostura apenas. zumbaba un radiocasete portátil muy parecido al que H ugo le había regalado a John-John. «. sobre una bandej a extraíble. Son f amil ias. —¿Q ué estás haciendo? —volvió a preguntarle Johnny. escribiendo anotaciones en un enorme cuaderno. Las conseguías cuando un manuscrito que habías enviado a una editorial estaba a punto de convertirse en un libro como D ios manda. —D arme un susto de muerte. D urante los últimos tres o cuatro meses.bueno. D e repente..Jeannette pulsó una tecla. — 197 — .sin embargo. contuvo el aliento y dej ó caer su bolígrafo. Llevaba un camisón blanco con el cuello y el baj o bordados con motivos egipcios (el tesoro del rey Tut había llegado a la ciudad durante la conmemoración del bicentenario.

El PARAÍSO EN SUS SUEÑOS El pasado a través de la on i rom an ci a:u n a h i stori a real Jeannette R. Monegal

Un li bro de V IREO PRESS * * Nu eva C ork El libro hablaba de él, y Jeannette ni se lo había dicho ni le había pedido permiso. Iba a introducir su vida en una máquina de impresión y,si sabía algo acerca de las inclinaciones literarias de su madre,a sacar a bombo y platillo uno de esos volúmenes «inspiracionales» que machacaban tanto el tema como al autor. Los Lares del candor y los P enates del análisis profundo eran las deidades guardianas de dichos escritores,y Jeannette iba a sacrificarlo a esos dioses. Al hoj ear airadamente las páginas, Johnny alcanzó a ver expresiones como «alopátrico», «endocraneano», «evolución de las especies» y «subconsciente colectivo». Su propio nombre aparecía bien claro casi en todas las páginas, con referencias más o menos extensas a Sevilla, en España; V an Luna, en K ansas; Cheyenne, en W yoming; F ort W alton B each, en F lorida; y la ciudad de N ueva Y ork. Al final,soltó las hoj as y contempló cómo caían sobre la alfombra,esparcidas al azar. —Está previsto que salga en otoño,¿verdad? —Iba a decírtelo. —¿Cuándo? —En cuanto todo estuviera arreglado. Q uería que fuera una sorpresa,un tributo a tu sufrimiento,John-John. —V aya, desde luego que estoy sorprendido. Sí, señora, nunca mej or dicho,estoy sorprendido. ¡Joder! Estoy muy sorprendido. —Johnny... —Me habría enterado cuando saliera a la calle. Estaría paseando por la Sexta Avenida,por delante de la maldita librería de V ireo
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P ress, y ¡ pum! ,como una patada al estómago, vería Elparaí so en sus sueños,escrito por mi propia madre. Entonces me enteraría,esa sería la verdadera sorpresa. D ios, mamá, me siento como si me hubieras tirado por la ventana sin abrirla siquiera. ¿Te vale eso como sorpresa? —Johnny,por favor... —Aunque me gusta el título. Tiene muchísima más clase que el anterior. Es un plagio,claro,pero uno muy sutil. Jeannette había titulado al libro del año anterior para V ireo P ress No podí a dej arl o y sentímucho que se acabara. Se trataba de una colección de imaginativos ensayos filosóficos sobre los hábitos de lectura de los norteamericanos desde el advenimiento de la televisión comercial en la década de los cuarenta. Al menos tres críticos distintos, que trabaj aban para tres periódicos distintos de tres ciudades diferentes, habían llegado por separado a la misma conclusión,con las mismas seis palabras,acerca del libro de Jeannette: «Y o pude y no lo sentí»; pero aún así había vendido casi cuarenta mil copias en pasta dura y diez veces más en edición de bolsillo. El éxito del libro,el segundo que publicaba,le había permitido alcanzar una vida del todo independiente sin tener que sacar a Anna de la universidad ni poner a trabaj ar a John-John por las noches como ayudante de camarero o sirviendo comida a los coches. Estaba totalmente convencida de que merecía un poco de gratitud. —Escucha —comenzó con bastante calma—. Escúchame, Johnny... —Si sigues con esto y publicas la historia, mamá, voy a... N o puedo creerme que hayas hecho esto,de verdad que no puedo... —Johnny,ya me he gastado dos tercios del adelanto. Y me he pasado el plazo de entrega en dos ocasiones. —D ij iste que estabas escribiendo un libro sobre los días de la sequía del D ust B ow l* en el centro del corazón del país. —Y a basta. Estaba. Estoy. P ero esto pudo conmigo, JohnJohn,se hizo prioritario. P retendía que fuera un... —Sí,ya sé. U n tributo. Era un «tributo» que marcaba una brecha en su relación tan ancha e infranqueable como el V alle del Gran Rift. Jeannette, se
* Gran sequía que azotó en los años treinta el amplio territorio que se extiende desde las praderas canadienses hasta las Grandes P lanicies norteamericanas. ( N. de l as T.)

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dij o a sí mismo,no era su madre de verdad;nunca había dej ado de verlo como un experimento social, de la misma forma que otras personas podrían desarrollar con cautelosa indulgencia cierta propensión a la pedofilia o las bebidas gaseosas con sabor a melocotón. D urante dieciséis años,Johnny había sido su rata de laboratorio privada. H abía llegado el momento de poner fin al experimento de su madre y descubrir quién era de verdad sin su ayuda ni su intromisión. —H az lo que quieras —le dij o a la muj er sentada ante el escritorio—. P ublícalo o no. D e todas formas, no volverás a verme. N unca más,señora. —Tienes dieciséis años, Johnny. Aún te queda otro año de instituto. ¿D e verdad crees que vas a poder...? Apenas se llevó equipaj e, como si no estuviera suj eto a más límites que los de su propio tamaño y fuerza. Su madre —la muj er llamada Jeannette Monegal— no dej ó de observarlo, pero ya no tenía nada más que decirle, así que salió del apartamento tan rápido como pudo. V estido para el frío de una mañana de abril,cogió un taxi en el puente George W ashington en dirección a Jersey. La carrera le costó bastante,así que hizo dedo hasta P aterson,hasta donde llegó montado en la cabina de un remolque de W est P oint P epperel. El conductor, un hombre corpulento con suave acento sureño, tenía la piel de una serpiente de cascabel estirada sobre el salpicadero. La piel parecía una funda de papel de celofán sucia, y el autoestopista se metió las manos entre las piernas para evitar tocar por accidente la piel desechada. El conductor sonreía mucho, pero hablaba en raras ocasiones. En P aterson,accedió a llevar a su pasaj ero por la autopista de peaj e hasta D ixie, con la única condición de que este cantara para mantenerlo despierto. El conductor prefería canciones alegres o subidas de tono. O ambas cosas. La cucaracha resultó ser una de sus favoritas, y el autoestopista la cantó casi sin descanso durante los primeros cien kilómetros de la carretera. —Esa me gusta —le dij o el conductor—. ¿Cómo te llamas?
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—K ampa —contestó el autoestopista—. Joshua K ampa. —Estupendo —respondió el conductor, que estruj aba el volante como si fuera un paño de cocina—. Solo un mej icano podría cantar La cucaracha como tú...

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20 U na desaparición
F ue Elena quien finalmente avistó de modo claro a las criaturas que habían estado siguiéndonos durante los dos últimos días y la que nos informó de su presencia al echar la cabeza hacia atrás y dej ar escapar un ladrido que a punto estuvo de reventarnos los tímpanos. A menos de doscientos metros en dirección Este,vi tres pequeñas figuras que nos observaban desde el saledizo en forma de media luna de un kopj e. Se escondieron nada más escuchar el grito de Elena, pero ya no tuve ninguna duda acerca de la identidad de nuestros perseguidores. U n numeroso grupo de esbeltos australopitecinos —A. Af ricanus— había estado caminando casi en paralelo a nosotros, utilizando las extensiones de hierba alta de la sabana y los islotes de espinos y acacias a modo de parapeto. D esde que llegara al Pleistoceno, solo había visto a unos cuantos representantes de esta supuestamente bien distribuida especie de homínidos,pero siempre a mucha distancia. Aunque había contemplado a miembros de A. R obustus, una especie que supuestamente era más escasa, desde mucho más de cerca, las evidencias circunstanciales sugerían que ambas especies estaban desapareciendo a un ritmo vertiginoso. N i Alfie ni el resto de los mínidos demostraron sentir compasión alguna por los australopitecinos. Ahora que sabían lo cerca que se encontraban nuestros perseguidores, parecían considerar si sería inteligente o no enfrentarse a ellos. El comportamiento de los miembros del grupo pasó a estar dominado por un estado de nerviosa alerta; los hombres no dej aron de intercambiar miradas y de gruñirles a los gráciles que, tras salir pitando en busca de cobij o,
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permanecieron fuera de nuestra vista durante la siguiente hora más o menos. Así como me negara a disparar a un calicoterio,tampoco deseaba marchar hacia el Este en un comando de asalto contra nuestras sombras «hobbitianas». Elena se acercó a mí y me miró fij amente a los oj os, como si quisiera comunicarme una noción profunda o frustrante. N os habíamos detenido al borde de un arroyo y baj é la vista hasta el lecho resquebraj ado mientras intentaba poner en orden mis intuiciones para llegar a una conclusión sensata. ¿Q ué quería decirme? N o tenía la más mínima idea. Elena se dio unos golpecitos sobre un pecho, pequeño y peludo, y emitió un ruido semej ante a un maullido, como si quisiera obligarme a entender. V olví a encogerme de hombros otra vez y a abrir los brazos para demostrar mi desconcierto al tiempo que deseaba de todo corazón que ella pudiese hablar. Las charadas nunca habían sido mi fuerte. —Elena... Elena,no sé lo que quieres. Ella se apartó de mí,saltó al lecho del arroyo y comenzó a alej arse hacia el N orte,de vuelta por donde habíamos venido. —¡Elena!,¿qué estás haciendo? —grité—. ¿Adónde vas? Los otros mínidos permanecieron impasibles. Salté a la hondonada y corrí tras ella, pero con un movimiento de su brazo me indicó que retrocediera y siguió alej ándose. Cuando trepó por el terraplén de la orilla oriental y desapareció por completo de mi vista,tras internarse en un bosquecillo que se alzaba a unos treinta o treinta y cinco metros, se me cayó el alma a los pies. Me sentía desconcertado y herido. Mucho más tarde, y con más datos a mi disposición, su partida cobraría sentido; pero, en aquel momento, me pareció irracional, caprichosa e, incluso, suicida. La última imagen que vi de ella fue un destello de color roj o intenso procedente del pañuelo que llevaba atado al cuello, y ese color me pareció un inquietante mal agüero. D e mala gana,seguí a los demás. El mediodía dio paso a la tarde. ¿Q ué estaba sucediendo? ¿D e qué modo había ofendido a Elena? ¿Al no entender sus esfuerzos por comunicarse? ¿Al negarme a hacer gestos belicosos hacia el grupo de A. Af ricanus que nos perseguía? ¿El desengaño que había sufrido a mi costa era el motivo por el cual se había internado en la sabana en busca de otro esposo? Estos interrogantes, patéticamente egocéntricos, me aguij oneaban el cerebro y se quedaban engan— 203 —

chados a mí como cangrej os de río. La razón no conseguía desprenderlos. Comencé a preguntarme si podría sobrevivir sin Elena. F altaba poco para el crepúsculo cuando llegamos a una charca. En la orilla opuesta, había una hembra de rinoceronte negro con su peluda cría. Ambos resoplaron sobre la superficie del agua,acariciándola con esos labios ligeramente prensiles. Por las evidencias que se apreciaban en su piel —manchas de agua, tierra adherida y aspecto arrugado—, acababan de disfrutar de un buen revolcón y en esos momentos se dedicaban a divertirse, manteniendo a los otros animales sedientos a raya con su negativa a marcharse. U n enj ambre de moscas bailaba sobre ellos, sobrevolando la impenetrable capa de piel en busca de un lugar seco donde aterrizar. Jamón nos conduj o hasta la charca para beber, y los oj os de los dos animales, tan parecidos a los de los cerdos, nos siguieron mientras esas enormes orej as con forma de monedero registraban nuestro parloteo. Para mi inmenso alivio, no hicieron el más leve intento de perseguirnos. Cuando los mínidos y yo acabamos de beber, Malcolm asumió el papel de centinela y se encaramó a un árbol. La oscuridad estaba teñida de una especie de tintura de yodo, y la ansiedad que me causaba la deserción de Elena había adquirido proporciones que rayaban en la histeria. Incapaz de permanecer sentado,comencé a pasearme con inquietud por la orilla occidental de la charca. La atención de Alfie y el resto de los mínidos estaba dividida entre mi persona y los rinocerontes, que al final se alej aron pesadamente de la orilla opuesta y se internaron en la creciente oscuridad que reinaba sobre los pastizales. D e repente, Malcolm dio un grito de alarma desde el árbol; la advertencia era seria y me apresuré a reunirme con él en las alturas. El resto del grupo también buscó refugio. N o tardé mucho en instalarme en una bifurcación de ramas blanquecinas y lustrosas más alta que el observatorio de Malcolm, desde donde vi que una manada de hienas gigantes se aproximaba a los dos rinocerontes que acababan de marcharse. Sobre el Monte Tharaka se alzaba la luna llena —un huevo enorme y resplandeciente—, iluminando el enfrentamiento que tenía lugar en la llanura. El propósito colectivo de las hienas era el de obligar a Junior a
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embestir y, de este modo, separarlo de Mami, lo que facilitaría la tarea de atacarlo en grupo. Con este fin,dos de las hienas enloquecidas por el hambre comenzaron a danzar y a darle empuj ones en su peludo trasero antes de alej arse a toda velocidad. Mami se movía de un lado a otro, intentando dispersar a las hienas, pero puesto que estas veían mucho mej or que ella o Junior, les resultaba muy fácil apartarse con rapidez de su camino. D e hecho, las insolentes maniobras ofensivas estaban agotando a Mami. Junior buscaba refugio j unto a ella cuando le resultaba posible, pero la creciente frustración y el mal humor de su madre parecían instarla a seguir j ugando al «tú la llevas» con sus torturadores. Me di cuenta de que la mayoría de las hienas lo observaban todo sentadas a cierta distancia. Sus oj os brillaban como ágatas amarillas a la luz de la luna. H abían encomendado el molesto trabaj o de hostigamiento a un par de ágiles matones que medían, a la cruz,más de un metro de altura. El ruido de semej ante escaramuza —embestidas,bufidos y quiebros en plena carrera— parecía remoto, de algún modo. D istraído, me pregunté si una muerte en cualquiera de los dos bandos alej aría la imagen de Elena de mi cabeza y si los mínidos podrían hacerse con los despoj os. H asta ese momento, el enfrentamiento solo había proporcionado ruido e irritación,en su mayoría por parte de Mami. Sin embargo,la cosa cambió. Cuando la hembra cargó hacia la izquierda para alej ar a una raquítica hiena, Junior atacó de modo precipitado al renegado, rozándole el flanco derecho. Su ataque lo acercó a unos quince metros de las hienas que habían permanecido cómodamente tumbadas sobre la hierba de la orilla oriental de la charca. V arias de ellas se levantaron de un salto para sacar partido de su insensatez. En un abrir y cerrar de oj os, el pequeño rinoceronte estaba en el suelo, dando patadas y gritos mientras dos de sus asaltantes lo arrastraban, tirando de su delgada cola y de una de sus patas traseras. El resto de las hienas se lanzaron a desgarrar el abdomen de Junior. El agudo chillido de protesta de la cría hizo que Mami se diera la vuelta. En su precipitación para rescatarlo, pasó a bayoneta a una de las monstruosas hienas, hundiendo en ella el cuerno de su hocico. Con un sonoro cruj ido,debido sin duda alguna a la rotura de la espina dorsal, el animal herido giró en el aire antes de caer al suelo sobre la espalda. Mientras el grupo corría en busca de refu— 205 —

Seguros de su triunfo. las hienas aparecieron de nuevo y comenzaron a desgarrar las entrañas de su compañera muerta.. Los mínidos y yo estábamos baj o asedio y recordé que. nueces. Estaban dispuestas a esperar a que saliéramos.—. un trozo de corteza de árbol. si bien en realidad no se habían dado por vencidas. asumiendo el papel de divas banshee en un despertar operístico.. Junior consiguió ponerse en pie y trotó hacia Mami en busca de consuelo. la gente ingeniosa siempre encontraba el modo de calmar sus miedos y estimular su coraj e.intensificamos nuestros esfuerzos para obligarlas a marcharse lanzándoles cualquier cosa que tuviéramos a mano: ramas podridas. U na vez se hubieron marchado. cuya efectividad era más simbólica que real. N uestro discordante vituperio no las había molestado en exceso. consolar y alentar a las desmoralizadas multitudes mediante la oración o un número de claqué. Alfie. La agresiva estrategia se volvió en nuestra contra. por ej emplo) interviniera para inspirar valor. Se dedicaron a merodear por los límites del bosquecillo o bien a tenderse en la hierba.incluso señorial.y la noche se llenó con la melodía de los insectos y el letárgico batir de las alas. Lo normal era que o bien un líder reconocido (digamos Franklin D elano Roosevelt) o bien una persona con cierto talento para llamar la atención (B etty Grable. El partido había terminado. unas cuantas se alej aron y reptaron hasta el borde de la charca para beber. fuera del alcance de nuestros misiles. Su partida fue digna.unas doce más o menos— se alej aron de la fangosa charca. En cuanto terminaron. en momentos de agobio semej antes a ese. nidos abandonados. Los buitres aparecieron en las alturas. que estaba subido a un árbol al lado del mío. También las agredimos verbalmente.como si acabaran de salir del útero nacarado de la luna. Atrapados en las alturas como estábamos. les arroj aba desperdicios cada cierto tiempo —la cáscara de una fruta... — 206 — . bayas. nuestros utensilios. Las hienas —todo el grupo. ya que las hienas habían perdido el gusto por medirse de nuevo a la enorme hembra. enzarzándose unas con otras en violentas refriegas mientras comían.gio. Tiraban del cadáver y luchaban entre ellas para obtener una buena posición. Los animales siguieron devorando con ansia. ambos rinocerontes se internaron en la maleza.

»Cuando se marcharon. se burlaba de él con impunidad. D e cualquier forma.le hacía cosquillas en las ubres (nuestra reem era una hembra). A finales de la tarde.cada vez que pasaba por debaj o de su barriga. en aquellos días el reem era una criatura infeliz e indefensa cuyo único recurso aparente parecía ser su tamaño. Siempre y cuando uno supiera dónde golpear. tomándome la libertad de unir el cuento a la arenga— una época en la que el rinoceronte no tenía cuernos. »Y quiero contaros cómo lo consiguió. puesto que los mínidos necesitaban de ese tipo de estímulo psicológico.N inguno de los presentes nos encontrábamos en situación de bailar. incluyendo a las liebres y los damanes. Sin embargo.bastante más tarde. N gai. puesto que era un animal lento y duro de oído. N o había contado con ella cuando repar— 207 — . habilinos!.. probablemente.los dedos de los pies y. Se dej ó caer en el suelo y esperó la llegada de la oscuridad que obligaría a sus torturadores a irse a la cama. ya que así lo había nombrado su Creador. decidí que tenía que hablarles con la voz enérgica y reconfortante de un patriota que cuenta una historia. uno improvisado. »Sí. les conté un cuento. debería llamar «D e cómo el rinoceronte consiguió su cuerno». Este vocablo. Tal vez. el perro. solo en raras ocasiones podía utilizar su tamaño para sacar ventaj a. implicaba la posesión de un cuerno que el reem aún no tenía. ¡oh.. al que. El resto de los animales. P ero. Le mordió los flancos.era yo quien necesitaba que lo reconfortaran. —É rase una vez —declamé. varios animales más (el bahamut. N o les llevó mucho tiempo descubrir que la coraza que lo protegía era una especie de engaño. un mequetrefe maleducado.en aquellos lej anos días. »U n buen día.nuestra amiga decidió pedir ayuda a N gai. j unto con una comitiva de matones de menor importancia) se habían unido al j uego y la pobre reem no tardó en convertirse en un informe y fatigado saco de lágrimas. ya que su piel era gruesa solo en el estrato más interno. se dedicó a entretenerse a expensas del reem durante varias horas.por no hablar de su vista. el animal era conocido como reem y no como rinoceronte. se podía lograr que el reem sangrara como un hemofílico. A decir verdad.

N o obstante. »—¿Q ue no es suficiente? —repitió el Creador. ¡¿Q ue no es suficiente?! »—N o. »P asaron muchos días entre su partida y su llegada. V uestra D eidad. D esde esa posición estratégica. Entonces recordó cómo la había pasado por alto de forma involuntaria durante el Sexto D ía de la Creación y la irritación que sintió ante el hecho de que le recordaran semej ante negligencia lo incitó a subir a un árbol. las — 208 — . V olvió al Monte Tharaka y desafió a N gai en un j ardín lleno de suculentas y aromáticas plantas. podía correr tan rápido como un antílope. N gai dej ó de arroj arle misiles y le preguntó con voz agraviada lo que quería. »Con el ceño fruncido. escandalizado—. hizo un embudo con ellas. F inalmente. Y descubrió que el Creador le había dado cierta velocidad. tardaba poco en agotarse y comprendió que los animales que gozaran de más resistencia serían todavía capaces de j uguetear con ella y de tratarla con tanta rudeza como les viniera en gana. En zonas de maleza baj a. Le contó de sus dificultades (la vergüenza que suponía su vulnerabilidad) y exigió un presente que compensara las desventaj as que tan cruelmente obstaculizaban su vida. comenzó a lanzarle frutos a la horrenda criatura que subía pesadamente la pequeña quebrada boscosa que conducía a su morada. Ella se alegró de que se lo preguntara. disfrazado de cercopiteco azul. Y no tengo intención de marcharme hasta que pueda hacerlo con la seguridad de que me habéis ayudado a permanecer a salvo entre los restantes animales de vuestra creación. V uelve a la llanura y practica tu habilidad en la carrera. »—Muy bien —respondió N gai—. »—Me ayuda —dij o— pero no es suficiente. y estaba decidida a regañarlo por su descuido y a abochornarlo hasta que hiciese j usticia con ella. »Ella así lo hizo. para hacer una visita a la morada de su Creador.tiera medidas de autoprotección tales como la velocidad. la vio llegar mucho antes de que alcanzara la base de la enorme montaña.emplazada en la ladera del Monte Tharaka.se puso en marcha en ese mismo momento.antes de que amaneciera. el arrogante y pequeño cercopiteco azul cogió dos hoj as de palmera.la astucia. »La reem soportó el ataque de ira del Creador. A pesar del cansancio.y el Creador. la ferocidad y el camuflaj e.

. ¡O h. el Creador inspiró tanto aire en sus pulmones que la reem se encontró incapaz de respirar. pero su irritación no cambiaba el hecho de que la reem estaba en lo cierto. el melódico burbuj eo del agua y los clamorosos trinos de los paj arillos escondidos.que estaba muy ocupado trepando en dirección a un nido construido con ramitas trenzadas y pelo de colobo. mediante el sueño. ascendió hasta la cumbre del Monte Tharaka y arrancó la luna del cielo. Su audición. Mientras descendía el Monte Tharaka. una delante de la otra—. Cuando por fin consiguió despegar la luna del cielo. »P or supuesto. El leopardo y el perro aún tienen poder sobre mí. ¡Esperad! Algunos de mis torturadores son tan silenciosos como las estrellas. Al verla. »—Aquí tienes —dij o de forma cortante antes de colocarle las dos mitades de la luna sobre el hocico. Cuando llegó j unto a la atónita reem. Sin embargo. »P ara entonces. recuperar mi fuerza divina. Ahora. no era más grande que un babuino adulto y aún seguía menguando. se transformó en su encarnación primigenia: el Gran Gorila N gai. La luna no quería que la baj aran del cielo y no se rindió sin luchar.embadurnó con lodo de su río sagrado y las insertó en los huecos que la reem tenía en lugar de orej as. Movió las orej as a uno y otro lado para captar cada oscilación y cada frecuencia del sonido. mi impertinente bicornio. — 209 — .luego baj ó de la montaña con las dos mitades. la noche había caído y una luna de cuernos tan afilados como un arma flotaba sobre el Monte Tharaka. »—¡Esperad! —gritó—.incrementada de ese modo.le gustaba muchísimo. ¡Menuda diferencia! Maravillada.. te ruego que me dej es a solas. Acto seguido.su furia era tan grande que la partió en dos apoyándola sobre uno de sus peludos muslos. en su mente cobró vida otra obj eción y corrió para poder interceptar a N gai.caminando a grandes zancadas que proclamaban a voces su disgusto. El Gorila N gai estuvo a punto de herniarse para lograr su propósito. N gai se obligó a calmarse poco a poco.no le resultó fácil. N gai se iba haciendo cada vez más pequeño. Poderoso Señor! Apiadaos de mi indefensión. para que pueda dormir y. »El Creador estaba tan furioso que utilizó su propio nombre en vano. En esa imponente forma. escuchó el viento.

rebosaba de dulzura. »B aj ó la montaña a plena carrera. D ebemos matar al — 210 — . ¡ay!.y ya se las pagaría. »—D ebemos aniquilar a N gai —dij o el portador de los colmillos al bahamut y al resto de los animales—. N uestra amiga también se giró. ¿Q uién estaba detrás de esa nefanda traición? ¡V aya! El Creador. saltó hacia su garganta. olvidó pedirle al Creador que le concediera una vista más aguda. »Tras enterarse de la muerte del cánido.creyó que lo que había obtenido era más que suficiente.glorioso y apacible. Su hocico había quedado a escasos centímetros de la verrugosa cara de la reem. »Y . »Semej ante despliegue. una vez se colocó a su espalda.a la propia. Si no lo haces. »P ero. ¿Cómo había podido convertirse la reem en una criatura tan poderosa? Todos se sentían indignados al ver que el blanco de sus despiadadas bromas hubiese adquirido una fuerza semej ante. tras lo cual lo arroj ó a una hondonada como si se tratara de una plasta de excrementos humeantes. después.sin duda —afirmó.el perro comenzó a reírse. »Semej ante advertencia de boca de una criatura notoria por su debilidad y torpeza enfureció al perro. La reem lo había ensartado con sus dos cuernos y con un movimiento de cabeza se desprendió de él. se dio la vuelta y le mordió el trasero. »—Ten en cuenta mis sentimientos —lo reprendió—.»En ese momento tenía el tamaño de un ratón arbóreo. N o llegó vivo al suelo. D ecidido a ponerla en su lugar.por supuesto. »—El sapo cornudo te envidiará. si no superior.me veré obligada a comportarme con dureza. el resto de los animales se entregó a una intensa ronda de debates y recriminaciones. impresionó y acobardó muchísimo a nuestra reem.haciendo gala de tal rapidez que el perro se quedó perplej o.en esos momentos tan grande como una sandía del K alahari. comenzó a alej arse de ella con un ligero trote. le faltaban varias horas para llegar a casa cuando se encontró cara a cara con el pestilente perro. moviendo la cabeza de uno a otro lado como si de una cimitarra se tratase. D e hecho. además de dej arla literalmente sin aliento.. Tras dar una vuelta completa alrededor de nuestra amiga y contemplar con desprecio su hocico.. Su corazón. N o obstante. Considerando la disposición de N gai por ese entonces.y el mundo parecía un hermoso charco de barro. no obstante. Y a estaba bien con el dichoso perro.

estoy resignada. sin duda. sí —reconoció la reem. »N o quiso mencionarle a N gai. E. un escarabaj o coprófago que había estado durmiendo en las cercanías se despertó y se acercó a toda prisa para hacer uso de ese inesperado regalo traído por el viento. Se detuvo en la vacía sabana para recuperar el aire. haciendo gala de su discreción.. con fiebre y encogido. N o obstante. que É l mismo podría haber solucionado el problema otor— 211 — .Creador..que había escuchado el grito y sabía de sus intenciones. Aunque. »—Sí. sintió la necesidad de aliviarse y dej ó caer unas cuantas boñigas. ya que.pidió a la reem que lo llevase sobre su cuerpo (podría sentarse entre sus cuernos) y lo trasladara a un lugar seguro. la reem tardó poco en comenzar a sentir los efectos del cansancio. una persecución enérgica podría conducir a su captura. enfermo. Q ue suceda lo que tenga que suceder. N os están pisando los talones.preferiría morir por vos. Y la próxima vez que me detenga nos darán alcance. todos marcharon en desordenadas filas hacia la morada del Creador en la montaña. Si bien estoy dispuesta a morir con vos.el bahamut y los demás encontraron los j ardines del Monte Tharaka privados de la presencia de N gai y vieron las nubes de polvo que se alzaban en las llanuras meridionales.casi al límite de mis fuerzas. se apresuró a advertir a su desprevenido benefactor acerca del problema que se avecinaba. ya que ella no tendría suficiente resistencia para mantener esa velocidad y el mismo Creador no estaría en su mej or momento de forma si había decidido elegir un método de fuga tan poco ortodoxo. ay. en ese momento. »—Apresúrate —ordenó el Creador con voz chillona. Casi al instante.pero estoy exhausta. en un deshabitado desierto al sur de su morada. En cuanto fue informado de las intenciones de sus subditos. »El grito de «¡Matemos al Creador!» no tardó mucho en oírse por toda la llanura. »Cuando el portador de los colmillos. deduj eron que la reem había prestado ayuda al fugitivo. incitados de ese modo. contemplando a sus perseguidores por encima de la cabeza de la reem—. »La reem. Encontró a N gai en la morada de la ladera. no más grande que un escarabaj o pelotero. N uestra amiga accedió de buena gana a su petición. más bien dej ó escapar un poco.N gai. que luchaba contra las lágrimas—. »Efectivamente.

»Mientras tanto. D ecidí utilizar sus malévolos presentes para llevar a cabo mi venganza. D e ese modo. La rodearon en la siguiente parada (si bien con bastante cautela. Cuando maté al perro con estos cuernos (fue un accidente. Solo le pedí los derechos que me pertenecen por nacimiento y que no me fueron concedidos durante el Sexto D ía de la Creación:una vista más aguda o unos tobillos más torneados y elegantes. mientras vos conserváis vuestras fuerzas y obtenéis el tiempo suficiente para volver a reestablecer vuestro legítimo mandato. como señuelo. la reem puede seguir adelante. porque ese modo. ¿dónde estaba el Creador? »—N o sé por qué me ha equipado con este par de cosas espantosas —se defendió nuestra amiga.pero apreciaba la ironía de la situación en la que se encontraban. »—¡¿En una bola de estiércol?! —repitieron N gai y la reem al unísono. atrayendo a los perseguidores de N gai. la reem siguió corriendo hacia el Sur. me pareció. Abandonó las bostas de la reem y caminó hasta colocarse j usto baj o su arqueado hocico. ya me entendéis) me di cuenta del truco tan cruel que había empleado el Creador:me ha privado de mi naturaleza pacífica al concederme semej antes abominaciones. como pudo comprobar) y la calumniaron. tachándola de traidora y ramera. D i al D ivino que baj e de tus cuernos. persuadido por la sinceridad del escarabaj o.gándole resistencia j unto al resto de sus más recientes favores. Estar aplastado dentro de una bola de estiércol no era muy agradable.había escuchado la conversación entre N gai y la reem. Cuando lo haga. »El Creador. »—Estoy a vuestra disposición.lo ocultaré en una bola de estiércol. »—Amo a mi Creador —dij o. inesperadamente— porque ha satisfecho mis necesidades en abundancia. Si vosotros.que sacudía de forma astuta la cabeza a uno y otro lado—. accedió.pero siempre era preferible a ser asesinado. oh. sería el más j usto. P ero N gai me vio llegar y huyó del Monte Tharaka hacia el Sur. P oderoso —contestó el coprófago—. amigos — 212 — . Y por cierto. Estaban insinuando claramente que había recurrido a ciertos favores para que N gai accediera a otorgarle un arsenal tan mortífero.que no apreciaba dicha ironía. El mundo está lleno de estiércol. »El escarabaj o coprófago.

digamos. Esto exige nuestra entera y más reflexiva atención. »—¡Aj a! —exclamó la familia del perro—. emprendieron el largo camino de regreso a casa. que muchos de los parientes del perro protestaron ante esta decisión. »N gai estaba sudando en el interior de su prisión. los restantes animales regresaban de su infructuosa «P ersecución Astuta del D ios» cuando vieron a los cánidos j ugando a la pelota con una esfera luminosa. que comenzaba a lamentar su intervención en el asunto. »Los muchos conocidos.comenzó a alimentarse del estiércol que lo rodeaba (exactamente igual que hace la larva de un coprófago) y mezcló su sudor con la parte que no se comió para dotar a la bola de una corteza más delgada y transparente.y compañeros. »—Mirad —dij o uno de los cánidos—. Sabía que.permanecía oculto.aún no era rival para una manada de perros. Aquí está el culpable.una sandía del K alahari. congéneres y compatriotas del perro se sentaron a observar la extraña bola de estiércol mientras que el coprófago. »La perorata impresionó en gran medida a los animales. Y el escarabaj o no hace nada por incrementar su tamaño. y el calor divino que se extendió hasta la superficie de la bola de bosta rodeó a esta con un aura de reflej os dorados y plateados. en espera de una infortunada revelación. N o tardaron nada en deducir el secreto del extraordinario contenido de la bola (el — 213 — . Aunque poco a poco estaba recuperando tanto su fuerza como su tamaño. estoy segura de que pronto derribaremos a ese bribón. os unís a mí en esta cruzada. la mayoría de los cuales la siguió en dirección Sur durante tres días más.sacando el mayor provecho de la horrible situación.de inmediato. P or tanto. Refunfuñando sin mucha convicción por la ingenuidad de sus camaradas. D ebo añadir. que para entonces había adquirido el tamaño de. la familia de los cánidos lo rodeaba con suspicacia. Aquí está el Culpable de la muerte de nuestro hermano.se adelantaron y comenzaron a empuj ar con sus hocicos la bola de estiércol. no obstante. Esta labor le costó mucho esfuerzo. »Y . durante el cual se toparon con las bolas de estiércol del escarabaj o que había confinado al Creador dentro de uno de los aromáticos desechos de la reem. en el exterior. O bservad lo grande que es esta bola de estiércol. »Mientras tanto.

por lo que se unieron al j uego. lo que le produj o un terrible dolor de cabeza. Subió y subió sin dej ar de girar. volvió a aparecer nuestra amiga. y trató de seguir la acción. continuamos encaramados a los árboles cercanos a la charca. Sin duda alguna hasta la muerte. »N gai fue pateado y empuj ado de un lado a otro de la llanura. que recordaban a los de un cerdo.pero el crepúsculo había caído sobre ellos y lo único que realmente atinaba a distinguir era que los animales corrían en persecución de una bola incandescente. «¡D ios mío!». y mi propio cuento no me ayudó en nada a olvidarme de ese inquietante hecho. claro está. en ese momento. recordé entonces. «¡D ios mío! Esos animales han descubierto la verdad.. »¡Cielos! ¡Y menuda colisión! »La reem elevó al Creador hacia el cielo con sus cuernos. P osiblemente hasta la muerte. Sí.brillo lo delataba). perforado y desangrado. cargó contra el grupo de animales.pero Elena me había privado de su presencia.así es que se dirigió hacia las sombras que la empuj aban. Entrecerró sus oj illos. la brillante bola de estiércol. Lo que mej or distinguía era. — 214 — . Le estaba costando la misma vida mantener unida la bola con el fin de no salir despedido hacia el suelo. y ser atrapado. B ien está lo que bien acaba. y reemplazó de ese modo a la luna que había roto. Y ..» »D ej ando el cansancio de lado. »Y así obtuvo la reem sus cuernos. pensó. y fue asimismo como la luna fue restaurada en toda su gloria tras un breve destronamiento. rodeados por las hienas. mordido. »Y .

una empresa de F ort W alton especializada en quitar pintura con chorros de arena a presión...S. Torres. Su desplazamiento a lo largo de la carretera contrastaba mucho con la obstinada falta de animación del pequeño pueblo. Joshua llevaba casi seis años realizando ese trabaj o. P uentes.21 B lackw ater Springs. observó el recorrido del automóvil con el rabillo del oj o. habían perseguido a una perra coj a de raza indefinida hasta el callej ón de la parte trasera del Café O kaloosa. pintando un depósito de agua. H asta ese momento.desde que se fugara de casa y huyera de N ueva Y ork a F lorida. Joshua trabaj aba para la Gulf Coast Coating.en ocasiones. Aunque comprobaba de — 215 — . D esde una altura de treinta metros podían verse muchas cosas. D epósitos de agua.pintar y.F lorida Julio de 1985 La tarde siguiente a la conferencia que Alistair P atrick B lair dio en P ensacola.. situada varios kilómetros al norte del campo de entrenamiento de la B ase de las F uerzas Aéreas de Eglin. Sin dej ar de pelearse acaloradamente entre ellos. pero en B lackw ater Springs no podía decirse que las vistas fuesen muy edificantes.revestir grandes estructuras metálicas con un recubrimiento de resina epóxido. Equipos de extracción de minerales. el suceso más entretenido del día a ras del suelo había tenido como protagonistas a un grupo de perros.estaba colgado casi en posición horizontal baj o el abdomen hemisférico del depósito cuando vio un vehículo de color azul oscuro que entraba a B lackw ater Spring por el Sudeste.A. Suj eto por una serie de cuerdas y arneses. Mientras extendía la pintura sin muchas ganas sobre la parte interior de una gruesa viga de acero que soportaba la estructura. Joshua se encontraba en una pequeña localidad.

sabía que el presidente lo sabía.A. El j uego había creado entre ambos una resentida dependencia. N i de cualquier otro tipo de negocio. Si sobrevivía. La regla esencial cuando uno trabaj a a grandes alturas. no obstante. H ubbard sabía lo que Joshua valía. P or fin se había dado cuenta de que j amás iba a ser dueño de su propia compañía de revestimientos de pintura para depósitos. había perdido el miedo a caerse mucho tiempo atrás. el tiempo que tardara en parecer arrepentido y solicitar que lo readmitieran. Eso era lo que Tom H ubbard.S. y este. se tomaba de vez en cuando ciertas libertades con su horario de trabaj o o hacía comentarios despectivos sobre la sagacidad comercial de H ubbard. En seis años. el presidente de la compañía. consistía en mantener la mente ocupada. Joshua podía contar con ser readmitido en una semana o dos. Cofield. B aj o la capucha de protección. Joshua solía hacerlo y. En ambos casos.modo rutinario el cinturón de seguridad del arnés antes de cambiar la altura a la que estaba colgado baj o el depósito. hasta el día en que su mente desconectara y cayera al asfalto desde una altura de treinta metros. el hombre no era más que un zombi sin dientes. Si seguía subiendo y baj ando con los arneses.tanto su suerte como su talento acabarían por llegar a su fin. j usto sobre la cabeza de Joshua. En * P ersonaj e de una obra musical sobre un esclavo negro lisiado que representaba los peores estereotipos de esa raza ( N. como era el caso de la reparación de un depósito de agua. ese era el motivo por el cual era el hombre más indicado para los trabaj os de ese tipo en la Gulf Coast Coating.) — 216 — . de l as T. Si el j efe le retiraba su apoyo y lo despedía. decía de él.manej aba una manguera de arena a presión en el tanque. Tenía tanto talento en las alturas como Tarzán. H ubbard lo había despedido y vuelto a admitir un total de catorce veces. Últimamente. Cofield era un sureño de sesenta años.en esos momentos. K .nacido en el Este de Alabama que. el descontento de Joshua había comenzado a superar el de su j efe. sin dej ar de tropezarse una y otra vez en mitad de la tormenta de arena que él mismo creaba. podría parecerse a una versión a lo Jim Crow * del pobre y viej o R. lo que le deparaba el futuro eran treinta años más como un trapecista de mono azul. j unto con la experiencia. Como resultado.o bien rozara un cable de alta tensión con la pistola pulverizadora y acabara electrocutado.a su vez.

dentro del área restringida donde las gotas de pintura podrían salpicar en un santiamén el acabado azul oscuro del vehículo. En el césped que se extendía baj o Joshua. N o obstante. según el razonamiento de Joshua.la presión que ej ercían sus sueños sumada a la amenaza implícita en la mirada derrotada de Cofield lo habían hecho deslizarse por la autopista 98 hacia P ensacola a toda velocidad. P or eso.descoordinados y bruscos. Cerca del serpenteante embrollo de mangueras que llevaban la arena y el aire fresco a Cofield.Tom H ubbard estaba supervisando el funcionamiento de un contenedor de arena y un compresor de aire de color amarillo. si bien Joshua le había oído murmurar en una ocasión que cualquier otro trabaj o (visto desde la altura que proporcionaba el arnés) «era patético». Los movimientos de sus brazos eran apremiantes. vio la limusina de las F uerzas Aéreas aparcada en la acera.una ocasión. En ese momento. Aunque también había que culpar al orgullo y a la apatía.que le obligaría a enfrentarse a cada momento al estado ruinoso de su propia personalidad) lo aterrorizaba. detrás del camión de suministros.el día anterior. N o podía perder la perspectiva. de gustos eclécticos en lo referente al cabello (llevaba un bigote a lo W illiam P ow ell y el pelo negro al estilo de Elvis P resley). se emborrachaba todos los fines de semana. pero. H abía dedicado toda su vida a trabaj ar con depósitos y. Joshua no quería acabar siendo ni siquiera una pálida versión de R.se había roto la espalda al caerse y sus oj os se negaban en rotundo a fij arse en el rostro de otro ser humano. P ara H ubbard la formalidad de ese hombre era un maravilla. ¿Q ué coño pasa?. en el fondo. Sin embargo. Cofield. Alto.se preguntó Joshua. que la alternativa (llámese bien enfermedad o bien renuncia. Cofield era un magnífico y parkinsoniano ej emplo en el currículo del desgaste profesional. K .la exigencia de ser independiente y el escaso abanico de posibilidades que su habilidad profesional le proporcionaba lo conducían inexorablemente en esa misma dirección. sus gritos se escuchaban por encima del ruido del compresor mientras indicaba por gestos a Joshua que baj ara. se encontraban Alistair B lair y el coronel que había asistido — 217 — .como era lo habitual en él. la única razón por la que Cofield se presentaba a trabaj ar día tras día era.

Allí se detuvo un momento. se lanzó hacia otro de los soportes y volvió a deslizarse.con este a la conferencia de la noche anterior. — 218 — . El paleoantropólogo.cambió de dirección y se precipitó de vuelta a la escalera. ante todo en beneficio del resto de personal—. aunque conllevase un riesgo estúpido y estuviera legalmente penalizado. Te quedas en la puta calle. El cabrón ha venido. ataviado ese día con un convencional traj e de ej ecutivo. A unos veinte metros del suelo. Tras desatarse el arnés.te lo j uro por D ios. Tenía el descenso tan controlado que podía disfrutar del amplio número de expresiones que cruzaban los rostros de los hombres que lo esperaban abaj o. Con las cabezas inclinadas hacia atrás. darse gusto a sí mismo—. —¡B aj a. Soltó el mango del rodillo. ¡Estos caballeros quieren hablar contigo! Joshua maniobró con las cuerdas para acercarse a una escala fij a en una de las colosales patas de la torre. ¡P árate ahora mismo! ¡U sa la puta escalera! ¿Q ué crees que estás haciendo? Joshua. dej ar atónito a B lair. —Joder —musitó Joshua—. —¡Maldita sea. se balanceó y baj ó en picado. K ampa! —gritó H ubbard una vez que apagó el compresor de aire—.se suj etó a la barra del soporte y se deslizó a lo largo de ella en un descenso vertiginoso. pero por razones que no supo muy bien definir —molestar a H ubbard. V olvió a alcanzar la escalera a unos seis metros del suelo. como una tela de araña.ambos hombres miraban a Joshua boquiabiertos. K ampa y estás despedido. K ampa! —gritó H ubbard—.se deshizo de él y se agarró con ambas manos a las barras laterales de la escalera para dej arse caer hasta uno de los resistentes soportes que mantenían unidas las patas de la torre y que se entrecruzaba con el resto en un diseño romboidal. Saltó desde allí.que cayó hasta que la correa de seguridad que lo fij aba a su asiento lo detuvo y lo dej ó oscilando baj o él como si fuera un péndulo. H abría sido más fácil descender con el arnés. como un paracaidista que aguardara su turno durante las prácticas. H azlo una vez más. quiso protagonizar un descenso espectacular. —Acabas de infringir las normas del Acta de Seguridad y Salud Laboral —informó H ubbard. le sonrió mientras lo saludaba con la mano.en una de las intersecciones de las diagonales. Con los pies colgando y los brazos sobre la cabeza.

agitó las manos en un gesto desesperado. Sin darle tiempo a enderezarse.había sido su canto del cisne: estaba despedido para siempre. Además. Joshua percibió que. B lair sugirió que Joshua regresara a F ort W alton B each con él y con el coronel en la limusina. se soltó y aterrizó en el suelo. H ubbard comenzó a caminar en círculos a su alrededor. Me corté con una rebaba mientras me deslizaba por — 219 — . —Si se hubiese cortado las manos con una rebaba mientras baj aba así —apeló H ubbard a B lair y al coronel mientras seguía a Joshua—.volvió a poner en funcionamiento el compresor de aire y se sentó con aspecto abatido sobre un montón de sacos de arena sílica que estaban apilados cerca de la máquina. A causa del ruido. censurando tanto su despreocupación como su insubordinación y comunicándole que no volviera al trabaj o el lunes. N o creo que un trabaj ador muerto en la columna de débito me hiciera el puto favor de rebaj arla. B ien sabe D ios que la cifra que pago a la compañía aseguradora es exorbitante. les traj o la carta. Se habría matado.S. emplazado en una esquina a dos manzanas de la torre de agua. U na camarera de caderas anchas. A unos dos metros del suelo.de no haber sido por la presencia de B lair y del coronel. agazapado j usto debaj o del depósito. Con la situación todavía baj o control. Joshua emprendió una nueva baj ada en otro de los soportes. En consecuencia. no pensaba ir a ningún sitio con ellos hasta que se hubiera tomado una Coca-Cola con doble ración de hielo picado. El único cliente era un policía local. su instinto le habría hecho soltar el soporte. A. O quizás el hecho de que le sangrara la mano derecha. Tenía una sed tremenda. Joshua le contestó que tenía vehículo propio. El dueño. Joshua contestó: —Claro.Tras contemplar con aire triunfal a B lair y al coronel. presidente y capataz de obra de la Gulf Coast Coating. Joshua se abrió camino entre las mangueras de arena y aire para llegar hasta sus visitantes. la muj er hubiese puesto sus botas y su mono cubiertos de pintura como excusa para negarse a atenderlo.con un peinado similar a una colmena de abej as y un espectacular mechón de cabello oxigenado j usto sobre una orej a. —¿Se encuentra bien? —preguntó B lair. Joshua y sus visitantes se acercaron al Café O kaloosa. Y a estaba hecho. Animado por la inquietud del Gran H ombre.

La luz que atravesaba la sucia ventana del Café O kaloosa hacía relucir su insignia y bailoteaba en esos oj os color violeta.la señora Gelb. —¡ H omo habil is! —exclamó B lair—. La nomenclatura anterior ya necesitaba una revisión cuando usted era un niño. El Coronel Craw ford intervino en ese momento.¿qué criterio siguió para establecer esa categoría? —La observación. Sin dej ar de mirar con preocupación el corte que presentaba la mano de Joshua. U tilizaba un código. B lair colocó el trozo de papel sobre la mesa y lo alisó con los dedos. ¿verdad? Me limité a colocar los dedos sobre la herida y a seguir baj ando. —¿Cómo me localizó? —preguntó Joshua.los habil is eran más simios que hombres. P ero no me solté.la dirección y el número de teléfono se explican por sí mismos.la señora. Austral opithecus habil is. —P ero. j oven. Ese era uno de los símbolos que usaba. — 220 — . N adie pudo ponerse nunca de acuerdo sobre qué fósiles pertenecían realmente a esa categoría.el primero de los soportes a veinticinco metros del suelo.. —La señora Gelb. oficial al mando de la B ase de Eglin.así que nos encaminamos hacia aquí. si bien tarde. —Cuando era pequeño escribía un diario. U n j efazo llamado Craw ford. Ella.. B lair le presentó. —Llamé al número de teléfono que había en el trozo de papel que le dio al doctor B lair anoche —explicó el Coronel Craw ford— . querrá decir. con un peinado que le daba todo el aspecto de ser un refugiado de Eisenhow er de los años 50. Tal y como intenté explicar anoche. pero le pido que me aclare el significado de esta diminuta mano negra con un oj o en el centro. de rostro redondo y poco más alto que Joshua. Era un hombre fornido. ¿qué mej or modo de resolverlo que asignándole un símbolo? Esa mano con el oj o en el centro representa a un cierto tipo de homínido en concreto.nos dij o dónde trabaj aba usted. —Exacto. —¿Y qué representaba? —Creo que H omo habil is.a su vez. —Si la terminología era una chapuza —dij o Joshua—. —El nombre. H ablé con la encargada de su motel. al coronel.

Así lo hice. Pero no me estaba muriendo. Mis sueños eran de un tipo.. tal vez.. —Eso me dej ó acoj onado. quiero decir) me sugirió que comenzara a tomar nota de mis sueños. Joshua explicó el sueño en el que había comandado una flota de B -52 sobre la zona oriental del continente africano del Pleistoceno. —D e todos modos. mi madre (mi madre adoptiva. Ambos hombres miraron a Joshua fij amente. las mías lo están. ¿me puede explicar de qué clase de diario está hablando? —Era un diario de mis viaj es.la mayoría de las veces. las «evidencias» de sus sueños no estén plagadas de disparates y equivocaciones? Las pesadillas no suelen estar asociadas con la esencia de la realidad obj etiva. yo los llamaba viaj es astrales. Mis viaj es astrales siempre me llevaban al mismo sitio.Mientras B lair trataba de asimilar su afirmación y. P uedo predecir casi con total seguridad el momento en que mis viaj es astrales van a embarullarse con un sueño normal y corriente. —¿Al Á frica pleistocénica? —preguntó B lair. Al menos. La única excepción tiene lugar cuando se mezclan con pesadillas reales. —N o... relacionarla con el comentario acerca de los calicoterios que Joshua hiciera durante la conferencia de la noche anterior.. —U n diario de mis sueños —agregó como acotación—.. Los aviones habían sembrado el lugar de cráteres producidos — 221 — . —B lair buscó la palabra adecuada—. —¿Q ué le hace estar tan seguro de que las. pero no fue hasta que cumplí siete u ocho años cuando comencé a comprender no solo «dónde» tenían lugar. H e tenido estos sueños especiales desde que era prácticamente un bebé. en mitad de un viaj e astral..sino también «cuándo». Solo estaba. Cuando tenía nueve años.los oj os se me quedaban en blanco. Joshua asintió con la cabeza. Es posible que las suyas tampoco lo estén. el Coronel Craw ford volvió a intervenir. Jeannette (mi madre adoptiva) se preguntaba si me estaba muriendo. bueno. Joshua masticó un trozo de hielo de la Coca-Cola que la poco dispuesta camarera acababa de traerle.. Me explico: durante esos sueños. pero de forma codificada. Y a mi madre también la acoj onaba verme durante uno de esos trances.

le sucede. En una ocasión anterior. avergonzado—.Joshua incluso se las había ingeniado —y si no él. —B ueno. ¿Saben de qué animal se trataba? Tanto B lair como el coronel menearon la cabeza a modo de contestación. Es bastante raro. no necesitaba utilizar nombres en mi diario. Extraño. cosa que había obligado a todo tipo de criaturas extinguidas a buscar refugio.había sido su subconsciente— para introducir astronautas ataviados con sus traj es espaciales en sus propios sueños. señor. —«Snuffleupagus». P or supuesto.. Sí. —Joshua hizo una mueca y se sonroj ó. Todavía no había empezado a buscar los animales que aparecían en mis viaj es astrales en los libros. N o era más que una intrusión y j amás volvió a aparecer.miró al Coronel Craw ford en busca de una explicación. destinado en esa época en Guam como comandante de la unidad de tierra encargada del mantenimiento de los B -52 durante los intensos bombardeos a los que fueron sometidos V ietnam y Camboya. —N o necesitaba ponerle un nombre.por las bombas. esas imágenes se habían filtrado en su sueño pocos días después de que Jeannette les hubiera leído una carta de su padre. Puede que entonces tuviera ocho o nueve años. En una ocasión.con frecuencia? —N o.una especie de criatura elefantina. j usto después de que los Estados U nidos aterrizaran en la Luna.con aspecto — 222 — . Joshua se apresuró a explicárselo: —Snuffleupagus era una criatura grande y peluda. estuve observando a un grupo de quasi-personas que rebuscaban entre los restos de un mastodonte que se había caído desde el borde de un barranco y. —¿U n mastodonte? —interrumpió B lair.que no entendía nada. —¿Y cuál utilizó para ese «mastodonte»? Joshua cerró los oj os y soltó un resoplido con el que pretendía reírse de sí mismo. Además. —¿Y eso le sucedía.. Solo recuerdo un par de intromisiones de ese estilo.. El Ministro de Asuntos Interiores de Z arakal.. me limitaba a inventar un símbolo para cada animal y a utilizarlo cuando me refería a él. sin embargo. El coronel comenzó a balancearse sobre las patas traseras de su silla.ya lo sé.

