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César Ernesto Salazar Grande Profesor

La razón de una integración. Una perspectiva humanizadora de los procesos de integración.

En un sentido axiológico –político, la palabra “razón” indica motivo de la acción. Es importante que reflexionemos sobre los motivos que lleva a los Estados integrarse; pero más importante aún es identificar claramente cuál es la razón de ser de una integración. Por una parte, se trata de aclarar, cuando menos brevemente, que existe un motivo o justificación política-externa, y por otra parte, de forma más abstracta pero más importante, es establecer la validez o coherencia lógica-interna de un proceso de integración de Estados, es decir, la legitimidad interna que condiciona, en última instancia, su razón de ser.

1. La justificación política externa

La globalización económico-financiera esta siendo marcada por un proceso de integración de economías nacionales para enfrentar horizontes globales de mercado. El comercio es el componente fundamental de las relaciones económicas internacionales que conlleva la especialización productiva y el crecimiento económico de los países.

Si tomamos como experiencia positiva la historia de las Comunidades Europeas, veremos que éstas nacieron como organizaciones internacionales de integración económica, por lo que la mayor parte del contenido material de la Unión Europea sigue siendo económico, pese a los avances que han conseguido en los últimos años en dirección de la integración política, de sus espacios de libertad, seguridad y justicia.

El libre mercado es socialmente aceptable por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. El mercado competitivo ha probado en muchas ocasiones ser un catalizador de los excesos en las ganancias de las empresas; se ha convertido en plataforma para responder a demandas de los consumidores; obliga a una mejor utilización y ahorro de los recursos, entre otros aspectos de gran valía. Esta legitimación de un modelo económico que se impone en el globo, aunque legitimo en muchos casos, no debe jamás convertirse en el único objetivo de una integración de Estados. Aunque se hable de orientar al libre mercado al bien común y al desarrollo integral del hombre, éste no es el único camino y mucho menos una etapa que nos obligue esperar su perfeccionamiento para trabajar por ese desarrollo.

La libertad económica es solo un elemento de la libertad humana y en ese sentido a la persona no puede vérsele como un productor o consumidor, ya que, en ese momento la calidad de persona humana se extravía. En la actualidad, los medios de comunicación social escritos y no escritos en Latinoamérica, están acaparados de noticias sobre el comercio internacional, reduciendo muchas veces el éxito o no de una integración de Estados a un resultado comercial, al papel que tiene el libre mercado, que como sabemos, su cuestión prioritaria es el empleo de todos aquellos bienes y servicios a los que los sujetos económicos – productores y consumidores- ya sean privados o públicos, atribuyen un valor debido a su inherente utilidad en el campo de la producción y del consumo. Los intercambios económicos en cualquier región del mundo lleva a las personas, del sector público o privado, a realizar procesos integradores, reduciendo su razón de ser y su éxito a la disminución paulatina o eliminación absoluta de algunas o todas las discriminaciones al comercio.

La vinculación que se hace entre el éxito de las exportaciones de bienes con mayor valor agregado, el incremento en los servicios y las inversiones al exterior, con el éxito en la búsqueda de la democracia, la reducción de la desigualdad social, la reducción de la pobreza y la protección del medio ambiente, nos puede llevar a pensar que estos

bienes sólo se pueden alcanzar mediante el desarrollo económico, limitando en gran medida la idea de un progreso simultáneo y no necesariamente dependiente del desarrollo económico.

Me resisto aceptar que la integración de países en cualquier región de América Latina tenga solamente metas o fines comerciales, me resisto a pensar que las teorías económicas establezcan que el detonante de una integración de Estados sea, en última instancia, lo económico y que se haga una ecuación matemática mediante la cual se establezca que sin desarrollo económico no se puede alcanzar la protección del medio ambiente, o que sin desarrollo económico no se puede alcanzar la democracia, entre otros ejemplos igualmente válidos.

Sin perturbar la mente de los mas asiduos economistas y valga saber que no lo soy de profesión, la integración de Estados tiene que ver con un principio mas amplio: “el bien común”. Una connotación puramente económica-materialista terminaría por limitar al bien común a un concepto socio-económico, desprovisto de una finalidad humana, es decir, de su más profunda razón de ser: “las personas”.

El bien de las personas conseguido en comunidad parece ser no solo una finalidad perseguida por agrupaciones humanas cuando alcanzan un desarrollo moral, sino se convierten en lo que llamaría una estrategia moralizadora para nuestras sociedades latinoamericanas de cara a una globalización cada vez más deshumanizante.

