ANÓNIMO IBÁÑEZ

TRAS LA SENDA HELICOIDAl

Todos los derechos reservados 2012

1
dentro, en este frondoso bosque, las noches son terriblemente oscuras, como si el cielo hubiese sido teñido con polvo de pizarra. Me encuentro solo, perdido; y esta niebla no hace más que empeorar las cosas, empapándome desde la piel hasta las entrañas. ¡Si al menos tuviese la certeza de que esta insidiosa obnubilación es externa y no interna! Pero sólo sé que me siento como si tuviera delante siete velos, que no desaparecen, que persisten, que me privan del ingrávido baile de la diosa desnuda sobre la gran caracola. Ya expuestos mis anhelos, ahora debería decir quién soy; pero no puedo. No, no es que me avergüence decirlo: simplemente, no sé quién soy. Pero si tenéis necesidad de darme un nombre, llamadme Vida; si tenéis necesidad de conocer mi patria, decid Tierra; si tenéis necesidad de otorgarme una profesión, proclamadme Esteta; si tenéis necesidad de ponerme una etiqueta, consideradme un Loco; si tenéis necesidad, si todavía sentís… alguna Necesidad. Acabo de despertarme. Sin darme cuenta, he debido quedarme dormido bajo esta higuera de incipientes frutos, y creo que he tenido un sueño, una de esas perturbadoras pesadillas más propias de la adolescencia que de mi recién estrenada vida adulta. Y no sé si ese ha sido el motivo de que me haya despertado con la extraña sensación de que se hace tarde. No sé para qué, pero se hace tarde. Invadido por esta extraña premura, giro la muñeca y miro el reloj; sus infatigables agujas me recuerdan que iba de camino a la facultad. ¿Cuál de ellas os preguntáis? ¿Qué importancia tiene eso cuando todas ellas enseñan la misma doctrina? ¡Qué tiempos aquellos en los que en la universidad se adquirían conocimientos universales!, como por otra parte su nombre parece indicar. Añoro

Aquí

aquella época aún sin haberla vivido, o quizás sí la he vivido y no lo recuerdo, y lo que siento ahora no son más que vagas reminiscencias de otra vida más pura y, tal vez, más noble. En esta ciudad vive mucha gente, demasiada. Su caminar endiabladamente raudo me deja estupefacto. Es muy curioso, da la impresión que todos se dirigen hacia el mismo lugar y con la misma urgencia. El característico olor del cemento mojado invade las atiborradas calles, misturándose a su vez con el hedor que desprenden las innumerables deyecciones de los cánidos y algún que otro orín de eses seres bípedos que pueblan las aceras. Dadas las circunstancias, aparto la vista del suelo para dirigir mi mirada al cielo. Hoy la atmósfera se ve más anaranjada de lo que ya es habitual en esta infectada ciudad. De repente, me viene una extraña idea a la cabeza: desde que he despertado, no he hecho más que deambular por una ciudad que creía conocer, pero que ya no reconozco, viéndome obligado a observar actitudes de individuos que ya no comprendo. - Seguramente, actitudes de individuos con escasas aptitudes – dije maliciosamente para mis adentros. Por un momento, pensé en la posibilidad de que mi plácido (por comparación) sueño bajo la higuera haya durado siglos y, ahora, al despertarme, me encuentre en una época y en un lugar al que no pertenezco. Sí, quizá sea ésta la verdadera causa de este inquietante estupor. Sin embargo, la visión de un compañero de adoctrinamiento me devuelve a la cruda realidad: me dirigía a la universidad; tengo clase de cuatro a nueve de Pensamiento Unidimensional. El edificio donde se imparten las clases, que en otros tiempos (me atrevería a decir que mejores) había sido un concesionario de Mercedes Benz, ostenta un largo y angosto pasillo de color blanco hospital, en cuyas paredes todavía se adivinan los viejos carteles de berlinas y deportivos de antaño. Sin embargo, ahora allí se muestran, no sin cierto orgullo, las fotos de diversas promociones de encorbatados oligofrénicos que se han aprendido de memoria el desolador catecismo de los mercados. Al final del pasillo se hallan, a mano derecha, las escaleras que conducen a la cafetería. Como son las 15:30, y falta media hora

