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El Macho

Juan Diego Hernández Londoño

El Macho
por

Juan Diego Hernández Londoño

© Juan Diego Hernández Londoño, 2013. Versión para libro electrónico. Se permite la reproducción total o parcial citando a la fuente. Editado por Quirófano de Textos . Medellín, Colombia. 2013. quirofanodetextos@gmail.com

arrugado su corazón. Había cumplido con su deber de ordeñar. Corrió hacia el sonido. Nu había ni cantao el gallo cuando quedó así. Traía un hambre voraz. El muchacho. se tensaban en un gesto de incertidumbre. yacía con la mirada fija en el techo. sin duda. se quejú’el viejo di un dolor en el pecho. pero en los ojos que le miraban leyó el signo de la tragedia. que por un momento creyó que soñaba. el joven se abalanzó sobre el lecho. carnosos y de color oscuro. abrazando al autor de sus días y bañándolo en tibias lágrimas. Se sorprendió al ver su hogar repleto de personas. Sus cejas. Había algunas mujeres llorando en torno a la cama. ¿Tanta gente allí. A lo lejos. también estaban tensos. mi papaíto! Gritando y llorando como un loco. comprendió el fatal mensaje. proveniente de la alcoba. campesina. Los labios. Su figura delgada se abría paso en aquella extraña suerte de calle de honor. Tan pronto como le vio. arropado con la cobija. de pie a un lado suyo—. su piel. y en su cara se pintaban ya las primeras señas de la barba. Su boca estaba constreñida en una expresión de dolor. ¡Ay Dios! Hizo una pausa para enjugar su rostro y continuó: 1 . alguna pista de lo que sucedía. blanca como la leche recién ordeñada. —¡Ay Evaristo mijo!— le dijo. presagiando lo peor.— Su papá… No terminó la frase. deshecha en lágrimas. —¡Ay apá! ¡Mi papá. A pesar de su corta edad parecía ya un hombre formado: su estatura era mayor que la de muchos de sus vecinos. poco pobladas. húmedos sus ojos. No hacía falta. La humilde señora se apartó de la puerta. Ciego de incertidumbre. Nadie le dijo nada. mijo —le dijo su madre. —¿Dónde’stá? Déjeme ve’lo mamá. como se lee la proximidad de la tormenta en la disposición de las nubes. un martes y tan temprano? Algo raro había sucedido.El Macho Brillaba el sol cuando el joven Evaristo regresó a la casa. su madre salió de su habitación. Sus ojos negros miraban en torno buscando alguna razón. tan irreal. El corredor de la casa se veía ahora tan distinto. avanzó por entre las personas sin reconocer cara alguna. Evaristo entró corriendo. escuchó el llanto de su madre. La gente le miraba con tristeza mientras avanzaba por el humilde zaguán. en la cual su padre. y esperaba que su madre le tuviera listo el desayuno. —Apenitas se fue usté.

lo podemos llevar al pueblo pa enterralo. —Sí ’eñor —contestó. al acostarnos o despertarnos». El Altísimo nos llama hacia Él cuando quiere. No se priocupe: todos los vecinos estamos recogiendo platica pal funeral. y en toda la vereda se agradecen sus buenas obras. —Usté manda mi señora. Durante el resto del día permaneció con ella.—¡Que mi Dios lo tenga en su Santa Gloria! Y ni siquiera alcanzó a confesase… ¡Ay mijo! El joven miró a su madre. Las mujeres. pero la muerte nos alcanza de súbito. mientras algunas personas que les acompañaban entonaban diversas oraciones y cánticos. Y vos muchacho —dijo. Entonó un padrenuestro. demostrando su talento de orador. sos todo lo que tiene. descompuesta del dolor. viendo lo copioso del desfile. recibiendo el pésame de quienes se aproximaban al féretro. Sabemos que vivió probe y así mesmo murió. no dejés sola’ tu madre. Sólo entonces. El joven sólo se levantaba de su asiento para reponer las velas que se iban gastando. Estos. Secándose el rostro con el puño se levantó y abrazó luego a su madre. y su madre y las otras mujeres lo siguieron con un murmullo. Nadie sabe cuando. él. siguiendo el ejemplo de Nuestra Madre Santísima. comprendió cuán apreciado era su padre en la comunidad. como su padre hubiera querido. dirigiéndose a la nueva viuda—. los hijos. último vestigio del sufrimiento en su hora final. unos y otros. el dueño de la finca vecina. y el fuego de nuestra vida se apaga como el pabilo gastado. 2 . Se dijo que tendría que ser fuerte. El templo estaba repleto. y mirándola con firmeza le dijo: —Déjeme cerrale los ojos. Nos levantamos. Al día siguiente. crecen y aprenden lo necesario para ser útiles en este mundo. Dejémolu hoy aquí pa velalo. realizamos nuestras labores. guisan los alimentos y cuidan a los hijos. y luego regresaba al lado de su madre para sostener su mano y tratar de infundirle algo de valor. La noche fue larga y tediosa. como hij’único. pues había gentes de varias veredas y habitantes del pueblo. cómo o dónde. Ya mesmo salgo pal pueblo pa’rreglar todo con el señor cura. alimentamos a nuestras familias. Sabés bien que. consagran sus días a las labores de la casa. Con los índices de ambas manos cerró y enderezó los fríos labios. Sin esperar respuesta pasó sus dedos por los párpados del muerto. —Muchas gracias don Eustorgio —contestó la interpelada—. ocultarse y volver a brillar. »Pero el tiempo de este mundo es breve. el casi-niño casi-adulto. desde la fecha. ganamos el pan con el sudor de nuestras frentes. En esas estaban cuando entró don Eustorgio. y regresamos a nuestros hogares para descansar y compartir con los nuestros. «Hermanos míos» comenzó «: nuestro paso por este valle de lágrimas es corto. Alcanzó a sentir una lágrima a un lado de la nariz. en los cuales el púrpura iniciaba su dominio. y cada quien tiene su hora. muy temprano. fruto de la santísima unión del matrimonio. dirigiéndose a Evaristo—. cada quien en lo suyo. Y así lo cumplió. Cada día es un regalo. se celebraron los rituales de rigor. era el hombre de la casa. Y así. Doña Virgelina y Evaristo permanecieron cerca al cuerpo. conmovió a la audiencia con un elocuente sermón. Su maridu era respetao. Recemos pa que su alma descanse. el vivo. —Doña Virgelina— dijo. recordándole que. Sí: ahora el espíritu del taita debía estarle mirando. nos alimentamos. Era un hombre bueno. La besó en la frente . Si usté quiere. vemos salir el sol. El sacerdote. —Tranquilícese mamaíta.

El muchacho asintió en silencio. hábil cazador de signos sutiles. Al día siguiente. mis vecinos. Importante es que asistamos a la misa. mas valiente. No sabía que ella también velaba al desaparecido en la nueva inmensidad de su lecho. El sacerdote se quedó un momento paralizado. que comulguemos y nos confesemos. Al final de la ceremonia se improvisó un desfile para llevar los despojos a su última morada. —Ya su papá nu está. vecino preocupado por los demás. pero el sueño no lo alcanzó hasta mucho tiempo después. doña Virgelina le preparó un desayuno más copioso de lo habitual. En vida fue un ejemplar cristiano. sin tu padre pero con tus brazos. sumada al oscuro porvenir que veía cernirse sobre sus hombros y los de su madre. en un tono de voz más suave. ¡Qué ejemplo para tantos de ustedes! Veo hoy aquí a personas que raramente vienen a la Eucaristía. hijo mío. hermanos míos. Sepan. Una hilera de equinos transportó a los dolientes y a sus vecinos de vuelta a la vereda. el cura respiró y continuó así: «No sabemos el día ni la hora. otrora lleno de fuerza. Así lo hizo nuestro hermano Aristides. ofreciendo la impresión de que hasta el clima estaba de luto. Cada uno se esforzó para ocultarle al otro que había dormido poco. Cuando llegaron. Afronta estos duros momentos con valor. y es mejor que mi acostumbre a dormir sola. Se oyeron algunas toses incómodas. Evaristo no quiso que su madre se acostara sola en su cama y la invitó a su aposento. se resistió. los arreboles pintaban el cielo y los pájaros se disponían a dormir. no obstante. Con apenas quince años te ves arrojado al mundo. Tras un breve silencio cambió su gesto. Por eso. buen padre y esposo. y el perdón de Nuestro Padre Misericordioso le cubrió. Hace menos de una semana estuvo aquí confesando sus pecados. Caía una llovizna queda. Se acostó temprano. Doña Virgelina y su hijo se mostraban calmados. en cómo ese recio cuerpo. que inundó el ambiente y obligó al silencio a quien hablaba. de su purísima Madre y de los santos varones. En la tiniebla pensaba en su padre ausente. continuó: «Evaristo. bajó su brazo y. como piedras en el río. y ruega al Espíritu Santo que te guíe e ilumine». nos dijo el Maestro. de tu casa. Tuvo que taparse la boca con la mano para no despertar a doña Virgelina con sus sollozos. 3 . señalando a los fieles con su índice derecho y mirándolos con ojos inquisidores. hijo nuestro. que Dios lo tenga en su Gloria. madre e hijo se encontraron en la cocina. Pero más importante es que vivamos según el modelo del Verbo hecho Carne. como las vírgenes con sus lámparas. huérfano. y a tantos otros que no buscan la piedad del Todopoderoso. Evaristo. tú eres ahora el soporte de tu madre. que la hora llega para todos». muy temprano.En este punto se oyó un profundo lamento de doña Virgelina. soportando el amargo trance con el estoicismo de quien ha hecho las paces con la muerte. Esta idea. —Es que usté necesita juerzas pal viaje. Mientras el joven fue a bañarse. Los abrazos y condolencias eran. mijo. Así terminó la homilía. Cuando la viuda consiguió calmarse. La concurrencia restañaba sus lágrimas. le hacía temblar. multitud. estemos vigilantes. Ella. No se atrevió a confesarle a aquella buena mujer que tenía miedo de pasar la noche solo. perdía la batalla contra los gusanos. se lo hizo saber a la señora. mis hermanos.

