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Paty C. Marín Cuentos íntimos Verano 2012

Paty C. Marín Cuentos íntimos

Verano 2012

Juego de Verano

¿De qué va todo esto?

Se trata de escribir un relato por amor al arte, cuya temática está relacionada con el contenido del blog Cuentos íntimos. Es decir, se trata de escribir un relato íntimo. ¿Qué es un relato íntimo? Pues es un relato de contenido erótico, dónde lo más importante a tener en cuenta son las sensaciones que se crean en los protagonistas y alrededor de los protagonistas en una escena.

¿Qué es lo que hay que hacer?

Todos los participantes tienen ocho imágenes de entre las cuales pueden elegir como mínimo una y como máximo ocho. El relato debe contener algo fantástico o un toque de fantasía con un pequeño detalle. Deben aparecer tres personajes, como mínimo. Pueden o no estar relacionados, pueden o no acabar relacionados, pero deben aparecer tres.

Todos los textos de este recopilatorio contienen lenguaje adulto, y sólo es apto para mayores de 18 años.

Índice

La puerta entreabierta, Patricia Olivera (http://eros-textual.blogspot.com.es)

3

Crónicas Oscuras: Transición, Brianna Wild (http://thewolfinsideme.wordpress.com)

9

Dulce rendición, Charo Arqued (http://dejavolarlaimaginacion1.blogspot.com)

19

Juegos de lobo, Princesa {Celta} (http://laprincesasumisa.blogspot.com)

27

Mi jefe es, Pirox

31

Por la vidriera, Vlixes (http://erodisea.blogspot.com.es)

38

Reflexión, Paty C. Marín (http://cuentosin.blogspot.com.es)

40

Noche de bodas, Maga DeLin (http://eros-textual.blogspot.com.es)

51

Un pequeño avance, Selin (http://susurros-eroticos.blogspot.com.es)

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Galería de imágenes

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Juego de Verano ¿De qué va todo esto? Se trata de escribir un relato por amor( http://eros-textual.blogspot.com.es ) 3 Crónicas Oscuras: Transición , Brianna Wild ( http://thewolfinsideme.wordpress.com ) 9 Dulce rendición, Charo Arqued ( http://dejavolarlaimaginacion1.blogspot.com ) 19 Juegos de lobo , Princesa {Celta} ( http://laprincesasumisa.blogspot.com ) 27 Mi jefe es , Pirox 31 Por la vidriera, Vlixes ( http://erodisea.blogspot.com.es ) 38 Reflexión , Paty C. Marín ( http://cuentosin.blogspot.com.es) 40 Noche de bodas, Maga DeLin ( http://eros-textual.blogspot.com.es ) 51 Un pequeño avance, Selin ( http://susurros-eroticos.blogspot.com.es ) 58 Galería de imágenes 68 Juegos de Verano por Cuentos íntimos se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported . Todas las obras incluidas en este recopilatorio pertenecen a sus respectivos autores. " id="pdf-obj-1-108" src="pdf-obj-1-108.jpg">

Juegos de Verano por Cuentos íntimos se encuentra bajo una Licencia Creative Commons

Todas las obras incluidas en este recopilatorio pertenecen a sus respectivos autores.

La puerta entreabierta

Patricia Olivera

George llegó tarde esa noche a la mansión. Había asistido a varias reuniones importantes que tenían que ver con la empresa constructora que pertenecía a la familia. Hacía frío y lloviznaba; ni bien aparcó el coche y le entregó la llave al empleado subió de dos en dos la señorial escalinata de mármol blanco y gris que lo conducirían al interior de la imponente construcción.

El fuego ardía en el amplio salón, pero no había nadie allí. Mientras se quitaba los guantes y el abrigo le llegaron los acordes melancólicos del piano que sólo utilizaba su cuñada, Eliza. Desde que su hermano David había fallecido en un accidente de tránsito, hacía ya tres años, parecía un fantasma vagando sin rumbo por la mansión. Su madre ya estaría acurrucada en los brazos de Morfeo desde tempranas horas. Suspiró y se encaminó a la cocina, dónde ya el mayordomo se disponía a servirle la cena en el solitario salón.

―Buenas noches,

William.

Oh,

no

te

molestes en llevarme la cena al salón,

comeré aquí, si no te molesta―le dijo,

esbozando una sonrisa y sirviéndose una copa de vino.

La puerta entreabierta — Patricia Olivera — George llegó tarde esa noche a la mansión. Había

―Buenas noches, joven George―respondió el empleado―. ¿Cómo podría molestarme que usted cene en este humilde lugar de la casa?―continuó con suavidad el

mayordomo.

En un instante tuvo la mesa de la amplia cocina dispuesta para degustar la sabrosa cena que habían preparado esa noche.

―¿Mi madre y mi cuñada?―preguntó, llevándose un bocado a la boca. Realmente había llegado con mucha hambre.

―Su señora madre se acostó temprano, se sentía cansada y además no podía tolerar el

frío, a pesar de que la estufa estuvo encendida todo el día. La señora Eliza ha salido en

pocas ocasiones del cuarto, ha estado tocando el piano casi todo el día―le informó el mayordomo, que permanecía parado junto a él con las manos enlazadas, cubiertas por los blancos guantes.

George asintió con un movimiento de cabeza y continuó comiendo.

Desde que su hermano había fallecido la casa pareció quedar muda, todos sus habitantes parecían fantasmas. Cada día le agobiaba más volver a ese hogar tan triste y silencioso. Su madre ya estaba en una edad en la que se olvidaba lo que decía y volvía a repetir lo mismo, y su cuñada era una sombra de la muchacha alegre y llena de vida que fue un día; apenas podía intercambiar una frase entera con ella, era como que no escuchara o, si lo hacía, no le importaba lo que le decían. Los domingos, que siempre había sido el día de almuerzo en familia, ya no eran tal; cada uno almorzaba por su lado, a veces lograba convencer a su madre para comer juntos y por unos instantes los dos volvían a rememorar viejos tiempos.

Él, por su parte, era un hombre más bien solitario. Asistía a reuniones de gente importante, era invitado a las tertulias de mujeres solteras y que lo veían como un buen partido, pero rara vez asistía. Aún no había encontrado a la mujer ideal, sumado a eso:

ver el estado de desolación en el que había quedado su cuñada al perder a un ser tan amado le hacía reflexionar sobre si no sería buena idea permanecer sólo y evitar sufrir por amor.

Disculpe que lo moleste señor Le llegó de lejos la voz del mayordomo, que lo trajo otra vez a la realidad.

Sí, dime, William.

Hoy en la mañana la agencia envió a la nueva mucama. Me tomé el atrevimiento de tomarla a prueba, no solo porque necesitamos urgente de alguien que cubra el puesto que la chica anterior dejó vacante, sino porque su historial de servicios es impecable. Espero que no se moleste.

No hay problemas dijo George, limpiándose los labios con una servilleta. Confío en que tu elección será la mejor. Hace años que estás en esta familia y nadie mejor que tú para elegir a quienes estarán bajo tu supervisión Una sonrisa tranquilizadora se dibujó en su cara. El mayordomo hizo una ligera inclinación de cabeza y se retiró.

Luego de cenar, a pesar de ser más de medianoche, se dio una ducha y en pijama se dirigió al estudio a revisar unos papeles que debían quedar listos para el día siguiente. Estuvo un rato sumido en sus pensamientos, hundido en el sillón de cuero negro, recordando las conversaciones que había mantenido allí con su hermano, con quien acostumbraba a tomarse una copa y fumarse un puro antes de que cada uno se retirara a sus habitaciones.

En honor a él se sirvió una copa y prendió un habano, al que le dio solo un par de pitadas; desde que David no estaba había dejado de fumar y, a estas alturas, ya le resultaba desagradable. Con el vaso en una mano se levantó y caminó hacía el gran ventanal. Desde allí se podía observar el parque delantero y el caminito que, serpenteando, llegaba ante los grandes portones de hierro, cerrados herméticamente y custodiados por un guardia. Observó las copas de los árboles cimbreando debido al viento que se estaba levantando, las abundantes nubes negras que parecían cernirse sobre la propiedad y la tormenta eléctrica que iluminaba todo le conferían una apariencia siniestra y sobrenatural a la noche; ya la lluvia arreciaba, se había convertido poco a poco en un fuerte temporal. Le sorprendió ver una pareja de palomas blancas

cruzando en el cielo, volando como si fuera un día soleado; parpadeó varias veces, antes de verlas desaparecer.

Centró su atención en el reflejo de sí mismo que la tenue luz de la lámpara del escritorio le permitía visualizar en el cristal. Pronto cumpliría treinta y cinco años, a veces le preocupaba no estar casado aún, no tener hijos. Imaginaba las risas y voces de chiquillos inundando el silencio de ese inmenso caserón, la vida de todos sería muy distinta si hubiera niños alegrando el lugar. No distinguía sus ojos en el reflejo del cristal, pero los tenía de un color miel muy claros, casi amarillos, enmarcados por unas espesas cejas oscuras y unas pestañas tupidas. Tampoco distinguía su cabello negro, lacio. Su nariz algo aguileña le confería un aspecto interesante al igual que sus labios gruesos y sensuales. Medía un metro setenta y era delgado pero atlético y no precisamente por pasarse en el gimnasio; sí, quizá era bastante quisquilloso con la comida, en raras ocasiones, y conociendo muy bien el lugar, comía fuera de casa. Usaba trajes a medida y de los mejores modistos, pero sólo para trabajar. Cuando estaba en casa o salía de vacaciones le gustaba estar todo el día de jeans y camisetas.

George era un hombre muy atractivo, parecía un modelo de revista, pero también era un hombre serio que no exponía su vida privada a pesar de ser la cabeza visible de la reconocida empresa familiar. Fue David quién le enseñó todo lo que sabía con respecto a negocios empresariales, además de la carrera que logró terminar con honores.

cruzando en el cielo, volando como si fuera un día soleado; parpadeó varias veces, antes de

Pasó un rato más mirando a través del ventanal, sumido en sus pensamientos. De improviso pegó un respingo al ver la imagen de su hermano reflejada en el cristal empapado; el estómago le dio un vuelco, contuvo la respiración al verlo sonreír como cuando aún vivía. Con el corazón latiéndole a mil por horas se giró con rapidez pero allí no había nadie. Respiró con alivio y, tapándose el rostro, comenzó a reírse hasta lanzar una sonora carcajada; suspiró, era evidente que el estrés producido por tanto trabajo lo estaba afectando. Sin pensarlo más, apagó la luz del estudio y se retiró a descansar. Cuando subió la escalera y llegó al primer piso, donde dormía la servidumbre, vio al fondo del corredor una puerta entreabierta por la que se filtraba una luz muy tenue. Pensó en seguir su camino pero una extraña curiosidad lo embargó y en la penumbra se

encaminó hacía allí. A medida que se acercaba podía oír con más nitidez una especie de murmullo, pensó que alguien estaba llorando y apresuró el paso. Sin embargo, no eran

sollozos lo que estaba oyendo, más se acercaba y más claro los distinguía…eran

gemidos.

Se detuvo ante la puerta, lo pensó dos veces antes de atisbar por la rendija entreabierta pero se decidió y su respiración se aceleró cuando vio a una chica desnuda, en cuclillas y de piernas abiertas, sobre un espejo colocado en el piso. George reprimió un jadeo al ver lo que estaba haciendo, lo excitó verla así desnuda. Se estaba masturbando, al tiempo que se observaba el sexo, y sus gemidos aumentaban poco a poco al igual que el temblor de su cuerpo que provocaba que sus senos se balancearan suspendidos en el aire, con los pezones erectos por completo. Escondido, sabiendo que estaba violando la intimidad de una mujer que estaba seguro no había visto hasta ahora intimidad a la que parecía haber sido invitado por una puerta mal cerrada, no apartaba la vista de ese cuerpo hermosos y sensual, de una blancura delicada y diáfana. Con lentitud se pasó la lengua por los labios resecos, tratando de mantener la serenidad para guardar en su memoria las líneas de sus muslos, la redondez de sus glúteos y esa raya de sus nalgas cuyos secretos estaría más que satisfecho de conocer; sin olvidar la sensualidad de la espalda, curvada de esa forma para darse placer, y el movimiento tembloroso de todo el cuerpo anunciando que poco faltaba para llegar al orgasmo auto inducido.

Volvió a su cuarto lleno de asombro y con una excitación inevitable. Estaba convencido que esa muchacha era la nueva empleada, de la que ni siquiera sabía el nombre ni había visto la cara pero a la que ya había osado contemplar como Dios la trajo al mundo. Le costó conciliar el sueño y cuando lo hizo soñó con ella; la imaginó encadenada a una pared, en una vieja y húmeda mazmorra, desnuda por completo y excitada a más no poder. Se vio a sí mismo, en su papel de verdugo, con una capucha tapando su rostro y una fusta en las manos con la cual hostigaba a la mujer, provocándole la excitación de sus sentidos. En la penumbra del viejo lugar no podía ver su rostro, pero podía oír

perfectamente sus gemidos

y

jadeos al igual que el sonido de

las cadenas al ser tironeados por ella en su intento por suplicar y liberarse.

Ya avanzada la madrugada, George despertó jadeando, la

encaminó hacía allí. A medida que se acercaba podía oír con más nitidez una especie de

tela del pijama pegada por completo a su cuerpo sudado. En un rápido movimiento se despojó de las ropas, intentando sobreponerse a la dolorosa inflamación de su miembro. Desnudo como estaba, se acercó al sillón ubicado cerca del ventanal; ni siquiera ver la lluvia y el fuerte viento que prevalecían afuera lo ayudó a enfriar el fuego que consumía su cuerpo. Tampoco permanecer varios minutos bajo la ducha helada lograron contenerlo. Volvió a la cama y se acostó desnudo, se acarició el miembro dolorido pero desistió de buscar consuelo en solitario, no era su estilo; cerró los ojos, trató de conciliar el sueño o de pensar en otra cosa pero era imposible.

Luego de varios minutos se le ocurrió algo audaz; sin pesarlo dos veces se colocó la bata y, en la oscuridad, se deslizó en silencio hasta el primer piso. La puerta, antes entreabierta, ahora estaba cerrada. Con cuidado de no hacer ruido giró el pomo y, para su alivio, comprobó que cedía, se introdujo en la habitación y esperó a que su visión se acostumbrara a la luz que provenía del exterior. En el silencio no sólo oía el latido de su corazón, golpeando con fuerza por la adrenalina que le producía lo que estaba haciendo, también oía el ruido de la lluvia golpeando en la ventana junto con el silbido del viento y allí, a pocos pasos, la respiración acompasada de la muchacha.

Se acercó, un manto azulado, provocado por la semipenumbra, parecía cubrirla; sus ojos se deslizaron por su figura, ella dormía boca abajo, apenas cubierta por la sábana que dejaba al descubierto una de sus piernas flexionada, su espalda y sus brazos que descansaban como al descuido a ambos lados de la cabeza. Un latigazo de placer pareció partir en dos su pene húmedo y dolorido. Desató el nudo de su bata y la dejó caer a un costado, con un movimiento suave tiró hacía atrás la sábana y se recostó a su lado, sobre su piel caliente y suave. Ella se revolvió, separando más las piernas; George comenzó a acariciar su espalda, deslizando sus dedos hasta donde esta terminaba pellizcó con suavidad sus glúteos e internó su mano entre sus piernas, descubriendo que su cavidad ya estaba húmeda y el clítoris y los labios vaginales comenzaban a inflamarse. Las caderas femeninas se movieron buscando el contacto de su mano, al tiempo que él deslizaba la lengua por su cuello y por sus hombros. Ella gimió y levantó más sus caderas para exhibir su sexo empapado y ansioso de ser satisfecho. No lo dudó, se montó sobre ella, la tomó por las caderas y tiró hacía él al tiempo que la chica daba un gritito y parecía despertar. En un principio se resistió pero al sentir el miembro duro y firme justo en la entrada a su abertura, así como las manos masculinas aferrándola por la cintura, se dejó llevar y levantó sus caderas ofreciéndose. George la penetró de una embestida,

tela del pijama pegada por completo a su cuerpo sudado. En un rápido movimiento se despojó

estimulando su clítoris, arrodillado tras ella que mantenía la cara contra una almohada con la que intentaba amortiguar sus jadeos y gemidos. La atrajo hacía él, quedando ambos erguidos y arrodillados, para poder acariciar todo su cuerpo hasta llegar a sus pezones y estrujarlos entre sus dedos y dejarlos más duros y doloridos. Tomó su rostro y la volvió hacía el suyo, le deslizó la lengua por los labios y se perdió en su boca al tiempo que los movimientos de las caderas se hacían más apremiantes y los gemidos y jadeos aumentaban de volumen. Afuera, la tormenta se había hecho tan intensa que ya no importaban los sonidos que se produjeran dentro de la gran mansión, que lucía imponente y majestuosa vista de afuera, al mismo tiempo envuelta en soledad y silencio. George y la desconocida no necesitaron ahogar su voz al momento de lograr el orgasmo, el clima pareció haberse confabulado con ellos cuando a la fuerte lluvia y al viento se sumaron potentes truenos. Cayeron desmadejados sobre las sábanas blancas, respirando con dificultad, sin decirse una palabra. Ella aún permanecía boca abajo, con la cabeza girada hacía el lado opuesto y él pegado a su cuerpo, con los ojos cerrados, una mano sobre el pecho y la otra sobre la frente. De inmediato sintió la mano femenina cerrarse con fuerza sobre su miembro, sin siquiera mirarlo ni moverse comenzó a masajearlo, arriba y abajo. El sexo de George volvió a cobrar vida, se erigió, se endureció de forma dolorosa y quedó a punto otra vez.

Ella se puso en movimiento, arrodillada y con el cabello sobre el rostro, se acuclilló sobre él y comenzó a trabajar sobre toda la extensión de su sexo, con boca, lengua y manos. En la penumbra George la imaginó con los ojos entornados, le parecía ver sus labios entreabiertos y húmedos, dejando escapar los gemidos que llegaban a sus oídos. Sentía la lengua lamer su punta húmeda y dolorida, luego la pequeña boca abarcando su pene, adentro y afuera, entre jadeos. Trataba de aguantar, quería disfrutar, no dejarse ir tan pronto, pero el roce de sus dientes y la presión de las suaves paredes de su boca lo estaban llevando al éxtasis. Al fin ella apuró el movimiento, y ya no pudo controlar más el flujo de su pasión que salió disparada llenando la boca femenina, que parecía no querer perder una gota de su preciosa esencia.

Buenos días, señor George. Le presento a Lizbeth, la nueva mucama le dijo William al otro día, durante el desayuno; al tiempo que una bonita joven de ojos grises y cabello castaño claro, vestida con un uniforme negro con delantal y cofia blancos, bajaba sus ojos y le hacía una reverencia.

Buenos días, William. Buenos días, Lizbeth. Bienvenida, será un gusto contar con tu presencia en la casa . Fueron las cordiales e indiferentes palabras de recibimiento. Lo contrario de lo que demostraban sus ojos, que miraban con deseo a la muchacha que se había ruborizado fugazmente cuando sus miradas se encontraron. Recordó una vez más que cuando acabó en su boca volvieron a quedar desmadejados y tampoco hubo palabras, sólo una placentera modorra que lo sumió en un sueño cálido y profundo. Esa mañana cuando despertó ella ya no estaba, tampoco su uniforme colgaba de la percha.

Esa imperceptible corriente de deseo entre ellos pasó desapercibida para el mayordomo, quien estaba feliz por contar con la asistenta que estaba necesitando.

Crónicas oscuras: Transición

Brianna Wild

Cierro los ojos y todavía puedo ver el horrible lugar.

La luz tenue y rojiza de las llamas en la pared. El aire es espeso, viciado, un pesado perfume a exóticas especias lo impregna todo. Y el olor metálico. Sé que no estoy sola, a pesar de que la penumbra es tan densa que no veo más allá de un par de metros de mí. Algo… o alguien me acecha desde uno de los rincones oscuros de esta mazmorra donde todo es humedad y frío. Y en un recóndito lugar oculto dentro de mi ser todavía soy capaz de albergar algo de temor. Mis sentidos están abotargados debido a la ponzoña que seguramente todavía recorre mis venas. Me muevo y el sonido de las cadenas y el dolor de las argollas en mis muñecas y tobillos me llega distorsionado, amortiguado.

Un estremecimiento me recorre con el recuerdo. No has podido evitarlo.

Su voz preñada de preocupación me trae de vuelta al presente y abro los ojos despacio. Él cree que es por esto, la escena escabrosa que tengo ante mí, por lo que me siento así, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad y yo lo hiciera a otra más lenta. Gravitando.

No le miro.

Estamos sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared. Mi vista fija en los dos cuerpos que descansan para siempre, colgando en posturas retorcidas e imposibles de la cama donde hasta ahora había dormido plácidamente. Pero no los veo. Ni me preocupan. Sus vidas por la mía. Lo que siento es un alivio inmenso, tan infinito que no me cabe en el pecho. Quizá he escapado de un infierno para adentrarme en otro.

Háblame le pido con voz monótona, carente de todo sentimiento. Seth se encoje de hombros. No le temo. Ya no. Él me ha ayudado.

Akrash me capturó y me convirtió. Ella es… Antigua. Es poderosa y su sed de sangre no conoce límites. Tiene varios esclavos de sangre que le sirven y… cuando uno no aguanta, rápidamente se consigue un sustituto. No me engaño en cuanto a lo que significa “aguantar”, a pesar de que su voz suena tan desprovista de emociones como la mía propia. Habla mirando al frente, al parecer, ambos sin amedrentarnos ante el grotesco cuadro que presenciamos. Cada uno de nosotros habitamos una celda en el subsuelo. Ella nos trae… comida. La pausa que ha hecho ha sido por mí. Porque cree que todavía puede alterarme el mero hecho de que haya sido simplemente “comida” para alguien. O algo. —Y luego nos busca para… alimentarse de nosotros. Entre otras cosas murmura más bajito. No sé por qué condenada razón comenzó a llamarme con mayor asiduidad. Probablemente porque me resistía como un maldito tigre

acorralado. Eso… le gusta. Tenía claro que si seguía así, no aguantaría mucho más.

Entonces, un día cuando me devolvieron a mi celda, era una hembra joven, de pelo oscuro y ojos claros, la que estaba esperándome encadenada en mi aposento. — Esperando a ser su… comida.

Yo. Ahora sí, un escalofrío me recorre, indicándome que todavía tengo la capacidad de sentir intacta. Lo oigo continuar con el relato, pero me sumerjo en mi propia maraña de recuerdos.

