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EVA FELD

LOS VOCABLOS SE AMARON POR ULTIMA VEZ

Editorial Ala de Cuervo


Caracas, Venezuela

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…El público no gusta que se le llegue con el escalpelo a hediondas simas del
alma humana y que se le haga saltar pus…
Todos los personajes que crea un autor, si los crea con vida; todas las
criaturas de un poeta, aún las más contradictorias entre sí –y contradictorias
en sí mismas– son hijas naturales y legítimas de su autor ¡feliz si el autor de
sus siglos!. Son partes de él.

14 de Julio 1928, en Hendaya.


Miguel de Unamuno

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El sonido agudo de las carcajadas que explotan de la radio a las cuatro y
media de la tarde y por amplitud modulada, predisponen siempre el humor
recurrente de Sara. Reírse sí, pero de sí misma. De ella que lo objeta todo y
nunca concluye nada. De ella, menesterosa pero prejuiciada, portadora de
una moral tan amplia y tan circular que al cabo de darse la vuelta sobre sí
misma termina siempre condenándola a ella con un veredicto de
culpabilidad. Desde niña, aún antes de cumplir los diez años, se ha estado
torturando con absurdas preguntas. ¿Qué hubiera hecho de haberle tocado
sufrir la guerra y la intolerancia? ¿Se hubiera asimilado al enemigo con tal de
salvar el pellejo? ¿Se hubiera soliviantado abanderando la causa sionista, o
acaso la comunista? ¿Habría intentado huir?
Consumadas, las risas radiales dieron paso a una entrevista peculiar; los
periodistas anunciaron la llegada tardía y elegante de un escritor extranjero,
cuyo reciente éxito editorial lo traía de regreso a Caracas, ciudad que le
había propinado profundas caricias durante uno de sus exilios. Le preguntó la
periodista: “¿es requisito para escribir el haber vivido las pasiones que se
describen?. Y contestó él: “No, fíjese el caso del poeta portugués Fernando
Pessoa, un funcionario aburrido, que no hizo más que ir de su casa a la
oficina y que no sólo legó pasiones sino que se desdobló en varias personas
con sus respectivas personalidades, sexualidades, ideologías y rúbricas”.
Le hubiera encantado a Sara la posibilidad real de suscribir heterónimos en
la vida real. Irremediablemente se le antojó recordar un cuento corto de
Vicente Huidobro en el que una mujer encantadora llamada María Olga se
casa con un hombre muy convencional, pero sólo con la parte de ella que se
llama María, mientras que Olga permanece soltera y libre de tomar un
amante. El marido, iracundo por los celos, toma un revólver contra ella, pero
sucede que se equivoca y mata a María, justamente a la mujer que le era
perfectamente fiel; en cambio Olga continúa viviendo feliz en brazos de su
amante.
Llamarse Sara es otra cosa –se justificaba Sara- no sólo por ser un nombre
unívoco, sencillo y bíblico, sino por sus vínculos con la primera humorista de
la humanidad, aquélla que tendría sobre los cien años- según el Viejo
Testamento- cuando se le apareció Yahveh para decirle que sería premiada
por su buen comportamiento y que concebiría por fin al hijo tan ansiado, y
¿qué hizo Sara?, muriéndose de risa exclamó incrédula: “¡es que voy a gozar
a los cien años y además con un marido viejo!”. Por lo demás, Sara había
sido una mujer pragmática durante su prolongada infertilidad que supo
compensar a su marido promoviéndole encuentros íntimos con una esclava y
la dicha de procrear. Según las Escrituras de Jerusalén, la que fungió de
esposa, Celestina y madrastra, se llamaba Saray hasta que Yahveh le sustrajo
la i griega a su nombre convirtiéndola en Sara y en madre de reyes.
La entrevista radial proseguía, pero se había distanciado del tema de los
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heterónimos. Sara lo lamentaba tanto, le hubiera sido mucho más llevadero
seguir rumiando desmentidos interiores que afrontar su realidad sentimental:
una nostalgia barroca. Creyó que cambiando de banda radial hallaría en otra
frecuencia un alivio a su aflicción; solía escuchar música clásica mientras
manejaba y le apetecía el sonido del clavecín, la métrica de Scarlatti, hubiera
tolerado hasta el arrojo romántico de Beethoven, pero cuánta conspiración
casual podía desprenderse de las notas de Bizet, ¿por qué?, ¿por qué
Carmen? Actor se dice en griego “hipócrita” y fue precisamente en la
dramática sobreactuación operística donde cabalgaban nuevamente las
fantasías heterónimas de Sara. Siempre ocurre con los despechos que la
persona amada acaba clavada. Primero se lacera el cuerpo con destreza
patológica, pero luego, indefectiblemente, regresan a la memoria las virtudes
enaltecidas, superlativas. Para Sara, la amistad - como el amor- debe ser un
acto de fe, no como la santidad, cuyos protagonistas han de demostrar
milagros. Los amigos y los amantes son y punto, cuando ese punto rueda se
convierte en avalancha. Así llegó a su casa, bañada en lágrimas diluvianas.
No era Sara, en su desdoblamiento heterónimo, una lesbiana, simplemente
se había enamorado de su amiga como un novio solícito, aquel que adivina
los deseos y los complace. Ella, la amiga, se fue convirtiendo a su vez en
hogar y patria, olor y mandato. Niñas compartiendo una infancia imaginaria.
Tránsfugas en el destierro, a veces silentes testigos de sus torceduras, eran
ambas exiliadas de un espacio atávico al que ninguna de las dos podía
regresar. Así se fue convirtiendo ella en casa y en flores, para que él, Sara,
reposara de los horrores de la guerra y libara. Al principio, como en toda
relación que se anuncia amorosa, privó la seducción. Fue grandioso el
misterio y excitante el descubrimiento: saberse, reconocerse, adivinarse,
todos verbos reflexivos, demasiado reflexivos. Pronto se impusieron las
confesiones. Apátridas, fueron inventándose identidades demudadas, ella, la
amiga, se había construido una casa sólida y umbría desde donde evocar el
Simún del desierto, las lavas insulares de su tierra natal y las caricias
ausentes de sus ancestros. Sara se deshidrataba en ella, devenía pura sal.
Espejos reveladores de sus recíprocas cualidades, despertaron la envidia de
no pocos. Viéndose valiosa en los ojos de la otra la una se crecía, reflejada en
la aprobación de la una la otra vociferaba. De los frutos que se cosechaban
en los oasis recién explorados, algunos diezmos se ofrecían a un tercero.
Fatídico número tres, turbia presencia masculina. Trío, triángulo troica,
trenza, trípode.
-- Sara, oh Sara ¿cómo hago para franquear tus defensas?, te
me ocultas Sara, no encuentro en tus ojos esa afectuosa
expresión a la que me has acostumbrado.
-- No te engañes, amiga mía, si mi aspecto se ha vuelto
sombrío, su turbación sólo se refiere a mí misma, a mi lucha
conmigo misma.
-- Ay Sara, he equivocado mucho tu pasión, pero dime querida
¿puedes ver tu rostro?
-- No, el ojo no se ve a sí propio sino por reflejo.
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-- Es verdad y una lástima que no haya espejos donde puedas ver
tu sombra.
-- ¿A qué peligros quieres arrastrarme haciéndome buscar en mí
misma lo que no existe en mi?.
Los heterónimos hacen trampas que la razón ignora y mientras Sara se
sorprendía a sí misma rogándole a la constancia que le diera ánimos para
colocar una montaña entera entre corazón y boca, su seductora amiga
apuntalaba artes amatorias en fogosos esmeriles. “Tengo la mente del
hombre- se decía Sara- pero la debilidad de la mujer. Hela allí, Afrodita
arrobada, de cacería con Artemisa y luego viene a mí cual solícita esposa a
reclamar hasta la última gota de mis sangrientos secretos. Sindicadora
desaforada en procura de todos los hilos: los de Ariadna, los de Penélope,
queriendo poseernos a todos, a Teseo, a Ulises, a mí”. De este modo
envenenada la mente del hombre, Sara encontró en su debilidad de mujer el
espacio para la comprensión y en la i griega de su nombre primigenio el
refugio para volverse Celestina de los amoríos infértiles de su amiga. Venía
ella llorosa a los hombros de Sara y describía con detalles al caluroso amigo
que se enfriaba, y Sara le respondía: “cuando el amor comienza a debilitarse
y decaer usa siempre una ceremonia forzada. La fe honesta y sencilla no
conoce disfraces…”
Personajes todos de una tragedia bien tramada a cuyo despeñadero se
abalanzaban, desconocían, sin embargo, los ambages.
Sara, cual hombre al fin, encontró consuelo en el otro hombre y así fluyó
entre ellos el diálogo:
Dijo el hombre: ¿A esto hemos llegado?
Dijo Sara: Que tu jactancia se convierta en hechos. Por lo que a mí toca, me
alegraría recibir lecciones de hombres nobles.
Dijo el hombre: Dije que soy más antiguo, no mejor.
Dijo Sara: Un buen amigo no debería ver los defectos de sus amigos.
Dijo el hombre: No los vería un adulador.
Es el día brillante el que hace salir a la luz serpiente. Entre la ejecución de
una cosa terrible y el primer móvil de ella, todo el intervalo es como un
fantasma o como un horrible sueño. El genio y los instrumentos mortales se
confrontan entonces y el humano adolece de una insurrección, pero ¿cómo
evitar aquello que los dioses hayan dispuesto?
¿Qué dicen los augures? se pregunta ella, la amiga, al constatar perpleja
que en vano ha buscado a Sara, inútilmente al hombre, para encontrarse en
ellos reflejada.
Y responde el oráculo: “No querrían veros salir hoy”.
Y los desafía ella: “Esto lo hacen los dioses para vergüenza de la cobardía,
siempre mi razón ha sido dócil a mis afectos”. Así resuelta se lanza ella en
procura de su destino para encontrar a su mejor amiga con su amante
reunida. El corazón de Sara se contrista sabiendo que cada apariencia no es
realidad, pero es tarde: las almas sangran.

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No advirtió hombre ni Sara la desolación que se avecindaba porque, sin
presencia de mujer, fueron confinados al universo masculino. Cada uno
elaboró un recuerdo robusto de aquélla cuya alma sangró por él y ahora,
hombres del mismo temple y del mismo abandono, se medían en otros
terrenos en busca de un cordial desempate de emociones. Sara acudía a las
citas con desafuero, hombre con manía de aventajado; ambos se solicitaban
displicentemente sin defraudarse jamás. Móviles políticos iniciaron los
debates: pragmático y asertivo el primero se proponía exprimir el idealismo
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ingenuo del segundo. Sara no se resistía al uso recurrente del escalpelo:

-- Ingenuidad, arbitraria debilidad de los cobardes. No comprometerte,


mantener esa fatua impostura del que todo lo entiende, del que todo lo
tolera, desdice de tu inteligencia. Si no tomas partido, Sara, los demás lo
harán por ti.

-- ¿Qué surcas en las hediondas simas del alma humana?

Se sulfuraban al calor de los desacuerdos sin anotarse puntos pero


disfrutaban acicalándose para la retórica, al final, discutían por amor al arte.
Aplicaban someros conocimientos y teorías, pero también recurrieron a
disímiles remembranzas, de ese modo Sara recobró cierta calma, hombre la
vehemencia. Envidiaba el uno las certidumbres del otro, tanto como
viceversa, y mantenían así el reto de la competencia. Amigos, como sólo
pueden serlo contendientes, fueron abriéndose a otras derivas. El campo
profesional tiñó los argumentos con pinceladas salvajes. Hombre
diagnosticaba en él, en Sara, cada síndrome y lo calificaba de acuerdo a
profundas biopsias, se afanaba en hallar la vacuna de su entusiasmo. Sara
mentía a conciencia y desviaba severamente sus tristezas.
Espaciaban los encuentros para esquivar rutinas. Preferían la libertad
solitaria, el desdén prolífico y la compañía de amigos ocasionales, pero hubo
una vez en que ambos advirtieron, al primer atisbo, un rutilante destello en la
mirada del otro, el asomo de nuevas intenciones.

-- Sólo ves en mis ojos el reflejo de una estrella fugaz. Aparece a


destiempo, siempre sin avisar; una niebla de dudas que yo pretendo
despejar. Sus pecas me corroen, me vuelvo pródigo y recobro la torpeza
de mi juventud. Me tiene loco su no a medias, su casi sí, me turba su
desconocimiento. Detesto la impudicia de su gramática, sus gerundios
abusadores. Se me anarquizan las manos, quiero asfixiarla y que no
hable más que por las palabras que yo le siembre en la garganta. ¡La
aborrezco!

La conmoción que provocó en Sara semejante confesión reanimó en ella


sus virtudes de mujer pero también los celos. Hete aquí cobarde
contrincante, acogiéndote a mi solidaridad femenina para desatarte. Hete
aquí fragilidad masculina desconociéndome. Mientras Sara pugnaba por
contener los pensamientos sulfurosos que ascendían por su garganta y que le
golpeaban las sienes como martillos sentimentales, hombre, devenido amiga,
proseguía:

-- ¿Quieres que te la presente? ¿La quieres conocer?


-- Si tú…
-- Bueno.
-- Y si ella quiere…
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-- ¡Qué!
-- Le haré unas fotos.
--¡Hombre sí!

Presas de engaño se separaron los amigos con la promesa de coincidir los


tres. Hombre encontró mil excusas para posponer el encuentro acordado. Era
aleatoria Stella Sánchez, o al menos así le gustaba a él inventarla. Una
mañana clara, justo cuando se disponía a salir, apareció ella atolondrada,
desbocada, venía a contarle al hombre mil peripecias y el, para
desembarazarse de semejante cataclismo, a una hora que le exigía
diligencias laborales, la rechazó así: “Hoy no puedo, créeme, voy saliendo,
pero precisamente estaba por llamarte porque creo que tu carrera exige un
set de estupendas fotografías… Tengo la persona perfecta para que te las
tome…”
-- ¿Que te pareció Stella?- le pregunto el hombre a Sara el día
siguiente.
-- La verdad es que me pareció una modelo excelente: ¡qué
cuello…!. Espero que las fotos te hallan quedado estupendas, te
las estoy revelando.
-- ¿A mí?, ¡será a ella!
-- No, las “revelaciones” serán para ti.
-- ¿A ver si de la fotografía pasas al celestinaje?

Sara acusó recibo de la frase contenciosa. Hombre bufaba de enojo; sacó


su pipa parsimoniosamente -de qué otro modo pueden cumplirse los ritos del
tabaco aromatizado con esencias de Armagnac- y aguardó sin cavilar a que
Sara emergiera del laboratorio. Las fotos fueron elocuentes hasta que
apareció Stella en persona a buscar sus copias. La muchacha hablaba y
hablaba y al hacerlo zahería. Le ocurría aquello que ella desconocía de sí, las
fotografías se le convertían en espejo, estanque, reflejo de su propia
magnificencia, viéndose bella a través de los lentes de Sara se crecía y
vociferaba. El hombre removió las cenizas del fondo tibio de su pipa,
desdibujó a conciencia el mohín bajo su canoso bigote y cuando llegó a su
casa, aún acalorado por el largo viaje en metro, tomó el teléfono sin titubear
y marcó de memoria el número de aquélla cuya alma sangró por él (¿o fue
por ella?).

Stella colmó a Sara. La excesiva muchacha acabó asfixiando la hombría


que aun le restaba, se sintió agotada en aquel encuentro sin trama, atrapada
en un instante de vacuidad. Stella hablaba y hablaba. Sola. Una cálida savia
reemplazó totalmente la sangre en las venas de Sara, la invadió un deseo de
rendirse a un espejo anterior, de recobrarse en sal.

Sal que con el agua forma el mar y con la arcilla tejas o tinajas; mordiente,
acre, acetoso elemento incisivo y también puro, incorruptible, incombustible;
a veces hasta invisible, claro, transparente o cristalino, como cuando
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proviene de las cenizas. ¡Sal! en el origen de los metales y de las piedras, de
los vegetales y animales; en el vértice del nombre sagrado y del sudor, de la
orina, del llanto y el semen…

Al fin sola, Sara demuele la frágil vigilia, pretende dormirse en el alambique


cósmico, copularse soñando, y no seguir leyendo el reproche que le hace
Arquíloco a Licambes por haber violado un muy grande y sagrado misterio de
la amistad, concebido entre ellos por la sal y su mesa común. Posa el libro en
la mesa de noche, pero no logra conciliar el sueño, la poesía yámbica de
Arquíloco, al mezclar sorna con musicalidad, ha liado en Sara el deseo de
verse reflejada. Sonámbula, en la penumbra, se cubre con las mismas ropas
que usó antes para ampliar los negativos fotográficos y que ahora destilan
los químicos humores propios de los líquidos reveladores. Baja al garaje,
enciende el motor de su carro, sintoniza mecánicamente la emisora cultural
en frecuencia modulada y el azar la premia con una flauta pastoral. Maneja
en círculos excéntricos agrandando la circunferencia de sus recorridos, en
vano trata de condenar las lágrimas, porque éstas se arrojan saladas y
transparentes por las fosas internas de su nariz. Cuando el estruendo
lacrimal está a punto de convertirse en bostezo, intenta un retorno, pero la
guía un comando ulterior en la búsqueda de sus reflejos. Al intentar tomar
partido, encuentra a sus amigos como amantes reunidos. Expulsada de sí
misma, ni hombre ni mujer ni planta, se reencarna en su infancia para
enfrentarse por primera vez con el pecado del saber. Ovilla su cuerpo en una
espiral descendente hasta alcanzar el séptimo piso del Edificio Tirrenia, allí el
televisor en blanco y negro narra en imágenes la biografía de Hitler. Ella
pregunta perpleja ¿quién es Hitler?. Su mamá se hinca de rodillas y le
responde: “¡gracias a Dios que no lo sabes!, ¡vete a dormir, ya son las ocho
de la noche, no es un programa para niños…!” Hitler se apodera de la
habitación infantil, las paredes retumban con sus órdenes en alemán,
muchos peluches, antes aliados, se alinean a sus directrices. Algunas
muñecas son enviadas a la fila de la izquierda. Los gritos y los disparos
pisotean las plegarias, Sara no puede escuchar los rezos en hebreo, no
entiende el yiddish, no sabe de diáspora, ni del Zóhar, tampoco de la Torah ni
de la Cábala. Juega a escondidas con las velas que su mamá prende los
viernes y nadie le ha respondido las preguntas que nunca se atrevió a
formular. Siente miedo con los niños de Auschwitz: todos iguales, el pelo al
rape, hambreados. Ella, en la comodidad de su cama tibia, tirita de
vergüenza, ha quebrantado una orden, ha espiado la biografía de Hitler y,
como castigo, no encuentra trinchera alguna para salvarse de su propio
cuestionario: “¿Qué hubiera hecho ella?, ¿habría intentado huir?”. Su cuarto
de niña se ilumina con fuego de holocausto, de pira. Hiede.
¿Qué tiene esa noche, tan diferente a otras noches (Ma nishtaná jalaila
jazé), la niña, aterrorizada, acaba lanzándose por la ventana en un arrojo que
repetirá, desde entonces, cada noche sin estrellarse jamás. Queda siempre
suspendida, ingrávida, y así, levitando, se asoma, una por una, a las seis
ventanas que separan su salto de la muerte. Testigo ocular de las vidas de
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sus vecinos, Sara se enmascara y reduce el miedo a tachón. El asombro ante
la estética de lo ajeno aviva en ella cierta curiosidad morbosa.

El claro de la luna llena ilumina tenuemente un sofá que luce como de


brocado; en verdad huele a lejos. No hay nadie en ese lugar enrarecido
donde todo está tan finamente dispuesto. Se adivinan adornos en una vitrina
de ébano y las alfombras parecen de seda porque refulgen. Tres cuadros
penden alineados en una de las paredes, todos figurativos. Desentona con el
resto del mobiliario un compendio de artefactos eléctricos entronizados en la
sala; al costado se entrevé otro mueble, también de madera, con libros y
discos, y, finalmente, una mecedora. Irrumpe por la puerta de entrada al
apartamento una señora mal encarada, tocada de sombrero, pese al clima
tropical, y apoyada en un bastón. Una letanía se esfuma por su boca, plañe
en idioma extranjero. Tras colocar cada cosa en su lugar, el sombrero, el
bastón y luego los zapatos, que ritualmente sustituye por pantuflas, así como
el vestido por una bata de estar en casa, la señora suspira aliviada, pero no
tarda en hallar desengaño cuando, al encender la radio, el locutor anuncia
que el programa de valses debió ser suspendido por motivos ajenos a su
voluntad y que en cambio transmitirán algunas efemérides musicales.
Reacciona indómita, a pesar de la edad avanzada, y prueba suerte con el
televisor, ah! acaba de perderse la biografía de Hitler; las noticias locales la
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desganan. De pronto recobra algún fulgor y resuelve llamar por teléfono, de
este lado del auricular se escuchan nuevamente sus incomprensibles quejas.
Después de colgar se arrellana en la mecedora y se abandona a un
involuntario no gesticular: eternamente no, enteramente no. Con la cabeza
niega hasta lo que afirma, hasta lo que olvida. No arrullo arrorró, mientras un
ligero vaivén adormece su cuerpo en la mecedora, si no sucumbe
profundamente es porque aguarda a su hijo. Debe, según ella, atenderlo
hasta el último suspiro, poco importa que haya cumplido treinta y dos, para
ella sigue siendo el mismo que antes dormía con ella en la misma cama, no
como ahora: recién casado con una divorciada, mayor que él y con una hija.
Amodorrada aún por el bienestar de la prolongada siesta dominical, pero
con la determinación de no dejarla desembocar, aparece al fondo la recién
nuera. Ya son las nueve de la noche y el deber maternal predispone cierta
compostura: vestido verde manzana, sandalias blancas, el pelo recogido en
un moño francés y en la cara, el ceño firme que delimite lo permitido. La niña
tiene salida con su padre los domingos, justamente hasta las nueve, ya lleva
unos minutos de retraso. La suegra sigue bamboleando su desaprobación
desde el fondo de la mecedora y el marido ha dejado bien claras las normas
de la casa: puntualidad, respeto, diligencia. Ya son las nueve y cuarto, cada
segundo repercute. Cuando al fin suena el timbre, a las nueve y veinte, la
madre economiza gestos y con el mismo impulso con el que abre la puerta le
avienta una cachetada a la niña. Sus pequeños lentes vuelan y rebotan dos
veces contra el piso de granito, no median explicaciones. Desde la ventana
del sexto piso se escucha cada aislamiento, el de la senectud, el de la pasión
y el de una niña sollozando.
A no ser por las densas voces que por allí se cuelan, nada puede verse
desde el umbral del apartamento 5-B. Las palabras suenan tangibles, como si
cosas fueren y enjugan lágrimas de niñas que sollozan.
-- Mamá ¿Qué es eso que suena y que no se ve?, como si alguien
estuviese llorando.
-- Nada hijita, escucha sólo las caricias de mis manos sobre tu pelo.
-- Tengo miedo de dormirme y que cesen tus caricias.
-- Mis caricias sonarán sobre tu pelo, siempre.
-- No te vayas, mamá. Si me duermo sueño que ya no estás.
-- Confunde mis caricias con la música acuática y sumérgete allí donde
no hay ruido. Mira cuántas anémonas ondulan bajo el agua. Vete detrás
de los peces añiles, quédate quietecita, respira despacio.

Trashumante lascivia ilumina la diminuta habitación del cuarto piso, se


escuchan los susurros del amor y las exigencias del deseo, toda imagen
penetra por los oídos. Desde afuera todo semeja un crimen. Oh lesa niña,
sometida a los designios de la oportunidad, conocer tantas muertes al mismo
tiempo, en una sola caída.
El tercer piso es gaseoso: puro aroma de café y carcajadas, un barullo de
voces cruzadas. Allí todos hablan a la vez y aquello que parece pelea es
chiste, chanza, broma. La única amenaza posible es el silencio, por eso nadie
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se calla, no será por negligencia que se cierna sobre ellos esa barbarie. Y si
acaso lograre asomarse, ya está dispuesto el amplificador de sonido para que
retumbe Alfredo Sadel. Aquel disco en particular, con dedicatoria, cuya
propiedad se disputan todos al unísono para que no merme el desafuero. Hay
allí, en el tercer piso, toda clase de extrovertidos y sus respectivas timideces.
Dicharacheros, parlanchines, locuaces, espontáneos, risueños, zapatean al
unísono para espantar la soledad, el miedo, el llanto. Sus razones tienen,
adolecen también de las morales, pero han descubierto los poderes
alquímicos del humor y el sentido áurico de la risa. Por quedarse prendada
del tercer piso, se ha apagado la vela, el insomnio, el vértigo que la separa
del pavimento, devuelta a la tibieza de su propia cama, todos duermen en el
Edificio Tirrenia, también Sara. A lo largo de semanas, encuentra el artificio
para caer directamente en el tercer piso cada noche, en su caída, sólo allí
cobra sentido el entendimiento. La política es dirimida a contrafuego, la
moraleja se canoniza, divino espacio ocupan los chismes familiares para
evocar con frecuencia a tías ancianas, cándidas, antiguas. Los escándalos
brotan como capullos de amapola y luego se marchitan con la misma
rapidez. Un diapasón tan natural como el batir cardíaco asegura que ningún
trauma tome asiento.
En aquellas raras ocasiones en que Sara aventura un atisbo a la ventana
del segundo piso, recobra el pavor, allí hostigan a un niño. Su padre le hace
regalos costosos y hermosamente envueltos, al tiempo que le echa en cara
sus esfuerzos. Los reclamos acaban en gritos que el niño intenta responder,
pero cualquier tono atiza el discurso paterno. Si rechaza los presentes, es un
grosero y un insolente, si los agradece, enardece la indignación del padre.
Tampoco sus actos corren mejor suerte, la bondad tiene cara de loco y habla
de amor. El amor es sacrificio y éste ha de hacerse sólo para halagar a Dios.
Sara querría seguir cayendo, estrellarse. En el segundo piso también se
escucha el sonido del aislamiento, el peor de todos, el del asilamiento.
La gente que mora en el primer piso carece de rostro y de palabra, la ronda
un halo de misterio. A veces huele a sardinas o a ropa húmeda, pero más
nada; nada más.
Un afortunado entrepiso surge en el edificio Tirrenia, allí parecen
guarecerse breves relatos a modo de enciclopedia. Como si algunas palabras,
recién vividas, tuvieran eco en el pasado. Cachetada, por ejemplo, responde
indudablemente a injusticia, a humillación. En alemán se dice ohrfeige, cuya
interpretación etimológica no es otra que oreja e higo, precisamente por
tornarse morada, color de higo, la oreja objeto del castigo. En húngaro
cachetada se dice pofon, abreviación de pofán ütni, donde pofa es el hocico
de los animales y ütni golpear. Las cachetadas húngaras bestializan a sus
víctimas. En inglés se dice slap in the face, expresión que remonta
fonéticamente a un valor onomatopéyico, al aire que se desplaza en el gesto
de aventar con la palma de la mano abierta y al sonido de golpear con ella en
el rostro. La enciclopedia del entrepiso suele apersonarse con prestancia de
sabio y nunca sin ejemplos propios. Uno de ellos podría titularse Bofetada
heroica, hela: ¡AUXILIO, ME AHOGO!, vocifera una mujer que se ahoga en el
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Mar Negro, y el muchacho de trece años –que fui, aclara la voz enciclopédica-
se lanza al rescate desobedeciendo flagrantemente las órdenes paternas.
Vale decir que el Mar Negro - en le balneario de Mamaia - es muy oscuro y
generalmente poco profundo al menos hasta bien pasados los primeros cien
metros, luce poco probable que alguien pueda estarse ahogando tan cerca
de la orilla, aunque ese día, carteles de advertencia auguren peligro y mal
tiempo. Fue por incrédulo que en breves instantes, me vi con el agua al
cuello y a merced de las corrientes. Como era excelente nadador, logré darle
alcance a la víctima, quien, queriendo asirse a algo firme, me agarró por el
cuello y me estaba ahogando. Finalmente, a duras penas, logre arrastrarla
hasta la playa. Enseguida acudieron a socorrerla numerosas personas que
habían estado observando desde el principio, y yo, agotado, me senté a la
sombra. Entonces llegó mi papá y me gritó: “¡Te tenía prohibido meterte en
el mar!, te has podido matar” sus palabras apenas sirvieron de preámbulo
para la sonora cachetada que me propinó. Luego, cuando vinieron las gentes
a felicitarme por mi valentía, mi papá me preguntó si me apetecía algo. Pedí
un helado grande.
No tardó el sabio en aclarar que ésta había sido la segunda cachetada que
había recibido en su vida, tampoco se demoró Sara en indagar por la
primera. Como sincronizada por un comando de memoria remota comenzó a
fluir la historia y su diatriba: “Cuando cursaba el cuarto grado de primaria,
nuestro maestro era al mismo tiempo el director de la escuela. Era un
hombre alto, severo, culto. Iba siempre muy erguido y nos obligaba a imitarlo
en su modo de caminar. Tradujo una serie de cuentos del yiddish y se los
regalaba a los alumnos destacados, entre ellos a mi. Me hicieron mucho
impacto, pues aunque eran buenos, no estaban destinados precisamente a
niños de diez años. Todavía me acuerdo de uno que se titulaba La Madre Se
trataba de una familia numerosa de judíos que vivía en una aldea de Polonia.
La madre se volvió loca, tiraba y rompía las cosas y se lanzaba al piso. La
solución, a sugerencia del médico, consistía en amarrarla a la cama de noche
y a una silla, de día. También les recomendó que le propinaran fuertes y
frecuentes palizas a modo de terapia, así que cada vez que un miembro de la
familia pasaba cerca de la madre, agarraba un palo y le entraba a golpes (era
un cuento de finales del siglo XIX). El director fue luego deportado a
Auschwitz y mientras ocurría el desfile frente al Doctor Mengele, para que
éste decidiera a quienes enviaba al campo de trabajo y a quienes a las
cámaras de gas, sacó una cápsula de vidrio, se la metió en la boca y la
mordió. Su vecino de fila, un médico, le preguntó:
-- Señor Director, ¿qué es?
-- Cianuro
-- ¿No tendría otra cápsula?
-- No tengo, lo siento mucho- respondió y cayó muerto.