—Sí ’eñora. como vos te comés tu pastico. ¿Mi oyó? —Sí amá —contestó el joven y. Rece mijo. fue al establo. Arranquemos ligero. —Ay mijo. Que la Virgen lu acompañe. y eso que a muy buen paso. Cuando tuvo todo listo fue a ver a su madre. si llegás a tenelos. tenía en las venas la vocación de matrona campesina. Arrímese pa’cá yo le doy la bendición. alto como vara de premio. Padr’hijuesp’rítusantuamén. un asno digno de su estirpe. bultiando y jartando. ¿Vos qué sabés d’esos misterios? ¿Y ayó qué sé d’eso? Sólo siento en el pech’un dolor de puñalada. como si ná hubiera pasao. No se atrevió. ¡Hasta M.—¿Cuál viaje? —preguntó sorprendido. Ensille’l machito de su papá. estimuló al cuadrúpedo con un golpe de talón y tomó el camino de la montaña. Pero nos va a coger la noche. sé qui usté nunca’ido pu allá. la que vive allá en el filo. Y usté sabe que las bestias son capaces hasta de llegar solitas. van a seguir en lo mesmo. qu’en paz descanse. pasaba no pocos trabajos para alcanzar su grupa. un potro y el macho en mención. —Mijo. luego de sortear caminos estrechos y oscilantes como sierpes. Arréglese. sin demora. váyase pa’onde mi comadre Ernestina. Su pelaje blanquecino parecía brillar en la oscuridad del recinto. Tan elevado era su talle que incluso Evaristo. d’esa puñalada fría que debe dar la muerte con su filo. corrigió en el acto —. Y mijo. Sí ’eñora. bajar a orillas del río. preso de la vergüenza. subir hasta donde el frío rige para. Le habían contado que. Todo estaba dicho. y antes de las diez de la mañana estaba listo para partir. ¿Qué sabés vos de la muerte? ¿Tenés esp’rítu? A vos no t’importa lo que pase después de tu vida. que su papá lu acompaña desde’l cielo. a pesar de haber parido sólo a un hijo. —De pronto me le da much’hambre’n el camino. mi animalit’uel alma. Era un hermoso ejemplar. al calor abrasante de las tierras bajas. ‘Ai tás. te quedates sin patrón y yo sin mi apá. A las diez y media de la mañana Evaristo. Doña Virgelina. Pero te veu ‘ai tan tranquilo. no se me separe del camino. El vástago asintió y. Su tío no sabe lo de su papá. a contrariar a su madre. El probe Aristides.! No era un viaje fácil: debía remontar la cordillera. Mientras le montaba los aparejos le habló así: —¡Ay vos. sin embargo.. sabiendo que su tiempo era limitado. el trayecto requería al menos de ocho horas de cabalgata. Y si me le da miedo. Si ve que no le da’l tiempo. dejándose montar y cargar como siempre. Hizo la tarea encomendada tan pronto como pudo. levantó la diestra para despedirse de su madre. jinete en el albo macho. Se me va ligerito pa que no lo coja la noche pu ‘ai solo. desde la vereda. —Así me gusta mijo. porque’l hombe tiene que’nterase. y tus hijos. Había allí dos yeguas. jartando sin afán. Ya mesmo voy. Abríguese bien. Le entregó comida envuelta en hoja de plátano. Nunca había hecho el recorrido. y no se li olvide que’l machito también se cansa. que t’echabas encima la carga que juera. Vos que guerriates tanto. 4 . Y no t’importa. rece. ya lu tenía’nseñao a ese trecho. macho verraco! Mi taita te quería comu a un hijo bobo. Te morís. ¡Y yo no puedo dejar de pensar en un muerto! ¿Pero qué digo? ¡Es qu’es mi apá el que percolió! Ahurita mesmo se lo comen los gusanos. qu’ella le da posada y comidita. pique comida pa los animalitos y váyase pa M.

Tenía el pelo y los ojos negros. El camino. Trabaje y no siá’mbicioso. le mostraría su tez burlona. si desde ya sentía el gélido abrazo del clima montañero! Sin embargo. Absorto en su deleite. pues bien suponía que. más alta. Conocía el camino y posaba sus cascos con seguridad en la tierra anaranjada. Era. dos. No se lo había confesado a nadie. soñador cabalgante. Vino a su mente la imagen de su padre. el cielo mostraba su cara más amable. a recordar. más bien. Aunque tenía mucha hambre. Pero no era una imagen quieta. al alcanzarla. y ese azul majestuoso contrastaba con el añil de los picos lejanos. una superposición de momentos. fue hacia su vehículo. apenas estrenando su orfandad. tres: ya su casa se eclipsaba tras el cerro vadeado. almorzó bajo las flores amarillas. tenue primero. Estimaba llevar ya treinta minutos allí detenido y. «Acuérdese mijo». Era la hija menor de don Eustorgio. Sea fuicioso y re’to en sus cosas. girando su cabeza en la otra dirección. “Uno nunca sabe”. una boca pequeña pero de carnosos labios. el mancebo veía su casa hacerse pequeña en la distancia. atando a su mudo compañero a un cañafístolo. Eso era lo que mandaban la fe. Concepción se llamaba desde el bautizo. Evaristo se dio cuenta de ello cuando no consiguió ver 5 . los dientes blancos y pulidos. El páramo le envolvía con una capa de neblina. ¡Cuán frías debían ser aquellas cumbres. Antes de hacerse de nuevo caballero. Un giro. Sacó de su alforja el envuelto que le entregó su madre y. Ante sí el joven contemplaba una cima engañosa. La veía con ojos de niño. la estatura y delgadez de una guadua joven. oteó las estribaciones que tenía enfrente. espesa después. no se había dado cuenta de que su entorno se oscurecía. y ya su cuerpo revelaba prometedores encantos en ciernes. El silencio del ambiente lo invitaba a pensar o. Continuó la travesía. Mientras lo desliaba respiró profundo. pero esta chica le arrancaba hondos suspiros. arañaba la ladera del monte. Pensó en su vecinita. se iba a convertir en padre algún día. Le va’ llegar el día de casase y tener hijos.El borrico avanzaba a buen paso. se dijo. curvas de mujercilla en construcción. como si un retrato la hubiera congelado. la costumbre y la familia. una nueva. Calculando por el sol que debía ser la una de la tarde. temiendo que el tiempo se le acabase. Le encontró pastando tranquilamente bajo el amarillo intenso del follaje al cual estaba anclado. El suelo sonaba rítmicamente bajo las pisadas. y pu eso tiene que ser un hombre de bien». Poco a poco. que tiene mucho más de adoración secreta y muda contemplación que de amor adulto. aunque delineadas. decidió guardar la mitad de la provisión. «de que pu encima de mi Dios nu hay naiden. Y no atardecía aún. en ese extraño tiempo acompasado de los saltitos sobre la silla. Evaristo templó las riendas y descendió de la bestia. el valle de su vereda se le presentaba como una pintura. Acababa de cumplir los catorce años. enceguecedora al fin. Sus hormonas de adolescente le agitaban el pulso e irrigaban sus mejillas cuando la miraba. pero todos la conocían como Conchita. Desde esa distancia indistante de la memoria le llegaba el eco de su voz. fascinado por el descubrimiento de nuevos detalles en aquel ignoto continente. dejando que sus pulmones se llenaran del límpido aire. Evocó el primer día en que compartió con él las labores del campo. ¡Casarse y tener hijos! Él. Podría decirse que la amaba con ese virginal amor que es el santo y seña del amor primero. y unas tímidas. para mejor decir. le decía el fantasma. la piel del color del aguadulce cuando se escancia frente a la luz de la vela. pero en su corazón no había aún espacio para la concupiscencia. que’l di arriba todo lo ve. húmedo por las lluvias de los últimos días. Sentía un viento helado.

—‘Ai máj’o menos. —Todavía estás lejos. además de sorprendido o. encantado por la amabilidad y buenas maneras que mostraba el otro. se lo tragaran con todo y cabalgadura para nunca más dejarle libre. No se acordó siquiera de su pollino. mi ’eñor—. junto a la cual un hombre calentaba su cuerpo. Frío. El “patrón” le invitó a seguir adentro. que la noche se les venía encima. Era un hombre recio. Taloneó al macho y lo dirigió hacia aquel faro. Vengü’e la vereda H. se dijo. y voy pa M. pues. además de lo ya descrito. El hombre sacó tres velas de un cajón y salió a encenderlas en la hoguera. cuando volvió a mirar a la cocina. Puso luego una en una mesita. a buscar a mi tío. silencio y miedo. la fijó en la tabla que hacía las veces de mesón. —Y dime: ¿vienes de lejos? —le preguntó el anfitrión. de techo bajo. tras un rato de andar en la creciente penumbra. hijo. Sobre el fogón había una olla tiznada. estuvo estacionado un buen rato. ¿Cómo te llamas? —Evaristo. El joven tiritaba cuando. Así. El desconocido hablaba de manera pausada y con un acento que el recién llegado no había escuchado jamás. obediente cual esclavo. de piel blanquísima. «O si no. El muchacho recorrió con la vista el aposento y. Era un recinto cuadrado sin paredes divisorias. Es usté muy amable. Con esta luz pudo ver Evaristo el interior de su alojamiento. La escasa luz de la noche recién parida esbozaba una casucha de tapia sin encalar. Temía el joven que los abismos. —‘Uenas—. 6 . con la marca de la felicidad pintada en su rostro. saludó Evaristo —. Se sentó a su lado mientras buscaba qué decir. El animalillo. o que me dejen quedar». no sin preocupación. entregado a sus recuerdos y a su melancolía. en el cual había. luego de usarla para encender el fogón. la otra en el marco de una ventana y a la tercera. un par de asientos de madera y un catre amplio. al menos que me digan a’ónde’s. El muchacho constató que nunca antes lo había visto. traicioneros como las mujeres de que hablaba su madre con las vecinas. y así se lo hizo saber al burro templando la rienda. estás cansado y vienes de lejos. Evaristo accedió gustoso. para mejor decir. alcanzaron la vivienda. que hizo que pronto olvidara sus cuitas y se sintiera como en casa. —Mi Dios se lo pague patrón. Sintió miedo. digno descendiente de arrieros. —Evaristo… Síentate aquí. «Debe ser la cas’e la ’eñora Ernestina». notó que el rubio tenía sus ojos fijos en él. era alto y fornido. pelo rubio y ojos verdes. A un lado de ella ardía una fogata. Vio una lucecilla titilante. Pero se ve que tienes frío. que al poco tiempo despedía un agradable aroma. se detuvo en el acto. ¿Esta’s la casa di’oña Ernestina? —No conozco a ninguna Ernestina —contestó el interrogado—. Esperarían a que se desgarrara el muro de aire denso que los separaba del mundo y de las cosas visibles. No tuvo que esforzarse mucho. Puedo ofrecerte posada y comida si quieres. Había algo en esa mirada… algo de compasión y vivo interés. Acércate al fuego. Decidió frenar la marcha.nada más allá de la cabeza de su jumento. notó Evaristo. pero era también un jovencito atravesando parajes desconocidos. Por lo que la luz de la fogata revelaba. Cuando la neblina comenzó a disiparse. repuso mientras desmontaba. Aunque no había llovido hacía un frío espantoso.

