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2 Lo que está detrás de Bush

Ernesto Milà

...lo que está detrás


de BUSH

Corrientes ocultas de la política


de EEUU

PYRE

Ernesto Milà 3
Título: «...lo que está detrás de Bush»
Autor: Ernesto Milà
Colección Geopolítica nº 6
© Ernesto Milà
© Pyre, SL
Portada: Alejandro César

1ª Edición: Marzo 2004


Producciones y Representaciones Editoriales, SL
Apartado de Correos 9288
08080 Barcelona
E-mail: pyre38@yahoo.es
ISBN 84-933678-2-6
Dep. Legal: B-XXXXXXXXXXX
Impreso en España

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4 Lo que está detrás de Bush


Introducción

Resulta imposible comprender la política exterior norteame-


ricana actual si desconocemos algunos elementos subjetivos
que han determinado la historia de ese país, desde los orígenes
hasta nuestros días. Esta pequeña obra intenta situar la política
exterior norteamericana en el contexto que le es propio, desde
1775 hasta las elecciones presidenciales del 2004.
La línea política de la administración Bush no es un acciden-
te en la historia de los EEUU sino que, por el contrario, es la
última reedición de una constante histórica que ha estado pre-
sente en todos los episodios de aquel país. El mesianismo ac-
tual de Bush estaba ya presente en los Padres de la Constitu-
ción americana y, si se nos apura, incluso entre los peregrinos
del Mayflower.
Pero existe una contradicción: mientras el mesianismo sigue
vivo en la cultura norteamericana, también, algo ha cambiado
en la vida de los ciudadanos. Del espíritu democrático de los
fundadores al «Acta Patriótica» que limita los derechos y las
libertades individuales, hay un buen trecho que la administra-
ción Bush no ha tenido el menor empacho en recorrer utilizan-
do como excusa los ataques del 11–S. A lo largo de esta obra,
veremos por qué la democracia americana se ha transformado
en un plutocracia y por qué, quién está al frente y con qué
ideas.
Esta pequeña obra se propone como objetivo indagar en
las corrientes subterráneas que están en estos momentos pre-
sentes en el stablishment norteamericano. Por estas páginas
aparecerán nombres que, seguramente, no habrán oído jamás
y que, sin embargo, inspiran las líneas básicas de la política
exterior de los EEUU e incluso de la cultura de aquel país.

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EEUU no vive hoy su mejor momento y hoy es, visiblemen-
te, una potencia en declive. No ha logrado afianzar su posición
en Irak (uno potencia de muy limitados recursos militares en
2003), su economía ha dejado de producir en cantidad sufi-
ciente como para garantizar el consumo interior. El déficit en la
balanza comercial no tiene precedentes en la historia de la hu-
manidad en nación alguna. La economía norteamericana sigue
existiendo gracias a la afluencia de capital exterior a las bolsas
de los EEUU. Pero esto no ocurrirá siempre. Escándalos como
los de Enron o Arthur Andersen han marcado el declive del
dólar ante la sospecha de que otras muchas empresas pueden
maquillar su contabilidad. La economía norteamericana es hoy
especulativa, en absoluto productiva. Un país así es inviable.
Para colmo, la campaña de Irak demuestra la imposibilidad de
vencer definitivamente a un pequeño país. Irak que, a primera
vista, parecía una «guerra india» ha terminado siendo la reedición
de la peor pesadilla americana: Vietnam.
Las aventuras exteriores de la administración Bush han ais-
lado internacionalmente a los EEUU. Europa desconfía de
Norteamérica. Rusia se reconstruye y prefiere tratar con Euro-
pa. China recela de América. El mundo árabe lo tiene como
enemigo, aunque algunos de sus gobiernos sean aliados. Amé-
rica Latina quiere emanciparse de la tutela de EEUU. La gran
potencia económica y comercial de nuestro tiempo es, hoy por
hoy, la Unión Europea que, desde el 11–S ha pasado de ser
aliado incondicional, a observar la política exterior norteameri-
cana con desconfianza. EEUU no tiene aliados… como máxi-
mo, vasallos forzados. De hecho, el nacimiento mismo del Euro
y la existencia de la Unión Europea ya suponen una amenaza
para la hegemonía norteamericana. Un país así es inviable, es-
pecialmente a partir del momento en que sus FFAA evidencian
incapacidad para vencer y pacificar micropotencias (Hamid
Karzai sigue siendo llamado despectivamente «el alcalde
Kabul» y… su control ni siquiera se extiende a todos los ba-

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rrios de la capital afgana) y su economía vive de los capitales
que llegan del exterior.
La decadencia norteamericana puede tener efectos inespe-
rados. Un país en declive que ni siquiera tiene conciencia de su
decadencia puede tener reacciones histéricas. De ahí la necesi-
dad de conocer lo que se está larvando en las esferas más altas
del poder en EEUU y qué fuerzas entran en juego. Es preciso
conocer qué ideas les mueven, qué objetivos persiguen y qué
estrategias practican. Esta pequeña obra ha intentado este via-
je y lo que ha encontrado ha sido mucho más inquietante de lo
que pensaba inicialmente el autor. En realidad, mucho más in-
quietante de lo que éramos capaces de suponer.
Lo que hemos encontrado es un cocktail de pensamiento
mágico y brutalidad, la peor de todas las combinaciones posi-
bles.
Ernesto Milà
Andorra, 7 de octubre de 2004.

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I
El pensamiento anómalo
desde los orígenes

Hay que remontarse el descubrimiento de América para


entender la esencia de la mentalidad americana.
A finales del siglo XV y hasta el XVII, un impulso mesiánico
recorrió Europa. Un marinero de origen brumoso, Cristóbal
Colón, fue de los primeros en experimentar esta sensación.
Beneficiándose del hallazgo de mapas antiguos (sin duda atri-
buido a Paolo del Pazzo Toscanelli) y de las confidencias de
viejos marineros, Cristóbal Colón, adquirió la seguridad de la
existencia de un continente que todavía no conocía el «mensaje
de Jesucristo».
El perfil psicológico de Colón nos indica que se trataba de
un híbrido de ingenuidad, credulidad y tozudez. Tenía los ras-
gos de un iluminado e, indiscutiblemente, era un hombre ambi-
cioso; se suele olvidar que Colón, no sólo era terciario francis-
cano, sino que además estaba muy influido por las teorías
milenaristas de Joaquin de Fiore, del que se consideraba discí-
pulo y cuyas profecías –según reconocía– le habían impulsado
en su aventura.
El Cardenal Cisneros, uno de los máximos valedores de
Colón en la corte de los Reyes Católicos, confesor de Isabel,
pertenecía también a esta corriente «joaquinista». Fue Cisneros
quien publicó la primera edición española de «Arbor Vitae
Crucifixi» de Ubertino da Casale (del que Umberto Eco, en
«El nombre de la Rosa», proporciona abundantes datos
novelados) uno de los franciscanos «espirituales» o «fratricelli».
Ubertino y sus compañeros, situados en la misma línea que
Joaquín de Fiore, fueron condenados por el IV Concilio de

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Letrán, junto a Bernard Delicieux, Cola de Rienzi, Arnaldo de
Vilanova, Jean de Roquetaillade, Hugues de Digne, etc.
Esta corriente, prohibida por la ortodoxia romana, siguió
existiendo en la clandestinidad, refugiada –tal como refleja
Umberto Eco en su novela– en la orden franciscana. Al produ-
cirse la evangelización del Nuevo Mundo, la primera oleada de
misioneros enviados por Cisneros, estuvo compuesta precisa-
mente por monjes franciscanos surgidos de esta corriente…
La colonización y la conquista empezaban bajo el signo de la
mística.
Estos franciscanos fueron al Nuevo Mundo convencidos que
esa tierra debía ser el «paraíso perdido» del que hablaban las
escrituras. El propio Colón había escrito: «Nadie puede en-
contrar este Paraíso Terrenal, salvo que así lo quiera la
Voluntad divina»; era allí donde pensaba que encontrar un
«espacio nuevo» para la propagación de los Evangelios. Esto
implicaba la conversión de los paganos que se encontraran en
aquellas tierras. El descubrimiento –escribió a los Reyes Cató-
licos– «traerá pareja la salvación de tantos pueblos entre-
gados hasta ahora a la perdición». Así el anticristo sería ven-
cido definitivamente en el «nuevo mundo» y ello implicaría el
inicio del Apocalipsis, es decir, de la renovación del mundo.
Cuando Colón llegó a las Antillas creyó que había alcanza-
do el Edén. Estaba persuadido que la corriente del Golfo esta-
ba formada por los míticos «4 ríos del Paraíso». Llegó a escri-
bir: «Dios me ha hecho mensajero de un nuevo cielo y de
una nueva tierra, de la que había hablado en el Apocalipsis
San Juan, después de haberme hablado por boca de Isaías
y El me ha indicado el lugar para encontrarlo».
En 1494 Colón llega a Jamaica, identificando el lugar como
el «reino de Saba», país de la amante de Salomón y origen
mítico de los Reyes Magos. En la desembocadura del Jaina, en
la Isla Española, creerá haber descubierto el río Ofir, donde
Salomón se aprovisionaría de oro.

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En 1489, hallándose en Jaén, escribe que la décima parte
de los beneficios que se obtuvieran de la colonización del Nue-
vo Mundo serían destinados a organizar una nueva cruzada.
Este deseo no era banal u oportunista: la liberación de los San-
tos Lugares era uno de los signos inequívocos del fin de los
tiempos y de la renovación del Cosmos.
Se conoce la extraña firma de Colón en la que incluía un
anagrama que nadie ha conseguido desentrañar y las palabras
«Christo Ferens». Frecuentemente se ha dicho que era la
latinización de su nombre, derivado del griego: Cristóbal deri-
va, efectivamente de Cristóforo, «el que lleva a Cristo». Pero
esta frase en latín es «Christum Ferens» y Colón escribe algo
bien diferente y significativo: «Christo Ferens»: «el que lleva
para Cristo», lo cual encaja perfectamente en el contexto que
hemos descubierto.
El mesianismo no abarcaba sólo al mundo cristiano de la
época. Los judíos tuvieron varios mesías y en el 1503, Isaac
Alrabanel anunció el inicio de la «era mesiánica»; en centro–
Europa y en el mundo anglo–sajón se tenía la misma sensación
de una próxima renovación del cosmos que pasaba por el re-
torno a los orígenes y el comienzo de una nueva historia sagra-
da. Fue en este ambiente en el que larvaron los fermentos de la
Reforma y de la escisión anglicana.
El mito de la Tierra de la Muerte
Son múltiples los datos históricos objetivos que permiten
desmontar una serie de prejuicios sobre los conocimientos geo-
gráficos de la antigüedad. Hoy no hay duda que, como mínimo
desde los egipcios, se sabía que la tierra era redonda e incluso
se aventuraron a calcular su medida. Este dato no procede de
libros escasamente científicos sino de obras eruditas reconoci-
das académicamente. Así mismo, con toda la prudencia que
requiere el caso, se tiene la casi completa seguridad de que los
vikingos colonizaron Groenlandia y sólo fueron expulsados de
allí por la bajada progresiva de las temperaturas hacia el siglo

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XIII. De allí, en su afán explorador, llegarían a las costas de
Terranova. Jacques de Mahieu, muerto en 1992, director del
Instituto de Ciencias del Hombre de Buenos Aires y discípulo
de Alexis Carrel, descubría huellas vikingas en las riberas del
Amazonas y, por fin, sabemos, por confesión propia, que el
mismo Colón se benefició de exploraciones anteriores, con
cuyos protagonistas pudo hablar directamente y a cuyos ma-
pas tuvo acceso.
La cuestión es por qué hasta el siglo XVI no se empieza a
explorar sistemáticamente el Nuevo Mundo. No es, desde lue-
go por razones económicas. Mucho más antieconómico y pe-
ligroso era viajar por tierra hasta Cathay que saltar desde Ca-
narias y las Azores hasta el continente que luego se llamaría
América. La idea de que la tierra era plana y terminaba con el
horizonte de Finisterre no deja de ser una leyenda supersticio-
sa que influía sólo en los más ignorantes. Pero la humanidad
antigua no era precisamente ignorante. Ya hemos recordado
como los griegos en sus mitos (Atlas sosteniendo el globo del
mundo) y los egipcios en sus cálculos matemáticos con fines
constructivos, conocían perfectamente la forma de la tierra. En
cuanto el heliocentrismo tan denostado por la Iglesia y que oca-
sionó tantos problemas a sus difusores, no era una teoría que
fuera desconocida para los astrólogos, como mínimo a partir
de Caldea: ¿es preciso recordar que existieron astrólogos en
todos los tiempos y que en el tiempo de Colón mantenía gran
vigor y prestigio de ciencia infalible?
Si la exploración en dirección hacia el Oeste fue ignorada
hasta el siglo XVI se debió igualmente a razones que tienen
mucho que ver con concepciones míticas y místicas: los anti-
guos consideraban que el Occidente era la tierra de la muerte
(Occidente deriva de «occido», morir, sucumbir, caer, causar
la muerte, la perdición; «occidio–occidionis»: matanza, carni-
cería, exterminio).
El descubrimiento y la explotación del Nuevo Mundo que,
técnicamente era posible desde la navegación fenicia, fue blo-

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queada por motivos míticos. Allí, en el lejano «Occidente»,
permanecía la sensación de algo que era peligroso y que, por
tanto, debía de ser declarado tabú y su acceso prohibido. Es
en este contexto donde las leyendas sobre el precipicio que se
abría ante los barcos, más allá de las columnas de Hércules,
cobran sentido, fuerza y vigor.
Respecto a las columnas de Hércules vale la pena recordar
que, simbólicamente, se presentan unidas por una serpiente que
en ocasiones es representada como una filacteria en la que se
incluye la leyenda «Nec plus ultra», no más allá. Tal frase pue-
de ser considerada, tanto como una declaración de principios,
como un tabú y una prohibición, la de adentrarse en un territo-
rio problemático y en el que anida la destrucción y la muerte.
No es que no se pueda llegar a ese lugar, es que no debe lle-
garse a él...
Inmediatamente subyace el recuerdo mítico de la Atlántida,
el continente inundado en un tiempo mítico, situado, más allá
de las columnas de Hércules, en el «lejano Occidente», es de-
cir, en el territorio que, después de esta catástrofe legendaria,
pasa a ser el territorio de la muerte.
Pero América está detrás de la Atlántida desde el punto de
vista de Europa. El sol, saliendo por el Este y ocultándose por
el Oeste (es decir, muriendo allí) proyecta la sombra de la im-
probable Atlántida sobre el Nuevo Mundo. Y esta sombra es
la de la muerte. Todos estos contenidos, arquetípicos y míticos,
no podían dejar de producir un efecto paralizador en la explo-
ración hacia el Oeste.
Europa entera registra una oleada migratoria como no se
había operado desde las cruzadas y emprende la colonización
del Nuevo Mundo. Con el tiempo, de allí partirá un impulso
contrario a la civilización europea... La historia y el mito nueva-
mente se dan la mano.

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La «Nueva Atlántida»
En 1623, Sin Francis Bacon publicó un relato novelado que
tendría gran influencia en la formación de un estado de ánimo
favorable a la colonización del Nuevo Mundo. En efecto, «The
New Atlantis» relata la aventura de unos navegantes a quines
vientos adversos desplazan de su ruta y hacen recalar en una
isla gobernada por filósofos–científicos. El libro, de pocas pági-
nas, está escrito en un lenguaje escatológico, con citas frecuen-
tes a los Evangelios.
En «The New Atlantis», Bacon describe una sociedad se-
creta llamada «Casa del Templo de Salomón» situada en la
cúspide jerárquica de su Estado ideal. En la portada de su libro
incluye una filacteria con la leyenda «Tempora patet occulta
Veritas», «con el tiempo aparecerá la verdad oculta», alu-
sión, tanto a la prohibición de llegar más allá de las columnas
de Hércule.
La llegada de los protagonistas del relato a la Atlántida en la
obra de Bacon es seguida de un rito iniciático de purificación:
«después del día de vuestra llegada, debéis permanecer
internados por tres días», alusión inequívoca a los tres días
de muerte y resurrección de Cristo. Pero antes de desembar-
car, los marineros tienen que jurar que «no sois piratas, ni
habéis derramado sangre, legal ni ilegalmente, en los últi-
mos cuarenta días», el mismo período de purificación de Je-
sús en el desierto. No es raro que los expedicionarios a la vista
de este programa declaren: «Dios se ha manifestado, sin duda,
en este país». Y otro proclama «estábamos enterrados en lo
profundo, como Jonás lo estuvo en el vientre de la ballena
y ahora estamos entre la muerte y la vida, pues estamos
más allá del viejo mundo y del nuevo». Para Bacon, la Atlán-
tida es un estado intermedio entre la vieja Europa y la nueva
América, que considera muerte y vida respectivamente. La re-
ferencia al vientre de la ballena equivale a la cámara de medita-
ción, oscura, negra y cerrada, en donde tiene lugar la muerte

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inicíática en todos los ritos esotéricos. Según Bacon, el nombre
del rey del país atlante que vivió 1900 años antes de la redac-
ción del texto, tenía por nombre Solamona, «nosotros le tene-
mos por el legislador de nuestra nación. Este rey tenía un
gran corazón». La misma cualidad se reconocía a Salomón;
esta cualidad, unida a la correspondencia existente entre el co-
razón y el sol, como centros ambos del sistema solar y del
hombre, se refleja en el mismo nombre del rey: Solamona,
Solis–Amon, nombres del astro rey en latín y egipcio. Esta «sola-
ridad» se repite en el ciclo de 12 años, período en el que la
sociedad iniciática de la Casa de Salomón, envía expediciones
al mundo para informar sobre los asuntos que suceden fuera de
la Nueva Atlántida.
Finalmente muestra las excelencias de la vida subterránea:
«Tenemos cuevas espaciosas y profundas, las más profun-
das están perforadas a seiscientas brazas, y algunas están
excavadas y hechas bajo grandes colinas y montañas (...)
Están por igual apartadas del sol y de los rayos celestes y
del aire libre. A estas cuevas les llamamos la Región Infe-
rior». El lugar, no parece ser maldito como lo es la región infe-
rior en casi todas las tradiciones; es, antes bien, el lugar en
utilizado «para curar algunas enfermedades y para la pro-
longación de la vida de algunos eremitas que escogen vivir
aquí, bien provistos de todas las cosas necesarias»...
Bacon se dedicó a la actividad política y fue miembro de la
Cámara de los Comunes. Nombrado consejero privado de la
Reina Isabel I y de Jacobo I, ejerció como fiscal de la Corona,
pero en 1621 fue acusado de haber recibido regalos de los
litigantes y condenado finalmente en 1621.
En su puesto de Canciller consiguió que se promulgaran le-
yes que protegieran a los colonos. Con su libro quiso conjugar
distintos niveles de necesidad: de un lado, impulsar la coloniza-
ción del Nuevo Mundo para contrarrestar el formidable impul-
so de los navegantes españoles; de otro, definir la sociedad

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ideal, profundamente democrática y basada en principios espi-
rituales.
A partir de la publicación de «The New Atlantis», la coloni-
zación inglesa cobra un impulso definitivo y los peregrinos del
«Mayflower» (1620) se vieron definitivamente reforzados.
La colonización del Paraíso
La colonización del territorio actual de los EEUU fue inicial-
mente obra de ingleses y, en general, de disidentes religiosos.
Los primeros que llegaron al Nuevo Mundo se consideraban
predestinados; tenían a Europa por excesivamente decadente
como para que la «Reforma» pudiera triunfar; era preciso, pues,
alcanzar un nuevo mundo y en él, hacer tabla rasa. En su ópti-
ca, el signo más claro de elección divina de aquella tierra para
una «segunda venida de Cristo» era que hasta ese momento
había permanecido velada a los ojos de los hombres.
En el «Mayflower» (Flor de Mayo) llegaron los «Padres
Peregrinos» –considerados como los fundadores de los EEUU–
y con ellos la imprenta y el puritanismo. Si bien es cierto que el
Sur de los EEUU fue colonizado por caballeros ingleses y el
Norte por puritanos y que, mientras los caballeros del Sur eran
de origen celta (galeses, escoceses e irlandeses, de carácter
independiente y apegados a sus tradiciones) y los del Norte,
anglosajones (buscando nuevas fórmulas de modernidad), to-
dos ellos consideraban su colonización como una empresa «po-
lítico–religiosa».
Ambos grupos –que, con el paso de los años y una vez
independientes terminarían por chocar en la Guerra de Sece-
sión– compartían la misma visión teológica que veía en la aventu-
ra hacia el Oeste (realizada en dos fases: de Europa a América
y de la Costa Este americana a la «nueva frontera» cuyo límite
eran las aguas del Pacífico) la trayectoria de la verdadera sabi-
duría ¿Acaso no había seguido el cristianismo la misma ruta: de
Jerusalén a Roma? Según esta concepción, que tuvo gran éxito
entre los teólogos protestantes del siglo XVII, la marcha hacia

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el Oeste representaba una progresión y un perfeccionamiento
moral. Es decir, la inversión completa de la doctrina anterior
para la cual la progresión hacia «occidente» suponía un enca-
minarse al «país de los muertos».
Veamos algunos ejemplos: la fundación de Massachusets
contribuye a inaugurar un espacio en el que «el Señor creará
un nuevo cielo y una nueva tierra»; los fundadores de
Maryland están convencidos, como Colón al llegar a las Anti-
llas, de que aquel lugar es el Paraíso descrito por el Génesis; el
mismo George Washington expresó una idea parecida: «Los
EE.UU. son una Nueva Jerusalén destinados por la Provi-
dencia a ser un territorio en el que el hombre debe alcanzar
su pleno desarrollo, donde la ciencia, la libertad, la felici-
dad y la gloria deben propagarse de forma pacífica»; otros,
aprovechando el hecho de que Georgia se encontraba en el
mismo paralelo que Palestina, vieron allí el lugar elegido. El
«apostol de los indios», Jhon Eliot anunciaba: «la aurora y el
surgir del Sol del Evangelio en Nueva Inglaterra» y Cotton
Mather –eclesiático congregacionista fanático, uno de los po-
cos norteamericanos que abordaron la persecución de la bru-
jería– expresó una idea aun más precisa: «La primera edad
ha sido la edad de oro, para volver a ella el hombre debe
hacerse protestante y puedo añadir, puritano».
Esta tendencia ha llegado hasta nuestros días; Ronald Reagan
se hizo eco de éste mesianismo en 1984: «No creo que el Se-
ñor que bendijo este país, como no lo ha hecho ningún otro,
quiera que tengamos que negociar algún día porque sea-
mos débiles»; fenómenos sociales de masas que estudiaremos
más adelante, como el telepredicador Jerry Falwell, tenían éxi-
to porque arraigaban sus convicciones en esta misma mentali-
dad: «Los EEUU de América –había dicho Falwell–, nación
bendecida por la omnipotencia de Dios como ninguna otra
nación de la Tierra, están en la actualidad atacados inter-
na y externamente siguiendo un plan diabólico que puede

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conducir a la aniquilación de la nación americana. El Dia-
blo entabla de ese modo una cruenta batalla contra la vo-
luntad de Dios, que ha elevado a los EEUU por encima del
resto de las naciones, como a la antigua Israel».
Los puritanos que colonizaron el Far–West no son en abso-
luto un invento de Hollywood; existieron realmente con todo su
carga de fanatismo. Obsesionados por la idea del pecado y de
su expiación, se pusieron en marcha para abrir una «nueva fron-
tera». Para ellos, los desiertos, los indios, las enfermedades y
los peligros que les acechaban eran la plasmación material de
los poderes demoníacos. Sus sufrimientos eran el camino para
su purificación y jalonaban la ruta hacia la «Tierra Prometida».
La formación de la mentalidad americana
Fue así como, poco a poco, cobró forma lo que hoy se
conoce como «american way of life», el estilo de vida america-
no. La «Tierra Prometida» sólo se podía alcanzar a través del
sufrimiento y el trabajo. Persistir en esa línea llevaría gra-
dualmente a un progreso indefinido cuya meta lógica era la
reconstrucción del Paraíso originario.
Cuando, los impulsos religiosos iniciales se atenuaron, per-
sistió la idea laica de progreso indefinido y de trabajo. El arrai-
go del calvinismo en EEUU fue inmediato; para esta doctrina la
fortuna y el éxito constituían el signo inequívoco con el que la
divinidad marcaba a los elegidos. El justo era el multimillonario,
el hombre de éxito, y el paria, en su miseria, aparecía como
culpable contra la ley de Dios.
Tales conceptos no podían sino terminar por hacer de los
colonos algo radicalmente diferente a la Metrópoli. Para ellos,
el problema teológico fundamental consistía en explicar como
el mal había aparecido en el Nuevo Mundo, considerado ini-
cialmente como reedición del Paraíso, e incluso como el Paraí-
so mismo. La explicación, de un maniqueismo exasperante, rela-
cionaba la entrada del mal el América con la presencia de colo-
nos católicos franceses y españoles. Eran ellos, decían, quie-

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nes habían armado a los indígenas o les habían incrustado sus
malos hábitos. Eran ellos los que habían traído el anticristo a
América. Los «padres peregrinos» debían alzar un muro con-
tra la maldad: debían terminar la historia y comenzar algo nue-
vo.
Es desde este punto de vista que puede entenderse la inclu-
sión del adjetivo «Nuevo» en buena parte de sus fundaciones:
«Nueva York», «Nueva Inglaterra», «Nueva Haven», «Nueva
Escocia», etc. Esto no era sino la traslación de un impulso inte-
rior bien arraigado en la mentalidad de los colonos: se trataba
de renovar el mundo.
Luego, cuando cedió el impulso religioso originario, al
secularizarse el ideal escatológico, cobraron forma las concep-
ciones de progreso indefinido, la inagotabilidad de recursos y
el culto a la juventud.
Los colonos puritanos pensaron primero que la condición
para el advenimiento del «milenio» era el retorno a la pureza
del cristianismo primitivo, que chocaba con las fuerzas
demoníacas procedentes de Europa, con sus «gentleman» ocio-
sos y viciosos, urbanos, en definitiva; se tenía a la práctica reli-
giosa inglesa como el culto al anticristo.
Mircea Eliade reconoce que en la marcha hacia la indepen-
dencia «Inglaterra ocupa el puesto de Roma», como luego
el Sur será considerado el enemigo por su refinamiento, ante el
Norte que no dudaba en proclamar su superioridad moral re-
conociendo jubiloso su inferioridad cultural. Llama la atención
que durante la guerra civil americana, las tropas de Grant,
Sherman y Sheridan, saquearan con singular saña las grandes
ciudades del Sur. La vida urbana no fue considerada con respe-
tabilidad sino hasta los últimos años del siglo XIX. Y aun en-
tonces la vida urbana estaba bajo sospecha. Cuando triunfó la
revolución industrial en EEUU y se crearon grandes ciudades,
los magnates de la industria realizaron actividades y donaciones
filantrópicas en un intento de demostrar que la ciencia y la téc-

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nica también podían contribuir a hacer triunfar los valores evan-
gélicos.
Mientras, Europa languidecía en las convulsiones previas al
desplome del antiguo régimen absolutista. Los norteamerica-
nos eran considerados desde Europa, especialmente por la Ilus-
tración, como hombres simples, parecidos en su esencia al es-
tado de infancia e ingenuidad primitivas. Su situación y hábitos
contrastaban con la sofisticada decadencia de la nobleza de
polvo, peluca y rapé que detentaba el poder en Europa. Esta
era precisamente la virtud más apreciada por los puritanos: la
rústica simplicidad de gentes que rechazaban la cultura por
considerararla como muestra de un titánico satanismo. Puede
entenderse así el odio puritano hacia los jesuitas, grandes culti-
vadores de la inteligencia. Los «buenos salvajes» gozaban en el
viejo continente de una reputación exótica.
A lo largo del siglo XVIII, tras una larga guerra de emanci-
pación, las colonias norteamericanas se independizaron de la
metrópoli. La nueva sociedad allí creada, despertaba cierta
admiración en los ambientes intelectuales europeos, sin embar-
go, precisamente esa simplicidad primitiva, constituía una ba-
rrera infranqueable para que estas concepciones influyeran so-
bre Europa. Se les veía como gentes sencillas y piadosas, tole-
rantes, se les tuvo por granjeros–filósofos, hombres justos que
habían erradicado, el lujo, el privilegio y la corrupción; pero,
con todo, no dejaban de ser algo intraducible en Europa.
Debió de llegar un hombre providencial para establecer un
puente entre el Nuevo Mundo y la Vieja Europa. Ese hombre
fue Benjamín Franklin.
Franklin en Europa,
la revolución americana exportada
Franklin llegó a Europa con fama de hombre justo, simple y
sabio. La mayoría de cuadros nos lo pintan, en el último cuarto
del siglo XVIII, medio calvo, ralo el poco pelo restante; un

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buen día mientras viajaba a bordo del «Reprisal», lanzó su pe-
luca por la borda y no la volvió a utilizar jamás. Este hecho,
aparentemente banal, causó gran sensación en la sociedad fran-
cesa, en la que incluso sus representantes más progresistas,
eran incapaces de prescindir de esta engorrosa e inútil prenda.
Se vio este gesto como una muestra de simplicidad y pragmatis-
mo. La anécdota repetida mil veces en los cenáculos intelec-
tuales franceses, suscitó una corriente de simpatía hacia el per-
sonaje; Franklin supo canalizar esta riada de adhesiones en
beneficio de los intereses de la nueva nación americana y de
sus ideales que difundió en Europa con celo misionero.
Condorcet escribió sobre Franklin: «Era el único hombre
de América que tenía en Europa gran reputación... A su
llegada se convirtió en objeto de veneración. Se considera-
ba un honor haberlo visto: se repetía todo lo que se le ha-
bía oído decir. Cada fiesta que tenía a bien aceptar, cada
casa donde consentía ir, esparcía en la sociedad nuevos
admiradores que resultaban otros tantos partidarios de la
revolución americana». Los randes de la cyltura europea de
la época admiraban los nacientes EEUU. Voltaire dijo de los
cuáqueros –una derivación puritana– americanos que «estos
primitivos son los hombres más respetables de toda la hu-
manidad». Emmanuel Kant, el filósofo alemán escribió a pro-
pósito de Franklin que «es el nuevo Prometeo que ha robado
el fuego del cielo». En 1767, Franklin conoció a Mirabeau, en
el curso de su primer viaje a Europa, uno de los grandes
animadores de la futura Revolución Francesa. Mirabeau lo elogió
calurosamente: «Franklin es el hombre que más ha contri-
buido a extender la conquista de los derechos del hombre
sobre la tierra». El historiador Bernard Fay reconoce la im-
portancia que tuvo en la gestación de la Revolución Francesa:
«Todo el grupo de futuros revolucionarios se halla en torno
a él: Brissot, Roberspierre, Danton, La Fayette, Marat,
Bailly, Target, Petion, el Duque de Orleans, Rochefoucauld».