Los profesionales más asiduos en la materia podrían objetar la idea de trabajar por una integración humanizadora, aduciendo de forma fundamentada y coherente que el desarrollo económico resuelve el problema de la pobreza e incide directamente en la dignidad de las personas en una sociedad, lo cual es correcto, pero limitado, es decir, lo que se trata es de enfocar, no sólo por que no podamos eliminar las discriminaciones al comercio significa que no podamos unirnos para poner todos juntos un énfasis especial en la educación o en el establecimiento de una cultura contra la corrupción o en temas menos abstractos y mas reales como el unirnos para salvar las cuencas hídricas de las cuales se benefician varios países de la región. Lo que se quiere argumentar es que la integración de América Latina no tiene que esperar la eliminación absoluta a las discriminaciones al comercio para alcanzar el bien común de las personas en diferentes ámbitos o en diferentes regiones en nuestro espacio latinoamericano, pueden buscarse de forma paralela o incluso, basta encontrar un interés común, aunque sea mínimo, para comenzar la integración verdadera de América Latina, que puede comenzar –si se quiere- por cuidar nuestros recursos naturales, que por cierto, no tienen fronteras.

De acuerdo con Leiva ( Hacia una América Latina Solidaria, Diciembre 2006, Santiago, Chile) América Latina solidaria representa al mismo tiempo, una convicción y un camino. La convicción de que la región, dentro de la natural diversidad, posee una identidad que la distingue y le permite perseguir un destino común, de principios y valores compartidos, de visiones comunes del hombre y la sociedad, de desafíos internos y externos similares. Un camino que las realidades nacionales, regionales e internacionales lo exigen, un camino que debe y puede ser común, que no puede ser otro que la solidaridad entre sus pueblos y sus países, un camino de integración que resulta indispensable. Apoyándonos con Gutenberg Martínez (op. cit pág.62) América Latina necesita avanzar en un real proceso de integración y no limitarse a avances específicos en el ámbito del comercio.

No olvidemos ni dejemos de tomar en cuenta que las causas que determinan el subdesarrollo son las mismas que concurren para limitar o imposibilitar el acceso al mercado internacional de unidades económicas, entre ellas podemos mencionar: el analfabetismo, las dificultades alimenticias, la ausencia de estructuras y servicios, la carencia de medidas que garanticen la asistencia básica de la salud, la falta de agua potable, la corrupción, entre otras. Por que entonces no hablamos de integración sin esperar la configuración total o absoluta de la integración económica, por que no

empezar hablar de “integración de integraciones” y comenzar a perfeccionar metas concretas en temas de solidaridad concretas que evoca Leiva (op. cit. pag. 85)

2. La validez o coherencia lógica interna

Desde la gestación primigenia del Estado se sabe que su constitución como organización política esta concedida por una sociedad de individuos, los cuales, bajo consenso, se auto someten a un determinado genero de vida en un espacio geográfico determinado, bajo el presupuesto de muchas condiciones materiales para hacerlo, con el fin de instituir relaciones de carácter económico, político, social, cultural, todas con fines del bien común.

La ficción jurídica creada (ESTADO) solo puede tener sentido, si en su actuar consigue los valores o fines que la justifiquen. Estos valores serían verdaderos en cuanto son fundamentados en el bienestar del elemento humano que lo integran; en este sentido el fin principal en la escala de valores del Estado como unidad individual es indiscutiblemente el “bien común”.

Esto nos lleva a una primera máxima de importancia: “la obligación originaria de garantizar el bien común de las personas es del Estado individualmente concebido”.

La configuración jurídica-ficta del Estado también es de respeto al orden internacional e incluye la obligación que tiene ese Estado de buscar hacia el exterior el bien común de las personas a las cuales representa, en la medida en que los objetivos de la acción pretendida no puede ser alcanzado de manera suficiente por éste y por consiguiente, pueda lograrlo mejor hacia fuera debido a la dimensión o a los efectos de la acción contemplada a nivel de integración de Estados.

Es decir, cuando el Estado individualmente concebido se ve desprovisto de medios idóneos para satisfacer las necesidades de las personas, éstas les conceden amplias facultades para formar parte de asociaciones con otros Estados que incluya la creación de organizaciones con competencias comunes con fines del bien común. Por tanto, surge una segunda máxima de importancia: “La obligación de garantizar el bien común de las personas por una organización internacional de integración viene siendo subsidiaria a la obligación que tiene el Estado individualmente concebido”. Sin embargo, en una organización de integración, el bien común, sigue siendo su razón de ser. Las facultades conferidas a órganos de decisión, así como las competencias otorgadas a cada una de ellas solo pueden tener validez o justificación si persiguen el bien común, en este ámbito, el bien común que individualmente un Estado no puede conseguir, por su dimensión o sus efectos, se pueden conseguir en comunidad, cumpliendo así una segunda ficción-jurídica llamada COMUNIDAD DE ESTADOS, que en nuestra connotación latinoamericana tienen nombre propio: SICA, MERCOSUR, CAN, etc.