Me despierto confusa en un lugar que está frío. Y mojado. Tenebroso. La violencia ocupa mis ideas, pero éstas son inconexas, como cables que no están debidamente enlazados. No puedo pensar con claridad. Ni ver. Pero escucho la respiración ajena perfectamente. Acelerada y contenida al tiempo. Siento una palpitación, un dolor punzante que sacude mi cuello y alguna otra zona de mi cuerpo. Cuando quiero tocarme para ver de qué se trata, compruebo que de nuevo estoy atada. Gimo agónicamente por el terror instintivo que se dispara por mis venas. No conozco el origen de mi temor pero es la señal inequívoca que lanza la parte subconsciente de mi cerebro, que parece saber más que yo. De mi garganta surge un gruñido que no soy capaz de reconocer como propio; estoy afónica. De haber gritado. Empiezo a temblar

incontrolablemente y cierro los ojos. Estoy tan cansada… débil. Las lágrimas

comienzan a rodar mientras me muerdo el labio para contener el alarido de terror que lucha por salir de mí. Estoy a punto de perder el control o el conocimiento, y

entonces… siento una leve caricia en mi rostro que recoge una lágrima.

—… Ya se habían alimentado de ti. —Seth me ayuda a recomponer el paisaje de mi memoria. Varias veces. Y yo estaba tan sediento…

Por el rabillo del ojo veo cómo aprieta el puño sobre su muslo. Aparto la mirada rápidamente, sintiéndome repentinamente mareada.

Acababa de servir a Akrash y estaba apenas fuera de control. Su voz suena envuelta en pena.

Lo siguiente a la caricia que siento es un inmenso y lacerante dolor en el cuello, seguido de pulsos de succión desenfrenados. El deseo de perder definitivamente la

consciencia y que termine el infierno me invade. Me siento mareada, débil, confusa…

La vista comienza a fundirse en negro. El final ha llegado. Bienvenido sea. Me dejo

arrastrar… Y siento entonces el roce húmedo en mi boca. Me lamo los labios antes

resecos y el sabor que invade mi paladar me deja paralizada. Es intenso y adictivo. Pura ambrosía. Relamo los labios en busca de más y algo presiona en mi boca. Chupo y succiono y, oh sí, el líquido preciado atraviesa mi paladar y desciende por mi garganta. Algo primario, algo instintivo toma las riendas de mi ser y me lanzo hacia delante en busca de más. No me importa el daño ni el precio. Obtengo lo que quiero… hasta que me separan bruscamente de la fuente de mi droga. Los jadeos que escapan

de mi boca se confunden con los gruñidos de ese… ser, que se aleja de nuevo hasta los

confines de la estancia, sumido en la oscuridad más absoluta. Y ahora sí, pierdo el sentido.

Los recuerdos de los días pasados están confusos y enmarañados, la percepción del tiempo, difuminada. Sé que esa secuencia se repitió varias veces, mas ignoro si era siempre la sangre del mismo individuo la que bebía. La ansiedad hace mella en mí al

percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y de allá, sin orden ni concierto. El nudo que se me forma en la boca del estómago hace que comience a jadear para poder llevar aire a mis pulmones.

La mano de él envuelve la mía cuando percibe que algo no va bien.

El frío de la celda, la humedad calando profundo en cada poro de mi piel, helándome las entrañas. Las argollas en mis pies y mis manos, la postura sostenida, el entumecimiento de mis miembros. El olor especiado, intenso, penetrando en mis fosas nasales y derritiendo mi capacidad de raciocinio.

El sexo.

Me follaste.

Sí. No le recrimino nada, pero suelto su mano.

—No sólo tú… ¿verdad?

Sé que está apretando los dientes. Los oigo chirriar. Ahora soy capaz de eso. No. Me levanto, alejándome de él sin demasiada intención y contemplo con fría indiferencia el dantesco escenario en el que nos hayamos. Las paredes de madera de la cabaña con algunas sangrientas salpicaduras, las níveas sábanas violadas de rojo intenso. Los ojos desencajados de terror, los brazos y piernas retorcidos en posiciones antinaturales. Aparto la mirada, inquieta. Me despierto y, como es habitual, al principio no reconozco dónde estoy. Todavía soy humana y la sangre de él sigue teniendo el efecto ponzoñoso en mí. No tengo forma de saber si es de día o de noche, no llega ni una maldita onda de luz aquí abajo. No tengo hambre ni sueño y he recuperado gran parte de mi fuerza. Diría que he sobrepasado mis anteriores límites, pues soy capaz de escuchar con claridad los movimientos de las patas de los

percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y

insectos que habitan los muros de las mazmorras y distingo las formas y siluetas de la estancia, donde antes sólo veía negrura.

Soy perfectamente capaz de percibirlo a él. Hay una corriente diferente entre nosotros. Y estoy segura de que le ocurre lo mismo. Sabe que estoy despierta, a pesar de que no he movido un músculo.

Siento cómo se pone en pie y camina lento hacia mí. Abro los ojos y alzo la cabeza para mirarle. Su actitud es cautelosa y su expresión, preocupada. Me observa con el

ceño fruncido y los labios apretados, valorando mi estado. Sí. Siento su hambre, su…

sed. Su lucha interior. Busca mi mirada al tiempo que una de sus manos toca mi cara

en una caricia lenta y ligera que desciende hasta apartar mi melena sucia y oscura a un lado. Dejando mi cuello al descubierto. Cierro los ojos con fuerza, sabiendo lo que viene a continuación.

No es suave cuando muerde y algo que escapa a mi comprensión me revela que no puede serlo. Suelto un gañido de dolor sin poder evitarlo, al tiempo que aprieto, indefensa, la mandíbula. Ya he luchado otras veces como he podido, atada de piernas y manos, pero ha sido inútil. Siento la acostumbrada succión y los tirones en mi

entrepierna, una sensación novedosa de las últimas veces, que llega a ser…

placentera. Él me sostiene con sus brazos fuertes, como si no quisiera que me quedara colgando de las argollas si las piernas me fallan. Cuando está seguro de que eso no va a ocurrir, sus manos se pasean por mis costados, calentando mi cuerpo sumido en el

helor.

Hay otra cosa que calienta mi vientre. Ignoro si es la primera vez o si siempre ha sido así y he estado tan alienada que no me he dado cuenta hasta ahora. Comienza a balancearse contra mí, buscando ese roce íntimo entre la piel de mi estómago y su verga, al tiempo que lame mi cuello recogiendo más líquido vital. Los relámpagos de placer se extienden por mi cuerpo encendiendo cada una de mis zonas más sensibles. Gimo y dejo caer mi cabeza contra su hombro, derrotada en el primer asalto. El deseo es como una droga que corre por mis venas alcanzando lugares recónditos, llenándolo todo con sus latigazos. No lo comprendo su origen ahora. Pero no puedo hacer otra cosa que someterme a él.

Él entiende. Lame mis heridas hasta que dejan de punzar y sus manos se desplazan a mi pecho. De un tirón, aparta la mugrienta ropa y me acaricia mientras su boca traza un sendero de fuego hasta llegar a uno de los pezones. Bendigo secretamente las cadenas que me mantienen presa y me impiden apartarlo. Mi cabeza cae hacia atrás cuando una de sus manos se cuela entre mis piernas, apartando tela. No es paciente y dos dedos se pasean por la lúbrica superficie para terminar en mi interior. Entrando

y saliendo. Entrando… y saliendo.

En una chispa de lucidez me doy cuenta de lo que va a pasar y me impulso contra él, agrediéndole con lo único que puedo: mis dientes, que no son, ni por asomo, tan puntiagudos como los suyos. Le muerdo el cuello con fuerza y tiro, desgarrando carne y piel. Escucho su rugido de dolor y me empotra brutalmente contra la pared, su cuerpo presionando a todo lo largo del mío. Otra vez ese líquido, su sangre, en mi boca. Puro deleite. Me relamo y eso parece romper definitivamente su control.

Gruñe y me penetra de una estocada, al tiempo que vuelve a hundir sus colmillos en

  • mi piel. Yo grito como una posesa. Pero no es de dolor, a pesar de que es enorme. Las

sensaciones se mezclan en mi interior formando un torbellino de intenso gozo. El sabor de su sangre sacudiendo violentamente mis papilas gustativas. La succión en

  • mi vena, los tirones en mi centro de placer. Uno, y otro… y otro más. Su sexo entrando

y saliendo del mío, tan duro y caliente que acaricia cada porción de lubricada piel

interna, tan grande que llega hasta mi alma ya condenada.

Me alza con sus fuertes brazos hasta que las cadenas tiran tanto de mis miembros que duelen. Pero así sus movimientos son más libres, más desatados. Las sensaciones son cada vez más poderosas, los movimientos más animales. Está bebiendo demasiado. Estoy mareada de placer y de debilidad. Pero no soy capaz de negarle nada. Él parece saber mejor que yo lo que necesito. Lo que ambos necesitamos.

El orgasmo me sorprende completamente indefensa. Me arrasa como una enorme ola de deleite que no deja nada tras de sí, salvo un cuerpo inerte abrazado a su verdugo. Él se suelta del agarre a mi cuello para echar la cabeza atrás mientras se corre. Y aunque se ha apresurado a cerrar los ojos, me da tiempo a ver el destello sobrenatural que desprenden en ese momento. Soy másconsciente de que me encuentro en brazos de un ser sobrehumano y la feliz noticia no hace mella en mí.

Probablemente porque estoy convencida de que yo estoy a poco de serlo, si no me he convertido ya en uno.

Cuando ambos recuperamos el aliento, sale de mi interior y noto la humedad descender por mis muslos. Me baja hasta dejarme de rodillas en el suelo y él prácticamente se desploma también, jadeando en busca de aire. Recuerdo entonces que es probable que haya terminado de servir a nuestra Ama y la debilidad haya hecho mella en él. No obstante, se abre la muñeca y me la ofrece. La reacción de mi cuerpo me sorprende incluso a mí. Me abalanzo sobre ella y succiono como si en ello me fuera la vida.

Y puede que así sea.

Deja de pensar en eso. Su voz me llega desde atrás. Me giro y veo que no se ha movido, sigue sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared. Sin embargo, su mirada ha cambiado. El fulgor que tan familiar me es y que relaciono con el placer, brilla en sus ojos en este mismo instante. Sé que puede oler mis estados de ánimo

basales. Mi… excitación. —¿En qué? le reto, mirándolo fijamente a los ojos y disfrutando de su brillo. Ya lo sabes musita. En nosotros jodiendo. Sus palabras desnudas provocan la aparición de una imagen muy explícita en mi cabeza. Lo que me lleva a la siguiente pregunta. ¿Cuántas veces? Seth sabe a lo que me refiero y no se escaquea. Aunque tampoco me responde.

¿Conmigo o con los demás? No puedo evitar un lamento. Sus palabras hieren como dagas punzantes.

Lo siento murmulla, apartando la mirada. Está mortalmente serio y me doy cuenta de que él ha sufrido tanto como yo al tener que compartirme. No por motivos románticos. Sé que se siente culpable. —No sé cuántas veces fueron. Yo… cuando bebes de alguien es difícil controlar a la bestia interna. Sus instintos son fuertes y no sólo

quiere… sangre.

—Yo acabo de… beber —todavía me cuesta la terminologíay soy capaz de controlarme perfectamente.

Pero sientes la atracción. No puedo negárselo. No hacia mis víctimas, con ellas poco queda por hacer. Sin embargo, Seth… Sonríe de medio lado al adivinar mis pensamientos. Aunque me repudies, ahora mismo te sientes atraída por mí. Y sólo puedes resistirte porque la sangre con la que te has alimentado era humana.

Lo que me recuerda lo que acabo de hacer.

—Por eso yo me resistí las primeras veces. Tu… sangre humana diluía la de Ella. Akrash

me permitía beber de ella cada vez, aunque poca cantidad. Ni te imaginas cómo me sentía. —Lo veo negar levemente con la cabeza, dudando si seguir hablando o no… Le animo. Euforia. Drogado, la voluntad anulada. Vergonzosamente excitado. Deseándola, aunque me asqueara. Sonríe con cinismo al tiempo que me mira. Establece paralelismos demasiado a la ligera. Cuanto más antigua es la sangre que tomas, con más intensidad te golpean tus necesidades mas animales. Pero basta que tomes sangre de nuestra especie para que las sientas y ruegues por ser capaz de contenerte. O no añade.

No entiendo esta última parte. ¿Cómo no voy a querer negarme?

O… ¿no habla de mí…?

Así que ahí tienes tu respuesta, Alliana. ¿Cuántas veces? Se encoge de hombros. Cada vez, cada condenada vez, que volví de ella. Su voz es dura, pero sospecho que no contra mí. —Sólo pude contenerme las tres primeras veces que bebí de ti. Luego… tu sangre ya empezaba a parecerse a la nuestra y…

No continúa la frase, pero sé perfectamente lo que quiere decir. Sangre y sexo siempre

van unidos. Al menos, en… nuestra especie.

Porque eso es lo que soy ahora, ¿no?

¿Por qué me diste tu sangre? Aunque suene a acusación, no es lo que pretendo. Sólo quiero comprender; saber cómo he llegado hasta aquí. Cuando bebiste de mí la primera vez… ¿Por qué lo hiciste? Sólo tengo esas sensaciones ligadas a ti, no recuerdo que ningún otro… esclavo me alimentara.

Seth frunce el ceño profundamente. Parece ofendido, pero no me importa.

Cuando llegaste a mi celda, estabas al borde de la muerte. Seguro que no era yo el primer esclavo al que te ofrecían, es más, apostaría a que te habían probado unos

cuantos. Te habría matado continúa. Si no te hubiera ofrecido mi sangre. Te habría matado.

Asiento, comprendiendo el motivo. Así que se dedicaba a salvar y a convertir, en el procesoa las pobres mortales que éramos llevadas allí como carnaza.

¿Alimentaste a más chicas, aparte de mí? Me mira durante unos segundos, antes de contestar. Veo la duda en sus ojos. No dice, por fin, desviando la mirada.

Soy la única. Su respuesta me sorprende y altera el pulso en mis venas. Me lo recrimino en silencio. No quiero sentir nada por él. Me ha ayudado a escapar. Pero me ha condenado.

¿Por qué yo? surge la pregunta en tono frío, muy diferente de como me siento por dentro.

Seth juega con un jirón de tela, despedazado de sus ropas.

¿Y por qué no? responde indiferente. No me lo trago. Y él lo sabe. Suspira. La chica anterior a ti, la que nos… trajeron para alimentarnos. Murió en mis manos. Yo la

maté cuando bebí de ella la última vez. Me di cuenta entonces de que todas… todas las anteriores habían muerto igual. No conmigo, pero con alguno de mis… compañeros. Y

yo fui responsable de una pequeña parte de sus muertes.

Una pequeña carga más de culpabilidad para su conciencia. Por un momento me olvido de mi desgracia para centrarme en la de él. ¿Cuánto tiempo ha permanecido en esos calabozos? ¿Cuánto tiempo sirviendo como reservorio de sangre y como semental para

esa… arpía? ¿Cuántas vejaciones y violaciones?

¿Cómo ha sobrevivido?

Seth me mira desde abajo. Su expresión es tan seria que apostaría mi vida inmortal a que conoce cada uno de los pensamientos que están cruzando mi cabeza.

—¿Qué… hacíais cuando ella… te mandaba llamar? —me atrevo a preguntar. La curiosidad, el morbo, me pueden. Mala idea. Sus pupilas aumentan hasta que el negro copa casi todo y sus ojos se achican tanto que acaban siendo dos rendijas y parece capaz de enviar un mortífero rayo a través de ellos. Peligroso.

Desvío la mirada. Y acabo topando de nuevo con los dos cuerpos que yacen inertes en la cama. No sé el tiempo que llevamos aquí, pero probablemente estén ya fríos. La realidad me golpea de nuevo, atravesando los muros de embotamiento que me rodean. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? ¿Qué condenada vida me espera?

No has podido evitarlo me repite Seth desde atrás.

¿Ahora me lees el pensamiento? —No. Pero sé lo que se siente los… primeros

días. Yo no tuve ocasión de… matar,

porque nos racionaban las presas. Los… otros, Sus secuaces, nos separaban antes de

que acabáramos con ellas. Era otro de los pasatiempos favoritos de Akrash. Contemplar cómo los recién convertidos nos volvíamos bestias irracionales y separarnos de lo que más ansiábamos. También disfrutaba con las palizas que recibíamos de sus sirvientes cuando nos enfrentábamos a ellos. Nunca eran menos de cuatro una risa baja y despreciativa surge de su boca, no se atreverían.

Levanta la mirada hacia mí. Pero hubiera matado si me hubieran dejado. Estoy seguro como el demonio.

Sus palabras no me consuelan. Ni por mí, ni por él. Las lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me asusto. No quiero tocarlas porque sé el color que tienen ahora.

Seth se levanta de un salto y se acerca a mí cuando me ve temblar. Despacio, como si no quisiera asustar a un animal salvaje y estuviera pidiendo permiso al mismo tiempo. Su mano se alza lentamente y aparta el pelo negro de mi rostro. Me mira a los ojos, transparente. Y acerca su cabeza tanto que tengo que cerrarlos, tal es la intensidad de su mirada. Entonces, lo siento. Su lengua, con movimientos tan sosegados como el resto, sigue el camino de las lágrimas, recogiéndolas con ternura.

No quiero ser así. Mi voz surge en un lamento tan bajo y agudo que por un instante, dudo que me haya oído. Pero sus sentidos son igual de agudos que los míos.

Y me abraza fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Me comprime de tal forma que si hubiera sido humana, estoy segura de que me habría roto más de una costilla. Oigo su respiración alterada y comprendo que no es sólo mi consuelo, sino el suyo también.

Yo no quiero ser así, pero de otra forma, estaría muerta. Él me ha salvado, pagando ambos un precio elevado. Los recuerdos de los primeros días en las mazmorras son muy confusos, pero van tomando consistencia y orden a medida que avanzan los días, las semanas. Conforme él me va ofreciendo su vena y su sangre poderosa empieza a formar parte de la mía. Fortaleciéndome.

Sé el riesgo que ha corrido al hacerlo. La apuesta por salvar nuestras vidas condenadas.

Recuerdo la farsa para hacer creer a los guardias que mi debilidad va en aumento. La complicidad.

Recuerdo las sesiones inevitables de sexo necesitado. Su cuerpo caliente y duro contra el mío, sosteniéndome, el balanceo, el placer. Los gemidos acallados a besos. Con su sangre en mí, lo deseo más cada vez. Yo tomando la iniciativa, a pesar de estar encadenada a la pared. Y él ofreciendo y buscando solaz simultáneamente. Comprendiendo mi biología, que es igual que la suya, y no negándome nada. Recuerdo el día en que mis caninos están lo suficientemente desarrollados como para tomar lo que necesito y le muerdo, incontenible, en el cuello. Su alarido de dolor es mi placer.

Recuerdo el día que estamos listos para escapar. Los planes trazados en noches interminables, sin otra cosa mejor que hacer. La huida, con la adrenalina pulsando en nuestros cuerpos y el miedo a volver a ser capturados atenazando nuestras almas. Corriendo a través de campos en la noche cerrada. Vamos, vamos, vamos. Saltando muros de piedra, los perros y demás bestias ladrando a lo lejos. Hasta llegar aquí. A la

humilde granja donde sus tranquilos propietarios se disponían a dormir como cualquier otra noche de sus sosegadas vidas.

Los pensamientos sobre lo que ha ocurrido después se mezclan con los besos cálidos de Seth en mi cuello. Me lame en lentas pasadas y su boca succiona alterándome el pulso. Y, con la guardia baja, lloro al mismo tiempo por las vidas que he sesgado. Y todas aquellas que estoy condenada a sesgar. Seth me oye sollozar y, con los ojos cerrados,

restriega su cara contra la mía rezando como una letanía “No, no no…”. Me besa en la

boca, intentando acallarme, y lo consigue. Nuestras lenguas bailan juntas danzas antiguas, sus manos empiezan a recorrer mis costados, aprietan mis nalgas y siento su sexo duro contra mí. Me separo un instante y lo que veo me trastorna: su cara toda

manchada con mis lágrimas.

Aquí no, por favor suplico, entre más sollozos. No quiero que haya luz, ni quiero dejarme llevar donde antes he perdido el control de mis actos. Llévame fuera.

Me carga, con mis piernas abrazadas a su cintura y nos desmaterializamos. Lo he visto ensayar el truco y tiene que enseñarme. Una cosa más.

Conforme aparecemos en medio del bosque, me empotra contra el tronco de una enorme haya. El golpe hace que caigan hojas y frutos al suelo, mas nosotros ya no nos percatamos. Estamos a millas de allí. Rasgando ropas, mordiendo y empujando en una lucha por llegar al otro. Mis senos quedan expuestos al frío aire de la noche en cuestión de un segundo y al siguiente, tengo su boca sobre ellos. Hambrienta, lame y succiona hasta el dolor. Pero en lugar de gritar, me muerdo el labio y le hinco las uñas en la espalda. Su gruñido reverbera en mi pezón, enviando calambres de placer a lo largo de mi cuerpo, que terminan reuniéndose en mi entrepierna. Muevo las caderas, intentando acariciarme contra él, pero no consigo llegar y gimo de frustración. Seth reajusta la postura sin dejar de besar mis senos y su polla acaba encajada entre mis piernas. Ambos jadeamos el alma cuando nos movemos frenéticos contra el otro. Las telas sobran entre nuestros sexos y me afano por apartarlas. Lo cojo en mi mano, acero envuelto en seda, buscando un mejor ángulo y su punta lubrica mi clítoris, convirtiendo las caricias en pura lujuria. Le masturbo despacio, los movimientos repercutiendo en mi centro. Observo cómo separa su rostro de mis pechos y la agónica expresión de placer que muestra me sobrecoge.

No quiero darle sólo placer. Quiero hacerle daño. Por todo lo que me ha hecho. Aprieto fuerte el agarre hasta que gruñe y sus dedos se crispan.

—¡Perra…!

Pero no se separa, me sigue dejando hacer. ¿Se autocastiga? Aprieto más fuerte.

Ruge como un animal y coge mi mano, separándola de su sexo y alzándola por encima de mi cabeza. Me abrazo fuerte con las piernas para no caerme y su polla queda en mi entrada, nuestras miradas suspendidas, las respiraciones aceleradas y jadeantes.

Nuestros anhelos gravitando a nuestro alrededor. Los imposibles y los… posibles.

Me penetra despacio, pidiendo permiso y perdón. No cierro los ojos. Quiero verlo, quiero contemplar su arrepentimiento y lamer sus heridas. Cuando está completamente

encajado, sus colmillos comienzan a alargarse por el placer. Sé que quiere morderme mientras me folla. Beber de mí mientras me entrega su otro líquido preciado.

Pero ahora no es como antes. No tiene que recuperarse de Akrash. Ni tiene que darme su sangre ya para hacerme fuerte. Inmortal. Así que apoya la frente en mi hombro con un lamento, escondiendo el rostro y negándose una de sus necesidades, y empieza a moverse entre mis piernas. Lento al principio. Pero la parte animal es fuerte en nosotros ahora y el instinto difícil de coartar. Pronto se centra en nuestro placer, olvidándose de mi yugular y el simple hecho me… apena.

