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SISTEMA DE UNIVERSIDAD ABIERTA VIDA ESPIRITUAL GUIATEXT DOCENTE : Pbro. Jaume Benaloy Marco E-MAIL :

SISTEMA DE UNIVERSIDAD ABIERTA

VIDA ESPIRITUAL GUIATEXT

DOCENTE

: Pbro. Jaume Benaloy Marco

E-MAIL

: capellan_uladech@hotmail.com

VIDA ESPIRITUAL

Ciclo II

Jaume Benaloy Marco

Guiatext de Vida espiritual

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Benaloy Marco, Jaume. Guiatext de Vida espiritual. 1 a edición. Universidad Católica Los Ángeles de Chimbote. Chimbote 2010.

Universidad Católica Los Ángeles de Chimbote

Jr. Leoncio Prado 443

Chimbote (Perú) www.uladech.edu.pe

editorial@uladech.edu.pe

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intelectual.

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Jaume Benaloy Marco

Guiatext de Vida espiritual

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ÍNDICE

Presentación general

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Sílabo de la asignatura

7

Orientaciones para el estudio

11

Desarrollo del aprendizaje

12

I UNIDAD: LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

1.1. Aproximándonos a la espiritualidad humana

14

1.1.1. ¿Qué se entiende por Espiritualidad? …

14

1.1.2. ¿Qué entendemos por Vida espiritual? …

15

1.1.3. Atlas mundial de los creyentes

18

1.2. La espiritualidad del ser humano

20

1.2.1. Vida espiritual, vida interior y vida creyente

21

1.2.2. Iniciativa de Dios

22

1.2.3. Naturaleza de la vida espiritual: el hombre es imagen de Dios

23

1.3. La espiritualidad cristiana

27

1.3.1. Espiritualidad trinitaria del encuentro con Jesucristo

28

1.3.2. Cristocentrismo de la vida espiritual cristiana

29

1.4. La espiritualidad de comunión: la Iglesia

39

1.4.1. Llamados a vivir en comunión

39

1.4.2. La espiritualidad de comunión

42

1.4.3. Creo en la Iglesia

45

Plan de Aprendizaje Nº 01

49

Guías de trabajo 01

50

I Evaluación a distancia

52

Agenda de Aprendizaje

53

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II UNIDAD: VIDA ESPIRITUAL CRISTIANA

2.1. Lugares del encuentro con Jesucristo

55

2.2. La oración en la vida del cristiano

61

2.2.1. La llamada universal a la oración …

61

2.2.2. Formas de la oración …

63

2.2.3. Fuentes de la oración

64

2.3. Maestros, lugares y expresiones de la oración

66

2.3.1. Maestros de la oración

66

2.3.2. Lugares favorables para la oración

68

2.3.3. Expresiones de la oración

68

2.4. Vivir la espiritualidad como discípulos y misioneros de Jesucristo

74

2.4.1. Llamados al seguimiento de Jesucristo

74

2.4.2. Configurados con el Maestro

76

2.4.3. Enviados a anunciar el Evangelio del Reino de vida

78

2.4.4. Animados por el Espíritu Santo

80

Plan de Aprendizaje Nº 02

82

Guías de trabajo 02

83

II Evaluación a distancia

84

Agenda de Aprendizaje

85

Anexos:

Anexo 1: Los símbolos de la fe cristiana. El credo

86

Anexo 2: Oraciones básicas del cristiano

87

Anexo 3: Los sacramentos de la Iglesia católica

93

Anexo 4: Las bienaventuranzas y los mandamientos

93

Referencias bibliográficas

96

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Estimados estudiantes: Presentación general de la

Estimados estudiantes:

Presentación general de la asignatura

Juntos iniciamos el curso “Vida espiritual” en la Universidad Católica Los Ángeles de Chimbote. Se trata de una asignatura transversal para todos los estudiantes que cursan el II Ciclo. Junto a la asignatura “Fe cristiana y compromiso pastoral” (VIII Ciclo) y otras propuestas extra-académicas del Servicio de Pastoral y Espiritualidad (SPES), forma parte de la Pastoral Universitaria a cargo del Departamento Académico de Ciencias Religiosas (DACIR). De este modo, pretendemos «coordinar el estudio académico y las actividades extra-académicas con los principios religiosos y morales, integrando de esta manera la vida con la fe» 1 . Lo hacemos conscientes de que una formación verdaderamente integral conlleva atención a la vida espiritual dado que «no hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo » 2 .

A través de la presente asignatura, vamos a identificar la dimensión espiritual específica del ser humano, a la vez que redescubrir las características singulares de la espiritualidad cristiana. No se trata de un acercamiento meramente teórico, sino integral y práctico en vista a una revitalización de la propia vida espiritual. Además de algunos contenidos teóricos, destacaremos sobre todo los elementos vivenciales y actitudinales. Así pretendemos cultivar nuestra vida espiritual, acoger los mejores valores de la espiritualidad cristiana, despertar la llama a veces vacilante de la fe para hacerla vida. En definitiva, queremos contribuir de forma singular a «la formación integral del hombre, la

1 Cf. Juan Pablo II. Constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae (1990), 38.

2 Cf. Benedicto XVI. Carta encíclica Caritas in veritate (2009)76; 79.

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transformación y el desarrollo del país y de la región, y el logro de una sociedad justa » 3 , fines primordiales de la Uladech Católica.

La asignatura consta de dos unidades: La espiritualidad cristiana y la vida espiritual cristiana. Muchos son los aspectos a considerar, pero vamos a profundizar en el encuentro con Cristo, particularmente en la oración, que nos convierte en sus discípulos y misioneros.

Queridos estudiantes: el cristianismo no es una opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el seguimiento del Dios Vivo con rostro humano!. Como recordó Juan Pablo II a los jóvenes, «el cristianismo no es simplemente una doctrina; es un encuentro en la fe con Dios hecho presente en nuestra historia con la encarnación de Jesús. Poned todos los medios a vuestro alcance para hacer posible este encuentro, mirando a Jesús que os busca apasionadamente. Buscadlo con los ojos de la carne a través de los acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás; pero buscadlo también con los ojos del alma por medio de la oración y la meditación de la Palabra de Dios (…) Y no os olvidéis de buscar a Cristo y de reconocer su presencia en la Iglesia. Ella es como la prolongación de su acción salvífica en el tiempo y en el espacio. En ella y por medio de ella Jesús sigue haciéndose visible hoy y sigue haciéndose encontrar por los hombres. En vuestras parroquias, movimientos y comunidades, acogeos mutuamente para que crezca la comunión entre vosotros. Éste es el signo visible de la presencia de Cristo en la Iglesia, a pesar del opaco diafragma que con frecuencia interpone el pecado de los hombres» 4 . Quien se encuentra con Él Vive. Él es el Viviente que da Vida abundante. Nuestro deseo es que, a través de esta asignatura, puedan acercarse a Él para que derrame su Espíritu, Vida nueva y dador de Vida abundante. No se arrepentirán. Es Cristo mismo quien les invita: «“¡Vengan y vean”. Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1,39).

P. Jaume Benaloy Marco capellan_uladech@hotmail.com

3 Cf. Estatuto ULADECH Católica (11.12.2008), Art.7a.

4 Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2004.

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UNIVERSIDAD CATÓLICA LOS ÁNGELES DE CHIMBOTE FACULTAD DE

UNIVERSIDAD CATÓLICA LOS ÁNGELES DE CHIMBOTE

FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES

DEPARTAMENTO ACADÉMICO DE CIENCIAS RELIGIOSAS

Sílabo de Vida espiritual

1. Información General

Sílabo de Vida espiritual 1. Información General 1.4. Denominación de la asignatura: Vida espiritual.

1.4. Denominación de la asignatura:

Vida espiritual.

1.5. Código:

3.4.0.3.2.3

1.6. Código del área curricular:

1.0 Form. Gral. Cientif-Humanista

1.7. Naturaleza de la asignatura:

Obligatoria.

1.8. Nivel de estudios:

Pregrado.

1.9. Semestre y ciclo:

I ciclo

1.10. Número de créditos:

02

1.11. Número de horas:

2 horas teórico-práctica.

1.12. Total de horas:

30 horas.

1.13. Prerrequisito:

Ninguno.

1.14. Docente titular:

Lic. Ana Arellano Carranza anais-ac@hotmail.com

Lic. Fr. Javier Abanto Silva:

Lic. María Aguilar Chávez:

Pbro. Jaume Benaloy Marco:

Lic. Valero A. Corzo Urrutia:

Lic. Chaffo Céspedes Enrique W.:

Lic. Adriana F. Juárez Valverde:

Lic. Karin Gamboa Carranza:

Lic. Bernardo Guerrero Solórzano:

Lic. López Regalado Z. Leticia:

Lic. Teresa López Vega:

Lic. Ortiz Araujo Noemí:

Pbro. Eduardo Pimentel Carranza:

Pbro. Dr. Juan R. Rodríguez Ruiz:

Lic. Carlos Santiesteban Llonto:

jaconceop@yahoo.com maria_aguilar_chavez@hotmail.com capellan_uladech@hotmail.com

valerio_05@hotmail.com

enrriquewilfredo@hotmail.com

adriana_200431@hotmail.com

profesorakarin2007@hotmail.com

elbaby1061@hotmail.com

zonialeticia@hotmail.com

teresa15.lv@hotmail.com

noemi_ortiz_22@hotmail.com

edwarpi73@hotmail.com

qahais@yahoo.com.ar

pichu35@hotmail.com

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2. Rasgo del perfil del egresado relacionado con la asignatura. Reconoce la espiritualidad del ser humano e interioriza la fe cristiana para que sea vivida, celebrada y anunciada, asumiendo un compromiso pastoral y profesional que responda a los retos personales y sociales contemporáneos.

3. Sumilla La asignatura pertenece al área de formación general científico-humanística es de naturaleza obligatoria-teórico/práctica. Tiene como propósito desarrollar la espiritualidad en los estudiantes. Sus grandes contenidos son: la espiritualidad del ser humano y la vida espiritual cristiana.

4. Objetivo general 3.4.0.3.2.3.1. Identificar la espiritualidad del ser humano, promoviendo la vida espiritual cristiana.

5. Objetivos específicos 3.4.0.3.2.3.1.1. Comprender el proceso global del aprendizaje de la asignatura, identificando la espiritualidad propia del ser humano. 3.4.0.3.2.3.1.2. Promover la vivencia gozosa y comunitaria de la espiritualidad cristiana.

6. Contenidos específicos por unidades de aprendizaje

Unidad de

Objetivos

 

Contenidos específicos

 

Aprendizaje

Específicos

 

I

Unidad

 

1.1.

Aproximándonos a la espiritualidad cristiana

La

3.4.0.3.2.3.1.1

1.2.

La espiritualidad del ser humano.

 

espiritualidad

1.3.

Espiritualidad cristiana.

 

cristiana.

1.4.

Espiritualidad de comunión: La Iglesia.

 

II

Unidad

3.4.0.3.2.3.1.2

2.1.

Lugares del encuentro con Jesucristo.

 

Vida

2.2.

La oración en la vida del cristiano.

espiritual

2.3.

Maestros,

lugares

y

expresiones

de

la

cristiana

oración.

 

2.4.

Vivir la espiritualidad como discípulos y

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misioneros de Jesucristo.
misioneros de Jesucristo.

misioneros de Jesucristo.

7. Orientaciones metodológicas Tratándose de una asignatura de régimen en tecnología educativa, utiliza la didáctica del aprendizaje significativo y colaborativo sistémico con una comprensión de la realidad integral mediada por el mundo con la guía de la Doctrina Social de la Iglesia.

La metodología se concreta a través de la propuesta de actividades problemáticas que conectan los contenidos con la realidad para preparar al estudiante en el desarrollo de la inteligencia intuitiva de los contenidos teológicos estudiados para favorecer el diálogo con la sociedad contemporánea. Los métodos, procedimientos y técnicas utilizados en la asignatura son activos y propician el interaprendizaje apoyándose en organizadores previos y contenidos multimediados.

El desarrollo de la asignatura considerará actividades de Investigación formativa, de Responsabilidad social y Pastoral universitaria, por ser ejes transversales.

8. Medios y materiales educativos En el desarrollo de la asignatura se utiliza los siguientes medios y materiales:

@distancia Texto-Guíatex-tutoría-internet-videoconferencia-chat.

Virtual

Biblioteca

Biblioteca digital

Texto-plataforma-internet-videoconferencia-tutoría chat. Catálogo bibliográfico de la ULADECH Católica. Libros y artículos digitales.

9. Evaluación

La evaluación es continua, integral y holística e integrada a cada unidad de aprendizaje. La nota promedio de la asignatura se obtiene como sigue:

I Evaluación a distancia: Activ. Investigación

10 %

II Evaluación a distancia: Activ. responsablidad social

10 %

I Evaluación presencial

40 %

II Evaluación presencial

40 %

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10. Bibliografía y Webgrafía

Biblia. Disponible en: http://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM Catecismo de la Iglesia Católica. Vaticano: Editrice Vaticana; 1992. Disponible en:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html Celam. Documento final de Aparecida. Aparecida: Paulinas; 2007. Disponible en:

http://www.mscperu.org/teologia/america/aparecida/1aparecIndex.htm

Concilio Vaticano II. Constitución Lumen Gentium. Vaticano: Editrice Vaticana; 1964. Disponible en:

http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-

ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

Gamarra S. Teología espiritual. Madrid: BAC Madrid; 1994. Izquierdo C. (dir). Diccionario de teología. 2 ed. Pamplona: Eunsa; 2007. Latourelle R, Fisichella R, Pié-Ninot S. Diccionario de Teología fundamental. 2 ed. Madrid: San Pablo; 1992. Martínez Díez F. ¿Ser cristiano hoy?: Jesús y el sentido de la vida. Estella (Navarra): Verbo Divino; 2009. Disponible en:

http://site.ebrary.com/lib/bibliocauladechsp/docDetail.action?docID=10356924&p

00=oraci%C3%B3n%20cristiana

Pontificio Consejo de la Cultura. Pontificio Consejo del Diálogo Interreligioso. Jesucristo portador del agua viva. Una reflexión cristiana sobre la New Age.

