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A partir del siglo xiv la Iglesia dejó de controlar el tiempo desde sus campanarios. La incipiente sociedad industrial requirió nuevas pautas horarias no asociadas al Sol.
Antoni Janer Torrens, periodista y filólogo clásico

El triunfo de los

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nombres de prima vigilia, secunda vigilia, tertia vigilia y quarta vigilia. Los monjes de la Edad Media adaptaron esta división del tiempo a sus ocupaciones espirituales. El resultado fueron las siete horas canónicas destinadas a la oración, y conocidas por ello como “instantes de Dios”. Estaban las matines, poco después de medianoche; las laudes, en la aurora, momento en que se rezaba un salmo que contenía de manera reiterativa el imperativo laudate (“load”), de aquí el nombre; la prima, la tertia, la sexta y la nona, de tradición romana; y las vísperas, a media tarde, después de la puesta de sol. El italiano san Benito (480-547), fundador de la vida monástica en Occidente, fue el promotor de esta división. Se basó en el salmo V del Antiguo Testamento, que dice: “Siete veces al día te alabaré”. Con el tiempo, sin embargo, añadiría una octava hora, las completas, para dar gracias a Dios antes de ir a la cama. En la noche y los días nublados, cuando el reloj de sol no tenía ninguna utilidad, se recurrió a diversos sistemas para calcular las horas canónicas. En el reloj de vela el tiempo estaba marcado por la consumición de una de ellas. También se podía utilizar la clepsidra (“ladrón

clepsidra, o reloj de agua, según una

ilustración de temática religiosa del siglo xvi.

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os cielos de Europa todavía son testigos de aquella guerra. El tañer de las campanas de las iglesias rivalizaba con el de los ayuntamientos. Hoy ya casi nadie levanta la vista para comprobar la hora. Los relojes de pulsera o el de los teléfonos móviles nos sacan de dudas. Pero durante la Edad Media los relojes de las fachadas eran el único referente temporal de la gente. A partir del siglo xiv la burguesía mercantil, motor de la actividad económica del momento, se propuso arrebatar a la Iglesia el monopolio del tiempo. La nueva realidad laboral exigía un cómputo más riguroso de las horas. Por aquel entonces, la Iglesia había heredado parte de su sistema horario del mundo romano, donde las doce horas que marcaban los relojes de sol se dividían en cuatro partes iguales. La prima era la primera hora desde el alba (que, dependiendo de la estación, podía tener lugar a las 4.30 h o a las 7.30 h) hasta la tercera, a media mañana; la tertia, hasta el mediodía; la sexta, hasta media tarde (coincidía con el momento de más calor, en que se aprovechaba para hacer la “siesta”); y la nona, hasta la puesta de sol (en inglés, el término afternoon remite a esta antigua franja horaria). Las doce horas de la noche también se dividieron en cuatro períodos conocidos como vigiliae , igualmente variables en función de la estación. Recibían los

la iglesia heredó su sistema horario de los romanos, y los monjes lo adaptaron a sus ocupaciones
de agua”, en griego). Este reloj, conocido también por los egipcios, estaba formado por dos recipientes: uno se llenaba del agua que caía del orificio del otro. El nivel del agua vertida indicaba las horas, lo cual planteaba un problema. La velocidad del flujo dependía de la presión del agua, y esta presión variaba en función de la cantidad de líquido que quedaba en el recipiente. Igual de impreciso era el reloj de arena, un recipiente de vidrio formado por dos ampollas unidas por los vértices. A través de esa parte central discurría cierta cantidad de arena de uno a otro bulbo. Una vez acabado el traspaso, se tenía

Réplica del reloj astronómico construido por Jacopo Dondi en la torre dell’Orologio, Padua.

que dar la vuelta al reloj para continuar con el cómputo del tiempo. A medida que la Iglesia se fue consolidando como la institución más poderosa de la Europa medieval, el control del tiempo cayó bajo su dominio. Se tenía muy presente la máxima de san Benito: “El ocio es el enemigo del alma”. Las campanas que tañían los monjes no solo servían para anunciar las horas canónicas, sino también para marcar las rutinas diarias de la gente corriente. A partir del siglo xiii, con la aparición de los relojes mecánicos, la Iglesia se aseguró de que la población pudiera cumplir de una manera más estricta sus deberes con

Dios. Se extendía así la regla benedictina ora et labora (“reza y trabaja”).

La voz del tiempo

El primer reloj mecánico conocido fue instalado en 1283 en la abadía de Dunstable, en la ciudad inglesa de Bedfordshire. Constaba de dos ruedas dentadas que se engranaban una con otra gracias a un mecanismo llamado escape, impulsado por una pesa. El movimiento constante del escape es la fuente del famoso “tictac”, que se convirtió desde entonces en la voz del tiempo. Estos primeros relojes, conectados a una campana, no mostraban la hora, solo la hacían sonar.