para que empiece mi primera clase, decido bajar allí a tomar una cerveza; acto que, con el tiempo, se ha ido convertiendo en un ritual con la quimérica intención de aletargar mis nervios y poder así soportar las clases. Pero al menos éste es el único lugar de esta repugnante ciudad donde beber todavía es barato. ¡Algo bueno tenía que encerrar este antro! Mientras saboreo mi amarga y refrescante bebida, observo a la masa allí aglutinada. ¡Qué risas, qué felicidad, qué fiesta! El mundo se desmorona, pero que continúe la fiesta; parecían decirme todos aquellos uniformes rostros embriagados de triste felicidad. Y, en aquel momento, empaticé como nunca con el personaje de Sofia Loren en el maravilloso final de “La caída del Imperio romano”, cuando exclamaba indignada a la plebe: “acaso no lo veis, no os dais cuenta, Roma ha muerto”; pero la masa, por el contrario, estaba convencida de que Roma se encontraba en su máximo esplendor y había que celebrarlo. Pues ahora ha llegado el momento de decir: ¡Occidente ha muerto! O es que no percibís el hedor de este pestilente cadáver, cuyos miembros ya entumecidos por un inapelable rigor mortis, se desquebrajarían con pasmosa facilidad, por el simple hecho de intentar moverlo, de conducirlo hacia otro lugar. ¡Qué lejanos aquellos tiempos de esa autoproclamada gran Europa! Hoy este viejo y exhausto continente se ha convertido en una especie de colonia de las grandes corporaciones que en su día hubo creado, cediéndole la sede principal a ese país ubicado al otro lado de la ciénaga, al que Hollywood tuvo que inventar una historia. Pero ese país tan poco aromático al que se refería Baudelaire es hoy más decente y preferible que, al menos, media Europa; donde nos conformamos con comportamos de manera simiesca, imitando toda la basura que viene de allá, convirtiéndonos así en unos desfallecidos aduladores de la mediocridad, ya sin fuerzas, o lo que es peor, sin ganas para presentar una alternativa. La repentina llegada de un amigo, me distrae de mis pensamientos y me devuelve a la realidad. Se trata de Montes, un tipo inteligente, culto y sensible, cualidades ya difíciles de encontrar por separado en individuos de mi generación,

imaginaros las tres juntas. De hecho, es él quien me informa de que está a punto de comenzar la clase. Nos despedimos momentáneamente al dirigirse él hacia el aula 1 y yo hacia la 2; pero no sin antes quedar citados para una hora más tarde en la tasca de siempre. Al parecer tiene algo atractivo que proponerme. Es sorprendente la gran afluencia de gente que ha venido a clase esta tarde. Me siento en las últimas filas, como tengo por costumbre, y al poco rato, llega la profesora y dice que hoy vamos a hacer una clase “práctica”. Se dirige al alumnado y nos informa de que nos va a entregar varios tests a cada uno de nosotros que debemos completar. Asegura que son muy interesantes y entretenidos, y que disponemos de toda la hora de clase para realizarlos. Después de un breve instante de espera, una atractiva compañera me entrega los dichosos tests. Los leo con el mayor asombro. Resultaron ser esa clase de cuestionarios con los que los psicólogos más mentecatos etiquetan a las personas en sus absurdos y reduccionistas tipos de personalidad, sólo que éstos en concreto eran más delirantes y pueriles, si cabe. En ese preciso momento caigo en la cuenta de que la universidad no es esa chapucera extensión del instituto que yo creía, ya de por sí frívolo, chabacano y ramplón hasta decir basta. No, ahora pienso que tiene más parecido con un negligente centro de educación especial. Como soy previsor, siempre llevo en la carpeta un libro de pequeño tamaño pero de gran valor. Éstos son los que me ayudan a pasar el rato cuando el leve efecto narcótico de la cerveza fracasa en aquellas clases que son más insoportables de lo habitual. Hoy traigo un ejemplar del Tao Te Ching. Sin duda, el paradigma de cómo reunir gran parte de la antigua (y olvidada) sabiduría humana en un brevísimo tratado. Estaba intentando concentrarme en su lectura (algo realmente difícil dado el gallinero en que se había convertido la clase), cuando la impertinente profesora se dirige a mí con cara de pocos amigos. - ¿Qué estás leyendo?- me pregunta, con el tono que emplearía un policía si sorprendiera a un delincuente en flagrante delito. Sin mediar palabra, le señalo la portada del libro. - No lo conozco. ¿Tiene algo que ver con la asignatura?

