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La Chica Del
Servicio

Patricia G.R.
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© La Chica Del Servicio
© Patricia G.R.
ISBN ebook 978-84-686-3214-8
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Registro de la propiedad: 1302014521991
Gramática y Ortografía: Isabella C.

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Dedicatoria
Gracias a todas esas personas que
me apoyaron y confiaron en mí
desde el comienzo de esta aventura.
En especial, gracias a todas mis chicas.

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Índice
Capítulo 1 ………………………………………………….…………………… 9
Capítulo 2 ………………………………………………….…………………… 21
Capítulo 3 ………………………………………………….…………………… 38
Capítulo 4 ………………………………………………….…………………… 55
Capítulo 5 ………………………………………………….…………………… 71
Capítulo 6 ……………………………………………….……………………… 89
Capítulo 7 ………………………………………………………….………… 106
Capítulo 8 ……………………………………………………………………. 123
Capítulo 9 ……………………………………………………………………. 145
Capítulo 10 …………………………………………………………………… 167
Capítulo 11 …………………………………………………………………… 193
Capítulo 12 …………………………………………………………………… 224
Capítulo 13 …………………………………………………………………… 256
Capítulo 14 …………………………………………………………………… 289
Capítulo 15 …………………………………………………………………… 319
Capítulo 16 …………………………………………………………………… 345
Capítulo 17 …………………………………………………………………… 371
Capítulo 18 …………………………………………………………………… 394
Capítulo 19 …………………………………………………………………… 422
Capítulo 20 …………………………………………………………………… 454
Capítulo 21 …………………………………………………………………… 480
Capítulo 22 …………………………………………………………………… 508
Capítulo 23 …………………………………………………………………… 538
Capítulo 24 …………………………………………………………………… 565
Capítulo 25 …………………………………………………………………… 598

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Capítulo 1. El comienzo.
Gisele:

Mi hermana Noa me llevaba prácticamente a rastras al que, durante
todo el verano, sería mi nuevo empleo. Aunque para ser sincera el
empleo no me agradaba en absoluto. La principal razón: tendría que
mudarme desde Forks a Port Angeles (Washington. EEUU). Odiaba
tener que marcharme de mi casa, de mi paz y tranquilidad, para
emprender rumbo hacia lo desconocido. Otra de las razones: nunca
llevé bien sentirme la enchufada, pero esta vez ha de ser así, ya que
mis hermanos Scott y la misma Noa trabajaban en casa de los
Campbell: Noa de cocinera, Scott de chofer y ahora llegaba yo de
chica del servicio... chacha, o como lo quieran llamar.
—Noa, no quiero ir —protesté—. Buscaré otro empleo pronto, lo
prometo. No me agrada ser la enchufada, no me agrada trabajar para
ricos y mucho menos me gusta tener que dejar Forks. Por favor,
déjame ir de vuelta a casa.
—Lo siento Gis, ya hemos hablado de esto. Empezarás hoy mismo te
guste o no. Sólo serán tres meses, luego tendrás dinero suficiente
para poder comenzar tus estudios con tranquilidad.

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—¿A cambio de qué? ¡Noa, desde las ocho de la mañana hasta las
once de la noche! ¡Eso es un abuso! —grité con impotencia—.
Solamente tendré libre los domingos, no podré ver a Thomas.
Noa, al oír mi declaración, se detuvo bruscamente. La miré enfada,
ella lo estaba aún más.
—¿De verdad es eso lo que quieres? —Me regañó molesta—.
¿Quieres compartir el resto de tu vida con un hombre que sólo
piensa en el gimnasio?
La observé verdaderamente irritada, no entendía qué diablos le
pasaba con Thomas. ¿Por qué lo odia de esa forma? Él y yo éramos
amigos desde hace dos años, de hecho los mejores amigos, pero
tanto Noa como Scott lo aborrecían desde el primer momento. Era
una situación que yo no entendía. Era cierto que a Thomas le
encantaba ejercitarse, ¿qué hay de malo en ello? Un chico de veinte
años, apuesto, ¿por qué no cuidarse?