Su sexo es enorme dentro de mí. Me ensancha y me acaricia dando a la palabra lascivia nuevas connotaciones. Mis propios caninos se alargan por el placer y la necesidad de él aumenta. Ya no soy capaz de esconderlos cuando le beso en el hombro y él se percata.

—Muerde, joder… —su voz baja y rasposa me sobrecoge. Mi voluntad no es tan fuerte como la suya.

O quizá, me creo con más derecho que él.

Asciendo lamiendo su cuello. Él se mueve en suaves ondas dentro de mí, estocadas limpias, firmes e intensas que me preñan de deleite. Su pulso late fuerte y rápido bajo mi lengua. No me lo pienso más y hundo mis colmillos en él. Escucho su alarido de dolor mezclado con el gemido de placer que le sigue y siento los pulsos de su sexo en mi interior. Lo percibo todo lejano, pues su sangre invade mi boca y es el éxtasis en estado puro. Succiono y lamo para conseguir más de su sabor y es éste junto con su orgasmo lo que detona el mío. Las contracciones de mi sexo alrededor del suyo se alternan con mis succiones en su vena, elevando mi placer hasta el misticismo.

Sexo y sangre. Sangre y sexo.

Cuando el sentido y la cordura vuelven a mi ser, siento a Seth temblar. Sigue dentro de mí, duro. Mi espalda arde, probablemente por los arañazos de la corteza sobre mi piel. Nuestras respiraciones son erráticas. Le acaricio el pelo y sale con cuidado de mí, depositándome en el suelo. No soy capaz de enfrentar su mirada. Todavía me cuesta morderle y que me deje beber de él, así que mantengo la vista al suelo mientras siento la humedad descender por mis muslos. Pero no me va a dejar escaquearme. Posa su mano en mi barbilla y presiona alzando mi rostro. Nos miramos durante unos instantes y luego sonríe de medio lado. Su dedo pulgar vaga alrededor de mi boca y por mis mejillas. Luego se lo acerca a la boca y lo lame. La mezcla de su sangre y mis lágrimas.

El gesto es tan lascivo que altera de nuevo mi pulso. Me acerco a él y comienza a lamer el resto de lo que queda en mi rostro. Su erección no ha perdido dureza ni por un instante. Sin dejar de abrazarnos y besarnos, nos acostamos en el tupido suelo, cubierto de vegetación. Celebrando la vida, tras el infierno.

Ahora somos libres. Sin Akrash ni sus secuaces. Sólo nosotros y nuestros propios demonios.

Dulce rendición

Charo Arqued

Atracción, fascinación, tentación en su estado más primitivo es lo que provoca mi presencia. Incitación a lo prohibido, a la lujuria, al placer. Despierto sus deseos, anhelos disimulados bajo capas de falsas conductas. Sus pasiones reprimidas afloran como un mar de ansiedades insatisfechas. Sus cuerpos en mis manos son arcilla maleable; mío es el poder de crear criaturas ávidas por satisfacer sus apetitos.

Sometidos al éxtasis, rogando por mi toque, embargándose con su libre albedrío, exentos de culpa. Espíritus puros vencidos por el delirio, extenuados por el mayor de

los placeres… la rendición. Pletóricos, saciados y satisfechos. Sus pasiones latentes, en

los más recónditos y a veces olvidados rincones de sus almas, son liberadas y con ellas

la bestia indómita que los guía hacia su propia condenación.

Un mundo de éxtasis y placer se ha abierto ante mí; una espiral de sentimientos que embarga mi cuerpo y satura mis sentidos. Ansío más de estas criaturas deseosas de placer, de estos seres rendidos a la emoción de sus impulsos. Las tentadoras exhalaciones de satisfacción escapando de sus labios son como una droga que corre por mis venas enviándome directo al nirvana, convirtiéndome en un adicto desesperado por disfrutar del próximo chute. Quiero más. Nunca tendré bastante de esa abierta lujuria que evidencian sus pupilas dilatadas, de sus cuerpos trémolos y anhelantes, de la libertad de sus espíritus cuando son arrollados por el exquisito orgasmo. Soy un alma sedienta rodeada por un océano de cuerpos ensortijados los cuales me brindan la ocasión de saciar mi sed. Un espíritu hambriento ansioso por devorar los placeres de la carne, esos que ellos gozan y a mi ofrecen.

Tan solo deseo encontrar el sosiego en esta nueva vida, que aunque corta, pues pronto vendrán a mi encuentro, ambiciono disfrutar sin mesura. Eso es lo que busco en este lugar que debería ser de culto. Un templo en el que la esencia elemental del ser humano flota en el ambiente trayendo consigo el delicioso aroma de la unión de los cuerpos. Donde las respiraciones aceleradas, acompasadas, sincrónicas, son la bencina que pone en marcha mi apático ser. Donde látigos y cadenas no dañan ni esclavizan, sino liberan y excitan. Su desinhibición sexual calienta el gélido corazón del que he sido dotado, bombeando este el líquido vital a través de mi cuerpo, congregándose en un órgano que se alza con ímpetu recordándome lo que ahora soy, un caído.

Recorro el pasillo en penumbras que me guía a mi ansiado destino, impetuoso y desafiante como lo hiciese en el pasado por los caminos del averno, aun sabiendo que será mi perdición. Varias puertas son las que flanquean mi paso. Encierran tras ellas fantasías, fetiches, perversiones y vicios inconfesables que aquí se hacen realidad, pero solo una de ellas guarda tras de sí el mejor de los regalos. Solo una confina entre sus paredes de piedra la pureza que mi alma envilecida necesita subyugar hasta la extenuación.

Mi andar cada vez se vuelve más apremiante. El roce del pantalón sobre mi talle erecto envía ráfagas de placer por todo mi cuerpo, erizando mi piel, haciendo que mis piernas

comiencen a flaquear. Me dejo arrollar por la anticipación, doy la bienvenida a la dicha divina de sentir; cedo al deseo como lo hace la manilla bajo mi mano.

Un escalofrío recorre mi cuerpo al cruzar el umbral de la puerta. Él está aquí, siento su presencia. Frente a mí. Al amparo de las sombras que otorga el foco de luz cenital que pende en el centro de la estancia, el cual solo ilumina una gran cama de impolutas sábanas blancas sumiendo el resto de la mazmorra en la oscuridad.

Por unos segundos me dejo embargar por la paz y serenidad que mi querido hermano infunde en mí, tentándome con su silencio al arrepentimiento; silencio que es roto por la casi imperceptible plegaria eufónica que escapa de los labios de la bella joven encadenada a mi diestra. Su mera presencia aviva mi necesidad y un estado de euforia me arrolla sin poder evitarlo.

No quiero evitarlo.

La premura por gozar del tacto de la delicada piel de Sara bajo mis manos hace que urja en mí la necesidad de acortar la distancia que me separa de tan bello ángel. Un torbellino de emociones recorre mi interior cuando, por fin, me dejo arrastrar por mis instintos y mis manos encuentran la dicha de su piel.

Sincera felicidad siento al tocar sus pechos turgentes. Suprema satisfacción al hacer que sus suaves pezones rosados se endurezcan renaciendo como encarnados guijarros bajo las yemas de mis dedos. Cruda necesidad por devorarlos como hizo Adán con la fruta prohibida del Edén. Arrogancia y superioridad al arrancar de sus carnosos labios un gemido de placer cuando mi boca se amamanta de su brote enhiesto, reverberando éste en la diáfana estancia, penetrando en mí, poseyendo cada ínfimo rincón púdico que mi alma aun pudiese albergar y el cual a partir de ahora llevará la mácula del pecado. Deleitándome y regodeándome como el más vil de los seres con la provocación que suscita mi lengua entre sus pechos, en su cuello, creando un mojado y ardiente camino hasta sus carnosos labios.

Ahora sé porque se nos ha vetado esta dicha a lo largo de los siglos, nunca sentí tal dominio en mi vacía existencia. Ni al blandir la espada en su nombre, ni al impartir la tan sobrevalorada justicia divina, me he sentido tan poderoso como al obtener la gloriosa rendición de uno de sus hijos.

Me despojo de las ropas que encierran el animal indómito en el que me trasforma el deseo. Mi cuerpo de palidez marmórea, músculos cincelados y espíritu aterido es engullido por el fuego de la pasión. Consumido por miles de llamas que a su paso convierten lo que un día fue honestidad y castidad en amargas cenizas. Solo hay un propósito para mi, dominar, someter, poseer.

Me abalanzo sobre ella como un animal famélico sobre su moribunda presa y enmarcando su rostro con ambas manos devoro su boca como sí me fuese la vida en ello, sin delicadeza, sin compasión. Mi lengua penetra en su boca con la misma ferocidad que mi pene, duro como alabastro, desea hacerlo en su sexo. Nuestras lenguas se enroscan en un baile salvaje, se avasallan y a la vez se dan tregua, saboreando al unísono el deseo que nos ciega, silenciando los gemidos con nuestro beso, bebiendo ambos de la dulce pasión que sentimos. Mis manos vagan por el contorno de su cuerpo en busca del tan ansiado lugar en el que mi polla suplicante

desea morar. Acaricio sus pechos, su estrecha cintura, sus redondeadas caderas y su firme vientre hasta que se pierden entre sus piernas, encontrando el tan ansiado tesoro bañado por las mieles de su deseo. Mis dedos se impregnan de su esencia, resbalan por sus pliegues en una lenta caricia que a ella le hacen gemir y a mí perder la cordura. Clavando los dedos en el interior de sus muslos la obligo a separar sus piernas y presiono mi duro, anhelante y dolorido pene contra su sexo mojado. La fricción de piel contra piel, carne contra carne es sublime. Mi respiración se acelera, mi pulso se desboca y sus sollozos de placer son un canto celestial, comparable al escuchado tiempo atrás en los cielos, cuando mi glande tienta su entrada.

El rostro de Sara, mezcla de incredulidad y admiración, me desvela la cercanía de mi hermano incluso antes de sentir su cuerpo tras de mí. Antes de notar su cálido aliento lamer mi piel, erizando cada vello de mi cuerpo y haciéndome estremecer.

No lo hagas Miguel. No condenes su alma pura ni mancilles su virtuoso cuerpo. Ella es uno de los bendecidos, un elegido.

Sentimientos encontrados danzan en mi interior: alegría de que mí amado Rafael haya sido enviado y no un ángel ejecutor y a la vez pena, pues será a él a quien tenga que dar muerte sino sucumbe a la tentación, al divino éxtasis.

Una protesta escapa de los labios de la dulce criatura encadenada cuando la privo del placer de mis caricias y, con una delicadeza hasta ahora nueva para ambos, la libero de sus ataduras para posicionarme tras de ella sosteniéndola contra mi anhelante cuerpo. Enredo mi mano en su cabello y tiro de él hasta dejar su cuello expuesto a mis labios mientras pródigo tortuosas caricias a su sensibilizado y duro pezón.

Mírala mi amado Rafael. Mira a esta inocente criatura que ha sido señalada por su dedo. Negándole con ello el derecho a la vida que él mismo le otorgó, despojándola de su libre elección, esa en la que tanto él se ampara. Siente su deseo como yo lo siento, su necesidad de entregarse a mis caricias.

Una exhalación de placer nos es regalada cuando mi mano se posa en su sexo y presiono su clítoris inflamado.

Que no debo hacer según tú, ¿Librarla de un destino como fue el mío y sigue siendo el tuyo?

La dulce Sara en mis brazos se rinde al éxtasis cuando mis dedos penetran en su sexo y comienzan una danza primitiva que es acompañada por el movimiento de su cuerpo.

Sus pequeñas manos buscan frente a sí el afianzamiento que la mantenga en pie, encontrándolo en los anchos hombros de mi amado Rafael. Ante su desesperado toque la inmaculada piel de mi hermano se perla de sudor, su alma se resiste, pero su cuerpo sucumbe y su falo, hasta ahora inerte, se endurece y alza en toda su grandeza equiparándose en magnificencia a sus blancas alas. Los delicados y suaves sollozos flotan en el ambiente como una melodía divina que nos transporta a los tres al paraíso de los sentidos. Somos envueltos por nuestras respiraciones arrítmicas y aceleradas, arrollados por el aroma embriagador de la liberación de la hembra entre nosotros.

Como un muñeco al que le han sido cortadas las cuerdas, el cuerpo laxo de Sara, descansa contra mi torso, la alzo y la traslado a la cama. Con paso firme acorto la distancia que me separa de mi hermoso Rafael, manteniéndonos la mirada, azul contra negro, claridad contra oscuridad. Su rostro de rasgos cincelados acelera mi corazón, temo que este deje de funcionar. Su cabello negro como el ala del cuervo cae sobre sus anchos hombros resaltando sobre su nívea piel. La necesidad de tocarlo obnubila mi raciocinio y sin apenas pensarlo trazo con mis dedos un camino sinuoso a lo largo de su torso, lento y suave hasta su pelvis, delicado y sutil sobre pene. Bella inocencia es su rostro de grandes ojos cerrados y tentadores labios entreabiertos. Sincera dádiva su cuerpo desnudo y puro, timorato por el deseo, ávido de mis caricias.

Lo marco con mi calor. Lo mantengo contra mí, mis manos son grilletes en sus caderas. Aferro su apretado y firme trasero clavando mis dedos en su carne, levantándolo, apretándolo contra mi cuerpo mientras mis caderas se mueven, trabajando mi erección con un suave movimiento deslizante entre sus muslos, pero no es suficiente.

Necesito más.

Sus alas blancas se extienden en todo su esplendor y, como una parte más de él, sus plumas se unen a tan deliciosa experiencia. Desde mi nuca, por la espalda, acarician, trazan ligeras y cálidas caricias que hacen que mis uñas muerdan la carne de su delicioso culo.

Sí, Rafael gruño en su oído al sentir sobre mi abdomen el líquido preseminal que fluye de su anhelante glande.

Poso mis labios sobre los suyo invitándole sin palabras a unirse a mi cruzada, tragando su gemido cuando nuestras lenguas se encuentran. Lo llevo conmigo hasta los pies de la cama y me subo a ella, instándolo a que me siga; y él lo hace.

Tumbada sobre la cama y abierta de piernas, dejando expuesto su sexo rasurado para deleite mío y de Rafael, nuestra sensual prisionera coge mi mano para posarla sobre su sexo. Su coño se siente como un volcán, listo para entrar en erupción, sus jugos deslizándose entre los sensibles labios, preparándola para una invasión que está decidida a aceptar.

Las alas de Rafael la tocan, subiendo por sus piernas mientras sus músculos se contraen por el contacto y el placer sensual que otorgan las suaves plumas. Sonríe y avanza lentamente hacia ella sosteniéndose en manos y rodillas. Su clara mirada se clava en la mía como un puñal de deseo y lujuria, lapidando cualquier rastro de conmiseración que pudiese quedar en mi interior. Como la serpiente del edén, repto por la cama de forma sibilina hasta posar mis lascivos labios junto a su oído, tentando a mi cándido congénere con mi susurrada voz, ronca por el deseo y la necesidad.

Libérala de su angelical destino. Alimenta tu alma con la pasión que te ofrece su virginal cuerpo como lo hará la mía.

Su miembro palpita en mi mano izquierda mientras le prodigo caricias. Desde la base hasta el glande, recogiendo la humedad con el pulgar y extendiéndola a lo largo de su polla, dura como el mármol, suave como algodón. Mi mano derecha acaricia el resbaladizo y empapado coño de la criatura ante nosotros, empapándose mis dedos con

su espesa crema cuando los introduzco en su cálido pasaje, rozando ese pedazo de cielo en su interior que hace que su cuerpo tremole, ofreciéndome el mejor de los regalos, su aceptación. Poso mis labios sobre los suyos, acariciándola con mi lengua hasta penetrar en su dulce boca, entregándole un pedacito de mi alma en este exquisito beso.

La recompensa por lo que acabo de ofrecerle no tarda en llegar. Su útero sufre espasmos alrededor de mis dedos e inmediatamente los retiro y los llevo a mi boca, deleitándome con su aroma almizcleño y su sabor exquisito, inédito hasta ahora para mí y al cual sé que me volveré adicto. Obtengo una lastimosa queja por su parte al privarla de su liberación, pero pronto es remplazada por un suspiro de placer cuando guío la erección de Rafael hasta su entrada y siente la punta roma de su glande presionar.

Ante mis ojos, el pétreo e ingente pene de Rafael, se pierde en el interior de su estrecha vagina, desapareciendo unos segundos para volver a aparecer. La erótica imagen de su talle impregnado por la deliciosa melaza hace que desee capturarlo entre mis labios y limpiar tan placentero manjar con la lengua. Darle placer a mi bello Rafael, hacer que se corra en mi boca y tragar la esencia de su liberación. Es un capricho que luego, cuando hayamos salvado la vida de la joven Sara, me concederé.

Rafael vuelve a hacer frente a su ardua tarea, su piel esta perlada por el sudor, su pelo se pega a su rostro y sus ojos destellan la salvaje necesidad de poseerla y que reprime para no dañar a la hembra. Se contiene, sus músculos tensados y su mandíbula apretada evidencian su tortura y aun así, sujetando sus caderas, embiste una vez más; despacio con férrea voluntad.

Por mi parte yo no reprimo mis instintos y aferrando mi dolorido pene comienzo a masturbarme ante la mirada cargada de gula de nuestra amante. Una sonrisa se dibuja en su ovalada cara y no necesito más invitación para pasar mi brazo bajo su cabeza y acomodarla para que albergue mi gruesa verga en su cálida boca. Sus suaves y rosados labios envuelven mi glande, resbalando por mi erección, raspando con sus dientes, humedeciendo con su áspera lengua. Una dulce y tortuosa caricia hasta hacer que mi miembro desaparezca casi por completo en su húmeda y cálida boca en el mismo instante que Rafael comienza a enterrarse en su cuerpo.

Conteniendo el aliento, nuestra dulce Sara, separa todavía más las piernas para aceptarlo por completo. Rodeándola con los brazos, y clavándole los dedos en las nalgas, Rafael la alza y establece un ritmo implacable, lento y profundo. Con cada envite se fricciona contra ese sensible lugar en su interior. Cada vez que la llena sus labios se cierran sobre mi polla ejerciendo una presión que me lleva cada vez más cerca a mi propia liberación, haciendo que folle su boca salvajemente.

El sonido errático de la respiración de Rafael, la forma en que ahora empuja, con más fuerza, más rapidez, constata que él también está cerca. Impregno mis dedos con saliva y acaricio su clítoris, enervando las terminaciones nerviosas de su rígido brote, haciendo que sus músculos se tensen y que los desbocados latidos de su corazón se aúnan a la demandante excitación que corre por sus venas.

Ángel, córrete con nosotros.

Por un segundo la tierra deja de girar y el mundo deja de existir cuando su mirada reverbera la sumisión de su cuerpo. Somos tres seres sincronizados en una danza carnal. Alma y cuerpo se fusionan creando un estado de conciencia donde sólo hay cabida para el placer, llevándome de nuevo a ese lugar donde mis ataduras se rompieron y fui libre.

Alzando el rostro y conectando las miradas, Rafael y yo, rugimos como animales la llegada de nuestra liberación. Con un largo gruñido, y sin aflojar la fuerza con que la abraza, Rafael eyacula llenando a Sara con su semilla. Yo me derramo en lo más profundo de su garganta, ahogando su alarido de éxtasis y abandono con mi pene. Seguimos embistiendo hasta que los gritos y gruñidos dan paso a los gemidos y jadeos, hasta que nuestros movimientos se vuelven un lento vaivén. Liberándola de ambos miembros ya saciados nuestros cuerpos quedan completamente laxos tendidos junto a ella. Poco a poco, nuestras respiraciones se vuelven acompasadas, los latidos del corazón se ralentizan, trayendo la bienaventurada calma a nuestras almas.

Siento sobre mis labios una tierna caricia de dedos trémulos, los cuales reconozco antes de abrir los ojos. Beso sus dedos, la palma de su mano y mirándole a los ojos le trasmito el respeto y el amor que le profeso. Unas alas negras se alzan ahora en su espalda, alas que unidas a las mías nos envuelven en un manto de oscura y dulce rendición.

Hoy hemos conseguido salvar a una inocente criatura de una muerte temprana. Su alma pura, su cuerpo virginal ya no será reclamado para pertenecer a su corte de ángeles. Ya no estoy solo en la tierra, mi amado ángel caído Rafael será mi compañero. Serán muchos los que vengan a por nosotros, pero juntos libraremos la batalla, hasta entonces solo queda abrazar este paraíso de placer que nos ha sido brindado.

Por un segundo la tierra deja de girar y el mundo deja de existir cuando su

Juegos de lobo

Princesa{Celta}

Hola. Mi nombre es, bueno, para vosotros Ness y no, no tiene nada que ver con el lago escocés.

Lo que les voy a contar, es producto de mi imaginación, o tal vez no, no estoy segura, porque lo sentí tan real que a veces dudo hasta de mi misma y de mi cordura.

Juzguen ustedes mismos…

Galway, Irlanda. Marzo de 2012.

¡¡Dios, me encanta esta ciudad!! Soy estudiante de Erasmus y estudio en la NUI, Universidad Nacional de Irlanda, mi último año de Derecho. Llegué a esta ciudad a principios de septiembre del año pasado.

¿Porque venir a Irlanda? Porque siempre he soñado con vivir en cualquiera de sus ciudades, es algo que me atrae desde que tenía uso de razón y no lo pensé ni un solo segundo cuando tuve la ocasión de venir. Su ambiente, sus pintorescas calles, sus mercados medievales, su historia, sus gentes, todo me envuelve.

Ahora, cuento los días que me quedan para regresar a [ ] y no porque lo desee. Si, echo

de menos a mucha gente allí, pero aquí…aquí soy yo, en mi mundo y aquí he

descubierto algo que

...

bueno,

no adelantemos acontecimientos.

Lucas es mi compañero de piso. Lo conocí cuando llegue a Galway. Coincidimos en la universidad, concretamente delante del tablón de anuncios. Ambos buscábamos piso y conectamos tan bien desde el minuto cero que no dudamos en buscar juntos un piso para compartir. Estudia Medicina Veterinaria y es un apasionado de los lobos, siempre anda leyendo, buscando por internet y a mí me trae loca cada vez que descubre algo que desconoce. Pero le reconozco el mérito de haberme picado y despertar una libidinosa atracción por dicho bichejo. Ya sé, ya sé, tengo alguna desviación, si, es probable ¿Y?