- ¿Estás de coña? – le respondí, convencido por la ceñuda expresión de su rostro que la pregunta había sido formulada con la más estricta seriedad. Su ignorancia me conduce a un inevitable brote de repentina hilaridad. No puedo reprimirme y lanzo una soberbia carcajada. Entonces, la profesora me larga una reprimenda: - No entiendo a la gente como tú. Venís a clase, pasáis de todo y me faltáis al respecto leyendo chorradas que nada tienen que ver con mi asignatura; y si os pregunto de qué va la cosa, me contestáis con risas histéricas y descontroladas. La gente como tú, sois precisamente quienes deberíais prestar más atención a esta clase de tests. “La gente como tú.” ¿Qué diablos sabrá esa chiflada y recalcitrante ignorante cómo es la gente como yo? En fin, dejo que se desahogue y continúo con mi lectura. Ella, finalmente, se calma y se dirige hacia su mesa, quedándose allí los cincuenta minutos restantes haciendo que ordenaba unos papeles. Yo, por mi parte, pasé de los jodidos tests y proseguí con mi lectura, tratando vanamente de dejar a un lado el repetitivo y obsesivo pensamiento de si quedará algún docente decente sobre la faz de la Tierra. Al finalizar la clase, me dirijo a la tasca donde me había citado con Montes. Justo al entrar, lo veo en una de las mesas del fondo. Se disponía a llevarse una inmensa taza de café a los labios, cuando tomé la silla de al lado y me senté junto a él. Sentía curiosidad acerca de qué quería hablarme, así que fui directamente al grano: - Hola, de nuevo. ¿Qué es eso tan interesante que quieres proponerme? - Pues, un viaje por las montañas del interior. -Sue na bastante bien. ¿Quiénes iríamos? – inquirí efusivamente. - Los de siempre: Arcano, Barquero, Covas, Del río y nosotros los dos. - Por mí perfecto. ¿Cuándo partiríamos? –Dije ya, sin necesidad de pensar. - Depende de los demás, aunque si fuera por mí, el viernes sería estupendo.

- ¿Y volver? - ¿Quién sabe? No tiene ningún sentido hacer tantos planes. Le doy la razón y me acerco a la barra para pedir un café con leche. Cuando regreso a la mesa, le narro el lamentable episodio sucedido en clase. - Todo esto que me cuentas no me extraña en absoluto. Hizo una breve pausa para acercar la silla donde estaba sentado a la mesa y, apoyando sus codos en ésta, prosiguió: - Date cuenta de que los especialistas, a menudo, se comportan como si no existiese nada ajeno a su especialidad, y pretenden explicar empero todo un mundo que desconocen desde ese pequeño reducto de conocimiento que ellos creen dominar, por la sencilla razón de que piensan que su especialidad es la más compleja e interesante. Suelen confundir información con conocimiento, olvidándose que para llegar a alguna parte, esa información necesita ser hilvanada. Y para hilvanarla es tan necesaria o más una visión global del todo como profundizar en una pequeña parte. Olvidan completamente el concepto místico, y si me apuras, científico, que afirma que todo está relacionado con todo. - ¿Holismo contra reduccionismo? - No se trata sólo de eso, sino de ceguera contra sentido común. Decantarse exageradamente por una cosa o la otra es igual de estúpido. El especialista puro no puede hablar con propiedad ni siquiera de su especialidad. Esto, aunque a priori pueda parecer ridículo, está muy lejos de ser un pensamiento diletante, porque si lo analizamos profundamente, nos daremos cuenta de que para comprender una determinada materia a un nivel profundo, tendremos la necesidad de recurrir a los campos más diversos y dispares del conocimiento. Digamos que los especialistas necesitan desespecializarse para encontrar las claves que le permitan comprender mejor su propia especialidad, si no acabarán por correr el riesgo de saberlo todo acerca de nada. Y ya sabes que al cero poco le importa lo grande que sea el número por el que lo multipliquemos, ya que, de todas formas, permanecerá satisfecho en su invariable nulidad.

