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¿ Cuáles son los componentes más pequeños de la materia?

La pregunta científica que yo creo que jamás tendrá respuesta es cuáles son los
componentes últimos de la materia y la energía, las subpartículas más pequeñas.

La primera razón que a uno puede ocurrírsele es la incapacidad instrumental: no


podemos llegar a los pedazos más diminutos del Universo porque somos incapaces de
“verlos” ; pero mi argumentación no se mueve en ese nivel: lo que yo creo realmente es
que la materia-energíaa es eternamente divisible.

Empecemos por mirar hacia lo más grande, el macrocosmos. Yo y lo que veo a mi


alrededor pertenecemos a un gran e imperfectamente esférico planeta. Los planetas
forman sistemas estelares. Esto era ya más o menos conocido por las civilizaciones
prerromanas (la introducción del heliocentrismo por Copernico en el siglo XVI no
añadió mucho en la dirección de lo que estamos estudiando). En el siglo XVIII se
conjeturó que la Vía Láctea era una gran agrupación de estrellas, una galaxia. En el
siglo XX se descubrió que las galaxias se agrupaban en címulos de miles de ellas.
Durante las últimas décadas, con la ayuda de grandes simulaciones tridimensionales con
las posiciones de muchas de las galaxias conocidas, se ha descubierto que los cúmulos
galácticos se agrupan en supercúmulos galácticos, similares a burbujas y a filamentos.
Actualmente se debate sobre la existencia de estructuras mayores en el Universo.

Vayamos ahora a la parte baja de la escala, el microcosmos. La materia se subdivide en


moléculas y átomos, la parte más pequeña que se puede hacer de ella sin perder sus
propiedades químicas1. La subestructura de los átomos se conoció entre finales del siglo
XIX y principios del XX, con Thomson y Rutherford. No tardaron mucho en aparecer
partículas y más partículas diferentes, llegándose hacia 1960 a un inmenso zoológico. El
descubrimiento de una nueva subestructura simplificó todo el asunto: los quarks. Un par
de reformulaciones de la teoría llevaron a lo que es aceptado hoy día, el llamado modelo
estándar, de principios de los años 70. Actualmente no se conocen estructuras más

1
Como es sabido, el concepto de átomo nació en la Grecia Clásica, con Demócrito.
Aunque es indudable la importancia del concepto introducido por el griego, mucho más
significativo es el haber llegado a plantear la pregunta ante la cuál él tomó la orientación
negativa, la misma que nos ocupa: ¿es la materia divisible hasta el infinito?.
pequeñas que las descritas por esta teoría: bosones gauge, leptones y quarks.
Últimamente se ha especulado con la posibilidad de que los quarks posean
subestructura.

Tras este breve recorrido, hagamos un ejercicio de imaginación e intentemos ampliar la


escala por su parte superior: pensemos que los supercúmulos de galaxias que forman el
universo se agrupan en super-supercúmulos; intentemos concebir la existencia de más
universos, y visualicemos cómo éstos se agrupan en cúmulos de universos, y después en
supercúmulos... Imaginar este proceso hasta el infinito no es especialmente difícil para
nosotros, de hecho nos parece casi evidente: al irnos “alejando” aparecerán nuevas
estructuras cada vez mayores, indefinidamente.

Intentemos ahora trasladar ese proceso imaginativo al mundo microscópico: los


leptones, quarks y bosones gauge tendrían una cierta estructura interna de subpartículas,
las cuales, a su vez, estarán formadas de elementos aún más pequeños, y así hasta el
infinito. Es difícil evitar que la idea nos provoque cierto recelo, mayor que el que acaso
sentíamos al imaginar superestructuras cósmicas. ¿Por qué? Quizás la causa de ese
sentimiento esté en el tamaño: las galaxias, los cúmulos, el Universo, son majestuosas
estructuras gigantescas a las que miramos con humildad, respeto e incluso veneración,
por lo que no nos avergüenza no saber demasiado sobre ellos; en cambio, las partículas
fundamentales, de un tamaño irrisorio, deberían poder ser perfectamente conocidas y
dominadas por nosotros, como hacemos con una triste hormiga, cuya permanencia en el
mundo depende de algo tan trivial como que haya cerca un niño armado con una lupa.