Hasta aquí las desviaciones, volvamos a la bofetada: un día, durante la


clase, me manché la mano con tinta y no tuve chance de lavármela, así que
el maestro-director me mandó como castigo copiar cien veces la frase “debo
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ser más cuidadoso” y para colmo traerle la plana firmada por mi papá, de
manera que el también se enterara de mi falta. Como ésta no era mi primera
ofensa, ni mi primer castigo, tuve miedo. Aunque mi padre nunca me había
pegado, temí que se pusiera furioso, le tenía mucho respeto. Así que decidí
imitar su firma, lo hice, claro, con mi letra de escolar, en minúsculas
redondas, en perfecta caligrafía. El director no hizo ningún comentario, pero
cuando el viernes por la noche salíamos de la sinagoga, después del servicio
religioso, agarró de brazos a mi padre y a mi me mandaron a caminar varios
pasos delante de ellos. Aquello me olió mal, y, en efecto, al llegar a casa, mi
papá me dio un solemne regaño: ¡“no puede ser que yo esté criando a un
falsificador, a un criminal”! era lo menos fuerte que me gritaba y recibí la
primera cachetada de mi vida que resultó ser también la penúltima.
Acerca de la lascivia del cuarto piso, pocas palabras figuran en el entrepiso:
“El tema era totalmente tabú en el seno de una familia judía. En yiddish el
acto sexual ni siquiera tiene nombre, se le llama aquello que se hace de
noche. La educación formal incluía, sí, información oportuna acerca de las
enfermedades venéreas, la gonorrea cundía, y fui debidamente ilustrado al
respecto. Inconforme con esas escasas referencias me puse a hurgar entre
los libros “prohibidos” de la biblioteca de mi padre. Busqué por ejemplo
palabras como vagina en la enciclopedia, pero parece que los enciclopedistas
de la época también practicaban el recato extremo. Finalmente di con un
libro explícito, se titulaba Psychophathologia sexualis, del Baron Profesor
Doctor Von Krafft-Ebing, un tremendo volumen, escrito en alemán, que
describía un millar de casos concretos de aberraciones sexuales desde
sencillas hasta complejísimas (y asquerosísimas). Las frases solían comenzar
en alemán y terminaban en latín con el fin de hacerlas incomprensibles para
aquellos que no fuesen médicos. Por ejemplo: el paciente informa que
habitualmente in alii hominis anum penem suum introducit. Esta argucia
lingüística no me limitaba para nada, pues ya para entonces había superado
los textos de Cicero, Ovidius y Tacitus (cuyas frases, algunas veces, ocupan
más de una página y en las que hay que ser detective para detectar el
verbo), de manera que aquel latín pedestre me parecía un juego de niños,
pan comido. Allí y en otras fuentes encontré la definición de impotencia, en
sus dos tipos: la de gerandi o incapacidad de fecundar y la de coeundi,
gerundio del verbo (que no existe como tal) que es el origen de coitus
(participio pasado del verbo inexistente como tal). Tendría quince o dieciséis
años, cuando visité por primera vez un prostíbulo: el exceso de luz, de latín y
de información patológica sumados a los escasos encantos de la meretriz
actuaron en mi contra… lo cual nos conduce de regreso a las cachetadas,
porque, según aprendí, éstas pueden ser también invisibles, incoloras,
aparentemente indoloras, insonoras, pero dejarnos igualmente humillados y
con las orejas moradas como higos. Mención aparte merece en la vida, sin
embargo, la descripción enciclopédica de esta infrutescencia blanda y dulce,
cuyo interior es de color encarnado…
Deshilachada en fibras memoriales, Sara regresa a su casa. Querría dormir
a pierna suelta y por ello acaba sucumbiendo ante la alopatía, sabe que
14
ninguna infusión lograría lo que un asqueroso somnífero. Ingiere varios,
insuficientes para morir del todo, apenas algunas; adverbio de cantidad tan
indefinida como el holograma multicolor que la hace encallar en la isla
desierta de Robinson: sólo en las páginas literarias viven sus pares. Antes de
claudicar ante el Rophinol lapidario, Sara adolescente ve llegar a través de
los espejos a sus heteronímicos progenitores, no otros que sus amantes
amigos. Se desatan enseguida dramas. Sara se muerde las uñas y busca en
la textura cartilaginosa un antídoto al desvarío que es la literatura. Siente
que engorda, como si aumentando su peso molecular pudiera aliviar la carga
encefálica. Al constatar pasiones, les proporciona laberintos adiposos para
que se pierdan. Quisiera volcarse a la ascesis, martirizar sus apetitos y que la
penitencia le retribuya la cordura, pero descree ¡ay cuánto!. Intenta darle
salidas decorosas a sus protagonistas colocándolos a ambos en el epicentro
de una tormenta existencial. Y, ella, ilusionista, desemboca en el destierro
onírico de los relatos difíciles.

Diciembre de 1948, Hitler ganó la segunda Guerra Mundial, sin embargo la


gran geopolítica ha permitido cierta flexibilidad en cuanto al destino de los
países latinoamericanos. No será sino en 1949, cuando se comiencen a
tomar medidas fehacientes para proceder a la limpieza étnica del
subcontinente y garantizar el flujo de riquezas provenientes de las materias
primas, así como de la mano de obra. Para esos fines Alemania vería con
buenos ojos el ascenso de Marcos Pérez Jiménez, un militar proveniente de
una familia poco aventajada de los Andes venezolanos y formado a pulso en
la Academia Militar cuya discreción y obediencia han sido comprobadas. El
hombre antagoniza con el gobierno de Rómulo Gallegos, un intelectual civil
15
de ideas liberales a quien acaba defenestrando mediante un golpe militar. El
nuevo gobierno se asienta en un triunvirato que preside por su jerarquía y
por su rango como Ministro de la Defensa, el General Carlos Delgado
Chalbaud, un militar formado en Francia, y de quien los alemanes sospechan
lo peor: vínculos afectivos y políticos con el ex presidente democrático y con
la izquierda internacional, además su esposa, Lucía Levine, es de origen
rumano, comunista y judía. Una enfermedad del Fuhrer causa demora en la
toma de decisiones en cuanto a la política a seguir en Venezuela, donde los
hechos parecen favorecer los intereses de la política hegemónica germano-
nipona pues, el 13 de Noviembre de 1950, Delgado Chalbaud es asesinado
en dudosas circunstancias. Goebbels, Ministro de Iluminación Pública y
Propaganda del Fuhrer, había impuesto a Harald Quandt como
Superintendente para “controlar” la situación en Venezuela, mientras se
adelantaban las formalidades para su anexión al Reich. Pérez Jiménez y
Harald Quandt garantizarían de ese modo la transición, sin desplazamiento
de tropas.

Harald Quandt es hijo de Magda Goebbels -la esposa del Ministro- y si bien
le ha dado no pocos dolores de cabeza a su padrastro, éste está dispuesto a
someterlo a una prueba de fuego invistiéndolo de autoridad frente a un
pueblo racialmente inferior integrado por negros, indios y españoles
descendientes de moros. Harald se siente simultáneamente imbuido de
entusiasmo (porque alberga la secreta ilusión de encontrar El Dorado) y de
resentimiento contra Goebbels por sacarlo del medio y relegarlo.
A su llegada a Venezuela, Harald tiene apenas 29 años, pero ha dejado en
Alemania una esposa debidamente aria, la cual es además su prima (un
matrimonio urdido por Magda para asegurarse una descendencia pura). La
misión de Harald no consiente el traslado de su familia, se le exige
dedicación exclusiva, Venezuela es la puerta de entrada a América del Sur. El
efecto dominó está en los planes de Goebbels. Tras haber leído someramente
acerca de la gesta emancipadora de Simón Bolívar, la idea de una Nueva
Granada, bajo la égida germánica, le encanta.
Ah, pero la juventud de Harald, y su personalidad influenciable, encuentran
otros rumbos en Venezuela. El lector se enterará de sus aventuras, de sus
nuevas amistades, de sus amoríos, de las intrigas políticas y del gran desafío
de la historia a través de la correspondencia que Harald sostendrá con su
madre, con su esposa, con sus amantes y con personas claves, dentro y
fuera del país.
El Reich sucumbe finalmente, no así el adalid Harald, quien millonario,
nepótico y acendrado se deslastra de sus vínculos con los perdedores y
acaba siendo el mecenas de los partidos democráticos a cambio de sus
favores.

Los personajes principales de la trama serían Harald Quandt y Lucía Levine,


polos dramáticos, hombre-mujer, nazi- judía, ambos encumbrados en el
poder, ambos extranjeros. Una historia de amor perverso, poder, sexo,
16
intrigas.

Sara lee incrédula la hipótesis que acaba de hilvanar como ejercicio


literario en respuesta a un aviso de prensa en el cual se anuncia un taller de
novela dirigido por un reconocido escritor venezolano. Víctima de la resaca
emocional de la víspera, atina con dificultad a sorber el café y fracasa
constantemente en su empeño por olvidar su drama íntimo, privado,
particular. Es requisito para ingresar en el taller de novela la presentación de
un proyecto, pues ¿cuál mejor? se increpa a sí misma. ¿Qué hubiera hecho
ella… habría intentado huir?, la idea de torcer la historia, de imponer en
suelo venezolano la presencia nazi y de transferirse emocionalmente en una
mujer enigmática, le brinda una excusa casi perfecta para surcar y un
complemento verbal a su profesión de fotógrafa. Torvas ideas se retuercen
aún más en pleno soliloquio, nunca como ahora ha sido posible editar y
trocar verdades, es la era del revisionismo histórico, del eclectisismo moral,
del self service ideológico, conceptual, formal y estético. Mientras la polilla y
la carcoma destruyen las evidencias, los documentos virtuales democratizan
las interpretaciones, todos los usuarios tienen en principio los mismos
derechos de accesar idénticas fuentes (las de internet, las de los CD-ROM),
es la santa alianza entre el poder y el entretenimiento para reducir la
historia, la filosofía, el pensamiento y sus múltiples aristas al espectáculo y a
la mera acumulación de productos culturales. Sara libera la carcajada que le
presiona el abdomen, piensa que buena parte de sus análisis podrían estar
saturados de amargura, acaso sean producto de la precariedad económica
que le impide, entre otras cosas, someterse a liposucción y viajar a Nueva
York como lo hacen algunas de sus clientas para mantenerse apetitosas,
jóvenes y competitivas en el mercado sentimental. Se mira en el espejo
ensayando un mohín de dignidad, algunas arrugas, pocas, revelan el paso de
los años, el sobrepeso patentiza su compulsión, su ansiedad, sus hábitos. De
pronto recuerda la fecha y acelera los ritos matutinos, en cambio sus
reflexiones conservan una inoportuna lentitud, una lógica maníaca. No puede
apresurar el cauce de automóviles que la mantiene atrapada en la autopista,
prueba entonces, como siempre que maneja, una sintonía musical, las
Cantatas Profanas de Carl Orff le conceden algún alivio. Cuando llega, por fin,
el seminario de nuevas tecnologías fotográficas ya se halla en pleno proceso,
ella desentona. Haberse endeudado hasta los tuétanos para pagar el monto
astronómico de la inscripción no le confiere el derecho a ser diferente. Miles
de preguntas se le agolpan guturalmente hasta reventar el muro de
contención protocolar. Por encima de las protestas y de los reproches de los
intransigentes participantes del curso, se yerguen primero sus dudas: “ ¿No
es inmoral editar los retratos, eliminar los gestos de expresión de las
personas, homogeneizarlas estéticamente, convertirlas a todas en
personajes irreales?, ¿No es antiético y tétrico que los álbumes de familia, o
los documentos periodísticos, contengan sólo imágenes manipuladas?”; y
luego un monólogo: “Habría que proclamar la prohibición de los espejos tal
como existen en la actualidad y abocarse a la invención de otros que sean
17
capaces de reflejar a las personas tal como éstas quisieran verse. Habría
luego que implantar la gratuidad de la cirugía plástica, cuyos resultados, a la
larga, serían más tangibles y rentables que, por ejemplo, la proliferación de
psiquiatras, cuyo desempeño resulta imponderable. Otra posibilidad sería
decretar directamente el toque de queda para que las gentes no salgan de
sus casas sino que se comuniquen sólo virtualmente, de ese modo podrían
lanzar sus fotografías personalizadas à la carte y crear un espacio de
comunicación intervenida y “…dale y dale y dale, Sara no para de hablar
hasta que, finalmente, es compelida a abandonar el recinto. Expulsada. Por
más que patalea, sólo le reintegran la mitad de lo que ha pagado, se
amparan en lo establecido en las letras menudas del contrato, aquéllas que
nunca nadie lee. Más depauperada que humillada, Sara recurre nuevamente
a las hondas hertzianas en frecuencia modulada para enfrentar el tránsito
congestionado, tiene la intención de regresar a su casa, requiere una siesta,
no podría ir a la clase de novela bajo los efectos secundarios del Rophinol.
Demasiado adormilada como para despotricar, siente los fuetazos del
inconsciente culposo: acaba de malgastar los últimos centavos en un curso
de actualización fotográfica que le hubiera permitido, eventualmente,
mejorar sus ingresos y reducir las horas de trabajo ¿por qué?: por expresar su
enojo, por equivocar el discurso. De haberlo pronunciado frente a sus amigos,
habría desatado como siempre la furia del entendimiento, el substrato de una
discusión, de una postura intelectual no necesariamente viable ni práctica,
pues la presencia de los medios virtuales de manipulación son
imprescindibles aún entre los más notables pensadores, pero al menos
teóricamente… y dale con el monólogo interno, sin la posibilidad de
expulsarse de sí misma. Atrapada nuevamente en el invencible
embotellamiento de tránsito, acaba claudicando: ¿acaso no está ella misma
inmersa en la gran falacia existencial, en una ficción vivencial, y ahora, para
colmo, en una aproximación torcida a los hechos históricos al involucrar a
personas tan reales como lo fue la única Primera Dama viuda, extranjera y
judía, de la historia de Venezuela?. Descarta la posibilidad de cambiar los
nombres para proteger a los posibles inocentes. El manejo de escenarios está
perfectamente autorizado en el desempeño de las profesiones liberales: en
economía, en política, en sociología, en matemática. De pronto le sobran
argumentos para defender su proyecto de novela ante cualquier jurado
calificador.
La descomunal tranca de vehículos, los minutos desastrosos. No se había
percatado de la hora: precisamente las cuatro y media de las carcajadas,
confluían en su torrente sanguíneo el miedo y el aburrimiento, el llanto y el
bostezo, la añoranza y la libertad hasta que de pronto se produjo un
accidente insólito tomando en cuenta que todos los carros estaban
completamente detenidos en una fila interminable que se perdía en la
lontananza. El agraviado se bajó del carro para constatar los daños, él
también se hallaba medio adormilado por el vapor de anhídrido carbónico
que desprendían los extemporáneos tubos de escape. Nada que lamentar
constató el hombre cuando su mirada tropezó con los ojos enrojecidos de
18
Sara. No tenía caso explicarle a aquel desconocido lo del Rophinol, lo del
curso, lo del proyecto de novela y mucho menos hablarle de su déficit
presupuestario, sentimental o anímico. La invadía el pavor, el hombre se
acercaba a la ventanilla de su carro, varios conductores se habían bajado de
sus automóviles y también venían hacia ella, pero entonces, acaso por la
invocación de un cuento de Julio Cortazar (que también había ocurrido en una
autopista congestionada), salieron todos corriendo de regreso a sus carros,
porque por fin la fila avanzaba.
Sara se desplomó sobre su cama y se quedó dormida con la ropa puesta y
por supuesto perdió la primera sesión del taller de novela. Todo aquello que
soñó esa noche estuvo teñido de charcutería. Un vidente le auguraba el
futuro valiéndose de una res cruda sangrante cebona, de utensilios de alta
cirugía, y de palabras culteranas. En su apuro por dormir, Sara había olvidado
cerrar las cortinas y ahora la luna llena se colaba húmeda y le helaba los
huesos. Hubo de despertarse y de constatar pequeños desastres: los cantos
desafinados que celebraban un cumpleaños en el vecindario, tres mensajes
en la contestadora automática del teléfono y un hambre atroz. Las llamadas
eran para proponerle la cobertura fotográfica de un evento social de alcurnia.
Reconocía la voz de Stella Sánchez sobre todo por su crepitación. El pito de la
tetera la distrajo de sus nuevas cavilaciones y mientras sorbía, primero los
humos aromáticos y luego la infusión misma, se esforzó en pronunciar, en
voz alta clara y comprensible, la promesa de aceptar el trabajo sin
miramientos: tenía que resarcirse económicamente. Se acostó de nuevo y
regresaron a su mente ingobernable algunos recuerdos feroces relacionados
siempre con sus amigos, pero, en cuanto cerró los ojos, una carta, el dos de
pica, ocupó todo el espacio onírico. La res, que antes era seccionada por el
vidente charcutero, se erguía recuperando su fortaleza de toro azuzado por
dos picas afiladas que una mano invisible le enterraba en el lomo; en vano se
encabritaba pues no lograba zafarse de las espadas alevosas ni del dolor
profundo. Rojo y negro de toro y sangre o también de naipes franceses se
disponían en un automático juego de solitario que nunca llegaba a término
por culpa del maldito dos de pica que andaba siempre clavándose en el lomo
del toro negro alternando el círculo vicioso con el virtuoso, la vivisección con
la cartomancia.
Sara emprendió el día nuevo con la determinación de cumplir con su
palabra empeñada. Tomó el teléfono con solemnidad para comunicarse con
Stella Sánchez, su unívoco e inequívoco vínculo con la realidad económica y
social. Aquélla no la defraudó, en menos tiempo del que hubiera dispuesto
para escuchar a la muchacha, recibió no sólo la dirección y la hora del
evento, una primera comunión, sino también las más primorosas frases
hechas para alentar. El hecho tendría lugar en el Country Club, a las once de
la mañana del domingo. Restan veinticuatro horas, un alivio corpóreo inunda
su espina dorsal. Saborea con pereza el desayuno, lee la prensa, pero es
incapaz de dejarse de sí y emprende la investigación literaria nombrando al
escritor Luís Britto García como su tutor ad hoc et ad honorem, sólo por el
placer de enfrentarse con un interlocutor humorista e inteligente. La consulta
19
acontece por teléfono. En esta primera, él le recomienda la lectura de El
Hombre de la Montaña de K. Dick, ejemplar que Sara logra leer en francés.
No hay como el lenguaje de Descartes para regodearse en analogías: el
autor, oriundo de Chicago (1928), crea el escenario pluscuamperfecto para
urdir la trama que Sara se empeña en hilvanar: su relato se ubica antes de
que los tentáculos del nazismo goebbeleano arropen la historia de Venezuela.
Fue en 1947 cuando tuvo lugar la capitulación de los Aliados frente a las
fuerzas del Eje germano-nipón. Lo cual en la práctica significó la división
este-oeste de los Estados Unidos de Norteamérica; el polo oriental bajo la
tiranía de Hitler y el occidental dominado por los japoneses. En 1950, año del
magnicidio de Delgado Chalbaud, la vida en los Estados Unidos había
retomado un curso de normalidad sobre todo en la zona de ocupación
nipona, donde el poder se ejercía con firmeza pero sin excesos gracias la
omnipresencia del Yi-king o libro de las transformaciones: el célebre oráculo
chino cuyo origen se pierde en la noche de todos los tiempos y que los
japoneses consultan para todo evento (comercial, sentimental, político).
Demora la lectura de la novela, pero se deja vencer por la impaciencia.
Fabulador, Britto García abunda en detalles cuando Sara lo importuna por
segunda vez: “Es en la vida real y no en la ficción literaria donde en verdad
ha triunfado el Nacional Socialismo y su doctrina sigue vigente” dice el
autoconfeso marxista-nihilista. La cabeza de Sara bulle, la efervescencia
mental genera burbujas, interjecciones que el recién investido tutor
aprovecha para repotenciar su hipótesis echando mano a la enumeración
concatenada de argumentos cero concupiscentes:
-- Neutralización de la Unión Soviética.
-- Idem de la Gran Bretaña.
-- Equiparación del gran Capital con el Estado. Y consecuente corruptela y
tráfico de armas.
-- Triunfo absoluto del racismo. Si al comienzo abarcó a los judíos, gitanos y
comunistas, en la actualidad arropa a todos los pueblos del tercer mundo que
vivimos en los “ lager” y proveemos mano de obra barata, bajo ínfimas
condiciones de vida.
Alentada por el deseo de aterrizar sus fantasías en datos, Sara apura el
diálogo telefónico para llamar inmediatamente a aquel de sus profesores de
la Universidad a quien considera mejor capacitado para documentarla. Corre
con suerte, su nuevo interlocutor le recomienda dos libros significativos: Por
qué mataron a Delgado Chalbaud, de Miguel Troconis Santaella y El
Asesinato de Delgado Chalbaud de Nicanor López Borges (ediciones
Centauro 1971) y le sugiere que acuda a la hemeroteca. Algo menos parco, le
relata a Sara que en los primeros números del periódico El Nacional, en 1943,
se reseñan bombardeos a buques frente a la isla de Margarita y la llegada de
náufragos. Sin embargo califica el intento literario de Sara de “piñatazos de
ciego”. Juzga insuficiente la investigación que sustente tan descabellada
hipótesis. Sara logra una limosna aprobatoria al revelarle el substrato
psicológico que mueve los hilos de sus personajes. El profesor accede a
prestarle los libros por un tiempo breve que ella jura cumplir y ya va
20
embalada a buscarlos, pero el sábado declina, ya no le alcanza para leerlos,
ni falta que le hace, por ahora la sola fotografía de Lucía Levine, en estricto
luto y de perfil, le acelera el pulso, la viuda tenía 39 años en 1950, la edad
que se encuentra a medio camino entre la lucidez y el resquemor, el deseo y
el asco. Eso que llaman la mitad de la vida, el final del estío, el nivel cero en
la medición de las aguas.

Agua gorda, agua fuerte, lustral, alumbrada. Madre invicta a despecho de


los elementos, agua en el cauce nómada de las erosiones, en la lubricidad de
las secreciones y en el despeñadero de las emociones. Aguas mayores,
muertas, subálveas, indómitas en novilunio.
Un estiaje certero se logra únicamente si la sequía es absoluta, pues de lo
contrario las aguas subterráneas mantienen los caudales y los iones. ¡Si lo
sabrá Sara!.
Patria es el humor
que decantamos
en el alambique copular
flujo volátil
estertor
La Patria emigra
temo

21
Besarabia es a Bucovina lo que Moldavia es a Ucrania; líneas imaginarias
en mapas aleatorios, lugares transitorios, recuerdos tangenciales, las
separan. Son huellas de los otomanos, pinceladas de una Galitzia, botín de
imperios, fronteras movedizas. Aquí como allá se habla rumano, un idioma
donde se amalgama el latín y el eslavo con voces provenientes de los Dacios
para que quienes lo pronuncien tengan que invocar, desde la primera
palabra, sus orígenes mestizos, la mezcla cultural y consanguínea, lucha,
paladar, muerte. Emparentados con el yugo zarista o soviético y la
germanofilia austro-húngara, los habitantes de estas regiones históricas son
políglotas de buena cepa. Confluyeron siempre en esos suelos además de
rusos, rumanos, eslavos y alemanes, buena cantidad de gitanos y judíos. Es
decir luteranos, ortodoxos, paganos, católicos, judaicos; es decir caucásicos,
arios, asiáticos, semíticos, indo-europeos, irrigados todos por vasos capilares
comunes pero separados por las espesas venas que los diferencian.
De cómo se desarrollaron los eventos desintegradores de los pueblos
centro europeos durante la Segunda Guerra Mundial, han dado cuenta
autores mayores, ¡pero que Lucía Levine provenga precisamente de allí!
¿Estarían clavados en su retícula Tolstoi, Dostoievski, Chejov, como también
el renacimiento ruso de Pushkin, el romanticismo de Blok, el cubismo de Bely,
aunque nunca los hubiese llegado a leer? ¿Habrá compartido este aforismo
de Rozanov: “basta un recuerdo de juventud para impedir que un hombre se
suicide”, de cuando, exiliada, la inteligencia rusa sobrevivía a fuerza de
versos en Francia, en Italia y acullá? ¿Sentiría ella alguna piedad, esa
palabra- en francés teñida de cierto desprecio, en alemán de desesperación y
en inglés de ironía -, que en el fondo invoca la virtud de compadecer a los
que sufren?. No poco ha de haber dudado la joven hija de anarquista judío,
prófugo del realismo socialista y exiliado en París, donde el aire apenas
empezaba a enrarecerse por la dualidad fascista/comunista y sus polífonos
alegatos. ¿Tendría Lucía adheridas a sus retinas las lecturas del Goethe
obligatorio en bachillerato?, ¿se le habría erizado la piel al escuchar los
metales impetuosos de las óperas de Wagner, o tal vez algún vals la hiciera
sentir, por un momento, princesa Sissi, en la corte austro-húngara? Tendría
cinco años en 1917, cuando el triunfo de la Revolución Bolchevique, ah la
pequeña pionera incubadora de ensueños internacionales de igualdad y
justicia, ah niña preguntona, cabeza de chorlito, acaso sólo parecida a otros
22
niños cuyos padres también leían en alemán, saludaban en rumano,
entendían ruso y callaban los sentimientos.

En medio de esta vorágine nada conviene más a la historia que un romance


complejo al mejor estilo clásico, que aparezca el apuesto galán con suficiente
distancia y categoría como para que Lucía pueda inventárselo: Para empezar,
que el hombre acabe de desembarcar de ultramar, y que algunos amigos
pronuncien el nombre de su país de origen con sorna. En cambio, que para
Lucía, aquel sonido, Venezuela, augure desde la primera vez, algo exótico,
desconocido, excitante. Lo habría visto sólo una vez, cuando en un atardecer
de octubre, salía el joven de su habitación en un callejón parisino y ya en la
calle se dirigía lentamente, hacia el puente. No parecía miedoso ni
vergonzoso, pero lucía sumamente irritable, con los nervios en tensión. Ella lo
atribuyó a que los viajes alejan al hombre- y con mucha más razón al joven,
cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia- de su universo
cotidiano, de todo lo que considera como sus deberes y sus esperanzas. Ella
lo sabía por experiencia: de hora en hora el espacio determina
transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca la
permanencia, pero de manera alguna, las sobrepasa. Oh! sí, la influencia de
la literatura alemana era inevitable, sería por eso, que aún sin habérselo
propuesto, aún sin sospecharlo, Lucía se estaba fabricando un destino con
sustancia onírica pero con la determinación propia de su recio carácter.
Jamás hubiese fijado los ojos en alguien menos firme. Ese hombre no
deambulaba, ni paseaba, marchaba eficazmente hacia una meta. Aunque
aún no se habían cruzado sus miradas, Lucía adivinaba que sus cuerpos
estaban hechos con la misma fibra, aquélla capaz de ovillar el sufrimiento y
la rabia hasta reducirlas a energía pura. El hombre objetivo en el que Lucía
quería mirarse – como si espejo fuese- no sería uno de aquellos que lanzan
maldiciones e injurias como el pesimista, sino el docto ideal, el más precioso
que existe, en el cual el instinto científico consigue florecer y prosperar tras
los fracasos; pero un ser así ha de ser manejado por alguien aún más
poderoso. La paradoja recién descubierta ejercería un poder especular en
Lucía. Sólo siendo ella más fuerte, podría él mirarse en ella para a su vez
fortalecerse. Así de retadora querría ella que fuese la vida, ni un ápice
menos. El placer del reflejo se le extendía con delicadeza dejando en su piel
hasta las huellas más ligeras y el fugaz desliz de seres fantasmales. Todo lo
demás llegó a parecerle circunstancial, arbitrario, ajeno.

Espiral
Muralla sideral
Solicito permiso para aterrizar
en tu abrupta frente

Sordo a la plegaria de Lucía, Carlos, el de Venezuela, se aferraba al deber


como correspondía a su triple investidura militar: la genética, la vocacional y
la práctica (hijo, nieto y sobrino de militares, en ascenso él mismo en
23
jerarquía y derrotado en su primera y única batalla contra la tiranía que
ejercía, en su país, su propio padrino), allí estaba, sobre el puente
suspendido, entre el Sena y las nubes, entre la izquierda y la derecha,
apretando con los dientes cualquier palabra que pudiera alejarlo de la
verticalidad castrense. Contenía la hiel y las lágrimas a fuerza de estudiar y
fortalecía su espina dorsal sometiéndola al juramento de nunca, jamás
doblegarse. Desde la antigüedad existen ya claros antecedentes del papel de
las Academias Militares, Filipo de Macedonia creó en 356 a. C. una escuela
para educar en el mando de las tropas a los hijos de nobles, entre ellos a su
hijo Alejandro. Aquí mismo, en Francia, Richelieu y Louvois, mantuvieron
entre 1682 y 1694, unas compañías de cadetes, que dieron lugar a la Escuela
Militar creada por Luis XV. No menos he de prepararme yo que he visto morir
en batalla a mi noble padre, suspendido, como yo lo estoy ahora, en un
puente entre la improvisación y la estrategia. En el puente que conecte el
albur con la matemática, hallaré las respuestas que busco: seré ingeniero y
así andaré armado. Sean testigos el agua y el éter, de este juramento que
hago como civil y desarmado ciudadano, apenas estudiante extranjero en
París. Que sea éste apenas el primer eslabón en la lucha despalabrada por la
Patria. ¡A la salud de Román Delgado Chalbaud!
No lucía para nada atribulado cuando la fuerza impetuosa de un grupo de
jóvenes, entre quienes se encontraba Lucia, lo sonsacó de sus cavilaciones.
¡A beber vino, que en la taberna se escarcea!. Ah potra zaina ésta se dijo
Carlos al intentar zafarse de la severidad con la que la rumana le sostenía la
mirada. Sonrió donairosamente, no había leído aún la novela Doña Bárbara,
que Rómulo Gallegos, uno de los amigos de su padre, acababa de publicar en
Barcelona, pero había escuchado de su propia boca que estaba ambientada
en una hacienda, que se reflejaban en ella las voces de los peones y que se
evocaba el pasaje a la modernidad. Le hizo gracia evocar esas palabras en el
destierro, palabras exóticas a sus oídos, pues él, Carlos Delgado Chalbaud,
más bien hacía honor a sus nobles apellidos al ostentar sutileza, ingenio y
afrancesamiento a causa de su larga permanencia en Europa. Sus raíces se
habían transformado en largos filamentos de romanticismo y Lucía no se
parecía a ninguna de las mujeres de su entorno, menos que nada a las hijas
de los exiliados venezolanos.

