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Entre labra y traza

Instrumentos geométricos para la labra

de la piedra de sillería en la Edad Moderna 1

Calvo López, José Universidad Politécnica de Cartagena Paseo de Alfonso XIII, 44. 30203 Cartagena

Resumen

Como es sabido, la construcción en piedra de piezas singulares exige la

resolución de problemas geométricos complejos. Entre los momentos básicos de la

traza, efectuada casi siempre a tamaño natural o a escalas muy grandes, y la labra

efectiva de la dovela, hay un paso intermedio esencial en el proceso, el del transporte del

trazado a las caras de la piedra, lo que requiere el empleo de instrumentos específicos:

reglas, escuadras, transportadores de ángulos conocidos como saltarreglas, y plantillas

que pueden representar uno, dos o cuatro lados de una cara de una dovela y que reciben

los nombres de cerchas, baiveles y plantas, respectivamente. La comunicación estudia

estos instrumentos y su evolución desde los antecedentes medievales hasta las soluciones

sofisticadas de la época de la Ilustración, sin olvidar su relación con los métodos de labra

y la definición geométrica de la dovela.

1 Comunicación presentada en el Sexto Congreso Nacional de Profesores de Materiales de Construcción de Escuelas de Arquitectura Técnica. Publicada en Actas del VI Congreso Nacional de Profesores de Materiales de Construcción de Escuelas de Arquitectura Técnica. Sevilla: Asociación de Profesores de Materiales de Construcción de Escuelas de Arquitectura Técnica, p. 107-120. ISBN 84-6072954-0.

La regla

En cantería, la voz regla se emplea con gran frecuencia como sinónimo de la recta, del plano o incluso del dintel; lo prueban, entre otros muchos ejemplos, la Escalera a regla adulcida, el Arco avanzado a regla o el Capialzado a regla (Vandelvira 1580:23 v., 43 v., 59 v.; Aranda 1600:116). La identificación de la regla con la recta es obvia, pero la acepción de regla como plano sólo puede derivar de su empleo en la labra.

Alonso de Vandelvira, en su Libro de trazas de cortes de piedras, al hablar de la Pechina carpanel en viaje (1580:8 v.), nos dice que «primero ha de labrar el paramento de la dovela a regla, luego ha de plantar la planta en el dicho paramento»; es decir, que se ha de materializar un plano sobre el que después se coloca una plantilla para marcar la forma de la dovela. La práctica no es, desde luego, exclusiva de Vandelvira; al exponer el Arco abocinado en torre cavada en los Cerramientos y trazas de montea, Ginés Martínez de Aranda (1600:105, 107) aconseja labrar las dovelas a regla y borneo antes de afondarlas.

La regla también se emplea para labrar superficies curvas. En la misma Pechina carpanel en viaje, que hoy denominaríamos trompa, Vandelvira dice que «hase de plantar la cercha en la cabeza, luego desde la cercha a la punta de la planta se ha de labrar a regla»; dicho de otro modo, el intradós de la trompa, formado en este caso por tres superficies cónicas, se ha de labrar comprobando la rectitud de sus generatrices con la regla. Las superficies de intradós pueden ser muy diversas, en función de las curvas que tienen por directrices e incluso de la dirección de la regla. Martínez de Aranda lo deja bien claro en el Arco capialzado en viaje por cara, (1600:46; Calvo 1999:II-135) donde dice: «labra los bolsores por una parte y otra con la forma que tuvieren los bolsores de los arcos A C y de unas testas a otras las labrarás a regla plantando la regla de cuadrado que vengan a quedar por las caras engauchidos». Es decir, después de labrar las testas se ha de materializar la superficie de intradós con ayuda de una regla que se mueve en un plano vertical perpendicular a las testas, apoyándose en sus aristas. El resultado de esta operación es una superficie reglada no desarrollable o engauchida, como advierte Aranda.

Ya en los albores de la Ilustración, Frézier (1737:II 18-19, 21-22, 35-37) expone con detalle la labra de superficies planas, cilíndricas, cónicas y alabeadas con ayuda de la regla. En todos los casos el principio es el mismo; después de realizar dos tiradas rectas o curvas que hacen de directrices, se va labrando una superficie reglada materializando las generatrices con ayuda de la regla. De esta práctica de los canteros parece derivar nuestra moderna noción de superficie reglada, e incluso la distinción entre regladas desarrollables y alabeadas.

