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CUÁNTO Y CÓMO LOS QUIERO

REFLEXIONES ACERCA DE LA MATERNIDAD


Y LA PATERNIDAD NUTRITIVAS

NEVA MILICIC M.
Para mis hijos y mis hijas, que muchas veces me escucharon preguntarles
¿saben cuánto los quiero?
Y para mis nueras, yernos y nietas, y a los que no se los he dicho con la misma
intensidad, pero que lo saben bien.
INTRODUCCIÓN

Cuando me pidieron transformar las columnas publicadas en la Revista Ya de El


Mercurio en un libro, fundamentalmente acepté pensando que aunque la inmensa
mayoría de las familias quiere muchísimo a sus hijos y desearía para ellos la mayor
felicidad y bienestar posible, no siempre hay una concordancia entre esta actitud
positiva hacia los hijos y las estrategias concretas utilizadas en la vida cotidiana para
educarlos. No es infrecuente observar errores y carencias en la educación de los hijos.
Algunas veces estos errores se deben simplemente a falta de información.
Cuando las personas quieren construir una casa, requieren de la opinión de
expertos, revisan libros de arquitectura y visitan diferentes alternativas para tomar la
mejor decisión. En la educación de los hijos, por el contrario, a veces decisiones
importantes se hacen en forma poco reflexiva, dejándose llevar por intuiciones y por
impulsos, que en ocasiones pueden ser dañinos y con consecuencias en el largo plazo.
En las últimas décadas la psicología infantil ha hecho acopio de una gran cantidad
de investigaciones que dan cuenta de los impactos que tienen en los niños las
diferentes formas de crianza infantil. Uno de los imperativos éticos de la psicología es
hacer esta información accesible a los padres, de manera que sirva para mejorar la
calidad de vida de los niños y sus familias. En este sentido, estas reflexiones que fueron
escritas y publicadas semana a semana en la Revista Ya, representan un esfuerzo por
ligar la teoría acerca de la educación infantil, que he revisado en razón de la docencia
universitaria que imparto en la Escuela de Psicología de la Universidad Católica de
Chile y la atención de muchas familias, que, en diferentes situaciones vitales, se
acercaron en busca de ayuda otorgándome el privilegio de conocer la forma de educar
a sus hijos y de enfrentar los problemas.
En cada artículo hay una reflexión sobre una maternidad y una paternidad
nutritivas, rescatando aspectos esenciales y buscando reflejarlos en un ejemplo que
muestre cuál es la mejor manera de expresar en la práctica el cómo y cuánto quieren
los padres a sus hijos y generar así las condiciones que les permitan ser las mejores
personas posibles.
Para cumplir con estos objetivos el material de este libro se encuentra organizado
en cinco áreas.
La primera, «Para tener bases sólidas», desarrolla los principales conceptos acerca
de una parentalidad nutritiva.
La segunda, «Lo que hay que evitar», refleja el opuesto al área anterior y analiza el
impacto de algunos de los errores más frecuentes que se cometen en la crianza infantil.
La tercera, «Las necesidades y derechos de los hijos», se centra en el análisis de
algunas de las características y necesidades infantiles, que deben ser tomadas en
cuenta al momento de educar.
La cuarta área, «Algunos problemas frecuentes», agrupa los temas relacionados
con situaciones difíciles o adversas, que en muchas ocasiones debe enfrentar la familia.
Por último, en la quinta, «Más allá de la relación con los padres», se analizan
experiencias significativas fuera del ámbito familiar a las que está expuesto el niño o la niña
y que están mediadas por las oportunidades que la familia les da para acceder a ella.
Espero que la lectura de este libro les abra a los padres algunas ventanas que les
permitan disfrutar mejor la maravillosa aventura que es construir una familia, que les
facilite la educación de sus hijos y que pueda contribuir a solucionar algunos problemas.
No quisiera terminar esta introducción sin agradecer a todos quienes me apoyaron
en las diferentes etapas de este libro.
A Pilar Segovia, que me invitó a participar como columnista de El Mercurio.
A Karim Gálvez, que semana a semana con inagotable paciencia ha editado,
corregido y mejorado mis textos.
A Eduardo Larenas, que está siempre disponible a entregarme información y a
solucionar problemas.
A Ana María Arón, entrañable amiga de muchos años, que prologa este libro y de
quien he aprendido tanto.
A Chantal Signorio y Jessica Atal, por sus valiosos aportes y sugerencias.
A mi familia, hijos, hijas, yernos, nueras, nietas, a mi hermana y a mis cuñados,
quienes ponen su mejor esfuerzo y generosidad en hacer de nuestra familia un espacio
de unión y felicidad, a través de gestos amorosos en forma cotidiana, y en los
momentos difíciles están ahí.
Finalmente, y en forma muy especial, a los lectores de la Revista Ya, algunos de los
cuales me consta que han leído fielmente las columnas cada martes y que tantas veces
me han alentado, con sus estimulantes comentarios, en esta no fácil tarea de pasar los
conceptos a una escritura que pueda servir a los padres para transformarlos en
acciones cotidianas que les mejore la calidad de la vida familiar.

La autora
CAPÍTULO I
PARA TENER BASES SÓLIDAS
RELACIÓN PADRES-HIJOS

C on quién tuvo usted o tiene la relación interpersonal más nutritiva para su


desarrollo?
Seguramente la persona en la que usted pensó ha tenido o tiene hacia usted una
actitud de valoración de apertura y de disponibilidad, que lo ha hecho sentirse aceptado
y querido tal como es.
La relación entre los padres y sus hijos debería ser, por definición, la que más
contribuye a generar en el niño la seguridad que da el sentirse incondicionalmente
querido y que le permite sentir que cuenta con sus padres. Cuando los expertos se
preguntan, ¿qué es lo básico para que la relación padre e hijo sea nutritiva y favorezca
el crecimiento emocional de los niños? Parece ser universalmente aceptado que lo
esencial es que los hijos se sientan incondicionalmente queridos, a través de los
cuidados estables y amorosos de sus padres.
Los vínculos afectivos entre padres e hijos se caracterizan por la presencia de
ternura y una especie de amor encandilado, que permite al niño percibir que es
realmente querido.
A veces los padres están tan preocupados de las numerosas demandas de la vida
laboral y las exigencias que acarrea la educación de los hijos, que esas tareas urgentes
hacen perder de vista lo indispensable que es para un hijo contar con la compañía de
sus padres.
Si el apoyo y el estímulo de la familia en los momentos positivos son necesarios, la
presencia acogedora y sanadora de los padres en los momentos difíciles para que el
niño recupere su equilibrio emocional es irreemplazable.
Isidora, de casi cuarenta años, soltera y con pocas amistades, cuenta cómo la falta
de competencia afectiva de sus padres le dejó una enorme dificultad para las relaciones
emocionales: «Mis padres eran muy poco afectuosos; especialmente mi madre. Ella era
una persona que estaba constantemente exigiendo, reclamando y criticando todo lo que
yo hacía. De adulta he podido comprender que seguramente me quería, pero que era
incapaz de expresarlo. Durante mi niñez —que fue triste— trataba de agradarla, pero
nunca lo logré. Después pasé a una etapa de rebeldía enorme y ahora, que soy adulta,
siempre me acompaña la sensación de que nada de lo que hago está suficientemente
bien hecho».
Para que el hijo pueda percibir lo importante que es para sus padres y lo que lo
valoran es necesario evitar:
• Pasar más tiempo alrededor de las cosas del niño que con el niño mismo.
•Pasar más tiempo ordenando cosas que jugando con los hijos.
•Corregirlos en exceso, descalificándolos más que confirmándolos en lo que hacen
bien.
El enorme afecto que los padres les tienen a los hijos es necesario que se refleje
en hechos concretos. Por mucho que un padre o una madre quiera a sus hijos, si no
hay una presencia constante de gestos amorosos que lo reflejen es muy difícil que ellos
se sientan valorados y queridos.
Sea muy generoso en las muestras de afecto hacia sus hijos y muy prudente y
controlado al manifestar sus críticas. Esté disponible para atender los requerimientos y
para valorar sus logros por pequeños que sean. Es esencial que ese inmenso amor que
usted tiene por su hijo sea percibido fácilmente por el niño y le permita tener claro lo
importante que él es para usted.
EL APEGO

S i hay un concepto en que todas las teorías psicológicas están de acuerdo de que es
esencial para la construcción y el desarrollo de personalidades sanas es el apego.
Desde la mitad del siglo pasado los investigadores de la psicología recalcan que la
presencia estable y nutritiva de una persona que dé afecto al niño es fundamental en la
creación del «apego seguro», que a su vez es fundamental para establecer vínculos
afectivos estables en el futuro.
En un comienzo se relacionó a la madre como la persona central en el apego y se
describió a éste como un proceso ligado a los primeros años de vida. Posteriormente, el
concepto se hizo más abarcador, incluyendo al padre, por lo que se buscó fortalecer los
vínculos padre-hijo, por ejemplo, a través de la participación del padre en el parto y en
los primeros cuidados del recién nacido. Más adelante se comenzó a hablar de apego
múltiple para referirse a la presencia de otras personas significativas en la vida del niño,
como abuelos, tíos y primos, para que se sientan seguros y queridos por distintas
personas.
Actualmente, se plantea la importancia del apego del adulto en el logro de un buen
equilibrio emocional.
La carencia de figuras significativas en las primeras etapas de la vida deja una
dificultad importante en el establecimiento de vínculos afectivos. El apego,
especialmente en los primeros años de vida, está ligado a la conducta olfativa de los
niños. El conocido autor Boris Cyrulnik relata cómo los niños se tranquilizan y duermen
si al momento de acostarse tienen un pañuelo que pertenezca a su madre. Si puede, el
bebé incluso se lo pasa por la nariz, lo frota. Algo semejante a lo que suelen hacer los
niños que van a ser operados, a quienes les permiten entrar con sus osos de peluche o
con una bufanda de su mamá al pabellón. El autor relata el caso de una niña que
superó sus ansiedades fóbicas al colegio llevando una bufanda impregnada con el olor
de su madre. Algunas claves indispensables para formar un apego seguro con las
figuras paternas son:
•Padres que están atentos a escuchar y hacerse cargo de las necesidades de sus
hijos.
•Familias que son capaces de expresar su ternura a través de la proximidad física y
de caricias.
•Familiasque están atentas a celebrar los logros de sus hijos teniendo una actitud
expresiva y de fuerte interés hacia ellos.
•Padres que comparten y acompañan a sus hijos en sus intereses, por ejemplo, en
sus competencias deportivas, representaciones o que juegan activamente con
ellos.
En definitiva, son padres para los cuales la paternidad y la maternidad constituyen
un aspecto central en sus vidas y que, por lo tanto, disfrutan al acompañar a sus hijos
en el largo proceso de llegar a ser adultos.
Son padres y madres que están ahí para ellos en cada una de las etapas de la
vida, con una presencia leal y nutritiva con la que cuentan en los buenos y en los malos
momentos, y que les permite a los hijos —cualquiera sea su edad— saber que los
padres están disponibles para ellos.
EL VALOR DE LOS RECUERDOS

C uántas veces se ha descubierto usted pensando en sus recuerdos o conversando


sobre ellos diciendo: «Fue tan bueno ese viaje al sur» o «¿Te acuerdas de la pizza
que comimos en Concepción?» o «¡Qué divertido fue andar en esa bicicleta para dos!».
Es un dato innegable que los recuerdos significativos se graban en la memoria
emocional, dejando una huella difícil de borrar, y esto es verdad tanto para las buenas
como para las malas experiencias.
La mayoría de las personas se casa para ser feliz y para que sus hijos también lo
sean. Quizás con el tiempo, a lo mejor algunos de los sueños que fundamentaban la
pareja han perdido su magia inicial, pero ello no puede ser una razón para que los
padres no busquen brindar a los hijos experiencias que llenen su memoria de recuerdos
positivos acerca de su infancia, recuerdos de esos que alegran el espíritu.
Así como la mayoría de las personas pone el mayor empeño en hacer bien su
trabajo y en las empresas que emprenden, es necesario poner la misma energía en
construir un mapa emocional en que haya muchísimas estaciones con buenos
recuerdos de la infancia y de la adolescencia.
Algunas veces las cosas buenas simplemente suceden y el papel de los padres
sólo será que los hijos se detengan a vivenciarlas en profundidad y a valorarlas como
un regalo maravilloso, como, por ejemplo, cuando llega de sorpresa una prima muy
querida a visitarlos, trayéndoles de regalo un libro inolvidable. Esa experiencia podría
ser comentada y valorada con el niño como algo especial que vale la pena recordar.
Pero la mayoría de los buenos recuerdos se construyen. Suponen que alguien de la
familia ha puesto mucho esfuerzo y energía para crear una situación de felicidad. Por
ejemplo, en una celebración familiar que resultó inolvidable, porque alguien rescató
fotos antiguas o las anécdotas familiares para hacer un álbum o un video, o imprimió
una polera con el motivo de la fiesta.
En los recuerdos positivos puede haber algo de magia o de nuevo, pero también
son recuerdos positivos aquellos ritos familiares como los asados de los domingos en
que se juntaban los tíos y los primos y en que todos y cada uno tuvo una disposición
positiva, poniendo afecto y humor en la situación.
No siempre cuando se planea algo especial todo sale como uno hubiese querido, a
lo mejor el postre no estuvo a la altura, o quizás el clima no fue el que se había
pensado. Pero cuando los adultos ponen lo mejor de sí para superar dificultades esa
situación puede resultar inolvidable a pesar de los contratiempos, o incluso el problema
puede ser la causa del recuerdo.
Un postre arruinado puede ser vivido como una tragedia; en ese contexto todo lo
programado se tiñe de enojo y rabia, o bien, lo que sería más sabio, puede ser tomado
con humor, transformándolo en una anécdota para recordar.
Registrar esos momentos agradables, escribiéndolos, grabándolos, serán
elementos significativos en la familia. Las fotos, por ejemplo, suelen registrar
acontecimientos positivos; por lo tanto, que cada hijo tenga un álbum con buenos
momentos, y que lo vaya completando a medida que va creciendo con sus experiencias
positivas fuera de la familia puede ser una buena práctica para desarrollar la memoria
emocional positiva. En síntesis, una forma de ayudar a construir una identidad positiva
en los niños es la generación de situaciones gratas afectivamente, de modo que cuando
los hijos las recuerden puedan decir «¡Qué bueno fue!».
EDUCAR CON VALORES

P ara encontrar un sentido a la existencia se hace necesario que cada persona


escoja responsablemente un conjunto de valores que oriente y dé un significado a
las cosas que hace y a las situaciones adversas que le pueden suceder.
Los valores mueven a las personas a actuar en una dirección determinada. A veces
cuando los adultos pensamos en educar en valores, lo que nos preocupa es cómo
transmitir los que tenemos, y se asume entonces una actitud directiva. Se espera que el
niño o la niña reciban pasivamente las guías y orientaciones de sus padres; por
ejemplo, la honestidad que se puede transmitir como un mandato sin discusión. Una
actitud muy directiva de parte de los padres puede ser peligrosa, ya que cuando los
niños no asumen como propias las elecciones se sienten menos comprometidos con
ellas.
Asumir la responsabilidad por los valores es aprender a elegir aquello que les
parece verdadero de lo que no lo es, diferenciar lo que es correcto de lo incorrecto. Las
opciones escogidas a través de un proceso de reflexión personal permiten interiorizar la
importancia de ser honesto y tener claro qué consecuencias puede acarrear la
deshonestidad.
Los padres favorecen en sus hijos la adquisición de valores cuando les presentan
diferentes situaciones para que los niños puedan reflexionar sobre aquellos y asumir
responsablemente sus opciones. No sólo como un ejercicio intelectual, sino como un
proceso afectivo y ético. Más que pedir juicios cerrados, es aconsejable que las
propuestas para reflexionar sobre valores sean presentadas a los niños como un
camino a encontrar. Por ejemplo: ¿qué necesitas para ser feliz? ¿Qué te gustaría hacer
por los otros? ¿Como podrías corregir el error que cometiste? ¿Cómo vas a organizar
tu tiempo? ¿A qué quieres dedicar tus energías?
Los padres favorecen en su hijo la adquisición de valores actuando como modelo
en forma coherente con lo que predican. Los valores deben reflejarse en lo que hacen.
En este aspecto es válida la sabiduría contenida en el refrán: «No hay que ser como el
padre Gatica que predica pero no practica».
Explicitar cuáles son los valores que guían las propias acciones ayuda al niño a
comprender el mundo valórico de su familia. Por ejemplo: «Me voy a esforzar en
terminar este trabajo, para cumplir con lo prometido». En este comentario se recalca el
valor del esfuerzo. «El papá fue a acompañar a la tía Juanita que está enferma». En
esta verbalización se destaca la solidaridad como valor. «Necesito profundizar en este
tema para saber más». Aquí se está mostrando cuánto se valora el conocimiento.
A través de un razonamiento explícito, en que los hijos pueden visualizar los
valores de sus padres, si la relación es buena es altamente probable que ellos asuman
esos valores como importantes. Hay que preocuparse de presentar los valores en forma
positiva. Si se muestran como una pesada obligación, para el niño no será atractivo
interiorizarlos. Es aconsejable poner énfasis en que el actuar de acuerdo a lo que se
cree produce bienestar y felicidad, y que, por el contrario, hacerlo en oposición a lo que
se piensa, acarrea sufrimiento para sí y para otros.
POR QUÉ SE NECESITAN LOS HÁBITOS

L a creación de hábitos suele ser poco atractiva para los padres. Sin embargo, tener
hábitos es imprescindible para un buen desarrollo infantil. A pesar de lo tedioso que
pueda ser implementarlos, cuando se logra que los niños los adquieran se aumenta la
efectividad, se ahorra mucho tiempo y se eliminan bastantes conflictos. Por ejemplo, si
su hijo o hija ha adquirido el hábito de estudiar a una determinada hora, cuando llegue
el momento de empezar a hacer las tareas las podrá iniciar de inmediato, sin perder
tiempo negociando, lo que habitualmente deteriora la relación padres-hijos. Este
deterioro se produce porque el niño o la niña se siente presionado a estudiar. Es normal
que prefieran jugar a estudiar, y a su vez los padres se sienten descalificados como
autoridad con la resistencia de los hijos.
Si, por el contrario, se ha establecido un contrato entre usted y sus hijos acerca del
tiempo y el lugar dedicados al estudio, y se ha hecho un hábito en la familia el respetar
los acuerdos, el proceso de comenzar a hacer las tareas será más fácil.
La inercia psicológica, es decir, la dificultad para comenzar a realizar una actividad,
es la fase que ofrece más dificultad en el cumplimiento de los compromisos.
Por supuesto, es poco usual que los niños vayan adquiriendo hábitos nuevos sin
reclamar y posiblemente al principio a lo mejor no cumplan al pie de la letra lo
acordado; pero el tener los acuerdos favorece el proceso de focalización en las tareas
escolares.
Los hábitos tienen por función economizar tiempo, y cuando ya se han consolidado
hacen que el cerebro en forma casi automática reciba la orden de estar alerta a lo que
corresponde hacer. Por ejemplo, cuando un niño se habitúa a despertarse a una hora,
su cerebro se programará para despertarse a esa hora; en cambio, si las horas de
levantarse son variables, por supuesto que despertarlo será difícil.
¿Cómo hacerlo?
Después de una breve explicación acerca de por qué es importante un determinado
hábito, pida al niño que haga una propuesta sobre cómo implementar el hábito en
cuestión. Por ejemplo, si se trata de hábitos de estudio, pedirle que haga una
proposición de dónde y cuándo estudiar. Es recomendable acoger la mayor parte de
sus proposiciones, salvo que sean completamente irracionales. Llegar a acuerdos como
los siguientes:
•Estudiar todos los días, tenga o no tenga tareas.
•Cuando no hay tarea, adelantar en la lectura personal.
•Revisar las materias pasadas ese día.
• Revisar las asignaturas que tendrá al día siguiente y anticipar qué podría pasar.
¿Tendré prueba?
Estos dos últimos pasos son factores decisivos en la consolidación del aprendizaje
en la memoria. Cuide el proceso de formación de los hábitos de sus hijos; que ellos
perciban claramente que sus necesidades están siendo consideradas y sus opiniones
escuchadas, de tal manera que tengan una actitud positiva frente a su cumplimiento.
Esté especialmente atento el primer tiempo a que lo acordado se cumpla, de manera
que no sólo adquirirán el hábito sino que aprenderán que los compromisos se cumplen.
Estimúlelos cuando cumplan. Tener hábitos no es fácil de conseguir.
LAS CREENCIAS FAMILIARES

H a pensado cuáles son las creencias que les está traspasando a sus hijos? A veces
intencionalmente, y en otras ocasiones en forma poco reflexiva, las familias
transmiten a sus hijos creencias acerca de percepciones y opiniones de la realidad que
influirán decisivamente en su forma de actuar.
Las creencias constituyen un filtro en la manera de concebir la existencia y mirar la
realidad, y también contribuyen a dar un significado a las experiencias vividas.
Algunas facilitan el desarrollo del niño, en tanto que otras pueden resultar bastante
perturbadoras para su desarrollo afectivo y social. Así, una familia que transmite la
creencia de que la cooperación ayuda a tener una mejor calidad de vida, y que piensa
que la misión de las personas es favorecer el desarrollo de los demás, promoverá en
sus hijos una conducta solidaria y amistosa que les facilitará la incorporación en su grupo
social. No será raro que un niño educado en esta creencia tenga muchos amigos y sea
un aporte para los demás.
A la inversa, si la familia transmite la convicción de que es necesario estar
compitiendo sin importar los medios que se usan para ganar, y constantemente
compara el rendimiento de sus hijos con el de sus compañeros o los de sus primos,
favorecerá el desarrollo de una actitud competitiva que probablemente hará que el niño
sea rechazado por sus compañeros.
A través del diálogo, tanto en situaciones cotidianas como conflictivas, los niños se
van haciendo una narrativa acerca de cómo actuar, y estas creencias orientan su acción
en el mundo. Incluyen, además, la comprensión de las causas y los porqué. Si las
dificultades se atribuyen siempre a otros, quizás el mensaje será que no importa
esforzarse en cambiar. Cuando la explicación es el destino o la voluntad de Dios,
también puede producir una suerte de resignación, y cuando, al menos parcialmente, el
éxito y el fracaso se explican por el trabajo y el esfuerzo, el niño creerá que valdrá la
pena esforzarse para lograr lo que desea.
Los sistemas de creencias más saludables logran dar cuenta que las variables
explicativas son muchas y no se atrapan en buscar un culpable, sino en encontrar las
soluciones y así entender que las situaciones problemáticas son multicausales.
También en la convivencia familiar se entrega una creencia acerca de lo que es la
familia. Cuando ésta se visualiza como un lugar protector, en que la lealtad y la
cooperación son factores centrales, y que se puede confiar en la benevolencia —
teniendo confianza que dentro de las limitaciones personales y contextuales cada cual
pone lo mejor para el bienestar de todos—, se da no sólo una pauta para la convivencia
actual, sino que se entregan normas para la convivencia futura.
La percepción de futuro es también un sistema de creencia que se aprende en la
familia. Se dice que las familias con mejores índices de salud mental piensan que el
futuro depende en gran parte de lo que cada cual haga; que su esfuerzo puede
contribuir a mejorar su calidad de vida y la de las personas que son parte de su familia y
de su comunidad.
¿QUÉ Y CÓMO EXIJO?

