MISTERIOS DEL VATICANO

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LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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PUBLICACIONES ILUSTRADAS

U.&llCIELO!ttJ'A- S.t.!

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MISTERIOS DEL VATICANO
ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA
Novela. histórica escrita. en francés
PRIMERA

TRADUCCIÓN CASTELLANA
POi\

C·RISTÓBAL LITRÁN

ILUSTRADA CON PROFUSIÓN DE MAGNÍFICOS GRABADOS AL BOJ INTERCALADOS EN EL TEXTO

Y FOTO-GRABADOS TIRADOS EN d.MINAS SUELTAS

«¡Pueblos, escuchad! Vengo en nombre del Altís-imo á arro­ jar á vuestra execración al Pontifica abominable que os opri­ me; vengo en nombre de Jesu-Cristo á ordenaros que no le dispenséis merced alguna, que le hundáis un pul•al en <'1 seno, y <¡ue tratéis á todos sus adláteres como bandidos, ya sean reyes ó emperadores. ¡Ah! si yo fuese jefe del !m peno. pronto haría un fardo del Papa y ous cardenales y los arro­ jaría todos juntos en el 'l'lber. Este baño les curaría para siempre de las vergonzosas enfermedades que les roen.»

:l!fARTÍX

LUTERO.

ToMo I

BARCELONA- SANS

V.

ACHA,
i885

EDITOR.
n.0

Carretera Real,

7

Esta traduccion es propiedad del Editor. /

BARCELONA
TIPOGRAFÍA LA ACADEMIA, DE EVARISTO ULLASTRES
Ronda de la Universidad, num, 6 1885

f})ipu tuBo por;

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an.o �/ceptc;)ié'en la, f?ef o1'.:r-dam12-11-to ikrJi
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Home11aje de los C11uto1·es

§.

Jtl.

TOMO I

LÉO TAXIL

A LOS LlBREPEN SADORES ESPAÑOLES
En un pais como el 1zuestro, en el que gracias á omi1Wsos tiempos

de dominación

m01zdrquico-clerical, Ita

rei11ado respecto d las cosas sa1ztas y á In conducta de los hombres de iglesia profu7zdo y obstinado silencio, cou­ vz·ene, camos. El progreso de la época, la necesidad imperiosa de emancipar la concie11da, reclamatz. e11érgicamente que la luz de la verdad pe1zetre radiosa e1;z los antros del oscu­ rantúmo , dúipando las ti1úeblas , abat-iendo los idolos, preparando, en una palabra, el advenimiento del reinado de la razón como únz·ca soberana. El pueblo, sobre todo por razó1z de su naturaleza, que le lleva á adquirir sus ideas y convicciones más por la via de/ se1z#mie11to que por la del raciocinio, es qzt'ieu en primer lugar, en 7tuestro se1dir, más necesita de estas propagandas. Por esto, insp,irándonos en estas ideas, nos decidimos

d nuestro entender, la propagación y lectzwa de

obras de la 11-aturaleza y te11dencias de la que lzoy publi­

d dar á luz esta obra, que cumpliendo

zm

deber de gra­ d esa

titud dedicamos á los librepe1zsadores espalío,les,

esforzada fala11je de espírihts fuertes y levantados que ni se humillan ante las amenazas ni se amilanan ante des­ atentadas y rzdíczdas reacciones, que á una condena1z el espiritu del siglo y los fueros de la razó1z.

EL EDITOR

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PRI�1ERA PARTE De cómo se canoniza
á

un piojoso

CAPITULO I
LA LOCA A

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primavera en Italia aseméjase á un estío anti­

cipado. Aquel año, sin embargo , ningún día habíase presentado tan hermoso y apacible como el en que nuestra historia comienza: jamás Ja plácida calma de la tarde había anunciado una noche tan encantadora. ·

El sol ma:-chaba hacia su ocaso en\uelto en vapores rojos, y sus rayos oblicuos corta­
dos á trech�s; r la aguja de un obelisco, por la torre de algún campanario 6 la terraza de un palac10. incendiaban con sus reflejos las techumbres de Roma. Detrás de las arcadas dol Coliseo. re-plandecía el cielo como teñido en púrpur�, y hacia el' fondo, detrás de la cúpula del panteón de Agrippa, detrás de l a imponente masa de la roca 'farpeya, siempre en pié para amenazar á los papas como ha amenazado á los reyes y á los emperadores, en la línea del horizonte se extendía el Tíber semejante á un largo rastro de sangre. A medida que el sol declinaba, la campiña se adormecía;

1l

murmullo de la villa

iba

debilitándose; los bueyes alzaban lánguidamente en la dirección de que Yenía la brisa sus hocicos húmedos de reluciente baba; el airecillo ft·esco del crepúsculo mecía los pinos, los gigantes álamos y los enormes cipreses, comunicándoles poético balanceo. Los campesinos, de regreso á la \·illa, saludaban en el camino á los monjes mendican· te-; 6 cuestores seguidos de su

mnla. inclináodose bajo el pe:;o

de

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i!o!ec� en espec;es: á

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los capuchinos, á los carmelitas, á los franciscanos que marchaban haciendo restallar sus sandalias, ó á los sacerdotes, embutidos en sus sotanas y con la Yista fija en su breviario. De vez en cuando, en un recodo del camino, entre los árboles cargados de fiorer,, relucían las armaduras, y estallaban fuertes voces de soldados profiriendo groseros términos y atrevidas proposiciones á las que respondían las carcajadas y las voces de lindas mucha­ chas... Después el ruido parecía alejarse, y se perdía allá arriba, en la colina, á la vuelta de una muralla de granito muy elevada, muy larga y ya sombría. La vista se fatiga siguiendo los regulares contornos de aquel retiro impenetrable, cuya monotouía no alegra ni suaviza adorno alguno. i Es aquello un cuartel ?-No se escucha allí ningún ruido belicoso que confirme e,sta opinión, y los soldados pasan sin detenerse en aquel edificio. iEs tal vez una prisión? Tampoco. Salvando las murallas vénse aparecer las verdes co­ pas de los árboles, y la brisa del crepúsculo trae de allí los dulces perfumes de las flores. tSerá por ventura el retiro de un sabio inclinado sobre sus retortas y sus libros? Enlon­ ces iPOr qué ese bullicioso acorde de canciones lejanas en lasque voces frescas y bien tim­ bradas se mezclan á otras voces más graves� iPor qué, mientras la Naturaleza se recoge en el silencio más solemne, se eleva de esa misteriosa mansión como un concierto de sofo­ cados besos? Un sacerdote que cualquiera tomaría por un simple monje de Santo Domingo, si su hábito al entreabrirse no dejase ver el sombrío traje entre todos temido, el traje de gran inquisidor, marcha precipitadamente por el camino que conduce al sombrío edificio. Ha bajado su capuchón dejando que el aire fresco del crepúsculo oree su cráneo relu­ ciente de sudor y rodeado de una corona de cabellos grises. La mirada de sus ojos velados por largas pestañas es vaga, la nariz recta, las mejillas hundidas, la frente sallente en la parte de las sienes. En las comisuras de los labios se dibuja un pliegue que da á la boca cierta expresión de amargura. Todos los rasgos de sus facciones traen á la memoria los pesares de una juventud demasiado pronto perdida y mal empleada. Sin embargo, el paso es firme, y todo el personaje revela una inJomable complexión. Al llegar cerca del sombrío muro, se detiene, y, volviéndose, abarca con una mirada Roma y el Vaticano, tras el que se oculta poco á poco el disco purpurino del sol. -¡Todo está allí! ¡no dudar de la bestialidad humana !-murmura en voz baja. Después, deteniéndose delante de una puertecita abierta en el granito, llama dando cinco golpes á intervalos regulares. Entreábrese un ventanillo, y una voz vinosa dice: -¡Ah! sois vos. Franqueásele la entrada, y el inquisidor se encuentra en un vestíbulo amueblado con escabeles groseramP.nte con::.truidos, y con una mesa de roble adosada á la pared, en la cual una lámpara ahuma, que no alumbra, la imágen de una virgen colocada en su orna­ cina. El portero, mal seguro sobre sus piernas vacilantes, espera con la sarta de llaves en la mano. -iEstáis, padre mío... en ... en ... buena salud?-interroga. Intentó añadir á esta pregunta un profundo saludo que por poco le hace perder el eq�ilibrio. En el rostro del recién venido se dibuja un gesto de disgusto. -¡Borrachol-dijo. -iRegular... y vos� -¿Su Santidad está en el convento� -Gracias... como vos podéis ver.

Ó LOS SUBTERRÁNEOS

DE

ROMA

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-¡Y además sordo como una tapial-dijo el sacerdote con rabia. Después de esto, saliendo del vestíbulo, donde el portero continúa sonriendo beatífi­ camente, se internó en el convento, pues decididamente, convento es aquello. Muy vasta en sus dependencias, más vasta aún de lo que se hubiera creído por su as­ pecto exterior, la santa casa formaba dos establecimientos religiosos completamente dis­ tintos y aislados uno de otro. Servía el uno de retiro á los jóvenes arruinados, á los cr ii:ninales arrepentidos, 6 re­ sueltos á aparentado; á los ambiciosos mal aconsejados; á los sacerdotes torpes a quie­ nes sus superiores, obligados por algún escándalo qemasiado público, habíanse visto obligados á retirar sus licencias, cuyos elementos formaban una milicia que de esta suerte conservaba la Iglesia en su mano, esperando la hora necesaria y oportuna para disponer á su antojo de su adhesión sin límites, incondicional y poco escrupulosa. El otro era el refugio de las pecadoras por amor, de las esposas adúlteras, sobre cuyas cabezas pendía amenazadora una venganza; de honradas muchachas del pueblo arrastra­ das prematuramente á la disipación por ricos ociosos, cohorte de víctimas amparadas bajo el manto de una protección tan interesada, y tal vez más pérfida, que el auxilio o frecido á sus desgraciados compañeros; reunión de mujeres todas jóvenes, todas hermosas, es­ tremeciéndose aun al recuerdo de los antiguos besos; imaginaciones exaltadas por la so­ ledad y las prácticas conventuales, los éxtasis prolongados ante los grandes cristos de turbadora desnudez, dispuestas así desde larga fecha á todos los sueños, nutridas todas en el deseo de las pasiones más extrañas y de las aventuras triunfales. El inquisidor, dejando á su derecha las estrechas celdas reservádas á los hombres, anduvo diez pasos, y se detuvo en el fondo de un corredor. Oprimió un resorte disimulado bajo una inscripción latina, y una piedra, girando so­ bre sí misma, dejó libre paso descubriendo una pieza cuadrada en la que dormía un sa­ cerdote. Despertándole, le dijo el inquisidor. -iY Su Santidad1 -Allí,-contestó el sacerdote. -Espero á un monje que viene de Alemania. En cuanto lleg_ue introdúcele. -Bien. ) El sacerdote inclinóse y salió. En aquel momento la puerta del fondo al abrirse bruscamente, dejó ver una suntuosa sala llena de frescos y dorados, iluminada por grandes ventanaleg abiertos sobre la arbo­ leda de un parque. El artesonado techo de la sala, las paredes, el pavimento de mosáicv. ostentaban ricas pinturas que, sobre fondo de oro, reproducían escenas de amor. Aquí y allá veíanse muebles y tapices, cojines de terciopelo , que rodeaban cómodos lechos cubiertos de pieles de animales. Como si se hubiese querido de intento eclipsar todas aquellas imá­ genes por el espectáculo Yiviente del amor y de la voluptuosidad, había allí grupos de mujeres recostadas en provocativas actitudes; envueltas en ámplios· velos blancos, com� para hacer resaltar el fuego de sus ojos, con el rosário de marfil pendiente del talle y lo' cordones de oro ceñidos á la cintura. Allá á lo lejos, entre el follaje de los árboles distic­ g nse errantes y vagas formas, parejas que llenaban el espacio con sus sonoras risas: e'Scuchábanse tiernas canciones expiran tes en ardorosos labios, y los últimos rayos del s . arrancando vivos destellos de los diamantes que las monjas llevaban en sus orejas, de­ . nunciaban el brillo de los collares de perlas, de las diademas de plata adorn ando lo' negros cabellos, de los peines de coral adornando las cabelleras rubias. En medio de aquellos dulces rostros, apasionados unos, lánguidos otros, recostado en una silla, sonreía un hombre, aun joven, pero algo obeso, de facciones ajadas y 1i\OS ojos. Al distinguirle el inquisidor, iuclinóse hacia un hombrecillo de faz cla>eteada de be-

t

¡fÍa

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rrugas, patiestevado y jorobado, vestido de rojo y amarillo, el cual hombre imitaba el so.nido de la flauta, agitando su gorro adornado ue cascabeles. -Vé y pregunta á Su Santidad,-díjole,-si puede concederme algunos minutos de audiencia. El bufón hizo un gesto. -Amable inquisidor,-dijo con un atrevimiento que sabía no había de tener conse­ cuencias,-muy reverendísimo Hochstratten, iqué te has creído? iNO conoces las costum­ bres del papa, tu señor y mi amigo? Su Santidad, iacaso lo ignoras? no gusta ele ser mo­ !estado cuando trabaja, y menos aún cuando no hace nada: calcula lo que debe ser cuando hace... lo que ves está haciendo ahora. -Esperaré,-respondió Hochstratten humildemente,-y se sentó aguardando el mo­ mento de hablar á Su Santirlad. El hombre grueso recostado entre las mujeres era en efecto León X. por p_9lítica entendemos los lazos y asechanzas _ puestos á los d u.ques vecinos, las empresas do beneilcios tentadores, los cuidados de su fortuna, los asuntos de su familia y aún los de l a misma Iglesia). León X había escogido aquel convento de mujeres para convertirlo en su villa íntima, en su verdadera villa, si bien tenía otras á las cuales le acompañaban los nuncios y los cardenales; y mientras que se le creía conferenciando con el docto superior del convento del lado-el destinado á los hombres-penetraba por la comunicación secreta, por órden suya practicada para salvar las apariencias, y en piezas lujosas y perfumadas, olvidaba el austero decorado del Vaticano. León X hizo un signo. -¡La señora abadesal-exclamaron las mujeres, viendo á una que acababa de entrar. La abadesa, cuyo magnífico traje realzaba extraordinariamente su soberbia belleza, acercándose á León X, se inclinó hacia él. León, muy bajo y al oído, le dijo algo rozando casi con sus labios la diminuta oreja de la abadesa en la que temblaba una esmeralda. Ella se ruborizó y dijo: -¡Hágase vuestra voluntad! padre mío. -tQuer6is decir que no es también la vuestra, marquesa? marquesa respondió con una sonrisa capaz de condenar al papa, si ya no lo hu­ lítica las horas consagradas al reposo. El papa se distraía. Tomaba el !ado agradable y bueno ele la vida, reservand? á la p·o­

(Y

Y la

biera estado... E n aquel momento, escucháronse angustiosos gemidos, sordos gritos que parecían salir del fondo de la tierra , de debajo del pavimento ue la estancia. Aquellos extraños lamentos parecían confusa mezcla de los aullidos de herida fiera y de las quejas de una torturada criatura próxima á espirar. El silencio más solemne reinaba en la sala.
·

La voz subterránea llegaba hasta allí desgarradora, penetrante, como si pidiese gracia

vencida por el dolor. El crepúsculo vespertino y la melaucolía propia de ese momento, daban á aquellos acentos un cierto tinte que los hacía más siniestros... -¡Bah! ¡si es la local-dijo la abadesa reponiéndose de su sobresalto. -¡Es la local-gritaron todas las mujeres. Una carcajada burlona, inextinguible, estalló entonces. ¡La loca!... Las religiosas se burlaban así de haber llegado casi á sent�r miedo. sin embargo, debían estar acos­ ' tumbradas á aquellos gemidos; pero en el primer momento no habían caído en ello. De todos modos, era preciso trasladarla á otro calabozo, relegarla Jejos, muy lejos, állí desde donde no pudiera oírsela. Producía muy mal efecto aquella desacorde é ingrata algarabía de quebranta:huesos en aquel concierto de canoras aves cantando la prima�era y el amor.

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El papa preguntó que quién era la loca.

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Era, según dijo la abadesa, una mujer de unos cuarenta años aproximadamente, en­ ferma desde hacía mucho tiempo, que conquistada para la religión á consecuencia de una desgracia, había de repente enloquecido ... Hablaba de un niño suyo, una hija, á quien decía habían dado muerte... Un sacerdote, según ella, era el padre... Y por esto, á pesar de la gloria que daba á la religión aquella conquista, pues había abjurarlo la creen­ cia judáica, no se la podía dejar en. libertad ?unque así lo hubiera ella solicitado des-

-¿Dónde está, dónde está?... quiero verle... quiero que me devuelva mi hija que el otro miserable me robó hace diez y seis años ... ¡diez y seis años!... duTante todo ese tiempo yo he estado encerrada . .. - CAP. IT.

pués. A pesar de su innegable locura no faltarían gentes que la creyesen, provocando un escándalo. Encerrada en un principio en el convento ele Santa .María, había sido traslar dada allí á consecuencia de una tentativa de fuga. Parece que en Santa María se la trataba con excesiva dulzura, llevando la compla­ nación. Actualmente, decía con tranquilidad la abadesa, está bien segura en el fondo de un ¿,z-pace cerrado por una pesada losa, y se le da el pan por entre los hierros cte·una reja... Desde hace tres días, cuando menos, pues antes nadie se había dado cuenta de
TOllO 1

cencia hasta el extremo de balagar su manía y_predicarl!l el arrepentimiento y la resig­

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ella, es presa de una especie de desesperación, arroja el pan, vierte el agua del cántaro y grita que quierA morir : si alguna vez sale de su silencio y de su inmovilidad es para pe­ dir que la dejen ver al nuevo papa que las campanas de Roma han anunciado el último mes á la cristiandad, sosteniendo que sólo él puede vengar á su hija y castigar al asesino de la misma León X, quo había escuchado con interés, permaneció algunos momentos pensativo. Después añadió suspirando: -¡Acusa á un sacerdote! ¡que Dios la perdone! -¡Así sea!-salmodió el bufón. Los lamentos de la loca ya no eran lamentos sino gritos de rabia. De las profundida­ des del suelo subían imprecaciones, escuchábanse claramente palabras y frases sueltas: -¡El papa! ¡el papa! ¡que pueda yo hablarle antes de morir! ¡que confunda con su anatema al miserable!... Entre gemidos y sollozos proseguía: -¡Oh! ¡mi pobre hija! ¡tan hermosa! ¡mi hija, mi niña!... León X callaba. La abadesa temió que aquel lúgubre incidente pudiese indisponer á su huésped. -iEs preciso hacerla callar?-preguntó resueltamente, y una sonrisa puso al descubierto sus blancos dientes. -No,-repuso el pontífi.ce,-me siento en disposición de reir esta tarde y predispues­ to á la clemencia. Ya que á esa loca le ha dado la locura por verme antes de morir, dé­ mosle ese gust.o... -¿,Cómo?-insinuó la marquesa;-¿,queréisL. -Os ruego que desencadenéis á la reclusa y la digáis que vengo aquí para pasar la . noc he, y le concederé audiencia en mi mesa dentro de un momento... -¿,Pero no teméis? -¡Psch! ¿,qué queréis temer� Haced cumplir mis órdenes, os lo ruego; tal vez la hiso t ria que nos cuente sea sabrosa y digna de ser llevada al teatro por mi amigo Machiavelo ó por nuestro digno cardenal Bibiena. Las monjas, que un tanto inquietas al principio, sentían entonces despertarse su cu­ riosidad, acogieron con un murmullo de aprobación la idea del papa; sólo la abade�a resistía aún. En 0l momento en que iba á desplegar los labios para oponerse á aquel jue­ go que le parecía peligroso, la contracción del entrecejo de León X la advirtió de que iba por mal camino. Conociendo al pontífice y sus terribles goces, tan terribfes como su cólera, bajó los ojos, inclinóse y dijo: -Voy en seguida, padre mío... G1·andes aplausos acogieron estas palabras, y todas aquellas mujeres comenzaron á reir y á c1ntar, pateando de gozo á la idea del espectáculo prometido. Dieron las seis. Después el tañido muy agudo de otra campana hirió los aires. -El toque del Angelus,-exclamaron. Y haciendo la señal ele la cruz todas cayeron de rodillas. El inquisidor mientras tanto habíase adelantado algunos pasos. -¿,Vos por aquí, Hochstratten?-dijo el papa. -Deseaba hablaros. -Os había citado para mañana. -Pues bien, ese mañana es hoy. -¿,Ya?... ¡Cómo pasa el tiempo! Y ved, ahora precisamente va á empezar la cena... En efecto, los pajes entraban con las mesas. -El asunto es urgente,-dijo insistiendo Hochstratten,.. -seré breve.

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-iMe lo prometéis� . -Estaréis aquí de vuelta antes de que se hayan dispuesto los cubiertos. -Sea, pues. Venid. Pasaron á la pieza de entrada. Después de cerrar cuidadosamente la puerta, el inquisi-Jor dijo:

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-Ante todo dejadme que os felicite por el estado de vuestra salud más y más flore­ ciente cada día. -Más bajo ... iestás loco1 iquieres que mis bravos cardenales, que me han dado sus votos el pasado mes, tan sólo porque me creían moribundo, quieres que sepan que me he burlado de ellos1 -iY cómo podrían saberlo1 -¡Quién sabe! Inúlil es que te advierta que en parte alguna tienen más oídos las paredes que en Roma, y no estamos lejos de ella. Me parece conveniente tener mucho tiem­ po al Sacro Colegio en este error, no lo olvidéisJ-añadió, volviendo á tomar su máscara otros. -Esa es también mi opinión ... mucho más cuando hay tantos obstáculos de todo gé­ nero. -¡Ay!-dijo tristemente el pontífice;-los apuros de dinero sobre todo. . . -Sí, sobre todo,-repuso Hochstratten;-y e n prueba d e ello que, por no desmentir el proverbio, vuestros suizos amenazan con abandonaros. -iQué me dices ahora1 -La verdad. Vuestro predecesor, Julio II, les pagaba, dicen, y además les daba ocasión de hacer la guerra. Vos no tan sólo no les dais nada, si que tambión los ten6i'3 �>n Roma. -Ya los pondré en campaña... pero no aún. Yo he prometido diez años de paz al cónclave; que me concedan los suizos algunos meses. -Si no les dais sueldo no os dejarán vivir tranquilo. -¡Diablo! -Y, lo que aun es peor, gritarán y la religión se dosacreditará. -No. es esa la palabra: lo está ya. Mis acreedores me han retirado el crédito. Tú ya conoces las atenciones que sobre mí pesan. ' -Lo sé,-respondió Hochstratten rlirigiend<? una mirada á la puerta de la gran sala: -sé también que para llenar la caja pontifical no hay que contar con la caridad de los neles; los países más adictos á la Iglesia son también los más pobres. Carlos V deja sin un ducado á todos los pueblos que conquista á nuestra fé. En cu�nto á los países ricos. Francia, por ejemplo, á despecho de un rey beato, propende á la impiedad. -Es cierto. Los devotos no dan ya limosnas... el contacto de los judíos le ha perdido. . . e l celo disminuye. iPor qué� Porque nosotros l e dejamos adormecerse. Sería necesario un fuerte latigazo para reanimarlo. Estoy descontento hasta de la misma Inquisición. -Sois difícil de contentar. -Escuchadme: la hoguera es un buen medio de heredar, pero aterroriza, y además. no se puede quemar á todo el mundo ni empezar de nuevo todos los años... Es precrso encontrar alg-o mejor. Necesito una mina inagotable, iCOmprendéis, Hochstratten? una mina que crezca á medida de mis necesidades y de mis caprichos. . . Y aunque parezca que me expreso como hombre desvanecido por el deseo de prodigalidades locas, que tira dinero sin ton ni son, por el placer de gastar, no es eso, no. Escuchadmc atentamente: ambiciono tanto oro (¡ah! iPOr qué no es un súbdito de Rnma el que ha descubierto e a América, patria de la riqueza?) ¡Ambiciono tanto! ante todo y sobre todo, para mis placef

de dignidad: -tengo muchos enemigos entre los republicanos para no temer el crearme

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res, porque sólo el amor es verdad en este mundo y en el otro, si es que otro existe, y después para mi gloria... y la del papado!... quiero establecer una justa proporción: gasta. ré para Roma tanto como para mí, un poco en la guerra (no mucho, pues la temeridad no es mi flaco y lo he probado en Rávena), y también en obras maestras de arte de toda especie. A los pródigos se les perdona fácilmente; de Lorenzo de Médicis, mi padro, por ejemplo, ha olvidado Florencia las crueldades... y lo demás, para recordar tan sólo que ha protegido las artes y á los artistas, y Florencia le ha apellidado el Magnífico. Yo quiero seguir este ejemplo, y hacerme absolver de todas las debilidades reprochadas á Alejandro VI á fuerza de gloria y de renombre; quiero rodearme de literatos, de sabios, cubrirme con l.a aureola de su brillo; ya me he granjeado la amistad de Rafael, y, retra­ tado por él, estoy segnro de pasar á la posteridad; Miguel Angel es más difícil de aman­ sar, pero ya tengo el medio de �omesticar al fiero león. Pienso ofrecerle una obra digna de su genio. Lo que Brunelleschi construyendo la maravillosa cúpt.J.la de Santa María de las Flores ha hecho en Florencia, pretendo que Miguel Angel baga y sobrepuje en Roma édificando una basílica digna de la capital del mundo cristiano, la más vasta, la más atrevida que exista bajo el cielo!... iMe vais comprendiendo, Hochstratten� ¿imagináis que ante obra semejante, de la que habré sido el iniciador, habrá hombre alguno en el mundo, aunque fuese tan grande como Savonarola, que se atreva á atacarme� iCreéis que nadie se atreva á dirigirme el más leve re[1roche? El papa, desarrollando sus proyectos de ambición, se había animado visiblemente. El inquisidor, que hasta entonces había guardado respetuoso silencio, como una bujía con un soplo, apagó todo aquel entusiasmo con una palabra: -iPero y el dinero�-preguntó. -¡Ah! sí, eso es; id6nde lo encuu traré? León X se detuvo con la vista fija en el inquisidor. -iA qué medios recurriré? IIochstratten callaba gozando con el embarazo de su señor, el ichoso de ese ucharle casi implorar en voz baja. -Ese medio,-afirmó,-lo tengo yo. -iSería posible� -Sí, tendréis oro, tanto oro que no sabrcis q u6 hacer de él. -¿Bastante para construir la basílica de San Pedro?

-Y para pagar tantas mujeres como San Pedro pueda contener.
-Por los judíos, iDO es eso� El inquisidor hizo con los labios una mueca de desprecio. -¡Oh, los judíos! ... -Si algo pueden dar... -Así, pues, no debemos dcsdeñarlcs. Una palabra vuestra y los arrojo de Roma... confiscando sus bienes,-añadió resuellamente Hochstrattcn. -Mañana, pues ... -Sea. Pero no esperéis sacar de este golpe la décima parte de lo que os creéis. -iPor qué no?
·

-Sospecho que desde hace algún tiempo, sin duda á causa de prosélitos imprudentes

6 demasiado afectos, el barrio de Ghetto está sobre aviso. Se han sorprendido en la fron­
tera carros cargados de sacos de maiz que tenían un sonido metá.lico. Parece que emi­ gran... -Entonces, iqué es lo que recogeremos nosotros1 -Os lo repito; será bien poca cosa compar.1clo con lo que os hace falta. Hochstratten guardó silencio de nuevo.

6 LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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-AfortU:nadamente ... -contin u6. -i,Afortunadamente�-interrumpió León X. -Espero aquí á un hombre, un monje de mi orden... -iQué debe traerte noticias de alguna negociaciónL. -No: la negociación es él quien debe hacerla toda entera y por sí solo.

En la caída se había roto la pierna. Con la vista turbia por las lágrimas de coraje, reconoció al inquisidor, cuyos soldados eran los €J.Ue le ataban las manos. CAP. Ill,

-¡Es posiblei ¿Seria capaz� -Respondo de ello. -Entonces desconfiemos: podría ser capaz también de hacerla por sí y ante sí, y una ;ez obtenido el dinero guardárselo. �Lo haría; seguramente, si yo no tuviera en mi mano un medio de impedirlo. -iDe qué manera1 -Por un secreto que nos responde de su adhesión. ,.-¿Acaso algún crimen� -Algo semejante.
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-Está muy bien. iY ese hombre tiene una ideaL. -Infalible. -¡Como yo! -Mucho más. -iCuánto pide por su ideaL. Pero, veamos antes, ino sería posible arrebatársela por nada1 -iLo creéis así� En ese caso sería á mí á quien despoj ar:íais. -¿Sois, pueFt, vos quien me la vendéis�. . . Cara será entonces. -No tendréis que desembolsar un solo ducado. -iEntonces quién ganará con ello� -Vos primero, la religión l u ego; nuestra orden, después . . . -Veamos . . . -Ya os l o explicaré más tard � . -Sea más tarde. El sacerdote d e vigilancia en l a sala, que había salido a l entrar Su Santidad, apareció en la puerta en aquel momento. -iQué ocurre1-preguntó e l pap.'L -Ahí fuera aguarda u n monje; parece haber andado mucho; dice q u e viene de Alemania. -Es él; acompañadle basta aquí,-ordenó Hocbstratte n . Volviéndose hacia León X ) l e dij o . -Vais á verle; aguardad t a n sólo u n instante . . . Miradle a h í .

J

CAPITULO II

DONDE APARECE ALGUNO Á QUIEN NO SE ESPERA

En efecto, el sacerdote volvía, y detrás de 61, en pié en el umbral de la puerta, apare­ ció un fraile agustino de pálido rostro, enflaquecido por el ayuno y las prácticas santas, en el q u e brillaban dos grandes ojos azules, llenos de vida; y cuyos rasgos rev13laban u n origen alemán. El i n q u isidor hizo á l a vista d e aquel hombr� un vivo movimiento d e sorpresa y de disgusto. -¡No es él!-exclamó. Y en tono brusco, dirigiéndose al recién llegado, le dijo: -¿Qué se os ofrece? -La figura del fraile se destacaba clara y distintamente, más grave a u n á causa de las sombras primeras de la noche, sobre el fondo negro de la muralla. Al oir la pregunta d e l inquisidor h i z o u n gesto altanero, y respondió c o n v o z singularmente sonora: -Vengo á pié desde Alemania. Voy á Roma. ¿Puedo descansar aquf? Tengo hambre y sed . Engañado por la equivocación que había hecho q u e fuese introducido tomándole por otro, el fraile creía encontrarse e n una dependencia d e un convento d e hombres; recla­ mando, p ues, la hospitalidad q u e no se niega á los más miserables, el monj e estaba en s u derecho. Hochstratten, m u y contrariado, creía conveniente a l ejar cuanto antes á aquel intruso , impidiéndole así sorprender cosas q u e perj udicarían á la consideración ele la Iglesia. Te­ miendo q u e el paso por el corredor secreto pudiese haber despertado ya sospechas en e l desconocido, e l i n quisidor buscaba e l medio d e responder á su pregunta, s i n confirmarle más en ella, cuando la abadesa entró de repente en la estancia, con la cabeza descubierta, destrenzado el cabello, y dijo con franca sonrisa: -Os esperamos para el benedícite, padre mío. Todo esto ocurrió en menos tiempo d e l q u e se necesita para referirlo.

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MISTERIOS DEL VATICANO

El monje, sorprendido, retrocedió u n paso . Por l a p u erta, ele par en par abierta, divisaba la gran sala con las tapicerías de Orien­ te; los lechos guarnecidos de velos y de púrpura, los cristales y las flores, los fugaces y j ug uetones destellos de las pedrerías . . . En las lámparas que se balanceaban pendientes del techo ardía un aceite aromático, y un perfume dulce como una caricia, venía flotando hasta él, fecundo en inspiraciones voluptuosas. La visión f

u�

rápida. La abadesa á una palabra del papa q u e no q uitaba la vista del

extraño fraile, había desaparecid o . Viéndolo todo descubierto, Hochstratten prefirió j ugar á cartas vi�tas. -Sentimos no poder acceder á vuestro deseo,-comenzó diciendo,-e." táis en un convento d e religiosas . . . -iCiertamente� -. . . En el q u e no puede ser admitido hombre alguno. -iY vosotros, no sois hombres? . - ¡ Desgraciado blasfemo! -iEn q u é he blasfemado? iOué os h e dicho? -No se trata de mí, sin embargo de que soy el jefe supremo de la orden de Santo Domingo, y además el gran inquisidor de l a fe . . . -¡Hochstratten ! - m u rmuró e l monj e inclinando la cabeza. -Se trata,-contestó el i n q u i sidor,-del prelado en cuya presencia estamos, del cardenal de Médicis, elegido papa bajo el nombre de León X por la libre elección del cóncla­ ve, después de vuestra salida de Alemania. -¡Su Santidad! Con un movimiento rápido, automático, el monje dobló las rodillas delante del pon tí­ fice impasible. Pero más pronto a u n q u e se había prosternado, se levantó, irguió su esbelto cuerpo, fijando la vista en León X, como si con u n a sola mirada hubiera querido apropiarse, para no olvidarlos jamás, los rasgos todos de su fisonomía y sondar hasta e l fon d o d e su alma. El fraile estaba lívido de puro pálido; l o que n o podía comprender un momento antes, aparentaba entonces no q u ererlo comprender. En su rostro alargado, sin barba, se leía una viva inquietud, sus oj os experimentaban el vértigo q u e produce el abismo: le parecía q u e una tempestad rugía sobre su .frente. Sin pronunciar u n a sola palabra, se volvió para salir. disputando con el sacerdote introductor; de súbito su rostro de facciones pron unciadas, de aspecto violento, apareció fuera del capuchón q u e había echado hacia atrás. -¡Tetzel!-exclamó el monje q u e había entrado primero. Y retroeedió tan bruscamente q u e quebró el cuadro de una imagen colocado d e trás de él. E l dominico también l e había reconocido; y Tetzel espantado habíase refugiado eH e l otro extremo de la pieza. -Os esperaba, Tetzel,-dijo Hochstratten. Acercándose al oído del papa, le dij o : -Ese es e l verdadero; alej ad al otro. -¡Salidl-ordenó León X con voz que se esforzaba en aparentar serena. El monje q u e parecía haber olvidado por un instante su presencia, ó q u e tal vez se Un dominico grueso y de corta talla, del q u e sólo veía l a espalda, l e cerraba el paso

asía á aquel p retexto para desviar la irritación q u e sentía her-vir en su pecho, salió ame­ nazando eon un gesto terrible á Tet:t:el, á q u ie n espantaban sus ojos fulgurantes. Cuando se vió fuera, al aire libre, bajo el cielo azul y estrellado, respiró con fuerza,

Ó LOS SlkTERR�NEOS D� ROMl

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abrió los brazos como para sacudir aquel resto de cólera menos noble que el que ItaLia sentido ante el papa, y dijo:
.u o q 11 iero creerlo por esta primera prueba: mi razón ofuscada se engaña, la fatiga

-¡Hochstt·atten! ¡León X ! ¡El inquisidor y el papa!... iSerá cierto cuento se dice� ¡Ah!

y el hambre me han perturbado el cerebro; ¡es una alucinación la que ha puesto junto á mí al �

El papa León X lle1·aba á la cortesana Flvra á pasar la noche en el Vaticano.

CAP. IH.

mismo tiempo

que� ese

miserable 1'etze1, a los dos hombres que sonrlas dos columnas de

la Iglesia,· haciendo de aquel convento de religiosas 1111 lugar de orgía y de disipación!

¡X o, esto no puede ser!... Si fuera cierto, debería volver en seguida á Alemania, colgarme
CJ las cuerdas de

las campanas y tocar á la revolución santa... Antes de llegar á eso quiero .

:cecesito otras pruebas; así como así mi misión me reclama en la Ciudad Etern-a ... ¡�!archa ::-iempre! (�!archa! Vé y levanta los techos de los monasterios, escudril'ía las bó

Intereses relacionados

edas de
�J'i iglesias, arroja la sonda en ese abismo! Continua en medio de esos fariseos,
__

1::� obra de

�sto, esparce por las cuatro puntos cardinales el polvo de esos sepulcros blanqueados!

¡Y . y que Dios, ese Dios de justicia y de verdad cuya causa defiendes, t � ayude desde 3llí
arriba! ...
TO)IU l

18

l\llS'rERIOS DEL VATICANO

Y señalandolas con el brazo mientras así hablaba ponía por testigo á las estrellas . . .
Encontrábase entonces e n u n bosquecillo d e pinos y álamos. Cuando procuraba o rien­ tarse descubrió, vagando por entre los árboles, un campesino de Etruria, uno de esos picadores de bueyes y domador de toros, cachigordete, de frente convexa, y mandíbula inferior prominente, signos todos de una voluntad de hierro. Aquel hombre acababa de depositar al pié de un álamo, dos nidos de páj aros en huevos, y se disponía á trepar para desanidar un tercero. -Buen hombre,-le preguntó el monje ag·uslino,-iestoy muy lejos de Roma? ' El boyero l e miró con desconfianza. -No,-le respondió. -iQueréis indicarme el camino más corto? . . . �le siento rendido y con los piés ensangrentados. -Baj ad la colina hasta llegar á la fuente. Desde allí, delante de vos descubriréis el castillo de Sant-Angelo; seguid derecho, y en menos de dos horas habréis llegado. -Gracias. -Por lo demás, si p referis dormir algunas horas bajo estos árboles, os haré una cama de juncos. El ofrecimiento era tentador; el monje dudó un momento; después respondió: -Gracias, amigo mío; que Dios preruie vuestra caridad. No puedo perder ni una hora; me es preciso llegar á Roma esta noche. -Como mej o r os plazca. -Adios. -tPor qué,-preguntó el fraile, deteniéndose,-te complaces en destruir los pájaros1 -No l o s �estruyo. -iQué h ces, p ues, de esos huevos? -Regalo á mi amada los huevos y l a madr_e;-y seiialó á su pecho en el que aleteaban ' dos pajarillos azoradamente. -EIIa,-continuó,-tiene gusto en criarlos, se distrae con su canto, y cuando ya son grandes, les da l i bertad. -iQuieres mucho á esa mujer? -Moriría cuando a ella le pluguiesc. El campe�ino comenzaba á trepar á un álamo.

*

-iY ella te ama?
-No lo sé . . . -Si n o te amase . . . tmaldecirías á Dios? -Sólo maldeciría á Dios cuando ella fuese desgraciada. Los oj o s del monje se llenaron de lágrimas . -iLa f6 estará acaso en el amor1-preguntóse suspirando. El fraile abstraído comenzó á bajar por la colina en d irección de la ciudad á donde l e llamaba su deber; iba grave, pensando en su destino que le parecía más pesado á cada · paso. Su sombra se alejó, se debilitó, desapareció al fin en el claro-oscuro; y el pa_s tor le oyó largo rato acompañar cadenciosamente su marcha con un canto piadoso y m e ­ lancólico.

Todo era tiesta en el refectorio superior del convento. Las mesas alrededor de las cuales j óvenes pajes hacían circular los argentíferos platos del servicio y el aguamanil de oro, p resentaban u n tentador aspecto, cargados como estaban de todo género de caza, de raros y exquisitos productos do pastelería. Sobre los finísimos manteles de Holanda,

Ó

\ LOS SUBTJ:mR,NEOS DE RO)IA

entre h loza italiana, lanzaban vivos reflej o s los canastillos de cristal medio oculto� bajo las pilas de fr utas artísticamente dispuestas y l o

f ramilletes de

raras llores.

Las religiosas se habían despojado de su velo, y aparecían entonces con todo el es­ plendor de su belleza severa 6 risueña, hábilmente agru padas según su tipo, de manera q u e resaltasen por el contraste las prendas de cada una, ofreciendo á }a vista la blancura de sus mórbidos hombros y la redondez de sus cuel l os medio desnudos. León X comía de todos los manjares, bebía do todos los vinos; sólo de vez e n cuando se interrumpía un momento para m u r m u rar algunas palabras al oído de las mujeres que l e rodeaban, distinguiendo , siempre fiel, á la abadesa, la reina de todas por s u belleza. Esta, en verdad sea dicho, no se mostraba celosa, ni se inq uietaba al ver al papa cambiar de favorita á cada uno de los platos que le se rvía de rodillas el más joven de los paj es, y en pago del cual recibía una caricia de la carnosa mano de S u Santidad. Hochstratten tomaba parte en el festín, grave y casto, invencible á las traviesas provo­ caciones de lRS monjas que se reían de su frialdad. Aquella calma era solo aparente; entre sus oj os y los de las monjas elevábase siempre la figura de una rubia transteveriana, que el inquisidor, pese á todos sus esfuerzos, no lograba apartar de sí, y de la cual no podía olvidar la risa despreciativa, única respuesta · á su apasionada persecución. Deseoso de distraer á Su Santidad del enojoso resultado del quid p1·o qua del fraile alemán, de cuyo suceso, por l o demás, fué León X e l primero en reírse, Hoch stratten había aplazado para el siguiente día la discusión acerca del proyecto de Tetzel. Así como así, era mejor dar á aquél tiempo de reponerse de su espanto, y recobrar la calma de espíritu necesaria para obtener el precio del convenio decidido. Así, p u es, Hochstratten había encerrado á Tetzel en u na celda, no si u gran resis tencia de aquél, que apenas vió las monjas y adivinó la orgía que se preparaba, había experi­ mentado en todos s u s sentidos, que reclamaban su parte, fuerte sobrexcitación. Olvidado de su cansancio, deseaba palpar la seda de las ropas, acariciar con las mira­ das las delicadas formas de las m uj eres, aspirar ávidamente el perfume de las rosas tem­ pranas y de los vinos deliciosos, embriagarse á un tiempo mismo con la música de aque­ llas voces de mujer, y con el excitante sabor de las viandas, confiando en que, el dios Baco mediante, se establecería á los postres del banquete u n a igualdad �.:onvenienle, y que sus superiores jet·árquicos, desprendiéndo�u entonces de la severidad i m puesta por sus cargos, l e concederían l a libre satisfacción do todos sus apetitos. Pero, á pesar suyo, tuvo que contenerse ante la rotunda negativa del inquisidor que, teniéndole sometido á su capricho, había domado con una sola palabra sus culpables pretensiones.

-¡A beber! ¡á beber y viva la Iglesia! Así gt·itaba e l papa á voz e n cuello, y cada vez que bebía, h ubiérase escuchado el cho­ car de todas las COJlaS á la salud preciosa del pontífice. -Dadme u n poco más de carne,-exclamó el papa. Veinte brazos blancos se precipitaron sobre la fuente de caza h u meante, y los gt·itos ·le alegría eleváronsc á las sonoras bóvedas de la sala. La abadesa, aprovechando un momento de silencio i n tercaló estas frases: -Pero ahora que me acuerdo, ¡estamos en Cuaresma!. . . A estas palabras contestó una explosión d e risas que parecía n o iban á tener termino. -Es verdad,-exclamaron todos l o s asistentes. -¡Vira la Cuaresma! ¡Bebamos y comamos á la salud de la Cuaresma!

;:.\}

Los cm bu ti dos ele carne de cerdo destilando sabr·osa gl'asa, las tLlicadas «rnot tadellas» d e Bologna, todos l o s estimulantes para beber, comenzaro.1 á circular entonces, y entablósc un divertido duelo en que las armas eran los salchichones y el j a món. De súbito, en medio de aquella batahola , algunas voces prorumpieron en bravos prolongados . . . después reinó un p rofundo silencio. . De l a habitación que daba al parque bañado p o r los rayos de l a l u na, partía u n extra­

ño sonido metálico semej ante al ruido de cadenas arra�tradas. -¡La loca! ¡ l a local-exclamaron los convidados, d i sponiéndose á no perder nada del espectácu lo, como aquel que asiste á una representación. La loca apareció de p ié sobre los escalones q u e la 3ep<:traban del refectorio, blanéa como u n cadáver, á causa de los pálidos reflejos que la iluminaban, y comenzó á.aproxi­ marse sacudi�do sus manos y arrojando á sus piés los pedazos de sus cadenas rotas. Cuarenta años había dicho la marquesa que tenía, pero representaba cuando menos sesenta. Debía haber sido hermosa : algunas gotas de sangre italiana mezcladas á su sangre oriental, habían suavizado l a d u reza escultural de sus facciones; sus labios gruesos y sensuales d u lcificarían cuando joven el fuego de la mirada de s u s vivos oj os. Hoy, ¡ay! e l adelgazamiento extraord inario d e l o s labios, n o dejaba v e r m á s q u e una abertura seme­ jante á la cicatriz de una herida poco profunda. Su nariz era delgada, fina, como la hoja de un puñal; tenía las mejillas hundidas ; los ojos apag·ados y escondidos, tan muer.tos q u e s u s órbitas parecían vacías, algunos raros mechones de grises cabellos manchaban á t rechos s u cráneo reruciente; la piel de sus manos y de sus brazos arrugábase sobre s u s huesos, y envuelta e n e l blanco hábito de s u orden, sobre el c u a l s e destacaba u n a gran cruz roj a , la loca parecía un esqueleto en su sudario. Deslumbrada por las luces del festín, detúvose un momento y con voz sorda exclamó: -iDónde está? iDónde está? . . . ¡Quiero verl e ! . . . ¡Quiero que me devuelva mi hija, q u e ol otro ¡miserable! m e h a robado! Hace d e esto d i e z y seis años. . . ¡Diez y seis años! Du­ rante diez y seis años he estado encarcelada . . . ¡Oh! ¡qué largas me han parecido las horas! ¡qué sombríos los calabozo s ! . .. ¡Reina allí siempre la noche ! . . . iY qué había yo hecho? Nada . . . ¡No, nada! ¡Todos vosotros sabéis q u e yo no había hecho nad a ! . . . León X contenía l a risa para oirlo todo mejor . . . -Yo reclamaba m i hij a . . . iAcaso está prohibido á una madre reclamar e l fruto d e sus entrañas? . . . ¡Después de u n a prisión encontré otra peor!. . . ¡Sola, siempre sola, s i n más compañía que la d e los reptiles, cuya vista hiela la sangre ! . .. ¡ o h ! . . . Estremecióse la loca profundamente, y continuó: -Vosotros sois b u e n o s ; me habéis sacado del calabozo . . . Habéis comprendido que yo n o estaba loca, ino es verdad q u e síL. Y o lo he afirmado, lo he sostenido por espacio de diez y seis años . . . No querían creerme . . . Os aseguro que h e tenido una hij a . . . ¡Pobre ang-el mío! casi n o la he visto . . . Vosotras que sois mujeres compren deréis bien lo que os digo . . . No la he tenido á m i lado ni dos años . . . Ya hablaba . . . Vino el otro . . . y me l a robó . . . i No es villana la acción?. . . É l decía:- M e l a llevo para salvarla; ya volveré á traértela . . . -Y j amás l a he vuelto á ver. . . L a loca lloraba. -Me dijeron que la encontraria en el convento, y que mi impiedad era la causa de mi desgracia. Por verla abjuré de mi religión; m e hice religiosa; me habría dado muerte por verla una hora, una hora siqu iera; me dejé maldecir por mi padre ... Todo inúti l . . . engañaban . . . Todos me engañaron . . . En fuerza d e esperar, y ele rog·ar á Dios que hiCiese un milagro, q u e jamás ha ocu rrid9, que me diese una prueba de q u e e l l a vivía, he deses­ perado . . . Ue obrado mal. Yo me decía: Si ella viviese, la hubieras vuelto á ver . . . y he

Jie

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Ó LOS SUB1ERR.\NEOS DE R0lA

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querido morir para verla . . . y desde hace cuatro días, no h e bebido una sola gota de agua n i comido una sola corteza de pan . . . y mis sienes zumban, el pecho se me a b rasa . . . ¡ o h ! ¡sufro mucho! ¡ tengo h a mbre!. . . . La infeliz mujer s e detuvo cerrando l o s ojos con atroz expresión de dolor.

-Bien veis q u e hice mal en desesperar . . . pues se me ha dado libertad al fin ... puesto q u e el papa está aquí. . . Sí, me lo h a n dicho . . . El q u e me robó mi h ij a , es un sacerdote . . . E l papa sabrá encontrarle; él, q u e e s omnipotente, él l e hará confesar l o q u e h a hecho d e m i hija, dónde l a ha ocultado, pues no es posible q u e l a haya mm:rto . . . ¡ él, su padre ! Y el papa le obligará á devolvérmela . . . ¡Oh! ¡tengo hambre! ¡ tengo hambre ! . .. Acompa­ ñadme ante el pa· p a . . . yo n o veo ya casi nada . . . Distingo tan solo cabezas pálidas entre grandes manchas roj as . . . ¿Acaso está entre vosotros ese papa q u e espero desde hace tantos años� Responded me . . . Yo no le conozco ... Diciendo esto había bajado l o s últimos peldaños de la gradería. -Yo soy e l papa,-afirmó una voz. Al escucharle la loca dió un paso con expresión feroz, y extendió el brazo hacia León X, que la observaba con curiosidad. No hay palabra para expresar el espanto con que ella le m i ró. Todos guardaban en el refectorio sepulcral silencio. La boca d e la mujer se abrió desmesuradamente para d a r paso á u n grito h o rrible. penetrante, supremo . . . -¡Él! ¡Él! ¿Tú e l papa, Juan d e MédicisL. ¡ Miradle ahora hecho papal. . . ¡ A h miseria! ¡ Ahora sí que voy á perder la razón!. .. ¡Tú el papa!. .. Responde, cobarde . . . iQué has h e ­ c h o d e mi hija? Responde, ó t e arrastro conmigo á la t u m b a ! .. . La loca extendió fu riosamente los brazos . . . León X palideció, y Hochstratten se puso en pié . . . Reponiéndose y d ulcifican d o sn voz terrible, l a mujer continuó : -¡No, estoy fuera de mí, y no debo hacerlo!. . . Perdóname; ¡ estoy tan débil y además h e sufrido tanto!. .. Sólo pido u n a cosa; abrazarla antes de morir.. . no, la inspiraría mie­ d o . . . la veré solamente ... ¡Escuch a ! . .. te l o ruego en nombre de todo este pasado. ¡Es­ cucha!. . . Calló u n instante; l uego prosiguió á grandes gritos: -¡Oh! ¡ q u é mala estoy!. . . ¿Te acuerdas de l a casita al otro lado del Tíber, de la seña cuando tú venías por la noche? . . . ¡Yo te amaba mucho, s í ! . . . i Por qué a q u e l día? . . . K o vuelvas la cara, dime siquiera u n a palabra . . . Padre mío . . . ¡Respondedme, por piedad !. .. Vuestra h u milde sierva os conjura . . . no la dejéis morir maldiciendo . . . ¡San Pedro!. . . ¡Ese silenci o ! . . . ¡Dios mío!... De rodillas, con las descarnadas manos, en las q u e sonaban las cadenas, tendidas en actitud suplicante, se arrastraba la infeliz por e l suelo. De repente, levantóse de un salto. -Por l o baj o , dime tan sólo que no ha m uerto, que e s imposible; dime que tú d e ningún modo te h a s atrevido . . . León X volvió e l rostro, y con sangre fría horrible, exclamó: -Basta ya; llevaos á esta mujer . . . -¡Oh asesino! ¡La h a asesinado! ¡ A s u h i j a ! i Y era este papa e n quien yo confiabaL iEra de él de q u i e n yo esperaba j usticia? ¡Su hija! ¡Oh! ¡esto me faltaba!. . . ¡Hubiera sido tan hermosa!. . . ¡ M iserable! . . . dose las uñas e n la carne. Como aquel juego excitaba la hilaridad de las monjas, dirigiéndose á ellas, exclamó:
T0:0 1

. La monja resistíase á los frailes que querían llevársela, aferrándose á la mesa, cla\án

6

22

MISTERIOS DEL VATICANO

¡Reíd!. .. ¡TamBién vosotras lloraréis lágrimas d e sangre! . . . ¡ Cantad, bebeJ y comed ! . . . ¡Mendigad sus besos, entregaos sin p u dor, n o por amor, sino p o r ambición ó por vicio, vendeos! ¡Ya os llegará el turno, como á m í ! . . . También vosotras tendréis hijas; también os las arrebatarán para hacer de ellas religiosas ó corlesanas, ú os Jas asesinarán, y cuando claméis ¡justicia! os tratarán de locas, os enterrarán vivas, y yo, bajo de tierra, me regocijaré del espectáculo. Una risa feroz, capaz de helar hasta la médula de los h u esos, estalló de sus labios; libre ya, pues nadie se atrevía á acercarse á semejante furia, sacudía violentamente todo su cuerpo,-y gritaba: -¡Ya vendrán l o s vengadores! Vendrán del Tíber, de las mazmorras, de la sombra; vendrán de Ghetto, de donde q uiera se pudren miserables 6 se desesperan vuestras vícti­ mas! ¡Vendrún de los abismos del infierno! Vendrán de las alturas en q u e truena el rayo . . . Y también ellos s e reirán, y s u risa hará bambolear vuestras murallas, y vosotros entra­ reis de nuevo en la nada, de donde nunca debierais haber salido ... ¡Oh, teng·o hambre!. . . S u voz iba debilitándose y enronqueciéndose. -¡Anatema sobre Roma! ¡Anatema sobre los papas! ¡Anatema sobre los cobardes y los asesinos! . . . ¡ M u erta! . . . ¡Sí debes haber m u erto, puesto que él vive! . . . Pero serás vengada, hija mía!. . . ¿,No es verdad, Dios míoL. ¡J\Ii hija! ¡l\li hija! Sus ojos se cerraron, envió un beso al cielo, y cayó desplomada sobre las losas del pavimento. Hochstratten se acercó, puso la mano sobre el corazón do la desdichada, y dijo: -Ha muerto; ha muerto de hambre. Al volver á su asiento, advirtió por lo bajo a l papa: -Serenaos; diríase q u e no creéis en su locura. -iYO� Un instante después l a orgía reanudábase con mayor entusiasmo, y al recuerdo de aquella insensata que había tomado á .luan de l\Iédicis por uno d e sus antiguos amantes, palpitaban los pechos de alegría.

-¡Reíd, prostituídas! ¡Reid, desgraciadas, q u e os hartáis mientras q u e otros mueren!

,

r

CAPITULO liT

DOS AMORES

de los arrabales de Roma con la orilla del Tíber esmaltada de césped; en un jardincito ¡ue más propiamente puede decirse rodeado, que aprisionado por espesa hilera de verdes a'rbustos, vése Vl3stida en traje de transteveriana una joven de admirable belleza.

En un delicioso jardincito, que por una suave pendiente relaciona una modesta casa

Sus lindos y desnudos piés se posan ligeramente sobre la arena; el delantal de vistosos ·olores, ajustado sin un pliegue á su basquiña roja, dibuja los contornos de sus caderas; una chambra de blancura deslumbradora encierra sus pechos de mármol y hace resaltar iertos las remangadas mangas. +"ncontrar el modelo para una obra maestra Si el cuerpo de aquella criatura estaba destinada á tentar al escultor, un pintor debía

"1 tinte delicadamente ambarado de sus espaldas y de sus brazos, que dejan medio clescu-

(Y

como el azabache, en el que confundían deliciosamente el tipo italiano y el tipo judío.

cara de dibujo irreprochable, de grandes y negros ojos ele mirar vivo, y cabellos negros Detalle extraño: en el arco de sus cejas, en la forma de su nariz de finas ventanillas,

un pintor lo encontró en efecto) en aquella

había. entre la joven y la lvca, si se prescinde de la palidez de aquélla y de la juventud

de ésta, una especie de semejanza, un parecido notable.
marchando por debajo de una verde bóveda formada por los árboles, á través de cuyo tollaje la iluminan los rayos del sol con caprichosos juegos, con un verdadero mosaico La hermosa muchacha dirigíase á lavar al río llevando en su cabeza un lío de ropa,

e luz y de sombra .

.\.!llegar á un recodo del camino, dejando el lío de ropa en tierra y sentándose en un

banc<•. quedóse profundamente pensativa. Presa de súbita melancolía, sus labios se con­
rajeron, y lágrimas, que hubiéranse tomado por perlas, comenzaron á resbalar por sus mejilla�. -¿Pero él no ve nada�-murmur6.-Sin embargo, le parezco hermosa; lo dice en voz

24
dirá á mí jamás al oído? mu·chacha: tortura.
__,

l\llSTEniOS DEL VATICAN6

alta delante de sus discípulos, delante de ella misma, delante de ella, ¡ay!... i y no me lo Ahogando bruscamente sus suspiros, y enjugando sus lágrimas , prosiguió la pobre -¡Oh! ¡cuánto le odio! No hay venganza que me recompense de sus desdenes y de mi

Con los labios apretados, la mano crispada, con el cor�zón palpitantfl, olvidada del

tiempo, la mirada vaga, y al parecer atenta á las canciones de los barquilleros, perma­ neció largo ratc ... -iPor qué he aceptado su oferta?-exclamó al fin .-iPor qué le he dado ocasión de

que juegue con mi corazón? iPor qué? ¡Ay! iacaso no era preciso contribuir á los

de la casa, y recompensar de alguna manera los sacrificios de este viejo tan generoso para mí? ¿Qué otro trabajo me hubiera reportado lo que ese?... Y, además, está tan her­

gastos

moso con sus largos cabellos, con sus ojos de mujer! ¡tiene una voz tan seductora , una expresión tan dulce! ¡sientan tan bien á su genio sus maneras de gran señor!. .. y recobrando su aire melancólico, prosiguió: En aquel momento sonreía... pero aquella sonrisa duró tan sólo lo que un relámpago,

-¡Qué loca soy! más me hubiera valido que mA encerrasen viva en las catacumbas que entrar en ese taller! iOué esperas tú, desgraciada? i No sabes que ama con toda su alma á esa María Bibiena? iPiensas acaso, tú, pobre muchacha de orígen desconocido, sin padres, luchar con la pupila de un cardenal� Un beso, un sólo beso de él, i puedes es de lo que debiera embriagarme... Esto sería preferible bajo todos conceptos. Aun le abandono? iLa Fornarina puede ser nunca para un artista como el gran Rafael, algo cuando mi incurable pasión fuese comprendida, iqué me reportaría sino la deshonra y

esperarlo nunca? ¡No! ¡Ah! Yo tenía _razón hace un momento; no de amor, sino de rabia,

más que un juguete?... tNo me abandonaría en seguida para prosternarse ante esa María así como debió conducirse con mi madrA, ese padre que yo no conozco?... ¡Pobre madre!

tan buena, tan cobarde, que no· sabría ni _siquiera ser celosa, ni morir de pesar? i No es iQué habrá sido de ella? iVive aún? iHa muerto?... El padre de· ella, aquel hombre de ca­

bellos grises que venía á inclinarse sobre mi cuna, ha debid-o sucumbir sin duda á tan

duras pruebas ... Los que me separaron de ellos, i no les separarían también ? ¡Oh, mise­ rables!... Sí, odio implac�ble á todos los de esa raza, á todos esos opulentos de insolente orgullo, cuyo contacto no puede reportarnos á nosotros más que pesadumbres ó remordi­ Así se expresaba la joven embriagándose en su amargura, experimentando triste sa­ De repente dió un grito. mientos !...

t isfacción en maldecir á aquel por una de cuyas caricias hubiera dado su vida.

nero, con las piernas musculosas envueltas en toscas correas de cuero, y con su rústico jaula en la mano.

El boyero que ya conocen nuestros lectores, con el pecho cubierto en su piel de car­

sombrero sobre los rojos cabellos, en pié delante de ella, la contemplaba teniendo una -Lucca,-dijo la Fornarina tendiéndole la suya,-¡hermano mío!... -No, no me llames tu hermano,-dijo bruscamente el boyero;- yo no soy más que -iQué quieres decir, Lucca?-preguntó la Fornarina un poco turbada ;- iqué signifi­

tu hermano de leche; á Dios gracias no soy tu hermano.

can esas miradas feroces y esa voz áspera? ... Responde. iQué tienes? iOué te oc11rre?

nada ... Te he asustado; soy un bruto, y hago bien quedándome en las praderas apacen­ tando mis bueyes, pues aquí sólo consigo espantar á los que amo, pues yo te quiero, tú

-No tengo nada,-contestó el hombre reprimiendo su emoción.- De veras no tengo

Ó LOS SU131'ERR.�NEOS DE ROMA
lo sabes, sí, te quiero á tí y á mi padre; ahora lo conozco mejor que nunca, y en prueba de ello me vuelvo á mis campos. ¡Adios! -No, quédate, Lucca; siéntate aquí cerca de mí que soy tu hermana ... no, me equi.

voco, soy tu amiga; te veo raras veces , y una que vienes. no quiero que te vayas en­ fadado.

-No estoy enfadado,-repuso el boyero con

YOZ de niño.

Era cosa conmovedora el ver la facili(lad con que aqnel hombre enérgico se sometía á los deseos de la. oven,

j

Ko era nna pesadílla lo que atormentaba á Efraim. Una serpiente le apretaba
en efecto entre sos anillos.

CAP. Y.

mis palabras ; perdóname, no sé lo que tengo... sufro. . .
-

-Por lo demás,-continuó la Fornarina,-tal vez sea yo quien te ha enfadado con

-¡Oh! no es nada ... esto pasará,-murmuró ella con una amarga sonrisa que no escapó á la mirada ardiente de Lucca.

iT Ú1

-Y después,-aiíadió ella sonriendo,- haría mal en ser descortés contigo. precisa­
Diciendo esto. indicaba con la mano aleg-remente la jan la de juncos que en las suyas

mente cuando tú te muestras tan obsequioso. ten.a Lucca.
":" liiO l

;

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MISTERIOS DEL VATICANO

-¿Eres tú,-prosiguió,-quien h a construído esa linda p risión? -Y también quien ha desanidado los prisioneros, quien Jos ha adiestrado, y quien te Jos da, para q u e por la mañana, al despertarte, su canto te hable de tu amigo el boyero. -¡Querido L u cca!-dijo la Fornarina acompañando la exclamación con un beso. El boyero se estremeció: toda l a sangre de su corazón se _le agolpó á las mejillas, y se levantó temblando, preso ele u n a emoción de que no se dió cuenta la joven. -Y ahora, adios,-dijo él con voz profunda. -¿Ya? -Sabes bien q u e no puedo dejar mucho tiempo abandonado el rebaño; los soldados y l o s frailes me harían arrepen ir de mi descuido. venir á vivir a q u í con nosotros? -No, no podría, nol. no está aquí mi lugar;. yo soy un h ij o de los campos; necesito e l ardor d e l s o l ó el silencio de la noche estrellada; dormir bajo techado e s para mí una mo­ l estia; déjame vivir con mis bUfalos; permíteme solo, que mientras sestean aproveche los momentos para correr aquí, abrazar á mi padre, verte á tí u n instante y hablarte. -¿Cómo que si te lo permito? te lo ruego, y me enojarías si así no lo hicieras. -¿ Lo dices d e corazón? -¿No lo sabes tú? idúdas de q u e te amo? -No . . . no .. . A propósito; no he visto á mi padre en l a casa. -I ta ido á visitar al panad�ro á quien ha vendido e l resto de su hacienda. -Le saludaré ahora de paso. Hasta la vista. -Hasta la vista, amigo. Lücca anduvo algunos pasos, y volviendo después hacia la-joven nuevamente absor· ta en s u s meditaciones, la dij o : -Escucha. T ú s u fres, l o veo; n o me l o niegues. Hace u n mometo t e se h a escapado l a confesión, y y o lo leo en t u s oj os. No t e pido el secreto . S é q u e eres hermosa, ¡oh m u y hermosa! . . . s é q u e e n esta ciudad maldita, muchos jóvenes h abrán tenido q u e d etenerse fascinados para contemplarte viéndote cruzar la calle ó salir �;le la iglesia: sé q u e más de uno te habrá hablado acaso de amor . . . Pues bien, no te fíes de su seductor lenguaje. Esos hombres arrogantes, bien vestidos, saben mentir, pero no saben ama r . Niégales tu �ra­ zón, te lo suplico. Sin embargo, si crees deber entregárselo haz tu voluntad. Acuérdate únicamente de q u e el día en q u e una pena te acongoj e , el día en q u e neces-ites una ayu­ da, yo estoy allí; h�z una seña, y vendró á menos que me defenderte, para vengarte ó para llorar contigo. Adios . . . Lucca partió con paso ligero. Cuando la Fornarina levantó l a vista, trasponía ya el cercado florido . E n aquel momento u n hombre de elevada estatura alejábase precipitadamente, como sorprendido por l a brusca salida de Lucca, y desaparecía á la vuelta d e la casa. Lucca sin embargo, con su mirada penetrante .tuvo tiempo d e distinguir debajo d e l ancho sombrero y á pesar de l a c a p a en qne el desconocido se embozaba, la nariz recta, la mejilla d e primida� la mirada apagada, y el temido hábito de inquisidor. -¡Es éll-se dijo el boy0ro, el h ombre de la otra tarde! . . . maten en el camino, para .

t

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-¿Por q u é no vendes ese rebaño q u e te retiene en el campo? ¿Por qué no habrías d e

iO ué significaban aquellas palabras? ile conocía, pue..s., ya� · iLO había visto otra vez? iDónde y cuándo? ¿AcaRo el mes anterior en l� 1'ill(l iiPl Papa? . . .

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Ó

WS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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-¡El �HJU.Í! -proseguía Lucca alejándose; ronda á la Fornarina... ¡Ah! vé con cuidado. amo y con todas las fuerzas de mi alma, y me he jurado defenderla. Si tú sigues la som­ bra de esa muchacha, yo me constituiré en tu sombra. Cuidado, gran inquisidor! -Y extendió el brazo amenazando con el terrible puí'io al Vaticano. gran inquisidor! No importa que ella no me ame, y que acaso quiera á otro, yo, yo sí la

-Sí, Lucca tiene razón,-pensaba la Fornarina debo desconfiar. Entregarse sería una locura y al propio tiempo un crimen. No he considerado bien el abismo que me se­ para de ese hoq¡bre; él es el primero de Italia, yo la última de las mujeres de Roma, que hasta ignoro mi mismo nombre; yo, apellidada la Panadera (este es el significado de la tento sirvienelo de modelo, en el cual sólo descubre él á través de mis pudores que le hasea una loca para haber pensado en merecer su amor... Pues bien, estoy resuelta, no Yolen cen sonreír una belleza que solo ven sus ojos de artista... Seguramente es preciso que yo palabra italiana Fornarina), por el oficio de mi padre adoptivo, yo que me gano al sus­

veré á verle, no iré más á su taller. Hoy debía ir él á comer en casa del cardenal Bibiena. la calle para verle entrar, para verle salir y asomarse acaso al balcón ... pero no iré...

s� palacio próximo al barrio de los judíos,

y yo

�hiera ido á ponerme

en acecho en

Diciendo estas palabras, la pobre joven se puso en pié, y olvidando su tarea y la jaula flores rojas, se las puso en la cabeza de negros cabellos, bajo un pliegue de su blanca toca, en que cantaban los pájaros de Lucca, sin darse cuenta de lo que hacía, cogió algunas traspasó la arboleda que rode¡iba el jardín, y siguiendo la orilla del Tíber, pasando el

primer puente, con la sonrisa en los labios y los ojos animados, se encaminó al barrio de los judíos.

De repente se detiene. Ese instinto que nos hace conocer que alguien nos mira fija­ mente, la hace estremecerse ... Alguien la sigue, está segura de ello. Con disimulo vuelve la cabeza y cautelosamente mira hacia atrás. la misma dirección que ella. La sombra de su sombrero no basta á ocultar la mirada si­ niestra que luce bajo sus párpados, y entre los pliegues de su capa descúbrese larga túni­ ca lisa semejante á una sotana, con triple hilera de botones de terciopelo rojo. La Fornarina ha debido reconocer á aquel hombre, pues la expresión de la mayor No se ha engañado: un personaje de elevada estatura, costeando los casas marcha en

angustia ha reemplazado en su rostro admirable, á la ele la alegría que antes la ilumi­ naba. Aligera el paso: él la imita. El miedo se apodera de la pobre muchacha y la paraliza: quiere correr, no atreviéndo­

se á entrar en las casas, que están además cerradas... angustiada confía en que delante la proximidad <lel hombre amado bastará á defenderla.

del palacio, cuyos tejados dGminan aquel dédalo de callejuelas sombrías, la idea sola de: Sus piernas se niegan á andar, y vacilante apóyase en la pared. Si por allí hubiera .

alguna iglesia se refugiaría en ella, pero ¡ay! en el Ghetto, en el barrio ele los judíos no hay iglesia... El hombre se acerca... irremisiblemente está perdida. ¿Quién se att•everá á defenderla

contra aquel hombre?-Nadie, está segurá <le ello; intentarlo sólo, sería desafiar la muer­ te. algo peor que la muerte misma. ¡Si Ln G(a estuviese en Roma! ¡Ah! cuán loca ha sido, y cómo queda castigada... En aquel momento quisiera morir. El inquisidor con los brazos abiertos corre hacia ella; ya su ardoroso aliento abrasa
:-n frente.

-¡Huye. demonio!-murmura la joven,-ya c:;abes que te odio.

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)fiSTERIOS DEL VATICANO

Pero él la abraza; ella cree sentir la impresién de sus labios. En un campanario próximo el reloj da las horas que repiten á lo lejos las campanas. cho tarde... debía haber comemado antes el ataque.. . ¡Maldita muchacha, y maldito amor! El inquisidor deja á la Fornarina, que repuesta de su espanto, recuperapas las fuer­ El rostro del inquisidor, descompuesto poco há por las convulsiones del deseo, vol­ -¡Fatalidad!-gritó Hochstratten dando una fuerte patada en el suelo-se me ha he-

zas, huye ligera.

vióse á cubrir en un instante de su fría é impenetrable máscara.

-¡Bah! -exclama-primero son los negocios; los placeres vendrán más tarde ... Nada

de celadas como la de hoy; no es una víctima inanimada y medio muerta de miedo J a que yo 5Piero estrechar entre mis brazos, sino una querida, una verdadera querida, que se a ase en una pasión igual a la mía. Esto es lo que necesito, y lo tendré. Ella ama á Ra­

br

fael.. . Reflexiona u n instante y luego añade: Internándose en el laberinto de callejuelas, á las que las sombras de la noche que avanza prestan fúnebre aspecto, desaparece en dirección al Vaticano. La Fornarina, sin tomar a,liento, había corrido hasta el palacio de Bibiena, y deján­ - ¡ Basta! ya la tengo.

dose caer en las graderías de la casa de en frente, observaba ' reponiéndose poco á poco ele su sobresalto. que en homicidios, elevábase ante sus ojos con todo el aspecto de lo que antes f uera, esto El macizo y almenado palacio construído en el siglo x, menos abundante en esculturas

es, el castillo en que se encerraba y forl.ificaba el seüor para resistir á las revueltas del pueblo, ó á los asaltos de los señores rivales.

Sólo la pu �rta, de construcción reciente, y precedida de una escalinata con balaustrada al estilo del Renacimiento, indicaba que fuese aquell a la mansión elegante y severa de uno de los más grandes pi'elados de la época. Bibiena, secretario de Lorenzo el Magnifico, había sido colocado por su hermano Pe­

León X, su primera disposición fué la de conceder la púrpura cardenalicia á su amigo.

dro, al servicio de J uan de Médicis. Cuando éste fué elegido papa bajo el nombre de

La elecció n fué de todos aprobada, y en el curso de esta h istoria veremos en lo que vino

é inclinaciones.

á parar aquella amistad comenzada en el destierro, y cimentada en la similitud de gustos Decíase en la ciudad que podía muy bien darse que fuese su hija bastarda la pupila; y

á propósito de esto, circulaba. de boca en boca una historia bastante picante, que conta­ papel de protagonista.

remos, y que se relacionaba con otra historia análoga, en la que el papa representaba el Era casi un pro,·erbio en aquella época y en aquel país, que pupila y sobrino de pre­

lado, equivalían á bastarda y bastardo, y efectivamente, la genealogía de los Borgia había de las familias de la Iglesia, la transfusión de la sangre. establecido de manera i ncontrastable la seguridad de mano con que se operaba, sin salir La historia á que nos referimos, en nada perjudicaba, por lo demás, al respeto y con­

sideración de que María Bibiena gozaba, consideración y respeto que había aumentado el amor vehemente que aquella joven había inspirado á Rafael, amor al que ella j asta­ mente correspondía.

gaban los músicos , acompañamiento obligado en aquella época, de todos los festines dignos, con justida, de nombretal; después llegaron los cómicos, que debían ofrecer á los

A medida que avanzaba la noche, iban iluminándose los ventanales del palacio, y ]le­

Ó L08 SUBTBRRÁ!\EOS DB ROl\lA
convidados, entre los cuales se contaba Su Santidad, las primicias de una comedia del anfitrión, comedia, según parece, bastante atrevida en la forma y en el fondo. La Fornarina, que en acecho lo observaba todo, había visto, y esto picaba extraordina­ lacio del cardenal, cruzaban la calle dirigiéndose al barrio de los judíos, personajes miste­ el florentino enigmático que había visto en casa de Rafael, y al inmortal Miguel Angel1 cuya fisonomía triste y altiva, tan popular era en toda Italia. ¿Qué irían á hacer aquellos hombres en aquel arrabal maldito� Después de aquellos grupos, y con idénticas precauciones, pasaron otros de soldados visiblemente exaltados, como si estuviesen ébrios; con uno de los jefes iba conversando en voz baja un gran personaje. había infundido á la Fornarina; era el gran inquisidor. i,QUé extraño drama se preparaba aquella noche � Los invitados, los sabios, los artistas, los prelados iban llegando; después llegó Su Santidad conducido en una litera, tosiendo afectadamente y apoyándose para subir los escalones, en los cardenales, contentos de verle tan abatido, después llegó él, Rafael, el gran artista, el único que entre todos interesaba á la Fornarina. Sin fijarse en la pobre muchacha, vistiendo un elegante y rico traje de terciopelo mo­ ¡Oh! en cuanto á aquel no cabía error; era el miserable que poco antes tanto pavor riosos que aparentaban no reconocerse, y entre los cual�s ella había conocido á Machiavelli, riamente su curiosidad, que al propio tiempo que los alegres grupos que se dirigían al pa­

teado, subió la escalinata, al final de la cual le esperaban el papa-, Bibiena y su pupila. Acompañaba á Rafael su fiel discípulo y a.m igo Julio Romano, cuyo cuerpo, cabeza y moreno rostro, hacían resaltar l a dulce fisonomía y el delicado tinte del maestro. Rafael se inclinó delante de aquella á quien la voz pública llm:naba ya su prometida,

María y la tierna mirada de él, al \er como Rafael la besaba la mano y le ofrecía el brazo.

y cruel dolor debió apoderarse del corazón de la Fornarina, al observar la sonrisa de

La joven desdeñada, acurrucada en los escalones, con el corazón oprimido por la amar­ gura, contaba celosa las palabrac de cariño que debían cambiar, pues, sin duda, se habían sentado el uno junto al otro; la cólera que en amargas oleadas subía á su garganta, la hizo romper en abrasadoras lágrimas. En la misma actitud permaneció largo rato, con la cabeza inclinada sobre el pecho,

Cerróse la puerta tras de ellos, y un alegre concierto saludó el principio del banquete.

abismada en su dolor, revolviendo en su imaginación insensatos proyectos de venganza, pues ella q n ería vengarse, sí; pero ide quién, si ni Rafael ni María eran culpables? se preguntaba, siguiendo maquinalmente con los húmedos ojos las siluetas de los criados detrás de los cristales. U n tumulto espantoso, una gritería confusa, el eco de órdenes brutales, de arcabuza­

zos cada vez más frecuentes, y el súbito resplana or de un incendio, proveniente todo del barrio de los juc1íos, la sacó de su delirio.

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CAPITULO IV

EL GHETTO

libertad y de l a tolerancia, os dejo; es hora d e que vaya á reunirme con Su Santidad. era el personaje, profirió el nombre d e Su Santidad. tarde la Fornarina creyó reconocer á Miguel-Angel. -Ceno con ól en casa de Bibiena.

-Queda cenvenido, - decía ' una voz seca,-y ahora, amigos de la dignidad, de la No habría ni modo ni palabras con que explicar la ironía con que Machiavelli, pues él -i,Vas á reunirte con éH-preguntó frunciendo las cej as, el hombre en quien más

á los asistentes sin explicársela. parecían esperar.

penetrable que fué un enigma para los poderosos de su siglo, quería imponer su conducta El gran escultor, sin embargo, abrió la boca para reclamar una satisfacción que todos -Mi muy querido maestro,-dijo Machiavelli sin darle tiempo de proferir palabra,

Estas palabras, proferidas con tono resuelto y seco, indicaban que aquel pensador im­

-confiad en mí, os lo ruego; todos los reunidos hemos jurado consagrar todas nuestras fuerzas al triunfo de causa tan noble como la que defendemos; nadie como vos ha demostrado hasta qué extremo alcanza vuestra adhesión, pero yo también creo haber ménos así l o espero, que mi parte en la obra común no debe ser despreciada. origen judío.

probado mi celo. Dejadme, pues, la elección d e armas, y reconoceréis más tarde, á lo -Sin embargo... - atrevióse á decir un viejo cuyo traje y fisonomía revelaban su -E3 inútil insistir, Efraim,-interrumpióle el autor del Prlncipe,-todos vosotros sabéis cuáles son las razones particulares, además de las vuestras, que tengo yo para odiar á aquel á quien el cónclave acaba de colocar á la cabeza de la Iglesia: mis sufri­ mientos deben ser garantía suficiente de mi rencor. Pero ya que por unanimidad acaba­ mos de adoptar, hasta nueva orden, la actitud del disimulo más perfecto, permitidme que yo también disimule, en la seguridad de que me consideraré feliz si puedo sorprenderos

O LOS SUBTERR.\NEOS DE RO.I>IA

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más tarde revelándoos el objeto y el precio ele mis esfuerzos secretos. En mi concepto, y esta ser á m i última palabra, puesto q u e el papado nos hace á nosotros italianos y á vos­ otros j udíos, una guerra sorda, hemos de contestarle de idéntica manera : á pilio, pillo y medio. Os deseo feliz noche. Machiavelli, después d e estrechar las manos de sus amigos, desapareció e n la calle. Los demás que en casa de Efra im se hallaban reunidos n o tardaron mucho e n des­ pedirse á su vez; Miguel Angel saludando gravemente salió el último diciendo al j u dío: -Hasta la vista, donde y cuando h a sido convenido. El j udío, después d e asegurarse d e si algún espía había observado l a salida de sus compañeros, entró en s u casa, echó los cerrojos d e la p u erta, encendió u n a lámpara y se abismó en l a lectura de l a Biblia. Con Miguel Angel había salido un hombre d e cabellos grises, el cual, habiendo en­ trado en su casa para aprender y practicar, había acabado por ser su amigo, mejor di­ remos, su fiel guardián. Neumann, este era su nombre, JJegado d e Leipzigh á Roma, haría como unos dos años, profesaba una admiración que rayaba e n culto, hacia e l hombre extraordinario en cuya casa trabajaba, ac.lmirándole á la vez como poeta, como pintor, como esoultor, como ingeniero, y sobre todo como arquitecto, con tanto mayor motivo, en cuanto él era tam­ bién de su arte, de esos franc-masones de Alemania, puestos á contribución por la Iglesia para elevar por toda la cristiandad esas catedrales tan imponentes, de conjunto y detalle tan delicados, q u e son la admiración de los siglos. Neumann seguía á Miguel Angel silencioso, respetando los pensamientos q u e debían b u l l i r en l a frente del gran patriota, pues, aparte d e sus otros dones, Miguel Angel, te­ nía una virtud, la principal entre todas: fe en el porvenir, confianza en la idea de que l a libertad debía triunfar d e l a tiranía, l a conciencia d e l a superstición. Como su amigo Savoranola , estaba dispuesto á arrostrar todos los tormentos y l a m uerte misma , ó como e l Dante, s u compatriota , á partir para u n destierro eterno, con tal de precipitar ó adelantar para todos los hombres la hora de la j u sticia y d e l a libera­ ción. Por esto y por su obstinada -,resistencia á las pretensiones d e los poderosos , h a sido grande el pintor inmortal del Juicio Final, por esto, conviene decirlo, era precisamente por l o que tanto Neumann l e quería. El día e n q u e el alemán solicitó formar parte de aquella asociación misteriosa, uno d e cuyos conciliábulos acabamos d e ver termina r , el sublime artista fué su padrino. Los dos hombres l legaron á l a esquina d e u n a calle: e n dirección o p uesta iba un desconocido vistiendo el hábito d e fraile agustino. Neumann se detuvo delante d e 6 1 .