Esto le asombró sobremanera. sin mostrar prisa pero sin perder tiempo. —¿Y ayó ‘ónde voy a dormir? Si usté quiere mi acuesto en una cobijita’quí en el piso pa no molestalo. arrimando una de las sillas para quedar muy cerca del arrierito. Como hizo en la tarde por el camino. eran iguales al suyo.—Me imagino que tienes hambre después de semejante viaje. El joven terminó su ración en un instante. Bebieron. se despojó lentamente de sus ropas. Mientras así conversaban. Hasta ahora sólo había visto un órgano de aquellos: el suyo propio. Ofreció una a Evaristo mientras. vio cómo aquel misterioso hombre se despojaba de sus pantalones y luego de sus interiores. No quiero que te dé frío en la madrugada. Evaristo no se hizo rogar y vació el recipiente con presteza. Semejante magnitud habíala visto. que en otras partes se llama. Apenas hubo terminado recogió los platos y fue a la cocina. en caballos y burros. —Acomódate como quieras —manifestó el dueño de casa—. con pectorales marcados y un abdomen tenso como un campo recién arado. dejaba ver su perfecta dentadura. Evaristo vio que tenía un cuerpo tonificado. coronadas por turgentes promontorios del color que tienen en 7 . Yo me voy a desvestir. —Hiciste un viaje muy largo y me imagino que estás cansado. El catre es grande y los dos podemos dormir cómodos ahí. A los pocos minutos ambos devoraban un sancocho humeante. haciendo alusión a su procedencia. Lo importante es que tú no te sientas obligado a darme ni un centavo. Cumpliendo su palabra. que le llegaba a su dueño hasta más allá de la mitad del muslo. Había un sabor conocido en aquel brebaje. tomó otra olla y la puso al fuego. Ya’sta siento que’l frío se disaparece. con una forma de mirar que le era desconocida. No tenía voluntad para discutir. —Eso que ni se te ocurra. ¿Quieres comer? —Huy sí. —Te voy a dar una bebida maravillosa —le dijo al muchacho—. Es una receta que aprendí hace muchos años y que ayuda a calentar. “aguapanela”. tardó un poco más. Evaristo vio cómo los ojos verdes le miraban de arriba abajo. los humanos acaso. —Me alegra que te guste. Espero que te guste. patroncito. El joven asintió. el otro. de piel suave y blanca. El anfitrión recogió los utensilios y los llevó a la cocina. que no era. Vamos a acostarnos para que descanses. Al tercer sorbo distinguió el catador adolescente que se trataba de hojas de yerbabuena maceradas. Entre aquellas piernas bien torneadas el efebo vio un miembro descomunal. Tómatela toda. ascendiendo por los seis montículos del vientre. fue recorriendo con la absorta mirada esa cordillera de carne que llevaba del inmenso paraje que le desconcertaba. otro sabor teñía aquel néctar. y Evaristo identificó en el acto la delicia del aguadulce. cargándolo de una esencia aromatizada. siempre había supuesto que todos. Empero. a lo sumo. hasta las cimas gemelas del pecho. —Muchas gracias. Luego volvió a sentarse. ni la mitad de largo comparado con el que ahora tenía enfrente. Arropándose con la cobija. sonriendo. Apareció a los pocos minutos con dos tazas. —Ya veremos si Él me paga. —‘Tá delicioso patroncito. no sin asombro. Mi Dios se lo pague.

le hubiese forzado a la vergüenza. Lo que nunca antes se le hubiese ocurrido. ordeñaban el portento que tenían agarrado. No podía dejar de pensar en lo que había visto. que me muero! —gemía el mozalbete. Evaristo sentía que su cuerpo se hacía hueco. espectador y tonada. decidió lanzarse. Vaciló. inició un movimiento. un calor delicioso imponía su trono. que le placía sentirse anegado. El animal domeñado se rebelaba en su interior. Para decirlo mejor: empezaba a añorarlo. de la inocencia. Con maestría de tejedor enhebró lentamente. el hambre de otro cuerpo. la serpiente brotaba del huevo. Algo nuevo se agitaba en su alma. en otras circunstancias. Extendió el brazo. Muy pronto sus dedos. con su palma caliente. a su lado. Evaristo sintió que el hombre se acostaba a su lado. Que descanses. Su mente hervía en aquel fragor. En su desespero. el joven sintió cómo eso residía completo en sus entrañas. visto antes con tanta sorpresa. ganó confianza. y más temerario que temeroso. 8 . con rítmicos movimientos. —Voy a apagar las velas —exclamó el observado—. instrumento. Evaristo comprobó que aquello. tomó a la intrusa y. Donde antes hubo frío en su cuerpo. fijos. De la nada. yacía este vasto hombre con su respiración acompasada. en la cual halló de nuevo esos ojos verdes que le miraban. había crecido y se hacía fuerte. Verse visto. Su dueño exhalaba con celeridad. algo que no había sentido nunca. mientras el receptor se zambullía en un océano de sensaciones encontradas. que pedía más de aquel extraño alimento. Siguió su recorrido hasta la cúspide. enmarcados por una plácida sonrisa. en contraste. el hombre misterioso buscó el mejor camino posible hacia el interior de su presa. Esas fueron las últimas palabras que el interpelado escuchó de labios de su benefactor. sólo veía un acto posible: asirse a un tronco para no sucumbir. Y no conseguía dormir. Todos sus nervios ardían en una mezcla de sensaciones nuevas para él. rindiéndose ante el influjo de aquella sinfonía en la cual era. habilísimos en la ubre. Su mano izquierda alcanzó el vientre del otro. progresivos y calculados. haciendo girar su virginal cuerpo hasta dejarlo boca abajo. Tras varios intentos. El anfitrión tomó al muchacho entre sus brazos. Evaristo notaba que le placía el dolor. Un soplo completó el reinado de la tiniebla. Así se estuvieron un rato. Estaba ciego de goce y gritaba cual cerdo apuñalado.las mejillas los habitantes de tierra fría. liberado de golpe cual bestia del Apocalipsis. Tras algunos ires y venires. Comenzó frotando aquello tímidamente pero. Con esta idea. inundó su espíritu en segundos. mareado. le rozaba con su enorme dote. ahora. Aguardó un instante. que descubría nuevas profundidades en su cuerpo. Su instinto. Ahí. a un tiempo. Evaristo. otra mano. a manera de bienvenida. el deseo. notando en su propio cuerpo la transmutación de la serpiente en cayado. naufragando en aquel vórtice. Luego se le acostó encima mientras. —¡Ay. Un calor de fogata naciente que buscaba fuego para alimentarse. y hasta él llegó con su arma. le hizo sonreír. Con el corazón acelerado y la mente en brasas. con una especie de calambre. Sintió. la guió hacia el sur.

Sus ojos se hacían agua. Temeroso. ¿Habría soñado todo aquello? Buscó. pero con eje burro te podés meter p’un desechito qui hay más a’elanti a manu izquierda. cómo no. la vianda. por ná. muchacho. me llamu Evaristo. ¿Pa onde quién vas? —Voy p’onde mi tío Graciano.. Evaristo sintió en su espalda una cálida lluvia. mientras sus movimientos se hacían pertinaces. De pronto. se había dirigido a buscarle. detuvo su marcha. Estaba tan embriagado con todo aquello que. —Oiga ’eñor. Luego el rubio. a su lado. Mientras se deshacía del sueño como quien se libera de una nube de mosquitos — manoteando—. si es mi compadre. Extrañado. cobrando algo de la valentía arriera. y una gota furtiva llovió desde su vista. ¿Pero cómo habían llegado allí? Comenzó a reconstruir en su memoria lo ocurrido la noche anterior. fría. Tan solo el verde infinito y plegado de las montañas. Me lo saludás de mi parte. con raudos ojos. faltaban piezas. intrusa. En un volión llegás al pueblo. vengo di H. no me suena. Est’es mi machito. Te dejo 9 . hasta dejarlo profundamente dormido. el gladiador retiró su lanza. Una gota de agua. En aquel momento un campesino pasó cerca suyo montando una hermosa yegua colorada. tras este maremoto de sensaciones.? —Vengo di allá. se percató de que no sabía en dónde estaba. sorprendido. —Sí ’eñor. ¿Esa bestiecita es tuya? —preguntó. y quíhacés acá? —Ay señor. se dio cuenta de que su cuerpo reposaba sobre la hierba al aire libre. —Ah. pistas para resolver el misterio. Al ver al solitario viandante con el rostro compungido. y tras un alarido. desesperado. Todo en vano: no había casas por allí ni rastros de fogata alguna.El rubio bramaba con fuerza. Y cuando llegués descansá un poquito. Allí. Comenzaba a llover con fuerza. se estrelló contra su frente y le hizo despertar. —¿Quién sos. Había visto fuego y. aterrorizado. ya casisito llegás. No obstante. señalando al pollino del color de la luna llena. bueno. y voy pa M. ¿Y pa ónde queda M. miró en derredor. ¿Toy muy lejos? —No mijo. En estas soledades a la mente le da pu hacer bromas pesadas.. cual toro enfurecido. se atrevió a preguntar. ¿usté conoci a un tipo mono y ojiverde que vive solu en una casit’e tapia? —Mmm… no mijo. ¿Lo conoce? —Pero claro. polilla cabalgante. ¿Por? —No. Poneme cuidao. su fiel cabalgadura pastaba con tranquilidad.. ¿Y por qué’stáj ‘ai tirau en la manga? Evaristo bajó la mirada en silencio.. Luego. su recuerdo se hizo brumoso y su conciencia se fue diluyendo. El rompecabezas se armaba en segundos. el catre. Este camino que yo traigo te lleva’sta M.