L a autoevaluación puede ser un poderoso mecanismo para cambiar conductas. Una


de las dimensiones más importantes al momento de evaluar cómo ejercemos la
paternidad es preguntarnos cómo respondemos los padres a las demandas de atención
y cuidado que requieren los hijos en las diferentes etapas de su desarrollo.
La otra dimensión que habitualmente se utiliza en la evaluación de las
competencias parentales tiene relación con el tipo de demandas que como padres
hacemos a los niños.
En esta dimensión se analizan cuáles son los mecanismos usados para hacer
cumplir las exigencias y expectativas que en forma implícita o explícita se les plantean a
los hijos. A partir de la forma en que se exige y cómo se regula el cumplimiento de lo
exigido existen grandes diferencias entre los padres.
Se han descrito cuatro tipos de padres y se han estudiado cuáles son las
consecuencias que las diferentes formas de ejercer la autoridad tienen en la formación
de la personalidad de los niños.
Padres autoritarios: son aquellos que imponen las exigencias a sus hijos sin tomar
en consideración sus necesidades, tendiendo a ser sobreexigentes. Son padres que
sobrevaloran la obediencia y que piden cumplir lo que demandan sin explicar las
razones que fundamentan la exigencia. Muchas veces ejercen presión sobre los niños
incluso imponiendo castigos crueles. Son vistos por sus hijos como despóticos. Como
personalidad resultante, estos niños pueden ser muy obedientes y cumplidores, o muy
rebeldes con la autoridad, dependiendo de sus características genéticas. Tienen una
disminución de la creatividad, y a pesar de lo que hagan tienen la sensación interna de
no cumplir con las expectativas de los otros, teniendo por ello una baja autoestima. A
veces también son tímidos y temerosos.
Padres permisivos: son aquellos que tienden a exigir poco de los niños. Les cuesta
imponer una disciplina aunque ella sea positiva para sus hijos; tienen gran dificultad para
imponer normas y suelen ser inconsistentes. Si son padres con hijos que responden a
las demandas, los resultados son menos dañinos, pero a los niños les costará mucho
aceptar los límites en el colegio y tendrán bastantes problemas de hábitos y
productividad.
Padres autoritativos: se asemejan bastante a lo que conocíamos como familias
democráticas. Aquí las reglas son flexibles, están en relación con las capacidades de
los niños, y cuando se imponen hay detrás una explicación del sentido de las
exigencias. Por ejemplo: «Tienes que dormir nueve horas, porque mientras lo haces se
produce la hormona del crecimiento, y a tu edad estás creciendo». Los niños criados en
este estilo parental son más autónomos para razonar en forma ética, tienen un mejor
autoconcepto y establecen mejores relaciones interpersonales.
Padres negligentes: son los que no están atentos a las necesidades de sus hijos,
poco involucrados y presentan un franco desinterés por ellos. Obviamente, usted que
está leyendo estas páginas no pertenece a este grupo y probablemente cuando exige,
lo hace para lograr que su hijo sea la mejor persona posible. Recuerde que al hacer
exigencias a su hijo no sólo está consiguiendo que le "obedezcan en ese momento,
sino que está influyendo en su personalidad. Es importante, eso sí, explicarle los
«porqué». Tenga presente que siempre que sea posible el niño debe percibir
claramente el beneficio en su propio bienestar. Tampoco olvide que es igualmente
importante lo que se pide y el cómo se pide.
DÍGALO EN POSITIVO

S i a usted le tuvieran que explicar lo que significa hablar en esperanto contándole


todo lo que no es, sería casi imposible que comprendiera.
Por ejemplo, le dirían que no es francés, ni inglés ni ninguno de los idiomas de los
que ha oído hablar ni conoce. Tampoco es una canción ni un medio de transporte. Este
ejemplo pretende mostrar que es casi imposible comprender lo que algo es a través de
una definición por negación. Con los niños sucede algo parecido cuando se intenta
enseñarles a comportarse bien.
Si, por ejemplo, su hijo actúa en forma rechazante con los adultos a los que conoce
poco, podrá decirle que no sea mañoso ni mal educado, pero como es pequeño, le
costará que logre entenderlo. Es más comprensible enseñarle en positivo. Decirle, por
ejemplo: «Sé cariñoso y saluda amorosamente a tu abuelo». Una explicación así
constituye una guía positiva del comportamiento que el niño necesita aprender.
Usted argumentará que es diferente cuando los niños son más grandes, ya que
conocen la diferencia entre portarse bien y mal. Es verdad que lo tienen claro y que hay
que ponerles límites, pero si usted recurre a formularles sus peticiones en forma
negativa diciéndoles «no veas tanta tele», el niño opondrá más resistencia a que si se
lo plantea de modo positivo. Por ejemplo: «Ya es la hora que acordamos que vas a
estudiar». Es difícil acostumbrarse a hablar en positivo, porque estamos muy
socializados a que educar es corregir; el «no» tiende a brotar en forma casi
espontánea. Habría que aprender a frenarse cuando surge el no, y darse un espacio
para pensar cómo podría transformar ese mensaje que quiere que sea efectivo, a una
formulación positiva. Hacerlo será de la máxima utilidad educativa, ya que tiene la
ventaja de inducir a la acción y de no comprometer la relación. ¿Ha visto algo más
desagradable que le digan a uno que no, o que le prohíban hacer algo?
Es mejor afirmar: «Completa tu tarea» que decir «para de jugar y de distraerte».
Esto último provoca que su hijo lo perciba como un padre restrictivo, y sienta que está
limitándolo en lo que más le gusta hacer, que es jugar. Además, al decirle «no te
distraigas» le pone la etiqueta de distraído.
Si su hijo está atravesando por una etapa desafiante o de rebeldía, tenga especial
cuidado de utilizar lo menos posible el «no hagas», el «no digas» o el «deja de hacer»
como indicaciones para mejorar su conducta. Probablemente, más bien lo induzca a
desobedecer que a cumplir. Cuando quiera pedirle algo a su hijo o solicitar un cambio
en su conducta, es aconsejable tratarlo como lo haría con alguien que no pertenece a la
familia. Tratar en forma afectuosa, respetuosa y educada es la mejor forma de tener
una buena relación.
A veces, en la familia las personas se permiten un maltrato entre los padres o con
los niños que resultaría inadmisible en el ambiente social o laboral. Si usted lo hace,
posiblemente su hijo tendrá problemas en la interacción con otros, ya que será una
forma validada de actuar. Es importante tratar a los que queremos con gentileza y
ternura, cuidando los vínculos para que los hijos aprendan a tratar cariñosamente a
quienes quieren.
PADRES COMPROMETIDOS

S in duda que la expresión genuina de los afectos es el factor más importante para
satisfacer las necesidades emocionales de los niños. Ya decía John Bowlby —uno
de los teóricos más influyentes en el estudio del desarrollo afectivo de los niños— que el
compromiso de los padres es la piedra angular para un buen desarrollo emocional de
los hijos.
Un padre comprometido responde en forma rápida y efectiva a las demandas de
sus hijos cuando está atento y presente: sabe cómo se llaman los amigos de sus hijos,
asiste a las reuniones y a los compromisos escolares, está pendiente de lo que
necesitan para sentirse aceptados por sus pares y es capaz de controlar sus rabias
delante de ellos si percibe que lo que va a decir los puede dañar.
Un padre comprometido no sólo financia los gastos que el niño origina, sino que
trata de estar presente, de jugar a lo que él quiere y de transmitirle a través de sus
palabras y sus acciones los valores que cree indispensables.
Cuando no puede estar presente por motivos justificados, delega en las mejores
manos posible el cuidado del niño, dando una explicación convincente al hijo por sus
ausencias.
Los padres comprometidos cuidan de estar siempre presentes en las situaciones
significativas, en las cuales la compañía es indispensable; están presentes para
apoyarlos, asisten a las ceremonias de graduación y participan en las rutinas
cotidianas. Los padres comprometidos se recuerdan como buenos compañeros y como
cómplices.
Cada etapa del desarrollo tiene tareas específicas que el niño debe cumplir y en
ellas la presencia de los padres juega un rol fundamental. Vivir los desafíos que
suponen los cambios de cada etapa, con la compañía de un padre comprometido, los
hará más fáciles y menos atemorizantes. Por ejemplo, que los padres acompañen con
orgullo al niño el primer día de clases, constituirá una base de seguridad para el hijo en
el ingreso a la vida escolar, y será además una señal duradera de que a ambos padres
les importa el colegio.
Cuando una mamá va con su hija por ocho tiendas en busca de un vestido que le
guste para la fiesta de graduación, aunque la niña escoja uno diferente al que ella
hubiera preferido hará que la hija recuerde con cariño en la vida adulta el gesto de
acompañarla dándole libertad y validando sus decisiones. Se sentirá segura, porque
percibe que su familia está allí cuando ella la necesita, y atenta a respetar sus gustos.
Los niños necesitan, para crecer seguros, de un ambiente emocionalmente estable,
con padres disponibles, lo que implica que sientan la presencia y compañía de sus
papas en los mil agotadores requerimientos que supone educar.
El padre comprometido tiene una ruta que le permite navegar estando a cargo del
timón del barco, y encontrando maneras para que sus metas y las actividades que
programa para cumplirlas tengan una resonancia afectiva positiva en sus hijos y se
vayan adaptando a las particulares condiciones de cada uno de ellos.
EL LENGUAJE SECRETO

C uántas veces usted se ha dicho a sí mismo en relación con un hijo: «No sé qué le
pasa, pero estoy claro que algo no anda bien con él», y sucede que a los pocos
días le avisan del colegio que tendrá que ir a castigo el sábado porque lo sorprendieron
fumando. O cuando usted insiste en que mejor no vaya al colegio porque no le notó una
buena cara, y luego descubre que estaba incubando una hepatitis.
La literatura sobre comunicación emocional afectiva sostiene que no es más de un
diez por ciento de la comunicación la que se produce a través de la esfera verbal y que
la mayor parte de ella se da a través del lenguaje no verbal. Lawrence Schapiro, en su
iluminador libro llamado El lenguaje secreto de los niños, postula que entre los padres e
hijos hay un lenguaje secreto, que puede ser aprendido por los primeros porque les
facilitará su comunicación emocional. Schapiro plantea la necesidad de que los padres
observen sistemáticamente a sus hijos por períodos breves y sugiere una técnica que
no deja de ser interesante. «Obsérvelo como si no fuera su hijo». La razón de esta
extraña sugerencia es intentar sacar cualquier elemento de prejuicio o de estereotipo.
El autor también sugiere mirar el contexto en que se dan los comportamientos del
niño; por ejemplo, cuando deja sus cosas tiradas en cualquier parte quizás sería bueno
mirar su pieza y ver si tiene un canasto para guardar sus juguetes.
En el lenguaje secreto de los niños es necesario observar dos tipos de señales. Las
macroseñales, que son aquellos aspectos evidentes como gestos, posturas y
movimientos que son fácilmente interpretables; y las microseñales, que requieren de
una observación más fina, ya que son claves sutiles basadas en un profundo
conocimiento del niño y que suponen la capacidad de leerlos emocionalmente. Son
pequeños cambios, como una leve variación en el color de la piel o una lentificación de
la marcha, o el caminar cabizbajo de un adolescente. Estos cambios son habitualmente
procesados por el cerebro emocional, lo que permite que los padres puedan leer
correctamente las emociones de sus hijos.
Esta técnica debe ser una observación para mejorar la comunicación y para
comprender al niño, y no es una estrategia orientada a escudriñar lo que ellos no
quieren comunicar. Con esta observación se busca que los padres puedan sintonizarse
emocionalmente con los hijos.
Esta comunicación debe darse en espacios libres de conflictos, para que primen los
factores positivos. El lenguaje secreto permite, además de una comunicación
emocionalmente efectiva, que los problemas se adviertan cuando están comenzando y
así puedan ser fácilmente solucionados. Con este lenguaje los padres aprenden a
entender a sus hijos, pero, a su vez, éstos aprenden empáticamente a entender el
lenguaje emocional de los padres. Así, el lenguaje emocional es un favorecedor del
vínculo entre padres e hijos. Estimular este lenguaje con los niños los ayuda a aprender
a conectarse con ellos mismos.
LA PROPIA INFANCIA

L a conexión con la propia infancia puede ayudar mucho a los padres en la compleja
tarea de educar a sus hijos.
Cuenta Camila, madre de tres hijas, que había gritado hasta quedar ronca, cuando
recibió una dolorosa queja de su hija mayor: «Espero no gritar nunca a mis hijos como
tú lo haces con nosotras».
Ante esta observación, Camila se deprimió porque le resonó como una expresión
familiar, ya que recordó que ella también se lo había dicho a su propia madre. Esta
actitud de repetir un patrón que odiaba la hizo reflexionar y cambiar. Significó no sólo
que gritara menos, sino que, además, comprender retrospectivamente a su madre y
disminuir los resentimientos que sentía hacia ella.
Un aspecto valioso a la experiencia de la paternidad es tener la oportunidad de
revivir, explorar y reflexionar la propia infancia. A veces, como en el caso de Camila,
sirve además para resolver algunos temas de la propia infancia que son en ciertas
ocasiones un obstáculo importante en la relación con otros.
Tolerar que los hijos tengan sentimientos ambivalentes hacia nosotros se hace más
fácil si hay un recuerdo de las propias ambivalencias que uno tuvo hacia sus padres.
Ningún afecto es químicamente puro; hasta en la mejor de las relaciones se mezcla la
ternura con las rabias, la gratitud con las quejas. La relación padres-hijos no es una
excepción.
Una convivencia tan íntima y tan larga, sobre la que pesan tantas expectativas,
obviamente no puede estar exenta de conflictos. Esto no quita que la relación esté llena
de momentos mágicos, encuentros de gran profundidad y de felicidades compartidas.
En este pasaje del club de los hijos al club de los padres nunca está de más darse
una vuelta para recordar la infancia, para recordar quiénes y cómo eran los propios
padres. ¿Qué le gustaba de ellos?, ¿qué parte del modelo quiere repetir y cuál quisiera
cambiar?
Una interiorización no consciente de los modelos lleva a repetirlos por mecanismos
de identificación en forma casi automática. Es posible que muchas de las cosas que no
le gustaron las esté repitiendo, pero esto no es inevitable en los seres humanos. Todos
podemos cambiar y progresar cuando tomamos conciencia y decidimos hacerlo.
Entender el origen de conductas y conectarse con las emociones que ellas generan
puede ayudar a mejorar y a controlar el comportamiento.
Es necesario buscar caminos para que las dificultades de la familia no sean
traspasables de generación en generación. Si su madre era poco cariñosa y expresiva,
haga usted un esfuerzo por desarrollar esta parte de su relación, de manera que no
pase lo mismo en la generación de sus nietos.
Romper las cadenas de las carencias familiares requiere una conexión con los
sentimientos que se tuvieron en la infancia. Encontrarse con ellos puede eliminar la
forma en que se está ejerciendo el rol paterno o materno, señalando una manera
emocionalmente más positiva para construir la relación con los propios hijos.
OPTIMISMO Y SALUD MENTAL

U na de las variables más relacionadas con la salud mental es el optimismo, es decir,


la capacidad de mirar la realidad con una perspectiva positiva.
Desde edades muy tempranas es posible sembrar esta mirada. Por ejemplo,
cuando llueve decir «qué limpio quedó el aire». Los comentarios casuales sobre los
acontecimientos cotidianos dan la posibilidad de entregar una mirada positiva o
pesimista.
Lo interesante de la metáfora clásica ¿cómo ves esta copa? Al presentarse una
copa hasta la mitad, es que da cuenta de cómo es posible que un mismo hecho sea
percibido de manera diferente según la actitud de quien lo mire. Cuando se responde
que está medio vacía sería una percepción pesimista; en cambio si la respuesta es que
está medio llena reflejará una actitud optimista.
Para estimular una postura positiva de la realidad es necesario que la mayor parte
de los comentarios que se hagan delante de los hijos estén focalizados en las cosas
buenas.
Expresiones como ¡qué rico!, ¡me encanta!, ¡qué bonito!, ¡qué agradable!, ¡qué
inteligente!, ¡es tan brillante! son signos de una mirada positiva. Otras expresiones que
sirven para reafirmar una postura positiva son: «Tengo confianza», «tengo esperanza»,
«en realidad valió la pena el esfuerzo», «estoy seguro de que saldrá bien».
Cuando estas expresiones se refieren a características del niño o a cosas que ha
hecho o a su futuro son doblemente beneficiosas, porque facilitan una programación
positiva acerca de sí mismo y de su futuro.
La postura opuesta, centrada en los aspectos negativos de la realidad, tiende a
entregar al niño una visión crítica y desesperanzadora que no sólo puede perturbar su
percepción de la realidad, sino su felicidad.
Más grave es cuando las descalificaciones se refieren a personas que para el niño
son significativas, como sus padres o sus profesores, ya que no sólo le transmiten una
postura crítica frente a ellos, sino que también deslegitiman la autoridad de estas
personas.
Un factor que no es trivial y que incide en que a los niños y a los adolescentes les
cueste desarrollar un sano optimismo, es que muchos de los eventos que suceden
inesperadamente suelen ser desafortunados. Los accidentes, las enfermedades, la
pérdida del trabajo de sus padres y otros eventos dolorosos son pocos comparados con
la cantidad de cosas positivas que suceden, pero su intensidad y el impacto que tienen
sobre las familias es de tal magnitud, que suelen llevar a que las personas se centren
por largo tiempo en ellos. La verdad es que a veces los relatos familiares sobre su
historia son como las noticias, focalizándose exclusivamente en las malas.
Una buena práctica es que una vez a la semana la familia se reúna y converse
acerca de «qué fue lo mejor de tu semana» o «qué fue lo mejor de este año», o «qué
fue lo que más te gustó de tus vacaciones». Otra manera de fomentar en los hijos y en
las hijas el optimismo es incluir el factor sorpresa, inventando en forma inesperada
cosas positivas, como por ejemplo, hacerle su comida preferida un día cualquiera de la
semana, llevarle de regalo al hijo adolescente un CD que desea simplemente porque lo
quiere, y no porque sea su cumpleaños.
El optimismo y el pesimismo son altamente contagiosos; el pesimismo, además de
contagiar, paraliza y tiende a desalentar los esfuerzos por mejorar. En tanto que el
optimismo introduce energía, esperanza en lo que la vida ofrece. Una mirada optimista
aumenta el potencial de felicidad del niño y también el de su familia.
SEMBRAR ESPERANZAS

S i usted analizara los contenidos de los mensajes que le transmite a su familia,


¿podría encontrar en ellos señales de esperanza?
Los niños tienen que percibir que, a pesar de las dificultades, detrás de los
obstáculos puede haber un logro. Educar no es sólo un trámite informativo, sino que
hace ver que, a pesar de los problemas cotidianos, es posible hacer cambios y vivir
experiencias valiosas.
El educador brasileño Pablo Freiré, en su libro Pegaso, que habla sobre la esperanza
sostenida, señala: «La desesperanza nos inmoviliza y nos hace suscribir en el fatalismo,
donde no es posible juntar las fuerzas indispensables para transformar el mundo. No
quiero decir que por ser esperanzado atribuyo a la esperanza el poder de cambiar la
realidad». La esperanza es necesaria; ciertamente esta postura es sabia, ya que la
esperanza transmite luz y da energía. Inconscientemente, muchas veces transmitimos
mensajes sombríos que le quitan luminosidad a la perspectiva de los hijos, por ejemplo,
al decir este mundo está cada día peor.
«Si sigues así, vas derecho al fracaso». Evite esta focalización en la desesperanza,
ya que transmite a los niños un temor a tener que enfrentar un mundo hostil,
considerando que las herramientas con que cuenta son insuficientes. Un mensaje de
esta naturaleza desalienta las iniciativas y tiende a inducir a la pasividad en los hijos, y
a que se pregunten para qué voy a esforzarme si los resultados igual serán malos.
No se trata de no reconocer las expectativas negativas, sino de centrarse en los
aspectos que se podrían mejorar. «Es verdad que hay muchos niños pobres, ¿qué se te
ocurre que podrías hacer para ayudarlos?».
La esperanza debe tener una orientación a la acción frente a las dificultades, que
aunque posiblemente no sea un camino fácil, sí puede ser uno muy productivo. Los
niños o adolescentes que han recibido de sus familias elementos que les permiten
percibir que tienen posibilidades de realizar cosas y de tener espacios, están más
preparados para enfrentar las demandas y exigencias de su ambiente.
Se ha comprobado que el transmitir expectativas de éxito a los hijos evidentemente
les entrega apoyo y afecto, y les da una seguridad que los impulsa a desarrollar una
vida con propósitos claros. En tanto, cuando se entregan expectativas negativas y se
les plantea la desconfianza, incluso en el logro de metas pequeñas, los niños tienden a
tener pocas iniciativas y demuestran abandono en las tareas.
Un exitoso empresario que tuvo una infancia difícil recuerda con emoción lo que le
decía su madre: «La fe mueve montañas.
Esa frase me hizo creer que con mi esfuerzo podría lograr lo que quisiera; ahora,
cada vez que tengo problemas, pienso en mi madre y en sus consejos, y eso me da las
esperanzas para conseguir lo que necesito. Y cuando no me resulta, nuevamente me
acuerdo del lema esperanzador que ella me transmitía».
LAS CLAVES AFECTIVAS