Ni el café cerrero ni la ducha helada arrancan a Sara del embobamiento


auto propiciado con París en el trasfondo y los fantásticos años treinta, mas
la comunión está por acontecer y ella ha jurado. Para llegar al Country Club
ha de vencer algunos fantasmas alojados en el puente Chapellín, no en vano
dicen los caraqueños que cada urbanización tiene el barrio marginal que se
merece. Por contraste con las mansiones, las paupérrimas habitaciones de
los albañiles -constructores de ambas viviendas- desafían las orillas urbanas,
son suculentos hongos salvajes, bocados exquisitos en boca de algunos
arquitectos extranjeros capaces de ver en ellas, y en las laberínticas
estructuras que forman, cierta reproducción innovadora del medioevo.
Chapellín es a Country Club lo que Caracas a sí misma, de modo que es frágil
24
el puente que deslinda una ostentación de la otra. Pocos metros separan el
caserío de la urbanización, la gritería del susurro, el juego de béisbol callejero
de los juegos de salón (pool, bridge) o de campo cercado (golf, tenis). Los de
allí huyen de las paredes que los cercan, los de allá cercan los espacios para
huir. Puente, de nuevo puente, siempre puente, ahora tendido entre
Chapellín y el Country Club, dirección exacta donde fue constituido el Tribunal
en el que la señora Lucía Delgado Chalbaud, de 39 años de edad y natural de
Rumania, debidamente juramentada declaró en ocasión del asesinato de su
esposo, el Presidente de la Junta Militar de Gobierno, y que a consecuencia
de dicho juramento fue expulsada de Venezuela en mil novecientos cincuenta
y. Sara busca con frenesí los vestigios de la Quinta Lois, donde aconteció
aquello, pero la comunión está comenzando y ella ha jurado.

Tres metros cuadrados de arreglos florales ocultan discretamente la febril


actividad de una docena de mesoneros atribulados que han sido
compulsivamente endoctrinados para servir las apetencias de los invitados.
Otros fotógrafos luchan hombro contra hombro por conquistar el mejor
ángulo para cuando llegue, por fin, el momento crucial de los retratos para el
álbum familiar. Organdí, sedas, cretonas y rasos rozan, crujen, desempolvan
pasamanos, barren escaleras, se tiñen de grama hasta que se congregan en
esa suerte de anfiteatro especialmente construido para posar ante Dios.
Alguna regla antropológica garantiza que ninguno de los presentes carezca
de apellidos dobles e hispanosonoros que denoten alguna alcurnia. Tal luce la
ceremonia a los ojos agnósticos de Sara al ver llegar a la primocomulgante
aureolada: la niña soporta el peso de su vestido como antes lo hiciera Cristo
con su cruz, y representa, en este momento unívoco de su vida, el epicentro
de un terremoto espiritual. Tres sacerdotes ofician la misa en el jardín interno
de la gran casa, inmensos toldos protegen a los feligreses de cualquier
inclemencia. Breves lecturas extraídas sesudamente del catecismo y del
Nuevo Testamento garantizan la intervención protocolar de los familiares en
el ceremonial y en el largo metraje para las cámaras de video. Concluido el
magno evento, orondos y complacidos, los asistentes se entregan a las
veleidades de la festividad. Las mesas se van conformando por edades, por
afinidades, por casualidades. Sara captura, congela, paraliza, encuadra,
enfoca, obtura, pero ante todo, lucubra: Heme aquí Lucía diferenciada e
inhibida ante el gentilicio. Me miran con deseo y recelo, querrían ellos verse
en mis favores retratados, desearía yo ampliar sus visiones. Las cachapas,
sólo las cachapas nos nivelan, ¡qué deliciosas!: jojoto molido y extendido en
una plancha hirviente, removido siempre lejos de los comensales y mucho
más aún de la cocina de tanti Floria y de mí en su cocina de campiña rumana
donde dejábamos colar la harina de maíz entre nuestros dedos y
revolvíamos, con inmensa cuchara de palo, el agua lechosa que hervía en el
ollón. Con cada burbuja que explotaba, nacía un elogio cantarín de tanti
Floria: “la mamaliga es mejor con tocino, la que sobre será para el porcino…
la mamaliga es mejor con mermelada, seguro que no quedará nadita de
nada… la mamaliga es más sabrosa con requesón, cuidado te quemas con el
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fogón… la mamaliga nunca llega al día siguiente, vamos a meterle el
diente…”. Ah mamaliga, mamaliga, si tuviese algún origen en el castellano,
seguramente provendría de liga (de maíz) que produce mazacote. Allí de
donde yo vengo muchos tenemos un pie en el campo y la punta de la nariz
en un libro. De niños recogimos ciruelas en verano para que a nuestros
mayores no les faltara aguardiente en invierno y muchas veces leímos
encapillados porque hacerlo era privilegio de ociosos. Así fueron cayendo en
mis manos primero los libros ubicados en los estantes inferiores de las
bibliotecas: por las aventuras del indio Winetu de Karl May tuve que
redoblar mi cuota en la recolección de ciruelas, por Anna Karenina hube de
huir de más de una retahíla. Cuando crecí, devoré con fruición toda la
literatura accesible en rumano, en ruso, en alemán y luego, en París, la
francesa. Ahora sueño con leer en español, esta lengua melodiosa, pero con
hijos más las obras de caridad y estas recepciones sociales a cada rato no
me queda mucho tiempo. Menos mal que conocí a Lya Imber, la pediatra de
mis niños. Un cuchillo de plata percute sobre una copa de Bohemia, no habría
ceremonia sin discurso. Ya quedan menos invitados, los tequeños han
desaparecido de todas las bandejas, cintillos, lazos y peinetas quedan
aplastados bajo pisadas negligentes, los padres de la niña comulgante
improvisan un embeleso y le dan gracias a Dios y a la Virgen María sin
pecado concebida por este momento inolvidable. Todo habría concluido a no
ser porque un ex ministro, invitado de cabecera, aprovecha el escenario para
lanzar frontalmente su desmesurada arenga política: “devolveremos al país
la paz social y política, en la unión está la fuerza”. Sara lo enceguece con el
despiadado flash, el hombre aprecia el destello ¡nada más semejante a un
anticipo de triunfo! .

Al llegar a su casa, extenuada, Sara halla nuevamente tres mensajes en


el contestador, todos mudos. La ligera sospecha de que pudieran ser de sus
amigos aviva: a veces extraño los dientes de mi amiga, recuerdo aún más
rojos sus labios y me hace reír aún más con sus pequeñeces y sus grandezas,
entonces mis propias palabras son las suyas y converso con ella
respondiéndome a mi misma. Hago un festín para mi sola que somos las dos
y se me van subiendo a la cabeza las burbujas de una solitaria cerveza. ¿Y si
el silencio fuese de hombre?, de aquél que se divide en varios él, uno de lo
cuales me enloquece; aquel él galáctico, poderoso e intenso que puede
conmigo, que construye murallas con las palabras y que convierte mi vida en
un círculo. Ese él que yo invento no me puede ser arrebatado ni siquiera por
el mismo él, porque todos los él saben que sólo yo lo invento tal. Todas las yo
sabemos también que sólo él nos catapulta hacia el centro de nosotras
mismas y entonces todos los él y todas las yo nos volvemos todos los
nosotros que podemos ser. Este soliloquio transcurre en el laboratorio, donde
los líquidos reveladores narcotizan. Penden de cuerdas colocadas ad hoc,
algunas fotos de Stella Sánchez, las de la primera comunión y una
reproducción de Lucía Levine, todas sin tecnología de avanzada. ¿Y si fuese
de ella, de Lucía, la tercera llamada sin mensaje?, una de larga distancia
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desde París, para contar que quiere ir a Bougival, adonde la luz reverbera y
las hojas de los plátanos describen espirales cobrizas en caída libre.
Lucía está fascinada con las manifestaciones de arte moderno. No en vano
vio crecer ante sus ojos el disparate, que no le hablen a ella de realismo
socialista, de hiperobreros, de banderas ondulantes, a ella le bastó ver la
realidad verdadera. Hasta sus oídos, en provincia, llegó el clamor de los
pintores y escritores que acompañaron a Lenin en la victoria, era el triunfo
del subconsciente colectivo, ¡cómo vivían entonces los poderes infinitos del
arte!. A la muerte de Lenin, la diáspora. Perseguidos, desterrados o
constreñidos, los artistas, como su gran amigo Lansky, encontraron refugio
en Alemania y en Francia, donde crearon una divisa universal oponiéndole a
la exageración de lo social, la exacerbación del universo interno. Multitudes,
sin rostros ni consignas, fundidas en una masa amorfa comparable a la tierra
arcillosa que sirvió de base para la creación de Adán, ¡ qué mejor simbología
para expresar un nuevo nacimiento del ser humano!. Ir al taller de Lansky, en
Bougival, ver semejantes cuadros, es un placer excepcional. Dicen los que
saben que es miembro de una Escuela, la de París, una experiencia unívoca,
en la cual la ciudad de las luces, históricamente exportadora de estética y de
talentos, invirtió los polos de la dínamo generadora de tendencias y se nutrió
hasta la saciedad con el arrojo de los inmigrantes, quienes volcaron todas sus
vísceras en inconmensurables lienzos, esculturas, poesías y vivencias. Allí
estaba Lucía cuando aquellos deliciosos locos de la libertad bajo exilio
comparaban a Kandinsky con Kokoschka, allí tragaba largo cuando escupían,
allí aprendió a diferenciar sus respectivos expresionismos del pasado
cercano. Años mas tarde, ya en la Caracas de su marido, habría de resultar
inoportuna al comparar las muñecas de Armando Reverón con las de
Kokoschka, pues ambos pintores, el de Macuto y el austríaco, se habían
valido de modelos inanimados de tamaño natural. Lucía no se saciaba de
escuchar: Kandisnsky el ruso había estudiado derecho y además era
científico pero no fueron estas cualidades impedimentos para que se
convirtiese en el iniciador del movimiento abstracto. Si bien no llegó a París
hasta 1933, su fama lo precedió. Era de esos hombres múltiples y poliformes
que sin dejar de ser nacionales son ciudadanos universales y crean su propia
escuela sin desdeñar las pinceladas de los demás. Kandinsky dividía sus
obras en impresiones (las que reflejan el universo exterior) e improvisaciones
(aquellas que expresan las emociones). Colores y formas adquirían en
aquellos convivios el poder interlineal de las contradicciones; la geometría, la
escala, las proporciones contenían logaritmos políticos. La palabra se
desdoblaba desbordándose. La poesía tenía valor de trueque. Lucía intuía
una carga revolucionaria en la estética abstracta. ¡Luz y sombra,
venceremos! Luz en la sombra de los ojos claroscuros de este Carlos
eternamente suspendido y cubierto de misterios. Como éste de querer ir a
Bougival, ciertamente no en persecución de la luz que sedujo a los
impresionistas del siglo XIX y menos aún atraído por la casa de Tourgeniev, el
escritor ruso amigo y enemigo de Gustav Flaubert. No, el venezolano quiere
ir a Bougival para encontrarse con un seudónimo de la resistencia
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antigomecista. Requiere un carro y precisa llevar mujeres para desconcertar
a la policía secreta haciendo lucir la excursión como un paseo romántico.
Resta una ecuación de pocas incógnitas: qué carro, cuántas personas,
quienes y cuándo. Lucía se yergue con adecuadas respuestas. Irán dos
parejas, Lansky y Nina -sus amigos rusos- podrían aprovechar el viaje y
distraer aún más la atención de los sabuesos venezolanos. El carro constituye
la mayor dificultad, pero Carlos tiene una amiga incondicional, cuyo padre
tiene uno, ¡irán con ella, los tres!, dictamina. Lucía lo resiente. Dos días
después, el azar la sorprende, a ella que ya se veía sentada en el asiento
trasero, a ella, la de la palabra empeñada y los planes empañados, y que ve
aparecer, en todo su esplendor, el Morris Isis color caramelo conducido por
Carlos en persona y sin incondicional consorte. A ninguna pregunta, nulas
respuestas. Lucía se monta en el automóvil inglés con apariencia de cajón, y
cierta complicidad se instala entre ellos. Ella es el amigo con quien comentar
las virtudes del vehículo británico tan parecido a los modelos
norteamericanos. El teléfono, apenas audible camino a Bougival, la
desmadeja cuando está a punto de entablar una verdadera conversación con
Carlos, la invicta contrafigura de sus ansias locas.
¡Aló, aló, aló!. Repercute otra vez la mudez del subconsciente y en
ausencia de interlocutor aflora:

Coraje tu lengua muda. Se decapitan las defensas. Engañosos silbidos


confunden el aliento rastrero de la cacofonía. No sé qué hacer conmigo
cuando me devuelves a mí. Era mejor estarte. Óptimo serte.
¡Transitívame!

Posa el auricular pensando que cualquier nadie que la hubiera escuchado


estaría escarmentado. No ella, consciente del inmisericorde aislamiento y de
su imposible retorno. Aún se estremecía cuando de nuevo sonó el teléfono,
un ejército de nadies llamó esa noche pero de ninguno obtuvo palabras.
Acabo arrullándose, zambulléndose, en las suyas propias, somormujándose.
Dormir no fue tarea fácil tampoco lo fue velar hasta que llegó el día de
asistir, esta vez sí, al taller de novela. En vano las ahuyentaba, las
expectativas crecían a medida que se acercaba al lugar de compartir, al sitio
de aprender, al espacio de entender. Entró al recinto con excesiva antelación.
Allí, sentada en su rincón de transparencia, vio aparecer a sus pares. Les fue
endilgando complementos indirectos de subjetividad, en cada recién llegado
suponía empatía y a todos sonrió. Al cabo de una inmensa hora de incesantes
cuchicheos ajenos, Sara reconoció los indicios de una nueva impertenencia,
aquí estoy y aquí me quedo se dijo remedando con sorna la frase trillada que
suelen pronunciar los prófugos justo antes de huir. Todos los asistentes
arrugaban los deberes que les habían encomendado en la sesión inaugural.
Aún antes de dar comienzo a la lectura de las hojas ajadas, Sara es presa de
abrupta pulsión (im, com, re, ex). La asignación consiste en resolver una
escena en la que un diligente periodista exacerba su celo profesional para
obtener una primicia informativa. Cada quién ha de vaciar en el mentidero su
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versión particular en una primera aproximación narrativa por encargo. Lucía
vocifera en el oído de Sara, la ensordece, la aturde. Sara no logra subyugarla
ni tampoco doblegar el paisaje que se le cuela por la breve ventana del
automóvil británico conducido con sorprendente destreza por Carlos Delgado
Chalbaud. Huele a veloz lavanda, a gasolina de bajo octanaje, a cuero de
tapicería nueva. Sara encona toda su atención, ejerce la autocensura, antes
muerta que nuevamente expulsada como lo fue antes del taller de fotografía.
Opta por escuchar sumisa, uno tras otro, los mismos hechos relatados con
similares palabras. Carlos y Lucía están a punto de conversar y ella, que ha
esperado tanto ese momento, podría estárselo perdiendo porque ahora,
revisados los ejercicios literarios, ha llegado la hora de la teoría. Se definen
características fundacionales, estructurales, argumentales y se
formulan cuestionarios: ¿qué tipo de novela se pretende escribir (bisagra,
nuclear, medular)?, ¿cuáles son los protagonistas y los personajes
secundarios?, ¿cuáles los límites tentativos en el tiempo? La autoridad de
Carlos Delgado Chalbaud se sobreimpone al taller literario, ya no puede
seguir callando, avanzan hacia Bougival.

-- ¡Lucía, te voy a dejar en el taller de tu amigo Lansky durante unas dos


horas! No puedo llevarte y tú lo sabes.
-- Lansky está en París, tú no quisiste que viniera con nosotros como te lo
habría propuesto, el taller de Bougival está cerrado; prefiero que me dejes el
carro, así podría dar una vuelta por la ciudad como nunca he podido hacerlo,
¡en carro!
-- ¡Estás loca! Tu sabes que este carro no es mío, ¡no te lo puedo prestar!
-- Un no sólo es un no…
-- ¡Qué! Claro que uno siempre es uno- remeda Carlos.

Lucía se frunce, qué trabajo le costará toda la vida comprender la picardía


venezolana, imaginará siempre un residuo de burla cuando imiten su acento
extranjero, le costará siempre entender esa mezcla de ironía chusca con
chanza guasona, Pocas veces reconocerá el humor palabreado en clave
caraqueña y siempre se creerá ridiculizada. Traga hiel y arrastra las eres para
responderle: “No chéri, las mejores veces uno es dos y dos es uno”. Quién
hubiera podido suponer tal capacidad de manipulación femenina del amigo
que parecía ser Lucía. Ahora, callada, respingando la nariz y mirando por la
ventanilla del automóvil, le da la espalda al mozo impertinente en que parece
haber convertido a Carlos. O en un ciervo impetuoso que mientras más frota
sus cuernos contra los árboles para afilarlos, más huellas va dejando en el
bosque para mejor ser cazado. Pero ella, la cazadora, también ha mordido el
señuelo que le ha lanzado él con mucho hilo, mientras más crea alejarse de
él más profundo llevará clavado el anzuelo.
Qué contradictoria y paradójica disyuntiva coloca a Sara nuevamente
frente al volante de su carro, al finalizar el encuentro de los talleristas, para
encontrarse al fin libre de interrupciones pero abandonada por Lucía.

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S´il univers entier m´oublie,
s´il faut ici passer ma vie,
que sert ma gloire et ma valeur?

La voz le suena prístina desde la radio. Se aprende la estrofa de memoria


como si la conociera de toda la vida y la canta a todo pulmón aún cuando la
mezzosoprano ha sido sustituida por un insulso ambiente musical. El taller de
novela ha dejado mella, la literatura es un enigma, oh! Turandot de gélido
corazón que has hecho matar a tus pretendientes por no haber sabido
descifrarte ¡ayúdame!. Y es que Sara ha sintonizado, nuevamente por azar,
la última ópera de Giacomo Puccini, justo allí donde se revela la primera
adivinanza: ¿cuál es el fantasma que todo el mundo invoca y que se renueva
constantemente? Y contesta ella junto con el tenor: ¡ la esperanza! La
literatura es una crineja que enhebra muchos rizos: los de la trama
consciente, inconsciente, subconsciente, la identidad, la otredad, el afuera, el
adentro, la partícula, la totalidad, la investigación, la inspiración, la
causalidad, la casualidad. Aunque el texto que inspiró la ópera de Puccini
pertenezca a Carlo Gozzi (1720-1806), rival de Carlo Goldoni, en el teatro
veneciano del siglo VIII, la historia tiene sus orígenes en poemas y cuentos
chinos, persas e hindúes recogidos en Las Mil y una Noches,
particularmente en la número 904, en donde se trata de resolver adivinanzas
para conquistar a la princesa corazón de hielo. La versión operística consta
de tres actos, una decisión que le costó a Puccini tantos desvelos como
impaciencia. Él quería algo más moderno, favorecía el ahorro de cualquier
escena edulcorada y melodramática a favor de aquéllas que concentraran
verdadera pasión. Finalmente el emperador chino Altoum –anciano y frágil-
desea ver casada a su hija antes de fallecer para asegurar la continuidad de
su imperio, pero su hija, Turandot, ha jurado vengar el ultraje sufrido por una
pariente a manos de invasores extranjeros y jamás se entregará a ningún
hombre. Sin embargo, le ofrece a sus múltiples pretendientes una unívoca
posibilidad, la de responder a sus enigmáticas preguntas. Aquél que acierte
será su esposo, aquéllos que fallen serán ejecutados. Calaf, príncipe del
abatido reino de Tartaria, exilado y de incógnito en Pekín, se enamora de
Turandot y acepta el reto de los enigmas. Su anciano padre, Timur, trata de
disuadirlo, así como también la esclava Liu (secretamente enamorada de
Calaf), incluso los cínicos ministros de la princesa, Ping y Pong, intentan
infructuosamente desaconsejarlo. Por fin Calaf responde las preguntas de la
princesa y obtiene su mano. Pero el noble príncipe esta resuelto a conquistar
también su corazón y le ofrece a Turandot un trato: siendo Calaf un extraño,
nadie conoce su nombre, si ella es capaz de descubrirlo antes del amanecer,
él morirá. Pekín entero pasa la noche en vela al tiempo que Turandot utiliza
todos sus poderes para conocer el nombre de Calaf. Cuando descubre que la
esclava Liu lo sabe, ordena que sea torturada, pero Liu prefiere quitarse la
vida antes que traicionar a su amado. Tanta devoción conmueve a la gélida
Turandot aún a sabiendas de que está perdida pues ignora el nombre del
príncipe. Entonces aparece Calaf, para revelárselo el mismo en un
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apasionado beso poniendo su destino en manos de la princesa. A la mañana
siguiente, cuando el Emperador, su corte y el pueblo se reúnen para conocer
el desenlace, Turandot anuncia con orgullo que conoce el nombre de su
pretendiente. Transcurre un momento de máximo suspenso y luego, mirando
a Calaf, proclama que su nombre es Amor. El comentarista radial añade, a
sus puntuales acotaciones, una final: al contrario que en la mayoría de las
óperas, el dúo amoroso marca el fin y no el comienzo de una gran pasión.
Rabia, furia, iracundia, desafuero, siente Sara al volante y espeta: Ay
Turandot mataste a Puccini a sangre fría. Le invadiste la garganta con un
tumor, ¡vengativa, fulminaste su corazón! Sabías que te conocía demasiado
pues eres la fibra de su propia vanidad y por eso son pocas las sopranos
capaces de interpretar semejantes desgarros vocales. Pocas veces ha tenido
Sara mayor certeza que ahora, la literatura es ingeniería qüómica (química y
cómica con diéresis intercalada y acento esdrújulo), es el estudio de las
pasiones humanas, como si nobles metales fueren, sometidas a apremiantes
condiciones de temperatura, presión, fusión, fisión, explosión. Apenas llega a
su casa coloca a Puccini en una centrífuga y describe: Luego de dos fracasos
consecutivos, con La Rondine (1917) e Il Trittico (1918) Puccini está
resuelto a cambiar el curso de la ópera. Concibe a Turandot para invertir por
una vez la estructura narrativa y enriquece su música con matices exóticos,
influencias impresionistas y con un homenaje muy particular a Wagner a
quien admira profundamente. Pero lo que en verdad lo desvela es el gran
finalle de Turandot. En octubre de 1924, Puccini le escribe a su libretista
“creo que podemos lograr un gran pathos si luego del beso, que ha de ser
largo, Calaf le dice a Turandot que ya no le importa morir, y él mismo le
revela su nombre en la boca”: Puccini está obcecado, desbocado, un tumor le
ata la garganta. Es así como muere infartado y casi mudo, el más grande
compositor verista de la ópera. Giacomo Puccini enalteció a su Turandot
hasta los límites de la utopía y murió por ella, dejándola inconclusa. Pero
había legado en manos de Franco Alfano, su amigo y conocedor, suficientes
datos para que éste pudiera concluir su obra adecuadamente (¡qué palabra
tan tibia!). Aún existen detractores que consideran que Turandot debe
concluir inconclusa y sin final feliz, es decir con la muerte del compositor y el
sacrificio de Liu, ambos víctimas del dúo protagónico. La obra se estrenó en
la Scala de Milano, el 25 de abril de 1926 bajo la dirección de Toscanini quien
depuso la batuta al concluir la última nota compuesta por su amigo Puccini.
Pero ¿qué cosa arde titilante como una llama cuando un hombre sueña con
conquistar?. Sara responde a este segundo enigma de Turandot: la sangre; y
luego al tercero: ¿que cosa quema siendo helada y convierte en rey a aquel
que acepta ser su esclavo?: Turandot, Turandot Turandot. Puccini expiró hasta
el último aliento por la fama de la princesa china. Turandot y Calaf resultan
triunfadores y se imponen en el mundo entero con final feliz y aplausos. El
corazón de Sara se contrista: ¿no es verdad toda apariencia?