Estaban preparándose para hacerlo trozos con unas pequeñas lascas afiladas. solo algunos dibuj os desmañados de las cosas que había visto. Incredulidad. acabé por cerrar la boca y no volví a hablar del tema. Incredulidad. Su mej or amiga era la gallina Caponata. —Joshua sonrió—. tambaleándose hacia los lados. y una voz lenta. Y . se me tachó de mentiroso.por esa razón. Era la misma sensación que tenía cuando me iba de la lengua y le contaba a alguien lo de mis viaj es astrales.de elefante. indignación y. profunda y triste. fue una especie de traición. hasta deshonra. y Caponata acababa pareciéndose a P edro. El caso es que Snuffleupagus tenía unos estúpidos oj os de muñeco con largas pestañas que no dej aban de moverse. El policía que se encontraba en la barra se había dado la vuelta sobre el taburete y el Coronel Craw ford dej ó de mecerse en la silla antes de colocar una mano sobre la muñeca de Joshua a modo de advertencia para que baj ara la voz. a veces. N i B lair ni Craw ford podían dej ar de mirarlo. una cabeza de chorlito de dos metros de altura que era incapaz de convencer a los adultos que aparecían en el programa de que Snuffleupagus existía de verdad. —Ese sueño me puso de los nervios.odiaba a ese maldito y desleal Snuffleupagus.. marcado en la superficie de la mesa por un círculo de agua. N o podía presentar ninguna prueba que demostrara mis afirmaciones. que era — 223 — . Joshua se tomó el último sorbo de Coca-Cola y baj ó la voz.parecida al sonido de un fagot. recién extraídas de la piedra base. que aparecía en un programa infantil de la P B S llamado Barrio Sésamo. —U n grupo de homínidos (manos-negras-con-oj os. P or esa razón. U n mentiroso y un bicho raro. el que gritaba que venía el lobo.esa era su especie) se metió a toda prisa en el agua en el lugar donde Snuffy había caído. este desaparecía sin dej ar rastro. antes de cumplir los siete años. El contacto hizo que Joshua se sobresaltara. Cuéntenos cómo acaba la historia de Snuffleupagus. N o sé si todavía existe o no. P uesto que la prueba nunca llegaría y ya que nadie sabía muy bien cómo tomarse mis visiones. Joshua bebió un sorbo de Coca-Cola y colocó el vaso en el mismo lugar donde estaba antes. —Continúe —lo instó el coronel—.. el señor H ooper o cualquier otro conociera a Snuffy. Cada vez que la gallina Caponata intentaba que María.

en el apartamento del sótano de Cheyenne) y posiblemente había dej ado los oj os en blanco. —¿Y qué sucedió entonces? —B ueno.. Ese es uno de los ej emplos de viaj es astrales «contaminados».señor. Mi madre me despertó. Y . nooooo!».utilizaba una mano con un oj o en la palma. Mi madre no pudo soportarlo. P ara el grupo que parecía más humano. B lair dobló la servilleta y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.pero en aquella época yo no conocía la terminología. Caponata!»... unas pequeñas criaturas muy — 224 — . Le raj aron la peluda barriga con sus lascas y dej aron que corriera la sangre. unas guaridas bastante toscas y lo que parecía ser el comienzo de una estructura familiar. —También había un grupo de aspecto más animal. Y lo dij o así. Continúe. —H abil is —dij o B lair—. Me zarandeó hasta sacarme del trance y luego me abrazó. «¿Q ué va a ser de mí. que todavía no estaba del todo muerto. cuando viaj aba al pasado? —Tres tipos. gimió Snuffy. N o lo sé. «¡Ay.bastante más grande. el «Mono austral africano» robusto. «¡Ay D ios. Estaba sentado en mi cama. coronel. Las quasi-personas se pusieron manos a la obra. envuelto en una manta (estábamos en nuestra casa. usaba un pictograma con una mano negra diferente para cada uno de ellos. me abrazó mientras me acunaba. —Sí. tal y como afirman los Leakey. —Austral opitecus boisei o robustus. Lo sabía incluso antes de que Jeannette me despertara. con esa voz estúpida y lastimosa que tenía. Tenían herramientas. —¿Q ué tipo de homínidos solía ver usted cuando. supongo que murió. Y después.. por fin. Lo sabía. supongo que esas quasi-personas se lo comerían. P arte del momento presente se había filtrado y había contaminado mi espíritu en aquella época tan remota. de individuos más grandes y menos inteligentes. la última especie. exclamó Snuffleupagus. bueno.Caponata?». En el diario. «me temo que voy a morir». —Joshua vio que B lair estaba manoseando una servilleta de papel—. N i trató de forcej ear. El símbolo que usaba para ellos en el diario era la mano negra con una boca ancha de dientes grandes en la palma.

.la camarera regresó para traerles la cuenta y colocó el papel con el reverso hacia arriba sobre una mancha de agua. no. en resumen. Aunque la última especie sobreviviera lo suficiente como para ser coetánea con las otras dos.se debe a que no ha contaminado el periodo con. El doctor B lair ha interrumpido una agenda increíblemente ocupada para hablar con usted. N o soy más que un par de oj os flotantes. F runciendo el ceño. Medían aproximadamente un metro.el «Mono austral africano» grácil. —¿Q ué preguntas? —La primera es si ha soñado alguna vez que forma parte del P leistoceno. Me impresionaron muchísimo cuando era niño. En ese momento.señor K ampa.alegres que parecían elfos peludos o hobbits. Es posible que su cuerpo real pueda regresar. El símbolo que usaba para ellos era la misma mano negra sin ningún dibuj o en la palma. sus restos fósiles son más antiguos. el Coronel Craw ford apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante. en fin.B lair preguntó: —¿Y por qué es una buena señal? —W oody se lo explicará mucho mej or que yo. Su simbología puede que sea del todo apropiada. Es posible que tanto el habil is como el robustus procedan del af ricanus.. —Escuche. Entro y salgo de allí como si estuviese rodando con una cámara de cine. ¿se ha visto alguna vez a sí mismo como una de esas figuras de carne y hueso que habitan ese paisaj e ancestral? —En realidad. tras saludarlos de forma sarcástica. —Eso es una buena señal —contestó el Coronel Craw ford. V amos a necesitar que conteste a las siguientes dos preguntas para saber si dicha interrupción ha merecido la pena. U na vez que estuvieron solos de nuevo. —Austral opithecus af ricanus.H ank. El taburete donde estaba sentado el policía chirrió cuando este se puso en pie y. Me explico. P ero. puesto que su mente nunca ha permitido que aparezca una imagen mental de sí mismo.con la anomalía de su propia presencia física. El Gran H ombre añadió: —P or supuesto que ha merecido la pena. señor K ampa. Tendrá que sentarse un — 225 — . P or eso lo llamo viaj e astral. cerró de un portazo la puerta principal y se alej ó baj o el abrasador sol de j ulio.

F uera o no un comandante de la base. —N o para el cometido que tenemos en mente. —¿Se dedican a buscar nuevos reclutas? —quiso saber H ubbard. escúchame: no puedes dej arme en mitad de este encargo con el viej o R.rato con W oody si quiere una explicación más extensa. En Á frica también. El Coronel Craw ford intervino en ese momento. Le gusta mandar a los negros a las selvas más conflictivas. —Sí. un espectador en una partida de cartas de dos j ugadores. —U n vaso de agua y un sándw ich de j amón —pidió a la camarera mientras se dirigía a la mesa de Joshua. —El Coronel Craw ford miró a Alistair P atrick B lair antes de volver a observar a Joshua—. Cualquiera de las dos partes puede cargar con — 226 — .volveré a contratarte. —Me has echado a la puta calle. —Sí. Señor K ampa. Joshua miró fij amente al coronel.¿le gustaría unirse a las F uerzas Aéreas? —Soy demasiado baj o. había acompañado a B lair a B lackw ater Springs en calidad de chófer. bueno. Si me prometes que vas a dej ar de hacer esa gilipollez de baj ar deslizándote por los hierros. Joshua miró al coronel de hito en hito.le había parecido que el hombre era como una tercera rueda en una bicicleta. ¿Y quién era el tal W oody? —¿Cuál es la segunda pregunta? —preguntó. Cofield y ese niñato nuevo que cree que un depósito de epóxido es algún tipo de enfermedad. al Tío Sam nunca le viene mal un poco de carne de cañón en Centroamérica y en el Golfo P érsico. Estaba a punto de hacérsela. Tom H ubbard abrió la puerta del Café O kaloosa sin muchos miramientos y volvió a cerrarla tras él. Antes de que el Coronel Craw ford pudiera hacerse a un lado para dej arle espacio. —Esa era la segunda pregunta. K ampa. —Maldita sea. —H emos estado intentando convencer al señor K ampa de que se plantee un nuevo tipo de trabaj o. —P odríamos decirlo así. H asta ese momento. H ubbard había girado una silla y se había sentado a horcaj adas en ella. claro —apostilló H ubbard—. K . ¿O no? Joshua estaba empezando a reconsiderar los términos y el grado de implicación del coronel en el asunto. —Y una mierda.

D éj ame en la cuneta. H ubbard meneó la cabeza.los muertos cuando se hace el recuento de víctimas. con la mano herida envuelta en una servilleta de papel. Al final. Cantaba a voz en grito. tengo la intención de no volver a la empresa. K .me caigo». Joshua se despidió de H ubbard con un abrazo en mitad del Café O kaloosa y se marchó tras el doctor B lair y el Coronel Craw ford.dej ando que el viento húmedo se llevara su versión de una viej a y animada canción de los B eatles. D iez minutos después. Tom. D éj ame tirado con R. —En esta ocasión.. Cofield y el niñato que lleva escrito en la cara «socorro. —Como quieras.. seguía en su K aw asaki la estela de la limusina de las F uerzas Aéreas por la Estatal 85 a través del desolado campo de tiro de la última base en la que H ugo Monegal había servido.con la boca abierta de par en par. — 227 — .

a la espera. La perilla se movía sin cesar adelante y atrás en esa barbilla hundida porque. Así que saqué la pistola de su funda. mis escrúpulos para utilizar por fin la pistola una vez más me hacían sentir fuera de lugar. El habilino chasqueó la lengua. tuvo el mis— 228 — . ¿sabes? ¿Recuerdas lo que le pasó a Genly? Malcolm señaló con el índice a una hiena cuyos oj os de ágata refulgían con un brillo avaricioso desde un montículo de hierbas cercano. —Solo intentaba que pasáramos el trago de una noche difícil —le dij e—. ¿Q ué historia intentas contarme? El habilino hizo un gesto con la cabeza para señalar sin ambages el 45 que había en mi cadera. de forma bastante clara. —Esta no es la panacea para todos los problemas.22 María Cuando Malcolm me tocó el hombro. Y . me estaba «hablando». Casi lo había olvidado y no deseaba recordar su presencia en ese momento. dándome una charla silenciosa.se había colocado detrás de mí sin darme cuenta. estuve a punto de caerme de la acacia a la charca de agua. Tenía la esperanza de que las hienas hubieran desaparecido en la oscuridad de la noche con paso altivo. El disparo. tal y como P ete Grier utilizara una vez un foco para asesinar a un ciervo indefenso. N o hubo tanta suerte:seguían allí fuera. cuyo sonido se perdió a lo lej os. Movió los bigotes de su barba como una cabra que estuviera rumiando.bien aburridas o bien insultadas por mi relato. A la luz del aprieto en el que nos encontrábamos. —Muy bien —concedí a regañadientes. me aproveché de la luna para disparar a aquel ladrón carroñero entre los oj os. Mientras yo les narraba la historia.

pero sí que funciona cuando lo necesitamos. un momento después. se aventuraron a adentrarse en el prado para examinar el cuerpo de la hiena a la que le había disparado. Y o. saltó a tierra y corrió a lo largo de la orilla como un hombre recién liberado de sus cadenas. Cuando vi la figura. solo espinos y desolación baj o una luna cada vez más cercana al horizonte. todos estuvieron en el suelo. D ebí de quedarme dormido. F red siguió haciendo ruidos y.mo efecto que un orgasmo. en cambio. F red y Malcolm se agachaban al lado de la hiena con guij arros volcánicos y trozos de cuarzo con los que hacer lascas afiladas para despedazar al animal muerto. con nuestros sitiadores en retirada. de todas formas. de saltar al suelo para encon— 229 — . Las demás hienas. Pronto. F red zureó y señaló hacia los arbustos. j unto con una parej a de buitres de aspecto desaliñado que había conseguido alzar el vuelo en el último momento.me quedé en lo alto. mi corazón comenzó a pistonear como un motor con los pernos floj os.decidido a continuar la vigilancia que Malcolm había abandonado. después. Era Elena. Me sentí vacío e inexplicablemente triste por la muerte de la hiena. Los observé trabaj ar sin envidia ni apetito.pero no vi nada. Cuando desperté. una sombra salió de detrás de un matorral al nordeste. Malcolm se agarró al árbol casi muerto de miedo pero. Reprimí la necesidad de gritarle. disparé el cargador completo. H abía tantos cuerpos esparcidos que la escena me evocó imágenes de una masacre o un holocausto. ya se habían largado.¿verdad? Las muj eres y los niños alzaron sus indecisos rostros iluminados por la luna mientras Roosevelt. la mayoría machos. D urante el tiroteo. Aún faltaban varias horas para el amanecer. —Escuchad. pero no parecían inclinados a dej ar mi presa a los carroñeros en pro de volver a los matorrales a disfrutar de un sueñecito más que merecido. Me levanté. Algunos de ellos. V olví a dej ar el arma aún caliente en su funda y observé cómo los otros mínidos descendían de los árboles circundantes. no voy a hacer esto siempre —informé a los mínidos—.Fred ej ercía de centinela en otro árbol y lo que quedaba de nuestro grupo había buscado un lugar donde dormir en el suelo.

y si se trataba de otro niño robado. como nudos callosos que se parecían mucho a mis propias rodillas. Recordé la cría de babuino que.pensé. su incoherencia no ocultaba la importancia de su significado.y mi primer pensamiento fue que parecía una niña humana con unos largos pantalones de lana. Fred dej ó de hacer ruidos una vez que la avisó de nuestra situación.otra vez no. —Al menos tuviste la cabeza de robar una lo bastante mayor como para tragar alimentos sólidos —le dij e a Elena. Era un bebé. Era un poco más alta y tenía algo más de pelo que el pequeño A.B . Sin embargo. del grupo de af ricanus que nos había perseguido todo el camino desde N ueva Elenburgo. me abrazó y me palmeó la espalda con ambas manos mientras balbuceaba una serie de sílabas que en poco recordaban a lo que yo le había enseñado.. El bebé se vino conmigo encantado. Me entregó a su pequeño. Con el corazón desbocado. como a todas luces parecía. B aj é para encontrarme con Elena en el extremo más alej ado de la charca de agua tan silenciosamente como pude. Aquel pequeño no había sobrevivido mucho a su rapto. que no era un babuino sino un bebé australopitecino. Elena me quitó a la niña australopitecina de los brazos y la dej ó en el suelo entre los dos. Por el amor de Dios.hacía ya tiempo. había traído al regresar de una expedición en busca de comida. Sus pies estaban más o menos libres de pelo y sus rodillas (como si tuviera aguj eros en las perneras del pij ama) parecían desnudas. La pequeña se negó a mirarme y clavó la vista en Elena antes de dej arla vagar con añoranza por las sombras de los arbustos. P or norma. de Fred y N icole.trarme con ella.no lo estaba. Elena y yo éramos la madre y el padre de aquella australopitecina. sus movimientos eran ligeros y fluidos. Como si nosotros mismos la hubiéramos concebido. D espués. ¿Q ué la hacía tardar tanto? ¿Acaso estaba herida de gravedad? N o. pero Elena no parecía avanzar tan rápido como debiera hacia nosotros.P . Los mínidos se habían ganado el descanso y mi carrera hacia Elena despertaría y confundiría a más de uno.. Elena llevaba algo entre los brazos y lo acunaba delante de ella como si fuera un ídolo.el resultado indiscutible de los anhelos de Elena por ser madre sería la muerte de la pobre criatura. esperé a que ella atravesara el trecho que la separaba de nuestra charca de agua. Era nuestra — 230 — .era probable que tuviera más de un año.

se incorporó y nos miró. ¿Te parece bien? ¿María? —M ii peej o —dij o Elena. una hazaña tan heroica que solo pude sacudir la cabeza.como si la vida o la muerte del bebé secuestrado dependieran de la decisión que tomara Emilia. Y . por no hablar de aceptarla como un miembro del grupo. La sangre que brotaba de una serie de marcas de garras le corría en hilillos por el brazo. Al otro lado de la charca. fascinada por la pasividad de la australopitecina. F ue entonces cuando me di cuenta de que no había escapado ilesa del asalto a los australopitecinos. ¿N o puedes ver que esto es una locura. Es una mona austral africana secuestrada. Emilia se despertó. como si fuera mestiza. Elena murmuró una serie de dulces incoherencias. Al final. —Miré a Elena—. la despreciarán tanto los habil is como los af ricanus. Tendrá suerte si los mínidos toleran su presencia. se puso en pie y recorrió la orilla para satisfacer su curiosidad.dij e: —Se llama María. «Mi espej o». Entonces. Elena. D espués de bostezar. — 231 — .observó a nuestra hij a. retiró el dedo y la estudió con atención. Incluso si conseguimos que llegue a la adolescencia. Elena y yo apenas si nos atrevíamos a respirar. una cortesía que el trance en el que se encontraba no le permitió agradecer. Déj al o estar. Con una mirada afectuosa y tierna. no es una habilina.les había robado a la niña sin más heridas que aquellas.que parecía inmersa en un trance autista. —Es de locos —protesté—. Se arrodilló al lado de la pequeña y le arregló el pelo con ternura. Elena.pensé.era una buena aproximación a «María». me arrodillé j unto a la pequeña homínida y comencé a quitarle pioj os del pelo.a pesar de todo. ¿É ramos de verdad o solo una aparición nocturna? Se acuclilló tal y como lo había hecho Elena y le tocó la barbilla a la pequeña secuestrada. Y los suyos tampoco van venir en su busca. Con torpeza.responsabilidad que creciera hasta convertirse en un adulto sano.déj al o estar. un desastre en potencia? Elena no participaba de mi cobardía. —¿Q uién se va a aparear con ella? —continué—.¿qué clase de vida crees que le espera? Sin dej ar de darme palmaditas en la espalda. La expresión del rostro de Elena me comunicó que tendría que hacerme cargo del bebé mientras ella se ocupaba de sus heridas.

Sostenía a la pequeña María contra la cadera mientras arrastraba el bastón de acacia como si fuera un timón roto. pero Alfie.nos obligó a adentrarnos en la llanura sin nada más en los estómagos que agua sucia y esa sensación temblorosa que acompaña a la enfermedad o al agotamiento extremo. U n arma en una mano y un bebé en la — 232 — . Tal vez fuera la hora tan tardía. los buitres permanecían atentos a cualquier oportunidad para acercarse. Alfie nos despertó golpeando sin cesar su bastón contra el tronco de un árbol.Elena iba en el centro de nuestra procesión y llevaba a María con ella.—B ien.entonces está decidido. j unto con Jamón y Jomo. estaban los buitres que se habían apropiado del cuerpo de la hiena empalada por el rinoceronte hembra y devorada más tarde por sus propios congéneres.o sisal silvestre. Satisfecha al comprobar que Emilia no pretendía hacerle daño a María. Ese día. Agrupados por la llanura.centinela y guardaespaldas en pro de los de devota esposa. ¿A qué venía esa preocupación?. tenía todo el derecho a abandonar sus papeles como escolta. traía una buena cantidad de olduvai. la presencia de la pequeña cuya cabeza seguía esculcando en busca de pioj os o el silencio tan opresivo. Elena me dej ó al cargo de la pequeña y desapareció nuevamente en la noche. con cuya savia pegaj osa intentaba calmar las heridas de su brazo. Casi había amanecido.había sido arrastrada hasta la orilla.fuera del alcance de las aves. me pregunté. a la que yo había disparado. como monj es con la cabeza al descubierto durante la plegaria matutina. Cuando volvió a aparecer. unos quince o veinte minutos más tarde. A pesar de eso. Ahora que tenía un bebé. yo también me encontraba en paz. madre y tutora. mis recelos acerca de adoptar a la australopitecina habían sido arrasados por un ej ército de vanas esperanzas. F uera cual fuese el motivo. La idea era comenzar a movernos antes de que apareciera un león o de que el regreso de las hienas nos obligara a permanecer encaramados a un árbol durante la mayor parte de la mañana. La otra hiena. Emilia la ayudó a apartar el escaso vello de su antebrazo y a exprimir el calmante natural del sisal en las heridas. Cualquier grupo de babuinos que se respetara a sí mismo hubiera desayunado antes de ponerse en marcha.

D urante nuestra marcha. María. parecía alej arse de nosotros en algunas ocasiones. era una habilina. aterrada.y Elena abandonaba de vez en cuando el centro de la columna como si renunciara a su papel de madre en aras de la vigilancia. P ara cuando llegó el mediodía. pero la montaña. Estas ni la acosaron ni le dieron la espalda por haberse unido a ellas.puede que incluso algún ataque. a todos los efectos. a la que parecieron deleitar con sus olfateos y suaves golpecitos. y soportó como pudo aquel trago amargo.ya que seguían dando tumbos como cachorros y perdían el tiempo con cualquier resto disecado que hubiera en el suelo.y tanto Elena como yo contemplamos la escena llenos de amor. esta se convirtió en el centro de atención ocasional. Los niños nos retrasaban. que según decidí distaba unos veinticinco kilómetros. los habilinos se turnaron para examinar a la pequeña. N o obstante. Sin siquiera gemir ni apartarse.otra. en plena sabana. cuando nos detuvimos para descansar. Me gustaba la Elena que hacía las veces de camarada y amante. Tras ese episodio. que parecían dedicarse a atormentar a un par de los escarabaj os coprófagos que quedaban del encuentro del día anterior con los calicoterios.nos encontrábamos más o menos a campo abierto. La dedicación que le mostraba a nuestra hij a me dej ó meditabundo y un poco resentido. su corazón (al menos por el momento) estaba con las muj eres. D e hecho.gestos de enfado. se acercó dando tumbos a B onzo. En lugar de eso. Elena permitió que los mínidos llevaran a cabo esta inspección. U na vez que los mínidos se hubieron percatado de la presencia de María. estos debían satisfacer su curiosidad acerca de la niña secuestrada y aceptarla como uno de los suyos. María ya era uno de ellos. Si se sentía confundida por las lealtades tan dispares que esos símbolos representaban. Los niños no evitaron que María se les uniera. D uquesa y P ebbles. Si María iba a sobrevivir. la pequeña superó parte del miedo que sentía por los mínidos y. pero no despertó hostilidad alguna. en una ocasión. — 233 — . Y o había esperado caras de disgusto.se apresuraba a volver con María cada vez que la pequeña mostraba signos de cansancio o enfado.la dej aron participar en el desmembramiento de uno de los insectos. María se colgó de Elena con los oj os abiertos de par en par.

Sin embargo. Rodeó la pequeña concavidad (que. ese comportamiento no dej aba de ser un farol y B abington me había enseñado a no tenerle miedo. la sangre le corría por la boca y un trozo de hermosa y fría piel se había quedado enganchada en su barba. N ada de eso. similares a las de las cobras. pero volvería pronto.tal vez una de esas serpientes comedoras de huevos.Algo después. U n siseo agudo y peligroso siguió a su acción. partiéndole las costillas y clavándolo en el suelo. N o obstante. a continuación. se apretaban unos contra otros. lo que Jamón había encontrado no era una serpiente comedora de huevos ni una cobra de verdad. así que debíamos salir de allí a toda prisa antes de que nos pillara molestando a sus pequeños. dej ando la hierba salpicada con su sangre y su materia gris.pero Alfie le dio una patada en los cuartos traseros y cayó sobre él con la rodilla. Lo mató mordiéndole el cuello. yo ni hubiera mirado una segunda vez). me sorprendí al darme cuenta. Como si la pequeña fuera un escudo mágico o un chaleco salvavi— 234 — . Me retiré con María hacia el borde del grupo de mínidos. Cuando. Cuando llegaron los restantes machos habilinos.con cuerpos que no dej aban de enroscarse y cuyas cabezas. de no ser por el extraño comportamiento de Jamón. incluido yo. Conté cuatro cachorros. El cuarto cachorro intentó huir.pequeños y elegantes felinos con máscaras por caras y piedras preciosas por oj os. helaban la sangre. Con el pelaj e plateado que distinguía a los j óvenes. Jamón se separó del grupo y corrió j usto por delante de nosotros hasta una depresión en la hierba. Supuse que Jamón había descubierto una serpiente. Roosevelt y Fred apalearon a tres de los cachorros hasta matarlos. H abía descubierto una camada de leopardos. y demostraban con gruñidos su miedo y su irritación. La madre estaba de caza en algún sitio. esa misma tarde. Su indignación resultaba cómica.de todos modos? Incluso tras pasar varios meses en el P leistoceno. levantó la vista hacia mí. ¿Q uiénes éramos nosotros para estar allí. Comenzó a gritar pidiendo refuerzos. se adelantó con cuidado y tiró de una alta brizna de hierba de la hondonada de la sabana. para después detenerse y cambiar el sentido de su marcha.

N o tardé mucho en prender una acogedora fogata en el centro del grupo. los mínidos o bien no reconocieron el peligro o bien desecharon sin más esa posibilidad. D ado que no confiaba en que ninguno de los machos mantuviera sus oj os abiertos una vez llegada la noche. P odías condenarlos a la perdición con alegres cánticos de acción de gracias para después alej arte de las llamas del infierno y contemplar con alegría cómo se quemaban. N o había un árbol ni un kopj e a menos de doscientos o trescientos metros. D espués. Los insectos.sin que ninguno de los dos comprendiera del todo el desaliento del otro.satisfechos e indiferentes.desapareció. Mi ánimo comenzó a mej orar. tan brillante como una bombilla incandescente situada sobre la percha de un terrario. no eran mamíferos. la apreté contra mí en busca del consuelo que me daba. el grupo se sumió en el letargo. Q uizás hubiera sufrido una depresión típica de la civilización occidental o una melancolía vespertina. O bservar a las hormigas en las ramas espinosas que se curvaban hasta convertirse en escoria etérea reavivó mi sentimiento de camaradería con los habilinos. — 235 — . N adie quería irse. decidí encender fuego. Levantar un campamento en aquel espacio abierto era como montar una tienda de campaña en una autopista:pedías a gritos que te atropellaran. H ubiera resultado difícil encontrar una ubicación más vulnerable que esa. U n habilino perezoso es un peligro en potencia. Tan pronto como cada estómago hubo recibido su ración de cachorro.observamos comer a los demás. que eran semej antes a un disco volador por su forma redondeada y fáciles de desmenuzar. Aunque hubiéramos podido viaj ar varios kilómetros más esa tarde. Juntos. El sol comenzó a descender. a diferencia de las crías de leopardo. los saciados habilinos decidieron levantar el campamento donde estábamos.das hinchable. Elena mantuvo a María a su lado mientras yo recogía las espinosas y frágiles ramitas de las acacias arábigas y las boñigas secas de elefante. Por suerte. Sin embargo. pudimos pasar lo que quedaba de tarde sin tener que defendernos de depredadores errantes.

se comió seis o siete con ganas y no hubo señales visibles de enfermedad. y qué poco se preocupaba la mayor parte de la gente por lo que habían padecido en nuestro nombre. debería haber estado más que saciada por la carne de leopardo.regresó. que la postrera ignorancia de su valor y su sacrificio les hubiera negado un lugar en los anales de los héroes de la humanidad.. pensé.me dij e mientras observaba a D ilsey. rebusqué en mi memoria una estrofa evocadora de Y eats: Q ueridas sombras.ahora ya conocéis toda l al ocura de l al iza — 236 — . Y aunque no fui el único. Se merecían algo mej or. sí que me puse más sentimental que todos los mínidos sentimentales que hicieron eses alrededor de nuestro fuego en una ambulante contemplación de la crueldad.en realidad. reflexioné en voz alta. y para entonces estaba lo bastante hambriento como para reclamar mi ración. que se había apoderado del nido de Fred. y quizá cuando el Esfinge B lanca me rescatara. Los frutos.estaban incluso por debaj o de las hormigas en la pirámide evolutiva de la conciencia. les dij e a los mínidos.podría rectificar tan innoble omisión. Los llamé «ciruelas arrugadas».el débil e imprudente Fred. B ueno. mucho mej or.sino con un nido de tej edor lleno de pequeños frutos cubiertos de pelusa. D e hecho.la brutalidad y la brevedad de la vida. con forma elipsoide y un olor almizcleño agridulce. N o comí hasta que D ilsey. Elena me tendió un buen puñado. mi familia habilina —que nunca. N o tenía ni idea de dónde los había encontrado. N adie sabría —nadie conocería— los detalles cotidianos de cómo habían seguido su rumbo hacia el fortuito desastre de nuestra supervivencia. en tan solo unos tropecientos miles de años.F red..pero no con madera para el fuego. Eran frutos de color entre amarillo y lavanda. Entonces. nunca ha sido expulsada de mi mente— sería como los restos de los naufragios fenicios que forman parte de las arenas de Miami B each.encendiendo una de mis cerillas resistentes al agua y levantando su cabeza impúdica contra las vetas marmóreas del horizonte. Era una vergüenza. cuando. El primer bocado de uno de estos frutos elipsoides me inspiró para ponerles un nombre. me emborraché con las ciruelas arrugadas. Las ciruelas arrugadas emborrachaban. Cuánto les debíamos.

pero ya estás cerca del insondable océano en el que tu vida. Soy yo aquel que desentrañará las líneas de la vida de vuestras misteriosas manos. Al zaos y obl igadme a prender un f ósf oro detrás de otro hasta que eltiempo al cance. Como no estaba lo bastante hechizada. Tomé su viej a y rugosa mano entre las mías —la mano habilina con el pulgar corto y encorvado— e intenté decirle quién era para predecir así en qué se convertiría y qué le iba a suceder. y la de los demás. En este salvaj e lugar. N oté que mi saliva era pegaj osa. pero el informe del sheriff lo absolverá de la culpa debido a las condiciones meteorológicas y a que el camión no llevaba la pertinente señal roj a en la carga que sobre— 237 — .. —D ilsey. Me acerqué primero a D ilsey. Jamón. Alfie es el homínido de tus oj os.pegaj osa y amarga. con tu cooperación. V olví a coger su mano y le di la vuelta con suavidad hasta dej ar la palma hacia arriba. Aunque tu cuerpo está cuaj ado de pioj os y tu boca desprende con frecuencia el hedor de la carne podrida.D ilsey. mi querida D ilsey. que estaba a cosa de un metro del fuego.entre elbien y elmalgeneral . Su nombre era Jamón. —D ilsey. D entro de ti. también son queridas por ti y tu consorte. engendró al hij o al que hoy conocemos como Alfie. hace mucho tiempo conociste a un hombre baj oy moreno que te hizo levantarte sobre tus pies callosos y te dio una posición de influencia dentro de los mínidos.eltiempo. Tu vida es tan larga como el N ilo. Lo que ahora querían todos de mí eran los detalles. —En los días del calicoterio —dij e—. Me la comí mientras caía en la cuenta de que había predicho la muerte de D ilsey. D ej é caer la mano de D ilsey y me quedé mirando las sombras.pero tus hij as. tu dignidad y tu honor son inmaculados. serás decapitada cuando el Toyota en el que viaj as quede atrapado baj o el compartimiento de carga de un camión que transporta madera.has vivido una vida plena y útil. que a su vez me devolvían la mirada.desemboca inexorablemente. La inocencia y l a bel l eza tienen sol o un enemigo. un adivino que lee las líneas de la mano).llegó a vosotros un quiromántico (es decir. sufrirá el mismo y triste destino.la anciana metió otra ciruela arrugada en mi boca. tu conductor. la señorita Jane y O detta..

salía.ya que además de estar muerta. Jomo me atrapó y me devolvió al semicírculo de adultos.declaré: —Elena. por supuesto. alej ándose de la desolada llanura azotada por el viento.heridas de bala. ¿Q ueda claro? N adie dij o nada. Tendrás algún que otro día regular. señora. »O detta entablará una demanda multimillonaria en representación de tu familia contra la compañía maderera implicada. desde luego. Agarrando su mano.señor. N uestro fuego danzaba fuera de control y mis andraj osos pantalones restallaban como una tira de petardos.me tambaleé hacia la oscuridad que había más allá de la fogata que los niños no dej aban de alimentar con ramitas y bolas de estiércol. »En lo que se refiere a tu funeral y el de Jamón.al parecer. Elena esperó. —Esta es la última vez —les dij e a los mínidos—. Es la última palma habilina que voy a leer. pero el litigio se alargará en el tiempo. —M ii peej o.que parecía padecer artritis.envenenamiento por radiación? N o. Sin embargo. será un acontecimiento increíble. A la mierda con eso. P or mucho que protestéis y gritéis. no quiero ver nuestro final y no voy a hacerlo. Elena quería que leyera su mano. Aunque te gustará Florida. Esta noche no voy a volver a pensar en eso.esta notoriedad póstuma no te interesará. Sí. D ilsey.en parte porque el forense detectó un porcentaj e de alcohol en la sangre de Jamón inaceptable en el momento de su muerte. con muchas hienas y buitres vestidos de etiqueta y reunidos alrededor de la tumba. te vas a enamorar de un pintor de tanques de agua y vivirás feliz para siempre. D e eso nada. D espués de besar a D ilsey en el huesudo entrecej o. Comenzó a darme golpecitos en el pecho con la palma de la mano. será algo increíble. ¿Muerte por cáncer. Acomodó a María sobre una cadera y me tendió la mano. —¿Q ué queréis que os cuente? —les pregunté—. momentos baj os en los que te sientas deprimida por la situación internacional o por el triste revestimiento de madera de tu caravana. Se hablará de ello en la sabana durante semanas. eres una dama respetuosa y modesta que no permite que semej antes tonterías se le suban a la cabeza. Elena se acercó a mí con María en los brazos. y tu marido será uno de — 238 — . Intoxicación por ciruelas arrugadas.

Elena. «desarrollar tu potencial creativo como una persona independiente». Mi 45 no es lo único por lo que os esforzáis. la consecución. los mínidos querían algo más. D e verdad que sí. Y . Q uerían algo más de mí. Elena se cambió de cadera a María y se alej ó cabizbaj a. será el triunfo de algo que ni yo mismo soy capaz de imaginar.Elena.seguiréis alimentando vuestro amor. Me detuve y levanté la palma de mi mano para que pudieran ver sus líneas.esos tipos que te permitirán. él. un epílogo o una exégesis. V iaj aré en el tiempo solo una vez más:cuando muera y dej e mis huesos para que Alistair P atrick B lair los descubra. P odría ser mucho peor. tranquila y modesta. ya sabes. vagabundeamos sin novedad por los pastizales hasta las suaves colinas que yacían a los pies del Monte Tharaka.la mano de un alienígena velludo. mínidos míos. debéis mirar lo absolutamente inconcebible. Con todo. Lloraba a moco tendido. —M ii peej o. atrapado entre dos impulsos contradictorios: mi cariño por los habilinos y una repentina.. Elena puso la pequeña mano de María en las mías. Tal vez entonces me procure mi propia nomenclatura taxonómica..y lo decía en serio. —Esta dice que nunca os traicionará.. te llevará a limpiar con arena el depósito de agua de la azotea de alguna comunidad. Estoy aquí para quedarme.será una vida decente. de vuestro desarrollo como personas. La solté de golpe. D ebéis mirar más allá de lo que no podéis ver todavía. de ese modo entre otros muchos. aunque poderosa. —H e llegado hasta vosotros desde un mañana que ni sois capaces de visualizar. esto.donde fingirás que sois pioneros que exploran el corazón tenebroso de otro planeta. como tampoco lo es mi kit de primeros auxilios. Al día siguiente. que a todas luces no se sentía bien. —N o.ya dij e que no lo haría. Cada aniversario. Los mínidos —todos ellos sombras queridas para mí— me observaron dar varios pasos hacia ella. pero no creáis que soy el modelo.. me permitió llevar a María la mayor parte del trayecto y pasó el tiempo recolectando — 239 — . debéis tener fe en vuestro destino.nostalgia por mi hogar. La culminación de lo que habéis empezado. Aunque esté desubicado.

Mientras comenzamos a abrirnos paso hacia arriba.impropio de Joshua K ampa.y estos les respondían de la misma forma. Me clavó las uñas en los muslos e intentó trepar por mi cuerpo como si fuera un árbol. (Atila Gorila.casi tuve que ahogarla para que desistiera de utilizar mi cabeza como asiento. Era.. bueno. Suj eté a María y levanté la vista hacia las cumbres nevadas del Monte Tharaka.. N os habíamos adentrado en su territorio. P or fin.fuerte y tenaz. nuestro advenimiento debía de parecerles un desafío a su autoridad. Al parecer.al menos. ya que sus habilinos me recordaban a los hunos. N uestro acercamiento a la montaña quedó marcado por la aparición. También era fuerte. Jomo y Jamón les gritaban a los centinelas del cerro. María se tranquilizó. Era un prej uicio visceral que debía erradicar o. pero me seguía resultando difícil pensar que eran personas en el mismo sentido en que sentía que los mínidos lo eran. D e hecho. Jamón y Jomo ya habían tenido varios contactos con el j efe j orobado de esta otra banda. me di cuenta de que María no era la única mínida adoptada que temía el inminente encuentro. lo llamé mentalmente. sobre el cerro cubierto de maleza que había por delante de nosotros. maza.suavizar. Iban vestidos de la misma forma (una especie de desnudez peluda parecía ser el uniforme de la época). pero a mí me recordaban a los yahoo más que a seres humanos.hierbas para la niña australopitecina. y sus armas también eran parecidas (garrote. ¿Q ué tipo de recibimiento debíamos esperar de los extraños del cerro? Sus rostros se volvieron entidades individuales a medida que subíamos.oí las voces ancestrales que auguraban una guerra. y en tiempo de sequía. de tres o cuatro cazadores de otra «nación» habilina. Y asustaron a María. Estos extraños «¿Cómo estáis?» se perdieron por las depresiones de la montaña y se extendieron por el pastizal. Elena se dio cuenta de lo que pasaba y me liberó de aquel diablillo. dej ando las armas a los pies de Atila para demostrar que tenían intenciones pacíficas así como — 240 — .) Ambos presentaron sus credenciales. En brazos de su madre adoptiva. Alfie. un copo de All B ran en una caj a de Cheerios. cuando la dispersión significaba la supervivencia. Y o mismo estaba tan fuera de lugar entre los habilinos como ella. incluso cuando el grito procedente del cerro cambió de una amenaza a una invitación. bastón y fémur).me dij e. y oí.

N os abrimos paso a través del camino lleno de brezos hasta llegar a un cañón desnudo y luego ascendimos por él en dirección a los deliciosos hielos de la cima. aceptaban mi compañía. además. mientras que la nieve de la amplia cima brillaba como el hielo de un daiquiri de plátano helado. Los mínidos. N o parecían tener muy claro si querían acunarla o aporrearla.suj etaba el fémur pulido de un ñu como si fuera una varita de cóctel gigantesca. un bufón con pies enclaustrados y calzones destrozados.nuestra buena disposición para solicitar la indulgencia de los hunos mientras atravesábamos sus tierras rocosas. Y o también me — 241 — . A pesar de que no era capaz de decodificar el galimatías gutural en el que se desarrollaban las negociaciones. Era una cría inútil que los ridiculizaba por el mero hecho de ser quien era y lo que era. Llegados a este punto. que se había quedado atrás con el grupo de muj eres. Siguiendo a Atila. Alfie. N o encontraban palabras —de hecho. Jamás habían visto nada que se me pareciera. Era a María a quien los hunos contemplaban más abiertamente. nuestro grupo se deslizó por la parte trasera del cerro hasta un valle de espinos. Y o era la anomalía más desconcertante. los habilinos nos miraban a María y a mí con abierta desconfianza. el macho al que reconocían como j efe. un extraño diseño de cabañas y cobertizos. Mis pantalones no los sorprendían del todo. era varios centímetros más alto que Atila. Si el recibimiento demostraba ser algo menos que hospitalario. pero solo porque algunas de las muj eres de los hunos vestían capas hechas con pieles de animales sin curtir. en cuestión de segundos la tregua insegura había dado paso a un tratado de amistad. me dej aron en paz.no fue necesario. y así llegamos al diminuto balneario de los hunos en la montaña. N o habíamos recorrido la cuarta parte del camino cuando dimos un giro en el sentido de las aguj as del reloj para bordear una explanada boscosa. una concesión debida a las temperaturas más baj as de aquellas altitudes.ni siquiera tenían un concepto mental— para describir la mayor parte de mi vestimenta. parecía capaz de crear un cóctel habilino estupendo con nuestros adversarios. A pesar de la antipatía hacia mi persona. razón por la cual Elena se cuidó mucho de acompañarla en todas sus pequeñas excursiones por el campamento. P or suerte. Sobre las elevadas faldas del Monte Tharaka había árboles y bambudales. después de todo.

mostraba protector con María.pero ninguno de los hunos parecía creer que sus vidas corrieran peligro.víctima de una afección recurrente que atribuí a nuestro súbito cambio de hábitat y dieta. fueron haciendo ca— 242 — . me acurruqué a su lado para dormir. pero despierta. Como bolas de pinbal l . —¡Elena! —grité—. Salí al exterior dando tumbos. Las vi a través del follaj e bamboleante en la orilla del manantial donde había recogido las compresas. pero yo no me preocupé por los gustos en cuanto a carne de nuestros anfitriones. Elena y María habían desaparecido. ¡María! Mi voz era tan solo una más en el coro de gritos confusos. Elena sostenía a María. Al final.supongo. P ermanecimos con estos habilinos seis días y no llegué a desarrollar ningún cariño por ellos. la ladera de la montaña había comenzado a estremecerse baj o nosotros de la misma manera que se agitaría el rabo de una vaca para espantar una mosca persistente. El promotor de tal movimiento no era el viento. Sus gritos de alegría y sus silbidos eran un débil contrapunto a los rugidos del Monte Tharaka. que iban desde gálagos y colobos hasta cercopitecos verdes y azules. Más bien. U na pandilla de hunos habilinos se había desplegado por el bosque que rodeaba el manantial y reprendían a la montaña por su mal comportamiento al tiempo que celebraban su propia osadía..humedecí algunas compresas de musgo con el chorrito de un riachuelo cercano y las apliqué sobre la garganta y la frente de Elena. y me descubrí sosteniéndola en brazos gran cantidad de tiempo. la vegetación de la montaña se zarandeaba enérgicamente. D espués de acostar a María. La pequeña cayó de sus brazos al suelo. baj o mi cuidado. lo único que hicieron fue enfadarse más. Cuando me desperté. P ara cuando el sexto día en la montaña llegó a su fin. hasta el punto de que el señor P ibb comenzó a allanar el camino para mantener una relación con una bonita fémina huna. Se relacionaban bastante bien con los mínidos. pero una sacudida del Monte Tharaka la hizo caer.. Elena enfermó del estómago a intervalos concretos durante esa semana. estos ataques de vómito la habían debilitado tanto que pasó la noche postrada. D e hecho.

A la luz del crepúsculo. saqué la pistola.mientras Elena yacía inmóvil en nuestra choza. buscaba consuelo en un bárbaro sin conciencia. Elena le presentaba la espalda al huno que había matado a nuestra hij a. Q uise gritar. U no de los golpes casi le cercenó la cabeza a la altura del cuello. la acarició y le murmuró las condolencias hunas. Elena también le presentó las nalgas a todos los demás habilinos que llegaron al manantial. apunté al asesino de María. En aquel entonces.y el siguiente pasó muy cerca de Elena. Y el bárbaro se lo dio. En vez de eso.con una mirada vacía. Como ninguno de ellos aceptara su invitación ni la arroj ara colina abaj o. hasta llegar a mis brazos. U n minuto o dos después. le palmeó los hombros. Con mucha más ternura que la que el Monte Tharaka había utilizado para mecernos a todos. la mecí una y otra vez. la mecí a ella.. Luego di un paseo. sí que lo hicieron de los disparos de mi pistola. María se puso de pie y Elena se apresuró a atraparla. los esbirros de Atila cayeron sobre la pequeña australopitecina con un garrote.cuando levanté de nuevo la cabeza.Elena descendió a tropezones la ladera cubierta de escombros. reuní lo que había quedado de María y enterré sus restos en la tierra blanda de los alrededores del manantial.un tiro por cada habilino. En los límites del pánico y el dolor. Antes de que pudiera hacerlo. En ese momento.rambolas entre los árboles al tiempo que coreaban su valentía y su indignación. Mientras sus camaradas de armas desmembraban el cuerpo sin cabeza de nuestra hij a. D isparé mi pistola al aire. El homínido le tocó el culo con gentileza antes de pasar a su lado en dirección al lecho de hoj as en el que yacía el cuerpo de María. Más tarde. Si bien no habían huido de los rugidos de la montaña. el terremoto había acabado y el estruendo de los disparos resultó tan puro y limpio como el de un punzón que cortara hielo. pero no pude emitir sonido alguno. se arrastró a los pies del primer culpable. Con odio en el corazón y el pulso errático.. me llamó la atención un cráneo cicló— 243 — . el Monte Tharaka volvió a convulsionarse y nos derribó a todos. P oco después.

una bestia de nariz larga que se había aventurado por las laderas del Monte Tharaka en busca de brotes y hoj as y había muerto al no ser capaz de regresar al pastizal.me dej é arrastrar tras ella ladera abaj o. — 244 — . La coloqué en la tumba de María a modo de lápida. Y o mismo me quedé maravillado al observar la calavera. Lo que parecía ser una inmensa cuenca ocular en el cráneo del animal era en realidad la cavidad nasal. Pol if emo era un paquidermo.peo conservado en una cuna de roca volcánica en lo alto de la montaña. pero los antiguos griegos confundirían semej antes restos con los de los gigantes de un solo oj o y se maravillarían ante las visiones conj uradas por su imaginación a raíz de este error. un recuerdo a la memoria de nuestra hij a. Era la calavera de un mastodonte o de un dinoterio. D espués de liberar la enorme calavera de la toba en la que estaba prácticamente enterrada.

la roconola que estaba en el suelo parecía expandirse y contraerse como un enorme y opalescente pulmón. llamativos y algo robóticos. ese mismo color se reflej aba en el suelo hormigonado del pabellón. aunque la impresión general era la de unas almas condenadas que soportaban los tormentos del infierno — 245 — . U na K aw asaki roj a. Los ritmos que brotaban de la roconola lo subyugaban.y la actividad lo atraía. Joshua apoyó un pie en la barandilla de madera y observó a los bailarines. N o obstante.estaba lleno de actividad. H ubbard acababa de pagarle y. Joshua estaba hipnotizado. La había dej ado atada con un candado en un aparcamiento para motos situado j unto a las duchas públicas. simplemente preciosa.ruedas nuevas. Y a en el pabellón. Ataviado con sandalias mej icanas y vaqueros cortados. U na persistente mancha roj iza se extendía por las aguas del golfo.F lorida V erano de 1981 El sonido proveniente del pabellón de la playa era una música disco pasada de moda.cerca de la autopista. El dinero significaba independencia. los restos de una roconola de otro verano. había conseguido que un banco local le concediera un préstamo con el que comprarse una moto.Joshua deambuló calle abaj o por Miracle Strip para ver qué pasaba. En su mayoría.23 Ciudad de P anamá. al igual que los movimientos.se volvía de vez en cuando para admirarla.mientras caminaba por la blanda y blanca arena hasta el pabellón. El sol acababa de ponerse. Eclipsada sin cesar por los cuerpos medio desnudos y en continuo movimiento. gracias a la intervención de este. eran chicos blancos de instituto o adolescentes de risa floj a. V iej a música. de los bailarines.

llevaba un par de pantalones anchos de poliéster y una camiseta amarillo pálido que conmemoraba la F lotilla de la Liberación de 1980.Joshua siguió mirando. La chica quería bailar pero para él ya era todo un logro permanecer en pie. había uno de esos triciclos de plástico verde chillón para preescolares. Junto a ella. La canción de la roconola se acabó. El pasado octubre. Mala suerte. Entonces.y encontraban un gozo perverso en el proceso. Lo más probable es que fuera un cadete de alguna de las bases circundantes y que se hubiera pasado con las patatas fritas y la cerveza.se dij o.observando con oj os vidriosos a los bailarines.aquello no era posible. La siguiente era una balada con un hermoso solo de flauta que se alzaba sobre el sordo y repetitivo sonido del baj o. cerró los oj os y dej ó que su pelo se moviera de un lado a otro con el melancólico sonido de la flauta.hundió la barbilla en el pecho mientras la parte superior de la cabeza le brillaba con un desagradable color rosado y poco a poco se deslizó hasta el suelo. Cuando la muchacha se dio cuenta de que él la había pillado mirándolo. Los cuerpos quemados por el sol se fundieron entre sí y comenzaron a balancearse j untos como borrachos enamorados.sino desvaneciéndose poco a poco hasta llegar a un silencio sobrecogedor.pensó. N egándose a reconocer los derechos que se le negaban. Las familias de los militares eran refugiados profesionales. Iban y venían como gitanos. N o se puede volver al hogar. La chica intentó rescatarlo pero a todas luces era demasiado pesado para poder levantarlo sola.no de golpe. P or supuesto. F inalmente.sucedió un pequeño milagro. un j oven con la cabeza rapada estaba apoyado contra la pared. Justo enfrente. un j oven aviador lo había llevado a la base y después había paseado por la viej a unidad de Capehart. U na chica delgada de piel bronceada y el cabello tan negro como el grafito líquido lo estaba mirando desde el otro lado del pabellón.no estaba sola.sobre todo cuando nunca se ha tenido uno. Si quieres compañí a. La hermana pequeña de Lady Dragón. una inocente oriental. donde los Monegal habían vivido durante tres años. ya puedes vol verte a Egl in y buscar a tus viej os camaradas de l as Fuerzas Aéreas. Ape— 246 — . N inguna de las personas que conociera antes de la muerte de H ugo seguía viviendo en los aloj amientos de la base. el sol y los barbitúricos. Joshua no tenía muchas esperanzas de encaj ar en ninguno de los grupos.

V amos. —D ej a un rendij a en un par de ventanas. Joshua la siguió en su K aw asaki. Joshua rodeó a la multitud que se concentraba contra la barandilla para hacer exactamente eso. a pesar de que Joshua habría j urado que era de ascendencia tailandesa o vietnamita—. Está por allí. Tras unos tropiezos iniciales en busca de algo en lo que apoyarse. tío. se pasará los próximos días pelando patatas en lugar de j ugar a los iraníes. Si vuelve a H urlbutt en este estado.ló a Joshua con los oj os al tiempo que forcej aba y el mensaj e inequívoco que transmitió esa mirada fue:«Y a ves el lío en el que estoy. La hermana de Lady D ragón le secó la cara con un pañuelo de seda y se encogió de hombros para demostrarle su impotencia a Joshua. donde le metieron la cabeza baj o una ducha con el fin de sacarlo del estado catatónico en el que se encontraba. La chica conduj o hacia el O este por la autopista hasta una zona desierta de las dunas.del de béisbol o forestal? —N o sé a qué te refieres. N o va a padecer convulsiones ni a asfixiarse. —Alquiló un coche. échame una mano». Será mej or que lo dej emos en algún sitio en el que pueda dormir la mona. discutieron qué más podrían hacer por el tipo. un Plymouth F ury azul. N o hubo manera. —¿D e dónde es? —D el campo H urlbutt —contestó la chica sin el menor rastro de acento. las estrellas se abrían paso entre el entramado de nubes. — 247 — . enciérralo con las llaves del coche dentro y déj alo dormir. Tiene permiso para todo el fin de semana.y tampoco va a molestarlo nadie en este sitio. P or entonces. —N o tiene que volver hasta las cinco en punto del domingo. Al resguardo de una mimosa. le remangaron las perneras del pantalón y le colocaron el pañuelo empapado de la chica en la cabeza a modo de compresa. —¿D el equipo de hockey. El cadete los miraba con los oj os saltones y transparentes de un pez. Joshua y la chica consiguieron llevar a su deshidratado novio por la playa hasta Miracle Strip. —N o importa. Me dij o que iba a ser un Ranger. Apenas habían intercambiado diez palabras desde que salieran el pabellón. D ej aron al futuro Ranger en el asiento trasero del coche alquilado.

Acabo de cobrar. una y otra vez. —¿U n perrito y una Coca Cola? —Lo que quieras. La chica se paró. P arecía bastante nerviosa a la hora de aceptar sus sugerencias. como por una astuta desconfianza hacia sus motivos.no tanto por lealtad a su cita. —D ej aré que conduzcas tú —le dij o al tiempo que señalaba su moto—. podría hacer dedo hasta mi casa. Llévame de vuelta a la calle Strip y te invitaré a comer. Se lo tragaba todo con vino blanco y cerveza P ast B lue Ribbon.. Lo único que Ruddy quería eran anfetaminas. —Miró hacia el coche alquilado que estaba baj o la mimosa—.pensó Joshua. pero más delgada. —A pesar de que noviembre parecía tan distante como la ciudad de H o Chi Minh. ya me lo has dicho. Joshua se puso a su altura. un aspirante. como en ocasiones lo denominaba— le había enseñado eso. Era un novato en esas lides. —D iecisiete. Si me porto mal. —Si conduces tú. H ablaba en serio cuando dij e que podías conducir. —Sí. barbitúricos y aros de cebolla. Acabo de recibir la paga.V estida con pantalones cortos caqui y una camiseta como la de su acompañante. —P ero no controlarías el lugar adonde te llevo. con un aspecto casi etéreo. Era de la misma estatura que Joshua. —¿Me llevarías a otro sitio que no fuera el que yo te indicara? —Inclinó la cabeza hacia un lado y lo estudió con oj o crítico—. —Echó a andar hacia las dunas que se abrían a la autopista.. N o era tonta la chica. N ervioso. —Su cabello se movió como una cortina de cadenillas mien— 248 — . D e esta forma. puedes lanzarnos de cabeza contra un coche que venga en sentido contrario y dej ar que la cólera de D ios caiga sobre mí. la chica tenía toda la pinta de una inexperta y muy j oven Scout. —¿Cuántos años tienes? —farfulló. Si llegara el caso. —Y o cumpliré diecinueve en noviembre. tal vez estés demasiado ocupado como para portarte mal. ¿Cómo se suponía que tenía que abordar a aquella niña asiática perdida y sensual de cabellos mágicos y oj os del color del chocolate fundido? N i siquiera su estancia en N ueva Y ork —su exilio.le infundió valor—.

En otro tiempo. K ha le había devuelto. regentaba un pequeño restaurante de comida asiática en el que los perritos y los aros de cebolla ni siquiera estaban en la carta. pollo troceado y verduras fritas preparados de tantas formas distintas que Joshua comenzó a pensar en la mayonesa como un condimento exótico y en la sopa de hamburguesa como un consomé deseado con ansiedad. La señora Tru padecía una rara enfermedad en la sangre para la que le habían prometido un tratamiento. su nombre había sido Tru Tran Q uan. —D ios. —N unca he montado en moto —dij o—.ya fuera en el hospital de la base o en el centro de H ouston. donde el doctor D enton Cooley practicaba transplantes de corazón con la misma facilidad que una operación de anginas. P or desgracia. víctima de los efectos combinados de la enfermedad. el anciano. La chica sonrió. había sido Coronel del Ej ército de la República de V ietnam hasta comienzos del primer mandato de Richard N ixon.el dinero que le había costado al Gobierno norteamericano el privilegio de trasladar a toda su familia a ese país en una época de incertidumbre. del viaj e agotador y de sus propios miedos. K ha. Creo que me gustaría probarlo.tras escenificaba la técnica tan poco refinada de Rudy. tanto nacional como internacional. pero ahora se la conocía como Jacqueline Tru.que había emigrado a los Estados U nidos mucho antes de que nadie oyera hablar de los balseros o sospechara que Saigón estaba a punto de caramelo. al parecer. momento en el que llegara a la B ase Lackland de las F uerzas Aéreas en Tej as con su esposa y sus tres hij os en una misión humanitaria autorizada por el D epartamento de Estado de los Estados U nidos. Su sonrisa fue el punto de apoyo en el que se sustentaron las precarias esperanzas de Joshua. Su padre. K ha reaccionó con rapidez y les dij o a las autoridades que dimitía de su puesto en el Ej ército de la República de — 249 — . A pesar de que Joshua y Jackie no cenaron en el establecimiento del anciano aquella primera noche. Como hombre rico que era. la señora Tru había tenido una crisis y había muerto en cuanto pisó la consulta en Lackland. antes de que acabara el verano habían devorado arroz.