- Cierto, pero rara vez los especialistas desean ir más allá de su campo. ¡Joder, de una anécdota que te cuento, sacas todo un discurso filosófico contra la especialización! Después dicen por ahí que soy yo el filósofo y el chiflado. Montes sonríe y, cambiando de tema, me pregunta si voy a ir a clase de seis a siete. - No, ya me llegó por hoy. Lo que voy hacer es pagar estos cafés e irme para casa. Ah, por cierto, cuando sepas a qué hora partiremos el viernes, avísame. Hasta luego.

2
Me apellido Montes, y así me llaman mis amigos, pues en mi
pandilla se da la curiosa circunstancia de que entre nosotros no nos llamamos jamás por el nombre de pila. Supongo que esto se debe, crisis de identidades aparte, a una deformación de los años de colegio e instituto. La única excepción es Vida, que prefiere que le llamemos de esta manera harto curiosa y de quien nunca hemos sabido ni su verdadero nombre ni apellidos, pues con él, hasta ahora, nunca había habido un vínculo escolar, ni nada por el estilo. Además, creo que lo acabáis de conocer y, probablemente, ya os haya hablado de mí, de sí mismo, por supuesto, así como de nuestros planes comunes a corto plazo. Dichos planes consisten en realizar un viaje; eso sí, sin un rumbo fijo. Iremos allá donde el azar o la necesidad o el destino nos quieran llevar. No buscamos nada, pero hay quien dice que ésta es la mejor manera de acabar encontrando algo de valor. En principio, sólo queremos evadirnos de un mundo que nos oprime y que nos devora, un mundo donde (como dice Vida) “jamás había habido tantos medios para comunicarnos pero que sufre una crónica y desesperante incomunicación; un mundo que nunca había estado tan poblado y nunca antes las personas se habían sentido tan solas; un mundo que no comprende que vale bien poco todo aquello que se le puede poner un precio; un mundo en el que jugamos a ser dioses y casi no somos ni hombres; un mundo que ha perdido la memoria; un mundo que no puede o que incluso ya le da pánico reflexionar; un mundo en el que unos cientos de personas poseen las tres cuartas partes de los bienes que le corresponde a miles de millones; un mundo pueril y superficial, hipócrita, débil y cobarde: un mundo enfermo de gravedad, un mundo terminal”. Yo no seré quien le quite la razón; lo que sucede con Vida, es que él es más susceptible, más vehemente. Se siente que está por

