Carlos Alberto Olague Alcalá / Aurora Ruá / Sergio Manganelli / Mikalojus Ciurlionis / José Luis de la Fuente / Jason Nelson

/ Carolina Fernández Gaitán / Andrei Ryabushkin / Lázaro David Najarro Pujol / Elisa Gulminelli / Jesús Humberto Olague Alcalá / Serhiy Reznichenko / Mayde Molina / Mikhail Nesterov / Sergio Astorga / Jesús Flores Olague / Barbara Bianconi / Lino Carmenate Milián / Justyna Furmanczyk / Daniel “Crónicas Urbanas” / Ulises Varsovia / Ivan Aivazovsky / Ramón Zarragoitia / Fernando Haro / Juan Manuel Gallardo / Patricia Nasello / Rick Hawkins / Josefina Camacho / Claude Monet / Anna M. Calero Pinto / mmilanovic / Patricia K. Olivera / Philip Wilson Steer / José Manuel Ortiz Soto / Fabián Ortiz Soto / Edgardo Castillo / Carlampio Fresquet Pérez / Mattox / Gabriel Hurtado / Katsushika Hokusai / Diana Raquel Hernández Meza / VictorLouis Mottez / Victoria Asís / Patrice Dufour / Francisco Tario / Alexey Bogolyubov

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El tema para el próximo número es:

El descensor
Detrás de la puerta

Se recibirán colaboraciones hasta el día 28 de febrero de 2013.

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EL DESCENSOR

NAUFRAGIO

Año 3 Número 1

Contenido
Directorio Diseño de Portada [Carlos Alberto Olague Alcalá] Editorial [La redacción] Poema 27 [Sergio Manganelli] Naufragios [José Luis de la Fuente] Error de cálculo [Carolina Fernández Gaitán] Al filo de un naufragio [Lázaro David Najarro Pujol] Soledad [Jesús Humberto Olague Alcalá] El viejo Peter Pan [Mayde Molina] Navegantes [Sergio Astorga] Unas horas distintas [Jesús Flores Olague] Un naufragio llamado deseo [Lino Carmenate Milián] Veleros de piedra [Daniel “Crónicas Urbanas”] Naufragios [Ulises Varsovia] Tanja [Ramón Zarragoitia] Instantáneas [Juan Manuel Gallardo] Atropello (1741 - 1999) [Patricia Nasello] Naufragio [Josefina Camacho] Nuestra pequeña casa isla [Anna M. Calero Pinto] Cualquiera podría decir… [Patricia K. Olivera] Náufragos [José Manuel Ortiz Soto] La isla [Edgardo Castillo] A la deriva [Carlampio Fresquet Pérez] Mi dulce desastre [Gabriel Hurtado] Después del naufragio [Diana Raquel Hernández Meza] Naufragio [Victoria Asís] La noche del buque náufrago [Francisco Tario] Derechos de uso
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Directorio
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Responsable de edición:
 Jesús Humberto Olague Alcalá http://jholaguepersonal.blogspot.com

Asesoría en diseño:
 Carlos Alberto Olague Alcalá http://www.diezpuntocinco.com.mx

Corrección:
 Martha Silva http://lafamosax.blogspot.com  José Manuel Ortiz Soto http://cuervosparatusojos.blogspot.com

Selección de textos e imágenes:
 Ana M. Gutiérrez http://www.7duendes.com  José Luis de la Fuente http://sites.google.com/site/desdeelotero  Sergi Blau Orts http://marinettilovesantelia.blogspot.com

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Año 3 Número 1

Diseño de Portada [Carlos Alberto Olague Alcalá]
* Publicista, director general de una agencia BTL. Nacido en la ciudad de México, pero radicado en Zacatecas. Se dice candidato a portador de la vela perpetua, aunque la vela perpetua no está muy de acuerdo. También es monero, y la mayor parte del tiempo no sabe qué hace aquí además de ser el responsable del diseño de portada. Se le puede encontrar en Diez punto cinco publicidad (http://www.diezpuntocinco.com.mx) y En mi opinión (http://carlosolague.blogspot.com).

Editorial [La redacción]
Desde Robinson Crusoe hasta Los Piratas del Halifax, desde Homero hasta Julio Verne, de Goya a Aivasovsky, de Tom Hanks a Gene Hackman y desde La isla de Gilligan hasta Lost, el tema del naufragio es, y será, recurrente en la cultura, las artes y los medios de comunicación, tanto en la literatura como en la pintura, el cine y la televisión. Innumerables autores han sentido la fascinación que produce la tragedia humana y la han retratado desde su particular perspectiva e interpretación, regalándonos obras llenas de dramatismo y hasta, en más de un caso, salpicadas de humor, que hace más llevadero el dramatismo que ésta encierra, dramatismo que sobrepasa los límites de la navegación marítima y se inserta en prácticamente cualquier ámbito de la actividad humana, en forma de soledad, abandono y, ¿por qué no?, introspección y espiritualidad. Así pues, nuestro grupo de colaboradores nos regala un salvavidas en medio de los pequeños naufragios, sea cual fuere su naturaleza, que la cotidianeidad nos impone.

Ilustración:
 Pesadilla de Aurora Ruá (http://maldelcap.blogspot.com). Las imágenes utilizadas para ilustrar esta publicación, y todos sus derechos, son propiedad de sus respectivos autores, salvo aquellas que sean consideradas como del Dominio Público por las leyes de Derechos de Autor aplicables. Si el uso de alguna imagen infringe cualquier derecho de uso, favor de notificarlo por correo electrónico a descensor@gmail.com.

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Poema 27 [Sergio Manganelli]
* Nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina, el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en una importante cantidad de diarios argentinos, de México, Colombia y España. Asimismo en revistas culturales y literarias de Argentina, Brasil, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Colombia, Venezuela, Chile, Italia, Cuba, Nicaragua, etc. Obtuvo entre 1991 y 1999 una treintena de premios y menciones en su país. Se encuentra trabajando en la edición de “Sangre de Toro” -poemas y banderillas-, que se editará inicialmente en Buenos Aires y posteriormente en España. Para ponerse en contacto con él, deje un mensaje en la sección Contacto de nuestro sitio web. Ilustración: Cliff by the sea de Mikalojus Ciurlionis (http://www.wikipaintings.org/en/mikalojus-ciurlionis).

"si una campana no suena el silencio se durmió." León Gieco / Heredo un silencio, retrato y centinela de las heladas horas, cuando no vibro más que a leves ecos de lo que nunca pronunció tu corazón bandera, de aquello que jamás escuchará tu boca. Sin embargo transito las fobias y las cúspides, y tu pena horizonte
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se duerme con la mía, bajo un reloj inagotable de murmullos, que acompasan un verde latido acurrucado. No hay paréntesis, ni leves agudezas melancólicas. Una babel de copas y gorriones, de sargazos, derivas y orfandades.

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// La piel y su amnistía. El mutismo de ojos que se tocan. Un apremio de heridas acalladas, bajo una sombra ritual de despedida. El abrazo a flor de alma y un misterioso páramo de risas. La marea invade el arrecife, y me siento fraterno, desolado, oscuramente oscuro, vigía de un destino acaso irremediable. Predigo las frases, los sueños, la primicia, el lánguido llamado entre las olas.

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/// Apago los candiles, mientras el río alza la muerte hasta mi boca. Y hay gaviotas surcando el otro lado.

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Naufragios [José Luis de la Fuente]
* España. Informático de profesión y cuentero de afición. Los cuentos son su salvavidas ante la tormenta diaria de máquinas, cables y bits. Le gusta escribir cuentos directos, breves, de fácil lectura, de literatura llana y sin preciosismos. Y lo confiesa totalmente arrepentido. No sabe hacerlo de otra forma pero promete mejorar con el tiempo -de mayor quiere ser cuentero-. Un antiguo profesor una vez le dijo: “cuando alguien pierde toda capacidad de sorpresa, de asombro, de fascinación… está muerto y no se ha dado ni cuenta”, así que le gusta pensar que con sus cuentos, es capaz de sorprender al menos durante un segundo al lector ocasional y contribuir con su granito de arena a que continúe vivo. Tiene cuentos publicados en Los cuentos (www.loscuentos.net) y se le puede encontrar en Desde el otero (http://www.desdeelotero.com). Ilustración: Beautiful Girl 6 de Jason Nelson (http://www.pastorjason1.smugmug.com).

Sentado en el borde de la cama, observo derrotado y cansado la cómoda que no hacía mucho tiempo acogía en su repisa la foto de ella; un día decidí que su retrato debía de desaparecer para poder hacer la situación un poco más llevadera. La tormenta se desató en un minuto, aunque sin duda llevaba mucho tiempo gestándose por su parte. El anuncio fue breve, conciso y de improviso para mí. “Vamos a darnos un tiempo”, me dijo. Al principio me devané los sesos intentando comprender que había ocurrido y como habíamos llegado a aquella situación. Mis amigos me presagiaron un mal desenlace y una situación irreversible pero yo me negué a aceptarlo y durante un tiempo luché contra ello. “Debes de cambiar. Está claro que ha dejado de quererte como eres” me dijeron. No lo asumí inicialmente. Yo no había cambiado o eso creía al menos. Frente a su derecho a que yo tuviera que cambiar, estaba el mío a no hacerlo; soy como soy y me debe de querer tal como soy. Yo la quería como era. Sin embargo hay un derecho más que pasé por alto y no tuve en cuenta; el derecho a dejar de querer. Durante un tiempo acepté cambiar y me encontré haciendo cosas impensables en mí y que jamás creí que pudiera hacer para intentar recuperarla. Pero todo fue en vano y la situación se fue poco a poco
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enfriando y diluyendo de forma imparable y asoladora para mí. La aspereza de los reencuentros posteriores, todos ellos ya por asuntos legales, hizo que tomara conciencia de la realidad y asumiera definitivamente los hechos. No había vuelta atrás. Mis amigos acertaron y se cumplieron todos sus malos augurios. Atinaron esos malditos… Me reclino hacia atrás en la cama y miro al techo unos momentos bajo la luz tenue. Cierro los ojos… La vida es extraña y paradójica. Pasado un tiempo, cuando la situación estaba asumida y el barco de mi vida estuvo casi arreglado de tanto vapuleo emocional, de repente y sin aviso una nueva tormenta se vino encima. Su llamada telefónica me cogió de sorpresa porque hacía meses que no sabía nada de ella. “No me encuentro bien”, dijo, “me han estado haciendo pruebas médicas. Acaban de llamarme del hospital para que vaya con urgencia. ¿Puedes venir conmigo?”.
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Necesité unos segundos para comprender la gravedad de la situación. “Claro”, contesté. Y los malos presagios se cumplieron una vez más. Desde mi rehecha vida, fui con ella siempre que pude a las consultas médicas, a la quimioterapia, a los diagnósticos, a los contra diagnósticos y vi como se deterioraba lenta e inexorablemente día tras día. Cogí la rutina de ir con ella a llevar a los chicos al colegio todos los días y después desayunábamos juntos. Luego yo recuperaba mi vida. Ella lo asumía, mi pareja actual lo entendía, mis amigos me admiraban, su familia lo agradecía, la mía me aplaudía… Y ahora estoy tendido en la cama mirando al techo, dejando que mi mente se sumerja aquí y allá en un mar inquieto de recuerdos… Solo han pasado un par de años desde aquel día en que me dijo que me dejaba, pero me parecen cientos. Odio los entierros. Supongo que a nadie le gusta, pero el de hoy y aunque esperado, ha sido especialmente duro para mí… Me siento de nuevo en el borde de la cama y vuelvo a mirar el vacío de la cómoda. Me levanto y abro el primer cajón. Busco, encuentro y contemplo su fotografía, aquella que hice al atardecer en la playa de Nazaré en Portugal. Estaba espléndida… Vuelvo a colocarla en la repisa de la cómoda…