Vaticano: Editrice Vaticana; 2003.

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/interelg/documents/rc_pcin

terelg_doc_20030203_new-age_sp.html

Disponible en:

Rodríguez Ruiz J. Vida espiritual. Chimbote: Uladech; 2006. Santa Teresa de Jesús. Camino de perfección. El Cid Editor; 2004. Disponible en:

http://site.ebrary.com/lib/bibliocauladechsp/docDetail.action?docID=10053422&p

00=vida%20espiritual

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ORIENTACIONES PARA EL ESTUDIO
ORIENTACIONES PARA EL ESTUDIO

Estimado estudiante:

A fin de que pueda aprender los temas tratados en esta Guía didáctica, a continuación presentamos los pasos que deberá seguir para comprender con mayor rapidez y facilidad los conocimientos que corresponden a la presente asignatura:

1. En primer lugar, deberá dar lectura al Sílabo que se le presenta en esta Guíatext, a través de un repaso general de los títulos y contenidos, a fin de tener un visión global de la asignatura.

2. En segundo lugar, deberá leer los contenidos de cada tema. Se sugiere que los subraye con un resaltador o lápiz para hacer más didáctico el aprendizaje del curso.

3. En tercer lugar, resuelva las autoevaluaciones que se presentan en cada una de las unidades. Esto, con el fin de tener definidos los conceptos básicos e importantes de la presente asignatura. Tenga en cuenta que estas evaluaciones no deben ser anexadas en los dos trabajos que entregará como evaluaciones a distancia.

4. En cuarto lugar, la presente Guíatext está estructurada en dos unidades, con un plan de aprendizaje para cada una de ellas donde se indicarán las actividades de aprendizaje que deberá desarrollar, diseñadas en base a los temas tratados.

5. Para un óptimo aprendizaje, deberá contar con la presente Guíatext y otros documentos referentes al tema que usted crea conveniente; esto con la finalidad de ampliar y profundizar sus conocimientos acerca de la Vida espiritual.

6. Finalmente, de usted depende la adquisición de los conocimientos que deberá obtener al finalizar esta asignatura.

IMPORTANTE: Cualquier consulta que se le presente en relación a la presente asignatura, comuníquese inmediatamente con el docente responsable de la misma.

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DESARROLLO DEL APRENDIZAJE

Para comenzar

DESARROLLO DEL APRENDIZAJE Para comenzar Imagen 1: Representación del Espíritu Santo que preside el
DESARROLLO DEL APRENDIZAJE Para comenzar Imagen 1: Representación del Espíritu Santo que preside el

Imagen 1: Representación del Espíritu Santo que preside el retablo de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

«El Espíritu Santo es la Novedad,

es la presencia de Dios-con-nosotros.

Sin el Espíritu Santo,

Dios queda lejos,

Cristo permanece en el pasado,

el Evangelio es letra muerta,

la Iglesia es pura organización,

la autoridad tiranía,

la misión propaganda,

el culto mero recuerdo

y el obrar cristiano una moral de esclavos.

En cambio, en el Espíritu Santo,

el mundo es liberado,

el hombre se perfecciona,

Cristo Resucitado está aquí,

el Evangelio es fuerza de vida,

la Iglesia significa comunión trinitaria,

la autoridad es un servicio liberador,

la misión es Pentecostés,

la liturgia es memorial y anticipación

y la acción humana es divinizada » 5 .

5 Ignacios Hazim. Intervención en el Consejo Ecuménico de las Iglesias. Upsala 1968.

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Para la reflexión personal: 1. ¿Qué sería nuestra vida y

Para la reflexión personal:

1. ¿Qué sería nuestra vida y nuestra fe sin la presencia del Espíritu Santo?

2. Invoca con frecuencia el don del Espíritu:

¡Ven, Señor Jesús, y envíanos tu Espíritu!

Llénanos con sus siete dones y haznos dóciles a sus inspiraciones.

I UNIDAD:

LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

a sus inspiraciones. I UNIDAD: LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

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1.1. Aproximándonos a la espiritualidad humana.

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra.

La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo,

y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas»

(Gn 1,1-2)

1.1.1.¿Qué se entiende por “espiritualidad”? 6

Clarificando términos Para comenzar nos serviremos de las aportaciones de diversos teólogos sobre algunos términos que con frecuencia aparecen íntimamente relacionados, pero que conviene distinguir:

a) Espiritualidad 7 El término «espiritualidad» puede tener los siguientes significados:

la espiritualidad es «la cualidad de lo que es espiritual», por ejemplo, de Dios, de los ángeles, del alma humana, de la Iglesia, a)Espiritualidad es «la cualidad de lo que es espiritual» (por ejemplo, de Dios, de los ángeles, del alma humana, de la Iglesia). b)Espiritualidad es sinónimo de piedad realmente poseída (por ejemplo, de un santo, o de todo aquel que tiene relaciones de servicio con lo Divinum, aunque no sea cristiano), c)Espiritualidad es la ciencia que estudia y enseña los principios y las prácticas que componen la piedad o el servicio de Dios. d)Espiritualidad equivale también a doctrina espiritual, incluso a la misma «teología espiritual ascética y mística». e)Espiritualidad puede también identificarse con escuela de espiritualidad.

6 Cf. E. Ancilli. Diccionario de Espiritualidad. Barcelona: Herder; 1983. 7 Cf. Diccionario de Espiritualidad, Espiritualidad , Herder, 1989.

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Hay también muchos sinónimos usados o preferidos por autores para indicar la espiritualidad entendida como servicio de Dios o como ciencia espiritual. Citamos algunos: camino de vida espiritual, método, modo o modalidad, orientación, mentalidad, corriente, actitud, fórmula, forma o norma de vida, aplicación o interpretación particular del mismo ideal evangélico, estilo o tipo o género de vida religiosa, matiz, tradición espiritual, experiencia, caracterización. En los documentos pontificios salen con más frecuencia los siguientes sinónimos: camino, método, forma, género de vida, doctrina ascética, enseñanza espiritual, fisonomía o familia religiosa, espíritu escuela espiritual.

Como vemos, resulta difícil presentar una definición universalmente aceptable de espiritualidad. Encontramos distintas formas de entender la espiritualidad 8 :

a. Por un lado, es común presentar la espiritualidad como sinónimo de vivir bajo la

acción del Espíritu. Vida espiritual y vida en el Espíritu se presentan como la misma realidad. No cabe la duda que la presencia del Espíritu es lo más radical en la espiritualidad. Pero se necesitan, además, otros datos.

b. Por otro lado, se presenta también la espiritualidad como la forma envolvente y

unificadora de entender toda la vida: Dios, el hombre, la muerte, el universo, la historia, el amor. H.U. von Balthasar describe la espiritualidad como «la actitud básica, práctico o existencial, propia del hombre y que es consecuencia y expresión de una visión religiosa -o, de un modo más general, ética- de la existencia». En esta definición plantea la espiritualidad como expresión de la persona integrada desde el valor religioso.

Los autores católicos admiten la existencia de espiritualidades específicas en el seno de la común espiritualidad cristiana y católica, aunque hay diferencias y divergencias en el modo de concebirlas. Hay una gran riqueza y variedad de espiritualidades y de escuelas respectivas en la única Iglesia de Cristo.

Para tratar de distinguirlas, proponemos diversos criterios para su clasificación:

a. Criterio étnico-geográfico: por ejemplo, espiritualidad oriental y occidental, italiana, francesa, española, alemana, rusa, inglesa, americana, etc.

8 Cf. S.Gamarra. Teología espiritual. BAC: Madrid; 1994: 36-38.

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b. Criterio doctrinal o según las verdades de fe preferidas: espiritualidad trinitaria, cristológica, pentecostal, eucarística, mariana, etc.

c. Criterio ascético-práctico o según las virtudes preferidas, enseñadas o practicadas particularmente: espiritualidad de la penitencia, de la gratuidad, de la liberación

d. Criterio antropológico o psicológico: espiritualidad intelectualista o especulativa, afectiva, práctica.

e. Criterio de los estados y de las profesiones: espiritualidad laical, presbiteral y religiosa; de los médicos, de los maestros, de los campesinos, de los obreros, de los literatos, etc.

f. Criterio histórico-cronológico: espiritualidad paleocristiana, medieval, moderna, renacentista, barroca, contemporánea.

g. Criterio de los grandes fundadores de órdenes o congregaciones religiosas:

espiritualidad agustiniana, benedictina, franciscana, dominicana, carmelitana, ignaciana, salesiana, etc. Generalmente, se da preferencia a este criterio.

1.1.2.¿Qué entendemos por Vida espiritual? 9

En sentido estrictamente cristiano la vida espiritual es la vida misma de y en el don Dios, comunicada en Cristo, del Espíritu Santo que anima la existencia del creyente. La vida espiritual es la vida según el Espíritu, la existencia humana conducida por la parte más noble de uno mismo, que es el Espíritu Santo dado a los creyentes. Vida espiritual es también sinónimo de vida cristiana en el sentido profundo de «vida en Cristo» es decir en comunión con Cristo y según su palabra. La connotación de «vida espiritual» tiene especialmente en san Pablo una referencia explícita a la dialéctica hombre carnal-hombre espiritual (pneumatikós) (cf. 1 Cor 2,14; 3,3) y a la convicción de que los cristianos como hijos de Dios «son guiados por el Espíritu», «viven según el Espíritu» (Rom 8,14; Gál 5,25). La palabra espiritual recuerda siempre la acción personal del Espíritu Santo. Los escritores cristianos de la antigüedad forjaron entonces la palabra spiritualis, aplicada posteriormente a la vida cristiana o al conjunto de sus valores y ejercicios (spiritualitas).

Por tanto, en el sentido más usual la vida espiritual se ha convertido hoy, con las

9 J. Castellano. Vida espiritual. Diccionario Teológico Enciclopédico. Estella: Verbo Divino; 1985. Disponible: http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=848; cf. J. Castellano. Liturgia y vida espiritual: teología, celebración, experiencia. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica; 2006: 34-36.

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relativas matizaciones, en sinónimo de vida interior, cristiana, evangélica, virtuosa, vida de perfección o de santidad, ascesis, mística, con todas sus exigencias y componentes. La complejidad y riqueza de este concepto no nos permite más que señalar algunos aspectos o connotaciones generales.

a. La fuente de la vida espiritual es la misma revelación de Dios, entendida como

autocomunicación de Dios mismo, de su verdad, de su vida y de su designio de salvación, por medio de Cristo y en el Espíritu Santo, con la que Dios invita al

hombre a comulgar con él (DV 2), para que pueda realizar su vocación de criatura

y logre alcanzar la razón más alta de su dignidad, que es la comunión con Dios (GS 19).

b. Esta vida divina, anunciada y ofrecida en Cristo, se comunica por medio de los

sacramentos, especialmente mediante el bautismo, sacramento de la regeneración y «puerta de la vida espiritual», y mediante la eucaristía, que es como «la consumación de toda la vida espiritual», según la conocida expresión de santo Tomás (S. Th. 111, q.73, a.3 ad c).

c. Como la vida espiritual ha sido vinculada por Cristo a la economía visible

sacramental de su Cuerpo que es la Iglesia, en la que se comunica la vida divina por medio de los sacramentos (LG 7), la vida espiritual cristiana es indisolublemente vida en la Iglesia y en comunión con ella, con su ministerio, con su liturgia, con su misión; el crecimiento en la vida espiritual se mide por una maduración de la vida eclesial en las obras de evangelización, de caridad, de testimonio apostólico.

d. Para acoger y desarrollar la vida cristiana, el creyente posee el organismo sobrenatural de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, del don personal

del Espíritu Santo y de sus dones específicos, los cuales, a pesar de que han sido conferidos por Dios, se activan mediante la respuesta libre del hombre para llegar

a

la plenitud de la vida divina.

e.

Los compromisos y los frutos de la experiencia cristiana tienen una incidencia

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particular en el crecimiento de la vida espiritual, ya que tienden a desarrollar la gracia y a configurar desde dentro al cristiano hasta la madurez según las normas del Evangelio, las bienaventuranzas, que son el código de la nueva vida en el reino de Cristo, las virtudes morales, los dones y los frutos del Espíritu Santo. Son el criterio claro y seguro de discernimiento de una auténtica vida espiritual, que encuentra en la caridad con Dios y con el prójimo la plenitud de la ley nueva y de la vida.

f. La vida espiritual se desarrolla mediante las virtudes teologales y tiende a la

comunión perfecta con la vida trinitaria; alcanza un dinamismo particular mediante

la oración y la unión con Dios, acompañada de la ascesis para realizar la vocación universal a la santidad (LG V). Esto requiere una adecuada formación y un cuidado espiritual particular en comunión con la Iglesia.

g. La vida espiritual, aunque responde a una vocación común y comunitaria, exige

la respuesta a seguir la propia vocación en la Iglesia, con una atención particular a la llamada y al servicio eclesial, a la misión, a las circunstancias concretas de vida y de trabajo (vocación sacerdotal, religiosa, laical, matrimonial).

h. Finalmente, como atestigua la historia de la Iglesia y en particular la historia de

la espiritualidad, bajo la guía del Espíritu Santo, la vida de los cristianos en cada época y en cada cultura puede revestir características que expresan diferencias y matices a la hora de atestiguar la riqueza inagotable de la gracia de Cristo, aun dentro de la unidad fundamental de la santidad cristiana, con sus tendencias, sus maestros, sus movimientos, sus experiencias de vida espiritual, sus modelos de vida y santidad. Esta variedad de expresiones responde, por una parte, al camino que va recorriendo la Iglesia en el tiempo y, por otra, a las circunstancias geográficas, históricas y culturales diversas que tiene que arrostrar la Iglesia en su diálogo con el mundo en que vive. A esta renovación y enriquecimiento de la vida espiritual de la Iglesia contribuye la acción del Espíritu, que rejuvenece continuamente a la Esposa de Cristo y la lleva hacia la plenitud de la vida y de la santidad (LG 4).

