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Dimensiones de la formación sacerdotal

Dimensión Humano-Comunitaria

Esta dimensión es sumamente importante en la formación del futuro sacerdote, ya que, independientemente de su experiencia individual y comunitaria previa, debe desarrollar un profundo sentido humano que le permita conocerse a sí mismo, aceptarse, así como conocer

y comprender la naturaleza del ser humano con profundidad, intuir los valores y dificultades del hombre concreto y facilitar su acceso a la fe, pues es imprescindible que en su ministerio el sacerdote plasme su personalidad humana, que su actitud, su testimonio y su ejemplo sirvan de unión y no de obstáculo a los demás en su encuentro con Jesucristo (Cf. PDV 43, b).

El futuro presbítero debe poseer una adecuada madurez humana y afectiva, la cual es difícil definir con precisión; sin embargo es posible determinar algunos de los aspectos que integran al hombre maduro: estabilidad psicológica y afectiva; capacidad de discernimiento y decisión; prudencia en su actuar y en su manera de relacionarse con los demás; fortaleza de alma, constancia, equilibrio e integridad en su persona, reflejado en sus valores y su vida cotidiana;

verdad, lealtad y respeto; justicia, rectitud y objetividad suficiente para valorar los hechos, las situaciones y las personas; dominio de sí mismo; capacidad de socialización, entre otras (Cf. OT 11; PO 3; SaC 70; OECS 18, c; PDV 43, c; RFIS 51; RISB 63). Asimismo, el decreto conciliar Optatam Totius señala entre las virtudes a desarrollar la sinceridad de espíritu, la preocupación constante por la justicia, la fidelidad en guardar compromisos, la buena educación en el actuar y la discreción en el hablar, unida a la caridad

(OT 11).

Uno de los objetivos más importantes de esta dimensión implica que el seminarista vaya adquiriendo, mediante el encuentro transparente consigo mismo, con los Formadores y con la comunidad del Seminario, un conocimiento justo de su propia persona: sus capacidades, valores y normas, los aspectos más característicos de su propia personalidad, así como los criterios en que se basan sus motivaciones y comportamientos; de la misma manera, se pretende que aprenda a discernir el papel que han desempeñado en su persona su historia familiar y personal, el contexto social, educativo, cultural y político. Únicamente de esta manera es posible desarrollar las propias virtudes y corregir las limitaciones (Cf. RISB 64, FMP

55).

La disciplina, en este contexto, cobra una singular relevancia, ya que no sólo actúa como una defensa eficaz entre la vida común y la vida de caridad, sino que es un elemento

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imprescindible para adquirir durante el periodo de formación el dominio de sí mismo, favorecer una sólida madurez personal y formar las demás cualidades del espíritu que contribuyen a la actividad ordenada y eficaz de la Iglesia (Cf. OT 11, b).

Por lo tanto, es importante aclarar que, si bien se busca en principio lograr un cabal desarrollo de la personalidad con un alto grado de madurez y aceptación de sí mismo, todo este proceso conlleva básicamente una finalidad ministerial, pues el seminario debe cultivar cualidades humanas que son necesarias para la formación de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso de las responsabilidades pastorales

(PDV 43, c).

Por su parte, la madurez afectiva supone, en el proceso de formación sacerdotal, tener conciencia del papel que juega el amor en la existencia humana (Cf. PDV 44; RISB 65). El

amor en este contexto es entendido como un compromiso total y pleno, una entrega perpetua

y total del ser. El amor no pasa nunca (1 Cor 13,8) [

supera toda medida nace la Iglesia, la Humanidad redimida por el amor de Cristo y capacitada,

por el don de su Santo Espíritu, para la vocación humana

]

de ese amor que nunca falla y que

vivir en el amor, que es la plenitud de

(HM 1, c).

Este aspecto de la formación tiene su base en el amor como el motor que impulsa y permite la existencia humana y, sobre todo, la existencia cristiana: la auténtica y profunda comprensión de esta verdad universal brindará al joven seminarista la capacidad para asumir e interiorizar el verdadero valor que tienen el cuerpo humano, la sexualidad, la virtud de la castidad y el celibato (Cf. FMP 59). Particularmente, es importante que el joven reconozca que por el celibato no se renuncia al amor, a la facultad de vivir y significar el amor en la vida; el corazón y las facultades del sacerdote quedan impregnados con el amor de Cristo para ser en medio de los hermanos el testigo de una caridad pastoral sin fronteras

(HV 4, e).