A l reconocerse, ambos lanzaron la misma exclamación:
-¡Tú e n Roma! Y se abrazaron los dos hombres con efusión tal que se conmovió e l mismo Miguel An­ gel, el incansable batalhdor d e corazón d e bronce. -En seguida me reuniré con vos, maestro,-dij o Neuma n n . -Bien, bien,-repuso el escultor,-consagra el tiempo á tu amigo; los amigos escasean demasiado en l o s presentes momentos y en esta ciudad para q u e les regateemos n i u n a hora. Hasta mañana y buenas noches. 1lientras que Miguel Angel desaparecía en l a sombra, los dos hombres estrechándose aun las manos, se miraban atentamente: en sus párpados brillaba u n a lágrima. El fraile, que era el mismo agustino q u e vimos despedir e n e l convento por Hochstratten y dirigir­ se a Roma guiado por Lucca, fué e1 primero en romper el silencio.

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-¡Querido, queridísimo amigo, al fi n te vuelvo á ver! Este placer me recompensa d e todas las fatigas d e m i viaj e, y por ello debo d e dar gracias á l a bondad d e Dios. T ú n o sabes, m i familia, m i padre, y o m i s m o , todos te habíamos llorado por m uerto . . . -iDe veras· m e habías creído m uerto1 -Después de aquella deplorable ocurrencia iquién no se lo hubiera figurado1 Tu des· aparición, h ubiera ciertamente podido explicarse de otra manera: la huida era prudente y natural en u n hombre que había m uerto ó creído matar á u n fraile en las circunstancias d e aquel caso . . . pue� el miserable no m u rió; iYa lo sabeR1 -Lo sé. -Esto era tan inexplicable como la devota y reconocida hipocresía del d uque de Sajonia, hipocresía que probó una vez más curando al c u l pable y obteniendo q u e en vez d e s e r arrojado a l agua, se l e condenase sólo á perpétua prisión . . . -De l a cual e l d u q ue l e hacía :;alir en l ibertad· u n mes más tarde. -Naturalmente, todas estas razones h u b ieran bastado á convencernos d e tu partida, si la desesperación e n que te había s u mido l a muerte de mi pobre herlllana, no nos hu­ biera hecho temer otro desenlace . . . -iMi suicidio1 -Sí, ciertamente, esa fué nuestra primera idea. -Fué también l a mía. -¡Ya ves! -Confiesa que había motivo para desesperarse . . . -¡Ay! -Conven conmigo e n que cuando un amor tan. dichoso como el n uestro vése de repente destruído pot· un golpe como aquel, es bien excusable q u e el hombre, olvidando u n instante s u s deberes d e tal, s e entreg·ue por completo á s u dolor y pida un tranquilo re­ fugio á la muerte. -¡Pobre amigo! ¡Qué prueba! -No se l a deseo n i á mi mayor enemigo . . . -Pero basta ya d e esto,-dij o e l fraile interrumpiéndole, viendo los oj os d e Neumann llenarse de lágrimas,-siento que mi presencia haya abierto una herida mal cicatrizada.

-Y q u e no cicatrizará jamás; la vergüenza y el odio la enconarán más y más, a u n
cuando haya logrado ofrecer á la víctima q u e adoraba u n a venganza igual á m i desespe­ ración, igual'á la perfidia de su verdugo. A l a idea d e l a venganza, se debe e l que puedas encontrarme vivo y aquí, sí; cuando supe qne el miserable no había m u erto m e dije: eso prueba que una puñalada n o era j usto pago d e s u crimen; arrastra, pues, t u l u to,-añadí,-pero prepara el castigo d e ese hombre. Cuando hayas cumplido esa misión, si quieres, muere, antes no . . . -tQué quieres decir1 -No me faltarán ciertamente ocasiones de morir siendo útil á los otros. Persuadido d e que salvado por l a autoridad eclesiástica, el -iHabías previstoL. -¡Aca�o me equivoque; acaso pensé mal, 6 es que tal vez tú me vituperas1 iVeamos, sé franco1 q u é significa tu silencio? iRespóndemeL. iEn qué piensas? -Reflexiono y m e consulto. -iA propósito de q ué1 -Si tú te encontrases en mi lugar, si fueses fraile como yo lo soy, y supieses en donde se oculta aquel hombre, n o m e lo revelarías, e n la seguridad d e que había d e ir á ma­ tarle� fraile s e creería aquí más seguro q u e e n parte alguna, por e s o m e v i n e desde allí á Roma.

Ó LOS SUBTERR.Í.NEOS DE RO�fA

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m á s respe table de las mujeres, :<i yo fuese, como tu, el hermano de esa mujer; sí, yo le indicaría el retiro de ese hombre, te lo prometo por mi palabra d e honor. -Así haré yo, y que Dios me juzgue y b:3ga caer sobre mi cabeza esa sangre. S í eso es

u n malvado que b a conducido á la muerte después de deshonrarla, á la más amante y

-Si fuese fraile como tú, te lo revelaría; si tú te encon trases como yo en acecho de

- Ten piedau de él , - le dijo. - Considera que ha nacido á la misma hora en que

sucumbía el tuyo ... Dale el pecho en que se amamantaba el otro... CAP. Yl.

un pecado, le suplico fc ¡•,torosatnenle mismo tiempo la mía.

Citie tne dó

ocasiones de saivar almas para laYar al

-¿Sabes, pues, dónde se encuentra ese bandido� -Le b e encontrado el mes pasado en un convento de las cerca nías de Roma; deL1a tener una entrevista con el papa, que le esperaba. -iEl� iPara pedirle la absolución� -Lo ignoro; es más a u n , n o l o creo. -¿Por qué�
T0:\.10 1

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!

MISTERIOS DEL VATJCANO

-Porque me parece que no había experimentado él la necesidad de pedir su absolución ni León la de ofrecérsela ... -i,Acaso supones al papa capazL. -Sé que es capaz de tantas faltas, cuyo solo pensamiento turba mi alma... .n absoluta, incondicionaH -¡ Al fin has perdido tu respeto obstinado, tu venAració -¡Ay! sí, aunque no ha sido sin lucha: las cosas que he presenciado desde mi llegada á Roma, me han arrojado en el más tormentoso de los infiernos. -i,Pues, de qué infamias has sido testigo1 -Te las diré algún día sf " es necesario, y no las diré á tí solo cuando me arme para -

el rudo combate... ¡ Pero basta ya !' sin querer estoy revelándote más de lo que que­
ría decirte. -i,Desconfías de mí1 iAcaso no tienes �eguridad de encontrarme en primera línea en­

tre los combatientes aquel díaL. Ea; yo te dejaré hablar sin interrumpirte, contento de verte llegar á nosotros, aunque por_ distinto ca:mino. -¡A nosotros! iQuiénes sois vosotros �

\

-Te lo diré en seguida, pero antes respóndeme: ino has vuelto á ver á Tetzel en otra parte alguna fuera del convento � -:-No. -iOpinas que aún continuará allH -iCómo piensas averiguarlo, cómo esperas encontrar su rastro � -Solo hay un medio, y éste bien delicado. -Interrogar abiertamente al papa. -Ya tengo uno; desde hace días el papa me debe una audiencia, y e!')pero obtenerla para mañana. -Está bien, pero, sin embargo... -En cuanto al resto, déjame obrar. -Dios haga que sea eierto. -¡Oh, sí, con�era confianza! ¡Si supieras cnán feliz me siento esta noche! -Es cierto: hoy se me juntan todos los goces que yo podía ambicionar aún; veo apro-Yo no sé... -i,Bajo qüé pretexto� -iCuán

_

_

""

-Nada sé, pero no lo creo.

ximarse l a hora de mi venganza, -te encuentro á tí, y te encuentro de los nuestros...

-Sí, yo estoy seguro de ello; adivino tus sublimes planes; comprendo que tus aspira-

ciones y las nuestras son unaS', y nos vemos al fi-n consagrados á la misma obra... ¡ O h , mi que_r ido Martín, cuán grande será la alegría e n casa d e t u anciano padr�, el viejo mi­ nero de Eiselden, el día en que dés la señal para el gran combate! -¡Pobre pa,lre mío!
· .

-(Cuánto se alegrará de tu entrada eri las órdenes! ¡Cuánto más brillante será el

sepas el objeto de nuestra asociación.

triunfo de la conciencia!. .. Quiero presentart� á mi ,maestro y á mis amigos... Quiero que En aquel momento Neumann· bajó la voz, y no fué un exceso de prudencia, pues, en

un grupo de soldados había reconocido la sombría figura del inquisidor. El y su compañero hicieron un movimiento de sobresalto. estar lejos de aquel sitio para reanudar su conversación. Paso tras paso, los dos amigos comenzaron á descender hacia

Tíber, esperando

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE
r-

ROMA

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Entre tanto, el judío Efrai m , a quien dejamos en su casa, había interrumpido su lectura. -¡Ay!-decí� suspiraudo y llevándose las manos á la cabeza, blanca como la nieve , ­ «Se señalarán vuestras casa·s durante la noche.» Leía el libro de Job.

siempre los mismos textos siniestros: -Siempre, -proseguía lastimeramen te,-las mismas amenazas de destierro y de eter­ na huida delante de los Faraones. ¡Ah! pobl'e Biblia santa, depósito·cle nuestras queridas tradiciones, t u , á quien ellos han desnat.t ralizarlo y disfrazado, tú nuestro rabino el nuevo papa, el día de su coronación, eres siempre acogida con la mis­ que presentada por

ma sonrisa de desprecio, ofreces notable concordancia de tus textos con mis temores. .. puerta. Contuvo el aliento y prestó atento oído, pero el ruido había cesado.

Detúvose un momento ; habíasele figurado escuchar pasos en la calle muy cerca de su

- Comprendo perfectamente l a conducta de los i t a lianos,- continuó,-y no por eso es­

bargo, me explico que vacilen y ctuden en desencadenar la guerra civil en su desgraciado país, arruinado por la codicia de los papas y por los furores de los reyes á un mismo tiempo. En su lugar yo haría como ellos, retardaría la revuelta el mayor tiempo que me ' que sin embargo presenti mos la tempestad que amenaza nuestra¡:; ca bezas, y esta vez mas de cerca que nuncat . . Así diciendo habíase levantado y recorría de un extremo a l otro su reducida habita­ -Esta vez no me he engañado... Andan ahí cerca . .. y los pasos son de soldado. . . re­ fuese posible... Pero i qué será de nosotros, de nosotros que no ponemos obrar solos, y

toy resentido con ellos ; su adhesión á nuestra causa está fuera de toda duda; y sin em­

ción. Nuevamente interrumpióse sobresaltado. conozco el ruido de la armadura.. .

De puntillas acercóse á la ventana, y por una rendija del postigo examinó la calle, pues presentar, aunque no hubiese sido más que la silueta del cuerpo en la ventana , hubiera · sido una imprudencia... Por más que observó no distinguía nada. --¡Qué vidaja nuestra! - exclamó retirándose del postigo. - En constante ala rma. siempre con el bastón de viaje á mano, como en la Pascua, emba rgados siempre por el otros: el hambre y la peste no nos respetan más á nosotros que á ellos, pero cuando el temor, sin tener jamas esperanza. Todos los azotes son doblemente terribles para nos­

pueblo irritado de sufrir y de llorar sin que los poderosos bagan nada por él, se reYolu­

ciona al fin, y arma en mano, se lanza a l asalto de los palacios de sus señores 6 de los

otros aquellas oleadas de cólera . . . « Si sufrís,-dicen á la turba que retienen sumida en única causante de vuestras desgracias; ella es la que atrae sobre vosotros la ira del cielo.

refugios de sus sacerdotes , nobles y sacerdotes á una concitan hábilmente contra nos­

la ignorancia y el embrutecimiento,-los judíos tienen la culpa-; esa raza maldita es la , sobre nosotros, sus -¡Y los desgraciados los creen, y de�cargan su odio sobre nosotroshermanos en sufrimientos y persecuciones!... Y los frailes y los nobles les dejan hacer 1nto más gustosos, en cuanto que allí donde los villanos se contentan con la matanza,

e.· los saben orgawar el pillaje... Sobresaltado pusose á escuchar de nuevo. Ya no le cabía duda. . . Examinando de lejos la calle desde la ventana ha visto a íario� herido sus ojos. hombres deslizarse sigilosamente por ella, y el brillo

�e las puntas de

las partesanas ha

-Mis presentimientos,-dice con amargura,-no me han engañado. . . Las fi.;urus SI­ niestras que estos días rondaban por el Ghetto, preparaban alguna emboscc.da. . . una nue\a matanza . . . y esta noche, quizás dentro de un momento, Yá á darse la señal... iGué

h�<' "r� Llamar a mis amigos es entregarles á una muerte cierta y sin resultado... Ad

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MISTERIOS DEL VATlCAl###BOT_TEXT###

tir á mis hermanos, serí.a denunciarlos . . . Pobres q u e dormís bajo vuestro humilde techo un sueño turbado por la inquietud, y del cual no despertaréis ; pasad, si es posible, del sueño á la muerte; rogad al Dios de Israel que os ahorre el terrible dolor de ver arrancar de vuestros brazos cuanto queréis en el m u n d o . . . E l viejo s e había dej ado caer e n u n a silla, y gruesas lágrimas resbalando po_r s u s me­ j i l las, h u medecían su barba de plata . . Largo rato permaneció en aquella actitud en tregado á triste meditación, escuch ando como si soñara los pasos cautelosos de los soldados form ándose en la calle, y las órdenes que se l e s transmitían en voz baja.
·

Resignado sin esfuerzo alguno á la muerte , pües había agotado ya touos los d o l o res, parecía que quisiera prepararse para su hora ultima recorda ndo la serie toda de s u s amarguras, y entre profundos suspiros s e escapaban d e s u s labios d o s n ombres·{lron u n ­ ciados c o n t o d a la d ulzura y toda l a tristeza d e u n a l m a hondamente lastimada. - ¡ Aga r ! . .. ¡Raquel l . . :-decía.-Mi mujer. . . mi hija . . . -Y otro nombre que pro u u n­ ciaba m u y quedo con esa adorable ternura d e los abuelos, venía á mezclarse á aquéllos. abatida cab eza, y s u mirada, i n terrogando l a plaza á través de l _? s vidrios, b u scaba en la esquina de la calle al j e fe á quien atrib1! ir aquella órden . La mecha de u n soldado i l u mina la figura de u n a muchacha q u e en aquel instant cruza la calle. no j udío abrió desmesuradamente los ojos, y u n a inexplicable emoción le hi­ E l ancia zo temblar de piés á cabeza. - ¡Oh!-exclam ó . - ¡ S u pa1'ecid0 ! . . . Todo, los ojos, la boca, todo es de Raque l . . . El talle . . . Todo excepto el traje . . . iSería posible que fuese ella� Olvidando el peligro, precipítase hacia la puerta, descorre los cerroj os temblando de impaciencia, d a vuelta á l a l lave, y de u n salto se planta en la calle en seguimiento de aquella imagen querida tanto tiempo buscada. - ¡ Rebecca!-gritó c o n todas sus fnerzas. -Detened á ese �1ombre,-ordena u n a voz breve.
/

En aquel momento el choque de los arcabuces contra el pavimento, le hizo l e vantar la

El inquisidor, á quien sigue un pelotón de suizos, es el que acaba tlo dar aquella
orden . .Efraim retrocede gritando fnera de sí: -¡Rebecca! ¡ 'R ebecca! Los ademanes y los gritos del viejo han llamado finalmente la atención de la Forna­ rina, que no es otra la muchacha. Efraim precipítase en su casa , cierra la puerta, echa . los �erroj os, atrancándola con su mesa de canto de hierro y su pesada barra de madera.

Busca un arma apercibiéndose á la defensa, per? ¡ay! han sido retiradas todas, y sólo e n ­ cuentra u n a espada i n ú ti l . -Derribad l a puerta,-orden.a l a voz de Hochstratten. Menudean los golpes, la puerta se conmueve y al fin cede. Aturdido, imposibHitado de defenderse, el pobre viejo se retuerce desesperadamente

los brazos. Por la ven tan a desde la cual distingue todavía en la plaza á la bella transte­ verina, convertida en estatua por el espanto, van subiendo los lacayos del papa, y las de­ tonaciones hacen retumbar la estancia. El viejo que momentos antes se h u biera dejado arcabucear y que hu biera dado las gracias á sus asesinos, ahora que sabe que ella vive, q u iere vivir, sí, q uiere volverla á vor y estrecharla entre sus brazos. Dispuesto á vender cara su vida lánzase en d�rech ura de la escalera de caracol, logra ganarla y para a�egu rarse la retirada arroja sobr.e los perseguidores un enorme escabel

6 LOS SUBTERRÁNEOS DE ROr-IA

3?'

que rueda produciendo el infernal estrépito de una tempestad; al mismo tiempo, sobre l a . cabeza del enemigo m á s próximo deja caer c o n fuerza u n a trampa de hierro. La esperanza renace en él y corre á la ven tan a. -¡V ictoria!-grita. Los soldados al invadir la casa en persecución del viejo han abandonado la calle, en b u e n trecho, de la cual sólo se descubre á Rebecca inmóvil, esperando el fin de aquel dram a espan !oso que sin saber por qué la interesa pod� rosamente. . Si Efraim tiene sólo tiempo de saltar, en dos pasos puede reunirse con ella . . . Ya salta . . . La Fornarina lanza u n grito . . . ¡Dios mío quó atroz dolor! E l viej o quiere levantarse . . . pero no puede . . . Hace esfuerzos inauditos, pero es inúti l . . . ¡Y estaba ya tan cerca d e conseguir s u obj e t o ! . . . Pero es imposible . . . E n l a caída se h a roto l a pierna, y con l a vista turbia por e l llanto d e l a desesperación y la rabia, ve á su lado al inquisidor y á sus soldados que se disponen á maniatarlo. La turba d e asesinos que le rodea, le impide ver si Rebecca, pues ella es indudable­ mente, continúa aún en pié e n la plaza. ¡Qué dolor! En el momento en que iba á reunir­ me á ella para no separarme ya j amás, me prenden,-pensaba el viej o . -iY q uién�-Este bandido, este l acayo d e l o s Médicis, d e sotana ennegrecida con e l h u mo de l a s hogueras, este inquisidor de siniestro aspecto, q u e lo mismo sirve e l odio clerical que los amores d e s u amo, que prende á los ciudadanos rara robarles, y con aquel oro, manchado de sangre, paga sus q ueridas y prostituye á las niñas. Fuera de sí por la rabia, el viej o esc{Jpe todas estas palabras en la cara d e Hochstrat­ ten, y su voz nerviosa domina el tumulto que se escucha en todo el G hetto, semejante al estrépito horrible del d'i.spertar de un barrio entre el asesinato-y el incendio. -¡Ah !-proseguía l a voz d e l viej o ,-el hombre á quien sirve, ya sabe lo que se hace: obra bien arrojándome maniatado e n u n a mazmorra, pues debe suponer que la vejez no , h a extinguido mi odio, y que iría á pedirle cuenta de su <!oble crimen . . . Pero dile que no puede vivir aun tranquilo; dile que la venganza tanto tiempo esperada, cuyo g·oce me arrebata á mí, otros se encargarán de realizarla . . . Díselo, Hochstratten . . . Hochstratten l e escuchaba sin conmoverse. Hizo u n a seña á los soldados y estos se lle­ van al viej o, que con vista extraviada miraba á la Fornarina enviándola cariñosos besos d e despedida. El inquisidor escudriñó la cal le con sus oj os sombríos y descubriendo á Rebecca m u rm u ró : -¡Ella! Llama á u n oficial y l e d a orden de escoltar á aquella vírgen q u e e l inquisidor quiere más que á nadie en el mundo, hasta su casita del Tíber. La Fornarina dejóse aco:npañar sin saber lo que hacía . . . Aquellos gritos de desesperación, los torbellinos de llamas y las bocanadas de h u mo, las vociferaciones de los soldados ébrios d e fanatismo, la gritería d e los frailes q u e l o s mandan y excitan a l robo, a l asesinato y a l incendio, crucifijo en mano. l a aturden y l a enloquecen. La voz d e aquel anciano d e blanca cabellera, sobre todo, l e traspasa el corazón . . . En­ trada en su casa, n o puede verse libre de aquella visión que obstinadamente l a persigue,
'

y cuya voz disting·ue entre el crugido d e las chispas del incendio e n la otra orilla del río. y entre los arcabuzazos de los soldados, llamándola cariñosamente:
- ¡Rebecca! ¡Rebecca! . . . ¿Dónde y cuándo h a oído l a Fornarina otra vez aquella voz y aquel nombre�

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S[lSTERIOS DEL VATICANO

En el momento en que los soldados que conducían al viejo j udío se ponían en marcha, la matanza llegaba á s u periodo de álgido furor, y el incendio avanzaba terrible haciendo crugir entre sus brazos de llamas, los casuchos de madera reseca por los años y el sol: de vez e n cuando h u ndíase con horrible estrépito un techo cuyas ruinas cubrían á poco las llamas y, á los roj izos resplandores, veíanse h ui r c�espavoridas las víctimas medio desnudas a n te el hierro de los asesinos. A cada paso los soldados que escoltaban á Efraim, se detenían para contemplar al­ gun horrible suplicio, que por lo mismo á ellos les interesaba más y más, y e n el cual re­ clamaban su parte. Imposibilitado de h u ir el anciano, más que por las ligaduras que le sujetaban, por el terrible dolor q u e sufría, veíase obligado á asistir inmóvil á los tormentos infligidos á sus hermanos . . . ¡Qué noche aquella! ¡Cuantas atrocidades cometidas en nombre d e u n Dios d e miseri­ cordia y de caridad! En las plazas y en los callejones, veíanse brillar siniestramente hogueras i m provisa ­ das con los muebles, bajo u n cielo transparente salpicado d e estrellas, y el aire se i n fes­ .taba del olor de la carne h u mana abrasada . . . L a sangre embriagaba á los verdugos. -¡Sus á los j udíos! ¡M uerte á los malditos! ¡La madre para tí! ¡Para mí el hijo!-Hé aquí las frases que como aullidos de fieras &alvajes escucbábanse por todas partes. Entre tanto los frailes amontonaban en las carretas al efecto dispuestas, sacos de cuero reventando de llenos, de los que se escapaba á las veces un río de escudos de oro, mien­ tras los i n q u isidores designaban a l furor de los soldadesca los obstinados que se negaban

á revelar el sitio donde se ocultaba su tesoro . . .
Efraim, obligado á presenciar aquel bárbaro espectáculo, reconoció á s u amigo d e la infancia Abraham Moser, el famoso platero del puente de las Cuatro Cabezas, arrastrado desde su casa á la calle, con la barba y el cabello chamuscado por las llamas. -¡Tu oro, tu oro, perro j udíol-vociferaban los verdugos. -Os h e e ntregado ya cuanto poseía. - M ierrte s, cara de renegado ; q ueremos tu oro. -Os aseguro que . . . -gemía el desgraciado. -iY tu a n i l l o de diamantes�-dijo u n a cortesana digna compañera de aquellos furiosos. -{fenía un ani1lo�-preguntó alguno. -Sí, sí, no u n o sino dos-r�puso un segundo. -iQué has hecho de ellos1-interrogó furiosamente un soldado. -Sin duda se los ha tragado,-observó un tercero. -Es muy capaz ele ello-respondieron muchos á r-oro. Un soldado ele i nfantería alemán, un lasquenete desenvainando su daga se la clavó en el vientre al pobre j udío, cuyas entrañas se desbordaron por la ancha herida entre bor­ botones de sangre. Era de ver como todas aquellas furias se arroj aron sobre el cadáver a u n palpi­ tante. Ante el espectáculo de aquella horrible carnicería, la emoción ahogaba al pobre Efraim, q u e sollozaba amargamente. ¡Qué fatalidad! ¡No poder auxiliar á sus hermanos! En vano e l acong·ojado j udío procura con sus dientes apoderarse de un puñal; el pobre tiene que dejarse arrastrar impotente por la soldadesca, dirigiendo á su amigo muerto
u n eterno adios con la mirada.

6 LOS SUBTERR,\NEOS DE ROMA

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Entonces vuelve á pensar en s u querida Rebecca, que no pudiendo escapar, habría sido asesinada ó algo aún peor por los cobardes. Dios,-se dice,-no ha sido clemente conmi­ go; debiera haberme permitido morir antes que presenciar esto . . . A cada paso que daban en el Ghetto Efraim y los soldados sus guardianes, veíanse obligados á saltar por encima de los cadáveres, y en cada calle reprod ucíanse las escenas de desolación. A q u í los niños inocentes oran clavados en las lanzas á la vista de sus mad res desconsoladas; más allá los soldados, abrasados en sed d e pillaje, arrancaban de las manos aún crispadas d e las víctimas las cajas de sus joyas; más allá entablábase feroz disputa alrededor de u n a mujer desnuda q u e en vano procuraba escapar á la brutal con­ c u piscencia de los soldados . . .

La p l uma se resiste á describir tantos horrores, siempre los mismos, y que aquellos de
nuestros lec\ores que conozcan la h istoria de la Iglesia, n o necesitan ver descritos u n a vez más. Los disparos de arcabuz van haciéndose en tanto menos frecuentes, y las descargas menos n u tridas; es que el número de las víctimas disminuye, y por último se acaba; el fuego extiende su acción destructora con furiosa rapidea, y pronto el barrio de los j udíos no es más que un montón d e h u meantes ruinas, por las c u ales corre literalmente la sangre . . . D e repente Efraim escucha u n grito. y v é dos hombres q u e parecen dirigirse e n su socorro; les hace con la cabeza un signo negativo y pl:lsa delante d e ellos con la majestad de un mártir. Aquellos dos hombres eran Neumann y su amigo. Al reflej o del incendio el pálido rostro del monje se había transfigurado; asemej ába3e á u n n u evo Cristo llorando ante l a infamia de aquellos que se d icen sus representantes e n la tierra. -¡Dios miol-murmuró,-idebo consentir impasible tanta crueldatl1

Aquella matanza que inmortalizó Rafael, sacando de ella el asunto de su cuadro el

Incendio de la villa, se prolongó hasta la aurora, pero el resultado fn é mezquino, como
había previsto Hochstratten, y pudo decirse que se llevaron al Vaticano menos libras d e oro que a l m a s de j udío fueron enviadas al infierno.

CAPITULO V

MIENTRAS UNOS RIEN OTROS LLORAN

En u n a époc1 en que l a vida de la grande?.a era u na continuada fiesta, en que desde los papas como León X, y los reyes como Enrique VII .de Inglaterra, y Francisco I de Francia, hasta los embajadores, los superiores de los conventos y los banqueros, todos parecían porfiar á quien derrocharía el dinero del pueblo con mayor esplendidez, invi­ tar á una fiesta: era á la verdad, difícil problema. El cardenal ibiena logró, n embargo, . resolverlo, y el banquete d e boda de Hafael y su pupila, fué recordado con placer por los invitados y prC'sentado como u n o de los mayores ejemplos de sabia prodigalidad y origi­ n a l cortesía. La mesa, en forma de círculo había sido dispuesta en u n a sala circular del palacio, c ubierta de arriba á abajo d e tapicerías d e Flandes. El hueco que el anillo formado por l a mesa dejaba en el centro, ocupábalo un estrado de piso á .igual altura que la mesa, y que durante el festín ocupó u n a orquesta de aquellos músicos de Italia, sin los que antón­ ces no había recepción completa en Europa. Prueba esto, entre paréntesis sea dicho , q ue, como dijo Salomón, no hay nada n uevo bajo el sol, y q u e las comidas con música en el Granel-Hotel no carecen de prece­ dentes. Las orquestas de entonces, sin embargo, tenían sobre las modernas u na grandísima ventaja; siendo desconocidos e n aquella época los instrumentos d e cobre, la música, menos eactrepitosa, n o hacía más que acompañar la convensación en lugar d e ahogarla, arrullar suavemente á los convidados lejos d e aturdirlos. Sobre las tapicerías d e la sala del cardenal de Bibiena no se veía aquella noche cuadro alguno, si se esceptua el retrato del cardenal recientemente acabado por Rafael, y que por una delicada lisonja había sido colocado frente á frente d e su autor, como para que pudiese recrearse admirando l o exacto del parecido. De laR col umnas qne soRtenían el plafón, pintado al f r esco por T i n toreto,el mejor clis-

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�llSTERlOS

DEL

VA1'1CANO Ó

LOS

SU131'li:RR,\NEOS DE ti.OMA

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cípulo de Rafael, después de Julio Romano, pendían los escudos de Florencia, patria de los Médicis, con las tres bolas, que eran las armas d e su familia, el escudo d e Roma, y el

d e U rbino, patria del pintor que los es·�ritores de la Iglesia han llamado angélico. Rafael lo era efectivamente, si q uiere clársele este título, por la exquisita y delicada pureza d e su dibujo, por la incomparable frescura de todas sus figuras. En convicciones distaba mucho de ser angélico. Como todos los artistas de aquel siglo, era ante todo pa-

1'ouas las heridas del Cristo se habían abierto, y de su costado, de sus manos y de sus piés caía copiosa lluvia de ducados.

CA.P. VII. \

gano, es decir adorlldor d e lo bello exclusivamente; y no Séremos nosotros quienes se lo afeemos, y por eso cuidaba con tanto esmero y pincel tan experto sus bellos cuerpos d e mujer, aquellos pechos d e nieve á cuya vista los devotos s e tapan l a cara, a u n q u e e n secreto reunan colecciones d e las m á s eróticas de aquellas pinturas. La conversación en la mesa d e Bibiena era alegre y animada. Machiavelli, llegado de los últimos , n uestros lectores saben ya el por q u e , mezclaba en ella de cuando en cuando el tinte especial de su cáustico estilo. Se habló, como era natural, d e todo cuanto estaba en boga en aquella época, de Alberto Diirer y de Carlos V, de las brujas y de los judíos ... Como á esta ú l tima palabra la fisonomía del papa se pusiese aun más sombría,
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MISTERIOS DEL VATICANO

e l eardenal Bibiena, que sin d u d a conocía l a causa, hizo recaer l a conversación sobre el arte y e l amor. Aquello era evidentemente una alusión á Rafael y á su esposa , que colocados el uno j u nto a l otro, como s u ponía l a Fornarina, tomaron una parte gloriosa e n aquella agrada­ ble discusión. iOuién mej or que él podía hablar d e arte� iOuién como ella podía hablar de cariño� María había sido educada por su tutor como los potentados de aquella época educaban á sus hij o s ; despreciando e l prejuicio sostenido aun e n n uestros días p()r razones fáciles d e comprender, por el clero siempre enemigo de las l uces, Bibiena había reunido alrede­ dor de María á los más sabios maestros de su tiempo; el mismo cardenal habla tomado en su e d u caéión u n a parte muy activa con solicitud casi paternal, de suerte que aquella muchacha delicada, d e ojos azules y actitudes así como d e persona abatida, encerraba en su cabecita más saber y CQnocimientos que m uchÓs papas e n la suya. León X, distraído hasta entonces como por la persecución de un fantasma para él solo visible, y riendo con forzada sonrisa. como si qu isiera ahogar, no sabemos qué le�na y profunda voz de espectro, pareció salir de s u angustioso sueño, cuando María comenzó á hablar. E l papa estaba sentado á la derecha d e la j óven y Rafael á la izquierda, d e suerte que León X sentía m.uy de cerca su encantadora voz ; cuando por casualidad e n la conversa­ ción el papa y ella, iban á decir la misma palabra y al mismo tiempo, ella se callaba graciosamente para ceder a l pontífice e l honor d e pronunciarla , y s u amable movi­ miento d e cabeza y su sonrisa, encantaban y turbaban á u n tiempo mismo á Juan de Médicis. Acostumbrado desde la j uventud á los fáciles goces d e los amores venales, n o habien­ d o tenido que habérselas n u nc a más que con cortesanas dóciles y experimentadas por oficio, ó con monjas que conociendo al parroquiano sabían deber perderlo todo para ha­ cerle languidecer, e l papa no había tratado otras mujeres vírgenes, verdaderamente tales, más que las pobres m uchachas que le proporcionaban sus procuradores, y que al entre­ garse lo hacían siempre temblorosas de vergüenza y de miedo. María se le presentaba completamente distinta , con s u deliciosa franqueza e n l a mirada y e n l a actitud, con s u candor exento d e todo fingimiento, con s u agradable jovia­ lidad, y, aparte d e todo esto, con esa seducción, la más irresistible d e todas las seduccio­ nes; la que se ignora. Algunas veces, mientras que ella hablaba, y sus palabras iban al a l m a del prelado que ávido las recogía, con s u s ligeros movimientos de mano rozaba ligeramente l a ropa del papa ó los pliegues d e sus amplias mangas frotaban s u brazo; otras, a l �volverse hacia Rafael con u n movimiento mimoso, echaba hacia atrás los rizos de sus mates cabellos, que al cosquillear la m ej il l a de León X, l e envolvía un momento en un sutil y descono­ cido perfume. En una palabra, la sola proximidad d e la pudica muchacha, producía á s u augusto vecino más deliciosas sensaciones q u e j amás l e h ubiesen hecho sentir los más hábiles manej o s d e u na coqueta. �El espectro d e la loca, sus amenazas y sus maldiciones, estaban éntonces lejos, m u y lejos d e l espíritu del papa, y vamos á ver como aquel hombre q u e s e creía, estragado res­ pecto á mujeres, iba á experimentar en u n a hora ante u n a m u c h acha inocente, las ale· grías y los tormentos d e un amor verdadero. Rafael, embriagado en su felicidad, no había observado la turbación extraña del papa, cuya intensidad escapaba al mismo que l a s u fría, cuanto más á los otros comensales. Solo

Ó

LOS SUBTEHR,\NEOS DB RO�IA

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Machiavelli, departiendo alegremente con Bibiena su vecino y cofrade, había adivinado con su penetrante mirada, la razón del cambio de fisonomía .del papa. El cambio en efecto, era característico, y por muy acostumbrado que estuviese León X á disimular en s u fisonomía los movimiento� )!.el pensamiento, por mucho cuidado que pusiese en ello, sobre todo en presencia d e los cardenales, era evidente para observador tan perspicaz como Machiavelli, q u e á la turbacion que hacía poco n ub l a b a su frente y contraía s u entrecej o , había sucedido u n a inquietud de muy otro género, y cuyo extraño

y amargo placer, se adivinaba en las ligeras contracciones espasmódicas de su boca.
Calló María y comenzó á hablar Rafael. Deploraba la prevención y antipatía fomen1a­ da, no sabía por quién, entre Miguel Angel y é l . E l pintor, entregado p o r completo á s u amor y á s u s trabajos, leal y franco p o r otra parte, como l o son los verdaderos artistas prefería creer en u n a antipatía instintiva d e Miguel Angel hacia é l , q u e en u n p l a n d e l o s astutos señores d e ambos. Parecíale bastante natural, que u n h o mbre d e edad ya madura, á quien ni s u saber enciclopédico, ni sus inmensos trabajos, b.abían podido sacar de su aislamiento, no pu­ diese ver sin u n instintivo movimiento, n o d e envid i a , sino d e disgusto, el triunfo de u n rival mucho más j oven, cuyas obras, admirables sin duda alguna, pero inferiores como pensamiento y como efecto, se disputaba la córte y pagaba con u na considerable fortuua. Añádase á esto que Miguel Angel solo había experimentado en su vida, aquel amor sombrío y desgraciado por Victoria Colonna, á quien no pudo besar hasta después de muerta, y se convendrá d e que en efecto había poderosas razones para que por voluntad propia, el viej o escultor d e Florencia , se alejase d e u n hombre tan insultantemente venturoso como Rafael. Lo que Rafael y Miguel Angel ignoraba n , y no podían sospechar , es q u e aquel aleja­ miento y desafección era obra de León X, quien, imitando el ej emplo de su predecesor Julio II y siguiendo sus h u ellas, había puesto en práctica el célebre axioma : «Dividir para reinar.» Los papas, que efectivamente necesitaban de aquellos grandes artistas para obras destinadas, como había dicho Hochstratten, á deslumbrar á los fieles y á engañarles acer­ ca del empleo de l as limosnas que se les pedían, despertando s u s celos, disponían d e aquellos hombres á cuyas expensas habían aprendido la independencia d e l espíritu ele­ vado, y por esto para mejor dominarles, atizaban pérfidamente sus mutuas rencillas. -Confesad sin embargo,-decia Mach iavelli, poniéndose como siempre de parte del papa,-quc es un hombre bien singular; era todavía niño cuando da lugar á q u e u n s u camarada, Pedro Torrigiani, l e desfigure para siempre l a nariz d e u n p uñ.etazo ; más tar­ de u n colega, Baccio Bandivelli,. tiene que romperle los cartones de los estudios de la ba­ talla d e Pissa; mozo ya, tiene desavenencias con los d u ques fl o rentino s ; más tarde, que­ rellas furiosas coll Julio II. Actualmente, como arquitecto, no tiene más que dos rivales. San Gallo y Bramante, y les p rofesa un odio cordial. Decidme, os lo suplico, ide q u é proviene esto sino d e s u carácter insoportable� -Tal vez provenga , - respondió Rafael gravemente, - de que tiene demasiado genio. El golpe parecía dirigir la p untería á la diplomacia pontifical, pero MachiaYelli l e desvió. -El elogio es famoso d e veras; dicho por uno do nosotros sería banal, pero en boca d e q u ien h a pintado ese lienzo, n o tiene precio. Diciendo esto, señalaba al retrato de Bibiena.

-A propósito,-dijo León X buscando una distracción,-icuando haréis mi retrato,
Rafael� -Concededme alg· ú n tiempo,-repuso el pintor;-acabo d e terminar, para ofrece-

1-l

MlSTi:<!RIOS DEL YA'l'ICANO

roslo, la liberación de San Pedro, cuadro compuesto para festejar la milagrosa manera q u e habéis tenido de engañar á vuestros carceleros de Rávena. Machiave l l i se sonrió. -Precisa m ente,- continuó Rafae l , - eleuadro ha sido acabado hoy, poco há le dí l a úl tima mano, y si queréis venir á darle u n vistazo, o s invito á q u e vayais mañana á m i taller . . . -Aceptado,-dijo e l papa. -Veréis un cuadro comenzado, cuyo solo a s u n to os prohará que mientras no esté con1

cluído, n o podría pintar otro. Diciendo esto, el pintor miraba sonriente á su esposa, la q u e á su vez son reía escuchándole. -Os comprendo,-dijo León X suspirando. Esta sola frase le había sumido en sus meditaciones de antes. Una obsesión nueva, más dulce, pero n o menos tenaz, había reemplazado á la otra; i n útil era que cerrase los ojos, aún así continuaba viendo la imagen serena y l uminosa frente á él, d e la misma manera que poco hacía se alzaba amenazador, e l espectro d e u n a mujer sacudiendo s u s cadenas, y detrás d e é l , pero más confusa, l a imagen d e u n viejo de tipo j u dáico. De repente subió de la calle u n prolongado clamor y el estrépito de detonaciones q u e hicieron temblar l o s vidrios . . . Los convidados s e sobresaltaron; María palideció; Machiavell i observaba a l papa. -Serenaos,-dijo á la joven el cardenal Petrucci, hombre grueso d e rostro j ovial, tan rojo como s u túnica,-no es nad a ; es u n capitán de la guardia suiza q u e cerca de aq'.!! celebra s u casamiento , y cuyos soldados festejan la boda descargando al aire sus arca­ buces. León X con un movimiento de cabeza dió las gracias á Pretucci por s u ingeniosa ex­ plicación. El ruido parecía que había cesado. -Más adelante,-prosiguió Rafael reanudando la i n terrumpida conversación, - me comprometo á retratar al papa, y co11 él, si le place, á dos de s u s cardenales , los que él g uste, por ej emplo, á su primo . . .

Y designaba á u n prelado sentado a l lado d e �lachiavelli, que s e parecía sorprenden­
temente al papa.

-...Y á su sobrino,-añadió.

. Machiavelli volvió á sonreírse á esta indicación, y examinaba á un jovencito investido Cuando León X iba á aceptar la oferta dando al pintor las gracias, nuevamente oyé-

ya de la púrpura, y que estaba, como siempre, grave y triste, en pié aliado del papa. ronse, provinientes de la calle, grandes gritos. María, asustada, habíase refugiado e n los· brazos d e Rafael. -Son muy ruidosos esos suizos,-dij o el papa haciendo un ligero mohín d e disgusto. El cardenal Bibiena pensaba sin d u d a lo mismo, y la orquesta, atacando con brío l a ej ecución de u n a marcha triunfal , d istrajo l a atención d e l o s convidados. Sol� l a pupila del cardenal y Machiavelli, un tanto inquieto, á j uzgar por una ligera nube d e tristeza, pronto disipada, que oscureció su frente, par-ecían escuchar aún como queriendo cerciorarse d e l a causa de los gritos: León X se abstraía en su meditación cada vez más profunda, refrescando deliciosa­ mente su pensamiento, con el mismo placer que se experimenta deteniéndose e n una no­ che d e estío bajo l a verde espesura, ante u n agua límpida d e fresca y murmuradora co­ rriente.

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE RO;>.fA

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El gran bebedor, d ejando intacto su vaso lleno de vino de Sicilia, se abandonaba á l a contemplación d e aquella imagen q u e llenaba su alma, recreándose e n todos l o s detalles d e aquella encantadora cabeza, d e aquellas aterciopeladas mejillas entonces u n poco pá­ lidas, observando aquellos cabellos rubios que debían producirla ligero cosquilleo en l a nuca, y l a s ondulaciones del palpitante seno bajo e l cuerpo del vestido bordado d e oro. Olvidándose entonces del universo entero, se inclinaba con los labios l l enos d e ardo­ rosas caricias, las manos temblorosas, como para recoger un beso apasionado, creyén­ dose en una cona en casa de Flora . . . y de repente, viendo á Rafael, se detenía, pedía vino por hablar y explicar su movimiento; vaciaba el vaso de un sor. b o, y volvía á quedarse inmóvil con las sienes palpitantes, los labios secos, complP-tamente obsesionado. Los pajes, entre tanto, por m u r.ha que fuera su diligencia, n o daban abasto á llenar l o s vasos en l o s que vertían todos l o s vinos, desde l o s del Rhin hasta l o s d e España, desde l o s d e rosado tinte hasta l o s d e c o l o r d e púrpura. -Mirad,-dijo Bibiena,-Cristo en las Bodas de Canaan convirtió el agua en vino. Todos los convidados reían. -Ahora,-prosiguió alzando su vaso d e vino de Anjou, dorado como el maíz en sa­ zón,-ha0emos más . . . Convertimos el vino en oro . . . -Sí, amigos míos,-exclamaba Petrucci terminando una h istoria,- e l marido l a en­ contró en aquella posición ; puedo saberlo m ej o r que nadie, porque yo era el amante . . . y no había tenido tiempo más que para agazaparme en l a chimenea. Pues bien, ¿sabéis l o q u e e l l a d ij o para explicar al marido aquel traj e . . . y l o demás? ¡ Pues l e dijo q u e estaba poseída dAl demonio! Las risas entonces estallaron y parecía que n u nca h ubiesen de toner término. León X , para distraerse de sus pensamientos, pidió que volviesen á contar la h i s­ toria. Pétrucci vaciló por la presencia de María, pero la joven, alegando u n ligero malest3;r, real ciertamente, porque el ruido proviniente de l a calle que .de cuando en cuando llegaba hasta sus oídos, la tenía muy inquieta, se levantó d e su asiento y salió de la estancia. Rafael l a acompañó hasta l a antesala, y volviendo al comedor pidió permiso para retirarse á su casa, por no interrumpir su costumbre de lev�mtarse con la aurora. Petrucci, á sus anchas, pudo comenzar d e n u evo su cuento. León X, que n o viendo ya á María se creía libre d e su demencia, reía con más ganas que Jos demás, como si procu­ rase aturdirse. A su vez el papa, e n cuya memoria evocó e l recuerdo de otra historia la d e la chimE'­ nea d e Petrucci, contó cómo Francisco I , en casa de madama de r.hateaubriand se había vengado de Bonnivet, á quien había visto esconderse también precisa mente en la chime­ nea adornada de follaj e , como es costumbre en verano, acercándose y 1·egáudolo ni más ni m e.n os que pudiera haberlo hecho en cual quiera. esquina ó guarda-cantón. La hilaridad que entre los oyentes excitó aquella h istoria fué tanta , que los cristales de las ventanas temblaban de las carcaj adas.

Machiavelli elevó á s u último grado l a alegría refiriendo cuentos de brujas, eYocacio­ nes á l a manera de las que cuentan Horacio ó Theocrito, de serpientes que dicen la bue­ naventura, d e espectros vistos en el h u mo, de cómo se vierten las calderas y de lo que pasa e n el Sábado. León X y los cardenales todos se desternillaban de risa, y á Petrucci se le saltaban li­ teralmente las lágrimas.

De repente todos los convidados lanzaron un grito d e estupor y retrocedieron. La or­ questa había desaparecido rápidamente por un escotil lón como los del teatro, y había
TOllO l

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MISTERIOS DEL VATICANO

sido sustituída po � u n elegante conjunto de flores y verdura, entre las cuales aparecían l o s actores encargados de interpret::tr l a comedia del anfitrión. La aparición fué saludada con prolongados aplausos. Una actriz en traje corto, corto sobre toda ponderación, y cuya sola vista regocij aba, dijo un prólogo en verHo, especie de salutación á los asistentes en general, y á Su Santi­ dad en particular, q u e terininó r,on una profunda reverencia y• un beso dirigido al papa. E l pontífice que procuraba descubrir las facciones de la actriz baj o la rubia ·peluca, l a reconoció e n el beso aquel y sonrió ligeramente. La actriz era Flora, la primera cortesana de l a ciudad, de aquella ciudad que sólo to­ leraba en su seno cortesanas de primer rango. L a pieza comenzó acompañada pianísimo por los acordes de la orquesta s u bterránea. La obra del cardenal estaba escrita en prosa, y en el prólogo, detalle curioso, se sos­ tenía q u e l a prosa era la lengua de todos, y q u e hablar en verso constituía un absurdo. El título era Caland1·ia, derivación del nombre de Calandro, person a j e b u fo de l a come­ dia; los actores que j untamente con Flora cooperaban· á su desempeño, eran jóvenes, hijos todos de d i stinguidas familias, educados en el arte escénico por el sabio cardenal
en

persona.

Por m u c h a atención que deba prestarse á l a historia en una novela popular, y nues­ tros lectores n o negarán hayamos tenido nosotros e�e cuidado, n o haremos el análisis de aquella pieza. Aparte de. que tiene poco i n terés, la empresa sería demasiado delicada, las situaciones son tan excesivamente libres, que pudiera decirse que los perióclicos pornográficos dicen menos en u n n úmero de lo que á cada momento representábase en la pieza. El argumento 6 l a intriga de la misma se basaba sobre el extraordinario parecido, n o de d o s hombres, como e n e l Ménechmes de Planto, d e cuya comedia era una imitación, s i n o de u n hombre y u n a mujer; fácilmente s e comprenderá el partido q u e el a u tor p u d o sa­ ca� de aquella circunstancia f�cu n d a en equívocos chocarreros. En resúmen, por atrevida que fuese la obra, ó más bien porque lo era en un grado su­ perlativo, la Calandda alcanzó delante de aquel auditorio de prelados el i n menso éxito ele alegres risas que obtuvo más tarde en l a corte de Enrique II. León X, por su parte, se divirtió tanto como Catalina de Médicis, su digna parienta, en París. Flora, cuyos ademanes desenvuelto� probaban s u experiencia en las escenas de aqu.;,l género, fué particularmente aplaudida, y terminada la representación fué á besar l a ma­ n o del pontífice. Todos los demás convidados vieron entonces, no siJ:l. envidia, como el papa se inclinaba al oido de la cortesana y l e decía una palabra, la misma sin dnda que el mes anterior dijo á l a abadesa, pues la respuesta de Flora fué también la misma. Cuando á media noche León X, afectando hallarse mortificado por l a tos, subió á su litera, no estaba solo dentro de ella, y delante de Machiavelli, siempre impasible, Petrnc­ ci, siempre j ovial , dijo al sobrino d e Su Santidad : -Estas noches adelantan de u n año las ocasiones de heredar. El sobrino de Su Santidad afectaba n o comprenderle.

Cuando en la vasta sala del cardenal Bibiena se extinguía r1 eco de las últimas risas, ' y la servidumbre se atracaba de los restos del fest.ín, la es olta de Efraim, llegaba al
•.

mismo tiempo q u e la litera del papa, á nna p uerta excusada del Vaticano.

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE RO.MA
El desgraciado viej o, apenas podía sostenerse en pió.

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La pierna rota le pesaba como si fuese u n cadáver que estuviese obligado á arrastrar,

y la sangre se le escapaba en abundancia por heridas de que al pronto no se había dado
cuenta. La larga caminala desde el Ghetto al Vaticano, había sido para él u n a verdadera su­ bida al calvario. Si algun a vez d u rante ella se detenía desfallecido, la punta de los ala-. bardas le pinchaban la carne . . . Entonces se detenía esperando el golpe mortal, pero sin d u d a sus verdugos solo habían recibido órden de torturarle, prolongando de aquella suer­ te su suplicio. Al través de la sangre que le ciega, el viej o ha reconocido el Vaticano iluminado en­ tonces por la luz blanquecina d e la luna. ¿Va á entrar en él para morir? El bien lo quisie­ ra, y hasta en voz baj a así se lo ruega á su Dios . . . y sin emb�rgo, morir sería renunciar á ver á ella, á ella á quien h a encontrado . . . Atraviesan el viejo y sus guardias u n pati o---y luego otro, recorren estrechos pasadizos abiertos entre elevadas m urallas, franquean puertas talladas en los pilares, y descienden al fin por u n a angosta escalera. La noche más sombría extiende allí su manto. Los guías encienden una antorcha y continúan descendiendo: los escalones son cada vez más estrechos y resbaladizos; el pobre viej o marcha con paso vacilante, l a pared chorrea h u medad, y por el suelo corre el agua en la c u a l los rojos reflej os de la antorcha dejan ver la huida precipitada d e repugnantes reptiles. Han llegado á una cueva que tiene la forma de u n a linterna. iLe dejarán allí?.. No, levantan una trampa y continúa e� descenso, que esta vez se Ye­ rifica por u n pozo alrededor del cual serpentea u n a escalera de hierro . . . Los n u blados ojos del viejo distinguer1 aquí y allí anillos sólidos y restos d e cadenas, y más léjos un esqueleto, en otro lado, otro, pero pequeñito, como el d e un n i ño ... en u n a galería abierta á u n o d e los lados del pozo descubre asimismo horrorizado, montones de cráneos, como en las catacumbas . . . Llega por fin á l a entrada d e otro pasillo mucho más alto, y le empujan hacia adentro:. al mismo tiempo que bajo sus piés se abre una pesada rej a . Debe haber llegado sin d u d a a l calabozo q u e l e destina n , pues l e desatan las manos. Le pasan u n a cuerda por bajo de los sobacos, y le bajan á u n tenebroso abismo donde nada siente, más que un frío glacial más intenso á medida q ue más baj a . Toca al fin con Jos piés en el suelo, y sobre su cabeza oye el ruido lúgubre de l a rej a al cerrarse, seme­ j ante á la losa d e u n a tumba, y después el eco d e los pasos de los que se alej a n . . . Ya está sólo allí donde sin d u d a van á dejarle morir d e h ambre. No, es mayor aún el tormento q n e le aguarda: su mano ha tropezado con un cántaro de agua y con un pan. Efraim debe vivir, vivir sin que j amás fuerza h u m a n a pueda le­ vantar la inmensa capa de tierra que sobre él existe y parece que sobre él pesa con abru­ madora pesadumbre y frío glacial. . . . . al propio tiempo que, falto d e aire, está aho­ gándose . . . . . Desesperado el pobre anciano, púsose e n pi.é, amenazó con los puños al cielo, ó á la rej a , que para él era su cielo, abrió la boca y lanzó un grito supremo de furor, agonía y maldición. La voz expiró en su garganta, y desplomóse exánime sobre el frío suelo.

Todas las tiranías se asemej a n . La tiranía d e los nobles e n l a antigua Roma, inventó el

Tullianum, prisión

abierta bajo

el Capitolio, y en donde el lictor sepultaba para dejarles morir de hamhre. á los h é roe<:

ml.:>i"'tuu� l.IJ!;L VATfCANO

c u l pables de h aber querido defender s u patria contra el invasor; en esa prisión, m u rieron entre otros, Jugurtha, defensor de Numidia que Sylla el tirano, se hizo entregar por s u padrastro pagándolo á peso d e oro, y después Vercingétorix, e n quien s e encarnó l a re­ sistencia de l a Galia contra Julio César. A imitación de los nobles, los papas en la nueva Roma habían hecho construir calabozos �Subterráneos, en donde debían agonizar lentamente sus víctimas, sin que sus gritos ven­ gadores fuesen jamás oidos por ninp:ún h um a no . E l calabozo e n que Efraim fué encerrado, n o habían tenido l a molestia de haGerlo construir. Roma, como es sabido, fué destruida distintas veces bien por incendios, bien por azares de la guerra, especialmente cuando la invasión ele los Bárbaros. Al reedificada, l a nueva ciudad se elevaba sobre las ruinas de l a antigua, de suerte que bajo muchos de los palacios de la villa moderna, a l practicar un pozo se h a n encon� trado ruinas de habitaciones soterradas, en buen estado de conservación relativamente. La colina sobre la cual se eleva actualment� el Vaticano, estaba fuera del circuito de la Roma antigua, y los cimientos de este édificio descansan sobre las bóvedas de un su­
'

b urbio ó villa construida á extram u ros por Nerón, y q u e es dicen, presenció coronado de flores, el incendio de Roma. del pontífice.

Iá misma desde l a

c u a l , según

En una sala de baños, de aquell a villa, es donde fue encerrado Efraim por los lacayos

Aquella sala, hoy sin salida, pues los cimientos del palacio papal h a n tapiado las puer­ tas, recibía antes l u z por arriba, y h a bastado por tanto, á l o s tiranos actuales sustituir con una reja de hierro la antigua claraboya de cristales, para hacer de aquel rflducto bas­ tante reducido pero muy rico que h a conservado sus revestimientos de mármol, por ser la extracción demasi�do costosa, l a prisión más terrible que haya concebido jamás imagina� ción monástica.
1

El pasmo del c a u tivo asemejábase á la muerte. Si se le h ubiese observado á l a l u z de u n a lámpara, h ubiérase visto su rostro lívido, tan blanco como sus cabellos de color ele nieve. Afortunadamente e l frío intenso que reinaba en el calabozo y que parecía congelar el cerebro del prisionero, había contenido la sangt·e de su herida. Disipado poco á poco e l terror, habíale sustituido un sueño pesado, turbado por vi­

siones trágicas, interrumpido por los estremecimientos que le arrancaba el rlolor de s u pierna rota. El pobre era prel:!a de terrible pesadilla, de sus ojos abrasados por la fiebre, resbalaban abundantes lágrimas y angustiosos sollozos agitaba:p. su pecho. U n a á una reavívanse en su memoria todas las espantosas escenas de aquella noche sañgrienta; veía á sus compañeros y á sus amigos, á los unos en manos de sus verdugos, á los otros impotentes para defenderles, y en aquel cuadro sombrío destacábase siempre l a simpática cabeza de Rebecca q u e en v a n o é l llamaba y que h u í a s i n escucharle . . . y aque­ lla imagen adorada pasaba de nuevo á su l ado, y entonces l a llamaba con el nombre de Raquel, y ella parecía excusarse, pedirle perdón de haber usado con él severidad excesiva. -Mi maldición es la que estoy expiando ahora,-murmuraba el i n feliz prisionero. Ella l e suplicaba que se detuviese, aunque sólo por un instante, el tiempo preciso para condolerse de sus s ufrimientos y abrazarle . . . Y ella se acercaba efectivamente . . . El la estrechaba contra su pecho, y por el sudor frío que h u medecía su frente, conocía que abrazaba á un cadáver, . .

6 LOS SU�TERRÁNEOS DE ROMA

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Raquel había muerto; había sucumbido á l a s terribles mordeduras d e u n a serpiente negra de movibles anillos, y veneno mortal, semejante a aquellas enormes serpientes que cuando niño había visto e n l o s bosques d e l Líbano . . . La serpiente estaba enroscada a u n a l cadáver . . . Pero a l fi n , conociéndola m u e rta, s e desenrosca, s e arrastra . . . s e arrastra y se dirige hacia él. Ya siente s u piel helada� sobre l a carne de l a pierna, que e n vano procura retirar . . El
.

De repente se detuvo ; una mano le asía por la muñeca... ¿Quién osaba oponerse

á su ven ganza?

CAP. IX.

monstru o enrosca poco á poco su flexible cuerpo alrededor del suyo paralizado por el mie­ do; e l desgraciado sentía como l a serpiente iba oprimiéndole cada vez con mayor f uer­ za . . . se ahogaba baj o l a presión que le producía en el pecho . . . Quiere gritar pero no puede. E l animal l e oprime l a garganta, sobre l a cual siente e l aliento tibio d e la boca del monstruo, una lengua aguda penetra en las l l agas d e su carne . . . y l a boca espantosa del reptil se abre, se cierra, y desgarra l o s músculos, rompe las venas del pobre Efraim . . . -¡Socorro!-grita. Al propio tiempo q u e aquel grito horrible salía d e sus labios, despertóse el anciano. El j udío n o soñaba. Larga serpiente enroscada á su cuerpo le ahogaba baj o la presión de sus anillos.
TOllO 1

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CAPITULO VI

LA MISA DEL PAPA

El monj e agustino q u e ya conoce el lector, solo, paseándose por las orillas del Tíber, con la vista triste, los labios amargamente con traídos, contemplaba la venida de la aurora. Testigo d e tantos horrores, entristecido por tantos crímenes como había presenciado aquella noche, había caminado sin cesar, huyendo d e l os-gritos d e la víctima, buscando e n calles estrechas y tortuosas, un refugio contra los resplandores del incendio. iEra aquella la Roma que gobernaba al mundo? ¡Asesinos! ¡ Bandidos! Tabucos in­ mundos y guarida de malhechores! ¡El crimen dando l a mano á l a disipación! y por doquier l a sed de oro. Todos aquellos frailes q u e h a visto dirigiendo l a matanza, aquellos sacerdotes inquisidores cumpliendo s u oficio sin repugnancia, i.de dónde han salido? i,quién les ha �nviado? No, no era posible; seguramente todo aquello era u n sueño que había ofuscado s u mente. El fraile dudaba d e sus propios oj os; oprimiéndose la cabeza con sus manos temblo­ rosas, exclamaba: - ¡ Señor! ¡ Señor! Tened piedad d e mí y haced que efectivamente esté loco. Acercóse á l a orilla del río, se inclinó para moj ar l a mano e n el agua y refrescar con ella s u abrasada frente. Pero se alzó sobresaltado. En las aguas del río flotaban cuerpos extraños, revueltos·con pedazos de madera, y el sol saliente iluminaba cadáveres que teñíán de un tinte rojo las aguas . . . El Tíber había sido convertido e n cementerio, en cuya superficie flotaban y giraban cuerpos m uertos. Remontó por la or iríalren a del limo viscoso que deposita la marea e n la entrada d e los ríos; recorrió terrenos incultos llenos d e caprichosos zarzales, costeó las casas baJas chorreando humedad, de sucios y podridos techos, sin más p uerta ni más ventana q u e El fraile h uyó espantado.

6 LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA 51 f u n a estrecha abertura practicada entre las i n mundicias, cuyo miserable espectáculo
apenas consigue alegrar algún que otro j ardincillo florido, algún limonero creciendo e n medio d e u n estercolero, ó u n rosal saliendo p o r l a s grietas d e u n muro. El fraile agustino, seguía pensando: -¡No, no! El Eterno n o hubiera permitido esto . . . El papa n o sabe nada d e estas infa­ mias. Lo que yo he presenciado se ha hecho sin su consentimiento. CuandQ le encontré en aquel convento d e mujeres,-prosiguió insistiendo en aquel recuerdo que le perseguía,­ m e he engañado por u n exceso de desconfianza, tomando u n homenaje excesivo tributado á la omnipotencia divina , la exageración de u n culto suntuoso, por un lujo p rofano . . . De esta suerte procuraba engañarse á sí mismo, pero a l momento proseguía: -Y sin embargo . . . aquella mujer, aquella religiosa medio desnuda, todos aquellos preparativos d e una orgía que también concuerdan con lo que m e han dicho e n Alemania, iqué significanL.
·

El sol alzándose majestuoso en el firmamento, iluminaba con sus rayos el austero rostro del monje en el que parecían leerse todos sus pudores ofendidos. Llegaba entonces á la isla d e San Bartolomé, aquel extremo del Tíber, lleno de moli­ nos y d e barcazas amarradas á la orilla, donde está el pontazgo. Dejando á su derecha el el puente de Cuatro-Capi (Cuatro cabezas) se internó en el barrio del pueblo, que está aislado e n su orilla derecha del Tíber, y que por esta razón se conoce con el nombre de

Transtevere (*).

' Roma comenzaba á despertarse. Las fábricas de cirios se abrían para recibit· á loR
. ·

obreros; por doquiera se veían vestigios ae la antigua ciudad de los Césares; en los aln barberos, en las fachadas esculpidas de las tabernas,

cenes d e cera .y lana, eJ:!las carnicerías, en el fondo d� las c uadras, en las ti en das de los en todas partes, en u n a palabra descubría el forastero recuerdos de la antigüedad, capiteles j ó n iGos, estatuas enteras d e Venus, delicadas columnas sosteniendo l a balaustrada d e a l g ú n balcón ruinoso. Apoyados indolentemente en grandes barriles de vino p uestos e n las calles, los italia­ nos d e mirada sombría, recién levantados, dormían ya l a ..siesta con los manos e n los bolsillos acariciando con ellas el mango del cuchillo pronto á servir; las mujeres pasaban de aquí para allá perezosamente vistiendo sus andrajos y luciendo con orgullo su hermo­ s u ra; pelotones de chiquillos cási desnudos chapoteaban en los charcos de agua fétida; más allá, en · el fondo de hediondos callej o nes sin salida, algunas niñas viciadas y algunos m uchachos precoces, se revolcaban entre los perros, las gallinas y las cabras, en la promiscuidad bestial más completa. La ignorancia, la miseria, la suciedad y la crápula, hábilmente conservada en el pue­ blo por los sacerdotes, habían reducido á semejante hormiguero d e seres inútiles, á aquella admirable y generosa raza italiana, tan fecunda en recursos y d e tan invencible empuje. El fraile, entregado á sus pensamientos, no se fijaba e n la elocuencia d e aquel som­ brío cuadro. Después d e mucho reflexionar el m o n j e agustino había tomado u n a resolución defini­ tiva. Iría á ver al papa, é implorando su perdón por los pensamientos culpables que h a n pertubado su espíritu, l e revelaría e l m isterio horrible d e l a última noche, diciéndole: Vé lo q u e han hecho en tu nombre, santísimo padre, supremo representante de Dios sobre la tierra. Y veía al pontífice estremecerse, y escuchaba su acento indignado, y sus formales promesas d e una pronta y terrible venganza.

(") .:\.1 otro lado del Tíber, que en italiano se llama.

1evere.- N. del T.

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MISTERIOS DEL VA'I'IGANO

La idea de que por su mediación iba á hacerse j u::;ticia en aquel asunto, difundía en él plácida calma, y le'r'esarcta d e tódos los tormentos que había experimentado. Volvió á pasar por el Ghetto como i n tentando fort.alecerse e n su resolución con la vis· ta del espectáculo. Los escombros h u meaban aún, y aquellas ruinas despedían un olor acre y asfixiante. El silencio de la muerte había sucedido por doquiera al del infernal estrépito de la pa­ sada noche. De vez en cuando escuchaba el agonizante gemido de algunos heridos mori­ b u ndos q u e , tendidos en el s uelo, fij aban l a vista con ansiedad cruel en el cielo límpi<io q u e debían ver por vez última. No se veía ningún curioso en aquel cuadro de desolación. Parecía que Roma estuviese ignorante de aquella misteriosa tragedia, ó que, tal vez los italianos h u biesen reconocido en ella la mano de u n a vol u n tad podP.rosísima , cuyas decisiones estaban acostumbrados á no discutir ni profundizar. Los vagidos de un niño que salían d e u n callejón cercano, atraj eron l a atención del fraile. Aproximóse y vió exánime en el suelo á una mujer cuyo parto había precipitado sin d u d a e l espanto. La madre debía haber m u erto algunas horas antes, pues ya estaba fría como e l mármol, y en sus ojos apagados, veíase aún la h uella de las lágrimas. -¡Pobre madre y pobre niño!-murmuró el fraile. Con las precauciones q u e hubiera empleado una nodriza separó de la madre difunta al pequeñuelo que seguía l l o rando desesperadamente aunque con voz cada vez más débil. .. La muerte i b a sin d u d a á hacer presa también en aquel inocente, y n o era posi­ ble i n tentar nada para salvarle. ¡Ay! quién sabe si la muerte no sería un beneficio para él según el porvenir que le estuviese reservado .. : El fraile, indeciso, con el niño .arropado con sus hábitos, reflexionaba de esa suerte, cuando tristes gemidos llegaron á su oído. Anduvo algunos pasos y se encontró ante una joven j ud.ía, la única que había sobre­ vivido á aquella matanza, quizás milagrosamente, ó mejor por ironía de la suerte, pues después d e haber tenido que asistir a l asesinato de todos sus parientes, habíase visto obligada á presenciar l a muerte de su hijo, u n niño · de pech o , cuyo cráneo habían es­ trellado contra la pared de su casa los soldados canallas. La desgraciada madre retorcíase los brazos dando desesperados y desgarradores alaridos de dolor ante el cadáver de su primogénito. -iLloras sobre el cadáver de tu hijo1-la preguntó el monje. -¡Ay de m í ! -contestó la madre entre gemidos. Levantando la Yista y fij ándola en el frailes-repuso aterrorizada:

-¡Y bien! ¿qué queréis d e m H ¿Venís á reparar el olvido d e haberme dejado con vida1
tQueréis matarme también? . . . -No, respondió con dulzura el extranjero; vengo á conj urarte á adoptar un niño, el hijo de una mujer de t u religión muerta al darle á l u z . . .

Y como l a infortuRada mujer n o respondiese, el fraile continuó con acento conmovido:
-Ten piedad de él. . . Considera que ha nacido á la misma hora en que sucumbía el tuyo . . . el alma de tu hijo es la que anim-3 á P-ste . . . Dale el pecho en que se amamantaba el otro; no seas más cruel q u e vuestros verdugps . . . Esta n ueva maternidad acaso pueda consolarte . . . Ella seguía callando, pero sin embargo l a voz del fraile l a había conmovido. El extran­ jero l e presentaba ;el n).ño . . . Ella sollozaba, y el pequeñuelo, sin verla, extendía hacia ella las manecitas heladas como si fuera á s u p licarla . . . L a mujer ya n o resistióse más, tomó á l a criatura e n sus brazos, y l a estrechó con viva emoción contra su seno, diciendo:

Los frailes descargan en el Vaticano el botín del saqueo del Ghetto. - L utero l o s contempla asombrado.

MISTERIOS DEL VATICANO 6 LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA -Bien, sí, ven, y sé tú m i hijo . . .

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Mientras que el f raile conmovido, después d e haber dejado á aquella mujer una bolsa de oro, se alejaba, el pequeñuelo cogía ávidamente el pecho de su segunda madre� y l a infeliz l e sonreía anegada en lágrimas.

Largo tiempo anduvo el extranj ero afirmándose más y más en su esperanza. Sus ojos brillaban de alegría; ya no d udaba del éxito de su empresa. -Vosotros, los criminales de la pasada noche,-murmuraba andando con paso rápi­ do, - tened cuidado, tE>mblad� la mirada del papa vá á penetrar la oscuridad en que os habéis envuelto, ¡asesinos, expiaréis vuestros crímenes! ¡ ladrones, restituiréis el oro y las alhajas, las piedras preciosa s ! . . . Palideciendo d e repente, se detuvo. Estaba detrás del Vaticano, y trás una sólida y pesada puerta mal cerrada, ha creído entrever . . . Sin d u d a ha visto mal. . . Pero no. Allí están los frailes del Ghetto, aquellos frailes con las manos tintas de sangre y manchadas por el humo . . . En pié, sobre los carros que han servido para cargar el botín de la pasada noche, van descargando en hombros de la servi dumbre del palacio, sacos de cuero en los que suena el oro, cajas de joyas, y diamantes á puñados . . . Todo, todo para el Vaticano. Aquel inmenso edificio es el sumidero que absorbe todo el provecho de la matanza, y León ha sido sin d u d a el ordenador de ella! . . . D e los oj os del pobre fraile h a caído de repente l a venda q ue l o s cubría, y l a l u z ine­ xorable ha iluminado aquel antro en que reina el papado. Atento sólo al deber, libre ya de todo escrúpulo, sin la menor h uella de emoción en el rostro, el fraile agustino será como antes justiciero. Si el acusado ha cambiado de nom­ bre, nada le importa, está resuelto á llegar hasta el fondo de su estudio, y á cauterizar con el fuego todas las llagas. Obtendrá del papa l a audiencia que es el móvil de su viaje, y si la Providencia l e p resta s u ayuda, descubrirá el m á s seguro y pronto medio de castigar a l cul pable. Así, podrá decir un día: Yo l o he visto con mis propios oj os, y le seguirán los mártires y los hijos de los mártires . . . Firme y resuelto, se presenta en el palacio <le los papas, e n e l que obtiene entrada sin obstáculo, gracias á su hábito. Pasa entre dos hileras de guardias suizos que inmóvibles montan la guardia á la puerta del Vaticano,-quién creyera que tan vergonzoso oficio estuviese reservado á los descendientes de G u illermo Tell,-y· sube por la vasta escalinata que conduce á las salas de espera. Atravesó grandes piezas llenas de soldados que vestían el uniforme de gala, de pintores y escritore.s pretendientes, de sacerdotes q u e se deslizaban silenciosamente sobre los tapi­ ces con aspecto de sombras. Cada vez q u e pasaba u n cardenal, los soldados de guardia le hacían respetuoso saludo con sus espadas. Por fi n llegó á la galería en q u e estaba el camarero ú ordinario del papa. -Deseo hablar á Su Santidad,-le dijo el fraile. -Su Santidad no puede recibiros; oye misa en l a capilla Sixtina. -Esperaré. Entretanto u n segundo fraile , de moreno color, corto de c uello , labios gruesos y caídos, en el cual fácilmente reconocerán nuestros lectores al protegido del gran inqui­ sidor, subía de dos en dos las gradas de la escalera del palacio.
TOllO 1

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MISTERIOS DEl, VATICANO Descubriendo desde el primer vestíbulo á u n camarero secreto q u e parecfa dormir, le dij o en voz .haj a acercándosele: -Hochstratten me espera. -El camarero sin moverse, preguntó: -iSois Tetzel� -Sí -Venid. El camarero se puso en pié y se dirigió hacia un sombrío corredor. Si Tetzel, volviendo á pasar ante la puerta abierta de par en par por la cual se descu­ bría la plaza deslumbradora de claridad, h u biese escudriñado atentamente con la mirada la sombra de las columnas, h ubiera seguramente visto á un hombre de grises cabellos vestido con traje de procurador, que le seguía con oj os de fuego; y acaso también hubie­ ra descubierto baj o su túnica descolorida un pliegue pronunciado, que hubiérase dicho formado por el mango de un puñal. Tetzel nada de esto vió, y siguió andando tras el camarero.

La misa mientras tanto continuaba. El fraile agustino se paseaba de u n a á otra sala matando el largo tiempo de espera con el examen de las pinturas adornadas con marcos dA ricas maderas. Paseándose llegó hasta una galería circular que daba sobre una vasta cúpula en la cual flotaban nubes de incienso, y se escuchaba la armonía de los cánticos relig·iosos mezclados á la música producida .p or instrumentos de cuerda. Inclinóse el fraile para encontraba era la capilla Sixtina ver mejor, y el espectáculo que descubrió cautivó su atención. El edificio en que se
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Lo que veía y escuchaba era l a misa del papa. Su mirada se perdía observando aquella m ultitud de prelados vistiendo suntuosos trajes, aquellos cardenales cubiertos de púrpura, aquellos superiores d e los convento!!! , y los hermanos auxiliare � con la estola m u lticolor de ricas telas. Las órdenes estaban colocadas con arreglo á su rango y á su supremaéia, desde l a ele

los nuncios y legados, con s u s trajes de flecos de oro, hasta l a de los canónigos, calzando sandalias de brocado. Una escalera de mármol blanco daba acceso 'al altar, y sobre. el centro de sus e3calo­ nes estaba extendido un tapiz de terciopelo con las armas de Leon X bordadas en é l . La Custodia, de o r o guarnecida de piedras d e color, despedía vivos reflej o s á l a l u z d e l o s cirios roj os y azules puestos e n grandes candelabros de plata cincelada. El fondo de la capilla estaba inundado de una suave claridad, que atravesaban los rayos del sol, enrojecidos á su paso por los cristales. De las paredes pendían cuadros re­ presentando escenas sagradas. tOuién era el oficiante1 iQuién era aquel prelado de cara mofletuda y fofas carnes, que se arrodillaba y levantaba, abría y cerraba los brazos? . . . iEra el papaL . Sí. . . Apoya­ do de codos en la balaustrada, el fraile le ha reconocido en aquella mirada l �j u riosa q u e l o importante de su papel n o basta á disimular, e n aquel rostro e n el que la sangre vicia­ da por los excesos ha impreso u n tinte amarilleo to, en aquel cuello demasiado blanco y en los cabellos, q u e ya comienzan á escasear. Sin embargo, aquel hombre no lleva tiara. ¡La tiara! La tiara esta ahí, á la derecha, sobre la cabeza de u n pontífice erguido baj o una amplia capa pluvial recamada de oro .

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¡Cosa sorprendente! Aquel prelado parece la imagen del oficiante reflej ada en un espejo . . . Los mismos rasgos de fisonomía, la misma expresión . . . No hay duda, y sin embargo . . . el de la tiara es León X . . Pero itendría acaso el papa un hermano?
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Y aquel hermano-¡oh esperanzal-tno podría ser el q u e el fraile vió en aquel con­
vento de mujeres el último mes1 ¡Ay no, q u e Hochstratten lo presentó como el papa en persona! iOué interés hubiera podido tener en mentir1 Aquella semejanza encierra un enigma cuya explicación hemos de buscar. El de la tiara es indudablemEnrte el papa : la presencia del legado á su derecha, la de los patriarcas mitrados que le rodean, y la de los doctores de la Iglesia, con s u s fisono­ mías gastadas y confusas, q u e recuerdan las pinturas antiguas, los frescos envejecidos bastarían á probarlo.
-¡Dominus vobiscum! -Et cum s pi?·itu tuo.