En poco tiempo. —¿N o tiene sentido pedirle un favor a un amigo? —le preguntó Tru Q uan K ha. Se le pide asilo político a un enemigo del país del que se quiere escapar. N o sin ciertos recelos. diez o doce solteras muy patrióticas respondieron de manera favorable a la oferta de Tru. las mismas bendiciones inalienables de la libertad que disfrutaba el pueblo americano. Tru esperaba asegurarles a sus hij os. Con esta estratagema. Tru se mudó a Florida. y la publicidad que provocó el alboroto local amenazó con traspasar las fronteras de San Antonio y extenderse a otras partes del país. —Entonces. y cada vez estaba más cerca de la edad de reclutamiento. tras lo cual pidió asilo político en los Estados U nidos. —Mi amigo y mi enemigo tienen el mismo rostro.acudió a los periódicos de San Antonio con la historia de su padre y con la sorprendente exclusiva de que Tru pagaría una cantidad nada despreciable de dinero a cualquier muj er estadounidense soltera que se casara con él.admitió el muchacho. —P ero no puede pedir asilo político en el país que es el principal aliado de su propio Gobierno —le dij o a Tru un burócrata con gafas del D epartamento de Estado—. Además. pero su hij o. un chico muy instruido tanto en inglés como en los múltiples usos de los medios de comunicación públicos. el gobierno acabó por ceder. D ebido a la pronta reacción del gobierno. El Gobierno intentó hacer regresar al Coronel Tru en contra de su voluntad. no verá ningún obstáculo para volver a Saigón sin dimitir de su puesto y provocar un incidente embarazoso.V ietnam. —P or supuesto que no. ya que deseaba ver árboles de pomelo. D isneyw orld y Regalos Ritki e Imperio del — 250 — . N o tiene sentido. —La República de Canadá vigila vuestra frontera norte — reflexionó Tru Q uan K ha en voz alta—. y a él mismo. Es mucho más seguro aquí. su único hij o varón tenía trece años. N o quería regresar al caos institucionalizado de una estrategia bélica en desintegración y al régimen corrupto de V ietnam del Sur. sin duda. D e cualquier forma. A Tru se le permitió casarse con una cincuentona llamada B renda Lu B runo y obtener así la ciudadanía. solo unos pocos periódicos que publicaron la historia acabaron en la calle.

todo en aras de su supervivencia.y no dej aba de servirle comida al pretendiente de su hij a para que no se marchara del establecimiento y siguiera recitando con entusiasmo semej antes historias. se pondrían a gritar o se les desprenderían tiras de carne achicharrada con el dorso rosado. Y en el caso de que Joshua entrara en sus planes.¿cómo podría este contribuir a la felicidad de K ha? En primer lugar. mientras tanto. N o vivía con B renda Lu Tru.debida a la edad. N adie era capaz de desentrañar las intenciones de Jackie. con su hij oy sus dos hij as como consuelo constante. El chico —un hombre j oven. D ado que K ha ya no era un hombre rico —sus antiguas propiedades habían sido confiscadas.durante una década. H istorias en las que criaturas casi humanas escarbaban en busca de tubérculos. divirtiendo a su padre. N i siquiera la curvatura de su columna. cuya expulsión del Edén fue una caída desde el salvaj ismo a la bendición eterna de la Revolución Agrícola y las cuentas corrientes. iba Jacqueline a casarse con una birria de hombre en lugar de hacerlo con un clon de Robert Redford con una cuenta corriente tan gruesa como la B iblia de Gutemberg? Q uizás. Joshua no contribuyó mucho a su felicidad. Tru Q uan K ha había sido un hombre feliz. Muchos animales insólitos compartían los pastos arcaicos con estos fascinantes prehumanos. tarea que parecía venirle grande. y en segundo lugar. si las tocaba. en realidad—.lo colocaba a la altura de los oj os del j oven. cazaban pequeñas aves y comían la carroña dej ada por depredadores más grandes. haciendo feliz a Jackie. que.pero se escribían con regularidad y hacían la declaración de la renta conj unta para que el Tío Sam los dej ara en paz. Jackie. El viej o vietnamita creía que los negros eran como las víctimas de un incendio. se sentaba a la mesa con los dos hom— 251 — . Tampoco le hacía gracia ser un tanto más alto que Joshua. Así pues.Souvenir. contaba unas historias maravillosas. D isfrutaba oyendo hablar a Joshua acerca de lo que nadie podría saber de primera mano. ¿Iba su hij a —una buena chica católica. rebautizada Jacqueline en honor a la viuda del presidente—. primero por el régimen de Thieu y después por los comunistas norvietnamitas— la pobreza material de los homínidos prehistóricos de Joshua se le antoj aba más idílica que angustiosa. En un principio.

bres, tolerando el afecto recíproco de ambos. D ebido a la creencia de su padre de que su capacidad intelectual y su carácter independiente le depararían un destino mucho más elevado que el de servir mesas, tenía pocas obligaciones en el Restaurante Mekong. (Antes había sido una estación de servicio Texaco.) P or tanto, era la hij a mayor de K ha,Cosette,la que ej ercía de anfitriona,camarera,caj era y pinche de cocina. A pesar del desfile de turistas que se paseaban por la calle Strip, el Mekong no tenía muchos clientes, por lo que K ha podía salir de la cocina con total impunidad hasta que llegara un parroquiano. Joshua suponía que la falta de trasiego en el comedor (que en otro tiempo fue un garaj e doble) evitaba que Cosette albergara un resentimiento más enérgico hacia su hermana pequeña. D espués de todo, Jackie podría convertirse en profesora de H istoria en un colegio público de Florida o en intérprete simultánea para las N aciones U nidas en N ueva Y ork. En lo referente a D zu,el chico que había llevado la historia de K ha a los periódicos de San Antonio, ahora trabaj aba para el D epartamento de Estado como experto en la tramitación de los refugiados, ya fueran del Sudeste Asiático o del Caribe. Joshua nunca había conocido a D zu,pero aquella noche llevaba otra de las camisetas de la F lotilla de la Libertad de 1980 que D zu le había enviado a sus hermanas como recuerdo. Jackie y Cosette se habían pasado todo el año anterior regalándoselas a amigos, conocidos e,incluso, citas a ciegas. En la cocina del Mekong,había un estante repleto de esas camisetas. —P adre, ya ha comido bastante, y tú ya has escuchado lo suficiente por esta noche. K ha se encogió de hombros sin arrepentimiento alguno y masculló algo en vietnamita. —D ice que deberías escribir las historias que cuentas — traduj o Jackie. —N o me hace falta. Si espero lo suficiente, veré las repeticiones en mis sueños. —Pero se levantó,saludó a K ha y le dij o al anciano que le había prometido a Jackie llevarla a ver una película. Mantuvo la cartera en el bolsillo porque K ha consideraba cualquier intento de pagar la cuenta como la peor clase de insulto. —U n sueño mal recordado es una oportunidad perdida —dij o K ha en inglés—. D eberías escribirlas. Jackie depositó un beso en la frente manchada de su padre, se
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despidió alegremente de Cosette y conduj o a Joshua a través de la puerta de cristal hacia el bullicio del oleaj e y el ruido de los motores que caracterizaban la calle Strip. —N ada de películas —dij o ella con toda intención—. Tú. —¿D ónde? —¿Q ué tiene de malo tu caravana? —Gene acaba de volver de un trabaj o en Luisiana. Es más que probable que haya reclamado su reino: latas de cerveza sobre la cisterna, ropa por todos lados y una lata de mantequilla de guacamole encima de la tele. N o se aj usta a mi idea del sitio perfecto para una cita. El gran Gene Curtiss era el compañero de caravana de Joshua, el capataz de la plantilla de la Gulf Coast Coating que pintaba depósitos en otros Estados. Le doblaba la edad a Joshua y era también el doble de su persona. V íctima de tres infartos y de un divorcio completamente inesperado, asistía a misa todos los domingos, pero solo rendía culto de corazón a D izzy Gillespie, a la memoria de B illie H olliday y a los Tampa B ay B uccaneers, sin importar la canción. N o consideraba que «negro» fuera una palabra inaceptable para referirse a la «gente de color» y nunca había oído hablar de Jomo K enyatta, Steve B iko, Robert Mugabe o Eldridge Cleaver. —Tengo bastante dinero para pagar un motel. —N ada de eso. —¿Entonces, dónde? —Joshua pudo oír la nota de exasperación de su voz. H abía pensado en ver una película, la nueva de B rian de P alma. —¿P or qué no me sorprendes? —D ios. —N o blasfemes, Joshua. Te daré un repaso mucho mej or del que,probablemente,tú le darías a la peli. El capricho de Jacqueline —que, para ser sincero, podría convertir en propio con suma facilidad— requería preparación y un poco de inventiva. Al principio,esos requisitos habían enfriado un poco su entusiasmo, pero ahora que los dos estaban en su moto, sorteando el tráfico y dej ando atrás los moteles de hormigón cubiertos de luces de neón,las tiendas de estuco de artículos de playa
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y la fauna de fibra de vidrio de varios circuitos de minigolf, se había vuelto a excitar. La sorprendería; la abrumaría, de hecho. Juntos, alcanzarían la misma cima de pasión que antes disfrutaran César y Cleopatra, Lancelot y Ginebra, B onnie y Clyde. F ue un largo trayecto para el cortej o motorizado de Joshua, una distancia que se vio complicada por los excursionistas, las camionetas y los remolques para lanchas; pero, después de sortear con despreocupación aquel adictivo eslalon,Joshua los conduj o adónde quería en menos de una hora. —Espera aquí —le dij o a Jackie—. V olveré en seguida. El gran Gene estaba tirado en el sofá-cama de la sala de estar, viendo la televisión. Levantó una lata de cerveza a modo de saludo. Joshua le hizo un gesto con la cabeza, atravesó con rapidez la entrada llena de cosas y regresó al poco tiempo con una linterna enorme y una colcha. —¿Q ué es eso? —preguntó el hombre grande. —Linterna. Colcha. —¿P ara qué? —P icnic en la playa —improvisó Joshua;abrió la puerta de un empuj ón y a punto estuvo de saltarse el primer escalón—. N o me esperes despierto. —P uto crío estúpido —dij o Gene con afecto. Joshua hizo una especie de silla de montar con la colcha. Jackie, linterna en mano, se montó tras él y, así, partieron hacia el N ordeste a lo largo del desolado tramo de autopista que bordeaba la reserva militar. Las palmeras se rendían ante el monte baj o, que a su vez se rendía a la viña kudzu, los pinos y las extensiones de musgo español. En las profundidades de la oscuridad veraniega, Alabama se mostraba como la quilla de un barco cubierta de conchas. Aquel era el lugar donde, no hacía más de quince años, los emprendedores de aquella remota región habían colocado carteles publicitarios sobre sus estaciones de servicio y tiendas de alimentación que rezaban:«Q ueremos negocios de blancos». Joshua j amás había visto esos carteles, pero Tom H ubbard y el gran Gene Curtiss le habían asegurado que era verdad. U na punzada de miedo le atravesó el abdomen como un aguij ón. Giró el manillar derecho para aumen— 254 —

tar la velocidad y gritó por encima de su hombro que casi habían llegado. Jackie le apretó los hombros en respuesta. U na línea de edificios de ladrillo se extendía por el campo como una parte del decorado de un escenario que de pronto girara hacia el público. Joshua quitó la mano del acelerador y dej ó que la moto rodara hasta un pueblo con un solitario semáforo. D urante la semana anterior, una cuadrilla de la Gulf Coast Coating había estado trabaj ando en la pequeña torre de agua del pueblo, limpiando su interior con arena hasta dej ar el metal reluciente para después aplicar una imprimación rugosa en el resto de la superficie de la estructura. La panza del tanque de agua resplandecía sobre ellos como la torreta de una nave de guerra marciana. U na cerca rodeaba la base de la torre, que distaba del distrito comercial, ahora dormido, unos buenos cincuenta o sesenta metros. Todos los antiguos escaparates estaban cerrados y el semáforo se mecía al compás de la suave brisa de medianoche. V erde,ámbar,roj o. V erde,ámbar,roj o. El cruce estaba vacío. —¿Te parece que esto es mej or que tu caravana? —Más privado. Jackie apoyó la barbilla en su hombro. —Y a que podrías haberme llevado a una pista de tenis o a un campo de fútbol. —N o me refiero aquí abaj o;sino allí arriba,Jackie. D entro del tanque. Su expresión, apenas iluminada por la luz de las estrellas, no cambió. Ladeó la cabeza para calcular la altura del tanque y la dificultad de la escalada. A Joshua lo complació que ella no vetara de pleno su idea; pero también lo contrarió que no se mostrara más sorprendida. H abían recorrido un largo trecho j untos, tanto aquella noche como a lo largo del verano. Joshua, según ella misma había admitido, era su cuarto amante, mientras que él le había entregado nerviosamente su virginidad a Jackie entre unas dunas no muy lej os de la playa de Santa Rosa. La disposición de Jackie a fornicar dentro de una esfera de metal a treinta metros de terra f irma era, sin duda alguna, mucho menos sorprendente que su buena disposición para fornicar sin más. Como vietnamita de nacimiento,hij a obediente y «buena católica»,tendría que haber sido casta como una monj a, pero F lorida la había transformado sin necesidad de renegar de esos calificativos,y ahora se consideraba a sí
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misma una ilustrada muj er de mundo. Insistía en abrazar la diversidad. —Muy imaginativo,Joshua. —N o para mí. P ara mí,era una opción evidente. D ej aron la K aw asaki volcada en la hierba,saltaron por encima de la cerca,que no era muy alta,y subieron por la escalera hasta la pasarela que había a mitad del tanque. Joshua llevaba la linterna enganchada en el cinturón y la colcha sobre el hombro a modo de sarape. Se había puesto a la cola para evitar que Jackie pudiera resbalar, a pesar de las protestas de ella, que decía que con todo lo que llevaba, él tenía más probabilidades de caer. N inguno de ellos cayó, pero la subida los dej ó mareados, incluso a Joshua, así que descansaron en la pasarela antes de continuar por la escalera semiesférica que abrazaba el vientre del tanque hasta la escotilla que se abría en la parte superior del depósito. En aquella ocasión, Joshua fue delante. Encaramado al borde de la escotilla, recorrió con el haz de la linterna el interior del tanque. Las escamas brillaban de forma apagada en la superficie que aún no había sido limpiada con arena,y el olor a cloro, a óxido y a metal corrompido lo hacía dudar. Q uizá no fuera una idea tan genial después de todo. —V amos —lo acució Jackie—. ¿A qué esperas? Joshua entró en el tanque. Jackie lo siguió sin problemas. Contra una de las rampas inferiores,cerca de la toma de la cañería que llenaba el tanque, encontraron una isleta de arena de las limpiadoras. Allí, en una conspiración de susurros e inútiles gestos con las manos, extendieron la colcha. El mango de la linterna chocó contra un lateral del tanque mientras Joshua se movía,y el clamor resultante fue ensordecedor. —¿Y la gente de verdad bebe agua de estos tanques? —Se toman muestras todos los meses en busca de impurezas. Las sombras le daban una cualidad pétrea al rostro de Jackie; la chica contempló el barro y las manchas de óxido. —Puaj . A Joshua se le ocurrió que si Jackie distinguiera su rostro en la oscuridad que lo rodeaba,su aspecto sería incluso más extraño que el de ella;sin embargo,le tocó la barbilla y se inclinó para besarlo. Se fundieron como velas, cayendo de rodillas. Se desplomaron el uno sobre el otro sobre la superficie de la colcha. Su carne era pa— 256 —

rafina líquida, y en la ceguera de su fusión,fueron transparentes el uno para el otro. Cuando Joshua volvió a ser consciente de él mismo como individuo, yacían acostados j untos, desnudos y sudorosos. El j ardín del Edén sobre pilares, en eso se había convertido el apestoso tanque de agua. El óxido que corroía el depósito no desprendía un olor desagradable, sino más bien una especie de perfume. Sus cuerpos estaban relaj ados, una vez satisfecha la luj uria, y aún no había aparecido ninguna serpiente. —Estupendo. —Cuatro estrellas —dij o Jackie—. Altamente recomendable. —Casémonos. Jackie dej ó que las palabras resonaran un momento antes de contestar: —D e eso nada, señor K ampa. Eres un hombrecito amargado que todavía no se encuentra a gusto consigo mismo. N o quiero convertirme en la secretaria privada que grabe tus sueños. —Te he pedido que nos casemos. N i siquiera lo has considerado. —Lo he pensado muchas veces. Solo que no creí que me lo pidieras... Joshua,me quedan muchas cosas por hacer. —¿Como qué? —¿H as oído hablar de la Madre Teresa de Calcula? Ella representa un modelo de comportamiento que pocos han intentado seguir. H e pensado mucho acerca de hacer un trabaj o parecido al suyo. Joshua ladró como un chihuahua. —H ablo en serio. Te suena ridículo porque no puedes imaginarme comprometida con una misión espiritual. U na misión piadosa. P ero ese es problema tuyo. —Te he pedido que te cases conmigo. —Y yo te he dicho que no y te he explicado la razón de mi respuesta. Tú tampoco quieres casarte. P iensa en los sueños que tienes, Joshua. Los hombres mono, esos que intentan convertirse en humanos... esas criaturas son la clave. Tú quieres lo mismo, pero te ves tan incapaz de conseguirlo como ellos. Estas desconcertado y siempre en conflicto contigo mismo. —Te quiero,Jackie. —Eso es lo que te dicen tus hormonas. Las hormonas y la
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gratitud. N o te puedes casar llevado por esos motivos. O , al menos,no deberías. —Jackie, he tenido estos malditos sueños desde antes de que pudiera hablar. H e estado «desconcertado y en conflicto» desde que era un niño. —Eso es porque tienes una misión y todavía no sabes cuál es. —Tú. —Menuda gilipollez. —¿Cómo coño sabes que tú no eres mi misión? —P orque tengo una misión propia. D e lo contrario, por si no lo sabes, no estaría aquí a la espera cuando tantas otras ya se han casado. El semi-misticismo de Jackie no admitía réplica. Le recordó que el centro de su propia vida se basaba en un misterio al que había llegado a contemplar como vulgar y deshonroso, algo así como una enfermedad venérea. Le había revelado su secreto a la familia Tru porque el hecho de ser extranj eros (es decir,su supuesto alej amiento de los prej uicios y patrones de pensamiento de la gente «normal») los había convertido en confidentes fiables. Además, contar sus sueños le había ayudado a ganarse a K ha y había aumentado de forma más que considerable el interés que Jackie sentía por él. Al menos, al principio. Ahora, ella arroj aba sin preocupación alguna cargas de profundidad en la frágil pecera de sus esperanzas. —Todo el mundo ha estado alguna vez «a la espera», Jackie. El problema es que nadie sabe durante cuánto tiempo ni para qué. —Algunos sí lo saben;otros deberían saberlo. —P ero tú escucha lo que dices,te estás regodeando. —Estás enfadado contigo mismo, Joshua, no conmigo. Así que déj alo ya. También estás enfadado con tu familia, y ya no hay razón alguna para ello. —¿D e qué hablas? —Elparaí so en sus sueños. P or supuesto. El libro propuesto por su madre —mej or dicho, por Jeannette Monegal— acerca de su extraña y crónica aflicción. P or lo que Joshua sabía, el libro nunca se había publicado, ni con ese ni con ningún otro título. Joshua se había largado y ella había abandonado el proyecto. Sin embargo, Jeannette seguía sin saber a qué santuario había escapado, ya que no había intentado ponerse
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en contacto con ella desde que desertara del B ronx O este. Tampoco estaba preparado para salvar la brecha con una llamada de teléfono. N o,señora. N ada de una orgía de disculpas a larga distancia y perdón para él. ¿Q uién se disculparía? ¿Q uién tendría que perdonar? Joshua cerró los oj os y trató de concentrarse en la oscuridad impenetrable. —N o quieres hablar de eso,¿verdad? —N o —respondió—. La verdad es que no. Tras un momento,Jackie dij o: —¿Y de tu trabaj o? ¿Q uieres hablar de eso? —¿N o te gusta mi trabaj o? ¿N o quieres a un reparador de torres por marido? ¿El salario de un pintor de tanques no te emociona? —N ada de eso tiene que ver con lo que hablo,Joshua. Tu trabaj o es una desviación, un sustituto. Entras en cualquier pueblecillo y comienzas a acicalar su más flagrante monumento fálico. Es un trabaj o duro y honesto,pero para ti es también como una especie de masturbación:sin sentido y solitaria. —Joder. N o me lo puedo creer. —¿Q ué es lo que no puedes creer? —P areces Lucy en una de las tiras de P eanuts. Soltando una j erigonza baj o un cartel que dice «Atención psiquiátrica: cinco centavos». —D ej as tu trabaj o de vez en cuando, ¿no? Y luego el señor H ubbard te vuelve a contratar cuando apareces. Eso es lo que ocurre,¿a que sí? Joshua no dij o nada. —Te estás preparando para la ruptura final. U n día te sentirás dispuesto a dej arlo por completo. Encontrarás tu misión y harás lo que se supone que debes hacer. Así que es posible que tu misión se retrase todavía un poco. N o te digo que dej es tu trabaj o. N o intento decirte cómo llevar tu vida. —¿D e verdad? —Sabes que no. P ero si nos casáramos, tal vez lo haría. Y tú intentarías lo mismo conmigo,aunque no quisieras. —Le puso una mano en el pecho—. N o te enfades, Joshua. N o es una tragedia que yo ya haya encontrado mi misión y que tú todavía la estés esperando. Y a llegará. Riéndose entre dientes, no sin cierta tristeza, Joshua cubrió la
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Aquel otoño. silencio. Jackie comenzó a asistir a una de las escuelas universitarias locales. una «misión» era una especie de síndrome premenstrual psíquico. Más tarde. Se apartó a un lado y comenzó a buscar a tientas su ropa. su voz era tan directa y luminosa como el haz de luz de la linterna. Joshua podía sentir cómo le subía la bilis. N o es algo calculado. —¿D e qué te ríes? —Encontrar mi misión. en la capital del país. —Y o también —respondió Jackie. Joshua cada vez la veía menos. recuerdos y.. postales.. H ablas de eso de la misma forma que algunas de las chicas que conocí en N ueva Y ork hablaban de la regla. y su relación se fue diluyendo de forma gradual a través de cartas.. La gente se desarrollaba a diferentes velocidades. como analogía. y se mostraba tan comprensiva con su lentitud en alcanzar esa condición por los mismos motivos por los que no se burlaría de una chica que llevara suj etador deportivo. al final. Jackie se fue a la U niversidad George W ashington. P redestinado. P ara ella. H abía acertado de lleno en lo referente a su palabrería psicológica.una punzada de ira que salía con la fuerza de una erupción. Encontró la linterna y la encendió.Jackie. Joshua continuó trabaj ando para la Gulf Coast Coating y continuó soñando. y su ambigua pasión por la muchacha de mágicos cabellos se transformó en amistad. H aces que parezca algo biológico.mano de ella con la propia. Me parece que no estoy de acuerdo con eso. —Estoy listo para irnos —dij o.. Inevitable. — 260 — .me refiero.

. Y o debía de ser el único mínido que se preocupaba por la estabilidad del tracto gastrointestinal del Monte Tharaka. mi vida fue una narración picaresca sin protagonista. seguía llorando la pérdida de nuestra María.en un observador aislado. Sin embargo. La montaña pareció aprobar nuestras disposiciones. no presa del pánico.24 Siembra de sueños P oco después del asesinato de María. a catorce o quince kilómetros de nuestros antiguos anfitriones y a una altura considerablemente menor. por tanto.. una huida en F errari en la que el conductor había saltado en marcha. Tanto si cogía — 261 — .. Eliminé estas preocupaciones mediante un sistema muy sencillo: abandoné la mayor parte de la actividad mental consciente y me dediqué a vagar a la deriva de un día a otro. P ero ya no me ahogaba en esos fenómenos sin ser plenamente consciente de ello. y la noche enardecía mi visión con el brillo incandescente de las estrellas que.en una cámara con base móvil. Al final. sino a causa de una súbita indiferencia por su destino.ya que se abstuvo de quej arse de dolor de barriga y pudimos tumbarnos de noche sin temor a que nos despertara de golpe con una erupción de eructos y gases. D urante las siguientes semanas. como si «soñara» los sucesivos episodios de mi vida exterior. con la importante salvedad de que entre los mínidos seguía usando mi cuerpo como cámara fij a. El viento aún soplaba contra mi piel..al igual que en mis viaj es astrales previos al Esfinge B lanca. Me había convertido. nos separamos de los hunos y construimos un campamento propio en el flanco nororiental del Monte Tharaka. Elena se recuperó de los ataques de náuseas que la habían acosado en el reino de los hunos de las tierras altas.

Soñaba que mi «yo» salía de la sustancia olvidada de la preconsciencia. disgustado. semej ante transformación no significaba una involución. Allí. las até con tiras humedecidas de bambú y fingí que mis reparaciones servían de algo.pero no sufrí en exceso.. ya que estábamos lej os de los estímulos melancólicos que representaban los niños. las heridas y magulladuras que llenaban de tonos morados mis espinillas. pero yo las arreglé con unos trozos de corteza.P .y las noches se extendían a nuestro alrededor como fragmentos del caos primigenio. P ara mi sorpresa. no muy lej os de la sabana. de pronto hacía una pausa y le echaba un vistazo lastimero a V eloz o a A.B . y mi cuerpo solía estremecerse como el badaj o de una campana. como así fue. D esde entonces. arroj é mis adoradas botas al cañaveral de más abaj o. tal vez porque estaba so— 262 — . tropecé con un escollo y desgarré el lateral de mi bota derecha y.una fruta de la acacia gal olcomo si excavaba en busca de algún tubérculo. H asta donde yo sabía. Soñé que mis botas de montaña se estropeaban por el uso. La incurable llaga de la comisura de mi boca. Y a había roto y reemplazado varios cordones. Elena y yo nos abrazábamos el uno al otro. Con el fin de distraerla. las picaduras de insectos que cuaj aban mi piel.. en ocasiones. Cuando nos separábamos de los demás. dichos ataques de depresión eran poco frecuentes. ninguna de aquellas molestias me fastidiaba en realidad.y Elena era mi guía a través de la oscuridad. las temperaturas baj aban de forma alarmante. y hasta que mis pies desarrollaron un nuevo conj unto de callos. solía poner uno de mis mugrientos descubrimientos en su mano y le hacía un gesto hacia el siguiente sitio de búsqueda. sino una desviación. Me había convertido en un habilino. Mis dientes provocaban un alboroto semej ante al de una máquina de escribir. y Elena y yo teníamos que dormir acurrucados el uno en brazos del otro para luchar contra el frío. N uestro nuevo campamento —chozas de varas y retamas a través de las cuales el viento tocaba sonatinas— se encontraba en un bosquecillo de bambú cerca de un arroyo. B abington se habría avergonzado de mí por no descartar mis botas y seguir descalzo. renqueé por ahí como un centrocampista coj o. pero ahora la suela de goma se estaba rompiendo y el resquebraj ado cuero Maple Cuddy se había agrietado para revelar los aromáticos cochinillos que se escondían en el interior. N o fue así. U n día.

A decir verdad. encaj aba en un sitio. el valle que se extendía baj o nuestro campamento y una parte significativa de los pastos de la sabana parecían haber sido redecorados para el baile de graduación. la bandolera y la mochila con paj a seca y paseaba por la buena tierra de Á frica tan desnudo como los mínidos.los espinos. Renunciar a la seguridad que proporcionaba el 45 y las balas de la cartuchera era más fácil que renunciar a mis pantalones de camuflaj e. Cada vez con más frecuencia.al desnudarme había conseguido el uniforme oficial. A la mañana siguiente. las zarzas y el desgaste habían abierto numerosos aguj eros en el tej ido. N o fue muy duro desplazar el resto de mis pertenencias allí también. Soñando. La cirugía menor que B abington había efectuado en mi miembro viril. abrasado por mi sueño de interminable sequía.todavía soñando. soñé que llovía.me había desprendido de mi identidad del siglo X X casi por completo. se raj ó la costura de la entrepierna.me distinguía de los demás machos del grupo.allá en Lolitabu.los callos se formaron con rapidez.ñando. al mirar atrás). y en la retaguardia tenía un frente activo en la batalla perdida contra la desnudez. P or primera vez en mi vida (ahora me doy cuenta.y dej ar mis pantalones a Elena para que sirvieran como manto tradicional. Y así fue. el remiendo se rasgó también enseguida. N inguno de los miembros del grupo de Elena hizo el más mínimo intento por hablarle al soñador de los sueños. j amás había usado en el Lago K iboko ni en ningún otro sitio). Tapaba el arma. ya había transferido su contenido a la mochila. Aunque lo arreglé con un anzuelo y lo que me quedaba de sedal (el cual... Los costados de las piernas quedaban expuestos. P rimero.como kaross. U n día. Las — 263 — . D ebido a que dos de mis bolsillos se habían roto mucho tiempo antes.dej aba mi 45 en su funda dentro de nuestra choza. Mis pantalones también se estropearon. Mi consciencia onírica no anulaba mi deseo de pertenecer a la comunidad de mínidos y a la enorme comunidad que abarcaba el P leistoceno. pero aquello no era más que una pequeña contribución a mis muchas divergencias con respecto a la media anatómica. por falta de oportunidades. En cualquier caso.

.. que no el color. la persona que lo tiene abultado. ya que los demás mínidos también se acercaron haciendo cabriolas colina abaj o. pero no de la forma en que podrían hacerlo las bayas maduras.lanzando al aire enaguas escarlata y esclavinas azafranadas. U na madre. D e forma tentativa.. V i que el vientre de Elena había adquirido la forma.alucinante! —M iii peej o —replicó mientras sostenía una flor violeta entre el índice y el mutilado pulgar. embarazada? U na vez superada la sorpresa letárgica inicial. hacia lo que parecía un j ardín.los niños arrancaron puñados escarlatas o azules y olisquearon unos capullos y otros. ¿Embarazada? ¿Mi Elena. Jocelyn y P ebbles fueron. las gacelas y los desgarbados j iráfidos. con estas intactas. B onzo. de modo muy similar a como retozaban los niños de F lorida sobre la capa de nieve virgen después de una rara nevada en febrero. N o estábamos solos en nuestra celebración..vas a ser madre. Groucho. acepté el embarazo de Elena como algo — 264 — . pero Elena y yo permanecimos allí más tiempo aún. Me empapé en esa visión. —Elena. hacia aquella agradable cubierta del suelo. ni siquiera yo lo entiendo. bueno.flores se mecían al compás de la brisa.caímos j adeando sobre la exuberante filigrana de vegetación de nuestro pequeño valle en la montaña..cuando finalmente se fueron. Más abaj o.los que más rato se quedaron. Caminar entre esas flores danzantes habría sido como arrastrar los pies a través de la capa de confeti perfumado que quedara en el suelo después de una fiesta. Literalmente. pastaban los elefantes. las cebras. Atónito. ¡pero es genial. pero Elena y yo los ignoramos en pro de la beatífica contemplación del ombligo del otro.de un melón.de entre los más j óvenes habilinos. Me embriagaba. en el revivificado pastizal de la llanura. cuesta abaj o desde nuestro campamento.toqué la rígida tumescencia de su abdomen y la miré a los oj os en busca de alguna señal que me aclarara si ella comprendía el significado de semej ante alteración en su silueta.¿entiendes? Joder. En la tierra de los vientres lisos..está preñada. conduj e a Elena. Todavía poseía mis capacidades motoras básicas.

puedo decir con seguridad que «infecunda» no significa necesariamente lo mismo que «estéril». H asta que no se queda embarazada. Y o era la casualidad de Elena:un impredecible salto atrás desde el futuro que ya estaba codificado en su AD N . debo confesar mi ignorancia una vez más. H oy en día. no obstante. pero no incorrecto. predestinado y bienvenido. Incluso con machos de su propia raza. por lo tanto.el de Malcolm. P ero los miembros de distintas especies —incluso dentro del mismo género— son capaces de una fertilización cruzada solo en raras ocasiones. debía de haber aparecido demasiado pronto para sacar provecho de su potencial genético latente.natural. lo primero implica la ausencia de crías. no es incorrecto decir que una muj er es infecunda. Mucho de lo que ocurrió durante esa época tenía la lánguida infalibilidad de los sucesos que acontecen en una visión o en una fuga psicógena. por supuesto.no tenía ni idea. Elena había permanecido infecunda hasta ese momento.y lo segundo. Elena era un predecesor de una especie de homínidos que se asemej aba mucho al H omo sapiens. Lo más probable era que la unión entre un humano y un habilino no pudiese ser fructífera debido a la incompatibilidad básica de cromosomas entre las dos especies. ni un experto titulado en técnicas de inseminación habilina. La explicación más ingeniosa que me aventuro a sugerir es que. Entonces.. ¿cómo era posible que yo hubiese superado todos esos formidables obstáculos y la hubiese dej ado embarazada? A decir verdad. D ebido a que sus órganos reproductores estaban situados mucho más hacia el frente de lo que era normal entre las hembras de su especie. ni un investigador de temas de fertilización.el de Roosevelt o el de cualquiera de los otros. tal vez.¿por qué Elena no había concebido un hij o de Alfie o de cualquiera de los demás machos habilinos? Como no soy un ginecólogo.. genotípicamente.la imposibilidad de concebirlas. B ueno. por casualidad. Razón por la cual ella había concebido a mi hij o en lugar del de Alfie. excepto. Entonces. Engañoso. se dice que los humanos y los simios no pueden copular de forma fructífera. La fructificación no es siempre el motivo principal de dichos — 265 — .¿cuántas veces tienen oportunidad para serlo? Aun así.

asimismo. tampoco podía decirse que la dama a la que yo llamaba Elena H abilina fuera un simio.H is M onkey W if e.pero el sentido es inequívoco. la expresión «no pueden copular de manera fructífera» choca de bruces con el altamente sugestivo hecho de que un siamang y un gibón de otra especie. dispongo de los comentarios de las siguientes e irreprochables autoridades científicas. que estuvieron confinados j untos hace varios años en el Centro de P rimates Y erkes de Atlanta. Lo más posible es que sí. D icho experimento debe haber sido probado en muy pocas ocasiones. H ay que reconocer que ni el siamang ni su amante gibón eran seres humanos pero.encuentros. naturalista sudafricano y primatólogo: «Me siento muy inclinado a creer que los engendros de dos subfamilias de la misma especie antropológica serán estériles». uno puede suponer con toda la razón del mundo que una muj er de un millón de años hace — 266 — . Es más. o un imperativo ético? N inguno de los anteriores.al menos recientemente». ¿Este dicho constituye el enunciado de un hecho empírico. Esa simple verdad es una redundancia. me temo.la evolución. que cito para intimidar a los ignorantes: Eugene Marais. son posibles cruces viables ocasionales entre humanos y chimpancés. (Sin embargo. sorprendieron a sus cuidadores con una diminuta cría. una cuenta pendiente en la Ley N atural. Ahora.) Carl Sagan. astrónomo americano y poeta laureado por su sincretismo científico: «Según lo que sabemos. (U no solo puede especular sobre las consecuencias biológicas de la relación relatada de forma tan discreta en la obra de John Collier. no es probablemente del tipo que podría impedir un apareamiento con éxito». años después. (Alguno de los términos puede estar obsoleto.tal y como ha tenido lugar.paleoantropólogo americano y descubridor de los fósiles del Austral opithecus af arensis conocido como Lucy: «Sería interesante saber si un hombre moderno y una hembra de H omo erectus de hace un millón de años podrían tener j untos un hij o fértil.) D onald Johanson.

Muy bien. Segundo: tampoco poseo un aguante excepcional.incluyendo el gorila. entonces. (Como experto en los solecismos y circunlocuciones de otras personas. como demostraban claramente sus hazañas con Emilia.creo que no envidiaría a esa persona.mucho tiempo que dej ó atrás la menopausia. mis obligaciones políticas consumen la mayor parte de mis energías.el hombre tendría que comprar dos billetes cada vez que pensara subir a un autobús. Ginebra y N icole. incluso en sus periodos de mayor receptividad. aunque pagaría por echar un rápido vistazo a alguien cuyo miembro masculino recuerde a sus señorías Leakey y Lew in a un gorila de montaña. P rimero: una cita de los escritos de Richard Leakey (el oponente keniata de B lair) y de Roger Lew in (editor en otros tiempos del New Scientist) :«Como respuesta biológica a la sexualidad femenina. B lair colgó una vez un papel con una copia de esta remarcable aseveración en la pared de su despacho en el Museo N acional de Marakoi. Alfie era más que un digno rival para mí en ese aspecto. D esde Elena. mi pene no es tan grande como un gorila. Sic.sic.sic. no me he sentido atraído por ninguna muj er.cuya masa corporal es casi tres veces la de un hombre». P uede que sea tan grande como un pequeño lémur ratón. Y o desmiento esos cargos malintencionados al confesar mis incompetencias como amante. Y . N i siquiera es tan grande como un terrier Airedale. pero no estoy dispuesto a poner a prueba esta suposición mediante el experimento decisivo de la comparación directa.) A pesar de la incombustible creencia popular en las proezas sexuales de los hombres con mi color de piel. los machos humanos han desarrollado un pene más largo que cualquier otro primate. se ha puesto de moda entre los críticos descartar mi afirmación como una forma despreciable de fanfarronería sexual.) En los últimos tiempos. dej ando a un lado los recuentos cromo— 267 — . además. P or suerte. El hecho de que permanezca soltero hoy en día puede ser una consecuencia de la inactividad de mi libido. Con toda probabilidad.el apetito sexual de Elena era modesto y no tenía que extralimitarme demasiado para dej arla satisfecha.

puede que fuera un milagro. — 268 — . las apelaciones a la j erarquía y el ritual de humillación personal. ¿cómo puedo explicar el improbable embarazo de Elena? B ueno. las lecciones de anatomía.sómicos.

de pelo oscuro y oj os semej antes a un par de cebolletas hinchadas. U n solitario rodeado de ayudantes. U na vocación que no le impedía equivocarse en los minutos necesarios para calentar un plato de comida precocinada.F lorida. a V an Luna. quizás. que poseía la misma capacidad de concentración que un alumno de tercer curso de primaria. con frecuencia confundidos) en lo referente a la literatura. U n genio (si es que se podía confiar en el buen j uicio de esos acólitos. alto y delgado. así como sus desquiciantes e hipotéticas posibilidades— era la pasión de W oody K aprow .K ansas. U n soltero casado con su trabaj o. El tiempo —sus propiedades. Era un civil que había prestado su cerebro a las F uerzas Aéreas baj o los términos de un complicado contrato de investigación y desarrollo militar.diciembre de 1985 W oody K aprow era un enigma. U na pasión a la que podía entregarse mientras enj uagaba unos calcetines. (Según Joshua. metafísica y medidas.25 D e F ort W alton B each. se rascaba la nariz o asistía a las reuniones del comité. En cuanto a su persona. pero prestaba tan poca atención a sus alrededores que ningún otro lugar del mundo (salvo.esto se debía al hecho — 269 — . Septiembre . una zona pantanosa de P olonia que su familia alababa pero sobre la cual j amás había posado los oj os) podría reclamar semej ante distinción. El único sitio donde se sentía realmente en casa era en su propia mente. el arte o los posibles finalistas de la Super Bow ldel año en curso.. paradoj as. N o consideraba a F lorida como su hogar. U n hombre de mediana edad. la música.. Era su carrera.que aparentaba ser más j oven de lo que era en realidad.K aprow era poco atractivo.

pantalones holgados y. algo así como un muchacho enamorado de la ópera o la astrología. aun llevando ese traj e. camisas que no necesitaban ser planchadas. el alegre traj e naranj a de piloto se limitaba a poner más de manifiesto la incongruencia de su osadía metafísica. En esas ocasiones. — 270 — . de l as T.era casi —que no del todo— un imbécil. chinos. de vez en cuando. ni un portazo.una inteligencia y una inspiración normales y corrientes. P oco atractivo. un traj e de color naranj a con múltiples cremalleras que le había comprado a un piloto de combate j ubilado. Sus oj os no dej aban de mirar de forma alternativa al coronel y a Joshua. con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y la vista flotando sobre las transparentes y brillantes aguas de la Especulación Abstracta.el físico salió con rapidez de debaj o del vehículo. Sin estar subido en el alambre. apuntaban al tragaluz. j erseys de cuello vuelto. al parecer. Esos pies cubiertos por las deportivas no eran el rasgo más impresionante del hombre. Joshua lo había visto por primera vez en la gigantesca nave prefabricada donde estaba emplazado su taller y laboratorio. Su concentración no solía verse afectada por una tos. D e K aprow solo se veían las zapatillas Converse. Tras esto. pero el Coronel Craw ford se arrodilló j unto al autobús y anunció a viva voz que el nuevo recluta del Esfinge B lanca esperaba la aprobación de K aprow . D e hecho. sudaderas.de que la pasión que regía su vida le daba un aspecto de adolescente distraído.pero. N. se puso en pie de un salto con la agilidad de un monitor de gimnasia y apretó. que ocupaba la mayor parte del espacio del extremo norte de la nave.) Solía llevar prendas de vestir que exigieran un mantenimiento mínimo: vaqueros. parecía estar caminando en las alturas sobre un alambre invisible a los oj os de los simples mortales. llenas de rozaduras. N o obstante. cualquiera de los miembros de los F lying W allendas* que aún quedaban con vida tendría más aspecto de militar que él.podías verlo caerse del alambre en picado como cualquier otro hij o de vecino con unas ambiciones. el chasis de un vehículo horroroso.de modo afectuoso si bien un tanto distraído. una palabra. como si tratara de relacionarlos con el trabaj o que acababa de inte* F amilia de famosos equilibristas que actuaban en el circo. El físico estaba tumbado sobre una camilla de mecánico y examinaba. la mano que Joshua le ofrecía. parecido a un autobús. las punteras de goma.cuando así sucedía. cazadoras vaqueras.

B lair finalizó sus conferencias en la F undación Americana para la Geografía. regresaba a Marakoi. La F ísica y la Ingeniería. tras haber cumplido con sus dos obligaciones en los Estados U nidos. que habían sido interrumpidas durante dos semanas en el mes de agosto para realizar una serie de encuentros con los oficiales de los D epartamentos de Estado y de D efensa en W ashington. el Gran H ombre permanecía de pie con el aspecto de estar hipnotizado frente a la estructura metálica del vehículo que finalmente trasladaría a Joshua a una era geológica anterior. K aprow interrumpió el sombrío ensueño del paleoantropólogo al arroj arle a las manos un instrumento pequeño y plano. El resultado de esos encuentros —al que se llegó muy deprisa— había sido la firma de un acuerdo entre los gobiernos de Z arakal y de los Estados U nidos. —En realidad —acotó el Coronel Craw ford—.D . —Aquí está —dij o—. así que estaba de mal humor. que había pasado la mayor parte de la mañana sentado en el escritorio metálico del físico con la sensación de ser la diminuta tercera rueda de una veloz bicicleta que nunca le diera oportunidad de tocar el suelo.algo así como un ordenador de bolsillo. Satisfecho al ver que su visitante no era ni un fantasma ni un distribuidor.rrumpir. Con las manos metidas en los bolsillos de su mono. tanto la vertiente diplomática como la paleontológica. Mi viaj ero onírico. En septiembre. ¿N o cree.sonrió y dio una palmadita a Joshua en el hombro. B lair y K aprow apenas le habían di— 271 — . En esos momentos.amo. —U n viaj ero onírico debe ser esclavo de sus viaj es. El problema era que a B lair no le gustaba sentirse intimidado. antes de cruzar el laboratorio para dej ar otro semej ante en manos de Joshua. Solo se había detenido en Eglin para dialogar con W oody K aprow y Joshua K ampa.señor K ampa? —Lo que usted diga. Las restantes ataduras son secundarias.lo intimidaban en la misma medida que a Joshua. K aprow volvió a darle unas palmaditas en el hombro y esbozó una simpática y torcida sonrisa. —Sí. un apéndice de los tratados firmados recientemente que autorizaban el emplazamiento de varias bases militares norteamericanas en la patria de B lair. —Alistair P atrick B lair cree que soy de su propiedad.C.usted pertenece a las Fuerzas Aéreas de los Estados U nidos de cabo a rabo. que no eran sus especialidades.señor.

para que resulte más fácil de recordar. No me tome más elpel o. —Comunicarnos. Joshua baj ó los pies del escritorio y estudió el instrumento..se l o ruego».se l imitan a f osil izarse.Joshua K ampa. Lo he llamado «transcordión».me encuentro con esta cosa.» —¡D e eso nada! —dij o B lair y a continuación tecleó en el transcordión:«Desista y abandone l al ucha. — 272 — . Adelante.Joshua decidió lanzarse. En la época en la que trabaj aba en el Museo N acional hacía las veces de mi propio secretario: informes para el Gobierno.» B lair recibió el mensaj e y alzó la barbilla para mirar a Joshua. —Envíele un mensaj e a Joshua. Mientras B lair se lo pensaba. —D e acuerdo. Les ayudará a sentirse mej or.supongo que sí.» «Los f al sos f ósil es son l as monedas de cambio de l os pal eontól ogos que se desvanecen.mirando a K aprow desde el otro extremo del taller. por supuesto. —U n comunicador intertemporal —contestó el físico—. intercambien unos cuantos mensaj es. ¿Q ué se supone que vamos a hacer con esto? —preguntó B lair a K aprow . por amor de D ios. todo ese tipo de basura. Tanto les habría dado que pasara el día en la playa. —B ueno.rigido la palabra. Juré que no volvería a pasar por eso. Las arrugas de la frente le llegaron casi a la coronilla mientras accedía a la petición. —Sabe escribir a máquina. —¿Y qué le digo? —Meditó sobre el problema.. Tenía una especie de teclado parecido al de una máquina de escribir y una pantalla donde aparecerían los mensaj es. «Los viej os soñadores no se desvanecen. Me rindo. P arecía bastante sencillo. —¿Se está refiriendo a mí? —P resione la tecla «B orrar» y envíele una respuesta —instó K aprow al Gran H ombre. Y ahora. «Es elmomento —tecleó— de que aquel l os inmersos en l a vej ez se desvanezcan en l as ensoñaciones propias de l a chochez. —¿Q ué es esto? —preguntó B lair.¿verdad? —Con dos dedos y buscando las teclas. solicitudes de fondos.

Se identificarían incluso si enviáramos a Joshua al Precámbrico (D ios no lo quiera). tendríamos que soportar un retraso en la comunicación como los que resultan tan familiares para los astronautas. Ni elmismo Darw in l o podrí a entender. —¡Ay. —D emuestra que funcionan. —Considérelo una metáfora si quiere. los transcordiones nos permitirían una comunicación virtualmente instantánea. El sonido de la mano que aplaude. doctor B lair. K aprow aprobó el comentario asintiendo. En ese caso. Cada parej a de transcordiones comparte una armonía cristalográfica que es independiente de cualquier consideración temporal. Sin embargo. D ios mío! —exclamó B lair—.. sino también el tiempo. —¿El término «instantáneo» tiene el mismo significado en semej antes circunstancias? —preguntó Joshua. no se preocupe. en tanto en cuanto no sufriera un desplazamiento espacial. el pasado y el presente ni son simultáneos ni podrían serlo. Los transcordiones funcionan según un principio de correspondencias físicas y no baj o la dudosa teoría de la simultaneidad.entre un «Ahora» y un «Entonces» que sean coherentes en el aspecto espacial. La simultaneidad no es más que una premisa inútil cuando se trabaj a con personas separadas entre sí por el tiempo. doctor K aprow ? ¿Q ue a una distancia de cuatro metros y medio podemos enviar y recibir mensaj es cual auténticos operadores de radio? K aprow se sentó en el borde de su escritorio y cruzó los brazos sobre el estómago.. Joshua añadió entonces: —P orque de ese modo serían la misma cosa. distraído. —N o. La simultaneidad a la que me refiero proviene de una coexistencia metafórica basada en la consonancia entre el receptor que ha sido desplazado temporalmente y su parej a. Existe una determina— 273 — .en otro sentido quizás sí lo sean. con la cabeza. ¿Y esto qué demuestra.» En voz alta. —Sin embargo. F uncionarán exactamente igual cuando no solo los separe la distancia. N o voy a exponerle el pensamiento zen.A lo que Joshua respondió: «U n ruego de Bl air no es de buen ver.el Gran H ombre dij o: —U na sátira espantosa. P or definición.

—La terminología es irrelevante. — 274 — . al igual que nuestro universo. lo del sonido de la mano que aplaude sola resultaba del todo comprensible. D e hecho.y una vez usted esté colocado en la P lataforma Retrotemporal. lograremos que esa región retroceda a lo largo de todas sus líneas globales hasta llegar al destino impuesto por sus ensoñaciones. U na vez hayamos transferido los componentes físicos del Esfinge B lanca al P rotectorado del Lago K iboko. hasta donde Joshua alcanzaba a comprender.cuando este lo cogió. Era una pequeña catedral en honor al progreso humano.si el pasado y el presente tenían lugar en paralelo. por ej emplo) al pasado sin la intervención de una psique viviente. no es más que una cualidad de la conciencia.da dimensión física que desconocemos por completo en la que el pasado corre en paralelo al presente. —Mis viaj es astrales.parecía estar a más de un océano de distancia de los pastizales. El viaj ero onírico en sí es la clave del viaj e porque el tiempo. El taller. Joder.es posible que fuera de la conciencia no tenga significado alguno. Joshua no estaba muy convencido de que le gustara. los revolcaderos de los rinocerontes y las cabañas hechas con ramas de Á frica del Este. Sin embargo. un monumento conmemorativo a la evolución del conocimiento profundo y la inventiva. invertiremos la ecuación de movimiento en esa región espacial que lo rodea...Joshua. —¡U n momento! —gritó Joshua—.querrá decir. con sus rollos de cables eléctricos y unas enormes prensas metálicas.entonces debían ser simultáneos. Toda partícula de materia viaj a a lo largo de una línea global que consta de tres dimensiones espaciales y una temporal. D e ese modo. D e hecho. ¿Q ué tenía de buena una metáfora que embarullaba tus nociones de metafísica hasta sobrepasar cualquier recurso racional? En comparación. V iaj ar en el tiempo conlleva un desplazamiento espacial ¿o no? —P or supuesto. dej ando que se deslizara por la superficie del escritorio.comenzó a acariciarlo con aire distraído. con sus tubos fluorescentes y esas poleas que colgaban desde el techo. lo estaba. Al menos. Era un lugar de comienzo. Joshua lanzó el transcordión a K aprow .con sus muros acanalados y el frío suelo de cemento. El Esfinge B lanca no puede trasladar obj etos inanimados (como estos transcordiones.

Las obj eciones de Joshua. se estarán moviendo. estoy seguro de que no lo hace. Ese planeta es una Tierra fantasma. —V ale.pisando el acelerador a fondo. ¿a qué puto P leistoceno de Á frica del Este voy a ir en realidad? N o va a ser el mismo que existiera hace dos millones de años.. como este mismo percibió. —El lugar donde nuestras excavaciones han sido más productivas —apuntó B lair. sobre mi. ¿Y ? —Regresaré a las proximidades de la orilla oriental del Lago K iboko de hace casi dos millones de años. consternación y disgusto. P ero acabaré en un Á frica arcaica que ocupa las mismas coordenadas espacio-temporales que el Á frica actual. N o tengo nada que obj etar a su exposición del asunto. sino a un vacío amorfo como el que existiera antes de la Creación.—Escuche —dij o—. Si la máquina de K aprow no llevaba a Joshua a un mundo primigenio lleno de homínidos.¿dónde coño voy a acabar exactamente? La expresión de B lair delataba sorpresa.no creo que eso —dij o al tiempo que señalaba con la cabeza el vehículo con forma de autobús que había j unto a B lair— cumpla las exigencias. D e hecho..doctor K aprow ? —B astante bien. j amás se le habían ocurrido. ¿cómo puede ser? El Sol. una revelación. ¿no es así? —Correcto. H e estado reflexionando sobre todo esto.situada en algún lugar a tropecientos millones de kilómetros por detrás de nosotros y no hay modo de devolverme allí a no ser que hagamos algún tipo de armatoste muy veloz. P or tanto. La Tierra en la que tuvo lugar esa era geológica ya no existe. el Sistema Solar.. —¿Cómo? —preguntó Joshua—. la puta galaxia al completo. —Entonces. —B ueno. Y consiguió que el paleontólogo hiciera una pausa para reflexionar. A una velocidad aproximada de mil millones de kilómetros por año. ¿Estoy en lo cierto? —Sí —reconoció K aprow .dinoterios y j irafas astadas. sobre mi desplazamiento «físico» al pasado. La idea de que el desplazamiento temporal implicara un desplazamiento espacial era una novedad para él.. a B lair no le quedaría esperanza alguna de conseguir pruebas feha— 275 — . que se desplace a más velocidad que la luz. ¿Lo he entendido bien. —Eso es perfectamente normal —contestó K aprow —.

. —H asta que descubrieron que podían vender a Z arakal un proyecto inútil a cambio de un par de bases militares. en realidad. —¿Eso es un análisis razonado seudocientífico sobre la existencia de los fantasmas? —F antasmas. —¡Estaremos desplazándolo a un puñetero diorama del P leistoceno! ¡U n simulacro de lo que fuera Á frica oriental hace dos millones de años! Eso no es viaj ar en el tiempo. que sé que no estoy enfrentándome a un fenómeno local) han demostrado que cada uno de los lugares vinculados a la Tierra posee una especie de. es decir.. P ero.Joshua podía morir debido a la falta de aire. doctor B lair. no hay motivo alguno para. una nación que avanzaba para salir del Tercer Mundo. ¿Era posible que B lair hubiese dej ado su país. Y o lo llamo «ensoñaciones». puede ser obj etivada. ¡eso es un fraude despreciable! A K aprow casi se le salieron los oj os de las cuencas.¿no es cierto? — 276 — . K aprow . La cuestión es que Joshua ya está orientado psíquicamente hacia un conj unto concreto de estas memorias geográficas. desde el momento en que comienza a desplazarse a lo largo del ej e temporal.. Cuando lo traslademos al P leistoceno (con su colaboración activa). se encontrará en una dimensión física congruente con esa época tal y como ocurrió en realidad.cientes que demostraran sus teorías acerca de los orígenes humanos. encantamientos y otros cuantos fenómenos supuestamente paranormales. Esa memoria. Si le satisface calificar mi razonamiento como seudocientífico. llamémoslo «memoria geográfica persistente». Más aún (y no era una minucia). En principio.. El nombre que Joshua asigna a lo que tiene lugar durante sus sueños (viaj e astral) es estupendo para el obj etivo del Esfinge B lanca. En otras palabras. bueno.y en ambos casos la denominación ignora un aspecto muy importante: el desplazamiento corporal.en manos de los americanos a cambio de un acuerdo de dudosos beneficios a largo plazo? ¿Acaso lo habían embaucado? —Escúchenme —les dij o K aprow —. adelante. —Eso es lo que opinaba también mi Gobierno. —Se dirigió al otro extremo del taller y le quitó a B lair el transcordión que aún tenía en las manos—..es «visitable».. Eso es lo que está intentando decir. Mis investigaciones anteriores (algunas de las cuales se desarrollaron en Alemania occidental.