La madurez afectiva y sexual supone, de esta manera, una íntegra personalidad que en el

caso del sacerdocio conlleva la capacidad de autocontrol (Cf. OECS 23) y de saber detectar

y superar aquellas formas de relación que tienen la característica de ser muy particulares o

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exclusivas, que pueden alejarlo de la libertad y la universalidad del amor que su ministerio exige (Cf. OECS 61, b; FMP 59, c).

Asimismo, la madurez afectiva supone una formación sólida para un adecuado ejercicio de la libertad, en términos de poseer una personalidad íntegra y aceptada, exenta de las manifestaciones individualistas y egoístas que son comunes, sobre todo en esta época. La libertad expresa una personalidad abierta y generosa, de servicio y entrega al prójimo, que sea un reflejo humano del inmenso amor que Cristo manifestó a los hombres.

La formación para la libertad responsable se encuentra ligada a la educación de la conciencia moral, la cual permite a cada hombre desde lo más profundo de su ser adquirir una adecuada y certera comprensión de la obediencia como una manifestación de amor, libre y conciente, ante las exigencias de Dios y de su amor (Cf. PDV 44, g). En este sentido, el ministerio sacerdotal exige que el candidato se habitúe a escuchar la voz de Dios para adherirse a sus preceptos y su voluntad con humildad y amor, ya que de lo contrario difícilmente podría cumplir con sus obligaciones hacia Dios y hacia la Iglesia, de la misma manera que no estaría en posibilidad de servir de guía para las conciencias de sus fieles (Cf. PDV 44, g).

El proceso de formación, en esta dimensión, también pretende potenciar la capacidad del seminarista para relacionarse con los demás: es evidente que una auténtica madurez humana y afectiva únicamente puede concretarse en el trato con los demás (Cf. RISB 68), a través de las relaciones con los que lo rodean, en la comunión que puede existir en el estudio, la

oración, el trabajo, la diversión y el esparcimiento. Para ello es básica su capacidad de juicio, manifestada en una actitud sincera, prudente y generosa, abierta a la comprensión, a lograr un acercamiento con los demás a través del diálogo. En este punto es importante resaltar que el lograr una auténtica comunicación con otro ser es un don muy valorado en la actualidad, en la que existe una tendencia a la masificación, con las situaciones de individualismo y soledad que ésta conlleva, y que genera una necesidad cada vez más apremiante de comunión, lo cual se constituye hoy como uno de los signos más elocuentes y una de las vías más eficaces

del mensaje evangélico

(PDV 43, d).

Desarrollar un sentido social y un sentido comunitario es algo que exige mucho al seminarista, ya que requiere de una inmensa comprensión, lucidez y crítico amor a las raíces

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sociohistóricas y culturales del lugar en el que vive, pues un pleno conocimiento y amor hacia su pueblo le permite desarrollar el interés por amar y servir a otros pueblos o naciones con historia, culturas y sociedades distintas a la suya, al tiempo que le da la posibilidad de valorar lo propio y lo ajeno en distintos niveles (Cf. FMP 58).

Lograr una madurez en el ámbito comunitario exige, ante todo, una profunda capacidad de diálogo, un desarrollo adecuado de la capacidad de comunicación interpersonal, la necesidad de compartir con otros sus bienes espirituales, materiales e intelectuales (Cf. RISB 69), el coordinar y compartir trabajos y responsabilidades, la capacidad de dirigir y también de obedecer y, sobre todo, el lograr una apertura hacia el mundo y hacia los demás seres humanos.

Dimensión Espiritual

La formación espiritual es el fundamento que sustenta el trabajo en todas las demás dimensiones y objetivos de la formación del seminarista, ya que es mediante una intensa vida espiritual que el hombre puede alcanzar plenamente su sentido humano, a la vez que le permite mantenerse en la búsqueda de la verdad e identificarla cuando la encuentra; igualmente, la espiritualidad es el eje que orienta y llena de vida el ejercicio pastoral.

La formación espiritual consiste en la educación de la vida del Espíritu, que busca desarrollar en los jóvenes aspirantes al presbiterio el deseo de cultivar su gracia bautismal hacia la perfección, así como las virtudes más valoradas entre los hombres; en este sentido, este proceso pretende que para el seminarista sea cada vez más clara y certera su vocación, lo cual lo dispone con mayor aptitud a adquirir las virtudes y los hábitos de la vida presbiteral (RFIS 45).