¿Pero realmente este proceso infinito en ambos sentidos sería posible físicamente? Es
una pregunta muy difícil de responder. Si nos trasladamos al campo de las matemáticas,
vemos la idea no es tan extravagante, porque conocemos los fractales, en los que
podemos encontrar infinitas super y subestructuras; pero la existencia matemática de un
concepto no implica su existencia física.

Como ocurre con cualquier teoría física (y ahí queda patente la humildad de la Ciencia),
una única contradicción daría al traste con el modelo completo. La primera posibilidad
que se nos podría ocurrir sobre nuestro caso es que si hubiera infinita profundidad tanto
en lo grande como en lo pequeño, notaríamos las perturbaciones provocadas por su
existencia; pero examinemos las ocasionadas por las estructuras conocidas:

MACROCOSMOS: Al estar situados sobre la Tierra, sentimos la gravedad que produce.


La pertenencia al Sistema Solar implica el día y la noche, y el ciclo de las
estaciones. La pertenencia del Sistema Solar a la Vía Láctea se podría observar al
comprobar el cambio de posición de las estrellas, a lo largo de miles de años,
consecuencia de que nuestro Sol gira en torno al centro de la galaxia. Las
consecuencias de la pertenencia de la Vía Láctea a un cúmulo no supone, por
ahora, ningún fenómeno observable, y, si existiera, su escala de tiempo sería de
millones o miles de millones de años.

MICROCOSMOS: Que la materia está hecha de átomos puede observarse, por ejemplo,
en el Movimiento Browniano, el “rebote” caótico de un grano de polen en las
moléculas del agua en el que está sumergido. La estructura atómica en núcleo más
electrones se observa en el conocido experimento de Rutherford, o en el fenómeno
de los rayos catódicos, que no son ni más ni menos que “chorros” de electrones.
La subestructura del núcleo se observa en las radiaciones nucleares, y la
constitución interna de protones y neutrones es casi imposible de detectar, si no
fuera por los enormes aceleradores que poseemos.

Como hemos podido ver, a medida que nos alejamos en la escala hacia cualquiera de los
dos límites, las consecuencias de los nuevos descubrimientos influyen cada vez menos
en nosotros, así que en principio tenemos carta blanca para la idea de una sucesión
infinita de estructuras cósmicas.

Otra consecuencia interesante sería que no existe la posibilidad de llegar a una teoría
física cerrada y definitiva sobre el Universo, ya que aparecerían más y más fenómenos
nuevos al acercarnos o alejarnos de nosotros mismos. Pero no creo que eso moleste a
nadie: incluso suponiendo que la escala empieza y termina realmente en los límites que
conocemos, una teoría física del Todo está lejos de ser alcanzada.

Si suponemos que las infinitas subestructuras existen, la cabeza se nos llena con miles
de preguntas: ¿Es posible que no existan a priori, sino que se vayan “creando” a medida
que son descubiertas? ¿Se puede encontrar una teoría sobre cómo serán las nuevas
estructuras que se vayan hallando, tal y como ocurre en un fractal? ¿Debería admitir la
Ciencia que es absolutamente imposible conocer el Universo? ¿Se podría imaginar a
Dios como el final inalcanzable de la escala, ya que allí estaría necesariamente la
“Causa Primera” aristotélica?

La imaginación no tiene límites, y menos en las fronteras de lo conocido, así que


permitámonos el lujo de imaginar, de crear. Hagamos caso a Albert Einstein:

La imaginación es más importante que el conocimiento: el conocimiento es limitado; la


imaginación engloba al mundo.