Es un don bastante excepcional. por favor. una maldición. — 277 — . Sin embargo. Joshua y yo somos una ganga para su Gobierno. debería considerarse afortunado por el hecho de que una de las personas afectadas por esta maldición (solo conozco a tres más. ahora mismo estaría hablando con un cualificado historiador de Asia Menor.un simulacro perfecto. Y usted tendría que decir adiós al proyecto.aquí presente. por usar otro de sus calificativos. El futuro siempre será inaccesible porque aún no ha ocurrido. —D octor B lair. El escepticismo hizo que la frente del Gran H ombre se cubriera de arrugas. por ej emplo. K aprow . ¿no le parece? Además. Me temo que en eso estoy de acuerdo con usted. doctor B lair. El pasado es accesible solo porque hay personas como Joshua. —V iaj ar en el tiempo tal y como lo imaginó H .cuyo subconsciente colectivo (su psique. N o tiene resonancias que puedan ser perseguidas. este asunto del diorama no dej a de ser un engaño. —U na maldición —dij o Joshua. ya había tomado la decisión un par de meses antes de que el término «Esfinge B lanca» entrara a formar parte de su léxico habitual. P uede que Joshua regrese a un «diorama» del P leistoceno o a un «simulacro». esa maldición nos permite hacer realidad otro tipo de viaj e temporal que no merece ser despreciado calificándolo de inútil o insignificante. —Escúcheme. ¿P or qué está haciendo unas acusaciones tan desagradables? —Con ganga o sin ella. aunque en el mundo podrían encontrarse unos cientos de ellas) sea un hombre j oven que haya establecido una conexión con el lugar y la época de sus investigaciones.G. —U n fósil soñado es un fósil inútil. —D e acuerdo. si usted así lo prefiere) establece una conexión con un lugar concreto en un periodo de tiempo concreto. W ells es total y absolutamente imposible.pero va a ser un diorama vivo.K aprow .—También están recibiendo varios cientos de millones de dólares gracias a la ayuda norteamericana. —D ígame el nombre de otro —dij o Joshua. Ese detalle j ugó un papel primordial a la hora de que el P residente Tharaka autorizara la instalación de las bases. Si sus viaj es astrales lo hubieran llevado a la guerra de Troya.

o una resonancia. —Me importa una mierda. El paleontólogo meneó su enorme cabeza y movió los pies entre los cables que se extendían por el suelo de cemento. —V aya. me temo que yo soy una de ellas. puesto que es una proyección. acontecimientos difíciles de predecir. P odemos trasladarnos a un pasado que sea idéntico a nuestro pasado real pero. —¿Y en la práctica? —V iaj ar en el tiempo de un modo tan eficaz está descartado por completo. O . Los resultados podrían haber sido peores que los acontecimientos originales. El primero del que tuve conocimiento. si quiere) en el fluj o temporal que los alej aría del presente. por ej emplo. doctor B lair. no obstante.—¿D e otro qué? —D e otra persona afectada por la maldición.sin lugar a dudas. pues introduciendo agentes (llámelos saboteadores. tendrán sus inconvenientes.por supuesto. P ara Joshua. —En teoría está en lo cierto. serán tan reales como él mismo.¿no cree? P or no decir irresponsable. no tenemos ni la más mínima posibilidad de provocar cambios que afecten a nuestro presente general. —B ueno. Esos «remedios» habrían desencadenado. algo que nos toca más de cerca. —K aprow sacó una silla plegable de detrás del escritorio y se sentó de perfil con respecto a los dos hombres—.¿y cómo? —B ueno. o para evitar el asesinato del Archiduque F rancisco F ernando en 1914. P or eso dirigí mi trayectoria profesional de modo que pudiera aprovechar la energía de mis sueños. —En cierto sentido. lo que nos vemos obligados a aceptar es mucho mej or que la alternativa que usted parece de— 278 — . —Q ue. —U na idea un tanto pretenciosa. o una realidad inaccesible. doctor B lair. K aprow . —D ej ó escapar una risilla desprovista de humor—. P ara advertir del ataque de P earl H arbor. para deshacerse de asesinos como Idi Amin o P ol P ot incluso antes de que llegasen al poder. Tenemos todas las ventaj as y ninguno de los inconvenientes. V amos a mandar a este muchacho a un entorno plagado de fantasmas. Incluso convencí al P entágono de que mi trabaj o podría ser utilizado en el ámbito militar. Y o mismo lo creí.

Se lo pueden comer los fantasmas. —P ero. nada más entrar.K aprow invitó a Joshua a cenar y beber algo en su casa. —Muy cierto —admitió K aprow . K aprow nunca habló sobre su propia conexión ni sobre los experimentos que ya se habían llevado a cabo con el aparato diseñado para trasladar físicamente a un viaj ero onírico al pasado. al menos— tras someter a sus asistentes a discretos interrogatorios. K aprow no tenía por costumbre hablar ni de sus logros ni de sus fracasos. N unca mencionó que el miembro de la tribu de los O glala Lakota que había llevado a cabo el viaj e onírico el invierno anterior utilizando su equipo había regresado sano y salvo. —Tendré cuidado. desestabilizar el curso de la evolución. por lo que Joshua supo de ellos —de unos cuantos. evitaremos la «P aradoj a del abuelo» sin tener que sacrificar el propio concepto del viaj e en el tiempo. y que se había negado en rotundo a realizar futuras excursiones al siglo X IX .los logros del Esfinge B lanca son un pequeño milagro. N o solo tenemos el pastel. N o obstante. En mi opinión. dej ándonos como herencia en ese hipotético presente un mundo en el que la humanidad j amás se hubiese alzado más allá de sus ancestros homínidos. Jamás alardeó sobre el hecho de que ya se habían realizado varios ensayos satisfactorios con su equipo. si lo enviamos a una simulación veraz del P leistoceno —continuó el físico—. no en Eglin. El físico tenía una casita en la playa y.sino en Europa occidental y en las Colinas N egras de D akota del Sur. Sería una estupidez enviar a un ser humano actual a un periodo crítico en la evolución de nuestra especie. sino que también podemos comérnoslo.una tarde a finales de septiembre. ya que K aprow no había encontrado a un viaj ero onírico que estuviera conectado con la Costa del Golfo. Joshua se dio cuenta de que todas — 279 — . Joshua intervino en ese momento: —El único peligro lo corre el mismo viaj ero temporal. D e hecho. doctor B lair.sear. P odemos visitar a nuestros ancestros con total impunidad. la viej a historia del viaj ero en el tiempo que dispara a uno de sus antepasados. posiblemente. Tienen mi palabra de honor. Joshua podría.

D el viaj e onírico. P or eso quiero saber si voy a sobrevivir al trauma. Se sentaron en el salón y bebieron arropados por el crepúsculo.señor. —Al indio no le sucedió nada. ¿Q ué opina? —Es más que probable que usted sea mucho mej or j uez que yo. Joshua observó durante unos minutos el movimiento de la luz sobre la superficie del coñac que contenía su copa. que disfrazó bastante bien la pequeña indignidad que había supuesto la cena. la ficción basada en unos hechos históricos concretos era otra cuestión.pero el armario de puertas de cristal que estaba situado cerca de la cocina guardaba en exclusiva tomos sobre el Tercer Reich alemán: memorias. a cómo va a afectarme el hecho de estar cara a cara con la materia de mis sueños sin estar realmente soñando. —¿V oy a salir con vida de todo esto? —¿D el coñac? —N o. El pollo frito congelado parecía estar bañado en mermelada de naranj a y el puré de patatas tenía un aspecto semej ante a albóndigas de harina humedecida. Eso debería ayudarle. Al parecer.las paredes estaban cubiertas de libros. supongo. N o es que me lo contara lo que se dice voluntariamente. P ero fui yo quien lo obligó.Joshua. D espués de todo. estudios históricos. pero. si bien Joshua había supuesto hasta ese momento que K aprow era totalmente indiferente a los trabaj os de ficción. Y viceversa. comieron sin emitir quej a alguna. puesto que ni Joshua ni K aprow eran selectos gourmets.yo no soy usted. no tardará mucho en estar inmerso en un entrenamiento de supervivencia experimental en Z arakal. —Me refiero al aspecto psicológico.tratados de psicología e incluso una respetable colección de novelas. y Joshua se encontró hundiéndose poco a poco en un plácido estado de sopor. —¿Q ué le sucedió al indio que hizo el viaj e astral de vuelta a los días del Séptimo de Caballería? —¿Q uién te ha contado eso? —Stallw orth. Tras la cena. — 280 — . K aprow apareció con una botella de coñac N apoleón. biografías. Los libros dispuestos en las estanterías se oscurecían por momentos. —B ueno. En su mayoría eran textos matemáticos o científicos.fotografías.

para el Gran Gene Curtiss. Tenía dinero en el bolsillo y todo un mes de permiso antes de que las F uerzas Aéreas lo enviaran CD P (Cambio de D estino P ermanente) a Á frica del Este. abandonó. según llamó a los componentes que lo ayudaron a regresar. Cosette Tru y su padre —el — 281 — . una túnica espolvoreada de purpurina y un halo que recordaba a un disco volador pintado de un horroroso dorado. (La simulación de las lesiones provocadas por una enfermedad o por las drogas era una tendencia del negocio del espectáculo esa temporada. Y se marchó. tenía que comprar algunos regalos. las figuritas tamaño duende que adornaban el escaparate de la tienda de discos le parecían a Joshua murciélagos embrionarios en lugar de angelitos.y se movió sin rumbo fij o a través del centro comercial.casi todos los «angelitos» sostenían en sus malformadas manos la carátula de un disco en la que podía verse un primer plano a todo color de un personaj e que era o bien un sifilítico o bien un cantante desfigurado por la coca. era como ese tipo de decadencia extravagante que al gran Gene Curtiss le producía ardores. H ablaron durante mucho rato. V isito los hornos. ¿Adónde va usted cuando viaj a? ¿Q ué «cuándo» visita? ¿Con qué época está conectado? K aprow se reclinó en su sillón y colocó las piernas sobre un reposapiés.más triste. P ero. P eor aún. P oco después dij o: —A la Alemania de H itler. conseguía representar a la perfección el odio por todas las trivialidades navideñas. Joshua dej ó atrás cristaleras y escaparates decorados.¿cierto? —Sí.si bien más sabio. por otra parte. N o le gustaba verse rodeado de máquinas. D ecidió que el proceso del viaj e onírico violaba su herencia. Antes de marcharse de Eglin. «artefactos tecnológicos». A D achau.con un disfraz convenientemente ario. —¿Y usted? K aprow observó a su visitante desde el otro lado de la ya oscura habitación. D urante ese mes de diciembre.) El efecto gozaba de un sublime mal gusto. Cada figurilla tenía un par de alas de algodón. Aunque no se debió a ningún trauma emocional. Joshua.—P ero abandonó. —¿Y usted? —insistió Joshua—. O eso supongo.

bueno.se corrigió mentalmente. ¿por qué sentirse culpable por el simple hecho de haberse alej ado de la esfera de influencia de una traidora? Comparado con el carácter vengativo de D ante. después de todo. Entonces. parecía haber abandonado sus aspiraciones a ser canonizada como N uestra Segunda Señora de los B arrios B aj os a favor del matrimonio y una carrera en la Administración P ública. Anna siempre lo había querido. Jeannette Monegal. la mente de Joshua invocó a la familia que había abandonado. Esos despreciables seres estaban enterrados hasta el cuello en un enorme lago de hielo.C.W oody K aprow y unas cuantas personas más involucradas en el Proyecto Esfinge B lanca. Q uizás.. D espués de todo ese tiempo. — 282 — . H abían pasado siete años desde la última vez que viera a su madre.aún lo hacían ver todo roj o. Et tu.un colega del D epartamento de Estado.. esas metas no fuesen incompatibles con aquella inicial.la traición. Casi en contra de su voluntad. M adre adoptiva.D . H abía repudiado a su madre cuando esta lo había traicionado a cambio de un ficticio tributo que había consistido. en realidad. y más aún desde que hablara con su hermana. La chica había abandonado la mente de Joshua sin más complicaciones.recién prometida a un amigo de su hermano D zu.dueño del Restaurante Mekong—. en parte porque había acabado por entender las obj eciones que ella pusiera a su cortej oy en parte porque el año y medio anterior le había revelado la misión predestinada para él desde el día de su nacimiento.Anna. H ermana adoptiva. En cuanto a Jacqueline. En cuanto a Jacqueline. aún estaba en la U niversidad en W ashington.Brutus. de la misma forma que un carterista roba un monedero. de la misma manera en que la marea se filtra en el alcantarillado si no está protegido. claro está.. en un generoso anticipo por un libro que él había impedido que publicara..j unto con el modo en que Jeannette tratara a H ugo. P ero los adj etivos no parecían ayudar a disipar el sentimiento de culpabilidad que se había extendido por su interior de repente.Joshua era el santo que Jackie Tru siempre había querido ser. pero eran la única familia que tenía en esa época y quería hacer algo por ellos..aún lo irritaban. D ante había encerrado a aquellos que habían traicionado a los suyos en el primer recinto del noveno y postrero círculo del infierno. N inguno de ellos esperaba regalo alguno.

un vampiro al servicio de la CIA. El soldado sacudió la cabeza con irritación y guió a su compañera —una cabeza de chorlito vestida con vaqueros y con una herida simulada en el labio— para rodear a Joshua. que en esos días disfrutaba de un renacimiento gracias a los actualizados resúmenes de Stephen K ing. —¿P uedo ayudarle en algo? Al alzar la vista. biografías políticas y las obras completas de W ilkie Collins. Joshua se apartó de un acicalado soldado que. —¡P or D ios! Ese sí que es viej o. argumentos espaciales. Y a fuera por casualidad o porque su subconsciente así lo había planeado. Era más que probable que el fornido soldado no tardara mucho en marcharse al extranj ero. Los Estados U nidos tenían más puestos avanzados que las legiones romanas. Las ediciones de bolsillo que más se anunciaban en los escaparates durante esas N avidades eran una serie de fotonovelas que ensalzaban las hazañas del Conde Stanislaw Stodt. Joshua bordeó el escaparate que había a sus espaldas y entró en una librería. La caj a con cinco de esas aventuras se anunciaba como el material más demandado por el público.novelas de suspense.podría haber sido el hermano gemelo del futuro Ranger en cuya compañía Joshua conociera a Jackie. Joshua dej ó atrás esos estantes y se acercó a las mesas donde se exhibían los libros de pasta dura. solo estoy mirando». quien musitó una disculpa antes de echarse hacia atrás. Me temo que está descatalo— 283 — . Es decir: —¿Tienen el libro de Jeannette R. P ero él solía emplear otra para apelar a la experiencia profesional del dependiente al tiempo que desvanecía la imagen de ser un simple piloto que mataba el tiempo mientras estaba de paso. lugar en el que el encargado de la tienda había desplegado el inventario de ficción seria: persecuciones.novelas promocionales de ciertas películas.enano! ¡A ver si miras por donde vas! Sobresaltado. gracias. Monegal No podí a dej arl oy sentímucho que se acabara? El muchacho se rió. Joshua se encontró con un muchacho alto y delgado que tenía unos lacrimógenos oj os azules y el bigote típico de un revolucionario de América Central.—¡D ios. La respuesta convencional a tan convencional pregunta era. dej ando a un lado los cuatro años que habían pasado. como muy bien sabía Joshua: «N o.

—Elparaí so en sus sueños.pero esperamos que eso cambie. —Ese es el título:Elparaí so en sus sueños.gado incluso en edición de bolsillo. señor. En la portada había un niño vestido con harapos. La gratitud fluyó en su interior acompañada de otro ramalazo de fétida culpabilidad. Está aquí. P or supuesto.igual que. El dependiente se marchó y dej ó a Joshua a solas con un libro que pesaba como una tablilla hebraica y que suj etaba con manos temblorosas. Aquí tiene.señor? —preguntó el muchacho. — 284 — . N o me acuerdo del título. Intentó captar al menos parte de la línea argumental con esa rápida lectura. pero sentía un alivio tan profundo al comprobar que el libro no era El paraí so en sus sueños que no era capaz de pensar en nada más. Cerró los oj os. Los ej emplares llegaron j usto la semana pasada. É chele un vistazo. —Exacto. en ocasiones. —N o. agazapado en la sombra que le proporcionaba una inmensa puerta de barrotes. U na novela. Joshua farfulló: —P ero esto es una novela. Sí. P ero. Se titulaba El proscrito. El estilo narrativo de su madre era una mezcla entre la apasionada Mary Shelley y una novel Joyce Carol O ates.siguió al dependiente hasta la estantería de la cual acababa de sacar un tomo bien grueso con una brillante cubierta de color verde oscuro. Joshua abrió el libro y comenzó a leer. En Publ ishers W eekl y ha gustado mucho.el dependiente debía disculparse y marcharse para dej ar que Joshua echase un vistazo a lo que quisiera. Q uizás le interese hoj earlo. A pesar de todo.si es que cuenta para algo su opinión. El corazón de Joshua comenzó a golpearle el pecho.¿qué tal si le echa un vistazo? N o se está vendiendo muy bien todavía. Al menos no de esta autora.en ese momento. Su primera incursión en el ámbito de la ficción.se suponía que.el chico dij o: —Tiene un libro nuevo. —¿Cómo dice. Asustado. Joshua sintió que las manos se le quedaban heladas. —¿U no nuevo? —Sí. como si el calor se le escapara por los dedos. hacen los fetos en el vientre de sus madres.en lugar de hacer eso.

Mientras las miraba por encima. Joshua llevó el libro a la caj a y lo dej ó sobre el mostrador.. asumiendo.Jeannette había sido indulgente con él. ataviada con un mono de fieltro roj o le dio la vuelta al libro. Si las películas antiguas y un buen número de novelas de detectives no se equivocaban. —Le gustan los libros de Jeannette Monegal. que seguía existiendo. Jamás he sido capaz de retrasar la gratificación de mis impulsos. D e hecho. había sido indulgente con él durante casi siete años. N unca he leído una novela suya. Ese era el periodo de tiempo. en Z arakal.una inscripción situada en la parte superior de una página en blanco llamó su atención y volvió hacia — 285 — . según su conocimiento. Q uizás había llegado el momento de comenzar a perdonar a su madre y de demostrarle. Cuatro dólares con veinticinco. más o menos. La caj era alzó las cej as. U na vez en el autobús de línea de vuelta a Eglin —había vendido la K aw asaki a un piloto que estaba de permiso—. U na j oven morena. metió Elproscrito en una bolsa de papel marrón y contó el cambio. que marcaba la Ley de Prescripción para un gran número de delitos. —Entonces le gusta apostar. 95 dólares.¿eh? —N o lo sé. Si esperara un tiempo.. N o regresaría a los Estados U nidos hasta finales de la década. por supuesto.una persona que no hubiese dado señales de vida durante siete años podía ser declarada legalmente muerta. D espués.fue pasando páginas desde las hoj as en blanco del principio hasta el índice. —Conozco a un puñado de tipos como usted. que no pereciera en ese incierto pasado fantasma al que el Esfinge B lanca lo enviaría finalmente. observó la ilustración de la cubierta e introduj o el precio en la caj a registradora:21. estaría descendiendo por la escalerilla de un avión comercial en el Aeropuerto Internacional de Marakoi. Joshua le guiñó un oj o con complicidad y se marchó. —D ej ó tres billetes de diez dólares en el mostrador y esperó que la chica le diese el cambio.podría coger este ej emplar de una de las mesas de ofertas por menos de lo que cuesta la edición de bolsillo. sacó la novela de la gruesa bolsa biodegradable y se la colocó sobre las rodillas como si fuese un diccionario o una B iblia. En menos de tres semanas. —Mi filosofía es «ahora o nunca». tanto de palabra como de hecho.

K ansas.atrás para ver lo que había pasado por alto. un vendedor o cualquier otra desagradable plaga en el maj estuoso roble que era la civilización.l l amaré a Anna. en 1972. se encontró con un distante y perfectamente educado: «Lo siento. Estuvo llamando cada media hora. una apagada voz masculina le dij o. aunque su madre no aparecía tal cual en la guía telefónica de Riverdale. Era la dedicatoria: A la memoria de Encarnación Consuelo O campo y Lucky James B ledsoe P or todo lo que me dieron Esa misma tarde y desde su habitación en el cuartel. le vino la inspiración: ¡ V an Luna. Su primer pensamiento en cuanto se despertó por la mañana fue:¡ Aj á! . de la promoción de 1980. Joshua llamó al servicio de información y supo que.como si hubiese sido golpeado por un autobús de la Greyhound. había otros Monegal cuyas iniciales se correspondían con las de ella. K ansas. N o contestó nadie. Joshua llamó por teléfono al apartamento que su madre tenía en Riverdale. pasarían su madre y su hermana las N avidades? ¡En ningún otro sitio! N ervioso. el viej o B ill había muerto de un — 286 — .se arrastró escaleras arriba y se metió en la cama. K ansas! ¿D ónde si no en V an Luna. A medianoche. P oco después de las once. En ese momento. En esa misma época del año. con tono malhumorado. que hacía unos cinco años que ese número de teléfono no pertenecía a Jeannette Monegal. que lo dej ó con la sensación de haber sido j uzgado como un violador.Joshua hizo una llamada a larga distancia al domicilio de la señora de W illiam C. P robó con tres de esos números sin éxito alguno. P ero Anna se había marchado de la Escuela de Agnes Scott en Atlanta cinco años atrás y cuando por fin localizó a una de las funcionarias del departamento de estudiantes e intentó que le diera la dirección actual de la señorita Anna Rivenbark Monegal.hecho que hizo aumentar su frustración. Rivenbark de V an Luna. es imposible».

—¿Anna? —¿P ero quién es? Joshua se lo dij o y se produj o un silencio como el que aparecía cuando un j ugador de bolos arroj aba la bola a la canaleta.ataque al corazón en Cheyenne..apretando con tanta fuerza la dentadura postiza que sus dientes se asemej aban a amarillentas barbas de ballena. —¿D iga? —La voz de una muj er. en una competición de bolos en N ueva O rleáns con un primo de Tej as. o — 287 — . Se apartó el auricular de la orej a y consideró la idea de colgar.porque Anna estaba pasando la noche en casa de una amiga. —¿Q ué quieres? —¿Está mamá ahí? H e visto su libro. Los recuerdos que Joshua tenía de ese incidente tomaron forma con bochornosa vivacidad en su mente mientras aguardaba a que la viuda cogiese el teléfono. la segunda vez que hacían un viaj e semej ante. en la B ase Anderson de las F uerzas Aéreas de Guam. Johnny. P odría oírse el sonido de un alfiler al golpear el suelo. Jeannette había acudido a la llamada de Lily. Q uizás fuese un error.y Lily.su abuelo yacía de espaldas en la cama de otro hombre. y ese sí había acabado con él. P ete Grier había estado fuera del estado en esa época.en un elogiable estado de confusión.disfrutando del reposo conyugal. a visitar a su hij a y a sus nietos durante la N avidad mientras H ugo supervisaba la carga de las bombas en los B -52.B ill Rivenbark sufrió un colapso y a punto estuvo de perder el conocimiento en la habitación de P ete y Lily Grier —los antiguos caseros de los Monegal—. Enfadada y confusa. En el piso de arriba. P uede que venga para N avidad. que parecen ir a todos sitios pero no se deciden por ninguno.y había llegado a la casa de los Grier tan solo con John-John. —V enga.Anna. ya en el hospital.en lugar de estar tumbado a su lado. había telefoneado a Jeannette para que fuese a rescatar a su padre antes de que P eggy (que dormía en el viej o apartamento del sótano donde vivieran los Monegal) descubriera que su esposo estaba con Lily. B aj o unas circunstancias más que peculiares. que en aquella época tenía diez años.. —N o está aquí.dime algo.más j uvenil que anciana. P eggy y él habían ido a W yoming. Los oj os del anciano se habían mostrado tan huidizos como las chispas de un soplete.la novela. B ill había sufrido un segundo infarto en urgencias.

además. —Anna dej ó de hablar. D esembarcó del C-141 tan pronto como el piloto dio permiso para ello después del aterri— 288 — . D e forma intencionada preguntó: —¿Me estás invitando? —V en de inmediato. Además.puede que no. ¿vale? Tardó dos días en conseguir una plaza en un avión de transporte del comando de puente aéreo que hacía la ruta de Eglin a la B ase Lackland de las F uerzas Aéreas en Tej as. P or supuesto que te estoy invitando. mientras que un oficial barrigón con gafas de montura metálica menospreció semej ante afirmación y dij o que no eran más que cisternas plásticas experimentales con las que se pretendía recoger y almacenar agua en determinadas e hipotéticas situaciones de combate..pero no le llevó más de seis horas obtener un asiento en un gigantesco C-141 con forma de pelícano que salía de Lackland en dirección a McConnell. ¿D ónde estás? Q uería contarle su encuentro con Alistair P atrick B lair. Anna y él estaban hablando a través de una línea pública. pero recordó que todo lo relacionado con el P royecto Esfinge B lanca. era más que probable que le importase un bledo. tratando de localizaros. era confidencial. en Colorado. Unj oven le explicó que los cilindros eran cabezas nucleares sin carga alguna. V en y ya está.contempló el auricular como si fuese la manzana de la discordia que lo separaba de su familia. Casi no tengo monedas. V iaj ó en la barriga de ese prodigioso páj aro j unto a veinte soldados más que parecían llevar todas sus pertenencias a cuestas. Joshua no esperó a presenciar el desenlace de la controversia entre las cabezas nucleares y las cisternas.. P or supuesto que.alias John-John (Johnny) Monegal.. asqueroso desertor. Llevo horas pegado a este infernal aparato. —N o puedo hablar mucho. Y . sucedido año y medio atrás.. y muy especialmente la participación del paleontólogo zarakalí. bien por la exasperación o porque estaba emocionada—. Su destino final era F ort Carson. una caravana de autobuses de aspecto deprimente y varios cilindros cubiertos por lonas. N o hay nada seguro. —¿V as a venir? Joshua K ampa. Anna tengo que saber si mamá.

Joshua paseó por un barrio más antiguo. Joshua llamó a la puerta delantera de una antigua casa de ladrillo roj o con decoración estilo Tudor e hileras de suntuosos arbustos alrededor del porche y de los muros. El antiguo barrio comercial. seguía siendo una tienda de comestibles. que lo dej ó no lej os del edificio donde antaño estuviera el Colmado Rivenbark.zaj e. —Joder. Tocó el timbre y escuchó un débil zumbido estridente en la parte trasera de la casa. —D e nada —dij o el capitán. Joshua caminó por el arcén derecho de la carretera que llevaba a V an Luna. Al instante. un capitán que conducía un N ash Metropolitan de 1956 se detuvo y lo llevó el resto del camino. V an Luna. N adie contestó.el que fuese un pueblo agrícola y una modesta ciudad dormitorio para los que trabaj aban en W ichita.la puerta se abrió y allí estaba Anna. no difería tanto de los recuerdos que Joshua tenía. al menos en sus recuerdos. camino de la casa de la madre de su madre. Sus calles y campos habían representado. proceso que aún no creía haber completado. U na vez salió de la base. el corazón adoquinado de V an Luna. la fachada del viej o Teatro Pix había sido restaurada. en espera de que algún coche se ofreciera a recogerlo.dándo— 289 — .se sintió traicionado. H abía casas aj ardinadas.apretándoselo en torno al cuello y el pecho. Aunque la tienda pertenecía a otra persona. ese lugar era el Edén de sus sueños infantiles. así que se arrebuj ó en su abrigo del uniforme de las F uerzas Aéreas. consciente de las miradas curiosas de los vecinos y de las gélidas punzadas del aire de diciembre.se había desparramado por la campiña como las fichas en un inmenso tablero de Monopoly. el paisaj e de su agitada evolución hacia el conocimiento personal. Aunque solo hubiese vivido cinco años en V an Luna. tiendas de comestibles y moteles por todos lados. H acía frío en W ichita. a pesar de haberse familiarizado con la extensión comercial de Miracle Strip en F lorida. La carretera que unía McConnell con V an Luna apenas si dej aba ver las tierras de labranza ni los bosquecillos de álamos que había más allá de la cuneta y Joshua. P or fin. Y lo que era mej or. Esa complicación en progreso de las líneas geométricas sencillas —e inocentes— de la antigua ciudad resultaba desmoralizante.

En ocasiones especiales se pone una especie de fósil de cráneo humano en la cabeza. pero ella había conservado su apellido. entra.Johnny? — 290 — . muy embarazada. —El país de Mutesa Tharaka. que todavía seguía hablando en susurros. Y a sabes. Z arakal.Johnny. cortinas y las paredes empapeladas. —¿Todavía tienes esos sueños.a madera de cedro y. —¿Q ué pasa. —¡Z arakal! —exclamó Joshua con un susurro chillón.pero ella se quedó de pie. —Entra —susurró—. Anna.pareció sufrir una agitación de la memoria. Era un alférez de la Marina y había sido destinado al portaaviones nuclear Eisenhow er. en la entrada.Johnny. Estaba embarazada. —Mej or para él. ¿Te importa si entramos? —Tú primero.ese sitio donde murió un montón de gente por la hambruna hace unos cuantos años. —Sí. y su emocionado abrazo se vio obligado a adaptarse a la protuberancia de su vientre. ella le explicó que sí. de repente. se había casado. su marido se llamaba D ermis W hitcomb. También es un símbolo de su propia importancia en el país. N o te quedes ahí con el frío que hace. Es un cráneo de habilino. El Presidente Tharaka lo lleva para celebrar que el origen de la humanidad tuvo lugar en el patio de su casa. Con la mano colocada en la base de la espalda comenzó a pasear sobre una desgastada alfombra oriental cuyo desvaído diseño recordó a Joshua la camisa de cachemira que tenía cuando vivía en Cheyenne. —¿Tu marido? —Y a sabes a lo que me refiero. a hierbabuena. Anna.de modo extraño. É l no se movió.Anna? ¿Te has casado? Y allí. lo conduj o hacia un sofá cubierto con una funda de brillantes motivos florales.le la bienvenida con una sonrisa al tiempo que le indicaba que guardara silencio. Le indicó que se sentara. La habitación olía a alcanfor. Los miasmas de la viudez de P eggy Rivenbark flotaban de habitación en habitación como el gas nervioso y Anna. que en ese momento se encontraba atracado en el puerto de la nueva base naval en B ravanumbi.entra. lo sé. Tenía contraventanas.

. H art fueron bombardeados hace poco por una flota de aviones a reacción fabricados por los Estados U nidos y. que al menos eso sí podía decírselo a su propia hermana. B ueno. Licencia melodramática. —A la B ase Russell-Tharaka de las F uerzas Aéreas en.o no.—Sí. —¿Adónde? D ecidió. —Conocí a D ennis en Atenas. de modo unilateral. —Ahora tienes una razón para vivir.. P ero voy a someterme a un tratamiento que se supone que me ayudará a controlarlos. Estoy bien. —¿En Grecia? —En Georgia..C .. Extraño y aterrador. ¿Estás siguiendo los pasos de papá? —N o en todo. a veces. creen que pudo tratarse de cierta facción de las F uerzas Aéreas de Arabia Saudí que simpatizaría con la O LP . N o sé dónde con exactitud. —¿¡Z arakal!? —Creía que teníamos que hablar en susurros. —Te has unido a las F uerzas Aéreas.seguramente no. hermanita.. El M idw ay y la fragata T. —Amén. —B orra lo de «todavía pueden hacerlo». Es extraño. —Todavía pueden hacerlo. Todo un golpe para los derechos civiles de los baj itos. ¿Sabes que Roger Staubach estuvo allí en los años 60? — 291 — . Pero no creo que tarden mucho. espero.hermana. —Anna entendió a lo que se refería y Joshua añadió—: El presidente ordenó al Estado Mayor que anulara la exigencia de la altura en mi caso. —P ero si estás aprendiendo a controlarlos. Era alumno de la Escuela N aval. —Sí. —¿V an a mandarte también al extranj ero? —D espués de Año N uevo. Anna se detuvo enfrente de Joshua y baj ó de nuevo la voz. están intentando ocultarlo a los periodistas.. N adie lo sabe con seguridad. —Es posible que te encuentres con D ennis.idiota. —Tenía miedo de que esas malditas pesadillas acabaran matándote. Están a punto de zarpar hacia el Golfo P érsico y el Mar de Arabia. Según D ennis.

B ienvenido a casa. P eggy está convencida de que estás muerto. En el segundo entreacto me tropecé con D ennis.pero solo sucumbía a la elegancia del purdah que le proporcionaba su cama con motivo de las vacaciones de N avidad.—N o. —En realidad tú estás hablando de la «introducción». —¿Y qué entreacto tuvo como consecuencia este pedazo de tropezón? —preguntó señalándole la barriga con la cabeza. Elniño enterrado. N ada de fantasmas para la abuela. —El caso es que fui a Atenas durante la representación de una de las producciones de teatro de la U niversidad de Georgia. j unto a Joshua y le dio un delicado beso en la sien—. esta se apoyó en su hombro para ponerse en pie y le indicó que la siguiera hasta la soleada cocina. —B ien. trece años atrás. —V ale.. esta no sea la mej or oportunidad para demostrarle que aún estás vivo y coleando. P robablemente. Q uién habría podido llegar a imaginarse que.cariño. —H a pasado mucho tiempo.no hemos echado la cuenta. —Anna se sentó en el sofá. Y no recuerdo que fueras tan listillo. —N i siquiera creo que tengamos que decirle que estás aquí. ¿verdad? B ueno.de Sam Shepard.la harina y el té. —¿D ebería entrar a verla? —preguntó Joshua. así que sigue considerándome el malvado mensaj ero del clan Rivenbark. Llevaba enferma desde la muerte de B ill. F rascos de cristal verde para el azúcar.no tenía ni idea. —Todavía me sigue asociando a aquella noche. aprovechando la ausencia de Pete Grier. U n ventanal que permitía ver un pulcro tro— 292 — . Armaritos de pino nudoso.lo he pillado.. Antes de que pudiera preguntarle a Anna acerca de su madre.enano. una especie de perversa celebración de la traición que la había convertido en viuda. P eggy Rivenbark yacía baj o el dosel de guinga en la antigua cama de la habitación principal. B ill subiría las escaleras del antiguo apartamento de su hij a hasta llegar hasta los aposentos de una desaliñada Lily de rostro pasmado para echar un infartante polvo extramarital. situada en la parte sudoeste de la casa. ¿verdad? Se me escapó dónde encontramos mamá y yo a B ill.

Sería muy difícil que no lo recordara. —¿P or qué no.tienes la memoria de un elefante. si tenían suerte. si Anna decidiera esforzarse en estruj arlo. enano idiota.Anna? Ella se dio la vuelta para mirarlo.Anna? —P uede que no me encuentre preparada para decírtelo. —D umbo el D inoterio. como una goma elástica a punto de romperse. pero. —¿Y mamá? ¿D ónde está? Anna cruzó la pequeña cocina arrastrando los pies y le dio unos golpecitos en la cabeza. Recordaba muy bien el modo en que H ugo pasaba de un arrebato quej umbroso a una de esas erupciones panameñas. N o obstante. Se merecía que lo recriminaran de ese modo tan delicado. Joshua se sentó en una mesa de hierro forj ado con tablero de formica. —Estuviste a punto de matar a mamá. acabaría tan destrozado como el corazón de su abuelo. Ayer me llegó un telegrama.mientras Anna le servía un café y unas galletas. —¿D ónde está ahora.lo pasó aquí.bien por un acceso de ira o por uno de lacrimógenos remordimientos. N o vas a verla este año. Cuando la calefacción comenzó a funcionar. con los brazos cruzados sobre el vientre. claro. yo tenía doce años. John-John.a tu servicio. Allí no había ni rastro de los desorganizados barrios de las afueras. H izo trizas Elparaí so en sus sueños y no consiguió poner en marcha ningún otro proyecto.Joshua se lamió las migaj as de galletas de las puntas de los dedos. su hermana habló sin baj ar la voz por primera vez desde que entrara en la casa.por amor de D ios? — 293 — .en V an Luna. —D ios. El tercer año. bueno.zo de césped que el invierno había dej ado amarillento.como si esta casa fuese un sanatorio para muj eres afligidas por abandono en estado terminal. Pasó dos años en tensión con los nervios destrozados. Lo último. —Recuerdo casi todo lo que pasó durante esa pequeña excursión. esa clase de césped que pedía a gritos un buen partido de fútbol o unos cuantos perros j uguetones haciendo cabriolas. —¿Tienes F ritos. Asustado. que no por ello dej aba de ser terrorífico. infrecuentes pero aterradoras. —B uena maniobra de distracción.

Es una especie de espectacular terapia de inmersión psicológica para curar mi aflicción crónica. D íselo cuando la veas en persona y que te prometa que no se lo dirá a nadie. Q uería evitar una posible moratoria en los vuelos. ¿no es cierto? Existe una conexión entre ese país y el entorno de tus sueños.este año me toca a mí cuidar de P eggy. —Se sentó a la mesa con una taza de café—. A expensas del Gobierno... sobre el impacto que la restauración ha tenido en la gente y en la política europea en general. Está en Madrid. P eggy Rivenbark permaneció en la cama.hermanita. —Le escribiré para contarle que estás en Z arakal. Q ue lo j ure por su vida. —¿La que estás aprendiendo a controlar? —Exacto. N i siquiera debería habértelo dicho a ti. de l as T.) — 294 — . D e todos modos. ¿Q ué era lo que había dicho W oody K aprow ? «El futuro es inaccesible. —A menos que te dispare. ( N. —¿P erteneces a un comando o algo así. —N o puedes.supongo. Entretanto. —Mierda. puede que no. Sin dej ar de ocultar fielmente su presencia a su abuela. N o tiene resonancias que puedan ser perseguidas». y no con el futuro.—H a conseguido un contrato con V ireo para hacer un libro sobre la monarquía española. Tiene pensado quedarse en España seis meses como mínimo. Joshua no estaba seguro de que fuese cierto. por eso se fue de forma tan repentina. Esta vez no vas a verme poner los oj os en blanco.Johnny? —Algo así. Se trataba de una anciana que había nacido cinco años después de K itty H aw k* y era más probable que alucinara con el pasado. el * P laya situada en Carolina del N orte donde los hermanos W right realizaron el primer vuelo en avión. P or eso vas a Z arakal. Joshua se quedó en V an Luna durante todas las N avidades. B ueno. —Mis labios están sellados. como un ángel j ubilado que se marchitara en las costosas sábanas de lino del paraíso mientras soñaba con un futuro de lanzaderas interespaciales a prueba de colisiones e impolutos planetas-colonia para el biznieto que estaba por nacer del vientre de Anna.se dedicaba a fastidiar al cielo con sus oraciones. D espués de todo.

Joshua comenzó a tener dudas. Y a estaba bien de metafísica. P or temor a que su presencia pudiese acabar con la vida de su abuela.Joshua no se acercó a P eggy Rivenbark. Su pasado era un sueño y el futuro era inaccesible. N i Anna ni él se cansaban de repetir una y otra vez esa esperanza en voz alta. cuando regresara de su misión en el Cuerno. tal vez.. Anna y él pasaron la mayor parte de las vacaciones hablando.. Y el presente no era más que una ilusión. podrían por fin reunirse como una familia. Cuando llegó el momento de la despedida.pasado era el medio friable en el que germinaba el futuro. pero también era un Monegal. — 295 — . habían agotado cientos de temas sin haber mermado sus reservas de cariño mutuo. Sin embargo. y. ya instalado en el avión de transporte que lo llevaba de vuelta a Eglin. La etiqueta que había en la chaqueta de su uniforme rezaba «K ampa». otro aspecto de la inmensa mentira física conocida entre los hindúes como maya.

U na parte de mi mente comenzó a preguntarse cuándo daría a luz a nuestro hij o. mientras que la otra mitad comenzó a — 296 — . N uestro pequeño poblado se convirtió en Shangri-la. el periodo que siguió a las inesperadas lluvias —unos cinco o seis meses después de que descubriera el embarazo de Elena— comprendió un idilio edénico muy parecido al que el padre de Jacqueline Tru había conj urado de las historias sacadas de los sueños que yo mismo le contara en el restaurante Mekong. Los depredadores ocasionales de los homínidos. N adie tenía que romperse la espalda ni recolectando ni cazando. por supuesto. las cebras y los antílopes que habían regresado a nuestra zona desde los vastos pastos al sur del Monte Tharaka. bien podría estar más vivo. alerta e integrado que en cualquier otro momento de mi pasado. así que ahora era candidata a la fotografía del «después» de un anuncio de un balneario: lustrosa y llena de vida a pesar de la protuberancia abdominal. Su rostro brillaba como el regaliz.su metabolismo se había aj ustado por fin a los cambios provocados por la concepción. Y o soñaba este idilio. nos ignoraban para centrarse en las gacelas. teníamos mucho para comer. que el equivalente habilino de las náuseas matutinas. como hienas y leopardos. B arbudo y musculoso. Sumergido en mi experiencia sin el beneficio de la continua conciencia racional.su vientre había adquirido las mismas vetas brillantes color índigo que un caramelo tras ser chupado contra el paladar. N o obstante. Elena resplandecía. Los ataques agudos de náuseas anteriores y posteriores a la muerte de María no habían sido otra cosa. me deslizaba entre los mínidos como un espíritu despoj ado de su incierto futuro.26 La vida en Shangri-la En muchos aspectos. D e repente.

ahora no eran más que sueños. Este cambio entrañaba una especie de paradoj a. D ej é de soñar con mi pasado en el siglo X X y comencé a tener visiones nocturnas llenas de imágenes de la antigua Á frica oriental. Cada día era igual al anterior.inventar nanas de una dulzura prehistórica hechizante. tanto en el grupo de mínidos como en su curioso simulacro del P leistoceno. comencé a levantarme antes del alba para elevar mis propias alboradas sin palabras a la sabana y al cielo.Riverdale y las demás localizaciones importantes de mi infancia ya no tenían un lugar preponderante en esas visiones. y el timbre de nuestro canto parecía conferirle un contorno y una consistencia a aquel paisaj e casi prehistórico. D urante este mismo periodo. alteró la textura de mi subconsciente. estas nuevas canciones eran espontáneas casi en su totalidad.la flora que crecía j unto a los cursos de agua. había purificado mis sueños. Y esperaba no volver j amás a sufrir la confusa indignidad de un viaj e astral. Al final. Las hacía despertar del subconsciente y las liberaba al mundo como melodías O tros enhabilinos bruto. Mis sueños así lo confirmaban. y mi relación con Elena. —no solo los mínidos. En otras palabras: nuestras alboradas convertían mi mundo soñado en realidad....Cheyenne. era «normal». V an Luna. Al convertirme en un habilino y aceptar la realidad de su mundo. Eramos un pueblo dedicado al placer. Ahora estaba más predispuesto a soñar con la fauna que rodeaba el Lago K iboko. Esos cánticos surgían de una parte de mí imposible de identificar en aquella época e inalcanzable en esta.. Mi desplazamiento físico al pasado había curado la principal aflicción de mi vida. Sevilla. sino también los hunos desde su fortaleza elevada al sudoeste de nuestra posición— respondían a mis canciones.F ort W alton B each. Mi enfrascamiento total y absoluto. Aunque en mi adolescencia y recién entrado en la edad adulta había escrito poemas basados en algunos de mis viaj es astrales. Comenzaba con el amanecer y remoloneaba a través del calor del mediodía hacia los indicios de — 297 — . Mientras que durante mi vida en el siglo X X aquellos sueños habían supuesto viaj es astrales. El melancólico aullar de los lobos y las misteriosas arias de las ballenas j orobadas resonaban en nuestras voces.

Elena y yo habíamos encontrado un hipopótamo.sería el desnudo lomo del día.en una sección del curso del río que quedaba medio oculta — 298 — . logré que comprendieran mis alegres noticias y los conduj e montaña abaj o hacia el cauce del río. La impresión del descubrimiento me sacó de la conciencia del sueño para dej arme en el aprieto de la conciencia racional.el Monte Tharaka. Si alguna vez nos topábamos con mercancía de baj a calidad o con los estantes vacíos. Encontrar una ganga increíble era uno de los pocos medios de grabar una marca reconocible en lo que.su despedida a la hora del crepúsculo. al parecer. Cuando Alfie. persistencia y suerte. atrapado por las piedras sumergidas en las que. Mej or todavía. un espécimen de H .el resto de los mínidos y yo aparecimos en escena.nuestra tienda de veinticuatro horas. como poco. Y acía de lado en el agua. Cuando el embarazo de Elena ya había recorrido dos tercios de su duración y su vientre maduraba como una enorme uva Concord. gorgops. nos cuidábamos mucho de consumir. se había enganchado mientras estuvo vivo. lo habíamos encontrado poco después de su muerte. La sabana era nuestro supermercado. pero se asentaron lo bastante cerca como para llenar sus tripas con envidia.ya que no con carne.en la estepa. Con movimientos oculares y desmañadas vocalizaciones. ambos nos tropezamos con una ganga increíble. D ado que lo que habíamos encontrado era demasiado grande como para desmembrarlo sin ayuda.o con una combinación de todo eso. P agábamos nuestras adquisiciones con maña. Cuando no nos entreteníamos con los j uegos habilinos ni holgazaneábamos. Entre estas bien definidas demarcaciones.esa rara especie con abultados oj os periscópicos. no había gerente al que quej arse ni forma alguna de recuperar el dinero. dej é a Elena en la orilla de un pequeño curso de agua y volvía Shangri-la en busca de Alfie y los demás. Los buitres solo podían llegar hasta él si aterrizaban en su brillante flanco o si vadeaban con decisión el cauce fangoso. el mínimo de nutrientes recomendados por día para asegurar la supervivencia.los buitres se dispersaron.de otra manera. íbamos de compras. con las plumas de las alas extendidas chorreando agua y las golas del cuello alborotadas de forma graciosa. Elena estaba sentada a la orilla del pequeño barranco y farfullaba insultos hacia las aves carroñeras que descendían en picado sobre nuestro hallazgo.

Q ué extraña concatenación de circunstancias.incluso las proyecciones de las fantasías — 299 — . en cambio. así que el hipopótamo era nuestro. H ablando en términos ecológicos. de forma aterradora. de repente.una de mal agüero. O tros sucesos desconcertantes lo sucedieron. Y . y sus oj os. habíamos cabalgado desde Shangri-la hasta la sabana iluminada por la luna. D urante la cabalgata. Aquel día. había disfrutado de un sueño contaminado en el que un grupo de homínidos mutilaba y devoraba una criatura de un programa de televisión infantil. Si hubiéramos pasado por allí un día antes. ¿Cómo podría apoyarlos cuando destruían por completo aquella imagen? En aquel mundo. N o obstante. como si el hipopótamo y yo compartiéramos algo que me era desconocido. bien podríamos haber supuesto que el hipopótamo se revolcaba feliz y habríamos pasado de largo. cuando era niño. Los mínidos se acercaron vadeando el agua para despedazar y distribuir con entusiasmo nuestro hallazgo. En una ocasión. El hipopótamo blanco era una señal y. de su crítica implícita sobre mi estatus como carroñero.con toda probabilidad. Era consciente del escrutinio del animal muerto. a lomos de un par de dóciles calicoterios.a los oj os de los carroñeros por una zona de arbustos. incluida mi dolorosa transformación en un estado que ya no podía ni recordar. parecían seguir mis movimientos. la bestia me preocupaba. habíamos visto a un hipopótamo albino salir a nuestro encuentro desde un manantial medio escondido mientras iba camino de otro.todo nuestro. ni siquiera habría recordado mi sueño del hipopótamo blanco si Elena y yo no hubiéramos encontrado ese otro por casualidad. me di cuenta de que ni siquiera el amor de Elena podría ligarme legítimamente a aquellas costumbres bárbaras. que sobresalían de la enorme cabeza como ampollas protuberantes. Mi sensación de distanciamiento se incrementó. habíamos llegado en el nicho de tiempo adecuado. cuya piel tenía el color y la aparente consistencia de las natillas.sin embargo. Se me pasó por la cabeza un sueño reciente en el que Elena y yo. Mi conciencia se había visto comprometida y. Era un hipopótamo albino. Su lomo estaba adornado con grandes manchas rosadas y parduscas. los mínidos rapiñaban la imagen de uno de mis sueños recientes acaecidos en el P leistoceno. P ura casualidad.si hubiéramos llegado un día después. D e hecho.los buitres habrían convertido la oferta de nuestro supermercado en una inmensa y pelada caj a torácica.

Alguna que otra vez. Irritado. Me quedaré aquí. F red y Roosevelt ayudaban con el destripamiento de la bestia y lavaban las brillantes visceras en el agua pantanosa. Se abrió camino por el agua.mientras que Jamón y Jomo les pasaban los trozos de carne a las muj eres y los niños que estaban en la orilla.casi el doble de lo que se obtiene de la misma cantidad de cordero. Alfie y Malcolm se encargaban del esqueleto en el agua. B aj é la vista hacia el balón hinchado de su vientre. N o todos los días nos encontramos con algo como esto. O culté mi desagrado y traté por todos los medios de recordar lo que B abington me había enseñado acerca de los hipopótamos. En su superficie surgió una protuberancia que dio paso a una sucesión de — 300 — . Elena no se apartó de mi lado. cuando hasta con un novillo ganador tendríais suerte si pudieseis utilizar la mitad.. Me senté a un lado y observé cómo los habilinos fileteaban el hipopótamo con unas afiladas lascas fabricadas para la ocasión. que le llegaba hasta los tobillos. Alfie gesticuló para que me uniera a él y a los demás en el agua. para reunirse conmigo baj o los árboles que había en la orilla arenosa. —Estoy bien —le dij e—. Alfie sacudió la cabeza y refunfuñó algo mientras curvaba su labio inferior. V amos. Al menos veinticinco de cada cien gramos de carne de hipopótamo es pura proteína.de ternera o de cerdo. —Me olvidé la navaj a —dij e para declinar la invitación—. así que volví a callarme. Sus ademanes eran un consuelo silencioso. si el P residente Tharaka hubiera tenido la previsión de fomentar la cría de hipopótamos. despellej arlo requería concentración y tiempo. Casi tres cuartos del cuerpo del hipopótamo son útiles. espantaba a un buitre que se acercaba o arroj aba un puñado de arena pero.. Cuando levanté la vista de nuevo. ¿Sabéis?. Z arakal podría haber sido capaz de evitar las hambrunas en los distritos fronterizos. H abía soñado con un hipopótamo muy grande y carnoso. come con los otros.vi que Elena se había dado cuenta de mi cambio de humor. permanecía quieta.se convertían en comida. —Tal vez os interese saber —les dij e a los mínidos— que estáis despedazando una fuente de proteínas de primera calidad. P arecía dispuesta a compartir mi falta de apetito.salvo en esas ocasiones. Se sentó con un brazo sobre mis hombros.

al echarlo en falta. rastreando el olor de Jomo y cualquier señal apenas perceptible que hubiese dej ado..una auténtica santa habilina. La anciana recorrió coj eando todo Shangri-la. N o baj aría. Si yo no comía. Incapaz de comer. Elena y yo. Me avergonzaba de mí mismo y. en la llanura. peinamos la ladera de la montaña. nuestro hij o. al mismo tiempo. tampoco lo haría ella. El tronco estaba cubierto con espinas romas.enfrentándome con temeridad a las espinas. Elena y yo pasamos toda la larga y estrellada noche en el claro que había baj o el árbol coral. El feto.. acércate allí y coge tu parte. Elena. N o se apartó. estaba medio sobrecogido por las acciones de Elena. acompañados de Jamón y Roosevelt. Ginebra dialogó ansiosamente con Elena. Su lánguida inflexibilidad sobre este punto desanimó tanto a Roosevelt y a Jamón que comenzaron a retroceder por el pastizal. Aquella misma tarde. Ginebra. —Ahora comes por dos. Jomo enfermó. pero Jomo se había subido a lo alto sin considerar el daño que le infligirían. ni siquiera uno solo. las flores de coral del árbol agitaban sus pétalos como pequeños tentáculos.intentó dej ar de ser una carga para los mínidos desterrándose a un pequeño bosquecillo alej ado. Estaba sentado en un hermoso árbol coral y contemplaba la sabana con oj os vidriosos.y consiguió reunir una pequeña expedición en busca de su marido. Ante la ausencia de hoj as. Encontramos al anciano en menos de una hora. ¿quiénes eran ellos para inmiscuirse? Ginebra.darle una excusa para comer. Era muy testaruda. Q uería hacer un sacrificio por ella. Intenté en una sola ocasión llegar hasta él. pero no podía enfrentarme a la idea de tragar un solo bocado de aquellas natillas. cantando su angustia con unas espectrales notas baj as. Si un viej o y loco habilino quería sentarse en un árbol.elásticas ondulaciones. de cazar o de tolerar los j uegos de los niños. con los oj os abiertos de par en par. daba patadas a un ritmo lleno de vida en el interior del acogedor restaurante que era el útero de Elena. V amos. así que impedí que Elena se alimentara con los demás. Era una santa.pero el habilino me plantó la planta del pie — 301 — .

si es que las especies de H omo habil is poseían tan intangible bien— lo abandonó. Jamón y Alfie volvieron con Elena. D urante su ausencia. por supuesto. Si un viej o habilino quería sentarse solo en un árbol. como si la muerte de Jomo fuera una afrenta personal a cada mínido.recordé la muerte de Genly y el ritual que la siguió. yaciera desmadej ado en el suelo. Su ataúd vertical era un espectacular árbol coral. Mientras tanto. N o podías dej ar que un patriarca como Jomo.en la cabeza y me devolvió al suelo de una fuerte patada. Los buitres seguían dando vueltas. Jomo. Aquello minó mi entusiasmo por tratar de rescatarlo.por qué no instalarse en el árbol de su elección. los buitres comenzaron a sobrevolarlo en círculos al segundo día.y. Y había escogido uno hermoso. Tocaron la cabeza de su camarada muerto con la punta de sus garrotes. Con la vigilancia alternativa de los tres. Elena.una broma pesada e imprudente de un casero que no mereciera tan indulgentes inquilinos. Al final.mi nalga derecha palpitó sin cesar.Ginebra se tendió j unto al cadáver de Jomo para quitarle los bichos que se aposentaban en su barba gris y su melena. el estómago de un leopardo o los gaznates de una bandada de carroñeros). tras indicar con murmullos y señales sus intenciones. me di cuenta.aquella noche. N o obstante. Caminaron de un lado a otro baj o el árbol coral. enj ugaron el hedor de la muerte que había quedado en ellos frotándolos sobre la tierra e hicieron ruidos amenazadores a las aves. D ebíamos devolverlo a su espinoso árbol. — 302 — . Si el penúltimo lugar de descanso de un mínido eran las ramas de un árbol (ya que el último era. su espíritu —su «alma». K ansas. partió hacia Shangri-la en busca de uno o dos presuntos ayudantes para elevar el cuerpo. sucesos ambos que parecían tan lej anos y distantes como mi infancia en V an Luna. el anciano duró dos días en el árbol.y cayó del árbol coral como un fardo. V arios arañazos tatuaban mi estómago y mis muslos. ya que el olor de la mortalidad de Jomo pesaba más en el aire que la fragancia de las flores escarlatas del árbol.¿quién era yo para inmiscuirme? Entonces. se estaba encargando a su manera de su propio funeral. quien había liderado al menos en una ocasión a los mínidos. con madera de suave elasticidad y resistencia. utilicé los guij arros de lava para desbastar tantas espinas del árbol coral como pude.