Los jóvenes que ingresan al Seminario poseen distintas experiencias y grados de madurez en la fe. Lo cual exige que los Formadores evalúen y ayuden a esclarecer estas situaciones personales, con el fin de coadyuvar al crecimiento en la fe y en la vocación sacerdotal.

Para el presbítero la formación espiritual constituye el centro vital que unifica y vivifica su ser

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sacerdote y su ejercer el sacerdocio

de esta dimensión aspira a cultivar la espiritualidad del presbítero diocesano secular (Cf. RISB 79), lo cual asegura la coherencia y unidad en la formación espiritual del seminarista.

(PDV 45, c). El Seminario a través

Por tanto, frente a las distintas espiritualidades que coexisten en la Iglesia, el seminarista cultivará la que le es propia, aunque siempre con la posibilidad de integrar algunos elementos que puedan permitir un enriquecimiento personal en el proceso de formación como futuro presbítero diocesano secular (Cf. PDV 68, g), quedando bajo la responsabilidad del Seminario el discernir y dar coherencia a los aportes provenientes de otro tipo de espiritualidades.

La formación espiritual ha de darse [

]

de manera que los alumnos aprendan a vivir en trato

familiar y constante con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo (OT 8). La vida espiritual en sí misma es entendida como relación y comunión con Dios, lo cual requiere vivir íntimamente unidos a Jesucristo , unión que exige ser expresada en la vida cotidiana, a través de una renovación radical (Cf. PDV 46, b).

Es necesario que el seminarista viva con gratuidad y confianza la fe en Dios Padre, que acepte y asuma la voluntad del Padre al momento de tomar decisiones importantes; igualmente debe manifestarle su confianza al afrontar los momentos de dificultad o desaliento con la firme esperanza de que el Padre jamás abandona a sus hijos (Mt 11, 25-30; Lc

10,21-22)

(Cf. RISB 8).

El joven, bajo una adecuada dirección, experimentará todo un proceso de búsqueda que lo lleve a un auténtico encuentro y comunión con la persona y la misión de Cristo, en quien encontrará no sólo la luz sino la fuerza: la verdadera razón de vivir, el verdadero modelo de humanidad a seguir, el Salvador con quien vivir en comunión (CCFE I).

La comunión con la persona y la misión de Cristo conlleva a su vez una consagración que permite al seminarista una apertura al Espíritu y su acción sobre él. Solamente a la Luz del Espíritu el futuro pastor estará en condiciones de interpretar en los sucesos de la vida de los hombres los signos de Dios en los tiempos.

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El amor a la Iglesia, en sus dimensiones de misterio, comunión y misión debe integrar la vida espiritual del seminarista, razón por la cual

se debe formar a los alumnos de modo que, llenos de amor a la

unidos con caridad humilde y filial al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, se adhieran al propio Obispo como fieles cooperadores y trabajen juntamente con sus hermanos (CIC 245, § 2).

Iglesia de Cristo, estén

El culto a la Virgen María reviste una particular importancia en la espiritualidad del futuro

presbítero (Cf. CIC 246, § 3; LG 67; RISB 85), al encontrar en ella a una Madre providente, un modelo y ejemplo a seguir, tal como lo expresa la Exhortación Apostólica Marialis cultus la

santísima Virgen María [

ofrece una visión serena y una palabra de seguridad: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la

belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte (MC 57, d). Por lo tanto, es imprescindible hacer de la formación espiritual del Seminario una escuela de amor filial hacia Aquella que es la

]

«

Madre de Jesús

»

y que el mismo Cristo en la cruz nos dio como Madre ( CCFE II, e).

Particular atención reviste, en el proceso de formación espiritual, la interiorización del

significado del celibato (Cf. PDV 50; RISB 86), para conocer, estimar, amar y vivir el celibato

y en

su verdadera finalidad, y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales (PDV 50).

en su verdadera naturaleza

Por el celibato, los presbíteros se consagran a Cristo de una forma nueva y exquisita, se

unen a Él más fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente en Él y por Él al

servicio de Dios y de los hombres

consagración configura al sacerdote con Cristo virgen, esposo de la Iglesia, a la que se entrega para santificarla y hacerla fecunda en la caridad (HM 8), al tiempo que les permite presentarse

(PO 16, b). Esta

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ante el pueblo cristiano como hombres libres, con la libertad de Cristo, para entregarse sin reservas a la caridad universal, a la paternidad fecunda del espíritu, al servicio incondicional de los hombres (HM 8). De esta manera, no es suficiente comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedicación, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma (SaCa 24).