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Error de cálculo [Carolina Fernández Gaitán]
* Mendoza, Argentina (1973). Docente, escritora y amante del microrrelato, microcuento, minificción, microficción, cuento brevísimo, minicuento. Punto, el resto sobra. Puede ser encontrada en Todo es como tiene que ser (http://todoescomotienequeser.blogspot.com). Ilustración: Noah’s ark de Andrei Ryabushkin (http://www.wikipaintings.org/en/andrei-ryabushkin).

El objetivo era exterminar a los seres más deplorables del planeta. Debía hacerse con disimulo, para no traumar al resto. Un accidente resultó ser la mejor opción, y así se planeó el naufragio. Engañadas con un falso diluvio, una a una las parejas cayeron en la trampa del arca. Paradójicamente, fueron los únicos sobrevivientes.
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Al filo de un naufragio [Lázaro David Najarro Pujol]
* Santa Cruz del Sur, Cuba (1954). Licenciado en periodismo, es autor de los libros de testimonios Emboscada (Editorial Ácana, 2000), Tiro de gracia (Editorial Ácana, 2000), Sueños y turbonadas, (Editorial Alaleph.com, 2007), Nuevo periodismo radiofónico (Editorial Pablo de la Torriente Brau, 2007) y Periodismo y realización radiofónicos (Editorial Adeuno.com, Argentina, 2010). Ha obtenido más de 30 premios y menciones en concursos periodísticos, literarios y festivales nacionales de la radio, entre ellos, Premio en Documental en el Festival Nacional de la Radio (1991), premio Sol de Cuba (1986), Premio Primero de Mayo (1988), Gran Premio Nacional de la Radio (2000), Premio Extraordinario 25 Aniversario de la ANIR (2002), Premio Internacional de Periodismo de la Revista Mira (2006), Primer Premio de Testimonio del Concurso aniversario 40 del Taller Literario Rubén Martínez Villena de Camagüey (2008), Premio “Jorge Betancourt” por la trayectoria de excelencia como miembro de la UNEAC (2008), Premio en Testimonio del Concurso Nacional de Literatura y Prosa Reflexiva Luis Suardiaz, Premio del Concurso Nacional de Áreas Protegidas, entre otros. Es miembro del Consejo Editorial de las Publicaciones Científicas del Centro de Investigación de las Ciencias Turísticas de la Universidad de Especialidades Turísticas (CICTUCT. Quito, Ecuador). Se le puede encontrar en su blog personal (http://camaguebaxcuba.wordpress.com/). Fotografía: Ocaso Carioca por Elisa Gulminelli (http://elisa-saca-fotos.blogspot.com/).

La Dorotea, una embarcación de porte medio con bandera cubana, se desliza rauda por las aguas del Golfo de Guacanayabo. Lleva sobre su cubierta una carga pesada. Se dedica al traslado de mercancías y pasajeros desde Santa Cruz del Sur a Manzanillo. Don Manuel de Jesús Cañete, el capitán, también es su dueño. Es la primavera de 1931. Desde la década del 20 ofrece esos servicios de transportación marítima. Navegan entre cayos. A veces se pueden apreciar los frondosos manglares de la costa —entre Santa Cruz del Sur y Guayabal—, las vastas ensenadas, los iluminados oasis del Guacanayabo —un área de poco calado de gran riqueza biológica— y, por último, el mar abierto en busca de Manzanillo. Mucha razón tenía el cronista español Antonio Perpiñá, cuando escribió atónito al recorrer esos parajes de tanta belleza natural:
«Aquellos oasis iluminados por los primeros rayos del sol, se me figuraron las islas encantadas regidas por las ninfas de la fábula. Las aves marinas, cruzando con majestuoso vuelo la inmensidad de las olas, abandonaban la frondosidad de los bosques para lucir su vistoso plumaje en las arenosas playas de aquel
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pacífico mar. ¡Oh! ¡Qué encantos no presenta la naturaleza en aquellos remotos países, en donde la presencia del hombre no altera su fisonomía con el carácter de su genio variable y destructor!»

El mar se presenta casi como un cristal, embellecido por los pequeños islotes. La «anegadiza costa se presenta baja, llena de manglares, y abierta por muchos esteros más o menos navegables, que comunican con los extensos lagos internados en la inmensidad de los bosques». Se pueden divisar entre el verdor de los alfombrados valles o frondosos manglares, bandadas de flamencos rosados y otras aves. Teófilo González mira con insistencia hacia el horizonte. Le preocupa una nube oscura y se dirige con pies descalzos sobre la cubierta a alertar al capitán. El viejo marino no está errado. Antes de salir de la zona poco profunda comienza a “picarse” el mar. La Dorotea tendrá que enfrentarse a grandes oleajes y fuertes vientos cargada de cera, miel y mangle rojo. Vienen solo dos pasajeros a bordo, además de la tripulación. — ¿Qué hora es? —pregunta uno de los pasajeros. — Alrededor de las once de la noche —responde Teófilo González, en el preciso instante en que La Dorotea se estremece quebrando el madero. — Vamos a naufragar —dice asustado, el pasajero. — Esto pasará rápido —responde Teófilo González, para tranquilizar al muchacho. En medio de la oscuridad observan, iluminado por un relámpago, a Cayo Tamayo, al oeste del Río Cauto y al sur de la punta El Coco. Pero Don Manuel de Jesús Cañete asume el timón y maniobra con destreza para evitar que la embarcación choque contra un bajo y zozobre. El capitán intenta escorar la banda de estribor e introduce el trancanil en el mar. El buque queda inclinado peligrosamente. Los dos pasajeros se abrazan despavoridos.
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Pronto el agua penetra en las bodegas. La mar está imponente y fantasmal. Es considerable el agua que ocupa espacio en el interior de los compartimentos, aunque navegan por una zona de bajo calado, el barco está a punto de irse a pique. Se escucha el grujir de los maderos y un sonido seco que cunde el pánico. Don Manuel mantiene la calma. La Dorotea solo queda encallada sobre un banco de arena. Por suerte el viento y las olas disminuyen. Los tripulantes revisan la nave en busca de algún orificio que pudo haber provocado el golpe de la quilla contra el banco de arena. — Todo está bien —dice Manuel de Jesús— solo requiere de una reparación ligera por donde penetró el agua de mar. ¡Rápido que se nos hunde el barco! Refuerzan la parte afectada. Deja de penetrar el agua. Tanto el capitán como Teófilo respiran con alivio. En espera del amanecer tripulantes y pasajeros se refugian en los camarotes. Nadie prueba alimentos. Con el amanecer se aprecian los primeros rayos del sol en el Este. El temporal ha desaparecido completamente. — Solo un capricho de la naturaleza —dice Don Manuel. El capitán observa el reloj. Son la diez de la mañana. La marea sube lentamente. La Dorotea se endereza y maniobra. Todos participan en el achique para extraer el agua del interior del velero
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con el empleo de la bomba mecánica y cubos. — Chequea la carga —ordena Don Manuel. — La carga está intacta, capitán.

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— Pues continuaremos el viaje a Manzanillo. Adopten las precauciones. Que todo esté perfecto para evitar un naufragio —Teófilo se lanza al mar para chequear por el bajo, la zona afectada. La Dorotea navega segura a pesar de los embates del fuerte temporal de la noche. Algunas horas después, desde proa, los dos pasajeros, ya recuperados del espanto, miran fascinados siete cayos que simbolizan la vanguardia en el Este del laberinto de Las Doce Leguas. Prestar atención a una costa de distintas tonalidades en esta gran porción de mar que se interna en la tierra. Tonalidades que oscilan entre el azul pastel y azul verdoso. En el horizonte se divisa una pequeña ínsula: Los Pájaros. Está inmediata a la costa y se mantiene aún salvaje e intacta al Oeste de Cayo Blanco. Son parajes de sugerentes fondos marinos. Antes de sobrepasar la Bahía de Manzanillo y Cayo Perla, en pleno Golfo de Guacanayabo, se aprecia la virgen vegetación de la Ciudad del Mar. Los temores disminuyen hasta olvidar las largas horas de lucha contra el mar de la noche anterior. Los rostros de los tripulantes y pasajeros dejan de ser fantasmales. El conocimiento del arte de la navegación de Don Manuel de Jesús Cañete y la tripulación y la baja profundidad en parte de la ruta Santa Cruz del Sur-Manzanillo determinaron que La Dorotea, su carga, los pasajeros y los marineros no fueran sepultados por las aguas del golfo de Guacanayabo. — Ya vamos a entrar a la Bahía de Manzanillo. A La Dorotea ni un huracán la hará naufragar —dice Don Manuel de Jesús Cañete, el capitán.