encima de la mayoría de la gente; mas no puede evitar que le afecten sus sufrimientos. Él dice que lo que le acongoja es el sufrimiento colectivo a un nivel inconsciente, porque a nivel consciente le resultan indiferentes las alegrías y los sufrimientos de los condicionados por el Sistema. En este sentido, creo yo, que es lo que ansía sentir, no lo que realmente siente. No digo que mienta, simplemente que se marca un pequeño farol. Hablemos ahora de otro de mis amigos, quien también va emprender este viaje a quién sabe dónde: hablemos de Arcano. Es el más extraño de todos, vive en su mundo, y lo cierto es que no acabo de comprender por qué también ha querido emprender esta aventura. No sé, sus razones tendrá, como todos. Tal vez busque algo que los demás desconozcamos. Él siente una especial predilección por los temas místicos, esotéricos, mitológicos y religiosos. De estos últimos le interesa su lado esotérico y exotérico. El primero por ser su lado oculto, es decir, verdades para un puñado de iniciados; del segundo le interesa su lado psicológico, es decir, como unas verdades al alcance de la mayoría, por lo tanto, en principio menores, se pueden convertir, con el ejercicio de una cierta habilidad demagoga, en superchería, adoctrinamiento fanático, fe ciega, superstición y en un diáfano concepto de pastor y de rebaño que ni siquiera se molestan en disimular. Arcano es una persona que se pasa casi todo el tiempo encerrado en su habitación, rodeado de sus libros, que sin duda son los seres que más aprecia. Comparte el mismo techo que sus padres y su hermana, no así su mundo. Todos ellos viven en un bonito chalet, muy grande, y sin embargo acogedor, confortable, elegante y luminoso, que goza de unas magníficas vistas al mar desde su ala oeste y un estupendo paisaje de bosque al este. Posee todo lo que debería tener una casa y absolutamente nada de lo que conforma un hogar. Arcano, a decir verdad, apenas tiene nada en común con su familia y, si voy a ser sincero, con nadie. Solamente mantiene unas mínimas relaciones con su hermana, pues con sus padres el trato ya no existe desde hace tiempo. Ellos tienen asumido que él es un bicho raro; y sí, es cierto, aunque no por ello merece ser tratado de una manera similar a Gregor Samsa. Aunque diciendo

esto ya me estoy preocupando bastante más que él mismo del trato que recibe. Sí, ya sé, ahora estaréis pensado, ¡joder!, por eso mismo quiere emprender el viaje. No, os aseguro que las cosas no suelen ser tan sencillas cuando se trata de Arcano.

3
-Arcano, ¿se pude saber dónde estás? - En mi habitación. Y dime, ¿por qué razón tienes que llamarme tú también así, si eres tan Arcano como yo? De hecho, en muchos aspectos lo eres bastante más. - Es que todo el mundo te llama así y supongo que se me ha pegado. Además, papá y mamá te pusieron un nombre tan ridículo… - Papá y mamá todo lo que hacen es ridículo. - ¿Qué estabas haciendo ahí, encerrado en tu habitación, como siempre? - Estaba leyendo a Euclides. - ¡Por Dios! ¿Es que pretendes medir otra vez la circunferencia de la Tierra? - No, no es eso. - Entonces, ¿de qué se trata esta vez? - De lo de siempre. - ¿De lo de siempre? La última vez estabas buscando a Dios en esos libros tuyos de alquimia y otras locuras por el estilo. - Sí, y continúo buscando a Dios y otras locuras por el estilo. - ¿Y ahora pretendes hallar a Dios en Euclides? - Bernardo de Claraval dijo en su día que Dios era altura, anchura y profundidad, es decir, Geometría. Y Platón, como buen pitagórico, afirmaba que ésta constituía el nexo de unión entre el microcosmos y el macrocosmos, y restringía el acceso a su Escuela a quien no dominara esta disciplina. Así que algo habrá en ella que nos permita una comprensión profunda del mundo. - Bueno, vale, lo que tú digas: geometría y teología, como decía tu querido Ignatius Reyli. Pero hay algo que te venía a decir. - Dilo.