Entonces y en definitiva, la razón de ser de una integración es “la persona”, el logro del bien común de cada una de las personas en una sociedad. Según el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 26, 1966) el bien común se entiende como el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. Para esta corriente de pensamiento, que desde mi punto de vista es la que mas se acerca a su verdadero significado, el bien común se alcanza con la participación de todos y su búsqueda es una forma expresiva de sociabilidad, desde la familia, pasando por grupos sociales intermedios, la ciudad, el Estado, la región, llegando hasta la misma comunidad de naciones.

La búsqueda del bien común implica mucho más que el desarrollo de mercados, implica alcanzar la paz, la correcta organización de los poderes del Estado, un sólido ordenamiento jurídico, la salvaguarda del medio ambiente y la prestación de los servicios esenciales para las personas. Como se trata de valores que deben garantizar

todos los Estados, debe lograrse con la contribución de todos, las personas en su individualidad, la familia, el Estado mismo, no están en condiciones de alcanzar de forma aislada el pleno desarrollo económico y social, por ello la importancia de entender que un proceso de integración regional tiene como fin alcanzar el bien común.

Existe una relación estrecha entre el bien común y solidaridad, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo. Relación que nos ayuda reconocer el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos ( Cf, Juan Pablo II. Carta enc. Solicitudo rei sociales 1988). El compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo.

La solidaridad latinoamericana implica que todos los latinoamericanos tengamos conciencia de la deuda que tenemos con la sociedad en la cual estamos insertos y de aquellas condiciones que facilitan la existencia de todos, como por ejemplo, compartir la cultura, el conocimiento científico y tecnológico y todo aquello que la actividad humana pueda compartir de manera que el camino de las generaciones presentes y futuras, estén igualmente llamadas unas y otras a compartir, en solidaridad.

La realidad europea se ha ido convirtiendo en un conjunto de máximas de experiencia en relación al papel de un proceso de integración, que nos hace olvidar la suma cero y partir con prudencia por los mismos senderos. Europa, pueblo con madurez política, no obstante sus profundas diferencias entre ellos, captaron de forma unísona la necesidad de hacer causa común que los conduciría a obtener un porvenir mas entero, más seguro, más compacto y más justo. Los europeos pronto tuvieron el desarrollo necesario como para comprender que la solución se encontraba en la integración. Hoy podemos observar una Europa integrada con la seguridad de que todos los europeos tienen la certeza de que individualmente considerados, su peso político dentro de la organización mundial es ínfimo, y si bien pueden lograr un progreso material relativo uno de ellos, eso no basta, pues el bien común se los impide, pues impone el adelanto conjunto como equilibrio en el concierto de naciones europeas.

La integración de América Latina necesita la existencia de un sentimiento y vivencia de unidad, se necesita del valor y la entereza para derrotar los falsos nacionalismos, a través de un decisión política: la de integrarse por el bien común, la de integrarse por el bien de las personas. La búsqueda del bien común es irrealizable con una masa de personas totalmente desvinculada, sin un común sentir, sin una comunidad de intereses, se necesita pues de un medio que sirva de conciencia colectiva para una integración mas profunda, mas perfecta, que ya no espere etapas, ya no se base en conceptos caducos de integración, sino renovados de identidad latinoamericana. Los países latinoamericanos estamos en la misma capacidad de los países europeos de elegir el procedimiento, la organización, los medios y, en fin, los personeros a quienes habrían que encargarles la delicada y fundamental misión de conseguir el bien común general por sobre el bien común particular.

El Bien Común en el SICA.

En el caso Centroamericano se puede comprobar como la integración de esta región es irreversible, aún y cuando nunca se llegue a perfeccionar la Unión Aduanera, como se dijo al inicio, se puede avanzar en la integración en otros sectores y regiones sin

necesidad de esperar la conclusión del proceso de integración económica o el desarrollo económico como consecuencia del éxito del modelo propuesto en dicho proceso.

A través del Subsistema de Integración Social, específicamente en los sectores de la

salud, vivienda, género y seguridad alimentaria, se han tenido importantes avances en

la integración de la región, partiendo de las capacidades económicas, los recursos

humanos y capacidades particulares de cada uno de los países.

En el sector salud se ha logrado unificar la vigilancia epidemiológica de VIH-SIDA e ITS (infecciones de transmisión sexual) para cinco países de la región; se cuenta actualmente con un Laboratorio Regional del VIH-SIDA con sede en Panamá, que apoyará a los laboratorios y hospitales nacionales; se están realizando actividades de prevención en zonas fronterizas y las primeras investigaciones centroamericanas de resistencia de medicamentos para el VIH-SIDA, todas estas acciones con el propósito de mejorar el acceso a diagnósticos de alta calidad a infectados con VIH/SIDA, establecer un sistema de vigilancia regional; así como, para aprovechar las mejores prácticas de cada país en la prevención y el control epidémico. Además, se esta trabajando en la creación de un Centro de acopio, compra y distribución de medicamentos e incluso, en un Centro de control de calidad y elaboración de medicamentos con el fin de abaratar los costos de los mismos en toda la región.