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Soledad [Jesús Humberto Olague Alcalá]
* México. Ingeniero en Sistemas Computacionales que, aunque no tiene experiencia en temas editoriales, es el inventor de este invento. Nacido en la Ciudad de México, es zacatecano por todas las leyes; escribe por afición y pudo ser médico pero siente repulsión hacia las heridas; le gusta casi toda la música, en especial la trova, y casi toda la lectura, principalmente la de escritores latinoamericanos; prefiere las ciudades coloniales a las playas y las corridas de toros a las peleas de gallos; y que tiene el gran problema de que todo lo demás se le olvida si tiene un aparato de TV frente a él, aunque esté apagado. Puede ser encontrado en Lo que es no tener que hacer (http://jholaguepersonal.blogspot.com). Ilustración: malynovyj chaj de Serhiy Reznichenko (http://reznichenko.lviv.ua/about_s.php)

Te sientes mal, tal vez un poco deprimida, como quien navega a la deriva, por la maldita soledad, las píldoras o las ganas. Te miras al espejo, sacas la lengua, parpadeas, caminas del cuarto hasta la sala mientras cuentas los pasos que hay que dar.

Recuerdas el libro de poemas, regalo de una tía cualquiera, que has dejado olvidado, abierto, Inicias el recorrido a la cocina, sobre la mesita del salón, y otra sed te detiene en el camino, bajo la lámpara encendida. no una sed cualquiera, Entras al salón, despacio, una más profunda que te cambia Intentas volver sobre tus pasos, sin encender la luz tomas el libro el rumbo y la intención. pero decides, sin pensarlo, de la mesita de noche, que prefieres quedarte, recorres el camino conocido y dejar a tus dedos naufragar, hacia el sofá y prendes la lámpara. entre las sábanas.
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Te pierdes hasta el cuello en el sofá, a descubrir a un tal Tranströmer, pero la sed en la boca y la garganta te distraen.

Vuelves a la cama preguntándote si el frío sueco empuja a la poesía, o el hastío del infinito invierno, como la muerte y el infierno, o como el mar, eterno.

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El viejo Peter Pan [Mayde Molina]
* España. Nace en Barcelona el 7 de junio de 1968. Estudia radiología y más tarde medicina tradicional china. En octubre del 2003, empieza a asistir a los talleres literarios de “Aula de Escritores” en el barrio de Gracia de Barcelona, bello y multicultural donde los haya, donde todos los viernes tertuliando entre cafés y amigos se empiezan a hilvanar sueños, prosa y poesía. Desde entonces no sale de casa sin papel y pluma, porque sabe que en el lugar más inesperado se puede encontrar con una nueva historia. La escritura es su forma predilecta de comunicar, dar la cara a la vida y a las nostalgias de la infancia y recoger el mundo de los sueños poniéndole alas de aire a su fantasía. Se le puede encontrar en Mujer de aire (http://www.mujerdeaire.com/). Ilustración: Portrait of Natasha Nesterova (On a Garden Bench) de Mikhail Nesterov (http://www.wikipaintings.org/en/mikhail-nesterov).

Uno nunca predice cuando llega el naufragio. Se deja llevar por la corriente y cualquier excusa es buena para no tomar un rumbo firme y decidido. Un camino que te salve de ti mismo, un peldaño que te impulse hacia el mañana. Yo nunca supe elegir. Era un loco insensato, un imprudente que vivía consumiendo el instante, reclamándote siempre que creyeras en mí, sin saber ni siquiera, cómo iba a lograr mantenerte a mi lado. Nadie quiere verse hundido en su propio fracaso, levantar la cabeza y olvidar el orgullo para decir aún a tiempo a quien más le importaba: “Perdóname… ” No pude salvarme de ese error. Y es que yo… nunca pensé que un día tendría más de 45 años, princesa. Era el Peter Pan de tus sueños y solía imaginarte yendo y viniendo de mis pausas o de tus vuelos, de tu no confiar en mí la mayor parte del tiempo. No tenía muchas razones que darte por entonces y tú te ibas confundida, y al cabo de un tiempo regresabas inundando, cada vez, con la lluvia de tu llanto mis naufragios.

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Un día, decidiste no volver. Quise escaparme de todo, convertirme en otro. No pensar más en ti a golpe de tragos. Olvidarme del daño que te había causado, de tus ojos indagando en mis torpes silencios, de tu partida y tu ausencia, de las cartas sin fecha que te escribí mucho antes de convertirme en éste que ahora soy. Ha pasado entonces… mucho tiempo desde

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Ayer, al fin te vi radiante y serena. Estabas sentada en un banco del parque, leyendo un libro tan grueso como aquel que te regalé una vez. Pasé por delante de ti y me paré a mirarte, pero tú no reconociste el alma de mi sombra en estas ropas de mendigo. La vida te sienta mejor que nunca, princesa. Tú al fin has podido quemar todas las cartas, mientras yo nunca supe cómo quemar todo el olvido.

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Navegantes [Sergio Astorga]
Había una vez un barco chiquito que se hizo grande y se hundió.
* México. Es de México, de su ciudad, y gracias al tezontle —como primera piedra— el rojo comenzó a retumbar entre sus ojos y escucha el cascabel por los cuatro puntos cardinales. Como tantos otros, tuvo que dejar sus lecturas para entrar a la UNAM para cursar la Licenciatura en Comunicación Gráfica en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (Antigua Academia de San Carlos). Tuvo el descaro de impartir el taller de Dibujo durante doce años en la UNAM. A la línea le faltaba la palabra y entró a la Facultad de Filosofía y Letras y por un descalabro gramatical, no sabe conjugar el verbo someter, es independiente, es decir hombre libre, si la arrogancia no le cobra la factura. Vive de la pintura y de lo que sea su voluntad. Desde el año de 2004 radica en la medieval ciudad de Porto, en Portugal. Ha regresado de Los Álamos, New México en los Estados Unidos, con otra sed en los ojos. Por debilidad más que por Antojo; por petición más que convicción y como ánima que lleva el tiempo, escribe notas biográficas en Antojos (http://astorgaser.blogspot.com) con la nostalgia de mejores vivencias. Ilustración: Ravelo de Sergio Astorga.

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Unas horas distintas [Jesús Flores Olague]
* México. Zacatecas, 1947. Doctor en filosofía e historia es actualmente director del proyecto Historia de Zacatecas. Ha ejercido también labores periodísticas y docentes. Promotor cultural incansable, confiesa que “en medio de miles de tareas, oficios y disfraces” ha podido desplegar algunas veces sus “dotes de saltimbanqui en el retiro, de trovador mudo, de tahúr a destiempo” y ha logrado saber en algunos instantes precisos e irrepetibles el “santo y seña de la vida”. Cuenta en su haber con siete poemarios publicados, Péndulo y esfera (1986), Meditación en cuatro tiempos (1991), Cenizas del alba (1995), Bosquejo del viento (1998), Buril de fuego (2003), Guitarra de arena (2008) y Ya de otoño (2011). Se le puede encontrar en su página web (http://www.jesusfloresolague.com.mx). Fotografía: Old boat de Barbara Bianconi (http://www.sxc.hu/profile/Babi119)

Cuando despertó casi había terminado la tarde, el ruido de las olas era más fuerte que antes, trató de recordar lo que había soñado pero le fue difícil hacerlo, pasaba por uno de esos momentos cuando una palabra de más, una idea que se agrega a un pensamiento, un sentimiento que se suma a los afectos comunes, un sueño que se mezcla a otro, ponen en peligro la seguridad que se tiene en todo lo que se ha hecho. Fue solo un sueño. Se puso de pie mientras pensaba que tal vez la deseada se había dado cuenta que la amaba y le correspondía con esa confortable disposición de renuncia que abrigaba por ella. Una pequeña barca se acercaba al lugar en donde había pasado las últimas horas y sintió esa frágil nostalgia que le permitía saber que había perdido otra tarde. Corrió hacia las olas para tratar de ver mejor la barca que tardaba demasiado en llegar, pero era evidente que la barca estaba sola. Cuando tuvo a la breve y cóncava nave al alcance de sus manos, empleó todas sus fuerzas en rescatarla hasta que la vio fuera de las olas, la contempló un momento y al darse cuenta de lo inútil de aquella acción, la barquilla estaba demasiado deshecha, emprendió el regreso hacia el hotel que ocupaba luego de dos semanas. La noche iniciaba unas horas distintas.
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Un naufragio llamado deseo [Lino Carmenate Milián]
* Honduras. Hondureño nacido en Cuba. Doctor en medicina. Escritor, más que bueno, comprometido, más que de ocasión, de corazón. Para ponerse en contacto con él, deje un mensaje en la sección Contacto de nuestro sitio web. Fotografía: Message in the bottle de Justyna Furmanczyk (http://www.sxc.hu/profile/just4you).

Cuando se pierden las ganas de salvarse y empujas el trozo de madera fuera de tu alcance para no oler su presencia a isla cercana y solo así te sientes menos triste que nunca, ha ocurrido un naufragio. Cuando se asume de perdido y empiezas a intuir, un pedazo de isla a la deriva te sorprendes buscando las huellas de las aves que regresan y encuentras dentro de una botella algo en que sujetarte, ha ocurrido un deseo.

Un naufragio llamado deseo [Lino Carmenate Milián] Textos para leerse de izquierda a derecha y de arriba a abajo

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Año 3 Número 1

Veleros de piedra [Daniel “Crónicas Urbanas”]
* Siempre lee. A veces escribe. Considera que la única materia útil en la Carrera de Filosofía y Letras es “Introducción a la Filosofía”. Obsesivo, no compulsivo. Tiene la rara cualidad de observar lo que nadie ve y no ver lo que todos miran, y se asombra de lo uno (inevitablemente) y de lo otro (cuando se da cuenta). Reniega de títulos y nacionalidades. Admira a Peter Sloterdijk y afirma que Stephen Hawking sabe mucho sobre el BigBang y poco de Filosofía (materia que considera “muerta”). A pesar de considerarse racional, no deja de leer su horóscopo cada vez que puede. Y como todo tiene un por qué, es argentino, se llama Daniel y administra el blog Crónicas Urbanas (http://homourbano.blogspot.com). Fotografía: Velero de piedra de Daniel “Crónicas Urbanas”.