sin embargo. Decili a don Graciano que saludes di Orestes. Así. hallábase la cabecera resguardada por varios cerros. el montón rojizo de los tejados lejanos. mientras su jumento hacía del camino por caminar uno caminado. el suelo que sus pies no han de hollar. transitaba el río. Desde la altura podía verse el conjunto como una mancha redondeada en un fondo del más puro y variopinto verdor. le sería dado ver. Se dijo que se estaba volviendo loco o que el diablo se le había manifestado. de lo muy turbado que le traía su tormenta interior. El miedo no se hizo esperar. rezando y atribulado. su objetivo era llegar a M. envuelta en la misma hoja y despidiendo el mismo aroma. no existió para los ojos de nuestro jinete. Así. Todo iba bien. una duda picó a Evaristo. La entrada al pueblo recordaba la historia de Moisés. —Sí ’eñor. el joven descubrió con alegría que aún conservaba algo de la comida preparada por su madre. Mi Dios se lo pague. tras persignarse con rápida. Mientras lo veía empequeñecerse en la distancia. la piel sentía calor. Devoró los alimentos en menos tiempo del que toma rezar el padrenuestro. De repente. se le presentó el recuerdo del hombre con ojos de hierba y gran entrepierna. hacia el sur y el norte. No sólo eso: aquel sitio parecía una cumbre. agitó los céfiros que llevaba por cascos y emprendió la marcha a velocidad de crucero. don Orestes se fue alejando. El calor de las tierras bajas. Evaristo intentó conjurarlo entonando la oración en voz alta. La duda es como el alacrán: su picadura inocula un tósigo que invade la sangre y se apodera de la conciencia. Antes de montar. surgía de su gaznate como un soplo en la brisa. a cuyo margen. trémula mano. y cuándo.porque voy di afán. Por otra parte. lo más pronto posible. Por esto no avizoró su puerto hasta hallarse bien entrado en aguas superficiales. ¿Cómo. ayó le digo. Empero. —Amén mijo. Animado con la idea de que llegaría pronto a su destino. Poco faltó para que el viajerito cayera de su asiento. Todo ello. llegó al punto desde el cual podía avistar las primeras casas de M. El miedo se transformó en hambre y el muchacho en boca. Le habían acabado de informar sobre la cercanía de M. Ya tendría tiempo para pensar. el joven recordó el consejo de su madre y. y al través de la espesura de los mismos se abrían los caminos que conectaban al mundo con el poblado. Comenzó en silencio. tras cada curva y contracurva. relámpago en la marejada. Evaristo se armó de valor. como si esperase tal momento con impaciencia. recordaba que vio el nacimiento de la noche anterior en un lugar muy frío. Y movete que vas a llegar hecho una sopa. entonó un padrenuestro. por así decir. y extendiéndose. Con un gesto de despedida en la mano. Evaristo descendía por uno de ellos. la voz. Éste. por ahora. 10 . En efecto. El clima parecía confirmarlo: aunque todavía manaba agua del firmamento. había cubierto semejante distancia? Espantado. cual boa reptando. Su alma repasaba los vocablos sagrados. quien pisa con su vista. aunque esta. el pequeño colonizador izó las velas de su navío.

Ese algo le era a la vez extraño y 11 . que nunca estuvo entre las posibilidades que consideraba esperables. El muchacho se despidió y siguió su andar. —Bendito siá mi Dios —dijo la señora—.Lo primero que vio de esta tierra firme fue una casa a cuya puerta una anciana despellejaba una gallina. esa es la de su tío. —Alabado siá’l Señor. —De nada mijito. el interrogado contestó: —Él es mi tío. esa antigua realidad de recuerdos ordinarios? ¿Podría. Mi doña. Vengu a traeli una noticia. y además no se sentía cansado. Evaristo supo que aún no era mediodía. incluso se sentía descansadísimo. ¿Pa qué lo busca? Evocando un dolor que había ignorado. Ya no pensaba en su tío. de ansias por volver a un refugio. muchas gracias. —Ya me desayuné. Una casa grandota y bonita. como recién salido de un sueño plácido. Incluso con él había hecho algo que no imaginó. —Nu es por dispreciala. y recobrando un poco de sus cabales. como líquido de una vasija recién rota. Tá recién hechecita. cuando menos. ni siquiera aún en que se encontraba en tierras desconocidas. Cruzaron el parque. ¿sabi ónde queda la cas’e don Graciano? —Pero claro mijo. usando esta palabra campesina que resume la frase acostumbrada para desearle buena ventura a quien viaja: «que la Virgen lo acompañe». Mirando al cielo. aparecer un envase nuevo? Tenía evidencia suficiente como para aterrarse. cómo no. —Alabado. ¡Aguadulce! La sola mención de esta bebida le trajo al proscenio lo recién y misteriosamente vivido. Aquel rompecabezas mental carente de unas cuantas piezas se había astillado. ¿Podría recomponerse esa vasija. Sígase pu el camino derechu hasta’l parque y coja como quien va pa’l río. Pero usté tiene car’e jorastero. Evaristo. ¿y viene de muy lejos? ¿Ya se desayunó? Déntrese pa’entro y tómesi un aguadulce. Pero no tenía energía: toda estaba invertida en la preguntadera. No encontraba explicación alguna para un desplazamiento tan rápido. aunque no faltaba mucho. mi Dios se lo pague. Mas a él no lo veía con temor sino con una especie de nostalgia. en donde fuerzas incomprensibles jugaban con mancebos y asnos a voluntad. El mundo se le presentaba como un escenario misterioso. ¿comu amaneció? —Muy bien madrecita. Necesito llegar ligero. Evaristo no reparó en ellos. —Ay mijo. tuitica encalada. qui usté vea a su derecha. —Ueno mijo. —Uenos días joven. que la cosa es triste. se regaba en un suelo de temor. —Muchas gracias. —Uenos días mi ’eñora —saludó. —No me la disprecie —dijo la vieja—. o ayó no lo distingo. Hasta lo veo cariacontecido. Evaristo bajó la mirada y no contestó. Es que traigu afán. Para decirlo mejor: no pensaba. y por ello había algunos niños en la plaza jugando en los charcos. El macho le llevó por el camino indicado. Y estaba el rubio: el anfitrión indescifrable. Compañe —se despidió la señora. Había escampado. debe de ser muy urgente lo que tiene pa dicir. ni siquiera en su padre.

clavaban en él sus sorprendidas vistas. No dijo palabra alguna. el silencio. le vio y. Abrazó a don Graciano. Amanició muerto. que aún en el 12 . que ya había producido una lagrimita. quien no brillaba por astuto. y lo dijo como si se tratara de algo ocurrido hace mucho tiempo y no tres días antes—. Lloró hasta conseguir un poco de sosiego. Así que la noticia le dolía más por la tristeza de su primo y de su padre que por el difunto. querido. conociéndole. —¡Ay dolor de las almas tristes! Y rompió en llanto. con la mirada y el alma perdidas. —¿Quí hacés pu acá mijo? —repitió don Graciano mientras le escoltaba casa adentro. Éste. antes bien. Cada segundo era. Pedro María. Al través de las lágrimas vio a su tío y a su primo. gritó. Hasta los líquidos responden si se les nombra como debe ser. quien. como quien recién despierta. Ante la falta de respuesta. don Graciano y su hijo gritaron en coro. Le ganó el miedo. al piso. a quien todos llamaban siempre con su nombre completo. disponíase a bajar de su cabalgadura. pero su primo le aplazó el momento. Una vez más. no había conocido mucho a su tío recién fallecido: acaso le habría visto un par de veces. Ni siquiera miraba a sus parientes. Mi hermano… Pedro María. mentiríamos. en un violento acceso. a la mirada también desconcertada del otro. ’Ai los vecinos ayudaron y lu enterramos el miércoles. Entre sollozo y sollozo. fue recordando dónde estaba y para qué estaba allí. quienes. Para Evaristo parecía no haber mundo. pues deseaba hacerlo de nuevo. Mi amá me mandu’á contales. acompañado por Pedro María. Don Graciano. por el contrario. el año anterior. Evaristo descargaba su alma. se atrevió a preguntar. dilataba los segundos. El mensaje como tal no le afectaba tanto ahora. cuando su tío. un eón en miniatura. la casa le encontró. los minutos. —Bendito siá mi Dios —dijo don Graciano tras un carraspeo—. Se te ve’n la cara que venís cansao. a un par de horas de H. Evaristo no sabía qué ni cómo contestar. Llegó al fin a la casa. el recién llegado se apeó. comenzó a llorar. don Graciano y Pedro María callaban. lo que fuera. mirando al suelo. —¿Qué le pasó? —Je muriú el martes —contestó Evaristo. Si dijéramos que la había encontrado. Pero conocía muy bien a Evaristo: ambos habían pasado unos meses juntos.. tío ni llamado. Una vez abierta la canilla. arando una gigantesca hacienda en J. su primogénito. Pasaba frente a ella. pronunció su nombre. Entre sollozo y sollozo miraban a Evaristo. Tomó aire y les dijo: —Mi taita… Después el silencio. Mientras Pedro María y don Graciano atravesaban esta espesura. Iba a responder algo. ¿qué te pasa? ¿Quí hacés pu acá? Evaristo. —Dentrati ole primo. y viendo que seguía de largo. —Quí hubo Evaristo. si la ocasión lo permite. Perplejos. volcán debutando en la llanura. Esta vez la física hizo más. El recado le llenó la boca y. y no se dio por aludido. Obediente. el miedo se le regaba por los ojos. intermitente. inundado por el silencio de la eternidad. y menos aún por prudente.querido: extraño al punto de no atreverse a mencionarlo. y el sonido fuerte atrajo al mancebo de vuelta a la tierra. a caballo.