De lo anterior se desprende que el celibato ha de ser vivido como un don de Dios que es incesantemente solicitado, y que se acrecienta con la gracia del Espíritu Santo (Cf. OT 10), a la vez que lleva a la oración para que sea protegido de todo aquello que pueda amenazarlo (PDV 50, c).

Dimensión Intelectual

La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por

medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien (GS 15, b), a la vez que se abre y avanza al conocimiento de Dios y

a su adhesión

(PDV 51).

La dimensión intelectual encuentra su razón de ser en la naturaleza misma del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización (PDV 51, b). La finalidad pastoral del proceso de formación se manifiesta de manera especial en esta dimensión, la cual brinda elementos intelectuales indispensables para que el presbítero pueda cumplir con su misión principal de anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el pueblo de Dios (PO 4).

El sacerdote, como pastor, debe brindar con fidelidad la palabra divina que ha recibido y

asimilado previamente [

celebrada en la liturgia, asimilada en la contemplación, vivida por los santos, profundizada por los sacerdotes. El futuro sacerdote necesita, pues, una sólida formación doctrinal en las diferentes ramas del saber teológico y filosófico (MV 4, e).

]

se trata de la Palabra revelada por Dios, predicada por la Iglesia,

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A esta exigencia se debe agregar, en la época actual, los requerimientos de una sociedad que se conduce cada vez con más frecuencia por senderos alejados de la fe, cimentada en el racionalismo que, en nombre de una concepción reductiva de ciencia , hace insensible la razón humana al encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina (PDV 7, b). Asimismo, se debe tomar en cuenta el fenómeno del pluralismo, extendido cada vez más, tanto en el campo de lo social como en la comunidad eclesial, el cual exige al sacerdote una aptitud especial para el discernimiento crítico: es un motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación intelectual más sólida que nunca (PDV 51, b).

En este sentido, la formación intelectual de los futuros pastores debe tender a una amplia y sólida doctrina en las ciencias sagradas (RFIS 59) al tiempo que pretende lograr, en el estudiante, un profundo conocimiento humano, social y cultural, según las exigencias de nuestro tiempo. Lo cual pone de relieve la importancia del estudio, orientado no sólo a la adquisición de conocimientos, sino como parte complementaria de la propia vocación que hace madurar a la persona en la búsqueda de la verdad, la consolida en su posesión y la llena de gozo al contemplarla (HM 6).

Esto pone de relieve el carácter integral de la formación, en la cual la preparación doctrinal se encuentra también estrechamente vinculada con los aspectos humanos, espirituales y vocacionales de la formación, ya que conlleva intrínsecamente elementos que conducen al seminarista a una mayor adhesión a la palabra de Dios, lo que a su vez implica un mayor crecimiento espiritual que se verá reflejado en sus actitudes y en las relaciones con los demás.

Estructuración de los estudios

El Periodo Propedéutico

Este periodo especial, que no posee las mismas características del Curso Introductorio planteado por el decreto conciliar Optatam totius , fue propuesto

por primera vez oficialmente por la

Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios

Congregación para la Educación Católica en 1980 con la

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(IPP II). En ella se presentaba la propuesta de un periodo propedéutico que brindara una profunda iniciación espiritual para los postulantes al Seminario.

Actualmente, el Curso Propedéutico es considerado indispensable como parte del proceso de

formación y está orientado principalmente a colmar las lagunas de orden espiritual, cultural

y humano que se presentan frecuentemente en los jóvenes postulantes al Seminario Mayor (PDV 62, d; IPP Int.).

En el curso propedéutico, el espacio de tiempo prescrito va desde un mínimo de seis meses a un máximo de dos años. En general se opta por una sede separada del Seminario, que permita cierta autonomía de vida. Además hay que señalar que algunos modelos se

caracterizan por la interioridad y el recogimiento, mientras otros se abren moderadamente a

actividades de diverso tipo

(IPP III, 3).