- Te llamó Montes. Dijo que te encargues de avisar a Barquero y a Del río de que el viernes saldréis al amanecer. ¿Se puede saber adónde vais? - A caminar, a contemplar el mundo, a evadirnos; realmente no lo sé. Creo que a cada uno de nosotros le mueve la misma razón, pero desde distintas perspectivas. - ¿Y cuál se supone que es esa causa común? - Averiguar quiénes somos para tratar de llegar a ser algún día aquello que averigüemos ser. - Averiguar quiénes somos es, en mi opinión, un camino que debe andarse en solitario, no con un grupo de amigos. Todo esto me parece muy superficial viniendo de ti. Creo que todo esto no es más que una disculpa para llevar, hasta las últimas consecuencias, alguna de tus innumerables obsesiones. - No es una disculpa e, indudablemente, hay una buena parte de razón en lo que dices. Es cierto que, llegada la hora de la verdad, ese camino debe recorrerse en soledad; mas eso no impide que lo podamos emprender juntos. De hecho, creo que es lo más lógico, porque el principio es común para todos, y la ayuda de los demás puede ser muy útil para encontrar el sendero. Otra cosa muy distinta será adentrarnos en el bosque. Ahí sí que estaremos solos con nuestra sombra, perdidos entre la espesura cual Pulgarcitos y sin posibilidad de dejar un rastro para regresar. ¡Y qué inútil sería éste! Porque de este camino no habrá vuelta; podrá completarse o no, pero nunca volver al principio. - Joder, ¡mira que eres fatalista! Por lo demás, hay quien afirma que al final del camino nos encontraremos exactamente en el comienzo. Lo que quiero decir, es que al igual que si nos dirigimos ininterrumpidamente hacia el oeste acabaremos por llegar al este, cuanto más nos acerquemos al final del camino más próximos estaremos del comienzo. - No me satisface ese símil, porque sólo es válido en un contexto circular y finito, y yo creo que el camino que nos ha de llevar a ser lo que somos es como me imagino al Universo: Helicoidal e Infinito. Al final de cada tramo del camino no nos encontraremos con el principio, sino con un principio, que estará un nivel más elevado que el principio anterior.

- Bueno, me gustaría seguir platicando contigo, pero tengo que ir a clase. - ¿Nunca te cansas de oír rebuznar a los profesores día tras día? Hermanita, nada crece en los campos yermos. - No seas tan radical, siempre se aprende algo; hasta de los más ignorantes se puede aprender infinidad de cosas si se le presta la debida atención. Y esto también es válido para los listillos egocéntricos como tú. - Es posible, al menos con aquéllos que son conscientes de su ignorancia; ¿pero crees que vale la pena adquirir algún conocimiento superficial a cambio de llenarte de los perjuicios y prejuicios, que año tras año y generación tras generación, repiten esos zafios doctores especializados en falsedades, insensateces y perogrulladas? - No sé, qué quieres que te diga; yo no lo veo tan negro. Anda, hasta luego. Esta es mi hermana, al igual que mis progenitores nunca me entenderá; aunque ella por lo menos escucha. Su personalidad pequeño-burguesa no está tan acentuada como en el caso de mis padres. ¡Mis padres! ¿Cómo puedo ser yo hijo de mis padres, si no tengo nada que ver con ellos ni con su mundo? Habría llegado a pensar que fui adoptado, si no fuera porque me parezco físicamente a mi padre. Qué más da…, para mí, nunca ha sido un problema ser un desclasado. ¿Qué dijo mi hermana? ¿Qué tengo que avisar a Barquero y a Del río de que partiremos pasado mañana al salir el sol? Sí eso creo. ¡Joder!, acabo de estar con ella y ya ni recuerdo lo que me dijo. Cada vez me ensimismo con mayor facilidad. Iré a ver a Barquero, entonces. Él es una persona analítica, muy racional en el buen sentido de la palabra y bastante inteligente. Las ciencias le apasionan, sobre todo en su parte más teórica y especulativa. De un tiempo para esta parte no hemos acostumbrado a mantener infinitud de discusiones, algunas de las cuales resultan enriquecedoras. Él suele decirme que me creo un santo y que no soy más que un alucinado, y que de un simple botón siempre quiero llegar a deducir el color de la camisa. En lo primero está equivocado, respecto a lo segundo quiero creer que también lo

