El Duende y otros cuentos

No

María García Esperón

Ilustraciones: Lorde

El Duende No y otros cuentos

© María García Esperón, 2008 © Ilustraciones: Lourdes García Esperón, 2008

Primera edición, 2008 D.R. © María del Refugio García Esperón, 2008 Edificio D4 Depto. 41 Torres de Mixcoac 01480, México, D.F.

ISBN: 978-970-94978-9-2 Prohibida su reproducción por cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita del autor editor. Impreso en México

El León de Sueño

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uando Sol tenía siete años, la llevaron a vivir a otra ciudad. Todo es más pequeño, hay menos automóviles, la gente se saluda en la calle y la puerta de su casa siempre está abierta. Todo es más pequeño, excepto la escuela nueva. La escuela nueva de Sol es inmensa, con metros y metros de jardines, huertas, patios que se suceden unos a otros, largos corredores hacia los que abren su ojo mágico los salones y, para efectos de esta historia, lo más importante: unos lejanos baños ubicados a espaldas del patio principal.
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C

Porque la escuela nueva de Sol es vieja. Se construyó a principios del siglo pasado y nadie pensó entonces poner los baños cerca de los salones de clase, como estaban en la escuela vieja de Sol que es una escuela nueva. -¿Estás contenta, Sol? –le preguntó su mamá la víspera del primer día de clases. -Sí, pero no he visto cómo son los baños. -¿Y eso qué importa? Son... como todos los baños. Eso lo estaba dudando Sol. Cuando fueron a inscribirla, trató de fijarse dónde estaba lo que más le preocupaba y se dio cuenta que se encontraban lejos de su salón de clases. Eso no le gustaba. El primer día estuvo muy entretenido. La emoción de llegar y conocer niñas y niños nuevos y maestras nuevas, sacar los útiles y esperar la oportunidad de demostrar lo que ya sabes para que vean lo lista que eres se llevó gran parte de la mañana.
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Pero llegó el momento de ir al baño y Sol tuvo que armarse de valor. Levantó la mano y pidió permiso a la maestra. Se lo concedió y le preguntó si ya sabía dónde estaban los baños. Sol dijo que sí, aunque no tenía toda la seguridad del mundo. Salió de su salón, atravesó el patio, bajó las escaleras que daban al jardín donde estaban los baños y observó que éstas tenían en los remates unas cabezas de león. Sol olvidó por un segundo que iba a explorar el baño nuevo, cerciorarse de que no tenía telarañas, ni bichos y todo eso... para quedarse viendo fijamente las cabezas de león del remate de las escaleras. Eran dos leones de piedra gris, de melena cana y aspecto de viejos sabios. Si alguna vez habían tenido colmillos, éstos se les habían caído. Uno de los leones se veía francamente chimuelo. Sol le acarició la cabeza y se dispuso a atravesar el jardín. -Bienvenida a la escuela, Sol –dijo el león de piedra.
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-¿Cómo sabes mi nombre? -Todo se sabe. Lo leí en la lista de inscripciones. Sé que eres una alumna nueva. Sol se quedó viendo la cabeza del otro león, que permanecía muda. -¿Él no habla? -Él es de piedra. Yo soy de sueño. -Ah –dijo Sol, creyendo entender. -Quiero darte la bienvenida no solamente a la escuela, sino al bosque. Iré contigo para que no te pierdas. Mientras, mi compañero se encargará de vigilar las escaleras, pues para eso nos pusieron ahí. Sol y su nuevo amigo caminaron hacia el jardín de la escuela, que el león de sueño denominaba bosque. Era como caminar con un gatito, sólo que el león de sueño era muy grande. Aun a cuatro patas, su cabeza sobrepasaba la cabeza de Sol. No tardaron en llegar a un sitio donde se levantaba un enorme árbol. -Aquí vive el hada Verdana -dijo el león.
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-¿Dónde? ¿Arriba del árbol? –dijo Sol, que estaba muy emocionada ante la perspectiva de conocer un hada. -No, en el tronco. Toca tres veces con tus nudillos en el tronco del árbol. Tal vez Verdana esté en casa. La niña llamó tres veces. Toc toc toc. Verdana asomó su cabeza de una ventanita ubicada más arriba. Tenía el cabello larguísimo, de color verde y llevaba un sombrerito hecho de hojas. -¡León de sueño! ¡Te he dicho muchas veces que no vengas tan temprano! Estaba en lo mejor de mis sueños cuando me despertaste... –y cambiando el tono, dijo- ¡Ah! ¡Vienes con Sol! Así cambia la cosa. -Sabe mi nombre –confió Sol, maravillada, al león de sueño. -Todo se sabe –volvió a decir el león. -Sol, sube. Te invito a tomar una taza de té de yerbas del bosque, para darte la bienvenida como debe ser.
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Y justamente a la altura de Sol se abrió una puertecita tan pequeña, que la niña tuvo que agachar la cabeza para introducirse. El león de sueño dijo que él se quedaría vigilando al pie del árbol y que, de todos modos, nunca había tomado té con el hada Verdana porque no cabía por la puerta. Sol subió por unas escaleritas de caracol alfombradas con un fragante tapete de hojas. Subió y subió hasta que se abrió otra pequeña puerta y apareció el hada Verdana, ya sin su sombrerito de hojas –que era su gorro de dormir-. Traía el vestido más bonito que te puedas imaginar, tejido con los rayos tiernos del sol de la mañana. Sol y Verdana se sentaron a la mesa, junto a la ventana. La niña pidió permiso de asomarse y vio allá abajo al león de sueño montando guardia. -¿Panecillos? –dijo el hada. Sol dijo que sí y disfrutó unos panecillos con canela y pasas de lo más rico, que eran el desayuno del hada. Conversaron amigable12