la sorprendida y el joven temeroso coligaron sus miserias. a solas con su tío. que había meditado mientras comía. Hablaron poco mientras comían. el frío. Poco faltó para que brincara cuando escuchó desde atrás. el burro blanco se comía unos geranios. don Graciano.sufrimiento era siempre un hombre práctico. que entró a la casa limpiándose las manos en la ropa. organizá tu pieza pa que tu primo duerma’i. Este muchacho debe traer un hambre como pa zampasi’ un marrano entero. Mañana tempranu arrancamos pa H. —¡Ay mijo! —le gritó a su hijo—. alargando la primera «o» mientras su boca se abría lentamente. 13 . la luz. ¡Ay! ‘Hora qui hablu’e comida. Y vos. Doña Segismunda fue la primera en hablar. no pudo contener una lágrima al ver semejante nudo de brazos y suspiros. Así que el llamado fue atendido casi de inmediato. autómata. sin embargo. —Cómo no. desde la cocina. y gracias a ello se sintieron mejor. Vio a su marido y a su sobrino abrazados llorando. Mágicos poderes tiene el abrazo: el triste. —Vos dormís aquí esta noche. Evaristo. más allá de la puerta abierta. el rubio… ¡El rubio! Ya don Orestes se había sorprendido cuando el joven describió las señas de aquel noctámbulo que le arrebató el candor. En el campo la comida es sagrada. Vio cómo sus tíos se abrazaban. Evaristo veía la escena como quien mira peces en el agua: desde afuera. salió sin responder. aunque tenía fama de hablar más que un perdido cuando lo encuentran. madrecita —fue la respuesta del aludido. la desarmó. —Buena idea mijo —repuso doña Segismunda—. callaba. advirtió que. al verla. gracias —contestó el ahora huésped—. y no faltó la comidita en la casa. —Que mi Dios lo tenga en su Santa Gloria —dijo con entonación de homilía—. El panorama que la recibió. asustado por el grito. asumió su tarea de jefe. Don Graciano. muestra la generosidad y refleja a las tierras en vastedad y diferencia. Había salido rápida y furiosa. Déntreme’se macho pa’entro pal establo. pues la anfitriona se indignaba hasta la cólera si alguien dejaba la mínima traza de alimento. —Cómo… —suspiró ella. Ni siquiera doña Segismunda se atrevía a proponer tema. siguió a sus parientes hacia la mesa. Pedro María. Cura las penas. según suelen decir los habitantes de M. El llanto había lavado su dolor. Su mamá me va’ matar. Era un buen hombre. siéntensen en la mesa y les sirvo el preparito. la mujer de don Graciano. Evaristico —pronunció con calma—. —Sí ’eñor. Una vez terminaron sus raciones. la puso al corriente con dos palabras: —Muriú Aristides. y no tardó en notar que era extraño ver allí al adolescente. Siempre vio por su familia. El joven. su pequeñez ante el mundo y sus designios. Los gritos y el llanto habían llegado hasta el fogón y se hacían oír en los intervalos que dejaban el crepitar de los leños y el sonido de las tajadas friéndose en aceite caliente. acechante. Pedro María. ¿Cómo decirle aquello a sus tíos? ¿Cómo hacerlo en semejante momento? Resolvió avanzar hacia ellos y se entregó a su abrazo. Incluso Evaristo. Quiso contarles todo: la niebla. una voz que preguntó: —¿Qué’stu’este alboroto? Era su tía Segismunda. pero el miedo seguía ahí. y cuando ya no se veía ni un grano de arroz en los platos.

no tanto por lo que había sucedido con su tío. Ni siquiera las gallinas interrumpían ese estado. —Oiga mijo. resinada. Evaristo no era ahora. en sus platos. Don Graciano. Bien pueda acomode sus güesitos en la cama. Pero ahurita mesmo no lo veo triste. sino el hombre de la casa. asumiría valeroso la tarea. parado frente a la cama. Por eso mismo. se encontraba tan silenciosa como un cementerio. y los comensales parecían llorando a la gallina que ahora se distribuía. Doña Segismunda recogió los platos y salió a su vez. venga'ver que ayó duermo en eja estera. contestó el hombre. —Bendito siá Dios—. Ni siquiera se había desvestido para dormir. y definitivamente era mejor callar ese asunto. Usté viene muy cansao y mañana hay que viajar otra vez. Bajó la mirada. le miraba con firmeza mientras apoyaba los codos y entrelazaba los dedos a la altura de la boca. carraspeó y. Para ello le favorecía que nadie en la casa le preguntara nada ni le incomodara con comentarios. Evaristo. seguía como ausente. pero hacia la cocina. sino más bien como asustao. 14 . Pensó en que ahora él y su madre quedaban solos. a su vez. sino porque no sabía de qué hablarle a su primo. y los demás le siguieron con ese tono de voz que recuerda las procesiones: lento. todo era cuestión de tiempo. ya lo verían. Pedro María se sentía muy incómodo. perdido en quién sabe qué consideraciones. Como el silencio empezaba a hacerse insoportable. ni siquiera su tía Segismunda. y seguía ahí. le preguntó: —¿Y cómo está tu mamá? —Pos ‘ai bien. Diríase que esta cena tenía el sabor de un funeral. a quien veía sollozar a cada tanto. por supuesto: hay mandatos tácitos que no se pueden romper.Y dicho esto salió a cumplir su misión. yo a usté lo conozco. —Pedro María. Pedro María lo notó cabizbajo cuando iba a apagar la vela. y sé qu'es un hombre valiente. En algo esta escena le recordó a Evaristo el acontecimiento con el hombre misterioso. Llegada la hora de dormir. Imaginaba cuánto sufrimiento habría en aquella joven alma. en el cual ya estaba su ropa algo desordenada. Don Graciano entonó un padrenuestro por el descanso de su hermano. humeante. sentado frente a Evaristo. y de seguro se repondría de su dolor. grave y carente de volumen. ya que no daba muestras de querer hablar. Prefirió levantarse y dejarlo solo. y la responsabilidad de la hombría era uno de ellos para el curtido campesino. y no pudo evitar un sentimiento de conmiseración. Sabía que lo de su padre había causado honda impresión en sus parientes. A la hora de la comida se reunieron de nuevo a la mesa. La casa de don Graciano. —Ni pu'el chucho. No lo expresó. Así pasaron algunos minutos. pero ese conocimiento no era suficiente para apartar de su mente lo que en verdad la ocupaba. mijo. en los cuales don Graciano miraba a su sobrino en silencio. que parecía destinar todo su tiempo a las labores domésticas. abrazó a su tío y se encerró con su primo. Las horas de la tarde transcurrieron lentas y espesas. al ver que su sobrino daba señales de vida a pesar de que la muerte parecía reinar en su mirada. Evaristo dio el beso de las buenas noches a doña Segismunda. Éste había dispuesto una estera al lado de la cama. habitualmente llena de ruidos y algarabía. así de simple. un joven huérfano.

a su vez. «a lo mejor me diría que jue lo que pasó en el camino. mientras un hondo ronquido de su primo indicaba que todavía no lograba deshacerse del sueño. pues la casa tenía solamente un baño. soñó con un cuerpo de hombre inmenso y hecho de luz. y la sensación fue tan fuerte que le obligó a despertar al instante. no obstante. Por un momento pensó en relatar la extraña noche anterior. pero ¿qué podría pensar su primo? ¿Y qué tal que lo tomara por loco? Sabido es que algunas personas pierden el juicio ante duelos como el que le embargaba. —Bueno— dijo Pedro María. que se había quedado profundo tan pronto como puso la cabeza en una improvisada almohada. un haz de luz blanca elevándose hacia el infinito. pensando en el largo camino que habían recorrido. y más bien mañana conversamos. que le rodeaba por todas partes y le seducía. que los coge la'urora! —Sí ’eñora. tenía ciertos rezagos de un sensación a cuyo debut había asistido la noche anterior. antes bien. sorprendido por esta aguda e inesperada observación. Evaristo hizo simulacro de desperezarse. 15 . La cama extraña. El aludido hizo lo que le sugerían y. quien no se bañó hasta que no estuvo limpio el último de los platos del desayuno. estiraba su mano para tocar aquella especie de vara luminosa. turgente y orgulloso. Cuando el gallo cantó por segunda vez. «Si este animalito pudiera hablar». y simuló que seguía durmiendo. como las mariposas. En ese momento sintió una arremetida violenta entre sus nalgas. al viento. los hombres se encargaban de la logística del viaje. no era miedo lo que le invadía. Éste. reptando. con la frente bañada en sudor. No consiguió volver a dormir esa noche. se le acercaba cuando no le mostrase su deseo de agarrarla. Decidió darle la espalda. quitándose algunas de las prendas que llevaba. Pedro María apagó la vela. En el sueño era tanto el placer que sentía ante esta presencia que se dejaba mecer. Esta vez. por ver si. la oscuridad y la respiración acompasada de su primo. Evaristo notó que alguien abría la puerta de la habitación. ante la falta de espacio que implicaba la estera puesta en el suelo. pensaba. ’ai voy —dijo el muchacho con la voz ronca de quien acaba de regresar a la vida. De ese cuerpo brotaba.Evaristo. se internó en ese espacio virtual que deja la cobija sobre el colchón. que de repente comenzaba a moverse de un lado a otro. Todavía estaba oscuro. hágale pues pa la cama. La última fue doña Segismunda. pero siempre se le escurría. como haciéndole guiños al soñante. Evaristo acariciaba a su macho —ahora era suyo— mientras éste se alimentaba. sin embargo. el solo hecho de hacerse estas consideraciones le daban la seña al joven de que no había perdido su lucidez. como respondiéndose a sí mismo ante el silencio de su primo —. Doña Segismunda entró con cierta dificultad. —Pedro María y Evaristo— dijo—. libres. váyansen dispertando pa que se desayunen. Mientras ella dejaba que el agua lavara su cuerpo. aunque ganas no le faltaron. Huelga decir que Evaristo no consiguió conciliar el sueño con facilidad. no dijo nada. y la oscuridad fue la nueva invitada al aposento. como lo hacen las hojas de los árboles cuando caen. ¿Será qu’él siguió pu’ai mientras yo m’inventaba lo de’se ’eñor tan raro? ¿Me estoy enloqueciendo? ¿O será qu’el Putas me la está jugando?». le traían al recuerdo los sucesos de la noche anterior. —¡Pedro María! ¡Upa pues. Se organizaron por turnos. En el breve lapso de sueño que tuvo.