. Entorpecida por su vientre. se inclinó sobre el estropaj o que era el pelo del anciano y comenzó a trabaj ar. A su manera.Ginebra aceptó el melancólico regalo. En lugar de unirse a las protestas de Jamón y Alfie. F rustrada. Elena recuperó el cuchillo y puso la punta en la sien derecha de Jomo. que miraba alternativamente la ofrenda y el solemne rostro de su hij a. Elena quería cortarle la orej a derecha.. Con serias dudas acerca de la prudencia de complacer a Elena. D espués. supuestamente para permitir que se extraj eran los cerebros.fue un funeral muy hermoso. alej ándola de su cabeza con el fin de que yo pudiera cortarla.en China.pero no debía de quedarle mucho. N o tenía ni idea de la fecha que un médico de las F uerzas Aéreas hubiera determinado como posible momento del parto. Jamón. Algo que atesorar. dej amos al muchachote en manos de las inmemoriales pompas fúnebres que los buitres llevaban a cabo. ¿Q uería Elena incluir en la cena la masa gris de Jomo? ¿Creía que semej ante comida le depararía al nieto nonato del anciano parte de su conocimiento. Se le daba tan bien aquella tarea como la de extraer la hoj a de su funda. se agachó con dificultad j unto a Ginebra y me llamó por señas para que la ayudara.su astucia o su sabiduría? Mis especulaciones eran erróneas. extraj e la larga hoj a de la navaj a y la afilé varias veces contra el guij arro de lava. Me tragué las obj eciones y me apresuré a hacer lo que me pedía. Elena y yo subíamos de nuevo el cuerpo de Jomo al árbol coral. U na vez realizada la tarea.Elena estaba exhausta. Me pasó el cuchillo mientras Ginebra se sentaba para ver lo que ocurría. me devolvió el cuchillo y estiró la elástica coliflor marrón que parecía la orej a de Jomo. —Es un recuerdo —susurré—. En ese momento vi que había sacado mi navaj a suiza de nuestra choza. extendió la mano hacia Ginebra. Al final. —V aya —exclamé. Las espinas dorsales de varios de estos cráneos habían sido estiradas con sumo cuidado. U n momento después. Alfie. Elena colocó un puñado de hierba seca contra la cabeza del anciano para absorber el reguero de sangre y tomó posesión de la orej a. — 303 — . pensando en los cráneos de H omo erectus que se habían encontrado hacía tiempo en una cueva caliza de Choukoutien.

aunque solo en mi sueño.los dos animales estaban de nuevo en pie y. Era la gran gira. quizás mientras soñaba despierto. D elante de nosotros apareció un leopardo. con manchas sobre el lomo similares a las que dej a una quemadura.nuestros corceles fósiles echaron a trotar por los pastos sobre sus enormes garras. sin dej ar de balancearse de un lado a otro.seguí a Elena por la ladera de la montaña hasta el tablero de aj edrez que era la sabana a la luz de la luna.obedecí. D el mismo modo que los camellos. nuestros calicoterios cambiaron de dirección.con el grueso cuello extendido y las patas pisando en el aire lánguidamente. Elena me despertó temprano. pero no con la suficiente rapidez como para pasar desapercibido. Sumergido en un trance inquieto. — 304 — . Elena montó en la hembra y se aferró a su melena de seda para guardar el equilibrio. U n par de calicoterios se acercaron.lo más extraño de todo. A pesar de que temía que no fueran unas criaturas fáciles de montar. P asamos j unto a rebaños de cebras amodorradas.y el señor P ibb estaba todavía de centinela en el flamboyán baj o cuyas ramas encrespadas dormíamos. amistosos más allá de lo impensable. Con desesperación. Este hipopótamo era del color de las natillas. y recordé que había visto uno muy parecido no hacía mucho. Con una lacónica inclinación de cabeza. dej aron atrás a una manada de hienas pandilleras y salieron en estampida a través de la hierba baj a hacia un destino que tanto Elena como yo desconocíamos. el macho.ya que estaba soñando.me indicó que yo debía montar en el otro calicoterio. Se había pegado al suelo.y. Los j iráfidos se balanceaban en la lej anía de la llanura de espinos como serpientes marinas con cuernos.V arios días más tarde.tiramos de sus melenas y clavamos las rodillas en sus desnudos flancos. dinoterios que dormían a rachas y gacelas dormidas sobre sus patas. U n momento después. se arrodillaron sobre las patas delanteras y baj aron sus encorvados cuartos traseros hasta el suelo. un hipopótamo albino corría a nuestro lado a dolorosa cámara lenta. Algunas estrellas tachonadas mantenían la oscuridad a raya. Cuando desapareció en el curso de agua hacia el que había estado galopando.

El leopardo.su lengua lamía con curiosidad mi sangre cálida y espesa. Me alegré de ver que se ponía a salvo. El leopardo salió de la nada. Sus dientes se abrieron paso a través de mis riñones. me aplastó el pecho con una de las patas y me inmovilizó al clavar sus colmillos en mi cabeza. El paisaj e se puso del revés. el leopardo se abrió camino por la sabana hasta llegar a un árbol.tras colocar una pata en la base de mi columna. mi propio malestar era mínimo. convirtiendo el dolor y el miedo en un limbo sensorial por debaj o de mis sueños. N gai fuera loado. Su avance — 305 — .La montura de Elena saltó como un impala y la arroj ó al suelo. Mientras comía. Allí.una figura erguida apareció en la llanura a unos diez metros. al acecho. Se acercaba.los calicoterios desaparecieron. Sin temor ni dolor extremo. Comencé a correr en dirección a Elena. Salvo por el abultado tumor de su embarazo. Tenía tanto miedo de que la abrupta caída de Elena causara la pérdida de nuestro bebé que la cercanía del leopardo agazapado apenas si me preocupaba. pero mi estado de relaj ación era tal que el ruido se asemej ó más al sonido que se produce al encender una cerilla que a un cruj ido de dolor. me aposentó sobre una horquilla de ramas que consideró conveniente. Cosa que no era mi estilo. en una lenta diagonal. su perfil tenía una grácil delgadez. a casi tres metros del suelo. comenzó a comer. Era la hembra del bípedo casi sin pelo que había aturdido y arrastrado hasta allí arriba. mientras nos esforzábamos por ponernos en pie. frotándonos los maltratados traseros e intercambiando miradas de dolida conmiseración.del páncreas y de los intestinos.y el cadáver de dos patas que había baj o mis zarpas me duraría otra comida solo si comía con cuidado y me calmaba. U n útil mecanismo de mi subconsciente se había activado. Elena chilló y se apartó gateando.me encaj ó bien y. El hambre me despertó. D esplacé el cuerpo y devoré todo lo que mi estómago pudo soportar de aquella carne fibrosa y amarga. Era demasiado pronto para las alboradas de los habilinos. Levanté la cabeza del cuerpo destrozado para observar las intenciones de la hembra. Tenía pocas probabilidades de poder ayudarme y. A mí también me tiraron. Mi cuello se rompió. con la intención de abrazarla y consolarla. Arrastrándome entre sus patas.morí en la noche. que se ayudaba hundiendo las garras en el tronco del árbol.

se desnudó en un cántico de extrema pureza. Esta hembra de habilino. o la dura cáscara de una nuez.me di cuenta.sería un postre excelente. N o se acobardó.estaba vengando su pérdida. se desplazó hacia un lado y me golpeó en los cuartos traseros con su garrote. Aunque logré apoyarme sobre el vientre. la hembra comenzó a cantar. y su determinación nacía de la perentoriedad de sus motivos. U no me dio en el labio superior y me rompió un diente. pero mi cena me aplastaba con fuerza y no podía levantarme. El dolor de mi vértebra rota era casi insoportable. El feto que había en el vientre de la hembra. ya que me bombardeó con misiles invisibles. N unca había sufrido una humillación semej ante con anterioridad. D e repente.un pudin de carne desgarrada y huesos astillados. pero se cambió el garrote de mano y afirmó los pies en el suelo para recibir mi ataque. D udé. la muj er ya estaba a horcaj adas sobre mí antes de que pudiera ponerme en pie.hasta mi posición era hipnótico. Tendría que ser igual de inflexible para vencerla.no solo encargando el postre. Sin embargo. rebotó contra el tronco del árbol más allá de mi cabeza. Consideré la conveniencia de matar de nuevo y encontré la idea atractiva. N o podía verlos. parecía haberla provocado. Q ué infamia. rompiéndome una vértebra y consiguiendo de ese modo que cayera de costado sobre la tierra. volví a la carga. tan dulce como una golosina. la hembra realizó un rápido movimiento con el brazo. y el dolor de mis cuartos traseros comenzó a ceder ante la belleza hechizante de su canción. Aullé. Mis miedos se disolvieron. me puse — 306 — . Agaché las orej as y gruñí. Estaba aterrado de que pudiera matarme allí mismo. Sus nudosas piernas me apretaron los flancos como una prensa. U na piedra. sus uñas se abrieron paso entre los asombrados parásitos de la enredada piel de mi cuello. contra mi torturadora. Salté de cabeza al manto de hierba y me lancé. pero el ruido no la asustó. Sin desmontar a la hembra habilina. furioso. en el último instante. El cadáver del que me había alimentado cayó de mi árbol. D e hecho. Ignorando el cuerpo caído de su compañero. pero sí sentirlos. En aquel momento. Retorciéndome las orej as y elevando mi mirada hacia la luna.

incluyéndome a mí. H abía saltado al P leistoceno en 1987 durante un mes de j ulio golpeado por la se— 307 — . tres eran hembras. Más tarde. Ellas eran la salvación de los mínidos. Jamón estaba envej eciendo. F inalmente. Y acimos allí. La dama y el leopardo.en pie. por supuesto.y estaba seguro de que pronto imitaría el voluntario camino de Jomo hacia el olvido. P or cierto. sino que comenzaría un programa de reconstrucción con las opciones que estas hembras núbiles tuvieran más cerca. Entramos en el campamento mínido sin alertar a su centinela y nos deslizamos por las sombras hasta el parapeto que la muj er había compartido con mi última víctima.el uno j unto al otro. ya que cuando comenzaran a atraer pretendientes. Los mínidos. Luego.y de los ocho niños que habían sobrevivido. cada día que pasaba su aspecto era visiblemente más decrépito. me dirigí al Monte Tharaka. baj o sus fuertes y compasivas manos.elevé mi voz en el temible tabernáculo del amanecer. D espués alimentamos nuestras pasiones más allá de los límites del apetito de su anterior amante. por lo que ya no teníamos la esperanza de compensar nuestras pérdidas con alguien de nuestro propio grupo. el único adolescente macho. La franquicia no se cerraría. Erguido entre mis compañeros habilinos. Las muertes de Genly y Jomo habían dej ado solo a seis machos adultos. se había quedado hacía poco con una dulce j ovencita del culto huno.tuve una clara percepción del ciclo de las estaciones. N uestro número menguaba. Elena me despertó.yo mismo era una de estas opciones. El señor P ibb. Así le pusimos los cuernos al muerto. N uestra población era de veintiún miembros. U n breve paréntesis: En ningún momento durante mi estancia con los mínidos en esta región a unos cientos de kilómetros al norte del Ecuador. acariciándonos como cachorros emparentados. dos de las cuales pronto atravesarían el umbral de la adolescencia.en el grupo de mínidos.nuestro grupo abriría su constreñida garganta y absorbería a estos j óvenes machos como si fueran pececillos. no estaban en peligro de dispersarse ni de extinguirse.nos acurrucamos j untos y j untos tuvimos este sueño.solo había descendido en tres desde mi llegada.

mientras que. El viento traía cálidas bocanadas del Este y gritaba sobre la sabana procedente del océano Índico antes de acabar susurrando. «dayr».debido a la altura del área que rodeaba al Monte Tharaka. por tanto.escuchábamos el rugido sepulcral del trueno mientras unos enormes relámpagos iluminaban el horizonte. P ero si uno creyera que las precipitaciones durante estos periodos nunca remiten. allí.habíamos visto la lluvia. P or la noche. tenía un nivel de agua mucho más alto en aquel entonces. los rebaños que habitaban los pastos iban de un lado a otro. sería una señal de que su cerebro ha absorbido gran parte de las lluvias que les correspondían a los somalíes. P ues bien.el otro en septiembre y otro más en abril. Atemorizados por la rareza del cielo. Los somalíes llaman «gu» al período de lluvias que se extiende de marzo a mayo. P or supuesto. pero para conseguir un respiro de la anómala sequía que azotaba el pastizal.pero esta relativa frialdad nocturna no se traducía en variaciones significativas en las temperaturas diurnas de la sabana. la lluvia parecía flotar de nuevo en el ambiente. era más exuberante. cualquier zona se ve abrasada por periodos de sequía. incluso durante las estaciones «lluviosas».en — 308 — . F ue j usto después de un día de lluvia cuando descubriera que Elena estaba embarazada de nuestro hij o. convertido en una húmeda y enervante quietud. las noches eran frías. El nivel del Lago K iboko.por fin. yo debía de haberme adentrado en un espej ismo azotado por una sequía inusitadamente prolongada. En ocasiones. N o sabría decir si un día caluroso tuvo lugar en agosto. A menudo.pero desde mi llegada fui incapaz de distinguir cualquier gradiente significativo entre calor y no tanto calor. e incluso en las proximidades del Lago K iboko.quía. y al que va de septiembre a finales de noviembre. P or lo general. sino las lluvias. la verdadera medida de las estaciones en las regiones ecuatoriales no es la temperatura. Y la lluvia me devuelve al embarazo de Elena. los leones respondían con sus propios rugidos a los truenos. y que la vegetación. bastante después del funeral del Jomo.en las faldas del Monte Tharaka. los mínidos habían tenido que abandonar su territorio habitual en busca de un refugio en las alturas. Los meses no tenían sentido alguno. tal y como B lair había predicho. A pesar de que B lair me había asegurado que el Pleistoceno Inferior era un periodo más húmedo que el nuestro.

de todas formas. iba a tener un montón de problemas. Se me ocurrió que para cuando llegase el momento de que rompiera aguas. Elena querría. se zambulló en el fragor de los cañones de la tormenta. Este tipo de clima —al que tal vez se podría llamar «estación»— duró varios días. —¡ Jumm! Aquello provenía de Malcolm. En el Monte Tharaka. H abía conseguido dormirme a pesar del ruido. donde los relámpagos tendían sus puentes. me señaló hacia el destartalado parapeto en el que Ginebra solía dormir. D esde su atalaya en el árbol de tulipán.pero no obtuve respuesta. N i Elena ni su madre intentaron echarme.la seguí fuera a ciegas. pero no lo hizo.el destacamento de cargueros de la tormenta acababa de recibir una andanada de torpedos entre sus barcos. Ginebra había acumulado una buena cantidad de hierba seca contra un lateral del refugio para que Elena apoyara la espalda. de modo que la luz de las estrellas y los torpedos de los relámpagos iluminaban el pequeño habitáculo. hasta que Elena se levantó de nuestro lecho de hierbas y.en una noche bombardeada por los truenos.supliqué a N gai o a cualquier deidad que — 309 — .al noroeste. Allá en el horizonte. que parecía pasar el noventa por ciento de su tiempo de vigilia encaramado a los árboles. también estábamos recelosos. posiblemente también se quebraran las membranas del cúmulo de nubes y acabáramos inundados. Subí por una zona rocosa de Shangri-la en dirección al refugio de Ginebra.las gacelas y los ñúes se echaban para contemplar el espectáculo de luces que ofrecía el horizonte. Esperé que regresara.otras. D urante el parto de su primer hij o. pero las tormentas j amás se acercaron a nuestros palcos en Shangri-la. U na noche nada propicia para el nacimiento de un mestizo que. si bien mi llegada fue prácticamente ignorada. La lluvia me parecía un telón que ocultaba el Lago K iboko. Elena tenía dolores. Elena se puso de parto de repente. Llamé a Elena. Al final. Cada noche era un asedio. No dej es que l l ueva. Aunque j usto sobre nuestras cabezas se abría un entramado de diáfanas estrellas. El viento comenzaba a soplar con fuerza. La choza no tenía tej ado. con una mano en la base de su espalda.la ayuda de su madre. por supuesto. Aquello tenía sentido.

me esforzaba por recitar un constante y estúpido murmullo destinado a animarla y confortarla.y todos ellos fueron al cielo en una pequeña y roj a embarcación*. Este monótono ritual continuó durante al menos una hora. La maternidad era la recompensa de todo aquel dolor. Todo sucedía al noroeste de nuestra posición. Aunque estoy convencido de que Elena nunca llegó a comprender lo que significaban las náuseas que sufrió al comienzo del embarazo.) — 310 — . Elena. j usto donde Z arakal. Con cada espasmo. El tranvía se rompió y el mono se ahogó. por suerte. de vez en cuando. Elena no lo tuvo fácil. * Cl ap H ands.las implicaciones más siniestras de este estribillo pasaron totalmente desapercibidas para mí y. —Y así sucesivamente.en su carrera por asegurarse un trozo de tierra. Ginebra y yo intercambiamos posiciones para permitirle al otro desentumecer los doloridos nudillos.tuviera poder en aquella fantasmagórica dimensión.que no l l ueva. —Todo va a estar bien. y unos rugidos amenazadores hicieron temblar el horizonte. pero su cuerpo no cooperaba. El mono escupió tabaco en la línea del tranvía. A pesar de que la lluvia se mantenía a raya. sí que sabía lo que le estaba sucediendo en esos momentos. de l as T. había secuestrado niños de especies apenas relacionadas para acunarlos entre sus brazos. en un loco intento por establecer fronteras en un lugar en el que nadie las había respetado nunca.el maltratado carruaj e que era su cuerpo se veía impelido. al menos en dos ocasiones. y había sentido a su propio bebé darle patadas. H abía visto a otras dar a luz. Etiopía y Somalia apostarían sus tropas en un futuro.sus oj os desaparecían baj o el arco de sus cej as (lo que me hizo entender el horror que esta clase de rotación ocular le había producido a mi madre adoptiva) y su mano se aferraba con fuerza la mía. hacia un futuro que prometía una heredad permanente y ella sabía lo que el dolor significaba.canción de Tom W aits.también para Elena y Ginebra. Por f avor. todo va a ir genial. el espectáculo de relámpagos cobró intensidad sobre el Lago K iboko. La cabeza del bebé. sí. Elena no prestaba atención alguna al ruido. Mientras estaba al lado de Elena. Las contracciones eran intensas y dolorosas. Intentaba dar a luz a su hij o.( N.

su altura correspondía a la apariencia de una sílfide. Al mirar el rostro de Elena. «P arirás a tus hij os con dolor». supe que su expulsión no llegaría de manos de un obediente querubín. racional y preciso que quizá fuera necesario realizar una incisión en la entra— 311 — . sin embargo. pero el dolor carecía de importancia. Reuní toda la hierba seca de nuestra choza. me adentré en el refugio y me arrodillé j unto a Elena con la premonición de un desastre asentada en el estómago. me quemé los dedos. apilé maleza sobre el fuego y esterilicé la larga hoj a en las llamas indómitas. Regresé a nuestro refugio en busca de la navaj a.que había descendido por el útero tanto como podía hacerlo sin ayuda. N o iba a conseguirlo. setecientos centímetros cúbicos. la llevé fuera y le prendí fuego con una de mis últimas cerillas. Sus miradas se posaron en mí. D ilsey y Alfie también habían entrado en el refugio semicircular de Ginebra. Al sacar la navaj a. mientras Malcolm me miraba con incredulidad. Levanté el cuchillo y les dij e a los habilinos con un tono de voz calmado. Si bien era más alta que cualquier otra hembra habilina. Los destellos de los relámpagos sobre el lej ano lago parecían llevarse el saludable brillo índigo de su cara. sino a través de la fría mediación de la Muerte. Su piel estaba fláccida y gris. D ado que mi volumen endocraneal sobrepasaba el suyo en. de modo que lo ignoré para volver j unto a Elena. como poco.aunque no tardaron en verse atraídas por el cuchillo. ahora debía ej ecutar una tarea mucho más urgente: salvar la vida de Elena. delgada y grácil. Todos la miraron para después volverse hacia mí. Elena gritó. Y a había demostrado ser eficaz para separar a Jomo de su orej a. mientras que la pena por pagar el precio es la expulsión del P araíso. un aullido inhumano de advertencia y dolor. su bebé había heredado de mí un modelo genético para su cráneo cuyo tamaño resultaba ser peligrosamente más grande que el habitual en un habilino. Mi cuerpo entero parecía mantenerse unido tan solo por una maraña de cuerdas y mucílago. Sus oj os se sacudían dentro de sus cuencas. era demasiado grande para la estrecha estructura pélvica de Elena. Gesticulé con él. Su frente desnuda estaba empapada de sudor. D espués. El precio por el desarrollo de una mente capaz de realizar j uicios morales abstractos es el dolor durante el alumbramiento. Emilia.iluminado por la luz estroboscópica de los rayos.

D e hecho. Elena consiguió de alguna manera expulsar al pequeño torturador de su vientre. quien recibió al niño.los cuatro silenciosos habilinos se miraron y se consolaron los unos a los otros mediante abrazos y palmaditas distraídas. — 312 — . ¿Cómo podía ser aquella desagradable larva el resultado de mi acto de amor con Elena? El hipopótamo enlodado que los mínidos se habían comido había tenido una tonalidad encantadora.da de la vagina de Elena para facilitar el parto. La claridad médica de este plan cedió ante el peso del sufrimiento de Elena. N o creo que ni siquiera D ilsey hubiese sido testigo alguna vez de un parto tan fatigoso. —M ii peej o —repitió. hablaba de enfermedad.el color de un postre lácteo. A medida que la tormenta se alej aba hacia el Sudoeste desde el Cuerno —los relámpagos daban paso a unos ocasionales destellos en zigzag de un resplandor casi insoportable. Me había negado a comerlo por miedo a violar la integridad de uno de mis sueños. La piel del bebé tenía el mismo color de las natillas. Su palidez hablaba de algo más que albinismo. Absolutamente perplej os. fuera una solución inadecuada para sus problemas.así que lo tiré al suelo.¿cómo podría llegar a amarla? Su cabeza era demasiado grande para ese cuerpo tan delgado. y no yo. Sus labios se abrieron. su cuerpo no era ni negro azulado ni gris. Elena envolvió al bebé con sus brazos peludos y levantó la cabeza para mirar a la pequeña criatura. podría rescatar al niño con una improvisada cesárea. Coloqué la larva en toda su envergadura entre los pechos de mi esposa. F ue Ginebra. una variedad de mutante mucho más comprensible. sino de un increíble blanco fosforescente. —M ii peeej o —dij o Elena débilmente desde donde yacía. seguidos casi al unísono por el restallar de los truenos—. B aj o el opresivo fulgor de la tormenta. N adie se movió. La mera idea de tocarla con el cuchillo me ponía enfermo.pero esta criatura. La larva encontró uno de los pechos de Elena y comenzó a mamar: un pequeño íncubo de marfil que bebía la sangre del corazón de la muj er que la había parido. había llevado el cuchillo pensando que si ella moría en el parto. aunque consiguiera hacerlo limpio. Mi temor era que el corte.mi hij a.

interrumpido aquí y allá por agrupaciones de matorrales espinosos. esta cinta de asfalto a través de un impresionante vacío del desierto Joshua zarakalí. con el P rotectorado del Lago K iboko en el V alle del Gran Rift.con la arena danzando al impredecible son que marcaba el viento. U na solitaria hiena permanecía en la llanura salada. ya que era la autopista privada de B lair hacia ninguna parte. la capital. — 313 — . H ubo un tiempo.Z arakal Julio de 1987 B ruma en la desapacible luz del amanecer. había insistido en adj udicarse un importante papel de gestión para sí mismo.en la actualidad. pero los restantes quinientos kilómetros de macadán sorprendían a muchos observadores. vacío.27 D istrito F ronterizo N oroeste. aunque el Ministro de Interior zarakalí. hacía ya mucho. en el corazón del país. D e ahí. El Gran H ombre se había hartado de reabastecer de suministros a sus trabaj adores de campo en las excavaciones del Lago K iboko con helicópteros o avionetas. maquinaria y supervisión estadounidense. con la base aérea a unos cincuenta kilómetros al nordeste. La carretera se había construido hacía unos dos años con dinero. observando una caravana de tres vehículos que se movían hacia el N oroeste a lo largo de la carretera que unía la B ase RussellTharaka de las F uerzas Aéreas. U n tramo de la carretera enlazaba Marakoi. murmuró: —N i un solo concesionario de coches de segunda mano a la vista.parecía un mar petrificado. Alistair P atrick B lair. así como trabaj o no especializado para la mano de obra indígena. tanto nativos como norteamericanos. en que esta parte de Z arakal había estado ocupada por fértiles pastizales.

el vehículo se parecía más a una tienda de campaña plegable que a un arcón de armamento.«la Máquina». — 314 — . —N o quiera D ios que sea mucho. Tanto el Land Rover como el camión eran de un color verde grisáceo engalanado con el dudoso camuflaj e de las rayas de una cebra. y K aprow . sino también un tanque de casi cuatrocientos litros de agua potable. el automóvil había llegado a B ravanumbi. D eles tiempo. como vehículo líder de la caravana. de l as T. que lo había acompañado durante el viaj e. —D ios y W oody K aprow . pero K aprow había declinado el ofrecimiento con firmeza.mientras que su cabina sobresalía como la nariz de una enorme plancha eléctrica con un parabrisas envolvente. Aunque se había costeado su construc* Conocida empresa de transporte de los EE.a bordo de un portaviones norteamericano. Solo deles tiempo. —N o tanto —respondió K aprow —.los físicos supremos. U U . Apenas un mes antes de esta expedición al Lago K iboko. no dej aba que nadie más lo conduj era. Alistair P atrick B lair. aquel en el que viaj aban Joshua y sus acompañantes era el de diseño más extraño y de propósito más misterioso.se parecía a un remolque de Airstream* cubierto con una capa de plástico protectora. N o tanto. Juntos ostentan todas las patentes de las propiedades temporales.B lair y K aprow . iba un Land Rover modificado para aloj ar no solo una ametralladora giratoria. mientras que un agente uniformado de seguridad zarakalí estaba al cargo de la ametralladora.la retaguardia de la caravana era un enorme camión con un remolque cubierto que llevaba un generador.se echó a reír.con una sutil ironía. P or delante de ellos. Seis gigantescas ruedas soportaban el peso de este vehículo.que iba entre K aprow y Joshua en la cabina del enorme vehículo. P or detrás de Joshua.la principal ciudad portuaria de Z arakal. que K aprow había comenzado a llamar desde hacía poco.—N uestras tropas aún no llevan el tiempo suficiente aquí — replicó W oody K aprow . Con un cuarto de la longitud del camión. D e los tres vehículos de la caravana. La parte más aerodinámica de la carrocería estaba tan pulida como la piel de una marsopa. B lair se había ofrecido para sustituirlo al volante durante el largo viaj e nocturno desde la base aérea. N. U n policía militar de las F uerzas Aéreas estadounidenses conducía esta escolta.Joshua. que conducía el segundo vehículo de la caravana—.

—Los semidioses siempre tienen chófer que los lleve. D e otra forma. si fuera yo el causante. Y eso no sería j usto para ninguno de los dos. pero al final acabaría perdonándome. Al parecer.parece que todo lo que pienso es peor. lo odiaría a muerte durante el resto de mi vida. sobre todo si es uno mismo quien se equivoca. pero K aprow no había renunciado al volante. Si destrozara la Máquina. por supuesto. Se habían reído de esas palabras. sería poco ético dej ar que alguien más se sentara aquí.¿verdad. semej ante hora de salida se había establecido para proteger la caravana de las temperaturas diurnas y de la posibilidad de una vigilancia aérea. D e cualquier forma. —P ara mí. además. —El doctor B lair está por encima de los simples humanos — había señalado Joshua—. —Soy un magnífico conductor —le había dicho B lair al físico con suavidad— y usted ha llevado a cabo las tareas de un subalterno durante las últimas dos horas. —¿P ero qué ocurriría si fuera usted el que sufre un accidente? —B ueno. aunque todos sabían que para un satélite espía de tecnología avanzada la simple oscuridad no supondría el más mínimo obstáculo. una expedición paleoantropológica no podía considerarse un obj etivo prioritario para las operaciones de espionaj e de los enemigos marxistas de Z arakal. B lair dij o: —N o estará pensándoselo mej or. Tal vez podría confiar en él durante media hora o así. Joshua apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los oj os. la caza no había sido buena últimamente. la horrenda criatura no tenía más que pellej o. Todos en Z arakal lo saben. doctor B lair.es intolerable.ción con el dinero de los contribuyentes de Estados U nidos. —¿P oco ético? —D esde luego.Joshua? —Últimamente. Joshua observó cómo la hiena que había delante de ellos en la salina se daba la vuelta y echaba a correr. y sarnoso. y eso que llevaban viaj ando desde medianoche.por ej emplo. Equivocarse es humano. consideraba la Máquina —si no el propio Tiempo— como una propiedad personal. me cogería un cabreo de muy señor mío. El sol acababa de salir. P uede comprobarlo en cualquier sitio. — 315 — .mire La Il iada. despavorida.

—Como todo un modelo de inocencia.eso es lo que iba a decir.. eso es todo. —Era una broma —los consoló Joshua. Joshua abrió los oj os. N o pretendía darles un susto de muerte.agradecido. B lair deslizó su pipa entre los dientes. con sus proyectos favoritos en la cuerda floj a..levantó las cej as—. Si quiere hacerlo.doctor B lair. La Máqui— 316 — . sin excluir a la policía local. —Claro que no lo haría. Los dos científicos. H ace un instante estaba aplaudiendo la ausencia de concesionarios de segunda mano.no era una mera formalidad. superpuso un segmento de Miracle Strip. —¿D ar marcha atrás. F lorida. K aprow le dirigió una larga mirada de reoj o. D e verdad.. Tengo un caso agudo de acoj onamiento antes del vuelo. —¿En un lugar en el que la mayoría de la gente. al tiempo que le daba palmaditas a B lair en la rodilla—. Estoy tan obsesionado como ustedes. Joshua. —Joshua cerró los oj os de nuevo. —N o le culparía si quiere. En su imaginación. —Cuando le dij e que podría retirarse. es una buena Casa Internacional de las Tortitas. —Está bien.Joshua.se dedica a la caza furtiva de elefantes para sobrevivir? —U n B urger K ing los serviría fritos. en mi opinión. Lo que Z arakal necesita aquí.no hay problema. B lair se rió.ya saben. Solo soy humano. A estas alturas de nuestra existencia..—Aún está a tiempo de echarse atrás. La única diferencia es que yo no pedí esta obsesión.estaban visiblemente alarmados. —D ios —dij o K aprow —. una pipa de espuma de mar como la que H ugo había perdido a manos del mono rhesus en el Rancho de Animales de Ritki.claro. —O un B urger K ing. —Y o tampoco —replicó K aprow .echémonos atrás. sobre el desolado paisaj e africano que pasaba j unto a él por fuera de la ventanilla—. —V amos. a pesar de que tenía más hambre que sueño. El Gran H ombre murmuró algo acerca de la deliciosa banalidad del ingenio de Joshua y su conversación concluyó. —Muy bien.doctor B lair? —Abandonar.

sin embargo. La industrialización y la mej ora de la agricultura eran preocupaciones mucho más acuciantes que los dudosos derechos de propiedad de los nómadas musulmanes o de los pastores sambusai que solían utilizar aquella tierra.K aprow llevó a la Máquina por la espantosa senda. D urante su entrenamiento en la B ase Russell-Tharaka de las F uerzas Aéreas. tampoco tuvieran deseos de hacerlo. La importancia de la in— 317 — . esas personas nunca habían estado en el protectorado. y. allí los fósiles yacían al descubierto sobre la árida superficie. N o obstante. Joshua había escuchado historias contradictorias sobre la actitud generalizada de los zarakalíes con respecto al P rotectorado del Lago K iboko.na continuó zumbando por la autopista hasta que esta se terminó. probablemente. el lugar donde se había descubierto al H omo zarakal ensis. D espués de todo. Acto seguido. y apoyaban el trabaj o de B lair como un medio para lograr que su país se hiciera un hueco en el panorama internacional. D ej arían que el Ministro de Interior excavara a sus anchas hasta que los camellos regresaran a casa desde Etiopía y se extinguieran los j ej enes. Se suponía que solo aquellos que conseguían el permiso específico de B lair podían adentrarse en el protectorado. La población de Marakoi y B ravanumbi consideraba la zona como un tesoro nacional. y se corría el peligro de que los guerreros sambusai o su estúpido ganado aplastaran la calavera de uno de los ancestros de Adán hasta convertirla en añicos. y el Gran H ombre rara vez hacía concesiones a cualquiera de estos dos grupos. no parecía que tuviera demasiada importancia dado que su estilo de vida los desligaba de la política de una nación que luchaba desesperadamente por modernizarse. Las tribus seminómadas y los pastores que en otra época conduj eran sus camellos y su ganado a través de la zona tenían otro punto de vista.y el camión con el generador la siguió entre traqueteos y sonidos metálicos. el Land Rover que iba en cabeza aminoró la velocidad para adentrarse en el páramo de espinos y sus ruedas se abrieron paso a lo largo del accidentado camino que conducía al Lago K iboko como cuatro portadores de féretros sobre un suelo irregular. La caravana se encontraba en el corazón de los quinientos kilómetros cuadrados del territorio oriental de la orilla del lago que —a instancias de B lair— el P residente Tharaka había denominado «protectorado paleontológico».

dio un repentino y enorme salto. y cuando estaba en lo más alto del brinco. U no de los guerreros sambusai. Joshua se sentía tan vulnerable como una tortuga que. para luego colocarlo dentro de una categoría nada halagüeña reservada a los ena— 318 — .Joshua. desdeñando el enfado del policía militar. Su compatriota necesita mi ayuda. Tan pronto como tocó tierra. el que dicha decisión fuera inapelable no apaciguó al Gran H ombre cuando vio que varios sambusai pastoreaban su ganado a través del protectorado con un arrogante desdén hacia la legislación que les prohibía el paso. saliera de su caparazón. intimidado por estos hombres tan impresionantes. B lair avanzó hacia la confrontación. Como su intención era utilizar la tierra. N i el ganado ni sus dueños encontraron en su actuación un motivo que los induj era a moverse. En comparación con ellos. no era más que un pigmeo o un crío. —¡Maldita sea! ¡Mirad allí! ¡Esos desgraciados nos bloquean el paso! Tres pastores sambusai habían plantado su ganado a lo largo del camino sin asfaltar que llevaba al lago. y no limitarse a pasear por ella y a cribarla. su pene ej ecutó una tardía recapitulación del salto. un segundo sambusai llevó a cabo el mismo tipo de salto. Joshua abrió la puerta y salió al calor agobiante de la mañana. P udo ver cómo los dos primeros guerreros lo señalaban y lo evaluaban. Su lanza de hierro no perdió nunca la vertical. F uera de la Máquina. El policía militar del Land Rover salió y comenzó a mover su pistola de un lado a otro. sacudió los hombros y esbozó una intrigante sonrisa. El ocre roj izo de su cabello trenzado se desprendió visiblemente cuando aterrizó. Al ver que B lair y Joshua se acercaban. como un halo de polvo carmesí. D ado que este pastor estaba desnudo baj o su exigua y mal atada toga. retrocedió varios pasos. —D éj eme salir. Joshua. mostraban un profundo resentimiento ante la decisión del Gobierno de segregar quinientos veinte kilómetros cuadrados para las investigaciones de B lair. Su retirada pareció provocar el salto del último de los guerreros sambusai sobre el camino.vestigación paleoantropológica se escapaba por completo a la comprensión de esa gente. B lair lo siguió. imprudente. Sin embargo. el policía militar enfundó su pistola y regresó abochornado al Land Rover.

a la espera de que B lair y Joshua se pusieran a su altura. parlamentaron de forma amistosa con B lair. por así decirlo. P ermaneció con una mano en la puerta.. —¿En broma? —B ueno. haríamos bien en concederles un par de caprichos.señalaron con la cabeza más de una vez hacia Joshua y la Máquina y se quedaron donde estaban.creo.quiero decir. —¿Q ué querían? ¿Les ordenó que se apartaran? —N o. K aprow se apeó de la Máquina. —P ues sí que les daba repelús. —¿Il oridaa qué? —Enj ekat. B lair soltó una especie de gruñido para saludar a los sambusai. —Son una panda bastante decente. Suena encantador si uno no sabe lo que es. les pedí que se apartaran. Al parecer. Lo descubrieron con bastante rapidez. En el fondo.. —¿Y qué era lo que decían? —En broma. una vez que terminaron con sus ej ercicios gimnásticos.por supuesto que saben quién soy. Tiene que ver con la clase de pantalones que llevamos. se han referido a nosotros como il oridaa enj ekat. eso me ha parecido. —D e modo que entonces lo han reconocido. N ada más que lo que decían del resto de nosotros. Joshua. Soy el tipej o que desaloj a a personas vivas para extraer los huesos de los muertos. Sin embargo. P or supuesto. eran bastante agradables. —¿Q ué decían sobre mí? —B ueno. Ellos inclinaron la cabeza de forma apenas perceptible como respuesta.los cobardes o los locos. El Gran H ombre regresó j unto a Joshua enj ugándose la frente con un pañuelo y frunciendo los labios con diversión.los intrusos. no van a irse sin una concesión o dos del hombre que hizo que esta tradicional tierra de pastoreo fuera proclamada Reserva N acional.no tienen ni idea sobre la Prehistoria H umana. P robablemente. — 319 — . les había sorprendido escuchar su propia lengua de labios de un hombre blanco barrigudo con un gran bigote y una morena y brillante calva. nada. Les produce repelús haberse topado con el ilustre y pomposo Ministro del Interior. Joshua.nos. —B ueno. N o obstante. Significa ‘ aquellos que encierran sus pedos’ .

Los miembros de su tribu comenzaron a partirse de la risa. Allí fuera. ¿no les parece? El favor especial se va a llevar algo de nuestro tiempo.señor.en función de la relación que uno tuviera con el obj eto solicitado. y también conmovedoras o codiciosas. —Lo cumpliremos. Joshua cedió un cinturón de cuero con una hebilla de latón con forma de Mickey Mouse.supongo. Se separó el tej ido empapado de su camisa de las costillas y se secó la frente con la muñeca. Además. lo haremos.tenemos que ponernos en marcha. P or desgracia. la pegaj osidad era una enfermedad crónica. se desprendió de varias monedas norteamericanas.. se despoj ó de su casco plateado y de su red de camuflaj e.. Si no. —¿Q ué es lo que quieren? —Cada uno quiere una cosa a cambio. con la beatífica expresión de la Mona Lisa reflej ada en sus facciones. Al darse cuenta de que el casco le quedaba a la perfección. —Aun así —replicó Alistair P atrick B lair.el protectorado es demasiado grande como para cercarlo. —P or desgracia —remedó Joshua al Gran H ombre. —Tenemos un programa. —Q ue es precisamente lo que pretendía evitar. Si Joshua va a irse mañana por la mañana. doctor K aprow .dos de ellos querrían un favor especial. —¿Y el favor especial? —P rimero atendamos a sus demandas específicas. desconcertado. K aprow . B lair respondió: —D octor K aprow . Las peticiones específicas de los guerreros eran simples.—¿Q ué pasa? —preguntó—. en Á frica hay un montón de cosas que están permanentemente a la espera. al ver que eran incapaces de — 320 — ... doctor K aprow . D ebería haber ordenado que una unidad de policía de los puestos fronterizos patrullara la zona. mientras que B lair hizo una espléndida y elocuente presentación de su pipa de espuma de mar.a pesar de argumentar que su sacrificio podría suponer una violación del código de vestimenta de las F uerzas Aéreas. el guerrero sambusai que lo había adquirido comenzó a cantar en voz baj a y a dar pequeños saltos. Me temo que va a tener que. —¿A cambio? ¿Y qué conseguiríamos nosotros? —Q ue su ganado se aparte del camino. El policía militar del Land Rover.

y ha despertado su curiosidad. pero no ven ningún otro para escoger. Tan pronto como los sambusai se las hubieron puesto. doctor K aprow —dij o B lair—. —¿Y ahora qué? —preguntó K aprow con suspicacia. —Ah. pero tampoco los sambusai eran los w atusi. Semej ante espectáculo le recordó a Joshua las borrosas imágenes de cinescopio del programa American Bandstand. Las viseras eran. —N o pueden hacerlo.hacerle recuperar la compostura con sus burlas y silbidos.si es posible.que se quitaron de inmediato y le tendieron a B lair con el fin de que este se las diera a los molestos pastores. El personal de apoyo del camión se acercó a mirar. Algunos llevaban viseras. N o era exactamente como esto. U n rato después. —Tienen envidia del casco. —¿¡Q ué!? ¿¡Mirar dentro de la Máquina!? —N unca antes habían visto un automóvil tan grande. Y tenían el logotipo de una marca de refrescos norteamericana.comenzaron a dar saltos j unto a su camarada del casco. —¿Y qué hay del favor especial que quieren? Tenemos que concedérselo.según se dio cuenta Joshua. tras controlar su hilaridad. se acercaron a B lair con otra petición. Es usted demasiado j oven para ser tan cascarrabias.y salir hacia el campamento. K aprow dij o: —Todo lo que necesitamos ahora es un bol de ponche y algunos globos de helio. Joshua vio que un grupo de técnicos (norteamericanos) y algunos trabaj adores de campo (zarakalíes) habían salido del remolque cubierto del camión que había tras ellos. —Q uieren mirar dentro de la Máquina. —¿Cuánto interés tiene en que saquen su ganado del camino? —B lair apoyó una mano en el hombro del físico—.bueno.roj as y blancas. Se conformarían con viseras de cartón. N o creerá que — 321 — . Es imposible. —P or todos los cielos. K aprow se puso roj o como un tomate. U no o dos de ellos se unieron a la danza y empezaron a pegar brincos con afable incompetencia. U sted sabe que es imposible.en las que los adolescentes de Filadelfia habían sucumbido a una forma de arrebato rítmico llamado el «w atusi».

Y a te contaré después. Echaremos un vistazo rápido y te dej aremos tranquilo. los sambusai se alzaban sobre él como dos j ugadores profesionales de baloncesto. Rick. U n guía que no habla su lengua no puede decir mucho. —Ah.el soldado tenía — 322 — . A Joshua le sorprendió que parecieran más nerviosos que él. j unto a la cabina.polvo y sudor. intercambiaban comentarios incomprensibles y se paseaban por la extraña zona de carga de la Máquina. —P or aquí. con los pies separados. —N o pasa nada. donde se introduj o en la zona de mandos que había detrás de la cabina. P or lo que Joshua sabía.claro que no. —Y o les mostraré el interior —intervino Joshua—.de un guardia.doctor B lair. tenemos el permiso del doctor K aprow . —¿D e qué va esto? —Choque cultural. —N o piensan utilizar esas lanzas. —N o es su especialidad. Enfrente de los tres hombres. ocre y sebo. ¿Y cree que estos pastores sambusai son licenciados secretos magna cum l aude del Instituto de Tecnología de Massachussets? —N o. Es solo que el Esfinge B lanca.¿verdad? Y o ni siquiera he conseguido encontrarle pies ni cabeza a todo ese revoltij o.caballeros. Sonreían.. U n raíl metálico bordeaba una pasarela rectangular a lo largo de toda la parte interior del vehículo. En un espacio tan reducido. momentos después.van a robarle el premio N obel por curiosear un poco. un chico de granj a rubio oriundo de Iow a— baj ó el arma pero mantuvo la postura alerta. B lair interrumpió educadamente la danza de los sambusai y. ya entiendo. se veía a un policía militar con una semiautomática. El policía militar —Rick. Los sambusai estaban encantados. Sus cuerpos emitían una combinación única de olores: estiércol y piel de vaca.¿verdad? —N o que yo sepa.¿no le parece? K aprow accedió porque no le quedó otro remedio. había una pequeña cabina de cristal ahumado con forma de campana y.. Joshua hizo girar una llave y el panel de una puerta se deslizó de nuevo dentro de los quince centímetros aislados de mampara interior. Joshua conduj o a dos de los guerreros hacia la Máquina.

no solo era un engranaj e más de esa tecnología. Es una — 323 — .¿cómo? —U na adaptación de H . Sus mundialmente famosos animales de caza mayor estaban siendo cazados hasta el borde de la extinción o morían de forma natural. Sin embargo.apenas una ligera idea del propósito de la misteriosa maquinaria que había dentro del vehículo del doctor K aprow . hacia el Lago K iboko. Si se salía de Marakoi y de los sectores luj osos de B ravanumbi (Rick había encontrado dos barrios ricos). Joshua K ampa. G.según Rick.Z arakal sería una especie de Atlántida de silicato básico. N o le resultó muy complicado. W ells —dij o Joshua—. creía que era una especie de equipo móvil de recopilación de datos estratégicos que ayudaría al afianzamiento de la posición militar de Z arakal en el Cuerno. ¿Cómo se le explicaban esas nociones a una parej a de pastores con lanzas que habían señalado con tanto acierto que las ropas occidentales encerraban los pedos? Exacto. N o obstante.sino también su componente más preciado.Z arakal era el típico desierto infernal. Era difícil que los sambusai estuvieran más desconcertados que él. É l. Intentó visualizar el aparato suspendido en mitad de la Máquina a través de sus oj os. el Sahara se habría extendido tan al Sur que la mitad de Á frica estaría enterrada baj o dunas de arena.ya que él mismo no comprendía del todo la ubicación de varias partes ni los fundamentos de su diseño. pero sus sueños aún no lo habían capacitado para comprender la tecnología. y la inversión inicial del Tío Sam se perdería para siempre. N i siquiera el acto de introducirse en los componentes del equipo —como el único elemento vivo del conj unto— le habían revelado los misterios que alimentaban su extraña configuración funcional. hundida si no olvidada. y en otros cien años. P ara entonces. Rick le había comentado a Joshua que no imaginaba por qué nadie iba a querer combatir en una guerra por semej ante territorio dej ado de la mano de D ios. V arios meses atrás. N o era más que un soldado que mantenía la boca cerrada y que se limitaba a cumplir órdenes. en los barracones de Russell-Tharaka. había ocasiones en las que se hacía preguntas. no tenía muy clara la razón por la que el doctor K aprow había llevado la Máquina al interior. P uede que sus sueños lo hubieran conducido hasta aquel lugar —hasta esa pretenciosa dinamo salida de la enfebrecida invención de W oody K aprow —. Joshua les hizo un gesto a los pastores sambusai para que miraran hacia la izquierda.

la plataforma se alzaba y se introducía en el interior de los campos toroidales de los rotores. ¿Q ué habían esperado? ¿U n bar de copas con Coca Cola.tubos. Joshua se dio cuenta de que.que estaba sentado en el estribo del vehículo. Salieron sonrientes. D espués. la P lataforma Retrotemporal y toda la parafernalia auxiliar —bobinas.aislantes. Cuando estaba en funcionamiento. Le hizo un gesto de despedida a Rick con la cabeza y les señaló la salida a los pastores. U na parej a de pesados rotores metálicos montados sobre caj as móviles en paredes opuestas se encontraban en mitad del habitáculo. aunque ni siquiera se mece.sus aspas entrecruzadas encerraban casi en su totalidad una plataforma suspendida del techo por un par de tubos extensibles de aluminio. Ante la ausencia de explicaciones comprensibles. También la llama «P lataforma Retrotemporal». Siento no poder ofrecerles una demostración. que se moverían a su vez en perfecta sincronía con la plataforma. satisfechos consigo mismos por haber explorado la Máquina.máquina del tiempo. a la — 324 — . Estaba claro que el B atidor de H uevos. 7U p y agua con gas? ¿U na galería de cuadros con los personaj es de W alt D isney? ¿U na exhibición de armas modernas? ¿Y quién podría saberlo? —Me temo que esto es todo —dij o Joshua—. y eso sí que describe bien su función. A la plataforma la llama «El Columpio». antes de regresar j unto a su camarada del casco plateado. aunque este no habría sabido decir si era para acallarlo o para ofrecerle el consuelo de un camarada. pero podías abarcarlos con la vista con un par de pasadas. Se habían cansado de la visita. El único problema es que para poder usarla hay que ser yo. motores y demás— resultaban complej os. el guerrero dej ó caer la mano y murmuró algo a su compañero. —K aprow llama a estos rotores «B atidor de H uevos». la maquinaria no contenía magia alguna para los turistas sambusai. U no de los sambusai le puso una mano en el hombro a Joshua. a pesar de que no los hubiera emocionado. En este momento. al menos cuando habla conmigo. se detuvieron para hablar con B lair. Solo se mueve arriba y abaj o. casi toda la maquinaria que había en la zona de carga del vehículo quedaba a la altura de los oj os o por encima.

El hecho de que necesitemos la ayuda de tanto metal. P or supuesto. bueno. —Tiene razón —asintió K aprow . Sorprendido por su propio y amargo mal humor. —Q ue era una forma muy cara de contactar con nuestros ancestros. —¿Y qué les dij o? —preguntó K aprow . ¿no? La idea les parece ridícula porque ellos contactan con sus ancestros a través de encantamientos rituales y sueños. —P or fin —dij o K aprow al tiempo que arrancaba el autobús. —P or supuesto —replicó B lair—. Joshua contempló cómo se desvanecía una cordillera a la izquierda y el lago aparecía delante de la caravana como una enorme gota de mercurio. en que B lair lo había escoltado por primera vez a una reunión con el Presidente Tharaka. hacían salir su ganado del camino y llevaban a los animales fuera del P rotectorado del Lago K iboko hacia el Sudoeste. Todo lo que siempre he necesitado está en mis sueños. Almena lunar. U stedes. —Me temo que se rieron. casi dieciocho meses atrás. Esa imagen le recordó a Joshua el día. La mañana había comenzado con el paleoantropólogo y su desorientado protegido estadounidense parpadeando ante la furiosa luz que abrasaba el paseo que había fuera del edificio de bloques grises de hormigón en el que Joshua había estado viviendo desde su llegada a Z arakal.. Aunque el color de su piel — 325 — .sombra que daba la puerta abierta de K aprow . El calor no era como el de la Costa del Golfo. los tres guerreros.y esa es la razón de que esté aquí. —N ada de «nosotros».. Los escuchó. y no sabía si alguna vez llegaría a acostumbrarse a él. Más tarde. muy lej os. La pared occidental del V alle del Gran Rift parecía estar muy. para ellos es una indicación de que debemos de ser terriblemente retrasados. Joshua le preguntó a B lair lo que los pastores le habían dicho antes de permitir que la caravana continuara. —¿Y ? —se preguntó Joshua en voz alta. cinco semanas antes. cristal y plástico. —Q uerían saber cuál era la función de la maquinaria. j untos de nuevo. en la cabina. P oco después. señor.como una árida almena lunar.

Alistair P atrick B lair señaló el desfile de automóviles que atravesaban la puerta principal de la B ase Russell-Tharaka de las F uerzas Aéreas. —¿Mi ignorancia? ¿Sobre qué? —Sobre Á frica.cuando se hubiera aclimatado. la salina se extendía hasta el dudoso rumor del océano Índico.era como la de los nativos. el Ministro de Ciencias y otros picapleitos pretenciosos que han venido desde Marakoi para pasar el día. N o es más que un indicativo de su ignorancia. —¿Los W aBenzi? ¿Q ué son los W aBenzi? —Mis colegas en el ministerio.¿verdad? El Gran H ombre levantó la cabeza con resentimiento y clavó aguj as de vudú en el cuerpo de Joshua con los oj os. mientras que al otro lado. El Comisionado P rovincial.aquel accidente de nacimiento no parecía serle de mucha utilidad. Y a puede borrar esa sonrisa socarrona de adolescente. —¿El Presidente Tharaka aceptaría sobornos? —Solo a gran escala. B urócratas locales de segundo grado. Aborrezco su corrupción. Joshua se dio cuenta de que todos los vehículos de la caravana eran Mercedes B enz. —Me refería a los sinvergüenzas de los automóviles. ¿Cómo crees si no que los Estados U nidos consiguieron asentar sus bases aquí? —U sted tampoco es inmune a un poco de elegancia.los desnudos candelabros de sisal se alineaban a un lado de la franj a de asfalto derretido que iba hasta Marakoi. por mucho que venga envuelta en la blancura anglosaj ona. sin duda. Chacales lo bastante bien situados como para exigir un poco de elegancia. —P arece un miembro del K lan enj aulado. —¿Elegancia significa soborno? B lair corroboró esta deducción con un gruñido. pero llevo este país en la sangre y esta es mi gente. —B ien. Soy un hombre blanco. el O ficial del D istrito. —¿Elegancia. U sted es negro. —¡P amplinas. Joshua. Tal vez más adelante.señor? ¿A qué se refiere? Juntando casi de manera imperceptible el pulgar y el índice. Aquí llegan los W aBenzi —había dicho B lair. Más allá de la entrada. Joshua! Los W aBenzi son un azote constante sobre las espaldas de nuestros ciudadanos. K ampa.pero sigue siendo un diletante en lo que a la cultura se refiere y un extranj ero — 326 — .

pero Mzee Tharaka. al parecer. que pertenecía al comandante de la base. Menuda comedia barata. —Al menos. H abía ofendido a su mentor con esa estupidez acerca del K lan. Joshua siguió al Gran H ombre hasta un Land Rover aparcado en el extremo del paseo y se subió al asiento del acompañante con cierta vergüenza. Muy bien. Joshua respondió: —Eso debería ponerme en mi lugar. se debatía entre la pompa y la austeridad en cuestiones de autoridad. y nunca se podía saber con seguridad qué circunstancias desencadenarían una u otra respuesta. —¿Sabe por qué Mzee Tharaka valora su presencia aquí? —N o. la comitiva del presidente —ocho automóviles y un par de escoltas con uniformes caqui en motos— pasaba por detrás de una fila de blancos edificios administrativos y giraba hacia la carretera de acceso que llevaba a los campos de prueba en las llanuras salinas. el mítico defensor de la libertad zarakalí. B lair estaba enfadado con él. desde luego. Era una recepción informal para el líder del país anfitrión de la base. Mientras tanto. era una mezcla:un desfile en coche pero sin fanfarrias. El presidente desea conocerlo. B lair expresó su desprecio por el comentario con un resoplido digno de un j abalí africano de río. H a llegado antes de lo que esperaba. El Land Rover aceleró para alcanzar a Mzee Tharaka y su séquito de serviciales W aBenzi. —Sí. — 327 — . la j uventud sirve para excusar mi conducta grosera. D os policías militares norteamericanos de la base en motocicletas y un vehículo oficial azul marino. Los retrasos lo hacen enfadar.y guardaban cierta distancia con los W aBenzi. —V amos —dij o B lair—. esperándolo. El Gran H ombre manej aba la palanca de cambios como si fuera una máquina expendedora rota. B lair miró de reoj o a Joshua.señor. —Ja —dij o. En realidad no. pero él seguía muy lej os de casa. Aquel día. —V aya.señor.cuando se trata de comprender lo que ve. divertido a pesar de todo—.para después añadir más leña al fuego con sus pullas. Lo sé. se habían unido a la procesión en la entrada principal. D eberíamos haber estado aquí. aquello era Á frica. cerraban la comitiva en señal de respeto.