En materia de seguridad se puede hacer una larga lista de acciones de integración en diferentes ámbitos de la seguridad militar, la seguridad de las personas y sus bienes, la seguridad fronteriza, la seguridad turística, la seguridad ante los desastres naturales, entre otros de importancia. Específicamente, en materia de seguridad de las personas

y sus bienes, se cuenta actualmente con normativa relativa a la Asistencia legal en

asuntos penales, asistencia en materia de robo y hurto de vehículos, represión contra

el narcotráfico y el lavado de dinero, y reglas para la compra y transferencias de armas,

entre otros. También se cuenta con tratados de reciente aprobación como el de la Orden de detención centroamericana y el Tratado de Protección de víctimas, testigos y peritos, que muestran el grado de confianza y relaciones de amistad entre los países centroamericanos, pues incluye el reconocimiento de autoridades y de sus resoluciones judiciales o disposiciones de entidades de gobierno para ser cumplidas por otras autoridades de otro país, sin más trámites.

En otro ámbito, la tutela del medio ambiente constituye un reto para Latinoamérica. No cabe ninguna duda que este es un bien colectivo no solo continental, sino universal, el cual todas las personas debemos respetar, especialmente cuando se considera los vínculos que unen entre si diversos ecosistemas, por ello es que, la necesidad de uniformar normas y políticas en una región determinada cobra gran importancia. Por

ejemplo, los bosques centroamericanos contribuyen a mantener importantes equilibrios naturales, indispensables para la vida, su destrucción puede venir por causas diversas:

la tala, incendios, contaminación, sequías, etc., lo cual acelera los procesos de

desertificación con peligrosas consecuencias para las reservas de agua, lo que pone

en peligro el bienestar de las generaciones presentes y futuras.

La integración centroamericana ha demostrado avances significativos en temas de seguridad medioambiental, se cuenta con normativa centroamericana contra el comercio ilegal de flora y fauna, prevención de incendios forestales, manejo y tráfico de sustancias tóxicas y peligrosas; manejo de aguas residuales, calidad del aire; protección de los recursos hídricos y otros de importancia, con el fin de proteger el medio ambiente que comparten todos los centroamericanos. Se tienen en la actualidad una idea clara de que la responsabilidad incumbe a cada Estado y a la Comunidad Internacional, de aquí la importancia que en los procesos de integración se elaboren reglas uniformes, de manera que esta reglamentación permita a los Estados controlar más eficazmente las diversas actividades que determinan efectos negativos sobre el ambiente para preservar los ecosistemas, previniendo posibles incidentes. Por lo que anteponiendo esta normativa a cualquier modelo económico, nos ayuda a que el

modelo económico que se elija respete el medio ambiente y no busque el objetivo del máximo beneficio, pues el cálculo financiero de costos y beneficios no puede asegurarnos un medio ambiente sano.

Otro ejemplo que se puede enunciar, en donde no se pueden hacer valoraciones de carácter cuantitativo, es el del agua, por su misma naturaleza, el agua no puede ser tratada como simple mercancía y su uso debe ser desde todo punto de vista racional y solidario, pues su disfrute y distribución forma parte de las responsabilidades del Estado como bien público, aún y cuando se otorgue esa tarea al sector privado.

En conclusión, debo insistir en que debemos de reconocer las bondades del el desarrollo económico, de la necesaria vinculación de éste para resolver el problema de la pobreza e incidir directamente en la dignidad de las personas en una sociedad, pero esta exigencia no debe limitarnos; debemos unirnos para poner todos juntos un énfasis especial en la educación o en el establecimiento de una cultura contra la corrupción o para salvar nuestros bosques o las cuencas hídricas. La integración de América Latina no tiene que esperar el éxito del comercio para alcanzar el bien común de las personas en diferentes ámbitos o en diferentes regiones en nuestro espacio latinoamericano, pueden buscarse de forma paralela o incluso, basta encontrar un interés común, aunque sea mínimo, para comenzar la integración verdadera de América Latina.

Por último, cuanto mayores niveles de complejidad alcanza un sistema económico – financiero-regional o mundial y por consiguiente sus exigencias externas, tanto mas prioritaria se presenta la necesidad de regular esos procesos, orientándolos a la consecución del bien común. En definitiva, la COMUNIDAD DE ESTADOS como creación jurídica-ficta tiene validez o coherencia lógica interna, sí y solo sí, asume la delicada función de orientar sus esfuerzos al “bien común de las personas”, mediante instrumentos políticos y jurídicos adecuados y eficaces.