mente y al final, Verdana le enseñó su varita mágica. La tenía guardada en una delicada funda del color de la plata. -La funda está hecha de tela de araña –le explicó el hada. -¿Y la varita? -Las varitas mágicas crecen como plantas de unas semillas que las hadas ponemos en macetas. Cuando ha pasado suficiente tiempo y las ha humedecido el rocío, las varitas brotan; las cortamos con un cuchillito de plata en forma de media luna y las ponemos en sus fundas de tela de araña, listas para usarse. -¿Y para qué se usan? -Cada una de las hadas decide para qué usarla. Pero en general, te diré que sirven para hacer dibujos en lo que los humanos llaman realidad. Sol empezó a meditar en las palabras del hada cuando se escuchó que llamaban a la puerta.
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-Toc toc toc... -Es el león de sueño –dijo Verdana. –Es tiempo de que te marches, pues tu guía no puede estar mucho tiempo ausente de su escalera. -Gracias por tu hospitalidad, querida hada Verdana –dijo Sol, que es una niña muy bien educada, ya lo verás si sigues leyendo este libro. -Voy a darte un regalo –dijo el hada y puso en la mano de Sol una semilla plateada, del tamaño de un grano de arroz. –Siémbrala en una maceta y ponla en tu ventana. El rocío se encargará de regarla, y cuando haya pasado el tiempo suficiente... habrá brotado tu varita mágica. Cuando esté del tamaño de la palma de tu mano, le pondrás un nombre; y cuando alcance la altura de las varitas mágicas... vendrás de nuevo a mi casa para que juntas la cortemos con mi cuchillo de plata. Sol se despidió del hada Verdana, muy contenta por el regalo que había recibido. El león de sueño estaba un poco inquieto, pues Sol
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había pasado con el hada más tiempo de lo que él había calculado y tenía que regresar a su escalera, ya iba a ser hora de la salida en la escuela. -¿Encontraste los baños? –dijo la maestra, cuando vio asomar la cabeza de Sol por la puerta del salón. -Sí –dijo la niña, apretando su semilla de varita mágica en la mano, no se le fuera a perder. Con la emoción de encontrar al león de sueño y al hada Verdana, los baños pasaron a segundo término y había llegado a ellos sin problema. Eran como todos los baños, bien decía su mamá. Cuando Sol llegó a su casa, sembró su semilla plateada en una pequeña maceta y la puso junto a la ventana. Estaba contenta. ¡Pensar que cuando creciera la varita, volvería a ver al hada Verdana!