U n par de aspersores giratorios regaban la angosta parodia de césped que había enfrente de estas gradas. D espués de todo. —El acrónimo de Administración Z arakalí para la P az y la P rosperidad mediante la Astronáutica. En aquel puesto. Joshua vio una barricada construida con un trozo de cadena y un puesto de guardia con forma de caj a. —¿Astronáutica? —Sin duda. eso no desconcertará a su aburguesado cerebro.—U sted forma parte de su programa de modernización. y seis espinosas palmeras — 328 — . Joshua.usted mismo es un crononauta zarakalí. P ero yo soy un caso aparte. —Sí. —«Astro».sobre la que colgaba un cartel grande en el que había escrito con letras de un roj o incandescente: Solo personal au tori zado:por orden de la AZ PPA. la procesión aminoró la marcha.señor. —Mzee Tharaka siempre consigue lo que quiere. con la palma de la mano hacia fuera. —Sí. Mantuvo el extraño saludo. El Land Rover se lanzó a toda velocidad por la carretera de acceso hasta quedar a dos o tres coches de distancia del vehículo del comandante de la base. luego saludó y les indicó por gestos que continuaran.. P or delante de ellos. D iez minutos más tarde. La integración de la tecnología con el plano espiritual es una de sus pasiones. V isitará los reinos del ayer para mayor gloria del Z arakal del mañana.. una nota de verde claro contra el sucio beige del desierto. «crono».¿no? Resulta un poco difícil de creer que Z arakal también tiene un programa espacial. U no de los policías militares se giró en su moto para comprobar quiénes eran. aunque a veces no sepa muy bien cómo alcanzar ese obj etivo. —¿AZ P P A? —preguntó Joshua. había un j oven soldado africano con un uniforme de color rosa y un casco que parecía un enorme tapacubos plateado. ¿qué importa el prefij o? El P residente Tharaka visita a todos sus nautas hoy. hasta que el Land Rover traspuso la puerta. P or eso ha sido convocado. U n estrado de madera con un techado rectangular que se asemej aba a una tribuna de prensa apareció a medio camino entre la neblina.pero.

pero un soldado africano armado con uniforme rosa desvió el Land Rover hacia una zona de aparcamiento sin asfaltar y le dij o a B lair que ni él ni Joshua podrían salir del vehículo hasta que el presidente hubiera ocupado su lugar en la cabaña en lo más alto de las gradas. una ventaj aa medias. N o era un lugar especialmente propicio para un estadio de fútbol o de rugby. El maltratado Land Rover no tenía la categoría de vehículo oficial.metidas en macetas delineaban el sendero que dividía el estrado.señor. pastores nómadas que huían de la sequía y las guerras tribales— habían errado por aquella región para morir de inanición y enfermedades. A principios de la década. Las limusinas metalizadas de los W aBenzi se aparcaron según su estatus ministerial entre unos espacios marcados de forma rústica al borde del barranco.si es que se podía considerar como tal. Aquel paisaj e encerraba una magnífica belleza sepulcral. enfrente de la llanura. Al final. varios millones de personas — refugiados de los conflictos étnicos en Etiopía. de modo que B lair y Joshua comenzaron a andar por el aparcamiento hasta las gradas. sino una yerma depresión. Y . Las escaramuzas con las tropas paramilitares somalíes a lo largo de una disputada frontera y las batallas con destacamentos del ej ército etíope en las planicies de D j ilbabo habían cortado de forma temporal el fluj o de desplazados hacia el Sur. el estrado no dominaba un campo de j uego bien cuidado. dirigido conj untamente por el gobierno zarakalí y el P rograma de D esarrollo de las N aciones U nidas. o un corte. el soldado anunció que el presidente los recibiría. el centro de un esfuerzo internacional para paliar la situación. —Muy bien. un enorme cráter alcalino.y ni siquiera B lair estaba considerado un W aBenzi de confianza. Como si estuviera del revés. Todo lo que se podía ver entre las dos mitades del estrado era una vasta y resquebraj ada llanura. P arte de lo que ahora era la B ase Russell-Tharaka de las F uerzas Aéreas fue en otro tiempo un campo de refugiados. los sobornos en Marakoi habían desbaratado el plan de ayuda al desviar la comida y los suministros médicos hacia los soldados zara— 329 — . con un golpe de talón y tras abrir la puerta de B lair. Me encanta que no sepa que llegamos tarde.en el paisaj e. Mientras tanto. —P or mí no hay problema —dij o el Gran H ombre—.

un sueño borroso que se repetía. En la cabina enmoquetada y con aire acondicionado.si es que había alguna.como si se tratara de un cáliz con un potente y exótico brebaj e del que el anciano estuviera a punto de dar un sorbo. Los buitres y las hienas habían eliminado prácticamente cualquier rastro que quedara de ellos. Mutesa D avid Christian Ghazali Tharaka había eliminado del sistema a los criminales más prominentes. Mzee Tharaka había sustituido el traj e sastre occidental de sus par— 330 — .kalíes de las zonas fronterizas. magnífico en su cólera. bueno. Joshua se encontró con la mano derecha aprisionada entre las fuertes y regordetas manos del presidente. Mzee Tharaka recibió a B lair y a Joshua como si hubiera orquestado toda aquella excursión pensando en su presencia y su participación. La ascensión se le antoj ó familiar a Joshua. U na señal en la barandilla metálica que evitaba que un visitante resbalara y cayera por el barranco que había baj o las gradas llamó la atención de Joshua: Ram pa de Si m ulaci ón de In gravi dez . pero lo que más desconcertó a Joshua del viej o defensor de la libertad fue su atuendo. D e pie frente a una luna rectangular de cristal ligeramente ahumado. penetrantes y enroj ecidos por la melancolía. Aquel día.desordenado y cansado.la tierra apenas mostraba diferencias.señor K ampa.sin otro rasgo atractivo que sus oj os.AZ PPA.. el inglés. que resollaba por el calor. Era un hombre de constitución media.disponía de una nueva hornada de W aBenzi.de una multitud desventurada. B ienvenido. B lair.. P ara haber sufrido en poco tiempo el paso. Subieron un conj unto de escaleras metálicas zigzagueantes hasta la cabina que había a casi veinte metros de altura. Ahora. impecable. La voz era ronca.muertos estaban. pero.y los muertos. Era evidente que el presidente no les había dado permiso para que se sentaran con él en la parte superior. se secó el sudor de la frente y saludó lacónicamente a tres funcionarios negros —todos W aBenzi— que estaban sentados baj o una enorme sombrilla de vinilo en el centro del estrado. —Arriba —dij o B lair—. Solo comprenderá el significado de la señal cuando presencie el uso que le damos a la rampa. Los W aBenzi habían tenido un papel decisivo en este fiasco. —B ienvenido.los muertos.

Este episodio de la historia reciente de Z arakal había suscitado el interés y los comentarios a lo largo y ancho de todo el mundo. no obstante.era una pieza de adorno que le recordó a Joshua la pulsera de graduación grabada con su nombre a la que su hermana. añadiera algunos amuletos: un perrito. El paleontólogo había cumplido su promesa. El presidente no llevaba nada en los pies. que miraba al techo o al cielo por norma general. Anna Monegal.solo después de que el personal del Museo N acional hubiera encargado a un antropólogo físico norteamericano una copia en yeso y se hubiera catalogado para la posteridad cualquier característica conocida de tan valioso fósil. no un molde de escayola ni una imitación genial. cuando el presidente le hizo la reverencia tradicional al paleontólogo y le estrechó las manos con afecto.un collar de dientes de mono y un manto de seda roj a con un dibuj o que alternaba flores de lis y (entre todos los estampados posibles) piñas doradas. The Times de Londres había publicado un artículo en el que se predecía la expulsión de B lair del gobierno nativo y una posible acusación formal por ir en contra de los mej ores intereses del país. también lucía varias pulseras de plata para los tobillos. Sin embargo.portaba una corona de fieltro a la que se le había añadido la calavera esmaltada del homínido que B lair descubriera en el Lago K iboko a principio de los 70. un par de botas de montar. de las que colgaban diminutas figuritas de la fauna salvaj e en vías de extinción del país. Joshua sabía que la calavera era auténtica. bien podría decidir que lo enterraran con la corona. N adie sabía lo que Mzee Tharaka haría llegado el momento. un balón de fútbol y muchas más cosas. Sobre su esponj oso cabello cano. pero sí en la cabeza. y B lair apaciguó a Mzee Tharaka al mostrarse de acuerdo en no hacer ningún comentario en público acerca de este asunto y al reafirmar su voto de lealtad hacia el anciano en una sesión abierta de la Asamblea N acional.baj o estrictas y probablemente nada j uiciosas protestas. Mientras tanto. un corazón roto.tidarios en pro de una toga sambusai. además. B lair se la había cedido al presidente.el escándalo se olvidó en un par de semanas:el presidente aplacó a B lair al prometerle que la corona con el homínido volvería al Museo N acional cuando muriera. era reconocido universalmente como el único Jefe de Estado que pro— 331 — . Joshua solo pudo echarle un buen vistazo a la calavera.

Muy pocas personas están interesadas en el pasado para su propio provecho.clamaba cada cierto tiempo su soberanía al lucir una calavera de un ancestro humano de cerca de tres millones de años de antigüedad. seguro. —Señaló el increíble azul del cielo y la escabrosa apertura del barranco—. determina lo que somos ahora. —El presidente le dio una palmadita en la mano a Joshua—. y cada tonel estaba en equilibrio al borde de la rampa gracias a unos alambres conectados a unos cables dispuestos a lo ancho del barranco como un inacabado puente colgante. e indicó las sillas de oficina acolchadas que había enfrente de la ventana—. j oven. Tenían aguj eros para la ventilación. Z arakal es la cuna de la H umanidad. pero sus uniformes blancos y sus apretados cascos le recordaron a Joshua a los trabaj adores de un hospital con gorros de baño de plástico. la diáspora de nuestra inteligencia evolutiva hacia las estrellas. también implica hacia dónde iremos. —Tiene un interés especial en el pasado —intervino B lair. Siéntense. Aquellos aprendices se veían empequeñecidos por la distancia. Cada hombre se mantenía en pie gracias a un alto y recto tonel. Mzee Tharaka desplazó la mirada del contador hasta un oficial inclinado sobre un micrófono y dij o: —Es hora de empezar. Joshua observó la Rampa de Simulación de Ingravidez a través de la ventana. D ebe saber que Z arakal va en busca de su futuro con tanta determinación como cualquier otra gran nación. Lo que hemos sido. Es más. El señor K ampa es nuestro invitado. caballeros. —P ero no en su propio provecho. comienzos del P royecto U muntu. reliquia de los días del colonialismo británico. —Siéntense —dij o el presidente. y será un factor muy a tener en cuenta a la hora de decidir el destino postrero de nuestras especies. los barriles parecían fabricados con un plástico duro y resistente. Tres de los astronautas en prácticas zarakalíes permanecían al otro lado del puente. amarillos y azules. —P reparados para el descenso —dij o el hombre del micrófono—. Roj os. — 332 — . Aquí puede contemplar los primitivos. las escotillas estaban levantadas como las tapas de un inodoro. siéntense. U n minuto y contando.aunque desafortunados.en aquel momento.y. rindiéndole pleitesía a su Comandante en Jefe con el rígido saludo con la palma de la mano hacia afuera.

pero nuestro programa está levantando el vuelo.señor K ampa. se lo aseguro.intenten conquistar la barrera del espacio. —Sí. sino para los programas económicos y militares que nos permitirán desarrollar dichas tecnologías.soy el campeón de los astronautas africanos. sisal y petróleo refinado por tecnología informática y oportunidades de formación es un gran paso hacia delante.. Z arakal tiene asuntos más importantes de los que ocuparse. P ero ahora recibimos ayuda norteamericana directa. —Treinta segundos y contando.Mzee. —El presidente se echó a reír. —N o se necesita ser un gigante para tener grandes sueños. La posibilidad del trueque de café. —¿N o es igual de ridículo que un país con recursos y personal insuficientes haga siquiera el intento? —preguntó Joshua—. —Q ué astuto y viej o cabrón. convencí en primer lugar al P residente K aunda de Z ambia de que deberíamos llevar a un africano a la Luna sin la ayuda de las llamadas superpotencias. dicho sea de paso.pero más con diversión que enfado. —Reemplazamos hace poco nuestros obsoletos barriles de cerveza por «cilindros de descenso» diseñados por expertos —dij o B lair con sequedad. Los astronautas se metieron en sus cápsulas y cerraron las escotillas. ¿no es así? El presidente le dirigió una breve mirada pétrea.¿no? —señaló Joshua— . de todos los países que hay en el mundo.para nada ofendido—. N o para tecnologías espaciales. — 333 — . El j oven programa espacial de Z ambia cedió ante el peso de una economía estancada. —Solo por esa razón. Mzee Tharaka dij o: —Es ridículo que.La voz amplificada del oficial resonó a través del desolado paisaj e desértico como si fuera la voz de D ios.muy cierto. solo los Estados U nidos de América y las Repúblicas Socialistas de la U nión Soviética. —Eso es ayuda de una superpotencia. y debido a que Á frica es un coloso que comienza a moverse con un renovado sentido de su propia fuerza pese a que Z arakal no sea un gigante. F ui yo quien. —Cierto.. señor K ampa. Como usted bien sabe. Creo que antes se mostró algo quisquilloso sobre ese punto.y tal vez la República P opular de China.

ocho. Y no somos nada estúpidos. —H ombres valientes —dij o Mzee Tharaka—. Los barriles rebotaron como pelotas sobre algunas superficies. —Mucho más valientes que yo. tres. siete. todo había terminado. Era tan fácil como caerse por unas escale— 334 — .uno:¡descenso! Los alambres de las cápsulas quedaron libres y los astronautas zarakalíes rodaron en sus barriles por la Rampa de Simulación de Ingravidez a un ritmo vertiginoso. —Joshua era de su misma opinión.. —D iez. En cuestión de segundos..dos. Lo único que tenía que hacer en la P lataforma Retrotemporal de W oody K aprow era cerrar los oj os y soñar. P ara cambiar de tema. nueve. —. señor K ampa.. Joshua podía ver los inmaculados uniformes blancos de los hombres. El equipo de desplazamiento temporal y su propia conciencia onírica harían el resto. A través de los aguj eros más grandes de las cápsulas. Los alambres que conectaban los barriles con los cables del puente colgante comenzaron a afloj arse. intentamos aprovecharnos de lo que otros han aprendido a base de pruebas y errores. La primera prueba suele ser la más divertida. desde luego.—B ueno. el hombre del tercer barril necesitó ayuda. —el locutor comenzó la cuenta atrás. señor K ampa. Se abrieron dos de las escotillas de los barriles y sus pilotos salieron dando tumbos al fondo del barranco. señor P residente. se deslizaron como rodillos sobre otras e hicieron alguna que otra carambola como bolas de billar. Sería estúpido insistir en que debemos ignorar las tecnologías ya existentes.Joshua preguntó: —¿Están acolchados esos barriles? —Sin duda alguna. Sin embargo..y fue sacado con sumo cuidado y trasladado a la sombra por sus compañeros. Los propios barriles empezaron a mecerse de un lado a otro a medida que los pilotos se preparaban para el lanzamiento. H ombres muy valientes. Gomaespuma norteamericana de la mej or calidad. —P reste atención. cegarnos y crear un programa espacial puramente zarakalí en el desierto de nuestra pureza nacional.tanto para el observador como para el alumno. como pedacitos de papel en una lata de galletas aguj ereada.

incluido Alistair P atrick B lair. —N o necesariamente. por lo general mediante un grupo de hombres que lo han perseguido. V oté a los demócratas en las dos últimas elecciones presidenciales. Joshua esperó. D ebía de haber asumido que su selección para nuestro programa se trataba de una acusación formal de hechicería. en combinación con el trauma de la simulación de ingravidez.ras. —Estos aprendices son miembros de la tribu K ikembu. En su sociedad. pero tal vez le interese saber que muchos de nuestros astronautas en prácticas deben sobreponerse a una importante resistencia psicológica antes de tomar parte en estos experimentos. señor K ampa. cuando se detiene al hechicero. Claro que bien podría haber sido culpable de envenenar a alguien o de practicar la bruj ería.el hechicero acaba invariablemente pasando a mej or vida.. Al final. que debe de ser considerable. Mzee. fue un castigo por sus crímenes. U no de nuestros primeros alumnos. —V erá. ¿Era virtuoso? —D iscúlpeme. Mutesa D avid Christian Ghazali Tharaka le dio unas palmaditas a Joshua en la mano. señor K ampa. N o sé muy bien qué responder. señor K ampa? Su modestia le resta importancia a su propia valentía. se sella la colmena y se la echa a rodar cuesta abaj o. La lealtad y las costumbres tribales a veces militan en contra de su voluntad de probar nuestros vehículos de la Rampa.sino también virtuosos. —N o lo comprendo. se busca una enorme colmena. ya que sabía que el presidente detallaría las similitudes tanto si hablaba como si no.señor K ampa. cosa curiosa. se mete al hechicero vivo en ella. —Y a me doy cuenta —contestó Joshua. la culpabilidad. Como resultado. ¿pero es también virtuoso? —¿V irtuoso? Todas las personas de la cabina. N uestros aprendices no solo son valientes. lo miraban. —¿Y qué hay de usted. aunque no estaba claro si como elogio o — 335 — . murió de miedo durante su viaj e de iniciación en la Rampa. uno de los castigos reservados para los hechiceros (personas malvadas que provocan enfermedades o mala suerte a sus vecinos) se parece bastante a un ej ercicio en la Rampa de Simulación de Ingravidez..

Eso era lo único que necesitaba en ese momento. — 336 — . A Joshua se le hizo un nudo en el estómago mientras la desordenada proyección de diapositivas de su pasado se sucedía en su mente con cada salto de las enormes ruedas de la Máquina. H a estado muy callado.para consolarlo. Contemplaron el descenso de cuatro barriles más antes de que el presidente se cansara del espectáculo y regresara con su séquito a Marakoi. —¿Se encuentra bien? —preguntó K aprow mientras forcej eaba con el volante—. —Le ha causado usted una buena impresión —le dij o B lair a Joshua en el camino de vuelta a los barracones. ya que el autobús de K aprow vadeaba la orilla del lago (la almena lunar de la pared occidental del Rift parecía un espej ismo a su izquierda) y al día siguiente por la mañana tendría que convertirse por fin en un crononauta. —Más que eso —confesó Joshua—.o ella lo había encontrado a él. Aquella era su misión. Además.sangre fría. U na infinidad de posibilidades.siempre ha tenido debilidad por los norteamericanos. P or fin la había encontrado. Mucho más que eso. U n momento que incluía una infinidad de momentos.toda su vida había estado encaminada hacia aquel lugar y aquel momento. Sí. —Se está adelantando al mañana —intervino B lair. —¿Cómo? —Tal vez al conservar su sangre fría cuando vio el atuendo ceremonial que llevaba.

Me arrodillé j unto a mi esposa y mi hij a en la choza de Ginebra. El amanecer llegó.brillante y gélido.y mientras yo observaba cómo mi Elena luchaba en vano contra las subrepticias maquinaciones de la muerte. ¡Joder. V arios mínidos le dieron la bienvenida con una canción. Las noticias acerca del nacimiento se habían extendido por todo el campamento. e intenté contener mis emociones. comencé a sentir un poderoso apego por ella. baj o el azote de la desagradable lluvia.28 U n regalo desde las cenizas La tormenta se desató sobre Shangri-la y pronto envolvió la montaña con su sudario.creo que está muerta! N o miré para comprobar su reacción. yo no podía comprender la insistencia del true— 337 — . un deseo de reconfortarla y protegerla.y la lluvia. La cogí en brazos y la resguardé del azote de la lluvia.tan purificadora como astringente. —¡Está muerta! —les grité a Alfie. A pesar de la pálida piel de nuestra hij a y de la avidez con la que mamaba del pecho de su madre.de camino hacia el mar. me había distanciado de la cruda intensidad de su sufrimiento.incluso entre los que dormían. todo los mínidos del grupo pasaron j unto a su lugar de descanso —su féretro improvisado— para contemplar al bebé. ya que se fue sin proferir un murmullo ni un quej ido. víctima de desgarros y hemorragias internas. Ginebra y los demás—. Centré mi atención en el retoño salido del vientre de Elena. La tormenta pasó de largo. tras consumir sus últimas reservas de energía con el fin de lanzar a nuestra hij a al matadero impersonal que era el mundo. N o pude precisar el momento de su muerte. Sin embargo.

B . Como una olla llena de tapioca cuaj ada..N icole llevaba a A.. Trataba de atar los palos del armazón a toda prisa cuando el pico más alto del Monte Tharaka voló por los aires de la misma forma en que estallaría un diente gigante tras sufrir un martillazo. Aparté de una patada los puntales del trineo inacabado y me — 338 — . O tra explosión sacudió la montaña. sumada a la confusión creada por el nacimiento de la Larva. El trueno no estaba sobre nuestras cabezas.más allá del hombro de su madre. podíamos oírlos y sentirlos con total claridad. mi cerebro comprendiera lo que sucedía. Emilia. La tormenta. Cuanto más se elevaba el sol. para identificar el origen del ruido.entre los cuales se encontraba la fabricación de un trineo para colocar el cuerpo de mi esposa. Los habilinos fueron más rápidos que yo a la hora de deducir la respuesta. Más allá de nuestro campamento. La tierra se sacudía y cruj ía mientras escapaban. al final. en aquel momento. el Monte Tharaka hervía por dentro.más pronunciadas y enérgicas eran las advertencias. Y la de la Larva.. D esde donde me encontraba. nos había ocultado los premonitorios rugidos de la montaña.en el milagroso bonete de cenizas que cubría la cima truncada del Monte Tharaka. y el creciente pánico que los envolvía hizo que.pero por encima del borde del follaj e se alzaba una columna de humo y ceniza hacia el cielo. Me puse de costado y vi que Ginebra salía a toda prisa de su refugio y baj aba por un sendero hacia los hombres.así que pensé que solo tenía dos posibilidades: o moría con Elena o me despedía de ella y quizás salvara así mi vida.no en una mañana tan perfecta. Fred y N icole fueron los siguientes en pasar por mi lado. Me tiré al suelo. Empezamos los preparativos para abandonar Shangri-la. pero. y su pegaj oso contenido amenazaba con estallar. a pocos pasos de Elena y la Larva. La vegetación no me permitía ver la cima. subir y desbordarse.cuyos oj os estaban fij os.podía oír con bastante claridad cómo otros habilinos se llamaban los unos a los otros por toda la falda de la montaña. una columna que se retorcía en el aire y se dej aba llevar por el viento como una lluvia radiactiva salida de la polvera de la Muerte.sino baj o nuestros pies.P . Alfie y Malcolm gritaban como locos.

me lo até alrededor del cuello.arroj é al interior del refugio de Ginebra. era evidente que el Monte Tharaka había perdido unos buenos cien o doscientos metros de altura. D esde la posición del claro. mientras la acunaba en el hueco de un brazo. las columnas más oscuras— se alej aba hacia el Este.mientras que el trozo de cielo que estaba j usto encima de la montaña tenía el aspecto oscurecido de un espej o que hubiera sido cubierto con una mantilla negra. tras cerrarle los apagados oj os. al menos. enj ugué con él la frente de Elena y. Allí yacía Elena. musité una incoherente despedida a mi dama.los mínidos y yo nos alej amos del Monte Tharaka. En la sabana. A menos que hubieran tenido mucha más previsión que nosotros. El tiempo se tensaba como el lazo corredizo de una horca. era difícil de creer que hubieran escapado de su fortaleza elevada.pequeña. V olví a levantar a mi hij a del pecho de Elena y. La Larva y el pañuelo roj o de Elena eran todo lo que había podido salvar de la catástrofe que todavía se desarrollaba a nuestras espaldas. Lo desaté. O tra poderosa explosión sacudió la montaña. Los hombres llevaban garrotes de uno u otro tipo pero. habíamos escapado del volcán sin ninguna posesión terrenal. los elefantes barritaban y las gallinas de Guinea correteaban de un lado a otro. y muchos de ellos ya se habían abierto camino entre la línea de árboles. La preocupación primordial de cada — 339 — . Caía una lluvia de cenizas ardientes. V en con papá. Ríos de lodo —o tapioca quemada— rezumaban por el flanco noroeste desde la cima quebrada. La Larva se retorcía contra sus pechos. La suerte y la peculiar topografía de la montaña habían desviado estas corrientes de Shangri-la hacia la ciudadela de Atila Gorila y su desgraciado pueblo. donde yo la había dej ado para tener las manos libres. pero mantuve el equilibrio y alcancé a los habilinos j usto en el prado en el que descubriera que Elena iba a tener un hij o. salvo por eso. Aturdidos. La mayor parte del humo y el hollín —o. D espués. —V en aquí. salí del refugio en una desesperada persecución de los demás mínidos. Alrededor del cuello de mi esposa todavía estaba el pañuelo roj o que mi hermana Anna me había dado en Cheyenne. P or la falda de la montaña descendía un barro amarillento.

duros y penetrantes. En cuanto a nosotros. Lo más sorprendente era que sus oj os no tenían el color rosado de los conej os albinos. B ien podría haberla dej ado retorciéndose sobre el cuerpo de Elena. Su rostro era un rompecabezas de manchas y líneas.criatura no era el matar a un compañero refugiado para el almuerzo. V imos a babuinos caminar en paralelo con nosotros. a unos tranquilos avestruces correr hacia unos espinos y a los j iráfidos deambular cada cual con su respectiva parej a. La Larva me orinó encima y comenzó a llorar. En ese momento. A.P . sino poner la mayor distancia posible entre ellos y la furiosa montaña. cuando Ginebra intentó poner a la Larva en brazos de N icole. pero la Larva no dej aba de llorar. Le tendí a la Larva y observé cómo el bebé golpeaba las reservas vacías de sus tetas. Sus chillidos agudos asustaron a los mínidos.B . Me acerqué corriendo con la intención de darle un tortazo. Ginebra levantó al niño de la espalda de — 340 — . a cuestas sobre la espalda. Q uería algo más que sombra. intentó arañarla con dedos celosos.B .B . parecíamos haber tomado el rumbo hacia nuestras antiguas capitales en las suaves colinas al Este del Lago K iboko. La exposición prolongada al sol provocaría ampollas en un bebé con una pigmentación tan escasa. sino que eran un par de puntos de obsidiana.y comencé a temer que la había rescatado del Monte Tharaka solo para condenarla a la inanición en la llanura. como en aquel momento. Ginebra apareció j unto a mí y reclamó a su nieta. así que devolví a la pequeña a la cuna de mi brazo. Las oscuras y vellosas piernas del niño rodeaban la cintura de su madre como limpiadores de pipas llenos de ceniza.P . de un empellón.que llevaba a A. Estos puntos desaparecían cuando berreaba. Tenía hambre. Intenté darle sombra con mi pecho. demasiado pesada para el escuálido cuello. caía hacia un lado. P or lo tanto. Aparté a mi hij a todo lo que me daban los brazos y estudié su pálido cuerpo y sus facciones simiescas. Y o no estaba equipado para satisfacer esa necesidad.P. Su cabeza. La inutilidad de sus esfuerzos era descorazonadora. N icole se me adelantó y apartó la mano de A. pero Ginebra la llevó con N icole. Lo que necesitaba era leche.nuestra evacuación se llevó a cabo de forma muy parecida a un desfile.

sus párpados transparentes temblaban. con el mismo aspecto de los H ombres de B arro que aparecían en uno de los viej os episodios de Fl ash G ordon que había visto en televisión en V an Luna. y semej ante muestra de caridad le salvó la vida. B ien avanzada la tarde.cuando la Larva no estaba mamando. te catalogaban automáticamente como muj er. se estaba encargando de garantizar su supervivencia. La lluvia de cenizas. V olví a dej arla con N icole con la creencia de que algún poder. Los hombres parecían considerarme una especie de habilino travestido. allá en el Sur. se abrían para revelar el blanco amarillento de sus oj os. Los escombros salieron despedidos hacia arriba a borbotones. N uestros cuerpos recogieron los cenicientos copos. era un escudo solar natural para la Larva. ataviados con nuestros abrigos ligeros de cenizas.mientras tanto. La Larva. el último testamento de mi esposa desde un pasado con el que había soñado una y otra vez. — 341 — . Aunque aquella noche tronó.su madre y lo dej ó en el suelo.como si viera un reino futuro de un claroscuro invertido. Se mantuvieron alej ados de mí. Mientras dormía.temí que supiera demasiado. La Larva comenzó a mamar tan pronto como estuvo en brazos de N icole. Ella era el legado que Elena me había dej ado. El polvo inundó el aire por encima de nuestras cabezas y comenzó a caer como nieve. incluso se preocupó por mantener el cuerpo de mi hij a al abrigo de la sombra que creaba con el suyo. y yo se los cerraba con cuidado de nuevo. ¿pero qué podía saber acerca del sufrimiento de su madre o del mío propio? Al ver cómo temblaban sus párpados.se sentía frustrada por la inutilidad de mis pezones. N o la perdería. N icole trató a la Larva como si fuera su hij a adoptiva.aprendió a ignorar para concentrarse en dormir. K ansas. Continuamos como pudimos con nuestra marcha. En ocasiones. a los que. el Monte Tharaka retumbó con tanta fuerza que las réplicas recorrieron la sabana en oleadas. D urante la mayor parte de aquel día. ya que en cuanto te hacías cargo de un niño en aquella sociedad. me dij e. sin dej ar de recordar la forma en que Elena me había mirado al morir. y varios estratos de cenizas se posaron sobre el horizonte. La Larva era carne de Elena.era yo quien la llevaba.no cayó ni una gota de lluvia. Alguna que otra vez. con el tiempo. o incluso quizá mi propia voluntad.

como éramos conscientes de que nuestro intento de migración se estaba produciendo durante su periodo de actividad biológico. El calor tropical había secado con tanta eficacia la tierra y los pastos después de las lluvias que el fuego se extendía desde la antorcha que era el baobab hasta la sabana. Las gacelas y los ñúes parecían pastar en alfombras de polvorienta lana gris. un rayo cayó sobre un solitario baobab e hizo estallar el fibroso tronco del árbol. pero logramos superar nuestro miedo con la estúpida e innata temeridad de nuestra especie. N o muy lej os por delante de nosotros.y el aire se cargó de electricidad. P ara arder con semej ante esplendor. a unos doscientos metros. D espués de todo. D e hecho. La brisa dirigía las llamas hacia nosotros desde el N ordeste. pero no sería una batalla agradable. las hienas y los leopardos eran cazadores nocturnos y. la mayoría de los cuales estaba asustada por los incesantes truenos y restallidos. Los relámpagos que zigzagueaban en — 342 — .El siguiente día nos sorprendió todavía de camino hacia el N oroeste. nos manteníamos alerta. Todo nuestro mundo era un negativo empapado en los productos químicos de la solución reveladora de un fotógrafo. P or suerte. A pesar de que descansamos un poco antes de continuar. Eso nos dej ó paralizados.los relámpagos aparecían entre las nubes con la suficiente frecuencia como para que pudiéramos inspeccionar el paisaj e transfigurado en busca de depredadores. Todo sabía a cenizas.unos acorazados enormes y negros. no nos detuvimos a dormir. Cinco machos habilinos con garrotes podrían ser capaces de mantener a raya a una manada de gigantes hienas del P leistoceno. a través de bosquecillos de espinos y grandes pastos. P arecíamos movernos a base de adrenalina y puro nervio. incendiando sus ramas como si de un centro navideño se tratara. La tormenta también nos desconcertaba a nosotros. las cebras parecían mezclarse con el mismo aire. La noche traj o más nubes desde el N ordeste. alej é de mi mente aquellos horribles destellos y estruendos pensando en Elena. N icole alimentaba a la Larva mientras que el resto de nosotros comíamos lo que encontrábamos. y la arena que se nos metía en los oj os hacía que todas las horas del día se asemej aran a la hora inmediatamente anterior al crepúsculo. ya fueran frutos polvorientos o alguna que otra gallina de Guinea despistada. debía de haber estado podrido hasta las raíces.

Tenía que sacarla de allí. tenía antecedentes que iban más allá de la experiencia habilina. La parte ecuatorial del este de Á frica se convirtió al instante en un infierno. Soñando con otro tipo de salvación y con mi hij a apretada contra el pecho.el cielo tenían un equivalente terrenal en las llamas purpúreas y doradas que danzaban a través de nuestra ruta. Con Elena muerta. Alfie obligó a retroceder a las muj eres y a los niños para organizar la retirada. de repente. Mi plan consistía en encontrar un pasillo a través de los pastos en llamas hasta la orilla sudeste del Lago K iboko. me desentendiera de sus metas. así como la extensión de tierra desigual que cubría la estepa por delante de nosotros. A pesar del viento. La cogí por el brazo y le quité a la niña. ya no deseaba seguir sometiéndome a las estrictas normas que regían sus vidas. Su máscara de rebeldía cayó. incluso mi presente en esa P rehistoria onírica. y sus oj os centelleaban como granates. Consumían los arbustos y matorrales que baj aban hacia el lago. Era una locura no huir con los mínidos. pero otra idea se había apoderado de mí. me apresuré a seguir un oscuro corredor flanqueado por las llamas en dirección al antiguo lago del V alle del Gran Rift. ¿Sería posible que después de casi dos años el autobús de K aprow siguiera aparcado j unto al lago. D e hecho. a la espera de mi regreso? — 343 — . Mi presente. pretendía que retrocediéramos lo j usto para poder rodear la pradera en llamas y descubrir así un camino alternativo hacia nuestro destino. N icole tenía a la Larva y estaba huyendo con los demás. Los mínidos perdieron la valentía. Las llamas que dividían la sabana continuaban creando parcelas y alzando un muro tras otro de fuego que azotaban la llanura de forma demencial. P or supuesto. pero su pánico —y el de los demás mínidos— hizo que.las llamas se dirigían hacia donde se les antoj aba. Tenía ceniza en la barba y en el vello corporal. quería regresar al punto exacto desde el que había saltado al P leistoceno. Y a no deseaba volver a Shangri-la ni a ninguna de las dos Elenburgo. Las barricadas de fuego que se propagaban desde el baobab se habían extendido con tal rapidez que nadie pensó siquiera en oponerse a su orden de volver hacia el peligro del que habíamos escapado. y quería que mi hij a creciera con todas las comodidades que el siglo X X ofrecía.

Suj etándola. prendí el arbusto y avancé hacia las hienas. Las otras dos criaturas se detuvieron.que mis colegas estarían esperándome. U na de las hienas saltó a través de una grieta en el muro de fuego y desapareció en la oscuridad que había al otro lado. P or delante de nosotros. Los muros de fuego que cruzaban la sabana atormentaban e inquietaban a la Larva. no lloraba. aunque poco probable. Impertérrito a pesar de las deserciones. B lair y K aprow podrían haber llegado a la conclusión de que estaba muerto. Acto seguido. gimiendo como perros. hipnotizadas por las crepitantes barricadas de llamas. Tenían que estarlo. el tercer animal emitió una risa histérica y prosiguió su camino. Es más. Me arrodillé j unto una acacia arábiga e hice un esfuerzo para arrancar el arbusto con una sola mano. tres enormes hienas permanecían en un redil de oscuridad. B landí contra ella la rama extendida sin resultado alguno.caminando con torpeza como tres osos abigarrados y enj utos. Llevábamos un curso de colisión. u otras menos graves. corrí con la estúpida certeza de que mi destino era muy importante para el siglo X X . La pequeña arqueaba la espalda y agitaba las manitas y las piernas. En busca de alguna ruta alternativa hacia el lago. D e otra forma. La más pequeña de estas dos hienas se dio la vuelta de repente y retrocedió por el corredor de llamas hasta el lago. estaba seguro. Sus oj os brillaban con una luz espectral en los farolillos triangulares que conformaban sus cráneos. Cualquiera de esas circunstancias. D espués de perder el contacto conmigo a través del transcordión. la víctima anónima de la desaparición del proyecto.era muy posible que las fuerzas paramilitares somalíes hubieran invadido el protectorado del lago o que una desastrosa guerra mundial hubiera puesto punto final a la tenaz esperanza humana de una utopía universal. puestos a imaginar. y la Larva.podrían haber hecho del Esfinge B lanca una irrelevancia histórica y de mí. habían comenzado a acercarse a la Larva y a mí.P osible tal vez. Tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no dej arla caer al suelo como una pelota moj ada. la Larva y yo moriríamos. me acerqué a un matorral que ardía no muy lej os de una impresionante lengua de fuego. A pesar de que se retorcía en mis brazos. no había nacido para malgastar su dulzura en el desierto. — 344 — . Estaban en mitad de nuestro camino.

¿P or qué debería temer entonces a esa hiena colosal. (Sin embargo. D ej adme. se produj o una explosión. Mi culo golpeó la tierra.j ustificar los siguientes sucesos extraños de la única manera posible: declarando que se aj ustaban a la realidad de mi experiencia subj etiva j usto después de sucumbir al ataque de la hiena. no puedo oponerme a semej ante reclamación. Acto seguido. D iscutir que soñé esta solución es poner en duda todo lo que me ocurrió durante la estancia en el Pleistoceno en Á frica del Este. tomé como un sueño embarullado o contaminado. Condenados de — 345 — . Según recordé en ese momento.obediente.a uno de los sitiadores en mitad de mi aturdimiento para que un leopardo se diera un festín. afianzó las patas contra el suelo y tiró con fuerza. Creo que el Monte Tharaka había vuelto a entrar en erupción. yo no tengo la intención de registrarla aquí. Era inmune al dolor y al miedo. la hiena retorció su cuerpo y atrapó mi pierna entre sus mandíbulas. por tanto. Y posteriormente. Lo que ocurrió a continuación se le antoj aría a muchos como una solución in extremis a nuestro problema. lancé a un lado la antorcha e intenté cambiar de posición para que la Larva no recibiera el inevitable impacto.seguido de mi cabeza. A pesar de mis intentos. en aquel momento. no lo solté. había ayudado a los mínidos a sobrevivir al asedio de hienas gigantes recitando una historia y disparando.aturdido e incapaz de ir en pos de mi hij a ni de resistir el enconado ataque de la hiena. A decir verdad. D espués de todo.ya había sobrevivido en una ocasión al ataque de toda una manada de estos animales.A pesar de que el arbusto en llamas había comenzado a chamuscarme los dedos. aquella era prácticamente la misma táctica que las hienas habían utilizado en la charca para arrastrar a la cría de rinoceronte. frenética y apestosa? Al pasar a mi lado —lej os de la rama que yo intentaba aplastar contra su cara—. con lo que me hizo caer. Me quedé donde había caído. es muy posible que vislumbrara esta solución en un viaj e astral cuando era niño.) Claro que insistir en la absoluta realidad de lo ocurrido sería violar la propia coherencia del mundo al que el director del Proyecto Esfinge B lanca me había enviado. D espués del trueno. las súbitas sacudidas arroj aron a la Larva sobre una colcha de cenizas. uno que. Si alguien tiene otra explicación. Mientras caía.

y elmono se ahogó y todos f ueron alciel o en una pequeña y roj a embarcación. U n torbellino de polvo volcánico se arremolinó alrededor de las patas del módulo como si de nieve se tratara y la luz del fuego se reflej ó en las superficies angulosas del aparato. P ero no pude.cualquier forma.que llevaba en la parte superior de uno de sus laterales una brillante pegatina con la bandera zarakalí: el cráneo de un homínido sobre un fondo dorado. U na vez que la hiena huyó. Su blanca fosforescencia me hacía temer que fuera radiactiva o padeciera la alta luminosidad de una desconocida enfermedad prehistórica. La mecí. giré para sentarme y la levanté de las cenizas. Entre las llamas. Llegados a este punto. le limpié la cara con mi saliva y le canté una canción para tranquilizarla: R ecuerdo l a época en que bebí a vino l a oca y elmono escupió tabaco en l a ví a deltranví a. apareció una sombra que no era otra cosa que el ingenioso armazón en el que se habían instalado los propulsores vernier del vehículo. U tilicé la uña del meñique para quitarle un pegote de ceniza de los orificios nasales.pensé mientras intentaba levantarme. estábamos demasiado lej os del volcán como para temer la aniquilación que este representaba. una pequeña constelación de estrellas incandescentes salidas de la oscuridad del cielo cayó sobre nosotros tres. En ese momento. — 346 — . La hiena irguió las orej as y oteó el horizonte hacia el Sudeste. Agitaba las piernas y los brazos sin cesar y sus facciones estaban contraídas en una mueca de extrema indignación. gateé hasta mi hij a.j usto en mitad del corredor de fuego a través del que la hiena nos había atacado. P asó por encima de nosotros con un silbido y tomó tierra a unos cincuenta metros. sino un módulo espacial sin alas que caía de los cielos para rescatarnos.me di cuenta de que no era una constelación. N o era bonita. La Jol l y R oger. y eltranví a chocó.

inmensamente agradecido por el hecho de no tener que entenderlos.para ver lo que podían hacer por nosotros. Ambos tiraban de unas largas y gruesas mangueras. que ya había dej ado de retorcerse. También dirigieron los chorros de agua hacia la Larva y hacia mí. D entro de aquellos cascos aerodinámicos había rostros negros. murmuraron unas ininteligibles palabras de consuelo y examinaron a mi hij a. eché un vistazo a las hileras de interruptores e indicadores. En dos o tres saltos cubrieron los cincuenta metros. Sin duda alguna. Alzamos el vuelo. U na vez en el interior del estrecho vehículo. extinguiendo las llamas. U n momento después. Me sentía muy capaz de dej arles a aquellos valientes astronautas la responsabilidad de nuestra salvación. el módulo se equilibró sobre la su— 347 — .emocionante y breve.sobre la Larva y sobre mí. comprobó sus reflej os y pellizcó suavemente sus extremidades desnudas. era el experto médico de la tripulación y mi gratitud aumentó cuando ese mismo hombre examinó mi pierna y me dirigió otra sonrisa tranquilizadora. así de competentes eran a la hora de moverse en la caprichosa ingravidez del distante pasado de su nación. y descendieron dos altos y delgados astronautas ataviados con traj es aj ustados y bombonas de oxígeno y cascos. Cuando hubieron terminado y las únicas llamas visibles fueron unos cuantos focos que se extendían hacia el Este en contra del viento. hacia las enormes llamaradas que se alzaban desde la hierba. El capitán de la misión llevaba a la Larva.asentando la capa de ceniza y llenando la noche con el característico hedor del fuego apagado. U no de los hombres le tocó el pecho con un dedo enguantado. el oficial médico me ayudaba mientras coj eábamos desde la oscuridad hasta el bien iluminado módulo. dando saltos sobre el suelo. devolvieron las mangueras al módulo y se acercaron. que no dej aba de retorcerse.solícitos. Cuando volvimos a aterrizar. Los astronautas se inclinaron.Se abrió una escotilla del módulo espacial zarakalí. A mi mirada interrogante respondió con una enorme e inequívoca sonrisa.que fue como la seda. D irigieron estas mangueras a un lado y otro de su nave. de la cabeza a los pies. Todo iba a salir bien.

Mi pequeña y yo volvíamos a casa.pequeña. La salvación. N os vamos a casa. que era como una capilla abarrotada de instrumental. cerraron la escotilla y ascendieron por el cielo. que estaba a unos treinta centímetros por encima de mis oj os. D os dioses en una máquina. Allí.perficie. A continuación. y el pasado comenzó a desvanecerse baj o nosotros como un sueño apenas recordado. U no de los astronautas me ayudó a descender a tierra. Me arrodillé baj o ella y miré hacia el interior del autobús. estaba la Plataforma Retrotemporal. El otro. Gateé por la formación de toba en busca del lugar en el que K aprow había aparcado el autobús. Allí estaba el B atidor de H uevos de K aprow . Suspendida en el aire como si se tratara de un truco de magia hindú. regresaron a su vehículo.el lago parecía una enorme balsa de aceite. y el techo del autobús. pero en cuanto lo hice. Allí estaba. unos enormes rotores de cobre rodeados por las acolchadas paredes interiores. dej ó a la Larva en mis brazos como si me entregara un trofeo por haber sobrevivido a la terrible experiencia. Me llevó un instante encontrar la palanca que hacía subir la plataforma. — 348 — . curiosamente nivelada. de una formación de toba situada en la orilla sudeste del Lago K iboko. la Larva y yo volvimos a quedarnos solos. que esperaba fuera. pero podía oler el fuerte aroma del pescado en los baj íos y supe que casi estaba en casa. A casa. los rotores del interior del autobús comenzaron a girar. dej ando tras de sí unas delicadas serpentinas de fuego. para luego encaramarme a la plataforma y tumbarme sobre ella con mi hij a suj eta con el brazo izquierdo. iluminada por una brillante luz blanca. —N os vamos a casa. En la oscuridad. Tras su marcha. Alcé a la Larva y la coloqué en el borde de la Plataforma Retrotemporal.

de repente.. Llevas sedado varios días. Sin embargo. bueno. H ugo se habría burlado de mí solo por aceptarlo. todo salvo acusarme de un crimen federal y encerrarme en Leavenw orth. P uede que ya no vuelvas a pasar por eso... N o creo que te haya visto j amás dormir tantas horas seguidas sin que tus globos oculares empezaran a sacudirse. P uede que eso j ustifique lo que te han hecho. »D ios. Es la primera vez que he estado en una dependencia para oficiales en mi vida. La cara era una tierna caricatura de alguien que recordaba de otra época. D e vez en cuando.. se derrumbaron sus defensas y aquí estoy. hace unos cuantos días. no reconoció el rostro que se recortaba sobre él contra la ventana de color aguamarina. Lo más desconcertante era que su piel era pálida. Johnny. Johnny. Y o. Estaba empezando a pensar que te ibas a pasar el resto de la vida durmiendo. Me han dado una habitación en las D ependencias para O ficiales V isitantes. con toques de color aplicados en las mej illas y abanicos azules sobre los párpados. te he observado mientras dormías los tres últimos. pero las viudas de los suboficiales no tienen acceso a las dependencias de la base por sí solas y estar ahí es mej or que tratar de desplazarme hasta aquí todas las mañanas desde Marakoi. —N o trates de hablar todavía.29 B ase de las F uerzas Aéreas Russell-Tharaka.. P uede que eso los absuelva por usarte como conej illo de indias en algún — 349 — . É l no podía mover la lengua.quiero decir. Johnny.Z arakal Septiembre de 1987 —B ienvenido a casa.. Al principio. han hecho todo lo posible por mantenerme alej ada de este país.

D ios sabe cuándo seré capaz de perdonarlos por eso. las falacias. lo sé. todos parecen trabaj ar en arreglo al C. al igual que por las heridas que has recibido.pero de forma muy breve.tipo de salto temporal o yo no sé qué. Tenía un aspecto más envej ecido que el rostro que él recordaba. Creo que esperaban una especie de declaración por tu parte. N i una palabra. el Ministerio del Interior. Estoy en deuda con él por eso. B ueno. Me avisaron de que podrías tener algún que otro problema.una muj er en la madurez de la vida con la que él había cometido una terrible equivocación al creerse víctima de una traición imperdonable. Era una implicación falsa.¿más de dos millones de años? P ertenecía a la muj er que lo había criado. una de las pocas personas que he conocido que no eluden las implicaciones de su propia responsabilidad en un fiasco como este. por ej emplo.E. —N o. Se culpa a sí mismo por haber perdido el contacto contigo mientras estabas fuera.me temo. W oody K aprow ha tratado de explicármelo. En ese momento —fuera cual fuese ese momento—. N o le molestaba el torrente de palabras que salía de su boca.Johnny. ¿desde cuándo?. según la cual podían retomar sus vidas sin preocuparse o referirse siquiera al motivo por el que se separaron. Reconoce su culpa en lo que te ha sucedido. N o estabas preparado para dárselo. Al parecer. ¿ocho años?. El rostro se estaba enfocando.¿diez?. U n informe o algo así. las idas y venidas).allí estaba ella de nuevo. Q uerían una declara— 350 — . K aprow y un par de médicos de las F uerzas Aéreas estaban contigo. Todos los demás (el personal de las F uerzas Aéreas. pero no lo había visto desde.aunque en el fondo es un tipo razonablemente decente. Solo D ios sabe. tomando un aspecto humano reconocible... F ue él quien insistió en que me dej aran entrar en el país una vez que regresaste de donde demonios se suponga que has estado. N o tienes que decir nada. Eso ha puesto muy nervioso a K aprow . Lo sabía. pero no pudiste hablar. las intimidaciones. claro está. ni siquiera la implícita presunción que subyacía baj o dichas palabras. É l tenía un montón de cosas a las que responder.de verdad. y trató sin éxito de hacer que su lengua funcionara. los oficiales del D epartamento de D efensa de nuestro país).. pero por el resto (los secretos.C... ya te has despertado un par de veces antes. H abía prevenido cualquier traición futura cortando todos los lazos que le unían a ella..

la visión de una cara familiar podría traerte de vuelta a la realidad. N i siquiera recuerdas que K aprow y los demás estuvieran aquí.. échate. ¿verdad? Tendrías que haberles visto la cara. o cualquier otro. un paradigma expresivo del Aturullamiento Total.ción que asegurara el éxito rotundo y el valor del proyecto. una viej a y más que consagrada abreviatura acuñada por las Fuerzas Aéreas.E.sonriendo. Sin embargo. Creo que K aprow hizo presión al final para que las autoridades me permitieran venir a verte cuando no les respondiste ni a él ni a los médicos. que parecía una caverna. Según dij o. ¿Está funcionando? Creo que sí. N o dij iste una palabra hasta que tenías casi dos años. le enj ugó la frente con un paño húmedo y se hizo a un lado para que el cielo africano que se veía a través de la ventana lo abrumara con su enorme inmensidad. U n caza volaba de izquierda a derecha. Aunque la verdad es que siempre has tenido unos oj os de lo más expresivos. P uedo ver en tus oj os que este disparo de V iej os Recuerdos ha ido directo a tu cabeza. N o has perdido ni un ápice de esa capacidad tampoco. John— 351 — . Esto me recuerda a cuando eras pequeño.C significaba ‘ cubrirse el culo’ . Johnny. U n disparo de V iej os Recuerdos. te lo j uro por D ios... puedo verlo en tus oj os. —Y esa es la palabra más hermosa que te he escuchado decir desde que dij iste aquella enfática «aca».pero el sonido del motor estaba amortiguado por el runruneo del aire acondicionado y el grosor de las paredes en aquella habitación del hospital. Te perdieron durante un mes y les preocupaba no ser capaces de recuperarte. como si acabara de despegar de una pista de aterrizaj e cercana. Ese borrón parecía haberlo engullido y aniquilado. La última imagen que tenía en la cabeza antes de la aparición de su rostro era el borrón cobrizo de los rotores del autobús.de hablar con él desde el sueño de su liberación? —É chate otra vez. D ij iste «aca» en el pastizal de Richardson. —D irecto —repitió él. ¿Cuándo había tratado K aprow . Johnny. eras como un zombi... Eres capaz de hablar con ellos tan bien como algunas personas con las palabras.. Su madre soltó una risilla nerviosa. C. N o había sonreído al escuchar a su madre utilizar el término porque lo que estaba diciendo era un poco preocupante. Así que aquí estoy. a las afueras de una zona residencial de V an Luna.

—Lo miró de nuevo—. É l se esforzó para conseguir pronunciar las palabras: —Entonces yo soy Matusalén. Tengo cincuenta años. ¿P or qué seguía j ugando a los — 352 — . D uele.al parecer. Antes de que ella pudiera pedir ayuda. al otro lado de la cual había un centinela armado. Rick. —N o hables. El policía militar de las F uerzas Aéreas que había sido asignado al Esfinge B lanca no mucho después de su propia llegada a Z arakal. Se le llenaron los oj os de lágrimas.. Esta comparación le vino a la mente sin pensarlo mientras se esforzaba por llegar a la puerta. y el penetrante olor a antiséptico de la habitación se colaba por sus fosas nasales y se le clavaba en la garganta como un garfio. El suelo baj o sus pies tenía exactamente el mismo color y el mismo aspecto que el queso azul. —Giró la cabeza para no tener que mirarlo a la cara—. El chico ya debería haber vuelto a casa. Sintió una enorme oleada de afecto hacia ella por la simple razón de que tenía el buen tino de mantener la boca cerrada. se arrancó el camisón de hospital de la espalda y dio unos cuantos pasos hacia el pasillo. Joshua volvió a echarse sobre las sábanas almidonadas y se dio cuenta de que tenía puesto un camisón de hospital. —¿Te encuentras bien? —Eso creo. Elena. Ayer fue mi cumpleaños. una funda gris que parecía un babero envolvente.. aguj eritos incluidos. Les dij e que te despertarías para mi cumpleaños. Jeannette le había dej ado una vez olisquear una botella de amoníaco y él gritó como si lo hubieran gaseado.pero no le hizo preguntas. —N o puedo soportar esto.ny. Solo te has retrasado un día.llegadas a través de los conductos lacrimales gracias al punzante olor de los desinfectantes. —Elena —dij o—. sacó los pies por el lado opuesto de la cama. La muj er que estaba j unto a su cama lo observó con curiosidad. Tenía un dolor sordo en la pierna. muy bonito. V as a tener un montón de visitas en cuanto se enteren de que estás consciente y eres capaz de hablar. N o trates de levantarte.el alcohol y las medicinas. Se dio cuenta de que el olor de aquella habitación era igual de agresivo. Cuando era muy pequeño. Me siento como la madre de Matusalén. ¿puedes creerlo? Medio puñetero siglo. es un regalo muy.

También se podían ver las estrellas. una conflagración de tonos pastel entremezclados. A pesar de que estaba temblando en la fría habitación. la debilidad de sus piernas.esparcidas allá en lo alto.un dolor más apremiante. la fina película de lágrimas que bañaba sus oj os. el único paciente en la. ¿D ónde está la Larva? Cuando cayó. por otra parte. —¡Johnny! —lo llamó su madre. El olor punzante. que todo el P royecto Esfinge B lanca estaba en vilo debido a su incapacidad para seguir el rastro de sus actividades en el pasado. D espués de sedarlo de nuevo y de que su madre regresara a la habitación que le habían asignado. sus pálidos oj os cambiaban de dirección con inquietud y vacilación mientras explicaba que casi habían llegado a dar a Joshua por muerto. su madre y el policía lo ayudaron a levantarse del suelo. evitando con deliberación la mirada de Joshua. el almidonado camisón del hospital le resultaba tan agradable como una camisa de fuerza.. K aprow se enzarzó en un extenso monólogo.soldaditos para K aprow ? Siempre le había hecho ascos a la idea de reengancharse. —¿Q ué coño habéis hecho con mi hij a? V irtualmente. Todas esas cosas hablaban de un malestar más profundo. una serie de extensos informes sobre la misión tan pronto como Joshua se sintiera lo bastante bien como para enfrentarse al Gran H ombre. Sus piernas no iban a ser capaces de llevar a cabo la hazaña. A pesar de que no movió la cabeza en ningún momento. que B lair esperaba recibir. El suelo de queso azul era traicionero.K aprow . Apenas se dio cuenta de que lo estaban haciendo. — 353 — .y después de otras seis u ocho horas de descanso. era prisionero en el hospital. —¿D ónde está mi hij a? —gritó él—. El cielo azul de Á frica que antes se viera a través de la ventana había sido sustituido por el crepúsculo. y debía hacerlo. Clavó la vista en la puerta por encima de la cama. D el mismo modo que había hecho su madre más temprano. W oody K aprow le hizo una visita. desértica ala de la tercera planta.. y que él.había aprobado la visita de Jeannette Monegal para ayudar a Joshua a desenvolverse de nuevo en las turbias aguas de finales del siglo X X .