Ernesto Milà 21
Van Doren, igualmente, le reconoce este papel: «Para los fran-
ceses es el líder de su rebelión: la del Estado de Naturaleza
contra la corrupción del orden antiguo».
Benjamin Franklin fue, sin duda, el difusor de la Revolución
Americana en Europa. Ciertamente algunos de sus valores co-
incidían con los del Enciclopedismo, pero éste no dejaba de
ser una idea filosófica, por lo demás muy bien considerada por
la monarquía (D’Holbach, uno de los grandes enciclopedistas
franceses llamaba a Luis XVI –posteriormente guillotinado–
«Monarca justo, humano, benéfico; padre de su pueblo y
protector del pobre»). Al enciclopedismo le faltaba un modelo
de sociedad alternativo al «ancien regime», algún lugar en don-
de se hubiera ensayado y mostrase su capacidad para vertebrar
un nuevo modelo de organización social. A partir de la llegada
de Franklin a Europa, el fermento revolucionario adquirió un
modelo y un ejemplo a seguir.
Pero la prontitud con la que fue conocido Franklin en las
Galias es inconcebible si hacemos abstracción de un elemento
capital: la pertenencia del misionero americano a la
francmasonería y la excepcional importancia que tuvieron las
logias masónicas en el fermento de ideas intelectuales y en los
primeros momentos de la Revolución Francesa.
El partido masónico es tanto el partido de la revolución
americana como el de la revolución francesa.
El origen de la masonería americana
Los orígenes de la presencia masónica en EEUU son vi-
driosos. Se dice que había logias en 1620, cuando llegan los
«Padres Peregrinos». No está confirmado; más verosímil pa-
rece, sin embargo, la presencia de maestros masones entre los
colonos holandeses que llegaron a Newport (Massachusets)
en 1650. Las crónicas de la propia masonería difunden una
versión diferente. En 1704, Jhonatan Belcher, nacido en Boston,
fue iniciado en una logia de Londres. Jorge II lo nombró en
1730 gobernador de Massachusets y New Hampshire. Se suele

22 Lo que está detrás de Bush


citar a tres hermanos escoceses de Aberdeen que se establecie-
ron en New Jersey constituyendo allí una «logia madre», pero
es posible que se trate de figuras legendarias. Lo que sí parece
cierto, en cualquier caso es que entre 1730 y 1750 proliferaron
logias masónicas en toda la franja colonizada.
No eran los únicos movimientos de este estilo que habían
penetrado en el Nuevo Mundo. En 1694 Johanes Kelpius lle-
gó a Pensilvania junto a sus seguidores. Era tenido como mago
y cabalista, astrólogo y alquimista y había constituido en la vie-
ja Inglaterra la «Orden de los Pietistas». Se conoce poco de
esta organización, pero todo induce a pensar que se trataba de
una secta rosacruciana más o menos alejada del espíritu de los
orígenes. Los pietistas figuran entre las primeras organizacio-
nes cuyas actividades son parecidas a las desarrolladas por el
ocultismo contemporáneo: técnicas de desdoblamiento astral,
hipnosis y escritura automática. Posteriormente, este tipo de
sectas, harán fortuna en EEUU.
Igualmente incuestionable es que la masonería americana
considera a la Logia de Filadelfia como su primera Logia Ma-
dre. En ella fue iniciado Benjamin Franklin que llegó a ser su
Gran Maestre. Se dispone de un documento escrito de esta
logia que data de 1731. Dos años después Henri Price, gran
amigo de Franklin, funda en Boston la «St. John’s Lodge». Un
año después el propio Franklin, imprimirá el libro de «Las
Constituciones» de Anderson, que es mencionado como pri-
mer libro masónico publicado en el Nuevo Mundo. Hacia 1749
la logia de Filadelfia trabajaba ya sin reconocer una autoridad
superior a la suya.
Este crecimiento estaba en razón directa a la influencia de la
masonería en la sociedad americana. Probablemente el éxito
de la masonería se debió a la coincidencia de sus ideales con
los del puritanismo y con la mentalidad de los colonos. La tole-
rancia, que en las logias inglesas eran sólo un principio de or-
den interno, pasó en las americanas a ser un valor extensible a
toda la sociedad. No todas las logias participaron del lado de

Ernesto Milà 23
los rebeldes en la guerra de independencia. Está históricamen-
te demostrado que sólo las más antiguas tomaron partido por
los rebeldes, mientras que las fundadas inmediatamente des-
pués de iniciarse el conflicto, lo hicieron a favor de los ingleses.
Se conocen a la perfección los nombres y las logias que se
decantaron hacia uno y otro bando.
El episodio que históricamente es considerado como el de-
tonante de los acontecimientos se sitúa en Boston en 1773. La
Compañía de las Antillas, dependiente del gobierno británico,
atravesaba una grave crisis; Lord North, primer ministro inglés,
hizo que se votara un impuesto sobre el té. Los colonos de
Boston, protestaron por este gravamen y asaltaron por sorpre-
sa tres navíos británicos arrojando 340 cajas de té por la bor-
da. La totalidad, sin excepción alguno, de los colonos que, dis-
frazados de indios, perpetraron la acción pertenecían a la Lo-
gia de San Andrés de la ciudad, dirigida por Joseph Warren...
Boston era, sin duda, la ciudad de mayor implantación
masónica en la época; su famosa logia estaba compuesta por
una amplia representación de la sociedad de su tiempo: aboga-
dos, clérigos protestantes y mercaderes. Warren, destacó des-
de los primeros momentos como uno de los líderes de la rebe-
lión de las colonias y murió en la batalla de Bunker Hill luchan-
do como voluntario. En 1825, contando con la presencia del
legendario Lafayette, la Gran Logia de Boston logró reunir a
5000 masones conmemorando la muerte de Warren.
La independencia americana:
triunfo del ideal masónico
El episodio del té de Boston muestra la importancia de la
masonería americana; pero no se trata de un caso aislado, sino
de una línea de tendencia que seguirá afianzándose en años
sucesivos hasta alcanzar su cenit en el momento en que, una
vez iniciado el movimiento independentista, los Estados Uni-
dos debieron forjar sus símbolos: la Declaración de Indepen-

24 Lo que está detrás de Bush


dencia, el Congreso, el Gran Sello, la concepción misma del
poder y, finalmente, décadas después, el dólar.
En la Biblioteca del Congreso de Washington está expuesta
la Declaración de Independencia en la que se resumen los
fundamentos ideológicos de la Nación Americana. Pues bien,
dicha Declaración fue aprobada por 56 compromisarios rebel-
des, de los que eran franc–masones, aunque para algunos la
cifra es sensiblemente menor. Un tercio de los 74 generales de
George Washington fueron igualmente franc–masones; idénti-
ca proporción se encuentra entre los firmantes de la Constitu-
ción.
Existen varios grabados en los que se representa la coloca-
ción de la primera piedra del Congreso por parte de George
Washington. En todos se puede ver al primer presidente de los
EE.UU. luciendo su mandil de maestro franc–masón y otros
atributos de su cargo en la logia. Washington fue iniciado en la
logia «Fredeksburg» de Virginia en 1734; durante la guerra fre-
cuentó logias militares, en particular la «American Union». La
historiografía masónica destaca el hecho de que fue propuesto
como Gran Maestre de la Gran Logia Nacional, rechazando
tal honor. La Biblia sobre la que juró lealtad a los ideales
masónicos es la misma sobre la que aún hoy juran su cargo los
presidentes de los EEUU.
La historia del Gran Sello y del Escudo americano perma-
nece envuelta en brumas pero conserva, en las distintas versio-
nes, un inequívoco aroma masónico. En 1775, Washington y
Franklin se reunieron en la casa del líder rebelde de Cambridge
(Massachusets) quien les presentó a un anciano, muy erudito y
versado en historia antigua, vegetariano, no bebía vino ni cer-
veza, sólo se alimentaba de cereales, nueces, frutas y miel. Guar-
daba en un cofre de roble varios libros antiguos y extraños. Al
parecer ya se había entrevistado con Franklin –que lo llamaba
«El Profesor»– en alguna ocasión anterior. Parecía tener más
de setenta años y se le ha descrito como alto, de porte digno y

Ernesto Milà 25
distinguido, extremadamente cortés. Visiblemente actuaba como
si fuera representante, de alguna sociedad secreta de carácter
místico e iniciático. Daba la sensación –o quería darla– de ha-
ber estado presente en acontecimientos antiguos que describía
con enorme precisión. Un hombre extraño, en definitiva.
En el libro de R.A. Campbell, «Our flag» se explica que al
discutirse el diseño de la bandera americana, Franklin rogó a
los presentes que escucharan a «su nuevo amigo, «el Profe-
sor», quien había accedido amablemente a repetir ante ellos
aquella noche lo esencial de lo que había dicho por la tarde
a propósito de la nueva bandera para las colonias». Predi-
jo la futura independencia y grandeza de los EEUU. Fue a este
desconocido al que se deben las orientaciones sobre las que
Washington y Franklin diseñaron la bandera de las barras y
estrellas.
El 4 de julio de 1776 tuvo lugar otra aparición de «el Profe-
sor» al producirse una discusión sobre la oportunidad de que
las colonias rompieran completamente o bajo ciertas condicio-
nes con la metrópoli. «!Dios ha dado América para que sea
libre!» concluyó su alocución a la que siguió la firma de la De-
claración de la Independencia. Nunca pudo conocerse la identi-
dad de «el Profesor», se marchó sin que nadie pudiera despe-
dirse de él.
La elaboración del gran sello de los EEUU fue, sin embar-
go, más laboriosa. Franklin, Adams y Jefferson fueron comi-
sionados para diseñar el sello. Cada uno de ellos aportó su
visión mesiánica particular: para Franklin la imagen de Moisés
conduciendo a los judíos a través del Mar Rojo era el episodio
bíblico que mejor sintonizaba con el sentir fundacional del nue-
vo país; Jefferson, por su parte, siguió en la misma línea repre-
sentando a los judíos marchando hacia la tierra prometida.
Adams, más clásico, pintó a Hércules blandiendo su maza, y
«eligiendo entre la virtud y la pereza» (tema característico) cuya
filacteria remitía a «The New Atlantis» de Bacon: EEUU era la

26 Lo que está detrás de Bush


nueva Atlántica como indicaba la inscripción «Más allá de las
columnas de Hércules».
El congreso rechazó los tres proyectos y en 1782 y optaron
por un escudo en el que el número 13 era el leit–motiv. Este
número en el mundo anglosajón es signo de buen augurio. La
superstición procede del mito artúrico. La Tabla Redonda te-
nía 12 asientos para cada uno de los caballeros que habían
mostrado méritos suficientes para merecerlo. Existía, sin em-
bargo, un treceavo asiento, llamado en algunos relatos «el asiento
peligroso»; cuando un caballero que no lo merecía se sentaba
en él, la tierra se abría a sus pies y se lo tragaba. Solamente un
caballero «perfecto» –Gawain en unos relatos, Lancelot en
otros– predestinado, con una dignidad casi «pre–natal», pudo
sentarse en el asiento y ser reconocido como el «caballero ele-
gido». De ahí que el número 13 que para la mayoría está aso-
ciado a la desgracia, para el afortunado elegido (de nuevo aquí
aparece el tema mesiánico) es fuente de dicha.
Por ello el escudo de los EEUU nos muestra a un águila con
13 estrellas de cinco puntas en torno a su cabeza, ostentando
en su pecho 13 rayas rojas, blancas y azules, en sus garras el
olivo con 13 hojas y 13 flechas, mientras que en su reverso
puede verse una pirámide escalonada de 13 escalones corona-
da por el Delta Luminoso (otro viejo símbolo masónico) similar
al «ojo que todo lo ve» aceptado por cierta iconografía católi-
ca.
El sello sería completado por Charles Thomsom, franc–ma-
són y amigo de Franklin, que añadió el águila, las flechas y
rama de olivo que ostenta en sus garras y que simbolizan las
dualidades en conflicto. De Thomson proceden igualmente las
tres leyendas que figuran en el sello: «Novus ordo Seclorum»
(Nuevo Orden de los Siglos), «Annuit coeptis» (13 letras, tex-
tualmente, «El favorece nuestra empresa») y «E pluribus unum»
(13 letras de nuevo, «unidad en la pluralidad»). Salvo el terce-
ro que corresponde a la estructura federal americana, los dos

Ernesto Milà 27
primeros son verdaderas muestras de la mentalidad escatológica
y del mesianismo americanos.
La concepción del poder en los Estados Unidos está inspi-
rada igualmente en la iconografía masónica y en una de las in-
terpretaciones de los tres órdenes arquitectónicos clásicos: el
dórico, jónico y corintio, cada uno de los cuales representa
respectivamente a los poderes judicial, ejecutivo y legislativo.
El orden corintio se considera como expansivo, de ahí que fue-
ra asociado al poder legislativo; el orden jónico, cuyo capitel
está rematado por las volutas que recuerdan los cuernos del
morueco, es el poder de coordinación y liderazgo; finalmente,
el orden dórico, en su simplicidad y ausencia de aditamentos,
indica un poder restrictivo, esto es, judicial. Las tres partes de
cada columna, la base, el vano y el capitel, corresponden
respectivamente a los niveles local, estatal y federal. Todo el
conjunto comporta nueve divisiones orgánicas: Tribunal Muni-
cipal, Tribunal Estatal y Corte Suprema; Alcalde, Gobernador
y Presidente; y Ayuntamiento, Asamblea Legislativa Estatal y
Congreso Federal.
Estas tres columnas, con sus distintos órdenes figuran en
varios grabados masónicos de la época. El hecho de que en la
iconografía figure sobre los capiteles el Delta Luminoso es una
muestra añadida del mesianismo que condujo desde los oríge-
nes la política americana: una nación bajo Dios.
El mismo símbolo se repetirá en el dólar. Fue durante el
gobierno de Roosevelt cuando el Secretario de Agricultura,
Henry Wallace, tuvo la idea de incluir el Gran Sello en el rever-
so del billete de dólar. Tanto Roosevelt como Wallace tenían
años de militancia masónica a sus espaldas. Roosevelt perte-
necía a la Orden de los Shiners con el grado de Caballero de
Pitias; Wallace, por su parte, estaba interesado en el ocultismo
y las «búsquedas psíquicas» o espiritismo. Escribió: «Todo ser
es un Galahad en potencia». Ambos estaban persuadidos
que tras la gran depresión de 1929 América entraría en la «era

28 Lo que está detrás de Bush


futura» que aseguraría un despertar espiritual y un gobierno
mundial. Con la inclusión del Delta Luminoso en el papel mo-
neda pretendía dar un paso adelante en esa tendencia que con-
sideraba ineluctable y marcada por los astros.
La masonería americana
a finales del siglo XX
La masonería jugó pues un papel de primer orden en la for-
mación de la mentalidad y de los grandes mitos norteamerica-
nos. Aún hoy, sin ser la fuerza decisiva y tratándose más bien
de una red de círculos de apoyo mutuo, la masonería sigue
teniendo cierto peso en la sociedad americana.
Al iniciarse el siglo XIX existían en Estados Unidos 387
logias con 16.000 miembros. Veinticinco años después se ha-
bían duplicado y en 1850 eran ya 66.000 los masones afectos
a las logias; 800.000 en 1900 y 4 millones a principios de los
años 80. Para algunos, la mayoría de los presidentes norte-
americanos fueron masones, otros, más comedidos los sitúan
en docena y media: Washington, Monroe, Jackon, Knox Polk,
Buchanan, Jhonson, Gardfield, Mc Kinley, Taft, Harding, Teddy
y Franklin Roosevelt, Harry Truman, Johnson y Gerald Ford.
Existe una masonería paralela constituida por altos grados,
a partir del grado 32 del Rito Escocés: la «Antigua Orden
Arábiga de Nobles de la Mística Shrin», conocida
abreviadamente como «Orden de los Shriners», fundada a fi-
nales del siglo XIX. Constituyen un rito de actividad funda-
mentalmente filantrópica y caritativa para con los niños. Idénti-
ca finalidad asistencial tiene la «Orden de la Estrella del Este»,
obediencia mixta que agrupa a más de dos millones de miem-
bros. La «Orden de Molay», destinada a hijos de franc–maso-
nes, menores de 21 años, la «Orden del Arco Iris» y la de las
«Hijas de Job», para niñas hijas de franc–masones, junto con
la «Orden de la Blanca Jerusalén» (más de un millón de miem-
bros) componen el pintoresco mundo franc–masónico ameri-

Ernesto Milà 29
cano que sigue manteniendo vivas las esencias del período de
los pioneros.
Dado que los negros, por tradición, no son admitidos en las
logias, existe una masonería especialmente dedicada a ellos.
Fundada en Boston en 1791 por un esclavo liberto proceden-
tes de Barbados, junto con otros 13 negros iniciados en una
logia militar inglesa, obtuvieron pronto una patente para consti-
tuir la African Lodge nº 459 que hasta hoy recluta entre la élite
negra. Hoy están extendidos a los 51 estados de la Unión y
tienen sucursales en Canadá, Hawai, Bahamas y Liberia.
Hombres del ejército, el cine, la industria e incluso entre los
cosmonautas, han declarado públicamente su filiación masónica.
Ciertamente, la masonería de hoy es, ante todo, una sociedad
filantrópica y un club social, más que una escuela de pensa-
miento. Tampoco es un centro de poder oculto; puede ser, como
máximo, un lugar de encuentro entre gentes que se ayudan en-
tre sí y, acaso, del que quien pretende ser alguien en la socie-
dad americana, no puede prescindir. Pero no es desde luego,
un centro de poder de primera magnitud.
Por lo demás, los franc–masones europeos no ahorran crí-
ticas a sus hermanos del otro lado del continente. Dicen de
ellos que las discusiones filosóficas están por completo ausen-
tes de las logias –lo cual, en el fondo, corresponde al espíritu
norteamericano, fundamentalmente pragmático–, comentan que
los altos grados masónicos obtienen sus credenciales por co-
rrespondencia y no son, en absoluto, muestra de un trabajo de
progresión personal realizado a través de la complicada jerar-
quía masónica. El título de «Caballero Kadosh» o de «Caba-
llero Templario» o el grado 18 de «Caballero Rosacruz» pue-
den adquirirse a cambio de unas decenas de dólares que dan
derecho al diploma, el uso del título en su tarjeta de visita, y
conocimiento a las palabras de paso, signos rituales de reco-
nocimiento, etc. Es decir, algo vacuo y sin significado iniciático.
El papel histórico de la masonería no ha sido otro que el de
facilitar la preparación ideológica para las «revoluciones del

30 Lo que está detrás de Bush


tercer Estado», es decir, para el advenimiento de la burguesía
como clase hegemónica y de los regímenes demoliberales como
formas características de organización. Allí donde ha habido
una revolución burguesa, allí ha existido un grupo de franc–
masones creando el fermento intelectual. Hemos visto hasta
qué punto su presencia en la Revolución Americana, la primera
revolución burguesa de la historia, es notable. También hemos
podido percibir hasta qué punto la presencia de uno de sus
más conspicuos representantes, Benjamin Franklin, fue impor-
tante para el desarrollo de la Revolución Francesa.
Si hoy la masonería ha perdido influencia se debe a que, una
vez consumadas las revoluciones liberales, otras estructuras de
poder se han mostrado más acordes con el actual momento de
desarrollo del sistema: las organizaciones de coordinación de
la plutocracia, las estructuras de gestión colegiada de la alta
finanza y del capital internacional, los clubs privados de en-
cuentro entre políticos, científicos y señores del dinero, etc.
Sus nombres son el Club Bildelberg, la Comisión Trilateral o el
Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano; pero no
tendríamos gran dificultad en encontrar varias decenas de es-
tructuras similares ante las cuales la francmasonería está en la
misma relación que la era atómica al pedernal.
Sin embargo en los EEUU se ha conservado el espíritu ori-
ginario a lo largo de los siglos, y no tanto por estructuras
organizativas rígidas, sino por el nacimiento de una especie de
mentalidad colectiva que se remonta a los orígenes mismos de
la nación americana. Ciertamente, durante unos años, funda-
mentalmente en el período de la guerra contra Inglaterra y en
los momentos posteriores a la independencia, los ideales
escatológicos y mesiánicos, fueron perfectamente interpreta-
dos por las logias. Pero luego pasaron a ser una especie de
infraestructura emotiva del pueblo norteamericano. Y es así
como llegamos hasta nuestros días.
En algunas doctrinas masónicas que encontraron arraigo en
los Estados Unidos, la fundación de este país, abriría el perío-

Ernesto Milà 31
do de transición hasta la nueva era de Acuario, anunciado por
los astrólogos y los profetas. Un período en el cual, se iría con-
formando el poder de una nación líder –los EEUU– que guiaría
a la humanidad a través de ese nuevo período áureo, de forma
similar al establecimiento de Pax Romana, por la ciudad del
Lacio. Llama la atención la insistencia con la que algunos miem-
bros del stablishment norteamericano intentan comparar la Roma
patricia y augusta con los actuales EEUU. Berzezinsky destaca
incluso en su libro «El Tablero Mundial» que EEUU tiene hoy
desplegados en el extranjero los mismos soldados que Roma
tuvo en su mejor momento.
Según esta cosmogonía nos encontramos en el período de
transición de la Era de Piscis a la de Acuario. Los 250 años de
tránsito entre 1776 (fecha de la independencia Americana) y el
2016, serían el período que los EEUU necesitaban para po-
nerse al frente de los destinos de la humanidad e inaugurar la
«Pax Americana».
Así pueden entenderse algunos desarrollos últimos de la
política norteamericana, que no responden sólo a un afán
expansionista, sino a una voluntad escatológica y mesiánica de
guiar a la humanidad en esa nueva fase iniciada con el adveni-
miento del tercer milenio. En este contexto hay que incluir las
palabras de George Bush al término de la guerra del Golfo:
«Hoy podemos ver un nuevo mundo, la perspectiva de un
nuevo orden mundial. La guerra del Golfo ha sido el pri-
mer desafío a este nuevo mundo y nosotros hemos respon-
dido, mis queridos ciudadanos [...] Oímos tan a menudo
hablar del conflicto en el cual están nuestros jóvenes, del
fracaso de nuestras escuelas, del hecho que los productos
americanos y los trabajadores americanos son de segundo
orden. No lo creáis. La América que hemos visto en el Gol-
fo era de primer orden [...] Hemos visto la excelencia in-
cluso encarnada en el missil Patriot y en los patriotas que
los han hecho funcionar». Más adelante añadía: «Ningún sis-

32 Lo que está detrás de Bush


tema de desarrollo ha encarnado la virtud tan completa y
rigurosamente como el nuestro. Nos hemos convertido en
el sistema más igualitario de la historia y uno de los más
armoniosos». Y finalmente terminaba pidiendo para los EEUU
el liderazgo mundial, dada su «alta talla moral».

* * *
Sabemos ahora cuál fue el espíritu fundacional de la nación
norteamericana. Sabemos cuales fueron las corrientes
mesiánicas que estuvieron presentes en los primeros pasos de
los EEUU. Pero, desde entonces, muchas cosas han cambiado
y, aunque el espíritu que se respira entre la población y los
mitos que asumen hoy son los mismos que los que movieron a
los colonos a independizarse de Gran Bretaña en el siglo XVIII,
no es menos cierto que han aparecido nuevas fuerzas ideológi-
cas, religiosas y sociales en escena que han aprovechado este
planteamiento y lo han reconducido en beneficio de sus pro-
yectos alucinados. Se diría que en los actuales EEUU el «pen-
samiento mágico» está presente en las esferas de poder. Inten-
tar elucidar cuáles son las fuentes y las componentes de tal
ideología es lo que nos proponemos en la segunda parte de
esta pequeña obra.

Ernesto Milà 33
34 Lo que está detrás de Bush
II
El extraño mundo de los
«filósofos»

Leo Strauss:
un pensamiento inquietante
La revista «Time» en su edición del 17 de junio de 1996,
nombra a Leo Strauss (1899–1973), alguién aparentemente
desconocido, como una de las figuras «más influyentes y po-
derosas en Washington». En noviembre de 2002, cuando es-
taba clara la voluntad agresiva de la administración Bush con-
tra Irak, Christopher Hitchens, defensor de la intervención,
publicaba «Machiavelli in Mesopotamia», un artículo en el que
escribía: «El arte del encanto de la explicación al cambio
del régimen en Bagdad es que depende de premisas y obje-
tivos que no se pueden explicar públicamente, al menos
por parte de la administración. Dado que Paul Wolfowitz
es de la escuela intelectual de Leo Strauss –y como tal apa-
rece en su disfraz de ficción de la novela «Ravelstein» de
Saul Bellow– se podría incluso suponer que disfruta de este
aspecto arcano y oculto del debate». El artículo nos puso en
la pista de un extraño filósofo cuyas ideas son compartidas por
la élite de la administración Bush. De hecho, un chiste publica-
do en un conocido semanario político aludía a los «Leo–cons»,
en lugar de los «neo–conservadores», pues, en efecto, el nú-
cleo ideológico del conservadurismo norteamericano actual está
inspirado por Leo Strauss.
Existen escuelas de pensamiento enfermizas y otras inquie-
tantes. Las enfermizas son meramente especulativas, verdade-

Ernesto Milà 35
ras masturbaciones mentales, que muestran ideas excéntricas
en relación al pensamiento racional y razonable. En cuanto a
las inquietantes son aquellas escuelas enfermizas cuyos parti-
darios y mentores han decidido llevarlas a la práctica a cual-
quier precio. Leo Strauss se sitúa como el artífice de una es-
cuela de pensamiento inquietante, no sólo por que su pensa-
miento es enfermizo, sino por que buena parte de sus discípu-
los iniciados constituyen lo esencial de la administración de
George W. Bush.
Nacido el 20 de septiembre de 1899 en Kirchain, en la
región de Hessen (Alemania) y fallecido el 18 de octubre de
1973, era hijo de Hugo Strauss y Jannie David, piadosos co-
merciantes judíos, habituales de la sinagoga de su ciudad; a los
17 años ya era sionista. Estudio bachillerato en Marburg y du-
rante la Primera Guerra Mundial fue reclutado por el ejército
en donde sirvió como intérprete. Acabado el conflicto, en 1921,
se doctoró en filosofía en la Universidad de Hamburgo.
Dirigió sus primeros pasos por el existencialismo y orientó
sus estudios hacia la fenomenología de Husselr y el
existencialismo de Heidegger. Su primer libro, sobre el filósofo
judío Spinoza, fue publicado en 1930. En un momento en el
que el antisemitismo aumentaba en Alemania, Strauss se había
especializado en la filosofía judía medieval y había sido contra-
tado en Berlín por la Academia de Investigación Judía. Provis-
to de una beca de esta istitución, abandonó Alemania 1932;
primero se estableció en París (donde se casó) y luego en
Cambridge en 1938. Su segundo libro, publicado cuando el
nacionalsocialismo ya se encontraba en el poder, en 1935, tra-
taba sobre Maimónides. En Londres, publicó un estudio sobre
la filosofía política de Hobbes. Acto seguido, pasó a EEUU de
donde no volvería a salir en toda su vida.
A partir de 1937 fue profesor en la Universidad de Colum-
bia y luego, de 1938 a 1948, enseñó Ciencias Políticas y Filo-
sofía en la New School for Social Research de Nueva York, en

36 Lo que está detrás de Bush


donde permanecería hasta su jubilación en 1968. Sus libros, a
partir de esos momentos, empiezan a ser extraños e incluyen
enigmáticas especulaciones de aparente inocuidad. Esta ten-
dencia se hará aún más palpable a partir de 1949 cuando fue
contratado como profesor de filosofía política de la Universi-
dad de Chicago. De este largo período destacan sus obras
sobre Maquiavelo (1958), Sócrates y Aristófanes (1966), De-
recho Natural e Historia (1953), La Ciudad y el Hombre (1964)
y Liberalismo Antiguo y Moderno (1968), ninguno de los cua-
les ha sido traducido al castellano. Pasó sus últimos años de
enseñanza, entre 1968 y 1973, como profesor honorario en las
universidades de California y Maryland, período en el cual pro-
fundizó sus estudios sobre la Grecia clásica. Falleció en 1973
en Annapolis.
En febrero–marzo de 2000, la Universidad Complutense
de Madrid organizó un seminario titulado «La filosofía Política
de Leo Strauss, 1899–1973», dirigido por Javier Roiz. Roiz
define la obra de Strauss como «una defensa de la teoría
frente a la avalancha de la politología positivista de la post-
guerra». Y luego, en la presentación del seminario, añade:
«También quedan tras él muchos seguidores que le cono-
cieron de cerca y asimilaron sus enseñanzas, alumnos que
hoy son ellos mismos figuras de la academia, la política o
las artes. Son los conocidos como straussians o estrausianos,
escuela que sigue siendo una voz influyente en la ciencia
política norteamericana». Pues bien, efectivamente, estos
strausianos son conocidos por otros como «la cábala» y, en
cualquier caso, constituyen la médula del pensamiento
neoconservador norteamericano, el motor ideológico de la ad-
ministración Bush. Un editorialista de «The New York Times»
escribió: «Si 25 personas cuyo nombre conozco hubieran
sido exiliadas a una isla desierta, no hubiera habido gue-
rra de Iraq». Pues bien, estos 25 «iniciados», son sin excep-
ción strausianos.