Doña Virgelina corrió a abrazar a don Graciano tan pronto como le vio bajar de su cabalgadura. Iniciaron el viaje muy temprano.Doña Segismunda estuvo lista a tiempo. —Ay mijo. pero en todo caso no vuelva a hacer eso— dijo don Graciano. quien seguía buscando con la mirada algún indicio de la casa en la que había estado. a eso de las cinco de la tarde. Antes de dormir le recé a mi taita pa que me cuidara. con el machito amarrau a un árbol. Había tantas historias al respecto que a Evaristo le sorprendió no haberlo pensado antes. —Es el árbol del Señor Caído— le dijo. La idea era estar en H. Prefirió mentir. —Lo llaman así porqu’en Semana Santa. de mirar hacia todos lados. pues. porque los caminos revelan en el día cosas que se guardan por las noches. —Muy peligroso mijo— terció doña Segismunda. Llegaron a H. esta vez acariciando a un gato marrón. especialmente hacia las cimas. había alcanzado esas alturas. Desde que dejaron el árbol atrás. Saliendo del pueblo. Al rato del ascenso llegaron al árbol en el que Evaristo se había despertado. —¿Usté subió hasta pu allá? —Sí jeñor. equina o pollina. Las cimas parecían desiertas y. Le sorprendió que el camino lo hicieran sin llegar a ninguna cumbre. Evaristo no dijo nada. ¿No li han dicho que’n la montaña hay brujas que gustan di hacer maldades? Claro que se lo habían dicho: la existencia de brujas. humana. La partida era. No sabía qué decir. tía. si bien no había pruebas fehacientes. ¿Y aónde durmió? Evaristo calló. se diría que ninguna pata. guardarse su sorpresa y parecer tranquilo. El viaje transcurrió sin mayores novedades. pa la procesión del Viacrucis. era de público conocimiento. Es que había mucha nieblina. antes de que cayera la noche. La gente dice que’ste arbolito le da juerzas a las personas pa levantarse y enfrentar los problemas de la vida. cuyo inmenso cuerpo traía de la lengua a la hembra que montaba—. —Bien hecho mijo. Evaristo tomó las bestias y las llevó al establo. dando tiempo a que la familia se saludara y se diera el pésame. — No mijo. Le parecía una inmensa coincidencia. inminente. —Dormí pu'ay en la manguita. no obstante. Aunque hubiera hecho el recorrido en pleno uso de su conciencia no lo reconocería. —¿No tenemos que subir hasta la punta del filo?— preguntó. así no llegamos nunca— contestó don Graciano. —No me dio miedo. Evaristo le hizo un gesto silencioso de despedida. Cuando volvió los 16 . de nuevo. o más bien un signo de que lo sucedido era sobrenatural. estaba a la puerta de la casa. pero una vez más temió que lo considerasen un loco. el paisaje era completamente nuevo para Evaristo. No lo encontró. ¿Y si acaso una bruja estaba jugando con él? Prefirió. sin embargo. cuando las bestias contaban ya con las sillas y el cabestro. don Graciano se despidió de la anciana que. y ayó no conozco el camino. Bien hubiera podido soltar toda la historia. salvo por algunos cultivos regados por la montaña. a eso de las ocho. Ni qué decir tiene que esto le causó curiosidad. siempre se hace una estación acá. No dejaba. Esto desconcertó un poco a nuestro protagonista. Pedro María le vio contemplar la planta.

ni su respiración se aceleró. durmiendo en un camino que no conoce. Todos en la casa parecían más tranquilos. De haberlo hecho.encontró a todos en el zaguán. vamos a visitar a mi hermano. más bien. En efecto. Pero la verdá. Todo el día se quedó Evaristo en su alcoba. pues bien podría hacerlo. —Pos parece que se perdió y no dio ni con el filo ni con la casa. Doña Virgelina hablaba de eso con su cuñado. pa ver si mañana cogemos camino otra vez. Dijimos «durmió». Todos menos Evaristo. para mejor decir. no me lu imagino pu’ai solo. Si él quería elaborar su duelo a su manera. como a una especie de novedad. suspirando. Saludó a su mamá con cierta frialdad. De vez en cuando dormitaba. Evaristo estaba ausente o. las flores estallaban en colores. —Sí. no estaba allí. Y hablando de llegar. pero no del cuerpo de Conchita. Aunque también es como terquito: ayó le dije que se juera pa’onde Ernestina en el filo. Acaso a ella también empezaba a gustarle su vecinito. pero tengo como un pálpito. y ahora Evaristo fue quien durmió en estera. La miraba. —Bendito siá Dios. Graciano. Era hambre de otro cuerpo. diferente a todo lo que había sentido antes. Algo había pasado: el brillo que antes emanaba de ese cuerpecillo femenino no estaba. Ella. quien ahora estaba silencioso. Hizo esfuerzos enormes para no gritar. cansada de interrogantes. —Me priocupa este muchacho. ni su corazón dio un vuelco. La mañana siguiente estaba maravillosa: brillaba el sol con mucha fuerza. —¿Cómu así? —Pos eso nos dijo. Considerá que se li acaba de morir el taita. yo creo que no hubiera ni llegado a M. A nosotros nos contó qui había dormido en la manga cuandu iba pa M.. —Peru eso es normal. —Puede ser. Si nu es por la bestia. tal vez no habría notado que ella tenía expresión de desaire. Al menos llegó y ya está otra vez pu acá. el joven salió a mirar el jardín. y entró en la casa sin volverla a mirar. y en esos momentos venían a su mente imágenes de falos que le perseguían y se desvanecían. pensando. le hizo una sonrisa amable y acarició a la cabra. al sentirse vista. no había nubes en el cielo. Al lado del alambrado vio a Conchita jugando con una cabra. pero por una noche más el joven no consiguió el sueño profundo. acompañado de una turgencia un poco más abajo. De vez en cuando le asaltaba el miedo. sentado en un rincón. pero más le invadía una sensación nueva. Evaristo no quiso ir con ellos y nadie lo obligó. eran los síntomas de una nueva forma de hambre que no se calmaba con cuchara. Mientras los parientes buscaban acomodarse en la casa. Una especie de vacío en el vientre.. Virgelinita. sabiendo qu’es tan enérgico y llenu ’e vida. yo entiendu eso. pero sus mejillas no se sonrojaron. Su mente. flotaba en una masa de incertidumbre. sí. y los animales parecían invitarse al amor. que me dice que me le pasó algo raro. sin hacer nada. —Peru es que mi muchacho es valiente. como podría haberle pasado hacía 17 . —Bendito siá. Evaristo no contestó al gesto. Evaristo la veía. Pero no era ni lo uno ni lo otro. La visita de don Graciano y familia cambió las costumbres de la casa. al lado de la cama de su madre. la familia fue al cementerio a buscar la nueva vivienda de Aristides. cosa que doña Virgelina justificó por el doble viaje y por el impacto emocional recién recibido. Lu estoy viendo todo achicopalao. tan jovencitico.

Además. y sabido era que su sueño era muy profundo. mientras llevaba el reverso de su mano hacia la frente de su hijo—. el cura-médico evaluaba la naturaleza de su intervención para recetar. Quería. sudoroso. pues empezaba a ver una forma en su interior. En duermevela se perdía su mirada en el techo. Hay que decir que en H. Trataba de mirar bien para distinguirlo. arropado con la cobija. o incluso ya lo habría practicado con alguno de sus amigos. Sin prisa. la primera consulta se hacía en el confesionario. se despertó de un salto. Madrugamos pa’onde el cura. asustada—. refunfuñando. giraban y danzaban entre sí. o tal vez con su primo Pedro María. aplicados según la ocasión. Era el rubio. es tradición acudir al sacerdote para las enfermedades del cuerpo así como para las del alma puesto que. lentamente al principio pero ganando velocidad. ocupó la estera. como un poco de vello en el abdomen. De esta suerte. si eso era un juego. Evaristo gritó. Así lo sorprendió su madre cuando regresaron del cementerio. que se integraban en el centro formando un círculo. se podía sentir a la vez un dolor tan placentero y un placer tan adictivo? ¿Quién podría darle una explicación para eso? Doña Virgelina dispuso todo para que la familia pudiera pernoctar una vez más sin que tuvieran que desacomodar a Evaristo. ¿Y si le contaba a su mamá la verdad? Pero había una dificultad: ¿cómo explicarle lo que había pasado. aunque no podía verlo con claridad. ¿por qué las sensaciones eran tan intensas y extrañas? ¿Cómo. —Usté está muy mal mijo— dijo doña Virgelina. Creyó que su padre se le aparecía. ansiaba. la figura comenzó a salir de la luz e iba ganando cuerpo. el clérigo decidió aprender algunas prácticas de curación basadas en plantas y masajes. lo que había hecho con ese hombre? ¿Cómo decirle que ahora quería repetirlo? Estaba seguro de que no era normal que a un hombre le gustara jugar así con otro hombre. Comenzó a sudar un sudor frío. la profundidad verdeazul de los ojos. porque si lo fuera alguien se lo habría dicho. Evaristo miraba ese círculo con atención. Me voy a recostar un rato a ver si se me calma. ¿Si ve? ¿Quién lo manda a dormir pu’ai tirao? Evaristo no dijo nada. la sombra bajo las tetillas. —¿Qué le pasa mijo? —Me sientu enfermo. Escuchaba la respiración de su madre adquiriendo fuerza. arrodillado. dependiendo del caso.una semana. donde comenzaron a aparecer algunas manchas oscuras que. describía sus síntomas. sietecueros o manzanilla tanto como tres rosarios completos. Parece que tieni un poquitu’e fiebre. El ritmo le hipnotizaba y hacía que sus pensamientos se tornaran difusos. en un juego. El recuerdo fue asombrosamente vívido: casi podría decirse que la imagen incluía detalles imperceptibles. Hasta Pedro María se levantó. Cuando ganaron cierta velocidad aparecieron algunas manchas luminosas. 18 . Se quedó en silencio esperando a que el sueño le llegara. Al encender la vela vieron a un Evaristo pálido. espantada. con los ojos desorbitados. acostado en el lado de la cama que alojó la muerte de su padre. Ahora Evaristo pasaría la noche al lado de su madre. Decidió acostarse. —A ver yo veo —dijo doña Virgelina. al no haber médico. sentado en la cama y. Doña Virgelina. Trató de recordarlo cerrando los ojos. con las piernas recogidas. y mientras el paciente. haciéndose ronquido trepidante. necesitaba otra vez a aquel hombre de la montaña. Esta vez fue Pedro María quien. a quien creía presa de la fiebre. de un amarillo verdoso. Al hombre y su enormidad.