1.1.3. Atlas mundial de los creyentes

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Fuente: The Power Of Faith. How Religion Impacts Our World.

Fuente: The Power Of Faith. How Religion Impacts Our World. Der Spiegel special N° 9/2006.

«El paisaje religioso mundial está atravesando una verdadera conmoción. Las

recomposiciones del islam o del cristianismo, el ascenso del secularismo, el choque de los fundamentalismos así como las renovaciones espirituales auténticas tienen un impacto directo en nuestras sociedades. Demografía, economía, derecho, medio

desde la vida personal hasta las relaciones internacionales,

ambiente, paisaje urbano

nada es ajeno a la religión. La cultura permanece opaca y la geopolítica no puede entenderse si se ignoran esos cimientos y estremecimientos (…).

Iglesias, templos, mezquitas: las religiones, ancladas en el espacio geográfico, llevan en sí la identidad de los pueblos. Las religiones evolucionan, se expanden, se retraen. Santuarizan territorios; destinan otros a lo prohibido. Parroquias de los católicos, bosques sagrados de los animistas, marcan con su impronta el recorte espacial. También conquistan territorios. A mediados del siglo XV, el cristianismo parecía ser una religión de europeos, mientras que le islam era ante toda la religión de los árabes y los turcos. Sin embargo, a partir del siglo XV, ambas religiones comenzaron una nueva expansión, aprovechando los progresos de la navegación. En esa época, la mayor parte del resto del mundo -las Américas, Australia y la mayor parte de África- adoraba a dioses locales y vivía alejada de los monoteísmos conquistadores. La expansión de esas dos religiones transformó entonces el mundo y condujo a la casi desaparición de los cultos locales. En el siglo XX, el marxismo y el secularismo impactan sobre las identidades religiosas. La

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caída del comunismo en 1991 conllevó una revitalización de la espiritualidad: se redescubre la religión incluso mientras el comunismo todavía está en el poder, como en el caso de China y de Corea del Norte. Ese resurgimiento del espíritu religioso no significa que haya un esfuerzo por recuperar los buenos viejos tiempos: las creencias han

sido transformadas por la experiencia vivida» 10 .

sido transformadas por la experiencia vivida » 1 0 . Fuente: The power of faith. How

Fuente: The power of faith. How religion impacts our world. Der Spiegel special N° 9/2006 11 .

Para la reflexión personal:

1.A la luz de todo lo leído, atrévete a dar una primera definición de “vida espiritual”. 2.¿Por qué consideras que, desde siempre y en todo lugar, la humanidad cultiva la vida espiritual? ¿Qué beneficios le comporta a nivel personal y social? 3.Invoca al Espíritu Santo que está en ti y haz un compromiso de cuidar más y mejor tu vida espiritual.

haz un compromiso de cuidar más y mejor tu vida espiritual. 1.2. La espiritualidad del ser

1.2. La espiritualidad del ser humano 12

«Los que viven según la carne, desean lo carnal;

mas los que viven según el espíritu, lo espiritual.

Pues las tendencias de la carne son muerte;

10 Denis J.P. El Atlas de las religiones de Le Monde Diplomatique. Edición Cono Sur. Buenos Aires: Capital Intelectual; 2009: 14 11 Para un análisis más detallado de cada una de las principales religiones en el mundo:

http://www.spiegel.de/international/spiegel/0,1518,460233,00.html

12 Cf. P. Marti. Vida espiritual. En: Izquierdo C (dir.). Diccionario de teología. 2ed. Pamplona:

Eunsa; 2007: 1010-1012.

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mas la del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios (

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis»

(Rom 8,5-13)

)

Un primer sentido de «vida espiritual» es el que se refiere a la vida de los seres espirituales, del mismo modo que la vida vegetal es la vida de las plantas, o la vida animal la de los animales. Pero no todos los seres espirituales son iguales. Cuando se trata de la espiritualidad del ser humano es preciso matizar, para diferenciarla de la espiritualidad de Dios o de los ángeles.

Es cierto que la vida espiritual es la vida más allá de lo sensible o material; pero profundizando más, podríamos afirmar que la vida espiritual es principalmente la vida de relación con Dios. Pero si la vida espiritual es la vida de los seres espirituales, la vida espiritual humana es toda la vida del ser humano, toda la vida humana y no sólo su trato con otras personas o con Dios.

Por tanto, es necesario preguntarnos por el sujeto concreto de esa vida: ¿qué caracteriza la vida de ese ser espiritual que es la persona humana? Por ser espíritu debemos subrayar que en el ser humano todo va más allá de lo sensible y material. Acciones como la nutrición, el crecimiento, etc., cuando las realiza el hombre participan de su dimensión espiritual, nunca son simplemente acciones materiales o sensibles. Toda la vida del hombre es espiritual, también las actividades marcadas claramente por su corporalidad como el comer, vestirse o descansar. Lógicamente algunas acciones tienen un mayor grado de espiritualidad, pero todas participan de esa dimensión superior. Por ser espíritu encarnado que necesita de lo corporal, no puede conocer ni amar independientemente de lo material.

Ahondando un poco más en esta realidad, no podemos olvidar que la humanidad tiene su historia. Una historia que puede describirse en su dimensión más profunda como

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«historia de salvación». Ella nos habla de la vida y la relación existente entre Adán, padre de los hombres, y Cristo, nuevo y definitivo Adán. Esta relación implica que el modelo de hombre es Jesucristo; y por tanto que el discípulo de Cristo -el cristiano- es el ser humano más auténtico, que todo ser humano está llamado a ser cristiano (por medio del don de la gracia), que la vida cristiana es una especial plenitud de la vida humana.

Podemos afirmar en una primera aproximación que dos notas caracterizan la vida espiritual. De un lado, la conjunción de vida espiritual, vida interior y vida creyente, aunque esto no sea algo exclusivo de la vida cristiana. De otro, y aquí reside lo radicalmente nuevo, ser fruto de la iniciativa divina y, por tanto, don gratuito que eleva el ser humano al nivel sobrenatural.

1.2.1. Vida espiritual, vida interior y vida creyente

La vida espiritual se relaciona con la vida interior y con la vida propia de un hombre y de una mujer creyente, aunque no significa lo mismo. Se advierte en la historia y en la persona individual cómo espontáneamente la vida interior lleva a la vida espiritual de relación con los demás, y cómo no, también de manera espontánea, la búsqueda del otro que lleva a la búsqueda del Otro, de ese ser trascendente y divino que es Dios. La vida interior, la vida espiritual y la vida religiosa se integran de manera armónica. «Desde este punto de vista, el cristianismo aparece como una forma de vida espiritual en la que la relación más personal y más íntima se produce con un Dios -que es también lo más personal en su realidad trascendente-, una relación que está plenamente reconocida y formalmente cultivada. El cristiano, frente a otras formas espirituales como el budismo o hinduismo, tiende a la expansión completa de una vida plenamente humana, al mismo tiempo que plenamente personal, en el descubrimiento de un Dios que no sólo es también una persona, sino el ser personal por excelencia» (L.Bouyer).

persona, sino el ser personal por excelencia» (L.Bouyer). Dimensiones esenciales de toda espiritualidad: 1 3 1

Dimensiones esenciales de toda espiritualidad: 13

13 Cf. S.Gamarra. Teología espiritual. BAC: Madrid; 1994: 33-36.

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1.El camino hacia el interior. 2.El camino a lo trascendente. 3.El camino hacia los otros.

1.2.2. Iniciativa de Dios

La vida espiritual cristiana implica esta armonía entre interioridad, espiritualidad y religiosidad, pero no radica ahí su principal novedad. En el fondo no basta simplemente con decir que la vida espiritual cristiana está dominada por la idea de que Dios es persona. Hay que decir algo más: esa vida nace del hecho de que Dios se nos ha revelado como tal, nace de la iniciativa divina. Dios se nos ha dado a conocer en Cristo como alguien, por sus palabras y por sus acciones. Toda la vida espiritual de los cristianos se origina y se funda en el hecho de que Dios nos ha hablado a través de su Palabra viviente, que se ha hecho carne entre nosotros. En otros términos, la vida espiritual en el cristianismo no parte de cierta concepción sobre Dios, ni siquiera de la idea de un Dios personal, sino de la fe propiamente cristiana. Es decir, de la vida del Dios trino anunciada y comunicada en Cristo, transmitida por el Espíritu Santo a través de la Iglesia a cada hombre. El asentimiento que damos a la palabra de Dios, la fe, es un asentimiento fundado en nuestra libertad de querer creer, pero sobre todo en el don de Dios que nos da a conocer esta palabra, que se nos entrega en Cristo Jesús.

La iniciativa de Dios no es sólo un mensaje, sino una persona -Jesucristo- en la que se nos comunica el mismo Dios trino. La vida espiritual se presenta así como la vida en Cristo. «No soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí». Esta vida por Cristo, con Cristo y en Cristo propia del mensaje cristiano es la vida según el Espíritu divino que Dios ha derramado en nuestros corazones; la vida de hijos de Dios que se relacionan con su Padre Dios a lo largo de su vida terrena, a la espera de la plenitud eterna. Así pues, la vida cristiana, que engloba todo lo humano, tiene como modelo a Cristo y en Cristo es vida de relación real con la Trinidad. Como vemos, muchos aspectos configuran la vida cristiana. Por eso, junto a la perspectiva antropológica (la vida cristiana es la vida espiritual del ser humano elevado por la gracia), núcleo central de nuestro estudio porque lo que nos interesa es la vida

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espiritual del hombre cristiano, debemos tener en cuenta la perspectiva trinitaria y cristológica. Ambas están íntimamente ligadas porque Cristo, Hombre perfecto, es el Verbo de Dios encarnado. Si desde la perspectiva trinitaria se subraya la vida cristiana como vida de hijos de Dios Padre en el Hijo por el Espíritu Santo, la vida cristiana es la vida espiritual guiada bajo la acción del Espíritu. Desde el principio cristológico se muestra la Humanidad Santísima de Jesucristo como camino hacia el padre que debe seguir el hijo de Dios. Lo esencial es el fundamento antropológico sobrenatural de la vida cristiana, pero éste sólo se entiende desde el aspecto cristológico y trinitario. La vida espiritual cristiana es la vida del cristiano, en Cristo y con la Trinidad.

Dos verdades teológicas nos sirven de clave para estructurar la reflexión. La definición del ser humano: el hombre es imagen de Dios, la imagen personal de Dios en el mundo actual, y la consideración de que el cristiano es hijo de Dios. El ser humano es imagen unipersonal del Dios tripersonal. El conocimiento y amor humanos llegan a ser realmente conocer y amar a Dios porque Dios mismo inhabita en el alma y actúa en el mundo a través del hombre: el Espíritu Santo derrama la caridad en el mundo a través del corazón humano. El hombre conocer y ama a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque participa de su vida íntima como verdadero hijo de Dios.

1.2.3. Naturaleza de la vida espiritual: el hombre es imagen de Dios 14 .

«Dios creó al hombre a su imagen,

a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó»

(Gn 1,27)

El ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Es por ello que ocupa un lugar único en la creación: sólo él está llamado a participar en la vida de Dios por el conocimiento y el amor. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad. De todas las criaturas visibles sólo él es «capaz de conocer y amar a su creador» (GS 12), porque es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (GS 24).

El hombre es a imagen de Dios porque -como Dios- es espíritu, ser dotado de

14 Cf. P. Marti. Vida espiritual. En: Izquierdo C (dir.). Diccionario de teología. 2ed. Pamplona:

Eunsa; 2007: 1012- 1017.

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inteligencia y voluntad, capaz de conocimiento y amor y, en consecuencia, apto para trascender la materialidad y, con ella, el espacio y el tiempo. Hay una proximidad a Dios, que le abre a la relación directa con Dios mismo. Porque es espíritu puede conocer a Dios, saber de Dios, relacionarse con Dios.

a) Espiritualidad: La vida espiritual está marcada por la presencia de la inteligencia

y de la voluntad, que permiten conocer la verdad y amar el bien. El ser humano ha sido creado por amor y ha sido destinado al amor. La felicidad para los seres espirituales es la posesión de la verdad, sobre todo, la Verdad suprema, Dios.

b) Relacionalidad: Que el ser humano es imagen de Dios significa que es persona,

no es solamente algo, sino alguien. Es decir, un sujeto único e irrepetible capaz de conocerse (por la inteligencia de sí mismo), de poseerse (por el dominio de sí radicado en la propia voluntad) y de darse libremente a los demás. La vida espiritual se comprende como vida personal, ésta como vida de relación con los otros, búsqueda de un tú, alguien con igual dignidad con quien compartir conocimiento y amor. La relacionalidad está caracterizada por el salir de uno mismo, para dirigirse al otro y darse a él. La persona «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí misma a los demás» (GS 24). El conocer, aceptar y querer la verdad de la propia vida nos lleva a la relación con los demás seres; una relación de conocimiento y amor que se perfecciona en la entrega del propio ser a Dios y a los demás, porque la verdad de la vida se resume en el amar a Dios y al prójimo.

c) Corporalidad: El núcleo de la imagen de Dios radica en la espiritualidad, pero

no se agota en ella. La espiritualidad, que constituye el centro del ser humano, afecta a la totalidad de sus dimensiones incluidas las corporalidad y la relación con el conjunto de la realidad creada, es decir, con el cosmos material. La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El conocimiento y el amor humanos no son puramente espirituales, sino que necesitan del cuerpo. Dios quiere al hombre en su totalidad, a su vez todo el hombre debe querer a Dios; toda su realidad, no sólo su inteligencia y su voluntad, sino sus afectos, sus deseos, sus obras, etc.

d) Historicidad: La corporalidad hace que la persona humana tenga tiempo e

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historia; implica la necesidad que tiene el ser humano de perfeccionarse paso a paso, integrando y armonizando los distintos aspectos de su vida progresivamente. La persona debe crecer: en conocimiento de la propia verdad (mi identidad última de hijo de Dios; mis capacidades reales -virtudes y defectos-, etc.); en el dominio propio ante las situaciones interiores y exteriores; en la integración de todas las actividades (familiar, laboral, social, etc.); en su objetivo o fin personal último (el cumplimiento de la propia vocación a la santidad).

e) Sobrenaturalidad: La persona en ese juego continuo de verdad, amor y libertad,

entra en comunión con otras personas y con Dios. Pero estas relaciones están determinadas por la llamada a la alianza con Dios, a la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mediante una respuesta libre de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar. La gracia diviniza el conocimiento y amor humanos.