La voz ronca del oficiante se confundió con la baja y estrepitosa de los chantres. Al toque de l a campanilla de plata las espaldas se inclinaron, y desde lo alto de la galería en donde está el fraile no se ven las cabezas i nclinadas hacia el altar, y sólo se divisan largas hileras de espaldas redondas é inmóviles, que se tomarían á primera vista por portamanteos sosteniendo túnicas de largos pliegues. El papa parece n o haber oído la campanilla, ni piensa e n arrodillarse, y ni siquiera se ha dignado interrumpir su conversación con el joven que está en pié á su lado á l a derecha. Al joven aquel ya le conocemos ; le hemos visto e n el banquete del cardenal Bibiena. Es el sobrino de Su Santidad, que, aunque sólo tiene veintidos años, se ha calzado ya l a vesta d e escarlata, menos precoz e n esto, sin embargo, q ue s u tío, que, habiéndose he­ cho sacerdote á los diez y seis años, hacía ya cuatro q ue era cardenal. ¡,Es la conciencia de su responsabilidad la que l e presta aquel aire grave, aquella fi­ sonomía enigmática� iSe siente h umillado por tantos honores acumulados sobre su ca­ beza1 iProcura disimular su j uventud y su cionado1 A veces siéntese uno inclinado á preguntarse : ieS posible que le pese la protección del pontífice� El papa, sin embargo, le quiere como si fuera s u hijo . . . A pesar de esto, todo el esplendor q ue le rodea no logra distraerle de no sabemos q u é grave preocupa­ ción; cuando se le interroga respecto á ese punto, no responde; nadie sabe que tenga amores ; no es seguramente el capricho de una coqueta lo q ue le absorbe de tal suerte; su padre y s u madre m urieron casi á la vez de trágica y singular manera ; iacaso sería esta la causa de su pesarL. Pero ha transcurrido ya tanto tiempo de aquel suceso ! . , . E l j oven, p o r lo demás, e s m u y afable, m u y discreto, m uy complaciente ; s u s opinio­ nes no difieren de las de las personas que frecuenta, ó mejor dicho, vive separado de la l ucha de las opiniones. Hábil e n todos los ejercicios corporales, gran aficionado á la esgrima, vara e n mano es capaz de habérselas con su mismo tío ; representa comedias, canta agradablemente, maneja con igual destreza el arcabuz y la espada, traduce á Horacio en versos italianos, y cuando el prelado le reprende por las noches q u e pasa inclinado sobre los libros, sabe tan bien como c u alquiera otro, y m uy ostensiblemente , ir á visitar á las m uchachas galantes de Roma. Un joven inapreciable, le h a llamado el papa, que h a hecho de él s u confidente. Es puro, añadía frecuentemente, como el oro, claro como el agua mansa y tr:mquilo como ella. El agua mansa, sin embargo, engaña á menudo al nadador: l,quién sabe si bajo la suinexperiencia por un silencio inten­

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ve en sus vertiginosas vueltas1 León X hablaba así :

MISTERIOS DEL VATICANO

perficie tranq uila en apariencia se-ágita el torbellino, pronto á arrastrar a l que envuel­

-iEstás seguro de q u e es Flora1 -Absolutamente seguro ; todavía vestía su {raie de teatro. -Naturalmente, como fué después de la comedia cuando yo me la traj e, i comprendes� -No me había fij ado en ello. -¡Este Lorenzo en nada se fija! . . . iY dónde espera� -En vu estro oratorio. -El papa hizo con la cabeza un rápido movimiento que denotaba su d isgusto. -iQué q u errá aún de m í � - continu ó . - tTodavía no se crAe bastante pagada1 ¡Por vida de Dios, qué fastidio! ¡Perseguirmé hasta mi oratorio! . . . tNo comp rendes tú el mal efecto q u e esto puede ha1er producido en los que l a hayan visto entrar1 Casi toda la gente de aquí la conoce por Jo que es en realidad . . . ¡Y presentarse todavía con el traje del teatro! . . . Dí : iPOr qué no lo despediste? -Ella se obstinaba; no quiso marcharse de modo alguno. Dice que le vá en ello l a vida. -¡Que el diablo cargue con ella! iPOr qué no me l o dijo esta mañana en vez de venir ahora á dar un escándalo� No sé, no sé ciertamente con quién se trata esa mujer que yo conoc1 tan devota, para faltar tan abiertamente al respeto debido á la fe y á los represfln­ tantes de l a religión. El papa maquinalmente dirigía la vista hacia su oratorio. ¡Profanación, desolación, abominación! Flora estaba en pié en el umbral de la puerta entreabierta, tabaleando con el pié sobre u n pedazo de ébano. Los asistentes á l a misa, sin levantar l a cabeza, con el rabillo del oj o , la habían reco­ nocido, y un cuchicheo m a licioso se había levantado en l a capilla, y algunos sonreían disimuladamente, y otros chasqueaban l a lengua ; el mismo oficiante se había interrum­ pido, y con el cáliz la saludaba familiarmente. Los sacerdotes se codeaban; hasta el ór­ gano dejó de tocar. León X, poniéndose en pió, hizo señas a l a i mpertinente muchacha de que se reti­ rase. E·l l a con el gesto respondióle que el asunto le urgía, que tenía que hablarle en se­ guida, y d u rante u n m i n uto establecióse entre el pontífice y la cortesana un telégrafo de signos furiosos. El papa, vencido al fin, envió á su sobrino, diciéndole : -Que espere á lo menos hasta l a terminación d e · l a misa, y que entre en m i oratorio ; si no l a hago prender por los suizos. Ante esta amenaza, formalmente transmitida á la señorita por el joven prelado, Flora desapareció, y la misa interrumpida reanudóse con la mayor gravedad del mundo. Sólo el obeso Petrucci continuó riéndose un largo rato. -La culpa de todo esto me la tengo yo,-murmuraba el papa.-¡Cuánto más sencillo era en lugar de traérmela al Vaticano, irme con ella á su casa, 6 no �eguirla á ninguna parte! Pero, ¡ay! de esto tiene la culpa María. Aquella j oven me abrasó el corazón de tal manera que á falta de la virgen, hube para variar, de dar otra vez en Flora. ¡Cuán bella es a q u e l l a muchacha, y cuán feliz Rafael! ¡Qué bocado de rey, mejor dicho de papal ¡De cuántas deli�ias debe estar sazonado el amor apurándolo en sus brazos! Los oj os apagados del papa lanzaron vivos y apasionados fulgores. Ya n o bostezaba; tenía harto que hacer con defenderse de aquella turbación l ú b rica que iba apoderándose de él, y su sobrino le veía de cuando en cuando estremecerse de piés á cabeza.

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En la sonora bóveda se elevaban armoniosos coros, que como ráfagas de viento dura­ b a n un instante, volviendo l ueg·o á rBinar profundo silencio. Entonces resonaban extra­ ñas voces, cuyo t imbre neutro tenía algo de l a voz del n iño y de la mujer, voz de frail'3s castrados , voz de c h antres llorando su martiri o , hastiados de su virginidad . Aquel antinatural concierto salía de l a tribuna de la.derecha, con balcón de balaustradas; por encima de l a pe q ueña ram p a q ue sostenía el atril ele los chantees asom;:¡.)?an cabekas de

AmLos estaban su: pendidos entre el cielo y la tierra, asidos á la c3cala de cuerda con una sola mano, balancéandose á merced de un viento terrible. - CAP. X.

varios colores, de gruesos . mo:fl.etes y bocas m u y abiertas ; de vez en cuando algún brazo e n t u s i asta agitaba la secla violeta de una sotana. Des pues , v.oces é instrumentos, todo callaba d e repente, y solo se escuchaba la voz grave y profunda del órgano estallando en los ai ees semej ante al trueno. El papa sólo percibía la voz de María dominando todos aquellos himnos, y con sus brazos cruzados estrechaba s u pecho como para contener los latidos de su corazó n . En e l altar el oficiante seguía murmurando como u n susurro incomprensible con sus labios medio cerrados: de vez e n cuando se interrumpía para echar una mirada sobre los recién llegados, para sonreir á un niño del coro de fresco rostro que pasaba rozándole, 6
TOJIO 1

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MISTERIOS DEL VATICANO

acanc1ar con l a mano l a cara imberbe de algun diácono j ovencito d e figura afeminada. A lo l argo de las capillas practicadas para el culto de l a Virge n , en cuya sombra bri­ llaban algunos cirios colocados en triángulo, semejantes á las lenguas de fuego del Espí­ ritu-Sa to, pasaban señoras de la nobleza, hermanas, hijas, esposas ó viudas de algún grande, que aguardaban para s u confesión la hora en que estaban seguras de encontrar á sus directores espirituales predilectos. Envueltas en sus espesos velos, soñolientas a ú n , con el rostro oculto entt'e lo8 encajes, se deslizaban sin ruido, y se detenían á la entrada del p úlpito cerca de un confesionario. La penitenta se arrodillaba en unos cojines gastados por el roce de las rodillas de los fieles y pegaba a l ternativamente l a boca 6 el oído al venta n i l l o de rej il l a de plata, enne­ grecido y mohoso por el vaho de las respiraciones, y hablaba en voz baja al confesor del que no se distingue más que la blanca sobrepelliz y l a s manos cruzadas, prosternado en l a actitud ávida de un j udío del desierto esperando q u e l a varita de Moisés, hendiendo l a roca, haga brotar d e ella u n chorro de agua . . . E l papa continua en s u actitud pensativa. Con l a mirada obstin adamente tlja e n uno de los ventanales de la nave, admiraba u n a pálida figura de madona, delgada y triste, como aqnellas q u e pintaba el Perugiano, maestro de Rafael, y cuyo nimbo de oro resplan­ decía á los rayos d e l sol. Encontraba cierta vaga semej anza entre aquell a Virgen y María cuya inocencia tenía para él todo el atractivo del fruto prohibido . . Y pensamientos hasta
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entonces desconocidos le exaltaban enloqueciéndol e : h u biera dado m uerte á Rafael por poseer aquel cuerpo delicado cuyas correctas líneas adivinaba bajo los grandes pliegues de su vestidt> teñido de púrpura y a z u l . Sus m nos temblaban . . .

á

-¡Dom,inus vobiscum! -¡Et cztm spíritu tuo!-murmuraban l a s voces.

Como magnetizado por el brillo de l a imagen del ventanal, no apartaba l a vista de e l l a y l a visión l u m inosa penetraba viva e n s u imaginación exaltada, y tomaba m á s y m á s p o r momentos apariencias de forma h umana. Y la veía y a desprenderse d e l marco d e plomo, descender lentamente hácia él sobre un rayo de sol, y, sonriente, poner a l alcance de su mano redondeces, incitantes al alcance de sus labios s u carne transparente y rosada, y pre�entarle sus labios mismos, aquellos labios rojos, con u n a confianza y un abandono que hacía correr por todo su cuerpo una especie de pasmo voluptuoso . . . Todo e l murmullo d e l a capilla, l a s voces, e l órgano, parecían latir sobro s u s sienes . . . E l aroma del incienso contribuía á enervarle . . . Estaba ebrio de deseos, las paredes pare­ cían vacilar á su al rededor, y tuvo que apoyarse e n l a espalda de su sobrino. En aquel momento, del interior de u n confesionario se escaparon alegres risotadas, re­ primidas al principio, mal disimuladas después, y que por ú l timo estallaron franca y so­ noramente. Todos los fieles, que sólo necesitaban un pretexto para distraerse, volvieron la cabeza hacia el sitio de donde l a s risas parecían provenir, cuchicheando entre sí. El fraile que aún continuaba en la galería superior, indignado púsose en pié. -iQué es eso?-preguntó e l Paclre Santo. Su sobrino después de informarse, respondió: -Una de vuestras eminencias que confiesa á una penitenta.

-iY quién es esa eminenciaL. Por su tos sonor-a y por ese cacareo de gallo, apostaría
a que es Petrucci. -Habéis ganado,-clijo e l legado,-en efecto es él.

-iY l a penitenta quién es?
El sobrino de Su Santidad se encogió de hombros en señal de ignorancia. En aquel mismo momento separándose de l a sombra del confesionario se 'ió á u n a

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mujer, q u e se alejaba precipitadamente con el rostro descompuesto por l a risa, que en vano trataba de contener con todas sus fuerzas tapándose l a boca con el pañuelo d e en · caj es, pues aún no había llegado á la puerta cuando estalló de n uevo. Inútil fué su precaución d e alejarse d e prisa; por su aire la reconoció todo el mundo. Era l a bella condesa d e P . . . (1). Poco después, e l cardenal Petrucci, mordiéndose la m u ceta, con las venas del cuello . hinchadas, la cara toda descompuesta por los esfuerzos que hacía para l uchar contra una irresistible pasión d e risa, lo cual le daba un aspecto marcadamente grotesco, salió del confesionario y se sentó e n un escaño. Las m i radas d e todos los fieles centellearon al verlo morderse los labios, cerrar los oj os, y sacudir la cabeza para dominar la h i l aridad que l e conmovía, y al oide lanzar roncos gritos que se escapaban d e su garganta entre convulsiones nerviosas. León X husmeó que se trataba de alguna h istoria escandalosa, y satisfecho de aque­ lla coyuntura que se le presentaba para distraerse d e la visión que le perseguía ·y domi­ naba, comisionó á un clérigo para que se enterase de todo, sin cuidarse poco ni mucho d e la santidad del l ugar. La misa continuaba entre tanto, y la campanilla tocaba furiosamente. Nadie pensaba ya e n persignarse, ni arrodillarse, de manera q u e el ofician lo se atrevió á dirigir detrás de él miradas curiosas, pensando prudentemente á la vista de fieles tan gozosos que ocu­ rría alguna escena de las más sabrosas. ¡Cuánto sintió q u e el desempeño de su cargo le impid iese participar d e aquella fiesta! P6trucci, con tento de poder desahogarse, refirió la anécdota al clérigo, quien á su ve1. se l a trasmitió al papa, llorando d e contento entre sollozos de alegría. -De manera,-dijo León X que había escuchado con bealitud,-ies ól quién?. . . -Precisa m en te. '

-tY sería ella quienL .
-¡Ya l o creo! -Mejor que m ej v r . . . -Con tal d e que el marido . . . -Eso es,-exclamó el clérigo en alta voz. A esto el papa comenzó á revolcarse e n su asiento d e flecos d e oro, tan extraordin:..­ riamente lllegre, que difícilmente podía respirar, y estuvo á punto de a h ogarse. Su mismo sobrino se dignó reir de buena gana; á petición del cardenal su veci no, díjole la causa inclinándose á s n oído . . . Petrucci, entre tanto, refería l a anécdota á los prelados que estaban á él más próximos, y la estupenda aventura, corriendo con la velo­ cidad del rayo, fué sucesivamente referida á los patriarcas y á l os arzobispos, q u iene.:: hicieron partícipes de ella á los obispos y demás m i trado�, l uego á los penitenciarios y á los generales de l a s órdenes religiosas. La risa a u me n taba en i n tensidad á medida que daba vuelta la h istoria; ya reían los cu atro conservadores de enroj ecida faz, los clerigos d e cámara, los maestros d e c�reme­ nia; y la hilaridad, como el fuego en un reguero de pólvora, se comunicaba en seguida á los camareros asistentes y secretos, ordinarios y extraordinarios, á los abogados del Con­ sistorio, á los escuderos, á los chantres, cuyas voces sobreagudas se mezclaban á las ex­ clamacione:;: de los acólitos de la capilla1 á los canónigos, á los pertigueros, á los suizos y hasta á los lasquenetes de guardia. '

(J)

No queremos designar de otra manera á la citada persona, que pertenece á una de las más nobles famil ias

de H(lma: esta familia existe a.ín hoy día, y nos expondríamos publicando el verdadero nombre ele aquella dama á tlligustar á uno de los hered,..ros de la bella condesa, que adualmenle ocupa una elevada posición en la Santa Sede.

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MISTERIOS DEL VATiCANO Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

Jamás l o s dioses, q u e mataban el tiempo , según Homero, en conmover el Olimpo con sus risotadas, rieron á buen seguro, tanto n i de tan buena gana, á costa de los infor­ tunios conyugales de Vulcano. El primo del papa seguía oficiando, pero deseoso de enterarse cuanto antes de l a cau­ sa de aquella general hilaridad, se daba prisa ele concluir. A donde quiera q ue dirigiese l a vista, no veía m�s que caras apopléticas, abdómenes sacudidos por l a risa mal conte­ nida, y bocas desmes�radamente abiertas, y Jlcortaba las preces farfullando los versícu­ los, comiéndose las oraciones, corriendo de un lado para otro empujando á los acólitos, cuyos paseos á lo l argo del altar comenzaban á parecerse á u n a precipitada carrera. El oficiante iba de a q u í para all�, volvía corriendo al centro del altar, subía y bajaba á saltos los escalones, con precipitación tal, q u e e n u n a ocasión, enredándose e n la ca­ sulla, di6 un traspiés, perdió e-l equilibrio, tropezó con uno de los diáconos q u e llevaba los evangelios, éste cayó sobre el subdiácono que llevaba las vinfljeras, y oficiante y diáconos rodaron al s u el o . L o s asistentes lloraban y a de risa. El primo del papa continuó su misa, aprovechándose d�l accidente, para volver dos páginas del libro de u n a vez. La elevación se hizo con l a rapidez del rayo; l a comunión en u n abrit· y cerrar do oj os . . . El cáliz llenado d e prisa y corriendo, se vertió sobre la ca­ sulla del prelado . . . pero nadie se fijó en ello . . . Dentro de dos minutos la misa iba á estar despachada . . . E l oficiante tenía ya e n los labios el cáliz conteniendo el licor divino, cuando u n clé­ rigo complaciente, enviado por León X, se acercó á él, y de u n tirón l e refirió la historia causa de toda aquella alegría extravagante . . . Aquello le perdió . . . El vino, equivocándose de dirección, detenido en su camino por la risa q u e subía, no encontró otra salida más que la de la nariz . . . y, efectivamente, sin hacer cumplidos, salió por ella . . . El sacerdote, casi ahogándose, pero riendo siempre, era presa de u n violento acceso de tos . . . Fué preciso golpearle e n l a espalda como á los niños pequeños . . . E l cáliz, despren­ diéndose ·de s u s manos, rodaba por el suelo . . . L a alegría de los prelados llegaba a l delirio . . . Las bóvedas d e l a capilla temblaban, y el oficiante echaba sangre por la nariz . . . -Metedle por e l gaznate l a llave d e San Pedro,-gritó e l pa¡1a. A estas palabras todos prorumpieron en estrepitosa carcaj ada, golpeándose los muslos. El fraile ele l a galería n o quería ver ya más, 6 iba á abandonar la balaustrada pareciéndole más sacrílega que los demonios mismos aquella gavilla de servidores de Dios , y ya había dado algunos pasos para retirarse, cuando en la parte de la sacristía, abriendo una puerta que antes le ocultaba una columna, vió una mujer, una cortesana sin duda, pues e l estigma del vicio se descubría en s u cara toda llena ele a feites, e n sus cejas p i n ­ tadas, e n s u s labios rojo� como herida reciente, y m á s que n a d a en su traje indecoroso que á l a legua la denunciaba. Era Flora, que impaciente, acababa de asomarse á l a capilla atraída por l a alegre batahola. Flora, desde l a puerta, llamaba á signos al papa. -tSerá posible�-preguntábase el fraile con asombro. Fuerza es creerlo, pues León X se ha levantado de su asiento, y sin acordarse ya más de la misa, que finalmente terminaba, riendo todavía, se dirige hacia la sacristía, y entra en ella con la mujer, cerrando tras de sí la puerta.

CAPITULO VII

J

EL

MILAGRO

DEL

CRISTO

U n a cosa, entre todas, atraía la atención á primera vista en el oratorio d e l Padre Santo. No era ni los elevados ventanales cubiertos con severas cortinas, ni los reclinatorios d e roble tallado, tapizados con oscuras telas, n i el silencio y recogimiento q u e se respi­ raba en aquel asilo de la plegaria, sino un enorme Cristo d e tamaño natural, suspendido d e la pared entre dos cuad ros sagrados. El hombre-Dios estaba enclavado en una gran cruz d e mármol, cuyas vetaf;l imitaban las venas d e l a madera; todo e l cuerpo, admirable por su verdad, había sido esculpido en plata, y cubierto con un barniz d e color de carne. Tal era la verdad d& aquella escul­ tura, que se descubría pe rfectamente la red formada por las venas inyectadas; e n las ma­ nos y en los piés hinchados, alrededor de los clavos, se distinguía una mancha de orín; los cabellos d e u n rubio bermejo, se pegaban á las sienes como si estuvieran empapados de sudor; los labios violáceos se entreabrían, dejando ver la dentadura; l a nariz afilada. los ojos vidriosos, anunciaban l a proximidad de la m u erte, y las heridas i m itadas con arte extraordinario, dejaban ver el hueso, y causaban horror; l a sangre goteaba de la co­ rona de espinas, de la llaga del costado, de los piés y de las manos, tiñendo de púrpura la enagüilla ajustada á las caderas; algunas gotas rojas como el terciopelo que tapizaba las paredes del oratorio, salpicaban la madera de la cruz . . . La imagen producía verdade­ ramente sensación d e horror. La inscripción blanca, esculpida en marfil, completaba la ilusión hasta tal punto, que era imposible que q u i en entrase por primera vez en aquel oratorio, ilúminado ¿or dudo a claridad, no retrocediese espantado, creyéndose ante el suplicio mismo del Gólgota.

Abrióse una puerta y-entró León X seguido de la cortesana. Su primera d i ligencia fué la d e prosternarse ante el h i j o de Dios. mientras que la
'IOXO I 16

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labios una sonrisa escéptica.

MISit'ERIOS DEL VATICANO

mujer, sin arrodillarse , se persignaba, casi como con disgusto·, de ando vagar e n sus El papa alzándose, la dijo con tono arrogante: -Bien, aquí me tenéis ya . . . ¡Hablad! i,Qué queréis de mí? iTendréis la bondad de ex� plicarme vuestra extraña conducta? ¡No sé, francamente, cómo calificar vuestro atrevi­ miento! iÜS estáis burlando de mí? ¡Qué desfachatez, atreverse á interrumpir por dos veces el servicio divino, hacerse visible á todo e l Vatican o ! . . . iOuién os ha pagado para provocar semej ante escándalo? El papa iba y venía furioso de u n extremo á otro de la estancia, -¡Y en ese atavío!-continuó aludiendo al traje de la cortesana;-ino tenéis ver­ güenza? ¡Ah, y cómo se conoce quién sois! No sé, no sé lo que me contiene de entregaros á mis lasquenetes . . . iQue no? ¡Están ustedes viendo la descarada! . . . Sofocado, rojo d e cólera y d e despecho, a l que se mezclaba tal vez e l sentimiento d e haber perdido el fi n d e u n a misa t a n divertida, s e detuvo. Flora, aeostumbrada ya á aquellas escenas, no pareció conmoverse lo más míni m o por u n a acogida tan poco cariñosa, y con tono reposado, replicó: -¡Vamos, que no me hablábais d e esa manera ayer noch e ! . . . iTan ingrato s o i sL . ;fM e habríais olvidado yaL . -No por cierto,-contestó el papa;-pero os había suplicado q u e n o me robarais n�da del tiempo que consagro á los negocios de l a Iglesia. -No creía molestaros,-balbuceó la atrevida much acha,-y no es por 1 o demás m i intención abusar d e vuestro tiempo, cuyos instantes me consta son preciosos. -Pues bien , hablad entonces, pero Hed breve. Ya os escucho. i,Quó queréis? Esto diciendo el papa aparentaba no querer tomar asiento, como para indicar así á la cortesana q u e tenía prisa de que se fuese. Flora le empuj ó suavemente hasta u n escaño, bajo en el que sin darse apenas cuenta de ello se encontró sentado y ella acostada á s u s piés. -Mi b u e n señor,-exclamó entonces Flora,-necesito dinero. -i,Aú.n más?-replicó el pontífice haciendo ademán d e levantarse. Ella con ·una mano le retuvo , mientras que con la otra le tapaba d u l cemente la boca. -¡Quita! no digáis esa fea palabra ,-díj ole Flora al mismo tiempo. Después, con la voz agitada como s i la ahogasen las lágrimas añadió: -Vamos, ahora sí que conozco bien que ya no me amáis . . . -Ea, Flora, por favor, nada d e niñerías,-interrumpió el papa, á quien complacía aquella diversión.-iAunque qui'li era amaros, podría en conciencia? iteugo el derecho de disponer d e mi corazón que h e entregado á Dios? itengo el derecho de quitar á mis fie­ les toda ó parte de la afección , que es mi deber consagrarles? . . . Esperando alguna burlona carcajada d e ella q u e l e permitiese echar las cosas á mala parte, haciéndose el ofendido, se calló. Flora tuvo seguramente la tentación de soltar el trapo á reir, pero es preciso creer que supo reprimirse, para lo cual tenía poderosas razones·, pues el papa, q u e la miraba fij amente, sólo supo añadir bajando la voz: -iAcaso un corazón q u e se os entrega puede divid irse con otra? iacaso queda sitio para otro amor? Cuando se dió cuenta del terreno perdido, era ya demasiado tarde . . . Nadie podía ya recoger la palabra proferida . . . Nuevamente i n tentó levantarse, pero Flora fijaba sobre él s u s grandes oj os húmedos,

j

y e l pontífice sentía penet+ar á través d e sus vestidos sagra1los el calor suave de aquel

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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cuerpo flexible de lánguidos movimientos. Ella con su fina mano le acariciaba la barba que se estremecía a l delicado roce. -Estaos quieta,-murmuraba el papa,-estaos quieta . . . no es este momento oportuno . . . ¿Olvidáis la persona en cnya compañía estáis? . . . beza inclinada sobre el hombro, añadió: -Mas bien eres tú quien lo olvidas. El papa en�ayó un fruncimiento de cej as para manifestar s u disgusto por aquel tú, pero la.. cosa no pasó de una tentativa sin resultado. -Procura no olvidarlo . . . ---: c ontinuaba e l l a ; - acuérdate . . . Entonces, mientras que e n ondas sonoras llegaban hasta ellos el acorde lejano d e los cantos y el apagado eco del órgano , con su voz insinuante y delicada l e recordó ella la palabra q n e León X había deslizado en su oído ·al terminar la representación d e la Ca­
landria, las proposiciones murmuradas e n voz baja que ahogaban los cortinajes, en la
·

-¡Oh, no !-exclamó zalameramente l a _cortesana; y cada vez más mimosa, con la ca­

litera que se)necía muellemente el paso de los criados q u e le llevaban en hombros; le recordó las efusiones de cariño, la entrevista en el delicioso departamento l l e n o de per­ fumes; 1e recordó cua 1 do medio desnudo corría Su Rantidad tras la mujer caprichosa, _ las risas de la persecución, las caídas prolongadas sobre los divanes, el silencio j adeante que seguía después, e ntrécortado por los besos á la claridad de las lámparas mortecinas. A u n q u e León X recordaba muy bien todo aquello, la dejaba hablar meneando la ca­ beza, complaciéndose en oir referir aquella orgía por l a muchacha agitada aún d e pla­ cer, experimentando extraño deleite en recordar sus horas de locura. cia a sus espaldas y su cuel l o , mientras parpadeaba nerviosamente , y sus mej illas iban poco á poco enrojeciéndose. Los cantos habían cesado eu la capilla; aquel 8ilencio brusco pareció despertar al papa. Alzó l a cabeza y su mirada se encontró con l a mirada triste, con la m i rada casi h u m a n a del Cristo d e plata. -Basta y a , -dijo sacudiendo la cabeza,-yo n o debería escucharos; abusáis excesiva­ mente de mi capricho . . . -¡Ah! y a l o veis. ¡No era más que u n caprich o ! . . . -Ya habéis sacado bastap.te provecho d e é l para que o s permita abusar más . . . Sí, porq u e francamente abusáis . . . Que· os portaseis de esa manera con un amante ordinario. p � sese, pero . . . -¡Oh! ¡sois cruel! -Vuestra, sólo vuestra es l a culpa. Yo tendría más reserva s i dieseis muestras de ma, yor respeto . . . Olvidáis en demas�a mi carácter sagrado . . . m i tiara . . -Os ruego que prescindáis d e ella u n a vez má8, padre mío. Flora, con el gesto y l a mirada extraordinariamente tentadora, excitaba al papa á dejarse convencer.
.

Sentado como estaba pasaba la mano por la abundosa cabellera de la cómica, acari­

Pero la mirada del moribundo enclavado en la cruz , aquella mirada que le mortificaba tanto, q u e con s u ojo inmóvil le perseguía, irritaba al prelado, l e pOnía nervioso. -Os lo suplico,-dijo con brusco tono;-¡estaos quieta! os digo formalmente que no. Para alegar una razón q u e n o fuese la verdadera, añadió: -Si por casualidad entrase alguien . . . No, ya me he comprometido demasiado conce­ diéndoos esta audiencia. E8taos quieta, os digo. iEra eso todo lo que querías obtener de mí? Me habíais anu nciado u n a petición . . . iOueréis ó no decidiros á explanarla? -¡Ay de mí! ya os he dicho lo que deseaba y ino queréis ahorrarme la vergüenza d e repetirlo?

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MISTERIOS DEL VATICANO

-¡Ah, sí, querías dinero! Pues bien . . .

lJn gesto desabrido se dibujó e n e l rostro del papa.
Ella, arrojándose á sus piés y abrazándole las rodillas, le i n terrumpió con viveza. - ¡ No m e lo neguéis! S i n o por amor, concedédmelo siquiera por piedad. -Vamos, tcrué musica es esa? -Cuando os he adYertido por vuestro sobrinó q u e me i ba en veros la vida, na he exagerado . -Acabad, o s lo pido por favor. tOuién o s amenaza? -¡ M i hermano! -tVuestro hermano Aníban -Precisamente. Ha sabido ayer por un criado del cardenal Bibiena, vuestro capricho por mí, mi salida con vos, y confía en valerse de esta circunstancia para librarse de sus acreedores, esperando, son sus propias palabras, que n o le rehusaréis esta satisfacción después d e l honor que acabáis de hacer á la fam i l i a . - ¡ E l sin vergüenzal-exclamó el papa;-¡venirme á m í c o n imposiciones! -tLo creéis así� -Teniendo como tengo baj o m i dirección el universo· entero, cuando con un solo signo puedo hacer que se arrodillen á mis piés millares d e fieles, disponer de su volun­ tad, forzar su obediencia, tacaso deberé yo rebajarme á darle á él dócilmente el producto de los holllenaj es que recibo, deberé yo inclinarme ante !as órdenes del primer perdona­ -vidas á quien le pase por l a cabeza el capricho de hacerme pagar sus calaveradas y s u s vicios? -No se trata d e vos, Santo Padre, no m e habéis entendido bien ó yo me he explicado m a l . No es á vos á quien mi hermano amenaza. -¡No faltaría más que eso! -Yo soy la amenazada. -tY quó queréis que haga yo? iOueréis que os libre d e él? -¡Oh! es horroroso lo que m e aconsejáis . . . -Ahora sois vos quien entendéis mal; y o o s proponía quitarle d o en m e d i o reduciéndole á prisión. -No habrá necesidad d e ello si consentís en lo que os pido . . . Dentro de poco vá á marchar á Alemania á ofrecer su espada á no sé qué príncipe, y así dentro de unos días m o veré l i bf'e d e é l . Pero si no m e atendéis y yo h e d e rehusarlo la cantidad necesaria para su equipo, m e matará, sf, m e matará . . . -¡Mataros! -Ya sabéis bien q u e es capaz d e e l l o . . . iNo os acordáis d e la escena q u e escuchasteis u na noche e n mi casa? -Encerrado e n un cofre . . . sí, ya me acuerdo. -Pues bien, aquello no fué nada en comparación á la escena d e esta mañana, cuando ha visto que yo regresaba á casa sin un puñado de diamantes . . . Pretendía que vos no po­ díais ofrecerme menos . . . iOueréis que os m uestre las señales d e sus violencias? Flora hizo ademán d e desabrocharse el corsé. -Es inutil, os creo. -Básteos saber que m e h ubiera abierto la cabeza con el pomo de su espada, s i 1:o acierto á poder escapar, y que ahora me espera, y q u e si voy con las manos vacías . . . Aquí la cortesana se detuvo sollozando. -Tened piedad d e mí, de esta pobre á quien amáis, y que no qu iere morir por vu�stro amor. -Y guardó después d e esto profundo silencio.

Ó LOS StJBT�RRÁNEOS DE RO;\lA
-¿Y veis á menudo a ese herrhano�-preguntó León X.. -Al d í a siguiente de las noches que paso en claro . . Ella bajó la cabeza; 61 continuó:
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U5

-iSí� pues, decid en ton ces que le veis todos los días . .

.

-¿Sabéis que vuestro hermano ej erce u n bonito oficio? iY vos consentís en .recibirle? -¡Yo quisiera saber cómo cerrarle mi puerta! Borrachón, l a d rón de caminos, h a

/
1

Y el círculo llc los ren ]ugos se estrechaba, exaspcrauo por Rl¡uella t e sisLcncia
uesesp(!l'ada ... Galias, entonces vió una cosa extraña ... -CAr. XI.

organizado u n a cuadrilla de ases i nos a cual mas feroz. -No1 pero s:í. d e vuestra impiedad.

ttl,

cuanJo arna11aza, ya enseg uida

pega . . . Este hermano es el castigo d e m i mala conducta. El pontífice habíase puesto grave asiéndose de aquel recurso que se l e presentaba para sal i r del compromiso, e l u d iendo definitivamente u n a respnesta á la petición d e Flora . -No creéis bastante en Dios,-dijo,-no tenéis bastante fe en sus milagros. Ella iba á responderle que no había venido á escuchar un sermón, pero él no l a drju tiem po. -OlviJái�,-prosigu ió,-que e l Señor perdona u n a orgía á quien a l día siguiente se
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1\liSTERlOS DEl. VATICANO

arrodilla delante de su altar. Una Ave-Mada basta á borrar centenares de palabras d e amor. Y ya que d e amor h e hablado, preciso es q u e os descubra e l fondo d e m i curazón. Flora escuchaba aquel arranque d e elocuencia con despecho mal contenido, pues veía completamente perdida la partida.
·

-Porque anoche haya consentido yo,-continuó Su Santidad,-en descender hasta

vos, es preciso que no creáis, hij a mía, q u e habéis conquistado al representante de Dios. E n mí, pontífice demasiado indigno, se dan dos distintas naturalezas: el hombre y e l sa­ cerdote. Lo que e l hombre está obligado á sacrificar á las exigencias d e l a naturaleza, el sacerdote l o rescata por prácticas continuas. No m e descarrío u na sola vez del sendero de la virtud, sin pedir en seguida perdón á Dios, movido por un impulso de mi alma. Flora que s e había puesto en pié iba á replicar; pero el papa l a detuvo con u n tono q u e no admitía réplica. -En este momento es el sacerdote el que tenéis delante, y sería disgustarle gravemente, y ofender al crucificado más gravemente aun, insist r u n momento más.

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La paciencia se le iba acabando ya á l a cómica, y verdades como puños con las que se disponía

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agasaj ar á su amante se l e venían á l a boca, cuando un camarero entreabrió

la puerta y anunció que u n a diputación de los pobres de la ciudad solicitaba ver á Su Santidad.
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-Decidles que les recibiré en seguida,-dijo el papa congratulándose del incidente que precipitaba ' l a escapatoria apetecida. -iCon que m e despedís�-preguntó Flora. León X s e disponía á responder que sí, pero cambió d e parecer. -No,-la d ij o . -Entrad ahí y esperadme. Con l a mano le indicaba a l propio tiempo una p uertecita parecida á l a entrada de un confesionario desde donde, gracias á un ventanillo enrejado, Flora podía verlo todo sin ser vista. La cómica movida de curiosidad entró murmurando: -¡Roñoso, roñoso y farsante!

El camaréro había ido á transmitir l a respuesta del papa á la sala contigua al oratorio.
Aquella pieza, más larga q u e ancha, sin otro mobiliario que algunas hileras de bancos forrados de terciopelo verde, servía de sala de audiencia en los días q u e no eran de gran solemnidad. En aquel mom�nto e l pueblo bajo d e Roma, los lazzaroni, los vendedores ambulantes: los boyeros y los soldados, parecían haberse dado cita e n ella. Pero l o que dominaba e n aquel populacho deseoso d e ver a l pontífice, eran los pobres y los mendigos de profesión, toda gente lisiada y enferm a, caballeros de la miseria, cu­ yos sórdidos traj es, las llagas, los and rajos y las m u l etas, daban á aquella sala el aspecto de G6?·te de los milagros.
. Hacía ya largo rato que esperaban que el papa tuviese la benevolencia de recibirlos,

y, e n sus caras hipócritas, e n sus semblantes cubiertos de devoción desinteresada, adivi­ nábase el deseo del lucro. El gato escondía sus uñas para sacar provecho d e su fingida h umildad y mansedumbre. , De repente cesaron las conversaciones y profundo silencio reinó en la sala.

mente á ambos lados, y se descubría á León X majest � osamente sentado sobre un trono. puesto d e tiara, delante del Cristo d e plata pintada, goteando sangre.

Los dos grandes cortinajes del fondo acababan d e descorrerse arrollándose pausada­

Ó LOS SUBTEHR.\NEOS DE ROMA
color más vivo, asemejándolas más á heridas recientemente abiertas. La turba había caído de rodillas.

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Una luz rojiza hábilmente proyectada sobre l a cruz, daba á las llagas de la imágen u n

Un arreglador comenzó á poner e n fila á los asistentes para que d e uno e n uno fuesen á besar la chinela del pontífice. Un mendigo de rostro lleno d e costurones, con un ojo tapado baj o una venda negra llena de grasa y polvo, arrastróse cojeando, abriéndose sitio con la m uleta entre los otros pobres y dijo, con voz ruda y enojada: siento en ello; ¿pero se va á dar con eso por terminada la ceremonia? ¿Y la l i mosna, nadie se acuerna de dárnosla� Aquellas palabras llenaron de estupor á los asistentes. Atreverse á interrogar al papa, a u n q u e fuese i n directamente, pareció una impruQencia inaudita; á la curiosidad el e aquella turba mezclábase no obstante l a simpatía. El arreglador parecía estar perplej o . E l papa preguntó: -iQué se le ofrece á ese h ombre1 -tQue q u é se me ocurre1-preguntó el cojo.-Lo que se me ocurre, lo que .:;e nos ocurre á cuantos aquí estamos, es que nos vemos e n vísperas d e morir d e hambre si vos n o tenéis cuidado. Baj o el anterior papa� l a amenaza constante d e la peste y de l a guerra, l l evando á los ricos á las iglesias, conservaba l a caridad; entonces n o lo pasábamos mal; teníamos para n u estros gastos y más. A menudo por l a noche yo m e h e d ivertido bailando con las m uchachas a l pié de las fortificaciónes, porque entonces yo no era coj o . Hoy día, como l a peste h a pasado y ha concluido la guerra, los devotos guardan su dinero para dar fiestas y edificar palacios; hoy, por más que nos sentemos en los pórticos de las igle­ sias más concurridas, lamentándonos á grito pelado, ápenas si recojemos algo con que engañar el h ambre . . . -Ea, vamos, iqué puedo yo remediar en eso�-preguntó León con tono paternal.­ tPor qué os venís á quejar á m í de u n a pérdida d e fervor y celo que más q u e vosotros de­ ploro yo� tOueréis significar q u e debo pedir á Dios la vuelta de la peste, ó vestir una coraza sobre mi túnica, reemplazar mi tiara por un casco y reanudar l a guerra como J u l io IH ¡No! tEntonces de q u é me acusáis1 iOué responsabilidad me cabe á mí en todo esto? -Sois responsable de habernos hecho aborrecer el trabaj o . -iYo1 iY cómo1 El papa, después de estas palabras, sonreía. Estaba satisfecho de continuar u n a con­ versación cuyo desenlace le parecía seguro, rlanclo á aquella turba la alegría de u n a empeñada disputa, que é l tenía el medio de hacer q u e recayera en provecho d e l a r,eligión. -tOue cómo�-repuso el mendigo, alentado por la atención con q ue sus amigos l e escuchaban, pues predicándonos desde todos l o s púlpitos q u e era deber d e l o s ricos de entregar á vos para nosotros, el dinero que nosotros no teníamos e n nuestras bolsas, el pan que faltaba e n nuestras mesas. iNO lo habéis hecho decir así á los predicadores1 iKO lo habéis dicho vos mismo� -Lo he dicho,-asintió e l papa. -Y l o habéis dicho con vuestra cuenta y razón, porque esperabais guardaros vuestra parte de aquellas limosnas q u e debían pasar por vuestras manos . . . E l cojo habfa lanzado l a acusación con voz serena y resuelta. L a turba s e estremeció. El papa permaneció insensible. -¡Eso n o hasta! Hemos visto a l pap � ; está bien; Yamos á besar su augusto pié, con­

08

MISÍERIOS DEL VATICANO

-Con arreglo a esas predicaciones,-continuó el hombre,-nos hemos dicho: Por que trabaj ar, cuando basta mendigar� ¿Por q u é ganar con pena la vida cuando puede pa­ sarse sin hacer nada� Y los viejos hemos abandonado n uestros oficios, y los jóvenes n o los h a n aprendido. L a religión nos h a hecho u n o s holgazanes . . . y h é aquí p o r q u é yo digo que á la religión toca sostenernos ! . . . E L mendigo amenazaba y a con e l gesto, y algunas voces s e levantaron e n l a sala apoyando la suya. -¡Es verdad! ¡Tiene razón! EL ordenador, sofocado, se aproximaba al pobre, haciendo señas á los lasquenetes de guardia. León X le detuvo. no sabe lo que hace! -¡Señor!-dijo con unción cristiana elevando los ojos al cielo,-¡ Señor, perdonadle, �

Por la cara del viejo pasó un relámpago de cólera. -¡Alimentaros yo!-continuó el papa,-iPero cómo podré alimentaros1 Acaso yo mis­ mo- no espero, muy á menudo en vano, de la piedad de los fieles, el uinero necesario para ' los gas tos del culto y para las n e cesidades de l a Santa Iglesia? ¿Acaso no soy yo e l más necesitado en tre todos vosotros por la necesidad que tengo de l a caridad del mundo ca­ tólico1 i,Alimentaros yo? iSe cree alguien q u e poseo el secreto de hacer dinero? ¡Pluguiese

a Dios ! . . .
Mientras decía estas palabras, con el rabo del ojo miraba hacia e l rincón e n que esta· ha oculta y eacuchandole Flora. Vosotros prorumpís e n amargas quejas; os compadezco más q u e os afeo vuestra con­ ducta. Haced, sin embargo, como yo, q u e tantos motivos de queja tendría: e n lugar d e amotinaros, orad, implorad a l cielo. --¡Palabras! todo eso son palabras,-vociferó el mendigo. -¡No, hombre de poca fe! dirigíos á Dios con confianza, y podéis estar seguros de encontrar e n el u n alivio á vuestros dolores. -Otras son las cosas que tiene que hacer Dios y n o pensar en nosotros. -No blasfeméis,-dijo el pontífice poniéndose á orar . . . -Y vos, Señor,-conlinuó volviéndose hacia el Cristo,-si su duda n o os parece indigna de perdó n , e�cuchad su plP.garia, atended sus súplicas . . . -¡Bah ! -exclamó e l hombre á quien los suyos n o s e atrevían ya á apoyar e n sus atre· vidas tesis,-¡,qué q ueréis que � 1 aga en este asunto vuestro Cristo pin tado? ' -¡Cristo todo lo puede! Rogadle. . A estas palabras el coj o se había aproximado al gran crucifij o . -Probacllo cuando menos,-insistió León X. -¿Esperáis que va á darme el dinero que necesito? -¡Quién sabe! -iHaría un milagro� ¡Vaya ! . . . tEsperáis aca,so hacérmelo creer� Al miRmo tiempo que así hablaba, lleno de cólera, golpeó con el puño los piés del Crucificado. Una cosa sorprendente ocurrió entonces. Al sacrilegio del cojo que todos esperaban verle expiar cay�ndo herido por un rayo, respondió u n a lluvia de oro . . . Todas las heridas del Cristo s e abrieron, y d e s u s manos, de sus piés y d e s u costado c�ían en abundancia ducados n u evos y resplandecientes. -iDe qué servirá� -¡Pluguiera á Dios, que :sabe bien cuánto me disgusta tener que rehusar alguna cosa! .

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

69

Imposible sería pintar el estupor de la turba de pordioseros, que á una cayeron al suelo d e rodillas. El mendigo atrevido, aterrado por l a sorpresa y el temor, besaba el suelo, y golpeándose el pecho exclamaba: -¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Perd ó n ! E l papa sonreía piadosamente. - ¡ Recoged es€' oro!-dijo con voz grave, después de un l igero silencio intencional­ mente guardado, para gozar más á su sabor de l a victoria.-Ya lo veis; Jesús devuelve bien por mal . . . Por eso dijo: «Si os pegan en la mej illa derecha presentad también la otra.» -Tened piedad de mí, padre mío,-decía el coj o, entre gel"l idos, besando frenética­ mente la pantufla del papa. -Salid,-respondió León X, dirigiendo al propio tiempo una mirada al arreglador;­ salid , y acordaos de que el Crucificado dijo también: «Desgraciado de aquel que sea causa de escándalo.» A esto, el mendigo, y cátate aquí u n n uevo milagro, salió de tal manera conmovido, que se olvidó por completo de cojear. En la puerta le esperaba un suizo q u e le tocó con la mano en la espái d¡ L

Entonces la turba, silenciosa y piadosamente, fué besando por turno la chinela del Padre Santo. La mayoría , sintiéndose en estado de pecado, lanzaba temerosas miradas al Cristo milagroso sin osar acercarse á él; otros, más atrevid os, se prosternaron ante la imagen, y cada vez que con fervor oprimían con sus manos los piés augustos que ens"ll n­ grentaban los clavos, las heridas abiertas dejaban correr un puñado de monedas. Cuando todos h ubieron salido de l a estancia, el papa se retiró y las cortinas volvieron á correrse. El oratorio quedó desierto. Flora creía soñar. Pálida, temblando de emo·ción, salió de su escond-r:ijo, y se dej ó caer sobre u n reclinatorio.
'

Dudaba, y sin embargo, había escuchado y había visto con sus propios oj os. El milagro era innegable. El mismo Cristo, trastornando las leyes de la naturaleza, había dado la razón de un modo absoluto á su vicario, obrando un indiscutible prodigio. El mismo Dios habíase encargado de postrar á sus plantas al sacrílego pordiosero. iY quién sabe si aquel milagro no significaba también para ella u n a advertencia , por haberse mofado hacía poco del Padre Santo, y por haber olvidado el respeto q u e debía a l papa y a l hijo de Dios testigo d e s u s b u rlas� Flora, con la cabeza baja, para desechar el espanto que la tenía clavada en e l sitio, procuraba convencerse de que, en todo lo que había presenciado, nada había de mara­ ..... villoso. , A pesar de sus esfuerzos n o podía lograrlo. Para tranquilizarla h u biera sido preciso contarle lo siguiente, que u n a sola persona

sabía en Roma. Una tarde del mes de Marzo de 1513, el mismo mes en que el cardenal de Médicis fué elegido papa con el nombre de León X, un hombre pasaba por la plaza de San Agostino saliendo del palacio de Chigi. Aquel hombre, .., q ue tendría entonces unos cuarenta y un años, era aquel mismo Pietro Torrigiani, escultor florentino, que trabaj ando u n d í a en l a capilla de Br!neacci con lti­ guel-Angel, su condiscípulo, le asestó en la cara tan fuerte puñetazo, que le aplastó la nariz desfigurándosela para toda s u vid a .
TO:.IO

De rP.pente Torrigiani se sinti6 coger por el brazo, y antes de haber podido intentar
1 18

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l e ataron y amordazaron.

MISTERIOS DEL VATICANO

resistirse, algunos hombres cuyos rostros n o pudo distinguir, pues l e vendaron los oj os, Creyendo recordar e n aquellas violencias los procedimientos de los papas , enc()men­ daba ya su alma á Dios, cuando def.lpués d e algunas vueltas, y de haber subido y bajado por tal cual escalera, s e encon tró en una sala baja, en la q ue, libre d e la mordaza y de l a venda, s e encontró frente á u n hombre d e mediana estatura, bastante grueso, con e l ros­ tro cubierto por u n antifaz. El desconocido le preguntó: -iEres Pietro Torrigiani, e l escultor� -Sí. -iTe encuentras con ánimo de ej ecutar este modelo� El enmascarado le enseñaba una piutura representando un Cristo. -iEn qué se ha de hacer1-preguntó el escultor cuya estupefacción i b a creciendo á cada palabra. -En plata. -iEn qué tamaño� -Tamaño natural. -Bien. -¿Una vez acabada la escultu ra, sabrías pintarle como l o está este modelo, hasta darle apariencias de vida� -iNo sabes tú q u e me interrogas,-replicó Pietro,-que ya he hecho eso con un Cristo de barro cocido que me encargaron de España1 -iSiendo así no tendrías inconveniente en repetirlo1 -Si me dejaban el tiempo suficiente . . . -iCuánto necesitas� -Un mes. -Basta. Durante un mes eres mi prisionero. Aquí encontrarás todos los útiles d e tu arte, y sólo saldrás cuando hayas terminado tu obra. Pie tro calló. -iSi sólo habré caído,-pensaba,-entre las manos d e algún fanático amante de las artes, que desconfía, no sin razón, de m i carácter vagabundo� Para convencerse preguntó:

-¿Y si yo me negase á hacer ese trabajo? -iSi te negases?- repitió e"t desconocido.-Tú no te negarás illO es verdad?
-iQué sabes tú� ese haya sido colocado en su cruz. Torrigiani no se estremeció, pero comenzaba á creer que tenía que habérselas con otro personaj e d i stinto al aficionado maniaco que se había imaginado al principio. -iPuedo prevenirla de mi ausencia en u n a carta?-preguntó. -iPbr q u é no?-Escríbele q u e partes para Florencia, y que dentro de u n mes estarás de vuelta. El escultor escribió l a carta. El desconocido l a leyó antes de cerrarla. -Voy á remitirla,-dijo cetTándola,-con quinientos ducados, anticipo sobre el pre­ cio de .tu obra; este precio lo fijarás tu mismo, con arreglo á t u conciencia� á la cual me f í o . Pero, si quieres que la carta y l a suma lleguen á su destino, y encontrar á tu vuelta á tus hijos y á tu mujer . . . A e<;tas palabras cstremecióse Pietro. -Es preciso,-contin�ó el enmascarado,-que me j u res por tu honor y ante Dios, n o
·

-No volverás á ver á tu mujer y á tus hijos hasta la noche del día en q u e el Cristo

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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hablar jamás á nadie n i á tu familia de esta aventura, y ej ecutar este dibujo con docili­ dad, sin sorprenderte de las indicaciones escri tas al pié del mism o por extrañas que te parezcan. -Te j uro guardar el secreto d e este trabaj o; ante Dios y por mi honor, te lo j uro. -Basta con eso. Después de estas palabras el desconocido se alejó. El artista en efecto h u b o d e ej ecutar una obra caprichosa. Aquel Cristo, macizo en apariencia, q u e por su aspecto no parecía ser más que u n a obra de arte, ocultaba secre­ tos orificios:, u n a red de tubos relacionados los unos con los otrps, que desembocaban por atrás, e n una chapa abierta e n la cruz misma, por delante, e n las l lagas que el Cru­ cifijo presentaba en los piés, en l a s manos y en el costado: el mecanismo aquel lo com­ pletaban unos botones d e ·metal, h á b ilmente disimulados bajo los clavos, cuyos botones repos3ban sobre resortes que hacían de la máquina aquélla una invención ingeniosa. Tranquilizado Pietro por la p restació11 de su j uramento, bien alimentado, bien aloja­ do, sin tener en quien desahogar la rabia que en él era habitual, trabajó con ardor y á conciencia. Más de una vez se rió á carcajadas d e aquella complicación misteriosa d e válvulas y ranuras cuyo empleo no comprendía.

A medida. que transcurrían días y adelantaba el trabaj o , Pietro se sentía víctima de la
inquietud, y volvía á predominar e n é l s u carácte-r violento. Imaginábase si le dejarían alH, olvidándose de pagarle y de ponerle en libertad. Pero l a noche misma del día e n que advirtió á su carcelero que l a obra estaba ter­ minada, volvió el desconocido, siempre enmascarado, en tregó á Pietro el doble de l a suma que pidió, y después d e exigirle l a repetición del j uramento, l e hizo conducir á l a plaza d e San Agostino, donde con las mismas precauciones que e n l a noche d e l a extraña . captur_!l fué p uesto e ri libertad. A l verse al aire libre, el escultor respiró de satisfacción y corrió á su casa. Su muj er y sus hijos le esperaban impacientes. Apenas había tenido tiempo d e abrazarles, cuando reparó e n u n sacerdote que había entrado antes que él e n su taller para comprar una Vírgen Santísima d e mármol, su última obra.
·

-iDesea, Monseñor, comprar esa estatua?-preguntó el artista.-Le advierto que n o l a puedo vender . . . -iPor qué? -Me h a sido encargada por el duq�e de Arcos. -iCuánto os dá por -ella? -Quinientos escudos de oro. -Os ofrezco m i l . E l escultor vaciló deslumbrado. La mitad d e aquel precio era ya suficiente retribu ción. -No sé,-dij o,-si debo . . .
·

-Saldréis del compromiso haciendo otra. Tanto insistió el sacerdote, que Pietro a l fi n consintió e n la venta. U n cuarto d e hora después seguía al sacerdote· á su alojamiento, y recibía en cambio de la escultura, u n a bolsa l lena de oro. Al encontrarse en l a calle abrió l a bolsa para ir contando el dinero por el camino, pero ¡oh estupor! el saco no contenía más que moneda pequeña d e escaso valor, que en tSería u n a equivocación del sacerdote�

j u nto haría sólo l a suma de diez escudos . . .

72

MISTERIOS DEL VATICANO El pi ntor desandó s u camino y entrando en la casa del comprador, le dijo: -Monsei'íor se h�, equivocado. -iTenéis la bondad de decirme en qué�-preguntó Hochstralten, pues no era otro

que el gran i n q u isidor en persona aquel sacerdote. -La bolsa no con tiene más que diez escudos.

-¿Y bien, no es ese el precio�
La sa!lgre se le subió á la cabeza al artista, que adivinó que se trataba de algún lazo que le habían tendido. Dió u n paso hacia adelante, é hizo ademán d e llevarse su obra. -Esperad u n momento , - d i j o el sacerdote.-Esa V irgen es m í a . -iYuestra?-balbuceó el escultor cuya cólera aumentaba por momentos. -iVuestra, ladrón ! . . . ¡No, no la tendréi s! Antes . .
.

Con la mirada buscaba algo á su alrededor. El sacerdote no se moYió de su sitio. De repente descubrió u n a pala d e l a chimenea, y asiéndola, de u n salto se puso al lado d e l a estatua, exclamandp: -Perezca antes m i obra.

Y de un golpe la h i m añicos.
El sacerdote Mnriendq con aire d e tri u n fo , había hecho un signo. Dos hombres hasta entonces ocultos en traron bruscamente en la estancia. -Vosotros sois testigos del sacrilegio,-les dijo Hochstra�ten, m i e n tras que ellos se apoderaban d e Pietro .

Encerrado e n u n in-pace, al artista fué condenado poco después á la hoguera por ul­ traje á una imagen de l a Virgen. Aquel carácter indomable no quiso proporcionar á sus enemigos el espectáculo de su s u plicio. Cuando se l e fué á buscar e n s u calabozo, se l e encontró muerto: c o n u n tiesto d e l cántaro d e l agua, q u e rompió en pedazos, se había abierto las venas. Otros h istoriadores, siguiendo l a opi n i ó n de Vesari, pretenden que �e dejó morir de hambre. Sea de esto lo qne tu.ere, ello es que al saber León X por el gran inquisidor l a n ove­ dad de la m uerte d e Torrigian i , cualquiera que h u biese observado al papa en aquel mo­ mento, le hubiera escuchado pronunciar con voz baja. -Ahora ya pucd_e el Cristo ha·cer mila � rqs. Acabamos de ver d e quó perfecta manera desempeñaba la imagen su. papel .

Flora se puso bruscamente en p i é . -Vamo111 á ver,-dijo e n voz alta. Dirigió á su alrededor una mirada investigadora, y no vió á nadie, pues no podía dis­ tinguir al papa q u e con l a cara pegada a l cristal d e u n a claraboya, la expiaba desde fuera, llamando á signos á su sobrino para q u e le imitase. La cortesana se d i rigió al Cristo resueltamente, con sus hermosos ojos inflamados por la codicia. Como n u eva Danae, levantó y extendió sus faldas para reci b i r en ella la l l uvia d e oro que esperaba ver caer del Cristo. -Vamos,-dij o, dejándose llevar del escepticismo,-corre para mí, fuente maravillo­ sa, salpícame d e ducados . . . Dió u ñ golpe seco sobre los clavos d e los piés d e la imágen . . . ¡Horror! ¡Sangre fué lo que :qrotó de las heridas! De los piés, de las manos, del costado herido, comenzó á correr sangre ; gruesas gotas roj a s resbalaba n· ta m b i é n por la frente del Cristo coronada de e�pinas, y manchaban el

Ó
blorosas . . .

tos SU BTEH.RÁNEOS u1; rio�lA

traj e de la eorlesana, azotaban su rostro, p á l ido como el de un cadáver , y s u s manos tem­ La desgraciada, falta d e fuerzas, desvanecida, vacilaba sobre sus pi.és. Como e l mendi­ go gritó también: -¡Piedad! Quería h u ir y no podía . . Si la san g1·e h ubiese continuado corriendo h u biera muerto
.

de miedo . . .

De tal manera brillaban los ojos del gentil-hombre, que la desgraciada, creyendo que se trataba de un lazo , comprendió que era la condena de su amado lo que la pedian que firmase.- CAP. XIII.

Afortunadamehte la lluvii:t. de sangr� se <.:on luvo. Flora, sin osar volver el rostro, de miedo de ver al Cristo fijar en ella s u mirada in­ dignada, y amenazarla con l a mano, huyó d e la estancia, observada siempre d e lejos por e l papa, que dando una vuelta á una llave del mecanismo del Cristo, acababa d e prepa­ rarlo para una próxima cascada de escudos. Flora en tanto huía corriendo como una loca, hasta l l egar á una fuente donde se la>6 extraordinariamente agitada. - ¡ M isera}:; le de tí!-decía con voz débil como un gemido,-¡qué has dudado de la omToxo i 19

MISTERIOS DBL VATICANO

nipotencia divi na ! ;¿Y ahora tendrás valor de d udar� iTe atreverías á cont i n u a r tu vida de impiedades y disipación� Mientras sé frotaba con fuerza las manos y la cara con el agua del pilón, pensaba á q u é convento podría irse á ceñir u n cilicio, y envejecer orando y mortificándose, consa­ grada por entero al amor de Dios y al arrepentimiento por sus faltas, como Magdalena, la gran pecadora á quién Jesús concedió el perdón . . . -Sí, las cHciplinas, la camisa de tela burda, el cinturón de clavos, esto es l o que ne­ cesito . . . Es preciso q u e m i sangre corra á borbotones para expiar la que mis burlas han hecho derramar al crucificado. -Dime)ú, hermosa muchacha,-saltó una voz sonora á sus espaldas,-iquieres que con u n beso te enjugue las mejillas� La arrepentida se volvió escandalizada. El que así hablaba era un soldado suizo, buen mozo, de cabello algo cano, pero aun verde ; era el mismo que poco antes había tocado al coj o en la espalda con la mano. El suizo reía al pareyer d e muy buena gana y trataba de abrazar á Flora. La cortesana se persignó ruborizándose. -iEscrúpulos ahora�-continuó diciendo e l raitre (1)-iAcaso estaba l a señora entre­ gada á sus devociones� iAcaso l a señora ha sido testigo del m ilagro� La bella no pudo por menos de alzar al cielo los afligidos ojos.

-Y es eso,-continuó el soldado con su tono zumbón lo que contiene á la sefíora.
iPues, bien la señora q uiere ver otro milagro� Ella hizo u n gestQ de �spanto. -iNO� No hay por qué espantarse . . . mirad de reojo . . . iTampoco1 Pues entonces escu­ chad siquiera. Y se puso á sacudir los bolsillos e n los que saltaban produciendo alegre música, gran número de escudos de oro. Flora entonces alzó la cabeza. -iQué os parece� iTenía yo ó no razón para anunciaros un milagro� iHay otro mayor, por ventura que ver los bolsillos de un suizo llenos de hermosos y n u evos ducados con las armas de S u Santidad� iOué me decís� La cómica guardaba obstinado silencio. El suizo la cogió del brazo. -Ea, por Dios, dejaos convencer, acabo de atrapar una comisión espinosa, pero no muy difícil, eso sí, bien pagada, de todos modos, como podéis ver . . . Dejadme que l a com­ parta con vos, mejor que con ot_ra. Así como así sentiría tener q u e dirigirme á otra ; á otra que no tendría esa boca, esas espaldas y esos brazos. Baj ando la voz descendía á menores detalles. Flora continuaba callada. -Ahora conozco,-prosiguió el hombre,-que es e l prodigio de antes el que os trae mareada. Yo pudiera deciros algo á propósito de eso, pero prefiero no inmiscuirme en esas cosas . . . Si es el pecado lo que teméis, tranquilizaos ; con una oración se borra . . . U n Ave-María á tiempo sirve para cubrir- muchas cosas . . . Flora escuchaba atentamente. -Mañana vas á confesarte,-proseguía el soldado,-y como si tal cosa. En voz baj a , muy baja, añadió luego: -Así es como lo hace n uestro Santo Padre. Ella sonrió, con sonrisa que sin duda la sentaba muy bien, pues el soldado exclamó: -Lléva me á donde quieras, todo mi dinero es tuyo ; de un sólo golpe pescas u n rico y haces á un hombre dichoso.
(1) :Nombl'e que antiguamente ae daba al soldado de ca.ballcrla alemán.-(N. del T.)

Ó LOS S U B1'1!:1Ul.Í.NEOS
. Vamos, d a me tu blanca mano . . . iEslá dicho?

DE

HOMA

7.1

Flora no respondió tampoco a q uella vez, pero d i ó al soldado su mano blanca.

Y m ientras que e l suizo la cogía del brazo estremeciéndose y retorciéndose el bigote,
la cómica se decía: -Al fin y al cabo lo hago para librar á Anibal del pecado de la ira.

CAPITULO VIl/
LA MISERIA CONVERTI1)A EN ORO (I)

Al term ina r la mi sa del papa, el fraile agu stin o qu e ya co noce n nu estros lectores, había preguntado á sus ca nónig os qu e en dónd e podría tener audi enci a con Su Santidad. El ca nónigo lo g nió á un in ten de n te, aq ué l lo confi6 á nn mayord om o, el c ual le i ndic6 un paje que lo hizo' acompaña r po r un sold ado . El fr ai le hu biérase escandalizado de semejanle lujo de cr iados, si algo fuese ya entonces capaz de esc a ndaliza rle . Al ll egar á la últim a meseta de una esc ale ra de mármol blan co de peldaños muy ba jos, como cons tru ídos así ex profeso para piernas de a nc ia no ó de enfermo, el su izo introdujo al frail e e n la Iliblio teca, y le dejó solo despu és de decirl e: - Es perad . Aquell a bi blioteca famosa está ad mirable mente d isp ues ta y esp léndida men te il umin ada por la l uz del sol q ue en ella en tra por g ra ndes a be r turas pra cti cadas en la cimb ra de la bóved a, y qu e se abren sobre los jardines del Vatican o.. Los estantes de ricas maderas q ue c ub ren las pa redes de la es ta nc ia e nc ier ran libros de luj osas enc uadern ac iones, muy rara s e n aquell a época, y magn íficos manu sc ritos ilumi nados con a r te. E l frail e, preocupado como es ta ba , no se detuvo á admirar aquella arquitectura notable, ni aq uellos plafones de i nge n ios as pintu ras, ni aquel s uelo de mármol, sobre el qu e descan sab an los pedest al es de esta tua s pu estas e n hil e ra en la sala. Abs traído en sus pen samientos, qued óse e n pié, inm6vil, con la fre n te inclinada, aturdi do como quien acaba de se n ti r cerca de si el rayo ; á ca da paso que daba en la ci udad pontifici a, se apoderaba de él ver tigo más terr i ble, co mo si estu viese miran do un es pa n toso abism o. Ga na do por el ha stío y víctima de inm en so dol or, no sa bía si llorar ó tomarlo

( 1) La t ermine clwngée en O/', dic e en el original. Con el sustantiv o femenino termin e se designa en franc és la reunión de piojos, pulgas, chinc hes y otros mil parásitos asquerosos ; por eso lo hemos traducido por el término ca etellano miseria tomado en un sentido figurado y dando á dicho sustantivo la exteneion que familia rmente se le da.
S o hemos encontrado otra palabra más propia para verter la idea de los autores de la obra.-{~\. del T.)

MISTERIOS DEL YATICA ~O

6 t.os

SUBTERR..\N EOS DE ROMA

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todo á broma: su decepción no se desah og ab a ni e n g ritos ni en sollozos . Con el co razón lleno de hi el, sentía tentaciones de esta lla r e n carcajadas terribles y penetrantes. De rep en te, mi entras qu e se en trega ba á estas meditaci on es , escuchó dos voces, un a de la s cuales , sobre tod o, le hi zo estremecerse. Corrió h acia la pu erta que hab ía qu ed ad o en trea bier ta , y desd e all í vio su bir por la escale ra de má rmol, dos homb res, u no de ell os alto y pá li do, vis tiendo neg ro há bito, el otro gr ueso y colorado, e n traj e de domin ico. Eran lIo ch stratten y Tet zel qu e se dirigía n así mismo hacia la Biblio teca . El fra ile agu stin o iba á a ba ndo nar la puerta para no ser sorpre ndido obser vá ndoles, c ua ndo un a pal ab ra di ch a por el in q ui sid or le h izo reflexi on a r . -¡Tal vez se a tre verí a n?- mu r muró . y recorriendo de un vistazo la bi blio teca, di visó un cor ti naje, de trás del c ual se es condi ó de un sa lto. Aq ue l co r tinaje sepa ra la bibli oteca de la ga le rí a lla mada obsce na , e n la cual se halla la colec ción de escult uras a n tig uas , alhaj as, a muletos, a ni llos , vasos de ca pric hosa s forma s, bajo-relieves enc on trados en la lt oma pagana , y con los cu ale s la Roma católica ha for mado un museo reservad o. Apena s había tenido tiempo de esconde rse detrás del cortinaj e, cuando los dos hombres en tra ron en la biblioteca. Pero e n seguida bajaron la voz y el frail e vió al inquisidor que desi gnaba á su compa ñero alguno que lleg aba por la parte opuesta. Ese alg uno era León X. Paternalmente apoyado en su sobrino Lorenzo, el papa se reía de la s lágrim as y del miedo de aqu ella pobre Flora , se burlaba de su repentina devoción y de su no men os repentina vuelta á sus antiguos pecados. -Ahora, -decía pensando en el suizo,-es ta rá saqueand o á aquel pobre viejo ... ¡PO bre Flora! En el fondo es buena mnchach a y muy ex pert a... A es tas palab ras León X, entornando su s oji llos, reanudó su ri sa apret ándose el vie ntre con a mbas manos. De repente se fijó en Tetzel y su feroz introdu ctor.. . y qu edóse g ra ve, se cubrió, como vulga rme n te se di ce, de u na másca ra de ci rc u nstan cias. Con un a ca riños a so nri sa , despidió á su sob rino, qu e se alejó sile nciosa mente. -~ o ca be ya dnda,-pen sab a el fra ile agustino; -Ia cor tesa na aq uella b usca ba a l pa pa ... ¡Cuá n ta ignomin ia! - ¡Quié n es ese?- pregu n tó León á Hochstratten indicá ndole á Tetze l; -¡es el hombre de quien me lui s hablad o? -El mi sm o. León X examinó breves mom en tos aqu ell a fison omía, e n la q ue se leí a el sello de toda s la s pasiones violentas; y co mo sat isfec ho de s u exa me n, d ijo: -Bien, se n té monos. y se acomodó e n un as iento, indi cando al inq uis ido r qu e hic iese lo mi sm o e n el de e n fre n te; pero Hoch stratten se inclin ó, prefiri endo permanecer en pié. Tetzel e n tonces, sin ning-ún gén ero de c umplidos, se precipitó en la bu taca qu e no había qu erido ocupar' su superior, estirando , un a vez se n tado, su s robu sta s pi ernas, sin Jijarse e n el asombro de l papa . - :###BOT_TEXT### ga sta cump lidos vuestro frai le,-murmuró el papa a l oíd o de Hoch st rat leu. - Es ta mos de acu erdo; por eso no os lo propongo pa ra cor tesa no. - ¡Pa ra qu é me lo propon éi s, pu es?
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MIST ERIOS DEL YATICAl###BOT_TEXT###quot;O

- Vai s á saberlo . Los tres pe rson ajes distarían nna docen a de pasos de l corti naje, de trás de l cua l escuchaba el fraile agustin o: feliz men te para él, León X y Tetzel, colocados el u no al lado del otro, hablaban vu eltos hacia su lado ; el inquisidor, de pi é en tre ambos, estaba precisamente de cara á él. Los tr es, creyéndose solos, por única precau ción , tomaron la de bajar la voz; á pesar de esto y de la di stan cia n i una sola pa labra se escapó al ag us tino ale má n. -Veamos,-dijo León X. Telzel abrió la boca iba á hablar, cua ndo Hoch stratten le detuvo : - Dispensad, -le dijo. y dir igi éndose á Su Santidad habl ó de es ta ma nera : - Os he a n u nciado una mi na de oro, y no he ex agerado : la min a de oro existe. Pero confesad que el que la ind iqu e merece u na reco mpe nsa; cuando se va á un pais desconocido, es costumb re de pagar anticipadamente á los g uías . Un secreto pierde su val or desde el mom ento en qu e deja de serlo . - ¡Te comprendo!-con testó sonriendo el papa, q ue había olvidado comp le ta mente á María , preoc upado por la c uestión de l d ine ro . "Halagado por el giro singu lar qu e iba to mando la conversació n, aíiadió : -¡Desconfías de mí, no es verdad? - ¡Sa n to Padre! ¡cómo podéis creer eso? -No te reprendo por ell o; te pago en la misma moneda . -Gracias. - No las merece . Tetzel prorumpió en estrepitosa carcajada, que acrecentó el bu en hnm or del papa . -De suerte que ,-continuó,-tú no te hallas di spues to á descubrirme tu mina , sin o desp ués de h ab er recibido tn salario. -¡Diantre! - ¡No eres como los médi cos qu e sólo cobran sus hon orarios desp ués de la curac ión? -¡La curación en este caso es tan segu ra , y mis honorarios tan insignific an tes ! - Sí, me acu erd o e n efecto, de q ue m e d ij iste : «No tendréi s qu e desembolsar ni nn solo du cado .» - y lo repito. - y a ñadiste cua ndo te preg un té q ue qui én beneficiaría de la cosa : "VOS pr imero. e n segundo lugar la religión y nu estra ord en despu és.» -Vuestra memoria no pu ed e ser más fi el. -Es ve rda d , pero bien ; ¡quieces qu e di ga que me imagino qu e antes que nadie saldrá g an a ndo fu ord en e n el negocio que me propones? ¡ 1l0 es eso? Hoch st ra tt en que no veía ya razón para a nda r con tapuj os, a fectando UIl a ire bonachón y sencillo te, replic ó en el mi smo tono que el papa: - i.le! ¡jeL .. bien pudiera se r . -Vam os. pues. Sé fran co, ¡se tratJlL. -Ved aqu í la hi storia en dos palabras : mi secreto y mi hombre os perten ecen , si os dignáis escoger en mi orden el prim er sa n to q ue hayá is de ca no nizar. -¡A... cabáramo s! -Como véis, es to no ha de costa res caro. - De todos modos, costa rá bastante. - Nuestra orden, á pesa r de su pobreza, costear á la mitad de los g as tos . Aunque as í habl a ba el inquisidor. e n su interior se prometía forma lmen te q ue había ,le ca rga r con todos la Santa Sede .
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6

LOS SUBTERR• .\NEOS DE ROMA~

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El pa pa, po r SU parte, estaba también seguro de que encontra ría el med io de en dosar toda la carga á aquell a orde n tan pobre. -Vamos,-'dij o, -veo qu e no hay med io de negaros nada . Ace pto . Ya está dic ho . - ¡Oh! ¡contad con mi gratitu d y reconocimi en to! Hochstratten se a rrodilló, tocando suavem ente en la espalda á Tetzel, qn e co menza ba á amodorrarse. Alzándo se de r epen te el fraile, hizo tam bién una genuflexión . - Queda, pues, conv enido,-continu ó el pontífi ce, cua ndo los do s hombres se levanta ron, -el primer sa n to q ue yo inscr iba en el ca lendario se rá escog ido en la orde n de Sa n to Domin go. El -inquisidor se fro ta ba la s manos de pu ro sa tisfecho. -Si, pero ...-d ijo el papa reJlexionando,-la verdad es ¡demo nio ! q ue después de vuestro fundador , no han ab u ndado mu ch o los san tos cn vu estra ord en . -Por es to preci sam ente os pid o que nos hagáis nn o. -Com pr endo pe rfec tamen te. - Los conventos, au n los de fundación más reci ente, se a má s ó men os severa su regl a, tiene n c uando menos su docena de bienaventurados qu e pr esen tar como es tí mulo á.l os neófitos. Esos ejemplos deciden las vocaciones, es timula n á los que comienza n , que, siutié ndase picados por la emulac i6 n, quieren merecer, á fuerza de martirizarse con las di sciplinas, un rincon cito en el pa ra íso, y mientras ta nto se obtie ne un magn ífi co sep ulcr o, fec undo en mil agros, más maravill osos qu e los del conven to de al lado. - ¡Ah ! ese es el verdade ro negocio.c-rh] o el papa riendo con ri sa bon ach on a .-Lo qu e vosotros q ueréis, es tener vues tra ca pill a para promover peregri nacion es; qu e os sir va de pre tex to para los ex- votos, pa ra las lim osnas, y pa ra ha cer pr ocesion es... -¡NoS reprend éis po r ello ? -Ka, á bu en seguro . Sólo que vuestra pretensión me po ne en un a pr ie to. La di ficulta d no está en hacer un santo, pUES Dios Pad re no es tá allá a r riba para inquirir cuál sea el eslado civ il de los bie nav e nturados qu e Roma le expide. P er o de todo s mod os, es preci so qu e la opinión pública desi gn e a u nque sea débilmen te al bea tifi cado , y te lo repito, no veo en vues tra or de n monje algu no medi o recomenda hle .. . á no se r ta l vez tú... - y todavía - ayen turó Tetzel , qu e fué inte rr umpido al momento po r el in qu isidor . - y tod aví a - repi tió el pap a, -sin con tar qu e sería preciso espera r tu muer te, lo cual diferiría el as unto para deutro de algún ti empo . -Así lo esp ero yo,-dijo el inquisid or . - ¡Quién s~ be? Profundo sile ncio re inó des pués de estas pa lab ras, y entre el papa y Hoch stratlen se c r uzó una mirada fría , qu e heló el tono de la conve rsac ión. -En fin,-p regu ntó León X,- habéis pen sado en alg u no? -Todavía no, ó por mejor decir, hemos pensado e n va rio s de nuestros frailes , pero la elecci6n no se ha he cho a ú n; una asamblea com pues ta de nu estros s uperiores los má s ilus trados, debe ocu parse en esta últim a elecci6 n, de la cua l es pero notici as. De todos modos, el nombre del design ad o poco impor ta . -Es verdad, sea qu ien fuese el ca ndi da to propu esto, des de ahora me comprometo yo :'t fi rmarle su pasaporte pa ra el ciclo. - No tardaréi s mu ch o en co noce rle ,-i ndicó Tetze!. - En ca r ta qu e he reci bido esta mañana me pa r ticipan que la elecc ió n ha bía reca ido en un a nc ia no ll am ado... ¿c6mo se llama?. . En fi n, no me acne rdo del no mbre, pero esto no im por ta, anciano muy notab le por la dulzu ra de su car ácter, d ul zu ra que nadie poscyó jam ás en tau alto grado. - ¿De ve ra s?-preguntó el pap a co n in credulidad. - Es así. como ten g o el honor de manifestaros.

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~Il STJ<. R I OS

DEL VATI CAKO

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-Aquel viejo demostraba por las obras de Dios tal solicitud, respeto tan edificante, que desde la edad de di ez y seis años qu e entr6 en el conve nto, ha sta su mu ert e, no quiso jamás mudarse la camis a ni los hábitos, por no molestar en sus costumb res á la in ocente pioj ería qu e en ellos se había insta lado. El frail e se reía . El papa imitándol e, exclamó: -¡Ah ! H é ah í una piedad que yo desco nozco; semeja nte gé nero de edi ficaci6n no es tá al alcance de todo el mnndo. -¡No es verd ad qu e no?-preguntó Hochstratlen. -De ninguna man era . Es preci so no perde r la ocasión de ca nonizar á semejante hombr e; no se enc uen tra nno parecido siqnie ra todos los días ... Será bue na man era de embromar á mis sucesores, qu e buscará n mucho tie mpo an tes de. pode r ech ar ma no de nn fenóm eno semejante. El papa se hubiera sorprendido mu cho, si alg uien le hubi era di cho en lonces, que tres sig los y medi o más tard e, otro pon tífice de su mism o nombre, ha bía de enco ntra r otro piojo so cano nizable. -Para los otros sa ntos, por ejem plo, la br oma será pesada,-dijo sonrié ndos e Tetzel. -¡Cuánto van á rascar se! ... Al pobre viejo le van á ha cer guardar cuaren tena. ¡Qué ri sas estallaron ento nces! -Basta ya de ese asun to,-inierr umpi6 Le ón X.-La conversació n se hace demasiado picante , y yo ya sie nto picazón en todo mi cuerpo. y efectivam ente, desde hací a alg nnos in stantes Su Santidad se ras caba, lIochstratlen se rascaba y Tetze! se rascaba, como si todos los habitantes del viejo piadoso se hubiese tra sladado á sus cue rpos. - Nada, pues, que da acor dado, pues to que vos me dáis vuestra palabra pontifical, dijo Hoch stratten . -Pontifical, á más no pode rlo sor,- ailadió el papa. - Es toy sa tisfecho. -Sea la en horabuena. - y ahora, en es te toma y daca, á cambio de ese Santo hasta ahc ra an ónimo, qu e YOS nos regaláis, os hago donati vo de mi discípulo Tetzel , aquí prese nte... -¡Bn en cambio!-mur mur6 Su Santidad, hacien do un a mueca . Aquel gesto no se le esca pó á Hochstr a tlen , qu e prosig uió: -Tetzel , q ue producirá á Su San tidad tan tos sacos de oro al a ño, cuan tos habita ntes se han albergado en la rop a de nu estro piojoso. -¡Atiza'-dijo el papa ; eso es mucho decir. -No es bastante, -afir m6 Tetzel, levantá ndose. León X se puso serio. En aqu el momento le pa reci ó que el cor tinaje del fondo se ha bía movido, pero lo atribuy6 al viento que penetraba por la ventana entreabier ta, hizo señas á Hoch slratten de qne la cer rase -De suer te que.i-- dijo el papa á Tetzel , -tú crees haber encontrado una idea ... -No la h e in ventado yo, no quiero darm e esa imp ortan cia ; la idea hab íasele ocurrido antes qu e á mí á uno de vuestros predecesor es, el más notabl e de todos, segú n mi humild e opini ón . -Apuesto á qu e te refieres á Alej andro VI, - indicó el papa. -Justamente, y me alegro de es tar de acuerdo con vos en este punto,- respondi ó Tetzel.-Alej andro VI, pues, había a tinado con este soberbio recurso; no sé por qu é no puso la idea en ejec ución... 6 mej or di cho, sí, me lo figuro .
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LOS SC BTI':Hl L\:\EU S IJE HU ~ I A

si

-llim c, -pregulltó elpapa,-¡acaso tu proyec to 11 0 cous is te eu la venta de las indu lge nc iast El frail e ag ust ino ocu lto detrá s de la cort ina, ex tremada men te pálid o, esc ucha ba con g ran at ención : a l oir hablar de la venta de las indul gen cias, como poco a ntes, estremecióse de coraje. -¡Bravol [bra víaimol-c-exclam ó Tetzel. - Habé is puesto el dedo en la lla ga ... Da g usto

La ab adesa y el prior habían partido; Bibicua con tinuaba te ndido sobr-e el pavimento. El oficio continuab a.c-. CAP. X IY.