Lucía en su enojo subtrama el paseo a Bougival. Escucha voces en su


interior, la mayoría de las veces susurros incomprensibles, pero ahora siente
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el virtuosismo de un violín mágico, ciertamente el de Paganani, sin duda
interpretando la Sonata del Diablo de Tartini. La exaltación tensa sus nervios
como si de ellos dependiera la afinación del instrumento de Cremona, aquél
cuya leyenda sostiene que debe su perfección al sacrificio del amor, del sexo
y de la amistad. Se estremece, devenida vidente vivencia la orgía
mefistotélica mediante la cual Paganini se vale de las tripas de su mujer, de
las de su amante y de las de su mejor amigo para fabricar las cuerdas de su
violín y logra tal maestría que es capaz de interpretar todo el trino diabólico
en la sola cuerda G, prescindiendo de las otras tres. No es otra la cuerda G
que la del sol natural, la del sol al aire, homónimo del astro luminoso, aquel
que asegura la vegetación y el agua para que lo humano no parezca
detenerse pero también Svástica: sol simbólico de lo oculto, sol teosófico que
Helena Petrova Blavatsky (1831-1891), natural de Ucrania, de padres
alemanes, rescató de los mahatmas y vertió en libros prohibidos y temidos
que Lansky le ha hecho leer a Lucía, en el traspatio de su taller, con el
resultado ominoso de hacerla temblar de libertad. Razas y diluvios cósmicos
se yerguen en lecturas febriles contra los lugares comunes de lo cotidiano.
Eleutherismo es a militancia lo que el arte verdadero al kitsch, lugar común
es a genialidad lo que cliché a palabra. Luminiscente misterio el que ocultar
sea el verbo de aplicación más amplia entre sus sinónimos (encubrir, tapar,
solapar, disimular, esconder, encubrir), los cuales no se diferencian entre si
más que en el empleo preferente con determinados complementos. Se oculta
lo que no queremos que se vea, se esconde lo que no queremos que se
encuentre; en cambio son literarios velar y celar, se refieren a lo inmaterial y
tienen matiz atenuante. De incógnito y clandestina, luz. No es la primera vez
que Lucía escucha el violín diabólico: en Besarabia, de niña, los rumores
fáusticos cobraban fuerza durante las noches heladas del invierno y socorrían
la insaciable fantasmagoría. Besarabia es a Bucovina lo que Moldovia es a
Ucrania, patria chica de Helena Blavatsky, la autora de los relatos de horror
que se cuentan desde hace un siglo para reencarnar a los muertos. Sara
emerge a los fueros de la razón con lógicas preguntas aplastantes: ¿cómo
mató Paganini a sus víctimas, o acaso se prestaron ellas al sacrificio por
amor? Le huye al drama anecdótico, pero sucumbe por su siempre
desproporcionado raciocinio. Al no hallar respuestas contundentes se
embelesa con otras: Paganini y Turandot, Drácula el primero, vampiro la
segunda, mefistotélicos en su meta de alcanzar a todo precio el conocimiento
y el placer, en su voraz deseo de alimentarse con el alma humana, de aspirar
la energía y de residir más allá de la espesura de su propio cuerpo. Seres
gravitacionales, engullidores de otros, sanguinarios, feroces, crueles y
virtuosos intérpretes de la condición humana, que sea en la cuerda G de un
violín de Cremona o en la cuerda vocal de una soprano endemoniada. ¿Es
posible morir y aún seguir en vida? ¿no es apariencia toda verdad?
Carlos, por su parte, vive su propio trance camino a Bougival: a sus escasos
veinte años ha de tomar decisiones políticas de alta factura y para ello debe
reconstruir minuciosamente cada segundo de la muerte de su padre:
analizar, jerarquizar, sortear las dificultades y las presiones que ejercen sobre
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él sus mayores, sus superiores y su conciencia. Evocarlo siempre le disloca la
razón, querría más bien invocarlo y que acudieran juntos a la reunión de
Bougival. ¡Cuántas veces espió a su padre sentado a cualquier mesa
consultando a los espíritus! Un rictus de inmutable concentración se dibujaba
siempre en sus ojos y de sus labios fluían palabras en un idioma para él
incomprensible. Catorce años estuvo preso Román Delgado Chalbaud en las
mazmorras de La Rotunda, pudo el niño exiliado en Europa inventarse un
padre de papel y emular una causa distante. Palabras inconexas dieron
cuerpo en su mente infantil a un mapa mítico en cuyo Norte se ubicaba el
Avila, una montaña más mística que geográfica, como los son todos los
linderos. Una y mil veces cometió parricidio, enamorado como estaba de la
feminidad que lo fragilizaba. Esperaba con recelo el regreso de su padre,
temía perder el cetro con el que las madres solas coronan a sus
primogénitos. Él, rey de los afectos y de los efectos, podría ser defenestrado
por su padre como en un mito invertido Poedi Poedi Poedi Poedi Poedi Poedi
Poedi, mas no por ello ansiaba menos su regreso. Consumar tragedias
equivale a enmascarar personas, que regrese pues el padre heroico,
sobreviviente del inframundo carcelario. Un vago recuerdo infantil lo
reconstruye parco, ocupado en las finanzas públicas, en los grandes
proyectos económicos, en alta política, en compromisos sociales y militares.
Una y mil veces ha escuchado versiones desencontradas que describen al
hombre poderoso que fue privilegiado del régimen como hacendado y como
fundador de la Compañía Nacional de Navegación Fluvial y Costera, un
potentado que inició su ascenso en las filas del dictador que precedió a Juan
Vicente Gómez. Ha oído decir de él que fue entonces un hombre duro y cruel
y que supo encompadrarse en cuerpo y alma con un sistema de vida de
ascensos vertiginosos, de corrupción galopante y de represión desaforada.
Fue un amigo de su padre, liberado un lustro antes que él de La Rotunda,
José Rafael Pocaterra, quien le contó algunos pormenores del desgarramiento
paterno. Quiso saber entonces, el adolescente que escuchaba, cómo conspiró
su padre contra su compadre y por qué, pero la narración del señor Pocaterra
era siempre fragmentaria. No pocas veces pensó el muchacho que se le
ocultaban hechos, que se le negaban datos, que se confabulaba una historia
para fabricarle una memoria seccionada por retazos apenas hilvanados, en la
que se enaltecían las virtudes viriles del mártir: “Es inexplicable cómo está
vivo Román Delgado Chalbaud. Sus movimientos son bruscos, su mirar,
negro y vivo. Su desgracia, su energía, su actitud varonil y ecuánime le han
reconciliado con la opinión pública fuera y con sus adversarios adentro. Expía
haber escrito con su fortuna, con su posición y con su vida la primera hoja de
servicios, en su breve y aturdida iniciación política. Haber conspirado contra
el Benemérito”. Así le describía el amigo al padre ausente y cuando él pedía
detalles acababa sintiendo un nudo en la garganta al escuchar los más
infernales y los menos esclarecedores: que comían un potaje de seis u ocho
cucharadas de granos picados, en salmuera, lleno de gorgojos; que en
ocasiones hallaban fragmentos de plomo, pedacitos de vidrio, alfileres
disimulados entre trocitos de plátano verde y que hubo de pagar, su padre,
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enormes cantidades de dinero para recibir semejante rancho; que su padre
había sufrido de difteria; que para el dictador era un gran negocio
mantenerlo preso para despojarlo de su fortuna, que. Quiso saber entonces
el muchacho si su padre lo había nombrado alguna vez, si lo recordaba… y le
contó el señor Pocaterra lo difícil que era para ellos comunicarse, cómo
perforaron durante semanas las paredes valiéndose de sus uñas para abrirle
resquicios a las palabras. Pero una vez llegó a contarle que su padre se había
convertido en el protector de un niño que tendría su misma edad y que
además de desnutrido y maltratado era analfabeta, que lo habían arrojado a
las mazmorras sin contemplaciones y que llegó a decirle papá a su padre. Tal
vez para aliviarle el tarugo, Pocaterra le habló ese día del perro de su tío
Miguel, que también estaba preso. Pero fue cuando le contó lo del juramento
que le hizo Román, el 28 de diciembre de 1921: “ si salimos los dos vamos a
la guerra, si sale Usted y me quedo yo, aguárdeme” cuando Carlos tomó la
determinación de unir su destino a la de esos bravos hombres contra el yugo
lanzados. Recuerda ahora, en el trayecto hacia Bougival, el momento en que
el héroe franqueó las puertas parisinas de la libertad, en abril de 1927,
dejándose ver de nuevo aquel padre de la primera infancia, parco, ocupado
en las finanzas, en los grandes proyectos económicos, en alta política, desde
el mismo momento de su llegada, para darle forma y llevar a los hechos su
palabra empeñada. El de carne ejercía una paternidad vehemente. La
autodeterminación le venía de dos fuentes igualmente poderosas: la de
proveedor de los fondos necesarios para fraguar una expedición marítima
para acabar con la dictadura y de una fuerza espiritual nada convencional.
Pocaterra se había cuidado mucho de advertirle al muchacho acerca de
algunas prácticas ocultas que se desarrollaban en La Rotunda, pero Carlos
había visto a su padre, cuántas veces, sentado a cualquier mesa consultando
a los espíritus. Un rictus de inmutable concentración se dibujaba siempre en
sus ojos y de sus labios fluían palabras en un idioma incomprensible. En
verdad fue a Cecilia Pimentel, hermana del Capitán Luis Rafael Pimentel, otro
preso de La Rotunda, a quien le escuchó los detalles de esas cosas que se
volvieron más frecuentes después de la liberación de Pocaterra. Entre los
libros que se pasaban los presos, hubo uno de una tal Madame en el cual se
relatan asombrosas convivencias con espíritus, y otro, específicamente de
médium. Asombrosos relatos encendían en Carlos el deseo de participar en
semejantes rituales. Comedido, respetuoso pero tan ávido como firme, Carlos
testimonió las visiones, los oráculos, las premoniciones, los fantasmas y cerró
filas con su padre en una lucha frontal y mortal por el destino. Narcotizados
ambos por las flores de Idus e investidos de cesarismo se embarcaron, en
Polonia, en el vapor Falke con un puñado de fieles, entre quienes se
encontraba Pocaterra, y otro de mercenarios apenas conjurados mediante las
imprecaciones quiméricas de videntes arrobados por designios zodiacales.
Román como José Antonio Páez (durante la guerra por la Independencia) era
devoto de las ánimas benditas y si el primero se salvó, en más de una
ocasión, de ser fusilado a manos de los realistas porque una emboscada
fantasmal desvió las fuerzas enemigas, el segundo estuvo seguro, hasta su
34
último respiro, de que aparecerían esas mismas ánimas benditas, apenas
desembarcara en Cumaná. No hubo de esperar otros refuerzos, caminó
seguro contra las balas gomecistas blandiendo una bandera de Venezuela
desflecada y recibió la muerte como salvoconducto hacia aquella otra vida
desde donde no tardó en aparecércele al hijo en calendas como ésta misma
camino a Bougival. Fue Lucía, la displicente, quien al derrochar una mirada
oblicua en él, conductor, descubrió justo a tiempo que manejaba con los ojos
cerrados y fue su grito de mujer marginada del volante el que los salvó de un
incidente, el mismo que Sara está a punto de provocar embalada como anda
en busca de hombre. Desolada intenta llamarlo por teléfono pero no se
atreve a hablar, escucha aló aló aló del otro lado del auricular y se convierte
en nadie al no responder. En nadie para protegerte de mi, la que
retroalimenta tus neurosis, símbolos que se enredan como hebras torcidas de
inacabables introspecciones. No somos nunca lo que somos. En algún
espacio indeterminado toda naturaleza transformadora absorbe lo diáfano.
Querría confiarte, hombre, mis ausencias. Es que esta vida que tengo es
prestada, simplemente no logro devolverla. Me la encomendaron a mediados
del siglo XX porque alguien no sabía qué hacer con ella. Entonces ocurrían
cosas así en el mundo, corrían como locos los nigromantes, buscaban
convertir el plomo de las balas en oro, paz y progreso, y la vida adquiría tales
proporciones, tal compromiso, tal entrega, que algunas, concebidas en
tránsito, en diáspora, en éxodo, quedaban sueltas. Eran vidas apuradas,
abonadas con sangre ordeñada por los fascistas, eran vidas concebidas en
posiciones migratorias. Muchas, como la mía, fueron entregadas en
consignación sin aclarar, por falta de jurisprudencia, pero también por la
premura, las condiciones del préstamo. Estoy cansada de pagarle intereses a
acreedores invisibles que me cobran sacrificios sin jamás puntualizar una cita
ni dar la cara. A veces los presiento en lugares tan convencionales como el
consultorio del dentista y que la vida me huya en un dolor neurálgico sin
dejar ningún rescoldo de comprensión. Otras me rindo al sobresalto errático
de la dualidad amorosa pero acabo abrasada en mi propia incandescencia.
Imito ademanes, pretendo burlarlos, pero siempre dan conmigo. Me han
despojado de toda identidad, personalidad y coraje. América nos acunó a los
portadores de vidas prestadas sin reparar en nuestros bagajes. No hubo
entonces jefe civil, ni funcionario de aduana capaz de advertir que venían de
contrabando testigos silenciosos del mudo préstamo a quienes no podemos
reconocer, ni denunciar, ni enfrentar y ante quienes sucumbimos con
desgarros como si fuesen invisibles alambres de púas cercándonos. No se,
hombre, porque me empeñó en el uso sostenido del plural gramatical, acaso
para reivindicar alguna pertenencia, llevo meses tratando de engañarme,
pero no hay tal. Se que vivo en exilio unívoco, que no conozco a nadie ni
nada y echo una mirada principiante a cuanto me rodea. Me refugio en el
siglo XVI, alejada de todo, y me postro con la lectura de la poesía de
Shakespeare. Haberme bajado del tren finisecular me permite ciertos
devaneos: observar desde mi ventana la devastadora sequía y suspirar por la
completitud. Pero es este un exilio perverso, privado de fantasía, porque la
35
realidad se impone y me impide inventar las virtudes de la matriz. Si el
escarabajo de Kafka hubiera vislumbrado las vicisitudes del virus que soy, le
habría escrito una oda a su padre. En verdad prefiero la novela a esta vida
prestada que se va prolongando tanto que ya parece mía. Sería más fácil
culpar a mi siempre frustrado deseo de escribir, atribuirle a mi
intelectualismo la cosecha de esta historia triste y no desear tan a menudo la
muerte, de todos modos el presente atrae el presente y el recuerdo es no.

Contra Vida Contra


Lo primero fue la boca para aprender a callar
Gas
Los ancestros vienen por lo suyo
Coagulo

Intento sortearle el trueque a la vida cotidiana ahora convertida en


carcoma del poder de decir porque las palabras se enemistaron conmigo, me
persiguen, me atormentan, se desdoblan en ecos perennes. Las oigo crepitar
por todas partes, siempre las mismas, siempre iguales, fútiles, vacías,
vacuas, pronunciadas al unísono por huestes uniformes. La dicha me venía
de ese lugar acústico que eran nuestros encuentros. El país se nos convierte
en un laboratorio social y político anclado en un trasnocho. Enhiestos
académicos protagonizan la historia con parlamentos y guiones estudiados
durante años en los enclaves del idealismo anacrónico. Los periodistas
ocupan puestos de burócratas y viceversa, con el resultado insultante de
convertir la semántica en inferencia del poder. El presidente se desdobla en
varios y cada uno de sus múltiplos maneja un discurso y una retórica propias,
es así que se me eriza la piel al oírle decir que: Somos una raza pura
provenientes de los kariñas que hemos dado pruebas de nuestra grandeza y
que somos además hijos de Bolívar con vocación de gesta libertadora para
toda América Latina. Lo dice con la mano en alto y cantando el himno
nacional al unísono con el pueeeeeblo. Me da pena la semejanza con los
discursos de Hitler y yo, pobre de mí, hija de Lázaro, reviviente de la Segunda
Guerra Mundial, la que siempre se pregunta qué hubiera hecho de haberle
tocado la intolerancia, me vuelvo sal en agua. Se trata de silogismo
analógico. Vivimos el mundo tautológico donde nada dignifica el signo ni
significa lo digno.
Para expiar mi impertenencia, salgo del claustro en busca de palabras
ajenas y luego regreso a mi sitio con las ideas fragmentadas que percibo. He
escuchado sobre Heidegger por boca de un filósofo alemán, a cuya
conferencia asistieron boquiabiertos poetas, catedráticos y psicoanalistas
para hallar en el aburrimiento una dínamo y en la ansiedad una catapulta. He
oído de Max Weber, Goethe y Thomas Mann por un conferencista de la
Universidad Complutense de Madrid. Identifico una búsqueda europea de
hurgar en los poetas y filósofos alemanes la esencia del self de Jung, del
superhombre de Nietzsche, de Wotan, con música de Wagner, en tanto
víctima de su propio libre albedrío. ¿Otras conferencias? : las de los escritores
36
invitados a quienes he visto sometidos a los rigores de una sala de la
Biblioteca Nacional sin aire. Ellos hablan de sus infancias, de sus metas, de
sus influencias, y yo, totalmente introvertida, regreso a mi exilio para
compartir con Maurice Blanchot su admiración por Kafka. A veces, como en el
recital de Elizabeth Schön llego a sentir calidez. La señora de ochenta años
es una hermosa abuela capaz de describir la realidad con imágenes
fantasiosas y de crear fórmulas universales sin apoyo alguno en la realidad.
Pienso fotografiarla tocada con los sombreros de mi Elizabeth, la mía, la que
no se llamaba bella (como ésta en alemán), sino juez en húngaro y no llegó a
tener nunca auditorio para leer sus poemas ni recuerdos del mar de Puerto
Cabello, sino del puerto fluvial en el Danubio, donde, por ahorrar balas,
ataban a los judíos por grupos y le disparaban sólo a dos o a tres para que al
arrojarlos al agua los muertos arrastraran a los vivos hacia el ahogo
colectivo. Oh, pero se hace tarde, Lucía y Carlos están a punto de llegar a
Bougival sin aventurar conciliación alguna; llenos como lo estamos todos de
nuestros propios fantasmas.

37
Sara inventa respuestas de hombre. Posesa encantada abstraída, alucina
lo poco que le resta a la noche.

Sinoidal ola añil


Fortissimo azul tangencial
Gas
somos en fuga

Suena a reventar el alarma del remordimiento, las quincenas traen consigo


inconvenientes insalvables, pagar las cuentas con qué si se ha estado
transgrediendo toda responsabilidad laboral. Sara pretende resarcirse, no
aplazará más la entrega de las fotos de la primera comunión, con lo que le
paguen estirará por unos días el envión literario, antes de comprometerse
más formalmente con otro trabajo, si es que lo hay. La recesión y el
desempleo galopan desbocados Pasa revista minuciosa a su agenda
telefónica y descubre desolada que las respuestas no se hayan en los
nombres ni en las palabras sino en los valores y ella posee sólo un equipo
fotográfico.

Carlos y Lucía llegan a Bougival a esa hora del día en que el arrebol
maquilla el paisaje, si callan ahora no es por enfado sino por temor a la
cursilería. Subyugan, cada uno a su manera, los efectos secundarios que
producen ciertos atardeceres y fingen un epílogo para el malentendido. Cede
él: está bien Lucía, llévate el carro. Cede ella al no pontificar. Lo agradece él:
me buscas en una hora allí mismo adonde me vas a dejar. Asiente ella. Pero
al llegar al lugar de separarse resulta que no pueden porque aún faltan
graciosamente dos horas para la cita patriótica sin que convenga deambular
y ya se han dado un primer beso de despedida que los ha dejado alelados,
sorprendidos, equívocos y hambrientos. Ahora maneja Lucía, el carro y la
situación, Carlos ni siquiera presiente que en pocos minutos atará su vida a
la de Lucía mediante lazos indestructibles de confidencia. Las dos horas
apenas alcanzan para desanudar de su garganta la travesía del Falke, la
orfandad y el desperdicio en alta mar del arsenal una vez consumado el
drama de la derrota.
El nudo de Carlos lo tiene Sara en la garganta, una idea secular lo provoca.
Reencarnar si, reencarnarse, abandonar los lloriqueos pasivos y tomar la
iniciativa, devolver la vida prestada, desheredarse de espíritu, transferirse en
carne: ojos para que otro más miope que yo crea ver; pulmones para estirar
el estertor de un fumador contumaz; hígado, nuevos bríos para poeta
maldito; corazón húmero falange grupo sanguíneo A positivo plasma. Hacer
la venta a futuro como recurso natural no renovable, gas en el entredicho.
Que el provecho de la enajenación alcance para cubrir al menos tres
38
capítulos, que aparezca al fin Harald Quandt, muy joven aún, en estos años
treinta de extraordinarios tropiezos subconscientes. Inexisten oficinas de
recepción de órganos en vida, penetrar las mafias escatológicas atenta
contra una trama ya de por si aleatoria. Fumador e introvertido, Carlos
responde con monosílabas a preguntas no formuladas: Empieza con un
rosario de negaciones impenitentes de palabra, de acto, de gesto, de mueca,
de constreñimiento hasta alcanzar el trance al décimo no, y, luego, se le
enrosca en la lengua el sibilino silbido sibarita de la sierpe: “ si, si, si firmé
junto con Carlos Mendoza y Raúl Castro una carta, en octubre de 1929,
apoyando a Pocaterra en su decisión de zarpar primero y luego de echar por
la borda el arsenal que mi padre había comprado de su propio peculio. No
había otra opción, el enemigo tenía todas las ventajas posibles, la táctica, la
estratégica, la numérica, la de maniobra … yo mismo escuché cuando mi
finado padre dijo que al parque, caso de desgracia, podía sucederle todo
menos caer en manos del Gobierno. Los hombres han de hacer frente a sus
circunstancias, Francisco de Miranda – igualmente traicionado- tuvo al menos
la suerte de salvarse en el buque Leander, hace poco más de un siglo, pero
traición, deserción, indiferencia no han perdido su significado en la historia,
como tampoco lo han hecho los sempiternos mercenarios, desde los fenicios.
Lucía entiende cada palabra pero se le escapan los signos venezolanos,
Leander no evoca en ella aquella infortunada expedición marítima precursora
de la independencia de Venezuela, que los estudiantes de quinto grado de
educación primaria deben reseñar desde entonces aprendiéndose de
memoria todos los pormenores, sino al amante de Hero, una de las
sacerdotisas de la diosa Artemisa, cuyo idilio data del siglo quinto antes de
Cristo, en 340 hexámetros y en el que para acudir a las citas con Hero,
Leandro atravesaba a nado el Helesponto, mientras ella encendía una señal
sobre la torre. Una noche el viento apagó la señal y Leandro se ahogó; el mar
depositó su cadáver en la orilla y Hero, loca de dolor, se precipitó desde la
torre. El poema alcanzó enorme popularidad y fue muy imitado. Para verificar
la veracidad de esta historia, Byron atravesó a nado el Helesponto. Lucía
lectora contumaz, como se sabe, lo es también de Byron y puede adivinar la
fruición que le produjo aquella aventura extenuante, así como la simbología
orgásmica contenida en el arrojo torrencial de Hero. ¡Byron, Lord Byron:
aristócrata, iconoclasta, abanderado de la causas inteligentes y orgiásticas,
únicas trincheras contra el aburrimiento y la mediocridad!. Con su silencio,
Lucía absorbe las miasmas que se destilan del cuerpo que a su lado se
abrasa. “Allí quedó tendido mi padre, en el puente, cubierto por una
andrajosa bandera, puente devenido él mismo entre los vivos y los muertos,
¿cómo puede ser que estando yo de este lado sea éste el purgatorio y
hallándose él ausente interfiera? No en vano lleva el destino un ánodo y un
cátodo, un polo positivo y otro negativo para que una chispa arroje luz. De
otro modo, sin explosión, ni combustión, no habría de llamarse sino el
destino. Mi padre me circula, es con sus ojos que sigo viendo cada día el
puerto de Cumaná, la ardentía, y por él que me aso en salmuera en la
cubierta de la nave que nos separa. Desembarcamos a las cinco del alba, ese
39
día, zarpamos a las diez, pero sólo será mediodía, cuando muera el tirano y
pueda regresar a Venezuela”. ¿Es imposible negarse a quien como Lucía
calla? El hermetismo obliga, en su estadio previo, a cierta permeabilidad:
habrá ósmosis consustanciales, diálisis, catálisis, fumarolas multicolores. Una
verdad asegura que Lucía fue enfermera en París y que Carlos la conoció
aminorado y en desventaja a tal punto que no supo enamorarse solo y que
fueron dos los venezolanos de buena cuna los que se comprometieron al
mismo tiempo con buenas rusas. Magro aporte para la ingeniería qüómica, el
que sustancias volubles entren en contacto: acaso un residuo erótico con
sabor eslavo, alfabeto cirílico posiciones fronterizas, aura de espiritismo y
viraje hacia la izquierda ideológica. Un hombre introvertido y enfermo blanco
de los cuidados de una mujer enigmática de sonrisa difícil son materias
primas para laboratorios industriales de producción serial, no para este
infiernillo alquímico de pipetas y retortas, no para este alambique casero
donde se endulzan, para que fermenten, algunos humores, a modo de
obtener el aguardiente del toro, aquel que se lidia a primera hora y que se
llama así por la cantidad que se bebe durante la corrida. Toro del aguardiente
y de sueño culterano, aguardiente alemán usado como purgante por
contener tintura alcohólica de jalapa con escamonea. Aguardiente en ayunas,
porque estas son horas en que Sara no ha probado bocado y en que arde su
bajo vientre. No, si Carlos tuvo un momento de confidencia fue solamente
para distanciarse de ella, temeroso del uso que pueda darle ella a su
debilidad. Débil ella misma, al no condonarle la deuda de confidencia con
una de similar calibre. Podría, cómo no, contarle ahora mismo que ella posee
el conocimiento necesario para comunicarse con el ausente. Podría revelarle
en este instante, sus facultades mediumnicas, que no son cosas de locos
como cree la gente, que ha estado ella en el túnel y no en el puente, como
cree él, que comunica con el más allá. Pero calla, deja que el ciervo vaya
dejando los rastros de sus cuernos. Buena cazadora, anhela conocer sus
hábitos, sus olores, sus obsesiones y manías. Con ello se alivia de las suyas
propias. “El almizcle está dentro del ciervo, pero él no lo busca dentro de sí:
vaga en procura de la hierba”, lo dijo Kabir, en las postrimerías del siglo XV.
Carlos introduce a Lucía en su medio familiar y allí el rechazo transmuta de
tal suerte los sentimientos que acaban todos reconcentrados. No es Lucía
presa fácil de malquerencias. Ni son permeables las costumbres sociales de
las madres venezolanas, aunque vivan en el exilio. Viuda, descuidada por
Edipoedipoedipoedi, hela allí desgarrada pero sin perder la prestancia, hela
allí alimentando el recuerdo del esposo de papel, que si estuvieras, Román,
Carlos te escucharía.
¿Qué ejemplo le está dando esa niña, a las hijas de nuestros amigos?. Ni
siquiera conocemos a su familia… .

¡Que s e a g l o r i a d e l T i e m p o c a l m a r l a c o n t i e n d a!
¿O será su derrota colmar la?

40
Cualquier obstáculo que perjudica un oficio// Dominación, lugar alto
que sobresale de los demás //Fiscal que fiscaliza// Procurador en
contra

¿Qué mejores definiciones que las del diccionario podrían ajustarse a la


palabra Padrastro? Bordeando su pura y simple acepción de “ marido de una
mujer respecto a los hijos llevados por ésta al matrimonio y habidos en otro
anterior”, o la figurativa de “padre que se porta mal con los hijos”, la
definición de padrastro resulta casi onomatopéyica: retumba por su
connotación y ciertamente resuella en la vida de quienes la llevan clavada en
la infancia. Harald Quandt, además, ama a su padre, al real y consanguíneo,
al próspero industrial que lo ha bautizado en la doctrina cristiana
precediendo su nombre con una letra tan ache como la de sus dos medio
hermanos, Hellmuth y Herbert, habidos por su padre en un matrimonio previo
y para quienes la muy buena moza mamá de Harald, Magda, funge como
madrastra. En verdad, Harald, como Carlos, ama a un padre distante, casi
siempre ausente por obligaciones financieras, pero nada prohombre, ni
héroe, ni preso. El señor Quandt es generoso en marcos, en una época en
que la mayoría de los alemanes lucha a brazo partido por la sobrevivencia.
Sobre todo uno en particular, un pequeño burgués provinciano, hijo dilecto de
una familia laboriosa, para quien el único salvoconducto contra la rutina
depauperada radica en la universidad. Cojo por malformación congénita y
listo por lo contrario, Joseph Goebbels forcejea contra la pobreza en las
arenas movedizas de la literatura, de la filosofía y de la inteligencia. Tres
ramas intelectuales que crecen abruptas del tronco del conocimiento pero
cuyos brotes raras veces son fecundas en el terreno de lo económico. Tres
ramas, además, que en la Alemania de principios de siglo, florecen en el
desempeño de ilustres judíos alemanes, valga la redundancia. Helo allí, pues,
al futuro padrastro del hijo de Johanna María Magdalena Friedländer, mejor
conocida en la historia como Magda Quandt primero y como flamante esposa
de Joseph Goebbels después, cuyo apellido de soltera le viene, a su vez, de
un padrastro judío proveedor, no sólo de una vida confortable y de una
excelente educación (en un colegio de monjas) sino de una premonición
semántica: Friedländer, de donde Fried significa paz y Länder de la tierra, es
decir “quien proviene de la tierra de la Paz”. De manera que mientras Joseph
atenaza sus expectativas literarias frente a brillantes profesores judíos y
recibe escuálidas mesadas de su hogar paternalista y puritano, Magda
escapa de su padrastro casándose, a los diecinueve años, con Günther
Quandt, viudo, veinte años mayor que ella y con dos hijos huérfanos. En
Noviembre de 1921, nació Harald: un aliento para la pareja Quandt, un
paréntesis en la brecha generacional que los distancia. Las arcas llenas
permiten, no obstante, algunos de los desvaríos que suplanten
temporalmente la fogosidad pasional. Reuniones sociales y travesías
aderezan la vida de Magda. Al menos no se aburre. En 1927 acompaña a su
marido en un viaje trasatlántico hasta los Estados Unidos de Norteamérica,