P ara comprender qué sucede en el mundo interno de los hijos y por qué actúan
como lo hacen, es necesario estar muy atento a las señales sutiles que provienen
del complejo mundo afectivo de los niños.
Se dice que no hay nada más irracional que creer que todo es racional. Tratar de
entender o conectarse con los hijos sólo desde esa esfera deja fuera lo que constituye
el núcleo central de toda relación de intimidad, que son las emociones. La afectividad
es lo que define lo propiamente humano y las señales afectivas son una ventana hacia
lo que los hijos sienten; nos van mostrando cómo perciben la realidad, cómo se
perciben a sí mismos, a qué le temen, qué los preocupa, qué los daña, qué los seguriza
y qué les da felicidad.
Los padres pueden ser reemplazables en muchas de las cosas que se les pueden
enseñar a los hijos. Se han construido programas de computación que son capaces de
enseñar a jugar ajedrez, idiomas, escribir cuentos, pero no se logrará nunca desarrollar
máquinas que se conecten afectivamente con ellos y que sean capaces de comprender
su mundo emocional.
La posibilidad de sentir alegría y tristeza, de crear lazos y de conectarse
empáticamente con otros está dada por la profundidad y el apego afectivos que se haya
tenido en la infancia con las personas más significativas: el padre, la madre, los
abuelos, los hermanos.
Los niños, al igual que los adultos, generan sus vínculos afectivos con aquellas
personas que son capaces de resonar y responder con sus necesidades afectivas, pero
para tener esa capacidad de sintonizarse afectivamente hay que estar atentos a las
claves emocionales. La sincronización emocional se da cuando hay capacidad de
conectarse con las claves emocionales sutiles, que se reflejan en el tono de voz, en la
expresión de los ojos, en la postura corporal. La sincronización está presente en todos
los amores entrañables, como son las relaciones entre padres e hijos, el amor de pareja
y en las amistades. Cuando en una relación de familia se ha perdido la ternura de los
gestos simples, las relaciones se hacen menos humanas, tienen menos magia y menos
poesía.
Conocer a un hijo no es tener una descripción objetiva de sus características, sino
poder conectarse con sus sueños, con sus temores, con las huellas que le han dejado
las experiencias de fracaso y empáticamente darse cuenta qué los pone bien y qué los
pone mal y, por supuesto, tomar en cuenta estos factores al relacionarse y al tomar
decisiones que les incumben.
Para lograrlo, es necesario darse tiempo para estar con ellos y reflexionar qué
pueden estar sintiendo, cómo estarán procesando nuestras conductas hacia ellos y cuál
es el impacto de nuestras decisiones en su afectividad.
Una actitud indispensable en el amor es estar alerta y desarrollar una conducta
receptiva a las señales que nos abren las ventanas al mundo interno de los niños.
TIEMPO SIN INTERRUPCIONES

E n terapia gestáltica se ha sostenido que la neurosis es interrupción. En el mundo


actual, pocas veces las personas se dan tiempo para estar juntas sin
interrupciones. Los llamados telefónicos, las idas a buscar un material, la entrada de
alguien para hacer una pregunta que muchas veces puede postergar, hace que pocas
veces la comunicación entre las personas se dé en forma fluida. Cuando se alcanza un
cierto nivel de profundidad, una interrupción hace que las personas tengan que volver a
empezar, perdiendo el hilo emocional o cognitivo de la conversación. Se vuelve a veces
desde un nivel complejo a un nivel muy superficial y cuesta regresar a esa conexión de
significado que se da en las relaciones emocionales profundas. Es quizás por eso que
la comunicación de a dos, en cualquiera de sus formas, padre-hijo, hermano-hermana,
novio-novia, es la que se percibe como más nutritiva emocionalmente, ya que se
genera en un espacio más íntimo y con menos riesgo de interrupción.
Una madre de tres hijos consultó porque sentía que la relación con sus hijos era
superficial. Se evaluó cómo distribuían el tiempo disponible, ya que ella trabajaba, los
niños estaban en el colegio y tenían numerosas actividades extraprogramáticas.
Además, se iban un fin de semana por medio con el padre, del que ella estaba
separada hacía dos años. Se constató que ella prácticamente no tenía tiempo uno a
uno con sus hijos, salvo el beso de las buenas noches cuando todos estaban muy
cansados como para conversar. Se le sugirió dejar un tiempo, al menos cada quince
días, para salir a solas con cada uno de sus hijos. Esta salida, que aunque pudiera
estar conectada a alguna actividad útil —ir al pediatra o al dentista—, debía contemplar
un tiempo libre en función de los intereses de los hijos. Por ejemplo, ir a las galerías y a
museos con el hijo que le gustaba la pintura, a una tienda de deportes con el que era
deportista y a librerías con la hija que era buena lectora.
La idea era centrarse en un solo hijo y tener cosas creativas que hacer. Salir a
explorar el centro, visitar el lugar donde nacieron los padres o donde ellos vivieron de
pequeños, es decir, tener un espacio de a dos para vincularse. En estas salidas debían
evitarse los temas conflictivos. La idea era favorecer una relación afectiva con temas de
encuentro más que en áreas de desencuentro.
También se le recomendó que en los espacios de tiempo familiar común, por
ejemplo, las horas de comida, evitara las interrupciones, desconectando el teléfono,
para que esos momentos se transformaran en un lugar cerrado. Si bien era un espacio
cerrado a los otros, era importante que hubiera temas interesantes que provocaran una
apertura y un enriquecimiento en la comunicación familiar. Quizás que cada cual
contara una buena noticia o respondiera a preguntas como: «¿Qué parte de tu vida te
gustaría conservar para siempre en tu memoria?».
Eligiendo en lo posible temas positivos, se logra un nivel de comunicación más
profundo, y la ausencia de interrupciones favorece la comunicación fluida.
Cuando se habla de «tiempo de calidad» se habla de un espacio en que los hijos
puedan percibir que la atención de sus padres es en exclusiva: «Te tengo toda entera
para mí», como decía una niñita de cuatro años que salió de viaje con su madre.
Lo importante es atender al hijo en forma individual, no como una tarea sino como
una actividad en que hay alegría y se disfrute del estar juntos. No hay tiempo mejor
invertido que el estar con la persona que se quiere. Recuerde que su hijo o hija no
volverá a tener esa edad y que a veces hay padres que se han dado cuenta demasiado
tarde de que sus hijos crecieron y que ya no hay espacio para esos tiempos
compartidos, en que la relación con usted era la mayor felicidad que podía tener su hijo.
EL PODER DE LAS PALABRAS

E l lenguaje crea realidades y permite hacer distinciones que facilitan la convivencia.


Así, un experto en árboles, cuando entra a un bosque, reconoce por su nombre
diferentes especies y percibe variedades que un no experto no logra hacer. Los niños,
durante su primer año de vida, no tienen concepción de sí mismos; sin embargo,
responden a las palabras que escuchan con balbuceos y sonrisas. Entre los quince y
dieciocho meses, comienzan a identificarse con su nombre y a reconocer que son
diferentes a los otros.
La percepción de las características personales se desarrolla como a los dos años
y medio y, a partir de allí, su autoconcepto se amplía enormemente. El niño o la niña se
empieza a describir con las palabras que usan las personas que los rodean para
definirlos. Este hecho da cuenta del poder que las palabras tienen en la generación de
la identidad de un niño. A través de los adjetivos que los padres usan para describirlo, le
transmiten un mensaje acerca de sí mismo y de quién es él, por ejemplo, «eres
inteligente, amoroso y buen amigo». Esa frase puede ser nutritiva, creando una
identidad positiva y expandiendo su conciencia de sí.
Pero las palabras pueden ser también armas mortíferas que destruyen la confianza
en sí del mismo niño y que le entregan una imagen negativa y distorsionada, como
cuando se le dice, por ejemplo, «eres malo y peleador».
A veces los padres son bastante tacaños en el uso de las palabras nutritivas y
describen a su hijo o hija con pocos rasgos, habitualmente los que son sobresalientes,
olvidando señalar otras características de personalidad positivas que pueden no ser tan
evidentes, pero sí muy importantes.
A Verónica, a pesar de ser una niña inteligente, le iba mal en el colegio. Cuando se
le preguntó por qué no estudiaba, contestó: «Para qué voy a estudiar si soy tan bonita».
A ella se le había sobreestimulado su imagen física en desmedro de su inteligencia.
Centrar la imagen que les entregamos a los hijos sólo en una característica, por
positiva que sea, empobrece el autoconcepto del niño. Use muchas palabras para
definir a sus hijos y ojalá sean lo más positivas posibles; preocúpese de no entregar
etiquetas negativas. También, tenga cuidado al describir utilizando anticipaciones
catastróficas de su futuro. Estas pueden dañar la programación interna del niño. Por
ejemplo, al decirle: «Si sigues así, tu vida será un fracaso». Esta frase podría operar
como profecía autocumplida.
A través del lenguaje se podrá desarrollar entre usted y sus hijos un intercambio
cálido, en que ellos aprenderán a utilizar un lenguaje emocional positivo, que los hará
queribles, porque a través de esos conceptos asimilados aprenderán a ver las cosas
buenas que tienen los demás.
Recuerde: los niños se describen a sí mismos con las palabras con que han sido
descritos. Sea generoso con lo que les dice acerca de ellos mismos, porque los niños
se nutren afectivamente de sus palabras. Y ellas son muy importantes para reforzar lo
que llegarán a ser.
¿ES LA INTELIGENCIA EMOCIONAL CONTAGIOSA?

L a inteligencia emocional se aprende por modelo, y en ese sentido cuando un niño


vive con personas que se desenvuelven emocionalmente con inteligencia aprende
en forma implícita a vincularse con los otros de una manera que favorecerá sus
relaciones interpersonales. Al contrario, las formas de relacionarse de manera
disfuncional en su familia afectan negativamente la inteligencia emocional. En la familia
se pueden aprender las cinco habilidades que la describen, si se vive en un contexto
emocional apropiado.
La autoconciencia: Es decir, la reflexión acerca de quién uno es y la autoevaluación
que supone. Puede ser transmitida por los padres cuando piensan acerca de sí
mismos, por ejemplo, reflexionando en voz alta «¿Qué logré el año anterior y qué
debería lograr el próximo?». Por el contrario, padres que ante las dificultades siempre
atribuyen la responsabilidad a otros sin evaluar en qué medida lo sucedido se explica
por sus acciones no favorece el logro de una autoevaluación precisa. El control
emocional: Este aspecto es central. Regula la expresión de la emociones, es decir, ser
capaz de decir lo que se siente, teniendo en cuenta el contexto y las necesidades de
otros. Padres considerados, cariñosos, capaces de controlar sus rabias serán un
modelo para que el niño autorregule su comportamiento. En el lado opuesto están los
padres impulsivos, desatinados, que aunque quieran mucho a sus hijos, no le entregan
un clima que les permita aprender a regularse.
Empatía: La empatía es la habilidad que más se relaciona con la inteligencia
emocional, y es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, entendiendo lo que
siente. Un padre puede enseñarla a su hijo en la medida que es capaz de conectarse
con los sentimientos de éste, o cuando lo legitima en vez de limitarse a una orden sin
dar razones ni sintonizarse con sus emociones. Por ejemplo, diciendo: «Sé que quieres
seguir jugando, pero es hora de dormir y mañana hay que levantarse temprano».
La motivación: Es la capacidad de comprometerse en actividades. Cuando un niño
observa a sus padres interesarse por su trabajo —o por lo que tienen que hacer—,
poniendo energía y mente en el cumplimiento de las metas, aprenderá a interesarse por
los propios, a valorar la capacidad de ponerse metas y cumplirlas.
Habilidades sociales: Es la capacidad de establecer relaciones mutuamente
satisfactorias. Si los padres entregan a sus hijos un modelo de casa abierta, en que los
amigos son acogidos y valorados; en que se vive un clima de reciprocidad emocional; o
si los adultos reconocen los aportes de las personas, los niños podrán interiorizar en
estos gestos un interés genuino por relacionarse con los otros y por establecer
conexiones auténticas y gratificadoras por los demás.
Sin duda, la inteligencia emocional se aprende cada día en un contexto nutritivo; los
niños van configurando una personalidad, conectada con ellos mismos y con los otros,
empatizando, y se van convirtiendo en personas más queridas y queribles.
LOS PELIGROS DE LA CRÍTICA

S e dice que una gota de miel es mejor que un tonel de hiel, y en este antiguo adagio
existe una sabiduría de gran utilidad a la hora de enseñar a los hijos.
Cuando hay comportamientos o actitudes que quisiéramos cambiar en los niños, la
primera respuesta que nos surge es formular una crítica, la que muchas veces es
fundamentada con toda la evidencia posible, intentando a veces señalar los errores con
la mayor intensidad, lo que es vivido por los niños como una especie de aplanadora
psicológica.
La crítica siembra imagen personal negativa y sus efectos pueden ser
devastadores, especialmente cuando los niños son pequeños —porque recién se está
formando su autoconcepto—. Ellos no tienen lenguaje, ni experiencias, que les
permitan argumentar para defenderse de lo que los adultos les están diciendo. Si a
usted le dicen irresponsable, tiene un sinfín de maneras de demostrar que no lo es.
En este sentido, la crítica se graba en la mente del niño como una descripción de sí
mismo, que está fundamentada en la opinión de quienes él más quiere, sus padres.
Cuando usted le dice a un hijo «eres agresivo», le está entregando un dato acerca
de sí mismo que hará que sus esfuerzos por cambiar le sean difíciles.
¿Cómo lograr que cambie? Siempre que sea posible, dé las instrucciones en
positivo, es decir, haga una transformación del negativo al positivo. Es mucho más
inductor de cambio decir: «Ordena tu pieza, si quieres salir», que afirmar «esta pieza
parece un chiquero».
Tenga mucho cuidado con el lenguaje metafórico negativo al criticar, ya que las
metáforas tienen un alto valor de programación. Por ello se aconseja sólo usar metáforas
positivas, por ejemplo, «eres tan encantadora como un hada». Desafortunadamente, las
observaciones en familia sobre competencias parentales muestran que los padres
critican con frecuencia más de lo que alaban, y que usan más las metáforas negativas
que las positivas.
Y ello se relaciona con que se tiende a repetir en la educación de los hijos el modelo
con el que se ha sido educado, ya que muchos padres tienden a pensar que educar es
corregir. La crítica provoca —aunque sea justificada— rabia en el criticado, quien a su
vez buscará descalificar al que critica. Un pensamiento muy habitual frente a la crítica
es pensar: ¿con qué derecho critica mi desorden? Mejor sería que mirara cómo anda
por casa. No es infrecuente que los niños, como respuesta a una actitud excesivamente
crítica, se pongan desafiantes, a la defensiva o insolentes.
Tenga conciencia de que la crítica genera una reacción negativa, úsela en dosis
mínimas, diga más bien lo que quiere conseguir y explíquelo en forma calmada, para
que su hijo o hija puedan percibir su afecto y su interés porque las cosas resulten bien,
incluyendo los esfuerzos por lograr los objetivos. Por ejemplo, dígale: «¿Cómo
podríamos conseguir que tu pieza estuviera más bonita?».
Incentive el cambio con dulzura, mostrando caminos y haciendo sentir que es
posible lograrlo. Controle sus impulsos cuando haga una crítica. Recuerde que se trata
de construir y no de destruir.
EL ESTRÉS DE LOS NIÑOS

E l mundo de los adultos está inundado de personas que sufren síntomas de


ansiedad tan intensos que están obligadas a tomar diversos fármacos para poder
enfrentar sus obligaciones cotidianas, lograr conciliar el sueño o resolver los problemas
que les van surgiendo. Posiblemente la raíz de esta dificultad para controlar la ansiedad
se encuentre en la infancia, cuando de niños estuvieron expuestos a situaciones de
tensión, que dado su nivel de desarrollo afectivo no eran capaces de elaborar.
Lo opuesto a la ansiedad es la armonía interior, la seguridad para enfrentar cada
día con libertad emocional, intentando vivir en el mejor mundo posible para sí mismo y
para los otros. Tener serenidad es tener la capacidad de no derrumbarse ante las
tensiones, aceptando los riesgos y obstáculos, pero sin caer en una preocupación
obsesiva por el futuro. No se trata de no ocuparse de los problemas y las dificultades,
pero sí de liberarse de las fantasías catastróficas acerca de lo que podría pasar y ser
capaz de disfrutar el momento presente.
Muchas veces la ansiedad de los niños es producto de los miedos acerca del futuro
que les han transmitido sus padres, entregándoles una imagen de mundo aterrorizante
y lleno de obstáculos que no podrán enfrentar. Transmitir a los hijos miedo acerca del
futuro disminuye su confianza en sí mismos.
Por el contrario, enséñeles a mirar la belleza de la naturaleza y el milagro de la vida
a través de medios tan simples como, por ejemplo, cuando vaya de viaje no centrar la
atención en llegar luego y pelear con los otros automovilistas, ya que estaría
entregándoles a sus hijos el mensaje que salir de casa es un peligro, lo que puede
quitarle a un paseo toda la magia que éste tiene. Permítales entender que el camino es
parte del viaje y disfrútenlo juntos. Ayúdelos a enfrentar serenamente las dificultades,
atreviéndose a mirarlas positivamente, buscando en ellas lo que es rescatable y lo que
podrían aprender. Sembrar en la frágil mente infantil angustia de futuro y temor a
acontecimientos negativos que eventualmente podrían ocurrir, y frente a los cuales los
niños no tienen posibilidad de control, más que enseñarles a ser prevenidos, los tiende
a paralizar.
Un padre que había quedado huérfano muy pequeño transmitió a sus hijos miedo a
la orfandad. Eso significó que los niños tuvieran pesadillas y fueran hipocondríacos.
Uno de ellos, en una sesión de terapia después del funeral de su padre —que ocurrió
finalmente a los ochenta y seis años—, comentó cómo arruinó su papá su infancia y lo
llenó de angustias innecesarias. Nadie puede prever lo que el futuro depara. Lo único
que se puede hacer para que los niños estén preparados para enfrentar situaciones
adversas es fortalecer su personalidad, generando confianza en sí mismos y
estimulando su capacidad para disfrutar lo positivo que cada día les trae, sin dejar que
las fantasías de un futuro que podría ser problemático les arruine el presente.
Sin duda hay dificultades, entre otras el miedo al fracaso, a no ser aceptado o a la
pérdida de personas significativas. Pero sobredimensionarlas genera un nivel de
angustia que puede ser un factor de disgregación de la personalidad en los niños, que
va a comprometer su salud futura.
ESAS ODIOSAS COMPARACIONES

P areciera innecesario referirse a una actitud tan obviamente negativa para el


desarrollo de un niño, como es la de comparar a los hermanos o a un niño con sus
amigos o sus primos. Probablemente usted pensará «yo jamás compararía a mis hijos»
y lo más probable es que no caiga en el error de decirle a una hija «tu amiga sí que es
bonita» o «podrías aprender de tu primo que es tan aplicado». Sin embargo, me surge
esta preocupación por disminuir las comparaciones después de oír quejas reiteradas de
los niños de que sus padres viven comparándolos.
Pareciera ser que sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, tenía
razón cuando, en su libro El perro de los Baskerville sostenía que «el mundo está lleno
de cosas obvias de las que nadie se da cuenta ni de casualidad». Asimismo, pareciera
ser que el dañino efecto de sentirse comparado que se produce en los niños es
percibido por pocos adultos que ni siquiera asumen que están comparando.
Cuando es comparado, el niño no sólo va acumulando resentimientos hacia la
persona que lo hace; ello también le produce una inseguridad personal, el sentimiento
de no ser lo suficientemente valioso y, por supuesto, se afecta el vínculo con la persona
con la que es comparado. Si las comparaciones se hacen con su hermano, se
aumentarán las naturales rivalidades que hay entre ellos por el afecto de los padres.
Si se lo compara con un primo, el niño tenderá a generar una actitud negativa hacia
él. Comparaciones más sutiles que las descritas son desafortunadamente más
frecuentes y dañinas de lo que se pueda creer. Por ejemplo, cuando una visita se dirige
a una de las niñitas de la casa y le dice que es muy linda mientras la otra hermana
observa, y agrega empeorando la situación al tratar de arreglarlo: «Pero también usted
es linda, mijita». Este último comentario: «Esta niñita también es linda», hace que la
aludida se sienta en jerarquía más abajo que su hermana y, posiblemente, más fea que
ella, lo que dañará su autoestima física y la relación con su hermana.
Si hay una actitud que fomenta la competencia son las comparaciones constantes,
las que no sólo son dañinas cuando se hacen sobre los niños, sino que cuando se
transforman en un elemento cotidiano de la cultura familiar. Comentarios como los
siguientes dan cuenta de esta situación: «Las vacaciones fueron buenas, pero nada
que ver con las del año pasado». O «Los González fueron a Buenos Aires» y se crea un
silencio comparativo aterrador sobre la mesa del desayuno, ya que significa que los
González son tanto más ricos o tanto más entretenidos que tú...
Cuídese de las comparaciones, aunque sea casi imposible no hacerlas en una
cultura consumista y concursante, en que todo es sometido a un ranking. Valore y
quiera a cada uno de sus hijos como son, expréseles en la intimidad, y no delante de
otros que se puedan sentir menoscabados, cómo y cuánto los quiere, y lo orgulloso que
está de él o de ella.
Si se le vienen las comparaciones a la cabeza, frene... No las diga. Póngase en los
zapatos de quien lo escucha y se dará cuenta que a veces es mejor callar.
Tanta comparación puede ser signo de poca inteligencia emocional, ya que implica
no tener empatía con el que sale perjudicado en las comparaciones.
CORREGIR O HUMILLAR