Ernesto Milà 37
Cuando la Verdad es peligrosa
Leo Strauss es considerado como inspirador del «Contrato
con América» elaborado en 1994 como manifiesto del Partido
Republicano. Otros han considerado que el discreto movimiento
strausiano es el «mayor movimiento académico de los EEUU
en el siglo XX». Pero es difícil llegar hasta el fondo de este
movimiento y muy complicado acceder a la médula de su pen-
samiento, en primer lugar por que ninguno de sus libros ha sido
publicado en España (y apenas sólo un comentario en la Revis-
ta de Estudios Políticos) y, en segundo lugar, por la discreción
que muestran sus «iniciados». A decir verdad, si no se pertene-
ce al círculo de «iniciados» no se puede estar seguro de si se ha
llegado al núcleo central del pensamiento de Strauss. Ensegui-
da entenderán el por qué.
Al–Farabi fue un hombre excepcional. Había nacido en el
870 cerca de Farab en el actual Uzbekistán, residió en Bagdad,
Alepo y Damasco y es considerado por los historiadores ára-
bes como «el segundo maestro», siendo Aristóteles el primero.
De hecho, Leo Strauss, llegó a Al Farab examinando sus co-
mentarios sobre Aristóteles. En Bagdad asistió a las lecciones
del médico cristiano Yuhanna ibn Haylan, siendo condiscípulo
del también cristiano Abu Bisr Matta, traductor de Aristóteles.
Vivió también en Alepo y Damasco. Escribió un catálogo de
las ciencias, lógica, matemáticas, psicología, música y poética.
Sus comentarios a las obras de Platón y a las de Aristóteles,
son famosos. Muchas de sus obras se han perdido y, apenas
nos han llegado treinta en árabe, seis en hebreo y tres en latín.
Al–Farabi considera a Platón y Aristóteles como los fundado-
res del pensamiento filosófico. Al igual que otros neoplatónicos,
busca realizar una simbiosis entre ambos pensadores, afirma
que sólo pueden ser examinados como complementarios. Se
dice que tenía gran poder como músico sobre las audiencias,
como la primera vez que llegó a la corte de Damasco, cuando
consiguió con un instrumento hacer reír, provocar tristeza y

38 Lo que está detrás de Bush


dormir al público, sucesivamente. Divide los efectos de la mú-
sica sobre el hombre en tres: el agradable, el imaginativo y el
apasionado. La música sirve para olvidar las penas, para hacer
sentimientos más intensos o para suavizarlos y para exaltar la
imaginación del oyente cuando acompaña a la poesía.
¿Por qué hablamos de Al–Farabi? Por que de él extrae
Strauss la perversa, pero racional idea, de que puede decirse
la verdad con las palabras… para engañar. Strauss contaba
una historia de Al Farabi en la que éste, para escapar de una
ciudad en la que lo buscaban, se disfrazó de borracho y se
proveyó de un timbal que sonó histéricamente al acercarse al
centinela de la puerta. Este sabía que el Sultán buscaba a Al–
Farabi, famoso por su austeridad, humildad, ascetismo y mor-
tificación; cuando le preguntó al mendigo quién era, éste le con-
testó «Soy Al–Farabi». El centinela no lo creyó y de le dejó
pasar. A veces vale la pena decir la verdad… para engañar.
Pues bien, el sistema de Leo Strauss propone algo parecido.
Para Strauss la verdad es peligrosa y destructiva para la
sociedad. Desde el principio de los tiempos, los hombres han
elaborado mentiras para poder vivir con más tranquilidad. La
religión, por ejemplo. La esperanza en el más allá, en el castigo
a los malos y en el premio a los buenos, la reencarnación, la
resurrección, la vida eterna, la imagen misma de Dios… todo
ello no son más que esperanzas para poder vivir. Son «menti-
ras necesarias», sin las cuales, lo más probable es que la mayo-
ría de seres humanos se desesperarían e incluso se suicidarían
al saber que este valle de lágrimas jamás tiene un final feliz.
Strauss, aprendió de Nietzsche que sólo unos pocos están en
condiciones de conocer la verdad sin derrumbarse. Por eso los
«filósofos» no pueden decir lo que piensan verdaderamente.
En su análisis sobre Aristóteles y Platón, Strauss había des-
cubierto algunos elementos incomprensibles, de una banalidad
exasperante, indignos del pensamiento de aquellos sabios. Exa-
minando otros textos sapienciales de la antigüedad, llegó a la

Ernesto Milà 39
conclusión de que los antiguos utilizaban frecuentemente distin-
tos niveles de lenguaje (Al–Farabi le indujo también esta idea)
el más profundo de los cuales está dedicado a aquellos esca-
sos y especiales seres capaces de comprenderlo. Si no hubie-
ran utilizado el secreto, los filósofos de la antigüedad, habrían
sido frecuentemente perseguidos y linchados por los ciudada-
nos. Nadie puede soportar la verdad si ataca lo más íntimo de
sus esperanzas, sin reaccionar airadamente.
La «Logia» o la «Cábala» straussiana
El propio Leo Strauss, al desarrollar ideas que, básicamen-
te son elitistas y contrarias a lo políticamente correcto, opues-
tas a la esencia de los valores típicamente americanos, se cuidó
mucho de expresarlas con claridad; creyó que solamente po-
dían ser expuestas a círculos cerrados y transmitidas de maes-
tro a discípulo. Este es el motivo por los que, en la actualidad,
los seguidores de Strauss ha recibido distintos nombres por
parte de observadores poco avezados que han visto en el apo-
yo mutuo de que hacen gala sus partidarios y el puesto que
ocupan en la cúspide de la administración americana, el signo
distintivo de una secta de poder: para unos se trata de una
«logia», otros han bautizado al círculo con el nombre de «la
cábala».
El procedimiento de transmisión de la «iniciación» seguido
por Strauss consistía en trabajar y mentalizar a los alumnos
destacados que realizaban con él los doctorados de fin de ca-
rrera. De ahí surgió un centenar de nombres, muchos de los
cuales pasaron a ser profesores universitarios que, a su vez,
realizaron otras «iniciaciones», mediante el mismo procedimien-
to, y así sucesivamente. De la misma forma que Al–Farabi uti-
lizaba el tres como número mágico, Strauss divide a sus estu-
diantes en tres categorías: los «filósofos», los «caballeros» (o
«gentiles») y el resto. Los primeros asumían la «verdad esoté-
rica» inherente a su filosofía, los segundos asumían sólo los pos-

40 Lo que está detrás de Bush


tulados «exotéricos» y, en cuando a los últimos, decididamen-
te, no habían logrado comprender la profundidad de su pensa-
miento. Solo las dos primeras categorías eran consideradas
como «iniciados» y sólo la primera, los «filósofos», conocían el
secreto de los secretos: la verdad desnuda y sin maquillaje.
En la actualidad, han sido iniciados cuatro generaciones de
«filósofos», lo que facilita unos cuantos cientos de partidarios
que «están en el secreto» y se apoyan mutuamente. A un núcleo
así le es fácil hacerse con un espacio académico, mediante las
recomendaciones. Este apoyo mutuo se realiza aun cuando,
aparentemente, existan discrepancias en las opiniones del re-
comendado y del recomendador.
Pero esta técnica de crecimiento tiene también una vertiente
política: a través de los «bancos de cerebros» en los que están
presentes straussianos que forman parte de la administración,
se logra reclutar nuevos altos funcionarios y situar a los peones
propios en los terrenos más influyentes: grupos como el Pro-
yecto Nuevo Siglo Americano o el Instituto Americano de la
Empresa, forman parte de este entramado: en otras palabras,
los núcleos centrales del pensamiento neoconservador ameri-
cano.
La «noble mentira»
Sabemos cuales eran las fuentes del pensamiento de Strauss
en la antigüedad: Aristóteles, Platón, Maimónides, Al–Farabi…
pero también es altamente tributario de tres pensadores mo-
dernos: Federico Nietzsche, Martin Heidegger y Carl Schmidt
a los que da una interpretación particular.
De Heidegger, Strauss extrae el odio por la modernidad, el
rechazo al cosmopolitismo universalista y a la sociedad corrupta
que el filósofo debe contribuir a reformar sino a destruir. De
Schmidt, la necesidad de establecer claramente distinciones entre
amigo–enemigo y la «reteologización de lo político, la unión
de política, religión y moral». No es que le interese ni la reli-

Ernesto Milà 41
gión ni la moral, pero considera que tienen una capacidad de
movilización muy superior a la política. Strauss cree que reli-
gión y moral son un fraude elaborado conscientemente por los
sabios para tranquilizar a quienes no están dispuestos a cono-
cer la verdad. De Nietzsche extrae la concepción del «hombre
superior» que, para él, se identifica con el «filósofo», conside-
rando como tal a aquel que conoce la verdad.
Shadia Drury, autora de «The Political Ideas of Leo Strauss»
(1988) y «Leo Strauss and the American Right» (1997), afirma
que «Leo Strauss fue un profundo creyente en la eficacia y
la utilidad de las mentiras en la política». Naturalmente,
Strauss matizaba este concepto hablando de «mentira noble»,
utilizando la terminología platónica. Para Strauss los filósofos
antiguos suponen la cúspide del pensamiento universal, el par-
ticular Aristóteles y Platón, pero la interpretación que hace de
ambos es muy particular. En primer lugar, sostiene que en los
Diálogos de Platón, no es Aristóteles quien habla, sino
Trasímaco. Y Trasímaco es un personaje que atrae profunda-
mente a Strauss.
Había nacido en Calcedonia de Bitinia (Megara), en el
Bósforo, el año 450 a. C; excelente retórico y orador, estaba
interesado por la enseñanza de la ética y la política. Se conser-
va un fragmento de una intervención suya en la Asamblea
Ateniense, en el que Trasímaco aconseja armonía entre los par-
tidos, y evitar que sea el ansia de poder lo que legitime sus
luchas partidistas. Su realismo le llevaba a afirmar que la justi-
cia era el interés del más fuerte y que las leyes son dictadas por
los que ejercen el poder para beneficiarse de ellas. Así pues, la
justicia beneficia al gobierno establecido, esto es, al más fuerte
y los Estados justifican sus abusos mediante las leyes. El realis-
mo político de Trasímaco le lleva a considerar como es la jus-
ticia, no como debería ser, por que para él el núcleo de la cues-
tión en la vida social es el dominio del fuerte sobre el débil.
Platón pone en sus labios en «La República» estas frases: «La

42 Lo que está detrás de Bush


injusticia beneficia a su autor y la justicia perjudica».
(Platón, República, I, 343c ss.). Trasímaco era un sofista, pero
también practicaba el realismo político que luego recuperará
Strauss.
Strauss opinaba que puede pensarse en términos de realis-
mo político… pero es mucho más peligroso actuar en política
provisto de esos criterios. Si la población llegara a compartir
las opiniones de Trasímaco, por ejemplo, sobre la justicia, el
orden social sería inviable. Los «filósofos» deben ocultar sus
posiciones para no herir los sentimientos y el ego de las perso-
nas y para protegerse a ellos mismos y a la élite de gobierno de
las posibles represalias. Entonces es cuando aparece la som-
bra Nietzsche sobre el pensamiento de Strauss.
No existe, para el «filósofo», otro derecho natural que el de
los superiores sobre los inferiores, los amos sobre los esclavos
y los «filósofos» sobre la plebe. Son lo que Strauss llama «las
enseñanzas tiránicas de los antiguos». Manejando citas de
Platón y textos clásicos, entre otros sobre la escuela pitagórica,
concluye que los «antiguos estaban decididos a mantener
estas enseñanzas tiránicas en secreto porque no era proba-
ble que el pueblo tolerara el hecho de que estaban destina-
dos a la subordinación». En efecto, podrían exteriorizar su
resentimiento en forma de persecución y, para evitarlo, la men-
tira debía ser el chaleco antibalas de los «filósofos» y de la élite
de los superiores, frente al vulgo.
A lo largo de su enseñanza, Strauss supo imbuir a sus discí-
pulos dos nociones que se desprendían de todo esto: ellos eran
la élite de la sociedad, pero, al mismo tiempo, constituía una
minoría perseguida. No dudó en afirmar que «el disimulo y el
engaño es la justicia peculiar de los sabios». Para hacer
digerible este concepto alude a la idea de «noble mentira» sos-
tenido por Platón, que el ateniense utiliza con frecuencia: una
historia cuyos detalles son ficticios, pero en cuyo núcleo existe
una verdad profunda. Platón era perfectamente consciente de

Ernesto Milà 43
que los seres originarios no tenían forma de esfera, sin embar-
go así lo sostuvo en su diálogo «El Banquete», a efectos de
poder demostrar el origen de la atracción sexual. Los seres
andróginos y esféricos era, pues, una «noble mentira».
Los tres tipos humanos según Strauss
El tres es el número clave para Straus como lo fue también
para Al–Farabi. Cada individuo en la sociedad puede ocupar,
desde su perspectiva, tres estratos: «sabios», «señores» o «gen-
tiles» y «vulgo». Shadia Drury, comentarista de Strauss, nos los
define: «Los sabios son los amantes de la dura verdad des-
nuda y sin alteraciones. Son capaces de mirar al abismo
sin temor y sin temblar. No reconocen ni Dios ni imperati-
vos morales. Son devotos, por sobre todas las cosas, de la
búsqueda por sí mismos de los «altos» placeres, que procu-
ra simplemente el asociarse con sus jóvenes iniciados. El
segundo grupo, los gentiles, son amantes del honor y la
gloria. Son los más cumplidores de las convenciones de su
sociedad –es decir, las ilusiones de la cueva. Son verdade-
ros creyentes en Dios, en el honor y en los imperativos mo-
rales. Están listos y deseosos de acometer actos de gran
heroísmo y autosacrificio sin previo aviso. Los del tercer
tipo, la mayoría del vulgo, son amantes de la riqueza y el
placer. Son egoístas, holgazanes e indolentes. Pueden ins-
pirarse para elevarse por encima de su embrutecida exis-
tencia sólo por el temor a la muerte inminente o a la catás-
trofe».
Strauss, siguiendo a Platón, creía que el ideal político su-
premo es el gobierno de los sabios, pero tal gobierno es impo-
sible por que en las democracias formales es el «vulgo» y quien
decide y la ley del número le otorga siempre la ventaja. Así
pues será necesario recurrir a la mentira y a la simulación para
controlar y manipular al vulgo. Utilizando una cita ilocalizable
de Jenofonte, alude a que «el gobierno encubierto de los sa-
bios», es facilitado por «la abrumadora estupidez» de los

44 Lo que está detrás de Bush


gentiles, los cuales «mientras más crédulos, simples y poco
perceptivos sean, más fácil será para los sabios controlar-
los y manipularlos».
Es fácil comprender el drama de Strauss, extremadamente
alejado de la modernidad y de sus valores. Para él, la justicia,
el orden, la estabilidad, el respeto a la autoridad, carecen de
sentido por que son precisamente estos valores en los que se
reconoce el vulgo. En nuestra época, el vulgo ha tenido todo
aquello a lo que aspiraba en otras épocas, pero, ni siquiera con
esto han remediado su situación, todo lo contrario, de hecho,
las masas hoy están más reducidas que nunca a su papel mise-
rable de productores alienados y consumidores integrados. Los
cuarenta años que pasó Strauss en EEUU no sirvieron para
que aceptara los valores de la mentalidad de aquel país. En
realidad, estaba convencido de que el proceso degenerativo
de los tiempos modernos estaba más avanzado en EEUU que
en cualquier otro lugar y que la vida, tal como previera Carl
Schmidt se había trivializado.
La combinación entre democracia formal, economía liberal
y trivialización de la vida, terminarían, según Schmidt y Strauss,
destruyendo la política y convirtiendo la vida en un entreteni-
miento. En realidad, Schmidt y Strauss coinciden en percibir la
política como un conflicto entre grupos enemigos dispuestos a
competir y luchar hasta la muerte. El ser humano, para Strauss,
lo es sólo en tanto está dispuesto a luchar, vencer, o morir. Y es
entonces cuando llegamos a la noción de guerra, a su necesi-
dad y a su ineluctabilidad. La guerra sustrae de las comodida-
des y de la modernidad y, finalmente, termina restaurando la
condición humana.
La Guerra, nuestra Madre
Desde la perspectiva straussiana, la paz es algo negativo y
la guerra lo positivo, especialmente si se trata de una guerra
perpetua de destrucción limitada. Es difícil adentrarse en este

Ernesto Milà 45
terreno por que pertenece al dominio de lo «esotérico» es de-
cir, a aquello que solamente ha sido confiado a los «iniciados»,
así pues hay que utilizar los análisis globales de Strauss y la
función desempeñada por sus discípulos en el seno de la admi-
nistración Bush.
La tradición histórica norteamericana se basa en la percep-
ción de los EEUU como «Nación elegida por Dios». Eviden-
temente, Strauss no puede asumir este planteamiento, en tanto
que ateo impenitente. Sin embargo, es rigurosamente cierto que
uno de los jefes de filas actuales de los straussianos, Harry
Jaffa dijo que «EEUU es la Sión que alumbrará al mun-
do»…, lo cual dada la irreprimible tendencia de los straussianos
a la mentira, no puede asegurarse si es una proclama sincera o
simplemente otra «noble mentira», o incluso sino encubre otra
verdad más profunda.
Ahora bien, si es cierto que Strauss considera que en EEUU
existe la mayor acumulación de élites que puede entender sus
valores, la victoria de este país en la lucha por la hegemonía
mundial, sería considerada por él, más como un fracaso que
como un progreso, por que tendería a relajar a la opinión pú-
blica norteamericana y, por tanto, a aumentar el hedonismo y
cualquier otro rasgo distintivo de la «plebe». La extensión del
mercado y de la democracia a todo el globo acarrearía una
época de paz tan absolutamente idílica que el hombre quedaría
«emasculado». El «último hombre» nietzscheano terminaría in-
cluso por extinguirse y la trivialización de la vida que auguraba
Schmidt se generalizaría. Por eso es bueno imbuir en la plebe –
según Strauss– las ideas de patriotismo, honor y gloria y unir
todo esto a los sentimientos religiosos que destilan los norte-
americanos desde los orígenes. Así pues, es mejor que los EEUU
no construyan una «pax americana» que, finalmente, terminaría
arrastrándolos, sino que es mucho más adecuado implicarlos
en una «guerra permanente». Así, el objetivo final nunca sería
totalmente alcanzado, la meta iría avanzando a medida que el

46 Lo que está detrás de Bush


único corredor norteamericano va caminando hacia ella, in-
aprensible, inalcanzable. Otros compartieron este pensamien-
to.
«El cierre de la mentalidad americana»
Allan David Bloom (1930–1992), hijo único de una familia
modesta, tras sus estudios universitarios en Baltimore, se inte-
resó por los problemas educativos. Se doctoró en sociología
en la Universidad de Chicago (1955) y estudió y enseñó en
París (1953–55) y luego en Alemania (1957). Al volver a EEUU
impartió cursos para adultos en la Universidad de Chicago,
más tarde en la de Toronto y luego en la de Tel Aviv. Era un
straussiano riguroso.
En el prefacio de su libro «A los gigantes y a los enanos»,
colección de ensayos escritos entre 1960–90, indica que su
educación «comenzó con Freud y terminó con Platón». Rea-
lizó este tránsito guiado por su interés en los temas de la educa-
ción. El descubrimiento de uno mismo era el elemento central
de toda educación correcta. A partir de los años 70 empezó a
relacionarse con Leo Strauss y sus iniciados que lo auparon
hasta que la publicación de «The closing for the American Mind»
consiguió mantenerse en la lista de los libros más vendidos du-
rante diez semanas, aun a pesar de la aparente banalidad y la
escasa sistematización de la obra.
En 1968, publicó su traducción y comentario sobre la Re-
pública de Platón que él mismo consideró como la traducción
más literal de esta obra, opinión que muchos especialistas cues-
tionan. En 1987 traduciría de nuevo «El Emilio» de Rousseau.
Su obra «Historia de la Filosofía Política» fue corregida por
Leo Strauss. Pero sería «The Closing of the American Mind» la
que hizo de Bloom un millonario. El libro fue editado también
en Japón.
Cuando supo que su muerte era inevitable a causa del SIDA,
Bloom encargó a su amigo Saul Bellow, también de origen ju-

Ernesto Milà 47
dío, colega suyo en la Universidad de Chicago y Premio Nóbel
de Literatura, que le escribiera una novela, más o menos, bio-
gráfica (Bellow había alcanzado fama como autor de «Herzog».
En 1965 obtuvo el «Premio Internacional de Literatura» y el
Premio Nóbel de Literatura en 1976). En esta novela, titulada
«Ravelstein», entre otros personajes, aparece Bloom con el
nombre de «Ravelstein», mientras que Strauss es «Davarr»
(«palabra» en hebreo) y el propio Bellow es «Chickie» («Polli-
to»).
La novela se inicia en el Hotel Crillon de París, en donde
Bloom organiza una cena para dos docenas de personas esco-
gidas. Al día siguiente, acompaña a Bellow a los lugares más
caros de París. Entre otras lindezas compran una americana
amarilla por 5000 dólares. Luego, en un café, Bloom derrama
sobre la prenda una taza de café y ríe histéricamente, mientras
Bellow intenta tranquilizarlo. Esta sarta de excentricidades sin
orden ni concierto sirven para pasar revista a algunas ideas de
anticipación: describe algo que se asemeja a Internet y un su-
cedáneo de teléfono móvil. Recordemos que estamos en 1992
cuando estos elementos tecnológicos eran absolutamente
inusuales. Entre otras anécdotas, explica que Bloom recibió
una llamada de Wolfowitz durante la guerra del Golfo. Éste le
dijo a Bloom que las tropas americanas no avanzarían sobre
Bagdad, el cual les animó a hacerlo. Los méritos literarios de
esta obra son modestos, sin embargo, valdría la pena recordar
que su intención era glosar la obra de Bloom y desvelar su
relación con las altas esferas norteamericanas. Sin duda, algu-
nos símbolos utilizados por Bellow seguramente requerirían un
estudio profundizado de las obras de Bloom y examinarse me-
diante el recurso al simbolismo (es evidente que la chaqueta
amarilla de Bloom alude al oro y que la mancha de café, impli-
ca el contraste con la muerte; en cuanto a la «risa incontrolada»
remite al descubrimiento de la dualidad como motor del mun-
do).

48 Lo que está detrás de Bush


Como buen straussiano, Bloom era misógino. En efecto, los
straussianos siempre aludían en sus escritos a los «filósofos»,
exhortaban a los estudiantes o «los muchachos», «hombres jó-
venes e inteligentes», pero nunca a mujeres. De hecho, Bloom
era homosexual y murió víctima del SIDA. Amante de la músi-
ca clásica, odiaba el rock y la contracultura. Como todo el
grupo –Kojève, Strauss, él mismo– eran intelectuales que ha-
bían buceado en el mundo clásico y en la filosofía griega para
encontrar respuestas a las eternas preguntas planteadas por los
pensadores de todos los tiempos. Todos ellos buscaban
«relecturas», «nuevas interpretaciones», matices no advertidos
antes en las traducciones previas, y buscaban un sentido oculto
y velado en los textos de Platón. Al igual que los textos de
Strauss, la lectura de Bloom es difícil, da la sensación de que,
hasta cierto punto trata temas intrascendentes y que lo hace
recurriendo a argumentos de poco interés. Luego, uno se pre-
gunta si entre el texto, aparentemente banal, que ha leído no se
esconde alguna clave que lleve a algo más profundo.
A Bloom le preocupa la crisis de todos los valores desenca-
denada con la contracultura y la revolución de los años 60. En
el terreno de la educación esta crisis se evidencia en la prolife-
ración de los valores del relativismo moral y el liberalismo como
estilo de comportamiento. Su tendencia a la crítica del modelo
de enseñanza liberal puede ser compartido por cualquier con-
servador, sin embargo, en donde aparecen las ideas propias de
Bloom que enlazan con las de Strauss, es en su apreciación de
la filosofía clásica y es aquí en donde, al igual que Strauss, tiene
una interpretación personal que rompe con los intentos de
aproximación anteriores a la filosofía de Platón y Aristóteles y
que enlaza en todo con la visión de Strauss. Y esto lleva de
nuevo a la clave interpretativa cuyos únicos poseedores son los
straussianos, es el «secreto de la escuela» transmitido a los «ini-
ciados», esto es, a los estudiantes discípulos. Bloom como pro-
fesor universitario «inició» a muchos de ellos, los cuales, tras

Ernesto Milà 49
pasar a ser profesores universitarios, han graduado a otros
muchos más.
Faltaba integrar en todo este popurrí doctrinal el culto a la
violencia. Este vino injertado por Alexandre Kojève.
ALEXANDRE KOJÈVE Y LAS RAÍCES
DE LA POLITICA OSTMODERNA
Raymond Aron cuenta en sus memorias que el 29 de mayo
de 1968, en plena «revolución», le llamó por teléfono a
Alexandre Kojève y le animó a que se interesase por lo que
estaba sucediendo. Kojève le dijo que los disturbios le produ-
cían repugnancia, según cuenta Aron, por que «nadie mata a
nadie». Probablemente si Aron hubiera conocido a fondo la
filosofía de Kojève, hubiera tenido esta respuesta presente sin
necesidad de formular la pregunta.
Shadia Drury, autora del mejor estudio divulgativo sobre
Strauss, abordó también de forma natural el pensamiento de
este nuevo eslabón en la cadena del pensamiento
neoconservador norteamericano. En efecto, su libro «Alexandre
Kojève: The Roots of Post–Modern Politics» evidencia la co-
rrelación entre ambos filósofos. Strauss y sus discípulos apre-
ciaban las obras de Kojève, a pesar de las discrepancias que
ambos reconocían. El punto de partida de Kojève es la
fenomenología de Hegel a partir de la cual realiza una digresión
sobre el tema de la esclavización del «siervo» por su «amo».
Ese sería el primer acto «verdaderamente humano» en la medi-
da en que «humanidad supone negar la naturaleza. Al arriesgar
su propia vida sometiendo al esclavo, el amo repudia su propio
temor a la muerte en aras del «reconocimiento» o «prestigio
puro», que según Kojève es algo puramente humano, no natu-
ral. De esta manera, el maestro deviene un verdadero ser hu-
mano por primera vez. El esclavo, en cambio, al someterse a la
servidumbre por miedo a la muerte, deviene subhumano. Si-
guiendo un análisis nietzscheano, con el devenir del tiempo, la

50 Lo que está detrás de Bush


antigua sociedad de amos esclavistas nobles es sustituida por
una sociedad en la que todos son esclavos: la sociedad cristia-
na. Y, por último, viene el «fin de la historia», una «tiranía uni-
versal homogénea», en la que todo el mundo «reconoce» a
todos los demás como esclavos y amos a la vez». Así resume
Shadia Drury el inicio de la teorización de Kojève.
El hecho de que el inicio de la reflexión tenga que ver con la
dominación y la sumisión encierra un trasfondo problemático
innegable. Se diría que la reflexión inicial y que la que sigue son
productos de una mente desviada y enferma, muy enferma, pero
no por ello menos racional, casi de un psicópata paranoico
obligado a justificar a la saciedad su deseo de hacer el mal. Por
que, en el fondo, lo que sigue en la teoría de Kojève es la
predicación de una «violencia purgativa». Al hablar de los pro-
cesos revolucionarios francés (1789) y ruso (1916), lejos de
lamentar los terrores inherentes a ambos, enfatiza el papel de la
violencia y el terror como componentes centrales del proceso
revolucionario. Sin terror no hay revolución, explica. En mayo
del 68 lo que hubo fue el juego lúdico de los situacionistas que
no fue más allá del cóctel molotov y el gesto agresivo, por ello
puede entenderse el desprecio que manifestó a Aron. Para
Kojève si una revolución sólo gesticula es que no es revolu-
ción, sino una pantomima: «Sólo gracias al Terror –escribe–
se realiza la idea de la síntesis final que satisface definiti-
vamente al hombre».
Y lo justifica. No basta con que el hombre renuncie a Dios
en nombre del ateísmo para alcanzar un estado de libertad. No
hay liberación sin lucha. La simple negación intelectual no bas-
ta. Si la síntesis final a realizar es la que surge del proceso his-
tórico que culmina en amo–esclavo (la «tiranía universal homo-
génea»), de ahí que el producto de síntesis deba ser, necesaria-
mente, trabajador y guerrero. Esto implica que deba introdu-
cir «al elemento muerte arriesgando su vida conciente de
su mortalidad», pero ¿cómo puede ser posible esto en un

Ernesto Milà 51
mundo sin amos en el que todos son esclavos? ¿cómo? Me-
diante el terror a lo Roberspierre, «vehículo perfecto para
trascender la esclavitud» y, concluye Kojève: «Gracias al
Terror [con mayúscula] se realiza la idea de la síntesis final,
que satisface definitivamente al hombre». Y Drury añade:
«Stalin entendía la necesidad del terror y no tuvo miedo de
cometer crímenes y atrocidades, de la magnitud que fue-
sen. A ojos de Kojève, esa era parte integral de su grande-
za. Los crímenes de un Napoleón o Stalín, pensaba Kojève,
eran absueltos por sus éxitos y logros».
Georges Bataille era discípulo de Kojève. Drury lo sitúa en
relación a éste: «A juicio de Bataille, la condición semimuerta
de la vida moderna tiene origen en el triunfo incuestiona-
ble de Dios y sus prohibiciones, la razón y sus cálculos, la
ciencia y su utilitarismo… La primera tarea a realizar es
matar a Dios y sustituirlo con el Satanás vencido, puesto
que Dios representa las prohibiciones de la civilización.
Rechazar a Dios es rechazar la trascendencia y adoptar la
«inmanencia», lograda mediante la intoxicación, el erotis-
mo, el sacrificio humano y la efusión poética. Sustituir a
Dios con Satanás también significa sustituir la prohibición
con la transgresión, el orden con el desorden y la razón con
la locura».
Kojève creía, como Strauss, que la reducción del ser hu-
mano a bestia esclava era paralelo a la trivialización de la vida.
Ambos pensaban que en este proceso los EEUU estaban en
vanguardia. La economía terminaría destruyendo la política, para
ambos la política era el campo de batalla adecuado en el que
grupos humanos hostiles luchaban hasta la muerte (en esto es-
taban influido por Carl Schmidt). Para ambos, se es hombre y
se tiene dignidad sólo cuando se acepta la muerte como regla
del juego: por eso, solamente la guerra y el terror pueden dete-
ner la decadencia de la modernidad caracterizada por el hedo-
nismo absoluto, es decir por la animalización. La guerra puede
restaurar la condición humana.