La escuadra

La escuadra es, con el compás, el emblema del maestro cantero medieval. (Colombier 1973:99; Gimpel 1980:36). El instrumento pervive hasta el Renacimiento, y mucho más tarde, pero sufre transformaciones importantes. En la Edad Media la escuadra de los canteros es ante todo un instrumento de labra; tiene únicamente dos brazos, porque su función esencial es comprobar la ortogonalidad de dos caras de un sillar o dovela. En la vidriera de la Historia de San Chéron de la catedral de Chartres aparecen dos escuadras como útiles de labra, junto a sendos bloques a medio cortar (Colombier 1973:17, fig. 5). Hasta el siglo XIV se emplea la escuadra de brazos divergentes, que Sené ha estudiado en profundidad (1970:349-358; Colombier 1973:99; Gimpel 1980:36). Hacia el siglo XV este útil ha cedido su predominio en la labra a una escuadra de brazos paralelos con los extremos terminados en un corte oblicuo, (Colombier 1973:48); entrado el Quinientos, la encontramos representada en la Escalera Dorada de la catedral de Burgos (Marías 1991:249). En el siglo XVI reaparece la escuadra del mundo clásico, de tres brazos, que se usa únicamente en la traza; pero la de dos brazos se sigue empleando en la labra. Lo deja claro Fray Laurencio de San Nicolás, que pone de manifiesto que en el arco carpanel el trasdós y el intradós, «se labran a escuadra» (1639:66 v.); del mismo modo se puede labrar cualquier superficie resultado de la proyección de una arista.

Precisamente es la escuadra la que da su nombre francés a uno de los dos grandes métodos de la tomotecnia, la labra par équarrissement (De L’Orme 1567:124 r.). La práctica de los canteros fue desarrollando dos grandes líneas de actuación en este campo, que desembocaron en dos de los fundamentos de la Geometría Descriptiva (Rabasa 2000:160): una es la labra par équarrissement, o por robos, basada en envolver cada dovela en un sólido capaz formado por planos horizontales y verticales y obtener las proyecciones de las caras de la dovela sobre estos planos. Según Martínez de Aranda, el método consta de una primera fase de labra de cuadrado (1600:11), es decir, por planos perpendiculares entre sí; en el siglo XVIII, olvidada la tradición renacentista española, Bails traducirá literalmente équarrissement por escuadría, dejando bien claro el fundamento del método (1802:IX I 417, 418). A la labra por robos se opone la labra por plantas, que se centra en la obtención de plantillas, más o menos completas, que representan en verdadera magnitud las caras de la dovela, y a la que tendremos ocasión de referirnos más adelante; si la labra por robos es un antecedente del sistema diédrico, la labra por plantas está en el origen de la actual noción de abatimiento.

La cercha

Un instrumento que ocupa un lugar de importancia en los métodos de Philibert de L'Orme es la cherche r’alongée, la cercha estendida de Martínez de Aranda. Se trata de una regla uno de cuyos lados es curvo, empleada como plantilla para dar forma a uno de los lados de una pieza de cantería. Tanto en español como en francés, la voz designa al instrumento y al trazo que se ejecuta con él: «Resta ahora digamos de la manera que se ha de trazar la cimbria y cercha que va por las dovelas para si hubiere de llevar moldura se sepa con qué cercha se ha de labrar» (Vandelvira 1580:15 r.; De La Rue 1728:2). El lado curvo de la cercha puede en principio ser una curva cualquiera, lo que da gran flexibilidad al procedimiento; se puede utilizar para obtener las cimbrias o desarrollos de las testas de los arcos, pechinas y capialzados, el intradós de las bóvedas, los machones y las aristas de la cara inferior de los peldaños, o las hélices de la Vía de San Gil y los

Capialzados abocinados (De L'Orme 1567:124 r., 126 r.; Vandelvira 1580:10 v., 25 r.,

48 v., 51 r., 60 v.; Aranda 1600:233, 237-238). Frézier (1737: II 18-20) y Bails

(1779:IX I 421-422, 425) exponen cómo la cercha es imprescindible en la labra de las superficies esféricas, elipsoidales, y toroidales, y muy útil en las cilíndricas.

Philibert de L’Orme ofrece en Le Premier Tome de l'Architecture (1567:55r.-55v.,

56 v.) un procedimiento para la construcción de la cerche r’alongée sobre el que puede

arrojar luz una lectura en paralelo con Vandelvira y Aranda. Se trata, como queda claro por el dibujo, de una regla con un lado recto y otro curvo, pero el comentario de Philibert no es muy explícito: «Para encontrar entonces adecuadamente la cercha de una circunferencia y darla bien a entender, no se puede encontrar o tomar de un solo golpe con el compás, ni de un solo centro, sino con varios centros y varias líneas, curvas y redondas». En la difinition cuarta de la primera parte de su manuscrito, Aranda (1600:4) «muestra extender arcos sobre una circunferencia»; esto es, hallar la intersección de dos cilindros cuyos ejes se cortan en ángulo recto, construyendo el desarrollo del luneto sobre uno de los cilindros por puntos y «cogiendo todas las alturas de los dichos plomos con la circunferencia extendida que causare»; a la luz de la difinition segunda de la primera parte (Martínez de Aranda 1600:4) y del Arco painel de Vandelvira (1580:18 v.; v. también 15 r.), hay que entender que el desarrollo de la curva de intersección se obtiene uniendo estos puntos de tres en tres con el compás. Sin duda, De L’Orme estaba pensando en un procedimiento similar, como sugieren las paralelas trazadas sobre una de sus cerchas; esto explica la relación en el Premier Tome de l'Architecture entre la cerche r’alongée y la regla para la construcción de un arco conociendo tres puntos o de los de los trois points perdus, que expone a continuación.