La Historia no es mía, me la dio Rodrigo López (todavía el papel tiene un color algo blanquecino), y ahora se la mando al editor porque viene al caso. Fue escrita con símbolos orientales, traducida al inglés y luego al castellano. Dios nos perdone. Dice así:
“Li Chao Weng relató la historia. En la antigüedad gobernó las Tierras de China la corta dinastía Teng, llamada también La Dinastía Púrpura (suelen confundirla con la dinastía Zi, y su color no tiene relación con la Ciudad Prohibida). La dinastía Teng fue reconocida por ser la primera en establecer el Igualitarismo Reglamentario. Esta política normaba la totalidad de los aspectos de la vida en China. Ejemplos: el tamaño de los mapas y los alfileres, la envergadura de los molinos y las proas de las canoas de río, la anchura de los caminos urbanos y rurales, los días permitidos para el intercambio de mulas, los de molienda, la cuota precisa de verduras en los mercados y el rigor de las pesas de los balancines; se pretendió incluso establecer la hora del saludo matinal, o la precisión (imposible) de relatar un sueño. Por supuesto, no quedó al margen lo que se llamaría el aspecto administrativo del asunto: el uso de sustantivos, verbos y adjetivos (en especial en temas legales) fue tabulado en profusos índices que indicaban
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el exacto significado de la totalidad de las palabras y expresiones que rigieron la época. El índice se ha perdido, o las otras generaciones lo quemaron, aunque algo de rigor sobrevive en ésos quehaceres. El último Emperador Púrpura —el tercero— fue el venerable Shoung Lao Teng, muy respetado por los burócratas de las Provincias, quien fuera padre en su madurez y solo tuvo doce esposas. Si la vida del Hijo de los Detalles debía culminar al margen de las glorias y logros de su Gobierno, el nacimiento de un primogénito —y único— varón hubo de poner bendición al mejor de sus destinos. El Príncipe Púrpura, Li Lao Teng, conforme a los ritos y costumbres fue alzado por brazos femeninos en la primera noche de Luna Nueva para que los rayos oscuros iluminaran su sabiduría. Fue ungido en las agua sagradas del Río Bei para protegerlo de la envidia y la escasez. Fue envuelto en fina tela de algodón en beneficio de su alma, y acostado desnudo en cuna de sándalo para que su cuerpo y espíritu fueran fuertes. Entonces fue llevado a la Casa de los Oráculos para que estos intuyeran y discutieran su ventura. Cuatro eran los Oráculos: ancianos sabios y astutos. Tres bendijeron la vida del Príncipe, pero el último —probablemente ya cansado— miró al pequeño Li Lao y le dijo al Emperador: «el mar llamará a esta criatura con los vientos, los velámenes y crujientes proas; será tan hábil que guiará las naves marinas
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por los océanos como si fueran carruajes corriendo por las llanuras. Se hundirá y la sal se meterá en su carne; aunque ésa sea su bóveda y ataúd, será feliz». Tan oscuros pensamientos llenaron el corazón del Emperador Púrpura que esa misma noche —mientras rodaba la cabeza del último Oráculo— decidió llevar su Corte al Palacio de la Montaña, situado en la zona más alta del Imperio. Desde las ventanas, balcones y postigos se veían únicamente cadenas de montes de roca, verdes cumbres empinadas y amplios bosques donde solo el agua del deshielo podía brillar bajo el sol o la luna. Allí creció el Príncipe Li Lao Teng. Lejos del mar. Sin embargo, el mar llegó a Li Lao: mares había en las bibliotecas y enciclopedias amarillas, océanos negros de tina con cuentos de barcos, litografías de embarcaciones y marineros y monstruos y estrellas. A la edad de doce años, Li Lao construyó su primer maqueta de madera que figuraba un bote, papel de arroz simulaba el velamen. Visto, el Emperador ordenó entonces vaciar esos contenidos de las bibliotecas y alejar de sus manos los materiales con que el muchacho pudiera hacer nuevos artefactos. Li Lao empezó a construir, entonces, veleros de piedra. Parecían sino hermosas estatuas de pesados barcos de piedra negra; estaban labrados y ensamblados con maestría artesanal: los acomodaba en las arenas de los cercanos manantiales, y disfrutaba con solo mirarlos. Le importaba menos la belleza de la arquitectura de los botes imposibles, que su oculto significado. Quedaba horas y días mirándolos: su imperfecta inmovilidad y su perfecta estética le hacían saber, en secreto, que era infeliz.

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Descubierto por su padre, éste le impuso a Li Lao un severo encierro mientras mandaba a destruir las delicadas obras. Ya estaba muy viejo y el amor por su hijo —en realidad, el temor por su hijo— lo acababa y lo acosaba. La última noche, Shoung Lao Teng, El Emperador Púrpura, soñó. Soñó que estaba navegando un velero increíble de piedra: el duro velamen de pulido granito no respetaba el viento. El mar era de amarilla arena; la costa, celeste. Estaba muy cerca de la ribera. El barco se hundía en la arena. Shoung Lao Teng supo que no llegaría a la costa y que antes del amanecer se ahogaría en ese simulacro de materias inversas. Despertó, el sol oculto rayaba tenuemente las cortinas: escribió su sueño como si fuera parte de su famoso Reglamento. Le faltó el aire y cayó fulminado. Tal vez imaginó que un desierto entraba por su boca. Después de enterrar al Emperador Púrpura, la corta Dinastía Teng, terminó. Poco se supo de Li Lao Teng, salvo lo que dicen las crónicas: fue a buscar sus mares y sus océanos, sus barcos y sus velas, su muerte segura y su felicidad.”

Hasta aquí la Historia de los Teng; si fue cierta, los últimos miembros de la Dinastía Púrpura fueron náufragos, con destino de náufragos. Los hechos, las circunstancias, los actos, los íntimos sentimientos y los nombres propios, diferenciaron un final notablemente parecido entre ambos.

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Naufragios [Ulises Varsovia]
* Chile. Nace el año de 1949 en Valparaíso, lugar cuyo mar y tempestades marcaron definitivamente su personalidad y su poesía. Estudió varias asignaturas humanísticas y trabajó en tres universidades al mismo tiempo que escribía poesía en su país natal, de donde salió a Alemania a estudiar un doctorado. Radica en San Gall, Suiza, en cuya universidad imparte un par de lecciones. Ha publicado 28 títulos de poesía entre los que destacan Jinetes nocturnos (1974), Tus náufragos, Chile (1993), Capitanía del Viento (1994), El Transeúnte de Barcelona (1997), Madre Oceánica, Valparaíso (1999), Megalítica (2000), Ebriedad (2003), el más reciente, Anunciación, ángeles y espadas (2008), y las antologías Antología esencial y otros poemas 1974-2005 (2006) y Vientos de letras (2007), en colaboración con el poeta Alexis R. Ha sido publicado por más de 70 revistas literarias, en diferentes idiomas. Puede ser encontrado en su blog personal (http://ulisesvarsovia.tripod.com). Fotografía: After the shipwreck (detalle) de Ivan Aivazovsky (http://www.wikipaintings.org/en/ivan-aivazovsky).

De Capitanía del Viento.

De noche caen al mar las vidas de los habitantes apretados a los cerros, y luchan allí su espuma, su sal corrosiva, desperezan su naufragio circundante gritando en el desvarío de la marejada. Mar océano, tus súbditos nocturnos, la población de seres hipnotizados que giran sin rumbo en tu efervescencia, tus extraviados hijos de la orilla se prosternan y aúllan de obediencia en tu catedral de cristal azul desatado.

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Por tu espuma envolvente vagan sus vidas arrastradas sin fin sueño adentro, y desde inaccesibles islas negras envían señales los nautas perdidos haciendo sonar caracolas marinas. Piélago tumultuoso, profunda madre a cuyo seno salobre mariscadores, navegantes de tormentosas derrota, pescadores de atávico destino caen,

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devuélvenos tu sangriento botín de guerra, devuélvenos las arrebatadas presas, el tributo de sangre que tus súbditos reclaman revolviéndose en su propio naufragio. Porque de noche descendemos a ti temblando, de noche es la dimensión del extravío, y en la red salobre de tu omnipotencia sacuden nuestros gritos tu demencial navío. Mar océano, tus súbditos nocturnos, los que descienden de noche a tu templo iracundo y desvarían columbrando islas, prosternan ante ti su febril obediencia y te arrojan los nombre de sus seres muertos.

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Tanja [Ramón Zarragoitia]
* España. Gorliz (Vizcaya), 1970. Licenciado en Derecho y Postgrado en Construcción por la Universidad de Deusto. Durante quince años ejerció como Letrado Urbanista en su propio despacho profesional. Al término decide dedicar más tiempo a la Literatura. Ha sido galardonado en diversos certámenes y es autor de varias novelas y libros de relato y cuento; aunque también de numerosas piezas de microficción que van apareciendo publicadas aquí y allá. Poco a poco se va convirtiendo en habitual de las páginas de esta revista. Su proyecto literario queda periódicamente reflejado en el blog SCRIPTUM, Despacho de Letras (http://scriptumdl.wordpress.com/). Ilustración: Hope in the wall de Fernando Haro (http://www.defharo.com).