52 Lo que está detrás de Bush


Tanto Kojève como Strauss eran absolutamente ateos y
consideran que no hay fundamento racional para la moral que,
en consecuencia, no tiene razón de ser. De ahí que los aconte-
cimientos políticos no pueden medirse en términos de morali-
dad. No son, ni podrán ser jamás «buenos» o «malos», sino, al
igual que los definió Nietzsche, son «grandes» o «pequeños».
En este sentido los straussianos de Washington practican «la
gran política», ajena a la moral y la «guerra permanente», ajena
al dolor de la «plebe». Y luego pueden dormir por la noche…
El «hombre natural» está dominado por el hedonismo y la
búsqueda de la comodidad. Es, por esto rechazable. Así que
hay que movilizarlo en beneficio de un proyecto que solamente
los «filósofos» conocen (aquí ya es Strauss quien habla) y que
utiliza algunos resortes profundos del hombre: el nacionalismo
(esto es, el arraigo a la tierra natal explicada por Konred Lorenz
y el pensamiento etológico) y la religión (especialmente el me-
sianismo inherente en la cultura americana que comparten sin-
ceramente, tanto la «plebe» como los «gentiles»). De ahí que el
núcleo del pensamiento neoconservador norteamericano esté
dominado por estas dos líneas: nacionalismo y mesianismo. Eso
posibilita a la civilización americana para restaurar el régimen
del Terror que Kojève considera inevitable.
Straussianos en la administración Bush
Shadia Drury, autora del único estudio crítico sobre la obra
de Strauss, entrevistada por Danny Postel, terminó diciendo:
«Nada es más amenazador para Strauss y sus acólitos que
la verdad en general, y la verdad acerca de Strauss en par-
ticular. Sus admiradores están decididos a ocultar la ver-
dad acerca de sus ideas».
Desde hace muchos años, seguir las noticias internacionales
es tropezarse constantemente con la mentira. Cada vez la men-
tira difundida desde las esferas del poder es más intensa y des-
vergonzada. Madeleine Albright mintió sin pestañear cuando

Ernesto Milà 53
rompió las conversaciones con Yugoslavia y selló el destino de
este país en los absurdos bombardeos de la OTAN de 1998.
Alguien en la administración americana mintió al presentar el
asunto de la epidemia de ántrax como una operación orquestada
por Bin Laden, cuando en realidad había partido de un labora-
torio militar norteamericano; muchos mintieron sobre lo que
ocurrió realmente el 11–S y de dónde partió el cerebro crimi-
nal que ideó el atentado (por que hoy, a más de tres años del
crimen, todavía no se ha podido establecer que fuera Bin Laden
y, de hecho, los interrogantes abiertos hoy son muchos y, des-
de luego, más de los que se planteaban el 11–S de 2001), la
administración entera mintió cuando acusó a Saddam Hussein
de estar tras los atentados del 11–S y de proporcionar acogida
a Bin Laden… una ristra de mentiras que ha ocasionado miles
de muertos y una situación de violencia generalizada en Irak y
Afganistán. Existe un centro elaborador de mentiras que sirven
a un fin: el mantenimiento de la tensión internacional y la
extremización del sentimiento de miedo y de patriotismo de la
población americano. Y en ese centro encontramos a la «cába-
la» o a la «Logia» straussiana.
En realidad, solamente conocemos una teoría político–filo-
sófica que contemple con benevolencia el recurso a la mentira
y lo recomiende: el straussismo. Sus partidarios están inserta-
dos en la administración republicana:
– Rumsfeld de Donald, secretario de Defensa desde 2001.
Ha servido en casi todas las administraciones republicanas
desde el período de Eisenhower. Miembro de la RAND
Corporation. Enviado de Reagan para Oriente Medio. Co–
fundador del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano.
Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral.
– Richard Bruce «Dick» Cheney, vicepresidente de los EEUU,
al igual que Bush, eludió ir a la guerra de Vietnam. Ha des-
empeñado diversos cargos en las administraciones republi-
canas desde Nixon. En 1995 fue nombrado presidente de

54 Lo que está detrás de Bush


Halliburton Company, corporación de energía con una his-
toria larga del servicio al gobierno y contratista del Pentágo-
no. Miembro co–fundador del Proyecto Nuevo Siglo Ame-
ricano. Miembro del C.F.R. y de la Comisión Trilateral.
– Paul Wolfowitz, uno de los más prominentes straussianos,
funcionario bajo la administración George Bush y
Vicesecretario de Defensa con George W. Bush. Miembro
de la Comisión Trilateral y del CFR. De origen judío. Inicia-
do en la secta straussiana por Allan Bloom.
– William Kristol, asesor del vicepresidente Dan Quayle, di-
rector de la revista «Weekly Standard», revista política con-
servadora con escasos pero distinguidos lectores, fundada
por Rupert Murdoch. Redactor del manifiesto del Partido
Republicano en 1994, presidente del «Proyecto Nuevo Si-
glo Americano», miembro de la Comisión Trilateral y del CFR.
De origen judío. Hijo del neoconservador Irving Bristol.
– Richard Perle fue asesor del Secretario de Defensa en la
Administración Reagan y asesor de política exterior en la
campaña presidencial de George W. Bush. Aceptó la oferta
de Rumsfeld para dirigir el Consejo Político de Defensa. En
marzo del 2003, Perle dimitió de su cargo tras un escándalo
controvertido pero sigue en el Consejo como miembro.
Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral. Conocido
como «el Príncipe de las Tinieblas»; de origen judío.
– Michael Ledeen, experto en exteriores, miembro del Institu-
to Americano de la Empresa. Partidario de la «guerra total»
al servicio de la democracia.
– Samuel Huntington Phillips, politólogo conocido para su aná-
lisis de la relación entre los militares y el gobierno civil, su
investigación sobre los golpes de Estado y su tesis de que
los agentes políticos centrales del siglo XXI serán civiliza-
ciones más que naciones–Estado. Profesor de Harvard. En

Ernesto Milà 55
su último libro Los desafíos a la identidad nacional de
América (2004) plantea la amenaza que supone la inmigra-
ción latina que supone «dividir los Estados Unidos en dos
personas, dos culturas y dos idiomas». Miembro de la
Comisión Trilateral.
– Dov Zakheim, consejero político y económico del gobierno;
sirvió en varios puestos durante la administración Reagan.
Subsecretario de la defensa a partir de 2001. Judío orto-
doxo.
– Newt Gringrich, ex presidente de la Cámara de Represen-
tantes y actual miembro de la Junta de Asesores Políticos
del Departamento de la Defensa.
– Douglas J. Feith, subsecretario de Defensa, uno de los más
firmes partidarios de la defensa del Estado de Israel. De
origen judío.
– Irving Kristol, considerado como el padre del
neoconservadurismo norteamericano y, sin duda, uno de los
más prominentes y respetados conservadores de origen ju-
dío. Trotskysta en su juventud. Miembro del Instituto Ame-
ricano de la Empresa. Hermano de William Kristol.
– Norman Podhoretz, miembro del CFR, del PNAC y del
Hudson Institute. Editor de Comentary, publicación mensual
del American Jewish Commtee. Procede del Partido De-
mócrata y de la organización ligada a este medio, Comité
para el Peligro Presente. Organizó con los republicanos de
Reagan la Coalición para el Mundo Libre.
– Stephen A. Cambone, subsecretario de defensa para la in-
teligencia, cargo creado en 2003 con la función de coordi-
nar a los distintos servicios de inteligencia. Adjunto de
Rumsfeld. Implicado en los malos tratos y torturas en la pri-
sión de Abu Ghraib.

56 Lo que está detrás de Bush


– Elliott Abrams, director para el Cercano Oriente y África
del Norte del Consejo de la Seguridad Nacional. Implicado
en el asunto «Irán–Contra». En años 70 trabajó para el
senado de EEUU. Secretario de Estado auxiliar con Reagan.
Miembro del CFR. De origen judío.
– Abraham Schulsky, alumno directo de Leo Strauss, alto fun-
cionario del Pentágono, encargado de la coordinación de
los servicios de inteligencia. Miembro del Comité de Defen-
sa del Senado. Artífice de la mentira sobre las «armas de
destrucción masiva» de Saddam Hussein. De origen judío.
– Gary Schmitt, director ejecutivo del Proyecto del Nuevo
Siglo Americano, laboratorio de ideas neoconservadoras del
grupo straussiano. Uno de los más tenaces intervencionistas
en Oriente Medio.
– I. Lewis « Scooter « Libby, Jr., jefe de personal de Cheney
y ayudante para asuntos de Seguridad Nacional. Empezó a
trabajr en 1981 para la administración Reaban, miembro de
la RAND Corporation, asesor jurídico de la Cámara de
Representantes.
– Douglas J. Feith, Subsecretario de Defensa, dirige la Oficina
para los Asuntos del Golfo Pérsico, uno de los partidarios
de la «guerra permanente». En agosto 2004 se supo que en
su departamento se habían pasado secretos militares a dos
funcionarios de la embajada israelí en Washington.
– David Wurmser, adscrito a la oficina del vice–Presidente,
encargado de asuntos de Oriente Medio.
– Francis Fukuyama, economista político americano de la
ascendencia japonesa, profesor de la economía política; au-
tor del libro polémico El Fin de la Historia, Miembro del
Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. No aprobó el ata-
que a Irak y pidió la dimisión de Rumsfeld. Miembro de la
Comisión Trilateral y del C.F.R..

Ernesto Milà 57
– Lewis Paul Bremer III, gobernador norteamericano de Irak
hasta junio de 2004, teóricamente encargado de la recons-
trucción y la ayuda humanitaria al país. Ha desempeñado
distintos cargos para las administraciones republicanas. Ex-
perto en seguridad interior y terrorismo.
– Robert Kagan, columnista de The Washington Post, y el
enviado especial del presidente Bush a Afganistán e Iraq,
Zalmay Khalilzad. De origen judío.
– John N. Bolton, subsecretario de defensa para control de
armas. Miembro del CFR
A nadie se le escapa que estas biografías tienen unos deno-
minadores comunes: existe entre ellas un porcentaje inusual de
miembros del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), lo cual
es hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que este or-
ganismo elige a sus miembros entre la élite político–empresarial
norteamericana; algunos de ellos tuvieron una militancia
trotskysta en su juventud. Y, en cuanto a la reiteración de miem-
bros de origen judío puede derivar de la afinidad que pudieran
tener con el también judío Leo Strauss. Es, desde luego, mu-
cho más simple entender el apoyo desmesurado y fuera de toda
lógica que la administración Bush ofrece al Estado de Israel y a
su torpedeo continuo de los acuerdos de Camp David.
Un 25% de estos altos cargos de la administración Bush,
tuvieron en su juventud una común militancia trotslysta. El
trostkysmo fue la disidencia antiestalinista del comunismo creada
en torno a Leiva Bronstein, «Trotsky». Tras exiliarse de la URSS,
agrupó a los comunistas antistalinistas de todo el mundo en la
IV Internacional. Esta organización bien pronto se fraccionó en
distintos grupos, algunos de los cuales quedaron bajo la tutela
de la CIA. Buena parte de los dirigentes de la IV Internacional,
precisamente, eran de origen judío, habitualmente de judíos ag-
nósticos alejados de la sinagoga. El hecho de que se tratara de
militantes anti–estalinistas, hizo que, progresivamente, algunos

58 Lo que está detrás de Bush


de ellos fueran rectificando sus posiciones y pasaran, primero
del antiestalinismo al anticomunismo, de ahí al liberalismo de
izquierdas y, para muchos, el fin de la ruta fue convertirse en
conservadores republicanos. Pues bien, una fracción notable
de trotskystas pasaron a los círculos straussianos realizando
esta mutación.
La enumeración de straussianos insertados en la adminis-
tración Bush demuestra que este grupo compone la columna
central del actual gobierno americano por encima de cualquier
otra componente. Es evidente que, en el interior de la adminis-
tración existen distintas sensibilidades, e incluso dentro del pro-
pio núcleo straussiano, no todos son partidarios de hacer las
cosas de la misma manera. Pero son, en cualquier caso, un
núcleo homogéneo y que aporta coherencia a la política norte-
americana.
El straussianismo puede ser definido en última instancia como
un maquiavelismo extremo. Muchas orientaciones del gobier-
no norteamericano son absolutamente incomprensibles si no se
conocen las ideas del núcleo straussiano: «nada es lo que pare-
ce», tal es el patrón interpretativo que debe ser asumido a la
hora de valorar la acción de la administración Bush. Y, precisa-
mente, a partir de esta consideración, es posible entender las
mentiras –«nobles» o no– que precedieron al ataque a Irak y
que carecen de precedentes en la historia política. Así mismo,
con idéntica óptica puede explicarse la inactividad (o peor, la
complicidad) del gobierno americano en los ataques del 11–S
que contribuyeron a hacer posible todo el plan belicista que
siguió.
Algo ha cambiado en EEUU: las libertades
A partir de la influencia de los straussianos en la administra-
ción americana puede entenderse un fenómeno que se puso de
manifiesto tras los ataques del 11–S: la regresión de las liberta-
des en EEUU.

Ernesto Milà 59
Con razón o sin ella, entre 1948 (Golpe de Praga e inicio de
la Guerra Fría) y 1989 (Caída del Muro de Berlín y fin de la
Guerra Fría), los EEUU aparecieron como el campeón mun-
dial de las libertades, especialmente en Europa en donde más
se sentía el peligro comunista con los tanques del Pacto de
Varsovia a pocas horas de la frontera francesa. Pero todo esto
ha cambiado y ahora ya no hay excusa posible para las inter-
venciones agresivas de Norteamérica en el exterior. Desde que
terminaron los cuarenta años de Guerra Fría muchas cosas han
cambiado en EEUU.
La clase dirigente norteamericana es hoy una plutocracia
oligárquica que sirve a sus propios intereses. Es en el seno de
esta clase en donde se sitúa la élite de «filósofos» straussianos.
La teoría de la «guerra permanente» puesta en práctica por
los EEUU, ha demostrado que hoy, en 2004, éste país ya no
lucha por las «libertades democráticas» en todo el mundo…
sino por el control de las reservas mundiales de petróleo. Pero
esta nueva situación genera un cambio en las relaciones de
EEUU con el resto del mundo y la necesidad de otra política
interior. A nivel internacional, los EEUU se han visto progresi-
vamente aislados y desprovistos de aliados. Hoy deben afron-
tar la competencia de las potencias emergentes (Unión Euro-
pea, Rusia y China) y lo hacen con una mala situación interior
(un déficit brutal sin precedentes en la historia). A nivel interior,
deben procurar que la población –la «plebe» de los straussianos–
pese lo menos posible en la vida política del país. Deben limi-
tarse a votar: y lo pueden hacer, pero sometidos a un bombar-
deo constante de noticias e informaciones falsas. El control de
la mayoría de grandes cadenas mediáticas por parte de grupos
extranjeros ha hecho que muestren poco interés por intervenir
en la política interior, a diferencia de lo que ocurrió durante la
Guerra de Vietnam. Pero, para desgracia del stablishment la
aparición de Internet ha permitido la circulación instantánea de
informaciones de todo tipo, libre y sin control. De ahí que tras

60 Lo que está detrás de Bush


el 11–S, la administración Bush haya enfatizado el control de
Internet y la censura del correo electrónico. Esto, unido a los
sistemas de control de las comunicaciones a través de la Red
Echelon, hace que la privacidad de las comunicaciones sea, en
este momento, un espejismo.
La acción de los straussianos, su desprecio por la plebe, su
insistencia en la «mentira noble» para justificar el dominio de
los «filósofos» sobre los «débiles», así como la tendencia del
capitalismo norteamericano a intervenir directamente en políti-
ca generando un gobierno plutocrático, ha tenido como conse-
cuencia final el debilitamiento de la democracia norteamerica-
na.
Llegados a este punto hay que cuestionar la Ley Doyle que
establece la imposibilidad de guerra entre las democracias y la
seguridad de una paz perpetua en cuanto la democracia triunfe
en todo el mundo. Tal tesis fue aprovechada por el straussiano
Francis Fukuyama para elaborar su teoría sobre «El Fin de la
Historia y el último hombre». Lo que olvidan Doyle y Fukuyama
es que no existe sólo un tipo de democracia, sino una multipli-
cidad de formas democráticas muy diferenciadas (en 1914, las
democráticas Inglaterra y Francia, declararon la guerra a Ale-
mania que tenía un parlamento democráticamente elegido y,
entre 1948 y 1989 la Guerra Fría fue una confrontación entre
las «democracias occidentales» y las «democracias populares»)
y que, en la actualidad, el problema que aqueja a los EEUU es
una regresión que aleja de la democracia que hemos conocido
y lleva a formas plutocráticas y oligárquicas.
EEUU ya ha iniciado el tránsito en esa dirección. En la ac-
tualidad es innegable que dicho proceso se ha acelerado desde
el 11–S. Los straussianos insertados en la Administración Bush,
fieles a su principio de la «mentira noble» necesaria, exagera-
ron la amenaza terrorista del 11–S y la aprovecharon para cer-
cenar las libertades públicas en el país y para acometer una
serie de agresiones exteriores. Y todavía hace falta establecer

Ernesto Milà 61
qué ocurrió en realidad el 11–S y por qué la administración no
hizo nada para evitar los atentados, aun cuando habían sido
alertados de su preparación.
En tanto que el pensamiento straussiano es muy precavido
con sus afirmaciones más conflictivas e insiste en la virtud del
secreto y de la iniciación de maestro a discípulo, resulta difícil
establecer donde termina la falta de escrúpulos y el maquiave-
lismo de sus representantes en la Administración. Es posible
que vaya mucho más allá de lo que ha trascendido: de hecho,
las iniciativas de los «filósofos» strausianos generan muertes…
muertes del enemigo ficticio y en el propio bando. A partir de
ahí, es posible intuir que la responsabilidad de los straussianos
el 11–S va mucho más allá de haber permitido simplemente un
«crimen noble» para justificar su irrupción en Afganistán e Irak
y el inicio del «conflicto permanente» que impedirá una situa-
ción de paz mundial. Esta situación, según su análisis, termina-
ría haciendo triunfar el reino del «último hombre» del que ha-
blara Nietzsche. Sólo el conflicto permanente, la apertura sin
fin de tensiones, la lucha contra micropotencias (Afganistán,
Irak, Irán, Siria, Corea, Cuba), harán posible que los «filóso-
fos» gobiernen sobre la «plebe», amparados en «mentiras no-
bles» y casus belli prefabricados.
Los actuales EEUU, a pesar de su debilidad económica, de
su tendencia a oponerse militarmente a potencias de tercera o
cuarta fila, de su voluntad imperial y del mesianismo inherente a
su tradición histórica, son hoy un peligro para todo el mundo a
causa de las teorías que inspiran a su clase dirigente
neoconservadora y que le separan del campo de las democra-
cias. Y eso es lo terrible: que a partir de ese momento, la Ley
de Doyle ya no tiene vigencia. En esto han desembocado los
razonamientos de Leo Strauss y sus discípulos. Una vez más el
sueño de la razón ha producido monstruos.

62 Lo que está detrás de Bush


III
El pensamiento de los
«gentiles» y del «vulgo»

Strauss era perfectamente consciente de que su pensamien-


to jamás podría ser entendido por unas masas a las que des-
preciaba absolutamente. Sus discípulos eran de la misma opi-
nión. Strauss era también consciente de que si sus discípulos
querían escalar el poder en Washington debían necesariamente
contar con la población. En una democracia, a fin de cuentas,
lo que importan son los votos. Por ellos, la clase de los «filóso-
fos», precisaba del concurso de una pieza intermedia entre ellos
y los votantes. Strauss llamó a esta clase «los gentiles»: es de-
cir, líderes políticos, sociales y religiosos, que creían en lo que
estaban predicando –patriotismo y religión– y que, consciente
o inconscientemente coincidían con la s opiniones globales de
los «filósofos». En este capítulo vamos a analizar el papel del
grupo de «gentiles» y a través de qué ideas y organismos, éstos
controlan al «vulgo».
Robert Kagan: un hombre que habla claro
Robert Kagan, cómo no, es un straussiano notorio y, como
la mayoría de ellos, judío–norteamericano. A Robert Kagan
puede reprochársele cualquier cosa, menos su claridad. No es
un cualquiera. Titulado en las universidades de Harvard y Yale,
ha escrito varios libros sobre la historia diplomática estadouni-
dense y las tradiciones que explican la política exterior actual
de su país. Colaborador habitual del Washington Post, estuvo
a cargo del Comité de Asuntos Interamericanos en el Departa-

Ernesto Milà 63
mento de Estado norteamericano y fue el principal redactor de
los discursos del Secretario de Estado. Es miembro de la Fun-
dación Carnegie por la Paz y del extremadamente influyente
Consejo de Relaciones Internacionales (CFR), uno de los cen-
tros de planificación del «poder mundial» de los EEUU desde
el primer tercio del siglo XX. Kagan vive hoy en Bruselas, cer-
ca del núcleo de decisión de la OTAN. Además, le preocupan
particularmente las relaciones entre la Unión Europea y EEUU.
Seamos más claros: desprecia a Europa a quien considera como
un enemigo potencial que no ha sabido agradecer lo que EEUU
ha hecho por ella. Así lo ha dicho en varias entrevistas realiza-
das por la prensa europea.
Su último libro, Poder y Debilidad («Power and
Weakness«), está dedicado a examinar desde el punto de vista
de un conservador halconizado norteamericano la naturaleza
del «desencuentro» con Europa. Vale la pena seguir algunas de
sus tesis. Véanse algunas de las perlas cultivadas de esta pre-
ciosa obra: «Los que tienen más poder tienden a usarlo y a
creer en la legitimidad de ese poder», «Los países débiles
siempre han querido tener mecanismos para limitar el po-
der de los que lo poseen», «Son ustedes, los europeos, quie-
nes están aislados, porque los métodos que utiliza Europa
para relacionarse y entenderse con el mundo no pueden
aplicarse fuera de Europa», «El orden mundial se basa en
el poder (relativamente benévolo) de Estados Unidos, a lo
largo del siglo». «Si la única potencia que puede afrontar
las nuevas amenazas no tiene legitimidad, el mundo occi-
dental no podrá enfrentarse a ellas»...
Pero donde Kagan se muestra más iracundo es en la valo-
ración del papel jugado por las NNUU: «No hemos de ser
simplistas, no se hallará la legitimidad en el Consejo de
Seguridad. Tengan en cuenta que los presidentes norteame-
ricanos nunca creyeron en la ONU», «La mayoría de los
europeos cree que el Consejo de Seguridad de la ONU es la

64 Lo que está detrás de Bush


única garantía de multipolaridad»… «Creo que hay mu-
chas ventajas en un mundo unipolar». A decir verdad, Kagan
desprecia la legalidad internacional que puedan suponer las
NNUU y cualquier otro organismo internacional, incluidos los
tribunales de justicia. Cualquier resolución de estos organis-
mos que pudiera ser considerada como hostil a los intereses de
EEUU no debería ser respetada por este país. Y explica esta
posición argumentando contra toda lógica que estos organis-
mos están compuestos por «comunistas antimercado, no
cristianos y dictaduras antidemocráticas». Para colmo,
EEUU es la nación elegida por Dios, así pues nada ni nadie –y
por supuesto ningún organismo internacional– pueden interpo-
nerse entre Dios y los EEUU. «O sustituirán a Dios o susti-
tuirán a los EEUU». Por eso, las NNUU son el verdadero
enemigo…
Buena parte del ensayo Poder y Debilidad (EEUU es la
encarnación del poder y Europa la debilidad manifestada),
Kagan establece que los europeos mantenemos una visión
kantiana del mundo; nos reprocha que creamos en la paz y que
ésta sea alcanzable mediante consensos. Para él, la postura
«normal» es la americana: «para EEUU, la verdadera segu-
ridad sigue dependiendo de la posesión y el uso del poderío
militar». La acción militar unilateral sería una muestra de po-
der; el pactismo europeo, el reflejo de su debilidad. Kagan
olvida que Kant no era ningún alucinado ni un buenista ingenuo;
en su ensayo Por la Paz Perpetua, reconocía que la paz era
tarea bien difícil, pero que merecía la pena tratar de alcanzarla
mediante el derecho internacional. Tampoco era un pacifista a
ultranza, la guerra era para él la ultima ratio para resolver con-
flictos que no podían solucionarse de otra manera, pero criti-
caba a quines utilizan la guerra «no según leyes universal-
mente válidas, sino con la fuerza y según criterios unilate-
rales».
En Estados Unidos más del 70% de los ciudadanos está a
favor de la guerra en Irak y en Europa más del 70% está en

Ernesto Milà 65
contra de la guerra. Kagan en su obra parece desconocer que
desde hace 2000 años, Europa ha sido el teatro de guerras y
enfrentamientos fratricidas, mientras que EEUU, desde la gue-
rra civil de 1860, solo ha sufrido los ataques del 11–S. El pue-
blo norteamericano desconoce los efectos de una guerra mo-
derna sobre su propio territorio. Europa es la voz de la expe-
riencia y de la sabiduría en esto de la guerra. Kagan sostiene
que las dos guerras mundiales del siglo XX han hecho posible
que los europeos trataran de crear un sistema en el que la gue-
rra quedara obsoleta, mientras que EEUU, al otro lado del
océano, vive en un mundo «mucho más peligroso en el que la
acción militar sí que está justificada».
Kagan olvida que no todo es potencia militar en el mundo
extremadamente complejo del siglo XXI. La UE es hoy la pri-
mera potencia económica y comercial del mundo. Kagan olvi-
da que la UE está camino de consolidar una misma actitud en
política exterior y de defensa y que sus 420 millones de habi-
tantes tienen un buen nivel cultural, están unidos por un conjun-
to de valores que definen la identidad europea y que confieren
credibilidad objetiva a Europa ante los efectos negativos de la
globalización. Kagan olvida –acaso por que le tiene absoluta-
mente sin cuidado– que la UE aporta el 60% de la ayuda oficial
al desarrollo y de la ayuda humanitaria mundiales y que en las
zonas castigadas de Bosnia–Herzegovina y Kosovo asume el
80% de la ayuda a la reconstrucción y el 80% de las fuerzas de
paz. En otras palabras: la UE es, mal que le pese a Kagan, un
actor internacional de primero orden. Alude irónicamente, a la
«misión civilizatrice» europea empeñada en jugar a la contra
con el poder americano, olvidando que es «débil». Para Kagan,
lo esencial de esa debilidad es el aspecto militar «el poder, la
fuerza militar de EEUU, ha producido una propensión a
usar ese mismo poder; la debilidad militar de Europa ha
producido una comprensible aversión hacia el ejercicio del
poder militar… un interés por habitar un mundo donde el

66 Lo que está detrás de Bush


poder militar no importa, donde predominan la ley y las
instituciones internacionales». Todo lo que Europa hace, lo
hace desde la debilidad y, por tanto, tiene el sello de la debili-
dad. Y, como todos los débiles, buscan la «paz perpetua» que
les evite el compromiso. Este razonamiento lleva hasta Kant.
Los EEUU, por el contrario, ven en el escenario mundial fuer-
zas anárquicas que actúan sin control, frente a las cuales, los
EEUU han decidido ejercer su poder. Kagan opina que, en la
actual situación, no se puede confiar en leyes y reglas interna-
cionales, sino que la seguridad real y la defensa y promoción
de un orden liberal depende del poder militar. Su exposición
teórica se acompaña por una síntesis gráfica que parafrasea el
título de un best–seller norteamericano: «los americanos son
de Marte y los europeos son de Venus».
Sin embargo, las tesis de Kagan son equívocas. Tiene razón
en afirmar que en la escena internacional actúan fuerzas
descontroladas y que la confianza de Europa en los organis-
mos internacionales se debe a su falta de decisión. Acierta en la
desproporción tecnológica existente entre el poder militar ame-
ricano y el europeo, pero las cosas son mucho más complejas
de cómo nos la cuenta: para Europa es cuestión de tiempo el
unificar políticas exteriores y de defensa, es cuestión de tiempo
el concentrar parte de su presupuesto hoy destinado al desa-
rrollo de las zonas deprimidas del continente y a financiar la
modernización de estructuras de las nuevas incorporaciones a
la Unión, para mañana aumentar la inversión en tecnologías de
defensa. ¿Veinte años? No, más. En ese tiempo, los EEUU,
que llegaron al límite de su poder con el derribo escenificado
de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad, solo les queda
declinar. El declive se está produciendo ya en estos momentos:
por que EEUU vive una guerra civil racial y social, larvada,
soterrada, pero no por ello menos real. Y un no menos real
déficit público sin precedentes en la historia de la humanidad.
EEUU no es, como quiere Brzezinsky y sus compañeros, la

Ernesto Milà 67
«Nueva Roma»… muchas de sus características recuerdan a
Cartago, pero es que, además, EEUU son la inversión, el refle-
jo especular de la antigua grandeza de Roma. Roma se podía
jactar de ser civilizadora. El propio Brzezinsky en el primer
capítulo de su «Tablero Mundial», reconoce «cierta tosque-
dad» a la cultura norteamericana. A partir de ahí, puede dedu-
cirse que Kagan elude aspectos esenciales de la cuestión. Su
libro tiene la virtud de explicar el núcleo duro del pensamiento
conservador americano en versión apta para observadores eu-
ropeos. Porque Kagan, calla lo esencial: que esta geopolítica
expansiva, esta voluntad de poder fuera de toda medida, tiene
una médula mística que resulta evidente al examinar de cerca
las declaraciones de algunos líderes políticos y personajes pú-
blicos de la vida americana. Ya hemos visto una de las compo-
nentes de esta doctrina esotérica a través de Leo Strauss, apta
sólo para los «filósofos». Hemos terminado el capítulo anterior
diciendo que los «filósofos» difunden entre las masas una com-
binación de nacionalismo y religión, como mitos necesarios para
ejercer el control sobre las masas. No es raro que la base so-
ciológica del neoconservadurismo norteamericano esté forma-
do por los llamados «cristianos renacidos».
El papel de los «cristianos renacidos»
El historiador Gabriel Jackson escribía: «El factor más im-
portante en la opinión pública estadounidense, que no es
apreciado lo bastante ni por los liberales seglares estado-
unidenses ni por el mundo europeo en general, es la impor-
tancia de la cristiandad bíblica. Me quedé asustado recien-
temente al leer una encuesta Gallup que afirmaba que el
68% de las personas encuestadas creía en el diablo, que el
48% creía en el «Creacionismo», la creación directa del uni-
verso entero por Dios tal como se describe en el libro del
Génesis, más que en la evolución darwiniana, y que el 46%
se consideraban cristianos renacidos». Jackson, sin duda, se
sentiría más asustado si supiera que en 2003, el 90% de los

68 Lo que está detrás de Bush


norteamericanos creían en Dios el 82% en la vida eterna, el
60% asistía algún tipo de oficio dominical y otro 60% rezaba
cada día. De las 15000 confesiones religiosas que conviven en
los EEU, el 60% son protestantes, el 25% católicos, los judíos
son seis millones y los musulmanes tres. Estas cifras no tendrían
nada de sorprendente y serían un rasgo específicamente ameri-
cano, especialmente por el seguimiento de las sectas nacidas
en aquel territorio (amish, mormones, cuáqueros, amanas, apos-
tólicos, angloisraelitas, dunkers, etc.), sino fuera por que una
parte muy importante sostiene posturas extremistas,
fundamentalistas, rayanas en el terrorismo.
El caso de Randall Terry, fundador del violento grupo terro-
rista anti–abortista denominado «Operation Rescue» es signifi-
cativo. Su rechazo al aborto no se limita a realizar campaña
contra el aborto e intentar la aprobación de iniciativas que limi-
ten esta práctica. Randall Ferry entra perfectamente dentro de
lo que podemos llamar en rigor, terrorismo: «Ustedes los
abortistas mejor que corran, porque los vamos a encon-
trar y los vamos a ejecutar. Hablo muy en serio. Parte de
mi misión es el enjuiciamiento y la ejecución de ustedes.
Yo soy un Reconstruccionista Cristiano. Yo creo que la Igle-
sia debe gobernar este país. A los que dicen que debemos
separar a la Iglesia del Estado yo le digo que la Biblia Cris-
tiana es el centro de la civilización». Por su parte, Clayton
Lee Wagner, miembro de un grupo similar, se explica en térmi-
nos parecidos: «Dios me ha llamado a hacer la guerra con-
tra sus enemigos....y no le importa a Dios o a mi si eres una
enfermera, una recepcionista, un contador o barrendero...Si
trabajas para un abortista yo te voy a matar».
Podría decirse que tanto Ferry como Wagner son margina-
les dentro de la sociedad americana. Es posible, pero Jerry
Falwell, no era un marginal, sino el predicador más significativo
del conservadurismo religioso norteamericano, encargado de
celebrar la ceremonia fúnebre el 13–S tras los atentados con-

