PERO…

Se teme lo que se ignora, si se presume negativo. Mario Conde

La educación en casa es muy poco conocida y, por ello mismo, muy criticada. Se plantean objeciones de todo tipo, algunas ciertamente inverosímiles que no merecen siquiera la atención de ser rebatidas, como la acusación de ser la causa de un potencial aumento de la tasa de desempleo entre los profesores. Pero hay cuatro objeciones sobre las que voy a detenerme, no sólo porque se presentan recurrentemente sino porque son cuestiones que los propios homeschoolers nos hemos planteado en nuestros inicios. La primera se refiere a la conciliación de la vida laboral con la vida familiar que, si ya es difícil cuando los hijos son escolarizados, se complica aún más cuando son educados en casa. Existe el mito de que la educación en casa está reservada sólo a unos pocos privilegiados, a familias pudientes que pueden permitirse vivir de un solo sueldo, o contratar a tutores particulares, o pagar innumerables clases extraescolares y acceder a múltiples recursos didácticos. En realidad no educa en casa quien económicamente puede sino quien genuinamente quiere. Y es que educar en casa puede resultar tan caro o tan barato como uno quiera y pueda permitirse. No es necesario contar con grandes lujos, ni tener todo tipo de material didáctico, ni tomar lecciones en las academias más selectas. Pero a la cuestión del dinero se le añade otra quizás más delicada, la del retorno de la madre al hogar como un retroceso en la historia de los derechos de las mujeres. La segunda objeción se refiere a la capacitación de los padres para educar a sus hijos. Quienes plantean esta objeción, lógicamente, no se han desescolarizado interiormente y se refieren, por tanto, a la educación académica. Nadie duda que los padres sean capaces de educar a sus hijos en valores, o de proporcionarles una nutrición adecuada, pero cuando se trata de asuntos meramente académicos parece necesario contar con un título oficial que acredite nuestra capacitación pedagógica. Por otro lado, es común que los padres que se inician en el homeschooling se pregunten: ¿cómo podré enseñarle aquellas cosas que yo mismo no sé? La tercera objeción tiene una doble vertiente. De un lado, la hipotética falta socialización entendida como carencia de relación con sus iguales. De otro lado, la falta de socialización entendida como una insuficiente exposición a los valores admitidos como válidos por la comunidad. Es el clásico dilema de la legitimidad de la educación en casa en familias que promueven valores antidemocráticos. La cuarta objeción no es aplicable a todos los países, pues se refiere a la legalidad de la opción de la no escolarización. Pero incluso en aquellos países en los que sí está contemplada por la ley, se puede objetar que una determinada familia no cumpla exactamente con todos los requisitos exigidos por las autoridades competentes. Existen muchas otras objeciones y mitos acerca de la educación en casa, pero pienso que estos cuatro son referentes del sentir general de la sociedad y, como dije, incluso muchas familias educadoras en casa se hicieron estas mismas preguntas.

HOMESCHOOLING, FEMINISMO Y ECONOMÍA DOMÉSTICA

Las mujeres de mi generación nos hemos aferrado al credo feminista con el que fuimos criadas, a pesar de que nuestras posiciones han ido disminuyendo a causa de las tensiones no resueltas entre la familia y la carrera, sólo porque no estamos dispuestas a dejar caer la bandera para las generaciones futuras. Pero cuando muchos miembros de una generación más joven han dejado de escuchar porque repetir insistentemente que “podemos tenerlo todo” es falsear la realidad, es hora de hablar. Anne-Marie Slaughter