H a pensado alguna vez que su forma de llamar la atención a sus hijos podría ser
sentida por ellos como humillante? Camila, una niñita de siete años muy tímida y
con problemas de aprendizaje, decía en una sesión de psicoterapia: «No es nada que a
uno lo castiguen, lo atroz es que a uno lo humillen». Cuando se le preguntó cuándo
sentía que la humillaban, explicó: «Cuando mi mamá me reta delante de las visitas;
cuando me grita delante de mis amigos, porque estoy viendo televisión en vez de hacer
las tareas». Ciertamente pocos adultos llamarían la atención al marido o a la señora
delante de las visitas, porque además de ser considerado un gesto de mala educación,
hay conciencia que produciría un daño en la relación.
La timidez de Camila no es ajena a las humillaciones que su madre le hacía sin
pensar que estaba provocando un daño. Por el contrario, ella estaba convencida de que
ese reto en público era una acción educativa.
Una vez hecha esta reflexión a la madre de Camila —es decir, que su niña es más
vulnerable a la vergüenza que los adultos y que reprenderla en público podría generar
una perturbación importante— la ayudó a frenar esta necesidad casi compulsiva de
corregir a la niña delante de otros.
Las críticas deberían ser las menos posibles y siempre es aconsejable hacerlas en
privado. Los niños, especialmente si son pequeños, no pueden defenderse de una
agresión cuando son descalificados delante de otros. Cuando esto sucede se pueden
observar en ellos los signos inequívocos de la vergüenza y del miedo, se ponen rojos,
tiemblan, se les llenan los ojos de lágrimas: se sienten humillados. Sentirse humillado
por alguien que los quiere les produce una enorme inseguridad no sólo en ese
momento, sino que también en el futuro.
Camila, que estaba en clase de recuperación en matemática, oyó decir a su madre
delante de algunas de sus compañeras del curso: «Todo lo que he gastado en una
profesora particular para que no haya progresado nada». Ella no sólo se sintió
humillada frente a sus amigas, sino que aumentó el rechazo hacia el ramo y
obviamente acumuló mucha rabia hacia su madre. Los efectos de un reto o una
descalificación en público no se borran fácilmente. Es comprensible que usted sienta
enojo, pero como adulto se requiere que se autocontrole. Si no lo logra, pida ayuda y
mire a su hijo mientras lo reta: su cara de miedo le servirá de señal para frenar su
impulsividad.
Recuerde que las diferencias de poder entre usted y su hijo impiden que el niño se
pueda defender y los daños para su sentimiento de seguridad pueden ser enormes.
Además, considere lo que una actitud de violencia con los niños significa para los
observadores, que están condenados a ser cómplices silenciosos para no desautorizar
a los padres.
Es comprensible que muchas veces sienta su paciencia colmada, pero cálmese
antes de actuar y evite a su hijo la humillación de ser reprendido en público y a los
espectadores el mal rato de asistir a una escena desagradable. Recuerde que el modo
en que usted trata a sus hijos frente a los conflictos será la forma que ellos usarán para
solucionar los suyos.
Corrija, pero ojalá en privado y con una gran dosis de ternura.
DISCIPLINA, UN TEMA DIFÍCIL

A nalizar el complejo tema de la disciplina en la familia desde todas sus aristas por
supuesto que no es posible y supondría casi un tratado. Pero hay algunos
conceptos que podrían facilitar la búsqueda de consensos entre los padres en este
crucial punto para la convivencia familiar y para el desarrollo de los niños.
La disciplina se expresa en la capacidad de los padres para poner límites a los
niños, facilitando la internalización de las normas y los valores que los sustentan.
Probablemente el tema de la disciplina es uno de los que más discusiones y
tensiones generan al interior de la familia. La diferente socialización que tuvieron en la
infancia cada uno de los padres hace prácticamente imposible llegar a un acuerdo de
un ciento por ciento acerca de cómo ejercer la disciplina.
Sin embargo, tiene que haber un acuerdo en los valores básicos y en tener una
actitud respetuosa, intentando no deslegitimar la autoridad del otro y validarla cuando
sea posible. La excepción a este principio es la presencia de maltrato o violencia hacia
los hijos. Existe una tendencia a repetir los estilos de la familia de origen en relación a
la disciplina, incluso en personas bastante críticas acerca de la forma en que ella les fue
impuesta en la infancia.
Muchos padres reconocen con vergüenza haber gritado a sus hijos de la misma
manera que sus padres lo hacían con ellos, aunque se habían jurado a sí mismos no
actuar así. Una mamá contaba su desesperación de no poder librarse de un modelo
familiar que le cargaba, diciendo: «A veces reconozco hasta el tono de voz de mi
mamá, que era muy desagradable cuando me retaba, cuando les llamo la atención a
mis hijos».
En la forma de imponer disciplina, además de la socialización recibida, influyen las
creencias que se tengan sobre la autoridad. Las personas autoritarias tienen un
concepto de la disciplina muy rígido y se centran en poner normas sin dar explicaciones
sobre el sentido de ellas. Por el contrario, las personas permisivas tienen mucha
dificultad en poner normas y hacerlas cumplir.
Si uno de los padres en la familia es muy autoritario y el otro muy permisivo, lo más
probable es que haya conflicto. O si ambos fueran muy autoritarios, probablemente el
niño podría ser muy sumiso y estar muy aplastado por una disciplina demasiado
exigente. Es indispensable tomar la perspectiva del niño al ponerse de acuerdo; los
castigos son sentidos por ellos muchas veces como una venganza o un desahogo por
parte de los padres y no como una actitud educativa. No es bueno que un padre tome el
rol castigador y sea un ogro para el hijo y el otro personifique la bondad.
Los acuerdos entre los padres en relación a la disciplina es aconsejable tomarlos
con la cabeza fría, ya que la rabia es mala consejera. Las peleas hacen sentir a los
niños culpables, especialmente si ellos creen ser la causa de ellas, angustiándolos
enormemente. Se sabe bien que las discusiones sobre los hijos muchas veces son el
pretexto para pelear por una mala relación de pareja, y es injusto hacerlos sentirse
culpables. Una disciplina positiva pasa por una búsqueda de acuerdos entre las
personas que más quieren a los niños, sus padres.
LAS GENERALIZACIONES NEGATIVAS

E specialmente cuando se está enojado, cansado o deprimido hay una tendencia a


realizar generalizaciones negativas. Por ejemplo; cuando el niño dejó su cuaderno
en el colegio, no es raro que el papá o la mamá digan: «Siempre se te olvida todo», y
esta aseveración, que es una exageración, le llega al niño como un dato negativo que
pasa a formar parte de su programación personal y una percepción negativa de sí
mismo.
A veces estas generalizaciones se dicen a partir de un evento negativo. Por
ejemplo, si llueve el domingo que se había planificado para ir de paseo, el comentario
«cada que vez que organizamos un paseo llueve, qué mala suerte tenemos» no es
infrecuente. Esta apreciación, que es falsa, sin duda tiñe de pesimismo la percepción de
la realidad, olvidando que no todas las veces que se organizó un paseo llovió y que en
muchas ocasiones hubo un sol radiante. También se olvida que la lluvia puede ser un
gran beneficio, porque limpia el aire o que hay muchos lugares en los que se puede
pasear en un día de lluvia.
Hay museos, teatros o casas de parientes que estarían felices de recibirlos. Incluso
es posible ponerse un impermeable, una buena parka y botas para caminar por todas
las pozas de agua y sentirse realmente feliz.
Las generalizaciones negativas tienden a desarrollar en el niño una visión
pesimista. Cuando ellas son utilizadas con frecuencia, siembran el temor que las cosas
siempre saldrán mal. El pesimismo es una pesada carga para el que tiene esa mirada
frente a la vida, pero también para los que tienen que convivir con los pesimistas, ya
que este sentimiento se contagia. Hasta el mejor de los panoramas puede ser arruinado
por la presencia de una persona pesimista, considerando que son personas poco
agradecidas de la vida y, en general, resultan poco gratas en la convivencia.
A veces, además, se conjuga que las generalizaciones negativas no sólo son
categóricas, sino que son hechas con tal intensidad que estos mensajes quedan
grabados en la mente infantil. Cuando una madre o un padre exasperados, muchas
veces sobrepasados por sus preocupaciones, le gritan a un niño: «Eres un bueno para
nada», la fuerza con que se lo dicen hace que el mensaje quede como un mandato.
Ciertamente no es la intención de los padres, pero puede ser el resultado. A veces, los
padres suelen ser disléxicos emocionales y tienden a decir las cosas buenas con poca
frecuencia y de un modo muy tenue, y las cosas malas en forma reiterada y alto voltaje.
Es más sabio decir: «Olvidaste traer la libreta de comunicaciones», que afirmar
«siempre te olvidas de lo que te pido», porque, además de que las palabras «nunca» y
«siempre» son falsas, cuando están cargadas de negatividad son muy dañinas para la
relación.
Cuando se está muy ofuscado, a veces es más sabio llamar a una amiga o amigo,
para descomprimirse y buscar una solución al problema, que reaccionar directamente
con el niño, ya que hay riesgo de arrepentirse de lo hecho y de lo dicho. Y lo que se
dice o se hace no es fácil de borrar de la mente de los niños.
LA SOBREADAPTACIÓN

H ay niños que parecen ser maravillosamente fáciles de educar para sus padres, les
va extraordinariamente bien en el colegio, tienen muchos amigos y respetan las
normativas familiares. En síntesis, parecen agradar a todos, ya que tratan de satisfacer
las exigencias y expectativas que se tienen sobre ellos. Cumplen con las normas
intentando llevarse bien con todo el mundo, especialmente con los profesores y sus
padres.
Es importante evaluar cuál es el costo que estos niños tan bien comportados, que
parecen casi perfectos, pagan por esta adaptación. También es necesario reflexionar
sobre si una conducta tan ejemplar no será una sobreadaptación.
La sobreadaptación se puede originar en algunos niños porque de alguna manera
han sido sobrefelicitados por ser «tan buenos» y «tan obedientes». Los niños así
socializados se acostumbran a recibir muestras excesivas de reconocimiento y
aprobación. De manera no consciente, para seguir contando con aprobación, estos
niños pueden hacer enormes esfuerzos en llenar las expectativas de los otros sin
pensar cuáles son sus propias necesidades.
Todos los niños necesitan aprobación, y en ocasiones pueden experimentar tanto
temor a perderla, que este miedo los obliga a tener un comportamiento casi perfecto.
A estas alturas, a lo mejor usted se está preguntando ¿y cuáles son los riesgos de
ser sobreadaptado? Uno de los mayores riesgos de la sobreadaptación es la
disminución de la posibilidad de actuar y pensar diferente. Si en el mundo hubiera sólo
gente sobreadaptada, quizás aún viviríamos en las cavernas, porque nadie se habría
atrevido a cambiar nada, ni a ir más allá de los límites fijados.
La creatividad es siempre un poco transgresora; para crear hay que ser capaces de
hacer cosas en forma diferente. Asumir un estilo nuevo, atreverse a explorar ambientes
no conocidos y a hacer las cosas de manera original.
Déjele espacio a su hijo para que se rebele un poco, permítale que haga las cosas
a su modo y que se atreva a explorar nuevos espacios en forma independiente. Otro
riesgo de ser sobreadaptado es que para no perder la aprobación, el niño puede
silenciar sus necesidades, con tal de no perder la estimación de los otros. Por ejemplo,
puede que en el colegio su hijo haga todo el trabajo de su grupo, aunque ello sea
injusto.
La imagen de la niñita que nunca pudo comerse su colación en el recreo, porque
siempre la cedió, gráfica lo que le pasa a un niño sobreadaptado. Buscar aprobación a
cualquier precio implica no defender sus derechos y muchas veces no aprender a
autoprotegerse de las demandas de los demás, que pueden ser muy abusivas.
En una sobreadaptación hay, además de un silenciamiento de las propias
necesidades, una pérdida de libertad personal y una disminución de la creatividad. A
veces es aconsejable que los niños nos desafíen un poco, que no estén siempre de
acuerdo con nuestras ideas y que no hagan las cosas siempre perfectas. De otra manera
pueden perder algo de su identidad personal.
LAS PELEAS DE LOS PADRES

P ocas cosas son más dolorosas y desconcertantes para un niño que ver pelear a
sus padres. Cuando una niñita como Laura cuenta «anoche dormí mal y tuve
mucha pena porque mis papas pelearon», uno se pregunta: ¿sabrán los padres el daño
y el sufrimiento que les causan involuntariamente a sus hijos cuando los exponen a una
situación angustiante y que no pueden evitar ni controlar?
Es un gesto de amor a los hijos ahorrarles el desagrado que es presenciar las
peleas de sus padres.
Por supuesto que todas las parejas pelean y es comprensible que a veces haya
desacuerdos y que se sientan muy enojados, pero es necesario tener el suficiente
autocontrol para evitar que la agresión se despliegue frente a los hijos. Sería un acto de
negligencia paterna no plantearse los efectos que la agresión que el niño observa entre
sus padres tiene para su desarrollo psicológico actual y para su salud mental futura. Un
niño que ve pelear frecuentemente a sus padres en forma violenta no sólo tiene miedo y
sufre, sino que se desconcierta. Si insisten tanto en que no pelee con sus hermanos y
con sus compañeros, ¿por qué pelean ellos? Una consecuencia importante de las
peleas es entonces que el niño perciba a sus padres como inconsecuentes; con ello
pierden legitimidad para limitar las agresiones de sus hijos. Ellos se ven envueltos,
además, en un conflicto de lealtades. ¿Quién tendrá la razón? ¿Será verdad que mi
mamá es irresponsable con el dinero? ¿Será verdad que mi papá es un tacaño?
Suponemos que si usted se da el tiempo para leer esta columna no está en el
grupo de padres que intencionalmente involucran a su hijo en sus problemas buscando
que se abanderen a su favor, inculpando al otro por diferentes cosas, con frases como:
¿ves lo que hizo tu mamá o tu papá?
Una actitud de esa naturaleza daña la imagen de ambos padres. José decía: «A
veces odio a mi papá porque no es capaz de comprarme ni un par de calcetines, y otras
veces odio a mi mamá cuando me lo recuerda». Estos sentimientos de rabia son
compartidos por todos los niños que han sido expuestos frecuentemente a las peleas
de sus padres.
Otro riesgo no menor es que los niños comienzan a aceptar que estas situaciones
constituyen un tipo de relación normal de pareja. Así una niña puede interiorizar que la
descalificación es una forma aceptable de tratar al marido y un hijo hombre puede creer
que eso es lo normal en una relación de pareja.
¿Le gustaría que su hijo o hija se dejara tratar así por su pareja o que aprendiera a
tratar de esa manera?
Por supuesto que existe el derecho a estar en desacuerdo y a pelear, porque
cuando nunca hay conflictos en una pareja significa que las necesidades de uno de los
miembros están siendo silenciadas. Pero intente que sus hijos no sean testigos de lo
peor de la relación entre sus padres, porque ellos no ven cuando se reconcilian, y se
quedan con una imagen negativa que puede ser aterradora.
Postergue la discusión de los temas conflictivos con su pareja para cuando puedan
a solas conversar largo. ¿Qué les parece tomarse un café? Llegar a conclusiones con
la cabeza fría predispone a escuchar y a resolver mejor los problemas de la ofuscación.
Y si pelea en forma destructiva, pida ayuda, ya que las peleas no sólo pueden terminar
destruyendo el amor entre ustedes sino también dañando a sus hijos.
CAPÍTULO II
LAS NECESIDADES Y DERECHOS DE LOS HIJOS
¿QUÉ SUEÑAN NUESTROS HIJOS?

S e ha preguntado alguna vez cuál será la historia que sus hijos se contarán cuando
sean mayores acerca de su infancia? Rosa Montero, la conocida escritora
española, sostuvo alguna vez que la infancia es la casa en que se habita el resto de la
vida.
La narrativa que las personas se cuentan de su familia es como una novela con un
argumento, en que los padres son personajes centrales. El narrador, en este caso su
hijo o hija, elaborará lo vivido, dándole un rol a cada una de las personas de su familia y
donde, por supuesto, él o ella tendrá un papel protagónico.
Sin embargo, cuando se les pide a los miembros de una familia que la describan y
digan cuál es su rol en ella, son sorprendentes las diferencias que pueden encontrarse
en las distintas versiones.
En esta historia que cada cual construye acerca de cómo es su familia, se define
una trama en que se registran los hechos más significativos y las atribuciones acerca
de cuál ha sido el impacto de estos hechos en la familia. Así, por ejemplo, una mujer
decía: «La marcada preferencia de mi padre por mi hermana mayor me hizo sentir
siempre poco valiosa y no digna de ser querida». La hermana así descrita tenía a su
vez la impresión que su padre sólo valoraba a su hijo menor porque era hombre. Este
hijo menor, cuando se le entrevistó, sostuvo que en la casa había una marcada
preferencia por las mujeres.
El padre, por su parte, estaba convencido de que él siempre había tratado a todos
sus hijos por igual y que era un hombre justo. Mientras, la madre sostenía que en
realidad había sido un padre ausente, y que la tarea de satisfacer las necesidades
afectivas de los hijos le había tocado a ella.
¿Dónde está la verdad? ¿Alguien miente?
Preguntas difíciles de responder, porque cada uno tiene su «verdad» y con esa
representación de la realidad cada cual construye su historia.
Esta percepción de la narrativa familiar es un elemento fundamental en la
construcción del proyecto personal, no sólo desde las cosas buenas, sino también
desde las carencias. Cyrulnik, en su magistral libro El murmullo de los fantasmas, narra
la historia de Charles Dickens, el escritor inglés, que tuvo que trabajar desde los diez
años en una fábrica de betún. Esa triste historia de infancia pudo superarla gracias a su
capacidad de contar historias, ya que en la adolescencia contaba cuentos, muchos de
los cuales se basaban en su realidad. Y para escabullirse creó, con su imaginación, la
fantasía de que vivía en un castillo que veía en sus caminatas. Posteriormente, él
compró este castillo cuando fue un exitoso escritor. En sus novelas, Dickens refleja un
gran compromiso social que contribuyó a mejorar las condiciones en que se educaba a
los niños en esa época. Y los cuentos que se contó a sí mismo en la infancia jugaron un
papel protector.
Intente averiguar cuál es la historia que sus hijos o hijas se cuentan de su familia y
cuáles son sus sueños de futuro. A lo mejor se lleva una sorpresa.
AUTONOMÍA DE VUELO

E n una entrevista, Juan Piaget, el famoso psicólogo suizo, sostuvo que «toda ayuda
innecesaria frena el desarrollo infantil», y sin duda es importante tener en cuenta
esta advertencia, ya que una meta importante en el desarrollo del niño es el logro de la
autonomía personal. Ser autónomo va más allá de aprender a hacer algunas cosas
solo, como caminar, vestirse, leer o escribir; implica ser capaz de tomar la
responsabilidad por las propias decisiones y por las consecuencias de las acciones que
se realizan.
La autonomía en la vida adulta es la capacidad de sobrevivir en forma
independiente manteniendo la propia existencia a través del trabajo productivo. Así
también, es el logro de un pensamiento que valida la propia mirada sobre la realidad y
que emite juicios que se basan en valores personales que reflejan una identidad
definida.
El proceso de individuación es largo, y para que se produzca el niño necesita
asumir paulatinamente la responsabilidad por sus elecciones. Cuando este proceso se
ve coartado en la infancia y los niños están siempre determinados por las decisiones de
los adultos, permanecen infantilizados. Esta actitud puede permanecer en la vida adulta,
traduciéndose en personas incapaces de asumir los costos que tiene el decidir,
permaneciendo a veces en situaciones límite por temor a equivocarse.
Las personas poco autónomas tienden a externalizar la responsabilidad de sus
problemas en otros y atribuyen sus dificultades a los demás, preguntándose pocas
veces: ¿qué he hecho yo para que esto no resulte como quisiera?
La autonomía implica también ser capaz de asumir los cambios que supone cada
etapa del desarrollo, y para ello el niño tiene que despedirse de algo de la etapa
anterior y darle la bienvenida a lo que viene. Por ejemplo, cuando un niño deja de jugar
con sus peluches o sus muñecas y comienza a sentirse feliz de hacerlo con sus amigos
disfrutando de nuevos juegos, está listo para vivir la etapa que sigue. El papel de los
padres es estar allí para impulsarlo y acompañarlo a crecer, dándole seguridad en los
nuevos caminos y en las decisiones que ha tomado. Si, por el contrario, sus opiniones
son descalificadas, los niños aprenderán a no confiar en sí mismos y serán por ende
menos seguros y menos autónomos, buscando aprobación y transformándose en lo
que otros esperan de él o de ella. Una actitud de esta naturaleza lo llevará a perder
identidad. Sus vínculos con otros no tendrán la distancia necesaria, generando una
actitud de dependencia.
Es necesario que los niños vayan aprendiendo a autodirigirse, sin tener que
preguntar en cada paso si lo han hecho bien o mal o «cómo sigo». Detrás de la falta de
autonomía de un adulto, habitualmente ha existido un niño que, para conseguir la
aprobación de sus padres, tuvo que silenciar sus propias necesidades. El costo para
conseguir esa aprobación es demasiado alto, porque puede llevar a tener que negar
una parte importante de sí mismo.
Por tanto, si quiere un hijo o una hija con autonomía de vuelo, cada vez que sea
posible acepte y valore sus decisiones, aunque usted a lo mejor hubiera preferido que
él o ella tomara una decisión diferente.
ABRIRSE A LOS AMIGOS

T ener amigos es la posibilidad de un encuentro con otro y otorga a los niños la


posibilidad de sentirse especiales y valorados por alguien. La soledad que
experimenta un niño que siente que no logra hacer amigos puede ser una experiencia
devastadora para su desarrollo emocional. Habitualmente un niño que no tiene amigos
se siente poco querible. Cuando esta sensación se prolonga por mucho tiempo puede
dejar cicatrices que durarán toda la vida y que probablemente hará que las personas
desarrollen conductas fóbicas ante las situaciones sociales por temor al rechazo.
Un amigo siempre tiene la capacidad de mostrar mundos nuevos, quizás porque
puede valorar ciertas cosas que el niño no percibe y frente a las cuales el amigo le abre
los ojos, ya sea en el plano literario, de las emociones o el deporte. Pero, además, de
alguna manera cada amigo hace surgir las potenciales características personales que
tiene cada cual. Así, un compañero podrá estimular el sentido del humor, otro
desarrollar la capacidad de escuchar, en tanto que otro puede hacer aparecer los
aspectos más reflexivos.
Los amigos constituyen, en este sentido, un afianzamiento y enriquecimiento de la
identidad. Además, son un soporte emocional en las áreas conflictivas y constituyen
una importante red de apoyo que tiene muchas funciones en el desarrollo infantil. Así,
cuando una adolescente pelea con su pololo es la amiga quien le dará el mejor
consuelo, y cuando un amigo pierde un partido los consejos de sus amigos son los más
escuchados.
Es por eso que la casa debería ser un espacio abierto a los amigos de los hijos, un
lugar en que se sientan acogidos afectuosamente y, por lo tanto, al que sientan que
pueden venir con seguridad. Hay que respetar los espacios de conversación y juego de
los hijos con sus amigos sin intromisiones excesivas, pero cuidando que perciban un
cierto respaldo.
Es un equilibrio difícil de lograr, aunque muy necesario para que los niños se
sientan libres de desarrollar su vida social en un espacio protegido.
Cuando los niños crean vínculos afectivos con los padres de sus amigos se sienten
más responsables de cuidar a sus amigos, especialmente en la adolescencia, en que
pueden estimularse mutuamente a tener conductas más transgresoras. La lealtad y
comprensión con los padres de los amigos puede ser un dique de contención a la
imaginación transgresora de la pubertad y de la adolescencia.
La forma en que los padres establecen vínculos con sus amigos será a su vez un
modelo de cómo se desarrollan las amistades. Padres que reciben afectuosamente a
sus amigos, casas abiertas para recibir, preocupación y atención a las necesidades
emocionales de los otros serán un modelo a imitar. Entender que la amistad es
cercanía, compromiso y exploración del mundo externo, es una de las tantas cosas que
se aprenden en la infancia, y por eso abrirse a los amigos propios y a los de los hijos es
una señal poderosa de cuan importante es la amistad para el desarrollo personal.
JUEGAN LO SUFICIENTE?