La vida espiritual cristiana presupone la redención completa del ser humano por la elevación al plano sobrenatural. La gracia no destruye la naturaleza sino que la asume y eleva, por eso la vida cristiana es realmente la vida humana llevada a un grado de especial plenitud. Todos los resortes de la persona, principalmente su conocer y su amar, son elevados a lo divino. El cristiano conoce y ama como Dios principalmente mediante la fe y la caridad, verdadero conocimiento y amor sobrenaturales. De esta manera es introducido a una vida de comunión íntima con la Trinidad: la vida espiritual es vida trinitaria.

f) Vida espiritual y vida trinitaria: El hombre es imagen personal del Dios trinitario.

Dios desciende al ser humano hasta el punto de que el hombre ha sido introducido en la vida íntima de Dios y Dios se ha introducido en la vida íntima del hombre. Recuerda san Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3,16). La vida espiritual es la vida con Dios, vida trinitaria en Cristo y según el Espíritu. La vida espiritual consiste en percibir cada vez con mayor hondura la cercanía de Dios en mi vida y ser coherente con el proyecto que tiene conmigo, con el proyecto que yo soy («nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor» Ef 1,4). La vida espiritual es darme

cuenta de que mi vida es como antes, pero ahora con un interlocutor divino, una vida con

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Dios Padre-Hijo-Espíritu Santo.

g) Vida trinitaria y filiación divina: La presencia de Dios en el alma lleva consigo una transformación radical del ser humano. La inhabitación de la Trinidad en el cristiano, por la acción del Espíritu santo que nos incorpora a Cristo, nos transforma en hijos de Dios Padre. El cristiano participa de la vida divina como hijo de Dios. La existencia cristiana no es otra cosa que la vida de los hijos de Dios. La filiación cristiana explica todo el misterio del hombre. Esa es nuestra manera de ser, nuestro ser delante de Dios, la condición ontológica del cristiano: hijo adoptivo en el Hijo unigénito del Padre. Los cristianos somos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4), de la vida trinitaria; «no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos» (1 Jn 3,1). Esta transformación del ser nos hace participar de la única Filiación natural del Dios Hijo, por eso se afirma que somos hijos en el Hijo. El hombre ya no es sólo criatura y como tal un ser hacia Dios, sino hijo y por tanto un ser hacia Dios Padre-Hijo-Espíritu Santo, un ser que vive, conoce, ama y trata con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

h) El crecimiento de la vida espiritual: la vida espiritual es vida. Como cualquier vida, requiere un crecimiento, una maduración, un progreso. Por su propia esencia está abierta al crecimiento: ya lo tiene todo, porque la plenitud de la vida está desde el inicio, pero a la vez debe realizarse. San Pablo señala que hay que aplicarse a él deliberadamente: «olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme a lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Este desarrollo del cristiano se inserta en un crecimiento de toda la Iglesia, cuyo término califica también san Pablo: «Hasta que nos encontremos todos en la unidad de una misma fe y de un mismo conocimiento del Hijo de Dios, al estado de una varón perfecto, a la medida de la edad perfecta, según la cual Cristo se ha de formar místicamente en nosotros» (Ef 4,13).

se ha de formar místicamente en nosotros» ( Ef 4,13). Para la reflexión personal: 1.¿Estás de

Para la reflexión personal:

1.¿Estás de acuerdo con la afirmación: “la vida espiritual cristiana es iniciativa de Dios”? 2.¿Qué implicaciones prácticas para la vida personal y social conlleva considerar al ser humano como imagen de Dios? 3.Reza una de las oraciones básicas del cristiano del Anexo 2.

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1.3. La espiritualidad cristiana

«Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en temor; antes bien, han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también herederos:

herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados » (Rom 8,14-17)

La espiritualidad cristiana conlleva la integración de toda la persona desde la fe, la esperanza y el amor, esto es, desde la vida teologal. La espiritualidad entendida desde esta clave entraña una serie de implicaciones:

a)La espiritualidad se entiende en referencia a la estructura de toda la persona, no como algo que se sobreañade o como algo accidental a la persona. En esta estructuración de toda la persona deben estar presentes todas las dimensiones de la persona; también la inserción en el mundo y las relaciones con los demás. Nada queda fuera: actitudes, comportamientos, relaciones. La espiritualidad se presenta como resultado de dicha integración; no como una programación que responde a un deseo o a una aspiración. La espiritualidad es vida, se vive.

b)Esta estructuración se hace desde la fe, desde la madurez de la fe o desde la vida teologal. Todo debe estar en coherencia con la realidad teologal de la persona: «hijo y hermano en Cristo». La espiritualidad hace referencia a la misma identidad del cristiano.

c)Es la misma identidad de cristiano la que incluye espiritualidad. No es un sobreañadido, ni tampoco es un ropaje adicional a lo que supone ser cristiano. La espiritualidad es de la identidad de la persona cristiana. No se trata tanto de estar imponiéndose una espiritualidad, cuanto de vivir la espiritualidad en consecuencia con la propia identidad cristiana. La espiritualidad no es, pues, un dato previo, desde el cual se fija la identidad de la vida cristiana, sino al revés.

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Llegados a este punto, hemos de preguntarnos cuál es la especificidad de la espiritualidad cristiana. Subrayaremos, a continuación, su carácter trinitario (1.2.1), cristocéntrico (1.2.2), comunitario y eclesial (1.3).

1.3.1. Espiritualidad trinitaria del encuentro con Jesucristo 15

Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro. La experiencia bautismal es el punto de inicio de toda espiritualidad cristiana que se funda en la Trinidad.

Es Dios Padre quien nos atrae por medio de la entrega eucarística de su Hijo (cf. Jn 6,44), don de amor con el que salió al encuentro de sus hijos, para que, renovados por la fuerza del Espíritu, lo podamos llamar Padre: Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Y porque ya somos sus hijos, Dios mandó el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, y el Espíritu clama: ¡Abbá! ¡Padre! (Ga 4,4-5). Se trata de una nueva creación, donde el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, renueva la vida de las criaturas.

En la historia de amor trinitario, Jesús de Nazaret, hombre como nosotros y Dios con nosotros, muerto y resucitado, nos es dado como Camino, Verdad y Vida. En el encuentro de fe con el inaudito realismo de su Encarnación, hemos podido oír, ver con nuestros ojos, contemplar y palpar con nuestras manos la Palabra de vida (cf. 1 Jn 1,1), experimentamos que “el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro de su hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino de la explicación de su propio ser y actuar” (DCE 12). Esta prueba definitiva de amor tiene el carácter de un

15 CELAM. Documento final de Aparecida. Aparecida: Paulinas; 2007. 240-244. A partir de ahora DA.

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anonadmiento radical (kénosis), porque Cristo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 8). El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: « No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva » (DCE

12).

La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: «¿Qué buscan?» (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: «Vengan y lo verán» (Jn 1, 39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano.

1.2.2. Cristocentrismo de la vida espiritual cristiana 16

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», afirma Jesús en la conversación que mantuvo con los discípulos después de la última cena. Y a continuación añade: «nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto» (Jn 14,6-7). Es por Cristo y en Cristo el modo como Dios Trino se comunica al hombre. Y es en Cristo y con Cristo como el hombre, acogiendo el don del Espíritu Santo, crece en vida espiritual y llega a la plena comunión con Dios Padre. El horizonte del caminar cristiano es la participación en el vivir trinitario y Cristo, el Verbo hecho carne, nos conduce hada !a participación en ese vivir. Somos hijos en el Hijo, y precisamente en el Hijo hecho hombre. Con otras palabras, la existencia cristiana que es, ante todo, teocéntrica, puesto que culmina en Dios Padre, fuente y origen de la Trinidad, es también, e inseparablemente, cristocéntrica, puesto que para llegar al Padre se pasa por Cristo, única vía que conduce a esa meta del existir

16 Cf. J.L.Illanes. Cristo y la vida espiritual. En: Izquierdo C (dir.). Diccionario de Teología. Pamplona: Eunsa; 2007: 539-545.

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humano que es la comunión con la Trinidad. Se puede, por eso, hablar de un cristocentrismo o, en términos más clásicos, de una centralidad de Cristo respecto de la vida espiritual.

de una centralidad de Cristo respecto de la vida espiritual. Cristo la Verdad es Cristo el

Cristo

la Verdad

es

Cristo

el Camino

es

Cristo

la Vida

es

Porque en Él, en su vida y en su persona, se revela el amor infinito con que Dios ama al hombre y, en con- secuencia, la verdad de Dios y del hombre, la realidad inefable de que la participación en la vida divina es la meta a la que Dios convoca al ser humano.

Porque, con su palabra y con su vida, nos muestra la vía que permite llegar a la meta: se accede a la participación en la vida trinitaria, uniéndose a Cristo, reproduciendo en la propia vida, bajo la guía del Espíritu Santo, la vida de Jesús hasta llegar a formar una sola cosa con Él.

Porque resucitado y ascendido a los cielos, atrae hacia Sí, comunicando, mediante el envío del Espíritu Santo y la efusión de la gracia, la vida y la fuerza que permiten recorrer el camino y llegar a la comunión con la Trinidad, incoadamente durante el existir terreno, plenamente, si se ha sido fiel al don de la gracia, en la eternidad.

¿Cuáles son las actitudes espirituales que implica el cristocentrismo?

a. Creer en Cristo

La relación con Cristo se inicia con la fe. Más concretamente, con una fe plena en Él; es decir, fe no sólo en su palabra sino en su persona, en su realidad de Hijo de Dios hecho hombre y, por tanto, fe en el amor divino del que la encarnación es expresión y fruto. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado», declara Jesús en el contexto del pasaje que suele ser designado como oración sacerdotal de Cristo (Jn 17,3). Ésa es la vida en el sentido más radical y profundo, la vida que, iniciándose en el tiempo, está destinada a durar por toda la eternidad. Tener fe en Cristo es reconocer, basándose en el testimonio del mismo Jesús, su condición de Hijo eterno de Dios Padre. Y, reconociendo esa realidad, elevarse desde la contemplación de su humanidad, hasta el hondón de su misterio, hasta la persona del Padre que le envía, y entrever, aunque sea en la fe y en la lejanía, la riqueza infinita del vivir trinitario.

Creer en Cristo connota -como todo acto de fe- un momento intelectual: la comprensión de un mensaje y la aceptación de su verdad. Pero en la medida en que ese mensaje hace referencia no a una mera información, sino a una comunicación de vida,

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implica -si el momento intelectual desemboca en un verdadero creer- mucho más:

implica aceptar la vida que se comunica y, en consecuencia, dejarse comprometer por esa vida, estar dispuestos a vivir no sólo de acuerdo con ella sino a partir de ella. Ser cristiano, ser creyente significa «estar aprisionados, estar dominados -en todas las

dimensiones de la voluntad de vivir- por la voluntad de vivir de Cristo, ser transplantados

a su afirmación infinita, nutridos de sus fuerzas personales originarias, y esto en todo el

campo de la vida, en lo sensitivo como en lo espiritual, en lo orgánico como en lo inorgánico, en lo ético como en lo estético, en lo individual como en lo social. En el fondo,

la

fe en Cristo no es otra cosa sino la actitud [

de quien] se sumerge en el yo de Cristo

y

en Él vive» (K.Adam).

Creer en Cristo es, en suma, confesar con todas las veras del espíritu, de modo existencialmente comprometido, la divinidad de Cristo. Más concretamente, la realidad del hacerse presente la divinidad en la humanidad concreta de Jesús, para desde ella re- dundar en todos los hombres. Y, en consecuencia, reconocer, con admiración y gratitud, la plenitud con que Dios ama al hombre, a todo hombre, ya que eso es lo que implica la encarnación. Con una fe así, con una fe que al menos incoativa y germinalmente sea así, se inicia toda auténtica relación con Cristo y, con ella, la vida espiritual cristiana. Sin olvidar que una fe así trae consigo, mejor dicho, implica necesariamente, amor. No se es fiel al dinamismo propio de la fe en Cristo sin responder con el propio amor al amor que en Cristo se desvela, y cuya realidad se reconoce y confiesa en la fe. Cristo resucitado pidió a sus discípulos, no sólo que creyeran en Él y continuaran la misión que Él mismo había recibido del Padre (cf. Mt 28,18-20; Mc 16,15-16), sino que le amaran y que amán- dole a Él, amaran al Padre que le envía. «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?», fue la pregunta que Jesús dirigió por tres veces a Pedro, antes de confiarle la misión para la que le tenía destinado (cf. Jn 21,15-17). Y poco antes, en el mismo Evangelio: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21).