El método aplicado en los Cerramientos a la intersección de dos cilindros se puede emplear en cualquier curva, por ejemplo a las hélices (Martínez de Aranda 1600:228-229); si conocemos una serie de puntos próximos y los unimos mediante arcos de círculo, tendremos una aproximación a la curva lo bastante precisa para las

necesidades prácticas. En suma, la idea básica no consiste más que en obtener una serie de puntos de una curva plana, o alabeada, y unir los puntos tomándolos de tres en tres con el compás por medio de la regla de los «tres puntos perdidos»; con un procedimiento tan simple como éste los maestros canteros del Renacimiento español y francés obtenían el desarrollo de cualquier curva plana o alabeada, con precisión suficiente para sus fines.

La saltarregla

La sauterelle o saltarregla es un transportador de ángulos que adopta la forma de una escuadra articulada por el vértice, que se utiliza «para tomar una medida sobre el trazado, o sobre la obra, para cortar una piedra por su extremo, o por otra parte, estando en la lonja, antes de asentarla» (De L’Orme 1567:55 r.). Al contrario que el baivel, que veremos a renglón seguido, la saltarregla no aparece entre las fuentes medievales; en la época de Villard de Honnecourt los ángulos se medían en gradientes y no en grados; por tanto, se transportaban tomando las medidas de los catetos de un triángulo rectángulo, quizá con la ayuda de la escuadra. (Villard 1220:40; Shelby 1965:246-247; 1969:539;

1971:145)

En el Libro de trazas de cortes de piedras de Alonso de Vandelvira aparece con gran frecuencia una línea que representa la junta de testa y recibe el nombre de saltarregla; también aparecen líneas llamadas saltarreglas en el manuscrito de Martínez de Aranda, aunque en número menor que en Vandelvira. Ahora bien, el papel de la saltarregla en un texto y otro es muy diferente. Tanto Vandelvira como Aranda utilizan la saltarregla para conocer el ángulo entre la junta de testa y la junta de intradós (Sanabria 1989:277); pero Aranda, salvo raras excepciones, la emplea para mejorar la precisión de la labra por robos, donde dispone de los planos de testa de los arcos, en principio verticales, y, por tanto, conoce la posición de la junta de testa; por tanto, la saltarregla representa la junta de intradós, obtenida mediante lo que hoy denominaríamos un giro. Muy diferente es el papel de la saltarregla en el manuscrito de Vandelvira; aparece vinculada en ocasiones a

trazas por robos, pero es mas frecuente encontrarla en cortes que se resuelven por el método que Palacios denomina por baivel (1990:20), que conceptualmente está próximo

a la labra por plantas de Aranda. En ese caso, se determina primero en verdadera

magnitud la cara de intradós, y se da comienzo a la labra sin referencia a planos verticales y horizontales. Por tanto, Vandelvira dispone ya de la junta de intradós y lo que ha de construir, bien por abatimientos, bien por triangulaciones, es la junta de testa.

Esta disparidad se debe a lo diferentes métodos didácticos de ambos manuscritos. Un baivel o una saltarregla se definen geométricamente por dos de los cuatro lados de la cara de lecho o intradós de una dovela, mientras que las plantillas se definen por los cuatro lados. Así, la construcción del baivel o la saltarregla viene dada por los primeros pasos de la construcción de la planta y el que sabe construir una plantilla puede trazar un baivel o una saltarregla simplemente interrumpiendo el proceso

a medio camino. Por esta razón Aranda (1600:49, entre otras muchas) expone casi

siempre la construcción de las plantillas completas, mientras que Vandelvira por lo general expone la de las saltarreglas, salvo cuando necesita labrar molduras; en tal caso sí utiliza plantillas que le dan la envolvente de la moldura deformada. Un detalle sutil confirma esto: en muchas trazas de su manuscrito, Aranda dibuja la arista de intradós y las dos aristas de testa de la planta por lechos de trazo continuo, mientras que la cuarta arista, la de trasdós, se representa en línea de puntos, como si nos diera a elegir entre trazar los cuatro lados para construir una planta, o sólo tres para utilizar las saltarreglas.

Los baiveles

El buveau es un instrumento similar a la saltarregla, con la particularidad de que uno o los dos lados son curvos, bien convexos, bien cóncavos. Como la mayoría de los

útiles del cantero del Renacimiento, el baivel tiene antecedentes medievales. Aparece en

la conocida panoplia de instrumentos de la vidriera de la Historia de San Silvestre de

Chartres, con un lado recto y otro convexo; se utiliza, por tanto, para labrar superficies

cóncavas; pero se trata de un ejemplo aislado; como señala Sergio Sanabria, el autor de los esquemas de corte de piedra del Cuaderno de Villard de Honnecourt parece desconocer su empleo.