41
con escala en el subcontinente suramericano. Pocas cosas deslumbran más
al niño de seis años, que los cuentos que le narra su madre, a su llegada al
puerto de La Guaira, acerca de la conquista de Venezuela y de la existencia
de un lugar recóndito, repleto de oro, llamado El Dorado. Estallaron en sus
oídos de niño vocablos exóticos, que disparaban su imaginación hasta los
confines de la aventura, en especial Caracolí como sinónimo, en lengua
indígena, de oro. De oro omnipresente: en casas, árboles, ropajes, frutales,
armas; todo refulgente, mejor aún que en los libros de Jules Verne. Pero la
suntuosidad y el lujo no retienen a Magda por mucho más tiempo, a su
usufructo está acostumbrada, en cambio las veleidades de un amor físico
pero idealista, real pero fantasioso la embellecen hasta el punto de no poder
ocultarlo más. No estalla escándalo alguno, Quandt se resigna flemático,
pragmático, aritmético y condiciona la separación allí donde más pueda
dolerle a Magda. Nada nuevo ni original el que los hijos de las parejas
divorciadas sean empleados como señuelo. Günther está dispuesto no sólo a
ceder la patria potestad de su benjamín sino que le asigna a la madre tan
generosos ingresos como para que puedan vivir sin privación alguna, en un
hermoso apartamento ubicado en una elegante urbanización del oeste de
Berlín, cerca, muy cerca de la villa paterna. Ah, pero Harald vivirá con su
madre sólo hasta los catorce años, cuando fisiológicamente abrace la
hombría y requiera la imagen paterna en carne, hueso y espíritu. Más aún, si
Magda llegase a contraer nuevas nupcias, el hijo regresaría inmediatamente
a la custodia paterna. No poco habrían de cavilar Magda y Harald ante
semejante enunciado de cuento de brujas. El primogénito de mamá miraba
con ojos aviesos a todo aquel que se le acercara y dirigía todo su encono,
como es natural, a Viktor, el causante de la separación de sus padres: un
estudiante universitario de muy dudoso proceder y aún más inquietantes
ideas. Viktor estaba envuelto en un ala de misterio, algunas palabras
adquirían peso molecular en su boca, al menos cuando recitaba los poemas
de Heine, que Magda escuchaba con embeleso, sin sospechar en la perfecta
cadencia del romanticismo alemán ningún metamensaje, no había en aquel
embeleso ningún atisbo de rebeldía ni tampoco osadía alguna, nadie
auscultaba aún los recónditos orígenes de un escritor germano por
excelencia. Era perfectamente válido que Heine, junto con más de 250.000
judíos centro europeos se hubieran acogido a la cristiandad como boleto de
entrada a la comunidad europea, pero estos temas no agobiaban a los
amantes. Todavía. Nada parecía amenazar la deleitosa familiaridad entre
ellos ni la vecindad con un padre ideal: aquel que paga las cuentas y se
ahorra las cachetadas. Magda por su parte, gozaba de una libertad mundana
al tiempo que reconocía los designios de una nueva incompletitud: la
felicidad sin sentido. También su premonitorio apellido de soltera, la empujó a
participar en una manifestación del partido Nazi, en el Sportpalast, en plena
campaña electoral de 1930. Goebbels a la sazón ido a más luego de una
interminable temporada en el infierno literario, burocrático, pequeño burgués
y de regreso de fallidos y humillantes romances signados siempre por su
déficit económico, llevaba junto con un descollante Adolf Hitler, la voz
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cantante.
Astuta, Magda era astuta. Supo mantener al filo de la navaja el interés de
su joven amante confrontando su idealismo con las nuevas ideas que la
engolosinaban. Le ocultaba Viktor su incipiente militancia nacionalista
alemana, como le ocultaba él a ella la suya. Arlossoroff, ése era el apellido de
Viktor, apenas un detalle nimio cuando se trataba de discutir acerca de
nacionalismos. Parecían coincidir, cuando en realidad se estaban convirtiendo
en contrincantes, más que eso, en enemigos. Ambos se afincaban en las
virtudes energéticas contenidas en el fuero cultural de las naciones, en la
individuación de los pueblos, en la cooperativización de los medios de
producción, en el estado colectivo en sesudos análisis culturales y
civilizatorios. Pensaba él en Ben Gurion, y ella en Goebbels. Viktor ignoraba
que Magda había recogido esas ideas en el Sportpalats, Magda desconocía
que Viktor fuera Sionista. Un nuevo arrebol teñía el rostro de Magda, el
magnetismo que sobre ella ejercieron Goebbels y Hitler desde el primer
momento, devaluaron vertiginosamente los poderes seductores de Viktor,
viril sí, contencioso, conspicuo, pero limitado a la intimidad y al anonimato;
poco, comparado con aquellos próceres del verdadero nacionalismo alemán,
capaces de restaurar una grandeza y una soberanía enaltecida y de convertir
el país en Gran Alemania, en Tierra de Paz de la cual sus hijos pudieran
sentirse orgullosos oriundos, es decir Friedländer en la base del hipotálamo.
El primero de mayo de 1930 Magda se inscribió en el partido y Viktor
evaneció. ¿Evaneció? No, no existe tal desinencia verbal para una palabra
que no llega a ser más que sustantivo, o a lo sumo adjetivo, en cambio
Viktor, como el sionismo, fueron verbos de acción y reacción y también de
flexión y reflexión. Los amantes se vieron por última vez sin saber que se
despedían. Anudaron sus cabellos, cada hebra de las de ella, con eme
intercalada, fue hembra rubia depiladora de rizos masculinos, dragondrina
inhaladora de fuegos fatuos. Allí donde sospechó luz aspiró vigorosamente
los humores y halló en ellos poderes alucinógenos, detrás de sus párpados se
tornó violáceo e inaudible el semita y fue ella totalidad absoluta, unívoca,
universal, cosmogónica. Él, penetrado por tal multiplicidad, fue hombre y
mujer al mismo tiempo y comprendió sin haberlo aprendido jamás que
“incumbe al hombre ser siempre femenino y masculino”(palabras antológicas
del Zohar). Siendo ambos como fueron, durante segundos, seres andróginos
y hermafroditas accedieron a Arcadia y guiados por Hermes y Afrodita
hallaron en Eros el pulso.
Más temprano que tarde, la bella y culta señora Quandt descolló en la
organización de mujeres como voluntaria y pronto ascendió por su prestancia
a la sede principal del partido. Al principio caminaba propulsada mediante el
carburo altruista del género femenino. Había un intercambio estrecho entre
el toque de distinción que ella aportaba y los intermitentes dividendos que
percibía. Por su prestancia, la política se abrió dignamente a otras mujeres de
la clase pudiente, era pues una suerte de trabajo socialista voluntario con el
encanto vespertino de la vida en sociedad. Otras señoras igualmente
distinguidas y elegantes se rindieron al tributo de una causa emergente sin
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escatimar diligencias en procura de fondos. Un toque de distinción en
aquellos forcejeos retóricos que no pocas veces estuvieron custodiados por
reyertas fríamente calculadas por adelantado, para atraer la atención de la
prensa y por ende de la opinión pública. Se incriminaba a los comunistas, el
partido mayoritario más antagónico, pero también el de mayores simpatías
judías. Magda lo entendía perfectamente: Alemania para los alemanes, o
mejor dicho la Gran Alemania para los alemanes. Que los bolcheviques hagan
patria en la Unión Soviética y los Judíos evanezcan. Esa ideología se dejaba
colar, como si vino fuese, por los intersticios de su alma y le producía el
mismo efecto embriagador, tanto más cuando Goebbels comenzó a dirigirle
personalmente las flamas de sus discursos. El lisiado petimetre provinciano
subía los peldaños de su meteórica carrera política poniendo en jaque a sus
contrincantes por su cada vez más pronunciada cercanía con el Fuhrer. En su
ascenso ambos prohombres se volvían interdependientes, a veces obraban
como uno y el mismo hombre, una quimera de dos cabezas, las cuales en su
fusión creaban la tercera: el superhombre. Se complementaban en el común
resentimiento. De poco le había servido a Goebbels su carrera literaria, acaso
menos aún que la artística de Hitler. Si el primero se irguió con algunas
letras, el segundo fue expulsado del colegio por su bajo rendimiento, si el
primero huyó de los espejos para no confrontarse con su estatura ni con su
pierna entumecida, el segundo se autoproclamó artista plástico, pero ni el
primero con tres o cuatro dramas novelados en su haber ni el segundo con
numerosos borrones, llegó a ejercer la profesión emprendida, en cambio,
ambos convergieron allí donde la imagen y la palabra reverberan en un eco
continuo. Escritor y artista eran, sí, y Magda se enamoraba. Subyugar,
subyugular, a decir de Albert Speer, el arquitecto del nacional socialismo que
se imponía, las mujeres de los mandatarios eran mucho más dignas que sus
maridos, acaso fuera Magda la pionera en tragos largos al autocensurarse los
recuerdos en pasión fecundos y acceder al cortejo de Goebbels, un galanteo
retórico y retorcido en el que el amor a la patria condicionaba las caricias y
los juramentos. Una arritmia pueril, como de susto post tremendura, como de
examen oral, se apoderaba de ambos cuando en medio de dos tareas
partidistas, insertaban una proclama privada y mirándose gravemente a los
ojos posponían sus urgencias hasta el advenimiento de la Gran Alemania. El
menudo sacrificio adquiría proporciones heroicas en boca de Joseph: No
podría perdonarme si la felicidad personal se adelantara a la colectiva, sería
lesa traición a nuestros ideales anteponer nuestros sentimientos a nuestras
más profundas convicciones. Oh amor mío, que este sacrificio de amor
alimente nuestro entusiasmo, fortalezca nuestra entrega, embellezca nuestra
pasión. Inmolarnos sería inútil, amolarnos en este fogoso proceso
revolucionario engalanará nuestra unión, la acorazará. No habrá orgía más
extraordinaria que la del pueblo alemán y sus líderes, tampoco habrá cópula
más fecunda. Y asentía ella con lágrimas contenidas, sin palabras, temerosa
de revelar en el temblor de su voz conmovida su propia taquicardia y la
humedad que le teñía de rojo la entrepierna por debajo de su falda de talla
perfecta. A borbotones prorrumpía en sus vísceras una falsa menstruación,
44
una hemorragia de alborozo, el deseo de donarse, hasta la más extrema
anemia, a la causa apalabrada de Joseph Goebbels, el insigne orador, el
puntual glosador. Su hijo Harald la vio llegar en vilo, en estado alterado,
sangrando. En vano quisieron engañarlo con subterfugios las ayas veteranas,
el niño dominaba los embustes con prestancia. Para beneplácito de los
adultos, les hizo creer que triunfaban con sus inveteradas versiones
fantasiosas, asentía graciosamente, fingía, se diría que hasta se divertía. Que
inventaran lo que quisieran: manchas de pintura roja de las que se usan en
las pancartas, polvo de ladrillos frescos de la que se emplean en la
construcción de las empalizadas que aíslan los guetos. Harald conocía la
sangre de cerca, la había visto escupir, brotar, fluir, manar, chorrear, surgir,
revenirse, rezumarse. Rondaba los diez años, mucho más le intrigaban
entonces otros flujos, otros humores: el semen que sus compañeros llamaban
leche, y que todos se esforzaban en eyacular. Un verbo mucho más
complicado que sangrar a menos que se tratara de un acto simultáneo, como
desvirgar. Cuando Harald logró colarse en la habitación de su madre, la
encontró repuesta y acorazada contra cualquier inquisición. Una soterrada
vanidad alejaba a Magda de la mundana maternidad, se gestaba en sus
entrañas el germen de la nueva Alemania. Mas en un respingo volvió a ser
ella misma, la de antes, la de siempre y abrazó a su pequeño con ternura
frenética. Por encima del Channel, Harald reconoció el olor herrumbroso de
sangre detenida y sintió el fuetazo de un escalofrío. Magda confundió la
reacción infantil, se sintió de pronto atemorizada, rechazada. Para remediar
el posible gazapo, Magda disfrazó de confidencia, una revelación que era ya
vox populi, y nombró a Joseph Goebbels con voz angelical, como de
anunciación. Se diría que hasta contorneó los ojos y acabó diciéndole al hijo
aquello que él no quería escuchar y exigiéndole además total reserva. ¿Se
van a casar?. Ah hijo mío, ese será el día más feliz de mi vida y de Alemania
toda. Como vaticinio fue pésimo, Harald hubo de morderse los labios cada
vez que le nombraban al tío Joseph y de tanto callar, acabó arrebolándose.
Eso fue peor aún. Por esos días Goebbels se esmeraba en descalificar a Herr
Ernst Röhm, jefe del Estado Mayor sobre todo para desviar la atención de
otro proceso que contra él se cernía al acusársele de ciertos rebusques e
imprecisiones relacionadas con las finanzas públicas y privadas. Röhm
refulgía en ese momento como anillo para su dedo porque otro tipo de
rumores, ¡sexuales!, empañaban su investidura. La fiscalía andaba tras él
hasta que finalmente la policía halló en su despacho unas cartas que ponían
en evidencia no sólo sus inclinaciones homosexuales sino sus quejas ante la
dificultad de conseguir parejas. Goebbels manipuló desde las sombras para
allanarle las complicaciones a los investigadores con el resultado conspicuo
de regar el chisme y la sorna, los cuales, por supuesto, llegaron a los oídos
feroces de los colegiales. Pero el proceso contra Röhm no prosperó sino que
tuvo un efecto boomerang contra Goebbels. Ernst sembró una mina de dudas
en las relaciones de Goebbels con Magda y llegó a sugerir que el renco
estaba más interesado en el hijo que en la madre. La gente, fascinada con la
inquina, comenzó a comentarlo hasta el punto de poner en jaque su natural
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carisma. El más afectado, claro, fue Harald. Sin sospechar siquiera el
significado de la palabra homosexual fue victimizado por algunos de sus
compañeros. Su talla desmedida, que antes había sido un salvoconducto para
andar con los grandes, cazar ratas, espiar chicas y torturar tontos,
conservaba apenas la ventaja que le permitía a duras penas desprenderse de
las burlas, tanto más pesadas por cuanto había estado alardeando de su
proximidad con el poder, una proximidad, según él, casi consanguínea.
Desolado, desconsolado, Harald se volvió hosco con la madre y más que
huraño con su pretendiente, para quien la situación se tornó intolerable, el
chiquillo estaba por arruinar la única jugada posible: Magda. Minusvalidazo
en más de un frente, Goebbels logró resarcirse; una fría mañana decembrina
de 1931, con Hitler como testigo principal y ataviado con un elegante traje
oscuro, el redivivo prohombre contrajo nupcias con la venturosa señora
Quandt oportunamente embarazada. El de postergar el idilio hasta la hora
cero del Paraíso Nazi, no fue la única promesa incumplida por aquellos días.
Harald perdió la cuenta de los desaguisados y renunció a algunos desafueros;
su tía paterna, Ello, otrora muro de contención anti goebbeleano devino
testigo de excepción durante la ceremonia, la cual, además, tuvo lugar en los
predios de los Quandt, y a pesar de las cláusulas punitivas contempladas en
el contrato de divorcio de sus padres. Harald fue cedido en prenda y se
quedó a vivir con su madre y con un padrastro de estreno, quien, sea dicho,
recobró con creces las riendas de la ideología, de la opinión pública, de la
propaganda,de la censura, y del determinismo histórico. Harald fue
recompensado por su buen comportamiento puntual, se le permitió, ese día,
lucir un impecable uniforme de la NSDAP (el partido de Hitler). Con
pantalones largos y de un metro sesenta de alto, fue abrazado por la
oficialidad y considerado, con una oleosa familiaridad castrense, como
fehaciente representante de la generación de relevo. Profusamente
edulcorado, Harald gozó ese momento estelar, nadie podría dar fe de lo
contrario.
De todos modos hubo contratiempos sine qua non. Los orígenes de Magda
fueron escarbados, pese a su estupenda configuración, a sus diluidos ojos
azules y a su tez áurea apenas teñida con leves tonos como de acuarela y
guache. Pendía sobre ella el hálito de una duda racial. Mera excusa para
poner en aprietos al otrora petimetre lisiado, al mequetrefe, al renco, al
bocón por su insignificante familia. Goebbels tiñó de violencia las noticias
subsiguientes, produjo y reprodujo incidentes sangrientos que mantuvieron
ocupados los afanes informativos y chismográficos de la comarca y al cabo
de vivir en un modesto apartamento, fiel a ciertos principios de austeridad
políticamente correctos, se mudó al lujoso apartamento de su esposa, en el
mejor vecindario de Berlín, dispuesto a codearse con la crema y nata del
poder económico, político y social. Harald vio desfilar por su casa a los más
altos dignatarios, Magda era, definitivamente, la mejor anfitriona del régimen
y Goebbels se convirtió en el gran paladín. El Fuhrer saboreaba allí sus
postres favoritos y se engolosinaba con los argumentos empalagosos de
Goebbels. Magda compartió con su marido el sabor hipnótico del poder,
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ambos cayeron en estado cataléptico. Cada uno tenía sus buenas razones
para hallar en el judaísmo el trinitrotolueno necesario para una ignición
colectiva. Goebbels proclamó públicamente “el fin de la era del
hiperintelectualismo judío” y la consecuente descontaminación de la cultura
alemana de toda esa “basura”. Magda, paradigma de la nueva mujer
alemana hizo su primera alocución radial el 14 de mayo, en ocasión del Día
de la Madre. Bella, bien dispuesta para la digna reproducción de la raza aria
sin una mácula de duda, fue bálsamo y lubricante amortiguador entre las
asperezas propias de los mandatarios masculinos. Helga, la primera de los
cinco hijos de Goebbels, todos precedidos por el sonido de la jota, igual que
los hermanos Quandt, nació puntual, según el calendario lunar, es decir a
destiempo, pero ya para entonces nadie tenía la autoridad de sacar cuentas
ni de desprestigiar al doctor Goebbels, ocupados como andaban de campaña,
en comicios, elecciones, sufragios, conteos y descuentos. Helga, la recién
nacida hizo las delicias de Hitler, del Fuhrer, de la jota mayor. Inmersa en
onomatopeya, entre Helmuth, Herbert, Harald, Helga, Hilde, Helmut, Holde,
Hedda, los años, los hijos y los hijastros hacen de Magda una diosa teutona,
una figura wagneriana, un drama operático. Trompetas y voces oscuras le
anuncian desde el fondo de su alma el robo del anillo de los Nibelungos, ha
perdido la libertad, la autonomía, el espacio vital para expresarse. Presiente
que sólo podría ser salvada por un héroe ajeno a sus entrañas, es decir por
un extranjero. Sueña clandestinamente con Víktor, que sempiterno joven,
fogoso y librepensador, viene a rescatarla del secuestro al que se ha
prestado voluntariamente y cuyos más notables efectos secundarios son
unas nauseas permanentes y una anemia crónica. Víktor aprovecha los
amoríos de Goebbels con una actriz checa que lo tiene enajenado y rapta a
Magda sin su consentimiento, pues cómo podría ella abandonar a sus hijos.
En el sueño, Magda nunca llega a ver la poción narcótica que la adormece
hasta alcanzar la inconsciencia. Fieros leones la sacan del letargo para
confrontarla en el sueño con sus responsabilidades y con la grosera
infidelidad de su marido. Entonces reaparecen los mitos para señalarle
caminos sonoros, pues no otra cosa es la H en la notación anglosajona que la
séptima nota de la escala latina, es decir el SÍ. Si para que ocurra la
transferencia, si para devenir Medea y premeditar, en la profundidad onírica,
la muerte de todos sus hijos, si. Eurípides alucinado, Séneca redimido: Magda
envenena a sus hijos con cianuro y sólo lamenta no haber sido aun más
fecunda para ofrecerle a su marido más víctimas. Tras semejante pesadilla
amanece siempre inapetente, por lo mismo se vuelve también insomne y,
claro, tan depresiva que Goebbels la considera un irredimible fastidio.
Dormita más bien durante el día cuando puede contener ciertas
alucinaciones. Así suele verla Harald, en sus cada vez menos frecuentes
visitas a la casa Goebbels. No median entre ellos confidencias, Harald
detesta la fragilidad, está en pleno entrenamiento militar y numerosas veces
se reportan quejas de sus superiores por su desacato a la autoridad, Harald
no se conforma con las ordenes, prefiere hacer su propia justicia, con el
redundante beneficio de evocar sus travesuras infantiles y emular a sus
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mayores. Mas Goebbels, incomprensiblemente para el muchacho,
desaprueba esos esmeros. Se lamenta en sus diarios por los dolores de
cabeza que le ocasiona Harald con su rebeldía. Harald querría hacerse notar
por el padrastro poderoso, crecer a sus ojos, merecerlo, pero Goebbels nunca
está presente. Una vez, por el descuido de un edecán, Harald logra leer unas
líneas de su diario. Descubre allí un estilo condensado, unas crónicas
puntuales de algunas intrigas políticas, y una unívoca referencia al hijastro,
en términos reprobatorios. Algo cruje dentro de él, cree por un momento que
ha contraído la misma tuberculosis que le restó a su hermano Helmut
Quandt. Trago grueso el recuerdo, un hilo fino de hiel se teje como una
telaraña en su garganta. Todas las incertidumbres doman su cuerpo
impetuoso y le imponen retortijones y arrepentimientos. Se abofeteó, golpeó
la cabeza contra las cuatro paredes del baño hasta sacarse sangre, se
arrancó los cabellos a manos llenas, pero no logró escupir ni una sola
palabra. A partir de entonces los informes sobre el sargento, sobre el
teniente, sobre el capitán Quandt fueron siempre satisfactorios, nadie indagó
más. Había otras prioridades: la guerra, los campos de exterminio, la
desinformación, pero también la vidilla personal ha cobrado beligerancia,
Goebbels querría divorciarse, confunde el poder con la farándula, los actores
checos Gustav Frölich y Lida Baarova convierten su vida real en guión
cinematográfico, blondas, gasas, lino, un poco de fantasía que contrarreste
tanta austeridad ideológica y familiar. Querría desprenderse de Magda para
deshacerse de su propia imagen reflejada en ese espejo y también de la
conciencia que refracta. Ella misma estaba a punto de aceptar el galanteo
del joven asistente de su esposo porque, juntos, se crecían. Fueron a un viaje
por Italia, con escala obligada en Sicilia, y ambos disfrutaron las
explicaciones de Albert Speer, el gran arquitecto del nuevo imperio alemán,
sobre los templos de Segesta, Siracusa y Selinus. Decía él que incluso en la
antigüedad clásica privaron los impulsos megalómanos generadores de
monumentos,¡abajo la moderación! Entonces Magda lograba a veces dormir
sin temor de soñar. Pero Hitler no aceptó sus razones, ni autorizó la
separación, debían mantenerse unidos como símbolo de la gran Alemania, y
de modo que mientras Goebbels se engañaba creyendo poseer a la beldad
checoslovaca, Hitler ocupó Checoslovaquia y punto. La imposibilidad de
consolidarse en los nuevos amoríos dinamitó la acritud de Joseph contra su
mujer, le gritaba, la maltrataba, la amenazaba con quitarle a los hijos. ¡Por
encima de nuestros cadáveres! Respondía ella, repostándole a las pesadillas.
No bien despuntara el alba iría directamente al despacho del Doctor Ludwig
Stumpfegger. Pero cómo hacer para obtener de él la información necesaria
para envenenarse junto a sus hijos, con el menor sufrimiento posible, si las
cosas llegaran hasta extremos intolerables. En el sueño el Doctor
Stumpfegger era un investigador científico tan ávido de información genética
como su colega Mengele y la idea de poder contar con media docena de
cuerpos puros, de la raza aria, lo insalivaba. Era una probabilidad en un
millón de demostrar científicamente la superioridad de la especie. Se relamía
los labios y se devanaba los sesos en la búsqueda de una solución perfecta
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para que Magda y sus hijos murieran sólo lo suficiente como para aplicarles
sin dolor los experimentos que ya se habían aplicado a los judíos, para
demostrar lo contrario. Si tan sólo pudiera descubrir una muerte temporal
para luego despertarlos y presentarlos, como héroes, como mártires, como
ejemplos. Durante varias noches subsiguientes, Magda y Ludwig ensoñaban
despiertos en el sueño. Para ella sería una venganza fantástica hacerle creer
a su marido que había ejecutado la promesa de matar a sus hijos aunque
sólo fuera por un momento, para luego robarle el protagonismo histórico, al
consagrarse como la más digna representante de Alemania, capaz de
donarse en vida y en muerte a la causa del Fuhrer y de la gran Alemania.
Para Ludwig ni se diga. Eran tan vívidas las imágenes que al despertar, la
Señora Goebbels redoblaba sus esmeros para insertarse en una realidad
cada vez más hostil, pero sus esfuerzos sólo eran recompensados al volverse
a dormir y al seguir soñando con el doctor Ludwig Stumpfegger que noche
tras noche le presentaba soluciones parciales: “una mezcla de morfina con
dosis homeopáticas de cianuro” y cuando ella repreguntaba, le respondía él:
“con la virtud narcótica de la morfina, no sentirían los niños ningún estrago”.
Despertaba pálida, y empalidecía aún más cuanto más entraba el día, pues
ver a sus hijos correteando inocentes, le generaba un sentimiento de culpa
espantoso, además ¿qué derecho tenía ella de privar al tío Adolf de la belleza
de esos niños a quienes profesaba un afecto tan especial, sobre todo a Helga,
la mayor, que era la niña de sus ojos? Mientras tanto el nuevo culto ganaba
adeptos, la svástica, el águila y Hitler conformaban los pilares místicos de la
sociedad que se gestaba. Decapitados como andaban los del santoral judeo
cristiano, Magda le rogó al sol y en el trance se le apareció un ave inmensa y
maravillosa, no águila, ni león alado sino purpúrea, violácea extremaunción
de vuelo vertical, en perenne regreso del fuego sideral. Pronto interpreta ella
que vale la pena regresar, pero cambiada. Digna en su rol de primadonna,
Magda le canta un aria memorable a Hitler, quien no ha menester de lobby
mejor. Con su atronador poder de mando vocaliza un mandato terminal:
Goebbels debe acabar inmediatamente con la checa y retomar su vida
familiar, emblema de la gran Germania, si fallare, sería condenado por la
Patria, el Fuhrer y la Historia, a perderlo todo. Magda no canta victoria
todavía, aún no ha cobrado conciencia del poder que se le acaba de conferir,
aún anda embobecida con Hanke, el asistente de su marido. Tanto que,
aunque acepta las ordenes de Hitler de asistir con su esposo al Festival de
Opera, para conservar la tradición anual y diluir los rumores acerca de la vida
licenciosa y atormentada de la pareja Goebbels, llora desconsoladamente al
identificarse con la pobre Isolda. Incomoda francamente a los hombres, al
propio Hitler, a Goebbels, sin verdaderamente proponérselo, llora de
despecho con toda la fuerza voluptuosa del belcanto, con todo el histrionismo
contencioso, pero, muerto Tristan, fenece en ella, y un rol vengativo, mucho
más exigente, se le adueña: Un cruce de Medea con Turandot vindix. Verlo
allí, al poderoso Ministro, penitente, colapsado, ulcerado. Que los tormentos
le impongan una pasantía hospitalaria, que su delgadez trasluzca. Púdrete en
tu soberbia, témete, devén. Mira desde tu infernal reclusión el sacrificio de tu
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amada, nunca más primera actriz, defenestrada, humillada por el mismo
público que hasta ayer la vitoreaba, cuando te ufanabas en mi propia casa,
en mi cara, frente a mis hijos, óyelo decir Puta Puta Puta. No le quede ni el
privilegio de una huida decorosa. Sea condenada en Alemania, aquí,
desempleada, desprestigiada, como corresponde a una meretriz, a una
hetera. Purria. Y tú, amado mío, zambúllete en tus propias miasmas,
carcómete, carbonízate, imántate, y aún así habrás de responder a este
enigma: ¿Cuál es el trampantojo tendido al individuo a fin de perpetuar la
especie?. En vano intentó Joseph abordarla, ya nunca más por las malas,
Magda, se volvió dura, difícil, nuevamente dueña de sí misma y no se
conformó nunca más con frases de cortesía, con zalamerías histriónicas de
las que se dicen en voz alta para que sean escuchadas en galería. Ni siquiera
con las sinceras diligencias que hizo el desdichado para obtener noticias de
Harald, cuando se supo que había sufrido un accidente de aviación. El
hombre fue recobrando el deseo a medida que ella lo rechazaba, a medida
que creía perderlo todo; fue cediendo, mientras más altiva y también más
activa y más arrebolada andaba su mujer y más se hincaba en él el
desasosiego. Y no halló ella agrado en palabras fútiles ni en promesas vanas,
ni en rosas rojas, ni en el liderazgo político. Sólo en el abrazo consumado
encontraría Magda satisfacción, uno tan fogoso como había sido el primero e
igualmente fecundo, pues fue de esa unívoca respuesta al enigma
enunciado, que nació su última hija, Heide, fruto del amor (renacido).

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Una salida afortunada rescata a Sara momentáneamente del
encandilamiento siniestro, de la fantástica torcedura de la historia, de la
narración inconcatenada, creándole la ilusión de devolverla a su propia vida.
Lleva días sin ver a nadie, ya ni siquiera añora una llamada telefónica, hace
tiempo que le han cortado la línea por falta de pago. Vive ensordecida por la
multiplicidad de voces internas que la poseen. Todas hablan a la vez, las
propias y las ajenas, las presentes y las ausentes, los vivos y los muertos..
Saliendo se topa con un chico y lo que comienza con un simple saludo acaba
siendo un encuentro, un recuento, alguna simpatía. Ávidas de rescate Sarah,
Amiga, Lucía, Magda y Medea todas en una, se dejan fascinar por un
personaje real, un estudiante de letras, un muchacho de carne y hueso con
ideas propias, que fuma, y a quien le cuelgan las ropas a la mejor usanza
juvenil de fines del siglo XX. Rompamos el hielo, confrontemos nuestras
versiones de esta mañana en que ambos sacamos a pasear soledumbres y
acabamos trastocando, le dijo ella a él con un dejo de coquetería. Tres veces
hemos coincidido, siempre circunstanciados, respondió él manteniendo el
tenor, como corresponde a buenos letrados. ¡Ay! mísera de mí, testigo de mil
representaciones, preveo el desenlace operístico de un drama desde el acto
primero y apenas logro contener el bostezo. ¿De qué madera cruje tu costillar
y cuáles carcomas te corroen? Cometo deicidio culposo con la fruición del
que premedita. Influirte, descascarillarte, desarmonizar tus certidumbres,
¿me permites ensoñar y transformarte a mi antojo? Hete allí roca inerte de
cantera urbana, amorfo, confundido en el magma y que sea yo quien te de
forma. Yo quien te haga amable y diferenciado. Hete allí joven, apenas
grávido, sufrido despojo de la literatura, árbitro entre la Divina Comedia del
octavo semestre universitario y el surrealismo ruso. Poeta, por ti mismo
maldito. Heme a mí, alma hermafodrita: gozándome tu lectura marginal de
La Muerte en Venecia, ser yo misma Tomás Mann, sutil y perverso,
devotamente entregado a tu contemplación.
Ajeno a las lucubraciones de Sara, el joven estudiante de letras se
sobredimensiona, flanquea por la izquierda a su interlocutora y en el sutil
roce de palabras atisba entendimiento:
51
-- Señora, le leería algunos poemas.
-- Que la mañana nos guíe.

Mejor escenario para el diálogo no hay, andar de pronto en carro en


ciudad congestionada, sin retaguardia, sin coartada. Adivinar la mirada del
interlocutor, tenerla clavada en un adelante imposible, contener los bríos
galopantes de la curiosidad. Siento que me convierto en un inmenso taladro,
temo destruir aquello que ando buscando. El puro temor destruye: te doblo la
edad y aún te quedo debiendo el vuelto. Pero espera que ahora somos
varones los dos, porque entró en esta discotienda, adonde nos solazamos con
jazz, una chica fenomenal. Tiene un desparpajo libidinoso en su
todopoderosa capacidad adquisitiva. Mientras nosotros, pobres estudiantes
de universidad pública, usufructuamos ritmos y melodías, ella compra discos
compactos y, lo que es peor, nos ignora. Humos fatuos el que nos mire, en
cambio, con sus poderosos pechos, que no por envueltos y recubiertos con
franela de la mejor urdimbre, esconden sus pezones punzopenetrantes que
nos escandalizan a los dos. Te cedo la iniciativa, entiéndanse ustedes. No
logro disimular cierta satisfacción al verte regresar a mí. Pero ¡ qué digo!, si
podría ser tu madre. Y he aquí que el sortilegio lo has obrado tu pues soy yo
la arcilla mansa que te obedece y que asume tus directrices
cinematográficas. En el plano general se desplaza ahora una incesante masa
de estudiantes. Ningún frenesí produce ese vaivén preburocrático que signa
la vida de quienes habrán de perpetuar lo insignificante. Entonces, un audio
en zoom in se aproxima a tu palabra para congelar una imagen exclusiva,
hablas de La Lotería de Alejandría, imago subliminal de Jorge Luis Borges,
y la pantalla se vuelve cinerama. Apenas se difuminan tus palabras, recobra
cuerpo el gran plano general. Ya para entonces hemos regresado a la calle y
no se si fui señora, viejo o camarada al regalarte un marca libro, con torres
de Gaudí, para que no sigas doblando las páginas de Muerte en Venecia,
en una edición demasiado bello objeto. Cuatro inmensos penes desnudos
cargados de deseo penetran ahora aquello que lees para que no me olvides.

-- Señora, ¿le gusta el Duke Ellington? ¿Ha escuchado usted la banda


sonora de La Ultima Tentación de Cristo? ¿Vendría alguna vez a cenar
conmigo?, ¡Le gustaría que viéramos una buena película alquilada!. Tengo un
libro de entrevistas con personajes históricos, es buenísimo. Le ofrezco un
vaso de agua, es todo lo que tengo, ah y las fotos de mis afectos en la pared,
y mi desorden al que he de renunciar a fin de mes porque no puedo seguir
pagando la renta. Y mis poemas, Señora,
E r ó t i c o s.

Las cinco mujeres que poseen a Sara, tienen además nombres de cinco
letras. Apura el regreso a casa sin prender esta vez la radio. Otra cadencia se
ha apoderado de ella, un afán enumerador. Cinco son los elementos (fuego,
aire, agua, tierra y éter); cinco los puntos cardinales (Norte, Sur, Este, Oeste
52
y Centro); cinco la variedad de animales (de plumaje, de escamas, de pelo,
de concha, y los de toda desnudez); cinco son los sabores; cinco las chacras
que concentran y distribuyen toda la energía del cuerpo humano; la felicidad
se manifiesta en cinco expresiones; cinco son también los sin sentidos, que,
en apretada formación se estrellan contra el hipotálamo, cuando se quiere y
no se logra perder la razón. Te invoco sueño amparador. Que reflote la
quintaesencia de la más recóndita fantasmagoría y que se manifieste el
rostro de mi alma, el número amoral, la revuelta. Ah mal halla cinemascope,
quiero ver el mundo en colores, aunque sólo sean los cuatro sacramentales:

Ao, aka, shiro, ki


Ao, aka, shiro, ki.

Verdiazul, rojo, blanco y amarillo más la negrura violácea del innombrable


norte, donde reside el paraíso primitivo, el original. Punto cardinal de cinco
letras como el oeste donde declina el sol.

Ao, aka, shiro, ki


Ao, aka, shiro, ki.