La vida espiritual puede por eso ser descrita como una vida que se desarrolla en la medida en que, profundizando en la fe y dejándose guiar por el Espíritu Santo, se crece en el amor a Cristo, y en Cristo y por Cristo, a Dios Padre, correspondiendo al amor divino con el propio. De ahí que san Alfonso María de Ligorio escriba: «Toda la santidad

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y perfección del alma consiste en amar a Jesucristo, Dios nuestro, sumo Bien y

Salvador». Ésa y no otra es, en efecto, la realidad que dota de consistencia a la vida

espiritual cristiana: adentrarse en Cristo de modo que el amor que en Él se desvela llene

el corazón y lleve a reconocerse amado y a amar.

b. Conocer la vida de Cristo

«Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: "Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo". Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (S.José María Escrivá). Estas palabras es- bozan todo un programa de vida espiritual regido por esa misma convicción, ya que la fe en Cristo y el amor a Cristo están íntimamente unidos al progresar en el conocimiento de Cristo; más concretamente, a la consideración reposada y orante, con espíritu de fe, de las palabras y de los hechos de la vida Jesús, para, rememorándolos y haciéndolos propios, penetrar cada vez con más hondura y con más participación personal en la infinitud del amor divino que en ellos y a través de ellos se desvela. De hecho toda la historia de la espiritualidad cristiana, desde la patrística hasta nuestros días, lo testifica. Homilías litúrgicas, meditaciones sobre pasajes concretos de la vida de Jesús, obras escritas con la intención de ayudar a contemplar la vida de Cristo y sacar de ella alimento para la fe y estímulo para la acción, devociones y prácticas, y otras muchas manifestaciones de piedad, diversas entre sí, pero concordes en la sustancia, documentan con creces esa realidad.

Todos los autores y en todos los tiempos, aunque hayan evocado unos u otros aspectos de la vida de Jesús, han puesto siempre un acento muy particular en la meditación de lo que la liturgia designa como triduo pascual, es decir, el acontecimiento

decisivo constituido por la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Ahí culmina la vida de Jesús; ahí se desvela la infinitud del amor del Padre; de ahí dimana la efusión del Espíritu Santo, y ahí encuentra su meta y su sentido la historia humana. Es, por eso, natural que la tradición espiritual haya vuelto una y otra vez sobre ese misterio inefable. De ahí que pueda afirmarse que toda contemplación de la vida de Cristo, sea cual sea el momento de su vivir sobre el que verse concretamente la meditación, estará siempre informada, de un modo u otro, por la revelación del amor que tuvo lugar en la cruz y por

la alegría que deriva de la resurrección.

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c. Tratar a Cristo

El trato vivo con Cristo es de hecho uno de los ejes de la vida espiritual, ya que es fruto o reflejo de dos realidades fundamentales. En primer lugar, y ante todo, la presencia real y activa de Cristo, que sale al encuentro del hombre, llamando al trato con Él. En segundo lugar, y presupuesto lo anterior, la acogida por parte del hombre, en la fe y en el amor, de esa presencia activa de Cristo y, en consecuencia, el efectivo encuentro y trato con Él. La contemplación de la vida de Jesús tal y como la venimos considerando -es decir, meditación unida a la fe y al amor- desemboca de forma espontánea en la comunicación y en el trato sencillo y confiado con Él. Sea el desarrollo del año litúrgico en el que la vida de Cristo se actualiza, sean las narraciones evangélicas que nos permiten captar los rasgos concretos de su figura y asomarnos a los sentimientos de su corazón, conducen al diálogo con Él. Más aún, a confrontar con la vida del Señor la existencia concreta de quien reza y medita, con sus incidencias y sus avatares, con sus momentos de exaltación y de gozo y sus momentos de dolor o abatimiento, para compartir con Jesús alegrías o sinsabores y encontrar en Él ayuda y consejo, luz, fortaleza y apoyo.

Pero si la meditación de la vida de Cristo conduce al trato personal e íntimo con Él, es consecuencia de la conciencia clara que el cristiano tiene de la cercanía de Jesús. El trato con Él tiene siempre como punto clave de referencia, la eucaristía en la que Cristo se hace presente con la totalidad de su ser. Y, por tanto, la Misa, en la que se actualiza el momento supremo de la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección, con las que la obra de nuestra redención llegó a su culmen. La comunión, en la que Cristo se da como vida y alimento para aquél que lo recibe. El sagrario, donde Cristo permanece, ya concluida la celebración eucarística, ofreciendo al cristiano la posibilidad de encontrarle en cualquier momento del día. Situado ante su propia fe y a cuanto las narraciones evangélicas le dan a conocer sobre Jesús, el cristiano -consciente de que Jesús vive y está presente en la Iglesia, en la eucaristía y, en virtud de la acción del Espíritu Santo, también en su propio corazón sabe que está llamado no sólo a leer el Evangelio, ni tampoco sólo a meditarlo, sino a revivir lo que allí se narra. Es decir, a proceder como quien se introduce en una historia viva y se deja arrastrar por ella, puesto que Cristo vive y se hace presente con la totalidad de su ser en la eucaristía.

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A Soren Kierkegaard, en las Migajas filosóficas, se debe una expresión a la que puede ser útil acudir en este contexto: «contemporaneidad con Cristo». Con ella el pensador danés, en polémica con el pensamiento de Hegel y la reducción del ser humano a mero individuo de una especie, deseaba afirmar al individuo concreto, que, yendo hacia lo hondo, profundizando en la existencia, entra en comunión con lo eterno, es decir, en términos concretos, con Dios. En la medida en que acoge en la fe la palabra que anuncia a Cristo, el hombre, todo ser humano singular, trasciende al tiempo hasta colocarse en el instante mismo en que Cristo, muriendo en la cruz, desveló la llamada a la comunión con Dios e hizo posible el nuevo nacimiento y, de esa forma, hacerse contemporáneo con Él.

Cristo no sólo vive, sino que está presente, a través del envío del Espíritu, de la Iglesia y del sacramento, en el hoy de la historia. En ese sentido la oración, también la oración que consiste en revivir los momentos y escenas del Evangelio, no implica tanto un hacerse del cristiano contemporáneo con Cristo, cuanto un reconocer que Cristo, el Jesús que nació de María y murió y resucitó en Jerusalén, es contemporáneo nuestro y, vivo y junto a nosotros, nos invita al trato con Él (cf. VS 25).

Esa realidad explica que, en la oración, el cristiano pase sin solución de continuidad de la consideración de la vida de Jesús a la consideración de la propia vida. Más aún, que advierta que la oración reclama, precisamente, relacionar ambas vidas. «Meterse» en el Evangelio es revivir lo que el Evangelio narra, sintiendo y reaccionando como un personaje más; pero es también, e inseparablemente, «introducir» en el Evan- gelio la propia vida, hasta revivirla con Cristo y en Cristo, sintiéndolo cercano, más aún, compañero del propio caminar. Es una contemporaneidad así entendida la que dota de fisonomía al trato del cristiano con Cristo, con el consiguiente entremezclarse de fe y de amor, de entrega y de confianza, de abandono y de afectividad, hasta llegar ver- daderamente a vivir en Cristo y por Cristo.

d. Seguir e imitar a Cristo

Entre las expresiones usadas por las narraciones evangélicas para describir la vida de Jesús, y más concretamente la relación de los discípulos respecto a Él, ocupa un lugar destacado el término «seguimiento» (sequela, en latín; akolouthía, en griego). Los

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discípulos seguían a Cristo, recorrían, siguiendo sus pasos, el camino por Él trazado. Ese seguimiento fue, durante el caminar terreno de Jesús, de carácter físico -los dis- cípulos iban de hecho detrás del Maestro, con frecuencia a distancia de unos metros-, pero con profundas resonancias existenciales. Jesús no se limitó a pedir a sus discípulos que compartieran con Él la vida durante un cierto tiempo, como era usual en otros maestros de la época, sino que confiaran en Él por entero, es decir, que no sólo confiaran en sus palabras, sino que se adhirieran a su persona, hasta el extremo de compartir, desde el principio al final, el mismo destino.

Las narraciones evangélicas referentes a los discípulos tienen un claro horizonte escatológico. Seguir a Cristo no es sólo acompañarle físicamente, sino estar unido a Él con lazos que deben llevar hasta el extremo de participar en su entrega, y de esa forma acceder a la comunión perfecta con Cristo, y en Cristo con Dios Padre, en los cielos. No es por eso extraño que, de una parte, seguimiento y fe tendieran a aproximarse (el verdadero discípulo es el que cree en Jesús: cf. Jn 20,29), y que se acudiera al vocabulario sobre el seguimiento también en referencia a acontecimientos pospascuales. Desde esta perspectiva, el cristiano, todo cristiano, está llamado a seguir a Jesús.

Cabe plantear no obstante una cuestión. Al no estar Jesús físicamente presente, ¿cómo y en qué se concreta el seguimiento? La respuesta a ese interrogante remite, ante todo a la fe en Cristo. Pero también, a nivel del comportamiento, a las obras de la fe, a la ley moral releída e interpretada desde las palabras y la vida de Cristo y, en ese contexto, a la imitación del vivir y actuar de Jesús.

Los vocablos «imitación» o «imitar», así como otras expresiones análogas, no son frecuentes en los textos neotestamentarios, aunque tampoco son excepcionales: los encontramos de hecho en diversos pasajes, tanto en labios de Jesús (cf. Mt 11,29; Lc 6,37; Jn 13,34), como en declaraciones apostólicas (1 Pe 2,20-21; Flp 2,5; Ef 5,1-2). Por lo demás, aunque el vocabulario sobre la imitación sea, en los escritos apostólicos, de uso relativamente limitado, la realidad a la que ese vocabulario apunta ocupa un lugar central. El seguimiento físico no es ahora posible -Cristo ha subido a los cielos-, pero la fe, que incorpora real y verdaderamente a Cristo, reclama vivir como Cristo vivía, seguir sus huellas, tener sus mismos sentimientos, su misma disponibilidad a la voluntad del

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Padre, su mismo amor, su misma entrega.

No es por eso extraño que, partiendo de los escritos apostólicos, el ideal de la imitación de Cristo haya ocupado, desde los inicios del cristianismo, un lugar de primer plano. No parece necesario alegar títulos y citas, aunque sí conviene señalar que la imitación de Cristo como camino que conduce hacia el Padre, connotando el momento ético, lo trasciende situándolo en un contexto teologal y trinitaria. La invitación a seguir a Cristo y a imitar a Cristo, no es meramente invitación a tener presente su vida con el deseo de tomar ejemplo de su modo de comportarse y de actuar, sino llamada a formar una sola cosa con Él, con su vida y con su misión. En otras palabras, invitación a afrontar la existencia no sólo recibiendo de la vida terrena de Cristo ejemplo e impulso, sino a hacerla entrando en relación viva y vital con Él, es decir, abriéndose a la acción de su espíritu y recorriendo en comunión con Él el propio y personal camino.

e. Identificarse con Cristo

Sea el seguimiento o la imitación, ambos se sitúan en un plano moral o existencial (compartir un destino, hacer propio un determinado comportamiento o modo de vivir), pero los escritos apostólicos apuntan, respecto al cristiano y a Cristo, a algo más: a una incorporación a Cristo e incluso a una identificación, es decir, a una relación que no suprime la distinción y la diferencia pero implica una unión profunda, la participación en una misma vida, no sólo desde una perspectiva existencial, sino ontológica y teologal. En el Evangelio de san Juan encontramos, en labios de Jesús, una de las formulaciones más expresivas a este respecto: la parábola de la vid y los sarmientos. «Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí» (Jn 15,4; ver toda la parábola: 15,1-7). Ese mismo Evangelio nos transmite la conversación con Nicodemo sobre la necesidad de nacer de nuevo (Jn 3,1ss.) así como el largo discurso en el que Jesús, dirigiéndose a un amplio y variado auditorio, habla del «pan de vida», de «comer su cuerpo» y de «beber su sangre» (Jn 6,26 ss.). En esos pasajes la referencia a la fe, a una fe radical y plena en las palabras de Jesús, es clara. Pero lo es también que en todos ellos se apunta a algo más: a una comunicación de vida, de la que los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, claramente connotados en el texto, son

expresión y cauce.

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Las narraciones evangélicas referentes a los acontecimientos posteriores a la resu- rrección documentan, por lo demás, el cambio interior que el encuentro con el resucitado produjo en los discípulos. De una u otra forma los capítulos finales de los evangelios, así como la totalidad del libro de los Hechos, testimonian la conciencia que poseen los apóstoles de encontrarse en una situación nueva, en la que el poder del resucitado se extiende sobre ellos y los transforma profundamente.

Los escritos tanto joánicos como paulinos vuelven una y otra vez sobre esa realidad. Y así san Juan recuerda con insistencia en sus cartas que el cristiano está llamado a unirse a Cristo, a «permanecer» en Cristo (cf. 1 Jn 2,5-6 y 24-29; 4,7-16; 5,18). Y san Pablo reitera, de forma casi incesante, que el cristiano está llamado a «vivir en Cristo», a «ser en Cristo», a «vivir con Cristo» (cf. 1 Ts 5,10; Rm 8,9-11; Ga 3,28; 1 Co 1,30; 2 Co 4,5 14; Ef 3,16-17; Col 2,11-13 y 3,1-4, etc.). Cristo está presente en el cristiano. Su poder salvífico actúa en él a modo de un principio dinámico que le lleva a vivir según Cristo y en Cristo, de modo que todo cristiano debe poder decir lo que el apóstol Pablo dice de sí mismo: «vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). El cristiano, en el bautismo, se ha revestido de Cristo (Ga 3,26-29); ha sido injertado en el cuerpo de Cristo, llamado a participar de su vida de modo que el cuerpo entero de la Iglesia, y cada uno de los miembros vivos que la integran, crezcan hasta llegar «a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

Todo ello refuerza lo que ya hemos escrito sobre el amor a Cristo y sobre el trato con Cristo, ya que el amor implica unión y, en consecuencia, identificación. En el caso concreto del amor cristiano, presupone la acción del Espíritu Santo y, con ella, el don de la gracia, que elevando la potencialidad del ser humano, lo abre a la participación en el amar divino. «El amor de Dios -afirma el apóstol- ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5), de modo que «en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la falta de circuncisión, sino la fe que actúa por la caridad» (Ga 5,6). Identificarse con Cristo implica participar de su amor, saberse y sentirse en Él hijo de Dios Padre, invitado a participar del vivir trinitario y, a la vez e inseparablemente, amar al Padre es amar como el Padre ama y a quienes el Padre ama y ser llamado a participar de la misión de Cristo. «Como el Padre me envió, así yo

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os envío» (Jn 20,21). El amor a Cristo y la identificación con Cristo trascienden al tiempo

y a la historia, pero revierten sobre el tiempo y sobre la historia, ya que reclaman participación plena, identificación también en referencia a la misión.