S e acuerda de la felicidad que le producía jugar cuando era un niño o una niña,
cuando una almohada se transformaba en un caballo y partía a la aventura con su
hermana? El juego es una de las más importantes actividades de la infancia y se
inscribe dentro de los recuerdos más entrañables de la niñez. Los compañeros de juego
de la infancia y la adolescencia permanecen como un vínculo estable con el pasado
que se vive con esa nostalgia que da felicidad compartida.
El juego constituye un espacio de diversión, lo que no es trivial, porque la diversión
es uno de los momentos de felicidad que tienen las personas. Los niños son muy felices
cuando juegan; basta mirarlos para ver iluminarse sus caras y oír sus risas para
entender que están sumergidos en una corriente de gran felicidad, con esa fuerza con
la que viven el presente y que cuesta tanto tener en la vida adulta, donde las cicatrices
del pasado y las preocupaciones del futuro dificultan tanto disfrutar el aquí y el ahora.
Sin duda, en el juego los niños crean vínculos afectivos con las personas, y es algo
que quedará grabado en su memoria emocional: «¿Te acuerdas cuando íbamos a la
plaza con mis hermanos y los amigos en bicicleta?».
En ese espacio social compartido que es el juego, el niño aprende a ganar con
elegancia y a aceptar la derrota; también desarrolla la creatividad y la capacidad de
exploración. De pronto, una cuchara puede ser un estetoscopio, y la niña se convierte
en una doctora que examina a su muñeca.
Pero para que los niños puedan jugar creativamente, la familia debe darles
espacios de libertad, de desorden, y permiso para ensuciar y ensuciarse, en los que
puedan actuar sin sentirse limitados ni interferidos. Cuando son pequeños, los niños
juegan más cuando sus padres los acompañan. Cuando son mayores jugarán más
solos y el rol de los adultos será darles esa posibilidad.
Un niño que no juega debe ser motivo de preocupación para sus padres, porque el
no hacerlo es un síntoma que constituye un freno significativo para su desarrollo
cognitivo y emocional. Es señal que algo muy serio está pasando en su mundo interno.
EL APRENDIZAJE EMOCIONAL

C uando un niño o un adolescente anda bien consigo mismo y se lleva bien con los
demás, no sólo se le facilita la convivencia social, sino que experimenta una
sensación de bienestar bastante cercana a la felicidad. Por el contrario, cuando no logra
armonizar su comportamiento emocional en relación a sí mismo y a su medio social, se
encuentra en permanente conflicto, se siente triste y rabioso. Algunos niños bastante
pequeños verbalizan en estas circunstancias incluso no tener ganas de seguir viviendo.
Aprender comportamientos socio-afectivos hace que el niño tenga una buena
calidad de vida, porque tener estas habilidades le permite conectarse con lo que siente,
expresar emociones positivas y desarrollar empatía para entender a otros.
Un aspecto significativo para vivir en armonía es aprender a elegir, es tener la
sabiduría de hacer elecciones que sean beneficiosas para su desarrollo emocional y su
proyecto vital.
Cuando un adulto se siente confuso y triste, aunque no tenga claro qué le sucede,
las emociones que experimenta le informan que hay algo en relación con su forma de
vivir que no está caminando como debería.
En cambio, cuando su mundo emocional está tranquilo y sereno, estas emociones
le informan que sus elecciones son acertadas y que está yendo por buen camino.
El primer paso en el aprendizaje emocional es darse cuenta de lo que se siente, y
actuar en consecuencia con la emoción que se experimenta. Isidora contó: «Andaba tan
acelerada que no me di cuenta de que mi mejor amiga estaba enojada conmigo. Me
sentía triste y sola, pero no sabía por qué. De pronto percibí que me sentía rechazada
por ella, y esa sensación me impulsó a averiguar qué pasaba antes de que nuestra
amistad se dañara».
Un niño que vive experiencias positivas en su vida familiar, como por ejemplo salir
de paseo, además del contacto con la naturaleza percibe relaciones gratificantes.
Aprenderá a buscar más situaciones como ésas, porque lo ponen bien.
Registrar y procesar la información acerca de qué nos pone bien y qué nos pone
mal es de gran importancia en el aprendizaje emocional. Los espacios de estar juntos y
disfrutar las pequeñas alegrías de cada día enseñarán a los niños a enfrentar la vida
diaria con un ánimo positivo. El placer que encuentra un niño cuando su padre le lee un
cuento o cuando sale a explorar con su mamá o cuando improvisa una obra de teatro
con sus amigos, lo ayudará a entender la felicidad que dan los pequeños placeres
compartidos y a mirar la realidad con anteojos provistos de un filtro positivo.
En las situaciones cotidianas la familia, sin proponérselo, entrega a sus hijos
múltiples expresiones que enriquecen sus vínculos afectivos y que les enseñan a
expresar afecto: los abrazos, sonrisas, la creación de contextos placenteros, las
verbalizaciones positivas acerca de los comportamientos de los niños, una dosis grande
de sentido del humor y el construir espacios de intimidad compartida son los principales
vehículos para enseñar a los niños a expresar las emociones positivas que son la base
del aprendizaje emocional.
Dejarse tiempo para pasarlo bien con los hijos es una señal poderosa de cómo y
cuánto usted los quiere, y es también una forma de transmitir a las futuras generaciones
sabiduría de vida. Enseñarles lo fundamental que es dedicar tiempo y energía a lo
realmente importante, como es generar vínculos positivos con las personas que nos
rodean.
VACACIONES EN FAMILIA

L as vacaciones siempre deberían tener ese maravilloso sabor y olor de libertad, de la


falta de obligaciones, horarios y exigencias. El sello de este período es hacer algo
diferente que permita recuperarse y abrirse a aspectos de nuestros intereses que han
quedado postergados por las demandas continuas de los estudios y el trabajo, y que
son quizás los aspectos más importantes de nuestra identidad. Para los niños y los
adolescentes esta realidad no es diferente; sacarse «la mochila de lo que hay que
hacer» y cambiarla por un «equipaje más liviano de lo que quiero hacer» produce una
sensación de libertad emocional que enriquece la capacidad de ser y hacer.
Quizás las evocaciones que cada cual hace de lo que serían unas buenas
vacaciones son diferentes y dependen de la historia emocional de cada cual, de sus
anhelos, sus carencias e intereses. Sin embargo, lo más frecuente es que las personas
asocien las vacaciones con la capacidad de decidir acerca del uso de su tiempo libre, y
como el organismo es sabio, va informando qué es lo que quisiera hacer. Para algunos,
vacacionar será levantarse tarde y dormir; para otros, levantarse temprano para salir a
hacer montañismo o ir de pesca. Todas las opciones son legítimas. Algunas veces los
primeros días estarán dedicados a desconectarse del quehacer habitual, en tanto que
los siguientes podrán tener de una mayor planificación.
Sin embargo, lamentablemente los padres de familia tenemos que hacer coincidir
las diferencias de gustos, intereses y planes de los distintos miembros de la familia.
Conciliar las necesidades no es una tarea fácil, y a pesar del llamado a la libertad que
son las vacaciones es necesario planificar si se desea que este tiempo se recuerde
como algo inolvidable. Quizás una buena manera de ayudar al logro de unas
vacaciones relajantes y gratificantes es permitir que todos participen en su planificación.
Juntarse un día con un jugo de frutas bien helado a conversar sobre ¿qué te gustaría
hacer en estas semanas?, ¿qué juguetes te gustaría llevar?, ¿qué vas a echar en tu
maleta?, ¿qué música preferirías llevar?
Tener vacaciones no necesariamente implica ir a veranear, aunque siempre es una
buena opción, al menos si es posible salir algunos días del lugar de residencia habitual.
Pero si ello no fuera posible siempre hay lugares nuevos cercanos a la casa,
panoramas de verano que pueden ser incluidos en una programación.
El contacto con la naturaleza parece ser una de las necesidades más comunes de
todos los miembros de la familia, ya que es sanador, abre horizontes y nos saca de la
rutina de las salas de clases encerradas, abigarradas, y favorece el contacto con la
maravilla que es la Creación. Las puestas de sol vistas en la infancia y en la
adolescencia constituyen sin duda parte de los mejores recuerdos de estas etapas de la
vida.
La planificación de las vacaciones en la infancia pasa por los juegos y por los
panoramas. Un buen rompecabezas en un día de lluvia para un preescolar o el Trivium
para un grupo de adolescentes puede constituir una actividad que resultará inolvidable,
trasformando la tarde en un día con un encanto especial. Cada familia debe tener
conciencia de cuáles son los recursos que favorecen que los niños se entretengan y
logren hacer un uso enriquecedor y nutritivo de su tiempo libre al organizar sus
vacaciones.
Aunque parezca paradójico, unas buenas vacaciones suponen bastante
planificación y programación para coordinar la satisfacción de las necesidades de las
distintas personas de la familia.
EL DERECHO A SENTIR

C uando Camila llegó furiosa a su casa diciendo: «Me carga la miss de inglés,
quisiera que se fuera del colegio», sus padres la reprendieron severamente,
porque eso no se puede decir de una profesora. Por supuesto, Camila, que tiene doce
años, ante la reacción de sus padres, se encerró furiosa en su pieza dando un portazo.
Muchas veces los niños se quejan de que sus padres les limitan el derecho a sentir.
Camila, que era una alumna mediocre en inglés, se esforzó muchísimo en preparar una
prueba para subir el promedio. Se sacó una buena nota y, al entregársela la profesora
le dijo delante de todo el curso: «Espero que no haya copiado».
Los padres de la niña, al limitarle la expresión de sus sentimientos en relación con
la profesora, no conocieron cuál era la experiencia que su hija había vivido y que había
desatado como emoción una rabia intensa. En represalia a sus padres, la niña decidió
no contarles nada más acerca de lo que sentía y de lo que le pasaba en el colegio o en
otros ámbitos de su vida. Es decir, al no darle el derecho a exteriorizar lo que realmente
sentía, provocaron en ella una actitud de resentimiento que generó un corte en la
comunicación de los sentimientos. Aceptar los sentimientos de un niño no significa
aprobar las acciones que pudieran derivarse de ellos. Muchas veces, los padres creen
que cuando el niño expresa sus sentimientos «negativos» tienen que intervenir tratando
de modificarlos, y tienden a aconsejar y a enjuiciar la conducta de sus hijos sin
escuchar suficientemente los hechos o motivos que la originaron.
Los hijos no son una excepción cuando comparten lo que sienten, no están
habitualmente pidiendo o buscando que los aconsejen, ni que les den juicios morales o
lógicos, simplemente quieren expresar y descomprimir la energía negativa que tienen
acumulada a raíz de una situación problemática. Una intervención que busque bloquear
la expresión sólo aumentará el poder destructivo de los sentimientos, porque aumenta
la presión interna. Un manejo constructivo de las emociones pasa por aceptar que las
rabias existen, que las penas invaden, que los temores paralizan, y el poder expresarlas
trae una sensación de alivio que ayudará al niño a buscar caminos de solución y
fortalecerá el vínculo entre el adulto que escucha y el hijo.
Cuando los padres son capaces de escuchar empáticamente a sus hijos, en las
emociones que son difíciles de manejar, les proporcionan una válvula de escape que
sin duda libera la tensión acumulada y, además, abre el camino a la idea de que sobre
lo difícil se puede hablar. Las personas que acostumbran a reprimir su rabia pueden
asumir una actitud muy negadora en relación con sus emociones y terminar expresando
en el cuerpo las emociones reprimidas, pero también pueden generalizar esta represión
y no ver aspectos negativos de la realidad, lo que al momento de hacer elecciones
puede ser muy grave. Recuerde que al permitirle a su hijo ventilar y expresar los
sentimientos, usted le provee comprensión. No lo hace más negativo sino que, por el
contrario, promueve que se libere y que se acostumbre a conectarse consigo mismo, y
tenga la confianza para contarle lo que realmente siente.
EL AUTOCONTROL

L as emociones son un poderoso elemento para energizar la conducta y explican en


forma importante cómo se comportan los niños, los adolescentes y los adultos, en
diferentes situaciones.
Si bien no hay emociones «buenas» ni «malas», sino que simplemente son, es
verdad que a veces el descontrol emocional puede llevar a un niño a herir a una
persona o a quedarse sin amigos, por dejarse llevar por las rabias y no pensar ni
calmarse antes de actuar.
Creer que todo el comportamiento de una persona está bajo el control racional, es
irracional. Pero tampoco sería sabio dejarse llevar por las emociones, sin ponerle un
poco de freno y juicio a lo que se siente.
Toda emoción es legítima, pero ciertamente no lo son las acciones que se derivan
de ellas. Es decir, un niño puede sentir celos de su hermano recién nacido y expresarlo
verbalmente, pero no puede botarlo de la cuna. Un adolescente puede estar muy
enojado y considerar injusta a una profesora en relación a una nota, pero no puede
insultarla o agredirla.
El aprendizaje del autocontrol afecta significativamente la calidad de vida de las
personas, su vida familiar, su rendimiento académico y laboral, por eso cuando hay
problemas en esa área, es indispensable asumir medidas para superarlo.
El primer y más importante paso para los padres es transformarse en un modelo de
autocontrol. Por ejemplo, si usted está muy molesto con su hijo, exprésele que quiere
conversar el problema cuando ambos se hayan calmado para así no decir cosas de las
que después se arrepienta.
Los comportamientos violentos de los padres afectan el desarrollo del control de la
agresión de los niños, ya que aprenderán que es legítimo ser agresivo. Felicite a su hijo
cuando sea capaz de expresar su molestia en forma respetuosa y moderada. No se
trata de inhibir las expresiones emocionales que al niño no le parezcan justas o que lo
aproblemen, sino de aprender a modular cómo y cuándo las expresa.
Hay que ser bastante explícito acerca de cómo la agresión expresada en forma
violenta no sólo daña al que la recibe, sino que produce problemas en la relación. Lo
que también es verdadero para usted como padre o madre cuando se descontrola y
castiga a un niño en forma desmesurada. Si un padre daña a su hijo, y el niño percibe
que lo agrede quien debiera cuidarlo, se daña la imagen que el niño tiene de usted: lo
verá como alguien agresivo y también el vínculo entre ustedes se afectará. Si esto
sucede ocasionalmente, lo que es comprensible, el daño será menor, pero cuando
ocurre con frecuencia, la situación puede tornarse muy compleja y desencadenar una
escalada de rebeldía en el hijo.
Por lo tanto, si usted no logra que su hijo aprenda a controlar sus emociones
agresivas, pida ayuda para evitar que su aceptación social no se vea afectada. Y si
usted es quien está perdiendo con frecuencia el control de sus emociones, con mayor
razón pida apoyo para cambiar, porque usted es en esta área el modelo más
significativo para sus hijos.
EL VALOR DE LO ORIGINAL

H acer las cosas de una manera nueva, original y diferente; tener libertad para
buscar ideas y caminos nuevos; salir de la rutina con un poco de cambio, sin duda
energiza y aumenta el potencial de felicidad de cualquier persona. Pocas cosas hacen
más feliz a un niño que la sensación de crear. Este sentimiento de autoría que
acompaña el hacer algo original produce una sensación de bienestar muy especial.
Mientras un niño crea está absorto y concentrado en lo que hace. Esa actitud de estar
abierto lo ayuda a utilizar sus recursos internos, pero, a veces, en la búsqueda de la
comodidad o la aprobación social se limita a los niños la posibilidad de ser creativos.
Ciertamente, el tener rutinas predecibles y hábitos facilita la existencia, pero un énfasis
excesivo en atenerse a lo establecido puede frenar peligrosamente la creatividad.
Vivir en un ambiente en que haya permiso y libertad para hacer las cosas de un
modo diferente irá desarrollando en forma imperceptible el potencial creativo. Por
ejemplo, hacer cambios en el arreglo de la pieza, en la forma de presentar la comida, o
en los juegos que se realizan con los hijos, ayudará a percibir en qué están
progresando. También es bueno manifestarles explícitamente que para los padres la
creatividad es un valor.
La pregunta ¿de qué otra manera podría hacer algo? es siempre un incentivo para
desarrollarla. Otro factor que contribuye es el reconocimiento de las acciones creativas
de un niño. Por ejemplo, cuando muestra un dibujo destacar no sólo los colores y la
forma sino que su originalidad, o cuando expresa una idea diferente decirle: «Es una
forma distinta de verlo, que no se me habría ocurrido. Es bien original».
También contribuye a favorecer una actividad creativa valorar la capacidad de
innovar de las personas, con comentarios apropiados a la edad de los hijos. Por
ejemplo, con frases como: «La propuesta de esos arquitectos me pareció original».
Rescatar la importancia de los inventos también focaliza la atención de los niños en el
talento creativo: «¡qué genial Graham Bell, que inventó el teléfono!».
Padres abiertos a aceptar las innovaciones, valorarlas y utilizarlas, favorecen en los
hijos una actitud creativa. También hay características de personalidad, como el
optimismo y el sentido del humor, que la estimulan. Tener espacio y tiempo no
programado para que el niño pueda hacer lo que quiera y como quiera, le permite
conectarse con lo que realmente desea.
Una familia que tolera la divergencia en sus hijos, que los autoriza a pensar y
actuar diferente ayuda a formar personas que se permitirán formas nuevas, y de esa
manera aportar a la sociedad en que les toque vivir. La diversidad se opone a la
uniformidad, que sin duda es un factor que empobrece la convivencia. La creatividad
supone asumir algunos riesgos y un costo en energía para innovar, pero vale la pena.
LOS VERDADEROS BUENOS MODALES

L os buenos modales son mucho más que un formalismo sin significado. A veces se
piensa que los buenos modales son una especie de rituales, que sería muy mal
visto que los hijos no los tuvieran por el hecho de no habérselos enseñado
oportunamente. Es decir, tener o no tener buenos modales sería una expresión de la
educación recibida en la familia. Los padres suelen poner, por lo tanto, mucho énfasis
en enseñarle al niño cómo comportarse, a pedir por favor, a dar las gracias, a pedir
disculpas, a respetar los lugares de los otros en una fila, a dejar salir antes de entrar en
el ascensor o en el Metro, a no hablar con la boca llena; es decir, todas esas
costumbres que hacen más grata y más estética la vida familiar y la convivencia social.
La enseñanza para lograr estos aprendizajes se realiza a través de diversas
estrategias, que incluyen la sugerencia, la persuasión y, por supuesto, la forma en que
se comportan los adultos. De algún modo, los padres perciben que serán juzgados
negativamente por su entorno familiar y social si el niño no los adquiere.
Pero los buenos modales —que es necesario enseñar— tienen un significado
mucho más profundo, ya que son una expresión de la capacidad de respetar y tratar
bien a los demás y de cuidarlos. Cuando un niño limpia sus embarrados zapatos antes
de entrar a la casa recién encerada de su amigo, está expresando respeto por el trabajo
de quien enceró y por la belleza de la casa del amigo. Y este cuidado y valoración por lo
que los otros han hecho le valdrá la aprobación y afecto de quienes observan su
comportamiento.
Los actos de cortesía, como saludar cariñosamente a las personas al llegar a un
lugar, cualquiera sea la posición social, son una señal de que se percibe y se valora la
presencia de ellas y que se les da importancia. En la familia los pequeños gestos de
respeto hacen una vida más grata. Los grandes afectos se construyen con una gran
cantidad de estos gestos que se expresan en buenos modales.
Es verdad que los buenos modales se aprenden en la convivencia familiar. En una
casa que en las mañanas, a pesar del sueño y del cansancio acumulado, los padres
despiertan amorosamente a sus hijos, con un beso y una sonrisa, les dan un modelo a
aprender a saludar en forma cariñosa. En cambio, un niño que es despertado con gritos
destemplados o con insultos, a pesar de todas las órdenes verbales que le puedan dar
sus padres para que aprenda a ser educado, no podrá interiorizar los buenos modales,
porque no ha tenido modelos que le permitan aprender cómo tratar bien.
La cortesía es una forma de buen trato hacia los otros, porque significa cuidar al
otro en la relación. El trato descortés es una forma de maltrato que informa muy
claramente que no me interesa cuidar la relación que tengo contigo.
Las palabras mágicas «por favor» y «gracias» o un sugerente «¿tú podrías?»
reflejan respeto y consideración por los otros y son, a la vez, expresión de que el niño
ha interiorizado los valores de respeto y preocupación por los demás.
EL DESARROLLO SOCIAL DE LOS HIJOS