En el siglo xiv, la hora empezó a visualizarse gracias a la introducción de una aguja en el centro de una esfera numerada. Su inventor, el astrónomo italiano Jacopo Dondi, popularizaría este sistema al fabricar en 1344, en Padua, el primer reloj astronómico, que no solo marcaba la hora, sino también los movimientos del Sol, la Luna y los planetas. De todos modos, los primeros relojes mecánicos eran caros e imprecisos. La temperatura afectaba a la expansión y contracción de sus piezas metálicas, haciéndoles sufrir variaciones de entre 15 y 30 minutos al día, por lo que era necesario regularlos diariamente. Por

todo ello, los relojes de sol continuaron desempeñando un notable papel. En España, el primer reloj mecánico fue el de la catedral de Barcelona. Conocido como el seny de les hores (en catalán antiguo seny significaba tanto “campana” como “señal”), data de 1393. Con la propagación de este tipo de relojes, poco a poco la vida cotidiana de las ciudades de Occidente se fue modificando. La jornada laboral de un agricultor siempre había variado mucho a lo largo del año, ya que estaba sujeta a la luz solar, que depende de la estación. En general, trabajaba de sol a sol. Los campanarios de las iglesias le habían ofrecido ciertos estándares ho-

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rarios, pero tampoco eran muy regulares: los toques de prima y vísperas se hacían coincidir con el alba y el crepúsculo, y a partir de éstos se establecía el resto de toques, con lo que solo en los equinoccios se obtenían franjas temporales homogéneas. Además, los toques de campana podían variar de una iglesia a otra, lo cual causaba un gran desconcierto. cios eran muy demandados. No paraba de viajar de ciudad en ciudad construyendo grandes relojes mecánicos que instalar en las torres de los edificios civiles. Para entonces todos los gremios tenían claro qué toques de campana debían marcar su jornada laboral. Así, poco a poco, el tiempo no solo se independizó del Sol, sino que también se secularizó, se separó de lo religioso. Fueron muchos los pensadores del momento interesados en la construcción de relojes. Con el hombre como centro del universo en lugar de Dios, se trataba de un instrumento muy en sintonía con la máxima latina carpe diem (“aprovecha el día”), que vivió un momento de gloria en el Renacimiento. De esta época, uno de los relojes laicos más famosos es el astronómico del ayuntamiento de Praga, creado en el siglo xv.

La invención de los husos, el origen del horario universal

¿y aquí qué hora es?

El tiempo de la burguesía

Con la incipiente sociedad industrial de la Baja Edad Media (siglos xi-xv), las ocho horas canónicas perdieron sentido. El trabajo ya no podía regularse por el tiempo pausado de la Iglesia, sino por horas concretas. No en vano, se descubrió que el tiempo invertido en un producto podía condicionar su precio, así como también la retribución de los trabajadores. Se inició entonces una guerra no declarada entre la Iglesia y la burguesía por su control. Una fecha clave en esta disputa fue el 24 de abril de 1355. Aquel día, el rey francés Felipe VI concedió al

La hora portátil

los toques de las campanas podían variar de una iglesia a otra, lo que causaba un gran desconcierto
ayuntamiento de Amiens la facultad de indicar, a través del toque de una campana, las diferentes ocupaciones del día: el momento de ir a trabajar, el del descanso para comer, el de la reanudación de la actividad laboral y el de su finalización. Dado que estos primeros relojes daban la hora con el sonido de una campana, no es extraño que la palabra francesa cloche (campana) sea la raíz del término reloj en inglés (clock) y alemán (Glocke). El nuestro, en cambio, deriva del griego horologion (“indicador de horas”, horologium en latín), el reloj solar. La varita cuya sombra, proyectada sobre una escala graduada, indicaba la hora se denominaba gnomon. De ella procede la palabra gnomónica, disciplina relacionada con la elaboración de relojes de sol. Los avances tecnológicos no tardaron en catapultar el oficio de relojero. Sus servi-

reloj astronómico en el ayuntamiento de la Ciudad Vieja, barrio antiguo de Praga.