Fragmento de la obra ganadora de la III edición del Certamen de Relato Corto de la Fundación CEPAIM (http://cepaim.org). Madrid, diciembre de 2011. «…Éramos 20, la mayoría jóvenes. Había dos mujeres: seguramente madre e hija, quienes lloraban aterradas. Yo era el mayor (si descontamos a los dos patrones; curtidos pescadores de una aldea vecina). Nos apretujamos como boquerones. Apenas cabíamos. Buena parte del espacio lo ocupaban tres grandes garrafas: dos de combustible y otra, azul, repleta de agua para la corta travesía. Nuestro destino era la costa de Tarifa. Nos aleccionaron sobre el desembarco: saltar, conservar la ropa seca en un hatillo impermeable y, tan pronto llegásemos a la orilla, ocultarnos entre los matorrales y las dunas para vestirnos con las prendas secas y aguardar el amanecer; entonces comenzaría nuestra nueva vida. Nadie nos advirtió de que habríamos de nadar. La inmensa mayoría de los ocupantes apenas había visto el océano antes, eran campesinos o naturales del interior que no sabrían mantenerse a flote. Pero aquel no era el problema de los patrones ni del miserable gordo Nāşir. Por lo demás, la mar estaba en calma, había luna nueva y un ligero viento de poniente. Si Allāh lo consentía, arribaríamos de madrugada a nuestro próspero futuro. Comimos los dátiles que un labrador de Al-Qsar-el-Kebir, un tipo delgado y de buen corazón que se sentaba junto a mí, tuvo el generoso detalle de compartir. Eché en falta un buen trago de la deliciosa leche de cabra de su zona. Horas y
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horas de incómoda travesía por delante. El frío nos calaba los huesos. En el firmamento brillaban las estrellas y los luceros. No divisamos una sola nube, pero sí las luces de los pueblos y aldeas que se sucedían conforme remontábamos el litoral hacia el norte. Dejamos atrás el aeropuerto. Varios aviones nos sobrevolaron camino de la pista. Éramos indetectables: tan minúsculos, camuflados en la noche salada. Tan pronto rebasamos la punta de Ras el-Mnar algo cambió. El viento arreciaba. El fuerte olor salino del Atlántico se difuminó en favor del traicionero Mediterráneo. Y tras la proa, pocas millas por delante, dos luceros caídos del firmamento. Eran los potentes focos de la gasolinera que hay en la carretera de Cádiz, justo a la salida de Tarifa, y que los patrones usaron durante años como referencia de navegación (me enteraría de ello a las pocas horas, en el otro lado). Noté calambres en las piernas debido a la incómoda postura que manteníamos desde hacía horas. Un muchacho consultó su reloj y susurró: "Medianoche". En apenas unas horas desembarcaríamos. El patrón viró hacia la izquierda para sortear la trayectoria de un inmenso carguero que se divisaba millas por delante.
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Irónicamente, le franqueábamos el paso. Quizás para no arriesgarnos a comprobar que se había agotado todo margen, y que a pesar de su supuesta lentitud nos echaría todo su tonelaje encima. El viento siguió arreciando. Las pequeñas espumas y los salpicones se convirtieron en olas de poco tamaño, al menos para mí, acostumbrado a jugar con ellas en la playa de nuestra ciudad. Casi media hora más tarde, el patrón, harto de abrir rumbos sin éxito aparente, decidió cruzar la trayectoria del mercante arrimándose a su gigantesca popa de catedral. No había costumbre de enfrentarse a los nuevos titanes del Estrecho. Por ese motivo, el ingenuo pescador de bajura ignoró las consecuencias de atravesar con su patera repleta hasta el carel la tumultuosa estela producida por varios motores diésel de miles de caballos de potencia. Tragedia: acabamos todos en el mar. En apenas minutos, la lancha, sus dos motores fuera borda y los bidones se fueron al fondo. Algunos hombres y las dos mujeres los acompañaron de inmediato sin dejar de llorar. El pobre campesino de los dátiles se aferraba a mi hombro. Mientras el círculo de náufragos se fue ensanchando, mientras las maldiciones dejaban paso a los lamentos y los gritos de pánico, la tumultuosa estela se fue dulcificando y el Mediterráneo, finalmente, se calmó. Incluso parecía que el poniente iba a dejar de soplar. Noté frío y hambre. Y una sed cruel que me atenazaba la garganta. Contemplé la silueta del mercante alejándose en la oscuridad y ofrecí mi alma al Altísimo, pidiendo perdón por mi soberbia, por la fatuidad de haber pretendido cambiar un Destino que está forjado desde el nacimiento y que solo Él, el Gran Hacedor, conoce en su integridad. Voy a ahorrarte los detalles del final. No te trasladaré la angustia, el pánico o la rabia que mi acompañante sintió en el momento en que se sumergía para siempre en la oscuridad. Yo lo acompañé un tiempo después. Acaso fuesen minutos, puede que incluso varias horas más tarde. Recuerdo que la claridad de la nueva mañana, del nuevo día que mis ojos no iban a contemplar, se vislumbraba ya por mi derecha, por el este; pues en todo momento dirigía la mirada hacia las estrellas de Europa. No sufrí, amado hermano. Fue como mecerse en un húmedo sueño sin retorno. Desde aquel instante, yo y muchos miles: algunos parientes, amigos o simples conocidos, la mayoría extranjeros de otras zonas de África, vagamos sin rumbo por el lecho de esta frontera natural que es el Estrecho. Cada noche se unen a nosotros nuevos ilusos cuyas esperanzas estallan como el cristal que cae al suelo, bien por su propia temeridad e ignorancia, bien por la codicia de los que carecen de escrúpulos, bien por la ineptitud y despreocupación de unos gobernantes a quienes interesa más mirar hacia otro lado. Pero, paradójicamente, no hay lamentos aquí abajo. Ni reproches. Ni ira. Tan solo Esperanza».
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Instantáneas [Juan Manuel Gallardo]
Infancia feliz
* México. Juan Manuel Gallardo Montoya (Polycarpio) Nacido en 1959. Chihuahuense de nacimiento, Zacatecano de corazón, Chilango por adopción. Médico Cirujano (UAA, 1987), Maestría en Ciencias (Fisiología, CINVESTAV, 1995). Amiguero, afortunado, melómano, mitotero y paseador. Fotógrafo rupestre próximo a graduarse de aficionado. Le pagan por hacer lo que le gusta. Puede ser encontrado en sus blogs Polycarpio, Ojo clínico y Mexico daily photo y su página en Flickr.

Piel, mar y arena

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Atropello (1741 - 1999) [Patricia Nasello]
* Argentina. Nació el 28 de septiembre de 1959 en Córdoba, Argentina. Obtuvo el título de Contadora Pública en la Universidad Nacional de Córdoba. Tiene publicado el libro de cuentos y relatos “El manuscrito” edición de autor, 2001. Coordina talleres literarios desde 2002 (Centro Cultural Alta Córdoba, CPC Monseñor Pablo Cabrera, Centro Cultural Paseo de las Artes y, desde 2005, en SADOP, Sindicato Argentino de Docentes Particulares). Ha ganado diversos premios a tanto a nivel provincial como nacional. Colaboró con artículos de divulgación cultural en diversos medios. Algunos de sus cuentos han sido publicados en periódicos y revistas culturales. Edita los blogs “Septiembre”, “Esta que ves”, “Manos para la Cultura” y “Zodíaco microrrelatos”. Fotografía: Ghostly wreck de Rick Hawkins (http://www.sxc.hu/profile/hamletnc).

Las corrientes cambian cada seis meses, los cardúmenes cada cuatro. Las ballenas pasan una vez al año. Vos enseguida notaste ese ritmo llevás correctamente la cuenta. 258 años. 258 años sobre la arena. Sin sentir el sol sobre cubierta, ni el viento inflando las velas. Habitado por ostras, corales y estrellas. Has pasado 258 años inmóvil, bajo el mar. — Resisto porque sé adaptarme a los cambios —dijiste cierta vez en voz alta. Después de varios meses y como quien, por fin, ha llegado a una conclusión luego de serias cavilaciones, agregaste con tu ronca voz de madero: — Ya no tengo a qué temerle, por eso soy feliz. Es posible que esto haya sido allá, por el año 1873. Pero en 1873 te equivocabas.

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Hoy llegaron ellos. Un buzo es un hombre que no parece un hombre.

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Su cara, enmascarada. Su cuerpo, disimulado bajo un traje absurdo. Sus pies, son los pies de un animal. No podés entender cómo logra respirar. Estos hombres traen luces poderosas, y sogas, y extrañas herramientas. Escarban el lecho marino, enturbian el agua, ensucian. Arrancan las algas que te acunaban. Echan los peces que protegías. Te penetran. Remueven tus entrañas. Te desmiembran, te hachan. Rapiñan tus tesoros. No muestran respeto, no, ni siquiera ante los huesos, matando los fantasmas que albergabas. Te has quedado solo. — Hace más frío que nunca — pensás.
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Naufragio [Josefina Camacho]
* Uruguay. Nació en la ciudad de Mercedes, es casada y tiene dos hijos. Reside en el departamento de Canelones desde hace cuatro años. Escribe desde pequeña, es autodidacta y le encanta todo lo que encierre el arte. Es ceramista y comunicadora en radio comunitaria de Salinas-CanelonesUruguay; conduce un programa en el que recorre todo tipo de temas en lo cultural, donde se intercalan temas de canciones de Latino América. Colabora en revista virtual argentina "NOMEN MUNAY" desde hace tres años. En estos momentos está trabajando en el que será su primer libro que contendrá reflexiones, poemas y relatos de la vida. Fotografía: Saint-Adresse, beached sailboat por Claude Monet (http://www.wikipaintings.org/en/claude-monet).

Camino lentamente por la orilla del inmenso mar, las verdes aguas salpican como besando las rocas grises de la escollera. El sol se está poniendo en el horizonte dando al entorno un bello paisaje de misterioso encanto. Mi mirada se pierde en la distancia contemplando un pequeño velero que se acerca hacia la orilla luchando contra el fuerte oleaje. Concentrada en mis pensamientos siento deseos de saber quién viaja en esa embarcación que parece un pequeño puntito entre la amplitud del salado lecho verde y espumoso. La tarde está llegando a su fin y el sol se pierde entre nubarrones oscuros y de formas monstruosas que parecen transformarse en una tormenta inevitable. Mis ojos siguen como clavados en el velero que lucha por llegar a la orilla antes de que la tormenta se declare. Es inevitable ese momento porque de repente una ráfaga de viento comienza a soplar cada vez con más fuerza.
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Los pinos se zarandean en una danza intermitente, las aguas se agitan adentrándose hacia las blancas arenas. Encrespadas olas cubren por momentos el velero que parece que en cualquier momento va a zozobrar. Siento angustia por ver ese espectáculo, impotente sin poder hacer nada para evitarlo. El viento sopla con más fuerza haciendo de la nave un juguete que comienza a girar perdiendo el rumbo, no está a mucha distancia de la orilla pero su tamaño impide que avance. De pronto, se oye un fuerte crujido, el mástil de la vela se quiebra como una frágil rama dejando sin control el rumbo de la nave.