—Joshua. Sin embargo. Me enamoré de una habilina. —Solo dígame si traj e una niña de vuelta conmigo.hay un calendario sobre la mesilla.ahora está bien. pero se encuentra en perfecto estado de salud. Todo volverá a su lugar dentro de poco. Sin embargo. muy pronto habríamos tenido que rendirnos a la orden de despresurizar la Máquina y contabilizar nuestras pérdidas.esa no es su hij a. H aré lo que pueda para ayudarle. —A usted y una considerable cantidad de tiempo y dinero. N o hay por qué preocuparse.—En cierto sentido. pero los transcordiones estaban al parecer fuera de sintonía. bueno. una niña que traías en brazos cuando te sacamos de la P lataforma Retrotemporal. Lo que me está diciendo no se corresponde con lo que sé que sucedió.solo ha estado ausente algo más de un mes. —Joshua. Le administraron un tratamiento para la ictericia j usto después de que os traj éramos aquí. Joshua se incorporó en la cama hasta quedar sentado y clavó la mirada en el físico. y fui yo el que estuvo allí. doctor K aprow . es normal que se sienta desorientado. —Y o soy su padre. Joshua. —Q uiero ver a mi hij a. Y o insistí en que desplegáramos la plataforma al menos cuatro veces al día. —En otras palabras. ¡Sé muy bien lo que me ocurrió. ha vuelto a nacer.vi cómo mi esposa moría durante el parto. El anciano llevaba su cráneo de homínido y una gruesa capa de leopardo.a mí.y si no hubiera vuelto cuando lo hizo. —¿Algo más de un mes? —Treinta y tres días.doctor K aprow . —Estuve allí por lo menos dos años. Joshua. Es una criaturita extraña.. durante dos horas cada vez. — 354 — . —Q uiero ver a la niña que traj e de vuelta conmigo. V a a tener que tomarse un poco de tiempo para volver a crecer en su viej o mundo.que entonces dirigió la vista hasta la fotografía del P residente Tharaka que algún bromista había colgado sobre la puerta del cuarto de baño.. La colocaron baj o esas lámparas y le pusieron bolitas de algodón sobre los párpados.doctor K aprow ! —Mire.fui padre de una hij a.. ¿F ue un sueño u ocurrió realmente? —H ay una niña en el ala de maternidad de abaj o..

el físico y él subieron al ascensor para dirigirse a la alfombrada ala de maternidad de la primera planta.las zapatillas le sentaban casi a la perfección.experimentara algún tipo de dilación. A pesar de que Joshua tuvo que enrollar quince o veinte centímetros de las perneras del pantalón del pij ama en abultados dobladillos.—Me importa una mierda lo que digan los calendarios —dij o Joshua con calma—. —¡Q uiero ver a la Larva! —¿La Larva? —A mi pequeña. F inalmente.. U sted. Seguramente apreciaría unos pantalones de pij ama. donde se detuvieron en la parte exterior de las cristaleras que se utilizaban para mostrar a los recién nacidos.debido a la distancia que saltó hacia el pasado. Joshua buscó a la Larva. dio la orden para que enviaran tanto un pantalón de pij ama como un par de zapatillas..no. Los oj os de K aprow se dirigieron de nuevo a la puerta. N adie lo duda. Joshua. lo contrario de lo que experimentarían de manera subj etiva los pasaj eros de una nave que viaj ara a la velocidad de la luz. probablemente como resultado de las lámparas para el tratamiento de la ictericia que había mencionado K aprow . —Es humana. —D e acuerdo.. D e cualquier forma. La dilación temporal podría. U na enfermera empuj aba una de las cunas móviles hacia una habitación más adentro. Traj e a la niña conmigo de vuelta. —D e acuerdo..K aprow miró a Joshua a los oj os. — 355 — . —Al menos no la ha llevado a una clínica veterinaria.un caleidoscopio de muecas). y soy su padre.pero el color de su piel había variado del crema al beige.pero la cuna estaba vacía. que un hombre traj o al instante.sus iris danzaban sobre la esclerótica. Sin pronunciar una palabra. P uede que.. Tan transparentes como el cristal. —Sírvase usted mismo. cuando aquellos que permanecen en casa envej ecerían docenas de años mientras los que estuvieran en el espacio solo lo harían uno o dos. —Y o estoy más que servido.. Allí estaba. El físico sonrió.Joshua. Iré con usted. Su cabeza estaba igual (desproporcionadamente grande.

—Está cambiando —dij o mientras le sonreía a su hij a y se enfrentaba a ambos entre una pequeña flota de cunas. En aquel momento. Antes de que pudiera escupir alguna obj eción medianamente inteligible. —Se aj ustó el uniforme—.incluso aunque quisiera hacerlo. como si Joshua la hubiera sorprendido sisando supositorios de penicilina.Joshua? —Q uiero cogerla.creo que quiere decir. La enfermera que acababa de retirar la cuna de la estancia levantó la mirada de un aparato del mostrador. D e todas formas. se está poniendo más oscura. se deslizó a través de un estrecho pasillo que había j usto detrás y avanzó a lo largo de unas puertas giratorias más allá de los límites del santuario interior. N i una palabra salió de su boca abierta de par en par.y chocó con la enfermera en su afán por detener a Joshua. ¿P ero qué clase de locura padecía aquel hombrecillo? K aprow dij o: —Como en una fotografía. —P or supuesto que está cambiando —respondió la enfermera con furia—. —¿Cogerla? —La pregunta dej ó entrever la indiscutible aversión del físico por semej ante idea. —Soy su padre.maldita sea! ¡Es que se está oscureciendo! Confundida por esa pequeña figura con pantalones de pij ama. D obló con rapidez la esquina de la habitación de cristaleras. ¿qué cree que está haciendo aquí? —¡N o es que esté creciendo.—Entonces. ¿cómo explica que la haya traído de un periodo en el que los seres humanos no tenían el aspecto que tiene ella? K aprow dij o: —¿P or qué no me lo explica usted. la enfermera se quedó con la boca abierta. y durante unos cuantos años más. Eso es lo que hacen a esa edad. Joshua no esperó a que le dieran permiso. — 356 — . no podría persuadir a las enfermeras para que complacieran la petición de Joshua.Joshua estaba acunando a la Larva entre sus brazos.también la noción de que. W oody K aprow entró de golpe en la antesala de la habitación. Q uiero cogerla. —Exacto. Lo único que hacía falta era sacarla del carrete de película y colocarla en un cuarto oscuro.

Su hij a. Ella le sonrió con dulzura y el hombre se maravilló por la forma en que la piel de la pequeña estaba adquiriendo un tono ligeramente más oscuro... — 357 — .Joshua meció a la Larva. revelándose.

La situación de Joshua se veía complicada no solo por el periodo de alistamiento que le restaba por cumplir. Jeannette no — 358 — . Se había librado por su clientela cosmopolita.30 Marakoi.Z arakal Septiembre de 1987 Estaban sentados baj o el toldo de flecos del B ahadur K arsanj i en el B ulevar Tharaka. Joshua y su madre comían tortitas rellenas de espinacas (idea de Jeannette) y bebían un buen C habl is de California (idea de él). Tres días después de que se despertara en el hospital de la base. Casi todas las mesas que había baj o el toldo roj o y blanco estaban ocupadas. El K arsanj i. sino también por su reclamación de paternidad sobre la pequeña que estaba en el hospital. una cafetería. A las dos en punto.y la multitud que abarrotaba el interior del restaurante creaba un estrépito el doble de enervante que el del tráfico en las calles. Jeannette abandonaría el país desde el Aeropuerto Internacional de Marakoi y ninguno de los dos sabía cuándo volverían a verse. N i a K aprow ni a B lair les había hecho gracia dicha reclamación: el paleoantropólogo veía a la Larva como los despoj os de la misión de Joshua. en el resplandeciente centro de la capital.mientras que el científico la consideraba una molesta anomalía temporal. era uno de los pocos negocios de la ciudad que permanecía en manos de un hindú después de la «africanización» de los establecimientos regentados por asiáticos que tuvo lugar en 1972. Marakoi. por una excelente reputación que ya se conocía tres décadas antes de que Z arakal obtuviera su independencia política y por un propietario que se guardaba mucho de mostrar abiertamente su sagacidad maquiavélica en cuanto a la supervivencia mercantil se refería.

¿te parece? Si desapareces de mi vida durante — 359 — . Tuve que firmar un documento en el que declaraba que venía a Z arakal con fines puramente turísticos. Te escribí una carta. Según parece. vamos —dij o Jeannette Monegal al tiempo que le golpeaba la espalda—. —Algo increíble. —V amos. por supuesto que lo hice. —¿Aceptaste eso? —¿P ara verte? Sí. Lo que pasa es que todavía no te has adaptado de nuevo a los placeres de la buena comida y de la bebida. —¿Y qué más? —le preguntó sin esperar respuesta—. bañarla ni acunarla. —P ero lo hicieron. ya que Joshua había evitado mencionarla después de derrumbarse delante de su madre y esta había creído que los desvaríos acerca de una hij a eran fruto de la desorientación y el delirio. en una habitación individual situada en la tercera planta del hospital y con un guardia las veinticuatro horas.sabía siquiera que la niña existiera. Y a tengo tu número dentro de la base. Así que seguiremos en contacto.Johnny. Gracias al buen hacer del doctor K aprow .por haber firmado ese maldito papel. Aquí tienes la dirección.empañando su visión. U n sorbo del C habl is hizo que se atragantara. Si tienes alguna pregunta. A pesar de que Joshua había rogado y suplicado. que acaba de salir. Ella y el pequeño D ennis están visitando a su familia política.ni Alistar B lair ni el Gobierno zarakalí querían permitírmelo. me ha valido la reputación de mordaz escritora sensacionalista interesada en asuntos internacionales. ¿Q ué te han dado en el hospital? —Arroz. la niña estaba baj o la protección de las F uerzas Aéreas de los Estados U nidos. V irginia. Aquí tienes la carta. puedes escribirme a la atención de Anna a N ew port N ew s.ni siquiera puedo publicar un artículo de viaj es sin que pase primero por el filtro de la Embaj ada N orteamericana y dos o tres ministros de este país. —¿U na carta? ¿P or qué? —P or si no me dej aban verte. —Sacó un sobre de su gran bolso de esparto—.solo la había visto una vez en los últimos tres días. N i las F uerzas Aéreas.no la leas hasta que me vaya. P or favor. En ese momento. Mi libro sobre España. D e hecho. el reducido personal especializado asignado a su hij a no le permitía alimentarla.

—Espero no tener que interpretar eso como un insulto.insistiendo en que la despedida allí la «destruiría del todo». estuviera envuelto en una relación ilícita y tanto la bebida como la vigilancia nerviosa se debieran a la culpabilidad.otros ocho años.frase que j amás había escuchado de sus labios. Adiós. Y a estaba bastante achispado y muchas de las personas que lo rodeaban sin duda creerían que sus furtivas miradas a la calle.¿de acuerdo? —Sí. pensaba en Elena y se preguntaba cómo habría actuado ella ante semej ante escena.. En realidad. le dedicó una débil sonrisa antes de apartar la mirada con estoicismo. Ambos habían cambiado en esos ocho años. —Aca la vista —respondió de forma automática. Joshua se comió lo que quedaba de su tortita. pero su madre no permitió que la acompañara al aeropuerto. y las muj eres que paseaban por delante de los esca— 360 — .se debían a la cantidad de vino que estaba consumiendo. bebió los últimos sorbos de vino y. animado por la cantidad de dinero que Jeannette había dej ado. U nos especímenes masculinos vestidos con chaquetas y sandalias de piel te servían la comida en las mesas.los cuchicheos de fondo en inglés y en sw ahili. El tintineo de las copas de vino y de la cubertería. Jeannette rió.erosionados o sutilmente crecidos por la corriente del río del tiempo. John-John. su estado de alerta maniático. O .señora. Joshua se sintió de pronto solo y abandonado.estuco y cristal. tal vez. cariño.Johnny. se agachó para entrar en la parte trasera de un pequeño taxi aparcado no muy lej os del K arsanj i. Las calles estaban llenas de ruidos inimaginables. La sabana primigenia subyacía baj o unos treinta bloques de cemento. É l también se levantó. Ella lo besó en la frente. —H asta la vista. sé bueno.. Q uería que su madre se fuera sin perder un minuto porque no quería que se marchara de ninguna de las maneras. El depredador a quien esperaba bien podría ser el cornudo marido de su amante. Cuando el vehículo pasó por delante del restaurante. seré una anciana la próxima vez que nos veamos.la bendición de una matriarca hacia uno de sus vástagos más queridos. D ej ó un billete de los grandes sobre la mesa y se levantó. con su bolsa de equipaj e en la mano. ni en el caso de que lo merezca. pidió un flan y otra botella de C habl is. Así que mej or seguir en contacto. —Le lanzó un beso y.

Jeannette. era abuela. claro que lo había hecho.. Johnny era tío. V olverían a ser una familia de nuevo en cuanto él y D ennis W hitcomb regresaran del Á frica oriental. U n cambio sutil pero desconcertante. la carta daba un giro y dej aba atrás el asunto de los lazos familiares para centrarse en las relaciones familiares. Joshua se alegró de que Elena no hubiera sobrevivido para contemplar el generoso horror de la civilización. Joshua se había dado cuenta con retraso de que lo haría.que esta había escrito de puño y letra en Madrid..almenos. En ese punto. Con el fin de expulsar a Elena de su mente. Asíque vine para investigar y escribir ell ibro. abrió la carta de su madre. ¿R ecuerdas que cuando no eras más que un adol escente a veces usabas como nom de guerre Juan O campo? Sol í as f ingir que eras un frenador de béisboll atinoamericano de al gún equipo de primera.pero también te gustaba f irmar poemas con ese nombre.ell ibro f ue elmotivo aparente que me traj o hasta este l ugar. Estaba claro que Anna había hecho caso omiso del consej o de Johnny y había divulgado su destino en la B ase Russell-Tharaka de las F uerzas Aéreas. O .parates lucían plumaj es tan brillantes.mientras continuaba leyendo lo que su madre había escrito: Después de terminar mi primera y única novel a( l o que no me convirtió en Agatha C hristie ni en Barbara C artl and y me l l evó sin pérdida de tiempo de vuel ta a l a no f icción) .acordar — 361 — . La verdad es que pensé que tú también podrí as estar aquí . B ueno.buscando esa parte de tu pasado que nunca tuviste oportunidad de verif icar por tu cuenta.cosa de año y medio antes.f irmé un contrato con V ireo para escribir La Monarquía en España: V ida y política en la Iberia post-franquista. que los de los machos. motivada por su sentido del deber hacia la familia y su respeto a la j erarquía familiar.. N o pasaba nada. Las disculpas y una tranquila petición para que se reconciliaran dominaban la primera página.para luego dar paso a las noticias sobre Anna y su hij o recién nacido. de la misma manera que se alegraba de que él sí hubiera sobrevivido para volver a experimentarlo. que era mucho menos hacia él que hacia las F uerzas Aéreas y el Estado soberano de Z arakal.y no solo por el calor y el vino. Joshua perdonaba la trasgresión de Anna. ella. Las manos de Joshua comenzaron a temblar.o más si cabe..

al menos en l o ref erente a l a búsqueda de M adres Desaparecidas. Y entonces Anna me escribió para decirme que ibas a Zarakal .decidíinvestigar l a segunda. De cual quier f orma.esa identidad sumergida podrí al iberarte de l os sueños que con tanta f recuencia te al ej aban no sol o de nosotros.decidíbuscar a tu madre.» La idea del l ibro que estoy escribiendo l l egó como un pretexto.un pretexto l iteral . Estos úl timos documentos l l egaban a manos de l os tiranos en cuestión tras «ser encontrados» de f orma f ortuita en l ugares tan insospechados como mi Diccionario delAmerican H eritage o elcaj ón de l a mesa de trabaj o de H ugo. Sam Spade y Phil l ip M arl ow e no me l l egan a l a suel a de l os zapatos.que Encarnación O campo habí a desaparecido.de hecho.John-John. ¿Te dice al go elnombre de C arlH ol l is? Por supuesto que no.y que al gún dí a intentarí as hacerte con esa vida al ternativa.durante l a entrevista con elC oronelU nger que tuvo l ugar en l a of icina de l a Base Aérea de M orón hace casi veinticinco años. bien puede ir a España en busca delJuan O campo que esconde su corazón.soy una experta en — 362 — . este comportamiento me hací a suponer que al entabas l a idea de poseer una identidad independiente a esa real idad burguesa en l a que te habí amos instal ado. Talvez. Dado que l a primera suposición echaba por tierra todas mis esperanzas. Nunca supe si eso signif icaba que estaba muerta o que se habí a desvanecido en l a inmensidad delcampo.para seguirte hasta España. l o que destrozó mis esperanzas de encontrarte aquíy me sentenció a seis meses de arduo trabaj o en este bril l ante l ibro mí o: La Monarquía en España ( por El iza Dool ittl e) . Si es que seguí a viva.sino también de ti mismo. así que bien podrí a combinar el trabaj o en el l ibro con mi curiosidad casi maternalacerca de l o que podrí a encontrar. Al go bueno.pactos con tus amigos y establ ecer Decl araciones de Independencia contra l a Tiraní a de M amá y Papá M onegal .probabl emente para siempre. De cual quier f orma. Sin embargo.ya que encontré a tu madre. «Si cree que ser Juan O campo l o l iberará —razonaba yo—. hij o.en elcuarto de l as herramientas.en muchos otros sentidos. aunque estos residan a tiro de piedra de l os úl timos destinos de sus padres. Era elagente de Intel igencia que decl aró. M is investigaciones me l l evarí an a Andal ucí a y Sevil l a. ( No soy tan buena con l os H ij os Desaparecidos.como un guerril l ero.

l a autoridad delpadre parece ser respetada incl uso entre l os hermanos mayores.Encarnación era ( bueno.para l os ocupados y risueños M ontaraz. Imagino que l a pregunta principalque te rondará por l a cabeza ahora será:¿H abl é con el l a? ¿Le habl é de ti? ¿Le expuse mis experiencias maternal es para compararl as con l as suyas? La respuesta a esta pregunta.pero no voy a hacer ningún tipo de comentario pol í tico sobre esto. Baste decir que vol víalpiso en elque Encarnación vivió contigo entre 1962 y 1963. Los niños también ayudan a su padre y.se l l ama Antonio M ontaraz.pero ya l e ha dado al menos nueve hij os a este hombre.almenos para l a hembra de nuestra especie.echar de menos a mi H ij o Desaparecido.no en esta carta. — 363 — .)No te contaré l os detal l es aquí .rotundamente no. John-John) recordaban a tu madre muy bien y me dieron varias pistas muy f iabl es. En muchos aspectos. Almenos.dueño de una bodega.es) una f igura digna de ser recordada como una persona amenazadora o val iente.Johnny. Es una f amil ia muy unida en l a que Antonio y Encarnación se mantienen en unos papel es muy tradicional es. H a redimido su vida de l af orma más anticuada. Johnny. Se ha casado con un hombre robusto y pel irroj o. según el punto de vista. pero tu madre parece estar más que a gusto con su prol e. Debe de estar acercándose a un punto de inf l exión en su vida.es que no. Siempre pref eríl o de val iente. me sal e l a vena f eminista—.una cantidad sorprendente de gente habl ó conmigo.después de todo. Dado que era evidente que yo no era pol icí a ni una oportunista en busca de dinero.ya no es una prostituta ni una estraperl ista.yo era una desal iñada y audaz ingl esa con un l ibro de f rases en españolque se habí a baj ado de un autocar de turistas desviado de camino a C órdoba. V erás.a todas el l as.y parece adorarl a de un modo bastante tempestuoso.a pesar de que hay mucho j al eo y bastantes pel eas a l a vista de l os cl ientes.porque a pesar de que podí a haberte criado sumido en su desesperanza. La cosa es que mis inf ormantes ( tres de el l os. Ni siquiera intenté corregir esta f al sa impresión.elmás pequeño es un bebé alque da de mamar cuando puede mientras sirve l as mesas en l a desl ustrada pero próspera bodeguil l a del señor M ontaraz. M e parece sof ocante —l o siento.te l l evó a l a seguridad de Santa Cl ara. Al l ívive ahora. La búsqueda de Encarnación me l l evó a un puebl ecito de Andal ucí al l amado Espej o.

te pido que pienses en elimpacto que tendrí a tu visita. La dirección en Espej o es:Avenida Franco. A pesar de que l a esperanza.eloptimismo y elf ormidabl e poder de l o que eldoctor Peal el l ama «pensamiento positivo» son evidentemente esencial es en el progreso de nuestra especie ( ¿H acia qué?. ¿R ecuerdas al go de español al l í en el exótico Zarakal ? ¿Aunque sea un poco? Bueno. se van pasando l as órdenes unos a otros con una sordera impecabl e e incl uso entrecierran l os oj os para darl e mayor énf asis. De hecho.esperando desde el principio que se hubiera suicidado en un edif icio abandonado.pero pref ieren elruido por elbien de Antonio.pero talvez decidas visitar un dí aal os M ontaraz y comprobarl o por ti mismo. sin civil izar' y. ¿H abrí a retrocedido al verme como si yo f uera un mensaj ero del malque intentara destruir su vida actualcon l as espel uznantes historias de su pasado? Es bastante posibl e.número 17. Asíque f ingíser un turista ignorante y habl é poco. No obstante.no hubiera podido cal marl a a el l a.Supón que l e hubiera sol tado a Encarnación toda mi historia. O supón que te menciono. que l a hubiera matado a pal os un cl iente psicótico.sol o un tonto harí a caso omiso de l a potencial«verrugosidad» de l as circunstancias combinadas con el corazón humano. primitivo.l af e. Elque Encarnación esté viva y sea f el iz en un mundo como el nuestro se me antoj a un mil agro. No creo que sea un entorno en el que pudieras sentirte especial mente a gusto.en muchos aspectos.son una pandil l a bastante sal vaj e. Es un charl atán al borotador. es una descripción bastante buena de tus hermanos y hermanas.John-John. a pesar de que todos el l os pueden habl ar. y l os mil agros se j ustif ican a sí mismos. Dado que ni yo puedo estar segura sobre esto.y dudo que al guno de el l os suf ra esos sueños tan f rustrantes y ví vidos sobre el Á f rica oriental prehistórica. Su madre l es habl a por señas con movimientos rápidos y.tu bienestar. sin embargo.y que eso l e provoca una tremenda ansiedad acerca de tu situación. Se comunican de manera tan ef icaz sin pal abras como con el l as. en cierta f orma. que hubiera sucumbido a l os estragos de una enf ermedad venérea o — 364 — .pues elapel l ido M ontaraz signif ica ' sal vaj e. Ninguno es tan oscuro como tú. Las ramif icaciones se extenderí an más al l á de tu curiosidad f il ial .incapaz de mantener l a boca cerrada.tu f el icidad.serí al a pregunta) . a espal das de su marido.me enf renté a l a búsqueda delparadero de tu madre biol ógica como si f uera una pérdida de tiempo.

La mal a noticia es que.mientras Paul ine me agasaj aba con unos cuantos w hiskys con 7-U p.en V ietnam del Sur. Los Bl edsoe viven en Littl e R ock.sin embargo.y aque— 365 — . como miembro de l a Primera División de C abal l erí a del Ej ército.l os Bl edsoe me aceptaron en su casa.cuando aún no tení a pista al guna sobre tu paradero. Al abama) .te hubieras puesto en contacto con el l os antes que yo.hasta que alf inalconf esé que su hij o muerto tení a un heredero vivo. Las paredes delsal ón de l os Bl edsoe están decoradas con numerosas f otograf í as de su hij o vestido con l a equipación de bal oncesto de su instituto de Sevil l a.ninguna de estas posibil idades me gustaba.en caso de que decidas ir al l í .que incl uso se hubiera metido debaj o de un andamio de un edif icio en obras y l e hubiera caí do encima un montón de l adril l os. con l a chaqueta que l l evaba l a inicialde su nombre grabada. M ás que posibl es.con l a esperanza de que. murió hace veintiún años en elval l e de l a Drang. C omo LaV oy. Por supuesto.dados l os orí genes tan poco prometedores de tu madre y l os prej uicios que habí a en su contra. Los visité hace cinco años. Descubríqué habí a sido de éldespués de identif icar a sus padres a través delservicio de l ocal ización de l as Fuerzas Aéreas en Lackl and. En este caso. no hay mil agro al guno.Arkansas.me expresaron sus sinceras condol encias de una f orma muy conmovedora. Así que val ora este mil agro. También sé qué f ue de tu padre biol ógico. Acababa de cumpl ir l os dieciocho.que l a tachaban de bruj a morisca.LaV oy me hací a preguntas cada vez más incisivas acerca delmotivo de mi visita.Paul ine.f ohnny. Es probabl e que f ueras un visitante bien recibido en su hogar.Johnny. Son tus abuel os.de al guna manera.elpadre de Lucky James. C uando l es conté que H ugo habí a muerto. Ni LaV oy ni su esposa.todas parecí an tan posibl es como el verdadero f inalde l a historia.recordaba a H ugo de l a época de su rel ación prof esionalen l a Base de M orón.y piensa muy bien acerca de l af el icidad actual de tu madre biol ógica.pero hasta que terminé mi investigación.Lucky James Bl edsoe.creyeron que l os hubiera buscado para renovar una viej a amistad que nunca f ue muy prof unda. Estas noticias ni l es sorprendieron ni l es mol estaron. C reo que se sintieron casi agradecidos. Por eso creo que podrí as entrar en sus vidas sin herirl os ni incomodarl os.y otras con su gorro y su toga de graduación ( de una f acul tad civil segregacionista en M ontgomery.

y Paul ine ( bendita sea) l l oró conmigo. M amá — 366 — .eldil uvio. Tacha todo elpárraf o. El paraíso en sus sueños.)Eso te l o dej o a ti. espero que no me excl uyas para siempre de un l ugar en esa f amil ia. Tienes una f amil ia muy numerosa.mientras que l as cal l es de M adrid parecen desvanecerse baj ol af uerte l l uvia de abril .Johnny. Después de Juan C arl os. En mi opinión.l o más probabl e es que no sea capaz de expresar l a mayorí a de estas cosas. Si al guna vez vol vemos a vernos. Date cuenta de l a cabezonerí a con l a que he evitado escribir estas pal abras.de escribir. Sol l océ sin vergüenza al guna durante diez o quince minutos. Y por f in he escrito l af rase al rededor de l a que gira toda esta carta.siento eldol or que he tenido que soportar. Esa es l a razón de que haya escrito una carta de dimensiones tan estúpidas e. Siento mucho eldol or que te causé.abrumadoras.ni l o mucho que me has hecho pagar por aquel error. si crees que se merecen esa pequeña consideración. . C omo tampoco l o está l al l uvia. C on todo mi amor.taly como podrás advertir por mi prosa. Elreino de España. Johnny.l l a noche. se l o merecen.pero no l es he dicho todaví a que estás vivo y presumibl emente a sal vo en otro paí s. Nos hemos escrito o l l amado por tel éf ono al menos una vez almes desde que l os visité.no está ni mucho menos por terminar.incl uso. Dios..y mucho.mi cul pa y mi pena.también pertenezco a el l a.y aunque te he hecho daño con un único acto irref l exivo y te he desconcertado alevol ucionar de un tipo de persona a otra ( cosa que me vi obl igada a hacer) .tuve que conf esar mi ignorancia. Johnny. Y o también pertenezco a el l a. ( Después de todo.estoy por procl amar.cuando me preguntaron por tu paradero.a pesar de que ese ej e de cinco pal abras parezca un poco descentrado.perdóname. H e estado escribiéndol a durante tres horas seguidas. se suponí a que Anna no tení a que decirme nada. Nunca sabrás del todo l o mucho que l amento l o que hice.Johnny» y l as siguientes cinco pal abras ha pasado casi una hora.con qué tenacidad he retrasado l o inevitabl e. Elciel o se está acl arando de manera perceptibl eyl al l uvia está remitiendo. A pesar de todo..asíque será mej or que esto termine. Entre «Tacha todo elpárraf o.qué l arga se ha hecho esta carta. Pero me estoy cansando.

asintió para que el Gran H ombre ocupara el asiento vacío. P or lo tanto. —D ebería decirle a su editor que se fuera al infierno —dij o B lair con amabilidad—. V estía ropas de civil porque el personal norteamericano fuera de servicio no tenía permiso para lucir sus uniformes ni en Marakoi ni en B ravanumbi. un recién llegado a la tribu W aBenzi. al menos podría matar lo que quedaba de día. —¿D ónde está la señora Monegal? —Saliendo del país. Sin entusiasmo. —Mi madre vive de sus libros. —Solo lo hace con el fin de conseguir dinero para sus excavaciones. todavía no había atraído atención indeseada hacia su persona. El último trasbordo para la base partía de la embaj ada a medianoche. Sin dolor.Joshua leyó la carta dos veces antes de volver a meterla en el sobre y guardársela en el bolsillo de la chaqueta. Con la mente girando como un tiovivo alrededor de todos los puntos de la carta de su madre. y murió antes de conseguir la pensión de las F uerzas — 367 — . Aunque su nerviosismo lo diferenciaba del resto de perspicaces hombres de negocios que almorzaban en el K arsanj i. —¿Tan pronto? —Se supone que debe comenzar la gira promocional de su nuevo libro. tal y como estipulaba el tratado. regresó al vino. pidió pastel de riñones y una j arra de la densa cerveza negra irlandesa. Sin esfuerzo. Si no era capaz de decidir qué obj etivo perseguir a largo plazo ahora que el P royecto Esfinge B lanca había acabado y miles de opciones contradictorias se le ofrecían. Mi padre no tenía ningún seguro de vida. N inguno de los bandos quería dar la impresión de que los norteamericanos formaban una fuerza de ocupación. Y o nunca promociono mis libros. bien podía pasarse las siguientes diez horas en aquel lugar. Su visita la ha hecho cancelar cuatro actos de su agenda y su editor no salta de alegría precisamente. bebió. pidió más vino y volvió a beber. después.Joshua parecía un j oven y ambicioso político nativo. —Eso es bastante cierto. —¿P uedo sentarme? Joshua levantó la vista para ver a Alistair P atrick B lair de pie j unto a la silla que su madre había ocupado. P ara cenar.

un ser humano. Al cabo de esas diez horas. —Me parece que ha estado bebiendo bastante.¿qué celebramos? —Creí que los norteamericanos habían repartido puros. y al denegarle la custodia de la niña. —Siento oír eso. ¿Le importa si intento darle alcance? —¿P ara qué? —B ueno. la niña es una ciudadana de Z arakal.ya que no a las lágrimas. Cualquier descendiente viable que tuviera como padre a un ser humano era. Aquella relación explicaba la existencia de la Larva. —¿El hecho de que haya tirado su teoría del H omo zarakal ensis por el retrete? —Si eso le complace. poco éticos y nada morales. como K aprow ya había concedido. — 368 — . Ella era.Joshua. y Joshua no tenía la menor intención de entregar a su hij a a nadie para que llevara a cabo experimentos biológicos ilegales. por definición. rindiéndose sin reservas a la ira.pero j amás la de ella.Joshua. Aún no tengo el mío. Alternando preguntas sobre paleoantropología y cuestiones temporales.para celebrar.para el beneficio de su propia e insaciable curiosidad y la de las dos silenciosas grabadoras. Joshua se había liberado de los dos años de su experiencia subj etiva en el lej ano pasado. no estoy seguro de que lo haya hecho. —Entonces. Joshua les había contado todo. Es posible que inventemos excusas para limitar su libertad. Los dos hombres se miraron. —¿O tal vez celebremos el inexcusable trato que nos está dando a mi hij a y a mí? —Joshua.Aéreas.supongo que esta excelente cosecha bastará. El día anterior. con todos los derechos y privilegios inherentes a los ciudadanos de nuestra república. N o obstante. sin omitir detalle de su larga e íntima relación con la hembra habilina a la que había llamado Elena. un ser humano —así como también por esa misma definición era su hij a—. Joshua se vino abaj o y había maldecido a los dos hombres. las F uerzas Aéreas de los Estados U nidos y el Gobierno de Z arakal estaban violando uno de los derechos humanos más básicos y esenciales. B lair y K aprow lo habían interrogado durante diez horas.

. yo sería despoj ado de mi cargo y los norteamericanos de sus flamantes instalaciones militares.. Antes de que vuelva a los Estados U nidos. —¿Le habló de la Larva? —Y a lo sabía.siempre a lo lej os. —¿Cómo? —P arece ser que dos de nuestros futuros astronautas son también agentes de inteligencia. una pequeña embarcación. Algunos de esos molestos sambusai que de vez en cuando se adentran en el protectorado. Si nos negábamos a este requerimiento.parece ser que uno o dos de ellos también trabaj an para Mzee Tharaka. Recorrían con un bote de pesca el Lago K iboko durante el Proyecto Esfinge B lanca y grabaron su regreso a través de las lentes telefotográficas de una cámara de vídeo portátil. —P or su primer embarco en el océano de la paternidad. su hij a debía serle devuelta de inmediato. Se quedó muy impresionado con usted cuando visitó la Rampa de Simulación de Ingravidez.. ¿Empieza a entender lo que celebramos aquí. —Y una mierda.sin importar lo que yo o las autoridades norteamericanas deseáramos. el nuevo Adán. Le considera un hombre valiente. en fin. —¿Cree que al Presidente Tharaka le gustará «Mónica»? — 369 — .Joshua. Era imposible trasladarles a usted y a la niña desde el autobús al servicio médico sin exponerles. Joshua recordó vagamente haber visto una embarcación en el lago. —P ero mierda al fin y al cabo.. —Mzee Tharaka me dij o esta mañana que. el P adre del futuro. — B lair levantó la copa de vino que uno de los camareros del K aranj i acababa de llevarle—. aunque fuera brevemente.Joshua miró al Gran H ombre sin parpadear. —H ay más. será nombrado ciudadano honorario de Z arakal en una ceremonia privada que se llevará a cabo en la mansión del presidente. —U na estupenda y muy aromática. Seguro que Mzee Tharaka va a pedir al menos eso.a la vista.Joshua? —¡La Larva es mía! —Me parece que debería darle un nombre más digno. por lo que nuestro Presidente Eterno tiene muchos oj os y oídos. P or Joshua K ampa.

que Mónica crezca únicamente como norteamericana. —Me temo que no me he expresado bien.de su gente y de la cultura de su país natal. Mzee Tharaka desea que se vea usted a sí mismo como un puente entre dos mundos. Además de un piso aquí. P ero si rechaza el apartamento en Marakoi. un nombre inglés o zarakalí decente. ¿Q ué depredador de múltiples oj os lo esperaba en el corazón de aquella telaraña? — 370 — .al menos para usted y su hij a. alimentada con hamburguesas y batido helado de plátano. El lema del P residente Tharaka siempre ha sido:«Q ue fluya el comercio».. El presidente tiene la esperanza de que siempre considere este país como una segunda patria. Acto seguido.. y los acuerdos comerciales entre la tierra natal de su hij a y su tierra adoptiva deberán cesar por necesidad. accederá a vivir en Z arakal con su hij a.se limpió los labios con la servilleta y observó el devenir del tráfico. y está convencido de que usted.¿no le parece? Es el nombre que tenía en mente. como el inteligente hombre negro que es. Y .educada a través de programas de televisión y de las cintas de casete. El otro puede ser P ensacola.en F lorida. D onde usted quiera.o Cheyenne. esto. el hilo que seguía lo arrastraba hacia las profundidades en lugar de ayudarlo a salir. Con este fin.en K ansas. Joshua añadió—: ¿Q ué más piensa pedir el presidente? B lair dio un sorbo despreocupado al vino y adornó su bigote con unos diminutos rubíes de C habl is. en ese momento. —¿Y un piso en Marakoi soluciona el problema? —N o por completo..o W ichita. que. el puente se derrumbará por falta de apoyo. ha decidido que reciba un pequeño estipendio anual como pago por haber ayudado en el proceso de consolidación de las relaciones entre los dos países.verá el problema desde su misma perspectiva. La mera idea de semej ante desarraigo aterra al presidente. Se sentía atrapado en el interior de una intrincada tela de araña.alej ada de su tierra. al menos eso cree él. en Marakoi. Sería una vergüenza.en W yoming. que una vez que dej e el ej ército estadounidense.—¿Mónica? —Es un apodo muy «mono». —Al ver que B lair no decía nada.Joshua.al menos durante algún periodo de tiempo cada año. El vino que Joshua había consumido a pleno calor no lo ayudaba precisamente a mantener una discusión silogística. Marakoi es solo uno de los extremos del puente.

Joshua. Joshua les dej ó propinas desorbitadas al camarero africano y al hindú. En cualquier parte.medir y comparar. N o solo en Marakoi. o eso creo. —Está un poco achispado. como P erséfone. se zambulló dando tumbos en la luz del sol. B aj ó la voz—: N o es ninguno de sus puñeteros fósiles.. Q uiere que Mónica pase un tiempo en Z arakal para así poder tocar y pinchar. ¿P ero cuál es cuál? —La saqué de la tierra de los muertos. Allí también. P or tanto.. —¿Cómo dice? —El presidente quiere que Mónica pase la mitad del año en el inframundo y la otra mitad con los vivos. —P or supuesto. La hij a de Elena. el Gran H ombre le dio a Joshua una palmadita cariñosa en el hombro y baj ó por el B ulevar Tharaka hacia el Museo N acional desde el que.sí. téngalo en cuenta cuando llegue el momento de tomar una decisión final. Todo lo que hay aquí pertenece a ambos mundos. Es un ser humano. doctor B lair. al parecer.¿no cree? P or favor.es parte de usted y Mzee Tharaka ha intercedido con el fin de garantizar que nadie pueda discutir ese hecho. ¿Estoy en lo cierto? —Eso ayudaría.incluso en el inframundo.¿verdad? —U sted ha influido sobre el Presidente Tharaka en este asunto.murmuró: —P erséfone. sino en todos lados.D istraído. Su intervención merecería una pequeña muestra de gratitud. —¡Ella no es uno de sus puñeteros fósiles! —Joshua fue consciente de las cabezas que se giraron ante su arrebato.había salido en primer lugar para hacer su descanso del mediodía. B lair dej ó su copa a un lado. El personal médico de la base lo ha confirmado. —Cierto. Y la suya también. Y no sería más doloroso para la Larva. D espués de pagar su consumición con varios billetes en los que estaba grabada la imagen del Presidente Tharaka ataviado con su cráneo de homínido a modo de corona y la capa de piel de leopardo. D espués. El — 371 — . B lair soltó una carcaj ada.que un examen físico anual. Joshua. echó la silla hacia atrás y se puso en pie. —Señaló a la multitud del restaurante y un trozo de cielo visible a través de un aguj ero en el toldo—.

y no sabía qué nuevo camino elegir. con apenas veinticinco años y una nueva vida que crear. un avión dej aba una estela en dirección N or-N oroeste en la inmensidad de un cielo dolorosamente vacío. — 372 — . Todos los caminos que conducían a su antiguo yo —el yo que había intentado sobrevivir como un solitario en F ort W alton B each— estaban cerrados.en un sentimiento de pérdida e incertidumbre. lo único que podía hacer por el momento era regodearse. —H asta la vista —repitió y esta vez no le hablaba a su madre. Era el vuelo de su madre hacia Roma. El P leistoceno Inferior ya no estaba a su alcance a través de los sueños y el P royecto Esfinge B lanca estaba acabado.brillo de los edificios y de los adoquines del suelo lo cegaban. Y allí estaba él. Caminó sin rumbo fij o durante casi una hora. más bien— había llegado a su fin. —La otra palabra no la pronunció. Sobre la ciudad. la primera parada de su viaj e de regreso a los Estados U nidos. U na multitud de opciones se extendía ante él.saludando—. —H asta la vista —le dij o al avión. achispado por el C habl is y el calor del sol. U nos pavos reales se paseaban en una pequeña plaza con césped de color verde esmeralda más allá del siguiente cruce. U n capítulo de su vida —una era.y el eco reverberó en su memoria.pero. El ruido de un motor le hizo levantar la vista. H asta la vista. seguramente para bien. La proyección de diapositivas había terminado por fin.

llevé a mi hij a al nuevo y flamante — 373 — . D e hecho.en inglés y en sw ahili. siete años después de mi regreso del distante pasado. me convertí en ciudadano zarakalí y en ministro de su Gobierno. de cualquier forma.D .como hace siempre.Coda La hij a del tiempo Agosto de 2002 Con la bendición de mi madre. El tiempo pasó. cuando el Gobierno norteamericano levantó a regañadientes la tapadera del Proyecto Esfinge B lanca y reconoció de manera oficial que mis ridículas historias acerca del viaj e al P leistoceno como crononauta de las F uerzas Aéreas no eran ridículas en absoluto. había elegido como su «cumpleaños oficial» a la avanzada edad de seis años). titulé el libro sobre mis aventuras en la prehistórica Á frica del Este El paraí so en mis sueños. D urante ese intervalo. estaba demasiado ocupado cuidando de mi hij a y ej erciendo de Ministro de Turismo y Asuntos Exteriores de Z arakal como para preocuparme por el alboroto y el escándalo que se había formado en W ashington. no obstante. En el decimoquinto aniversario de mi regreso de la larga estancia entre los habilinos (la misma fecha de agosto que Mónica.por la Editorial de Makaroi Gatheru e H ij os.C. alias la Larva. N o fue publicado en los Estados U nidos hasta 1994. una escalofriante recapitulación del revuelo que había producido mi marcha de los Estados U nidos en 1990. La prensa norteamericana se apresuró a hacerse eco de la aparición de mi libro y a acusar tanto a la Administración como al P entágono de mancillar mi nombre y apropiarse de millones y millones de dólares en impuestos sin la aprobación del Congreso. Elparaí so en mis sueños fue publicado por primera vez en 1993. P or aquel entonces.

Era una j oven atormentada. no obstante. en ocasiones. Connecticut.o guerreros sambusai. mi Mónica. eran compañeros de voz suave que habían asistido a la escuela — 374 — . P or naturaleza. Mónica era una niña alegre a quien tanto Jeannette como Anna habían llegado a conocer y a querer. pero al albor de las recientes catástrofes sociopolíticas (de las que Z arakal. más allá de lo soportable. Y o. con el pasado. F ue mi regalo de cumpleaños. llevaba trabaj ando en el gabinete de Z arakal durante casi una década. P ronto se marcharía a los Estados U nidos para proseguir con sus estudios en una escuela privada de K ent. duración e intensidad. Mi posición tenía sus recompensas. a las orillas del pintoresco Lago K iboko. sus sueños habían aumentado en número. al parecer los ganadores de una especie de sorteo.vino a recibir nuestro j et privado y a escoltarnos hasta la terminal. Ataviados con sus capas ceremoniales y sus cintas para el pelo llenas de cuentas. se unieron a nosotros como guardaespaldas adicionales. j ugando al ping-pong y al tej o. y yo esperaba que unos cuantos días remando en barca. había conseguido aislarse en parte). Soñaba del mismo modo que había soñado yo. N o con las tierras de gatos zampacalicoterios de su madre. Si aquellas vacaciones no borraban las arrugas de su frente. con el futuro. Q ue este evento coincidiera con el aniversario de mi partida del P leistoceno y con el nacimiento de Mónica no fue una simple casualidad.sino con una vívida utopía del mañana cuya inaccesibilidad le frustraba.nadando. sabía que Mónica sí los sufría. Cuando Mónica y yo llegamos al recién acabado aeropuerto Alistair P atrick B lair. donde dos de sus miembros. ella. un grupo de il moran sambusai.Centro de Convenciones y Recreo Arenas Sambusai.y una de mis obligaciones era estar disponible durante la Gran Gala de Apertura del hotel y restaurante Arenas Sambusai. P ara entonces. gracias a un tratado amistoso con la Liga Á rabe y al fuerte papel de liderazgo del Movimiento por la Confederación de Á frica del Este. todavía era el miembro más j oven de la Asamblea N acional con un cargo en el Consej o de Ministros del P residente.observando a los cocodrilos y apostando en el casino pudieran acabar con su estado de melancolía. A pesar de que el Esfinge B lanca había purgado los viaj es astrales de mi organismo hacía mucho tiempo. no podría mandarla a la escuela de Connecticut con la conciencia tranquila. A los treinta y nueve.

Eran bastante más altos que mi hij a y que yo. La envié hacia el muelle donde se alineaban los botes de remos con los guerreros sambusai y un agente de seguridad armado mientras mi ayudante y yo nos registrábamos en el mostrador principal del hotel y subíamos las escaleras para evaluar nuestra suite de luj o. lo j uro) «medidas profilácticas contra la influencia corruptora del centro turístico». Aún más. Mónica. Las máquinas tragaperras no dej aban de pitar y traquetear en la sala de j uegos que había a mi derecha. H abía más norteamericanos que nunca en Z arakal. A nuestros guardaespaldas sambusai no les importaba. —Muy W aBenzi. Ahora tendría que ponerse una peluca para asistir a las clases en la escuela de K ent. como respuesta a la extensión de las estipulaciones de nuestro tratado. El maletín de Timothy contenía un avanzado equipo electrónico que el hombre se dispuso a sacar de inmediato para rastrear la habitación en busca de dispositivos de escucha—. acababan de inaugurar un servicio de transbordadores gratis entre Russell-Tharaka y las instalaciones navales de B ravanumbi para todo el personal militar autorizado. H abía empezado a temer que todos mis planes para su bienestar se fueran al traste por su propia actitud intransigente.después me puse un j ersey de red de Agosto Caizzi y unos pantalones cortos caqui de diseño y baj é al vestíbulo del Arenas para cumplir con otra de mis obligaciones en aquella misión múltiple.católica de la misión de una base cercana a la frontera.a pesar de mis protestas en Marakoi. Le dij e a Tim que se sirviera una copa del bar bien surtido de la suite. mientras que en el casino que había a mano izquierda una docena de ruletas giraban alrededor de sus fiables órbitas.se había afeitado la cabeza y se había puesto un elegante atuendo africano como (palabras textuales. señor.y las F uerzas Aéreas. —Sí. así es —corroboró Timothy N j eri. P osaron sus oj os castaño oscuro sobre Mónica con respetuosa admiración. P arece estar limpia —dij o al fin mientras volvía a guardar el equipo con mucho cuidado. B ien. un consorcio cafetero americano había cons— 375 — . P uede que la cercanía ocasional de un par de inocentes machos viriles mej orara su disposición. un kikembu cincuentón que me habían asignado no mucho después de que consiguiera mi escaño en la Asamblea N acional.

U na pequeña embarcación de rescate permanecía en la orilla para auxiliar a cualquier barquero que cayera víctima del calor. que llevaba un peculiar alfiler de corbata con forma de escarabaj o.mi Mónica era la pasaj era en el único bote de remos que se deslizaba por las aguas turquesa del lago.aunque solo fuera un tercio de lo que sus compañeros norteamericanos cobraban en D earborn y en D etroit.pero era difícil imaginar a alguien que no fuera un beduino millonario haciendo uso de él.un enlace entre los custodios del moribundo Proyecto Esfinge B lanca y el Gobierno de Z arakal. ni la insistencia del enlace en recurrir a aquellas embarazosas tácticas a lo James B ond. Matthew Gicoru. su escarabaj o esmaltado se derretiría encima de la corbata. me conduj o a un parapeto rodeado por palmeras y alej ado del hotel. D espués de diez minutos baj o el árido calor lacustre. Además de la deshidratación y la insolación.y había un concesionario de alquiler de coches de la F ord a las afueras de la capital. llamó mi atención. U n hombre negro con ropas occidentales. había otros problemas. El alfiler de corbata identificaba al hombre como mi contacto. que saltó desde el paseo del muro de contención. nuestra economía florecía. El Libro M ayor de Á f rica O riental de Marakoi hacía referencia de vez en cuando a mi contribución en dicho florecimiento. A pesar de la continua sequía en el D istrito F ronterizo N oroeste. Eran las tres en punto de la tarde y hacía demasiado calor para aquellas estupideces. P or razones obvias. donde los trabaj adores zarakalíes se embolsaban un salario por hora que cuadriplicaba el de otros trabaj adores nativos. después de comprobar que no me seguían. Seguí al hombre al exterior. estábamos construyendo un campo de golf de nueve hoyos.con calles y greens de césped Astro. Mi contacto. ignoró el alto obelisco de piedra que avisaba de lo siguiente: — 376 — .truido una sucursal en medio de las tierras altas.pero yo todavía no tenía clara la necesidad de semej ante reunión. Mi contacto. nuestro vicepresidente. por lo que me abrí paso a través de las ahumadas puertas giratorias hasta la terraza que daba al lago. me había seleccionado para representar nuestros intereses en esa reunión. Al norte del hotel. Encaj onada entre sus galeros sambusai baj o una gran sombrilla de lunares.