E l mejor predictor de la adaptación social y emocional en el mundo adulto, según


diversos autores, no lo constituye la inteligencia ni el comportamiento en el colegio,
sino la relación social del niño con sus compañeros.
Los niños y adolescentes que son destructivos y agresivos, así como aquellos más
inhibidos que no logran hacerse un lugar en la cultura infantil, están en un mayor riesgo
de tener problemas emocionales en el futuro.
Hay dos factores que son claves para evaluar si su hijo está teniendo un buen
desarrollo social. El primero es la aceptación por su grupo de iguales, ya que ésta
habitualmente se produce cuando el niño tiene un comportamiento cooperativo, se
comunica fácilmente con los otros y no presenta ansiedad social. El segundo factor es
la presencia de la amistad, donde hay una mutua relación de profunda intimidad entre
un niño y otro, en que ambos se benefician.
Normalmente, detrás de un pequeño con un buen nivel de aceptación social se ha
descrito que hay una familia con padres cálidos, cercanos y que están preocupados de
dar espacio psicológico para el desarrollo de la autonomía.
Otros elementos que influyen en el desarrollo social en la infancia y en la
adolescencia son las oportunidades que tienen los niños de estar y jugar con otros. Los
que no cuentan con esta posibilidad suelen quedarse muy periféricos en relación con su
grupo social y experimentan sentimientos de exclusión. En este sentido, los hijos únicos
están en una cierta desventaja. Benjamín, de nueve años, era hijo único de padres muy
centrados en sus logros profesionales, y aun cuando ellos eran buenas personas y
querían mucho a su hijo, se daban poco tiempo para conversar con él. El niño estaba
pasando por una gran sensación de aislamiento y soledad; se sentía rechazado por sus
compañeros cuando en realidad no lo era, sino que simplemente, como era poco
respondente en la interacción social, sus compañeros no insistían mucho en
relacionarse con él y lo encontraban aburrido. Le faltaba fluidez en los temas que hacen
parte de la cultura infantil. Los padres buscaron consejo y se propusieron situarse más
a la altura de los intereses de su hijo, y se hicieron más espacio y más tiempo para
lograr que Benjamín tuviera contacto social con otros niños.
Asumir que la familia tiene un rol que jugar en desarrollar la sociabilidad de los
hijos, y que puede ayudarlos a convertirse en personas más comunicativas,
entretenidas y altruistas, hará que el niño sea más atractivo y querido por sus
compañeros. Si su hijo tiene problemas en el área social estimúlelo, pero no lo presione
excesivamente porque será contraproducente; si sus esfuerzos no dan resultado pida
ayuda. Es una situación dolorosa en la infancia y en la adolescencia ser periférico a su
grupo de iguales.
Algunas sugerencias que favorecen el desarrollo social:
•Ayudar a los niños teniendo mucha comunicación verbal con ellos, cuidando que
ésta sea reforzante y afectuosa, de manera que el pequeño pueda aprender por
modelo a ser socialmente competente.
•Tener una sincronía emocional con lo que le sucede, de manera que perciba
claramente que lo comprenden y están al tanto de sus preocupaciones y
sentimientos.
•Facilitar que tenga contacto con otros niños de su edad a través de invitaciones y
permisos.
Si a pesar de sus esfuerzos le parece que su hijo está aislado o en conflictos con
sus compañeros, no dude en consultar.
SUEÑO REPARADOR

L os adultos sabemos por experiencia las ventajas de una noche en que se duerme
bien y la cantidad de horas necesarias para descansar, y las lamentables
consecuencias de un sueño interrumpido y de las noches de insomnio.
Cuando no se duerme bien, al otro día las personas se despiertan con una enorme
sensación de fatiga, se rinde poco, el carácter se altera y la capacidad de atención y
concentración disminuye a niveles alarmantes.
En los niños los efectos de la falta de sueño son aún más devastadores. Hay
incluso consecuencias físicas, como alteraciones en el crecimiento, cuando los
trastornos del sueño son recurrentes, ya que la hormona del crecimiento se secreta en
la primera etapa del sueño. Como el sueño es un hábito es necesario ser ordenado y
sistemático en las horas de acostar a los niños; sólo muy excepcionalmente se podría
alterar la rutina en relación al sueño. Durante este tiempo, además, se recupera el
sistema inmunológico, ya que se producen los linfocitos.
Otra razón por la que hay que ser muy metódico en acostar a los niños pequeños,
es que la irritabilidad sube a niveles muy altos cuando tienen sueño; por eso las madres
suelen decir: «Este niño está peleándole al sueño».
Un niño que se duerme de mal humor y en un clima de peleas tendrá más
probabilidades de sufrir pesadillas o algún otro tipo de trastornos del dormir.
Los niños mayores, si bien cuando están entretenidos no se ponen tan irritables
como los pequeños, también presentan consecuencias de la alteración en los horarios
del sueño, que se reflejan en que les podrá ser más difícil conciliarlo, pudiendo
presentar insomnio de conciliación.
Sin duda una de las funciones más afectadas con el poco dormir en el plano
cognitivo es la atención y la concentración. Se ha estudiado en todas las edades los
efectos de la falta de sueño, encontrándose resultados especialmente adversos en la
consolidación de los aprendizajes, es decir, se afecta la memoria.
En los niños con trastornos de aprendizaje uno de los temas que se está
investigando es el cuánto y cómo duermen.
Camilo, un niño de diez años, presentaba insomnio de conciliación y además se
despertaba varias veces durante la noche, lo que coincidía con una baja significativa en
el rendimiento escolar. Se diagnosticó una disminución de su capacidad de
concentración. El neurólogo realizó un reentrenamiento del sueño del niño, explicándole
por qué él tenía que cooperar en fijar sus hábitos de sueño. Los padres de Camilo
relatan que después del tratamiento no sólo su hijo durmió mejor, sino que su carácter
se hizo más fácil y de ser un niño irritable se puso más controlado y cariñoso. Lo que
más les sorprendió fue el efecto que tuvo en su rendimiento escolar que subió de 5.2 a
5.8 en un solo trimestre.
Los padres agregan, a su vez, que ellos también pudieron dormir mejor,
beneficiando también su carácter. No en vano en Asia uno de los mayores suplicios es
no dejar dormir a las personas.
Aquí van algunas recomendaciones:
•Es necesario que las etapas previas al dormir sean tranquilas.
•No ingerir bebidas colas porque producen excitación.
•Se sugiere evitar realizar ejercicios físicos muy intensos, así como acalorarse
excesivamente. Pareciera ser que, como una preparación para facilitar el sueño,
después de las tres de la tarde baja la presión arterial, la frecuencia de los latidos
cardíacos y la temperatura corporal.
Todos estos ajustes que realiza el organismo están destinados a facilitar que las
personas logren un sueño reparador. También es imprescindible evitar las peleas y los
conflictos antes de dormir, induciendo un clima de tranquilidad y armonía.
Recuerde que dormir, además de tener un fuerte impacto en el crecimiento, facilita
la atención y la concentración, favorece la consolidación de los aprendizajes y mejora el
carácter. Todas éstas son razones para prestar atención a cuánto y cómo duerme su
hijo. .
LOS SUEÑOS DE LOS NIÑOS

L a importancia del soñar es innegable. Se sabe que los sueños tienen un significado
manifiesto, que es el que aparece como aquella historia que se cuenta a la mañana
siguiente y que suele ser incoherente y poco comprensible, ya que en el sueño se
mezclan el pasado con el presente, la realidad con la fantasía. Los sueños tienen,
además, un significado oculto que es difícil de descifrar aun por los adultos
especialmente entrenados.
Los sueños constituyen un mundo de información sobre los deseos, los temores,
preocupaciones y problemas. En las familias en que se comparten los sueños se
produce un acercamiento mutuo que va más allá de la conciencia.
El solo hecho de preguntarle al niño qué soñó le muestra su preocupación por él y,
además, le transmite el mensaje de que sus sueños son algo importante. Recordar lo
soñado le permitirá conectarse consigo mismo y con mucha sabiduría inconsciente que,
a lo mejor, podrá ayudarlo a tomar las decisiones apropiadas. Antonia, de catorce años,
una adolescente con problemas de rendimiento escolar, consultó a su madre respecto
de un sueño determinado. Su relato dejó en evidencia sus temores, pero también
algunos caminos de solución. «Estaba en un bosque como ese que había frente a la
casa del abuelo en el sur, el que cuando pequeña me parecía tan grande. Estaba
perdida y sola cuando de repente apareció un precipicio. Estaba al frente y tú me
decías no te caigas. Por atrás estaban Alicia y Cecilia (dos compañeras de curso) que
me gritaban no te vayas». El sueño estaba simbolizando su miedo a repetir, a quedarse
sola y a sentir que empezaba una caída que sería imparable. Pero también ahí estaban
sus recursos afectivos, la presencia de su madre, que la contenía, y la de sus
compañeras que eran un estímulo para frenar su caída.
El sueño ayudó a esta familia a poner a disposición de Antonia recursos que la
ayudaron a enfrentar sus dificultades escolares y a apoyarse en su grupo de amigas.
Antonia procesó cuánto le importaba la repetición y trató de hacer su mayor esfuerzo
para superarlo.
También usted puede contar a sus hijos aquellos sueños que considera apropiado
compartir, por ejemplo, los que los incluyen a ellos o que representen una parte positiva
de su mundo interno. Por supuesto, sería insensato abrumarlos con sus pesadillas o
sus temores.
En el soñar hay siempre algo mágico que estimula la creatividad, por eso es
aconsejable ayudar a los niños a conectarse y a escuchar sus sueños. Ciertamente, los
sueños no son la realidad y están influidos por lo que los niños han vivido y también por
lo que han visto en la televisión, pero sí son de alguna manera una especie de
maquillaje que encubre lo que el niño está vivenciando. Por ejemplo, si el niño tiene
pesadillas reiteradas, es importante averiguar qué las podría estar causando. Si ha
habido un accidente traumático en la familia, a veces es necesario pedir ayuda.
Los sueños de los niños son una de las tantas ventanas que ayudan a conectarse
con esa misteriosa realidad que es el mundo interno de los hijos. No la desaproveche.
CAPÍTULO III
ALGUNOS PROBLEMAS FRECUENTES
¿ES UN NIÑO MUY DEMANDANTE?

L os padres de Marisol consultan porque se sienten confundidos y culpables frente a


la sensación de que estar con su hija los agota y, más encima, que pese a los
esfuerzos que hacen, Marisol no está contenta.
Si bien todos los niños demandan atención y afecto de sus padres, hay algunos
que, por temperamento, son más exigentes y enérgicos en sus demandas.
Los niños demandantes no sólo tienen un mayor nivel de energía física, sino que
en ellos predomina un estado de ánimo negativo, lo que los hace poco simpáticos, ya
que entran con frecuencia en conflictos con el medio. Son los típicos niños que cuando
pequeños hacen pataletas cuando el carrusel para de girar, y que se taiman cuando son
más grandes porque es hora de dejar el computador para ir a comer.
Piden muchas cosas y las quieren de inmediato. Es necesario ayudarlos porque les
cuesta postergar sus deseos. No aceptan fácilmente un no por respuesta.
Los esfuerzos de la familia por conseguir cumplir con las demandas del niño
chocan con una nueva petición o un rechazo, porque eso no era exactamente lo que él
quería.
Si bien el ser demandante puede ser una característica determinada
genéticamente, no debe pensarse que este temperamento lleva implícito que un niño
esté predestinado a convertirse, fatalmente, en una persona difícil.
Lo crucial aquí es la educación que recibe y la interacción que se produce entre la
forma que el niño es educado y su temperamento. El desafío de educar un hijo o una
hija con temperamento difícil es, por supuesto, una empresa que requiere de más
paciencia y conocimientos que educar a un niño de temperamento fácil.
Una actitud indispensable es no sobreexigirse. Hay que tener en cuenta que estos
niños agotan y que un padre o una madre agotada suele perder más la paciencia. Es
necesario darse tiempo para descansar, los dos padres deben involucrarse y no dejar la
tarea a uno de ellos. No es mala idea pedir ayuda a la familia y enviarlos al jardín
infantil tempranamente, porque los otros niños pueden poner límites a sus demandas.
También es recomendable tomarles actividades extraprogramáticas que los
mantengan ocupados para que así usted pueda tener tiempo de renovar energías; no
sobrefocalice en las dificultades cuando sean muy graves, déjelas pasar, y señale al
niño sus progresos cada vez que sea posible.
Manténgase sereno y actúe en forma muy educada en las relaciones
interpersonales, pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, ya que así el niño
aprenderá por modelo a ser considerado con los demás, algo que le cuesta mucho.
Dele espacio para desplegar su energía, pero cuide al mismo tiempo que tenga
espacio para meditar, reflexionar y tener actividades tranquilas. Dele más atención
cuando se porta bien que cuando se porta mal. La paciencia es una virtud que se puede
aprender mirando a otros resolver sus problemas en forma tranquila.
CONFLICTOS CON LA ALIMENTACIÓN

L a comida significa algo más que el logro de una alimentación saludable para todas
las personas de la familia, lo que sin duda es muy importante para la salud. La
comida es, también, una forma muy primaria de expresar afecto, y ese significado no
debe perderse de vista. Es relevante establecer una rutina ordenada, acostumbrando a
los niños a comer en los horarios preestablecidos. El desorden alimentario es una de
las principales causas de la obesidad en la infancia, la que está alcanzando cifras
realmente alarmantes. La Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas, en un estudio del
año 2005, reportó que el 17,4 por ciento de los niños que ingresaban al primer año
básico eran obesos. Las explicaciones para esta verdadera epidemia son, entre otras,
la comida chatarra, el sedentarismo y el desorden en las comidas.
Por eso, comer en familia cosas saludables, en un espacio grato y ordenado en una
atmósfera armónica, es nutritivo no sólo desde el punto de vista físico, sino también
psicológico. En esos momentos es importante postergar las discusiones para otra
ocasión, de manera que no se produzcan interferencias. También es conveniente buscar
temas de conversación que ayuden a vincularse, con preguntas como ¿qué fue lo mejor
de tu semana?
Muchas familias se quejan de tener problemas para que los niños coman. Resulta
paradójico que, en una sociedad de obesos, los padres se encuentren tan entrampados
con los problemas de alimentación de sus hijos.
Muchos de los dramas con la alimentación tienen que ver con los padres, quienes
en un lógico afán de que los niños coman generan tal cantidad de presión que los hijos
asocian comida con angustia, y las horas de almuerzo y cena se transforman en una
tortura tanto para el niño como para el resto de la familia. Gritos, violencia y amenazas
no lograrán que un niño inapetente se convierta en alguien que disfruta con la comida,
que es el objetivo a lograr.
Es comprensible que los padres de los niños inapetentes se angustien, pero tienen
que cuidar que, en la mente del niño, la comida no quede representada como una
fuente de conflicto, porque ello puede derivar en serios trastornos de la alimentación en
el futuro.
Otro problema que suele convertir las horas de comida en un campo de batalla son
los modales en la mesa, los que por cierto deben enseñarse, pero hay que ser
estratégico para lograrlo. No intente resolver todos los problemas a la vez. Céntrese en
uno solo; por ejemplo, que el niño no hable con la boca llena. Los aprendizajes no se
logran en simultáneo, es necesario ir paso a paso, para que el niño vaya aprendiendo
las reglas sociales. Ponga más énfasis en lo que ha logrado que en lo que falta por
corregir. Si corrige, sea extremadamente breve y en lo posible tenga una clave secreta,
para recordar un hábito que le está costando adquirir, de manera de no reprenderlo
públicamente, para no avergonzarlo y no producir un deterioro en la relación.
El niño debe percibir las horas de comida como un espacio de encuentro en que se
comparten las experiencias del día. También que la comida es una de las tantas
muestras de afecto que los padres nutritivos les regalan a sus hijos.
ACOGER LAS EMOCIONES NEGATIVAS

T ener pena, rabia o estar ansioso son emociones que acompañan muchas
situaciones vitales. Intentar minimizarlas o deslegitimarlas crea una barrera en las
relaciones, aunque la intención sea positiva.
Luz, una adolescente de 16 años, relata: «Me cargó cuando mi mamá me dijo que
no sufriera tanto por la pelea con mi pololo. 'Ya verás que habrá muchos otros', me
aseguró. Decidí no contarle nada más, porque estaba claro que no entendía nada»,
afirma la joven, muy enojada con su madre por la falta de empatía con sus
sentimientos.
Los lazos que se crean con las personas que nos apoyan en los malos momentos
son de una naturaleza muy particular y tienen una gran significación emocional.
Cuando los niños están en un estado de ánimo negativo no sirve interrogarlos para
saber lo que les pasa. Cuando a un niño se le pregunta cómo se siente, especialmente
en situaciones difíciles, suele gatillarse en él una actitud defensiva, por lo que su
respuesta puede reducirse a un par de monosílabos para salir del paso y como una
estrategia para evadirse. A veces, si los padres comentan sus propios recuerdos el niño
percibe que ellos están compartiendo su intimidad. A partir de allí es probable entonces
que él se conecte con sus vivencias y quiera compartirlas.
Las emociones que se despliegan en un encuentro emocional verdadero no
deberían ser discutidas, aunque su hijo exprese «emociones negativas», ya que le dará
la sensación de no ser acogido ni comprendido por usted. Por ejemplo, no es
recomendable deslegitimar las emociones a través de mecanismos orientados a
«bajarle el perfil» a lo que él siente, con frases tipo: «¡Pero cómo puedes tener susto, si
ir a un cumpleaños es tan bueno!» o «Estoy seguro que luego se te va a pasar y ni te
vas a acordar de lo que sientes ahora», en el caso de que el niño haya expresado
miedo o rechazo frente a una situación. El solo hecho de abrir la carpeta de los miedos
sintiéndose acompañado lo ayudará a descomprimirse y disminuirá la ansiedad
experimentada. Pero, sobre todo, fortalecerá los vínculos afectivos entre ustedes.
Cerrar el paso a la expresión de las emociones difíciles o negativas es quedarse
afuera de una parte muy significativa del mundo interno de los hijos. Cuando los niños
perciben que hay espacio y tiempo para ellos se sienten escuchados, comprendidos y
acompañados por sus padres. En este espacio se produce una conexión con ellos
mismos que favorece el autoconocimiento, que es básico para el logro de un buen
desarrollo emocional. Las emociones tienen un correlato corporal claro, y coartar su
expresión puede tener efectos negativos en la salud. Validar lo que se siente no
significa avalar las acciones, sino acoger los sentimientos.
Una ventana adicional de una familia que acoge las emociones negativas es que da
el mensaje de que en ella está permitido romper el silencio que habitualmente se cierne
sobre los temas difíciles o dolorosos. En ese contexto, el niño aprenderá a encontrar las
palabras que le permitirán entender y expresar sus emociones más complejas, logrando
así un mejor desarrollo emocional.
LOS LLAMADOS DE ATENCIÓN

S in duda alguna, los niños, desde muy pequeños, necesitan y buscan la atención de
sus padres. Lo hacen a través del llanto, de sus gorjeos, de sus sonrisas y de
gestos tan cotidianos como tender los brazos para ser alzados por los adultos. Más
adelante aprenderán a tironear la ropa de sus padres como una forma de hacer más
potente su demanda por ser escuchados. A medida que van creciendo, el lenguaje es la
manera que utilizan para que los escuchen, pero continúan recurriendo al llanto y a los
gritos como un modo de conseguir sus objetivos. Los niños a veces comienzan a narrar
pequeñas historias cuando quieren que los atiendan, porque se dan cuenta de que,
cuando lo hacen, sus padres los escuchan.
La preocupación de los padres por ellos —expresada en el tiempo que les dedican
en forma exclusiva y en la forma en que los acompañan en las situaciones críticas— es
un poderoso estímulo para el crecimiento emocional y cognitivo de los niños. De hecho,
es una evidencia indiscutible que aquellos a los que sus padres les hablan más,
aprenderán a hablar mejor y más rápido que los que reciben menos estimulación o a los
que les falta el cuidado continuo y amoroso de sus padres.
En la edad escolar y en la adolescencia, los mecanismos que utilizan para
conseguir que sus padres estén alerta a lo que les sucede se hacen más complejos y
bastante menos evidentes a la observación externa. Por ejemplo, un niño puede fingir
que está enfermo e inclusive enfermarse de verdad (la psique humana es
misteriosamente poderosa) para lograr ser el foco principal de la preocupación de sus
padres. Otros niños recurren en forma no consciente a realizar comportamientos
perturbadores, como pataletas, descuidos reiterados de las cosas que se les piden u
otras formas de mal comportamiento que hacen que sus padres tengan que llamarles la
atención. No es casual que éste sea el término que describe lo que se hace cuando se
critica a alguien. Aunque es negativo, este llamado de atención es para los niños y
adolescentes preferible que sentirse ignorados.
En general, las investigaciones tienden a demostrar que los padres prestan más
atención a sus hijos cuando están comportándose mal que cuando están tranquilos,
trabajando o siendo cooperadores. Como la atención de los padres es el refuerzo más
eficaz, a veces los niños en forma no consciente disparan un comportamiento
desadaptativo, que tiene como efecto inmediato conseguir que sus padres se dirijan a
ellos, aunque sea para tratar de que interrumpan la mala conducta. No se trata de que a
los niños les guste ser retados, pero de alguna manera han aprendido que, por ejemplo,
a través de una pataleta, consiguen las cosas y la atención que quieren; si lloran,
aunque los reten por ello, sus padres acudirán a su lado a calmarlos. Por lo tanto, tenga
conciencia de que a lo mejor su hijo no se porta lo suficientemente bien porque no ha
logrado con ello ser foco de atención.
Revertir la atención hacia las conductas positivas, además, tendrá como efecto
mejorar la relación entre usted y el niño porque le entregará aceptación.
APRENDER A DESPEDIRSE