En el Libro de Hernán Ruiz aparecen referencias tanto a bayveles como a saltarreglas (Ruiz 1560:24 v., 25 v., 29 v.); ahora bien, cuando se citan por su nombre es para emplearlos en tareas canteriles que no tienen relación directa con el problema del despiece, por ejemplo para obtener el ángulo que forma la arista de una pirámide con el lado de la base. Sólo en un caso, el capialzado del f. 47 r., parecen emplearse baiveles o saltarreglas para resolver el problema estereotómico. Pero la traza no tiene leyenda y es de interpretación muy difícil; además, las inconfundibles envolventes de las dovelas dejan claro que se emplea también el método por robos, en principio opuesto a la labra por baivel. En los documentos del Escorial se habla en varias ocasiones de baybeles (Wilkinson 1991:268; Bustamante 1994:156, 227).

En la tratadística francesa (De L'Orme 1567:44 v., 45 r.; De La Rue 1728:2), el baivel es por lo general articulado; oigamos su descripción en boca del Padre Derand

(1643:4):

El baivel comparte con la saltarregla la movilidad de sus brazos, pero difiere en que los brazos no son en línea recta; a veces los dos son convexos, otras veces por el contrario son curvos y cóncavos, en otras uno es convexo y el otro recto; a veces los dos son cóncavos y la mitad de uno es recta, como haga falta.

En cambio, Vandelvira representa al inicio de su manuscrito un baivel fijo; también parece ser fijo el baivel de de Alonso de Guardia, mientras que el Arte y uso de arquitectura de Fray Laurencio de San Nicolás es más ambiguo; sólo lo echamos de menos el instrumento en el manuscrito de Martínez de Aranda (Vandelvira 1580: 4 v.; Guardia 1600:82 v., 84 v., 87 v. y otras muchas; San Nicolás 1633:63 v.). No conocemos referencias al baivel articulado en textos españoles del siglo XVI. Este instrumento debía ser de utilización muy restringida, y quizá figura en el tratado de De L’Orme como una

curiosidad para hacer patentes los grandes conocimientos canteriles del autor. Hay que tener en cuenta que el baivel articulado sólo es útil en casos muy concretos. Cuando la

curvatura y el ángulo que forman las juntas de lecho con la normal a la superficie de intradós son constantes, bastará con un solo baivel fijo. Si la curvatura y el ángulo varían simultáneamente, será necesario un baivel, también fijo, para cada dovela; sólo si la curvatura es constante y el ángulo va variando tiene sentido el baivel articulado. Tampoco hay que olvidar que el baivel articulado requiere construir una charnela, para

lo

que habría que llamar a herreros a colaborar con los carpinteros que harían los brazos;

y

todo esto para desechar el instrumento una vez terminada la pieza. En general

parecería más práctico construir un baivel fijo para cada dovela, salvo en las grandes

obras reales, donde abundaban los carpinteros y los herreros, y donde las series repetitivas de huecos aconsejaban su empleo. No es de extrañar, por lo tanto, que aparezca en el tratado de Philibert, vinculado a las obras del Château de Madrid, como útil de racionalización del trabajo (De L'Orme 1567: 124 r.; cf. Palacios 1990:16).

Sanabria puso de manifiesto que al tratar de la Vis de San Gilles, cima de la

estereotomía románica y renacentista, Philibert de L'Orme prefiere el empleo de baiveles

y saltarreglas al de plantillas, y dio por supuesto que se trata de un método posterior

(Sanabria 1984:190-191). Geneviève Barbé-Coquelin de Lisle defiende la misma idea pero extiende su alcance en varios sentidos: postula que la cantería de la segunda mitad del siglo XVI evoluciona desde el uso de plantillas al de baiveles, y que por tanto el baivel es un instrumento más sofisticado que la plantilla, fruto de un mayor progreso técnico (Barbé-Coquelin de Lisle 1992:131). El texto de De L’Orme (1567:120 v.) podría a primera vista justificar estas afirmaciones:

Esto se hace de varias maneras: unos lo hacen por robos y otros por plantas; en cuanto a mí, no pido más que un baivel o saltarregla con una escuadra: de forma que después de haber

trazado la cercha, haré el cuarto de escalera suspendida [ que no estén engauchidas

y no sólo las juntas y comisuras

]

Pero no hay que olvidar en ningún momento el tono teatral de algunos pasajes del Premier Tome de l’Architecture. Las regla - cerchas de Fray Laurencio, es decir, los baiveles, son plantillas incompletas, y no hay gran diferencia en su uso con las verdaderas: «haz reglas cerchas, según A Y N para la parte de adentro, y otra regla cercha según B O M o plantillas enteras, que lo mismo es lo uno que lo otro, y con ellas se han de ajustar los paramentos por la parte de sus lechos y sobrelechos» (1639:63 v.). Así podemos entender mejor la afirmación de De L’Orme: alardeando de virtuosismo, dice ser capaz de labrar la Vía de San Gil tan sólo con un baivel, impresionando así a canteros de formación media que tendrían dificultades para materializarla con plantillas verdaderas; esto no es incompatible con un uso mucho más serio en el Château de Madrid, donde la importancia de la fábrica hará aconsejable reducir gastos de carpintería sustituyendo las plantillas por baiveles. En cualquier caso, la diferencia entre la labra por baivel y por plantas no es de concepto, sino únicamente de grado de precisión; repitiendo lo que decíamos más arriba, el que conoce la construcción de la plantilla puede construir el baivel sin más que tomar dos de sus cuatro lados.