Cada vez que él intentaba contarme o explicarme algo, yo lo escuchaba pacientemente y le iba poniendo caritas, hasta que acababa diciéndome ¿Qué? ¿Qué pasa? Entonces yo me relamía mordiéndome el labio y le decía…mmmmm, ese lobo fuerte y viril…Acababa muerta de la risa de ver su expresión y aguantando un chaparrón de improperios…un día no te reirás, ya verás…

Una mañana a primeros de diciembre, Lucas me propuso acompañarle a un centro de investigación animal dentro del zoológico de la ciudad. Un profesor suyo le había informado de la llegada al centro de un grupo de tres lobos para un estudio de su hábitat. Lucas saltó y grito de alegría porque decía que ese era un momento histórico, que desde que desaparecieron los lobos en el S.XVIII en Irlanda, jamás había tenido lugar un hecho así.

Y allá que nos encaminamos, yo con más pereza que otra cosa, pero viéndole tan entusiasmado, cualquiera le decía que no.

El centro era bastante nuevo, no así como el zoológico que ya tenía sus añitos pero estaba bien conservado gracias al buen trabajo de los trabajadores. Así me lo había dicho Lucas en más de una ocasión, que acostumbraba a ir de vez en cuando a echar una mano. Lucas saludo al chico del control de seguridad a la entrada del centro, enseñándole una tarjetita de visitante. Estacionó el coche en los aparcamientos de los empleados y nos dirigimos directamente al centro de investigación. Allí saludamos al responsable del centro y dos veterinarios que estaban de turno que nos condujeron a la zona del zoológico donde iban a estar las fierecillas durante su estancia. Era una zona más apartada, sin acceso a los visitantes turistas. Lucas casi se muere de la emoción cuando los vio. Se quedo mudo, con los ojos abiertos

como platos y la babita casi a punto de caerle por la boca de no ser por uno de los veterinarios que le palmeo la espalda y le volvió al mundo real. Estaba maravillado y

una vez que recuperó el habla, no dejaba de repetir…es maravilloso, increíble, espectacular… Hasta a mi me contagio la emoción.

Los lobos, al sentir nuestra presencia, comenzaron a estar algo inquietos, pero fue cuando yo me acerqué hasta donde estaba Lucas, cuando uno de ellos quedó parado en nuestra dirección y sus ojos brillantes y negros se clavaron en los míos. Yo casi me muero del susto y me agarré a Lucas, el cual se medio sonrió mientras me decía que me tranquilizase. Pero era imposible no hacerle viendo a ese animal mirándome como si me fuese a comer. Deje de respirar cuando el lobo comenzó a moverse y a dirigirse hacia nosotros. Evidentemente estábamos a una distancia más que prudencial, pero yo estaba acojonaíta y cada vez me escondía más detrás de Lucas. Así estuvimos unos 5 minutos que me parecieron una eternidad, Lucas emocionadísimo y yo cagadísima, hasta que uno de los veterinarios rompió tan extraño momento y le dijo a Lucas que lo acompañase a ver no sé qué cosa. Le agradecí eternamente que nos sacase de allí. El lobo ni se inmuto, sin perder su vista fija en mí hasta que desaparecimos.

Lucas esa noche casi ni cenó sumergido en libros y archivos, imaginaos sobre qué y yo, ante tal acto de socialización, decidí irme a la cama.

No pude quitarme esa sensación de desasosiego en todo el día, ni la mirada del maldito bicho. Un comportamiento bastante extraño pensé, aunque claro, mi conocimiento en temas lobunos era bastante reducido, limitándose al malvado lobo de caperucita roja. Sus ojos no eran los de un animal, sus ojos transmitían sensaciones, inquietud.

No sé qué hora era, ni cuanto llevaba dormida, pero sin más, desperté y abrí los ojos. Y ahí estaban, sus ojos, negros y profundos, brillando en la oscuridad, mirándome fijamente, devorándome. Si, eran esos ojos que aquella mañana me habían aterrado, eran inconfundibles. Quede sin aliento y a punto estuve de gritar, de no ser porque esos ojos emergieron de la oscuridad y se abalanzaron contra mí. Una mano se poso sobre

mi boca… —Shhhhhhhhhhhhh, no grites, ¿no querrás despertar a tu amigo verdad?

Dios mío, esos ojos pertenecían a un cuerpo, un cuerpo perfecto, a una voz masculina, una voz profunda y ronca, a una cara, una cara de facciones duras y agresivas y ahora mismo lo tenía encima de mí y completamente desnudo. Me ahogaba con mi propia respiración, el pecho se hinchaba oprimiéndome y mi gesto era de asombro y miedo al mismo tiempo. Tranquila, relájate, respira. No quiero que te desmayes. No podía moverme, estaba completamente paralizada por sí sola, no era su cuerpo encima del mío lo que me mantenía inmóvil, era yo misma, yo y mis más bajos instintos que por alguna razón me tenían hipnotizada. ¿O acaso era él? Deslizó su mano de mi boca, acariciándome la mejilla y recreándose en mi pelo. Lo cogió con los dedos, acercándoselo a la nariz y lo olió, aspiró profundamente y exhaló el aire por la boca en forma de suspiro que me llegó al alma. Dios, era tan tremendamente salvaje y sexual, que sin apenas ser consciente, una chispa me atravesó de la cabeza directa a mi sexo, sintiendo un hormigueo inconfundible. Estaba excitada. Me miró como si supiese lo que me estaba pasando y sentí el rubor en mis mejillas. Preciosa. Se incorporó con los brazos apoyados en la cama pudiendo apreciar su enorme torso, marcado y oscuro. Dirigió su mirada primero hacia mis pechos para ir bajando por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Me miraba como si traspasase la tela de mi camiseta, aquella que siempre me ponía para dormir. Agarró el cuello de la camiseta con ambas manos y de un solo movimiento la rasgo entera, quedando mi cuerpo expuesto a su mirada felina. En esos momentos estaba totalmente entregada a aquel animal de forma humana que sin tocarme apenas me tenía sometida al incesante y galopante deseo que emanaba su cuerpo y su mirada.

Acercó su cara y su boca a mi vientre, sacó su lengua y acarició mi ombligo, mojándolo. Sin despegar su nariz de mi cuerpo, la deslizo hacia arriba, aspirándome, oliéndome, hasta detenerse entre mis pechos. Miró a ambos lados, examinando cada pezón, y su boca se dirigió a mi pezón derecho, mientras que una de sus manos hacia lo propio con el izquierdo. Su lengua húmeda y caliente profirió un largo y profundo lametón sobre mi pezón y sus dedos pellizcaron acompasadamente el otro. Y lo hizo una y otra vez hasta conseguir que mi torso se arqueara, elevando mi sexo hacía el. Sin saberlo, lo estaba buscando.

Entonces sentí su aliento en mi cuello, su respiración entrecortada, su nariz acariciando

mi oído… —Date la vuelta…y a cuatro patas…

Abrí los ojos y le miré. El volvió a sacar su lengua y lamió mi boca. Mmmmmmmmmmmmm, haz lo que te he dicho. Me di la vuelta, sobre sus piernas, y las encogí para ponerme tal y como me había dicho.

Sus manos entonces se posaron en mi culo y agarrando mis braguitas, las deslizó hasta dejármelas a la altura de las rodillas. Por instantes deje de sentirle, deje de notar sus manos, solo notaba su presencia y su mirada.

De nuevo sus manos agarraron mis braguitas esta vez para romperlas de un tirón.

Separó mis piernas y con sus manos abrió mi sexo. Sentí sus dedos separar cada uno de mis pliegues, su aliento sobre mí, aspirando profundamente el olor que desprendía y su deliciosa lengua pasearse a lo largo y ancho.

Deliciosamente preparada para mí.

Sentí su miembro abultado, hinchado y duro apoyarlo suavemente sobre mi sexo, empujando levemente, presionando de una forma tan desquiciante que a punto estuve de gritarle que me follase sin compasión. Agarró mis brazos con sus manos y los apoyo sobre el cabecero de la cama, quedando sus brazos sobre los míos y sus manos

entrelazadas con las mías. De nuevo, su respiración en mí oído… —¿Preparada mi lobita?

En ese momento, cerré los ojos, descendió.

apreté mis manos contra las suyas y mi cabeza

Fue

desgarrador,

intenso,

fuerte,

vehemente,

doloroso…dulcemente tormentoso…

profundo, apasionado,

Me penetraba, me embestía, me taladraba, me atravesaba, rápido, despacio, más rápido, sin descanso, sin tregua, lamiendo mi cuello, mordiendo mi oreja y haciéndome perder todo atisbo de conciencia. Era salvaje, de locura, cada vez lo sentía más fuerte, más poderoso, como si una fuerza descomunal lo poseyera y la controlase.

Una palabra, una sola palabra fue suficiente… —Córrete…

Mi cabeza se activó, mis músculos se tensaron y todo aquello que había estado conteniendo exploto en mis narices, ahogando un grito ensordecedor en su boca, que me atrapo en el justo momento en que él estalló dentro de mí.

Fue entonces cuando mi cuerpo no lo resistió, mis ojos se nublaron y caí mientras unas

palabras resonaron en mi cabeza…Ten cuidado con lo que juegas…

Me desperté temprano, ansiosa, mirando la habitación, mi cama, mirándome a mí

misma, mi camiseta, la llevaba puesta y estaba…intacta, mis braguitas, puestas e indemnes. ¿Cómo era posible? Anoche, él, su cuerpo, su olor, sus manos…

Salté de la cama y salí de la mi habitación en busca de Lucas. No estaba. Una nota en el frigorífico me decía que había ido al centro de investigación y que no lo esperase a comer.

El centro de investigación…los lobos, ese lobo, sus ojos. No, ¿pero en qué coño estaba

pensando?, ¿me había vuelto loca o qué?, desde luego Lucas tenía razón muchas veces en que necesitaba controlar mis fantasías y mis impulsos.

Me vestí a la velocidad del rayo, agarré mi bolso y me dirigí al centro de investigaciones. Di las gracias porque estuviese Lucas en el centro, así me sería más fácil entrar, no tener que inventarme una excusa. El chico de seguridad me reconoció sin problema y me dejó pasar. Al entrar al centro me detuvo una chica muy mona, morena pero algo estirada preguntándome quien era y a donde me dirigía. Le dije que buscaba a Lucas, el estudiante de veterinaria y que era su novia, que necesitaba verlo urgentemente. Parece

que se lo tragó y me dijo un simple…espere aquí, iré a buscarlo… —…ja, que te lo has

creído tú…

En cuento desapareció de mi vista, traspuse a la zona del parque donde se hallaban los lobos.

Como la primera vez, allí estaban, danzando a sus anchas por el trocito de parque que les habían concedido, pero ninguno de los allí presentes era él. Permanecí un buen rato, parada, frente a la cristalera, esperando a que apareciese.

¡¡Ness!!!¿Que haces aquí?

Hola Lucas, mmmmm, te buscaba, vi tu nota y como tardabas decidí venir a ver a tus animalitos.

—Mmmmmmmm, estas de un rarito… ¿y porque le has dicho a la chica que te

encontraste que eras mi novia?

Ah, mmmm, bueno, pensé que sería más efectivo decirle eso que no una compañera de piso.

Bueno, ¿y qué tal? ¿Qué te parece como se han adaptado los lobos al parque? ¿Los has visto? Bueno, habrás visto a dos, el tercero está siendo visto por los veterinarios…

Ah ¿si? ¿Por qué motivo?

Intenté parecer lo más desinteresada posible, aunque por dentro estaba que me iba a dar un síncope.

Pues parece ser que anoche intentó escapar de la zona acotada a su estancia. Es normal ese comportamiento y sólo le están haciendo un control rutinario.

Ohhhhhhhhhh diosssssss mioooooooo, anoche intentó escapar, justo anoche… —¿Pero no escapó, no?

Pues lo cierto es que lo descubrieron fuera de su zona pero cerca y dentro del parque, con lo cual, lo lógico es pensar que no llegó a abandonarlo

Claro. Necesitaba verlo, como fuese. ¿Y cuándo volverá a su zona?

Hoy mismo, eso me han dicho. Me gustaría verlo, si es posible.

¿Cómo? ¿Quieres ver al lobo? ¿Tu? , jajaja, no me lo puedo creer, no me digas que he acabado por inculcarte interés por esos bichejos como tú los llamas y no acabas riéndote y bromeando socarronamente del tema…

—Bueno, una madura, ¿sabes?, por favor, por favor, por favor…

Jajaja, ya veo ya. Bueno, bueno, bueno, si tanto interés tienes, esta tarde volvemos a ver si ha vuelto a su zona ¿ok?

Ok, gracias Lucas. Madre mía, rarita no, rarísima…vamos, te invitó a comer.

Eran las 5 de la tarde cuando entrabamos de nuevo en el centro. Había estado toda la comida medio ausente y en más de una ocasión Lucas me había dando un coscorrón para hacerme volver.

Al entrar, Lucas fue reclamado por la chica morenita de la mañana. Le preguntó a la chica si el lobo había vuelto a su zona, a lo que respondió afirmativamente.

No pude evitar soltar un largo suspiro de alivio que encerraba excitación a partes iguales.

Me adelanté a Lucas, antes de que dijese nada, y le dije que atendiese a su compañera, que lo esperaba en la zona de los lobos. Me miró extrañado, pero me sonrió.

Ok, espérame allí y pórtate bien eh, que te conozco. ¡¡A la orden!!

Y salí disparada como alma que lleva el diablo hacia la zona. Hubiese corrido, pero no era plan de llamar demasiado la atención.

De nuevo, no estaba con sus compañeros. Los dos lobos, esta vez estaban recostados sobre el terreno, pero ni rastro de él.

Esperé y esperé y esperé, rezando para que apareciese y que Lucas tardase un poquito más en aparecer.

Y de repente sucedió.

Noté una presencia, mucho antes de materializarse, mi cuerpo se estremeció y mi corazón se aceleró. Allí estaba.

Salió de su estancia, se paseo alrededor de sus congéneres, olisqueo el suelo…pero no

me miraba. Ohhh, vamos, vamos, mírame, mírame, mírame, por favor. ¡¡Ya estoy aquí!! Siento la tardanza.

Mierda, se me acababa el tiempo y yo necesitaba ver sus ojos, lo necesitaba, lo necesitaba.

Mierda, se me acababa el tiempo y yo necesitaba ver sus ojos, lo necesitaba, lo necesitaba.

¿Cómo están mis amiguitos? Cada

vez están más integrados y me

alegro

mucho.

Bueno,

hora

de

marcharse.

 

Lucas me agarró con su brazo del hombro mientras me avisaba que era la hora.

Y ocurrió.

En ese preciso instante, en ese y no en otro, sus ojos se fijaron en los míos y creí desfallecer. La tierra se abrió en dos y me tragó de golpe.

Y pude verlo, vi su cuerpo de lobo,

cuerpo

de

hombre,

de

lobo,

de

hombre, como fotogramas uno detrás de otro. Sí, era él. Mi lobo.

Su aullido se escuchó mucho más allá del recinto. Marcaba su territorio. Ahora yo era parte de su territorio.

Es un cabrón.

Mi jefe es ...

pirox

Gruñó con los dientes apretado en un cigarrillo cada vez mas sufrido y consumido, el hombre trajeado del cenicero lleno, un joven con la corbata mal colocada que parecía recién salido de la pubertad, con la cara marcada por el acoso de ya inexistente acné, derrotado a base de un presupuesto en cremas faciales, mayor que el de las estrellas de Hollywood.

— Es un cabrón. Mi jefe es ... — pirox — Gruñó con los dientes apretado

Se pasa todo el día, metiéndome los trabajos más nimios y repetitivos que podaos imaginaros. Es como si para el fuera el chico de los recados. Gruño disgustado, dando una última calada al veterano cigarrillo, y aplastándolo en el cenicero de un golpetazo. “Tráeme el café, novato” ”Imprime estos documentos, novato” ”Lleva a mi perro a pasear y ponle su supositorio medicinal” ¡No me he gastado todos mis ahorros en una carrera, para acabar siendo el criado de nadie! ¿Te crees que eso es malo, tienes idea de lo que me hacen pasar mis superiores?

Esta vez hablo un veterano, el hombre que iba por su tercera copa de whisky por la mañana, era un hombre bien vestido y arreglado, y aun canoso y de pelo grisáceo, su peinado y apariencia señalaban elegancia y portento, solo era traicionado, por su forma de sudar y sus exagerados gestos, habiéndose quitado la chaqueta y aflojado el cuello de su camisa, quejándose de la calefacción de la cafetería de la empresa.

No hacen nada, en absoluto, son como perezosos en traje, que se pasan todo el día jugando al buscaminas en sus portátiles ultracaros de última generación, y pidiendo

días libres para tirar pelotas con un palo. Oh claro, no suelen darme muchas ordenes, ni acosarme con el trabajo, pero …— Exclamo, con la manos levantadas, y aun sujetando el vaso, haciendo que salpicara levemente la ventana.¿A quien le echan la culpa, cuando un proyecto no sale bien o se retrasa? A mi, o el primer pringado de turno. Juro por mi querida esposa y mis hijas, que si tengo que anular otro aniversario o vacaciones familiar, por horas extras, voy a coger una escopeta…

Wowowow, no tan alto ¿Quieres?Le paro su compañero, algo preocupado. No digas eso ni en broma.

Lo siento, son los nervios, últimamente los tengo destrozados. Se excuso, dando un trago a su copa, y desviando la vista.

Ya, tú y yo amigo. Dijo el fumador, reclinándose hacia atrás y suspirando. ¿Y tú que? ¿No dices nada? Debes ser el único en la empresa, que no se queja. Le pregunto al tercer hombre en aquella mesa.

Era un hombre callado y algo tímido, se había pasado toda la conversación bebiendo cocacola y meditando para si, parecía demasiado arreglado, mas de lo usual en un ejecutivo, pelo negro engominado, barba recortada al máximo, anillo de oro en el dedo índice, y aquella colonia barata que olía a chamuscado y combustible. Miraba a los otros dos, con aquellas cejas pobladas y una mirada de alguien que se siente fuera de lugar.

—Pues, mi jefe es…— Dijo el hombre de colonia barata, cortándose al no encontrar la palabra adecuada, mordiéndose los labios—. Mi jefe es un…

Iba a terminar la frase, cuando el trio fue interrumpido por una aparición, sin haberlo visto y casi de la nada, se cruzo ante ellos, la mujer del vestido rojo, solo fue un instante, los segundos que tardo en cruzar la cafetería y salir de esta con una bolsa de donuts. Pero su figura se les había marcado a ambos, era alta y esbelta, pronunciado aun mas por aquel liguero que se veía sutilmente al borde de donde terminaba su falda y empezaba sus medias, con tacones que repiqueteaban el suelo a cada paso, haciendo de sus piernas mas largas y estilizadas de lo reglamentario para evitar accidentes de coche. Melena corta y rubia, que parecía brillar al sol de manera resplandeciente como si tuviera luz propia, y no llevaba sujetador, como marcaban y traicionaban sus pezones erectos tras la tela.

¿Quién es?Pregunto el fumador, cayéndole la ceniza a los pantalones, la cual se quito con rapidez y ligero pánico.

Ni idea, debe ser nueva. Recordaría esas piernas, de haberlas visto antes.Dijo el bebedor, mientras se tocaba su anillo de oro, silbando con las cejas alzadas.Menudo cañón ¿La conoces tu?Pregunto al de la colonia.

S-si, la conozco es… Mi secretaria.— Dijo en un tono nervioso y entrecortado.Me tengo que ir, luego nos vemos.Corto la conversación de inmediato, golpeando la mesa con un billete de cinco euros, e instantes después, levantarse y salir disparado hacia la salida de la cafetería, dejando a los dos hombres observando su repentina huida con desconcierto marcado en sus caras.

Ya le dije que no bebiera tanta soda con cafeína, o le daría dolor de estomago.Corto el silencio, el fumador, echándose a la boca y encendiendo su séptimo cigarrillo de la mañana.Hay gente que no sabe cuidar su salud.

— Ya le dije que no bebiera tanta soda con cafeína, o le daría dolor de

No deberíamos hacer esto. ¿No deberíamos, o no podemos? Deber, y poder, son cosas muy diferentes, cariño.

Detrás de una puerta cerrada, se hallaba un despacho con escritorio y demás muebles de carácter barroco, con olor a recién sacados de la fábrica. Las cortinas estaban echadas, aunque parte la luz de sol se filtraba por las cortinas y deslumbraba los rincones del cuarto, y se acumulaba calor y humedad, a culpa de un viejo y destartalado aire condicionado que solo echaba vapor de sus rendijas.

En medio de aquella sauna, dos cuerpos se encontraban compartiendo la misma silla, la mujer de rojo sentada sobre el hombre de la colonia barata, siendo sujetada por este para que no se cayera. Ambos sudando y respirando agitados, no precisamente por la calefacción de la sala.

Sabes bien, que tengo alguien esperándome a casa. No puedo traicionar su confianza de esta manera, cada vez que tú quieras.

Si, que puedes, y debes, estuve en esa boda, yo lleve a cabo esa boda ¿Recuerdas?Enfatizo, de manera autoritaria.Tu matrimonio con una persona de clase alta, tu trabajo, tu aspecto, tu vida. Todo eso me lo debes a mí.

Lo se, lo se.Dijo en un hilillo de voz, reprimiendo un gemido de angustia.

Hiciste un contrato cuando no eras nadie, yo he cumplido con mi palabra, ahora te toca a ti cumplir la tuya. Demuéstrame lo que has aprendido de mi.Ordeno, con lujuria cargada en sus palabras.

Si.

El cuerpo de ella se inclino hacia delante, sujetando la corbata del hombre, mientras depositaba un beso continuado sobre los labios de él, el cual recibió con sumo gusto. Con fogosidad y ansia, sus lenguas se conectaron, explorándose mutuamente entre ellos, y más de una vez bebieron y mordieron de los labios del otro. En aquel juego, no había cabida para el cuidado o la templanza, abandonándose en sus deseos egoístas y usándose entre si sin recato, para complacerlos.

Sabes dulce, como siempre.Separaron los labios, aun húmedos del contacto.Como un caramelo de regaliz.

—Tu sabes a… —¿Si?Inquirió, con curiosidad. A tabasco.Confeso en una temblorosa voz. ¿Je, eso es un cumplido o un insulto?

La mano de él fue a su escote, escondiendo bajo la tela, rozando la suavidad de sus montes, fue retirando el vestido con su otra mano libre, descubriéndola por delante, dejando libre sus senos, ambos rosados y erectos en sus pezones. El no tardo en lanzarse sobre estos, colmándolos de besos y caricias con su lengua, haciendo que ella empezara a estremecerse y soltar varios gemidos ahogados, echando para atrás la cabeza. El sabia que estaba haciendo un buen trabajo, cuando ella le agarraba de la corbata y tiraba de ella con fuerza hacia abajo, así que cuando mordió ligeramente uno de sus sensibles pezones, supo que era buena señal, cuando casi se ahogo con aquella soga colgada al cuello.