Estaba refrendado por el Ministro del Interior. La placa conmemorativa rezaba: — 377 — .LO S H U É SPED ES Q U E CO N TIN ÚEN A P ARTIR D E AQ U Í LO H ARÁ N B AJO SU P RO P IA RESP O N SAB ILID AD . mi contacto se detuvo en un saliente desde el que se apreciaban los yacimientos fósiles con los que Alistair P atrick B lair se había ganado su reputación como paleoantropólogo.únicamente los domingos.y siempre acompañados por guardias armados que no les permitían deambular fuera de la ruta preestablecida. rebaj ado de unos doscientos cincuenta kilómetros cuadrados a unos pocos centenares de metros cuadrados tras la muerte del Gran H ombre. U no de ellos estaba conmemorado por la escultura de bronce del cráneo de un homínido colocado en el extremo superior de un ej e de acero inoxidable sobre un montón de piedras de argamasa. V arias decenas de metros más allá del obelisco. porque allí los recuerdos me aguij oneaban. Se castigará con una pena de un año de cárcel a cualquier persona no autorizada que lleve armas dentro de la zona restringida. El apogeo de los setenta y los ochenta se había acabado. francés y árabe. N o me hacía ninguna gracia ir tan lej os. * * * * * * Cuidado con los leones y otras criaturas salvaj es potencialmente peligrosas. U na cerca de cadenas cerraba el área donde los sucesores del Gran H ombre trabaj aban para mantener su obra con vida a la irónica sombra del hotel Arenas Sambusai. Las pistolas de los guardias servían tanto para intimidar a los turistas como para defenderlos de los leones.repetido en sw ahili. Este mensaj e. Este monumento estaba enfrente de la choza de cáñamo que había servido como cuartel general de B lair en el Lago K iboko. Los turistas podían entrar en el protectorado. llevaba una réplica de mi propia firma: Ministro de Turismo y Asuntos Exteriores.

y el Esfinge B lanca murió hace hoy quince años. señor.ALISTAIR P ATRICK B LAIR H ombre de Estado y científico 1914-1991 Las cenizas de B lair estaban enterradas baj o el pedestal. —El placer hubiera sido mayor con el aire acondicionado del hotel.señor K ampa.sufrirían las consecuencias. —¿Q ué tiene que ver mi hij a con todo esto? —pregunté. —¿Acaso estoy hablando con alguien así? —N o piense mal de mí. y después asintió con la cabeza hacia otro saledizo que había por dentro de la cerca de cadenas—. El mundo está lleno de gente sin escrúpulos. —Saqué un pañuelo rosa pálido recién lavado de mi bolsillo y me enj ugué la frente—. —U na j ovencita encantadora. —Soy del Esfinge B lanca. como también el hombre que tengo apostado en la dársena. P ero usted es zarakalí.. —Sí.le resarciría de la pérdida de su hij a? —N ada resarce a un padre de la muerte de un hij o. un tesoro nacional. negro como el carbón y de aspecto austero—. Aquellos guerreros sambusai lo saben.aunque fuera la muerte. el desierto. Si algo le ocurriera en esta excursión. sin embargo. Era delgado. ¿pero acaso su castigo.señor Akuj . Es un placer conocerlo. que una persona famosa como usted le dé a una persona famosa como ella tanta rienda suelta. —Su mirada barrió el lago.según creo. —D irk Akuj —se presentó el hombre que esperaba en el saledizo cuando me acerqué. N o está muy lej os de aquí. —El año que nació. ¿Adónde quiere llegar con todo esto.señor. Mónica es única. Su seguridad debería ser motivo de gran preocupación para todos nosotros. —Eso ya lo sé. enfadado. y también considero este como mi país. —P ero menos íntimo.. señor Akuj ?N o me gustan nada sus preguntas. señor K ampa. Y desde aquí. soy un karamoj ong de U ganda.el P residente Tharaka la declaró un recurso nacional. señor. El Gran H ombre murió — 378 — . el horizonte oriental. —En realidad. podemos observar la progresión de su hij a a través del lago.señor. Me sorprende.

pero estamos bastante seguros de que el doctor K aprow está muerto. señor K ampa. se había dedicado con entusiasmo a su nuevo cometido. y él.fue en el funeral de B lair. —¿Sus cenizas? ¿H a muerto? —Estaba hablando de forma metafórica. —¿Q uién puede decir lo que es imposible y lo que no? — pregunté de mal humor. La misión era. — 379 — . —Q uién. pero siempre había supuesto que estaba incomunicado por razones de seguridad. Mi asociación con el doctor K aprow comenzó tres años después de que finalizara la suya. tengo la doble nacionalidad.señor. —Tratando de alcanzar lo imposible. U n asqueroso cámara de la F undación Americana para la Geografía lo tiene todo grabado. Soy el director adj unto de la nueva encarnación del P royecto Esfinge B lanca. O eso creía yo. El Gobierno de los Estados U nidos lo había trasladado a otras líneas de investigación temporal. —¿Suponemos? ¿N osotros? —Al igual que usted. F ue a unirse a los mártires. —U sted sueña —dij e en un susurro—. Y o no. —Le dediqué a D irk Akuj una mirada furiosa—. no regresó de una misión que se llevó a cabo en D achau. pero ahora parece que el doctor K aprow insistió en este salto atrás por motivos de..es cierto.allí. D ebería saber que el Esfinge B lanca ha vuelto a renacer de las cenizas de W oody K aprow . Suponemos que rechazó a propósito esa opción. llamémoslo «culpabilidad racial». ¿no le parece? Murió en su propio Módulo de Simulación de Ingravidez. P orque trataba de alcanzar lo imposible. supuestamente.se cayó y se rompió el cuello.la última vez que lo había visto.. en Marakoi.¿no es cierto? —Sí. N o había tenido noticias del físico desde hacía ocho o nueve años. feliz como un niño con zapatos nuevos. —¿Y no regresó nunca? —N o. B lair se tropezó mientras hacía una prospección en aquel terraplén. Aquellas noticias me dej aron atónito porque no sabía que K aprow hubiera muerto.señor K ampa. en la Alemania occidental. H ace ocho años. una prueba de ciertas mej oras de la maquinaria de transferencia temporal. Escudriñé la cara del j oven. Es un viaj ero astral. señor K ampa.

pero el ugandés levantó la mano. U na vez dentro. abrí la puerta y encontré una segunda llave que nos permitiría entrar en la cabaña de adobe y cáñamo de B lair. dientes de suido. Junto a la caj a registradora. ¿Le interesa mi historia? Me haría muy feliz contársela. Como una nube. apenas los fragmentos de un rompecabezas. D irk Akuj explicó que en el atestado campamento de refugiados. del interior de la bruma de color azul índigo de sus visiones.las postales que reflej aban la inmensa sonrisa del «H omo zarakal ensis» estaban a la venta. Conduj e a D irk Akuj lej os del saledizo y a lo largo de la orilla del lago hasta la cerca que rodeaba el protectorado.después de más de un mes viendo cómo los niños esqueléticos morían de hambre. señor. Allí rebusqué entre mis llaves. La esencia del niño flotó a través del tracto azul del esófago del desconocido hasta el estómago y los intestinos.—Y o tengo alucinaciones. Entonces. Comenzaron cuando no era más que un niño de siete años. enfermedades y. F ui a conectar el aire acondicionado. para utilizar las palabras — 380 — . dichos órganos se dieron la vuelta de dentro hacia fuera y extendieron una extensa membrana que acabó siendo el cielo sobre el desierto. en un campamento de refugiados de K aramoj a en el que poco a poco me moría de hambre. pero un visitante podía investigar en busca de cualquier fósil de homínido en vano. Ese ser inverosímil se tragó a D irk Akuj con una carcaj ada.y el cráneo y el núcleo óseo del cuerno de un búfalo de tamaño medio. de falta de cariño. porque el calor y las motas de polvo hacían que el interior de la cabaña resultara opresivo. ya que no había más que unas cuantas piezas irregulares de cráneo. Cada obj eto estaba etiquetado. la noche se convirtió en una materia plástica para él —en ese momento. —Alej émonos del sol. el chico fue impulsado a través de esta luminosa membrana hasta un lugar donde se disolvió en lluvia.que ahora era una especie de museo improvisado.se dio unos golpecitos ilustrativos en el alfiler de corbata con forma de escarabaj o— y. —N o tardaré mucho en contarle mi historia. en ocasiones. tomó forma un delicado salvador de oj os almendrados. el H omioceras nil ssoni. nos sentamos j unto a una desvencij ada mesa de madera que había delante de la vitrina en la que se exponían colmillos de mastodonte. en «interminables torrentes de inexistencia». —H izo una pausa—.señor K ampa.

en apariencia al azar. —¿Y qué? —Y así ocurrió. Seguí alucinando con mi futuro. N os veremos esta tarde en el restaurante.Grupo de Entrenamiento de O ficiales en la Reserva ( N. —Antes de que yo pudiera emitir protesta * Abreviatura de R eserve O f f icers Training C orps . Tenía una voz suave.C. —¿Solo cinco? —le pregunté al ugandés. donde vivíamos. N o se permitía a sí mismo discutir en voz alta.) — 381 — .¿verdad? —¿P or qué quería hablar conmigo. —H izo lo que pudo.* organizado por la F acultad de San B ernardino. a la B ase de las F uerzas Aéreas de Edw ards. —dej ó que su voz se apagara. También estoy aquí como representante de U ganda en la inauguración oficial del Arenas Sambusai. Me crié en una familia de adinerados agentes de bolsa al sur de California. señor. —D evolvió el diente de suido a la estantería—. seleccionó a cinco niños. —N os llevó a los Estados U nidos —concluyó el hombre.O .T. Ese hombre de aspecto extraño. —P ero.. nunca más— hasta que un despiadado amanecer en K aramoj a lo despertó al clamor. H ace calor aquí.señor Akuj ? —¿P or qué no continuamos nuestra conversación en un entorno más confortable? Esta. Tres días más tarde.ya sabe. una anomalía entre los barbudos fotógrafos europeos.D irk Akuj levantó el diente de un antiguo j abalí verrugoso de la vitrina y lo giró entre sus dedos como si fuera una j oya.un esbelto hombre oriental que se parecía mucho al «salvador» del sueño de D irk Akuj —o de su alucinación— llegó al campamento.la suciedad y la aflicción del campamento de refugiados. N o se condensó a sí mismo a partir de ese estado —no quería hacerlo.¿por qué lo hizo? A pesar del letrero de «N o tocar».. U na de esas alucinaciones profetizó mi encuentro con el doctor K aprow en un viaj e del R. Y . y los sacó del campamento. pero insistente y directa.de U ganda y de Á frica.exactas de mi contacto. de l as T. las monj as de rostro pálido y los antipáticos soldados negros de K ampala. era tan solo una reunión para conocernos. Su única respuesta a mi pregunta fue una sonrisa a caballo entre la burla y la compasión. Con mucho papeleo oficial y modales persuasivos. —¿Cómo? —Es difícil recordarlo.

con el escarabaj o de plástico brillando de forma casi incandescente. pero esa noche representaba la culminación de nuestro trabaj o y un nuevo comienzo en la carrera hacia la independencia económica. Ciertas partes del complej o llevaban funcionando desde hacía casi tres meses. Enfadado. Espere unos minutos antes de seguirme al hotel. una bella muj er arusha que clara— 382 — . A las mesas. los leopardos paseaban de un lado al otro en vívidos dioramas del Pleistoceno.para los comandantes de las B ases de B ravanumbi y Russell-Tharaka y para los representantes de cada uno de los países de la Confederación de Á frica del Este. como las de las cebras—. un lugar multiestratificado con una zona para la orquesta y un inmenso escenario cubierto por un telón a rayas blancas y negras. señor K ampa. N o es necesario que me acompañe de vuelta. ¿P or qué D irk Akuj la había nombrado tan a menudo en su pequeña charla? Esa pregunta me asustaba porque creía conocer la respuesta. Allí se giró y saludó. En el restaurante —más exactamente en el gran salón de entretenimiento del Arenas Sambusai. el personal de servicio norteamericano y los j ugadores europeos que aguardaban el momento de ir al casino. A cada lado del vestíbulo. se había reunido un millar de personas o más para la gran apertura oficial de nuestro Centro de Convenciones y Recreo de mil millones de dólares. se sentaban dignatarios africanos. unos cuantos árabes ricos. de vuelta al hotel. Mónica y yo compartíamos nuestra mesa con el V icealmirante Cuomo y la representante de Tanzania. Empuj ó la puerta y caminó con agilidad hasta el final del paseo del muro de contención. me quedé en el porche observando cómo mi felino visitante desandaba el camino de vuelta hasta la puerta de metal. —Estoy impaciente por conocer a su hij a —gritó. esparcidas como islas en la electrizante oscuridad. Cerca de la zona de la orquesta (cuyas cuerdas llevaba tocando veinte minutos Born Free) .estaban las mesas reservadas para el gabinete de ministros zarakalíes.alguna. Mónica y sus regios galeros ya no estaban en el lago. el hombre se escabulló hasta la puerta y se introduj o en la luz cegadora de media tarde—. D eseé que un león cayera sobre él o que un cocodrilo saliera del agua para atraparlo. receloso y perplej o. a la altura de los balcones.

y nadie había anticipado un cambio en ese arreglo. y los Marakoi Pops empezaron a tocar una fanfarria. Como una sola persona. ya que nos enzarzó a la muj er arusha y a mí en una animada charla sobre su tema favorito. Los últimos acordes de Born Free cayeron por fin prisioneros del silencio. Traté de evitar la mirada del hombre.de modo que me resultó muy difícil ignorarlo. U na mesa más allá. el hockey sobre hielo. F ue atronadora. vestido con una chaqueta de esmoquin verde lima fosforescente. N uestros aplausos duraron casi cinco minutos. En la mayoría de los acontecimientos de Estado o ceremoniales.la tarde pareció alargarse eternamente ante nosotros. Mónica permanecía en silencio. Su nombre. era el V icepresidente Gicoru quien acudía en su lugar. pero yo j amás me habría imaginado que uno de los africanos invitados a nuestra gran inauguración sería también un miembro del Esfinge B lanca. caminando j unto a la silla de ruedas autopropulsada del P residente Mutesa Tharaka. y me sentí agradecido porque no se hubiera percatado de la presencia del hombre. Sin dej ar de asentir y sonreír.ni siquiera para la anhelada gran inauguración del Arenas. según había descubierto después de regresar a mi suite. con respecto al cual nos creía tremendamente interesados dada nuestra falta de oportunidades de contemplar dicho deporte.a pesar de la falta de silbidos.patadas en el suelo o gritos improcedentes. Incluso Mónica se mostró conmovida. y su mal humor se veía alentado por la fría actitud de Rochelle Mutasingw a.mente desaprobaba aquellos festej os. El Almirante Cuomo me fue de alguna ayuda. N o era consciente del interés que despertaba en D irk Akuj . pero él siguió comiéndose con los oj os a Mónica y dirigiéndome enigmáticas sonrisas. La cháchara expectante de la multitud se apagó. con un aspecto algo siniestro. se encontraba D irk Akuj . aparecía de hecho en la lista oficial de invitados. todos los presentes en la sala se levantaron para otorgar a nuestro presidente una clamorosa ovación. Mientras el Almirante Cuomo recitaba con fidelidad los momentos más interesantes de las finales de la Copa Stanley del año anterior. se encendió un brillante foco en el escenario y el cantautor norteamericano Manny B arrelo salió desde uno de los laterales. de Tanzania. B arrelo nos acalló alzando las — 383 — . ya que era la primera vez en tres años que Mzee Tharaka aparecía en público.

no había sido solo idea mía. y pueden apostar sus plumas de avestruz a que un africano caminará sobre la Luna antes de que la década llegue a su fin.estaba sentado en su silla como un opulento espantapáj aros. el señor K ampa renunció a un lucrativo circuito de conferencias por N orteamérica para regresar a Z arakal y ocupar su escaño en la Asamblea N acional. y B arrelo saludó a la criatura sin interrumpir sus comentarios. —Y con esto. El rugido del leopardo que se paseaba por el balcón de la izquierda era audible incluso a través del plástico a prueba de balas del diorama. parpadeé baj o la luz blanca del foco y volví a sentarme baj o el acalorado aplauso de cientos de compañeros H omo sapiens. pero de la que se hizo caso omiso con inquietud.. muchos y elegantes entretenimientos para vosotros. por favor.la AZ P PA.la Administración Z arakalí para la P az y la P rosperidad a través de la Astronáutica. quería decirles. El presidente. vamos. El centro. para sus dos — 384 — . ponte en pie. Levántate.intercambios culturales y progresos tecnológicos para toda el Á frica del Este..e incesantes j uegos en el casino que hay j usto a la salida del vestíbulo. hace tan solo seis o siete años. Josh.¡este es el hombre cuya mente concibió el Centro de Convenciones y Recreo Arenas Sambusai! Me puse en pie con torpeza. entretanto. Este hombre es un logro para su país. Eso era lo que el P residente Tharaka y el Ministro K ampa tenían en mente cuando hicieron de la construcción de este complej o una prioridad nacional.entornó los oj os para observar las luces de las mesas que había más allá de la orquesta—. D amas y caballeros.manos y dirigiéndose a nosotros para decirnos que éramos «testigos de la H istoria». ¿Está Joshua K ampa aquí esta noche? P or supuesto que sí. la calavera dorada de su corona clavaba los oj os en la oscuridad con una amenaza que todo el mundo comprendió de manera implícita.programas de agricultura.levántate. V aya. —. —El Presidente Tharaka quiere que todos los aquí presentes esta noche sepan que los beneficios generados por este complej o servirán para fundar nuevas escuelas.ya ha sido reavivada. El P residente Tharaka quiere que salgas a recibir los aplausos que mereces por convertir el hermoso centro de recreo del Lago K iboko de Z arakal en un lugar que podría competir ciertamente con los de Las V egas y Montecarlo. En este momento. Josh. vaya pregunta más ridicula. compañeros.

Se suponía que el simio era yo. U na pista más sobre su identidad era la muñeca de plástico rosa que tenía cogida en brazos. —D ios mío —susurró Mónica.silbó. unas tiras de papel crepé roj oy naranj a danzaban como llamas. a su hermosa hij a Mónica y al florecimiento de Z arakal como potencia de la era espacial. Y a es hora de que comiencen los festej os y nuestra actuación inaugural.entonces. U n relámpago se encendía contra la pantalla y. Lisa Chagula entró a escena y se colocó en la plataforma delantera del escenario. La tuvimos.¡Lisa Chagula y los chimpancés Gombe Stream! Manny B arrelo hizo un gesto hacia el lateral derecho y acto seguido giró la silla del P residente Tharaka para que pudieran salir por la parte izquierda del escenario.nuestra obertura.D irk Akujme sonrió de forma enigmática.y a mí me dio un vuelco el corazón. Y .con todos ustedes. Los Marakoi Pops empezaron a tocar una versión más movida del Thus Spake Zarathustra. una sustituta de Mónica en su encarnación original como la Larva.. Manny B arrelo y yo. uno de ellos afeitado para simular una desnudez casi humana. D escubrí a quién representaba el chimpancé de inmediato. El telón de rayas de cebra se abrió para revelar un decorado sobre el que se representaba de forma bastante convincente una réplica de un volcán en erupción sobre un apagado paisaj e pastel. Los chimpancés se apartaron de las «llamas» que los rodeaban. al igual que todos los demás que conocían los detalles de mi legendario viaj e al pasado remoto.me gané la vida bastante bien en — 385 — .países. es decir. salieron cinco chimpancés. D esde la parte derecha del escenario. El Almirante Cuomo me dio unas palmaditas en la espalda.alrededor del tronco de un baobab de papel maché. Ataviada con el traj e típico africano de la región del Lago Tanganica.es un tributo al señor K ampa.y los aplausos llenaron de nuevo la estancia.y creo que merece otra ronda de aplausos. todos los asistentes.. En la mesa de al lado. D amas y caballeros. D urante los dos años posteriores al trauma que supuso mi participación en el Esfinge B lanca. una ronda de aplausos mayor de la que habíamos recibido antes —incluso a pesar de que B arrelo había ensombrecido enormemente los hechos de mi deserción del «lucrativo circuito de conferencias por N orteamérica»—. —P ero basta de charlas.

trabaj ar para la Gulf Coast Coating en la región de F lorida. tras lo cual y a través de un oficial del consulado en W ashington. el P residente Tharaka confirmó públicamente mi historia. proporcionándome más dinero. me apresuré a emigrar y dej é atrás a una opinión pública norteamericana desconcertada por completo y un rencoroso debate en el Congreso sobre los abusos de poder tanto en el P entágono como en el P oder Ej ecutivo. Entonces llegó el final. atravesando el solitario callej ón sin salida del abandono de los medios para llegar al derrumbado muro de ladrillos del olvido. la ignoré y comencé a sentar las bases para mi campaña con el fin de conseguir un puesto en la Asamblea N acional de Z arakal. D emasiado orgulloso para aceptar la caridad de mi madre. me despacharon con una comparecencia de homenaj e ante una Comisión de Investigación del Senado pero.mi interés como diversión desbaratado.. Mi notoriedad aumentó durante un tiempo. vuelve a casa». D espués de un desfile que recorrió la capital y de la publicidad de la prensa del Á frica oriental. se me consideraba un chiflado divertido. con la bendición de Mutesa Tharaka.que me — 386 — . «Tengo un trabaj o importante para ti». en programas de entrevistas de la televisión y a los lectores de los suplementos dominicales..castigó a las F uerzas Aéreas de los Estados U nidos por llamarme embustero y me invitó a regresar a Z arakal.mi medio de vida comprometido. consideré. En Marakoi.los Estados U nidos relatando mis aventuras a los estudiantes de las facultades.. por un corto periodo de tiempo y con total seriedad. D ebido a que las F uerzas Aéreas del Gobierno de los Estados U nidos ridiculizaban de continuo mis afirmaciones. Agradecido por la ayuda desde ese inesperado tercio (el Presidente Tharaka y Alistair P atrick B lair habían mantenido un inexpugnable silencio durante dos años). un indeseado séquito de colgados y la maldición del reconocimiento instantáneo en cualquier calle o región de mi patria readoptiva. y seguí el mismo camino que cualquier superestrella pasada de moda.D .y a que no permití que nadie con una titulación en antropología física examinara a Mónica. decía parte del comunicado que me había enviado. Los testimonios de mi madre y de mi hermana fueron descartados como inservibles.C. «por favor. y así caí del medianamente respetable estatus de un médium o un astrólogo de los periódicos.al patético estatus de una pitonisa o de un chiflado de los platillos volantes.

Lisa Chagula. desde la base del escenario. j unto con mi propio bochorno. Esa era una mala señal. Solo quedaba en escena el simio que me imitaba. Al compás de los «oh» y los «ah» de la audiencia. En — 387 — . como una violación de algo sagrado. protegiendo a su muñequita de la miríada de remolinos de tiras de papel crepé. Y o era el hombre que había viaj ado en el tiempo. hizo una pantomima de su comprensivo horror cubriéndose los oj os con el antebrazo y agazapándose a un lado. me vi sin oposición alguna. Ahora. D e hecho. esta sospecha no ponía en entredicho el agradecimiento que le debía.me gané el respeto de mi electorado y restablecí mi credibilidad ante los oficiales norteamericanos de Z arakal. Tan solo dos semanas después de mi elección. N o tenía sentido estropear la noche con un arrebato de indignación. los chimpancés Gombe Stream revivían uno de los episodios finales de la leyenda de Joshua K ampa. más allá de su muerte. recibí una citación del gabinete. Mónica y yo habíamos encontrado finalmente nuestro lugar en este mundo. El champán que habíamos estado bebiendo. D esde aquel momento. consiguieron que la imitación de los chimpancés de Lisa Chagula resultara especialmente impertinente.ensalzaba como a un héroe. Este «tributo» se nos había ocultado tanto a Mónica como a mí. como D irk Akuj había señalado aquella tarde. ambos éramos celebridades cuya historia inspiraba una controversia internacional. Aunque hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que el P residente Tharaka había j ugado su carta de Joshua K ampa para ganar concesiones norteamericanas de las que yo aún no tenía ni idea.aquellas criaturas ilusorias avanzaron hacia mi homólogo póngido con los oj os brillantes como topacios.por medio del trabaj o duro y una escrupulosa abstinencia de la imagen W aBenzi. La actuación acabaría pronto y sería olvidada con rapidez a medida que los demás artistas y sus actuaciones tuvieran lugar. en el teatro restaurante del Arenas Sambusai. ella era una diminuta Eva africana y. Me aferré al borde de la mesa y no dij e nada. por lo que no había tenido oportunidad de aprobarlo de antemano. Los demás chimpancés ya se habían retirado por la parte izquierda del escenario cuando los proyectores colocados por todo el vestíbulo lanzaron imágenes holográficas de unas cuantas hienas a su alrededor. el flamante manto de Alistair P atrick B lair había descendido sobre mi hij a y sobre mí.

—N o.como si ya fuera demasiado tarde para preocuparse por el asunto.ese momento. —La mía no.. Cuando Lisa Chagula y los siete chimpancés regresaron a escena desde los laterales para regocij arse con su triunfo. Mónica no pretendía.por favor. se elevaba sobre las llamas de papel —gracias a los alambres— hacia el firmamento de lona. El módulo lunar. y el anterior Presidente N yerere j amás habría aprobado algo tan vulgar y desagradable.la de los chimpancés. —Señoras —dij o el Almirante Cuomo—. Me pregunto si son de su aprobación. Ese artefacto contenía un par de chimpancés vestidos con sendos disfraces de astronautas que saltaron de la plataforma y comenzaron a sacar unas brillantes mangueras amarillas de la escotilla. Señoras. —¿Explotación? —Y a me ha oído. —¿Crees que es un agravio a tu dignidad? —preguntó Rochelle Mutasingw a. un falso y llamativo módulo lunar descendió de las alturas —colgado de unos alambres— para rescatarnos a Mónica y a mí. las corrientes de papel crepé se quedaron pegadas al suelo mientras que el antiguo Monte Tharaka. —¡N o puedo soportarlo! —exclamó Mónica con voz lo bastante alta para que se oyera sobre el clamor de la música. entretanto.no dej aba de rugir y de escupir lava. Esos chimpancés son sus negros. iluminado con delicadeza desde atrás..papá! En el escenario. —Los comentarios de su hij a van más allá de la impertinencia adolescente —me dij o Rochelle Mutasingw a con furia—. Mónica hacía lo mismo. —¡P or el amor de D ios. pero esto no es más que una vulgar explotación de esas criaturitas. —Lisa Chagula y los chimpancés Gombe Stream han sido unos buenos embaj adores de Tanzania durante años. Mónica se — 388 — . Jamás se ha cuestionado su dignidad. utilizando vívidas expresiones americanas que yo había creído aj enas al vocabulario de sus adinerados compañeros de clase.por supuesto que no. —Tal vez no —replicó Mónica—. la Larva y yo estábamos subiendo al módulo lunar con los chimpancés vestidos con los traj es presurizados de lentej uelas. señorita Mutasingw aa. Al apagarse.

D irk Akuj era un desconocido con unos propósitos ulteriores reconocidos. B ien podría haberse tratado de un par de il moran en los páramos. pero yo todavía no acababa de aceptar el rumbo que habían tomado los acontecimientos. —B ien. En realidad. N o te preocupes. U na chaqueta genial.si Mónica se sentía mal de verdad.señor K ampa. Cogidos del brazo. —A su servicio. Y o me encontraba entre la espada y la pared.casi una violación del protocolo diplomático. y ella no pensaba permitirlo. estaban planeando otra actuación de monos. Mi ausencia pasaría desapercibida para esa gente mientras durasen las actuaciones. Sin embargo. Por suerte. Servirá.zapatos brillantes. Tengo que salir de aquí. papá. —Lo hará bien.señorita K ampa. — 389 — . Abandonar a mis huéspedes sería poco hospitalario. y Tim N j eri y D aniel Eunoto estaban como centinelas a la puerta de mi suite. D espués de todo. que ese día cumplía quince años. Con los telegramas de felicitación de Jeannette Monegal y los W hitcombs en la mano.el ugandés no era mucho más j oven que yo. sí. Alarmado. Al parecer. la oscuridad del vestíbulo ocultó su desasosiego a todos salvo a los que estaban j usto a nuestro lado. Eran las dos y media de la madrugada. Sí. D irk Akuj echó su silla hacia atrás y se inclinó en una discreta reverencia. —K aramoj ong. Concédame este honor.algo que iba más allá de los coleteos tardíos sacados de las fantasías de un hombre j oven. desaparecieron j untos en la multiestratificada oscuridad. una acreditación de su tribu. Tim N j eri y otro guardia de seguridad los interceptarían en la puerta y los acompañarían arriba.tenía que acompañarla hasta nuestra suite. —P apá.no me encuentro bien. N os veremos en cuanto puedas largarte de aquí.traté de protestar.papá.cualquiera que sea. un superviviente. Cuando los chimpancés Gombe Stream iniciaban una exhibición de volteretas.me resultó de mal agüero.en lugar de agentes de seguridad en el pasillo de un centro turístico. y su interés en mi hij a. D aniel estaba en una especie de trance y Timothy estaba agazapado a escondidas detrás de una maceta de eucalipto. subí en el ascensor hasta la decimocuarta planta.puso en pie de pronto y lanzó su copa de champán al suelo.

—¿Q ué ha pasado con el señor Akuj de U ganda? Tim hizo un gesto para señalar la puerta. —¿P or qué está aquí todavía? —U n áspero aroma a medicina impregnó la habitación. Aunque eso no significara nada después de las cinco horas que habían pasado desde la última vez que lo vi. un par de inútiles luj os W aBenzi sobre los cuales j amás había sentido remordimiento alguno. —¿Alguna vez se ha preguntado por qué.¿verdad? —La carne está dispuesta.fingí que así era. sobre el cabecero.probablemente procedente de su té.ni siquiera en los establecimientos que prohibían su uso.señor? —¿P or qué es débil el espíritu? —P or qué se ha «curado» de los sueños que lo enviaban lej os — 390 — .señor. Tumbada sobre el manto de colores que se había puesto sobre los hombros aquella noche. Coloqué los telegramas de mi hij a cerca de su mano y me giré para enfrentarme al intruso. Entré y descubrí con alivio que D irk Akuj estaba hirviendo agua en una pequeña tetera de cerámica sobre la placa de la cocina. Me quité la chaqueta y los zapatos y me dej é caer sobre la silla. —A menos que haya saltado por el balcón. Esperaba que mi postura transmitiera mi agotamiento. —Q uería hablar con usted en un escenario más hospitalario que el del protectorado. pero. Mónica dormitaba vestida con su atuendo de doncella sambusai. Sus diminutos pechos estaban expuestos. El hombre se había quitado la chaqueta fosforescente del esmoquin.pero el espíritu es débil. La señorita Mónica insistió. y hoy es su cumpleaños. —Ayer era su cumpleaños.—La j oven ya se siente mej or. estaba completamente vestido. D irk Akuj me hizo un brindis con una tacita de infusión y me preguntó si quería unirme a él. N o podría haber ido a ningún otro sitio. señor. D irk Akujdij o: —N o ha vuelto a hacer viaj es astrales. U na fotografía de veintidós años de antigüedad del P residente Tharaka la vigilaba desde la pared.y su cabeza afeitada brillaba como un huevo de obsidiana.según creo —me dij o Timothy. —Tim leyó a la perfección mi expresión desaprobadora—. aparte de eso. señor K ampa. —¿Todavía está con ella? —Estaba atónito. D ecliné la oferta.

pero no deseaba revelar de forma tan evidente mi afán de respuestas. —D irk Akuj señaló la cama con la cabeza—.señor Akuj .señor? —P orque se vuelve más y más lej ano con cada año que pasa. D irk Akuj dio un sorbo de lo que fuera que había en su taza y caminó hasta la ventana que daba al lago. D udar de que existe sería como dudar de la existencia del mundo. Mis viaj es astrales no se correspondían con lo que me ocurrió una vez que estuve físicamente en el pasado. durante los últimos catorce años. Así que no eran premoniciones.señor? —N o.y me preocupa pensar que nada de aquello ocurrió en realidad. Sus sueños eran premoniciones del viaj e en el tiempo que finalmente se llevaría a cabo gracias al Esfinge B lanca. señor K ampa. nunca. — 391 — .por eso. —¿P or qué. he sido una persona normal y corriente.de sus semej antes cuando era un niño. ¿Q ué se suponía que quería decir aquello? —P ero tiene a su hij a. Los he purgado de mi organismo y.eran una profecía? —¿D e qué? —D e lo que le ocurrió durante ese largo mes a finales de verano en 1987. —¿Q ué siente respecto a lo que ocurrió al volver? —preguntó haciendo un gesto hacia la ventana con su taza—. Sus modales sugerían que satisfacer su curiosidad era más importante que satisfacer la mía.señor Akuj . —P orque W oody K aprow y el Esfinge B lanca utilizaron mi sintonización para hacerme vivir esos sueños. —¿N unca se le había ocurrido nada de esto. Admití esa porfiada enmienda con una mueca. Q uiero decir. Mi enfado no parecía molestarlo. ¿Se da cuenta? —Es demasiado tarde para esto. Mónica se removió en sueños. —¿Alguna vez ha considerado que sus viaj es astrales. —U na celebridad normal y corriente. ¿Q ué quería? ¿Adónde quería llegar? Q uería gritarle esas preguntas. ¿qué siente hoy en día sobre aquella extraña interrupción de su vida? —Trato de no pensar en ello.como puede ver. —¿El P araíso P erdido? Alcé las cej as. sus viaj es en el tiempo.señor. Estaba viendo el futuro además del pasado.

Creo que cada uno de nosotros es un fantasma para los demás. Es demasiado tarde para esto. señor K ampa.—Antes dudaría de la del mundo. temía haberse introducido en una sociedad de fantasmas y Doppel gangers.señor Akuj ? ¿D e qué va todo esto? D ej ó la taza sobre el aparador labrado que había frente a la ventana.señor K ampa.pensé sin comprender. En voz alta. Cuando emergía de nuestro vehículo de desplazamiento. P ensativo. el horripilante pasado de los mártires se convirtió en su primera realidad. Se quedaba durante lapsos cortos con el fin de no desgastar su habilidad para hacer la transición.y allí eligió quedarse. Si me tumbaba a dormir al lado de Mónica. ¿cómo podríamos soñar? N o creernos fantasmas en ese sentido sería como desligarnos de nuestros orígenes. señor K ampa. —N i siquiera los contactos constantes por medio del transcordión servían para dar confianza al doctor K aprow . me dij o una vez. pero quizás no de la forma que implicaba el doctor K aprow .D irk Akuj se tocó los labios con el borde de la taza para después apartarla de nuevo.se lo aseguro. ¿despertaría para descubrir que el Arenas Sambusai había desaparecido en la bruma. —¿U sted se cree un fantasma? —le pregunté a mi adversario. El manifiesto brillo del asa se burló del titilar de las estrellas que había sobre las montañas del lado occidental del Rift.tanto de los vivos como de los muertos. casi con toda seguridad. Y he citado su palabra exacta:simulacro. —Seguramente. Cada viaj e. Aquella pequeña narración me asustó. A la postre. —El Esfinge B lanca ha vuelto a la vida. pero — 392 — . que el mundo se había evaporado? ¿D ónde estaría entonces? ¿En un limbo en el que los términos de mi condición de fantasma me impedían mantener contacto con la gente que había formado parte de mi vida? Lo tardío de la hora. —Es interesante que sienta eso. Cada uno de nosotros está poseído por los espíritus de nuestros ancestros. El doctor K aprow solía trasladarse al pasado durante cortos periodos de tiempo. el champán que había bebido y la desorientadora presencia de D irk Akujhicieron que me echara a temblar.decía en muchas ocasiones que había vuelto a un simulacro del presente.dij e: —¿Q ué es lo que quiere. D e otra forma. lo apartaba más y más de la realidad. P ero a la vuelta.

El extraño brillo de sus oj os me cautivaba y me aterrorizaba a la vez.aquella noche se parecía a Elena. fueron transparentes. —A pesar de lo que una vez le dij era el doctor K aprow . Está impaciente por participar. N o solo para ella. cuyo interés en ella era carnal a la vez que de mentor? Los oj os de mi hij a se abrieron y. que se sentó en el aparador y cruzó las piernas a la altura de los tobillos— . —H e discutido el asunto con Mónica.miré a mi hij a. ¿Cómo podría dej arla en manos de D irk Akuj . Las recompensas son muchas. Me senté j unto a Mónica y cogí su mano. —Y una mierda. H e tenido una sobre el futuro.que estaba caliente y era conmovedoramente suave. Mónica alzó las rodillas y se apartó de mis caricias. Abrumado ante semej ante razonamiento. —N ecesita un permiso paterno para eso —le dij e a Akuj —. como los de la Larva antes de nuestro retorno.como si mi sangre hubiese doblegado a la de su madre.lo he visto mostrando su acuerdo en la participación de su hij a. —N os lo dará. D espués de una breve pausa.señor. Ahora hemos elegido saltar hacia delante.es posible. en presencia de Mónica. El requerimiento principal es un crononauta cuyos viaj es astrales se propaguen a lo largo de las líneas futuras del mundo.con un obj etivo diferente. Su rostro reflej aba una expresión sorprendida. Mónica todavía es menor de edad y necesita mi consentimiento para poder participar. —¡Recompensas W aBenzi! —exclamé al tiempo que me levantaba para dirigirme a la cama—. y esta misma tarde. ¿sabe usted?. sin fondo. — 393 — . tengo alucinaciones. señor. luminosos.señor K ampa. N o se lo permitiré. U na pequeña infusión de sisal es todo el alimento que tomo durante el ayuno.en lugar de hacia atrás. y cuando ayuno. Aunque su apariencia siempre había sido más humana que habilina. por un momento. sino para todos aquellos que sobrevivan con el fin de hacer del futuro su presente. —Recompensas espirituales —argumentó D irk Akuj . —N o hay resonancias que puedan ser perseguidas — murmuré.el ugandés dij o: —H e estado haciendo ayuno durante dos semanas.

pero en lo que a mí concernía. Escuche. quien él creía que era el avatar del siglo X X de mi muj er pleistocénica. Le gustaría comunicarse con su lar— 394 — . Elena Mithaga. B abington había fallecido ese mismo invierno. Trató de aprovecharse de su relación para ciertos fines indignos a corto plazo. algo después. —P ara recuperar la buena opinión que ella tiene de usted.¿es eso lo que crees que he hecho? Mi hij a me contempló con atención. y no me cabe duda de que le gustaría comunicarse con ella de nuevo.. —¡O iga! —ladré—. —¡La ha drogado! —Con su total connivencia. según me ha dicho Mónica.por la misma razón que su madre. tanto legal como emocionalmente. o su relación con ella fue una cuestión de hormonas y de proximidad? —¡Traiga de vuelta a mi hij a y lárguese de aquí! —P erdóneme —dij o D irk Akuj —. —P ero es cierto. El invierno que regresé de los Estados U nidos a Z arakal. —Está demasiado lej os para que podamos alcanzarla.señor. U sted nunca le ha hablado de su madre. la he ayudado a convertirse en su madre.es capaz de comunicarse a través de los años con el espíritu de su madre. señor K ampa. por un momento.virtualmente ciega. —Está poseída. —¿Amaba de verdad a Elena. ¿no es así? Clavé la vista en el hombre. —Mónica. —Tráigala de vuelta —le ordené al ugandés. Allí.Thomas B abington Mubia me había llevado al mundo del ngoma por medio de un encantamiento w anderobo. Así pues. había casado formalmente mi espíritu con el de su fallecida esposa kikembu. Lo más probable es que usted quiera aprovechar esta oportunidad para contactar con el espíritu de su esposa habilina.la escritora. por supuesto que amaba de verdad a Elena.señor K ampa.—¿Y por qué iba a hacer una locura semej ante? —H abía un ligero temblor en mi voz. señor K ampa. y el improvisado rito de mi antiguo mentor había formalizado nuestro vínculo incluso en el momento presente.miserable. En este estado. perdió una vez la suya. señor. La despertó antes de que pudiera sacudirse los efectos del trance. La ha perdido.según creo. Elena y yo estábamos unidos para siempre..

y puedo ayudarle a que lo haga.pero todo lo que pude hacer fue mirar con perplej idad a la niña que estaba en la cama. Abrió las bolsas y sacudió su contenido sobre la tetera de la placa antes de llenarla con agua del grifo del cuarto de baño. Esperaban alguna orden por mi parte. sin dej ar de canturrear una desafinada melodía. como supervisor. Invitó a entrar a la suite a Timothy N j eri y a D aniel Eunoto. — 395 — . los tres nos sentamos en un triángulo en medio de la habitación y comenzamos a tamborilear con los nudillos sobre las rodillas. La moneda cayó de cara (la del Presidente Tharaka) y D aniel se retiró hacia la puerta para vigilar. D espués. un físico karamoj ong con arraigadas creencias animistas. Seguimos sus indicaciones. U n olor penetrante llenó el aire j unto con el vapor que se desprendía de la tetera. Ese arreglo nos evitaría la preocupación de que yo quedara por completo en manos de D irk Akuj . al reconocer de forma intuitiva que me había vencido. Timothy y D aniel lanzaron una moneda para ver quién actuaría como observador. Mi determinación se debilitó y. El otro agente de seguridad se mantendría al margen de la ceremonia como mero observador.ni Timothy ni D aniel parecían ansiosos por participar en aquel plan. Ella también parecía aparecer y desaparecer siguiendo el ritmo de los golpecitos. El vapor de la tetera abierta que se encontraba sobre el suelo se convirtió en el centro de nuestra atención. N o obstante. D irk Akuj nos mostró cómo debíamos vaciar nuestros pulmones en inhalar profundamente los vapores de la tetera. Encendió la placa y coció la poción durante unos cinco minutos largos. D espués de desnudarse para quedarse tan solo con la camiseta y los calzoncillos e instarnos a Timothy y a mí a hacer lo mismo. Cerré los oj os y el tiempo perdió su significado convencional. se encaminó hacia la puerta: D irk Akuj . D irk Akuj caminó hacia el lugar donde estaba su chaqueta y sacó del bolsillo interior un par de bolsas de plástico que contenían lo que parecían ser hoj as cortadas y raíces.y muy pronto el hotel empezó a aparecer y desaparecer al compás de nuestro tamborileo.gamente fallecida esposa. argumentando que la participación de uno de esos dos hombres podría serme de ayuda para conseguir una relación armoniosa con el fantasma que habitaba el cuerpo de Mónica. un olor parecido al amoniaco mentolado. Mónica observaba nuestro ceremonial como si nos contemplara desde una gran altura.

La suite del hotel se había vuelto a materializar alrededor de la cama doble. y mi perdida Elena apareció de pie en el vano de esa puerta.el futuro. En aquel momento. Incluso llevaba zapatos.me aparté de su mirada y me deslicé por el borde de la cama. señor. radiante con un vestido y un delantal blancos. Sus zapatos eran unas vulgares zapatillas de deporte con gruesas suelas de goma. N o es digno de ti. por favor? El rostro que me miraba desde arriba era el de una matrona sambusai con oj os increíblemente brillantes y una boca llena y saludable. que estaba compartiendo con Elena H abilina.. Atónito. Ella me contempló con tierno asombro. señor K ampa. donde se unieron a mi camiseta de cuello de pico y mis bonitos F ruit of the Loom. Entonces abrí los oj os y miré a mi alrededor para ver una oscuridad que latía con la promesa de la luz.cerró mis párpados con la punta de sus dedos y colocó un nudoso puño sobre mi corazón.pero en un lugar que carecía de sustancia o dimensión. Mis manos no tenían cuerpo. La muj er estaba vestida de blanco. pero desaté los lazos y saqué sus pies de las zapatillas uno después del otro.y la mecí en mis brazos como un padre haría con su hij o. Las lágrimas se deslizaron por mis mej illas y me apresuré a sacarla del rectángulo del vano de la puerta.. ¡Alabado fuera N gai y la misteriosa poción de D irk Akuj ! —Señor K ampa.una puerta se abrió hacia dentro. solo para sentir su cuerpo contra el mío. En cambio. le desabroché el vestido de forma experta y deslicé ambas prendas por sus costados hasta el suelo. Me puse en pie. ¿puedo irme ya. Comencé a desatárselas.La historia fue revocada. pero no frunció el ceño para regañarme por habernos devuelto a la inocente desnudez de las bestias y los mínidos. Estaba solo. Las lágrimas me impedían ver con claridad lo que estaba haciendo. la abracé durante un instante eterno.pospuesto de forma indefinida. Traté de poner en orden las implicaciones — 396 — . —N o deberías llevar puesto eso —le dij e mientras me arrodillaba frente a ella—. Sus almidonadas ropas empezaron a molestarme también. como el pedestal de un monumento. Sus pies parecían enormes con los zapatos. con el uniforme de una doncella del hotel.mi cuerpo no tenía manos. Abrí los oj os de nuevo. así que afloj é el nudo que suj etaba el delantal.

al lado de la tetera —todavía llevaba puesta su ropa interior.si quieres atraparnos. Mirando a mi alrededor. U nas cuantas preguntas más revelaron que llevaba en mi suite casi dos horas y que ya se había retrasado muchísimo.podía deducirlo por su respiración. — Me dedicó una sonrisa de disculpa—. Su ceremonia ngoma había sido una astuta artimaña. D irk Akuj nos había embaucado. La muj er se marchó y me dio las gracias. ¿O no? Timothy y D aniel volverían en sí muy pronto. Mucho después. —¿Antes de que amanezca? —Claro que no. Mónica y D irk Akuj no estaban por ningún lado. me encontraba bastante bien. Mónica me había dej ado una nota. durmiendo el sueño de los j ustos. El cielo que se apreciaba a través del marco de la ventana era de un azul puro. por un breve momento al menos.de su presencia. vi a Timothy N j eri inconsciente en el suelo. Me vestí y me paseé por la habitación para tratar de poner en orden mis emociones. donde la vida era muy dura y aburrida. pero mientras tanto quería recopilar mis recuerdos sin su ayuda. Y o la protegería de la ira de la gerencia del Arenas Sambusai. Pero de verdad espero que no — 397 — . el ngoma de mí Elena hubiese habitado el confortable cuerpo de la doncella del hotel? A pesar de todo. Me envolví con una sábana. —¿Q ué está haciendo aquí? —N adie respondió cuando llamé a la puerta. el gerente podría despedirla y tendría que regresar a la desolada misión de la base situada al sudeste del Centro de Recreo. mientras que yo estaba desnudo por completo— y a D aniel Eunoto tumbado en una esquina. ¿de acuerdo? Estamos atravesando el Lago K iboko camino de U ganda en una l ancha motora y. Si no dej aba que se marchara.señor K ampa. ¿Era posible que por un momento. Estaba escrita en el dorso del telegrama de felicitación de mi madre: Q uerido papá: Puedes darme tu permiso para hacer esto no intentando traerme de vuel ta.señor. es muy probabl e que puedas hacerl o. Es casi mediodía. V ine a limpiar.le di el equivalente a cincuenta dólares americanos y le dij e que pusiera al día tanto trabaj o como le fuera posible.

Tú tuviste tu oportunidad. Entonces. volví por el muelle de la dársena y me encaminé hacia el paseo que recorría de N orte a Sur la orilla del lago. La Larva B aj é hasta el vestíbulo en uno de los ascensores y después caminé hacia la dársena baj o el calor aplastante.gritaron: —¡Tenga cuidado. algunos turistas vigorosos surcaban el lago en los botes de remos y una ligera brisa agitaba los bordes de las sombrillas multicolores baj o las que se afanaban. A pesar de la temperatura. Mis llaves me permitían acceder a los alrededores de la planta. El personal de la planta se quedó con la boca abierta y. Los guardias y otros miembros del personal de la planta contemplaron mi ascenso. señor K ampa! ¡Por favor. tenga cuidado. P ese a haber tomado esta decisión. A pesar de la nota de mi hij a y de su convicción de que podríamos alcanzarla si lo intentábamos. delimitados por una cerca.desde la pasarela. cuando comencé a deslizarme hacia dentro con los pies colgando en el aire. Subí por una estrecha escalerilla de metal que ascendía por una de las colosales patas de la torre y.perplej os ante mi audacia. y mi posición en el Gobierno de Z arakal eliminó las obj eciones de un par de guardias uniformados que obviamente se preguntaban qué asuntos me traían a sus pequeños dominios.esta es l a mí a y puede que quizás un dí a Dirk y yo podamos inf ormar a todos sobre su f uturo cuando regresemos de vuel ta alpresente. Me di una larga caminata a través del laberinto de cañerías de metal. Aunque tal vez fuera posible darles alcance en la traicionera zona entre Z arakal y U ganda. Dil es a l a abuel a Jeannette y a l a tí a Anna que l as quiero.no pensaba poner fin a su escapada. manómetros y ruedas hasta la zona arenosa. Y también te quiero muchí simo a ti. observé el Lago K iboko en busca de mi hij a.l o intentes. salté hacia fuera y me agarré a un tubo con ambas manos. Allí giré hacia el N orte y seguí el camino que conducía a la planta depuradora de agua que suministraba a todo el complej o. Tu hij a. — 398 — . donde una inmensa torre de agua se elevaba hacia el cielo del desierto. D irk Akuj y ella ya debían de haber alcanzado la orilla oeste del lago.

al menos. D urante el tiempo que duró mi acrobacia.fui un hombre muy feliz.señor! Sus gritos eran como reconfortantes hosannas. mirando hacia el O este en busca de Mónica. — 399 — . Me deslicé por la barra hasta llegar a una intersección por debaj o del depósito y me quedé allí colgado baj o la árida brisa.

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N ota sobre el autor Michael B ishop nació en 1945 en N ebraska. además de marcar el comienzo de su carrera profesional. empezó a despuntar con sendas nominaciones. nació cuando tuvo en sus manos una edición ilustrada de C ol mil l o bl anco. al premio H ugo y al premio N ebula por «The W hite O tters of Childhood» y «D eath and D esignation Among the Asadi». por ej emplo. un lugar que le ha servido de fondo de algunas de sus ficciones. donde colocó su copiosa producción de historias breves. B ishop es un escritor cuya obra ha estado marcada por la influencia de su biografía.que reelaboraría cuatro años más tarde y distribuiría como Eyes ofFire. Muchas de sus na— 401 — . D espués. P oco a poco. P or otro lado. donde cursó la escuela superior. Estudió en la U niversidad de Georgia y se doctoró con un estudio sobre la obra del poeta D ylan Thomas.un hecho que le ha servido de base para su narrativa. D e su estancia en Sevilla. Esto le permitió conocer multitud de culturas y de mentalidades. los años 1974 y 1975.ej erció de profesor de inglés en una academia militar y en la propia universidad. recorrió gran parte de América y del globo gracias a su padre. Con ellas. queda su historia «En la calle de las sierpes». El primer cuento que publicó apareció en la revista G al axy en 1970. inauguraría una larga lista de candidaturas en los más prestigiosos galardones del género. por los lugares en los que ha vivido. donde se hizo un eterno finalista. Su reputación y su talento. En ese mismo 1975 aparecería editada su primera novela. miembro de las F uerzas Armadas. vive en Georgia. su vocación de escritor. P or un lado. y se dedica a la escritura exclusivamente. tanto de relatos de todo tipo como de sus novelas W ho M ade Stevie C rye? o Elesl abón perdido. que vino a determinar toda su vida. A Funeral f or the Eyes ofFire. Actualmente. D os hechos marcaron su infancia y j uventud. su nombre empezó a circular por las diferentes publicaciones especializadas.

de lo que pretenda expresar o de que precise de los elementos concretos de uno de ellos para construir una historia.El esl abón perdido y Sól o un enemigo: el tiempo son algunas de las historias que están construidas desde esa mirada. cuando apareció la historia de una nave generacional llamada «Cri de Cour». D etrás de la ciencia ficción. Su última novela ha sido la brillante Las j ugadas decisivas. de su evolución. Su serie «U rban N ucleus». con un estudio cuidado del género humano.Transf igurations. H a comentado que escribe un género u otro dependiendo de la necesidad del momento. B ishop se ha revelado como un autor muy autocrítico. D esde 1994. y Atlanta también es el fondo de su aclamado relato «Tras las murallas de Tiro» o de U nicorn M ountain.se ubica en una Atlanta futura. hay que sumar Atlanta. pues de su pluma han surgido historias de todos los subgéneros. finalista del premio de la U niversidad P olitécnica de Cataluña. A las ubicaciones ya mencionadas.donde plasma. como el alemán.j aponés o el castellano. y. e incluso narrativa general. el terror ha sido el más frecuentado y logrado. consciente de los logros pero también de las deficiencias y carencias de la ciencia ficción.posiblemente su aportación más original. Es un autor que ha enfocado sus libros desde el prisma de la antropología. además. — 402 — . O tro grupo importante en su producción son las historias de space opera.indio. de hecho. polaco. y de su potencialidad. italiano. y su literatura ha sido traducida a varios idiomas.que forman el grueso de su obra inicial. También escribe poesía. se considera más bien autor de literatura fantástica.entre otros galardones. a las que fue dej ando de lado para centrarse en el análisis del hombre y de su entorno más cercano. aunque la citada A Funeralf or the Eyes ofFire y U nder H eaven' s Bridge se incluyen de forma tangencial en ella.no ha vuelto a escribir una narración de ciencia ficción. ensayos y crítica literaria. que reflexiona continuamente sobre su propia obra. D e hecho. conformada por A Littl e K now l edge y C atacomb Y ears. B ishop no se ha limitado a la ciencia ficción. esta faceta es igual de conocida en nuestro país como su dedicación por la ficción especulativa. francés. Es un narrador que observa y cuestiona el entorno cultural que lo rodea con un talante abierto y explorador como pocos artistas contemporáneos. especialmente al haber sido recogido como tal en varias antologías colectivas. una obra que el propio autor ha denominado como «una novela gótica de béisbol sureña de la Segunda Guerra Mundial». su experiencia en Colorado. o en inspiraciones de éstos.rraciones se sitúan en espacios reales. Stol en Faces.

Transfigurations 1981 .Solaris ficción n64.Alas (The Secret Ascension) —La ascensión secreta o Ll orad.Phil ip K .U nder H eaven' s B ridge (j unto a Ian W atson) 1982 . j unto a Paul di F ilippo) 1998 .Alcor.Ancient of D ays —Elesl abón perdido. Dick ha muerto.1996 Serie «U rban N ucleus» 1977 .1995 1987 .P hilip K D ick Is D ead.1983 —Sól o un enemigo:eltiempo.1991 1988 .W ho Made Stevie Crye? 1985 .Stolen F aces 1979 .Acervo n° 55.2005 1984 .U nicorn Mountain 1992 .W ould It K ill Y ou to Smile? 2000 .Grij albo.A F uneral for the Eyes of F ire Reescrita y publicada como Eyes ofFire en 1979 1976 .Muskrat Courage — 403 — .Grij albo.N o Enemy B ut Time —Sól o un enemigo:eltiempo.A Little K now ledge 1978 .Catacomb Y ears Serie «W ill K eats» (como «P hilip Law son».La F actoría de Ideas.B ibliografía de Michael B ishop —N ovelas 1975 .Count Geiger' s B lues —La transf iguración delconde G eiger.Grij albo.B rittle Innings —Las j ugadas decisivas.And Strange at Ecbatan the Trees Reeditada como Beneath the Shattered M oons en 1977 1977 .1995 1994 .

.B lue K ansas Sky 2003 .At the City Limits of F ate 2000 .N ominado al H ugo como mej or novela corta con «D eath and D esignation.Close Encounters W ith the D eity 1990 .N ebula Aw ards 23 —Los premios Nebul a 1987.Emphatically N ot SF ..N ominado al N ebula de mej or novela corta con «En la calle de las sierpes» 1976 .N ominado al H ugo como mej or novela corta con «The W hite O tters of Childhood» 1974 .Light Y ears and D ark:Science F iction and F antasy of and for O ur Time 1989 ..B eneath the Shattered Moons and The W hite O tters of Childhood 1982 .O ne W inter in Eden 1986 .1990 1990 .» 1974 .P remio Locus de mej or novela corta con «The Samurai and the W illow s» — 404 — .N ebula Aw ards 25 —P remios 1974 .N ebula Aw ards 24 1991 .Antologías 1978 .N ominado al H ugo de mej or cuento breve con «La odisea de Cathadonia» 1975 .Changes (con Ian W arson) 1984 .B looded on Arachne 1984 ..N ova CF n° 29.N ominado al H ugo de mej or cuento breve con «Rogue Tomato» 1976 .Almost 1996 .Ediciones B .N ominado al N ebula de cuento largo con «B looded on Arachne» 1976 .N ominado al N ebula como mej or novela corta con «The W hite O tters of Childhood» 1974 .B righten to Incandescence:17 Stories Recopilaciones (como antólogo) 1983 .N ominado al N ebula de mej or novela corta con «D eath and D esignation.» 1975 .N ominado al N ebula de mej or novela con A Funeralf or the Eyes ofFire 1977 .

» 1984 .N ominado al D itmar de mej or ficción con Sól o un enemigo: eltiempo 1983 .P remio Clark Asthon Smith de poesía 1979 .P remio Science F iction Chronicle de novela corta con «H er H abiline H usband» 1984 .N ominado al N ebula de mej or novela corta con «The Samurai and the W illow s» 1978 .N ominado al B ritish F antasy de mej or novela con Sól o un enemigo:eltiempo 1983 .N ominado al N ebula de mej or novela corta con «The Gospel According..P remio Locus de mej or antología con Light Y ears and Dark 1984 .N ominado al H ugo de mej or novela corta con «The Samurai and the W illow s» 1977 .N ominado al N ebula de mej or novela corta con «Esterhazy and Autogondola-Invention» 1984 .N ominado al B alrog de mej or novela con W ho M ade Stevie C rye? 1986 .N ominado al W orld F antasy de mej or novela corta con «The Monkey' s B ride» 1985 .N ominado al H ugo de mej or cuento largo con «U n regalo de — 405 — .P remio Rhysling de poema extenso con «F or the Lady of a P hysicist» 1979 .N ominado al B ritish F antasy de mej or cuento con «Tras las murallas de Tiro» 1978 .N ominado al B ritish F antasy de novela con Transf igurations 1982 .P remio N ebula de mej or novela con Sól o un enemigo: el tiempo 1983 .1977 .N ominado al H ugo de mej or cuento largo con «La vivificación» 1982 ..N ominado al N ebula de mej or novela corta con «H er H abiline H usband» 1984 .N ominado al John W .N ominado al N ebula de mej or cuento breve con «V ernalfest Morning» 1981 .P remio N ebula de cuento largo con «La vivificación» 1982 .N ominado al W orld F antasy de mej or cuento breve con «Tras las murallas de Tiro» 1980 . Campbell de mej or novela con Sól o un enemigo:eltiempo 1983 .N ominado al D itmar de mej or ficción internacional con «La casa de la compasión» 1978 .

N ominado al W orld F antasy de mej or novela con Las j ugadas decisivas 1995 .F inalista del U P C con «Cri de Coeur» 1995 .N ominado al W orld F antasy de mej or novella con «B lue K ansas Sky» — 406 — .los hombres grises» 1986 .F inalista del Theodore Sturgeon de mej or ficción breve con «Cri de Coeur» 1995 .N ominado al John W .N ominado al H ugo de mej or novela con Las j ugadas decisivas 1995 .» 1992 . Clarke de mej or novela con Ancient ofDays 1990 .N ominado al Mythopoeic F antasy de mej or novela con Las j ugadas decisivas 1996 .N ominado al N ebula de mej or cuento largo con «U n regalo de los hombres grises» 1988 .N ominado al Arthur C..F inalista del P hilip K .N ominado al N ebula de mej or cuento breve con «The O mmatidium Miniatures» 1990 .N ominado al N ebula de mej or cuento con «Life Regarded as a Jigsaw P uzzle.N ominado al H ugo de mej or novela corta con «Cri de Coeur» 1995 .P remio Science F iction Chronicle de mej or novela con Las j ugadas decisivas 1994 .P remio Locus de mej or novela de fantasía con Las j ugadas decisivas 1994 .Campbell de mej or novela con Las j ugadas decisivas 1996 .Superstrings..N ominado al Casey de mej or libro de beisbol del año con Las j ugadas decisivas 1995 . D ick con At the C ity Limits ofFate 2001 .. Superstrings.» 1994 .» 1993 .N ominado al W orld F antasy de mej or novela corta con «Apartheid..N ominado al N ebula de mej or novela corta con «Apartheid...

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