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Como dentro de un remolino comienza a girar y a girar hasta que se da vuelta de punta y el naufragio es inevitable. Mis ojos desorbitados miran sin ver, mi garganta apretada por la angustia grita sin emitir sonido, mi temor es tal que no distingo ya dónde quedó la nave. Algo se mueve dentro del agua y las olas levantan y le cubren, le hunden y le vuelven a levantar a la superficie. Veo que se acerca cada vez más luchando contra las altas y furiosas olas pero con mucha entereza hasta que distingo mejor. Es un joven que desesperadamente nada cubierto con su chaleco salvavidas, sin aliento alcanza a llegar y casi inconciente sobre las arenas que le reciben como abrazándole, protegiéndole de la furia del mar. Me acerco para darle apoyo y pregunto si viajaba solo, a lo que responde con un movimiento de cabeza que sí. Eso hace que mi alivio llene mis pulmones de aire con satisfacción, al menos llegó con vida y solo la nave se perdió en el naufragio. Un espectáculo que nunca creí ver me marcó para toda la vida…

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Nuestra pequeña casa isla [Anna M. Calero Pinto]
* España. Nacida en 1966, cerquita de Barcelona que ha sido cuna y es cama de tantas de sus emociones. Su gran referencia, su hijo, y más, su familia, y ¿cómo no?, sus amigos, eso es con lo que dice contar, que no es poco. Y su motivo, vivir la expresión artística en cualquiera de sus formas, atrapar en un lienzo o en las palabras de unas hojas todo lo que la rodea, poquito a poco, sin correr más de lo estrictamente necesario. No pone fechas a sus cuadros, tampoco en sus páginas porque entiende que forman parte de un proceso de aprendizaje que justo acaba de empezar. Mantiene el blog Mi caballo de fuego, que podéis encontrar en: http://micaballodefuego.blogspot.com/. Ilustración: House on th water de mmilanovic (http://www.flickr.com/people/mmilanovic/)

Cuando faltaron tus besos hiedra y la seda de tus caricias, las paredes se nos llenaron de humedad. Cuando faltaron las frases coordinadas cosidas a palabras llanas. Después que el silencio nos levantara las murallas. La casa se nos llenó de frío. Amor. Amado, me llevaste tan lejos que no supe volver. Me perdí a remo cobarde en el mar de mis lágrimas. Deseaba tender puentes fuertes, pero se hundían irremediables en el Océano de mis soledades.
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Mi cuerpo renegó de la vida, solo permanecía. Echó raíces infinitas entre las rocas aceradas. Donde hubo amor me crecieron las algas. Y yo, mi ser, seguimos presos en el humo de tu sonrisa difusa. No supe despedirte antes de perderte tras la puerta opaca. Sigo aquí, esperándote, asomada a la ventana del olvido. Moriré cadáver de tu ausencia, náufraga en esta pequeña casa, entre tantas, mi isla.

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Cualquiera podría decir… [Patricia K. Olivera]
* Uruguay. Montevideo. Abril 1970. Casada, tiene dos hijos. Escribe poemas, relatos y microrrelatos bajo el nombre de Patricia O. (Patokata) en sus blogs Mis Musas Locas (http://mismusaslocas.blogspot.com) y Musas Cuenteras (http://mismusascuenteras.blogspot.com). Ha colaborado en distintas revistas literarias de la red, de diversos países, así como en varios blogs colectivos y participativos. Es colaboradora frecuente de Revista Literaria Deglozel, El Escritor Errante, LaFanzine, La Ira de Morfeo y Revista Literaria Pluma y Tintero; recientemente se ha sumado al staff de Revista Kya! y Be Bloggeras, en ambos tiene su espacio de Microrrelatos. Miembro de Remes y de Poetas del Mundo. No tiene libros publicados. Fotografía: Young woman at the beach de Philip Wilson Steer (http://www.wikipaintings.org/en/philip-wilson-steer).

El sol brilla en todo su esplendor, la brisa de primavera trae el suave aroma de las flores que crecen en algún lugar de aquel paraíso. Ella está sentada sobre la blanca arena de esa playa paradisíaca, perdida en algún lugar del mapa. Su bronceada piel resalta el celeste de sus ojos y su cabello rizado y rubio, es una joven muy bella que mira absorta hacía el mar azul; su mirada fija en el horizonte, como si estuviera meditando o perdiéndose en la paz del lugar. Cualquiera podría decir que está allí por elección, que esa bella playa fue el sitio elegido para pasar unas vacaciones inolvidables; incluso, cualquiera podría decir que es como una bella amazona semidesnuda disfrutando de su territorio. Pero nada de eso es así, el yate en el que viajaba con su familia acaba de naufragar y aún no se ha percatado de que es la única sobreviviente… Aún se encuentra en estado de shock, aún no ha tenido tiempo de pensar en técnicas de sobrevivencia… si es que las conoce.
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Náufragos [José Manuel Ortiz Soto]
* México. Nacido en Jerécuaro, Guanajuato en 1965. Médico con especialización en pediatría médica y subespecialidad en cirugía pediátrica. Ha publicado los libros Réplica de viaje, poemario (2006), Ángeles de barro (2010), Cienfictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (2012) y Las metamorfosis de Diana/ Fábulas y otras historias para leer en el naufragio (en prensa). Ha tomado talleres de creación literaria con Agustín Cadena, Alberto Chimal, Marco Fonz y en Taller de minificciones de Ficticia. Participa en la web con los blogs Ángeles de barro (poesía), Cuervos para tus ojos (minificción), Un pingüino rojo (narrativa y poesía para niños) y Médicos mexicanos por la cultura y el arte. Es miembro del comité editorial de la revista Internacional Microcuentista y creador-coordinador de la Antología virtual de minificción mexicana. Ilustración: Naufragio de Fabián Ortiz Soto.

El olor a brisa marina sacó al pintor de su ensimismamiento. Desconcertado, miró el boceto en que trabajaba, pero desechó la idea por absurda. Un sonido de gaviotas y de cláxones en la calle lo hizo asomar por la ventana. ¡Esto no es cierto!, se dijo al reconocer el barco que rondaba su cabeza, encallado en medio de la Plaza Principal del pueblo, a novecientos cincuenta kilómetros del puerto más cercano. Los fuertes golpes en la puerta de su habitación no dejaban duda de a quién buscaban.
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La isla [Edgardo Castillo]
* Chile/Argentina. Nació en Viña del Mar, hace ya mucho tiempo. Por motivos que no vienen al caso, vivió muchos años en un generoso país de Europa, donde quedó la mitad de su vida. Hace 17 años que vive en la Argentina, a la que considera su segunda patria, pero sin olvidar sus raíces. Trata de escribir siempre con humor, para no tener que pensar. Se declara ateo y considera que la amistad es lo más valioso de la vida. Ha escrito una gran cantidad de libros entre los que destacan 'Mujeres. Manual de uso y mantenimiento', 'Las aventuras de Mirinda', 'Vida de ladrones y algo más…' y una serie de libros de cuentos, entre otros; disponibles para descarga gratuita en su tienda en Bubok. Puede ser encontrado en Todo cuento. Fotografía: Sin título de Diana Raquel Hernández Meza.

Jamás pensó que le pasaría a él. Recordaba haber leído muchos relatos de naufragios e incluso había visto la película de Tom Hanks un par de veces. Sonrió levemente al pensar que probablemente tendría que fabricarse una pelota con los restos de la vela y pintarle ojos y boca para charlar con ella, tal como lo hizo Tom en esa película, para no enloquecer. ¿Cómo la había llamado? ¡Wilson! ¡Wilson la había llamado! Enumeró mentalmente las cosas que tenía esparcidas sobre la arena caliente de la pequeña playa y se dio cuenta con horror que no tenía agua. La llamaría Margot, como se llamaba su primera novia, esa que lo había dejado, porque lo encontraba aburrido. ¿Qué iba a hacer sin agua? Moriría de sed sin duda… Aburrido él, que sabía recitar a Neruda de memoria y darle esa entonación a los versos que hacía que su familia terminara con los ojos enrojecidos por la emoción. Se sentó en la arena y trató de despejar su mente para elaborar un plan de sobrevivencia.

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Se tocó la frente y notó que tenía un gran bulto tumefacto, quizá debido al golpe que sufrió al caer por la borda. No lograba recordar si navegaba solo o en compañía de alguien. Lo primero sería recorrer la isla y tratar de encontrar agua o a algún habitante que lo socorriera. No sabía dónde se encontraba. Acostumbrado a recorrer el mundo en su afán de aventura, no lograba recordar cuál era el puerto de donde zarpó. Se levantó y comenzó a caminar lentamente pues le dolía demasiado la pierna. Pero debería encontrar agua o ayuda lo antes posible. El sol caía de lleno sobre su cabeza y su sombra era muy corta. Debería ser mediodía. Tendría varias horas de luz para recorrer la isla. Imaginaba que era una isla donde se encontraba. Cargó en una improvisada bolsa lo que consideró indispensable para sobrevivir. Una lata de galletas, su pequeña cortaplumas suiza que le había regalado alguien, no recordaba quién y una botella
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semivacía de vino tapada con un corcho. Levantó una rama seca e improvisó un bastón. Sentía la lengua seca y la sed comenzaba a torturarlo.

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Era una playa de unos cien metros de largo, cerrada en ambos extremos por rocas negras y hacia atrás una vegetación exuberante. Una selva poco amistosa, comprobó cuando se acercó a ella. Grandes arbustos espinudos le impedían el paso. La pierna derecha le dolía terriblemente y por primera vez sintió miedo. Destapó la botella y bebió un sorbo de vino que le infundió algo de ánimo. Desestimó la idea de cruzar la selva y prefirió avanzar hacia las rocas de la punta de la playa. Trataría de escalarlas para ver del otro lado que era lo que había. Calculó que había demorado casi dos horas en alcanzar la cima del promontorio y desde allí alcanzó a divisar otra playa, infinitamente más grande. Por más que exigió a sus ojos no logró distinguir ninguna clase de vida en ella. Nada se movía. También tenía a una selva atrás. Las olas del mar rompían suavemente en la playa y eso le hizo comprender que si hubiera vida en la isla, estaría llena de gente disfrutando. Su mente y su cuerpo le pedían que tomara otro sorbo de vino, pero su espíritu venció y decidió guardarlo para cuando fuese más necesario. Por ahora se sentía fuerte y aunque estaba muy dolorido y golpeado debería continuar, mientras alumbrara el sol, buscando la salvación. Descendió por los riscos húmedos hacia la otra playa y desde allí se dirigió hacia el monte selvático que estaba atrás. Por suerte era otra vegetación y no había tantos arbustos con espinas y
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aunque las ramas estaban muy bajas logró avanzar dificultosamente.