— Hiciste un contrato cuando no eras nadie, yo he cumplido con mi palabra, ahora te

¿La mesa?Pregunto su ejecutora. La mesa.Acepto la sentencia, la victima.

Sin pensarlo, el hombre desde su asiento, extendió el brazo por toda la mesa, empujando y lanzando todo el material de oficina, dejando solo una superficie plana de madera de caoba y papeles con cifras interminables. La levanto a ella en brazos, no sin dificultad, y la tumbo sobre la mesa, ocupando toda su superficie. Sus piernas levemente extendidas y abiertas, con el vestido rojo subido en un desliz al desplazarla, mostrando unas braguitas

semitransparentes con un lazo rojo, ocultando apenas lo que había tras ellas. Su pecho aun descubierto, subiendo de arriba abajo, con el corazón latiendo como un motor, y su rostro sonriendo desafiante, con su pelo desbordándose por la superficie de la mesa.

El hombre de la colonia barata se puso delante de ella y su mirada ansiosa, con las manos apoyadas sobre el borde de la mesa con fuerza, contemplándola como si fuera una obra de arte. Ella noto su creciente erección, abultando sus pantalones hechos a medida, mordiéndose el labio.

Ya sabes que tienes que hacer ¿No? —¿Si, pero estas segur…? —!Fóllame¡!Ahora¡!Mismo¡

Las manos de ellas fueron a él, soltando las ataduras de su cinturón y cremallera, dejándole libre en toda su longitud, aunque no tardo en volver a ser capturado, entre sus labios. Reclinando la cabeza, envolvió su miembro en la cálida humedad de su boca, pudiendo notar el vapor que era su aliento. Incitado, empezó a moverse suavemente dentro de esta, moviendo sus caderas hacia delante y atrás, notando como ella lo recibía con complacencia, acariciándolo con su lengua, mientras lo retenía dentro de si.

Sus manos fueron detrás de su nuca, sujetándola con cuidado de que no se golpeara contra la dura superficie de la mesa, y por debajo de su ropa interior, acariciándola en su monte de venus. Ella respondió llevando sus manos junto la suya, pero lejos de detenerlo, se agarraba a él, guiándolo y exigiendo ir más a fondo. Sin embargo, él no se dejo llevar, dejando pasar los minutos, y extendiendo sus labios, antes de siquiera meter un dedo en su profundidad. Acompañado, luego de un segundo, curvándose y frotándose contra su interior, sin tregua, mas allá de cuando salían, para pulsar y torturar su perla rosada, antes de volver a buscar en su interior.

Como una versión extraña de un ouroboros, la excitación de uno solo servía, para aumentar la excitación del otro, pareciendo que ambos iban a arder en llamas de deseo por combustión espontanea en algún momento. Cada vez mas, ella apretaba y envolvía mas sus dedos, y él le costaba refrenarse en sus movimientos, disfrutando como ella lo saboreaba, continuando así, y aumentando la intensidad y marcha de sus caricias, hasta que explotaron, figurativamente. El descargando su cálido liquido dentro de ella, apresurándose en salir y evitar mancharla en un fallido intento, y ella estremeciéndose sobre la mesa, arqueando la espalda al sentir desbordar en su entrepierna, y arañando con sus uñas la madera, durante unos largo instante eterno. Hasta que volvió del clímax, notando la semilla de él, esparcida por su cara, derramándose por el suelo.

Mmmmhhh.La mujer del vestido rojo, se levanto a medias donde estaba, colocándose delante del hombre de la colonia barata, mientras pasaba una mano por su rostro aun impregnado.Límpiame.Ordeno con una voz mas grave de lo usual en un humano, y mas de una caverna oscura.

El hombre de la colonia barata, inclino la cabeza y obedeció sin quejas, sacándose un pañuelo de sus bolsillos, y con intención de pasárselo por el rostro de ella, con sumo cuidado de no correrle el maquillaje, sobre todo el carmín de sus labios carmesís, pero ella le detuvo a medio camino, dándole una patada a la muñeca, haciendo que abriera la

mano y tirara el pañuelo. Luego su pie subió hasta su mentón, empujándole para arriba, la vista desde ahí, ofrecían una empinada caída hasta unas curvas mortales, donde mas de uno ha caído, por acelerarle el corazón mas allá del limite.

He dicho que me limpies, mortal.Le reprendió, con el siseo de una llama haciendo restallar la madera de un latigazo de calor.

El hombre entendió, lo que quería de él, y cuando le soltó del mentón, se inclino sobre esta, sacando y pasando su lengua por donde la había manchado, no tuvo problemas en tragar. Ella le había acostumbrado a su propio sabor, al de ella, y de muchos más.

Luego le subió el vestido, deslizando sus manos sobre sus curvas, y le coloco sus zapatos rojos de tacón alto, fue entonces, cuando ella le dio una fuerte patada en el hombro, casi marcándole la suela en las carnes.

Mis zapatos.Dijo con una cruel sonrisa, mientras extendía una de sus piernas, mostrándole la suela del zapato ante sus narices.Límpialos.

El hombre titubeo por un instante, pero noto la mirada impaciente de ella, y sin pensarlo por mas tiempo, se arrodillo y cogió el zapato y paso su lengua por el, dándole el mismo cuidado que daría a cualquier otra parte del cuerpo de la mujer del vestido de rojo. Y repitió una segunda vez, con el otro zapato.

Bien, bien, te has portado muy bien, mortal. Por hoy te daré el día libre.Dijo levantándose, y colocándose junto a él, mientras le acariciaba el pelo, al igual que uno haría con una mascota.Recuerda que mañana, tienes una cita con la presidenta de la compañía rival, espero que seas capaz de convencerla de iniciar una “intima” y larga relación entre ambas compañías.Ella, se inclino sobre el, y le dio una beso cariñoso en la frente, antes de chasquear los dedos, haciendo aparecer una puerta rodeada de llamas de la nada.— Y esta noche, cuando veas la “sorpresa” de tu esposa, no te escaquees, o te arrancare los huevos para desayunar. Sabes lo mucho que odio hacer bodas para perdedores como tu. Hasta luego, Fausto.

La puerta flamígera se abrió, y la mujer del vestido rojo, entro por esta, transformándose en pleno marco, creciendo en tamaño, con pezuñas chocando y sonando en suelo donde antes estaban sus zapatos de marca, y creciendo cuernos que se retorcían sobre su frente. La puerta se cerró tras ella, y luego desapareció, dejando a solas al pobre Fausto, mirando donde antes había estado su ama y el portal de donde había salido.

—Mi jefa es…— Musito, en voz baja.Mi jefa es una cabrona.

Por la vidriera

Vlixes

El segundo día de mis vacaciones alojada en un balneario junto al mar ya por la mañana, a eso del mediodía, me dispongo a recibir un masaje que me relaje para desconectar ya el primer día. No pensaba privarme de nada, bien merecido me tenía este descanso en solitario. Tras hidratar toda mi piel en el jacuzzi de agua marina, mi amable y guapo masajista, me indica un sillón, en el que me acomodo. Reclina la espalda, y a la vez suben mis pies apoyados en el soporte. Comenzaremos por los pies, tan importantes para nuestro bienestar, y a menudo tan olvidados. Eliminaremos las durezas, y tonificaremos la piel de pies y piernas.

Aplica crema exfoliante en la planta y los talones. Siento sus largos y fuertes dedos pasar una y otra vez por mis durezas, para ablandarlas y quitar las células muertas. El tacto de esta crema es raro, a la vez suave y con algunas partículas minúsculas y muy dura, pero a mis castigados pies les encanta este fuerte manoseo y el roce estas

micropartículas como diminutos diamantes

Posteriormente, con una especie de plato

.. de ducha portátil, lava mis pies para retirar el exfoliante. El agua, al principio muy caliente, disminuye su temperatura poco a poco, terminando tibia, a un punto de estar fría, lo que me deja los pies agradablemente descansados. Habitualmente me acordaba de mis pies al sentirlos apretados, doloridos, cansados, ahora los sentía tonificados, diría que esponjosos, de lo a gusto que me encontraba. Una vez secados, aplica una nueva crema, mucho más suave que la anterior, cálida, untuosa. De nuevo siento sus dedos recorrer mis pies, completos esta vez. Sigue por los tobillos, pantorrillas, muslos. Sus cálidas manos se mueven y presionan mis músculos con tal maestría que, tumbada como estoy en el sillón reclinable, cierro los ojos y entro en una especie de nirvana.

¿Cómo se encuentra? En la gloria.

Aquí es adónde debíamos llegar, me susurra mientras me cubre con una tibia y suave toalla

Continúa hablándome con su cálida voz:

Antes de seguir, la piel debe absorber la crema que le acabo de poner. Relájese, y trate de no pensar en nada. Ya sabe que las preocupaciones son fatales para la piel, la deshidratan y arrugan. Puede aprovechar para descansar un poco. Aquí, a la siesta de antes de comer la llamamos siesta del cordero, o siesta del carnero. Volveré en 40 minutos aproximadamente.

Cierra un poco más el toldo que cubre el techo de vidrieras, lo que deja la sala en penumbra, y tras poner música muy suave, se retira. Obediente, cerré completamente los ojos y traté de no pensar en nada, sólo sentir el bienestar de mis pies y piernas.

En unos segundos,

veo

a

tres

ángeles

rubios

revolotear

sobre

mí,

jugando

y

acariciándose como efebos. Esa imagen de cuerpos jóvenes rozándose entre ellos me

enternecía, pero ni siento vergüenza, a pesar de que la sábana que me encuentro desnuda, pues la sábana queme cubría se había deslizado hasta el suelo, ni tampoco me excitaba, lo cual no entendía. Hasta que descubrí la razón de mi indiferencia: Ninguno de ellos tenía sexo. Entre sus piernas no había absolutamente nada, ni sexo ni vello, nada; por eso sus mutuas caricias no provocaban ni en sus cuerpos ni en el mío ninguna reacción.

Al momento, del techo descendió otro ángel. Al verlo, los otros tres formaron un gran revuelo, volando a su alrededor, en una algarabía que tampoco entendía, dado que hasta ese momento no había sus movimientos lentos, roces suaves y miradas lánguidas. Por fin me doy cuenta de la razón de su revuelo: Los tres primeros rodean y extienden sus alas alrededor del último para impedirle que me vea, y yo a él. Forcejean, y durante un segundo consigue apartarlos, lo justo para que vea su cuerpo, a la vez tan parecido y tan distinto de los anteriores: Sus cabellos, negros como el azabache; su piel, morena; oscura y apetecible como el chocolate. Músculos perfectos, como cincelados por un escultor renacentista. En esa fracción de tiempo minúscula, la imagen de su cuerpo quedó grabada en mi retina hasta en su menor detalle, y había uno que no era menor, sino muy importante: Entre sus piernas lucía un falo precioso, un poco más oscuro que el resto de su piel, con sus dos testículos colgando a los lados, como mandan los cánones. Ahora entendía el revuelo formado.

enternecía, pero ni siento vergüenza, a pesar de que la sábana que me encuentro desnuda, pues

Los tres seres asexuados pretendían impedir que le viera, y él a mí. En el siguiente lance, de nuevo les aparta otro instante, en el que nuestras miradas se cruzan. Además de sus ojos negrísimos, que se clavan en mí, advierto que su falo, limpio de vello como el resto de su cuerpo, comienza a crecer y enderezarse, siendo ahora tan evidente como el apéndice frontal de un unicornio.

De nuevo le rodean para evitar que llegue hasta mí. La lucha va “in crescendo”. Con una fuerte brazada, por fin se deshace de los 3 ángeles asexuados que de nuevo traspasan la vidriera en dirección contraria a la de su llegada y desaparecen. Ya sin obstáculo, viene hacia mí, su sexo ya erguido, extendiendo sus alados brazos para rodear mi cuerpo, que ansioso le espera.

Despierto sudorosa, agitada, suspirando, con la boca seca, cierro con fuerza los ojos, quiero volver a mi sueño, consumar la cópula con esa extraordinaria criatura, braceo en el aire, mis manos tratan de tocarle, abrazarle, asirle para traerlo hasta mí, abro aún más mis piernas para exhibir ante él aún más mi sexo e invitarle a entrar en él de una

vez, antes de …

Reflexión

Paty C. Marín

Molly no podía creer lo que estaba viendo, lo que se había desencadenado en su majestuosa habitación. Hacía tan solo unos minutos estaba durmiendo plácidamente entre suaves y limpias sábanas con aroma a sol y lavanda, y ahora estaba encogida de miedo en una esquina de la cama, con la sensación de que las sábanas no la escudarían ni la protegerían de posibles daños. Todo había comenzado con un extraño ruido que la había despertado de golpe, seguido por un destello y un olor a madera carbonizada. Miró en todas direcciones para encontrar la fuente de aquel extraño suceso y observó unas volutas de humo negro serpentear hasta el techo desde el centro de su habitación, iluminadas por la luz de la luna que entraba por la ventana. Una ventana que estaba abierta y cuyos cortinajes se mecían con la brisa nocturna creando fantasmagóricas ondulaciones. Aquello la estremeció de los pies a la cabeza, desde siempre había tenido miedo a las ventanas abiertas durante la noche; se sobrecogía al comprobar cuán oscuro, infinito e insondable podía ser el universo durante las horas nocturnas, provocándole una angustiosa inquietud que no lograba explicar. Era como un recordatorio de lo efímero de la vida y a Molly no le gustaba que le recordaran que tenía fecha de caducidad.

Pero se olvidó de la ventana y del universo que se extendía al otro lado cuando se asomó hacia los pies de la cama para ver qué era lo que humeaba allí. Por un momento pensó que debía llamar a Steven, su marido, para que la socorriera, pero luego se preguntó de qué tenía que socorrerla si por el momento allí no ocurría nada salvo que algo parecía haber entrado por la ventana y había aterrizado en su habitación. Aunque esto era una suposición demasiado marciana como para tomarla en serio, pero Molly era una muchacha con una imaginación desbordante. Aun así, lo que encontró en el suelo, ovillado, encogido y desnudo, la sorprendió más de lo que esperaba:

Reflexión — Paty C. Marín — Molly no podía creer lo que estaba viendo, lo que

allí había aparecido un hombre.

El corazón se

le

aceleró

y

la

respiración se le agitó. La posición en

la que estaba se asemejaba a la de un

animal herido por

la

forma en que

estaba retorcido sobre si mismo, con la cabeza entre los brazos y las piernas a la altura del pecho. Por la escasa luz de luna que entraba por la

ventana abierta, Molly contempló su perfecta silueta dibujada contra el suelo, perfilando músculos y tendones que no había visto nunca en un hombre. A decir verdad, nunca había visto a un hombre desnudo, ni siquiera a su marido Steven, por lo que aquella majestuosa belleza en un cuerpo se le antojó la de un animal exótico.

Poco duró aquel embeleso, aquella fascinación por la curva de sus hombros y las dunas de sus costillas cuando el hombre empezó a moverse. Molly se cubrió con la sábana a modo de escudo, con un grito de alarma atascado en la garganta, observando como el desconocido se retorcía, como contraído por el dolor y, lentamente, como si le pesara el cuerpo, empezó a arrastrar las manos por el suelo, palpando su superficie. Molly observó entonces su ancha espalda, el surco de su columna vertebral, los músculos tensos y brillantes y como los brazos se le hinchaban al imponer una fuerza contraría a su propio peso para levantarse. Arqueó la espalda, como una bestia agazapada a punto de atacar, colocándose en una postura que permitió a la muchacha ver sus poderosas piernas y sus firmes nalgas. Con los dos pies afianzados y ligeramente separados, el hombre empezó a ponerse en pie, alzándose majestuosamente como una montaña, irguiéndose cuan largo era. Molly se mordió los labios para no dejar escapar un gemido de horror, pues el aspecto de aquel hombre, aunque absolutamente hechizante, también poseía un componente peligrosamente inquietante, pues era el hombre más alto, más robusto y más grande que había visto nunca. Y estaba desnudo. Le recordó vagamente a un atleta de los tiempos de los griegos, dónde especímenes absolutamente perfectos, semidioses entre mortales, realizaban todo tipo de proezas físicas. Los únicos hombres que Molly había visto como el que tenía delante eran los del equipo provincial de Rugby, una tarde que logró convencer a Steven de que la llevara con él. Y si bien el juego la había aburrido, se descubrió mirando a aquellos hombres más de lo que una damita como ella tenía permitido. No encontró violento el juego, aunque lo fuese, pero sí sumamente incómodo y perturbador, pues ella sólo había conocido hombres normales, personas elegantes de refinados modales que no soportaban mancharse las manos de barro o acabar enzarzando con otros cuerpos en un abrazo de oso con intención de inmovilizar al contrario.

En esas cosas estaba pensando cuando el hombre giró la cabeza para mirar a un lado y a otro, sin perder la postura tensa, las piernas separadas, los brazos a los lados del cuerpo con los puños cerrados y la espalda ligeramente encorvada. Los ojos de Molly ya se habían acostumbrado a la oscuridad y la luna ofrecía una fuente de luz francamente eficaz, pues la muchacha tuvo tiempo más que suficiente para contemplar aquella magnificencia hecha de huesos y músculos. La osamenta de aquel hombre, de aquel intruso, era tan rotunda y categórica que daba escalofríos. Sus manazas serían capaces de desmenuzarla sin problemas como si ella fuese un pequeño trozo de pan sin corteza. Y sus piernas, largas, esbeltas, como dos troncos de roble. Al contemplar la anchura de sus hombros y el robusto cuello, observó algo extraño en la cabeza. No pudo evitar que un gemido de pavor le brotara de entre los labios, llamando así la atención del intruso, que se giró lentamente hacia ella.

Molly no estaba preparada para eso. El desconocido le dirigió una mirada oscura por encima del hombro y lo que ella había visto de raro en las sienes del hombre, ahora pudo verlo dibujado con los trazos plateados de la luna: cuernos. Aquel hombre tenía dos cuernos que le brotaban de la frente y se retorcían hacia atrás, enroscándose cómo los cuernos de un carnero. Eran gruesos, rugosos y grandes. Molly quiso gritar, pero la

mirada que el hombre le dirigió de perfil le trabó la lengua y le cerró la garganta. Cómo un animalillo asustado, la muchacha empezó a temblar, a tiritar como una hoja precariamente aferrada a una rama y mecida por el viento de otoño. Despacio, con todo el tiempo por delante, el hombre empezó a girar el resto de su cuerpo, sin dejar de vigilarla con la mirada, provocando así que el terror de Molly empapara las sábanas con su transpiración.

Su rostro no era de este mundo. A decir verdad, era un rostro humano, semejante al de

una estatua de un dios clásico, pero a la vez no se parecía en nada a una cara que ella hubiera visto antes. Los rostros a los que ella estaba acostumbrada eran los que veía en sus paseos por el parque o las tardes de té, rostros delicados y señoriales, casi afeminados. Steven tenía un rostro hermoso, masculino, atractivo. Y este hombre de los

cuernos también, pero también transmitía ferocidad, bravura, desenfreno, lujuria montón de cosas que Molly no había experimentado nunca.

...

un

El hombre dio un paso hacia a la cama y ella recuperó entonces la movilidad en las piernas. Saltó del colchón sin pensar, enredándose con las sábanas en las piernas, con el corazón desbocado por el terror. Con la torpeza que concede el pánico y la desesperación, Molly cayó al suelo temblando, aterrizando contra el frío suelo de piedra, para luego levantarse a trompicones para emprender la huida. Apenas hubo recorrido un metro cuando una de las enormes manos del hombre de los cuernos la agarró del brazo con firmeza, pero con una suavidad exageradamente antinatural que le impidió seguir corriendo, no por la fuerza que él ejercía, que no era mucha, sino por la descarga que le recorrió el cuerpo cuando la aspereza de la yema de sus dedos le acarició el brazo. En contraste con su delicado brazo fino y pálido, la mano era oscura, tosca y fuerte, con que apretase ligeramente, Molly supo que le fracturaría los huesos del brazo. Un sudor frío e incómodo le bajó por las sienes, por la nuca y el cuello y jadeó presa del terror. El desconocido tiró delicadamente de su cuerpo para atraerla hacia él. Molly agachó la cabeza, con las rodillas a punto de doblarse por el peso del miedo y gimió horrorizada, en un amago de súplica que ni siquiera fue capaz de expresar en voz alta. El hombre de los cuernos le levantó el rostro para que le mirase a los ojos, obligándola a perderse en ellos y le sonrió con gratitud.

Gracias, Molly, por liberarme de mi largo encierro dijo. Su voz era grave, era como agua caliente en invierno, como el rugido de una bestia. A Molly le retumbó en el estómago, como un cañonazo, estremeciéndola con mayor violencia. Tardó unos segundos en entender sus palabras y le llevó casi un minuto asimilar que aquel hombre con cuernos la había llamado por su nombre.

¿Cómo sabes mi nombre? acertó a decir, sorprendida de poder hilar una palabra con otra y no balbucear como si se hubiera olvidado de hablar.

Lo sé fue su respuesta, arrogante, soberbia, sugestiva.

El silencio que siguió tensó los nervios de Molly como cuerdas de piano. Paralizada por el miedo y por la mano del hombre, empezó a ser consciente de su fisicidad, del espacio que ocupaba no solo en la habitación sino del que ocupaba cerca de ella, de la forma en que el aura que desprendía comenzaba a invadir su propio espacio vital y sobre todo, fue consciente del calor que entumecía sus miembros, irradiando desde los puntos dónde sus pieles se tocaban. El hombre presionó entonces los dedos bajo su barbilla,

alzándole todavía más el rostro para poder inclinarse sobre él, pues su altura era muy superior a la de ella. Molly contuvo el aliento a medida que él se aproximaba, a medida que los labios descendían al lento encuentro delos suyos para cubrirlos. Aquella proximidad hizo que el cuerpo de Molly tuviera que acercarse aún más al cuerpo del hombre de los cuernos hasta que la tela del camisón acarició la piel de él. En ese momento Molly se dio cuenta de su propio cuerpo, de que estaba exaltado, a flor de piel, tembloroso y al acercarse tanto sus pechos, siempre ocultos bajo tres o cuatro piezas de ropa y un corsé, se apretaron contra el muro que era el tórax del hombre. Aquello la sobresaltó y emitió un jadeo de asombro, suspiro que el intruso inhaló justo antes de besarla con suavidad. Tan solo fue una ligera presión de labios, una transmisión de calor mediante contacto, pero para Molly fue el beso más ardiente que nadie le hubiera dado.

Cuando apartó los labios de su boca, el hombre posó las manos sobre sus hombros para deslizarle el conjunto que usaba para dormir. De pronto Molly, que del mismo modo que no había visto nunca a un hombre desnudo tampoco se había desnudado para nadie, sufrió un ataque de pudor y se cubrió el cuerpo con los brazos, alejándose un paso del hombre de los cuernos. Él se quedó dónde estaba, con una sonrisa prendida en los labios.