Ernesto Milà 69
tra el WTCV. Fue allí donde dijo, textualmente: «Yo realmente
creo que los paganos, los abortistas, las feministas, los ho-
mosexuales, las lesbianas, los derechos civiles (ACLU) y
People For The American Way, todos ellos tienen la culpa
de que Dios haya permitido que esto haya pasado [Las
Torres Gemelas]. Yo apunto mi dedo acusador en sus caras
y se lo digo».
Falwell organizó en los años 80 la «Mayoría Moral», uno
de los grupos que apoyaron decisivamente la elección de
Reagan como Presidente. La idea de Falwell y de la «Mayoría
Moral» es que los EEUU están en crisis por que han dado la
espalda a los valores originarios de la nación, aquellos que se-
llaron la alianza entre Dios y su pueblo –los EEUU, por su-
puesto–; las desgracias que los EEUU sufrieron el 11–S es
producto de ese alejamiento, de la misma forma que los per-
cances del Israel bíblico se debieron al mismo motivo y a la
ruptura de la «Alianza».
De Princeton a los telepredicadores
Para entender la situación actual de la nueva derecha reli-
giosa, es preciso viajar hasta principios del siglo XX cuando
Lyman Steward y un grupo de teólogos protestantes de
Princeton, publicaron una colección de doce folletos titulado
«Fundamentalism: a testimony of the truth». La palabra
«fundamentalismo» deriva de este grupo que proponía un estilo
de vida rigorista y dictado por las páginas de la Biblia. En los
tiempos en los que el progreso generaba problemas de identi-
ficación para los cristianos, los «fundamentalismos» presenta-
ban la vida austera y la observación de los preceptos bíblicos
como la forma más adecuada para afrontar la modernidad.
Políticamente, este grupo se convirtió en un ala del Partido
Republicano. En aquel momento afrontaron una lucha extre-
madamente dura contra los darvinistas en nombre del
«creacionismo». Su aceptación del texto bíblico, no solamente
en su sentido moral, alegórico o simbólico, sino también en su

70 Lo que está detrás de Bush


interpretación de la génesis del ser humano –«Y Dios creó al
hombre»– les llevó necesariamente a rechazar las nuevas co-
rrientes del pensamiento científico.
Cuando fueron un número suficiente, dieron vida a diversos
grupos militantes: primero la «Liga de América» y luego «Cru-
zada anticomunista». Estos grupos estaban perfectamente adap-
tados al marco del anticomunismo generado a partir del «Gol-
pe de Praga» en 1948, pero siempre fueron a la zaga de orga-
nizaciones mejor dotadas desde el punto de vista doctrinal, como
la «John Birch Society». A partir de los años 60, estos grupos
fundamentalistas cristanos empezaron a parecer inadecuados
para una sociedad que había descubierto la píldora, la minifal-
da, la liberación sexual, el rock y el movimiento hippy. A medi-
da que se avanzó en la década de los 60, los grupos
fundamentalistas, fueron perdiendo influencia y, por eso mis-
mo, radicalizándose aún más. Ya no eran solo enemigos de los
comunistas, sino de lo que ellos llamaban «criptocomunismo»
que, en buena medida, correspondía a sectores que nada te-
nían que ver con el Partido Comunista ni con ninguna de las
agrupaciones marxistas organizadas. Esta radicalización no
contribuyó a aumentar su influencia. Aquellos años fueron de
un crecimiento económico espectacular y, difícilmente, podría
exigirse austeridad y rigorismo a una población que estaba
degustando a placer las mieles del consumo y de una prosperi-
dad económica innegable.
El fundamentalismo cristiano languideció a lo largo de toda
la década de los 60 y solamente logró recuperarse a finales de
los 70, cuando emergió gracias al fenómeno de los
telepredicadores. Fue en ese momento cuando irrumpió Jerry
Falwell y su «Mayoría Moral», pero también Bil Graham, Pat
Robertson y Pat Buchanan. Su lenguaje era mucho más agresi-
vo y directo, se agruparon en la «nueva derecha cristiana» que
aportó el elemento más dinámico a la elección de Ronald Reagan.
En 1989 se funda la Coalición Cristiana y unos años antes, el
núcleo había dado vida a la Christian Broadcasting Network,

Ernesto Milà 71
una estación de TV especialmente dedicada al fundamentalismo
religioso. El grupo decidió que el campo más adecuado para
su acción era la política. Como hemos dicho, participaron de-
cisivamente en la elección y en la reelección de Reagan, pero
en 1988, Pat Robertson se presentó a la nominación como
presidente y cuatro años después lo intentó Buchaban. Ambos
fracasaron en su empeño. Podían influir en la sociedad… pero
no dirigirla directamente.
Cuando subió al poder Bill Clinton, el grupo pareció langui-
decer de nuevo, pero se trataba de un espejismo. De hecho, al
producirse el episodio Levinsky, tras la Coalición Cristiana que
desempeñó lo esencial de la agitación, se encontraban Dick
Chenney y Ronald Rumsfeld, mucho más diestros en el manejo
de las campañas de alta política. Con Bush, los fundamentalistas
tocaron de nuevo poder e impusieron a la administración un
programa que el propio Bush compartía sin fisuras. Todos par-
tían de la vieja idea de que los EEUU son la nación elegida por
Dios, el nuevo pueblo elegido, los judíos de la modernidad,
ideas que les llevaban a una mezcla de mesianismo enfermizo y
unilateralismo exasperado, teniendo como trasfondo en políti-
ca interior una reacción brutal contra el laicismo. Su programa
exigía el retorno a la religión a la escuela, la protección de la
familia, la lucha contra el divorcio, el aborto, la homosexuali-
dad y el feminismo. El 13–S, Bill Graham resumió esta ideolo-
gía llamando al «arrepentimiento» de los norteamericanos, sus
pecados habían causado el castigo de Dios –los ataques del
11–S– si querían prevenir nuevos atentados debían aceptar el
reinado de Dios, el arrepentimiento de sus pecados colectivos
y… la defensa del derecho del Estado de Israel a existir en las
fronteras conquistadas durante la «Guerra de los Seis Días» en
1967.
El «Destino Manifiesto» como referencia
Cuando estalla la guerra de independencia de los EEUU,
Francia y España ayudan a los colonos. La ayuda española

72 Lo que está detrás de Bush


existió pero no es tan conocida como la de Lafayette o
Beaumarchais. En aquel momento, España controlaba Cuba y
Luisiana (un espacio muy superior al actual Estado de ese nom-
bre que abarcaba desde el Golfo de Méjico hasta el Canadá,
entre el Mississippi y las Montañas Rocosas. España facilitó a
la rebelión de las colonias armas, medicamentos y víveres. El
General Gálvez estuvo en esos días en contacto con las tropas
de Washington. A decir verdad, España alimentó a la hiena que
finalmente la devoró. Ya en 1818 se produce la invasión de
Florida, perteneciente a España, desde donde los indios
semínolas, realizaban incursiones en el territorio de EEUU. El
presidente Andrew Jackson aludió entonces a «esos odiosos
caballeros españoles». España, que en aquel momento afron-
taba la rebelión de las colonias sudamericanas no pudo hacer
nada para evitar la pérdida de Florida que, finalmente, fue com-
prada por cinco millones de dólares. En ese momento, esta
expansión territorial respondía a un impulso mesiánico todavía
no plasmado en declaraciones expresas. Aún habría que espe-
rar casi treinta años para que las dos principales orientaciones
de la política exterior norteamericana (todavía hoy en vigor)
fueran enunciadas expresamente: la doctrina del Destino Mani-
fiesto y la Doctrina Monroe.
En 1840, John Louis O’Sullivan publicó un grupo de artícu-
los cuyo tema central era «El Destino Manifiesto». Se justifica-
ba la expansión americana en todos los continentes basándose
en la doctrina racista de la superioridad racial.
Esta expansión se produjo en distintas oleadas tras el triun-
fo de la rebelión de las 13 colonias iniciales. Inicialmente, la
expansión se orientó hacia el Oeste, entre Río Grande y Cana-
dá. Fueron las «guerras indias» que abarcaron casi todo el si-
glo XIX norteamericano con distintos sobresaltos y con el pa-
réntesis de la guerra civil en el que se formaron unidades indias,
hecho significativo, que combatieron contra los nordistas. El
procedimiento expansivo consistía en asentar colonos y luego

Ernesto Milà 73
provocar incidentes que terminaban con el exterminio o la ex-
pulsión de los indígenas. Mayor importancia tuvo la guerra contra
Méjico, con la caída de El Alamo permitida por el ejército nor-
teamericano para justificar la intervención posterior contra el
vecino país al grito de «Alamo Revenge» (vengar el Alamo)
que supuso la pérdida de 1/3 de su territorio. A partir de ese
momento, EEUU fue un país transoceánico que abarcaba des-
de el Atlántico al Pacífico y desde el Río Grande a la frontera
canadiense.
La segunda oleada expansiva partió de las tesis racistas de
John Fiske, Strong, Burgess y Mahan, en las que se sostenía el
supremacismo anglosajón. La «raza anglosajona» y su lengua
eran consideradas superiores a las de sus vecinos y a cualquier
otra. Estos escritos, descaradamente racistas y que harían pa-
lidecer a los xenófobos del siglo XXI, prepararon la interven-
ción en Centro América y la aparición de la doctrina Monroe
que, finalmente, fue el centro de esta segunda oleada expansiva.
La Doctrina Monroe, establecía que el territorio de América, ni
del Norte, ni del Centro, ni del Sur, podía ser colonizada por
europeos. O dicho de otra manera: «América para los ameri-
canos… del Norte». Durante este período el expansionismo
tuvo como hitos principales los sucesivos intentos de invasión
de Cuba a partir de mediados del XIX y la construcción del
Canal de Panamá con el dominio efectivo sobre territorio pa-
nameño. En 1841 ya se produjeron dos locos intentos de inva-
dir Cuba por parte de 150 aventureros de EEUU que partie-
ron desde Miami. Poco después, el presidente Quincey Adams
exponía que «Cuba caerá en manos de EEUU como fruta
madura». Y en 1858, cuando se aproximaba la guerra civil, el
«Manifiesto de Ostende», rubricado por tres diplomáticos nor-
teamericanos destinados en Europa, reiteraba el derecho de
apoderarse de Cuba si España no accedía a vender la isla.
Luego vino la guerra civil, el proceso de reconstrucción, un
momento en el que España todavía poseía una flota eficiente y

74 Lo que está detrás de Bush


disuasiva y el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista
en Cuba que impedía que la venta pudiera realizarse sin que
conllevara la interrupción del proceso independentista de la isla.
Así pues, los norteamericanos optaron por avivar la rebelión
cubana. La flota española mostró su eficacia a la hora de dete-
ner un alto número de buques norteamericanos que enviaban
armas y municiones a los rebeldes. En cada episodio, EEUU
denunciaba que suponía un atentado al «libre comercio». Lue-
go, EEUU intentó imponer un tratado comercial humillante para
España con la intención confesada de defender los derechos
de los inversores norteamericanos en la isla. A partir de 1887,
EEUU decide que lo esencial de su expansión debe realizarse
por vía marítima y, desde entonces, el poder naval de éste país
empieza a superar al de España. En 1896, el presidente
Cleveland dice ante el congreso que los EEUU deben interve-
nir en la isla, empleando argumentos tan absolutamente falsos y
mendaces como los utilizados cien años después por George
W. Bush y sus altos funcionarios para justificar las intervencio-
nes en Irak y Afganistán. Cuando es sucedido por McKinley le
dice textualmente: «Siento profundamente, Sr. Presidente,
dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará
antes de que transcurran dos años». En efecto, llega 1898 y
con él la explosión del Maine tan extraña como cien años des-
pués ha resultado el atentado contra las Torres Gemelas.
Aún se produjeron otros dos impulsos expansivos. Asegu-
rado el control sobre el territorio norteamericano (nueva fron-
tera hacia el Oeste y guerra contra México), asegurado el con-
trol sobre el «patio trasero» (el Caribe y Centro America), los
EEUU miran hacia Europa donde se encuentra, en las primeras
décadas del siglo XX, el centro del capitalismo mundial. EEUU
no pararán hasta vencer las reticencias aislacionistas de su po-
blación e inmiscuirse en la «guerra europea» que, con ellos,
pasa a ser mundial. La siguiente vuelta de tuerca será, la inter-
vención en la Segunda Guerra Mundial, la victoria, la recons-

Ernesto Milà 75
trucción de Europa a cambio de eliminar aranceles proteccio-
nistas y tener a los países vencidos (Alemania y Japón) por
meros protectorados durante décadas.
Finalmente, la caída del comunismo y la doctrina oficial del
stablishment, suponía consagrar a la «hiperpotencia» norteame-
ricana como una garante de la paz y la estabilidad mundial. O
tal era la pretensión que debía realizarse mediante la
globalización económica. Pues bien, en todo este impulso ex-
pansivo la doctrina del «destino manifiesto» ha sido siempre el
eje central de la política norteamericana en función de la cual se
justificaban las operaciones intervencionistas.
Esta tendencia hacia el «expansionismo» fue observado por
Alexis de Tocqueville cuando escribió: «Mientras no tenga
delante más que países desiertos o poco habitados, mien-
tras no halle en su camino poblaciones numerosas a través
de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá ex-
tenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados
por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos
diques imaginarios. Cuando Tocqueville escribía estas líneas,
lo hacía influenciado por el «espíritu de la frontera» que llevaba
a los nacientes EEUU a extender la colonización hacia el Oes-
te. Tocqueville no percibió que la importancia futura de los EEUU
derivaría de que, por primera vez en la historia, aparecía una
nación capaz de unir el desarrollo del capitalismo con la cons-
trucción nacional. Esa combinación hizo que la frontera no se
detuviera cuando los colonos llegaron al Atlántico sino que pro-
siguiera en los cuatro círculos de expansión que hemos defini-
do.
En 1777, John Jay aseguraba que el norteamericano era el
primer pueblo favorecido por Dios al tener ocasión de elegir su
forma de gobierno. Sólo tres años después, Samuel Cooper
aludía a la «misión providencial de EEUU de transformar
gran parte del globo en asiento del conocimiento y la liber-
tad». Por su parte, John Adams, quien reemplazó a Washing-

76 Lo que está detrás de Bush


ton en la presidencia, explicó que los EEUU tenían como mi-
sión emancipar a toda la humanidad. Franklin aseguró que, tam-
bién «la Providencia» había dado «un lugar de honor a los
EEUU para luchar por la dignidad humana». Tom Paine,
en la misma senda, recordaba a sus lectores que «La causa de
América es la causa de toda la humanidad». El senador
Albert Beveridge, en 1900, en un discurso explicaba: «Dios
preparó al pueblo de los EEUU para ser dueños y organi-
zadores del mundo (…) Dios ha elegido al pueblo norte-
americano como nación elegida para iniciar al regenera-
ción del mundo». Walt Whitman, a su vez, en 1846 escribió:
«Nos encanta disfrutar con pensamientos acerca de la fu-
tura extensión y poderío de esta república, porque con su
crecimiento, crecen la felicidad y libertad humana». El eco-
nomista Johan Galting era de la misma opinión cuando escribía:
«tenemos la obligación mesiánica de asumir aspectos divi-
nos de omnipotencia, bondad y misericordia infinitas»…
Finalmente, el presidente Woodrod Wilson en 1902 expresó el
mismo estado de espíritu con estas palabras: «En nuestro pue-
blo ha estado siempre presente una poderosa presión des-
plazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y
territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total liber-
tad de un mundo virgen. Es un destino divino que ha confi-
gurado nuestra política»…
Podríamos multiplicar las citas en la misma dirección que
nos indicarían que la ideología dominante en EEUU, de la que
George W. Bush y su administración se hacen eco es apenas
una forma de mesianismo vigoroso, mezcla de ingenuidad, ci-
nismo y alucinación mística que les «obliga» a ejercer el castigo
para liberar a la humanidad de las garras del mal. Hemos segui-
do declaraciones mesiánicas que abarcan desde la fundación
de los EEUU, de ahí que la última frase seleccionada fuera
pronunciada el 8 de mayo de 1999 por el Fiscal General y
Secretario de Justicia, John Ashcroft, hombre de nuestro tiem-

Ernesto Milà 77
po, que alude a las ideas de siempre con estas palabras: «Úni-
ca entre las naciones, los EEUU han reconocido la fuente
de nuestro carácter como cosa divina y eterna, no cívica o
temporal. Como nuestra fuente es eterna, somos diferen-
tes. No tenemos otro rey que Jesús…». Esta ideología ha es-
tado siempre viva en la derecha estadounidense y ha sido evo-
cada por George Bush, padre e hijo, muchas veces han hecho
referencia a «nuestra superioridad moral» para justificar las
intervenciones político–militares en cualquier parte del mundo.
Declaraciones de este estilo no habría llamado la atención en
otro tiempo, hoy, además de una muestra de subjetividad, es
también la evidencia de una ignorancia histórica palmaria y
rallana en el analfabetismo estructural.
De tal estado de espíritu deriva la doctrina del «destino ma-
nifiesto» formulada por el periodista John O’Sulivan justifican-
do la anexión de Tejas, que llevó a la firma del Tratado de
Guadalupe–Hidalgo. La idea es que los americanos tenían el
derecho e incluso la obligación de expandir su dominio sobre el
continente, ya que se consideraba que era la «voluntad de Dios».
La formulación de O’Suivan venía en el momento adecuado:
se trataba, por una parte, de justificar las «guerras indias» y el
exterminio del pueblo indígena. De otra parte, tenía mucho
que ver con el proceso de los países sudamericanos y centro-
americanos por su independencia. La Doctrina Monroe se ha-
bía anticipado en 1823, dos años después de que España re-
conociera la independencia de México. El concepto de Desti-
no Manifiesto es la siguiente vuelta de tuerca de la misma polí-
tica. En apenas cuatro años, a partir de 1840, los EEUU dupli-
caron su territorio nacional. Este empuje fue considerado como
parte de un proceso inexorable querido por «la Providencia» e
impulsó a O’Sulivan a formular su teoría según la cual esta ex-
pansión territorial era el «destino manifiesto» que culminaba en
la «dominación de todo el continente». Luego se formularía la
«doctrina Monroe» que consagraría esta tendencia. No todos

78 Lo que está detrás de Bush


los norteamericanos, ni siquiera todas las fuerzas políticas, aún
aceptando la idea del «destino manifiesto», coincidían con esta
tendencia expansionista; algunos pedían que se definiera el te-
rritorio que debía adquirirse y cuando lo decían estaban pen-
sando en compras territoriales. Pensaban que los territorios li-
mítrofes, contiguos a los EEUU, terminarían uniéndose a ellos
voluntariamente: «caerían como fruta madura», decían. Pero
la tendencia general de quienes enunciaron la abusiva teoría del
«destino manifiesto» era a pensar en una expansión rápida aun-
que fuera a costa de emprender guerras de conquista.
La «Doctrina Monroe» y la teoría del «Destino Manifiesto»
contribuyeron, a la consolidación de la conciencia nacional y la
coherencia interna de los EEUU. Mientras la primera excluía a
Europa de cualquier veleidad de estar presente en Centro y
Suramérica, la segunda contribuía a justificar el recurso a la
guerra. En la práctica, ambos principios siguen en vigor en nues-
tros días y constituyen lo esencial de la política exterior norte-
americana.
O’Sullivan, dio la definición de lo que entendía por «Desti-
no Manifiesto»: «Es nuestro destino manifiesto esparcirnos
por el continente que nos deparó la Providencia para que
en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones
y millones de norteamericanos». En esa época, la balanza
entre los Estados que estaban a favor de la esclavitud y los que
estaban a favor del trabajo asalariado, se mantenía en equili-
brio, pero la incorporación de cualquier nuevo Estado podría
romperlo a favor de una u otra opción.
Las dificultades de la invasión de Nicaragua convencieron a
muchos norteamericanos de que era necesario descartar la idea
de una república transcontinental. Percibieron que si se dilata-
ban excesivamente las fronteras y se integraban en ella contin-
gentes con otra lengua y otra raza, se debilitaría la cohesión de
los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX, las nuevas tecnolo-
gías de la época aplicadas al transporte (los barcos de vapor) y

Ernesto Milà 79
a las comunicaciones (el telégrafo) parecían espectaculares.
Ambos inventos fueron aplicados para mejorar la comunica-
ción entre los distintos Estados de la Unión. En ese contexto
cobró fuerza y peso la corriente «expansionista e
intervencionista» que desde entonces siempre ha estado viva
en los EEUU. Ciertamente, los EEUU tenían tierras desocupa-
das y no era preciso conquistar otras lejanas para dar asiento a
nuevos colonos. Aunque los inmigrantes afluían sin cesar desde
Irlanda, Alemania e Italia, los contingentes llegados no eran
suficientes. En ese contexto apareció la corriente
«expansionista» que tomaba como referencia algunas frases del
segundo presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, y propo-
nía la adquisición o conquista sin fin de nuevos territorios para
cumplir el «destino manifiesto». Esto, proseguían, serviría, no
para debilitar la Unión, sino para que las generaciones futuras
pudieran disponer de abundantes recursos económicos. Entre
estos sectores se encontraban algunos teóricos del esclavismo
de los Estados del Sur. Nuevos Estados, con nuevos esclavos,
aumentarían el poder político de los Estados del Sur, pues, no
en vano, tales Estados solo podían situarse al Sur, es decir, más
próximos al área de influencia de lo que luego sería la Confe-
deración americana. Sólo así, los EEUU podrían competir con
el comercio británico, especialmente por el control de los mer-
cados asiáticos, algo que estaba en mente de los expansionistas
desde que fue arrancado a México el territorio de California y
se podía contar con el puerto de San Francisco como base
para la expansión por el Pacífico hacia Asia. La crisis económi-
ca de 1837 en la que un exceso de producción agrícola hundió
los precios, dio nuevos argumentos a los expansionistas para
que se buscaran nuevos mercados en el exterior y, para ello,
había que disponer de bases en todo el mundo. Por esas fe-
chas, Inglaterra era la pesadilla de la nueva nación, especial-
mente en los Estados del Sur. En 1843, el Sur denunció que
Inglaterra estaba promoviendo la abolición de la esclavitud en

80 Lo que está detrás de Bush


EEUU; acto seguido proclamaron la necesidad de incorporar
a la República de Texas para asegurar los intereses de los te-
rratenientes algodoneros del Sur. Fue así, como, poco a poco,
la doctrina del Destino Manifiesto se fue convirtiendo en cada
vez más agresiva y que hacía del «brazo militar» y del recurso a
la guerra, los elementos tácticos más habituales para su realiza-
ción.
La guerra contra México (1846–1848), hizo que los EEUU
se apropiaran de California, Nuevo México, Texas. Luego, el
proceso de anexión se decantó hacia la América ítsmica, dado
que tras la «fiebre del oro» en California (1848), el territorio de
Nicaragua adquirió importancia como ruta más corta entre los
puertos del Atlántico y los del Pacífico. En esos años la ruta
entre unos puertos y otros de la Unión se realizaba a través de
Nicaragua. De ahí surgió la idea de construir un canal
transoceánico que, finalmente, se haría realidad en Panamá.
Los años 1856–1857 fueron de gran inestabilidad en la región,
generada siempre desde los EEUU que no dudaron en romper
el «pacto centroamericano» y facilitar discordias civiles en Ni-
caragua. El llamado «filibusterismo» estadounidense terminó
dominando la región. En 1854, Francisco Castellón y Byron
Cole en 1854, firmaron un contrato que permitía contratar mer-
cenarios para que combatieran en Nicaragua a favor de los
liberales y en su lucha contra los conservadores. Dado que en
1818 en Congreso de los EEUU había aprobado una «ley de
neutralidad», William Walker logró que Castellón redactara el
contrato indicando que los «mercenarios» debían colonizar el
país, garantizándoles el mismo derecho que tenían en su país a
portar armas. William Walker contó inicialmente con 58
«filibusteros» que, a lo largo de la guerra centroamericana, ter-
minaron siendo 6000. Se trató de las primeras tropas norte-
americanas que actuaron en el extranjero. Finalmente, Walker
terminó conquistando la ciudad de Granada, convirtiéndose en
el árbitro de la situación. A partir de ese momento, la política

Ernesto Milà 81
nicaragüense estuvo dictada por el aventurero al servicio de la
administración norteamericana. Costa Rica comprendió que era
la siguiente ficha del dominó centroamericano. El 20 de no-
viembre de 1855, el presidente don Juan Rafael Mora Porras
proclamó: «Costarricenses: la paz, esa paz venturosa que,
unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha aumentado
tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamen-
te amenazada...». Walker respondió negando que tuviera
ambiciones sobre Costa Rica y acto seguido mandó al coronel
Louis Schlessinger, otro «filibustero», para que exigiera «una
franca explicación sobre la política que ha estado obser-
vando Costa Rica con respecto del actual Gobierno de Ni-
caragua». Schlesinger, por cierto, no era coronel, sino cabo
austríaco, perseguido en Alemania por desfalco y robo. La
comisión no fue recibida por los dignatarios costarricenses lo
cual fue tomado por Walker como una ofensa personal y le
incitó a reclutar más filibusteros. En marzo de 1856, cuando la
amenaza era innegable, el presidente Juan Rafael Mora Porras
convocó a los costarricenses: «…¡A las armas! Ha llegado el
momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a des-
truir esa falange impía que la ha reducido a la más
oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la liber-
tad de nuestros hermanos…!». Walker resultó derrotado y
con él la ambición de incorporar territorialmente Centroamérica
a los EEUU.
El conflicto político–militar tuvo un carácter de lucha de «li-
beración nacional». No se opuso solamente al «filibusterismo»,
sino también y sobre todo, a la doctrina Monroe y a la teoría
del «Destino Manifiesto». La guerra centroamericana de 1856–
1857 fue un percance inesperado en la política expansionista
norteamericana, pero también supuso el primer choque evi-
dente entre dos concepciones específicamente norteamerica-
nas: la de los granjeros aislacionistas que no querían saber nada
de aventuras internacionales y preferían no actuar, ni siquiera

82 Lo que está detrás de Bush


opinar, sobre los asuntos internos de los países vecinos, y aquella
otra que no tenía empacho en manifestar claramente su volun-
tad intervencionista. A lo largo del siglo XX esta dialéctica
«aislacionismo–intervencionismo» constituirá el eje central de
las grandes aventuras históricas norteamericanas. Tanto es así
que para resolverla, la clase dirigente norteamericana hubo de
recurrir frecuentemente a la provocación. Fue así como se ge-
neró un «modelo histórico» (el «Motín del Té» de Boston) re-
petido desde las profundidades de la historia norteamericana
hasta nuestros días (mentiras previas a la invasión de Irak).
En 1823, el presidente James Monroe lanza la doctrina que
llevaría su nombre en el curso de un mensaje al Congreso. El
derrumbe del Imperio Español, la emancipación de las colo-
nias en sudamérica, había despertado las ambiciones inglesas.
A continuación, EEUU intervino militarmente en 1824 en Puer-
to Rico, en 1845 y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en
1860 en la provincia de Panamá y nuevamente en Nicaragua.
La situación era tan alarmante que en 1847, Chile, Bolivia,
Ecuador, Colombia y Perú se reunieron en Lima alarmados
por este intervencionismo. Al año siguiente, estalló la guerra
contra México. Pero no fue sino hasta la conclusión de la gue-
rra de secesión norteamericana que los EEUU tomaron con-
ciencia de su inmensa poder. En 1880, cuando la «conquista
del Oeste» ya había concluido, el presidente Ulysses Grant no
ocultó su proyecto de controlar la totalidad del continente: fue
la política del big stick (palo grande) que llevó a las interven-
ciones militares directas, a la anexión de nuevos territorios o a
la formación de «protectorados». El 15 de febrero de 1898 el
acorazado estadounidense US Maine explotó en La Habana,
pretexto que el presidente William McKinley utilizó para de-
clarar la guerra a España. La culminación de lo que Theodore
Roosevelt llamó «espléndida pequeña guerra», fue la con-
quista de Puerto Rico. En el Tratado de París del 10 de diciem-
bre de 1898, España renunció también a Cuba y a las Filipinas.
Cínicamente, en 1901, incorporó a su constitución la enmienda

Ernesto Milà 83
Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901, en vir-
tud de la cual Cuba debía aceptar el derecho de intervención
de EEUU para «preservar la independencia cubana y man-
tener un gobierno que protegiera la vida, la propiedad y las
libertades individuales». «Con el fin de cumplir con las
condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener
la independencia de Cuba y proteger a su pueblo, así como
para su propia defensa el gobierno de Cuba venderá o al-
quilará a Estados Unidos el territorio necesario para el
establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones
navales en algunos puntos determinados». Algo más de un
siglo después, la base de Guantánamo sigue siendo testimonio
ignominioso de esta política. Cuba pasó de depender de Espa-
ña a depender de EEUU que intervino militarmente en la isla en
1906, 1912 y 1917, siendo hasta 1934 un mero protectorado.
«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados
Unidos a la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos fla-
grantes donde se encuentre frente a determinada mala con-
ducta o a determinada incapacidad, a ejercer, aunque se
resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía», tal
era el corolario de la doctrina Monroe, enunciado en 1903 por
Theodore Roosevelt. Con los mismos argumentos –el respeto
a las «obligaciones internacionales» y «la justicia para con los
extranjeros» (que enmascaraba intereses económicos e inver-
siones de EEUU), «aportar el progreso y la democracia a los
pueblos atrasados», etc– los marines desembarcaron en Méxi-
co, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. En 1912, en
un lapsus o quizás como muestra de la ebriedad que provoca el
poder, el presidente Taft declaró: «Todo el hemisferio nos per-
tenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en
virtud de la superioridad de nuestra raza», lo que traducido
quiere decir que la defensa de la soberanía nacional de territo-
rios que entran dentro del campo de aplicación de la Doctrina
Monroe o que, por algún motivo, obstaculizan la realización
del Destino Manifiesto, se convierten en una rebelión contra la

84 Lo que está detrás de Bush


potencia elegida por Dios. Evidentemente, no hace falta más
excusa para masacrar tales obstáculos.
A partir de la primera concesión obtenida en Costa Rica en
1878, la United Fruit Company construyó un imperio bananero
en la costa atlántica de América Central dotado con millones
de hectárea. La goodwill (buena voluntad) de EEUU (el Tío
Sam, diseñado con sombrero de copa, chaleco de estrellas y
pantalón confeccionado con las barras de la bandera de EEUU)
no puede ponerse en duda, en tanto que pueblo aliado de Dios
que interviene diplomática y militarmente, con autoridad pro-
pia, sin ningún control, en los asuntos internos de estas repúbli-
cas, manifestando la voluntad divina que los guía, de la que la
Doctrina Monroe y la teoría del Destino Manifiesto son su enun-
ciado político. En Honduras, Estados Unidos interviene en cuatro
ocasiones (1903, 1905, 1919 y 1924) para «restablecer el or-
den» (entendiendo por tal, la defensa de los intereses de la
United Fruit y de las compañías forestales y mineras de EEUU).
En 1915, le toca a Haití; una fuerza al mando del almirante
William B. Caperton, desembarca en Puerto Príncipe e impone
una administración norteamericana. Lo mismo había ocurrido
ocho antes antes en la vecina República Dominicana. Esta po-
lítica del big stick, tiránica e intervencionista, se prolongará
con el mismo cinismo hasta 1934 cuando Franklin D. Roosevelt
la reemplazará por la del good neighbourhood (buena vecin-
dad).
En los cuatro años siguientes, la Conferencia para el Man-
tenimiento de la Paz (1936) y la VIII Conferencia de los Esta-
dos Americanos (1938) reconocerán la soberanía de cada país
del hemisferio Sur. Asegurado el dominio económico ¿para qué
comprometerse a más? El pensamiento de la clase dirigente
norteamericana, aspiraba en ese momento a una proyección,
no sólo hemisférica, sino mundial.
Como hemos dicho, la rivalidad con Inglaterra para contro-
lar los mercados asiáticos y el desenlace final de la guerra civil,
hizo que los EEUU buscaran bases en el camino hacia el lejano

Ernesto Milà 85
Oriente. En 1893 reclamaron las Islas Hawai. El almirante
Belknap lo justificó con estas palabras: «Parecería que la na-
turaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado
como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran Repú-
blica». Y el congresista Henry expresó en la misma línea: «Las
queremos porque se hallan más cerca de nuestro territorio
que de cualquier otra nación». Reclamaron el archipiélago
de Hawai y lo obtuvieron. Una vez allí, miraron a Filipinas. El
ex secretario Denby explicó: «Estamos extendiendo las ma-
nos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado». El
problema era que Filipinas no tenía ninguna relación de conti-
güidad con el territorio de los EEUU. No era problema, el se-
nador Beveridge añadió: «¡Nuestra Armada las hará conti-
guas!». Y de Filipinas a la masa continental China. El propio
Beveridge añadió: «las islas Filipinas son nuestra puerta de
acceso a China». Antes, el comodoro Perry había forzado la
puerta de Japón.
En 1902, Woodrow Wilson intentaba justificar este impulso
expansionista aludiendo de nuevo a la doctrina del Destino
Manifiesto: «Esta poderosa presión ejercida por un pueblo
que se desplaza constantemente hacia nuevas fronteras, en
busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total
libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y
como un Destino ha plasmado nuestra política». La reali-
dad era mucho más prosaica: los EEUU, tras haber enlazado
los dos océanos mediante ferrocarril y a través de la construc-
ción del Canal de Panamá, después de haber agotado las posi-
bilidades de expansión en el territorio americano, buscaron plas-
mar su mesianismo en el exterior. Las grandes crisis de la histo-
ria del siglo XX no son otra cosa más que el producto de los
desajustes internacionales provocados por el expansionismo
norteamericano. Fue así como el tiempo pasó.