M uchas familias, como un modo de evitar el sufrimiento a los niños, tienden a evadir
la conversación sobre temas difíciles —lo que se ha llamado el lado oscuro de la
vida—. En muchos sentidos, el enfrentamiento de la enfermedad y de la muerte,
especialmente con los niños, es bastante fóbico.
Los niños deben aprender a encarar las situaciones dolorosas y a despedirse,
porque tendrán que enfrentar muchas despedidas durante la vida, y es necesario
asumir las pérdidas valorando lo que las personas que se han ido nos dejan. No se
trata de sobredimensionarlas, pero sí de no negarlas, porque existen y ocupan un
espacio importante en la vida de cualquier persona.
Las despedidas también son necesarias para crecer, y aprender a dejar atrás
etapas. Por ejemplo, cuando los niños se cambian de un ciclo escolar a otro, de colegio
o de ciudad, tienen que decir adiós a lugares y personas; sólo así podrán dar la
bienvenida con sabiduría a los cambios.
A veces en forma no consciente se evita hablar de la muerte, y se desvía la
atención sin dar las explicaciones que los niños requieren. Cuando un niño percibe que
sus padres evaden la conversación sobre situaciones difíciles aprenden por modelo que
es mejor no hablar sobre estos aspectos, y no es de extrañar que en la niñez y la
adolescencia no quieran conversar sobre temas complejos. Y por supuesto que si hay
algo de lo que es necesario hablar —para poder elaborar y superar las situaciones— es
de las circunstancias que hacen sufrir. No sólo es liberador, sino que permite darles un
significado.
Es necesario conversar con los hijos de acuerdo a su capacidad, sin minimizar ni
sobredramatizar. Si la abuela tiene una enfermedad incurable, no hay que insistir en
que no se preocupen porque se va a mejorar, sino que explicarles que está muy
enferma y que se está haciendo lo posible para que no sufra, y además es conveniente
preguntarles si quieren decirle o regalarle algo, por ejemplo, escribirle una carta, o si
son más pequeños hacerle un dibujo. Si son adolescentes, tienen derecho a conocer la
verdad, de manera que puedan estar con ella y despedirse de una forma que les facilite
elaborar la partida sin quedar con la sensación de «por qué no le habré dicho».
En este sentido, cuando son pequeños, la pérdida de mascotas, por dolorosa que
sea, de alguna manera los prepara para enfrentar y comprender mejor la muerte. Es
conveniente que el niño tenga una explicación y un sentido de la muerte antes de que
tenga que experimentarla como una vivencia personal. Los eufemismos, como que las
personas se han ido de viaje o se han dormido, no son aconsejables, porque asustan a
los niños respecto de dormirse y a los viajes; así creerán que si la mamá se va de viaje
no volverá más.
La explicación y el sentido de la muerte dependerá de la orientación religiosa de
cada familia, pero cualquiera sea la creencia siempre es aconsejable poner el acento en
que toda persona tiene una misión que cumplir; valorar el rol de esa persona y dar las
gracias por haberla tenido. También hay que ayudar a los niños a atesorar los buenos
recuerdos, sin negar la tristeza que produce que se haya ido. Y por supuesto es
aconsejable que los niños asistan, y ojalá participen, si ellos quieren, en los ritos que
acompañan la pérdida de un ser querido.
ATENDER LA TRISTEZA

S i bien estar triste no es lo mismo que estar deprimido, la tristeza siempre acompaña
a la depresión, por lo que es necesario estar atento. La tristeza puede ser un signo
importante de que algo no está bien con el desarrollo del niño o adolescente. Estar
triste se relaciona en general con estar pasando por una situación que de algún modo
significa pérdida o con una situación dolorosa, frente a la cual él se siente con poca
energía para enfrentar.
La tristeza, como la depresión, no reconoce edades; en cualquier etapa un niño
puede experimentar tristeza o depresión. La tristeza de un niño implica que necesita del
apoyo y de la compañía de alguien significativo que lo acoja y le dé consuelo. Tratar de
descubrir las causas puede contribuir a averiguar qué es lo que lo pone triste. A veces
es fácil para los adultos solucionar problemas que para un niño pueden parecer
enormes. Por ejemplo, Francisca, de ocho años, estaba muy triste, preocupada y
asustada porque había perdido el primer libro que había pedido prestado en la
biblioteca. Saber que era posible comprar otro y reponerlo la tranquilizó, tanto como
saber que tenía unos padres comprensivos que la ayudaban en situaciones difíciles.
También aprendió a pedir ayuda cuando estaba en dificultades y a buscar consuelo
cuando estaba triste.
Pero a veces la tristeza es un signo de depresión, y en esa situación es urgente
darle ayuda especializada.
El signo más característico de una depresión es el estar triste la mayor parte del
tiempo. El niño o el adolescente comunica su tristeza a través de su lenguaje corporal y
de los contenidos que en general son desesperanzados. Hay que preocuparse
especialmente si el niño empieza a regalar sus cosas y verbaliza algo así como: «No
quiero ser un problema». Es un signo bastante central en la depresión que pierda el
interés por cosas o situaciones que antes lo atraían mucho; un niño que era fanático por
el fútbol y no quiere ir al estadio a ver a su club favorito o un adolescente que era muy
sociable y que deja de interesarse por salir con sus amigos y se niega a ir a fiestas,
debe preocupar a sus padres. El aburrimiento es otro signo que debe alertarnos a que
un niño puede estar deprimido; detrás de un clásico pero muy frecuente «me da lata»,
es muy posible que haya un niño deprimido, sobre todo si usted ve que el niño se aísla
de sus amigos y de su familia y quiere pasar la mayor parte del tiempo solo.
Un elemento que está siempre presente en una depresión es una autoestima baja.
Frases como «nada me resulta» o «no soy capaz de hacer nada bien» están señalando
una baja valoración de sí mismo, que tiende a paralizar al niño y a dejarlo sin energía
para la acción. «Para qué ponerle empeño y poner energía si nada va a resultar bien».
Otros signos preocupantes son los cambios de hábitos en el sueño o alteraciones
en la alimentación.
Si bien las depresiones pueden manifestarse en cualquier época del año, éstas
aumentan en la primavera. En la adolescencia también se ve un aumento de los
diferentes tipos de depresión. El más preocupante de los signos de la depresión es el
«no tener ganas de seguir viviendo», y este pensamiento no hay que dejarlo pasar. La
depresión es un problema psíquico tratable, y lo más importante es no cerrarse a la
posibilidad de que un hijo esté deprimido. Si tiene alguna duda, no vacile en consultar,
así evitará que el problema se haga crónico y los riesgos asociados a los cuadros
depresivos.
LA VUELTA AL COLEGIO, UN TIEMPO CRUCIAL

C ualquiera sea la experiencia previa que haya tenido un niño, la vuelta a clases
implica un remezón que provoca inquietud y preocupación no sólo para el niño,
sino que para toda la familia, ya que es necesario abrirse a un espacio de nuevas
demandas.
A los más pequeños, para quienes ésta es su primera experiencia, les asusta la
separación y es normal que lloren y se aferren a sus padres. A los padres también se
les hace difícil dejarlos y no es raro que lo hagan conteniendo las lágrimas por este hijo
que empieza, gradualmente, a tener sus primeras experiencias sociales y de
aprendizaje fuera del ámbito familiar.
Este miedo a separarse no es necesariamente señal de una dependencia excesiva,
como algunos quisieran ver, sino que es una reacción normal de apego de los padres
hacia los hijos y de éstos a los adultos, que han sido durante los primeros años su
referente emocional más significativo. John Bowlby expresaba que hablar de
dependencia para referirse al apego normal de los niños es una expresión
descalificatoria. Las personas que tienen vínculos afectivos sólidos experimentan
sufrimiento cuando deben separarse, se quejan y reclaman. Este reclamo es prueba de
un buen nivel de apego. Cuanto más pequeño es el niño, más fuerte será su reclamo,
pero si ha tenido un apego seguro con sus padres rápidamente empezará a explorar y a
crear nuevos vínculos en el contexto escolar.
Un cierto grado de ansiedad frente a la separación de sus padres es normal,
incluso en los niños que fueron al colegio el año anterior y, por supuesto, también en
aquellos que deben cambiar de establecimiento escolar. Y ello se debe al hecho de que
volver a clases reactiva la memoria autobiográfica que empieza ya a los dos años, y
que hace que el niño se conecte con las ansiedades que experimentó los años
anteriores al quedarse solo en el colegio.
Para muchos niños de educación básica la vuelta a clases es una situación de
ambivalencia afectiva, ya que por una parte representa el retorno a las exigencias y las
demandas que supone estudiar, pero por otra parte les brinda la posibilidad de
reencontrarse con los amigos y ello es —para la mayor parte de los niños— el lado
grato de la experiencia escolar. Cuando el reencuentro con los compañeros no es una
experiencia placentera, sino más bien difícil, la vuelta a clases puede revestir
características traumáticas y es necesario preocuparse. Rodolfo, un niño con una fobia
escolar, relataba que había un compañero que lo agredía con frecuencia y que los días
antes de volver a clases tenía pesadillas. Fue necesario fortalecer en él la capacidad de
defenderse y alertar a los profesores para que perdiera el miedo de ir al colegio.
Sin duda, el desarrollo social de los niños es uno de los objetivos de la educación
escolar. Por ello, una forma de facilitar la vuelta al colegio a quienes les es más difícil
regresar es dando la posibilidad que se junten con algún compañero los días previos a
la entrada.
Otro factor que seguriza a los niños en los primeros días de clases es la presencia
de ambos padres. Eso, además, constituye para el niño una señal clara de que el
colegio es algo importante y que su familia se involucra en forma activa en este tema,
que está orgullosa de él y que está ahí para acompañarlo. También es altamente
recomendable que al volver el niño del colegio haya alguien que escuche con atención
y afecto cuáles son las experiencias que vivirá el niño en estos primeros días de clases.
LA RELACIÓN ENTRE HERMANOS

T ener buenos hermanos o hermanas es un enorme regalo en la vida. Quizás por eso
cuando alguien tiene un muy buen amigo o una muy buena amiga se dice de él o
de ella que «es como mi hermano».
Una relación fraternal positiva es un factor enormemente nutritivo para el desarrollo;
en cambio, hay pocas situaciones más dolorosas que tener relaciones fraternales
difíciles.
Los padres suelen preocuparse mucho de cómo hacer para que los hermanos no
peleen y eso sin duda es necesario, pero no es suficiente, ya que se trata de una
focalización en evitar el aspecto negativo de la relación. A veces es más eficiente
centrarse en desarrollar los aspectos positivos de la relación entre los hermanos. La
característica central que aportan los hermanos es que constituyen vínculos
emocionales estables, que ayudan a construir la identidad personal. Tener hermanos
es, además, una especie de amortiguador afectivo que permite elaborar en forma
cognitiva y emocional las crisis familiares y personales.
Los hermanos y hermanas dan una sensación de contar con un apoyo leal,
confiable y estable. Hay un sinnúmero de factores, independientes de la actitud y
normas de crianza de los padres, que influyen en la relación entre ellos. Por ejemplo, el
carácter de los niños involucrados, el lugar que ocupan en la constelación familiar, la
distancia de edad entre ellos, las diferencias de género y otras muchas situaciones que
serán difíciles de detallar. Pero, sin duda, la forma en que los padres intervienen en la
relación entre los hermanos es una de las variables más decisivas para que los niños
construyan entre ellos una relación positiva o negativa.
Uno de los factores más significativos, que facilita la ausencia de conflictos causada
por celos o rivalidades, es la percepción que los niños tengan de que sus padres son
justos. Asimismo, los encuentros entre los hermanos en intereses comunes como ir al
fútbol juntos o asistir a una exposición de pinturas o al cine constituyen situaciones
privilegiadas para desarrollar una relación positiva. Los juegos comunes son
experiencias emocionales que están en los recuerdos de todas las buenas relaciones.
Estas experiencias comunes se transforman en vínculos favorecidos por las vivencias
emocionales positivas entre ellos. Genera, también, una relación nutritiva con los
hermanos incentivar gestos entre ellos en que se expresan afecto; por ejemplo,
comprar un regalo o escribir un mensaje positivo para alguna ocasión especial o bien
hacer una torta un poco artesanal para celebrar temprano en familia los cumpleaños.
Destacar cada vez que los niños lo están pasando bien juntos o cuando manifiestan
alguna actitud cariñosa con el otro o, por ejemplo, decir simplemente: «Mira lo contenta
que está la Coni porque llegas», permite reconocer al hermano o a la hermana como
una fuente de afecto. Eso irá formando la imagen de una relación positiva y sana.
Construir una relación es siempre una tarea compleja, llena de gestos cotidianos, y
el desafío a la creatividad de los padres es fortalecer los vínculos entre los hermanos
centrándose en los aspectos positivos y generando espacios para que ellos puedan
percibirse mutuamente, como una fuente de afecto y de vínculos nutritivos.
LOS MIEDOS, UN INFALTABLE PROBLEMA DE LA INFANCIA

E l miedo, esa desagradable sensación de estar amenazado por algo o de sentirse en


peligro, y de alguna manera indefenso porque algo malo podría ocurrir y dañar la
propia integridad física o la de las personas más queridas, es una emoción frecuente en
todas las etapas de la vida.
Los miedos son normales y no siempre son malos, ya que tienen un significado
adaptativo. Por ejemplo, un adolescente que no tiene miedo alguno puede tomar el auto
del papá sin permiso y manejar bajo los efectos del alcohol; en cambio, otro joven de la
misma edad, que sí tiene miedo de chocar, por muchas ganas que tenga de manejar o
por muchas presiones que reciba de sus amigos no tomará el auto sin permiso.
Es importante evaluar si los miedos son excesivos o paralizan al niño y además si
corresponden a su edad de desarrollo, ya que los miedos evolucionan y cambian con el
paso del tiempo. Al final del primer año de vida, los niños se asustan frente a las
personas y situaciones que les resultan extrañas o no familiares. Entre los dos y los
cuatro años, pueden desarrollar miedo a los perros y en general a los animales, aunque
les encante verlos en un libro. Entre los cuatro y siete años, y a veces incluso antes,
comienzan a presentar miedo a la oscuridad, a los monstruos, a los fantasmas y a otros
seres terroríficos que pueblan la mente infantil. Es tiempo de decirles que estos
personajes no son reales y que sólo existen en su imaginación.
En los primeros años de la edad escolar aparece el miedo universal al fracaso; es
frecuente oírles decir «yo no sé», y basta con que se digan a sí mismos estas palabras
para paralizarse y bloquear su capacidad de aprender. Si el niño tiene miedo de no ser
bueno para hacer goles, puede privarse de jugar fútbol. Y si el miedo es a no ser bueno
para los idiomas, evitará en lo posible hablar otra lengua.
A esta edad ya hay una mayor comprensión de lo que significa la muerte y pueden
aparecer ansiedades de muerte, relacionadas con la propia o con la pérdida de las
personas que más quiere. A partir del segundo ciclo de la educación básica, es decir,
entre los nueve y doce años, se acrecienta el miedo al fracaso en el área académica
incluso en quienes han sido buenos estudiantes. Algunos niños desarrollan temor a las
catástrofes naturales o a eventos causados por el hombre, como incendios o
accidentes. Es frecuente que esto ocurra especialmente si ha sucedido algún evento al
que el niño ha estado sobreexpuesto personalmente o por las noticias.
Llegando a la pubertad y la adolescencia, los miedos se relacionan con temor a ser
rechazados socialmente, a no ser competentes, y se aprecian más en los niños tímidos
o en aquellos que han sufrido de violencia o maltrato físico o psicológico por parte de
sus iguales.
Las investigaciones plantean que los padres tienden a subestimar los miedos de
sus hijos. La primera actitud frente a ellos debe ser escucharlos con atención y
serenidad. Hacer como si no existieran sólo agravará la situación. Si su hijo es
miedoso, tenga mucho cuidado que se haga adicto a los programas de terror y a las
historias con contenidos atemorizantes, ya que, paradójicamente a pesar de sus
miedos, suelen encantarles.
Incentivarlo a encontrar soluciones para manejar sus temores es siempre útil.
Pregúntele: «¿Cómo podrías aprender a mandar tus miedos? ¿Qué recuerdos te
producen tranquilidad?», de manera que vaya encontrando un camino para frenar la
imaginación ansiosa y ayudarlo así a encontrar imágenes que le inspiren protección.
PASIÓN POR APRENDER

D urante la primera infancia, los niños manifiestan una gran capacidad de asombro,
un enorme interés por conocer y una verdadera pasión por aprender. Todo
despierta su curiosidad. Preguntan en forma incesante: ¿qué es esto?, ¿por qué
llueve?, ¿cómo se hace? Es tal su impulso a saber, que los padres relatan quedar
exhaustos ante tanta pregunta y frente a la insistencia del niño por conseguir una
respuesta. Durante esta crucial etapa del desarrollo, adquieren una impresionante
variedad de conocimientos y tienen una velocidad de aprendizaje que no se volverá a
repetir. ¿Por qué los niños pierden esa pasión por aprender a medida que van
creciendo? Robert L. Fried, en su libro La pasión por aprender, plantea que aprender
debería ser una de las actividades más fascinantes del ser humano y que
lamentablemente se transforma, con frecuencia, en algo que produce aburrimiento y
resistencia en la edad escolar.
Una de las principales causas de este decaimiento radica, según el autor, en que los
adultos transforman muchas veces este proceso en un trabajo penoso, que es percibido
por el niño como sin sentido y absurdo. Muchas veces el exceso de exigencias, las
sanciones y las amenazas que les hacen a los niños, mientras les enseñan, son el
principal factor que disminuye sus deseos de aprender. El niño que asocia aprendizaje
con angustia o con castigo perderá no sólo el interés, sino que lo más probable es que
termine odiando la situación de aprendizaje, que lo hace sentirse poco competente y
fracasado.
Otro factor clave en esta desmotivación progresiva está en que sus intereses no
tienen sintonía con lo que los adultos les proponen. A veces experimentan rechazo
porque se los evalúa de una manera negativa a través de notas o comentarios
descalificatorios, que a menudo son bastante ofensivos. Eso, sin duda, afecta su
motivación por el aprendizaje. ¿Quién querría seguir haciendo algo por lo que sólo
recibe críticas? Sólo un masoquista... Conectarse con los intereses de los hijos facilita
que los niños desarrollen el gusto por aprender.
Por ejemplo, a Pedro, de doce años, quien tenía rechazo por la lectura, su padre
logró incentivarlo a leer buscando materiales sobre la Segunda Guerra Mundial, que era
una pasión del niño. De tanto leer sobre el tema mejoró sus habilidades lectoras, pero
además se reencontró con el placer de la lectura.
Es necesario equilibrar las actividades de aprendizaje para que haya espacio para
las tareas que realmente motivan al niño. Obviamente, lo que le interesa casi siempre
se relaciona con las áreas en que están sus talentos. Es por eso que es necesario estar
muy alertas a cuáles son sus gustos, para incentivarlos y darles oportunidad de
desarrollarlos.
Así ocurrió con Pablo Neruda. Su padre le quemaba las poesías, en un intento para
que mejorara sus notas en matemática. El padre logró crearle una fobia a esa materia,
que le duró hasta adulto. Afortunadamente, Gabriela Mistral le estimuló su talento
literario. Al final, ésta fue la actividad desde donde hizo un aporte universal. Sin duda,
por eso es bueno recordar que el placer que se encuentra en un tema es la clave de la
pasión por aprender y hacer.
LOS ABUELOS

C onvertirse en abuelo o abuela es una experiencia maravillosa que enriquece y


otorga una dimensión especial a la paternidad. Ver nacer a un nieto no significa
sólo transformarse en abuelo, sino que es ver a los hijos convertidos en padres, lo que
entrega una doble felicidad. En las familias en que se vive bien la integración de los
roles y se minimizan los conflictos, todos salen ganando, pero sin duda los más
beneficiados son los niños, que sienten el afecto sólido y protector de una familia en que
las distintas generaciones conviven en forma armónica.
Los abuelos conectan a los nietos con sus raíces, con la historia familiar y
traspasan las tradiciones familiares: el kuchen de la abuela, la Pascua del conejo y
tantos otros elementos de la cultura familiar.
Los abuelos son depositarios de la narrativa familiar; pueden contar anécdotas
acerca de los padres, a qué jugaban, qué leían y dónde vivían cuando eran chicos. Es
una buena idea hacer un álbum con fotos y darse el tiempo para hacer relatos sobre las
diferentes personas de la familia.
Abuelos atentos a las necesidades de sus nietos, comprometidos con su desarrollo
y orgullosos de ellos, dejan huellas profundas en su carácter. La presencia acogedora
de los abuelos se recuerda toda la vida y transmite seguridad y protección a los nietos.
Como la «abuelitud» no está definida por reglas tan rígidas permite ciertas libertades
que pueden enriquecer el mundo experiencial del niño, pero teniendo cuidado de
respetar los marcos generales puestos por los padres para evitar conflictos.
Los abuelos no reemplazan a los padres, sino que deben fortalecerlos en su tarea
de serlo, sin criticarlos, ya que eso los debilita y los inseguriza. Cuando la relación es
difícil, es necesario poner límites, pero sin privar a los niños —salvo situaciones muy
excepcionales— en su desarrollo de tener abuelos. Si por diferentes motivos los niños
no pueden compartir con alguno de los abuelos, mantenga la comunicación a través del
correo electrónico o por teléfono, o bien recurriendo a cartas y tarjetas a la antigua
usanza. Recibir una carta hace sentir al niño muy especial.
El rol de los abuelos no es educar, sino aumentar la disponibilidad de personas
comprometidas en el bienestar de los niños y, por lo tanto, pueden permitirse algunas
licencias como regalos o paseos caros que pueden trasformarse en recuerdos
imborrables de la infancia. Una buena relación con los abuelos favorece la autoestima,
ya que la manera como ellos habitualmente estimulan a sus nietos los hace sentir muy
queridos.
Los abuelos deben cuidar de ser muy justos en la relación con sus nietos, ya que
los niños son muy sensibles y el nieto o la nieta preferido puede conseguir la envidia o
los celos de sus primos.
Es necesario cuidar y cultivar la relación abuelos-padres, ya que para ambos
constituye uno de los soportes emocionales más valiosos que puedan tener, y para el
niño es un gran legado. Pasar por alto y negociar algunas diferencias no es un precio
demasiado alto por tener una buena relación.
LA RELACIÓN FAMILIA-COLEGIO