Las plantillas

En la panoplia de Chartres aparecen plantillas que representan la sección de los nervios góticos (Colombier 1973:17, 30). El papel esencial de este sencillo instrumento se pone de manifiesto muy pronto: cuando Guillermo de Sens emprende a finales del siglo XII la construcción de la catedral de Cantorbery, envía a Caen moles para obtener las piedras que quiere. Así, desde el primer momento, la plantilla permite independizar físicamente el trazado, la labra y la colocación de la pieza labrada (Colombier 1973:24; Shelby 1964:393; Ruiz de la Rosa 1987:291-293; Palacios 1990:16-17; Zaragozá 1997:29). También es un instrumento imprescindible para asegurar la continuidad formal en obras de larga duración, como la catedral de Reims, que Villard de Honnecourt dibuja junto a sus plantillas (Villard 1220:63; Erlande-Brandenburg 1986:

19-20; Bechmann 1986: 42); estos moldes constituyen el medio más importante de

control formal en la arquitectura gótica junto con los planos y las monteas o trazados a tamaño natural.

La tradición medieval según la cual el maestro mayor ha de entregar las plantillas a los obreros (Colombier 1973:98; Kostof 1986:88-89) se perpetúa en los arquitectos del Renacimiento. En Venecia, la función directora del proto se relaciona con la entrega de sagome a los canteros, albañiles y carpinteros (Burns 1991:202). En El Salvador de Úbeda, Diego de Siloé ha de dar «dibujados y trazados los moldes» (Gómez-Moreno 1983:190), lo que parece indicar que el arquitecto realiza un dibujo a tamaño natural y después los carpinteros hacen con esa base los moldes de madera. En obras como el Cabildo de la catedral sevillana, las plantillas pertenecen al arquitecto y pasan a su hijo al morir éste, lo que crea grandes dificultades para la marcha de las obras (Morales 1996:47, 152). En El Escorial, la mayoría de los contratos prevé la entrega a los destajeros de un ejemplar de las cimbras, cerchas, plantas, baiveles, moldes y contramoldes precisos para la ejecución del destajo; si el contratista precisa más de uno, ha de hacer las copias a su costa, quedando en todo caso los originales en poder de los aparejadores (Bustamante 1994:147, 233, 238, 242, 247, 360, 381). Así, plantillas, cerchas, baiveles y moldes desempeñan junto a los trazados a tamaño natural un papel decisivo en un punto central de la construcción del Renacimiento: la transmisión de las órdenes desde el arquitecto diseñador hasta los ejecutores (Potié 1996:41, 68-69).

La gran mayoría de las trazas de los Cerramientos y trazas de montea son por plantas al justo; lo que Aranda nos ofrece en ellas son las construcciones geométricas necesarias para obtener las plantas por cara o plantillas de intradós y las plantas por lecho. Se trata, como queda claro en el manuscrito, de plantillas de las caras de intradós de las dovelas o peldaños, o de sus caras de lecho y sobrelecho, que se colocan sobre la cara ya tallada para marcar su perfil y facilitar así la labra en fino de las caras sucesivas de la pieza. En Vandelvira por lo general los lechos se resuelven por medio de saltarreglas y, en consecuencia, la voz planta se reserva para la plantilla de intradós; sólo se emplean

plantas por lecho cuando es necesaria una precisión excepcional, por ejemplo en los arcos esviados con molduras en el intradós. (Vandelvira 1567:19 v.)

En Philibert de L’Orme, además del paneau de doyle par desoubz, y el paneau de ioinct, que corresponden respectivamente a las plantas por cara y por lecho de Aranda, encontramos el paneau de teste y el paneau de doyle par desus (1567:55 v., 76 r. - 77 r.). El primero, la plantilla de testa, aparece en Vandelvira y Aranda, pero no por separado, sino formando parte de la cimbria o desarrollo de la cara de testa; el segundo, la plantilla de trasdós, no figura en los textos españoles, que prestan en general poca atención a las tardosas; en realidad es un instrumento de escasa utilidad, pues al colocarse sobre una cara convexa, apenas sirve más que para comprobar la longitud de las aristas haciéndolo bailar sobre la cara. También aparecen en Aranda con mayor claridad que en ningún otro texto las plantillas para labrar de cuadrado y no por plantas al justo. Estas plantillas no se aplican directamente sobre lo que han de ser las caras de la pieza terminada, sino sobre las caras de un sólido capaz; más adelante se han de quitar o robar unas cuñas de esta envolvente para obtener la forma definitiva. Así, en algunas piezas muy complejas, la labra tiene varias fases: en primer lugar se desbasta un bloque paralelepipédico, para lo que no son necesarias las plantillas; en una segunda fase se va obteniendo con ayuda de las plantas una envolvente más cercana a la forma de la pieza, pero que todavía no es la definitiva; y por último, se quitan algunas cuñas para obtener la dovela terminada.