A paso de ganso, a desfile militar, a banda marcial suenan los colores


sacramentales alineados ellos mismos al acento japonés, pero luego, se van
atando fuertemente a la cintura de soberbios samuráis en devotas
ejecuciones marciales, danza de animales feroces, estertores minisilábicos
que concentran en el ombligo todo el universo para fundirse en él sin dolor y
huir de él sin nostalgia, ni culpa. Ao, aka, shiro, ki
Ao, aka, shiro, ki
La búsqueda infinita de un código ilimitado no impide el desarrollo
existencial de Lucía Levine. No será la lengua japonesa que ya se comienza a
parlotear en la costa oeste de los Estados Unidos de la América muy pre nazi,
ni la invocación policroma y limítrofe de la realidad, las que obstaculicen el
empeño de Lucía por restablecer el contacto con su amigo Lansky, de quien a
menudo pierde el rastro desde su llegada a Venezuela, pues las fallas en el
servicio postal venezolano desmerecen toda esperanza. Lucía no cesa de
adjetivar, para él, su entorno tropical, de la lechosa le cuenta, por ejemplo,
que parece un híbrido entre el melón y la calabaza, a la que echándole un
poco de limón y de azúcar, se la convierte en un manjar; y la música y los
bailes, y las fiestas y el color mestizo en los rostros exóticos y la euforia
colectiva por el regreso de los exiliados, tras la muerte de Gómez, a la tierra
de la gran promesa y las nuevas posibilidades en la carrera meteórica de
Carlos; y, sobre todo, el aire de libertad que se respira, en comparación con
el enrarecido clima europeo de niebla histórica. La señora Delgado Chalbaud
aprende a diferenciar los topochos de los titiaros, el ocumo, del apio. Nunca
llega a cogerle el gusto al ñame, en cambio el plátano le crea adicción, ya
sea verde o morado, como tostón o en la sopa, maduro, frito, cocido en agua
y papelón, ó en el horno, con queso. Cómo explicarte Lansky, es un banano
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grande y versátil cuya concha, además, sirve para curar las ollas de barro,
como lo he visto hacer en el interior del país a unas señoras que hablan muy
rápido un lenguaje tan incomprensible como el roma de nuestros gitanos. No
he renunciado, no creas, a la sopa de borsch, de vez en cuando, o al wiener
schnitzel, cuando se consigue ternera.
Ahora sí es verdad que Carlos está más convencido que nunca de entrar
al servicio militar. Pocas veces en mi vida he conocido una vocación más
determinada que la suya. Piensa en un ejército profesional, de altura.
Argumenta que siendo ingeniero, podría asimilarse y lograr elevar tanto el
nivel académico como el salarial de la oficialidad. Lo he visto escuchar las
quejas de tenientes y capitanes. He escuchado yo misma cómo grandes
estrategas han declinado la carrera militar por falta de incentivos
económicos. Sólo esos, y no todos, parecen entender a Carlos. Uno, que se
llama José Antonio, abogado de profesión, de buena familia y tan militar de
corazón como Carlos, se perfila como buen amigo. Pero tu bien lo sabes L:
amigo es una palabra muy severa. Aunque en este país se utilice sin
discriminación alguna y hasta los más iracundos adversarios se llamen
compadres entre sí, para mí sigue siendo la amistad un concepto sacrosanto.
Carlos se enoja conmigo cuando se lo advierto, él parece deleitarse en una
camaradería sin límites. Entiendo que añoraba regresar a la Patria y que
pretenda recuperar el tiempo perdido pero yo, más objetiva, observo que lo
miran con desconfianza porque saben que no es uno de ellos. En cambio las
mujeres lo miran con muy buenos ojos. Algunas lo llaman el musiú, que es
como tildan a los hombres blancos de ojos claros. Fíjate que la palabra
proviene del francés monsieur. En cambio, cuando me tildan a mí de musiúa,
significa extranjera. Me han explicado que en ningún caso contiene
animadversión aunque me suene peyorativo.
Han transcurrido unos días turbulentos, ahora retomo la carta para
confirmarte, que hace una semana, el 15 de Septiembre (1936), Carlos
ingresó al Ejército como Capitán asimilado. Le brillan los ojos. A mi se me
pone la piel de gallina en una mezcla de emoción con susto. Cuesta trabajo
imaginar la cotidianidad en este país del cual no manejo los códigos civiles,
mucho menos los militares. El Capitán Carlos, más introvertido que nunca, no
se detendrá hasta lograr todas sus metas. No me lo ha dicho él, tampoco ha
hecho falta.
Me llegan inconclusas las noticias de España, me gustaría saber de
nuestros amigos republicanos. Qué lejos y que cerca está Europa de
Venezuela. ¿Qué te digo? : Una colonia siempre depende de una metrópolis y
aunque la Independencia se firmó en 1811, la dependencia se cuela en todas
las esferas del pensamiento nacional: los militares son asesorados por los
italianos, la legislación y la moda tienen sello afrancesado, la burguesía local
importa la estética foránea. Lo mismo ocurre con la cultura y las ideas. Pocas
mujeres trascienden al universo mixto, se mantienen en una pasmosa
frivolidad. En vano he intentado imitar sus ademanes, imagínate que hasta
me he dejado recortar el cabello, pero aún así, siento, en la piel, el mismo
rechazo que ya conocí en París, pero acrecentado.
54
Enero 1937, París
Querida Lucía:
Leí sin sorpresa sobre la asimilación de Carlos al Ejército, ¿acaso no es eso
lo que siempre quiso?, ¿acaso no me decías tu que siempre se planteó asir
las matemáticas con el mismo puño que las armas? Sólo falta que saque las
garras políticas. Hablas de turbulencias en tu vida, no quieras saber de las
mías: Nina me lleva al borde del abismo con sus eternas predicciones sobre
el fin del mundo, luego de la última sesión, me contó haber visto morir a
millones de rusos en el frente alemán. Le dejo espacio a ella para que te lo
cuente de primera mano. Les mando un gran abrazo, L.
Lucie, ma chère amie, es L el que me vuelve loca a mí. No quiere creer que
viene una guerra de exterminio abominable, hombres y no carneros degollará
el hombre en el ara sacramental. Como si un minotauro ahíto de vírgenes
exigiera victimizar ahora a una cantidad atronadora de inocentes humanos.
Vi el nadir. Una era oscura se cierne sobre la humanidad. Lo que me
sorprende es que Lansky no quiera creérmelo si desde hace ya un tiempo él
mismo refleja, en sus lienzos, el ilimitado sin sentido que yo le describo con
palabras. Pero ya sabes lo sordo que es y lo terco. Sólo a ti te escuchaba y no
siempre. No te ofendas amiga, maldigo un poco a Carlos por haberte alejado
de nosotros y te envidio otro poco a ti por las cosas exóticas que nos cuentas
Con el amor de siempre,
Nina.

Sin fecha desde Caracas


Queridos Lansky y Nina:
Nuestro epistolario semeja un diálogo de sordos, ya no recuerdo lo que les
conté la última vez, las cartas se tardan tanto que resulta inútil fecharlas. Eso
sí, es un bálsamo para mí saber que no nos han olvidado. Todo parece indicar
que mis deseos serán cumplidos. Casi no puedo creer que sea inminente
nuestro próximo regreso a París. Parece que el presidente Eleazar López
Contreras ha comprendido las razones que Carlos le ha expuesto acerca de la
imperiosa necesidad de elevar el nivel de las Fuerzas Armadas y convino en
enviarlo a la Academia de Versalles para que haga estudios superiores. Los
astros están con nosotros, hasta nuestro próximo abrazo, les envío esta carta
que a lo mejor llega después que nosotros.
Lucía

No bien llegó a París, obvió la visita sentimental al puente sobre el Sena,


donde tantos años atrás habría hecho el juramento aquel, cuando, sordo a la
plegaria de Lucía, Carlos, el de Venezuela, se aferraba al deber como
correspondía a su triple investidura militar: la genética, la vocacional y la
práctica (hijo, nieto y sobrino de militares, en ascenso él mismo en jerarquía).
Se rindió en cambio y con toda prisa ante las exigencias y los retos de la más
alta envergadura militar y se especializó, con honores, precisamente en el
estudio de puentes. No de otra manera podría enrostrase al espejo. Soy
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ingeniero, militar, estratega, Capitán del ejército venezolano. Suene un
allegro de sonata por el pasaje que señala la transmisión del primero al
segundo tema.
De los exigentes entrenamientos matemáticos y estratégicos relacionados
con puentes, Carlos se graduó con honores. Mas no sólo fueron la vanidad y
el orgullo de semejante logro los avales que obtuvo, hubo, como corresponde
a una vida integral, otros pormenores, incluso de mayor cuantía. Supo el
joven oficial venezolano todo acerca de las estructuras capaces de soportar
cargas dinámicas construidas sobre obstáculos para ser cruzados; supo de
las complejidades que se hallan en las ciencias o en los procesos y que
dificultan el seguir adelante y supo hacerse puentes de plata, a sí mismo,
para allanarse todos los tropiezos y hacer posibles las metas. También
aprendió – y no por añadidura- a tender puentes hacia otras personas para
que cesen la frialdad y la tirantez con ellas y entre ellas. Pero lo más caro de
este aprendizaje lo halló en el género femenino. Sólo cuando indagó el
verdadero significado y el origen de una orden gramaticalmente extraña: Por
la puente, que está seco, que significa escoger siempre el partido que
ofrezca mayor seguridad supo que estaba listo para asumir - addagio
apassionato - su temprano juramento. De cómo y cuándo se convertiría la
conseja en anatema nadie tendría porqué ocuparse, mucho menos él que
simplemente ambicionaba nuevamente regresar a Venezuela y con tal
vehemencia que se le tensaba cada fibra del cuello, hasta dibujarle un breve
mohín en la comisura de sus finos labios. Para descargar las tensiones y la
fatiga, cabalgaba. Lo hacía bajo la fusta de un entrenador que, como su
mujer, era rumano, y, como ella, poseía un humor torturador, al que Carlos
no sólo se había acostumbrado, sino que casi disfrutaba. La mofa rumana
simulaba arponcillos disparados desde la más estricta cortesía, como si se
tratara de un saber milenario cultivado con esmero y veneno. El comentario
mordaz nacía en las entrañas atávicas de un conocimiento cosmogónico y al
ser espetado, requería, del recién insultado, un esfuerzo intelectual para
dilucidarlo. Carlos acababa siempre entre perplejo y admirativo ante el
conocimiento sin límites que tenía sobre los caballos, como si en su pellejo
trotaran húsares y hunos. Similares eran también sus ademanes, y como
relinchos sus voces de mando. Oiga musiú, le decía el venezolano, prepárese
que en cuanto se pueda me lo llevo para Venezuela, pero la incredulidad del
entrenador era tan imbatible como sus carcajadas estrepitosas. Tu vas a ver
pendejo, tu vas a ver, le decía Carlos a todo pulmón y en español, pero su
voz sonaba a murmuraciones, leña seca para avivar la risa del otro, y así se
iban entendiendo.
Los caballos que montaban en cambio Lucía y Nina, durante sus fructíferos
encuentros, eran más bien de carácter simbólico, fue a través de sus
significados germánicos que vieron con muchísima antelación el emblema
del sol heráldico alemán: la svástica. Se sentaban frente a frente a una
pequeña mesa circular de caoba pulida en un rito que a los ojos de terceros
parecía una simple hora del té y alternaban en trance. Lo que Nina veía lo
escuchaba Lucía sin viceversa. Por momentos ambas escuchaban las
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cadenciosas lecturas que les hacía Lansky de sus cuadros cada vez menos
elocuentes. Tampoco se perdieron la última película de Charles Chaplin, El
Gran Dictador, ni los actos culturales en el colegio de Elenita, cuyo francés
sonaba delicioso en su media lengua infantil. A petición del padre, la niña se
le sentaba en las piernas y le declamaba, casi en el oído, los versos que
aprendía en la escuela. Carlos acababa imitándola y aprendiéndoselos todos.
Se aproximaba el tiempo de regresar a Caracas, Lucía dilataba las diligencias.
Los baúles se hicieron con displicencia y se multiplicaron las despedidas. La
mejor la ofreció Lansky, el entrañable, el enemigo de la pintura figurativa, el
severo diletante se empeñaba en pintarle un retrato a sus amigos. La misma
Lucía declinó la oferta riéndose como pocas veces se la había visto hacerlo.
Una cena de repollo relleno y abundante vino tinto, tabaco negro y café
espeso puso fin a los argumentos. Lansky hizo bailar una polka a Lucía y
Carlos accedió, tras muchos remilgos, a demostrar algunos pasos, mal dados,
de un joropo transllanero. Lucía obtuvo, para la ocasión, coco rallado en una
tienda de delicatessen e hizo preparar, según recetario adjunto, un
bienmesabe y un majarete, tras los cuales el pousse café temperamental, un
aguardiente de destilación casera que sus paisanos le habían sabido
contrabandear, los aletargó por completo. No fue aquella, sin embargo, la
última despedida que los esposos Delgado Chalbaud tuvieron en París. Hubo
reuniones formales con compañeros de estudios, con oficiales y hasta con
algunos políticos. Lucía camufló el desgano y Carlos disimuló sus anhelos,
lucían elegantes, distinguidos, flemáticos y bien avenidos. Así fueron vistos
en el ámbito militar, durante varios años, a su regreso definitivo a Venezuela.
Carlos coronó sus expectativas precisamente en ese ámbito castrense hacia
donde había tendido los primeros puentes: el puramente académico. Allí
creció su prestigio. Vivían entonces en una casa ubicada en una zona llamada
El Paraíso y en verdad lo fue por un tiempo. Nina imagínate que hay un árbol
que se llama jabillo que echa sus semillas envueltas en pequeñas
caparazones de madera, que los niños, incluyendo a mi Elenita, recogen con
premura y pulen hasta abrillantarlos, tienen forma de pez. Abundan en la
cuadra los mangos, qué fruta. Cuando está verde se prepara una jalea
espesa, cuando está madura se hace con ellos un jugo, también espeso.
Cuando se pasan de maduros y se acumulan al pié de los árboles su olor
recuerda el de la trementina. Pero nada como las guayabas y las parchitas.
¡Qué aromas! En cambio los pepinos y las berenjenas son horribles, nada ver
con los que nosotras conocemos. ¿Percibes, mi querida, en qué se ha
convertido mi vida? Sí, en un receptáculo de sensaciones, A casa vienen con
frecuencia a cenar amigos y colegas de Carlos, los hermanos Vargas, y aquel
José Antonio de quien ya te hablé alguna vez. Casi todos los demás hablan
sin decir y atienden sin escuchar, a menos que se trate de un tema
estrictamente militar o de un chisme político. Poco a poco me he ido
aprendiendo los nombres y la permutación de apellidos dobles que los
emparentan. Algunos se relacionan incluso con próceres de la independencia.
No seas incrédula, no exagero. Carlos siempre se sorprende, aún siendo
venezolano, de que aquí los vínculos consanguíneos permiten que tus peores
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enemigos puedan ser primos o compadres y que se sienten contigo a tu
mesa. A mí me resulta amenazante, pero Carlos está fascinado. Cada vez que
puede se hace echar los cuentos familiares y ya es capaz de reconstruir
varias generaciones de anécdotas. Lo que leí en tu última carta me preocupó
mucho, se lo conté a Carlos y ambos queremos que sepan que si se ven
amenazados pueden venir a Venezuela. Nada me haría más feliz que tenerlos
conmigo. Carlos no piensa que la sangre pueda llegar al río, se mantiene, eso
sí, de lo más informado y piensa que ni Stalin ni Roosevelt, lo van a permitir.
Estos temas no se debaten demasiado aquí, ocupados como estamos todos
con los salarios de los militares y con los temas partidistas. No podría calificar
a este gobierno de dictatorial ni autocrático si lo comparo con los que
nosotras conocimos y, a veces, los discursos me parecen puras hipérboles,
pero has de saber que en este país las opiniones nacen en el corazón y en el
bolsillo. A mí eso me encantaba al principio, cuando todo era nuevo y
desconocido, pero ahora todo me parece previsible y muy poco confiable. Si
conocieras a los comunistas venezolanos pensarías que alucinas: son todos
guapos, simpáticos, cultos y ... ricos!, al menos los que he conocido.
Ultimamente siento un ruido subterráneo, como si se estuviera gestando algo
en política, Carlos no dice nada, pero reconozco, en su aceleramiento, una
calentura. Ay Nina, no sé si esta carta te llegará algún día, pero no soy de las
que escribe diarios y sólo pensando que es a ti a quien me dirijo, puedo
descargarme. Los abrazo
Lucia

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Nina querida:
No se nada de Ustedes, me atormenta pensar que pudo pasarles algo,
durante el siège. Yo tampoco les había escrito desde que soy la esposa del
flamante Ministro de la Defensa y me queda poco tiempo libre. Mi intuición
fue confirmada, Carlos se unió con un grupo de militares y políticos para
tumbar al presidente Isaías Medina Angarita. Forma parte del gobierno de
don Rómulo Gallegos, ¿te acuerdas de su nombre? : aquel escritor que estaba
exiliado en España y de quien te hablé una vez a propósito de su novela
Doña Bárbara, que traté de leer con mi español mediocre para conocer mejor
el país y la realidad de mi esposo. Estas cosas te las cuento rápido y sin
detalles, pues en realidad no quisiera acordarme de ellos. Hubo muertos y
heridos, traiciones y chismes de palacio, pero no quiero agobiarte con estas
historias a sabiendas de que las tuyas deben ser mucho peores. Aflojo, una
interminable pereza me imbuye y me le entrego en caída libre
multiplicándome en peso para acelerar la huida de este cotidiano desleído, y
cuando ya nada me importa, en total lasitud, me deslastro del inútil bulto que
soy y levito en la vacuidad. Ciento ochenta grados de intensidad tornasolada
adoquinan mis pupilas para que quede huella. El resto, puro vapor de comino
putrefacto fermentado en burbujas. Gotas etílicas son los recuerdos
condensados y como ellos vuelven a evaporarse. De la cucúrbita al corbato,
mobile perpetuum: de la caldera al frigor; del horno al hielo. Estar etéreo.
Carlos cabalga siempre hembra, se la adentra entre las piernas, le clava
todo su poderío en aceleración orgásmica. Se doma a sí mismo para
prolongar el delirio. Recorta las bridas para que la espumosa baba de la
yegua acompasada sea fecundo semen en la gestación de otras orgías.
Cuando habla de ella, de sus grandes ojos y pequeñas orejas, de su cuello
largo y su cabello brillante, nos causa escalofríos, a nosotros que no hacemos
más que obedecerle y serle fieles, a nosotros que no hemos hecho más que
amarlo, y que él sólo piense en ella, en sus miembros alargados y en el
mechón de su frente, y que la encuentre exótica por sus orígenes y animada
por el brillo esmaltado de sus ojos. Cuando la monta a trote, con un dominio
absoluto del ritmo y de la cadencia, el castigo corporal se invierte, es la
hembra la que frena el arrebato y en cada caída sobre el cuero rígido y pulido
del sitio de montar, del hombre se impele una energía calórica y se vuelve
encabritado, rampante, aculado, enjaezado. En largas noches de insomnio
nupcial, desata una función de rodeo, una por una, con las cinco estrellas que
conforman la constelación equina, y, tras atarlas diestramente al carro
sideral, larga las riendas del albedrío, ¡qué lo conduzcan ellas! al lugar en
ninguna parte donde vive Pegaso, el macho alado, con quien medirse en lid y
triunfante someterlo, como sólo le corresponde a los soberanos, a un
sacrificio espectacular que dure tres días, al final de los cuales, y por obra
ritual, devengan uno el otro, intercambiables en el tiempo y el espacio,
alados ambos, soberanos los dos. Al despertar de buen humor, Carlos
alardea:
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-- No me esperen para cenar, me trajeron una yegua throughbred, la más
purasangre de todas las razas de carrera. La voy a nombrar mi edecán.

Ay, Calígula redivivo, ¿haz perdido la razón? Intento detener a Carlos en su


desmesura, pero no me escucha, sé que no. Hablo en vano: “fuiste como él
endoctrinado por militares y como él eres apuesto y respetado por el arrojo
de tu padre. El se rebeló contra la impostura de su progenitor adoptivo
Tiberio, ¿lo harás tú? Ay Calígula redivivo ¿acabarás proclamando cónsul a tu
caballo?. ¿Con qué yunque hierras?. Hembras mujeres también exigen que
me sea denuesta tu caballerosidad. Jinete te les presentas castrense,
poderoso, y detrás de la lavanda inglesa que se escapa humeante de tus
ropajes, les permites olfatear tus humores masculinos, purasangre. Yerras. No
adviertes los peligros, deleitado como andas en tu cabalgar hembras. No
resisto más el engaño que involucra la palabra tolerancia. La escribo en letra
de molde y en mayúsculas en un documento por ti firmado y la recorto de tal
modo que cada consonante lleve cuatro ángulos rectos y todas las vocales
queden encerradas en círculos. Cinco vocales serán las ruedas impares que
desvíen tu destino, y que te protejan las cinco consonantes enmarcadas: que
la T de tolerancia signifique Tenacidad; la L de lujuria, vuelva a significar
Lucía; queden libres la R y la N, no pretendo enojar a los designios, pero que
la C obedezca nuevamente al nombre del hombre objetivo que conocí en
París.

La señora Lucía acababa de salir de su residencia en El Paraíso, se dirigía


con resolución al Hospital donde trabajaba Lya Imber, habían convenido en
almorzar juntas. Eran para ella momentos estelares, no tanto por lo que se
decían, sino más bien por el temple de sus decisiones. Ocuparse de los niños
enfermos, disminuir sus penurias. La segunda le contaba a la primera las
dificultades sanitarias y las posibles políticas que se podrían implementar, no
era cuestión de hacerle confidencias amatorias, ni falta que hacía. Mientras
iba en el auto, Lucía iba repasando los pormenores de sus responsabilidades
como primera dama del despacho de Defensa e intentaba inocularse algún
entusiasmo adicional, prefería la labor simple de asistir a su amiga médica,
como lo había aprendido a hacer en Francia, cuando como enfermera
socorrió a muchos. Por eso le gustaba llegar temprano a la cita con Lya, para
ayudarla, y olvidar por ese momento la vida política y protocolar que le
tocaba ejercer. Lya, mucho más pragmática, apreciaba los gestos de su
amiga, mas no por ello disminuía más tarde, a la hora de almorzar, otras
exigencias. Le pedía que aprovechara su posición cercana al poder para
abogar por un presupuesto más justo para salud y salubridad, que
convenciera a Carlos para que se iniciara una campaña de vacunación, que
se dotaran los dispensarios de provincia. Las dos mujeres neutralizaban la
fama que las precedía en cuanto a reciedumbre y reservaban los últimos
minutos, los del café, que ambas preferían negro y sin azúcar, para hablar de
sus familiares. Lucía se alegraba genuinamente cuando las nuevas eran
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buenas y Lya celebraba con grandilocuencia las novedades de su ahijada
Elena. Jamás hablaban de hombres. Se estaban despidiendo con la efusividad
discreta que les era natural, cuando un edecán las interrumpió para
anunciarle a la señora Lucía que su marido había sufrido un accidente. “Se
cayó del caballo, le manda a decir que vaya urgente al Hospital Militar y que
le lleve una muda y su neceser, yo no sé señora, él dijo algo así y que Usted
sabía lo que quería decir”. Lucía metió instintivamente las manos en los
bolsillos de su chaqueta gris plomo y confirmó con el tacto la presencia de las
diez letras contenciosas de la palabra tolerancia. Impermeable su rostro, Lya
la acompañó al hospital. En franca desobediencia a las peticiones del marido,
las recias mujeres se embalaron directamente hacia la sección de
emergencias. Carlos las recibió con la cortesía correspondiente a su alta
investidura, estaban por tomarle las primeras placas, pero los ojos
experimentados de Lucía sentenciaron a prueba de toda duda que se trataba
de una fractura de fémur, “el hueso más largo del cuerpo, el que forma el eje
del muslo, de la ingle para más precisión, el que desemboca en la rodilla.
Consta de dos epífisis y una diáfisis. Presenta una cabeza que forma tres
cuartos de esfera, un cuello y dos grandes eminencias óseas…” como
pulsado por un dedo invisible, un interruptor también invisible echó a andar
la memoria remota de la otrora enfermera con tal de no perder la
compostura ni delatar las turbulencias viscerales que le estaba produciendo
la palabra piedad, la misma que, en los países de arraigo cristiano, evoca a
María cuando es vista acunando entre sus brazos al hijo de Dios,
adolescente. No menos sería ella para él ahora, ni él para ella: el epicentro
de sus cuidados y la reconquista de sus caricias.

El accidente obra milagros, Carlos quiere regresar a Francia cuanto antes y


Lucía esperanzada trastoca el cuanto antes en como antes. Recobra el don
de soñar despierta y visualiza un digno regreso a Europa, que Carlos sea
agregado militar de un país de ultramar, les garantizaría suficiente
neutralidad política como para mantenerse al margen de la geopolítica y la
ideología. La paz no debería tardar, tenía confianza en Stalin. Pero los
milagros se abrazan a la brevedad para que reflote la realidad. Carlos quería
regresar a Francia sólo para operarse la pierna, desconfiaba de los médicos
nacionales y suponía atrasadas las técnicas quirúrgicas. La posibilidad de
quedar renco envilecía sus proyectos. Renco, renco, renco, un eco de
memoria le recordaba a un compañero de armas que fue dado de baja por
quedar inválido, como consecuencia de una caída similar a la suya. Irse
cuanto antes, Irse.
Por allí viene José Antonio a disuadirlo, qué labia, qué verbo, qué carisma.
“No puedes irte Carlos, no en este momento en que la Patria te necesita. No
ahora cuando tu eres una bisagra fundamental entre el poder civil y el militar.
No ahora cuando tu eres la ponderación y la prudencia. ¡No puedes irte!. Si
quieres hacemos venir a los mejores cirujanos de tu querida Francia, no hay
problema. “¿Cómo crees que yo con mi sueldo pueda hacer ese gasto tan
oneroso?" pregunta Carlos con cierta sorna. A lo que el otro le responde que
61
se trata de un dispendio oficial que debe costear el Estado. Y contesta Carlos:
“Es inconcebible que el Estado pague semejantes gastos por un accidente de
equitación”, mas José Antonio arguye políticamente que el accidente ocurrió
en predios militares, cuando el Ministro de Defensa cabalgaba, según su
rutina castrense. Argumentaron y contra argumentaron los amigos
entrañables hasta que José Antonio, artero y certero fingió una tregua y dejó
descansar a Carlos completamente convencido de su decisión unívoca e
incuestionable. No puede decirse que durmiera a pierna suelta aquella
noche, pues ya se sabe que se hallaba más que recogida, pero en cambio sí
tuvo un sueño licencioso, muy suelto, en el que cabalgaba a la reina, en un
tablero de ajedrez. No bien hubo amanecido que se le presentó José Antonio
en la habitación y al pié de su catre de hospital le espetó un reto paradojal.
Se había pasado buena parte de la noche en conferencia con el director del
Hospital, un médico que por designios casuales resultó ser precisamente
traumatólogo. Le había arrancado la promesa de que evaluaría él mismo y
con lupa el caso del señor Ministro. No tardaría en llegar, a ver si Carlos
tendría cojones para impedir su diagnóstico garantizado por él, con su aval,
su fianza y su compromiso, el de José Antonio, se entiende. Carlos desarmado
atinó a decirle al amigo: “Está bien pero quiero que sepas que si quedo
inválido habrás de cargar con esa culpa hasta el último día de tu vida”. Los
argumentos del doctor resultaron incontestables, también su destreza. Hubo
operación y éxito. Al cabo de los días que duró el postoperatorio, Carlos, a
quien le disgustaban las escoltas y en señal de reconocimiento, invitó a su
amigo José Antonio, a la sazón soltero y sin compromisos, a irse a vivir con
ellos a El Paraíso, a esa casa grande y umbría, adonde vivía con Lucía y
Elenita y en la que a cambio de su mera compañía, dispondría de una amplia
habitación prácticamente independiente de las demás. José Antonio accedió
más por solidaridad que por necesidad y la proximidad selló entre ellos una
confraternidad ingrata a los ojos de Lucía, apocada por la fuerza de las
decisiones machistas e inconsultas. Pero el carácter afable de José Antonio
lubricó las asperezas y lograron, los tres, vivir en armonía. Coincidían sobre
todo para cenar y muchas veces prolongaban las tertulias hasta tarde, con
frecuencia se sumaban amigos y, mientras duró la convalecencia, Lucía
aminoró sus reclamos sin revelarle a nadie el precio en hiel que estaba
pagando. Carlos asomó por esos días, las aristas más sociables de su
personalidad, era cordial, divertido, un anfitrión agradable que sabía
escuchar y ponderar. Muchas veces, la mayoría, Lucía se retiraba mucho
antes de que concluyeran las chácharas nocturnas, permitiéndole a los
hombres mayor soltura, pero cuando la conversación calzaba la horma de sus
exigencias se quedaba hasta el final y clavaba comentarios mordaces en el
entrecejo de aquellos hombres anonadados. Carlos se esmeraba entonces en
diluir los arrebatos intelectuales de su esposa, en catalizar sus precisiones y
en traducir al lenguaje coloquial sus quisquillosas preguntas. En la única
ocasión en que la cena consistió en choucroute, a la manera rumana, los
comensales, incluyendo a José Antonio, se ocuparon radicalmente de Lucía,
le preguntaron, por primera vez, algo acerca de ella, aunque sólo fuese un
62
dato culinario. De la gastronomía saltaron, poco se sabe cómo, a los
crímenes, que por esos días se habían estado cometiendo y de allí,
directamente a los magnicidios. Carlos hizo gala de su cultura general
refiriendo el de Julio César y en un destello de oportunismo bien entendido
conminó a José Antonio a que contara cómo fue que asesinaron a presidente
de la República de Venezuela (1878), al General Francisco Linares Alcántara.

-- Echa los cuentos como son José Antonio ¿es verdad que lo envenenaron?
-- No me extrañaría que tuviera enemigos, ni tampoco que lo hubieran
envenenado, lo que sí puedo decirte es que tenía fama de autoritario. Era
autocrático, vehemente. Pero es que eso no tenía nada de raro tratándose de
un General que llegó a ser presidente y que fue hijo de otro General,
Francisco de Paula Alcántara prócer, además, de la Independencia.

José Antonio tenía tal don para relatar que al hablar parecía que estuviese
leyendo de un libro. Sus inflexiones eran perfectas, hasta los recesos entre
las frases respondían a signos gramaticales magistralmente colocados.
Resultaba placentero escucharlo también porque a pesar de poseer un
cúmulo increíble de información y de aplicar certeramente las leyes de la
analogía y la comparación a los hechos históricos que refería, lo hacía sin
rebusques y no se vanagloriaba. Sólo que los hechos siempre eran los
mismos hechos y en honor a la verdad, ya Lucía los había escuchado en
ocasiones anteriores. Mantuvo pues una cara de piedra impenetrable que
denotaba tal concentración que nadie hubiera podido sospechar siquiera que
ella se había quedado atrás en la conversación, en Julio Cesar, y que rumiaba
las palabras que había dicho su esposo. Carlos aseguraba que Julio Cesar
había establecido un programa de reformas muy variado, que había
eliminado en las provincias el sistema corrupto de recaudación de impuestos
y que había incrementado el número de senadores. Se le dio a ella también
eso de establecer parangones y analogías. Luego, había dicho Carlos, Cayo
Casio y Marco Junio Bruto, dos senadores muy próximos a Cesar acabaron
asesinándolo, por temor a que se eternizara en el poder. Al evocar la reforma
del calendario que instauró Julio César en Roma, como un medio racional
para registrar el tiempo, Lucía sonrió para adentro, asentía, hacía guiños,
pensaba en William Shakespeare, quien había hecho renacer el magnicidio,
casi diecisiete siglos más tarde, cincelando en la memoria colectiva de la
humanidad una duda. Varias dudas. En la unívoca versión histórica, Brutus
mata a Cesar para salvar a Roma de una dictadura vitalicia, que según
algunos eruditos representaba una tiranía sin escrúpulos. Pero Shakespeare
siembra en la traición del amigo, una fatalidad amorosa: Brutus ama a Julio
Cesar y por ello padece, durante toda la obra, de un minucioso
arrepentimiento, en cambio Marco Antonio, el amigo fiel, al que se le confía
el discurso funerario, hace gala de una retórica que lo catapulta al éxito y al
poder. Traición se avecinda con dolor. Fidelidad se emparenta con oportuna
retórica. Cuando la palabra magnicidio invade el lado siniestro del cerebro,
bulle. Carlos detecta sensorialmente que el tema ha decaído al igual que el
63
ánimo. Caza con oído certero un paréntesis en las reflexiones acerca del
asesinato de Francisco Fernando de Hadsburgo, Archiduque de Austria,
muerto en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, como detonante de la Gran
Guerra… para introducir un tema más ligero. Ya se sabe que, convaleciente,
ha mejorado notablemente como anfitrión. Teme que de la Primera Guerra
Mundial se pase a la Segunda y que Lucía se lo demande más tarde, a solas,
cuando todos se hayan retirado, y que ella llore por Europa. Que llore, sí,
porque hasta a la recia Lucía Levine, le ocurre a veces.