—Noa, no hables así de Thomas —le regañé con pesimismo—. Sabes
que sólo somos amigos, no hay nada más entre nosotros... No
entiendo tu adversidad por él.
—¡Te come con la mirada! —dijo exasperada—. No sé cómo no te
das cuenta que solamente pretende llevarte a la cama. ¡No pienso
permitir que ése sea el primer hombre en tu vida!
Con desgana, me reí de su comentario. ¿Qué piensa? ¿Que por ser
dos años mayor que yo puede manejar mi vida? Bufé en su cara, eso
no se lo creía ni ella misma. Yo no estaba hecha para obedecer
órdenes, aunque parecía que tendría que acatar algunas.
Noa y yo teníamos una relación muy buena, muy cómplice. Pero
desde hacía varios días las cosas estaban algo tensas, ya que me
obligó a aceptar un empleo que yo aborrecía. Desde que éramos
pequeñas, Noa me protegió, ahora entendía que en exceso.
—Noa, mejor dejemos el tema —ignorándola, volví a dar pasos hacia
mi casa (la calle 4th Ave).
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—¡Gisele! —Su grito me detuvo. Con impotencia me di la vuelta y la
miré de frente, enfrentándome a ella, a su rabia. Sus brazos estaban
en jarras, parecía muy enfadada pero a mí me importaba muy poco.
A pesar de tener carita de ángel, con su cabello corto y negro,
haciendo juego con sus hermosos ojos grises, cuando lo pretendía
era un auténtico demonio. El maldito de mi hermano Scott tenía el
mismo genio que ella, también en lo que respecta al físico eran
iguales. Él más fuerte y musculoso, demasiado... Ella tan delgada
como una modelo, con perfectas curvas femeninas—. Es lunes y no
estoy de humor para pelear contigo a las cinco de la mañana. A las
ocho la casa se pone en marcha y aún tenemos que llegar a la parada
del autobús. No te lo digo más, ¡vamos!
Arrastrando los pies, la seguí. Noa llevaba nueve meses trabajando
para los Campbell, estaba feliz con su trabajo a pesar de trabajar
tantísimas horas, a Scott le pasaba exactamente igual. ¿Y yo? ¿Qué
voy a hacer yo? Quería estudiar, ir a la universidad, y para poder
hacer frente a todos los gastos tendría que trabajar durante el
verano. La realidad era que tenía planeado buscar otro tipo de
empleo, algo parecido al último... Ayudar en las librerías, pero
parecía que me tendría que conformar con el de “chica del servicio”.
Recién había terminado el instituto, en septiembre iría a la
universidad y necesitaba tener ahorros para cubrir mis necesidades
sin tener que acudir a mis hermanos, o llamar a mis padres.
Papá y mamá se quedaron en Phoenix cuando dos años atrás, Noa y
Scott decidieron emprender un nuevo camino. Yo, desolada al saber
que me quedaría sola, sin ellos, supliqué para que me llevasen a
estudiar a Forks... Y ahora mira cómo nos encontrábamos los tres:
cocinera, chofer y chacha, ¡genial!
Toda esa situación tenía algo positivo: vería más a mis hermanos, ya
que en los últimos meses sólo nos estábamos viendo los domingos.
Desde que ambos empezaron a trabajar en casa de los Campbell
apenas tenían vida, pero a pesar de todo estaban felices, ya que
tenían un buen sueldo y no escatimaban a la hora de tener caprichos.
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Por ese hecho, Noa decidió que trabajase con ellos interfiriendo por
mí con los señores Campbell. Me pasé todo el invierno anterior sola,
del instituto a casa y ahora que tenía vacaciones mis hermanos no
querían que estuviese sola y sin hacer nada. ¿Qué mejor que
llevarme junto a ellos al infierno?, pensé con sarcasmo.