tú y yo. con la secreta esperanza de escuchar algo. siempre es Nuestro Padre Celestial quien habrá de juzgarte. No obstante. era la palabra de un cura. Siéntese en la banquita y nos espera. consiguen sosegar a la más atormentada de las almas. así me confieses el peor crimen que haya sucedido. Evaristo ganó confianza con las palabras que recibió y decidió romper su silencio. doña Virgelina. Don Graciano se ofreció para acompañarlos a la misa y a la confesión-consulta. Esta vez ni siquiera el abrazo podía traerlo de vuelta. de la fogata lejana y de quien allí se encontraba. sublimes ocasiones. alto y acuerpao. No se lo contaré a nadie. Imagínese que anoche cuando estábamos dormidos este patirrajao se levantó como un rayo gritandu así como gritan los locos cuando están enloquecidos. Vayan mejor a trabajar que deben tener mucho pa’cer acumulao. padre. —¿Te invitó a entrar? —Sí ’eñor. En este punto el sacerdote preguntó: —¿Y cómo era él? —Pues padrecito. Pero quien trabaja con secretos sabe cómo estimular a quien se los brinda. —Vustedes ya perdieron dos nochecitas pu acá. no yo. Creo que lo mejor es escuchar a Evaristo. que por grave que sea lo que tengas para contarme. la cara del penitente-paciente. se despidió de ella y dispuso todo para la partida. con un velo en medio. En algunas ocasiones nos insultan y ofenden. pero imaginaba que el cura le reprocharía. con evidentes ganas de seguir hablando. haciéndole señas al cura. Cuando terminó. y sabía hasta qué volumen podía llevar su voz. el camino ascendente y la niebla. Evaristo tomó aire pero no dijo nada. —¿Y te ofreció algo? 19 . ante las repetidas negativas de su cuñada. pero doña Virgelina se opuso tajante. Evaristo. Pero en otras. susurró: —Cuéntame qué te pasa. hijo mío. Doña Virgelina. ¿no? Comenzó a contar la historia desde el inicio del día. mi querido Evaristo. —Mi muchacho está mal— le dijo tan pronto como se acercó—. le contaría a su madre. ¿qué le digo ayó? Era así blanco blanco. Don Graciano insistió pero. Cálmese. de vistas verdes y con un cantaíto pa hablar todo raro. Madre e hijo fueron a la misa de gallo. apenas abrió la puertecilla que descubría. Y tranquilo. vení conmigo al confesionario. Y es palabra de sacerdote. Evaristo no reaccionó. Pedro María no se contuvo y le dio un abrazo. Evaristo se despidió de sus parientes con cierta frialdad. Eso te lo garantizo. porque de seguro tienes algo para contarme. Lo que me cuentes acá se queda entre Dios. Evaristo no contestó pero lo siguió obediente. como pelimono. Algo en él quería hablar. doña Virgelina arrastró a su hijo hacia el altar. Y vos. tu mamá no se va a enterar. nos llevan al borde de la cólera o de la tristeza. Curiosos efectos tienen las palabras. ¿sí me intiende?. y entonces… —Un momento.Antes de que saliera el sol ya estaban todos dispuestos. —No te preocupes. el sacerdote sabía mucho de su oficio. Por mucho que me espante o me encolerice. Le habló de su pánico. Después de todo. tuvo que contentarse con acomodar su cuerpo en una banca cercana al confesionario. Le narró al cura la salida de casa. y hasta ahí llegó la vida. si usté viera. Así.

—¿De comer o de beber? —¿Cómu así? Me dio una sopa toda rica… pero no sé si una sopa es de comer o de beber. Por ahora creo que tendremos la necesidad de encontrarnos todos los días. El muchacho se sentó. le mostraba con la mano el camino al despacho. ’eñor cura. —Y me dices también que te dio una sopa. que luego le cuento bien. Doña Virgelina. pero esta vez le voy a decir mentiras a tu mamá por hacerle un bien. así jue. —Bueno. —Me refiero a que si te dio algo más que la sopa. —¿Aguadulce con yerbabuena? Evaristo quedó mudo. ¿no cierto? ¿No cierto?— repitió. Terminó asintiendo y marchándose con la cabeza baja. Usted váyase para la casa y lo espera allá. Necesitamos conversar.—Sí ’eñor. Evaristo siguió al cura. En mi despacho encontrarás todas las respuestas. Yo sé exactamente lo que necesita. Lo que tiene es normal por la muerte de su padre. mucha niebla. angustiada por no haber captado palabra alguna. y usted verá cómo. El sacerdote. ¿Cuál es el problema con eso? —Dime antes una cosa. indicando a Evaristo una de las dos sillas que tenía disponibles. y le aseguro que después de eso su hijo estará más tranquilo. El cura la interrumpió de tajo diciendo: —Evaristo va a estar bien. unas hierbas. sopesando el silencio. ¿no es eso lo que quiere? —Sí ’eñor. —Ah. —Sí ’eñor. así que mañana vendrá el muchacho otra vez. —Y bien. pero intienda que una madre quiere saber lo que le pasa al hijo. Y sobre todo. Usted confíe en Dios y en el conocimiento que me ha otorgado. Evaristo. ’eñor. y luego aguapanela con yerbabuena. Lo que te pasó es algo grave pero tiene solución. pero mire: Evaristo va a estar bien. me decías que viste niebla. entonces la cosa es fácil.. que Dios lo tenga en su Santa Gloria. ¿Te acostaste en la misma cama con él? 20 . decidió romperlo con voz suave. ’eñor. Me vas a seguir la cuerda. —Yo la entiendo doña Virgelina. doña Virgelina? —Sí. Una vez entraron. el sacerdote se sentó en su escritorio. Yo sé lo que le hace falta. —No te preocupes. —Sí ’eñor. quería deshacerse en preguntas. Evaristo vuelve a ser el mismo muchacho enérgico. Yo sé que en la misa he dicho muchas veces que las mentiras son pecado. —Y me dices que luego fuiste a una casa en la que había un rubio. ¿sí? Doña Virgelina quería discutir todavía un poco más. Salieron del confesionario. una nieblina que nunca habían visto estas vistas. pues no obtuvo respuesta. —Sí ’eñor. necesitamos que tu mamá no se preocupe. ¿Me entendió.. con amable sonrisa. que después de la infusión tú te vas tranquilo para la casa y te sentirás mejor. Déjeme yo le doy los remedios apropiados. —Vamos a ir a mi despacho. en cuestión de días. Pero ayó quiero saber usté por qué dice qu’es grave… la cosa. Le voy a decir que tenemos que hacerte una infusión especial y que por eso vamos a mi despacho. sí. pero le ganó la autoridad clerical. que te invitó a entrar. quien. Mañana le respondo todas sus preguntas. —Sí. Vamos a ir a mi despacho y yo le voy a dar una infusión relajante.

Ahora te explico todo. Dispués sentí como un mojao en las espaldas… y hasta ai mi arrecuerdo. y eso que no puedo jurar en vano. —Ah. ¿Te tocó? —Sí ’eñor… o más bien no. se reclinó completamente en su asiento y cruzó los brazos. eso ya lo sé. —Entiendo —dijo el cura sin cambiar de expresión facial—. —¿Cómo así? —Sí ’eñor. después jue la cosa más rara… —Ya te dije que se llamaba pene. pero nu estaba hablando d’eso. —¿Y cómo que ajá? ¿Es qu’eso es muy normal o qué? —No exactamente. sentía como un rico. Dispués me tocaba con ese penote tan grande. bueno… —Eso se llama pene. ’eñor. Y supongo que eso te pareció muy raro. que lo que ha pasado no es culpa tuya. ¿Qué pasó después? —Pues… eeehhh… ¿cómo le digo? Vea: ayó sentí algo muy grande y duro que tenía ese ’eñor. Muy raro. ¿Pasó algo más? Tras dudarlo un momento. —Ajualá. bien lejos de onde el mono ese. algo parecido a lo que. y ayó. Evaristo. Le dicía que’l me metió tuitico ese animal por el jundillo. —¿Él estaba desnudo cuando se acostó contigo? —Sí. Sus mejillas se irrigaron. Demás que me quedé dormido. —¿Qué cosa padrecito? —Pues lo del desplazamiento. Más bien jue que ayó lo toqué. El mono ese me voltió así contra la cama y se mi arrecostó encima. Evaristo continuó: —Sí ’eñor. sino una cosa rara que él hizo: imagínese que me metió el pene ese por atrás. ayó le conté qu’estaba pu’allá en un filo. Y si usté se arrecuerda. En efecto. —¿Y cómo sabes que estabas lejos? —Pues padre. —Ayó sé. —¿Y él estaba desnudo? Evaristo miro al suelo. Pero necesito saber algo más.. —Muy bien. Lo charro es que la otra cosa no me parece rara. —Sí. como que quería más. ¿Qué pasó después? —Huy. como que me gustaba. El sacerdote respiró profundo. Lo tienes tú. Dicía que jue una cosa rara pero no era el pene. Peru es que’l de ese ’eñor era una cosa… ¡enorme! —Eso también lo sé. ’eñor. Adoptó una actitud tan solemne que Evaristo imaginó una homilía. —Bueno. Imagínese qui al otro día amanicí pu’ai tirao en una manga. —Sí me acuerdo.—Sí. porque eso pu’allá hacía una calor de miedo. Pero sigue hablando. lo tengo yo y lo tenemos todos los hombres. ¿Me promete que no li dice ná a mi madrecita? —Te lo juro por Dios. —Bien. y ayó sentía como un dolorcito rico.. lo que buscaba 21 . No te asustes. por el jundillo. sí. —Ajá. no le voy a dicir mentiras.