En esta sociedad altamente escolarizada, la decisión de educar a los hijos en casa supone hacer una serie de cambios en nuestras vidas que, en no pocas ocasiones, serán interpretados por los demás como una insolencia, un acto de rebeldía que amenaza al status quo establecido. Ésta es una de las grandes cuestiones que se plantean las familias cuando deciden no escolarizar: ¿Cómo vamos a compatibilizar nuestra vida profesional, no ya con la vida familiar, sino con la vida familiar como homeschoolers? Cuando la plena incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido asumida, de forma general y sin discusión, como un gran logro del siglo XX, que una de nosotras decida volver al hogar para cuidar de los hijos es visto como un retroceso para los derechos de las mujeres. Quienes ello objetan no se refieren en realidad a un derecho, pues los derechos, por definición, pueden ser o no ser ejercidos. El derecho de la mujer al trabajo se ha convertido, de facto, en una obligación. Del mismo modo, el derecho a la educación se ha convertido en una obligación de escolarizar. En ninguno de estos dos ámbitos cabe ya la libertad de elegir pues una mujer que no trabaja, y una mujer que no escolariza, están desafiando años de luchas por los derechos sociales y menospreciando a aquellos que lo dieron todo por conseguirlos. Pero yo me pregunto si quienes critican a estos dos tipos de mujeres no están en el fondo tratando de justificar sus propias decisiones. Al fin y al cabo, la mejor defensa es un buen ataque, según dicen. El verdadero avance social se habrá dado el día en que las madres tengan plena libertad para decidir si trabajan fuera de casa, si prefieren dedicar todo su tiempo a su familia o si la mejor opción para ellas es encontrar un equilibrio entre ambos mundos. En el caso de las madres de niños escolarizados el problema es menor, pues disponen de un buen número de horas semanales en las que no deben ocuparse personalmente de sus hijos y pueden buscar la forma de acomodar su horario laboral al horario escolar. Las madres homeschoolers, en cambio, deben deshacerse de las ideas preconcebidas acerca del trabajo y las finanzas pero también acerca de la familia y la educación. Han de salir de su zona de confort y aprender a decir “no” en ambas esferas de su vida. La zona de confort es, según la definición que ofrece Wikipedia, el “ conjunto de límites que, sutilmente, la persona acaba por confundir con el marco de su íntima existencia”. Así, lo fácil y cómodo es dejar que todo siga igual. Continuar con nuestro trabajo y arreglar las cosas para que alguien se ocupe de los niños de modo que su existencia no interfiera demasiado en la nuestra. Si los llevamos al colegio, les ponemos una cuidadora y llenamos sus tardes con actividades extraescolares, podremos continuar nuestras vidas prácticamente igual que antes de

tener hijos. Pero una no debería convertirse en madre y esperar que todo siga igual. Los hijos requieren dedicación, tanto si están escolarizados como si no lo están, y no es suficiente con dedicarles tiempo sino que debemos dedicarles nuestro mejor tiempo. Pero el miedo no viene sólo por la posibilidad de perder la sensación de auto-realización que proporciona el trabajo, sino que algunos padres temen que la decisión de no escolarizar a sus hijos repercuta negativamente en la economía familiar, pues piensan que uno de ellos deberá dejar su trabajo para dedicarse plenamente a la educación de los niños. Una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Pew en 2009 reveló que el 62% de las madres trabajadoras preferiría trabajar a tiempo parcial para poderse ocupar personalmente de sus hijos, dato que había ido aumentando con el paso de los años. La encuesta también reveló que sólo el 19% de los americanos consideraba que las mujeres deberían dejar sus trabajos y volver al hogar, frente al 30% que así lo creía en el año 1987. Resulta curioso que, a medida que aumenta la percepción global de que las mujeres deberían trabajar fuera de casa (consecuencia directa de una interpretación errónea del principio de igualdad) aumente también el número de mujeres que preferiría dejar su trabajo o, al menos reducir su horario, para poder ocuparse de sus hijos. Un estudio realizado en 2012 por Forbeswoman y Thebump.com reveló que la mayoría de las mujeres trabajadoras lamentaba no poder tener hijos, que calificaban de “lujo financiero” y más de un tercio de ellas lamentaba que sus maridos no ganaran dinero suficiente como para que se pudieran permitir el lujo de tener hijos y dejar de trabajar. Además, el 69% de las encuestadas aseguró sentirse obligada a trabajar para contribuir al sostenimiento de las cargas familiares, mientras que el 52% de las madres no trabajadoras dijo que sus parejas las hacían sentirse mal por no estar trabajando fuera de casa. Sin embargo, sólo el 10% de las madres no trabajadoras lamentaba haber dejado su carrera para dedicarse a los hijos, mientras que el 50% de las madres trabajadoras creían que su felicidad aumentaría si pudieran dejar su trabajo. Estos datos nos confirman que las madres sí quieren ocuparse de sus hijos, anteponiéndolos a sus carreras profesionales en muchas ocasiones. Aunque en realidad no siempre es necesario que uno de los dos deje de trabajar para poder educar en casa, como tampoco es necesario cobrar dos sueldos para poder vivir con dignidad. Simplemente hay que ajustar los gastos y los ingresos para que los primeros sean siempre inferiores a los segundos. Ésta es la regla de oro de la economía y es muy simple. Para conseguirlo, sólo hay dos opciones: reducir gastos o aumentar ingresos (o, mejor aún, una combinación de las dos cosas). Si hace usted la prueba de llevar un registro exhaustivo de todo lo que gasta a lo largo de un mes puede que se lleve una sorpresa al darse cuenta de a qué dedica realmente sus recursos, pues a menudo gastamos sin planificar y sin valorar la necesidad o la oportunidad real de cada gasto. Veamos el ejemplo de una persona que toma a diario un café en un bar. Si el café le cuesta 1,5 euros, se está gastando 45 euros al mes en café. Pero por 2,5 euros podría comprar un paquete de 250 gramos de café en el supermercado y tomárselo en casa durante 25 días. Así, cada café le estaría costando sólo 0,1 euros, o sea, que estaría ahorrando 1,4 euros diarios. Claro que antes tendría que invertir en una cafetera, pero puede conseguir una en Amazon por 45 euros, que es lo que se estaba gastando al año en cafés del bar y, por tanto, sería fácilmente amortizada. Éste es sólo un pequeño ejemplo para que se dé cuenta de la inconsciencia con que a veces gastamos nuestro dinero, pero hay otros ámbitos donde el gasto superfluo es aún mucho mayor, como la vivienda, el transporte, las comunicaciones o la comida. Pregúntese si es necesario tener una hipoteca de interés variable, un coche de alto consumo, un móvil de última generación, comer fuera de casa dos veces por semana, viajar en Navidades y en verano, renovar el fondo de armario cada temporada o ir al cine los viernes en vez de aprovechar