¿Vergüenza a estas alturas? preguntó. Ya he visto tu cuerpo desnudo, permíteme verlo de nuevo sin ningún velo de por medio.

¿Ddesnuda? ¿Ccómo dices? ¿Ddesnuda yo?

Sus torpes preguntas la avergonzaron incluso a ella. Se aferró con mayor fuerza a sus ropas, ocultándose aún más ante el hombre a pesar de llevar un grueso camisón largo hasta los pies y un batín para combatir el frío. También lo hizo para aliviar el hormigueo que sentía en los pechos, los sentía tirantes, estremecidos. Los apretó contra sus brazos para que dejaran de dolerle.

Tu rubor resulta encantador, Molly. ¿No recuerdas que anoche te acariciaste delante

alzándole todavía más el rostro para poder inclinarse sobre él, pues su altura era muy superior

del espejo del baño? Así es cómo me liberaste, masturbándote desnuda frente al espejo dónde yo estaba preso.

Molly sintió una oleada de vergüenza tan física que se le enrojeció todo el cuerpo. Ella era una buena chica, siempre había sido una buena chica, siempre había sido correcta y decente y nunca había tenido pensamientos impuros porque eso era pecado. Pero anoche había hecho algo terrible y, por lo visto, había liberado a un monstruo. A un monstruo lujurioso que ahora quería desnudarla y hacerle a saber qué cosas.

Fue una visión celestial, la forma en que estabas arrodillada, con las piernas abiertas, mirándote, explorándote en el reflejo del espejo. Y tu mirada curiosa paseando por tu propio cuerpo desnudo, fascinada por la forma en que tus dedos se humedecían cuanto más te acariciabas, descubriendo esas partes dónde un roce te provoca escalofríos ...

¡Cállate!

...Y

encontrando esa cavidad dónde debe reposar un hombre.

Por amor de Dios, ¡no sigas!

...Y

cómo introdujiste tus dedos, palpando las paredes resbaladizas de tu sexo,

temblando de gozo al sentir el placer que eso te producía.

Molly se cubrió los oídos con las dos manos y sacudió la cabeza, negándose a escuchar en voz alta la descripción de sus propios actos. Sí, lo había hecho, pero se negaba a admitirlo. Justo después del orgasmo que la había atravesado se había sentido tan culpable y tan irritada que le había gritado a Steven cuando él regresó a casa, dejándolo estupefacto en la mesa del salón dónde cenaban y luego subió a su habitación a llorar con tal desconsuelo que incluso llegó a asustar a su marido, que se acercó para consolarla. Pero Molly lo echó con cajas destempladas y Steven se marchó derrotado sin saber qué estaba ocurriendo.

Fue tu placentero gesto lo que rompió las cadenas de mi encierro acabó el hombre de los cuernos, agarrándola delicadamente por las muñecas para que apartara las manos de los oídos. Molly frunció los labios y cerró los ojos, negándose a escuchar la voz del intruso, deseando poder gritar para que Steven viniera a rescatarla. Así que te doy las gracias, Molly, y cumpliré con lo prometido.

Cubrió su rostro con las dos manos y la besó, invadiendo su boca como el disparo de una flecha. Molly gimió por la impresión cuando sintió la lengua intrusa acariciar la suya propia, humedecerle los labios, rozarle los dientes y llenarla de gozo. Una llamarada surgió de la boca besada para descender por el resto de su cuerpo, inflamándole los sentidos y las entrañas, provocando que toda su piel se erizara. Se aferró a los brazos del hombre con la intención de apartarlo de ella, pero a medida que su beso tomaba posesión de su boca, hundiéndose más y más, hasta lo imposible, Molly se quedó sin aire para respirar. Resopló por la nariz al verse privada de oxígeno y su estado de nervios fue en aumento, porque no conseguía alejarse del cuerpo y de la boca del intruso, que acariciaba toda su cavidad regalándole caricias lujuriosas y oscuras promesas. Sintió sus manos recorrerle el cuerpo, una subiendo por la espalda para agarrarla de la nuca, enredando los dedos a su cabellera para afianzarla más a su boca y la otra recorrer la curva de su cintura y su cadera, subiendo lentamente la falda de su

camisón para acariciar su piel. Molly gimió con más insistencia, una suerte de protesta que no hizo cambiar de opinión al hombre de los cuernos, que finalmente logró que su mano tocara la piel desnuda de su muslo. El fuego que sintió Molly en la pierna le entumeció todo el lado del cuerpo y el corazón saltó del pecho hasta golpearse contra las costillas. Clavó los dedos en los fuertes brazos del hombre, incluso las uñas, en un intento por apartarlo de ella, pero no cedía y la mano intrusa debajo de su ropa trazó suaves caricias a sus nalgas, su cintura y, subiendo poco a poco, delineando sus costillas, rozó el contorno de su pecho.

Solo entonces el hombre se separó de sus labios. Molly expulsó el aire contenido y jadeó para recuperar aliento, con el corazón desbocado y la desesperación a punto de saltarle del pecho. Un dolor indescriptible se había instalado entre sus muslos, un dolor que había sentido muy pocas veces y que anunciaba el crecimiento de la excitación. Fue consciente de la humedad que resbaló entre sus muslos desnudos y la vergüenza quiso plantar batalla al deseo que crepitaba en sus entrañas. Este extraño hombre con cuernos desprendía un calor abrasador y sus manos, ásperas y duras, le regalaban caricias indecentes. La mezcla de terror y frustración amenazaba con desbordarse, con arrasar todas sus defensas y sus intentos por evitar que cualquier emoción inapropiada brotara salvajemente. Observándola en la oscuridad, el hombre le regaló una caricia en la mejilla, que aunque suave, para Molly fue ardiente y salvaje. Gimió con mayor escándalo cuando la mano bajo su camisón le cubrió un pecho por entero, presionando para prodigarle ligeros apretones con estimulantes resultados, arrancándole un ahogado lamento cuando toqueteó su dolorida cima.

Molly se preguntó qué estaba ocurriendo, por qué no podía apartar las manos de ese hombre, por qué su cuerpo desnudo la atraía como no debería atraerla. Era un extraño, era un ser extraño, ¡tenía cuernos, por amor del Cielo! Estaba asustada, estaba horrorizada, pero la adrenalina que recorría su cuerpo era el combustible perfecto para un anhelo siempre reprimido. Perdida en un razonamiento sin sentido, la caricia sobre su pecho hinchado llenó su vientre de deseo y sus muslos de humedad. Apartó la mirada de la bestia cornuda con forma de hombre, deshaciéndose lentamente con aquella caricia tan simple, pero tan íntima y pensó en Steven, en lo mucho que a él le gustaría hacerle aquello mismo, en lo mucho que le gustaría verla desnuda. Pero Molly nunca había accedido a dejarse llevar por el pecaminoso camino de la sexualidad, en sus labores como esposa no tenían lugar aquellas cosas y en el fondo se sentía culpable por no complacer a Steven, el cual la adoraba y le concedía el espacio que necesitaba. Y anoche, ella, la recatada y pura Molly, que apenas había tenido contacto con su marido salvo en las ocasiones en las que la situación era insostenible, se había dado placer a si misma para aliviar un tenso dolor entre sus piernas, un dolor que no deseaba mostrar a Steven por vergüenza, para que él no pensara que ella era una mujer indecente. Y ahora estaba siendo tocada por un demonio, por un hombre desconocido que la tocaba como la tocaba Steven, que la excitaba como Steven, que quería lo mismo que Steven. Y no parecía tener fuerzas para resistir el placer que sentía, no podía seguir reprimiendo el deseo, ese deseo que se derramaba entre sus piernas y resbalaba muslos abajo, hasta las rodillas.

El intruso la besó de nuevo, acariciando su pecho con reverencia y dedicación y Molly sintió que ardía, que el pecho se le quemaba. Un duro apretón sobre su cima envió un calambre a su sexo, a un punto de su sexo que latió como un corazón, aturdiéndola y

doblándole las rodillas. El hombre la sostuvo por la nuca, abandonó las caricias a su pecho para rodearla con un fuerte y musculoso brazo alrededor de la delicada curvatura de la cintura, haciendo que la piel de su torso entrase en contacto con la piel del cuerpecito de Molly. Ella sintió en el estómago, sobre su monte de Venus, lo que nunca había visto antes: el miembro masculino, duro y caliente, del hombre que la estaba tocando. Sabía que eso acabaría tarde o temprano metido en la cavidad de su entrepierna y que al principio le haría daño, luego resbalaría y finalmente le provocaría una oleada de éxtasis que culminaría con un estallido de ardiente líquido dentro de ella. Eso que Steven había hecho tantas veces para hacerla gozar pero que ella se había cuidado de disimular por miedo. Ahora lo deseó, deseó a Steven, deseó que ese miembro que sentía entre su cuerpo y el del hombre fuese de Steven; deseó, incluso, verlo con sus propios ojos y tocarlo con sus propias manos.

Sintió una caricia entre sus nalgas que la hizo gemir y al instante todas sus defensas se vinieron abajo. ¿A quién quería engañar? Llevaba años negándose el placer, horrorizada por las consecuencias que eso pudiera tener, por temor a que alguien la juzgara impura, pecaminosa, lujuriosa. Sí, era lujuriosa, le gustaban los hombres, le gustaba soñar con ellos, le gustaba hacer el amor con Steven aunque fingiese lo contrario y ahora deseaba poner su cuerpo a disposición de Steven para que él hiciese

lo que quisiera. Quería ser su esposa y su amante

se sentía profundamente

... arrepentida por todo el tiempo perdido y, sobre todo, por el dolor que le había causado

al acusarle de un montón de cosas horribles.

Molly aflojó los dedos alrededor de los brazos del intruso y se entregó a su beso y a sus caricias, deslizando las manos por sus brazos, deleitándose con el tacto, excitándose con el contorno de sus duros músculos, sintiendo la tensión de sus hombros. Pero sobre todo se sentía excitada por sus cuernos, por esas protuberancias sobrenaturales que le provocaban un morbo indescriptible. Le acarició las mejillas y subió las manos hasta su frente, agarrándose a los cuernos con firmeza y sintiendo una oleada de placer tan intensa que se convulsionó, frotando de forma inconsciente su estómago sobre el miembro del hombre. Escuchó un gruñido ronco que surgió del pecho masculino y reverberó en su propia boca y aquello la volvió loca. Oh, Steven, cuánto desearía tener a Steven allí, viéndola desnuda y deseosa. El hombre de los cuernos dio un paso hacia delante, sosteniendo su cuerpo para hacerla caminar de espaldas y la levantó sin esfuerzo para depositarla en un extremo de la cama. Molly se aferró a su cuerpo incapaz de separarse, deseosa de seguir sintiendo aquel contacto abrasador, sujetándolo por los cuernos, un con cada mano, para besarle con avidez y deseo, con desmedida necesidad. La postura sobre la cama permitió a Molly rodearle las caderas con los muslos y apretar contra ellas, gimiendo de desesperación. El hombre acarició sus piernas y, del mismo modo que ella le sujetaba los cuernos, él la sujetó por los tobillos.

La obligó a doblar las rodillas y mantener las piernas separadas, un gesto brusco para una postura indigna, indecente, escandalosa. El deseo alcanzó su punto más alto cuando el miembro le acarició los hinchados labios, buscando su entrada. Molly fue penetrada con un único y lento movimiento, tan inesperado que la hizo gritar, descompuesta por la magnitud de lo que invadía su cuerpo. Steven no era tan grande, no era tan voluminoso, según ella recordaba. Sintió dolor, un dolor lacerante que a su vez se transformó en gozo absoluto, en dulce calvario, éxtasis pleno por verse invadida con lenta violencia, pues sintió cada centímetro de intrusión abriéndola sin

misericordia, haciendo que su pequeño cuerpo albergara un monstruoso miembro que

acabaría por romperla. Él era grande en todos los sentidos, su cuerpo, sus manos, su

pecho, su pene

y cuando ella pensó que ya no podía seguir conteniendo su dura

... erección, realizó el camino inverso para desenvainarse y penetrarla de nuevo, más rápido y con mayor contundencia. Molly gritó de éxtasis, aferrándose a los cuernos y con todo el cuerpo tenso de deseo.

El hombre realizó el mismo movimiento, penetrándola con mayor profundidad, hundiéndola en la cama y en las mieles de la satisfacción absoluta. Y por tercera vez salió y entró, y Molly gimió absolutamente agradecida y complacida, buscando aire para llenarse los pulmones de placer, aspirando el aroma que él desprendía, a la vez que acariciaba los cuernos estriados, porque la sensación en los dedos aumentaba su propio deleite. Fue entonces cuando supo que no había forma de parar el torbellino de emociones, con metódico vaivén, el intruso penetró su cuerpo una y otra vez, llenándola con su tamaño hasta dejarla con una sensación de plenitud absoluta. Sentía su dureza, su calor, cada centímetro de firmeza rozando la íntima cavidad, hasta que de pronto su corona tocó un punto dentro de ella que la catapultó a las estrellas. Y entonces el hombre se centró en volver a tocar ese punto cada vez que se hundía entre sus piernas, presionándola sin compasión, empujándola hacia el precipicio del orgasmo. Molly no se resistió esta vez, no podía, se retorcía bajo el enorme cuerpo y movía las caderas para ir a su encuentro, gemía lastimeramente para aliviar el placer y acariciaba sus cuernos de manera febril, excitándose aún más con el roce de sus irregulares formas. El sudor empañaba su piel y resbalaba por su vientre, los muslos empezaban a desollársele por el roce y su sexo palpitaba de impaciencia, llevándola a un estado de salvaje frenesí, hasta que fue consciente de que llegaba al final.

Molly estalló de pasión y sufrió un violento espasmo que la dejó paralizada durante interminables segundos. Se agarró a los cuernos como si estos fuesen su medio de salvación, pero no logró sentirse a salvo cuando empezó a temblar sin control, atravesada por relámpago de un orgasmo furioso y descarnado, siendo plenamente consciente de las contracciones de su sexo apretándose al miembro duro como el acero que continuaba golpeándola sin descanso, con un ímpetu arrollador. Molly gritó una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas, el cuerpo tembloroso y enardecido, asustada de que aquello no tuviera fin cuando se prolongó hasta lo indecible. Suplicó sin poder enhebrar palabras coherentes, pero no sabía qué deseaba, si que aquello no cesara nunca o que terminara por fin para sentir alivio. El hombre de los cuernos entró en ella con una poderosa embestida y un calor abrasador caldeó sus entrañas, y supo entonces que él también había alcanzado el clímax por la forma en que se hinchó dentro de ella para después derramar en abundancia su preciada carga.

Molly estaba ciega, sorda y apenas sentía otra cosa que el cuerpo del hombre sobre el suyo y los cuernos en sus manos. No se sintió culpable por lo que acababa de hacer, no tenía sentido, porque seguramente aquello era producto de un sueño de su mente enferma de sexo. Ni siquiera aceptó que la sensación de vacío que experimentó cuando su amante abandonó su cavidad fuese real, porque era un hombre con cuernos el que acababa de fornicar con ella; y tampoco le dio importancia a la humedad que resbaló por sus muslos y manchó las sábanas, como tampoco quiso hacer caso al hecho de tener el camisón subido por encima de los pechos. Lo siguiente que Molly recordaría, por tanto, fue despertar sola en su habitación, sacudida por unos incontrolables espasmos,

producto de un orgasmo soñado con un hombre con la complexión de un dios y cuernos de demonio, en el mismo lugar de la cama dónde había pecado con él.

Bajó del colchón con las piernas temblando, un agudo dolor entre los muslos que le resultaba terriblemente placentero, igual que el hormigueo en sus entrañas la hacía gemir de entusiasmo. Se recolocó el camisón y caminó descalza por la habitación, abandonándola sumida en un letargo de placer que parecía hacerla gravitar a varios centímetros por encima del suelo.

Steven se encontraba en el salón, hundido en su sillón de siempre, contemplando las llamas de la chimenea, sosteniendo una copa de brandy junto a su cabeza. Tenía el rostro demacrado por la desesperación, la expresión del que ya no sabe qué más puede hacer para poner solución a un problema y con cada trago de alcohol que daba, su estado de ánimo se sumergía en un mar de impotencia. Sabía que su esposa, Molly, fingía no disfrutar con él para evitar que la juzgara impía y Steven había sido incapaz de ofrecerle no solo consuelo en los momentos oportunos, sino las palabras necesarias para liberarla de sus fuertes convicciones morales Debió haber hablado cuando su relación aún estaba fresca, antes de empezara a germinar la frustración en el alma de Molly. Era una chica encantadora, sensible y dulce, pero había crecido con una madre neurótica y unas hermanas mayores igual de insoportables, que no la dejaban hacer nada fuera de lo establecido, que siempre la estaban vigilando, controlando, menospreciándola. Y Steven pensó que la salvaría de aquel infierno si conseguía cortejarla y ganarse el favor de su madre para casarse con ella y sacarla de allí. Pero una vez la tuvo en casa, en su cama, descubrió que no iba a ser tan fácil que se dejara llevar por sus deseos, pues el veneno que su familia había vertido en sus jóvenes e ingenuos oídos había arraigado como una mala hierba en su sensible corazón.

Tomó un nuevo trago de brandy, pensando qué quizá lo mejor sería pedir ayuda. Lo que había ocurrido la noche anterior había sido horrible. Le había regalado un espejo, una preciosa pieza ovalada con un marco dorado para que se sintiera hermosa cuando se mirase en él. Molly se había mostrado contenta por el regalo y lo había instalado en su habitación, dónde se había pasado horas mirándose y admirando a su vez al espejo. Steven la dejó feliz con su regalo y cuando regresó de trabajar, se topó con una Molly cambiada: irritada, enfadada y con un rubor en las mejillas que no supo interpretar. Y ahora él estaba allí, con una copa en la mano, reflexionado sobre si prefería masturbarse pensando en Molly o beberse la botella entera hasta lograr perder el conocimiento. Amaba a su esposa, deseaba poder acariciarla, besarla, desnudarla y tocarla por todas partes, pero ella no se dejaba. Ni siquiera se quitaba la ropa cuando hacían el amor y luego se apartaba de él como si la hubiese ultrajado. Y eso le dolía en el alma.

Steven ...

La voz de Molly lo arrancó bruscamente de sus reflexiones. Se levantó de un salto, sorprendido de verla allí a horas tan intempestivas. Fue una mala idea, inmediatamente sintió el efecto de la bebida en su cabeza y todo le dio vueltas.

¿Qué sucede, cariño? preguntó una vez emergió de las brumas de la embriaguez. Quiero que me hagas el amor.

Steven pensó que había bebido más de la cuenta y que no la había escuchado bien. Sacudió la cabeza para acabar con el aturdimiento y se esforzó por concentrarse en Molly. Llevaba su camisón blanco largo hasta los pies, cerrado al cuello, con las mangas hasta las muñecas como exigían las normas de etiqueta. Tenía el pelo alborotado, la trenza que se hacía para dormir deshecha y un rubor intenso le iluminaba las mejillas. Un aspecto completamente diferente al que él había visto cuando discutieron.

¿Qué has dicho?

Ella vaciló y Steven supo que había metido la pata una vez más. Tenía que actuar antes de que ella se apartase de él y se encerrase en si misma, así que dio unos pasos hacia Molly, enfocándola con la mirada enturbiada. Deseó estar sereno para atenderla como ella merecía, pero para eso tendría que esperar unas horas y eso no podía ser, porque ella quería hablar ahora y él debía afrontar lo que ella quisiera.

Quiero ...

que me hagas el amor, Steven repitió con sensual lentitud.

Sí, había escuchado bien y saberlo provocó un efecto físico en él tan inmediato que tuvo que sostenerse en el sillón para no caerse redondo al suelo. Sintió la cercanía de Molly y sus delicadas manos sobre sus brazos, transmitiéndole un calor abrasador. Luego sintió que caía sobre el sofá y sin ser del todo consciente de lo que sucedía, sintió a Molly subir encima de él, cogiéndose los bajos del camisón. Se despejó al instante y se quedó mirando a su esposa, confuso, aturdido y demasiado bebido para llevar las riendas de una situación tan insólita como aquella. ¿Era todo esto producto de su imaginación? ¿Acaso era la fantasía que había elaborado para masturbarse y ahora todo parecía real por culpa del alcohol? Pero los labios calientes y blandos de Molly eran muy reales, igual que su sabor, igual que la humedad de su boca y la timidez de su lengua cuando la introdujo entre sus dientes. Steven se agarró a los brazos del sillón, consciente de que si se dejaba llevar podría volver a herirla.

Molly

mi amor susurró tratando de luchar contra el brandy que empezaba a

... hacerle efecto en la sangre, estoy borracho.

Ella emitió una risa, tan hermosa que envió un calambrazo de placer justo a su entrepierna y el dolor que sintió fue abrumador.

Sí, sabes a

brandy...

tu boca sabe a azúcar, Steven gorjeó ella. Steven se desmoronó

y la agarró de los brazos con fuerza.

No quiero hacerte daño

...

no ahora. Por favor, Molly, no sé si podré controlarme.

Házmelo pidió Molly. Hazme daño, no te controles, quiero sentirte dentro de mi, quiero sentir como me llenas. Steven ...

Pero Steven ya no pudo controlarse.

Noche de bodas

Maga DeLin

Bruno abrió los ojos con sobresalto. Los labios le cosquilleaban de modo desagradable allí donde los de ella lo habían besado, y casi esperaba verla de nuevo ante sí. Pero ante su vista se extendía tan sólo el campo cubierto de una niebla espesa que no permitía ver nada a más de dos metros. El día transcurriría así, sin el consuelo de la luz del sol para su acongojado corazón. La niebla lo mojaba, pegando los mechones de pelo a su rostro. Pero su mirada se mantenía al frente, aguardando, sabiendo qué ocurriría ese día, que ya no había paso atrás.

De todos modos, no pensaba arrepentirse. El pacto estaba sellado, y se había convencido de que era lo mejor para ambos.

«Me darás un hijo», le había dicho ella. Ese hijo prometía ser el único modo en que se establecería la alianza y el sufrimiento de su familia llegaría a su fin. Un hijo. Una

vida… y una muerte.

Todavía se le antojaba imposible que hubiera un modo de concebir un hijo humano con un ser como ella. Pero era preferible centrarse en una cuestión como a esa, a preguntarse qué sería de él cuando el plazo del año llegara a su fin, y tuviera que marcharse en pos de ella. «Serás uno de los mío». Esas simples palabras aún lo despertaban bañado en sudor frío por las noches. Pero se negaba a pensar en ello, y ahora mismo bloqueó su mente a tales pensamientos, sondeó la niebla una vez más y de repente sintió como si dedos de hielo acariciaran su nuca. Volteó y allí estaba ella.