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tra ta r con ge nte lista. En la ven ta de las ind ulgeuc ia s pr ecisam ent e es tá el quid , per o da ndo al negocio mayor ex tens ión de la q ue le a tr ib uía Borg ia . - ¡Y cómo/-preguntó el papa . -Ah, es ta sí qu e es mi idea, el sec re to , qu e sólo á mí per tenece . ¡Sabéis. volviendo á Horgia, por qu é abandonó aqu él su idea l Porq ue para explota r la, le faltaba nada menos q ue un hombre de mi talla, y porque rara s veces un mismo sig lo pr odu ce a l pen sado r q ue conci be un pr oyect o y al obrero qu e ha de ejec uta rlo. Mien tra s qu e de es ta suer te hablaba , Telzel levantaba la cabeza de es trec ha Ireu te, acaba su ca rn oso labi o, y agi tand o la s man gas de sus háb itos, des cubría dos puñ os euor-

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MISTERIOS DEL VATICANO

mes, capaces de h und ir un pú lpito de un solo golpe: al propio tiempo en sns ojos bri llaba un re lámpago de orgullo , de confi a nza absol uta en su fuerza, que le prestaba ex tra ño as~ pecto . León X se dejaba suby ugar por aquella potencia , que a unq ue bestial era una potencia al fin. No esca pó á Tetzel el efecto que sus palab ras y adema nes habían pro ducido, y ale ntado por la mira da sig nificativa qu e le dirigió su maestro, con tinuó en un ar ranq ue de su rastr era elocuenc ia. - Vender'l as indulgencias para las almas del purga torio , es cosa que efectivamente n o está mal.Decir á los fieles: . Vuestros deudos difuntos, ó vuestros amigos, eran unos mal vados que gimen abrasados, sin la men or sombr a de duda, en las llamas del infierno; para colarse de rondón en el paraíso es pr eciso ser puro como los ángeles . ¡Pues bien! • ¡Queréis ahorra rles la molestia de hacer antesa la! ¡Queréis que no tengan que estar esperand a turn o siglos y más siglos! Pagad por cada sigl o un duca do al papa, el cual untará con él la mano á San Pedro, rezad tal ó cual oración, y vuestros muer tos verán el cielo.. . tan seguro como que vosotros no veis más que fuego .. .» Seguramente, esto ya era un a bue na idea... - ¡Ya lo ereo!-dijo el papa . -Pero mi idea, mi idea particuJar,-aiiadió Tetzel,-es cien veces mu cho más elevada; es vasta como el mar y como él inagotable. ¡Rescatar las almas de los muertos! ¡Cuá ntos vivos se preocupan de las almas de los muertos! A buen seg uro qu e son pocos. ¡Harto tienen que h acer pensando en la suya! .. . ¡Pagar el cie lo á los amigos? La caridad bie n ord enada comi en za por un o mismo. Sálvate tú primero, despu és ya salva réis á los otros . «Sí, señoras y caba lleros,-gritaba el fraile ena rdeciéndose,-po r vosotros mismos es por qui en trabajáis. Cada ducado que sacáis de vuestros bolsillos y ponéis en mis manos y que yo re mito á la Santa Sede, representa un pecado cuya expiación os ahorráis ... Que habéis mentido, qu e habéis perjurado, qu e habéis robad o, violado, qu emado, asesinado, violado aunque sea á vuestra hermana, as esinado á vuestro propi o padre ... Pues bien ¡qué? No tenéis más qu e pagar en proporción de vuestro crimen, y heteos aquí más limpios y puros q ue la nieve .. . Teníais qu e asaros millares y millares de siglos, vueltos ahora de un lado lu ego de ot ro por la horquilla de Satán ó hervir en la caldera infernal, pues n i siqui era pr obaréis las llamas de Lucifer ni su marmita. Subiréis al paraiso sobre las alas de los serafi nes, sin que se os chamusque un solo cabello, sin una rozad ura en la piel del cuerpo, y las vírgenes y los mártires os deleitarán con los acordes de celestial música, ni más ni menos que si fueseis San Juan en persona ó 'la mismísima virgen María ... » - ¡Qué hombre!- exclamó el papa maravillado. Cuando Tetzel iba á continuar, le interrumpió dici éndole: -¡Pero, se creerán todo eso! -¡Y dudáis de la bes tia lidad de los fieles, vos, todo un papal -No du do de su bestialidad , pero me inspira rece lo su avaricia. - ¡Les costará tan bar ato!... Y, des pués, para eso podrán hasta robar. - ¡Cómo pu ede ser eso! -p reguntó el papa con ext rañeza . -Bien s~n ci llo. ¡No sa ben qu e serán absu eltos! -¡A ntici padamen te? -Pues está claro. En eso pr ecisamente es triba lo mejor de la combinació n, lo que la pone a l alcance de todo el mundo . - No te comprendo . -Sin embargo, es bien senc illo . Nosotros nu podemos exigi r de nuestros excelente; fieles qu e se molesten después de cada peca do para venir á comprar la in dul gencia, ¡n o

Ó LOS S UBTERR.\ N EOS DE RO).lA

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es verdad! Eso constit uiría un conti n uo ir y venir, y en la vida ha de hacerse algo más que pen sar siempre en la otra; la im posición de tan repeti das molesti as nos arreba taría la cli entela de toda la ge n te de negocios. Ademá s, no siempre se encuen tra n los bolsillos con dinero. lI!i sistema salva todos esos inconvenientes. Os enco ntráis, por ej empl o, en el l ugar por donde pasa el predicador, su elocuencia os conmueve, la g rac ia pen etra en vuestro corazón, pues bien, os decís: «Pues to que tan poco cues ta ahorrarse millon es de siglos de llam as, hagamo s este ga sto insig nificante, que econom izaremos en ot ras cosas.» De esta man era , en cua nto os encontréis con una pequeña cantidad reservada, la hacé is llegar á manos de este buen Tetzel, quien en cam bio, os absu elve de todos vuestros pecados pasados... y lo que aun es muc ho mejor... de todos vuestros pecados futuros ... lo cual raya en lo sublime. - Si,- dij o el papa,-pero eso no es or todoxo . - Lo será si vos lo queréis. - ¡Lo crees tú así! -Sí, bas ta para ell o qu e vos lo digáis. -Es cierto. - Está dicho. «¡Absolución ge nera l! ¡Se li mpian las concienci as y se dejan como n uevas! Leg ía comp leta de los pecadores; des pués, por anticipado, de sus hij os y de sus descendiente s hasta la sépti ma generac i6n.• Los precios serán equitativamente establecid os y publicados en cuadros ó tari fas que yo baré fi jar en las ig lesias . ¡Queréis algo más cómodo! Al fin de la j ornada, el ·obrero que ha termin ado la obra y j-ecibido su salario, el comerciante que ha real izado piugüe negocio, el ladr6n á quien ha pr otegido la suer te, el señor que ha r obado á otro vecino ,-no olvidemos de nin guna man era á los grandes señores,-no tien en más qu e cons ulta r la !arifa y su bolsill o y escoge r su pecado pa ra la noche ... Los habrá de todos precios y para todos los gustos. «Entrad, sellaras y sellares, entrad y pedid qu e seréis al momento servid os .» Le6n X, escuchando á Tetzel abría unos ojos como platos, y se le caía la baba de content o. Tan entusiasmado estaba el primero, como indignado el frai le agustino oculto detrás del cortinaje. -Uigo,-por ejemplo,- prosig uió Tetzel, -en tre los fieles á qui enes me di rijo, un empedernido murmurad or que pa rece dudar de la eficacia de mi remedio, pu es me encaro con él y le dig o: rn írame, viejo, sí, tú, el que estás allá abajo , vosotros también, hombres y muj er es, j6ven es de amb os sexos, mirad me todos. ¡Me veis bien, uo es eso! ¡De que os parece que tengo yo aspecto! Decidlo sin a mbages, si n disfrazar las palabras . ¡Ko os parezco un bribdnt ¡He acertado! Pues bien, sí, yo era el peor delos hombres; aquí dond e me veis, he fo~zado a una mujer casada, el hecho es notorio.. . El corti naje del fondo volvi6 á moverse como si se est remeciera, pero el insolen te predicador no reparó en ello . -La muj er casada se dió muer te, y el mari do inten tó ma tarme á mí ; á consecuen cia del suceso me encerraron en la cá rce l, Como veis, tenía yo el alma más negra que la boca del infiern o, y estab a cond enado por toda la eternidad; pu es bien, he comp ra do la indulge ncia de mi crimen á Su Santidad Le6n X, que Dios g uar de, y héteme aquí puro y sin mancha como recién salido del vien tre de mi madre, acreedor á la bie naventuranza del Paraíso, y dispuesto á empezar de nuevo. Volvi énd ose ha cia el Papa, con aire sa tisfecho , le dijo: - .Qué me decís de este golpe? - Digo que la ra zón me parece irrefutable y el eje mplo victorioso; digo qu e enamora tu cinismo, y que es toy seg uro de que llevarás á buen puerto el negocio. - ¡Que si lo har é bien! Fij aos s610 en una cosa. Calcula d s610 un ducado por pecado,

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~ llS TERIOS

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y con tad lo qu e únicamen te Aleman ia pu ede producir. Imaginaos. si pod óis, el d " de oro qu e va á br otar de la pr ens a á la primera vuelta , par a venir todos á parar, como los ríos en la mar, en este Océano sin fondo. Al deci r estas palab ras golpe aba at revidamente el bolsi llo de Su San tidad . - Está bien , -dijo el pap a,- pero, dim e, ¡no se perderá n cn el camino? ¡n o se fi ltra rá n alg unas gotas en es te ag ujer o tam bié n si n fond o? El papa era entonces qu ien designaba el pro fundo bolsill o del hábito del dominico. -Su Santidad,- rep uso el desvergonzado frai le, -n o querrá seg ura mente priva r á su banqu er o de alguna s migajas del beneficio. Siempre me hará falta algún di nerill o, aunqu e no sea más qu e para redi mirm e de mis pecad os cuotidia nos . -iSopla!- exclam ó el pap a,- enton ces no vas á necesitar poco; pero no im por ta; no qu iero que digan que he sido ru ín con aq uel que como tú me es tan simpático. Tetzel sa l udó. -Te con cedo el diezmo 'del diezmo, es decir , un du cado po r cada cien to; si tu no has exagera do, eso te basta para hacerte ri co en poco tiemp o. -Lej os de exagera r me he quedado corto al pond era r los benefi cios del negocio,re plicó el fraile in cli nándose de nuevo an te el pa pa . - y ahora,-d ijo el papa levan tándose de su asie nto, -ve te sin más tarda nza; comie nza tu predicació n eu el cami no para acos tumbrarte; no pierd as un in s tan te , y ac ué rda te de que la Santa Sede confía en tí para obtener algo qu e haga honor a la reli g ión. El pap a tra zó con la mano una solemne bendi ción. - AIÍlén,-colltestó Tetzel con grave dad, iu clin ándoso á besar el anillo que le prescntaba León X. Después de esto di spo n íasc á marchar, cua ndo Hochstratten le detu vo y dij o : - Tetzel; Su Santidad te ha interesad o en el neg ocio; no tengo yo, pues necesidad de excitar tu celo; pero de bo adver tir le una cosa, y es qu e no tienes derecho á di straer te "de tu obligación , po r cansa ncio ni deseo libidin oso, y much o men os á hacerte indigno de la empresa provoca ndo un escá ndalo , de cua lqu iera clase qu e fuese. Tu pasad o puede servirte de arg ume nto, pero a condición de que contin úe sie ndo tu pasado. Te está terrninantemeute proh ibido comete r púb licame nte ningu na torp eza . Acuérd ate, también, qu e yo Iu i qui en te sa lvó del saco de cue ro dent ro del que ibas á se r cosido en Leipzig . - No lo olv ido, -d ij o el domin ico r ealm ente conmovido y más humilde qu e un ui ño, - No olvides tampoco qu e yo puedo, el día en que tus locu ras sea n un obstá culo para la explotació n de esta mina de oro, sepulta r te de nuevo y para siemp re en los espantosos cal abozos de la tor re de la puerta de Grimma , que tú ya conoces. -~ o lo olvida ré ,-ba lbuceó Tetzel, temb lan do de pi és á ca beza. - Está bie n.. . Mar ch a, E l fraile sa ludó humildemen te y salió. León X rebosando de conteu to se fro taba las man os. - ¡Gran hombr e!-murmur aba. ~ y bien ,-preguntó el inquisid or ,-¡estáis satis fecho! -En g rado super lati vo. -¡Vale esto un a canonización? - y diez. Para encontra r ot ro hombre como ese, yo ha ría tantos sa ntos como puede _ bende ci r un pa pa. - Esto val e más qu e la mat an za de los judíos; ¡eh , no os parece? León X baj ó la voz. Encont rábase entouces cerca del tap iz, detrás del cual se ocultaba el lra ile agu stin o. -De sner te que lo que se recog ió de los j udíos rué puco,-preg nuló:

6 LOS SUI1TEllR ,( l>EOS DE ll aMA

-Muy poco, ya os lo hab ía yo annn ciad o ; pare ce qu e los pícaros habían vis to ven ir el golpe ... • León X colérico, exclamó: -iY cómo! ~Lo ignoro , pero me inclino á cree r qu e los r epublican os se en tienden con ellos y les advir tier on. -Para eso se ría preciso qu e los r ep ubli can os hubi eran es tado enterados, - aña dió el papa . -Esto no es más qu e una pr esunción , de cuyos grados de certeza procuraré entera rme. Pero sea de esto lo qu e fuere, ello es qu e nu estros frail es no han recogid o anoch e lo bastan te para los gastos de nnestras fiestas d urante nno ó dos meses. - j Diab lo! Es pr eciso qu e 'l'e tzelse dé pr isa . ¡ For maba él también parte de la expedición! -No. ¡Para qué exponer una vida tan preciosa? -¡Cáspita! Tu hombre tiene toda s las buenas cualidad es. ¡Es tambi én pr ecavid o! El papa re ía picarescamente ; Hochstratten, mny tra nquilo, respond ió con la mayor natu ra lidad . -Como tan tos otros. Esta di sc re ta -alu si ón á la hu ida de Rávena , qu e tanto se afeó á Leún X, cort ó á Sn Santidad . - La pelea ha sido r uda .i--con tln uc el inquisid or ,-yo mismo hé saca do la ropa aguj ereada por una bal a de un furio so j udío vecino de Efraim . -A hora qu e me acuerdo,-p reg untó el pap a, bajando todavía 'más la voz,-'¡qué haIr éis he cho de Efraim! E lfraile agustino en su escondrijo, con te ní a la re spi ra ción para escuchar mejor . - - Le hemos trasl adado al calabozo qu e ya sabé is . ( - Ah , bien . El fraile experim entó vivo disg usto; esperaba saber el nombre del calabozo. León X parecía intranquilo. Después de br eve silencio Hochstratten , preguntó : -¡SU Santidad desea desembarazar se del viejo! E l papa vaciló un segundo, que pareció un siglo al frail e ag usti no qu e les esc uchaba . , - No, r es pondió finalmen te. -Su Santidad acaso ten ga moti vo de ar re pentirse más ta rde . \ - Ka , no le matéis, es inútil; no conviene mata r sin o cua ndo es absol utamente indispensahle ; yo todaví a no soy un verdug o.. . Con tal de qu e esté encerra do allí y de una man era segura ... -¡Oh! en cuanto á esto, bien sabéis qu e ser ía pr eciso un mil agro para haeer lc sali r de donde está , y vos no podéis cree r en los milagros. - Sin emba rgo, la otra noche en el convento de esa si mpática abad esa , ví a lgo que se parecía mu cho á un milag ro.. . á un terrorífico milagro. .. Incli nó la cab eza, y así estuvo algunos instantes con la vista inm6vil. -No, -dij o sa l i~ n do vivamente de aquel estado, - no quiero ver más espectros de esa naturaleza, no quiero ver más apar ecidos... Aunque Efr aim enloq uezca en s u calabozo como la otra, qu e no sa lga al men os de su tumba ... ¡Me en tiendes! I - Estad tra nquilo. - y ahora déjame; me sie nt o algo fatigado. El maestro de Tetzel sa ludó de la misma man era qu e h abia saludado su discí pulo. iba á ret irarse cuando, volvié ndose al pa p ~ , le dijo:
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~ I1ST E R IO S

DIlL VATICANO

- ¡SU Santidad se ac uerda de q ue Mig uel -Angel le espera en sus j ardine s! - Ya lo había olvidado. - ¡No se ac uerda tampoco de que después de es ta audie nc ia debe ir á visitar á Rafael en su tall er? - Es cierto, g rac ias . Voy en seg uida. Mien tras que el inquisidor bajaba la r egi a escalinata , el papa, á qui en el solo nombre de Rafael había sumido en un a especie de soñolencia mortificadora y g rata al tiempo mismo, rec orrí a á grandes pasos la sala de la biblioteca. De repente dió un paso atrás , y se retir ó sor prend ido. Fre nte á él, páli da como la muerte, sombría como la j usticia, se alzaba la fi gura de u n fr ail e ag usti no que reco noc ió en seguid a. Era el mismo que noches atrás le ha bía sorprend ido en el con vento de la marquesa . -¡ Siempre vosl-exclamó esca pándosele la frase ú s u pesar.-¡Por qué estái s aquí? ¡qué me queréis? -Santo Padre,-dijo el extranjero reprimiéndose, y contestando sólo á la ultima pregunta del papa ,-el prior de los frail es agu stinos de Erfurt, á cuyo convento pertenezco, me ha enviado á vos con un a misi6n que deseaba expone ros detalladam ente.-Per o a ñadió baja ndo la vista ante la mirada inqu ieta del pon tífice,-Ia fatiga y la emoción que me causa vnestra prese ncia , hacen más difícil mi empresa de lo que yo había llegad o á fi gurarm e. Por lo demás, las razo nes por las cnales he solicitado esta a udiencia , están expuestas exte nsa rnente en esta memori a... De s u pecho sac6 un r ollo de pergaminos. - Memoria que he redactado y firmado yo mismo; se trata de pediros que dul cifiquéis las reglas de nu estra 6rden en favor de los frailes sexagen arios y en ferm os, y ademá s de la man era de a rregla r cier tas dif erencias pendien tes en tre nu estra comunidad y las comu nid ades veci nas . - Con eso basta,-dij o el pa pa,-examinaré esa memoria , y ha ré justi cia á qui en de derecho correspo nda . Marchad, y reiterad á vuestro superior el tes ti monio de mi solicitud.

Sin solicitar la bendici6n del Pad re Santo, el monje se alej6 con paso vacilante. -Bajad á la repostería y tomad alg ún al imento,- añ adió Le6n X, El extranjero balbuceó un cumplido que envolvía una ·negativa, y marchó sintiendo bull ir eu S il cabeza un torb ellin o de ideas. - ¡Que pretendien te más sing ular !- mur muró el papa entre dicn tes. No me he dich o siq uiera cómo ha entrado hasta aquí. .. El movimi ento de'l cortinaje acud ió entonces á su memori a: - ¡,\ caso estaría oculto all í? ¡Habrá sorpre ndi do algo tam bién esta vezt. .; Bah, después de todo nada importa.. , Seg uidamen te el papa baj ó á,los jardines, dond e le esperaba Mi gu el-Ange\. Por el camin o, y maquinalmente iba hojeando la memoria esc ri ta por elmouj e. • El documento es taba ñrmarlo Martin . Ltuero.

CAPITULO IX
TETZEL MARCHA, PERO -!!O VA SOLO

El hombre de los cabellos grises, en el que nuestros lectores habrán reconocido á Neumann, el ami go de Miguel-Angel, siempre inmóvil y sombrío, estaba en la plaza deslumbradora de claridad, con la vista obstin adam ente fija en la puerta por la cual hab ía entrado Tetzel. Sin dud a debía estar absort o en profunda meditación, y fuera del pasado en el cual se abismaba con dolorosa insi sten cia , nada parecía existi r para él, ni siqui era el tiempo qu e pasaba sin inquietarl e. El sol ya bastante alto en 01 firmam ento dejaba caer á plomo sus ray os sobre la cabeza de Nenmann, cubie r ta sólo por el gorro que usaban los esc ultor es de su tiempo ; hubiéra se creí do qu e era in sensibl e al calor . Sin embarg o, la lu z br illante del luminar del día penetra ba en el cerebro del esc ultor, y á su influj o parec ía qu e hervían y se exa lta ban su s pensa mie ntos . Bajo sus espesas cej as brill aba más y más el fueg o sombrío de s us ojos, mientras qu e palabras in coherentes cr uzaban ráp idas por sus labios. Un nombre, nombre de mnj er que no pronunciaba sin tierna á la par qu e dolorosa emoción, acud ía á ~ lla con sing ular insisten cia: ¡Berta! ¡Ber ta!.. . Como evocada por aquel no mbre acud ía á sus oj os la im agen de la muj er qu e tanto había amad o. Recordaba entonces su simpatía, qu e databa de la infancia, su unión bendecid a por el viej o min ero , padre de Lutero y de Berta, sn comida de boda tan cordial y !an aleg re, las danzas bajo el folla j e de los árboles, el regreso á su casi ta cnidada con esmero y solici tud, el primer beso de amor .. . Con el pen sami ento trasladábase á aqu ell as horas en la s que una caricia de su amada interrumpía su trabajo; se veía esculpiend o en la madera la s delicadas líneas de la cabeza de su Berta, y ofre cerla su busto en el día de su santo, y.gruesas lágrimas cor rí an por sus mejillas, y tri ste so nrisa erraba por sus labios. De súbito oscurecíase su trente, apretaba los dientes y se crispaban sus man os: Era qu e acababa de representársele con todos su s detalles una tcrrible trama ... Se acor daba rle ha ber salido de su -casa por indi cación de IIn desconocido. en quien más tarde,
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DEL VATICANO

pero ya demasiad o tarde , h abía re conocid o u n cóm plice , pa ra as is ti r á u na s up uesta ci ta; r ecord ab a s n i nq uietud c ua ndo no e nco n tró á la persona qu e l e hab ía citado ; a co rdábase de s u pris a por volve r á s u hog a r ... se le r epresenta ba s u ll eg ada y el h orrible espec tácu lo á qu e le es per a ba a sist ir.. . Veía á 5 11 muj er, á s u Berta , s u úni co y pri mer amo r , h i ri éndose con un o de s us cince les de esc u lto r a ntes de qu e é l hu biera ten ido tiempo d e de tener S il bra zo, y la veí a design arl e a l fra ile qu e con e l es pa n to pi ntado e n el ros tro t rataba de hui r . Tod os, ab solu tam ente todos los de talles de a que l infa me lazo acu d ía n á s u memoria vivos y pujan tes, re cordá ud ol e las esce nas de aq ue ll a inf austa noche.. . Has ta veí a e l vaso , medio ll en o a u n, en q ue ell a h a bía bebi do e l narcótico .. . Uua nu be sa ngrie n ta oscu recía s u vista , a r ra ncaba de l pec ho de s u m uj e r el ar ma tin ta e n sa ngre , y heda co n ella al fra ile de terr-ib le golpe; despu és d irig íase á la i n fortu nada , llam ándola á voces , s u plic á n dola q ne viviese, jur ándola q ue la a ma ba au n más des pués de aqu ella afre n ta qne hab ía ten ido que su fri r, di ci éndola q ue ya es tab a vengad o, q ue no e ra preci so qu e ella m u ri ese, conj u rá udola por ú ltimo, pa ra qu e le dejase mori r á é l tam bién . Pero ell a le de tenía ... mi entras qu e los so ldados de l d uq ue de Sajo ni a forzaban la pu erta atraído s por los grit os; en to nces ell a e ra la qu e le co nj u ra ba á é l á qu e hu yese y viviese pa ra ve ngarla , combatie n do h a s ta morir contra aq uell os m iserab les frai les, ladron es de s u h on or ... y é l h uía .... An tes de escaparse h abía recog id o s u ci ncel de esc nltor, y de él hab íase h ech o má s ta rde un p uña l, q ue e ra el qu e d ib uj aba en to nces un pl iegu e en el pañ o de su t ú nica . -¡Ah!-se decía,-se esca pó el i nfa me. Sus s u pe r iores le protegie r on cont ra el furor' de la multitud , le libraron de la acción de la s leyes, le sa lvaron de ser en ce r rado en el saco de cuero y a r r ojado al río, le cu ra ro n , y por último le libertaron de la prisi ón de Leipzig! No importa , me ven g are de él. Lu ter o no te ndrá n ecesidad para ca stigar la muerte de s u h ermana , (le pedi r a l papa , qu e n o lo h aría , e l cas tigo del traidor... La ca sua li da d, ó mej or, el Dios de justicia á q ui en si r vo, y q ue esos coba r des ultra jan , me ha en tregado a ho ra ese ba ndi do .. . No se me esca pa rá Mi mano no tien e ya por qu e tem bla r , y mi a r ma tiel n o h ar á t raición á mi ve nga nza . Hurgan do haj ó su tún ica , co n s u ma no a brasada e mpuñaba el fr ío p uñ al. -iOh ! q ué pl a cer, - con ti nuaba; so n rié n dose - el d e a rroj a rse al fin' sobre es e ma lva do , go za rse en s u es tu por, heri r le po r la es pa lda y en un a emb oscada , ún ica ma n era j ns ta de cas tig ar s u fe lon ía! ¡Qné a legría pode r bañarm e las m an os e n s u sa ng re mal d ita , poner por test igo al cie lo y empeza r por el degü ell o de esa fiera la g ue rra de ex termin io q ue h e j u ra do á s us cómplices .. . Sí, lo promet í " aq uella víc ti ma ado rada y c umplir é mi pa labra , aunqu e tuv iese qu e a plasta rles baj o las ruinas de s us palacio s. Co n e l pu ño cer rad o y el br azo ex te nd ido a me naz aba la pu erta sie mp re a bi ert a por la qu e hab ía e ut rado Te tzel , y respi ra ba de pl ace r y tod o s u s ér se inund ab a de un se n tí• mie nto de sa tisfacción potente y sal vaje .. . De repente se i nt errump ió, y la a legría desa pareció de s us oj os. - ¡Oh desdi cha!-dij o.. .- ¡Si h abrá ese ca na lla de Tetzel sa bido m i prese nci a en Hom a por eo ntl uc to de s us espías! ¡ Acaso mi s p recau ci on es no hab rá n podid o despista r le! ¡Sabie ndo qu e es toy aquí , no se rá e l mi edo el qu e le haya h ech o e nt ra r en el Vaticano bu sca ndo en é l un r efugio! ¡C6mo irle á bu sc a r a llí en medi o de la protecci ón del pap a! ¿Por qu é no me ha bré preci pitado y he ri dole e n la ca lle po co há si n preocu pa rme de la . multitud ?.. . ¡Quiéu sabe a hora si le volver éá ve r nu nca m ás, quién sabe si, m ie n tras yo le ac ec ho , no h ay q uien me aceche á mí por s u orde n! ¡Quién sa be s i á es tas hor as lI O ba y puñal es tra id ores q ue me a menazan! Con la mirad a escudriñ ó las esq ui na s de las ca lle s pré xi uia s , y no desc ubrió á na die.

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o LOS st BTERR,,:mOS DI-: ROl lA

-¡Ah !- conti nu ó,-es que serí a mu y crue l mor ir sin vengarme, so bre .torlo ah ora q ue... Sin terminar el pensam ien to con un movimiento rápi do, se oculto en la sombra . Tetzel acab aba de apa rece r en la puert a de en fre n te. Salió solo . León X, baj and o á los j ardin es cuyo (Li~ ñ o le hab ía tr azado poco hacia Bra ma nte, hahía enco ntra do á Mi g uel Angel , m ás sombrío )"abs traído que de ordinar io, tan abstra ído

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E l odio r el amor estaba n frente á frente ... el uno era meno s valiente pero más colérico que el otro. Y el padre que luchaba para matar, á pesar de sus blancos cabellos comb atía con más encarnizam iento en aquel duelo trági co que el padre que luchaha por salvar. - GAP. XY.

qu e el pontítlce, después de haberle llamad o por su nomb re, luyo pa ra adv er tirl e s u prese nc ia qu e gol pea rle suava men te en la es pa lda . El esc ulla r se estremeció . -Ll ego tard e,-d ij o,- pero no es mía la cul pa; al veni r he pa sado por el harria de los Jud íos, y he tenido qu e da r un largo rodeo para a parta rme de las ruina s aun humeantes . Hablando de esta sue r te, el florentin o habia alzado los ojo s, aqu ell os ojos de mirar pen etrant e y tr ist e, y fijádoÍos en el rostro del pap a .
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).JlSTERIOS DE L VATlCANO

Sinti éndose turbado el pontífice por aqu ella muda in terrogación, ené rgica como una

sentencia, no supo de momento que responder. - Sí, ya sé,-dijo al tin ,-me han hablad o de un inc end io ocurrido en el Ghett o, alg una venganza particular sin duda. -Segu ra mente,-articuló Migu el Angel. - Vivimos, - repu so el papa,- en tie mpos muy tu r~ u lentos , nunca como hoy ha n sido ta n enconados los odios. - Nu nca,-añ adió el escultor. Había tal decisi ón , ironía tanta en aq uella palabra , qu e León X se apresuró á replicar: -De todos modos pienso hacer abrir un a información, y buscar activamente á los culpables. -Tiempo perdido,-dijo Migu el Angel con convicción. - iQue queréis decir? -Nada, sino que los cu lpables no serán habidos . - iPor qué? -Porque nadie se atreverá á denunciarlos; porque las den unc ias de nada servirían a un dado el caso de que alguien se at re viese á prese ntarlas . - iLOcreéis así? -Estoy segu ro de ello. La turbaci 6n del pontífi ce ib a en aumento á medida qu e su interlocu tor da ba pr uebas de mayor seg uridad en sus afirmaciones. - Hab lái s con mucha seguridad,-atreviósc á decir.-iCreéis, acaso, conoce r á los culpa bles? iQué pensáis, re spect o á este punto? -¡Yo? -Sí, vos, veamos, decid . -Yo, pienso lo mismo qu e Vuestra Santidad. La respuesta era hábil, y León X, á qui en aqu ella sorda hostilid ad comen zaba á exasp erar, no añad ió una pala br a, pr efirien do cambiar de conve rsación . -Ahora bien,- dij o,- os he llamado para pedi ros un gran se rvicio, un in menso servicio. El ca uteloso itali ano pro curaba dar á su voz entonaciones du lces y cariñ osas, pero Migu el Ange l no era hombre que so dejase coge r por la lisonja; ese lazo que sólo caza á los pájaros de baj o vu elo, á los hombres de cortos alcan ces, nunca á las inteligencias elevadas á los caracteres superiores . -¡Qué servicio csl-preg untó . El papa guardó silencio un in stante, seg uro del efecto qu e iba á produ ci r. -¡Queréis,-dij o,-construirme una catedral? -¡Yo? . - En la misma Roma. - ¡Si yo quiero!.. . -Una catedral que sea la más vasta y atrevida del mundo, tal y como es preciso para encerrar en su sen o la cátedra de San Pedro!. .. ¡Queréis? -¡Que si quier o? ..- repetía el artista. El papa había tenido razón; por el arte solo, por la inmensidad de una obra semej ante, podía ganar á aquel hombre .. . Los ojo s de Miguel Ang el brillaba n bajo sús espesas cejas. El, tan taciturno, tan poco locua z, estaba radian te de entusiasmo, se embr iagaba con su propia elocuencia, se expresaba con viveza acompañando sus palabras de adem anes inspirados :

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- [La catedral de Romal .,; Hace ya mucho ti em po, qu e, bajo otr a forma acaricio esa id ea,-decía. y sincurarse del efec to que sus teorías podí an producir en el papa, tan pagano como el por lo dem ás, continuaba : -En la capital del mundo antigu o, conve rtida en la capital de los sigl os venideros, quisiera yo edifi car un Capito li o más colosal qu e el anti guo, pero más pacífico, templ o de todas las glorias , exce pción hecha de las g lor ias sangrie ntas, santuar io del Arte y de la Libertad ... -¡Bravol-interrumpióle León X;-construidle; ,se levantará en su interior un altar, encima se pondrá una cruz, y de vu estro Capitolio yo haré una basílica, que más tarde, cuando los republicanos vuestros amig os, hayan de sterrado de la tierra la religión de Cristo, lo cual no ocurrirá mañana, as í á lo menos lo espe ro, podrá ser destinado para el objeto que se qui era . Miguel Angel ca llaba, y entregado á las idea s qu e aq ue ll a salida de tono del pontífi ce había evocad o en él, el ferviente patri ota veía ya en su imaginaci ón el advenimiento de las doctrinas rep ublican as, aqu el tri un fo de la raz ón r ei na ndo victoriosa sobre los altaros elevados al fan atismo y á la superstició n ., - ¡Tenéis ya,-Io preguntó Su San ti da d.s--alg ún proyecto sobre la ejecución de ese jigantesco monumento! -Tengo, efectivam ente,' al guna idea,- respondió el esc ult or, - Ios planos de un edificio coronado por una cúpula prodi giosa; c úpula atrevida, soste nida sólo por cuat ro pilares, sin esa confu sión de estribos con que se apun talan todas las antiguas catedrales, lo cual constituirá, si lo alcanzo, si mis cálculos no me han engañado, un prodigi o más extraordinario aun que el realizado por Brunelleschi en Florencia. -¡Justamentel- exclamó el papa. -La cúpula de Santa María de las Flores; ese, ese es precisamente el modelo que yo h abía soñado. -¡Incompa'rable maravilla l-dij o el a rtista.-¡Ojalá pu ed a yo se r se pultado no lejos de ella para admirarl a aun desd e mi tumb a! León X le interrumpió nu evamente. - ¡Y bien, puedo yo ver esos planos, podemo s habl ar del as unto! ¡Podría esto se r hoy mismo! Cuanto a ntes será mejor: una emp res a tan gigantesca como esta requiere pa ra su ej ec ución much os añ os, y mi deseo, mi ambición, es que se comience y term ine bajo mi pontificado. -Mi mayor glor ia sería también,-dijo el esc ult or, - Ia de pon er la primera y la última piedra ¡Lo conseguiré! - No me contestáis insistió el pontífice. ¡Puedo ir á vuestro taller á ver esos plano s; cuando pod rá ser! -Hoy mismos si os place. Mi tall er no es lujoso y principesco como otros .. Con estas palabras aludía Migu el Ange l al taller del pintor de Urbino - ..... Pero sin emba rg o.e-eprosig ui é.c-ve r éis alguna obra curiosa ; así á lo meno s lo creo . -Estoy seguro de ell o,- respondió galantemente Su San tidad. Mientras qu e Mig uel Angel se des pedía y dirigíase á su taller para di sponerlo de suerte de poder recibi r dig na men te á su hu ésped, León X entraba en su pal acio profunda mente pen sa tivo. La ind icac ió n del esc ulto r a pro pósito de su rival Rafael , había vuelto al pap a al deli ri o qu e le acosaba desde la noch e anter ior ... Un nombre dul ce como el beso de una vírgen , acudíale á su pesar á los labios, y el mayord omo P ári s de Grassos, que se aproximaba á él para recibir .su s órde nes, qu edó se extra ña mente sorpren di do, al re cibir por toda respuesta, este nombre tr es veces pronun cia do con ind ecibl e ace nt o de pasión : -¡Maríal ¡Maríal ¡María.... 1

:\lI s l' EHlOs DEl,

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ATICA~O

Ne uma u n ha bía dejad o pasar á Tetzel , Deslum bra do por los enormes beneficios que iba á reportar de su misió n, po r el ili mitado poder q ue se le ha bía concedido, el fraile dominico, con el rostro resplan deciente de satisfacció n, marchaba fro tándose las manos . Pensaba en s u e nem igo Lu te ro, á quien ya no tem ía, pues estaba absuelto de su crime n, y te n ía en su mano, con el títu lo de gran in quisidor de Alemania, 'lne Hochstratten le había conferido, el arma más tem ib le de que nadie h aya podido disponer. Em briagü ndose a n te la id ea de s u au tor idad, so nreia diabó lica me nte. De es ta suerte pasó po r la es qu ina en q ue se oc ultaba Ne u ma n n, rozá ndo le cas i, d e man era qu e el esc ulto r se creyó descubi erto. El fra ile, sin e mba rgo, co n ti n uó tr a nq uila ment e su camin o. En ton ces el esculto r di ó un paso, sacó de deb aj o de s u túnica el pu ña l- co nsagrado por la sa ng re de su muj e r; levantó e l b razo, y al mism o tie mpo a br ió la boca pa ra lanza r un grito que hiciese vol ver la cara al Irai le á tiem po de reconocer á su as esi no ... De r epe n te se detuvo; una manu le s uj e ta ba por la muñeca y otra tapaba s u boca. ,. ¡Quién osaba oponerse á s u ve nga nza! - i Lutero! -mu rm uro . - Si le ncio.. . El que hab ía detenido el bra zo vcrura d or de Neum anu , e ra e n e fecto Lut ero, que , habien do salido del pab ell ón de spu és de Tetz cl, h abia reco nocido al escultorv y apresuradose á sujeta rl e. -¡ Cóm o! ¡eres tú quien me detienes?-preguntó Neuma nn ;-déjame vengar á t u hermana. - No, no mil tes á ese homhrc .i-- iu si st id s u a migo;-s u vida no s es más ú til qu e s u . m ue r te . -Pero... - Yo te lo suplico ... - ¡Tú? ¡Pero mi ra que se nos va ,í esca pa r! ... Que le vamos á perder de vista para siempre. - Ya sé yo adó nde va y lo qu e va á hacer... -Sin dud a alguna maldad tod av ía; si algun a maldad qu e es deber mío impedir. -No, no va más qu e á desenmascarar a l catolicismo; va á vender públicamente el perdón de los pecados, á desacred itar la reli gión romana y a l papa de u n solo golpe, á e nvil ecerla y ridic u lizarla. Por esta razón te digo: Déja le obra r, déjate partir, tra baja en beneficio de n uestra ob ra . • -Sea, -di jo e l artista lan zand o u n s usp iro; a caso tengas razó n; tú ya sabes qu e hablarme de nu es t ra causa, es ment arm e lo qu e más qui er o e n el mund o, más aú n qu e mi
misma ve ng anza . ..

Esto no le im pid ió a ña d ir co n tono lastimero vie ndo a leja rse al fra ile ajeno á aqu ella esee n a: - ¡Sin embargo, la venganza hubi e r a si do tan sabrosa! - Goz':lr ás de e lla más tarde, -añad ió Lutero, -caerá otra vez en tus manos desp ués de este aplazamiento que te pido, Una vez h aya te r mina do su empresa lo aba ndonaré á tn brazo .. . - Sea. - Ser á cuando yo haya com enzado mi obra . -¡Tu ob ra diees? ¡,qué sign ifican esas palabra s? ¡por qué no dices nuestra obra: ¡separas de nu es tras aspiraciones tus esperanzas? it e niegas á en tra r e n nu estras filas? - Si.

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LOS SUBTERRÁX EOS DE

nosu

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-¡Jlar tín! -No insistas; yo respeto vuestras ideas au nqu e las mía s d iñernn de ella s; no sé s i sois vosotros 6 yo quien se engaña. -Eres tú,- afirm6 Neumann. -Veremos; el por venir dará la raz6n á qu ien la tuviere. Adios. -¡Te marchas?-preguntó Neumann con tristeza. -Sí; vuel vo á Alemania vá mi conv en to, -¡Por qué? - Allí es taré mejo r que en otra par te alg un a para comenzar la lu cha. -¡Ai slado? - No, con el corazóu esta ré con vosotros . Cerca ó lejos soy siempre vuestro ami go, el tuyo sobre todo. - Te creo, y espero tamb ién encontrarte á mi lado cn la bata lla. - No lo esperes. - Sea como sea ,-continnó el esc ulla r desp ués de breve silencio, - no olvides que ese miserabl e me per tenece, que te lo he prestad o ta n sólo, y que tú has pr ometid o devolvé r rnele. - y te reitero mi promesa, segu ro como es toy,- añadi6 seña la ndo al papa que salía

del Yati cano ,-de qu e Dios está de mi par te cont ra ese homb re. -Está bien,-respondió Ne uman n.i--y en vain ando su puña l cogió de l brazo á su amig o. Apenas habían dad o algunos pasos cua ndo les llamó con voz robusta un hombr e de encendida faz y ab ultado vientre qu e estaba apoyado en el qui cio de una puer ta, sobre la cual se leía esta palabra: Osteria, _ Acercábase la hora de comer y los ardie ntes rayos del sol excita ban la sed; as í pues. cediendo á las repeti das instancias del hostelero, los dos amig os en traro n en el establecimi en to. Un instante después, sentados á la mesa comía n y bebían como buen os alemanes.

Acab aba Tetzel de pasar la murall a, cua ndo el r umor de una dispu ta atrajo su at enció n ha cia una casi ta oculta en tre la a rboleda. Balan ceándose dulceme nte al compás del paso reposado de una herm osa mul a gri s, y en tregándose á las delicias de la digestión de un abunda nte almuerzo, el frai le vacil é un momento acerca de si deb ía ó no ap roximarse á la casita. ¡Valí a aqu ell o la pen a de qu e in terrumpiese su digestió n él, inqui sidor recientemen te no mbrarlo! No seguram en te, ~ pen saba , que se maten esos paganos con toda tranquilidad . Un in ciden te, excitando su curiosidad, le obligó á sacudir su pereza' luna voz de mu j er, armoniosa y simpática se mezclaba á los g ritos de la dispu ta. Diri;;?ó TetzeJ su mula hacia la cas ita, y empinándose so bre los es tr ibos, dirigi ó una mira da á tra vés del espeso follaje de los cip reses . Uno de los contrinca ntes, pues e ra n sólo dos, vestía el uniform e de los gua rdias s uizos del papa: aunq ue de edad mad ura , debía haber sido g uapo mozo; el otro más pequ eñ o, de g ra ndes bigotes y ar mado de formidable es pad ón , sa llaba , gr itaba y gesticulaba furiosam ente haciendo un r uido in fer nal, - Sa lid, in solente,-vociferaba,-ú os convierto en espectro ... El sui zo no parecía dar seña les de inmutarse . - Sa lid, des graci ado , -segu ía gritando el pequ eño.. . Salid, in solente, que os habéis atrevido á falt ar al respeto á mi herm an a . La muje r, seg ún parecía , era su herman a , pero Tetzel, que desde su improvisado ohros o
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MISTERIOS DEL VATICA¡;O

servatorio sólo veía la espalda de soberbio modelado de la dama , y las colga ntes y r elucien tes trenzas, lejos :de darse por satisfecho con aqu ello, sentía terri ble comezón de ver más. -No me exasperes, mequetr efe,-dij o el suizo, á quien las amenazas del otro comenzaban á saca r de sus casillas. -¿Mequetrefe yol - rugió el her man o de)ajoven;-¡mequetrefel Al mism o tiempo dió un salto . - ¡Aníball-dij o la desconocida la nzand o un g rito y tra ta ndo en vano de conte nerle. Al movimi ento que hizo quedó colocada preci sament e de cara á Tetzel, y el fra ile al verla, conteni end o á duras penas un grito, murmuró: -¡Floral Preciso es cree r qu e lo meno s de vista, conocía á la más bella cortesa na de Roma . - ¡Qné herm osa esl -s-añ a dié Tetze!. Efectivam ente, la herman a de Aní bal, á quien el sol ilumi naba de lleno haciendo r esaltar su s form as sobre el fondo oscuro de los árboles, esta ba en aquel momento extraordinaria mente at ractiva ... Gran suerte fué aq uello para el her mano, pues determinado por aq uella belleza el nuevo inqui sidor, se decidió á sa ltar de su mul a y salvar el muro no muy alto que les separa ba de los combat ientes. El trail e ll egaba á tiempo en socorro de An íbal . El g uardia suizo hab ía desenvain ado su es pada: al pr imer golpe comp re ndió que tenía qu e ha bérselas con un es padac h ín de profesión, muy astuto, conoce dor de golpes atrevidos nue vos y sin parada, contra qui en era locura luchar; ade más, in feri or á él en agilidad y destreza, sólo de la fuerza podía espera r el triunfo. El razonamiento era j usto, y por eso, sirviéndose de su pesada espada como de un a maza, comenzó á golpear ciega y furiosamente sobre Aníbal, con fuerza tal, que , á los pocos golpes, le molió la muñeca, y el her man o de Flora, desarmado de su espa da, que le cayó de las man os, se encontró á merced del vencedor . Nada hay ta n temible como un hombre que, después de mucho-contenerse, al fin se encoleriza, y el suizo lo probó. Sordo á las sú plicas de Flora, dirigióse r esu eltamen te hacia An íbal . Aunque éste sintiere tal vez deseos de huir, sabía, sin duda, lo exp uesto que es volver la espa lda á un adversario, ó hu ir á reculones, y se dejó caer boca abajo . Su objeto era hacer presa con las manos en las piernas del suizo y dar con él en tierra. El suizo cono cía el golpe ó comprend ió el lazo, y sa ltando á pies j untos sobre las espaldas de Aníbal , le dejó clavad o en el suelo bajo su peso, moviendo inútilmente bra zos y piernas, como mosca ensar tada en un alfiler. La situación era difíc il é .iba á serlo más aú n, pues el g uardia suizo levantando la espad a se disponía á pinchar al her man o de Flora más abajo de los r iñones, precisa mente en el sitio en que otro más pia doso se hu bie ra conte ntado con aplicar un castigo de otro género, un pun ta pié, por ejemp lo. Pero el snizo fué quien dió un grito de dolor y Aníbal uno de satisfacción . En menos tiempo del que para refer irlo se necesita , la situación había cambiado por completo; poco hacía el raitre, asemejábase al arcángel Mig uel, aplastando al demonio, pero de repen te los papeles se hab ían cambiado, y Aní bal conve rtídose en arcángel y en demonio el suizo. Para operar aq uella metamorfosis h abía bastado una zancadilla que Tetzel le echó al suizo.
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Ó I,OS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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Flora, testigo de aqu el brusco cambio, como buena mucha cha qu e, á pesar de todo, quería á su hermano , dirigió al fraile una mirada de gratitud . El fraile reconocido, r esta vez fué gran suerte para el suizo, intervino en la lucha en el momento en que Aníbal, ebrio de coraj e, iba á mecha!' con su espa da, que había reconquista do, al vencido guardia en la misma parte en que él había estado amenazado de serlo. Tetzel apartó la espada con ademán bondadoso y magnánimo. Por poco si la generosidad le cuesta cara. Furioso de despecho, el guardia suizo iba á arrojarse contra él espada en ris tre . Afortunamente, el frai le tenía para protegerse un arma segura, infalible, y la blandió . In mediatamente el ra itre ret rocedió i nclinan do la rodill a. ¡Había visto un pergamino sellado con las armas del papa y r ubricado por el gran inquisidor! No había aún Tetzel guardado el pergamino, ni bajado la mano con la que imperiosamenf e indicaba la puerta al sui zo, cuando aquél, á algunos pasos de distancia, cor ría á escape hacia su puesto en el Vati cano, qn e con tan poca su erte había abandonado. Su avent ura, no creemos que haya necesidad de decirlo, era poco ha lagüena, y no tenía nada para que con razó n pudiera van agl oria rs e de su bue na fortuna. H é aquí lo que le había ocurrido . Por orden del camarero del papa, el bravo soldado había .quitado al mendigo cojo el oro que había recogido á los pié s del Cristo milagroso. Dicha sum a debía pagar, no sabemos con certeza qué ten ebrosa intriga; pero cual si estuviese escrito que aquellos ducados nuevos, á pesa r de su origen divino, no habían de hacer la felicidad de su dueño, los herm osos ojos de Flora habían excitado de ta l suer te los deseos del r aitre, poco acost umbr ado á semeja ntes querid as, que el pobre dia blo había vaciado todo su oro, aun sin contarlo, en las blancas manos de la muchacha , siquiera sin pedi r las arras. Fu é aquella grave imprudencia que procu raba reparar en la casita de la bella, cuan do Aníbal , qu e entró detrás de ellos , sobre vino, pr ecisamen te en el moment o en que el amante de cabellos grises s uplicaba de rodillas á la cortesana, muy elocuentemente, tan elocuentemen te que estaba á punto de con vencerla, r ya le presentaba sus labio s, dispu esta á darle su amor en cambio de su dinero . Pero el austero Aníbal no se entendía de ch iquita; feroz g uardián de la virtud de su hermana ,-no era mala tarea la que se había impuesto, - no permitía á Flora entrega rse sin o á señores de la grandeza ó pr elad os resp etables; el solo hecho de dar á besar sn mano á un simple ca pitán le parecía un a bajeza á aquel dragón de honor, qu e aunq ue sabía ciertamente que el valor es la pr imera nobleza, recon ocía que la bondad de las mujeres debe tener sus g rados . Esto es lo qu e al sorpre nderl e ha bía tratado de explicar al gua rdia suizo; á lo cual el mitre respond ió que como había paga do anticipadamen te... Ofend ió aquella fra se á An íhal, quien no quiso escucharuna palabra más, r así fué como comenzó la reyerta tan oportunamente interrumpida por Tetze!. -¡ Reverendísimo!-mur muraba Aníbal , arrodillado á los piés del frail e ;-bendito seáis vos, qu e me ha béis librado de las mauos de ese bandi do.. . Es verdad que tamb ién le habéis salvado á él de las mías, pero vuestra pri mera acción dispensa la segunda . Me acordaré de vos toda mi vida; estad seg uro de ello. Como Tetzel hic iese ademán de int er rumpirle para probarle que lo que habí a hecho era cosa sencill ísima, - No lo intentéis,-repuso el otro ;-nada de modestia, que estaría fuera de luga r ... Acabáis de salvar en mi persona uno de los primeros capi tanes de nu estro tiempo, un hombre cuya espada.soli cita en este momento el duque de Sajonia . Federi co el Sabio.

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MISTE RIOS DEL VATIC ANO

Podéis es ta r segu ro de ello, pu es precisam ente iba á vest irme la a r mad ura de batall a pa ra ponerme en camino, cuando he tropezado con aq uel inso le nte. -Est á bie n, -dij o el fra ile , q ue parecía preferir por razones especia les las grac ias de la her mana á las del herman o.-Está bien ; ahora ya pod éis ir en paz á pon eros vuestra a r mad ura . - A eso voy al momen to, pero antes qui ero juraros, po niendo por testigo a l gran An íbal, h ijo de Ha míl ca r, el magi strado ca r tag inés , mi antepasado, qu e os pertenece has ta la última go ta de la sa ng re de mis venas, y qu e e n cualqui er parte qu e sea donde os entr éis, no tenéis má s que llamarme, y yo ac udiré di spu esto á derramarla por sa lvaros, como vos me ha béi s salvado á mí. Esto dicho , Aníbal, qu e d urante el j urame nto ha bía tenido la ·espada levantada en alto, la baj ó, volviéndola á su va ina ; se iucli nó ante Tetzel y entró en la casa para ponerse su armadura, no sin su plica r á su pcqneña, como llamaba á Flora, qu e ofreciese alg ún refresco á Sn Eminencia reverendísima. Tetzel , que parecía cuidarse poco de la licen cia qu e An íbal Ie habia dado , interrogó á Jacortesa na con una significativa mirada, á la qu e ella contestó con otra. La res pues ta íué si n du da á g usto del fra ile, p ues abriendo la puertecita del jardí n in troduj o su mu la , después de lo c ua l, sig uie ndo á la j ove n, entró en la cas ita. Sin d uda creía ta rda r muc ho en refrescarse, pues emp leó algú n tiempo en calcular e n qu é si tio ataría su caball ería, de s uer te qu e d isfruta se de la sombra aún cua ndo él sol d iese la vue lta.

Hat o hacía, en efecto, qu e el sol ha bía dad o , la vue lta, y su disco br ill a nt e se a proximaba al horizon te, cuand o dos pe rsonas q ue acababan de pasa r la mu ralla fu e ron testigas de un espectác ulo sobremanera extra ño . De una cas ita oculta tras el es peso y ver de follaje de los cip reses salí a mon tado en u na mula un perso naje de mala traza, á qni en de lejos se hu bie ratornado por un fr ail e; de la delan tera de la silla pend ía á a mbos lados al go que se balanceaba y bri lla ba á los ra yos del sol con extra ño brillo. Aque ll a cosa se movía como si fuese un cuerpo vivo. De repen te se desplomó sobre el camin o, produ ci end o gran ru ido metáli co, al qu e siguió un sordo ge mido, ahogado cas i por una sono ra ca rc aja da del caballero. Aliviada de aqu ell a carg a la mu la, emprendió el galope y bien pronto desapareció entre nubes de polvo. Los dos hombres, que eran Lutero y Ne u ma n n, que hasta enton ces habían estado en tretenidos en larg a con versació n , ali g er a ron el paso, ll egando á poco al sit io donde h aLía ocurrido aque l extraño accidente . Un hombre cu bie r to de la armadura de hierro como las de la época, inmovi lizado por el peso de la cora za, con las rodillas aprisionadas en la ar tic ulación en mohec ida de lo s pernil es co n las escarcelas, los brazos pri si on eros, las manos si n movimiento á cansa de las manoplas de acero, la ca beza y el c uell o embutidos e n el cas co con la visera echada , g em ía y cas i se aho gaba, forc ejeando in útil me nte para levanta rse, asemejándo se á un abejorro qu e, preso en la li ga , no p uede desplegar sus elictros. Cua ndo el fraile agus tino y el escultor llegaron junto á él, el desdichado n i fuerza s ten ía ya para qu ejarse. I nclin óse sobre él Lutero ; y mien tras qu e Neumann le des e mba razaba del cose let e, cu yas co rreas cortó con su puñ al , él levantó la visera del cas co y desarticuló la placa rqu e oprimía el cu ello. Un ro stro delg ad o inyectad o de sangre, con enormes bigotes, la boca desme su rad amente abiert a, y los oj os desencajado s, apareció en ton ces á su vista .

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Ó LOS SUBTER R Ál' EOS DE RmIA

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Aníbal , p ues él era , lan zó u n prolongado su spiro, qu e cre yó deb ía se r el últ imo, pu es no SP. daba c ue n ta de l o qu e le 'pasa ba, a turd ido como es taba por la rabia , la an gusti a y los pri mer os síntomas de la as fixia. - i Está h e ri do?-p r eg u n tó Lutero á Neum aun . - No.. . cuando men os no veo sa ng re a lg una ,- res po n d ió el esc ultor , -Ya vuelve e n sí. En efec to, a qu el bu e na pieza , c uyos ojo s h a bían perdido la inmovilidad a larma nte que

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Simón había desaparecido. El j óven cayó al río, que lo r ecibi ó en su seno, cubriéndose de espuma. - CAP. X,·.

al principio ten ían, miró al cielo, as piro con frui ción el a i re , y des p ués, al ver á s u la do al fraile la nzó u n grito y dij o: -¡É l todavía! Creía que tu vi ese qu e ha bérse las aun co n Tet zel ; pe ro u n exa me n más de ten ido de la fison om ía y del hábito de Lutero, le tra nq u iliz6 un tanto, p ues com ple ta me n te n o lo es - tu vo ni res piró co mpletamente libre ha st a q ue, ap oyá ndose en el codo, levan t ó la cabeza, y vié qu e por todo el ca mi no no se parecía á ni ma vivi e nt e qu e se as em ejase á Te tze!. Entonces se se n tó.
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~lISTERIOS

DEI . VATICANO

- y bien, ¡OS sentís mej or , camarada?-preg unt6 Lutero.

Aníba l con un signo signific6 que sí. - ¡Era s610 el ahogo lo qu e os mortifi caba?-indicó Neumann . - Nada más que eso,- contestó el hermano de Flora;-pero me parece que era bastante ... - En eleclo,-añadió el fraile ag ustino, -si llegamos un poco mas tarde ... - Un poco más tarde,-dijo Aníbal estremecié ndose,- yo hu bier a muerto, y mi hermana se hu biera que dado sin hermano... Pa sand o de la melancolía á la amargura , añadió: - Mejo r dicho, si tnrdá is algo más, yo h nbi era sido qui en hu biese qu edado si n he r mana ... Como si la idea de su muerte le impresionase dolorosame nte, contin uó diciendo a l propio tiempo que tend ía la mano á Lutero: -Gracias, caritativo descono cido, y vos señor, gra cias; ambos me habéis liber tado de aquel monje cíni co; cre ed que me acordaré de ell o toda mi vida. - Bien, bien ,-interrumpi6Ie Lut er o,- eso no vale la pena ni de que nos déis las gracias; cualquiera buen cristiano, en nuestro lugar, hubiese hecho lo mismo . -No digáis eso,- re puso Aníbal ,-no seáis tan modestos, la modestia aquí estaría fuera de lugar. Como si qui siera probar el hermano de Flora que sabía economizar gastos de imaginaci6n, y en ocasion es semejantes servirse de unas mismas frases , continuó diciendo : - Acabáis de salvar en mi persona á u no de los primeros capitan es de n uestros tiempos, á un hombre cuya espada solic ita prec isa mente en estos.momentos el duqu e de Sa\,J j oni a, Federi co el Sabio. . Neuman n y Lut ero ~e estremecieron al escuchar el nombre del duqu e, que les recordaba la horrible traj edia . . El espadachín se equivoc6 tomand o por expresi6n de incredulidad el movimie nto que los dos hombres hici eron. -Es cierto lo qu e os digo,-continu ó,-tan cierto, que acababa de ponerme mi armadura de batalla y me disponía 'Í marchar á Leipzig, cua ndo he tropezado con aquel fraile maldito. Con la mano indicaba el camino por don de Tetzel había desaparecido. -Sabed, señores,- continu6 el charlatán,-que yo soy el herman o de Flora, la bella .romana , que acaso vues tras señorías tengan el gu sto de conoc er ... Como los dos amigos indicasen qu e no con un movimiento, Aníbal contin uó: -¡No la conocéis? tanto peor... Pues bien, salía ele mi casa cuando me cr ucé conese end iablado dominico que salía de casa de ella precipitadamente... Esto me llamó la a tención ... Lutero frun ció las cejas , é iba á preguntar que quién era aquella hermana que recibía frai les en su casa; pero Aníbal no le dió tiempo, pues prosigui ó de esta manera : -Le pedí cortésmente que tuvieso la amabilidad de añadir al rec ue rdo, qu e sin duela hab ía dej ado á mi hermana, otro recuerdo para mí, con el que pagar, por eje mplo, todo 6 parte de mi armamento.. . Enton ces los dos hombres empezaron á ver claro, y como la cosa no les interesaba , di er on un paso para alejarse, deplorando haber perdido el tiempo en favorecer á semejante sujeto. El herman o de Flora les detuvo. - Una carcajada,-prosigui6 Aníbal,-fue su única respuesta, señores , y mien tras

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reía me encasqu etaba la visera y se aprovechaba del mome nto para cargar me sobre su mu la, á la qu e, el exceso de carga , no impedía de cor rer y traqu etearrne horro rosamente hasta que me arrojó' en el sit io en que me veis. -Basta; adi ós. Tal fué la contestaci6n de Lu tero á aquellas palabras ; en cua nto á Neumann , sonreía sin poderl o remediar. -Dispensad, señores,-observ6 Aníbal leva n tán dose para cerra rles el paso,-¡n o qu eréis entra r á descansar un in stante en casa de mi hermana? -No, gracias,-respondi eron á un a los dos interpelados. -Lo sentiréis . Despu és de esto Neumann y Lut ero se pu sieron en ma rch a. -Id, pu es, á dond e os llam en vu estr os nego cios,-dijo Anibal,-Flora tendrá el disgusto de no hab eros podid o dar la s gracias tan exp res ivamente como os merecéis. En cuanto á mi, no soy in grato, así como tampoco soy . imp ortuno ... Id ... Pero antes dcseo promet eros, poni end o por testi go al gra n An íba l, hij o de Ham ílcar, el magi strado ca rtaginé s, mi antep asad o, que la sa ng re de mis ven as os perten ece hasta la última go ta, y que donde quiera qu e os encontréis, sea el q ue fuese el peligro qu e os amenace, no teneis más qu e llamarme, qu e yo acu diré di spuesto á perder mi vida para salvaros como vosotros me hab éis salvado á mí. Como antes, al pronun ciar estas pal abras, Aníbal, despu és de haber levantado al cielo su espada, la euvain6 con gra veda d, se in clin ó delante de Lutero y Neumann , y, con la conciencia perfectam ente tran quil a por aq uel dobl e j uram en to qu e más ade lan te deb ía ponerle en un a situación suma mente deli cada, en camin6se lentam ente hacia la casita arrastrando los pedazos de su armad ura qu e entrec hocán dose producían extraño ruido. Los dos amigos segu ían su march a sile nc iosa mente. Lutero, deteniéndose á poco, fue el prim ero en romper el silencio: -Adios, hermano,-d ij o con voz grave. -Hasta la vísta.e-resp ondid Neum ann . Ambos com pañ eros se abrazaron . -¡Con q ue definitivamente no?-pregunt6 una vez más el esc ultor. -No, decididamen ie;-respondi 6 Lutero. Después de es trecharse las manos, se separa ron ; el artista en di re cci6n á Roma, el frail e camin o de Alema nia. -No,-pensaba este último.s--au nque sea contrariand o á mi amigo . no debo aceptar en esta lu cha el ap oyo sino de aq uellos qu e pon gan en su bandera los mi smos lemas q ue yo... Si me enc ue ntro solo , ¡no impor ta! solo decla raré la g ue rra al tirano. Lutero, volvién dose h acia la capital del m undo cr istia no, añadía : - y su fuerte, San Angelo, no me inspi rará pavor, ni sus prision es, ni s us hogu eras, ni sus inqu isid or es; y las mu rallas de sus palac ios no les resguardará n contra el truen o de mi voz. Esto dicho prosigui ó su camino con pas o firm e, y asf siguió caminando toda la noche. Neumann , por su parte, pen sab a de esta sue rte . - ¡Qué lástima perrier esta adq uisición! ¡Cuánto va á sentirlo Miguel Angel, mi maestr o! En fin, no hay q ue torza l' las volu ntad es; cad a uno es li bre de escoger el camino qu e le pla zca, y nosotros no admiti mos en tre nosotros, ni asociamos nuestra emp resa á ningun o qu e no lo ha ga de s u libre y es pon táne a vol untad. No sien to, sin emba rgo , haberle enterado someramen te de la ex istencia de nu estra asoc iac ion ; bu en o es q ue sepa que pu ede cantal' con aliados; por lo demás, no le creo cap az de hacer traici6n á n ues tro secret o.
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)\ISTERJ OS

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VATICAl'O

En es te pnnto de sus meditacion es estaba el a r tista y ya casi llegaba á la pu erta de la muralla de Roma , cuando, po r poco, trop ieza co n u na viej a de extrañ o aspecto. -¡La Sibila !-exclamó salud ánd ola ;-pe ro la viej a ma scull aba raras síl abas de leng ua desco nocida . Sus ojos r elucían baj o sus ca bellos blan cos enmarañad os, y no hiz o demostración al guna que den otase q ue ha bía recon ocido al esculto r. Le co nocía , sin embargo, de hab erl e vis to en casa de Migu el Ang el, quien la había deci dido, no sin trabajo, á ir á su ta ller pa ra servirle de modelo en los es tudios de Sib ila, qu e pinta ba para la¡capill a Six tina . Nadie sabía qu ién fuese aquella muj er , ni nadie sa bía su nombre, qu e h abíase nega do sie mp re á revelar. Sabía el itali ano, pero cas i n unca hab la ba; solic itada por Rafael pa ra model o, ha bíase negado á serlo . ¡Con cuá n to placer hubiera acep tado á saber quién era u na muj e r que había de e n. contrar allíl Neuma n n, a n tes de pasar la pue r ta pa ra entra r en la ciudad , se volvió pa ra ver de n uevo á su a migo y salu dar lo otra vez . La Sibila, así con es te nomb re la designa ba n e n ca sa del maestro, hab ía desa parecido . . En todo el ca mino no se veía una casa, ni u n árbol, y hasta los mi sm os zarza les e ra n ra ros y raq uí ticos . ¡En dónd e, pues, había pod ido oc ultarse? Pi cad o de la c urios ida d, Ne u man n rodeó el za rzal.. . Nada .. . Convencido de qu e Lutero no esta ba ya al alcan ce de s u vis ta, pú sose nu evam ont e e n marcha preocupado entonces por la desap arición de la vieja. -¡Será verdad, co mo di cen , qu e la Sib ila es bruja? No cr eo gran cosa en los milag ros , y meno s e n la s mogigan gas de la s bruja s; sin e mba rg o, quiero salir de dudas .. . Afortunadam ente espero tener pronto oca sión de sa berlo; veremos . Al propio tiempo desaparecía por la puerta de la mu ralla que cer ra ro n tras él, pu es avanza ba la noch e.

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A medid a qu e Aníba l arrastrand o su armadura iba acercándose á la casita, despertáhase en él ex tra ña sos pecha. ¡Por qu é su herm a na no ha bía ido á e ntera rse de lo q ue pudierah aberle oc u rrido? Un prcse nt imiento cad a vez más som brío le acosa ba; corriendo casi sa lvó la pu erta qu e había quedado abierta, se preci pitó e n el c ua rto de la cortes ana, y a pen as hubo levantado la co r tina, lan zó un agudo g rito.. . . Todo presentaba e n el c ua rto el asp ec to de l desórde n y la desvasta ción má s comple ta: en medio de un mont ón de sillas y cog ines volca dos, yacía en el suelo Flora , pá li da, destre nzado el ca bello y con la cabeza cn u n charco roji zo... Ka ca bía du da, el fra ile mi serable la ha bía asesina do para robarla, y por esto h uia co n tanta precipi ta ción. ¡Mucrta ! _¡Muer ta! En efec to, .. . la pa lidez, la sangre, su inmovilidad , lo demostraban bien cla raI men te. -¡Flo ra, h ermana, mi pequ eñ a, mi ga lli na de los huevos de oro! la llamaba una y otra vez. Pero Flora no respondía... ¡Es taba mu erta ! la bella roman a había sido a r re bat ada a l a mor de los rom a nos .. . \ Lam en tándose en voz alta, co mpadec ien do á los romanos, y sobre todo , compadec ién dose á sí mism o, Aníbal recorría la habitación huroneando; sin d nda bu scaba el puñal con qu e hab ían as esinado á su hermana, pu es se in clinó sobre el cuerpo de la desgraciad a... P er o no, lo qu c bus cab a e ra su coll a r de pcrlas .. . ¡Ay ! el otro había ter.ido la mi sma idea, y el de snudo cue llo no ost entaba el precioso collar que había sid o tan bru scamen te a rran -

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LOS SUBTERRÁNEO S DE ROMA

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cado por el asesino, que dos de sus perlas hab ían caído al s uelo. Aníbal las r ecogi ó sollozando, y duranle un momento se le hubiera podido ver con un a perla en cada mano y una perla en cada ojo. De aqu ella suerte recorri6 toda la casa; nada de lo que en ell a había de algún valor y podía ser fácilmente trasladado, par eci ó por allí, -¡son tan c ómodos para eso los háb itos de un frail e! - ¡Bandid o,-exclam aba Aníbal-y aun se atrevía á re i rse, y quería matarm e á mí de todas man er as!. .. ¡Ah! afortunad amente no lo ha lograd o, gracias á aqu el otro fraile tan caritativo aunque un poco desdeñoso que me reconci lia con el monaquismo. La vida que á él le debo, qui ero emplearla en vengarme.. . y para empeza r cor ro á denunciar al asesino al mismo papa... Aníbal di6 un paso disponiénd ose á cumplir lo que decía, per o se detuv o sin dar el segundo. -¡Denunciar al papa á un frail e provisto de una cédu la pap al autor izada con el sello de la Inquisici6n!... No, no lo haré, pues no ser ía él sino yo el envia do á la hogu era, y respeto demasi ado mi dignidad para mori r asado como un puerco ... No, me tomaré la venganza por mi misma mano: inmedi atam ente voy á ponerm e en seg uimien to del asesino, pues afortunadamente á mí no me ha robado, y aún, á Dios gracias, me queda algún dinero; cuando se me haya agotado, pediré cortésmente á los viaj ero s, 6 descortésment e si fuera men ester, pues una ca usa santa todo lo di sculpa: para alcanzar su mul a , necesito desde luego un caballo, y lo tendré aún cuando para ello debies e echar á r odar al caball ero ... la venganza ante todo. Esto dicho Aníbal se volvió hacia el cuer po in erte de su hermana, y dijo con voz alterada por el llanto : -¡Adios! Descubriendo al propio tiempo una olvidada botell a de vino de Sicilia , la bebi6 ap licando sus labios al golle te, interrumpiend o cada trago por una lamenta ción. -Adios, casa adorada .. . Adios, puerta del cielo.. ; Adios, refugio de los pecadores... Adios, consuel o de los aflig idos.. . Largo rato continuó aquella letanía; pero la botella ya no podía dar más de sí. Adios, recurso de mi vejez, re curso ¡ay! ahora perdido. Tierna hija tantas veces mecida en las rodillas de la Igl esia, adios.. . Cesand o en su desesperación, alejóse de allí, no sin sentir el tener que marc har tan pr ecipitadamente sin cumplir siquie ra los últimos deberes para con la víctima. -El papa se encargará de ello ,- dijo para consolarse ,-sino es un mónstruo de .ingratitud: la vengan za es antes qu e todo. Arreglándose la armadu ra , salió, y se puso en precipitad a marcha .. . pero al cabo de media hora acort6 el paso.. . Y no era que la armadura le abr umase; desenm ohecidas algo con el roce las piezas, y él más acostu mbrado al peso, y bastan te confortado por la botella del excelente vin o, Aníbal se encontraba fuerte como un roble ... Sin embar go, pesadez inven cible le morti ficaba, y aun que no habí a motivo para que est uvie ra ya can sado, se se ntía víctima de insoportable fatiga y bostezaba; ¡acaso tendría gana sde dorm ir? le parecía que sí; ¡no sería más bien sobrexcitación ne rviosa? Tal vez el disgu sto er a el qu e producía aquel estado... Sea lo qu e fuese, An íbal empezaba á senti r no tenor un caballo suyo, mejor dicho de otro. De reponte se detuvo y clavando su espad a en ti erra a poyóse en ella, de man era que entr e el arma y su cuerpo formaban exactamente un a A. Su objeto era el de descan sar en aquella actitud alguuos instantes, sin cor re r el ries go de dormirse, pues no qu ería dormir .
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m STE HIOs DEI, VATICAI'O

- .1'1 0 lo quiero, -se decía, -en primer luga r, y en segundo no debo ...

A estas palabras, preso de un sueño irresistible, bostezó, cerró los ojos, y perdie ndo el eq uili br io rodó á la zanja deja ndo su espad a clavada en el suelo.

Alg unos días despu és de este tan fecundo en acontecimie ntos, todas la s camp anas de todas las iglesias, capillas y basílicas de Roma, anunciaban á la ciudad la próx ima canonizació n de un n uevo santo, el memorable hermano Mat ías Realin i. Hochs tra tten había encontrado ñna lmen te el nombre: el bie nvaventn ra do había muerto en un convento de la Po ui lle (1), nomb re predestinad o. y de res u ltas de una en fermedad cu yos síntoma s no se precisaban , no sin justificad a prudencia , pues aq ue l gén ero de afecciones era nuevo entonces en el mun do cristia no, que no las conocía an tes del viaje de. Cristóbal Colón. • El digno dominico había muerto en un olor que no se vaciló en calificar de olor de sa ntidad: el j ura do de prelados, constituído para fir marle su permiso de res ide nc ia en el par aíso, se re unió , nombró comisio nes , leyó dictá menes, y sobre todo esto, se regal ó con los víveres ofrec idos por los fieles. . Era esto moda en tonce s, y los devotos se di sp utaban á qu ién regalaría mejo r á los fabricantes de sa ntos. En nuestros días la s ofrendas en víveres han sido ree mplazados por los donativos en metálico; y ahí está la canonización de un tal Labre, lla mado el Contra- I nsecticida, para probar que para esos casos hace falta unacantida d considera ble. Est o, dic ho sea entre pa ré ntesis, dar ía lu gar á creer que San Pedro es un portero como otro cua lquiera, y que só lo abre la pue rta á los in qui lin os qu e tien en á bien un tarle la mano . En aqu ell a ocasió n los du cad os no escasea ro n tampoco, con la ventaj a de qu e no fué preciso rogar ta nto para obtenerles como en la última á que nos hemos referido. Los milagros qu e se verificaban en la tumba del fut uro santo, mantenían despierto el entus iasmo. Se sabía que el milagro del Cristo, arrojando oro por sus heridas, mil ag ro que ta rdó mu cho tiempo en rep etirse, se había verificado precisamente el mismo día en que León X había pensad o en aquella cano nizació n, lo cual fué conside rado como pru eba ind ubitable do qu e el herm an o Ma tía s Real ini era esperado allá arriba . En seg uida se organizaron peregrinaciones; se fuéá beber agua en la q ue se habían echado raspa duras de la piedra de su tumba, Ó de las sue las de sus zapatos, si bie n pre-: ciso es ad ver tir que esto costaba más caro. Los privilegiados bebían una tisana fabricada con los restos auténticos de los piojos del sa nto, y se les da ha á besar su única camisa. Un niño qu e se ha bía t ragado un botón , y á quien sobrevin ieron náu seas á consecue nci a de aq uel trat amien to, vomitó y expel ió el botón de cobre qu e le hubiera envenena do. Aquella curación fué ensalzada hasta las nu bes. Los Icprosos que se bañ aban en un pozo abierto al pié de la tumba del santo, se curaron también de la enfermedad, pero ... perdien do la vida, y aque llo fué un nuevo mil agro. Pero el espectác ulo que más impresión causó en los fieles fué el siguiente : Cierto día el mism o mend igo cojo y tue rto que se había convertido en el orador de s us compañeros, el au daz acu sador del Papa qu e había provocado el mila gro de los escu dos, y a l cual nadie había vuelto á ver desde entonces, apareció en medio de los fieles ag r upados alrededor de la tu mba de Rea lin i.
(1) Piojoso en francés se escribe Pouílleux, ')' de la semejanza con Pouille hacen los autores una especie de celambOtlr{f, que dicen loa france ses.e- N. elel T.

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LOS SUBTERR,\:mOS DE ROMA

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Al ver le todos los devotos retrocedieron y se apartaron de él como de un a pestado . Dos mozos le sos tenían, sin duda á causa de su enfer medad; se detuvo delante del monu mento , cojeando mucho, mu chísimo, más que nunca, y dij o en medio del más profundo si lencio de los ci rcunsta ntes, apoyándose siempre en los dos mozos, con la voz temblor osa sin dud a á ca usa de la emoció n y del res peto que sentía: -¡Oh, g ran santo! Si es cierto que vu est ra devoci ón os haya al can zado ascendiente cerca de Dios, hac ed que mi pierna enferma , como pueden ver todos, vuelva á serme útil. No bien había proferido estas palabras cuando los dos mozos le obligaro n á a rrodillarse, lo que el cojo hizo r.o sin gestos, y después á leva ntarse . Después de es to le pincharon en la es palda con sus alabardas . Entonces la multitud vi6 un a cosa nota ble: al cojo, que si n cojea r lo más mínimo daba la vuelt a á la tu mba en precipitada carrera, sa ltando y bailando. Todos los devotos, con la fre nte apoyada en el sue lo, grita ban: - ¡Milagr o! La cosa no concl uyé aquí. -¡Gran san tol-volvi6 á decir el me ndigo, -si es cie rto que vues tra devoc.i§n os haya conqui stado algún asce ndiente cerca de Dios, haced qu e mi ojo, que todos han podido y pueden ver cubierto de una venda, de podrido que está , se vue lva sano. Tan pron to fué dich o como hecho. Los mozos le quitaron la venda del oj o; el ojo estaba sa no y limpio como si nun ca hubiera estado enfermo . A mayor ab und ami ento, le cubren con la venda el ojo sano, y con el curado ve tam bién como con los dos; lee la inscr ipción de la tumba; le ha cen decir si un o de los circu nstan tes tiene ó no barba, y el color de sus cabellos, y lo dice sin equivocarse en nada. La multitud g r ita de nu evo: - ¡;I[ilagro! Pero la función no acabó aquí. Restabl eci6se el silencio, y apenas el mendi go, ext raordinar iame nte pálido, eviden temente á cau sa del es tupor, jadea nte, á causa sin duda algu na de la precipitada insó lita car rera, se presen tó de nuevo a nte la lápida de la tum ba del santo, dijo: -¡Gran santo!- y vaci ló de s uer te qu e los dos mozos debie ron sostene r le por debajo de los sobacos; -¡g ran san to!-p ros igu i6-si es cier to que yo sea un mise ra ble que haya ultraj ado al papa León X tu rep resen tante ... El mendigo se detuvo; vacilaba; pero como un o de los mozos le dij ese al oído alg unas pa labras, pareci6 decid irse, y añad ió con voz murmura n te: - ¡Gra n sa nto! haz que caiga muerto de repe nte . Y en efecto, apena s hab ía pronun ciado estas palabras cuan do se despl om6 en el suelo. Los circ uns tan tes quedaron a ter rorizados . Acaso no estuviese más que desvanecido. Esta fu é si n duda la idea qu e se le ocur r ió á uno de los dos mozos, pues se le vió sacar del bolsi llo un pomito que hi zo res pi rar al desg raciado para hacerle pasa r el vahído. El me ndigo se estremeció, agit6 violentamente los brazos , y q uedó exánime tendido en el suel o. Había muerto. Ater rorizada la muched umbre, g ritó por tercera vtlz: - ¡Milagro! Tan milagro era aq uello efectivamen te, tan cierto es que el dedo de Dios andaba en aq uel asunto, que á un tal Rodolfo, paje del duque de Urbino , enemigo, como es sab ido
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MISTERI OS DE L VAT ICANO

de León X, como quiera qu e pretendi ese soste ner aqu ella misma noche en un a taberna de la villa que el cojo acaso no lo fuese, que la venda ocultase tal vez un ojo sano , y que nadie sab ía si el fra sco cuyo ar oma le hizo aspirar el esbirro contení a esencias ó bien un sutil ven eno cuyo olor sólo ocas iona ba la muerte, todos los as is tentes le vaticin arou que le ocurri ría algun a desgracia por blasfemo. No tard ó en su ceder así. Quedó ciego, á lo menos se cree que Dios qui so castiga r s us ojos que se hab ían nega do á ver; y forzosam ente alg una cosa semej ante debió de ocurri rle, pu es aqu ella misma noch e, que por cierto no es taba oscura, aquel joven , que er a del país, se extravió, no supo encontrar el puen te por el que debía pasar, y cay ó al r ío, en al cua l se encontró su cadáver al día sig uién te.