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Año 3 Número 1

Logró llegar a un claro del bosque donde se veía brillar el sol y se sorprendió encontrar en medio de ese claro una especie de altar formado por enormes piedras colocadas en círculo. No tenía dudas que era algo formado por la mano humana. Eso significaba que había vida el algún lado de la isla. Solo tendría que encontrar agua, para poder resistir hasta encontrar ayuda. Se acercó a la piedra central del altar y observó con mucha preocupación que estaba manchada de sangre. Y no era sangre seca y vieja. Algunos enormes moscos o abejorros volaban en círculos, seguramente ahítos de libar ese néctar. Se sentó en una piedra, incapaz de dar un paso más. La cabeza le estallaba de dolor y no le permitía pensar con claridad. Imaginaba un ritual de sacrificio hecho por indígenas nativos. Miró alrededor buscando huesos o restos de lo que hubieran sacrificado allí, pero no encontró nada. Bebió el resto del vino que quedaba en la botella y sintió un vahído y cayó sobre la piedra central. No pudo evitar apoyar sus manos sobre la sangre y perdió el conocimiento. Cuando despertó era ya de noche. No se podía mover. Fuertes cuerdas lo mantenían atado de piernas y brazos. Un canturreo gutural escuchó a su lado. Como pudo volvió la cabeza y pudo ver a una figura vestida con pieles que se acercaba con un largo cuchillo en alto. Estaba aterrorizado y no lograba articular ni una palabra para pedir por su vida. Vio como se elevaba el cuchillo y luego bajaba veloz a clavarse en su pecho. Bien cerca de ahí, una suave ola bañaba la playa.
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Año 3 Número 1

A la deriva [Carlampio Fresquet Pérez]
* España. Artista Indisciplinar comprometido con el entorno. Estudiante de Bellas Artes. Director de DIAL ART 2003 (proyecto de extensión universitaria para la difusión de la obra del alumnado de la Facultad de Bellas Artes de Valencia). Coordinador Artístico de ALEACIÓN: ANTOLOGÍA ARTÍSTICA. Sor Kampana 1991-2008. Miembro del grupo artístico interdisciplinar OROMATON (Poesía, música y pintura en vivo). Su libro ‘Somos sexo’ puede ser adquirido o descargado desde su tienda virtual en Lulu (http://stores.lulu.com/kafre09). Puede ser encontrado en Carlampio (http://carlampio.blogspot.com). Fotografía: A sailing ship on the open sea 2 de Mattox (http://www.sxc.hu/profile/mancity).

Somos tripulantes de la balsa de la medusa abandonados a merced de la tempestad para salvaguardar a las clases dirigentes. Alejados del hundimiento de nuestro navío, a cincuenta millas de la costa. En el horizonte, dos únicos negruzcos azules, en derredor montañas rugientes de oleaje encrespado en su enojo que desata la oscura marejada. Sin destino para continuar remando…

¡El avizor improvisado avista tierra! Tan remota entre la tempestad que la alegría inicial se torna desesperanza, conscientes del rumbo fatal que nos aguarda. La frágil calma de la mar otorga un respiro mientras los cadáveres se tiran por la borda, cuando algunos ojos recelosos controlan la respiración cansina del moribundo… Canibalismo entre desdichados para la supervivencia.

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Mi dulce desastre [Gabriel Hurtado]
* México. Gabriel Hurtado nació en la ciudad de México en 1963. Es sociólogo y comunicólogo de profesión dedicado al outsourcing publicitario. Ha escrito la novela País de Canallas y los libros de relatos Entre Líneas Enemigas y Nada Asombra, los tres inéditos. Administra el blog País de Canallas y sucioyhumedo y participa en el colectivo Escribidores y Literaturos. Tomado de País de Canallas (http://paisdecanallas.blogspot.com) Texto seleccionado por Ana M. Gutiérrez Ilustración: Masculine wave de Katsushika Hokusai (http://www.wikipaintings.org/en/katsushika-hokusai).

Anoche soñé contigo. Al principio eras apenas una pequeña marca, casi indistinguible en el horizonte de una infinitud que no me importó si era ártica o boreal, mi brújula perdida entre un millón de destellos, que siempre han gravitado sobre nosotros aunque ahora pude verlos como por primera vez. Cerré los ojos algunos minutos para no engañarme y al abrirlos seguían ahí, seguías ahí abriéndote paso. Yo, tan fuera de mi vida que casi no oí las animadas risas y conversaciones de su interior. Dentro celebraban la apertura del piso superior, donde acostumbran matar el tedio al lado de una piscina cubierta y bien calefaccionada, con todos los juegos de mesa que la voluntad humana ha sido capaz de crear. Hablaban sobre cómo me aman y quieren y procuran y envidian, y desean lo mejor para mí y los míos que en realidad suelen ser ellos mismos. Como todos los días, esos seres que he coleccionado al paso de los años habían pernoctado en las cómodas habitaciones de los niveles inferiores, y tan pronto les sirvieron el desayuno esa mañana salieron a respirar golpes de brisa y recorrer la amplitud de los pasillos que los conducen hasta donde creen encontrarme, habituados a considerarse partes mías, y no descansaron hasta hacérmelo saber otra vez y llevarme con ellos a socializar un poco. Bailé con una mujer quien decía que qué profunda aún la herida, con otra que qué guapos nuestros
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hijos y una tercera que qué hermoso Milán. Brindé con un tipo que aseguraba que qué alegría volver a vernos, con otro que ignoraba cómo es posible tanto distanciamiento y uno más que creía recordarme de algún lado y vomitó sobre el abrigo contándome una historia triste y gris sin importancia alguna. Luego de los primeros tragos logré escabullirme sin que me echaran de menos, salí a cubierta y miré con fijeza para distinguir mejor tu sombra entre la sombra y tu oscuridad entre la oscuridad. Me impresionó que de noche contengas más negro que el negro y de día reflejes mejor que cualquier otro cuerpo la luz solar, hasta distorsionarla en todos los azules posibles, y aun así conserves intacto su misterio. Tú solo seguiste avanzando con certeza inamovible.

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Te habías aproximado lo suficiente cuando pude calcular que solo tu parte visible era capaz de engullirnos por completo, sin que el crujido del impacto fuera tan estruendoso como el del desprendimiento de la más insignificante parte tuya; las dimensiones de la porción oculta entre las gélidas aguas de aquél océano, el celo con que siempre guardaste para mí un espacio bien delimitado entre sus profundidades. Supe que ninguno podría mirar lo que vi, y ahí donde aguardabas entre temperaturas siempre cambiantes y un halo de matices de penumbra, ellos solo atinarían a vislumbrar una informe y fría mole, a enmudecer de imaginarla no solo capaz de imponer respeto u horrorizarlos por la cercanía a la naturaleza de sus existencias, sino de acogerlos con una sincera y rotunda indiferencia tan distinta a la imaginería donde retozan. Estabas enfrente de una sola pieza, pese a que esta expresión sea fácil y engañosa como cualquiera surgida de una fascinación ciega, pues al ojo avezado se delatan los cientos de vértices necesarios para configurar uno solo de los miles de prismas que aglutinas, las múltiples terrazas desde donde se abren y cicatrizan las fisuras de un macizo contradictorio, sus equívocas aristas desafiando la imaginación geómetra más experimentada. Al escuchar las máquinas acelerar, por instinto volteé a ver cómo se elevaban varios metros más las columnas de vapor. Por un instante temí por ellos y quise correr a advertirles; imaginé a los que he tenido y de entre esos a los pocos que he amado en el azoro, la desesperación al ver el agua invadir los habitáculos hasta ahogarlos. Un momento antes del tronido, sin embargo, me dominó una verdadera, inusual paz; el alivio de saber que mucho tiempo después del naufragio, muchos años más aún en realidad, tú seguirás ahí.

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Después del naufragio [Diana Raquel Hernández Meza]
* México. Nació en 1985, veintidós días antes del terremoto que cambió para siempre la fisionomía y la vida de la Ciudad de México. Sin ser consciente entonces de este hecho, es el mejor pretexto que tiene para tratar de explicar la compleja interrelación que existe entre esta monstrua y sus habitantes, ella incluida. Muy temprano se aficionó a la lectura y a la ópera; un poco después, a la escritura y la fotografía, cuatro pasiones que comparte indistintamente con la medicina. Durante su paso por la Escuela Nacional Preparatoria número 8 participó en un taller de creación literaria. El resultado de aquella experiencia fue el libro Los adolescentes escriben II, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, donde colabora con cuatro textos. Actualmente forma parte de Médicos mexicanos por la cultura y el arte y administra el sitio Sirena varada. Ilustración: Ulysse et les sirènes de Victor-Louis Mottez (http://en.wikipedia.org/wiki/File:Mottez_Ulysse_et_les_sir%C3%A8nes.jpg).