En castellano, las plantillas asociadas a trazas de cantería, es decir, a trazados geométricos complejos, reciben el nombre de plantas, mientras que otras, como las que representan las molduras de los órdenes, reciben el nombre de moldes (Vandelvira 1580:19 v.; Wilkinson 1991:267; Bustamante 1994:240; 242). En Francia encontramos la misma distinción entre paneaux ligados al art du trait, la moderna estereotomía, y moules, destinadas a trazar los «perfiles de cornisas, arquitrabes y otros tipos de molduras, como también las basas» (De L'Orme 1567:57 r.; Sanabria 1984:207; Potié 1996:68-69); aunque pueda sorprender, los términos moule y molde, e incluso la moldura

clásica derivan de los moles de la época de Guillermo de Sens y Villard de Honnecourt (Bechmann 1993:45, 52, 62). También existe la misma distinción entre motlle y patró en el catalán de nuestros días, aunque hace unos años ya estaba en retroceso (Martín 1981:209, 212), y ya en la Valencia del siglo XV se utilizan motles para piezas de cantería como los volsors o dovelas, las pechinas y los alambors o taludes. (Zaragozá 1992:99). Este pequeño detalle bastaría para desmentir la visión estática y retardataria de la cantería del Renacimiento español que se ha querido presentar en ocasiones; la transformación del arte de los pedreros a lo largo del Quinientos provoca la aparición del neologismo planta, probablemente de origen italiano, mientras que la heredera del mole medieval es la moldura clásica.

A veces se hace mención a contramoldes, o contramotles en Valencia, (Vandelvira 1580 51 r.; Gómez Moreno 1983:210-211; Ruiz de Arcaute 1936:42; Hoag 1985:47; Martín González 1959:202; Navascués 1972:106; Marías 1983:I 78 y 1989:500; Cervera 1985:94; Wilkinson 1991:267; Bustamante 1994:147, 155, 156, 239; Zaragozá 1992: 99 y 1997:29, 31) que parecen ser plantillas negativas de las molduras, y que tienen la ventaja de que una vez labrada la pieza se pueden pasar a lo largo de las molduras para comprobar la exactitud del acabado; el término plantilla parece surgir en el siglo XVII.

En la realización de las plantillas se emplean los materiales más diversos, pero predomina la madera. En la Inglaterra medieval se emplea, además, lona, tela de lino y pergamino (Shelby 1964:394; 1971:142-143). En 1421 con Brunelleschi y Ghiberti como capomaestri se utilizan en Santa Maria del Fiore plantillas de madera. (Trachtenberg 1983:249) En la construcción de la basílica de Vicenza, Palladio emplea plantillas de estaño, de hierro, de papel y de madera (Burns 1991:204, 207). Según Philibert de L’Orme, las moules pueden ser «de cobre, de madera, de hierro blanco, de cartón», y no hay razón para suponer que no suceda lo mismo con los paneaux (1567:56 v.). Pero más adelante De L'Orme (1567:106 v.; Sanabria 1984:205-206) aclara que en

realidad las plantillas de papel o cartón se hierven para hacerles perder su rigidez y

después se pegan sobre una base de madera:

De todas formas quiero advertir a los lectores que nunca encuentro mis figuras talladas de una forma tan precisa como las he dibujado, porque los canteros tienen por costumbre mojar, y en ocasiones hervir un poco el cartón del dibujo antes de pegarlo sobre la plancha, para llevar a cabo la labra.

La amplia documentación del Portal del Camí de Quart valenciano confirma punto por punto que esta práctica ya era seguida en el siglo XV. Se compran pliegos de papel engrutats para trazar las plantillas, y una cazuela y agua cuita o cola, para pegar los motles de papel, es de suponer que sobre una base de madera. (Zaragozá 1992:99). En la Capilla Real de Alfonso el Magnánimo parece que las plantillas de papel se empleaban directamente, sin pegarlas a una base de madera; pero en tal caso el engrutat tendría el fin de darles rigidez, lo que a los efectos que nos interesan equivale a pegarlas sobre madera. (Zaragozá 1997:33) Según Philibert de L’Orme, los moules se aplican sobre las piezas y se trazan las molduras con una broche d’acier (1567:57), es decir, un puntero o trazador; por otra parte, la compra en las obras de la Torre de Cuarte de un tintero de barro hace pensar que se utilizaba la tinta para trazar las plantillas sobre el papel (Zaragozá 1992:99). En El Escorial se discute si los contramoldes se han de hacer en el taller del aparejador de carpintería o en la casa mayor de la traza y si los aparejadores de cantería han de tener a su servicio un oficial de carpintería precisamente para hacer los contramoldes, lo que da a entender que son de madera (Cervera 1985:94; Wilkinson 1991:267, nota 16; Bustamante 1994:369, 381; Marías 1991:256, nota 25).