—¿Qué tramas? ¿Por qué estás tan callada? —Me preguntó Noa,
haciéndome volver a la puta realidad—. Gis, te advierto algo:
compórtate. Los Campbell son personas serias y formales, no hagas
escándalos allí.
—Tranquila Noa, no te dejaré mal —le susurré aburrida—. Cuéntame
de la familia. Sé que nunca me han interesado, pero si voy a tener
que convivir prácticamente con ellos será mejor prevenirme.
Noa me miró con verdadero orgullo. Finalmente yo aceptaba las
condiciones, y sobre todo el maldito empleo.
—Pues están los señores de la casa. Willian y Karen. Ellos son
encantadores y no tendrás problemas. Luego está Roxanne… Bueno,
Scott tiene algunos problemas con ella. Ésa niña no es fácil, pero
poco a poco se aprende a sobrellevarla. También está Matt. El más
joven de todos, aunque tiene veinticinco años. Él es un chico raro,
habla poco y suele pasar el día encerrado en el despacho, o con los
negocios. El miércoles llega Eric, otro de los hijos del matrimonio
Campbell. A ése sólo lo he visto por fotos, es muy guapo.
Malcriada, raro y guapo. Estupendo.
—Ajá —murmuré abatida. La idea de aceptar el empleo empezaba a
gustarme aún menos.
—Gis, ¿me has oído? —Noa suspiró desesperada—. Bueno, ya sabes
lo esencial. Limítate a hacer tu trabajo y todo estará bien.
Aun así, tuve dudas.

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—Una cosa más. Si tienen tanto dinero, ¿por qué viven en Port
Angeles? Es extraño que no vivan en Seattle, como la mayoría de los
ricos...
—En realidad se pasan el día en Seattle. Aunque al parecer prefieren
Port Angeles, porque es más tranquilo y menos llamativo, eso he oído
yo —asentí confusa—. Pero igual se ve en la casa la riqueza que hay,
aunque el entorno no acompañe demasiado. Tengo entendido que
quieren volver a Seattle, pero no sé con certeza.
—¿Tienen en Seattle los negocios?
—Sí. Willian es el dueño de una importante cadena de ropa, modas
Campbell. Su mujer la diseña y Roxanne hace de modelo, digámoslo
así.
La miré ceñuda. En su última frase había ¿desprecio?
—Sólo posa para promocionar ropa de sus padres, aunque no
siempre, claro. Es horrible ver a la misma modelo en todas las
promociones, y ella aspira a algo más. En realidad a mucho más.
Respira, me dije a mí misma. Todo saldrá bien.
A las siete y media de la mañana llegamos a casa de los Campbell, (en
417 U.S 101). La verdad la mansión que tuve ante mí me dejó muy
sorprendida, y al inspeccionarla desde adentro aún más. Grandes
cristaleras daban una claridad a la casa increíble. Todo era de diseño.
Tonos claros en los muebles, todo entre el blanco y el color crema…
Algo hermoso y a la vez demasiado elegante a mí gusto.
Noa continuaba con las prisas, enseñándome la casa y dándome las
primeras instrucciones para empezar el día. Llegamos a mi habitación
y eso fue lo único que me alegró la mañana hasta el momento.
Tendría una habitación para mí sola, con baño incluido. Genial, ¿no?
La habitación no era muy grande, pero sí acogedora. Cama individual
en el centro, con edredón rosa a juego con las cortinas. Armario de
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doble puerta simple, justo enfrente, y varias mesillas auxiliares a los
lados de la cama. También un escritorio pequeño cerca de la puerta
del baño. Las paredes al estilo de la casa, color crema y los muebles
de un blanco inmaculado... Perfecto.
—Gis, ese de ahí es tu uniforme —me horroricé. ¿Está bromeando?
—. No me mires así. Estos son los requisitos del trabajo y se tienen
que cumplir.
—Menudos pijos de mierda —bufé tomando el traje—. ¿No puede
ser de pantalón? Sabes que odio las faldas.