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El Ángel Buenos Días y el Murciélago No-Saludo

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Sol le gustan los pepinos con sal, limón y chile, que le cuenten historias de su familia, andar en bicicleta y bailar. Le desagrada el sonido que hace el gis en el pizarrón y que su mamá le ponga camisetas de manga larga debajo de la blusa; pero sobre todo, lo que más le disgusta es que los adultos no la saluden. A veces, los niños, que son más chicos y se supone que saben menos cosas que los adultos, se portan de manera más educada. -Qué tal, Sol –dice María, que tiene nueve años. -¿Cómo estás, Sol? –dice Jerónimo, de seis.
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Y el colmo: -Hola, Shol – medio dice Erik, de tres. Sol tiene siete años y cuando llega a algún lugar siempre, pero siempre, saluda. A los chicos y a los grandes. A los animales y hasta a las macetas. ¿Y cómo no va a saludar a Uñas, el gato de la vecina, si todas las mañanas se mete a su recámara por la ventana entreabierta y se entera de los sueños de Sol fresquecitos, acabados de salir de la noche? ¿Cómo no va a saludar a Lunita, la coneja de su primo, que un día le hizo el favor de comerse disimuladamente la lechuga de su plato, que no le gusta? ¿Y la bugambilia que está frente a la puerta de su casa? ¿Cómo no va a saludarla, si ha crecido con ella y está de su mismo tamaño? Cuando alguien la saluda y verdaderamente se interesa por ella, a Sol se le hace de día en su interior.

