A24.

EL COMERCIO

SÁBADO 2 DE FEBRERO DEL 2013

TEMÁTICA
CRÓNICA

El domingo pasado murió el mitológico Jorge Vega, Veguita, el más culto, libérrimo y desafiante librero limeño, quien enriqueció de libros a escritores, compositores y periodistas como Ciro Alegría, Raúl Porras Barrenechea, Luis Alberto Sánchez, Juan Gonzalo Rose, César Calvo, Nicomedes Santa Cruz, Manuel Acosta Ojeda, Alfonso Tealdo, Doris Gibson. Su vida se convirtió en la más pura literatura.

A la memoria del más extraordinario librero de viejo del Perú

El más legendario don Juan de los libros
JUAN PONCE

MIGUEL ÁNGEL CÁRDENAS M.

Vendrá la muerte y tendrá tu ojo”. Solía ser imposible ganarle un duelo de sarcasmos a Veguita. Era entrañable ese deshonor. Eso lo sabían el poeta César Calvo, que le decía ‘Kafka Veguita’, y Nicomedes Santa Cruz, quien aprendió a leer a Boscán y a Garcilaso disfrutando su rauda ironía. Pero hace pocos meses, que lo visité por última vez, solo sonrió de su condición de tuerto por un cáncer. No respondió. El Parkinson lo abrumaba. ¿Por qué empezar por un lado lúgubre el perfil del más ilimitado, lírico y jubiloso librero de viejo de este país, que asesoró al novelista Ciro Alegría, al historiador Raúl Porras Barrenechea y le completó la mayor colección de novelas policiales a Pablo Macera? Porque murió pobrísimo en un hospicio de Jesús María al que lo llevó su desesperada familia. Solo resistió cinco días sin una conversación incitante. “Llamaba a los periodistas, a los escritores y nadie le contestaba, se sintió abandonado, solamente César Lévano se mantuvo fiel”, dijo uno de sus hermanos en su cremación, a la que solo fueron 12 personas. ¿Cómo pudo ocurrir otro caso de olvido tan atroz con tan inigualable hombre de cultura? Lo decepcionamos todos, todos los que ahora nos ufanamos de haberlo conocido. (Solo queda hacer algo digno con su legado, con sus libros que aguardan en su casa de Matute). La última vez que lo vi, me dijo que no temía a “la putísima madre muerte”. Y le leí una línea del primer libro que me vendió: “Ensayos”, de Michel de Montaigne: “Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo”. Y, en este país, Veguita fue el más irrepetible libertario. Mente única Pocos saben que Veguita solo estudió hasta primero de secundaria en el colegio Melitón Carvajal. Y que únicamente los libros afinaron su mente única. “Corazón” de Edmundo de Amicis lo embrujó de niño, por primordial vez. Luego leyó “El Quijote” y le hirió el destino. Giovanni Papini y Anatole France llegarían a ser su razón y sinrazón. Borges y Vallejo: su sentido y sinsentido. Óscar Wilde y el Marqués de La Rochefoucauld lo sacaban de desquicio… Y ya cuando conoció a Ray Bradbury (“tiene mayor capacidad poética que Poe”), sabía que sería dueño de su propio delirio. Fue periodista de deportes en “Última Hora”, de 1952 a 1957. En esa época su mitología incluye medallas patibularias. “Dos veces tuve la suerte de caer preso por gratísimos errores de los gobiernos. La primera fue en 1955, cuando Manuel Odría, a través de Esparza Zañartu, asalta el diario ‘La Prensa’. Y también a los redactores de ‘Última Hora’ nos llevan a El Frontón. Estaban Pedro Beltrán, Enrique Chirinos Soto, Guido Monteverde… Lo hermoso fue que tenía libertad desde las 8 a.m. hasta las 4:30 p.m.de vagar por toda la isla”. Ahí aprendió a ser un lobo de ultramar. “La segunda fue en 1965. Se había levantado el Apra Rebelde, yo era de izquierda y para no quedar mal, la policía detiene a 40 personas de otras militancias”. Aquí comenzó a

ÚLTIMOS DÍAS. Veguita le donó colecciones asombrosas de poesía y sobre Lima a la Biblioteca Nacional. Llegó a tener 2.500 libros de política peruana.