86 Lo que está detrás de Bush


El PNAC: o el «destino manifiesto»
en el nuevo milenio
El «Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense» fue fun-
dado en 1997 por un grupo de estrategas neoconservadores,
la mayoría de ellos residentes en la capital federal. El objetivo
confesado era «concentrar esfuerzos para preparar el nue-
vo liderazgo mundial de los EEUU». Esta voluntad no se
oculta desde la primera frase del manifiesto fundacional: «la
política exterior y de defensa estadounidense va a la deri-
va», así pues, de lo que se trata es de reivindicar «una política
reaganiana de fortalecimiento militar y claridad moral».
El objetivo fundamental de dicho proyecto es «liquidar la cues-
tión iraquí»… pero está claro que el proyecto va mucho más
allá de este objetivo coyuntural.
El nombre original del grupo es The Project for the New
American Century, más conocido en EEUU por sus siglas
PNAC y cuyo nombre corresponde en castellano al «Proyecto
para el Nuevo Siglo Estadounidense». La declaración
fundacional está firmada por influyentes figuras como Dick
Cheney, Jeb Bush, Lewis Scooter Libby, Dan Quayle, Donald
Rumsfeld, y Paul Wolfowitz. La mayoría de firmantes, habían
pertenecido a las administraciones republicabas de George Bush
y Ronald Reagan. Al PNAC no le gusta hablar sobre él mismo,
pero cuando está obligado a hacerlo (era imposible que pasara
desapercibido para los analistas minuciosos), le gusta presen-
tarse como «un equipo de hombres experimentados en el
ejercicio del poder» que forman «una organización educati-
va sin fines de lucro» y cuyo leit–motiv fundacional nadie en
EEUU condenaría, pues sostienen «que el liderazgo de EEUU
es bueno tanto para EEUU como para el mundo; que ese
liderazgo requiere poderío militar, energía diplomática y
compromiso moral». Su actividad pública se realiza mediante
la organización de seminarios y conferencias y la publicación

Ernesto Milà 87
de documentos para explicar «lo que el liderazgo estadouni-
dense entraña». Así mismo disponen de una web.
William Kristol, Presidente del PNAC
Oficialmente tienden a agrupar «voluntades de ciudada-
nos norteamericanos que apoyen una vigorosa política de
implicación internacional de EEUU». Cuando alguien les
pregunta sobre sus próximas actividades, suelen contestar que
están realizando «debates útiles en torno de la política exte-
rior y de defensa y el papel de EEUU en el mundo». Algo
que, en principio, no parece excesivamente inquietante.
Sin embargo, cuando sabemos que su presidente es William
Kristol, las cosas dejan de estar tan claras. Kristol era, entre
otras actividades, asesor de la compañía Enron que protagoni-
zó la quiebra fraudulenta más multimillonaria en la historia de
los EEUU. De Kristol suele recordarse que era el «cerebro de
Dan Quayle», vicepresidente de los EEUU con Bush. Kristol
destacó desde entonces como politólogo (licenciado en
Harvard) ultra conservador, profesor de Ciencias Políticas,
actual consejero principal del ala neo conservadora del Partido
Republicano de los Estados Unidos, periodista y director del
semanario «Weekly Standard». En este semanario de circula-
ción restringida y discreta, pero no por ello menos influyente,
Kristol da cabida a Robert Kagan, otro de los estrategas así
mismo influyentes, de la administración Bush, a quien ya hemos
aludido. Su padre, Irving Kristol, había sido otro prominente
conservador, editor de «Public Interest» que apoyó la campa-
ña anticomunista del senador McCarthy. Junto con Norman
Podhoretz fundaron el University Center for Rational
Alternatives. Tras una breve estancia del joven Kristol en el
Partido Demócrata, en 1976 pasó al Republicano y tuvo un
cargo de segunda fila en la Administración Reagan, para ser
luego el «cerebro de Dan», vicepresidente con George Bush.
Cuando se desplomó la administración conservadora y subió
Bill Clinton a la presidencia, Kristol pasó a la empresa privada.

88 Lo que está detrás de Bush


Allí, en el mundo de las comunicaciones, conoció al magnate
Rupert Murdoch el cual le financió su «Weekly Standard», a
pesar de la escasa tirada y a las pérdidas que sigue generando.
Fue ganando influencia en el partido republicano, especialmen-
te a partir de 1994 cuando publicó su documento «Project for
the Republican Future». Este trabajo y el apoyo de la Funda-
ción Bradley le condujo a la Casablanca.
En su calidad de presidente del PNAC, una de las primeras
actividades de Kristol fue solicitar a la Comisión de Defensa de
la Cámara de Representantes un aumento de 100 billones de
dólares para reforzar la defensa de los EEUU y mantener su
presencia en el extranjero, para ello es preciso –siempre según
Kristol, aumentar el presupuesto de defensa a un 3’5% (15 a
20 billones de dólares) mantener la capacidad nuclear disuasiva
de los EEUU, aumentar en 200.000 hombres sus FFAA, mo-
dernizar el arsenal norteamericano, especialmente las FFAA,
renunciar a algunos planes defensivos propuestos por la admi-
nistración Klinton (y que coinciden con las propuestas de la
Doctrina Rumsfeld), desarrollar el programa de la «Guerra de
las Galaxias» (escudo antimisiles), controlar los espacios aé-
reos y el ciberespacio.
Hasta el 11–S, todas estas ideas no eran tomadas excesiva-
mente en serio, ni siquiera en las altas esferas del Partido Re-
publicano que seguía decantado por el viejo conservadurismo
aislacionista moderado. El hundimiento del WTC hizo que los
moderados se vieran privados de argumentos y debieran ceder
a la nueva estrategia impuesta por los cerebros
neoconservadores; los «halcones», a partir de ese momento,
dominaron en la escena republicana y en la administración. Los
Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, Cheney y el propio Kristol, pasa-
ron a constituir el núcleo duro de la administración Bush. El
semanario de Kristol, la cadena Fox, el Instituto de Empresas
Americanas presidido por Cheney y el PNAC, pasaron a di-
fundir la campaña patriótica que ha proseguido desde los aten-
tados del 11–S, deformando la autoría del crimen, lanzando

Ernesto Milà 89
constantemente amenazas de falsas alarmas de nuevos ataques
e instigando la guerra contra Irak y la pasividad ante Israel.
Es importante recordar que sin los sucesos del 11–S el pro-
grama del PNAC jamás habría podido pasar del estado de
proyecto irrealizable. Son los atentados del 11–S y sólo ellos
los que permiten «adelantar las líneas» norteamericanas, pri-
mero a Afganistán y luego al más importante Irak. Por que son
las gentes del PNAC las que elaboran e imponen su línea polí-
tica y sus objetivos a la administración Bush, la cual, sin ellos,
sería en la actualidad, una administración huérfana de tutelas
políticas y sin otra tutela ideológica que el conservadurismo
furibundo y miope de los cristianos renacidos y los «reveren-
dos» furibundos. En efecto, estos últimos aportan votantes, pero
es el PNAC quien maneja el timón de la administración.
Por cierto, Kristol, es miembro del Consejo de Relaciones
Exteriores, CFR, al igual que todos los miembros prominentes
del PNAC.
Objetivo prioritario:
«resolver» la cuestión iraquí
El suceso que motivó a los neoconservadores que fundaron
el PNAC fue el fin de la Segunda Guerra del Golfo en Iraq.
Con el poder de Sadam Husein debilitado, los
neoconservadores creyeron que sería eliminado permanente-
mente. Por el contrario, el anterior presidente Bush animó a la
oposición iraquí a alzarse contra el gobierno del Baas. Como
su rebelión fue echada por tierra por el ejército iraquí, Bush
ordenó al ejército de EEUU que no interveniera, eligiendo, al
contrario, una estrategia de «contención» hacia Sadam.
En 1992, Paul Wolfowitz, entonces vicesecretario de De-
fensa, redactó un escrito sobre el futuro de la hegemonía norte-
americana en el mundo y cómo podría prepararse para afron-
tar el final de la guerra fría. El documento, de carácter interno,
tardó en filtrarse, pero, finalmente se supo que el centro de las
reflexiones de Wolfowitz giraban en torno a la posibilidad de

90 Lo que está detrás de Bush


que surgiera un rival que sustituyera a la URSS. De ser así, era
preciso que los EEUU estuvieran en condiciones de identifi-
carlo, aislarlo y minimizar su poder. Este documento, en la prác-
tica, está en el origen del manifiesto PNAC y será recordado
en años venideros como el embrión de la doctrina que luego
Bush aplicó desde la presidencia.
En septiembre de 2000 aparecía el documento del PNAC
«Reconstruyendo las Defensas de EEUU: estrategia, fuerzas y
recursos para un nuevo siglo» (a partir de ahora RAD, tal como
es conocido en EEUU). Este documento se apoya en el de
Wolfowitz y desde sus primeras flíneas reconoce esta paterni-
dad: «un anteproyecto para mantener la preeminencia de
EEUU, excluir la emergencia de una gran potencia rival y
redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo
con los principios e intereses estadounidenses». En síntesis,
el documento rechaza los recortes en el gasto de Defensa y
define la misión de los EEUU como una lucha contra «grandes
amenazas de guerras múltiples y simultáneas». No hay que
olvidar que, en esos mismos momentos, Ronald Rumsfeld ha-
bía elaborado lo esencial de lo que en la época se conocía
como «Doctrina Rumsfeld» y que iba en parecida dirección.

La Doctrina Rumsfeld
En el fondo la llamada «doctrina Rumsfeld» apenas es otra
cosa que un programa para la modernización de las fuerzas
armadas norteamericanas. Sin embargo, es evidente que una
modernización en profundidad, debe de hacerse en función de
los objetivos estratégicos a alcanzar. Y en este sentido, dicha
doctrina no es sino, en última instancia, un programa que dise-
ña la orientación en política exterior de la administración Bush.
Hay en dicha doctrina elementos que conciernen exclusivamente
a las fuerzas armadas, pero, en la medida en que dicho ejército
es la punta de lanza de una política expansionista de carácter
mundial, estamos ante una obra excepcionalmente clara y que

Ernesto Milà 91
en el fondo no es sino un desarrollo complementario y una ac-
tualización de la doctrina Brzezinsky, aplicada a las reorganiza-
ción de las fuerzas armadas.
Desde la Segunda Guerra Mundial hasta prácticamente nues-
tros días, el Atlántico ha sido considerado prácticamente como
un océano anglosajón y el centro del comercio mundial, como
antes lo fue el Mediterráneo. No en vano, inicialmente, la OTAN
orientaba su actividad hacia el Atlántico Norte. Sin embargo,
Rumsfeld advierte que buena parte del crecimiento económico
internacional se ha desplazado hacia el Océano Pacífico.
En esa zona se está concentrando una acumulación de fuer-
zas productivas sin precedentes en la historia. Pensemos en el
coloso chino y en su crecimiento económico sostenido desde
hace diez años, especialmente concentrado en Manchuria y en
las zonas costeras de su Este, pensemos en los llamados «dra-
gones asiáticos» o en el desarrollo discreto pero constante de
Australia, en la costa Oeste de los EEUU, especialmente en
California y en Chile, pensemos en el Japón, incluso pensemos
en que el Pacífico es el Océano con mayores riquezas naturales
sumergidas y con el menor índice de explotación lo que ten-
dremos como resultado es que el eje de la economía mundial
se está desplazando hacia el Pacífico y que, en cualquier caso,
el crecimiento demográfico de aquella zona genera la posibili-
dad de abrir unos prometedores mercados que, además, están
próximos a las fuentes de materias primas.
Pero la geografía del Pacífico, caracterizado por la disper-
sión de los territorios en islas más o menos pequeñas, salvo
Australia y Nueva Zelanda, hace que se modifiquen los crite-
rios militares. En efecto, en esas zonas las grandes acumulacio-
nes acorazadas que serían efectivas en las planicies
centroeuropeas, resultan completamente inútiles en las islas del
Pacífico. Allí se trata de responder al desafío generado por
grandes distancias y pequeñas islas. Por lo demás, lo más im-
portante de esta estrategia consiste en reconocer que tras la
caída de la URSS, la OTAN ya no puede ser la punta de lanza

92 Lo que está detrás de Bush


de las fuerzas armadas de EEUU y el frente de Europa Central
carece de interés militar. A un nuevo teatro de operaciones
corresponde la selección de un nuevo enemigo; este enemigo
es China.
Durante los primeros meses de gobierno de Bush, esta doc-
trina fue puesta en práctica sistemáticamente. Aumentaron los
vuelos de espionaje sobre China, hasta el punto de que uno de
los aviones Awac resultó dañado y derribado. Los disidentes
chinos del Falung–Gong y el Dalai Lama recibieron nuevos im-
pulsos para predicar por todo el mundo las carencias de los
derechos humanos en China. EEUU intentó mejorar sus rela-
ciones con Rusia de cara a una alianza anti–China. China res-
pondió facilitando tecnología antiaérea a Irak que evidenció su
eficacia un mes después de que Bush jurase su cargo. Fue en-
tonces, en uno de los rutinarios bombardeos sobre la «Zona de
Exclusión», cuando los aviones norteamericanos percibieron
una mayor capacidad de respuesta de las baterías antiaéreas
irakíes.
El 11–S hizo que esta orientación anti–China se atenuara
pero no completamente. La prioridad pasó a ser el control
mundial de los recursos energéticos, en particular del petróleo.
Pero la doctrina Rumsfeld siguió inspirando la política america-
na de defensa. La prueba es que Bush, en varias ocasiones, ha
desmentido que China fuera «socio estratégico» de EEUU, sino
que, con mucho más vigor que la Unión Europea, China tende-
rá a ser cada vez más un «competidor estratégico».
La estrategia de «lucha antiterrorista» generada por la ad-
ministración Bush no debe hacernos olvidar que tal lucha es
una mera excusa para adelantar las fuerzas de intervención nor-
teamericanas allí donde existe un interés estratégico.
En este contexto, la «lucha antiterrorista» es un mero es-
pantajo para operaciones tácticas menores (la invasión de
Afganistán, el ataque contra Irak, las escaramuzas con Corea
del Norte, etc.) que cubren el objetivo mayor: el aislamiento, y
por tanto la neutralización, de China.

Ernesto Milà 93
De hecho, puede entenderse la coexistencia de estos dos
niveles de objetivos. Rumsfeld, cuando inició su teorización y
Bush cuando la aceptó, se encontraron con la oposición del
complejo militar–industrial que veía mermados en un primer
momento sus beneficios. Rumsfeld, en efecto, lo que estaba
proponiendo era una reducción de los gastos de defensa, pro-
poniendo armamentos mucho más sencillos que los utilizados
hasta entonces. Mientras que el Pentágono sostenía a finales
del 2000 que su presupuesto debía casi duplicarse si se pre-
tendía prolongar la hegemonía americana, Rumsfeld proponía
justamente lo contrario: estabilizar el presupuesto de defensa,
optimizando inversiones, precisamente para alcanzar el mismo
objetivo.
En efecto, Rumsfeld desaconsejaba la construcción de nue-
vos superportaviones tipo Nimitz, joya de la corona de la US
Navy, con un valor de 4.000 millones de dólares cada uno y
2.000 millones anuales en gastos de mantenimiento. Para el
Secretario de Defensa se trataba impulsar la construcción de
pequeños barcos lanzamisiles, extremadamente maniobrables
e incomparablemente más baratos. La USAF, por su parte,
debía autolimitar sus pedidos de cazabombarderos F–22 y can-
celar proyectos excesivamente costosos (como el Joint Strike
Figher que en el 2001 debería absorber 850 millones de dóla-
res), mantenerse con el material actual y confiar en los nuevos
UAV (aviones no tripulados) mucho más baratos, polivalentes
y rentables.
Estas propuestas, y las limitaciones presupuestarias consi-
guientes, eran lo suficientemente audaces como para que el
Pentágono y el complejo militar–industrial, pusieran el grito en
el cielo. Fue entonces cuando se produjo el «providencial» ata-
que a las Torres Gemelas y se restableció la normalidad. Las
«necesidades de la lucha contra el terrorismo» abrieron nue-
vos frentes bélicos: la modernización propuesta por Rumsfeld
se realizaría sin que el complejo militar–industrial viera merma-

94 Lo que está detrás de Bush


dos sus beneficios: estos procederían del esfuerzo bélico, no
de una mayor producción de las armas hasta ahora clásicas.
En su formulación pública la Doctrina Rumsfeld es extrema-
damente pesimista. Prevé que EEUU perderá progresivamen-
te aliados, paralelamente al aumento de su poder. Las bases
que hasta ahora ha podido utilizar sin excesivos problemas,
puede que no estén a su disposición en tiempos venideros. Esto
implica que las fuerzas armadas norteamericanas deben dispo-
ner de medios de largo alcance, tanto para trasladar tropas a
los focos de conflicto, como para lanzar ataques con nuevas
armas capaces de alcanzar teatros de operaciones lejanos.
La estrategia norteamericana se basa en retrasar al máximo
posible su aislamiento militar internacional impulsando el fan-
tasma de la «lucha antiterrorista» y adelantando sus líneas a los
principales focos de interés estratégico. La excusa elegida tie-
ne la virtud de ser aprovechada por otros actores para lograr
sus propósitos: China aprovecha para aumentar la represión
contra los musulmanes del sudoeste del país; Rusia, utiliza el
mismo mensaje para combatir al independentismo chechenio
sin que nadie se preocupe sobre la vulneración de los derechos
humanos y de las leyes de la guerra
La excusa del antiterrorismo será, a fin de cuentas, utilizada
para justificar cualquier ataque contra cualquier país del mundo
pero no durará eternamente. Algunos servicios de inteligencia
occidentales y muchos observadores políticas albergan las
mayores dudas sobre los verdaderos inspiradores de los ata-
ques terroristas del 11–S. Si hay que buscar al criminal entre
aquellos a los que beneficia el crimen, es evidente que los aten-
tados del 11–S solamente han servido a los intereses del
expansionismo americano. En cuando a Bin Laden, más que
de un terrorista islámico habría que hablar de un «cooperador
necesario» en esta estrategia infernal que los EEUU ya utiliza-
ron en Pearl Harbour, el Maine, Tonkin, etc.
La Doctrina Rumsfeld tiene la virtud de reconocer que el
actual sistema de alianzas de los EEUU es producto de la Gue-

Ernesto Milà 95
rra Fría y ésta ha terminado, en consecuencia, las viejas amis-
tades tienen menos sentido en el tiempo nuevo. De ahí que la
administración Bush haya situado la redefinición del papel de la
OTAN entre sus prioridades.
El documento RAD
El documento RAD insistía en la necesidad de que EEUU
interviniera en el Golfo Pérsico asegurándose una posición in-
discutible y preferencial. Para ello era preciso rematar el traba-
jo realizado en 1989–90 en Irak y derribar a Saddam Hussein:
«EEUU ha buscado durante décadas jugar un papel más
permanente en la seguridad regional del Golfo. Mientras
que el irresuelto conflicto con Irak proporciona la justifica-
ción inmediata, la necesidad de una presencia importante
de fuerzas estadounidenses en el Golfo trasciende la cues-
tión del régimen de Sadam Husein». Se volvía a insistir en lo
escrito por Wolfowitz ocho años antes: «En la actualidad
EEUU no tiene rival a escala global. La gran estrategia de
EEUU debe perseguir la preservación y la extensión de
esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea
posible». Pero también se recogían algunas consideraciones
sobre armamentos nuevos ya realizadas por Rumsfeld en su
documentos; en efecto, se pedían «Nuevos métodos de ata-
que –electrónicos, no letales, biológicos– serán más exten-
samente posibles; los combates igualmente tendrán lugar
en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciber–espa-
cio y quizás a través del mundo de los microbios; formas
avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a
genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra
biológica una herramienta políticamente útil».
Lo más curioso de este documento es el «te lo digo para
que no me lo digas» que incluye inopinadamente. En efecto, el
documento RAD, bruscamente alude a que la transformación
estratégica de los EEUU será difícil y «estará carente de al-
gún suceso catastrófico y catalizado, como un nuevo Pearl

96 Lo que está detrás de Bush


Harbour». Por que para la administración Bush los atentados
del 11–S fueron providenciales… tan providenciales que se
diría que fueron buscados por alguien próximo a la administra-
ción. De hecho, la Comisión de Investigación estableció que la
Administración Bush no hizo todo lo posible por evitarlos. El
abogado de una de las víctimas, por su parte, presentó en sep-
tiembre de 2004 una denuncia en la que consideraba a George
W. Bush y a Condoleeza Rice como mandatarios del crimen.
Sea como fuera, no puede decirse que la investigación sobre el
11–S haya llegado mucho más lejos de lo que fue la investiga-
ción sobre el asesinato de Kennedy. Y, por lo demás, los as-
pectos oscuros todavía no aclarados del crimen y de la investi-
gación posterior, así como la irracional insistencia de que Bin
Laden estaba refugiado en Afganistán (lo que justificaba una
acción de rangers o marines contra el refugio de Bin Laden,
pero no el bombardeo de todo un pueblo) o que mantenía con-
tactos con Saddam Hussein (algo absolutamente falso), gene-
ran sombras extremadamente densas sobre el crimen. Tras los
atentados, en efecto, el PNAC urgió en otro documento al pre-
sidente Bush para que derrocara a Saddam Hussein.
Las líneas de trabajo del PNAC
En el año 2000, Kristol y 27 ex funcionarios de los presi-
dentes Reagan y Bush (padre) elaboraron el informe «Recons-
truir las defensas de EEUU» donde se proponen medidas para
estabilizar la hegemonía norteamericana en el planeta. El docu-
mento inspiró el plan de Estrategia de Seguridad Internacional
que George W. Bush) presentó pocas semanas después. De
los 27 redactores del informe, seis eran también altos cargos
de la administración (Wolfowitz, Eliot Cohen, consejero políti-
co de Donald Rumsfeld; Scooter Libby, jefe de asesores de
Dick Cheney; Dov Zekheim, subsecretario de Defensa; Stephen
Cambone, alto cargo de Defensa).
El proyecto para la creación de una «Pax global America-
na», destapado por el Sunday Herald, muestra que el gabinete

Ernesto Milà 97
de Bush pretendía tomar el control militar de la región del Gol-
fo, y ello con independencia de que Saddam Hussein estuviese
en el poder. Dice: «Estados Unidos ha estado buscando du-
rante décadas representar un papel más permanente en la
seguridad regional del Golfo. A pesar de que el conflicto
todavía no resuelto con Irak ofrece una justificación inme-
diata, la necesidad de una presencia sustancial de fuerzas
armadas estadounidenses en el Golfo trasciende el tema
del régimen de Saddam Hussein». Esta «gran estrategia esta-
dounidense» debe ser puesta en marcha «tan pronto como
sea posible en el futuro», dice el informe. Añade también que
la «misión fundamental» de Estados Unidos consiste en «de-
clarar y ganar de forma decisiva múltiples guerras simul-
táneas». Esto último es irrelevante… lo importante es la insis-
tencia en que el PNAC deberá ponerse en práctica «tan pron-
to como sea posible». Hasta el 11–S no era posible. A partir
de entonces, fue imparable. Es impensable que quienes diseña-
ron los atentados del 11–S no calibraran los contenidos del
PNAC e ignoraran que, precisamente, su acción iba a servir
como excusa esperada para aplicar el proyecto «tan pronto
como sea posible».
El informe describe las fuerzas armadas estadounidenses en
el extranjero como «la caballería de la nueva frontera esta-
dounidense». Wolfowitz y Libby, especialmente, no podían
ignorar que la Unión Europea y la Rusia en vías de reconstruc-
ción, suponían handicaps para la dominación norteamericana,
de ahí que propusieran que Estados Unidos debiera «impedir
que las naciones industriales desarrolladas pongan en en-
tredicho nuestro liderazgo o incluso aspiren a un papel re-
gional o global más importante». Para ello era preciso re-
forzar la alianza con países europeos (especialmente con Gran
bretaña y en segundo lugar con Aznar en España); eliminar a
las NNUU de cualquier iniciativa de paz en el mundo que, a
partir de ahora, debería ser propuesta y liderada por los EEUU;
mantener la presencia en el Golfo Pérsico aun a pesar de que

98 Lo que está detrás de Bush


Saddam Hussein fuera derrotado o desapareciera; luego defi-
nen a Irán como nuevo enemigo de sustitución en la región. Y,
finalmente terminar mencionando a China como rival geopolítico,
lo que les lleva a proponer el aumento de la presencia en el
sudeste asiático para conducir a que el «poder estadouniden-
se y de sus aliados estimule el proceso de democratización
en China»; es en este documento en el que se crea la ficción
de que Irak posee armas de destrucción masiva y en el que se
alerta sobre la necesidad de crear «fuerzas espaciales esta-
dounidenses», para el dominio el espacio y el control total del
ciberespacio, con vistas a impedir que los «enemigos» utilicen
Internet contra Estados Unidos. Así mismo, el documento de-
fine el ámbito de lo que luego popularizará Bush con el nombre
de «Eje del Mal» (Corea del Norte, Libia, Siria e Irán).
La nomenclatura de la élite
neoconservadora
El documento fundacional del PNAC, fue firmado por un
equipo de neoconservadores del entorno petrolero de los Bush
y del CFR (cuyo presidente es precisamente George H.W. Bush,
senior): Jeb Bush (hermano de George W., gobernador de Flo-
rida donde se decidió la victoria electoral de su hermano), Dick
Cheney (vicepresidente), Gary Bauer, William J. Bennett, Eliot
A. Cohen (CFR), Midge Decter, Paula Dobriansky (CFR y
Trilateral Commission), Steve Forbes (dueño e la revista Forbes),
Aaron Louis Friedberg (CFR), Francis Fukuyama (CFR), Frank
Gaffney, Fred C. Ikle (CFR), Donald Kagan (CFR), Zalmay
Khalilzad (CFR), I. Lewis Libby (CFR), Norman Podhoretz
(CFR), Dan Quayle (ex–vicepresidente de George Bush, pa-
dre), Donald Rumsfeld (CFR; actual secretario del defensa),
Paul Wolfowitz (CFR, actual subsecretario de defensa), Peter
W. Rodman (CFR), Stephen P. Rosen (CFR), Henry S. Rowen
(CFR), Vin Weber (CFR), George Weigel (CFR) y Douglas
Feith (CFR). Obsérvese que la mayor parte de estos nombres
están vinculados al núcleo straussiano. Por otra parte, el 25%

Ernesto Milà 99
del total está compuesto por antiguos trotskystas, también
straussianos.
Dentro del marxismo, el trotskysmo es un género cuyos
militantes siempre han tenido unos rasgos particularmente defi-
nidos y completamente distintos a otras sectas igualmente mar-
xistas (maoístas, marxistas–revolucionarios, marxistas–
leninistas, castro–guevaristas, cristiano–marxistas, revisionistas,
eurocomunistas, etc.). En efecto, los trotkystas siempre se han
caracterizado por sus estudios milimétricos sobre situaciones
políticas concretas. Han tenido una particular tendencia a
escindirse en capillas casi hasta el infinito, han insistido espe-
cialmente en el examen de las coyunturas internacionales y…
en su mayor parte, sus dirigentes, han sido de origen judío aun-
que completamente secularizados. Por lo demás, el trotskysmo,
es hoy un movimiento político muy minoritario, compuesto por
chicos extremadamente jóvenes y unos cuantos gurús ya en la
senectud o a poco de alcanzarla. ¿Y el resto? El recorrido de
estos militantes ha sido siempre muy similar: en tanto que
trotskystas, su actitud era irreconciliable con los partidos co-
munistas ortodoxos, tenidos como stalinistas o neo–stalinistas.
Esto les llevó, o bien a infiltrarse en los Partidos Socialistas
(Lionel Jospin, por ejemplo, era un antiguo trotskysta que llegó
a jefe de gobierno, tras entrar en el PS como infiltrado) o bien
a adoptar posturas, primero anticomunistas y luego… libera-
les. Hay entre los antiguos trotskystas una especie de inercia
que les lleva siempre a aceptar el fatum al que les conducen
sus reflexiones ideológicas… siempre y cuando se adapten a
sus gustos o a sus intereses personales. De hecho, frecuente-
mente, los trostkystas tienden a ideologizar cualquier tipo de
comportamiento que adopten…
El trotskysmo norteamericano, ha nutrido de militantes a
todas las corrientes políticas norteamericanas: desde los secta-
rios de extrema–derecha agrupados en torno a Lyndon
Larouche, hasta los caucus del Partido Demócrata, pasando,