Los estudios de Filosofía

Un periodo importante de la formación intelectual está integrado por los estudios de filosofía, que permiten al candidato al sacerdocio conducirse hacia un conocimiento e interpretación más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios

(PDV 52) y, al tiempo que deben ayudar al alumno a penetrar y vivir más profundamente su propia fe, lo preparan para los posteriores estudios teológicos (Cf. RFIS 70).

Para introducirse cabalmente en estos estudios, es imprescindible que el estudiante genere un profundo y auténtico interés en la búsqueda de la verdad, aspecto que es inherente a la naturaleza humana, pero que en el candidato al sacerdocio adquiere una connotación mayor, puesto que en esta búsqueda es en donde se realiza la apertura del hombre a la cuestión de Dios y donde se asientan los nexos que el estudiante podrá establecer entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación (Cf. PDV 52).

Esta búsqueda de la verdad debe ser dirigida de manera adecuada durante la formación, para que contribuya a desarrollar una especie de veneración amorosa a la verdad, que lleve al futuro presbítero a reconocer que ésta no es un producto humano, sino un don otorgado por la

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Verdad suprema: Dios; así como puede aceptar que, a pesar de las limitaciones, la razón humana está en posibilidad de alcanzar la verdad objetiva y universal, incluso la que se refiere a Dios y al sentido radical de la existencia, al tiempo que comprende que la fe en sí misma no puede prescindir de la razón (Cf. PDV 52, b).

La formación filosófica debe fundamentarse en el patrimonio de la filosofía perenne y tener en cuenta las investigaciones filosóficas (Cf. OT 15, CIC 251) desarrolladas a lo largo del tiempo, las más actuales y también aquellas que han tenido una mayor influencia en la propia nación; así como el desarrollo de las ciencias modernas, de tal manera que los alumnos identifiquen claramente los rasgos de nuestra época y estén adecuadamente preparados para el diálogo con los hombres de su tiempo (Cf. OT 15; RFIS 71 b-c; RISB 114).

Una parte esencial de la formación filosófica se encuentra en la Historia de la filosofía, que debe ser enseñada de tal manera que los alumnos identifiquen los principios en que se ha sustentado el pensamiento filosófico a lo largo del tiempo y puedan, a la luz de las distintas situaciones propuestas, discernir los elementos verdaderos, descubrir los errores realizados y rebatirlos (Cf. OT 15, b; RFIS 72; RISB 115). Empero, la enseñanza de la filosofía no puede ceñirse a la presentación de lo que otros han dicho; es preciso ayudar al joven a afrontar directamente los problemas de la realidad, a tratar de confrontar y debatir las varias soluciones, para formarse convicciones propias y alcanzar una visión coherente de la realidad (CCEF III, 2, e).

Finalmente, es importante incluir, en el periodo de formación filosófica, aquellas disciplinas que permitan tener una visión clara de los hechos y fenómenos contemporáneos, tales como la sociología, psicología, economía, política y comunicación, que contribuirán a que el seminarista pueda, como Cristo en su tiempo, dirigirse a los hombres de su época y hablar su mismo lenguaje (Cf. PDV 52, c).

Los estudios de Teología

Gran parte de la formación intelectual del sacerdote tiene su base en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. Una auténtica teología es aquella que proviene de la fe y trata de conducir a la fe (Cf. PDV 53). La fe que impulsa a buscar y a ampliar la propia inteligibilidad, consigue su meta, mediante la teología, de una forma más elevada y sistemática (FTS 18).

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Estos dos aspectos, fe y reflexión, están íntimamente relacionados y, de su adecuada coordinación depende la verdadera naturaleza de la teología, así como los contenidos, modalidades y espíritu de acuerdo con los cuales hay que elaborar y estudiar la sagrada doctrina (Cf. PDV 53, b), sin perder de vista que el objeto del cual se ocupa propiamente la

teología no son las verdades adquiridas con la ayuda de la razón, sino las verdades reveladas

por Dios y conocidas a través de la fe

(FTS 18).