Botafumeiro. El templo donde Sara yace desnuda sobre el ara del altar se
ha impregnado de incienso hasta saturar. Los sacerdotes descabezados que
la circundan entonan cánticos gregorianos. Sus voces oscuras nacen en
bocas apetentes e insaciables en su invisibilidad. El fresco que adorna la
cúpula gótica hacia donde dirige su mirada, se abre en dos mitades
simétricas y es sustituida por otra de infinita densidad donde millones de
estrellas centellean. El manto sideral se cubre por completo con una
serpiente cuya piel cimbreante luce enhiestas piedras en todos los tonos del
verde agua.
Tal es el poder del hombre amando.
Una visión caleidoscópica desintegra en miles el gran falo que la
penetra y sin perder tamaño ni potencia avanza en ella dividiéndola hasta
convertirla en miles. Adquiere brillo en su esplendor tal como lo que es, una
nave espacial, y es abordado por ellos, que emprenden juntos una
navegación astral por el océano vaginal. Llevan consigo detonantes
apalabrados para catapultarse en ellos cuando se agigantan, y susurros
inaudibles cuando se congelan anudados en segundos perpetuos.
Excelsior
Exceptio
Exeunt
Metamorphosis. Ha obrado milagros el elixir amatorio. Aquella Sara
taciturna y aovillada está invirtiendo con lubricidad el sentido temporal de
sus preguntas, querría saber cómo eternizar los instantes estelares y ha
anidado en un capricho. Excelso, excepcional mientras. Y el entretiempo
colmado de espera.
Mas el otro tiempo ha avanzado sin ella. Increíble: Los Delgado
Chalbaud se mudaron de su casa en El Paraíso a otra en Chapellín. La rueca
que teje la historia ha sido renovada por una más moderna y semiautomática
que permite la reversibilidad y el punto en cruz. El antes Ministro de Defensa
y afecto amigo del presidente se convierte en Jefe de Gobierno, un adverbio
de lugar, un complemento directo circunstancial lo coloca en el sitio exacto a
64
la hora exacta. Ya se sabe que las cosas se cuentan más rápido de lo que se
viven. Carlos el hombre bisagra entre los civiles que se van y los militares
que llegan, tan amigo como viceversa de ambos, recibe infinitas llamadas en
su despacho de Miraflores, los vidrios de las ventanas aún no han sido
reemplazados, se mantienen desaparecidos los “enemigos del nuevo
régimen”. Donde está, entre otros, el Ministro de Agricultura, pregunta su
esposa del otro lado del auricular y Carlos le responde con el cariño de
siempre “no te preocupes que está bien está retenido en la base de Maracay,
mientras se calman los ánimos”. La señora insiste absteniéndose de
responder con el habitual tuteo coloquial, que la forma marque alguna
distancia reprobatoria, pero que no se olvide la proximidad que hasta ayer
compartieron, cuando él y su esposa, coincidían socialmente como
representantes del Gabinete de Don Rómulo Gallegos. “Podría mandarle una
maleta, podría hacerle llegar algo? Insiste ella y él, en el mejor de los tonos
posibles la vuelve a tranquilizar: “no le falta nada, créeme, pero ya que
insistes, mándale piyamas y las cosas de tocador que él prefiere”. ¿Cómo se
las mando? ¡Me vuelves a llamar y yo envío por ellas! Esa misma noche
Carlos se sorprende a sí mismo, cuando con su propia voz emite palabras en
un idioma desconocido y medio despierta sobresaltado al ver la imagen de su
padre en la cabina de mando del Falke. Lucía lo escucha balbucear desde la
semiinconsciencia en que se encuentra un único y unívoco vocablo: SINO.
Ella no conoce el sinónimo del destino en español, de manera que se
incorpora y creyéndose, incrédulamente, consultada, comienza a analizar,
cartesianamente, los pro y los contra del golpe militar en el contexto
geopolítico que se avizora: la militarización está en plena fase de
globalización, Hitler y Mussolini acaban de lanzar exitosamente los misiles V-
2 de tercera generación sobre Londres. Se le ha demandado a Churchill que
intervenga, pero los Estados Unidos aún se mantienen neutrales. La única
esperanza posible la aporta Stalin, pero el invierno se come muchos recursos
bélicos. No quiero ni pensar en lo que pueda pasar. Sólo te pido la promesa
de que no te alinearás con los nazis. Nina tenía razón. Carlos no escucha
ocupado como está en el laberinto del mando tomado. Ayudar a sus amigos a
que se exilien, ayudar a sus amigos a insiliarse en el poder.
Pero gracias al talento del Baron Wernher Von Braun, un nuevo misil
teledirigible de la serie V acaba de desplegarse desde el norte de Alemania.
La ciudad de Peenemünde ha sido escogida, por su locación estratégica y
también para resarcir a sus habitantes por sus heroicos enfrentamientos con
los rusos, como el sitio histórico desde el cual atacar ferozmente Moscú,
Washington y Londres. Churchill, Stalin y Roosevelt fueron obligados por las
circunstancias a firmar el armisticio cuando Goebbels les advirtió que si no lo
hacían, serían responsables de la muerte de más de diez millones de
personas, pues las series VI y VII ya estaban en fase operativa.
El reparto del mundo, la depuración racial, el despliegue táctico y
numerosos brotes de insurgencia salvajemente reprimidos mantenían a
Europa en escandalosa ebullición. Pero a Caracas tardaron en llegar las
noticias. Carlos volvió a cabalgar, Lucía a lucubrar. Durante esos días, a ella
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le dio por ir a misa por mera solidaridad con su vecina ortodoxa y amiga
desde los días en París, cuando ambas centroeuropeas contrajeron nupcias
con venezolanos. Las dos andaban agitadas, intranquilas, así que a falta de
iconos y de popes fueron a tener a la Catedral de Caracas y le fueron
cogiendo el gustillo a los cánticos en latín. A una le bastaba cerrar el
entendimiento para trasladarse mentalmente al templo de los iconodulos, la
otra cerraba los ojos por iconoclasta. Ambas disfrutaban, aunque por razones
diferentes, del penetrante olor a cirio de cebo. Lucía era afecta a los aromas
que emanan de los rituales. En el taller de Lansky, por ejemplo, se
alumbraban muchas veces con velas para proyectar sombras bailarinas en
las paredes blancas y sobre aquellos fantasmas relataban historias
fascinantes. Ahora, ocupando el extremo derecho del tercer banco en una
iglesia católica, apostólica y romana, le apetecía hincarse de rodillas,
inventarse una penitencia y liberar a través de ella toda la fuerza de su
persistente malestar. Perdido todo contacto con Nina, no tendría caso seguir
escribiendo el diario epistolar, sin patria adonde regresar y sin poder contar
con Carlos, leía mucho y perdía con frecuencia la noción de donde acaba la
ficción. En misa es fácil para ella desapercibir los límites de la realidad. Los
sacerdotes recrean, ellos también, como si verdades fueren, fábulas
maravillosas de ciegos que ven, de muertos que caminan, de meretrices y
traidores redivivos. De ese modo se va conformando en su corazón una
trama dramática en la que protagoniza vestida de negro, con velo de tul, y
reconstruye desde la viudez los momentos estelares de su vida matrimonial.
Los tersos y sonrosados rostros de santos y vírgenes la acogen en su
desvariada felicidad. Era él el hombre objetivo que se acrecentaba al
reflejarse en mi, y yo para él me acicalaba con ideas y propuestas. Sabíamos
que nuestra misión era cambiar el mundo, despojarlo de fatuidad. Había
electricidad estática en la yema de sus dedos y cuando me tocaba cada poro
mío se cargaba de él y adquiría luminiscencia, luego, incontenible la energía,
brotaba láctea, nívea, caudalosa, y él de mí se retroalimentaba. Amé a Carlos
con una fuerza voluptuosa capaz de romper todos los cerrojos y me sentí
amada por él sin reconocerlo jamás, pues nunca le permitimos a la palabra
amor que le saqueara el sentido al sentimiento. No fuimos de los que se
susurran frases de ternura, ni de quienes describen la pasión. Sorteamos los
melindres, esquivamos las confesiones. Las incógnitas que nos intrigaban
desalojaban cualquier medianía. Totales, absolutos, al juntarnos nos
convertíamos en un alud. Pero cuando regresamos a Venezuela, el hombre
sufrió una regresión encantatoria, nanas y rimas lo anestesiaron. Eran las
conjuras de tal suerte de vocablos que resultaban inmutables en todos los
sentidos. Con qué embeleso se dejaba seducir por frases que a mis oídos
sonaban vacías de continuidad, yertas palabrejas de pacotilla, lugares
comunes que harían sonrosar de vergüenza ajena a cualquiera. Más ahora
cuando otras cosas importan. Ahora que, pese a toda la campaña de
desinformación estamos por comprobar la cifra de muertes en los campos de
exterminio de Alemania y Polonia, ahora que los alemanes presionan por la
apertura de una oficina de enlace con el Reich y que colocan a todos los
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gobiernos frente a la dualidad que escinde la vida de la muerte, pensé que
Carlos se saciaría del banquete sensual que le ofrecieron estas mujeres
tropicales en sus líneas y educadas en metrópolis. Reconozco que al principio
a mí también me engolosinaba observarlas y también escucharlas. Una en
particular llegó a sustraernos a ambos con denominador común. Entallada
por naturaleza, lucía sedas y tules que hacía bailar desde la altura de sus
caderas cuando las cadenciaba. No, vulgar no, en absoluto, todo lo contrario,
elegante, distinguida, simplemente voluptuosa. Hasta las telas, inanimadas,
se afanaban en penetrarla, cuando inesperadamente la embutían. Nuestros
ojos se clavaban sin piedad en la tersura que suele separar los collares de
perlas verdaderas de los escotes vaporosos. Cruzaba las piernas y todas las
salivas se espesaban. Cuando hablaba publicitaba subliminalmente el nivel
de su escolaridad especializada en feminidad, buenas maneras, idiomas
varios, literatura francesa del siglo XIX, principios de música, codeo
diplomático y savoir faire. No entiendo cómo fue que Carlos, tan agudo y
perspicaz, no se diera cuenta que, al final, una velada era exactamente igual
a todas las pasadas y temerariamente semejante a todas las futuras.
Idénticas. Matrizadas. Seriales. No, Carlos se deslizaba en aquellos laberintos
sociales con perfecta familiaridad, encontraba siempre salidas ocurrentes y si
acaso fruncía el ceño, la mujer se convertía en látigo que, al restallar, iba
marcando la piel y la objetividad, que, de mi amado, eran las dos virtudes
mías. Oh mísera de mí que amarle ansío y verlo por hechizo en cuerpo
endeble devenido. Lastimera maldiciente, zaherida hurgo, sin hallarlas,
armas: Una paradoja de doble filo, un arcabuz cuyo proyectil tenga efecto de
boomerang, una boa constrictor cuadrúpeda, mamífera y mingona, una
poción espiritosa de color tornasolado cuyo efecto afrodisíaco le arranque el
hálito y que quien lo ingiera muera de placer no-consumado. Qué castigo es
éste de preferir verme sin él antes que seguir viéndolo sin mí. Qué regodeo
ingenuo es éste de planear tu muerte por artificio teniendo, como tienes,
tantos detractores. Te es desleal un sector del ejército e infiel otro de la
sociedad civil, también te adversan no pocos políticos. Motivos tendrían
algunos marchantes, muchos comerciantes, algunos ganaderos, ciertos
pretendientes. Y si no, allí están los montoneros, los aventureros, los
mercenarios, los saqueadores de caminos, los colectores de impuestos. Sólo
los envidiosos superan con creces a los aduladores del poder. Ah, y luego
quedan los que se sienten por ti usurpados, aquel que trajo, como recuerdo
de su permanencia en Perú, adonde fue a prepararse militarmente, una
espada y un escudo, y un uniforme de mariscal, y que hace temblar la letra P
cada vez que dice patria, pueblo o partidos políticos.

--Lucía, Lucía, ya la misa terminó- escucha que le dice su amiga, pero tarda
aún unos minutos en ubicarse ¿en misa? ¿En la catedral? ¿Yo? Las amigas se
encaminan hacia el portón principal, el clima tan temprano le hace trampas
al equinoccio ecuatorial, sienten una falsa brisa de otoño, mudas como andan
ahora, recuerdan, cada una para sí, otros septiembres. Lucía deja escapar
una mueca de apetencia, una buena vendimia, freír tocino, comérselo con ajo
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macho, atrás en el solar de tante Floria y fumarse, a hurtadillas, un cigarro
entre varios, todos tosiendo, escupiendo, maldiciendo. Imitando a los gitanos.
Ay quien fuera niño otra vez. No dura el embeleso más que pocos metros. De
regreso al carro oficial, con chofer, se sumerge displicente en el pequeño
mundo de lo cotidiano. Se suceden por la ventanilla los cuadros fraccionados
de la gran montaña que es El Avila, una verde policromía.

En pocas líneas ha de cambiar el escenario a favor de Alemania. Habrá de


llegar a Venezuela Harald Quandt, el catire, de ahora en adelante. Después
de aquel accidente de aviación que trasnochó a su padrastro en plena
reconquista marital, el catire no volvió a ser nunca el mismo, adquirió la
costumbre de asentir en todo a las exigencias de su mamá y de volcar toda
su rebeldía en una vida paralela de infinitas aristas. De modo que contrajo
nupcias con una prima política y tuvo en ella un hijo, Hans, para perpetuar la
estirpe, según la normativa implícita. Y, tuvo otro en Ruthy. Este no de carne
sino inasible, no de hueso sino de anhelo. Ruthy le llevaba a Harald diez años
de ventaja más cinco siglos de cultura. Acurrucarse en su regazo era como
zumbarse en una montaña rusa de emociones. Era judía, proscrita, prohibida,
tanto mayor que él y poco agraciada. En una sola frase corta, era fea.
Feísima a los ojos arios agavillados, mas no en los de Harald, torneados en
recuerdos infecundos. Tenía Ruth para él, el mismo encanto que tuvo Víktor
para Magda, pero de signo contrario. El rebozo añadía ardimiento cuando
arrugaban con sus cuerpos transpirantes los poemas alemanes de todos los
tiempos, silabeo musical, ora lieder de Schubert, ora opereta de Offenbach.
Ruth, como Víktor, reía hasta el llanto convulso cuando el placer sofocaba su
angustia y el catire aprendía con ella a reír y a reírse. El hijo de Ruthy no
llegó a nacer, una tarde nona de las que el catire inventaba las mejores
excusas para alejarse de su legítima y grávida esposa para encontrarse con
Ruth, resultaron torpes sus argumentos pues aparecieron, inesperados,
Magda y Joseph de visita a los jóvenes. Traían strudel recién horneado y
buenas nuevas para Harald: el Reich se expandía casi por antonomasia.
Joseph hizo esa tarde alarde de cultura general y dijo a cuerpo de rey que la
Gan Alemania superaría la geografía del Imperio Romano y que si los reyes
católicos pudieron decir en su tiempo que en la tierras de España nunca se
ponía el sol, el fuhrer podría más pronto que tarde fundar el mundo
germanófilo. “Por eso hemos venido, hijo mío, para celebrar con ustedes este
momento y para anunciarte…"

-- No, querido - dijo Magda, con coquetería- deja que se lo diga yo.
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-- Pero no, Magda, deja que tenga un carácter oficial, estoy seguro de que
Harald sabrá apreciarlo.

El catire se muerde los labios, está más que advertido sobre este tipo de
comedias familiares. Querría irse pero el instinto de sobrevivencia lo detiene.
Goebbels retoma la palabra que le pertenece por decreto, acaso no es él
ministro de la palabra. Cobra la demora ocasionada por su esposa y por su
hijastro retardando los entretelones de la noticia. Magda finge no acusar
recibo de las indirectas que se le abalanzan cuando su esposo la contraría y
Harald presta su rostro para la comedia haciéndose pasar por acólito. El rito
exige bitter, un trago corto y grueso, agua mineral gaseosa, vasos de cristal,
pajillas de bambú, Harald provee cual monaguillo. En la cumbre de la tensión
artificialmente creada, Goebbels se complace en introducir el tema, por todos
esperado, por el camino más largo. Arranca su perorata nombrando a
Rosenberg. “ Queridos míos, mi familia, quiero ante todo felicitarlos y
felicitarme por haber logrado coronar el sueño de toda una vida: la expansión
de la Gran Alemania y la erradicación del flagelo judío que corroía nuestra
cultura, nuestra economía y nuestra sociedad. Este sueño lo hemos logrado
también en la creación de una gran familia aria pura, que me honro en
presidir como el patriarca. Hoy me siento además honrado con la
comunicación que se me ha hecho de que voy a ser abuelo del segundo hijo
de Harald. Una sola mancha arruina mi felicidad y es que he sabido por
persona interpuesta, que el Doktor Rosenberg maneja cifras nada
desdeñables de judíos que han emigrado a América y que con los bienes que
han atesorado pudieran reconstruir su nefasta influencia en esas tierras de
ultramar. Con esos argumentos fehacientes he convencido al Fuhrer de
atacar la culebra por la cabeza, es decir empezar las razzias en Nueva York,
que es donde mayor concentración se ha detectado. Pero el asunto no es
sencillo, hemos advertido a Arthur Mc Carthy sobre la alianza de los judíos
con los comunistas para destronar el gobierno provisional y él está haciendo
su trabajo consecuentemente. Es muy importante preparar el terreno para
así contar con la colaboración espontánea de la población civil, el trabajo de
penetración psicológica está en curso. Pero yo he estado pensando que
debemos pensar igualmente en los países de Sudamérica, sobre todo en uno
llamado Venezuela, que no sólo se encuentra en una posición geográfica muy
favorable, en la puerta norte de entrada al subcontinente, sino que además
es un país rico en petróleo, en oro, en hierro. Si bien la población judía no es
muy numerosa, he tenido noticia de que existe una comunidad afincada en el
occidente del país, unos marranos…bueno bueno…- se interrumpe Goebbels
aclarándose la voz con un sorbo- lo que quiero decirles es que yo por mi
parte he resuelto enviar a un representante mío, personal, para que me
informe pormenorizadamente todos los puntos tácticos para anexar a
Venezuela al eje del Reich. Quiero que esa persona ponga en práctica los
conocimientos adquiridos en esta universidad de la vida que se le ha
brindado durante estos años y quiero que esa persona seas tu Harald, hijo
mío”.
69
En honor a la verdad todos los presentes sabían que Goebbels estaba
profundamente disgustado con su hijastro por llevar una vida sedentaria y
vergonzosa para un militar en pleno período de expansión. Le era por tanto
menester no sólo sacarlo de la escena política sino sacrificarlo en una misión
de mediano a largo plazo y que a los ojos de Hitler luciera brillante. Magda
acogió las palabras de su esposo con alborozo, sintió que su marido al fin
había comprendido las virtudes de su hijo y los conminó a darse un fuerte
abrazo. Pero Goebbels se echó para atrás, no había terminado su discurso,
habría de añadir aún que él se ocuparía personalmente de que a su retoño-
su nieto- no le faltara nada, y que Hitler en persona sabría agradecerle a
Harald cada uno de sus pasos por la conquista de América del Sur. “Harald,
hijo, has de leer antes que nada el ideario de Simón Bolívar, el Libertador de
cinco naciones vecinas, que él quiso convertir en una unidad llamada Gran
Colombia. En vista de que Alexander Von Humboldt, nuestro gran botánico
del siglo XVIII estuvo allí y gozó de gran aprecio y en vista de las buenas
relaciones que hemos tenido hasta ahora con los gobiernos y la banca en
Venezuela, creo que la empresa puede fructificar. Existen no obstante
algunos escollos: se encuentra en el poder un tal Delgado Chalbaud, filo
izquierdista, según he sabido y además casado con una tal Levine. Pero no
quiero adelantarte nada, ve tu, hijo mío, y hazme tu propio informe pues he
sabido también que el hombre tiene enemigos importantes y que no sería
nada difícil descontarlo del proceso”. Dueño absoluto del espacio sonoro, ni
las moscas se atrevían a zumbar, en cambio la cabeza de Harald era un
hervidero de termitas. Honrado y humillado, se le endureció la parálisis facial
que antes se había impuesto como una máscara de cortesía y le fue
abarcando el cuerpo entero. Le pasó por la mente que Goebbels hubiera
descubierto su affaire con Ruth y escrutaba el rostro de su esposa y de su
madre, para ver si encontraba en ellos algún indicio de venganza. Mas luego
hubo de hallar la compostura que le exigía la circunstancia. Supo callar
dignamente para no enardecer aún más la elocuencia del padrastro. El
esfuerzo lo hizo babearse y enrojecer, mas al final de la tarde toda la sangre
que lo había ruborizado se le fue a los pies y la sequedad de su boca no pudo
ser aliviada con ningún bebedizo.
Pasaron dos o tres días hasta que el catire pudo escabullirse de la falda de
su esposa, quien, desde la visita de sus suegros, confundía las lágrimas de la
emoción con las de la tristeza y le pedía que la acompañara, que no se fuera,
que el destino heroico los separaría para bien de sus hijos, porque cuando
fueran a la escuela, todo el mundo sabría que su padre era el conquistador
de América del Sur y seguramente fundaría una ciudad con su nombre. A lo
mejor hasta rebautizaría un país. Le prometía valentía y coraje durante su
ausencia y le exigía, eso sí, que le escribiera todos los días, para que pudiera
imaginarse ese nuevo mundo y para sentirse más cerca de él. Si el bebé
resultaba varón se llamaría como él, Harald, y si era niña, podría llamarse
Magda, en honor a su mamá. El catire asentía, según su costumbre, y
tramaba su escape para ir a ver a Ruthy. Temía que le hubiera pasado algo.
La mantenía en un escondrijo, pero no podía protegerla a distancia. Se
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mezclaban los tormentos en su cabeza, en el hemisferio izquierdo escuchaba
las inflexiones del alemán ligeramente teñido de lenguas remotas, que
hablaba Ruthy, en el derecho se retrataba intermitentemente su rostro
desencajado por el placer sexual y se sobre imponía otro aún más
desencajado por el terror. Se apuraba, corría sobre los adoquines como un
caballo, con la misma rapidez, con igual prudencia. Caer era para él sinónimo
de golpe, de fractura, de embarrarse las rodillas, pero también de traslucir su
miedo. Gruesos hilos de saliva se endurecían en la comisura de sus labios.
Para limpiarse aquellos ríos viscosos antes de que llegasen a sus orejas,
hacia un gesto con los hombros que lo identificaba aún más con los caballos.
Dos miembros de la GESTAPO, que conducían en fila india a un grupo
numeroso de civiles se detuvieron frente a él para pedirle su identificación,
actuó por reflejo condicionado, saludo con la mano en alto heil Hitler y los
deslumbró a todos con sus credenciales. No por andar en ropas de civil, tuvo
sobre ellos menor jerarquía, circunstancia que aprovechó para pasar revista a
las personas que allí se alineaban, buscando inútilmente a Ruthy. Hubo de
sortear otras alcabalas del mismo tenor, y lo que es peor, encuentros con
conocidos, en su precipitada marcha hacia ese lugar escondido donde la
mantenía en secreto. Para cuando llegó a sentirse seguro había recorrido más
de las tres cuartas partes del camino, se impuso un alto, un respiro porque la
fatal y recurrente corazonada de haberla perdido le producía arritmia
cardiaca. Mientras acompasaba su respiración para dominar su desbocado
pulso, se sintió sentenciado a cadena perpetua por una corte de jueces
internos. Les sostuvo la mirada, pero no había en sus ojos, o en su intención,
ni un ápice de temeridad, valentía o heroísmo, por lo que experimentó cierto
remordimiento. Es el día brillante el que hace salir a la luz serpiente, entre la
ejecución de una cosa terrible y el primer móvil de ella, todo el intervalo es
como un fantasma o como un horrible sueño. El genio y los instrumentos
mortales se confrontan entonces y el humano adolece de una insurrección,
pero ¿cómo evitar aquello que los dioses hayan dispuesto? Al llegar
finalmente a la meta se topó, en cambio, con el destino: Ruthy había sido
DEPORTADA. Todas las culpas del mundo lo agobiaron. Pensó las mil maneras
fallidas como hubiera podido salvarla, de haber sido valiente, heroico y
temerario. No hubiera podido reponerse ni regresar a su casa de no haberse
valido del aspecto acomodaticio de su personalidad. Se impuso revivir de
memoria y con lujo de detalles la oferta-orden de su padrastro. Tenía una
misión que cumplir y el nombre de Venezuela le insinuaba aquel recuerdo
placentero de la infancia, de cuando su madre le había hablado de El Dorado.
Descartó por inconveniente la idea de que Ruthy pudiera haber sido
deportada y la suplantó, con destreza de guionista cinematográfico, por otra
de alta traición, en la cual Ruthy se habría ido con otro, sin prevenirlo
siquiera, sin despedirse. Los jueces internos aceptaron la apelación y
permutaron la condena por una simple amonestación que ni siquiera llegaron
a pronunciar ante la actitud conciliatoria del reo, quien dicho sea de paso les
ofreció discretamente, para no ofenderlos, cabina en primera clase en el
barco que los llevaría a Venezuela. Así, de ingenuo engañado por pérfida
71
judía saltó sin escalas intermedias a superintendente ario de los futuros
fundos germanos de ultramar y cuando regresó a su casa su mujer notó, con
un suspiro de dicha y aprobación, una nueva prestancia en su marido.
Siempre que tuviera un plan o un proyecto, mientras no le faltara una
escapatoria, unas mientes de contingencia, el catire paliaba el difícil arte de
sobrevivir, ya había dado pruebas de ello en la academia militar, y, como se
sabe, durante su infancia. Acaso el período más arduo, porque estaba
confinado a un catre de hospital, fue aquel cuando la aeronave que piloteaba
sufrió aquel accidente, al que su padrastro prestó tanta atención en los días
de su reconquista matrimonial. Fue entonces cuando había aparecido, para
salvarlo del aburrimiento, Ruthy, la enfermera judía y había sido todo tan
clandestino y peligroso como insólito. Ella en su condición de condenada a
trabajos espeluznantes en el laboratorio de experimentación genética del
Reich y por supuesto doblemente condenada a muerte (a priori por judía y
luego por testigo ocular de ensayos con gemelos), se había apiadado de él
cuando estuvo en coma. La oficialidad la destinó temporalmente a aquel
paciente por sus habilidades profesionales y fue así que resucitó él en sus
brazos. Ella canturreaba y le hablaba a toda hora. Mezclaba las historias de
su familia con intrincadas fantasías que no obviaban para nada matices
eróticos. Muchas veces se hizo el dormido tan sólo para que ella elevara el
tono de sus relatos y comenzara a tocarlo, a masajearlo. Le daba forma y
volumen a su rostro, hendía los dedos en sus cabellos como queriendo asirle
el cerebro, alternaba el pundonor con la picardía, contemplaba su pene
fláccido con la tentación de circuncindarlo a mordiscos. Mientras no abriera
los ojos, él podía imaginarla a sus anchas y alternar a su vez la excitación y el
miedo, dos componentes tan simbióticos como el dolor y el placer. Cuando
abría los ojos y veía a aquella mujer tan poco agraciada le atribuía al delirio
todas aquellas sensaciones. Lo cierto y lo incierto fue que tan diferentes, tan
incompatibles, tan odiosamente antagónicos entre sí, acabaron
enamorándose y escabulléndose y desafiando el destino. Mas ahora, apoyado
en la baranda de estribor del vapor América, en noche de plenilunio, con
fuertes rachas de los vientos alisios despeinándolo, ningún recuerdo podía
evocar para él mayor concupiscencia ni producir más fiebre que el imaginario
resplandor del oro. Allí se quedó en cubierta la noche completa hasta que
apareció el sol del ecuador. Le permitió penetrar primero sus ropas
humedecidas durante la noche y luego cada poro de su piel. Relamió el
salitre depositado alrededor de sus labios y se encaminó lentamente hacia el
comedor para desayunar. Se estaba haciendo adicto al café.

Lucía tergiversaba las noches para favorecer los desayunos, de tres a


cuatro cafés para comenzar el día y, de tanto inmiscuirse en el alma
masculina, se le antojó llamar a hombre. Discó. Así refluyó entre ellos,
nuevamente, la conversación puntillosa
Dijo él: Digo con Cioran que la idea del suicidio me permite seguir viviendo.

Dijo ella: Yo prefiero decir con él que si se me impidiera


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ejercer el diletantismo me especializaría en aullar.

Dijo él: Poco espero del hombre. Sólo aguardo noticia del

espacio.

Dijo ella: Que es como decir del tiempo.

Dijo él: ¡Qué se repita tu llamada, María, ¡aúlla, aúllame!


¿María? ¿Quién no yo? : ¡1003! Conmigo hablaste con todas las mujeres de
habla hispana, como lo hizo antes Don Giovanni, el de Mozart, pero no soy yo
pobre Doña Elvira descompuesta por los celos, ni lamentosa Doña Ana
vengativa. Al hacerme anónima múltiple me devuelves mi unicidad. Una de
mil tres desconocidas mujeres que no llegamos jamás a cantar nuestras
historias. Y al conservarlas fuera del escenario y del escarnio, logramos vivir
sin guión ni puesta en escena. ¿María? Pero qué sincronía permite
nuevamente un nombre de cinco letras, como Amiga, Saray, Lucía, Magda y
Medea; y que seamos ahora seis las mujeres de cinco letras. María: cualquier
vecina, todas las amantes, algunas amadas. María Olga, María Daniela, María
Fernanda, María Liliana, Ana María: Protagonistas de vidas unívocas y
acordes con la realidad de los hechos demostrables; Observantes de la
verdad monocorde y sujetas al calendario. Pobre de ti hombre desamparado
en procura de ti mismo, que hurgas en nosotras y que no te encuentras; que
confundes cantidad con ventaja. Y que al cabo, inmortal, vagues a través de
todos los tiempos cansado de tanto saber. Nosotras, las 1003, que te
abrazamos alguna vez, vivimos a salvo de ti, felices portadoras de tu
recuerdo ardoroso pero remoto. Mientras tu infeliz te abrasas, nosotras nos
fundimos, hasta confundirnos, en eternas, banales e intranscendentes
anécdotas.