Veguita era un iconoclasta endiablado: no apreciaba a Cortázar, Vargas Llosa le parecía un mero obrero (sin la magia musical de García Márquez) y Ribeyro alguien sin belleza verbal, ‘aunque era un fraseólogo tremendo’”.
creó la utópica Fundación Vega, en la que la patronal y el sindicato eran la misma persona viandante; y que ofrendaba libros a lectores en quiebra. El lujo de su lujuria Pero también existió una subfundación que operaba en las tinieblas, en noches de luna hiena: una de adoración a la diosa Calopigia, la Venus de las Bellas Nalgas, de la que Veguita fue el gran Tiresias. Era un culto de pago, pero caballeresco: Veguita fue un Tirant lo Blanc de Huatica: “Desde los 14 años y cuando los burdeles eran lugares para tomar y conversar. Cuando con Francisco Igartua podías ver al gran Federico More recitar a Lope y Quevedo… Y si querías, tenías una novia por dos horas, una esposa por una y luego venía la separación de la pareja, ¡qué felicidad!”. Veguita amaba el rito de las hetairas: las refinadas mujeres libérrimas griegas. En Huatica había una mesalina soprano, que cantaba zarzuelas con él: “Todos aplaudían nuestra interpretación de ‘Doña Francisquita’”. Mabel lo mimaba: “Era la dueña del prostíbulo de la calle México donde iba Odría con todo su Gabinete, cerraban la cuadra con patrulleros. Ahí mi bellísima Carmencita Matallana bailaba calata para el dictador”. La mamita Luz Gómez: “Era encantadora, obligaba a sus clientes a bailar con ella, era la Volpina de Fellini”. La ‘Mona’: “De ella se enamoró Julio Ramón Ribeyro”. Oh, la negra Roxana: “Mi compañera del Trocadero, yo era como de su familia”. Y, claro, la Nanette: “Era exquisita, ella me ponía siempre dos cervezas de

más, había nacido cerca de París y vino después de la Segunda Guerra Mundial”. Y, cómo no, Isabel Shimabuko: “Extraordinaria, me enamoré de ella, era cultísima, te recitaba poesía, fue la única geisha del Perú”. Amor constante más allá… Cabe ensalzar que la práctica amatoria nunca le quitó fuerzas como librero a este varón rampante. “Caminaba como judío errante, por sitios como Tacora y tenía golpes de suerte extraordinarios. Una vez paseándome por Surquillo vi libros con empastes de oro y pagué rápido 4 soles. Eran los tres tomos de ‘El viaje del Beagle’, de Darwin, de 1839. Al rato, me daban más de mil libras esterlinas”. Otra vez encontró en cuatro bolsas negras gigantes la biblioteca entera de un cronista de principios del XX, Enrique Carrillo ‘Cabotín’. Las primeras versiones del poeta francés Paul Verlaine le permitieron ‘supervivir’. Otra vez rescató los libros de Julio C. Tello. “Pero lo mejor que encontré fue a una señora que me llamó para que me llevara todos sus libros, los odiaba, eran de su marido bibliófilo que acababa de morir. Cuando los vi, supe que no podría pagarlos, pero ella me dijo: aquí tienes plata para el camión”. Gracias a una fundamental venta, Veguita fue a parar con su báculo a Europa. “Encontré varios libros castellanos antiguos y en casas de libreros de Madrid, me pagaron como 18 mil dólares”. Ese viaje de 1973 ya es mítico, de España a Francia e Italia, donde recorrió los burdeles de Toulouse Lautrec y cantó “La Traviata” (esa ópera con la historia de la cortesana de las Camelias), afuera de la Scala de Milán. Veguita citaba siempre a Goethe: “Detente instante, eres tan hermoso”. Quizá lo repitió antes de morir. O susurró el último pedido de John Milton: “Un libro para saber que estoy vivo”. Yo creo que ironizó con la muerte y le contó su secreto mejor amado: “Una vez viajé a Buenos Aires y se me acercó una persona de años a pedirme ayuda… yo no tenía dinero, entonces le di un legajo de escritos míos y le dije: si te sirven para algo, llévatelos. Luego me enteré de que se hizo famoso con el nombre de Borges”.

DANDY PLAYERO. La Herradura fue la playa adorada de este librero mítico que también era deportista. Y ni aun ahí se desprendía de sus biografías célebres y los libros de Menéndez Pelayo y Alfonso Reyes.

Sus últimos meses los pasó leyendo a Horacio y citando ‘El Libro del Buen Amor’: ‘El mundo por dos cosas trabaja: la primera, por tener mantenencia; la otra cosa era por tener juntamiento con hembra placentera’”.

gozar de su trago predilecto: el sol y sombra, ¿dónde más? Y aprendió también a cocinar a fuego discreto (cuatro décadas después hasta el chef Gastón Acurio le compraría libros de su cosecha). Veguita militó en el Partido Comunista –Erik, el Rojo, se hacía clamar– hasta que proclamó su libertad: “Cada reunión de mi célula era un té de tías, no sé por qué le han dado tanto fama y temor a un partido anodino”. Luego abandonó el periodis-

mo y el jovencito de 21 años se volvió librero de viejo. Si un homenaje a Veguita propone el clásico: “A tu memoria”, sería un secreto halago. De tan lector, su oferta de venta era su mente: él era la encarnación de su personaje favorito de Borges: Funes, el memorioso. Veguita citaba párrafos y números de páginas de los libros que diagnosticaba a cada comprador desmejorado, por cinco décadas, como librero nómade. Y cuenta el mito que su corazón socialista

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