Pero tú.. —La verdá es que sí padrecito. de hermano mayor en la tragedia. Evaristo no pudo evitar una sonrisa. muchachos virginales. Eso lo hace para robarle almas al Señor. así como sueña uno cuando está durmío. —Hijo mío. Ayó hasta he soñao. El Macho ha sido el terror de veredas enteras. para apartar a hombres de bien de la senda trazada por Él. hijo mío: has sido víctima de una fuerza demoníaca. De seguro la encontraste deliciosa: esa es la idea. Aunque Dios Todopoderoso no quiere más que el bien para nosotros. y me perdonas la palabra. Allí les da a beber de una sustancia diabólica que reduce su voluntad: esa es la aguapanela con yerbabuena que te tomaste. otros más se visten de prostitutas. No sabemos qué le pasó pero le hemos puesto un nombre. Yo decidí entregarme a Él en cuerpo y alma. Este inmundo disfruta buscando jóvenes como tú. has conocido a un espíritu maligno que busca también la lujuria pero en su forma más aberrante: entre hombres. —Oiga padre. —¿Y cuál es eje nombre. y ha llevado a muchos hombres a la desgracia. serle fiel de acción y de deseo. en la caridad y en el servicio a los demás. ¿entonces a usté todavía le dan ganas? 22 . Por eso me consagré sacerdote. asimilando la idea—.el cura era un ambiente tal que le permitiera tomar a su vez la palabra y llevar la cura adonde quería. y así se lo preguntó. Evaristo tenía los ojos muy abiertos y estaba vivamente interesado en el relato. que va de pueblo en pueblo comprando almas con su charlatanería. aunque respondió tras un carraspeo. buscando consuelo en la oración. Esos demonios pueden tomar muchas formas: algunos se hacen brujas y le atormentan la vida a sus vecinos. —repitió Evaristo. otros se apropian de formas como la del hechicero. Ya te había dominado. Con tono calmado habló así: —Evaristo. Tomó aire y contestó: —Porque a mí también me sedujo. —El Macho. mi querido Evaristo. Ahora vas a querer repetir esa experiencia. —Justamente. ¿y ese demonio por qué es así? ¿Pa qué viene a jodernos la vida así? —No sé qué le habrá pasado. la única respuesta en la vida es Dios. Su poder es muy fuerte. y por eso llevo más de 30 años de mi vida tratando de alejar de mí esos deseos oscuros. Moría de ganas de saber qué hizo el cura. para atraerlos hacia su trampa. Está condenado a vagar por toda la eternidad. —Eso era lo que él quería. Por eso sentiste placer cuando pasó lo que pasó. que no te resistas a tomarla. hay entidades oscuras que buscan al hombre para hacerlo pecar y llevárselo a los infiernos. pero ¿usté por qué sabe tanto sobr’ ese tal Macho? El sacerdote calló y bajó la mirada por primera vez en la entrevista. si es que se puede saber? —Le decimos «El Macho». Y ya me imagino por qué le dicen así. Tenía ahora una especie de cómplice. —Oiga padre. Y lo que sentiste es lo que él quería que sintieras: una sensación deliciosa cuando te penetró. —Pero padre. con ese pene grandote dentrándoseme pa’dentro. buscando que los hombres cometan el pecado de la lujuria. e incluso por eso tomaste la iniciativa y lo tocaste primero. que consiste en amar a una mujer y hacerla madre.. Te aseguro que ahora mismo puedes estar sintiendo ganas de repetir esa experiencia. Ante esta invitación a contestar vaciló un poco. usté me va a disculpar si me falta imprudencia. Tu voluntad y tu deseo le pertenecen. Después de eso eres suyo. y se entretiene buscando a quién inyectarle su veneno. pero puedo decirte que es un alma que no tendrá descanso.

por otro lado. pero le digo que mi hizo una propuesta pa pensar. para abandonarse al retiro monacal y dejar que Dios. Pero tampoco quería abandonarla sin más. —Alabado siá’l Señor. Por ahora vendrás a verme a diario y haremos que crezca en ti la vocación. dejarla atrás como un fardo inevitable de su tragedia. no había aun una respuesta para dar. ¿Qué pensaría ella si Evaristo se internara en un monasterio? ¿Volvería a verla? ¿Podría ella algún día ser la madre de sus hijos? Porque todavía se veía obedeciendo a la voluntad paterna: esto es. Todavía no le puedo contar mucho. —Padrecito. Puestas así las cosas. —Bueno mijo. en una obvia actitud de quien lleva mucho rato esperando una respuesta. que siá lo que mi Dios quiera. Gracias a la disciplina y al ejercicio espiritual. —¿Y cuándo mi iría? —Depende de cuánto me demore arreglando todo. aunque no faltó el alacrán que inoculó su duda. el rubio. el desplazamiento mágico y hasta el sabor extraño del aguadulce. Entonces. el placer que le había causado. Ahora todo tenía sentido: la niebla. Mi Dios se lo pague. dijo a su madre: —No se priocupe mamaíta. si así lo quería. tornase su deseo de pene en deseo de servir. que la parroquia tiene algunos fondos para mantenerla mientras tanto. Como Evaristo no era ningún bobo. —De pronto feliz. pues no podría brindarle esa satisfacción que seguiría buscando. hijo mío. ¿seguiría sintiendo eso toda su vida? Se preguntaba si en verdad estaba listo para no casarse ni tener hijos. Pensó en Conchita. como era el de no sufrir un deseo reprochable? Pero. ¿sería capaz de hacer feliz a Conchita y a sus hijos si su mente siguiera pensando en lo pasado? En esta indecisión llegó a la casa. —Alabado. cobrarás las fuerzas suficientes para enfrentarte al maligno. Doña Virgelina estaba sentada a la puerta. —Sí ’eñora. pero ¿quién le va a dar pa’l buche? ¿No ve qu’es una mujer y no puedi hacer los trabajos de nosotros los hombres? Ayó no quiero que se mi muera di hambre. —¿Y qué le propusieron pues mijo? —No li puedo contar todavía. Luego tú mismo podrás pagar su sostenimiento. —No te preocupes por eso. Yo conozco un monasterio cercano en donde puedes empezar. ya mi siento mejor. Por lo menos ya lo veo mejorcito. que la charla con el señor cura mi sirvió de mucho. ¿y mi mamaíta? —Ella estará feliz de que vayas. 23 . —¿Y entonces usté qué me ricomienda? —Que sigas mi ejemplo y consagres tu vida al servicio del Todopoderoso y su iglesia. —Ay padre. Se sentía más tranquilo.—Pero claro. Evaristo salió del templo y fue a su casa. y en buena parte gracias a que había recuperado algo de su energía. casándose y teniendo hijos. Vivirás con esto toda tu vida. muchas gracias. su enorme dotación. Ya no le interesaba como antes. Empero. ¿merecía la pena sacrificar la posibilidad de conformar un hogar por un deseo tan egoísta.

Cayó. Fue al establo. muy vívida. pero tan pronto como cerró los ojos se encontró con la mirada verdosa del Macho. El lugar estaba oscuro y era difícil reconocer algo. estaba Evaristo. En el suelo. ¿Será que a este muchachito le dio por irse así como así? Si se fue demás que fue en bestia. No lo encontró allí. Su piel estaba tan blanca como la de su difunto padre. Encontró el portón entreabierto. después de la hora de más frío y antes de que los gallos se despertasen. por primera vez en varios días. pero esta vez no había luces ni nada raro. revisó los cultivos y hasta alcanzó a hacer unas eras para montar unas semillas que le habían regalado a su mamá. ante sí. volvió a la casa. Ordeñó —aunque ya se le había pasado la hora—. que usté le debe mucho sueño a ese cuerpecito. en efecto. Intentó conciliar el sueño. Había un olor fuerte en el ambiente. Pero mi siento muy cansao y me quiero ir a mirar pa’entro. doña Virgelina se quedó petrificada de espanto. El macho pastaba con tranquilidad. Entonces pensó en las bestias. no estaba en la casa. haciéndole guiños cariñosos. Incluso sentía un vacío entre sus nalgas que reclamaba con urgencia algo para llenarlo. ¿Qué se hizo este muchacho? Salió al jardín. —Mijo. Razón tenía el señor cura cuando me dijo qui lo iba a ver muy bien hoy. Este vacío se hacía insoportable.Ese día Evaristo atendió las obligaciones normales de la finca. Sintió que estaba a punto de enloquecer. Podría decirse que estaba de buen humor. ¿no? Vamos al establo a ver. o mejor hasta su entrepierna. se metió por entre las eras nuevas y los cultivos viejos. No obstante. Por la posición se notaba que hubo movimiento antes. Tan pronto como pudo distinguir. De su cadera surgía un hilo oscuro de sangre. Así se lo hizo saber por la noche. Había sido una recreación vívida. en medio de la noche. como una piedra. del encuentro en el catre. fue a buscarlo a la cama. También por primera vez en muchos días logró Evaristo conciliar el sueño. que cruzaba el establo y llevaba hasta el macho blanco. angustiante. Evaristo entró abruptamente en la vigilia. Fin 24 . acostado de espaldas e inmóvil. No sabía qué hacer. No estaba en la habitación. —Me alegra mamaíta que no se priocupe por mí. Llevaba la camisa puesta pero no así los pantalones. qué felicidá tan grande verlo a usté así tan animao. y se retiró a su habitación. y nada: ni rastro de su hijo. viendo que su hijo demoraba para salir. como se dice en H. Evaristo le dio el beso de las buenas noches. le preguntó a don Eustorgio. picó comida para los animales. —Bien pueda mijo. A la mañana siguiente doña Virgelina. Acababa de soñar con el Macho.. Ella estaba pletórica de felicidad viendo el retorno de su hijo el hacendoso.

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