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Cuando la ignoran y pasan de largo como si fuera invisible, a Sol se le hace de noche. De noche oscura y con tormenta. Y no es que sea exagerada. Es que a ella le importan mucho esas cosas. Y ya verás que tiene razón. Sol vive en una pequeña ciudad en la que es posible encontrarte en la calle a tus familiares, a tus compañeros de la escuela, a los maestros y a las amigas de tu mamá. Pues iba Sol con su mamá atravesando la placita cuando vio venir hacia ellas a la Directora de su escuela. ¡Le dio mucho gusto! ¡La Directora! ¡La que todos los lunes dirige la ceremonia de Honores a la Bandera! ¡La que decide qué maestra le toca a cada quien! Sol puso su mejor sonrisa y aguardó pacientemente a que su mamá y la Directora intercambiaran besos. Conversaron brevemente. Apuntaron números telefónicos. Se dieron otro beso. Muá-muá... Y se despidieron.
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La Directora de la escuela de Sol ni siquiera volteó a ver a Sol. La mamá de Sol estaba muy apurada para llevar a Sol al dentista. Sol no podía creer que la Directora de su escuela la hubiera ignorado. Nadie dijo nada sobre el no-saludo de la Directora. Pero esa noche... Sol decidió que pondría las cosas en orden. Si algunos adultos se portaban de manera tan grosera, allá ellos. Y antes de dormir, muy calladita, cogió la caja de plumones que le regaló su papá y su cuaderno de cuadritos. Dividió en dos una hoja y pintó una mitad de azul claro y la otra mitad de negro, a secas. Sobre el color azul dibujó un ángel y sobre el negro un... -¿qué será bueno? –pensó. -¿Un diablo? No... me gusta el color rojo, es alegre. Dibujaré un murciélago. Y así lo hizo. Dibujó un murciélago con las alas extendidas, negro como la noche, pues era el murciélago del No-Saludo.
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Y del lado azul Sol escribió los nombres de sus papás, el de su abuelita y el de su primo y por supuesto a María, Erik y Jerónimo. Del lado negro, pensó escribir el nombre de la Directora, pero se dijo: -Le daré otra oportunidad. Sol se fue a dormir. El lado negro se quedó vacío. -¡Psst... oye tú, angelito! -Buenas noches, ¿en qué puedo servirte? -¡¿No sabes para qué nos inventaron? -Para hacer de este mundo un lugar mejor. -¿Y nos pusieron nombres? -Mmm, déjame ver... Oh, sí. A mí me llaman el Ángel Buenos Días y a ti, el Murciélago NoSaludo. -¿Así que me tocó bailar con la más fea, verdad angelito? –le preguntó el Murciélago NoSaludo al Ángel Buenos Días cuando tomados del brazo (bueno, de las alas) iban de camino a casa de la Directora.
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-Según se mire, amigo mío. A la larga, harás tú más bien que yo. Y la Directora está bonita. Y se pondrá más bonita cuando salude y sea más educada. -¿Qué hacemos? ¿La asustamos? -No es necesario. Mejor le produciremos un sueño que la transforme en una mejor persona. Te dije que fuimos inventados para hacer de este mundo un lugar... -¡Mejor! ¡Ya oí! ¡No seas pesado! El Ángel Buenos Días se llevó el dedo índice a los labios para indicar silencio, pues ya estaban en la habitación de la Directora. Ésta dormía. El Murciélago No-Saludo se ubicó sobre su rostro y comenzó a aletear. Movía sus alas lentamente, produciendo un vientecillo que se convirtió en sueño. Y ahí tienes a la Directora llegando en su sueño a la escuela, al salón de juntas donde estaban todos sus maestros charlando animadamente. Cuando ella entró, ninguno volteó a verla, nadie la saludó y cuando quiso hablar para manifestar su presencia, no le