Algo similar le ocurre a Harald Quandt al desembarcar en La Guaira porque


nadie habla alemán, ni saluda con la mano alzada, ni hace reverencias y él,
lacerado por el inclemente sol y en estado febril, se deja intervenir con
pasmosa felicidad. Todo a su alrededor transcurre en cámara lenta mientras
él disfruta cada reverberación del mar, los colores arcillosos de las montañas,
el griterío propio de la desorganización. No encuentra sus maletas, ni ha
venido nadie a recogerlo. Allí está dejándose estar, en ese estadio que
precede los efectos de la anestesia, haciendo esa cuenta regresiva que
exigen los médicos para dosificar los derivados de la morfina intravenosa.
-Epa catire - oye que le grita un mestizo rubicundo- ¿una carrera? “¿Katirrre?
¿Ich?”. Pero ya anda como alzado en vilo camino a un carro americano y
celeste. Ignora cómo fue que hizo los trámites de inmigración o en qué
momento aparecieron sus valijas. Está encantado. El trayecto hacia Caracas,
a través de una carretera sinuosa, llena de plátanos tropicales y olorosa a
humo de recientes quemas azuza en él el placer desconocido que le
proporciona el total anonimato. Para colmo de su dicha, el conductor hace

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dúo con el que canta en la radio a ritmo y a contrapunto con tambores y
percusiones totalmente atorrantes. Fundido en la novedad que todo lo
envuelve, el catire se reclina en el asiento de semicuero vinotinto y hace
rechinar sus dientes para obligarse a pronunciar la letra ere del castellano,
está convencido de que si lo logra, se habrá deslastrado hasta de su nombre
propio, única cadena que lo mantiene aún atado a Alemania, al Reich, a los
recuerdos y a las obligaciones. Quiere llamarse Juan, como Don Juan, el de
Mozart, y enredarse en todas las faldas multicolores de tantas mujeres como
le sea posible y que le muestren ellas los laberintos placenteros de una vida
nueva; llegar hasta El Dorado y refulgirse en ese oro misterioso del que le
hablaba su madre cuando niño; fundar un imperio para la alegría y la
desnudez en este país cálido y cubierto de vegetación, adonde el aire huele a
sexo. Ya están llegando a Caracas y el chofer se dirige, por iniciativa propia,
al Hospital Central. Le parece que el hombre delira o alucina, cree que está
insolado, o borracho. Nunca había visto a un musiú tan eufórico ni tan
efusivo. Pero se deja ganar por la intuición de veterano, “ eso se le quita con
un par de cervezas ”. Así que sin preguntarle nada lo lleva directo. Juan
Aroldo Cuanta, el catire recién rebautizado, aprende inmediatamente a pedir
las frías y se funde en el ambiente como quien regresa, tras una larga
ausencia, a su lugar. No le preocupa el dinero, sabe, sin preguntarse cómo ni
por qué, que en Venezuela existe el fiao y hasta invita varias rondas a su
salud. Ya despunta el alba, cuando el chofer lo lleva hasta el tercer piso del
hotel El Conde y lo deja allí, boca arriba en la cama matrimonial, con los
zapatos puestos y sin aflojarle la correa, como quien conoce perfectamente
sus preferencias y sus mañas. Al despertar cumple de memoria con los ritos
aprendidos a juro en la escuela militar, sin reparar en los excesos cometidos
la víspera, ni en los cambios horarios. Como un autómata hace correr el agua
de la ducha y enseguida, sin esperar a que se entibie, se deja golpear por el
chorro en el mero centro de la espalda, luego se refriega la cara y afloja los
esfínteres. Forma un cuenco con las manos y recoge en él tanta orina como
puede y se la queda viendo como quien se mira en el espejo; en el gesto se
da cuenta que ha olvidado quitarse el reloj de la muñeca. No lo lamenta. Aún
húmedo y desnudo se echa nuevamente boca arriba en la cama y deja vagar
sus ojos por el techo blanquecino de la habitación. Está absorto. Es ese
estado de duermevela, el ideal para sondearse. Pasa revista a su breve léxico
español y se empeña en permutar las pocas palabras que conoce hasta
conformar algunas frases. Fantástico el que un alemán habituado a tener que
esperar hasta el final de cualquier oración a que aparezca el verbo, descubra
el verbocentrismo del castellano. Extraordinario sentirse picaflor detenido en
conjugación y rima como en néctar de lenguaje: Quiero dinero Me llamo amo
Tengo abolengo. Satisfecho con el experimento lingual se encamina sin
predeterminación hacia algún lado, adondequiera que pueda beberse un
café. Ignora la hora, si es la del almuerzo o más tarde. Las escaleras lo
conducen a un pequeño vestíbulo y sin detenerse a preguntar lo atraviesa
hasta dar con el lugar que andaba buscando, un pequeño estar que el recién
llegado no podría llamar de otro modo aunque haya sillas, mesas, gentes y
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mesoneros. Porque el verbo estar se le ha quedado pegado de tal modo del
paladar que ahora lo degusta en su forma nominal. Para cuando llega el
momento de hacerle el pedido al mozo, que cortésmente lo increpa, ya ha
sobreoído algunas variantes venezolanas para solicitar café y lo hace con un
mohín de agrado, “marroncito por favor”, ya no ha menester chirriar los
dientes ni siquiera al toparse con una doble erre. Echa un vistazo con el rabo
del ojo y advierte que está rodeado de notables. No quiere detenerse en
adivinar sus posiciones. Le resultan demasiado evidentes algunos militares,
otros políticos y dos señoras en una esquina. Apura el café, la escena está a
punto de regresarlo a esa realidad de la que pretende deslastrarse, le
recuerda que ha venido con una misión, le sugiere que debe mover piezas en
el tablero autogestionario. Prefiere reconectarse con el delicioso anonimato y
echarse a la calle sin nombre propio -que no sea el inventado- sin destino ni
guión. Y he allí que lo espera con su mejor sonrisa el mismo mestizo y
rubicundo chofer de taxi recostado del carro americano y celeste. “Epa
Patrón, epa Catire, aquí está Coromoto pa´servile, vamos pa´ que pague el
fiao”. -Estoy, soy, voy – dice Juan Aroldo Cuanta, encantado.
María hojea gustosa el mapa que ha de servir para prefigurarle un itinerario
iniciativo al heteronimillo pero suena el teléfono omnívoro y ella se deja
engullir. Una voz lejanamente familiar detona su memoria remota, la
conciencia colectiva, de cuando quería, como todas las jóvenes, parar el
mundo para bajarse de él; de cuando obreristas pequeño burguesas
abandonaban la comodidad de sus casas para hacer patria en las barriadas,
de cuando, unívocas y al unísono, proclamaban consignas revolucionarias y
amagaban astucias y coartadas para huir de la policía. Jack se hacía llamar
entonces Juan para no ofender con su nombre extranjero. Como Sara es
María, para fundirse con todas las mujeres de habla hispana y no ofenderlas
con su poliglotismo ni con sus eternas y densas preguntas de siempre.
Liberada temporalmente de sí misma y de su misión en virtud del anonimato
y por la gracia de la oportuna risa telefónica de su amiga, emprende un viaje
anónimo hacia el interior de Venezuela, para entroncarse con el que está
haciendo Juan Aroldo Cuanta, con Coromoto, por el Estado Falcón. Lo ve
distenderse en las playas de Adícora mientras se hace contar relatos
inverosímiles por lugareños y tránsfugas. El catire aprende, por ejemplo que
el estado Falcón es una tierra enrarecida por la presencia de toda clase de
caudillos, matanceros, guerrilleros, pendencieros y el nombre de la capital,
así como su historia, le resultan fantásticos: Coro; y que los oriundos se
llamen coreanos como los de Corea, nombre que a su vez se halla en la raíz
enciclopédica del Mal de San Vito, el mismo que hace bailar, a los que lo
padecen, con movimientos involuntarios, rápidos, desordenados, amplios y
desprovistos de ritmo. Todo esto en franco contraste con otros significados de
la palabra coro, originaria tanto del latín chorum como del griego khoros y
que quiere decir más bien voces bien orquestadas o coreografías. Más, Juan
Aroldo Cuanta no se sacia, María tampoco, aunque ella prefiere deleites
mundanos: paladear el dulce de leche de cabra batido a mano y con
cucharón de palo sobre un fogón humeante, comer huevas de lisa recién
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pescada, perder la mirada en el vuelo de las garzas y luego descansarla de
tanta reverberación, en los frondosos manglares sembrados de ostras. En
sincronía pero totalmente independientes entre sí, Juan y María exploran el
estado Falcón en general y Coro en particular. Le cuentan a él que otros
musiúes alemanes le precedieron a lo largo de los siglos; que llegaron a
Santa Ana de Coro apenas dos años después de su fundación por Juan de
Ampíes. Le dicen que el primer gobernador alemán (en los años treinta del
siglo XVI) fue Ambrosio Alfinger y que lo primero que hizo fue expulsar al
español. Aquel alemán de entonces, tuvo que convivir con el poder
eclesiástico, pues Coro fue solio del primer obispado de Venezuela creado por
Clemente VII, el hijo natural y muy barbado de Julián de Medicis, que llegó a
ser Papa en 1523 y bajo cuyo principado prosperó el protestantismo en
Europa, no así, obviamente, en América. Por muy anónimo que se sintiera, el
catire no pudo evitar un respingo de satisfacción al conocer estos detalles de
abolengo alemán, los cuales, por supuesto no dejaron de traer a colación el
tema de los judíos al que le venía huyendo, como se sabe, desde su azaroso
desembarco en Maiquetía hace ya semanas, pues es Falcón la puerta de
entrada a Venezuela de los sefardíes marranos provenientes de las antillas
neerlandesas y ya se sabe también de él que por su carácter perezoso evita
odiar y más que eso, recordar la guerra, Alemania, Ruthy. En cambio repara
en que lleva ya algún tiempo desestimando por omisión epistolar a su mujer
y a su padrastro. Tan pronto como llegan a Coro, pero sólo después de
haberse dado una vuelta por las casonas coloniales, sus balcones y sus
tinajas de barro, se dispone a corregir el error.
¡Meine Liebe!

Se preguntarán por qué tardan tanto mis misivas. No has de creerme que
he optado por mantener mi identidad en secreto pues de esta manera puedo
infiltrarme mejor en la logística que se me ha encomendado. Con cada carta
pongo en peligro esta delicada misión, es por eso también que he evitado
escribirle directamente a G. Dile de mi parte que todo está bajo control. En
este momento estoy inspeccionando el puerto de entrada marítima que se
ubica en el occidente del país y que a mi juicio sería el más adecuado para
nuestro desembarco. Más señales les haré llegar cuando haya completado
mis pesquisas. Oh pobre mía que esperas mi palabra amorosa y te torpedeo
con este tipo de información, pero ya sabes la importancia y la prioridad que
he de darle a estos temas, como digno ciudadano de la gran Tierra que
estamos forjando. A propósito me pregunto cómo están los pequeños.
Estarías orgulloso de mí si vieras lo bien que estoy aprendiendo este idioma
imposible, todo sea por la Patria, la familia y la libertad. Aprovecho los
buenos oficios de un asistente muy confiable para despachar esta carta.
Como no me fío demasiado de los servicios postales de este país, te estoy
enviando esta correspondencia a través de alguien que viaja próximamente y
a quien mi asistente le ha pedido como un favor personal que te la haga
llegar. Por supuesto que manteniéndome a mí en el anonimato. No te
angusties en demasía, pronto habré terminado de recabar los datos
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colaterales y podré concentrarme en el punto neurálgico del asunto que nos
concierne. No te ofendas mas no has de intentar contactarme bajo ningún
concepto. De la total discreción de este operativo depende el triunfo.
Abstente por amor, con amor, tu H.
Satisfecho, el catire regresa a lo suyo, en verdad está cumpliendo sin
proponérselo con una labor investigativa. No le resta méritos el que lo haga
por diversión. Está de incógnito y clandestino en un país cuyas anécdotas
parecen de novela. Le hablan de un tal Urbina. Qué trabajo le costaba al
pobre aprenderse esos nombres, se valía de cierta nemotecnia para
recordarlos, en este caso echaba mano a sus escasos conocimientos de latín
adquiridos en el bachillerato. Los lugareños se mofaban, pero lo complacían
cuando él les pedía que le hablaran de Urbane. El mismo se hizo gracia a sí
mismo cuanto más le contaban acerca de los usos y costumbres de aquel
coreano corajudo, tan poco vinculable con el nemotécnico Urbane que
significa en latín: cortés, sutil, elegante. Así pues se fue enterando de que
Rafael Simón Urbina era toda una leyenda coreana, desde el día mismo de su
nacimiento en 1897, en Cumarebo, rodeado de militares tan consanguíneos
como antagónicos. Su papá, el general Antonio Urbina murió prisionero en el
Castillo Libertador, bajo la férrea dictadura de Joaquín Crespo y el niño
huérfano no llegó a comprender jamás esa paradoja: cómo es que se pueda
llamar Castillo Libertador, una prisión, donde fuera muerto su padre. El catire
hizo una mueca repulsiva cuando los padrotes le contaron que el general
Manuel Urbina, tío de Rafael Simón, había sido devorado por gusanos en el
calabozo número 13, en el departamento “El olvido”, del Castillo Libertad,
cuando años más tarde había luchado contra otro dictador, el General Juan
Vicente Gómez. La reacción del alemán avivó en los narradores el deseo de
seguir relatándole, con sorna, la vida de Urbane. “El pequeño huérfano
conocía la muerte de cerca y la emparentaba inconscientemente con la
palabra libertad. Un día, cuando estaba todavía chiquito, escuchó una
descarga cerca de la casa de su abuelo Francisco. Se encaramó en una mata
de mango y desde allí pudo ver incendios, escuchar tiroteos y sobre todo
confundirse, porque los de un lado vociferaban a favor de un Urbina y los del
otro a favor de otro Urbina”. De manera que una segunda paradoja tomó
cuerpo en su infancia: el que se mataran entre hermanos del mismo apellido,
en los predios del mismo abuelo, dos bandas consanguíneas, por distinto
caudillismo. Con semejantes antecedentes no tardó en hacerse él también
militar y, por la misma vía, ácrata, es decir desobediente, voluntarioso y
desafiante hacia la autoridad. Pronto pidió la baja, no soportó que sus
superiores lo castigaran obligándolo a pasarse toda una noche de pie en una
garita. A su regreso a Coro se fue reponiendo del enojo que le causaron
aquellos a quienes desdeñaba y fue bien recibido por su tío Joaquín, quien se
lo llevó consigo a Caicara del Orinoco”. Nuevamente las palabras excitaban la
sensibilidad del Catire, apenas escuchaba el nombre del gran río, se le
disparaba la imaginación y redoblaba su atención, seguro como estaba de
que algún día hallaría su suerte en las minas. No fue exactamente decepción
lo que experimentó al seguir escuchando la historia, pero comenzó a
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sospechar que los narradores prolongan los detalles de las anécdotas hasta
exacerbarlos. Por ello el alemán se dio cuenta de que el relato le permitía
pensar en otra cosa al mismo tiempo, sin perder el hilo de lo que allí se le
contaba. Así fue como, mientras Coromoto se explayaba en redundancias y
repeticiones acerca de lo que ocurrió en Caicara del Orinoco, es decir, de
cómo metieron preso al buen tío Joaquín por propasarse en la bebida y cómo
su sobrino se envalentonó y le pidió al gobernador que lo soltara y como el
gobernador desestimó sus peticiones y hasta lo insultó delante de más de
cincuenta personas y que se armó una reyerta y que hubo un poco de
muertos, el catire lo escuchaba con media oreja y con la boca entera sonreía.
Con la otra media oreja se mantenía atento a las voces interiores que lo
compelían a escribir pronto una segunda carta, esta vez dirigida
directamente a G. Esa misma noche la redactó:
Herr G.
Briefe aus Koro
Antes que nada reciba usted mis respetos y mi agradecimiento por la
posibilidad invaluable que me ha brindado Usted de serle útil a mi Patria. En
segundo lugar quiero destacar su acierto al recomendar, en su debido
momento, mi pasantía por el Departamento de Sociología de la Universidad
Adolph Hitler, así como en el Instituto de Estudios Raciales Alfred Rosenberg,
ya que me sería absolutamente imposible comprender la compleja realidad
étnica y cultural de este país integrado básicamente por razas de la más baja
estofa: indios perezosos que incluso fueron descontados por los españoles
durante la conquista y la colonización del país, por su condición de
analfabetas, desnutridos y totalmente inútiles; negros provenientes de la
remota Nigeria y españoles oriundos básicamente de Andalucía, adonde los
ya abyectos españoles se mezclaron con moros y judíos. He sabido además
que muchos de los conquistadores así como los colonizadores eran cazadores
de fortuna acompañados por mercenarios y prófugos de la justicia, el
resultado de esas mezclas, durante casi cuatro siglos es una simbiosis de sus
defectos e insuficiencias. Sin embargo, por su historia reciente, signada por
manos militares y por una adulante clase dirigente, veo muy factible un
pacto con un sector de las Fuerzas Armadas (y sus colaboradores civiles),
cuyos intereses económicos y cuya formación castrense comulgan con
muchos de nuestros esfuerzos. La idiosincrasia de esos venezolanos acepta
la organización, la disciplina y la ejecutoria de la raza aria. Consideran a los
alemanes y a los suizos como modelos de desarrollo. Muchos se sienten
orgullosos de la participación financiera e incluso política que han ejercido
algunos alemanes en el pasado. De tal manera que considero factible la
penetración ideológica en las clases dominantes y la aplicación de nuestras
consignas en el ámbito popular, como una primera e imperiosa medida. Una
vez sembrado el orgullo servil hacia la superioridad aria, y con el apoyo de
las fuerzas del orden y de la represión, lograremos extraer excelente materia
prima para nuestra eficiente industria bélica. El hierro y el petróleo están
prácticamente a la vista, la mano de obra local está contaminada de cierto
afán incipiente de sindicalismo, de lo cual podríamos a la larga beneficiarnos
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mediante alianzas estratégicas y el infalible sistema puesto en práctica en
los campos de trabajo europeos. El exterminio de los judíos no involucra aquí
ninguna sistematización ya La mayoría de ellos se ha asimilado casi
totalmente a las costumbres de la burguesía local, es un universo minúsculo,
y son aún menos los que practican la religión mosaica. El pueblo bien
orientado se encargaría de eliminarlos a su debido momento. La iglesia
católica local ha hecho un excelente trabajo al identificar a los judíos con la
muerte de Jesús. Una vez logrado este objetivo, conviene tomar en cuenta
que el pueblo venezolano es muy dado a la superchería y si bien la mayoría
practica la religión católica, es susceptible de adoptar nuestros nuevos ritos y
de acogerse a las bondades de nuestra simbología. En cambio donde veo
dificultad es en el rendimiento laboral: por factores climáticos e
idiosincrásicos, el pueblo venezolano es dispendioso y no se afinca en el
trabajo. Sin embargo, mediante la aplicación de las ecuaciones sociales
descubiertas por el eminente Rosenberg, pienso que podemos interferir en el
desarrollo de una raza mestiza destinada a proveer mano de obra en aquellas
tareas que sean prioritarias para el Reich. Se me ocurre, entre otras
alternativas, el turismo, ya que el país ofrece excelentes climas y muy
variados parajes; la explotación del café y del cacao, que hasta hace no
mucho fueron los mejores del mundo y para cuya explotación, los mestizos
que resultan de la unión de blancos y negros, son perfectos, pues tienen la
fuerza física necesaria y la posibilidad de aprender, mediante la obediencia,
las técnicas que se les enseñe en el futuro. Los acontecimientos políticos se
están desarrollando paulatinamente, he hecho algunos contactos con
personeros importantes cuyos nombres daré a conocer tan pronto como se
consoliden algunos pasos previos. Qué la Patria me conceda aún algún
tiempo, a cambio le ofrezco mi vida como garantía de triunfo. Con el corazón
en la mano, H.
PD: A mi familia sólo pido dedicación a los deberes y que el ancho mar que
me separa de la Gran Alemania, de mis padres y de mis hijos, fortalezca
nuestro espíritu de lucha y clarifique nuestras decisiones. Duermo tranquilo a
sabiendas de que tanto usted como el Fuhrer se interesan por el bienestar de
todos los alemanes y de que más temprano que tarde anexaremos estas
tierras a nuestros ideales. H.

Las anécdotas de la vida aventurera de Rafael Simón Urbina acabaron


hartando al catire, que si se escapó de la muerte en el estado Guárico, que si
estuvo pagando un año de cárcel en el estado Bolívar por salvar a un tío suyo
metido en líos y que negoció su libertad traficando influencias; Que tuvo
durante un tiempo falsa identidad y gran movilidad por el territorio nacional.
Estaba a punto de bostezar y de retomar su misión cuando le pareció que la
historia de Urbane se componía. Le contaron que el hombre declinó toda
participación política, a pesar de que el gobernador de Coro era otro tío suyo,
“y se fue a trabajar a la Sierra, adonde se hizo comerciante y de 1915 a 1919
adquirió un pequeño capital gracias a sus relaciones con los Blohm”. Retuvo
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con especial cautela esta información y la memorizó en forma exclamativa:
“¡De manera que el tal Urbina tenía vínculos comerciales y afectuosos con
otros alemanes, jum!”. Sus interlocutores advirtieron el nuevo entusiasmo del
catire y no escatimaron los detalles en el relato de uno de los más célebres
episodios en la vida de Rafael Simón Urbina. El asalto a Curazao le fue
narrado con hipérbole y dramatización, pero el alemán venía de la Segunda
Guerra Mundial, poco podían impresionarlo semejantes incursiones
caricaturales con resultados fallidos. Ya había obtenido lo que requería, tenía
el retrato psicológico y la dirección exacta para establecer un contacto
asertivo.

La capilaridad idiosincrásica funciona como los vasos comunicantes, basta


que un grupo enaltezca las virtudes de una persona ausente para que
alguien le saque a colación algún defecto. Lo mismo sucede a la inversa, si
las alabanzas adquieren un peligroso consenso, no faltará quien señale un
defecto. Las personalidades heteronimias tampoco escapan a esta regla de
oro. Así es como María renuncia a los placeres sencillos y espontáneos que le
ha brindado la compañía de su amiga periodista, la de las risas radiales de
las cuatro y media en punto, la de los recuerdos juveniles, de cuando eran
ambas militantes de las causas justas y chivos expiatorios de las injustas.
María está a punto de volver a ser Sara, la de las recurrentes preguntas, la de
los relatos difíciles, cuando Juan Aroldo Cuanta anda en procura de Rafael
Simón Urbina, personaje eje para fraguar el secuestro de Carlos Delgado
Chalbaud. Sara apura el regreso de María del estado Falcón, teme que tanta
risa, tanto anonimato, tuerzan su historia hacia un final feliz, pues cómo
podría implantarse el nazismo en Venezuela, adonde la gente es tan
tolerante y generosa. Ya casi ha olvidado sus penurias, su amiga del tercer
piso del edificio Tirrenia, contagia eterno buen humor, optimismo radiante y
además paga de buena gana las cuentas del breve viaje por Falcón. Así son
los venezolanos, ¿cómo podrían ser fascistas? El retorno a Caracas trastoca
las realidades. Ya en el carro se perfilan algunos exabruptos, la voz
inconfundible del Presidente de la República clama desde la radio, en cadena
de emisoras, para que el pueblo soberano apruebe la nueva constitución.
Cuño y letra, echa mano a la mejor demagogia, aquella que repite consignas
hasta empalagar y construye su propia dramaturgia populista; aquella que
nunca se dirige a la razón, al sano juicio o a la inteligencia; Aquella que
frecuentemente provoca en la oposición respuestas maniqueas y vacías de
contenido. En caliente, María es increpada por su amiga:
-- ¿Vas a votar en el referéndum, verdad?
-- No voy a votar- responde ella haciendo esfuerzos por seguir siendo María.
-- ¿Cómo?, ¡cómo que no! Si no votas no tendrás derechos, ni siquiera el de
opinar.

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Sara enmudece, se le sueldan los labios a calicanto, gruesa hiel, mucha
ironía. De nuevo en casa, sola, rediviva, Sara forcejea otra vez contra la
vigilia que como un eco persistente le ronronea en el oído. Desesperada
recurre al Rophinol liberador de pesadillas y durante los escasos minutos que
preceden su desencadenamiento echa un vistazo por la ventana del primer
piso del Edificio Tirrenia. Allí han alojado a algunos damnificados que lo han
perdido todo por culpa de torrenciales aguaceros. Cree reconocer en los ojos
negros de un muchacho, los de un niño marginal que, en 1974, correteaba
con sus amigos en uno de los barrios marginales de los Valles del Tuy y que
venía a pelar vituallas y a escuchar los cuentos que las jóvenes universitarias
de la capital venían a contarles, siempre con mucho entusiasmo. Un día Sara
lo vio marcharse muy de prisa y quiso detenerlo. Lo siguió, pero el niño se
escabullía por aquel laberinto de casas de cartón y lata. Al fin dio con él,
mejor dicho con su sombra, pues quedó paralizada al escucharlo decirle, a
sus cinco años, a otro de unos quince: “vamos pues pa´que me cojas y me
des mi fuerte” (nombre que se le daba a una moneda, cuyo valor equivalía
entonces a un dólar norteamericano aproximadamente). El sopor la fue
arropando completamente y a medida que se endormía, Harald Quandt
regresaba también a la capital. Esta vez impostaba la voz y se proyectaba
como galán. Le convenía hacerse ver como un dandy europeo, hacerse
querer por las mujeres de sociedad, desviar cualquier sospecha y todas las
intrigas que pudieran vincularlo con la política. Brindó con hombres bien
vestidos y mejor informados, intercambió tabaco con uno de ellos pero sobre
todo se concentró en las dos damas que semanalmente tomaban café en el
Hotel El Conde. Allí mismo las abordó con manierismos y diplomacia. Las
entretuvo contándoles historias inverosímiles de héroes recios. Les describió
a Churchill, a Roosevelt, les habló de Einstein y de Freud, les recitó, en
alemán, poemas de Hölderlin, de Heine y Rilke. Roció el café que bebían con
esencias que dijo traer de lejos y no cayó nunca en la tentación de responder
a sus preguntas. Se mantenía galante, enigmático. Lya lo juzgaba con la
severidad de su pensamiento; Lucía se divertía porque le resultaba atractivo
y ocurrente; Harald lograba su objetivo de dejarse ver con ellas; los dados ya
estaban echados. Durante los segundos que le ganó Sara al sueño, se le
perfiló en el entrecejo un desenlace. Garrapateó las inconexas ideas en una
servilleta humedecida, que encontró sobre la mesa de noche, debajo del vaso
que le había servido más temprano para diluirse en vodka. Esto fue lo que
escribió:

DESCRIPCIÓN SOMERA DEL SECUESTRO DE CARLOS DELGADO CHALBAUD.


NADA ES COMO PARECE, LOS INGLESES Y LOS AMERICANOS SE HAN
RESARCIDO, CUANDO EL REICH ESTABA A PUNTO DE APODERARSE DE
VENEZUELA, SUCUMBE. HA OCURRIDO EN BERLIN UN MAGNICIDIO SIN
PRECEDENTES, UN COMANDO SIONISTA, DIRIGIDO POR UN TAL VÍKTOR HA
HECHO VOLAR EN PEDAZOS EL TEATRO DE BAYEREUTH, ADONDE EL FUHRER
Y TODA SU COMITIVA, INCLUYENDO A EVA BRAUN, GOEBBELS, MAGDA,
GOERING, ETC. SE HAN REUNIDO PARA PRESENCIAR, EN FUNCIÓN PRIVADA,
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"EL ANILLO DE LOS NIBELUNGOS". LA OPERACIÓN HA SIDO CONCERTADA
CON LA COLABORACIÓN DE LOS COMUNISTAS.

De todas maneras el desarrollo de los acontecimientos arrastra sus propios


nudos. Esa misma mañana, poco antes del amanecer, ya están entonados los
hombres que tienen la misión de secuestrar al Presidente, han pasado la
noche entera envalentonándose, todos admiran a Urbina, casi todos son
paisanos del estado Falcón y ninguno requiere demasiadas explicaciones. Los
guía un supremo comando, el de la fatalidad. Está escrito, perfectamente
descrito, en las confesiones tardías de algunos de los protagonistas del
fatídico asesinato culposo: las cosas pasaron tal cual como ocurren en las
obras de teatro o en las óperas. Se sabe de antemano que Julio Cesar será
asesinado por Brutus, su amigo, y sin embargo siempre se piensa que por
una vez pudiera no ocurrir. Rafael Simón Urbina, como Brutus, ha tenido
desavenencias con el Cesar, piensa que Carlos ha sido injusto, que ha
desestimado sus demandas y que merece escarnio. Entonces, en nombre de
una causa presuntamente patriótica echa a andar, con sus hombres, las
ruedas del destino, las cuales, en su aceleración, acaban arrollándolo a él y
favoreciendo, por carambola, a quien no se hallaba en escena al momento de
producirse el crimen, pero sí en el vértice de la acción y sobre todo en las
consecuencias. ¿Mas quién, afantasmado y quimérico, anda lamentándose
pública y privadamente con el magnicidio?, ¿Cuáles detracciones se le
cobran a Carlos Delgado Chalbaud?. Helo allí muerto en su magnánima
investidura ¿Veis deudos?
Ved muerta la trama urdida por Sara. No Tercer Reich, sino Quinta
República, halla al despertar. Después de tantas horas de soñar continuo se
entera del triunfo presidencial en el referéndum y del instantáneo cambio de
nombre del país, por el de República Bolivariana de Venezuela. La retórica
oficial retrocatapulta a Sara al siglo XIX. Ahora entiende que ha estado
completamente errada en su hipótesis de novela: Hitler y Goebbels aún están
por nacer. El corazón de Sara se consuela sabiendo que cada apariencia no
es realidad. Cierta connivencia le da fuerza para pulsar, y, al escuchar el
familiar saludo telefónico de Hombre, aúlla a través del auricular.

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