Cuando los marineros creyeron que había pasado lo peor, se vieron rodeados de sirenas.
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Naufragio [Victoria Asís]
* Argentina. Escritora, poeta, comunicadora. Ha participado en diversos proyectos antológicos como la primera Antología Poética de la ciudad de Magdalena, la Antología Poética Imágenes Perfumadas, la Antología 300 escritores hacia el 2000, Antología de lujo de la literatura actual; participa de los Torneos Abuelos Bonaerenses, siendo finalista en Mar del Plata con «Más fino que el oro…»; edita dos libros personales: «Voces del Paraíso» en 2002 y «Dúo» (bilingüe, español - portugués) en 2004 con el poeta brasileño Iacyr Annderson Freitas (Minas Gerais). En 2006 publica el poema «Ciber - Poema» y en 2007 «La rosa azul», sobre la película de Brian de Palma y el libro de James Ellroy sobre la muerte de Beth Short. Actualmente prepara el libro Poesía erótica. Es directora y editora de la revista cultural «Alas del Sur» y colabora con la revista digital «Estrellas Poéticas», de la diáspora judía en la columna de Danzas Clásicas. Ha coordinado talleres literarios en unidades penitenciarias de Buenos Aires, Magdalena y La Plata; dirigió el programa radial La radio y los creativos en FM Ciudad 92.9 de Magdalena; compone junto al músico Rubén Calandria el tema apertura del Primer Festival de la Danza y el Folklore ´98 - A tubicha - en ritmo kaani; y ha participado como jurado del primer Concurso literario del Regimiento 8 de Tanques General Necochea. Se le puede localizar por medio del formulario en nuestra sección de Contacto. Fotografía: Alone de Patrice Dufour (http://www.sxc.hu/profile/pdufour).

En una noche fría de oscuras sensaciones la espada del olvido me acompaña haciendo de mí solo cenizas. Muchos rostros se acercan a confrontar mi pena con voces seductoras algunas y otras de serena pasión quieren conquistarme. Mas yo lucho contra el centauro de su indiferencia tantas embestidas, fatigan mi cuerpo en ese cataclismo pierdo los sueños y mis sentires.

El rencor como un sudario me cubre y clava en mí sus raíces retorciéndome el alma encadenándola… No soy la lira que entre sus cuerdas enreda cantares para ensalzar su nombre. Todo lo pierdo en el naufragio.

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La noche del buque náufrago [Francisco Tario]
Texto seleccionado por José Luis de la Fuente Presentación por Jesús Humberto Olague Alcalá Fotografía: Shipwreck de Alexey Bogolyubov (http://www.wikipaintings.org/en/alexey-bogolyubov).

Francisco Tario (Francisco Peláez Vega. México, diciembre de 1911 – Madrid, diciembre de 1971), escritor, músico y futbolista profesional, es considerado uno de los principales exponentes de la literatura fantástica mexicana y de la narrativa latinoamericana contemporánea. Su obra, entre la que destacan Aquí abajo, La noche, Tapioca Inn, mansión para fantasmas y Equinoccio difícilmente puede ser catalogada dentro de una corriente literaria ya que lo mismo bordea los límites del realismo mágico y del existencialismo que recurre al surrealismo. Un escritor prácticamente desconocido hasta hace un par de años cuando, gracias a la celebración del centenario de su nacimiento, tanto autoridades como alguna casa editorial, pero sobre todo conocedores de su obra, se dieron a la tarea de reditar y difundir su producción de novelas, obras teatrales y minificciones que le sitúan, a decir de algunos, como un escritor de culto, al lado de autores de la talla de Juan Rulfo. ----La noche del buque náufrago, cuento seleccionado para esta edición, es un relato exquisito, impregnado de la nostalgia y el desasosiego característicos del autor en sus primeras obras, que seguramente será del agrado de nuestros lectores.

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Año 3 Número 1

La noche del buque náufrago
Francisco Tario
Peregrino de todos los mares; marinero de todos los puertos; noctámbulo de todas las noches… decidí sucumbir para siempre. Nada sobre la Tierra permanecía oculto para mí: la inmensidad azul o negra de los océanos; la bienvenida alegre de las ciudades, blancas; la línea recta y excitante de las costas tropicales; los acantilados con sus cavernas de monstruos; las bahías aceitosas y grises de los mares africanos; las cordilleras más altas —peladas unas, otras azules de misterio—; los amaneceres radiantes; los crepúsculos lánguidos; las tempestades, la inercia, el estruendo; la piedad y la gula, la lujuria y las auroras boreales. De día, como un meteoro, he surcado los mares, arrullando a los hombres. De noche, como un palacio iluminado, he velado su sueño. He transportado de extremo a extremo del planeta las mercancías más exóticas: del trópico, vainilla, azúcar y piedras preciosas; de los climas templados, aceite, nueces y vinos; de las crestas heladas, maderas sólidas y pieles. Conozco el uranio, la seda, la morfina y la dinamita; el champagne, el plomo y el éter. He tenido entre mis brazos a hombres de todas las razas; he escuchado lenguas de todas las latitudes. He sido testigo de los ritos más paganos, de los más obscuros raptos. Innúmeras veces llevé conmigo al amor, a la muerte y a la esperanza. Ancianos de barba plateada se apoyaban junto a mi borda, mirando al mar con ojos ahítos; niños de mejillas frescas y triunfales animaban mi ruta; músicas de genios ausentes retumbaban en mis entrañas; visionarios de mil ideales ocultos se tendían sobre mi proa, pretendiendo descifrar cada cual su enigma; amantes, de carnes febriles o yertas, consumaban el acto genésico; científicos, aventureros, cortesanas ricas y toxicómanos envilecidos recorrieron sin cesar mis cubiertas; caballos de pura sangre, reptiles, y bacilos destinados al laboratorio compartieron mis inquietudes. Transporté una locomotora y un ramo de orquídeas; un
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niño recién nacido y un moribundo; un banquero y un poeta; una reina y un prófugo. Conozco todos los vicios del hombre; las brumas de la justicia; el orden de los astros. Lo conozco todo, y decidí sucumbir. Fue una noche clara, muy tibia. Ha tiempo me asediaba el terror, la congoja, todos esos sentimientos pestilentes que agitan al hombre en cuanto la vejez se acerca. Una sensación inexplicable —mezcla de tedio y nostalgia por la juventud extinguida— me oprimía, rumbo a las playas de Asia. Navegaba yo, pues, ausente, extraño a mí mismo, como un carricoche cualquiera que rueda a merced del caballito que tira de él. No ansié nunca ser inmortal, porque ello presupone el hastío. Tampoco temí jamás a la muerte. En cambio, me llenó siempre de cruel espanto la vejez. La decrepitud de un barco es el espectáculo más monstruoso que pueda darse. La decrepitud de un ser triunfante de la Naturaleza solo tiene un paralelo: el río, que, al secarse, muestra sin pudor alguno su ridícula osamenta. En un tiempo, sus aguas profundas y verdes contenían el secreto de toda belleza; hoy, sobre sus
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piedras ardientes cantan los grillos feos, los sapos, y millones de moscas ventrudas olfatean y engullen el excremento de los asnos. Mi terror, por consiguiente, era justificado. No deseaba yo —viajero de lunas y soles— verme arrumbado en un muelle de fuego, bajo una luz extenuante, retorcidos mis músculos en siniestras contorsiones, como un epiléptico en el desierto inútil. No deseaba ser ruina, guarida de aves y teatro de experimentos marinos. Pronto el metal de mis herrajes se cubriría de moho; mis mástiles se inclinarían como árboles sin savia; se crisparían mis maderas finas; y mis tres chimeneas paralelas serían igual que tres cruces gigantes sobre la tumba de un millonario. Deshabitado, absurdo, no tendría más valor que una reminiscencia. Imitaría, imperfectamente, sobre el fondo olivo del mar, uno de esos esqueletos antediluvianos que despiertan en los museos la ansiedad de las criaturas. Pertenecería a lo que fue. Y un día no muy lejano, una de esas tempestades colosales y frenéticas, que tanto he admirado, rompería mis amarras, golpearía mi casco contra las paredes del muelle, y, lentamente, tristemente, sin ningún espasmo, me iría sumergiendo allí, allí mismo, junto a las barquichuelas de los pescadores, entre el griterío de la multitud enardecida, cerca de los comercios, de los bártulos, de los retretes de los hombres. Ningún prodigioso abismo me acogería: solo diez, quince metros de agua turbia, pesada, multicolor por la abundancia de desperdicios. Así, pues, deseé fenecer en la inmensidad de la noche, del mar abierto, bajo las estrellas chispeantes y la luna roja. Ocurrió bien simplemente. Sonaba la orquesta adentro. Se bebía champagne, cerveza helada y kirsch. Se comía caviar, cerezas en compota y galletas sodas. Bailaban los pasajeros, uno que otro tripulante y el capitán. Los marineros cantaban sobre la popa, acompañados de un acordeón. Un hombre solitario, junto a una grúa, limpiaba nerviosamente sus gafas. Otro, más viejo que éste, miraba pensativamente a la obscuridad. En la cabina de un multimillonario
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yanqui se redactaba este telegrama: Happy New Year

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Dos jovencitos núbiles, con las mejillas encendidas de deseo, tejían un sueño imposible de azahares, virginidad e incienso. No sentí la menor inquietud o temor, el más leve remordimiento. ¡Era tan pueril todo aquello! ¡Es tan pueril realmente la vida de los hombres! Miré por última vez al cielo alto, negro; a la luna mórbida, sangrante; a la espuma inquieta; a la concavidad profunda del horizonte. Una sed abrasadora —sed de agua salada— me quemó la garganta, cual si un fuego repentino hubiera estallado en mi pecho y se propagara a través de mis arterias. Abrí la boca y bebí. El agua penetró a borbotones, se precipitó en mi vientre, inundándome las entrañas. Cesó la orquesta. Se apagaron las luces. Tronó la sirena barriendo la llanura… Y me hundí. Me hundí cruelmente con un mundo a cuestas; con el hombre que limpiaba sus gafas; con la compota de cerezas; con el acordeón de los marineros; con el uniforme del capitán; con las gemas y los metales de las señoras; con mil botellas de champagne sin descorchar… Y otro mundo más noble, infinitamente más bello, salió a mi encuentro. Un mundo húmedo, susurrante y pleno. Un mundo de fosforescencias extrañas, de monstruos casi divinos, de sombras gráciles que se deslizan sin ningún ruido, de mujeres azules y hombres con escamas rojas, de copas cargadas de sal. Un mundo de floraciones perpetuas; de miradas inalterables; de paz y regocijo continuos. Cuando caí al fondo escuché el canto triunfal de todos los buques muertos. Y me eché a dormir así, un poco fatigado, otro poco orgulloso, pensando con angustia en esos muelles infames donde los barcos decrépitos se retuercen vencidos, cobardes, enfermos…
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