el descuento del día del espectador. Reducir gastos es más fácil de lo que parece, pero el paso previo imprescindible es conocer a qué estamos dedicando nuestros recursos. Aumentar ingresos tampoco es mucho más complicado, veamos algunos ejemplos: ¿Tiene cosas en casa que ya no utiliza pero que todavía están en buen estado? Véndalas. No tire las cosas que aún se puedan utilizar, pues siempre habrá alguien que sí las necesite, y usted ganará algo de dinero y de espacio. Busque trabajos que pueda hacer en compañía de sus hijos, como cuidar a otros niños o pasear perros. No le ocupará muchas horas pero conseguirá unos ingresos extra. Hay trabajos que pueden hacerse desde casa, sin un horario impuesto y organizando su tiempo como mejor le convenga. Puede dar clases particulares de algo que sepa hacer, y no me refiero necesariamente a materias que se den en la escuela, sino que también puede tratarse de alguna afición o habilidad que usted tenga, como la cocina, la costura, la cerámica, la percusión, algún idioma o algún tipo de baile. Escribir, hacer traducciones, grabar datos o dedicarse a la asesoría online son algunas de las muchas oportunidades que nos brinda internet. Pero la mejor opción, a mi modo de ver, es procurarse una o varias fuentes de ingresos pasivos. Se trata de formas de ganar dinero incluso en aquellos momentos en los que no estamos trabajando de forma activa. Es lo que sucede con las inversiones, las rentas y los réditos generados por sistemas automatizados de negocio. Por ejemplo, si usted es experto en alguna materia puede escribir un blog y monetizarlo. Las formas más habituales de monetizar un blog son los anuncios aleatorios, los anuncios directos, el patrocinio y los sistemas de afiliados. Puede escribir libros sobre el tema, auto-editarlos y venderlos a través de alguna página web, como Amazon.com, Bubok.com o Lulu.com. De este modo, usted se desvincula de todo el proceso de distribución y venta. Simplemente, trabaja una vez escribiendo y maquetando un libro que se puede seguir vendiendo durante años sin que usted tenga que hacer nada más. La principal dificultad a la hora de generar ingresos pasivos suele ser el conjunto de creencias limitantes que tenemos acerca del dinero y del trabajo. Muchas personas han sido educadas en la creencia de que las cosas que merecen la pena son difíciles de conseguir, de que cuanto más duro se trabaje más dinero se conseguirá y de que, en realidad, sólo el dinero conseguido con gran esfuerzo es una ganancia legítima. Lo primero que deberá hacer usted, si está dispuesto a generar nuevas fuentes de ingresos pasivos, es deshacerse de su vieja mentalidad de que los ingresos deben ser activos. Tal vez no tendrá un volumen de ingresos pasivos suficiente como para poder prescindir de sus actuales ingresos activos y, desde luego, no va a ser algo que le proporcione resultados a corto plazo, pero si tiene claros sus objetivos y sus ideas acerca del dinero no dudo que también tiene capacidad para generar ingresos pasivos. Un ejemplo clásico son las rentas por alquileres, tradicionalmente referidos a bienes inmuebles pero que pueden darse también en otros ámbitos. Una mujer se fue a vivir temporalmente con sus padres para poder alquilar su piso y, así, terminar de pagar la hipoteca con poco esfuerzo de su parte. No hacer uso de su propia casa durante un año le permitió evitar un deshaucio. Un grupo de mujeres decidió alquilar los carritos de paseo que ya no usaban sus hijos a familias que estaban de paso en su ciudad. Poco tiempo después se dieron cuenta de que era viable crear una empresa para gestionar su actividad y así lo hicieron. Otras personas alquilan sus coches por días o por horas cuando ellas mismas no los necesitan. Así cubren los gastos de mantenimiento y evitan tenerse que deshacer de ellos por no poderlos mantener. Éstos son sólo unos ejemplos con