La redención fue consumada por Cristo en su cruz y en su resurrección, pero el tiempo de la historia, el tiempo que media entre la ascensión y la Parusía, no es un

tiempo vacío. Es un tiempo en el que el cristiano está llamado a continuar la misión de Cristo, lo que reclama estar unido a Cristo, recibir de Cristo la vida, formar una sola cosa con Cristo, y todo ello plasmarlo en la realidad del acontecer y del vivir. De modo que viviendo cristianamente entre el conjunto de los hombres de una manera coherente con

la fe, todo cristiano sea, cada uno de acuerdo con su propia vocación, «Cristo presente

entre los hombres» (J.M. Escrivá), y contribuya, con sus palabras y con sus obras, a que

la reconciliación alcanzada por Cristo redunde en el conjunto de la humanidad.

Presentados cada uno de estos aspectos del cristocentrismo propio de la espiritualidad cristiana, conviene señalar que creer en Cristo, meditar en la vida de Cristo, tratar a Cristo, seguir e imitar a Cristo, identificarse con Cristo, no son realidades aisladas, sino pasos de un único itinerario que presupone y concreta esa centralidad de Cristo en la configuración y desarrollo de la vida espiritual cristiana. No obstante, junto al marcado carácter trinitario y cristológico, no podemos obviar la dimensión comunitaria y eclesial de la vida espiritual cristiana. «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», promete Jesucristo (Mt 18,20).

yo en medio de ellos», promete Jesucristo ( Mt 18,20). Para la reflexión personal: 1.Teniendo en

Para la reflexión personal:

1.Teniendo en cuenta las características de la espiritualidad cristiana, qué implicaciones para la vida cotidiana particular comporta la afirmación: “La vida cristiana engloba todo lo humano; tiene como modelo a Cristo; en Cristo es vida de relación real con la Trinidad”. 2.Los cristianos reconocemos que Jesucristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”. ¿En qué se nota en mi vida personal que conozco y sigo a Jesucristo? ¿Realmente dejo que sólo Cristo sea el centro de mi vivir, actuar y convivir? 3.¿Te atreves a decir, con sinceridad y plena confianza, la oración de San Ignacio de Loyola?:

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« Toma, Señor, y recibe toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer.

Tú me lo diste, a ti, Señor, lo torno.

Todo es tuyo. Dispón de todo según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, que ésta me basta » .

1.4. La espiritualidad de comunión: la Iglesia.

«Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. omo buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración» (Rom 12,9-12)

El discípulo que sigue a Jesucristo se sabe y reconoce condiscípulo, compañero en el seguimiento y en la misión evangelizadora. Jesús hace una llamada personal a seguirle, pero invita a la comunión, nunca a la soledad. Él es el Hijo único de Dios que nos hace hijos y hermanos. Ser cristiano conlleva la vivencia gozosa de la fraternidad como miembros activos de la comunidad eclesial.

1.4.1. Llamados a vivir en comunión 17 .

Jesús, al inicio de su ministerio, elige a los doce para vivir en comunión con Él (cf. Mc 3, 14). Para favorecer la comunión y evaluar la misión, Jesús les pide: “Vengan

17 DA 154-163.

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ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco” (Mc 6, 31-32). En otras oportunidades, se encontrará con ellos para explicarles el misterio del Reino (cf. Mc 4, 11.33-34). De la misma manera se comporta con el grupo de los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10, 17-20). Al parecer, el encuentro a solas indica que Jesús quiere hablarles al corazón (cf. Os 2, 14). Hoy, también el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera.

Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1 Jn 1,3) y con su Hijo muerto y resucitado, en “la comunión en el Espíritu Santo” (2 Co 13,13). El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia: “Un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, llamada en Cristo “como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”. La comunión de los fieles y de las Iglesias Particulares en el Pueblo de Dios se sustenta en la comunión con la Trinidad.

La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella “nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión”66. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa.

Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”. Todos los bautizados y bautizadas de América Latina y El Caribe, “a través del sacerdocio común del Pueblo de Dios”, estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues “la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria”.

Al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para “escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la

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fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo (cf. 1 Co 10,17). Ella es fuente y culmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento de la vida en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es “casa y escuela de comunión”, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora.

La Iglesia, como “comunidad de amor”, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. “Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Jn 17,21). La Iglesia crece no por proselitismo sino “por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”. La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12,4-13; Jn 13,34).

La Iglesia peregrina vive anticipadamente la belleza del amor, que se realizará al final de los tiempos en la perfecta comunión con Dios y los hombres. Su riqueza consiste en vivir ya en este tiempo la “comunión de los santos”, es decir, la comunión en los bienes divinos entre todos los miembros de la Iglesia, en particular entre los que peregrinan y los que ya gozan de la gloria. Constatamos que, en nuestra Iglesia, existen numerosos católicos que expresan su fe y su pertenencia de forma esporádica, especialmente a través de la piedad a Jesucristo, la Virgen y su devoción a los santos. Los invitamos a profundizar su fe y a participar más plenamente en la vida de la Iglesia, recordándoles que “en virtud del bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”.

La Iglesia es comunión en el amor. Esta es su esencia y el signo por la cual está llamada a ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. El nuevo mandamiento es lo que une a los discípulos entre sí, reconociéndose como

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hermanos y hermanas, obedientes al mismo Maestro, miembros unidos a la misma Cabeza y, por ello, llamados a cuidarse los unos a los otros (1 Co 13; Col 3,12-14).

La diversidad de carismas, ministerios y servicios, abre el horizonte para el

ejercicio cotidiano de la comunión, a través de la cual los dones del Espíritu son puestos

a disposición de los demás para que circule la caridad (cf.1 Co 12,4-12). Cada bautizado,

en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo. El reconocimiento práctico de la unidad orgánica y la diversidad de funciones asegurará mayor vitalidad misionera y será signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos. Cada comunidad está llamada a descubrir e integrar los talentos escondidos y silenciosos que el Espíritu regala a los fieles.

En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión”. En las iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión.

1.3.2.La espiritualidad de comunión

«Os doy un mandamiento nuevo:

como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos:

si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34-35).

Si este es el mandamiento nuevo de los cristianos, ¿cómo deberán vivir los seguidores de Jesucristo? Al iniciar el tercer mileno, Juan Pablo II propuso al respecto un programa pastoral-espiritual para la Iglesia en su carta apostólica Novo Millenio Ineunte. Veamos sus recomendaciones 18 :

Será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la

Iglesia universal como de la Iglesias particulares, en la comunión (koinonía), que encarna

y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la

manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en

18 Cf. Juan Pablo II. Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 42-45.

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nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como “sacramento”, o sea, “signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano” (LG 1).

Las palabras del Señor a este respecto son demasiado precisas como para minimizar su alcance. Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la

Iglesia también este nuevo siglo; pero si faltara la caridad (ágape), todo sería inútil. Nos lo recuerda el apóstol Pablo en el himno a la caridad: aunque habláramos las lenguas de los hombres y los ángeles, y tuviéramos una fe «que mueve las montañas», si faltamos a la caridad, todo sería «nada» (cf. 1 Co 13,2). La caridad es verdaderamente el «corazón» de la Iglesia, como bien intuyó santa Teresa de Lisieux, a la que he querido proclamar Doctora de la Iglesia, precisamente como experta en la scientia amoris: «Comprendí que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón ardía de amor. Entendí que sólo el amor

Entendí que el amor comprendía todas las

movía a los miembros de la Iglesia [ vocaciones, que el Amor era todo».

].

Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. ¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

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Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento.

Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas.

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«¡Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano!»

Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo poner en cuestión la fe que le hace vivir? ¿Podría yo burlarme de una manera u otra de sus creencias? Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo hablar de libertad sin vivir el respeto? Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo rechazarle con actos de violencia contra su persona o sus bienes? Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo permitirme hablar de él negativamente a sus espaldas?¿Podría yo permitirme destruir incluso hasta su intimidad?

Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, le podría encontrar en verdad, podríamos hablar simplemente, incluso sin estar de acuerdo en todo. Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, su encuentro me haría crecer; y estoy seguro que él también crecería. Si el otro se convirtiera en mi hermano, nuestras miradas podrían cruzarse y una sonrisa verdadera iluminaría nuestros rostros.

Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¡qué mundo tan apasionante podríamos construir!

Monseñor Vincent Landel s.c.j, Arzobispo de Rabat (Marruecos)

1.3.3. Creo en la Iglesia 19 .

«Iglesia», palabra que en labios de un cristiano resuena vibrante y emocionada,

como si pronunciara un nombre querido para él. Es el nombre de la Madre, de la santa

Madre Iglesia. Acuden a nuestra memoria las palabras de Henri de Lubac en su

Paradoja y misterio de la Iglesia: «La Iglesia es mi madre: y es mi madre porque me ha

engendrado a la vida, porque no cesa de alimentarme por poco que yo le corresponda,

ahondándome en la vida. Y si incluso mi vida es frágil y trémula, supero tal condición

gracias a la fuerza y la pureza que manan de ella».

19 Cf. M.Semeraro. Misterio, comunión y misión. Manual de eclesiología. Salamanca: Secretariado trinitario; 2004: 12-16.

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Un lenguaje con tal resonancia supone evidentemente una conciencia precisa de la Iglesia, un modo definido de entenderla como depositaria y titular de una vida misteriosa y divina que sólo la fe es capaz de entender.

Pero ésta no es la única manera de hablar de la Iglesia y de referirse a su realidad. Es una estructura visible, accesible a la contemplación de todos. La Iglesia es una sociedad que forma parte del conjunto de sociedades, plenamente individualizada desde sus diferentes ordenamientos, tradiciones y usanzas particulares consolidados a través de los tiempos. Entendida así, tal vez muchos, llegarían a la convicción de que la Iglesia es el término convencional de humanas convergencias o el resultado de un acuerdo entre personas, cuya raíz estaría en la índole humana y en su naturaleza social. El mismo sentimiento religioso que alberga el corazón humano tiende a manifestarse claramente de forma social y comunitaria.

En sus aspectos fenoménicos y empíricos, la Iglesia puede ser objeto de estudio por parte de historiadores, sociólogos y antropólogos. Sin embargo, existe otra perspectiva a la que el cristiano no puede renunciar, y es aquella que destaca cuando al pronunciar el Símbolo de la fe dice: creo en la Iglesia. Se le reconoce así un lugar señalado en el plano de la salvación proclamando como un hecho pensado, querido y realizado por Dios. «La Iglesia peregrinante es, por naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre» (AG 2). Este proyecto es promulgado por el cristiano en el Credo y lo celebra para sí mismo y para el mundo entero.

La Iglesia ya no es una simple sociedad humana, sino la comunión trinitaria del Padre y del Hijo en el único Espíritu. Para el concilio Vaticano II la iglesia es misterio, esto es, una realidad empapada de la divina presencia y fruto de las operaciones trinitarias. Es por eso que, como concluía R. Guardini, sólo cabe acceder al misterio de la Iglesia después de haberla amado. Es necesario ser Iglesia, es decir, vivir en la Iglesia y sentir con la Iglesia.

En perspectiva de fe, cuando se contempla la economía salvífica y la historia de

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las maravillas realizadas por Dios a favor del hombre, la realidad y la faz de la Iglesia se muestran más transparentes. En el Credo la mención a la Iglesia se abre a este mismo y amplio contexto que admira y exalta la obra de Dios, desde su mismo inicio hasta su perfección escatológica. En el Catecismo de la Iglesia católica, tras acentuar la dependencia que la Iglesia tiene de Cristo, añade: «e l artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede sobre el Espíritu santo. En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es Él quien ha dotado de santidad a la Iglesia. La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar 'donde florece el Espíritu' » (Catecismo 749).

San Ireneo de Lyon enseñaba que, para participar en la vida del Espíritu, es necesario ir hacia la Iglesia; por ello los que no participan del Espíritu no se nutren de los pechos de la madre para la vida, ni beben de la purísima fuente que mana del cuerpo de Cristo; ellos rehuyen la fe de la Iglesia para no ser desenmascarados y rechazan el Espíritu para no ser instruidos (cf. Ireneo, Adversus haereses, 24).

La Iglesia es más que un objeto de fe. Es el lugar en el que la fe católica es acogida, concebida y profesada. Es en la Iglesia donde los neófitos, todos reunidos, reciben el Símbolo, y es en la Iglesia donde cada uno lo devuelve pronunciando «las palabras en las cuales es constituida sólidamente la fe de la madre Iglesia sobre el firme fundamento que es Cristo Señor » (S.Agustín). En la Iglesia se acoge y transmite el evangelio. La fe de todos y cada uno es siempre y en todo caso «fe que escucha a la Iglesia y cree en la Iglesia » (K.Rahner). La reflexión del cristiano no puede separarse de la fe de la Iglesia, sino que tiene que convertirse en el ritmo que acompase su propia respiración.

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“Creer en comunidad para poder ver al Resucitado”

“Creer en comunidad para poder ver al Resucitado” « La aparición de Jesucristo a sus discípulos

«La aparición de Jesucristo a sus discípulos (Jn 20,19-31) ofrece tres experiencias clave para acoger y asimilar la novedad del Resucitado. En primer lugar, Jesús Resucitado se manifiesta en medio de la comunidad que temerosa se había encerrado y les da su paz. En segundo lugar, comunica su Espíritu a la comunidad y la transforma en signo de su misericordia, dándoles poder de perdonar los pecados en su Nombre. Finalmente, en el paso de Tomás de la incredulidad a la fe, Jesús nos explica en qué consiste creer.