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salió ni un sonido de su boca. Como si no existiera, los maestros discutían acaloradamente: -Como no hay Directora, instalaremos una junta de emergencia. -Todos seremos Directores. -¿Los niños también? -Claro, sobre todo los niños. -¿Y por qué destituyeron a la Directora? -Porque no saludó a una niña. -¿Cómo fue capaz de hacer eso? -Hay que predicar con el ejemplo. -Qué bueno que la destituyeron. Quien no saluda a una niña no merece ser ni Directora, ni Maestra, ni Adulta, ni nada. Si les estamos diciendo continuamente a los niños que deben ser educados y saludar y nosotros somos los primeros en faltar a la más simple regla de educación, este mundo se pondrá de cabeza. -Festejemos la destitución de la Directoraque-no-merecía-serlo, compañeros. -¡Festejemos!
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La Directora empezó a angustiarse seriamente en su sueño. Y entonces el Ángel Buenos Días, con toda cortesía, le pidió permiso al Murciélago NoSaludo para ocupar su lugar. Y comenzó a mover suavemente sus alas. Y el vientecillo azul le produjo a la Directora este sueño: Salió del salón de maestros, oyendo todavía las voces que festejaban su expulsión de la escuela que había fundado. Salió de la escuela, sintiendo que su puerta se cerraba para siempre. Caminó por la calle y llegó a la placita. A lo lejos, observó que venía caminando Sol, una niña que cursaba el segundo año de primaria en su escuela, acompañada de su mamá. Cuando estuvieron frente a frente, lo primero que notó la Directora fue la carita de Sol, emocionada y contenta por tener la fortuna de encontrar a la primera autoridad de su escuela, el temblor festivo de sus ojos y la coloración gustosa que adquirían sus mejillas. De modo que se sintió conmovida y an26

tes de saludar a la mamá de Sol, se dirigió a la niña y además del “Buenos Días” de rigor, le manifestó que le daba mucho gusto encontrarla, tanto en el colegio como en la calle y que era lo mejor que le había pasado en el día. ¡Y vaya que era cierto! El Ángel Buenos Días y el Murciélago NoSaludo regresaron a su cuaderno y se durmieron, pues estaban exhaustos. Al día siguiente se les pegaron las sábanas y no sintieron cuando Sol los llevó a la escuela. Por eso no vieron ni escucharon a la Directora, que hizo una ceremonia especial en el patio para hablar a los alumnos de la importancia de la educación y en especial del saludo. Dijo que muchas veces, los adultos cometen el error de no saludar a los niños. Que por prisa o descuido consideran que los niños no tomarán en cuenta el que los saluden o no. Y saludar es muy importante: es reconocer con amabilidad la existencia de las otras personas y desearles buena salud.
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-Saludar contribuye a hacer de este mundo un lugar mejor -concluyó la Directora con una sonrisa. En la tarde, después de la comida, Sol abrió su cuaderno y escribió en el lado azul, con letra cursiva –que le gusta más que la de imprenta- el nombre de la Directora.