L os niños pasan alrededor de quince años en su colegio, si se contabiliza el jardín


infantil, durante más de seis horas diarias. Una parte importante de su educación se
realiza gracias a la acción de los profesores, que son, sin duda, quienes juegan el rol
educativo más importante del contexto escolar. Pero también sus compañeros y las
actividades extraprogramáticas en las que se inscribe el niño lo van introduciendo
paulatinamente al mundo de la ciencia y de la cultura.
Quizás por eso los padres que «pueden hacerlo» gastan, y con mucha razón,
muchísimo tiempo evaluando cuál podría ser el mejor colegio para su hijo o hija y cuál
de ellos representa mejor el mundo valórico de la familia.
Aunque el colegio es muy importante, la familia sigue siendo la principal educadora
y explica en gran parte las diferencias en el rendimiento escolar y en la personalidad de
los alumnos. Por esta razón, a todas las reformas educacionales les ha sido difícil
disminuir la brecha que hay en el rendimiento escolar entre los niños que provienen de
familias ricas y aquellos que vienen de familias menos privilegiadas económicamente.
Pero hay niños de familias de escasos recursos cuyos padres acompañan el proceso
educativo de sus hijos, obteniendo resultados espectaculares, y también hay familias de
muy buen nivel socioeconómico que no se involucran, obteniendo sus niños resultados
insuficientes.
Las siguientes son algunas variables familiares que influyen en el rendimiento
escolar:
•Un nivel de armonía razonable: es necesario que los padres se respeten, que no
haya violencia familiar, ni física, ni psicológica.
•Estimular intelectualmente a los hijos, conversando con ellos no sólo sobre
hechos, sino también sobre ideas y emociones. Los temas hay que abordarlos de
manera profunda, permitiendo al niño acceder a distinciones más complejas.
•Procurar que los niños tengan acceso a libros, bibliotecas personales, familiares y
públicas y a tecnología educativa, como computación, internet, videos educativos.
•Padres atentos a enriquecer el desarrollo intelectual de sus hijos tomando en
consideración su edad, incorporándolos en las conversaciones, sin infantilizarlos.
Reconociéndolos como interlocutores válidos, respetando sus opiniones.
•Padres que acompañan a sus hijos en el proceso educativo. Que los padres
asistan a reuniones de apoderados, sin quejarse que son aburridas, transmite a los
niños el mensaje de que su familia valora el colegio; si, por el contrario, declaran a
quien quiera escucharlos que les aburren, constituye una descalificación explícita
del aprendizaje y del hecho de asistir al colegio.
Que los padres legitimen la autoridad de los profesores siempre que sea posible,
ayuda al niño a entender que los primeros tienen una alianza con el colegio para que él
sea una mejor persona y, además, se despierte en él la pasión por aprender. La
deslegitimación a través de la crítica o la descalificación velada a los profesores, en
cambio, mina el concepto de autoridad.
Se puede discrepar ocasionalmente de los profesores siempre que sea con
respeto, pero si usted está en desacuerdo con todo o con la mayor parte de lo que
sucede en el colegio de su hijo, a lo mejor es tiempo de buscar otro establecimiento o
de revisar si su actitud no está siendo excesivamente crítica, ya que es necesario que el
niño perciba que su colegio y su familia trabajan unidos, por su bienestar y por su
aprendizaje.
BIENVENIDA A LOS CAMBIOS

E nfrentar los cambios es, para los niños y los adultos, una situación emocionalmente
complicada, por necesarios y razonables que éstos les parezcan a las personas
que tienen que hacerlos. La resistencia al cambio es una característica normal, pero
cuando esa resistencia está exacerbada puede llevar a situaciones de paralización que
impiden adaptarse a las demandas de las situaciones nuevas.
Por ejemplo, si usted estaba acostumbrado a una determinada tecnología en
computación y es resistente al cambio, le costará mucho adoptar una nueva,
especialmente si no tiene muchas habilidades tecnológicas, y eso le puede significar
perder la posibilidad de un trabajo o de facilitarse la vida con el nuevo aprendizaje.
Tener apertura al cambio es una característica de las personas creativas, y sin
duda es una enorme ventaja comparativa en relación con las personas que no tienen
esta disposición. Aceptar los cambios como un desafío es generar para sí mismo
nuevas oportunidades y, por lo tanto, caminos que pueden resultar muy enriquecedores.
Por supuesto, se trata de evaluar si el cambio que piensa hacer o lo que le
proponen es positivo y le significa algunas ventajas. No es tomar decisiones a tontas y
a locas, pero sí es necesario poder dejar hábitos y situaciones que no aportan. Los
niños pueden aprender a dejar situaciones que les son dañinas. Poder cambiar en este
contexto es un factor que aumenta el potencial de felicidad de las personas.
Enfrentar nuevas situaciones a las que está expuesta la familia con ilusión y
buscando los aspectos positivos es una actitud de optimismo y de felicidad que facilitará
que los niños no teman a los cambios, sino que los enfrenten en una actitud positiva y
de esperanza, lo que constituye un signo de salud mental. Favorecer en los niños la
búsqueda de situaciones nuevas desarrollará en ellos el gusto por el desafío y por
hacer cosas originales y novedosas. Como ya se señaló en páginas anteriores, sin la
aceptación del cambio, la humanidad seguiría aún en la época de las cavernas.
El miedo al cambio frena el desarrollo personal y social. Intente que sus hijos miren
la vida sin temor y que asuman en cada etapa de ella cuál será el nuevo escenario que
deberán enfrentar, y que estén dispuestos a cambiar para poder aprovechar las
oportunidades que ello trae. La mirada debe ser realista, pero con ilusión.
La velocidad de cambio en estas sociedades es de tal magnitud que si los niños no
tienen la disposición a abrirse a explorar y aprender corren el riesgo de irse quedando
atrás y a desadaptarse en las situaciones nuevas.
Una manera de favorecer un comportamiento positivo es que los padres sean
capaces de asumir sus propias oportunidades de cambio, con una actitud que exprese
apertura, optimismo y valentía, lo que les permitirá a los hijos por modelo percibir que
es posible cambiar y entender que cuando las personas se resisten a darle la
bienvenida al cambio pierden muchas oportunidades de ser más productivas, creativas
y felices.
EDUCAR A MÁS DE UNO

L os embarazos múltiples son cada vez más frecuentes, y ciertamente representan un


desafío para los padres. Si bien los mellizos y los trillizos traen mucha alegría,
también implican una mayor exigencia, ya que demandan enormes recursos
emocionales, económicos y físicos. A veces, a los adultos que están a cargo del
cuidado de los niños, en la medida en que se encuentran sobreexigidos, se les hace
difícil respetar las características individuales de cada uno de ellos. Por muy parecidos
que sean los mellizos —semejanza que se acrecienta por el hecho de estar
exactamente en la misma etapa de desarrollo— necesitan percibirse como dos
personas diferentes para crear una identidad única.
Ojalá en este proceso contribuya la familia completa, no sólo los padres, sino
también los abuelos, tíos, primos y, por supuesto, las amistades. Sea o no religiosa la
familia, es aconsejable que los niños tengan padrinos que les provean de una relación
única y especial.
Una señal importante de reconocimiento individual es llamar a cada niño por su
nombre y no referirse a ellos como los mellizos y los trillizos.
Como educar a mellizos o trillizos es una tarea agotadora, contar con el apoyo de la
familia y amistades es una necesidad, y ojalá que esta ayuda sea diferenciada, es decir,
que ocasionalmente se pueda invitar a un niño un día y luego al otro, turnándolos, para
que tengan la experiencia de sentirse únicos y darles a los padres también la
posibilidad de una atención exclusiva para el que se queda en la casa.
En este proceso de maximizar las diferencias obviamente es necesario que estén
en cursos diferentes, para evitar que se aíslen entre ellos, y para que cada uno vaya
desarrollando su grupo de amigos, como sucede con los hermanos que no son
mellizos.
En esta preocupación también se hace conveniente crear espacios
individualizados, ya que la normal ligazón que tienen los niños con sus padres se hace
extensiva a los hermanos, lo que puede generar una tendencia a desarrollar una actitud
simbiótica que dificulta una de las tareas más importantes del desarrollo, que es la
individualización.
Todos los niños son capaces de tener una personalidad propia y percibirse distinto
a los otros; en los mellizos se hace más difícil por todas las experiencias en común que
viven. Otra manera de ayudarlos es estar muy atento a las diferencias, y señalarlas muy
explícitamente en lo que se refiere a intereses y características positivas de
personalidad. Así, por ejemplo, si en una pareja de mellizos ambos son deportistas,
pero a uno le gusta el básquetbol y al otro el fútbol, sus padres, a pesar de sus
múltiples obligaciones, se las pueden arreglar para llevar a cada uno a su deporte
favorito. En otra familia, en que los mellizos son de diferente sexo, y el niño prefiere la
música, sus padres pueden tomarle a este último clases de guitarra mientras que la
hermana puede asistir a lecciones de ballet. Los padres y los niños, si son constantes,
pueden ir creando espacios de crecimiento individual y amistades distintas.
Que los mellizos jueguen y pasen tiempo juntos es positivo, pero teniendo claro que
la tarea de estructurar una identidad pasa por definirse y sentirse diferente. No caiga en
la tentación de vestirlos iguales y de hablar de ellos como una unidad.
Los espacios separados ayudan además a equilibrar la relación, ya que casi
siempre hay uno de los mellizos que es más dominante y, por ejemplo, tiende a
contestar por el otro. Salir sólo con uno le ayudará al que es menos dominante a
desarrollar su personalidad. El ejercicio de ir introduciendo en el proceso educativo
todos estos espacios de separación ayudará a los mellizos a sentirse personas
completas y a vivenciar que pueden pasarlo bien aunque no esté su hermano.
LA PIEZA DE MI HIJO

E l espacio en que se habita determina en forma importante la calidad de vida de las


personas. ¿Están contentos usted y su hijo con el dormitorio en que está? La pieza
de su hijo hace parte importante de su espacio personal, ya que el tiempo que pasa en
ella es bastante. Habitualmente no sólo es el lugar donde duerme, sino que suele ser su
espacio de juego y estudio. Algunos niños pequeños casi no la utilizan, duermen en el
dormitorio con sus padres hasta edades avanzadas, lo que por supuesto no es un buen
hábito, ya que altera el sueño de los padres y también el del niño. Al dormir con los
padres, los hijos mantienen una actitud infantilizada y hace que no se adecuen a ocupar
su propio espacio.
Posiblemente si un experto visitara la pieza de sus hijos pequeños le aconsejaría
que guardara muchos de sus juguetes porque la encontraría recargada. Los ambientes
abigarrados de cuadros, peluches en dudoso estado, rompecabezas incompletos,
además de constituir un atentado contra la estética, son una sobreestimulación para la
mente infantil. Por otro lado, un ambiente con muchos objetos es más difícil de ordenar,
por lo tanto obstaculiza el crearles hábitos de este tipo. No se asuste, no se trata de que
bote todas las pertenencias de su hijo, aunque a lo mejor podría regalar algunos
juguetes, obviamente con el consentimiento del niño. Otros podrá guardarlos en un
cajón, especialmente aquellos que ya domina, para usarlos en ocasiones especiales.
Hay que dejar sus peluches o muñecas regalonas, pero sin caer en la sobresaturación,
ya que al final los niños no valoran nada si tienen demasiado.
A todas las edades, ojo con el televisor en la pieza; sin duda, verá más televisión de
la deseable y consumirá más violencia y erotismo si está el control remoto a su
disposición en forma permanente.
Es aconsejable en la niñez tardía y en la adolescencia dejarles libertad para
decorar su pieza a su manera, para que sea el reflejo de su personalidad y de sus
intereses. Los colores tienen que ser de su preferencia, ojalá armoniosos, que le
induzcan tranquilidad, pero no insista en ponerle flores si le gustan los autos.
En la adolescencia hay que cuidar especialmente el respeto por los espacios de los
hijos, que son, de alguna manera, la prolongación de su forma de ver el mundo. Si
quiere evitar conflictos, inmiscúyase lo menos posible en sus decisiones, respetando su
espacio, salvo que haya problemas entre los hermanos o la decoración sea un atentado
contra su salud mental. En esta edad hay que ser tolerante con el desorden, poniendo
reglas generales de respeto a los otros, como dejar la ropa sucia en el canasto y no en
el suelo y ordenar las cosas botadas en los espacios comunes. Como en esta etapa
están en un período de autoafirmación, un exceso de autoexigencias en relación con el
orden puede provocar el efecto contrario. En lo posible permítale que su dormitorio, o la
parte que le corresponde de él, sea su espacio personal. Recuerde que es la pieza de
su hijo o hija y no la suya; si el desorden lo altera mucho, pídale que mantenga la
puerta cerrada y no se olvide de golpear antes de entrar. El respeto por los espacios
ajenos se aprende en la familia.
¿QUÉ Y CUÁNDO DELEGAR?

C iertamente que es necesario para la salud mental de los padres y para el desarrollo
cognitivo emocional del niño que algunos de los múltiples aspectos y demandas
que supone su crianza y educación, puedan ser delegados a personas que tengan la
competencia para hacerlo con ternura y eficacia.
Pero a pesar de esta delegación de algunas funciones, los hijos tienen que tener
una noción clara: que las personas más importantes y significativas, en su cuidado y en
la satisfacción de sus necesidades básicas, son sus padres. El niño debe percibir que
constituye la prioridad uno para sus padres, especialmente en las situaciones
importantes como son sus eventos escolares, sus competencias, sus enfermedades y
sus preocupaciones. Pero, también, que ellos están presentes y los ayudan en las
rutinas cotidianas, como las tareas y juegos.
Las actividades del hogar anexas al cuidado de los niños, como el orden, el lavado,
el planchado y la preparación de los alimentos pueden ser dejadas, si se tienen los
medios, en manos de otras personas, justamente para tener más tiempo para estar con
los hijos a fin de poder pasear y jugar con ellos. Ojalá muchas de las funciones que
exigen el cuidado y la educación de un niño sean hechas por los padres. En los
primeros años, el baño, vestirlos, acompañarlos a la plaza, contarles un cuento antes
de dormirse, armar un rompecabezas deberían ser actividades frecuentemente
realizadas por los padres, con esa ternura y cuidado que sólo ellos pueden entregar y
que genera un vínculo de apego.
La clásica historia «del pobre niño rico» que cuenta de adulto «mi mamá nunca
tuvo tiempo para nosotros, hasta al doctor nos llevaba el chofer» revela cómo las
carencias infantiles pueden determinar que una persona se sienta poco querida hasta la
vida adulta y cómo ello afecta su confianza en sí mismo. Y si un hijo percibe que no es
importante para sus padres, tiende a imaginar que esto sucede por un problema suyo,
que lo hace poco querible.
Esto no quiere decir que no sea beneficioso que tenga oportunidad de recibir afecto
y cuidado de otros, pero sí es fundamental que sienta la presencia constante y segura
de quienes deben ser vínculos más estables, es decir, sus padres.
Delegar cuando no existe otra posibilidad es comprensible, y los niños lo asumen
bien, por ejemplo, cuando la mamá está enferma o tiene que viajar, o el padre no puede
asistir a una reunión porque está en otra ciudad, siempre y cuando ello no ocurra tan
seguido. De lo contrario, los niños sentirán que están en último lugar en la lista de
prioridades de sus padres y tendrán la sensación de un cierto grado de abandono.
Cuando los padres son muy autoritarios, lo que no es infrecuente en los muy exitosos,
los niños tienen a veces incluso temor de expresar sus deseos de compañía por miedo
a que los reten o los castiguen.
No delegar nada puede llevar a una conducta sobreprotectora; y delegar mucho, a
olvidar las necesidades de cercanía que los niños requieren de sus padres, cayendo en
la negligencia.
Las personas que nos rodean son testigos que pueden expresarnos, si nos quieren,
en qué estamos fallando, pero también cada padre sabe en su fuero interno cómo lo
está haciendo, y es necesario escuchar esa voz interior.
AMPLIARLES EL MUNDO

U no de los roles de la familia es ir, a través del proceso de socialización,


mostrándoles a los niños aspectos nuevos de la realidad.
Hay familias que son muy encapsuladas, que viven como en una burbuja y que
tienden a mantener a sus niños circunscritos al ámbito familiar. Los niños así educados
se van formando una percepción muy limitada o sesgada de la existencia, en tanto que
para otras familias ampliarles la visión de la realidad es una preocupación fundamental.
Los niños que son educados en mundos muy cerrados, de algún modo tienden a
creer que la forma en que se hacen las cosas en su familia es la única posible.
A Andrés, de diez años, por ejemplo, cuando le preguntaron con qué quería rellenar
su panqueque, replicó: «¿Y de qué otra manera pueden comerse los panqueques, sino
es con manjar?». Esta actitud de Andrés que parece simpática, en relación a la elección
de un postre, es la que tienen algunos niños y también personas adultas frente a
muchas áreas de la vida.
Esta especie de restricción cognitiva se origina en haber sido expuestos a pocas
realidades, ya que son las experiencias que se tienen en la vida las que actúan
modelando las conductas. Mientras más restringidas las experiencias, más pobre es el
repertorio de mundos que el niño tiene.
Un niño que vive en un determinado barrio y no sale de allí como si viviera en un
ghetto, donde se vincula sólo con sus primos y familiares más próximos, creerá que ésa
es la única realidad posible.
Vivir en mundos restringidos empobrece el desarrollo cognitivo y emocional del
niño. Es como esas familias que resultan empobrecedoramente monotemáticas, porque
sólo conversan de algunos temas en forma reiterada. Algo muy aburrido para los que no
están en ese círculo.
Mostrar mundos es generar una actitud de apertura y ver posibilidades diferentes, y
eso siempre resulta enriquecedor para la cosmovisión que las personas se forman. Una
persona que ve pocas realidades será menos tolerante con la forma de ser de otros,
con las creencias y costumbres de los demás. Conocer, por ejemplo, otras religiones, al
visitar una mezquita o una sinagoga, abrirá al niño a nuevas realidades. La idea es
mostrar que existen otras concepciones religiosas más allá de las propias.
Si la familia es deportista es bueno darles a los hijos la posibilidad de mirar también
el mundo del arte, asistiendo a una exposición de pinturas o fotografías, o bien a un
concierto. Regalarles música y arte a los hijos implica abrirlos a una visión estética de la
realidad. Por el contrario, si usted es un lector empedernido, muéstreles a sus hijos el
mundo del deporte en sus diferentes formas. Tener acceso a mundos diversos da
posibilidades de elegir qué se quiere ser.
Gould, un famoso antropólogo, cuenta que a los seis años, en una visita al Museo
de Historia Natural, decidió su vocación por los dinosaurios y la teoría de la evolución.
Abrir mundos pasa también por conectarse no sólo con las familias de origen, lo
que está muy bien, sino darles oportunidades de conocer personas diferentes de los
ámbitos laborales o de la esfera de intereses de sus padres.
Los niños a quienes se les amplía la mirada no sólo tendrán una mayor cultura,
sino que serán más creativos, pero por sobre todo serán más libres para hacer sus
elecciones.
LA CAUSALIDAD EMOCIONAL

S i usted lanza una piedra contra un vidrio tiene la certeza de que la ventana se
romperá, con riesgo de herir a los que están alrededor. Pero, ¿tiene la misma
conciencia que cuando ofende a alguien no sólo daña a esa persona, sino que puede
deteriorar la relación entre ustedes para siempre? ¿Tiene conciencia de que sus olvidos
o su falta de atención hacia su pareja, sus amigos o sus hijos pueden crear problemas
en la relación?
La educación pone un gran énfasis en enseñar a los niños la comprensión de las
causas en el mundo natural, como una manera de desarrollar el pensamiento científico
y favorecer la adaptación de ellos a su entorno. Por ejemplo, la familia en la infancia
recalca con frecuencia: «Si te desabrigas te vas a enfriar y te vas a resfriar». En
cambio, la causalidad emocional permanece casi olvidada en los razonamientos
educacionales y familiares, a pesar de lo importante que es para el desarrollo de la
inteligencia emocional y, por lo tanto, para la convivencia social.
Los niños y los adolescentes, por su marcado egocentrismo, tienden a percibir que
los problemas de relación son causados por los otros, y no tienen conciencia acerca de
cómo sus propios comportamientos generan dificultades, es decir, no desarrollan una
percepción nítida acerca de cómo su conducta determina en forma importante la
respuesta del otro.
Por ejemplo, Carolina se queja de que está furiosa con Angélica porque no la ha
llamado en toda la semana, sabiendo que lo está pasando mal. Un análisis que podría
ser correcto si no fuera porque en su apreciación de la situación omitió que ella olvidó el
cumpleaños de su amiga y no sólo no fue a verla, sino que ni siquiera la llamó por
teléfono. Incluir en los razonamientos la causalidad emocional durante el desarrollo
infantil es un poderoso factor en el logro de una perspectiva emocional justa que
considere la perspectiva del otro. Cuando un niño se pregunta: ¿por qué Alvaro tiene
tantos amigos y es tan querido? con aire de sorpresa, es porque no ha sabido aquilatar
lo acogedor que es Alvaro y la preocupación que tiene por los detalles, que son básicos
en las relaciones emocionales.
La idea central es, sin juzgar al niño porque no lo hace bien, señalar en otras
personas los comportamientos que las hacen queribles. En este sentido, explicitar los
razonamientos positivos o negativos vinculados con hechos concretos del mundo
cercano o del mundo público fomenta en el niño una comprensión de las claves
emocionales que facilitarán su inserción en el mundo social y afectivo. Por ejemplo,
decir «la deplorable conducta del candidato X ofendiendo a Y le va a costar muchísimos
votos, porque no se puede ser tan agresivo». Lo mismo se puede hacer cuando se va
con los hijos al cine, ya que el análisis informal de los personajes de una película puede
favorecer, casi imperceptiblemente, la comprensión de la causalidad emocional en los
niños.
Se trata de ser sutil, no reiterativo, y que los mensajes puedan ser asimilados
desde una actitud positiva. Si usted se pone muy repetitivo y asume una actitud
inculpatoria frente a la falta de percepción de su hijo, acerca de cómo sus conductas
pueden ser causa de los problemas que está enfrentando, paradójicamente obtendrá
resultados opuestos a los que desea lograr.