100 Lo que está detrás de Bush


por supuesto, por los grupos neoconservadores y, en concre-
to, por el PNAC. Todo esto hizo decir a Michael Lind que
«Los intelectuales que más defienden el
neoconservadurismo tienen sus raíces en la izquierda, no
en la derecha».
Un 30% de los miembros iniciales del PNAC, corresponde
a antiguos trotskystas. Pero hay otra característica que ya he-
mos citado del trotskysmo: buena parte de sus cuadros políti-
cos son de origen judío. Esto se cumple también en el PNAC y
entre los círculos straussianos. Evidentemente hay cristianos…
pero se trata de personas que no cuestionan las atrocidades
cometidas por Israel en los territorios ocupados de Palestina y
que, en cualquier caso, apoyan al sionismo y en especial a los
partidos de la derecha israelita, con Ariel Sharon a la cabeza.
Teniendo esto en cuenta puede comprenderse por qué gentes
significativas del PNAC estuvieron siempre a favor de que Is-
rael y en concreto el gobierno de Benjamín Netanyahu, rom-
pieran los acuerdos de paz de Camp David. Tal era la orienta-
ción que Richard Perle aconsejó al primer ministro judío en
1996: «ruptura limpia». Perle en la misma comunicación a
Netanyahu reconocía que tal ruptura era tanto más obligada
desde el momento en que la administración norteamericana rea-
firmase su voluntad de aplastar a Saddam Hussein y, así, ga-
rantizar la seguridad de Israel. Para el PNAC la lealtad hacia
EEUU se complementa por una lealtad hacia el Estado de Is-
rael… lealtad no exenta de intereses muy materiales puesto
que algunos como Perle y Wolfowitz representan intereses de
compañías estatales judías (frecuentemente de armamento)
dentro de los EEUU. Pero, además, esto enlaza con el eje cen-
tral de nuestro trabajo: se trata de un sector convencido de que
Israel era el «pueblo elegido» del Antiguo Testamento y los
EEUU son el «pueblo elegido de la modernidad». A uno le
corresponde velar por la seguridad del otro. Para ambos el
Antiguo Testamento es un texto que dice explica como será el

Ernesto Milà 101


mundo futuro. De ahí que valga la pena seguir sus indicaciones,
especialmente cuando alude a los signos del Apocalipsis y a la
Segunda Venida de Cristo que reconciliará a judíos con cristia-
nos y operará la conversión de Israel. Es importante destacar,
como ya hemos hecho en otros lugares de esta obra, que la
solidaridad de la Administración Bush hacia Israel va más allá
de cualquier racionalidad y se trata de una conclusión a la que
llevan distintos enfoques: de un lado los intereses estratégicos
(Israel es el gran aliado de EEUU en Oriente Medio), pero
también y sobre todo los lazos ideológicos y místicos que unen
a la extrema–derecha israelí con la derecha neoconservadora
norteamericana.
La malla neoconservadora
Dinero no falta. La Fundación Bradley aporta los fondos al
PNAC a través del New Citizenship Project, Inc. El PNAC
tiene su sede en Washington, en el edificio del Instituto de Em-
presa Americano (American Enterprise Institute), otro think–
tank conservador. De hecho entre ambas organizaciones hay
multitud de vínculos y personajes como Perle, pertenecen a
ambos.
Así mismo, los miembros del PNAC suelen estar también
adheridos a otros grupos de presión neoconservadores: el
Hudson Institute, el Center for Security Policy, el Washing-
ton Institute for Near East Policy, el Middle East Forum, y
el Jewish Institute for National Security Affairs. Pero, no
nos engañemos, a pesar de que todos estos núcleos de poder
estén entrelazados entre sí y aporten la totalidad de los cuadros
de la administración Bush, no se trata de grupos particularmen-
te numerosos. Son una élite completamente desvinculada del
americano medio que ignora sus postulados en la medida en
que los grandes medios de comunicación apenas aluden a la
existencia de estos núcleos intelectuales. Ahora bien, estos nú-
cleos están vinculados a una parte del poder económico y fi-
nanciero de los EEUU. Es, por lo demás, lógico que petrole-

102 Lo que está detrás de Bush


ros, dirigentes del complejo militar–industrial, piensen en tér-
minos estratégicos y se vinculen a estos núcleos
neoconservadores, como ayer, los miembros de organizacio-
nes como el CFR o la Comisión Trilateral, lo hacían con nú-
cleos fabianos y demócratas.
Es previsible que en el futuro se produzcan vuelcos impor-
tantes en la política norteamericana. Ya hemos dicho que no
todos los republicanos comparten los puntos de vista del clan
straussiano, neoconservador y belicista. De hecho un sector
del partido republicano, de carácter moderado, ha denuncia-
do, aúnque tímidamente, los riesgos de prescindir de los alia-
dos en las iniciativas de política exterior, y especialmente, so-
bre la peligrosidad del déficit interior. Recuerdan que la OTAN
todavía existe y que EEUU es altamente tributario de las im-
portaciones de manufacturas europeas. Advierten sobre el re-
chazo que provocan las aventuras militares entre los europeos
y abogan por el «uso racional» de la fuerza. Henry Kissinger,
miembro de esta tendencia, sigue proponiendo un equilibrio
nuclear, apoyado por otros representantes de la administración
Bush, son James Baker, Richard Armitage, Anthony Zinni y
Colin Powell, así mismo, republicanos moderados.
No hay que olvidar que los EEUU están ligados al antiguo
«mundo libre» por distintos tratados: además de la OTAN, exis-
ten aunque en vida larvaria, el Tratado de Defensa Asiático o el
Tratado Interamericano de Río, sin olvidar que el aventurerismo
de la administración Bush está dejando inoperantes a las
NNUU.
Cuando Donald Rumsfeld analizaba en el verano del 2002
el desarrollo de la campaña afgana –no sin ciertos tonos épi-
cos–, aprovechaba para redefinir las prioridades de la política
norteamericana coincidiendo en todo con los mentores del
PNAC, si bien se añadían dos puntos, los finales, que insistían
desusadamente en la protección de las redes de información y
en la utilización de las tecnologías de punta para alcanzar ma-
yor efectividad a los ataques de las FFAA. Ese año aumentó el

Ernesto Milà 103


presupuesto militar en todas sus partidas: defensa interior, ar-
mamento, investigación, presencia en el exterior, etc. Pero la
principal novedad que se desprendió del análisis de Rumsfeld
fue la propuesta de coordinación de todos los servicios de in-
formación e inteligencia en una sola estructura. Tal era la con-
clusión que Rumsfeld daba a su artículo sobre Afganistán: las
guerras precisan un gran esfuerzo de inteligencia y por tanto
hay que centralizar estas tareas, las nuevas tecnologías de la
comunicación deben ser integradas en las FFAA de manera
prioritaria, la defensa del territorio metropolitano norteameri-
cano es fundamental, el transporte de tropas es decisivo y, fi-
nalmente, como concesión al sistema democrático, insistía en
que «El pueblo de los Estados Unidos deberá ser siempre
plenamente informado de estas nuevas políticas y estrate-
gias».
Pero Rumsfeld calla muchas cosas, sin duda, más impor-
tantes: calla que el terrorismo islámico no es un riesgo para la
seguridad ni para la estabilidad mundial, tan solo un obstáculo
antidemocrático en determinados países del mundo islámico
(concretamente en Arabia Saudí y Pakistán, y en mucha menor
medida en Argelia, mientras que en Chechenia vive sus últimos
coletazos y en Bosnia–Kosovo está, sino desmantelado, sí apa-
ciguado, al igual que ocurre en Irán. En Asia Central se vive el
fracaso del Islam radicalizado. Para concluir: cuando se pro-
duce el ataque del 11–S, el Islam fundamentalista vive una eta-
pa de regresión. A poco que se examine cada atentado atribui-
do al «terrorismo internacional» se percibe con claridad que no
existe una dirección terrorista universal, sino que cada atenta-
do responde a circunstancias locales muy concretas… o muy
misteriosas como para que puede buscarse a un responsable
intelectual universal. Rumsfeld calla también que a EEUU le va
a ser muy difícil reconstruir su red de alianzas, especialmente
con Europa, territorio en el cual se ha comprobado que los
costes electorales de las opciones proamericanas son de tal
magnitud que hacen impensable pensar en que algún gobierno

104 Lo que está detrás de Bush


europeo volverá a repetir giros proamericanos como el de Aznar.
Sin olvidar que ya no es Europa la que precisa de los EEUU
para protegerse de la URSS –la Unión Europea vive el inicio
de un idilio con el espacio ruso– sino los EEUU los que preci-
san de Europa porque es de ahí de donde proceden lo esencial
de las manufacturas que alimentan su mercado de consumo
interior. Olvida decir, finalmente, que a partir del ataque contra
Afganistán resultó absolutamente evidente que los EEUU no
admitían de sus aliados otra actitud que no fuera el sometimien-
to a su mando único, y que la campaña de Afganistán demostró
hasta qué punto los «imperios» no tienen «aliados» sino «súb-
ditos».
El «dios» de Bush: religiosidad a la carta
Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de
los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de pre-
sión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del
alto absentismo electoral de la población americana, y los ex-
traños ataques terroristas del 11–S, han convertido en un fenó-
meno internacional. No es así. Bush no es un accidente en la
historia americana, es la encarnación de las fuerzas socio–polí-
tico–religiosas que han creado los EEUU. Antes que con G.W.
Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero inclu-
so en personajes tan distintos como Roosevelt o Carter,
afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En
todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de
la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los
razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevi-
tablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea
política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush
habría reaparecido con cualquier otro presidente.
Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la im-
portancia histórica de haber descubierto un enemigo. Si bien el
mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad
y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde

Ernesto Milà 105


1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemi-
go. La caída del comunismo le sumió en una profunda des-
orientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar,
pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas
del stablishment norteamericano sobre su enemigo. Los pro-
videnciales ataques del 11–S sirvieron para crear ese enemigo
y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush
que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática,
más que en la aritmética electoral.
En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con
dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que de no
haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momen-
to estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush
es un «cristiano renacido» y comparte absolutamente todos los
postulados de esta corriente que ya conocemos. Si se prescin-
de de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se
corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la políti-
ca exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya
tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el por
qué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la
irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el con-
flicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a
las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la ex-
planada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el ase-
sinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas ra-
dicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro.
Lo que ocurre es que la América que ha heredado George
W. Bush es un país en quiebra en todos los terrenos. La socie-
dad americana está sufriendo un proceso de fragilización que
da la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afir-
maba que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la
vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de
su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial.
En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.

106 Lo que está detrás de Bush


La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al
12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de
800.000 en apenas un año a los que hay que sumar 14 millones
más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños
pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero
esto no ha sido lo peor. Desde el inicio del milenio se ha ido
afianzando la distancia que separa a ricos de pobres: en 1985
una quinta parte de la población detentaba el 45% de la rique-
za; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza.
Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más
rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas
tres años!
A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración
han ido liquidando progresivamente programas sociales. En
2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohóli-
cos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a
través de programas de desintoxicación y reinserción social…
¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que
tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este
insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la
que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural
de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y
peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social
de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.
La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la sa-
ciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos
millones de armas en manos de particulares generan una vio-
lencia inigualable en el espacio occidental. El 2002 volvió a
aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un
2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es inso-
portable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es
igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones, 245
al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que
enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aún así. En

Ernesto Milà 107


2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que represen-
tan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que
en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas repre-
sentan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos,
dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los
afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin
tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la
vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha
aportado soluciones al aumento de la delincuencia. La relaja-
ción e impreparación de los tribunales ha hecho que desde 1973,
un mínimo de 100 inocentes hayan sido ejecutados. El propio
Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecucio-
nes. Y, sin embargo, ahí está sentado en el Despacho Oval de
la Casa Blanca.
Pero Bush no ha llegado sólo a ese lugar. Hasta la llegada
de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o me-
nos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie
se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo
habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Cabe
decir que todos los presidentes de los EEUU, son sinceramen-
te creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmen-
te quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base y
la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del
stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emoti-
vo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del
2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte
de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conserva-
dora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los nú-
cleos straussianos. Estos núcleos confluyeron con otros grupos
de presión tradicionales en la política norteamericana: el com-
plejo miitar-industrial, los petroleros y el lobby judío.
Mary Kaldor en su artículo «Irak: una guerra sin igual» (El
País, 2 de abril, 2003) indicaba que «la Administración de
EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos

108 Lo que está detrás de Bush


mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo se-
gún los intereses norteamericanos. Esta gente se compone
de cuatro grupos que se solapan: individuos que participa-
ron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de
la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes
del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados
de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar;
fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a
ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya
hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruza-
da de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003) «la
importancia de la cristiandad bíblica como factor más
destacable de la opinión pública en los EEUU».
La «ideología» política de Bush hoy, como la de Reagan
ayer, puede definirse en terminología europea como «reaccio-
naria». Intenta seguir el camino marcado por Bill Graham y
Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–
S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para que
éste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de
las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto».
Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush pro-
pone a la nación americana coincida en todo con el redactado
por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la
escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el abor-
to, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evi-
dentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos,
pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revis-
ta «El Viejo Topo» recuerda que «La consejera de Seguridad
Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe
de personal, A. Card, está casado con una ministra
metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien
puso en contacto a Bush con la Biblia, el fiscal general,
John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano,
lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson,

Ernesto Milà 109


escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado
por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alco-
hol y la cocaína.
En realidad, George W. Bush no ha hecho otra cosa que
exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y
realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llama
la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante
actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está ase-
gurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno
coreano o castrista…). Diferente era la actitud de Reagan frente
a la Unión Sovietica que, efectivamente, tenía un potencial des-
tructivo equiparable al de EEUU y que no aparece ni por aso-
mo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su
intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído
en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados
terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas
y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal»
definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el
mundo comunista), Bush altera poco este concepto. «El Viejo
Topo» termina su artículo explicando: «De la doctrina del eje
del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos ca-
racterísticos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático
en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso
(ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los
aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios pres-
crito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diploma-
cia (que cumple el secundario papel de arreglar los destro-
zos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional
a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de refor-
ma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si
no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Ins-
pirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo,
dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nue-
vas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es

110 Lo que está detrás de Bush


el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno nor-
teamericano es un simple instrumento de su voluntad». Esta
doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de
la política norteamericana desde el período de los «Padres Fun-
dadores».
El Destino Manifiesto en el nuevo milenio
Quien se cree instrumento de Dios tiene tendencia a creer
que cualquier acción que emprenda está dictada por «la Provi-
dencia». Su enemigo es el «mal», así pues, cuando emprenda
cualquier acción ofensiva, no será contra tal o cual país, sino
contra «el mal» en general. Si uno representa al «Bien», está
claro que su enemigo irreconciliable y con el que no cabe com-
promiso alguno es el «Mal. Y, por lo mismo, las dualidades
derivadas de esta teología, tienen una fuerza increíble en su
lógica absurda: el «Bien» es lo mismo que la «salvación», la
«prosperidad», la «justicia». Y el «Mal», naturalmente, es su
opuesto: perdición, pobreza, ilegalidad e injusticia. El concep-
to de justicia internacional no deriva de un acuerdo entre las
naciones, sino de aquello que beneficia a la encarnación del
«Bien» en este mundo, esto es, a los EEUU. ¿Cómo iban a
negociar los EEUU su participación en un tribunal penal inter-
nacional si ningún país alcanza la naturaleza de «pueblo elegido
por Dios»? A la elección providencial, sigue el desprecio por
quienes no son tan apreciados por Dios, o simplemente son
encarnaciones del Mal radical.
Por increíble que pueda parecer, toda la política exterior
norteamericana está guiada por este principio simplista, que
solamente unos ignorantes pueden tomar al pie de la letra. El
maniqueísmo no se puede aplicar a cualquier actividad humana
y mucho menos al gobierno de las naciones. Por otra parte, esa
idea de que los EEUU son el «pueblo elegido por Dios»… es,
absurda, surrealista, sino enfermiza. Los judíos del siglo VIII a.
de JC podían arrogarse tal catalogación que no era esencial-

Ernesto Milà 111


mente diferente de los troyanos que se consideraban hijos de
Apolo. Hoy estamos en el siglo XXI, los «cerebros pensantes»
que rigen el destino de los EEUU, lejos de considerar la Biblia
como un libro alegórico, simbólico y rico en parábolas en ab-
soluto historicas, escrito por una tribu nómada entre otras mu-
chas y que, básicamente no es muy diferente de toda la literatu-
ra religiosa que floreció en la misma zona en aquella época, han
difundido la noción de que hay que interpretar el libro al pie de
la letra, pero con una pequeña variación: si los judíos eran el
pueblo elegido de la antigüedad, los norteamericanos lo son de
la modernidad. Una idea tan absolutamente absurda difícilmente
puede ser combatida y refutada. Quien la defiende es, pura y
simplemente, carne de psiquiátrico. Pero hay que reconocer
que los straussianos tenían razón: la combinación de naciona-
lismo y religión tiene tal fuerza de fanatización que puede neu-
tralizar cualquier otra opinión contraria por racional y sensata
que se muestre. Además, si en EEUU una idea así ha tenido
éxito es por que se basa en la «tradición» derivada de los Pa-
dres Fundadores y que, como hemos visto, estaba ya implícita
en los ideales de los primeros colonos del «Mayflower» y, de la
misma forma que la Constitución, el sistema electoral y la ob-
sesión fuera de toda discusión por llevar armas (por que así lo
hicieron los granjeros que se emanciparon de Inglaterra en el
siglo XVIII), son inamovibles contra toda lógica, así mismo, la
autodesignación como «pueblo elegido» de la modernidad es
igualmente intocable e indiscutible.
Por lo demás, si esa idea hubiera sido defendida sólo por
granjeros y desheredados, no hubiera tenido más que cual-
quier otra rareza cultural, pero fue defendida por hombres de
éxito de origen protestante y, más en concreto, calvinista, que
constituyeron lo esencial de las «dinastías» económicas de los
EEUU. En la tosca mentalidad norteamericana, rectificada por
el calvinismo, la justeza de tal o cual persona viene dada por su
éxito económico. El triunfo en «este mundo», garantiza que la

112 Lo que está detrás de Bush


persona en cuestión ha sido «tocada por la Providencia». Así
pues, si un multimillonario cree que el «Mal» es el enemigo de
América y que EEUU son el pueblo elegido de la moderni-
dad… es que tales atrocidades le han sido inspiradas por Dios.
Dios sólo puede estar del lado de los triunfadores. Y no hay
triunfo más evidente que el económico. El triunfo filosófico, el
triunfo moral, el triunfo científico… no son considerados más
que si tienen un reflejo económico. Para el norteamericano medio,
en la medida en que Aristóteles no disponía de una fortuna ex-
traordinaria, su pensamiento hay que examinarlo con cierta re-
serva. ¿Y qué decir de la obra de Diógenes? No podía ser,
desde luego, un tipo justo si vivía en un tonel…
El protestantismo introdujo algo que ha modelado hasta el
tuétano la mentalidad norteamericana: el individualismo radical.
Aplicado a la economía este principio hizo que las estructuras
gremiales y comunitarias que aún subsistían en Europa en el
período de la colonización, siempre estuvieran ausentes en el
Nuevo Mundo. En el protestantismo, el ser humano está sólo
frente a Dios y no tiene necesidad de la mediación de un sacer-
dote o de unos ritos para alcanzar la salvación eterna. A partir
de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, cuando la maldición
bíblica incluyó la obligación de trabajar y ganarse el pan con el
sudor de la frente, los protestantes norteamericanos, los
calvinistas en concreto, consideran que la máxima eficacia en el
trabajo es un deber y también, a cambio, la divinidad entrega
un regalo: la fortuna. El proceso estudiado por Max Weber en
su libro «Ética protestante y espíritu del capitalismo» lleva al
individualismo primero y hacia una moral utilitarista luego.
Para la mentalidad americana lo colectivo es inexistente y lo
único que cuenta es lo individual. La sociedad no avanza gra-
cias a proyectos colectivos, sino a iniciativas individuales. Por
lo mismo, una sociedad más justa y virtuosa no puede consti-
tuirse desde el Estado, es decir, desde lo comunitario, sino que
es preciso que emerja de unos individuos que, tomados aisla-

Ernesto Milà 113


damente, sean todos ellos justos y virtuosos. No hace falta rea-
lizar ninguna alteración del sistema político, ningún cambio pro-
fundo en la sociedad, mucho menos una revolución: la socie-
dad virtuosa nacerá cuando todos sus individuos lo sean y lo
hará, oh, maravilla de maravillas, automáticamente. Una vez
más, el razonamiento es extremadamente tosco y no resiste el
más mínimo análisis histórico: todos los protagonistas de la re-
volución francesa, casi sin excepción, eran justos y virtuosos…
todos ellos, sin excepción, fueron responsables de la primera
gran masacre de la Edad Moderna realizada bajo el imperio de
la guillotina. Habitualmente, sabemos que el sueño de la razón
produce monstruos y el de la virtud, simplemente, masacres.
Seguimos en el terreno de un mesianismo enérgico que re-
sulta extremadamente peligroso cuando se aplica a la política
internacional. En tiempos de la globalización todo es política
internacional y economía. Y si hay algo universal, por lo demás,
es «el Mal». No es extraño que la intransigencia norteamerica-
na contra el «mal» se demuestre a través de una lucha de di-
mensiones universales. Todos los países, al decir de los
neoconservadores, guerrean por egoísmo, venganza, odio o
por la paranoia de sus dirigentes, todos, menos los EEUU.
Cuando toman las armas para intervenir en tal o cual país, no lo
hacen por defender intereses materiales, sino como acto mise-
ricordioso para liberar a los pueblos de sus opresores y reali-
zar así el proyecto de orden que la Providencia quiere hacer
triunfar en este mundo. EEUU ayuda al Bien a triunfar allí don-
de sea necesario, con aliados, o si es necesario, en solitario.
Y, a todo esto, ¿qué es el «Bien»? todo lo que acerca al
«estilo de vida americano». El «mal», por tanto, es todo lo que
aleja de él. Ese estilo se manifiesta en tres planos: la política,
mediante las democracias formales (EEUU, eso sí, decide a
quien conviene entregarle el marchamo de democracia), el eco-
nómico, mediante la aceptación de la economía de mercado
(un mercado que debe ser libre y mundial, siempre y cuando
no influya negativamente en la vida norteamericana) y, final-

114 Lo que está detrás de Bush


mente, el cultural a través de la aceptación de los productos
culturales americanos y de la incorporación de la lengua ingle-
sa. El «mal» está representado por quienes se oponen al mer-
cado, quienes no tienen la partitocracia como forma ideal de
gobierno y quienes obstaculizan la penetración de la cultura
americana. Hay países que rechazan todo esto (Cuba, Corea,
Irak, Irán…), a pesar de que no tengan relación unos con otros,
son considerados como miembros de un mismo eje: el «Eje del
Mal». He ahí al enemigo para los neo–conservadores.
La zafiedad congénita a las clases dirigentes americanas es
cada vez más irritante. En marzo de 1983, Ronald Reagan, de
visita en Orlando, explicaba de manera muy didáctica: «Los
comunistas son el verdadero foco del mal. Quienes consi-
deran la carrera de armamentos como un malentendido o
los que no saben leer en los hechos de la historia la pene-
tración del imperio del mal, se apartan de la lucha entre la
verdad y el error, entre el Bien y el Mal. El pecado está
presente en el mundo, y en las Escrituras el mismo Jesús
nos ha pedido que nos opongamos con todas nuestras fuer-
zas a él». El mal era el comunismo, liquidado el comunismo
hubo que esperar a los atentados del 11–S para que fueran los
fundamentalistas islámicos, Bin Laden, Saddam Hussein, etc.
Reagan era presidente de los EEUU, sin duda, durante ocho
años fue el hombre más poderoso del mundo. Sin embargo, su
opinión, como la de Bush, no era fruto de un pensamiento pri-
mitivo e personal, sino que era compartido por buena parte de
la élite político–cultural–empresarial norteamericana. Pat
Buchanan, aspirante frustrado a candidato presidencial en las
elecciones de 1992 y aspirante a suceder al liderazgo moral de
Reagan, había dicho: «Nuestra cultura es superior por que
nuestra religión es el cristianismo. Y el cristianismo es la
verdad. Y la verdad hace libres a los hombres». Cámbiese
«cristianismo», por «islamismo» y se tendrá el reflejo especular
de la locura fundamentalista norteamericana. Se diría que en
este caso «Bien» y «Mal» son hijos de la misma matriz.

Ernesto Milà 115


Los tiempos apocalípticos
Para los «cristianos renacidos» vivimos un período de gran-
deza desconocida hasta ahora. Por primera vez en la historia
de la humanidad estamos ante la inminencia de una «segunda
venida de Cristo». La «hoja de ruta» es el Libro del Apocalip-
sis de San Juan. En él se describen los signos que precederán
el advenimiento de los tiempos crísticos.
Si hacemos referencia a este texto entenderemos perfecta-
mente el interés de los EEUU por todo lo que ocurre en el
Estado de Israel. Dice San Juan (o quien quiera que escribió
este Libro) que Israel vivirá una «gran tribulación»… De he-
cho, durante el gobierno de Clinton, los acuerdos de Camp
David establecían las bases para una pacificación de la zona y
la formación de un Estado Palestino que conviviera con el judío
liquidando una situación enquistada durante cincuenta años. La
realización de los acuerdos de paz hubiera liquidado de un plu-
mazo la «tribulación de Israel». Era preciso que ésta se eternizara
mediante la provocación que dio origen a la Segunda Intifada y
la ruptura de los acuerdos de paz. En el momento de escribir
estas líneas, 3000 palestinos y 1000 hebreos, han perecido
víctimas de los sucesos desencadenados por Ariel Sharon en la
Explanada de las Mezquitas con el apoyo explícito del enton-
ces candidato Georges W. Bush.
El texto del Apocalipsis prevé la «conversión» de Israel.
Algo a todas luces problemático, pero –dicen los
neoconservadores– ¿acaso hace quince años podía creerse que
la URSS iba a desmoronarse? La «conversión» de los judíos
hará que el «pueblo elegido» de la antigüedad (Israel) y el «pue-
blo elegido de la modernidad» (EEUU), confluyan en un solo y
mismo interlocutor con Dios. De ahí la importancia de sellar
unas relaciones particularmente estrechas (como ninguna ad-
ministración norteamericana ha establecido) con Israel. Ade-
más, desde el punto de vista estratégico, la batalla final de
Armagedón, tendrá lugar en la llanura de Megido, por lo tanto,

116 Lo que está detrás de Bush


es preciso ocupar una posición preponderante en la zona para
estar en buenas condiciones a la hora del conflicto. Caspar
Weinberger, primer Secretario de Defensa con Reagan, ya ha-
bía sostenido esta posición, y el propio Reagan añadió que
«Puede que seamos la generación que verá el Armagedón»
(The Guardian, 21 abril 1984). El periodista Rannie Dugger
escribió en el «Washington Post»: «Los norteamericanos po-
drían preguntarse con razón si su presidente… está predis-
puesto personalmente, por obra y gracia de la teología
fundamentalista, a esperar algún tipo de Armagedón que
empiece con una guerra nuclear en el Oriente Medio (…) Si
se produce una crisis en la zona y amenazada con conver-
tirse en una confrontación nuclear, ¿cabría que el presi-
dente Reagan estuviera predispuesto a creer que ve la lle-
gada de Armagedón y que ésta es la voluntad de Dios».
Reagan, durante la campaña de 1980 dijo textualmente: «Is-
rael es la única democracia estable en la que podemos con-
fiar en un sitio donde podría llegar el Armagedón» (The
Observer», 25 agosto 1985). En 1983, Reagan volvió a afir-
mar que cuando leía a los profetas del Antinuo Testamento y
«las señales anunciadoras del Armagedón», le resultaba difícil
no pensar que la batalla se librase en la actual generación. El
político californiano James Mills comentó que en una entrevista
con Reagan, éste le habló abundantemente sobre sus concep-
ciones en torno a la batalla final entre el bien y el mál. Reagan le
dijo: «Todo está encajando. Yo no puede tardar mucho». En
esas fechas, Jerry Falwell sostenía que la URSS era el adver-
sario apocalíptico y que el Armagedón sería, inevitablemente,
nuclear. Entrevistado por «The Guardian» en torno a un en-
cuentro suyo con Reagan y si éste tenía a la profecía bíblica
como cierta, dijo: «Si, en efecto. Me dijo, durante la campa-
ña… «Jerry, a veces creo que nos dirigimos muy aprisa hacia
el Armagedón ahora mismo». Nada ocurrió: la URSS se des-
plomó, no gracias a la «profecía» sino a la acción conjunta de

Ernesto Milà 117


causas internas y externas. Pero los conservadores, lejos de
renunciar a esta teoría, lograron cambiar el adversario: con Bush,
el Armagedón que precedería a la segunda venida de Cristo,
no tendría lugar en un choque frontal contra la URSS, sino en el
enfrentamiento contra el «eje del mal» que, sin duda, tendría
lugar en las inmediaciones de valle de Megido, en la Palestina
bíblica. La colina de Megido se encuentra a 24 km al sudoeste
de Haifa.
La administración Reagan mantuvo ciertas discrepancias en
su interior sobre el momento en el que se produciría la «batalla
final». El exsecretario de interior de Reagan dijo al Sunday Ti-
mes del 5 de diciembre de 1982: «No sé cuantas generaciones
futuras podemos contar antes de que vuelva el Señor»... pero
la administración Bush no opina lo mismo: será en esta genera-
ción. O al menos eso proclaman los fundamentalistas religiosos
de su entorno, los Buchanan, los Falwell, los Graham. La hora
ha llegado, luego se trata de mejorar las posiciones. Así pues,
mientras que para los straussianos se trataba sólo de intervenir
en Irak y Afganistán para evitar el advenimiento del «último
hombre» y para crear una situación de tensión constante, para
los «gentiles» (el entorno exotérico de los straussianos) Irak
tiene la importancia de ser el territorio en el que desarrollaron
buena parte de los acontecimientos descritos en el Antiguo Tes-
tamento: allí estuvo la Torre de Babel y el Paraíso originario,
entre el Tigris y el Éufrates, allí fue donde el pueblo de Israel fue
conducido al cautiverio en dos ocasiones y fue allí también en
donde se encuentra la «Gran Prostituta de Babilonia», símbo-
lo… del Anticristo que en el imaginario colectivo de los
fundamentalistas religiosos norteamericanos se identificaba con
Saddam Hussein.
El desarrollo de la profecía apocalíptica es lineal: Israel su-
frirá «tribulación», será acosado y arrinconado por sus enemi-
gos. Cuando se encuentre al borde de la extinción se converti-
rá al cristianismo y aceptará que Jesús el Cristo resultó ser,

118 Lo que está detrás de Bush


después de todo, el Mesías, también de Israel. Se sucederán
epidemias, desastres y catástrofes naturales, serán los siete «se-
llos» que abrirá el Cordero apocalíptico y, finalmente, Cristo
regresará para ponerse al frente de los suyos e inaugurar los
tiempos mesiánicos que serán, en el fondo, los de la Pax Ame-
ricana. Los «buenos» serán llevados con Dios, mientras que
los malos –una vez más– resultarán destruidos. Entonces y, sólo
entonces, la «historia terminará», con el triunfo universal de la
democracia, del mercado y de la cultura americana en todo el
mundo… El hapy end no puede evitar la sensación de locura
apocalíptica y lo repulsivo de que sean precisamente élites que
componen una parte del poder en EEUU, quienes hayan asu-
mido un pensamiento tan rematadamente «mágico» y surrealista.
Seguramente, los straussianos de estricta observancia se frota-
rán las manos: la mixtura recomendada de nacionalismo y reli-
gión genera horrores como el del fundamentalismo cristiano.