está. Yo, por mi parte, suelo recriminarle su tendencia científica – al menos de lo que se entiende hoy en día como ciencia- al reduccionismo. No es precisamente Barquero el mejor ejemplo de esta estrechez mental y angostura espiritual; mas se lo digo porque sé que le jode. Él asegura que la hipótesis más interesante en que está inmersa la física en la actualidad es la teoría de supercuerdas o, a día de hoy, casi sería más conveniente llamarla teoría de membrana. Por lo que él dice, ésta tiene algunas similitudes estéticas con la visión pitagórica del universo, con la Danza de Shiva, con la cosmología tolteca y otras áreas del misticismo. ¿Ciencia y mística de nuevo fusionadas? Eso suena muy a Era de Acuario. Sería maravilloso, aunque podría ser sólo un espejismo. Sea como sea tendré que introducirme en dicha teoría, pues en ese campo soy un perfecto ignorante y, además, me siento muy intrigado en ese curioso efecto colateral que presenta esa maravillosa conjetura; me refiero a la apabullante hipótesis de los multiversos. Mientras os describía muy rudimentariamente – lo reconozco – la personalidad de Barquero, ya que la apariencia física me importa muy poco, y además creo que a las personas es mejor y más honesto ir conociéndolas poco a poco y por uno mismo, para así evitar pensamientos apriorísticos; mis descripciones, en lo que concierne a las personas, siempre serán escuetas. A lo que iba… sin apenas darme cuenta, ya estoy atravesando el zaguán de su casa. - Te estaba esperando. Ya tengo casi todo preparado para mañana. ¿A qué hora partiremos? - El viernes, al despuntar el día – le informo. - Como debe ser. Los pronósticos del tiempo dicen que ese día nos encontraremos ante una mañana de niebla muy densa. - Eso no será inconveniente. ¿Qué llevarás de vituallas? - Algo de comida basura. Me refiero a latas de conserva, patatillas fritas y mierdas por el estilo; ya sabes que yo, al igual que mucha gente hoy en día, más que un estómago, en mi interior, albergo toda una planta de reciclaje. Aunque también llevo comida decente: jamón, pan de molde casero, agua, vino, cerveza y, por supuesto, miel. - Tú y la miel…

- Parece mentira que no muestres más interés por ella cuando es, sin lugar a dudas, el alimento sagrado por excelencia. Además, es energético, antioxidante, fungicida, antibiótico y antivírico, y conservado en buenas condiciones nadie sabe lo que puede aguantar sin corromperse. Se dice que se ha encontrado miel del Egipto faraónico en perfecto estado de conservación. Y eso, a quienes estáis tan flipados con las pirámides, debería de interesaros, ¿no? - Pues no. Y además, toda esa letanía ya te la he oído muchas veces. - De acuerdo. Entonces, te diré algo que no creo que te haya dicho. - Si tiene algo que ver con tu obsesión con la miel, ni te molestes. - No, más bien se trata de… pájaros – dijo, tras pensárselo un rato. - A ver… entonces cuenta. - ¿Sabes que existe una tribu en África, creo que son los bosquimanos o wasabi, que logra comunicarse con el pájaro de la miel? - No sé por qué coño te hago caso… Además, ¿el wasabi no es una salsa japonesa? - Bueno… pues quizá se hagan llamar basarawa o algo por el estilo. Y tampoco sé si el pájaro tiene un nombre indígena del cual ahora mismo no me acuerdo; aunque me parece que no, que incluso ellos también lo llaman así, simplemente “pájaro de la miel”. - Vale. ¿Qué pasa con ese maldito pájaro? - Que esa tribu africana logra una muy compleja comunicación con él mediante silbidos, es decir, con música. Si hay un lenguaje común a todos los seres vivos, ése es la música. - ¿Y de qué hablan? - Pues, el pájaro de la miel les indica a los hombres donde se encuentran las colmenas. - ¿Por qué lo hace? ¿Acaso al pájaro de la miel no le interesa la miel? - Precisamente porque le interesa le indica el camino a los hombres, ya que él, por sí solo, no puede hacerse con el panal.