Por ello un aspecto relevante más, inherente a la naturaleza misma de la teología, es su dimensión espiritual, merced a la cual el teólogo en la investigación y en el estudio no procede en la línea de un puro intelectualismo, sino que obedece a las exigencias de la fe, efectuando cada vez más su unión existencial con Dios y su inserción vital en la Iglesia (FTS 22). Es en este aspecto en el cual cada una de las verdades que son el objeto de la teología se convierten en principios de vida y de compromiso personal para los creyentes (Cf. FTS 22), ya que ésta

clarifica y ahonda el sentido de las leyes de la salvación y de la vía del progreso espiritual, que

la

Revelación ofrece a la vida cristiana. Lo cual cobra particular relevancia en la formación de

los futuros sacerdotes, al traducirse en una clara y sólida piedad, fundada en la comprensión de su ministerio y en la exacta valoración de la oblación que la Iglesia le exige hoy (FTS 25).

Asimismo, en esta etapa de la formación deben tenerse siempre presentes las connotaciones cristológicas y eclesiales de la teología las cuales, unidas al rigor científico, contribuyen a desarrollar en los seminaristas un grande y vivo amor por Jesucristo y su Iglesia, lo cual a su vez alimenta su vida espiritual y sirve de guía para el ejercicio de su ministerio (Cf. PDV 53, d).

Los estudios para la formación en teología son muy exigentes en el sentido que el candidato

al sacerdocio debe, al finalizar éstos, poseer una visión completa y unitaria de las verdades

reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia.

necesariamente, ayudar al alumno a elaborar una síntesis que sea fruto de las aportaciones

de las diversas disciplinas teológicas, cuyo carácter específico alcanza auténtico valor sólo en

la profunda coordinación de todas ellas

Esto implica,

(PDV 54).

Al ser una ciencia que nace y se desarrolla gracias a la fe y que está a su servicio, la teología asume el discurrir de la razón y los datos de las culturas para comprender el propio

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objeto (FTS 20), al tiempo que integra la fe en el contexto psicológico y social contemporáneo, en medio de los cuestionamientos y preocupaciones fundamentales del hombre moderno (Cf. FTS 19).

Este aspecto es decisivo en los estudios teológicos que se desarrollan hoy, especialmente aquellos vinculados a la teología moral y la teología pastoral, que exigen un contacto permanente con la realidad, con las conclusiones de las ciencias de la naturaleza y del hombre, que arrojan mucha luz sobre la situación y sobre el comportamiento del hombre, estimulando investigaciones, revisiones o profundizaciones de las doctrinas intermedias entre los principios seguros de razón y de fe, y las aplicaciones a lo concreto de la vida (FTS 99).

Un elemento esencial, que debe abarcar toda esta etapa, implica que la formación teológica debe estar integrada en el conjunto de la formación doctrinal, y principalmente con la totalidad de la vida del Seminario. Esto exige una organización didáctica adecuada y serio empeño del cuerpo docente para que la amplitud del horizonte no lleve a la dispersión y a la superficialidad: así como la multiplicidad de intereses no impida una síntesis orgánica y sólida (Cf. RISB 118).

Dimensión Pastoral

El proceso de formación, por su carácter integral, relaciona la preparación específicamente pastoral con el resto de las dimensiones, y encuentra, en la unidad y armonía con cada una de ellas, objetivos propios que unidos conducen a lograr el objetivo general anteriormente citado. Estos objetivos dan características muy particulares a esta dimensión con relación a las demás, sobre todo tomando en cuenta que es en el trabajo pastoral en donde el joven manifiesta de forma más espontánea su preparación y el nivel alcanzado en cada una de las demás dimensiones; por ello la formación pastoral no puede ser equiparada únicamente con algunos conceptos, métodos o técnicas, sino que refleja a las otras dimensiones de la formación, a la vez que las enriquece y les da un nuevo matiz al llevarlas a un nivel más concreto (Cf. PDV 57, b).

La formación pastoral implica dos niveles complementarios, que pueden ser considerados como teórico y práctico. El aspecto teórico comporta la preparación doctrinal en todas

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aquellas disciplinas y materias teológicas en que se sustenta la labor pastoral, entre las que destaca la Teología Pastoral, pero también comprende aquellas que están más directamente vinculadas con el ejercicio pastoral, como es el caso de las disciplinas sociales. La unión y coordinación entre los estudios y los elementos prácticos debe ser permanente y estar continuamente alimentada por una fuerza interior, que el proceso de formación debe promover, cultivar y resguardar en el joven: la comunión cada vez más profunda con la

caridad pastoral de Jesús

de un proceso que busca garantizar el crecimiento de un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo (PDV 57, f), lo cual debe ser el principio y la fuerza del ministerio del presbítero.