Ernesto Milà 119


120 Lo que está detrás de Bush
IV
La otra componente del
pensamiento americano

Hasta aquí hemos revisado las componentes del campo


neoconservador. Hemos identificado los mitos fundacionales
de la nación americana (su concepción de ser el «pueblo elegi-
do de la modernidad»), las líneas estratégicas fundamentales
del expansionismo norteamericano (la Doctrina Monroe y la
noción del Destino Manifiesto), el núcleo central del
neoconservadurismo (el grupo straussiano y sus dos think–tanks,
el PNAC, el AIE) presente en la administración y, como éste
núcleo de «filósofos» actúa sobre la opinión pública a través
del grupo de «gentiles» presentes en los movimientos religiosos
fundamentalistas cuya trayectoria hemos seguido. Pero éste es
solamente un sector de la moderna América: el neoconservador.
Queda el sector demócrata.
Es aquí donde encontramos a otro personaje, tan inquietan-
te, como mínimo, como Leo Strauss y su cohorte: Ayn Rand.
Ayn Rand:
del stanismo a las multinacionales
Sandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, consideró
a Ayn Rand como su principal fuente de inspiración. Vladimir
Putin ha reconocido que en su mesilla de noche se encuentra
«La Rebelión de Atlas», una de las más famosas novelas de
Ayn Rand. Alan Greenspan, «señor del crecimiento econó-
mico», el hombre más poderoso de la economía norteameri-
cana, fue amigo suyo y compartió todas sus ideas... como mi-
llones de lectores.

Ernesto Milà 121


Cuando tres personas tan diferentes como LaVey,
Greenspan o Vladimir Putin han leído a esta autora desconoci-
da en España, eso implica que estamos ante un pensador influ-
yente. De hecho se la ha considerado como la filósofa del capi-
talismo. A diferencia de Leo Strauss, a Ayn Rand no le interesa
otra cosa más que el hecho económico. Es ahí en donde el
«hombre superior» puede demostrar su valía en términos obje-
tivamente mesurables. En su novela «La Rebelión de Atlas»,
escribe: «Que constituye el monumento al TRIUNFO del
espíritu humano sobre la materia?...Las chozas roídas de
insectos a orillas del Ganges o la silueta de los rascacielos
Nueva York sobre el Atlántico?». Pero, al igual que Strauss,
para Ayn Rand existe un «hombre superior», el empresario, es
decir, aquel que arriesga y vence con su esfuerzo; escribe: «El
hombre racional no quiere «lo no ganado», el hombre ra-
cional dice NO al sacrificio y SI al esfuerzo personal de uno
mismo». El empresario, gracias a su triunfo, obtiene la mayor
de las recompensas: «No hay valor MAS ALTO que la pro-
pia estima», había escrito. Le resulta imposible e injustificable
negar la codicia del beneficio («Quienes niegan el incentivo
capitalista quieren como recompensa la nada»). La ausen-
cia de beneficio supone para ella el hundimiento de cualquier
forma de civilización y de cualquier ética que valga la pena asu-
mir: «El culto al cero –símbolo de la impotencia– busca eli-
minar de la raza humana al héroe, al pensador, al inventor,
al productor, al persistente, al puro. Para los apóstoles DEL
CERO es como si sentir fuera humano y PENSAR NO.
Como si fracasar fuera humano y no triunfar, como si fue-
ra humano la corrupción pero no la virtud».
Los hijos de Homer Simpson van a una escuela de Springield
que lleva el nombre de «Ayn Rand»... Hoy nadie duda en
EE.UU. que se trata de la pensadora más influyente de los últi-
mos 30 años. Su influencia se ha trasladado a los países nórdi-
cos y es relativamente conocida en Alemania e Inglaterra. En

122 Lo que está detrás de Bush


España, los libros traducidos de Ayn Rand han pasado des-
apercibidos.
Una judía de San Pertersburgo
El 2 de febrero de 1905, cuando se cocía la primera revo-
lución rusa, nació Alissa Rosembaun, hija de un matrimonio de
burgueses judíos de San Petersburgo. Al cumplir 21 años, tras
concluir sus estudios de Filosofía, obtuvo permiso para viajar a
los Estados Unidos con la excusa de visitar a unos familiares.
Jamás volvió.
Pocos meses después apareció en Hollywood. Cecil B.
DeMille le ofreció trabajo como extra en una de sus primeras
películas. Mas tarde accedió a contratarla como guionista. Fue
entonces cuando adoptó el seudónimo «Ayn Rand».
En 1929 contrajo matrimonio con el actor Frank O’Connor.
Su matrimonio duró los siguientes 50 años. En 1934 –fecha en
que apareció «Los que vivimos»– empezaba ya a ser conocida
como escritora. La novela resultó un fracaso, pero el carácter
anticomunista del libro le dio cierto relieve. La consagración
vino con «El Manantial» (1943). El director King Vidor lo con-
virtió en una película protagonizada por Patricia Neal y Gary
Cooper que encarnaba al típico héroe americano redefinido
por Ayn Rand, individualista y tozudo, que se resiste a variar
sus principios.
En 1957 publicaría su novela más ambiciosa, «La Rebelión
de Atlas». A partir de ese momento juzgó que ya había dicho
todo lo que tenía que decir como novelista; de ahora en ade-
lante no escribiría más que ensayos filosóficos que contribui-
rían a definir el objetivismo.
En el último tercio del siglo XX su fama fue creciendo en los
medios intelectuales norteamericanos. Falleció en Nueva York
el 6 de marzo de 1982.

Ernesto Milà 123


La Rebelión de Atlas
«La Rebelión de Atlas» supuso un punto de inflexión en su
carrera. Ciertamente, el éxito ya le era conocido cuando publi-
có esta extraña obra, pero su argumento logró seducir a la
intelligentsia liberal americana.
El libro profetiza la decadencia de los EEUU debida al
intervensionismo estatal. El país queda dividido en dos clases:
la de los saqueadores y la de los no–saqueadores. La clase
política y dirigente está formada por los primeros que piensan
que cualquier actividad debe estar regulada y sometida a una
fuerte imposición fiscal. Los segundos son los hombres em-
prendedores, los dirigentes políticos, religiosos y sindicales, los
capitales de empresa y los intelectuales que piensan que la so-
lución está justamente en lo contrario. De estos últimos, y más
en concreto, de los patronos, surge un movimiento de protesta
que se concreta en una huelga de empresarios acompañada de
sabotajes y desapariciones. El líder del movimiento es «John
Galt», a la vez filósofo y científico.
Galt, escondido en las Montañas Rocosas, dicta órdenes,
sugiere iniciativas y mueve los hilos. Con el se refugian los prin-
cipales empresarios. Durante el tiempo que dura la huelga y la
desaparición de los empresarios, el sistema americano se hun-
de bajo el peso del intervensionismo estatal. La novela termina
cuando la patronal decide abandonar su escondite de las Mon-
tañas Rocosas de Colorado y regresar a Wall Street y a los
centros de decisión; marchan encabezados por el dólar, sím-
bolo que Galt ha elegido como símbolo de su particular rebe-
lión.
Rand quería llamar a su novela simplemente «La Huelga»;
el título de «La Rebelión de Atlas» fue sugerido por su marido.
Se equipara al empresario al titán mítico que carga a sus espal-
das los destinos del mundo. Cuando apareció la obra en 1956,
llamó la atención lo osado del planteamiento. Hasta ese mo-
mento, ni siquiera en EEUU, nadie se había atrevido a realizar

124 Lo que está detrás de Bush


un planteamiento en el que los empresarios eran los buenos, el
Estado el malvado y las masas ni siquiera contaban.
Para Ayn Rand, el hecho de que una huelga hunda en el
caos a EEUU es el signo de que éste país no puede vivir sin su
clase empresarial, que la política debe subordinarse a las nece-
sidades de la economía empresarial y, finalmente, que es preci-
so volver al espíritu de los primeros colonos que se sublevaron
contra Inglaterra en el siglo XVIII: lucharon contra el
intervensionismo estatal y en defensa de sus derechos indivi-
duales. Lo que propone Rand es volver al origen de la tradi-
ción americana, solo que el «héroe» no es el granjero que se
subleva contra los ingleses, sino el patrono que lucha contra el
intervensionismo estatal y cuyo esfuerzo crea riqueza.
En poco tiempo se agotaron cuatro millones de ejemplares
de la obra. A partir de ese momento sólo escribiría ensayos
que profundizarían en las líneas apuntadas en esta novela, como
«La virtud del egoísmo» que puede ser considerado uno de los
manifiestos de la corriente filosófica inaugurada por Rand, el
objetivismo.
Los fundamentos filosóficos del
capitalismo
De la misma forma que Zbigniew Bzezinsky y su libro La
Era Tecnotrónica constituyeron el manifiesto fundacional de
la Comisión Trilateral que abrió la era de la globalización, la
obra de Ayn Rand ha constituido el soporte moral de la
intelligentsia neocapitalista mundial.
Desde principios de siglo hasta 1973, la élite de la alta finanza
mundial había tenido al pensamiento de la Sociedad Fabiana
como el núcleo ideológico de su interpretación de la realidad.
En realidad, la Sociedad Fabiana, fundada en Inglaterra poco
antes de la Primera Guerra Mundial, constituía un apéndice del
Partido Laborista en Inglaterra y del Partido Demócrata en
Estados Unidos. Había logrado impregnar a las élites capitalis-

Ernesto Milà 125


tas a través de sus centros de enseñanza, en particular de la
London Economic School y de las Universidades Fabianas
de EE.UU.
La doctrina fabiana era gradualista y altruista. Tal como el
matrimonio Web, el novelista H.G.Wells, el escritor Bernard
Shaw y otros destacados miembros de este grupo de poder
teorizaron, era preciso mejorar las condiciones de las clases
proletarias en las que adivinaban el núcleo central de consumi-
dores del futuro. No en vano «proletario» deriva de «prole»;
los proletarios serían pues, los que tienen mayor descendencia
y hacia ellos tenía necesariamente que tender el capitalismo en
un momento en que los problemas de mecanización y produc-
ción en cadena se habían resuelto.
Los dos ejes del «socialismo» fabiano consistían en llegar
un régimen de bienestar para las masas trabajadoras a través
de un proceso gradual de conquistas sociales que tendería a
transformar al proletario en burgués. Para ello era preciso que
el proceso fuera liderado por los detentadores del capital –los
únicos que podían dar coherencia y viabilidad a un proceso de
este tipo– y que éstos tuvieran la capacidad de imponer sus
decisiones a los detentadores del poder político.
Este proceso se realizó por etapas. Inicialmente los dirigen-
tes fabianos de ambos lados del océano crearon asociaciones
en las que magnates de los grandes consorcios industriales y
bancarios, los intelectuales orgánicos a su servicio y los políti-
cos comprometidos con ellos, formaron grupos de presión: así
surgieron el Instituto de Estudios Internacionales, el Conse-
jo de Relaciones Exteriores, el Club de Bilderberg y, final-
mente, la Comisión Trilateral.
Pero cuando Berzezinsky crea la Trilateral resulta evidente
que el socialismo fabiano ya no responde a las necesidades del
capitalismo de su época. Si los fabianos habían sostenido una
especie de cínico despotismo ilustrado –«todo para el pue-
blo, pero sin el pueblo»– lo que se echaba en falta era, no

126 Lo que está detrás de Bush


tanto un proyecto global, como una norma moral para uso y
disfrute de la intelligentsia neocapitalista; algo así como un
basamento ético que tranquilizara las conciencias y diera senti-
do a la vida de los magnates del capital. Y allí estaba Ayn Rand
para ofrecerlo.
Había algo que jugaba a favor de Rand. A diferencia del
socialismo fabiano que compartieron las élites financieras libe-
rales inglesas y norteamericanas, Rand, lejos de cuestionar fi-
nalmente el sistema capitalista –como hacían los fabianos, los
cuales creían que a través de la mejora del sistema capitalista
se llegaría a un régimen más justo y a algo que, apenas sin
darse cuenta, sería diferente del capitalismo– consideraba que
el capitalismo era la mejor, sino la única forma racional y «ob-
jetiva» de guiar los destinos de la economía y de las comunida-
des humanas. «Lo merecido pertenece al universo egoísta y
comercial del provecho mutuo», había escrito, no precisa-
mente para censurarlo sino para identificar el valor central de
su sistema: la necesidad del egoísmo.
«La recompensa para el individuo, según el objetivismo,
es en esta vida y en la tierra y es mi propia felicidad. La
recompensa de los místicos del espíritu será otorgada más
allá de la tumba». Al igual que Strauss, a Ayn Rand le resulta
imposible concebir la figura de Dios , pero a diferencia de él,
no admite siquiera que la religión pueda ser beneficiosa para el
«ser superior» en su necesidad de controlar a las masas; es
despiadada en su crítica a la religión; había dicho: «Para la
religión: lo que el hombre conoce no existe y lo que existe
el hombre no lo puede conocer». Los ideales del místico son
los contrarios a los del «egoísta»: «Los místicos se complacen
del sufrimiento, de la pobreza, de la sumisión y del terror
porque ellos necesitan la derrota de la realidad racional.
Su ideal es la muerte». «La idea de Dios es la idea de un
gran burócrata del Universo». Incluso las relaciones entre
personas son para Ayn Rand una cuestión de calculadora: «No
puede existir amor sin causa, amar es evaluar».

Ernesto Milà 127


Pero donde Ayn Rand se muestra más alejada de las reli-
giones es en el desprecio habitual con que éstas consideran al
individuo: «Dios y las religiones en general, perdonan, sien-
ten piedad y misericordia, pero jamás admiran al indivi-
duo. ¿La causa? Consideran al individuo como un ente
carente de valores».
El egoísmo condujo directamente a la necesidad de que el
capitalismo no perdiera de vista los valores que le dieron ori-
gen: el individualismo, la libre empresa, la voluntad de unos
pocos de imponerse a la mayoría y guiarla, la abstinencia por
parte del Estado de cualquier intervencionismo y una mezcla
de egoísmo y altruismo que constituyen el polo ético de la nor-
ma moral propuesta por Aynd Rand. De hecho todo deriva del
individualismo, primera ramificación del egoísmo: «Cada hom-
bre constituye un fin en sí mismo, existe por sí mismo y la
consecución de su propia felicidad constituye su más alto
propósito moral».
Al igual que los fabianos del primer tercio de siglo, los par-
tidarios de Ayn Rand se han organizado en círculos, escuelas e
institutos con un propósito misional, educativo y militante. Ex-
tendidos, sobre todo por el mundo anglosajón, en apenas dos
décadas han sustituido al pensamiento fabiano en la educación
de las élites neocapitalistas. El hecho de que Alan Greenspan,
presidente de la Reserva Federal y el presidente ruso Vladimir
Putin, reconozcan públicamente su tributo con Ayn Rand es
suficientemente significativo del impacto que tiene su pensa-
miento.
Objetivismo – egoísmo – satanismo
Aynd Rand llamó a su filosofía «objetivismo»; dijo de ella
que era una norma de conducta para «vivir en la tierra». El
nombre deriva de la intención de la autora de ver la realidad tal
cual es sin prismas deformantes o apriorismos. Para Massimo
Introvigne, director del CESNUR, entidad italiana que estudia

128 Lo que está detrás de Bush


las nuevas religiones «el objetivismo es una filosofía políti-
ca radicalmente individualista que hace apología del capi-
talismo y del hombre egoísta que, en lugar de sacrificarse
para los otros, afirma –contra todos los obstáculos que
constituyen el estatismo, el moralismo y las religiones– su
absoluta libertad y que, obrando así, termina por construir
una sociedad mejor y más libre para todos».
Rand –igual que Strauss– se define como atea, considera a
la religión como una «forma primitiva de filosofía» y propo-
ne sustituirla por un «culto del hombre» como medio para
«elevar al más alto nivel de las emociones humanas resca-
tándolas del barro del misticismo y dirigirlas de nuevo ha-
cia su objeto propio: el hombre mismo». Rand proponía, al
igual que los positivistas de principios de siglo, constituir un
«culto al hombre».
Rand es perfectamente consciente de que el egoísmo en sí
mismo puede desequilibrar completamente a la sociedad y pre-
cisa de una contrapartida capaz de equilibrarlo. Encuentra este
contrapeso en el altruismo: «El altruismo considera al indivi-
duo como alimento para un caníbal...».
Todo esto enlaza perfectamente con los principios de la Igle-
sia de Satán y de Sandor LaVey en particular. Las Nueve
afirmaciones Satánicas que forman la declaración de princi-
pios de la Iglesia de Satán están directamente extraídos de La
Rebelión de Atlas, tal como ha demostrado George C. Smith,
hoy miembro del Templo de Seth (una escisión de la Iglesia de
Satán). La diferencia entre Rand y LaVey estriba en que mien-
tras éste cree que es posible llegar a establecer el «culto al
hombre» mediante el ocultismo y la magia, Rand propone ha-
cerlo mediante la economía y la ciencia.
En una de sus obras «canónicas», La Biblia Satánica,
LaVey propone una visión del mundo que debe todo a Rand y
en menor medida a Nietzsche: LaVey exalta el egoísmo y el
capitalismo, el orgullo del fuerte sobre las necesidades del dé-

Ernesto Milà 129


bil, la abolición de las religiones, las morales y la hipocresía. ¿Y
Satán? Para LaVey, Satán no es sino el símbolo del «culto al
hombre», en absoluto un personaje real (a diferencia de Michel
Aquino y del Templo de Seth que si lo considera un ser perso-
nal).
Ni LaVey ni Rand se quedaron sólo en las teorías. Descen-
dieron al terreno de la práctica. La vida y las andanzas de la
Iglesia de Satán son suficientemente conocidas. Barbara
Braden, biógrafa de Rand, ha facilitado datos para entender
que ésta siguió por vías parecidas. Su objetivismo se tradujo
en una «experimentación radical, comprendidos los planes
sexual y familiar, a través de formas de poligamia y
poliandria, en el seno del pequeño grupo que dirigía el
movimiento político y literario que había creado».
Los discípulos de Ayn Rand forman hoy un pequeño grupo
de poder, extremadamente influyente, del que Alan Greenspan
es el principal exponente y que constituyen el alma ideológica
de los movimientos que hoy tienden hacia el poder mundial,
Club Bilderberg, Comisión Trilateral, CRF... en otras palabras:
Rand ha renovado y actualizado el fundamento doctrinal del
«iluminismo».

130 Lo que está detrás de Bush


Conclusión: Ayn Rand,
la otra parte del sistema

Lo que Leo Strauss es entre las élites neoconservadores,


Ayn Rand lo es entre las élites neoliberales. Generalmente, se
tiene tendencia a pensar que unos y otros responden a los mis-
mos estímulos. No es así. Los neoconservadores de hoy, eran
llamados a finales de los años 70, «dinero nuevo», mientras
que los liberales se suelen identificar con los grupos
neocapitalistas más salvajes, con las dinastías económicas nor-
teamericanas, los Rockefeller, los Vandervil, los Morgan, etc,
que, históricamente, han estado ligadas a los medios «fabianos».
Habitualmente, los seguidores de Ayn Rand se identifican
con el pensamiento liberal norteamericano y se encuadran en el
Partido Demócrata, como los de Strauss lo hacen con las alas
extremas del Partido Republicano, unos con el neocapitalismo
y otros con el neoconservadurismo.
En cualquiera de los dos casos, ambas escuelas de pensa-
miento han cuajado en núcleos organizativos discretos, infor-
males, y restringidos a los que pertenecen lo esencial de las
esferas de poder de EEUU. Ciertamente, hoy la masonería
norteamericana sigue siendo la más numerosa de todo el mun-
do. Mientras en Francia e Inglaterra, en donde la masonería
había tenido una situación privilegiada hasta hacer poco, las
logias se encuentran en franca regresión; solamente en EEUU
gozan de buena salud… a costa de haberse convertido en me-
ros clubs sin gran importancia política, ni excesiva relevancia
social. La masonería norteamericana jamás volverá a tener la
influencia social que tuvo hasta el último tercio del siglo XX…

Ernesto Milà 131


pero otras organizaciones «discretas» la han sustituido:
straussianos, objetivistas…
Quienes rechacen cualquier forma de visión conspirativa de
la historia, rechazarán de plano el papel jugado por estos gru-
pos de influencia; para ellos, solamente cuentan los datos obje-
tivos y las cifras macroeconómicas, es decir, lo evaluable y
cuantificable. Pero los datos objetivos, en este caso, nos dicen
también que los grandes personajes que ocupan los cargos más
relevantes de la administración Bush pertenecen al círculo
straussiano. Hemos visto también, como el culto a la «noble
mentira», explica y justifica los engaños evidentes con los que
la administración Bush ha desencadenado las guerras de
Afganistán e Irak. Y, finalmente, a través de Ayn Rand, hemos
podido acceder a las justificaciones que los «empresarios» dan
a su poder.
Pero, por encima de todo esto, están los datos objetivos: la
democracia americana, cada vez es menos democracia y más
plutocracia. No son las masas, sino el poder del dinero el que
determina las políticas en EEUU. Y las formas para llegar a la
plutocracia son dos: a través de Leo Strauss para los conser-
vadores o a través de Ayn Rand para los liberales. En realidad,
ambos responden a la necesidad que tienen ambos grupos de
disponer de bases teóricas sólidas que justifiquen su accionar.
La historia tiene también una dimensión subterránea. Des-
conocerla implica correr el riesgo de no comprender los pro-
cesos históricos. Esta dimensión subterránea opera a modo de
infraestructura que determina decisivamente el papel y la orien-
tación de las superestructuras. Si nos limitamos únicamente a
analizar el desarrollo de las superestructuras, jamás entendere-
mos las razonas últimas que las mueven. De ahí los jalones que
hemos seguido en nuestro estudio: la ideología de los Padres
Fundadores de los EEUU y el papel jugado por la mesiánica
masonería norteamericana entre la fundación de la nación y el
último tercio del siglo XX. Hemos visto luego, como se forma-

132 Lo que está detrás de Bush


ron los grupos fundamentalistas religiosos y como, a partir de
los últimos años 70, alcanzaron una relevancia notable. Y como,
finalmente, en los años 90, fueron reconducidos por el núcleo
de «filósofos» straussianos que asumieron el papel de motores
del neoconservadurismo. Por último, hemos pasado una so-
mera revista a la gran ideóloga del neocapitalismo, Ayn Rand
que ha influido en el otro sector de poder.
Es posible que a partir de ahora tengamos mucho más claro
cuáles son los motores ideológicos que operan en el tablero
norteamericano. La rapidez con la que se desarrolla la historia
de nuestros días induce a pensar que estas fuerzas no serán
estables ad infinitum, y que serán sustituidos por otros nú-
cleos de poder. Pero no sabemos cuando ocurrirá y ni siquiera
si ocurrirá. Por otra parte, no puede desvincularse estos cen-
tros de poder de la crisis global que están viviendo los EEUU.
Estamos asistiendo al desmoronamiento de un país. El défi-
cit de la balanza de pagos, la desertización industrial, la pulve-
rización del ahorro, la dependencia absoluta de la economía
norteamericana de la las inversiones procedentes del exterior,
no dejan mucho lugar para el optimismo. Socialmente, la inte-
gración racial de los afroamericanos ha fracasado: las dos co-
munidades siguen siendo hostiles y estando separadas… a cua-
renta años de la promulgación de las leyes de integración ra-
cial, nunca en la historia de los EEUU se ha estado tan distante
del objetivo. De hecho, la situación del siglo XIX se ha recons-
truido: los aborígenes de Norteamérica, vencidos y diezma-
dos, han reaparecido con la inmigración mejicana. Éste núcleo
mexicano, por lo demás, ha conseguido romper la unidad lin-
güística de los EEUU: hoy un mexicano ya no precisa hablar
inglés para defenderse y encontrar trabajo en determinadas ciu-
dades. La tasa de criminalidad y la delincuencia es absoluta-
mente insoportable (más de dos millones de presos conforman
la población carcelaria más grande del mundo). En cuanto a
sus fuerzas armadas, han demostrado su incapacidad para con-

Ernesto Milà 133


quistar y controlar el terreno de los conflictos: ciertamente, el
poder tecnológico de las FFAA norteamericanas no tiene igual,
pero todo se basa en bombardeos estratégicos, y en el absur-
do concepto de «guerra sin muertes»… En el momento en que
cesan los bombardeos y es la infantería quien tiene que tomar
el control de los territorios, se muestran todos los problemas
que afectan al ejército norteamericano: pesadez burocrática,
rigidez, excesivo peso de la logística sobre los núcleos
operativos. Todo esto sin olvidar las tasas de analfabetismo
estructural que en EEUU superan las de cualquier otro país del
hemisferio occidental. EEUU viven al día. Crecidos desde los
orígenes en la idea de que en su territorio existen unas fuentes
inagotables de riqueza, es incapaz de entender lo que repre-
senta el deterioro del medio ambiente o la escasez energética.
La sociedad norteamericana es frágil. Cada día más frágil.
Su absentismo creciente de la política, su tosquedad cultural, el
economicismo inherente a su escala de valores, determinan su
debilidad y su fragilidad. El pensamiento neoconservador de
Leo Strauss y el pensamiento neoliberal de Ayn Rand, intentan
afrontar una nueva situación histórica en la que hacen falta se-
res de hierro capaces de guiar a la «nación elegida por Dios» (a
ambos, estructuralmente ateos…) para mantener su hegemo-
nía mediante el recurso al titanismo.
Pero, al igual que la URSS se desplomó interiormente, los
indicativos empiezan a alertar sobre la posibilidad de que nues-
tra generación vea también el hundimiento del poder america-
no. Éste ha comenzado. Enfrentarse a Estados profundamente
subdesarrollados (Afganistán) o a micropotencias de tercera
fila (Irak), asumir el papel de portaestandarte de una extraña
«lucha contra el terrorismo internacional», evidencian que EEUU,
lejos de estar en la cúspide de su poder, ha iniciado ya la pen-
diente de la decadencia: por que, con o sin elecciones, Afganistán
dista mucho de estar pacificado y en cuando a Irak, el país
entero bulle en la insurrección contra el ocupante. Y, a todo

134 Lo que está detrás de Bush


esto, Bin Laden, goza de buena salud. Si de algo puede hablar-
se, no es de éxito precisamente.

Ernesto Milà 135


136 Lo que está detrás de Bush
Sumario

Ernesto Milà 137


Indice

Introducción ...................................................................... 5
I. El pensamiento anómano desde los orígenes ............... 9
El mito de la Tierra de la Muerte ............................. 11
La «Nueva Atlántida» ............................................. 14
La colonización del Paraíso .................................... 16
La formación de la mentalidad americana ................ 18
Franklin en Europa,
la revolución americana exportada .......................... 20
El origen de la masonería americana ........................ 22
La independencia americana:
triunfo del ideal masónico ....................................... 24
La masonería americana
a finales del siglo XX .............................................. 29
II. El extraño mundo de los «filósofos» ........................ 35
Leo Strauss:
un pensamiento inquietante ..................................... 35
Cuando la Verdad es peligrosa ............................... 38
La «Logia» o la «Cábala» straussiana ...................... 40
La «noble mentira» ................................................. 41
Los tres tipos humanos según Strauss ..................... 44
La Guerra, nuestra Madre ...................................... 45
«El cierre de la mentalidad americana» .................... 47
Kojéve y las raíces de ls política postmoderna ........ 50
Straussianos en la administración Bush .................... 53
Algo ha cambiado en EEUU: las libertades ............. 59
III. El pensamiento de los «gentiles» y del «vulgo» ........ 63
Robert Kagan: un hombre que habla claro .............. 63
El papel de los «cristianos renacidos» ..................... 68
De Princeton a los telepredicadores ........................ 70

138 Lo que está detrás de Bush


El «Destino Manifiesto» como referencia ................. 72
El PNAC: o el «destino manifiesto»
en el nuevo milenio ................................................. 87
William Kristol, Presidente del PNAC .................... 88
Objetivo prioritario:
«resolver» la cuestión iraquí .................................... 90
La Doctrina Rumsfeld ............................................. 91
El documento RAD ................................................ 96
Las líneas de trabajo del PNAC ............................. 97
La nomenclatura de la élite neoconservadora .......... 99
La malla neoconservadora .................................... 102
El «dios» de Bush: religiosidad a la carta ............... 105
El Destino Manifiesto en el nuevo milenio .............. 111
Los tiempos apocalípticos .................................... 116
IV. La otra componente del pensamiento americano ... 121
Ayn Rand: del stanismo a las multinacionales ......... 121
Una judía de San Pertersburgo ............................. 123
La Rebelión de Atlas ............................................ 124
Los fundamentos filosóficos del capitalismo ........... 125
Objetivismo – egoísmo – satanismo ...................... 128
Conclusión: Ayn Rand, la otra parte del sistema .............. 131

Ernesto Milà 139


140 Lo que está detrás de Bush
Ernesto Milà 141
142 Lo que está detrás de Bush
Ernesto Milà 143
144 Lo que está detrás de Bush
Ernesto Milà 145

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