Al principio, le costó reconocerla. El impacto de verla ante él fue más impresionante incluso que la vez en que ella lo besó. Porque supo que de algún modo desconocido ella había logrado convertirse en mujer, y que frente a él se encontraba un cuerpo vivo, un corazón que latía, un pecho que se alzaba con el aliento imprescindible.

Ella era humana.

Observó sus largos cabellos oscuros bajo la mantilla y su piel blanca, pero más atrajeron su atención los labios rosados y húmedos y la viveza azul de sus ojos, desaparecida aquella película blanca que los cubriera en el pasado. Desaparecido todo vestigio de la muerte.

Daviana se acercó, y sus pasos doblaron los tallos del pasto, dejaban la suave huella de su andar. El vestido que llevaba, el blanco de encajes que ya había visto la vez anterior, ondeaba delicadamente y dejaba entrever los delicados zapatos blancos que calzaba.

Bruno la miraba atónito, con el corazón golpeándole dentro del pecho de puro horror. Pues era demasiado consciente de que ante él se erguía una abominación, y que a ella estaría unido para siempre.

Como si leyera sus pensamientos, Daviana se detuvo a pocos pasos de él. Nuestro tiempo corre.

Bruno volvió a mirarla a los ojos con estupor. También su voz era diferente, no monótona y fría como la que conocía. Sin embargo, en su rostro no se adivinaba ninguna expresión, y la quietud con que lo observaba era igual de inquietante.

¿Ereshumana? preguntó vacilante Bruno. Era parte del pacto le recordó ella.

¿Cómo es posible? comenzó a preguntarle, sin querer conocer realmente la respuesta.

Algún día lo interrumpió ella, callándolo en el acto. Algún día conocerás los secretos de la vida y de la muerte. Caminarás entre los dos mundos y sabrás cómo obtener de ellos lo que desees. Eso era parte del pacto también.

Un estremecimiento recorrió la columna de Bruno y anidó en su osamenta. Pero no dijo nada. Daviana tampoco dijo palabra, y ambos se estudiaron, como si fuera posible ver en sus ojos el futuro extenderse hacia oscuros parajes. Incertidumbre. La vida de Bruno se había convertido en una gran incógnita, y algo le decía que su muerte iría por igual

camino… La ceremonia se llevará a cabo de inmediato se escuchó decir.

Daviana lo miró sin mostrar expresión. Bruno aguardó a que le hiciera alguna pregunta, pero ella se mantuvo inmóvil, como uno de los maniquís que había visto en una tienda no hacía mucho. La niebla danzaba en torno a ellos, volteando su rostro con expectativa. Bruno no resistió más, y caminó hacia la casa. Sentía a sus espaldas los silenciosos pasos de Daviana siguiéndolo. Una sombra en movimiento y poco más.

El calor de la casa lo golpeó apenas abrir la puerta. Un fuego débil chisporroteaba en la chimenea, pero Bruno se embriagó de ese contacto cálido, casi olvidándose de quien venía detrás.

Pero Daviana no olvidaba que Bruno era suyo. Durante un año, a partir de ese día. Y no pensaba perderlo de vista, o permitirle escaquearse de sus obligaciones para con ella. No era el tipo de pactos que uno pudiera descuidar a la ligera. Caminó hasta su lado, casi hasta rozarle la húmeda chaqueta y aguardó. Lo escuchó inhalar con brusquedad, y cuando lo miró se dio cuenta de que había cerrado los ojos con fuerza. De haber sabido lo que Bruno sentía, de haber comprendido su hondo cansancio, tampoco hubiera sido capaz de brindarle consuelo. Así que esperó, observándolo todo el tiempo.

Bruno sentía esos ojos clavados sobre su rostro. La mirada de Daviana lo perforaba hasta los huesos. Contuvo un estremecimiento, y abrió los ojos al tiempo que daba un paso hacia adelante. No soportaría verla ante sí en ese momento.

Avanzó sobre el lustroso suelo de madera hasta la sala principal, intuyendo la presencia de ella, constante, a su espalda. Abrió la puerta y entró, sin galanteo alguno. Dentro los esperaba un hombre que abandonó su sitio junto a los altos ventanales para caminar lentamente hacia ellos.

Gracias por esperarnos, padre murmuró Bruno con voz gruesa.

El padre Lucas sonrió con brevedad, pendiente de la figura femenina que acababa de entrar en la habitación. Nunca había visto a la joven, ni terminaba de conocer sus orígenes, pues de haberlo hecho no se encontraría allí esa tarde. La extraordinaria belleza de la mujer lo sorprendía, pues hasta él era capaz de darse cuenta de que no se trataba de una capaz de ser pasada por alto en ningún círculo. Sabía que Bruno no había abandonado el poblado desde la reciente enfermedad de su madre, y que el periodo de luto lo obligaba a mantenerse apartado del ajetreo social. ¿De dónde pues había sacado a una prometida? Desconcertado, pero también alerta de que no podría cuestionar a la joven, pues Bruno así se lo había dicho, extendió una mano para tomar la de ella.

Querida, bienvenida a nuestro humilde pueblo.

Daviana levantó sus ojos azules hacia él pero no respondió. El silencio se extendió entre ellos, tirante y frío, casi tanto como el tacto de la piel femenina que el padre Lucas adivinaba bajo la suave tela del guante.

Padre dijo Bruno después de carraspear, estamos listos.

El padre Lucas alzó una ceja, perplejo. Abandonó a la pareja en medio de la sala, y fue hacia el sofá a buscar sus pertenencias. Tomó la estola y la sostuvo entre sus manos mientras elevaba una oración. Luego se la puso en torno al cuello, y procedió a tomar la pequeña Biblia y el rosario. Cuando se giró hacia Bruno y Daviana, los encontró parados a pocos metros, indiferentes uno al otro, en apariencia. Se extrañó aún más de las circunstancias, pero se dijo que no tenía nada que temer, pues era por todos conocidos el buen carácter y la mente centrada del hombre que tenía ante sí.

Volvió ante ellos, y sonrió, intentando alegrar el acontecimiento. Quince minutos después, los votos se habían pronunciado y la bendición había sido dada. Bruno y Daviana eran marido y mujer,

El padre Lucas sonrió con brevedad, pendiente de la figura femenina que acababa de entrar en

mientras la vida así lo quisiera…

***

Mucho después de que el sonido de los cascos de la yegua que montaba el padre Lucas se perdiera en la distancia, el silencio imperaba entre los desposados.

Daviana se mantenía inmóvil e inexpresiva detenida siempre a pocos pasos de Bruno, como si esperase que este fuera a salir corriendo en algún momento y ella debiera seguirlo. Pero Bruno era más que el hombre que acababa de casarse con ese demonio del bosque, la bean sí 1 que ahora lo tenía entre sus manos: era ante todo un hombre de palabra. Y ahora que había justificado ante la sociedad que fuera a convivir con esa mujer durante todo un año, unión de la que se

1 Banshee del gaélico bean sí: espíritu que anuncia con sus gemidos la muerte de quien la escucha o de alguno de sus parientes o allegados

esperaba un heredero que ocupara su lugar, estaba preparado para cumplir con lo que había prometido.

Se acercó a ella con largas zancadas, hasta verse reflejada en el azul de su mirada. Ella no hacía más que mirarlo, como si su existencia estuviera ligada a ello. Con lentitud, Bruno se quitó los guantes negros. Su piel helada agradeció la caricia del calor del fuego, pero de inmediato volvió a probar el helado de la estalagmita cuando Bruno apoyó la palma en la mejilla femenina. El acto tenía más de experimento que de caricia, y sólo él reaccionó con sorpresa, al descubrir la suavidad de su piel.

Se sentía confundido, pues, aunque ella le había asegurado que iría a él convertida en mujer, la transformación no terminaba de asombrarlo.

Con un dedo dibujó el perfil de la mandíbula. Sentía la dureza de los huesos debajo, y al mover la mano por su cuello encontró el pulso latiendo normalmente. Se solazó en este detalle, contrariado, pues no quería realizarse más preguntas al respecto. Le sorprendía que su piel estuviera aún tan fría, y no pudo evitar preguntarse si quizás esa frialdad no sería permanente. Al buscar su mirada se dio cuenta de que quizás el frío viniera de adentro, desde ese interior incapaz de sentir o de demostrar lo que pensaba.

Cerró los ojos y suspiró. Bésame dijo Daviana de pronto.

Bruno abrió los ojos con sobresalto. El tono demandante de Daviana carecía de la pasión o la calidez que acostumbraba encontrar entre las mujeres que le decían cosas así. Miró los labios gruesos, ahora levemente tintados del rosa de la vida, pero a su mente acudió el recuerdo de aquel otro beso, el que ella le había dado para sellar su pacto.

Bésame repitió, y tiró de la manga de su chaqueta para acercarlo.

Bruno humedeció sus labios y bajó la cabeza hacia la de ella. El roce a su boca fue tentativo, pero después de unos segundos la tocó con más seguridad. Sus labios fríos y húmedos no le resultaron del todo repulsivos, pero sí lo inquietó la quietud de Daviana. Se apartó de ella, al notar que no respondía, y por primera vez vio brillar algo en su mirada. Duda, quizás. Inseguridad.

Ha sido… diferente dijo ella, después de unos segundos. Bruno alzó una ceja, sorprendido.

Supongo que no me había dado cuenta continuó ella, y lo sorprendió más aún al apoyar una mano en su antebrazo. Nunca había tocado así a un corpóreo siéndolo yo también.

Corpóreorepitió Bruno.

Guardó silencio aunque comprendía, de algún modo lo que ella había querido decir. Antes, el primer beso, lo había dejado con la desagradable sensación de haber besado la niebla condensada y rancia de los espacios oscuros del bosque. Ahora, besarla había parecido casi igual a besar a otra mujer cualquiera. Quizás no igual de agradable, pues

su mente no dejaba de pensar en lo que se escondía debajo de aquella piel humana, pero no aborrecible, pese a todo.

Daviana atrajo su atención tirando de las mangas de su chaqueta. Bésame de nuevo le exigió.

Esta vez, Bruno la besó con más fuerza. Mantuvo sus labios apoyados sobre los de ella, esperando que de repente comenzaran a despedir calor, pero eso no ocurrió. Entonces comenzó a estimularlos con rápidos mordiscos hasta que ella los separó, y él pudo hundir su lengua en su boca.

Daviana intentó separarse cuando sintió la invasión, pero Bruno la mantuvo pegada a él poniendo una mano en su nuca. Tocó su lengua, sus dientes, lamió brevemente sus labios, y vuelta a empezar, besándola como un desesperado, intentando insuflar algo de vida a la mujer que se sacudía entre sus brazos. La misma mujer que le exigía un hijo no era capaz de soportar un beso. El pensamiento casi lo hace reír, y se apartó brevemente, manteniéndola pegada a su cuerpo.

Te asusta el beso le dijo, sonriendo con gesto agrio. A mí me asustó tu beso, y aún así aquí estoy para cumplir con el pacto que propusiste. ¿Vas a temblar de miedo ante cada cosa nueva que sientas hoy? Porque hoy mismo podrás fecundar.

Daviana se había ido tranquilizando entre las presas de sus brazos y dejó de sacudirse por completo cuando él terminó de hablar. Bruno no podía asegurar que ella entendiera al 100% lo que intentaba decirle, pero esperaba que sí. No sentía pasión ni anhelo del cuerpo que se pegaba al suyo, pero no quería posponer más aquel encuentro. Con suerte para ambos, pronto ella estaría embarazada, y su hijo o hija nacería con tiempo de que pudiera conocerlo. Antes de que tuviera que seguirla al Más Allá…

Hazlo la escuchó decir con tono monótono. Haz todo lo que debas hacer entonces.

Bruno casi se sintió asqueado al escucharla. Lo hacía sentir como un violador ha de sentirse ante su víctima cuando esta deja de luchar. Y él no quería sentirse así, como si fuera él quien abusara, como si fuera quien buscaba el placer. Así que la apartó con firmeza y cuando atrajo su mirada le dijo con voz contenida:

Hazlo tú.

Caminó hacia la silla que antes había usado el padre y tomó asiento, desprendiéndose de la corbata que llevaba anudada al cuello. Aguardó en silencio, esperando inútilmente ver brillar en la mirada de Daviana una expresión temerosa, o contrita. Pero ella lo miraba con la misma inexpresividad de antes, y el frío de su piel parecía fluir hacia él, como afuera lo había hecho la niebla.

Tras varios minutos de silenciosa contemplación, Daviana al fin se movió. Con lentitud se quitó los guantes y dejó a la vista unas manos delicadas de largos dedos y limpias uñas. Las prendas cayeron junto a las que se había quitado Bruno, y aún así le llevó otro minuto proceder a quitar la mantilla blanca que cubría su cabeza. Su espesa melena oscura quedó a la vista, logrando un contraste exquisito entre la blancura de su piel y la de su ropa.

Daviana era indiferente a la mirada de Bruno. Este absorbía cada detalle que quedaba a la vista, como la primera vez en el bosque lo había hecho de la bean sí que se aparecía ante él.

Cuando las manos femeninas se movieron hacia la espalda del vestido, Bruno sintió que la tierra se estremecía bajo sus pies. Uno a uno fue soltando los botones de la larga hilera que bajaba por su columna, sin pedirle ayuda a él en ningún momento. Y cuando el vestido quedó desprendido y Daviana lo dejó caer a sus pies, Bruno supo que aquello era inevitable, y que lo que estaba a punto de ocurrir entre los dos, probablemente, fuera un acto en contra de la naturaleza.

Desnuda, Daviana era una escultura perfecta. En su piel no se adivinaba ningún desperfecto, por pequeño que fuera. Ni lunares, ni pecas, ni vellos, ni marcas o cicatrices. Si Bruno no hubiera sentido su piel antes, bien podría haber asegurado que estaba hecha del frío mármol que usaban los artistas. Ni los erectos y levemente coloreados pezones parecían dotar a Daviana de vida. Ella se dejó contemplar sin demostrar vergüenza, timidez u orgullo. Con seguridad, ignoraba todos esos sentimientos y más. Cuando decidió avanzar hacia él, la atención de Bruno fue eclipsada por sus piernas, increíblemente largas y de andar confiado.

Ella se detuvo ante él, y Bruno separó las piernas como invitación a que se acercara más. Ella lo hizo, y Bruno encontró su cabeza a pocos centímetros de los senos de Daviana. Sin pensarlo siquiera, alzó una mano y la apoyó en su estómago. La firmeza de los músculos que se sentía debajo, casi hacía olvidar el frío que desprendía su piel.

Otra vez Bruno quiso tocarla hasta que el calor comenzara a brotar por sus poros. Pero en vez de explorar su piel con delicadeza, se descubrió acercando su boca al seno, y pasando la lengua por debajo de este. Daviana tembló ante el contacto y lo miró sobresaltada, pero Bruno no se detuvo. Apoyó las manos en las caderas femeninas y dejó que su boca y lengua exploraran el estómago de ella, la pequeña rotonda de su ombligo, el canalillo suave que pasaba entre sus senos, y luego las cimas de estos, dejando los pezones para el final. Pero cuando su lengua finalmente rozó uno, sintió como Daviana se sacudía entre sus manos. Una corriente eléctrica de algo que estaba muy lejos de poder bautizar como «placer» corrió desde la húmeda superficie que Bruno acababa de tocar, por todo su cuerpo. Lo miró sin saber expresar lo que ansiaba, pero Bruno no necesitó de más palabras. Con voracidad, abrió su boca y hundió el seno en ella, chupándolo y lamiéndolo con lentitud.

Daviana sintió que sus piernas se doblaban y Bruno debió sostenerla. Se limitó a tomar la cabeza de él entre sus manos, no en busca de apoyo sino como único medio que encontraba para pedirle más, para exigirle más.

Y Bruno la complació.

Como si de un amante esposo se tratara, besó y acarició toda su piel, sin contemplación. Atrás habían quedado su conciencia de hombre, y más lejos aún, la conciencia de Daviana como ser sobrenatural, como banshee disfrazada de mujer.

En aquella sala solo había dos seres capaces de sentir y nada más contaba.

Cuando Bruno la hizo sentar sobre su regazo, Daviana era un ser con los sentidos abiertos a la espera de más. Se apoyó sobre él con gesto natural, y se dejó besar cuando él unió sus bocas. Respondió a los asaltos de la lengua masculina, y se atrevió a besarlo a su vez.

Cuando Bruno la hizo sentar sobre su regazo, Daviana era un ser con los sentidos abiertos

Bruno abrió la bragueta de su pantalón, y liberó su sexo. Estaba completamente excitado, llevado al borde de su control como quizás su mente estaba al borde de la locura. Pero no quería pensar, ni preguntarse si lo que lo movía era deseo real o algún subterfugio de la bean sí. Ahora mismo, necesitaba alivio a su necesidad, y ella estaba más que preparada para brindárselo.

Daviana observó su erección con el mismo gesto impasible que lo veía todo. Lo tocó cuando Bruno apoyó su mano sobre su base, y dejó que la guiara en movimientos rápidos. Lo escuchó gemir, y vio como una ligera capa de sudor perlaba su piel. Bruno apartó su mano cuando ya no pudo aguantar la caricia, y la hizo alzarse brevemente, ubicándola como la deseaba, preparada para montarlo apenas sus cuerpos se unieran.

Daviana se dejó hacer, y dobló las rodillas con lentitud a medida que las manos de Bruno la hacían descender. Se detuvo solo cuando una inesperada barrera le impidió seguir bajando, y lo miró en busca de respuestas. Bruno la miró esperando que supiera discernir su gesto de disculpa, y con un ágil movimiento la penetró anulando la barrera con facilidad. De la boca de Daviana escapó un gemido de dolor, pero Bruno no quiso darle oportunidad a rechazarlo como antes, y la siguió guiando hacia él, hundiéndose en ella con todos los nervios en tensión, ansiando liberarse de una vez.

Estaba tan concentrado en no eyacular, que no se dio cuenta de cuándo Daviana comenzó a moverse, buscando por instinto su propio placer. Supo que de repente ella comenzó a gemir, y al mirarla a la cara la encontró respirando con rapidez, con la mirada perdida en la unión de sus cuerpos. Entonces se olvidó de sí mismo, traspasado una vez más por la maravilla del cambio que se había obrado en ella, incapaz de

convencerse de que la mujer que gemía y se mecía sobre él, era la misma que lo había mirado antes con indiferencia, la que con gesto vacuo había aceptado ser su esposa.

Solo cuando comenzó a moverse con ella y el ritmo de las embestidas aumentó, cuando al fin olas de placer arrollaron sus sentidos, Bruno miró a los ojos de Daviana y le pareció ver aquello que tanto había estado buscando: un ligero brillo de humanidad.

Un pequeño avance

Selin

Alicia y Beatriz subieron juntas en el ascensor al finalizar la reunión de la escalera. Iban en silencio, aún no se habían repuesto de la impresión. Había sido muy extraña.

No sé si volveré a otra reunión Pero tú has visto qué gente más rara Yo quería que se cambiase el color de la fachada ... Algunos medio transparentes, ¿tú crees que ? ... Es que no pude votar, que había algo que no me dejaba. Y la de la gestoría, que pinta la pobre.

Uff, la que no me quito de la cabeza es Doña Paquita, que estaba allí tan campante. Pero sí la enterramos el año pasado.

Suerte que la reunión es una vez al año. Pues sí, chica, que no estamos para estos sustos. El ascensor había llegado a su planta. Salieron al rellano y se miraron. ¿A ti te apetece ? ... ¿Sola, ahora? Va a ser que no. Vale. ¿A cuál vamos?

Vicente está por llegar dijo Alicia. Mejor que no nos vea juntas, vamos a tu piso. ¡Ja, ja, ja! Tienes razón, no creo que lo soportase. Beatriz abrió la puerta de su piso y ambas entraron. ¿Qué te apetece? ¿Hacemos un vino? Tampoco quiero que se me suba demasiado. Enseguida se sentaron en el sofá dispuestas a olvidar el mal trago de la reunión de

vecinos con toda aquella gente que parecían espectros

...

o

en verdad lo eran, pero

mejor no pensarlo. ¿Cómo está Vicente? ¿Ya ? ... ¡Qué va! Aún tiene miedo de acercarse y que le suelte alguna fresca. Bueno, él se lo buscó.

Pues sí, pero me da algo de apuro ... ¡Ay, chica! No te preocupes tanto, que ya se le pasará.

Si eso ya lo sé, pero es que mientras tanto yo también estoy a medias y tampoco es eso.

Vale, tú quieres alegrarte, ¿no?

Sí, claro. Si no para qué, no te parece. Pues veamos como lo arreglamos dijo Beatriz con mirada de picardía. ¿En qué estás pensando?

En que tú disfrutes y él

...

bueno, supongo que también le gustará.

¿Estás segura? Tú tranquila, que lo vamos a enredar de nuevo. ¿Ya? ¿A qué quieres esperarte?

Esto, no sé, así de repente. ¿Todavía no ha vuelto, verdad? No lo he oído llegar. Vamos entonces, será un momento.

Pasaron de un piso al otro. Llegaron hasta el dormitorio y allí Beatriz le explicó el plan a Alicia.

¿Tú crees Vicente que estará dispuesto? Ya le viste como estaba de salido cuando lo de la ducha. Sí, claro, pero la situación tenía morbo, que él se pensaba que eras ... No, de eso nada. Al principio puede, pero luego no. Si no lo sabía, ¿cómo?

Él podía pensar lo que fuese, eso no te lo discuto, pero su cuerpo sentía que eras tú, su piel reconocía las caricias de tus manos.

¿Y por eso se puso así? Claro, mujer, enseguida dejó de estar tenso y

...

ya viste como participaba del juego.

...pero

no sé ...

¿Y tú? ¿No te lo pasaste requetebién?

Bueno, sí, claro, cómo no. Pues ahora pasará lo mismo. Se escuchó la puerta del piso y al momento:

Soy yo, ¿dónde estás? Pues ya lo tienes aquí, jiji, todo tuyo. En el dormitorio, cariño, ahora vamos.

Vicente detuvo su avance, no sabía bien lo que había oído y parecía que había alguien más con Alicia.

Por el pasillo las vio aparecer juntas y el recuerdo le hizo enrojecer, intentó parecer calmado, pero la mirada nerviosa le delataba.

¡Hola! ¿Ocurre algo?

Mientras Beatriz se iba hacia un lado, Alicia fue directa hacia él y unió su cuerpo al suyo en un cariñoso abrazo.

No, ¿por qué piensas eso?

No le dio tiempo a responder. El beso tapó cualquier respuesta. Por un momento Vicente mantuvo los ojos abiertos, hasta que se sumergió en el abrazo, dejándose llevar por el momento.