Vestido negro y corto, con detalles en blanco. ¿Qué es eso?
—A-d-á-p-t-a-t-e. Gis, no seas caprichosa. Aquí tú sirves los caprichos,
no se te complace a ti.
—Estupendo —protesté probándome por encima el vestido—. ¡Me
queda genial! Parezco una porno-chacha...
Era horrible, era una mierda.
—¡Gisele Stone, basta! —Me gritó Noa, sobresaltándome—. ¡No
quiero una sola queja de ti o te mandaré de vuelta a Phoenix! Y no
me vengas a decir que ya tienes dieciocho años. Ese discurso me lo
conozco muy bien.
Fui a protestar de nuevo, cuando desde la ventana de mi habitación
se oyeron gritos que provenían desde la primera planta.
—¿Qué pasa? —pregunté confusa, asomándome por la ventana—.
¿Ése es Scott?
—Seguro que sí —Noa parecía acostumbrada a ello—. Ya te he dicho
que Roxanne es algo difícil. Desde hace dos meses está dando clases
de modelaje. Se levanta todas las mañanas con este genio y Scott
intenta sobrellevarla...
—¿Por qué le grita así? —Una chica rubia con cabello largo y rizado
gritaba a mi hermano mientras éste soportaba los gritos—. Estúpida
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niña... ¿Me tratará así también a mí? Noa, me parece que no voy a
soportar mucho en éste lugar. Mira Scott, parece asustado esperando
que la princesita deje el berrinche.
No pude creerlo, con el genio que tenía mi hermano...
—Vas a tener que tener paciencia, Gis —me regañó de nuevo Noa.
Qué pesada...—. Roxanne es así con él, conmigo, y tú nos vas a ser la
excepción. Controla tu genio.
Con esas palabras de advertencia, Noa se fue.
La situación parecía complicarse más a cada segundo. Aún no conocía
a Roxanne y ya sentía recelo en hacerlo. Me perturbaba conocer a los
demás hermanos, sobre todo al chico raro... Matt.
Con desgana cogí el uniforme de nuevo.
Incómodo y demasiado corto a mí gusto. Un espejo, eso necesitaba.
Con paso firme me dirigí al baño... ¡Oh! Jadeé al ver mi imagen en ese
espejo. ¿Esa soy yo? Nunca me gustaron las faldas y ahora entendía
el porqué. Demasiado provocativa... no, no me gustaba. Mi piel
blanquecina se vislumbraba aún más con ese traje tan oscuro...
Parecía incluso más delgada de lo que era. Suspiré al verme una y
otra vez. No me quedaba mal, pero no era para nada mi estilo. ¿Pelo
suelto y diadema? Oh, Dios ¿qué es todo eso? ¡No me reconozco!
Mis ojos grises rajados, demasiado apagados. Mi cabello castaño
ondulado, con destellos rubios, demasiado encrespado. Y esas
mejillas que no lograban tomar color... menudo asco.
Me amoldé el cabello como pude, pero al ser largo me era incómodo
llevarlo suelto. Me acomodé el vestido como pude, pero ese escote
continuaba ahí... Mis pechos no muy grandes pero sí redondos
saltaban a la vista, y mis piernas... oh, mis piernas totalmente
expuestas.
Era una vergüenza trabajar así.

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El lunes pasó muy rápido. Los señores Willian y Karen Campbell eran
encantadores, amables y correctos como me hizo saber Noa. Karen y
Willian no eran muy mayores, tendrían alrededor de cuarenta y cinco
o cincuenta años, padres jóvenes y tan guapos como sus propios
hijos. Ambos tan rubios como Roxanne y Eric, aunque los ojos de sus
hijos eran más parecidos a los de Willian. Ambos delgados y con buen
porte. Karen tremendamente dulce y Willian muy simpático. Se
percibía la entrega y complicidad que tenían por su familia en todo
momento.