A partir de esa centuria, los relojes perdieron peso y aparecieron los primeros dispositivos portátiles. Ya no había que desplazarse hasta un punto fijo de la población para leer la hora. Para este avance, sin embargo, fue necesario sustituir la pesa por un muelle, mucho más ligero. Los progresos tecnológicos llevaron en 1509 a Peter Henlein, un alemán de Nú­ remberg, a fabricar los primeros relojes de bolsillo de los que se tiene noticia, apodados “huevos de Núremberg” por su forma. A pesar de que solo funcionaban durante 40 minutos, algunos de ellos fueron auténticas obras de arte. Los relojes, de todas formas, con­tinuaban siendo objetos de lujo, así que el tiempo todavía perte­ necía a las clases privilegiadas. Las demás seguían pendientes del cuadrado de las fachadas en que se proyectaban las sombras de los relojes de sol (que por ello son conocidos también como cuadrantes solares). Entonces se habían perfeccionado gracias a las contribuciones de los astrónomos y matemáticos árabes. En el siglo xvii se dio un gran paso en el cómputo del tiempo. El matemático y físico holandés Christiaan Huygens construyó en 1657 el primer reloj de péndulo. Este invento, mucho más preciso que los anteriores, fue posible gracias a los principios de movimientos oscilatorios estudiados pocos años atrás por el astrónomo Galileo Galilei. Huygens dividió la hora

Hasta entrado el siglo xix, cada pequeña parte del mundo tenía su hora local en fun­ ción de la solar, por lo que se separaba el tiempo entre a. m. (en latín ante meridiem, “antes del mediodía”) y p. m. (post meri­ diem, “después del mediodía”). Esto hacía que los viajeros tuvieran que cambiar la hora en cada una de las ciudades que visi­ taban. La difusión del ferrocarril, que sal­ vaba distancias en poco tiempo, obligó a adoptar un sistema horario común. VEINTICUATRO HORAS La idea surgió de un ingeniero, el escocés Sandford Fleming, que, emigrado a Cana­ dá, se convirtió en el responsable de la lí­ nea ferroviaria del país. En 1878, estando en Irlanda, Fleming perdió un tren porque en el horario aparecía p. m. en lugar de a. m. A raíz del incidente, le pareció mejor dividir el día en 24 horas consecutivas, en lugar de en dos períodos de 12 horas. Se empezarían a contar a partir de mediano­ che (y no a partir del alba o del ocaso, co­ mo se hacía hasta entonces), y se regirían por un horario estándar en todo el mundo que tendría como referencia Greenwich. EL MERIDIANO CERO Esta ciudad británica, cerca de Londres, contaba desde 1676 con un importante observatorio astronómico (en la imagen).

Fleming lo empleó como meridiano cero para establecer la división del planeta en 24 zonas longitudinales, o husos horarios (llamados así por su similitud con los hu­ sos de hilar). Cada uno tiene 15 grados, de manera que suman los 360 del total de la esfera terrestre. Con la rotación de la Tie­ rra, el Sol aparece primero en los puntos situados más al este. Así, cada zona que avanza hacia el este de Greenwich supone una hora más, y una menos si se avanza en dirección oeste. En el cálculo debe te­ nerse en cuenta si está o no en vigor el horario especial de verano. ¿UNA IDEA COMUNISTA? En la práctica, no todos los husos ocupan 15 grados. China, por ejemplo, decidió re­ girse por un solo huso en su extenso terri­ torio, de manera que existen cinco horas de diferencia solar entre un extremo y otro del país. Otros, como Rusia, Canadá o Estados Unidos, cuentan con varios hu­ sos dentro de sus fronteras. Tuvieron que pasar casi cuarenta años pa­ ra que se pusiera en práctica la propuesta de Fleming, que incluso fue acusado de comunista por su “internacionalismo”. En 1929, los principales países del mundo ya habían adoptado el horario universal, co­ nocido como UTC (Tiempo Universal Co­ ordinado, según sus siglas en inglés).

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“a las dos serán las tres”
Hoy en día, cerca de setenta países del mundo han adoptado el cambio hora­ rio estacional para reducir el consumo de energía. Con el adelanto y el atra­ so de una hora en primavera y otoño, respectivamente, se ajusta el horario oficial al horario solar, lo que permite aprovechar más las horas de luz. EL ESTÍMULO. El cambio se aplicó por primera vez en Alemania en la Pri­ mera Guerra Mundial para ahorrar car­ bón. A raíz de la crisis del petróleo, en 1973, la mayoría de los países indus­ trializados se apuntaron a la medida. LA VÍA ABIERTA. En 1784, el po­ lítico estadounidense Benjamin Fran­ klin mencionó la idea, aunque fue el entomólogo neozelandés George Ver­ non Hudson quien, en 1895, presentó una propuesta a la Wellington Philo­ sophical Society para obtener un aho­ rro de luz de dos horas. Diez años después, en Gran Bretaña, el cons­ tructor William Willett llegó indepen­ dientemente a la misma conclusión sobre el ahorro lumínico y abogó por un cambio horario en su país. LA SOSPECHA. En los últimos años, cada vez más expertos ponen en duda los beneficios del cambio horario. La investigación sobre sus ventajas e inconvenientes es insuficiente.