(PDV 57, f); se trata

La formación pastoral implica, por tanto, una preparación doctrinal intensa y un profundo conocimiento de la realidad con miras al ejercicio pastoral ya que, como pastor, el sacerdote d ebe exponer la palabra de Dios no sólo de una forma general y abstracta, sino aplicando a circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio (PO 4).

Por lo tanto la preparación en esta dimensión requiere que el seminarista sea capaz de realizar procesos de reflexión con rigor, así como análisis específicos y concretos sobre la realidad social; además de tener la capacidad para comunicar los resultados de estas reflexiones y análisis, valiéndose de distintos medios. La labor pastoral exige un profundo conocimiento de la Iglesia Universal, en sus diversas manifestaciones y cambios. La continua renovación de la Iglesia y su papel en la sociedad actual requieren que el futuro sacerdote sea capaz de interpretar a la luz del Evangelio las distintas condiciones y necesidades de la vida humana, liberándolas y conduciéndolas a Dios (Cf. RFIS 58).

El conocimiento y la adecuada interpretación del entorno sociohistórico y cultural, y de la realidad diocesana son necesarios para que los aspirantes al sacerdocio realicen sus experiencias iniciales en el ministerio, mediante las cuales podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva de su Iglesia particular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón a la dimensión misionera de la vida eclesial (PDV 58, b) y, también se capacitarán en distintas formas de trabajo comunitario y de colaboración con laicos, religiosos y los presbíteros a los que serán enviados (Cf. AG 16).

Dimensiones de la formación sacerdotal

La apertura misionera comporta que el aspirante al sacerdocio, desde sus experiencias

iniciales, sea consciente de la labor de la

necesidades que viven algunas Iglesias particulares en otros lugares del mundo, que experimente el sentido misionero del clero diocesano, al mostrarse abierto y disponible para ser enviado a anunciar el Evangelio (Cf. PDV 59, d; CCDM; RISB 136) con un espíritu verdaderamente católico, que les impulse más allá de los límites de su diócesis, nación o rito (RFIS 96) y se dispongan a ayudar a otros con un corazón grande.

Iglesia y se interese por los problemas y

Por otra parte, la formación promoverá el conocimiento y la vivencia de la Iglesia en sus dimensiones de misterio, comunión y misión, para que el seminarista profundice en el

carácter divino de la Iglesia como signo eficaz de gracia , a la vez que experimenta la pastoral comunitaria en colaboración con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispos, sacerdotes diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos; sin perder de vista la dimensión

Iglesia (Cf. GS 17 a-c), que le permitirá amar y vivir la experiencia de

misionera esencial de la

la misión y de las diversas actividades pastorales que le ayudarán a mostrarse abierto a todas las posibilidades que hay en el mundo de hoy para el anuncio del Evangelio (Cf. PDV 59 d).

En este sentido, la formación debe estar impregnada de un carácter netamente apostólico, lo cual implica que haya en los seminaristas una auténtica búsqueda de la salvación de los hombres en Cristo, que expresen el debido respeto a la dignidad de las personas y la acción de Dios en ellas, que trabajen con conciencia eclesial y colaboren con el desarrollo y evangelización de las comunidades, asumiendo y promoviendo todo aquello que haya de válido y evangélico en la religiosidad popular (SD 36, 38; Cf. RISB 133).

Del mismo modo, la formación pastoral exige que el seminarista como futuro ministro de comunión eclesial desempeñe esta función desde un espíritu de servicio, sobre todo hacia quienes más lo necesitan: pobres, migrantes, enfermos y desvalidos, con la consigna de formar verdaderas comunidades cristianas (Cf. PDV 58, c).

En este sentido, es importante también una formación social apoyada en las disciplinas psicológicas, pedagógicas y sociológicas (Cf. RFIS 94, c) que lo capacite para el trato con la diversidad de los seres humanos; al tiempo que le permita profundizar en la reflexión acerca de los acontecimientos cotidianos mediante un conocimiento objetivo y científico, cada vez más profundo, de los problemas y controversias sociales, evaluándolos a la luz del Evangelio

Dimensiones de la formación sacerdotal

y de la

Doctrina Social de la Iglesia.

Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de los diversos cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial (PDV 18, c).