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El Mago de los Números Fáciles

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odos los días, lo primero que hace Sol al levantarse es ver si ya creció su varita mágica. Con los ojos entrecerrados, y los últimos sueños prendidos de sus pestañas, se asoma a la maceta donde sembró la semilla plateada. Han pasado muchos días y la semilla sigue dormida. Pero la niña no pierde la esperanza. El hada Verdana había dicho que las varitas crecen a su debido tiempo y aunque en general es muy desesperada, no en este caso, que se trata de algo tan especial como una varita mágica.
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-¿Tendrá una estrella en la punta? –a veces se pregunta Sol. -¿O será simplemente un palito con mariposas de luz alrededor? Este pensamiento la entretiene mientras su mamá le prepara el desayuno. ¡Rápido, rápido para ir a la escuel!. Pues te cuento que ese día le enseñaron las tablas de multiplicar. Y aunque suene extraño, de un jalón le mostraron la tabla del uno, la del dos, la del tres y la del nueve. -¡Qué antipedagógico! –dijo su abuelita, que vive en la misma casa de Sol. ¡Cuatro tablas en una mañana! -Nadie habló de tablas... dijeron que eran series. -¡Y les cambiaron el nombre! ¿Hacia dónde va la educación? Y la abuelita de Sol se llevó las manos a la cabeza. La maestra de Sol sabe hacia dónde va a llegar con su método de enseñanza de las tablas... digo, de las series. Y le ha funcionado ya con tres grupos. Eso sí, le encanta dejar
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tareas largas porque le gusta pensar que en las tardes los niños se acuerdan de ella. Por eso escogió ser maestra. De modo que Sol estuvo haciendo mecanizaciones con las dichosas series toda la tarde. Ya en la noche los números le bailaban en la cabeza y sentía que no entendía nada. Peor fue al día siguiente, pues tuvo que aplicar las series en multiplicaciones de verdad, del tiempo de su abuelita y se puso nerviosa, le sudaron las manos, le copió a su compañera de banca y de poco sirvió porque se sacó un dos. ¡Un dos! Dos grandes lágrimas cayeron sobre la hoja de multiplicaciones y corrieron la tinta roja con que la maestra había puesto la calificación. A Sol no le gusta que la vean llorar, así que con muchísimo esfuerzo contuvo el llanto y dobló la hoja fatídica con ocho dobleces. La deslizó en la bolsa de su suéter y acabó la jornada escolar con el alma en un hilo.
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Cuando llegó a su casa, rompió la hoja en una lluvia de pedacitos de papel y sin saber por qué, la dejó caer como eso, como lluvia, en la maceta de la semilla que le dio el hada Verdana. Tal vez por ello, al día siguiente, cuando Sol se asomó a la maceta, de entre la tierra y los papelitos de multiplicaciones rotas, asomaba la cabecita verdiplata de una planta. -¡Mi varita! –se emocionó Sol. ¡Ya va a empezar a crecer! Eso la puso muy contenta y casi olvidó el dos del día anterior y la sensación penosa que tenía cada vez que pensaba en números. Y estaba tan feliz que, ya en la escuela, quiso anunciar al hada Verdana el nacimiento de su varita. En el recreo, corrió hacia el jardín y tocó tres veces en el tronco que le había enseñado el león de sueño. Toc toc toc. Para su sorpresa, en la ventana del árbol no se asomaba la cabeza verde del hada, sino la
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larga barba y la blanca cabellera de un anciano de expresión amable. -Buenos días, dijo Sol. Busco al Hada Verdana. -Ella no está –contestó el anciano. –Fue de visita a la casa del Hada Castaña, que vive en el jardín de la otra escuela. Yo soy el Mago de los Números Fáciles y estoy haciendo inventario en las casas de las hadas. -¿Inventario? –dijo Sol. -¡Sí! ¡Inventario! Invento sus casas cuando están ausentes y hago geniales combinaciones de números. Por cierto, necesito ayuda. Sube, por favor. Se abrió la pequeña puerta en la base del árbol y Sol subió por las escaleras que ya conocía. Encontró al Mago de los Números Fáciles sentado ante la mesita donde el Hada Verdana acostumbra servir el té. Sol observó que la larga barba blanca del Mago terminaba en una punta muy chistosa.
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-¿Tres por dos? –dijo el Mago, a manera de saludo. -¡Seis! –contestó Sol, sin pensar, estrechándole la mano -¿Y tres por ocho? –preguntó el Mago, señalándole una silla para que se sentara. -Veinticuatro, gracias –dijo Sol sentándose. -De nada ... ¿dos por cinco? –dijo el Mago ofreciéndole a Sol una copa con terrones de azúcar para su té. -Diez, y gracias otra diez, digo, vez –se rió Sol, animadísima. -¡Ah! ¡Tres por tres! –suspiró el Mago mientras disfrutaba su aromática bebida. -¡Nueve! –terció Sol después de dar el primer sorbo a su tacita. -¡Mira! ¡Dos por ocho! –dijo el Mago señalando la ventana, en la que estaban posados unos pajarillos. -¡Dieciséis! –contestó la niña, fascinada con la vista de las aves. Y así siguió la conversación y a través de puros números, Sol y el Mago de los Números
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Fáciles intercambiaron puntos de vista y compartieron té, galletas y al final se despidieron, quedando, para siempre, los más amigos del mundo.