Habitualmente exigimos pruebas que autentifiquen la verdad de cualquier acontecimiento o afirmación. Sin embargo, la resurrección de Jesús implica una absoluta novedad que escapa a la capacidad de la razón científico-técnica; no se prueba para que lleguemos a creer, sino que creyendo es cómo experimentamos su verdad, su realidad viva y operante. Muchas veces decimos con Tomás, “hay que ver para creer”. Pero esto no es válido para creer en el Resucitado, cuya experiencia viviremos sólo si creemos en él.

El apóstol Tomás no ha dado crédito al testimonio de la comunidad que ha visto al Resucitado; tampoco percibe los signos de la nueva vida que manifiestan. Pone como condición una “prueba” particular para él. Jesús se la concede, pero en el seno de la comunidad. Es decir, en la medida que Tomás vive la experiencia del amor en la comunidad de los discípulos, en esa medida comienza a ver.

Así de novedosa es la experiencia de fe: el que no cree, no ve; su ceguera espiritual le impide ver y experimentar la presencia y acción del Resucitado. Sólo si creemos, empezamos a ver. Por la fe comenzamos a ver la acción transformadora de Dios en las personas, en la Iglesia y en el mundo. Por la fe comenzamos a ver la realidad como realmente es, dicho de otro modo, comenzamos a ver con los ojos de la fe, vemos todo como lo ve Jesús Resucitado.

Las “pruebas” y demostraciones no dan la fe; ésta nace de la experiencia de la nueva fraternidad en la Iglesia. La gran falta de Tomás no fue su incredulidad, sino alejarse de la comunidad y no creer en su testimonio. La fe en el Resucitado surge – para Tomás y para nosotros- del encuentro con los hermanos. La comunidad de creyentes es un lugar privilegiado donde el Resucitado se manifiesta e irradia su fuerza transformadora. Quien no vive la unidad con sus hermanos ni comparte la

alegría fraterna no tiene la paz ni la alegría que da el Señor Resucitado» 20 .

20 Rodríguez Ruiz J.R. Creer para ver. En: Diario de Chimbote (18 de abril de 2010): 7

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A modo de síntesis de la Unidad I, podemos señalar las siguientes características singulares de la espiritualidad cristiana:

Características de la vida espiritual cristiana 21

1. Es integradora de la persona.

2. Supone una experiencia personal de la fe.

3. Es vivida en el Espíritu.

4. Se desarrolla contando con la vida y con el mundo.

5. Es gratificante y gozosa.

6. Está abierta al diálogo y, al mismo tiempo, definida.

7. Profundamente realista.

8. Es fraterna y apostólica.

9. Es eclesial. Nace y vive en la Iglesia.

10. Es profundamente afectiva.

11. Entraña la relación con Dios Trino, en el encuentro y seguimiento

de Jesucristo.

12. Es pascual; afronta la cruz.

seguimiento de Jesucristo. 12. Es pascual; afronta la cruz. Para la reflexión personal: 1. ¿Cuál de

Para la reflexión personal:

1.¿Cuál de las características de la vida espiritual cristiana debo cultivar más en mi propia vida espiritual? 2.¿Cuál de ellas está más ausente en mi comunidad de fe? 3.¿Qué puedo hacer para crecer espiritualmente a nivel personal y comunitario? 4.Hago un sincero compromiso para cuidar mi vida espiritual y la de mi familia.

21 S.Gamarra. Teología espiritual. BAC: Madrid; 1994: 46-51.

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PLAN DE APRENDIZAJE Nº 01

1. Unidad de aprendizaje

La espiritualidad cristiana.

2. Objetivo específico

3.4.0.3.2.3.1.1

3. Tema

Identificar la espiritualidad humana y cristiana.

La espiritualidad cristiana

4. Objetivos operacionales

3.4.0.3.2.3.1.1 Reconocer con gratitud y responder con gozo a la llamada de vivir en

comunión con el Dios de Jesucristo en su Iglesia.

5.

Contenidos analíticos

1.1.

Aproximándonos a la espiritualidad cristiana

1.2.

La espiritualidad del ser humano.

1.3.

Espiritualidad cristiana.

1.4.

Espiritualidad de comunión: La Iglesia.

1. Programación Un mes.

2. Estrategias de aprendizaje:

Actividad a distancia n° 01: Tarea de investigación “Llamados a vivir en comunión” 1.Cada estudiante lee con atención los capítulos del 1.1. al 1.4. de la presente Guíatext y resuelve las interrogantes planteadas para la reflexión personal (no se presentarán por escrito para ser evaluadas). 2.Elabora un mapa conceptual con las características principales de la vida espiritual cristiana, describiendo brevemente cada una de ellas. 3.A la luz de lo estudiado, confecciona un cuestionario de 10 preguntas y realiza una investigación en su entorno cercano, preguntando a 5 jóvenes acerca de la importancia de la vivencia comunitaria de la espiritualidad cristiana. Algunos ejemplos de preguntas:

¿Qué es lo que más admiras del Evangelio y de la vida de Jesucristo?

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¿Te consideras un buen creyente?¿En qué se nota?

¿Se puede realmente creer en Jesús al margen de su Iglesia?

¿Por qué hoy muchos jóvenes no quieren saber nada de la Iglesia?

¿Qué implicaciones tiene para la convivencia familiar y social la llamada a cultivar la espiritualidad de comunión?

Otras

4.Presenta un Informe final con las respuestas obtenidas, una valoración personal de las mismas, y señala qué llamadas descubre el estudiante para su vida personal y universitaria.

5.El estudiante presenta las tareas (puntos 2, 3 y 4) como Actividad a distancia n°1, colocando una carátula con los datos personales.

1.

Evaluación Los criterios de evaluación se indican en la guía de trabajo.

Guía de trabajo Nº 01: Actividad a distancia n° 01 Tarea de investigación “Llamados a vivir en comunión”

Objetivo

Identificar la espiritualidad humana y cristiana

Lecturas

I Unidad: capítulos del 1.1. al 1.4.

Insumo 1.Cada estudiante lee con atención los capítulos del 1.1. al 1.4. de la presente Guíatext y resuelve las interrogantes planteadas para la reflexión personal (no se presentarán por escrito para ser evaluadas). 2.Elabora un mapa conceptual con las características principales de la vida espiritual cristiana, describiendo brevemente cada una de ellas. 3.A la luz de lo estudiado, confecciona un cuestionario de 10 preguntas y realiza una investigación en su entorno cercano, preguntando a 5 jóvenes acerca de la importancia de la vivencia comunitaria de la espiritualidad cristiana. Algunos ejemplos de preguntas:

1. ¿Qué es lo que más admiras del Evangelio y de la vida de Jesucristo?

2. ¿Te consideras un buen creyente?¿En qué se nota?

3. ¿Se puede realmente creer en Jesús al margen de su Iglesia?

4. ¿Por qué hoy muchos jóvenes no quieren saber nada de la Iglesia?

5. ¿Qué implicaciones tiene para la convivencia familiar y social la llamada a cultivar la espiritualidad de comunión?

6. Otras

4.Presenta un Informe final con las respuestas obtenidas, una valoración personal de las mismas, y señala qué llamadas descubre el estudiante para

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su vida personal y universitaria.

5.El estudiante presenta las tareas (puntos 2, 3 y 4) como Actividad a distancia n°1, colocando una carátula con los datos personales.

Evaluación

Indicadores

1. Presenta el Mapa conceptual y demuestra capacidad para sintetizar las ideas principales.

2. Presenta un Cuestionario con 10 preguntas planteadas sobre la

espiritualidad de comunión, mostrando haber comprendido las lecturas recomendadas.

3. Presenta un Informe final de investigación con los resultados de

por lo menos 6 entrevistas, una valoración personal de las mismas, e indicando qué llamadas concretas descubre en su vida personal y universitaria.

4. Correcta expresión y ortografía.

5. Demora en la presentación

Puntajes

7

4

6

3

(-)3

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I EVALUACIÓN A DISTANCIA
I EVALUACIÓN
A
DISTANCIA

Lee la presente Guiatext desde el capítulo 1.1 al 1.4 (págs.14-48) y desarrolla la actividad de aprendizaje que se encuentra el Plan de aprendizaje n° 01.

La I Evaluación a Distancia está constituida por la presentación de la actividad del plan de aprendizaje Nº 01, que tiene un valor del 10% del promedio final del curso.

¡IMPORTANTE!

No dejes de presentarla en la fecha establecida en el cronograma de estudio.

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AGENDA DE APRENDIZAJE

Estimado estudiante: A continuación se te presenta un registro para que anotes las interrogantes, dudas,
Estimado estudiante: A continuación se te presenta un registro para que
anotes las interrogantes, dudas, opiniones y aportes sob re tu
aprendizaje. En la sesión de tutoría, compártelos y coméntalos con tu
tutor y tus compañeros; así podrás enriquecer tu aprendizaje.

Mis interrogantes:

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Mis dudas:

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Mis opiniones:

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Mis aportes:

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II UNIDAD:

VIDA ESPIRITUAL CRISTIANA

II UNIDAD: VIDA ESPIRITUAL CRISTIANA Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced

Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer.

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No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.

2.1. Lugares del encuentro con Jesucristo

Jn 15, 9-17

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces, también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?”. Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-46).

En el hoy de nuestro continente latinoamericano, se levanta la misma pregunta llena de expectativa: Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para “abrir un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad?” (Eam 8) ¿Cuáles son los lugares, las personas, los dones que nos hablan

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de ti, nos ponen en comunión contigo y nos permiten ser discípulo y misioneros tuyos? 22

1.El encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia.

Con las palabras del papa Benedicto XVI, repetimos con certeza: ¡La Iglesia es nuestra casa! ¡Esta es nuestra casa! ¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo:

Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y

en la otra vida! (Benedicto XVI, 12.05.07).

2.Encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia.

La Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo” (DV 9), es, con la Tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a

anunciarlo. De aquí la invitación de Benedicto XVI: “Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y El Caribe se dispone a emprender, a partir de esta

V Conferencia General en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento

profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6,63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios” (Benedicto XVI, DI 3).

Se hace, pues, necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de

renovada comunión y solidaridad” (Eam 12). Esta propuesta será mediación de encuentro con el Señor si se presenta la Palabra revelada, contenida en la Escritura, como fuente

de evangelización. Los discípulos de Jesús anhelan nutrirse con el Pan de la Palabra:

quieren acceder a la interpretación adecuada de los textos bíblicos, a emplearlos como

22 DA 245-257.

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mediación de diálogo con Jesucristo, y a que sean alma de la propia evangelización y del anuncio de Jesús a todos. Por esto, la importancia de una “pastoral bíblica”, entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra. Esto exige, por parte de obispos, presbíteros, diáconos y ministros laicos de la Palabra, un acercamiento a la Sagrada Escritura que no sea sólo intelectual e instrumental, sino con un corazón “hambriento de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11).

3.Entre las muchas formas de acercarse a la Sagrada Escritura, hay una privilegiada a la que todos estamos invitados: la Lectio divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura.

Esta lectura orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús-Maestro, al conocimiento del misterio de Jesús-Mesías, a la comunión con Jesús-Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús-Señor del universo. Con sus cuatro momentos (lectura, meditación, oración, contemplación), la lectura orante favorece el encuentro personal con Jesucristo al modo de tantos personajes del evangelio: Nicodemo y su ansia de vida eterna (cf. Jn 3,1-21), la Samaritana y su anhelo de culto verdadero (cf. Jn 4,1-42), el ciego de nacimiento y su deseo de luz interior (cf. Jn 9), Zaqueo y sus ganas de ser diferente (cf. Lc 19,1-10). Todos ellos, gracias a este encuentro, fueron iluminados y recreados porque se abrieron a la experiencia de la misericordia del Padre que se ofrece por su Palabra de verdad y vida. No abrieron su corazón a algo del Mesías, sino al mismo Mesías, camino de crecimiento en “la madurez conforme a su plenitud” (Ef 4,13), proceso de discipulado, de comunión con los hermanos y de compromiso con la sociedad.

4.Encontramos a Jesucristo, de modo admirable, en la Sagrada Liturgia.

Al vivirla, celebrando el misterio pascual, los discípulos de Cristo penetran más en los misterios del Reino y expresan de modo sacramental su vocación de discípulos y misioneros. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II nos muestra el lugar y la función de la liturgia en el seguimiento de Cristo, en la acción misionera de los cristianos, en la vida nueva en Cristo, y en la vida de nuestros pueblos en Él (cf. SC 7).

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5.La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo.

Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido.

6.Se entiende, así, la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial.

Sin una participación activa en la celebración eucarística dominical y en las fiestas de precepto, no habrá un discípulo misionero maduro. Cada gran reforma en la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la Eucaristía. Es importante, por esto, promover la “pastoral del domingo” y darle “prioridad en los programas pastorales” (Benedicto XVI, DI 4), para un nuevo impulso en la evangelización del pueblo de Dios en el Continente latinoamericano.

A las miles de comunidades con sus millones de miembros que no tienen la oportunidad de participar de la Eucaristía dominical, queremos decirles, con profundo afecto pastoral, que también ellas pueden y deben vivir “según el domingo”. Ellas pueden alimentar su ya admirable espíritu misionero participando de la “celebración dominical de la Palabra”, que hace presente el Misterio Pascual en el amor que congrega (cf. 1 Jn 3,14), en la Palabra acogida (cf. Jn 5,24-25) y en la oración comunitaria (cf. Mt 18,20). Sin duda, los fieles deben anhelar la participación plena en la Eucaristía dominical, por lo cual

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también los alentamos a orar por las vocaciones sacerdotales.