los que pretendo mostrar que hay muchas oportunidades de generar ingresos, pero para ello es necesario ser creativos y dejar de lado las creencias que nos impiden lanzarnos a probar cosas que nadie ha hecho antes. Las inversiones son otra forma de obtener ingresos pasivos y, al contrario de lo que muchos creen, no es necesario tener mucho dinero para empezar a invertir ni se trata de una complicada ciencia al alcance sólo de unos pocos privilegiados. Ahora bien, tampoco es recomendable lanzarse de cabeza a invertir nuestros ahorros sin habernos informado adecuadamente. Existen diferentes tipos de inversiones: uno puede invertir en su propia educación, aprender a hacer algo con lo que después pueda generar ingresos; o puede invertir en algún bien que previsiblemente vaya a aumentar de valor en los siguientes años; o puede invertir en un negocio, propio o ajeno (en éste caso, puede que la inversión lleve aparejada algo de trabajo activo, pero seguirá teniendo un componente pasivo en cuanto a los ingresos); o puede invertir en el mercado de valores. Este tipo de inversiones requerirían un capítulo completo en exclusiva, lo cual excede de los propósitos de este libro, pero le animo a que investigue por su cuenta. Para ver si le pica el gusanillo, le dejo sólo un dato real a modo de ejemplo: si su abuelo hubiera comprado una sola acción de The Coca Cola Company en 1919 por 40 dólares y hubiera reinvertido todos los dividendos (es decir, que en vez de cobrarlos los hubiera usado para adquirir nuevas acciones de la misma compañía), en 2012 su paquete de acciones tendría un valor (actualizado) de 9,8 millones de dólares. Tal vez su abuelo no habría podido disfrutar de su inversión, pero no me negará que es una excelente herencia para sus descendientes (o sea, usted y sus hijos). De todos modos, su abuelo también podría haber decidido cobrar los dividendos para disfrutarlos en vez de reinvertirlos y, aún así, sus acciones todavía tendrían un valor de 341.545 dólares.

Comencé este capítulo citando a Anne-Marie Slaughter, quién dejó de trabajar para el Gobierno de los Estados Unidos para poderse ocupar de sus dos hijos adolescentes. Volvió a su puesto de profesora universitaria, escribe artículos en varios medios de comunicación, da charlas por todo el país y aparece regularmente en varios programas de radio y televisión. En un artículo publicado en julio de 2012 en The Atlantic y que tituló “Por qué las mujeres aún no pueden tenerlo todo” aseguró estar convencida de que sí podemos tenerlo todo, e incluso tenerlo todo a la vez, pero no en la sociedad actual, no tal como está organizada la economía en nuestros días. De momento, asegura, lo único que podemos permitirnos es elegir aquella opción que nos permita tener control sobre nuestros horarios. Nuestras opciones, si queremos educar en casa pero no podemos prescindir de un sueldo, son el emprendimiento, el tele-trabajo y las fuentes de ingresos pasivos. Pero si usted puede permitirse prescindir de un sueldo y quiere hacerlo, no se sienta presionada por la sociedad, pues quien va a criar a sus hijos es usted misma y no la sociedad. Lo importante es que tenemos opciones y déjeme decirle una cosa: “ellos” no tienen nada que opinar aquí.

No puedo terminar este capítulo sin compartir con usted un párrafo del libro Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés e invitarle a reflexionar muy sinceramente acerca de lo que ella afirma:

No te amilanes ni te acobardes si te llaman oveja negra, inconformista, lobo solitario. Los estrechos de miras dicen que los inconformistas son una lacra de la sociedad. Sin embargo, se ha demostrado a lo largo de los siglos que el hecho de ser distinta significa estar al margen, tener la certeza de que una hará una aportación original, una útil y sorprendente aportación a su cultura. Cuando busques una guía, no prestes jamás atención a los pusilánimes. Sé amable con ellos, llénalos de cumplidos, procura engatusarlos, pero no sigas sus consejos. Si alguna vez te han llamado insolente, incorregible, descarada, astuta, revolucionaria, indisciplinada, rebelde, vas por buen camino. La Mujer Salvaje está muy cerca.

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