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SEGUNDA PARTE
La ba s t a r d a d el Car de n a l

OAPÍTULO X
LA ESCALA DE C UERDA

noch c dcl añ o 1405, nn jo ven de apues to continente, envuelto en una ca pa de color osc uro, el chambergo echado sobre los ojos , volvía la esq ui na de l PalazzoVecchio en Flo re ncia . La atmósfera esta ba pesada, y negras nubes se ccrnía n en el horizo nt e, y ru ido como de truenos lej anos que iba acercándose por momentos, anu nciaban la tempestad. El desco nocid o, arrimad o á las paredes de las casa s, inlernóse en calle s misteriosas y solitarias, hu yendo de intento de los sit ios bien alu mbrados. Cuando desembocó en la plaza de Santa Maria Nova, la lun a, medi o oculta tras las n ubes de negro de tinta, desa pareció completa mente, dejándolo todo en tal osc ur idad, que era difí cil ver á dos pasos de distancia de uno . E l joven , aigún tlorcnt in o y gentil hombre, pues se veía aso mar una espada bajo s u capa, no se in qui etó por ello, y como práctico en la població n prosigui ó su camino. Tomó por la derecha, pasan do los dos obeliscos que marcan el límite de la pis ta para las corridas de carros , y se intern ó después en una calle bastante estrec ha y sol itaria, á juzgar por el vibra nte eco de sus pasos. Sólo dos ó tres perso nas encontró en su camino ;..habita ntes del barrio, que á toda prisa regresaban ás us casas ante la am enaza de la torm enta. Se re tira ban á tiempo, pu es de rep ente se desen cad enó la torm en ta, y una terribl e bocanada de vient o hizo a ndar al embozado más de pr isa de lo que el qu is ie ra.
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)llSTERlOS DEL VATICANO

Para orienta rse en aqu ella oscur idad y con aqu el viento hubier a sido pr eciso tener ojos de gato . En fin, despu és de algunas vacilacion es y tanteos, el homb re se detuvo. Las calles estaban desiertas, y no se escuchaba otro ruido más que el silb ido del hura cán , y á in tervalos el r etu mbar del trueno. En un reloj vecino daban las doce en aquel momento. - Está bien, - murmu ró el joven; -me he anticipado y no puedo dejar de verle. Tras breve pausa añadió con voz sorda: -Y, sin embargo, si lo que me han dicho fuese cierto... si se atreviese á venir... Se encontraba en tonces en el recodo ó entrada que pr esen taba un muro , guareciendose como mejor podía del furo r del vien to. Al alcance de su br azo se encontra ba una puertecita baja enrej ada, qu e él conocía muy bien. [Cuántas veces ante aquella puerta había soñado él, con el corazó n ll e ~ o de deseos, pero siempre respe tuo so! Aquella puerta conducía á un jardincito, situado pr ecisamente al pie de un palacio cuya fachada daba á la calle. - Debe tener una llave ,-pensa La.- La noche es favorable ... Al pr opio tie mpo, con el puñ o cerrado, amen azaba al cielo, como acusándole de permitir 'semej an te crimen, y pr oseguía dicicndo : - ¡Ah! si ella me ha engañado, ¡maldito sea su cómplice!. .. Ins tintivamente, al hablar así, llevaba la mano á su cinto, buscando el mango de su puñal. El tiempo, en tanto, segu ía su ca rre r a ; la larga espera y la lluvia, que caía en gr uesas gotas, calmaron un poco la agitación del cerebro del j oven, que empezó á dud ar. - No,-mu rmuraba ;- ella, tan joven, tan pura... no es posible .. . iAcaso ayer mismo no res po nd ió que sí, aunque, á la verdad, en voz muy baja in cli nando la cabeza, cua ndo su padre le ha pr eg untado si aceptaba mi fe, si consentía en ser mi esposa? No, ella no ha podido prestarse á este proye cto... iSe hubiera atrevido él á semej a nte tentativa sin prevenirla siquiera, teniendo por seguro que ell a llamaría, aunque fuese sorprendida, y denunciaría á su padre al insolente?... Tan i nverosímil es esto, que no puedo cre erlo.. . iQuién sabe si no ha n querido más que b ur larse de mí?. . El en mascarado que me ha prevenido no há muc ho, tal vez no haya qu erido más que j ugarme una broma de Ca rnaval. Pero no, su voz temblaba; su in sistenci a no me permi te creer esto. ¡Cosa extraña! Me ha parecido qu e la voz era voz de muj er?. . iSer á ácaso una riv al! .. . ¡Quién sabe! Pero de seg uro que no era un hombre; desinter esado en la cuestión, nada hubiera dicho ; interesado, s u pong ámos lo, hubiera venid o directamente en vez, de enviar me.. . A menos que fuese el último de los cobardes y de los canallas, ó un ene migo de mi famili a... algún Médicis ... ¡Ah! me pierdo en un mar de conje turas; esperemos. De rep ente una pied ra rodó á sus pies . Escuchó aten tamente... El viento arreciaba. Se acercó á la puerta y prest6 at ento oído... Nada .. . Aquello había sido , sin' duda, una piedra arrebatada por una ráfaga del vendabal. - De todos modos,-pens6,-si es él no puede pasar por otro camino . Parecía que en aquel momento se oyesen pasos cautelosos... Despu és el ruido cesó ~. escuc h6se algo como el roce de alguna persona al pasar a rrimada á la pared. El joven mi raba con los ojos desenca jados. No se atreve ;1 salir de su escondrijo ... Acaso el otro, si le ve á él, tendría tiempo de llcgar ha sta la puer ta ; ademá s, si se mueve, puede no descub rir nada.. . No prilla un solo r ayo de luna, todo está env uelto en la oscuridad más completa y abso luta .. . El ru ido comienza de nuevo ... enton ces es algo como el roce de un a espada contra la pare d... ¡Ah! ahora sí, cueste lo que cues te es pr eciso ver y salir de dudas ...
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Ó LOS S¡;BTEHR .íKEOS DE RO~IA

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El joven da dos pasos de cara al huracán, qu e sig ue desen cadenad o, y que le obliga á bajar.la cabeza y á cerrar los ojos. ¡Sangre de Cris to! El viento azota su cara con repetidos golpes, como si fuesen dados con unas disciplinas. Retrocede y se pr epara á desen vainar su es pada... Precisamente en aquel momento el ful gor de un relámpago ilumina la calle. El embozado da un grito.. . En un seg undo había podido ver que á lo largo de la fach ada de la easa colgaba una escala de cuerd a por la que trepab a un hombre. Llevaba terciado el manto , que le hubi era de otra suerte es tor bado en aqu ella asce nsió n en mediode la tormen ta . En su cin tura brillaba el mango de una daga. Por su traj e y su larga ea bell era el j oven le hab ía reco nocido al instant e, ¡Era él, era Bibiena ! Aquel á qui en el desconocido llamaba Bibiena se dir igía hacia un balcón del ser-: g undo piso. En él, J' esto era lo que había arra ncado al j oven aquel grito de dolor, una joven, bella como la au rora, espera ba ansiosa. -¡ Beatri z!-m urmu ró el eeloso ; -¡ya no ha y duda! ¡ella lo sabía todo y le esperaba! ¡In famia! Un sollozo ahogó un juram ento en su garganta, ir gu ién dose a ñadió : - ¡Vamos! veremos cuál de los dos llega pr imero hasta ella. Asiendo el extremo de la esca la de seda, que se balanceaba sacudida por el viento, de un salto, ág il como una ard illa, comenzó á subi r tras de su riva l nocturn o. Bibiena no había oído el grito del desconocido . La sacud ida impresa á la escala no le h abía sorpre ndido tamp oco, ni llamádole la atenci ón la mayor tiran tez de la cuerda. Supu so qu e' se habría enganchado en alg ún barro te de algún balcón inferior , de lo cual se alegraba. -Así nos será más fácil bajar,-pen saba ;- y de todos modos me facilita la s ubida . Y.segu ía asce ndiendo, creyéndose protegido por la complicidad de las ti nieblas, mirando á la joven, á quien ape nas distinguía. Sólo algunos pasos le separaban de ella. Beatr iz, que nada había vis to, dij o : -Fran éisco mío, ve con cuidado. -No' tengas miedo, mi Beatriz,- respo ndió él. No bien hab ía term inado la frase, cuando ella, que á la luz de un relámpago había visto al desconocido, echándose hacia atrás, espan tada, excla mó : -Detrás de ti... Roderi go.. . Bibiena volvió el rostro y miró hacia abajo. Ya era tiempo: el desconocido casi le alca nzaba.. . y Bibiena pudo ver relu cir entre sus dientes la hoja de un puñal. . Ent onces, en medio de la oscuridad de aquella noche, interrumpida á veces por intermiten tes si niestros resplandores, tuvo lugar una lucha terrible y sile nciosa. Bibiena habí a dese nvainado su daga, pero en el momento en que se baj aba pa ra herir á su ri val, el otro, lan zánd ose sobre él, le había asi do el brazo qu e le retení a est rechándoselo furioso como con un as tenazas. Ambos esta ban suspendidos entre el cielo yla tier ra, asi dos á la cuerda con una sola mano, ba lanceándose á merced de un viento ter rible... La j oven an siosa, con la mita d del cue r po fuera del balcón , sondea ba con mirada inquieta la oscuridad de la noch e, y á la luz de los relám pagos veía á los dos combatientes asestarse con la mano libre furiosos golpes .. . No se atrevía a grita r, pero siaquellalucha h ubiese durado , habría muer to de angustia.
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xnst aruos

DEL ' "AtlCANO

Los rlos hombres interrumpieron u n in st ante su lucha; esta ba n conde nados á no hace r movimi en to alguno; soltar la man o con qu e se suj eta ba n á la escala agitada por el hu racá n, hubiera sido cond enarse á es trell arse la cab eza contra la muralla, ó contra el sue lo de la calle . Bibiena inten tó hendir el cráneo de Rode ri g o con el taló n de su pié, per o perdi 6 el eq uil ibrio , y si su riva l no se h nbiese abrazado á él, hubiérase desplomado irremisibl emente. Una ráfa ga de ai re más vio le nta qu e la s ot ras, ba lanceó la escala elevándo la á g ran altu ra, y al caer de nuevo buscando su nivel , ambos rivales rebotaron contra el muro... y • al propio tiempo un g rito de rabia hirió el espac io. Bea triz sinti6 la sangre helársele en la s vena s. ¡Cuá l de los dos habíam'uerto? , En el momento en qu e Bibi ena haciendo u n esfu erzo sobre h uma no había logrado desas irse de Roderig o; y se in clina ba sobre su ad versa r io, y éste se echaba hacia atrás para evita r el go lpe blandien do su puñal en la mano derech a, en aquel prec iso mom ento, fué cuando la escala, qu e impu lsada por el vien to se hab ía retorcido, reco bró su posi ci6n natural cediendo al peso de l cuerpo de Roderi g o, el cua l se sin ti6 a rrojado con fuerza contra el á ngu lo do una cornisa; su p uñ o choc6 contra él con violen cia terrible; la daga se le escap6 de la ma no, y su brazo levantado en alto, qu erló se in erte por el dolor . Se necesitaba va lor hc róico para no soltar la otra mano de la escala . Bibi ena que ha bía recobrad o ya el eq uilibrio, comprend iendo s u ventaja y la debilidad de su advers ario, de un solo go lpe hiri ó Roderigo en la mu ñeca derecha. Roderi g o lan zó u n ge mido. La hoja del p uña l ha bía cortado la cuerda de seda ... Roderigo desprendié ndose de golpe se balan ceó un in stante e n el es pacio sostenido po r los piés y sac udie ndo el brazo ensan grentado.. . la escala crugía bajo aq ue l peso; elhe ri do sólo se sujeta baya á la escala por un pié, c uya espuela ' h abíase enganchado á la cuerda que' cedió al fin ... Escu ch óse u n angustioso gemido y después el rudo golpe dé un cuerpo al estrellarse con tra las losas de l pavi mento. Beatriz en el balc6n eslaba medio mu erta' de miedo . Aunqu e no veía nada, pues habían cesado los relámpagos, por el go lpe había adivinado lo su cedi do. Un homb re aca baba de subir al ba lcón ; ¡era su amante? .. Si era 01 otro, la dete rminación de la j oven estaba ya tomada ; se a rrojar- ía po r el ba lc6n yend o á estre ll arse junto a l qu e tanto ama ba .. . A la lu z d e la lampara, mie ntras qu e así pen saba la joven, reconoci ó á su ama nte. -¡ Fran cisco!-exclan:i6 so lloza ndo de alegría .. . Insta nt es más tarde, Bibiena, después de ha ber retirado la escala ya inútil y cerrado la ventana , es trechaba entre sus brazos á su qu erida, pálida aún por la emoci ón.
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Los dos j6ven es se am aba n hacía ya alg unos meses con amor veh emente qu e hab ía n con tra ria do larg o ti empo el celo pa ternal y el odio de dos fam ilias . Fran ci sco Bibien a, el mi sm o qu e hem os vist o ca rde na l obsequia ndo con un a ec ua á Le6n X, ten ía en tonces veinticinco años, pu es h abía na cido en H i O. Hu érfano en mu y ti ern a edad, hab ía sido colocado más tarde por su herma no Pe dro en ca lidad de secretario, en casa de Lorenzo el Mag nífi co, duque d e Florencia y padre de J uan de M édicis, de quien Bibiena se convirtió más tarde e n el ami go . Juan de Médicis, cardenal entonces ( lo hab ía sido nombrado ~ la edad de 13 años ), no as piraba e n aq uella é poca al papad o. P or estas circ u nstancias, Franci sco estaba aliado á los Médicis, á cuya familia le unía también algún parentesco, a un que lej an o.

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LOS SUBTERR ,'l'OEOS DE R O~IA

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Beatriz era hij a de un Salviat i, Sabido es que estas dos famil ias se ha bían jurado un odio á muerte: la g ue r ra de los Güe lfos y Gibe li nos los ha bía encon trado en dos op uestos campos . No pa sab a semana sin qu e se s upiese en Flore ncia qu e uno de los M éd icis hab ía dado mu erte en duelo á u n Salv ia ti ó vice -versa. La opinión pública y la g ene ra l creenocia, era qu e una de aq uellas fam ili as acab aría por de vorar á la ot ra. Y efectivamen te, no otro desenlace pa recía posible á lu cha sostenida por od io ta n profundo, y las p red icac iones parecían pr éxirna á realizarse e n la ép oca de aque l terr ible complot de los Pazzi, en

Pero el desgraciado Hochstratten no reía; mordido, sintiendo desg arrado el cogote, g r-itaba dolor idamente . - CAP. XVI.

el qu e la mitad de los conj uradosera n Salvia ti; cua ndo aq uel complot qu e termin ó por el deg üel lo de los Médicis en la ca tedra l de Flor encia, la ejecución en la horca y el destierro de tantos Salviat i; c uando aqu el complot, en fin , del cua l esca pó por mil agro Lorenzo de M édici s, Sólo el am or podía unir á dos se res aliados á aq uellas razas enemigas , de la propia s uerte qu e en otro ti empo el amo r había uuido á Romeo y Ju li eta á despecho de la qu erella de Capuletos y Montescos, pero esta vez, la t rág ica aven tura de los am an tes no de bía se r cau sa de u na recon ciliación ge ne ral.
'IOX O :

2.

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MISTERIOS DEL VATI CANO

Bibiena, hasta en tonces , como obede cie ndo á un pre sentimiento, habí a permanecido ex trañ o á aqu ello s furores que vivamente deploraba. Prefería: consagrar su tiemp o á los ejerc icios cor porales, á la poesía , al estudio y á las muj eres, sintié udose feli z cuaudo se veía en alguna intriga, enamora do de todas las muj eres , es de cir, de nin gun a. Guapo mozo, lle no de entusiasmo y j uventu d, habíase se parado de los ban qu etes y org ías de sus amigos. Las intriga s en qu e ap arecía envue lto , eran siempre púdicas, den otando en ellas cierto platonismo qu e ri di culizaban sus camarada s. Era qu e sus se n tidos no debían enard ecerse hasta tanto que su corazón se interesase, y por esta razón prefería hasta entonces la mirad a vi rgina l de una joven deslizada á tr avés de un a celosía, á las interesadas caricias de los amores lúbricos. Sn mayor conte nto consistía en frecue n tar las iglesias; no par a orar, antes bien , pa ra ver si desc ubr ía al guna devota linda, muje r vigilada por el marid o, ó j oven púdi ca, cuyo devocionario pud iera recoger él y adi vi nar sus secretos deseos. Hábil en este gé ne ro de exámenes, se recreaba vien do cual comenzaban y se desenlazaban esas tiernas avent uras, para las cu al es h an sido siempre las igl esias terreno tan propicio. De esta su erte y por tal coyu ntura, fué como una mañana de primavera, estando en pié detrás de una columna de Santa Mari a Nova, se vió trente á fr ente al sueño de su vida . Era la mu cha ch a sonros ada y rubia ; su herman a morena palida, la rubia más pequ eña qu e la morena, y ésta más altiva qu e aqu élla. Detrás de ell as reconoció por s u paso marcado y seguro á Galea s Salviati, antiguo prov eedor, destituído por Lorenzo de Médicis, y cuyos bienes le fueron todo s secu estrad os, excepción hecha del palacio aquel {\ que hemos visto subir á Bibiena . Galeas era famoso por su carácter de acero , qu e llegaba hasta la crueldad . Se decía de él ponderando el templ e de su alma : «Si se azota se á Salviati con un a barra de hierro, la barra se dobl aría .• El joven Bibiena, al ver á la muchacha, acord óse de cier ta leyend a misteriosa que circul aba referente á la muj er de Salviati: se hablaba en ella de un secre to drama qu e se decía ocurrid o cuan do el na ci miento de su hij a menor, drama qu e no había podid o jamás descubrirse, pero qu e se creía adivinar gracias á ciertas indiscre cio nes . Lo que sí es posit ivo es qu e la madre había mu erto poco desp ués con i nexp licables circunst ancias, y qu e todos se hab ían estre mec ido al aspecto de l marido aco mpa ña ndo el entierro de su muj er, siu que un solo mú scul o de su ca ra de nunciase en él la menor emoción. Esta hij a meno r era Bea triz, cuyo nombre conocí a Bibie na; era la r ubia, la más pequ eña de las dos: desde aque l mo ment o, el joven, fer voroso admi rado r del Dante, como todos los flo re nt inos, se prometió qu e aqu ell a Beat riz le cond uci ría de la man o hasta las alt uras más plácida s del para íso del amor. Su resolución firmísima fué toma da en un momento, quiso ofr ecerla toda la ternu ra acumul ad a desde ha cía much o tiempo en su corazó n, sin que le espantase ningnna de las dificultades y peli gros de la empresa; estamos por decir que acaso ni siquiera pen só en ellos . Adela n tóse á las dos hermanas qu e se di spon ían á sal ir , y fué á apostarse cerca de la pila del agua bendita; dej o que pasase el padre, volvi endo el rostro para qu e no pudi era re cono cerl e y ce r ró con su cu erpo el paso á las dos hermanas. A la mayor que iba de la nte la ofreci ó agua bendita; lo mismo hizo, naturalmente, con la otra hermana qu e la seguía. En el momento en que sus ded os rozarou las yemas de los afilados de Beatri z, le par eció qu e el estre mecimiento que le había invadido, sobrecogía asímismo á la joven que ~ salió con la cabeza baja y ruborizada. Si Francisco no Sé hubiera entretenido en seg uir la con la mirada por el pór tico lleno

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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de fieles, y sobre todo si no hubies e tenid o la ca beza tan tra stornada por aq uel rep enlino amor que le su by ugaba , hubiera notado, él qu e tan inteligente era en achaques de amor íos. qu e otra joven, equivocándose acerca de la ca usa de sus at enciones, atribuyé ndose su galanlería y su emoci én.le había acariciad o al pasar delante de él con una mirad a a bra sadora. Aquella joven era la hermana mayor de Bea triz, á quien cerca de la pu erta su pad re había llamado co n el nombre de Blan ca. Una hora antes de la misa comparecía Bibiena los domingos en la igl esia, seg u ro de encontrar á la s dos hermanas, y cada domin g o las of rec ía agua bend ita á la sa li da tomando todo gé ne ro de precaucion es para no sal' 'listo ni del padre. ni de la criada , qu e á vec es le reemplazaba; cada domin g o tambié n lllan ca e na mora da, tom aba po r.dirigidas á ella la s miradas y las aten ciones, y corno ni ngu na de am bas hermana s se ha cían confidencias de aque lla naturaleza, no había razó n pa ra qu e tan pronto cesas e aq ue l quid p ro quo, Nu estro enamora do, aj eno á todo , só lo se daba e uen ta de una eosa ; de qu e su s mirad as eran bien acogidas por Beatriz, y su ag ua bendita tomad a co n bu ena voluntad. Todavía no eonocía el timbre de la voz de la que am aba, y de la cual se creía amado. no sin razón; pero con sólo rozar ligeramente su mano temblorosa se daLa por sati sfech o , y con aquel go ce de los domingos se ten ía por feliz. Cierto día le pareció que Beatriz había llorad o. Si hubiese mirado bien, hubiera deseubierto así mismo huella de 'lág rimas r eci entes en el rostro de Blanca. Cuando Beatriz pa só delante de él le miró con ojos tan tristes qu e & creyó morirse de pena; aquel día ni siqui era tuvo el consuelo de darla agua bendita .. . La mayor sí, sonriendo melancólicamente rozó la mano del g entil hombre con la suy a delicada, y, [oh sorpresa! aqu el sin tió que le en trega ba un billete. Ocultarse en un rincón y devorar el bill et e perfumad o, fu é todo obra de u n segu ndo. La carti ta decía así : «Tened cuida do. Mi padre sosp echa ; nos ot ras no volv erem os má s á la Igl esia y perm aneceremos r ecluídas en casa.» ¡Quien n o se hubiera equivocado en cas o semej a n te? Bibiena no conocía la letra de la joven y la ca r ta por toda firma llevaba estas dos iniciales: «B. S .» Para el e namorado maneebo las dos in icial es no podían tener sino un signific ado : Boatriz Salvi ati. Bibi en a suspiró profu ndamente: era amado ~. la pru eba es taba allí en aq ue llas dos lín eas ... pero se r amado sin ver siquiera á la pe rsona á quien se ama, sin oí rs elo repetir mil y mil veces, ¡puede ha cer á nad ie di ch oso? «Hecl uídas» decía la ca r ta q ue el joven eubría de apasiouados besos; aquella era verda deramen te la pala bra ... El, qu e por haber seg uido aunqu e de lejos á las dos herman as co nocía su morada , no ign or ab a qu e nada pod ía encon tra rse más sombrío que aqu el soli ta rio y fúnebre palacio qu e parecía rell ej ar el luto de su s amos, perseguidos por la tiranía de Lorenzo . El as pecto de las murall as del edificio en el que jamás se divisaba una ventana abierta, era excesivamente fúnebre. y si se except úa -á la viej a sirvienta , verdadero dra gón de avinagrado gesto que á veces acompañaba á las dos hermanas, y que por ironía de la su erte respondía al dul ce nombre de Nella, nunca se veía salir á nadie de aquel palacio que cualquiera creería desh a bitado. ¡Qué hacer? ¡Debería el joven hablar al temido Galeas? Aquello hubiera equ ival ido á cerrarse para siempre las puertas de la casa ; hubiera sido despertar por complet o su des confianza toda vía no muy manifiesta, y quién sabe si exponer á SIl hija á cualqui er a br utalidad producto de su cólera.

MISTEmos DE L VATICANO

Por no tener l uego que arrepentirse de no haberlo intentado todo, decid iose á hab lar al padre. Un día en la call e vió venir hacia él al viejo Galeas en extremo pensativo, y resolvió aprovec har aquella casualidad, pero cuando es tuvo á algunos pasos del viejo, éste alzó la cabeza, y el enamorado leyó en sus ojos la expres ión de un odio tan implacable hacia el secretario r econocido de un lIJ édicis, qu e perd iendo el ánimo, pús ose otra vez el cas quete que hab ía comenzado á quitarse para sa lu da rle, y fi ngie ndo haberse equivocado por el pareci do de Galeas con alguna otra persona , desapareci ó comprendie ndo que sería n inútiles todas sus tentativas en aquel sentido. ¿Qué in tentaría, pues! ¿No sería lo mejor osperart... 'E speró una semana y otra ... pero en vano. Ella, como había dicho no pareció por aquella iglesia, ni por ninguna otra, pues él las recorrió todas... Y téngase en cue nta que no dejar ir á una hija á misa, en aque lla época, era la prueba más evidente de la terrible obstinac ión de un pa dre . Ent re ta nto el j oven seg uía ro ndan do la casa de su amada convertida en pr isión, y con frecuencia, ocnlto en la sombra le había par ecido ver mover se una cor tina, y dejar pasa r semejante á una flecha que le atravesase el corazó n, el rayo brill ante de dos ojos negros, pues Beatriz, a unque rubia , tenía los ojos negros, menos negros, sin embargo, que su hermana. Regresaba u n día profundamente descorazonado de uno de esos paseos melancólicos á que tan dados son los enamorados, cuando, no lejos de su casa, encontró ,\ un monje mendicante solicitando limosnasy donativos. Pasó por su lado sin oir siquiera la gangosa voz del capuch ino , cuando éste, tirá ndole de la manga le sacó de su abstracción, y llibiena, al ver al pobre hombre de r ubicundas mejillas y ab ulta do abdómen, lan zó una oxclamació n de alegría que sor pre ndió al 'fraile. - ¿Tendría yo, sin sabe r'ro,-dijo,-el honor de ser conocido de Su 'Señoría! -El honor sería mío,-respondió galantemen te Francisco.-Tcngo hoy un día de alegría,-añadi6 no si n suspirar.i--y quiero que vos participéis de mi contento. -Bend ita es toda alegría que se comparte con los elegidos del Señor-dijo entre dientes el cap uchino. Bibiena que lleva ba su idea, respondió: -Amén. y cogiendo del br azo al herm an o cues tor, le .h izo en tra r en s u casa. \~ Su criado le esperaba y al a nunciarle que la mesa estaba puesta y la comida á punto de ser servida, 01 buen muchacho, cuyo mayor pesar desde hacía quince días consis tía en ver con qué absolu ta in diferencia miraba su señor la comida, se'alegró al escuc har á Bibiena que decía: -Me alegro, pues tenemos buen apetito el hermano!... -Serafín, dij o aquél. -Serafín y yo,-repitió Bibiena term inan do la frase. Un i ustante despu és estaban sen tados á la mesa, y Francisco, mient ras que su hu ésped abriendo mucho los ojos salmodiaba el benedictus muy conmovido, dijo algo al oído de su criado. - Vea mos,- pen só el doméstico,-si mi amo se habrá decidido finalmen te á despedirse de las aventuras amorosas y á ahogar en vino sus penas. Así hubiera podido creerlo quien al cabo de una hora hubiese visto el montón de botellas vacías alineadas sobre la mesa, al Iado de los restos de una polla y de un enorme pastel. Pero no h ubiera sido muy difícil convencerse de que el joven había bebido muy poco vino, y que todo aq uel que en los frascos se echaba de menos, debía estar demás en la p.anza monaca l.
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sunr nnn.ixnos

DE no~rA

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Efectivam en te, los ojos del cap uchino se cerraban insen sibl emen te con gran te nd en cia al sneñ o. Para es tar má s á sus anc has, con el permiso y á r uego de su anfitri6n , habíase des poj ado de su túnica y daba evidentes señal es de estar poseído de la 'más viva alegría, mezclan do á los sa lmos cantados con voz grave, fragme ntos 6 estrofas de ca nc iones li br es 6 verd es, inter rum pidas por frec ue ntes accesos de hip o. - A la salud de la bella abadesa,-gri taba, - -y á la del ca n ónigo de San J ua n... ¡Vamos,

Las monjas se asustaron al ver un sér ne gro que salt aba entre

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ái-l.oles y las enviaba

"besos

(-'011

la numo ; pensal mn que era el diaLlo.-CAP. XYI.

bebed, jo ven! Veo qu e los j óve nes son poco viciosos. ¿Que va á ser del mun do en la pr6xima semana, qué haremos del vinot. i. A la salud de vuestros a mores. Francisco vaci6 su vaso, y sns la bios al oprimi r el cr ista l, le hacían soñar con los besos de Beatriz . Como los otros, Y ta l vez más qu e los ot ros, aq uel día hab ía pasado t riste para aqueI lla pobre mu ch ach a ... La infeli z se desesperaba ap oyada en la venta na de su alco ba que caía al ja rdí u interior, consag rándose, para distraerse, á segui r el vue lo de los pájaros que se pe rseguía n y picot ea ban, tan li bres en su vu elo como en sus caricias .
TOMO 1

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snsrna ros os r,

VATICANO

En aqu el encierro no tenía otra distracción ; ni siquiera un a per sona con quien conversar , pues, su hermana Blanca, invocando los derechos de su eda d, había recla mad o para sí , y en ella permanecía todo el d ía, la pieza menos tr iste de aquella triste mansión, la que daba la calle. . Eñ el fondo, Beat riz prefería la sole dad complet a á' la conve rsació n vana l y agridulce :i que la condenaba la sorda enemistad, los celos de una hermana que no la quería mucho más qu e Sil pad re y de la cual con fundado motivo desco nñaba. Temía Beatriz qu e no se le esca para su secre to; y por esto, sobre todo, esta ba contenta de dormir lejos de Blanca, ante la cual temía que pudie ra descubrirse soñando. Estaba viendo desde la ventana á su padre que se alejaba de la casa con su paso de • infll exibl e juez, cua ndo oyó qu e llamaban á la puer ta. Beatr iz corrió á ver qu ién era con el corazón palp itante. Desde su cuarto la voz desabrida de Blanca gritó: - No te molestes... Es un fra ile mendicante... - Es preciso socorrerle,-respond ió la joven. En efecto , era un fraile que en la antesala murmuraba padre-s-nuestros, con la cabeza oculta baj o s u cap uchón, implorando la caridad de la j oven cama rera que, baj o la vigilancia de Nella, cnidaba y servía á las dos herma nas. En aquel momento fué cuando bajó Beatriz. - Julieta,-dij o,-vé á buscar á la despensa un pedazo de carne y una botella de vino á la bodega para el buen pad re. . -Que Dios os lo pague, -respond ió entre dientes el eap uchi no. La ca marera salió. El capuchi no, entonces, se precipitó sobre la mano de la joven; eila retrocedi ó.. . per o no tuvo tiempo más que de ahogar un grito, gri to de sorpresa ~. aleg ría, pues el cap uchino que acababa de echar atrás su cap uchón, había sido reconocido. -iVos! - murmu ró ella. Como casi destall ecía. Tran cisco.e-epu es él era,- la sostuvo en sus brazos embriagado de verla y oirla, y sus labios se uni eron en un primer beso. -Sí, mi Beatriz , sí, soy YO ,-decía. Después de ha ber esperado tan to tie mpo el mome nto de habl arla no sabía entonces qu é decirla. Pero su sitnación, los la tidos de sns corazones, su estrecho y apasionado abrazo, el éxt asis que se reflejaba en sus ojos, eran más elocuentes que todos los juramentos y qu e todas las pal abras. - ¡Ah! al fin os veo desp ués de ta n larga es pera ... Si hu biera ten ido que prolongarse más tiempo yo hubiera sucumbido.. . ¡Con que es cie rto que no me olvidáis! -¡Yo! No, oh, no... sólo pienso en vos, s610 por vos vivo . -Sí, ha blad, que yo os oiga ¡Es tan dulce vuestra voz me parecía que todo su du lce halago me era ya conocido Habladme. - No, no me hagáis olvidar vuestra locura Dejadme que sea más cuerda que vos.. . Puede venir alg uien ... Mi padre puede volver ¡Oh Dios! ¡si mi padre os sor pren diese aquí!... - No hay peligró: este traje .. . - Ese tr aj e no pod rá servi ros otra vez... - ¡.Deseáis, pues , que vue lva! -¡Y me lo preguntáis?.. ' De r epent e calló. -:-Silencio,-d ij o en voz baja. Después de haber escuchado, añadió :

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6 LOS SUBTERR,\N EOS DE ROll A

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- No es nada; h abía creído qu e venía Julieta ... No pu ede tardar de ningún modo... Huid, os lo ru ego.. . Procurad olvidar est e am or ~nse ns a to q ue á ambos nos haría inleli ces .. . No iutent éis pen et rar otra vez en esta casa tan bie n g uardada .. . P rese nta ros como lo ha béi s hec ho hoy, en plen o día , es desa fíar la muerte ... -¡Ahl Beatriz, si me amase is, yo vendrí a de noche. - ¡Qué? ¡Queréis?. . -¡Me lo negáis? La jo ven ca lló. La vue lta de la ca marera no le d ió tiempo de responder. Beatriz ti en e ra zón, pen saba Bibien a ; no pod ía con fi ar la celeb rac ión de otra ent re vi sta :i la cas ua lidad .. . era pr eciso ponerse previamente de acu erdo.. . ¡Cómo hacerl o? ¡Le sería pre ciso ma rc harse despidiéndose de ella para siempre, dándo la un eterno ad ios? El amor aco nseja al jove n en aquel conllicto. Se acordó de qu e Beatriz había sido educada, como lo eran en tonces las j óvene s ricas, r ecit6 un fragmento de un sa lmo que podía pasa r á los ojos de Julieta por un a acci 6n de g rac ia s ó un consejo piadoso, y mezcl6 al texto estas palabras profanas que pron unci ó cla ram ente: -s-Eic pecta me; luic nocte redibo . Lo qu e quiere dec ir: - Esperad me; volveré es ta noche. Beatriz se estremeció de notando así ~u e había compre ndido . Las mejillas de la jo ven se ti ñeron de vivo ca r mín, baj 6 la vis ta al su el o, y se a lejó pr eci pitadam ente mu rmu- " rando palabras de desped ida q ue F ran cisco tomó por un a legre «hasta luego. » Mien tra s qu e la ca marera entregaba al frai le la bote lla y la via nda pro metida, aquél , des pués de haberse cerc iorado de qu e nadie podía esc ucha rles , habl ó en voz baja á .Juli eta, q ue al principio hizo un movimi ento de asombro y ad emán de nega rse al favor qu e se la ped ía; después discutió y parlamentó al cabo largamente . Francisco no se había equivocado; cua ndo trat6 de asegura rse de qu e nadi e podía oi rl e, nadi e en efecto le escu chaba, pero si hubieseu prestad o at enci6n poco más . ta rde h ubiera esc uc ha do los cruj idos de la escalera de madera que den unciaba n pasos ca utelo sos y hubiera podido sorprende r á Blanca en acec ho . No parecía sino qu e la pen etran te y ardien te mirada de aque lla joven hubiese adi vinado q ue, bajo el hábito del frail e se ocultaba Bibien a, pues se impacien taba por las vacilacion es de la sirv ien ta como si com pre ndiese la complicidad que de ell a Francisco pedía . . -Esta noche, por la pu erta del j a rdín,-decía el j oven . , La ca ma re ra ponía reparos. -Qu e, ¡acaso va s á negarte? ¡Tu espejo no te ha aco nsejado ja más ast ucias semej antes? -, ¡ La violen cia de ese pad re despiadado no basta á vencer tus escr úpulos, así como vencerá los de su h ija? Acosand o á la mucha cha con s us argume nto s y preg unt as ha bló Fra nc isco largo rato; tanta eloc ue nc ia le pr estó su pa sión, que .J ulieta se dejó convencer, y se decidió á aceptar como recomp ensa, una bol sa ll en a de oro, destinada á in dem ni zarla, si por acaso la al'entu ra se descubría y er a desp edida de la casa. -Hasta la no ch e, pu es,- repiti6 con aire de j úbi lo el joven . Despu és de esto cubr ióse bie n la cabeza con su capuchón , sa lud6 de paso á la n eja Nella qu e en tr aba, y á la cua l no esc at imó un a ben di ción, desa pareciendo después por la call e,.pasando las cue ntas de su rosario, con las vitua llas de la lim osna debaj o del brazo. Cuando Galeas entró todo es taba tr anquil o; Nel la, interrogada por él acerca de si ha -

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bía estado alguien en la casa, le dijo que sí, que un fraile mendica nte que ha bía ido á poco de sa lir él. -¡Cuá ndo acabaremos con esos mend icantes, -dijo el viejo g r u ñendo. No era que creyese que tra s el fraile pud iese ocultarse un amante, si no más bien un espía pagado, pues harto sabía con cuán ta facilid ad los servidores de la Iglesia se ponen' siempr e de par te de los tir anos contra los defensores de la libertad, de los per segu ídores con tr a los perseguidos. Blanca parecía más contenta que de ordina rio ; la hacía de tal suer te feliz la seguridad de saber que era amada , la convicción de que Francisco había ido por ella , que en su alegría no se fijó en el risueño semb lante de Beatriz ni paró mientes en las dis tracc iones que padecía durante la comida. El padre habló de Roderigo, su pariente y las dos hermanas, que sentían igu al anti patía por aquel joven de huraño carácter, como si se hubiera n puesto de acu erdo, no dijeron ma l de él aq uella noche. - Vamos,-pensaba Galeas para su interior,-no faltaba más que un poco de enc ierro para amansa r á mis fl er ecita s. ,. Roder igo se aleg rará de es to. Además,. lo que él creyó ver en la iglesia no tiene importancia; el pr imer venido tie ne allí el derecho de da r ag ua bendita á las mujeres. Porque imaginarse que un aliado de los Médicis h áyase a trevido á hacerlo sabi endo que se dirigía á las hij as de un Salvia ti.. es cosa que se me resiste, y no puedo en modo alguno cre erlo . Más tranquil o con es tas refl exiones, el viejo s~ retiró á su habitació n. En el momeuto mismo en que el padre se acostaba, Jul ieta entró en la habitación de ,Blanca para desn udarla. Blanca es taba reuniendo sus j oyas y se había pues to un tr aj e de viaje. -¡La señorita no se acuesta?-preguntó la camarera con ex trañeza . . - Na turalmeu te que no.i--r espond i é la hij a mayor de Galeasj -e-gpues qué, te 'habías creído tú que yo iba á continu ar aquí despu és de hab er r ecibido la visita de mi aman te? - iEsta sí que es buena! ¡Usted también?. .-dijo J ulieta sin pode rse con tener. - ¡Cómo! ¡qué signi fican tu s palabras! ¡A qu é viene disimula r conmigo? ¡cre es que 110 he conocido quién era el frail e? . -¡Usted haL .-dijo la camare ra atemorizada. -Lo he oído todo. .Tulieta cayó de rodi llas á los pi és de su ama. -¡Pcrdonadme, seJiorita!- exclam6 con viva emoción. , . - ¡Yo? No tengo por qué perdonarte; antes al cont rario , te doy las gracias. No te hubiera perdonado nunca que no accedieses á nombre mío á la ent revis ta que te pedía . ¡Lo quie ro tantol -¡Era, pues, por vos por qui enL .-preguntó la camarera . - ¡Por quién qu erí as que fuese?-añadió Blanca cuyos ojos res plandecían de con tento. - Yo no sabía, yo cr eía ... pero efectivamente la señorita tiene razón,- balbució la joven. -Está bien. Véte ahora,-orde nó Blanca . La camarera salió. Una sospecha cruel en que 110 se at revía á pensar siquiera, aca baba de despert arse en el espíritu de Blanca. Celos violentos y rep entinos la roí an el corazón . ¡Acaso se habría eng aJiado? ¡Aquellas miradas, aquel amor, el haber corrido tanto ri esgo al penetrar en la casa, acaso no sería por ella? ¡sería por ... Su int eli gencia se ofuscaba, abras ábase s u fre nte con sólo pensar en el nombre de la amada realmente .

Ó LOS S Un TE RR,' NEOS DE HOMA

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¡Es im posib le! se dec ía. Si es una uiñ a.. . Y ad emás, all í es ta ba ella, que lo imp edi rí a. sí que sabrí a impedirlo. Horrorosos pen samien tos rel ampagueaban en su cereb ro; una amargura terrible acudi6le á la boca . Hab ía mamen tos en que le pa recía q ue iba á volverse loca , otros en q ue cre ía soñar. ¡Dejaría escapar aquella aventura tan tentadora, ta n extrao rdinaria! No, de nin guna manera . Ella era la primera que había am ado á Francisc o, y á ella le perten ecía : ella era la que le amaba más y mejor; ella la única qu e sabía amarle ; la única qu e podría hacerl e feli z; la ú nica muj er q ue se sen tía abrasada de una pas i6n tan intensa como él se merecía. Dieron las di ez, que era la hor a fijad a para la cita, y el retintln de la campanilla la sac6 de s us delirios. El debía estar aba jo, detrás de la puer ta de l jardí n esperando, Su suerte iba á decidirse den tro de pocos minutos. En la babitación de Bea triz no se escuchaba el men or ruido . Evi dentemente Beatriz no amaba á nadie y :\ nadie esperaba , ¡Oh, si aquello fueru: verdad , cuá nto querría ella á su her mana, á aque lla pobre men or ta n despreciada! ¡con cuánta lealtad la pediría perdón de sus sospechas! ¡Pero por qué Julieta no bajaba á abrir á Bibienat Blan ca cor ri6 á la hahitaci6n de su cam are ra. La pob re muchacha, a l entrar en su cuarto, se había arrojado vestida sobre la cama , llora ndo el yerro qu e creía haber cometido; después el su eño se había apoderado de ell a. y dormía entoncos pr ofundamente. Bla nca se de tuvo en el momento de ir á despertarla. - No,-pen só,-es mejor que me conve nza por mis propios ojo s; quién sabe si tratarían de enga ñarme. Aunq ue debiese morir, q uier o saberlo. La noche está oscura y todo me favorece. Pensando así paseab a la vista por la es tancia como si busca se algo, -Mejor es de todos modos, - pens6,-q ue no se despier te hasta ma ñana. Buscó en el saq uit o en qu e había reunido sus j oyas, y sacó un pomo de plata, ver tie ndo alg unas go tas de su contenido en los entreabier tos labios de la camarer a .

Momentos después Bibie na ll amaba discretame nte eh la pu erta del jard iu que no ta rdó en abrirse. - Gracias,-dijo ent ra ndo á la mujer que vió delanto do él en la sombra. y como cre yes e adve , r tir qu e te mblaba, añad ió: - No tengas miedo; como de todos mod os no tengo necesidad de tí ya pu edes acosta rte, con ta l de qu e mañ an a al ap untar el día vengas á cerrar la puerta cuando haya salido. Ahora vote, qu e yo solo sa bré enco ntrar la habi taci6n de Boatriz. Dic ho esto desapareció en la escalera. Blanca no había ex ha lado ni un gri to ni un s uspiro durante esta escena; de repente su cuer po vac iló; le pareci6 como si su ca beza es tuviese completamente vacía y el aire zum base en ella , y como si los muros danzasen á su alred edor y el su elo vacil ase baj o su s piés, Oprimióse con la man o el coraz6n qu e parecía iba á sal társelo del pech o y cayó exá nime al suelo . El fre sco de la noche la desp ertó . Cuando -se pu so en pié com preudi6 qu e no teud r ía 01 valor de segui r desempe ñando su pa pel de camarera . Ento nces sint i6 haber dado á Jul ieta el narcótico. Decidióse al fin á apurar el cá liz del sufrimiento haciendo lo qu e Franci sco le hab ía orde nado. Era aq uella la primera vez que él la dirigía la pal abr a y debía ser la últi ma, y
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quería obedecerle. Aquella muchacha altiva habíase convertido por un momento en n iña; con las meji llas mojadas por las lágrimas de un llanto silenci oso, en pié, con la vista fija en la habitaci ón de su feliz ri val, contaba mentalmente los besos, las palab ras cariñosas, las ardientes caricias que debían cambiar. - La camarera,- pensaba,- tenía raz6 n. Era á Beatriz á quie n amaba ... Se repetía esta idea indefinidam ente, sin saber lo que ha cia . Este detalle es curioso: ni una sola idea de venganza aeudi6 á su mente en toda aque lla noche; tan aturdida estaba por la dese speraci6n . Ella tan inexorable después en s u odio, no pensó en aquella noche sino en sufr ir y en sondar el abi smo abier to baj o sus pies. Todo había concl uído para ella; su vida , como ante s de aque l funesto amo r , carecía de objetivo . Demas iado altiva para ir á mend igar de Fra ncisco una palabra de tern ura que aquel no le otorgaría, era demasiado orgullosa para aceptar otro hom bre. En su coraz6n, como alrededor de ella, en la naturaleza, reinaban las sombras . Al fin la noche toc6 á su término y empez6 á brillar el crepúsculo que precede á la a urora, tiñen do con su lu z blanquecina las par edes del pal acio y los tejados de las casas. ¡Cuá ndo bajará? ¡No se desprenderá n unca de los brazos de- Beatriz? Trémula, con los labios secos y la vista extraviada, espiaba la ventana cer rada. Bibiena apareci6 en aque l momento en la escale ra radiante de dicha, y levantando la cabeza para mira r á la ventana que acababa de entreabrirse. Beatriz apareci6 en ella med io desnuda, con la blonda cabelle ra destrenzada que le caía en graciosas ondas por las espaldas, y con la mano envi6 un pro longado beso á su a mante ... Blanca en tanto temb laba envuelta en su manto. -¡Ah, estás aq uí!-la dijo llibiena,-¡Me esperabas? Gracias, Ju lieta. Sin saber lo que ha cía , maquinalmen te la estr ech6 la mano. -¡Caramba! tienes fiebre,-dijo. La humedad sin duda te ha hecho daño .. . métete en seg uida en tu cuar to. Dirigi6 Bibiena una última mirada á su querida, cuyo risueño rostro teñía ento nces de púrpura la aurora, y se alej 6. Blanca cerr6 tras él la pu erta corriendo el cerrojo. ·Bea tr iz, que desde la ventana la tom6 también por la camarera, la di6 las gracias con un ligero movim iento de ca beza. Iba ha ciéndo se rápidamente de día. Blanca, tembla ndo de piés á cabeza por la fiebre que había ac recentado el contacto de aq uella mano, temía no poder llegar á su hab itaci6n. Hizo, sin embargo, un esfuerzo, y log r6 su bir la escal era, se desnudó y so ar roj6 en su lecho. Durante un mes permaneció en él víctima de una fiebre que la devoraba casi constantemente. Aun en medio de s u deli rio fué tan fi el á su amor ... no por su indigna hermana, sin o por FJ:.ancisco, á quien segu ía adorando y á quien no h ubiera que rido per der , que ni una palabra do s u secr eto se lo escapó en sus alucinaciones . Su voluntad tena z había logrado sellar sus labios. Como J ulieta, que era la única que comprendía la causa de aque lla enfermedad, nada había dic ho, nadie sospech6 siquiera que fuesen los celos los que hubiese n pue sto á Blanca á las pu ertas de la muerte. El vigor propio de la j uventud, venci 6, sin embargo, la enfermedad, y la hija mayor de Galeas comp re nd ió que la dicha de mor ir la sería negada .. . No sab ía qué part ido tomar. Continuar siendo testígo de las citas de Bibiena con su herm ana, era martirio su -

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perior á sus fuerzas .. . El odio volvía á su pecho, al volver á él la vida ... Conocía que de prolongarse aq uella situación se sentiría impulsada irresistiblemente á cometer alg ún acto terrible, culpabl e, que la re pug naba, pero del cual en re alidad no debía espa ntarse duran te mucho tiempo. El día que pudo levantarse y baj ar al jardín fué cua ndo dij o á su padre en aquel mismo sit io en que la voz de Bibiena había desgarrado para siempre su corazón: _ -Padre mío, mañana deseo entrar en un convento. Salviati había soportado todos los sufrimientos, experimentado todos los dolores, pero separarse de la única hij a que amaba y qu e le amaba á él, le pr oduj o una ter rible y cru el impresión ; no obstante, ocultó su pena ; amigo de que su voluntad fuese respetada, quería también res petar la de los demás. La sig uien te maña na, él en persona condujo á su hija al claustro, y aquélla, presurosa de romper con el mundo, esperando hallar un consuelo allí donde sólo debía n sugerírsele malig nas ideas, pro nu nció sus votos cuando le fué posible, renuncia ndo las liber tades que au torizaba una regla muy poco severa, y encerrándose en una soledad qu e ag rió sus pesares lejos de dul cifi car los. Sola siemp re, ence rrada consta nte men te en sí misma , reinando de conti n uo en la misma idea, celosa, su despecho se convir tió bien pronto en odio al que sus deseos no satisfechos prestaron toda su violencia; cuyos terribles efectos no tardaremos mucho en presen ciar.

Libr e Beatriz desde entonces de una vigilanta cuya mirada miste riosa la in qui etaba; de 'aquella vigila nta que ella había asistido con notable int er és y devoción dura n te su enfermedad , sin que aqu ella dolorosa circ unstancia fomentase su mu tuo afecto,-y esto lo conocía ella misma,-se entregó con mayor libertad á s u amor. Rara vez salía de s u casa, y a ún ent onces, acompañada de su padre ó de la huraña Nella; pero como había pasado á ocupar la habi tación de su hermana que daba á la call e, aprovechóse de ello, ayudada de la camarera, que se prestó á entregar U!! bill ete al joven para concer tar un a n ueva entrevista . Había lu ch ado desde el principio largo tiempo consigo misma, au n des pués de alimentar la idea de que siendo amada por él sería dichosa; largo tiempo cua ndo no le veía sino en la igl esia, habíase reprochado el pensar tanto en Bibiena, pero sorprendida de improviso el día en que vió á Francisco disfrazado de fraile, la pas ión , dasbordándosela del corazón demas iado lle no de amor, se la había escapado por los labios y los ojos. No cre ía Beatr iz durante las pri meras horas que sig niero n á aq uella entrevista que Bibiena volviese por la noche ... En el abando no á que no si n luch a se ent regó, ha bía, con much o de amor, un poco de ad mirac ión y reconoci miento hacia el hombre que había afrontado ta n valientemente tan tos peligros para verla. Y en efecto, iqné mujer tiranizada como ella por un padre, hubiese podido, en noch e semejante, resistir á un tal amor? Ciertamente que Beatriz si ntió después cr ueles remordimientos, y j uró no volver á ver nun ca más al jove n... Pe ro al recibir aquell a noticia, Fra ncisco, segú n re fi rió J nlieta, se habí a impresionado tanto , habí a j ur ado con voz tan conmovida que mori ría de pena , que Beatriz no había tenido valor par a man tener su rigor por más ti empo, y para libra r le de la tentació n de mor ir le había dado una nu eva cita . La experta camarera había procu rado una escala de cuerda, fi na y resi stente, y de esto últ imo ya hemos visto la prueba; cuando . el amante, al ap untar el alba en el horizonte, bajaba, Beatriz la ' escon día . en un ag ujero de la pared, oculto detrás de un ar mano.

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Pintar la triunfante embr iag uez de Bibien a ser ía tarea imposibl e; remitimos, pues, á aq uellos de nu estro s lector es ó lectoras qu e de ella qui sieran for marse una idea al recuerdo de su s mejores horas de amor. Nada existía para él en Florencia fuera de su Beatr iz y su camarera; estaba en' el quin to cielo de la dicha . Quería robar s u qu erida y ha cerla su es posa ante Dios, ya qu e el odio qu e sepa raba á las dos familias le imp edía pedir su mano al padre. - ¡Quión sabe?- aña día, pues á tanto llega ba su locura,-¡esta pasión no desarmará acaso al padre? Ha sufrido ya tanto tiem po; su hi ja mayor está enc err ada en el cla ustro ... ¡amaría por vent ura tambi én ella á algú n enemigo de su pad re? ..- Poco se fi gu raba él c uán en lo cie rto estaba al pensar de aquella suerte.-Galeas de todos modos no querrá per der la últim a hija que le q ueda; sus lág rim as y. mis razones me parece . que ha n de a bla ndar le y convencerle . El pobr e enamorado se ilusionaba con aque lla esperanza . El despert ar fué ter rible.
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Una noche al saltar á la habitación de Beatriz, la enco ntró anegada en lágrim as. -¡Qué tienes?-I a pr eguntó él-¡quó ha ocurrido! La j oven a poyóse en el hombro de su aman te y pro rumpiendo en sollozos: - Mi padre quier e casarme,- dijo . Bibiena estuvo á punto de desvan ecer se, y con voz sorda preg nntó: -¡Con quién? . Quedan casarla con Roderigo, un primo suy o, da qui en ya le había hablado. El padre de aquel Roderigo .era nada menos que aq uel herma no de Galeas, que había salvado á és te á costa de su vida el día de la conspiración de los Pazzi; Salviati pagaba la deuda de gr atitud y reconocimiento al padre muerto, entrega ndo su h ij a al hijo. Hacía ya, álo que parece, muchotiemp o quese acariciaba aquella idea, per o el tío no era menos disimulado que el sobri no, y ni uno ni otro habían deja do traslucir una palabra del proyecto. . Galeas había hablado delasu nto aquella misma noch e á su hij a duran te la cena , y le había anunciado que de ntro de pocos días la presen taría al hom bre á quie n la suplicaba desde luego considerase como su esposo. Tanto había sorprendido y aterrorizado la noticia á Beatriz que no supo contesta r ni una sola pal abra. : El abatimiento y la cólera qu el a n ueva produc iría en Bil.iena, fácil es de concebir. Estuv o largo rato sin poder dominarse y entrar en el pleno uso de sus facultades. Calmado al fi n, pasó el resto de la noche en combinar con Beatriz los medios mej or es para conj ura r el pel igro y parar aque l golpe inesper ado. En cuanto á ella, la sola idea de dar á otro hombre que no fuese su querido, tan sólo la mano pa ra que se la besase, la hor rorizaba, y qu erí a esca parse, per o escaparse al momento... Pero les faltaba din ero, much o d inero, arma indispen sabl e en expediciones de tal naturaleza, y Bibie na no podía tene r el suyo has ta el día sig uiente. Era tam bién ind ispensab le proveer se de caba llos, y asegura r relevos para el caso de una persecución , que era muy lógico temer... ; era preciso poner en salvo á J ulieta , pues hubi er a sido cr uel abandonar á la pobre camare ra á la explosión de la cólera de Galeas, que la haría pagar ca ro su ca riñ o á la j oven qu erida. Era necesario estar seguros de que el día en que llegasen á Livor no, encon tra rí an medio de embarcarse al insta nte para Francia; pu es, á pesar de la protección de los Médicis, le parecía m ác pru dente aba ndo nar el suelo de Ital ia, siquiera por el momento.

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LOS SUBTERR.hmos DE RmlA ,

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Por todas estas razon es qu ed ó conven ido que huiría con Beatriz el vie r nes siguiente. Aqu ella noch e Galeas se veía ob ligado á pasarla fu era de su casa , pu es le había invitad o un su amigo de ti empo, uno de aquellos pocos antiguos amigos qu e le h abían permanecid o fi el es, desce ndi ente de los antiguos gon(allonie¡'i y su correl igionario político, al casamie n to de su hij a y á la fiesta qu e se celebraba co n aqu ell a ocasi ón . " Beatr iz que, desde hacía a lg ú n tiempo, no salí a á la ca lle, pretextaría la re tirada de su herma na á u n con ven to, 6 una indisposición cua lquier a para exc usarse de asistir á la

Mohnmed en cendi ó el hornillo y el papa tirÓ del fuelle, haciendo hervir algunas gotas del líquido conten idas en un recipiente de cobre. - GAP. XYII.

bod a, 6 cua ndo menos pa ra reti rarse, des pu és de haber estado en ell a un in st an te. b e aq uella suerte lo s enamorados ganaban al gunas horas para ejecu tar su pla n, y esp era ban arreg la r el asunto de tal manera que Galeas no se diese cu en ta de la fuga hasta la ma ñana sigu iente, con lo cua l llevarían ya bastante distancia de ventaja á las gentes que en persecu cion suya se enviasen, Pe nsaron, y acordáronlo, salir de la ciudad por una puerta opuesta á su salida defin itiva, h abía n d e ga nar más tiempo engañándol es con aq uella fingida evoluci6n y ganarían
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así más terreno . Bibiena no debía volv er al pal acio Salviati antes de aquella noche. Tomó todos su s providen cias con minu cio so cuidado, y finalm ente llegó el día del viernes tan esperado. La atm ósfera abrasadora , sofoca nte, in soportable, hacía presagiar la proximidad de una tormenta. Bibiena se alegraba de qu e el tiempo revuelto con su oscuridad y sus ruido, fuese faci litar la ejecuc ión de su proyecto, y ni la lluvia le ap uraba . ¡Quién piensa en cos as se mejantes cu and o se a ma? Franc isco, apostado en la puerta de una capilla vecina, acechó la sali da de Galeas y Beatriz para la fiest a, después la vuelta de aqu élla , la qu e acompañaban dos criados . Mientras q ue Beatri z camb iaba de traj e, poniéndose otro más propio con el tiemp o espantoso que h ací a, el fué á hacer acto de presen cia en un bail e dad o en cas a de los Médicis , sus amo s, y despu és regresó su pu esto, con el bolsillo ll eno de oro , éhrio de entusiasmo y bi en armado . Ya hem os vis to como esta últ ima precaución no fué in útil y quela falt a de un p uñal tan bien templado como el suyo, hubiera bastad o á comprometer , si no imp ed ir del todo su escapatoria. • Nuestros lectores tend rán acaso pr esente como Roderi go, a dvertido en medio del bullicio de la fiesta q ue asistía, se había retira do momentos despu és de la salida de Bea triz , y r ecordarán también como había es piado la llegada de s u rival, y las con secuencias que tuvo aquella espantosa lucha para Roderigo, qu e se había estrellado contra los adoquines de la calle. Pálida por la emoción, Bea triz se había dejado caer sob re una si lla . -¡Vamos!-dij o Bibi ena con acento resu elto,-démon os pri sa. La viol encia del viento habr á impedido qu e los gr itos de ese desgraciado llegu en al oído de alguna patrulla, pero si cua lquier tra nse unte tropi eza con el cad áver, podemos vernos muy comprometidos. Beatr iz se estrem eció. Él se arrodilló con ternura del ante de ella mu rmurando : - ¡Te in spi ro h orror? Ell a le echó los brazos al cuello en un arranque de pasión , y la besó en la fre nte mientras decía: -C~llate, cállate; va mos. Al propio ti empo se puso en pié, se echó IIn abrigo sobre los h ombros, se envolvió la cabeza en una ma nt illa , é hi zo el sig no de la cruz. Estaba muy resuelta, pero sin emba rgo, la dolí a ten er qu e dejar la casa en qu e había nacido, en la que había mu erto su madre, y en la que á pesar de su brutalidad excesiva , su padre la había ed ucado en los principi os de la lealtad y del hon or. Y, sin embargo, era preciso huir pa ra sus traerse aquel matrimoni o infa me, pa ra continua r fiel al qu e ella h abía el egido. - Ven,-dij o Francisco dirigiéndose hácia la puerta. -Abr~zam e para da rm e valor, - mu rmuró la joven . Duran te un minu to se abrazaron, estrechándose con pasión . De repente, en el mom ento en qu e el j oven se separaba de los brazos de ell a, se abrió
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la'puerta.
La ca marera se precipitó en la estanci a exclamando: , - ¡Vuestro pad re , se ñorita! Vu estro padre está ab aj o. ' -¡Dios mío! Quedaron al erra dos . Los pasos de Galeas se oían en el vestíbulo. -Por el jardí n ,-dijo Bibiena. -Eso eS,-murmuró Beatr iz.-Yete sólo, vete...

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-No, no, solo no, contigo,- añ adi6 el enamo rado. y se pr ecipit6 sobre ella arrastrándola hacia la escaiera. Lo que vi6 por la '~entana le hizo retroceder. • - Estamos vendidos,- dijo con voz, que más que voz parecía un r ugido. - No te cuides de mí,-d ecía Beatriz atontada,-sa l por la ven tana. - ¡Me seg uirás tú en mis brazos? - Sí. . - Pu es bien, vamos. Se di rigían ya á la ventana cuando Bibiena exclamó: - Estoy loco; la escala es ahora demasiado corta . - Mi re bocillo de seda la completad,-añadió Beatriz. y al mismo tiempo se lo qui taba del cuerpo. - Baja para atarlo, y sube luego por mí... pero pronto... que ya esc ucho los pasos en la escalera. Fra ncisco corri6 á la bala ustrada de la ventana, y retrocedi6 dici endo : - ¡Maldici6n! grito Las dos muj eres le vieron retroceder, y entrar en la habitaci6u ahogando un " de rab ia. En aquel momento llamaban á la puerta .

OAPITULO XI
DESPUÉS DEL AMOR EL ODIO

. La fiesta que con ocasión del matrimonio de su hijo celebraba el descendiente de los antiguos gonfaloneros , era di gna de su fortuna y de su nobl eza. Entre la brillante claridad de las antorchas y de los vasos de colores , agit ábanse multitud de parej as vistiendo ri cos y caprich osos disfraces. En aque lla época era costumbre gen eral sacar partid o de toda fiesta cualq uiera qu e fuese su carácter, para ha cer oste ntac ión de su ntuosos traj es , y bromear con las muj eres, coq ue teando con sus antifaces. E n medio de aqu ell a juventud bulli ciosa, veía nse pasar graves y severos , algun os viejos que habían de sem peñ ad o los más elevados ca rgos de la administración de la ciudad, desd eñando la s diversiones res ervados á la adolescenci a. Sus ves tidos negros, en aquel conjunto de vivos colores, resaltaban como un a man cha somb ría . Sal viati acababa de sa li r pa ra lleva r á su casa á su hij a , qu e para no acept ar la in vi/ ta ci én de Roderi go de bail ar con él un a pavan a , hab ía pret exta do una in disp osición, a testiguada por su palidez, gracia s á la cua l, ha bía podid o re tirarse de la fi esta sin qu e su padre ni su primo tuviesen el más leve motivo de sospec ha . Galeas, que volvió al haile á ruego de su hija , iba de un ex tremo á otro del salón abstraído inquieto, sin sab er por qu é. Pret end iendo que no es taba de humor para pen sa r en asuntos ser ios, huía de la conv ersaci ón de SU3 amigos, y huía también del baile, proba ndo de aquella su erte qu e tampoco le interesaba n los placeres fútil es. Strozzi, su particular amigo, no pud o arrancar de él más qu e breves palabras; pero el viejo republican o qu e con ocía el carácter de su amigo, no so sorpr éndíé de aqu ell a frialdad. Aunqu e poco supers ticioso, Salviati, no obstante, no podía su straerse á cierto vago presentimiento. Accesible con dificultad al mi edo, se sentía sin embargo, víct ima de con fuso temor, perseg ui rlo por idea s si niestras co mo un a pes adill a, y amen azad o de una desgracia . -¡Bah l-pen só sac udiendo la cabeza pa ra desterrar su s presen timi entos,- estoy loco.
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y se intern ó en las ga le rías llenas de ge n te. Pronto le cans ó .el bullicio de la 'flesta . Entre la s al egres toca tas de la s músicas le parecía distinguir pr ofundos soll ozos, y el " tañido de las campanas doblando á muer to, y pen sativo se dirigi6 al invernadero desde donde se descubrían los j ardin es . Rei naba all í del iciosa calma y frescura . Anchos y c6modós coji nes brinda ban reposo baj o el follaj e de raras pla ntas; el ag ua corda con dul ce mu rmu ri o por el césped esmaltado de flores. Por las al ameda s veíanse pasa r de tanto en tanto ena moradas parejas; la ar monía de la fiesta no llegaba hast a allí sino amo rtig uada, y como eco de lej ano bulli cio. Salviati, preso de extraña laxitud , se dej6 caer sobr e un a silla. Acaso aqu el malestar, aqu ella inquietud, pen sa ba, no fuese en resúmen más qu e la influ encia de .la pr6xi ma torm enta at mosférica, cuyos pr ime ros rugidos hacían tembla r los cristales con la s ar mas de Flor encia. Aparte de esto, sin contar los años de destierro y de pri si6n , las luchas, los amigos muertos, sin hablar de la siniestra tragedia cuyo desenlace había sido la muerte de su esposa, Galeas tenía motivo sufic ien te para estar triste aq uella noche. Hacía solo algun as seman as qu e había visto á s u hija pred ile cta, á la mayor , abandona r le y en cerrarse en un convento, dejándole solo con su her man a. ¡Por qu é sus labios pr onun ciaban con odio y desden el nom bre de Beat riz! Dentro de poco podría casarla con Roderi go, qu e la amaba . Haciéndola con esto feliz, habría cumplido su deber de padre; ha brí a paga do su deuda de reco nocimie nto á su hermano, y podría decir á su sobrino el día de la boda: -Os la doy pura. Amadla . De súbito se estrem eci6 con sobresalto. Acababan de tocarle suavemente en la espa lda . Levan t é la cabeza . Un hombre de medi an a estatura, delgado de ta lle, vestido con t raje de trovador, med io envuelto en un manto de terciopelo rojo , estaba en pié dela nte de él. Rojo an tifaz ocul taba el rostr o del trova dor; cubría su cabeza gorro de for ma c6nica ado rnado de vistosa pluma, del cua l, formando gracio sos bu cles, caían rubios y abundantes cabellos. Hemosdicho qu e era un hombre, pero quién sabe si realmente lo era. El cútis parecía blanco y fino, las manos deli cadas y elega ntes, los piés era n bien peq ueños, y la amplit ud del ma nto dis imu la ba mal la redondez de las caderas. ,-¡ Qué qu eréis!-dijo el viejo.-¡A qui én creéis diri giros! - A Galeas Salvia ti. La voz con tono grave vi braba sonora al pro nunciar aquellas pala bras. Galeas cre y6 que aquel ace nto le era con ocido. -Ven go, -continu 6 la voz,-á preven irt e y á aconsejarte. -Salviat i no tie ne necesid ad de advertencias ni de consejos. -Tal vez sí, -aña di6 con seguri dad el trova dor. A su pesar, el padre de Beatriz se sent ía interesado . Aquella a pa r ición y aquellas misteriosas palabras r es pond ían tan bie n á sus secretos presen timientos, que sin tió instintivo miedo de verlo s confi rmados, y se levan t ó de su asie n to disp uesto á alej arse. La má scara le de tuvo. -Escucha . -¡Para qué! -Es pre ciso. - ¡Qué facultad tiene un desconocido para dictarme 6rden es á mí! La voz re pitió sie mpre con energía. - ¡Quién sabe!
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MISTE RIOS DEL VATI CANO

- ¿Quién eres, pues! ) -No te impo rta. Sal viati no pudo re primir un movim iento de curiosidad. No era la primera vez qu e había oído aqu ell a voz, estaba seguro de ello. Sin preocu pa rse por aq uel movimi ento, el trovador indi có á viejo que se sentase, tomando él también asie nto á su lad o. - ¿Por qu é,-preguntó,-has deja do que tu hija Beatriz abandonase esta fiesta! ¡Por qu é no te has qu edado en tu casa con ella! -¡Qu é quieres decir! ¡Qué tiene qu e ver en esto el nombre de mi hija! El desconocido no se dió prisa de responder, pero al cabo dijo : - Vuelve á tu casa y lo verás. -¡Qué veré? -Si quieres creer me, date prisa . -¡Por qué! - y como tu espada aca so no te baste, pr ocura no ir solo. -¿Todav ía a lgú n nu evo atro pell o! ¡Amenaza á mi hija a lg ún peligro, alguna desgracia -Vé, y después llamarás con el nombre que te plazca lo que amenaza á tu hija . - ¡La ha n tendido alg ún lazo! -No he di cho eso. - ¡Qué es lo qu e qui eres decir, pues, desgraciad o! -Nada de qu e no esté absolutamente seguro. La sangre se agolpó violentamente al rostro del padre. - -Eres un cobarde, - dij o con ira.-Debes ser un Médicis, Su interlocutor se había levantado, él también se puso eu pié, y dió un paso para arrancar el antifaz al desconocido, pero un paso tan rápido y violento que el trovador no tu vo tiemp o de re troce der . Pero en el momento en qu e Galeas iba á tocar el rostro del enmascarado, se sintió suj eto por un br azo de hierro. Era el de un hombre qu e ocu llo hasta en tonces en el follaje, se había precipitado sobre Salv iati clavándolo con fuerza en su asiento. El tro vador conti nuó: -Te inter esa más qu e saber qui en yo soy , penetrar los sec re tos qu e te pertene cen . No, yo no soy un Médicis . Créeme, te hablo en t u inter és . ¡Quie res creerme é ir á tu casa á convencerte! -Sea,-respondió el viejo . La 'duda había invadido su espíritu. -¡Me lo prometesl-interrogó la voz. -Sí,-respondió Galeas bajando la cab eza. -Está bien,-d ijo el jo ven . Dirigiéndose al atleta enmasca rado qu e sujetaba aun á Salviati, añadió: -Déjale. El otro se inclinó y soltó á Galeas. Est e vacil é un momento, Yfijó su pen et rante mirada en la máscara roja, qu e permaneció impenetrable dejando ver tan solo las negras niñas de sus ojos . Como el viejo pareciese buscar á alguien con la mirada , el trovador pr eguntó : - ¡Buscas á Roderigo! El viejo se estre meció; le hab íaadivinado el pensamiento. -No le busques; está ya prevenido, y hace un momento qu e ha march ado, aunque ha cometido la imprudencia de qu erer ir solo.

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Galeas inclinó la cabeza sobre el pecho, reflexionó un momento y se al ejó rápidamente. internándose en el jardín qu e, á los acordes de la danza qu e comenzaba de nuevo en los salones, hab ía qu edado desi erto. Galeas , en el mom ento de salir, dijo casi en voz alta de te niéndose como si quisiera volver hacia atrás : -Aquella voz es la voz de Blanca. Volvió precipitadamente al invernad ero, pero los enmascarados habían desaparecido. . -Decididamente,-pensó,-me vuelvo loco. Blanca está en el conven to... Esto es obra de alguna rival sin duda alguna , ó simplemente de alguna cortesana pagad a por los Médicis, pues se me resiste creer que ell os no anden en esto asunto. ¡Acaso tratan de tenderme un lazo! Pero, entonces, ¡por qu é me advierten qu e no vaya solo! ¡Intentarán provocar una querella! Vam os á verlo.. . El viejo atravesaba la puerta qu e daba á la call e y marchaba aprisa sin curarse de la lluvia ni del viento. Oculto detrás de un tap iz, el tro vador del antifaz ro jo, le miraba alejarse. Su compañero le escuchó decir : - ¡Pobre padre!- é inclinó la cabeza con pen a. Después, irguiéndose y sin desfigurar ya su voz, dijo con acento resu elto. -Simón, tú vendrás á contarme lo qu e ocurra; yo te es peraré dond e te he di cho. El hombre á quien el trovad or llamaba Simón , saludó y desapareció en la mism a dirección que Galea s. El enmascarado permaneció un mom ento inmóvil y silencioso y abandonó á su vez la casa de la fiesta, rehusando aceptar la litera que le ofrecían los criados. -¡Bahl-dijo como contestándose á sí mismo,-ella tendrá la culpal Francisco no se escapará con ella ... como tampoco se escapó conmigo... Ell a hará lo qu e yo, si quiere consolarse; se r etirará á un convento. Arrancándose el antifaz y su . peluca, Blan ca Salviati dej ó qu e la llu via azotase su abrasada frente.

Blan ca, á poco de entrar en 01 conven to, ha bíase ca nsado de las mor tificacio nes y peniten cia s. Hab ía compre ndido bien pronto qu e nin gun a peniten cia ex tingui r ía el fuego que le consumía y abrasaba; sino qu e antes al contrario, parecía qu e las morti ficaci on es, los éxtasis prolongados, las interminables horas pasadas e ntre aqu ell as paredes qu e la ahogaban, y la soledad , sobre todo, no hacían más quo irritar sus penas, inflamar su s deseos. Arrepentida bien pronto de su arranque de pecadora, había caído en un furor de odio y celos; recobrada la fuerza de la juventud, restabl eci da la salud , el ardor de su sangre la hacía exp erimentar terribles tran sportes. Si aquella situación ' se hubiese pr olongado mucho tiempo, el hi sterismo se hubiera ap oderado de ell a como se apod era de la ge neralidad de la s muj eres q ue sobreviven al régimen del cla ust ro. Durante la no ch e se revol vía inqu ieta devorad a por a rdientes ensueños, y ll amaba á aquél á quien hubiera qu erid o ha cer par tícip e de s us imagi nac iones impúdicas , ah ogando su nombre en tre los pliegues de la almohada, revolcand o entre las sáb an as apasionadam ente su cuerpo cale nturient o y medio desnudo, ign orante y ávida de besos y de caricias. Aquella era la compensación que había encontrado para su espantosa desgracia; abismarse en Dios, contentarse con eróticas plegarias, morderse de rabia los puños durante

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. los interminables oficios monótonos y em br utecedores. Había temido la muerte, ¡pero aquello era vivir! ¡Ah! la verdader.a vida era la que lle vaba su hermana; aunq ue turbada de temores y , angustias, estaba h ermo seada por la espera del aman te, por todos los goces de la pasión. A la idea de aqu ell os placer es reservados á Beau-iz, que ella se fi g uraba desvanecida de y sus rencores la tor t uraban horriblemente. deleite en los brazo s de su amante, s u rabia . , Si se hubiera atrevido á ello, tanto la pesaba aqu el s uplicio, hub iera pedido permiso á la abadesa para sali r de noche, aunque fuese disfrazada, y vagar por las calles de Florencia á caza de aventuras, dispue sta á volver por la ma ña na al conve nt o, como la emperatriz Messalina á su pala cio, llevando consigo el olor del lupanar . La abadesa, que había sufrido martiri o semejante, adivin ó aq uel torm ento, y la obligó á dulcificar las prá cticas, traslad ánd ola de s u mezquin a celda á un luj oso departamento : cuyas ventanas se abría u sobre el jardín . Blan ca sufría allí más todavía. ol, las ca ricias del viento mecie ndo las ñor é s, el balanceo de El ardor más suave del B .los árboles, el murmurio del agua en la que se reflej aba la pálida luz de la luna, todo le hablaba de amor; la natural eza en lanc es le parecía más cr uel que la r eligión. Su exaltación rayaba ya en locura. -¡Pero no existe,-se decía,- en esta ciu dad ningun joven que c esee una querida ardiente, dispuesta á arriesgar su vida por una noche de placer! ¡No_s ubirá nunca ningún amante por esta veutana día y noch e abier ta de par en par! Un día , ell a, la orgnllosa patricia , se sor prendió acaricia ndo con in citante mirada al , jardinero, jo ven robu sto y apn esto, de pálid o rostro y brillante mirada , qne era el único hombre que tenía entrada en el convento. La contemplacion de aqnel hombre la absorbía de tal s uerte, era tan profunda, qu e no se dió cuenta de ella sino al descubrir la turbación que sus mirada s habían pr oducido en el joven. Sólo enton ces ad virti ó qu e sus bra zos y su es palda estaban desnudos. Retiróse avergonzada, pero no tan pr onto que no tuv iese tiemp o de ver y oir como una mujer, entreabriendo la puerta del jardíu , llam aba al jardinero diciéndole: -¡Simón, Simón ! -Tiene una querida,-pensó Blanca con celos. Continuó observando . De repente lanzó un grito. -Sí,-dijo,-ya .me había parecido reconoc er su voz; es Julieta, la ca marera. Ama á Julieta ... Mañana es preciso que yo hable á ese hombre; hoyes ya demasiado tarde, y. también veo que se aleja . Aquella noch e, después de largas horas de insomnio y de estancia en la ventana ha blando con las estrellas, Blanca pudo al fin dormirse . . Soñaba que Beatriz ocupaba su pn esto en el convento , que ella había vuelto á la alco ba de su herman a, que Francisco subía como de costumbre, en tra ndo por la entreabierta ventana por la cual pen etraban los rayos de la luna , que iba á su cama creyendo encon trar á Beatriz dormida, ó tal vez gozoso de hallar á Blanc a en s u lugar, y murmuraba en .' voz baja á su oído : -Soy yo.. . ., y juntaba sus labios á los ardientes de ella, y Ia estrechaba cariñosamente entre s us brazos. De repente gritó sobresaltada; había se ntido realm ente un beso, no soñaba... -¡Simónl- exc!amó la joven. y ocultó el r ostro en el pecho del joven jardinero . Desde aquella noche, Blanca tnvo á su se r vicio un alm a condena da. . .
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El joven , q ue cons id eraba ya como UD ex tra ordi na r io honor el haber conquistad o á una ca ma re ra , no se atrevía á creer e n s u buen a fortun a: ¡Ser el ama n te de nna patri cia , el am ante ad orado!. .. Aq uello parecía in creibl e. pero , s i n emba rgo, era la verd ad; Blanca am ab a á a q ue l h ombre por la fac ilida d qu e ten ía pa ra vers e co n él, por lo ex tra ño de la aventura, por la misma vergüe nza qu e le ocasio na ba a q ue l a mor . Con poco es fuerzo se

-¿De SllertC',- dijo Spnvcuto cruz ándose trnnquilnmentc el e br naosc-- que os imagin áis que no me he dado cuenta de "vu esn-oe gui ños , "J' que no os he referido

las cosas como realm ent e eran?- CAP. XVII.

hubi era van agloriad o do s u i nfa mia; 10 amaba sobr e todo. porqu e es pera ba serv irse de é l para satisfacer s u odi o. I Sim ón había pu es to s u vida á s u di sp osi ción ; y es taba di spu esto á todo, h asta para el crim en, si ella se lo in di case.. . Una mirada de sus negros ojos hubiera basta do á decidirle á cualquie r cosa , y ya h emos visto, por e l atre vimie nto con qu e h ab ía esca lado la Y en tana de Blanca, que e l florentino no carecía de aud acia . Gracias á J uliet a, co n la qu e q uería ro mp er, de lo cua l le disuadió su qu erid a, se en ter6 de los citas de Beatriz con Bibien a . Esto le ru,', ta n to más fác il de oh tene r, cuau to
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DEL YATICANO

que Julieta había ya tenido que servirse de él para comprar la escala de cuerda, cuya compr a hizo ella comp romet iéndose. Por Ju lieta supo el jardinero el día en que debía verificarse el rapto, y por recome ndación de la camarera, Bibiena utilizó los servicios de él en ciertos preparativos, conviniéndose en qu e Simón y Juli eta irían á encontrar á los fugitivos en Francia. El jardinero, sin embargo, estaba firmem ente resuelto á no al ejarse del convento . El jueves, en su en trev ista eon Blanca, le puso al corriente de todos los de talles del proyecto, y no pudo reprimir un est remec imiento de espanto al observar la expresió n de feroz alegría con que se cubría el rostro de su querida al escu char aquel rela to. La hija mayor de Galeas acababa de tomar la resolu ción que la hemos visto poner en pr áctica la noche de la flesta. Es to exp lica por qué aquella noche, es decir, el viernes, un j udío, comercian te de ro pas del extremo de Ponte- Vecchio, había facil itado á un joven un trage muy sombrío , y á una joven un disfraz completo de trovador, con capilla roja y antifaz también rojo; y explica asimi smo que el judío lanzise un grito de estupor -cuando se dió cuenta de que • el traje de muj er, dejado en su casa por la dam a que tanto se envolv ía en s u manto, era un háb ito de religiosa.