Beatriz vio que era momento para desaparecer y dejarles tranquilos a lo suyo, ahora que estaban bien encarrilados, sobre todo Alicia, que últimamente andaba algo preocupada por como iba su relación con Vicente. Ya no tendría por que hacerlo. Después de lo que vendría a continuación, no. Se dirigió hacia la puerta, la abrió y se fue tranquila a su piso. Sola, pero ya tendría sus propias oportunidades.

Entretanto, Alicia notó que ya estaban solos y podría poner en práctica lo que había hablado con Beatriz. Había hecho tiempo. Había sentido algo de reparo mientras lo comentaban y un poco de vergüenza después al tener a Vicente abrazado. Pero era una buena idea y luego estarían más unidos, que hasta ahora no las tenía todas consigo.

Se separó un poco y le observó el semblante. Se le veía indeciso, aún no había recuperado la confianza.

Ven, vamos al dormitorio.

Él abrió un poco más los ojos, mostrando sorpresa en la mirada, y enseguida asomó una sonrisa expectante, a la vez que algo nerviosa.

¿Ahora? ¿Por qué no? ¿No te apetece?

Alicia había adoptado una pose sugerente, acompañando sus palabras con muy leves cimbreos de su cuerpo con los que atraer su mirada y conseguir que le prestase toda la atención, sin que él se diese apenas cuenta de lo que pasaba.

Se giró sin esperar más respuesta y se dirigió hacia el dormitorio. Le complació notar que él venía detrás y se acercaba hasta rozar con ella al traspasar la puerta.

Adivinó su intención de rodearla de nuevo con sus brazos y se movió hacia un lado. Notó la frustración en su gesto contenido y pensó en que esa noche ambos se iban a divertir, sobre todo ella.

Espera a que me arregle, ¿de acuerdo? Así estás muy bien ...

¡Ya! Pero no es así como quiero estar. Pero es que ... Será sólo un momento, cariño.

Esto, yo

bueno.

... Eso, sé bueno y siéntate en la cama, enseguida vuelvo, mi amor.

,

Vicente vio como le enviaba un beso al salir y dirigirse hacia el baño. Comprendió que no le quedaba más remedio que esperarla allí lo que hiciese falta. Se habían distanciado y hacía días que le daba vueltas a la escenita de la ducha, que no sabía si aquello era el final o todavía le quedaba una oportunidad con Alicia.

Tenía la esperanza de que continuasen juntos y estaba dispuesto a ceder en lo que hiciese falta para que se reconciliasen. Bueno, tanto como lo que hiciese falta no estaba muy seguro de poderlo afirmar, que bien que se la habían jugado entre ellas dos. Ni por un momento se hubiese imaginado a Alicia jugando de aquella manera con él, teniéndole desnudo en la ducha y enjabonándole con tanta sensualidad.

Sólo de pensarlo ya se excitaba de nuevo y tampoco ayudaba a calmarlo, sino al contrario, el recordar como la había mantenido con los ojos tapados y las manos atadas a la espalda con el cinturón del albornoz. Había creído que era Beatriz la que le hacía de todo, pero la suavidad y la confianza que tenían aquellas manos con su cuerpo le habían traído a la mente la imagen de Alicia.

Se había sentido confundido, además de frustrado. Se había hecho la ilusión de una aventura, pero se había quedado con las ganas. Limpio sí, seguro, pero nada más. Avergonzado se había ido del piso de Beatriz. También temeroso, pues no sabía como se comportaría después al estar cerca de Alicia. El sentido de culpabilidad le había atenazado el resto del día. Pero lo peor vino a la noche, cuando descubrió que Alicia estaba al tanto de todo. Demasiado al tanto. ¡Qué iluso! Le habían tendido una trampa entre las dos y le habían cazado como un pardillo.

Los recuerdos de lo que pasó después le habían deshinchado la excitación. Habían sido unos días tensos. Vicente aún arrastraba el sentirse culpable y temía la reacción de Alicia. Al final no había hecho nada, pero bien sabía que por si él fuese habría pasado

de todo. Y ahí estaba el problema. Por eso no se había atrevido a acercarse. Temía que se lo echase en cara a nada que se pusiese cariñoso y que le invitase a buscar en otro sitio.

Tal vez había hecho mal en querer recordar, ahora se notaba apesadumbrado y Alicia estaría por entrar. O no, que podía tener la intención de hacerle esperar. O peor aún. No, eso ni pensarlo, no soportaría otra trampa. Y eso que estaba buena la vecina, pero ya se había dado cuenta de lo peligrosa que podía ser. Vamos, que no la quería cerca para nada. ¿Y si se habían hecho amigas? Que antes se las había encontrado juntas y eso le daba mala espina. ¿Qué estarían tramando? Nada bueno, seguro.

Vicente miraba sin ver, enfrascado en sus pensamientos, y no se dio cuenta que se había abierto la puerta. Alicia lo contempló por un momento, pensaba que estaría pendiente y quería ver su reacción al verla entrar con un conjunto que aún no había estrenado, complementado con algo de cuero y las botas altas que llegaban por encima de la rodilla.

Le dolió verlo así, abatido. Seguía preocupado por lo del otro día. Se lo había notado los días siguientes. No se había esperado que le afectase tanto y pensó que volvería enseguida a sus brazos. No había sido así. ¿Tan culpable se sentía? Algún momento había pensado en sacar el tema a la conversación, pero no había visto la oportunidad. Cada vez le había visto encerrado en sí mismo o a la defensiva, y poco habían hablado que no fuese lo cotidiano, lo normal de cada día.

Tenían que resolverlo y si él no se había abierto todavía, sería ella que tendría que tomar la iniciativa. No podían seguir así o antes de que se diesen cuenta ya no habría nada que arreglar. Ahora había provocado una situación que les podía encarrilar de nuevo. O no. No estaba tan segura como se había mostrado Beatriz. No era fácil, claro que no. Podía pasar cualquier cosa y no soportaría perderlo. Menos si era por que ella le había forzado a hacer algo que no quisiese o que no aceptase.

Pero ahora ya no era momento de echarse para atrás. Todo o nada. Aunque sentía como le flaqueaban las piernas y se le encogía el corazón, Alicia se hizo notar:

¿Se puede?

Vicente enrojeció de verse sorprendido. ¿Cuánto tiempo llevaba allí Alicia sin que él se diese cuenta de su presencia? ¡Mierda! ¡Otra vez que lo había estropeado! ¿Y ahora ? ... ¡Ufff! ¡Qué maravilla!

Alicia se asustó un poco al ver el respingo que había dado Vicente. Luego como se ponía rojo y, ¡por fin!, su mirada. ¡Bien! Había valido la pena. Esa mirada la compensaba de los sinsabores que habían tenido los últimos tiempos. La mirada concentrada en ella, el

gesto de maravilla, la boca encantador.

...

abierta. Estaba encantador, un poco idiota, pero

Acabó de entrar, se acercó hasta ponerse justo delante de él, gozando de su mirada, atrapándola en cuanto la miró a los ojos, no había nada más en el mundo, sólo ellos dos. Con un menudo gesto le impidió incorporarse de la cama. Para su propósito estaba mejor sentado. La diferencia de altura estaba ahora a su favor y eso era lo que le convenía.

Pensó en acercarse más, pero desistió. Si estaba demasiado cerca él haría por abrazarla y ahora necesitaba que hubiese una distancia, mínima pero suficiente. Desde su posición se agachó un poco y empezó a desabrocharle la camisa. Con lentitud, sin retirar la mirada de la suya, acariciando con suavidad cada pedazo de piel que iba dejando al descubierto.

Para los últimos botones tiró de la camisa hacia arriba para no tener que agacharse demasiado y perder la línea visual con él. Sobre la marcha se le ocurrió que podía ponerle a prueba antes de entrar en asuntos mayores.

Haló suavemente de la camisa para que él siguiese el movimiento y ahora sí se incorporase. Le vio crecer ante ella y sintió como se le llenaba el corazón de ansia. Siguió sus ojos con la mirada y en el momento adecuado le echó la camisa hacia atrás, aprisionando sus brazos en una traba. Se mantuvo expectante para saber si podía dejarla allí o tendría que liberarle.

Vicente hacía rato que había dejado de pensar. Desde que vio a Alicia, erguida junto a la puerta, se le habían ido todas las preocupaciones. La imagen le había impactado y dejado sin habla. Sólo la mirada se movió, en un recorrido que acabó en sus ojos. Se sintió hechizado y, a partir de ese momento, siguió las leves indicaciones que ella le hacía.

Después del deleite con que le había abierto la camisa estaba a punto para lanzarse a lo que fuese, pero de repente se vio constreñido. No se le había quitado del todo, sino que se la había bajado lo suficiente para impedir sus movimientos. Por un momento sintió malestar, le recordaba demasiado a lo que pasó en la ducha y los apuros posteriores. No quería repetir una escena parecida de nuevo, o más bien eran las consecuencias de su intento de aventura lo que quería evitar a toda costa.

Vio como Alicia le miraba, concentrada en sus reacciones y a la expectativa. Sintió que allí, en ese momento, había mucho más en juego de lo que parecía al principio. ¿Era ese su castigo? ¿Pero cuál? ¿Cómo seguiría aquello? Si se negaba, significaría la ruptura. Si aceptaba ...

Optó por dejarse llevar. Sin percatarse de la tensión que había mostrado, se relajó y le ofreció una sonrisa con un toque de picardía en la mirada. Si vamos a jugar, pensó, hagámoslo a gusto.

A Alicia se le hizo interminable el momento de tensión. Ya estaba a punto de ceder, como si hubiese sido que se había enganchado la ropa, para que no estropease el momento, cuando vio como le cambiaba la expresión. Vale. No quedaba claro si

aceptaba por gusto

...

o por otra cosa. Daba igual, seguiría con su plan.

Con los brazos retirados, tenía todo el pecho a su disposición y sin interferencias. Alicia se demoró en recorrerlo, Hacía tiempo que no se sentía tan bien como ahora. Los dedos palpaban cada detalle, entreteniéndose en seguir las líneas y los rincones. Se acercó más. Primero posó el rostro y sintió los latidos del corazón. Sonaban a música, a ritmo de allegro.

Movió la mejilla, se deslizó de lado y posó los labios. Entreabiertos para abarcar un pedazo de piel. Pronto la lengua asomó una pizca. Notaba como las sensaciones de él se

acompasaban con su ritmo, la piel se estremecía bajo sus suaves caricias. Se acercó hasta el pezón, primero recorrió la leve profundidad de la aureola, haciendo el círculo completo. Noto como se erguía ese poquitín el pezón. Lo apretó entre los dientes, sin morder todavía.

Vicente se retorció en un movimiento que no sabía decidirse entre la huida y el ofrecimiento. Aquel jueguecito le estaba excitando, aunque fuese bastante más despacio de lo que él querría. Sabía que ella marcaría el ritmo y lo adaptaría a su apetencia. Si quería seguir tendría que aceptar. Hasta el final era su deseo, pero de eso no estaba tan seguro.

Alicia se apartó un poco, paseó la mirada por el pecho y le miró detenidamente a los ojos. Veía su deseo, que se la comería allí mismo y ahora; pero eso ya había ocurrido demasiadas veces a su manera y no siempre quedaba satisfecha. Hoy el menú sería más

variado ...

y con más platos que degustar.

Bajó las manos hacia su cintura, primero hacia los lados, luego las movió lentamente hacia delante. Su expresión seguía sonriente, pero ahora se añadió una onza de expectación. Pronto habría también frustración y se rió pensando en que sería un poco mala con él, lo suficiente para devolverle alguno de los malos ratos que le había hecho pasar.

Llegó hasta el cinturón, tiró para abrirlo y empezó a extraerlo de las trabillas. Le complació la mirada extrañada. Esto no te lo esperabas. Y a saber que pasará ahora por tu cabeza de chorlito.

Vicente había comprimido un poco más el estómago cuando notó que Alicia le abría el

cinturón. Había echado un poco de barriga, bueno, muy poca, apenas se notaba, claro que era algo que podía destacar más de la cuenta. Iba a mover las caderas para ayudar a bajar el pantalón, pero no haría falta. ¿Porqué se lo sacaba? Y ahora enrollaba un tramo

en la mano. Esto

...

¿no pretendería

...

?

No se la imaginaba propinándole una azotaina,

pero hacía rato que le estaba sorprendiendo y ya no estaba seguro de nada, menos de lo

que podría ocurrir después.

Alicia se cuidó de que sus manos estuviesen bien a la vista mientras enrollaba un trozo en la izquierda. Seguro que no se daría cuenta de que no sería con esa que intentaría nada. Sólo vería el gesto y empezaría pensar. Pues sí, estaba intranquilo, ya se veía con el culo colorado. Bueno, hoy tal vez no, pero otro día quién sabe.

Manteniendo sujeto el cinturón, movió la mano hacia atrás de él y lanzó para que el otro extremo llegase hasta la derecha. Asió el extremo contrario a la hebilla y lo fue subiendo hasta el cuello. Entonces tiró hacia abajo para obligarle a agacharse un poco de manera que lo pudiese manejar con facilidad.

Una vez sujeto con el cinturón por el cuello dio un pequeño tirón para mostrarle una idea de como seguiría el juego. A continuación lo dirigió hacia delante, apartándole de la cama que todavía estaba sin deshacer. Giraron y le llevó tras ella hasta la cabecera. Movió los cojines que la adornaban hasta la posición donde le pareció que estaría más cómoda cuando se reclinase.

Vicente comprendió que en este juego le tocaría verlas venir. Seguía con los brazos aprisionados por la camisa. Sí, podía haber hecho para soltarlos, pero eso hubiese estropeado la escena, así que seguía como antes. Bueno, no, ahora estaba más limitado. Después del sobresalto del cinturón vio como se lo colocaba al cuello, pasaba la hebilla por el extremo y lo cerraba hasta apretar ligeramente. Con el tirón un poco más. Le tenía bien sujeto y tendría que colaborar según le fuese marcando. Tampoco sería problema, volvía a notarse excitado y se hacía una idea a lo que vendría después.

Alicia también notaba la creciente excitación, en sí misma y en Vicente. El plan funcionaba según lo previsto y llegaba el momento de pasar a mayores. Sin soltar el cinturón que le mantenía sujeto, le liberó de la camisa con la otra mano. Cuando él se echó hacia delante, le paró poniendo la mano en su pecho.

Así no, esta vez se hará a mi manera.

Pensó en si sería mejor retirarle los pantalones o dejarle como estaba. Iba a bajárselos cuando recordó que estaría con el slip de todo el día, que iba bien para diario, pero ahora la podía desencantar. Sí que se lo podía imaginar con uno elegante, de vestir, pero no quería arriesgarse a perder la libido, que el cosquilleo que sentía no era para dejarlo irse así como así.

Alicia se fue echando hacia atrás hasta sentarse en la cama y recostarse en el trono que había formado con los cojines. A la vez iba halando del cinturón para que él siguiese su movimiento y se agachase hasta quedar arrodillado frente a ella.

Vicente mantenía la tensión en el cinturón. Había entendido el juego. Haría la oposición justa para que ella tuviese que dirigirle hacia donde más le apeteciera, manteniendo así el control de la situación. Había notado como se le había acelerado un poco la respiración y como el rubor ya empezaba a asomar en su cuello y en los hombros. Al verlo, su propia excitación se expandía con fuerza dentro del pantalón.

Alicia, en cuanto estuvo en posición, recogió buena parte del cinturón. Más que atarle corto, que ni pensaba en eso como antes, quería llevarle a cada rincón, a cada pedazo de piel hambrienta de placer. Con la mirada le invitó a contemplarla, quería ver donde iban sus ojos. ¿Qué le atraería más? Tiró hacia ella y lo acercó hacia una de sus rodillas, tapada por la altura de la bota. Al olor de su perfume se uniría el del cuero limpio. Vio como se avenía a acariciarla.

Vicente comprendió que en este juego le tocaría verlas venir. Seguía con los brazos aprisionados por

Mientras su rostro rozaba la parte superior, con las manos masajeaba el tobillo y la pantorrilla, haciéndole notar la presión. Quería que subiese y tiró un poco. Él empezó su recorrido por el muslo, besando su pierna por encima de la media. Primero por fuera hasta llegar casi a la cadera, luego se retiró para besar el interior. Tenía la mirada fija en

el destino final y su boca se acercó peligrosamente. Notaba como el deseo fluía por su cuerpo y estuvo en un tris de dejarle llegar para sentir su caricia.

Vicente se detuvo de repente a escasos centímetros del volcán de ella. El gesto fue perentorio, incluso brusco. Si no llega a tirar se hubiese lanzado a fondo. ¡Las ganas que tenía desde hacía rato! Vale. Vamos por la otra pierna. De nuevo desde abajo. El masaje intenso para superar la barrera del cuero, que queda muy bien estéticamente, pero aísla la piel en el interior.

Luego por fuera. Desde la rodilla hasta arriba de la pierna. Un beso largo y sistemático, haciéndote sentir el fuego de mis labios. También algunos toques de lengua. Pocos, espaciados en esta primer fase. Una pasada por el lateral, otra un poco más arriba, después por el centro. Antes fueron dos recorridos, ahora serán unos cuantos más. Veremos si puedes soportarlo sin dejarme llegar hasta el final. Tu mirada se desborda de gozo. Un poco hacia dentro, esta zona está más sensible. La última, lenta y sugerente, más lengua que labios, la piel del interior de la pierna estremecida, ya desde la zona tapada por la media. La parte descubierta sensibilizada desde antes de que llegue. Más despacio. ¿Cuál será el límite? ¿Hasta dónde lo soportarás? Cerca, muy cerca. Lento, casi detenido. A punto del límite. Casi nada, casi ...

Alicia le detuvo en el último momento. Había sentido el roce sin que llegase a tocarla. Sus sensaciones se estaban adelantando a sus movimientos. El cielo ya se estaba abriendo, pero quería más, recrearse un rato y que participase todo su cuerpo.

Le hizo subir a la cama, a su lado. Él aceptó la invitación. Se inclinó sobre su brazo y lo recorrió en un beso interminable hasta llegar al cuello. Cuando esperaba la caricia en el cuello, notó movimiento por detrás y como descendía por el otro lado. Suave, rápido. La subida lenta, demorada. Alicia se estremecía de continuo. Seguía con la correa en la mano, aunque había momentos en que había dejado de dirigir. Si tiraba en el momento justo, el cuello recibiría su ración, pero si le dejaba continuar sin posarse, todavía estaría más enervado.

Vicente siguió con su recorrido por los lados y detrás de ella, que con sus estremecimientos le excitaba cada vez más. Por una parte quería dedicarle atención al cuello, pero una vez llegase allí, la sensación sería tan fuerte que las otras zonas cercanas, a no ser que hiciese fuerza, dejarían de transmitir las caricias. Optó por irse acercando en cada pasada. Cada vez más cerca del centro. Los tramos finales apenas un roce en la unión del hombro con el cuello. Siempre por detrás, donde podía deleitarse sin que la sensación fuese excesiva.

No fue hasta que el rubor del cuello era bien patente que se decidió a mordisquearlo. Con delicadeza primero, con fruición después hasta que ella no pudo contenerse y se encogió de placer.

Alicia tomó de nuevo la rienda del juego. La excitación la traspasaba. Le dirigió hacia delante, bordeando por el lado, haciéndole recorrer los huecos entre los hombros y el cuello. Se sentía desfallecer, los gemidos querían brotar, se acercaba el clímax y quería que fuese explosivo.

Era momento para el lento descenso al paraíso. Apenas un leve tirón para indicarle lo que quería. La piel quería atravesar la tenue gasa que la cubría. Sintió como bajaba con

toda lentitud, recreándose en cada centímetro de piel, sin dejar ni un pedazo sin un beso, un lengüeteo, un mordisco. Se fue acercando a la cúspide de sus pechos.

Cuando llegó al primero, sin soltar el cinturón, le sujetó la cabeza contra ella. Él no se hizo de rogar y le dedicó toda su atención al pezón. Los labios lo rozaron con precisión, luego lo aprisionaron mientras la lengua lo forzaba a una intensa erección. Alicia se sumergía en el placer, el suave mordisco la excitó aún más. La sutil frustración de la ausencia se trocó en ansia al sentirle de nuevo al otro lado. Igual, pero diferente. La cadencia de caricias variaba la pauta, el ritmo para seguirla excitando. Sus gemidos mostraban la satisfacción que la recorría.

Después, por un momento, sus miradas se cruzaron. No hacían falta palabras. Sus respiraciones estaban alteradas. El deseo los unía en una vorágine. El juego continuaba, ya con el cinturón medio suelto, olvidado entre goces.

Aún quedaba un trecho. Alicia se recostó más, ofrecida en su plenitud, anhelante de seguir disfrutando. Las manos y la boca de él recorrieron la nueva zona ofrecida. Un suave anticipo, un ligero descanso, un vaporoso entreacto. En el medio una suave cavidad, donde se introdujo en busca de la profundidad. Una rara sensación la envolvió, mezcla de tensión, de agrado, de descarga que se extendía por su cuerpo.

Alicia abrió los ojos, no recordaba cuándo los había cerrado, en qué gemido. Le temblaba el cuerpo. Sentía la anticipación del momento. En un rápido gesto se despojó de la última frontera: unas braguitas de tul y encaje. Al depositarlas al lado, en la cama, notó que estaban, más que húmedas, mojadas. Se acordó del cinturón, tenía que finalizar el juego tal como lo había preparado.

Le hizo moverse hasta situarle arrodillado delante de ella, entre las piernas. Él todavía se entretuvo de nuevo en recorrerlas. Un poco, lo suficiente para recuperar el tono. Después empezó a recorrer el exterior a la vulva con la lengua, iniciando una sublime espiral. Se concentró en mantener un movimiento que a veces era seguido, para cambiar de pronto relanzando las sensaciones a un nivel superior y volver de nuevo al principio justo antes de la explosión.

Alicia le había atrapado la cabeza entre las piernas e intentaba mantenerle en la última posición, la definitiva, pero el vórtice de sensaciones que la recorría le restaba fuerzas a la vez que la mantenía trémula, convulsa, sin apenas control sobre sus movimientos. Era una exquisita tortura que culminó en un superlativo estallido, que la inundó en un intenso oleaje de sensaciones.

Sin sentido del tiempo y perdida la conciencia, Alicia se sintió flotar en un enorme vacío, con la única unión al mundo real del cuerpo que sentía a su lado.

Poco a poco, la respiración se fue normalizando y volvió a ser consciente de sí misma y de su alrededor. Vicente estaba tumbado a su lado, con la cara hacia ella. ¿Cuánto tiempo llevaban así? No importaba. Se giró hacia él. Cuerpo contra cuerpo. El abrazo los unió en cuerpo y alma, un todo inseparable. Cerraron los ojos. La partida había finalizado, pero pronto habría un nuevo juego y saber las fichas que llevaría cada uno.

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