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El Hada Verdana

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-¿

Existen las hadas madrinas? La pregunta sorprendió a la mamá de Sol. Estaban atareadas terminando la tarea y metiendo los libros en la mochila, para el día siguiente en que habría clase especial de arte en la escuela. Contestó con otra interrogación: -¿Por qué me lo preguntas? -Nada más. Porque en los cuentos yo veo que a veces sale el hada madrina. -Bueno, Sol. La figura del hada sirve para simbolizar a tu buena suerte y a las personas que te quieren –dijo la mamá de Sol. -Entonces... dime, ¿acaso no existen las hadas? –preguntó la niña arrugando sin querer su frente.
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-Hay muchos modos de existir. -¿Pero existen, o no existen? –se impacientó Sol, que ya quería saber bien a bien a qué atenerse. -Existen en los sueños y en los cuentos. Y ahora, a dormir, que mañana te espera un día emocionante. Y Sol se durmió y soñó con el hada Verdana. Cuando despertó, no se acordaba bien del sueño, pero tenía en la memoria un agradable aroma de yerbabuena. Como todas las mañanas, fue a ver la maceta de su varita y le dio los buenos días. Había crecido tres milímetros. En la escuela conoció a una maestra de arte que nada más les iba a dar unas cuantas clases. -No se va a quedar todo el año –dijo la directora- así que aprovechen bien todo lo que les va a enseñar. La maestra de arte abrió un gran libro y empezó a enseñarles pinturas. Lo recargó en
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una silla y pidió que cada niño pasara a verlo de cerca para fijarse en los detalles. Desde su silla, Sol sintió que su corazón daba un salto de alegría. ¡Ahí estaba el Hada Verdana! Estaba... pintada. Un poco diferente de como Sol la recordaba. Traía el cabello recogido y una especie de anteojos que le daban un sereno y sabio aspecto de búho. Vestía un traje de plumas de color verde y se encontraba sentada en la misma mesita en la que Sol había tomado el té. -¿Saben cómo se llama este cuadro, niños? Sol estuvo a punto de gritar muy fuerte: ¡El Hada Verdana!, pero no lo hizo porque muchas veces prefiere escuchar a los demás. -Se llama “La Creación de las Aves” –dijo la maestra-. Lo pintó Remedios Varo, una pintora española que vivió y trabajó muchos años en México. En eso, le tocó el turno a Sol de ver de cerca el cuadro. Sentía mucha emoción, como quien va a volver a ver a una persona que ha
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querido mucho y de la que ha estado separado por varios años. Vio que de la ventana de la habitación donde estaba el hada se filtraba un rayo de luz que ella recogía en una lente en forma triangular, cerca de la cual revoloteaba un pajarito. -¡Qué bonito! -¿Te parece, Sol? –dijo el hada Verdana, más tarde, en el jardín- He estado toda la mañana haciendo pajaritos. Hay que aprovechar la primera luz. Con ella se producen aves de cantar dulce y melodioso, que alcanzan existencia feliz. -¿Y yo podría hacer uno? –preguntó Sol. -Claro. Ya estoy muy cansada, pero si quieres, te presto los instrumentos. Ven, siéntate en la mesa. Sol observó que por toda la habitación revoloteaban aves de diferentes colores. En la superficie de la mesa había plumas azules, verdes y doradas.
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-Son para decorar –dijo el Hada- toma, vas a necesitar estos granitos de anís además de la luz, son para dar cuerpo a las aves. El Hada Verdana le extendió una lente circular y una bolsita de terciopelo verde que contenía fragantes granos de anís. Sol se sentó y sostuvo la lente entre sus manos. -Espera, falta algo. Y el Hada Verdana se dirigió a su armario y sacó una capa hecha de plumas azules. La puso sobre los hombros de Sol. -Ahora sí. Puedes empezar. La niña se acercó a la ventana y sorprendió un rayo de sol de la mañana que se había demorado. Sus demás compañeros se habían ido en el viaje del mediodía y él se había perdido entre las ramas de los árboles. Parte de su luz haría un pajarillo estupendo. Fue muy emocionante ver que, a través de la lente, la luz entonaba los colores del arco iris: azul, violeta, índigo, verde, amarillo, rojo, naranja... que se quedaban vibrando en la superficie de la mesa y que al espolvorearlos
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con granos de anís vibraban más, hasta convertirse en un aleteo y en un par de patitas delgadas como pinceles y en un pico del color de las almendras. Desprendido de la luz, el pajarillo se posó en la mano de Sol. -Ponle las plumas que quieras –dijo el Hada Verdana. Y Sol le hizo una combinación de plumas azules y doradas que fue muy de su gusto. El ave levantó el vuelo y salió por la ventana. -Me hubiera gustado llevármelo a casa –dijo Sol, cuando se despedía. -Fue mejor verlo volar -dijo el Hada Verdana.