Por ese motivo, lleva a los apicultores hasta la colmena y luego éstos reparten el panal en tres partes: una parte para la tribu, otra para el pájaro y la tercera se queda en la colmena. - ¿Sabes si son equitativas? - No lo sé, y además ése no es el caso. Lo que realmente importa es que todos salen beneficiados gracias a la cooperación. Las abejas seguirán subsistiendo porque se le deja una parte para su propio alimento; el pájaro logra un alimento inalcanzable para él, y los hombres pueden localizar grandes colmenas, que por estar en lugares muy recónditos o en el interior de los troncos huecos de los baobabs, difícilmente lograrían dar con ellas sin la ayuda del pajarillo. - Esa tribu parece seguir el principio taoísta que afirma que cuanto más des más rico serás. - Así es, y tal comportamiento bien poco se parece a la lucha por la supervivencia darwiniana. Si sólo se tratara de ser los más fuertes, no garantizaríamos nuestro futuro a largo plazo. En el mejor de los casos solamente lograríamos ser los últimos en perecer. Por suerte, la naturaleza es sabia y analiza todas las partidas posibles, y cuando las cosas van mal hace trampas al barajar, porque sabe que de nada vale ser el mejor adaptado a un medio que está condenado al fracaso. - Es cierto, en nuestro sistema político-financiero, al igual que en todos los hábitat muertos, predominan los carroñeros, que no son mayoría, pero poseen un apetito voraz. Sin duda, son los mejores adaptados al medio, sin embargo, perecerán de todas formas cuando perezcan todos los demás, o quizá antes, en un plazo mucho más corto del que puedan imaginar. Porque al final, o se coopera o no se sobrevive. Y cooperar no es ese igualitario y acultural neocolonialismo que tratan de llevar a cabo la mayoría de las organizaciones no gubernamentales, que dicen que así sacarán de la miseria a pueblos que se han embrutecido y empobrecido, precisamente por culpa de que otros países los han explotado y saqueado hasta decir basta, siguiendo unos principios que ahora pretenden enseñarles a ellos como justos, progresistas y modernos. - Si Darwin entendía por fuerte a quien fuese capaz de cooperar y así sobrevivir, estaría de acuerdo con él en este aspecto; mas

creo que no iban por ahí los tiros. El siglo XIX fue un siglo muy marcadamente masculino, y de un todavía incipiente individualismo, como para dar más importancia a la simbiosis que a la lucha por el dominio. Además, los notables logros a nivel técnico y científico logrados en dicho período, acabaron por desembocar en una megalomanía, que, eso sí, Darwin no padeció ni de lejos en la medida que sí la padecieron la inmensa mayoría de sus prosélitos más ineptos. - Es cierto que el siglo XIX fue muy masculino e individualista; pero yo creo que esto se debió en gran parte al afeminamiento y sensación de uniformidad que creó la industrialización; y la misoginia típica de dicha época no fue más que la desesperada respuesta de unos hombres que, quizá por vez primera, se hicieron conscientes de que estaban perdiendo el privilegiado lugar que creían que la naturaleza les había otorgado. >> Por otra parte, yo en lo que coincido con Darwin es que hay evolución y poco más. En lo que no estoy de acuerdo es en la forma tan simplista que él, y sobre todo sus seguidores, la conciben. Yo no creo en una evolución tan lineal, bueno corrijo, no percibo que sea así (ya que creer, desde un punto de vista científico, me parece una palabra poco adecuada). No tiene sentido una evolución que sea siempre progresiva. A mi modo de ver, estos periodos involutivos representan el caldo de cultivo de dos posibilidades opuestas: una sería un salto evolutivo y la otra la extinción. Porque lo que separa la extinción del salto evolutivo es un finísimo hilo tan endeble como el que separa a un perro, que al verse amenazado, podría atacar furiosamente o huir con el rabo entre las piernas. - Sé a lo que te refieres: una persona aterrorizada podría correr tan rápido como un atleta o quedar paralizada por el pánico. - Exacto, porque los contrarios siempre irán unidos por un estrecho vínculo, y es muy difícil saber cuál se va a imponer; cierto es que esto a la naturaleza no le importa, porque previamente había apostado por los dos. - Bueno, en realidad, y para ser precisos, habría que aclarar que Darwin nunca habló de evolución, sino de “descendencia con modificaciones”, por lo que la idea de progreso no estaba implícita en la descripción, que al igual que el término que tú has

utilizado, cooperación, suena demasiado antropocentrista. Es la historia de siempre, tratamos de otorgarle una moral (la nuestra personal, o la de nuestro tiempo, para más inri) a la naturaleza.

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