7.El sacramento de la reconciliación.

Es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de cuanto nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso.

8.La oración personal y comunitaria.

Es el lugar donde el discípulo, alimentado por la Palabra y la Eucaristía, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre. La oración diaria es un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo misionero. Por eso, “es necesario aprender a orar, volviendo siempre de nuevo a aprender este arte de los labios del Maestro” (NMI 33).

9.Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno.

Allí Él cumple su promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Está en todos los discípulos que procuran hacer suya la existencia de Jesús, y vivir su propia vida escondida en la vida de Cristo (cf. Col 3,3). Ellos experimentan la fuerza de su resurrección hasta identificarse profundamente con Él: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

Está en los Pastores, que representan a Cristo mismo (cf. Mt 10, 40; Lc 10,16). Los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envío (LG 20).

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Está en los que dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y por el bien común, algunas veces llegando a entregar la propia vida, en todos los acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, que nos invitan a buscar un mundo más justo y más fraterno, en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian.

10. También lo encontramos de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt 25,37-40).

Ellos reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo (NMI 149). El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos (cf. NMI 25) y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino.

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EL PEQUEÑO PEZ (Anthony de Mello) «Usted perdone», le

EL PEQUEÑO PEZ (Anthony de Mello)

«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».

«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».

«¿Esto? Pero si esto no es más que agua. Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo. Seguramente sucede lo mismo en la búsqueda de Dios. «Si deseas conocer al Creador, conoce la creación» (San Columbano).

conocer al Creador, conoce la creación» (San Columbano). Para la reflexión personal: 1. ¿He tenido un

Para la reflexión personal:

1.¿He tenido un encuentro personal y significativo con Jesucristo?

2.¿Dónde lo experimento vivo y presente en la actualidad?

3.Busca en la Biblia el Salmo 41 y recita con fe: “Como busca la cierva

corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío

2.2. La oración en la vida del cristiano 23

«Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. ¿Acaso alguno de ustedes daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O le daría una culebra cuando le pide un pescado?

23 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2558-2682.

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Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan! Tolo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos:

ahí está toda la Ley y los Profetas »

(Mt 7, 7-12)

2.2.1. La llamada universal a la oración.

¿Qué es la oración? «La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (S. Juan Damasceno). Pero es, sobre todo, la relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero. Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso con Él. La oración acompaña a toda la historia de la salvación como una llamada reciproca entre Dios y el hombre. Por eso, podemos decir que:

a)La oración es un Don de Dios, iniciativa suya. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cf. S.Agustín). b)La oración es Alianza, el lugar de encuentro entre Dios y el hombre en Cristo.

c)La oración es Comunión de vida, relación, estar en presencia de Dios.

Jesús y la oración. 1.Jesús ora con frecuencia a Dios, como un hijo a su Padre: ¡Abba! Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amoroso a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada. 2.Jesús nos enseña a orar al Padre con confianza: ¡Padre nuestro! En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseveran-te, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. 3.Jesús escucha nuestra oración:

El mismo escucha las plegarias que se le dirigen. «Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El se dirige nuestra oración como a Dios nuestro» (S.Agustín).

La oración de la Iglesia

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El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hch 2,1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu (Hch 1,14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo, será también quien la instruya en la vida de oración.

En la primera comunidad de Jerusalén, los creyentes «acudían asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2,42). Esta secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía.

Estas oraciones son en primer lugar las que los fieles escuchan y leen en la Sagrada Escritura, pero las actualizan, especialmente las de los salmos, a partir de su cumplimiento en Cristo. El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante, conduce a ésta también hacia la Verdad plena y suscita nuevas formulaciones que expresarán el insondable Misterio de Cristo que actúa en la vida, en los sacramentos y en la misión de su Iglesia. Estas formulaciones se desarrollan en las grandes tradiciones litúrgicas y espirituales.

La oración cristiana es trinitaria y mariana. Está dirigida principalmente al Padre, pero igualmente se dirige a Jesús, en especial por la invocación de su santo Nombre. Pero «nadie puede decir: "Jesús es Señor", sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Co 12,3). La Iglesia nos invita a invocar al Espíritu Santo como Maestro interior de la oración cristiana. Asimismo, en virtud de su cooperación singular con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ora también en comunión con la Virgen María para ensalzar con ella las maravillas que Dios ha realizado en ella y para confiarle suplicas y alabanzas. María es la orante perfecta, figura de la Iglesia: La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de María. 2.2.2. Formas de la oración

1.La bendición y la adoración:

La bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda

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bendición. Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo, desciende de junto al Padre (es Él quien nos bendice).

La adoración es la actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libra del mal.

2. La oración de petición:

Es pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso «luchar en la oración». La petición de perdón es el primer movimiento de oración de petición. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros: entonces interceder, pedir a favor de otro, es lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios.

La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del reino que viene. Primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Por tanto, la oración de petición tiene por objeto el perdón, la búsqueda del Reino y cualquier necesidad verdadera propia y ajena.

3.La oración de intercesión:

Jesús es el único intercesor ante el Padre a favor de todos los hombres. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo. En la intercesión, el que ora busca «no su propio interés sino el de los demás» (Flp 2,49), hasta rogar incluso por los que le hacen mal. Es la expresión de la comunión de los santos. La oración de intercesión consiste en una petición en favor de otro. No conoce fronteras y se extiende hasta los enemigos.

4.La oración de acción de gracias:

La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia. Todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (1 Ts 5,18). «Sed

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perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

5.La oración de alabanza:

La alabanza es la forma de orar que reconoce que Dios es Dios. Le canta por El mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que El es. La alabanza integra las varias formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su termino: «un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Co 8,6). La oración de alabanza, totalmente desinteresada, se dirige a Dios; canta para El y le da gloria no sólo por lo que ha hecho sino porque El es.

La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la «ofrenda pura» de todo el Cuerpo de Cristo «a la gloria de su Nombre»; es «el sacrificio de alabanza».

2.2.3. Fuentes de la oración

1.La Palabra de Dios La Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles

la lectura asidua de la

Escritura para que adquieran "la ciencia suprema de Jesucristo" (Flp 3, 8). La lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el dialogo de Dios con el hombre, pues «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras».

2.La Liturgia de la Iglesia En la liturgia sacramental de la Iglesia se anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación y se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive «en lo secreto» (Mt 6,6), siempre es oración de la Iglesia y comunión con la Santísima Trinidad.

3.Las virtudes teologales La oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. Los salmos muy particularmente nos enseñan a fijar nuestra

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esperanza en Dios: «En el Señor puse toda mi esperanza» (Sal 40,2). «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13).

La oración saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como El nos ha amado. El amor es la fuente de la oración:

quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración: «Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y

prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo. Señor, y la única gracia que te pido

Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos

es amarte eternamente

que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro».

4.Vivir la oración en el «aquí y ahora» Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual. Sin embargo, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los «pequeños», a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas.

impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Para la reflexión personal: 1.¿Qué lugar ocupa en mi

Para la reflexión personal:

1.¿Qué lugar ocupa en mi vida espiritual la oración? 2.¿Cuál de las diferentes formas de oración suelo realizar? 3.Hago un compromiso por mejorar mi oración personal y en familia, rezando juntos la Oración por la familia (ver Anexo II)

2.3. Maestros, lugares y expresiones de la oración 24 .

«Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en

24 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2683-2719.

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las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes

oren

de

esta

manera:

Padre

nuestro,

que

estás

en

el

cielo,

santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los

perdonará a ustedes»

(Mt 6, 5-14)

2.3.1.Maestros de la oración.

a) Testigos de la oración

Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf. Hb 12,1), especialmente los que la Iglesia reconoce como «santos», participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar «en la alegría» de su Señor, han sido «constituidos sobre lo mucho» (cf Mt 25,21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.

En la comunión de los santos, se han desarrollado diversas espiritualidades a lo largo de la historia de la Iglesia. El carisma personal de un testigo del amor de Dios hacia los hombres puede transmitirse a fin de que sus discípulos participen de ese espíritu como aconteció con el «espíritu» de Elías a Eliseo (cf 2R 2,9) y a Juan Bautista (cf Lc 1,17). En la confluencia de corrientes litúrgicas y teológicas se encuentra también una espiritualidad que muestra cómo el espíritu de oración incultura la fe en un ámbito humano y en su historia. Las diversas espiritualidades cristianas participan en la tradición viva de la oración y son guías indispensables para los fieles. En su rica diversidad,

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reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo. «El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado templo suyo» (S.Basilio).

b) Servidores de la oración

La familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración. Fundada en el sacramento del Matrimonio es la «iglesia doméstica» donde los hijos de Dios aprenden a orar «como lglesia» y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo.

Los ministros ordenados son también responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas.

Muchos religiosos han consagrado y consagran toda su vida a la oración. Desde el desierto de Egipto, eremitas, monjes y monjes han dedicado su tiempo a la alabanza de Dios y a la intercesión por su pueblo. La vida consagrada no se mantiene ni se propaga sin la oración; es una de las fuentes vivas de la contemplación y de la vida espiritual en la Iglesia.

La catequesis de niños, jóvenes y adultos está orientada a que la Palabra de Dios se medite en la oración personal, se actualice en la oración litúrgica y se interiorice en todo tiempo a fin de fructificar en una vida nueva. La catequesis es también el momento en que se puede purificar y educar la piedad popular. La memorización de las oraciones fundamentales ofrece una base indispensable para la vida de oración, pero es importante hacer gustar su sentido.

Grupos de oración, es decir, «escuelas de oración», son hoy uno de los signos y uno de los acicates de la renovación de la oración en la Iglesia, a condición de beber en las autenticas fuentes de la oración cristiana. La salvaguardia de la comunión es señal de

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la verdadera oración en la Iglesia.

El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual).

2.3.2. Lugares favorables para la oración.

La iglesia, casa de Dios es el lugar propio de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar privilegiado para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para la verdad de la oración:

1. Para la oración personal, el lugar favorable puede ser un «rincón de oración», con las Sagradas Escrituras e imágenes, a fin de estar «en lo secreto» ante nuestro Padre (cf Mt 6,6). En una familia cristiana este tipo de pequeño oratorio favorece la oración en común;

2. En las regiones en que existen monasterios, una misión de estas comunidades es favorecer la participación de los fieles en la Oración de las Horas y permitir la soledad necesaria para una oración personal más intensa;

3. Las peregrinaciones evocan nuestro caminar por la tierra hacia el cielo. Son tradicionalmente tiempos fuertes de renovación de la oración. Los santuarios son, para los peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares excepcionales para vivir en comunión con la Iglesia las formas de la oración cristiana.

4. Sobre todo el templo, que es el lugar propio de la oración litúrgica para la comunidad parroquial y el lugar privilegiado de la adoración eucarística.

2.3.2. Las expresiones de la oración

La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»:

«Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (S. Gregorio Nacianceno). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular

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dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.

La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.

El Señor conduce a cada persona por los caminos que El dispone y de la manera que El quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

a) La oración vocal

Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquel a quien hablamos en la oración. «Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas» (S.Juan Crisóstomo).

La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el «Padre Nuestro». Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga: los Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del Padre (cf Mt 11,25-26), hasta la agonía de Getsemaní (cf Mc 14,36).

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Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible.

Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la oración que brota viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, porque esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho.

La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquel «a quien hablamos» (Sta.Teresa de Jesús). Por ello, la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa.

b) La meditación

La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los cristianos no les falta: las Sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los Padres espirituales, las obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia. la pagina del «hoy» de Dios.

Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

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Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador (cf Mc 4,4-7.15-19). Pero un método no es más que un guía: lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración su, cristiana se aplica preferentemente a meditar «los misterios de Cristo», como en la «lectio divina» o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con Él.

c) La oración contemplativa

¿Que es esta oración? Santa Teresa responde: «No es otra cosa oración mental,

a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».

La contemplación busca al «amado de mi alma». Esto es, a Jesús, y en El, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de El y vivir en El. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida, reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor

con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas

y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede

entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la

pobreza y en la fe.

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La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística:

«recoger» el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

La contemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a el amando más todavía (cf Lc 7,36-50; 19,1-10). Pero sabe que su amor, a su vez es él que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

Así la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia: no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf Jr 31,33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, «a su semejanza».

La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede «que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor» (Ef 3,16-17).

La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. «Yo le miro y él me mira», decía a su santo cura un campesino de Ars ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a mí. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el «conocimiento interno del Señor» para más amarle y seguirle (cf. S.Ignacio de Loyola).

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Jaume Benaloy Marco

Guiatext de Vida espiritual

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La oración contemplativa es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.

La contemplación es silencio, este « símbolo del mundo venidero » (San Isaac de Nínive) o “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

La oración contemplativa es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

La oración contemplativa es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. El Espíritu de Jesús, no la “carne que es débil”, hace que llevemos a la vida en la oración contemplativa los tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús. Es necesario aceptar el «velar una hora con él » (cf Mt 26,

40).

aceptar el « velar una hora con él » (cf Mt 26, 40). Para la reflexión

Para la reflexión personal:

1.¿Quién me enseñó a rezar? Le doy gracias a Dios por tan buenos maestros espirituales y me comprometo a ser yo también maestro para otros. 2.¿En qué lugares y momentos mi alma se eleva en oración con mayor facilidad? 3.¿Cuál de las diferentes expresiones de la oración me resulta más desconocida? ¿Qué puedo hacer para iniciarme en ella?

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2.4. Vivir la espiritualidad como discípulos y misioneros de Jesucristo

«En esto reconocemos que moramos en él y él en nosotros:

en que nos ha dado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo, como Salvador del mundo.

Si

uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él, y él en Dios.

Y

nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor:

y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,13-16)

el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,13-16) «Conocer a Jesucristo por

«Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado» (DA 18)

2.4.1. Llamados al seguimiento de Jesucristo