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El Duende No

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n día, Alexia le dijo a Sol: -¡Invítame a tu casa! Sol pensó vagamente que las invitaciones no se hacen así. Que uno invita al invitado, no al revés. Pero dijo: -Sí. Voy a decirle a mi mamá. También pensó entre brumas como algodones de dulce que tendría que pedirle permiso a su mamá y no nada más decirle. Pero lo que dijo fue: -Mamá, ¡invita a Alexia a la casa! Alexia es un año mayor que Sol y eso se nota mucho. En los gustos, y en la manera de comportarse. Alexia parece niña grande y Sol parece lo que es, niña-niña. La mamá de Sol se sintió obligada a invitar a la amiga y así se hizo.
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Como Alexia ordenó. La primera media hora de juegos marchó bastante bien. Hasta que Alexia dijo: -¡Sol, vamos a maquillarnos! -¿Maquillarnos? ¿Y con qué? -Pues con las pinturas de tu mami, tonta. A Sol no le gusta que le digan tonta. Pero como hipnotizada, le dijo a Alexia que sí y fueron al tocador de su mamá y se maquillaron de lo lindo. Cuando Alexia se aburrió, dijo: -Sol, ¡enséñame tus zapatos! A Sol tampoco le gusta que le den órdenes. Pero quién sabe qué le pasa con Alexia que siempre termina obedeciéndola. Así que le enseñó sus zapatos. Todos, desde los tenis hasta las sandalias, pasando por los zapatos de baile. -¡Qué feos! –dijo Alexia. Bueno, estos rojos no están tan feos. Regálamelos, Sol. ¡Sus zapatos rojos! ¡Regalarlos! Se los había regalado su papá, cuando fueron a la zapatería y Sol vio los zapatos rojos en el aparador
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y se le fueron los ojos detrás de ellos. Se los había llevado puestos y sentía que todos en la calle se quedaban mirando con admiración a una niña tan elegante. Pero Sol, quién sabe por qué, le regaló sus zapatos favoritos llenos de recuerdos a Alexia. La amiga fue a probárselos con más comodidad a la sala y Sol se quedó en su habitación, sintiéndose muy mal, como despojada. -¡Shhhhhut! –se escuchó un sonido del armario donde estaban los zapatos. Sol pensó que se trataba de Uñas, el gato y no hizo caso, continuando con sus pensamientos, para ponerlos en orden y cubrir de alguna manera el hueco que dejaban los zapatos rojos que le había regalado a Alexia. -¡Shhhhhhut! –escuchó de nuevo y eso ya no parecía un gato, sino una voz humana. Sol se asomó al armario y descubrió que, cómodamente instalado en la bolsita que
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hacía juego con los zapatos, estaba... un duende. Era un duende perfecto. Con un gorro terminado en punta, de color verde, calcetines de rayas y zapatos rojos también terminados en punta. El duende era pecoso, con el cabello lacio del color del trigo y le faltaban los dientes delanteros como a un niño de siete años. Era muy pequeño, imagínate, como para caber en la bolsita de Sol... -Sol, pregúntame cómo me llamo –dijo el duende a manera de saludo. -¿Cómo te llamas? -¡No! -¿No me vas a decir cómo te llamas? -¡No! -Anda, dime tu nombre... -No! En eso, Alexia regresó con los zapatos de Sol puestos y el duendecillo rápidamente se escondió en la bolsita roja. -Me parece que esta bolsa hace juego con los zapatos, dijo Alexia. -¡Regálamela, Sol!
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-¡No! Y ese “No”, lo dijo el duende desde la bolsita, pero Alexia creyó que lo había dicho Sol. -¿No? –preguntó Alexia. -¡No! –contestó el duende. -¿Y por qué no? Ahora fue Sol la que contestó, animada por la vocecilla del duende. -Porque es mía. Me la regaló mi papá, junto con los zapatos. -Pues sin bolsa no quiero los zapatos –dijo Alexia, ya francamente enredada, y se quitó los tesoros de Sol y los aventó al clóset. -Bueno, ahora vamos a tocar los timbres de los vecinos y nos escondemos –dijo Alexia, poniéndose sus propios zapatos. -¡No! –contestaron al mismo tiempo Sol y el duende. -Bueno, vamos a sacar las cosas de los cajones de tu mamá. -¡No! Y la tarde siguió así por el estilo. Alexia proponiendo travesuras y Sol y el duende di53

ciendo que no, hasta que Alexia se aburrió y le habló a su mamá por teléfono para que la recogiera. Ya para despedirse, Alexia le dijo a Sol: -No me vuelvas a invitar a tu casa. Me aburrí mucho. ¿Y qué crees que Sol le contestó? -¡Pues “No”! Cuando Alexia se fue, Sol corrió al armario a buscar al duendecillo. Lo encontró comiéndose una galletita de canela, como las que le gustan al hada Verdana. Con azúcar en su labio superior, el duende le dijo a Sol: -¿Ya sabes cómo me llamo? Y Sol, poniendo su mejor cara de traviesa, le dijo a su nuevo amigo: -¡No!

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Índice
El León de Sueño, 5 El Ángel Buenos Días y el Murciélago No-Saludo, 17 El Mago de los Números Fáciles, 29 El Hada Verdana, 39 El Duende No, 49

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El Duende No y otros cuentos terminó de imprimirse en marzo 2008 en Solar, Servicios Editoriales S.A. de C.V. México, D.F. Tel: 55151657

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