Servir a Roxanne fue una tortura… Era la princesita de la casa, sin
dudas. ¡Hasta tengo que ayudarla a desvestirla en las noches, y
ayudarla a hacerlo en las mañanas! ¿Pero de dónde sale? Su mirada
tan azul como el mismo cielo me observó con desprecio desde el
primer instante, algo que no pude entender. Y aunque era
tremendamente hermosa con una figura espectacular... al parecer le
faltaba lo más importante. Roxanne Campbell, parecía no tener
corazón.
El martes no fue mejor. Roxanne continuó tratándome con desprecio,
y exigiendo demasiado en cada momento. En la casa solamente se
respiraba tranquilidad y paz una vez que ésta se marchaba, aunque
para eso Scott tenía que lidiar con ella... Algo incomprensible para mí.
El miércoles fue más movido. Ese día llegó Eric, otro de los hijos del
matrimonio Campbell. Éste no se parecía en absoluto a Roxanne,
todo le parecía bien, no se quejaba por absolutamente nada y era
bastante amable. Rubio como su hermana, y de ojos tan azules como
los de ella. Algo musculoso, aunque mucho menos que mi hermano
Scott.
Hoy era jueves por la tarde. Noa y yo estábamos preparando la
bandeja con el té para la señora Karen y sus amigas del "club
privado” ¡Alergia me producían todas ellas! Pero poco a poco me iba
acostumbrando a la rutina que llevaba la casa.
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—Gis, tengo entendido que Matt Campbell, el hijo menor está de
vuelta —asentí enfrascada en mi trabajo—. Ha estado unos días fuera
porque al parecer tiene problemas con su novia. Ha estado
intentando solucionarlos.
—¿Cómo sabes? —pregunté curiosa—. Aún no le he servido. Nadie
me ha hablado de él.
—Me lo ha contado Scott —cuchicheó Noa para que nadie nos
pudiese oír—. Matt es muy reservado pero cuando está mosqueado
habla demasiado. En el coche ha puesto a su novia de vuelta y media.
Oh, vaya.
—Bueno, ¡todo listo! —Tomé la bandeja—. Nos vemos luego, Noa.
—Ya sabes, paciencia con Roxanne… y con Matt —un momento,
¿paciencia con Matt...? Resignada, tomé mi rumbo...
Al llegar a la gran sala, todas las mujeres estaban enfrascadas en
conversaciones de modas, fiestas y asuntos de esos, ¡qué ridículas!
Ninguna me prestó atención, sólo la señora Karen que se me acercó
en cuanto me vio llegar. Gesto que me alivió. No deseaba acercarme
a esas mujeres que se creían superiores al mundo sólo por tener
dinero.
—Aquí tiene, señora. ¿Necesita algo más?
Karen me sonrió con ternura.
—La verdad sí, Gisele —cada palabra desprendía una amabilidad que
me impresionaba—: hoy ha llegado mi hijo Matt, ha estado fuera
unos días por motivos personales. Está encerrado en su despacho, es
el que ha estado cerrado con llaves todos estos días. Sírvele el té con
unas pastas por favor, y gracias.
—Bien, señora.
Al llegar a la cocina de nuevo, Noa no estaba allí. Era extraño, pues
prácticamente no salía de ese lugar... tal vez se encontraba en el
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baño... Preparé de nuevo una bandeja con todo lo que me había
pedido la señora Karen para su hijo, y la cargué rezando para que
Matt no tuviese el genio de su hermana Roxanne.
Con mucho cuidado de no hacer ruido en exceso por si Matt estaba
trabajando, llamé a la puerta. No parecía oírse absolutamente nada
dentro. Tras varios intentos llamando sin ver que nadie contestaba,
decidí abrirla sin permiso. ¿Qué malo puede haber en ese gesto? Al
abrir la puerta me encontré con una habitación muy oscura, apenas
se percibía nada, sólo oscuridad y tristeza en aquel fantasmal
despacho. No tenía grandes ventanales como el resto de la casa y
todos los muebles eran oscuros... Qué raro, pensé.