Mientras que Blanca entraba en el convento por la misma puerta por donde había salido poco antes, es decir, por la del jard ín , Salviati, tr émulo por la inqui etud, se había dirigido hacia su palacio. Las enig máticas pa labras del desconocido resonaba n aún en s us oídos, como si la voz aq uella le persig uiera obs tina da men te. Iba ento nces anda ndo á toda prisa por una callej ucla .. . De rep ente se detuvo y dió algu nos pasos hacia a trás. - Ya lo olvidaba,-d ijo. Y, como si ee avergonzara de lo que iba á hacer,-añadió: - De todos modos nada pierdo con tomar mis preca uciones. Deteniéndose dió dos golpes en la ventana de una casa de planta baja precedida de . pilares de madera formando una especie de arcada, por cuya venta na sa lía un tenu e rayo de luz. Chirrió la cer radura y descor rier on un cerrojo en el interior de la casa , y una cabeza apareció en el ventani llo de la puerta: - ¡Ah sois vos!- dijo una voz ronca. - Sí, yo soy. - Hace ya muc ho tiempo que no os ha bíamos visto. Acaso estabais.. . - Vamos, basta,-in terrumpió Galeas;-no hace tiempo de estar hablando desde la call e. -Tenéis razón,-respon dió el hombre, añadiendo en voz baja: - Y además hay fechas que un o prefiere olvidar. Y contin uó: -¡Estáis solot Al ha cer esta pregunta el descono cido hab ía levan tado la linterna, á cuya luz se veía una cara de esp eso J' sedoso bigote, una .nariz rubicunda y una larga cicatriz que le cr uzaba la mejilla . r - ¡Oh! ¡oh!-exclamó el espadach ín, que después de dirigir un a mirada la call e in'---. trod ujo á Galeas en una pieza de ahumado tech o, ¡oh! qué cara tan descompu esta tr aéis, parece qu e esta noche tampoco est áis de fiesta. Salviati dió un enérg ico puñetazo sobre la mesa par a proba r á Spaven to que le dis g ustaba n sus observaciones, y le arroj ó un bolsillo con dinero. - Otro tanto te daré maña na, si la cosa se hace á mi gu sto.
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-¡Puedo saber de qué se tra tal - Yo mismo lo ign oro. -No es creible, ¡bahi. .. Para prepararme neces ito sa ber ...· -Prepara á t u hombre .. . ¡Es el mismo de siempre? - ¡Ay no! me lo han ahogado ... [Pobre Andrcal .... Pero este vale á lo menos tan to como él. - Bien. - Basta rán dos. -¡Conmigo?. . sí. .. creo qu e sl. .. Ad ios yo me adelanto..: Dentro de un cuarto de hora, estad en la pu erta del jardín . -Basta; no faltaremos. Ya CO nOZCOel sit io. Galeas sali 6. - ¡Qué tiempo tan perro para trabaj ar!-gruñ6 Spave n tov--cpero las ocas iones abundan tan poco, los burgu eses se vuelve n ta n pacíficos, los esbirros si mpa tizan tan poco con los hombres de es pada, qu e para que no se nos en tnmezca la mano no ten emos más remedio qu e emprenderlas con el primer ven ido ... en fin, vaya mos de todos modos... [Ah l , ahora ya no es como cuando yo era joven,-añadi6 su spirando; entonces había donde escoge r . Cuando se sirvi6 de mí por primera vez... [aqnell os sí que eran bu enos tiempos!... En fin, qu é le hemos de hace r... Se arm ó, h izo seiias de qne se levantase á nn mozo ac urrucado en nn rinc6n con el cua l bebió un vaso de vino. -En marcha,-dij o Spavento,-y toma tu ca pa. -Con est a llu via no hay cuidado de que yo la olvide. -No es para preservarte del agua par a lo que te hago llevar un chisme tan molesto. -Pues en tonces ¡par a qu é es? Ya lo verás. Sali er on y tomaron la mis ma di rección por donde había marchado Galeas . - Nunca sabe nno,- dijo Spavento,-lo que pued e ocurri r, ni qué aspecto pueden toma r los acontecimientos; voy á casa de César á avisarle: cad a uno tiene su especialid ad. .. P rocurando distraer á su camarada, á qu ien la lluvia poní a de muy ma l h umor, Spavento le refirió como y para qué él, y el pobre Andrea, habían sido empleados en otra ocasión por el mismo-Sal viati. -Era,-comenzó,-en el año setenta y ocho; hacía cuatro años que Galeas esta ba casado... Es pr eciso ad ver tir que su mujer .. . ¡Diabl o! h abl emos más bajo y ar ri mémo nos á la pared, que pasa nna patrulla . Segu ido de su compañero cuya curiosidad hab ían excitado aquellas palabras, se alej aron en la osc uridad hablan do en voz baja. Salviati, ciego por la lluvia y sordo por la tormenta seg uía andando hacia su casa. Nunca le ha bía parecido tan la rgo el cam ino como en aqu ell a ocasión... Como ya debía estar cerca dese nvai nó su espada Efectivamen te ya veía su casa ... No se escuchaba otro ru ido más que el de la tempestad Ni se oía un grito en el interior, ni en tanto que la oscur idad lo perm itía , se descubría ánima viviente en los alrededores. -~lás vale así -pensaba-¡Ya sabía yo que todo era una cal umn ia ! ¡acas o podía ser ot ra cosa? Había sido una locura haber pr estado crédi to a l en masca rado En tr emos.. . ¡Oh! ha tropezado con un objeto ... ¡ qué será? - se inclina ... lo toca es una cuerpo inerte... ¡Qué es aquello? un borracho ó un her ido? ¡Es solo el ag ua de la ll uvia lo que corre por su jubón? .. Busca el brazo para levantarl o. ..
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[Hor ro r-l.,; aquel brazo no tien e man o.. . Lo qu e acaba de coge r es una muñeca ensan g ren tada San gre, san gre aun calie nte, inunda el pech o de aquel hombre,y empapa sus cabell os No pued e estar muerto , no; el corazón late todav ía, aunque muy débilmente ... y un estertor sin iestro agita su pecho .. . es la muerte que avanza, la ago nía qu e comien za.. . In clinado sobre su cuer po Galeas pr ocura reconocer a l herido, pero la noche es tan so mbría qu e no es posib le di stinguir s us facciones .. . ¡Oh no sa ber qui én sea aqu el hombre! ¡Será acaso el am an te de su hija? ¿Pe ro entonces quien le ha rob ado su ven ganza? ... Duda ter rible... Y el herido v á á exp irar sin haber hablad o... Galeas le sac ude: -Señor... responded ...- le di ce. Nada... le moja las sienes con el agua qu e corre por el arroyo impl orando. en vano un re lám pago qu e le ayu de á disipar aqu el velo sombrío . Pe ro el cielo está cerrado .. . y el exte r tor continúa, y en la entreabi erta boca del herido que la ll uvia llena de agu a , se pro duce un glu- glu sinies tro .. . Brilla un relámpago. -¡Ah, pobre Roderigo! Levanta la cabeza qu e parece aplastada por un go lpe terrib le.. . -iRoderigol ¡el otro es quien lo ha asesinado sin duda ! ¡Miserable! ... ¿Con que era verdad? El moribundo exhala un prolongado y pr ofun do sus piro ... ¿Es el últimot .,; No... aho- .ra se queja .. . Abre los ojos... y á la luz de un nu e vo re lámpago recono ce al padre de la ' infi el. -Tú, tú,-exc lama Galeas ,- dime qui en es él ¡Por piedad ! dime su nombre! Roderigo hace un esfuerzo; mu eve los labios pero su boca ensang re ntada no puede artic ular palab ra ... las qu e intenta pr onun ciarse pierd en en tr e sus encías desdentadas por la caí da .. . -Su nombre tan solo .. . El desgr aciado moribundo in ten ta hablar de nuevo, pero en van o... cree ha ber pr onunciado un nombre y qu e Galeas no lo ha oído ... Roderi go indica á sig nos qu e no puede hablar . -¡Maldici6nl-grita el padre de Beatriz pateando el suelo... ¿Y se me escapará?.. sin dud a ya ha hu ido... ¿por dón de? Se incl ina de nu evo sobre el herido agoni zante... - ¿Se ha esca pado? ¿no es verdad! ¿por d6nde? ¿Lo sabes? ¿Me oyes?¿Donde está1...- Rode rigo se ha in cerpor ad o.. . y gesti cula ndo por el dolor que le ocasiona aquel es fuerzo, a l zando la vis ta señala el balc6n al propio tiempo co n su man o derecha .. . -¿En casa de mi hij a? ¿con Bea triz?':""exclama el padre;-¿es esto lo que qui eres decir! El moribundo sacud e la cabeza para decir: - Sí.. . En aquel esfuerzo supremo se ha agotado toda su ene rgía , y su cabeza cae exá nime sobr e el emped rado de la calle. Su corazó n ha dejado de latir .. . -Mu erto,-exclam a Galeas irguiéndose y dirigiendo una terrible y amenazadora mirada al bal c ón, del cual cuelga aun un pedazo de la escala de cuerda , cuyos restos ha enco nt rado en el suelo. - Ahor a él y yo,- dijo desenv ainando su espa da ,- tengo un doble crimen que castiga r ...

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LOS SUBTER R,\NEOS DE RO)I A

Los gol pes que da ban en la puerta de la estancia eran cada vez más violentos y frec uentes; la j oven hacía sobr ehumanos esfuerzos para sostenerse en pié. En tonces sí que no había remedio, todo iba á conc luir ; para salva r á s u que rida y salvar se él, hub ier a sido preciso que Fra ncis co pudiera h erir á Galeas al pr imer go lpe ape nas entraso por ,aquella pu erta, que al fin iba á ceder ... Per o aqu ello hubiera sido perder el car i ño de su amada infalibl emente. -Apaga la lámpara,-ord en6 Beatriz á Julieta. - No la a pag ues de ningun a ma nera,-rep uso con viveza Fra ncisco, á qui en acababa de ocur rírsele un a idea, a l propio tiempo que dirigiéndose a l balc6n comenzaba á desata r la rota escala de seda. -Pero la puerta va á ceder... ya cede . _ - No im port a.. .-repuso Bibiena besando á su amada, y corriendo á la otra puer ta, á la -que comu nicaba con la aut ig ua habitación de Beatriz con vistas al j ardín. Dos hom bros están en acec ho en la puerta del ja rdín . Fra ncisco no lo ig nora, pues eso es Jo que ha ce poco le ha hecho recoger la escal a. Si cua la pensaba bajar á su amada en sus brazos temía la muer le, aho ra no, la busca. Lo que qu iere es conseg uir que Galeas se lance en sn persecución. -~li e ntra s que él procura alcan zarm e,-d ice á su amada enviándola un beso con la ma no,-bajad por la escalera. En aquel instante, la puerta cedi endo á un terrible empuj6n, se abre con estrép ito y vio lencia , y aparece Sal viati pálido, con la es pada en la ma no. - ¡Dónde está ?-gritó el padre ebrio de coraj e.-¡Escapado! Esa puerta abierta.. . y una sombra qu e hu ye por el cor redor... - ¡Ah! hélo aquí. .. Corre, mal dito; ya te tengo. No hay escape.. . Diciend o esto, se precipita colérico tras él. -H uyam os, señorita, -murmura la pobre camarera , que no puede resis tir la emoción . -Huyam os, Di biena lo ha dicho. -No; huye tú, -respond e Beat riz,-yo qui ero ver ... -Sea. Me quedaré también. No qui ero huir sin vos. La hija de Galeas se ha precipita do á la puert a qu e da al correJor, por el cual su padr e pers ig ue á s u amante. Al extremo del pasadizo se abre la puerta que conduce á su cuar to. En aqu el momento so esc ucha u n grito terrible. -iES él! [es Francisco! ¡muerto sin duda! ... Como si la vida la abandonase en aquel i nstante al co ncebir la sospecha de que hu biese mu erto el eleg ido de su coraz ón, Beatriz cayó desvan ecida en los brazos de Ju lieta. El sacrificio de Fra ncisco, no iba á servir de nada, y él iba ~\ mor ir si n salva r á su qu erida. Estaba irremisibl emcnte perd ido . Apena s entró en Ia habitación, había cer ra do la puerta y obstr uido el paso derriband o un muebl e muy pesad o; despu és de un sa lto, se hab ía puesto en la ventana, con la esca la de cuer da en la mano . La esca la era car la, pero con ociendo que era menos peligroso saltar desde una pequeña altnra á tierra , qne perman ecer allí, iba á desp legarla arrostrando el riesgo, cuando á la luz 'de un relámpago vió que se había duplicado el nú mero de los que le asediaba n: entonces eran cuatro. Un gr ito de rab ia escapóse de SIL garga nta; aque l grito fue el q ue, oído por Beatriz, bía produ cido su desmayo. Aunque hu biese logrado bajar pOI' la escala, le hubiera sido imp osible esca par á los
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~IISTERlOS

DEI , YATIC Al>O

cuatro esbir ros, qu e tenían sobre 01 la ventaj a de la posición; le era ta mbié n imposible hu ir, evita ndo á su q uerida uu público escándalo. - ¡alal dición!-g ritaba . Al lanzar es te grito y ab rir la mane en qu e tenía la esca la, un a ráfaga de viento se la habí a a rre batado, ar rojá ndola so bre un enorme árbo l, qu e se bal an ceaba ter riblemente á impu lso de l venda bal á vein te pasos de 01. ¡Ah! si á lo menos hubiera podid o salt ar a l árbol aqu el. Acordóse entonces de qu e la cama de Bea triz debía es tar en aqu el cu arto, y q ue atan do las sába nas la nna al ex tremo de la otr a, podrfa reemplazar la esca la perdida . Si n dej ar de prestar.aten ción, lo bu scó á tien tas hasta encontrar lo, por toda la pieza . Una. cosa le espan taba: du rante al gún rato el pad re hab ía golp eado furi osamente la pu erta con 01 po mo de su es pada, proru mpiendo en feroces amenazas. A lo q ue parecía el ru ido había cesado. La idea de qu e Calcas hubiese vue lto á la habitaci ón de su hij a y desahogado en ella su ira y su sed de ven ganza dándola muerte, le desesp eraba y qu iso ce rc iorarse . Separando el mueble con el cual h abí a a tra nca do la puerta, la ent reabrió con cautel a. No vió nada . La abr ió por completo. El corredor estaba desierto. Dió algunos pasos . -¡Beatriz, Julieta!-exclamab a. - ¡Aquí!-respondió la voz de la cama rera . - ¡Y Beat riz?-preguntó el j oven at errado. -¡Desmayada! -Traslád ala á s u antig ua h abitación . Pron to.. . - Bien .. . No bien dichas estas palabras, Francisco volvió ::i la alcoba ... Su pla n era el sig uie nte: Ya qu e había enco ntrado las sábanas, iba á desco lgarse por ella s con Bea triz en bra zos. Una vez en el jardín ya vería ; no temía los esbirros, y morir por morir, era mej or sucumbir j un tos . Cogió las sábanas . En el cor re dor escucha á J ulieta qu e se a presu ra á cond uc ir á Bcatriz aún desmayada . En tre ta nto anuda las sábanas y ens aya la res ist encia del nudo á q ue va á confiar la pr eciosa vida de su querida ... ¡Oh! qu é dolor exp erim en ta do sú bito en el brazo, al pro pio tiemp o qu e descubre dos puntos brillantes en la osc ur idad y qu e sin d uda so n dos ojos. Es que una es pada acaba de herirle. Una puerta qu e é l no conocía se ha abierto de trás de la cam a .. . y un hombre aparece en el umb ra l en acecho . Sin dnda será nn 'esbirro.. , Bibien a alza s u puñal. Un re lá mpago brilla en el firma mento il umin and o la estanc ia, y Bibiena sc de tie ne. Acaba d s recon ocer en el homb rc de la puerta á Salviati, á qu ien no tiene el de recho de matar ni a ún para defend cr se. -¡Detente!-grita á la cama rera . Ha qu eri do mientras tirar de las sáb an as, pe ro el peso del cu er po de Bibiena qu e ha ( " sa ltado sobre el lecho se lo im pid e. Veloz como el ra yo, corre á la pu ert a medio obstruí da aún por los muebles ... Un esbi rr o, dos.. . se presentaban á su vista. En ton ces sí qu e está perdid o irremi sibl emente.. . Va á mor ir en aqu ella estancia en que comenzaron s us amo res, á mor ir á alg unos pasos de su qu eri da ...
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Ó LOS SUBTERR..\NEOS DE ROMA

- ¡Ya eres mío , ba nd ido!-g ritó el padre . , Y diri gi é ndose al esbirro, añadió : -Déja mele que le ma te; me pertenece, . Y se a rroja sobre Francisco. -:-Tu no mbre,-exclama colérico,-dim e tu n ombre au tes de morir, si no eres un cobarde .. . -¡No me co noces? .. -piensa Bibiena,-no es nec esario que me conozca . "Seg u ro q ue el esbir ro no le atacad , pu es sólo está allí para imped ir su fuga, pe rmanece quieto en un r incón , que de ve z e n c ua ndo ilumina la luz siniestra de u n re lámpa g o, tap ánd ose la ca ra con la ma no de recha . Proyecta entonces ll eg a r á la ventana , y precipita rse desde ella en sa lto terrible á la g rade ría de pie d ra, rom pié ndose contra ell a la cab eza, con lo cual espera qu e no podrá . se r reco noc ido n i des pués de mu er to. Ya h a ll eg ado á e lla ... ya va á saltar la ba laustrada .. , Salvia ti se pr ecipita tra s él para tener la alegoría de matarle antes de q ue salte.. . ¡Pero q ué es lo qu e á ambo s les hace re trocede r? Un estré pito formidable , mil chasq uidos terribles, es tall a ndo en un solo momento , el .tr ue no zu mba ndo sobre sus mismas cabezas, un rayo in cendiand o con su lu z el espacio, desp ués u n choq ue violento, como sise desp lom ase la ca sa .. . Salv iati corre á la venta na... Ya no enc uentra á su ene mig o.. , Las ramas de un árbol que tapa n la ventana, como si hn biese nacido allí de rep ente , le cierra n el paso. - ¡Cuer po de Cristo!-exc lama.-¡ Un árbo l! Por ahí se ha escapado .. . El rayo, en efecto, había partido y arrojado contra la pared el árbol en qu e poco antes habíasel e e nga nchado la escala á Bibiena . E n el mismo momen to en que el ' á rbo l cr ug ía , i nclinándose sobre su tr onco partido, F ra ne isco hahía comprend ido la situación; había saltado á las ramas qu e ll egaban hasta él, y dejándose resbalar por ellas, ya estaba en el jardín, cuando toda vía Salvia ti no se daba cue nta de l suceso . Aquel espa ntoso estrépito hab ía atraído á la pieza á la camarera y á Beatri z vu elta e n sí de su desmayo. E ntraron precisamente en el momen to en qu e el esbirro descendía por el árbol mismo, por el que se h abía escapado Francisco, y mientras que Galeas desde arriba advertía qu « g ua rdasen bien la p uer ta á los ho mbres apostados abajo con Spavento , al otro lado do la ta pia de l j a rdín . F rancisco , que conocía el peligro, trepa ndo por la esca lera, p rocuró ga na r una ha bita ción de l interior q ue daba á la otra calle, esper ando escaparse por ella . Ru ido de ar mas y pesados pasos p rovenían de aq ue lla es tancia , y el joven no tu vo tie mpo más q ue de dar vne lta á la llave de aq uella pu erta, dejando así enc e r rados á sus . nu evos enemigos, q ue parecía brotaban contra él de todas partes . Otro men os valero so q ue él h u biera retrocedido ante la idea de lucha tan desigual ; la es peranza de impedir á Galeas q ue conociese su nombro, la con vicción tal vez de qu e n ada estaba perdido para Beatriz mientras él viviese, ¡qu ien sa be qué? soatu viero n su á ni mo. Bibiena corrió hacia la puerta de l jardín . La pa re d era bastante baja, pero n o lo bastante para escalarla; los traves añ os de la p ue r ta h ubie ran facili tado el ascenso, pero el coronamiento ó re mate de aq uella pu erta, que forma ba un a ma rcad a sa li da, imped ía qu e pud iese ga narse con facilidad la ta pia ; h ubiera sido preciso qu e la pu er ta es tuv iese ab ier ta para subir al trozo de murall a menos alta.

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MISTERIOS DEI, VATlCANO

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Sal viati , que bajaba por el árbol con g ran dific ultad, gritabá á Spave nto: . - Pe ro entrad vosotros; lo ten éis abí.. . Spaventd' reun ió s us hombr es y empujó la pue rta con vio le ncia . No podía hacer nada que favoreci ese más el secreto deseo de Dibiena; rápi do como el pensamiento baj ó por la puerta y en un, instan te estu vo de pió sobre la tapia; emp uñó el puñal con la mano izquierda, la espada con la derecha , tomó impu lso, y aprovechán dose de la vacilació n que en entrar manifestaran los esbir ros, saltó á pié s j untos . Había calculado bie n el sa lto; sus pies chocaron contra los ho mbros de uno de los asesinos, que cayó at urdido, al propio tiempo que Bibiena le cla vaba con violen cia su daga en el crá neo, del cual le costó penoso esfuerzo sacarla... Aquel momen to per di do pud o serIe fatal, pues otro de los esbirros advertido por el grito de su compañero , volvióse atrás, dirigióndose sobre Francisco. Levantó éste la ca beza á tiempo , y sin ponerse en pió, clavó su espad a en el vientre de aquel miserable, qu e á no ten er cerca el. muro para apoyarse, hubiera también mordido el polvo, ó para expresarnos con m ás exactit ud, h ubiera caído ex tend ido sobre el lodo. En esto arrancó Fra ncisco su daga de la cabeza del muerto, y emprend ió la fuga lu ego seg uido desde a rriba por la mirada de la cama rera . Beatr iz al ver saltar á su ama nte desde la tap ia, había caído en un nuevo síncope . Desgraciada mente para él, seg uían á Bibiena Spavento y Salviati, á los gritos de este último: -¡Cojedle!. .. ¡SUS á los ladr ones del.ho nor! - Vaya,- pensab a Spavento,-parece escrito que á mí sólo me h an de llamar á esta casa por estos as untos. En aq uel ins tante tropezó con el cadáver del esbi rro, á quien Francisco había taladrado el crá neo tan inesperadam en te. -También .parece escrito,-prosiguió Spa vento,-q ue aquí deba yo perder mis mejores colabo radores . Dándole con el pié para reco nocerle, al ver qu e era el mozo á qu ien hacía poco referí a una his toria de palpitante in te r és, exclamó: -¡Muerto! ¡Devuelto á la t ierra! ... [Cuán poca cosa somos! ¡Pobre Gian nino , mu er to casi en el mismo sitio que Andrea!. .. Sin dejar de correr detrás del matador iba pensando . -¡ Bah! siemp re es uno menos con quie n partir.. . El sa lario era en verdad con siderable, pues Galea s, corriendo siempre det rás de Bibiena , g ritaba con todas sus fuerzas : - ¡El peso de su cabeza en oro al que me lo entregue!. .. Aquella promesa es timuló á Spavento y á su compañero, y sin dejar de seg uiraljoven como jauri a qu e sig ue una pista, g ritaban fur iosamente . . Francisco corría veloz como el viento, lamentándose de que el mismo rayo que le ha bía faci litado la hu ida troncha ndo el árbol , h ubiese pues to fin á la tormenta tras la cual aparecía la l una en el ho rizonte limpio de nu bes, denunciándo le á s us ene migos. Por más tre tas qu e inven ta ba, por más que se internase en callejuelas estrecha s y tor o t uosas, todo era inútil; Spaven to, que era el que dirigía la persecución , estaba dotado de -pier nas de hi erro y oj os penetran tes, y no le perdía un momen to de vista. Otra desgracia aun mayo r afligía al fugitivo : el brazo de recho en qu e parecía hab erl e herid o Galeas, le ocas ionaba terriblesdolores; la sangre corría de él y corría asimisrno de la pie rna izquierd a cerca de la rodilla . Esta última herida ele la que a l principio no se había dado cuenta, se la había inferido uno de los esbirros, aquel á qu ien Bi biena había heri do en el vient re.

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LoS SUBTE RR ÁNEOS

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La cl a vícula izqui erd a, q ue se hab ía lastimado ta mbién al desco lgarse por el á rbo l, le causaba asimism o g ra ndísimo dolor. P ero má s qu e tod os los sufr imie n tos físicos. lo qu e a pocaba su á nimo , y le qu ita ba el deseo de salva r la vida , era la idea de que acaso Beatr iz hu biese m uerto. En el momento en que saltaba desde la tap ia so bre las espal das del esbirro, había esc uc hado su dcsga rra-

Al vol ver una esquina r ió un enorme vehículo parado 1 cuyos cnl.alloa h ebi an en el piló n de una fucnte .-CAP. XVIII.

dar g rito de ago nia ... y recela ba que alguno de aq uellos mise rables la h ubiese asesi narlo por orde n de su padre.. . ¡Ab! si aqn elLo fuese cierto, ¡de qu é le servía vivir? ¡para q ué lu ch a r? ¡p a ra qué huir r esi sti endo al sufri mien to.de las beridas? ¡ P~ra qué serviría tanto es fuerzo y ta nto sa cri ficio? S610para evitar qu e sn padre le conociese, y poder ve r la al gún día si no hab ía sido ases i na da ... Pero si ella hubiese sido asesinada ... Y si a ún viv iese . .. Así, víctima de terribl e delirio, desvari and o desp ier to, pasa ba a lternativ amente'rl e la dese speració n á la es pera nza . .-\. pesar de todo seguía corriendo, pero conocía q ue cada vez iba pe rdie ndo más ter reT OMO 1

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MISTERIOS DE!, YATICA1W

no, por in stantes iba acortándose la dis tancia entre sus perseguidores y el, y no enco ntraba en aquella maldita ciudad una sola casa abierta en q ue refugia rse. , iY si fuese al palacio de Lorenzo?-pen saba,-segura mente qu e allf podría refugiarse más tranquilo que en ningún claustro y que en ninguna ig lesi a ... il'or que no se le hab ía ocurrido aquella idea desde el primer momento? Fa ltaba sólo averiguar hacia qué parte se encontra ba el pa lacio , pues Dibie na ya no lo sabía; se había extraviado, y suponía que debía ha llarse lejos, muy lejos de él; y su pierna se negab a á sostenerle por más tiempo. Conocía q ue estaba próx imo á desfallecer. Los perseguidores, cuyo número par e.cía ha ber aume ntado, le aturdía n con sus g ritos cada vez más cercanos. . Volvió el ros tro y contó en efecto cinco hombres que de cerca le seguían con encarn izamiento. Se rehace y sigue corriendo con nuevo ardor; cojea, pero no im por ta , cont inúa corriendo jadeante; sus sienes parece que van á estallar, ya casi no vé, tropieza, vaci la , pero sigue hu yendo siem pre desesp erado. Se intern a en una callejuela que conduce al Arno .. . reconoce el camino y cobra nue vos áni mos . Una vez haya franqueado el río, estará cerca del pa lac io Pitti. De rep ente cesan det rás de él los pasos y los gritos. Nad ie le pe rs igue; la ca llej uela ha quedado des ierta. iAcaso Galeas y los suyos babrán desistido de su persecución; acaso habrá ac udido al gun a pa tr ulla en su aux ilio? Nada de esto: Spavento ha creído penetrar la intención del fugitivo y ha tomado por un atajo, seguro de caer sobre él de im proviso. Tanto encarnizamiento desplegado en la persecuci én de un herid o, exaspe ra á Bihien a y sostiene su ánimo. Ya que Salviati no se avergüenza de hacerle perseg uir por ta ntos y tales bandidos, su orgullo está empeñado en burlar todas sus tretas, en triu nfa l' de todos juntos. Un puen te, el Ponte Vecclüo se presenta á s u vis ta, y Bibie na se aventura á cr uzarle . A lo largo del Ponte Yecchio existía entonces una dob le hi lera de tiendas de pla teros cuya fach ada pos terior daba al agua. Cosme de Médicis no había hecho constru ir aú n la ga lería de madera que, pasa ndo sobre sus techos, ponía en re lac ión su casa con el palac io Pi tti, pero á pesar de esto, la altura de las casetas era suficiente para que F ra ncisco pudiera desaparecer en s u sombra. A la mitad del puente se encontraría después de haber corrido tan desaforadamente qu e había recup erado part e de la vent aj a qu e llevaba al princ ipio, cua ndo á la lu z de la luna, vió aparecer eu el otro extremo del pue nte un pelotó n de hombres armados, que _ eran sin d uda n uevos pe rseguido res . Spa ven to y Cesar. sig uie ndo muy de cerca aCherido, al propi o tiem po les ha n advertido cou u n grito , y los asesinos se disponen á cerrar el paso á Bibiena. Los dos pelo ton es de perseguidores avanza n en sent ido in verso, ya sej unl}ln, y van á pillar al desgraciado ama nte .. . Se j un tan en efecto, pero, iY Bibiena dó nde está? iCómo se lesh a escapado si están seg uros de que no se ha abierto la puerta de ninguna tien da? Tal vez se haya escondido en el estrecho pasadizo que dejan entresí dos casetas... Cesar registra el ter?eno. ... -¡Ah malvado!-grita .Ia voz de Césaro--jquieres arrojarte al Arnol .. . Esp era .. . Sigue al grito aquel el rumor de una l ucha corta pero desesperada. - Es inútil; por más esfuerzos que hagas,-murm ura César,-no lograrás arrojarte al r ío; en todo caso caeremos los dos juntos... Me has dejado sin aliento, pero no imp ort a, . con el baño me -refrescaré. ,,

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LOS SUBTERR,\NEOS DE Rm l A

De nuevo r ei na profu ndo silencio... Escú cha se luego una terrible blasfe mia , y el rui do de un cuerpo al caer en el agua . iUn cuerpo hemos dichol No; uno del los esbi rros, dirigiéndo se á Spavento, le dice: -Se han arrojado al río los dos. - y los dos se qu eda rán en él,-repu so Spaven to, breve en sus orac iones fúneb res, como puede verse ; y a ñadió luego : -Vámonos á acostar, hij os míos. - No,-inter r umpió Galeas;- os he pagado para que matéis á un hombre, y' ha sta a hora, que yo sepa, no habéis mat ado á nadi e, -No; pero es porqu e él mismo se encarga de darse muerte. - Nadie puede asegurarn os qu e se ahog ue.: .' . Spavento qu iso in sistir, pretendiendo qu e estaban pagados para matar y no para cor rer ... pero Galeas no le dej ó con cluir or denando con voz resu elta: -Dividíos en dos grupos, y colocad os en ambos extre mos del pue nte, vigilad el río. Spave nto y s us hombres obed ecier on. Salv iati se colocó en la orill a más próxima al palacio Pitti . Po r el ardor que el fugi tivo ponía en los últimos momento s de s u hu ida , había conocido que sin duda trataba de refugiarse en el pala cio hab itado por los enemig os mortales de Galeas y de su fami lia . -Acaso ,-se decía,-sea él también un M édícis. ¡Vergüenza terribl e! El razonamiento era exact o, y Bibiena tien e en efecto la intención de dirigi rse hacia aquella orilla si lograba escapar de los brazos de César con quien desesperadamente lu.• chaba en el agua. La lu ch a deb ía verificarse debajo de los ar cos; seg ún toda probabilidad, pues nada se distingnía río arriba ni río abaj o, á dond e era natural , sin embargo , que la corriente del ag ua hubiese' arrastrado á ambos ad ver sarios. -Acaso se ah ogu en )os dos,-pen sab a Salviati golpeando de rabia el suelo con el pié, desesperad o por la idea de que , habiendo tenid o tan cerca al miserab le, no podr ía ni aú n después de muerto r econocerle, ni tendría la satisfacción de insultar su cadáver. - ¡Alerta!- gritó de repente Spa vento. Uno de los dos hombres, pue s cual era no podía saberse á cau sa de la distancia, bajaba por la corriente con lentit ud, debilitado sin duda por las herida s cuya' roja sang re era lo que sin ouda tefi ía alreded or las aguas. Descend ía dando sacudidas irregula res , hundiéndose á veces, volvie ndo á aparecer en la superficie tras peno so esfuerzo , casi inerte, hasta el extremo de qu e se le hubiera en algunas ocasiones creído cadáver . -Es un ah ogatlo ,-dijo un esbirro. - No,- res pondió Spave nto; - Ios ahogado s no flotan al momento . El hombre seg uía siempre la cor rie nte central del río. - Si sigue esta dirección ,-dijo uno de los hombres de César,-podremos observar le un buen rato . -¡Qu é lástima que no ten gamos un arcabuz!-murmuró uno cerca de Salviati , - iPar a qué?-preguntó G2Ieas.- Sería una torpeza serv irse de él, cuando á mi entender las espadas meten ya de mas iado ruid o. -Sin emba rgo , no podemos.. . - Desama rra esa bar¿a,- gritó el padre de Beatriz á Spaven to designándole con la ID 1n o una barquilla amarrada á un arco . Spavcnto baj ó.

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MISTERIOS DEL VATICANO

- No h ay rem os,-dijo á poco rato. Enfurecid o por ta ntos obstácul os, Galeas cor rió río a rriba buscando remos, cua ndo vió qu e de la som bra salía un ho mbre que re mon ta ba el río co r rie ndo , y qu e al cor re r cog eaba. Aq ue l hombre i ba chor rea ndo ag ua. - ¡Alerta !-gr itó; - hé aquí n uestro hombre. ¡Adelante! 'Y a r ras tró tra s sí á los esb irros qu e r enegaban de aq ue lla persec ución intermina ble . No ob stan te, a lentados y esti mularlos po r la rab ia, corri eron tras é l co n nu evo a r.lo r. Ell os te nían e ntonces ven taj a, pues d ura n te a lg unos momen tos habían descansado , mientras 'lil e él en la lucha de ntro de l ag ua hab ía perdido san gre y fuerzas . Cua nd o se había ar rojado al Arn o, Bibiena sudaba y sentía fiebre, en ton ces tembl aba de frí o, y huí a con paso in segu ro y cada vez men os rápido. Su captura parecía in evi table y ob ra de pocos momentos. Lo qu e en vida pe rdió al mi serabl e Césa r, fu é su manto roj o, qu e sus amigos habían to mad o por sa ng re. Envu elto e n sus pliegues den tro del ag ua , Césa r no hab ía pod ido oponer más qu e débil resi sten cia á Fran -isco, El man to aqu el, mu erto, le hacía flota r sobre las aguas. El joven e n la lucha, mi en tras el ot ro qu ed a a plas tarle con un peda zo de madera qu e halda recogiilo e n el río, le ileg oll ó con su daga dándole taj o ta n terri bl e qu e la ca beza del es bir ro q uedó cas i co mpleta men te se parada del tronco, lo cua l dab a á s u cadá ver un si ngu lar balanceo. Spav ento, atra vesan do el pu ente para reunirse con Galeas , con templa ndo el cadáver c uya capa se había en re dado en u n pedazo de mad er a , exc lamaba: - ¡Un va lie n te men os! ¡Todos han mu er to en la flor de su edad! ¡Pob re César! ¡Cuá n desagrada ble le hab rá sido morir co n la boca lle na de ese in sípido ele me n to, él qu e tan am an te era del vin o.. . Veam os, veam os, parece qu e all í la cosa es seria, parece qu e peIean. i--dij o in ter ru mpien do sus lam en tacion es . En efec to, esc uchá ba nse g ritos mezclados al fur ioso choq ue de las espada s. ' Fran cisc o ha bía cor rido co n todas sus fuerzas, poco después de ta n prolong ad a caca r rera y ta n ob st inada persecución es ta ba es ten uado, y había tropezado y caído dos veces. Cie n pasos le faltaba sólo para llega r al pal acio Pitti... pero no podía te ne rse en pi é... á cincue n ta pasos le es pera ba el relevo de caball os qu e hab ía prepa rado para la fuga co n su amada .. . los ca ballos aguarda ban en sillados para la marcha, detr ás de la puerta qu e ape nas él ll egase se ab riría ... si pu diese ll ega r . Pero era inútil , las fuerzas le a ba ndo naba n con esfue rzo sup re mo, a r ras lró se sin emba rgo, hasta el extre mo de l ca llejón, confi ando en algú n ines perado a uxil io .. . Pero se había eq uivocado de cam ino, y lan zó un g rito ter rible de rabia y desesp eración. ¡Se había in ternado en un a calle sin sali da! - Le hemos pillado, -gritaba Galeas. Los es bir ros, que era n seis, acu dieron veloces. Vacil ante, apoyá ndose contra la pa red qu e le parecía vaci la ba ta mbi é n, Fran cisco vio ll eg ar á todos sus perseguidores es pad a en ma no . ¡Qné podía hacerL oNada su es pada temblaba en la mano... su pu ñal había qu edado clavado en el cuello de Césa r . Ha bía llegad o irremisiblemente su última ho ra; y levantó los ojo s al ciel o como si q uis ie ra poner á las estre ll as por testigo de qu e hab ía hech o cua n to pn tlo pa ra a rra ncar á s u qu erid a de la venga nza de Galeas.. . . .

Ó LOS SUBTE RRÁ N EOS DE ROM A

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Por enc ima de la pared en qu e se a poyaba, vio los i lumin ad os ventanales de un con ve n to y esc uchó las voces de la s monjas qu e se mezc la ban a los acordes de l órgano cantando el oficio de la noche. Allí h ubie ra podido .refugiarse ; al lí h u biera podido encontrarse a salvo... y estaba ta n cerc a .. . In tentó g ritar, pero la voz se le bel6 en la garganta. ¡Ay! au nq ue le hub ieran oído las monj as y hubieran que rido soco r rerle no hu bieran podid o hacerl o; habría sid o preciso s ubirse por la tapi a .. . y la espada de Galeas en tan to roza ba ya la sl1ya ... No pudo re si stir.. . la hoja se qu ebr6 co mo si fuera de vidrio. Salviati retrocede y los esbirros con él. -Vas a morir,-le dice.-Tu nombre, iquie res decir tu nombre?. . -Jamas,-exclam ó el joven reuniend o todas sus fuerzas para pronunciar aq ue lla palabra . . Terrible desfallecimiento apodéra se e ntonces de él, y vé confusame nte co mo a través de una nube a Galeas que volvi éndose a los asesinos les decía : -Sea; a hora vosotros, os lo entrego. El círc ulo de los verd ugos a vanzó es trechando mas y ma s a Francisco, qu e desfa llecía ... En aquel momen to Galeas vió un a cosa ex traña . _ Los esbirros se de tuvi eron y un juramento se escapó de sus boca s ... Se mira ron un os otros consternados a r rimá ndose a las paredes estupefa cto s. Dibiena había des aparecid o. Spaven to había arrojado sobre él la capa de su compañero , con la que pensaba aturdirl e evitando toda resi stencia. .. La capa había qu edado allí. .. Pero debajo no había nadie...
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TO)IO 1

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OAPITULO XII
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EL DOLOR COMIENZA CUANDO~EL PELIGRO ACABA

J ulieta había trasladado á su pobre ama á su lechodela estancia del balcón . Pero, á pesar de que le había rociado las siene s, la llamaba con voz cariñosa y la daba fricciones, Beatriz seguí a helada , sus labios no se desple gaban, sus ojos no querían abrirse; la camarera temblaba de miedo , y comen zaba á creer , como lo había creído Francisco, queel grito de la joven había sido un grito de agonía, y qu e aquella insensibilidadera la de la muerte. -¡Señorita!-decía Ju lieta con tristada, cubriendo el pálido rostro de Beatriz de lágrimas y besos;-¡señorita,despertaos, respondedm e!. .. ¡Nada! Sin atreverse apenas, puso la mano sobre el corazón de la jóven ... Le pareció qu e, aunque débilm ente, latía , sí latía aún .. . Acercóle un espej o á los labios, y el espej o se empañó ligeram ente.. . ¡Respiraba! Tal vez a un hubiese alguna espe ra nza, algún remedio.. . • - Era preci so ir á bu scar un médi co, pero el más próximo estaba algo distante para atreverse á dejar sola á la joven durante aquel tiempo . Entonces Julieta se acordó de Nella . ¡Estaría en la cas a la vieja criada , Ó habría huid o, tan as ustadi za como era; espantada por el estrépito de la contienda! Antes de separarse de Beatri z para buscar á la criada, la camarera tuvo la precauci ón de reparar un tanto el desord en de la habitación, á lin de qu e s u aspecto trágico no impresionase á la se ñor-ita en el caso de qu e volviese en sí de s u desmayo an tes de su regreso. Nella , sin duda debía haber abandonado la casa, ' pues Julieta llamó en vano á la puerta de su h abitación ... la cama estaba desh echa, 'pero á ella no se la veía. Sin embargo, no deb ía estar mu y lejos, - pues su ro pa estaba allí sobre una silla á los pié s de la cama . La camarera la bu scó por toda la casa, que presentaba por doquiera hu ellas de la l ucha encarnizada que allí se había librad o; la bu ss ó en la antigua alco ba de Beatriz, por cuya ventana qu e las ramas del árbol no permitían cerrar pen etraba el viento; la buscó

MISTERIOS DEL VATICANO

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LOS SUBTERR,\ lmOS DE ROMA

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debaj o de la cama, en el mismo gra ne ro", Pero nada, no la enc ontraba en ning una par te. Baj ó al piso inferior, registr6 1as hab itaci ones del amo, la sala baja, la rep osterí a, la coci na .., Nada., . Ya se disponía á s ubi r de nnevo á la habitaci6n de Blanca, renegand o_de la cobard ía de la vieja y del tiempo qu e la había hecho perder en su inútil bnsc a, cuan do crey6 escuchar plañideros ge midos de voz tím ida y desconsolada qu e parecían sal ir de debaj o de tierra , Aqn ella voz era sin duda la de Nella . ¡Pero d6nde diablos se había escondi do? ¡Ahl Sin d uda en la bodega.. . Si el temor y la aflicci6n de la camare ra hubiera sido menor, no h ubiera podid o reprim ir la ri sa cuando bajando ali agar con la lámpara en la ma no, vi6 á la pobre du eña en camisa, agazapada detrá s de los ton eles, trastorn ada , gimiend o, y sin olvidar, en medi o de s u turbac i6n, de ocultar con su man o la des nudez de su s formas, que á nadie se le hubiera ocurrido la idea de mira r . - Pi edad,- clamaba la vieja,- respetad mi vi rtud tan vali entemente defendid a hasta aho ra ... No os acerquéis, por favor , yo nada he hecho ... Soy un a mujer inoce nte ... Respe tadme, seño r soldado... Deja dme qu e tenga q ue seras deudora del honor ... -Tran qnili zaos, -decía Ju lieta ,-no es nada... - ¡Cómo, os atrevéis á decir qu e no es nada el hon or? - No di go eso; digo que soy Julieta , la camarera . - No es verd ad. Queréis engaña r me. - Reconocedme, Nella ,- decía con insisten cia la muchacha,-y daos prisa á sub ir. Ha béis perdido vuestros zapatos subiendo, y pol óis coge r un terrible resf riado. - ¡Ah! E res tú verdaderame nte, mi pobre J ulieta. ¡Qué te han hecho, qu erida mía ? - Nada , pero nu es tra ama se mu er e. - ¡Dios mío ! -Es pre ciso, mien tra s yo estoy á su lado, que vayáis á buscar un médico. -¡Sí? -o que vaya yo, mientra s que vos os qu edá is aquí. - No, tend ría demasiado miedo . ¡Ya no hay ningún hombre en la casa? - No, ninguno. Vamos, venid. Y dici endo esto la ayudaba á subir. -¡Y el amo ? - No ha vuelto aún . - ¡Miseri cordia divina! ¡Qué n och el-gemía la vieja . Y como si aqu ellas escenas de horror la hubiesen recordado otras, añadí a: -Yen la misma alcoba ... ¡Ah! La casa es tá maldita . Quiero morir ya sin ver más nada; he asi stido aquí á demasiadas desg ra cias. Algunos momentos después, vestida de cualqnier man era, gracias á la ayuda de J ulieta, Nella, después de asegurarse de qu e no hay persona vivie nte emboscada en la calle, corrí a tan ligera como se lo permitían sns a ños, en busca del médico. Apenas habría andado di ez pasos, cua ndo comenzó á temblar, falt61e la respi raci ón y es tuvo á pnnto de caer. Alg uie n, un hom bre, corría detrás de ella. Desfallecida se apoy6 en la pared , é iba á echarse de rodillas á los piés del desconocido, comenzando otra vez sus lam entaciones, cnando recono ci6 al hombre que la retenía por el manto. - ¡Sim6n l-Dijo. -¡EI nov io de Julietal - ¡Silenciol- respondi6 el jardinero .

' IlF ~ R IO S

DEI. VATICAN O .

Ella baj 6 la voz y dij o: - iSabéis lo qu e ocu rre, pobre mu ch ach o? -Sobre poco más ó menos. iA d6 nde váist -En busca del méd ico para la señorita. - iQu e réis apoya ro s en mi brazo? -I ba á sup licaros ese favor . y el j oven p regun taudo, la vieja cha rlando, se pusieron en ma rch a .

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Hacía rato qu e el méd ico se había in stal ad o e n la ca bece ra de la jo ven , y la examinaba con atención . Beatriz daba se ñales de volver en sí de su sincope. La agitaban ligeros es tre mecimientos, y sus labios y sus manos come nza ba n á moverse. El méd ico, un hom bre j oven aún, alzaba la cabeza deja ndo de observar á la enfe r ma. El fac ultativo había sido e n otra época un o de los más graudes lih or tiuos de aque lla ciudad de placer; hacía algú n tiempo que había visto morir en pocos días de abrasadora fi ebre á uu a q uerida suya q ue amaba apasionadamente. Aquella catástrofe h ab ía p uesto té rm ino á su vida d isipada; profundamen te contristado , había pedido á la cie ncia , no el olv ido, pero sí el consuelo y la satisfacci6n qne proporciona el bien cumplido. Desde aq uel momento había consagrado su existencia toda á los enfermos; su p ue rta, tan to de día como de noche, estaba siempre abier ta pa ra quie n necesi tase de s us soco r r os; su re p u tación d e hábil y concienzudo fac nlta ti va hacía q ue le ll am asen has ta de la s mi sm as poblaciones vec inas . Pe ro él preferí a perma necer e n Flore nc ia, all í en dond e había amado, en dond e hab ía suf rido, gozan do amarga alepr ía en salva r enfer mos desahuciados, exc la ma ndo á cada cu rac i ón nu eva: -¡ Ay! ¡Si h ub iese sa bido entouces lo q ue sé ahora! Había viajado mu cho; su ciencia la consti tuían mu lt it ud de observaciones hech as y tra dic iones recog idas; emp leaba con gusto en ciertos casos re medi os de los méd icos árabes, que ha bía n hasta entonces sido los primeros médicos del mundo, testigos Avice na y Aberróes, para no citar más que dos cuyos nombres han llegado hasta nosotros y vivirán siempre. No desdeñaba por eso las prescripciones de los magos, cuya experiencia a provec haba, p rescin diendo de la magi a. En su casa veíanse 'siempre ex trañas figuras, mendigos y cha rlata nes , codeá ndose con muchachas seducidas 6 j udíos fugitivos. Hospitalario co mo pocos y a migo de socorrer todas las mise rias, hu biera podido poner e n su pu erta , parodiándola, la inscr ipc i6 n qu e Dan te pon e en la pu erta del Infi ern o. «Rec obra d la espe ra nza, vosotros qu e atravesái s es tos um bral es .s Aq uel jo ven debí a mori r duranto la terribl e peste qu e asol ó á Fl oren cia, y de la cu al c uad ro ta n ad mirable mente desc rito nos ha dej ad o illach ia velli . Aquapende nte, este era el nombre d el fac ulta ti vo, permanecía sile nc ioso, mi en tras J u1ieta y Ne lla tra tab a n de leer sus pensamien tos en su incli nada frente. De repente Beatriz se estremeció . Se i nco rporo con ímpetu e n la ca ma con los-ojos extraordinariamente abiertos. Acababa de abrirse la puerta de la habitaci6n y Galeas había e ntrado en ella . La expresión de su rostro era terrible, ta n ter ri ble, que la hija al verle, co n la espada a un en la mano, la nzó un g rito ro nco. - ¡lIIuer to! ¡ha m nerto!-d ijo. El pad re iba á:respon der. - No;. se me ha escapa do . No ha mu er to á mi s man os, pero suc umbirá á sus heridas.

Ó LOS SUm'ER Rc\N EOS DB ROMA

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Mas refiex ionó y acercá ndose á la cama en qu e esta ba su hij a pr on unció es ta so la palabra : - Sí. \ Beatriz no se est remeció siq uiera. Sus ojos tan sólo se ab rie ro n más y más. y su mirada tomó si nies tra y espan tosa expresión. El padre rompió aqu el terrible si len cio, diciendo con ace n to extrañame nte colé rico:

La afilada hoja se- hab ía hundido hasta el mango en la espalda. El herido vaciló un momento como si estuviese ébrio. - CAroXVIII,

- Sí ha muer to, ha mu erto atravesado por esta espacia, que v áá atravesaros á vos tambi én , infam e.. . - Sea, res pondió Bea triz . y abrió los brazos para presentar mejor blanco. -¡Ah! cuán to le qu ier esl-s-dij o Galeas con voz qu e pa recía el ru g ido de un a llera . Al propio ti em po se precipitó sobre su hi ja con la espada en alto. Nella y J ulieta, ate rradas, ni acción habían ten ido para moverse. Pero en el mom en to en que Salviati, cie go de ira , iba á heri r á s u hija g ritando :
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~IISTERlOS

DEI , VATICANO

- Sí, vas á morir en la misma cama en que murió tu madre por la mi sm a falla, Aquapenden te se i nter p uso co n actitud en érg ica y desvió la espada con la ma no. Galea s hizo un movimie nto de furor . - ¡P or qu é i nter ven ís en este asun to, caba lle ro? ¡Qué hacéis aquí? - Cumplo con mi deb er de médi co. -y yo con el mío de justiciero. Me imagin o qu e nada tendréis qu e obj etar á es to. -Disl, en sad , ten g o que de ci ro s algo qn e ignoráis sin duda . .. - ¡Qué? - Que den tro de a lg u nas meses vuestra hij a será mad re. - ¡Bea tri z? - ¡yo? Estos dos gritos brotaron á un mismo tiempo ter ri bles y dolorosos de la boca del pad re y de la boca de la h ij a. -¡M ad re!-rep it ió Sa lvia ti, rojo de ve rg üe nza y go lpea ndo colé rico el suelo con el pie. De rep en te se detuvo. Una idea terri ble acababa d ~ cr uzar por su cerebro. - Bie n, sea, -exclamó en voz alla . y envai nó su esp arla . - Señ or, -con tin uó diri giéndose al médi co con voz sorda.s--ton óis razó n. Mo habéis prestado u n servicio por el cua l os doy las g rac ias. Más val e q ne mi h ija viva. Despu és de hab er pronu nciad a estas palab ra s con si ng ular acento, i nclin óse y salió de la estanc ia . -¡ Un hijo,-murmuraba Beatriz e n tre sollczos.i--y el no es tará p resente para ver su primera sonrisa!

-¡Por qué no volverá Simón?'- se pregu ntaba Blanca yendo y viniendo in qu ieta de un extremo á otro de ljardin .-¡Tan to dura la cosa? ¡AcaslJ, á pesa r de mi s in struccio nes for ma les no habr á permanecido ne utral? Con ta l de q ue no le haya n her ido defen diendo ó atac ando á aq uel miserable No era co nven iente, y no lo habrá hech o.. . Sabía qu e eso hubiera sido desobed eeerm e . y sacudía la .ca beza; su trente ardía , y temblaba bajo los pliegu es do Sil hábito do religiosa con el qu e había vue lto á cubri rse . - Ya hay ba stan te, - añad ía, - con que mi pa dre se encargue ... Es te es asunto suyo y n o mío. La voz de Blanca se apagaba; vacilaba a l pronu nciar las palabras. Avergo nzábase e ntonces del lazo que habia preparado, do la denuncia cobard e.. . ¡Quién pod ría de cir cu ántos y quié nes sería n los m uer tos q ue s n odio iba á ca usa r? ¡Quién le aseg uraba q ue s u padre n o saldría herido? Ante es ta id ea es tre mec íase de horror . Pero no , aqu ell o no era posibl e. Bibiena no se atrevería á matar á Salviati. Pero Roderig o acaso sucumbiese en aquell a luchC Acaso Simón esta ba herido ... Ella lo temía y se n tí ase desconsolada yarropentida. Hub iera querido orar pero no se a tre vía; tenía mi edo que al d irigir los ojos hacia Dios, Dios ha bía de res pouderl a : -¡Si m uriese tu am an te no se rí a j usto castigo de tu crímen, herm a na vongativa qu e haces asesinar al aman tede Beatriz, y qu ién sa be si á Bea triz mi sma? Est a idea la horro ri zab a y no qu ería ni siq uiera pen sar en ella : po r sedie n to de venga nza qu e esté Galeas , no qu erría matar á su hija. Pero el pensamiento que más c ru elmente

6 LOS sUUTEnnü mos DE

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la tor tura ba y el q ue sin poderlo r em ed iar sin cesa r volvía á su imaginación, era el de la muerte de Bibie n a ... Se le fig u rab a cayendo exá ni me despu és de luch a desig ual, y ve ía abrirse su boc a para mal decirla po r últim a vez, a l tiempo m ismo qu e s u mano y s us ojo s le acusa ban amenazadores. ¡Oh! e n tonces era cua n do co nocía q ue se había e ngañado á sí m is ma creye ndo qu e el od io había apagado el a mor; entonces era cua ndo enco n tra ba fríos, in suls os y bana les los besos apasionad os del pobre Simó n , tan ciego y tan ena mo rado, comparados con los besos ardientes y la s a mo r osas ca r icias que la rese rva ba aq uel h ombre, qu e acaso exp ira ba en aqu el in st an te, s i no había ya muerto. ¡Por qu é no toma r otra ve z s u pérfi do disfraz? ¡Por q ué no correr á deshacer lo qne tan bien había combinado? ¡Por.qué n o salvar á aq uél qu e con ta n to ahi nco había tratad o de perder? . Furiosa contra sí mi sma se r evolvía i nq uie ta en los al amed as del jardín se mej a n te á una leon a enjau lada, irritada por los ca n tos mon ótonos que el ór g ano acompañaba e n la ca pilla. De sú bit o se detuvo y pr estó atención . Parecíala haber oído detrás de la 'ta p ia , ha cia la parle de la calle, ruido dc p asos li geros .. . despu és más pasos gri tos y amenazas co nfusas. Sin du da era Simón á qui e n perseg uían por h ab er to mado parto e n la pel ea . Una voz en la qu e Dlanca recon oc ió la voz de su padre, g r i ta ba : -Ahora le h em os cogido. iHabría de fendido á Francisco? ¡Valiente Simén l-e-pensaha Blanca . E scuch6se ch oq ue s de espadas ... despu és r einó profundo s ilenc io ... qu e de nu evo i nterrump i6 la voz del padre di ci end o á los esc ude ros prob abl em ente: - ¡Aho ra os toca á vosotros! ¡OS lo entrego! Estaba perdido irremisiblem en te, y ella detrá s de la tapia, se para da de él por el es pesor de una pi edra .ruada pod ía hacer pa ra soco rre r le ... Blanca qu iso g r i tar, pero la voz se ahogó en su garganta. Su am a nt e estaba perdido, sí , ib a á ex ha la r su últi mo grito . Desesper ada , fu riosa, ensa n g re ntábase las manos, arañ and o el muro maldito con t ra el cua l se apoyaba .. . De r ep ente se si nti6 empujada háci a a tr ás , como si e l m u ro, abriéndose con bru sco movimiento, la rec hazase. Esto er a lo qu e aproximadamente s uce día . Todo un li en zo de la murall a h abía girad o sobre sí mi smo movido por u n reso r te q ue Beat r iz, si n saberlo, h ab ía o pr imi do . La abe rtu ra acaba ba de dar paso á un hombre que ha bía hecho renacer e n Blanra s ú bita es pe r a nza r edobl ando su s fu erza s. La pu erta, después h ab ía se ce rrado mi st eriosam ente s in h acer r uido , y Blan ca tembland o de alegría, be ndicie ndo aq ue lla cas ualidad providencial, se h abía inclinado en medio de la oscuridad so bre el herido. - ¡Será efectivamente el dia blo?-d ecía aterrado Spave nto. -¡San gre de Cri st ol-ru gi 6 Ga le as. y todos los es birros trast ornad os, el pa dr e, pá lid o de cor aje, poseíd os de vag o te mor, comenza r on á re co n oce r con s us es padas el s ue lo de la call e y el m nro del convento. Nada ... El s ue lo y la pared , al ser go l peados co n el p nño de la s es padas, dab a n el mi sm o so n ido apagado de cuorpos ma cizos .

Aquella pue rta co nstr uida al mismo tiempo que el muro po r u n fr aile , mu er to poco después co n su secre to á consec ue nc ia de una caída desde un a ndami o poco segu ro, por

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}II STERIO S DEL YATIC.\ NO

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or de n y pa ra el servic io de u n card e na l ama n te de la prim er a ab ad esa del con vento, esta ba for mad a de pi ed ras qu e unían e nt re sí barra s de hi erro perfec tam ente di simuladas, y g iraba so bre g oznes interiores cer ran do baj o la acc i ón de u n con trapeso en caj ado en u na i nvisibl e mu esc a. El cardena l es taba seg uro de evita r el escán da lo con aquell a pu e rta lo su ficientem e n te alta para per m i tir la có moda e ntr ada de un h ombre, y tan perfectamente di simu lada, que ce r r ada , á él mi smo , que co no cía s u ex istenc ia, le cos ta ba trabajo á veces encont ra rl a . Los eje mp los de estas en tradas y sali das son má s abunda ntes de lo qu e pu di era cree rse , si bien s u des cubri mi en to es d ifícil. Sin hablar de la pu erta formado de un só lo bl oqu e q ue g iraba sobr e sí mi smo , qu e co n ta nta ex ac tit ud h a descrito Víctor R ugo en s u Norenta y¡"es, y qu e daba acceso á la Tou rg ue, co noce mos la puer ta del mis mo géne r o prac ticada en u n ca stillo del famoso bar 6n de Ad re ts , cuyas cade na s y contrapesos baj ab a n h a s ta los cimie n tos del edificio, y se perd ía n en las buha rdas de la m uralla . Es ta p uerta di simu lad a en el esc on ce de una ch ime n ea , c uyo secreto poseí a excl us ivamente el fer oz cas tellano, ten ía su h istori a fa mosa en Proven za . Una joven casada co n uno de los má s r eci en tes pr op iet arios de l edi ficio, la había ab ie rt o el día de s ns bodas, sin sa be r c6mo , oprimiend o qu izás co mo Bla nca oas unlmc ute e l r esorte qu e r egía el meca ni sm o, y se h ab ía enco nt rado encer ra da muri end o de h am bre sin q ue su mar ido n i nin guno de los conv ida dos á la boda esc uchasen g r i to a lg u no, n i pudi esen exp licarse aq uella sú bita desa pa ri ci ón. Sólo m ucho tiempo des pu és, y ya en es te siglo, la cas ua lid a d ay ud ó al descubr im iento de a quella pu erta mis teri osa . .Jugab an un (lía dos ni ños al esc ond ite; u n o de ell os qu e se oc u lt ó e n aqu el esco nce, sin q uerer y sin saber lo, hi zo ab ri r la pu erta, y se vi 6 encerra do en a que l ca la bozo co n un esqu elet o vestid o de blanco. Afor tu na damen te para e l pobr e m uchacho; h ub o qu ie n le vio de sa pa recer por la mur all a . La tantearon y r ec on oci er on la s pared es, per o nad a , tan s ólida s es taba n , qu e los q ue las r econ ocían , q ued aron descon certad os . El pequ eñ o, que por cas ua lidad h abía vis to a l ga to del por ter o del castillo in tr odu cir se en su prisió n por un r espirad er o s u per ior , at 61e al cuell o una ca rta esc rita con lápi z. Aque lla ca r ta , opo r t un ame n te e ncon trada , permiti ó á los padres del ni ñ o dir igir bi en s us pesquisa s . P or la lumbre ra hábilm ente di sim ulada d i ósele de come r, y a l fin se la ensanch ó pa r a li ber tar a l ca u tivo. Enton ces íu é c uando a l baj ar á aquel cala bozo, se reconoci6 po r las joyas el ca dáver de la r ecié n casada cu ya m isterios a desa pari ció n h abía dado marg en á u na ex trao rd inaria leye nda. Los es bir r os, poco e nte ra dos de aqu e llo s detall es, no es ta ba n m uy di stantes de creer que había bruj ería e n aq uel as u n to. Sal via ti se obs tina ba en va no e n conve ncerles. -Levan tad me en ho mbros,-decía ,-voy á esca la r la tapia . Nadi e le r esp on dí a . - ¡E stáis sordos, -r ep e tía el viej o,- ó n o me comp r end éi s? - Sí, os cn tondemos.c-se atre vió á decir Spaven to ,- pe ro ... - Per o, qué, vamos, in o os h e paga do pa r a mat a r á ese h ombre?

- Sí.
-Pues, pa ra ma ta rle; es pr eciso pr imer o cog er le . Ayuda dm e. - Dis pen sal1, no pod emo s. - ¡Que dices, bell aco? - Digo , se ño r Sal via ti, qu e noso tros no te nemos i nco nven iente e n persegu i r ,\ un hombr e , pero n o :i un demoni o.

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LOS SUDTEnnÁ NEOS DE HOMA

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- ¡Es t.\s l oco pa ra decir semej a ntes ton terías. -No lo est oy . Y au n c ua ndo n o fuese u n demo n io, ese qu e se filt ra a travé s de la s pi edras, s in dej ar ni rast ro s uyo , dig o q ue n o seré yo q uie n intente b usca r le en un conve nto . i Pues no faltab a más! - Ni yo, - gruñeron s uces ivame nte l os ot r os. Gal eas in s isti ó, amena z6, ofreció doble pr ecio, pero tod o si n r es ultado : los es birros esta ba n r es ueltos y no h a bía q uien los a pease de s u neg a ti va : el fugit ivo, - pen saba n , puede ha ber enc on tra do cóm plices, qui én sa be c ua n tos podía h ab er embos ca dos esp erá ndoles detrá s de la ta pi a. Adem ás el j oven h a bía demo s tra do pa l pa blemen te el va lor de S il es pada , para q ue nin gu no se atreviese á a rros t ra r otra vez el pel igro. El pa d re de Beatriz, mal de s u g ra do, h ub o de conformarse y dejarl es partir en bu sca de s u co mpañ e ro h erido q ue h abí a qu edad o má s a bajo e n el cami no. Una vez so lo , y neg ánd ose á admi tir la in tervenc ión de n in gú n so r ti leg io qu e hub iese h ech o i ~sibl e a l jo ven, ob serv6 y busc ó tod a vía durante a lg un os mom entos s in obten er r esu ltado . De re pente dió un grito de dolor . Acaba de pi sa r la es pa da del jo ven . Recogi6la a l m om ento y se pu so á exa m inarla co n avi dez y a te nc ió n :i la cla r idad (le un rayo de l un a. . Afortunadam ente para Hibiena , la es pada qu e a l s ali r había toma do era un a espad a de comb at e, q ue n o te n ía ni s us armas g ra ba das e n la empu ña d u ra, ni ning una insc ri pció n ni di visa ci nce lada en la h oja . No den u nci ó, pues, q ui én fuera su a mo, y Ga lea s la arrojó al s uelo con despech o, mu rmu r audo mi entra s se en ca min aba a s u pala cio : - He de averiguar su nom bre, sin embargo. Ya hemos vist o como Beatri z se h ab ía n egad o a rev elarlo, y como s u padre, obed eci end o a una in spi raci ón sú bi ta, an te la intcrvcnc ió del mé di co no h a bía in si s tid o.

Cnand o Blan ca ma nifest ó a s u padre la r esolu ci ón de re tira rse a u n conven to, Sa lviat i la dej ó libre, no q ui so eje rce r presi ón so bre s u an im o, d ándola :i co mpre nder, sin em barg o, c uanto le d isgll s ~ab a y contra r iaba, y q ue a se r e lla mas j oven no lo hn bi;;'rn-permitid o. Cu and o sa lió pa ra e l claus tr o ni q uiso abraza rla n i la a co mpa ñó siq u ie ra , como pa ra n o sa nc ionar el a cto aqu el. -¡Te em pe ñas e n morir pa ra el m undol - Ia d ijo, -isea! ¡Te sepa ras de tu pad r e? Tu pad re se se para de tí. .. me liaré ca rgo de qu e n o ten go ta l h ij a. Después de es to la e n tregó e l ins ig ni fica nte do te qu e le q uedaba, diciénd ole: - Si no te doy más n o es c ulpa m ía , si n o de los Médicis. Esta s fueron la s ú ltimas pa labras qu e dirigi ó a Blanca. Cua ndo Nel la , qu e la acom pa ñó a l cl aust ro , vo l vió á la casa toda a negada en lá gri mas, ni siq u ier a q u iso en te ra rse de cual fue se el conve n to a qu e s u h ij a mayor se hal. ía retirad o. E n es to hi zo mal. Si lo h ubiese sabido, no ha bría dej a rlo de reconocer e u la pa r ed del co n ven to, tra s la cu al había desap a r ecid o el fugitivo , el cla us tro a qu e su hij a se ha bí a re tirado , y en to nces, qui é n sa be, s i acord ándose de la se meja nza qu e le hab ía parecid o notar en tre la voz de s u h ija Blan ca y la del mi s terioso trova dor del ba i le, a tan do ca bos, hu bie se de sc ub ierto e l h ilo q ue le faltaba pa ra sal ir de l i nt ri nc ado labe ri n to d e conjet u ras y du das en que se ha bía ex traviado.
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MISTElllO S DEL VATI CANO

A pesa r de la negra sombra que proyectaba la tapia , á la religiosa, le pareció al primer golpe de vista qu e el herido no era Simón . No, sin duda alguna , este era más alto y más delga do... y ademá s, aquella larga cabellera qu e tocab a... aq uell a barba ... ¡Quié n era aquél hombr e? palp itab a sobresa ltadamente.. . Una terr ible sos pecha acababa , El corazón de la joven . de despertarse en su áni mo.. . Acercó al h erido al sitio ilumin ado por la cla ri dad de la luna, y al recon ocerle , lanzó es te g rito penet rante y terr ib le. - ¡Fra ncisco! Sí era él ¡pero en qu é estado!... cu bier to de limo y de sangre, con el ca bello chorreando ag na, est en ua do como un cadáver. ¡Ah! ¡qué desprecio hac ia sí misma sintió en tonces la j oven! ¡Cuán amarga fueron las lágrimas qu e vertía ! ¡Con qué cruel ans iedad esc uchó si latía aún el corazón del herido, y se in clinaba sobre él esperando ver si respiraba! ¡Con cuá nto amor juntaba sus ab ras ados la bios á los helad os del joven en un beso fúnebr e!. .. De súbito se pu so en pié, lívida , a ter ror izada. Un chorro de sangre aca ~a ba de br otar de la boca de Bibiena, salpicándola el rostro con su ti bia h umedad .. . Petrificada por el terror le mi rab a fi j a mente con ojos desen caj ad os. Por es to no ad virtió qu e por la otra puerta del j ard ín acab aba de entra r Simón y la observa ba pálido, llevá ndose la mano a l cor azón como para contener sus latidos, víctima de una duda c ruel. Cuando Blanca vió al jard in ero, le dij o: -¡Eres tú! Llegas á tiempo.. . Ayúdame.. . y sin esperar r espu esta, cogiendo á Francisco por los hombro s, hizo señas a Simón de que le cogiese por los pies, trasladando á Bibiena á la habitación de la religi osa . Inanimado, tr aslada ron al heri do á la cama de Blan ca. La religiosa, temi en do un a indiscreción que perdies e a Francisco para siempre, no se ha a trevido á envia r á Simón en busca de un facu lta tivo, y desa tán dole el j ubón ha limpiado sus herida s, colocándole bien la ca beza sobre la almoha da , y le observ a con inde finib le ansiedad . Simón está cer ca de ella , y le refiere cuan to le ha con lado Nclla. Blan ca, a bs tra ída , no presta at en ción á sus pals bras , y el pobr e jo ven q ue la ve acariciar al mor ibundo con s us ardientes miradas, estremece rse in quieta y an gu sti osa, comprende en tonces , aun qu e tarde, qu e aquel impl acable odio qu e antes enardecía á Blanca, no era más qu e des pecho amoroso ; comprende qu e por despecho, á falta de otro homb re, le h a acep tado á él, Yve claro qu e Blan ca no le ama á él sino al her ido.. . El, sí, él la ama á ella loca, apasio nada mente .. . Por ella ha abandonad o á J ulieta, q ue llor a su ing ratitud, por ella se h a entregado en alma y cuerpo á aquel a mor cr eyend o morir de ventura .. . ¡Miser ia hu man a!... De suerte qu e toda aquella embriaguez amor osa era ment ira ... ¡Aquella pasió n frenética , aq uell os besos ardi en tes, todo era para otro, él no era más que un j ug uete! Aquella espantosa idea le enloq uecía. Y el eng a ño estaba claro: el aba tim iento y desolac ión de la religiosa hab laba ha rto elocuentemente, y lu ego el "beso aq uel qu e él había visto le daba ella al herid o en el jardín .. . No, ya no podí a dudar .. . Los labios de Blan ca estaba n sobre los del moribu ndo.. . La desgraciada, a un en medi o de s u desesperació n, había previsto todo lo que podía compr ometer á Bibien a, y había envia do á Simón á buscar su espada en la ca lle. Simón la hab ía traído y Dlanca habíase tranqui lizad o un tanto.

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Pero l a espada qu e ten ía en s us man os 'el jardinero le tenta ba; hubiera qu erido re matar eon ella su r i val , y a travesar el coraz ón á la mujerd esleal en cuyo pecho n o ocup aba lu g a r a lg uno, ni nunca lo ha bía ocupado, y matarse l uego él también... Aquella tentación le íascinaba y su by ug aba tan tiráni cam ente, que, á s u pes a r, em puñaba la espad a con i ra . Se contuvo , si n embargo, y sa li6 de la estancia colérico , enfurecido, como loco . La abadesa, al en tra r por la mañana en la h abitación de la hija mayor de Galeas, había encontra do si n so r presa al heri do instalado en ella . La me tamóríosis de la religi osa, tan alegre de rep ente, c ua ndo ta n mel a ncólica esta ba antes, habían he ch o sos pocha r la su pe r io ra la ex is tencia de alg una aventura semejante . Sin obstácu lo al guno. mucho más porque no convenía a l joven , p rome tió la abadesa g ua rdar el silencio á la reclu sa, y pu so á su di sposi ción la farm acia del con vento. En cua n to á trata r de consolar á la enamorada no lo intentó ; con s u bu en criter io conoció la supe r iora que no e ra aquel el momento oportu no para la em p resa . Blanca, pa ra tranquilizarse, q uiso sa ber ante tod o si Fran cisco se salva rí a, p ues, aunqu e men os pá lido y menos rígido, no había perdido au n su inmov ilidad cadavé rica , y desp u és, si u na vez sa no la amaría. La desgraciad a se as ía desesperada ment e á aque lla loca espe ra nza. - ¡Oh! sí , yo le h e pe rdi do, pero .. . ha sido por amor ... y po r for tuna 61 la ig nora .:. ade más, si le sa lvo... Po r recon ocimient o, a u nq ue no sea má s que por g ra titud , me a mará , y c uan do le di ga cuánto tiempo hace q ue le a mo, co n c uán ta pasión le quiero, no se rü posibl e qn e me desatiend a. Calló y prestó a te nción; los labi os de l herid o habia nse movid o y hacían es fuerzos pa ra habl a r.,; Al prop io tiempo se 'a brí a n sus ojos .. . y se fija ba n en ella .. . Sin d uda i ba á hablar.. . á pronun cia r su n ombre.. . - ¡Bea triz!- m urllluró el joven , Se desvaneció de nuevo. 'Tod o hab ía co nc l uido . E ra i núti l ali men tar nin gu na espera nza. Hibieu a am a ba á su hermana ; sí , la amaba á ella sola, y aun después de muerta, no amaría á otra .. . Mue r ta la amaría mu ch o más y mu ch o mas me od iará a mi, pensaba Blan ca, pu es me im puta ra no si n razón su desgracia . El odi o de Fran cisco es lo único q ue pu ed o espe ra r un es te m undo. P ues bien , sea, ven ga el odio; ella no debia , des p ués de ha berle salvado, arroj arse a sus pies pidié ndole un beso como de li mos na. Es to no, n un ca . Le odia ría puesto q ue era p reci so; sí, le odiaría p rofu nda men te.. Sim ón e n tra ba . - ¡Que hay?-le pregu ntó Blauca.-¡La ha asesinado su padre? - No. - ¡Es tás segu ro? - Sí, lo sé por la misma pobre Ju lieta . Blanca no se di ó cu anta del acen to con movido con qu a Simón dijo es tas últim as pal ab ra s, ni de la inde ferencia y fr ia ldad co n q ue pronunció las otra. El jardin er o le refiri ó la e ntrada de l pad re en la hab itación de Beatriz y la intervención del méd ico . - Gracias,- d ij o cua ndo hu bo concluido , E i ncl in á ndose á su oído lo dij o a lgu nas pal abras e n' voz baj a . El ja rd ine ro parecía d ud ar; ella le in terrogaba con sus ojos so mbríos. - Sea ,- a ñadió a l fi n co n fr ial da d , y sa lió de la esta ncia. Cuando I3ibiena , suspira ndo quej umbrosamenle recobró el se n tido, á la entrada de la
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susruruo s

DEL VATi CANO

tarde de aqu el d ía , al ver á la lu z del sol poni ente que ilumin aba la al coba, una cara que c reyó recon ocer, inclinad a sobre el co n inte rés, dijo con voz desfallecida: - ¡Vos? Rec orrió sorpre nd ió la es tanc ia con la mirada . Ella ca llaba. Com o vei a á la herma na de Deatriz sentada á la ca becera de su cama, figurábase el herido sobresa lt ado si esta ría aú n e n cas a de Galeas . Pero, á pesar de la dehilidad qu e confundía su s ideas en el cereb ro, se aco rd ó de la reti rada de Bla nca á un con vento . Las imá genes y los emble mas relig iosos qu e decoraban la s pared es de la es ta nc ia, le confirmaron en la sosp echa de qu e est aba efectiva mente en u n clau st ro. El eco de los cá n tico s del coro, en tra ndo por la e nt,reab ierta ve nta na, le re cordaron la esce na de la víspera , cna ndo exánime se había apoyado con tra la tapia del con vento, y su ca ída in compren si ble, despué s de lo cual no se acordaba ya de nada. Pero, si estaba en un conve nto, ¡p or q ué Blan ca no ves tía s u hábito de roligi osat.. ; En elec to, la j oven vest ía traj e neg ro, cu br iend o s u ca beza co n un es peso velo, negro tambien, semej a nte a l qu e usa n la s viu das en se ñal de luto. A la vist a de aq uel so mbrío traj e, una cru el sospecha trasp asó el corazón del herido . Acaso Galeas a l volver á su casa . .. -¡De quie n ll evái s l u to!-pregu ntó haciendo un es fuerzo supre mo. -De la qu e vos am áis, - respond ió Bla nca . Francisco ni siqu iera di ó un gri to. Reco r ri ó la s pared es de la es tancia q ue enroj ecían los rayos del sol pon iente, con mi ra da ex traviada, pe rma nec ió un mom ento i nco r porado en el lech o, y se desplomó al fin sobre las a lmoh ad as, al pr opi o tiempo qu e un chor ro de sangre b rotaba de su boca. Blan ca asemej ába se á u na estatua. ¡¡:ue aquella u na no ch e terrib le: el herid o, en su deliri o, quería levant arse y abra zar por vez últi ma á su qu erida a nt es de qu e la dep osi tase n en el a taud, qu ería qu e lo pus ie sen jun to á ella para que la misma fosa los cub riese á los dos.. . Dlan ca le resp ond ía que era ya imposi ble; qu e hacía varios días qu e Bea triz había sido en terrada . Ent on ces el h eri do se en tr egaba á desesp erados transp ortes, y fur ioso, hacía tentativas pa ra arranca rs e las ve ndas y apó sitos pues tos e n sus heridas . Simón, qn e por ord en de Blan ca, vela ba a l lad o del herido, no podía á vece s con te nerle. El pobre Simó n, silenc ioso , cum plía la volu n tad de s u querida. La en ferm ed ad de Bib iena fue la rg a . Dura n te alg una s semanas es tuvo sus pe ndido en tre la vida y la mu erte, re cobrand o solo á ratos el se ntido, para comprend er toda la inmensidad de la desgracia, y verse agitado por ne gros pensamientos y an gu st iosas noch es de insomnio. En u na de ellas , gra cias á un nu evo calmante, hab ía log rado conciliar el su eño y dorm ía pr ofun dam ente. Soña ba qu e le colocaba n e n un as corno angari llas, qu e le saca ba n de la habi tació n aq uella en la q ue h abía en contrado á Blanca sen tada á la cabecera de s u lech o, y q ne el, y los q ue lleva ban Ja li tera , atrav esaban larg os y desiertos cor redores, hasta que se ha bría un a tra mp a y le bajaban por ella á un su bter rá neo si n du da, p ues, á pesar de sus abrigos sen tía frío húmedo q ue pen etraba hasta sus huesos. Aq uel extraño ens ue ño del e nfer mo, asemej ábase más á u na alucinación que á una pesadilla, pu es h a bía en (JI im pre siones que no eran so ñadas sino realmen te sen tidas ... ¡Acaso Sal via ti ha brí a descu bierto s u parader o?.. . ¡Tal vez de n u nciado po r Blanca, cu ya sombría mi rad a le es pa u taha , iba n á ence r ra rle e n un in pace, como era costumb re en Jos conve n tos, conde ná ndole á morir de hambre en él. Dibiena seguía bajando siemp re .

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Ó LOS SUDTE RR,íNEO S DE RO~IA

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De repente cesó el descen so .. . Fran ci sco esc uc hó ó creyó escuchar el ruido de una puerta de hierro al g ira r sobre sus goznes, al pro pio tiempo que una bocanada de aire muy fr ío le daba en el rostro. Re corría una de es as comunicac iones su bter rá neas , como la s quc recientemente se han descubierto á través de las calles, J' qu e se r vía n para ir y, venir desde los conventos de hombres á los de mujeres, sin duda con el obj eto de mutua edificación y piadosos ejerci cios.

..." Con embae manos tiró violentamente de las piernas del gentil hombre. CAF. XVTII.

Cuando dispert ó Bibiena, y jamás supo decir cuanto tiempo había durado su lelárgi- ca sue ño ,-se dió cu enta de qu e no había soñado: estaba realmente en habitacién di stinta y rodeado de caras nu evas , caras pálidas de homb re s, molletudas ó demacradas, pero luciendo la mon á-tica ton sura . Preguntó qu e donde es taba y le dij eron qu e en el seminario de Santa Mar!« No r«. Había manifestado much as veces durante cl c urs o de su enfer medadv--ase g uraro u JOS que le rodeaban.i--que sólo confiaba en Dios parihí'yudarl e á sopor ta r aquella terri ble prueba; qu e es ta ba .desenga ñado del mundo , J' que temía ad emá s r eap arecer en él bajo
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MISTE RIOS DEl, VATICANO

ot ro traj e qu e no fu ese el de reli gio so; e n vista de aq ue l las ma ni festaci on es qu e habían tomado por los primeros i ndic ios de un a vocació n qu e comie nza á de sarrollarse, y co mo e l es tallo de su sa lud co nse n tía el trasla dó, lo habían saca do de aquel conve nto de monja s, dond e sólo podía por pieda d tolorarsc s u es tancia , y Uevád ole á aqu el asil o piadoso, Cuand o estuviese c urado , se dec idi rí a ó no por la vida del claustro, en cua n to á esto le dejaban comple ta me n te libre e n s us r esolucion es, á p esar del pla cer qu e todo s experimentarían vié n dole bu scar un tranquilo r efu gio al pié del altar . En resumen , ta nto y tanto le d,ij e ron , tan debilitado y ab a tido esta ba po r la enfermedad , qu e los sace rdo tes , hábiles tod os e n la tarea de interveni r en los des fa lleci mien los de la vol u n tad , desl izánd ose en ella como los in sectos á tra vés de las gr ietas de los m uros, obtuvie ro n de T libiena qu e pe rm an eciese en el se m ina r io preparánd ose al sacer doc io , libre sie m pre de vol ver a trás a ntes de or de na rse y pr onun ciar los votos , si así le ve ní a en vo lun ta d. Sus consejeros es taba n seguros de q ue sa b rí an a rreglárselas de man era qu e se meja nte .idea no se le ocurriera , imp edir qu e se les esc apase un hombr e de las cond icio nes qu e 13ibiena les parecía te ne r.
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Galeas esp era ba en ta nt o qu e si el a ma nte de s u hi ja er a co mo él cre ía nn Mó dicis, la mi sm a famili a denun ciase á su pari ente desa parec ido, tratand o de ha cer ges tion es p~ra ave r ig ua r s u pa r ad ero . P ero las esper a nzas de Salviati hah ían salido fa llidas, pues F ra nc isco h abía tenido la vís pera de s u proyec ta da hu ída , la prec auci ón de ad vertir al duqu e de Fl oren cia que no 8 9 inquietase por s u desapa ri ción , pues se trataba del ra pt o de un a joven , y q ue ponerse en s u segui mie nto se ría denun ciarl e al fu ror del padre, por el c ua l es pera ba se r ía ac tiva mente perseguido . Nadie, pu es, h abí a dad o un pa so en el palacio Pil ti, qu e Sa lvia ti r ondaba impaciente co n mu ch a frec ue nci a, pa ra sa be r noti cia s de Fran ci sco. Aun que á Loren zo de Mé d ic is le parecía qu e s u a liado se dejaba ab sorber e n demasí a por s us a mores , se tra n q uilizaba di cien do: -¡Bah! es un m edio poeta, y si es tá en Fran cia, se hab rá con tami na do de la g ala ntería qu e es el mal de aquel país: Bibi en a h ab ía pe nsado d arle cue n ta de su nu eva ex iste ncia , pero s us pi ad osos am igo s, q ue preferían que Loren zo no t uviese co noc i mie n to de la det ermi naci ón del j oven h as ta qu e ya no fuese ti em po de im pe dirla, le habían h ech o desi stir de s u propósi to. Ade más, se enc on traba, tan hien e n aq ue l rep oso, ' tan al ab rig o de toda s las emoci ones, ador mecié ndose por los cuidados y a tenc io nes de a quellas gen tes , qu e s us se ntidos se embota ba n, y como si se paralizase s u vol un tad. Aq uel let arg o qu e tanta se mej a nza ten ía co n la 'm uer te, s us es t udios qu e por co mple to le abso r bían, ca l ma ban la desesp eraci ón de Bibie ua .