Estos detalles no son anecdóticos, pues indican que por lo general las plantillas son rígidas, lo que tiene consecuencias geométricas fundamentales; la plantilla de una cara no plana, tal como el intradós de una dovela, no ha de representar el desarrollo de la cara, sino su proyección sobre el plano definido por tres o cuatro de sus vértices; es evidente que las plantillas de De L’Orme o de la torre de Cuarte, de papel pegado sobre

madera, deben considerarse a estos efectos plantillas rígidas. Frézier (1737:I 310) explica así su empleo:

antes de ahondar una superficie curva, se debe en primer lugar situar sus vértices en su

posición correcta [

si estas dovelas se hacen para una bóveda cónica

o cilíndrica, se puede colocar sobre la misma superficie plana los lados opuestos que son rectos

[

paramento [y marcado el contorno de la plantilla] no queda más que ahondar lo que es cóncavo

preparar un

superficie plana, y ordinariamente cuatro [

de estos vértices hay por lo menos tres que pueden situarse sobre una

]

]

]

de manera que habiendo formado una superficie plana, lo que se llama [

]

Ahora bien, cabe otra alternativa: preparar una figura que represente, no la proyección de la cara de intradós sobre un plano, sino su desarrollo, con objeto de aplicarla directamente a la cara de la dovela. Ya en el siglo XVII, Derand (1643:3) propone el empleo de plantillas flexibles:

Estas plantillas no son otra cosa que la forma y la figura de los lados de las dovelas, llevada sobre un material fino y delicado, el cual debe ser también flexible, cuando las plantillas deben aplicarse sobre la concavidad o la convexidad de dichas dovelas. Para eso pueden servir las láminas de plomo, o de cobre, cartón o hierro blanco

Joseph Gelabert (1653:90; Rabasa 1996:429; 2000:174) dice que «las plantillas

de la dovela [

cualquier otra cosa que se pueda doblar». La misma idea encontramos en García Berruguilla, referida a caracoles: «cortando esta plantilla en pergamino, cartón, u hoja de lata, cosa que sea flexible, se ajustará a la piedra bien, y tirarás sus líneas del primer vuelo, y saldrán todos los vivos que hubiere con exactitud» (1747:110); el manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional de Madrid Ms. 12.744, de datación imprecisa, representa toda una serie de estas plantillas, unidas entre sí como un completo desarrollo del intradós de la dovela, idea que podría derivar de Vandelvira (1567:26 v., entre otros). Guarini y Frézier insistirán en un punto esencial: para que estas plantillas se adapten al intradós de la dovela es preciso obtener un desarrollo del tramo de arco correspondiente

no las podemos hacer de madera, sino de cartón o de papel doble o

]

a la dovela; este desarrollo no se puede obtener con exactitud, pues implica la

rectificación de la circunferencia, pero puede lograrse una buena aproximación dividiéndolo en pequeños segmentos (Guarini 1737:IV 3 2; Frézier 1737 III 43-44).

Tanto un método como otro presuponen que las caras de las dovelas son superficies desarrollables, pero muchas piezas de cantería como algunos arcos esviados y abocinados, la mayoría de los capialzados, las bóvedas esféricas u ovales o las escaleras helicoidales presentan caras alabeadas. En tal caso, tanto las plantillas rígidas como las flexibles encuentran grandes dificultades para su aplicación (Bosse 1643:30-31). Es evidente que una plantilla de papel no las podrá representar sin deformaciones por su propia condición de superficies no desarrollables; pero además, una propiedad de las superficies alabeadas es que dos generatrices próximas no se cortan, sino que se cruzan; por tanto, los extremos de dos juntas de intradós consecutivas no serán coplanares, y no

se podrá apoyar una plantilla sobre estas dos juntas de intradós; en palabras de Frézier (1737: I 311):

las superficies de más de tres lados pueden tener sus ángulos en planos diferentes, porque se pueden dividir en triángulos; así una plantilla de intradós de cuatro lados puede ser dividida

una teja hueca, siendo de curvatura cónica, se adapta bien a una plancha

de forma que la toquen sus cuatro ángulos [

capialzado de Marsella o de San Antonio, etcétera, una dovela puesta sobre una plancha sólo la tocará por tres ángulos, y el cuarto estará en el aire.