—¿Hola? —pregunté cerrando la puerta tras de mí. Nada, ninguna
contestación a mi llamada. Tenía que encender la luz, de seguro que
en ese despacho no había nadie y la señora Karen estaba confundida.
¡Y yo perdiendo mi tiempo!
Al encender la luz quedé impactada. Había un hombre joven, algunos
años mayor que yo. Tremendamente guapo. Con facciones definidas
y labios carnosos. De cabello castaño oscuro y ojos que me
impactaron de verdes que eran... aun en la distancia.
Matt... debía ser él. Me observó sentado tras su escritorio y
aparentemente ¿furioso?
—¿Quién eres? —Me preguntó alterado—. ¿Por qué entra sin mi
permiso?
Oh, Dios, qué hombre...
—He llamado y como nadie me ha respondido he decidido entrar —
no pude evitar ser algo borde al ver su reacción—. Señor Campbell,
perdón por las molestias, pero su madre me ha ordenado que le
trajese un té con pastas.
Con la mirada puesta donde yo me encontraba, rodeó el escritorio y
se posicionó frente a mí. No pude evitar observar su cuerpo...
Musculoso, trajeado y alto. Qué hombre tan impresionante, y al
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parecer tan prepotente por la posición en la que se encontraba,
pensé de nuevo.
—¿Ha terminado la inspección? —Avergonzada, levanté la mirada
hacia él. Más hermoso aún—. ¿Señorita...?
—Stone. Gisele Stone.
—Y bien, señorita Stone. ¿Quién le ha dado permiso para entrar en
mi despacho y hablarme con la altanería que lo ha hecho? —Me
preguntó en tono paciente, pero visiblemente enfadado.
Qué dientes más blancos...
—Perdón. No era mi intención ofenderle con mi tono —suspiré
tragándome el orgullo—. En cuanto al entrar, quise asegurarme que
no hubiese nadie para avisar a su madre.
—Que no se vuelva a repetir —su tono era cortante y autoritario. De
nuevo se dirigió a su asiento... Oh, qué culo—. Pase y déjeme la
bandeja sobre la mesa, y por favor recoja un poco el despacho.
Intenté controlar mi genio e hice lo que Matt me pedía. Al parecer
era otro estúpido como su hermana Roxanne. Guapos sí, pero sin
escrúpulos.
El despacho era un caos. Daba horror verlo, aún más limpiarlo,
¿cómo he llegado yo a esto? Sin pensarlo más, empecé a recoger
vasos, botellas y platos pequeños que había sobre el escritorio. Un
escritorio muy amplio color negro como el resto de los muebles.
Varias estanterías con papeles. Grandes cuadros algo siniestros y un
sillón bastante grande color marrón oscuro... Solamente una
ventana, y no muy amplia en aquel lugar.
El señorito Matt controlaba todos mis movimientos. Siempre con
postura prepotente, haciendo que me sintiese cohibida por su
penetrante y fría mirada sobre mí. Intentando ignorarlo, continué
con mi trabajo.

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Me llevó más de tres cuartos de hora dejar el despacho visiblemente
más organizado.
Cuando ya hube acabado de ordenarlo todo, me planté frente a él.
—¿Desea algo más, señor? —Le pregunté amablemente.
—Quizás... ¿Qué me ofrece? —Voz dura, prepotente, descarada.
Lo observé sin entender sus palabras. ¿Qué le ofrezco? ¿Qué mierda
le voy a ofrecer?
—Es usted el que manda —respondí confusa—. Usted ordena y yo
obedezco, ¿recuerda?
El tono sarcástico de mi voz no le gustó. Su mirada se mostró fría,
oscura, posesiva. Y por su postura tan rígida y altiva, supe que algo no
andaba bien. ¿Estoy en problemas?
—Ya sé lo que quiero —murmuró de pronto pensativo. Asentí
esperando el pedido—: la quiero desnuda y tumbada sobre mi mesa.
Voy a tomarla por insolente.

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