Ga leas en ta n to prosegu ía s us p esqu isa s, sin desesperar por lo in fru ctu oso de su s r esultad os, co mo h ombre á q uic n no a pre m ia el tiempo , p ues es tá seguro de qn e en époc a desd e ln eg o fijada , h a de descu br ir el enig ma cu ya sol ución persigue . Hast a parecí a co mo si desc ui dase de la vig ila ncia de s u h ija , qu e al g o m ej o r a ban don aba el lecho , y á la qu e co ncedía una liber tad r elativa . Juliet a que había pedid o para su se ño r i ta e l permiso de baj ar a l jard ín , lo obtuvo sin

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difi cultad del padre, pero aqu el si tio qu e evoca ba en la memor ia de la joven tantos trágicos s uce sos, se le h ací a in sop ortable, a ca bando por se n ti r a ve rs ió n h acia aq uella casa . La ca ma re ra se lo di ó á e nte nde r a Gal ea s, y a q ué l , oc ulta nd o h ábilmen te s us proyectos ta n to a J ul ieta com o á s u h ij a , la i nd icó q ue podría Beatri z irse pasar al gun os meses en ca sa de s u nadriza, la h ermana de Ne lla , una bue na campesina qu e vi vía á una leg ua de Flore ncia. Ju li eta podía a compañar a s u señorita . Beatriz comprend ió lo q ue aquel ca m bio de ha bitació n signi licaba , y a ce ptó, go zosa de ir á da r á lu z el fru to d e s us en tra ñ as l ejo s de tod a m irada en em iga . y no e ra que temi ese en ton ces la c ólera de s u padre . Eu cariñ áb as e con la id ea (le que , a pacigu ad o a nte la desgraci a y por no qu edarse so lo en el mundo, el ci eg o perd ona r ía un d ía á s u h ij a una fa lta qu e tanto a mor h acía ex c usa ble , y que co n tan tas lá g rim as h a bía ex piado. Cre ía la joven q ue el prim er vagido del - üngel que ib a á nacer de tend rí a la mal dic ión e n los labios del r e nco roso' Ga leas. ¡Por q ué Sa lv iati n o la perdonarla e l olvido de s us de beres? ¡No le perdo naba ell a el haber da do muerte á s u amante? Porque Beatriz tenía aún por m u er to á Francisco, e n vis ta de la inu tilidad de la s aver iguac ion es que Julieta ha bía h ech o . Aq uapc nde n te mi sm o, que había ayudado po r su parte, na da hab ía pod ido ave r ip uar, y n o ex istí a indici o al guno que pudi ese h acer cree r q ue Bibi en a hubiese esca pa do del furor de s us per seguidores. La ca ma r er a h a bíase valido ad emás de Si mó n , pero el ja rd inero, profu ndamen te som o brío in quieto, la r espond ió : -He bu scado, h e i nquirido, p ero nada h e pod ido averiguar . El día antes de ma r ch ar á casa de la n odriza de su seño ri ta, hab íal e vuelto á preguntar, pero obtu vo la m isma r es p ues ta ; con la difer e nc ia de q ue h abía pregun tad o h aci a q ué p unto estaba la casa á donde ib an á t ra sl ad a r se , a ñ adie ndo : - No os olvid o, a unq ue pueda parecer lo co n tra rio . V uestros am ores so n los míos, y tam bién par tic ip o de vu estros odios, ya lo veré is más tarde .. . - ¡Cuá nd o? - Lo ignoro . Cu and o ll egu e la ho ra me enco ntrar éis d is pu es to. Dichas es tas e n igmá ticas pal a bra s se alejaba . - ¡N o me da is s iq uiera u n beso?-díj ole la joven. -M á s ta rde ve n d ré á pediros el beso...
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OAPITULO X III

CU ÁL ERA L A IDE A DE SALVIATI

-¡Cómo os se n tís es ta ta rd e, señori ta? -Mal , mi pobre Juliet a. La ca marera , que era quien así preg unta ba desde el umbral de la casa habi tad a por la nodriza, bajo al jardín, u n jardi ncito lle no de fl ores de oto ño. Beatriz, pálida y en vuelta en el traje de luto qu e se ha bía p uesto apenas ll egó Ú la casa de la campesina su nodriza, estaba sentada en un asiento bajo, y tenía los piés cuidadosamente e nvuelt os en una pi el de cabra. La nodriza esta ba en pié delante de ella, triste por verla enferma, pero más triste a u n por verla inconsolable. En efecto , semanas y meses enteros habían transcurrido sin qu e s us lágrimas tuvi ese n n u nca término . Antes al contrario, parecía qu e su dolor, lej os de ami nora r , se acrecentase á medida que se aproximaba el té rmi no del al um bra miento. ¡SU alumbramiento! ¡Ay, y qué triste le parecía aq uel suceso en aquellas circ unstancias! Hubiese q uerido verse libre de la ca rga de la vida para reunirse con su amado en el paí s de las almas. Pero ni aquel de seo era en ella leg ítimo; ya ni tenía derec ho sobr e sí ; se debía por e n te ro al niño qu e deb ía nacer en b reve. ¡Pobre cria tura, y qu é existencia le es pera ba ! [De c uá n to odio ha br ía de defe nderse, si la esp eranza de re conciliación y de perdón, que por largo tiempo ella ha bía alim e n tado, se desvanecía ante una realidad cr ue l! ¡Y quién defend ería á aquella tiern a cria tur a? .. Su padre había mu erto ... Su madre, [ah! ell a ',á ella era in útil que la aconsejasen qu e viviese, inútil que procurase resignarse al dolor de la vida, p ues estaba conven cida de que, suestancia en la tierra, había de durar poco tiempo . Si a l da r á luz á su hij o no mo r ía, no gozarfn muchos dí as del placer de ver le son re ir; ape nas si te ndría tiemp o de recio bi r sus ca r ici as .

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mSTELHOS DEr , VATICANO Ó LOS s u n TE RRÁNIW S DI' H01L\

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Esta idea descon soladora, era causa para Beatri z de nuevo dolo r, y así n unca te nía n fin sus lág ri mas. La jove n ha bía vist o que Aquapendente, qu e iba á vis ita rl e tan á menudo com o podía , pues había simpa tizado con ella, al desp edirse men eaba tristemen te la ca beza y hablaba e n voz baja con Julieta, que le acom pañaba hasta la puerta. La pobre ca ma re ra call a ba y dis imulaba , co mo la viej a no dri za, ocultando la verdadera cau sa de su pena, pcro Beatriz, qu e más de un a vez sor prendió á Julieta ll orando, a unque la buen a mu ch ach a atribuyese la s lág rimas á no tener noticias de Sim ón, no sc dejaba engañar, dola da , como es ta ba, de esa pe rs picacia qu e tien en ciertos e n fer mos . - ¡P ero cómo qu eré is qu e ll ore por vos, si ten éis hoy un magn ífico sembla n te, si estái s hoy de mej or color qu e n u nca, -decía Julieta procurando son re ir . .- Es la fi ebre, hij a mía .. . La cama re ra intentaba resp onder in venta ndo alg una pia dosa mentira; pero la hija de Galea s la interrumpía , y cog i éndola la man o, decía: - No, amiga mía, no, es to va mal. Sien to qu e voy perdi endo fuerzas por momentos ... Es pero que tendré aún el consue lo de ver á mi hij o... per o nada más. - ¡Call aos por Dios!-d ij o la j oven á c uyos oj os acudiau la s l ág ri mas . -Pronto te var ús l ibr e de esta pobre e ufer ma ta n exigente y ta n trist e.. . -¡O h, por pi edad! no habl éis así , se ñori ta... - Es preciso q ue te consu eles, como yo me con tormo, J ulie ta . Tu novio Simón volver á.. . La ca ma re ra movía tr istem ente la cabeza co n ex presión de duda . -Sí, sí, ya lo verás ... volve rá más enamo ra do qu e n un ca; te ayu dará á consolarte; sus besos e nj ugará n las lúgri mas de tus -ojos... Vamos ... no ll or es... no ll ores... La vida te sonríe... ¡Es tau he r moso el amor verdad ero! .. . A esta s palabra s, qu e la tr a ían á la mem oria ama rgos recu erd os de al egría pa sada , la pobre enferma vol vía á cae r en su melancóli ca meditaci ón, -Amaos mu ch o, - continuó despué s de br eve sile ncio, - pe ro c uando estéis casado s, y na .la os imp edirá á vosotros qu e os ca séi s, pu es e nt re voso tros no exis te n odio s de familia, cuand o tengá is h ijos qu e hagan vuestra ven tura , no olvid éis al pobre h u érfau o... Venid de vez e n c ua ndo á ver á mi hija, pu es se rá un a ni ña lo qu e tendré, lo he so ñado otra vez es ta noch e... ¡Oh, sí, un a hij a ... la s hij as se parecen más al padre; se rá rub ia como él, co n herm osos ojos negros como los suyos .. . y se llamará María , como tú, mi bu ena nod riza . Volvi éndose hacia la aludida, .añadió: -¡Pero q ué , te vas? - Voy á dar un vistazo á la comida,-dij o la pobre viej a con voz alterada por la emoción. y desap areció ligera pa ra qu e Beatri z no sor pre nd iese su s lá g rim as, La joven , inclinándose hacia Juliet a qu e se ha bía sen tado á sus pie s, con tin uó : - ¡No es verdad qu e vendréi s á verla con frecu encial Cua nda la pobre Mar ía ya no exis ta, yo te su plico, por el afecto y adhesión qu e me has demo strado si empre, qu e no aba ndo néi s á mi h ij a, conse r vadla en vue stra casa , pero no la llev éis á Flor en cia; cs una ciudad maldita en la que rei na el odio. Vivid con ella e n una casita que pro curarei s tene! no lej os de aquí, esta misma si pued e se r ... Mi tumba esta rá ahí, bajo los árboles y rodeada de llores, y la lleva reis a nte ella á men udo . .. La referiré is mi hi storia, afiadiendo que yo la huhier a q uerido mu ch o, con toda mi a lma , y que la deseo mu ch a feli cidad, y mucho a mor vent uroso .. . Fatigada det úvose un in st ante.
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DEL VATICANO

-¡Lo vei s?-dijo J uli eta si n pod e r co n te ne r las lágrim a s;-n o so is r azona ble, os fati g ris diciendo eses locuras y tontería s .. . -No; déj a rne h ablar , mi qu eri da Julieta, mien t ra s q ue co nservo al g una fu erza .. . Ten go aun mu ch a s co sas q ue deci r te y temo que me falte ocas ió n .. . He h ech o m i tes ta mento que e nc on t raréis debajo de la al mo hada de mi ca ma . -¡Dios mío!-sollozaba la pobre m uchach a . - Le h ab rí a dej ado á é l, si h ubiése vi vido, mis ro pas, el traj e blanco que yo ll evaba e l dia en que le ví por primera vez en la iglesia , la noc he en q ue le r ecibí por vez pr im era en mi alc ob a: le h u biera dej ad o los restos de la fa tal esca la qu e tú enco n t ras te a l pi é del árbol. .. t odo es to, y m is joya s y mi dote, quiero q ue sea para t í y para mi hij a. -Mi querida señ orita .. . pero.. . yo os s u plico.. . , - -'No, yo soy q ui en te s up lico y co nj u ro á tí.. . Y ya h e concl uído .. . eso os ay udará á cr ia r la y á ed uca rl a; para ell o os aconsej a réis del se ñ or Aq uape nde n te, qu e ' ta n bueno h a sido para m í, y á quien suplico qu e acep te, en rec uerd o de s us ben efi cio s , el brazalet e qu e yo llev o .. .·No olvid a r ás nada de es to; ¡no es verdad? -No cie r ta me nte, pero se r á i nú til qu e yo n o lo olvide .. Vos vi vir éis, sí; viviréis á pesar de lo q u e de cís, y m uch o ti em po, m uch o ti empo . y ve r éis casada á vu est r a hija .. . - ¡Cállate!-dij o la j oven con viveza ; n o me ha ga s en con trar la muerte aun más ama rga. Yo no pu ed o goza r de esas sa tis facc io nes .. . Mis últimos dí as se ac ercan .. . -¡No, n o .. . es o es im posible! ¡tan j oven !. .. -Es inútil que trates de menti r ; n o me engañ a rá s de nin gun a ma nera . Yo sé lo qu e me digo: h e tenido avisos in d udables de mi m ue r te .. . No dormid a , sino bi en despi erta , en el mi smo sitio' e n qu e ah ora es toy, he es cuch a do u na voz, la suy a, q ue me llamab a co n d u lzura. La voz m urmu raba en la s ag uas del Ar no, se mezclaba al lejano rumor de la ciu dad , a l t añid o de la s cam pa na s de .todos les ca m pa n ario s, ti ern a y car iñosa .. .¡Ileatriz!-decía .-Y a l mi smo tiem po, desta cándo se sobre la pálid a lu z d el crepú scul o, veía á Fran ci sco descend er por un a esca la de seda col um p iada por e l viento desde la cima de aquel cip rés q ue se ve d etrás del se to . Y me mo stra ba sus dos h er ida s . .. Y esa vi s ión la h e vis to ayer, y h oy la h e visto ... ¡Dos vec es! Así es co mo he co mpren dido qu e ya só lo me q ued an dos día s de vi da .. . Julieta intentó desenga, ñarl a tran quilizú ndol a , pero la vió ta n es pa n tos a me nte pá lida. co n los ojos fij os en el c ie lo , y los la bios ta n descolorid os, que no se atrevió . . -¡No te n éis fríot- le pregun tó : -Sí , un poco .. . Ya es ho r a de que me recoj a . La camarera llam ó á María , y cog iendo cada un o de un brazo á la j ove n , á quieri fati gaba sobrema n era su embarazo, en t ra ron e n la casa. - Es preciso,-dij o Ile a tr iz, i n ter ru m piéndose á ca da mom en to por una tos ca ver uosa, - q ue vayas á pr eve nir a l mé dico . Sie nto ten er q ue ma n da r te co n tan ta fr ecu en cia á Flo re nc ia , pobre Juli eta; pero aca so.s--a ñadi ó son r ié ndose ligera me n te, - veas recom pensa da la fati g a encon tr a ndo á Simó n . • La en fer ma , apoya da en la s ot r as dos muj eres, con ti nuó an da ndo lenta mente . Al cabo de algun os pa sos se detu vo de n uev o. -'-De pa so, -a Jiadi ó,-a visará s al er mita ño de qu e esta maña na nos ha bl a ba Ma n a para qu e ven g a á r ecib ir mi co nf esi ón . ¡Có mo se ll ama , qu e ah ora n o me ac ue r do? . -Fray José. -Eso es. En a q ue l mom ento la s tres mu j e res h icieron u n g to de espa n to y so r presa. Les h abía parecido di sti nguir det rá s del se to una ca beza huma na .
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- Ayer me pa reció ver ta mb ién eso mism o,-m ur muró Beatriz.- Id á ver lo q ue es . - En tremos prim ero,-insi stió la nodri za . Cuando hubo se n tado á la en fer ma ce rc a de l fuego, J uli eta cor rió hacia el ce rcado : á los pocos i nsta n tes es ta ba otra vez de vu elta. -¡Qu é eral-dijo la nodriza . - Nada, q ue somos tres locas, -respond ió Julieta. -El espía no era sino un ma cho ca brío que estaba rumiando las plantas del ce rcado, empinad o so bre sus patas trase ra s. Dici endo es to reía, pero Beat riz movía la cabeza en señal de duda . La cama re ra se dirigió á Flo rencia; i ba inquieta y' pensaba: -¡Acaso mi pobre señorita h abrá adivi nado, como yo he creído verlo, qu e el homb re qu e esc uc ha ba de tr ás del seto era S il padre? y sin detenerse un punto, volv ía la cabeza , como si recelase que alg uien la seg uía. No veía á nad ie ; pero ¡hubiera acas o podi do di stin guir, en tre la oscuridad d e la noche, qu e ava nzaba , la sombra de alg uien qu e hubiera tenido interés en no se r recon ocido?

-¡ Has ta la vis ta, hi jo mío, va lor! Mañ a na ya no tendréis necesidad de mi s consej os. Una vez hayáis pronu nciado los votos, en tre vos y el mundo se abrirá un ab is mo iníra nq uea ble , Consagrado por compl et o á conso la r á los demás, ni os qu edará siq uie ra tiem po para pen sar en vu estros prop ios dolores. ~¡i mi sión cerca de vos ha term inado ya ; pero un a si mpatía, cuya causa algún día os diga ta l vez, me ret iene á vu estro la do . Por es to es por lo que no os d igo «adiós, . si no «has ta la vis ta.» -H asta la vista, padre mío . Como los escud eros en la vísp era del día en q ue deb ían ser a rmados caba ll eros , voy á pasar la noch e en treg ado á la or aci ón. Diácono hoy, TI"'ñana seré ord enad o sacerdo te. Bibiena, pu es él e ra el qu e así ha bla ba, en tró en su habi tación , y el fraile an ci ano q ue le ha bía dicho ehas ta la vista» sa lió del seminario profundam ente pen sativo. - ¡Pobre j ove n! ¡Cuá n to h a ca mbiado desde el dí a en que entró aq uí y recibí su p rimera co nfesió n! Pa rece que es tá más pálido, que sus oj os se haya n hu nd ido y apa gad o más; s u barba corta y sus largos cab ellos, su sota na , y s u voz más sombrí a, todo con tri b uye á darle la apa riencia de un esp ectro .. . ¡y cómo se parece al otro! El fraile se acerca ba al a r ra bal, e ntreg ado á pr ofu nda s y dol or osa s re flexio nes, p ues tropezaba á cad a pa so com o persona que va muy di straída; llevaba la ca beza caída so bre el pecho, y á veces u na lágrima rodaba por sus ojos iba á perd erse e ntre los pla teados ca bell os de su l ue nga ba rb a . Salía en aquel mo mento de la ciudad. - Dirí ase, -excla maba , -que efectivamente pesa una maldic ión sobre aq uella casa . Despu és de u n largo sile nc io, añadió: - ¡ Acaso no ba st aban dos víctimas? Sub ía por un cami no escabroso, e n c uyo termino se abría un a e n tra da abierta e n tre las rocas, qu e fac il itaba el acc eso á una gruta na tural, adorno pri ncipal hoy día de un o de los má s hermosos parq ues de los alred ed ores de Fl orencia, y res ide nc ia rese rvada e ntonces del e rm itaño fray José, Auste ro y bu eno, aquel hom br e, víctima sin duda de algún pesar inm en so y doloro so, habíase conve/r tido e n la provide ncia de los desgraciad os: soli citaba y recog ía para el los mucha s limosna s, de las qu e, al revé s el e lo qu e hacían los otros frail es, él no se qu eda ba nada .. . á men udo había le ocu rrido no tene r qu e com er, por haber dado á otro su ración. Toda Florencia se nt ía hacia el a ncia no profundo res peto , y s us peni tentes no vacil aba n
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en confiarl e las mision es más del icadas. A fuerza de r uegos y de eloc uencia, había obte nid o algun as veces de ge ntes desalma das , resti tuciones conside rables . A veces, por esta razón , hab ía sido portad or y cus todio de cantidades de din ero bastante respetables, y su cedi óle un a noche qu e un os ladron es embos cados en unos pinares habiendo oído ruido de mon eda s en los bol sillos de un transeu nte, se arrojaron sobre él, yal re con ocer á fray José cayeron á sus plantas de rodi lla s pidiéndole perdón, y hasta le dieron una li mosna par a sus pobres, qu e les pidió el fra ile . Di éron sela de buen a voluntad, y desde aquel día, j amás fra y Jo s é fue atacarlo ni en el cam ino ni en su g ruta sie mpre ab ier ta, hech o no poco notable, si se tiene en cue nta de qué asombrosa mane ra se había pr opagado en aquel desgraciado país y en aquella época, la lepra de los salteadores de cami no, le pra sosten ida por les mism os señoresq ue sacab an su parte de beneficios, saquea ndo á los sa lte ado res. Aconseja ndo á los casa dos y á los am antes, llevan do á toda s pa rtes palabras de paz y de cons uelo, asemej ábase a lgo á aqu el her mano Lor enzo que Shakespcaro ha int rodu cido en Rom eo y Ju lieta, pero era mús au stero qu e el; en los días de contie ndas civiles , y esos día s eran muy frecuentes en Flor encia, baj aba á la ciudad y en med io de las calles incre paba en alta voz á los cul pables, fuese n quien es fuesen , cuidaba á los heridos, sin distin ción , pero dan do la pr io ridad ya que no la preferen cia á la ge n te del pueblo. y decía ve rdades como puños á los mismos :\lédicis, como Savonarola en ot ro tiempo , con la sola diferen cia de qu e su popularidad le prot egí a más eficaz mente .

E n busca de este anciano pr ecisam ente se diri gía Ju lieta. Habí a en trado en la g ruta s in enco ntrar á nadi e. En tonces desd e la colina ha b íase pues to á examinar los alrededores, no sin alguna inqu ietud. -¡Al fi n viene! -excla mó, saliendo al en cue ntro del frai le y jadea nte de cansanc io le dijo a lg unas pala bras con acento pr esuroso. -Está bie n,-res pondió el frail e, que parecía, sin embargo, muy fatiga do y con necesidad de desca nso,-en seguida voy... en cua nto tome el pan en mi habit ación ... ¡Dó nde decí s qu e es tá la casa? -Desde aqu í se d istingue,.-respond ió la ca marera ,- de trás de aqu ellos cipreses, en casa de la an ciana María. -¡Ah! ya sé, ya se... pasand o me he fijado en la enfe rma. -Adi os, pad re mío, -dijo la jove n alejá ndose.-Voy á Floren cia á buscar al médic o... -Es inútil, yo le reemplazaré.. . Volved pronto á la casa donde acaso sea necesaria vuestra pr esencia. Yo voy detrá s de vos. Juli eta empre ndió en efecto el camino de la cas ita. -Es raro,-murmuraba el fraile entra ndo en su gr uta,- me ha parecido qu e esa jove n enferma se parecía á la otra. La camarera corr iendo ha cía la cas ita, volvía la vista hacía atrás azorada; pero no veía á na die. -¡ Bah!- se dijo,-ha perdido mi pista sin duda, y no habrá podido averigua r á dónde me dir igía .. . De rep e ~te se estremeció . A la luz de la lun a, q ue se elevaba en el fi rmam ente, h ab ía reconocido :i un hombre . qu e en pié sobre las rocas ha cía s ignos al er mitaño de qu e se detuviese. Aquel ho mb re era Salvia ti .

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¡Qué iba á pasa r? Como loca corrió hacía la casa de la nodriza, resuelta á preveni r á su señorita. - Guardaos bien de ha cerl o,-I e dijo Aquape ndente, qu e habiendo pasado por allí entró en la casa y salía entonces de ella.-Su debilidad aum enta .. . El par to no tendrá lugar sin . duda antes de la mañana lo más pronto ... yo ,volveré. Si otro s enfer mos no me esperaran me quedaría desde lu ego... Ha sta mi regreso , no olvid éis que son necesar ias las más grandes pr ecau ciones ; y pu es to que fray José ha de venir, seg uid sus consejos ... El, como yo, os dirá que en estos momen tos un a emoción cual qui era puede ocasionar la muerte á la j oven ... Adios y hasta mañana. Jul ieta entró muy tr iste en la casa, y desp ués de com unicar sus temores á la nodriza, se i nstaló á la cabecera del lech o de su ama, devorad a en tonces por la fi ebre.

- Esperad un instante,-habia dicho Galeas al frail e. - ¡Salviatil-excIa mó fray José. r> - Sí yo soy, y me alegro de que me conozcá is; esto ah orrará palabras inú tiles. - ¡Pensáis qu e yo podía olvidaros?- pregu n tó el eremita con voz severa; pen sáis que yo podía mirar vuestras mano s sin verl as rojas, como si hum ease aun en ellas la sangre de vuestras víctimas? Dijo el frail e estas pa lab ras con talacent o de dolor y de autor idad, que el viej o gent il hombre con un movimiento maq uina l escondió las manos bajo su man to. Pero aqu ello no fué más que un movimi ento involun tario del cual se repu so bien / pronto, é ir gui én dose, añadió: -No he veni do para escuchar a menazas. -iAcaso habéis venido á dirigi rlas? -Tal vez; eso depende de vos. -iQue queréis deci r? -:-Vais á sab erl o: que hace un instante se ha separado de vos nna joven qu e ha ido á llam aros para asistir á otra j oven enfer ma. -Mori bunda. . - Sea. / - ¡Qué más? - ¡OS ha dich o el nombre de esa moribund a? - No. , -Tanto peor . Por lo demás , es el vivo re trato de su madre, que vos hab éi s conocido y de la cual sin dud a os acordáis•.. y la reconocer éis al momento por su semej anza. , - ¡La h ija de doña Mcnc ial - ¡Desgraciado,-dijo Galeas .c-sno repitáis jamás ese nombre dela n te de m í , - ¡P referí s que os diga la hij a de Gianni no? -¡lIliserabl c, me in sultas!... Diciendo esto Salviati dió un salto y desenva inó su espada. - iY bien qué?-dij o fray José,-¡queréis ases ina rme tamb ién como al otro? La voz del frai le era per fectamen te tran quila y no revelaba la menor emoción. Galeas se contuvo. -Pod éis dar gracias,- añadió envainando la espada,-á que os necesito. - iA mH ¡Para qué? - Os lo diré por el cami no, pues si tardamos mucho la muerte llegaría antes qne "os á la casa á don de nos dirigim os. - Vanl 0s,-dij o el frai le.
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Andu vier on algun os pasos en silenc io abstraídos amb os en los recu erd os trágicos qu e hab ía evoca do en ellos aquel encuentro. - Beatriz, este es el nombre de la j oven :i cuyo lad o sois llamado, - come nzó :i decir Salviati- --y este es el sólo nombre con que debe designársela.. . Beatriz si muere, morirá al da r á lu z á su hijo ... - Como su madre,-murmuró fray .T osé. - Sí. Tendrá con su madre ese punto de semejanza, mucho más cuand o el niño que va :i nacer es hijo de un a falta .. . Beatriz no es tá casada. - ¡Qué pr ueba eso más qu e una fata lidad heredi taria! La prim era de esas dos falta s ha prepar ado la segunda : per o deci dme vos, ¡quié n ha sido la ca usa de la pr imera? Galeas no res pondió. -Beatri z,-contilluó,-cr ee qu e su aman te ha mue rt o, y así pudi era ser en efecto, pues estoy seguro de qu e, cuando men os ha recibido dos herida s, pero yo no h e visto su cadáver, y pu diera ser también qu a el du elo qu e vist e Beatriz fuese sólo una astucia para afirmarme más en la idea de esa muerte. - ¡Oh Dios! -¿Qu é decís? - No digo nada, sino qu e me parece que sois sie mpre el mis mo homb re. - Deseo que sea cierto. Decía pues, que el am ante podía vivir y escapar á mi re ncor ocu Ita, e n alg una parte. - No di gáis rencor, sino odio. -Como queráis. - ¿Qué más?-preguntó el frail e qu e, sin dejar de prestar atenci óu su interlocutor, parecía seguir el hilo de a lg una idea confusa. Sal viati cont inuó. -Pu es bie n, vos vai s á confesar á Beatriz... - SertI!.reciso primero qu e ella lo solicite . - Os lo pedirá, pues no os manda á buscar para otra cosa. -Lo ignoraba. -Pues yo lo sé . -Está bien. y rep itió : - iQué más ? 'Aquella preguuta hecha con acento tr anquilo, parecía mortitícar al gentilhombre, que vacil ó un momento a ntes de r espond er. - En su confesió n,-d ij o al fin,-os hablará de su ama nte. - P uede ser. - De seg uro. Y hé aq uí lo que espe ro de vos. - Veamos. -Sólo sé respe cto á ese hombre qu e es jo ven, como de veinticinco a ños, guapo, bien conformado, que tien e el cab ello y la barba rubia y que se llama Franci sco. - ¡Fra neisco!- repitió en voz baja el fra ileo-Ya no me ca be duda . ¡Es él! ¡Oh Providencia, cuán admirabl es son tu s designios! Una nube ocultaba en aqu el momento el disco brill ante de la lun a, y gracias á ello Gateas no observó el estremecimiento de sorpresa y satisfacción qu e el nombr e de Fra ncisco hab ía ocas ionado en su compañero. Salvi ati mis mo parecía cada vez menos res uelto á mani festar lo qu e au n le quedaba por decir, pero ven ciend o s u odio todo otr o respetov .no bien Fray José hubo di ch o por tercera vez:-iY qué más?-respondió bruscamente :
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- ¡Qué más? P ues bien, que es preciso que yo sepa cómo se llama ese hombre y el as ilo en que se oculta desp ués de haberse lib rado coba rdemente de nuestros a taques. - ¡E rais, segú n eso, varios los qu e le perseguíais? - dijo con ace nto indescriptible el fraile. - ¡Y por qué me lo preguntái s? -Para saber quién á qui én tien e el derecho de llamar cobarde. -Galeas se mordi6 las labi os. -Las pagarás todas j untas,-gruñó. Después añadió en voz alta: - ¡Me habéis comprendido bien? -He escuchado, que decíais tener necesidad de saber el nombr e del joven e,se, qu e creé is vive, y el asilo en que se oculta, pero no he com pre ndi do el porqu é de esa necesidad. - Para matarle ¡Sang re de Cris to! ¡No me conocé is por ventura? -¡Sí, aho ra os reco nozco, Galeas Salviati! - Vam os pues. - Pero, m,e pregunto yo ahora: ¡co n qu é objeto me decís á mí todas esas cosas? Creéis que yo sé y voy á descubrir óslo, el nom bre y el refug io de ese joveu , que uo ha querido revelaros Beatriz! - No, no creo que ahora 10 sepáis ni podáis por tanto revelá rrnelo.. . - ¡Y entoncesl-c-in lerrumpió Fray José. -Pero tengo la seguridad de que podréis satis face r me de ntro de breves instantes. , - ¡Yo? ¡y cómo? -¡Olvid ~i s qu e vais á all í. .. - contin uó Galeas, indicando con la mano la casa de la nodriza,-á confesa r á Beat riz? El ermitaño LO pudo contener un sú bi to estremecimie nto (le horror , pero repo n ié ndose, gracias á un esfuerzo sobrehumano, preguntó eón senci llez: -¡Y queréist.i. -Que obte ngáis de Beatriz el sec reto del retiro de su a mante. - No ten go derec ho á hacer semejante pr egu nta. - Arreglaos para que os lo diga sin necesid ad de ten er qu e preguntárselo ; eso es cuenta vuestra, qu e sois ta n práctico en con fesar á la s muj eres. -¡Pe ro, - objetó Fray Jos é, qu e capitu laba sin remedio, - si ella le cree muerto ó quiere engaña r me respecto á ese punto? - En ese caso, ave riguaréis cua ndo menos el nombre; yo me encargo de lo demás. -Lo que me pedís está proh ibido y constituye un grave pecado. -Os confesaréis de él y obte ndréis vuestra absoluc ión . Además , yo pie nso pagaros vu estr o servicio con el dote de Beatriz, de él haréis.el uso piadoso que más os pla zca . - ¡Y si no lograse arrancarle el secreto ó me negase á da r es te paso t.. ; Los dos h ombres habían ll egado ha bland o de esta suer te, fre nte á la casa de María. Galeas se detuvo, y seña la ndo á la ven tana iluminad a, dijo al er mitaño. - Si eso ocurriera, si de grado ó por fuerza, no estuvieseis dispuesto á ayudarme á termi nar mi obra, valdría más qu e me lo dij es éis des de ahora ; pues, os j uro por el odio que siento hacia el niño que allí va á nacer, que antes de ir á buscar otro confesor menos escrupuloso que vos, os dejaría cadáver en este mismo sitio, tan cierto como que hace veinte años cumplí lo que ahora digo, con el hombre cuyo nombre habéis pron unciado hace un momento. Decidíos, pues. Fray José pareció reflexionar un ins tan te. - Basta,-dij o con voz grave-acepto.

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- Bien,-respondi6 Galeas. y a ñadi6 para sí: . -Estaba seg uro de alcanzar lo que deseo desenvai na ndo la espa da y prometi endo un puñado de -escu dos. -En trad,-añadi 6 alza ndo la voz.-Fío en vuestra palabra, y podé is fiar en la n.ía; pe ro os advierto lealmen te que si tratáis de rehuir el compro miso, lo pagaréis con la vida, pues os espero al pié de esta ventana espada en mano. - No me haré esperar mucho,-respondi6 el fraile. Y en tró . La pobre Beatr iz no hab ía podido pe rma nece r en el lech o, en el que á cada momen to le pa recía qu e iba á ahogarse . lIIóría habíala levantado, y Ju lieta en aquel momento la ayudaba á acomodarla en una ancha silla cerca del fuego . La camarera temblaba corno una azogada, presa de indefi nib le angustia; estaba deseando haber concluído con Beatriz pa ra correr á la ventana y asegurarse de si el ermitaño había escapado de Galeas y ll egaba . En aquel mome nto hubiera dado cualquier cosa por no haber ido á avisar al fra ile. iQuién era capaz de decir el desastre que iba á ocurrir en la casa? De repente la puerta se abrió. El frai le entr6 cerrando tras de sí. J ulieta le sali6 al encuentro . -iNo os ha ocurrido nada?-I e dijo en voz baj a,-iGal eas? .. -, El fra ile solo dijo: . -¡ Chit!... y moviendo imperceptiblemen te el dedo que' había acercado á sus kibios, indicó con él la ventana. - ¡Dios m ío!-mur mur6 la camarera,-eomprendiendo sin duda. No atreviéndose siquiera á mirar por la ven tana, detrás de la cua l hubih a visto la sombría sil ue ta del padre, trastornada por la emoción, se apoyó contra un mu eble ... Apenas si tuvo alientos para advertir al ermitaño que el médico ha bía reco men da do qu e se evitase á Beatriz toda impresión demasiado fuerte .

-i Ah! iso is vos, fray .Iosé?-pregn ntó la enferma abrie ndo los ojos é incorporándose • en su asie nto. -Gracias, gracias. .. El er mitaño se ar ro di lló cerca de ell a, au nq ue Bea triz se oponía . .Iulieta y la nod riza se habían re tirado al otro ex tremo de la est ancia, - Hij a mía,-comenz6 el sac erdote,-el tiempo me apremia, y vos parecéis muy faliguda ; dejadme, pues, qu e os pregunte, y vos respondedme sólo sí ó no con la cabeza, sin que os sorprendan mis preguntas, que todas se encaminan á vuestra salvación. Esta última palabra la recalc6, al pron unciarla, con acento p-rave y cas i solemne. , La ca ma rera veía ir y veni r por 01 jardín, co n paso len to, un a sombra. - Y, ante todo: ite né is a lgo que dec irme que no sea la confes i6n de vues tros pecados? -preguntó el ermitaño. - No, padre mío, todo lo demás queda consignado en mi testamento. - Basta, pues, y escuchadme ahora: la falta que vais á confesarme la conozco ; me creo autorizado, por vuestra desgracia, á absolveros de ella, como he absuelto á otras... ~ . - Comprend éis.. .- dijo Deatriz, -indica ndo su vestid o de lu to.
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- No sólo compre ndo, hija mía,-respondi ó el frail e con dul zur a casi paternal,- no sólo compre ndo, sin o que sé.. . - ¿Cómol Hei nó silencio. Beatriz, qu c casi se había puesto en pié á consecuencia de un movimiento de curiosidad y extrañeza, miraba al ermitaño, que la observaba atentamente, como encontrando en los rasgos de su fi sonomía, con amargo pla cer, el recuerdo d ~ etros ra sgos. - Sí,-añadió al fin,-he sabido vuestra historia , y no os espante lo que voy á decir os, por vuestro padr e.. . - ¡,ti pad re !-exclamó la joven dejándose caer en su asie nto y cerrando los ojos . - ¿No me perdonará n unc a, no es verdadl- murmuró con voz desfallecida. -Lo temo. -¡Y aprobáis s u cond ucta! - No, puesto qu e os absuelvo... cumpliendo I ~ vol untad de Dios, que os ha perdonado así mismo, y que os reserv a una gran pr ueba de s u miseri cordia infinita. - ¡Qué qu eréis decirl La j oven fij aba con a nsiedad sus gra ndes ojos en el rost ro del fraile, que vacilaba, como ante la confesión de un pecado ó de una idea vergonzosa . -Pues hi en.i--dij o con precaución, apoder ándose de la mano de la enferma y conser vándola ent re las s uyas pa ra j uzgar mejor hasta qué pun to podría aven tu rarse sin peli gro. La ca usa de vuestra desdicha, no ha sido sólo vuest ro padre quien me la ha revelado. -¡Quién más que él la conoce, como no seat..; No acab6 de decir la frase. El ermitaño hizo seña de que se acercasen á las dos mujer es. - ¿Acaso ha sido mi herman a Dlanca?-preguntó la en ferma. Sin da r al fraile tiempo de contestar, añadió : - Dlanca debe ignorar el snceso.. . - No ha sido ella, - in dicó el er mitaño. -En tonces ¡es que habéis recibid o la con fesión de F ra ncisco mor ibundo? - Sólo os equivocáis en la última palabra,-a vcn turóse á decir fray Ja so, - ¡Vive!- g ritó Beatriz en un indescri ptible arrebato de al egría. - ¡Vive! ¡Lo ha b éis vi ~ to?.. ¡Es él qui en os envía! ¡Ah!... bendito seáis.. . ¡Dios es buenoltení ais razón. ¡Vive! ¿no es verdad que sí? ¡Decidme que sí por Dios!. .. El fra ile inc linó la cabeza con un movimiento aflrrnativo. -¡Oyes, J uli eta?-dij o la enterma.- ¡Y nosotras que le llorábamos muerto!... ¡Y yo que por él vestía de l uto! ¡Pobre Fra ncisco mío! La ca marera había cogido la man o que le tendía su señora , pero son reía tr istemente, viend o moverse inquieta all á en el jardín la silueta a menazadora de Galeas. -¡Vive!-repetía la jóven con elocuen te expres ión de aleg ría,- ¡y me ama? -¡Siempr e!-mnrmuró el fraile . - ¡Vive y me amal-repetía la joven . Dos lágrim as criatalinas r odaban por sus meji llas . -Tened cuidado, hija mía, -aconsejó con dul zura fray José. -No os exaltéis . - No temáis nada, padre, la alegría no hace da ño; no mata, sino que resucita Sí... ya me encue nt ro mejor .. . estaré curad a en cua nto le haya visto ... porqne 01 vendrá . ¿no es verdad que va á venir? Acaso está ya ahí... en el j ardín, y no se atreve á en trar . - No, no,-interrumpió con viveza fray José.- El no está ahí; no ha ven ido, no puede venir, él también os creía mu erta .. .
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-¡Pobre, pobre mío! ¡cuánto ha debido llorar!. .. - Ta nto ha llorado, tanto ha sufrido, que para consolarse se ha echado en los brazos de la Ig lesia. -¡Qué decís! ¡Se ha hecho sacerdote! ¡Acaso tendré que renunciar á el en el momento que le encuentro! -No, aun no; mañana era cuando debía pronunciar sus votos ... -¡A la misma hora en que su hijo vendrá al mundo!. .. El ignora, sin duda, también que sea padre.. . ¡Qué bien lo ha dispuesto Dios todo!. .. ¡Está en Florcnciai. v. -Sí. -Id á avisarle, ¡quereis?.. Id, corred pronto ... Procuraos un caballo; dádselo, para que venga más aprisa ... Id ... no, esperaos; os daré una carta para el... que vuelva á ver mi letra . .. Traedme pluma y tinta, María .. . escribiré sólo una línea .. . así se creerá que me oye hablar.. . Mientras con tal vehemencia se expresaba la joven, habíase aproximado á la mesa; la vieja nodriza le presentaba la pluma, temblando , también de alegría. Beatriz la cogi6, y escribió así leyendo en alta voz lo que escribía: «Francisco mío: »Vivo, te amo, y tu hijo va á nacer. Ven.» -Firmad ahora ,-dijo una voz terrible. -¡Mi padre! -¡Galeas! Estos gritos escaparon á la vez de todas las bocas con dolor. -Sí yo soy, que estaba impaciente de estar abí tuera sin escuchar nada . En efecto, mientras que Beatriz escribía, Salviati había empujado la puerta y entrado en la habitación sin que nadie lo hubiese advertido . La enferma al verle desplom6se en una silla con los ojos cerrados, agitada de violento expasmo nervioso. -¡Pretendes asesinarla!-preguntó el ermitaño. -No, tenéis razón. Todavía no . Beatriz abri6 los ojos , y extendió con viveza la mano hacia la carla que acababa de escribir. Galeas con ademán imperioso la detuvo. -¡Firrnadl-la dijo. -¡Qué proyectáis!-balbuceóla joven. -¡Quó os importa!-¡Firmad! Era tan siniestra la expresión que brillaba en la mirada del gentilhombre, qu e la desgraciada comprendió que era la condena de su amado la que se la exigía que firma se. -¡Jamás!-respondió con energía. El padre colérico dió un salto y avanzó. -¡Jamásl=-y se atreve á decirme «jamás» á mí. .. Tan fuera de sí estaba que desenvainando su puñal lo apoyó en el cuello de Bea tri z. -¡Firmará si ó no!-rugió. Morir sin verle era también muy cruel... Además Francisco había dado pruebas de su valor.-Dios,-pensaba Beatriz,-que ya le ha salvado una vez le salvará tamb i én ahora. Miró la joven al fraile como para consultarle en aquella duda terribl e y angu s tiosa. - Firmad, hija mía, -díjola el fraile oprimiéndola la mano,-firmad como os lo piden.

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LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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Había tal dul zur a y tal amor en la mirada que la dirigi ó el fraile al pron u nciar estas pala bras, que la joven no vaciló y firmó. La plum a se le escapó de entre los dedos y lívida se dejó caer sobre su asiento. -¡Ahl - Ia habéis asesi nado ,-gritó la camarera á Galeas impasible. -No; aún vive,-dijo el ermitaño al cabo de un corto silencio... pero esta escena ha preci pitado su hora... - Acostadla de nuevo y rogad á Dios que no muera antes del alumBra mien to... Mientras que María y .J ulieta desnudaban á toda prisa á la pobre Beatriz, ine r te . como un cadáver, Salvia ti se había apoderado de aq uella carta escrita y firmada con letra tan vacilante. - Ahora está bien,-murmuró sombrí amente,- y dirigi éndose á fray José añadió : .-Os doy gracias, padre; según lo qu e veo habéis debido obtener de la peniten te el secre to del retiro de Francisco . -Conozeo, en efecto, el lugar en qu e se halla. -y vais á decírmelo para que yo mismo pueda llevarle esta carta y tracdle á la que rida el ama nte que le espera. Con sus oj os fijos en los del erm itaño, mientras así se expresaba le miraba insolentemente. Fray José 'parecía reflexionar. -Mi conciencia,-contestó con firmeza,-no mo permite revelaros ese secreto . -¡Esas tenemo s!-i nterrumpióle el viejo. -Esperad . No tengo derecho de deciros donde ese joven se halla; pero voy á ir á llevar le la carta, y sois libre de seguirme: ' -¡Ah! muy bien ; comprendo,-dijo Salviat i acogiendo satisfec ho aquella interpretación digna de un casuista , Qnedábale aún, sin embargo, una duda, y pre guntó: -¡Entónces pretend éis que os en tregue esta car ta? El fraile mirándole fijamente le respondió con sencillez y naturalidad : -Podéis, si así os place, no en tregarme la carta hasta que estemos en la puerta de la casa á que me dirijo. Pero así no tendré tan tranquila mi conciencia, pues habría por mi parte cierta complicidad y no existiría violencia. ¡Comprendéis aho ra mis escrúpulos? -Perfectamente,-dijo Galeas con glacial sonrisa. Luego añadió: -Tomad la carta. -Graeias,-repuso el er mitaño, g uardándose el papel.-Ahora marcho . Volviéndose hacia Ju lieta, dijo : -Hija mía , vues tra señora de momento no os nccosita.osa buena mujer pued e asistiria . . -No tengáis cuidado; estará bicn acompañada; además el día apunta ya y no puede tardar mucho en volver el médico. -Pues bien,-dijo fray José dirigiéndose á la cama rera .-¡Queréis aeompañarme, hij a mía? - Con muc ho gusto, padre mío. -¡OS hacéis acompañar de otra persona?-interrogó Galeas. -Contando con vues tro perm iso... Estoy muy fatigado , y me molestará con exceso el tener que bajar á Florencia, aunque sea apoy ándom e en esta joven , que me hará 01 obsequio de acompañar por mí has ta aquí aljoven á quien voy á bu scar. - Sea en buen hora,-asintió Galeas.-March ad. Los tres salieron despué s de dirigir una última mirada á Beatr iz, qu e yacía tendida en

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MISTE RIOS DEL YATlCA1W

el lecho, blanca como la almohada, y sin dar otras señ ales de vida que a paga dos gemidos y ligero movimiento de labios. En el moment o en que el ge ntilhombre, el ermitaño y la cama rera salían del jardín, Salviati detu vo á Fray José, diciéndole: -Escuch ad un a sola palabra. -Hablad. - iQuién me asegu ra que una vez hayáis en trado en la casa no saldréis por otra puerta, burla ndo mi vigilan cia y librand o de mi cólera al joven á qu ien vais á avisar? -La ca marera de Beatri z en trara sola si os parece, y me quedaré con vos en reh enes. -Está bien. El ermitaño, apoyánd ose en el brazo de Jul ieta, empre nd ió después de es to el camino de Flo rencia seg uido de Galeas á pocos pasos de distan cia. El alba ap unta ba ya en el h ori zonte.

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CAP ITULO X IV

NUEVAS COMPLI CAC IONES

Aproximadamente á aqu ella mism a-h ora , 'Blan ca, á la que despertó la campana del convento, desp edía á Simón . Fra ncisco al d ía sig uie nte debía se pararse para siem pre de ella, matando sus locas espe ra nzas al pronun cia.r los votos, y la rel igiosa, en un ar ran que de celos, ha bía que rido convencers e á sí misma que ya no amaba al j oven caballe r o. Por esto, después de mucho tiempo, había citado á Simón en su alcoba aquella noche. - De modo que, -le preg untaba la religiosa al darle el último beso incl inada sobre el jardinero, -¡no has podido descubrir el retiro de Beatriz? - No, ya·te lo he dicho, -res pondió Simón. - Me voy conveuciendo de que eres un solemne torpe, y me ar repiento de querert e tanto como te quiero . Vete. - ¡UIe echas?- preguntó el joven al da rse cuenta del ademán imp erio so con qu e acompañó su querida su s últimas pa labras . -Es pre ciso,-díjole ella dulcificando un ta nto su ace nto.-¡No oyes la campana?.. Pero escúchame bien; jamás volverá á abrirse para tí esta venta na, jamás tus ojos relIejarán su luz en los míos, jamás se juntarán 'n uestros labios, hasta que me digas la residencia de ella . La campana seg uía tocando, y escuchábanse en aquel momento pa~os en el corredor. -Vete en seg uida.i--dijo Blanca abriéndole la ventana. El j ardinero saltó ág il men te al jardín. Si hu bier a contiu ua dü uu momento más al lado de aquella muj er, Simón, á pesar de la formal promesa que se había hecho, hubiera reve lado que conoc ía la casa en que Beatriz habitaba ... Un minuto más de conversación con su querida, y hubiera perdid o á la jove n como por poco pierde al amante; ¡tan suby ugado estaba por las caricias de aqu ell a sirena! Si la hubiera perdido, pues conocía que el odio de manca, no esta ba ni satisfecho ui exti ng uido: aquella fiera se desesperaba porq ue se la hab ía escapado la víctima.
TOllO 1

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mSTERIO s DEL VATICANO

Mientras que Simón salí a á la calle por la pue rta del j a rdín, por la puerta princip al desfilabau procesionalm en te , las her ma nas precedidas de la abadesa, dirigiéndose al gran semi nario de Santa Mar ia Noca, en el q ue debía celebrarse una ordenac ión. -Ya lo veo,""':mur l) l ura ba una reli gio sa de aven tajada esta tura cuyo velo blan co pr estaba mayor rea lce á sus ojos negros y á sus cabellos negros también ; sacude la cadena , pero la cadena es fuer te y pesad a y yo me encargo de remacharla bien para que no se rompa nunca. Andando con paso fi rme, seg uía dic iendo la rel igiosa : -En cua nto á ellos les separa un a iu fran qu eable barrera , una mu ralla de hi erro. Dentro de una hora sn separación será irremedia ble. Aunque vuelva n á enco n tra rse , sera como si no se viesen .. . ¡Ahl Beatriz va á se r madre, según ha dicho Ju lieta :\ Simón .. . No importa: ahora qua el padre ha muerto, ó lo qu e para el caso es Jo mismo , el niño puede na cer.
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En tan to, seg uían andando camino de Florencia, seguidos siempre por Salviati, J ulieta y el ermitañ o, que se apoyaba en su brazo. • Al padre le parecía que el frail e y la joven cuch icheaban con precau ción . Aquapendente qu e se unió con ellos á poco, sin ' que cambiase n con él ni un gesto ni un salud o, creyó notar pasand o, que la joven y el ermitaííO'h ablaba,n , y que al verl e no pudieron contene r un movimi en to de vacilación , Casi tuvo deseos de detener se, pero sin embarg o no lo lo hizo. -¡DebAmos servi rnos de él?-m urnllll'ó la jo ven al oído de fray Jos ó designando al propio tiemp o con la vista al médi co. - No,- repuso el fra ile, -s u presen cia al lado de la enfer ma puede sernas mas conven ion to qu e on cua lquiera otra parte. Después de largo silencio, y si n in ter r umpir nunca la ma rcha, el ormitaño preg un tó á J ulieta. - ¡Y no os enco nt ráis con ánimos de ir á entre ga r esta carta! - ¡Sin qu e me coja Galeas? No.. . Yo bien lo quisiera con toda mi alma, pero conozco qu e no podrí a. Las emociones de es tos tie mpos, la fatiga, el sob resa lto de esta noche misma.. . Nada, qu e estoy enf erma, muy enfer ma, a unque no lo diga... Tan enferma, qu e conozco que me he de morir pronto , y no lo siento.. . ¡Que hag6 yo en este mundo cuando ha~'a muerto mi ama, si p nadi e me qui er e? La pobre j oven lanzó un prolongad o suspiro , y con tinuó: - A los cuatro pasos me encon tra ría sin tu erzas ; el miedo y el cansa ncio me pa ra lizaría n las piernas.. . ¡Veis? lile sostenéis vos á mí en lugar de sosteneros yo :\ vos.. . Galeas me al can zaría al instante y los dos estaríamos per did os... y la pobre Bea triz mori r ía si n habe r teni do 01 consue lo de ver al padre do su hijo .. . --Es verdad ,-dijo fray .José.- Lo qu e os indicaba no es posibl e, y no nos queda '¡ay! más remedi o que esperar el a uxilio do Dios. -Poro ¡v'a n h sblandot-c-pr eg'untá base Galea s.-De todos modos nada me importa lo qu e pueden decirse. Lo ese ncia l es que no so me escapen... y cuanto á esto les desafío á que lo in tent en... El camino abría se entonces entre un espeso bosqu e de piuos, sembra do de rocas, pero Salvia ti tras cada recodo del senderó encontraba al frail e y á la joven delan te de él y á la misma di stan cia ; es to no obstante, les seg uía con ojo avi zor, gozándose en la idea de que cada paso le ace rcaba á la sa tisfacció n de su venga nza, ta n la rgo tiempo esperada, g ustada casi, y qu e en aqu el momento es taba seguro de obt ener. De rep en te se detuvo y dió un gri to de rabia y est upor . Había perdido de vista un

ÓLOS SUBTERRANE OS DE RO~IA
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instante á .l u li et a y á íray Jo sé e n un recodo del ca mino .. . Cuand o volv io verle, un jin ete se hab ía deteni do ante ell a; e l frai le en treg-aba la ca r ta á la ca ma re ra, y el ca ball ero.. cogien do de la m an o ,¡ la joven , de un sa lto la co loc a ba en la sill a, y el caball o se dispara ba, camino de Flore ncia, á galope tendid o. -¡ Maldici ón!-r ug ió Galeas ; y se precipitó so bre el fra ile, espada en mano.

En la capilla del se minario hall áb an se r e nn id os fr ail es y monjas e n gra n n um ero. esperando tan sólo, par a comenza r la cere mon ia, la llegada de l futu ro sace rdo te. Apareció a l fin , y Blan ca tUYO qu e taparse la beca con las ma nos para ah ogar un g r ito de dolor. -¡Era verdaderamen te él a que l espectr o tan pá lido, do paso le nt o y vac ila nte como el de nl\ viejo, de ros tro demacrado y as cético, en el c ua l r esaltaba más e l bri llo de s us - g ra n de s ojos? !3ibien a mira ba con in si stencia á s u alrededor... La persona á q u ien bu scaba, y c uya . au sencia le ocasi onaba dol orosa sorp r esa, era s u co n feso r , fr ay J osé. ¡ No tendré á mi lado,-pensaba, -en es te su pre mo momento, ,¡ aquel ami go au stero, el único que me queda, á aqu el sim pá tico con sej ero? ¡Por q ué? Era qu e com enzaba la se pa ra ción, qu e abandonaba el mundo pa ra entra r en la soledad ... Le era preciso com enzar á hacer el a pre n d izaje. Aqu ella mirad a escr uta do ra , qu e d irig ió por to dos los á mbitos de la capilla , h ir ió á Blanca: el odio desper t óse te r r ible e n s u corazón desga r ra do. -And a, anda ,-murmuró;-d a los u ltimas pasos de h ombre vivo ; eníra en la so mbría noche de la tumba. Mientras que así desahogaba su rencor, frente á ella, ocu lto tras una col um na, desc ubr ió á Simón; jadeante, c ubie rto de po iYO , qu e la ha cía sig nos para qu e se acercase. Creía ell a qu e había lograd o descu brir el pa r adero de Beat ri z, y qu e la llamaba para participá rsel o. . En aqu el mom en to el oficia nte, qu e e ra el arzobispo de Florencia en persona, sa lía de la sacristía , seguido de s us a cólitos. Un movimiento semejante al fluj o y reflujo de las aguas agitó á la multitud, y gracias á él, Blanca, no sin trabajo , pudo llegar h asta donde se encon tra ba Simón ... - ¡Sab es ya,-1 6 preguntó ella co n ansiedad,- á dónd e se ha r etirado? ¡Ha dado á lu z? .. ¡Ha bla por Dios!. .. ¡Qu é haces a hí, mi rá ndom e co mo un bab or -N o sé nad a de lo qu e me preg untái s... Tengo un a ca r ta q ue es preciso hacer llegar a l mamen to á manos de Francisco. . -Enséñamela . Simón, como si no hubiese oído, y prescindiendo de que Bla nca alargaba la man o para r ecoger la ca r ta, añ adió : - Sin provocar un escándal o, yo n o sé cóm o ll egar h ast a él... Francisco h a llábasc ento nces a r rodill a do a nte el alta r . - Cuando dentro de breves ins ta ntes, -añadió e l ja rdi nero, - Franci sco se eche al s ne lo, y el prior de los dominicos por un lado y nues tra a ba desa por el otro, cub ran s u ca beza con el pafi o neg r o, antes de la ton sura y de qu e pronuncie s us votos, pod éis roga r á la abadesa qu e le dé esta ca rta. El asunto es de la may or impor ta n cia. Todo esto le había di che Sim ón con rapidez ; y ce rne si aun no est uviese sati stech e, añad ió : - Le ya en ell o la vida. -¡Qué te imp orta á tí s u vida?- pregu n tó lJIanca?-¡Por qu é te in teresas ta n to por él?

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MISTERIOS I'EL VATICANO

¿AcasO pretend es salvarle cuando yo quiero perd orl e! ¿Te at reve rías po r ve ntura á hacerme traición? ¡Ah, si yo l o descubro!. .. Sus oj os ec haban chispas de coraje, pero Simón, q ue ' parecía hab e r lo previsto, observó: -No m e hab éis com pre ndido bien; cuando he dich o que le va la vi da, he qu er ido decir qu e su asis tencia á la cita que se le da en esa carta es para él la muerte inevitable. -¡Ah!
- y preci samente, p~ que a cuda a n tes de que se lo vede su carácter ' sag rado, h e venido yo co n tan ta precipitaci ón .. . ¿ y ahora sosp echaréis de que haya traición en mi conduct a?

-Gracias á Dios ; ¡ ahora s í qu e te recon ozco! - dij o ella, sonriéndose de satisfacción. Simón había estado en lo cierto al do n ta r con el odio d e ella para la realizaci ón de s u plan . - Da me la carta ,- añ adió Blanca. - Hé la aqu í. La hija mayor de Gal ea s con un solo vistazo ley ó: «Francisco mío: «Vivo, t e amo y tu hijo va á nacer. Ven. -

BEATRIZ . ,>

-Efectivamente, es de ella,-exclamó dobland o e l papel ;- de seguro que todo lo dej ar á por ac ud ir á s u llamamiento. , - V uestr o padre le espera a llí para .. . - ¿Está s segu ro? -Como que soy yo mismo q uien ha pre parado es te lazo . Simón mentía , pero e ra prec iso in spirar confianza para decidir á la mon j a á entrega r la.carta, pu es el tiempo apremiaba. - ¿Po r qué no me lo dijiste esta mañana? -Qu ería tener certidumbre y una prueba. - Es tá bi en; eres mi l eal a migo. -¿Vai s á e n tregá rsela en seguida? Blan ca se so n r ió de manera tan o r igina l y ex pres iva que hi zo es tre me ce rse a l jardi-

nero.

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-No, en seguidan o.e-díjo .c-so la en t rega ré e n cu anto se a sacerdo te; cua ndo sea ya tarde de tod os modos.. . Simón es ta ba cogido : Creye nd o g a na r ti empo había comprometido e l éxit o de la empresa . -Pero ,-o bj etó no queriendo aun r esi gnarse á darlo tod o por perdido, -dentro de un mom ento será de mas iad o tarde e fec ti vame nte ; á Beatriz no le queda más que un so plo de vida , y morirá a l dar lu z... ¿no sería má s compl eta vu estra venganza ten ien do la seg ur idad de q ue él llegaría para verla morir?
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Con es tos re fina mie n tos de odio esperaba el jardinero tentar á su q ue r ida , que respon dió : -As í ten d r ía él la sa tis facció n de hablarla, y ell a la de oirle ya q ue no la de co n tes tarl e. Además ... ¿quién sa be si el amor la sa lvarí a?. . El amor ma ta, y también puede res nc itar ... Y si Bea triz vi viese, él también se sa lva ría ... La dicha centuplicaría s us fuerzas y lograría d esar mar á mi pad re , {¡ cuya es pada se ent r ega r á sin resistencia cua n do se . la encuentre muerta .

Ó LOS SUBTERRÁNEOS DE ROMA

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Simón'" quiso replicar a ún, pero ella no le dejó exclamando con energía: . -Lo quiero así , y basta. Francisco acababa de tenderse sobre el su elo apoyando la frente en las losas del pavimento; el arzobispo había pu esto el pió sohre la cabeza durante un instante... despues el prior y la abadesa habían exte ndido sobre él un paño negro, y el órgano y las voces había entonado la plegaria de los difuntos. -Aún es t íempo.c-murmurd Simón al oíd o de Blan ca .

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El pup a se incorporaba 1 "j' con la mano exten dida señ alab a á la ventana 1 interrogando con el ge sto y la mirada. (CAP. XIX') ,

La joven, apretando la carta enlre su s manos, parec ía que no hubiese oído . La abadesa y el prior hab ían partido; Bibiena seguía tend ido sobre el pavim en to. El oficio continuaba. Blanca seguía en su oratorio , inmóvil, como sorda y alelada. Dentro de un momento los cabellos de Francisco iban á se r cortados por las tije ras del oficiante, iba á extender la mano hacia el altar para pronunciar su juramento.. . Pronto sería dema siado tarde .. , A Simón palpitábale el corazón y la sang re zum baba en sus si ene s ceg ándole ,'
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17·[

~II STERIOS

HEl. VATICANO

- iPo r qu é no ap lasto, -pe nsaba,-á esa mujer, á esa ví bora , único obst áculo para la lel icid ad de mu ch os desgraciados? iPor qu é no le a r re bato la car ta y se la e n trego yo mi sm o á Fran cisco, a unque sea en medi o de los ca nón igos y de los diácon os'! En pié de trás de Blanca, acariciaba nervioso el mango d: 1 pu ñal qu e llevaba á la cintu ra .. . Ella estaba allí, de rodillas, con la frente devotamente inclinada... Un solo go l pe en la nuca, e n el nacim ie nto del cab ello, y todo había concluído. .. Su man o se crispaba empuiiando el a rma . Cua ndo la ca m pan illa de los acó litos vibró en los aire s .pe ne tra nte y sole mne en medio fiel silencio de los as istentes, el sacerdote elevó sob re las cabezas de los lieles prostcrn ados la hostia consagrada, que le pare ció á Sim ón el mismo 'oj o de Dios. Aquello le contuvo , y furio so contra sí mismo, sa lió de la capilla. El sacrificio continuaba en tan to.

¡Miserabl e!- hab ía gritado Galeas pr ecip it ánd ose con la espada en alto so bre fra y .J osé; -me has engañado, tú ere s q uien ha preparado esta traición. Mient ras, de signaba con gesto furioso á Simón, que op rimía con fuerza los ij ares de su caballo, ll evando en s us brazos á Juli eta casi desvanecida por la e moc ión y po r la alegr-ía. La j ove n con la mirada daba gracia s á su amante de haber llegado tau oportu na mente; Simón, qu e sentía cómo invadía todo s u s ér el d ulce calor del cuerpo de su qu erida, 'be ndecía á la casualidad .y olvidaba la frfa mira da de Blanca . - No, -dij o el fra ile .i--yo Il O he pr e pa rado nada, os lo j uro po r Dios vivo. Pero aunqu e así fuese ite fi g uras que 'me a vergo nzaría de ell o? -i~l e desafías? ¡Ve con cuidado! - Nada tem o.. . - Va mos á verlo. Al dec ir estas pal abras Gal eas se ha precipitado de un salto sobre el fraile, pero éste se h a a pa r tado rápidamente hacia un lad o, y antes qu e su adversario haya teni do tiempo de pon erse n uevamente en g uardia, ha estrechado su cuerpo e n tre su s brazos con ta n terrible vio le ncia, qu e Galeas cree que va á ahogarse. Túrbase su ca beza , zúmbanle las sie ne s, su s ojos se le iny ectan de sangre ... vacila, y la espada se desprende de su mano in erte. Fray J osé la recoge dici endo: - Ah ora soy yo quien tiene un arma. y a ñade ma rchando sobre el viejo: -Te decía, pues, qu e aunque yo hu bi ese preparado lo que tú llamas u na traición, Il O me avergonzaría de ello . iCrees q ue me de tendría ante u na mentira pa ra escapar á la horrible emboscada qu e tú me habías dispuesto? Dios, mi úni co cómplice en este asunto, me hubiera perdonado la mentira para librar de este lazo mi existenc ia, sin embargo de que poco vale; ca lc ula, pues, lo qu e de be se r cua ndo se tra ta de sa lvar la de dos inoce ntes, la de tres ta l vez... - ¡Basta de palabras !-interrumpió Galeas con cólera . .-Seg-u ida á la acción. Volveremos a ntes de lo que tú quie- iPaciencia ! volveremos All res ... Pero no quiero qu e pueda decirse qu e nos hemos reunido al cabo de veinte a ños, sin que yo haya vaciado mi cora zón . , El monje erguido, elevando la voz, con la espada en la mano, iluminado por la l uz de l crepúsculo, es ta ba verdade ra mente te rrible; ase mejábase á fantástica aparición. -¡Tú has cr eído qu e yo hombre, yo confesor, iba á consen ti r q ue ases inases al padre


Ó LOS S URTERR ÁNllOS Dg R O~IA

Ji 5

de lan te de la madr e, otreciendo ese espectáculo á las primeras mirad as de un n mo sin tratar de imp edirl o? No, es ta vez, ya no será así. .. Hace veinte a ños me has asesi nudo á Gianni no, mi he rma no menor, aq uel herma no al que yo hada casi de padre, porqu e " de amar á la que ya le amaba ... cometió el cr írnen - No hables de aq nel homb re ni de aqu ella muj er. - Sí. quiero hablar, yo solo, -yo que recibí su coufesión postrera, úni camen te yo ~C cuá n to amor abrigaba el coraz ón de Giannino por doña ~l e n cía , y doña Menc ía por él; .... yo sólo sé que ella te había advertid o antes de darte s u mano, qu e se casaba conti go ü su pesar, á la fuerza, pue s es taba enamorada de su par iente. - ¡Basta ya! - iAh! ¡lo ves?. . Te causa vergü en za!. .. Sabes que del crimen eres tú el pr-imer responsab le, pues te casastes á pesar de todo, y no ella qu e se dejó cae r en los br azos del sesinar á un a r tista tan 11 0 hom bre que la casnalid ad volvió á ponerl e en su ca mino. ¡A ble; á un muchacho tan leal! ¡ Asesinarla á ella , á la desgraciad a esposa, pr ecisamen te mient ras daba el pecho á su hijo .. . -Máta me,-gritó Galeas cie go de furor . -Es lo que voy á ha cer ven gando á la vez á los qu e ya murtero n, y salvando á los q ue hoy amenazas. - El frail e enj ugó una lágrima qu e el recuerdo de Giannino habí a hech o brotar de sus ojos , é inclinando en tierra la rod illa, murmuró: - ¡Que el poco bien que he podi do hacer en vuestro servicio, log re mi perd ón por la mentira que dije poco há , y por la sa ngre qu e voy á derramar, con el objeto qu e ya saM is, Señor! Se puso en pié. Esta ba pá lido, pero su mirada sombría no se apartaba de Galeas, y la espada no temblaba en su man o. - ¡Ora por úl tima vez!-dijo con voz breve. - ¡Por quél-preg untó Galoas, que esta ba ante el con los brazos cr uzados, a fectando tranquilidad comp leta. - Por qu o vas á morir. -¡Q uién sab e! -¡No qu ieres orar! -Na, nada temo . - ¡Miserable! Al pronunciar esta excla mación, íray José se pr ecipitó sobre Gal eas, diri gi éndole la espada al corazón. _ Un fenóm eno in esperado ocurri ó entonces. La espada , como si h ubiese chocado con tra la pared, no bien hubo dad o en el pech o de Salviati, fuó rechazada con violento esfuerz o, se dobló , esca pó de la man o del mouje, y cim.brándos e salló á al gunos pasos de distancia. - ¡Una cota de malla! -exclamó con ira fray Jos é...-¡Tien es miedo de morir, 1'0barde! Salv ia ti de un salto se colocó al lad o de la espada. Rein ó pro fundo silen cio. El frai lo reflexionó que era inútil tratar de recobrar el arm a , pues (lale as estaba más cerca, que el de ella. En aquel momen to descubrió una enor me piedra colocada al hord e de u na pendien te qu e dominaba el camino; de un salto escaló la altura, pero Salviati, que adivinó la inten ción , saltó tras él ligero. ¡Que ha cerl

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IJE L VATICAXO

¡Aplas tar al ge ntilhombre con 13 roca? Ni pe nsarlo; era imposi ble. Entonces se entabló entre los dos hombres una lucha obstinada y terrible cuerpo á cuerpo. Asidos el uno al otro por la mano izquierda, con !!1 derec ha trataban de desga ja r una ra:na del pino cerca no para servirse de ella á manera de maza. Durante largo rato se entregaron á inútiles y desesp erados esfuerzos para conse guido . , Al fi n la-ven taj a pareció estar de parte del fraile. Habia logrado acercarse al árbol lo suficiente para cojer una rama que cruji6 y se desgajó al fin. En posesión de un arma temible disponíase á aplastar con ella el cr áneo su adversario . La fatalidad hi zo que al mismo tiempo en que desgajaba la rama, el fra ile echase el pié atrás bu scan do más sólido apoyo, lo afirmó, sin saberlo, en la roca desprendida de que poco antes habia intentado servirse contra Galeas. La roca se conmovió. Galeas comprendi ó á l moment o la ventaja que podía .eacar de aquella situación, y arriesga ndo el todo por el todo se precipi tó furioso sobre el fraile que bla ndía la pesada
á

rama.

El arm a cayó ha cia adelante, yel er mitaño se desplomó por la pendi ente. La piedra cayó roda ndo tras él y le aplastó el pecho. - ¡Dios haga lo demás! - murmuró fray José, y un vómito de sangre salió por su boca con el último suspiro. Galeas baj ó y reconoció " el cadáver. -Ha muerto,-dijo,-y fu ése tranquilo á recoger su espada .

Fra ncisco en tanto pronunciaba su s votos. Ante el a rzobispo acababa de prom eter : Obediencia ciega á la ig lesia. Pobreza absol uta. A esos votos había añadido otro más absurd o y más culp abl e aún, pero que en su desesperación se cr eía capaz de cumplir: Inviolab le.castidad. El arzobispo le había hecho la tonsura; le había bendecido los pi és destinados á ma rchar por el camino de la Ig lesia y 13s manos desde entonces hábile s para la pr estidigitación católica, apostólica y romana. Francisco era sace rdote, y ya no se llamar ía Bibiena . Había termi nado el oficio, y después de los prelados, se retiraban las monjas v los frail es, dejando á Bibiena sólo para que durante una hora se c ousagrase á la ora ción en el sa ntuario en qu e había pasado toda la noche orando. Bibiena pensa ba en la mu erte; él ta mbién habí a muerto... pero como en aq uella noche tan semej ante á la de la tumba no gozaba de la pr esencia de s u adorada, el pobre llorab a... e De súbi to se es tremeció. Acabab an de tocarle en la espalda. ¡Quién era el que esta ba alli? Alzó la frente: una religiosa de aventajada es ta tura y de pálid o rostro, estaba ante ól observándole con trá gi ca mirada. - ¡llIan ca!-exclamó. -¡Todavía? y a ñadid en voz baj a: -¡SU hermana! -¡Ah! ¡Con que me reconocéis á pesar de es te h ábito? - preguntó la joven COII sorda voz. I

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LOS SU RTI>RRÁNEOS n E RO MA

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- Sabía que habíai s profesado. - Es cierto; ella ha debido decfroslo .. . Parecía que un impercip tible sollozo, ahogado al nace r, había impreso á su YOZ acen to vacilanto al pronu nciar estas últimas pa labras. -¡Qué tenéis'?-p reguntó el sacerdote. i--j'Temhlá is! ¡Po r qué está is tan páli da? Si tuviese alguua desg racia qu e temer dir ía qu e ven ís á comunicá rmela ... Blan ca no coutestó á aqn ella s palab ras. - ¡Hasta ahora no os da is cnen ta de qne estoy pál ida y tie mblo? ¿No lo ad vertisteis hace di ez meses?-dij o. - ¡C.nán do? -La noche eu que fingiendo ser Julieta os he abierto la puerta del jardín. ~ - ¡Vos? ¡Eráis vos? ¡Y con qué co n objeto? --'-¿No lo habéis adivinad o? Dejadme continuar . Yo soy la que estu vo á pu nto de desmayarse cuando me pr eguntasteis hacia dónde caía el cuar to de Beat ri z. , ¡Pe ro por qu é?-murm ur aba Bibiena que casi temblaba en tonces de ad ivinar el enig ma qu e se leía en el fondo de los ardien tes ojos de la reli gi osa . - Al día siguiente caí en cama , y no la abando né sino para entrar en el claustro. - ¡Pero por qué razón? - Por la mis ma razón que os ha hecho ,¡ vos cubriros con esa sotana. -¡ Algú n a mor desgraciado?-proguntó el sacerdote. -¡Tú lo has dic ho!-exclamó Blanca con tal acento de pas ión)' de dolor, que Bibieua conmovido se puso en pié. - ¡Yo?-dij o.-¡Yo? -Sí, tú ; yo te amaba . - ¡Gran Dios! - y te amo acaso todavía ... - iHablad bajo! - No temas nada. No he venido aquí para hablarte de esto, que es r ídiculo y culpable. Haces bien en hacérme lo com prender así. Su voz silbaba. Con una ma no se oprimía el pecho dent ro del cua l palpitaba el corazón cual si quisiera saltar de s u asien to. Al cabo de una buena pa usa cont in uó: -He venido para deci rte: Tú eres sace rdote y yo rél ig iosa. Ni yo puedo se r esposa ni madre, pero tú tampo co puedes ser pad re ni esposo. - ¡Y bien qué?- pregun tó el sacerdote víctima do extraña ansiedad cuya causa no co mpre ndí a. -Pues bie n, la mujer que has amado ta nto cua nto á mí me has hecho sufrir, la mujer que convertiste en tu querida, aque lla por la cua l has estado á punto de perder la existencia ... Escuch a bie n lo qu e te digo: Yo te he cuidado y curado para deci r te: La creías mner ta... -iVive1 -¡Sí! -¡Santos de l cielo! ¿Pero y tu luto, demo nio; tn ln to y t us lágrimas. -Todo era mentira; toda servía para preparar mi venganza; h élo aq uí explicado. -¡Oh, esto es infe rnall ¡Vive y yo que acabo de morir para ella ... Esto uo puede ser. no pued e ser... Es una pr ueba. .. Tú quisieras fuese cierto, pero Dios no lo ha permitid o. Blanca so nreía . -To davía no lo sabes todo,-contin nó la monja con ca lma. Vive, pero uo vive sola .•.
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'rOXO 1

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}lISTERIOS DEL VATI CAl':O

- ¿Qué quieres decir! - Vuestros besos no han sido estériles... - ¡Un hijo?-exclamó Bibiena con voz que se ah ogaba entre sollo zos. -Que acaba de na cer en este momento. El sace rdote con los puños cerrados, dirigióse á Blanca en actitud amenazadora . - Escuch a,-le dijo. - Ten cuidado con tus palabras. Si aprecias la vida no te cha ncees . Dime que has mentid o, ó pruébam e que estás loca. Si no, por la salvación de mi alma inm ortal , te juro que te aplasto la cabeza contra esas losas, ó te ahorco en aquellas rej as... El sacerdote con el entrecejo fr unci do, los labi os apretados y los ojos relam pagu eantes de furo r, extendía ya las manos sobre Bla nca para cumplir su palabra. Ella le detuvo, diciéndole: - ¡Mira !-y le en tregó al propio tiempo la esquela de que él se apoderó al momento febril. La leyó con una mirada y lan zó un g rito terrible y penetrante. -¡Misericordia! Es cierto. .. Ella me llama ... Un hijo .. . Tengo un hijo. En s u desesper ación consideraba aqu ella ropa neg ra que ento nces le abrasaba las carnes, y amenazaha eon el puño á los san tos del altar. - ¡Jamás! ¡jamá s!-gritaba ébrio de dolor. Ater rado huy ó dejando sola en la capilla á Blanca, que acababa de caer víctima de un a congoja sobre las losas del pavimento. -¡Me llam a! - repetía el desgraciado corr iendo por los cla ustros como un loco.-¡Pero dónd e encontra rla? ¡Un hij o! ¡Quién me cond ucirá á su lado! - Yo,-dij o un a V0 7. enérgica. El sacerdote al mis mo tiempo, se sintió retenido por el brazo . -¡Simón! -¡Tenéis un a es pada!-preg untó el joven . - Sí, ten go una en mi c uarto; espera voy á buscarla. Pero y tú, ¡ti enes un caballo? -Tengo dos. - y ¡sabes el camino? -J uli eta nos espera para acompañarn os. - Un hij o,-repetía el sacerdote, mientras corría á buscar la espada .