No pasa lo mismo en una porción de

en dos triángulos [

]

]

Sin embargo, encontramos en los textos españoles de cantería en varias ocasiones la construcción de plantillas de caras alabeadas o engauchidas. Aparecen ya en el manuscrito de Alonso de Vandelvira, que expone su construcción en algunos capialzados, para afirmar después que «Los capialzados todos son por robos que aunque están aquí en los demás las plantas sacadas sólo sirven para que por ellas se saquen las saltareglas» (1580:46 r.). En cortes tales como el Arco capialzado en viaje por cara o el

Capialzado viaje por testa a regla (1600:45-46, 119-120), Martínez de Aranda nos dice sin dudar que sus caras, esto es, sus superficies de intradós, son engauchidas, es decir, no desarrollables; pero esto no le arredra en absoluto y construye tranquilamente sus plantas por cara. En una primera lectura entenderíamos que estas plantas por cara son fruto del desconocimiento de la diferencia entre cuadriláteros planos y alabeados; pero una lectura cuidadosa de la obra de Aranda (1600:113, 222-223) nos permite comprobar que los canteros de comienzos del siglo XVII conocen perfectamente la distinción entre regladas desarrollables y alabeadas y se encarga de desmentir esta simplificación. Todavía más explícito es Juan de Portor y Castro, que nos ofrece un Capialzado engauchido por plantas (1708:37 v.).

A lo largo de los Cerramientos encontramos en varias ocasiones un procedimiento según el cual se abate una de estas caras alabeadas alrededor de uno de sus lados (Martínez de Aranda 1600:100, entre otros); como dos vértices están en la charnela, no se moverán; podemos determinar el tercer vértice teniendo en cuenta que se mueve en un plano perpendicular a la charnela y tomando su distancia al primer vértice del alzado. No podemos emplear el mismo procedimiento para el cuarto vértice, porque al no ser coplanar con los otros tres, cuando el tercero llegue al plano horizontal, el cuarto no habrá llegado todavía, o lo habrá sobrepasado. Pero sí podemos construirlo sin más que tomar sus distancias al segundo y tercer vértice. La plantilla obtenida de esta manera representa en verdadera magnitud los cuatro lados de la cara de intradós; una diagonal, la que une los vértices segundo y tercero, que se conserva en verdadera magnitud en el abatimiento; y dos de los ángulos de la cara, los opuestos a la diagonal. Por el contrario, falsea la otra diagonal y los otros dos vértices, pero puede ser un instrumento valioso en la labra, porque permite marcar los tres primeros vértices, labrar el plano que definen, y a renglón seguido, girar la plantilla sobre la diagonal para labrar la otra mitad de la cara y obtener el cuarto vértice (Calvo 1999:I 247-251).

Por otra parte, parece que Aranda no había encontrado la solución definitiva al problema y todavía estaba realizando tanteos, porque además de este método, que tiene bastante sentido práctico, emplea otro más difícil de comprender. En algunas ocasiones abate por separado los dos lados cortos de la planta por cara, con lo que obtiene una plantilla que representa en verdadera magnitud tres de los lados y dos diagonales, pero falsea el cuarto lado de la cara; la utilidad de esta plantilla es más que discutible, pues ni siquiera sirve para trasladar las medidas de los lados de la cara de intradós a la dovela.

Frézier redescubre las plantillas rígidas para caras alabeadas, aunque todo parece indicar que no conocía los manuscritos de Martínez de Aranda y Portor y Castro. El primer paso de su método es imaginar un plano que pase por tres vértices de la cara de intradós de la dovela, como en Aranda. Pero no emplea la idea de doblar por o girar la plantilla alrededor de la diagonal, que podría deducirse de la división en dos triángulos, sino la de proyectar el cuarto vértice sobre el plano definido por los otros tres; considera que «no se pueden conocer las superficies [alabeadas] si no es por sus distancias a superficies planas, midiendo las longitudes de líneas perpendiculares a este plano» (Frézier 1737: I 310-311). Esto le lleva a proponer un sistema de labra muy preciso:

después de marcar sobre una cara plana la plantilla de intradós, se labra la cara de testa a escuadra, se traza sobre ella la junta de testa con ayuda de la saltarregla, y se marca sobre esta junta la distancia del cuarto vértice al plano de la plantilla, tras lo cual se puede dar forma al plano de lecho, marcar la curva de la testa y materializar el intradós con ayuda de la regla, llegando hasta dividir las dos aristas sobre las que apoya la regla en varias partes iguales para asegurar la correcta ejecución (Frézier 1737: II 36-37, 445-446).

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Fig. 1. Philibert de l'Orme, Le premier tome de l'Architecture, f. 56 v. Se aprecian

Fig. 1. Philibert de l'Orme, Le premier tome de l'Architecture, f. 56 v. Se aprecian entre otros instrumentos las cerchas D, acompañadas de la construcción que permite trazarlas uniendo tres puntos con el compás; la saltarregla B; los baiveles articulados A; y las plantillas E F G. Es significativo comprobar que los bordes de las plantillas identifican con las cerchas, pues se designan con la D