en 60 minutos y éstos en 60 segundos. Recuperaba con ello el sistema de nu­ meración sexagesimal que los antiguos sumerios hicieron derivar del duodecimal. Cada vez que el hombre contaba con el pulgar de la mano izquierda la docena de falanges de los dedos restantes (de donde procedía la división del día y la noche en doce horas respectivas), levantaba un dedo de la mano derecha, lo que solo era posible cinco veces. Así, el recuento total era de 12 x 5 = 60. En cuanto a la palabra minuto, era una simplificación de la expresión latina pars minuta prima (“primera parte pequeña”), mientras que segundo derivaba de partes minutae secundae (“pequeñas segundas partes”). La irrupción del péndulo no solo incrementó la demanda de relojes, sino que también dio lugar a su integración en el mobiliario del hogar. Esto se produjo sobre todo a partir del siglo xviii con los relojes de cuco. Desarrollados por los carpinteros de la Selva Negra alemana, estos relojes con péndulo tenían como peculiaridad un pájaro autómata que cada media hora aparecía por una abertura emitiendo el cucú por el que fueron conocidos.

reloj atómico de Charles H. Townes (izqda.), Columbia University, 1955. A la izqda., despertador, c 1730.

turnos, estaría pendiente de los minutos y segundos marcados por los relojes que pendían de las paredes de las fábricas. Entonces se generalizaron los despertadores domésticos, que aseguraron la llegada puntual a los puestos de trabajo.

los relojes de pulsera eran para los hombres demasiado parecidos a las joyas de las damas
A mediados de la centuria en Inglaterra, con la Revolución Industrial, culminaría el proceso de apropiación del tiempo que había iniciado la burguesía en la Baja Edad Media. El proletariado, que trabajaba en turnos tanto diurnos como nocDesde la óptica capitalista, las horas eran fuente de beneficios. No había, pues, tiempo que perder. De hecho, hicieron fortuna expresiones como “el tiempo es oro”, atribuida al escritor decimonónico británico Edward Bulwer-Lytton.

Los relojes de pulsera mecánicos aparecieron a finales del siglo xix, pero tuvieron inicialmente menos éxito que los de bolsillo, puesto que a los hombres aquéllos se les antojaban similares a las joyas de las damas. No se popularizaron hasta después de la Primera Guerra Mundial. En la conflagración, los artilleros habían optado a menudo por enrollarse los de bolsillo en el brazo para tener las manos libres durante las operaciones. Tras la guerra continuó la carrera tecnológica por la invención de sistemas cada vez más precisos. Desde finales del siglo xix se sabía que el cuarzo tenía propiedades piezoeléctricas. En 1920 se empleó en un reloj por primera vez, aunque no se haría

de manera masiva en los de pulsera hasta los años sesenta. Gracias a la electricidad proporcionada por una pila, un cristal de este mineral generaba vibraciones a intervalos regulares que permitían una medición altamente precisa del tiempo. A finales de los años cuarenta nos adentramos todavía más en la exactitud horaria con la aparición de los primeros relojes atómicos, basados en la vibración de los átomos de determinados elementos, como el cesio, el hidrógeno o el estroncio. Las señales acústicas de las noticias radiofónicas se coordinan a través de este tipo de relojes, hasta ahora los más precisos. Solo se desajustan en un segundo cada 20 millones de años. El progre-

so, pues, ha ido ligado a la búsqueda del segundo exacto. Atrás quedan las plácidas y largas horas dictadas por los “relojes de Dios”. Ahora, sin embargo, somos esclavos de la sofisticación horaria. Emulamos a menudo al conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, el personaje de Lewis Carroll que mira sin cesar su reloj, atormentado por la falta de tiempo. Éste ha sido objeto de reflexión para incontables filósofos. Kant decía que el tiempo no es más que el medio que utilizan nuestras mentes para organizar las experiencias que vivimos. Para Einstein, “el tiempo es lo que usted lee sobre un reloj”. Contaba el sociólogo y antropólogo francés Pierre Bourdieu que, en los años

cincuenta, los campesinos bereberes de la región argelina de la Cabilia llamaban al reloj el “molino del demonio”. En aquel entorno, quedar a una hora exacta resultaba incluso de mala educación.

Para saber más
ENSAYO
DOHRN-VAN ROSSUM, Gerhard. History of the Hour: Clocks and Modern Temporal Orders. Chicago (EE UU): Univ. of Chicago Press, 1996. En inglés. GIMPEL, Jean. La revolución industrial en la Edad Media. Madrid: Taurus, 1982. LANDES, David S. Revolución en el tiempo. Barcelona: Crítica, 2007.

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