CAPITULO XV

CUANTAS MUERTE S PUEDE COSTAR UN NACIMIENTO

-Es una niI1 a,-había dicho el médic o á Beatriz. La jov en había sonreído ligeramente. - ¡Que felicidad !-murmuraba.-Dejádm ela ver ... ¡Qué herm osa es ! Tiene los ojos de él. La madre se entregaba á locos tran sportes de alegría. El médi co la impuso silencio. La enferma sa lía de un desma yo para caer en otro. -iLlegará á tiempo de vermet-i-preguu t ó con voz débil. El médico, terribl emente inquieto en el fondo , ha cía esfuerzos para tranquilizarla, y ella le cr eía con facilidad . Beatriz ni siqu iera pen sab a, en que acaso no le quedase más que una hora !l Jl vida. In stin tivamente, como antes había desead o morir , deseaba vivir entonces, y sólo veía que Francisco iba á llegar pronto , y qu e ella le presentaría su hij a. Consultado en sec reto por la nodriza, Aquap end ente hab ía me neado tristemen te la cabeza . .Beatriz dorm ía con la son r isa en los labios. De repente se abr ió la puer ta de par en par. La joven desp ertóse sobresaltada. -¡Es él!- exclamó, abriendo los brazos para recibirle. El que en tró era su padr e. _ Beatriz in clinóse para pr oteger la cuua con su cuer po; el médi co hizo al propio tiempo un movimiento análogo, pero Galeas, mirando con desd én al ni ño, sin decir palabra. se ap oyó contra la pared como disp on iéndo se á espera r. La presencia de aqu el hombre siniestro, sumió ti. Beatriz de re pente en la amarga realidad. No á un amante, no á un padre fel iz es peraba ya; sino á un a vícti ma. Fray José no la había hecho traición á buen seguro, pero la presencia de Galeas, convertí a aqu ell a cita en una cr iminal emboscada. La j oven hab ía contado al llamar á F rancisco con su valor; pero ¡ quer ría s u ama nte

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sn sr sruos n EL VATIC ANO

defe nderse? ¡Est aría acaso la pobre condenada ant es de morir, á verl e cae r ases inado á eus piés , y á llevarse á la tu mba el terr ible remor di mien to de haber causado su mu erte? No, no podí a se r .. . Valía más pr iva rse de la alegría de verl e; no quería gozar de ella , si debía comprarla á tan sub ido precio. La enfer ma hi zo se ñas al médic o de qu e se ace rcase. -Id , os conj uro á ello,- díj ole al oído ,-vuestra pr esencia ya no es indispensabl e aqu í.. ; Id , esperad afuera al qu e va á venir, é impedidle de todos modos la en trada; decidle qu e es mi últim a voluntad , y qu e aqu í le espera la mu erte. - Voy,-respond ió Aqua pende nte. - Gracias... En el momento en que iba á sa li r, Gale as , sin abando na r s u puesto, le dij o: -Os ag radece ré qu e os que déis aquí. - Mi deber me llama en otra pa rte . - No os retiene aqu í, pu es espero que no habrá nec esidad de vos dentro de poco; per o si lo que ha d"- ocurrir, sufriese algún retraso, me pesaría tener qu e atribuíroslo. -Quedaos,-suplicóle Beatriz desde la cama ,-quedaos ,-insistió al propio tiempo qu e con la mirada le conj ura ba á qu e no desafiase la c ólera de Salviati . lIabíasele ocurrido á la joven la idea de que Bibiena no habría recibid o la carta :l. tiempo, y no podría ac udir á la cita, y confiaba en que aqu ell o podría salvarle . Aqua pende nte parecía sin duda creer lo contra rio, pues <l ió un paso hacia la puerta. Galeas adela ntóse ta mbié n en la misma dirección . -¡Cuid ado!-l e dij o,-el umbral de esa puer ta, es muy peli groso , y se pued e encontrar en él la muerte. -Eso está aún por ver,-dijo el médico . Al propio tiemp o echaba mano á la llave . -Ved como es cier to,- g-ritó Galeas desenv ainando su es pada. Aqua pende nte ni se in mutó; con ace nto tran quilo y solemne, pregu ntó tan sólo: -¡Según eso, vos asesináis á los hombres? . Galeas bajó la espada . -Os equivocáis, -dijo con g lacial son risa,- si creéis qn e es vues tra pregunta la qn e os sa lva ... -¿Enton ces qu é es? decídm elo si os pla ce. -Escuchad. ' Beatri z pr estó aten ción pr esa de g ra n an sied ad . Escu chábanse pisada s de ¿aballos y pasos en el jardín . En el mismo momento Francisco se pr esen tó en la est anc ia. -¡Beat ri z? -¡Francisco! Estos dos g ritos sa lie ro n á un tiempo res pec tivamen te, de los labios de cada uno de los am antes. La mad re se había in corporado en el lecho, y el joven estaba en sus br azos. Detr ás de Dibiena habían ent rado Simón y la camare ra , tembland o aún del sus to qne la hab ía ocas ionado el encuentro del cadáve r del ermitaño . - ¡Y el niño?-pregu ntó Francisco. - ¡Mira aquí, es un a ni ña!-respondió la madre,-m ír al a .. . -Miradla bien,-dijo Galea s, -porque va tI mor ir ... Todos ret rocedieron . - ¡Morir!-gritó Bibien a .-¡Acaso os atreveríai s?. . Galeas so nriyó con sonr isa ter r ible, infernal.

6 LOS s UDTEnn .í NROS n I' n OM.\

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- ¡Te habías llegad o á creer, qu e te h acía ven ir para casaros?- pregunt6 con sarcasmo . Beatriz le esc uchaba con los ojos desencaj ados por el espanto. Salviati con tin u6: - ¡Vamos! ya ha s contemplado bastan te á tú hij a . Ahora dámela. - ¡Ja másl - ¡Qué qui eres hacer con ella ? ¡Acaso puedes servirle tú de padre, una vez qu e te has hech o sace rdote?

Spavento había amarra do al joven noble en una de las rueda s del coc he, registrádol e los bolsill os y los cofres , y tom ado posesión del segundo alazán del tronc o. (CA P. XX.)

Beatriz lanzé un terrible ala rido . Francisco al volverse de espald a á ella , aca baba de desc ubr irle la tonsu ra que se des tacaba sobre su ca beza redonda y blanca, semejante á una hosti a. -¡Sacerdote! ¡Se ha hecho sacerdote!- mu rmu rab a descon solada. Bibiena co lérico, increp6 así al padre? - iDesgra ciadol ¡No sabías que ella lo ignoraba? -Lo sabía. - ¡Es qu e queré is asesin d a?
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}!ISTRRIOS DE I. YAT ICAl-:O

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- Cier ta men te, pero después de haber matado a l n iñ o . ~Intentadlo si os atrevéis ,-gritú el sacerdote desenvainando la espada y cubrie ndo con su c uerpo la cu na en que do rmía el r ecié n nacido, y el lech o de Bea triz. Si mún q ue se hab ía a poderado de un escaño de ma dera, lo bland ía det rás de Galeas sn hre la ca beza del viejo, y estaba á pu nto de deja rl o caer so bre e lJa. -Simún ... ~ ijo nibicna, -te lo proh ibo, te lo pro h ibo . Como el jardinero insistiese, Fra ncisco añad i6: - Es el padre de ella, y no quiero ... Sim6n arroj6 su arma al s uelo con un gesto de despecho. - Os arrepentiréis de vuestra nobleza, -exclam6. -Es cierto, -repuso el viejo . - Acaso tenga razón, pensaba e l sacerdote, pero h oy me nos que nun ca ten go e l ,1Necho de ma tarl e, ni a u n para sa lvar á los otro s dos séres . p or es to no ataca ba y no h ac ía m ás qu e de fen derse y defe n de r á los s uyos, cos a, qu e, gracias a l encarni zam iento de Galeas, n o era tarea poco d ifici l. El odio y el a mo r estaban frente á frente ... El uno era menos "a lien te, pero esta ba más colérico que el otro. Y el padre que luchaba para matar, á pesar de sus años, com ba tía si n reparar en nada, con más encarnizamiento en aquel du elo trágico, que el padre q ue l uc haba por salvar. Dos veces la espada de Galeas había roza do el pecho de l sace rdote, y dos veces Beat ri z había qu eda do como ate rrada, r epri miend o s us gritos por el temor de (lis trae r la a tención de s u amante. Los testi gos de aque lla 1uch a se es tremecIeron de repe n te. Las espadas de los dos combatientes acaba ban de cruzarse y dispo nerse pa ra nn desarme.

Galeas, furioso, con muñ eca de hierro torcía el brazo de su adversario, procu ra ndo con u n hábil movimi ento, herir al niño que estaba en la cuna Francisco había adivinado la táctica, y h aciendn u n esfuerzo supremo le vanto el brazo: la hoja de su espada se separó al m ismo tiempo de la emp uñad ura del arma de s u adve rsario . Salviat i sorpre ndido, re trocedió un paso tratando de apoya rse en la pa re d. Arrostra do por el im pu lso q ue pa r a desen red ar s u espada ha bía hech o, Fra nc isco se fué á fondo y ad ivina nd ó lo q~e podía s uceder trat6 de desviar s u a rma, pe ro sin pode rlo ev itar, la pu n ta di6 e n e l pec ho á Galeas resbalando sobre la cota de mallas q ne le pro teg ía . Un grito de estupor escapóse de todos los circunstantes. La espada de Francisco al resbalar sobre la cota, ha bía encontrado la garga nta del viejo, se la había atravesado, dejándole clavado en la pared, inmóvil , co n la boca y los ojos des mesuradamente abiertos ... . El médico se aprox imó y dijo en voz baja: --'"¡Muer to! A pesa r de l c uida do qu e para no se r oíd o pu so Aqu a pe nde n te, Beatriz le oy6, y uu grito rlel que en va no tr at arí am os de dar uu a id ea, escapóse de s us lab ios. Despu és agit6 desesperadamente los brazos, dej ó caer la cabeza so bre la almohada, y e on e l dedo segu ía señalando" la pared ensangrentada. Francisco corrió hacia la joven )' la cnbría de apasionados besos. - ¡l'er,lóna me!-excla ma ba .- Bien has visto q ue yo no lo q uería .. . Contéstame... Sob r e todo no muer as.. . Aun pa rlemos ser felices ... Yo me a rra ncaré estos malditos hábitos. )' h uirem os j untos a l pa ís en que se a ma ... á F ran c ia, como hab ía mos proyectado ante' rle que ocurri eran esta s ca tás tro fes . y la llamab a di c iend o:

Ó

LOS SURTIlRR,,:mos DIl

RO~IA

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-¡Beatriz, !lO me oyes! ... Si no pu edes responderme, vuelve tus oj os hacia tu hija y e ha cia mí .. . iBeatri z! Pero ni los ojos' de la joven se volv ían. ni se movían sus labios, que nunca ma s debían dar señal es de vida. La pobre mu chach a, lo mism o qu e su madre, no debía oir hablar á su h ij o. Una cabra de Mar ía fu e la nodri za de la pequeñuela. Bibiena, acompañado de Simón y dc Julieta, permaneció hasta In noche junto al lecho, abismado en su dolor, mirando trist emente á la qu e hab ía sido todo el amor de su vid a. Al llegar la noche, Simón qne ayudad o de! médico, h abía sepult ado el cadáve r de Galea s en un un campo de la nodriza de Beatriz, despidióse de Julieta, di ciéndola: -~lañana, al raya r el alba, baja á Flo re ncia y espérame á la en trada de la . cal le de I'or-Sanm-Maria. del lado de Lu nquarno Acciai oli, al extremo dcl Ponte- Vecc!¡lo. Simó n d ijo estas palabras co n acento som brí o, pero Juli eta no paró aten ción e n ello . y con un movimiento de cabeza le indicó qu e iría.

Despu és do prolongado in somnio, y do mortal es horas pa sadas en la ventana espe rand o en vano qu e Simón vin iese á traerla noticias, Blanca dormía finalmentc aunqu e con intranquilo y agitado s ue ño. Tendida sobre su lecho y medio desnuda, vista :i la lu z de la luna qu e penetra por la entreabierta ventana , Blan ca, .en aqu el momento , estaba tan pálida como s u difunta hermana. Las dos trenzas de su a bun da nte cab ell era que descan san en la almohada, ase méjanse á dos serpientes que se enroscan y la mu erden en el cráneo. Sin duda asaltan á la monja te r rib les visiones, pu es de cua ndo en cuando escáp an se de su garganta inarticulados gritos, y sus hermosos brazos desnudos, se mueven como para aparta r ó rechazar un es pec tro , cuya vista agita an gu stiosam ente su pecho . Después ra má s tranquilo aspecto. vaga en sus labios una sonrisa, y su fi sonomía recob Lo mi smo qu e aq ue lla n och e en qu e com en zaron sus citas con el jardinero , ap arece ah ora una sombra en la ve n ta na . Es Sim6n qu e sa lta , y andando de puntilla s se dirige ha cia la j oven, se deti en e ante ell a y la mimo La posici6n qne guarda la monja, evoca e n la mente del jardinero el re cu erdo de Beatri z exánim e en su cama. El re cuerdo aque l le opri me el pecho - ¡Mise ra ble!- m ur mura-¡y qué hermosa es! ¡Acas o el joven va arrodillarse a l lad o de la cama, y como la no ch e e n que di eron comienzo sus citas va á besarla y á jugar con su s cab ellos! La mo nja se des pier ta . Sim 6n se pon e e n pié. -¡Eres tM-pregunta ella soñ oli enta. Al jardinero le c nes ta tra bajo respond er; la voz se le a nuda e n la g arga n ta . Al fi n dice: -Sí. Veam os qu é <lirá ell a . Veamos cuál será su primera palabra . De lo qu e diga depe nde q ue se salve ó qu e se pierda, que Simón se convierta en su amante ó en su juez. Abre los oj os, coge la mano de Simón y pregunta. - y bien ¡ha mu erto! Ella misma se ha condenado. El jardinero con vo z si ngular me n te son ora, respond e: -Sí. Bla nca ab re su s brazos y atrae hacia sí á su amante. -Ven-l e dic e rozándol e el rostro con los labi os.

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~1I ~T E Rl OS

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il~1 no se mu eve? .. iAcaso no ha oído?. .

- iPor qu é no vie nes?-repite ella . - .\ quí me tienes. De un sa lto el jardinero estaba sobre la cama. Sus oj os lanz an ray os de ira , aprieta los di entes. Todos los rayo s de su fi sonomía extraordin ariamente agi tados revelan tal íero cidad , que la j oven se sie nte presa de terribl e estupor. -iSe ha br á vuelto loco?-se preguntó ella espantada. Simón con la rodill a la oprime violentam en te el pecho. La jo ven quiere gri tar .. . no pu ede. .. Aunque pudiera sería inútil, Para qu e nadi e pudi ese oír sus sollozos de arnor ha escogido una habitación muy apa rtada de las otras, y nadie oiría tampoco s us gritos de socor ro. No sabe el porqué de aquel encono de su amante, pero no qui ere suplicar, pu es se lo veda su org ullo, y adem ás está conve ncida de que par a nada serv irí a. ¡Recurrirá á la astucia? ¡Pe ro cómo? ¡Le eugañará? ¡Pero de que maneraL . Aton tada procu ra escapar á su furor ... Pero no tiene tiempo.. . El joven va de prisa, mu y de pr isa, como si temiese qu e las palab ra s de ella pudi eran desarm arl e. Blan ca cier ra los ojos resigná ndose á s u suerte, y mien tras la rodill a la oprime el pecho para lizando todos s us movimientos, sie nte un a es pantosa tiran tez en el crá neo, como si la arrancasen la mata de sus cabellos... ¡Qué quiere ha cer ! iQué gé nero de muerte pre ten de darl a? Dos cuerdas suaves, sedosas, las tren zas de sus cabellos, la opr imen el cuello anudándose sobre la nu ca . ¡Oh! y como la ap rietan a rra ncándola un g rito horri ble, espa ntoso, grito de deses peración, de furor y de agonía! Una mordaza, formada con sus pro pios cabe llos, la tapa la boca, para impedir un seg nndo ala rido. La monj a, haciend o un vio le nto esfuerzo leva nta la cabeza, qu e un a man o de hi erro, ma no implacable, sujeta otra vez sobre la almohada... s us ojos giran extraviados y parece que quieren saltarse de las órbitas.. . y nna sacudida terrible agita todo el cuerpo. Despu es todo ha concl uído. Simón agachado sobre ella, continúa oprim ién dola con el peso de su cuerpo observá ndola . Blanca ha dejado de existir. Simón intenta ar ra ncar de la boca de la víctima la morda za form ada por los ca bellos, pero los dientes enca jados con la fuerza de la desesperación y de la ago nía se lo impideri.> y al fijarse en el aspecto de aquella boca violentamen teabiorta , no se atreve á proseguir adelante; salta al s uelo, cubre el rostro del cadáver con la neg ra ca belle ra, salta de nuevo por la ven tan a, y empre nde su ca mino dejand o qu e la bri sa de la noche orée su ab rasada y sudorosa fre n te. Tris te, fúnebre, pasaba la noch e en casa de Mar ta, yen fúnebres prepa rativos se empleaba. Las últim as dis posicio nes de Beatriz habi an sido cumplidas con piad osa esc rup ulosi dad: Bibiena y Aquapende nte habían rec ibido cada un o sus legados. El sacerdote había ba utizado á su propia hija, poniéndola el nombre de María, como su madre deseaba; pi médico hab ía sido el padrino, y .fulieta la madri na. ¡Cuán sombría era la entrada en I~ vida de aqnella niña bautizada an te el cadáve r de su madre.

Ó LOS SUBl ER R,\lmOS DE RO~lA
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Es ta, am ortaj ad a con un traje bla nco, aque l traje q ue ta nto agradaba Bibiena.yquc era el q ue ella ll evab a la noch e de la primera en trev ista, fué colocada en unas angarilla s cubie rtas del follaje de los cipreses y de los chopos entre cuyas ra mas le comp lacía á ella oir el sus urro del viento durante la noche: La nodriza habí a avisado al colono de la cas a del lad o, qu e vino con su hij o pa ra cavar en el ja rdín q ue tanto á ella le agradaba, y en el sitio por ella indicad o, la fosa qu e debía ence rrar su cuerpo . Cerca de aquella tumba pr epararon otra para fray J osé , cuyo cadáver recogi er on y trasl adaron al j ardín : el sacerdote bend ijo á su confesor, qu e fué deposi tado en aq uell a ti er ra amiga por el j oven para quien ha bía sido su último pensa miento, y por q uien hab ía hecho el último sac rificio. Aqu ella misma noche plantóse un roble sobre la fosa del erm ita ño, y Bibi ena leyó más tarde en un manuscri to encontrado en el pech o del viej o fray J ase, la hi st ori a de doña Mencía y de Gia nni no, por la cua l pud o conocer q ue la semejanza de su desgracia con la de aque ll os dos amantes, fu é lo que le habíaconqui s- tado l a simpatía ~. el afecto sincero del fraile. Cuand o Fra nc isco entró en la habitación en que yacía el cadáver de su adora da, lo hall ó cu bierto de llor es qu e había recogid o la bu ena María ; envuelta en ellos fué ent regado á la tierra el cue r po de la pobre BEa tri z. El sombr ío abatimiento del sac erdote arrancaba lágr im as á los esp ectadores de aq uel enterramiento, por ta nt os conceptos doloroso . Bibie na en su desesp eración quería arrojarse á la fosa con su amada, y fué preciso para arrauc ar le de aquellos rest os rega dos por sus lágrim as, que la na turaleza misma interviniese , haciendo que la viol encia mis ma del dolor, le sum iera en un prolongado desvane cimiento. Cuando volvió en sí no recordaba de momento nada de lo ocurrido, pero al distinguir á la claridad de la lu na á los sepultureros que ter minaban su tarea , la herida qu e lle vaba en el alma se abrió de nuevo, se a hondó aún más; las lág rim as se negaron á acudi r á s us ojo s; y su pena llegó al paroxi smo del furor . Quiso atravesarse el pecho con una espada. Aquapendente le detu vo imp idi éndolo. - Sois m uy cruel, - dijo el sacerdote.- ¡Por qué me arrebatáis el ún ico recu rso q ueme q ueda! Porqué me imp edís que me dé muerte! ¡Po rque ese emp eño en obligarm e á vivir! ¡Por: qué! ... El médico si n re sponder, indicó con un ex presivo ademán la cuna en qu e dormía la niña. --Es verdad.s--exclamé Bibiena sintiendo conmoverse sus entrañ as y los sollozos acudir á su garganta.e-j'I'en éis razón .. . exi st e ella, su hija! Porque aque lla n iña era la hij a de Beatriz, no la suya: el era sacerdote: .. Má s tard e pidió al Padre Santo qu e die se por nul os sus votos y s us j ura mentos ant e el a ltar prestados; r aunq ue había muchos ej emplos de casos aná!ogo.s en qu e apo ya rse , el papa neg óse á ello , pues el pontífice en aq uella época era de la famili a de los Hovero y enemigo de los Médicis. Además, Bibiena cuando se hi zo sace rdote es taba deses p.e rado de l mundo en dema sí a para aho rcar los háb itos, y permaneci ó fiel al j uramento-que había pr estado. Algún tiempo después de estos suce sos, murió s u hermano mayor. Francisco le hab ía referido toda su trágica historia, y el enfermo, en s u lech o de muerte, prohijó á María. Grac ias á es ta adopción, Bibiena pudo ver á su hij a sin escá ndalo; y cuida r po r sí mismo de su educación á medida que iba entrando en años. Fiel á los consej os de Aquapendente, hab ía buscad o cons ue lo á sus pesares en el estud io, yen la época en qu e le hemos visto obsequiand o con una cena á León X, dr di c ábase á olvida r á Beatriz, ó más bien á creé)' qu e revi vía en aquella ado rable criatura de neg ros ojo s como su madre, y de ru bia cabellera.
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La joven amaba á Rafael, y Bibiena estaba gozoso y enorgullecido con ello. ¡Ay! ¡Quién había de imaginarse, que una terribl e aventura, contrariaría el amor de su hija, y qu e á la misma edad en que Beatriz había muerto, le sucedería á ella análoga catá strofe! Puntual á la cita, la camarera aguarda á Simón sentada en un guarda cantón á la en' tr ada de la calle Por-Santa-Maria . Por más esfuerzos que hac e no logra la pobr e contene r su s lágrimas, qu e derrama por su ama muerta, por aquel infeli z Bibiena condena do á vivir para velar sobre la hu érfana... Ella también ha prometido á Beatri z cuida r á la niña, y no echará en olvido su prom esa, Pero Simón debe ayud ar la en aqu ella empresa, y para eso es pre ciso qu e la tome por esposa. ¡Lo hará el ja r dine ro? ¡La ama aú n? La camare ra ac uérdase entonces de las sombrías palabras con que Simón se ha des pedido de ella, y el tono grave con que le ha dado • aquella cita... Echa de ver entonces la tristeza qu e desde ha cía días cubría la frente del jardinero, , como si le oprimiese secreto y prufund o pesar, y aqu ella insistencia en huir de su amada ... ¡Acaso ha conquistad o su amor otra muj er? Esta idea tortura cruelmente á la joven , pero es tal el inagotable tesoro de amor qn e sieu te por el jardinero en su pecho, que se encu entra capaz de perdonarl e, de consolarl e, si fuese preciso, pues sin duda aquell a otra le hace sufrir, incapaz de amarle como ella le a ma. Como Simón no acude á la cita, la camarera, acosada por las tristes emociones de la pasada noche, se abandona á las más sombrías quim eras, á las más tétricos presentimi entos á los qu e eh vano trata de sustraerse... ¡Acaso padece una alucinación? .. No, realmente se escuchan gritos y gemidos, mezclados con ruido de cadenas, que parecen salir de debajo de la tierra. .' Vuelve espa ntada la vista á su alrededor, y ve que está sentada junto á la prisión de los Stinche. ¡Sombrío presagio! Lev ún tase inqnieta y comienza á pasearse precipitadamente á lo largo del muell e de Lunquarno Acciaj oli , pa ra desentumecer sus miembros, de los qu e se ha apoderado el frí o de aqu ella madruga da de Octubre . ¡Por qué tardará tanto? Ha dicho que vendría al clarea r el alba, y ha ce ya rato que apuntó el día ... En la otra ori lla del río la ca mpana de Santa Felicitas toca el an gelus, y á una todas las campanas de Florencia se ponen en conmoción, semej antes á un enjambr e de pájaros qu e se despier tan al canto de un o de ellos. Im pacíente la joven no quita los ojos del Ponte- Veccliio, pero no descubre nada. ¡Ah! alguien desemboca por la calle Guig uia rdini... ¡Es ól! Final men te.. . Pero ¡con cuá nta lentitud camina! parece que se arra stra. Al verle la j oven sien te miedo... -¡Ah! al fin venís ... Julieta intent a cogerse á su brazo, pero él la recha za, y comie nza á andar por la orilla del muell e seguido de ella. Ambos g ua rda n sil encio, entregad os á sombr íos pen sami entos. -.Julieta,-dice él con voz sorda,-m e d eb éis un beso y vengo á reclamárosl o. -Estoy dispu esta, Simón , á daros diez,-cont esta h. joven aproximándose sonriente. El la recha za con dul zura. -Dentro de un momento; á mí me toca tomá roslo, no á vos dármelo. -Como querái s. -Antes es preciso que os diga una cosa . ..

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LOS SUBTgRÚ NEOS !l E B O ~I A

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Simón tiembla ; la joven , que adivina una desgracia , ; quiere a ni mar le, per o no se atreve. -Os qu ería much o, Juli eta,-continuó Simón; - os qu ería con toda mi al ma .. . -¡Es decir qu e ya no me amáis!-murmu ró la camarera. -¡Ah oral ¡oh , ah ora sí!... El j ardinero pronun cia estas palabras con pas ió n y con ternu ra .. . Ella, qu e desea vivam en te creerlo, ella que recuerda con cuá nto ca riño la estrec ha ba el día antes contra su pecho cuando al galope del caballo la llevaba á Floren cia, 10 cree since ramente. Cua ndo esta convi cción se relleja en los tranquil os ojos de la j oven , el a ñade: --Pero ah or a, ya no tengo derecho de... - ¡Qué decís! -No me interrumpáis... Dejadme tener el valor de decír oslo todo. Simón guardó sile ncio. Llegaban entonces cerca de un puen te, á aquella hora desierto, en el cual se internaron . -Soy un desgraciado ... Os he olvidado por otra parte, por una miserabl e muj er qu e se sirvió de mí para convertirme en instrum ento de su odio y de s u ven ganza. Era bellí sima, convendr éis en ello conmigo, cuan do os diga el nombre de esa muj er qu e me enrbriagaba con su am or insen sat o y me volvía loco. El jardinero se golpeaba el pecho con el puño, y g ruesas l ágrim as res bala ban por sus mejillas. J nlieta le cogió la mano. \ - No quiero siqu iera ,- dij o con d ulzura .s--sab er su nombre. Si habéis olvidado mi amor, no importa, ese desví o habrá ser vido tan sólo para hac éroslo ahora más gra to. No liareis más .. . Guardad esas lágrim as para otros dolores... Yo os amo, yo.. . -iOh! cállaos,-l a interrumpió el j oven . -Yo os amo, Simón , y os perdo no.. . -No, eso no es posible. -¡Lo d ud áis! ¡q ueréis una prueba de ellol- decía la cama rera presentándo le la fresca mejilla con coqueterí a . Estaba tan bell a con s u palidez, tan tentadora , qu e Simón se incl inó hacia la jo ven . Por un momento hasta pensó no decir un a palabra más, y besarla ó esca pa rse ; per o aqu ell o le pareció la última de las cobardías . -¡No! ¡no!-exclamó . -¡:\Ie rech azáis! -Vos sois qui en me rechazaríais si supieseis.. . - ¡Jamás! -¡Ni aun c-iando supieseis q ue la muj er á qui en yo amab a era la hij a mayor de L; aleas! La joven preguntó con asombro: - ¡Cuando ya estaba en el conven to? - Sí, cuando ya estaba en el conven to.. . El sac rilegi o se mezclaba al crimen ... - No di gáis eso, Simón. -iAh! ¡no qu er éis qu e os habl e de cri men/- re puso el des grac iado ex perim entando feroz placer en em briag a rse en su verg iien za;-¡no qu er éis qu e me trate de criminal , yo qu e he sido cómplice de todo lo '1 le ha ocurrido! - ¡Qué qu eréis dec ir!-preg untaba Julieta tembl ando de pi és á cabeza. -Quiero decir que ha sido posibl e en contrar un hombre para ay uda r á Blanca en esta obra infern al , pues todo lo qu e habéis presen ciado ha sido pr eparado por ella, un

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MIST ER IOS DE L

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h ombre que la ha pu esto a l corriente de las citas de Beat riz y de Franc isco, que la ha ayudado á poner á Roderigo y á Galeas sobre la pista de los dos amantes. -¡Dios mio!- mur muró la j oven . Simón continuó: -Francisco escapó de la mnerte, Beatri z también . Blan ca, qu e no estaba satisfecha, le quiso sacerdote, y en contró asimismo un hombre qu e la ayudase en aqn ella empresa. Aquel hombre no tenía que hacer más que en tregar en seguida, durante el oficio, la carta de Beatri z para Bibiena. Éste no era aún sacerdo te ; aun era tiempo de evitar lo, y aquel hombre no lo hi zo, sino que entregó la car ta á Blan ca, qui en sólo la dió curso cuan do ya era demasiado tarde. -¡Es posibl e?-exclamó Julieta anonadada . -Eso es un crimen, lo sé; pues ese hombre era yo... La muer te de fray José, la muerte de Roderigo, la mu erte de Galeas, la mue rte de Beatriz, todas pesan sobre mí; yo soy el responsabl e de todas ellas . El jardinero, excitándose á medida que hablaba, parecía como si se complaci ese en enca rn izarse consigo mismo . - Sí,- con tinuó,- pa ra sa lva rles á todos, no tenía más que hacer desde un prin ci pio lo qu e he hecho esta noche. -¡Qué ha béis hech ol-pregun tó Ju lieta visiblemente trastorn ada. El j ardi ner o y la camarera se habían de tenido, y se apoy aba n en el pa rapeto ó bara nda del puen te. El jov en miró á su amada cara á ca ra con fijeza, y dijo: -He es tra ng ulado á Blanca . -¡ Miser icordia! Al lanzar este gr ito ocultó el rostro entre sus man os. - Ya veis como os in spiro horror, ya veis como no alcan zaré n unca vuesfras car icias y comprend eréis que vale más qu e mu era. Esta palabra sacó á la jov en de su estupor. -¡Mo ri r?- balbu ceó. Al abri r los ojos , vio que Simó n ha bía desaparecido ... In clinóse sobre el pa rapeto arrimándose á la corriente del río: el jov en caía al río, que lo recibió en su se no cubr iéndose de es puma. .Julieta perdió el cono cimiento. Hé aquí por qué, aun hoy, es decir , cuando ocurren los s ucesos de esta histori a, J ulieta, camar er a en casa de María como lo hab ía sido en la de su madre, viste ropa neg ra , y con un adorno negro tambié n, en seña l de luto, cu bre sus cabe llos que ya comienzan á encanecer .

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CAPITULO XVI
LA SIBILA
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AMIGO

TALMUD

Al abrir e n nu estra historia es te larg o parén tesi s, hemos dejado á León X 1In poc o preocupado é inquiet o por su conversación con Miguel Ang el , á pe sar de lo cual le ha anun ciad o su vis i ta para aqu ella misma tarde . Una hora de spu é s, en e fec to, el papa es taba en el taller del esc ult or . Prom etía se el pontífice pasar tambi é n á ca sa de . Rafael , p ues aunque fuese mucho el i nt erés qu e le i ns pir aba su pr oye ct o de ca ted ra l, con cuya id ea se en cariñ aba más y má s á cada momento, la segu nda vi sita le tentaba más qu e la primera. Ade m ás, el g ra n arti sta tenía e n zozobra y di sgustado al papa , á qui en no se le iba d e la mem oria la man era qu e había tenido de hablarle de la matan za de los judios. Com o para a um entar aún el desasosie go del papa, Migu el Angel habíale enseñado la s dos estatuas de esc la vos tod a vía uo terminadas y qu e no te r minó jamá s, qu e hoy día formau parte del Museo del Lou vre , y pu ed en verse en la Sala del Renacim iento en que están colo cad a s. Con es te moti vo h abía hab lado el artista de la esclavitud de s u patria con dolor é indi gn ación, qu e recordaba el bellísimo sone to qu e había compue sto á propósito de s u estatu a de la Noche. Aquell a admirable pieza, mara vill osa escultura de muj er qu e el artis ta h abía r eprese ntado lán guidam ente a poy ada en u na cornisa , había in sp irado á un poeta con temporán eo de Migu el Angel uuo s ver sos e n los qu e, ponderando la verdad d e la obr a, se decía: «que se esperaba verla de un mome n to á otro abrir los ojo s.» El son et o del escultor , melanc óli ca respu esta á aquel galante elog io de s u trabaj o, termina ba con es te verse: «Olvi da d ur mie n do.. . No la desp ert éis.» Por todo esto Le óu X se se n tí a cor tad o y violen to e n aquella sa la at estada de boce tos seve ros, d e pi ezas de mármol e n bruto ca si, pero ya con expre si ón. Adem á s el sile ncio obsti nado de Mach ia vel li á qu ien había en contrado á la pu erta de la casa y qu e le acompañaba, no era el más á propósi to para devol ver a l sa n to padre s u bue u hu mor .
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snsrumos

DEL VATICAt\O

Por esto el prot ector de las artes d ábase pri sa de con cluir y miraba di straid am cnte lo" trabaj os del maestro, y pa ra evitar q uc le h ablase n de o tra cos a ponía siem pre so b re el tap ete s u proyecto de catedral. -Si qu eré is pasa r á a q uí os ense ña ré, - d ec íal e Miguel Ange l,- los planos qu e h e trazad o. - Con mu cho placer, -r esp ondió el pap a. El esc ult or e nt onc es, des corri endo nna cort i na, le introdujo en un a pieza cuntigua , el tall e r inti mo do nde é l os turlia ba sus g ig an tescas concepcio nes, especie de sa n t ua r io c n e l qu e los pro fan os uo ten ían en trada . -iY vos no ve nís, Machia velli? -p reg untó León X al lloren tino desd e el dintel de la pu erta. - Os sigo al mom e u to o Sin embargo , Machiavolli no se daba pri sa , y dnrante un rato permaneció oc u pa do en tarea mist eriosa en nu o de los riucones más oscu ros de l ta lle r : se había agacha do y había descubierto un yeso ocu lto det rá s de un os ca r tones y lo h a bía puesto apoyado so bre n n mu eble . Seg uidame n te lo c ubr ió co n un pedazo de tela de Siri a , y fué á re unirse con el pontífi ce y el a r tista, dejand o resbal ar por s ns la bios su enigmática so n r isa. Apen as h abía desapa rec ido de la "asta sa la, cuando detrás de un a gra n fig ur a de yeso, se descor r ió una cort l na de pú r pura , y ap areció una ca beza c uyo rost ro contin uame nte g esticulaba con exp resión diabólica , una cab eza co mo de niño mulato envejecido, e n la q ne r esalt ab an ex trao rd in aria men te dos ojos vivos, r el ucien tes é inq uiet os. . Aqu ella ftgnra ten ía u n colo r e ntre el ro sa y el bronce , segun la l uz, una nari z chata, una son risa extr a ña , cl ientes b lanquísimos , ag-udos y finos . La fr ente se apla staba de ma cl a extraord i na r io, per o e n ca mb io la bar ba se ad ela n taba mu chísimo ; al red edor d ~ aq ue l r os tr o un poco descol orido , se ex tendía resalta ndo, un co llar de pelos de un roj o cla ro. Al pr op io tiempo qu e aparecía es ta ex tra ña figura, escuc hóse un silbido en el ext rem o opues to de la sala. De r ep en te, e l sér á qni en pertenecía a que lla r idícul a máscara, d ió u n salto formidable , y en dos ó tres volte re tas se la r1'zó so b re un rnout óu de vestidos , a r ma d ur as y mantos de los q ue se usab an para vestir los modelos. Aq ue l mo ntón de tra pos habíase re mov ido ; de é l era de do nde h abía pa r tido el sil bido, y de allí se leva n ta ba una vieja de hla ncos cab ell os , corcobada y en fer miza qu e estr echó co ntra s us h ara pos mi en tras la besaba co n su desdentada boca , á la si ng ula r criatu ra qu e h á poco viéramos sa ltar, La criatura e ra un mono; la vieja an d raj osa no e r a ot ra qu e la muj er a que lla q ue en contró Ne uman n la vís pera á las pu ertas de Rom a, y qu e h abía ll am ado la sibila, la cua l design a ban los r oman os á sus h ij os pa ra amedrentarles, diciéndoles en YOZ baj a : -Es la bruja. La best ia restrega ba cariñosa su ca beza co ntra las hu esosas ma nos de la vieja que mu rmuraba entre dientes frases cortadas, con lengua gutural, que dohían ser sin du da de un idio ma de l Orie n te. Era por demás c urioso aquel co nju nto , aquel g r upo, en e l que á primera vis ta er a di fíc il con oce r c uál de los dos seres e ra el an imal y c uá l la persona. La vieja encontr úbase allí como en s u propia casa, y en efec to estaba acostumbrada a tall er del ma est r o, pu es Migu el Angel e n di ve rsa s ocas iones la había sonsacado para que se prestase á servirle de modelo pa ra te r mina l' lo s carto nes dé sib ila, qu e pinta ba co dest ino á la capilla Sixtina. Auuqu e el artista se sorprendi ese á me n udo de aq ue l carácter exua ño. ú vece; s um i-

Ó LOS SUBTE HRÁ:<EOS DE RO~lA
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á veces i n discip linado , no era hom bre que con sin tiese en perder ta n hue n modelo po r sem ejantes deta lles. El tip o aq ue l, co n el qu e dot« la Deiphica, le hab la sed ucido , y Migu el An gel n o lo hu bi era cedi do por nin gún di nero. Ella se daba por sa tis fecha co n q ue la dej asen obrar:i s u ma nera, yel artista, por tanto, n o te nía ma s que r esignarse sopo rtar algu nos e nfados y d isgus tos que a la vieja le ocas iona ba su naturaleza mi steri osa. I ntimidada la sib ila por la ll eg a da de L eón X. acompa ñado de Machiavelf i , hab ía se oc ultado co n prest eza entre un mo ntón de r opas ti ra das po r e l suelo , de l cu al sa lió a l verse sol a . Fué á sen tarse sobre un tapiz de Smyrua , sac a n do de l seno un juego de carta s usad o y mugriento . El mono sentóse e n freute de ella, y r eía y ge s ticula ba frotá ndose la s man os en pr ueba de la sa tisfacc ió n que le pro ducía aqu el placer entrevis to. La vieja di stribuyó le n ta me nte s us ca rtas de ext raños dib uj os , dánd oles for mas a u n má s extra ñas; las iha di str ibu ye ndo pr ime ro de una á un a co n ar reglo á un orden re gul ar que rompió pronto para di sp on erlas en forma de cr u z. Entonc es se detuvo y pareció r eflexionar profundamente. El mon o que la observaba pa sarse an siosa la mano po r la fr ente , la im itaba y se ra sca ba la s uya con fu r ia . Levantó por fin la ca beza la vieja y miró a l mono. - ¡Tal m ud !-le d ijo . ¿Por qu e design aba á aquella bestia con el nombre del libro reveren cia do de los j ud íos? ¡Qué ineomprensibl e i ron ía envo lv ía aqu el apelativo? El mon o de un sa l to volvi ósc de espaldas. La vieja en to nces baraj ó de n uevo las cartas y la s di spu so despu és e n for ma de cí rcu lo. - iTa l mud!-r e pi tió cerrando lo s oj os. El an im al sa ltó de nu evo, se precipitó so bre las ca rtas , y cogi ó una qu e co locó e n el lu gar de otra. Aq uella op eración dur ó algunos minutos. Despu és se ntóse de nu evo y la nzó un ag udo gr uíiido. La si bila aln-i ó los ojos y COI1s ul tó el orden de los di buj os. Silbó la vieja y el mono designó una carta, e lla la cogi ó, con t ó si ete, tom ó la sé p tima y as í h izo s uc esiva mente has ta qu e las t uvo todas e n la mano. Eu ton ees la s ex tend ió de nuevo so bre el s ue lo , con los di buj os hacia a bajo. -¡ TaJm ud!-or den ó. El mo no quit ó dos ca rtas . Mi rólas la vieja, i nllam óse s u ro s tro y gru ñ ó con voz ca vernosa . - ¡La prisión! [los sa cerdortes! isi empre los sace rdotes ! El porven ir no cambia . Se pu so en pié y con la m irada tij a, con lin uó: - No h ay dud a, el or den sa n to ha sido observado, el n úmero sagrado y las cons te lacio n es favo ra bles ... La mi rada de la bestia es tranquila; ninguna n iebla se ha interpues to entre el porvenir y yo ... La bestia sale, y el esp íritu es e l que ha bla ... ¡La pri sión! ¡ los sace r dotes ! Estas son precisamen te las dos vis io nes qu e me han as al tado durante la mi sa, las dos pa la bra s que han murm urado la voz del Nortey la voz del Med iod ía . .. ~l e las h an rep etido la palidez de la l u n a y la s r oj as tin tas de la aurora; y la CI'UZ ha habl ado tamhi én , y h a h a blado la h os tia, y s u res pu esta ha sido la misma ... E l crim en y los cr iminales, hé aquí lo qu e e ra prec iso sab er ante tudo , y hé aquí lo q ue yo se. ¡Oh! ¡id con cuidado, es p ías de a lm as ! yo leo baj o vues tra s ropas más neg ras qu e la noch e ó más roj as q ue el sol poniente, como en un libro abi erto . Los tr es c írcu los de coronas c ubren la, ca bezas tr es vec es malditas... En las tin ieb las apa rece una lu z vacilante, así co mo el
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MISTE RIOS DE L

VATl c.A~O

lu cero de l a lb a; c rece ... se ag ra n da h asta a lcanza r el tamaño de u na lám para de sa n t ua rio; .. . cuidado, p ontífi ce, su l uz ilu mi nará las pri si on es oc ultas en las e n tra ñas de la tier ra, c recer á como la ll a ma de un in ce ndi o y aca bará por co ns umirte ... y los q ue vive n morirán , y los mu ertos volver án á la vidal. .. La sibila es tab a terrible en aq uel m omen to. Su descarnad o b razo designaba aquel á qu ie n había designa do el brazo de la loca, á quien se ase mejaba e n tonces por lo a mena zado r de la mir ada y lo ásp ero de la voz. El mono pa r ecía com pr ende rla . Al esc uchar la pal a bra sac e r do tes, h ab íase ar rodilla do mu r mura ndo y go l peá n dose e l pe cho .. . Entonces la esc uchaba con gra ve continente, y po r i mitación am enazab a con su la rg o brazo h acia la puerta por do n de había desapa recido el papa ... El a nima l se de tuvo de impro viso, tira ndo á la sibila de la r opa . Un h om br e aca ba ba de entra r e n el ta lle r . E ra Ne u ma nn. -La viej a,- dij o,-la vieja, sie m pre c rey ~nd o ver visio n es. ¡Saugre de Cr is to! iY qu e ojos tan re s p landecien tes! ¡Que ocurre a quí? La viej a n o respo nd ió. - ¡OS calláis! Está bien; sois m uy d ueña de h a cerlo; g ua rdad vuestros sec r et os, bu en a muj er.' -Los se cre tos ha n pe rd ido s u nombre,- m urm u ró la sibila co n voz re posad a y co mo si hablase con sig o misma.-Ya no hay sec retos . -Sin e mbargo, los hay tod avía pa ra desap arecer en cam po llan o sin dej a r r astr o, - obse r vó Neuman n, 'f ue qu ería averig uar el mi st eri o de la desapa r ici ón de la viej a el día antes . Pero la vi ej a se lim itó á respon der : - Todo lo qu e h a sa lid o de la tier r a ha de vol ve r á ella . Dicho esto se n tóse de n u evo, al parece r dis p uesta á n o desp eg ar ya más los lab ios, pu es na da con testó cu an do e l j ove n repetidas veces la pregunta r a: - ¡ Dónde está e l ma estral La vi ej a con ti nua ba inmóvil, como si na da oyese. - ¡Al dia b lo la local-d ij o s u i nterl ocutor . El m on o le mi ró de reojo, sin q ue nos sea posible asegurar si fué la palabra loca, ó el nom bre del d ia blo lo qu e le disgus ta ra . Neu ma n n, si n i nsi s tir ya má s, se di spon ía á pon erse á trabajar, cuan do bu scando su cin ce l, seguido por Talmu d, q ue le r em ed ab a todos los movi mie nt os, vi o las car tas es parci das sobre e l ta piz. - ¡Ah, ah!- cxclam ó- ¡con qu e los dos estaba is con s ulta ndo e l porven ir? Decid me, mi entr as vi en e el mae s tro, ¡sería indiscreción, vieja m ás c uig má tica qu e la Esfinge (1), el r og aros que leva n taseis siq uie ra la pun ta del velo q ue cubre mi porvenir ? La viej a sin moverse fijó la vis ta e n él. Ne uma n n , ca mbia nd o e l tono u n ta n to zum bó n con q ue -h a bía di ch o las an ter io res pala bra s, con otro más na tu ra l, p re g untó:
(l) La Esfing e es una ficció n m itol ógica que pintaban los antiguo s con "cera de mujer)' lo restante del cuerpo de león co n alas. Decían de ella que irritado Juno porque Alcmena había dado oído s á. J úpiter, envió este mon st ruo al monte Citera rón en el cual proponía un enigma, y devoraba á los que presentán dose á ella para adivinarlo no lo explicaban. El enigma co nsistía en saber cuál era el animal qu e por la. mañana tenia cuatro pi és, dos al mediodía ~. tres por la tarde. Il efiérc se que co nociendo Edi po en esta descripción al hombre, exp licó el sentido del enigma: pt.r lo cual la E sfinge se despeñó de rabia. Edipo, sin saberlo: se casó con Ic casta, su madre, cuya mano era el premio deetinado al quc ven ciese i aquel mónstl'uo.-(N. del T),
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LOS ~U nT En n '¡ K R OS DE n OH A

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- P ie nso en una cos a, en urja cosa qu e co ns titu ye la aspiraci ón <l e tod a mi vida . I¿Cómo saldrá? ¿Lo sabé is vos? ¿Podei s decírmel o! La vieja no ap ar ta su pen et rante mirada <le la de Ne uma nn, le cogi ó la mano , exa minós ela detenidamente, y despu éa---rl ijo : -San Pedro tiene las llaves ¡í su diestr a .. , el! el manojo está la que debe abrir esta pu erta .

j Cuidado! - gritó él - no deis un }1a SO más. Ella no hizo caso de sus palabras. Fuera de si él se levantó sobre las puntas de los pié a ~' blandiendo la cacerola llena de plomo derret ido.; (CA P, XXI. ) -

-Se es tá burland o de mi ,-pensaba Ne uma n n. Como si la viej a hubiese adivinado la idea, go l peó en el suelo con el pie, el mono hi zo otro tanto, y la sibil a,- aña d ió con tono bru sco: .,....Está allí.. . Ya se acerca ... Leva nta la cab eza.. . P ero no te ha visto ... Tú eres tan alto .. . y el tan baj o... El cielo si rv e de bóveda .. . Vé con cu idado, qu e ha ll egado la hora .. . Y bien ¿qne esp eras?.. Pronto, pronto .. . ¡Bien ! , .Hetrocerlió tapánd ose los oídos y murmurand o: - ¡Parece casti go de Dios! Se inclinó h acia el s uelo como si mirase á un abi srno.i--y exc lam ó:
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~!IS T E Rl OS

DEL YATIC:ANO

- Es to es h echo ..., la s lo sa s del pa vim en to serán S il sep ulc ro ... Y los sa lpicones de s u sa ngre y de s us sesos j asp ea ran tu i nm en so pe des ta l. Dicie ndo así , levantó la sibila los brazos dejá nd olos cae r lu eg o lentamente. Talmu d i mi taba có micame n te los arle ma nes de la vieja. Ne uma n n im presiona do gnarda ba silencio cr uzado de brazo, en actitud pe nsa tiva . El mo no le imitaba como poco antes había i mi tado á la vieja. Llamaron á la puer ta . -Entrad,-dijo Neuma nn. y Hoch st ra tte n apareció e n el dintel. - ¡Ka está aquí el pad re santo?-p reguntó el gran inquisidor. - Lo ign or o, acabo de llegar. - Debe estar con Mach ivolli y ~[iguel Angel. -En todo caso debe n estar en esta habitación,-dijo Ne u manu, dirigién dos e a l tall er re servado d e su maestro; ten ed la bondad de esperar mi entras voy á ve rlo. Hoch st ra t ten y la vieja se q ued ar on solos. Al apa recer el re cién ve n ido Tal m ud h abíase esco ndido prec i pitadame nte . La vieja p ar ec ía q ue no se hu biese dado cu enta de la e ntrada del in q uisi dor. Cua n do le vantó la ca beza y le vió, n o p udo reprimir un estremecim iento de sobresa lto. Au nque n o sabía qui en fue se aq ue l hom bre, y. le viese ento nces por pri me ra vez, experime n ta ba po r aq uel in div idu o de faz descol orid a i nstin tiva repul sión . Una voz secreta , mej or d ich o, u n p rese n ti mie n to, la advertía de qu e de aqu el hombr e ves tirlo de negro y blan co , la proven ía n la ma yor parte de s ns desgracia s. La vie ja i nq uie ta h abíase p ues to en pi é. Al ve r la Hoch stratten se so r pre n dió de aq uella visi ón desagradab le. La si bila se diri gi ó ha cia é l co n ade má n íeroz. -iLos sacerdo tes! - dec ía con acen to p ro fé tico,-¡ Desgracia ! ¡Desg ra cia ! Hoeh st ra tten retroced ió es pa ntado. Hab ía visto el gra n inqu isidor qu e aq ue lla mujer de mi rada centell an te tenía larga s y pu ntia gu das u ñas con las cuales le a menaza ba, por lo cual optó por u na p ru den te reti rada. La vieja le cor tó el ca mi no de un sa lto . Abr iri bru scam ente la puer ta pri nc ipa l y desapareció cerrándola tras sí con llave. Hoch st ratten no pudo con tene r u na ca r ca jada. Pe ro la r isa expiró pronto en s u garganta, y lanzó un grito penetrante, De lo alto de una es ca ler a, acababa de cae r alguna cosa sobr e su crá neo, a lgún ser viviente que se había asido á su nuca y le sacudía con fr enéticos movimientos. Graci as á un es pej o colocado delante de é l pudo ver u n espectáculo que lo tras torn ó. Una ca ra r oja y vell uda gesticulaba adh e rida á u n cue r po de bestia qu e se r emovía hundiendo e n el cráneo y cuello del inq uisidor s us uñ as de a cero, arra ncá ndol e mechone s de cabello. La la rg a y flexible cola de l a nima l enrosc áhase en el cuerpo de la ví ctim a como si fuese u na se rpie n te . Aterro rizado el in qu isi dor r esgu ardóse los ojos co n u na m an o mientras que con la otra procuraba arrancarse del cue llo el obstinado m on o, y grita ba , ll amaba , a men azaba. y la bes tia como ex ci tada, im it aba g ro tesca' J' ter ribl em ente los gritos y qu ej idos de su presa. La Forn arin a á qu ien dejamos en la Primera P arte de es ta obra, de spu és de las esce n ~ s sa ngrie n tas de l barrio del Ghe tto, discurr ía por las ca lles de Rom a pen sando .e n e l viej o j urlío profundamente triste, y procurando en YQUO anud ar el r oto hi lo de ''lIS ro ,

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Ó L OS SUBTRRR ,(KEOS DR RmlA

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cuerdos; andando audando, s u pensamiento tomó otra dirección a u n má s a marga en la cual parecía como si se complaciese en deten er se. Ll egó ú un a pu ert a enverj arla qu e daba acceso á un !I orido j a rd ín, a tra vesó la g ra lle- ' ría ada mada de verde s lim on eros y pen e tr ó e n u na alta •y luj osa sala qu e ilumi nab a una -'"'<, ventan a prac ticada e n la parte alta de la misma . Aq ue l á qu ie n buscaba con la vis ta despu és q ue salió el criado qu e la había in tro d ucido, era Rafael , qu e ocultaba un gran li enzo col ocado en el caba llete, en euya obra trab ajaba con ardor y comp¿eta men te abst raido. Al r uido de los pasos de la jove n, alzó el a rtista los ojos de s u tarea, y :dej a ndo á Un lad o los pi nce les y la paleta eor rió al e ncue ntro de la Forn a rin a . -¡Ah! ¡sois vvs1 - p re g u n tó con voz cari ñosa; no espera ba ya veros hoy. -~Ie he retrasado mu ch o. . - Un poco , es verdad , pero no im porta, pn es au n tenemos basta n te tiempo pa ra trabaja r. Al ver á la joven dirigirse hacia un sillón de c ue ro de Venecia, sob re el c ual se veía un traj e de g ran se ñora, el artista la de tuvo d icién do la : -No, n o qui e ro ocupa rme más en ese c uadro; hoy ten go i nte nció n de come nzar otr o. Rafael apar tó el ca ball ete qu e sostenía un boceto, y to ma ndo un a tela n ue va , a ña diú: - Quiero h ace r un estud io al desn udo. La j oven se so r p ren d ió y un estremecim iento rec orrió teda sn cuerpo. -¡Ah !-exclamó . El pin tor pros .gui ó si n da rse cuen ta de la ol eada de sa ngre que ha bía invadido la frent e el e la mu ch acha: -Podéis pasar á aque l ga bi ne tito ... Pe ro daos un poco de pr isa . La joven parecía no h a ber comprend ido . En pié . con la mira da fij a en el s uelo, sin moverse del sitio, había comenzado á qui tarse su cofia blanca . después el delanta l, desp ués la saya de color el e púrp ura. Ya se ha bía quitado el corsé y es ta ba en cam iseta i n teri or bo rda rla, q ue dej a ba adivivinar u nas for mas ad mir ab les, y se disp onía á desp oja rse de aque llas ropas, c ua ndo dej ó cae r las manos, e impotente para co n tene r las lág rim as que e n a bundan cia ac udía n á sus he r mosos ojo s, ocu ltó la cara con su bra zo y proru m piú en sollozos . Rafael la mira ba con dolo rosa sorpresa . - ¡Que ten éis, Fornar ina? ¡Qué os pasa? - Xad a .. . ¡Oh! Nada ... Hacía m ucho tiempo qu e la j oven se rvía de mod elo á R afael. Hab ía comenzado por serv ir para estudi os de con j un to, y nun ca hab ía ex perimen tado aqu el pud or qu e e n aq uel mom ento acab ab a de sobrecoger la y turbarln, E ra qu e hasta e n tonc es no se había dado cuen ta de qu e a maba al pintor . Sacrifi cán dose al arte, hacía su oficio, presentando con arregl o al des eo de l pin tor sus admirabl es •formas para ser copiadas, sin expe rimen ta r aqu ella repugnanc ia que entonces la co n tenia . Mien tr as qu e aq uella fa tal pas ión había ido desarrollándose en su corazón, la joven había servido de model o vestido ... y el e r epente le e ra preciso desc ubri r las más secretos tesoros de s u interior bell eza , á aqu el á qu ien a ma ba más 'lil e á nada en el m un do .. . Y n o podía, no ... - ¡No! ¡no!- exc la maba la j oven e ntre sollozos .-¡Por favor hoy no, otro día ... Conmovido po r aqu el dolor q ue no log ra ba expl icarse , R afael la con sol ó. - ¡Y ~ y a , no ll oré is, Ma rg a ri ta, la d ij o; ya trab ajaré ot ro día . Así como así. no h ubie ra teuirl o ti empo de hace r hoy g ran cosa . pues pspero al pa pa .

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' MISTE RIOS DEL VATICANO

La Forn ari na h ab ía levan tado hasta él sus gra ndes ojos qu e le sonreían á trav és de sus l ágrim as, mi en tras q ue con el ges to le daba g racias, ta n conmcvida , ta n feliz , que inse nsib le y distr aidam ente ha bía apoyado su cabeza sobre el hombro del pintor. Estaba tan herm osa en aquel momento, con s us cabe llos s ueltos , el cuello medio desnudo, qu e Rafael no pud o contenerse y la besó en la frente. Al reci bir aque lla ca ricia la joven se est rem eció, y 'sintió reco rrer torlo su cuerpo un escalofrío ne rvioso. Vis tióse luego len tam en te. Ra fael mien tras habí a vuelto á su trabajo . La Forna rina est aba sile nciosa , y aunq ue conocía que h abía ll egad o la hora de march arse, no se a trev ía á irse si n dec ir algo qu e no sa bía lo q ue h abía de ser ... Ade más, R afa el estaba ta n complaciente aqu ella ma ñana .. , ¡No sería locura irse? ¡No parecía qu e no se aco rd aba de la otra? ¡E n aq uel beso no se le ha hría comun icado á él a lgo del amor q ue á ella la ato rmen taba? -¡Estáis resentido conmigo ?-atrevióse á dec ir al fin la muchacha, - ¡Yo? - Sí; o s hab éis enfadado y con razó n. Yo no sé lo que tenía y os pido perdón por mi ·eond ucta . Aquí me te néis dispuesta á obedeceros ahora mismo si fuera prec iso. -Es inúti l. _ . - Ya loveis como estáis enfadado conmigo. ¡No me permitiréis que vuelva otr o (Ha? -i Local-le dijo Ra fael soni'iendo .-Venid mañana , venid cuando qu er áis. -¡De veras? - Sí, naturalmen te, -con test6 el pintor miantras pensaba : - ¡Qué es lo 'lil e tendrá? ¡Sel'á por ventura algú n disguto de amor? -Es qu e me enfadaría mu ch o si me re chazas eis .. . . Ra fael estaba sen tado y ella en pié; el pin tor h ízola que se' sen tase en sus rodi llas y se ' pusiero n á con versa l'. -Tieñe necesidad de a mistad, -se decía Rafael. Y la trata ba como si fuese un niño óu n enfermo á qu ien se ad ula y ha laga para hacerle son reir. Y elogiaba su belleza diciendo que en toda Roma no se en contraría un modelo se meja nte ; 'lile dec ían que él pintaba obras maest ras, pero que la verdad era obra maest ra era ella: el úu ico méri to mío, decía el artista , esoopiaros bien . Aquella voz simpá tica y d ulce, más du lce desd e que el amor había penetrado en su pech o, em br iaga ba á la Fornarina, que se dejaba mecer por aq uella s palabras de afectu osa sim patía, sin tién dose iuva dida por atra cti vas ideas de ventura 'l ile r ecog ía en las tiernas miradas de l j oven . Contemp lá bala él, en efecto, con sus ojos de artista, y lo que ella tomaba por deseo y il ustrada por la belle za amo r, no era más que la exp resión de su admiración ferviente plás tica . Ra fael la recordé el día en qu e le hab ía visto el primer día, gracias á una casualid ad, al pasar fre nte á s u j ard ín , en cuyo seto él la había sorprendido lavándose los diminutos pi és en el Tíber, y desp ués lavan do ropa como la bella prince sa Nausicaa sorprendida por -- Ulises. ' A p ropósito de esto , le refi rió el delicioso capítulo de Homero, el rey de Utic a, es pa ntando y disp ersan do el enjam bre de bellas vírgenes griegas que estaba n jugando en el ca ñave ral. Hab la ndo de esta suer te, con las manos entrelazadas se des lizaba in sensi blemen te el tiemp o para am bos j óvenes. - ¡Si llega rá á a ma rme?- pen saba la Fo rnarina .

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Ó LOS SUB1 ERR.' NEOS DE RO~lA

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A esta idea el corazón palpitaba con violen cia dentro de su pecho . Rafael , compl aciéndo se en observar el interés con que le es cuchaba la joven, pro seguía recordándole la ovac ión que le tributaron sus alumno s, su s aplau sos, su admiración y en tusiasmo, el día en que llevada de la mano por él, hi zo su entratrarla en aqu el taller. El sonre ía por ver la sonreír, y ella , vié ndole sonreir sonreía ta mbién.

Ha)' allí un cab allo que corre á todo escape mo nt ado por un caballe ro que se lleva

.en brazos á la mujer".

(CAP. XXI.)

En aquel mom ento, un jo ven cit o en lró bruscamente en ei talí er al egre y entu siasmado . -¡Qu é ocurre, Criccot-c-le pr eguntó Hafael con viveza. -¡Qu e qu é ocurre, patrón! Es el padre san to en person a qu e viene aquí. ¡Nada menos que ese honor... -¡El papa l-e-exclama ron á un tiemp o el pin tor y su modelo poni éndo se en pié. - y con é l, - ~ ontinu ó el m uchac ho,-viene un viej o con cara de vinagre qu e lleva el cuell o todo vendado . El muchacho habland o de este fra ile se r eía .
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~ Il STE RlOS

DEL VATICA:>O

El mi smo León X, y hasta ~¡ i guel Angel, q ue , si n em ba rgo, raras veces desa rrugaba s u e n trecejo. no h abía n pod ido conten er la ri sa, cuando atraídos á la saja g ra n de del tall er del escu lt or por los ¡(r itos de Hochstratten, le habían visto forcejando por escapar de las garra s de s u adversario de c ua tro pa tas . El desg ra ciado Hoch st ratten no se r eí a ; a tenacead o, si n tie ndo co mo le desga r ra ban el cogote , grit a ba co mo un loco fu r ioso . El i nc ide n te er a g rave, y tod os ac ud ie ron e n socorro del inquisidor. Ma chi avel li so n r ien do, qu e era s u ma ne r a es pecia l de reir, Ne uma nn gra ve, pu es no se atrevía á burlarse de u n gran inquisi dor, se colgaron de la cola de Tal mud , pero cua nto má s tiraban , co n má s fuerza se a fer ra ba el mon o a l cue ll o de s u víctima, y con má s fu r or cl avab a s us uñas en la ca rne de Hochs tra tte n , que ge mía descon solada mente. E n vis ta de q ue na da se log rab a así, pen sóse en otro medio de poner fin á aq uella luch a origin al. Mach ievel l i corría bu scando u n cuchi llo, y como no lo en con trase, ru éá apoderarse de u n martillo pa ra a plasta rle el crá ne o al mono, pero aqu el, com o si ad ivina se la idea del tloreutin o, salta ba co mo un endemonia do , evita ndo los go l pes de man era ta l, que nada de particula r hu biera ten ido q ue en vez de da r en su cr áne obestia l, h ubiesen caíd o sobre e l tonsurado del i nq uisidor . ll och st ra tten co ntinuaba g r ita n do. Migue l Angel t uvo ento nces una id ea i ns p ira da : tom ó de enci ma de un a mesa un frasco el e barniz seca nte, aproximóse á Talmud y se lo a p licó desta pado á la s na r ices . El efecto tuó rápido y ma ra vill oso. El mono sac udió la cabeza hacie nd o un ges to h orribl e, soltó su presa y ec hó á cor rer por elta ller . E nto n ces d i ó comienzo á una épica pers ecu ción cuyos deta lles aumentaron la hi laridad del so berano pon tífice: Neu ma n n, Machi av el li , Migu el Angel y Hoch stratten , es te u lt imo sob re todo , perseguían co n en ca rnizamien to al an imal corriendo desatentados tra s él ; Tal mud con h a bilid a d y lige reza sorpren dente hu ía les, sa lt an do, sin derriba r nin g ún obje to, por e n tre los boce tos, los bustos y las arm as. El inquisid or q ue r ía a rrojarle un esca bel, ó ap las ta rlo debajo de un a esca le ra, y cos tó g ra n trabaj o h a ce rl e entender q ue el c ump limie n to de su venganza no valía la pe na de • ocasiona r tantos dañes y desperfectos. Hu bo un mo mento en que Neuma nn creyó haber logrado pillar al mono , q ue se había r efu g iad o e n u na ga ler ía s uperior que iba de u n ex tre mo á otro del taller: Machi a vell i entr é po r un lado y el ar tista por el otr o, quedando Talmud de aquella s ue r te , blo qu eado. Como la elevació n e ra m uy gra n de, n o creía n qu e el mon o se at reviese á sa lv arla de u n sa lto, y Hoch s tra tten la nzab a ya un gri to de trinnfo ... De repe nte el mono saltó la balaustrada y se a rrojó abajo ... Tan bi en había ca lc ulado el sa lto qu e se cog ió por la co la á un a lá mpa ra qu e se balanceaba pendien te de u na caden a lija e n el techo; de allí saltó por en ci ma del inqui sid or á quien e nco ntr ó medio de a ra ñar una vez má s de paso, yen do á se n ta rse preci sam ente de, la n te de l papa, cuyo r isa y ade manes imi ta ba , apoyándose las ma nos en el vien tre. Su Santidad se pa rtía de risa, como vu lgarmente suele decirse . -Espéra te, que te I"OY á da r ocasión de que te b urles, bes tia r epu gn an te! - g r ita ba

Hochstra tten.
(Es ind uda ble que es ta ft'a se del g ra n inq ui sid or se dirigía á Talmud y no alpapa). Mient ra s qu e así ha blaba, se apoderó de un gr ueso tapiz q ue arrojó sobre el mono . cou liando en cazarle de aque lla suerte . E l mon o ha bí a ad ivi nado la i ntenció n, y rá pi do como el ra yo, paró el go ipe COI1 un tapiz de Smi rn a .

Ó LOS SUBTER R,\NEOS DE RO ~l A

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Mientras que el tapiz lanzado por Hoch st ra tten ca ía al s uelo dando cun tra los pies del papa, el inq uisidor quedaba envue lto por el tapi z q ue le arrojaba el mo no. Con ten to de esta última jugarreta, ri éndose de los es fue rzos que hacía Hoch stra tten para desembaraza rsc del tapiz, el mono bu sca ba una esc apa toria . Incl in óse a nle el papa reve rentemen te co n las man os cru zada s sobre el pech o, y haciendo el dig no de la cruz se di spu so á esca la r á un ven tan al. Machia vcl li, que había co mprend ido la intención, gritó: - Cerra d el post ig o. - Ti rad de la cuerd a, padre santo, añadió Migu el Ang el. León X tiró de la cue rd a h acia sí; el pos tigo se cer ró con es tré pito. Le habían cortado la retirada . Otro que no fue se el ami g o de la hech icera se hu bie ra desan im ado. Talmud no obstan te, no se di ó por venci do, y cortó con los dien tes la cue rd a 'lu e León X ten ía au n en la man o y tirante. El postigo se abri ó ; el mono metió la cabeza por la aber tura, y Hochstratlen qu e aca ba ba de desembara zarse de su cap uc hó n en aquel preciso momen to, le vio salta r á un árbol de l jardín próximo, y bala nce arse en sus ra mas. Aquel j a rdín perten ecía á un convento de re ligios as, y las monj as que en él es taba n pa seánd ose, caye ro n de rodillas espan tadas, vie ndo á aque l sér negro ir de una en ot ra r ama del álamo, y sa lta r fin alm en te la ta pia , si mu la ndo bendicion es y tirá nd oles bes os con la mano, baciend o, en fin, u na i nfin idad de ges tos re ligiosos, mezclados con g estos pr ofa no s, h asta el punto q ue desde la últim a novicia á la madr e aba desa , es taba n todas persuadidas de h aber vis to a l dia blo, y la hermana tornera rec ib ió or den de cer ra r la pu erta cor riendo todos los cerrojos. La a pa rición aquella, di ó duran te mu chas noch es n;tateria para los ensueños de las buenas mo nj as. '\ Las ri sas qu e a lboro ta ba n el tall er cesaron de repe nte. El pap a se ha bia p ues to en p ié, y señalaba :i una es tatua de tama ño reg ular, qu e se veía colocada sobre un m ueb le fr en te á él, Y que el mono había desc ubie rto al coger el tapiz que ha bía ti rado á Hochstratten . La esta tua era un primer boceto de Moisés, hecho ¡pa ra la tumba ' de los Méd icis en Fl or en cia. • Pero, ¡a udacia si ng ular! Mig uel Angel ha bí a dado á la estatua del P rofeta, á quien representaba sentado y con las tablas de la Ley en la man o, los rasgos de la fisonomía de Savonarola, el fraile re publican o, el atrev ido tribuno que ha bía rehu sado la absol ución en su.Iecho de muerte al du q ue dc Flore nc ia, Lorenzo de Médicis, y á su qu erid a, Cla ri sa de los Ursi nas , al padre y á la ma dre de León X. El papa no el ij o una pa labra; miró som bría me nte á Migu el Angel, ll amó á Hochstra tten pa ra marcharse con él, y si n dejar casi que la a nc ia na cria da del esc ultor le vendase las he ri das qu e le h a bía ocasio nado el mo no, se marchó en cuauto un criado abrió la pu er ta d el ta ller que al irse h a bía ce r rado la sibila. - ¡Coloca r sob re la tumba de mis au tepasados---pensaha el pontífice por el camino.i-la estatua de su mayo r ene migo, de l propagado r de las doc trinas revo lucionarias, de aq ué l q ue predicaba la destr ucción de tod a autoridad y el adven imiento de la li cen cia y la a narqu ía! ¡Ua brás e visto a udacia semejan le! 10h! si no necesit ase del genio de ese ho mb re, ya le haría exp iar yo en un bu en ca labozo esta a fren la que tengo qu e soport a r cn sile nc io! Ta n malhum orado por esto como Hoch stra tten , llegó casa de Rafael. Lo q ue all í h a bía de ver no deb ía á bu en seguro comp lacerle mucho.
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OAPITULO XVII
PREP AR A TI VO S DE ATAQ U E

Un homb re de as pecto derr ota do env uelt o C0 11 petul an cia en un gu'on de capa, por cuyo ex tremo asomab a la punta de un largo espad6n, ap oyado en nn mu ro, con temp la ba las corrientes ag uas del 'I'Iber, toman do el sol, si n preocuparse de nad a al parece r, más qu e en mat ar perezosam ente la s' horas , Bajo su a ncho sombre ro, echad o hacia ade la n te, sin d uda para que n o le molesta se la lu z del so l, que era dema sia do viva, ap enas si se disti ngu ían las puntas de un bigote gri s, cas i blan co, y u na cicatriz q ue le cr uza ba el rostro. De cuando en cua ndo daba al g unos pas os para estirar la s piern as. Anda ba aú n con seg urida d y ligereza, á pesar de una espec ie de ri gidez qu e s ufr ía en la regi6n de la pierna derecha, q ue de vez e n cuando le arra ncaba un ligero q uej ido y un ges to. - ¡Ah ! pobre am igo ,-se decí a, -no hay más , le vas haciendo viejo. Como con tristado por es ta id ea, di6 un profundo suspi ro. - ¡Ay!-co ntinuó;- ¡d6nde están aq uellas encantadoras noches de Florencia , las asech anz as, las notab les combinaciones qu e ofre cías á los nobles tn s clien tes! ¡ay! .. . «¡D6nde están las nieves de a ntaño?.. .» como murmuraba aqu el bravo Vigile, el francés más fran co qu e be co nocido en mi vida. . En golfado en s us recuerd os, el desconoc ido i ba pon iéndose cada vez más triste y pensalivo. J - ¡Y Vigile mismo, el pobre Vigile dónd e está? en el paraíso de los va lie nt es en el qu e bellas muchach as os ll en an has ta los bor des de ri cos vinos los vasos de plata .. . en la regi 6n de los d uelo s homéricos, de los raptos por cne nta de a mantes opulen tos, de los callej ones oscur os y tor tuosos, comprometidos para los pasant es dema siado ri cos... ¡Ay! allí bri nda con Andrea , con César y con los otros .. . Sólo yo fall o en aque lla fies ta , pero no faltaré mucho tiempo. En este punto interrum pi6 sus exclamacio nes para obse rvar el muel le. -¡Nada!-murmuró. y conti nuó:

MISTERIOS DEL VATICAliO

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LOS SUBTEU,\liE OS DE ROMA

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-Cuanto antes será mejor; verdad eramente estoy cansado, más que cansado harto de esta exi stencia monótona y precaria ..... En fin, de cidme con franqueza, . ¡vale la pena para esto de haberme librado de tantos peligro s, de haber estado á dos dedos de caer en las prisiones ducales, reales, imperial es y hasta papales; de haberme escapado del fuerte San An oelo, salva ndo tres mu rallas colocadas una t r~ otra, cuyo escalamiento ocasionó la mue rt e de una mujer sobre la que ca í y qu e esta ba en ci nta; vale la pena de haber escurrido el bulto á la punta de tantas es pa das con tra mí dirigidas, que si se las clavase en el s uelo una al lado de otra se podría hacer con ellas una reja qu e circuyese el Vaticano; val e la pena de haber logrado lib r arm e de tantos amantes irritados, 'de tantas m ujeres cel osa s, de tantos m aridos enga ñ ad os, de ta ntos i nd iscreto s agentes de policía, sin con ta r los usureros, la peste y las cor tes a nas, para verme á la edad qu e tengo , yo, profesor reputado, árbitro venerad o, con sej ero en todas partes llamado , mendigando , perdio seando un n egucillo miserable para ga na r unos cnantos escudos, y teniendo qu e acoquinarme ante aprendices sin val ía ? ¡Qué asc o! Estas ultimas fras es las acomp añó de un expre si vo gesto de desprecio. - y todavía me su ced e qu e nun ca ten go s ue r te en el juego. Está claro, como he manejado tanto la es pada , me ocu r ro qu e los de dos son fuer tes ; pero no hábiles , ni ligeros .. ... ¡Ah! con franqu eza lo di g o, tan desp reci abl e y va no me parece el mundo , qu e por nada me haría frail e, s i no fu ese por el di sgusto d e ten er que sepa ra r me de Rosalinda . (Ro salinda era s u espada). - ..... Si no fue ra por el san to horror que siempre he tenido al agua, me ech a ría de ca beza en es e ele me n to' sa lob re ! Una campana daba la h ora. El h ombre co n tó las ca mpa nadas, y ex clamó: -¡M ed iod ía! la h ora e n qu e los rentistas ha cen su segunda comid a. Dicho es to movió tri stem en te la cabeza, y co mo si aun 110 estuviese seguro de la a bsoluta falta " e d in ero qn e r ein aba e n s u, bolsill os, metió otravez la mano en aqnel abi smo sin fondo qu e habí a esc ud riñado tanta s veces aqu ella mañana. ¡Nada! El bol sillo g olpe ado con fu erza no d ió soni do met álico al g un o. Entonces, con la muerte e n e l a l ma, y el estómago va cío , con nn h eroico esfuerzo, aju stase el cinturón con ambas manos . -No han enco n trado nada por vid a de ..... - exclamó.-Pero no sea mos severos; ni yo mismo tampoco h e enco n tra do nada ..... Me con ozco, en tanto no me haya dado un bu en atracón, comid o la ca nt idad s uficie n te de ca r ne , y regádola con el vino necesario y cor r es pon die nte , es inútil , no m e a cudirá uiug una bu ena in spiración . De nu evo fijó la vi sta di st raidamenie en el mu ell e. -¡ Y decir que el alm ac én d e la s id ea s es tá á cie n pa sos de aquí, e n el albergue del Padre Tíber, el má s con for ta n te de Roma, y que el fondi sta cruel ha tenido el valor de darme con la puerta e n las n arices, baj o e l pr et exto de que no le pago y que le debo ... yo no sé cuanto! ... de cir qu e.. . - No me equivo co, no,-g rit ó nuestro ind ivid uo, -¡son ellos! ¡Es la se ñ al! ¡vi ctoria! Y se puso en marcha con ligero pa so. -Esa vela qu e fiota al vi ento , quiere decir: Ven; el hostelero se ha apaciguado, el hostelero te ab re de nuevo s us brazos y s u cocina. La me sa está puesta .. . ven .. . Y ya es toy yendo . Tarareaba un toqu e de trompeta, a lza ndo la ab atida cab eza ante la 'per spectiva de la com ida, como el caballo de Job al ru mor de la batalla. -¡Voy á tener la penetraci ón de Alej a ndr o! ¡Voy á llenarme de talento hasta la g a rg a n ta, á ab re var me de ingenio en lorma líquida y de fu erza e n forma sól ida . ¡Ah! esta vez sí que e nco n tra ré ... los dio ses m e ayudan. lile si en to r enacer; por poco si caigo en la

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) ([STER IOS DEL VAT ICANO

honradez fina l.. . ¡"ivanlos h ombres de r ec nrsos! El prim er no mbre de rico qu e me sue ne a l oíd o, lo acepto co mo un a ins piración d e la Provid encia , y me pon go e n seg uida a pensar e n los med ios de acercarme á ,,1 Y ponerle formal sit io. Sí, am igos míos, sí. hérne aqu í\ .. -¡ Alto y al en ción!-dij o una voz bron ca . - ¡E h? ¡q ué es aq uello! - ¡Una a laba rda! ¡un g uardia suizo! - ¡Y bien ! ¡q ué oc urre? ¡qué hay? -¡ Guardad compos tu ra! - rep licó la voz; - ha y qu e el pa pa va á vis ita r á Rafael. En efecto, ll evada en ho mb ros se bala nceaba una li tera con las co r tinas corridas que oste nta ba n las arm as pontil1cales . El hombre se a rrod il l é, baj a ndo la (rente hasta toca r el s ne lo, si n duda por res pe to. - «El pa pa y Hafael s ha d icho este extranjero,-dijo leva n tán dose cua ndo la litera hubo pasado y poni énd ose en ma rcha ;-no pu ed e se r el papa . Si fuese.. . En aqu el mom ento ll egab aá la pu ert a del alber gue del Pad re 'l' íb er. La abrió y entró , siendo saludada su presen cia por u n viva respetuoso.

ga fael, á q uien la repenti na ll ega d a de l pontífice había pi llado despreve nido, di spon íase, ayu dado por dos criados, á volve r de cara á la pared un gra n lien zo q ue ha bía aboce tado por la mañana, c na ndo el Padre Santo e n tró en el tall er. - ~ [ e ha cog ido ,-dijo el pin to r . y saludó a León X esforzándose en atraerlo hacia ot ro ex tre mo de la pi eza en el q ue es pera ba con cn alq uiera pretexto distraerle . León X había advertido el movimien to in terr u mpido del pi ntor a l verse sorpre ndid o, y fij á ndose en s u turbación que era por demás visi ble, le pregu ntó: - ¡Qué es ese cartón? El artista ca lla ba; el papa se aproximo al lie nzo y come nzó á exa mi na rlo . - ¡Un incend io, sa q ueo, ma ta nza, jud íos q ue huy en . Est o representa el Ghe tto ! E ra u n efecto el boceto del famoso cu ad ro ti tulad o: «El incen dio de la Vill a.» El re proche m ndo co nte nido e n aq ue l li en zo e ra ta n imp la cabl e, el obse rvador se sentía so brecog ido de nna compasión tan profunda á la vis ta de aquella multitud aterrad a . de aquellos viejos salvando sus r iq uezas, de aquellas madres y de aquellas j óvenes tembla ndo pOI' s u hon or, qu e el pap a se vid oh liga do a calla rse co mo poco ha cía en casa de ~[i g n e l Ang el. Afortunadamente, aquella era la h ora en qu e el taller de l pintor se veía invadido po r los d isc íp u lo s y los a migos . J ulio Rom a no y Fa ttore lleg aron de Jos pri me ros, tras elloe ntra ro n los a migos del maes tro , su clie n te, el rico Agos ti no Ch ig i e n tre otros , aq uel ri co señor que de bía hace rle pin tar la Fornari na . La elevada sa la cubierta de esculturas , ates tada de prec iosos ta pices, e n un rincón de la cual dos jó ven es esg r imía n la espa da y otros toca ba n alg u nas pieza s mu sical es , asemejábase {, los pocos momentos al salón de un palacio en rJía de fiesta, que ofrecía un n ta hle contraste con el sombrío taller de l solitario Migu el Angel. En tre los qu e llega ro n ú Itim am en te, oncon trába nse do s da ma s de la a ri stocracia rom ana. cuya entra da había d istra ído al pa pa y a paga do sn sorda cólera contra aquellos arriv aque aparentando que se consideraban honrados por sus visitas , le reservaban rep roches ta n eloc uentes y cr ueles. Dos obje tos más interesa n tes a ú n, aca ba ban de al raer la aten ción del pontífice y la ~ Hochstra tten.

L' I:-:CE NDI O DEL BORGO. -

El Incendio de la Villa

(Co pia de una ob ra de Rafael d'Urblno . existente e n e l Va t icano, según fotogra fla mandada sacar cx pro feso á un distingu ido fotóg rafo de Rom a)

Ó LOS SliHTERRÁ~ROS DE no~l.\

Mientra s que el gra n inqui sid or con la cabeza y el cue llo ll en o de parch es veí a con d isgus to la pr es en cia de la Foruar iua y se des es pe ra ba . po r ten er que verse e n a q ue lla rid ícula facha delante de aq uella q ue á su pesar no podía dej ar de mirar co n insisten tes y am o rosas mirada s, el papa comenza ba ú pasearse po r el tall e r ex aminando las ob ras en . ~ I mi smo vis ibles, Había el ogi a do los cuadros de Cimahue, cou s us fi g uras a ltas y del gada s y l as a u reolas de oro vivo que oruaban sus ascéticas cabezas; después había pon derado la be lleza de los lienzos del Perug ian o, ot ro de l o ~ pred ecesores de Ra fael y s u p rofesor preferi do; los carIones del a rtis ta e n q ue esta ba n los bocet os de s us co mpos ic io nes gra n dios as, era n los que se llevaban la mejor parte de las a labanzas de Leó n X . De re pen